PSLN 4 – Damian

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—Entonces, —comenté tras varios minutos en los que únicamente estuvimos en completo silencio —me hiciste venir porque tenías algo importantísimo de que hablar y ahora simplemente no decides nada.

Deviant me miró por unos segundos y después sus ojos volvieron a centrarse en la taza de café que tenía entre las manos. Entendía que quizá estaba molesto porque llegué un poco tarde, pero nunca dije que vendría, así que el estar aquí debía darme puntos con él o algo por el estilo.

—¿Deviant? —presioné.

Me había citado en una cafetería en el centro de la Plaza Mayor; era temprano y el lugar estaba a reventar. Él, mejor que nadie, sabía que yo no soportaba estar en estos lugares y si vine no fue solo para mirarnos las caras.

—Si no tienes nada que decir, me iré primero… —le dije poniéndome de pie. Saqué un billete que ya tenía listo en la bolsa de mi pantalón y lo dejé sobre la mesa. Pero cuando estaba por retirarme Deviant sacó dos boletos de la bolsa interna de su abrigo y los deslizó por la mesa hasta dejarlos frente a mí —¿Me estás invitando a salir? —pregunté sarcástico mientras tomaba los boletos. Él asintió quedamente sin mirarme. — ¿Es una cita?

—No —. Respondió de inmediato.

—¿Entonces?

—¿No puedo simplemente querer pasar un rato con el más ingrato de mis hermanos? —preguntó, cariacontecido, bebió un sorbo de su café para justo después abandonar la taza en la mesa —Han pasado varios meses desde la última vez que nos vimos,  y bueno, mentí con eso de que había algo importante de lo que hablar contigo… aunque definitivamente hay un mundo de cosas de las que tú y yo podríamos conversar, sin embargo.  Solo quería verte, comprobar por mí mismo que aun estabas vivo y que me contaras sobre todos esos proyectos y negocios que en los últimos meses te han mantenido tan distante, mientras yo pretendo desesperadamente sacar adelante nuestras empresas y a nuestros dos hermanos… ¿Los recuerdas, o también los olvidaste? ¿Samko y James? ¿Los nombres te resultan familiares? Porque te he traído fotos para ayudar a tu memoria, ya que mientras tú estás de vago quien sabe adónde yo me hago pedazos con todo esto, luchando por seguir con mi vida sin la más mínima de tus consideraciones —empezó bien, pero casi terminó gritando.

Su rostro se puso colorado y toda la faramalla de aparente serenidad se le vino abajo.

—Jamás dije que esperaras algo de mí.

—Eres un maldito hijo de mierda…

—Lo sé —reconocí sin problema—pero con insultarme no vas a lograr que vaya a jugar a la casita contigo. Yo no quiero esta responsabilidad —uno de los meseros se acercó a nuestra mesa, dijo que estábamos molestando a los demás clientes y que si había algún problema nos podrían pasar a una sala privada.

Deviant no se movió, yo en cambio aventé los boletos a la mesa y salí a toda prisa del lugar. Si lo había estado evitando era precisamente por la forma en la que me presionaba, sé que a todos nos afectó la muerte de nuestro padre, pero Deviant pretendía que dejara todo lo que soy y me mudara con él para ver crecer a nuestros hermanos y lo siento, pero yo no estoy hecho para esas cosas.

Aunque salí de la cafetería, no me alejé ¡Vamos! Que no soy tan canalla, no quiero la responsabilidad, pero Deviant es mi vida en más de un sentido. A los pocos minutos él también abandonó el lugar, se enfundó en su abrigo y se echó a andar. Por supuesto, comencé a seguirlo y en uno de los botes de basura lo vi tirar nuestros boletos.

A veces me recriminaba por no tener tacto para hablar con él; pronto perdía la calma y terminaba gritándole. Pero había comprado boletos para nosotros porque quería o necesitaba estar conmigo y pese a que odiaba el Museo —o cualquier lugar donde hubiera mucha gente— no iba a negarme a él. No muy en el fondo yo también lo necesitaba, le echaba de menos lo mismo que Samko y James.

Recogí los boletos y le di alcancé. Se sorprendió cuando sujeté su mano, pero no me rechazó. Deviant nunca me rechazaba.

—¿Qué hay en el Museo? —pregunté.

—Pinturas.

—Que interesante…

Desde donde nos encontrábamos tuvimos que tomar una desviación hasta el Museo Brukenthal, eran un trayecto cortó que decidimos hacer caminando. Deviant se pegó más a mi hombro sujetando con sus dos manos la mía.

—Oye, no iré a ningún lado —aseguré— Deviant, mi vida no está en la ciudad, pero por ningún motivo voy a dejarte solo.

—Es que nos haces falta, Samko te extraña y James casi no habla, la gente en el casino no me toma en serio y…

—Una cosa a la vez…—intervine—lo vamos a solucionar, por ahora, solo pensemos en todas esas pinturas que me obligaras a ver, ya después veremos qué hacer con tus hermanos, igual y podemos venderlos o yo que sé.

—Damian…

—¿Crees que es un poco tarde para darlos en adopción? Alguien podría quererlos.

—Eres imposible.

Intenté animarlo por el resto del camino, en parte porque también yo quería distraerme. La razón por la que odiaba venir a la ciudad era porque todos mis sentidos se ponían alerta. Había demasiado ruido y gente por todos lados. Me aturdían y me sentía saturado, mi mente codifica sonidos y olores para crear mapas mentales con trayectorias y señalamientos; era como buscar siempre la mejor ruta de escape en caso de necesitarla. No era algo que yo pudiera controlar, sino algo que es así por instinto como parte de mi naturaleza.

Conforme avanzaba escuchaba las conversaciones de todas las personas a mi alrededor, y no se trataba de que yo fuera la gran cosa,  pero el viento arrastraba las voces y me permitía escucharlas, aunque no todas con claridad. A eso debía sumarle el ruido de los autos, los pasos de la gente, las risas, los cubiertos al estrellarse contra la cerámica… todo al mismo tiempo. Era para volverse loco, sentía que la cabeza me estallaría de un momento a otro.

Cuando llegamos al Museo, el lugar estaba casi vacío, aunque no es que en algún momento estuviera a reventar de gente. Si bien los Cibinense eran personas que se interesaban por las artes, había demasiados museos en Sibiu como para que solo se llenara uno. La última vez que estuve aquí, fue por un viaje escolar, y honestamente esperaba no tener que volver.

—Es hermoso —dijo Deviant en cuanto estuvimos en la entrada.

Se suponía que recientemente le habían hecho remodelaciones, aunque yo lo seguía viendo exactamente igual. El museo Brukenthal estaba ubicado en la Plaza Mayor, era uno de los castillos más emblemáticos en Sibiu y motivo de orgullo para el pueblo.

—¿Sabías que fue construido en casi cinco años a finales del siglo XVIII, por un arquitecto vienés? —preguntó mi hermano, orgulloso de conocer la historia.

—Lo sé, —respondí— y también sé que es considerado un perfecto modelo de lo que es el estilo Barroco Tardío. Perteneció a Samuel Brukenthal, Gobernador de la Provincia de Transilvania.

—¿Cómo sabes eso?

—Ahí lo dice…—respondí mientras le entregaba un catalogó con información que había tomado en la entrada.

A decir verdad, recordaba la explicación que nos dio la profesora que nos trajo en aquella ocasión. Ella dijo que la primera colección fue establecida en 1790, pero que fue hasta 1817 cuando abrió sus puertas al público, permitiéndole así ser el Museo más antiguo de toda Rumania.

Era un edificio muy antiguo y singular.

Durante las siguientes dos horas Deviant me arrastró de aquí para haya por todo el lugar. Ya había perdido la cuenta de cuantas pinturas habíamos mirado, visitamos la biblioteca y recorrimos cada pasillo hasta que ya no pude más.

—Aun nos falta toda esta sección…

—Ve tú, ya me cansé —le dije mientras me sentaba en una de las bancas desocupadas.

—Pero falta poco.

—No puedo dar un paso más, ve y aquí te espero.

Deviant no parecía muy convencido, pero terminó aceptando; yo me quedé en el pasillo principal. Frente a mí iniciaba la exposición de las mil doscientas obras que componía toda la exposición y que contaba la historia de casi cuatro siglos de las principales escuelas de pintura, a saber; la escuela Francesa, la escuela Flamenco-Holandesa, la Española, la Austriaca, la Italiana y por supuesto, la escuela Alemana. Eso no lo recordaba, pero se escuchaba en el parlante. Lo que sí, es que casi las recordaba todas, por supuesto algunas se destacaban más que otras, dependiendo del estilo. Pero en lo personal, mantenía cierto interés en las obras de Hans Memling, Jan Van Dyck y Antonello Da Messina, pero entre todos, Pieter Brueghel era de mis favoritos.

Mi gusto por el Arte era muy limitado, el padre de Deviant me había instruido un poco, él solía decirme que mi temperamento podía ser controlado a través del arte. Y aunque jamás realice una sola pintura, aprendí a controlarme pues me resultaba tedioso limpiar la pintura del piso o las paredes cada vez que aventaba la paleta de colores o regaba los diluyentes, también me molestaba recoger los trozos de mis lienzos o la madera de los soportes. Así que prefería no romper nada y esperar a que mi clase de pintura finalizara sin accidentes, con el tiempo se dieron cuenta de que lo mío no eran las artes y me dejaron en paz.

Aunque no todo estuvo perdido, de alguna manera aprendí a disfrutar de la quietud de estos lugares. La Adoración a los Magos de Hans Memling estaba frente a mí, había sido pintada al óleo sobre una tabla en el año de 1479 y finaliza al siguiente, leí sobre ella en una revista, pero no había tenido la oportunidad de verla en persona.

Su estilo gótico me resultó llamativo. Mi mirada se perdió entre los detalles de las prendas de los brujos, era asombroso lo bien logrado que estaba todo, mientras capturaba cada detalle de esa pintura, pude escuchar que un grupo de personas se acercaba, por su voz supe que era extranjeros, pero no aparte la vista de la pintura.

Realmente había quedado impresionado con esa maravilla que colgaba frente a mí, hasta que un olor casi familiar me llegó desde la entrada principal. Instintivamente cerré los ojos: lo hacía cada vez que pretendía focalizar. Al carecer de la vista mis demás sentidos compensaban mi pérdida. Y en este caso, mi olfato funcionaba como un catalizador que iba descartando todos los demás olores para concentrarse exclusivamente en el que me interesaba. Era como una especie de colador, que me permitía separar.

Aun con los ojos cerrados, inhalé profundamente para exhalar por la boca. Repetí la operación, pero en esta ocasión, inhalé lento y profundo, contuve unos segundos y exhalé por la nariz —Lirio de Tigre —dije, mientras abría los ojos.

En ese momento fue como si todo hubiera sido presa de una quietud aplastante. Ya no escuchaba nada y lejos de ese suave aroma no podía sentir nada más. Frente a mí, la pintura se destiñó hasta que únicamente podía ver en ella la imagen de mi flor.

Sentí como cada musculo de mi cuerpo se destensaba mientras el aroma me llenaba. Me dejé envolver. Su olor estaba combinado con los que despedían las distintas texturas que le vestían, olores que no lograba distinguir con claridad, pero que hacían una mezcla excepcional y deliciosa. La gente de aquí no suele oler de esa manera.

Me esforcé por sentirlo lo más que pudiera; poco a poco fui dejando entrar otros detalles, a saber, su andar era armonizado y lento. Apoyaba con los talones, en vez de con la planta del pie; algo propio de la gente con clase. El ruido de la suela de sus zapatos al repujar sobre el piso creaba un leve zumbido. Los patrones que estaban tallados sobre ella impedían una pisada uniforme. Las hebillas por donde habían sido atadas las cintas hacían ruido tras cada paso. En resumen, su calzado era nuevo. En lugar de zapatos de vestir, podía adivinar que usaba botas y la persona que las vestía era de complexión delgada.

Evidentemente usaba pantalón, la tela, muy posiblemente mezclilla, se frotaba en la parte interna de sus muslos… ¿mujer? Sí, debía de ser, un hombre difícilmente caminaría con las piernas tan juntas. Sus brazos no rompían el movimiento cíclico del viento al zarandearse de adelante hacia atrás en ese meneo inaccesamente y coordinado. Pero sus dedos aruñaban la tela de la bolsa interna de su abrigo… Tenía frío.

Cuando cruzó justo detrás de mí, pude sentir también el olor a champú que su reciente baño había dejado sobre sus cabellos, mismos que no eran ni muy largos ni espesos, pero aun así, creaban un zumbidito ululante al chocar contra su mejilla y el cuello de su abrigo. Una característica que sería inusual en una mujer, pero completamente exótico en un hombre.

Ni siquiera tuve que pensarlo, me puse de pie y comencé a seguirle a una distancia prudente. No me había olvidado de mi hermano, pero esto era más importante e interesante, así que me dejé guiar por el leve rastro que su olor había dejado en el aire. Inconfundible. Único.

Un aroma que traía a mi mente la belleza de los Cárpatos. Esas estampas paisajísticas de un colorido impresionante con la que las flores silvestres solían vestir las coronas de las montañas más altas en primavera. No fue difícil encontrar a quien buscaba y cuando pude divisarle, tuve que contener el aliento. Con la reserva y la astucia de quien busca no mostrarse sorprendido, me recargué sobre una de las paredes, desde la cual podía mirarle sin escollos. —Lirio de tigre… —repetí.

Un ejemplar de gran belleza y singularidad, de color intenso. Mi flor crece únicamente en los riscos de los Cárpatos, soportando temperaturas de grados bajo cero, y aun así manteniéndose orgullosa e incólume a las fuertes ráfagas del viento helado. La persona frente a mi parecía tener todos esos rasgos.

Era increíble como dos flores tan distintas, pueden poseer el mismo olor. Y ambas llevar con tal altivez su belleza única e irreprochable. Pero debía reconocer que en mis deducciones había cometido un grácil error. Mi flor no era una mujer, tal y como había supuesto, sino un exuberante hombre joven. Su vestimenta gritaba en silencio la clase social a la que pertenecía. Vestía a escala de grises, prendas que, aunque resultaban demasiado formales para su edad, remarcaban cada uno de sus muchos atributos.

Lo que tenía frente a mí me gustó lo suficiente como para mantener mi interés en él, pero lo que realmente me atrapó nada tuvo que ver con su apariencia. Ese inesperado cambio en su olor me sacudió.

En muchas ocasiones había visto a la gente pararse durante varios minutos frente a una pintura mientras comentaban de ella emociones que realmente no sentían, pero en su caso no fue así. La caída de los Ángeles Rebeldes logró atraparlo. La miraba con cierto deslumbre, como no queriendo cerrar los ojos, ni siquiera para pestañar. Mostrándose seducido por las figuras grotescas que representaban a esos que más que ángeles, parecían demonios mitad humanos y mitad animales.

A grandes rasgos era una obra en la que Pieter contaba sobre el interminable conflicto entre el bien y el mal y las virtudes y los vicios. El pecado del orgullo que causó la caída de Lucifer y sus seguidores, expulsados del cielo por el arcángel Gabriel. En mi vaga opinión, el chico era demasiado joven para comprender con exactitud sobre pecados y vicios. Su expresión era más bien jovial y revoleteaba a su alrededor cierto aire de candor. Él si era tanto como ver a un Ángel.

Su piel de apariencia tersa y delicada parecía ser tallada sobre ágata blanca. Dichosa contrariedad; la sedosidad esculpida en una piedra preciosa. Su cabello era contrastantemente negro, largo hasta los hombros y lo lucía despeinado, sus hebras delgadas sucumbían fácilmente ante las rachadas de viento que lograban colarse por entre las puertas. Era un movimiento casi imperceptible, pero ahí estaba y me resultaba atrayente.

En un santiamén pasé de ser cazador a presa. Mi deseo era que me mirara con la misma fascinación con la que observaba la pintura. En ese momento el destino se volvió la escopeta, el chico la bala y yo el objetivo… Y que no puede hacer un lobo por su lozanía.

Avancé hacia él por su costado derecho, apreciando el empeño que había puesto al elegir su indumentaria. Llevaba una gabardina de cachemira en color gris oscuro que le llegaba a medio muslo, la lucía abotonada en las dos primeras hileras, dejando el último botón suelto. El Caleb anudado a la altura de la cintura remarcaba la forma de su cuerpo, dejando adivinar la estrechez de su cintura. Debajo usaba un sweater de lana “merino”, si es que mi vista no me fallaba, hecho casi imposible. Podía ver las siluetas del tranzado en las fibras de la tela, que le daban esa apariencia rugosa.

De él se desprendía ese olor extraño que no lograba reconocer, pero que perfumaba el ambiente. Un aroma fresco, el equilibrio exacto entre dulce y simple. Usaba también unos  jean negros, ajustados y que iban dentro de las botas de tipo militar. La forma en la que las cintas iban anudadas a las hebillas, fue de mi particular gusto.

Un poco más ansioso de lo que me gustaría aceptar, terminé de llegar a su lado. Bien dicen que el filósofo hace lo que puede con lo que tiene, yo tenía mil doscientas pinturas… ¿De qué más podía hablarle?

Caderea Îngerilor rebele —le dije, mencionando el nombre de la pintura — Cum ar fi? —pregunté. En ese momento sus ojos se encontraron con los mios y sus mejillas se pusieron como la grana.

 

2 comentarios en “PSLN 4 – Damian

  1. Me en-can-tó. Muy buen capítulo, me está fascinando, espero con ansias todos los lunes ahora 💕

    Una pregunta, que es la grana?, Te refieres a la fruta granada, al queso grana o a qué? 🙊 Jiji

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