Antes de que el sol nos descubra.

 

Antes de que el sol nos descubra

 

Amar en 1920

 

por Jesús rojas


18 de agosto, 1920. Londres, Inglaterra.

 

Una vez más tengo que verlo a escondidas, en mitad de la noche, en la fría habitación de un hotel desconocido reservada con recelo y desconfianza. Será como siempre, un vistazo al paraíso antes de que asome la triste realidad, donde tendremos que separarnos antes de que el sol asome sus rayos incandescentes y nos descubra. Como tantas veces, huiremos del brillo que deja claridad suficiente para que nuestros rostros se revelen. Antes de eso y con el corazón resquebrajado, siempre debo despedirme de él, de sus bellos ojos y su dulce voz, aun cuando mi alma nunca quiere abandonar la suya. Jamás.

¿Sera así para siempre?, ¿Encontrarnos como amantes furtivos?, escondiendo un amor incomprendido.

— ¿Señor? La llave.

La habitación, por supuesto.

 

Agradezco cortésmente y tomo la llave. Camino hasta las elegantes escaleras, anchas como las de un castillo. Subo sin divagar mucho entre pensamientos pesimistas y la ilusión de verlo y, al final, ya me hallo frente a la puerta que, para mí, representa un secreto y una noche pasional. Una noche con él, con el que llena mis horas de ensueño y que he llamado el amor de mi vida.

 

A veces —tal vez, solo tal vez, todo el tiempo— me imagino una vida junto a él. Yo, llegando de la oficina de abogados y él esperándome en casa, o cocinando una de las recetas de mamá tan deliciosas, ¡me lo imaginó hasta conversando de fútbol con papá! Algo tan imposible, tan surrealista que desprende mis pies del la alfombra que justo ahora estoy pisando, como si dos hombres pudieran estar juntos. Aún aquí, tras esa puerta de hotel contra todo pronóstico puedo sentir el hogareño olor que nuestra casa tendría… imagino ingenuamente nuestros sombreros colgados en el mismo perchero.

 

Solo me ilusiono de manera cruel, pero esa ilusión es mucho más bella que mi realidad. Esta realidad

Basta Jack, vuelve.

 

Al decidir entrar veo una pequeña sala con dos míseros sofás y una mesa de mármol al centro; un perchero junto a la puerta donde cuelgo mi largo abrigo y el sombrero de copa. Más allá, al fondo están las puertas de la habitación. Todo es caro, pero vale la pena pagar cada centavo por estar junto a él libremente, aunque sean solo unas pocas horas. No me interesa. Nada es más importante que él.

 

—Señor Jack, ¿está ya usted? — Se oyó tras la puerta principal.

 

Sonrío, con el corazón latiendo de prisa. Solo él puede, con su voz, alejar todos mis pesares y sustituirlos por una paz tan grata.

 

—Si, joven Thomas. Adelante.

Y las puertas de roble oscuro se abren de par en par.

Magnífico.

Es que después de tanto tiempo aun no puedo entender como es que, ese iris castaño, ese cabello color chocolate, esos labios delgados y esa piel tan clara pueden hacerme perder la cordura en instantes. Cada vez que me reencuentro con el me vuelvo un poco más loco . Puedo estar horas enteras admirando como un acosador su rostro de rasgos sutiles. A mi mente llega aquella vez en que me quede un poco más tarde de lo normal o quizás me fui demasiado temprano en la mañana, da igual. Recuerdo que esa vez acaricie su tersa piel hasta que mis dedos pulgares se durmieron, delinee sus labios, su pequeña y respingona nariz. Puedo justo ahora cerrar los ojos e imaginar contra la palma de mi mano su superficie, aquella cicatriz en la mejilla izquierda con forma de mariposa y los relieves de sus cejas delgadas…

Y dios, esa manera tan salvaje de arreglar sus prendas. Nunca ha podido aprender a hacer un nudo de corbata decente. Bien lo sé yo que he intentado enseñarle tantas veces. Y eso, de cierta manera, me hace recordar que solo es un jovencito de 20 años que yo, sin piedad ni compasión, arrastré a este amorío prohibido.

Tantas complicaciones , tantos aquí y allá que siento mi mente explotar.

—Es un gusto verlo, señor.

Y se acerca con esa singular mirada que me causa escalofríos. Esa mirada tímida, entusiasta y cariñosa. Es eso lo que me quita el aire, sentirme ajeno a mi mismo cuando él está presente.

—El gusto es mío.

Hay algo que, por sobretodo, me gusta hacer. Tomo su mano delgada y suave, me inclino un poco y, sin despegar siquiera un milisegundo sus ojos de los míos, beso con calma sus nudillos, pequeños y blancos. Sus mejillas toman un delicioso color carmín que se esparce por el resto del rostro; que lindo, que hermoso. ¿En serio puede ser tan adorable? Le observó con una sonrisa divertida, amable y presiento que boba. Un estúpido es en lo que me transformo cuando Thomas esta cerca. Un perfecto momento. Me gustaría que aquellos momentos se transformaran en mi diario vivir…

Toco su mejilla izquierda, la de la cicatriz suavemente y ocurre eso que me encanta. Cuando nuestros ojos se unen y no quieren soltarse, como si entre ellos naciera un lazo especial, como si… fuera un imán que me atrae y me atrae, y…

De pronto sus ojos se vuelven acuosos. La expresión de cariño que antes me miraba ahora es una de nostalgia y tristeza que empalaga y llena de ternura a mi ser. Iba a llorar. Pero antes de que eso ocurra, se lanza a mis brazos y se cuelga de mi cuello con fervor y un sentimiento afligido. Correspondo por supuesto aquella muestra de cariño tan demandante, ¿Cómo podría yo rechazar a tan dulce hombre? Es un delito, definitivamente lo es. Lo abrazo más fuerte, estrujo aquella cinturita con amor y el aprieta mi cuello tan fuerte que llega a doler.

—No sabe cuánto lo extrañé, señor. No sabe cuántas noches me he dormido pensando que no volvería a verlo, cuantos desvelos e insomnios dedicados a usted— Solloza cerca de mi oído.

A mí no me agrada verlo ni oírlo llorar, pero es inevitable, cada reencuentro, cada despedida es igual. Mi Thomas es sensible, demasiado, tanto que no me gusta dejarlo solo por mucho tiempo. Sabrá Dios cuantas noches lloro por mi, cuando tantas veces le he dicho que no lo haga, que lo amo y que volveré y, han sido la misma cantidad de veces en que he descubierto esos ojos irritados por un llanto silencioso.

Pero aquello solo me hace quererlo más, cada uno de sus aspectos me termina por enloquecer.

Acaricio su espalda mientras consuelo como de costumbre a su depresiva persona, mimo allí donde empieza su columna y termino donde siento el cuero del cinturón. Lento y sutil. Porque me gusta disfrutar esos momentos donde está cerca de mi, me gusta grabarlos en mi memoria.

Sé que deja de llorar cuando suspira y apoya, finalmente la cabeza en mi hombro.

—Lo sé Thomas, también lo extrañe.

Quizás es la felicidad, ese éxtasis tan gratificante que tengo cuando estamos juntos, el que me hace olvidar todo, ah… ese olor a pino de su perfume me distrae.

Me pierdo, entre sus brazos delgados y cálidos, como si mi cuerpo y esencia, en verdad, le pertenecieran a él y no a mí.

Me aprieta tan fuerte, y yo a él. Es un sentimiento tan bonito, enorme y vasto.

Ah, podría quedarme así hasta la eternidad.

Su cuello me llama en un sutil suspiro, sus labios reclaman desesperados mi atención junto a un murmullo incoherente. Y puedo dedicarle mil palabras de amor, mil serenatas cantadas y recitarle mil poemas en donde somos felices, juntos y para siempre.

Beso su mejilla y luego sus labios de manera superficial.

Suave, tan suave y prohibidamente adictivo.

Quiero seguir, lamiendo su dulce cuello y hombros, mas, me había ensimismado tanto la emoción del momento que no me percaté que, en realidad Thomas no parecía muy feliz.

—Voy a casarme, señor Jack— Dice entre un quejido de dolor, como si un hierro ardiente hubiera pasado por su garganta.

Y ahí está la razón, la maldita razón de su descontento, de sus lágrimas.

Mi mente muere en shock. “bum” explota. Todo se apaga y siento como un cubo de agua gélida e inexistente se desliza por mi espalda. Y todo se vuelve lejano, el aire, el sonido. Todo desaparece.

El suelo tiembla bajo mis pies.

Mi cabeza da vueltas y vueltas.

Y mi corazón… ah. Mi pobre y desdichado corazón se rompe irreparablemente.

Mil agujas se extienden hacia el resto de mi cuerpo al escuchar esa verdad tan horrible y lastimosa.

Thomas… mi joven Thomas va a casarse

De seguro será con alguna mujer de buen estatus económico, como él. Tendrán hijos, una familia hermosa, una vida normal y aceptada. Todo aquello que yo no puedo ofrecerle.

Me alejo de él como si su contacto me quemara… no puedo tocar su adorado cuerpo. Me está causando el dolor más grande de mi vida.

La inercia me lleva a sentarme en uno de los sofás.

— ¿Cuándo? — Paso mis manos trémulas por mi cabello azabache, oh. Azabache. Negro, tan negro como veo mi alma ahora.

—Quizás dentro de una semana.

Una semana.

—Lo siento señor, no sabe cuánto lo siento.

Sus sollozos me traen de vuelta. Se ha sentado en el otro sofá, y tiembla, sus manos no dejan de moverse al igual que las mías. Pobre, pobrecito. Si yo hasta puedo dejar de lado mi dolor por asegurarme de que el abandone el suyo.

—Es mi padre… el planeó todo y no puedo negarme. Él ya sabe que estoy enfermo. Lo sabe y me ha amenazado con enviarme a un centro de salud mental si no me caso con quien ha elegido.

Duele escuchar cada palabra.

“No estás enfermo. Es amor” maldita sea.

La cólera aparece dispuesta a nublar mis sentidos, sobrepasa el dolor, porque es aquella razón la que que quiere destruir nuestro especial lazo, ¡él no quiere casarse! Por supuesto que no, él no me abandonaría. Esa estúpida razón. Joder. Es porque somos… hombres.

—Ni usted ni yo estamos enfermos. No porque mi corazón quiera al suyo significa que lo estemos.

Me mira con sus grandes ojos castaños llorosos. Mi corazón se aprieta dolorosamente. Thomas se ve tan herido y desvalido, quizás mucho más de lo que estoy yo.

—Lo sé, señor Jack. Pero mi padre no cree eso y yo… yo…— Titubeo, limpio un par de lágrimas con su chaleco y lo oí suspirar para acallar el resto del llanto —Quiere que le de nietos… que termine la universidad, que sea un gran médico así como el y como el abuelo.

Inaceptable. Las ganas de vomitar aumentaban al seguir escuchando las bazofias que salen de su linda boca.

—Pero no le gusta la medicina, Thomas, tampoco las damas. ¿Por qué se hace este daño? — Busco su mirada, la busco porque quiero afirmar aquello que he dicho, pero… el mira sus manos —¿Por qué me lo hace a mi?

Se refugia en el silencio, siempre lo hace, cuando está triste, cuando esta avergonzado o simplemente enfadado.

—Podemos huir…— Suplico, casi desesperado —Ir lejos… juntos.

—Papá dijo que descubriría quién era mi amante y… lo enviaría a prisión — Su mirada divaga de un lado a otro, pero nunca llega a mi —No quiero que algo así le ocurra, es por el bien de ambos.

—Thomas. Maldición, ¿Está diciendo que esto se acaba aquí?, ¿quiere desechar nuestro amor solo porque está maldita sociedad dicta que esta mal?

—Si— dice en un jadeo. Y entonces yo ya no puedo replicarse algo más —¿Qué hago yo si usted no esta? Puedo soportar lo que sea, un manicomio, la cárcel e inclusive la muerte… pero si algo de eso le llega a pasar a usted… señor, nunca me lo perdonaría, nunca.

“No me importa”, “Me da igual morir por usted, Thomas”

Cosas que le he dicho tantas veces, palabras que son totalmente verídicas.

Mi joven amante vuelve a llorar en acongojados sollozos. Un suave gemido que a pesar de ser silencioso cala hondamente en cada uno de mis huesos, hiriéndome, cortándome con un dolor mayor que el hecho deprimente de su arreglada y prematura boda.

—No llore— Parece ignorarme —Thomas, por favor, no llore

—No me pida algo así, señor. Bien sabe que no puedo cumplirlo.

Suspiro y tengo que ahogar ahí mismo todo el llanto que quiero botar. El me necesita. Así es que me aproximo y me inclino frente al sofá. Pongo una de mis manos en su rodilla y con la otra acaricio su rostro.

—Thomas.

—Lo siento.

Me acerco más.

—Thomas.

Limpio las lágrimas que quedan en sus lindos ojos, y me mira, apenado, avergonzado y con cierto tono culpable.

—No importa lo que pase— le prometo — yo siempre voy a amarlo, Thomas, aún en contra de todas las adversidades. Estoy aquí para usted. No voy a abandonarlo cómo me pide, no puedo hacerlo.

Entonces, me abraza desesperado, casi ahorcando mi cuello, y me tira de mi hasta casi forzarme a sentarme sobre su regazo.

—Lo amo, señor Jack— admite trémulo, ahogado y aun con atisbos de tristeza en su voz.

Toma mis mejillas y me besa como solo él sabe hacerlo.  Un beso agridulce, amargo y encantador.

Sus manos suben por mis hombros y mis brazos con creciente confianza a medida que me acerco más y más y más. El sofá no es muy cómodo ni muy grande, pero es perfecto para besarlo, cada lugar lo es.

Y puedo reconocer, en el instante en que nuestros cuerpos se tocan superficialmente por sobre la ropa, que esa noche, yo no voy a retirarme tranquilo sin antes haber probado su cuerpo que es mío y solo mío. Quizás, porque esta es la última vez que nos veremos, o quizás porque después, yo tendré que compartir su amor con alguien más. Eso me lastima y hace cambiar completamente el sabor de los labios de Thomas, convirtiendo las sensaciones en un doloroso y excitante tacto que necesita respuesta inmediata. La amenaza de perderlo o compartirlo es urgente. Nadie tendrá a Thomas antes que yo.

Estoy seguro de que los mismos pensamientos cruzan por su mente en este momento.

Rodeó su pequeña cintura como quien duda, con gracia a la par que doy y recibo besos de todo tipo, en la barbilla, en los labios y en el cuello. Me embriaga el sonido especial de sus jadeos que escucho por primera vez… gemidos y más jadeos, tan exquisitos.

—No quiero estar triste. No quiero tener esta sensación de que se irá cuando nos besamos así. por favor, sea feliz por ambos.

—Que egoísta.

—Lo sé— Se acerca a mi oreja — Pero no quiero recordar esta noche con dolor o tristeza.

Yo tampoco, pienso. Pero las palabras sobran y no me parecen necesarias. Si al menos, de esta manera puedo ver una sonrisa en sus labios, me veré satisfecho. Y cuando nuevamente ansío probar sus labios me doy cuenta de que Thomas es como una droga, un maleficio sin maldad sobre mí.

—Vamos a la cama.

Lanzo la propuesta inadvertida, escondida, pero ahí está, presente con un lujurioso tono.

Y él se lanza sobre mí con toda la seguridad de ser acogido, como un niño pequeño a los brazos de un padre, pero, que comparación más equivoca. Lo que vamos a hacer esa noche no es ni remotamente comparable con lo que haría un hijo con un padre.

Me pongo de pie con él en brazos y sus piernas enrolladas a mi cintura. Apenas pesa, es liviano y delicado colgado a mi cuello. Me besa, otra vez y ciegamente llegamos a la habitación.

Caemos juntos en la cómoda superficie. Aun lo sostengo sobre mí. No quiero soltar sus labios. Justo en ese momento, Thomas se detiene y me mira como si fuera la primera vez que lo hace. Su mirada es radiante y llena de amor. Él sonríe y yo sonrío de vuelta. Tan solo estamos nosotros dos y todo el resto de la noche para amarnos antes de que salga el sol.

Volvemos a acercar nuestros cuerpos y nuestras almas en un beso íntimo… uno tras otros nos vamos acariciando y comenzamos a luchar por encontrar la mejor forma de complacernos entre toques candentes en zonas que nunca antes había tocado pero deseaba desde hace mucho tiempo. Asombrado, me doy cuenta de que este muchachito de mirada dulce y suave puede hacerme llegar al paraíso con solo algunos movimientos precisos de su cuerpo, con los besos húmedos que deposita en mi cuello y sus gemidos armónicos y sensuales al sentir mi boca en su piel

Mi mano se cuela por su camisa mal planchada y encuentra el toque de piel ardiente. Oh.

— ¿Por qué no trae ropa interior, joven Thomas?

— ¿Por qué no la trae usted? – jadea su respuesta Él también ha descubierto mi piel desnuda.

Me giro y esta vez quedo sobre su cuerpo. Y, botón tras botón voy descubriendo la piel nívea del abdomen, luego los hombros… ah. Todo es tan suave. Él comienza a quitar mis prendas, entusiasta y avergonzado con movimientos torpes y adorables. Yo ya no quiero pensar si esta bien o esta mal, yo quiero entregarme completamente a aquel ser que atrapó mi corazón, cordura y amor.

Toco luego aquella línea de vello que baja hasta una zona prohibida.

Desabrocho el pantalón. Jadea. Luego lo retiro y jadea. Miro sus ojos y… ah jadea. Me encanta cuando lo hace, porque siento que le quito el aire, siento que me regala cada respiración.

Sin dejar de ver ese par de iris achocolatados abro sus piernas y entre ese valle de muslos firmes y torneados descubro el más grande pecado que alguna vez pude imaginar. Ahí frente a mis ojos se yergue erecto y majestuoso lo que será mi perdición, alzándose tan descaradamente, desbordando obscenidad y declarando sin miedo que soy yo quien lo lleva a este estado de lujuria y amor. Entonces, ya no puedo detenerme. La pasión y el éxtasis me han nublado la razón. Mis manos tiemblan y solo puedo pensar en besar y complacer a este ser tan indefenso que amo más allá de la lógica y la moral.

Thomas gime mi nombre de manera deliciosa cuando finalmente acaricio su masculinidad. Se retuerce rendido y siento ganas de devorarlo, de nunca jamás apartarme de él. Thomas es ahora mi perdición… pero que cosas pienso, si siempre lo ha sido.

Con delicadeza lo giro entre besos y le explico que voy a prepararlo para lo que viene. Alcanzo a ver sus mejillas arder en carmín en ese instante pero no se niega y me permite continuar. Cuando mis dedos se pierden en su caliente interior, Thomas se mueve, ofreciéndose para mi y escucho sus gemidos anhelantes. La más dulce sinfonía que en ese momento catalogo como mi sonido preferido por toda el resto de mi vida.

Soportando mi peso en un brazo, me poso sobre él. Ya no puedo esperar y él me apremia con sus movimientos. Cuidando de no dañar, entro finalmente al paraíso entre sus piernas, a mi utopía personal, allí donde mis deseos más escondidos y urgentes se cumplen y al mismo tiempo doy satisfacción a los de mi pequeño Thomas.

Ah. Una estocada, lenta, firme y directa que no se detiene, que dicta que somos solo uno. Puedo morir ahora mismo, darme por satisfecho para el resto de mi patética vida. El alza su voz y grita mi nombre. Yo me consumo en el placer y gimo despacio el suyo.

Sus piernas atrapan mis caderas y sus brazos me acercan más a él, se agarra de mi espalda cuando no le doy tregua y arremeto contra él, despacio, fuerte, suave, violento. Sus uñas rasguñan mi espalda en un fuerte vaivén y ahogo con un beso el sonido de su placer.

Una de mis manos baja para encontrar el lugar donde su vello comenzaba, en aquella exacerbante oscuridad donde ahora nuestros cuerpos están unidos

—Señor… ah. J-Jack.

Los vaivenes ahora no se detienen y yo comienzo a besar su cuerpo de norte a sur, de este a oeste, encontrando nuevos puntos de placer en mi acompañante. La visión de su gozo es magnífica.

Mi lugar favorito es ese par de ojos castaños que me atrapan para no soltarme nunca jamás, ese es mi hogar, ese par de iris, normalmente cariñosos y amigables, que ahora están encendidos y brillantes, llorosos y extasiados. Justo ahí está mi pedacito de cielo.

En algún punto un hormigueo se apodero de mi pelvis, bajó hasta mi virilidad y algo quiso salir.

Mas  rápido,  más  jadeos  y  gemidos  y  rasguños.

Besos con una lengua deseosa.

—Lo amo, Jack.

Y explota, la sensación llega hasta aquella viril zona y luego se extiende por todo el resto de mi cuerpo, hondas de placer, electrizantes. Juro justo ahora ver estrellitas en el techo, el famoso orgasmo me envuelve y soy preso de él como un desquiciado. De una sola y ultima estocada más, boto todo lo que tengo en su estrecho y cálido interior, y el, luego de un fuerte gemido hizo lo mismo entre nuestros abdómenes. Cálido, espeso.

Soy suyo por completo, en cuerpo y alma me entregó a la voluntad de mi amado. Es increíble como ahora, al ver nuevamente aquellos ojitos exhaustos puedo decir y afirmar que, es él quien hace latir mi corazón, me hace respirar. Es Thomas, quien me da vida.

—También lo amo, Thomas.

Tomo entonces ambas mejillas y en un beso intento demostrar aquello que siento, aquello que tantas veces he intentado expresar.

Un beso. Ah. El beso me deja en blanco, los labios del joven a la par mía… su lengua. El vulgar y embriagador sonido.

Al separarme me percato del singular color carmín que tienen sus mejillas, tímido evade mi mirada. La vergüenza había vuelto y la veo reflejada en su verecundio rostro.

—No me mire así— Pide hasta quizás, un poco incómodo.

—¿Por qué no?

—Me cohíbe…

—Pero es que es hermoso, joven Thomas.

Y sonríe, esa pequeña sonrisa que me encanta, tímida pero sin dejar de ser alegre. Me mira y toca mis mejillas.

—Usted también lo es, señor Jack.

Le sonrió de vuelta mientras voy saliendo de su interior. Suelta un quejido y yo un “Lo siento” bochornoso.

Camino hasta un pequeño toca discos vinilo que hay en la habitación, lo hago funcionar y una melodía calmante aparece, me suena como a un vals.

Vuelvo mi vista hacia la cama y ahora veo al castaño con las mantas hasta los ojos, mirándome. Me siento una escultura enorme y perfecta ante el, majestuoso.

—¿Me concedería el honor de bailar esta pieza, Thomas?

Estrecho ni mano hacia él, y, sin dudar siquiera un segundo toma esta, se levanta y es Thomas quien me guía a un torpe pero divertido baile. Reímos como dos amigos divirtiéndose, pero nos observamos como dos amantes amándose.

—Señor, la próxima semana cumple 30 años— Musita distraído mientras apoya su cabeza en mi pecho.

—Vaya que si… oh. ¿Recuerda que día es mañana?

Nuestros cuerpos desnudos se topan, pero no me parece incómodo. Cálido. Es la palabra.

—¿Mañana?

Acaricio su cintura y la muevo a gusto, al son de la música.

—Un día como mañana, Thomas, hace dos años iba usted por el campus de la universidad corriendo repleto de papeles, cayó, por supuesto y si mal no recuerdo un apuesto hombre, alto, azabache y de ojos azules lo ayudo a recoger cada informe y lo guió por los jardines, los salones y, estoy casi seguro que fue ese mismo hombre quien lo auxilio con la inscripción a aquella detestable carrera… medicina.

—¿Cómo puede recordar todas esas cosas?

¿Cómo no hacerlo?, “recuerdo cada cosa que tenga que ver con usted, Thomas”

Pero solo respondo con un suave carcajeo.

—Siempre me gustaron sus ojos azules— Entonces detiene el lento baile y pasa sus dedos por mis labios —Y le doy gracias a ese par de cervezas que bebí y me dieron las agallas para ir a su casa y besarlo. Claro, y luego declararle mi amor.

—Yo también agradezco a esas cervezas.

Y sus labios devoran los míos, ah. Como la maldita primera vez, cuando abrí la puerta y el se lanzó a mi cuello, torpe, medio borracho y asustado. Me beso, a punto de llorar pensando probablemente que yo lo enviaría a prisión por ese acto homosexual pecaminoso. ¿Cómo podría haber sabido que yo estaba incluso mas loco de amor que él mismo? Oh. Pero ahora lo sabe, claro que lo sabe.

—Thomas.

—¿Si?

—Lo amo.

 

 

 

Estoy en la estación de trenes, medio día, y la gente apresurada va de un lado a otro, atareada, fatigada, puedo decir que incluso desconectada de la realidad. Pero yo solo puedo pensar y recordar lo que en aquella misma madrugada había ocurrido y lo que ahora me mantiene ansioso, mirando de un lado a otro como un paranoico.

 

 

Anoche… cuando habíamos terminado aquel vals torpe y distraído, cuando nos hallamos recostados el uno con el otro solo admirando nuestros rostros como dos tontos enamorados.

 

Y la madrugada ya llegó, demasiado rápida para mi gustó. El tiempo no se detiene por dos amantes prohibidos y yo ya debo irme. Pero la comodidad y satisfacción impiden que mueva un solo dedo.

 

El sol en un par de horas saldría y nos descubriría a ambos sobre el mismo lecho si no me iba ya.

 

 

Thomas acaricia mi cabello, mis mejillas y mis labios de la misma manera en que yo lo hacía antes para memorizar sus facciones, no pude evitar sonreír. Y, aquel pensamiento llega nuevamente a mi cabeza, fugaz pero insistente.

—Huyamos— Murmuro apacible —Lejos, muy lejos.

Su rostro apenas se inmuta, continúa con los mimos y un serio semblante.

—Tengo ahorros, podemos comprar una granja en un pueblo lejano— sus dedos se detuvieron, pero no me miró — Quiero despertar junto a usted cada día, no quiero temerle más al sol y a su luz. No más.

Parece ignorarme, o quizás, sólo quizás lo está considerando.

—Mañana iré a la estación de trenes, lo espero a las 12 en punto para huir, ¿si? — Entonces toco su mejilla sutilmente.

—Y si… ¿Y si no quiero huir con usted?

Su murmullo me deja dolido, una punzada más a mi corazón, se clava y me envenena tan cruelmente que me cuesta volver a hablar.

 

—Entonces, Thomas, vuelvo en una semana- Me obligo a sonreírle— Antes de mi cumpleaños y a tiempo para su boda.


 

El gran reloj de la estación suena con fervor, demasiado fuerte para mi gusto.

 

13:00. Marca en punto.

 

Suspiro un par de veces para intentar calmar mis nervios, alfojo el nudo de la corbata, abotono y desabotono el largo abrigo color negro, pero nada. No puedo calmarme.

 

Acabo de abandonar mi trabajo como abogado, le grite a mi padre que me iría lejos y que no volvería, vendí una casa enorme y llena de lujos. Dejé todo y a pesar de eso no puedo evitar sentirme más feliz y vivo que nunca, completo y con la adrenalina picando los dedos de mis pies. Libre.

 

El tren llama a los pasajeros con el silbato Y comprendo que ya es hora de irme. Me pongo de pie Y tomo la maleta, aquella en donde he puesto lo poco y nada que rescato de mi antigua vida y emprendo camino hacia el tren de vagones largos y grises.

 

Estoy listo.

 

Entonces como un adiós vuelvo mi cuerpo hacia el tumulto de gente y hacia el enorme reloj de la estación.

 

Me voy. Al fin.

 

Lleno mis pulmones con el aire de Londres hasta que los siento casi colapsar. Y, entonces, en una rápida mirada sobre todo el lugar, entre tantas señoras, tantos niños y ancianos, lo veo, una pequeña silueta a lo lejos que reconozco de inmediato.

Y el sonido de las personas hablar se vuelve solo un murmullo, el espacio y el tiempo me parecen distorsionados , como si todo fuera muy lento, muy rápido y demasiado confuso. Me siento flotar en un aire rosa, en una fragancia de tulipanes y… pino.

 

Ah.

Viene con una enorme sonrisa, con una vestimenta informal y sin corbata. Trae dos maletas a punto de explotar y sus cabellos salvajes sin peinar.

 

Thomas. Mi pequeño amor solo a unos pasos y una hora tarde, pero ahí está.

 

La fe que nunca me abandonó celebra en mi interior y de la misma manera, la esperanza de una vida junto a el me cosquillea el corazón.

 

Porque, después de todo sabía que él llegaría. Mi Thomas, siempre fue y será un impuntual. Un pequeño joven que le gusta hacerme esperar, y sufrir por su ausencia.

 

Mi Thomas.


—Buenas tardes, señor Jack— Nunca había sonado tan alegre, tan él.

Me sonríe y yo le sonrió de vuelta.

—Buenas tardes, joven Thomas.

 

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