Capìtulo 49 ETERNIDAD

ETERNIDAD

Eres una verdad tan ruidosa que ya no puedo ni quiero ignorarla; en el calor de tus labios encontré un amor como nunca creí, el amor más grande de mi vida a mis veintiséis años.

ARIEL

—Voy a hacerte el amor —dijo.

Estaba listo. Me sentía completamente capaz de enfrentar esta situación en el momento que se presentara, al menos, eso creía hasta un segundo antes de escucharle decir que íbamos a intimar. Entonces, todo mi supuesto valor se deshizo como los polos árticos ante el calentamiento global. No supe que responder y el nerviosismo me paralizó frente a Damian. Mi respiración se detuvo, sentí mis extremidades helarse y aunque separé los labios, no fui capaz de pronunciar palabra alguna.

Damian me miraba fijamente a la espera de mi respuesta, mientras que yo me llenaba de vergüenza. ¿En qué me estaba metiendo? Mejor aún, ¿Qué es lo que una persona en mi situación debería contestar ante la propuesta que tanto había esperado por parte de quien ama? Porque yo deseaba esto desde hace varios meses, quizá desde la cuarta o quinta vez que lo vi. Y que no sea un “asunto” que me cause principal orgullo, no por eso era menos real.

Lo deseaba. Era tal el anhelo que cada que fantaseaba con el tema me lo imaginaba de una manera distinta, pero eso sí, todas acababan gustándome: Él me lo pediría y en respuesta yo diría las más románticas palabras, jamás antes dichas, Damian me tomaría y yo lo recibiría sintiéndome dichoso, dejándolo ser él mientras pruebo su forma de amarme. Parecía brillante, una escena novelesca desbordante de sentimientos intensos y verdaderos, y ahora solo teníamos… esto.

—¿Ari? —presionó y su voz logró hacerme tocar la realidad.

Una que otra respuesta vaga pero que me hacía lucir valiente, se me vino a la mente, algo como: “Justamente estaba pensando en que deberíamos hacerlo” “Ya era hora”, “Para luego es tarde” o que tal… “Sí, soy tuyo, haz conmigo lo que quieras…”  y todas parecían estar bien —más o menos—, pero internamente no había nada que quisiera decir. Es decir, agradecía el aviso, aunque sentía que estaba de más.

Qué tal si solo me besaba mientras nos desnudábamos o siguiendo la costumbre, Damian bien podría echárseme encima mientras yo finjo una pobre resistencia. Él comportándose como usualmente lo hace, siendo dominante y buscando reducirme con cada nueva caricia, enojándose al no conseguirlo y yo riendo solo para enfurecerlo más, hasta que finalmente y sin darse cuenta logra que me rinda, que acceda completamente a sus deseos y lo deje hacer su voluntad. Esas pequeñas cosas que se daban entre nosotros y que nos gustaban. Creo que cualquiera de estas opciones era mejor que el que indirectamente pidiera mi aprobación.  Deseaba sentir que me obligaba a ceder, como si yo no tuviera forma de decirle que no y me ruboricé de tan solo pensarlo.

—Sí —alcancé a decir.

—¿Sí, que? —Objetó.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí —repetí.

—No eres precisamente romántico…—se burló, mientras yo me sentía ridículo. Aun después de que besó mi frente su risa lo llenaba todo y retumbaba en mí.

Pasé de enojarme a sentirme ofendido, más en algún momento también comencé a reír, no comprendía el motivo y no por eso dejaba de ser gracioso. Nuestras miradas volvieron a cruzarse y la seriedad nos invadió de un momento a otro, sostuvimos el contacto el tiempo justo para que nos sintiéramos incomodos. Damian me miraba expectante como si nuevamente esperara a que yo hiciera o dijera algo, y bueno, a mí me pasaba lo mismo con él. Estábamos de frente, a escasos centímetros el uno del otro, más ninguno de los dos se atrevía moverse.

—¿Estas nervioso? —preguntó en voz baja.

—No.

—Ah… —dijo, mientras asentía.

—¿Y tú? —quise saber.

—No…

—¡Bien! —agregué.

Damian desvió la mirada de mis ojos como si buscara algo en el piso y tras unos segundos volvió a mirarme, sus ojos me distrajeron de sus movimientos, ni el hecho de que fui viéndolos cada vez más cerca me hizo notar que se aproximaba. Me sorprendí cuando me besó y ante mi reacción él se alejó de inmediato. Me sentí torpe y al parecer, Damian creyó que lo había rechazado.

Colocó sus manos frente a mí mientras me pedía que le diera “un segundo”, aunque en realidad fue más tiempo, se bajó de la cama, a zancadas largas llegó a la puerta; la abrió y salió dejándome solo.

La idea de que se fuera y me abandonara aquí, me aterró. No tenía idea de cómo volver a casa, ni siquiera de cómo salir… ¿se atrevería a dejarme? La respuesta no fue esperanzadora, los días pasados me habían demostrado que, si Damian quería, podía arrojarme al piso y obligarme a besar el dolor. Así que, cuidando de no hacer mucho ruido, también bajé de la cama y fui a acechar, apenas y si me asomé por la puerta entreabierta cuando logré divisarlo. Damian estaba cerca del riachuelo que cruzaba por el “patio del frente”. Se había acuclillado y sostenía su frente con ambas manos cubriéndose los ojos.

DAMIAN

—Estúpido, grandísimo estúpido… —murmuré, mientras salía de la casa.

¿Qué me había hecho pensar que todo sería tan fácil como decirlo? ¿Por qué justo ahora tenía que dudar? Lo había planeado todo, no dejé un solo espacio para errores y cuando finalmente lo tenía en mi cama… me acobardé. Me volví un manojo de nervios que de la forma más patética salió huyendo.

Me faltaba el aire, sentía frío, aunque estaba sudando. Con la intención de calmar el temblor de mis manos me peiné los cabellos con frustración, hasta que casi de rodillas sobre el piso, me sostuve la frente entre las palmas de mis manos. Sentía que la cabeza me estallaría o yo mismo terminaría arrancándomela si no lograba controlarme. Era plenamente consciente de que estaba arruinando el momento, pero si llegaba a lastimarlo, jamás… realmente jamás iba a perdonármelo. Ariel corría un serio peligro conmigo, en este momento no me sentía seguro de poder mantenerme en juicio, mi lobo rasgaba en mi interior ordenándome el cambio. ¿Y sí me trasformaba mientras estaba tomándolo? Podía lastimarlo, peor aún… podía matarlo.

El solo pensamiento me heló la sangre… ¡no! Eso no. Si Ariel me faltara yo no sabría cómo vivir. Debía decírselo. Ariel tenía derecho a saber que yo no era lo que él creía.

ARIEL

¿Dije algo indebido? O, por el contrario, ¿se había enojado porque no dije nada…? Me llamé tonto mil veces y deseé estrellarme contra el marco de la puerta, tanto que si no lo hice fue solo porque el ruido hubiera delatado que estaba asechando.

Damian había tenido razón cuando el día de mi exposición dijo que yo era un estúpido, solo un niño que pretendía jugar a cosas de adultos. El problema era que yo no comprendía muy bien de estos asuntos pasionales, no sabía que decir, mucho menos que hacer. Y a diferencia de todas sus otras parejas, le estaba dejando todo el trabajo a él. No era justo. Más la idea de intentar algo y que a él no le gustara o simplemente pensar que podría hacerlo mal, me tenía paralizado e impotente.

—No seas cobarde —me regañé—por lo menos ve con él.

Lo hice, me tomó algunos segundos decidirme, pero me armé de valor y después del primer paso los demás fueron más sencillos. Llegué junto a Damian y coloqué mi mano sobre su hombro. Su reacción me sorprendió, tembló ante mi acto.

Nervioso. Eso fue lo primero que pensé cuando se giró para enfrentarme, Damian estaba muy nervioso. Me miró sobrecogido y exhaló por la boca con pesadez, como si todo este tiempo se hubiese obligado a contener el aliento hasta que no pudo soportarlo más. Su mirada se centró en la mía, y su angustia me resultó contagiosa. Fuera de él no había nada más que deseara mirar. Ambos parecíamos tener cosas importantes que decirnos, más no lo hacíamos. Quizá por respeto a no interrumpir la confesión del otro… una confesión que no terminaba de llegar.

—¿Qué sucede? —pregunté casi con miedo.

Damian se tomó su tiempo para responder, la súplica en sus ojos me atormentaba, ¿Qué pasaba? ¿Por qué tenía que ser tan estúpido como para comprenderlo?

—No lo sé… —se obligó a responder.

—Eso no es verdad —rebatí—algo sucede.

—Quizás estoy un poco preocupado —confesó, pero intentando hacer de menos sus palabras.

—¿Quizás?

Algo en su mirada me hizo comprender que Damian no iba a dejarme olvidado en este lugar, sin embargo, la serenidad que demostró cuando le pregunté si estaba nervioso, había sido fingida. Su “quizás” era más bien, la confirmación de que algo le angustiaba y por cómo se habían dado las cosas, entendí que ese “algo” tenía que ver conmigo.

—¿El problema soy yo? — Indagué sin realmente querer saber.

—Sí —respondió sin más.

Sentí que el piso se me movió amenazando con dejar de sostenerme.

—¿Hice algo mal? —pregunté y me odié al escuchar lo lamentable de mi voz. Damian entrecerró los ojos como si no comprendiera mi pregunta, entonces de inmediato negó.

—¡No! —dijo —Por supuesto que no, lo estás haciendo de maravilla, eres un cachorro muy valiente… no me refiero a eso.

—Si no es eso, ¿entonces qué? —sentí que iba a mentirme, que diría todas esas palabras amables para no hacerme sentir mal, pero ya era tarde, desde que dijo que yo era el problema me sentí muy triste.

—Ari, no hay nada malo contigo —aseguró acercándose—, me preocupa que vayas a sufrir —agregó. Su mano se alzó sobre mi rostro para acariciarme rápidamente. Tanto que resultó más como una brisa de viento por mi mejilla que propiamente una caricia. —Te amo tanto que tengo miedo de causarte cualquier tipo de sufrimiento.

La declaración me tomó por sorpresa, tanto que tuve que tomarme mi tiempo para analizar sus palabras; me amaba, tenía miedo de herirme. Sentí alivió, de alguna manera me alegraba no ser el único que se sentía asustado, pero al mismo tiempo sus palabras resultaron cálidas y desalentadoras, porque si quieres lograr una venta no dices los aspectos negativos del producto, sino que eso es algo de lo que el cliente se dará cuenta después, cuando se encuentre muy lejos del vendedor y entonces dirá… ¿Por qué no pregunté esto o aquello? Pero será tarde ya. Ahora que si lo que Damian pretendía era asustarme, pues lo había logrado.

—Contigo a mi lado, ya no le tengo miedo a ningún sufrimiento.

Me dolió cuando negó con la cabeza, disimuladamente también sonrió… Damian no me creía. Ponía en duda mis palabras y mis sentimientos.

—No sabes lo que dices… —me rebatió.

—Se lo que siento.

—No es suficiente —aclaró.

—Lo es para mí — dije —No soy ningún cobarde.

DAMIAN

Sentí en el filo de su respuesta que lo estaba lastimando. Justamente lo que quería evitar.

—Ari…

—¿Por qué no me crees? —me miró molesto con el entrecejo fruncido, pero el azul de sus ojos se había cristalizado.

—Te creo…

—No, no es verdad —dio un paso hacia atrás y temí que se echara a correr, más no volvió a moverse— ya no soy un niño, aunque insistas en verme de esa manera, tengo diecinueve años… soy un hombre. —Se puso la mano en el pecho para reafirmar sus palabras. Pero nada de lo que hiciera me sacaría de lo que era más que obvio. Ariel aún era un niño, por lo menos, un adolescente. Su edad no tenía nada que ver con esto, de ser un hombre hubiera podido distinguir que soy dañino para él y estaría en cualquier otro lado, lo suficientemente lejos de aquí. —Tan hombre como cualquier otro —agregó y resultó que lloraba— como… cualquiera de tus otras parejas, tan hombre como Martín.

—Cálmate… —intenté tocarlo, pero no me dejo.

—Soy así, puedo hacerlo porque soy un hombre.

Se hizo chiquito frente a mis ojos y abrazándose a sí mismo lloró como el niño que aún era. Y es que me negaba rotundamente a verlo de cualquier otra manera, Ariel era un cachorro, mi cachorro. Fui hacia él y poniéndome a su altura, lo abracé.

—Ya te dije que el problema no eres tú —le recordé mientras que sin soltarlo recogía sus lágrimas. —¿Cuál es tu prisa por crecer? Algún día serás un hombre…

—¡Ya lo soy! —me interrumpió.

—No, mi precioso bosque nevado, eres aun una mañana fresca y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión. Lo que me preocupa nada tiene que ver con tu juventud.

ARIEL

—¿Entonces? —pregunté.

—Se trata de mí—dijo—de lo que realmente soy.

Damian volvió a evadir mi mirada y con eso logró preocuparme más, porque lo había dicho empujando cada palabra con la siguiente. Su rostro se había ensombrecido y aunque aún me abrazaba, me sentí a kilómetros de él. Nuevamente sentí tristeza, porque pude ver en sus ojos ambarinos una insoportable y cruel soledad. Una expresión tan dolida y angustiada que más bien, parecía ser otra persona y no el pedante e irreverente hombre que amaba.

—Dímelo… —pedí—sea lo que sea, buscaremos la manera de solucionarlo.

No solo desvió aún más la mirada de mí, Damian me soltó y me dio la espalda. Avanzo algunos pasos, aunque más bien parecía que en algún momento se echaría a correr y la incertidumbre de si iba a abandonarme en este lugar o no, volvió a resurgir.

—¿Y si no tiene solución?

—Todo en esta vida tiene solución.

—No comparto tu optimismo —dijo a secas sin mirarme.

—Ni yo tu negatividad, pero ¿eso que? ¿no son las diferencias las que unen?

—Ya te lo dije Ariel, no soy lo que tú crees… —lo soltó con voz temblorosa como si temiera decepcionarme.

—¿Y que creo que eres? —cuestioné con voz calmada.

De un solo paso largo, llegué hasta donde se encontraba él y sujeté su mano entrelazando nuestros dedos, si lo que pretendía era escaparse de mí, no se lo iba a permitir. Damian dudó antes de mirarme, pero no dejé que eso me desanimara.

—A veces el valor es señal de estupidez.

—Pues soy muy estúpido o lo que quieras, pero yo no tengo miedo Damian.

—Cuando estabas en el hospital dijiste que había cosas raras en mí…

—No —le interrumpí—no hagas esto Damian, no me hables entre palabras porque sabes que no entiendo ni la mitad de lo que dices. Lo dije, sí, pero tú también lo hiciste hace rato. Comentaste que había algo raro en mí y que no podías descubrir que era.

—Aun no puedo… solo sé que tu olor es distinto.

—Ya no quiero más misterios. —Supliqué —Solo creo en lo que veo y siento, si te interesa; cuando te miró veo a una persona tan humana como yo, con sus vicios y virtudes. Con un terrible mal carácter que te hace ir de mal humor por la vida, tu impulsividad y terquedad, pero, al fin y al cabo, humano. Lo que siento es otra historia… Te amo de una forma en la que espero no amar a nadie más en mi vida o incluso después de mi muerte. —Coloqué mi mano libre con la palma abierta sobre mi pecho en señal de solemnidad — Sin embargo, no me dejas opción. Hoy seré un poco egoísta, y es que no me importa lo que tu creas que eres… te amo y si tú me amas también ¿Por qué no estamos en tu cama?

TERCERA PERSONA

Lo había dicho y aun si no había sido el discurso más coherente de su vida, habló tal cual lo sentía…, conforme pasaban los segundos esa declaración final comenzaba a ganar fuerza en su mente y se avergonzó de haberlo dicho, más no se arrepentía.

Damian fue el primero en moverse, se sujetó a Ariel haciendo más sólido el agarré de sus manos, se aferró a su “bosque nevado” que pese a tener las mejillas sonrosas se mostraba digno, fuerte y rebosante de convicción. Damian bajó los ojos hasta sus manos unidas y lleno de perplejidad descubrió que la duda y la ansiedad menguaban drásticamente en su interior. Aún tenía miedo de herirlo, ahora más que nunca lo temía. Pero Ariel le había dicho que lo amaba, estaba ahí, dispuesto a intentarlo, si el chico no se rendía ¿Por qué entonces iba a hacerlo él?

Después de un par de segundos, despacio, su mirada se movió desde sus dedos entrelazados hasta el rostro impecable —y hermoso como las estrelladas y aromáticas flores nácar — de Ariel y le sonrió, obteniendo una sonrisa más grande de vuelta. Lentamente inclinó la cabeza hasta rosar los labios del chico.

Lo besó lento, saboreando la boca de algodón que se le ofrecía dispuesta. Ariel intentó pasarle los brazos alrededor del cuello, pero no lo alcanzaba. Damian era ridículamente alto, él, porque Ariel jamás aceptaría que su estatura era un chiste.

—Mi pequeño novio como un copo de nieve…—se burló Damian.

—Súbeme—pidió Ariel.

Damian lo rodeó por la cintura levantándolo. Las piernas de Ariel se enrollaron en la cadera del moreno y sus manos finalmente pudieron rodear su cuello. Se miraron y ambos volvieron a reír, ahora todas esas conductas evasivas carecían de sentido. Ariel se abrazó Damian y en un susurro como si se tratara de un secreto le habló al oído.

—Ahora sí, hazme el amor.

ARIEL

Entre besos y mordidas juguetonas volvimos a su cabañita, Damian parecía estar mucho más tranquilo y yo sentía que no podía ser más feliz. Mi corazón más que latir, bailaba en mi pecho. Me dejó con suavidad en la cama, pero no me soltó, estando de pie sobre el colchón era tan alto como él. Me reí por no tener que levantar la mirada para verlo. Sus ojos estaban a la altura de los míos y claramente podía ver sus labios curvarse en una sonrisa de medio lado.

Sus manos me recorrían la espalda y los costados, deseé su boca y fui al encuentro de ella. Amaba besarlo, sus labios tenían algo que me volvía el más osado de los adictos, tanto era así, que necesitaba sentir los míos amasándose contra la humedad de su boca, ser consumido por su ferocidad revestida de calma. Su lengua se abrió paso entre mis dientes deliberadamente, y a propósito la aprisioné con mis labios, chupándola y sintiéndola serpentear por entre mis comisuras.  Su saliva y la mía escurrían por las esquinas de mis labios, sentía vergüenza porque nunca nos habíamos besado de manera tan pasional, pero me gustaba.

Sentí sus manos buscar un espacio entre mi ropa y seguidamente el calor de su tacto sobre mi piel. Estaba helando en este lugar, el calor que desprendía el cuerpo de Damian me resultaba reconfortante. Desabrochó mi cinturón y jugó con mi cremallera, como si estuviera indeciso sobre si bajarla o no. Sus labios mordían suavemente los míos y yo solo podía quejarme tímidamente al sentir sus manos en esa zona tan “personal”.

Rodeó mi cintura antes de descender abruptamente por mi trasero, palmeó con fuerza antes de meterlas por debajo de mi ropa interior y presionó sobre mis nalgas. Odiaba que hiciera eso, la piel me ardía y de seguro me dejaría la marca sobre mi piel de sus manos. Besaba mi cuello, cuando hizo eso, y lo único que tuve a mi alcance fue su oreja. La mordisqueé con ganas, eso le enseñaría a no meterse conmigo.

—¿Estás seguro de que quieres jugar a mordernos? —preguntó casi de forma amenazante, su voz sonaba cargada y vi en el brillo de sus ojos cuando buscó mi mirada, un atisbo de maldad.

DAMIAN

Negó lentamente, pesé al tono que había usado para hablarle, no parecía impresionado. Es más, sonreía travieso, como no creyendo en la seriedad de mis palabras. A decir verdad, me moría de ganas por hincarle los dientes, pero luchaba por comportarme como un caballero. A razón de eso, cada que la idea venía a mis “caninos” haciéndolos crecer, la desechaba de inmediato de mi mente. Eso sí, decirlo era más fácil que hacerlo; su olor y su piel eran como agua bendita en la boca del diablo, me quemaban provocándome un sufrimiento delicioso.

Quería despedazarle la ropa y la piel, pero al mismo tiempo también deseaba desnudarlo lentamente, protegerlo y hacerlo sentirse seguro. Sensaciones intensas y dolorosamente opuestas. Sin embargo, al final, haría lo que fuera mejor para él. Con ese en mente, sujeté su sudadera por el dobladillo y cuando Ariel levantó las manos, se la saqué despacio.

TERCERA PERSONA

Lejos de la respiración pesada de Damian, nada más se escuchaba.  Su vista, mente y corazón estaban puestos en lo que sus manos hacían. Prenda a prenda iba retirándola del cuerpo pequeño con tal delicadeza y seriedad que nadie hubiera dudado, mucho menos reprochado, el empeño que ponía en desnudar al chico. Ariel se mordía los labios sintiéndose vulnerable. El frío y la timidez lo hacían temblar incapaz de cualquier otra cosa. Sin embargo, cuando la última pieza bajó por entre sus muslos, la vergüenza lo asaltó coloreándole el rostro de un encantador tono rojizo. Instintivamente quiso cubrir su sexo, pero Damian—que recorría centímetro a centímetro con la vista y sus dedos su cuerpo desnudo—se lo impidió.

Lo miraba extasiado, como un bosque recién descubierto que se exhibía frente a sus ojos, montes nunca conquistados por otro hombre, arboledas vírgenes excepto a sus manos, las cuales ya habían tenido la fortuna de invadirlo esporádicamente. Deseo corretear aves por sus costados—un pasatiempo inconfesable pero que le producía un enorme placer—, rodar por sus escarpadas y níveas siluetas. Perderse en la espesura de su cabello o cazar por sus torneadas piernas. Lo tocaba con confianza al sentir al chico reaccionar hasta a la más mínima de sus caricias, su piel se erizaba ante el roce de sus dedos mientras su alma y su corazón temblaban.

De pie sobre la cama, Ariel estaba al alcance de los deseos de Damian, cuyos dedos se iban arrastrado primero por la cintura del menor, para después bajar por su cadera y seguir el rumbo que los muslos ajenos le ofrecían. Le tocaba haciendo círculos pequeños que se encontraban y enlazaban entre sí. Por supuesto, la vergüenza no evitaba la excitación. Ariel no sabía lo mucho que le gustaba que Damian lo tocara hasta este momento en el que desnudo le ofrecía cada parte de su ser. Su piel y su sexo despertaban ante las caricias blandas, la forma en la que Damian lo miraba volvía las sensaciones aún más intensas. Lo hacía sentirse atractivo y deseado.

Y Damian… él estaba embelesado con la piel blanca que tenía frente a sus ojos, la uniformidad en el tono, los escasos y diminutos vellos que le daban a su piel la tersura de un durazno. Sus hombros estrechos y la clavícula que formaba una delicada protuberancia a ambos lados de su cuello. Incluso el jodido tatuaje de pluma parecía mecerse como hoja al viento sobre el hombro del chico y las pequeñas avecillas negras revoleteaban alrededor y por encima de sus cabezas. No sucedía realmente, era más bien; el resultado de algo que Damian había nombrado el “efecto Ariel”.

Continuó el recorrido hasta los pezones erectos y pintados de un rosa pálido. La marca roja en el brazo de su bosque fue algo con lo que Damian bien pudo obsesionarse; la forma y la profundidad le daban la apariencia de una cicatriz antigua, pero Damian la reconocía de otra parte. La última vez que estuvo con Ariel, esa marca no estaba, no había forma de que él la hubiera dejado pasar por alto. Se detuvo a examinarla y cuando pidió una explicación con la mirada, Ariel se dedicó a negar con la cabeza. Podía esperar, ¿no? Después exigiría todas las respuestas necesarias, ahora mismo sus manos descendían por la cintura y la cadera de Ariel.

Ya lo sabía, lo había comprobado en ocasiones pasadas, el chico aún tenía estomago de niño, suave, plano, pero para nada marcado. Su ombligo pequeño, las líneas que remarcaban la pelvis y un pene de tamaño considerable que comenzaba a despertar, que reclamaba atención. Sus piernas delgadas, firmes y que parecían haber sido bruñidas a placer, eso y por todo su cuerpo; los lunares en café claro que destacaban como estrellas en el firmamento. Damian suspiró de puro encanto, le gustaba. Cada parte que miraba le fascinaba más que la anterior. Y pese a su resistencia inicial, tuvo que apartar las manos del cuerpo de Ariel.

El momento de hacer alarde de su ostentosa anatomía había llegado. Sujetó su camiseta por el pliegue y se la sacó por el cuello; las vendas aún envolvían su torso, sin embargo, las heridas habían cerrado por completo. Nuevas cicatrices que después podría presumir.

Ariel llevó su vergüenza a niveles estratosféricos, tan solo imaginar a Damian desnudo le producía un vacío en el estómago y que las manos se le helaran. No se atrevió a mirar, sus ojos se clavaron en los del moreno cuando escuchó el ruidito que producía la hebilla del cinturón al ser desabrochado. Las botas y el pantalón quedaron sobre el piso. Cuando Damian volvió a erguirse, algo en las cuentas que Ariel llevaba, no cuadró: la camiseta, el pantalón y las botas… el chico hizo un movimiento rápido, fue a la velocidad de un parpadeo en el que bajó la vista en busca de la ropa interior, pero Damian estaba tan desnudo como él y de inmediato elevó la mirada como si alguien le hablara desde el techo.

Lo había visto, y aunque su experiencia en penes se limitaba al suyo, la hombría de Damian le resultó intimidante. Todo él lo era, un hombre alto de espalda ancha y brazos sólidos como rocas, de una hermosa piel canela, con un abdomen seriamente marcado que casualmente; era impropio de alguien que comía todo lo que Damian solía devorar diariamente. Sin embargo, Ariel estaba convencido que la yema de su dedo índice bien podría caber entre los espacios de sus bíceps. Ariel se preguntó mentalmente cómo era posible que Damian tuviera un abdomen tan “saludable”, si era igual o incluso más holgazán que él.

Volvió a bajar la mirada hasta la virilidad del moreno, solo para fines estadísticos y poder comprobar que, efectivamente, había visto bien. Miró dos segundos, con una seria posibilidad de haber sido tres segundos y de inmediato desvió la mirada. Se cubrió la boca —gesto que solía hacer cada vez que algo lo sorprendía—, Damian sonrió por la acción y envolvió a Ariel en un abrazo reconfortante, era la primera vez que ambos estaban completamente desnudos, sentir sus cuerpos rosarse resultó en sensaciones agradables para ambos, el ritmo de sus respiraciones se igualó y el tiempo que Damian le había concedido a Ariel para cualquier objeción, se agotó.

Sin el menor atisbo de duda fue en busca de los labios que anhelaba y los apresó en un beso lento, húmedo y tierno. Demasiado lento… ¿Qué más daba? Además, tenía unas ansias irrefrenables de besarlo, mismas que ni besándole se le quitaban.

Lo apretujó contra su cuerpo y con suavidad lo levantó solo para poder recostarlo con la espalda contra el colchón. Ariel estaba poniendo demasiado empeño en ese beso, se aferraba a Damian tanto como podía, buscándolo, invitándolo a su cuerpo tras cada segundo. Sus muslos se separaron para permitirle que se acomodara entre sus piernas, sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo ante el primer roce de sus sexos, pero fue tan rápido que no pudo disfrutarlo a sus anchas. Damian buscaba la mejor manera de acomodarse, la considerable diferencia entre sus cuerpos le obligaba a no aplastarlo. Ariel fácilmente se perdía debajo de él, a razón de esto, Damian quería darle su espacio para que estuviera cómodo, pero el chico pretendía justamente lo contrario. Él anhelaba fundir su piel en el calor de Damian.

Las ansias eran muchas, su sed parecía no poder apaciguarse. Damian vertía sobre sus labios cada gota que podía extraer del manantial que era su boca, no se reservaba nada para sí, quería dárselo todo y más. Ariel por su parte, lo recibía gustoso mientras se removía insinuante debajo de él, provocándolo, restregándose contra el cuerpo sólido y caliente de Damian.

Sus bocas se batieron a duelo, Ariel estaba logrando cierto protagonismo en la escena que por mucho que a Damian le encantara sentirlo tan pasional, se esforzó por refrenarlo. Tomó su labio inferior entre sus dientes y estiró con delicadeza. El chico siseó quejándose bajito.

—Despacio—ordenó Damian con voz firme.

—No lo quiero despacio —refutó Ariel desafiante. Y abrazándose a Damian, se impulsó hacia abajo pegándose más a él hasta que sus partes íntimas estuvieron uno encima del otro, presionándose entre sí. Damian jadeó en la boca que se negaba a soltar mientras que Ariel se paralizó ante la sensación… de haber sido un gato no le hubiera importado el ronroneo que escapó de su garganta, más ahora, negar que sucedió estaba de más.

—Parece que finalmente vas a quedarte quieto… —soltó Damian, asegurando demasiado pronto su triunfo sobre el chico. Volvió a los labios de Ariel para probarlos como si fueran suvenir. Lamió y volvió a morderlos, antes de besarlos.

Los ojos entrecerrados de Ariel estaban aguados de deseo, al mirarlos, Damian solo pudo distinguir una súplica silenciosa. Quería más de esas sensaciones que habían hecho que su cuerpo hormigueara.  Damian le besó la frente antes de descender por su cuello, lamió y besó la piel blanca, las líneas largas del cuello, mientras sus colmillos crecientes delineaban su garganta.

Ariel se tensó al sentir el filo de los colmillos, las mordidas que le había hecho en el pasado le habían dolido demasiado, su piel incluso había llegado a romperse y las marcas tardaban semanas en quitarse —lo supo después de que su relación terminara, pues mientras estaban juntos Damian no las dejaba cerrar — quizá más tiempo, todo dependía de que tan fuerte lo mordiera. Ariel ya no sabía que pensar al respecto, le gustaban en el momento; el dolor y el placer sacaban lo peor de él. Se volvía como un ser irracional que buscaba placer al precio que sea, se desenfrenaba hasta el punto de ser prosaico. No era algo que le pasara con nadie más, era exclusivo de las mordidas y los brazos de Damian. Después se avergonzaba de su comportamiento, aunque al más alto parecía encantarle e incluso se lo aplaudía.

Damian se posicionó entre su cuello y su hombro, Ariel simplemente cerró los ojos cuando sintió la respiración tibia del moreno en esa zona, esperó las primeras punzadas de dolor, pero solo sintió un ardor mucho menos molesto, que más que dolor le causaba cosquillas. Damian succionaba, mientras su mano derecha sujetaba la hombría del menor y con la yema de su pulgar empezó a hacer círculos pequeños sobre la punta. Ariel reaccionó al tacto tensando su cuerpo y quiso contener el gemido que terminó atorándose en su cuello para finalmente salir en un gruñido que bien pudo lastimarle la garganta.

—Está bien, —intentó calmarlo Damian—quiero escucharte.

Le robó un beso rápido de los labios y continuó bajando hasta su pecho, de forma osada mamó de los pezones del menor, a veces presionando ligeramente con sus dientes, otras, solo chupando o besando, su mano había bajado hasta los testículos del chico y los masajeaba con cuidado. Ariel tenía la mente en blanco, en este momento no existía, si quiera, la posibilidad de que articulara una oración completa de dos palabras. El calor que emanaba de su cuerpo y todas las sensaciones que Damian le hacía sentir, lo tenían saturado. El cambio era violento, no bien terminaba de acostumbrarse a la ternura del moreno cuando esté se volvía impetuoso y aunque seguía cuidándolo, sus caricias se tornaban hambrientas y necesitadas, para posteriormente volver a ser suave y delicado con él.

Quiso detenerlo cuando lo sintió bajar más, pero Damian prácticamente se le escapó como agua entre las manos. Lo sintió lamerle el borde de su ombligo y no supo sí reír por las cosquillas o llorar porque ya no podía con todas estas sensaciones. La lengua ingrata de Damian acarició su vientre humedeciéndolo de saliva, para posteriormente irla recogiendo en pequeñas succiones y mordiendo despacio. El sabor de Ariel le resultaba delicioso al gusto, pero eran sus reacciones las que estaban enloqueciéndolo, al mismo tiempo que lo incentivaban a esforzarse más.

Damian bajó de la cama y se arrodilló en el piso, tomando a Ariel desprevenido, lo apresó por ambas piernas y lo arrastró para acercarlo al borde del colchón. Para ese momento, luchaba ferozmente por mantenerse en su piel de humano, sentía a su lobo rasgar en su interior deshaciéndole la piel. Sim embargo, nada más importaba ahora. Ariel era suyo y no iba a compartirlo con nadie, ni siquiera con su segunda naturaleza. Que ardiera el mundo si era necesario, pero este bosque exclusivamente sucumbiría a su fiereza.

Ver a su cachorro “casi” dócil y excitado lo hacía sentir orgulloso, solo le faltaba inflar el pecho porque ya estaba sudando vanidad. Cuando sus labios no estaban sobre la piel de Ariel, no había poder humano o mágico que le borrara la sonrisita boba del rostro.

Estar entre los muslos del chico con toda esa piel a su alcance resultó ser mucha tentación, lo incitaba y le nublaba la razón. Que terminara hincándole los dientes no debió sorprender a Ariel, quien a pesar de que intentó soportar el dolor, soltó un grito ahogado. Damian se arrepintió de su osadía e intentó remediarlo besando y lamiendo la marca roja que había dejado, pero internamente los colmillos le picaban por hacerlo de nuevo.

Ariel sintió sus ojos llenarse de agua, su nube de placer se desdibujo cuando Damian le encajó los dientes, el dolor fue tan intenso que incluso pensó que le había arrancado la piel… fue lo único, pues cuando los labios húmedos del moreno presionaron contra su sexo, su razón volvió a nublarse. Tenía un vívido recuerdo sobre esto, fue en aquella ocasión cuando su padre lo había golpeado y Damian, para hacerlo olvidar, lo tomó con la boca por primera vez.

Ahora mismo parecía que una cosa nada tenía que ver con la otra, pero en su momento resultó muy efectivo. Lo que Ariel había olvidado era la terrible vergüenza que sintió en aquella ocasión, la misma que experimentaba ahora; Damian no hacía la menor diferencia entre besar sus labios y su pene, había delicadeza en la forma en la que sus labios presionaban contra su virilidad. Y cuando lo sintió lamer desde la base hasta la punta se creyó morir, que su corazón no lo soportaría más y se detendría… Siguió con la misma idea cuando Damian enfundó su hombría con su boca, con sus labios presionando y hacia vacíos en sus mejillas mientras subía y bajaba, sorbiendo, apretando en el más leve rose de unos dientes, pero sin llegar a lastimar.

Con un brazo, el moreno aprisionaba la pierna de Ariel y con su mano libre sostenía la del chico. La excitación en él era tanta que se sentía tan duro como el piso en el que estaba arrodillado. Ariel desprendía un olor sugerente, y si en algún momento le importó acallar sus gemidos, ahora lo había olvidado por completo. Los ruiditos de Ariel hacían eco en las paredes, en su virilidad y en su corazón, aunque no precisamente en ese orden.

Damian le había encontrado gusto a lo que hacía, quería lograr que se viniera, pero el cachorro no se la iba a poner tan fácil. Y es que, aunque parecía disfrutarlo, no estaba cooperando. Gemía, se ahogaba con la falta de aire y su erección se hinchaba en la boca de Damian, más no por ello se rendía. Era dócil y eso no significaba que iba regalando su voluntad por las calles. Si el moreno quería algo de él, iba a tener que sudar para conseguirlo.

La relación en general había sido así desde el principio. Y siendo ambos tercos, se encargarían de llevar al otro al límite con tal obtener su victoria. Lo injusto de la situación es que ante la experiencia de Damian, Ariel solo podía intentar resistir. Se amaban y deseaban pertenecerse, pero en este preciso momento los dos competían por el control total; uno en el que se ordenaba algo y el otro tenía que obedecer.

El moreno aumento el ritmo de los vaivenes y la presión que ejercía con sus mejillas, Ariel se sujetó con fuerza a la única sabana que cubría el colchón. De la cintura para abajo sintió que sus músculos se tensaban y se resistió a lo inminente…, Damian lo soltó y de inmediato su mano continuó la labor, mientras sus labios hurgaban más abajo. Besó antes de llevarse a la boca uno de los testículos de Ariel, mordió con sus labios estirando la delicada piel e hizo lo mismo con el otro, lamió también la piel que estaba debajo y sonrió cuando Ariel se echó a llorar.

Sabía que estaba a punto de saborear su triunfo sobre el chico, de la misma manera en la que su lengua comenzaba a degustar el líquido preseminal que chorreaban como gotas de rocío. Cometió entonces, un error de principiantes, confiarse demasiado y aplaudirse su victoria antes de tiempo. Distraído como estaba no vio venir esto, Ari se echó hacía atrás y cerró las piernas negándosele. Instintivamente se esforzó por alejarse de él, mientras lo miraba punzante. Jadeaba más que lo que respiraba, pero ahí estaba él, con la cabeza en alto y sacudiéndose los estragos de lo que parecía una derrota inminente. Se miraron intensamente, Damian lo asechó como si fuese una de sus presas —que a razones de lo que estaba sucediendo, lo era— buscándole un punto débil. Ariel por su parte, estaba al pendiente de cada movimiento por parte del moreno, con las uñas listas para encajárselas si intentaba acercarse.

Damian pretendió sujetarlo por el brazo, pero el arañazo que recibió fue la prueba de que Ariel no estaba jugando.

—Debí morderte cuando pude… —se quejó el moreno, mientras aceptaba el desafío.

—Pero no lo hiciste.

Por supuesto, el de ojos ambarinos se movió más rápido y alcanzó a sujetarlo por el tobillo.

—¿A dónde crees que vas bosquecito? —le preguntó burlón, mientras sin el menor de los cuidados lo giró dejándolo boca abajo.

Para alguien como Damian, mover a voluntad a un chico de la talla de Ariel, era tanto como jugar con un oso de felpa. Poco pudo hacer Ariel cuando Damian lo obligó a arrodillarse sobre la cama y presionó con cuidado sobre su espalda para que colocara el estómago sobre el colchón. La posición lo dejaba expuesto y el chico se resistió a ella, una terquedad contra otra aun mayor… La naturaleza de Damian era dominar en cada área de su vida, y entre todas, la más importante sin duda, era someter a su pareja, su instinto se lo requería, era su necesidad de lobo y su orgullo de hombre.

Que el menor le diera batalla lo enorgullecía, pero la decisión en ningún momento había recaído en Ariel.  Tampoco iba a subyugarlo, esa jamás había sido la intención.

DAMIAN

Palmeé sus nalgas como castigo por lo que había hecho, más corriendo fui a besarlas cuando lo escuché quejarse. Lamí, chupé y mordí a mis anchas, él estaba tenso, le incomodaba tener mi rostro en su trasero y específicamente, mi lengua entre sus nalgas. Había fantaseado tanto con este momento, pero esto era cien mil veces mejor.

Con una mano lo retenía, con la otra masajeaba su hombría y mi lengua simulaba penetraciones en su ano, Ariel se contraía impidiéndome el paso, más mi esfuerzo y persistencia logró sus frutos. No solo pude probarlo a mi gusto, la vista fue un panorama que estaba seguro no olvidaría, eso y verlo luchar con determinación. Se negó hasta que su cuerpo entero se removió en un espasmo y terminó en mi mano. En ese momento desistió de luchar y se dejó caer extendiéndose sobre el colchón. Respiraba de forma errática y su cuerpo sufría de temblores involuntarios. Fui a su lado y me recosté cubriéndolo con mi calor, tal y como esperaba, tan pronto me sintió a su alcancé se giró resguardándose en mi pecho.

Ya no importaba quien tenía el control, él volvía a ser mi única prioridad. Cuidarlo y hacerlo sentirse protegido… ¿al final quien ganaba? Lo amaba más allá de cualquier orden que pudiera darle y de la cual muy seguramente él se negaría a obedecer.

—¿Estás bien?

—S-sí — respondió.

—Fue una buena batalla…—me reí cuando me dio un golpe en el pecho con su puño. Y para que no se enojara le dejé un reguero de besos ruidosos en el rostro.

—No sé para qué me tomo la molestia de intentarlo, de todas formas, siempre me ganas.

—Es que soy muy convincente.

—Aja…

ARIEL

Buscó mis labios presionando suavemente con los suyos, se alejaba y volvía, nuestros labios apenas y si se rozaban, entonces se alejaba de nuevo mientras me sonreía en un vago intentó por distraerme de lo demás que hacía, pero era mi pierna y claramente lo sentía restregándose contra ella.  Creo que nunca había estado tan consiente de su cuerpo y el mío como lo estaba ahora.

¿Debía hacer por él lo mismo que me hizo? Solo de pensarlo me llené de vergüenza, no me sentía capaz, tampoco había investigado mucho al respecto y mi experiencia en el tema era relativamente breve. Me alejé de su boca y lo empujé con suavidad para salvar algo de espacio entre nosotros, Damian se dejó caer de espaldas al colchón permitiéndome apreciar su desnudez. Mi corazón dio un vuelco, quizá a estas alturas decirlo estaba más, pero era tan guapo, cada uno de sus movimientos rezumaban virilidad, sobre todo aquellos en los que era tosco y no es que me guste la mala vida, pero sin duda, prefiero cuando me trata como si no fuera a romperme.

Sus cejas pobladas y perfectamente perfiladas, las pestañas tupidas que enmarcaban sus ojos leoninos de mirada feroz, sus labios siempre húmedos debido a su vicio de lamerlos, la ligera sombra de una barba que no dejaba crecer… no pude evitarlo y llevé una de mis manos hasta su mejilla, pese a su apariencia, no picaba, su piel en esta zona era tan suave y solida como el resto de su cuerpo. Con mi mano libre me toqué el rostro sin dejar de acariciar el suyo y se carcajeó cuando comprendió lo que hacía. Sin dejar de reírse se acercó y me besó la frente. Otro de sus vicios, pero me gustaba que me besara.

—Algún día…—dijo—no hoy, ni mañana, posiblemente tampoco en lo que resta del año, pero definitivamente algún día.

Lo mal miré, aún tenía año y medio para “oficialmente” dejar de crecer. En todo ese tiempo muchas cosas podían pasar. Decidí no pelear, el tiempo me daría la razón… volví a empujarlo y casi me le eché encima, solo cuide de no aplastar sus heridas.

—¿Aun te duelen?

—No, ya no —aseguró.

Recorrí las vendas con la mirada y después el resto de su torso. Había tantas marcas, algunas incluso se encimaban sobre otras, no pude evitar pensar en todo el dolor que debió sufrir y el nudo en mi garganta comenzó a ahogarme.

Sus brazos me rodearon y me besó despacio.

—Está bien, sucedieron hace mucho tiempo…—explicó como adivinando mis pensamientos.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas? —me preguntó.

DAMIAN

—Debí estar aquí… —dijo—cuidándote para que no te lastimaras ¡lo siento mucho!

Su ternura siempre lograba conmoverme, pero nunca como ahora. Ariel estaba dispuesto a llorar por mis heridas, sentí que no merecía tanto… su preocupación, mucho menos sus lágrimas. La mayoría de mis heridas las obtuve haciendo cosas que Ariel no aprobaría, pero no fui capaz de confesárselo.

—Cuídame a partir de ahora —pedí.

Cuando Ariel asintió volví a dejarlo debajo, sostuve sus manos por encima de su cabeza y me acomodé entre sus piernas. Me estaba consumiendo en mis ansias, ya no podía postergarlo más. Necesitaba su calor y llenarlo de mi olor.

—No se trata de que no pueda sorprenderte, sin embargo, siento curiosidad —comenté—¿En algún momento pensaste en nosotros haciendo esto? —no lo miraba, mis labios están sobre su cuello, acariciando más de lo que le besaba. Su olor en esta zona era mucho más intenso y se combina con el aroma a cítricos de su champú.

—M-muchas veces… —confesó con las palabras cargadas, en este momento Ariel era como un mar de fondo; solo esperaba la corriente de aire que le hiciera volver a sus orillas.

La piel de su cuello se erizaba ante el calor de mi aliento, su cuerpo se tensaba o relajaba al mismo ritmo con el que mi cuerpo se frotaba sobre el suyo. Sus labios estaban rojos de tanto besarlos y su mente se adormecía nuevamente, su guardia baja era la más vil de las provocaciones o, por el contrario, un cruel engaño.

—Quiero complacerte… ¿Cómo te gustaría que lo hiciera?

Me incomodaba preguntar, pero por encima de cualquier cosa deseaba que Ariel tuviera todo lo que deseaba. Era algo importante, la diferencia entre lo que él significaba para mí y las personas de mi pasado, quería tomar su opinión en cada aspecto de nuestra nueva vida. Que Ariel me tuviera la confianza de decirme cómo y con qué intensidad le gustaba, yo lo respetaría, no pasaría por alto sus deseos más importantes.

—¿Ari? —presioné.

—¿Sí?

—Respóndeme… o te juró que te lo voy a meter sin más —amenacé.

Ariel sonrió y asintió.

—¿Eso quieres? —indagó.

—Yo pregunté primero…

—No quiero pensar ahora —dijo mientras se colgaba de mis labios —hazte cargo, como quieras.

Me estremecí ante sus palabras, no estaba seguro de que Ariel fuera plenamente consciente de lo que estaba haciendo, pero ahora él era completamente mi responsabilidad. Bajé hasta que nuestros estómagos se unieron, mi boca se apoderó de la suya saboreándolo con el mismo ímpetu con que el me frotaba contra su sexo. Mi bosque se abrió un poco más para mí y bailó a mi ritmo esa melodía de sexualidad, se dejó guiar y volvió a sorprenderme lo bellamente vulgar que podía volverse cuando buscaba placer. Gemía en mi boca, mordía mis labios y con sus piernas entorno a mi cadera me buscaba tras cada movimiento. Incitándome, calentándome como el sol en verano. Solté sus manos, pero él continuó aferrándose a la sabana.

ARIEL

—¿Confías en mí? —preguntó con la voz cargada, y temblé de pies a cabeza al escucharlo, no podría asegurar si fue por su excitación o porque sabía que cuando Damian pregunta esto, es porque está a nada de hacer algo que no precisamente iba a gustarme.

Me esforcé para mirarlo… ya no me encontraba en mi sano juicio, la cabeza me daba vueltas, estaba ahogándome y en medio de todo, respondí.

—Sí, confío en ti.

Damian bajó la mano regalándome una última caricia por el torso y dirigió su hombría a mi entrada, —¿Ya? ¿Tan pronto? ¿No quería que primero lo habláramos? —suspiré y me estremecí de ansia, emoción y deseo. Era curioso porque estaba a punto de experimentar algo que parecía aterrador más no sentía miedo, me sentía indefenso, pero a salvo. Damian colocó sus brazos por delante de mis hombros, bajó hasta recargarse sobre mi pelvis asegurando mis piernas a sus costados, estaba apresándome entre su cuerpo para que no pudiera moverme.

—No tengas miedo —dijo —. Se lo que sientes… yo lo siento también.

Era todo lo que necesitaba escuchar.

TERCERA PERSONA

Ariel cerró los ojos y se mordió con fuerza los labios al sentir a Damian moverse sólido sobre su cuerpo, como serpenteando por sus perfiles, mientras empujaba contra su entrada. Algo en su mente decía “relájate” o quizá era el propio Damian quien se lo pedía al sentir su cuerpo tan tenso. Ariel no podía asegurarlo, lo único que sabía en estos momentos era que apenas comenzaban y ya dolía. No importaba que lento y con cuanto cuidado se moviera, su ahora amante estaba lastimándolo.

Contuvo la respiración y se tragó sus gemidos para que Damian no se enterara, porque sabía que si él se daba cuenta se detendría y quizá no volverían a intentarlo en mucho tiempo, no quería fallarle a él y, sobre todo, no quería fallarse así mismo.

Damian, lo sintió encogerse bajo su cuerpo y aunque lo que quedaba de su razón le decía que debía asegurarse de que Ariel se encontrase bien, su olor lo distraía de cualquier lógica —una deliciosa combinación de dolor y miedo — mezclado con el sudor que comenzaba a perlar su piel, lo estaban volviendo loco. El olor natural del chico que se abría como una flor de pétalos delicados seduciendo a un colibrí. Y en estos momentos él era esa avecilla y quería cada gota del néctar de Ariel. Su esencia era embriagadora, la inocencia de sus gestos y la forma en que soportaba el dolor era delicioso. Damian no tenía forma de protegerse contra tal ataque, no había manera de no responder a su instinto natural. Lo que Ariel provocaba en él era algo que no había sentido antes. Tanto que el humano inocentemente estaba cediendo ante el lobo. Su mente aturdida, su razón empañada y su cuerpo al mando.

No lo escuchó gritar, cuando tras olvidar los cuidados iniciales terminó de penetrarlo de golpe. Ariel sintió que se quedaba sin aire, sus manos se sujetaron a los hombros de Damian y los fue bajando arañándole los brazos, le encajaba las uñas para no gritar de nuevo. Las exhalaciones del moreno le calentaban el rostro, Damian casi jadeaba, Ariel lo retenía, envolviéndolo y desquiciándolo con el calor de sus paredes. Lo deseaba, cada aspecto de su persona la quería para sí. Damian empujó un poco más y Ariel aventó la cabeza hacía atrás. La hermosa curvatura de su garganta puso a temblar al más alto, quien sin pedir permiso fue al cuello ajeno y lamió antes de besar. La suavidad de la piel, el correr de la sangre por las venas más gruesas creaba un sonido ventoso que repiqueteaba como llovizna en los tímpanos de Damian. Era demasiado para él, su corazón en su pecho latía tan frenético que casi dolía. Desnudó sus colmillos raspando suavemente, buscando ese espacio entre el cuello y el hombro izquierdo del chico, las ansías le ganaban, quería morder, su naturaleza le ordenaba clavar los colmillos, rasgar la piel.

Ariel había apretado con fuerza los ojos, rendido. Lo soportaría y más que eso, de alguna manera lo deseaba. Sabía que Damian lograría despertarlo y todo sería mejor después del dolor. Sin embargo, el moreno escondió el rostro en el cuello del chico, frotando sus mejillas contra la piel de Ariel, mientras le ronroneaba. Era como un enorme gato que buscaba un poco de ternura. Ariel en cambio, lo interpretó de otra manera.

Este día lo había visto dudar más veces que todas las anteriores juntas desde que lo conocía. Ariel no lo entendía, quería sentirse invadido y dominado, era a lo que Damian lo había acostumbrado y lo necesitaba.

—Hazlo… —ordenó con voz vibrante —Muérdeme.

Ante el permiso que solicitaba, los caninos de Damian crecieron mientras se hincaban en su cuello. No había forma de explicarlo, el dolor era intenso y reconfortante. Ariel sintió un calor recorrer cada una de sus extremidades, una sensación mucho más intensa de lo que anteriormente había experimentado.

La intensidad era producto de su reciente unión con su animal protector, la fuerza del lobo en su cuerpo, la sensibilidad y pasión característicos de las hembras. Poderes y naturalezas que se harían visibles al momento en que Ariel se dejara marcar por un macho dominante como Damian, al cual a partir de este momento estaba reconociendo como su pareja.

Cuando Damian se separó, Ariel le pasó los brazos por el cuello, lo atrajo hacía él, mientras dejaba caer las piernas a los lados. Antes de besarse, los ojos ambarinos se perdieron en la mirada azul eléctrico de Ariel. Había cambiado, las pupilas negras formaban una “o” perfecta y el iris que antes habían sido como un cielo despejado, ahora se habían tornado como agua clara contenida por un marco negro. Era una mirada indómita, inusualmente hermosa, tan bella como salvaje.

Damian sintió la amenaza de esos ojos que le miraban por primera vez, que le advertían que se anduviera con cuidado porque Ariel ya no estaba indefenso. Y fue suficiente el batir de las pestañas largas del chico para que sus ojos regresaran a la normalidad. En un primer momento Damian no pudo reaccionar, Ariel tuvo que despertarlo al acariciar con la espalda de su mano, la mejilla del más alto.

—¿Qué sucede? —le preguntó con voz tranquila, como si temiera asustarlo.

Damian retuvo la mano que lo mimaba y llevándola hasta sus labios, la besó. Tenía puesta toda su atención sobre Ariel, como si hubiera pasado demasiado tiempo sin verlo. Aun en su interior, había dejado de moverse, no hacía otra cosa que admirarlo. Volvía a ser solo él… solo un hombre. Tarde cayó en la cuenta de que estaba aplastándolo, y cuando quiso incorporarse Ariel se quejó.

Verse unido a él fue una agradable sorpresa que se empaño al darse cuenta de que no recordaba cómo habían llegado a esto.

—¿Te hice daño? —preguntó alarmado.

Ariel no se encontraba en condiciones de dar grandes explicaciones, “daño” como tal, no, ¿dolor? De eso sí ya había tenido bastante, pero no era como para que Damian tuviera esa expresión atormentada. Negó con cabeza, no pudo ni quiso hacer más, lo que sí hizo fue abrazarse a Damian, buscando sus labios.

No quería palabras, en este momento necesitaba otro tipo de consuelo. Damian lo rodeó con una mano, mientras que con la otra se sostenía, se besaron con la misma lentitud y cuidado con la que Damian comenzaba a moverse dentro de él, un movimiento cadencioso, insinuante y placentero. El moreno cuidaba de no salir completamente del chico, quería acariciarlo, compensar el dolor que parecía estar sufriendo, más Ariel se negaba a soltarle la boca. Gemía tímidamente en sus labios, esforzándose por relajar su cuerpo cada vez que se sentía invadido. Ahora estaba bien, se sentía seguro siendo abrazado por quien amaba.

Era como si finalmente hubieran encontrado la postura correcta, la sincronía que permitía que sus ansias nuevamente afloraran. Poco a poco Damian fue aumentando el ritmo, hasta que Ariel ya no podo sostenerse más y se dejó caer sobre el colchón.

Ariel le aruñaba el cuello, los hombros incluso la espalda, todo lo que tuviera a su alcance. Damian soportaba de la misma manera en que el chico lo hacía, Ariel casi podía jurar que la virilidad del moreno seguía creciendo en su interior, perforando, calentándolo más hasta sentir que se consumía. Cada parte de su cuerpo que Damian había tocado y besado le ardía. El calor era intenso, tanto como los ojos de oro fundido de su moreno.

Damian no le daba tregua, lo penetraba con la rudeza torpe de alguien que intenta ser delicado. Cuando no se estaban besando, se sostenían la mirada, y en sus ojos encontraban todas esas declaraciones de amor que no pueden ser dichas con palabras, porque aún no han sido creadas. Había tal elocuencia en esos pestañeos que se negaba a llegar creando pausas, que incluso el mejor discursante se hubiese sentido celoso de verlos. Los gemidos bravíos de Damian, se perdían entre el cimbreante escándalo que Ariel estaba haciendo.

No se guardaban nada, no había necesidad de hacerlo. Eran suyos ahora, se pertenecían y poco importaba si el bosque entero se enteraba del pasional encuentro que estaban sosteniendo.

Damian rodó sobre su espalda dejando al chico sobre él. Ariel no parecía saber qué hacer, ni siquiera podía sostenerse a sí mismo. Damian lo recostó sobre su pecho y aun debajo de él siguió moviéndose, mientras le acariciaba la espalda y sus costados.

Aturdido y como estaba Ariel comprendió como iba el asuntó. Se obligó a incorporarse y con ambas manos sobre el estómago de Damian, empezó a guiar el ritmo de las penetraciones. El moreno lo sujetaba por los costados para evitar que se desplomara.

Ver a Ariel cabalgándolo era más de lo que su mente podía procesar, sin dejar de cuidarlo, llevó una de sus manos al pene del chico y comenzó a sobarlo, lo masturbaba al mismo ritmo en el que Ariel se movía sobre él. Sonrió al ver que como en un efecto magnético su bosque aumentaba el ritmo y la profundidad de las embestidas, se movía en círculos con los ojos cerrados y clavándole las uñas en el estómago. El chico comenzaba a decir palabras ininteligibles, pero Damian supo que era inglés. Estaba perdido, entregado a su placer, nada más importaba ahora, Ariel estaba hundido en un mar de sensaciones que nunca había experimentado, pero a las que, a partir de ahora, tendría acceso con tan solo desearlo.

Ariel gimió de tal manera que Damian sintió temblar todo su cuerpo, de inmediato lo derribó dejándolo debajo nuevamente y levantando sus muslos, lo arrinconó penetrándolo con fuerza, arremetió contra él sin piedad hasta que el chico terminó en un esplendoroso gruñido y solo un par de embestidas bastaron para que Damian lograra su propia liberación. Intentó salir antes de dejar su semilla en el interior de Ariel, pero una oleada de placer no es algo que pueda controlarse.

El chico quedó rendido sobre el colchón, y en un movimiento por demás instintivo Damian se agazapó sobre él, resguardándolo. Una acción poco humana, pero que estaba directamente relacionada con la naturaleza de Damian. Al ver a Ariel vulnerable, su lobo sentía la obligación de asegurarse que nada ni nadie amenazaba su seguridad. Era suyo, iba a protegerlo con su vida si era necesario. A razón de esto, la mirada salvaje de Damian recorrió toda la estancia, sus oídos barrían y colaban los sonidos que arrastraba el viento buscando algún tipo de amenaza.  Aun en su piel de humano, sus sentidos estaban despiertos logrando por primera vez la unión de sus dos naturalezas en una sincronía tan perfecta y fluida que lo volvían un arma letal. La agilidad, inteligencia y fiereza del lobo, la fortaleza y pasión del humano. Quien osase, acercarse a Ariel en estos momentos, corría el serio peligro de no volver a respirar.

Una vez que se aseguró de que Ariel no corría ningún tipo de peligro, se recostó a su lado, abrazándolo. Cubrió la desnudez de su apareja con lo que restaba de la sabana y lo besó.

Fue un beso distinto a todos los que habían compartido hoy. Una caricia libre de connotaciones sexuales era su forma de decirlo que lo amaba. Ariel correspondió el gesto, haciendo un verdadero esfuerzo por moverse. Su cuerpo aún estaba caliente y la agitación no había menguado, pero su cuerpo comenzaba a sentirse dolorido.

—Ahora eres mío… —susurró Damian orgulloso, apretujándolo contra su pecho.

—Fui tuyo desde esa vez en la que te salvé la vida, después de que caíste de tu motocicleta por manejar a exceso de velocidad… no pude sacarte de mi mente desde esa vez. —Ariel rio ante su comentario.

—No es así como recuerdo que fueron las cosas, pero tampoco pude sacarte de mi mente desde esa vez. Soy feliz contigo, si te tengo a ti no necesito nada más. Te amo, cachorro… —no se trataba de que Damian se estuviese volviendo sensiblero, simplemente expresaba lo que sentía. Ahora tenía a quien pertenecerle, ya no era un lobo solitario, tenía una pareja para toda su vida, una manada.

—¡Te amo! —respondió Ariel.

Y aunque su confesión fue breve, era solo porque el cansancio estaba aplastándolo. Porque en su interior, perder a su padre por haber elegido a Damian, había sido la mejor inversión. El rechazo de su madre ya no importaba, las aflicciones de su niñez se desvanecían. Ahora estaba rodeado de gente que lo amaba y valoraba por quien era, se sentía pleno con Damian, protegido y sensual.

Estaban juntos, estaban en casa, se amarían por lo que durara la eternidad.

4 comentarios en “Capìtulo 49 ETERNIDAD

  1. FIEEEEESTA EN AMÉRICA, FIEEEEEEEEEEEEEEEESTAAAAAAA~~
    luego de más de un año de espera (o casi dos, ya ni me acuerdo cuándo empezó todo esto e.e(que galla soy)) por fin pasó, ALABADO SEA DIOS! por fin se dieron lo suyo coño, estoy tan feliz como cuando mi equipo de béisbol gana la liga nacional :’D (cosa que no ocurre muy seguido, de paso) esta noche dormiré tranquila sabiendo que por fin le pusieron la fucking correa a Dam y ya no se va a ir. Hoy no te odio querida autora, hoy sí es amor puro uwu AHHHHHHHHHHHHHH marica no puedo con la emoción xD primera vez que me pongo así por unos personajes ficticios, siento que quiero gritar con alguien, pero faltan 10 para las 12 y aquí hay gente que tiene clases mañana temprano, pero es que, como diría mi mami: estoy emocionada con la emoción :’DDDDD

    PD: ya solo queda esperar a que se resuelva el problema de Deviant y Han, que James se ponga serio con Taylor y que Gianmarco no se me descarrile, y con eso podré morir en paz.

    PDD: galla en Venezuela significa tonta, boba, etc, sentí que era la palabra que mejor me describe xD (en masculino es gallo pues y ya). ¿Sabes esas veces en las que te emocionas tanto que solo se te ocurren expresiones coloquiales y quieres usar la jerga de tu país o de tu región? bueno así estoy. <3

    • otra cosa, una de esas que tenía clases temprano era yo y no me acordaba @.@ en mi mente pensé que hoy sería jueves y resultó que era miércoles, el día que me tocaba ver clases más temprano. Me estaba durmiendo en expresión gráfica? afirmativo compañero, me arrepiento de algo? negativo camarada, lo volvería a hacer? sin dudarlo, la felicidad del capítulo me mantuvo en pie mientras dibujaba hoy xD

    • Veroooo me reí a lo grande con tu comentario. Jajajaja me ha animado tanto. Mira que después de mi accidente apenas y si he podido escribir. Pero ahora que enumeras todo lo que falta por suceder me dan unas ganas horribles de continuar.
      Muchas gracias!!

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