Capítulo 50 – CONQUISTADO

CONQUISTADO

 

¿Qué será de la mañana cuando nosotros amanezcamos?

 

TERCERA PERSONA

 

Eran las primeras horas del miércoles. Aturdido y sintiéndose más cansado que nunca, Ariel despertó en medio de una densa oscuridad. Se removió o por lo menos, intentó hacerlo; el colchón bajo su espalda era duro e incómodo, sin embargo, se notó resguardado entre un par de brazos macizos que lo encadenaban a un cuerpo inexplicablemente caliente y cuyo calor resultaba confortante ante la rudeza del frío que sentía. El clima era gélido a esas horas, tanto que Ariel notaba sus extremidades agarrotadas.

Sus ojos que no estaban acostumbrados a tal oscuridad, luchaban por divisar algo entre la opacidad. Y aunque su cuerpo estaba despierto, su mente parecía seguir adormecida, de otra manera habría podido distinguir que quien dormía a su lado, era Damian. En cambio, azorado como se encontraba, se obligó a sentarse de golpe, un movimiento imprudente que le mareó e hizo que cada centímetro de su cuerpo doliera. Gimió y esta vez fue del más puro e intenso dolor. Tanto que prefirió recostarse nuevamente, al no soportar estar sentado un segundo más. La espalda y cadera le dolían de forma punzante, su hombro herido le ardía, de la misma manera en la que le escocían la parte interna de sus muslos. Damian despertó sobresaltado al escucharlo quejarse y de inmediato lo rodeó en un abrazo sobreprotector, mientras miraba hacia todas direcciones en busca de la más mínima de las amenazas, pero ahí no había nadie, salvo ellos dos.

Él podía ver claramente el rostro dolorido de Ariel, sentir su desconcierto y su malestar. Sin embargo, no quiso sacar conclusiones que quizá solo empeorarían la situación y prefirió escuchar de la boca del chico, lo que necesitaba.

—¿Qué sucede? —preguntó, Damian.

Ariel se tomó su tiempo para responder, escuchar su voz le bastó para reconocerlo y adormecer su preocupación. Sentir su cuerpo siendo rodeado por el Damian fue reconfortante, salvo porque lo descubrió desnudo, tanto como lo estaba él. La vergüenza vino entonces, en la forma de un sonrojo tan intenso que le calentó las mejillas ¿Qué más daba? Ariel estaba seguro de que con toda esa oscuridad Damian no lo notoria.

Simplemente lo olvidó cuando otras imágenes vinieron a su mente, entonces pudo recordarlo; se habían amado horas atrás. Ese era el motivo de su dolor, se había entregado a Damian y ahora se pertenecían. Cada cosa volvió finalmente a su lugar, tenía sentido si lo veía de esa manera. Había una razón poderosa para lo que sentía y en este momento estaba seguro de que lo valía.

— ¿Te sientes mal? —Presionó Damian — ¿Quieres que te lleve de vuelta a la ciudad? ¿Te duele algo? ¡Te llevaré al hospital! —ofreció y ya se estaba incorporando de la cama para vestirse, pero Ariel alcanzó su mano y lo retuvo. — Puedo llamarle a Han para que te revise si no quieres ir al hospital.

—No, no…—dijo—estoy bien.

— ¿Estás seguro?

—Sí.

— ¿Por qué te quejaste entonces?

—T-tuve una pesadilla —mintió, Damian analizó su rostro, estaba seguro de que Ariel le rehuiría la mirada, sin embargo, el chico intentó mantener su farsa y enfrentó a Damian. — ¡Tus ojos…! —exclamó Ariel sorprendido.

De inmediato, Damian cerró con fuerza los ojos. Más desanimado que molesto, tuvo que rehuirle a Ariel, sabía que más temprano que tarde, el asunto de sus ojos iba a salir a colación. De todos modos, no era algo que pudiera controlar, sino que entre más oscuridad hubiera más intenso era también el brillo cetrino de su mirada.

Era esa la razón por la que cuando se quedaban juntos en la habitación de Ariel, insistía en dormir con una lámpara encendida, y lo mismo había sucedido cuando lo llevó a su casa en Judet.

—Lo lamento, no fue mi intensión decirlo de esa manera —se apresuró Ariel, pues si bien, sus ojos apenas y si lo distinguían, supo que el comentario le había incomodado lo suficiente como para hacerlo rehuir. —No los escondas de mí —pidió.

Ariel tanteó en la nada hasta que sus manos rodearon el rostro de Damian, y olvidándose de sus malestares se exigió llevar sus labios hasta los parpados cerrados del moreno para regalar besos sobre ellos.

Damian se relajó al sentir la caricia que su bosque le obsequiaba, sabía que el chico se estaba esforzando demasiado, lo había notado en el cambio de su olor. No pudo ni quiso postergarlo más, lo mejor era enfrentarlo de una vez por todas; sin titubear abrió los ojos y pudo ver en el reflejo de los de Ariel la llamarada de su mirada. Más sus sentidos estaban fijos en las reacciones del menor.

Ariel se recostó de lado sobre el colchón, pero sin romper el contacto, estaba absortó en esa mirada que lo consumía. Era hermosa de una manera que las palabras no alcanzaban a explicar, pero también era atrevida, arrogante y de cierta forma bizarra.

Damian recordó las ocasiones anteriores en las que pasó por el mismo escudriño. Cada uno de sus hermanos reaccionó de una manera distinta. Deviant había quedado sorprendido, pero no fue de extrañar, cada cosa de lo que Damian era solía sorprender al mayor de los Katzel. James en cambio fue indiferente, como si todo en el moreno fuera anormal y un par de ojos llameantes era lo de menos. Samko nunca le tomó importancia, admiraba demasiado a su hermano como para rechazar algo de él, por muy inusual que resultara ser. Su amor por Damian le había llevado a aceptar sin problemas cosas por las que cualquier otro armaría un escándalo. En aquella ocasión se limitó a decir —¡Brillan!… quisiera tener unos ojos como los tuyos — y jamás volvió a repetirse esa conversación.

En este momento, Ariel lo miraba sin pestañar y Damian se sentía ansioso por lo que el chico fuera a decirle. Sus ojos eran un tema que de cierta forma le acomplejaban, aunque nunca lo aceptaría ni siquiera un poco.

— ¿Me das un beso? —pidió Ariel de la nada, mientras se hacía rollito intentado cubrirse con la única sabana que había. — ¡Tengo mucho frío!

Damian tardó un poco en acceder a su petición, no porque no quisiera besarlo, al contrario, sino porque no pudo comprender de momento que tenía que ver un beso con el que Ariel tuviera frío y ambas cosas con sus ojos. Despacio se acomodó a su lado antes de acariciar su rostro y besarlo. Lo cubrió de tal manera que casi lo dejó debajo, mientras su lengua se apoderaba de la boquita del cachorro. Un beso intenso, pero tierno, lento y amable. Una caricia tan dulce que casi se pudo comparar a un primer beso.

—Bésame hasta que me duerma…

—Voy a besarte hasta que mi corazón deje de latir —prometió Damian.

—Pero, por favor no me muerdas.

 

DAMIAN

 

No se por cuánto tiempo nos besamos, respirábamos poco, nuestros labios se rozaban mientras nos mirábamos, las palabras que antes consideraba “cursis”, todas aquellas que juré jamás repetir, ni de broma, fluyeron desde mi corazón y fueran pronunciadas por mi necesidad de hacerle saber todo lo que provocaba en mí.

Entre mis brazos era tan pequeño, dócil. Ariel derrochaba una ternura que me deshacía entre miel y azúcar, quería cuidarlo, protegerlo de todo y todos, incluso de mi mismo. Era un buen sueño, el mejor de todos, como una nube blanca y esponjosa. Y aunque no quería soltarlo, tenía miedo de que si lo presionaba demasiado, él desapareciera de entre mis brazos. El cansancio lo fue venciendo, sus ojos se negaban a cerrarse pero su cuerpo no pudo soportarlo más, cuando finalmente se durmió, lo acuné entre mis brazos, aun incrédulo de mi suerte.

Estaba convencido que no lo merecía, Ariel era mucho más de todo aquello a lo que alguna vez aspiré. Y esto no se trataba de que cambié de un día para otro, que simplemente me desperté y me di cuenta que lo quería, no, fue todo un proceso que llevó tiempo; un lapso en el que cometí muchos errores con él, mientras me decía si debía o no bajar mis barreras. Ni mucho menos tenía la mente  y el juicio nublado porque habíamos tenido sexo.

Ya sabía que lo amaba, pero no sabía cuánto y tampoco quería reconocerlo. Me asustaba verme necesitado por él, por su cariño.  Una y mil veces me reproché por haber caído en mi propia trampa, me juzgaba porque mis intenciones fueron malas cuando me acerqué a él, porque solo quería usarlo, destruirlo como lo he venido haciendo con todas las cosas buenas que han tenido la mala suerte de toparse conmigo.

Pero Ariel se metió en mi mente, en cada fibra de mí ser. Me trastornaba pensando en formas de asesinarlo y mientras más lo pensaba, menos quería hacerlo. La idea fue desagradándome cada vez más, sobre todo cuando lo veía sonreírme. Cada que me miraba con ese brillo en los ojos, cuando lo veía llorar o entristecerse, cuando me hablaba sin parar sobre lo que hacía en la universidad y en el trabajo, y también cuando en completo silencio me escuchaba con atención, tratando de comprenderme, regañándome si lo que hacía o decía estaba mal y felicitándome cuando me lo merecía.

Cada instante con él ha sido tan perfecto que hubiera sido imposible no enamorarme.

 

TERCERA PERSONA

 

Ariel soñaba con un camino de arcilla que iniciaba al pie de los Cárpatos Meridionales, mismos que se abría imponentes frente a él, eran enormes columnas de piedra que conducían por un estrecho hasta un macizo montañoso. Ariel lo recorrió tan rápido como sus pasos y el angosto sendero se lo permitieron y cuando por fin pudo llegar al final del camino; fue recibido por un paisaje surrealista de cumbres peninsulares rodeadas por un océano que parecía no tener fin. En su sueño, Ariel veía un cielo despejado y percibía el intenso calor de un sol que le quemaba las mejillas. Estaba seguro de que jamás había visto un lugar tan hermoso como esté, sin embargo, había algo familiar en el ambiente.

Alguien le señaló el relieve que formaba la Sierra Nevada a cientos de kilómetros de donde se encontraban, pero que era claramente distinguible. Formas suaves y cumbres poco escarpadas en las faldas, mientras que las zonas dominadas por crestas y salientes en la cima formaban picos que apuntaban en todas direcciones. La misma persona le señaló ahora las huellas de erosión glaciar que se formaban en los valles que rodeaban el macizo de piedra en el que se encontraban. Ariel miraba cada cosa que le era señalada, sin embargo, sentía una intensa curiosidad por esa persona a quien no podía verle el rostro, pero que claramente había sentido cuando le tomó de la mano y sin darle tiempo a que se negara, le iba arrastrando de aquí para allá mostrándole todo, mientras que con su mano libre le señalaba los diferentes paisajes.

No se parecía a ninguna otra mano que Ariel recordara; la piel blanca y delicada, la tersura y suavidad, pero al mismo tiempo, la solidez de su agarre. La familiaridad con la que había entrelazado sus dedos con los de Ariel, las uñas largas en un tono rosa pálido, el murmullo de su voz que se asemejaba al romper de las olas en la orilla. La emoción en su tono y su risa juguetona, casi aniñada. Y de la nada, un hosco gruñido acompañado de una mayor presión en el agarre que ejercía sobre la mano de Ariel, en el momento justo cuando Damian salía del camino angosto, mirándolos fijamente.

Ariel quiso ir con Damian cuando este le extendió la mano para que la tomara, más la mano blanca se negó a soltarlo y poniéndolo detrás se enfrentó a Damian. En ese momento, Ariel pudo ver algo más de esa persona. Era apenas unos centímetros más alta que él, su cuerpo era delicado y su cabello parecía una tormenta de nieve: blanco y alborotado por la brisa del aire. Vestía ropa común, en tonos llamativos —los favoritos de Ariel —, pero estaba descalza. ¿Una mujer? Joven, casi tanto como él.

Damian vociferó un apártate rudo y sobre todo amenazante, la forma en la que miraba a la chica, lo asustó. Ya había visto esa mirada antes y de inmediato quiso deshacer el agarre de sus manos, pero ella no lo permitió.

—Apártame… —respondió desafiante la mujer.

Su voz ya no era juguetona ni conservaba la misma amabilidad con la que se había referido a Ariel, más bien, era igual de severa que la de Damian.

Ariel la miró detenidamente una vez más; parecía una muñequita de parcela, frágil y hermosa. Cuando Damian avanzó hacia ella, Ariel quiso intervenir, proteger a la chica de lo que estaba convencido que el moreno le haría. Sin embargo, ella volvió a dejarlo detrás, empujándolo suavemente. Damian estaba tan molesto que intentó tomarla por el cuello, pero la chica fue más rápida y de un manotazo le rasgó la ropa y el pecho obligándolo a retroceder.

Ariel recordó las uñas de color rosa pálido, lo delgadas y débiles que le habían parecido. Era imposible que esas mismas uñas en los dedos delicados de la joven, le hubieran podido causar tal daño a Damian. Ella dijo algo en un idioma que Ariel no pudo comprender pero que, al parecer, Damian sí, pues de inmediato volvió a la batalla y esta vez logró derribarla de un puñetazo.

Ariel no comprendía nada de lo que estaba pasando, sin embargo al ver caer a la chica, corrió a ayudarla. Tomó el rostro pequeño entre sus manos y cuando ella levantó los parpados, él pudo distinguir el más hermoso color azul en su mirada, unos ojos francos y puros que le resultaron conocidos. Damian llegó junto a ellos en ese momento y tomándola por el cabello se la arrebató de entre las manos a Ariel. Entonces, lo que el chico jamás hubiera imaginado. Aun siendo sostenida por Damian, ella trasmutó en la forma de un lobo blanco, mucho más grande en consideración con su tamaño y se le aventó al moreno intentando atrapar su cuello.

Ariel sintió su brazo arder como brazas que le deshacían la piel, solo desvió la mirada de ellos por unos segundos y cuando la devolvió, ya no era uno, sino dos lobos imponentes. El negro era más grande y proporcionalmente más fuerte, pero la loba parecía estar dándole una buena batalla. Todo era bramidos y gruñidos letales que ensordecían a Ariel, los lobos lanzaban mordidas y se revolcaban golpeándose contra las piedras.

El chico temió que ambos animales cayeran por el precipicio, hasta el mar. Entonces la loba blanca logró tomar por el cuello a su rival, causándole una herida de gravedad. El aullido penetrante de dolor logró que Ariel temblara, pero nada se comparó al miedo que sintió cuando de la misma manera que vio convertirse a la chica en lobo, vio a la bestia negra trasmutar a su piel de humano y resultó que era él… era Damian.

 

ARIEL

 

Desperté sobresaltado, mi corazón dolía tanto que tuve que poner ambas manos contra mi pecho, y aunque no hacia gran diferencia, por lo menos me aseguraba que si mi corazón salía disparado, lograría atraparlo antes de que tocara el piso. Tal y como en la gran mayoría de mis pesadillas, olvidaba el sueño tan pronto despertaba, pero aún me quedaba en el cuerpo rastros del intenso miedo que había sentido. No lo sé, era probable que me estuviera volviendo más sensible, porque no recuerdo que este tipo de cosas me afectaran tanto.

No me esforcé por recordar mi sueño, me basta saber que había sido malo y me sentía aliviado de haberlo olvidado. Lo que sí hice, fue buscar a Damian, pero su espacio a mi lado estaba vacío. Instintivamente me senté de golpe, ¿me había dejado?

Se había ido, olvidándome a mitad de la nada…

No sé porque me preocupaba tanto ser abandonado, sin embargo, era a lo que más le temía.   Más que el dolor que la idea me produjo fue mi cuerpo el que me recriminó por el brusco movimiento, sentía mucho dolor. Y tuve que arrodillarme porque definitivamente no podía mantenerme sentado. Me cubrí el cuerpo con la sabana al darme cuenta de que seguía desnudo, con cuidado y muy despacio bajé de la cama.

Encontré mi ropa en el piso, me vestí lo más rápido que pude, mientras miraba la chimenea improvisada rápidamente consumía la leña que ardía. Además de otros trozos listos para avivar el fuego, en caso de ser necesario. Revisé algunos y parecían recién cortados. Quizá Damian no me había dejado, tal vez había salido a caminar o simplemente estaba en el patio. Cuidando de no mover mucho mi hombro herido, me metí en mi sudadera. Tenía la boca seca por la falta de agua y mi estómago lloraba de hambre, pero en estos momentos, nada era tan importante como encontrar a Damian.

 

Empujé la puerta hasta que logré abrir la puerta. La corriente de aire helado me caló los huesos, dentro de la cabañita el calorcito era reconfortante, pero aquí afuera, la nieve lo cubría todo. Aun así, no podía decir que el lugar fuera desagradable, por el contrario. La casa estaba dentro de lo que parecía ser un risco hueco. Una parte en el techo se encontraba descubierto y por ahí se colaba la claridad. Bajé los escaloncitos de piedra y caminé hasta el riachuelo que cruzaba por el medio de todo el terreno en línea recta, el agua corría cristalina pero no estaba seguro de si podía beberla. Había arboles altos alrededor, que al igual que el piso, estaban revestidos de blanco. El frío era insoportable, tanto que los dientes me castañeaban. Miré una vez más el agua, en verdad tenía sed, y no me importaba si estaba helada, que de seguro lo estaba. Como no quería meter las manos, decidí que me inclinaría y la bebería directamente de ahí.

Estaba en esto cuando escuché un ruido entre los arbustos. Pensé que era Damian y mejor fui a echar un vistazo, caminé entre las arboladas bajas y encontré su motocicleta, pero no había rastros de él. Un ruido más se escuchó desde el otro extremo, como a unos doscientos metros de donde me encontraba, sin embargo, fue el brillo de dos puntos verdes entre la maleza lo que me alarmó. El gruñido amenazante de un perro rompió el silencio, pero no era un perro sino un enorme lobo gris. Lo supe cuando abandonó su escondite y saltó hacía mí.

Había leído que en la remota posibilidad de verme de frente con un lobo no debía correr porque definitivamente me corretearía, pero mi instinto de supervivencia no opinaba igual. Corrí tan rápido como pude hasta a el árbol más cercano que encontré y trepé con una agilidad que no me conocía. Jamás antes había trepado árboles, y casi caigo en más de una ocasión, pero subí tan alto como me fue posible.

De la nada, más lobos salieron; eran cinco en total y todos rodeaban mi árbol mientras brincaban intentando alcanzarme. Incluso se colgaban de las ramas más bajas y tiraban de ellas con fuerza. Estaba seguro de que el pobre árbol no resistiría mi peso y el maltrato de esos animales. Intenté ahuyentarlos, pero solo conseguí que se enfurecieran más, sabía que ellos no iban a darse por vencidos y el tronco de mi árbol comenzaba a crujir. Juro por todo lo que amo que jamás había sentido tanto terror.

Desesperado, comencé a gritarle a Damian, no lo sé, quizá estaba cerca y podía ayudarme, pero los ladridos de los lobos se escuchaban mucho más altos que mis llamados por auxilio. Y cada que me escuchaban gritar se alteraban más.

En una de tantas un lobo de color rojizo logró colgarse de otra de las ramas, y tiró tan fuerte de ella que la arrancó de gajo. Casi me hace caer. La impresión me causo vértigo y sentí mi cuerpo pesado, todo cuando veía era colmillos a la espera de que cayera para que me destrozaran la piel, sus gruñidos se volvieron ensordecedores, estaba aturdido y asustado, perdí la fuerza de mi agarre cuando un váguido me revolvió el estomago, la vista se me nubló… ya no pude más y me solté.

 

DAMIAN

 

Apenas iba a la mitad de camino de regreso a la cabaña cuando el viento trajo el sonido de sus ladridos. En ese momento, pensé lo peor. Estuve tentado a soltar las bolsas que llevaba y correr, pero igualmente las necesitaría.

Corrí tan rápido como pude y mientras más me acercaba mejor podía oírlos ladrar enfurecidos. Crucé el camino angosto de piedra y tuve frente a mis ojos la escena más atroz que en algún momento pude imaginar. El recuerdo de todas las personas a las que había engañado para llevarlas al bosque y dejar que mis lobos las cazaran y mataran, se repitió en mi mente como si se tratase de una película de terror.

Por que frente a mis ojos, mi indefenso Ariel estaba siendo rodeado por ellos. Nyria saltó arrancando una rama alta, haciendo que mi cachorro perdiera el equilibrio. Lo vi caer del árbol y a ellos írsele encima para atacarlos.

Grité para ahuyentarlos, mientras soltaba las bolsas y corría hacia ellos. Al escucharme, todos salvo Nyria, retrocedieron. Jamás creí llegar a esto con ella, le estaba agradecido por todo lo que había hecho por mí, pero no iba a permitirle que le hiciera daño a Ariel, a él menos que ningún otro. La empujé, interponiéndome entre ellos, para enfrentarla.

Mi acción no fue bien tomada por Carsei, y más pronto de lo que hubiese deseado estuvo plantado frente a mí, con ella contra su pecho, resguardándole el cuello. Nos miramos fijamente, no quería iniciar una pelea, pero lo haría si ella no desistía. Los demás lobos nos miraban sin intervenir, pero alertas. No estaba seguro de que bando estarían, aunque nunca me habían atacado.

Sin bajar la mirada, retrocedí lo justo para tener mi campo de visión a Ariel.

— ¿Puedes levantarte? —pregunté.

—Mi brazo… —se quejó él, volteé para mirarlo. Debí suponer que ella lo atacaría si me descuidaba.

Ariel ahogó un grito cuando Nyria le saltó encima, y yo apenas y si alcancé a arrastrarlo para quitárselo de entre las patas y lo cubrí con mi cuerpo. Los colmillos de la loba se clavaron en mi brazo, pero con la misma rapidez con la que me mordió, también me soltó. Era claro que el asunto se había vuelto personal. Por un segundo olvidé que Ariel estaba entre mis brazos, y le gruñí a la loba de forma amenazadora, un sonido gutural que me rasgó la garganta al tiempo que le mostraba los dientes, fue un acto impulsivo producto de mi naturaleza. Carseí se adelantó a defenderla, pero solo nos miramos.

 

TERCERA PERSONA

 

El lobo gris desistió primero, sin embargo, Damian no se movió hasta que todos los demás lobos retrocedieron. Solo entonces, levantó a Ariel hasta que sus pies abandonaron y el piso, y volvió con él para recoger las bolsas con las cosas que había traído de la ciudad, para refugiarse en el calor y la seguridad de la cabaña.

— ¿Te lastimó? —preguntó preocupado Damian, una vez que ambos estuvieron en la seguridad de la cabaña y con la puerta bien cerrada. El chico no parecía ser capaz de responder, todo esto había sido demasiado para él. — ¿Ari…? ¿Te mordieron? Respóndeme… ¿te hicieron daño? Si ter mordieron debe revisarte un medico.

Un gruñido se escuchó desde el otro lado de la puerta y Ariel, instintivamente se abrazó a Damian. Quien, al sentir su miedo, lo rodeó con los brazos levantándolo.

—No va a hacerte nada, ya no…—aseguró.

— ¿Por qué me dejaste? —le lloró.

—No te deje, fui por comida.

—No quiero que me vuelvas a dejar solo…

—No lo haré —aseguró apretándolo contra su cuerpo. —Lo prometo.

Nyria veía en Ariel la amenaza de su animal protector. Una hembra con la fuerza suficiente para reducir a Damian. El moreno pertenecía a su manada, se sentía con el derecho y el deber de protegerlo. Si bien, en el chico había reconocido el olor de Damian, no se fiaba de él.

—No tengas miedo, no voy a dejar que te haga daño.

—Dijiste que no había lobos en Sibiu —reprochó Ariel.

—Bueno, esta parte ya no es Sibiu —aclaró— es Bungard.

No dio resultado su vago intento por distraerlo, se quedaron a mitad de la estancia, Ariel se aferraba a él y Damian no tardó en darse cuenta de que el chico estaba llorando.

—No, por favor… no llores.

—Me asusté, creí que me iban a matar.

A Damian se le heló la piel de solo imaginarlo, estrechó más al chico y le besó la frente.

—No quiero que vuelvas a decirlo —demandó con voz dura, pero sin soltarlo. — ¿Esta claro? —exigió.

—Pero…

Lo sujetó por la barbilla y lo obligó a mirarlo.

—Sin peros, ¿está claro? —Asustado el chico asintió de inmediato— Nadie va a hacerte daño mientras yo viva. Nadie…

 

DAMIAN

 

El asunto de los lobos quedó en el olvido cuando estando a la mitad de la cabaña y parados cerca de la chimenea, lo besé, Ariel me suspiraba en la boca y se aferraba a mis brazos, apegándose lo más que podía a mi cuerpo. No había conocido a nadie que pudiera representar con tal desfachatez, las dos caras de una misma moneda. Nadie, tan solo él. Ariel puede ser todo cuando quiere en la medida que lo desea; lo bueno y lo malo en la misma medida.

No está comprometido con ningún rol, no sigue más reglas que las suyas. Y no sé hasta qué punto es consciente de la sensualidad de su inocencia, pero ahora me queda claro que poco o nada la importa su cruel e incluso, inmoral, proceder cuando coquetea buscando placer.

Él bien puede llorarme, mostrarse frágil y desvalido, para al siguiente segundo, mirarme justamente como lo hace en este momento. Con los ojos cristalinos y las mejillas húmedas por su llanto, pero con los labios curvados en una sonrisa coqueta, que desarma. Que se vuelve peligrosa conforme se acerca a mi boca hasta apoderarse de ella y de mi voluntad.

Es consciente que me desenchufa con esa actitud tan insolente. Que antes los cambios tan repentinos y opuestos de su personalidad —que nunca terminan de sorprenderme— no puedo, ni quiero hacer otra cosa  que sucumbir ante sus deseos. Dárselo todo. Obedecer las inflexibles órdenes de su mirada.

Sus labios se van tornando demandantes y me vuelven torpe. Siento que los brazos y la vida entera no me alcanzan para llenarlo y protegerlo.

—Te amo —lo suelto sin pensar.

Ariel sonríe y atrapa mi labio inferior entre sus dientes, sus ojos brillan hermosos en algo que interpreto como felicidad. Más no recibo un te amo, de vuelta. Se limita a mirarme sin dejar de sonreír, y hace que mi orgullo arda. Quiero escucharlo decir todas esas cosas que sus ojos no pueden ocultar, lo que siente por mí, pero él guarda silencio.

Se que lo hace a propósito.

— ¡Te amo! —  repito y mi voz sale necesitada, tal vez dolida.

Su mirada de superioridad me hiere, y al darse cuenta deja de sonreír. Se sale de entre mis brazos sin que yo pueda evitarlo, retrocede unos cuantos pasos y su mirada azul cielo me recorre de pies a cabeza. Me hace sentir que esta calificándome; por lo que dura un pensamiento me preocupa ser hallado deficiente.

Cuando la inspección termina, Ariel vuelve a buscar mi boca y no encuentro la fuerza para negarme a él. Mis labios desean abrazarse a los suyos, pero él me lo impide y vuelve a morder mi labio inferior, esta vez no es juego, presiona con sus dientes hasta que me hace sentir el sabor de mi sangre. Veo la satisfacción en sus ojos, su poderío me hace sentir abrumado.

Y todo es peor cuando se lame los labios, probando el sabor de mi sangre. Mi expresión lo hace reír y seductivo me abanica con el movimiento de sus pestañas largas. Casi puedo comprender lo que pretende, pero no tengo la certeza y es que mi bosque suele ser tan tierno, es un niño dulce y amoroso. Tan distinto a esta pequeña fiera que de la forma más sugerente ha comenzado a restregarse contra mi cuerpo, mientras ronronea.

Mi mente puede no reconocerlo, sin embargo, mi cuerpo va despertando a la velocidad de su deseo. El azul claro de su mirada no se aparta de mi rostro y los contornos de su cuerpo se menean irresolutos entre mis brazos. Ariel es como un mar y yo solo la orilla de una playa. Nunca es del todo mío, va y viene libre. Se acerca a mis costas tanto como quiere, más cuando trato de sujetarlo, se vuelve espuma entre mis arenas.

Mi dignidad me exige que retome el control de la situación. Un control que no he tenido. Me demanda volverme la roca alta que rompe sus olas y en un segundo de valor, lo tomo por la nuca; lo beso a la fuerza. Cruzo el océano de su boca con la fuerza de un huracán; mis rachas de viento lo sostienen por la cadera y lo levantan hasta que sus pies abandonan el piso. No lucha contra mí, pero sé que no se ha rendido. Ariel me recibe efusivo, satisfecho al saber que sus truquitos están dando resultado conmigo. Todo parece ser felicidad hasta que intenta separarse de mí para respirar. Me niego. Mi lengua invade su boca y la recorre a cabalidad, mis labios se amasan con fuerza contra los suyos. Ariel intenta empujarme, buscando salvar un poco de espacio que le permita tomar aire, pero tras cada intento mis besos se vuelven más salvajes. No lo suelto hasta que yo mismo siento que me ahogo.

He caído de picada en el pozo de su ego, su mirada desafiante me hace reír cuando al soltarlo lo veo tragar aire por la boca, esta jadeante, caliente. Y se ve esplendoroso con las mejillas rojas, el cabello pegado a su frente y los labios hinchados, le duelen, lo sé por la forma en la que se los toca. Entonces, de la nada rompe en carcajadas. Aun sofocado su risa lo llena todo, me mira divertido y vuelve a dejarme descolocado. Me limito a mirarlo mientras se va acercando a mí, tiene la gracia y la desenvoltura de un felino. Por un segundo me hace creer que va abrazarme, más cuando se coloca frente a mí, se da media vuelta y se pega a mi cuerpo hasta que su espalda queda contra mí estomago. Con sus manos, dirige mis brazos y los cierra sobre su vientre en un abrazo que lo envuelve. Me hace rodearlo y vuelve a suspirar mientras se acomoda.

Lentamente vuelve a ese baile cadencioso en el que se frota contra mi cuerpo, pero hay algo distinto. Ariel no es más ese mar bravo, mucho menos un océano. En este momento es una laguna de cause acompasado. Sus aguas fluyen mansas, sus bordes no buscan salirse de entre mis brazos. Soy yo el que ya no puede contenerse, su olor me acalora y su excitación desborda mis ansias. Inconscientemente mis labios terminan sobre el lado derecho de su cuello, lo beso. Ariel hecha la cabeza hacia atrás; ofreciéndose como una flor a un colibrí. Me permite beber de sus mieles.

De un momento a otro me descubro sediento, mi lengua humedece su garganta y dejo un camino de besos por su piel húmeda.  Veintisiete, De su hombro a su quijada hay veintisiete besos de distancia.

— ¡Te amo! —Repito mordiéndome el orgullo—. Te amo, Ariel.

La posición que hemos adoptado no me permite ver su rostro, sin embargo, el silencio es su respuesta. Me hace sufrir… ¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Qué suplique? Si de eso se trata, solo tiene que decirlo, puedo suplicar.

Sus movimientos me distraen de mi angustia, la sobraba merma cuando siento su mano empujar hacia abajo el agarre de las mías sobre su cadera. Las guía hasta el sujetador de su pantalón.

—Desabróchalo… —ordena. Su voz sale cargada y dura.

El botón sede ante la habilidad de mis dedos. Me detengo. No hago más de lo que me ha pedido; Ariel hace resto. Contengo la respiración cuando escucho el ruido de la su cremallera al bajar y la tela de su pantalón al rozar la piel de sus muslos, ahora desnudos. Su cuerpo serpentea sinuoso contra el mío, sus manos repasan mis brazos con las uñas arañándome la piel.

— ¿Qué haces? —preguntó, pero no lo cuestiono a él, creo que está más que claro lo que Ariel pretende, sino a mí mismo, ¿a qué se debe ahora mi estúpida pasividad?

El sobresalto me pilla desprevenido cuando siento una de sus manos acariciar mi hombría, dos capas de tela me separan del calor y la tersura de su mano. Mi imaginación me hace una mala pasada, casi puedo sentir su mano envolviendo mi pene y masturbándome. La piel se me eriza y me hincho de deseo hasta que mi erección queda impedida y apretada entre mi pantalón y la ropa interior.

Su trasero se frota contra mis muslos y su mano va apretando en un intento de tomarme por completo. Quiero mirarlo, ver sus ojos mientras me toca. Comprobar si esa valentía que demuestra ahora es real.

Lo giro sin soltarlo, por fin estamos de frente.

— ¿Dónde está tu valor? —Lo desafío — ¿Olvidaste como sonreír?

Se cuanto le molesta tener que mirarme desde abajo, pero igual levanta el rostro y me deja ver sus ojitos furiosos. Es apenas un parpadear, y devuelve su atención al botón de mi pantalón. Lo desabrocha y de paso la cremallera. Se agacha para sacarme las botas y las avienta lejos, entonces baja mi pantalón hasta quitármelo y dejarlo en el piso. Le ofrezco mi mano para que se ponga de pie, Ariel acepta la ayuda sin mirarme. Su vista esta fija en el bulto que se esconde por debajo de mi ropa interior. Su mano vuelve a acariciarme, no con la rudeza de antes, me toca despacio, delineando mi virilidad. Se muerde los labios mientras sus dedos se hacen un espacio para colarse por debajo del elástico de mi última prenda, lo siento perfilar mi línea sexual.

Su mano sigue bajando hasta el inicio de mi erección, busca mi mirada mientras su mano me enfunda, su rostro se torna rojizo y casi contenemos en aliento al mismo tiempo. La suavidad de su toque ante la firmeza de su agarre me hace temblar  como un niño ante el invierno crudo.

—Bésame —pide y mis labios están sobre los suyos antes de que termine de pronunciar esa palabra. Un beso lento, apasionado y un tortuoso vaivén que me obliga a cerrar los ojos. No estamos haciendo nada del otro mundo, pero todo es tan distinto si es él quien me toca. Me vuelvo como una hoja de papel que tiembla ante el menor de los vientos. Es delicado al tocarme, y logra que me deshaga como algodón de azúcar en su boca.

Me bajo la ropa interior y de paso le quito a él la camisa.

—No dejes de tocarme… duele si no lo haces.

— ¡Lo siento! —Ariel regresa su mano de inmediato a mi pene, y con la otra me acaricia los muslos y haciende por mi cadera, sus dedos andan libres enredándose entre mi vello púbico. También lo toco, una de mis manos envuelve su pene y la otra asalta su trasero. El beso se vuelve más urgido, Ariel comienza a gemir despacio ante mis caricias.

—Vamos a la cama —le invito en un susurro, pero niega de inmediato.

—Tengo frío, quiero que me lo hagas cerca del fuego —mi hombría palpita ante sus palabras.

— ¿En el piso?

—En donde quieras, pero házmelo por detrás.

 

TERCERA PERSONA

 

El cuerpo desnudo de Ariel se aviva al calor del fuego, las llamaradas rojas y naranjas hacían sombra al reflejarse en su piel blanca. Arrodillado en el piso, tenía la apariencia de un ángel caído; indómito y perfecto.

El pequeño ángel estiró sus alas de plumaje impecable para recibir a su amante; un dios pagano de poderosas formas, que ardoroso de deseo quería aventarlo a una borrasca de lujuria y desenfreno.  Debía ser un sacrilegio. Un pecado mortal el corromper la pureza de su alma para volverlo un idólatra.

Sin embargo, en la realidad, ni el ángel era tan fervorosamente creyente, ni el dios pagano, tan incrédulo. Eran la primera y última letra de una misma palabra, distintos, sí, pero complementarios. Ariel era fuego de lujuria y Damian hierba seca que se consumía en su calor. Imposible escapar, ellos habían nacido para consumirse y avivarse juntos. Poseían la grandeza de un solo amor, sentimientos exagerados y sublimes, una pasión más fuerte que cualquier venganza apocalíptica. En este preciso momento podían explotar planetas a su alrededor y ellos no hubieran volteado siquiera a mirar, porque ese beso al que se entregaban sin reservas era más fuerte que cualquier otra que estuviera sucediendo.

La mañana podía llegar y el mundo entero arder… qué más daba, ellos se amaban.

 

ARIEL

 

Había veneno en sus labios, un puro y adictivo veneno que no me mataba pero hacía sufrir, que lograba sacar lo peor de mí, todo aquello que ni siquiera sabía que poseía. Una ferocidad, tenía hambre de él, de su cuerpo bellamente pintado de color canela, de sus formas masculinas que me hacían delirar, hambre de su sexo, de sentirlo desgarrar mis más hondos y oscuros deseos.

Lo compartíamos todo en esa caricia, un beso ardoroso y desesperado. Cuando nos separamos, Damian puso uno de sus dedos entre mis labios.

—Lámelo —dijo.

Hice más que eso, lo sorbí por completo, mi lengua lo humedecía, mis dientes jugaban a morderlo con suavidad. Damian me miraba con ojos llameantes de deseo, amaba verlo así de excitado. Era mi hombre, me sentía orgulloso de ponerlo así de duro. Y solo podía pensar que tenía unas ganas enormes de oler a él, de restregarme contra su cuerpo. Me moría de ganas por darle gusto a este vicio que me condenaba, quería que Damian me probara, que me devorara entero si así lo deseaba, lo que sea, pero lo quería ya.

—Tu calor me está llamando… —agregó Damian mientras retiraba su dedo de mi boca y se colocaba detrás de mí.

Uno de sus brazos volvió a rodearme, sus labios se estrellaron con fuerza contra mi nuca y el dedo que segundos antes había estado chupando se hizo especio entre mis nalgas. Que amable. Pero yo no quería que fuera condescendiente conmigo, literalmente me estaba derritiendo por él, me dolía el cuerpo de no sentir sus caricias.

—Hazlo ya… —demande.

—Cálmate —dijo él, su voz era firme, estaba revestido de autoridad y eso solo lograba excitarme más. Recientemente había descubierto que me gustaba su carácter fuerte, amaba que fuera bestia conmigo, incluso más que cuando me volvía un poema de ternura.

—No quiero calmarme.

—Quédate quieto niño, o puedo lastimarte.

Su voz hizo eco en mis oídos, no quería calmarme, mucho menos quedarme inmóvil. De nuevo volvía a llamarme niño y yo ya no lo era más. Era incomodo lo que me hacía, sin embargo, separé las piernas dócilmente y me quedé muy quieto. Deseé que el destino me perdonara por lo que iba a hacer, pero no estaba dispuesto a desperdiciar más de mis valiosos minutos de debilidad. No tuve que esforzarme mucho, las lágrimas salieron solas, tanto que fue fácil interpretar un llanto histérico.

Pude sentir su desconcierto cuando se estiró para mirarme, esquivé su mirada y me cubrí el rostro con ambas manos.

— ¿Ahora qué sucede? —preguntó alarmado.

—Dime la verdad —pedí fingidamente herido — ¿No quieres hacerlo conmigo?—lloré.

—Por supuesto que quiero, Ari… ¿De dónde sacas eso?

—Entonces, ¿Por qué no te apuras?

 

TERCERA PERSONA

 

No fue como si Damian no se diera cuenta que Ariel intentaba chantajearlo, llorar porque estaba  siendo cuidadoso con él, solo a Ariel se le podría ocurrir.

—Eres exageradamente dramático —acusó Damian, mientras seguía preparándolo.

—No importa lo que creas, no tengo toda la vida para esto.

—Deberías darme las gracias.

—No estás haciendo nada que amerite el…

La frase se quedó sin terminar, Damian en medio de un arranque lo penetro sin avisar. El comentario no le había parecido agradable y ahora estaba resuelto de llenar a Ariel de motivos para agradecerle.

El chico lloró de verdad ante la rudeza de su amante, sin embargo, estaba listo y anhelante de recibirlo. Damian fue rudo solo en esa primera embestida, cuando se dio cuenta que Ariel buscaba un lugar en cual sostenerse, le extendió los brazos para que se aferrara a ellos y se las arregló para abrazarlo. Le dio tiempo para que se acostumbrara a su invasión,  lo beso tiernamente en la nuca y el cuello, y cada tanto le susurraba palabras indecentes en el oído para excitarlo.

—Voy a moverme —anunció y se las arregló para pegar la espalda de Ariel, a su pecho para sostenerlo.

Tal vez fue la forma, el ángulo o las ansias de ambos lo que permitió que sus cuerpos se acoplaran rápido. Ariel podía sentir el aliento caliente de Damian envolviéndolo, mientras aumentaba el ritmo de sus penetraciones. Ariel lo necesitaba. Quería tenerlo cada vez más cerca, así que hecho los brazos hacia atrás, enredando sus dedos en los cabellos del moreno, dándole una mayor libertad a Damian, para que lo tocase y besase a placer.

Damian se movía implacable en su interior, entraba y salía arremetiendo con fuerza tras cada embestida, pero siempre cuidándolo, soportando su peso cada que Ariel se desvanecía entre sus brazos. Lo animaba besándolo, acariciando cada rincón del cuerpo pequeño, diciéndole lo sexy que se veía al dejarlo tomarlo de esa manera y lo mucho que le gustaba oírlo gemir. Las palabras de Ariel se habían reducido a unos cuantos sonidos y gruñidos deliciosos.

Lo suyo continuó fuerte hasta que ambos supieron que el final estaba cerca, Ariel se dejó caer hacía adelante, apenas alcanzando a sostenerse con ambas manos contra el piso y Damian aceleró aun más sus penetraciones, ambos se buscaban, encaprichados con la idea de no separarse. Ariel se estremeció bajo el cuerpo fuerte que lo protegía y el tiempo se volvió un concepto extraño durante los segundos que duro ese delicioso instante en el que Damian lo sujetó con sus dientes por el lóbulo de su oreja y le dio un tirón que le hizo sisear en voz baja. Una última envestida profunda y estuvo lleno, más satisfecho de lo que alguna vez se sintió en toda su vida,  Damian jadeo sobre su oído, y Ariel estuvo seguro que ese ere el gemido que quería escuchar el resto de su vida.

No pudo hacer más, ni siquiera pensó en limpiarse, simplemente cerró los ojos y se desvaneció entre los brazos protectores de Damian.

El silencio lo llena todo. Ninguna mirada los persigue, no existe nada que pueda fracturar la paz que los inunda en estos momentos, ninguna ambición los desvela, este es uno de los momentos más felices de su vida, los días pacíficos y románticos que sus almas y sus cuerpos necesitaban para liberarse. Ariel no necesita nada más, le basta el calor de la piel de Damian, la silueta vertical de su cuerpo, su desnudez, su presencia misma. Damian se descubre sin tener nada que decir, nada es más hermoso que la presencia de su niño, su Ariel. Mirarlo es todo lo que desea, si lo tiene a él, entonces lo tiene todo.

—Fue amor a primera vista… —susurra muy levemente Ariel, está más dormido que despierto, pero necesita decirlo, Damian debe saber la verdad. —Te quise para mí desde el primer momento que te vi. Estoy enamorado de ti, te amo.

—También te amo, cachorro.

—No me dejes…

—Ya no podría —asegura Damian con honestidad—duerme, bosque, aun falta mucho para que amanezca.

—Tú y yo ya hemos amanecido.

 

4 comentarios en “Capítulo 50 – CONQUISTADO

  1. No había podido comentar porque el internet no me lo permitía (sentimiento colectivo en vzla) pero ahora que lo logré: AAAAAAAAAAAAVE MARÍIIIIIIIIIIAAAAAA
    si no me mata la fiebre, me matas tú autora-san esto fue mucho para mi corazón, Jesucristo bendito, primero el susto porque los lobos se comen a Ariel, luego la zukulemcia porque nuestro lobo SE COMIÓ a Ariel, estoy agotada de tantos sentimientos revueltos xD como siempre me encantó todo, desde hace un tiempo para acá solo te amo sabes? no puedo esperar al siguiente capítulo, aunque siento que esta nube rosa va a reventar y me vas a volver a hacer sufrir con algo entre Deviant y Han, pero bueno *insertememedeobito* ya ni siquiera siento dolor (/._.)/ no quiero que esto se acabe, pero a la vez quiero que todo se resuelva, pero cuando se resuelva acabará :’V coño, por qué soy tan indecisa?
    PD: Love pa’ tu body ;D

    • Al final siempre se comieron al pobre Ariel!! Jajajajajaja tus comentarios como siempre me sacan tremenda sonrisa. Qué bueno que ames jajaja y no me odies mucho después. Nos leeremos pronto.

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