Capítulo 1 LIRIOS BLANCOS

Cancún, México.

Año en curso.

Bastó poner un pie dentro de la florería para que el penetrante olor de las rosas en brote me golpeara con fuerza. Su olor siempre me ha desagradado; es sofocante y su apariencia vulgar. Eso y sin mencionar lo prostituido que ha sido su significado. Sin embargo, no pude evitar echar una mirada rápida a los anaqueles que las sostenían en sus vistosos búcaros.  

Los había para todos los gustos y presupuestos. Desde extravagantes arreglos florales hasta algunos más sencillos con apenas un par de rosas envueltas en papel celofán. Por supuesto, los más bonitos eran visibles desde las puertas corredizas de cristal. Mientras que los menos costosos estaban ordenados en una sola repisa.  Un asunto con el que yo no coincidía, pues los arreglos económicos son los que se venden más. Sí un producto, el que sea, es más redituable que otro, aunque sea menos llamativo. Entonces hay que darle buena publicidad, no lo digo yo, el marketing funciona así. 

En fin. Me olvidé de las rosas cuando sentí el frío del aire acondicionado, hoy era un bochornoso martes de inicios de primavera y afuera pasaban de los treinta grados. El calor jamás ha sido mi fuerte, sin embargo, a todo se acostumbra uno.

Recorrí la florería con la mirada y me encontré con que Daniel venía a mí encuentro. Es el dueño del lugar y alguien que de tanto en tanto se volvió mi amigo, ahora mismo no recuerdo cómo es que sucedió. Solo sé que me es mayor por doce años, está casado y su adorable esposa cocina unos pudines de infarto. Los gemelos, sus hijos, estaban de visita en la florería y al verme ahí parado, corrieron a saludarme.

 Llegaron primero que Daniel y me envolvieron los pies con sus pequeños bracitos de apenas cuatro años. Los observo mientras pelean por decidir quién será el primero al que voy a cargar. Me arrodillo para estar a la altura de ambos, bueno, Diego es unos centímetros más alto que Samuel y también más robustito. Valeria me había explicado que se debe a que Diego fue el primero en nacer, aunque en mi humilde opinión, quince minutos de diferencia no es tanto.

Y es que cuando conocí a Daniel y Valeria, los gemelos eran solo un proyecto. Daniel se empeñaba en decir que solo quería un hijo para poder darle todo lo que necesitase, pero cuando supo que serían dos, jamás volvió a mencionarlo. Y ahora, ambos niños son un torbellino que al marcharse dejan la florería de cabeza. Pero son lindos.

De Daniel heredaron el cabello rebelde, ondulado y castaño. El gusto por las flores y el carácter impulsivo, casi terco. En cambio, de Valeria obtuvieron el color canela de la piel, los ojos aceitunados y la nariz chata y pequeña. Como no logran decidirse, tiendo los brazos para rodearlos e intento levantarlos a ambos, sin embargo, mi espalda anuncia que no va a ser posible. Han ganado peso en lo que va del mes. Aun así, hago un es fuerzo y los levanto cada uno a mis costados. Diego y Samuel cruzan sus bracitos sobre mi cuello y sonríen.

—Ángel… — Saluda Daniel, riendo de la misma manera en la que lo hacen sus hijos. Los mira de manera alternativa y las sonrisas se repiten. No lo entiendo, quizá es algún extraño lenguaje entre padre e hijos. — ¿Cómo has estado? —Vuelve su atención a mí y me ofrece cargar a Diego.

No tengo preferencia por alguno de los gemelos, pero accedo de inmediato. En verdad, los siento más pesados que la última vez que los cargué. El niño no quiere irse con Daniel, entonces papá mira a Samuel con los brazos abiertos, pero también es rechazado. Samuel esconde su pequeño rostro en mi cuello, a diferencia de su hermano mayor, él es más tímido.

— ¡Estoy bien!—Le digo, para que no les insista. — ¿Qué les das de comer? —Preguntó mirándolo con reproche, Daniel solo sonríe y me ofrece una silla.

La acepto y acomodo a cada niño en mis piernas. Samuel, que esta de mi lado izquierdo, recuesta su mejilla contra mi pecho y sus manitas comienzan a jugar con la mía que lo mantiene rodeado por su cintura. Diego en cambio quiere galopar.  Son tan diferentes, pero ambos adorables a su modo.

—Te estuvimos esperando el viernes…

—Lo lamento Daniel, he tenido mucho trabajo —me disculpó, siento la necesidad de hacerlo aunque sé que él no está reprochándome nada.

— ¿Algún problema en el negocio?

—No, el negocio va bien… ya sabes, a veces un poco lento pero dentro de lo cabe se mantiene sólido. —Daniel, intenta disimular, pero no me pasa desapercibida la forma en la que me mira, esa expresión de preocupación se instaura en su rostro. No me gusta el rumbo que está tomando la situación, así que apartó la mirada de él y la centró en Diego, mientras aumento el ritmo del galopar  hasta que el niño suelta la carcajada. — ¿Tienes mi pedido? —Preguntó sin dejar de mirar a su hijo.

—Como cada día veinte… —responde con seriedad.

—Gracias.

De reojo le veo pedirle con una seña a Lucia, una de las floristas que traiga lo que supongo es mi pedido.

— ¿Comes con nosotros? —Me pregunta Daniel. —Valeria ha preparado mole dulce, ese que te gusta tanto.

—Hoy no puedo… —respondo de inmediato, mientras levanto la mirada y la fijo en él. Daniel me mira como quien acaba de recordar algo que no debió olvidar y se muestra incómodo.

—Lo lamento… — se disculpa. —A veces lo olvido.

—Soy yo quien se disculpa, me gustaría ir… sabes que me encanta como cocina tu esposa, pero hoy no me es posible.  —Daniel asiente y por algunos segundos se queda en completo silencio.

Por suerte para ambos, Lucia llega en ese momento. En sus manos trae un jarrón de vidrio verde-traslucido que contiene seis lirios blancos. Son hermosos, sus pétalos abiertos tienen esa apariencia frágil y aterciopelada. Su olor me atormenta un poco, pero me dejo envolver. Las hojas verdes han sido colocadas a propósito y hacen lucir mucho más el arreglo floral.

Lucia deja el jarrón en una mesita frente a nosotros y mi vista no puede apartarse de ellos. Inconscientemente un quejido de dolor escapa de mi pecho y me resulta imposible acallarlo. Siento la mirada de Daniel sobre mi rostro, lo siento acercarse, pero cuando me ve tragar el nudo en mi garganta se detiene… Jadeo y en ese momento Diego me pide que lo baje. Lo hago de inmediato, mientras busco con la mirada a Samuel, él sigue en la misma posición que desde el principio pero sus ojitos se encuentran con los míos.

— ¿Estás bien? —Le pregunto, mientras que con mi mano libre acarició su mejilla. Él no me contesta pero asiente y vuelve a refugiarse en mí.

Es como si Samuel comprendiera cuán grande es este dolor. Pero no quiero que sufra, es solo un niño pequeño, sin embargo, me descubro abrazándolo con fuerza entre mis brazos, acunándolo en mí pecho como si pretendiera adormecerlo. Samuel se deja hacer y es solo cuestión de algunos segundos hasta que cierra sus ojitos.

Me asusto.

Daniel lo nota y me tranquiliza diciendo que de seguro ya quería dormirse. Sin embargo, no lo soportó más y le entrego al niño. En ese momento Valeria, que al parecer ha observado todo desde alguna parte de la florería, aparece de la nada y toma a Samuel en brazos, lo mantiene en la misma posición en la que yo le había puesto y lo arrulla.

— ¡Esta bien, Ángel! —Asegura,  con esa voz firme y suave de madre que sabe lo que dice. — Se ha levantado muy de mañana y por eso está cansado —. Explica y yo asiento, pero impulsivamente me abrazo a mí mismo, mientras la observo alejarse con el niño en brazos.  

— ¿Ángel? —Daniel me nombra y siento su brazo en mi hombro apretándome suavemente.

—Deberíamos elegir el ramo para el próximo mes —intento decir como si nada.

—No tiene que ser ahora…

—Puede que después tenga mucho trabajo, además, se acerca el día de las madres, estarás muy ocupado para esas fechas, así que preferiría hacerlo ahora, si no te importa.

Daniel ya no insiste y me entrega un catalogo de flores. Se va mientras yo ojeó las páginas, y después de unos minutos, vuelve con una canasta de plástico que pone frente a mí. Hay Claveles, Lirios, Crisantemos y Gladiolos. Todas hermosas flores en colores llamativos y también blancos. Me pongo de pie y las acaricio con las puntas de mis dedos, me gustan, todas me gustan.

—El año pasado fueron…

—Claveles —respondo al verlo dudar. Daniel asiente.

— ¿Qué tal si este año son Crisantemos? —Ofrece, mientras levanta uno y lo gira entre sus dedos admirándolo. Se ha metido en su papel de experto y me gusta. Para este asunto en particular, prefiero tratar con un experimentado vendedor de flores que con Daniel.

—Tal vez… —le digo, pero no estoy muy convencido.

Vuelvo la vista a los Lirios bancos que reposan en la mesita de alado y casi me veo tentado a elegirlos de nuevo, pero este año le he obsequiado demasiados.

—Llegaran Gladiolos para esas fechas… —asegura—hace mucho que no le obsequias Gladiolos. —Lo dice mientras aparta de las canastas algunos tallos maltratados. De nuevo es solo Daniel, pero intento ignorarlo. Los Gladiolos son bonitos, y no puedo negar que tiene razón, hace mucho que no le obsequio esas flores.

—Serán Gladiolos entonces, y dado que es una ocasión especial, me gustaría que agregaras algunas gardenias.

Daniel asiente. Cada año y aunque él ya no se dedica a hacer arreglos, prepara uno para mí. Los más hermosos arreglos, confió plenamente en él y en que el resultado será muy bueno.

—Estará listo desde un día antes, por si deseas pasar muy temprano por él. — Es mi turno de asentir, mientras tomó mis Lirios y su jarrón verde traslucido.

— ¡Gracias! —Le dijo.

La despedida es afectuosa. Lucia se encarga de recibirme el dinero y Daniel me acompaña a la salida. De nuevo siento la prisa de la vida en la ciudad, debo llegar a casa pronto, mi amor me espera.

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