M & M CAPITULO 78

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CAPITULO 78

El joven teniente de la Brigada de delitos informáticos se encontraba en un dilema…  pensaba en una solución mientras miraba el semi destruido laptop que había llegado a sus manos cuando fue llamado para investigar la única evidencia del caso de intento de secuestro de un menor. Habían tenido mucho más evidencia, pero nadie en la división fue capaz de dimensionar frente a que se encontraban y solo ahora, que no quedaba nada, se daban cuenta de la potencial importancia del caso. Un yate lleno de evidencia había volado en pedazos casi al mismo tiempo que desaparecía el vehículo retenido en el último patio de la delegación. No quedó nada rescatable, excepto esa laptop  alguien intentó destruir pero no alcanzó a completar su objetivo; parte de la memoria  aun estaba intacta. El problema ahora era descubrir en que maldito idioma o dialecto estaba escrito el contenido… algunas eran letras occidentales, otro parecían caracteres chinos y otros eran simplemente jeroglíficos inventados que parecían dibujos de niños. No había nada en la base de datos de interpol que respondiera positivamente al lenguaje que Cristián tenía en frente…   El teniente caminaba de un lado a otro en la oficina ya desierta dado lo avanzado de la hora; del paquete que sostenía en la mano sacaba almendras y masticaba sin quitar sus ojos de la pantalla… obviamente era un lenguaje cifrado con el propósito de ocultar información… parecía una lista… ¿Qué estaba enumerado en esa lista? ¿nombres? ¿Más chicos secuestrados? ¿Dineros pagados? ¿Lugares de secuestro? ¿Eran esos números o letras?… quizás lo sabría mejor al recuperar más información. Por ahora, y tras mucho esfuerzo, había recuperado dos páginas que lo estaban volviendo loco…

Cristián apretó la bolsa de almendras en su mano y decidió que las 11 de la noche era demasiado tarde. Traspasó la información rescatada a su propio computador. No le gustaba llevar trabajo a casa pero estaba comenzando a sentir la presión. Lo habían llamado especialmente porque era el mejor en el ciber crimen.

El teniente Cristian Rodríguez era un experto que hablaba poco y hacía mucho. Nunca era desagradable pero tampoco era sociable.  Le gustaba trabajar en solitario y su aspecto no decía relación con su trabajo ni su cargo; ni el capitán ni el comandante habían logrado que vistiera terno ni se cortara el pelo oscuro, largo y suelto que caía sobre sus camisas y sus jeans corrientes. Tenía los ojos oscuros, apasionados y peligrosos. Su imagen, algo dura y hostil, no encajaba con el pendiente que lucía en una de sus orejas y que contrastaba con todo el resto de su apariencia.  Sus compañeros de trabajo, luego de 8 años, se habían acostumbrados a las excentricidades y rarezas de Cristián, homosexualidad entre ellas,  pero lo respetaban… ninguno entendía cómo funcionaba su mente, pero sabían que Cristián era inteligente y rápido, se apasionaba con los casos, obtenía resultados y en cuanto atrapaba a los malos seguía con el siguiente asunto, sin detenerse a recibir felicitaciones o saludos.  Lo único que sacaba a Cristián de su ostracismo y seriedad era la presencia de su pareja a quien todos en la división se habían acostumbrado a ver y aceptaban. Era difícil no caer bajo la simpatía y dulzura del hombre que compartía la vida con Cristián; tenía una personalidad totalmente opuesta; era amable, sociable y simpático además de tener un aspecto de eterno adolescente. Con esas palabras de referían a Juan Felipe cuando hablaban sobre él. Ya no les llamaba la atención que el teniente no compartiera con ellos porque finalmente lo habían entendido; Cristian estaba enamorado de su pareja y ese chico constituía todo su mundo. No arriesgaba su relación ni permitía que nadie interviniera en su vida privada.

Ahora, todos en la división estaban pendientes del caso que cada día tomaba más importancia; el secuestro de niños era un delito especialmente desagradable. El chico que había sido atacado no recordaba nada, solo un golpe y un piquete en su cuello que resulto ser una droga. El jefe de la unidad sospechaba que había algo grande detrás de los dos hombres detenidos. Sus huellas, increíblemente, no habían arrojado ningún resultado, lo que contribuía a aumentar el misterio; los detenidos rehusaban hablar y parecían dispuestos a una larga estadía en la cárcel antes de confesar. De hecho, parecían dispuestos a morir antes de delatar un nombre.  Algo les producía a esos hombres más temor que la cárcel… o tal vez alguien pagaba su silencio con mayor valor que sus vidas… todo resultaba muy intrigante.

Cristián guardó su computador y salió rumbo a su hogar. Durante el trayecto se distrajo pensando en Juanfe que lo esperaba en su hogar.

Juan Felipe miraba televisión, la mesa puesta para cenar y un bien dispuesto abrazo de bienvenida

-. Llegas tarde

No era una llamada de atención sino más bien una expresión de lástima al ver el cansancio y la preocupación en los ojos y actitud de Cristián.

Como por arte de magia todo el serio y sombrío aspecto del teniente se iluminó y sus ojos se suavizaron. Juanfe siempre tenía ese efecto sobre él. Cinco años viviendo juntos no mermaban el impacto ni la intensidad de lo que sentían el uno por el otro.

-. Recuperé información hoy, pero no logro entenderla. Me gustaría que lo vieras – indicó Cristián luego de los besos y caricias.

Juan Felipe se había especializado en idiomas y criptografía al terminar la escuela. Estaba muy bien calificado y en más de una ocasión el capitán había solicitado su ayuda. Si había alguien que podía ayudar al teniente a resolver el misterio era, justamente, su pareja.

Juanfe puso un plato de comida frente a Cristián. No tenía duda de que se había olvidado almorzar y cenar y solo había picado tonteras. Nunca comía cuando estaba bajo presión.

-. Te comes todo eso – ordenó Juanfe pretendiendo seriedad pero su rostro de niño, los ojos claros y el mechón de pelo trigueño en su rostro no le permitían parecer enojado

-. Si, solo mira las páginas, por favor – respondió Cristian  sintiendo un profundo hueco de hambre en su estomago al ver la comida

Cristián comió en silencio…

Juanfe revisó la imagen de la pantalla…

-. No es un idioma… tiene caracteres rusos y Yué… acentos daneses…  hay símbolos que no existen… mira! esto de aquí es Latín…

-. Dime que vas a decodificarlo –  Cristian se estaba poniendo nervioso.

-. Puedo intentarlo… es un enredo terrible… necesito tiempo

-. Ah demonios!.. lo necesito con urgencia, Juanfe

-. Hago lo que puedo – respondió Juanfe un poco sentido

-. Perdón… lo siento

Cristián se calmó y se atrevió a poner la mano en el hombro de su novio al darse cuenta que estaba siendo hiriente sin necesidad

Los detenidos serán llevados ante el juez pasado mañana.

-. Lo haré por ti… voy a descifrarlo aunque no duerma.

Juanfe apretó la mano de Cristián subiendo su hombro y ladeando su rostro. Ya no era el mocoso inseguro del pasado que Cristián había rescatado. Había crecido y madurado de la mano de Cris, tenía un buen trabajo y cada día adquiría más prestigio en su campo laboral.  Cada uno por separado era un hombre seguro, con una buena profesión y trabajo… pero cuando estaban juntos se adaptaban al rol que deseaban desempeñar como pareja del otro

-. Tendré que recompensarte por eso

Cristián se calentaba cuando Juanfe se mostraba seguro y decidido. Estiró su mano y abarco una de las nalgas redondas de Juanfe, apretando.

-. Bueno… si lo quieres de prisa la recompensa tendrá que esperar

-. Diablos!

Cristián quitó su mano del trasero de su pareja y volvió al plato de comida a medio terminar. Siguió  comiendo viendo como Juanfe se iba transformando frente a sus ojos… desaparecía la expresión de niño dulce mientras tomaba notas y se concentraba en la pantalla… se volvía hombre… Cris siempre había adorado mirar y analizar todas las expresiones de Juanfe y eso no había cambiado. Finalmente una sonrisa dulce apareció en el rostro del teniente…

-. Sabes que te amo, no?

Juanfe le devolvió la mirada solo unos segundos

-. Yo también te amo…

Sus ojos volvieron a la pantalla… se movían veloces de una línea a otra, sus dedos tecleaban… el ceño fruncido en su rostro de niño serio… Juanfe lentamente presentía que él podía descifrar y entender el secreto contenido en esas páginas que aclararían el intento de secuestro y el misterio que había detrás.

 

 

ADAMIR

Max amaneció de buen humor, satisfecho y descansado. Se estiró en la cama de Adamir como un gato perezoso y gimió suavemente, como si ronroneara.  Al instante, sintió las manos de Adamir envolviéndolo

-. ¿Estás bien? – demandó el amo preocupado.

La noche anterior había sido especial; el collar en el cuello de Max lo había excitado más de lo que cabía esperar… el cuello largo y fino de Max lucía su collar. Ahora le pertenecía para siempre… suyo… completamente. Por fin se despejaban todas las dudas y Adamir comprendía lo que significaba el deseo de posesión que había visto en otros amos y que ahora le había tocado a él sentir. Max era suyo, su propiedad y no sentía ningún remordimiento por desear quedárselo. Su sentimiento de posesividad era absoluto y maravilloso.  No tenía que dar explicaciones. Era el amo y dueño de hacer su voluntad. Ya tendría tiempo de explicarle a Max lo que significaba el collar y le daría tiempo para entenderlo y aceptarlo. Obviamente esperaba algún tipo de resistencia de parte de Max… después de todo, parte del atractivo de su adorado esclavo era ser rebelde y no aceptar las cosas a la primera… se opondría, pelearía, discutiría pero finalmente Max era y continuaría siendo suyo.  Con el tiempo maduraría y entendería que esta era su mejor opción. Adamir estaba contento, tranquilo y en paz. Pensaba hacerlo feliz… deseaba protegerlo, cuidarlo y verlo reír todas las veces que fuera posible… Dios!! si algo lo enloquecía era ver a Max feliz!!!

-. No… estoy bien – respondió Max ruborizándose y  dándose cuenta que al estirar su cuerpo le había dolido la zona que Adamir había maltratado y abusado horas atrás. No se había percatado en el momento, perdido como estaba en la pasión y el placer… habían hecho de todo y nada fue suave sino salvaje y enloquecedor…

Max intentó ocultar su rostro. No le gustaba mostrarse avergonzado ni mucho menos adolorido… odiaba ser visto como una persona débil, pero era demasiado tarde. El ojo del amo había captado el rubor en las mejillas y los ojos huidizos

-. Ven aquí – ordenó tirando de él hacia su cuerpo y buscándole la mirada – te sonrojaste

-. No es cierto!!! – protestó Max subiendo el tono de voz

Adamir levantó un dedo para indicar silencio.

Max se contuvo

-. Eres aún más bello cuando te sonrojas

No había burla en las palabras de Adamir sino  sinceridad

-. Yo no…

Esta vez, Adamir lo calló con la mirada de sus ojos dorados

-. Eres lo más hermoso que he visto en mi vida – sus palabras sinceras sonaban peligrosamente cerca a una confesión de amor

Lentamente, lo fue acercando hasta encontrar sus labios… los separó despacio con su lengua… tanteando… probando y deleitándose… su mano sostenía la cabeza de Max que terminó de acercar para besar intensamente. Dios!! nada en este mundo sabía mejor que la boca de Max!!!   Adamir no se cansaba de besarlo y tocarlo… sus cuerpos desnudos en contacto… la mano del amo lo sostuvo del collar con una intensa sensación de posesión…  su corazón rebosaba de un sentimiento espléndido, sentía cosas que no había experimentado hasta que Max apareciera  y su mente le gritaba frases que deseaba reproducir y decirle al oído pero se contenía sintiéndose ridículo… solo pensaba en cosas cursi, ostentosas y pretensiosas, de novela barata… como si de pronto se hubiera vuelto estúpido y no pudiera elaborar una frase inteligente… Max era sublime! Como una noche estrellada y despejada… como un campo lleno de flores, como la más deliciosa fruta… era excepcional! Glorioso! Divino… Max era todo lo que quería…

Mantuvo al chico abrazado hasta que se calmó el loco tamborileó de su corazón y su mente dejó de pensar boberías. Estaba rebosante de energía. Estos sentimientos eran adictivos… ahora entendía tan claramente porque algunos amos enloquecían por sus esclavos…  Si. Podía aceptarlo: Estaba loco por Max.

-. Vamos a desayunar. Luego tenemos que trabajar y voy enseñarte más cosas en el computador… – Adamir hablaba mientras caminaban juntos hacia la ducha – recuérdame que debo llamar a mi madre y también…  Dios!!! tu culo Max… me enloquece… – alargó las manos incapaz de contenerse… de todos los cientos de glúteos que había visto en su vida ninguno era comparable con la sublime perfección de las nalgas de Max… Podía morir de placer cuando Max levantaba su culo y se lo ofrecía para lamerlo, besarlo, penetrarlo, se  hundía en él y pasaban a ser como uno solo… unidos sus cuerpos,  escucharlo y verlo gemir y gozar su placer… todo terminaba gloriosamente cuando veía su propio esperma chorrear desde el rosado ano. Max era perfecto para él y su vida había cambiado. Vivía bajo su techo y se adaptaba a la vida juntos. Había dejado de quejarse y de andar malhumorado. Max estaba aprendiendo rápidamente.

Adamir suspiró sintiendo que todo estaba espléndidamente bien.

Reían juntos bajo el agua de la ducha… Max se abrazaba a él y le permitía gustoso que lo enjabonara y retuviera contra la pared mientras el amo le enjuagaba el culo que tanto le gustaba…

 

MAXIMILIAN

Le gustaba estar en la oficina con Adamir. Sentía que era algo importante… algo que posiblemente nunca habría hecho en su otra vida. Admitía que su trabajo era algo bastante simple y básico; Adamir le había prometido enseñarle más y eso lo entusiasmaba. Por ahora, lo que hacía requería de mucha paciencia… cosa que escaseaba en Max. A veces pasaba una hora completa antes de que un nuevo número apareciera en la pantalla. Max miraba el número y con cuidado examinaba el código que lo acompañaba y le permitía ubicarlo en un determinado lugar. Nada complicado… solo mover números cada vez mayores, uno tras otro bajo un código definido. Luego de las primeras y emocionantes horas de aprender,  el aburrimiento comenzó a rondar. Adamir se había encerrado en otro cuarto para hablar por teléfono y a media mañana, Max estaba solo en la oficina. Su tranquilidad terminó cuando Exequiel cruzó la puerta y le dedicó una mirada de desprecio

-. ¿Dónde está tu amo? – interrogó Exequiel claramente molesto de verlo

-. Está en la otra sala – respondió Max nervioso, enderezándose en el asiento.

Exequiel se detuvo para fijar sus ojos rabiosos en él

-. ¿Cómo me dijiste?

Maldición!!!… Max se dio cuenta que no le había hablado con respeto y sumisión y además, había olvidado llamarlo “amo” o “señor” al responderle.  No le gustaba Exequiel y sabía que el sentimiento era mutuo. Le había dado un motivo para castigarlo

-. Lo siento, señor… el amo está en la otra sala, señor…

Max se había puesto de pie, su cabeza baja y sus ojos mirando al suelo… en su actitud se podía leer claramente más rabia que sumisión lo que molestó aún más a Exequiel

-. ¿Quién te crees que eres?!!! – interpeló Exequiel alzando la voz y acercándose a Max – ¿Aún no aprendes a hablar respetuosamente? – lo jaló con fuerza del cabello… Max, instintivamente ladeó la cabeza preparándose para recibir un golpe… Exequiel alcanzó a levantar la mano pero su gesto quedo paralizado al ver el collar en el cuello de Max… Sus ojos se abrieron… ese era un collar de… ¿cómo?… por qué?… ¿cuándo?… Adamir? No… no! imposible…. la mano en el aire bajó de golpe como si hubiera perdido fuerza.

-. ¿Qué pasa aquí?

Adamir había escuchado la voz descontrolada de Exequiel. La escena que encontró le desagradó completamente. Exequiel estaba amenazando a Max, lo tocaba y estaba demasiado cerca. Su estómago se encogió de irritación.

-. Max

No fue un llamado de atención sino, más bien, lo estaba  requiriendo a su lado para protegerlo. El chico se acercó a él confiado y Adamir lo ubicó tras él

-. Tiene un collar

Exequiel estaba impactado

-. Si. Max tiene mi collar en su cuello – Adamir hablaba con frialdad

Exequiel le dirigió una mirada de incredulidad, los ojos grandes como platos y la expresión de locura

-. Adamir! no puedes darle un collar a un esclavo ¿no lo entiendes? Esto va a traer consecuencias…

-. Suficiente!!

Su voz retumbó firme y decidida. Tanto Max como Exequiel percibieron como Adamir hacia esfuerzos para no perder el control pero la noticia dejaba a Exequiel en shock

-. Es un esclavo… un producto…

Exequiel no podía entender ni aceptar lo que estaba pasando… Adamir no podía atarse a sí mismo con ese mocoso con un vínculo tan fuerte como el collar… ¿qué le había hecho ese esclavo al amo?… no le cabía en la cabeza esta relación y trataba insistentemente de que Adamir abriera los ojos…

-. Exequiel, Soy el amo de esta isla y hago lo que quiero. Max es mío. De ahora en adelante no hablarás sobre él, no lo tocarás ni emitirás opiniones sin mi autorización. Max está bajo mi protección.

Las palabras fueron acompañadas de un gesto que no dejaba dudas; Adamir extendió su mano y tomó la de Max entrecruzando sus dedos. El desafío en los ojos dirigido a Exequiel.

Exequiel perdió el aire… los miraba incapaz de reaccionar. Sus esperanzas se iban al tarro de la basura en ese mismo instante… Si Max tenía un collar significaba que él nunca sería la mano derecha de Adamir sino ese esclavo que mantenía de su mano… “su” esclavo… estaba bajo su protección… no era justo, no señor. Él había trabajado más que todos y ahora era su oportunidad… estaba perdiéndolo todo… sería un amo más del montón… nadie especial… no tenía a qué mas aspirar en la isla… derrotado por un maldito esclavo. No había duda en las palabras de Adamir. Exequiel se movió como si no se sintiera a gusto en su propia piel… no sabía qué hacer ni que decir…

-. Adamir… ¿estás cambiando las reglas, entonces?

-. Nada cambia para ustedes. Lo único diferente ahora es que Max está conmigo

-. Pero las reglas…

-. Soy el amo de este lugar, yo hago las reglas y tú trabajas para mí – Sus palabras frías y cortantes

Exequiel reaccionó a la amenaza velada en las palabras de Adamir. Si, él era el amo y podía despedirlo… nunca nadie había sido despedido en la isla. El único que había abandonado el lugar era Santiago… ¿era una amenaza de muerte?… ¿estaba en peligro? La idea de perder lo que tenía asustó a Exequiel. Nada era realmente suyo pero tenía en la isla todas las comodidades necesarias y una vida de sexo duro ilimitado con muchachitos hermosos a los que podía dañar y usar a su antojo. Jamás conseguiría algo parecido en otro lugar. Su actitud cambió al entender eso

-. Lo lamento – se disculpó – es que me ha tomado por sorpresa ver el collar … tu nunca antes tuviste un esclavo… yo… entiendo.

Hablaba atropelladamente intentando justificarse.  Le asustaba que Adamir pudiera descartarlo como si fuera un perro.

-. Hablaremos más tarde

Adamir lo estaba despidiendo

-. No es necesario. Lo siento… en verdad me disculpo. Todo está claro ahora.

Exequiel salió con la cabeza gacha y los hombros hundidos… perdida su postura altiva de amo

-. ¿Te hizo daño? – Adamir giró hacía Max

Max negó con la cabeza. Respiraba agitado y aún estaba nervioso y molesto. Adamir lo sostuvo de los hombros y lo remeció suavemente

-. Max! ¿Te hizo daño? – volvió a preguntar

-. No… no, amo- respondió intranquilo

-. Tranquilízate. Ya pasó. Nadie volverá a tocarte o a hacerte daño

Max lo miró como si Adamir fuera de otro planeta. Esas palabras… ¿nadie volvería a dañarlo?… ¿en verdad?

-. Ningún amo tendrá derecho a tocarte o a pedirte algo, ¿entiendes? Nadie te podrá molestar

-. ¿Nadie? – preguntó Max con un hilo de voz

Adamir leyó la sorpresa en la expresión de Max. Nunca había pensado en hacer algo así pero desde que habían vuelto de la ciudad todo era nuevo y diferente. Él pensaba diferente. Max cambiaba las cosas para mejor, su vida era mejor con Max. Se acercó para envolverlo en un abrazo protector

-. Nadie, Max – suspiró en oído – Eres mío, ¿entiendes? Mío y de nadie más. Solo yo puedo tocarte y dañarte.

Se hundió en su cuello, se perdió en su olor y en su boca húmeda.

-. ¿Por qué? – Max aún no salía del estado de sorpresa

– ¿Por qué?… porque eres mío… porque estoy bien contigo, porque me haces sentir en paz y excitado a la vez… porque me gusta verte en mi casa y saber donde estas y que haces a cada instante…  

Adamir lo miraba a los ojos… a los hermosos ojos castaños que lo tenían completamente cautivado. Deseaba con todo su corazón borrar la sombra de duda y asombro que seguía leyendo en los ojos de Max

-. Escucha Max, no voy a dejar que nada malo te vuelva a pasar nunca más, ¿entiendes? Voy a cuidar de ti y…

Ahí estaban nuevamente en su mente, las palabras cursis, a punto de brotar por sus labios… “Voy a hacerte feliz y a adorarte”… “Voy a bañar tu cuerpo de besos bajo la luz de la luna”… “Vamos a dormir juntos y acariciarnos cada noche… con lluvia o con sol… voy a despertar cada día en paz sabiendo que estás conmigo”…

Adamir dejó de hablar. No podía decir eso… ¿Qué le pasaba a su mente???!!!

Max nunca había escuchado una declaración de amor… nadie le había dicho cosas hermosas y seguras como lo que escuchaba… lo que Adamir le estaba diciendo se parecía mucho a lo que él creía debía ser una declaración amorosa… estaba nervioso y lleno de dudas… ¿Adamir estaba admitiendo que sentía algo por  él?

Era arriesgado para Max atreverse a preguntar… pero el momento era especial y él necesitaba saber. Tenía tantas dudas

-. ¿Por cuánto tiempo?

“Por siempre”… “hasta que la muerte nos separe”… Oh por Dios!!! Adamir se sorprendió de la tranquilidad con que aceptó esos nuevos pensamientos…

-. Por mucho tiempo Max… mucho tiempo

Una fuerza extraña obligó a Adamir a abrazarlo… sentía una energía liberadora al admitir lo que estaba sintiendo. Suspiró  sosteniendo el cuerpo delgado pegado al suyo.

-. Tú me gustas y me satisfaces…  – Las palabras escaparon de la boca del amo antes de que pudiera pensar

-. ¿Más que Santiago? 

Max tampoco pudo contener sus pensamientos y tuvo que expresarlos en palabras. Al instante sintió como Adamir se tensaba y sus hombros eran empujados hacia atrás.

-.Qué sabes de Santiago?

El amo estaba serio

-. Soy su reemplazo… él estaba contigo antes. Santiago se fue y… – se le hizo un nudo en la garganta… un estúpido nudo ciego de nervios y miedo que no lo dejaba hablar. La mirada de Adamir lo traspasaba y se sentía extrañamente débil

A Adamir le bastaron unos segundos para deducir de donde Max había obtenido la información. Sergio. Curiosamente no estaba molesto sino desconcertado porque no podía ver la relación entre lo que estaba viviendo y lo que había vivido alguna vez con Santiago. Una pincelada de algo caliente y dulce le paso por el corazón al ver el rostro nervioso de Max. Se tranquilizó.

-. No, Max. No eres el reemplazo de nadie. Yo no sentí por Santiago nada parecido a lo que siento por ti.

Max tragó saliva… tenía que seguir preguntando aprovechando que Adamir se había suavizado y le volvía a hablar con dulzura.

-. Y.. ¿que sientes… por… por mi?

Instantes de dudas reflejados por primera vez en la mirada dorada de Adamir. Su mente tenía claro lo que pasaba… un amo encaprichado con su esclavo, como le sucedía a tantos otros amos… su corazón gritaba algo diferente… gritaba que lo abrazara y lo cubriera de besos y le dijera por fin todas esas estupideces cursis y ridículas que salían de quien sabe donde…

-. Ya te dije. Me agradas. Eres bello, me complace mirarte y tocarte

No era la respuesta que Max esperaba escuchar… su rostro inexperto reveló de inmediato la desilusión que sentía

-. ¿Te agrado? – repitió estirando los labios en una mueca

-. Si! Me gustas mucho. Eres especial– el amo deseaba convencer a Max de que eso era bueno y único.

-. ¿Te agrado más que Santiago?

La mención de Santiago nuevamente molestó a Adamir.

-. Ya basta Max!. Estas conmigo porque así lo deseo. No eres el reemplazo de Santiago.

El tema comenzaba a incomodar a Adamir. No sabía dar explicaciones ni mucho menos sabía cómo convencer. Él solo sabía ordenar, controlar y ser obedecido.

-. Pero si tuviste una relación con él … –Max tampoco sabía cómo detener su curiosidad.

La postura de Adamir cambió. Se volvió el amo altivo y orgulloso cuando volvió a hablarle.

-. No presiones tu suerte, Max. Te he dado mucho. ¿Acaso no estás a gusto aquí?

Había una amenaza velada en la forma de preguntar… “te he dado mucho… y puedo quitártelo”

Todo el coraje que Max había reunido para atreverse a preguntar se evaporó en segundos. Se concentró en responder la pregunta que Adamir le formulara y para la cual esperaba respuesta… ¿Qué si estaba a gusto?… su cabeza se ladeó y sus ojos denotaban sorpresa… pues… estaba obligado, secuestrado, retenido en la isla… no era como si él hubiera elegido estar ahí… si hubiera continuado con su otra vida estaría en las calles… libre… peleando por su espacio, robando… quizás volviendo a tener hambre… nunca tenía un lugar seguro donde dormir… ni ropa ni ninguna comodidad…. pero tenía libertad… aunque comenzaba a cuestionarse para qué diablos le servía… Aquí estaba más seguro y tranquilo de lo que había estado nunca antes… tenía techo, comida, protección y Adamir ya no era como al principio… era diferente de buena manera… no podía compararlo con las calles que fueran su hogar… siempre eran dudosas, oscuras e inestables.. no tenía en quien confiar ni amigos ni conocidos… era una lucha constante… pero en ellas era dueño de su libertad… ¿cómo era posible que se sintiera bien, entonces?… los descubrimientos que hilvanaba su mente lo estaban confundiendo

-. Si – balbuceo muy despacio, mitad sorpresa, mitad orgullo

-. No te escucho

Adamir lo había escuchado perfectamente bien pero deseaba que Max lo expresara de manera más fuerte y segura

-. Si estoy a gusto… amo

Max levantó la cabeza y le habló enfrentándolo

No había explicación médica ni biológica para el erizamiento de piel que Adamir sintió al escucharlo… su corazón dio un brinco como si hubiera tropezado de alegría, su cuerpo se llenó de energía y calor, de mariposas y flores, de nubes blandas y rosadas…

Max estaba a gusto con él.

Se volvió de espalda para ocultar la sonrisa que no pudo evitar. El suspiro siguiente le nació desde el fondo del alma… la paz que lo envolvió era un sentimiento muy satisfactorio que no había experimentado desde no recordaba cuando… quizás nunca antes había sentido tanta armonía… todo estaba bien…. todo estaba malditamente bien.

-. No vuelvas a preocuparte por nada ni nadie – Adamir se acercó hasta poner su dedo sobre el collar en el cuello de Max – Este collar garantiza tu seguridad y protección, significa que eres mío y ninguna persona puede tocarte ni dañarte. Yo cuido de ti ahora, Max.

No era la confesión que Max esperaba forzar de Adamir, pero esas palabras seguían escuchándose parecidas a lo que Sergio y Nazir habían dicho… Max sonrió suavemente… la tensión abandonó sus músculos y se entregó, calmado, al beso con que el amo selló la conversación.

 

MATIAS.

Pasaba algunas tardes en la casa de Tobías y había aprendido, con mucha vergüenza, a saludar a los padres y hermanos de su amigo. Si. Matías tenía un nuevo amigo con el que estudiaba todas las tardes aprovechando la corta distancia entre sus casas; a veces era en casa de uno y al día siguiente en casa del otro.

-. Te voy a inscribir en el equipo de futbol – dijo Tobi por tercera vez.

-. No – Mati respondió suavemente y se encogió de hombros. La sola idea de cambiarse ropa con tantos chicos alrededor y de correr tras una pelota junto a sus compañeros gigantes le producía terror – por favor, no. No me gusta

Tobías no podía dimensionar lo mucho que le costaba a Matías estar en un cuarto extraño con una persona nueva, aprendiendo a jugar videos y conversar como si fuera normal poder expresar lo que le gustaba o no. Todo era nuevo y difícil, no había reglas que seguir ni nadie que le indicara como hacerlo… pero tras el acercamiento de Tobías se había sentido mejor y estaba decidido a superar el esfuerzo que implicaba comunicarse con él y con su familia, aunque fuera solo para saludar y despedirse. Estaba aprendiendo a ser sociable. Era aterrador pero gratificante a la vez.

-. ¿Y en que te vas a inscribir, entonces?

-. No sé. En nada

-. Tienes que participar en alguna actividad. Es norma de la escuela

Matías lo sabía pero estaba intentando pasar desapercibido. Quizás sería más fácil si pudiera estar con Tobías en la misma actividad pero el futbol no era lo suyo.

-. Si. Yo sé pero no me decido aún…

-. Ya sé!! – Tobías salto poniéndose de pie y mirando a Mati como si tuviera algo genial que decir – a ti te gustan las plantas, no?… inscríbete en el grupo de jardinería… son casi todas chicas pero no te importa, verdad?

-. Hay un grupo de jardinería? – estaba sorprendido

-. Si… aprenden de plantas y flores y hacen arreglos y cosas de esas. Te he visto desmalezando y cuidando las plantas en tu patio… ¿eso si te gusta?

Mati suspiró conteniendo la emoción. Extrañas asociaciones en su mente relacionaban esas plantas de frutillas con Santiago. Las vigilaba a diario y las cuidaba como si fueran de oro

-. Si. Eso me gusta.

Tobías sonrió conforme. Lo había hecho una vez más. Le había ayudado al chico a resolver un problema.  Se había acercado a Mati por petición de Clara pero en solo unos días se había dado cuenta que Mati era muy agradable aunque sabía muy poco del mundo actual, era tímido y callado, pero Tobías se sentía bien con él; podía jugar a ser el maestro que le enseñaba las funciones del teléfono celular, los juegos de video, las últimas películas, el lenguaje de los jóvenes y las cosas modernas que Mati desconocía.  Lo asombraba el desconocimiento de Mati y se preguntaba si Clara lo había mantenido oculto del mundo. Matías no hablaba de su pasado. Era un tema prohibido. Pero conversaban del presente y a veces, hasta discutían sobre el futuro.  Tobías sentía que era agradable poder traer a un amigo a casa y que no le pusieran problemas. A su mamá y hermana menor les agradaba Matías.

-. Tenemos una tarea para mañana – recordó Mati tomando su mochila

-. Un juego más y la hacemos, si?

No le gustaba atrasarse con los deberes pero tampoco quería contradecir a su amigo cuando lo miraba con esa cara de entusiasmo

-. Está bien. Un juego más

Aún era lento para mover los controles pero mejoraba muy rápido. Terminaría los deberes y se iría a casa. Clara estaba mucho más tranquila ahora pero no le gustaba dejarla sola. Además,  necesitaba llegar a su patio cuando aún hubiera luz de sol para ver sus plantas…  Grupo de jardinería, eh?… podría aprender a cuidarlas mejor… esperaba que lo recibieran bien y no lo obligaran a usar remeras de manga corta o alguna otra cosa por el estilo. Mantenía su cuerpo sigilosamente cubierto. Santiago estaba presente en él cada noche con cada aguja que clavaba en su piel.

SANTIAGO.

Los días eran iguales uno tras otro. La misma sala del astillero con las mismas personas y sonidos del movimiento rutinario de trabajo… la comida le sabía igual y le daba lo mismo lo que ingería, lo hacía porque era necesario para sobrevivir. Del piso que Nazir le facilitara solo reconocía la cama donde dormía dopado cada noche y trataba de contener sus pesadillas recurrentes… la oscuridad y el frío del mar devorándolo y la pérdida total de la alegría de su vida. Se movía como autómata.  La única diferencia la constituía su cuerpo que se recuperaba con la terapia adecuada. Era lo único que lograba sacar a Santiago de su estado de apatía por unas horas al día.  No volvería a caminar de manera normal, el daño había sido demasiado profundo y había tenido suerte de salvar su pierna y que no fuera amputada. Daba igual. Ya no quería correr. Se desplazaba lento… pero cada semana un paso más veloz que el anterior. Cumplía su horario de trabajo con precisión y era todo ojos y oídos para aprender. Nada había cambiado. Su única meta seguía siendo irse a trabajar lejos lo antes posible. No quería ni pensar en lo cerca que se encontraba y lo fácil que sería…. NO. no. no. Bloqueaba su mente cuando amenazaba con traicionarlo y dejar escapar sentimientos que tenía encerrados y tapiados… no volvería a abrir esa muralla nunca más y con el tiempo se extinguiría. Se distraía con el trabajo, durmiendo y con la terapia… Cuando los sentimientos eran demasiado y el dolor emocional brotaba quemando su pecho y ahogándolo, Santiago gritaba muy fuerte para acallarlo… gritaba como loco hasta quedarse sin aliento, sin aire, sin voz, sin fuerza… hasta caer rendido, enfermo y agotarse para poder dormirse sin pensar.

Uno tras otro los días eran una lenta repetición del vacío de su vida en espera de partir lejos para siempre.

 

 

MAXIMILIAN

Max y Miki avanzaban casi corriendo por el pasillo rumbo a la casa de Adamir.

-. ¿Estás seguro? – preguntó Minkim por enésima vez antes de entrar

-. Si. El amo me dio permiso para invitarte

Se lo había dicho varias veces pero Miki aun tenía dudas.  En un gesto sin precedentes, Adamir había autorizado a Max a compartir con Miki en la casa o fuera de ella, o en cualquier parte de la isla, bajo un estricto horario. Entraron sigilosos a la casa. La sala que hacía de oficina estaba vacía pero se escuchaban las voces de Adamir y Exequiel en la sala contigua.

-. Apúrate!

Max tiró de la mano de Miki y pasaron de prisa. Por ninguno motivo quería encontrarse con Exequiel, no solo por el problema de la mañana sino también porque Miki era el esclavo de Exequiel y podía arruinar todo.

Minutos más tarde, Miki paseaba por el dormitorio de Max sin salir del asombro. Sus hermosos ojos, agrandados a la fuerza, y su delicada mano rozaban y observaban todo como si quisiera convencerse de que era real

-. Esta es mi ropa nueva – el orgullo de Max era evidente pero no había arrogancia

Max abrió la puerta del closet para permitirle admirar lo que había traído de la ciudad

-. Tú eres mucha suerte – exclamó Miki. Aun estaba aprendiendo el idioma pero Max entendía bien todo lo que decía – tu amo es muy bueno. Debes agradecer

Max miró en silencio como Miki tomaba su chaqueta casi con reverencia

-. Pruébatela! – sugirió Max

-. No… es un regalo de tu amo para ti – devolvió la prenda y continuo observando

-. Tu amo te aprecia mucho y es generoso

Max le mostró todo su cuarto, tomaron jugos helados en la terraza y luego corrieron los dos solos hacia la playa. Nadie los detuvo pero alguien los vigilaba desde la distancia. Adamir había instruido al personal sobre la nueva libertad de Max y la necesidad de que estuviera “protegido por un guardia” desde la distancia, siempre.

Los chicos se divirtieron de acuerdo a  su edad. La conversación giraba en torno a Max. Miki siempre era reacio a hablar de él mismo y Max estaba deseoso de hablar sobre lo que le pasaba y sentía para aclarar su confundida mente.  Poco antes de cumplir la hora indicada por Adamir para volver, Max acompañó a Miki hasta la salsa de esclavos. Se detuvieron en uno de los pasillos de piedras antes de entrar.

-. ¿Tú estás feliz, Max?

El chico asiático había pasado una tarde increíble. En todo momento se mostró agradecido y sorprendido. Nunca se quejó de su suerte sino que se alegró por la de su amigo

La pregunta hizo dudar a Max nuevamente.

-. Yo… estoy bien – respondió

-. ¿El Amo Adamir trata bien a ti?

La luz del atardecer caía sobre ellos… Minkim resplandecía en su delicada hermosura y le dedicó una bella sonrisa a Max

Quizás antes de habría ruborizado por el concepto que encerraba la pregunta, pero ante Miki, que sabía todo lo que pasaba, Max se limitó a asentir

-. Si. Me trata bien ahora

Fue un breve atisbo de pena y deseo en Miki… como si él también deseara parte de esa felicidad… pero cambio de inmediato a su suave sonrisa

-. El amo Adamir también feliz– dijo Miki antes de abrir la puerta y regresar a la sala de esclavos

-. Te veré mañana – dijo Max a modo de despedida. Pasar tiempo con su amigo le hacía bien y quería repetirlo a diario.

Aun tenía unos minutos antes de la hora indicada por Adamir para estar de regreso. Caminó despacio pensando en lo que le habían preguntado en forma recurrente ese día… ¿estaba feliz?…¿o al menos bien?. Si analizaba todo fríamente podría responder que si, pero había tantas variantes que considerar como el secuestro y el horrible maltrato de los primeros meses que la respuesta no podía ser tan simple en la cabeza de Max. Las cosas eran diferentes ahora, eso tenía que admitirlo, y eran buenas… Adamir le mostraba una faceta desconocida que era agradable, cariñoso y protector… lo llevaba más allá del límite del placer mostrando visos de ternura y cariño… lo abrazaba y buscaba constantemente, pero la naturaleza desconfiada de Max no le permitía aceptar los cambios con tanta rapidez. No olvidaba las mentiras ni la traición. Necesitaba pruebas, evidencia, constancia… y comenzó a buscarlas en su mente con insistencia… Max quería creer… Max se abría a la posibilidad de ser querido, mimado y protegido… deseaba eliminar trabas en su corazón y quizás, entregárselo para que lo cuidara a pesar de saber quién era y como era Adamir… por primera vez en su vida quería disfrutar de lo que estaba viviendo, de la tranquilidad y seguridad, de esa especie de “felicidad” que estaban construyendo con el amo… ¿estaba volviéndose loco?…. Se llevó la mano al cuello y tocó el collar… su boca se abrió… ¿Era ese collar la prueba que necesitaba?… Era una evidencia que todos los otros amos podían ver y entender… Adamir le había puesto en el cuello una prueba de su interés y que  significaba que le pertenecía a Adamir… nadie lo molestaría nuevamente… un súbito júbilo lo asaltó de manera inesperada…  por breves segundos su nueva vida desfiló frente a sus ojos; trabajar con Adamir en la oficina, aprender cosas nuevas, compartir con Miki y tal vez con los otros chicos…  la isla ya no parecía un mal lugar… y Adamir…  Ellos dos en la casa, haciendo cosas juntos, amándose en la cama… un escalofrío pasó por su espalda dejándole una extraña sensación que agitaba su reciente burbuja de felicidad  “solo yo puedo dañarte” había murmurado Adamir en su oído…

 

 

EXEQUIEL

Organizar y coordinar la venta y entrega de los productos requería mucha concentración sin embargo Exequiel estaba teniendo serios problemas para mantener sus ojos fijos en la pantalla. El collar en el cuello de Max era como un imán…

-. Ten en cuenta estos nombres. Son nuevos.  Uno lo envía Heinrich y el otro es un conocido de Nazir.

Adamir le entregó un papel con un par de nombres escritos. Compradores nuevos recomendados por el Austriaco y su hermano. Nadie nuevo participaba de la subasta si no era recomendado por otro miembro del exclusivo grupo y aprobado personalmente por Adamir o Nazir

-. ¿Qué tipo de producto desean los nuevos compra…?

El gesto seco con que Adamir lo hizo callar sorprendió a Exequiel. Con la mirada dura le indicó silencio y la dirección de sus ojos apuntó a Max.

-. Lo discutiremos después – indicó el amo

Vaya!… Exequiel detuvo todo movimiento al darse cuenta de lo que pasaba y entender porqué Adamir se alejaba de Max para hablar por teléfono sobre la subasta y los productos. No lo hacía frente a Max. Wow!!! Algo sorprendente… Dios!! Si que era increíble… ¿Max no sabía? Exequiel sonrió cuando el teléfono sonó y Adamir se retiró a hablar en la otra sala… Max movía sus dedos sobre el teclado acomodando una nueva cifra. No. no podía decirle porque equivaldría a firmar su sentencia de muerte… pero sutilmente podía ayudar a que Max entendiera en que estaba trabajando con esas cifras que movía…

Heinrich Brauern  era cliente de Adamir desde hacía 6 años. Era un hombre austriaco de mucho dinero y peso en su ambiente social; soltero a los 40 años y sin ninguna intención de contraer matrimonio a pesar de las mujeres que se le acercaban e insinuaban atraídas tanto por su dinero y poder como por su atractivo físico; era grande en todos los sentidos de la palabra: alto, corpulento, practicaba regularmente diversos deportes para mantenerse en forma y por gusto, natación, esgrima, boxeo,  tenis y ski entre sus favoritos. Se movía ágilmente, viajaba casi a diario a supervisar en persona la actividad de sus empresas y sucursales, tenía una excelente memoria para recordar detalles, era obstinado, decidido y eficiente. Mantenía en sus manos el control de todas sus empresas ayudado tan solo de unas cuantas personas que habían ganado su confianza luego de pasar duras pruebas.  Su pelo rubio y corto comenzaba a mostrar algunas hebras plateadas que armonizaban perfectamente con sus ojos celestes, analíticos y fríos. Normalmente vestía  a la perfección y con clase. Tenía casas y departamentos en varias ciudades pero el que llamaba su hogar estaba en las afueras de Viena. Allí, en los cuartos subterráneos y más alejados de la enorme casa estilo imperial, mantenía en estricto secreto su vicio personal. Compraba un chico cada año y tal vez uno extra cuando se entusiasmaba mucho. Exigía sumisión absoluta y la rebeldía podía costar la vida de los infortunados que se atrevían a expresarla. Heinrich había tenido casi toda la variedad física de sumisos; rubios, morenos, altos, bajos, delgados, atléticos, etc. No tenía un gusto especial o eso creía él hasta que vio en la pantalla los nuevos productos que Adamir tenía en venta para la próxima subasta. A diario, desde entonces, perdía varios minutos observando las fotografías del delicioso y casi etéreo chico asiático. Estaba obsesionado. Tenía que ser suyo. Cada vez enviaba una cifra más alta pujando por él pero faltaban solo dos días y había otros interesados así es que, saltándose las rigurosas reglas impuestas por Adamir, Heinrich escribió una nueva cifra y adjuntó una nota escrita que esperaba pusiera fin a su inquietud.

“No me importa el precio final. Siempre voy a pagar más pero quiero a ese chico para mi”

Envió la nota, busco las imágenes de chico y se reclinó en el asiento de cuero. Un gesto nervioso en su ojo derecho fue el único indicio de la ansiedad que sentía. No quería esperar dos días más; deseaba poner sus manos encima de inmediato sobre la nívea piel y deliciosa estructura de Minkim. Oh por Dios! sí que era bello ese esclavo.

Exequiel vio el mensaje de reojo en el foro de intranet. Al tener algo escrito había llegado directo a él en vez de a Max. Vaya… la ayuda llegaba de manera inesperada. Con solo apretar una tecla el mensaje siguió su curso final

El sonido del computador le avisó a Max que una nueva cifra había entrado. Miró la pantalla, vio los números y el código… también había un mensaje que leyó con curiosidad.  Volvió a leer pensando en algún error… sintió escalofríos… su piel se volvió fría… tenía que ser un error!  Algo en el fondo de su corazón le gritó que no había errores, que ese mensaje le mostraba la realidad de lo que estaba sucediendo en la isla. Dejó caer el cuerpo sobre la silla con los brazos colgando…  “quiero a ese chico para mi” decía el mensaje… ¿qué chico? ¿Qué eran los números que había estado traspasando?… el miedo lo recorrió dejándolo agitado y a punto de desesperar… tenía que saberlo. Adamir no estaba con ellos en ese momento y Exequiel aparentaba no prestarle atención. Max movió la cifra bajo el código indicado con extrema lentitud… el cursor temblaba junto al movimiento de sus dedos. Se posicionó sobre el código con mucho miedo… su temor sobrepasaba al que le inspiraba Adamir… estaba aterrado por lo que podía descubrir. Presionó sin saber que estaba haciendo y una nueva ventana se abrió. Max soltó el mouse y se quedó inmóvil en espera de ver que resultaría de lo que había hecho…

Exequiel observaba de reojo…

La boca de Max se abrió cuán grande podía, el aire se le escapó por completo y sus ojos se llenaron de lágrimas calientes… retrocedió espantado…

Minkim, magnífico en su desnudez, estaba en la pantalla en una serie de fotos que lo mostraban desde todos los ángulos. Sobre las imágenes se leía su número de venta y el valor mínimo de postura…

Capítulo 52 – Te veo

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TE VEO

De lobos está lleno el bosque. 

     

      GIANMARCO

      Sus ojos siempre azules como agua quieta. De un azul que valía por todos los cielos del universo, estaban turbios de deseo. Su mirada honda, pura, aunque el serpentear de su cuerpo intentara convencerme de lo contrario. Para mí, Samko seguiría siendo puro aun después de hacerle el amor de todas las formas posibles, porqué era entonces cuando podía darme cuenta con mayor claridad que cada día lo amaba más. Mi niño. Una belleza blanca de piel y cabello. De labios enrojecidos por tantos besos y mordidas despiadadas.

      Desnudo como ahora o con toda esa costosa tela con la que ama cubrirse. Siempre tierno, siempre dulce, siempre Samko. Entregándose con una sencillez candorosa. Abriéndose a mi goce y dejándome poseerlo con la fiereza de mis ansias. Sujetándose a los edredones, gimiendo en mi boca y pidiéndome que no me detenga.

      —Todo lo mío es tuyo —me dice entre besos cortos—toma lo que quieras, corazón.

      Y quien es capaz de negarse ante tal invitación. Yo no. Ni he llegado, mucho menos aspiro a conseguir tal nivel de perfección. Tengo obsesión por él, que sin importar cuanto lo posea, aun lo deseo más. Quiero tocarlo, besarlo, lamerlo, comérmelo de pies a cabeza.

      Sin recato, pero con todo ese respeto que siento por él: me llevo sus piernas a los hombros buscando penetrarlo hasta que no hay más que pueda entrar y no por ello me detengo. Deseo que me sienta en los rincones más profundos de su cuerpo.

      Hacer que se enloquezca de placer hasta que su cuerpo no pueda soportarlo más. Compensar mis años de más hasta que olvide sus años de menos. Mis años remotos. Todo lo que no le di y que siento, aun le debo.

      Amo cuando dice mi nombre como ahora, casi sin poder pronunciar palabra, con su cuerpo chorreando y sus ojitos entrecerrados. Esta pisando nubes de colores: sus muslos se tensan, su cuerpo se anticipa; sus paredes me aprisionan dificultando esas últimas estocadas. Me excito cuando lo veo en este punto, tan cerca del cielo mientras abandona el infierno. No quiero retrasarlo, me inclino hacia adelante y beso sus labios. Samko dice te amo, y termina así, justo como inicio. Con un beso.

      DAMIAN

      Me quedé con Ariel hasta muy entrada la madrugada. Mirándolo dormir se me pasaron las horas como si fueran segundos. Sintiendo su respiración acompasada que me arrullaba y el subir y bajar armonioso de su pecho. La situación era buena, estar con él me hacía sentir dichoso. 

      Sin embargo, no estaba siendo completamente honesto con él. Ari creía que a lo peor que podía enfrentarse conmigo era mi mal carácter y estaba muy lejos de ser así. Hasta ahora, él había sido condescendiente conmigo al aceptar sin chistar hasta el más mínimo de mis aspectos.  Aun con todo, la duda arremetía contra mí.

      La idea de que quizá no reaccionaba para no incomodarme me rondaba la cabeza. El color de mis ojos a la oscuridad, la forma en la que vivo, las cicatrices en mi cuerpo, inclusive los arranques de fuerza. El cómo puedo perder el control en cuestión de segundos. ¿Realmente comprendía lo que estaba aceptando? Me sobrelleva, lo he notado. La mayor parte del tiempo prefiere dejar pasar las cosas que digo o hago. Ha comenzado a callar para no discutir, posiblemente también por temor. Y si todo esto no fuera suficiente, esta esa última parte que no me atrevo a confesar. Se enterará, en algún momento lo sabrá y será pero si no soy yo quien se la dice.

      Y por si no fuera suficiente, está este nuevo sentimiento divisorio. Estoy cómodo con él, en paz. Sin embargo, también siento ese otro llamado. Necesito el sosiego que solo el bosque puede darme. No soy de ciudad, de casas y camas con edredones blancos. Estoy aquí por él, porque lo elegí desde mucho antes de tomarlo. Me tomó tiempo comprenderlo. El rondarlo, pasar cada noche con él, no fue para nada. Ahora sé que simplemente no podría existir sin él. Ni siquiera diré vivir.

      Con su cuerpo entre mis brazos, solo deseo permanecer de esta manera por lo que nos dure la vida. Como hombre, es lo que más anhelo. Más en mi interior esta aculada esta ansia, la desesperación de huir de aquí y de él, para correr libre. Mi lobo aúlla en mi interior, porque si bien, se ha acostumbrado a Ariel y ya no desea dañarlo. Se siente cautivo en este cuerpo: necesitar su forma, necesita matar.

      Se me han pasado las lunas, las ganas. No quiero asesinar, pero necesito hacerlo. Soy lo que soy y tarde que temprano no podré ocultarlo más. Y casi como si Ariel pudiera intuir mi próxima huida, se abrasa a mí cintura pasándome su mano por encima del edredón.

      Nuevamente la idea de quedarme parece ser lo mejor, sin embargo, basta una mirada rápida a la puerta corrediza de la entrada: con el bosque a oscuras abriéndose frente a la casa, para que me decida. Me retiró de la cama dejando en mi lugar una almohada. Ariel se remueve inquieto, pero sin despertar. Es como los cachorros, necesita sentir mi olor. Me quito la camiseta y la dejó cerca de su rostro. Él se acomoda rápido contra ella. Me aseguro de cubrirlo bien para que no pase frío y le beso la frente. No tengo que prometerle volver, tiene mi corazón y mi voluntad. Sin falta regresaré a él.

      Me quito la ropa y salgo sin hacer ruido hasta el patio trasero. Mis pies amasan la nieve que no ha dejado de caer en todo el día. Antes de siquiera pensarlo, estoy ya en mi cuerpo de lobo. Al principio, el despertar repentino de mis sentidos me aturde, más solo es cuestión de segundos para que me acople.

      Sin pensarlo corro hacia el este, solamente necesito dejarme llevar. Se siente bien. El viento alborotándome la melena, y mis patas moviéndose cada vez más rápido hasta que todo se vuelve una película borrosa: los arboles, la noche misma. Todo se ve difuso.

      Cruzó riachuelos que empapan mi pelaje con agua en deshielo, salto, trepo o simplemente me dejó caer. Corriendo contra le nieve que intenta cubrir mi lomo de blanco. No le doy tiempo, soy más veloz. El viento me sacude o yo a él, quien sabe, que importa. El bosque tiembla bajo mis patas. Soy libre, mis fuerzas se renuevan. Siento mi fortaleza despertar. En pocos minutos llego a Sibiel, a casi veinte kilómetros de la casa de mi cachorro. 

      Ariel… no, no debo pensar en él ahora. Estoy aquí para cazar.

      Me acercó al poblado por las laderas, mi olfato me guía hasta un olor conocido. Avanzo con sigilo entre las arboladas bajas. Un poco más y el hombre está en mi campo de visión. No quiero postergarlo, seguirlo ni ninguna otra cosa. Quiero matarlo y volver.

      Me acerco un poco más, el olor a licor me pica en la nariz. Sigo avanzando hasta que no hay nada más que me cubra, no me doy cuenta hasta que estoy frente a él. El tipo está de espaldas al piso y cubierto de su vomito. Respira pesado, y me doy cuenta que mis inhalaciones siguen su ritmo. Se me hace un nudo en la garganta y me niego a aceptarlo, pero me doy cuenta que estoy dudando. No es asco lo que siento por él, sino lástima.

      Esto en mi negocio, no es bueno.

      Lo rodeo buscando la decisión en mi interior. De la nada, se me antoja otra presa, quizá alguien que pueda defenderse o por lo menos, que este consiente. Cualquier excusa es válida con tal de no aceptar que matar por matar ha perdido sentido para mí. Negarme a pensar en él, no significa que lo olvide. Ariel está conmigo, sus ojos no dejan de mirarme aun ahora. No sucede, pero así es como lo siento.

      Ni siquiera volteo a verlo. Estoy decidido a que será alguien más. Entonces mi paso se detiene sin concluir. Siento un golpe en la cabeza, no real. Lo siento en mi mente y con claridad alguien dice — ¡Te veo!— y así como vine se va. Mi paso se cierra contra el piso y el silencio lo vuelve a llenar todo. Regreso la vista hacia el hombre, estoy convencido que no fue él. No escucho a nadie más, sin embargo, esa voz continua nítida en mi mente.

      Cambio mis pocas ganas de matar por mi deseo de respuestas. Voy de aquí por haya hasta que sucede nuevo —Huargo— dice. Habla en mi mente, sea quien sea que lo hace, no es humano.

      TERCERA PERSONA

RAZAS

      Era la época de la Grecia antigua. En los días de Arcadia, el rey Licaón llegó a ser conocido como uno de los hombres más sabios y bondadosos que hubiese gobernado jamás. Bajo una ferviente religiosidad logró sacar a su pueblo de las crueles e inhumanas condiciones en las que vivían antes de su regencia. Sin embargo; Licaón mismo continúo viviendo en el salvajismo en que había crecido.

      El rey sacrificaba humanos en honor al dios Zeus. Los elegía de entre su pueblo: niños, vírgenes y mujeres embarazadas. Mataba indiscriminadamente aun cuando estos sacrificios habían sido derogados hace muchos años atrás. En aquel tiempo en que los dioses hablaron diciendo que no encontraban favor en estas cosas. Aun con todo, Licaón se mantenía en la sanguinaria tradición. No solo eso, también había desarrollado un gusto especial por asesinar a forasteros a quienes primero ofrecía cobijo. 

      Se dice que al enterarse, el dios Zeus decidió transformarse en mendigo y visitó al Rey. Este, al no imaginar a quien tenía frente a él, de inmediato pensó en matarlo. Sin embargo, uno de sus más fieles sirvientes logró advertirle a Licaón. Y el rey decidió invitar al dios a un ostentoso banquete con la finalidad de vengarse de él. En esa majestuosa cena, la naturaleza malévola del Licaón hizo gala. Ordenó que se le ofreciera a Zeus la carne de un niño, pero no uno cualquiera. Mató y le dio a comer la carne de uno de los hijos humanos del dios.

      Al darse cuenta de lo que se había hecho en su contra, Zeus se encolerizó y condenó a Licaón así como a todos sus descendientes a convertirse en hombres-lobo. Se dice que la historia de este rey malvado es uno de los primeros ejemplos de las razas malditas.

      De los descendientes de Licaón surgieron las mezclas y linajes que años más tarde se conocerían como: purasangre, infectados y malditos. Aun en la actualidad, viven entre los hombres vistiendo su piel de corderos, engañando a los humanos.

      Los asechan buscando la menor oportunidad para liberar su verdadera naturaleza.

      RÉGIS

Hening, Rumania.

A ochenta y nueve kilómetros al norte de Sibiu.

      Eran las primeras horas de la mañana cuando abandonamos el prado. Jireh dirigía con rumbo al norte, cuando se detuvo en seco. Iba tan cerca de  él que terminé estrellándome contra su espalda y empujándolo hacia un vacio de escarpados salientes, varios metros por debajo de donde nos encontrábamos. La  maleza ocultaba el final del camino, y yo iba tan distraído que no fui capaz de reaccionar con rapidez. De lo contario, le hubiese sujetado.

      Debían ser por lo menos unos sesenta metros en picada, sin embargo; aun entre las rocas recubiertas de hielo filoso, Jireh aterrizó de pie. Apenas y si alzó la melena grisácea y revuelta para mirarme con reproche. Me encogí de hombros y dando un paso al frente me lancé al vacio. Él me sujetó antes de que mis pies tocaran el hielo y me deposito en la nieve con suavidad. 

      —No puedo encontrar el rastro que dices —anunció— ¿estás seguro de que era por aquí? —Me negué a responder a esa pregunta con palabras, más bien, lo miré desafiante y él negó de inmediato. —Tu clarividencia funciona hasta a setenta kilómetros a la redonda, quizá estamos del extremo incorrecto. Como sea, con esta caída nos alejamos bastante de tu radio de fuerza. 

      —Falta poco—rebatí.

      —Régis…

      —No vengas si no quieres, encontraré al huargo sin tu ayuda.

      — ¿Y qué planeas hacer cuando lo encuentres? ¿Te enfrentaras a él, tu solo? ¿Acaso debo recordarte que me necesitas para mantenerte en tu forma?

      —No lo digas como si tu no necesitaras de mí, Jireh —refuté—. El lobo esta cerca.

      —Por lo menos, ¿tienes idea de a dónde estamos…?

      —Estamos cerca del huargo, puedo sentirlo.

      —Si te equivocas…

      —Jamás me equivoco Jireh. 

      TAYLOR

      Estoy comenzando a acostumbrarme a despertar de esta manera. En un tibio y acogedor amanecer, aun cuando está nublado o lloviendo. Es bello porque no estoy solo, porque estoy con él. Y me hace feliz lo mismo que me preocupa. Se está metiendo en mi alma, estoy pensándolo cada vez que respiro. No es bueno, no cuando James puede estar tan tranquilo disfrutando del panorama y en cambio yo no puedo, siquiera, echar una mirada furtiva.

      Me estoy acostumbrando a él. Ha dejado de importarme el ir en contra de mis propias reglas. Cada vez que se ausenta siento mi cuerpo vacio. Estoy encerrándome entre estás paredes porque es solo en secreto que podemos estar juntos. Ni pensar el hablarnos en público, si nos vemos, no nos conocemos. Finjo bien que no me importa, pero la verdad es que comienza a incomodarme. Nadie salvo nosotros sabemos lo que hay. Porque hay algo, pero no tiene título, ni representa exclusividad.

      —Me voy a adelantar —dice—nos vemos después.

      Siempre se va primero y siempre me deja para después. Ya no hay salidas esporádicas, invitaciones a comer, ni nada por el estilo. Solo estamos aquí. Es bueno, pero también ha dejado de ser suficiente.

      —Taylor.

      Me siento frustrado, pero no tengo valor para exigir más, ni siquiera sé si realmente quiero algo más. Estoy confundido, él me confunde. Quiero tantas cosas y a la vez, solo ansió mi vida de antes.

      —Taylor…

      Me negaba a caer en esto, pensé en sexo. Un encuentro esporádico o muchos encuentros pero  no en algo más. Porque uno ya no se es fiel a sí mismo, cuando se enamora.  Ese virus mortífero te invade como una plaga. Y cuando sucede se empieza a percibir el mundo a través de la otra persona. Solo se oye claramente a través de sus oídos, se mira a través de sus ojos. Yo mismo estoy comenzando a sentir a través de un corazón que no late dentro de mi pecho.

      —No es posible —murmuré de manera inconsciente, es entonces que siento las manos de James rodeando mi rostro. Con un tirón suave me obliga a abandonar mis pensamientos y mirarlo.

      — ¿Qué no es posible? —Pregunta en voz baja, como si temiera asustarme— ¿Qué sucede Taylor?

      Absorto me quedo mirándolo. Me gusta cómo se escucha mi nombre en sus labios. Sus labios. Es incomodo que me trate como si fuera un chiquillo, pero habla y me toca de tal manera que me hace sentir que lo soy. La seguridad en su voz es arrasadora.

      — ¿Taylor? —Mis ojos lo sigue mientras hace su descenso. James se acuclilla frente a mí, quedando a la altura de mi rodilla. Sus manos ahora envuelven las mías, apretando con suavidad.

      ¡Diablos! Es jodidamente guapo. Me gusta, me gusta mucho.

      Sus ojos café, sus labios. Su rostro de expresión dulce, sus labios. Ese cuerpo que parece haber sido tallado a placer, sus labios. Su personalidad que encandila y esos benditos labios. Para mi gracia y vergüenza, James parece finalmente leer mis pensamientos y sonríe.

      Siento la timidez acumulándose en mi rostro y el calor que acompaña al sonrojo. No quiero que me vea, que me toque. Intento huir, pero me retiene en la silla. Su pone de pie y me besa. Como todos sus besos, es sin mucho ardor. Me toca con ternura, con extraordinaria suavidad. Abrazando de forma alternativa mis labios, humedeciéndolos con su lengua. Es tan nada, pero se me hace tan mucho. Justo cuando pretendo corresponder el beso ha finalizado.

      —No pienses demasiado —dice—, todo es posible. A veces solo hay que ser paciente.

      Se aparta de mí dejándome la dolorosa sensación de que quizá no nos referimos al mismo “no puede ser”. Me trago la incertidumbre. No planeo caer en el garrafal error de preguntarle que somos.

      —No lo haré… —digo a regañadientes. Y mato dos pájaros de un solo tiro.

      —Tengo que llegar antes para tener todo listo —me explica—, pero después tu y yo podemos salir un momento. Si tienes tiempo.

      El entusiasmo salta dentro de mí como un niño de cinco años frente al más fantástico de los obsequios. Más me exijo disimular.

      — ¿A dónde quieres ir? —Pregunto como si nada.

      —Ya veremos —dice.

      No es la respuesta que esperaba pero sé que no obtendré nada más de él. Así que lo dejo marchar. Esto es mejor que nada.

      ARIEL

      Despierto con un beso en los labios y el penetrante olor a café con canela. No, no es un sueño. Al abrir los ojos, Damian está sobre mí y antes de que vuelva a besarme, alcanzó mirar de reojo la salvilla con lo que espero sea mi desayuno. Huele tan delicioso, no la comida… aunque el desayuno me abre el apetito. Sí, el apetito porque hambre solo tengo de Damian.

      — ¿Qué tal le amaneció a mi bosque nevado? —me pregunta sin dejar de besarme.

      Le paso las manos por el cuello y separo las piernas para que se acomode lo más cerca posible de mí. Me estoy volviendo descarado y lo peor de todo es que no me importa.

      — ¿Por qué no lo averiguas por ti mismo? —Mis palabras sugerentes lo hacen reír. No se esperaba una respuesta como esa y yo tampoco me imaginaba diciendo algo así. Pero me bastó sentir su olor, para que mi cuerpo reaccionara por sí solo. Aun siento dolor, pero todo parece soportable ahora. Lo quiero de nuevo, lo necesito ahora.

      —No me provoques niño —me advierte y se retira.

      Pero antes de que huya lo atrapo de la mano y lo hago volver. Me acercó a él como si fuera a contarle la más grande indiscreción, un secreto que no debe oír nadie, ni siquiera nosotros.

      — ¿Crees que se escuche abajo si lo hacemos en el baño?

      — ¿No es algo temprano para que pienses en eso? —Finge desinterés, más la forma en la que su brazo se cierra contra mi cintura desmiente sus palabras. — Mejor desayuna, que se hace tarde para salir.

      —Por fin, Damian —reparo mientras le permito que acomode la salvilla sobre mis piernas. El desayuno tiene mala envoltura, lo que significa que lo preparó él mismo. Me conmueve cuando se esfuerza y tiene estos gestos conmigo. Ahora mismo solo quisiera besarlo y encerrarnos en el baño. — ¿Se hace tarde o es muy temprano?

      —Es muy temprano para “ya sabes” y se hace tarde para lo que tenemos que hacer.

      — ¿Qué tenemos que hacer? ¿En verdad no quieres hacer el amor conmigo? —le pongo la más triste de mis expresiones y casi funciona.

      —David va a castrarme si se da cuenta de lo que estamos haciendo… ¿eso es lo que quieres?

      —Por supuesto que no —respondo de inmediato.

      Damián me mira fijante y después se ríe. Sus manos viajan a mi rostro y me besa la frente.

      —Eres adorable. Y si quiero, pero tu cuerpo necesita recuperarse. Creo que podríamos llevárnoslo con calma. Ir un poco más lento.

      Nos lo llevamos con toda la calma y lentitud que nos tomó llegar al baño. Si bien, no obtuve lo que quería, se le pareció tanto que innegablemente me hizo feliz.

Capìtulo 51 – Las posibilidades.

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LAS POSIBILIDADES

“Encontré una vida que vale la pena vivirla por alguien más.

     

      DAMIAN

It felt so sweet

It felt so strong

It made me feel, like I belonged

And all the sadness inside me

Melted away

Like I vas free.

      Su voz era apenas un susurro tenue que adormecía, una cancioncita que revoloteaba sobre nosotros llenándolo todo. Sé que ama escuchar música, pero nunca antes le había oído cantar. Y ni por mis más locos pensamientos hubiera imaginado que lo haría tan bien. Quizá ese era el motivo por el que me sorprendió tanto la dulzura de su tono. Armonioso, lento. Una letra sencilla pero que parecía significar demasiado para él. Si no fuera porque Ariel había despertado afiebrado y con la cara roja, feliz me hubiera ido a recostar a su lado y escucharla de principio a fin, una y otra vez.

      En cambio, tuve que interrumpirlo. Su salud me tenía preocupado. Apenas y si había aceptado beber un poco de agua. Pero se negó a probar bocado. Intenté moverlo, ayudarlo a levantarse. No logré nada, Ariel se quejó diciendo que se sentía mal, que tenía sueño y le dolía la cabeza.

      Dejarlo descansar era una propuesta tentadora, pero ¿y si su salud empeoraba más tarde? Estábamos lejos de la ciudad y dudo que él soportara volver en la motocicleta.

      —Ari… —le hablé, mientras me sentaba a su lado, en la orilla de la cama. Él mantenía los ojos cerrados, aunque obviamente no dormía. Se había hecho bolita sobre el colchón y pese a mi negativa, estaba envuelto con la sabana hasta el cuello —. Estoy preocupado por ti, creo que debería revisarte un médico. Quizá te resfriaste o puede que sea algo peor, no voy a estar tranquilo hasta saberlo.

      —Solo necesito dormir un poco —refutó, obligándose a abrir los ojos.

      Fue más como un parpadeo y de nuevo volvió a cerrarlos.

      —No creo que esto se te vaya a pasar con solo dormir. Además, has dormido toda la tarde.

      —Un poco más…

      — ¡No! —Rebatí—Nos vamos ahora mismo.

      Me puse de pie y fui directo a apagar el fuego. Vestirlo me tomó más tiempo del esperado, cada nuevo movimiento venía acompañado de quejidos y llanto. Sin embargo, Ariel no estaba exagerando. Fui yo el que no se había percatado de lo maltratado que había dejado su cuerpo, hasta este momento, mientras lo vestía.

      La herida de su hombro estaba hinchada y había morados que resaltaban en su piel. En algunas partes, la forma de mis manos era perfectamente visible: en sus brazos y piernas. Lo había sujetado con tanta fuerza que magullé su piel. En algún momento le explicaría que “sentirse mal” y “estar adolorido” eran cosas diferentes. Y que indudablemente esto no iba a quitársele durmiendo.

      —Quiero quedarme…

      —Vendremos otro día.

      —No, quiero quedarme ahora.

      —No.

      — ¡Por favor! —suplicó en cuanto me tuvo a su lado dispuesto a levantarlo de la cama. — No me siento bien como para caminar, tengo mucho frío.

      —Te voy a cargar.

      —Es que…

      —Es que, nada —le regañé —no me discutas, ya dije que nos vamos y nos vamos.

      Tal y como dije, lo cargué durante todo el descenso. Me lo acomodé de la misma manera en la que lo hacían cuando lo levantaba del piso para besarnos. Ariel se resguardó en mi pecho, con sus piernas alrededor de mi cintura. Le puse mi cazadora y con la sabana le cubrí la cabeza. No soy experto en enfermedades, pero sé que en caso de fiebre el enfermo no debe serenarse.

      — ¿Cómo seguía esa canción que estabas cantado en la cabaña? —pregunté, cuando ya casi íbamos a medio camino. Según él, estaba molesto porque no quise que nos quedáramos en la cabaña. Dijo que no hablaría conmigo, pero desde hace varios minutos de caminata lo sentí dibujar formas en mi pecho, con las yemas de sus dedos. Así que tan molesto, tampoco creo que lo estuviera.

      — ¿Te gustó?

      —No está mal…

      —Es de mis favoritas, porque cuando la escuchó me acuerdo de ti. — Explicó asomando el rostro por entre la sabana.

      — ¿De mí? 

      —Ni yo mismo lo sabía, pero antes de conocerte estaba muy solo y triste —explicó. — Ya no más, ahora soy muy feliz.

      —Quizá deberías enfermarte más amenudeo —bromeé —te pones tierno.

      — ¡Que pesado! Por eso no me gusta decirte nada.

      Pese al tono de reproche, sonreía. Las suyas podían ser frases no muy elaboradas, pero lograba hacerme sentir dichoso. Llenaba mi vida de un calorcito especial que con nada podía pagarle, lo amaba. Amaba lo infantil que era a veces, y esa pasión con la que me hacía hervir. Ariel es alguien muy sencillo, para hacerlo feliz basta muy poco. Y sin embargo, ahora sentía un mayor compromiso con él. Ya no éramos lo de días atrás, ahora él era mi pareja, su bienestar era mi total y completa responsabilidad.

      —Canta entonces… —pedí —me gustaría escucharla.

 

I found what I´ve been looking for in myself

Found a life worth living for someone else

Never thought that I could be

(I could be)

Happy

(Happy)

      — ¿Happy? —Me reí.

      —Creído. Deberías aprender a valorarme, ya es tiempo de que te des cuenta de lo afortunado que eres por tenerme. Mi amor no es algo que le dé a cualquiera.

      — ¿Quién es el creído ahora?

      —Solo digo lo que siento. Tengo una creciente lista de admiradores que pelean por una oportunidad conmigo y los dejé a todos por ti.

      — ¡No me digas!

      —Sí, si te digo.

      —Pues tal vez debería abandonarte aquí, haber si alguno de tus muchos admiradores viene a rescatarte y te carga hasta la ciudad, porque no estás tan liviano como crees. —Hice el gesto de bajarlo pero Ariel se abrazó con más fuerza a mí — ¿Cómo quedamos entonces?

      —Eres el único…—soltó riéndose—para mí no hay nadie más que tú.

      —Aja, solo cuando te conviene soy el único.

      —Es que… no quiero caminar.

      —Dices algo más y te juro que te bajo. Así tenga que arrastrarte, no te cargaré.

DEVIANT

      Soy nórdico, no deberías esperar que te llame de nuevo después de que decidiste no atender a mi primera llamada, ni respondiste al mensaje que te envié ayer. Tampoco que salga a buscarte a los lugares donde creo que puedes estar. Menos esperes que de la nada llegue a tu puerta y toque hasta suplicar que abras.

      Ni lo pienses… no voy a rogarte por una oportunidad, no soy ese tipo de hombre.

      Deviant Katzel… ¿rogando por un poco de amor? No me hagas reír, es ridículo de solo mencionarlo. Tengo tanto dinero como para avivar el fuego de mi chimenea. Siempre estoy rodeado de gente que me quiere. Personas que estarían felices de tener una oportunidad conmigo… ¿Ponerme triste porque te fuiste de mi lado? ¡Vamos! Que ni siquiera lo había notado. Estoy tan ocupado que no tengo tiempo para sentimentalismo. 

      ¿Llorar? Sí, a veces… pero solo de felicidad. Hay esas ocasiones en los que la vida te da tanto que no puedes más que derramar una que otra lagrima de agradecimiento. ¿Ya te lo dije? Por si acaso no lo he hecho, será mejor que te enteres de una vez por todas. No me acostumbro a nada ni a nadie. Y cuando dejo a alguien realmente lo hago. No vuelvo a mirar hacia atrás, lo olvido todo. Así que, no, definitivamente no te extraño. Soy así.

      Nórdico, ¿recuerdas?. Los hombres como yo somos emocionalmente medidos, no permito que nada me robe la paz. Y si estoy temblando ahora, es solo por el frío. No los pongas a cuenta de los nervios. Mi corazón no da vuelcos, ni golpetea acelerado en mi pecho por estar frente a tu puerta, tocando desde hace poco más de tres minutos esperando a que abras. La humedad en mis ojos no son lagrimas, no… ¿Por qué habría de llorar? Solo es polvo. Verás… ¿Cómo te explico? Creo que se me metió una basura en el corazón.

      ¿Era así el dicho? Bueno, no importa.

      — ¿Vas a abrir la puerta cierto? Porque sé que estás ahí…

      ¿Acaso no sabes que es de mala educación dejar esperando a alguien? Para ser honesto, no me extraña de ti, eres tan básico. Sin embargo, hoy tengo ganas de perdonártelo todo, te daré una oportunidad. Solo tienes que abrir.

  • Vamos, Han… abre la maldita puerta.

      Estoy cansado de hablar conmigo mismo en mi mente, ¿verdad que no vas a dejarme en la calle como lo  has hecho los últimos tres días? ¿Verdad que no?

      TERCERA PERSONA

      Del otro lado de la puerta, sentado en el piso con la espalda contra el marco de la puerta, Han bebía un poco de té caliente. El golpeteo en la puerta era incesante, pero él no iba a abrir. Ni hoy, ni mañana, tampoco la semana próxima.

      Quizá lo que hacía no era correcto. Haber cambiado las chapas sin avisarle, recoger todas las cosas de Deviant y echarlas en cajas de cartón para ir a dejárselas en la puerta de su departamento. Aprovechando que no se encontraba en ese momento, entrar y llevarse al gato. Eso bien podría considerarse un robo, pero también era suyo. Había pagado por él y eso le daba todo el derecho de llevárselo.

      La situación parecía seria, cambió su número de teléfono, y sus horarios de trabajo. Lo había ignorado por completo cuando iba a buscarlo al hospital. Pasar de él si se lo encontraba en cualquiera de los sitios que frecuentaba.

      ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué quería herirlo?

      La respuesta era simple, aunque quizá no valida. Deviant lo lastimó primero. Lo hizo durante años, y aun cuando se volvieron pareja, no dejó de hacerlo. Siempre prefiriendo a Damian por encima de a él que le daba todo. El segundo en su vida, el último en quien pensaba si es que le quedaba tiempo. Deviant se desquitaba con él de las cosas que le pasaban.

      Con él. Aun cuando Han se desvivía por tratarlo bien, por comprender. Él, que prefería quedarse callado y darle por su lado, con tal de no empeorar la situación. Pero se había cansado de guardar silencio, de asentir y aceptar culpas que no era suyas.

      Se había cansado de la vida a medias que Deviant le ofrecía. Él merecía más, lo merecía todo. Merecía no tener que rogar  para recibir una caricia de vuelta. Ser el “mientras Damian no está”.

      ¿Dónde está su hermano ahora que Deviant tanto lo necesita? Probablemente con Ariel. Viviendo su vida tan lejos de él, como siempre. Su hermano jamás había sido la prioridad de Damian.

      Bueno, el karma estaba de su lado. Si Deviant estaba solo y padeciendo, pues se lo merecía. Merecía sufrir, humillarse de la misma manera en la que él, lo había hecho todo este tiempo. No lo buscaría, no lo perdonaría. Ya no quería explicaciones, nunca las quiso. Y al recibirlas jamás fueron suficientes.

      Era libre ahora, podía hacer y deshacer a su antojo, sin tener que ver por él. Sin preocuparse por los constantes problemas en los que se meten los Katzel. Le habían hecho una oferta para tomar una especialidad en Alemania, declinó porque Deviant estaba con él, pero hace dos días volvieron a ofrecérsela y fue genial decir que sí. Iban a pagarle todo, el hospital  se encargaría de su hospedaje. Se codearía con gente muy importante, los mejores doctores del país.

      El viaje sería por ocho meses, pero ¿qué más daba? Era joven y ya no tenía compromiso con nadie — ¿Compromiso? —Miró el anillo en su dedo, y sintió una punzada en el corazón. La boda estaba planeada para dentro de cinco meses. Iba ser un evento muy sencillo, ambos lo habían decidido de esa manera. Deviant había elegido la fecha, la mayoría de los preparativos estaban listos. Incluso sus trajes.

      La boda. Iban a casarse. Estuvieron tan cerca de lo que nunca más lo estarían. Sonrió dolido, mientras se quitaba el anillo. No iba a dejarse contaminar de nuevo, había sido difícil tomar la decisión, pero finalmente la había hecho. Iba a pensar en él a partir de ahora. Su futuro. Para que darle tantas vueltas al mismo asunto, viajaría a Alemania. En su itinerario no había espacio para ninguna boda. Miró el anillo por última vez y lo aventó a la mesita del recibidor, mientras se ponía de pie.

      Era tarde. Ya no trabaja en el casino como para tener que desvelarse. En algún momento Deviant se cansaría de tocar y se marcharía, y si quería quedarse a dar lastima, que lo hiciera, ese ya no era su problema.

      Han se consideraba convencido. La impotencia, el coraje. El hecho de sentirse herido no le permitió recapacitar la situación. Tampoco se dio cuenta que su anillo de compromiso, rebotó en la mesita y cayó al piso, rodando hasta terminar debajo del sofá. Fue abandonado ahí, de la misma manera en la que esa noche olvidó a voluntad atender al llamado de la puerta.

      Errores que tarde o temprano le pasarían factura. Pues si bien, Deviant había tenido traspiés, las cosas tampoco habían sucedido como las creía Han. No estaba viendo con claridad, su dolor y frustración lo estaba orillando a reaccionar de esa manera drástica y herir a alguien que era demasiado deleznable como para enfrentar su rechazo.

      DAMIAN

      Volver a la casa de los abuelos fue difícil. Tanto como abandonar un pequeño paraíso en la tierra que era solo nuestro, para regresar a una realidad en la que tenía que compartir a Ariel con todos. Y no quería. Era mío.

      Si  dependiera de mí, no dejaría que nadie, nunca más, volviera a mirarlo.

      Pero no podía quitárselos, no a ellos. Susan estaba que daba saltos alrededor de nosotros, y durante un buen rato se la paso abrazando y besando a su nieto. Y David, ese hombre es mucho más listo de lo que imaginaba. No sé cómo, pero estoy seguro de que sabe lo que pasó entre nosotros.  Abrazó a Ariel con el cariño desmedido de siempre, mimándolo mientras a mí me hacía todo tipo de preguntas— ¿Dónde estuvieron? ¿Por qué tardaron tanto? ¿Por qué en la mañana vine a la ciudad y Ariel no me acompañó? ¿Por qué no llamamos para decir que estábamos bien? — Tantos “¿por qué?” a los que apenas y si respondí. Me acusó de habérselos robado por tres días, cuando solo fueron dos. En todo caso deberían acostumbrarse, ellos ya no eran los únicos con derecho sobre Ari.

      Y justo cuando pensaban en esto, David se lo llevó a su recamara para hablar a solas con él. A puerta cerrada y todo. Y por si eso no fuera suficiente, encendió el televisor a volumen alto para que no pudiera oírlos. Ni que yo fuera capaz de escuchar conversaciones ajenas.  

      TERCERA PERSONA

      — ¿No puedes dormir? —preguntó Ariel, saliendo de entre los edredones.

      Se incorporó hasta sentarse a su lado. En su voz se le notaba más animado, como si el dolor hubiera desaparecido. Antes de volver a la casa de los abuelos, Damian lo llevó al departamento de Samko. El médico de su hermano reviso a Ariel y le recetó algunos analgésicos para el dolor. Fue extraño que no hiciera preguntas aun cuando las lesiones en el cuerpo de Ari, eran tan visibles. Samko dijo que ya estaba acostumbrado y que el doctor no juzgaba a nadie por la manera en la que vivían sus relaciones. Damian reparó entonces, en si Gianmarco lo lastimaba como para que posteriormente tuviera que ser revisado por un médico. A lo que el doctor solo dijo que los revisaba a ambos y que iban muy empatados. A Damian aun le daba vueltas en la cabeza  esa respuesta.

      — ¿Damian? —insistió Ariel.

      Al no obtener respuesta, se inclinó para encender la luz de la lamparita en el buró. En cuantos sus ojos se encontraron, ambos se sostuvieron la mirada largo rato. La ansiedad en Ariel iba acumulándose, como si de un momento se fuera a echar a llorar. En cambio Damian, le miraba absorto, distraído en los lunares de su rostro.

      — ¿Estás molesto conmigo? —preguntó desanimado.

      — ¿Por qué ya no puedo quedarme a dormir? —Pregunté — ¿David está disgustado conmigo o por qué me regañó tanto?

      El abuelo había dicho que Damian no podía quedarse a dormir. Estaba prohibido. Además, solo iba a consentir que visitara a su nieto durante el día. Por primera vez Susan no lo defendió, ni intervino por él y Ariel tampoco rebatió nada. Según explico David, era un castigo por la forma en la que el moreno se había comportado con su nieto.

      —Se supone que no te quedabas a dormir.

      —Ya, pero… ahora definitivamente no puedo hacerlo.

      —Damian, estás en mi habitación.

      De repente todo pareció una tontería. En efecto, David había dicho que Damian no podía quedarse, pero eso no lo detuvo al principio y Ariel estaba dándole a entender que tampoco debería ser un obstáculo ahora.

      —Lo siento cachorro, solo no quiero que nos separen.

      —Estoy aquí  —dijo Ariel, recostándose contra su pecho— ¿Cuál es el descontento? No voy a ir a ningún lado, no sin ti. Tienes mi palabra.

      —Quiero que te mudes conmigo.

      — ¿Y dejar a los abuelos?

      —Tu lugar ahora es a mi lado, Ariel —reafirmó Damian, sin estar realmente seguro de lo que estaba pidiéndole. — ¿No quieres que vivamos juntos?

      — ¿Quieres que deje a mis abuelos?

      Damian tuvo que analizar sus palabras, ¿era eso lo que realmente quería? ¿Qué Ariel se alejara de David y Susan?

      —No, por supuesto que no es lo que quiero —dejó un beso en la frente del chico, mientras lo envolvía con ambas manos —, creo que solo me puse celoso de David.

      —Bueno, mi abuelo también esta celoso de ti —confesó Ariel riendo— y lo peor de todo, es que a ninguno de los dos les he dado motivos para sentirse de esa manera. Los amo a ambos aunque de maneras muy distintas. En mi corazón hay lugar para ambos.

      —El saberlo no me tranquiliza —rebatió Damian—quiero que me ames de tal forma que no haya más espacio en ti, para nadie más.

     

.

      SAMKO

Estuve observándolo todo el rato. James solía ser muy predecible, pero ahora mostraba una serenidad que era nueva para mí. Estaba, como suele decir Lusso “en control”, algo de lo que se supone, carezco.

      —Entonces, ¿hay algo que quieras contarme? —indagué.

      Él se llevó la taza de té a los labios y le dio un gran sorbo. Tenía la pierna izquierda cruzada sobre la derecha y estaba perfectamente vestido. Un atuendo demasiado formal para alguien de su edad, parecía abogado. Centró su  mirada en mis ojos y apartó la tasa hasta abandonarla en el platito que sostenía. Desde que lo conozco ha tenido esos esporádicos ataques de refinamiento, pero últimamente es más frecuente.

      James tiene un porte irreprochable que va puliendo día con día como si no tuviera otra cosa mejor que hacer.

  • ¿Hay algo que quieras saber? —me respondió con otra pregunta.

      Su tono de voz medido y suave me regaló la impresión de que se esperaba esto. Nada de sorpresas, él sabía que en algún momento le raptaría para cuestionarle su ausencia. Nos sostuvimos la mirada el tiempo justo como para que me resultara incomodo. Sin embargo, no renuncié. Era claro que James ocultaba algo y yo descubriría que.

      —Ayer vi a Alan, tu amigo ese con el que vas a tomar fotos —inicié—fue casualidad topármelo por los pasillos de la universidad. Me comentó que últimamente no tienes tiempo de nada, ni siquiera de reunirte con ellos. Que ya no vas al taller de revelado tanto como acostumbrabas. Y has rechazado sus invitaciones a fiestas los fines de semana.

      — ¿Por qué fue casualidad? —reparó y casi sonrió. Casi, porque no lo hizo — ¿Acaso no todos asistimos a la misma universidad?

      —Ya, el punto es que te desapareces. No has ido al casino y tampoco visitas a Deviant… ¿Qué has estado haciendo que te tiene tan ocupado?

      —Cosas —respondió como si nada.

      Su atención se centró en la taza de té, pero no hizo el gesto de beberlo, solo lo miró.

      — ¿Qué cosas?

      —Trabajo en mi tesis.

      — ¿Enserio? —Mi hermano asintió sin mirarme— ¿Estas en la parte experimental de tu investigación o que fase de tu tesis incluye un romance? —Tener tacto para decir las cosas no es lo mío. —Olsen dijo que estás saliendo con alguien. Y que ella es todo un misterio para todos… ¿es verdad?

      — ¿También a Olsen te lo topaste por casualidad? —el sarcasmo en su respuesta encendió la chispa de mi mal carácter— ¿Sabe Gianmarco de él? No creo que le agrade saber que aun tienes tratos con uno de tus tantos amoríos.

      — ¿Estás amenazándome James Katzel? —Estaba atónito. ¿Cómo se atreve? El de los chantajes aquí soy yo.

      —Me lo debes, por meterte con mi mejor amigo.

      —Eso fue hace tiempo.

      —Aun le gustas, tú lo sabes y sigues haciéndole la rosca… ¿Qué diría Gianmarco de todo esto? Sería muy malo que de la nada alguien le contara lo que hace su noviecito cuando él no está para vigilarlo.

      Me fui para atrás para recargar la espalda contra el respaldo de la silla. James me sonrió hasta que los hoyuelos de sus mejillas se hicieron profundos.

      —Creo que tenemos un trato, ¿no? —dejo el platito con la tasa en la mesita de centro y se puso de pie, ofreciéndome su mano.

      — ¿No es muy pronto para que te declares vencedor? —Atajé.

      —Tal vez, pero por fortuna tienes mucha cola que te pisen. Si te metes en mis asuntos, entonces me meteré en los tuyos hermanito. Y te aseguro que el único perjudicado aquí vas a ser tú.

      Me negué a estrechar su mano, así que retiró su ofrecimiento. Había algo más, nosotros en si no teníamos problemas. Sin embargo; James sentía la necesidad de ocultar su “asunto” de nosotros y sus mejores amigos. Que lo hiciera solo podía significar que estaba protegiendo a esa persona.

      — ¿Quién es James? —Insistí —sabes que de todos modos voy a averiguarlo.

      Rodeó la mesa hasta colocarse frente a mí. Cerca, demasiado cerca.

      —Suerte con eso.

      JAMES

      Casi estuve tentado a no venir. Samko no iba a dejarlo pasar y yo no debería tentar a mi suerte. Pero aquí estaba, casi a medianoche con un par de bolsas de comida para el desayuno que compré de camino a aquí. Tomé la llave que guardaba en la guantera del auto y bajé rápido. Crucé el estacionamiento sin detenerme hasta que tuve un pie en las escaleras. Las subí casi de dos en dos. Al llegar al cuarto piso, salí al pasillo y de ahí hasta el fondo. Sobre la puerta con el número doce, la lámpara esperaba encendida. Es un llamado silencioso al que últimamente no he podido resistirme. Tampoco lo he intentado, no quiero hacerlo.

      La luz encendida significa que tengo paso libre. La apago al entrar, y ese es un aviso para cualquier otro visitante, de que no hay nadie en casa. No es una burla. Nunca estamos en casa, aunque estemos dentro.

      Ahora siento los nervios propios de quien se siente observado. Instintivamente me detengo y miró rápido detrás de mí para asegurarme que de que Samko no va a aparecer de la nada. Espero unos segundos. Solo entonces abro la puerta y la cierro tras de mí.

      Apago la luz, dejó mi llave en el cenicero que está en la mesita del recibidor. Ya no se usa, a decir verdad nunca se usó. Fue comprado para mí y es ahí donde coloco mi llave cada vez que vengo. También es de ahí de donde la tomo cuando me voy.

      Dejo las bolsas sobre la mesa de la cocina mientras pretendo esquivar a ese cachorro del demonio. No veo la hora en que Ari venga por esa “cosa”. Nieve no es una mascota, es una pequeña maquina de destrucción. Para que dejara de perseguirme tuve que echarle una servilleta encima. Solo entonces puedo ir a la habitación. Entro sin encender la luz, me deshago de la ropa que traigo encima y la sustituyo por la que me fue dejada sobre el sillón pequeño.

      El lado derecho de la cama es mío, recojo los edredones y me meto entre los cobertores. Cuando me fui en la mañana solo pensaba en volver. Me acercó al extremo izquierdo de la cama hasta que siento la firmeza de su cuerpo. Le rodeó por la cintura mientras aspiro el olor de su loción.

      —Me alegro de que estés aquí —dice con voz adormilada, pero entusiasta. No puedo verlo en medio de toda esta oscuridad, pero sé que sonríe. Lo hace siempre. Taylor se gira lentamente hasta quedar de frente a mí. Recuesta su rostro contra mi pecho y mi mente se silencia.

      Es por él, es lo que causa en mí. Ya nada más importa, uno sabe cuando llega a donde pertenece.