Capítulo 52 – Te veo

TE VEO

De lobos está lleno el bosque. 

     

      GIANMARCO

      Sus ojos siempre azules como agua quieta. De un azul que valía por todos los cielos del universo, estaban turbios de deseo. Su mirada honda, pura, aunque el serpentear de su cuerpo intentara convencerme de lo contrario. Para mí, Samko seguiría siendo puro aun después de hacerle el amor de todas las formas posibles, porqué era entonces cuando podía darme cuenta con mayor claridad que cada día lo amaba más. Mi niño. Una belleza blanca de piel y cabello. De labios enrojecidos por tantos besos y mordidas despiadadas.

      Desnudo como ahora o con toda esa costosa tela con la que ama cubrirse. Siempre tierno, siempre dulce, siempre Samko. Entregándose con una sencillez candorosa. Abriéndose a mi goce y dejándome poseerlo con la fiereza de mis ansias. Sujetándose a los edredones, gimiendo en mi boca y pidiéndome que no me detenga.

      —Todo lo mío es tuyo —me dice entre besos cortos—toma lo que quieras, corazón.

      Y quien es capaz de negarse ante tal invitación. Yo no. Ni he llegado, mucho menos aspiro a conseguir tal nivel de perfección. Tengo obsesión por él, que sin importar cuanto lo posea, aun lo deseo más. Quiero tocarlo, besarlo, lamerlo, comérmelo de pies a cabeza.

      Sin recato, pero con todo ese respeto que siento por él: me llevo sus piernas a los hombros buscando penetrarlo hasta que no hay más que pueda entrar y no por ello me detengo. Deseo que me sienta en los rincones más profundos de su cuerpo.

      Hacer que se enloquezca de placer hasta que su cuerpo no pueda soportarlo más. Compensar mis años de más hasta que olvide sus años de menos. Mis años remotos. Todo lo que no le di y que siento, aun le debo.

      Amo cuando dice mi nombre como ahora, casi sin poder pronunciar palabra, con su cuerpo chorreando y sus ojitos entrecerrados. Esta pisando nubes de colores: sus muslos se tensan, su cuerpo se anticipa; sus paredes me aprisionan dificultando esas últimas estocadas. Me excito cuando lo veo en este punto, tan cerca del cielo mientras abandona el infierno. No quiero retrasarlo, me inclino hacia adelante y beso sus labios. Samko dice te amo, y termina así, justo como inicio. Con un beso.

      DAMIAN

      Me quedé con Ariel hasta muy entrada la madrugada. Mirándolo dormir se me pasaron las horas como si fueran segundos. Sintiendo su respiración acompasada que me arrullaba y el subir y bajar armonioso de su pecho. La situación era buena, estar con él me hacía sentir dichoso. 

      Sin embargo, no estaba siendo completamente honesto con él. Ari creía que a lo peor que podía enfrentarse conmigo era mi mal carácter y estaba muy lejos de ser así. Hasta ahora, él había sido condescendiente conmigo al aceptar sin chistar hasta el más mínimo de mis aspectos.  Aun con todo, la duda arremetía contra mí.

      La idea de que quizá no reaccionaba para no incomodarme me rondaba la cabeza. El color de mis ojos a la oscuridad, la forma en la que vivo, las cicatrices en mi cuerpo, inclusive los arranques de fuerza. El cómo puedo perder el control en cuestión de segundos. ¿Realmente comprendía lo que estaba aceptando? Me sobrelleva, lo he notado. La mayor parte del tiempo prefiere dejar pasar las cosas que digo o hago. Ha comenzado a callar para no discutir, posiblemente también por temor. Y si todo esto no fuera suficiente, esta esa última parte que no me atrevo a confesar. Se enterará, en algún momento lo sabrá y será pero si no soy yo quien se la dice.

      Y por si no fuera suficiente, está este nuevo sentimiento divisorio. Estoy cómodo con él, en paz. Sin embargo, también siento ese otro llamado. Necesito el sosiego que solo el bosque puede darme. No soy de ciudad, de casas y camas con edredones blancos. Estoy aquí por él, porque lo elegí desde mucho antes de tomarlo. Me tomó tiempo comprenderlo. El rondarlo, pasar cada noche con él, no fue para nada. Ahora sé que simplemente no podría existir sin él. Ni siquiera diré vivir.

      Con su cuerpo entre mis brazos, solo deseo permanecer de esta manera por lo que nos dure la vida. Como hombre, es lo que más anhelo. Más en mi interior esta aculada esta ansia, la desesperación de huir de aquí y de él, para correr libre. Mi lobo aúlla en mi interior, porque si bien, se ha acostumbrado a Ariel y ya no desea dañarlo. Se siente cautivo en este cuerpo: necesitar su forma, necesita matar.

      Se me han pasado las lunas, las ganas. No quiero asesinar, pero necesito hacerlo. Soy lo que soy y tarde que temprano no podré ocultarlo más. Y casi como si Ariel pudiera intuir mi próxima huida, se abrasa a mí cintura pasándome su mano por encima del edredón.

      Nuevamente la idea de quedarme parece ser lo mejor, sin embargo, basta una mirada rápida a la puerta corrediza de la entrada: con el bosque a oscuras abriéndose frente a la casa, para que me decida. Me retiró de la cama dejando en mi lugar una almohada. Ariel se remueve inquieto, pero sin despertar. Es como los cachorros, necesita sentir mi olor. Me quito la camiseta y la dejó cerca de su rostro. Él se acomoda rápido contra ella. Me aseguro de cubrirlo bien para que no pase frío y le beso la frente. No tengo que prometerle volver, tiene mi corazón y mi voluntad. Sin falta regresaré a él.

      Me quito la ropa y salgo sin hacer ruido hasta el patio trasero. Mis pies amasan la nieve que no ha dejado de caer en todo el día. Antes de siquiera pensarlo, estoy ya en mi cuerpo de lobo. Al principio, el despertar repentino de mis sentidos me aturde, más solo es cuestión de segundos para que me acople.

      Sin pensarlo corro hacia el este, solamente necesito dejarme llevar. Se siente bien. El viento alborotándome la melena, y mis patas moviéndose cada vez más rápido hasta que todo se vuelve una película borrosa: los arboles, la noche misma. Todo se ve difuso.

      Cruzó riachuelos que empapan mi pelaje con agua en deshielo, salto, trepo o simplemente me dejó caer. Corriendo contra le nieve que intenta cubrir mi lomo de blanco. No le doy tiempo, soy más veloz. El viento me sacude o yo a él, quien sabe, que importa. El bosque tiembla bajo mis patas. Soy libre, mis fuerzas se renuevan. Siento mi fortaleza despertar. En pocos minutos llego a Sibiel, a casi veinte kilómetros de la casa de mi cachorro. 

      Ariel… no, no debo pensar en él ahora. Estoy aquí para cazar.

      Me acercó al poblado por las laderas, mi olfato me guía hasta un olor conocido. Avanzo con sigilo entre las arboladas bajas. Un poco más y el hombre está en mi campo de visión. No quiero postergarlo, seguirlo ni ninguna otra cosa. Quiero matarlo y volver.

      Me acerco un poco más, el olor a licor me pica en la nariz. Sigo avanzando hasta que no hay nada más que me cubra, no me doy cuenta hasta que estoy frente a él. El tipo está de espaldas al piso y cubierto de su vomito. Respira pesado, y me doy cuenta que mis inhalaciones siguen su ritmo. Se me hace un nudo en la garganta y me niego a aceptarlo, pero me doy cuenta que estoy dudando. No es asco lo que siento por él, sino lástima.

      Esto en mi negocio, no es bueno.

      Lo rodeo buscando la decisión en mi interior. De la nada, se me antoja otra presa, quizá alguien que pueda defenderse o por lo menos, que este consiente. Cualquier excusa es válida con tal de no aceptar que matar por matar ha perdido sentido para mí. Negarme a pensar en él, no significa que lo olvide. Ariel está conmigo, sus ojos no dejan de mirarme aun ahora. No sucede, pero así es como lo siento.

      Ni siquiera volteo a verlo. Estoy decidido a que será alguien más. Entonces mi paso se detiene sin concluir. Siento un golpe en la cabeza, no real. Lo siento en mi mente y con claridad alguien dice — ¡Te veo!— y así como vine se va. Mi paso se cierra contra el piso y el silencio lo vuelve a llenar todo. Regreso la vista hacia el hombre, estoy convencido que no fue él. No escucho a nadie más, sin embargo, esa voz continua nítida en mi mente.

      Cambio mis pocas ganas de matar por mi deseo de respuestas. Voy de aquí por haya hasta que sucede nuevo —Huargo— dice. Habla en mi mente, sea quien sea que lo hace, no es humano.

      TERCERA PERSONA

RAZAS

      Era la época de la Grecia antigua. En los días de Arcadia, el rey Licaón llegó a ser conocido como uno de los hombres más sabios y bondadosos que hubiese gobernado jamás. Bajo una ferviente religiosidad logró sacar a su pueblo de las crueles e inhumanas condiciones en las que vivían antes de su regencia. Sin embargo; Licaón mismo continúo viviendo en el salvajismo en que había crecido.

      El rey sacrificaba humanos en honor al dios Zeus. Los elegía de entre su pueblo: niños, vírgenes y mujeres embarazadas. Mataba indiscriminadamente aun cuando estos sacrificios habían sido derogados hace muchos años atrás. En aquel tiempo en que los dioses hablaron diciendo que no encontraban favor en estas cosas. Aun con todo, Licaón se mantenía en la sanguinaria tradición. No solo eso, también había desarrollado un gusto especial por asesinar a forasteros a quienes primero ofrecía cobijo. 

      Se dice que al enterarse, el dios Zeus decidió transformarse en mendigo y visitó al Rey. Este, al no imaginar a quien tenía frente a él, de inmediato pensó en matarlo. Sin embargo, uno de sus más fieles sirvientes logró advertirle a Licaón. Y el rey decidió invitar al dios a un ostentoso banquete con la finalidad de vengarse de él. En esa majestuosa cena, la naturaleza malévola del Licaón hizo gala. Ordenó que se le ofreciera a Zeus la carne de un niño, pero no uno cualquiera. Mató y le dio a comer la carne de uno de los hijos humanos del dios.

      Al darse cuenta de lo que se había hecho en su contra, Zeus se encolerizó y condenó a Licaón así como a todos sus descendientes a convertirse en hombres-lobo. Se dice que la historia de este rey malvado es uno de los primeros ejemplos de las razas malditas.

      De los descendientes de Licaón surgieron las mezclas y linajes que años más tarde se conocerían como: purasangre, infectados y malditos. Aun en la actualidad, viven entre los hombres vistiendo su piel de corderos, engañando a los humanos.

      Los asechan buscando la menor oportunidad para liberar su verdadera naturaleza.

      RÉGIS

Hening, Rumania.

A ochenta y nueve kilómetros al norte de Sibiu.

      Eran las primeras horas de la mañana cuando abandonamos el prado. Jireh dirigía con rumbo al norte, cuando se detuvo en seco. Iba tan cerca de  él que terminé estrellándome contra su espalda y empujándolo hacia un vacio de escarpados salientes, varios metros por debajo de donde nos encontrábamos. La  maleza ocultaba el final del camino, y yo iba tan distraído que no fui capaz de reaccionar con rapidez. De lo contario, le hubiese sujetado.

      Debían ser por lo menos unos sesenta metros en picada, sin embargo; aun entre las rocas recubiertas de hielo filoso, Jireh aterrizó de pie. Apenas y si alzó la melena grisácea y revuelta para mirarme con reproche. Me encogí de hombros y dando un paso al frente me lancé al vacio. Él me sujetó antes de que mis pies tocaran el hielo y me deposito en la nieve con suavidad. 

      —No puedo encontrar el rastro que dices —anunció— ¿estás seguro de que era por aquí? —Me negué a responder a esa pregunta con palabras, más bien, lo miré desafiante y él negó de inmediato. —Tu clarividencia funciona hasta a setenta kilómetros a la redonda, quizá estamos del extremo incorrecto. Como sea, con esta caída nos alejamos bastante de tu radio de fuerza. 

      —Falta poco—rebatí.

      —Régis…

      —No vengas si no quieres, encontraré al huargo sin tu ayuda.

      — ¿Y qué planeas hacer cuando lo encuentres? ¿Te enfrentaras a él, tu solo? ¿Acaso debo recordarte que me necesitas para mantenerte en tu forma?

      —No lo digas como si tu no necesitaras de mí, Jireh —refuté—. El lobo esta cerca.

      —Por lo menos, ¿tienes idea de a dónde estamos…?

      —Estamos cerca del huargo, puedo sentirlo.

      —Si te equivocas…

      —Jamás me equivoco Jireh. 

      TAYLOR

      Estoy comenzando a acostumbrarme a despertar de esta manera. En un tibio y acogedor amanecer, aun cuando está nublado o lloviendo. Es bello porque no estoy solo, porque estoy con él. Y me hace feliz lo mismo que me preocupa. Se está metiendo en mi alma, estoy pensándolo cada vez que respiro. No es bueno, no cuando James puede estar tan tranquilo disfrutando del panorama y en cambio yo no puedo, siquiera, echar una mirada furtiva.

      Me estoy acostumbrando a él. Ha dejado de importarme el ir en contra de mis propias reglas. Cada vez que se ausenta siento mi cuerpo vacio. Estoy encerrándome entre estás paredes porque es solo en secreto que podemos estar juntos. Ni pensar el hablarnos en público, si nos vemos, no nos conocemos. Finjo bien que no me importa, pero la verdad es que comienza a incomodarme. Nadie salvo nosotros sabemos lo que hay. Porque hay algo, pero no tiene título, ni representa exclusividad.

      —Me voy a adelantar —dice—nos vemos después.

      Siempre se va primero y siempre me deja para después. Ya no hay salidas esporádicas, invitaciones a comer, ni nada por el estilo. Solo estamos aquí. Es bueno, pero también ha dejado de ser suficiente.

      —Taylor.

      Me siento frustrado, pero no tengo valor para exigir más, ni siquiera sé si realmente quiero algo más. Estoy confundido, él me confunde. Quiero tantas cosas y a la vez, solo ansió mi vida de antes.

      —Taylor…

      Me negaba a caer en esto, pensé en sexo. Un encuentro esporádico o muchos encuentros pero  no en algo más. Porque uno ya no se es fiel a sí mismo, cuando se enamora.  Ese virus mortífero te invade como una plaga. Y cuando sucede se empieza a percibir el mundo a través de la otra persona. Solo se oye claramente a través de sus oídos, se mira a través de sus ojos. Yo mismo estoy comenzando a sentir a través de un corazón que no late dentro de mi pecho.

      —No es posible —murmuré de manera inconsciente, es entonces que siento las manos de James rodeando mi rostro. Con un tirón suave me obliga a abandonar mis pensamientos y mirarlo.

      — ¿Qué no es posible? —Pregunta en voz baja, como si temiera asustarme— ¿Qué sucede Taylor?

      Absorto me quedo mirándolo. Me gusta cómo se escucha mi nombre en sus labios. Sus labios. Es incomodo que me trate como si fuera un chiquillo, pero habla y me toca de tal manera que me hace sentir que lo soy. La seguridad en su voz es arrasadora.

      — ¿Taylor? —Mis ojos lo sigue mientras hace su descenso. James se acuclilla frente a mí, quedando a la altura de mi rodilla. Sus manos ahora envuelven las mías, apretando con suavidad.

      ¡Diablos! Es jodidamente guapo. Me gusta, me gusta mucho.

      Sus ojos café, sus labios. Su rostro de expresión dulce, sus labios. Ese cuerpo que parece haber sido tallado a placer, sus labios. Su personalidad que encandila y esos benditos labios. Para mi gracia y vergüenza, James parece finalmente leer mis pensamientos y sonríe.

      Siento la timidez acumulándose en mi rostro y el calor que acompaña al sonrojo. No quiero que me vea, que me toque. Intento huir, pero me retiene en la silla. Su pone de pie y me besa. Como todos sus besos, es sin mucho ardor. Me toca con ternura, con extraordinaria suavidad. Abrazando de forma alternativa mis labios, humedeciéndolos con su lengua. Es tan nada, pero se me hace tan mucho. Justo cuando pretendo corresponder el beso ha finalizado.

      —No pienses demasiado —dice—, todo es posible. A veces solo hay que ser paciente.

      Se aparta de mí dejándome la dolorosa sensación de que quizá no nos referimos al mismo “no puede ser”. Me trago la incertidumbre. No planeo caer en el garrafal error de preguntarle que somos.

      —No lo haré… —digo a regañadientes. Y mato dos pájaros de un solo tiro.

      —Tengo que llegar antes para tener todo listo —me explica—, pero después tu y yo podemos salir un momento. Si tienes tiempo.

      El entusiasmo salta dentro de mí como un niño de cinco años frente al más fantástico de los obsequios. Más me exijo disimular.

      — ¿A dónde quieres ir? —Pregunto como si nada.

      —Ya veremos —dice.

      No es la respuesta que esperaba pero sé que no obtendré nada más de él. Así que lo dejo marchar. Esto es mejor que nada.

      ARIEL

      Despierto con un beso en los labios y el penetrante olor a café con canela. No, no es un sueño. Al abrir los ojos, Damian está sobre mí y antes de que vuelva a besarme, alcanzó mirar de reojo la salvilla con lo que espero sea mi desayuno. Huele tan delicioso, no la comida… aunque el desayuno me abre el apetito. Sí, el apetito porque hambre solo tengo de Damian.

      — ¿Qué tal le amaneció a mi bosque nevado? —me pregunta sin dejar de besarme.

      Le paso las manos por el cuello y separo las piernas para que se acomode lo más cerca posible de mí. Me estoy volviendo descarado y lo peor de todo es que no me importa.

      — ¿Por qué no lo averiguas por ti mismo? —Mis palabras sugerentes lo hacen reír. No se esperaba una respuesta como esa y yo tampoco me imaginaba diciendo algo así. Pero me bastó sentir su olor, para que mi cuerpo reaccionara por sí solo. Aun siento dolor, pero todo parece soportable ahora. Lo quiero de nuevo, lo necesito ahora.

      —No me provoques niño —me advierte y se retira.

      Pero antes de que huya lo atrapo de la mano y lo hago volver. Me acercó a él como si fuera a contarle la más grande indiscreción, un secreto que no debe oír nadie, ni siquiera nosotros.

      — ¿Crees que se escuche abajo si lo hacemos en el baño?

      — ¿No es algo temprano para que pienses en eso? —Finge desinterés, más la forma en la que su brazo se cierra contra mi cintura desmiente sus palabras. — Mejor desayuna, que se hace tarde para salir.

      —Por fin, Damian —reparo mientras le permito que acomode la salvilla sobre mis piernas. El desayuno tiene mala envoltura, lo que significa que lo preparó él mismo. Me conmueve cuando se esfuerza y tiene estos gestos conmigo. Ahora mismo solo quisiera besarlo y encerrarnos en el baño. — ¿Se hace tarde o es muy temprano?

      —Es muy temprano para “ya sabes” y se hace tarde para lo que tenemos que hacer.

      — ¿Qué tenemos que hacer? ¿En verdad no quieres hacer el amor conmigo? —le pongo la más triste de mis expresiones y casi funciona.

      —David va a castrarme si se da cuenta de lo que estamos haciendo… ¿eso es lo que quieres?

      —Por supuesto que no —respondo de inmediato.

      Damián me mira fijante y después se ríe. Sus manos viajan a mi rostro y me besa la frente.

      —Eres adorable. Y si quiero, pero tu cuerpo necesita recuperarse. Creo que podríamos llevárnoslo con calma. Ir un poco más lento.

      Nos lo llevamos con toda la calma y lentitud que nos tomó llegar al baño. Si bien, no obtuve lo que quería, se le pareció tanto que innegablemente me hizo feliz.

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