Capìtulo 53 – DE ESO Y MÁS SOY CAPAZ

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DE ESO Y MÁS SOY CAPAZ

El que se mete con mi hombre se mete conmigo. 

     

      TERCERA PERSONA

      Ariel sintió que el estomago se le hacia un nudo cuando Damian se desvió de la carretera principal para entrar al estacionamiento de la universidad. ¿Cómo es que no lo había pensado? Estaban a mitad de semana y en su horario, la primera clase iniciaba a las ocho. El moreno se sabía su programa de memoria, inclusive el plan de estudios. Ariel necesitaba mirar sus listas cada cierto tiempo, Damian en cambio se había obsesionado con memorizarlas. Esto era una de sus tantas obsesiones, si se trataba de Ari, Damian quería saberlo todo.

      El viaje, la deuda y los problemas en la universidad. Su madre que últimamente llamaba con frecuencia para gritarle y ofenderle, su padre ausente y la cruel forma en la que le había ignorado cuando llamó para pedirle ayuda. La molestia de Sedyey por su frecuente ausencia en el centro comunitario, incluso Nieve. Ariel lo había olvidado todo como si se tratase de un trago amargo que finalmente hubiese pasado. Damian lograba absorberlo en su totalidad. Lo atrapaba entre sus brazos y el mundo se volvía un sitio de dos. Sin embargo, ahora debía volver a esa realidad que le causaba ansiedad y profundo miedo.

      No quería. En su mente deseó estar de nuevo en la cabaña de Damian, a mitad de la nada. El frío que le calaba los huesos y la incomodidad de la cama eran mucho más soportable que esta realidad. Incluso los lobos, los prefería a ellos que a sus compañeros de universidad. Dudó y sin darse cuenta se sujetó con fuerza a la cazadora de Damian, debatiéndose sobre si debía bajar y enfrentarlo o salir corriendo.

      Mientras tanto, el moreno se estacionó en la entrada principal y esperó paciente a que Ariel se bajara de la motocicleta. Las primeras miradas no se hicieron esperar. Había una vívida curiosidad de los demás por ellos.

       Verlos uno al lado del otro era tanto como querer juntar el ártico con el desierto e invertir sus naturalezas. Así de opuestos e incombinables. Para algunos, la nada ostentosa trayectoria de Damian Katzel se veía empañada y reducida por un extranjero sin mucho chiste, un completo don nadie. Otros, los que se habían tomado el tiempo de conocer y tratar a Ariel, no comprendían como es que el chico; con todo ese potencial y talento que derrochaba había elegido a alguien con tan mala reputación. Una persona sin aspiraciones y que muy seguramente terminaría llevándolo por un mal camino, tal y como es típico de esa clase de gente. No obstante, la gran mayoría no condenaba lo que cada uno era por separado, sino el hecho de que siendo ambos hombres tuvieran el desacero de mostrarse abiertamente como si lo que había entre ellos fuera aceptable. Los habían visto de antes: esas miradas y sonrisas para nada discretas, la imposibilidad de mantener las manos alejadas del cuerpo ajeno. El descaro de pretender ser algo que jamás seria bien visto y menos que menos, normal. Una pareja.

      No solo eran opuestos, lo de ellos era inmoral, incorrecto. No había cabida para gente tan sínica en la Lucian Blaga, mejor aún, en Sibiu. Solo que ahora, se lo tendrían que pensar antes de mencionar algo al respecto, pues pocos, por no decir que nadie se atrevería a enfrentar a Damian.

      Ese porte rebosante de hosquedad y la mirada severa en el rostro del moreno era un aviso silencioso. No estaba de humor para nadie más que no fuera el chico a su lado. En los días pasados Ariel había sido la comidilla de más de uno, Damian estaba que se moría de ganas de que algún “machito” se atreviera a decirles algo o a burlarse de la misma manera en que lo habían hecho mientras Ari estuvo solo. Entonces les demostraría quien es Damian Katzel y de que era capaz con tal de defender a su pareja.

      Ariel en cambio, más apesadumbrado que un lunes por la mañana, se quitó el casco y se lo ofreció a Damian. Estaba seguro que tarde o temprano, el moreno se enteraría, sin embargo, esperaba que no fuese tan pronto.  Recordar le dolía, eso y la culpa. Ariel era consciente que hablar incluía decir que lo había negado, y eso era algo que aun le ardía en la conciencia. Podría ser nada para cualquier otro; palabras que tuvieron que ser dichas para protegerse. Pero para Ariel, significaban algo más, una traición. Le había faltado a Damian al negarlo vez tras vez delante de toda esa gente. Solo amigos, lo había repetido hasta el cansancio. A su parecer, se comportó como un cobarde y seguiría reprochándose por ello hasta el final de sus días. Debió enfrentarlos y no correr a esconderse como lo había hecho.

      Para Damian, el que su cachorro tuviera esa apariencia temerosa no era de extrañar. Estaba enterado de todo. Ayer cuando bajó a la ciudad hizo algo más que comprar comida y pasar por frazadas a la casa de Ariel. Visitó a Taylor en su departamento. Curiosamente  James se encontraba ahí también. No quiso oír explicaciones sobre lo obvio, y bueno, James tampoco se las ofreció. En vez de eso, le contó todo lo que sucedió mientras Damian y Ariel estuvieron distanciados. El cómo Ari había tenido que soportar burlas y humillaciones por los videos que habían circulado. Las habladurías y el trato duro de los profesores. Taylor por su parte, le relató de todas esas veces que tuvo que ir a hacerle compañía en los baños, debido a que  Ariel iba a ese lugar a esconderse hasta que finalizaba la hora de descanso. Hablaron de la deuda y todas aquellas cosas injustas a las que el chico tuvo que enfrentarse en cuanto perdió el respaldo de Damian. Inclusive le dijeron que Ariel tuvo que negar la relación que sostenían por no verse más afectado. Lo sabía y más que nada, lo comprendía. No estaba molesto con Ariel por eso, ni por ninguna otra cosa.

      Después de haber escuchado todo en silencio, Damian hizo las preguntas correctas. ¿Quién había hecho circular los videos y a cuánto ascendía la deuda de Ariel? De todo lo demás, explícitamente dijo que él se encargaría.

      Paso el resto del día esperando a que Ariel le hablara de estas cosas, pero el chico no lo hizo. Al contrario, aun cuando hablaron de tantas cosas, Ariel actuaba como si nada hubiese sido tan malo en ese tiempo, que su ausencia. Entonces decidió darle tiempo, pero aun durante el desayuno, Ariel no habló. Así que había decidido traerlo a la universidad, sin confesarle que estaba enterado.

      — ¿Hay algo que quieras contarme? —cuestionó al darse cuenta como Ariel había enterrado la mirada en el piso.

      No parecía tener intenciones de entrar a la universidad, pero tampoco de hablar. Solo estaba ahí, mirándose los pies. Oliendo a miedo y vergüenza.

      —Sabes que hubiese preferido enterarme de lo que sucedía por ti. Pero te has comportado de esta manera desde esa primera vez que te conocí. Me das lo bueno, pero todo lo malo que te sucede te lo guardas para ti y me dejas fuera. —Sus palabras eran medidas pero al mismo tiempo duras, firmes y con la clara intención de hacer notar su descontento—. Estuve tras de ti durante días. Te busqué e intenté solucionarlo, pero preferiste enfrentarte a esto solo, aun cuando no había necesidad de tal cosa —regañó—. Estoy muy decepcionado de ti, Ariel.

      No fue su intención herirlo, sin embargo, sus palabras tuvieron un efecto catastrófico en el chico. Y es que antes de que se mudara a Sibiu, las palabras hirientes, malos tratos y golpes los recibía únicamente de su madre. Al venir aquí, comenzó a recibirlos de también de su padre, de la gente en general y de la persona por la que había estado dispuesto a renunciar a todo lo demás. Damian en pocos meses le había obsequiado tantas tristezas como alegrías, y con cada nueva palabra dura que salía de sus labios, Ariel sentía el peso de todas las anteriores. Todo volvía a doler. Su actual situación le jugaba en contra, que su pareja le dijera que estaba decepcionado de él, fue más de lo que Ariel podía soportar.

      Aunque lo intentó, Damian no logró atrapar esa primera lágrima que se desprendió del rostro inclinado de Ari, y solo pudo verla descender hasta que mojó la acera, dejando un círculo perfecto tras el silencioso impacto. Y a esa le siguió otra y otra. Gotas gruesas: constantes y mudas. Ariel se encogió de hombros, sin saber qué hacer ni cómo controlar lo que sentía.  Apenas y si logró cubrirse el rostro con el antebrazo. Damian estuvo a su lado en cuestión de segundos, protegiéndolo.

      En ningún momento su intención había sido herirlo o hacerlo llorar. Quiso explicárselo, decirle ahí mismo que no era lo que Ariel pensaba. Sin embargo, optó por llevárselo a un lugar más privado. Lejos de todas esas miradas curiosas que no se apartaban de ellos.

      Ariel no se opuso cuando fue arrastrado hasta los jardines, al interior de la universidad. Una vez a solas, Damian se sentó en el piso con Ariel sobre él.

      —No supe darme a entender. No es de ti de quien estoy decepcionado —explicó—solo hubiese querido que me hablaras de lo que estaba pasando. ¡Lo siento, no debí decirlo de esa manera! No llores Ariel, no lo soporto.

      Pese a la ternura que le demostraba el efecto tranquilizador tardó en llegar. Damian le hablaba cada cierto tiempo, lo acariciaba y recogió cada una de las lágrimas que Ariel lloró. Con paciencia esperó hasta que se sosegara. Damian podía ser muy duro, tanto que podía matar como si estuviera rociando agua bendita. Sin embargo, Ariel tenía ese “algo” a lo que ni siquiera él podía resistirse. Enternecido por su bosque, sintió el coraje arder en su interior. Toda esa gente que le había tratado mal, que se habían burlado de él. Lo pagarían. Él mismo tenía una deuda enorme con el chico. Ariel era noble, sensible. Nadie tenía derecho a herirlo, no, ni siquiera él. Nadie menos que él.

      — ¿Sabes? No voy a permitir que nadie más se meta contigo… Ya no —aseguró—. Mientras viva, no dejaré que nadie te humille o se burle de ti.

      Ariel levantó el rostro y centró su atención en Damian, ¿qué había dicho? ¿Era posible que estuviera enterado?

      — ¿Lo sabes? —preguntó inseguro. Damian no respondió con palabras, sino que se limitó a asentir — ¿Todo?

—De principio a fin.

— ¡Lo siento! —dijo agachando nuevamente la cabeza en señal de sumisión.

      — ¿Por qué te disculpas? No eres tú quien debe hacerlo. —Damian terminó de limpiar el rostro húmedo de su cachorro —En todo caso, soy yo quien debe hacerlo y empezaré por disculparme por lo que dije el día de tu exposición. Nadie es mejor que tú. Cada uno es como es, sin embargo, en mi corazón solo hay espacio para ti.  Nadie más. Y lo que siento por ti no lo había sentido por nadie jamás. No, ni volveré a sentirlo.

      Lo sé, estoy seguro. No puedo ni quiero amar a nadie más como te amo a ti. —Era extraño para el moreno decir estas cosas. Le costaba pronunciarlas pero eran la verdad y ya había comprobado que negarlo era una terrible pérdida de tiempo. Los errores le habían hecho comprender que debía ser honesto consigo mismo. Y lo primero que había que aceptar, era que estaba terrible e irremediablemente enamorado de Ariel. —Todo lo que me das, poco o mucho, tiene un valor incalculable para mí. Lo he sentido de esta manera desde hace meses, solo que en ese tiempo era muy estúpido como para aceptarlo. Ponlo a cuenta de mis decepciones —confesó avergonzado—. No había llegado a querer honestamente a nadie y si en algún momento mostré siquiera un vago interés por alguien, esa persona no se quedó a mi lado, ni siquiera lo pretendió. Temía que eso mismo nos pasara. Estaba asustado de quererte y que después te perdiera. Aun lo estoy. Solo que ya no estoy dispuesto a resistirme a esto que siento. Estoy aquí, estoy contigo. Me perteneces y soy tuyo. Cualquiera que se meta contigo se mete también conmigo, voy a defenderte.

      —No iré a ningún lado —aseguró Ariel.

      —Que bien, porque no planeo dejarte ir.

      —Dilo… —pidió Ariel en voz baja, pero con la intensidad en su mirada que no se apartaba en la ajena.

      —Te gusta avergonzarme ¿cierto? —Ariel rió mientras asentía. Damian dudó unos segundos como si buscara en interior las palabras adecuadas para pronunciar, o quizá solo necesitaba encontrar un poco más de valor para decirlas mirando a Ariel a los ojos —. Bien pude acostarme con cantidad de personas, pero tú eres mi primer amor. —Una vez hecha la confesión Damian apartó la mirada.

      Que su piel tuviera ese tono bronceado que tanto le gustaba a Ariel, no impidió que el bochorno se acumulara en su rostro pintándolo de rojo. ¿Damian Katzel sonrojándose? Quien lo diría.

      Ariel se abrazó a él buscando los labios ajenos. La boca de Damian era lo más delicioso que el menor hubiese probado alguna vez. Los labios de grosor uniforme, húmedos y siempre hambrientos de besos. Labios expertos que sabían dirigirlo, dejarlo sin aliento y con la mente en blanco. Sus comisuras que escondían secretos que Ariel se había propuesto desvelar. Lo amaba. Amaba de él su seguridad y sus sonrojos. Que fuese orgulloso y también sus escasos momentos de humildad. Cada aspecto de lo que Damian es. Sus cosas buenas y las excelentes, así como aquellas en las que podía mejorar. Le gustaban y las aceptaba.

      —Bueno, ya… basta de cursilerías —atajó, pero Ariel estaba listo para besarlo. Sin embargo, tras oír lo dicho, el chico se detuvo a pocos milímetros de los labios de Damian. Los ojos ambarinos se perdieron en los azul cielo que le miraban dilatados.

      —De acuerdo —respondió Ariel alejándose.

      — ¿A dónde crees que vas? —lo retuvo Damian—Ahora me besas.

      Lo hizo. El cachorro lo besó pero no con los labios. Era su gusto el restregar su mejilla contra la de Damian, lo hacía de la misma manera en la que lo haría un gatito que buscaba caricias. Se frotaba contra él mientras sus brazos rodeaban posesivos el cuello de Damian, sus dedos traviesos se enredaban entre sus mechones largos y los enrollaba despeinándolos a la altura de su nuca.

      — ¿Me amas? —susurró Ariel uniendo sus frentes. Pese al tono de pregunta, aquello parecía más una afirmación que duda. 

      —Más que a nada en este mundo —dijo— y tú, ¿me amas?

      —Te amo, más que a nada en el universo.

      Damian intentó aferrarse a los motivos por los que no debía desnudar al chico y tomarlo ahí mismo. Las ansias eran muchas y en ese sentido, Ariel no estaba cooperando. Lo besaba y se apegaba al moreno como si la más mínima distancia entre sus cuerpos lo hiciera sufrir. Parecía dispuesto y eso le dejaba todo el trabajo al mayor. Fue difícil, pero se centró en la razón de estar ahí. Había asuntos por arreglar y pronto darían las ocho, si realmente quería dejar claro cuál era la posición de Ariel en su vida, debía darse prisa.

      Se incorporó  de un brinco, con el chico entre sus brazos. Como si su peso fuera peso pluma y sin el más mínimo de los esfuerzos. A pesar de que cada que lo cargaba le decía a Ariel que era pesado, la verdad es que no. Para Damian cargarlo era nada. Y esos desplantes de fuerza ganaban la admiración de su pareja.

      —Continuaremos con esto más tarde.

      — ¿Y si se me olvida? —Cuestionó Ariel, negándose a soltarlo. Sin embargo, tuvo que hacerlo.

      —Me aseguraré que lo recuerdes.

      Volvieron a la entrada y desde ese punto Damian dirigió el camino por entre la gente. Las miradas poco y para nada disimuladas iban de Damian a Ariel y viceversa. Era la hora “pico”, la mayoría de los estudiantes iniciaban sus clases en ese horario.

      Ariel se sintió pequeño, minúsculo. Los últimos días en la universidad habían sido una tortura y ahora caminaba de la mano de la persona que con tanto esmero pretendió negar. Dijo una y otra vez, que entre ellos había solo una amistad. Sin embargo, la forma en la que Damian lo sujetaba decía algo más. El moreno iba con el pecho inflado, derrochando seguridad e intimidando a cualquiera sobre quien posara la mirada. Haciéndolos rehuir, y abrirse para no estorbarles el paso.

      Damian llevo a Ariel hacia una de las cafeterías, la que según dijo Taylor estaría más llena a esa hora. Si querían algo de qué hablar él se encargaría de dárselo. Por supuesto que llevarlo de la mano ya era mucho, sin embargo, Damian fue más allá. En medio del gentío, se detuvo colocándose frente a Ariel y lo besó. Ahí a la vista de todos de ellos. No fue un beso cualquiera, lo tomó de la boca con ardor y desenfreno. Lamiendo y mordiéndole los labios antes de introducir su lengua en la boca pequeña, misma que por la sorpresa no era capaz de corresponder. Sus brazos fuertes rodearon la cintura de Ariel atrayendo su cuerpo menudo contra el suyo. El chico solo pudo poner sus manos contra el pecho de Damian, más en ningún momento intentó alejarlo. Damian esperaba a que alguien fuese capaz de buscarle pleito por esto. Se habían atrevido a burlarse de Ariel, por falsedades. Bien, esto era real. Dos hombres que se besaban públicamente porque no tienen nada que ocultar. No era jactancia, mucho menos presunción. Damian estaba seguro del amor que Ariel le tenía, tanto que lo besó con la certeza de que el chico no lo rechazaría. Y él por su parte, amaba a ese niño más de lo que alguna vez creyó que podría ser capaz de amar. Si es que aquí se estaba cometiendo un delito que debiera ser perseguido, ese era su falta de caridad. Exhibir su dicha ante tanta desgracia ajena, mostrarles cuan libre era su amor a aquellos que envidiosos vivían prisioneros. 

      —Esta hecho —dijo Taylor acercándoles —ya dejen de contar plata ante los mendigos.

      —Los pobres, pobres son…—refutó Damian, separándose de Ariel y aceptando la mochila que se le ofrecía. Era la de Ariel, pero en estos momentos el chico estaba demasiado avergonzado como para si quiera, reaccionar. Tenía la cara roja y se había hecho chiquito contra el cuerpo de su pareja.

      —Ya, pero exhibir la dicha propia ante la desgracia ajena es pecado.

      — ¿Desgracia ajena? —refutó James, pasando alado de Taylor, pero sin detenerse hasta colocarse frente a su hermano. A quien también le entrego una maleta, solo que más pequeña. —Estoy aquí para lo que requieras, ¿cuál es el descontento?

      —El descontento será de parte de Deviant si se entera, así que mucho cuidado con lo que hacen. —Regañó Damian.

      — ¿No estás aquí por tus propios asuntos? —Inquirió James, tomando por sorpresa a los otros tres. Pese al tono conciliatorio, había dejado más que claro que no consentiría que nadie más interviniera en sus asuntos con Taylor.

      —Cuando suceda, porque sucederá —aclaró—solo no digas que no te lo advertí. Sí no lo haces por ti, piensa en que nuestras familias—refiriéndose a su vez, a la familia de Taylor— solo buscan una excusa para armar pelea.

      —No es mi guerra Damian —contestó James.

      —Me pregunto si Taylor también va a darle la espalda a su familia —la mirada fría y calculadora de ambos hermanos se posó en Taylor. Sin embargo, esté miraba fijamente a Ariel, aunque había escuchado el comentario. —Si es que realmente te importa, por lo menos, no lo pongas en la mira de tu hermano.

      Damian no andaba para bromas. Fue claro al advertir que Deviant tarde que temprano se daría cuenta de lo que había entre Taylor y James y el resultado no sería favorable para ninguno de los dos. Sin otra cosa que agregar se llevó a Ariel con él, mientras el rumor del beso se esparcía como un virus infeccioso en el aire.

      Por tres razones estaba ahí: la primera ya había sido cumplida. La segunda estaba por resolverse. Cuando llegó a la entrada de las oficinas administrativas se encontró en la entrada con Samko. Su hermano llevaba rato esperándolo y al acercarse le entregó un sobre amarillo, era lo último. Todo estaba planeado para que sucediera de esta manera. Sí alguien se metía con uno de los Katzel, entonces se metía con todos.

      Samko y Ariel se quedaron en la entrada. Fue damian el único que entró. No esperó a ser anunciado, se fue directo a la oficina del decano, aun cuando la secretaria iba tras él intentando detenerlo. Su visita sería breve. Un simple anuncio: la familia Katzel retiraba el apoyo que hasta el momento había ofrecido a la universidad. Ante alguna represalia contra los hermanos menores, se la verían directamente con sus abogados. Casi le aventó el sobre al escritorio cuando estuvo frente el decano. La firma de los cuatro hermanos estaba al final de la hoja. No se daría ni medio centavo más en beneficio de la universidad. Dijo también que si ellos decidían hacer de este problema algo más grande, entonces él iniciaría una demanda ante la misma por daños y perjuicios en su contra. Dicho esto, salió de la oficina y visitó al director.

      El trato no fue amable, el moreno se encargó de dejar claro que Ariel no estaba solo. Y que quien se atreviera a cometer el terrible error de meterse con su hombre, lo pagaría y muy caro. Vació sobre el escritorio la bolsa que James le había entregado: constantes y sonantes cayeron el total de billetes que debía Ariel. Exigió la hoja que se le obligó a firmar. Y le aseguró al director que si no aceptaban ponerlo a él como benefactor de Ariel, procederían legalmente por este atropello. Al verlo la gente podría pensar que no sabía de lo que hablaba, pero él estaba perfectamente informado. El problema, como siempre, era el dinero y  eso, a su familia le sobraba. Razón por la que no dudó en ofrecerlo.

      Ariel podía regresar hoy mismo a clases y nadie le molestaría. A menos, que esa persona quisiera una visita y no cordial, de su parte. Cuando salió, James y Samko estaban con Ariel. Taylor y Sedyey miraban desde una distancia prudente. Damian fue hacia Ariel y poniéndose a su altura le mostró el documento con el sello de la universidad.

      —No se firman papeles en blanco, niño ¿nadie te lo dijo alguna vez?

      Ariel sostuvo la hoja con ambas manos. Había otras hojas y al final su cuenta aparecía en ceros.

      —No sabía qué hacer…

      —Pues cuando no estés seguro de algo, mejor no hagas nada. —Ariel asintió cohibido ante el tono de Damian—Aquí están tus cosas, ve a clase y si alguien se atreve a meterte contigo me lo dices.

      —Mi convenio de pago…

      —Nada de convenios, tú no le debes a nadie. Eres mío y yo respondo por ti. —Damian intentaba disimular pero se le notaba lo orgulloso que estaba de poder decir aquellas palabras. Responder por Ariel, porque era suyo y lo amaba. El dinero era lo que menos le importaba, a partir de ahora, a nadie en Sibiu le quedaría duda de a quién pertenecía Ariel.

      —Damian, era mucho dinero.

      —Y me encargaré de cobrártelo peso a peso —las palabras en doble sentido vinieron acompañadas de las manos del moreno rodeando la cintura de Ariel. James buscó a Taylor con la mirada, mientras Samko miraba sonriendo como su hermano le comía la boca a su novio.

      Eran lindos de ver, el cambio en su relación era evidente. Ariel llevaba una vergüenza encima que lo hacía lucir tierno, Damian en cambio, mostraba seguridad, orgullo. Se veía feliz, pero sobre todo, se notaba enamorado.

      Solo una cosa faltaba por hacer. Pero esto tendría que esperar hasta el final de las clases, seria en ese momento cuando Axel comprobaría que nadie se mete con Damian y vive para contarlo.