M&M CAPÍTULO 81

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CAPITULO 81

 

MIKI

En la sala de esclavos reinaba en nerviosismo y los chicos se movían inquietos, incapaces de permanecer tranquilos como en días anteriores. El aviso de Max los había alertado sobre lo que pasaría y obviamente se habían dado cuenta de los preparativos. Uno a  uno habían ido deduciendo que hoy era el día en que serían entregados a sus nuevos amos. Ninguno tenía claro si eso era mejor o peor que lo actual… No tenían forma de comparar ni saber.  Hoy los habían despertado más temprano y vestido de forma especial; se habían preocupado de que estuvieran mejor presentados  y además, había dos guardias dentro de la sala y todos estos cambios eran suficiente para inquietarlos.

Ming Kim también era parte de la ansiedad pero él, a diferencia de los otros chicos, se mantenía sentado y quieto en el lugar que ocupaba siempre en la sala. El único signo de su desasosiego era el suave movimiento de su dedo pulgar arrastrándose contra el costado de su dedo índice, ida y vuelta, insistentemente; algo que solo él podía notar.  Miki lucía magnífico hoy; su pelo negro liso, estaba peinado cuidadosamente y brillaba opacando a cualquiera de los otros chicos, su rostro no tenía ojeras ni signos de cansancio o nerviosismo; al contrario, sus pestañas se veían crespas y su mirada lúcida y tranquila. Lucía con elegancia un par de simples pantalones negros ajustados con un elástico a su pequeña cintura y una túnica en vibrantes colores rojos, negros y dorados, de mangas amplias y atada con un cordón negro de estilo oriental. Un pequeño príncipe oriental. Se sentía cómodo en esa ropa.  Miki había procurado dormirse temprano para que su piel estuviera descansada y lozana. Hoy era el día en que sería traspasado a una nueva persona de quien dependería su futuro. Él sabía que no había nada que pudiera hacer para evitarlo ni tampoco lo deseaba; quería salir de la isla y conocer a su nuevo dueño. Le preocupaba causar una buena impresión y agradarle. Su corazón latía con fuerzas imaginando y esperando, pero Miki se forzaba a permanecer calmado y controlar su agitación. Solo sus dedos rozándose delataban su nerviosismo.

A las 8:40 am los guardias abrieron la puerta luego de un par de discretos golpes. Los chicos enmudecieron y adoptaron de inmediato la posición de espera a la que estaban acostumbrados.

-. ¿Dónde está? – preguntó una voz potente y desconocida

-. Aquel es el tuyo – esa voz si la conocía. Era la del amo Adamir.

Miki no podía ver quiénes eran ni cuantos pues sus ojos permanecían bajos, sin embargo escuchaba los pasos que parecían acercarse directo se hacia él. El corazón le saltaba en la garganta. Tres pares de pies se detuvieron frente a él.

-. Levántate –  ordenó la voz desconocida.

Miki obedeció de inmediato pero sus ojos y actitud se mantuvo sumisa.  Podía distinguir más de la nueva persona; era alto, vestía elegante, tenía manos grandes. Sintió un escalofrío cuando Heinrich le levantó la barbilla. Ni aún así se atrevió a mirarlo aunque moría de la curiosidad.

Miki sintió que era examinado en cada centímetro visible de su cuerpo, pero había anticipado que algo así pasaría. Se obligaba a respirar pausado y controlar el movimiento involuntario de su pulgar.

De pronto Heinrich estaba muy cerca de él.

-. Desnúdate – ordenó fríamente provocando el silencio total en la sala.

Miki no se permitió pensar ni tampoco hacer el ruido que supondría tragar el nudo en su garganta… era una orden y tenía que obedecerla. No cerró los ojos ni frunció la boca. Se mantuvo impasible. Se obligó a actuar con calma; primero descalzó sus pies. Luego, desató el cordón de seda de la túnica, y se giró apenas para dejarlo ordenadamente sobre la silla.  Acto seguido deslizó las mangas por sus brazos dejando al descubierto su fino torso y su hermosa piel cremosa, levemente erizada a causa de los nervios. Dobló la pieza de ropa y la puso sobre el cordón. Una pierna del pantalón primero y luego la siguiente. Doblar y dejar sobre el montón. No llevaba ropa interior por lo que, completamente desnudo, se irguió quieto frente al hombre que le había dado la orden y a quien aun no le veía el rostro.  El aire frío sobre su piel pero Miki estaba en control de sus emociones.  Heinrich se movió alrededor suyo como un cazador acechando a la presa.  Miki podía sentir como sus formas eran estudiadas. Lo sintió respirar un poco más de prisa pero el nuevo amo no emitió ninguna opinión al terminar su escrutinio.

-. Es obediente y complaciente – dijo Exequiel quien lo había entrenado personalmente – nunca da problemas.

-. Eso es bueno – ahora Heinrich estaba más calmado y estrechaba la mano de Adamir

-. Me agrada que te guste – respondió Adamir que conocía bien a Heinrich y podía leer lo complacido que estaba –  Puedes llevártelo. Es tuyo ahora.

Con esas palabras sellaban el trato. El pago se había realizado en efectivo minutos antes.

-. Vístete – le ordenó Exequiel a Miki mientras Heinrich y Adamir se alejaban conversando sin volver a prestarle atención.

Miki obedeció de prisa y luego siguió a Exequiel más allá de la piscina hasta llegar a un lugar que le resultaba desconocido. Un helicóptero sobre una pista aérea y a unos cuantos metros, Heinrich y Adamir se despedían. Miki, desde detrás de Exequiel, se tomó la libertad de levantar un poco los ojos para conocer el rostro de su nuevo amo. Sus cejas se alzaron en señal de asombro. El hombre era hermoso, grande y tenía un aire de gran señor. Hablaba con voz pausada, ronca y controlada. Le agradaba lo que veía.

-. Buena suerte, chico – Exequiel se despidió de él

-. Gracias, amo

Miki caminó hasta ubicarse respetuosamente detrás de Heinrich sin más equipaje que la ropa que vestía. Estaba listo para emprender un nuevo rumbo incierto en su corta vida

-. Vamos – dijo Heinrich

Lo siguió en seguida y subió al helicóptero sin pensar en que nunca había volado o que se iba con un completo extraño que lo había comprado. Miki estaba emocionado, casi feliz.

 

ADAMIR

Uno a uno fueron entregados los chicos. Adamir se mostró atento y agradable con sus compradores. En ningún momento se notó su tristeza o preocupación. Exequiel estaba servicial a su lado.

Pasado el mediodía se retiró el penúltimo de los compradores. Solo quedaba un chico que sería retirado más tarde.

-. Dile al piloto que quiero partir en 10 minutos – le ordenó a Exequiel

-. Si. De inmediato.

-. No estoy seguro de si volveré hoy mismo o mañana

Adamir entraba a su casa con Exequiel detrás de él

-. Tómate tu tiempo. Yo puedo hacerme cargo de todo mientras estás fuera.

Adamir se detuvo como si algo en la frase de Exequiel estuviera errado.

-. Luego de atender a los últimos compradores sería conveniente que prepararas tus cosas

Exequiel lo miró sin comprender

-. No entiendo – Exequiel forzó una sonrisa

Adamir rodeó su mesa de trabajo y tomó uno de los abultados paquetes que le habían entregado los compradores.

-. Está claro, ¿no? Te dije que luego de la subasta tu trabajo en la isla ya no era necesario – Adamir contaba billetes

-. Pero… Yo… Pensé que…

-. ¿Pensante que había cambiado de opinión? No. No he cambiado. Desobedeciste una orden mía y no puedes continuar a mi servicio

-. Adamir… Yo nunca volvería a…

-. Ya lo hiciste una vez y con eso basta.

Adamir hablaba con calma y seguridad. Extendió la mano llena de billetes hacia Exequiel.

-. Te agradezco que me hayas apoyado durante la subasta. No habría podido hacerlo bien sin ti y aquí está tu recompensa. Pero debes marcharte.

Exequiel estaba aturdido… Miraba el dinero con ojos codiciosos pero sin atreverse a tomarlo porque hacerlo equivalía a aceptar la decisión de Adamir y él no quería irse.

-. Adamir, por favor, podemos conversarlo. Yo te he servido fielmente durante muchos años

-. Si. Y es por eso que te recompenso generosamente. Recíbelo porque no voy a cambiar de idea. 

-. Pero… ¿Quién te ayudará, entonces?

Los ojos de Adamir se movieron antes de que su cerebro pudiera razonar. Su vista se dirigió hacia el interior de la casa

El pequeño gesto fue una bofetada para Exequiel. Adamir pensaba reemplazarlo por el maldito esclavo que tenía atado en el cuarto.  Lentamente tomó el dinero y lo apretó con fuerza en la mano.

-. Con esa cantidad podrás vivir tranquilo bastante tiempo. ¿No vas a contarlo?

Exequiel no respondió. Tenía los músculos tensos y los labios apretados convertidos en una línea pálida

-. Cuando regrese puedes pedirle al piloto que te lleve donde desees. – continuó Adamir sin prestar atención al enojo de Exequiel

Adamir lo estaba despidiendo y Exequiel no podía creerlo

-. ¿Aún puedo contar contigo para atender a los últimos compradores? Si no vas a hacerlo puedo pedirle a la Sra. Cellis que entregue al chico

-. No. Lo haré yo  – respondió entre dientes

-. Bien. De todas maneras la señora Cellis te ayudará.

Esa era la estocada final de Adamir. Pondría a la mujer a vigilarlo para comprobar que hiciera bien el trabajo. Exequiel estaba enojado y ofendido. Que insulto más degradante!!!

-. Fue agradable trabajar contigo. Espero que tengas una buena vida en el futuro

Adamir le extendió nuevamente la mano pero esta vez era para dar la conversación por terminada.

Exequiel miró la mano y se preguntó si era verdad que de esta manera terminaba su estadía de tantos años en la isla y todas las ilusiones que se había forjado. La mano de Adamir continúa en espera.  Sin decir palabra, atontado por lo que sucedía, estrechó la mano de Adamir y se dio media vuelta para salir. En su otra mano aun sostenía el grueso fajo de billetes.

Cuando Adamir quedo solo levantó el auricular y llamó a la enfermera

-. Necesito pedirle algo inusual. Venga a mi casa por favor

Había más personas en la isla, sobre todo guardias u otros amos, pero de todos ellos, Adamir confiaba más en la mujer que repetidas veces le había probado su lealtad.

-. Tengo que viajar a la ciudad. Mi madre falleció y debo asistir a su funeral

-. Cuanto lo siento, señor.

-. Gracias. Necesito de su ayuda Sra. Cellis. Quiero que mantenga a Max tranquilo y vigilado en todo momento. Dos hombres en mi casa

-. Si, por supuesto – la mujer estaba gratamente sorprendida por el repentino “ascenso“ que significaba lo que le estaba pidiendo.

-. Y quiero pedirle que acompañe a Exequiel a recibir y cerrar el negocio con los últimos compradores que llegarán dentro de unas horas. Yo sé que usted no lo ha hecho nunca pero sabe lo que hay que hacer. Es una situación especial y cuento con su ayuda.

-. Vaya tranquilo. Yo le ayudaré a Exequiel.

-. Es importante que los compradores sean bien atendidos y se vayan satisfechos.

-. Si.  Lo haremos bien

-. Confió en usted – dijo Adamir recalcando el “usted” en un intento de dejarle claro a la mujer el papel que debía desempeñar

Adamir salió de su casa atrasado. Solo tuvo tiempo de mirar a Max brevemente desde la puerta antes de partir. Ya en el avión se concentró en lo que le esperaba al llegar y muy a su pesar se entristeció profundamente. Cerró los ojos para descansar. Había dormido muy poco la noche anterior y el despertar había sido brusco. Una tonta sonrisa le curvó los labios. Max lo había pateado de la cama y él estaba riéndose en vez de pensar en castigarlo. Estaba loco. SI. Completamente loco por ese chico rebelde y atado en su casa.. Dios!! Olía tan bien y era tan cálido cuando quería… el sexo con Max no podía compararse con nada… era sublime!!! Suspiro. Tenía por delante un trabajo importante para convencer a Max pero se sentía confiado de poder hacerlo.

 

Sergio fue el primer rostro conocido que Adamir encontró al entrar a la iglesia donde velaban a su madre. La catedral le pareció antigua, oscura y fría. Había un constante movimiento de personas que habían venido a presentar sus respetos a la prominente familia, todos vestidos formales y murmurando en voz baja. Entre el gentío podía ver al frente unos velones grandes que rodeaban un ataúd de madera oscura y brillante. Adamir desvió la vista perturbado al imaginar a su madre dentro de esa caja. Poco antes de bajar del avión, se había puesto un terno oscuro y atado su pelo largo en una cola discreta.  Sergio lo miró dos veces para reconocerlo. Se veía muy diferente al hombre jovial y enérgico de siempre

-. Te llevaré con Nazir – dijo Sergio después de saludarlo – Toda tu familia está reunida al frente.

-. ¿Por qué no estás con ellos? – la pregunta se le escapó antes de poder pensarlo. Adamir había llegado a aceptar a Sergio de manera tan total que se le había olvidado lo diferente que era su relación con Nazir

Sergio, con su inteligencia y calidez habitual, esbozó una sonrisa triste

-. Nazir sabe que estoy aquí y eso basta.

-. Disculpa. No fue mi intención molestarte

Sergio  lo miró con los ojos muy abiertos y el rostro ladeado. ¿Adamir le había pedido disculpas?

-. No te preocupes. La ex mujer de Nazir y sus hijos están aquí además de tus tíos, sobrinos y un montón de gente. Es mejor que yo me mantenga en segundo plano.

Caminaban hacia el frente de la iglesia con Sergio abriéndole el paso. Algunas personas, cuyos rostros le parecían conocidos, le dedicaban miradas sorprendidas a Adamir pero él no tenía ojos para mirar más que al grupo de personas que eran sus familiares cercanos… habían muchos… no recordaba quienes eran la mitad de ellos.

-. Allí está tu padre – dijo Sergio deteniendo su avance, indicándole que hasta ese punto llegaba él y animándolo a continuar solo.

Su padre… ese montoncito de persona disminuida en el asiento delantero de la iglesia y rodeado de varias personas mayores. Se veía tan triste.  De pronto sintió la necesidad de abrazarlo y estar con él.

-. Papá

Todos quienes estaban cerca se volvieron a mirarlo; gestos de sorpresa, reprobación, estupor, asombro

-. Hijo

Su padre se levantó y sin decir palabra se abrazaron. Adamir cerró los ojos.

-. Tu madre hablaba mucho de ti… ella te extrañaba

Y yo a ella…

-. Lo siento, papá-

Adamir bajó el rostro avergonzado. ¿Qué explicación podía dar? ¿Qué estaba vendiendo chicos para hacer negocios y por eso no había venido antes? ¿Qué estaba intentando dominar a su fiera salvaje para que volviera a complacerlo como antes?… Ay Max… Dios!! Todo sería más fácil si Max estuviera con él

Saludó al resto de sus familiares y aguantó estoicamente las miradas de todo tipo y los murmullos en voz baja.

-. La misa comenzará dentro de poco – le informó Nazir

Adamir asintió. Estaba aturdido por el torbellino de emociones y sin ganas de discutir. Volverían de noche a la isla, luego de despedir a su madre

-. ¿Cuál es el tema urgente? – le preguntó Nazir sigilosamente

Demonios!! El tema a discutir… Ya no podía posponerlo más. Era prioritario.

-. ¿Hay algún lugar donde podamos hablar en privado?

-. Sígueme

Se levantaron cuidadosamente y abandonaron el recinto del velatorio. Nazir lo guió fuera de la iglesia hasta un estacionamiento vacío en la parte posterior. Había comenzado a llover y se refugiaron bajo techo

-. Se trata de los hombres detenidos – comenzó Adamir  notando de inmediato como su hermano se ponía tenso

-. ¿Hay algún problema?

-. El contacto en esa ciudad me informó que hay un detective asignado especialmente a este caso

Nazir no le despegaba los ojos de encima, esperando a que continuara hablando

-. Le pedí a Gonzalo que destruyera toda evidencia y lo hizo… pero…

-. Pero?

-. Recuperaron un computador que había en el vehículo. Estaba encriptado pero lograron descifrarlo

-. Que qué?? – Nazir se acercó a Adamir peligrosamente – ¿qué información?

Adamir retrocedió un paso

-. El detective tiene una lista de los puertos en que ancló el yate los últimos meses…

-. ¿Cómo…. como demonios portan información de ese tipo??!! – Nazir respiraba agitado

-. Eso no es todo – admitió Adamir en voz baja sacando una copia en papel de la lista que Gonzalo le había enviado. Nazir clavó sus ojos en él y recibió el papel. Lo desdobló para leerlo

-. El nombre de los astilleros encabeza la lista

Nazir miraba el documento con la boca abierta… Desviaba su mirada a Adamir y luego volvía al documento

-. Este papel… ¿Te das cuenta de…? ¿Entiendes lo que significa!!! – Nazir iba alterándose y subiendo el tono de voz con cada pregunta – Es el nombre de la familia, Adamir! ¿Qué va a hacer Gonzalo con esto?

El silencio de Adamir fue incómodo. La lluvia subía de intensidad. Nazir se quedó inmóvil intentando comprender la mirada flemática de su hermano

-. Ya no va a ayudarnos. El detective estuvo a punto de descubrirlo y dijo que no se involucraría más.

Nazir parecía haber perdido la calma… Lo miraba como si él fuera el único que entendiera la gravedad del asunto… Su familia era sagrada y ahora estaba en una lista en manos de un detective… Diablos!!! ¿En qué momento había dejado que Adamir se encargara de esto?  Eran sus empleados… Pero maldito lo que sabía Adamir de diplomacia y buenas relaciones!!! Cómo diablos iban a resolver esto ahora?

-. ¿Qué vamos a hacer?

La pregunta descolocó a Nazir. Tenía ganas de gritarle y golpearlo… Temía que todo esto se saliera de control, pero estaban en el patio de una iglesia donde se velaba a su madre. Respiró profundamente sin quitar sus ojos de Adamir

-. Nada. No vamos a hacer nada.

-. Pero el detective… El nombre de los astilleros

Nazir se demoró en responder. Cuando lo hizo sonaba diferente

-. Se supone que no sabemos nada. No podemos anticiparnos a los hechos. Quizás el asunto nunca llegue a mayores

-. Gonzalo me advirtió que el detective estaba decidido a llegar al fondo del asunto

Nazir se preguntó si debería hablar él mismo con Gonzalo. No quería intervenir mezclándose más en el tema de la isla, pero Adamir no se veía bien… Algo le sucedía.

-. ¿Sabes cuantas naves reparamos a diario en los astilleros? Muchas. Y nunca averiguamos de donde vienen, adonde van o que es lo que hacen. Nuestro trabajo es reparar los desperfectos.

Adamir frunció el entrecejo

-. Entonces…

-. Esa nave no está registrada bajo ningún nombre conocido ¿no es así?

-. Así es. Navega bajo un nombre falso, imposible de rastrear

-. ¿Estás seguro que nada la liga contigo o conmigo?

-. Nada

-. Correcto. Entonces, no sé a quién le pertenece. Me aseguraré de que los documentos indiquen que nuestro trabajo solo fue repararla.

Adamir lo miraba estupefacto…

-. Nadie sabe sobre la isla ¿No es así? – continuó Nazir

-. Solo los compradores que están tan comprometidos como nosotros.

-. Entonces esperaremos tranquilos. Eso es lo que vamos a hacer.

-. El servicio va a comenzar – anunció Sergio apareciendo en el patio

Los tres se encaminaron de vuelta a la iglesia.

Cuando Sergio se fue a separar para volver a la parte posterior de la iglesia, Nazir le sostuvo la mano y lo obligó a caminar a su lado hasta los asientos delanteros.

 

EXEQUIEL

Exequiel junto a la señora Cellis se presentaron a recibir a los compradores en el muelle. El yate del cual descendieron dos hombres era impresionante por su tamaño y lujo.

-. Exequiel! Buenas tardes

-. Sergei. Un gusto volver a verlo. Adamir tuvo que ausentarse por una urgencia familiar pero yo lo atenderé

Sergei era un cliente antiguo; un hombre joven y alocado del este de Europa con mucho dinero y gustos excéntricos.  La persona que venía con él fue presentada como Hervé,  un hombre bajo y callado. Exequiel los saludo y presentó a ambos con la enfermera.

-. Vamos a ver  lo que ha comprado

Exequiel guió a los hombres  hacia el complejo de edificios. El camino era un entablado de maderas que serpenteaba ascendiendo por el roquerío. La enfermera Cellis hacía un esfuerzo por seguir el ritmo de los tres hombres; ella no estaba acostumbrada a caminar ni moverse, su trabajo era normalmente muy sedentario. Hoy ya había visitado a Max temprano para volver a sedarlo y que se mantuviera tranquilo mientras entregaban a los chicos y luego ayudó en la preparación de los que se iban. Bajar hasta el muelle había sido fácil pero subir el camino de vuelta era un desafío que la estaba haciendo jadear. Casi estaban llegando a destino cuando  su tobillo se dobló con un suave sonido de huesos y un agudo dolor

-. Aaahhhggg – cayó sentada en el camino en el más absurdo de los ridículos.

Exequiel se apresuró a ayudarla y al ver que no podía afirmar el pie para caminar, entre los tres la asistieron trasladándola hasta el edificio donde funcionaba la enfermería

-. Déjenme sola, por favor. Continúen con lo suyo. Yo sé lo que debo hacer

El hombre de negro que siempre trabajaba con ella ya le prestaba su auxilio

-. Volveré más tarde – dijo Exequiel

-. Si. si. Por favor discúlpenme

Que papelón había hecho. Estaba humillada a más no poder y solo quería que se retiraran para que concluyeran el negocio y la dejaran en paz para inyectarse un calmante y revisarse el tobillo que seguramente se había fracturado.

 

-. Lamento el incidente. Por favor vengan conmigo – Exequiel se dirigió a los compradores.

Los hombres le restaron importancia a lo sucedido y siguieron a Exequiel hasta la sala de esclavos. El único ocupante estaba en posición de espera dentro del cuarto.  Sergei se adelantó a mirarlo con una marcada sonrisa en el rostro.

-. Es bello, no? te dije que Adamir solo tiene chicos hermosos

Sergei parecía un niño con un juguete nuevo; le hablaba a su amigo pero Hervé tenía más interés en hablar con Exequiel

-. Estoy muy interesado en llevarme un chico – dijo el hombre demostrando que no era ni tan tímido ni callado como había parecido a primera vista.

-. Lo lamento pero este es el último que nos queda. No hay más chicos entrenados por ahora – respondió Exequiel educadamente haciendo un gesto de lástima

-. No me importa si no está completamente entrenado – insistió el hombre

-. Si. Lo entiendo pero, como le dije, no tenemos…

-. Tampoco me importa el precio – interrumpió decidido el cliente nuevo volviéndose hacia Exequiel y taladrándolo con sus ojos pequeños y profundos – puedo pagarle extra por las molestias pero odiaría haber viajado hasta acá y volver con las manos vacías.

Exequiel escuchó en silencio… Asustado de lo que estaba pensando.

-. Sergei me ha convencido de lo agradable que puede ser tener un esclavo permanente. Estoy ansioso de probarlo. ¿Es posible que me venda alguno?

Un comprador nuevo… Y nadie que pudiera detenerlo en su último día en la isla.

Exequiel pensó en el dinero… En Adamir que lo había despedido cruelmente sin considerar todo lo que había hecho por él… En la enfermera Cellis que estaba tirada en una camilla sin posibilidad de verlo.

Pensó que en ese momento él era el único amo y dueño de la isla por unas horas, hasta que se fuera y nunca más volvería.

Pensó en que no todos los chicos habían sido vendidos…

Comenzó a sudar… ¿Se atrevía a hacerlo?

Los minutos pasaban y Hervé seguía esperando una respuesta que Exequiel tenía miedo de pronunciar.

-. Nuestros productos son caros – dijo tanteando el terreno y pensando en que nunca más volvería a tener una oportunidad como esta de hacer dinero tan fácilmente

-. Eso no es un problema. Sé bien cuánto pagó Sergei por su esclavo. Muéstreme lo que tiene y si me agrada le ofrezco un diez por ciento más

-. Veinte por ciento –  dijo muy de prisa.  Si iba a traicionar a Adamir y largarse de la isla, necesitaría mucho dinero para desaparecer.

-. Veamos que me puede ofrecer – respondió el hombre sin negarse a pagar más.

 

Adamir había solicitado dos hombres custodiando a Max de manera permanente y la señora Cellis había insistido en ello temprano, pero nadie le informó a esos hombres que no siguieran las instrucciones de Exequiel porque había caído en desgracia, así es que, cuando Exequiel les pidió que se fueran a prestar sus servicios al señor Sergei que había quedado solo con su esclavo, los hombres no dudaron y partieron.  Exequiel entró confiado a la casa de Adamir sabiendo que nadie lo detendría. Guió a Hervé hasta el cuarto donde Max dormía. Abrió las cortinas para que pudiera admirarlo plenamente. Hervé dio vuelta alrededor de la cama mirando a Max detalladamente.

-. ¿Le agrada? – preguntó Exequiel sabiendo de antemano la respuesta. Podía odiar a Max pero aún así era capaz de ver la hermosura del chico

-. ¿Por qué está atado? – preguntó Hervé señalando las esposas de metal que lo mantenían confinado a la cama

-. Usted dijo que no le importaba si no estaba completamente dócil. Este es el único producto que nos queda. Es un poco rebelde… Pero no hay nada más

-. ¿Y las muñecas? – Hervé tomó una de las manos del chico pero la soltó de inmediato cuando Max se movió.

-. Intentó quitarse las esposas – aclaró Exequiel en voz baja

-. Es hermoso… Aunque un poco alto

-. Es esto o nada – Exequiel deseaba terminar el negocio de prisa. Estaba arriesgando su cabeza en este negocio y lo sabía.

-. ¿Como se llama?

-. Lo llamamos Max, pero usted puede cambiarle el nombre si desea

-. Max… SI. Me lo llevo. ¿Cuál es el precio?

Exequiel mencionó una cifra. Sabía de memoria cual era el precio que Sergei había pagado y, en su mente, le agregó el veinte por ciento extra. Expresada en voz alta sonaba muy alta

-. Es mucho dinero. Espero que el chico lo valga

-. Le aseguro que si aunque le recomiendo lo mantenga restringido con esposas o cadenas los primeros días.

Hervé sonrió. Tal parecía que le gustaba la idea que Exequiel sugería.

-. ¿Será su primer esclavo?

-. Si. Recién comienzo a aprender el juego

-. Debe tener la rienda muy corta con Max. Como le dije, es un poco rebelde

-. Eso no importa. Yo sé que hacer.  Vamos a buscar el dinero. Lo tengo en el yate.

-. Respecto a eso… Hay una condición para realizar esta venta. Necesito llegar al continente hoy mismo. Solo puedo vendérselo si me lleva a tierra en el yate.

Hervé lo miró suspicaz. Exequiel sintió que tenía que dar alguna explicación lógica

-. Es mucho dinero para mantenerlo en la isla. Tengo que llevarlo al banco temprano y ponerlo en la cuenta de Adamir.

Sonaba lógico. Una venta inesperada que acarreaba problemas de última hora. Hervé asintió como si entendiera y aprobara.

-. El yate no es mío pero no creo que Sergei ponga alguna objeción a llevarlo a tierra firme. De todos modos iré a preguntarle

Exequiel se quedó a solas con Max. Miró a todos lados como esperando que alguien saliera de las paredes a arruinar su plan perfecto. Pero nadie salió.

Diablos!! Lo había hecho! Había vendido a Max y tendría mucho dinero!!! Sentía furiosas descargas de adrenalina dándole vueltas en la sangre y urgencia por actuar con rapidez.  Sabía que Adamir no regresaría temprano, pero igual tenía apuro porque todo terminara lo antes posible.

Busco ropa para vestir a Max. Sacó lo primero que encontró en el closet del dormitorio, liberó sus pies de las esposas y se acercó a vestirlo.

-. ¿Qué?? no… Suel… tame – Max pestañeó y alcanzó a ver quien estaba cerca de él

Exequiel se sorprendió al verlo despertar pero no dejó de ponerle la ropa.

.- Nooo  quie… ro… no

Max  escondía sus brazos en un manoteo torpe y se negaba a dejarse vestir. Estaba despertando. Exequiel lo sujetó apretándolo hasta causarle dolor, para poder continuar

-. No te muevas, maldito.  Tú dijiste que cualquier amo sería mejor que Adamir.  Ahora ya tienes un nuevo amo.

Max luchaba por despertar y mantener los ojos abiertos. Las palabras le sonaban tan raras, distantes y con eco… Dudaba si estaba en una pesadilla o era realidad… ¿Lo habían vendido?… ¿Adamir lo había vendido a Él??

-. No… No quiero,.. No me toques!!

Exequiel levantó en el aire el mismo cinturón que intentaba ponerle en los jeans y lo descargó con rabia contra el torso de Max. El golpe sonó como un latigazo fuerte y duro. Max gritó de dolor y de asombro

-. Mantén la boca cerrada – ordenó Exequiel en un grito, reforzando sus palabras con un segundo golpe.

Los ojos de Max estaban llenos de lágrimas y su boca abierta con un grito atorado en la garganta… Deseaba pensar rápido y con claridad pero los efectos del calmante lo dejaba confundido… pensó en gritar y pedir ayuda pero al instante supo que era un esfuerzo sin sentido. Nadie movería un dedo por ayudarlo… lo habían vendido… No era posible… ¿En verdad lo habían vendido? La nueva realidad lo dejaba choqueado

-. Todo está arreglado – Hervé entro al cuarto en ese momento. Su mirada se clavó en Max

-. Tiene ojos hermosos – dijo acercándose a él, mirando bien su rostro

-. Él es tu nuevo amo – Exequiel lo empujaba para que se pusiera de pie. Max se sostenía apenas, las rodillas se le doblaban y necesitaba apoyo. Intentaba enfocar al hombre que tenía al frente pero solo veía un manchón borroso.

-. Mi nue… vo… a… mo?… – preguntó desorientado

-. Será mejor que llevemos algo de esto

Exequiel tomó algunos de los tranquilizantes que había en el maletín dejado en el cuarto por la enfermera y los guardó en su bolsillo.  Le administraría uno a Max en el yate para que no se pusiera a gritar o a hablar más de la cuenta. Lo  mejor sería mantenerlo dormido hasta llegar a tierra y luego… ¿Qué le importaba luego?! Ya no sería su problema sino de Hervé.

-. Le ayudaré a llevarlo – ofreció el nuevo amo de Max pasando su brazo alrededor de Max.

-. No… me… to…quen

Le era imposible resistirse; su cuerpo no respondía y era desesperante. Lo estaban arrastrando y quería gritar. Exequiel, preocupado de que Max fuera a hablar, se fijó en el collar que había quedado tirado. Sonrió burlonamente y lo levantó.

-. Así te queda mejor – se lo ajustó apretado en la boca y Max no pudo impedirlo – aquí es donde siempre debió estar

-. Debe enseñarle desde el principio quien tiene el control– le aclaró a Hervé

Lo sacaron de la casa. El cielo se había oscurecido y caían las primeras gotas de lluvia. No encontraron ninguna traba para avanzar con Max hasta el muelle. Algunos de los guardias los vieron pasar pero nadie cuestionó que un amo llevara a un esclavo hasta el yate. Después de todo hoy era el día de ventas y entregas. Exequiel intentaba aparentar normalidad. Si alguien le preguntaba algo era hombre muerto. Arrastró más de prisa el peso muerto que era Max; el chico  a ratos intentaba moverse pero era controlado rápidamente.  Lo subieron al yate y con las mismas esposas lo ataron en uno de los cuartos. Exequiel preparó una nueva dosis potente de tranquilizante.

-. ¿Dón…de es… tá Ada…mir? – preguntó Max unos segundos antes de perder la conexión con el mundo y caer dormido

-. No va a venir a salvarte. Este es tu destino. Eres un esclavo y lo serás por siempre. – replicó Exequiel con desprecio.

Una vez que se aseguró de que Max dormía, corrió de prisa bajo la lluvia a buscar un pequeño bolso con detalles personales que eran importantes.

De vuelta al yate se encontró con algunos de los guardias que se extrañaron al verlo correr

-. ¿Está todo bien, señor?

-. Si. Voy a despedir a los compradores que olvidaron esto – respondió señalando el bolso.

Los hombres siguieron caminando hacia el comedor. Ya casi era la hora de la cena y estaban más preocupados por su comida y por el viento que comenzaba a levantarse junto con el aguacero.

Exequiel volvió al yate cuando el reloj marcaba las cinco y cuarenta minutos. Sergei lo guió hasta el comedor donde pronto les servirían la cena.  Los motores del yate rugían alejándose del muelle.  Exequiel miró la isla por la ventana del comedor; se veía borrosa por la lluvia, apenas una mancha oscura y unas cuantas luces. No volvería a verla. Tuvo sentimientos encontrados de pena y rabia. Al menos se llevaba una buena provisión de dinero. Sonrió nervioso a su anfitrión cuando este le ofreció un trago.  Bebió un sorbo amplio que bajó por su garganta calentándole el cuerpo.  Adamir se pondría furioso cuando se diera cuenta pero para ese entonces él estaría ya muy lejos iniciando una nueva vida.  Adamir era un estúpido, se había encaprichado con ese esclavo y había perdido objetividad. Si hasta lo había instalado en su casa y le había dado un collar! Y no quería que nadie lo tocara!!!  Después de todo, él le estaba haciendo un favor al vender a Max. Levantó la cabeza, altanero. En verdad, Adamir debería agradecerle que le hubiera sacado de encima al harapiento de Max, solo le traería dificultades. Se merecía el dinero de la venta por protegerlo de sí mismo y sus tontas ideas. No era un robo, Era un justo premio.  Apretó en su mano el vaso y pensó en el maletín que Hervé le había dado.

-. Salud! por un buen negocio – dijo levantando su copa y permitiéndose sonreír

El yate surcaba velozmente sobre el mar, las olas crecían de altura debido al mal tiempo y el capitán aceleraba para llegar pronto a tierra.  La tormenta caería sobre ellos en cualquier minuto.

 

 

ADAMIR

El funeral fue triste bajo el viento y la lluvia. Cientos de paraguas negros despidieron a su madre entre lágrimas. Adamir no quiso ver el rostro de su madre, Prefería recordar su cara emocionada de la última vez que se vieron y hablaron. Volvieron todos a la casa familiar pero no hubo un momento de tranquilidad como para que Adamir hablara a solas con su padre. Aun había muchos familiares en el piso inferior.  Adamir se separó del grupo y subió las escaleras. Buscaba sus recuerdos y el cuarto que había sido suyo de niño y adolescente.  Abrió la puerta sin saber que iba a encontrar del otro lado. La emoción lo envolvió en un manto cálido cuando se dio cuenta que el dormitorio estaba casi idéntico a como él lo había dejado cuando decidió partir. Avanzó observando todo y permitiendo que los recuerdos lo llenaran. Una foto de él con sus padres… Tenía unos 7 años.

-. Tu mamá se sentaba en este cuarto por horas después que te fuiste

En la puerta estaba su padre

-. Ella pensaba que era culpa suya que te hubieras desviado del buen camino. Nunca dejó de rezar para que volvieras

Adamir desvió la vista hacia el paisaje de la ventana. No podía con la mirada de su padre… Con la tristeza que le producía imaginar a su madre esperándolo

-. Ya es hora de que vuelvas, hijo

-. ¿Que vuelva? – repitió

-. El próximo voy a ser yo y no quiero irme sin saber que todos mis hijos están bien.

Adamir devolvió la foto a la repisa

-. Yo estoy bien, padre. No debe preocuparse por mi

El hombre negó con la cabeza, lentamente, y se aproximó a su hijo. Tuvo que levantar la cabeza para poder mirar a su hijo a los ojos. La tristeza y el dolor lo habían empequeñecido.

-. No trates de engañarme. Tú no estás bien. Yo puedo sentirlo

Adamir vio su reflejo en los ojos tristes de su padre y no supo que responder

-. Hay un lugar para ti aquí. Hay mucho espacio en esta casa

¿Qué decía su padre? No era posible que le estuviera proponiendo volver al hogar familiar?!!! La idea le pareció tan descabellada que no encontró forma de replicarla

-. Tus hermanos tienen mucho trabajo en los astilleros, más de lo que pueden ellos solos

No. Definitivamente esto era demasiado. Su padre le ofrecía casa y ahora trabajo…. ¿Acaso no sabía de su vida y de lo que él hacía?!!  Ni siquiera podía pensar en lo que su padre le proponía… La idea estaba más allá de cualquier lógica… ¿Volver??!! Ja!… ¿Volver a la casa familiar???…

-. Yo… Tengo que regresar a la… Debo irme, papá

-. ¿Ahora? ¿No puedes esperar hasta mañana?

No. No podía ni quería esperar. Necesitaba ver a Max con urgencia y escapar del peso de todo lo que significaba la casa y la familia… Lo aplastaba… Lo dejaba aturdido… Era como una roca sobre su pecho que no lo dejaba estar tranquilo. Quería huir de esa casa, de los sentimientos y de las personas que estaban en el piso inferior.

-. Volveré a visitarte más adelante – dijo adelantándose a abrazarlo con ganas. Se demoró en soltarlo… No quería que su padre viera lo emocional que se había puesto. Le besó la mejilla arrugada y salió del cuarto como si lo persiguiera el demonio. Bajó la escalera corriendo

-. ¿Adónde vas? Vamos a cenar todos juntos

Nazir lo interceptó cuando estaba a punto de llegar a la puerta de salida

-. No puedo…  Me voy

-. No puedes irte con este temporal. Vamos. Todos quieren hablar contigo y conocerte.

Vaya! Nazir había dicho justamente lo necesario para impulsarlo a irse con más ganas. No entraría al comedor por nada del mundo.

-. Debo volver a la isla. Hoy fue la subasta y debo revisar todo.

Nazir se adelantó un paso

-. A ti te pasa algo que no me has dicho – lo sostuvo del brazo. Por un momento sus miradas se cruzaron.

-. Claro que me pasa algo. Acabamos de enterrar a nuestra madre. – Sacudió el brazo para librarse de Nazir – Adiós

Salió de prisa sin despedirse de nadie más, mareado de tantas personas, ruido y emociones.

En el avión lo esperaba el piloto

-. Es arriesgado volar con este clima, señor

-. Quiero llegar a mi casa esta noche. ¿Puede volar o no? – preguntó con más rudeza de la necesaria

-. Si, señor

-. Bien. Nos vamos entonces

Adamir se ajustó el cinturón tironeando con demasiada fuerza. No sabía que le pasaba. Estaba alterado, enojado, ansioso… un sinfín de emociones se habían llevado la calma que sentía unos días atrás. Aún con la cinta del cinturón en la mano miró por la ventana. Estaba oscuro y ruidoso, lluvia y viento… como el bullicio que había en su cabeza y que no sabía cómo apaciguar. Recostó la cabeza contra el respaldo en un inútil intento de relajarse y calmarse. El avión comenzó a carretear. Adamir pensó en la isla, en su hermosa casa, en todo lo que le gustaba de ese lugar…

-. Max. – Suspiró

Quería ver a Max.  Él sabía cómo calmarlo sin hacer nada especial. Solo tenía que ser él mismo. Iniciaron el viaje sin que Adamir lograra calmar su ansiedad.

Se aproximaron a la isla luego de un viaje peligroso, con mucha turbulencia. Los truenos estremecían por completo el avión y, por momentos la pequeña nave era como una pluma batida por el temporal

-. Sujétese bien, señor. Eso no va a ser fácil

El piloto maniobró hasta sentirse seguro. Gracias a su experiencia lograron aterrizar

-. Bien hecho

Adamir felicitó al hombre que sudaba a chorros en su asiento

El amo atravesó la pista caminando apurado. La lluvia lo mojó empapó y el viento enroscaba su pelo y lo empujaba. El temporal agarraba fuerza

-. Buenas noches, señor

El primer guardia del recinto, protegido bajo un alero, lo saludó al reconocerlo. Adamir corrió los últimos metros hasta su casa. Recobró el aliento al cerrar la puerta y dejar la lluvia atrás. Por fin estaba en su casa.  Encendió la luz y se quitó la chaqueta empapada. El pelo le chorreaba por la espalda. Con rapidez se dirigió al baño y tomo una toalla para secarse… Mientras la pasaba por su rostro y pelo sintió que algo no estaba bien; se quedó quieto intentando determinar que era. Oscuridad y silencio… dentro de la casa había mucho silencio.

-. Max?

Dejó el baño y abrió la puerta del cuarto de Max… Todo estaba en un oscuro silencio. Encendió la luz. Su vista quedó pegada en la cama vacía…

-. Max!!! MAX!!!

Recorrió gritando y encendiendo luces en cada cuarto de la casa incluyendo baños y escritorio. Sus gritos eran opacados por el ruido externo del temporal.

¿Qué habrían hecho con él? ¿Por qué lo habían sacado de su casa sin autorización?

Levantó el teléfono y marco a la enfermera

-. ¿Dónde está Max? – preguntó olvidando saludar

-. Está en su casa – respondió la mujer

-. No. No está aquí. La dejé a cargo, ¿cómo es que no sabe adónde lo llevaron?

-. Es que sucedió una desgracia, señor. No pude cumplir sus órdenes pero el señor Exequiel se encargó de todo él solo

Adamir no creía en predicciones pero tuvo una muy clara sensación de que algo malo sucedía

-. ¿Dejó que Exequiel se encargara de todo? Por algo le pedí su ayuda – estaba comenzando a gritar – Como pudo, mujer del…

-. Verá señor, me fracturé el tobillo al subir del muelle…

-. No me importa si se rompió las piernas!! Usted tenía órdenes que cumplir!!!

Un ofendido silencio del otro lado de la línea

-. ¿Dónde está Exequiel ahora? – ladró Adamir

-. No lo he visto desde que llegaron los compradores. Yo estoy en la enfermería porque…

Adamir colgó el teléfono sin escuchar el relato de la mujer. No le interesaban las excusas. ¿Cómo era posible que hubiera confiado en esa tonta mujer???  Estúpida zorra!!!

Marcó en el teléfono el número de Exequiel. Sonó repetidas veces pero nadie respondió. ¿Dónde se habría metido a esta hora y con esta fuerte lluvia? El único lugar donde podría estar era el comedor.

-. Diga – una voz femenina respondió en el comedor

-. Habla Adamir. ¿Esta Exequiel ahí? – preguntó apurado

-. No señor. No…

-. ¿Está segura?

-. Si, señor. El amo Exequiel no vino a cenar hoy

Cada segundo que pasaba, Adamir sentía crecer el desasosiego en su estómago… Como una pelota de nieve que iba creciendo cerro abajo ¿Dónde se había metido Exequiel y que había hecho con Max? Comenzaba a estar muy enojado.

Sin recordar la chaqueta, abrió la puerta exterior y corrió hasta el guardia

-. ¿Dónde está Max?!!  – Le gritó al sorprendido hombre sujetándolo de los hombros – ¿Dónde está el esclavo que estaba en mi casa?!! – Adamir lo zarandeaba

El guardia recordó haber visto desde su puesto cuando Exequiel sacó a Max de la casa del amo, pero no sabía donde lo habían llevado ni que había de malo en ello

-. El señor Exequiel se lo llevó – respondió confundido

-. ¿Adónde? ¿Adónde lo llevó?

-. Salieron de su casa llevando al esclavo en brazos, señor

-. ¿Quienes salieron??!!

-. No sé quien era la otra persona… No lo había visto antes.

¿Quién demonios había estado en su casa??? ¿Por qué Exequiel había hecho entrar… A quien? ¿Un comprador?? ¿Qué estaba pasando??!!!

-. Encuentre a Exequiel!!- gritó – Quiero que todos lo busquen hasta que lo encuentren y me lo traigan ya mismo!!!

-. Si,i señor

El hombre echó a correr bajo la lluvia. Adamir quedó solo dando vueltas a las preguntas en su cabeza… ¿Qué podía haber hecho Exequiel con Max? Presagiaba que nada bueno… Pero ¿Dónde lo había llevado y por qué?… Maldición!! Sin poder aguantarse, corrió en dirección  contraria a su casa hacia el comedor, la enfermería y los dormitorios de los amos.

En el comedor se encontraban reunidos algunos amos y varios guardias. Al entrar Adamir todos lo miraron en un incómodo silencio

-. ¿Dónde está Exequiel?

Uno de los guardias se adelantó

-. La última vez que alguien lo vio iba hacia el muelle, en dirección al yate de los compradores

Adamir sintió que el corazón dejaba de latirle y el miedo se cuajaba en su estómago

-. Llevaba un bolso, señor. Dijo que lo habían olvidado los compradores

-. Y Max? ¿Alguien sabe donde está Max?

El silencio y las miradas no presagiaban nada bueno.

-. El amo Exequiel lo llevó en el yate

  1. No era posible,,,

Adamir se abalanzó furioso contra el guardia que le había informado. El empujón hizo que ambos cayeran al suelo. Adamir, completamente fuera de sí, golpeo con su puño el rostro del hombre mientras gritaba

-. ¿Dónde está Max?!! ¿Dónde???!!!

Todos miraban ansiosos por intervenir pero sin atreverse a tocar al amo.

Uno de los otros amos se acercó y lo sujetó del hombro

-. Adamir. Exequiel se llevó a Max en el yate. 

Adamir se sujetaba la cabeza con ambas manos… No. No. No era posible… Tenía que ser un error tremendo… La bola en su estómago era una roca dura

-. ¿Cómo es posible?? No puede ser… Max no puede…

-. Algunos de los hombres los vieron subir. Pensamos que lo habían vendido…

¿Eran todos estúpidos? ¿No había ninguno de ellos con un mínimo de inteligencia?? ¿Cómo iba a vender a Max??

-. Yo no vendí a Max!!! ¿Cómo lo permitieron???!!! Ustedes tenían que cuidarlo!!! Quienes estaban de guardia en mi casa??!!! – gritaba mirándolos a todos con displicencia  y enojo, con desesperación y angustia… Max… ¿Dónde estaba su Max? ¿Qué le había hecho Exequiel? Sentía que enloquecía de angustia…

Dos hombres se adelantaron al resto. Adamir los reconoció como los guardias que había dejado a cargo antes de salir

-. El amo Exequiel nos envió a otra parte.

-. Tenían órdenes mías de no abandonar a Max!!!

Adamir se veía peligrosamente descontrolado

-. El amo Exequiel dijo que…

-. El amo Exequiel estaba despedido. Hoy era su último día!!!

El silencio reinó en la sala. Los truenos retumbaban en el exterior pero los gritos de Adamir eran más cortantes. Miradas desconcertadas y rostros incrédulos entre todos ellos

-. Inútiles!! Buenos para nada!!! No tenían que abandonar su puesto!!! – caminaba de un lado a otro en pasos largos… se detenía, los miraba a todos y volvía a caminar… – Se largan de aquí mañana mismo!!! No los quiero volver a ver!!! – los apuntaba y hacía gestos de desprecio

Los guardias se miraron humillados y confundidos

-. ¡Cómo ninguno fue capaz de detenerlo??  Estoy rodeado de idiotas!!! – sus gritos tronaban por sobre los relámpagos

Adamir salió al exterior. Con paso decidido se dirigió al dormitorio de Exequiel. Pateó la puerta que del impacto rebotó en la pared.  El desorden dentro de la habitación era un indicio de la prisa que Exequiel había tenido para salir. En el rostro de Adamir algunos músculos temblaban. Completamente empapado volvió a salir al exterior para dirigirse a la enfermería esta vez.  No respondió al saludo del ayudante y de un brusco empujón abrió la puerta y prendió la luz del cuarto donde descansaba la señora Cellis

-. La dejé a cargo, mujer

-. Amo Adamir. Tuve un accidente…

Ciertamente la señora Cellis no esperaba el par de furiosas bofetadas que Adamir le dio en pleno rostro

-. Exequiel se llevó a Max y nadie, ninguno de todos los inútiles que hay en esta isla hizo algo por detenerlo!!!

A la enfermera Cellis se le llenaron los ojos de lágrimas y miedo. Adamir parecía un loco dispuesto a arrojarse sobre ella y matarla. Nunca lo había visto así.

-.  Usted es la responsable!!! – Adamir la acusaba apuntándola con el dedo y con la mirada – Yo la dejé a cargo

-. Pero me fracturé el pie!!!- gritó la mujer en su defensa mostrando el tobillo vendado

-. Agradezca que no le quiebro el maldito cuello, estúpida!!!

-. Pero yo no sabía, amo Adamir.

-. Le dije que usted quedaba a cargo!! Se lo dije!!! – la amenazaba con sus gritos y la mujer se protegió el rostro con sus brazos y se ahogaba en lágrimas – Exequiel se robó a Max, lo subió en el yate de los…

Adamir guardó silencio antes de terminar la frase y luego abandonó de prisa el edificio de la enfermería. Corría bajo la lluvia, resbalando y cayendo empujado por el viento. Había recordado algo importante. El yate tenía radio y sistema de comunicaciones además de teléfono ¿Cómo se llamaba el último comprador?… Sergei!!! Sergei… Si tenía todos los datos de Sergei. Podía comunicarse con ellos. Necesitaba volver de prisa a su oficina para encontrar los datos.

Adamir tecleaba nerviosamente buscando el nombre de Sergei en el computador. Era tal su desesperación que no le importó mojar y ensuciar su casa ni el barro que tenía en la ropa y en el pelo. Se equivocaba al pulsar las letras debido a la extrema ansiedad y se enojaba consigo mismo, gritando maldiciones. Finalmente encontró lo que buscaba… En el primer papel que encontró anotó el número de teléfono de Sergei y corrió a marcarlo. Esperaba angustiado el sonido de conexión pero lo único que escuchaba era la interferencia del viento y el temporal.

-. No. No. Nooooo

Marcó una y otra vez… La ropa mojada le estaba produciendo mucho frío pero no tenía tiempo de cambiarse.

-. Responde, maldición! Responde!!!

Finalmente, la conexión se produjo y pudo escuchar la voz de Sergei detrás del ruido de interferencia,

-. Hola

-. Sergei!! Sergei soy Adamir

-. Amigo! Como estas… te escucho muy mal

-. Sergei es importante que me escuches – Adamir se aferraba al teléfono como si su vida dependiera de ello

-. Hola?? La conexión está muy mala…

  1. No vayas a cortar. No

-. Necesito saber dónde está el esclavo que te llevaste

-. ¿Cómo??

Diablos!! Tenía que saber. Volvió a preguntar con mucha lentitud, marcando cada palabra

-. El esclavo que te llevaste. ¿Dónde está?

-. Ah el chico es perfecto. Enzo está aquí conmigo

-. NO!! No Enzo. El otro chico

-. Ah! ¿El chico que compró Hervé?

-. ¿Quien??

-. Hervé

Quién demonios era ese tipo???

-. Si. ¿Dónde está ese chico?

-. Adamir, no te escucho…

-. ¿Dónde está ese chico?

-. Hervé se lo llevó en cuanto llegamos a tierra

-. No!!!..

Adamir sintió un dolor tan fuerte en el pecho que pensó su corazón estaba fallando… respiró agitado y se sostuvo del escritorio…

-. ¿Adónde? Dime adonde se lo llevó?

-. Como dices??? Ya no te escucho.

El viento arreciaba afuera y el ruido de interferencia en la línea hacía imposible seguir hablando… pero Adamir insistía

-. ¿Dime dónde lo llevó??

-. No te escucho… Hola?… Hola?… Vaya… Parece que se cortó…

Y de pronto la línea estaba muerta. Sergei había cortado y el silencio era horrible

-. Sergei… SERGEI!!! NOOO…

Azotó el teléfono con rabia devolviéndolo a su sitio. Luego intentó marcar nuevamente, pero fue inútil. Las líneas habían muerto a causa del temporal. Se llevó las manos a los costados de la cabeza y enredó su pelo en ellas… Se apretaba a sí mismo, presa de la desesperación… Max estaba con ese tipo… Hervé se lo había llevado quien sabe dónde… No… No… El dolor era insoportable y tuvo que doblarse para resistirlo… El maldito de Exequiel había vendido a Max y ese tipo creía tener derechos sobre… No… Nooooo. Max… No… Le corrían las lágrimas que se mezclaban con el agua que chorreaba su pelo… Max… Con sus propias uñas se arañó la cara. No creía poder aguatar lo que estaba sintiendo… En la soledad de su casa gritó como condenado el nombre de Max

-. MAAAAAAAAX..

Se había ido… otro hombre lo tenía…

Adamir gemía sintiendo que iba a reventar…

De pronto levantó el rostro con una nueva idea. Miró en la pantalla el nombre de la ciudad y el país donde vivía Sergei. Eso era!! Tenía que ir a buscarlo!! No podía quedarse sentado esperando…

Salió de la casa tal como estaba. El viento era aún más fuerte y tenía dificultades para caminar. Minutos después  se detuvo frente a la habitación del piloto del avión. Golpeó la puerta colérico… Al borde de la locura misma

-. Don Adamir

El hombre se sorprendió no solo de verlo bajo la lluvia sino del aspecto que mostraba su jefe

-. Prepara el avión. Tenemos que viajar ya mismo – la voz le salía entrecortada a causa del frío y de las emociones

El piloto abrió la boca y pestañeó repetidas veces

-. No podemos viajar ahora, señor. Mire el tiempo como está

-. Pudiste volar hace un rato. Necesito que me lleves con urgencia

-. Señor! No se puede hasta que pase el temporal

Adamir entró a la casa y arremetió contra el piloto empujándolo contra una pared

-. Es urgente!!! Necesito ir a buscar a Max!! No tengo tiempo que perder!!!

El piloto era un hombre experimentado que llevaba muchos años trabajando para Adamir. Estaba impresionado por lo que veía pero tenía claro que era imposible viajar con ese tiempo. Mantuvo la calma, dispuesto a usar la fuerza si era necesario.

-. Lo siento, señor pero por su propia seguridad, no puedo llevarlo ahora

La calma y la certeza  con que le habló el hombre provocaron una reacción interna en la mente de Adamir. Algo de la cordura que había perdido resucitó por unos instantes. Su cara de loco se fue transformando lentamente en una mueca horrible de dolor…

No podía ir a buscar a Max con este temporal y su chico estaba en manos de un hombre que se creía su dueño…

La sola idea de que alguien más tocara a Max era… Aaahhgg..

El piloto vio como los ojos dorados del amo se inundaban de lágrimas y un lamento doloroso se le escapaba de los labios… Su cuerpo se estremeció en un temblor involuntario y las rodillas se le doblaron haciéndolo caer en completa desolación

Fue tanta la impresión del piloto que no supo qué hacer…

En el medio de su dormitorio yacía de rodillas, llorando e impotente, el amo de la isla.

M&M CAPÍTULO 80

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CAPITULO 80

LA INVESTIGACION

Gonzalo estaba de pie detrás de Jorge y miraba inquieto como los dedos del especialista en computación tecleaban rápido; sus ojos se movían de una a otra pantalla… más de una hora había transcurrido desde que comenzaran…

-. Ya entraste?

Los conocimientos de Gonzalo quedaban sobrepasados por lo que Jorge hacia y tenía que preguntar que significaban el sin número de conexiones, números y luces que parpadeaban en la pantalla

-. Ya casi…

Había sido idea de Jorge. Si los datos que necesitaban destruir estaban en un computador, él podía encontrarlos, borrarlos, anularlos sin que quedara rastro de ellos.

-. Es la policía – rebatió Gonzalo, dudando

Jorge respondió con un gesto, levantando las manos, alzando los ojos al cielo y moviendo la boca…  ppfff! que importaba donde o a quien le pertenecía; si era un computador, él llegaba sin dejar huella de su paso

-. De acuerdo – dijo Gonzalo en un largo suspiro. Adamir agotaba su paciencia con el favor que le había pedido y con la arrogancia que demostraba. Sería lo último que haría por él.

-. Cuantas protecciones…  Crees que me vas a detener??

Jorge hablaba con la pantalla como si de un adversario se tratara… comenzaba a sudar pero no se detenía porque sabía que podía hacerlo…

 

El capitán Molina se retiraba a casa después de terminar la jornada de trabajo.  Le sorprendió ver que la luz de la oficina que ocupaba Cristián aun estuviera encendida. La curiosidad lo llevó hasta allá. Cristián y sus dos colaboradores cercanos estaban de pie, vigilantes, mirando fijamente las pantallas frente a ellos… el silencio era sepulcral

-. Que sucede? – preguntó sin que nadie desviara la vista para prestarle atención. Lo que sucedía en las pantallas era más importante

Cristian levantó una mano como si quisiera detenerlo y hacerlo callar. La ansiedad pintada en sus ojos

-. Tenemos un intruso en busca del archivo – respondió otro de los detectives

-. Cómo?

Las alarmas del capitán se encendieron de inmediato

-. Alguien intenta llegar hasta el archivo

-. 3 minutos!!! – gritó el otro hombre que controlaba algo frente a una de las pantallas

-. Tres minutos y lo tendré en mis manos – Cristian amenazó al aire sin alejar su atención de las pantallas

Molina tragó saliva súbitamente descompuesto…

-. Lo estamos rastreando… es bueno… utiliza muchos servidores pero en tres minutos sabremos donde está el desgraciado – Cristián estaba totalmente enfocado en la espera… la información en la pantalla era un libro abierto para él.

Molina sintió que el aire de le escapaba de los pulmones

-. ¿No se queda Capitán?

-. Tengo una reunión en unos minutos – mintió – pero avísenme lo que descubren a la brevedad

Se obligó a caminar lento mientras daba vuelta y abandonaba la oficina de Cristian. Sus manos ya apretaban el teléfono celular dentro de la chaqueta. Se refugió en la oficina vacía al final del pasillo. Cerró la puerta sin molestarse en prender la luz y tecleó nerviosamente. El sonido de llamada le pareció eterno.

-. Hola

-. Deténganse de inmediato! – Gritó Molina en un susurro desesperado

Gonzalo percibió la urgencia en la voz de Molina pero a su cerebro le tomó unos segundos  entender

-. Los están rastreando!! Los van a descubrir en segundos!!

Gonzalo entendió el mensaje en su totalidad.

-. Mierda!

No perdió tiempo explicándole a Jorge porque Molina había hablado de segundos. Como si se lanzara a una piscina se tiró de prisa contra la pared opuesta desconcertando a Jorge con el extraño movimiento… al caer al suelo, Gonzalo se llevó en la mano todos los cables que conectaban los computadores con la fuente de electricidad.

-. Pero qué..!!! – Jorge se puso de pie de golpe. Sus pantallas oscuras!!!  todo  perdido… Qué diablos había pasado??

Gonzalo tirado en el piso movió los cables, mostrándoselos

-. Apaga todo! Nos están rastreando – gritó demasiado fuerte

Jorge tuvo a bien moverse de prisa y apagar todo en segundos

-. Estuvimos a punto de ser descubiertos – Gonzalo jadeaba

Jorge frunció el ceño,  impactado… había estado seguro de poder franquear todas las vallas pero jamás pensó que alguien lo esperaba del otro lado… no había forma de que lo estuvieran rastreando… a menos que se estuviera enfrentando con alguien tan preparado como él que sabía de antemano que intentarían acceder a su información

-. Por la puta madre – dijo Jorge desplomándose sobre la silla, molesto por no haber previsto esa posibilidad

Gonzalo soltó los cables, se puso de pie ágilmente y estiró su camisa. Su rostro exhibía furia

-. Se acabó – sentenció

Con trancos largos y decididos cruzó la oficina de Jorge y se encerró en la suya a efectuar una llamada telefónica que deseaba hacer desde temprano.

 

 

Molina suspiró, satisfecho de haber podido prevenir un desastre. Fue a guardar el celular en su bolsillo pero la oscuridad le jugó una mala pasada y el equipo resbaló estrellándose en el suelo y repartiéndose en  decenas de piezas y cristal roto

-. Demonios!!!

Juntó de prisa los pedazos sin encender la luz. No quería delatar su presencia en las oficinas. Cuando pensó que ya no quedaba nada, observó cuidadosamente que el camino estuviera despejado y abandonó el lugar.

 

 

Juanfe se había quedado dando vueltas en la oficina con Cristian. No tenía clases ese día y le gustaba observar el trabajo de Cris y sus compañeros, sobre todo cuando él había hecho un gran aporte. Claro que también tenía sueño… no había dormido la noche anterior y al comenzar a caer la tarde sus ojos se cerraban

-. Ven a descansar – le dijo Cris llevándolo a una oficina vacía al final del pasillo y acomodándolo en el sillón de espaldas a la puerta

– Nadie viene nunca aquí. Duerme tranquilo, prometo no dejarte abandonado – Cris sonrió y se tomó unos minutos para agradecerle con besos y caricias el gran esfuerzo que había hecho. Se detuvo cuando su cuerpo comenzó a reaccionar al contacto con el de Juanfe y se puso de pie con desgano.

-. Duérmete, tentación disfrazada de hombre.

Juanfe sonrió con ternura y se durmió al instante. Fueron varias horas de sueño reparador interrumpidas hasta que horas más tarde, alguien abrió la puerta. Juanfe sonrió tontamente a medio despertar. Cris venía por él y se irían juntos a casa. Pero no era así. Alguien más había entrado y hablaba por teléfono en la oscuridad en susurros urgentes. La primera intención de Juanfe fue avisar su presencia… pero la intención murió en el acto cuando pudo identificar la voz y entender la conversación…   Pasó mucho rato desde que Molina abandonó la oficina y Juanfe pudo dejar de temblar y se atrevió a moverse.

 

 

ADAMIR

En la pantalla centelleaban nuevas cifra y mensajes desde hacía rato pero no había quien las atendiera. Adamir se encontraba al teléfono haciendo un esfuerzo supremo por no descontrolarse. Gonzalo le anunciaba que había despachado a su hombre de vuelta en un carguero y que eso era lo último que podía esperar de él; se negaba a continuar involucrándose luego del riesgo que habían corrido pocas horas atrás

-. No puede abandonarme antes de dejar todo aclarado

Adamir estaba no solo molesto sino frustrado y enrabiado por muchas razones. No tenía en ese momento la paciencia ni el tino que se requerían para lidiar con Gonzalo aunque necesitaba de él

-. Cumplí con lo que me solicitó y esto termina nuestro acuerdo – respondió tajante Gonzalo

– Escuche, puede cobrarme la cifra que desee

-. No se trata de dinero– Gonzalo estaba más que ofendido – el detective que investiga su negocio está decidido a encontrarlo. No voy a correr más riesgos por usted.

Adamir se movió nervioso…. No le gustaba nada de lo que estaba escuchando pero estaba fuera de su alcance controlarlo… odiaba no tener el control… odiaba sentirse impotente… Ni siquiera había tenido tiempo de avisarle a Nazir de todas las complicaciones y ahora esto, más encima. Se cambió el teléfono de una mano a otra tratando de ganar tiempo y calmarse.

-. Gonzalo… no puede dejar este trabajo sin terminar

Diablos!! si tan solo no tuviera a Max metido en su mente podría pensar con tranquilidad y mayor inteligencia… el mundo se le venía encima para aplastarlo y él, de lo único que era capaz, era repetir en su cabeza una y otra vez las imágenes de Max atado, gritándole, enojado… culpándolo  negándose a entender y arruinando sus planes.

-. Yo cumplí con lo que usted me solicitó así es que doy por finiquitado nuestro acuerdo. Le haré llegar el costo de esta operación y le recomiendo se cuide del teniente que lo está buscando. Buenas tardes

Y sin más, Gonzalo cortó la comunicación.

Adamir miró atónito el teléfono… abrió la boca para arremeter contra él pero no fue capaz de articular palabras… le había colgado… el desgraciado le había cortado!!! ya no contaba con Gonzalo ni con ninguna conexión en aquella ciudad lejana. Maldición! Mas encima, el imbécil se atrevía a sugerirle que se cuidara… idiota!! Como iba a hacerlo desde la isla?? Por los mil demonios!!Como solucionaría este problema?  Nazir se pondría furioso… tenía que hablarle ya mismo.

La pantalla del computador seguía flasheando actividad desatendida

Adamir dejó de golpe el teléfono sobre la mesa. Su ceño estaba tan fruncido que se marcaban claramente un par de profundas líneas paralelas.  Se obligó a estirar sus puños apretados y se pasó repetidas veces las manos por su largo cabello en un extraño gesto nervioso… miraba fijamente a ninguna parte… No tenía tiempo que perder. Su negocio tambaleaba… estaba en peligro… ese teniente… Max… Ya se entendería con Max… Nazir… la subasta…

-. Llame a Exequiel – gritó a uno de los guardias

No le gustaba tener que pedir su ayuda después del altercado de la mañana pero su situación era agobiante y no tenía tiempo de enseñar a nadie más.

Exequiel llegó con el rostro contrariado y una actitud defensiva. Secretamente estaba feliz de haber sido llamado y albergaba una remota esperanza de que Adamir hubiera recapacitado y diera marcha atrás en su decisión.

-. ¿Puedo contar con tu ayuda para la subasta? – pregunto Adamir sin demora ni amabilidad, más bien siendo brusco y agresivo

Exequiel sintió alivio pero no lo demostró.

-. Si. Te ayudaré

Asintió moviendo la cabeza, también cortante en las palabras pero sin demora se instaló frente al computador a intentar poner en orden todo lo que estaba acumulando.

Bien, suspiró Adamir. Una cosa menos de la que preocuparse por un par de horas. Pensó en decirle algo más pero no tenía cabeza para pensar… Ahora tenía que… Max… no. Max después… ahora era su deber llamar a Nazir… y… Max estaba amarrado y solo…

Maldición. Habían pasado horas.  Necesitaba verlo.

Salió de su casa como si lo empujara el diablo y se dirigió directo al cuarto donde había dejado a Max.  Si no lo veía no podría hacer nada. Empujó la puerta, inquieto y acomodando sus ojos a la oscuridad del interior. Max estaba tendido en posición fetal. Adamir sintió un cierto alivio de verlo. Se acercó despacio pensando que Max dormía y comenzó a distinguir sus formas con claridad… En  el rostro del chico había aun surcos de las lágrimas que había derramado copiosamente… sintió rabia y lástima al mismo tiempo. Se acuclilló cerca de el y entonces vio las manchas de sangre que había corrido por sus brazos manchando parte de su cuerpo.

-. Pero… que te hiciste?!!! – Adamir estaba impactado por la sangre en Max

Max estaba inmóvil pero despierto… quizás el cansancio, el horror del descubrimiento, la impotencia… la rabia que lo había hecho explotar o tal vez la enorme energía gastada en llorar y patalear lo mantenían quieto… exhausto.  Sin duda, escuchó a Adamir entrar pero no se movió ni reaccionó cuando él llamó su nombre, alarmado

Fue en el momento en que Adamir intentó examinar sus brazos cuando Max se recobró y se agitó como pudo, arrastrándose lejos de él

-. No me toques

-. Ya basta, Max. Estas herido

-. No me toques – volvió a repetir con la voz ronca de cansancio

Adamir estaba realmente cabreado.

Las esposas de metal habían dañado la piel en sus manos y muñecas y le dolía verlo, peor que si le hubiera sucedido a él mismo. Adamir entendió al instante de qué manera Max se había hecho esas heridas. Le quedarían marcas en sus hermosos brazos…oh no! Como había sido tan estúpido de su parte no pensarlo… por qué no lo había sujetado con algo menos peligroso?? Qué demonios le pasaba hoy que actuaba como un tarado?? Por qué todo sucedía en un mismo día???

-. Sra Cellis, Venga de inmediato y traiga su equipo de primeros auxilios. – ordenó al teléfono

-. ¿Qué estabas pensando? ¿No te das cuenta que son de metal? No puedes quitártelas

Y sin hacer caso del rotundo rechazo de Max, Adamir tomó uno de sus brazos y lo sostuvo con cuidado, liberándolo para luego hacer lo mismo con el otro. Max se resistía pero con los pies atados, el cansancio y la fuerza que Adamir demostraba, era poco lo que podía hacer.

La enfermera Cellis entró con uno de sus hombres. Max lo recordaba bien. Era quien lo había recibido cuando llegó. Lo odiaba. No quería que ninguno de ellos lo tocara…

-. Vamos a llevarlo a mi casa

– No!! – Max se retorció, agitándose.

A pesar de las protestas, Adamir apresó sus brazos y el hombre lo levantó para cargarlo.

-. En su cuarto – señaló Adamir cuando traspasaron el umbral de su casa, sin prestar atención al asombro de Exequiel.

Max seguía negando y de a poco recuperaba energía

Adamir y el hombre lo sostuvieron por la fuerza mientras la enfermera Cellis le inyectaba un tranquilizante para poder ocuparse de las muñecas y manos. De a poco, Max perdió la batalla, su cuerpo se fue calmando y sus ojos se cerraron.

-. Muy bien. Ya está dormido

La enfermera comenzó a curar las heridas.  Adamir observó todo el proceso atentamente sin darse cuenta de los gestos de dolor que hacía cada vez que la mujer limpiaba y atendía las heridas de Max.

-. Va a dormir varias horas. Es mejor así. Este chico es muy rebelde y podría…

-. Gracias Sra. Cellis. La llamaré si la necesito – cortó Adamir, despachándolos. No quería escuchar que nadie dijera algo malo sobre Max.  No estaba de humor para soportarlo. Nadie podía hablar de Max porque ellos no lo conocían como él…

-. Solo yo te conozco bien – se repitió a sí mismo asombrado… él era el único que había visto a Max de todas las formas en que podía ser, el único. Nadie más había tenido ni tendría nunca el placer de saber cómo podía ser de dulce y alegre… como reía con ganas cuando estaba feliz moviendo la cabeza y el pelo… la suavidad de su piel y el sabor de sus besos… como echaba su cabeza hacia atrás y abría los labios gimiendo cuando lo llevaba al orgasmo… la forma en que se arqueaba su cuerpo… sus caricias… su entrega total cuando se abrazaba a él después del clímax…

Adamir lo observaba fijamente de pie al lado de la cama… no podía volver a atar sus muñecas dañadas… la verdad es que no quería atarlo!!! No… él quería que hablaran y se entendieran…  deseaba abrazarlo y fundirse con él en una caricia… volver a tenerlo aprisionado… escuchar su voz sin gritos… su deseo de tocarlo con ternura era muy intenso… casi una necesidad física de volver a conectarse

Con cuidado, casi con delicadeza, Adamir ató los pies de Max, profundamente dormido, al respaldo de la cama. El resto de su cuerpo permaneció libre.  Retiró todos los objetos a su alcance que pudieran representar un peligro.  Adamir tenía cosas urgentes que atender pero no era capaz de despegar su vista de Max sobre la cama… del rostro que aún dormido se veía sufriendo…

-. ¿Por qué lo haces todo tan difícil?

Adamir retiró unas hebras de cabello del rostro de Max… en el trayecto, su mano rozó el collar que había puesto en el cuello de Max

-. Eres mío… – dijo al aire fijando su vista en el trozo de cuero.

Se disponía a besar su mejilla y empapar su nariz de su olor cuando fue interrumpido por una tos discreta en la puerta del cuarto.

-. Que sucede? – preguntó sin girarse sabiendo que era Exequiel

-. Es tu hermano al teléfono

Adamir sintió la realidad como una bofetada en pleno rostro. Se levantó y en su mente iba imaginando todos los escenarios posibles que explicaran la llamada de Nazir… problemas con los compradores de la subasta o quizás el maldito detective había contactado a Nazir o tal vez Gonzalo… mierda!

-. No tengo buenas noticias – dijo Nazir luego de saludar.

Adamir se puso tenso… algo en el silencio de Nazir lo hizo presagiar más desgracias…

-. Mamá está agonizando. Tuvimos que internarla…

Exequiel vio como Adamir se tambaleaba y su mano buscaba de donde apoyarse… se movió para ayudarlo, pensando que iba a desmayarse o a caer… el amo de la isla estaba mortalmente pálido

-. Adamir?

Adamir miró a Exequiel sin realmente verlo…

No estaba preparado para las palabras de Nazir… su madre… estaban recién volviendo a comunicarse y ella iba a morir…   Adamir sostuvo el vaso de agua que Exequiel le tendió e hizo un esfuerzo para tragar un sorbo. Quería hablar pero había algo muy sólido y doloroso atravesado en su garganta que se lo impedía…

-. El médico dice que no hay nada que hacer… quizás es cosa de minutos… u horas, como mucho.

-. ¿Está consciente? – preguntó cuando pudo volver a hablar

-. No. Realmente se fue hace unas horas… está  respirando con apoyo de máquinas pero… ya no está

Adamir siempre había pensado de sí mismo como una persona fría; una roca con pocos sentimientos así es que estaba teniendo mucho trabajo en entender las lágrimas calientes que le llenaban los ojos pugnando por correr libres y la debilidad que se había apoderado de su mente y cuerpo. No era él mismo y se le notaba hasta en la forma de respirar

Por los sonidos que escuchaba, Nazir pudo deducir el gran impacto de la noticia sobre Adamir y creía poder entenderlo; era su madre, recién volvían a conectarse y ahora ella partía sin que hubieran logrado reconciliarse del todo. Se abría un vacío enorme que Adamir nunca iba a lograr llenar. Nazir no esperaba una reacción tan emocional de su hermano menor, Adamir rara vez daba muestra de sensibilidad, por ello pensó en Max sabiendo que para su hermano era importante y sería bueno que estuviera a su lado.

-. ¿Adamir, estas con Max?

-. Max? – la voz de Adamir sonaba quebrada, lejana

-. Si. Max ¿Está contigo?

-. No… él no está… él se enteró de todo… corrió para avisar a los chicos… tuvimos que dormirlo para poder curarlo… se hirió las muñecas tratando de quitarse las esposas… ahora duerme

Adamir hablaba sin sentido… como si necesitara llenar el silencio y exponer en voz alta lo que lo atormentaba… hablar de algo que no fuera su madre…

Exequiel seguía atentamente la conversación.

-. ¿Cómo? ¿Qué pasó con los chicos? ¿Qué hizo Max?

Resultaba confuso para Nazir entender el parloteo de Adamir pero si entendió que algo diferente había sucedido en la isla y tenía que ver con Max y los chicos. De inmediato se preocupó.

-. Ya está todo arreglado

-. Pero ¿Qué pasó? – insistió Nazir. Después de todo el también estaba involucrado en el negocio aunque de manera distante

-. Nada.  La subasta es mañana – dijo Adamir cambiando de tema.

-. Debes pedirle a alguien que se haga cargo. Tienes que venir.

-. Yo… no tengo a nadie

-. Entonces suspéndela. Tienes que viajar hoy mismo

¿Suspender la subasta? ¿Estaba loco Nazir? Él jamás había suspendido una subasta ni lo haría ahora. Él era una persona seria y su palabra y honor eran lo que sostenía su negocio… él no trataba con gente común sino con personas adineradas y a quienes les gustaba el orden y el control. No podía fallarle a los compradores que ya había arreglado todo para aparecer mañana  desde temprano a llevarse a los chicos…

-. No. La subasta se llevará a efecto

-. Pero no entiendes?.. mamá está muriendo y tienes que viajar aquí y…

-. Llegaré mañana en la tarde. Estaré a tiempo para el funeral

-. Por Dios Adamir! Es una locura. No pasa nada si pospones una subasta

-. No voy a hacerlo. Ya te dije que viajaré mañana después de terminar las negociaciones – respondió firme y decidido

Nazir suspiró vencido y molesto

-. ¿Vas a venir acompañado? 

Nazir estaba pensando en la alegría que le daría a Sergio ver a Max nuevamente.

-. No – Adamir fue tajante  – Llegaré al atardecer. Tenemos que hablar de otro asunto, además

–. ¿Qué asunto?

-. Mañana te lo diré – dijo Adamir misterioso, antes de cortar.

Buscó asiento en el sillón vecino. Se mantuvo en silencio varios segundos, con la vista hacia el piso y los hombros caídos, completamente cerrado en sus pensamientos.

-. ¿Qué ha pasado? ¿Puedo ayudar en algo?

Exequiel mostraba su lado amable. Quizás eso le daría más oportunidades para hacer que el amo cambiara de opinión.

Adamir se demoró en responder. Cuando lo hizo se restregó el rostro con las manos  como queriendo quitarse los problemas y levantó la vista

-. Nada que te interese. Ocupémonos  de la subasta

-. Claro – Exequiel estaba molesto por ser excluido de la noticia que sabía era importante – Hay otra oferta por el asiático. Un comprador nuevo lo quiere – expuso con frialdad mostrándole una nueva cifra en el computador.

-. Otro? Heinrich tendrá que pagar más si lo quiere.

Adamir se movió con un gran suspiro… como si estuviera haciendo un esfuerzo para levantar su cuerpo

Se pusieron a trabajar frente al computador. Había mucho que hacer antes de medianoche que era la hora en que cerraba la subasta y los compradores aún estaban compitiendo. Adamir actuaba con frialdad y Exequiel respondía de igual manera aunque ambos lograban hacer el trabajo demanera efectiva.   Adamir se fue concentrando de a poco en poner orden a los detalles de la subasta. Su pensamiento era interrumpido constantemente por las palabras de Nazir y una sensación de debilidad lo envolvía al pensar que en ese mismo momento, en la ciudad, su madre vivía sus últimos minutos… ¿o ya habría muerto? ¿Por qué no había tomado el avión y volado de inmediato? Demonios! No podía dejar todo botado y partir… Exequiel no estaba calificado para llevar la subasta solo… y por otro lado, estaba  Max? tampoco podía dejar a Max…

-. Ellos llegaran a las tres – repitió Exequiel por tercera vez

Adamir lo miró confundido… no sabía de qué hablaba

-. Dije que ellos llegaran a las tres. Son los últimos

-. Tal vez tengas que atenderlos tú, ¿Podrás hacerlo? Yo debo viajar a la ciudad…

Exequiel levanto el rostro e infló el pecho

-. Por supuesto. Yo los atenderé

-. Bien. Son los últimos y yo debo viajar a la ciudad lo antes posible..

-. ¿Vas a viajar mañana?

-. Es un asunto familiar. Volveré lo antes posible.

Exequiel estaba comenzando a pensar que todo estaba olvidado y la situación volvía a ser la de antes. Durante las horas recién pasadas nadie había mencionado su partida y todo había sido como si nada hubiera pasado. ¿Había recuperado el favor de Adamir? Si no fuera así de seguro no le habría confiado atender a los compradores. Exequiel suspiró de cansancio pero a la vez de tranquilidad. Parecía que todo volvía a estar bien.

-. Puedo encargarme de todo, si quieres

-. No. Solo atiende a los que lleguen a las tres. Yo veré al resto

La subasta había terminado. Normalmente era un proceso que le producía satisfacción a Adamir además de engrosar su billetera, literalmente. La mayoría de los compradores pagaba en efectivo, de esa manera evitaban tener que dar explicaciones de los montos transferidos a los bancos o las oficinas de impuestos en sus países. Sin embargo, Adamir no sentía ningún tipo de satisfacción esta vez. Su rostro se mantenía serio y bajo sus ojos dorados se marcaban líneas oscuras de cansancio

-. ¿Puedes ver que los productos estén preparados? Yo voy a… necesito ir… – Hablaba  torpemente, poniéndose de pie

-. Yo me ocupo de eso – la voz de Exequiel dejaba traslucir satisfacción. Siempre había deseado ser la mano derecha del amo y ahora que Max había caído en desgracia, las puertas volvían a estar abiertas para él.

-. Si… bien… hablamos más tarde.

Adamir parecía mirar a Exequiel… pero la verdad era que sus ojos extenuados observaban la puerta detrás de él… la que conducía al resto de la casa.

 

Eran pasadas las 2:30 de la madrugada cuando Adamir avanzó por el pasillo sin encender la luz. Conocía de memoria donde estaba ubicada cada cosa en su hogar. La enfermera había vuelto hacía poco rato atrás y luego de revisar a Max, le había dado a Max una nueva dosis de calmantes para mantenerlo dormido por otras cuantas horas. No tenía que preocuparse por él. Podía ir a dormir tranquilo en su cama. Y si. Estaba muy cansado… había sido un día malditamente jodido. Pero sin dudarlo, Adamir se dirigió al cuarto donde estaba Max.  Las cortinas habían permanecido abiertas y por la ventana entraba el reflejo de la luna y el paisaje de la playa y las estrellas. Max se veía angelical dormido sobre la cama en posición fetal, apenas cubierto por una colcha liviana. Adamir se sostuvo con una mano del marco de la puerta… la escena era hermosa y el contraste le estaba provocando algo. La tensión acumulada, el dolor almacenado, la molestia y preocupación… todo bullía dentro de su mente creando un caos explosivo que resquebrajaba la coraza que lo mantenía firme y, frente a la belleza y aparente paz de Max, todo se liberaba al mismo tiempo provocando una catarsis.  Adamir se llevó la otra mano a cubrir sus labios para contener un lamento pero no hubo forma alguna de que evitara las lágrimas que brotaron calientes de sus ojos y dejaron su reguero de dolor esparcido por el rostro. Demonios! Era liberador dejar salir lo que tenía atorado en la garganta desde hacía horas. Se sintió extraño tener este momento de debilidad pero estaba bien.  Era una bendición que Max estuviera profundamente dormido. No soportaría que lo viera en un momento de flaqueza tan grande aunque la razón fuera más que justificada; estaba agobiado por la discusión con Max, los problemas sin resolver con el detective, la conversación pendiente con Nazir, el despido de Exequiel, el estress de la subasta y, como broche final, la agonía de su madre.  Si que era un día detestable.

Caminó hasta la cama atraído por una fuerza superior a la razón. Se restregó los ojos quitándose las lágrimas de las mejillas.  El suave movimiento del tórax de Max era tranquilizador y bello… el sonido de su respiración tan sereno. Adamir se dio cuenta que no quería estar en ningún otro lugar en ese momento ni con ninguna otra compañía. Se tendió en la cama, adaptando su cuerpo a la posición de Max. El olor y el calor del chico reavivaron la sensibilidad en Adamir… Se sentía exhausto, confundido y azotado por la tristeza. No le importó que más lágrimas cayeran, al contrario, parecía justo y correcto que derramara su dolor junto a la única persona con quien deseaba estar.  Inevitablemente su mente se pobló de recuerdos de su niñez y su madre, sus hermanos y la época en que había estado rodeado por cariño.   Abrazó a Max y apretó los ojos. Su infancia y juventud habían sido muy cortas y luego… el tiempo había pasado demasiado de prisa. Se había apartado de su familia y de todos aquellos que alguna vez fueron sus amigos. Ahora era demasiado tarde. Si no fuera por Nazir no tendría a nadie cercano en el mundo.

No. Un momento. Eso no era cierto.

Su nariz se hundió en el cuello de Max… su pelo le acarició el rostro. Agradeció tanto que estuviera dormido. No soportaría un grito ni un rechazo en ese momento. Max era suyo y ya no estaba solo. Las lágrimas cesaron.  Con Max a su lado se sentía capaz de resolver todos los problemas del mundo.

-. Vas a entenderlo. Yo sé que con el tiempo aprenderás a aceptarlo. 

Le acarició el cabello enredando su mano en los crespos para atraerlo aun más junto a él.

-. Volverás a estar feliz conmigo – murmuró sobre el cabello de Max, besándolo y dejando que sus ojos cansados se cerraran.  Max, incluso dormido, apaciguaba su ansiedad y le devolvía la calma.

 

 

HEINRICH

Heinrich dio instrucciones precisas desde su fastuoso dormitorio en el yate anclado en la ciudad costera a la cual se había trasladado; le indicó a su asistente que zarparían de madrugada con solo personal de confianza. Quería el helicóptero del yate listo para un vuelo corto. Como siempre, Heinrich esperaba ser obedecido, sin preguntas.  No era hombre de dar explicaciones. Nunca. Había heredado ese rastro de su padre como también su astucia y habilidad para mantener y ampliar los negocios de la familia.  Heinrich consideraba una bendición no tener hermanos ni hijos que perturbaran su tranquilidad.  Compartía con sus amigos y con miembros de la sociedad local, pero  siempre se mantenía educado, distante y lejano lo que, curiosamente, lo volvía más atractivo e interesante.

A estas alturas de su vida, 40 años, tras experimentar en todo tipo de negocios, empresas, deportes, diversiones y decenas de esclavos, negocios, Heinrich sabía bien quién era, de lo que era capaz y con quien le gustaba relacionarse. Era un tanto desagradable poder predecirlo todo con facilidad. Había muy pocas cosas que los sorprendían  o entusiasmaban verdaderamente. Sus negocios funcionaba bien y había dejado gente calificada para atenderlos. El ejército de personas que trabajaban para él tenía a bien hacer su trabajo de manera silenciosa y correcta. Molestar a Heinrich con un problema sin resolver era sinónimo de suicidio laboral. La última vez que el director de una de sus empresas se presentó ante él a pedir disculpas por una equivocación que costó miles de euros, Heinrich le concedió 3 minutos de su tiempo antes de despedirlo, demandarlo y condenarlo al desempleo y la desgracia por el resto de su vida. A veces lo divertían cosas como esas… deseaba que alguien cometiera errores o se rebelara o hiciera algo fuera de la rutina.

Su nombre no era conocido a gran nivel; ninguna de sus empresas era un monstruo gigante con miles de empleados… Heinrich prefería decenas de empresas pequeñas o medianas que funcionaban bajo diferentes nombres o sociedades anónimas que se encargaba de crear. Le gustaba el relativo anonimato en el que vivía. Solo un puñado de personas influyentes e informadas sabía el alcance de sus negocios y el poder de su dinero… y un puñado aún más pequeño y seleccionado estaba enterado de su extrema afición por los chicos jóvenes y atractivos.  Le era difícil mantenerse alejado de ellos. Siempre había más de uno en la casa que consideraba su hogar y donde era imposible entrar sin ser invitado y esperado.   La crueldad era uno de los rasgos que Heinrich mostraba solo en privado con el sumiso de turno. Descubrió el gusto por causar dolor cuando era joven y aún vivía en la casa con sus padres, una estancia tan grande que apenas se encontraban durante el día. Podía hacer lo que quisiera mientras no llamara la atención; muy luego descubrió que los cuerpos masculinos le resultaban más atractivos que los de mujer… había algo hermoso en los músculos y formas de un hombre, en la voz ronca al gemir o llorar y en saber que dominaba a alguien que podía ser tan fuerte como él mismo. Compañeros de clases, hijos de los empleados de sus padres, chicos de la calle… cualquiera servía para hacerlo sufrir y disfrutarlo.  Hasta los dieciocho años se mantuvo bajo relativo control, pero al cumplir la mayoría de edad dio rienda suelta al descontrol en orgías y semanas de perdido desenfreno.

Pero esa etapa también había terminado al llegar la madurez. No podía precisar con exactitud cuándo comenzó su búsqueda pero tal vez fue alrededor de los 30 cuando comenzó a pensar en el resto de su vida. Tenía 40 años y estaba buscando a alguien especial… muy especial… tal vez demasiado especial porque hasta ahora no existía.  ¿Tan difícil era ser sumiso y entregarle el control total?  Muchos le prometían la mansedumbre que anhelaba… y lo cumplían por un tiempo, pero finalmente desobedecían, mentían o se rebelan. Él tenía formas de comprobar su docilidad y  sometimiento. La experiencia le había enseñado. Algunos pasaban varias pruebas y Heinrich se atrevía a dejar que la ilusión se colara por una rendija de su mente… quizás ese chico podía ser el compañero que buscaba… pero no. Solo desilusión tras desilusión que lo volvían más duro y escéptico.  Hasta ahora ninguno de los esclavos que había tenido pasaba todas las pruebas y el encanto desaparecía para terminar siendo solo uno más de los chicos que pasaban por sus manos.

Heinrich no soñaba con el amor porque sabía que era incapaz de sentirlo. Miraba con estupefacción a las personas que se enamoraban y ponían su mundo de cabezas por la persona amada. Esa locura escapaba de su comprensión. Hubo un tiempo en el que soñó con enamorarse pero ya lo había superado y aceptado que a él nunca le pasaría. Sus padres lo habían hecho fallado  y no era capaz de albergar sentimientos amorosos hacia otro ser humano; lo que más se parecía y que le agradaba mucho, era el sentimiento de satisfacción cuando creía haber encontrado al compañero sumiso perfecto. Cada desilusión lo enojaba y a medida que pasaban los años era cada vez más difícil complacerlo.

Heinrich era básicamente, un solitario muy apuesto que se había sentido a gusto en su propia piel hasta que, al cumplir los 40, comenzó a pensar en el futuro; Su condición física era envidiable, sus ojos de un azul frío que provocaba temor, su pelo rubio corto y en orden, vestía bien y era una persona muy agradable al conversar.  Resultaba un hombre bastante atractivo. Sus negocios funcionaban bien. Tenía casas repartidas en diversos lugares y suficiente dinero como para no trabajar nunca más por el resto de su vida…  sin embargo, le faltaba su motivación. No le bastaba con los negocios ni los deportes ni los chicos que había encerrados en su casa. Necesitaba algo más… lo deseaba con ansias.

Había pocas cosas en este mundo que hicieran latir con fuerza el corazón de Heinrich; ni riquezas, ni lujos, ni muchachitos bellos… mucho menos personas queridas pues su mundo familiar se limitaba al recuerdo de sus padres muertos y  a algunos parientes lejanos que no conocía ni le interesaban.

Se movió inquieto en el yate. No había querido compañía esa noche. Deseaba dormir temprano para estar con todos sus sentidos atentos al viajar a la isla y ser el primero en llegar… no iba a correr ningún riesgo…  después de mucho tiempo el esclavo asiático que Adamir estaba subastando lo entusiasmaba un poco. Se había tomado el tiempo para observarlo varias veces al día desde que sus imágenes fueran subidas y todavía no se cansaba de ver su hermoso cuerpo delgado y torneado, su  abdomen plano, sus genitales perfectamente suaves y depilados, la curva del culo redondeado… la  belleza de su rostro angelical le parecía irreal y por ello le había dedicado minutos especiales ampliando la imagen y buscando una imperfección en su piel o en su pelo… algo que lo volviera más humano y real… pero no había encontrado nada y su interés se despertaba sediento.

Cerró el computador y se dirigió a la cama

Mañana el chico sería suyo

El pensamiento se volvió dulce y jugoso en su mente… una ola de excitación le calentó el cuerpo obligándolo a removerse inquieto en la cama. No. No era momento de excitarse ahora. Ya mañana tendría todo el tiempo para examinar y divertirse con su nuevo juguete.

 

MAXIMILIAN

El cuarto aun no estaba completamente iluminado por lo que Max calculó que recién estaba comenzando a amanecer. Sentía la cabeza abotagada a causa del medicamento y el cuerpo pesado, en el limbo entre la realidad y el sueño y necesitaba hacer un esfuerzo para mantener los ojos abiertos. La maldita bruja lo había hecho dormir a fuerza de tranquilizantes. Algún día iba a matarla. Intentó moverse y en ese momento sintió como si alguien estuviera pegado a su espalda. La impresión lo hizo abrir los ojos y moverse nuevamente para comprobar lo que sentía.   Dios!   era verdad!!   Permaneció inmóvil atento a los sonidos hasta que fue capaz de reconocer y entender  ¿Qué hacía Adamir durmiendo junto a él??!!! ¿Cómo se atrevía??!!  Su primera intención  fue girarse y empujarlo lejos. No lo quería ver ni mucho menos sentir! Sin embargo, al ir a volverse recordó las vendas en sus muñecas que le dificultaban el movimiento y, por otro lado, sintió el tirón del collar en su cuello. Abrió la boca sin que saliera ninguna palabra ni sonido. Se llevó las manos al cuello y recorrió el collar con la punta de los dedos. El collar que Adamir le había puesto para hacerle saber a todos que lo consideraba de su propiedad, como a un perro o mascota. Un esclavo. Max se mantuvo quieto y silencioso. No podía hacer ruido mientras encontraba la forma de quitarse esa porquería del cuello.

 

Adamir despertó con un fuerte grito y un empujón que lo arrojó al suelo

-. ¿Qué demonios, Max??!!

-. Aléjate de mí!!! – Max gritaba. Sus ojos duros y su semblante agresivo.

-. Ay Dios! No empieces nuevamente

Adamir se puso de pie y se acomodaba del porrazo. En cualquier otra ocasión lo que Max acababa de hacer le habría costado castigos y corrección pero había sido su error, después de todo. No debió dormirse en la cama con Max sabiendo como era de rebelde, estando el chico enojado y sin restricciones de ataduras. Su error.

Adamir se percató que el cuarto estaba completamente iluminado por la luz del sol. Maldición! Se había dormido al lado de Max sin poner una alarma… seguro era tarde y los compradores debían estar por llegar… y su madre… tenía que hablar con Nazir.

-. Escucha, hoy estaré ocupado y no tendré tiempo, pero mañana…

-. ¿Vas a vender a Miki? – el enojo de Max súbitamente transformado en temor

Adamir se tomó un instante para pensar su respuesta

-. Es un negocio. El chico tendrá un amo que va a cuidar de él

-. No es cierto!!! Exequiel dijo que era cruel y malvado!! No puedes entregárselo

Max subía el tono de urgencia y Adamir podía predecir que se aproximaba una tormenta si no terminaba la conversación de inmediato.  No era propio de él evitar una discusión o poner a un esclavo en su lugar… pero las cosas con Max eran diferentes

-. Tengo que irme. Mañana hablaremos – respondió con aparente calma dirigiéndose a la puerta

-. Por favor… no lo vendas

Adamir no necesitaba mirarlo para saber que Max estaba suplicando. Le bastó escucharle el temblor en la voz. El amo cerró los ojos y apretó las manos…

-. Max, tú no entiendes. No me has dejado explicarte

-. ¿Qué vas a explicarme?!! Lo que haces no tiene explicación!!! Eres un asqueroso traficante de…

-. Cuida tus palabras, Max!!! – volvían a lo mismo del día anterior y Adamir no quería ni mas gritos ni peleas con Max.

-. Te enriqueces vendiendo personas!!! Eres una porquería!!! No sé cómo pude pensar que eras… que tú eras..

-. ¿Que era qué?  – repentinamente interesado

-. Basura!! Eso eres!!! Repulsivo y corrupto!!!

No. No. No quería escucharlo.

-. Ya basta, Max. Si no te callas ahora mismo voy a…

-. Qué?? Qué vas a hacerme???

Max lo desafiaba abiertamente, con los ojos brillantes de ira y la lengua cortante y afilada. Movía las manos incitándolo a hablar, provocándolo.

-. Vas a golpearme o venderme? Vas a amarrarme y arrojarme a la piscina de nuevo?? QUE???!!!

Adamir lo miraba fijamente. Repentinamente no tenía palabras…

Pero Max había tenido tiempo de pensar y prepararse. Se llevó las manos al cuello y tiró del collar que se desprendió fácilmente…

Adamir vio como en cámara lenta cuando le arrojó el collar que voló por los aires en dirección a su rostro

-. Toma tu inmundo collar!!!

No supo si le dolieron más las palabras de Max o el collar golpeando su nariz. Su boca se abrió de asombro…  Un sentimiento caliente de furia lo asaltó. El collar rebotó en el suelo y cayó despachurrado al lado de sus pies. Max lo miraba beligerante desde la cama… ¿Cómo se había atrevido? ¿Qué acaso no entendía lo que significaba?…

-. No sabes lo que acabas de hacer

-. SI LO SE. NO SOY TU PROPIEDAD Y NO QUIERO TU COLLAR!!!

Maldición Max… cállate de una vez. No digas nada mas, por favor. Cállate!!!!

-. Te has ganado un castigo ejemplar, esclavo

-. NO SOY TU ESCLAVO!!!

Debió haber salido del cuarto cuando aún era  tiempo. Ahora ya era tarde. La indignación se apoderaba de él… Adamir la sentía circular quemándole las venas… rabia con Max, con Gonzalo, con el detective, con su madre y con el mundo entero.

-. Si vuelves a decir una palabra, te amordazaré

-. PUEDES AMORDAZARME PERO SEGUIRAS SIENDO ASQUEROSO. TE ODIO CON TODO MI SER!!!

Con esas palabras Max se había ganado toda la atención del amo. El dolor transformado en ira. Adamir lo encaró directo a los ojos y también gritó al hablar, incapaz de contener las emociones contradictorias que sentía y optando por la más conocida.

-. ME ODIAS??

-. SI!!! ERES LA PEOR BASURA DEL MUNDO. TE ODIOOOOOO!!!

-. SI TANTO ME ODIAS ENTONCES TAL VEZ DEBA DESHACERME DE TI

-. NO QUIERO ESTAR CONTIGO NI QUE ME TOQUES NUNCA MAS!!! ME DAS ASCO!!! NO QUIERO VERTE NI ESCUCHARTEEEEEE

Fue como si el cerebro de Adamir sufriera un cortocircuito y se apagara. Todo se volvió negro por unos segundos. Sus ojos seguían clavados en los de Max pero había dejado de pensar y sentir. Estaba vacío por dentro… completamente solo y vacío.

Tuvo que hacer un sacrificio para volver a hablar

-. Quizás te complazca – su tono había cambiado volviéndose frío e impersonal – Después de todo eres una verdadera molestia. El esclavo más complicado que he tenido. Será un problema encontrarte un amo decente

-. CUALQUIER PERSONA VA A SER MEJOR QUE TU!!!

-. Entonces te venderé al primero ingenuo que ofrezca algo por ti

-. Regálame si quieres… solo asegúrate de que no vuelva a ver tu repulsivo rostro nunca más – también Max dejó de gritar para expresar las palabras con igual agresividad y frialdad que Adamir.

El duelo entre sus ojos se alargó por unos breves segundos más… Fue Max el que finalmente tuvo que cerrar los ojos al pensar en Miki. No había podido hacer nada por él… ¿Qué sería de su dulce amigo en manos de un hombre cruel?…. ay Dios!!… Detestaba sentir como se llenaba de lágrimas. No quería llorar justo ahora. Cuando segundos después abrió los ojos, Adamir ya no estaba en el dormitorio.

 

Adamir iba tan alterado por el pasillo que no reparó en Exequiel hasta que se le cruzó enfrente. ¿Qué hacía en su casa? Nadie cruzaba nunca el umbral de la oficina hacia el interior.

-. Disculpa que haya entrado pero era urgente. Vine a buscarte porque el helicóptero de Heinrich esta por aterrizar

Exequiel no lo miraba a los ojos. Había vergüenza en la forma de expresarse, por lo que Adamir dedujo había escuchado la discusión con Max. Maldición!

-. Heinrich… Si. Voy en unos minutos. Recíbelo tú mientras tanto. Necesito una ducha y…

-. Claro. No hay problema

-. Exequiel

-. Si?

-. Escuchaste? – no era necesario aclarar a qué se refería

con la cabeza gacha, Exequiel asintió

-. Max es muy complicado

Exequiel aguantó la respiración. ¿Estaba Adamir confiando en él para contarle sus cosas?… ¿qué debía decir?… ¿Cómo recuperaba su confianza?

-. Siempre fue difícil – dijo en voz baja y con extrema cautela

-. Él es… no quiere entender. Es un problema

El sonido del helicóptero en la distancia interrumpió la conversación.

-. Maldición. Voy de inmediato – dijo Adamir dirigiéndose hacia su cuarto por una ducha y un cambio de ropa.

-. No te preocupes. Yo me encargo

 

Solo breves minutos le bastaron al amo para estar listo. No podía creer que se hubiera atrasado por culpa de Max.  Miró el teléfono al salir pensando en que necesitaba hablar con Nazir… pero el helicóptero de Heinrich ya había aterrizado y no podía desatender su negocio.

Capítulo 2

6

EL ÚLTIMO EN DORMIRSE APAGA LA LUNA

 

CAPÍTULO 2

 

 

 

Santa María de la Salud, España.

Diciembre 15 de 1820

 

 

La noche caía lenta y fría, la luz de la luna se filtraba por el ventanal amplio de una modesta casona, iluminando la desnudez de dos amantes que luchaban por apaciguar sus respiraciones después de una ardorosa entrega.

   Stelius envolvió en un abrazo protector el cuerpo menudo de Micher, acurrucándolo contra su pecho. Era una ocasión especial. Cumplían ocho años de estar juntos; ocho años desde que el joven había aceptado huir con él, y sin importar que, para él, Micher siempre iba a tener dieciséis.

   Aunque hacía casi un mes había cumplido veinticuatro, seguía siendo un niño contra los treinta y dos años de Stelius. Estos eran tiempos difíciles como para que dos hombres se amaran, pero ellos habían tenido el coraje de hacerlo. Stelius había invertido cada centavo de su modesta herencia, en un hogar digno para su amor. Trabajaba sin descanso para que a Micher no le faltara nada, para que no extrañara el estilo de vida acomodado en el que había nacido. Sin embargo, los conflictos con Marruecos volvían difícil el poder llevar una comida digna a la mesa, el gobierno a cargo del Rey Alfonzo XIII estaba exprimiéndolos, y por si esto no fuera suficiente, el estado acaba de declararse en guerra, mientras el fascismo los contaminaba con la misma velocidad con la que había cubierto y sometido a Italia.

   Eventos terribles se sucitaban todos los días, más nada de esto importaba cuando Stelius se perdía en el universo del cuerpo de Micher, cuando contaba estrellas con forma de lunares o creaba nebulosas al erizar la piel de su amante. No había dictadura que pudiera controlarlo cuando se abría paso por entre las entrañas de Micher; enloqueciendo con su calor, con su deliciosa estreches. Nada ni nadie los detenía cuando formaban planetas con polvo interestelar, ni cuando, juntos, coqueteaban con la gravedad.

   Micher no exigía nada más que el tiempo de su amado, solo su pasión sin medida. Que llegara cada noche a él sin falta. Bastaba que su corazón estuviera lleno del amor de Stelius, aunque su estomago pasara hambre. No le importaba vestir humildemente, si cuando estaba en compañía de la única persona que le importaba en el mundo entero, estaba siempre desnudo. Si fuera de esos muros que escondían sus secretos, la gente se mataba o el gobierno caía, a Micher no podía importarle menos. Él era feliz y se sentía satisfecho, aun en un mundo que se caía a pedazos.

   Solo necesitaba a Stelius; si lo tenía a él, entonces lo tenía todo.

 

   —El último en dormirse apaga la luna—dijo Micher, era una frase que simbolizaba la inmensidad de su amor, el saber que juntos lo podrían todo, incluso apagar la luna.

   — ¡Duerme, vida! —Respondió Stelius, mientras besaba su frente —Mañana cuando despiertes, estaré aquí para ti.

   Fue una promesa que Stelius no pudo cumplir. Ya no hubo un mañana, no para ellos, nunca más. Y cuando amaneció, la luz del sol mostró una devastación total. La residencia ardía en llamas que lo devoraban todo.

   En las noticias de la tarde se dijo que ninguno de los habitantes de la casa, sobrevivió…

 

 

 

No lo hizo. Aun cuando Stelius sacó una navaja y se la puso entre las manos, Micher se negó a atravesarle el pecho con ella. Estaba furioso, sí… se sentía herido, traicionado, pero no podía hacerle daño, no a él. Y cuando Stelius avanzó acercándose más a él, Micher soltó la navaja como si el pequeño instrumento le quemara la piel.

Eres tan hermoso que duele mirarte… despiadadamente sublime y frágil—. Se lo susurró sobre los labios y como si sus palabras fuesen una orden para Micher, en ese momento se sintió débil, quebradizo ante el aliento de Stelius. La belleza de sus ojos azules que lo abrazaban y desnudaban al mismo tiempo, se sintió sensible al percibir su innegable excitación.

Aun no se atrevía a besarlo, la distancia entre sus labios era un chiste cuando respiraban el aliento del otro, pero Stelius esperaba por una autorización que no llegaba.

No cierres tus pensamientos, habla conmigo Micher — le pidió Stelius al sentir su inquietud — ¡Por favor! No me excluyas. Bueno o malo, quiero saber lo que piensas.

Pese al tinte sexual que le había dado, Micher no mintió cuando le dijo a Stelius que si caminaba con él, le mostraría las cosas que quería, pero no… aun si lo deseaba, él no se había referido a esto. Sino a información valiosa sobre el consejo.

Solo quiero ir a casa contigo, pero sé que no estoy pensando bien. —Confesó vacilante, con la voz y cuerpo tiritando de algo que no era frío —. Quiero tocarte, pero es tarde… hay una larga historia. 

En ese momento lo besó. La única historia que Stelius quería escuchar era la de sus gemidos cuando lo tomara. Sus labios abrazaron los ajenos con la pasión contenida de los últimos ciento noventa y siete años. Adorando su boca, degustándola milímetro a milímetro.

Esa caricia tan intima y anhelada, bastó para que las barreras de Micher cayeran desbordando el dolor reprimido; empañando la calidez del momento. Un sufrimiento tan inmortal como ellos: soledad, resentimiento, recuerdos que laceraban sin piedad, promesas, planes que se quedarían en eso. Un insoportable frío que lo estremecía.

Y las horribles imágenes de aquel diciembre quince volvieron haciéndolo gemir pero no de placer, sino del más puro y desesperante terror. Micher retrocedió y Stelius aprovechó que temporalmente había bajado la guardia para entrar a su mente. Las imágenes se presentaron para ellos como si de una película se tratase.

 

Debían ser como las once y media de la noche, Stelius fue el primero en dormirse y Micher se disponía a apagar la luna, cuando una corriente de aire sofocó la suave luz de las velas de cebo con las que alumbraba la habitación. Eran hombres sensatos como para dormir con las puertas y ventanas cerradas, ¿de dónde había provenido entonces, esa corriente de aire?

   Indolente y rumorosa una voz dijo Insolentes— en un mormullo que condenaba y al mismo tiempo alababa. En medio de la oscuridad, Micher buscó con la mirada al dueño de esa voz, y lo encontró justo al pie de la cama. Era una figura alta, imponente y aterradora, de fulgurosos ojos brillantes. De su cuerpo parecía desprenderse cierta aura de luz opaca que le permitió a Micher, ver como la criatura se relamía los labios mientras recorría la imagen de sus cuerpos desnudos.

   —Insolentes —repitió la voz. Aunque los labios de la figura permanecían cerrados. En un parpadear paso de estar al pie de la cama —a mitad de la habitación— a situarse justo al lado de Stelius. Un ruido disonante cortó su adormecedora respiración y en un movimiento por demás repentino, el ser lo tomó del cuello levantándolo del lecho y lo arrojó contra la pared del otro extremo de la habitación. 

   Micher intentó correr hacía Stelius, pero el intruso lo tomó del cabello, enrollando su hedionda mano entre los largos mechones rojizos, tiró de ellos, arrancando algunos de tajo y sacándolo del lecho. Con su mano libre lo sujetó por el cuello obligándolo a mantenerse de píe. Su mirada sucia recorrió la desnudez del muchacho. Micher cerró con fuerza los ojos cuando sintió la viscosa lengua de la criatura por su mejilla, hasta su cuello.

   Stelius, mareado se obligó a levantar su cuerpo y atacó a la creatura, dándole un golpe directo en el rostro que rompió sus nudillos y le hizo rebotar y caer de espaldas. El ser soltó una risotada burlesca que los ensordeció. Stelius se incorporó como pudo y volvió a la batalla, solo entonces el ser, soltó a Micher.

   Tuvo a bien divertirse un rato con Stelius, mirándolo pelear indefenso mientras le dislocaba los hombros y le partía por mitad las rodillas. Uno a uno le rompió los dedos de las manos y pies, entretenido con el dolor que provocaba y la forma en la que el rostro de Stelius se desfiguraba. Absorto en el delicioso olor de su sangre, pero indeciso sobre si debía o no compartir con él, su beso inmortal.

   Entonces miró hacía donde Micher permanecía en el piso, llorando y con la vista clavada en Stelius. Y la idea cruel se apoderó de su mente, ¿Por qué no? ¿Por qué no confundir sus mentes, sus recuerdos? ¿Por qué no poner a los amantes en bandos contrarios y hacer que se maten mutuamente? Aquello iba a ser algo interesante de ver. Serian unos hermosos inmortales, dignos hijos de la oscuridad.

   De un momento a otro la de decisión fue tomada.

   Pero fue más cruel lo que hizo después de tomar a Stelius por el cuello y arrancarle la piel de la garganta mientras bebía de su sangre hasta casi matarlo. Fue ruin, sórdido, el arrastrar a Micher hasta escasos centímetros de Stelius y violarlo sin clemencia.

   Sin que Stelius pudiera defenderlo, sin que pudiera secar sus lágrimas, calmar sus gritos, sostener su mano…

 

   Ya no pudo soportarlo más y haciendo uso de todo su poder, Stelius rompió el recuerdo. Envolvió con sus manos el rostro lloroso de Micher y lo hizo reaccionar.

No está sucediendo en realidad —le dijo y él mismo lloraba lágrimas rojas que manchaban su piel blanca. —Oh, Micher… lo lamento tanto. —Sollozó abrazándose a él.

Y la noche, compadecida de ellos, lloró la pena de sus corazones en una llovizna blanca que lavaba la sangre de sus ojos.

Ya no puede hacerte daño… le di caza y lo destruí hace muchos años—explicó, tratando de calmarlo.

Sé que ya no existe —respondió Micher, con voz queda — sentí su muerte. Casi acaba conmigo también.

Stelius meditó unos segundos en esa declaración. Debió suponer que Micher había sentido el mismo dolor de muerte que recorrió su cuerpo, al destruir al inmortal que los había convertido.

¡Lo siento! No sabía que nosotros también podíamos morir. Y fue tarde para cuando lo descubrí.

—dijo—no sabía que fuiste tú, pero me quitaste el placer de destruirlo.

Lo hice por ambos —Micher asintió en silencio ante la declaración de Stelius —. Estás empapándote… —agregó, mientras usaba su cuerpo para cubrirlo. O quizá solo era excusa para abrazarlo y sentirlo más cerca de su cuerpo.

Está bien, no estoy hecho de azúcar, no voy a deshacerme —respondió Micher, limpiándose el rostro.

Para qué arriesgarnos… —comentó Stelius, fingidamente preocupado.

¡Tonto!

Era extraño volver a jugar así con él, como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos. Bromear y empujarse como lo hacían cuando aún eran humanos

Vamos… —dijo Micher, tomándolo de la mano.

¿A dónde?

Te llevaré a mi casa, ya veremos qué pasa después…

Fue curioso, que “lo que pasó después…”, de hecho, comenzó mucho antes de que llegaran a la residencia de Micher, pues Stelius, no desaprovechaba la oportunidad de empujarlo contra cada muro que veía y lo besaba con el deseo más terrible que alguna vez hubiese sentido por alguien, un deseo casi brutal que no lo dejaría tranquilo hasta que poseyera el aparente cuerpo frágil de Micher.

Poco a poco la llovizna se fue convirtiendo  en una lluvia torrencial, el viento rompía los arboles, los truenos hacían retumbar la tierra y los relámpagos iluminaban todos los rincones de la noche.   Stelius y Micher entraron a la residencia como lo haría un par de ladrones y subieron directo a la alcoba principal. Salvo por el polarizado de los ventanales y las cortinas metálicas que Stelius pudo divisar al entrar, todo lo demás era común.

Era como si Micher siguiera atado a una humanidad de la que carecía.

¿El lugar es seguro? —quiso saber—El sol…

Stelius —interrumpió—, si quisiera destruirte lo habría hecho afuera y no ahora que estás sobre mi alfombra de terciopelo.

   Se ha vuelto tu debilidad… ¿no? —lo acusó —Toda esa costosa ropa que traes encima.

Te sorprendería la facilidad con la que puedo desprenderme de… mi ropa —respondió insinuante, mientras se quitaba la capa de los hombros y la acomodaba sobre el respaldo del mueble de la sala. Sí, le gustaba el terciopelo, pero no por lo que Stelius creía. La tela era muy caliente, y Micher siempre se estaba muriendo de frío. Un álgido que por lo general no tenía que ver con el clima.

Me encanta que me sorprendan…

Micher fingió huir y Stelius lo atrapó en el acto, sujetándolo por los hombros, para que seguidamente sus manos descendieran lento por su espalda, cintura y cadera. Lo miraba como si fuera lo más hermoso que sus ojos hubieran mirado, y en más de una forma, lo era. Se sentía anhelante por besarlo, unas ganas tan intensas que ni besándolo se le quitaba, pero había una duda que le carcomía el alma.

Dime Micher, ¿es cierto que me odias?

Algo así… —respondió el otro, meciéndose entre sus brazos.

Explícate, por favor.

Sabías que yo… y no me buscaste. Sí… definitivamente te odio. —Lo dijo sin siquiera intentar darle un orden claro a sus ideas— Me confinaste a años de dolor, no te importó…

Te perdí el rastro por años —atajó Stelius —, y cuando volví a verte eras parte del consejo, desolaste a mi pueblo.

Tu pueblo quería matarme, ¿lo olvidas? —acusó.

Porque cruzaste la línea, nos amenazaste a todos. Incluso para matar hay reglas y tu no las respetaste, jugaste sucio, siempre lo haces.

¡No te atrevas a juzgarme! —lo calló interviniendo con firmeza pero sin alterar su voz —. El consejo dijo que los Justicar te destruyeron. No iba a tener piedad contra los que me robaron lo que más amaba. Ellos, son la escoria de esta raza, un Justicar nos robó nuestra vida… ¿no lo entiendes?

   Ese… no era un Justicar —aclaró Stelius impedido —. En eso también te mintieron… él era un Vasallo del consejo, el puesto que ocupaba, ahora lo tienes tú.

La revelación lo tomó por sorpresa. Stelius tuvo que sostenerlo para que no cayera cuando la fuerza de sus pies lo abandono. Micher lo miró con los ojos desorbitados, enmudecido por la sorpresa que la revelación le causó… ¿Un Vasallo del Consejo? Uno de ellos… Una joya del Consejo, el puesto que ocupaba le había sido cedido a él, después de que Stelius lo eliminara.  A él… ¿Por qué? El Consejo siempre lo supo y no hizo nada.

Micher había entregado un servicio fiel al Consejo, cumplía su trabajo sin piedad porque tras cada Justicar exterminado, creía estar vengando la muerte de Stelius. Y ahora salía a la luz, que todo era una vil mentira. Que había sido utilizado, que cada uno de ellos se había reído a sus espaldas. Lo furia lo envolvió, sus uñas crecieron como dagas de acero, y las puntas de sus colmillos rompieron la piel de su labio inferior. Los quería muertos, quería que todos fueran exterminados.

No importa… —intentó calmarlo Stelius.

¿Cómo que no importa? —Reparó Micher ofendido — ¿Cómo te atreves a decir que no importa?

Stelius tuvo que sujetarlo con más fuerza para evitar que escapara de entre sus brazos. Aun con todo, intentaba no hacerle daño.

Estás conmigo ahora. Voy a vengar lo que nos hicieron. No debes preocuparte, vamos a derrocar al consejo, todo está planeado. Bajo nuestros pies hay todo un ejército de opositores… No quiero que estés con ellos cuando esta guerra empiece, quédate, ya no tenemos que separarnos. 

  

Micher se abrazó a él y lo besó, no quería escuchar promesas, ni hacer planes… ya no había tiempo, no para él.

Stelius lo rodeó protegiéndolo de la misma manera en la que lo hacía cuando eran humanos, creyó encontrar un “me quedare contigo” en ese gesto y sintiéndose dichoso, atrapó su boca con una ternura que era de agradecer.

Micher ofreció sus labios entreabiertos en respuesta y se dejó alimentar por las ansias y la ferocidad de su amante, quien, completamente seducido por su fragante y engañosamente delicado cuerpo, besó y se restregó contra su cuello. Deseando impregnarse de ese sugerente olor a bergamota que desprendía, un aroma demasiado humano para un vampiro.

Prenda por prenda fue retirada con respeto, casi con adoración. La desnudez de Micher era imponente. Ningún tipo de tela, por muy costosa que fuera, alcanzaba a igualar su belleza. Las manos de Stelius anduvieron libres por sus formas, memorizándolas, idolatrándolas. Fue amable con él cuando lo condujo hasta la cama, lo llevó de su mano y no se desvistió hasta que Micher estuvo cómodo. Cuando obtuvo su aprobación, atacó su cuello hincándole los dientes vehementemente, perforando su piel y bebiendo el néctar de su delirio hasta debilitarlo. Micher  se dejó caer sobre las finas sábanas, se removía bajo él y le ofreció su cuello sin reservas para que nadie se atreviera a decir que él no sabía amar y, sobre todo, para que a Stelius no le quedara el menor resquicio de duda de su  entrega. Le ofrendaba su cuello y su sangre y con cada gota… su respeto, su confianza y su existencia misma… la humildad de su sumisión y aún en su debilidad, el grito silencioso de que se reconocía propiedad de Stelius. Le pertenecía a él y a nadie más, para siempre en la eternidad.

 

Dos cuerpos poderos, desnudos y deseando unirse hasta volverse uno mismo. El deseo los dominaba, sus cuerpos agrietados por los años buscaban curarse mutuamente mientras se frotaban. Stelius descendió con besos ardorosos por el pecho de su amante, lamiendo, mordiendo, recordando esa piel, explorándola. Micher tuvo a bien comparar las ansias de Stelius con un Judas que intentaba condenarlo con sus besos a la perdición absoluta, que deseaba perderlo en ese laberinto que había construido para él con su cuerpo. Volviéndolo pecador, confinándolo al infierno, pero… ¿cuál infierno? Él ya había vivido uno aquí en la tierra, atado a una eternidad que no deseaba, sin poder dormir, llorando en las madrugadas y lo peor de todo, sin Stelius.  No había peor dolor que ese, simplemente no existía.

—Jamás te dejaré ir, no voy a renunciar a ti —soltó Stelius, mientras volvía a su boca —. Hoy empieza nuestra nueva vida, todo aquello que pudimos ser, lo viviremos por la eternidad.

¿Cómo decirle? Micher escuchaba sus palabras deseando aferrarse a ellas, soñando con esa nueva vida, con ser todo aquello que no pudieron cuando humanos… ¿Cómo explicarle a Stelius lo que él mismo no comprendía? ¿Cómo…?

De que manera le decía que su iglesia no ofrecía absoluciones, que las amnistías no existían entre los miembros del consejo. Que lo que estaban haciendo, el mundo lo desaprueba. Y el cielo mismo los expiaría, los llamaría enfermos y de ser descubiertos lo condenarían a él a un rezo eterno, una penitencia de veneno fresco cada semana  que volvería cada domingo más sombrío. Le ordenarían curarse, mientras hacía plegarias incesantes en ese santuario de mentiras. Lo obligarían a contar sus pecados mientras afilan los cuchillos. Y a Stelius… a él lo matarían, lo volvería un pagano y lo ofrecerían como amante a la luz del sol.

Micher no podía permitirlo. Su iglesia le exigía un sacrificio, la orden con los sellos de todos los Ancianos, era clara. Debía llevar ante ellos algo sustancioso para el plato fuerte, alguien que pudiera alimentar al montón de fieles hambrientos que aguardaban.  Era una locura, aun si calificaba de pecado, solo Stelius podía llevarlo al cielo, solo estando con él era humano, solo entonces se sentía limpio.

 

Micher separó sus piernas para él, no necesitaba acciones protocolarias, lo quería dentro, lo quería ya.  Pero Stelius no tenía su misma prisa, bajó por su abdomen y su vientre bajo, besó la piel suave de sus muslos como despedida y le obsequió un lengüetazo rápido sobre su hombría. Micher tembló como hoja de papel ante las sensaciones.

Un placer tan humano que casi era imposible que pudiera sentirlo. Stelius continúo consintiéndolo, regalándose esas caricias lentas, húmedas, casi morbosas, pero que dejaba en claro su dominación sobre Micher. Con cada nueva chupada, lo hacía interpretar todas y cada una de esas metáforas de presa y depredador. Con cada roce de su lengua experta, incluso con la presión que sus labios ejercían sobre el pene de Micher, se mostraba a la perfección quien comía y quien era comido.

Haciendo uso de su poder, Stelius le compartía sus recuerdos más preciados, las tantas veces en las que se entregaron sin reservas. Cada una perfectamente detallada, la primera noche que yacieron juntos, la ultima…

El tiempo perdió sentido para Micher, si pasaba o permanecía inalterado, dejó de importar. Porque Stelius no solo le estaba haciendo el amor a su cuerpo, sino también a su mente y su corazón. Lo hacía languidecer con sus caricias, desfallecía en su boca y por muy morboso que pudiera parecer, enloquecía en la mirada azul profundo de su amante,  mientras lo observaba tomarlo con su boca.

Stelius lo extasiaba, sus manos recorrían cada poro de su piel, lo tentaba, prometía entrar pero se detenía… lo asechaba, aguardaba el momento justo.

Cuando la excitación en Micher llegó a su punto máximo y su necesidad le hizo rogar, Stelius se posicionó entre sus piernas, primero batiendo sus sexos en un exigente duelo de placer. Durezas que se retaban, haciéndolos jadear. Ferocidad y un fuego que comenzaba a derretirlos.

Micher arañándole la espalda, Stelius asegurándose de que las piernas ajenas se anudaran a su cadera y más gemidos ahogados. La voluntad y docilidad de Micher ante el pene de Stelius desapareciendo en su interior, apretándolo y dejándole sentir su calor, suspirándole en la cara y provocándole escalofríos por todo el cuerpo. Volviéndose un precioso desastre mientras era invadido. Sus ojos suplicantes que le dedicaban miradas que equivalían al beso más urgente, mismo que Stelius no dudó en obsequiarle. Un beso lento, intenso, fiel, un beso húmedo de su propia sangre. La sensación de beberse en los labios de Stelius fue excitante, pero no superaba las sensaciones de sentirlo penetrarlo como si fuera un león hambriento de deseo, una bestia en celo dispuesto a llenarlo por completo conforme se iba perdiendo en el brillo de sus ojos, mirándose cada vez más de cerca, respirando confundidos mientras sus labios luchan mordiéndose y besándose salvajemente. Como no queriendo olvidar que juntos podían sentirse más vivos que nunca, más humanos. Volviéndose estiletes y sombras de color de humo que se prometen en silencio que esos ojos de penumbra nunca serán de nadie más sino mutuos. Y en otro beso, condenándose a la perdición absoluta, mientras Stelius le relataba la bella prosa de sus perversiones, arremetiendo contra él, sin piedad.

Sus cuerpos que no se cansan, pasiones que no menguan, pero que  logran hacer temblar a Micher de pies a cabeza. Stelius casi a punto de rendirse, reconoce su propio final en las ansias de su amante, y  en una entrega brutal, lo empala hasta que no hay más que pueda entrar y no por eso se detiene. Micher no puede hacer otra cosa que gritar y abrirse más, ofreciéndose. Lo recibe con gusto, seduciéndolo, aceptando todo lo que Stelius quiera darle y entregándose sin reservas.

Sus cuerpos logran una sincronía perfecta en una danza de pasiones sin límite. Se rozan duros, el aire los ahoga, todo se vuelve un calor abrazador y el gozo más humano los hace estallar. Stelius lo llena con su ferocidad, mientras Micher humedece sus estómagos.

El tiempo se desvanece como humo, ellos vuelven a ser solo un par de humanos a quienes la vida les ha regalo un efímero momento en el paraíso. Stelius resguarda a Micher, el único hombre o inmortal que evocaría amor en ese corazón que ha dejado de latir. Y le pide que duerma, tal y como en aquel diciembre quince, le promete que mañana estará ahí para él.

Micher lo abraza con fuerza, tragándose el dolor que lo consume. Cansado por el momento, por los insoportables años que ha tenido que existir sin él, por el cúmulo de emociones, por la intensa dicha de toparse nuevamente con Stelius. La dicha de saber que está vivo, que continuara existiendo. Se exige mantener los ojos abiertos el mayor tiempo posible, deseando guardar en su memoria cada uno de sus gestos, mirar sus ojos azul-gris que poco a poco se dejan vencer, hasta que se van cerrando. Disfrutar de escucharlo respirar, acariciar sus cabellos lacios y blancos como nubes. Sin perder detalle de lo más mínimo, deseándolo todo, anhelando cada aspecto de lo que su amante representa.  Porque es justo ahora que logra darse  cuenta que aquello que estaba buscando, estaba en sí mismo, en sobrellevar una vida que valía la pena vivirla por alguien más, si ese alguien es Stelius.

Todo había valido la pena por este momento, el amor de su vida y también de su muerte, lo sabía… ahora estaba enterado de que todo este tiempo, Micher estuvo desesperadamente solo. Porque solo él era el indicado. Solo Stelius.

 

Al amanecer, cuando las cortinas metálicas se activaron, Stelius despertó sobresaltado; frente a sus ojos, el ventanal mostraba un cielo anaranjado, producto de un inevitable amanecer. Se sintió débil, como todo vampiro ante el poder del sol. Sin embargo, se obligó a abandonar el lecho y acercándose a la ventana que se cerraba lentamente, miró maravillado aquello que nunca más tendría, el amanecer. Sí, el sol y el amor. En el centro del patio, la bella imagen de aquel a quien anoche, olvidó confesarle que aún le amaba, que dos siglos separados no habían logrado cambiar sus sentimientos.

Pero ahora era tarde, de espaldas a él, Micher encaraba sin miedo el final de su existencia. Stelius gritó llamándolo hasta desgarrarse la garganta y aun después, cuando su voz no salía… no por ello dejó de llamarle. Ni toda su fuerza logró hacer que las puertas o ventanas cedieran, todo se fue cerrando y la habitación se llenó de oscuridad. Estupefacto e impotente, Stelius alcanzó a ver por una de las rendijas como Micher dejaba que el sol iluminara su regazo, llevándose con él su enorme tristeza como si fuera libre.

Y en el último momento, justo antes de convertirse en ceniza, la voz de Micher retumbo en su mente:

Creé en las posibilidades —le dijo —, a partir de hoy, alguien estará cuidándote. No entristezcas, fue mi decisión.

 

Y sobre el velador una nota escrita en perfecta caligrafía, que decía:

Recibí la única orden que no estoy dispuesto a cumplir, destruirte.

   Esto debía suceder, con mi muerte tu pueblo será libre. Hazlo valer, por ellos, por nosotros… en esta habitación encontraras todo lo necesario para entrar al Castillo del Consejo sin ser visto. No pierdas el rumbo. En cuanto a mí, finalmente encontré una manera de ser.

   Estaba en busca de una esperanza que llevara tu nombre y así como la arena se une al mar, nuestro amor permanecerá hasta que los océanos se sequen. Recuérdalo, vida: El último en dormirse apaga la luna.

Siempre tuyo, Micher.

 

 

 

Ese día al caer el sol, destrozado, vuelto un laberinto de emociones encontradas y preguntándose quién era realmente, ahora que Micher no estaba con él, siendo apenas una sombra en ese cuarto desierto, Stelius se puso de pie, limpio su rostro lloroso… dobló y guardó la nota que había leído vez tras vez las últimas horas y abandonó la residencia, llevándose con él, el dolor más grande, además de toda la información necesaria sobre los Damastos y una capa de seda negra veneciana con forro de terciopelo de algodón del mismo color.

Fue así como inicio el fin de los Señores de la Oscuridad.

Capítulo 1

2

 

 

EL ÚLTIMO EN DORMIRSE APAGA LA LUNA

 

Por: Ángeles Guzmán

 

 

Capítulo Uno

 

 

Zúrich, Suiza

Año en curso.

 

Casi dos siglos después de la cruel separación, el destino se encaprichó en cruzar nuevamente sus caminos. El motivo de este inesperado encuentro venía revestido de ese tinte poético que caracteriza a los amores trágicos. Un pasado que dolía como una herida profunda que sangra y atormenta, pero que no mata. Un futuro imprevisible, peligroso. La vida de uno amenazando la existencia del otro. Una crónica que prometía sangre y desolación con mala propaganda, pero que al mismo tiempo, quizá como una burla; le escupía en la cara a ese pasado romántico que juntos habían compartido.

En la hendidura más pequeña del olvido, una última vela de esperanza había permanecido encendida. Una luz tímida, débil, sí, aunque con la fuerza suficiente para romper la oscuridad, iluminando la realidad. Revelando una verdad innegable. Tantos rostros, tantos cuerpos… pero no se reconocieron por su aspecto, sino por el olor del amor que había quedado pendiente entre ellos.

Promesas y  planes que se rompieron aquella fría noche de finales de invierno de 1820. Quién diría que de esa ocasión habían pasado ya, ciento noventa y siete años.

 

Hoy, era el último día de la fiesta de Sechseläuten. Los Justicar, representantes de los doce distritos de Zúrich y sus más allegados, se habían reunido en la sala principal del Opernhaus para una velada previa a la quema de Böögg. Pasado de las diez de la noche, cuando la celebración se encontraba en su apogeo, una inesperada presencia adornó el vestíbulo al entrar.

El olor del recién llegado, así como su irreprochable apariencia, logró que todos los presentes olvidaran momentáneamente sus conversaciones y plantaran los ojos en él. El sonido liviano de sus pasos, la fina tela que envolvía su cuerpo y la brisa muda que mecía su cabello blondo. Demasiado perfecto… grácilmente humano, pero más salvaje e inmortal que nunca.

Stelios, siguió con la mirada la ostentosa entrada que Micher Niakaris interpretó al atravesar la estancia. La prepotencia de su porte típico de un Damasto, y su animadversión al no tomarse la molestia,  de siquiera, mirar a la Corte de Ancianos, a quienes indirectamente obligó a relegarse para no entorpecer el ritmo ladino de sus pasos, era casi de aplaudírsele. Su comportamiento soberbio, bien podría tomarse como una muestra de provocación. Su sola presencia en este lugar, sabiéndose enemigo de todos ellos, era la declaración pública de su falta de respeto por los Justicar y en especial de su líder. Un insulto que le hubiese valido la muerte, si Micher no fuera la joya del Consejo de Vampiros. Un puesto privilegiado que había obtenido precisamente por su despiadado trato hacia los Justicar. Así como a cualquier otro grupo opositor que osara levantarse en contra del consejo.

Su posición le otorgaba inmunidad. En sus venas corría la sangre de los nacidos puros y en sus manos estaba el poder de los antiguos. El que en ese momento se encontrara solo y en territorio enemigo, no significaba que no pudiera reducirlos a ceniza, si es que así lo deseaba. A Micher Niakaris nadie tenía el poder de decirle que no.

Ninguna puerta le era cerrada.

Quien tenía el placer o desdicha de conocerlo —todo dependía de qué lado de la línea se encontrase. Los más astutos comprendían que el lado ventajoso seria siempre aquel en el que Micher se encontraba —sabían que en él no había cabida para la humildad, mucho menos para la piedad. Conocía el poder de su fiereza y solía bañar su belleza en la sangre de sus víctimas. Alguien como Micher, no necesitaba ser humilde. No mientras llevase en la comisura de los labios la mala hierba, el veneno  que había seducido y atormentado a tantos en el pasado y que aun lo hacía. Él condenaba sin clemencia.

 

Micher estaba rodeado de un demonismo encantador. En secreto, la mayoría le admiraban con la misma intensidad que le temían. Solo Stelius era capaz de mirarlo con la decepción marcada y destellante en sus  orbes azules, solo él, era capaz de distinguir la fragilidad de su alma corrompida, y en sus desplantes veía la inmadurez de su eterna juventud. La misma juventud e inmadurez que lo había llevado a perder la razón por él, a amarlo con la cordura de los locos.

Ese era su secreto, su pecado y su más grande traición. El afecto de Micher era prohibido para él, sin embargo; lo anhelaba casi con ansias sexuales. El delito consistía en que Stelios Skourtis era el líder de los Justicar, opositor confeso del Consejo de Vampiros y por tanto, enemigo y principal rival de Micher, cuya destrucción significaría la libertad no solo de su pueblo, sino de todos los grupos que se oponen al gobierno ventajoso del Consejo.

La esperanza de todos ellos estaba puesta en los hombros de Stelios, quien se caracterizaba por ser un osado guerrero al defender su clan. Un inmortal esplendido de carácter recio, libre  y tenaz. Poseía la habilidad de trastornar mentes con su penetrante mirada azul-gris. Su altura y hercúleo cuerpo le habían otorgado el título del “Desmembrador”. Era temido entre los Vasallos del Consejo por sus actos de tortura y humillación pública por la que hacía pasar a sus cautivos. La rudeza de su estilo, sus movimientos toscos y su hablar tan ordinario lo volvían el tipo de inmortal que Micher no podría ignorar.

Tal era el caso, que su presencia esa noche, era únicamente con la finalidad de verlo a él. De comprobar con sus propios ojos lo que había alcanzado a ver hacía poco menos de dos semanas atrás; durante un enfrentamiento entre opositores y el ejército del Consejo. Todo el mundo estaba hablando de ello, decían que el líder de los Justicar finalmente había mostrado su rostro. Que era el mismísimo diablo encarnado, pero Micher jamás imaginó que ese demonio vil que logró causar bajas importantes en su ejército, vistiera el cuerpo de  su único y más grande amor. Un amor que él sabía fallecido. Sin embargo, el mismo Consejo que lo había dado por muerto, fue el encargado de confirmarle hacía dos días, que Stelius era un señor de la noche. La explicación vino junto con una orden expedida y sellada por los Antiguos.

Lo que en ella se le exigía era temerario, pero también el motivo perfecto para verlo de nuevo, y no en batalla. Lo necesitaba tranquilo, sin amenazas aparentes. Esa fue la razón por la que esperó hasta esta ocasión. Durante el festejo de Böögg se izaban las banderas blancas de la paz y todos eran señores oscuros. Micher sabía que no iba a tener mejor oportunidad, necesitaba mirarlo en la distancia y recordar. Buscar esa paz que desde hace casi doscientos años le había sido negada. Quería un consuelo y estaba seguro que lo encontraría si se perdía en las cortinas blancas del cabello de Stelius, en su largura y espesura como hilos de seda contados que enmarcaban su cintura y envolvían su lechosa piel. Se sentiría dichoso si tan solo esos ojos azules volvieran a mirarlo… y es que los años no lo habían cambiado del todo.

Admiraba de Stelius que parecía siempre estar listo para la batalla, su ferocidad y la lealtad hacía su gente. También su sencillez al vestir. Seguía siendo el tipo de persona al que no le preocupaba ensuciarse.

Mientras atravesaba el amplio salón, pudo sentirlo incluso antes de que sus ojos lo encontrasen. Su olor era distinto, quizá debía culpar de ello a su entusiasta acompañante. Micher llegó hasta el ventanal amplio que daba al patio trasero, y perdió su mirada en lo que había del otro lado del cristal.

Cuando la luna iluminó su figura, Stelius tuvo la humana necesidad de contener el aliento: su melena rojiza, el batir de sus pestañas y esos altaneros ojos color avellana. La forma de su boca, el color de sus labios, la suave piel de su cuello, su jodido olor que había estado torturándolo desde que hizo su aparatosa entrada.  Era perfecto, tanto que los colmillos de Stelius crecieron sedientos de sangre y excitación.

 

Micher era dolorosamente hermoso ante sus ojos y su atuendo esa noche, hacía lucir ridículos a todos los presentes, incluyéndole. Su costoso traje de vicuña y pashmina que había sido confeccionado a medida, resaltaba su estilizado, delgado, pero sólido cuerpo. De sus hombros colgaba una inmodesta capa de seda negra veneciana con forro de terciopelo de algodón del mismo color. Los botones de diamante incrustado en oro resaltaban a la luz de los candelabros de cristal, de la misma manera en que lo hacían los anillos en sus manos y el pendiente en lóbulo izquierdo de su oreja. El brillo del pequeño diamante resaltaba su rostro letalmente aniñado. Stelius lo reconoció de inmediato, no era coincidencia que el otro pendiente lo tuviera él.

Tanto Stelius como Micher eran grandes señores de la noche, más dueños de la oscuridad de lo que nunca habían sido de nada más. Inmortales formidables, conocidos y respetados dentro del circulo de depredadores. Declarados enemigos formales, pero ¿realmente eran enemigos? O ¿Era el odio que se presumía había entre ellos el único vestigio de lo que un día fue un apasionado amor entre humanos?

 

Ha pasado el tiempo…—desde una esquina apartada del gentío, Stelius envió un pensamiento de sondeo que retumbó en la mente Micher —. ¿Por qué estás aquí?

Micher volvió la mirada al interior del salón y la centró justamente en la esquina desde donde había provenido el pensamiento. No respondió, pero miró a Stelius con ojos exhaustos de palabras, dolido por la frialdad del saludo, aunque tampoco esperaba que corriera a abrazarlo. A decir verdad, ni él mismo sabía que esperaba conseguir con todo esto. Se limitó entonces a mirarlo, porque hablar ya no era necesario. Entre ellos, al parecer ya todo estaba dicho. Sin embargo, disimuló. No iba a ponerse sentimental ahora, esa parte en él estaba muerta, velada y enterrada. Y debía permanecer de ese modo si es que realmente se iba a atrever a hacer lo que había planeado.

No dices nada… —presionó Stelius.

Camina a mi lado —. Ofreció Micher, respondiendo con otro pensamiento de sondeo. Era lo más conveniente, ya que ambos habían sido convertidos por el mismo inmortal, nadie más que ellos captaría la señal de sus mensajes. —Te compartiré las cosas que quieres… las cosas que los chicos buenos no saben— dijo eso ultimo, mirando al joven que se sujetaba a su brazo.

Stelius sonrió avergonzado, como decirle que nada de esto era lo que parecía, que no tenía relación con ese joven que le miraba sorprendido por verlo reír. Y es que la amargura había quedado retratada en las facciones de Stelius desde que perdió a Micher.

¿Por qué estás aquí? —prefirió insistir con la pregunta para apartar la atención de él, pero Micher, no respondió.

El motivo de su presencia era claro: Micher lo quería a él, batirse en otro tipo de duelo hasta que la mañana abriera los ojos. Para cuando Stelius comprendió el mensaje, Micher ya se retiraba del salón esperando ser seguido. Descendió lento por los escalones y caminó sin detenerse hasta que estuvo fuera del edificio. Siguió hasta la esquina y al doblar, Stelius ya se encontraba ahí, con la espalda contra la barda húmeda. Los segundos que le tomó a Micher llegar junto a Stelius, tuvo el sabor amargo de la soledad, y  el nerviosismo de los que se enamoran por primera vez. Las manos les temblaban pero eran los sentimientos que los inundaban los que hacían que sus cuerpos se estremeciesen.

Silencio. Había tanto que decir pero cada uno en su situación, esperaban que fuese el otro el que se atreviera a hablar primero. Micher deseaba una disculpa que no llegaba y Stelius no podía hacer otro cosa que mirarlo y contener las ganas de envolverlo entre sus brazos para no soltarlo jamás.

 

El pelirrojo fue el primero en rendirse. El momento era incomodo si se limitaban a mirarse, si Stelius se lo comía con la intensidad de sus ojos azules, mientras se relamía vez tras vez los labios. Una sonrisa discreta seguida de un asentimiento fue la seña de Micher antes de guiar el camino por entre las arboladas hasta la calle Bahnhofstrasse. El recorrido seria largo.

No se opuso cuando Stelius envolvió su mano para entrelazar sus dedos. Por el contrario, la sensación fue agradable aunque triste, pues le evocó recuerdos que atesoraba y creyó jamás volvería a disfrutar.

Se discreto —le recriminó Micher de todas formas —tu novio podría vernos.

Stelius suspiró al oír su voz, la añoranza lo golpeo de frente, pero las palabras de Micher dolieron más. Molesto, lo aprisionó  contra el primer muro que encontró.

Humano o inmortal, solo he tenido un amor en toda mi vida —aclaró con voz dura—solo un hombre ha sabido encender mi cuerpo. En mi alma esta tatuado su nombre y he sufrido todos estos años al saber que me odia… me odia —repitió desecho—desea matarme, tanto… que aún no me explico por qué no lo has hecho.

¿Sabías de mí y no me buscaste? —El reproche implícito en la pregunta, descolocó a Stelius, pero Micher estaba lo suficientemente herido como para pretender que no le dolía. —No puedo creerlo… —dijo casi al borde de las lágrimas, por supuesto, no lloraría. Rabia, tristeza… dolor. Mucho dolor, coraje y en vez de derramar lagrimas, lo empujó para librarse de su agarre — ¿Tienes siquiera una idea de lo que me has hecho? ¿Del dolor que me has causado?

Querías matarme…

Y te lo mereces, mereces que te haga pedazos y alimente con tus restos a las aves de carroña —gritó Micher, presa de la histeria.

Hazlo entonces, mátame —aceptó Stelius. —Ni siquiera voy a meter las manos. Mátame de una vez por todas, porque si no lo haces te juro por mi existencia que te tomaré aquí mismo.