Capítulo VIII – What the hell?

 

Capítulo VIII

What the hell?

 

1.

Martín no había ido a estudiar el día anterior. Fue una decisión que se había visto obligado a tomar para comenzar a dar solución a sus asuntos… A algunos de ellos, al menos. Académicamente este hecho no era algo que fuera a acarrearle mayores inconvenientes, pues aún estaban en plena semana de celebración por el aniversario del instituto y la falta de cátedras hacía que esta no fuese una preocupación.

Había sido responsable —Eso, si deliberadamente se omitía el hecho de que haría novillos— y había avisado a Ricardo que estaría ausente, pues en calidad de director de curso de su grupo él era el directo encargado de los reportes de inasistencias. Una vez hecho esto, quizá un poco de culpa e incomodidad se habían aposentado en el pecho de Martín una vez que se dio cuenta de que probablemente esta había sido una manera bastante desangelada de despedirse de él, sobre todo después de haber tenido sexo por primera —y segunda— vez; un hecho que, por cierto, establecía de forma contundente el tipo de relación que ahora los unía. Pero fue lo que hubo, por lo menos de su parte: Nada de romanticismo, sino puro y físico pragmatismo. Practicidad, esa fue la idea a la que Martín se aferró mientras de manera deliberada borró de su mente la palabra «frívolo» que por alguna razón insistía en instalarse en su cabeza para referirse a sí mismo cada vez que pensaba en esta situación en particular.

No necesitó ser ninguna clase de genio o alguien particularmente sensible para llegar a la conclusión de que Ricardo esperaba algo diferente para el final de la velada/faena que compartieron, pues bastó con ver su cara de contrariedad cuando después de algunas escuetas palabras acerca de tener algo inaplazable que hacer al día siguiente, hecho que le impediría presentarse en el instituto, Martín atravesó de forma apresurada el apartamento y se marchó.

Con el transcurso de las horas, y a estas alturas del partido, ni siquiera el mismo Martín era capaz de explicarse el porqué de su comportamiento. Sabía que tenía algunas cosas que procesar y varios  asuntos en los cuales pensar, claro —No todos los días se presentaba en casa de uno de sus profesores para tener sexo con él—, pero tampoco era como para haber salido corriendo de esa manera. Martín se negaba a acariciar la idea de que quizás le hubiese dado un repentino ataque de timidez, porque en definitiva no había una característica más alejada de él que esta.

Negó con la cabeza de forma efusiva cuando contempló que quizá lo que le sacó corriendo del departamento de Ricardo hubiera sido la decepción o el desagrado,   porque de hecho su memoria se empeñaba en recordarle con lujo de detalles como de a gusto y gratamente sorprendido se había sentido por cómo había resultado ser el sexo con Ricardo; y aún si en un principio les había costado un poco encontrar el ritmo y sentirse del todo cómodos, se acoplaron rápidamente el uno al otro, además, ¿Cómo hubiese podido ser posible que el sexo con Ricardo fuera algo diferente a ‘Tremendamente Bueno’ cuando su profesor tenía una hermosa obra de arte en medio de las piernas? Martín podía incluso jurar que nunca había visto uno tan bonito, estético y agradable a la vista como el suyo.

La única conclusión a la que había podido llegar hasta ahora, era que no estaba pasando por un buen momento y eso lo estaba haciendo comportarse como un completo idiota, porque si analizaba la situación, había obtenido de la experiencia justo lo que estaba buscando. Mientras estuvo con Ricardo, su mente había estado ocupada y centrada en lo que tenía entre manos (Jah), había dejado de pensar en Joaquín… ¿Entonces por qué se había comportado como un ridículo e insensible principiante de mierda?

Lloriqueó en su fuero interno.

Ricardo no había insistido en saber cuál sería la razón de su inasistencia una vez que quedó lo suficientemente claro que él no tenía la más mínima intención de explicarse a fondo con respecto al asunto, pero si Martín creyó que el hecho de que ahora conociera partes del cuerpo de Ricardo que de seguro ni siquiera él mismo había sido capaz de ver sin la ayuda de un espejo, o de extravagantes habilidades de contorción, iba servirle para que su profesor tuviera algún tipo de deferencia hacia su persona en cuanto a lo académico respectaba, se dio cuenta de que más le valía no apostar por ello, porque en cuanto su camino y el de Mimí se cruzaron al final del día anterior, su madre había saltado sobre él para preguntarle por qué le había sido notificada su inasistencia, si hasta donde ella sabía su juicioso y normalmente nada problemático hijo había salido temprano camino al instituto.

 

***

 

Básicamente había dos razones por las cuales Martín detestaba faltar a clases. La primera, y seguro la más obvia, era el hecho de retrasarse con las asignaturas y volver sintiéndose en el limbo, cuestión que, por fortuna, no aplicaba para este caso. La segunda, aquella que lo tenía rumiando su mal humor mientras veía de lejos a algunos chicos escalando un muro artificial instalado en mitad de una colosal pista de obstáculos en medio de uno de los patios para diversión del alumnado, era el hecho de que después de faltar por cualquier lapso de tiempo el reincorporarse significara que lo miraran como si acabara de llegar de una misión espacial, de la cárcel, de acompañar a alguien en su lecho de muerte o algo por el estilo y estuvieran esperando los detalles.

Por lo general esta sensación, y la incomodidad que conllevaba, era algo que solía evaporarse después de un rato —un par de horas a lo sumo— y siempre se limitaba a las personas de su grupo. En esta ocasión, sin embargo, Martín sentía que las miradas en su dirección estaban siendo demasiado intensas, nada furtivas sino por completo descaradas, además de estar proviniendo también de un montón de estudiantes de otros grupos a los que ni siquiera conocía. ¿De verdad existía tanta curiosidad por su persona? ¿Estarían igual de curiosos si supieran que no había faltado por nada glamoroso o escandaloso, sino para permitir que tomaran muestras de su sangre y orina, de paso haciéndolo dejar muy en evidencia cuan profunda era su fobia por las agujas y la sangre, en especial si era la suya?

Cuando sus ojos estaban a punto de perderse dentro de su cabeza por la intensidad con la que los estaba blanqueando a causa de haber descubierto que las miradas estaban acompañadas de cuchicheos y risitas estúpidas, todo movimiento en él se detuvo y su corazón comenzó a retumbar con violencia en su pecho. ¿Qué pasaba si quizás alguien allí había descubierto que se había acostado con Ricardo y había esparcido el chisme? ¿Era siquiera eso posible?

«Mierda…» Detestaría que Ricardo se viera envuelto en algo como eso después de haberle asegurado que inmiscuirse en aquella situación no le traería ningún tipo de inconvenientes. Además, sería un completo incordio para él mismo también.

No. Martín decidió que eso era imposible. Si alguien se hubiese enterado y hubiera algún tipo de alboroto alrededor de la situación, Ricardo le habría dicho algo, ¿cierto? Lo había visto de manera breve esa misma mañana antes de que todos se entregaran al desenfreno de la costosa diversión a disposición del alumnado durante una semana entera. Ambos habían cruzado miradas y Martín no percibió nada histérico en sus ojos —Tampoco confusión o reproche, lo cual era un alivio—. Estaba seguro que de haber sido descubiertos para ese momento el simple hecho de estar sentado allí perdiendo el tiempo le estaría siendo algo imposible.

Se obligó a sí mismo a tranquilizarse y a dejar de lado la paranoia. Si no era Ricardo el motivo por el que estaba siendo tan profunda y groseramente escrutado, la posible razón no le interesaba en lo absoluto; hasta donde él sabía podía tratarse de una completa estupidez. Respiró profundo  y luego de abandonar el lugar en el que había estado sentado cerca de veinte minutos, caminó hacia uno de los carritos de café y se sirvió lo más dulce y espumoso que encontró. Se rio en su fuero interno al recordar que durante un corto lapso de su vida había disfrutado de tomar su café solo, muy cargado y sin azúcar.

Se concentró en disfrutar de su bebida, de su sabor dulce y su reconfortante temperatura, sopesando si conseguir un brownie para acompañar sería demasiada azúcar en su sistema; estaba seguro de que así era, pero en serio que lo estaba contemplando. Estaba a punto de sucumbir ante las demandas de azúcar de su cuerpo, pero su camino al casino se vio reducido a solo un intento.

Trató de esquivar a la chica, ignorando por completo su existencia, pero cada vez que daba un paso hacia el costado tratando de seguir con su camino, ella insistía en cortarle el avance de nuevo, atravesándose frente a él, así que se vio obligado a detenerse y prestarle atención. La sonrisa maliciosa en su rostro era algo difícil de ignorar, de todas formas.

—¿Qué quieres, Georgina?— Preguntó con resignación. En ese momento Martín necesitaba algo muy simple para ser feliz durante cinco minutos: quería un maldito brownie y un poco de paz, sólo eso. ¿Por qué tenían que arruinárselo? Continuó andando con ella a su lado, poco dispuesto a renunciar al postre.

—¿Tanto te cuesta decir un simple «Hola» Martín?

—Hola, Martín—. Se burló y ella blanqueó los ojos—. Ya, en serio, ¿Qué quieres? ¿Qué es lo que puedo hacer por ti… Para que me dejes en paz?

Contrario a lo que Martín hubiese esperado, como respuesta a sus palabras ella sonrió.

—Estás consciente de que ahora mismo eres la comidilla en todo el instituto, ¿cierto?

El retintín burlón en la voz de Georgina provocó que se le erizaran los vellos de la nuca con desagrado. Por supuesto que lo había notado y estaba horriblemente consciente del asunto, la situación le molestaba y no tener idea de lo que ocurría era algo condenadamente desagradable; su lengua picaba por preguntarle, pero él no pensaba darle el gusto. Supuso que ella terminaría por aclararle el asunto en algún momento, eso era para lo que ella estaba allí, después de todo: para echarle limón en la herida, cualquiera que esta fuese.

—¿Y qué con eso? Siempre están hablando a espaldas de alguien y otra vez me tocó a mí. Algunas personas deberían conseguirse una vida y meterse en sus propios asuntos.

Georgina abrió ampliamente sus bonitos ojos y se los clavó directo en el rostro.

—Tú sí que eres un gran descarado, Martín. El asunto aquí no es si las personas hablan o si deberían o no meterse en los asuntos de los demás, o qué cosas salen a la luz y cuáles no. La gran, grandísima, cuestión aquí es, ¿Por qué estás engañando a Gonzalo? ¿Cómo te atreviste? Él es una persona tan dulce y tú… —Georgina dejó de mirarlo con sorna y cambió su expresión por una que estaba cargada de algo que se parecía demasiado al desprecio—. Ni siquiera fuiste capaz de ser discreto por el bien de tu novio. Al menos debiste asegurarte de que no se enterara de que estaba cargando con un monumental par de cuernos.

Martín detuvo sus pasos y dejó de dar los cortos sorbos que pretendían hacerlo parecer indiferente. Un hilo frío se deslizó desde su coronilla e hizo un centelleante y rápido recorrido a través de su columna vertebral hasta aposentar un helado vació en la boca de su estómago. La bebida entre sus manos se convirtió en amarga hiel. ¿Engañar a Gonzalo? ¿Ser discreto? ¿Cuernos? ¿Era acaso que había tenido razón y todos se habían enterado de que la relación entre Ricardo y él ahora incluía la palabra ‘Sexo’?

Martín nunca había sentido su vida sexual como algo sucio o desviado que debiera ocultar en el rincón más oscuro, pero tampoco era algo para andar ventilando. Las circunstancias siempre lo habían hecho guarecerla bajo las alas de la más arraigada y protectora discreción. Desde su mala experiencia con Raúl había decidido que su vida escolar y su vida sexual jamás cruzarían sus caminos de nuevo, bajo ninguna circunstancia; ahora, a vistas de lo que estaba ocurriendo, veía que había tenido razón y que más le habría valido hacer caso a sus propias palabras y haberse mantenido derecho con eso. ¿Cómo se habrían enterado? ¿Los siguieron? ¿Por qué aún no había sido llamado a la rectoría? ¿Dónde estaba Ricardo?

Martín se aclaró la garganta después de haber dado un rápido barrido con la vista que dio como resultado que su esperanza de dar casualmente con Ricardo muriera en el acto y trató de sonar inocente. Necesitaba claridad acerca de lo que estaba ocurriendo.

—¿De dónde sacas que estoy engañando a Gonzalo?—. Decidió ser vago con sus palabras. Habría sido una estupidez mencionar el nombre de Ricardo si ella no lo había hecho aún.

Georgina frunció el ceño y pasó de estar a su lado a estar frente a él, con los brazos cruzados sobre el pecho y mirándolo directo a los ojos.

—¿No lo haces, acaso?—. Martín negó con la cabeza, sintiéndose ridículo por tener que empezar a poner cara de ofendido cuando de hecho sí que había engañado a Gonzalo… Eso si Gonzalo fuese su novio real, así que de hecho era al contrario y era a Ricardo a quien engañaba con Gonzalo, porque Ricardo había sido su novio falso primero y… «Concéntrate, Martín»— ¿Me lo juras?

—¡Que no!—. Quizá gritarle a la persona que podía poner fin a su confusión no era lo más inteligente para hacer, así que se esforzó en moderar el tono de su voz—. No entiendo por qué dices algo tan horrible, el que sólo lo insinúes es de mal gusto y ofensivo.

—No fui yo quien lo insinuó o, en este caso, lo afirmó a voz en cuello. Así que no es conmigo con quien debes ofenderte, querido.

—No estoy entendiendo nada. ¿Quién dijo qué?—. Georgina entornó los ojos, estudiando su rostro a profundidad, como si intentara leerlo y llegar al fondo mismo de su alma.

—¿De verdad no tienes idea de lo que estoy diciendo?—. De nuevo Martín negó con la cabeza, empezando a hartarse en serio—. Martín, si eso es cierto, entonces creo que más te habría valido  haber venido al instituto ayer.

Georgina maniobró con su teléfono celular hasta que dio con un video que comenzó a reproducir para él.

 

 

Frente a ella, aparentemente inmerso en un mar de recuerdos inducido por las fotografías, estaba su padre. Aun le costaba creer que él estuviera allí, con ella después de tantos años separados sin tener ningún tipo de contacto… Tenía sentimientos encontrados al respecto. El cariño estaba presente, por supuesto, era su padre después de todo, pero también lo estaban la incomodidad, el desapego que los años de separación habían endurecido y la culpa por no sentir un cariño incondicional e inquebrantable. Todos estos sentimientos eran como oleaje dentro de ella. Iban y venían a voluntad, la mayoría de veces en completo desorden.

Aquel hombre de aspecto melancólico, meditabundo y lejano era la causa de que ella se hubiese empeñado tan a fondo en hacerle sentir a su hijo que era amado y aceptado sin importar si sus preferencias se alejaban de lo que todos esperaban.

Micaela aún recordaba el momentáneo vacío en el estómago cuando Martín, con apenas once años y la plena confianza en ella y en el mundo que sólo la niñez es capaz de otorgar, le dijo que se decantaba más por los chicos que por las chicas. El vacío en el estómago no obedeció en lo absoluto a algún tipo de decepción o rechazo. Hubo sorpresa, claro que la hubo, pero el malestar obedeció al hecho de que al escuchar a su pequeño, a la razón de su vida, haciendo tal afirmación, de inmediato trajo a su memoria el rostro triste de su padre; aquel hombre que lloraba a escondidas cuando creía que nadie era testigo de sus lágrimas… Al hombre que había vivido en la mentira, ocultando su verdadera naturaleza para complacer a los demás. Aquel que sufrió a escondidas, añorando otro destino.

Un hombre roto y con miedo.

En aquel lejano día del décimo primer cumpleaños de Martín, su corazón se había retorcido al imaginar que su hijo pudiera llegar a tener un futuro parecido. Primero muerta antes de permitir que él creciera cohibido, triste, acomplejado y rechazado. La bilis, caliente y amarga, había trepado por su garganta ante la repulsiva idea de imaginar a su niño viviendo  una vida miserable llena de mentiras y vacío descontento… Tal como la que había vivido su padre hasta el día en que tuvo las agallas para renunciar a todo —Incluyéndola— para ser feliz. Ahora el amante de su padre había muerto y él parecía haber vuelto a ser el hombre vacío que ella recordaba, pero por lo menos había tenido su cuota de cielo durante casi quince años. Un recuerdo al cual aferrarse.

A Micaela no le parecía justo que su padre siempre estuviera a su lado en sus momentos más melancólicos, pues nunca parecían haber coincidido en esta vida cuando él se sentía feliz.

Desde que Martín había abierto los ojos a este mundo, asegurar su felicidad y plenitud se había convertido en una de las metas de su vida. Quería a su hijo sonriendo, desarrollándose como un triunfador y libre de amar a quien quisiera. La presencia de Abraham en su sala de estar actuaba como un recordatorio de aquella promesa hecha a su bebé aquel día de enero de hacía casi dieciocho años atrás.

—Dios…—La voz de Abraham era ahora más sibilante que antaño, muy parecida a la manera de hablar que tenía Julián. Micaela supuso que las parejas sí que terminaban pareciéndose después de todo. Una experiencia que ella nunca tendría—. ¿Es este mi nieto?—. Preguntó el hombre, con la admiración, la curiosidad y el orgullo rezumando en su tono de voz.

Mimí acortó la distancia entre ellos con un par de pasos, tomó el marco plateado que su padre extendía hacia ella en espera de una confirmación.

—Así es, este es mi Martín—. Una sonrisa involuntaria se apoderó de sus facciones. Estaba enamorada de su hijo y se sentía orgullosa de él—. Papá, hay cualquier cantidad de fotografías suyas en la red, en eventos junto a mamá, junto a mí… Más de un centenar de fotos fueron liberadas el año pasado cuando mamá lo obligó a participar en el baile de debutantes del club. ¿Nunca tecleaste su nombre, aunque fuera por curiosidad? Fue de esta manera en la que me mantuve al tanto de tu vida y como me enteré de lo que había pasado con Julián—. Mimí no pudo evitar reclamar, dolida ante el evidente hecho de que su padre no había sabido cómo se veía su nieto en la actualidad, hasta hacía un par de minutos atrás al toparse con los marcos de fotos. Este sentimiento fue incluso superior al pequeño rastro de culpa que la atacó cuando al mencionar el nombre del fallecido amante de su padre, este no pudo ocultar un rictus de dolor en su rostro.

—¿Baile de debutantes?—. Abraham rio de forma ligera, deliberadamente ignorando la mención de su difunto amante—. ¿Aún hacen eso?

Mimí decidió seguirle el juego y hablar del superficial tema de la presentación en sociedad de los jóvenes de élite.

—Todavía. Ya no es tan rígido como antes, sin embargo Martín detestó cada segundo que debió invertir en ello, quejándose de lo elitista y estirado que le pareció todo. Trató de escabullirse del compromiso aduciendo que aún no tenía dieciocho, pero tal como te digo ahora son muy lapsos con el asunto y solo quieren la mayor cantidad de «buenos apellidos» que puedan poner en la lista de participantes. Decidí mantenerme al margen y dejar que fuera él quien decidiera; no me gustan demasiado ese tipo de eventos y descubrí que a mi hijo tampoco, sin embargo hay algunas cosas a las que él es capaz de ceder para complacer a su abuela.

—Sí, Macarena tiene la particularidad de conseguir siempre todo lo que se propone, sin importar el qué, o el cómo.

Mimí torció el gesto ante las palabras de su padre.

—No hagas eso, por favor, papá.

—¿Hacer qué?—. El hombre ladeó la cabeza en aparente confusión y eso caldeó su estado de ánimo.

—Tratar de mostrar a mi madre como la mala de la historia. ¿De qué puede culpársele a ella en todo caso? ¿De tratar que la gente a su alrededor haga lo que ella considera correcto y beneficioso? ¿De siempre estar al pendiente de su familia y tratar de protegerlos? Y con respecto a ti, ¿Puedes acaso culparla por tratar de evitar que su hogar se desmoronara? ¿Culparla por aferrarse al hombre con el que se casó y del que estaba enamorada? Yo ciertamente no creo que te haya puesto un arma en la cabeza para obligarte a casarte con ella, así que tú no eres del todo una víctima aquí. Quizá fue un poco egoísta de su parte el ignorar tus sentimientos cuando le confesaste todo y en definitiva ella debió dejarte marchar de inmediato y no vivir tantos años amarrada a ti y a la mentira en lugar de aceptar la realidad, pero tú también tuviste tu cuota de culpa en todo esto.

»Tú la utilizaste de tapadera por miedo a enfrentar al mundo y a tu familia con tu verdadera naturaleza. Ella también era infeliz, papá, y no creo que necesites que yo te lo diga para saberlo porque eso era algo demasiado obvio, incluso para mí que era tan joven cuando descubrí que ustedes dos juntos eran la descripción del desastre en lo que a una vida de pareja respectaba. Tú la heriste, no la amabas, ¡Y descaradamente te enamoraste del hombre de su mejor amiga! El hecho de que se tratara de otro hombre no fue lo realmente importante, lo fue la traición. Habría sido igual de malo si se hubiese tratado de una mujer—. No estaba en los planes de Micaela el perder el control y reclamar, pero al parecer eso no estaba por completo en sus manos. Todo lo que sentía y pensaba con respecto a la situación de sus padres estaba escapando de su boca y desparramándose entre ellos como el agua de una cascada—. No solo mi madre salió herida. ¿Pensaste en la exesposa de Julián? ¿O en sus hijos? Ellos también resultaron heridos. Ellos también fueron dejados de lado. Todo este tiempo tuve que fingir que no sabía nada porque a ellos nunca se les puso al tanto de nada—. Tomó una dura respiración— ¿Sabes qué? Me estoy desviando. Ese ni siquiera es el asunto… A mí sólo me importa mi hijo. Martín, él…

—Nunca podré pedir suficientes disculpas por haberme alejado de ustedes en la manera en la que lo hice, ¿cierto?—. Abraham la interrumpió, tomó el porta retratos que Micaela había mantenido apretado entre sus manos y lo devolvió a su lugar—. ¿Teclea Martín mi nombre? ¿Le hablas de mí? ¿Le has enseñado mis fotos? ¿Sabe mi nieto cómo se ve su viejo abuelo o por qué no ha estado en su vida durante todos estos años?

De la garganta de Mimí brotó una risa corta, dura, amarga, incrédula, también culpable y resignada. ¿Estaba acaso su padre atreviéndose a reclamar de alguna manera cuando él había desaparecido de la vida de todos por voluntad y cuenta propia? De sus palabras podía concluir que él estaba dando por sentado que Martín no estaba al tanto de él, pero ella apostaba a que su padre no sabía qué tan malo era, o que las cosas no se limitaban a ella hablando poco de su progenitor u ocultando el hecho de que era gay y se había marchado para vivir con su amante.

Había llegado para Mimí el momento de empezar a decir sus verdades y aceptar las pequeñas o grandes culpas que le correspondían. Era el momento de tratar de empezar a corregir los errores estúpidos y egoístas de su pasado. Con una mano señalando hacia uno de los sofás, invitó a su padre a tomar asiento.

Durante casi una semana Mimí había permanecido en el rincón del mundo al que su padre se había mudado después de su partida; durante ese lapso de tiempo el hombre había estado en lo más crudo de su duelo, además de procesando el hecho de haberse reencontrado con ella, así que se había limitado a acompañarlo, a estar allí para él y tratar de recuperar algo del tiempo perdido, pero ahora que él había decidido seguirla en definitiva podían hablar de otros asuntos.

Lola apareció en la estancia cargando con una charola reluciente que expedía el embriagador olor de la bizcochería recién horneada. Mimí le pidió a la mujer que la dejara y ella misma se encargó de servir el agua caliente y poner dentro de las tazas los fragrantes sobres de infusión, tratando con ello de ganar tiempo para pensar una manera adecuada de decir lo que tenía para decir. Rápidamente llegó a la conclusión de que no había una manera suave o llena de florituras para hacerlo. Lo que tenía para decirle al hombre era algo simple en realidad, más eso no lo hacía menos duro. Ella estaba, después de todo, a punto de revelar un rasgo mezquino en el que durante años se había obligado a no pensar.

—Cuando te fuiste— comenzó—, lo lamenté mucho, papá. Y a pesar de ello me sentí en paz porque acepté que aunque doliera estabas haciendo lo correcto. Era… justo, aun si las cosas no debieron ser exactamente de la manera en las que sucedieron. Tenías todo el derecho a buscar y asegurar tu felicidad y tranquilidad, incluso si eso significara que te alejaras. Traté de ponerme en tu lugar, así que me dije que estaba bien—. La voz de Mimí era firme a pesar de las fuertes emociones que la embargaban—. Sin embargo, cuando empezaste a desaparecer de mi vida, cuando las cartas y las llamadas cesaron, fue claro para mí que todo lo concerniente a esta familia había dejado de interesarte.

—Mimí, las cosas no fueron precisamente así y lo sabes porque he tratado de explicártelo. Julián, él…

—Desapareciste de nuestras vidas por completo—. No estaba dispuesta a dar tregua, había estado guardándose las cosas durante demasiado tiempo—. Sin dejar rastro, sin comunicarte al menos conmigo, así que me tomé la libertad, o el atrevimiento, ya no lo sé, de empezar a pensar en ti como una persona por completo egoísta y me llené de rabia tanto como lo hice de congoja. Me sentía por completo ridícula al estar resintiendo el que mi padre me hubiese abandonado, siendo como era, ya una mujer adulta e incluso tenía un hijo, pero así fue… Así me sentí: Abandonada.

—Oh, Mimí, lo siento tanto—. Abraham puso una mano sobre su antebrazo mientras ella se estremecía a causa de la nostalgia. «Mimí» fue él quien le obsequió aquel dulce apodo cuando ella era apenas una niña, cuando MI-MIcaela se acortó a sólo «Mimí»

—Te extrañé, papá. Te extrañé tanto. ¿Qué te hizo pensar que yo no lo haría, que no te echaría en falta o que yo ya no te necesitaba? Nuestra relación era buena… ¿O acaso sólo yo lo percibía de ese modo? ¿Qué fue lo que pasó? Me gustaba tu fe ciega en mí, amaba esas locas audiciones que improvisabas en el jardín delantero y que mamá odiaba, extrañé que hubiera montones de personas igual de soñadoras a ti pululando por la casa por causa tuya. Odié que mamá tratara de deshacerse de todo recuerdo que hubiera de ti y por eso compré esta casa—. Aun si su voz seguía sonando firme, ella lo miró con los ojos brillantes—. Creí que aunque te fueras no te perdería, pero me equivoqué.

La expresión de Abraham mostró como si él hubiese encajado aquello como un golpe.

—Hija, yo… Yo sé que no tengo una excusa valedera para justificar la manera en la que me comporté; además nunca he estado verdaderamente interesado en hacerlo, en justificarme y esperar comprensión. Sin embargo intentaré hacerme entender porque eres la única persona a la que podría deberle una explicación o me importa que me juzgue o lo que piense—. Abraham apoyó los codos en las rodillas y entrelazó sus dedos bajo su mentón, inclinando su cuerpo hacia delante de manera significativa—.  A lo largo de mi vida nunca me sentí conforme, siempre sentí que la vida me debía algo, ¿sabes? Que debía ser compensado por no haber vivido de la manera en que lo quise, por no haber tenido a la persona que amaba y la vida que anhelaba; así que cuando por fin tuve la oportunidad, cuando fabriqué esa oportunidad, agarré todo a manos llenas. Sentí que había llegado el momento de pensar sólo en mí, de dejar de esconderme, de complacer a los demás y finalmente ser libre… Y así lo hice. Fui feliz mientras duró. Cada segundo al lado de Julián valió cualquier sacrificio que yo haya hecho para que estar junto a él fuera posible. Haya sido o no lo correcto, fue esa la decisión que tomé, una con la que tendré que vivir y lidiar con sus consecuencias, cualquiera que estas sean. Quiero recuperar el tiempo perdido, pero eso sólo será posible si me lo permites.

Mimí tragó el nudo en su garganta. Había tanto para decir, pero quizá ni siquiera valiera la pena hacerlo. Ya no. Dio un ligero sorbo a su humeante taza e invitó a su padre a hacer lo mismo. «Recuperar el tiempo perdido» Su padre decía aquello tan fácil, y quizá lo era, pero, ¿Estaba dispuesta? Ya no era una mocosa con una necesidad desesperada por la presencia paterna, por otra parte jamás se era demasiado mayor para querer tener a un padre alrededor… Lo cual era una conclusión un tanto hipócrita de su parte, teniendo en cuenta que aún no había tenido el valor para poner solución a la situación de Martín con respecto a su progenitor.

«Un problema a la vez» Pensó.

—Papá, espero que no te atrevas a juzgarme mal, pero la única vez que mi hijo preguntó por mi padre… Cometí la estupidez de dejarme llevar por mi enojo y le dije que habías muerto—. Ella no esperó por el efecto de sus palabras—. Así que supongo que no, que él nunca ha tecleado tu nombre en la red; no sabe quién o cómo eres, además, mamá se deshizo de todas tus fotografías, hasta donde yo sé en esta casa o en la suya no queda una sola imagen tuya, así que tú ni siquiera eres un recuerdo para él; pero supongo que eso no te importa demasiado porque no tuviste tiempo de crear un lazo con él. Si no importaron los veintiún años que tú y yo estuvimos uno en la vida del otro para dejarme de lado, qué puede importarte una persona con la que apenas conviviste durante dos años y medio cuando aún era un bebé… Pero todo sacrificio es válido en nombre del amor, ¿no es así? ¿No es esa tu filosofía de vida?

Mimí suspiró y su determinación se tambaleó un poco cuando miró en dirección a su padre. El hombre parecía herido y sorprendido a partes casi iguales, así que la taza en sus manos tembló de manera casi imperceptible mientras hacía esfuerzos por serenarse. Quizá estaba siendo demasiado dura, pero eso era algo de esperarse cuando ella había estado tan resentida como para haber llegado a mentirle tan descaradamente a su hijo.

—Oh, Dios—. Abraham soltó las palabras en un susurro.

—Sí, papá: Oh, Dios.

 

3.

Como un toro embravecido a punto de echar espuma por la boca. Así se veía Martín mientras más que caminar galopaba con zancadas largas de pisadas duras, tratando de encontrar a aquel grandísimo imbécil para partirle la cara. Iba a cortarle los huevos y luego se los iba a hacer comer.

Casi se le revienta la úlcera que no tenía cuando estaba viendo aquella infame declaración lanzada al aire sin más e inmortalizada en video en el teléfono de Georgina.

Por lo general Martín no solía poner demasiado de su interés en lo que los demás pudieran llegar a pensar o tuvieran para decir acerca de él. La mayoría de las veces eran meras especulaciones que morían con la rapidez con la que nacían; situación que él tomaba como la cuestión banal que era: la gente necesitando tener a alguien en la mira, alguien con quien saciar su estúpida necesidad de chismes. De vez en cuando le tocaba a él ser la víctima y se lo tomaba lo mejor que podía, pero eso no significaba que estaba dispuesto a aguantar el estar de boca en boca, viendo su reputación ser mellada a base de mentiras salidas de la boca de alguien de manera tan descarada.

—No entiendo, Martín—. Georgina trotaba a su lado, tratando de seguirle el paso con el aliento resollante—. Si nada de lo que dijo Ismael es cierto, ¿Por qué lo dijo entonces?

—¡No tengo la menor idea! Es lo que pretendo averiguar.

Ismael no era en lo absoluto una de sus personas favoritas. La animadversión era mutua, de hecho. La parte de niñez que habían compartido la habían pasado envueltos en la más sincera indiferencia; lo cual se traducía en que nunca tuvieron problemas en compartir algún que otro juego si estaban juntos, pero cuando no lo estuvieron ellos difícilmente se acordaron de la existencia del otro. Sin embargo todo mutó con el pasar de los años. Ellos no se soportaban y esta situación se había mantenido de esta manera más o menos desde que ambos habían entrado en la pubertad, cuando Ismael había comenzado a convertirse en una estrella musculosa del equipo de Rugby  que se burlaba de todos junto a sus amigos y Martín en un joven hombre espigado, elegante y sanamente vanidoso que amaba el dibujo y ocasionalmente también se burlaba de todos, aunque de manera mucho más discreta y sin amigos cercanos que se le conocieran, a su alrededor.

Que Ismael de la nada hubiera intentado besarlo en uno de los baños cerca de un año y medio atrás sólo había ayudado a caldear los ánimos y a abrir aún más la brecha entre ellos. Que en su momento Martín le hubiese llamado ‘Closetero’ después de patearle la entrepierna, o que desde entonces Ismael hubiese retanqueado su vocabulario con montones de comentarios homofóbicos, no había sido de ayuda tampoco.

Después de este suceso todo se había calmado, cayendo en una especie de rutina. Se detestaban, sí; si se prestaba la oportunidad o hacía falta no dudaban en decirse cosas hirientes, pero a pesar de aquel lejano rodillazo en la entrepierna nunca se habían ido a los puños o ido demasiado lejos en su desagrado por el otro. Si uno atacaba verbalmente en alguna manera al otro, el aludido respondería de inmediato tanto o más hiriente, sin embargo después de la afrenta lo más probable era que se olvidaran de la mutua existencia hasta que algo volviera a surgir. A Martín no le interesaba tanto Ismael como para dedicarle más de unos minutos de su tiempo, jamás gastaría más energía de la necesaria manteniéndolo en su mente o planeando algo permanente en su contra.

Eran algo parecido al agua y al aceite, sin embargo Martín había hecho una tregua con él en su fuero interno, aun si no había sido consciente de ello, y esto obedecía a algo sospechosamente parecido a la empatía.

Si bien Martín nunca había pasado por la dramática salida del closet que parecía siempre acarrear consigo el drama desmedido de la rasgadura de vestiduras paternas, el ‘¿Por qué a mi?’ y el popular ‘¿Qué hicimos mal?’, o el final del mundo como lo conocía, tenía un corazón lo suficientemente sensible como para que una persona pasando por esta situación no le fuese algo del todo indiferente. La situación de Ismael, aquella que había escuchado de sus propios labios durante lo que bien pudo haber sido catalogado como un evento histórico —pues compartieron la misma mesa durante un almuerzo sin insultarse… Demasiado— de alguna manera le había calado y había mirado a su compañero de clases con algo de simpatía.

¡¡Entonces por qué carajos tenía el imbécil que cagarse encima de eso!!

Ismael básicamente había gritado en medio de la cafetería que él y Martín tenían algo. Georgina le había dicho que Ismael sólo había abierto la boca y hecho su declaración después de que sus «Amigos» lo hubiesen hostigado y empezado a burlarse de él de una manera horrible y cruel pero ¿Y eso qué? ¿Por qué tenía el imbécil que inmiscuirlo a él? Martín no andaba con pendejos de instituto, jamás, y ese en definitiva no era un argumento que le conviniera utilizar para defenderse y desmentir las palabras de Ismael.

Sus examigos ya se habían encargado de hacer circular el chisme acerca de su homosexualidad —Lo cual, por cierto, le dio a Martín la certeza de que quizá no era tan buena idea no tener a sus compañeros de clase agregados a sus redes sociales y así no enterarse nunca de nada— lo cual era una completa mierda, porque el idiota confió en ellos y le clavaron un cuchillo en la espalda y pisotearon su confianza pero, ¿Qué tenía él que ver con todo eso?

¿En serio tenía Ismael que gritarle a su exnovia que Martín era diez veces mejor que ella en la cama? Eso probablemente era cierto, pero no era algo educado o adecuado para decir, ¡Además era mentira! El bastardo no se había conformado con decir que estaban saliendo sino que además ya habían tenido sexo. ¿Era eso lo que se obtenía de prestar el oído a alguien en un momento de necesidad y haberse abstenido de tomar su charola, levantado del asiento y haberlo dejado solo?

Todo habría podido pasar por Martín finalmente saliendo con alguien en el instituto, pero todo siempre podía empeorar… Y de seguro lo hizo, porque en el video se puede claramente escuchar a Georgina asegurando que ella conocía al novio de Martín y que este era un chico adorable que no se merecía tal tipo de traición; así que además había quedado frente a todos como un maldito infiel. Que alguien le disparara, por favor.

—Martín, espera. No tan rápido, por favor… Mis zapatos son demasiado altos y…

Martín se detuvo en seco, provocando que Georgina se estrellara contra su espalda.

—¿Estás segura de que Ismael vino hoy? —Ella asintió con la cabeza—. ¿Dónde pudo haberse metido? Apuesto a que está escondiéndose de mí, y si yo fuese él también lo estaría haciendo, porque voy a ponerlo en su lugar. ¿Qué haces siguiéndome, de todas formas?

—Mmm, pues… Creo que me siento un poco culpable—. Ella apartó la mirada mientras parpadeaba como en las caricaturas

—¿Culpable? Huh, eso es algo nuevo—. Martín reanudó el camino, ignorando los murmullos y miradas de aquellos con quienes se cruzaban—. ¿Exactamente por qué te sientes culpable? ¿Por haber dado por sentado que soy una basura traidora? ¿Por haberle dicho a todos algo que obviamente es privado, puesto que no quería decírtelo a ti? Gonzalo es mi asunto, ¿sabes? No lo quiero de boca en boca en este nido de ratas chismosas. Dime algo, Georgina, ¿Exactamente con qué intención grabaste ese video?

A Martín no le gustó la manera en la que ella bajó la vista aún más y jugueteó con sus dedos.

—Bueno… Antes que nada debes tener en cuenta que ignoraste mis mensajes. Te escribí preguntándote si todo lo que había dicho Ismael era cierto.

—Obviamente eso no fue lo más inteligente de mi parte, lo admito ahora, pero si, ignoré tus mensajes porque de verdad estaba ocupado y luego sólo los olvidé, no puedes culparme por eso. Eso aún no explica por qué…

—Yo quizá le envié el video a Gonzalo… Y quizá luego lo llamé y le conté todo… Y a Carolina—. Con cada nueva palabra que salía de la boca de Georgina el volumen de su voz descendía una octava.

—Que tú hiciste qué… ¡¿Por qué?!

¿A qué horas había sido eso? Había estado con Gonzalo hasta cerca de las 2:00 de la tarde el día anterior y Gonzalo no le había dicho nada acerca de Georgina llamándolo a contarle que le estaban montando los cuernos.

—¿Gonza no te dijo nada? Mmm, verás, yo de verdad creí que todo lo que decía Ismael era cierto, y me pareció tan injusto que… Pero viendo el estado en el que estás puedo concluir que eres tú quien dice la verdad justo ahora y… ¡Oh Dios!—Ella se tapó la boca con una mano y habló a través de sus dedos con los ojos desorbitados de quien acaba de descubrir algo importante y terrorífico—. Creí estar haciendo lo correcto y ahora lo más probable es que si Gonzalo y tú terminan sea por mi culpa.

Ella parecía de verdad afectada. Gonzalo tenía una nueva fan, perfecto.

—Georgina, si eso llega a ocurrir, no te lo voy a perdonar—. ¿Quién dijo que no podía aprovecharse un poco de la situación? Quizá lograra deshacerse de ella de una vez por todas.

Continuaron su camino durante un par de minutos más, en completo silencio.

—Ey, Martín, ¿Estás buscando a tu novio?—. Alguien de su grupo lanzó aquel estúpido cuestionamiento al cruzarse con ellos. Martín suspiró con irritación, instándose internamente a sí mismo a contenerse.

—De hecho sí. ¿Sabes dónde está?—. No pensaba perder el tiempo aclarándole nada. Sus energías estaban siendo reservadas exclusivamente para patear el trasero de Ismael.

—Pues… Acabo de ver a Ismael entrar a los baños de allí arriba—. El chico señaló con un vago movimiento de cabeza hacia las escaleras más cercanas. Era evidente que estaba decepcionado por no haber arrancado alguna reacción en Martín, más al verlo avanzar en la dirección que indicó, de seguro vio renacer sus esperanzas al pescar una nueva oportunidad—. Un rapidito en los baños, ¿Eh?

—¡Cállate, idiota!—. Sorpresivamente, fue Georgina quien saltó en su defensa.

 

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