Prefacio Hágase tu voluntad

PREFACIO

Dublín, Irlanda.

Noviembre del 2000.

      Eran poco más de las diez de la noche cuando nos escabullimos de los dormitorios.

Justo después de que la última revisión nocturna concluyera, salimos por la ventana  que daba al patio trasero. Corrimos entre los cultivos hasta panel y escalamos el ramaje que recubría la pared. Nos movíamos rápido y cuidando de hacer el menor ruido posible. Cada uno de los pasos a seguir fue planeado a detalle, tanto como pudimos. Después de todo, ¿qué era lo que sabíamos nosotros sobre fugarse? Esa noche, no fuimos los únicos en escapar y creímos que esa sería una ventaja que nos daría más tiempo, pero había algo más, y es que una vez lejos de este lugar yo no contaba con los recursos necesarios para sobrevivir por mi cuenta, peor que eso, la simple posibilidad de que, si quiera, lográramos escapar se reducían de forma alarmante ante nuestros pies. Bastaba un pequeño error para que nos descubrieran y nadie quería eso. Sin embargo, aunque tenía miedo, nada de lo anterior me hizo desistir de intentarlo. Era nuestro derecho irnos y con tal de no quedarme yo estaba dispuesto a dar todo cuanto poseía, mi vida misma de ser necesario.

      La regla era simple, una vez que estuviéramos en el bosque cada quien correría por un rumbo diferente, para, de ser posible, jamás volver a mirarnos los rostros. Solo teníamos una oportunidad. Correr sin rumbo por el bosque con la esperanza de llegar a la carretera o morir en el intento; cualquiera de ellas me parecía una idea mucho más alentadora que pasar un día más en esa cartuja.

      Las heladas nocturnas eran comunes durante estas fechas, pero si esperábamos hasta diciembre todo se complicaría. La nieve, los ríos que se congelan y  el inicio de las festividades; sabíamos que para evitar que algún chico pretendiera mezclarse entre el gentío y escapar, se reforzaba la seguridad. Solo un pequeño grupo de niños asistía a las misas, el resto de nosotros permanecíamos en los dormitorios bajo llave y con los perros sueltos en el patio. Como cada año y justo antes de las festividades, un nuevo sacerdote era enviado a San Patricio, esperábamos por esta fecha desde hacía varias semanas hasta que finalmente hoy, el nuevo padre llegó de Arklow. Como una forma de bienvenida los sacerdotes y monjes se habían reunido en la capilla para los rezos de consagración, aprovechamos entonces para escapar. Era mala suerte que precisamente hoy hiciera un frío insoportable. O quizá, la algidez que me carcomía la piel era producto de la adrenalina que inundaba mi cuerpo, temblaba porque estaba asustado.

      Una vez que todos estuvimos del otro lado del ramaje, hubo un breve segundo en el que el miedo me paralizó. Creo que fue un sentimiento compartido, éramos doce, según pude contar. Doce niños de entre siete y trece años. Solo por un segundo pensé en todos los demás que se quedaban y me llené de lástima,  de rabia. Pero yo había llegado hasta aquí  y no iba a detenerme ahora, con eso en mente, me aferré a lo único que poseía… Lo único que realmente valía en mi vida y salí disparado de frente al bosque. Iba a alejarme de este maldito lugar, me iría lejos, muy lejos de aquí. Olvidaría todo lo que pasó como si solo se hubiese tratado de un mal sueño del que finalmente había podido despertar. Jamás hablaría de lo que sucedió, jamás les daría un segundo más de mi vida… Jamás.

      Una vez andados los primeros metros de distancia, reconocí una semillita de esperanza en mi interior. Realmente estaba pasando… Quise hacer planes mientras corría por entre los árboles; finalmente comenzaba a probar un poco del sabor de mi libertad y me gustaba. Sin embargo, cuando las luces de los reflectores del edificio al encenderse  amenazaron mi independencia, su claridad casi me hace llorar. Esa luz que aclaraba mi camino, se volvió grilletes que me perseguían, su reflejo sobre los arboles buscaba esclavizarme de nuevo, desvaneciendo mis esperanzas de un futuro distinto. Fue entonces que el verdadero miedo se apoderó  de mis piernas obligándome a correr más rápido de lo que jamás lo había hecho en mi vida. Solo podía pensar en que si nos atrapaban, nos matarían allí mismo y mi vida quizás no importaba tanto como la de él.

      No fue la peor noche de mi vida, pero si una terrible, de penumbra: sin luna y sin estrellas. Todo lo que nos rodeaba era una densa oscuridad que no permitía, si quiera, que miráramos nuestras manos al ponerlas frente a nuestros rostros. El bosque entero temblaba bajo nuestros pies y el terror se propagó en mi interior al escuchar el inconfundible ladrido de los perros.

       ¡Maldita sea!

      Odiaba a esos animales que habían sido entrenados para matar. En una ocasión los ví cazar: rápidos y certeros, una vez que ponían la mirada en una presa no había hacia donde escapar.

      — ¡Los perros, Patrick…! — dijo Jacob en un hilo de voz, mientras se sujetaba con más fuerza a mi mano. Le aterraban. Y con justo motivo, ninguno de los que presenciamos esa escena, la íbamos a olvidar jamás.  

      Con esa intensión nos obligaron a mirar: era una chica recién llegada que no se había podido adaptar. Dijeron que cometió una falta grave, la verdad es que no necesitábamos cometer alguna falta para que se nos castigara, pero lo que le hicieron a ella nos marcó a todos para siempre. En esa ocasión nos sacaron a todos a la explanada y el padre Raphael nos obligó a mirar como sus perros la hacían pedazos. Recuerdo su cara y lo mucho que parecía disfrutar de lo que los animales hacían. Él era así, el peor entre todos. Y volvió a los perros bestias como él.

       Aun a veces soñaba con ella, su nombre nunca lo supe, ninguno de nosotros usaba un nombre propio, en cambio teníamos números que nos fueron asignados y nos llamaban por ellos. En mis sueños la 3652 gritaba de nuevo. Me aterraba dormir y soñar con ella.

      —Soltaron a los perros… —agregó Jacob y su voz me devolvió a la angustiante realidad.

      — ¡Corre! ¡Corre…! —Presioné, obligándome a borrar esa imagen de mi mente y centrarme en encontrar el mejor camino entre tanta oscuridad.

      Escuché el ruido del agua al caer y tiré de él lo más fuerte que pude mientras aceleraba el ritmo de mis piernas. Era el rio de escarpadas, el arroyo indicaba que estábamos yendo al oeste. Entramos a una costanera despejada y justo ahí, frente a nosotros, estaba el cauce. No lo pensé, pues quizá de haberlo hecho no me hubiera atrevido. Simplemente me aventé al agua llevándome a Jacob conmigo. Era hondo, pero estrechó. Luché desesperadamente contra la corriente hasta que pude sacarlo y me obligué a  hacer de menos que el agua estaba helada. Los dos temblábamos: yo no sabía si eran mis dientes los que castañeaban o el crujir de las ramas bajo nuestros pies. Lo que sí, es que el agua me había despejado lo suficiente la mente como para permitir que  me ubicara.

      Reconocí el lugar, sabía que había una cuesta y que debíamos avanzar con precaución, sin embargo; se impuso mi prisa sobre mi cautela. Y el hecho de que casi no pudiera ver nada, no me ayudó. Avancé un poco más con Jacob a mi espalda, dimos con el repecho y ambos rodamos ladera abajo, como unos cuatro o cinco metros. Llegamos al piso y el golpe seco del final me dejó mareado. Sentía que me ahogaba, mi respiración agitada me quemaba las fosas nasales y me ardía cada vez que respiraba. Me moría de cansancio pero aun con todo, me obligué a levantarme.

      Tiré de Jacob, pero él seguía entre las  hojas.

      —Ya no puedo…—dijo apenas en un quejido.

      — ¡Vamos! Solo un poco más…

      No quería escuchar que se rendía. No ahora que estábamos tan cerca.

      — ¡Estoy cansado, Patrick!

      Solté su mano solo para sujetarlo de su ropa y obligarlo a levantarse. Estábamos juntos en esto, teníamos que seguir. Teníamos que permanecer juntos.

      Ante mi insistencia él se esforzó, corrimos en línea recta  tanto como pudimos. El tiempo era relativo en ese momento, pero avanzamos varios kilómetros sin detenernos, quizá fue menos, no podría asegurarlo. Yo estaba seguro que habíamos perdido a los perros cuando cruzamos el rio, hasta que sus ladridos fueron nuevamente traídos por el viento. Estaban cerca y tras cada segundo los escuchaba con más claridad.

      Jacob se desplomó por tercera ocasión obligándome a detenerme. Él realmente ya no podía continuar y yo estaba consciente cuando decidí traerlo conmigo que su salud era delicada. El encierro de los últimos días lo tenía débil y le había obligado a correr despavorido por poco más de una hora. A ambos  se nos notaba el cansancio, pero no podíamos detenernos, no ahora.

      Jacob se me escurrió entre las manos hasta el piso y en ese momento me di cuenta que ya no podía sostenerlo. Yo mismo no tenía fuerzas para continuar. Estábamos tan cerca de la ciudad… Tan cerca.

      —Jaco, por favor —supliqué—solo un poco más. Un poco más y todo habrá acabado.

      —Y-ya no puedo… —la voz se le quebró, casi pude verlo llorar. Lo había visto llorar tantas veces que me sabía de memoria sus gestos. La expresión de su rostro, sus cejas contrayéndose y la línea de su boca inclinándose hacia abajo. Con la humedad de sus lágrimas cayendo por entre mis dedos supe que se había rendido y el cuerpo me dolió. — Perdóname…

      —No, no, no…no —repetí aterrado— ¡No! No, no… ¡Maldición, no! ¡Por favor! ¡Por favor, no!

      —Vete—dijo—hazlo.

      Se soltó de mí, poniendo ambas manos sobre el piso.

      —Ven conmigo—supliqué y fue mi turno de llorar— ¡Por favor! ¡Por favor, ven conmigo!

      —Si seguimos los dos nos van a atrapar. Vete, Patrick, vete y olvida que alguna vez estuviste aquí.

      —No, Jacob.

      Sujeté su rostro entre mis manos, no podía ver su llanto pero la humedad de sus lágrimas entre mis dedos era más intensa. Le había prometido sacarlo de aquí, irnos lejos donde nadie nos conociera y volver a empezar. Íbamos a estar juntos y yo jamás permitiría de nuevo que alguien le hiciera daño. Lo prometí… Se lo prometí.

      — ¡Vete! —repitió.

      Pero aun en ese momento tan decisivo para los dos, me detuve a robarle un beso. Un beso… El segundo que habíamos compartido. A mi edad, sabía del amor lo que mis padres pudieron enseñarme antes de morir. Mi padre besaba a mi madre cada vez que las palabras no le alcanzaban para demostrarle sus sentimientos. Y si en mí aun había un poco de amor, era únicamente para él. Éramos niños, él más que yo, pero se nos había obligado a crecer y sentir como hombres. Jacob era lo único limpio que había en mi vida, lo único bueno y no quería perderlo. Y si tenía que suceder, entonces quería llevarme algo de él que pudiera durarme la vida entera, así que tomé de sus labios un beso con sabor a sal y despedida. Y los malditos perros se escuchaban cada vez más cerca.

      —Por el amor de dios, vete de aquí, Patrick —sollozó sin apartarme —vete lejos y no mires atrás.

      Quizá él no entendía lo que estaba pidiéndome, pero al dejarlo estaba perdiendo una parte de mí. La mejor parte…Mi mano continuó rozando un segundo más la  piel suave de su rostro aun cuando ya le había dado la espalda y me sentí vacío cuando dejé de sentirlo entre mis dedos, pero ya había tomado la decisión… me alejé corriendo entre los árboles.

      Mis últimos cinco años de vida habían sido de sufrimiento. Dolor tras dolor, creí haberme hecho fuerte, sin embargo, y pese a todas las penurias que había pasado, soltarme de él en ese momento fue lo más difícil que tuve que hacer en mi vida.  

      Había roto mis promesas… Yo… Yo lo abandoné en ese lugar.

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