Capítulo 3

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CAPITULO TRES

 

 

Era simplemente imposible… pero ahí estaba. A él mismo le costaba creérselo. Leila lo había enfundado en un vestido simple de colores pasteles, unas medias transparentes y un par de zapatos con algo de altura. Carlos se miraba como si fuera otra persona… la chica del espejo era bella, con una cintura menuda, vientre plano, culo marcado y sus piernas…  ¿cómo nunca se había dado cuenta de lo torneadas y bien hechas que eran?

-. Camina… haz la prueba – lo animó Leila

Carlos aún estaba pegado en el espejo y movía la cabeza, negando mientras trataba de mantener el equilibrio

-. Voy a caerme y tú serás culpable de que me rompa los huesos

¿Cómo lo hacían las estudiantes de su clase? Algunas usaban tacos muy altos todos los días. Nunca había pensado en la dificultad que hacerlo suponía.

Leila le explicó y lo fue guiando con tranquilidad. Media hora después, Carlos daba pasos más seguros y sonreía tímidamente, aún inseguro.

-. Ahora, solo falta agregarle estilo a tu forma de moverte para convertirte en mi modelo perfecta

Leila respiraba orgullo por cada poro, pero Carlitos, a pesar de lo que veía en el espejo, se mostraba reticente. No era una chica ni una modelo.

-. Solo soy yo, disfrazado – comentó al espejo

Leila no se lo tomó bien

-. No sabes lo que dices!!! Esto que ves en el espejo es uno de mis mayores esfuerzos profesionales. Te he convertido en una preciosa chica, acaso no te das cuenta??

-. Si, pero…

Era poco habitual ver a Leila enojada

-. Vamos. Voy a demostrártelo para que no quepa duda.

Tiró a Carlos del brazo en dirección a la puerta de calle

-. ¿Qué haces? – trataba de seguirle los pasos montado sobre los tacos porque de otra manera terminaría en el suelo

-. Vamos a salir – dijo decidida sin soltarle el brazo

Era tanta la impresión de Carlitos y su miedo a perder el equilibrio que cuando quiso hablar ya estaban fuera de la casa, subiendo al auto de Leila.

-. Este es el trato – expuso Leila hablando de prisa todavía alterada – iremos al restaurant donde trabajas y tomaremos un jugo. Tú no te preocupes. Nadie va a reconocerte

-. No!  Yo no voy a bajarme de este auto – protestó Carlitos, cruzando los brazos enfurruñado y asustado a la vez

-. Escucha cariño, Si hay cualquier problema no volveré a presionarte. Lo juro!!! Pero si todo sale bien, como sé que será, tú y yo vamos a participar en ese concurso y ganarlo – Había más que decisión en las palabras de Leila. Estaba suplicando por mantener su negocio a flote

-. Solo entraremos a comprar el jugo y saldremos – aceptó Carlitos después de un tenso silencio

-. Si. De acuerdo

-. No deberías haberme puesto un vestido tan corto – reprochó Carlitos estirándolo dentro del auto en movimiento

No fue hasta que escuchó las carcajadas de Leila que reparó en lo que había dicho. Oh por Dios!!! no llevaba ni cinco minutos siendo mujer y ya estaba protestando por cómo le quedaba la ropa. Rieron hasta que la tirantez del ambiente se convirtió en un pequeño nerviosismo.

El pueblo era pequeño y solo habían tres lugares de comida rápida. La clientela era habitual en ciertos horarios pero a esa hora de la tarde, esperaban encontrarlo casi vacío. Leila estacionó cerca del local y respiró profundo

-. ¿Estás lista? – preguntó

Carlos estaba a punto de respirar profundo también pero se quedó en la intención al escuchar la pregunta

-. ¿Cómo que si estoy “lista”… querrás decir “listo”, no?

-. No. Yo estoy hablando con Carline. Tú no estás aquí. – rió ella ante su obvia equivocación.

-. Leila… si algo sale mal, si mis compañeros de trabajo me reconocen…

-. No va a pasar nada malo. Confía en mi, por favor.

No. Es decir, confiaba en Leila para muchas cosas. Era la única persona a quien le contaba casi todo, pero en esta locura… Dios!! ¿Por qué le había hecho caso??

-. Camina despacio y habla conmigo como si estuviéramos divertidas – Leila lo tomó del brazo.

Avanzaban por la calle y Carlos estaba a punto de entrar en pánico.

-. No estoy divirtiéndome

-. Recuerda lo que te dije

Si, claro. Hoy le había dado mil instrucciones y en horas lo había convertido en mujer. No se acordaba de nada.

-. Espera. No puedo. Hay mucha gente!!!

Estaban a punto de entrar y Carlos había cometido el error de mirar hacia dentro en vez de fijarse en sus propios pasos

Pero Leila no se detuvo y con una sonrisa amable sostuvo la puerta del local abierta para que “ella” entrara.

-. Está casi vacío. Recuerda que eres Carline y actúa como ella

No le respondió porque no podía hablar. ¡Actuar como Carline?… ¿Quién demonios era Carline cino una invención?  Siguió avanzando sin mirar a nadie, El corazón le latía tan de prisa que pensó que iba a darle un ataque.. NO! No podía morir en su lugar de trabajo y mas encima vestido de mujer. Por dentro estaba paralizado por el miedo.

-. Hola, chicas ¿Qué van a querer?

Roger las estaba atendiendo. Carlos lo miró de reojo… varias veces.

-. Un jugo de piña para mí – dijo Leila – Y tu, Carline, ¿Qué vas a querer?

Dios!! Mas encima quería que hablara!!! Le iba a dar algo… Por un breve segundo sus piernas tambalearon pero se repuso de inmediato. Sin quererlo, producto del tambaleo, su mano se elevó en el aire y de pronto se encontró frente a su compañero de trabajo, con la mano levantada, la boca abierta y siendo objeto de una mirada muy atenta

-. Jugo de piña – tartamudeó muy despacio dirigiendo la mano hacia un mechón de su cabello que acomodó detrás de la oreja en un gesto muy femenino.

Roger sonrió de vuelta… Carlos abrió grandes los ojos. Conocía esa sonrisa pero no podía creerlo

-. Tomen asiento, Se los llevaré a la mesa. – respondió Roger

-. No, no vamos…

-. Claro que sí!!! – dijo Leila en voz alta dirigiéndose a una mesa.

Carlos quedó solo frente a Roger. Leila estaba solo a unos cuantos metros y no le quitaba los ojos de encima pero él nunca se había sentido más vulnerable en su vida… Era un momento crítico en el que podía echar a perder todo el resto de su vida cayéndose o haciendo algo que lo dejara en vergüenza eterna… o podía recordar lo que había dicho Leila y caminar hacia esa mesa como si en verdad fuera Carline, la chica hermosa del espejo.

-. ¿Eres nueva en la ciudad? – preguntó Roger

Carlos estuvo a punto de lanzar una risotada… el idiota le estaba coqueteando pero recordó a tiempo que era Carline. ¿Cómo respondían las chicas? Pensó en sus compañeras de clase, su madre, Leila y todas las mujeres que conocía…

-. Si. Estoy de visita por unos días – respondió perfilando una sonrisa en sus labios rosa y bajando las pestañas postizas como había visto que lo hacían las chicas

Roger sonrió estúpidamente… Carline había hablado con la voz suave que Carlos jamás dejaba salir. Enderezó la espalda, calculó la distancia y tomando aire comenzó a contar los pasos que le tomaría llegar hasta Leila y poder sentarse. Uno, dos, tres, cuatro…..

-. Lo hiciste muy bien – dijo Leila satisfecha echándose hacia atrás en el asiento.

-. El estúpido de Roger me preguntó si soy nueva en la ciudad

Ya no pudo contener la risa. Quizás era porque la situación era tan absurda y descabellada. ¿Qué demonios hacía vestido de mujer en un restaurant??? Y con Roger coqueteándole??!!! Esta mañana su vida era normal y ahora todo estaba de cabezas!!!

Leila lo acompañó en la risa lo que provocó que rieran más. Carlos no estaba acostumbrado a reír así es que se cubrió la boca pudorosamente como lo habría hecho una mujer pero, inevitablemente, tal demostración de contagiosa alegría atrajo sobre “ellas” la atención de las personas que estaban en el local. Demasiado ocupadas y nerviosas comenzaron a beber el jugo que Roger en persona les llevó hasta la mesa.

-. ¿Ahora si me das la razón? – preguntó Leila

-. No me reconocieron – respondió un todavía sorprendido Carlitos refiriéndose a sus compañeros y a la gente que los rodeaba.

-. Yo sabía – dijo Leila más que orgullosa volviendo a reír

 

* * * * * *

 

-. ¿Quién es esa? – preguntó Bruno sentado con sus amigos en una de las mesas del fondo del local.

Jeffrey y los demás chicos miraron siguiendo la dirección de los ojos grises de Bruno. Todos pudieron ver a una chica muy bella y estilosa que reía con ganas y agitaba su pelo castaño de manera graciosa. Había algo tremendamente atractivo en ella; fresca, reluciente, hermosa.

-. No la había visto antes – respondió Jeffrey sorprendido de no conocerla.

-. Vaya bombón! – dijo Teo consiguiendo una extraña mirada de reproche de Bruno

-. ¿Quién es la mujer que está con ella? – volvió a preguntar Bruno.

-. Yo la conozco – dijo Teo – Es la señora del Salón donde va mi mamá

Los cuatro se habían quedado en silencio observándola. El pueblo era pequeño y resultaba raro que ellos no conocieran a una chica de su misma edad y que fuera tan bonita.

-. ¿Vamos a saludar a la amiga de tu mamá, Teo? – preguntó Bruno. No podía ni quería dejar de mirarla. Había algo especial en esa chica que lo atraía muchísimo

-. No me conoce – replicó Teo

-. Pero puedes decirle quien eres…- el tono de su voz de Bruno bajó desilusionado. La chica y la señora se levantaban para marcharse. Ya no había tiempo para saber quién era.  Bruno las siguió con la vista el tiempo suficiente para ver a un sonriente Roger acercarse a despedirlas y cruzar unas palabras con ellas. Bruno esperó a que las dos dejaran el restaurant y sin decir palabra se levantó para poder seguir viéndolas a través de una ventana. Cuando se subieron al vehículo y partieron, Bruno se acercó a Roger

-. ¿Quién era esa chica?

-. Se llama Carline. Está en el pueblo por unos días con la señora Leila. Es muy simpática.

Roger dio inmediato toda la información que tenía. Estudiaba en la misma escuela de Bruno y sabía lo idiota que podía ser. No quería problemas.

Bruno tomó aire pensativo. Una chica de la ciudad, solo estaba de paso.

-. ¿Qué averiguaste? – preguntaron los chicos intrigados

-. No es del pueblo – respondió escuetamente.

En cualquier otra ocasión Bruno habría compartido con ellos la información de dónde encontrarla y habrían partido juntos a buscarla valiéndose de su popularidad y cercanía con las personas del pueblo. Lo habían hecho muchas veces; conquistas fáciles y divertidas.  Sin embargo, ahora se quedó callado. Esa chica era diferente. Carline. También tenía un nombre diferente. En los breves minutos que había captado su atención, la chica lo había hecho sentir verdadera atracción lo que era casi un milagro. Hacía tanto tiempo que esperaba por esto. Le habría gustado volver a verla. Lástima que viviera en otra ciudad.

 

 

 

Capítulo 2

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CAPITULO DOS

 

El lunes las clases terminaban temprano y Carlos tenía más horas de trabajo.  Se escabulló silencioso de la escuela y fue directo a su casa. No había sido un día tan malo. Los estúpidos tenían práctica deportiva y toda su atención la dedicaban a eso. Unos cuantos gritos y risas en los vestidores pero había escapado justo a tiempo, cuando vio que Bruno lo buscaba para molestarlo. Ya conocía sus gestos y escapó rápidamente.

La puerta de su casa se abrió un segundo antes que él la tocara. Una mujer de entre 35 a 40 años, perfectamente peinada y maquillada, se abalanzó sobre él, chillando alegremente

-. Tienes que ayudarme de nuevo, Carlitos. Ahora vamos al concurso final!!

Leila era parte de su vida desde que tenía memoria. No podía definirla como la mejor amiga de su madre y vecina de casa porque era mucho más que eso. La recordaba en casi todas las etapas de su vida; los cumpleaños, navidades, primer día de escuela y todo lo que era significativo en su vida. Ella no solo era quien le ayudaba a cuidar de su mamá, sino que era la única persona que les quedaba. Cuando su madre enfermó desaparecieron los amigos, el trabajo, el dinero, comodidades y los buenos momentos. Leila fue una roca que se mantenía fiel y los visitaba a diario, luego de terminar su trabajo en su salón de belleza. A veces pasaba más tiempo en la casa de ellos que en la propia y aunque su madre había sugerido que ahorraran costos y se mudara con ellos, Leila lo agradecía y rechazaba, seguramente a causa del señor misterioso que entraba tarde y salía de madrugada de la casa vecina un par de veces a la semana.  Leila se hacía cargo de lo que Carlos no podía manejar por ser menor de edad o no entendía. Leila era una persona importante en su vida y él confiaba en ella casi como una segunda madre.

Carlitos dejó su mochila en el sillón. Su expresión era de sorpresa

– ¿Quieres que vaya contigo a la final?

-. Por supuesto!! ¿Quién más podría hacerlo???

-. Pero, no puedo. Tengo que trabajar y mi mamá no puede quedar sola

-. Ya sabes que tengo todo eso resuelto

-. Si, pero…

-. Es la final, cariño. ¿Entiendes lo importante que es este premio? Es la final nacional

Carlos se giró para mirarla, sus ojos muy abiertos. Ella rebosaba orgullo.

-. ¿Cuánto? – preguntó Carlitos, expectante.

Leila sonrió con picardía resaltando sus hermosas mejillas rosadas. Tenía unos kilitos demás pero era una mujer bastante atractiva.

-. 15.000 dólares – anunció sabiendo que lo sorprendería – la mitad será para ti…

Carlos exhaló fuerte y cayó sentado en el primer asiento que encontró

Siete mil quinientos  dólares…

Una cantidad que jamás reuniría trabajando en el restaurant. Servirían para irse a la ciudad y estudiar al año siguiente. Quería ser ilustrador, perfeccionar su talento, pero todo apuntaba a que terminaría siendo el eterno mozo de un restaurant o vendedor de una tienda en este pueblo perdido… Siete mil quinientos dólares podían cambiar su vida.

-. ¿Y mamá? – preguntó recordando sus obligaciones

-. Ya conseguí quien la cuide  – Leila siempre iba un paso adelante. Esperaba expectante.

Carlos se había estado rebanando los sesos pensando qué futuro le esperaba al terminar la escuela. No quería seguir trabajando de mesero,  quería estudiar pero ¿cómo iba a hacerlo??

Ahí estaba su respuesta!!!

-. ¿Qué tengo que hacer? – preguntó rindiéndose

-. ¿Tú? Nada.  Es a Carline a quien necesito!!! – río ella, abrazándolo de alegría.

 

  * * * * *

 

Todo había comenzado unas semanas atrás, mientras cenaban juntos en la cocina de su casa. Su madre dormía y era el momento en que ambos compartían tranquilos antes de cerrar el día. Leila se había acostumbrado a no cocinar en su casa y a esperar a Carlitos para cenar juntos, mientras alimentaba y acompañaba a su amiga.  Ella era divorciada y sin hijos. Tenía muchos conocidos debido a su trabajo pero muy contados amigos. Era sociable, divertida y simpática. De su matrimonio fallido y de la violencia que sufrió, aprendió a no confiar en las personas y a tomar cada oportunidad que la vida le presentaba.

-. Hay un Concurso Nacional de Salones – comentó esa noche, semanas atrás.

-. ¿De qué se trata? – preguntó Carlos por educación.

-. Compiten los salones de belleza a nivel local y luego nacional para ver cuál es el mejor

-. Ah…

-. Hay un premio en dinero pero para mí lo importante es la fama. Si gano, mi Salón se vuelve más famoso, más trabajo y más clientes – respondió Leila

Honestamente, Leila los necesitaba. Su salón era muy bueno pero pequeño y se veía opacado por los grandes locales nuevos que se abrían en la vecindad. Sin su salón, Leila no tendría de qué vivir.

-. ¿Vas a competir?

-. Me encantaría pero no creo. Tendría que encontrar una modelo perfecta y son muy caras… ya sabes

No. Carlos no sabía, no entendía del tema ni le interesaba. Se reconocía a sí mismo como hombre gay pero no era una loca afeminada que gustara de los peinados, maquillaje o la moda. Hasta ahora solo sabía que era gay porque le atraían los chicos y había sentido enamoramientos esporádicos por uno u otro chico del colegio. Nunca había pasado más allá de solo desear ser besado o tocado. Su cuerpo era completamente virgen excepto por el toque de sus propias manos. Quería profundamente a Leila pero estaba preocupado de un trabajo de la escuela que tenía que entregar al día siguiente, acompañar a su madre y luego quería terminar de leer el comic Japonés que lo tenía atrapado.

Su tenedor quedó detenido a medio camino al ver cómo Leila lo miraba fijamente

-. ¿Qué?

Leila pestañeó varias veces, frunció las cejas, ladeó la cabeza, lo tomó de la barbilla y movió su rostro para todos lados

-. Carlitos!!! Oh mi Dios!!! Eres perfecto!! – Leila se puso de pie y seguía examinándolo – No sé cómo no lo vi antes… mira tu pelo y tu rostro… te maquillo y te visto bien y .. Oh Dios!! Eres ideal.

Leila lo tironeó hasta ponerlo de pie y hacerlo girar mientras lo estudiaba

-. ¿Ideal para qué??!!

-. Tú serás mi modelo – lo abrazó muy apretado

-. ¿Qué?? ¿Estás loca??!! – se deshizo del abrazo y retrocedió

-. No! Más cuerda que nunca – río ella

-. Leila, no soy mujer

-. Eso es un detalle. Te vestiré y maquillaré y nadie lo notará. Soy muy buena. Vamos a ganar!!!

-. No

-. Te vas a ver muy linda! – dijo ella recogiéndole el cabello en la nuca y soltando algunos flecos sobre el rostro – tus pómulos son hermosos – continuó ella sin hacer caso de sus protestas – voy a resaltarlos con el maquillaje adecuado

-. Dije que no!

Carlos se enorgullecía de su cabello que llegaba debajo de los hombros, pero nunca tenía oportunidad de mostrar.

-. Que no. Suéltame!  No soy mujer ni soy linda

-. Ya verás que si!!!

Fue el inicio de dos días de tortura en que Leila lo estuvo acechando y rogando hasta convencerlo de hacer al menos una prueba.

-. Solo vamos a probar – aclaró Carlos a la defensiva, dispuesto a perder las horas de la única tarde libre que tenía cada quince días.

El argumento que derrocó las defensas de Carlitos fue que ella necesitaba el premio para mejorar de otro modo su local tendría corta vida y se iría a la quiebra. Carlos se sintió comprometido.  El cariño de Leila con él y su madre era a toda prueba.

-. Nadie debe saberlo

Amenazó Carlos mientras Leila abría un maletín de maquillaje con elementos que parecían terroríficos aparatos de tortura

-. ¿Qué es eso?!! – Chilló al verla acercar a sus ojos uno de esos aparatos

-. Tranquilo. Es para encrespar las pestañas

-. Mis pestañas son crespas! – retrocedió en el asiento escondiendo la cara

-. Yo sé lo que hago – Leila tiró de él para volverlo a sentar bien

-. Pero da miedo – respondió sin convencerse de dejarse tocar por “eso”

-. Tú no te muevas. Yo soy la experta – Ordenó Leila con seguridad.

Carlitos accedió resignado, deseando no haber aceptado. Empuñó las manos, asintió y la dejó ensayar en silencio.  Durante más de una hora Leila estuvo probando en él diversos maquillajes, cremas, menjunjes y colores. Cuando sonrió satisfecha, Carlos erróneamente pensó que ya habían terminado

-. Vamos por tu pelo ahora –  la parte que para Leila era más importante. Cepillos, aire caliente, mouse, aceites, sprays y cremas, horquillas y peinetas.

-. Tienes un pelo maravilloso

Carlitos no se atrevía a agradecerle; tenía miedo de tragar el menjunje cremoso que sentía sobre su boca ¿Sería peligroso?

Al cabo de otra hora, Leila suspiró satisfecha. Había terminado y lo miraba embobada

-. Ven. Mírate al espejo – dijo ella con evidente orgullo

Carlitos reía de nerviosismo. Un poco asustado pero curioso se dio vuelta para enfrentar el espejo.

-. OOOHHHH… – exclamó moviendo sus labios pintados y delineados. Sus ojos se abrieron casi en shock. La sonrisa se le congeló cambiando por una boca abierta de asombro. Pestañeó varías veces sin  sentir el peso de las pestañas postizas. Sus ojos verdosos resaltan inmensos, la piel se veía tan suave y húmeda… los labios llenos… La imagen en el espejo era la de una mujer menuda, femenina, delicada y muy bella. No había semejanza con él… ¿Dónde estaba Carlos??. era… inexplicable

-. Cómo??… Yo… Qué…?? – tartamudeaba

-. Un gusto conocerte, Carline – anunció Leila con orgullo y gravedad, poniendo su rostro al lado de él, para observarse juntos. Se notaba complacida, como si hubiera dado vida a un recién nacido

-. ¿Carline?? – repitió Carlitos recuperando la voz y volviendo a mirarse una y otra vez buscando su propio rostro en el espejo.

-. ¿Cómo… hiciste esto?

Su deslumbramiento era total: Esa imagen era una chica… o sea, nadie dudaría de que él era una chica porque… se veía como una chica…. Una chica femenina y dulce… Dios!!! Esto era estúpido e irreal… desconcertante y alucinante al mismo tiempo

Leila río batiendo palmas

-. Te lo dije, soy buena y no quiero que mi negocio desaparezca. Tengo que prepararte muy bien porque vamos a ganar!! Tienes que aprender todo!

-. ¿Hay más? – cuestiono Carlitos algo espantado

-. Oh sí!!! – sonrió ella moviendo la cabeza para asentir – Hay mucho más

Del bolso de torturas extrajo vestidos, medias, collares, bolsos y zapatos con tacos. Los levantó enseñándoselos a Carlitos.

-. Eso es un vestido… de mujer – indicó Carlitos apuntándolo con el dedo y retrocediendo

-. Es de tu talla

Leila se acercaba asintiendo y blandiendo los tacones en el aire, segurísima de que su idea había sido perfecta y Carline, con ese pelo y figura, le ayudaría a ganar el concurso.

 

 

 

 

Capítulo 1

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CARLITOS/CARLINE

 

CAPÍTULO UNO

 

Carlos se movía de prisa en el vestidor de la escuela y trataba de cambiarse la ropa con la mayor rapidez posible. Había corrido en cuanto termino la clase. Se ató el cabello, largo bajo los hombros, y se puso el gorro que lo ocultaba. Se aseguró de que no hubiera nadie más y procedió a cambiarse el pantalón.  Odiaba la clase de educación física pero la escuela insistía en que era obligatoria y su madre no estaba para justificativos. Él no era del tipo atlético sino artístico, aunque su desagrado por la clase tenía que ver con lo que sucedía antes y después de la clase misma.

-. Uuhhh ¿Ya te pusiste el sostén? – preguntó gritando burlonamente el primero de sus compañeros que entraba al vestidor, haciendo gestos obscenos sobre sus pectorales. Los demás chicos que lo acompañaban gritaron y rieron, burlándose también.

Carlos se tensó y se subió los jeans sobre su delgada figura, pretendiendo no darse por enterado de su llegada. Ya sabía para donde iba esto.  Los  venía soportando desde hacía seis años sin poder defenderse, aguantando el dolor emocional y físico que le causaban.  Siempre andaban en grupos, eran  altos, deportistas, grandotes y agresivos; él era menudo y esbelto, si hasta tenía cintura!!!

-. ¿No te enseñaron a usar ropa de hombre, princeso?

Sintió un fuerte manotazo en la cabeza que lo derribó del asiento. Sin dudarlo, Carlos supo que ese había sido Bruno. No por nada llevaba recibiendo su violencia desde que llegó a esta escuela pública. No es que en su antiguo colegio privado fuera mejor pero al menos allá lo dejaban tranquilo y hablaba con algunos compañeros. Aquí estaba solo a merced de los idiotas homofóbicos que se habían ensañado con él desde que apareció tímidamente en la clase. Bruno era el peor de todos, aunque no era el más violento si era el más cargante; siempre estaba empujándolo, asustándolo y golpeándolo. Era común que Bruno encontrara una razón para molestarlo a diario.

Carlos cerró los ojos y apretó los labios para no dejar salir el dolor del golpe que acababa de recibir. Se enorgullecía de no darles en el gusto de verlo quejarse o llorar. Era pequeño pero terco y orgulloso. Recogió la ropa que aún le faltaba, zapatillas y camiseta normal, nada diferente de lo que usaban ellos, solo que en tamaño más pequeño

-. Vaya… la virgen pudorosa huye a esconderse  – Volvieron a reír

No te asustes, no vamos a darte en el gusto de violarte!!!

Ese era el estúpido de Jeffrey, compañero inseparable de Bruno, que siempre hablaba de violarlo o agredirlo sexualmente, encendiendo alarmas de terror en Carlos

-. No eres nuestro tipo!!

-. Te faltan tetas y vagina, princeso!!

Se escurrió entremedio de las risotadas, rogando para que no volviera a golpearlo. Tuvo suerte ya que estaban más interesados en cambiarse para la clase siguiente.

Carlitos terminó de vestirse en el pasillo. Asombraba su calma luego de tan desagradable incidente. Solo un brillo aguado en sus pupilas café  verdosas y un intenso rubor en las suaves mejillas denotaba la rabia que estaba conteniendo. No era un chico feo sino atractivo a su manera… suave y dulce.

Lamentablemente, Bruno era uno de los chicos  populares de la escuela; las chicas se morían por él y lo perseguían, acrecentando más su ya muy alta vanidad;  era estimado por los profesores, no por su buen rendimiento sino por su participación en toda actividad escolar y deportiva, que incluía el generoso aporte en efectivo de sus padres.   Sin embargo, a sus 18 años, Bruno era un idiota homofóbico y agresivo que gozaba humillándolo y molestándolo, al igual que todos los que andaban en su grupo. Todos querían ser amigos de Bruno, un muchacho popular, de músculos desarrollados, pelo corto claro, ojos grises, sonrisa fácil y encantadora, que hablaba con voz fuerte y varonil y compartía con la elite del colegio. Hubo un tiempo en que Carlitos pensó que Bruno tal vez resultaría atractivo si no fuera un perfecto idiota. En cambio él solo era el chico olvidado de la clase, la cosa que se sentaba en el último asiento sin hablar y que nadie recordaba si no era para molestarlo.

 

* * * * *

 

Los primeros años en la nueva escuela, cuando Carlitos llegaba golpeado y con evidentes signos de dolor, Leila fue a hablar con el director para reclamarle los abusos

-. Pero usted no es pariente de Carlos – había dicho el director buscando el nombre de Leila en los papeles– aquí dice que el menor esta bajo la tutela de su madre

-. Ella está enferma – respondió Leila aguantándose las ganas de sacarle los ojos y escupir al idiota retardado que tenía la escuela por director – Yo soy amiga de la familia y quiero que usted detenga el maltrato o haré una denuncia

Leila, generalmente, era simpática y divertida, pero enojada era dinamita pura

-. Hablaré con el sicólogo para ver qué podemos hacer

No fue buena idea. El sicólogo habló con todos los alumnos de la clase y dijo que no era bueno discriminar a los homosexuales sino que había que ayudarlos a encontrar su camino. Los alumnos que no se habían dado cuenta de que era gay se enteraron en ese momento. Fueron tantas las burlas que Leila justificó su inasistencia inventando una enfermedad y lo dejó en casa por un par de semanas.  Al volver a la escuela, el director lo llamó a su oficina para indicarle que a partir de esa fecha recibiría consulta semanal con el sicólogo del establecimiento porque “su escuela no toleraba alumnos “raritos” y era su culpa si los chicos lo molestaban porque se movía y hablaba como si no fuera hombre. Dijo que entendía el problema por la ausencia de padre en su familia pero que debería aprender de ellos, de sus profesores y compañeros a ser un buen hijo de Dios y no desviarse hacia la perdición”.

Carlitos tenía 11 años y no entendió de qué forma era su culpa ser diferente pero le quedó claro que si quería continuar estudiando, tendría que aprender a disimular y tener un bajo perfil, pasar desapercibido y no hacer ruido. Junto con el abandono de su padre había perdido la posibilidad de elegir donde estudiar.  Nunca fue a las sesiones con el sicólogo, la escuela se desentendió del problema y el tuvo que aprender a aguantar y escapar de los abusos.

 

Desde que su padre los abandonara, seis años atrás, su vida había dado un giro tan brusco que Carlos aún no lograba recuperarse y posiblemente no lo conseguiría jamás: esta no era la vida que él había soñado cuando vivían todos juntos, tenían una casa grande y creían que serían felices por siempre.  Pero su padre, trabajólico y machista,  miraba con preocupación cómo crecía su único hijo. Carlitos recordaba los gritos y peleas que precedieron a la partida de su padre; le decía a su madre que era culpa de ella por tratarlo como si fuera de cristal y que no iba a tolerar que su hijo fuera marica

Su madre lo defendió con garras y él se marchó con otra mujer a tener nuevos hijos y formar otra familia. No volvieron a saber de él.  Ser abandonada, cambiarse de ciudad, casa y estrato social, buscar trabajo y cuidar de Carlitos llevó a su madre a una depresión horrible. Una cosa más por la cual se sentía culpable aunque no entendía del todo por qué era su culpa sentir diferente y encontrar más atractivos a los chicos que a las chicas; simplemente eso era lo que sentía y aunque todos dijeran que estaba mal, Carlos no podía evitarlo.

No le gustaba ni la pequeña ciudad ni la escuela donde su madre los había llevado. Vivió los primeros años anestesiado emocionalmente, esperando que sus padres se reconciliaran y su vida reiniciara en el punto en que había cambiado para peor. Cuando se convenció que nada de eso iba a suceder ya era demasiado tarde: No tenía amigos, su madre no salía de la casa y Bruno y el grupito de idiotas lo habían convertido en objeto de burlas y abuso. Había soportado de todo: golpes, empujones, gritos, humillaciones, robo de sus almuerzos y tareas, largos encierros, burlas por su aspecto, movimientos, forma de hablar o solo estar ahí. Todo lo ridiculizaban porque era diferente a ellos.

 

Con el paso de los años, la diferencia se volvió más marcada: sus compañeros crecieron, engrosaron sus músculos, cambiaron la voz y adquirieron proporciones de varón. Él creció solo hasta el metro sesenta y cinco centímetros, su cuerpo formó curvas estilizadas con una breve cintura, un culo  de nalgas firmes y redondeadas, sus brazos y piernas delgados y torneados, manos finas como las de una dama elegante y su pelo color chocolate era sedoso y con preciosas ondas naturales que mantenía ocultó llevándolo siempre oculto bajo un gorro. Para evitar más burlas y risas, Carlitos comenzó a vestirse usando ropas simples y comunes que no permitían ver su verdadera forma.   Su voz tampoco adquirió el tomo ronco y grave de hombre… permaneció suave y delicada y fue una forma más de ocasionarle problemas. Por eso prefería mantenerse en silencio.

De tanto estar solo Carlitos había ido convenciéndose de no necesitar a nadie. No aprendió a comunicarse ni a sociabilizar. Solo contaba con su madre enferma y su vecina, Leila, que era incondicional de ellos dos. A veces, miraba con tristeza y envidia como los otros chicos iban y venían en grupos, se juntaban en los recreos, cuchicheaban secretos y risas, hablaban de sus cosas, tenían un mejor amigo, hacían planes para compartir y salir.  Él solo tenía el block de dibujo y lápices de colores con los que llenaba su tiempo libre, aparentando estar ocupado para no dar lástima.

Mostraba su inteligencia en las pruebas escritas y trabajos donde destacaba y obtenía buenas notas. Los profesores hablaban de su capacidad para dibujar y le ofrecían la posibilidad de participar en talleres y otras actividades artísticas. Carlitos las rechazaba con dolor en el corazón. Dios!! Si le habría gustado estar en esos eventos pero sentía temor de rodearse de otras personas y no saber qué hablar o decir. Además, no disponía de tiempo para salir o compartir en el caso hipotético de que alguien lo hubiera invitado.  Su situación era difícil.   De a poco su madre se había enfermado de depresión severa. Carlitos la vio apagarse, perder el trabajo, encerrarse en su dormitorio y convertirse en una mujer asustadiza, llorosa y débil que tenía miedo de vivir.  Carlos tuvo que tragarse sus propios temores y asumir la responsabilidad de la pequeña familia. Leila había sido un pilar fundamental en esta dura etapa. Ella le había conseguido trabajo en un local de comida rápida donde Carlitos pasaba las tardes y los fines de semana trabajando. Vivian a diario con el dinero que él proveía. El seguro de su madre cubría los gastos de enfermedad y la escuela, pero ya no había ingresos más que los que él mismo generaba.  Solo eran ellos dos y la vecina. No había tías ni primos ni abuelos y de su padre nunca volvieron a saber.   Era imposible ser como los demás chicos y aceptar actividades que lo distrajeran.  Cumplía resignadamente con sus obligaciones pero anhelando la vida anterior. De cierta manera se sentía estafado; No era su culpa sentirse atraído por los chicos ni lo consideraba una razón válida para que su padre destruyera su familia. Quería ir a la universidad sin preocupaciones… quería que el tiempo regresara y no tener las responsabilidades que le impedían ser un chico como todos y desarrollar al artista que vivía dentro de él.  Podía plasmar en el papel lo que veía no solo con los ojos sino con el alma.  Olvidados en el rincón de su closet esperaban los cuadernos de dibujo y los lápices de colores que su mamá le regaló cuando era una persona sana y cariñosa.

 

* * * * *

 

El timbre que marcaba el fin de la clase sonó por fin. Carlitos tenía dos horas libres antes de comenzar a trabajar y quería alcanzar a almorzar con su mamá.

-.Oh miren, ya se nos va el princeso

Dios no… no ahora. Le habían puesto ese estúpido sobrenombre años atrás cuando presentó una disertación sobre la realeza europea.

Bruno, Jeffrey y otros dos chicos lo habían rodeado mientras él se preparaba para irse. Carlos esperó aparentemente calmado. Sabía que no tenía más opciones: si los enfrentaba se expondría a una paliza segura; si les respondía los animaría a portarse peor y sI pensaba en denunciarlos se  arriesgaría a que el mismo fuera expulsado del colegio por un director homofóbico que lo consideraba una mancha en su escuela, un don nadie problemático y homosexual.

-. Déjame pasar – demandó lo más serio que pudo con su voz suave, colgándose la mochila al hombro y parándose frente a Bruno

-. ¿Dónde creen ustedes que va tan apurado el princeso – preguntó el rubio a sus amigos, estrechando el circulo que habían tendido en torno a él. Lo estaban acorralando y eso no era nada bueno

-. Déjame pasar – insistió elevando un poco la voz lo que causó sonrisas

-. Yo creo que tiene hambre y va a comer – sugirió uno

-. No. Yo creo que va a encontrarse con alguien – dijo Jeffrey

-. ¿Con quién dices tú? – preguntó Bruno.

Ya habían cerrado el círculo a su alrededor y lo apretujaban haciéndolo sentir muy incómodo, ahogándolo.

-. Va a encontrarse con un tipo… alguien que le va a dar duro por el culo – respondió Jeffrey

En ese mismo instante Carlitos sintió una mano que se arrastraba sobre sus nalgas y apretaba con fuerza una de sus redondeces. El miedo le ganó. Gritó muy fuerte y forcejeó desesperado para liberarse. Este era el tipo de acoso que peor resistía, cuando se metían con su cuerpo y sexualidad. Si tan solo supieran que no tenía idea de que hablaban porque nunca había estado con nadie y tenía temor hasta de pensar en un beso.  El fuerte grito hizo retroceder a dos de ellos y Carlitos vio una vía por donde escapar. Escuchó cómo se reían a gritos pero no se detuvo. Corrió chocando con las sillas y mesas. Corrió hasta salir de la escuela y asegurarse que nadie lo seguía.

 

 

RESUMEN

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CARLOS/CARLINE

 

Carlos es un chico homosexual que sufre de bullying en su escuela y tiene serios problemas familiares que lo han obligado a asumir responsabilidades y llevar una vida que le desagrada pero con la cual debe cumplir.  Su personalidad es retraída y carece de habilidades sociales. durante años ha sido objeto de burla Y abuso de sus compañeros de clases, en particular de Bruno y sus amigos.

Leila es la única amiga de su madre y le pide a Carlos un favor que él acepta realizar, sin saber que con ello está iniciando un cambio dramático y total de su vida, que lo llevará a descubrir el amor y el odio en un viaje chispeante, intenso y sobrecogedor.

Resumen

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CARLOS/CARLINE

 

Carlos es un chico homosexual de 17 años, que sufre de bullying en su escuela y tiene serios problemas familiares que lo han obligado a asumir responsabilidades y llevar una vida que le desagrada pero con la cual debe cumplir.  Su personalidad es retraída y carece de habilidades sociales. Durante años ha sido objeto de burla de sus compañeros, en particular de Bruno y sus amigos.

Leila es la única amiga de su madre y le pide a Carlitos un favor que él acepta realizar, sin saber que con ello está iniciando un cambio dramático y total de su vida, que lo llevará a descubrir el amor y el odio en un viaje chispeante, intenso y sobrecogedor.