Capítulo 5

CAPITULO 5

El miércoles Carlitos estaba inquieto en el trabajo. Tenía por costumbre hablar con su mamá varias veces al día para hacerle saber que se acordaba de ella y no se sintiera sola pero ahora tenía que hacerlo usando el teléfono público y escondiéndose de Roger para que no le llamara la atención. Cada vez que recordaba que su celular lo tenía Bruno se enfurecía. Había tratado de pedírselo todos estos días en la escuela pero de uno u otro modo terminaba sin teléfono y siendo objeto de burla y risotadas. Los idiotas no lo habían golpeado esta semana pero le recordaban de manera amenazante que sin una cita con Carline no habría devolución del teléfono. Lo presionaban y asustaban. Menos mal tenía un código de bloqueo. Pero aun así, lo necesitaba de vuelta.

Había estado pensando en ese asunto de “conocer a Carline” Ellos no lo habían reconocido en el video. Tal vez… podría… No! en realidad le daba mucho miedo. No sabría que decir ni hacer, cómo hablar o moverse… no podría resultar bien. Pero si no lo hacía tendría que dar por perdido su teléfono y arriesgarse a una paliza. No sabía qué hacer para solucionar este lío.

Cuando estaba a punto de terminar su turno aparecieron en el local el grupito de Bruno y los idiotas de sus amigos. Siempre que iban a comer allá lo hacían pasar un mal rato.  Carlos los vio y procuró mantenerse alejado dejando que alguien más los atendiera.

Minutos más tarde, llevaba un pedido y no vio el pie que se interpuso en su camino. Jeffrey volvía del baño e intencionalmente se cruzó con él.

-. Estoy esperando por la cita – le dijo sonriente al verlo caer.

Carlos cayó contra una silla y la bandeja sonó estruendosamente desparramándose la comida. Todo se estropeó y la risa de los idiotas llenó el lugar

-. Te lo voy a descontar, Carlos – dijo Roger, molesto– es la cuarta vez que haces lo mismo. Tendré que informarlo.

Carlos se aguantó la frustración una vez más. Menos dinero a fin de mes y la posibilidad de perder el trabajo. Se encerró en el baño se mojó la cara. Se detuvo al ver el moretón que se le formaba. En su mejilla ¿Cómo iba a ayudar a Leila con esa marca en su cara??? Ay no!! Eso no era nada comparado con perder su fuente de ingresos. Por primera vez en varios años, Carlitos dejó que las lágrimas rodaran sin preocuparse de aguantarlas… ¿Cómo podían ser tan tontos esos idiotas? El bienestar de su madre dependía de su trabajo. Ay Dios!! Los odiaba. Tenía que encontrar una forma de detenerlos. Hacían lo que querían con él y más encima ahora tenían “secuestrado” su teléfono hasta que les presentara a Carline. No quería usar su dinero recién ganado para comprar otro. Tenía que ahorrar cada centavo para la universidad.

Aún estaba de mal humor cuando llegó a su casa. Leila no estaba esa noche. Saludó a su madre, y fingió que todo estaba bien.  Luego de cenar y hacer sus deberes buscó su comic para seguir leyendo. No podía concentrarse. El recuerdo de la risa de Bruno, Jeffrey y los otros rebotaba en su cabeza. Estaba enojado y triste a la vez. Miraba el comic sin comprender lo que leía… De pronto sus ojos se quedaron fijos mirando la imagen que mostraba la página… un comic japonés sobre una chica que engañaba a todos disfrazado de chico para conseguir su objetivo de ser parte de un ejército luchador

Observó atentamente por largo rato, sin moverse…

Oh por Dios!!!

El no quería ser un luchador

El quería luchar por un objetivo.

¿Podía hacerlo?… ¿qué se lo impedía?

Leila estaba entusiasmada. Ganarle a Monbeau con todo su dinero, tecnología y personal era como el cuento de la pequeña hormiga que derrotaba al elefante. Se sentía enérgica y llena de vida. Era una apasionada de su trabajo y por primera vez tenía la capacidad de mostrarlo y de paso, ayudar económicamente al hijo de su mejor amiga, que a falta de hijos propios, era como suyo también. El amor que tenía por el chico era inmenso.

Su paciencia era infinita para enseñarle a Carlos como caminar, maquillarse, hablar, moverse y vestirse. Cuando él llegaba a casa por las noches la encontraba esperándolo con ropas, accesorios y maquillajes para probar, nuevas extensiones para su pelo, incluso perfumes trajo un día

-. ¿Por qué gastas dinero en estas cosas? – preguntó Carlos señalando lo que Leila portaba

-. Te voy a contar un secreto– dijo ella sin dejar de peinarle el cabello en lo alto de la cabeza – No he gastado un peso. Tengo patrocinadores.

-. ¿Qué es eso? – Carlos movió la cabeza y recibió un ligero tirón

-. No te muevas! Significa que hay tiendas que están dispuestas a prestarte o regalarte estas cosas a cambio de que las mencionemos cuando ganemos

-. ¿Y si no ganamos?

Carlitos sintió en su cuero cabelludo la reacción de Leila

-. Que dices??!! Vamos a ganar!

-. Entonces… ¿Todo esto es prestado?

Carlitos indicó el hermoso vestido azul cobalto que colgaba en una percha frente a él en espera de que se lo probara

-. Ese precisamente no – respondió Leila con cierto orgullo – Ese es un regalo de la tienda de la Sra. Helena. Es mi clienta de muchos años y fui a hablar con ella. Ahora es de Carline

-. ¿Me lo regaló así nada más???!!

No quería ver la etiqueta del precio. La tienda de la señora Helena era un lugar prohibido para quienes vivían de un sueldo normal

-. No. Es un intercambio. Ella recibirá fotos en tamaño poster de Carline luciendo su ropa en el concurso y las podrá exhibir en su tienda, ¿entiendes?

Oh Cielo Santo!!! Entendía y se aterraba. Su foto en vestido, tacos y maquillaje no solo en las redes sociales sino que ahora también en la tienda de la Sra. Helena.

-. ¿Ellos, tus patrocinadores, no saben quién soy en verdad? – preguntó Carlitos

-. Nn, notenenigéa…- respondió Leila sin poder modular pues sostenía las horquillas entre sus dientes pero negó con la cabeza

Carlos miró nuevamente el vestido azul y el resto de la ropa y accesorios que descansaban sobre el sofá. Ni de chiste se parecía a la ropa común y corriente que colgaba en su closet. Él no tenía nada de marca o exclusivo como aquello.

-. Carline tiene mejor ropa que yo – murmuró con tristeza

-. Eh! Pero qué estás diciendo? – Leila le alzó la barbilla para hablarle mirando sus ojos – Carline es un medio para conseguir dinero, ayudar a tu mamá y estudiar en la universidad. Imagina que te disfrazas de un personaje para hacer un trabajo por el cual te están pagando bien. Todo esto es parte del disfraz!!! Y con este trabajo podrás comprarte la ropa que tú desees.

Carlos razonó que todo eso era verdad. Leila siempre sabía cómo explicarle y devolverlo a la realidad. Como si fuera su madre.

-. Lo siento. Tienes razón

Carlitos estiró los brazos para abrazarla. A veces se volvía celoso de su propia sombra. Quizás era que cuando veía a Carline se sentía opacado; ella brillaba demasiado.

-. No te estropees el peinado!! – amenazó ella  devolviendo el abrazo con cuidado -. Vamos a matar en el concurso regional, cariño.

-. ¿Tú crees?

-. Pero como preguntas??? Ponte de pie y mírate

-. ¿Me veo bien?

-. Di vi na – respondió ella enfatizando cada sílaba – somos las mejores

Carlitos sonrió y no quiso corregirla recordando lo muy obvio “él no era mujer”. Ajustó su equilibrio sobre los tacos y se alisó el vestido azul que ahora le pertenecía. Se fijó que el busto falso implantado en el sostén estuviera en su sitio

-. Este… Carlitos… Hay algo más que me gustaría que usaras

A él le llamó la atención el tomo inusualmente inseguro con que le hablaba.

Leila le extendió una especie de calzón con refuerzos que parecía una faja extraña.

 -. ¿Y eso para qué es??!! – preguntó Carlitos levantándolo de una equina para examinarlo

-. Esto es para evitar… bueno… eres un chico y tienes…  tú ya sabes

-. No!! no sé – respondió él balanceando la prenda  en el aire – ¿qué es esto?

Leila calló mortificada y luego lanzó la frase muy rápido y con vergüenza

-. Es por si tienes una erección en un momento inapropiado – dijo empujando la faja hacia él de la manera correcta en que debía usarse.

Carlos la recibió callado y sintió las mejillas enrojecer. No había pensado que su cuerpo pudiera traicionarlo cuando estaba vestido de Carline… pero Leila tenía razón. Cualquier cosa podía suceder.

Luego de un tenso silencio, Carlitos dijo pensativo

-. Una faja anti erecciones, eh?

Los dos estaban tensos. Leila asintió con miedo de haberlo ofendido

-. Supongo que no se vería bien con mi vestido  azul ajustado ¿verdad?

Leila comenzó a sonreír

-. No. Nada bien – respondió ella sin poder contener la risa.

Minutos después ambos reían a gritos mientras Carlos trataba de acomodarse la faja.

-. Carline debe comenzar a usarla siempre para evitar un accidente bochornoso.

Carlos levantó las cejas y asintió resignado.  Carline  exigía nuevas cosas cada día y se tomaba gran parte de su tiempo libre. Era avasalladora. Más le valía que obtuviera buenos resultados.   Pensó nuevamente en los siete mil quinientos dólares y el ánimo le volvió.

-. Bien, sigamos ensayando – dijo él alegre – Ahora con música ¿Puede bailar, Carline?

-. Oh! Claro que sí!!!… pero con elegancia – acotó Leila – y sin caerse de los tacos

-. ¿Qué más puede hacer ella?

De pronto ya no reían

-. ¿A qué te refieres? – preguntó Leila intrigada

-. ¿Puede Carline conocer gente y tener una vida propia?

La boca de Leila se fue abriendo lentamente al mismo tiempo que sus ojos

-. Es que la gente le deja comentarios en las redes y pensé que… bueno… tal vez podría responderlos. – Aclaró Carlos sintiendo que necesitaba justificarse

-. No lo sé… Yo, no lo había pensado

-. ¿Hay algo de malo en que responda o conozca a alguien?

A Leila, la pregunta le sonaba ilusoria. Conocía al dedillo la vida de Carlitos y él nunca se juntaba con amigos y su vida social era igual a cero. Siempre le había causado pena la soledad en que vivía y creía que la razón era el bullying que sufría en la escuela  debido a su homosexualidad. Le daba mucha lástima que los otros chicos no se dieran el tiempo de conocerlo.

-. ¿Tú quieres conocer personas y hablar con ellos? – preguntó confundida

-. No. Yo no – respondió tímidamente – pero Carline… tal vez si

Había un inusual brillo pícaro en los ojos de Carlitos, algo que lo volvía irresistible para el cariño que Leila le tenía

-. ¿Carline quiere conocer gente? – repitió ella asombrada

-. Si. Ella si quiere – dijo resuelto y animado

Leila lo miró dejando fluir toda la ternura que su pequeño amigo le causaba

-. Entonces no hay límites, cariño, más que los que ella se imponga

-. ¿Tú, me ayudarías a hacerlo?

-. Por supuesto

Cerraron la conversación con un abrazo apretado. Sin darse cuenta, habían acordado algo importante en ese momento: Carline cobraba vida más allá de la pasarela del concurso.

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