Capítulo 1

CAPÍTULO 1

Recuerdos

Edimburgo, Reino Unido

Mayo del año en curso.

Yotam creía estar siendo arrogante con la vida y pensaba en las consecuencias.

Le agobiaba lo que este repentino ataque de valor le acarrearía, pues a la fecha, no estaba convencido de que contaba con la fuerza suficiente para enfrentarse a él mismo en su peor versión, esto era algo que le angustiaba y sumando que jamás fue alguien precisamente valiente, estaba asustado. Para él, tanta resistencia era como ir contra la corriente de sus emociones y negarse a ese tártaro ardiente de recuerdos dolorosos, resentimientos, frustraciones y aires depresivos que recientemente lo atraían con la fuerza de un imán. Dos años atrás, ni siquiera hubiese intentado resistirse, pero ahora, la tranquilidad de Alain parecía ser suficiente motivo para que pretendiera  mantenerse en pie, así… Justamente como los retoño de flor que había sembrado en el jardín y los cuales habían logrado sobrevivir al mal clima de los días pasados.

Frente a Alain, Yotam se sentía con la obligación de actuar como si nada malo pasara, no porque así se lo exigiera, sino que, era algo que se había impuesto para no angustiarlo por cosas que quizá no tenían importancia. Y es que por lo general, él sabía que era lo que le dolía y cuando saltaba hacia a la tristeza lo hacía con conocimiento y causa, pero ahora… Todo había sucedido demasiado rápido, tomándole por sorpresa. De un día para otro se había vuelto un manojo de sentimientos encontrados que por más que intentaba comprenderlos, no podía encontrarles justificación. Se sentía angustiado, triste. Los recuerdos volvían y se estacionaban en su mente, además, estaba esa molesta sensación de que en cualquier momento la vida sacudirían el mundo que ambos habían construido con tanto empeño en estos últimos años, para recordarles que ellos no tenían derecho a ser felices.

Yotam estaba consumiéndose y esperaba que Alain no lo notara. Durante la última semana había estado en medio de una lucha sin tregua para no ofrecerse generosamente a la tristeza, mientras huía de esa molesta sensación de desamparo que lo había acompañado toda su vida.  La detestaba, odiaba sentirse débil a sabiendas que de que lo era. Lamentablemente, en esa batalla incesante iba perdiendo terreno lenta y angustiosamente. Las noches de poco dormir comenzaban a cobrarle factura y sus ojos se cerraban de cansancio, el mismo que desaparecía en cuanto se recostaba en la cama.

La comida en su plato que apenas y si probaba era un aprueba más de que algo en él no andaba bien, su aspecto desarreglado que tanto se esmeraba por ocultar de Alain,  y que disimulaba del mundo con un abrigo largo y jeans deslavados contrastaban con el porte pulcro y elegante con el que Alain le permitía vivir.

Cada cosa de las que últimamente hacía eran una farsa, una mala puesta en escena que Yotam se esmeraba por acreditar, aun cuando en su esfuerzo a nadie engañaba. Quienes lo conocían podían notar que fingía, que sonreía casi por todo quizá para evitar preguntas sobre las que no podría o no querría responder. Y luego estaba ese lado inconsciente, aquel sobre el cual no tenía el más mínimo control y que era también el culpable de que de vez en vez se mostrara ausente: podía perderse de la realidad con una habilidad sorprendente y se mostraba arisco al volver, como si no soportara estar cerca de nadie y tan solo respirar fuese una carga de la cual necesitaba deshacerse.

Alain por su parte, estaba al tanto de todo desde la primera noche en la que Yotam no pudo dormir cinco horas ininterrumpidas, sin embargo se había mantenido como un testigo mudo en ese descenso emocional y turbulento que de no ponerle freno cuanto antes, terminaría llevando a Yotam a una inevitable recaída. Y si no había hecho algo al respecto era solo porque no quería ponerle más peso sobre los hombros. Alain podía notar lo mucho que Yotam se esforzaba por no preocuparlo, aunque con ello lo preocupara aun más.

Se limitaba a observarlo en silencio y listo para prestarle ayuda en cuanto se la pidiera, pero ya era jueves por la mañana y Yotam aun se negaba a tocar el tema; aun cuando había pasado la noche entera sin poder dormir, siquiera, un par de horas. Aun con todo, al sonar la alarma a las cinco de la mañana, se levantó de la cama y bajó a preparar el desayuno.

Alain, que tampoco había podido dormir por estar al pendiente de él, lo observó en silencio mientras abandonaba su habitación. Una semana había pasado desde que Yotam empezó a mostrar cambios, y nada parecía mejorar. En el trascurso de esos días solo una vez se atrevió a presionarlo y le preguntó qué era lo que le sucedía, pero ante la respuesta que obtuvo no volvió a forzarlo. Nadie sabía mejor que él, que los «nada» de Yotam significaban “tantas” cosas, entre ellas, que no estaba listo para hablar del tema.

Sintiendo los primeros embates de impotencia, Alain se talló la cara con frustración, estaba molesto, no con Yotam… pero comenzaba a serle difícil ocultarlo. También estaba cansado. Últimamente no tenía cabeza para nada más que no fuera él y eso estaba afectando todo lo demás. Las cuentas, el trabajo… Ese proyecto importante que entregaba hoy. Estaba consciente de que debía concentrarse porque un simple error y todo un mes de trabajo podría irse a la basura, además, necesitaba el dinero.

Malhumorado por el poco descanso, también abandonó la cama para darle una última revisada a los documentos que entregaría en su trabajo. Miró las fotografías de la reconstrucción y comparó el edificio anterior con el que había rediseñado y cuya obra también supervisó. Lo que sus ojos veían era el trabajo de muchos, pero el diseño le pertenecía, él había hecho todo esto. En algunos años construiría para Yotam, una casa tan hermosa como la que miraba en las fotos. No, le haría una casa mucho más hermosa. Y entonces, iban a ser felices, realmente felices. Ante el pensamiento suspiró vencido, y es que todo parecía haber estado marchando bien…

De la última recaída de Yotam, había pasado poco más de año y medio y con esta recaída no podía sentirse más que triste y decepcionado. Creía que finalmente se habían deshecho de esos episodios, sin embargo una vez más la felicidad y tranquilidad le era arrancada de las manos con lo que él más quería. Sostuvo en alto, frente a su rostro, la foto donde se apreciaba el interior de la residencia y al verlo deseó con todas sus fuerzas que así como podía reconstruir edificios antiguos y volverlos hermosos, frescos y sin señales de lo que fueron en el pasado, también pudiera reconstruir a Yotam.

Lo deseó fervientemente, aunque sabía que eso jamás podría hacerlo.

Yotam en la cocina, mantenía la vista fija en el sartén con el desayuno que comenzaba a pegarse. Miraba lo que sucedía, más su mente estaba en un recuerdo que se aferró a volver del olvido y que se reproducía como si de una película se tratara. Una película donde él era el protagonista de una escena horrible, cruel. Esa familiar sensación de tener miedo volvió a llenarlo hasta hacerlo temblar, se estremecía y solo la taza de café que sostenía, ponía en evidencia el movimiento incesante de sus manos:

Frio… Miedo.

      Cuando cruzó la puerta principal de la iglesia, sintió que su corazón saldría huyendo de su pecho muy lejos de él y de ese lugar. Por un segundo, la idea de dar marcha atrás y también huir, le pareció razonable, pero no tuvo el valor de intentarlo. En vez de eso, inclinó la cabeza y prestó atención al ruido que sus pequeños pies hacían al caminar sobre el mármol del vestíbulo. Ese piso casi blanco… Por alguna razón que no comprendía, le disgustaba.

      El padre Alberto guiaba el camino, pero se detuvo poco antes de entrar al templo y sin hablarle le indicó que continuara. No le había dicho cual era la razón de que lo llamaran a esas horas, solo que lo esperaban en el confesionario de la iglesia y que debía ir de inmediato. Le había costado tanto soltarse de Patrick, pero el padre Alberto se impuso y su amigo le alentó diciéndole que debía ser valiente y que nada malo pasaría. Lo  había dicho con seriedad pese a que en su mirada él podía notar la angustia de Patrick y es que ambos sabían que sí pasaría algo malo… Siempre pasaba algo malo cuando lo mandaban llamar.

      Se sintió pequeñito mientras se adentraba en el edificio  y sus deditos comenzaron a enrollarse en el plisado de su abrigo en un gesto de nerviosismo. Se detuvo frente al confesorio y respiró profundo antes de atreverse a abrir y entrar. Era un espacio amplió y cómodo, aunque a él no se lo pareciera… Tenía malos recuerdos de este lugar y el latido frenético de su pequeño corazón parecía advertirle que estaba a punto de sumar uno más.

      Al otro lado, Beryl aguardaba. Su rostro de perfil era visible desde la ventanilla aunque la cortina aun no estaba del todo corrida. Lo hizo despacio, sus manitas temblaban cuando las alzó para apartar la tela roja. El hombre lo miró con ojos brillantes y le dijo en voz baja que en vez de ocupar la silla, se colocara en el reclinatorio.

      Beryl era uno de los presbíteros de más edad en el orfanato. Nadie cuestionaba sus decisiones, ni mucho menos, el porqué pedía ver a ciertos niños a solas, casi a diario. El hombre aguardó hasta que el niño se arrodilló. Entonces inicio el ritual.

      —Ave de él dado de purísima.

      —Sin pecado concebida, padre…

      —El señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados —agregó Beryl.

      Guardó silencio. No quería hablar, no quería recordar, pero el hombre le dijo que debía confesarse para recibir el sacramento de la reconciliación por sus pecados cometidos… ¿Qué pecados puede cometer un niño de siete años?

      El arrepentimiento no borra el pecado… Él estaba arrepentido, pero no quería hablar de ello. Y menos decirle lo mucho que le había dolido a aquel que lo obligó a cometer ese pecado. Sin embargo, Beryl insistió diciendo que el perdón de dios no alcanzaría su alma y que los chicos como él arderían en el infierno, porque Dios no amaba a los niños que eran sucios.

      El infierno…

      Él conocía lo que era dolor y la idea de quemarse para siempre en ese lugar de tormento lo aterraba. No quería estar ahí, él deseaba estar con Patrick.

      Pero Patrick no, él no… Él hacía cada cosa que le ordenaban, entonces, de seguro no iría al infierno. En su mente de niño pudo convencerse a sí mismo, por lo que inició su confesión así como se lo habían enseñado: sincera, verdadera, completa, sencilla y humilde:

      —El día de ayer, pequé padre…

      Sin poderlo evitar, lloró mientras relataba lo que Beryl le hizo cuando lo llevó al ambulatorio. Lo que le dijo, el cómo lo obligó a desnudarse para él y lo que pasó después. Más el relato fue cortado cuando alguien más entró a su lado del cubículo y se acomodó detrás de él… Quiso mirar, pero el hombre a su espalda sujetó su rostro y le obligó a continuar con la vista fija en la rejilla.

       Supo entonces lo que iba a pasar… Su primera reacción fue llorar aun más, después luchó, pero el padre Alberto supo someterlo demasiado pronto. Beryl los miraba lascivo por entre la ventanilla del confesionario, excitándose con su llanto… Sintiéndose febril por la rudeza con la que sobaba su hombría por debajo de su sotana. 

      El padre Alberto recorría su cuerpo pequeño con su mano libre; pellizcándolo y sobándole sus partes intimas. Se restregaba contra él, aprisionándolo contra el reclinatorio. Magullando su piel tierna, ensuciándola, besaba cada espacio que tenía a su alcance de una forma sucia y ruda. En ese cuarto pequeño, los gemidos de ambos hombres parecían retumbar entre esas cuatro paredes… El mismo ruido sórdido que él había tenido que soportar contra su oreja mientras Bery lo penetraba con sus dedos la tarde anterior. Ya no quería más de esto, nunca lo quiso.

      Con el abrigo a medio pecho, lo siguiente en caer fue su pantalón… Pasaría de nuevo… ¿Cómo iba  a poder mirar a Patrick después de esto? ¿Por qué le hacían daño? ¿Por qué nadie intervenía? Y en un segundo su mente se puso en blanco… Sintió frío… Mucho frío y después… Después solo dolor.

     

      — ¿Yotam…?

      El ruido… Todo se reducía a sus propios gritos que eran ahogados por la mano que cubría su boca… Lágrimas… Más dolor.

— ¡Yotam! ¿Qué diablos pasa contigo?

Alain entró corriendo a la cocina y ante sus gritos Yotam soltó la taza de café que sostenía. Miró aturdido el desastre frente a él y después el rostro molesto de su pareja.  Alain lo esquivó estirándose para alcanzar el apagador de la estufa. El desayuno estaba arruinado, al igual que su intento por ocultarle lo que sucedía.

La cocina se había llenado de humo y el olor a quemado de la comida resultaba desagradable, pero no pudo notar nada de esto, hasta ahora. Alain fue abriendo las ventanas para que el olor y el humo salieran, con una toalla levantó el sartén quemado y lo dejó en el lavabo. No lo miraba, ni siquiera cuando se inclinó frente a él para recoger las astillas de la taza y limpiar el café en el piso. En ese momento, Yotam comprendió que Alain estaba molesto con él, algo que casi nunca sucedía y se sintió aun peor.

—Déjame hacerlo…—le habló inclinándose junto Alain, pero este se lo impidió.

—Ve a arreglarte, se hace tarde para la universidad.

—Pero…

— ¡Vete! —Gritó.

Sorprendido por la forma en la que le había hablado se alejó de él.  Subió a la habitación pero comenzó a dar vueltas por la recámara sin saber realmente que hacer. Buscaba la puerta del closet para sacar su ropa, como si no estuviera frente a él, y aun así, no podía encontrarla. Los ojos le ardían pero estaba seguro de que no lloraría, él no era más ese tipo de persona que llora por cualquier cosa.

Alain subió a los pocos minutos y al verlo dar vueltas en círculos pasó de él. Decir que estaba molesto con Yotam, sería un error. Se sentía frustrado, herido de verlo como un animalito extraviado. Odiaba no saber qué era lo que le pasaba ni como podía ayudarlo. Intentaba guiarlo, consolarlo si es que eso era lo que necesitaba, pero sentía que si le hablaba en estos momentos, sus ganas de abofetearlo para hacerlo reaccionar y entrar en razón podrían ganarle… Y él jamás le había puesto la mano encima a Yotam para herirlo. No, ni pensaba hacerlo.

En su mente tenía claro que nadie en sus cinco sentidos dañaría a quien ama, Alain no planeaba ser la excepción. Amaba a Yotam por encima de todas las cosas, tanto que prefirió tragarse su frustración e irse directo a la ducha. Se desvistió con prisa y se metió al chorro de agua sin preocuparse por templarla. El agua estaba helada pero lo que le consumía por dentro podía más.

No era ajeno al destino incierto que le esperaba con Yotam, sabía que tenía un alto pronóstico de llegar a una etapa en la que dejaría de ser funcional, un peligro para su propia existencia. Buscaron otras alternativas, nuevas opiniones, pero después de meses de estudios todos llegaban a la misma conclusión. Cuando Yotam entrara en esa etapa, lo mejor iba ser internarlo. Si no aprendía a controlarse, los recuerdos podrían alcanzarlo y consumirlo hasta hacerlo perder la memoria o la razón. Alain sabía que un día, su hermoso Yotam se apagaría por completo, pero apenas tenía veintiséis años, le quedaba una vida por delante. No era justo… No podía estar pasando… No ahora.

Casi como si lo llamara con el pensamiento, la puerta del baño se abrió y cuando volteó, la imagen de quien amaba se acercó a él. Un cuerpo hermoso, joven. Los ojos casi azules que tanto amaba, su cautivadora desnudez que en cualquier otro momento le hubiera robado suspiros. No se trataba de que Yotam fuera la creatura más hermosa sobre la tierra, aunque físicamente era muy atractivo, pero a los ojos enamorados de Alain, no había nadie más que él. Después de todo, ¿a caso no todos vemos a quien amamos como aquel milagro que habíamos pedido para nuestra vida?

— ¿Puedo entrar contigo? —Pidió Yotam.

—Estoy por terminar…—respondió y se arrepintió por la dureza con la que había hablado, pero estaba viviendo este instante de debilidad y no quería testigos para ello, menos a quien era el causante de que estuviera a punto de echarse a llorar.

—Aun  así, quisiera…

— ¡No!

—Alain…

—He dicho que no —replicó mirándolo con furia— estoy por terminar, espera afuera.

Yotam lo miró herido, dolía tanto ver a ese par de orbes azules perder su brillo. Dolía tanto cuando se humedecían de tristeza. Era una escena a la que Alain simplemente no podía resistirse, no, ni quería hacerlo. —No, no, no… ¡perdón! No lo he dicho enserio —se apresuró a decir, mientras salía de la ducha e iba por él. Lo envolvió por la espalda en un abrazo protector, mientras lo apretaba con fuerza contra su cuerpo— ¡Lo siento, amor. lo siento mucho! No debí… no debí hablarte así.

Yotam se giró para abrazarlo y no quiso contener más lágrimas. Para él, solo había algo peor que los recuerdos… Que Alain no lo amara más.

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Autoras. Con muchas historias por contar.

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