Capítulo 4 : Cerca de tí

CAPÍTULO 4

Cerca De Ti

ALAIN

      Se fuerte, ten el valor para vivir sufriendo, tu dolor, el suyo. Olvida, no mires atrás, no eres más aquella persona.

      ¿Cuánto tiempo más he de tener que fingir que nada pasó? ¿Cuántas veces más tengo que repetírmelo para finalmente poder creerlo, para sentir que jamás sucedió?  ¿Cómo borro su pasado? ¿El mío?… Aun si siento que puedo vivir con este pesar pero ¿y él? ¿Cuánto más podrá soportarlo Yotam? Mirándolo justo como ahora, sonriendo y en calma, me convenzo nuevamente de que daría todo y más para que su felicidad no se apagara y al mismo tiempo, veo el peligro de lo inevitable.

      No importa cuanto más intente huir del ayer, tarde o temprano Yotam me obligará a volver a ese instante, ese espacio en el tiempo en el que odié la vida. Y no quiero. Detesto la sola idea de esa fragilidad; de la impotencia y el desprecio que me produce lo que fuí, todo aquello en lo que se me convirtió.

      —Espero que te guste— me dice mientras termina de servir la cena.

      —Me gustas…—aseguro y Yotam ríe.

      Entonces, lo escucho llenar el silencio que prosigue a un beso que no resisto a robarle, habla mucho durante toda la cena. Sus labios avientan palabras y mil detalles, mientras que mis manos buscan hasta la más mínima excusa para tocarlo, como si mis dedos tuvieran la inherente necesidad de sentir su carne, la tersura de su piel. Y casi vuelve a ser el Yotam de hace dos semanas atrás; me fijo en sus gestos. Mi atención se centra en sus palabras y ademanes; asiento, finjo de la misma manera en que lo hace él, pero en mi interior, el corazón me duele.  Me aflige lo mucho que tiene que esforzarse para que yo no sospeche nada. ¿Por qué? ¿Desde cuándo…?

      Esa habilidad para convertir su desolación en una contundente naturalidad, un “estar  bien” con sabor a sinceridad pero que es de principio a fin una terrible farsa, me duele. De muchas formas me lastima, pero no soy capaz de decirlo; por lo menos, no en este momento. Yotam se muestra jovial, primoroso a tal punto que no puedo resistirlo. Él vuelve a sonreír, mientras me pregunta que opino de lo que ha dicho, entonces se crea un silencio del que no soy del todo consiente hasta que se vuelve irremediable. Me distraje, no sé qué responder porque no escuché sus últimas palabras. Yotam baja la mirada y siento el fuerte impulso de sujetarlo del brazo para evitar que hulla de mí, aunque en ningún momento hace el ademan de intentar alejarse.

      Lo sujeto con fuerza, hasta que nuestras miradas se cruzan y sostienen la una a la otra. En sus ojos puedo ver temor, mientras que con mi mirada, le prometo que voy a juntar los pedazos de su alma y armarlos sobre su cuerpo de la misma manera en la que se reconstruye un rompecabezas de mil piezas iguales.

YOTAM

      No debía ser coincidencia si me marchitaba por la única persona que a su vez tenía el poder de hacerme florecer. Él con sus palabras, con la forma en la que me tocaba y con esa mirada de profundidades insospechadas, cobijaba mi alma. No sé cómo es que lo hacía, era su truco, su magia… pero se metía en lo más hondo de mi ser, sin tapujos, sin reservas; como si lo tuviera todo perfectamente planeado para que yo estuviera irremediablemente expuesto. Mi mente y mi cuerpo los sentían desnudos ante su presencia.

      — ¡Te amo, Yotam! — me dice y vuelvo a descontrolarme. Identifico en su tono de voz una declaración  reverente que se balanceaba entre la nostalgia de un “te extrañé” y la promesa de un “voy a protegerte siempre”. Y en ese momento me doy cuenta de que no he podido engañarlo.

      Su tacto me calma lo mismo que me inquieta, avanza lento midiendo el terreno entre nosotros, comienza alagándome por la cena y rellena nuestras copas. Lo encuentro demasiado animoso para cuando suelta la pregunta: ¿desde cuándo volvieron los recuerdos? El cambio me es tan inesperado que el problema me abruma. Aparto la mirada y cualquier rastro de buen humor desaparece, está roto el momento.

      Alain aguarda por la respuesta, sé que está dándome la oportunidad de no repetírmela. Busco una salida, algo que me brinde un poco más de tiempo y encuentro la salida frente a mí. Mi mano derecha se mueve como si tuviera voluntad propia y va al encuentro de mi copa, la cojo y casi puedo saborearme el vino antes de que toque mis labios, pero Alain frena el trayecto y me la quita, devuelve la copa a la mesa y sin soltar mi mano repite la pregunta.

      — ¿Desde cuándo?

      —Jamás se van del todo…—contesto de mala gana.

      —Pero la terapia estaba funcionando —insiste— estabas más tranquilo y…

      —Quizás solo aprendí a fingir demasiado bien.

      Mi tono se escucha pesado, sínico y al instante me arrepiento de haberlo dicho, aunque sea verdad. La expresión de Alain cambia, aunque disimula, se bien que lo he hecho enfadar. Se suelta de mi mano y de reojo lo veo retroceder hasta recargar la espalda contra el respaldo de la silla. No me atrevo a mirarlo de frente, preocupado por el regaño que estoy seguro me va a dar, pero no llega.

      —No pretendo hostigarte con mil preguntas—dice despacio —solo te pido que consideres que es normal que me preocupe por ti. Pues por encima de todas las cosas, deseo que seas feliz y por lo que vi en la mañana, estas sufriendo. No quiero eso, pero si es necesario, por lo menos déjame sufrir contigo, no me hagas aun lado.

      Me desarma o quizá solo soy demasiado fácil, emocional.

      —No puedo Alain —confieso.

      —Inténtalo.

      — ¿Cómo voy a explicarte algo que yo mismo no entiendo?

      —No tienes que explicármelo, solo dime que pasa y yo me encargaré de entenderlo.

      —No hay nada nuevo que decir, nada que no sepas ya… —es mi último intento, estoy a punto de rendirme, Alain lo sabe y vuelve a tomar mi mano para darme confianza —. Tengo miedo, no sé porque… pero tengo un presentimiento, siento que algo malo esta por suceder. Me siento inquieto y perturbado. No puedo dormir y cuando finalmente lo logro, tengo pesadillas.

      Alain sujeta mi rostro y me obliga a mirarlo, asiente para mí y me abraza. Me estrecha con fuerza contra su cuerpo, solo entonces, al sentirme seguro y plenamente confiado entre sus brazos, es que quizá logro explicármelo:

      Dicen que todos los niños pasan por esa angustiosa edad en la que temen al monstruo que se oculta en el armario o debajo de la cama. Y el miedo es totalmente compresible, pues la sola idea de que un ser horrible aceche durante la noche es un pensamiento espeluznante, perturbador. Sin embargo, no lo fue así para mí. Yo nunca les temí a esos monstruos, no tuve tiempo. Las criaturas que a mí me hacían temblar no aparecían únicamente durante las noches, a decir verdad, venían cuando querían. Ellos no solo buscaban asustarme, me hacían daño, me causando dolor y me hacían llorar… no vivían en el armario, mucho menos debajo de mi cama. Ellos me obligaban a llamarlos “padre” y a besarles las mismas manos con las que me herían.

      Ahora que soy un adulto, me avergüenza el aun sentir miedo de esos monstruos y es que… siempre es de noche para mí, ellos van conmigo a donde quiera que voy. Son recuerdos que viven en mi mente y reaparecen cada vez que intento ser feliz. Nadie salvo Alain, que lo había vivido conmigo podía comprender todo lo que implicaba esto que estaba sucediendo. El miedo que sentía, lo terriblemente asustado que me encontraba y  al mismo tiempo; la furia indescriptible que me embargaba. La impotencia, el sentir mi sangre hervir del odio más puro.

      —Siento mucho complicarlo todo—le digo.

      Alain me suelta mientras lo escucho reír. Ahora, lo único que me sujeta es su mirada y el efecto no tarda en aparecer… calmándome, logrando que me sintiera igual o mejor que cuando estaba entre sus brazos.

      —Es parte de tu encanto, así que no tienes que disculparte —asegura—, por el contrario, me gusta cuando hablas y me dices la verdad de cómo te sientes. No importa si es complicado, quiero saber hasta lo más mínimo de lo que te sucede.

      ALAIN

      Llevamos el resto de la velada a nuestra habitación, compartimos caricias y besos que refrescaron nuestras almas. Desde el ventanal, la luna era apenas un pequeño semicírculo delgado en el extremo occidental del cielo. Su tenue luz se colaba por entre las cortinas, pero no alcanzaba a alumbrar por completo la habitación. Sin embargo; desde nuestra cama, Yotam brillaba con una intensidad parecida al de las estrellas en el cielo.

      —Estoy agotado—susurra—, pero no quiero dormir.

      Su revelación me preocupa, casi puedo sentir su inquietud y lo único que deseo es arrancarla de él. Me acomodo a su lado, y mi mano acaricia su rostro suavemente mientras le sonrio. Intento darle ánimos, transmitirle mi seguridad. Él me guiña el ojo en un gesto de descarada coquetería y me hace reír.

      —Detestaría sonar a frase cliché de libro motivacional, pero todo estará bien —le aseguro, mientras me distraigo con la tibieza de su piel— así que, duerme… yo estaré aquí, cuidándote.

      Él cierra los ojos y yo beso sus parpados en agradecimiento por el voto de confianza que me ha obsequiado. Como es de esperarse; el cansancio de los últimos días lo vence rápidamente. Su respiración se vuelve pesada y rítmica; su cuerpo se relaja acomodado muy cerca del mío. Siento su aliento en mi rostro y sus exhalaciones me producen cosquillas. Al mirarlo me convenzo de que contaría sus pestañas cada noche sin falta, hasta el final de mis días. Lo amo, no es algo que debería de decir a estas alturas de nuestras vidas, pero es así; veinticinco años juntos y lo amo como si apenas fueran los primeros meses de nuestro romance.

      Es mío, me pertenece y nada malo nos va a pasar. Lo verbalizo como si se tratara de una promesa fiel y mentalmente me lo repito varias  veces intentando convencerme. Sin embargo; ya no puedo negar más que su ansiedad se ha convertido en la corona que adorna la mía. Sus presentimientos han sido siempre por algo, en ellos no se equivoca y ahora mismo ya no sé qué pensar. La última vez que tuvo una corazonada sobre algo, casi lo pierdo… y recordarlo me asusta.

      Y es por ese miedo de que en un segundo a otro Yotam se desvanezca como la neblina, que me niego a  dormir. Estoy cansado, muerto de sueño, pero es ahora que él no puede notarlo, que me permito mostrar mi propia debilidad. ¿Dormir? ¿Para qué desperdiciar ese tiempo que bien puedo aprovechar mirándolo? Ahora que es mío, ahora que nada más que los “presentimientos” nos inquieta.

      Observar sus detalles, reconocer sus formas y la pasividad de su respiración acompasada. Disfrutar de verlo sosegado. Sentirlo tan confiado a mi lado es sin duda lo que me hacía entender cuál era mi verdadera riqueza. Dinero yo tenía muy poco, toda la abundancia estaba en él: en sus ojos, en su risa. En la dicha que me embarga cada vez que tenía la oportunidad de escucharlo decir que me ama. Yotam podía crear en mí tantos sentimientos grandiosos que no sabía cómo explicarlos; dicha, la seguridad de la que carecí hasta que estuve con él. Amor, ternura y una fortaleza tan inmensa: por él, por mí. El sentirme poderoso como para protegerlo de quien sea, de todos… de su pasado, del mío… de él mismo. Deseaba ponerlo en una caja de cristal y guardarlo en un lugar que solo yo supiera. Anhelaba llenarlo de dichas y que nada le faltara, pero reconocía en mis deseos mi propio egoísmo. Lo quería solo para mí, ser yo quien curara las heridas en sus alas, heridas que de sobreprotegerlo yo mismo estaría causándole. Por eso lo dejaba ser libre, le exigía vivir tal como lo hacían los jóvenes de su edad. Aun si al respetar su independencia me obligaba a vivir con temor.

      Aceptaba sus caprichos y sus rabietas. Entendía que yo no tenía derecho a prohibirle nada que fuera para su bien, ni a imponerle mi amor.

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