Capítulo 2 lullaby

CAPÍTULO 2

Cancún, 15 de Enero del 2019

 

Hijito:

      Han pasado casi dos meses desde que te fuiste y he comenzado a perder la razón. Papá está volviéndose loco —de verdad muy loco—. Te siento a donde quiera que voy, parece que estás aquí: te veo en la casa, te escucho hablar, reír. Casi no puedo dormir, pero cuando logro hacerlo, aunque sea por un par de horas, te sueño. En mis sueños estamos juntos, los tres. Volvemos a ser una familia y me siento seguro.

 

      Pero al despertar, la realidad vuelve a doler. No es así, no estás aquí. Tu padre tampoco lo está, y en el lugar que solían ocupar, ahora hay un letrero en la entrada que dice “se vende”.  Sí, he puesto en venta la casa. Sé que era un regalo para ti, pero… no soporto pasar un día más ahí, no sin ustedes. He recibido buenas ofertas, y sin embargo; cada vez que estoy por cerrar el trato y aun con el dinero en la mano, desisto. Quiero venderla pero tenemos tantos recuerdos, creciste en esas habitaciones, aprendiste a caminar en los patios. No puedo renunciar a ella, no aun. Como tampoco renuncio a la idea de volverte a ver. Sigo buscándote… no hay un solo día en que no te piense y te busque.

 

      Hijito, me haces tanta falta.

ANTES DE TI, AMÉ A TU PADRE

   Mi vida era triste antes de él, conocerlo fue un golpe de suerte.

      Alguien dijo, no sé quién, pero no por ello no lo dijo: que estamos irresistiblemente atraídos por quien nos traerá los problemas necesarios para nuestra propia evolución. No sé qué tan real sea esto, en mi opinión: el destino es un cúmulo de posibilidades. ¿Cómo saber lo que sucederá mañana? Es imposible.

      Sin embargo, el desconocer ciertas cosas de la vida es también un regalo maravilloso. He escuchado a mucha gente decir que siempre y por sobre todas las cosas… siempre es mejor saber que ignorar. Bueno, no estoy de acuerdo. De ser así ¿qué podría sorprendernos? ¿Para qué jugar si ya sé que voy a perder o ganar? ¿Qué sentido tiene? Ninguno. Al menos, no lo tiene para mí. Prefiero mil veces, la idea de las cosas inesperadas: sucesos inexplicables y encuentros extraordinarios. Que la vida me conquiste y me sorprenda de la misma manera en que lo hizo en aquella ocasión, hace ya, poco más de siete años.

      Y es que, casi como un suceso predestinado; algo que inevitablemente debía sucederme, en día como cualquier otro y en una fecha que no recuerdo: conocí a tu papá. Su nombre me reusó a revelarlo. No pienses que no lo hago porque soy egoísta y pretendo negarle el crédito, que bien que se lo merece. Mis motivos no son tan vánales, más bien; son puramente sentimentales. Él es de esas ausencias que duelen, pero que lo hacen aún más si les ponemos nombre y recuerdos. Así que lo llamaré simplemente papá.

      Conocí a tu padre cuando un amigo me lo presento. Los detalles de esa primera vez no son tan relevantes. Basta decir que en ese tiempo él no era la gran cosa y yo tampoco, quizá fue ese el motivo por el que nos volvimos tan cercanos. Un par de adolescentes con más ilusiones que posibilidades. Jóvenes de preparatoria… bella y caótica época. Algún día llegaras a esa etapa y ojala pueda estar contigo para apoyarte.

      Ojala desees que esté contigo.

      Si no yo, deseo que  haya alguien a tu lado, un amigo en quien puedas confiar. Así como yo tuve a tu papá y él me tuvo a mí.  Él fue para mí “un golpe de suerte”, de esos encuentros furtivos en los que sin proponérselo y de repente, uno conoce a alguien por casualidad, pero justo después de ese primer e informal “hola”, algo en nuestro interior nos dice que esa persona se volverá valiosa, trascendente. Que su llegada marcara un antes y un después y deseas casi con desespero e ignorando los motivos, que jamás se marche de tu vida. Fue eso lo que sentí cuando lo vi.

      Y hasta donde sé, el afecto fue mutuo.

      Papá venía de otra ciudad, con otras costumbres, gustos y modismos al hablar que en un principio me resultaron graciosos. Él me parecía una persona libre, es decir, encajaba a la perfección en mi nada acertada definición de libertad. Era un príncipe independiente que amaba la aventura y recorría reinos muy lejanos al suyo. No mataba dragones, ni se batía a duelos de espada contra ejércitos de salteadores. Tampoco andaba a caballo, ni llevaba monedas de oro con la impresión de su rostro en ellas. Tu padre no tenía vastas extensiones de territorio, ni castillos. Mucho menos un corona o súbditos, pero era un príncipe y su encantadora personalidad me conquistó. Sin embargo, fue su triste historia… la vida pasada de ese “Príncipe Libre” la que logró que mi corazón lo quisiera.

      Tu padre sufrió mucho. El no tuvo nada de lo que juntos intentamos darte, creció solo, padeciendo y luchando día tras día. Es imposible no amar a las personas que tienen el alma rota, y quizá fue mi propia alma la que vi reflejada en la suya. Bastó mirarlo para saber que deseaba protegerlo, abrazarlo fuerte y resguardarlo de todo y de todos. Quise darle aquello que yo mismo necesitaba y funcionó, por lo menos, al principio.

      Me creí con más fuerza que él, sentí que podía luchar por él y por mí, como si la nuestra fuese una misma batalla. Ahora sé que ese fue uno de los muchos errores que cometí con él. Pues con el tiempo uno va a prendiendo que en medio de ese loco afán de ir por la vida pretendiendo ayudar a todo el mundo —como si con ello lográsemos vencer nuestras propias carencias— es mejor esperar a que sea la gente quien nos pida ayuda. En realidad, tu padre nunca necesito de mí, era yo quien lo requería. Era  a mí a quien siempre le hizo falta.

      Me completaba. Así… de la misma manera en la que se necesita de dos niños para jugar a las escondidas; mientras yo contaba, él se escondía y cuando yo me perdía él me encontraba. Creo que pudimos pasarnos la vida entera de esta manera. Pero eso es algo que ya no sabremos.

      En aquel entonces, nos volvimos buenos amigos sin saber  lo que el destino tenia deparado para nosotros. Finalizamos los estudios del colegio, y en ese lapso conocí a alguien de quien me enamoré, tu padre también tuvo un enamoramiento que lo llevó lejos de mí por casi un año. Pensé entonces que quizá no volvería a verlo de nuevo, pero él supo encontrar el camino de vuelta a mí, como espero que en algún momento tú puedas hacerlo también.

      El príncipe libre volvió y de su mano venía una princesa desconocida. Él estaba irremediablemente enamorado de ella, la llamaba su “niña” y al mirarla sus ojos adquirían un brillo especial. La princesa era hermosa a su manera, más lo verdaderamente bello en ella era lo que escondía en su vientre. Ella llevaba el amor más grande de mi vida… a ti.

Te ama

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