CAPÍTULO 14 – Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

CAPÍTULO 14

Como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

ALAIN

      Caminé por la avenida Rathgar hasta el St. Luke Hospital, recordaba que el despacho quedaba cerca de ahí. Eran a penas las siete de la mañana, pero estaba despierto desde mucho antes. A decir verdad, no importaba lo cómoda que estaba la cama o lo cansado que me sentía, sin Yotam a mi lado, simplemente no lograba conciliar el sueño.

      Así que, abandoné la habitación poco antes de las cinco de la mañana y había estado merodeando por sus alrededores de entonces. La ciudad era distinta a como la recordaba,  muchas cosas habían cambiado desde la última vez que estuvimos aquí. La gente al pasar a mi lado me sonreía o me saludaba. Eran amables. Ahora veía en ellos lo que cuando niño nunca tuvieron para nosotros.

      Las veces que nos echaron de sus portales. El que maliciosamente pasaran a nuestro lado, incapaces, de dedicarnos si quiera la más mísera de sus miradas. Mucho menos darnos un céntimo. En ese tiempo a la gente no le importaba que moríamos de frío y de hambre; que sí bien, nos veían sucios, no éramos malas personas. Nuestra apariencia era solo el resultado del daño que se nos había causado. Sentía tanto resentimiento por todo y por todos, que al mirarlos sonreírme ahora era incapaz de devolverles dicho gesto.

      Quizá esa fue la razón de que optara por caminar a espaldas del Hospital, para evitar a toda esa gente y su molesta amabilidad. Me sonreían ahora porque era un hombre que vestía un traje caro, tal vez sabían identificar ese tipo de cosas tan banales. Caminé despacio hasta la esquina donde se encontraba la biblioteca pública, justo frente al despacho jurídico. Ya había gente que entraba y salía, pero necesité un poco más de tiempo. El lugar desde afuera era igual a como lo recordaba, las tan impersonales paredes blancas, los ventanales cerrados y las cortinas de color oscuro. Eso tampoco había cambiado, el lugar estaba lleno de un aire triste y frío. Caminé un poco más y me detuve justo a la entrada; quizá debía llamar a Yotam primero, hablar con él me daría las fuerzas que necesitaba para enfrentarme a esto, pero era temprano, era probable que aun estuviera durmiendo y no quería importunarlo.

      El aire gélido me hizo tiritar y al esconder las manos en los bolsillos de mi abrigo sentí el papel doblado. Era por esto que estaba aquí, por estas cartas que habían llegado a arruinarnos la tranquilidad en la que vivíamos. Entonces me sentí ofuscado y con la molestia destilando por mi cuerpo entré a zancadas largas por el lugar. Volví a ser niño, mis pies recordaron el camino que casi quince años atrás había recorrido con Yotam de la mano. Las lámparas de luz amarilla en el techo y el bullicio de mucha gente hablando al mismo tiempo. Giré a la derecha y después nuevamente a la derecha, caminé de largo evitando a la secretaria que me hablaba y que comenzó a seguirme. La escuchaba pero no me detuve. Llegué a la puerta y abrí sin tocar.

      Ahí estaba él, más envejecido pero se trataba del mismo hombre… Felim Dorram. Nos miramos fijamente durante unos segundos, entonces él dejó los papeles que sostenía sobre el escritorio. Al parecer pudo reconocerme y me recorrió de pies a cabeza con la mirada llena de sorpresa. Conservaba la calma, como si de alguna manera supiese que yo vendría. La secretaria terminó de entrar a la oficina y se disculpó con él por mi intromisión, pero Dorram le dijo que no se preocupara y la despachó.

      — ¿Usted me mando esto? —lo encaré, y sacando las cartas se las arrojé a las manos. Despacio, las tomó y desdobló para leerlas. —Después de todos estos años, me manda una citación para que me presente a la corte, ¿creé que voy a aceptarlo?

      Dorram reconoció los avisos judiciales sin necesidad de leerlos. Volvió a Doblar las hojas y me las devolvió pero me rehusé a tomarlas. —No soy un maldito criminal para que me haga subir a un estrado, mejor aún, no puede obligarme. 

      —Si puedo… —aseguró— ¿Dónde está él?

      Dorram se puso de pie y caminó hasta detenerse justo frente a mí.  Esperaba por mi respuesta pero no planeaba contestarle.

      — ¿Lo has traído contigo? —Lo miré con odio. De un momento a otro sentí la amenaza en él y lo comprendí todo, quería quitármelo. —Sé que nunca lo dejas solo, así que dímelo, ¿en dónde está Yotam?

      —Lejos —dije—muy lejos de usted.

      Dorram asintió, dijo que comprendía que no confiara en él, pero que nada de lo que pasó después fue culpa suya.

      —Fuiste tú quien decidió escapar del refugio al que los había llevado y te lo llevaste contigo. Cuando volví, ustedes ya no estaban.

      — Mentiroso —Susurré.

      Había cometido el error de confiar en él una vez, no le creería ahora.

      —Nos llevó a ese lugar donde hacían con los chicos lo mismo que los sacerdotes en el monasterio. Por supuesto que no íbamos a quedarnos ahí. Usted no planeaba volver por nosotros, lo sé… Iban a darnos en adopción como si fuéramos gatos.

      —Teníamos que seguir un proceso, una línea de investigación. Con los años se han sumado varias denuncias más y, finalmente, hemos podido llevar a juicio a los responsables, porque la iglesia ya no está protegiéndolos. Tu denuncia es importante para el juicio.

      —Jamás hice ninguna denuncia.

      —Por supuesto que lo hiciste.

      Dorram volvió a su escritorio y de entre varias carpetas eligió una de color negro. Rebuscó en ella y sacó una hoja, la misma que me entregó.

      — ¿Reconoces esto? —Me preguntó y tal y como si se tratase de un discurso que ha releído una y mil veces más, fue repitiendo de memoria las primeras líneas. —He acusado a un tal Arthur Horvat, Raphael Jovanovié y Collin Yilmaz de varios crímenes… etc, en base a esta declaración, mi intención es llevar a Yotam y a ti a la corte para que le digan al juez que esa es en efecto, la firma de cada uno.

      Él hablaba, pero mi atención estaba puesta en aquella hoja y lo que en ella estaba escrito, el recuerdo de lo que se relataba y el cómo frases como “me golpeaba”, “varias veces me violó”, “me besaba” o “se metía a mi cama durante las noches” parecían resaltar entre las todas las demás. Sentí un vértigo y el cómo las fuerzas me abandonaban. Dorrem me quitó la hoja de entre las manos, pues había comenzado a arrugarla. Quería gritarle, decirle tantas cosas, pero tenía un nudo en la garganta que no me lo permitía.

      —Si después de todo lo que ese bastardo te hizo no quieres acusarlo, entonces hazlo por Yotam.

       Sus palabras resonaron en mi mente. No quería escuchar el nombre de quien amo en la boca de ese hombre. Lo miré fijamente una vez y le di la espalda, dispuesto a irme, pero Dorram me detuvo.

      —No me toque…—mascullé.

      —Escúchame, hijo. Estamos a nada de enviarlos a prisión y la declaración de ustedes es vital para lograrlo.

      —El que vayan a prisión  no cambia en nada mi pasado. Aunque tenga una declaración firmada no puede obligarme. Además, esa hoja está a nombre de un tal Patrick,  y yo no soy más esa persona.

      —Les ayudé a cambiarse el nombre, por supuesto que tengo pruebas de sus antiguas identidades. Y aunque me tomó años, finalmente di con ustedes, ¿no? Si no quieres hacerlo tú, ¿qué hay de Yotam?

      —No se atreva a acercarse a él —amenacé.

      —Alain, hay algo que debes saber sobre Yotam.

      —Se todo sobre él, ¿lo entiende? Todo.

      —Esto no, alguien de su familia lo buscaba, aun lo busca.

      — ¡Mentira! —Le rebatí —. Estaba solo, no tenía a nadie cuando llegó al internado, nunca recibió visitas, ni cartas de familiares. No tenía tutor, patrocinador y mucho menos padres.

      —Déjame explicarte…  

      — ¡No me interesa! —Grité—Usted quiere lo mismo que todos los demás, quiere alejarlo de mí. Pero sabe, él es mío y jamás, jamás lo va a tener.

      —Mira esto… —Dorram fue a un gabinete en su escritorio y sacó más hojas, las imágenes de varios niños quedaron regadas sobre el buró, y entre ellas la foto de mi niño estaba ahí, justamente como lo recordaba. —Su madre lo busca —finalizó.

      — ¡No! —El miedo me inundó de pronto. Sentí ganas de llorar y maldecir, nada de esto era cierto, Yotam no tenía a nadie, solo a mí y tampoco necesitaba a nadie más. —No es verdad.

      —Puedo presentártela, si quieres.

      —No.

      —Alain, esto es importante… Yotam tiene derecho a saber.

      —No, y se lo digo de una vez, aléjese de nosotros, no declararemos en ningún juicio y si tan solo llego a ver a  alguien de su gente cerca de Yotam, desapareceremos de nuevo… ¿lo entiende?

      — ¿Vas a dejar todo lo que has construido hasta ahora para huir?

      — Póngame a prueba y esta vez, jamás va a volver a saber de nosotros.

      —Lo siento, pero no puedo dejarte ir… Ella tiene derecho de saber de su hijo. En todos estos años no ha dejado de buscarlo y viene cada día a este lugar. Tiene derecho…

      —Yotam tenía derecho a no sufrir, ¿dónde estaba su madre entonces? Él no la necesita ahora. Y se lo advierto, envíeme otro papel como ese y desapareceremos. No iremos a la corte. —Fue lo último que le alcancé decir, pero yo ya iba saliendo de su oficina. El bullicio se intensificó, pero lo único que hice fue caminar más rápido.

Jamás le diría de esto, él no tenía por qué saberlo.

      En cuanto estuve fuera de ese lugar, prácticamente corrí hasta el hotel. Tenía que volver a donde Yotam, necesitaba estar con él… Lo necesitaba.

       

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