cinco minutos

Cinco Minutos.

 

Una canción y una sonrisa.

 

El cielo sobre mi cabeza era de un pesado color gris plomizo. Nada extraño en la ciudad en la que vivo, pero estaba tan sensible que me tomé aquello como una afrenta personal por parte del cosmos. Sí, mi mal humor había logrado convencerme de que yo era el centro del universo y el directo responsable del mal clima; o, en su defecto, que este era el reflejo de mi estado de ánimo.

No iba a llorar. Me negaba a ello. Además, de hacerlo mis anteojos iban a empañarse y eso sólo lograría hacerme ver tan patético como me sentía. No iba a llorar, aun si el picor en mis ojos y el grueso nudo de frustración y humillación atorado en mi garganta empezaban a convertirse en algo imposible de ignorar.

¡Que no iba a llorar, carajo!

Con impaciencia volví a dar un vistazo a la esquina y, por supuesto, no había rastro del autobús que me permitiría largarme a rumiar mi mal humor a mis anchas, mientras me revolcaba en autocompasión y renunciaba por completo a la comida o, en contraposición, me atragantaría con lo que se me atravesara, como un cerdo. Estaba en mi derecho de hacer eso después de haber sido pateado de forma cruel, y además en público.

Muchos, sin el contexto adecuado, quizá podrían llegar a pensar que lo que había pasado me lo tenía bien merecido, que yo de alguna manera me lo había buscado, pero por supuesto yo no estaba de acuerdo. Mi amor propio no me permitía estar de acuerdo; mi orgullo, que al parecer era una cosa ínfima y mínima que vivía en el rincón más recóndito de mí ser, pero que aun así existía, tampoco me lo permitía.

Yo creía estar parado en tierra firme con él. Tanto así, que empezaba sentirme con el derecho de levantar mi voz más allá de un mínimo susurro cuando sentía la necesidad y el deseo de ser escuchado. Empecé a sentirme seguro y querido, pero patearon la banca bajo mis pies y el suelo firme que creía estar pisando se convirtió de la nada en un blandengue y desagradable fango que estaba tragándome por completo.

Manuel en definitiva pudo haber sido más discreto, menos cruel y procurado parecer más un ser humano. Para patearme lejos de su vida bien pudo haberse ahorrado lo imbécil y en definitiva tampoco había necesidad de que él dejara tan claro en público que lo de nosotros dos, si bien no era nada importante como yo pensé —o ridículamente soñé—, estaba bastante lejos de ser meramente platónico y era más bien algo carnal. Carnal en el extenso, ancho, profundo y húmedo sentido de la palabra.

Porque si, señoras y señores, en mi infinita inteligencia, en mi afán de trabajar en lo que creí radicaba el problema de mis pocas y fallidas relaciones amorosas en el pasado, llegué a la, sin lugar a dudas, poco inteligente y no tan acertada conclusión de que lo que yo necesitaba era ser más abierto y desinhibido con mí parte sexual y que así las tendría todas conmigo.

Fue él quien se acercó a mí. Yo no buscaba a nadie, me había decidido a estar solo hasta que averiguara que estaba mal conmigo y fue tan insistente que yo sólo… Abrí mi boca y expuse mi trasero, se lo di todo —todo, todo— estúpidamente creyendo que eso de alguna manera me haría ganar un lugar legítimo en su vida. Supongo que creer eso fue un error… Bueno, en realidad no hay que ser ningún genio para llegar a tal conclusión, pero de nuevo aquí estoy yo: El chico menos brillante y más idealista del lugar.

No quiero ser malinterpretado. No es que no hubiese yo disfrutado mientras Manuel y yo jodíamos como si la siguiente respiración dependiese de ello, porque si me atreviera a asegurar tal cosa Dios sabe que estaría mintiendo, pero el asunto es que soy de los estúpidos que no se sienten satisfechos con sólo eso… NO. Yo siempre tengo que llegar y joderlo todo involucrando mis estúpidos sentimientos que, aun en contra de mi voluntad, siempre tienden a estar bajo mi capa de piel, dispuestos a emerger a la primera de cambio. ¿Es acaso que nunca voy a aprender? ¡Dios!

Debí haber sospechado cuando la regla número uno de lo que fuese que nos uniera era la clandestinidad. A duras penas me hablaba en público, ni decir el llegar a tomar mi mano o ser sincero con respecto a nosotros. Ah, pero eso sí, en cuanto nos encontrábamos en algún paraje oscuro o solitario no tardaba en saltarme encima. Todo estaba tan claro como el agua, ¿cómo es que no fui capaz de verlo? Sólo le faltó gritármelo en la cara… Oh, esperen, sí lo hizo. Con público, además.

  • ¿Por qué nos escondemos? En la cama no parece importarte demasiado dónde pongo las manos. ¿A qué le tienes miedo? ¡Quiero más de esta relación, Manuel!

 

En ese momento debí saber que después de su silencio no vendría nada bueno.

 

¿Cuál relación?—. La risa sínica en su rostro fue como una puñalada—. Que te abras de piernas y me dejes joderte no convierte esto en una relación. Eso sólo significa que cuando estoy cachondo tú estás disponible. No te sientas tan especial.

Cada vez que lo recordaba me daban ganas de golpear mi cabeza contra la primera superficie dura que se me atravesara. ¿Cómo es que no me le fui encima a golpes al muy imbécil? A causa de la estupefacción, supongo. Ni siquiera quiero intentar imaginar la expresión en mi rostro cuando me dijo aquello a un volumen cuya última intención era mantener la cuestión sólo entre nosotros dos.

En una sola y venenosa frase barrió con toda mi autoconfianza. Nunca he querido darle tal poder sobre mí a una persona, que sus palabras y acciones llegaran a herirme de tal modo; pero tal como he dicho, empezaba a sentirme seguro a su lado y eso me hizo bajar la guardia. Entre más alto subes, más dura es la caída.

Sé que pueden decirse cosas estúpidas e hirientes cuando se está enojado, pero la verdad es que no recuerdo un solo rictus de arrepentimiento en su rostro. Ni una sola pista de que de verdad no sintiera lo que dijo, o que su intención no hubiese sido herirme. Que no intentara detenerme cuando me marché…

Está bien, quizá yo perdí el control, quizá yo no debí enloquecer sólo porque se negara a tomar mi mano, quizá yo no debí abrir la boca frente a su mejor amigo cuando él me pidió, expresa y enfáticamente, que no hablara de lo nuestro frente a él… «Lo nuestro» Eso se escucha gracioso, dadas las circunstancias. Así que aunque no tenía ganas, no pude evitar sonreírle a la nada con amargura. En definitiva lo que yo debería hacer es dejar de tratar de culparme a mí mismo por esta situación, renunciar a esa maldita costumbre de siempre ver cosas donde no las hay, construyendo en el aire con tan sólo mis esperanzas como material… Dejar de fijarme en imbéciles no estaría mal tampoco.

Comenzó a llover… Genial.

Miré con tristeza e irritación al gigantesco portafolio que colgaba de mi hombro, aquel que contenía las ilustraciones que se suponía debía entregar ese mismo día en menos de media hora. Recordé con amargura todas las horas en las que debí privarme del sueño y de cualquier tipo de distracción para terminarlas, en el hecho de que yo había salido corriendo de la universidad, huyendo de las miradas indiscretas y de lástima, y sobretodo en que no pensaba devolverme para entregarlas. Pero de nuevo ese era yo, invirtiendo tiempo y esfuerzo en cosas y situaciones de las que nunca recibiría nada bueno a cambio.

¡Maldita sea!

Si mi vida fuese una película —una mala— me habría quedado bajo la lluvia y la música de fondo tristona habría empezado a sonar justo en ese momento, pero nada de eso, yo siempre he sido una persona práctica con poco gusto por los dramas innecesarios, incluso en la situación en la que me encontraba. Moría de frío, no quería un resfriado que llegara a empeorarme el panorama y además, cuando se me pasara el apendejamiento esperaba poder convencer a mi profesor de ilustración de que me recibiera el trabajo que cargaba conmigo, así que corrí media cuadra hasta el techo exterior de una cafetería.

The mythbusters tenían razón, es erróneo pensar que correr bajo la lluvia consiga que te mojes menos, sino todo lo contrario. Así que ahora además de cabreado, estaba por completo empapado. Ni siquiera quise mirar dentro del portafolio, ¿para qué? no había necesidad de echarle más leña al fuego.

Por mi mente pasó la ridícula idea de sacudirme como los perros para deshacerme del exceso de humedad pero, gracias a Dios, la deseché de inmediato. Me quité los anteojos e hice mi mejor intento por secarlos con el ruedo de mi camiseta, pero el resultado no fue bueno, puesto que mi ropa estaba mojada.

Tal como estaban las cosas, empezaba a convencerme de que cuando llegara a mi casa, mi hermana me recibiría en la puerta con la noticia de que nuestro perro había muerto.

A mi favor diré que, a pesar de mi corazón roto y mi ego resquebrajado, logré alejarme de Manuel, y de aquellos que me miraban, con el rostro duro como una roca. Bajo el techo de aquella cafetería quería echarme a llorar como un mocoso, pero no me había temblado la voz para gritarle ‘Closetero’ a Manuel —Raro en mí, porque siempre suelo guardármelo todo— antes de dejarlo parado en medio de uno de los patios de la universidad, en compañía de un amigo al cual seguro tendría que darle algunas explicaciones que obviamente no quería dar.

Y ahí, mientras me regodeaba en mi pequeñísima victoria, me atacó entonces un segundo y agudo dolor. ¿Y si lo que pasaba no era que Manuel estuviera escondiendo su homosexualidad de su mejor amigo, sino que este le gustaba, o tenían algo…? ¿Y si lo que había hecho Manuel era ensayar conmigo, para después ir por su maldito mejor amigo? Mi tendencia a imaginar escenarios empezaba a jugarme en contra y a patearme las entrañas con saña. Mierda, ahora sí que quería irme rápido a casa, porque de estar dolido y cabreado empecé a encontrarme físicamente mal. Otra consecuencia de la rabia, claro. Esperaba no vomitar en el autobús.

¿Por qué? ¿Por qué era tan absurda mi suerte? ¿Tan malo era tener fe en los demás y esperar que alguien me quisiera lo suficiente como para no tratarme como basura?

En el fondo creo que estuve cada minuto que duró lo nuestro esperando a que terminara en cualquier momento.

Cuando finalmente pude tomar el transporte público quise dejarme caer en uno de los asientos como si me hubiesen disparado y estuviera herido de muerte. ¿Exagerado? Quizás, pero juro por Dios que era así como me sentía. El problema radicó en que para dramatizar de tal manera habría sido necesario que hubiese algún asiento desocupado sobre el cual desparramar mis huesos. Eso habría sido casi un milagro, y ya he dado suficientes pistas acerca de cuan mala es mi suerte.

Y claro, Manuel tenía que reventarme las pelotas — y no de la manera divertida— en plena hora pico a finales de la tarde.

 

***

 

Sobreviví.

Lo hice.

Sobreviví a las personas respirándose mi aire, sobreviví a aquellos que, apretujados contra mí, olían como perro callejero mojado. Sobreviví a las malas miradas por llevar un portafolios gigante conmigo, sobreviví al niño llorón y a su madre apenada y fastidiada con la situación y sobreviví también a la absurda cantidad de vendedores de dulces y snacks que trataban de terminar de hacerse el día, por no hablar de aquellos que, jugando con la sensibilidad de los demás, trataban de recolectar cualquier moneda valiéndose de historias que bien podían valer para un Oscar a mejor interpretación dramática; cuestión que lograba distraerme de mis pesares por momentos, al tratar de adivinar si algo de aquello que pregonaban era cierto.

Ey, que hay alguien aquí que está muriendo también. ¿Exagerado? Quizás, pero era así como me sentía.

Momentáneamente renuncié a mi individualidad y me volví uno con la masa homogénea de cansancio y cotidianidad. A pesar de mi corazón roto y mis huesos cansados, todos los presentes sufríamos un mal común que hacía la pena compartida un poco más llevadera y un poco menos importante todo lo demás…, de momento. Si sobreviviría o no a la tapa de mi cráneo volando por los aires a causa del mal humor, era un asunto aún por verse.

 

Sobreviviría también a Manuel, claro que lo haría.

 

La ciudad, húmeda y goteante después de la tormenta, me envolvió con cierto misterioso y calmante hechizo. Me arropó con sus calles húmedas y me adormeció en su sobrecogimiento una vez que me fue posible contemplarla a través de una de las ventanillas poblada de los rastros de la lluvia.

Saldría de esta, claro que lo haría… Como siempre. Porque la verdad es que nadie se muere a causa de un corazón roto.

Respiré profundo, dispuesto a recomponerme. Recogería los pedazos, me haría un ovillo durante un rato y luego esperaba que todo estuviera bien, o al menos mejor. Después de todo yo no era el malo allí. Yo sólo era el que estaba dispuesto a creer, a sentir. No era la primera ni sería la última vez que me lastimaran, eso seguro. Yo sólo esperaba hacerme más fuerte tras cada caída.

Vivo absurdamente lejos de la universidad, así que para el tramo en el que iba, la cantidad de personas en el autobús había disminuido de forma considerable… Ey, incluso podía andarse por los pasillos del autobús; y si hubiese necesitado apearme no habría sido necesario molerme contra el cuerpo de alguna mujer que de seguro se sentiría sexualmente ultrajada, desconociendo que mi homosexualidad me impedía disfrutar de cualquiera de las partes de señora que llevara debajo de su ropa.

Quince minutos más y estaría a salvo debajo de las mantas de mi cama. Quince minutos más, y entonces podría derrumbarme y deshacerme del nudo en mi garganta para reemplazarlo quizá por ojos hinchados y una nariz goteante… O quizá no. ¿Quién sabía lo que podía pasar? Sabía que sobreviviría, pero no estaba seguro de lo que podría pasar hasta entonces. ¿Qué tribulaciones me esperaban, oh, buen Dios? Me conozco.

Cuando lo vi subir al autobús por la puerta delantera, y saltarse la registradora con una guitarra en ristre, no pude evitar blanquear los ojos. Sólo quería que los últimos minutos de mi trayecto transcurrieran en paz, sólo eso. En cambio tendría que soportar los alaridos de otro cantante de autobús. Recuerdo haber pensado que ojalá no fuese a cantar rap y a improvisar con cada uno de los pasajeros.

Cuando miré en su dirección me sentí avergonzado, sus ojos estaban directamente clavados en mí y entonces me pregunté si me había visto torcer la boca y blanquear los ojos, porque eso fue grosero. Su ceja levantada y la sonrisita que elevaba una de las comisuras de su boca me dijeron que sí, que me había visto. Arrugué el entrecejo y ofrecí una sonrisa aguada como disculpa, él negó rápidamente con la cabeza y frunció un poco los hombros, cosa que interpreté como que perdiera cuidado.

Camiseta negra, chaqueta de cuero, jeans ajustados y una guitarra guerrera que se notaba había pasado por muchas batallas. Una sonrisa inmune a mi ceño fruncido y a la indiferencia y un corto discurso como consigna de la que supuse era su lucha diaria.

—No voy a contarles una historia triste— dijo— Sólo soy un estudiante sin un empleo estable de momento y esta es mi manera de ganar dinero. Sólo necesito cinco minutos.

Me sorprendió su desparpajo. Fue casi como si tuviéramos que agradecerle por no jugar con nuestros sentimientos o por no robarnos y en su lugar únicamente incordiarnos con una canción que nadie había pedido escuchar. Él —quien quiera que fuese— y yo habíamos empezado con mal pie, así que estuve seguro que sacar mis audífonos de seguro habría sido tomado a mal.

Cinco minutos. ¿Sólo cinco minutos? ¿Era todo lo que él necesitaba para solucionar sus problemas? Que afortunado… Y ahí estaba yo, pensando como alguien mezquino. Este hombre joven con su guitarra bien podía tener doce criaturas esperando en casa para poder comer, en cambio yo sólo había sido pateado.

Debo confesar que me sorprendió. Buena guitarra, buena voz. La letra de una canción que me golpeó justo donde más me dolía.

Te guardas todo para ti mismo…

Eres como todos los demás…

Así que… Echa un buen vistazo a tu alrededor…

Ahora… Bienvenido a la «Ciudad Quebrada» Una gran ciudad para tus peores momentos.

Bien. Estaba sensible, sí; pero juro por Dios que sentí que él me dijo con su canción que yo no era el único en esta ciudad rota. Miles de habitantes, miles de historias, miles de vidas llenas de buenos y de malos momentos. Miles de viajes en autobús. Yo no era el primero ni sería el último. Estaba bien dar una mirada alrededor y salir del caparazón del egoísmo. De seguro yo no era el único en haber tenido un mal día en la ciudad rota. Quién sabe cuántas veces me había puesto los audífonos y hecho oídos sordos a las historias de los demás.

… Cuando dejes de imaginar…

Hay una señal en el camino…

Bienvenido a la «Ciudad Quebrada»

Él —quienquiera que fuese— tenía una mejor actitud ante la vida que yo. Eso seguro.

Su entrega terminó siendo recompensada por un aplauso y su petición de una colaboración monetaria para el artista. Le fue bien, debo decir, vi algún billete de poco monto siendo puesto en su mano extendida.

Estiré la mano con todo el cambio que pude rescatar del bolsillo de mi morral, pero al sentir que él no los tomó levanté mi vista hacia él. Estuvo mal lo que pensé, lo sé, pero pensé en que me iba a echar la bronca por el recibimiento que le di y en que jamás creí que una persona que cantaba en los autobuses tuviera el orgullo suficiente para rechazar algunas monedas… Y entonces me sentí ruin por pensar de esa manera.

—Lo siento—. dije.

— ¿Por qué?—. Me sonrió y se dejó caer a mi lado.

—Porque… si—. No podía confesar mi mezquindad. — ¿No vas a tomar mi dinero?

Mientras guardaba la guitarra en el estuche que había llevado cargado de bandolera a la espalda, sonrió de vuelta. Enigmático y seguro, todo lo contrario a mí.

—Consérvalo un rato. Cuando nos bajemos de aquí, hombre, tú pagarás por el café.

 

Fin.

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Autoras. Con muchas historias por contar.

4 Responses to cinco minutos

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  2. Angiie says:

    Awwww tan resfrescante y maravilloso como un vaso de agua después del mediodía en Cancún… me ha encantado Angye!! No hablaré del largo tiempo sin leer algo de ti, eso está demás ahora. Cinco minutos es un relato hermoso y conmovedor. Una situación tan común, pero definitivamente de ahora en adelante recibiré animosa a los chicos que suban a cantar y pensaré en ti.

  3. Eymi says:

    Me gusta, ojalá hubiera continuación, cuídate

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