Miguel, Capítulo 84

Capítulo 84

 

GONZALO

 

-. Le agradezco que haya venido. Esta conversación ha aclarado nuestras posiciones, Don Gonzalo.

Quien hablaba era Don Federico Ramírez, Jefe de la familia más antigua en la zona sur y la quinta visita que realizaba Gonzalo en su viaje. Podía recordar que el hombre ya era mayor cuando él era un niño y lo había conocido con su padre. El viejo seguía activo y con una salud de roble.  Lo había recibido respetuosamente en su casa de campo de 1000 metros cuadrados donde el lujo se notaba hasta en los más ínfimos detalles como la copa de cristal tallado que una mucama de uniforme negro les había servido en una bandeja de exquisita elegancia. Lo había guiado él mismo hasta una sala calidamente decorada con amplios ventanales que dejaban ver los jardines y los bosques al final de la propiedad. Nada de oficinas frías, escritorios ni guardaespadas armados. El lugar parecía un magnífico resort campestre donde niños y mujeres de la familia disfrutaban del jardín y los juegos.  Habían conversado sobre la situación de las familias ahora que el poder estaba desbalanceado y abiertamente a favor de Gonzalo. Esa parte la estaba disfrutando en grande. El costo había sido alto pero el respeto que inspiraba cuando llegaba a alguna parte, el temor y la admiración en los ojos de los demás, eran la confirmación de que nadie competía con él ahora. Tenía gente leal y la mejor red de seguridad.  Todo estaba bajo control. Estas visitas eran necesarias para confirmar y dejar claro, lo antes posibles, las nuevas reglas del juego.  Lo habían recibido bien en todas partes y aunque algunas de las conversaciones habían sido tirantes, finalmente se lograban acuerdos y el juego continuaba. No todos destilaban el estilo y clase que tenía Don Fede. El viejo estaba resultando ser toda una sorpresa.

Compartió un almuerzo con la familia de Don Federico…  hombres, mujeres, adolescentes y niños se sentaron en una mesa larga a disfrutar. Don Fede le había presentado a varios de los miembros de su familia. Gonzalo esperaba que quienes lo acompañaban hubieran tomado nota de quien era quien. Normalmente era Andrei o Miguel quienes recordaban nombres y personas, pero ninguno de ellos lo acompañaba ahora.

-. Es bienvenido a acompañarnos por el tiempo que desee – expresó la mujer de Don Federico

Gonzalo agradeció la magnífica hospitalidad. Seguramente sería fantástico conocer la hacienda y disfrutar de los lujos y la agradable compañía de tan encantadora familia. Si. Don Fede, su familia y estilo de vida habían logrado impresionar a Gonzalo… pero no podía aceptar. Había cumplido el objetivo de la visita y el almuerzo familiar era una gentileza imposible de rechazar. Pero le estaba costando trabajo mantener la concentración.

Cinco días sin ver a Miguel.

Cinco malditos días.

Gonzalo suspiró y se permitió perder la vista en el paisaje por unos segundos.

Miguel había sonreído con tristeza cuando se despidieron… Sus hermosos ojos de fuego parecían apagados… Hablaba con él varias veces al día y tenía que contenerse para no llamarlo a cada hora. Él le aseguraba que todo estaba bien en la ciudad y Gonzalo le creía. Ese no era el problema.  Miguel no podía engañarlo, aunque tratara… de hecho, ninguno de los dos podía confundir al otro porque habían llegado al punto en que se conocían tan bien que bastaba un leve movimiento de cejas para entender emociones. El problema era él. Por los mil demonios!!! Lo extrañaba completamente… ansiosa y demencialmente. ¿Por qué diablos había aceptado dejarlo en la ciudad???!!! Deseaba mirarlo, olerlo, escucharlo, apretar con fuerza su delgado cuerpo contra el suyo. Se le calentaba la sangre de extrañarlo y desearlo. Sobre todo, cuando recordaba que la noche antes de partir, había sentido el perdón total de Miguel cuando le había dado luz verde para hacer con él lo que deseara… Gonzalo lo había amado con una ternura que no sabía podía sentir, un sentimiento tan noble que lo había dejado en paz y lleno de amor. Pero ahora… deseaba desnudarlo y cumplir lo que…

-. Su hermana ¿sigue recuperándose bien?

La pregunta le llegó lejana y le tomó unos segundos responder. Mierda!  Levantó la copa de vino para ganar tiempo y se reconectó con lo que pasaba a su alrededor…   solo conversación trivial pero no podía ser descortés ni con don Fede ni con su familia.

-. Si. Lidia está mucho mejor.

A las 4 de la tarde se despidió con un abrazo del viejo, su señora e hijos. Subió a uno de los vehículos que formaban su pequeña caravana. Se reclinó en la comodidad del asiento e instintivamente buscó el teléfono y el nombre de Miguel. Se detuvo un segundo antes de llamar. Frunció el ceño y apretó los labios. Lo había llamado apenas hacía unas horas. De mala gana dejó el celular a un lado. No quería parecer desesperado. No podía. Maldición!!! ¡Era el principal de todas las familias! ¡Estaba en la cumbre y podía hacer lo que se le diera la gana!!!… sin embargo, estaba derritiéndose por la necesidad de estar con Miguel.  Luego de cinco días de ausencia estaba listo para reconocer a gritos que quería al mocoso a su lado, le hacía falta, su corazón, su mente y cuerpo clamaba de ganas por él. Maldito el momento en que había aceptado dejarlo lejos. Estaba a medio país de distancia y aún le faltaban dos familias por visitar. Sus labios se volvieron una línea blanca y su puño golpeó fuertemente el cuero del asiento haciendo que el teléfono rebotara y cayera al piso del vehículo.

-. Mierda…

Se alejaban de la casa. El lugar era una belleza. La casa increíble, los jardines maravillosos… en la distancia veía el orden de las cocheras, más allá las caballerizas… Una construcción pequeña le hizo ladear la cabeza para entender mejor que era. Vaya!!! El viejo tenía su propio helicóptero.

 

 

MIGUEL

Leticia dejó el plato con pizza de doble queso en la mesa frente a Miguel. Sonrió avergonzada cuando él la miró y desapareció con la misma diligencia y silencio que hacía todo lo que se le pedía. Miguel llevaba casi una semana estacionado en el puerto batallando por derrotar viejos malos hábitos impuestos por Rojas e instalar nuevas costumbres, ganarse el respeto de hombres 20 años mayores que él y el doble de su porte y peso, desbaratar negocios que no cuadraban con la forma de hacer las cosas de la familia y en general, enfrentando un clima que se volvía aún más hostil hacia él cuando se daban cuenta que trataban con un hombre que gustaba de los hombres. Varias veces había tenido que afilar las garras e imponer su voluntad a punta de amenazas y firmeza. Tanto Gonzalo como Andrei lo habían dejado rodeado de gente de confianza y muy rara vez estaba solo en el Club que ahora era propiedad de la familia. “Metralleta” estaba cumpliendo su palabra de lealtad y trabajaba al lado de Miguel, aunque claramente no respetaba su edad ni condición… pero eso no impedía que llevara a cabo lo que se le pedía.  Miguel no tenía temor y la labor que Gonzalo le encomendara estaba resultando bien. Lo extrañaba mucho a pesar de estar ocupado la mayor parte del tiempo. Se sentía extraño estar solo, dormir y despertar solo. Solo faltaban pocos días para que Gonzalo volviera pero se le hacían una eternidad. Mientras tanto, hablaban por teléfono muchas veces al día.

 

Miguel mordió la pizza que la muchacha le había servido y el delicioso sabor le inundó la boca y le arrancó una sonrisa. Aaahhh podría alimentarse  de esta pizza por el resto de su vida…   apenas hubo terminado, Leticia retiró el plato y desapareció tan eficiente y silenciosa como siempre.   Miguel la siguió con la mirada. La chica era un misterio. Nadie tenía una explicación lógica sobre qué hacía Leticia en el club y porqué se le permitía seguir allí. Solo sabían que nadie quería echarla porque la chica no cobraba sueldo, era servicial y les provocaba mucha pena.  La única información que existía sobre la muchacha era que ella formaba parte del grupo de niñas que Gonzalo y su gente habían encontrado asustadas dentro de un container, en una de las batallas con la familia de Rojas. Leticia había formado parte del negocio de trata de blancas que se había arruinado. Estaba destinada a ser vendida y usada como prostituta o esclava. Gonzalo había liberado a las chicas que corrieron a perderse cuando se vieron nuevamente libres. Leticia no corrió. Fue la única que permaneció con los pies clavados al suelo, sin moverse ni llorar, ni gritar, ni dar explicaciones.  No habría podido hacerlo, aunque deseara porque Leticia era muda.  Nadie sabía si tenía familia ni de donde era y ella no daba señales de querer compartir información cuando alguien le preguntaba sobre el tema.   Calculaban que tenía alrededor de 15 a 16 años, era una muchacha muy flaca, de piel pálida cenicienta, pelo trigueño descuidado, buena voluntad y mucha timidez. Juan, el encargado de la cocina en el Club, era un hombre grandote y mal genio con todo el mundo y que por alguna extraña razón se apiadó de ella y la alimentó. Le permitió deambular por la cocina y el club hasta que alguien empezó a darle mandados o a pedirle que limpiara u ordenara y así todos se fueron acostumbrando a su callada presencia. Leticia nunca pedía nada ni daba problemas. Era de esas personas que pasan completamente desapercibidas por la vida y nadie se fija en ellas. Se acomodaba a dormir entre los bultos de la despensa cuando caía rendida de sueño. No tenía nada en este mundo y, sin embargo, era capaz de sonreír y hacer que sus ojos pardos brillaran como el sol.

Miguel había instalado el centro de los negocios de la familia en los salones del segundo piso del Club. Por allí circulaban muchas personas cuando Miguel se encontraba en las salas; otras veces desaparecía todo el día junto a sus hombres y regresaba de noche, cansado, a dormir en el dormitorio de los altos del Club. Había que reconocer que Rojas sabía cómo darse lujos increíbles y lo que por fuera parecía un club sencillo para cenar, bailar y buscar compañía, tenía unos hermosos salones con mucha comodidad en el piso superior. Miguel se fijó en Leticia cuando ya llevaba varios días en el puerto. “Sombra” acompañaba a Miguel en el dormitorio mientras dormía. El perro se mostraba huraño con casi todo el mundo pero era pura dulzura con su amo. Generalmente era un animal tranquilo. Esa madrugada Miguel despertó con los extraños sonido que emitía Sombra… algo lo había despertado y lo mantenía inquieto al punto de rasguñar y gruñir

-. Vuelvete a dormir – pidió Miguel, pero el perro no le hizo caso y continuó gruñendo

Entonces Miguel también escuchó un ruido que no pudo identificar, pero que sonaba alarmante. Se sentó en la cama. El club había cerrado sus puertas y aunque el silencio no era total, por sobre los ruidos de la calle, Miguel escuchó un sonido peculiar y urgente que lo hizo vestirse y salir del cuarto, bajar la escalera de prisa, seguido de sus hombres, para buscar el origen del sonido.

-. ¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntaban los hombres desenfundando sus armas. Miguel no respondía porque había premura en los sonidos que había escuchado y no lograba identificar.

El tipo tenía más de cuarenta años y había bebido varias copas demás. Las chicas del club le habían ofrecido su compañía en repetidas ocasiones, pero el hombre había puesto sus ojos en la chica muda que le limpió la mesa.

-. La quiero a ella – dijo arrogante, mostrando el dinero

-. No está a la venta. La chica es muda. Ella hace la limpieza y vive aquí pero no puede acompañarlo – respondieron las mujeres riendo burlonas y volviendo a ofrecer su compañía. Pero el tipo, malhumorado, se quedó sentado mirando a la chica muda ir y venir en sus ropas poco atractivas, con el pelo amarrado y un paño de limpieza en las manos. Aparentemente no tenía ninguna gracia, no si se la comparaba con las chicas elegantemente vestidas y maquilladas que deambulaban por el Club. Pero el tipo se encaprichó con ella; le gustó el cuerpo delgado, la mirada asustadiza de sumisa y el hecho de ser un fruto negado y prohibido.  Cuando el Club comenzó a quedar vacío el hombre se ocultó en un cuarto de servicio cerca de la cocina.

Leticia dormía profundamente cuando sintió las manos del hombre ascender por sus piernas

-. No te muevas o voy a matarte – dijo el tipo con aliento fétido a alcohol y maldad.

Leticia no podía gritar, pero no se quedó quieta y comenzó a defenderse como leona. Los sonidos que escapaban de su garganta eran un rugido gutural incomprensible. La despensa estaba justo bajo el cuarto donde Miguel dormía. Esos sonidos de terror eran lo que había escuchado.

El tipo nunca tuvo una oportunidad.

-. Desgraciado de mierda – dijo Miguel enfurecido al comprender la situación. Se abalanzó sobre el hombre cayéndole a golpes y patadas, alejándolo de la chica. Leticia arrancó como un animalillo asustado y se refugió en la parte más oscura de la despensa, tras unos sacos de papas. Con los ojos abiertos a más no poder vio como el chico joven y otros hombres golpeaban a quien la había atacado. Su rostro se agitaba con muecas cada vez que escuchaba el crujir de huesos y reventar de la carne.

-. Ya basta.. por favor… es una maldita puta muda!! – suplicaba, pero no era escuchado. Un último golpe bien aplicado de Miguel dejó al desgraciado fuera de combate. Lo arrojaron en uno de los bins de basura de la calle posterior cuando estaba inconsciente. Nadie se preocupó de averiguar si estaba vivo o muerto.

-. Muchacha… oye… ¿dónde estás? No voy a hacerte daño…

Leticia era absolutamente ignorante en educación y sobre lo que pasaba en el Club, pero había visto a Miguel anteriormente y sabía que era alguien de respeto por la forma en que los demás lo trataban y atendían.  Estaba muy nerviosa, pero salió temblando desde el fondo de la despensa, cubriéndose el cuerpo con las manos.  El tipo le había roto la tela y estaba casi desnuda, revelando su cuerpo esquelético.  Al verla, Miguel estiró la mano hacia atrás y la movió con urgencia. Uno de los hombres le entregó de prisa la chaqueta que vestía.

-. Ponte esto – dijo Miguel pasándole la chaqueta y acercándose con cuidado, sorprendido de encontrar a una chica en ese lugar de almacenamiento de víveres

-. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Qué haces aquí? – preguntó intrigado revisándola con la vista en busca de heridas. La chaqueta que la cubría le quedaba enorme y parecía aún más delgada y pequeña. Leticia solo miraba con sus grandes ojos asustados.

-. Responde – insistió Miguel

-. No va a responderle. Es muda, Don Miguel – dijo uno de sus hombres

-. ¿Y qué demonios hace una chica muda durmiendo aquí?

Alguien le contó a Miguel los pedazos de la historia que había escuchado, pero no eran suficientes. Aunque eran pasado de las 4 de la madrugada, Miguel pidió que le trajeran de inmediato al administrador del local. El hombre llegó 20 minutos después, a medio vestir, corriendo y exaltado. Las explicaciones sorprendieron a Miguel. Recordaba nítidamente el container donde habían encontrado a las chicas que Rojas planeaba vender.

-. ¿Por qué sigue aquí? ¿Nadie sabe de dónde viene o cómo se llama? – preguntó al administrador mientras era el único que tomaba una taza de café en el salón del Club con Leticia, ya más tranquila, sentada cerca de él.

-. No señor. Nadie sabe o recuerda nada de ella. – respondió el administrador intranquilo – el encargado de la cocina le puso Leticia y ahora la llamamos así

Miguel frunció el entrecejo y miró sorprendido a la muchacha delgaducha y nerviosa que no había dejado de moverse y agitarse, siguiendo la conversación atentamente. Una muchacha que Rojas y sus secuaces habían secuestrado quizás hace cuanto tiempo y de la cual no sabían nada. La chica ni siquiera tenía nombre propio. Ni él había sufrido tanta miseria en su vida. Pensó en Nali, tenían una edad parecía. No pudo evitar sentir pena por la chica. Pasaron varios minutos en espeso silencio mientras Miguel decidía que hacer con ella.

-. ¿Puedes entenderme?

Leticia asintió abriendo grandes los ojos y con gestos tímidos indicó que sus oídos estaban bien. Miguel sintió profunda lástima. Se veía tan desamparada.

-. ¿Puedes hablar?.. con señas o algo?

La muchacha negó con la cabeza

-. ¿Estas herida?

Leticia negó, nuevamente

-. Bien. Es tarde ahora. Iremos a dormir y mañana decidiremos que hacer con…

-. Leticia, señor – apuntó el administrador aliviado

-.Si. Leticia. Llévela a uno de los cuartos de arriba.  Que nadie la moleste – sentenció poniéndose de pie para retirarse -. ah!  y mañana le compran ropa.

 

Al atardecer del día siguiente, Miguel y sus hombres se sentaron a comer en una de las mesas del club. No puso atención a la chica que le servía la cena hasta que uno de sus hombres lo golpeó suavemente con el codo y la indicó. Miguel levantó la vista. Leticia se veía diferente, no solo porque estaba limpia y llevaba un vestido simple pero nuevo sino por la cara de felicidad con que circulaba.

-. Leticia

La muchacha se acercó a hacia la mesa

-.Siéntate – dijo indicando una silla y haciendo un gesto a los hombres para que se retiraran-  ¿Estas bien?

Ella asintió

-. ¿De dónde eres?

Leticia cambió su expresión y se retrajo

-. ¿No sabes dónde vives?

No hubo respuesta

-. ¿Tienes familia?… ¿Mamá, papá?

Ella se mantuvo distante

-. Puedo llevarte con ellos si me dices donde están

La frase hizo que Leticia lo mirara con temor…  Miguel entendió. Ella no quería volver con quien quiera que fuera que estuvo antes.

-. Eres casi una niña. No puedes quedarte aquí. No hay quien se haga cargo de ti

Esta vez Leticia giró la cara completamente hacia Miguel y lo miró con abierto temor. Con seguridad se llevó la mano al pecho y se golpeó a sí misma para indicar que ella era capaz de cuidar de sí misma

-. No. Este no es lugar para ti. Siempre habrá cretinos como el de la otra noche

Ella comenzó a negar moviendo de prisa la cabeza, cada vez más asustada de que Miguel fuera a correrla

-. Espera. Está bien. Puedes quedarte aquí por un tiempo

Leticia suspiró tranquila. Muy de a poco sus labios se curvaron en un gesto parecido a una sonrisa. Se puso de pie y luego de una especia de venia, se alejó despacio mirando hacia atrás cada par de pasos.  Miguel no pudo evitar seguirla con los ojos y sonreír. Leticia le devolvió la mirada sonrojada. Había adoración en los ojos de ella.

 

DANIEL

Los dos sabían que María iba a poner el grito en el cielo… pero no esperaban que fueran tan patéticamente literal

-. No vas a irte a ninguna parte – aseguró ella mirando a Esteban en busca de apoyo. Quería a Coque donde pudiera vigilarlo y protegerlo constantemente. Nadie volvería a herirlo. Su hermano estaba destinado a grandes cosas. Lo protegería de todos… incluso de él mismo. Esta absurda conversación sobre irse lejos era lo más estúpido que había escuchado en su vida. Su mirada asesina se dirigió hacia Daniel. ¿Era esto idea de Daniel para alejar a su hermano de ella? ¿Qué se proponía hacer??

Daniel mantuvo su semblante calmado y levantó las manos y cejas en un gesto de inocencia desconcertante

-. No estoy pidiéndote permiso – dijo Coque – Soy mayor de edad y te estoy avisando que me voy con Daniel. Queremos estudiar y vivir tranquilos.

-. ¿Qué tontera estas diciendo? ¿Dónde vas a estar más tranquilo y protegido que aquí, con nosotros? – María se movía de un lado a otro – No puedes irte. Vas a ser el Jefe de la Familia. No puedes marcharte como si no tuvieras ninguna responsabilidad – Elegía sus palabras con cuidado. Usaría lo que fuera para mantener a su hermano protegido

Coque miro al piso y apretó los labios… inconscientemente, buscó la mano de Daniel y la apretó antes de hablar

-. Sobre eso…

Algo en la actitud de Coque hizo que María se detuviera y esperara expectante.

-. No quiero ser Jefe de la familia – murmuró muy bajito.

El silencio que siguió a su declaración fue total. Esteban, que se había mantenido en silencio hasta el momento, se aproximó a su esposa como signo de apoyo, como si supiera lo que esto iba a provocarle. Unos segundos después, María estalló.

-. Esto es culpa de lo que te hizo ese Rojas. No voy a permitirlo. Daniel! no quiero que vuelvas a esta casa. Voy a conseguirte hora con el siquiatra. Esto es producto del shock emocional. No estás pensando claramente. Necesitas ayuda profesional

Las excusas para explicar la locura que su hermano le decía se le atropellaban en la cabeza. Hablaba sin dejar espacio a ser interrumpida.

-. Estoy bien. No necesito ir al siquiatra. Es mi decisión. Daniel y yo vamos a irnos juntos.

Esteban puso su mano sobre la de María justo antes de que ella volviera a estallar. Ese gesto, sumado a la mirada de Esteban, fue suficiente para evitar que María dijera frases de las que luego se arrepentiría.

-. Vamos a conversarlo con calma – dijo Esteban

-. No hay mucho que hablar – Coque no se alteraba – no quiero ser el jefe de la familia y quiero irme lejos con Daniel. Tú puedes dirigir la familia mejor que yo.

La seguridad en la voz y en la mirada de Coque hizo que María, por breves segundos, se quedara inmóvil, digiriendo.

-. ¿Cómo que no quieres…? Pero siempre dijimos que…

-. No. Yo nunca dije nada. Papá y tú lo decidieron, pero a mí nadie me preguntó.

María se llevó las manos al rostro y buscó un asiento. Durante largos minutos lo único que se escuchaba en la sala era su agitada respiración.

-. ¿Sabes lo que estás haciendo?

Coque soltó el aire que mantenía retenido…

-. Si

María ladeó la cabeza y preguntó con el rostro lleno de incomprensión

-. ¿No te importa la familia? ¿No te importa todo lo que luchó nuestro padre? ¿todo lo que tenemos y somos?

Estaba claro que para María resultaba absolutamente incomprensible que Coque estuviera renunciando a ello, sin embargo, se encontró con la mirada limpia y calmada de su hermano menor

-. Es justamente porque me importa mucho que quiero irme. Yo no sirvo para dirigir esto… no puedo – dijo Coque encogiéndose de hombros y acentuando lo pequeño de su estatura y cuerpo – Tú sabes hacerlo mucho mejor de lo que yo jamás podría. No soy como tú. No quiero hacerlo.  

María se dio cuenta que enfrentaba un hecho consumado. Coque estaba absolutamente decidido a irse y a dejarlo todo en sus manos… Oh Dios!  ella… ella sería la encargada de la familia para siempre, mientras estuviera con vida… ahora era SU familia… de ella y de Esteban… ¿Qué dirían los demás?… ¿Importaba acaso? Ya la habían aceptado y los que no la quisieran pues… tendrían que aprender o largarse… o morir. Tenía el apoyo de Gonzalo y eso era importante. Dios!!! la realidad la golpeó duramente pero son absoluta claridad. Era la primera mujer jefe de una familia y ya no era de manera temporal sino a firme.

-. ¿Dónde quieres ir? ¿Por cuánto tiempo?

Coque relajó la contracción de sus hombros y miró a Daniel con alegría. ¡María estaba aceptando!!!

-. Vamos al país del norte. Daniel y yo vamos a estudiar en la universidad – respondió de prisa procediendo a informarle de todos los detalles que ya habían decidido juntos para la nueva vida que deseaban comenzar.

 

JORGE

Jorge se había quedado a cargo de los negocios en la ciudad otra vez.  Ya no estaba inseguro como la primera vez, pero tenía claro que era un principiante y no sabía todo, aunque aparentaba calma e imitaba la seguridad de Gonzalo frente a quienes no lo conocían tan bien. Agradecía la confianza de su jefe, pero sabía que en cualquier momento podría tener dudas y sería entonces cuando tendría que usar su propio juicio. No era fácil hacerse a la idea de que una decisión suya pudiera sumar o restar mucho dinero para la familia… peor aun era pensar que tal vez costaría la vida de alguien.  Entendía que era parte del costo de su nuevo cargo… pero eso no lo hacía más fácil. La violencia nunca había formado parte de su vida como en el caso de Gonzalo, Andrei, Miguel o la mayoría de los hombres de la familia. Le tomaría más tiempo acostumbrarse a ella.  Esta vez su responsabilidad era mayor. Gonzalo había pedido no ser molestado a menos que fuera una verdadera emergencia.  Andrei, Miguel habían partido rumbo al puerto donde comenzarían a hacerse cargo del nuevo “anexo” de la familia y luego, Gonzalo se tomaría un par de días para visitar a cada jefe importante de familia del país y tranquilizarlos respecto de su nuevo status. Nadie quería una nueva guerra. La que recién terminaba había desgastado a las familias de Gonzalo y María pero los había vuelto más poderosos. Jorge comenzaba a entender cómo funcionaba y se mantenía el equilibrio del poder entre las familias… un tema sumamente delicado, pero estaba seguro de que Gonzalo manejaría bien el tema.

Mientras esto sucedía, él estaba a cargo.

Salió de la ducha y se envolvió en la toalla. Luego de secarse se detuvo, desnudo, de pie frente al ropero, pensando en elegir ropa formal acorde a su nuevo cargo. Había comprado ropa nueva… Quizás debería dejar los jeans… Tomó unos pantalones grises de tela suave y se los puso. Se sentía cómodo en los jeans pero lo hacían verse muy joven y él quería dar una imagen para que lo tomaran en serio. Gonzalo siempre usaba jeans oscuros y nadie se habría atrevido a dudar de su poder por usarlos… pero él no era Gonzalo

-. ¿Qué pasó con los jeans de siempre?

Mierda!!! La voz de Ghiotto lo hizo saltar. ¿Por qué siempre hacía eso???!!! Odiaba que lo asustara

-. ¿Qué no sabes golpear la puerta?

Jorge se puso rápidamente la camisa, sintiéndose tonto y molesto a la vez

-. Oh. Lo siento

Ghiotto retrocedió y golpeó la puerta mirándolo con sarcasmo

-. ¿Puedo pasar? – Preguntó con burla

-. Muy gracioso – respondió Jorge con sarcasmo – Te he dicho en repetidas ocasiones que me esperes en el auto. No tienes que subir a buscarme.

Ghitto lo miro y elevó los ojos al cielo

-. Ni a Don Jaime ni a Gonzalo se los espera en el auto y usted sabe bien porqué.

Si. Si…si.  Ya había escuchado aquello del peligro en cualquier parte y los enemigos ocultos en los pasillos del edificio o el ascensor o el jardín. La seguridad se había reforzado después de la bomba que destruyó el auto de Lidia y mató a Karina.

-. ¿También te metes a la habitación de Gonzalo a esperarlo? – preguntó Jorge, mordaz

Ghiotto rió al imaginarse a sí mismo haciendo eso. ¡Claro que no! Pero Jorge era otra cosa.

-. Voy a buscar un café – dijo Ghiotto dando la vuelta sin responder – Los otros pantalones le quedan mucho mejor

¿Qué??!!

Jorge se mordió el labio para no gritar. ¡Se metía en su dormitorio como si fuera su casa!  se preparaba café por su cuenta y más encima le quería indicar qué debía vestir??!!!

-. ¿Cómo te atreves??!!

-. ¿Quiere el suyo con crema y azúcar? – gritó Ghiotto en el pasillo rumbo a la cocina

¡Demonios!! Ese hombre lograba crisparle los nervios en solo segundos.

-. ¡No quiero café! – gritó a modo de protesta dejándose los pantalones grises, camisa clara y chaqueta a juego. No pensaba usar los jeans.  Agregó una corbata delgada a su vestuario para reforzar su protesta y reafirmar su nueva identidad. Terminó de vestirse y dejó el dormitorio. El delicioso olor del café recién hecho asaltó su olfato en el pasillo.

–. Hoy será un día tranquilo – dijo Ghiotto sin mirarlo, sentado a SU mesa, hojeando SU diario y bebiendo SU café

Tranquilo??? Para él tal vez…

-. No para mi. Me espera mucho trabajo en mi computador – respondió Jorge arrogante

-. ¿Por qué usted no tiene un Mac Book Pro o algún otro computador moderno?

Jorge se detuvo confundido… ¿había escuchado bien?  ¿Ghiotto sabía de computadores? Lo miró dudando de haber entendido bien

-. Tal vez compre uno…  – respondió cauteloso – ¿tú… tienes un computador?

-. ¿Yo? No. Para que querría yo uno de esos

Obviamente que no, pensó Jorge molesto. De seguro no había usado uno en toda su vida. ¿Para qué se molestaba en preguntar?

-. Son muy útiles. La computación sirve para todo hoy en día- se defendió como si el guardaespaldas lo hubiera atacado – por ejemplo, la gente lee el diario en el laptop…

Ghiotto asintió sin darse por enterado de la molestia de Jorge ni de la clara alusión a que él estaba leyendo un diario de papel. Quitó la vista del diario y lo recorrió de arriba abajo con una clara mirada de decepción por su serio atuendo. Luego de unos instantes de silencio y con evidente incomodidad, Ghiotto preguntó

-. ¿Sabía que los pingüinos solo existen en la Antartica? En el polo norte hay osos polares, pero no Pingüinos

Jorge pestañeó, nuevamente desconcertado. ¿Qué se traía Ghiotto entre manos?… Como en cámara lenta tomó la taza de café con azúcar y crema que Ghiotto le había dejado sobre la mesa y bebió un sorbo. Aaahhh.. maldito hombre! Sí que sabía preparar un buen café

-. Si. Si sabía – respondió extrañado.

Su respuesta logró una mirada de decepción en Ghiotto

-. Aahh… – murmuró Ghiotto desilusionado

– ¿Estás leyendo algo sobre pingüinos en el diario? – preguntó Jorge

Esta vez fue el turno de Ghiotto de mirarlo extrañado, como si la idea del diario fuera ridícula

-. Claro que no.

-. ¿Entonces?

-. Nada  ¿Ya nos vamos? – sugirió el guardaespaldas al ver que Jorge terminaba su café, sin responder ni aclarar nada

-. Si. Vamos – dijo Jorge abriendo el camino hacia la salida. Cuando llegaban al ascensor, Jorge escuchó a Ghiotto murmurar. Apretó los puños y se abstuvo de preguntar… sabía que entre dientes el guardaespaldas estaba comentando sobre su aspecto, pero no le iba a dar en el gusto y preguntar.

-.  Hoy vuelve la Señorita Lidia a la oficina

Ghiotto apretó el botón al piso inferior

Eso era verdad. Lidia se estaba recuperando de prisa y deseaba retomar su trabajo un par de horas al día. Gonzalo le había pedido que la ayudara en todo. Jorge no la conocía mucho pero sí sabía que la hermana del jefe y novia de Andrei era alguien importante

-. ¿Cómo es ella? – Deseaba saber más para estar mejor preparado

-. La señorita Lidia es inteligente, rápida y exigente – el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Jorge salió primero – además ella entiende de moda y se fija mucho en la ropa de las personas

Jorge se detuvo en el acto, repentinamente impresionado

-. Los jeans le quedaban mejor

Murmuró Ghiotto muy cerca de su oído, pasando por su lado sin detenerse.

 

 

MIGUEL

Tenía que ser muy cauteloso para que los negocios de la familia no interfirieran con los de María. Trabajar en la misma ciudad, pero en diferentes áreas podía resultar complicado. Miguel necesitaba que sus “nuevos” hombres entendieran los límites. Metralleta insistía en que algunas áreas eran antiguas zona de Rojas. Demonios! Habían trazado un mapa con Andrei… pero ahora comenzaba a dudar ante la fiera insistencia de Metralleta. Había hablado con Gonzalo hacia menos de media hora, pero no le había preguntado. Cada vez recordaba menos hablarle de los negocios. Solo le decía lo mucho que lo extrañaba. Tal vez tendría que volver a llamarlo.

-. No pisarán esta área – afirmó Miguel señalando la zona en cuestión en el mapa. No pensaba arriesgarse a provocar problemas con María por su inexperiencia.

-. ¿Algo más? – preguntó deseando que los problemas terminaran por el día.  No había parado ni un instante desde que se levantara. Estaba cansado, hambriento y con el genio muy corto.

Los hombres negaron

-. Bien

Se puso de pie y esa fue una señal para que uno a uno fueran abandonando la sala.  Miguel se reclinó en la silla y estiró los brazos. Cerró los ojos y pensó en Gonzalo… Faltaban menos días para que volviera.

Suaves golpes en la puerta. Había aprendido a conocerlos

-. Pasa, Leticia

La muchacha entró portando una bandeja con una gran porción de pizza de doble queso, ensalada y soda. Miguel siempre comía lo mismo. Repartió el contenido sobre la mesa del cuarto. El olor acentuó la sensación de hambre en Miguel que se acercó de inmediato a la mesa

-. Mmhh.. huele muy bien

Leticia le devolvió una tímida sonrisa

-. ¿La has probado?

Miguel levantó el trozo de pizza y se lo enseñó. Leticia arrugó el entrecejo y comenzó a mover las manos para explicar…

-. ¿Qué?… ¿tú la haces?

Leticia asintió

-. Yo… no… sabía – Miguel ya estaba comiendo – está muy buena

La sonrisa de Leticia se ensanchó.

-. Acompáñame – le indicó una silla.

No sabía si era lástima o pura simpatía, pero la muchacha le caía bien. Era la única persona cercana a su edad con las que trataba y con quien podía ser él mismo sin temor a parecer joven o inexperto.  Leticia se sentó frente a Miguel, claramente nerviosa.

-. ¿Te dieron una habitación? ¿Estás cómoda?

Con gesto, ella explicó que estaba en el piso superior y que le gustaba.   Miguel comió en silencio. Leticia resultaba una compañía agradable que no molestaba con preguntas ni exigía nada.

-. ¿Extrañas tu vida anterior?  

Ella no se puso a la defensiva esta vez. Simplemente negó moviendo la cabeza con calma.  Miguel terminó la pizza. Leticia le ofreció más

-. Si. Más – afirmó, pasándole el plato.

Ella salió de prisa. Miguel cerró los ojos y esperó deseando que volviera pronto. Anhelaba una ducha en su cuarto e irse a la cama. Hablaría con Gonzalo antes de dormirse… tenía cosas que preguntar y aunque no las tuviera, igual deseaba escucharlo. Minutos después escuchó la puerta abrirse. Despacio, se restregó la cara para quitarse el cansancio antes de seguir comiendo. El brazo firme que lo abrazó por el cuello lo sorprendió desprevenido. Abrió los ojos bruscamente

-. ¿Me extrañas, mocoso? – preguntó Gonzalo pegado a su boca

¡El corazón le dio tres giros bruscos!

-. ¿Qué haces aquí? – preguntó Miguel olvidando el cansancio y trepándose en Gonzalo hasta quedar pegados

-. Mmhh.. no sé. Tal vez te extrañaba y por eso compré un helicóptero para llegar a ti.

-. ¿Qué hiciste qué?

En realidad, la respuesta no importaba… nada importaba más que Gonzalo estaba ahí con él. Se buscaban desesperadamente. Necesitaban volver a olerse, saborearse y tocarse.

 

 

 

 

 

 

 

Bookmark the permalink.

About Átame novelas

Autoras. Con muchas historias por contar.

6 Responses to Miguel, Capítulo 84

  1. Itzel R. Estrada says:

    Para ser el punto donde se retoma la historia luego de la gran pausa, no está nada mal. Me ayudó a recordar detalles importantes.

    Como me gustaría que Jorge le diera una lección.a Giotto No haciendo lo mismo que G le hizo a Jorge; más bien algo que realmente le doliera, algo que hiciera a Giotto temblar.

    Que buenísima onda que estás de vuelta con esta historia <3

    • Átame novelas says:

      Muchas gracias!!! Tenía que retomar la historia de esa manera, pero ya se irá intensificando.. ya sabes como son todos estos personajes de calientes!!
      Estoy de vuelta y con intención no dejar esta historia hasta terminarla.
      Saludos!!
      Nani.

  2. Sheshey says:

    Que bueno que estás de vuelta con esta historia realmente la extrañaba mucho aunque me faltó siempre quiero más jejeje oye y me está latiendo que Leticia les va a traer conflictos a Miguel y Gonzalo no? Y ahora falta como reaccionara la fam de Daniel cuando se entere que se va con Coque..
    Pues muchas gracias por regalarnos este gran capítulo y nos leemos en el próximo q ojalá no sea dentro de mucho tiempo

    • Átame novelas says:

      Gracias Sheshey! en los siguientes caps ellos mismos irán respondiendo las preguntas que me haces.. asi es más entretenido. Mi intención es actualizar esta historia una vez al mes. Espero poder cumplirlo. haré todo lo posible.
      Saludos!! Nani.

  3. Rous says:

    Gracias por retomar la historia! Me gustaba mucho!!!
    El capítulo ha estado genial, me ha ayudado a resituarme

    Un beso

    • Átame novelas says:

      Hola Rous! Gracias! Fue un capitulo como para retomar la historia. Ya en el proximo veremos más acción. Me alegro que te gustara.
      Saludos. Nani.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.