Capítulo Treinta y Cuatro

Jarím López era un soldado por gusto y vocación. Se sentía orgulloso del uniforme que vestía y le agradable la estabilidad y disciplina de la vida militar. Provenía de una familia de escasos recursos y esta opción de vida era, para él, un sueño hecho realidad.  No tenía rasgos físicos atractivos sino muy comunes, tampoco era buen conversador ni sociable, pero era estimado por su simpleza y responsabilidad.  Pocas veces había tenido un amigo ya sea por tiempo o condición social; su vida había sido complicada y exigente desde muy niño. Tampoco estaba seguro de que pudiera llamar “amigo” a Raimundo porque se daba cuenta, a simple vista, que ambos habían vivido vidas muy diferentes y, una vez terminado el servicio, Lariarte volvería a ser inalcanzable en su estrato social. Sin embargo, si de algo estaba seguro López, era de que Lariarte le caía muy bien: le gustaban sus locuras, lo espontáneo, alegre e impulsivo que era y sentía que admiraba como el soldado había crecido y madurado en el tiempo que llevaba en el campamento. Recordaba el primer día, cuando Raimundo no sabía nada y había tenido que enseñarle a limpiar un baño ante la cara de asco que había puesto… Pero eso había quedado atrás hacia muchas semanas ya. Lariarte había cambiado para bien. Incluso, le estaba enseñando a deslizarse y volar con ese deporte tan diferente y estaba enormemente agradecido de su tiempo y paciencia. Nadie le dedicaba mucho de nada a él, nunca. Además, la hazaña de arriesgar su vida para salvar a Don Hernán era lo que había terminado por clasificar a Lariarte como persona especial.

López no sabía qué razón tenía Lariarte para haber suspendido las prácticas de parkour a diario con él y limitarlas a un par de días a la semana. Sospechaba que podía ser por el público que habían tenido la última vez. Había sido desagradable… hasta que pudo subir y demostrar que no solo era útil en la cocina. Se había sentido bien.  Ahora, Lariarte y él practicaban más tarde y casi a escondidas. Esperaba que eso no le trajera problemas con el capitán ni con nadie.  López sonrió solo pensando en lo que Raimundo ni nadie más sabía: Jarím esperaba en las noches a que Sánchez y Lariarte se durmieran para escaparse a practicar. No se alejaba mucho ya que las luces estaban desconectadas a esa hora y estaba completamente oscuro. Pero le bastaba que la luna alumbrara en el cielo y con eso podía distinguir los árboles, cercos y rocas que había por ahí cerca. Tampoco se demoraba mucho ya que la temperatura a esa hora no ayudaba.

Eran cerca de las 11 de la noche y el campamento estaba en silencio y a oscuras. Sólo el soldado de guardia en la puerta del campamento tenía iluminación, pero estaba lejos y él podía ser muy callado cuando quería. Tenía media hora para practicar antes de comenzar a entumecerse además de necesitar volver a dormir porque se despertaba muy temprano. Jarím dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad mientras estiraba y calentaba como Raimundo le había enseñado. Movió el cuello, rotándolo, estiró los brazos bien alto y se sintió listo para comenzar. Miró alrededor y trazó el camino en su mente y como iba a lograr subir al árbol frente a él, donde tenía puntos de apoyo y cuanta fuerza necesitaba emplear. Lariarte le había enseñado bien. Corrió los primeros pasos, se afirmó en la roca y la velocidad lo llevó a elevarse hasta tocar el tronco del árbol donde rebotó y, aprovechando la misma fuerza, dio un giro y estiró las manos para asirse de la rama superior.  Sonrió cuando sintió que lograba la primera parte y su cuerpo colgaba lejos del suelo. Se balanceó un par de veces más y, cuando tuvo impulso suficiente, alcanzó una  y otra rama superior. La sonrisa se amplió en su rostro. Seguro que esto no era nada comparado con lo que Lariarte hacía, pero él, estaba dichoso de su resultado. El suelo estaba varios metros más abajo y se veía apenas entre el follaje. Nada mal para un principiante inexperto. Comenzó a pensar en el camino de vuelta cuando algo que se movía abajo, atrajo su atención. Estiró la mano para sostenerse del tronco y prestó atención al movimiento en el suelo. Las ramas y hojas no le permitían ver con claridad… pero sí había una sombra en movimiento… una persona se acercaba hacia la cocina. ¿Lariarte? Siempre llegaba tarde a dormir… pero no…. no podía ser él. Había dejado a Raimundo durmiendo en el cuarto con Sánchez antes de salir. La silueta se acercó más y López se puso alerta cuando vio la forma sigilosa en que se movía. La persona que se acercaba no quería ser visto. Se mantuvo inmóvil… ¿un ladrón? ¿dentro de un campamento militar? Eso sí era ridículo…. López siguió atentamente la figura humana que deambulaba abajo. Lo vio pasar frente a la puerta de la cocina y seguir avanzando. La figura miró a todos lados comprobando que estaba solo, antes de detenerse en la puerta de la bodega de alimentos. Sacó algo de entre sus ropas y forcejeó unos segundos hasta que logró abrir la puerta y entrar. ¡Demonios! Sí era un ladrón después de todo. Jarim sintió la adrenalina corriendo por su cuerpo y supo que tenía que dar la voz de alarma y hacerlo rápido y en silencio. Comenzó a descender cuidadosa y silenciosamente. Escuchó ruidos ahogados provenientes de la bodega… movimiento de cajas o algo parecido. Se detuvo a escuchar. Apenas había bajado una rama cuando el ladrón asomó de nuevo, saliendo de la bodega con las manos cargadas y un bolso en la espalda. Nuevamente, el desconocido miró a todos lados para asegurarse de no ser visto… por breves segundos la luz de la luna le alumbró el rostro. Jarim observó a esa persona juntar la puerta y emprender el camino de vuelta llevándose lo que había hurtado a montones. López sabía que su deber era alertar sobre lo que sucedía… Tenía que informar a Sánchez, a los superiores y finalmente al capitán… Jarím se dejó caer sentado sobre la rama más próxima y apoyó la espalda en el tronco.  Sus ojos achinados seguían pegados mirando la oscuridad por donde había desaparecido el ladrón… no atinaba a moverse, aunque comenzaba a darle mucho frío… no tenía sentido que se moviera y avisara lo que había visto… ningún sentido… lo que no podía terminar de comprender era ¿Por qué el Capitán Fernando Ahumada necesitaba entrar de noche a la bodega y robarse los alimentos de su unidad, cuando podía pedirlos a plena luz del día?

López bajó del árbol varios minutos más tarde cuando comenzaba a congelarse. Entró por la puerta de la cocina y se detuvo a echar leña y calentarse en la estufa. Su rostro inexpresivo de pronto cobro vida ¿Sería que esta vez tendría suerte?… tal vez… ¡oh cielos! ¡Eso tenía que ser!!! La alegría de encontrar una explicación a lo que había visto casi hizo que Jarím comenzara a dar saltos de alegría.  El capitán estaba planeando un ejercicio para la unidad… algo diferente, seguro… y él había visto parte de la programación, por extraña que fuera, que tendría que ver con el ejercicio. ¡Vaya! ¡Un ejercicio militar nuevo y él sabía más que todo el resto!!!… eso le daba una considerable ventaja.

Con sus pensamientos en calma y la sensación de conocer un secreto provechoso, Jarím López se fue a acostar tranquilo.

El día comenzaba de madrugada para toda la unidad, en particular para López y Sánchez. El oficial de mayor grado era el primero en ocupar el baño y estar listo. López estaba saliendo de la ducha cuando escuchó los gritos y regañidos del suboficial. Jarim no se asustó, sino que terminó de secarse en calma. Ya sabía porque gritaba Sánchez.

-. ¿Qué pasa, señor? – preguntó fingiendo sorpresa, cuándo estuvo vestido y listo en la cocina.

Sánchez se veía alterado a simple vista. Tenía una hoja de papel en la mano y escribía anotaciones en ella

-. Algún maldito entró a mi bodega anoche – rugió el suboficial con los dientes apretados y el rostro rojo de furia

Jarím mantuvo la calma. Sabía que si le decía algo a Sánchez echaría a perder el ejercicio para la unidad y, además, se echaría al agua con sus escapadas nocturnas, no autorizadas.

-. ¿Que se llevaron, señor? – cuestionó comenzando a preparar el desayuno del personal

-. Estoy haciendo la lista de lo que falta. Sé muy bien lo que había. Voy a descuartizar a quien se haya atrevido a meterse en mi bodega

Jarím se giró hacia el lado contrario para ocultar una inevitable sonrisa.

-. ¿Qué pasó? – Preguntó Raimundo apareciendo en la cocina, vestido y dispuesto a iniciar el día

Sánchez le respondió y le contó, manteniendo el enojo. ¡A él nadie le sacaba nada sin su permiso! ¡Que se habían imaginado!!! ¡Robarle bajo sus propias narices!

Raimundo reaccionó como se esperaba que lo hiciera cualquiera de la unidad: asombrado y confundido.  No podía creerlo. Tenía que ser alguien de afuera. Nadie en el campamento haría algo tan ruin.

 López continuó tranquilo preparando el desayuno. Los hombres comenzaban a llegar al comedor.  Raimundo ayudó a llevar cosas a las mesas en vista de que Sánchez continuaba escribiendo y luego se sentó junto a su equipo a esperar el desayuno. 

El capitán Ahumada apenas alcanzó a dar un par de pasos dentro del comedor cuando Sánchez voló hacia él

-. Tengo que hablar con usted, Capitán – dijo exaltado

Fernando abrió los ojos y fingió sorpresa

-. ¿Aquí, ahora?

-. No señor – respondió Sánchez mirando con sospechas alrededor. Hoy todos eran sospechosos y estaban atentos, escuchando la conversación – si me acompaña a la cocina, por favor- pidió Sánchez con educación y exigencia

-. Está bien. Vamos

El capitán cruzó primero la puerta de la cocina y Sánchez venía dos pasos detrás. Jarim llenaba los tazones con leche caliente cuando los vio entrar. Estaba muerto de la curiosidad. ¿Cuál sería el ejercicio? ¿Qué tendría en mente el capitán?

-. Señor. Alguien irrumpió en la bodega de alimentos anoche y hurtó lo que está en esta lista. Tal vez haya olvidado un par de cosas

Sánchez le pasó la lista al capitán que miraba confundido al suboficial

-. ¿Cómo dice?

-. Entraron a robar en la bodega de alimentos anoche- repitió Sánchez con urgencia

Jarim vio como la expresión del capitán se volvía de piedra

-. Esto es inconcebible. Muéstreme – exigió autoritario

A López le habría gustado seguirlos y escuchar, pero alguien tenía que servir a los hombres que esperaban. Llevó de prisa las bandejas y volvió a la cocina, expectante. No quería perderse nada de lo que hablaban

El capitán y Sánchez regresaron y hablaban con voz exaltada

-. Tendré que pedir otro turno de soldados de guardia, pero tomará varios días y será un verdadero problema. No tenemos tanto espacio para más personas. Con los de la puerta ya tenemos suficiente.

Sánchez asintió, comprendiendo el razonamiento del capitán, pero seguía mirándolo ansioso, en espera de una solución.

El capitán levantó la vista y miró alrededor como si estuviera pensando en la solución.  Jarím estaba tan ansioso de escuchar de qué se trataría el ejercicio que sentía los latidos del corazón acelerados.

-. Usted no ocupa completamente el espacio de la bodega de alimentos ¿Correcto?

Fue el turno de Sánchez de sorprenderse con la pregunta

-. No, señor. Solo ocupamos una parte.

-. Bien. Haré que el teniente Moreira y los constructores modifiquen hoy mismo parte de la bodega y pondremos a alguien a dormir en ese lugar. Así nos aseguraremos de que nadie vuelva a entrar a robar

Jarím dejó en el mesón lo que tenía en las manos porque le comenzaron a temblar… ¿había escuchado correctamente?

-.  Es una buena idea, capitán – respondió Sánchez, feliz de que su bodega quedará resguardada

-. Lariarte es el de menor grado en la unidad. Le ordenaré que traslade sus cosas a la bodega y se encargue de la vigilancia.

Jarim no podía despegar los ojos del capitán… seguía esperando el momento en que revelara el ejercicio… completamente inmóvil y aturdido… incrédulo hasta el centro de su médula…

-. En cuanto a los alimentos robados…

López observo, en completo aturdimiento, como el capitán movía la cabeza en señal de reproche y molestia

-. Llevaré a cabo una discreta investigación. Espero que encontremos a los culpables.

-. Bien, capitán – respondió Sánchez ya más tranquilo

El soldado López miró pasmado como el capitán y Sánchez daban por terminada la conversación…  los ojos abiertos como platos y la mente llena de confusión…

-. Pero… – murmuró tan bajo que pareció un sofoco

¿Qué estaba pasando en el campamento?? ¿Por qué el capitán no decía nada?…

Una sensación de sudor frío comenzó a bajar por su espalda…

La lenta comprensión de que él no había visto la preparación de un ejercicio…

¿Qué demonios era lo que le había tocado presenciar la noche anterior?

.

Ese mismo día, alrededor del mediodía, Jarim vio al teniente Moreira y cinco soldados de la unidad comenzar a traer materiales de construcción hacia la bodega.

-. López, necesito que despeje la bodega de los alimentos delicados.

-. De inmediato, teniente

Sánchez y él comenzaron a sacar algunos de los alimentos que podían dañarse mientras los hombres comenzaban a levantar una pared improvisada, aserraban madera, tomaban medidas para cortar una ventana y distribuían espacio para una cama y un baño pequeño.

Jarim contemplaba todo el despliegue de construcción en absoluto asombro y confusión. Todavía tenía la inútil esperanza de que en cualquier momento el capitán daría una orden que aclararía la confusión.

Simplemente no lograba entender de qué se trataba todo esto. Se preguntó más de diez veces si podía asegurar que el rostro que había distinguido durante la noche era, efectivamente, el del capitán… y las mismas diez veces se respondió a sí mismo que sí, estaba seguro de que había sido él.

Sentía que lo que había visto lo ahogaba…

No sabía qué hacer con la información que tenía ni a quien debía reportarla… pero quedarse callado no le parecía una opción segura…

Durante la tarde, miró muchas veces al teniente Moreira con deseos de acercarse a él… pero Moreira nunca había sido amable ni paciente. Era del tipo brusco y soberbio. La clase de gente que intimidaba a López.

-. ¿Qué te pasa a ti? –preguntó Sánchez entrando con la última caja de alimentos delicados – ¿estas enfermo? Andas como pollo ausente

Jarím lo miró con la angustia pintada en los ojos. ¿Y si le contaba a Sánchez? ¿Se arriesgaba a que lo reprendiera y castigara por escaparse de noche?… eso ya no le parecía tan importante en ese momento. La información que guardaba le quemaba la boca. Necesitaba compartirla

-. No estoy enfermo, señor – respondió con voz de enfermo

-. Entonces anda a ayudar afuera. El capitán tuvo una gran idea. Ahora mi bodega estará protegida y Lariarte no nos molestará con sus horarios nocturnos ni sus ejercicios de saltos a altas horas de la noche. No sé qué tiene ese soldado que le gusta tanto andar de brincos. Interrumpe mi sueño, a veces. Ya sabes que uno debe descansar bien para andar como se debe al día siguiente.

Jarím López ladeó la cabeza y sus ojos miraron fijamente al suboficial… retrocedió hasta que su espalda encontró apoyo y sus hombros se desinflaron. No. Sánchez no era él la persona adecuada para contarle lo que sabía…

Moreira tampoco lo era…

Ni hablar del capitán… 

Tal vez, si el capitán sabía que él lo había visto, su corta carrera militar podría llegar a su fin.

¿Por qué el capitán había actuado como si no supiera nada? ¿Para qué podría querer los alimentos?… ¿Qué estaba pasando?  Era horrible ser el único que debía cargar con el peso de la verdad.

López se rascó la cabeza… Se levantó con la sensación de que su cuerpo estaba mucho más pesado y torpe que antes.  Obedeció la instrucción de Sánchez de ayudar a Moreira. Después de todo, si Raimundo iba a tener que pagar las consecuencias que el supuesto “robo” había ocasionado, él estaba dispuesto a ayudar a que el dormitorio de su amigo en la bodega fuera lo más cómodo posible

-. ¿En qué puedo ayudar, teniente?

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