Capítulo 1

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CAPÍTULO 1

Recuerdos

Edimburgo, Reino Unido

Mayo del año en curso.

Yotam creía estar siendo arrogante con la vida y pensaba en las consecuencias.

Le agobiaba lo que este repentino ataque de valor le acarrearía, pues a la fecha, no estaba convencido de que contaba con la fuerza suficiente para enfrentarse a él mismo en su peor versión, esto era algo que le angustiaba y sumando que jamás fue alguien precisamente valiente, estaba asustado. Para él, tanta resistencia era como ir contra la corriente de sus emociones y negarse a ese tártaro ardiente de recuerdos dolorosos, resentimientos, frustraciones y aires depresivos que recientemente lo atraían con la fuerza de un imán. Dos años atrás, ni siquiera hubiese intentado resistirse, pero ahora, la tranquilidad de Alain parecía ser suficiente motivo para que pretendiera  mantenerse en pie, así… Justamente como los retoño de flor que había sembrado en el jardín y los cuales habían logrado sobrevivir al mal clima de los días pasados.

Frente a Alain, Yotam se sentía con la obligación de actuar como si nada malo pasara, no porque así se lo exigiera, sino que, era algo que se había impuesto para no angustiarlo por cosas que quizá no tenían importancia. Y es que por lo general, él sabía que era lo que le dolía y cuando saltaba hacia a la tristeza lo hacía con conocimiento y causa, pero ahora… Todo había sucedido demasiado rápido, tomándole por sorpresa. De un día para otro se había vuelto un manojo de sentimientos encontrados que por más que intentaba comprenderlos, no podía encontrarles justificación. Se sentía angustiado, triste. Los recuerdos volvían y se estacionaban en su mente, además, estaba esa molesta sensación de que en cualquier momento la vida sacudirían el mundo que ambos habían construido con tanto empeño en estos últimos años, para recordarles que ellos no tenían derecho a ser felices.

Yotam estaba consumiéndose y esperaba que Alain no lo notara. Durante la última semana había estado en medio de una lucha sin tregua para no ofrecerse generosamente a la tristeza, mientras huía de esa molesta sensación de desamparo que lo había acompañado toda su vida.  La detestaba, odiaba sentirse débil a sabiendas que de que lo era. Lamentablemente, en esa batalla incesante iba perdiendo terreno lenta y angustiosamente. Las noches de poco dormir comenzaban a cobrarle factura y sus ojos se cerraban de cansancio, el mismo que desaparecía en cuanto se recostaba en la cama.

La comida en su plato que apenas y si probaba era un aprueba más de que algo en él no andaba bien, su aspecto desarreglado que tanto se esmeraba por ocultar de Alain,  y que disimulaba del mundo con un abrigo largo y jeans deslavados contrastaban con el porte pulcro y elegante con el que Alain le permitía vivir.

Cada cosa de las que últimamente hacía eran una farsa, una mala puesta en escena que Yotam se esmeraba por acreditar, aun cuando en su esfuerzo a nadie engañaba. Quienes lo conocían podían notar que fingía, que sonreía casi por todo quizá para evitar preguntas sobre las que no podría o no querría responder. Y luego estaba ese lado inconsciente, aquel sobre el cual no tenía el más mínimo control y que era también el culpable de que de vez en vez se mostrara ausente: podía perderse de la realidad con una habilidad sorprendente y se mostraba arisco al volver, como si no soportara estar cerca de nadie y tan solo respirar fuese una carga de la cual necesitaba deshacerse.

Alain por su parte, estaba al tanto de todo desde la primera noche en la que Yotam no pudo dormir cinco horas ininterrumpidas, sin embargo se había mantenido como un testigo mudo en ese descenso emocional y turbulento que de no ponerle freno cuanto antes, terminaría llevando a Yotam a una inevitable recaída. Y si no había hecho algo al respecto era solo porque no quería ponerle más peso sobre los hombros. Alain podía notar lo mucho que Yotam se esforzaba por no preocuparlo, aunque con ello lo preocupara aun más.

Se limitaba a observarlo en silencio y listo para prestarle ayuda en cuanto se la pidiera, pero ya era jueves por la mañana y Yotam aun se negaba a tocar el tema; aun cuando había pasado la noche entera sin poder dormir, siquiera, un par de horas. Aun con todo, al sonar la alarma a las cinco de la mañana, se levantó de la cama y bajó a preparar el desayuno.

Alain, que tampoco había podido dormir por estar al pendiente de él, lo observó en silencio mientras abandonaba su habitación. Una semana había pasado desde que Yotam empezó a mostrar cambios, y nada parecía mejorar. En el trascurso de esos días solo una vez se atrevió a presionarlo y le preguntó qué era lo que le sucedía, pero ante la respuesta que obtuvo no volvió a forzarlo. Nadie sabía mejor que él, que los «nada» de Yotam significaban “tantas” cosas, entre ellas, que no estaba listo para hablar del tema.

Sintiendo los primeros embates de impotencia, Alain se talló la cara con frustración, estaba molesto, no con Yotam… pero comenzaba a serle difícil ocultarlo. También estaba cansado. Últimamente no tenía cabeza para nada más que no fuera él y eso estaba afectando todo lo demás. Las cuentas, el trabajo… Ese proyecto importante que entregaba hoy. Estaba consciente de que debía concentrarse porque un simple error y todo un mes de trabajo podría irse a la basura, además, necesitaba el dinero.

Malhumorado por el poco descanso, también abandonó la cama para darle una última revisada a los documentos que entregaría en su trabajo. Miró las fotografías de la reconstrucción y comparó el edificio anterior con el que había rediseñado y cuya obra también supervisó. Lo que sus ojos veían era el trabajo de muchos, pero el diseño le pertenecía, él había hecho todo esto. En algunos años construiría para Yotam, una casa tan hermosa como la que miraba en las fotos. No, le haría una casa mucho más hermosa. Y entonces, iban a ser felices, realmente felices. Ante el pensamiento suspiró vencido, y es que todo parecía haber estado marchando bien…

De la última recaída de Yotam, había pasado poco más de año y medio y con esta recaída no podía sentirse más que triste y decepcionado. Creía que finalmente se habían deshecho de esos episodios, sin embargo una vez más la felicidad y tranquilidad le era arrancada de las manos con lo que él más quería. Sostuvo en alto, frente a su rostro, la foto donde se apreciaba el interior de la residencia y al verlo deseó con todas sus fuerzas que así como podía reconstruir edificios antiguos y volverlos hermosos, frescos y sin señales de lo que fueron en el pasado, también pudiera reconstruir a Yotam.

Lo deseó fervientemente, aunque sabía que eso jamás podría hacerlo.

Yotam en la cocina, mantenía la vista fija en el sartén con el desayuno que comenzaba a pegarse. Miraba lo que sucedía, más su mente estaba en un recuerdo que se aferró a volver del olvido y que se reproducía como si de una película se tratara. Una película donde él era el protagonista de una escena horrible, cruel. Esa familiar sensación de tener miedo volvió a llenarlo hasta hacerlo temblar, se estremecía y solo la taza de café que sostenía, ponía en evidencia el movimiento incesante de sus manos:

Frio… Miedo.

      Cuando cruzó la puerta principal de la iglesia, sintió que su corazón saldría huyendo de su pecho muy lejos de él y de ese lugar. Por un segundo, la idea de dar marcha atrás y también huir, le pareció razonable, pero no tuvo el valor de intentarlo. En vez de eso, inclinó la cabeza y prestó atención al ruido que sus pequeños pies hacían al caminar sobre el mármol del vestíbulo. Ese piso casi blanco… Por alguna razón que no comprendía, le disgustaba.

      El padre Alberto guiaba el camino, pero se detuvo poco antes de entrar al templo y sin hablarle le indicó que continuara. No le había dicho cual era la razón de que lo llamaran a esas horas, solo que lo esperaban en el confesionario de la iglesia y que debía ir de inmediato. Le había costado tanto soltarse de Patrick, pero el padre Alberto se impuso y su amigo le alentó diciéndole que debía ser valiente y que nada malo pasaría. Lo  había dicho con seriedad pese a que en su mirada él podía notar la angustia de Patrick y es que ambos sabían que sí pasaría algo malo… Siempre pasaba algo malo cuando lo mandaban llamar.

      Se sintió pequeñito mientras se adentraba en el edificio  y sus deditos comenzaron a enrollarse en el plisado de su abrigo en un gesto de nerviosismo. Se detuvo frente al confesorio y respiró profundo antes de atreverse a abrir y entrar. Era un espacio amplió y cómodo, aunque a él no se lo pareciera… Tenía malos recuerdos de este lugar y el latido frenético de su pequeño corazón parecía advertirle que estaba a punto de sumar uno más.

      Al otro lado, Beryl aguardaba. Su rostro de perfil era visible desde la ventanilla aunque la cortina aun no estaba del todo corrida. Lo hizo despacio, sus manitas temblaban cuando las alzó para apartar la tela roja. El hombre lo miró con ojos brillantes y le dijo en voz baja que en vez de ocupar la silla, se colocara en el reclinatorio.

      Beryl era uno de los presbíteros de más edad en el orfanato. Nadie cuestionaba sus decisiones, ni mucho menos, el porqué pedía ver a ciertos niños a solas, casi a diario. El hombre aguardó hasta que el niño se arrodilló. Entonces inicio el ritual.

      —Ave de él dado de purísima.

      —Sin pecado concebida, padre…

      —El señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados —agregó Beryl.

      Guardó silencio. No quería hablar, no quería recordar, pero el hombre le dijo que debía confesarse para recibir el sacramento de la reconciliación por sus pecados cometidos… ¿Qué pecados puede cometer un niño de siete años?

      El arrepentimiento no borra el pecado… Él estaba arrepentido, pero no quería hablar de ello. Y menos decirle lo mucho que le había dolido a aquel que lo obligó a cometer ese pecado. Sin embargo, Beryl insistió diciendo que el perdón de dios no alcanzaría su alma y que los chicos como él arderían en el infierno, porque Dios no amaba a los niños que eran sucios.

      El infierno…

      Él conocía lo que era dolor y la idea de quemarse para siempre en ese lugar de tormento lo aterraba. No quería estar ahí, él deseaba estar con Patrick.

      Pero Patrick no, él no… Él hacía cada cosa que le ordenaban, entonces, de seguro no iría al infierno. En su mente de niño pudo convencerse a sí mismo, por lo que inició su confesión así como se lo habían enseñado: sincera, verdadera, completa, sencilla y humilde:

      —El día de ayer, pequé padre…

      Sin poderlo evitar, lloró mientras relataba lo que Beryl le hizo cuando lo llevó al ambulatorio. Lo que le dijo, el cómo lo obligó a desnudarse para él y lo que pasó después. Más el relato fue cortado cuando alguien más entró a su lado del cubículo y se acomodó detrás de él… Quiso mirar, pero el hombre a su espalda sujetó su rostro y le obligó a continuar con la vista fija en la rejilla.

       Supo entonces lo que iba a pasar… Su primera reacción fue llorar aun más, después luchó, pero el padre Alberto supo someterlo demasiado pronto. Beryl los miraba lascivo por entre la ventanilla del confesionario, excitándose con su llanto… Sintiéndose febril por la rudeza con la que sobaba su hombría por debajo de su sotana. 

      El padre Alberto recorría su cuerpo pequeño con su mano libre; pellizcándolo y sobándole sus partes intimas. Se restregaba contra él, aprisionándolo contra el reclinatorio. Magullando su piel tierna, ensuciándola, besaba cada espacio que tenía a su alcance de una forma sucia y ruda. En ese cuarto pequeño, los gemidos de ambos hombres parecían retumbar entre esas cuatro paredes… El mismo ruido sórdido que él había tenido que soportar contra su oreja mientras Bery lo penetraba con sus dedos la tarde anterior. Ya no quería más de esto, nunca lo quiso.

      Con el abrigo a medio pecho, lo siguiente en caer fue su pantalón… Pasaría de nuevo… ¿Cómo iba  a poder mirar a Patrick después de esto? ¿Por qué le hacían daño? ¿Por qué nadie intervenía? Y en un segundo su mente se puso en blanco… Sintió frío… Mucho frío y después… Después solo dolor.

     

      — ¿Yotam…?

      El ruido… Todo se reducía a sus propios gritos que eran ahogados por la mano que cubría su boca… Lágrimas… Más dolor.

— ¡Yotam! ¿Qué diablos pasa contigo?

Alain entró corriendo a la cocina y ante sus gritos Yotam soltó la taza de café que sostenía. Miró aturdido el desastre frente a él y después el rostro molesto de su pareja.  Alain lo esquivó estirándose para alcanzar el apagador de la estufa. El desayuno estaba arruinado, al igual que su intento por ocultarle lo que sucedía.

La cocina se había llenado de humo y el olor a quemado de la comida resultaba desagradable, pero no pudo notar nada de esto, hasta ahora. Alain fue abriendo las ventanas para que el olor y el humo salieran, con una toalla levantó el sartén quemado y lo dejó en el lavabo. No lo miraba, ni siquiera cuando se inclinó frente a él para recoger las astillas de la taza y limpiar el café en el piso. En ese momento, Yotam comprendió que Alain estaba molesto con él, algo que casi nunca sucedía y se sintió aun peor.

—Déjame hacerlo…—le habló inclinándose junto Alain, pero este se lo impidió.

—Ve a arreglarte, se hace tarde para la universidad.

—Pero…

— ¡Vete! —Gritó.

Sorprendido por la forma en la que le había hablado se alejó de él.  Subió a la habitación pero comenzó a dar vueltas por la recámara sin saber realmente que hacer. Buscaba la puerta del closet para sacar su ropa, como si no estuviera frente a él, y aun así, no podía encontrarla. Los ojos le ardían pero estaba seguro de que no lloraría, él no era más ese tipo de persona que llora por cualquier cosa.

Alain subió a los pocos minutos y al verlo dar vueltas en círculos pasó de él. Decir que estaba molesto con Yotam, sería un error. Se sentía frustrado, herido de verlo como un animalito extraviado. Odiaba no saber qué era lo que le pasaba ni como podía ayudarlo. Intentaba guiarlo, consolarlo si es que eso era lo que necesitaba, pero sentía que si le hablaba en estos momentos, sus ganas de abofetearlo para hacerlo reaccionar y entrar en razón podrían ganarle… Y él jamás le había puesto la mano encima a Yotam para herirlo. No, ni pensaba hacerlo.

En su mente tenía claro que nadie en sus cinco sentidos dañaría a quien ama, Alain no planeaba ser la excepción. Amaba a Yotam por encima de todas las cosas, tanto que prefirió tragarse su frustración e irse directo a la ducha. Se desvistió con prisa y se metió al chorro de agua sin preocuparse por templarla. El agua estaba helada pero lo que le consumía por dentro podía más.

No era ajeno al destino incierto que le esperaba con Yotam, sabía que tenía un alto pronóstico de llegar a una etapa en la que dejaría de ser funcional, un peligro para su propia existencia. Buscaron otras alternativas, nuevas opiniones, pero después de meses de estudios todos llegaban a la misma conclusión. Cuando Yotam entrara en esa etapa, lo mejor iba ser internarlo. Si no aprendía a controlarse, los recuerdos podrían alcanzarlo y consumirlo hasta hacerlo perder la memoria o la razón. Alain sabía que un día, su hermoso Yotam se apagaría por completo, pero apenas tenía veintiséis años, le quedaba una vida por delante. No era justo… No podía estar pasando… No ahora.

Casi como si lo llamara con el pensamiento, la puerta del baño se abrió y cuando volteó, la imagen de quien amaba se acercó a él. Un cuerpo hermoso, joven. Los ojos casi azules que tanto amaba, su cautivadora desnudez que en cualquier otro momento le hubiera robado suspiros. No se trataba de que Yotam fuera la creatura más hermosa sobre la tierra, aunque físicamente era muy atractivo, pero a los ojos enamorados de Alain, no había nadie más que él. Después de todo, ¿a caso no todos vemos a quien amamos como aquel milagro que habíamos pedido para nuestra vida?

— ¿Puedo entrar contigo? —Pidió Yotam.

—Estoy por terminar…—respondió y se arrepintió por la dureza con la que había hablado, pero estaba viviendo este instante de debilidad y no quería testigos para ello, menos a quien era el causante de que estuviera a punto de echarse a llorar.

—Aun  así, quisiera…

— ¡No!

—Alain…

—He dicho que no —replicó mirándolo con furia— estoy por terminar, espera afuera.

Yotam lo miró herido, dolía tanto ver a ese par de orbes azules perder su brillo. Dolía tanto cuando se humedecían de tristeza. Era una escena a la que Alain simplemente no podía resistirse, no, ni quería hacerlo. —No, no, no… ¡perdón! No lo he dicho enserio —se apresuró a decir, mientras salía de la ducha e iba por él. Lo envolvió por la espalda en un abrazo protector, mientras lo apretaba con fuerza contra su cuerpo— ¡Lo siento, amor. lo siento mucho! No debí… no debí hablarte así.

Yotam se giró para abrazarlo y no quiso contener más lágrimas. Para él, solo había algo peor que los recuerdos… Que Alain no lo amara más.

Capítulo 5

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CAPITULO 5

El miércoles Carlitos estaba inquieto en el trabajo. Tenía por costumbre hablar con su mamá varias veces al día para hacerle saber que se acordaba de ella y no se sintiera sola pero ahora tenía que hacerlo usando el teléfono público y escondiéndose de Roger para que no le llamara la atención. Cada vez que recordaba que su celular lo tenía Bruno se enfurecía. Había tratado de pedírselo todos estos días en la escuela pero de uno u otro modo terminaba sin teléfono y siendo objeto de burla y risotadas. Los idiotas no lo habían golpeado esta semana pero le recordaban de manera amenazante que sin una cita con Carline no habría devolución del teléfono. Lo presionaban y asustaban. Menos mal tenía un código de bloqueo. Pero aun así, lo necesitaba de vuelta.

Había estado pensando en ese asunto de “conocer a Carline” Ellos no lo habían reconocido en el video. Tal vez… podría… No! en realidad le daba mucho miedo. No sabría que decir ni hacer, cómo hablar o moverse… no podría resultar bien. Pero si no lo hacía tendría que dar por perdido su teléfono y arriesgarse a una paliza. No sabía qué hacer para solucionar este lío.

Cuando estaba a punto de terminar su turno aparecieron en el local el grupito de Bruno y los idiotas de sus amigos. Siempre que iban a comer allá lo hacían pasar un mal rato.  Carlos los vio y procuró mantenerse alejado dejando que alguien más los atendiera.

Minutos más tarde, llevaba un pedido y no vio el pie que se interpuso en su camino. Jeffrey volvía del baño e intencionalmente se cruzó con él.

-. Estoy esperando por la cita – le dijo sonriente al verlo caer.

Carlos cayó contra una silla y la bandeja sonó estruendosamente desparramándose la comida. Todo se estropeó y la risa de los idiotas llenó el lugar

-. Te lo voy a descontar, Carlos – dijo Roger, molesto– es la cuarta vez que haces lo mismo. Tendré que informarlo.

Carlos se aguantó la frustración una vez más. Menos dinero a fin de mes y la posibilidad de perder el trabajo. Se encerró en el baño se mojó la cara. Se detuvo al ver el moretón que se le formaba. En su mejilla ¿Cómo iba a ayudar a Leila con esa marca en su cara??? Ay no!! Eso no era nada comparado con perder su fuente de ingresos. Por primera vez en varios años, Carlitos dejó que las lágrimas rodaran sin preocuparse de aguantarlas… ¿Cómo podían ser tan tontos esos idiotas? El bienestar de su madre dependía de su trabajo. Ay Dios!! Los odiaba. Tenía que encontrar una forma de detenerlos. Hacían lo que querían con él y más encima ahora tenían “secuestrado” su teléfono hasta que les presentara a Carline. No quería usar su dinero recién ganado para comprar otro. Tenía que ahorrar cada centavo para la universidad.

Aún estaba de mal humor cuando llegó a su casa. Leila no estaba esa noche. Saludó a su madre, y fingió que todo estaba bien.  Luego de cenar y hacer sus deberes buscó su comic para seguir leyendo. No podía concentrarse. El recuerdo de la risa de Bruno, Jeffrey y los otros rebotaba en su cabeza. Estaba enojado y triste a la vez. Miraba el comic sin comprender lo que leía… De pronto sus ojos se quedaron fijos mirando la imagen que mostraba la página… un comic japonés sobre una chica que engañaba a todos disfrazado de chico para conseguir su objetivo de ser parte de un ejército luchador

Observó atentamente por largo rato, sin moverse…

Oh por Dios!!!

El no quería ser un luchador

El quería luchar por un objetivo.

¿Podía hacerlo?… ¿qué se lo impedía?

Leila estaba entusiasmada. Ganarle a Monbeau con todo su dinero, tecnología y personal era como el cuento de la pequeña hormiga que derrotaba al elefante. Se sentía enérgica y llena de vida. Era una apasionada de su trabajo y por primera vez tenía la capacidad de mostrarlo y de paso, ayudar económicamente al hijo de su mejor amiga, que a falta de hijos propios, era como suyo también. El amor que tenía por el chico era inmenso.

Su paciencia era infinita para enseñarle a Carlos como caminar, maquillarse, hablar, moverse y vestirse. Cuando él llegaba a casa por las noches la encontraba esperándolo con ropas, accesorios y maquillajes para probar, nuevas extensiones para su pelo, incluso perfumes trajo un día

-. ¿Por qué gastas dinero en estas cosas? – preguntó Carlos señalando lo que Leila portaba

-. Te voy a contar un secreto– dijo ella sin dejar de peinarle el cabello en lo alto de la cabeza – No he gastado un peso. Tengo patrocinadores.

-. ¿Qué es eso? – Carlos movió la cabeza y recibió un ligero tirón

-. No te muevas! Significa que hay tiendas que están dispuestas a prestarte o regalarte estas cosas a cambio de que las mencionemos cuando ganemos

-. ¿Y si no ganamos?

Carlitos sintió en su cuero cabelludo la reacción de Leila

-. Que dices??!! Vamos a ganar!

-. Entonces… ¿Todo esto es prestado?

Carlitos indicó el hermoso vestido azul cobalto que colgaba en una percha frente a él en espera de que se lo probara

-. Ese precisamente no – respondió Leila con cierto orgullo – Ese es un regalo de la tienda de la Sra. Helena. Es mi clienta de muchos años y fui a hablar con ella. Ahora es de Carline

-. ¿Me lo regaló así nada más???!!

No quería ver la etiqueta del precio. La tienda de la señora Helena era un lugar prohibido para quienes vivían de un sueldo normal

-. No. Es un intercambio. Ella recibirá fotos en tamaño poster de Carline luciendo su ropa en el concurso y las podrá exhibir en su tienda, ¿entiendes?

Oh Cielo Santo!!! Entendía y se aterraba. Su foto en vestido, tacos y maquillaje no solo en las redes sociales sino que ahora también en la tienda de la Sra. Helena.

-. ¿Ellos, tus patrocinadores, no saben quién soy en verdad? – preguntó Carlitos

-. Nn, notenenigéa…- respondió Leila sin poder modular pues sostenía las horquillas entre sus dientes pero negó con la cabeza

Carlos miró nuevamente el vestido azul y el resto de la ropa y accesorios que descansaban sobre el sofá. Ni de chiste se parecía a la ropa común y corriente que colgaba en su closet. Él no tenía nada de marca o exclusivo como aquello.

-. Carline tiene mejor ropa que yo – murmuró con tristeza

-. Eh! Pero qué estás diciendo? – Leila le alzó la barbilla para hablarle mirando sus ojos – Carline es un medio para conseguir dinero, ayudar a tu mamá y estudiar en la universidad. Imagina que te disfrazas de un personaje para hacer un trabajo por el cual te están pagando bien. Todo esto es parte del disfraz!!! Y con este trabajo podrás comprarte la ropa que tú desees.

Carlos razonó que todo eso era verdad. Leila siempre sabía cómo explicarle y devolverlo a la realidad. Como si fuera su madre.

-. Lo siento. Tienes razón

Carlitos estiró los brazos para abrazarla. A veces se volvía celoso de su propia sombra. Quizás era que cuando veía a Carline se sentía opacado; ella brillaba demasiado.

-. No te estropees el peinado!! – amenazó ella  devolviendo el abrazo con cuidado -. Vamos a matar en el concurso regional, cariño.

-. ¿Tú crees?

-. Pero como preguntas??? Ponte de pie y mírate

-. ¿Me veo bien?

-. Di vi na – respondió ella enfatizando cada sílaba – somos las mejores

Carlitos sonrió y no quiso corregirla recordando lo muy obvio “él no era mujer”. Ajustó su equilibrio sobre los tacos y se alisó el vestido azul que ahora le pertenecía. Se fijó que el busto falso implantado en el sostén estuviera en su sitio

-. Este… Carlitos… Hay algo más que me gustaría que usaras

A él le llamó la atención el tomo inusualmente inseguro con que le hablaba.

Leila le extendió una especie de calzón con refuerzos que parecía una faja extraña.

 -. ¿Y eso para qué es??!! – preguntó Carlitos levantándolo de una equina para examinarlo

-. Esto es para evitar… bueno… eres un chico y tienes…  tú ya sabes

-. No!! no sé – respondió él balanceando la prenda  en el aire – ¿qué es esto?

Leila calló mortificada y luego lanzó la frase muy rápido y con vergüenza

-. Es por si tienes una erección en un momento inapropiado – dijo empujando la faja hacia él de la manera correcta en que debía usarse.

Carlos la recibió callado y sintió las mejillas enrojecer. No había pensado que su cuerpo pudiera traicionarlo cuando estaba vestido de Carline… pero Leila tenía razón. Cualquier cosa podía suceder.

Luego de un tenso silencio, Carlitos dijo pensativo

-. Una faja anti erecciones, eh?

Los dos estaban tensos. Leila asintió con miedo de haberlo ofendido

-. Supongo que no se vería bien con mi vestido  azul ajustado ¿verdad?

Leila comenzó a sonreír

-. No. Nada bien – respondió ella sin poder contener la risa.

Minutos después ambos reían a gritos mientras Carlos trataba de acomodarse la faja.

-. Carline debe comenzar a usarla siempre para evitar un accidente bochornoso.

Carlos levantó las cejas y asintió resignado.  Carline  exigía nuevas cosas cada día y se tomaba gran parte de su tiempo libre. Era avasalladora. Más le valía que obtuviera buenos resultados.   Pensó nuevamente en los siete mil quinientos dólares y el ánimo le volvió.

-. Bien, sigamos ensayando – dijo él alegre – Ahora con música ¿Puede bailar, Carline?

-. Oh! Claro que sí!!!… pero con elegancia – acotó Leila – y sin caerse de los tacos

-. ¿Qué más puede hacer ella?

De pronto ya no reían

-. ¿A qué te refieres? – preguntó Leila intrigada

-. ¿Puede Carline conocer gente y tener una vida propia?

La boca de Leila se fue abriendo lentamente al mismo tiempo que sus ojos

-. Es que la gente le deja comentarios en las redes y pensé que… bueno… tal vez podría responderlos. – Aclaró Carlos sintiendo que necesitaba justificarse

-. No lo sé… Yo, no lo había pensado

-. ¿Hay algo de malo en que responda o conozca a alguien?

A Leila, la pregunta le sonaba ilusoria. Conocía al dedillo la vida de Carlitos y él nunca se juntaba con amigos y su vida social era igual a cero. Siempre le había causado pena la soledad en que vivía y creía que la razón era el bullying que sufría en la escuela  debido a su homosexualidad. Le daba mucha lástima que los otros chicos no se dieran el tiempo de conocerlo.

-. ¿Tú quieres conocer personas y hablar con ellos? – preguntó confundida

-. No. Yo no – respondió tímidamente – pero Carline… tal vez si

Había un inusual brillo pícaro en los ojos de Carlitos, algo que lo volvía irresistible para el cariño que Leila le tenía

-. ¿Carline quiere conocer gente? – repitió ella asombrada

-. Si. Ella si quiere – dijo resuelto y animado

Leila lo miró dejando fluir toda la ternura que su pequeño amigo le causaba

-. Entonces no hay límites, cariño, más que los que ella se imponga

-. ¿Tú, me ayudarías a hacerlo?

-. Por supuesto

Cerraron la conversación con un abrazo apretado. Sin darse cuenta, habían acordado algo importante en ese momento: Carline cobraba vida más allá de la pasarela del concurso.

Capítulo 4

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CAPITULO 4

La experiencia del restaurant le dio la razón a Leila y cuando volvieron a casa, Carlitos aceptó definitivamente ser parte del concurso que ayudaría a Leila a mantener su negocio. Si por alguna misteriosa razón llegaran a ganar, el dinero extra le sería muy útil.  Practicaron cada noche. Leila se había inscrito a última hora y tenían solo cuatro días para prepararse.  Carlitos se estresaba con todas las instrucciones pero Leila lo calmaba diciéndole que el trabajo se lo llevaría ella y él solo tendría que estar allí y prestarle su pelo, rostro y cuerpo para que ella lo hiciera lucir perfecto.

El día del concurso llegó. El nerviosismo hacía del chico su presa. Había tantas cosas que podían salir mal; que se desprendieran las extensiones del cabello, se torciera los tobillos sobre los tacos o se enredara al caminar con vestido y su peor temor… encontrarse con alguien que lo reconociera detrás del maquillaje.

Pero nada de eso pasó.

Leila, con increíble serenidad, trabajó en su cabello y aspecto general frente a los jueces sin prestar atención a su competencia.

-. No te pongas nervioso. Transpiras y se corre el maquillaje – susurró ella sin perder la calma.

Leila era muy buena y compitió contra otros seis participantes.  Carlitos no sabía qué clase de brujería utilizaba su amiga pero era imposible reconocerse en el espejo cuando miró el resultado.

 

“Ahora las participantes desfilaran ante el jurado”

 

-. Rayos!!! Desfilar??!! Ay Dios… no puedo.

¿Caminar frente a todos sin tropezar?

-. Tranquilo. Vamos a ganar. Recuerda sonreír – dijo Leila antes de empujarlo suavemente para que comenzara a desfilar.

Los labios de Carlos, en un bonito rosa mate con delicado brillo en el labio inferior, se congelaron en la sonrisa. Un paso, mover cadera, levantar el taco, espalda recta, hombros atrás, balancear los brazos, barbilla en alto… ah! Mostrar el peinado!!! No podía disimular el nerviosismo pero recordó cada instrucción que había repasado mil veces con Leila.

Todos admiraron el resultado. Carline se veía estupenda y quizás a causa de la tensión, caminaba con más elegancia que las otras concursantes. La elección del vestido había sido muy acertada. Su sonrisa tímida y nerviosa era un gran aporte al carisma natural. Carline transmitía cercanía al público que lograba identificarse con la “modelo” sin aires de arrogancia o antipatía sino que parecía uno de ellos. Los asistentes la aplaudieron mucho y por difícil que resultara creerlo, Carline conquistó el voto de los jueces.   Leila obtuvo el primer lugar y Carline estuvo junto a ella para recibir el premio. Posaron para unos pocos fotógrafos y periodistas, se abrazaron y emocionaron.

-. Es solo una pequeña noticia en el periódico – Dijo Leila restando importancia a la preocupación de Carlitos por las fotografías.

-. Vamos a casa.

Le ayudó a quitarse el maquillaje y todos los artificios que llevaba.

-. Toma, cariño. Esta es tu parte

Leila repartió el premio equitativamente. Él recibió el equivalente a más de un mes de trabajo. Estaba tan contento con el entusiasmo de Leila que se comprometió a ayudarla en el concurso regional, unas semanas después.

-. Quiero llegar a la final – dijo ella satisfecha, besándole la frente justo antes de irse a su casa.

Sin embargo, a medida que fueron pasando los días, sucedieron cosas que Carlos no esperaba.

El martes siguiente, Carlos estaba trabando en el restaurant cuando escuchó a unas compañeras hablar del concurso mientras miraban videos en sus teléfonos. Se quedó paralizado pero la curiosidad fue más fuerte y se acercó.

-. ¿De… qué hablan?

-. Del Concurso de Salones, lo ganó una desconocida

-. Si, es increíble. Le ganaron a Monbeau!! – dijo la otra chica como si eso fuera importante

-. ¿Quién es Monbeau? – preguntó Carlitos intrigado

-.¿No sabes? Es una gran cadena y tiene salones repartidos por todo el país. Siempre gana el concurso!!

-. Abrieron una sucursal aquí hace poco.

-. Debe estar con ataque ahora que salió segundo. Ah! Mira esto…

Carlos miró la pantalla del celular… AY POR DIOS!!! Ahí estaba él desfilando con la sonrisa congelada!!! Retrocedió espantado mirando a las chicas que no se percataban de su estado de shock por estar pegadas a  la pantalla

-. Es bonita y camina con estilo

-. Seguro la trajeron de la capital

-. Ni siquiera sabemos su nombre pero es carismática

-. Si. No es muy alta pero es regia!!!

Que???  Bonita??!!! Estilo?!!? Carisma??!!!

Estaban hablando de ella!!! NO! de él… de Carline!!!

Quiso salir corriendo a refugiarse en su casa y olvidar que se había comprometido a volver a hacerlo pero tuvo que aguantar hasta la hora del cierre, mirando a las chicas a cada instante, esperando el momento en que se largaran a reír y lo reconocieran.

Leila estaba en la casa cuando llegó esa noche

-. Hay videos de Carline circulando en las redes!! – chilló angustiado – Las chicas del trabajo los estaban mirando

-. ¿En serio? ¿Y qué decían?

-. Leila!! Yo nunca pensé que se volvería público. Solo era un concurso pequeño y ya!!!

-. No te asuste, Carlitos ¿Quién va a creer que esta preciosura eres tú?

Leila había encontrado el video del que Carlitos hablaba

-. Ven a ver – lo invitó.

Carlos se miró detenidamente. Era una chica que se deslizaba sonriente sobre los tacones con un vestido que se le ajustaba muy bien y caía fluido, su peinado y maquillajes perfectos… Carline cruzaba una pierna delante de la otra moviéndose con gracia, tenía estilo en cada paso como habían opinado sus compañeras de trabajo pero no era altiva como las modelos de verdad… Carline se veía genial y, en verdad, esas imágenes  no tenían relación alguna con él.

-. ¿Ya viste cuantas veces lo han reproducido?- preguntó Leila

Carlos miró el recuadro inferior de la pantalla y abrió los ojos desmesuradamente

-. Son muchas veces…- balbuceó asombrado

-. Lee los comentarios, cariño – dijo Leila pasándole su propio teléfono y mirándolo con ternura.

Carlos se recogió en el sillón y comenzó a leer. La gente no opinaba sobre el concurso sino que hablaban de ella… “bonita” “estilosa” “preciosa” “carismática” “graciosa” eran las palabras que más se repetían junto a mensajes pidiendo su nombre y más datos de ella

-. Las personas te aman – dijo Leila cuando Carlos terminó de leer

Carlitos se levantó y fue directo a su dormitorio. Necesitaba estar solo para analizar los acontecimientos y procesarlos en su mente. Nunca, jamás, había siquiera rozado la popularidad ni la fama. Siempre en la sombra. No sabía que pensar ni sentir. Era como estar en la cima de la montaña rusa a punto de caer…

-. No me aman a mi – dijo en voz alta – ellos aman a Carline.

 

En los días siguientes Carlos descubrió asombrado que su popularidad seguía en aumento. Ya no solo era el video y las fotos que circulaban en las redes sociales sino que la noticia del concurso fue mencionada dos veces más en el periódico local acompañada de una foto de ella, sonriente y estupenda en su ajustado vestido. Se anunciaba la segunda etapa del concurso. Resultaba curioso e inesperado ver como Carline iba adquiriendo notoriedad.  Carlitos revisaba varias veces al día los comentarios que las personas le dejaban a Carline y se preguntaba si debería responderlos… ¿Cómo se hacía eso? ¿Qué inventaba sobre Carline? ¿Tendría que crearle una personalidad?

* * * * *

-. ¿Qué miras tan concentrado, princeso?

Rayos!!! El golpe en la cabeza anunciaba la sorpresiva llegada de Bruno. No lo había notado por estar chequeándose en Youtube. Se maldijo por haber bajado la guardia durante el recreo y apretó el teléfono en la mano, tratando de ocultarlo

-. Nada

Pero Bruno le arrebató el celular y junto  a Jeffrey y los demás lo levantaron para mirar sin que Carlitos pudiera quitárselos

Carlos sintió que el suelo cedía bajo sus pies y el corazón se le paralizaba… Ahora si estaba jodido de por vida.  Podía considerarse muerto. Nunca más volvería a clases o saldría de su casa. Tendría que cambiarse de ciudad o de país… ahora si iban a golpearlo cuando se dieran cuenta que estaba vestido de mujer…

Carlitos esperó, con los ojos cerrados y el cuerpo encogido a que comenzaran los golpes pero su sorpresa fue mayor cuando comenzó a escuchar comentarios desconcertantes

-. Mira!!! Es ella!

-. Es la misma chica!!!

EEEHHH???

-. ¿Qué haces tú mirando a esta chica? – preguntó Bruno frío y agresivo

AH???

-. Ella es muy linda – dijo Teo

-. Está como quiere! Mira ese cuerpo. Le daría con todo – se jactó Jeffrey sin quitar los ojos de Carline en la pantalla

-. Tú?? Una chica así jamás te daría ni la hora!!! – rieron sus amigos

-. Oye!!  Que yo soy guapo y las chicas me aman!!! – se defendió Jeffrey. Carlos no lo habría definido como “guapo” porque le caía mal, pero innegablemente Jeffrey no era feo: tenía pelo oscuro,  era alto y atlético como todos ellos.

-. ¿Por qué estas mirándola? – volvió a ladrar Bruno, con un nuevo manotón en su cabeza, esperando su respuesta

Carlitos ni siquiera respiraba. La sorpresa traspasaba su comprensión. ¿En serio eran tan tontos para no darse cuenta???!!! Llevaban seis años estudiado juntos?? Viéndose a diario!!! Lo conocían bien y… … AH, vaya! Ahí estaba la respuesta. No lo conocían para nada.

-. Es un concurso… – balbuceó buscando una salida

-. Un concurso de peinados y ropas!!! El princeso quiere aprender a ser bello – dijo Jeffrey

La risotada fue general. Bruno no soltaba el teléfono ni quitaba la vista de “Carline”

-. ¿Ella participa en un concurso aquí en el pueblo? – Bruno le gritaba encima, imponiendo el tamaño de su cuerpo

-. Si… es que… mi tía trabaja ahí – respondió Carlitos sin pensar en el error que cometía.

De pronto hubo silencio.

-. Espera! – gritó Jeffrey poniendo toda su atención en Carlos -¿Tu tía  trabaja con esta preciosura?

-.  Si – respondió Carlitos permitiéndose una leve arrogancia. Un segundo después se desinflaba por completo al ver claramente en los ojos de todos ellos, las intenciones que traían.

-. Queremos conocerla – ordenó Jeffrey con tono de amenaza

-. NO! No… Yo no puedo… –gritó asustado hasta el alma

-. Haz que se pueda! – interrumpió Bruno cargado de provocación– Quiero conocerla y si tu tía la conoce, conseguirás que yo la conozca

-. Mira, pendejo. Es un favor que le hacemos a ella. Seguro estará feliz de conocernos – agregó Jeffrey engreído

Carlitos retrocedió hasta chocar con la pared. Los cuatro sobre él, amenazantes

-. ¿Aprecias mucho tu teléfono?

-. ¿O tu vida?

Bruno se guardó su celular en el bolsillo en un abierto acto de abuso

-. Voy a cuidar de tu teléfono mientras nos consigues una cita con ella ¿entiendes, princeso?

Carlos tenía los labios apretados y no respondió.

-. ¿Entiendes?! – gritó Bruno, zamarreándolo bruscamente

Carlitos asintió

Los otros chicos se alejaron hablando de lo que sucedería al conocer a Carline

-. Me va a ver y va a caer loquita  – El estúpido de Jeffrey se creía irresistible

-. Espera a que me conozca a mi – dijo Elías sacando pecho

-. ¿Tú la conoces? – preguntó Bruno cuando los demás no podían escucharlo

-. No – respondió Carlitos sin ganas de dar información y abrumado por la situación en que lo habían puesto. Bruno repentinamente perdió interés en él

-. Quiero conocerla y pronto

Le repitió golpeándole el pecho con un dedo y luego le palmeó fuerte la mejilla. Después se alejó con los demás llevándose su teléfono en el bolsillo

Carlos soltó el aire que estaba reteniendo. Al menos no lo habían golpeado demasiado fuerte pero el imbécil tenía su teléfono y solo se lo entregaría cuando pudieran conocer a Carline.  A Carline??!!!! Oh Dios!!! Por un instante todo le dio vueltas y no supo qué hacer

. Pero qué grupo de tarados!!!  – casi lo gritó largándose a reír para luego quedarse vacío y con ganas de llorar. Ahora si estaba metido en un lío enorme.

Capítulo 3

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CAPITULO TRES

Era simplemente imposible… pero ahí estaba. A él mismo le costaba creérselo. Leila lo había enfundado en un vestido simple de colores pasteles, unas medias transparentes y un par de zapatos con algo de altura. Carlos se miraba como si fuera otra persona… la chica del espejo era bella, con una cintura menuda, vientre plano, culo marcado y sus piernas…  ¿cómo nunca se había dado cuenta de lo torneadas y bien hechas que eran?

-. Camina… haz la prueba – lo animó Leila

Carlos aún estaba pegado en el espejo y movía la cabeza, negando mientras trataba de mantener el equilibrio

-. Voy a caerme y tú serás culpable de que me rompa los huesos

¿Cómo lo hacían las estudiantes de su clase? Algunas usaban tacos muy altos todos los días. Nunca había pensado en la dificultad que hacerlo suponía.

Leila le explicó y lo fue guiando con tranquilidad. Media hora después, Carlos daba pasos más seguros y sonreía tímidamente, aún inseguro.

-. Ahora, solo falta agregarle estilo a tu forma de moverte para convertirte en mi modelo perfecta

Leila respiraba orgullo por cada poro, pero Carlitos, a pesar de lo que veía en el espejo, se mostraba reticente. No era una chica ni una modelo.

-. Solo soy yo, disfrazado – comentó al espejo

Leila no se lo tomó bien

-. No sabes lo que dices!!! Esto que ves en el espejo es uno de mis mayores esfuerzos profesionales. Te he convertido en una preciosa chica, acaso no te das cuenta??

-. Si, pero…

Era poco habitual ver a Leila enojada

-. Vamos. Voy a demostrártelo para que no quepa duda.

Tiró a Carlos del brazo en dirección a la puerta de calle

-. ¿Qué haces? – trataba de seguirle los pasos montado sobre los tacos porque de otra manera terminaría en el suelo

-. Vamos a salir – dijo decidida sin soltarle el brazo

Era tanta la impresión de Carlitos y su miedo a perder el equilibrio que cuando quiso hablar ya estaban fuera de la casa, subiendo al auto de Leila.

-. Este es el trato – expuso Leila hablando de prisa todavía alterada – iremos al restaurant donde trabajas y tomaremos un jugo. Tú no te preocupes. Nadie va a reconocerte

-. No!  Yo no voy a bajarme de este auto – protestó Carlitos, cruzando los brazos enfurruñado y asustado a la vez

-. Escucha cariño, Si hay cualquier problema no volveré a presionarte. Lo juro!!! Pero si todo sale bien, como sé que será, tú y yo vamos a participar en ese concurso y ganarlo – Había más que decisión en las palabras de Leila. Estaba suplicando por mantener su negocio a flote

-. Solo entraremos a comprar el jugo y saldremos – aceptó Carlitos después de un tenso silencio

-. Si. De acuerdo

-. No deberías haberme puesto un vestido tan corto – reprochó Carlitos estirándolo dentro del auto en movimiento

No fue hasta que escuchó las carcajadas de Leila que reparó en lo que había dicho. Oh por Dios!!! no llevaba ni cinco minutos siendo mujer y ya estaba protestando por cómo le quedaba la ropa. Rieron hasta que la tirantez del ambiente se convirtió en un pequeño nerviosismo.

El pueblo era pequeño y solo habían tres lugares de comida rápida. La clientela era habitual en ciertos horarios pero a esa hora de la tarde, esperaban encontrarlo casi vacío. Leila estacionó cerca del local y respiró profundo

-. ¿Estás lista? – preguntó

Carlos estaba a punto de respirar profundo también pero se quedó en la intención al escuchar la pregunta

-. ¿Cómo que si estoy “lista”… querrás decir “listo”, no?

-. No. Yo estoy hablando con Carline. Tú no estás aquí. – rió ella ante su obvia equivocación.

-. Leila… si algo sale mal, si mis compañeros de trabajo me reconocen…

-. No va a pasar nada malo. Confía en mi, por favor.

No. Es decir, confiaba en Leila para muchas cosas. Era la única persona a quien le contaba casi todo, pero en esta locura… Dios!! ¿Por qué le había hecho caso??

-. Camina despacio y habla conmigo como si estuviéramos divertidas – Leila lo tomó del brazo.

Avanzaban por la calle y Carlos estaba a punto de entrar en pánico.

-. No estoy divirtiéndome

-. Recuerda lo que te dije

Si, claro. Hoy le había dado mil instrucciones y en horas lo había convertido en mujer. No se acordaba de nada.

-. Espera. No puedo. Hay mucha gente!!!

Estaban a punto de entrar y Carlos había cometido el error de mirar hacia dentro en vez de fijarse en sus propios pasos

Pero Leila no se detuvo y con una sonrisa amable sostuvo la puerta del local abierta para que “ella” entrara.

-. Está casi vacío. Recuerda que eres Carline y actúa como ella

No le respondió porque no podía hablar. ¡Actuar como Carline?… ¿Quién demonios era Carline cino una invención?  Siguió avanzando sin mirar a nadie, El corazón le latía tan de prisa que pensó que iba a darle un ataque.. NO! No podía morir en su lugar de trabajo y mas encima vestido de mujer. Por dentro estaba paralizado por el miedo.

-. Hola, chicas ¿Qué van a querer?

Roger las estaba atendiendo. Carlos lo miró de reojo… varias veces.

-. Un jugo de piña para mí – dijo Leila – Y tu, Carline, ¿Qué vas a querer?

Dios!! Mas encima quería que hablara!!! Le iba a dar algo… Por un breve segundo sus piernas tambalearon pero se repuso de inmediato. Sin quererlo, producto del tambaleo, su mano se elevó en el aire y de pronto se encontró frente a su compañero de trabajo, con la mano levantada, la boca abierta y siendo objeto de una mirada muy atenta

-. Jugo de piña – tartamudeó muy despacio dirigiendo la mano hacia un mechón de su cabello que acomodó detrás de la oreja en un gesto muy femenino.

Roger sonrió de vuelta… Carlos abrió grandes los ojos. Conocía esa sonrisa pero no podía creerlo

-. Tomen asiento, Se los llevaré a la mesa. – respondió Roger

-. No, no vamos…

-. Claro que sí!!! – dijo Leila en voz alta dirigiéndose a una mesa.

Carlos quedó solo frente a Roger. Leila estaba solo a unos cuantos metros y no le quitaba los ojos de encima pero él nunca se había sentido más vulnerable en su vida… Era un momento crítico en el que podía echar a perder todo el resto de su vida cayéndose o haciendo algo que lo dejara en vergüenza eterna… o podía recordar lo que había dicho Leila y caminar hacia esa mesa como si en verdad fuera Carline, la chica hermosa del espejo.

-. ¿Eres nueva en la ciudad? – preguntó Roger

Carlos estuvo a punto de lanzar una risotada… el idiota le estaba coqueteando pero recordó a tiempo que era Carline. ¿Cómo respondían las chicas? Pensó en sus compañeras de clase, su madre, Leila y todas las mujeres que conocía…

-. Si. Estoy de visita por unos días – respondió perfilando una sonrisa en sus labios rosa y bajando las pestañas postizas como había visto que lo hacían las chicas

Roger sonrió estúpidamente… Carline había hablado con la voz suave que Carlos jamás dejaba salir. Enderezó la espalda, calculó la distancia y tomando aire comenzó a contar los pasos que le tomaría llegar hasta Leila y poder sentarse. Uno, dos, tres, cuatro…..

-. Lo hiciste muy bien – dijo Leila satisfecha echándose hacia atrás en el asiento.

-. El estúpido de Roger me preguntó si soy nueva en la ciudad

Ya no pudo contener la risa. Quizás era porque la situación era tan absurda y descabellada. ¿Qué demonios hacía vestido de mujer en un restaurant??? Y con Roger coqueteándole??!!! Esta mañana su vida era normal y ahora todo estaba de cabezas!!!

Leila lo acompañó en la risa lo que provocó que rieran más. Carlos no estaba acostumbrado a reír así es que se cubrió la boca pudorosamente como lo habría hecho una mujer pero, inevitablemente, tal demostración de contagiosa alegría atrajo sobre “ellas” la atención de las personas que estaban en el local. Demasiado ocupadas y nerviosas comenzaron a beber el jugo que Roger en persona les llevó hasta la mesa.

-. ¿Ahora si me das la razón? – preguntó Leila

-. No me reconocieron – respondió un todavía sorprendido Carlitos refiriéndose a sus compañeros y a la gente que los rodeaba.

-. Yo sabía – dijo Leila más que orgullosa volviendo a reír

* * * * * *

-. ¿Quién es esa? – preguntó Bruno sentado con sus amigos en una de las mesas del fondo del local.

Jeffrey y los demás chicos miraron siguiendo la dirección de los ojos grises de Bruno. Todos pudieron ver a una chica muy bella y estilosa que reía con ganas y agitaba su pelo castaño de manera graciosa. Había algo tremendamente atractivo en ella; fresca, reluciente, hermosa.

-. No la había visto antes – respondió Jeffrey sorprendido de no conocerla.

-. Vaya bombón! – dijo Teo consiguiendo una extraña mirada de reproche de Bruno

-. ¿Quién es la mujer que está con ella? – volvió a preguntar Bruno.

-. Yo la conozco – dijo Teo – Es la señora del Salón donde va mi mamá

Los cuatro se habían quedado en silencio observándola. El pueblo era pequeño y resultaba raro que ellos no conocieran a una chica de su misma edad y que fuera tan bonita.

-. ¿Vamos a saludar a la amiga de tu mamá, Teo? – preguntó Bruno. No podía ni quería dejar de mirarla. Había algo especial en esa chica que lo atraía muchísimo

-. No me conoce – replicó Teo

-. Pero puedes decirle quien eres…- el tono de su voz de Bruno bajó desilusionado. La chica y la señora se levantaban para marcharse. Ya no había tiempo para saber quién era.  Bruno las siguió con la vista el tiempo suficiente para ver a un sonriente Roger acercarse a despedirlas y cruzar unas palabras con ellas. Bruno esperó a que las dos dejaran el restaurant y sin decir palabra se levantó para poder seguir viéndolas a través de una ventana. Cuando se subieron al vehículo y partieron, Bruno se acercó a Roger

-. ¿Quién era esa chica?

-. Se llama Carline. Está en el pueblo por unos días con la señora Leila. Es muy simpática.

Roger dio inmediato toda la información que tenía. Estudiaba en la misma escuela de Bruno y sabía lo idiota que podía ser. No quería problemas.

Bruno tomó aire pensativo. Una chica de la ciudad, solo estaba de paso.

-. ¿Qué averiguaste? – preguntaron los chicos intrigados

-. No es del pueblo – respondió escuetamente.

En cualquier otra ocasión Bruno habría compartido con ellos la información de dónde encontrarla y habrían partido juntos a buscarla valiéndose de su popularidad y cercanía con las personas del pueblo. Lo habían hecho muchas veces; conquistas fáciles y divertidas.  Sin embargo, ahora se quedó callado. Esa chica era diferente. Carline. También tenía un nombre diferente. En los breves minutos que había captado su atención, la chica lo había hecho sentir verdadera atracción lo que era casi un milagro. Hacía tanto tiempo que esperaba por esto. Le habría gustado volver a verla. Lástima que viviera en otra ciudad.

Capítulo 2

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CAPITULO DOS

El lunes las clases terminaban temprano y Carlos tenía más horas de trabajo.  Se escabulló silencioso de la escuela y fue directo a su casa. No había sido un día tan malo. Los estúpidos tenían práctica deportiva y toda su atención la dedicaban a eso. Unos cuantos gritos y risas en los vestidores pero había escapado justo a tiempo, cuando vio que Bruno lo buscaba para molestarlo. Ya conocía sus gestos y escapó rápidamente.

La puerta de su casa se abrió un segundo antes que él la tocara. Una mujer de entre 35 a 40 años, perfectamente peinada y maquillada, se abalanzó sobre él, chillando alegremente

-. Tienes que ayudarme de nuevo, Carlitos. Ahora vamos al concurso final!!

Leila era parte de su vida desde que tenía memoria. No podía definirla como la mejor amiga de su madre y vecina de casa porque era mucho más que eso. La recordaba en casi todas las etapas de su vida; los cumpleaños, navidades, primer día de escuela y todo lo que era significativo en su vida. Ella no solo era quien le ayudaba a cuidar de su mamá, sino que era la única persona que les quedaba. Cuando su madre enfermó desaparecieron los amigos, el trabajo, el dinero, comodidades y los buenos momentos. Leila fue una roca que se mantenía fiel y los visitaba a diario, luego de terminar su trabajo en su salón de belleza. A veces pasaba más tiempo en la casa de ellos que en la propia y aunque su madre había sugerido que ahorraran costos y se mudara con ellos, Leila lo agradecía y rechazaba, seguramente a causa del señor misterioso que entraba tarde y salía de madrugada de la casa vecina un par de veces a la semana.  Leila se hacía cargo de lo que Carlos no podía manejar por ser menor de edad o no entendía. Leila era una persona importante en su vida y él confiaba en ella casi como una segunda madre.

Carlitos dejó su mochila en el sillón. Su expresión era de sorpresa

– ¿Quieres que vaya contigo a la final?

-. Por supuesto!! ¿Quién más podría hacerlo???

-. Pero, no puedo. Tengo que trabajar y mi mamá no puede quedar sola

-. Ya sabes que tengo todo eso resuelto

-. Si, pero…

-. Es la final, cariño. ¿Entiendes lo importante que es este premio? Es la final nacional

Carlos se giró para mirarla, sus ojos muy abiertos. Ella rebosaba orgullo.

-. ¿Cuánto? – preguntó Carlitos, expectante.

Leila sonrió con picardía resaltando sus hermosas mejillas rosadas. Tenía unos kilitos demás pero era una mujer bastante atractiva.

-. 15.000 dólares – anunció sabiendo que lo sorprendería – la mitad será para ti…

Carlos exhaló fuerte y cayó sentado en el primer asiento que encontró

Siete mil quinientos  dólares…

Una cantidad que jamás reuniría trabajando en el restaurant. Servirían para irse a la ciudad y estudiar al año siguiente. Quería ser ilustrador, perfeccionar su talento, pero todo apuntaba a que terminaría siendo el eterno mozo de un restaurant o vendedor de una tienda en este pueblo perdido… Siete mil quinientos dólares podían cambiar su vida.

-. ¿Y mamá? – preguntó recordando sus obligaciones

-. Ya conseguí quien la cuide  – Leila siempre iba un paso adelante. Esperaba expectante.

Carlos se había estado rebanando los sesos pensando qué futuro le esperaba al terminar la escuela. No quería seguir trabajando de mesero,  quería estudiar pero ¿cómo iba a hacerlo??

Ahí estaba su respuesta!!!

-. ¿Qué tengo que hacer? – preguntó rindiéndose

-. ¿Tú? Nada.  Es a Carline a quien necesito!!! – río ella, abrazándolo de alegría.

  * * * * *

Todo había comenzado unas semanas atrás, mientras cenaban juntos en la cocina de su casa. Su madre dormía y era el momento en que ambos compartían tranquilos antes de cerrar el día. Leila se había acostumbrado a no cocinar en su casa y a esperar a Carlitos para cenar juntos, mientras alimentaba y acompañaba a su amiga.  Ella era divorciada y sin hijos. Tenía muchos conocidos debido a su trabajo pero muy contados amigos. Era sociable, divertida y simpática. De su matrimonio fallido y de la violencia que sufrió, aprendió a no confiar en las personas y a tomar cada oportunidad que la vida le presentaba.

-. Hay un Concurso Nacional de Salones – comentó esa noche, semanas atrás.

-. ¿De qué se trata? – preguntó Carlos por educación.

-. Compiten los salones de belleza a nivel local y luego nacional para ver cuál es el mejor

-. Ah…

-. Hay un premio en dinero pero para mí lo importante es la fama. Si gano, mi Salón se vuelve más famoso, más trabajo y más clientes – respondió Leila

Honestamente, Leila los necesitaba. Su salón era muy bueno pero pequeño y se veía opacado por los grandes locales nuevos que se abrían en la vecindad. Sin su salón, Leila no tendría de qué vivir.

-. ¿Vas a competir?

-. Me encantaría pero no creo. Tendría que encontrar una modelo perfecta y son muy caras… ya sabes

No. Carlos no sabía, no entendía del tema ni le interesaba. Se reconocía a sí mismo como hombre gay pero no era una loca afeminada que gustara de los peinados, maquillaje o la moda. Hasta ahora solo sabía que era gay porque le atraían los chicos y había sentido enamoramientos esporádicos por uno u otro chico del colegio. Nunca había pasado más allá de solo desear ser besado o tocado. Su cuerpo era completamente virgen excepto por el toque de sus propias manos. Quería profundamente a Leila pero estaba preocupado de un trabajo de la escuela que tenía que entregar al día siguiente, acompañar a su madre y luego quería terminar de leer el comic Japonés que lo tenía atrapado.

Su tenedor quedó detenido a medio camino al ver cómo Leila lo miraba fijamente

-. ¿Qué?

Leila pestañeó varias veces, frunció las cejas, ladeó la cabeza, lo tomó de la barbilla y movió su rostro para todos lados

-. Carlitos!!! Oh mi Dios!!! Eres perfecto!! – Leila se puso de pie y seguía examinándolo – No sé cómo no lo vi antes… mira tu pelo y tu rostro… te maquillo y te visto bien y .. Oh Dios!! Eres ideal.

Leila lo tironeó hasta ponerlo de pie y hacerlo girar mientras lo estudiaba

-. ¿Ideal para qué??!!

-. Tú serás mi modelo – lo abrazó muy apretado

-. ¿Qué?? ¿Estás loca??!! – se deshizo del abrazo y retrocedió

-. No! Más cuerda que nunca – río ella

-. Leila, no soy mujer

-. Eso es un detalle. Te vestiré y maquillaré y nadie lo notará. Soy muy buena. Vamos a ganar!!!

-. No

-. Te vas a ver muy linda! – dijo ella recogiéndole el cabello en la nuca y soltando algunos flecos sobre el rostro – tus pómulos son hermosos – continuó ella sin hacer caso de sus protestas – voy a resaltarlos con el maquillaje adecuado

-. Dije que no!

Carlos se enorgullecía de su cabello que llegaba debajo de los hombros, pero nunca tenía oportunidad de mostrar.

-. Que no. Suéltame!  No soy mujer ni soy linda

-. Ya verás que si!!!

Fue el inicio de dos días de tortura en que Leila lo estuvo acechando y rogando hasta convencerlo de hacer al menos una prueba.

-. Solo vamos a probar – aclaró Carlos a la defensiva, dispuesto a perder las horas de la única tarde libre que tenía cada quince días.

El argumento que derrocó las defensas de Carlitos fue que ella necesitaba el premio para mejorar de otro modo su local tendría corta vida y se iría a la quiebra. Carlos se sintió comprometido.  El cariño de Leila con él y su madre era a toda prueba.

-. Nadie debe saberlo

Amenazó Carlos mientras Leila abría un maletín de maquillaje con elementos que parecían terroríficos aparatos de tortura

-. ¿Qué es eso?!! – Chilló al verla acercar a sus ojos uno de esos aparatos

-. Tranquilo. Es para encrespar las pestañas

-. Mis pestañas son crespas! – retrocedió en el asiento escondiendo la cara

-. Yo sé lo que hago – Leila tiró de él para volverlo a sentar bien

-. Pero da miedo – respondió sin convencerse de dejarse tocar por “eso”

-. Tú no te muevas. Yo soy la experta – Ordenó Leila con seguridad.

Carlitos accedió resignado, deseando no haber aceptado. Empuñó las manos, asintió y la dejó ensayar en silencio.  Durante más de una hora Leila estuvo probando en él diversos maquillajes, cremas, menjunjes y colores. Cuando sonrió satisfecha, Carlos erróneamente pensó que ya habían terminado

-. Vamos por tu pelo ahora –  la parte que para Leila era más importante. Cepillos, aire caliente, mouse, aceites, sprays y cremas, horquillas y peinetas.

-. Tienes un pelo maravilloso

Carlitos no se atrevía a agradecerle; tenía miedo de tragar el menjunje cremoso que sentía sobre su boca ¿Sería peligroso?

Al cabo de otra hora, Leila suspiró satisfecha. Había terminado y lo miraba embobada

-. Ven. Mírate al espejo – dijo ella con evidente orgullo

Carlitos reía de nerviosismo. Un poco asustado pero curioso se dio vuelta para enfrentar el espejo.

-. OOOHHHH… – exclamó moviendo sus labios pintados y delineados. Sus ojos se abrieron casi en shock. La sonrisa se le congeló cambiando por una boca abierta de asombro. Pestañeó varías veces sin  sentir el peso de las pestañas postizas. Sus ojos verdosos resaltan inmensos, la piel se veía tan suave y húmeda… los labios llenos… La imagen en el espejo era la de una mujer menuda, femenina, delicada y muy bella. No había semejanza con él… ¿Dónde estaba Carlos??. era… inexplicable

-. Cómo??… Yo… Qué…?? – tartamudeaba

-. Un gusto conocerte, Carline – anunció Leila con orgullo y gravedad, poniendo su rostro al lado de él, para observarse juntos. Se notaba complacida, como si hubiera dado vida a un recién nacido

-. ¿Carline?? – repitió Carlitos recuperando la voz y volviendo a mirarse una y otra vez buscando su propio rostro en el espejo.

-. ¿Cómo… hiciste esto?

Su deslumbramiento era total: Esa imagen era una chica… o sea, nadie dudaría de que él era una chica porque… se veía como una chica…. Una chica femenina y dulce… Dios!!! Esto era estúpido e irreal… desconcertante y alucinante al mismo tiempo

Leila río batiendo palmas

-. Te lo dije, soy buena y no quiero que mi negocio desaparezca. Tengo que prepararte muy bien porque vamos a ganar!! Tienes que aprender todo!

-. ¿Hay más? – cuestiono Carlitos algo espantado

-. Oh sí!!! – sonrió ella moviendo la cabeza para asentir – Hay mucho más

Del bolso de torturas extrajo vestidos, medias, collares, bolsos y zapatos con tacos. Los levantó enseñándoselos a Carlitos.

-. Eso es un vestido… de mujer – indicó Carlitos apuntándolo con el dedo y retrocediendo

-. Es de tu talla

Leila se acercaba asintiendo y blandiendo los tacones en el aire, segurísima de que su idea había sido perfecta y Carline, con ese pelo y figura, le ayudaría a ganar el concurso.

Capítulo 1

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CARLITOS/CARLINE

CAPÍTULO UNO

Carlos se movía de prisa en el vestidor de la escuela y trataba de cambiarse la ropa con la mayor rapidez posible. Había corrido en cuanto termino la clase. Se ató el cabello, largo bajo los hombros, y se puso el gorro que lo ocultaba. Se aseguró de que no hubiera nadie más y procedió a cambiarse el pantalón.  Odiaba la clase de educación física pero la escuela insistía en que era obligatoria y su madre no estaba para justificativos. Él no era del tipo atlético sino artístico, aunque su desagrado por la clase tenía que ver con lo que sucedía antes y después de la clase misma.

-. Uuhhh ¿Ya te pusiste el sostén? – preguntó gritando burlonamente el primero de sus compañeros que entraba al vestidor, haciendo gestos obscenos sobre sus pectorales. Los demás chicos que lo acompañaban gritaron y rieron, burlándose también.

Carlos se tensó y se subió los jeans sobre su delgada figura, pretendiendo no darse por enterado de su llegada. Ya sabía para donde iba esto.  Los  venía soportando desde hacía seis años sin poder defenderse, aguantando el dolor emocional y físico que le causaban.  Siempre andaban en grupos, eran  altos, deportistas, grandotes y agresivos; él era menudo y esbelto, si hasta tenía cintura!!!

-. ¿No te enseñaron a usar ropa de hombre, princeso?

Sintió un fuerte manotazo en la cabeza que lo derribó del asiento. Sin dudarlo, Carlos supo que ese había sido Bruno. No por nada llevaba recibiendo su violencia desde que llegó a esta escuela pública. No es que en su antiguo colegio privado fuera mejor pero al menos allá lo dejaban tranquilo y hablaba con algunos compañeros. Aquí estaba solo a merced de los idiotas homofóbicos que se habían ensañado con él desde que apareció tímidamente en la clase. Bruno era el peor de todos, aunque no era el más violento si era el más cargante; siempre estaba empujándolo, asustándolo y golpeándolo. Era común que Bruno encontrara una razón para molestarlo a diario.

Carlos cerró los ojos y apretó los labios para no dejar salir el dolor del golpe que acababa de recibir. Se enorgullecía de no darles en el gusto de verlo quejarse o llorar. Era pequeño pero terco y orgulloso. Recogió la ropa que aún le faltaba, zapatillas y camiseta normal, nada diferente de lo que usaban ellos, solo que en tamaño más pequeño

-. Vaya… la virgen pudorosa huye a esconderse  – Volvieron a reír

No te asustes, no vamos a darte en el gusto de violarte!!!

Ese era el estúpido de Jeffrey, compañero inseparable de Bruno, que siempre hablaba de violarlo o agredirlo sexualmente, encendiendo alarmas de terror en Carlos

-. No eres nuestro tipo!!

-. Te faltan tetas y vagina, princeso!!

Se escurrió entremedio de las risotadas, rogando para que no volviera a golpearlo. Tuvo suerte ya que estaban más interesados en cambiarse para la clase siguiente.

Carlitos terminó de vestirse en el pasillo. Asombraba su calma luego de tan desagradable incidente. Solo un brillo aguado en sus pupilas café  verdosas y un intenso rubor en las suaves mejillas denotaba la rabia que estaba conteniendo. No era un chico feo sino atractivo a su manera… suave y dulce.

Lamentablemente, Bruno era uno de los chicos  populares de la escuela; las chicas se morían por él y lo perseguían, acrecentando más su ya muy alta vanidad;  era estimado por los profesores, no por su buen rendimiento sino por su participación en toda actividad escolar y deportiva, que incluía el generoso aporte en efectivo de sus padres.   Sin embargo, a sus 18 años, Bruno era un idiota homofóbico y agresivo que gozaba humillándolo y molestándolo, al igual que todos los que andaban en su grupo. Todos querían ser amigos de Bruno, un muchacho popular, de músculos desarrollados, pelo corto claro, ojos grises, sonrisa fácil y encantadora, que hablaba con voz fuerte y varonil y compartía con la elite del colegio. Hubo un tiempo en que Carlitos pensó que Bruno tal vez resultaría atractivo si no fuera un perfecto idiota. En cambio él solo era el chico olvidado de la clase, la cosa que se sentaba en el último asiento sin hablar y que nadie recordaba si no era para molestarlo.

* * * * *

Los primeros años en la nueva escuela, cuando Carlitos llegaba golpeado y con evidentes signos de dolor, Leila fue a hablar con el director para reclamarle los abusos

-. Pero usted no es pariente de Carlos – había dicho el director buscando el nombre de Leila en los papeles– aquí dice que el menor esta bajo la tutela de su madre

-. Ella está enferma – respondió Leila aguantándose las ganas de sacarle los ojos y escupir al idiota retardado que tenía la escuela por director – Yo soy amiga de la familia y quiero que usted detenga el maltrato o haré una denuncia

Leila, generalmente, era simpática y divertida, pero enojada era dinamita pura

-. Hablaré con el sicólogo para ver qué podemos hacer

No fue buena idea. El sicólogo habló con todos los alumnos de la clase y dijo que no era bueno discriminar a los homosexuales sino que había que ayudarlos a encontrar su camino. Los alumnos que no se habían dado cuenta de que era gay se enteraron en ese momento. Fueron tantas las burlas que Leila justificó su inasistencia inventando una enfermedad y lo dejó en casa por un par de semanas.  Al volver a la escuela, el director lo llamó a su oficina para indicarle que a partir de esa fecha recibiría consulta semanal con el sicólogo del establecimiento porque “su escuela no toleraba alumnos “raritos” y era su culpa si los chicos lo molestaban porque se movía y hablaba como si no fuera hombre. Dijo que entendía el problema por la ausencia de padre en su familia pero que debería aprender de ellos, de sus profesores y compañeros a ser un buen hijo de Dios y no desviarse hacia la perdición”.

Carlitos tenía 11 años y no entendió de qué forma era su culpa ser diferente pero le quedó claro que si quería continuar estudiando, tendría que aprender a disimular y tener un bajo perfil, pasar desapercibido y no hacer ruido. Junto con el abandono de su padre había perdido la posibilidad de elegir donde estudiar.  Nunca fue a las sesiones con el sicólogo, la escuela se desentendió del problema y el tuvo que aprender a aguantar y escapar de los abusos.

Desde que su padre los abandonara, seis años atrás, su vida había dado un giro tan brusco que Carlos aún no lograba recuperarse y posiblemente no lo conseguiría jamás: esta no era la vida que él había soñado cuando vivían todos juntos, tenían una casa grande y creían que serían felices por siempre.  Pero su padre, trabajólico y machista,  miraba con preocupación cómo crecía su único hijo. Carlitos recordaba los gritos y peleas que precedieron a la partida de su padre; le decía a su madre que era culpa de ella por tratarlo como si fuera de cristal y que no iba a tolerar que su hijo fuera marica

Su madre lo defendió con garras y él se marchó con otra mujer a tener nuevos hijos y formar otra familia. No volvieron a saber de él.  Ser abandonada, cambiarse de ciudad, casa y estrato social, buscar trabajo y cuidar de Carlitos llevó a su madre a una depresión horrible. Una cosa más por la cual se sentía culpable aunque no entendía del todo por qué era su culpa sentir diferente y encontrar más atractivos a los chicos que a las chicas; simplemente eso era lo que sentía y aunque todos dijeran que estaba mal, Carlos no podía evitarlo.

No le gustaba ni la pequeña ciudad ni la escuela donde su madre los había llevado. Vivió los primeros años anestesiado emocionalmente, esperando que sus padres se reconciliaran y su vida reiniciara en el punto en que había cambiado para peor. Cuando se convenció que nada de eso iba a suceder ya era demasiado tarde: No tenía amigos, su madre no salía de la casa y Bruno y el grupito de idiotas lo habían convertido en objeto de burlas y abuso. Había soportado de todo: golpes, empujones, gritos, humillaciones, robo de sus almuerzos y tareas, largos encierros, burlas por su aspecto, movimientos, forma de hablar o solo estar ahí. Todo lo ridiculizaban porque era diferente a ellos.

Con el paso de los años, la diferencia se volvió más marcada: sus compañeros crecieron, engrosaron sus músculos, cambiaron la voz y adquirieron proporciones de varón. Él creció solo hasta el metro sesenta y cinco centímetros, su cuerpo formó curvas estilizadas con una breve cintura, un culo  de nalgas firmes y redondeadas, sus brazos y piernas delgados y torneados, manos finas como las de una dama elegante y su pelo color chocolate era sedoso y con preciosas ondas naturales que mantenía ocultó llevándolo siempre oculto bajo un gorro. Para evitar más burlas y risas, Carlitos comenzó a vestirse usando ropas simples y comunes que no permitían ver su verdadera forma.   Su voz tampoco adquirió el tomo ronco y grave de hombre… permaneció suave y delicada y fue una forma más de ocasionarle problemas. Por eso prefería mantenerse en silencio.

De tanto estar solo Carlitos había ido convenciéndose de no necesitar a nadie. No aprendió a comunicarse ni a sociabilizar. Solo contaba con su madre enferma y su vecina, Leila, que era incondicional de ellos dos. A veces, miraba con tristeza y envidia como los otros chicos iban y venían en grupos, se juntaban en los recreos, cuchicheaban secretos y risas, hablaban de sus cosas, tenían un mejor amigo, hacían planes para compartir y salir.  Él solo tenía el block de dibujo y lápices de colores con los que llenaba su tiempo libre, aparentando estar ocupado para no dar lástima.

Mostraba su inteligencia en las pruebas escritas y trabajos donde destacaba y obtenía buenas notas. Los profesores hablaban de su capacidad para dibujar y le ofrecían la posibilidad de participar en talleres y otras actividades artísticas. Carlitos las rechazaba con dolor en el corazón. Dios!! Si le habría gustado estar en esos eventos pero sentía temor de rodearse de otras personas y no saber qué hablar o decir. Además, no disponía de tiempo para salir o compartir en el caso hipotético de que alguien lo hubiera invitado.  Su situación era difícil.   De a poco su madre se había enfermado de depresión severa. Carlitos la vio apagarse, perder el trabajo, encerrarse en su dormitorio y convertirse en una mujer asustadiza, llorosa y débil que tenía miedo de vivir.  Carlos tuvo que tragarse sus propios temores y asumir la responsabilidad de la pequeña familia. Leila había sido un pilar fundamental en esta dura etapa. Ella le había conseguido trabajo en un local de comida rápida donde Carlitos pasaba las tardes y los fines de semana trabajando. Vivian a diario con el dinero que él proveía. El seguro de su madre cubría los gastos de enfermedad y la escuela, pero ya no había ingresos más que los que él mismo generaba.  Solo eran ellos dos y la vecina. No había tías ni primos ni abuelos y de su padre nunca volvieron a saber.   Era imposible ser como los demás chicos y aceptar actividades que lo distrajeran.  Cumplía resignadamente con sus obligaciones pero anhelando la vida anterior. De cierta manera se sentía estafado; No era su culpa sentirse atraído por los chicos ni lo consideraba una razón válida para que su padre destruyera su familia. Quería ir a la universidad sin preocupaciones… quería que el tiempo regresara y no tener las responsabilidades que le impedían ser un chico como todos y desarrollar al artista que vivía dentro de él.  Podía plasmar en el papel lo que veía no solo con los ojos sino con el alma.  Olvidados en el rincón de su closet esperaban los cuadernos de dibujo y los lápices de colores que su mamá le regaló cuando era una persona sana y cariñosa.

* * * * *

El timbre que marcaba el fin de la clase sonó por fin. Carlitos tenía dos horas libres antes de comenzar a trabajar y quería alcanzar a almorzar con su mamá.

-.Oh miren, ya se nos va el princeso

Dios no… no ahora. Le habían puesto ese estúpido sobrenombre años atrás cuando presentó una disertación sobre la realeza europea.

Bruno, Jeffrey y otros dos chicos lo habían rodeado mientras él se preparaba para irse. Carlos esperó aparentemente calmado. Sabía que no tenía más opciones: si los enfrentaba se expondría a una paliza segura; si les respondía los animaría a portarse peor y sI pensaba en denunciarlos se  arriesgaría a que el mismo fuera expulsado del colegio por un director homofóbico que lo consideraba una mancha en su escuela, un don nadie problemático y homosexual.

-. Déjame pasar – demandó lo más serio que pudo con su voz suave, colgándose la mochila al hombro y parándose frente a Bruno

-. ¿Dónde creen ustedes que va tan apurado el princeso – preguntó el rubio a sus amigos, estrechando el circulo que habían tendido en torno a él. Lo estaban acorralando y eso no era nada bueno

-. Déjame pasar – insistió elevando un poco la voz lo que causó sonrisas

-. Yo creo que tiene hambre y va a comer – sugirió uno

-. No. Yo creo que va a encontrarse con alguien – dijo Jeffrey

-. ¿Con quién dices tú? – preguntó Bruno.

Ya habían cerrado el círculo a su alrededor y lo apretujaban haciéndolo sentir muy incómodo, ahogándolo.

-. Va a encontrarse con un tipo… alguien que le va a dar duro por el culo – respondió Jeffrey

En ese mismo instante Carlitos sintió una mano que se arrastraba sobre sus nalgas y apretaba con fuerza una de sus redondeces. El miedo le ganó. Gritó muy fuerte y forcejeó desesperado para liberarse. Este era el tipo de acoso que peor resistía, cuando se metían con su cuerpo y sexualidad. Si tan solo supieran que no tenía idea de que hablaban porque nunca había estado con nadie y tenía temor hasta de pensar en un beso.  El fuerte grito hizo retroceder a dos de ellos y Carlitos vio una vía por donde escapar. Escuchó cómo se reían a gritos pero no se detuvo. Corrió chocando con las sillas y mesas. Corrió hasta salir de la escuela y asegurarse que nadie lo seguía.

RESUMEN

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CARLOS/CARLINE

 

Carlos es un chico homosexual que sufre de bullying en su escuela y tiene serios problemas familiares que lo han obligado a asumir responsabilidades y llevar una vida que le desagrada pero con la cual debe cumplir.  Su personalidad es retraída y carece de habilidades sociales. durante años ha sido objeto de burla Y abuso de sus compañeros de clases, en particular de Bruno y sus amigos.

Leila es la única amiga de su madre y le pide a Carlos un favor que él acepta realizar, sin saber que con ello está iniciando un cambio dramático y total de su vida, que lo llevará a descubrir el amor y el odio en un viaje chispeante, intenso y sobrecogedor.

Resumen

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CARLOS/CARLINE

 

Carlos es un chico homosexual de 17 años, que sufre de bullying en su escuela y tiene serios problemas familiares que lo han obligado a asumir responsabilidades y llevar una vida que le desagrada pero con la cual debe cumplir.  Su personalidad es retraída y carece de habilidades sociales. Durante años ha sido objeto de burla de sus compañeros, en particular de Bruno y sus amigos.

Leila es la única amiga de su madre y le pide a Carlitos un favor que él acepta realizar, sin saber que con ello está iniciando un cambio dramático y total de su vida, que lo llevará a descubrir el amor y el odio en un viaje chispeante, intenso y sobrecogedor.

Prefacio Hágase tu voluntad

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PREFACIO

Dublín, Irlanda.

Noviembre del 2000.

      Eran poco más de las diez de la noche cuando nos escabullimos de los dormitorios.

Justo después de que la última revisión nocturna concluyera, salimos por la ventana  que daba al patio trasero. Corrimos entre los cultivos hasta panel y escalamos el ramaje que recubría la pared. Nos movíamos rápido y cuidando de hacer el menor ruido posible. Cada uno de los pasos a seguir fue planeado a detalle, tanto como pudimos. Después de todo, ¿qué era lo que sabíamos nosotros sobre fugarse? Esa noche, no fuimos los únicos en escapar y creímos que esa sería una ventaja que nos daría más tiempo, pero había algo más, y es que una vez lejos de este lugar yo no contaba con los recursos necesarios para sobrevivir por mi cuenta, peor que eso, la simple posibilidad de que, si quiera, lográramos escapar se reducían de forma alarmante ante nuestros pies. Bastaba un pequeño error para que nos descubrieran y nadie quería eso. Sin embargo, aunque tenía miedo, nada de lo anterior me hizo desistir de intentarlo. Era nuestro derecho irnos y con tal de no quedarme yo estaba dispuesto a dar todo cuanto poseía, mi vida misma de ser necesario.

      La regla era simple, una vez que estuviéramos en el bosque cada quien correría por un rumbo diferente, para, de ser posible, jamás volver a mirarnos los rostros. Solo teníamos una oportunidad. Correr sin rumbo por el bosque con la esperanza de llegar a la carretera o morir en el intento; cualquiera de ellas me parecía una idea mucho más alentadora que pasar un día más en esa cartuja.

      Las heladas nocturnas eran comunes durante estas fechas, pero si esperábamos hasta diciembre todo se complicaría. La nieve, los ríos que se congelan y  el inicio de las festividades; sabíamos que para evitar que algún chico pretendiera mezclarse entre el gentío y escapar, se reforzaba la seguridad. Solo un pequeño grupo de niños asistía a las misas, el resto de nosotros permanecíamos en los dormitorios bajo llave y con los perros sueltos en el patio. Como cada año y justo antes de las festividades, un nuevo sacerdote era enviado a San Patricio, esperábamos por esta fecha desde hacía varias semanas hasta que finalmente hoy, el nuevo padre llegó de Arklow. Como una forma de bienvenida los sacerdotes y monjes se habían reunido en la capilla para los rezos de consagración, aprovechamos entonces para escapar. Era mala suerte que precisamente hoy hiciera un frío insoportable. O quizá, la algidez que me carcomía la piel era producto de la adrenalina que inundaba mi cuerpo, temblaba porque estaba asustado.

      Una vez que todos estuvimos del otro lado del ramaje, hubo un breve segundo en el que el miedo me paralizó. Creo que fue un sentimiento compartido, éramos doce, según pude contar. Doce niños de entre siete y trece años. Solo por un segundo pensé en todos los demás que se quedaban y me llené de lástima,  de rabia. Pero yo había llegado hasta aquí  y no iba a detenerme ahora, con eso en mente, me aferré a lo único que poseía… Lo único que realmente valía en mi vida y salí disparado de frente al bosque. Iba a alejarme de este maldito lugar, me iría lejos, muy lejos de aquí. Olvidaría todo lo que pasó como si solo se hubiese tratado de un mal sueño del que finalmente había podido despertar. Jamás hablaría de lo que sucedió, jamás les daría un segundo más de mi vida… Jamás.

      Una vez andados los primeros metros de distancia, reconocí una semillita de esperanza en mi interior. Realmente estaba pasando… Quise hacer planes mientras corría por entre los árboles; finalmente comenzaba a probar un poco del sabor de mi libertad y me gustaba. Sin embargo, cuando las luces de los reflectores del edificio al encenderse  amenazaron mi independencia, su claridad casi me hace llorar. Esa luz que aclaraba mi camino, se volvió grilletes que me perseguían, su reflejo sobre los arboles buscaba esclavizarme de nuevo, desvaneciendo mis esperanzas de un futuro distinto. Fue entonces que el verdadero miedo se apoderó  de mis piernas obligándome a correr más rápido de lo que jamás lo había hecho en mi vida. Solo podía pensar en que si nos atrapaban, nos matarían allí mismo y mi vida quizás no importaba tanto como la de él.

      No fue la peor noche de mi vida, pero si una terrible, de penumbra: sin luna y sin estrellas. Todo lo que nos rodeaba era una densa oscuridad que no permitía, si quiera, que miráramos nuestras manos al ponerlas frente a nuestros rostros. El bosque entero temblaba bajo nuestros pies y el terror se propagó en mi interior al escuchar el inconfundible ladrido de los perros.

       ¡Maldita sea!

      Odiaba a esos animales que habían sido entrenados para matar. En una ocasión los ví cazar: rápidos y certeros, una vez que ponían la mirada en una presa no había hacia donde escapar.

      — ¡Los perros, Patrick…! — dijo Jacob en un hilo de voz, mientras se sujetaba con más fuerza a mi mano. Le aterraban. Y con justo motivo, ninguno de los que presenciamos esa escena, la íbamos a olvidar jamás.  

      Con esa intensión nos obligaron a mirar: era una chica recién llegada que no se había podido adaptar. Dijeron que cometió una falta grave, la verdad es que no necesitábamos cometer alguna falta para que se nos castigara, pero lo que le hicieron a ella nos marcó a todos para siempre. En esa ocasión nos sacaron a todos a la explanada y el padre Raphael nos obligó a mirar como sus perros la hacían pedazos. Recuerdo su cara y lo mucho que parecía disfrutar de lo que los animales hacían. Él era así, el peor entre todos. Y volvió a los perros bestias como él.

       Aun a veces soñaba con ella, su nombre nunca lo supe, ninguno de nosotros usaba un nombre propio, en cambio teníamos números que nos fueron asignados y nos llamaban por ellos. En mis sueños la 3652 gritaba de nuevo. Me aterraba dormir y soñar con ella.

      —Soltaron a los perros… —agregó Jacob y su voz me devolvió a la angustiante realidad.

      — ¡Corre! ¡Corre…! —Presioné, obligándome a borrar esa imagen de mi mente y centrarme en encontrar el mejor camino entre tanta oscuridad.

      Escuché el ruido del agua al caer y tiré de él lo más fuerte que pude mientras aceleraba el ritmo de mis piernas. Era el rio de escarpadas, el arroyo indicaba que estábamos yendo al oeste. Entramos a una costanera despejada y justo ahí, frente a nosotros, estaba el cauce. No lo pensé, pues quizá de haberlo hecho no me hubiera atrevido. Simplemente me aventé al agua llevándome a Jacob conmigo. Era hondo, pero estrechó. Luché desesperadamente contra la corriente hasta que pude sacarlo y me obligué a  hacer de menos que el agua estaba helada. Los dos temblábamos: yo no sabía si eran mis dientes los que castañeaban o el crujir de las ramas bajo nuestros pies. Lo que sí, es que el agua me había despejado lo suficiente la mente como para permitir que  me ubicara.

      Reconocí el lugar, sabía que había una cuesta y que debíamos avanzar con precaución, sin embargo; se impuso mi prisa sobre mi cautela. Y el hecho de que casi no pudiera ver nada, no me ayudó. Avancé un poco más con Jacob a mi espalda, dimos con el repecho y ambos rodamos ladera abajo, como unos cuatro o cinco metros. Llegamos al piso y el golpe seco del final me dejó mareado. Sentía que me ahogaba, mi respiración agitada me quemaba las fosas nasales y me ardía cada vez que respiraba. Me moría de cansancio pero aun con todo, me obligué a levantarme.

      Tiré de Jacob, pero él seguía entre las  hojas.

      —Ya no puedo…—dijo apenas en un quejido.

      — ¡Vamos! Solo un poco más…

      No quería escuchar que se rendía. No ahora que estábamos tan cerca.

      — ¡Estoy cansado, Patrick!

      Solté su mano solo para sujetarlo de su ropa y obligarlo a levantarse. Estábamos juntos en esto, teníamos que seguir. Teníamos que permanecer juntos.

      Ante mi insistencia él se esforzó, corrimos en línea recta  tanto como pudimos. El tiempo era relativo en ese momento, pero avanzamos varios kilómetros sin detenernos, quizá fue menos, no podría asegurarlo. Yo estaba seguro que habíamos perdido a los perros cuando cruzamos el rio, hasta que sus ladridos fueron nuevamente traídos por el viento. Estaban cerca y tras cada segundo los escuchaba con más claridad.

      Jacob se desplomó por tercera ocasión obligándome a detenerme. Él realmente ya no podía continuar y yo estaba consciente cuando decidí traerlo conmigo que su salud era delicada. El encierro de los últimos días lo tenía débil y le había obligado a correr despavorido por poco más de una hora. A ambos  se nos notaba el cansancio, pero no podíamos detenernos, no ahora.

      Jacob se me escurrió entre las manos hasta el piso y en ese momento me di cuenta que ya no podía sostenerlo. Yo mismo no tenía fuerzas para continuar. Estábamos tan cerca de la ciudad… Tan cerca.

      —Jaco, por favor —supliqué—solo un poco más. Un poco más y todo habrá acabado.

      —Y-ya no puedo… —la voz se le quebró, casi pude verlo llorar. Lo había visto llorar tantas veces que me sabía de memoria sus gestos. La expresión de su rostro, sus cejas contrayéndose y la línea de su boca inclinándose hacia abajo. Con la humedad de sus lágrimas cayendo por entre mis dedos supe que se había rendido y el cuerpo me dolió. — Perdóname…

      —No, no, no…no —repetí aterrado— ¡No! No, no… ¡Maldición, no! ¡Por favor! ¡Por favor, no!

      —Vete—dijo—hazlo.

      Se soltó de mí, poniendo ambas manos sobre el piso.

      —Ven conmigo—supliqué y fue mi turno de llorar— ¡Por favor! ¡Por favor, ven conmigo!

      —Si seguimos los dos nos van a atrapar. Vete, Patrick, vete y olvida que alguna vez estuviste aquí.

      —No, Jacob.

      Sujeté su rostro entre mis manos, no podía ver su llanto pero la humedad de sus lágrimas entre mis dedos era más intensa. Le había prometido sacarlo de aquí, irnos lejos donde nadie nos conociera y volver a empezar. Íbamos a estar juntos y yo jamás permitiría de nuevo que alguien le hiciera daño. Lo prometí… Se lo prometí.

      — ¡Vete! —repitió.

      Pero aun en ese momento tan decisivo para los dos, me detuve a robarle un beso. Un beso… El segundo que habíamos compartido. A mi edad, sabía del amor lo que mis padres pudieron enseñarme antes de morir. Mi padre besaba a mi madre cada vez que las palabras no le alcanzaban para demostrarle sus sentimientos. Y si en mí aun había un poco de amor, era únicamente para él. Éramos niños, él más que yo, pero se nos había obligado a crecer y sentir como hombres. Jacob era lo único limpio que había en mi vida, lo único bueno y no quería perderlo. Y si tenía que suceder, entonces quería llevarme algo de él que pudiera durarme la vida entera, así que tomé de sus labios un beso con sabor a sal y despedida. Y los malditos perros se escuchaban cada vez más cerca.

      —Por el amor de dios, vete de aquí, Patrick —sollozó sin apartarme —vete lejos y no mires atrás.

      Quizá él no entendía lo que estaba pidiéndome, pero al dejarlo estaba perdiendo una parte de mí. La mejor parte…Mi mano continuó rozando un segundo más la  piel suave de su rostro aun cuando ya le había dado la espalda y me sentí vacío cuando dejé de sentirlo entre mis dedos, pero ya había tomado la decisión… me alejé corriendo entre los árboles.

      Mis últimos cinco años de vida habían sido de sufrimiento. Dolor tras dolor, creí haberme hecho fuerte, sin embargo, y pese a todas las penurias que había pasado, soltarme de él en ese momento fue lo más difícil que tuve que hacer en mi vida.  

      Había roto mis promesas… Yo… Yo lo abandoné en ese lugar.