Amor y Deseo

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Amor y Deseo

 

— ¿Qué es el deseo? — Leí del libro, la pregunta en voz alta.

Era para mí, me gustaba leer de esta manera, pero a veces olvidaba que no estaba solo. Que él me observaba detenidamente, con la barbilla contra la mesa de madera y esa expresión de total aburrimiento — que en ocasiones me hacía reír — mientras enrollaba en sus dedos los mechones más largos de su cabello. No le gustaba venir, ni leer, me lo había dicho en innumerables ocasiones. Pero difícilmente me dejaba estar solo.

Algunos decían que eran por nuestra condición, en mi opinión… no me dejaba porque no quería hacerlo, así de simple.

— No tengo la menor idea, pero sé cómo propiciarlo. — Lo vi levantarse a paso veloz y rodear la mesa hasta llegar junto a mí. En sus ojos ahora refulgentes, distinguí la mala intención. — Es como el fuego… ¿sabes? Una vez que inicia, se extiende en todas direcciones consumiendo todo a su paso. Solo después se apaga. — Retirando el libro de mis manos, lo cerró con rapidez y lo aventó lejos, como si sostenerlo le quemara las manos o le causara algún malestar.  Y sin el menor atisbo de vergüenza, se sentó sobre la mesa, con las piernas abiertas. Acorralándome entre ellas y la silla. — Es un lugar muy especial… — Agregó en tono confidencial. Aun cuando a nuestro alrededor no había nadie, hoy fue uno de esos días en los que los alumnos no recuerdan visitar la biblioteca. — ¿Quieres que te lo muestre? — Me sonreía, mientras su mirada seductora recorría mi cuerpo, para finalmente posarse sobre mis ojos.  No lo entendía, esta contradicción en su comportamiento, a veces me causaba dolor de cabeza.

Hoy no.

Sucede que la mayor parte del tiempo me parecía una persona muy sana, pero en este momento había nada de inocencia en él. — En realidad, soy mejor en la práctica que relatando… Te mostrare todo lo que sé sobre el deseo. — Sin recato, se acomodó sobre mis piernas, sus brazos rodearon mi cuello y esa sonrisa que parecía tatuada en sus facciones aun infantiles, casi me tentó a imitarla. Cuando actuaba de esta manera, por lo general, yo me volvía un ser sin voluntad.

Vi cómo se acercaba peligrosamente hacía mí, como si no estuviéramos ya demasiado cerca. Apenas y si alcancé a cerrar los ojos, antes de que sus labios llegaran directo a aprisionar los míos. Una caricia suave y controlada, pero que logró robarme un par de suspiros.

Con él nunca podía bajar la guardia, porque en cuanto lo hacía, caíamos en esto.

— Aqui no… — Intentaba decirle en los breves espacios en los que me permitía respirar. — Es-espera, por favor… — Sus manos ya iban descendiendo por mi pecho, acariciándome, torturándome.

Su cadera comenzó un meneo ondulatorio que me obligó a aferrarme a su cintura, en un peligrosa lucha entré apartarlo por completo u obligarlo a que se acercara un poco más.

— ¿Te gusta? — Sé que realmente le importaba mi disfrute, aunque esa pregunta estaba ahí más por hacerme rendir.  — Se siente bien… ¿no es así? — Me preguntó sobre mis labios justo antes de lamerlos.

A estas horas, sus manos ya habían sacado de mi pantalón la camisa del uniforme, y se habían colado, acariciando mi estómago y mis costados. Estaba muy pasional, bueno… él siempre lo estaba. Pero ya habían pasado varios días desde la última vez. Entre otras cosas, porque mis padres pasaban más tiempo en casa que de costumbre.  — ¡Te he extrañado tanto! — Soltó de golpe, mientras se apartaba de mis labios y me miraba fijamente.

— ¿Extrañar? ¿Qué sucede…? — Su expresión abatida, fue reemplazada por una juguetona. No le gustaba preocuparme. — Si estamos juntos… todo el día, todos los días.

— Fue un simple comentario… — Se escudó y volvió a lo suyo.

Pese a que lo sentía moverse sobre mí y besarme, mi mente retrocedió una semana atrás. Era la hora de la comida, y había un silencio inusual en la mesa, entonces papá soltó de la nada un — “¡Vamos a divorciarnos!” — para justo después, seguir comiendo. Como si nos hubiera dicho la hora y no una noticia que pese a ser lo más viable y algo que se veía venir, nos doliera, sobre todo, por lo que agregó minutos después. — “Uno se quedará con su madre y el otro vendrá conmigo”. — Tras lo dicho, Aidan sujetó con fuerza mi pierna izquierda, obligándome a mirarlo.

Estaba tan sorprendido y angustiado como lo estaba él, pero en sus ojos vi algo más… miedo. Y supe que tenía que ser fuerte por ambos. Nuestros padres ya lo habían decidido, pero nosotros ya no éramos unos niños. Podíamos decir con quien quedarnos y yo iba a elegirlo a él.

— Connor… tocame. — Pidió en medias palabras, mientras se mordía los labios. Fue el sonidito que hizo y la imagen de esa insaciable sexualidad, lo que me devolvió al presente. — ¡Por favor! — Suplicó.

— ¡No! — Respondí en un hilo de voz y tomé sus manos entre las mías para detenerlo.

La respuesta no se hizo esperar, había reventado su burbuja de placer y en cierta forma, mi “aparente” rechazo le había entristecido.

— ¿Por qué? — Ccuestionó molesto. — ¿A caso no quieres…?

— ¡Quiero! — Aseguré. — Pero no aquí. Aidan estamos en el colegio, alguien podría vernos y…

— Y no soy lo suficiente, como para que los demás sepan que tienes algo conmigo… ¿Es eso no? — Estaba convencido de que no estábamos en la pose correcta para discutir este asunto, y que si alguien nos viera, estaríamos igualmente en problemas. Pero era más importante el saber cómo había llegado a esa conclusión.

— ¿Qué? ¿Por qué diablos dices eso…?

— Porque en ningún momento dijiste que lo íbamos a mantener oculto. — Me recriminó. — Cuando estamos en casa, entonces existo para ti, pero si estamos en la calle o aquí en el colegio, apenas y si me miras… pero si te haces de largas charlas y risas con “otros”.

— “Nuestros amigos” — Le aclaré — Y tú siempre estás conmigo.

— Aun así… ¿Desde cuándo te importa tanto lo que dice la gente?

— Aidan, eres mi hermano… — Le dije levantando un poco lo voz, hecho que le molesto, porque nunca le gritaba. — Si fueras cualquier otro chico, no me importaría que supieran, pero somos hermanos. Cuando estamos uno al lado del otro, ni siquiera pueden diferenciarnos. No se supone que entre nosotros debería de existir este tipo de relación…

— ¿Ahora te arrepientes? — Cuestionó herido.

— ¡No! Eso jamás… — Respondí de inmediato. — Solo no quiero exponerte, eres mi pequeño hermanito. — Intenté acariciar su rostro, pero desvió la cara impidiéndomelo.

— Solo soy menor por quince minutos… — Fue su turno de gritar. Y levantándose de golpe, se retiró de sobre mis piernas, apenas sus pies tocaron el suelo, intentó alejarse. — ¿Sabes que…? — Regresó sobre si y tomando uno de los libros que descansaban sobre la mesa, me lo aventó a la cara. Con suerte, logré esquivarlo. — ¡Olvidalo! Solo continúa leyendo tu estúpido librito sobre el deseo. Mientras te hundes en tus prejuicios.

Si tengo demasiados prejuicios, tú tienes demasiado pocos. Lo pensé pero no iba a decírselo, si algo no toleraba era decepcionarlo.

No podía permitir que las cosas terminaran de esta manera, no después de que él se había mostrado tan expuesto. Era consiente de pocas cosas mantenían su interés durante mucho tiempo, después de tres años viviendo de esta manera, debía estar agradecido de aun tenerlo celoso.

— ¡Espera…! — Lo tomé de la mano y le hice señas de que se sentara en la silla de alado. Aidan no parecía convencido pero aun así, cedió.

También le deseaba, todos y cada uno de los días, a todas horas, a conciencia o mientras dormía, él era siempre, mi más ferviente deseo. Y de alguna manera, él lo sabía.

Le dediqué una última mirada, mientras me dirigía a la puerta. La encargada era amiga mía, ahora mismo estaba en su hora tiempo de comida y me había confiado sus preciados libros y la llave de la puerta que los resguardaba.

Aseguré la puerta y apague la luz, fui recorriendo las pocas cortinas de las ventanas del frente y después volví hasta donde él. Me arrodillé y besé su mano, iba a poseerlo, era justo ser caballeroso.

— ¿Qué haces? — Me pregunto extrañado mientras se ponía en pie. Aidan estaba muy lejos de ser como esas princesas de los cuentos que reaccionan con timidez, ante la galantería de su “príncipe”, pero era perfecto para mí.

— Así es mejor… ¿No crees? — Le respondí, restándole importancia a su pregunta. — El amor se debe hacer sin interrupciones… — Aclaré mientras me erguía.

— Espera… — Retrocedió un paso. — Es decir… detestas hacerlo de esta manera.

— Lo hago porque te amo, y no lo detesto. — Enfaticé lo que había dicho mientras recorría con la vista toda la biblioteca. — No me importa la forma ni las circunstancias, si es contigo. Y este lugar en especial, es uno de los que más amo.

Lo vi frágil, como muy pocas vez. Pero ahora se comportaba con la timidez propia de lo que era, un adolecente de diecisiete años, que ha acaba de ser halagado, y se siente bien con eso. Y es que los humanos hacen el amor con sus cuerpos, pero yo prefería hacérselo con palabras.

El resultado era casi el mismo.

Aun que nada se comparaba con sentirlo debajo de mí, fundidos, complementados, amantes en los cuerpos y también en las palabras y las almas.

— Solo hay dos lugares en los que amo estar… — Susurré, mientras lo abrazaba. — La biblioteca y tu cuerpo, aunque, no precisamente en ese orden.

Un beso lento, casi un simple rose, fue el inicio perfecto.

Y la preguntó revoleteó en el aire… ¿Qué es el deseo?

Diría con toda seguridad, que sus labios. Inquisidores y en muchos sentidos letales, delicada seda y suaves como el algodón. En un diluido tono coral pero con un intenso sabor a vida.

¿Qué es el deseo?

Quizá sus ojos, dos esferas de luz en medio de mi oscuridad, claridad y pureza en medio de mi inmoral proceder. Fuegos consumidores, o tal vez, un par de dioses que exigen veneración.

¿Qué es el deseo?

Probablemente su cuello, esa torre firme en color canela, el nido que no deseo dejar, mi cueva, mi deleite, el camino por el que mi lengua ha dejado surcos imborrables. O su pecho, árido desierto que solo es refrescado por mis aguas, recorrido por mis manos y grabado poro a poro su extensión en mi memoria. Un par de serranías son sus pezones, puntuados, delicados y erectos, tan solo para mí.  Son tierra fértil, pese a ser desierto, son las laderas que mi lengua disfruta escalar, buscando como recompensa el premio de sus gemidos. Tal vez, el deseo sea su abdomen o el oasis de su sexo, el paraíso que solo existe en medio de tanta sed, de tanta provocación y de tanta necesidad. Su parte más sensible que mis labios han recorrido, y mis manos, acariciado.

Es la meta después de una ardua carrera, es el hogar después de una guerra. Es todo después de tanta nada.

— Connor… — Repitió y juró que nunca me había gustado tanto mi nombre.

Mi mente estaba tan aturdida ante su belleza, impotente ante su excitación, débil ante su desnudez… ¿Cuál fue el momento exacto en el que lo desvestí mientras lo hacía poesía? No lo sé. Y no me importa, lo prefería así, tan solo él. Sin distractores, sin botones difíciles de desabrochar o cremalleras impenetrables. Amaba la vestidura de su desnudez, y la cadencia de sus movimientos al restregarse contra mí.

Me buscaba necesitado, se pegaba tanto a mí, como si pretendiese fundirse en mi cuerpo. — ¡Te Necesito…! — Agregó, con los ojos entre cerrados, mientras mi lengua remarcaba la fina línea de sus labios.

— ¿Qué es el deseo? — Le pregunté, para torturarlo un poco más.

— Tú… el deseo eres tú. — Me hablo sobre los labios permitiéndome respirar su aliento, mientras sus manos se perdían entre mis cabellos. — Connor…

— Si no me lo pides, no te lo daré… — Lo envolví entre mis brazos y pude escucharle reír sobre mi oreja y eso, el sonidito de su risa me estremeció. Jugábamos de esta manera, hacerle decir cosas que en sus cinco sentidos y sin una erección de por medio, no diría ni aunque lo torturaran. Un inocente juego de seducción, en el que él fingía rendirse y yo llevar las riendas de nuestra relación. — ¡Pídelo! — Ordené con voz firme.

— ¡Por favor! ¡Hazme el amor! — Fue fervorosa su suplica, me perdí en su mirada y me entregue a su deseo.

Si de mí hubiese dependido, le hubiera hecho un nicho con los libros, pero no hubo tiempo para ello. No consideraba la mesa, lo suficientemente resistente, como para dos chicos de nuestra talla y movimientos pélvicos descontrolados. Pero el piso parecía amplio. Sin dejar de mimar sus labios, lo recosté sobre la fría losa y se estremeció al instante, lamente no tener algo mejor que ofrecerle, pero ahora era yo quien le necesitaba.

Aidan me hizo un espacio entre sus piernas y yo recompense su cooperación con besos duros, como si en algún momento pudieran extinguirse y quisiera tomar lo más posible de ellos. Él cruzo sus brazos sobre mi cuello obligándome a acercarme más a él. Intentaba no aplastarlo, aunque ya había comprobado que era capaz de soportarme. Lo escuché suplicar de nuevo, al parecer, tenía prisa.

Pero mis manos querían acariciarlo, y mis ojos admirar su desnudez. Lo admito, me estaba volviendo presa de la lujuria, uno de mis más grandes pecados. Pero que importaba si iba a ir al infierno, si en este momento él me habría el cielo de sus piernas.

No era mí culpa y si acaso lo era, bien merecido tendría el castigo.

— ¡Hazlo! — Me ordenó necesitado.

Y me sorprendí de lo obediente que puedo llegar a ser. Como pude, me libere y ya no hubo tiempo de algún tipo de preparativo. De una sola estocada, entré por completo él.

Gimió y el dolor fue latente en su rostro. La mirada que me dedicó fue clara, si osaba moverme, podría darme por muerto.

Pero… ¿Qué es el amor sin un poco de dolor?

Cargaría con la responsabilidad. Siempre lo hacía. Y con eso en mente, comencé a moverme lentamente, sin salirme de su interior pero si buscando hundirme más. Aiden no pudo hacer otra cosa que cerrar con más fuerza los ojos, sus manos se aferraban a las mías y en venganza clavo sus uñas en mi piel. Y efectivamente… ¿Qué es el amor sin un poco de dolor?

Ya no mantenía el mismo entusiasmo por aquella pregunta. Pero era tarde para echarme atrás, contrario a lo esperado, aumenté la velocidad de mis movimientos, mi amado aun no podía hablar, y el panorama que me ofrecía era realmente cautivador, un ángel caído que comenzaba a humedecerse de sudor y otras cosas…

Se cubrió la boca con ambas manos, su vista estaba perdida y sus cabellos se mecían al compás de mis embestidas. Coloqué su pierna derecha sobre mi hombro, en un afán por sentirlo un poco más y por primera vez, desde que iniciamos salí por completo de él y al volver entrar mi pequeño gritó.

¿Era este el momento en el que debía detenerme y consolarlo?

Con ojos inundados lo sentí aferrarse a mí y seguidamente sus uñas rasguñaron desde mis hombros hasta mi brazos, también la espalda. Pero en ningún momento pidió que me detuviera, y ese era su más grande pecado. Disfrutaba en cierta medida del dolor, mientras que yo, no lo toleraba para nada.

Aventó la cabeza hacía atrás, permitiéndome saborear su cuello, sobre el cual dejé delicadas mordidas, que quizá mañana serían moratones. Sus piernas se abrazaron a mi cadera y sus paredes comenzaron a oprimir más mi sexo, impidiéndome una entrada limpia, pero excitándome mucho más.

Me estaba provocando y respondí como se esperaba hasta que el tiempo se detuvo para nosotros. A estas alturas llevábamos ritmos distintos pero la melodía era la misma y la continuamos hasta el final de la canción. Sus gemidos y suspiros, eran casi incontrolables, y me descubrí a mí mismo, demasiado agitado. Me era casi imposible respirar… el clímax estaba cerca para ambos, lo sabía por sus gestos, y porque su temperatura había aumentado.

— ¡Mírame! — Le pedí, sin dejar de moverme. — Mírame…

Sus ojos se centraron en los míos, y traté de evitar pensar en lo perverso que era todo esto, éramos idénticos, y en sus gestos y reacciones podía ver las mías. Me perturbaba, era tanto como hacer el amor conmigo mismo.

Quiso decir algo, pero le fue imposible, una de sus manos se aventuró buscando de donde apoyarse y fue la mía quien la recibió, las entrelacé y unidas las dirigí hacia mi pecho. Sentía que mi corazón podría detenerse en cualquier momento y quise que fuera testigo de lo que provocaba en mí.

Sé que sintió mi palpitar porque me sonrió. Y pese al esfuerzo que le resultó, busco mis labios y los besó.

Quizá fue la fricción rápida de nuestros cuerpos al rozarse mientras las estocadas se hacían más profundas, lo que hicieron que soltara mis labios mientras arqueaba la espalda, su cuerpo entero se sacudió es un espasmo y sus muslos se tensaron, asfixiándome de manera deliciosa, gimió mientras nos mojaba. Verlo fue el empujoncito que necesitaba y siguiéndolo terminé dentro de él.

Su cuerpo cayó lapso sobre el piso. Estaba agotado y sudoroso, ambos lo estábamos. Pero también estábamos satisfechos, la sonrisa tonta de nuestros labios nos delataba.

— Te amo… — Resopló en un suspiro.

— Te amo, cada día un poco más…— Respondí, mientras lo abrazaba.

Dicen que un beso en la frente vale más que muchas otras caricias, Aidan me inspiraba ternura, afecto, respeto, cariño y por supuesto amor.  Era mi amigo, mi compañero de clase, mi socio, mi amante y lo más importante que tenía en la vida. También era mi hermano, mi gemelo, pero ese título hacía tres años que había comenzado a perder sentido, y ahora no tenía ninguno. Éramos dos personas, que pese a nuestra juventud, nos amábamos. Él lo sabía, y aun así, se lo repetía todos los días, en vez de asumir tontamente, que toda nuestra vida, juntos, era suficiente.

Él me había dado paz, felicidad, su cuerpo, su tiempo y su vida entera.

Pero estábamos muy lejos de ser la pareja perfecta, y quizá por eso nunca antes intentamos serlo, discutíamos como todos, quizá más que la mayoría. Nuestras diferencias nos amargaban durante días. Incluso puedo asegurar que la mayor parte del día, Aidan no me soporta, sé que le desquicia mi pasividad, lo mismo que a mi impulsividad. Pero cuando se tiene claro lo que en realidad importa, tomar decisiones no es difícil.

— Y al final… ¿Qué es el deseo? – Me preguntó mientras me entregaba mi libro que había aventado lejos. La biblioteca de nuevo estaba abierta y en manos de su protectora.

— Por ahora… una hamburguesa. – Respondí, mientras le sonreía.

— Pero, tú invitas… porque no tengo dinero.

— ¡Tú nunca tienes dinero! — Me quejé, mientras le abría la puerta para que pudiera salir.

— Eres el mayor, es tu responsabilidad alimentarme…— Refutó.

— Solo por quince minutos…

Antidepresivos para el Alma

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Antidepresivos para el Alma

De la manera más cortante y directa, escupió palabras con más sentido del que en algún momento hubiera deseado escuchar. Hoy menos que nunca.

Las conocía, todos en algún momento las habíamos oído… ¿Pero cuantos conocíamos su verdadero significado?  Ahora mismo, siento que no puedo responder a esa pregunta.

— No se lastima a quien se ama y si le lastimas, entonces, no lo amas. — Severas y dolientes palabras que me traspasaron algo más que la razón.

La realidad me golpeó con la fuerza de cientos de proyectiles, y si no fuera porque los restos de mi orgullo me sostenían, quizá me hubiera dejado caer de rodillas y reducirme a tristes y plañideras lamentaciones.

Como tanto había deseado, pero como nunca me había permitido.

A mis anchas y destilando toda esta zozobra que en ocasiones, cada vez más frecuentes, me hace temblar, sea de ansiedad o de dolor… ¿Pero quién soy yo para hablar de sufrimiento?

Yo que le había lastimado, que le dañé, pesé a estar completamente convencido de que le amaba. Como nunca a nadie… porque todo había comenzado justo ahí, en ese primer sonrojo de sus mejillas y como nadie después de él, porque terminó, se escurrió entre sus gruesas lágrimas cuando se fue.

En un necio intento por redimirme, pensé decir que así somos todos los seres humanos… Pero sé que no es verdad, él no era así, ahora tal vez, pero antes de mí, no.

Él también me amaba, jamás lo dudé.  Su amor por mí era tan inmenso y vasto como el cielo mismo, y aun así, crecía en su corazón. Y en cada centímetro estaba mi nombre, en sus ojos solo estaba el reflejo de los míos y en sus labios, el sabor de mi boca. Su cuerpo solo había sido recorrido por mis manos, y aun si todas estas cosas, no podrían volver jamás… me quedaba el saber que en algún tiempo,me perteneció de todas las maneras en las que un hombre le pertenece a otro.

Me dejaba escarbarlo y hacer surcos en sus muslos, senderismo por su pecho y preciosos tejidos en su cabello. Me regalaba sus “te amo” en cada estrella y el cielo es testigo de que estrellas había muchas. Pero hoy, solo puedo encontrar en él, su resentimiento.

Un amargo, triste y aplastante resentimiento.

Y no quería aceptarlo, me rehusaba a aceptar que todo había quedado reducido a mera tirria. — ¿Estás bien? — Preguntó, como si mi mala cara y la agonía en la que me hundía, no fueran suficiente respuesta para saber que no, que no estaba bien, que hacía mucho que había dejado de estarlo. — De repente me has parecido ausente. — Agregó. — Sabes que si pasa algo malo, puedes contármelo. Haré lo posible por ayudarte —.

Miré al anciano que tenía enfrente y vi en sus ojos la sabiduría propia de quien ha vivido muchos años, de quien se ha equivocado en innumerables ocasiones y lo mejor o peor de todo, de quien no se arrepentía de absolutamente nada. Lo deteste un poco por eso, mis arrepentimientos, últimamente hacían una escalera hasta el cielo. — “¿Hacer lo posible?” — Me cuestioné mentalmente, eso ya lo había hecho y no funcionó, aun con todo, no aparté la mirada de él, aunque tampoco lo observaba.

No voy a presumir diciendo que había logrado intimidarlo. Pero al darse cuenta que estaba más perdido en mis pensamientos que en sus palabras, posó una de sus marchitas manos sobre la mía, ignoró el hecho de saber, que no me gustaba que me tocaran y con tal osadía me sonrió con amabilidad.

Lo odie entonces, en efecto, que la gente me tocara por el simple hecho de que se le diera la gana hacerlo, me resultaba molesto y repulsivo. Y en especial, si se trataba de una piel tan frágil y arrugada como la suya. “Demasiados sentimientos negativos.” Eso es lo que él solía decirme, ante mis “odio”, “detesto” y otras muchas palabras, que usualmente forman parte de mi vocabulario, pero era de ese modo. Odio todo aquello que fuera o diera la apariencia de fragilidad. Detestaba mis propios momentos de debilidad, cada vez más abundantes, por cierto. Mis sentimientos de desamparo, mi miedo y todo aquello a lo que sintiera una tremenda necesidad.

Él… por ejemplo.

Pero no, yo le amaba, aun lo hago.

— ¿Hay algo que quieras contarme? — Insistió y su mano le dio un apretón ligero a la mía. Estaba comenzando a hartarme de esto, él debía soltarme o no me hacía responsable de mis actos.

— ¡No me ocurre nada! — Respondí con voz monocorde, más por simplemente decir algo, porque en realidad, me sucedían muchas cosas y muy malas.

— Qué triste y vacía debe ser tu vida, de ser así…— Se lamentó.

Eso fue tanto como un insulto para mí, no necesitaba de su lastima ni de sus palabras vacías. Sin medir mis acciones, arrebaté mi mano de la suya, mientras le miraba con hostilidad.

Como animal herido que pese a todo, no se rinde.

Su mirada se endureció ante mi arrogancia, aunque prefiero llamarlo simplemente “carácter”. Era claro que no le agradaba mi lado presuntuoso y poco apegado a todo. Mal por él, porque no me importaba ni me importaría en el futuro.

Bueno, tal vez me importaba un poco.

— No me ocurre nada que no pueda manejar, eso es lo que he querido decir. — Aclaré. —Obviamente me ocurren cosas, es lo normal en un mundo como este, pero puedo resolverlo solo. — Le dije, intentando que sonara a verdad. Sé que no tenía por qué darle explicaciones, y sin embargo; hice a un lado mi orgullo únicamente porque, aunque me causaba cierto desagrado, la verdad es que le respetaba, admiraba su experiencia, sus años y sobre todo, la paz que reflejaba. Aunque me molestaba lo entrometido que podía llegar a ser. — Agradezco su preocupación, pero mis asuntos, son precisamente eso, míos… y compartirlos con usted, no harán volver el tiempo atrás y así poderlos corregir.

— La vida te ha tratado con dureza desde el principio… ¿Cierto? — No era una pregunta, aunque le dio el tono de una. — Eres aún muy joven para guardar tanto resentimiento.

“Resentimiento…”

Una mala palabra elegida en un mal momento. Él me guardaba resentimiento, su amor por mí se había vuelto eso… resentimiento. — Pero siempre es un buen momento para deshacerse de esas viejas ataduras y mirar el futuro con optimismo. — De nuevo con palabrerías. Y yo solo podía pensar en una, resentimiento. Él ya no quería compartir su vida conmigo, su vida que tanto me importaba. — Aligeras la carga, y el camino se vuelve menos…

— No me dejara en paz hasta que sacie su curiosidad… ¿No es así? — Lo acusé. Él simplemente sonrió. — ¡De acuerdo! ¡Usted gana! — Agregué con parsimonia, mientras me ponía de pie y le señalaba con ambas manos como si fuese un loco. — ¡Usted gana! — Repetí, y volví a sentarme después. — Pero antes… — Precisé con toda la serenidad con la que un desquiciado puede contar, porque yo no era víctima de mi situación y por ende, no aceptaría quedar como tal. — Déjame aclararle que la vida ha sido justa conmigo, que no puedo quejarme de ella. Sin embargo, como el hombre que soy puedo honestamente reconocer que he arruinado demasiadas cosas, que soy el responsable de mi suerte y destino. Mismo que enfrento con valor… No soy una persona mediocre ni está en mis planes serlo.

El anciano respondió ante mis palabras, un tanto iracundo. Lo escuché murmurar algo referente a que un poco de humildad, aunque sea de vez en cuando no me caria nada mal y no se lo discutí, porque era posible que tuviera razón.

Pero había crecido con el mal hábito de lograr para bien o para mal, todo lo que me propusiera, y como consecuencia, cada logro que tenía, reforzaba mi actitud deliberante, sarcástica y hasta cierto punto contradictoria. ¿Cómo esperar entonces, que cambiara así tan de repente, sí mi mayor ambición era darme todo aquello que mis ojos o con un poco más de dramatismo, todo lo que mi corazón deseara?

¡Imposible! ¡Simplemente, imposible!

— ¿Vas a decirme entonces, quien te hizo ver tu suerte? Por qué por ahí debe de ir la cosa… — Dijo con total convencimiento —. Alguien no estuvo de acuerdo con los planes de Ryan, y esa negativa se volvió más que un simple obstáculo, se volvió una barrera. — Sonreí… ¿Ahora nos portaremos serios y nos pondriamos nombres? Pero también había algo más…su sarcasmo, no era propio de él, verse tan fuera de sí, debido a mi actitud.

— Creo que usted y yo ya nos vamos entendiendo. — Y lo que inició como una sonrisa, se volvió risa sardónica. Era un lenguaje que sabía manejar. De hecho, en mis ratos libres daba clases de socarronería, a personas incautas. — El poder del sarcasmo no conoce límites “señor”… y envidiable es el maestro que sabe explotar dicho poder.

No me respondió pero su impaciencia, poco a poco se fue volviendo la mía. No era mi nuevo mejor amigo y mucho menos mi confidente, pero el peso de los últimos meses, realmente estaba siendo demasiado, a tal punto que en ocasiones sentía que me ahogaba, que me sometía y aplastaba. Así que después de todo, decidí que no sería tan malo contarle lo que en este momento, era mi más grande dolor.

— Fue hace ya algún tiempo desde que le conocí. — Confesé. — A primera vista me resultó alguien bastante común… ya con un poco de apreciación, me pareció más ordinario que común, a los pocos días me desagradaba y al mes, me resultaba totalmente insoportable.

— Esa no es una buena manera de iniciar una historia, Ryan. — La interrupcion me molesto, pero lo que me sacó de quicio, es que se sintiera con el derecho de regañarme. — Cada vez se pone peor y ni siquiera han pasado los primeros cinco minutos.

Señor… — Tragué aire por la boca y lo contuve algunos segundos, para después dejarlo salir todo de golpe, una acción ruidosa pero que me ayudaba a calmarme. — Con todo respeto, es mi historia… y yo la inicio como se me dé la gana. — Aclaré. — Cuando sea su turno de contar “su historia” entonces iníciela como quiera. Además, así fue como verdaderamente pasaron las cosas.

Y no mentía. —Obviamente, cualquiera que quiera suponerse mejor cosa que yo, terminaría desagradándome, y en este caso en particular, él era muy presuntuoso, arrogante y daba la apariencia de que había vivido mucho y que era precisamente su experiencia la que lo hacía hablar. — Continué con mi relato. — Yo no tenía costumbre de muchas cosas, de la mayoría de las cosas, para ser completamente honesto. Pero eso no le daba derecho a contrariarme. Mucho menos, a mencionar con todas las palabras que no estaba de acuerdo con lo que yo decía o hacía, menos que menos con tal seguridad, que me hacía dudar… y llegué a odiarlo por eso.

Me detuve un momento y sin realmente proponérmelo, medite en mis palabras. No, no le odiaba, lo detestaba pero nunca le odie… ¿Debía aclararle eso al viejo?

— ¿Le odiabas? — Cuestionó él, como adelantándose a mis pensamientos.

— No fue así por mucho tiempo más… — Respondí. — Aunque al principio, mis motivos no fueron los correctos, poco a poco se fue instaurando en mi mente, la idea de que el me quisiera, hasta que se apoderó por completo de mí.

— ¿Por qué dices que tus motivos no eran los correctos? ¿Qué hay de malo en desear que alguien nos quiera? — Preguntó y al instante le resté un par de puntos, era más que obvio, pero él, realmente parecía no haber comprendido.

— Solo deseaba que me quisiera para usar eso a mi favor y controlarle. — Dije irritado, él anciano asintió y me miró con recelo. — Fue una estúpida idea… ¡Lo sé!

— ¡Muy estúpida y cruel!

— Si bueno… Escupí para arriba y la saliva me cayó en la cara. — Reconocí con cierta vergüenza. — Fue solo cuestión de tiempo…Mi corazón comenzó a desearle con fuerza. Lo quería frágil, débil, lo deseaba sumiso pero no para odiarlo… con el simple transcurrir del tiempo. En algún momento terminé queriéndolo. — El anciano me miró con inseguridad, pero este era mi verdadero yo, él que podía reconocer que había sido vencido por una persona encantadora. — Me descubrí fascinado con la idea de que no estuviera de acuerdo conmigo, de que me contradijera, de que fuera capaz de decirme a la cara lo que no hacía bien, comencé a amar su osadía al corregirme, al sugerirme como deberían hacerse ciertas cosas. Nunca antes había conocido a alguien que no estuviera de acuerdo con hacer mi voluntad y me agradaba eso de él, más que cualquiera de sus otros atributos.

Pese a mis ansias por él, no me atrevía a ser yo quien diera el primer paso. Sin embargo, el día llegó. Y pudimos hablar a solas de aquello que nos hacía tan diferentes. La idea fue suya… y yo simplemente lo acepte, sin saber en qué me estaba metiendo. Bueno, quizá si sabía, ya con días de antelación me había dado cuenta que las cosas habían cambiado, podía sentir su constante mirada sobre mí y como lograba captar su atención cuando me aparecía por donde él estuviera. Nuevamente aquello que deseaba, parecía estar a mi alcance. Con la única excepción de que esta vez, no tuve que hacer absolutamente nada para conseguirlo. Cualquiera podría entender que me sentía como pez en el agua. — El anciano sonrió en señal de que me entendía y de cierta forma, le imite.

— Como pez en el agua…— Repitió.

— Sí, en aquella ocasión, quien yo deseaba, se acercó y me preguntó si podía acompañarme. Era un trayecto relativamente corto, el que debíamos recorrer hasta donde se podía tomar el colectivo. — Expliqué y mi interlocutor asintió. — Hablamos de tantas cosas, y mis manos no dejaron de temblar y de estar frías durante todo ese tiempo, el viaje resultó tan corto y el tiempo a su lado tan solo segundos… ¡Mágico! Es así como puedo describir mi tiempo a su lado. A partir de ese día, nos volvimos casi inseparables, sé que puedo presumir que llegué a conocer de él, lo que pocos saben, y la compañía del otro nos cambió a ambos. De alguna manera, nos influenciamos mutuamente para bien y unidos logramos muchas cosas.

Su dolor, se volvió mi dolor, su alegría se volvió mi deber, y ese creo hoy, fue mi más grande error… ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Cuando le conocí, él pasaba por una mala racha, aunque ahora que lo pienso con detenimiento, esa mala racha siempre le acompañó, quizá incluso desde antes de mí, sin embargo, mi paz no era entera si no me aseguraba de que él estaba bien.

— Realmente llegaste quererlo…

— Se quiere o no se quiere, no hay más. — Respondí ante su comentario. — En una ocasión, durante unas de nuestras primeras platicas lo vi llorar… ¡Ha! ¡Qué dolor aquello! Ese día pude presumir que supe lo que es sentir que se te rompa el corazón, y posteriormente él se encargó de que no olvidara dicho sentimiento, pero para que adelantarme a esa parte de la historia. En esa única ocasión, sus ojitos estaban llenos de impotencia, de desesperación. De manera muy secreta, le he mantenido cierto resentimiento a la persona que fue la causante de aquellas lágrimas. Mismas que desee besar de sus mejillas, pero no me atreví, en ese momento, me sentí impotente ante su sufrimiento, y solo pude ser un simple espectador de su dolor. Aunque las manos me quemaban por abrazarlo, por, aunque fuera mentira, decirle que todo iba a estar bien, que no siempre seria así. Pero le respetaba demasiado como para mostrar tal atrevimiento, después de todo, aun no éramos tan unidos.

— Sin duda estabas enamorado… — Los viejos y sus suposiciones, pensé.

— ¡No! — Aclaré —. En ese tiempo aún no estaba enamorado, me importaba, lo estaba queriendo, me dolía su sufrimiento porque él era importante para mí. Eso es todo.

— Piensas demasiado, aquello que solo deberías sentir.

— Haré como que no estuviera usted, usando mis frases en mi contra. — Él soltó la carcajada y yo solo aguardé hasta que se calmara su alboroto.

— ¿Qué paso después? — Preguntó entre medias risas.

— Ni yo mismo estaba completamente seguro de que era lo que había sucedido, una cosa nos llevó a otra y lo único visiblemente claro, fue que pocos meses necesite para enamorarme de él, aunque francamente nunca lo acepté, al menos, no en su delante, aunque era muy obvio en muchas otras cosas. Así me resultaba conveniente, sin embargo, no reconocí el sentimiento abiertamente, porque los sinsabores comenzaron a llegar con el “amor”. — Resalté la última parte. — Y es un dicho bastante bien dicho, que el que se enamora primero, pierde… y yo ganaba y perdía en las mismas cantidades. Como quien dice, esto estaba resultando un mal negocio. Le invertía mucho y a veces no salía ni la ganancia y aun así, no le puse fin y mi bodega siguió surtiendo y surtiendo hasta que la mercancía y el capital empezaron a escasear, pero estaba resuelto a que era él, lo amaba y no planeaba descansar hasta conseguirlo. — Si me gusta lo obtengo, al precio que fuese. — Esa fue siempre mi filosofía en todo y para todo. Y sin importar las consecuencias. – Vera usted… yo tenía que tenerlo, amarlo ya no me era suficiente, porque unos días estábamos bien y otros estábamos peleando, algunas veces nos queríamos a toneladas y otras tantas éramos fríos y nos mostrábamos distantes. Acepto que tuve un cierto grado de culpa, comencé a sentirme inseguro, no actuaba de manera espontánea… primero porque no es mi naturaleza, yo requiero saber de la A, a la Z, las ventajas y desventajas de mí actuar, necesito ser yo quien lleve el control y la rienda de todo. Y él no me dejaba, y eso me gustaba pero al mismo tiempo me hacía sufrir… ¿Entiende usted lo que le digo? Esto, especialmente en esto… no quería perder.

— Y… ¿Perdiste? — No pudo evitar preguntar y en cierta forma espera que lo hiciera. — Al final de todo esto, tú… ¿Perdiste?

— ¡Si! — Dije con hilo de voz. — Por supuesto, primero logré lo que quería, durante el tiempo que lo planeé, pero al final, si perdí.

— Pero hijo, el amor no se puede planear…

— Ahora lo sé… y créame que pagué un precio muy alto por mi osadía. — Confesé. — No estaba listo para la despedida, es más… no deseaba despedirme de él. Pero nuestras circunstancias cambaron. Ya no nos íbamos durante siete horas cinco días a la semana. El poco tiempo con visitas cada vez más esporádicas y mensajes muy de vez en cuando, solamente iban a terminar lastimándome aún más, por eso… Por ese motivo, decidí que lo mejor era cortar de raíz con todo, de una sola vez.

Que me doliera lo que me tuviera que doler, pero no lo que él quisiera que me doliera. ¡Ojalá hubiera sido así de fácil! Debí suponer que no se quedaría con los brazos cruzados, mientras yo intentaba desesperadamente huir lejos antes de que me viera colapsar. Él lucho como yo hubiera deseado que luchara desde el principio. Pero fue en ese último momento, en el que yo necesitaba de su frialdad y de su desinterés para hacerme las cosas más sencillas, que se negó rotundamente a dármelo.

Todo lo contrario, se aferró a mí y exigió explicaciones que no quise dar, porque ni yo mismo las conocía. Pese a que ya para los últimos días, nuestra relación estaba más que desgastada, aun así, sus palabras fueron —… Es que no es justo que me saques de tu vida solo así. — Confieso que una parte de mí también creía que no era justo… pero a esas alturas… ¿Qué podía hacer? ¿Quién puede contra el tiempo, contra la realidad? Hasta alguien como yo, reconoce que hay cosas sobre las que no se puede tener control, cosas grandiosas, cosas superiores a uno, cosas como el daño que el trascurrir del tiempo haría sobre nosotros.

Aun así, él estaba dispuesto a todo con tal de no terminar. Pero yo tenía un haz bajo la manga, sabía de algo que él no toleraría, algo que a pesar de todos nuestros distanciamientos, nunca le mostré, hasta ese día. Desprecio.

Nunca en todo el tiempo poco o mucho que le conocí, le había despreciado nada, una caricia, una palabra, absolutamente nada, sin embargo, en aquella ocasión, no deje que me abrazara, me rehusé a que se acercara, que intentara entrometerse en algo que después de todo, no le incumbía. Mi dolor.

— Y si sabias que no lo toleraría… ¿Por qué lo hiciste?

— La despedida me estaba doliendo a mí, más que a él, de eso estoy seguro. Necesitaba que se fuera, porque ya era tarde, era peligroso y porque en cualquier momento de no irse, le suplicaría, con lágrimas en los ojos y el corazón en la mano, que lo que quedara de esa noche, la pasara conmigo.

— ¿A qué te refieres con eso de lo que quedara de la noche la pasara contigo?

— Usted y yo sabemos, que eso… no es asunto suyo — Le recriminé.

— ¿Cómo es que llegaste a quererlo tanto?

— Eso creo yo… debería de ser otro de los grandes misterios de mi vida.

— ¿Por qué el?

— Después de un tiempo él y yo ya no éramos tan distintos… ¿Sabe? En muchos sentidos era mi complemento, resultó ser el más suculento elixir para mí, yo podía mirar directamente al sol en sus ojos, tocar las nubes cuando acariciaba sus manos, miel pura cuando probé sus labios. Criminal e inocente, verdugo y castigado… todo eso y más, encontraba en él. Quizá fue por eso, tenía que ser él y no cualquier otro.

La verdad… había puesto muy pocas reservas entre nosotros, no había demasiados secretos de mi parte en torno a él, lo dejé entrar a mi casa y en vida, le día hasta lo que por mí mismo, no poseía. Cuidaba de él, por él y por mí, que al caso, venía siendo exactamente lo mismo, y es que en sus brazos, el dolor de mis propios problemas que nada tenían que ver con él, se disolvían, era feliz a su lado. El olor de su piel me embriagaba, observarlo era mi pasatiempo predilecto, memorizar sus gestos, sus expresiones, sus palabras. A mí me interesaba lo propio y lo que a él le interesara y aunque no cedía ante sus deseos o palabras, lo escuchaba más de lo que él mismo cree. Es por todo esto que ante sus arrebatos callé, ante sus decisiones guardé cierto respeto, ante su egoísmo y su frialdad, escondí mi dolor. Me burlé de ellos y los ahogué, para que no fuera él quien lo hiciera.

— ¿Y si él no quería burlase de tus sentimientos?

— No digo que ese haya sido su objetivo. Pero cuando las palabras y las acciones no concuerdan, vienen las dudas, y las dudas te hacen ver todo con demasiada claridad y a veces te deslumbran y ya no ves nada fuera de ellas. Lo único que puedo decirle, es que lo amaba pero ya no confiaba en él. En esos últimos instantes no confiaba ni en mí mismo.

Créame cuando le digo, que tenía mis razones y que nunca faltó quien alentara mis ya de por si desbocadas dudas.

— ¿Qué sientes por el en este preciso momento?

— Francamente, siento demasiadas cosas… desde hace varios días, me hostiga en mis sueños, durmiendo le he dicho que él no debería estar ahí, pero noche tras noche regresa, y en mis sueños estamos juntos, como nunca lo estuvimos en la vida real. Me gustaría solamente dormir, sin tener que soñarlo.

Porque en la vida real estoy decepcionado de su proceder, estoy enojo y le tengo mucho resentimiento de la misma manera que él me lo tiene a mí. Pero a pesar de todo, aun lo quiero y le tengo afecto a lo que representó para mí.

— ¿Y si las cosas entre ustedes se solucionaran? — De repente, el hombre frente a mí, se mostraba bastante positivo, quizá para él, la situación no era tan grave como lo era para mí.

— Es posible, pero no ahora, no en mucho tiempo. — Respondí. — Ambos somos necios, aferrados y demasiado juiciosos. No aceptaré nada más de lo que he aceptado este día, y francamente, no disculparía a quien supo verme la cara, y sobre todo, a quien a sabiendas que no merecía mi amor, lo aceptaba. Y a quien sabiendas que me amaba, le jugué sucio y no dudé en traicionarlo. Simplemente, lo nuestro no estaba destinado a resistir por mucho tiempo.

El anciano se quedó meditando mis palabras o al menos esa fue la impresión que me dio. Era la verdad, muy posiblemente un camino sin retorno, o quizá en otro tiempo muy lejano, un tiempo en el que ambos seamos más razonables y sinceros con nosotros mismos o con los demás, un volver a empezar tras este desastroso final. Después de todo, el final es solo principio de una nueva historia.

Al menos, eso dicen.

— ¿Qué piensas hacer?

— ¿Qué puedo hacer? — Respondí con otra pregunta. — He repasado mis posibilidades una y otra vez y siempre llego al mismo punto. Tuve mis oportunidades y las dejé ir. Tome malas decisiones… Ahora él está vivo, yo no, y usted no existe…