Capítulo 2

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EL ÚLTIMO EN DORMIRSE APAGA LA LUNA

 

CAPÍTULO 2

 

 

 

Santa María de la Salud, España.

Diciembre 15 de 1820

 

 

La noche caía lenta y fría, la luz de la luna se filtraba por el ventanal amplio de una modesta casona, iluminando la desnudez de dos amantes que luchaban por apaciguar sus respiraciones después de una ardorosa entrega.

   Stelius envolvió en un abrazo protector el cuerpo menudo de Micher, acurrucándolo contra su pecho. Era una ocasión especial. Cumplían ocho años de estar juntos; ocho años desde que el joven había aceptado huir con él, y sin importar que, para él, Micher siempre iba a tener dieciséis.

   Aunque hacía casi un mes había cumplido veinticuatro, seguía siendo un niño contra los treinta y dos años de Stelius. Estos eran tiempos difíciles como para que dos hombres se amaran, pero ellos habían tenido el coraje de hacerlo. Stelius había invertido cada centavo de su modesta herencia, en un hogar digno para su amor. Trabajaba sin descanso para que a Micher no le faltara nada, para que no extrañara el estilo de vida acomodado en el que había nacido. Sin embargo, los conflictos con Marruecos volvían difícil el poder llevar una comida digna a la mesa, el gobierno a cargo del Rey Alfonzo XIII estaba exprimiéndolos, y por si esto no fuera suficiente, el estado acaba de declararse en guerra, mientras el fascismo los contaminaba con la misma velocidad con la que había cubierto y sometido a Italia.

   Eventos terribles se sucitaban todos los días, más nada de esto importaba cuando Stelius se perdía en el universo del cuerpo de Micher, cuando contaba estrellas con forma de lunares o creaba nebulosas al erizar la piel de su amante. No había dictadura que pudiera controlarlo cuando se abría paso por entre las entrañas de Micher; enloqueciendo con su calor, con su deliciosa estreches. Nada ni nadie los detenía cuando formaban planetas con polvo interestelar, ni cuando, juntos, coqueteaban con la gravedad.

   Micher no exigía nada más que el tiempo de su amado, solo su pasión sin medida. Que llegara cada noche a él sin falta. Bastaba que su corazón estuviera lleno del amor de Stelius, aunque su estomago pasara hambre. No le importaba vestir humildemente, si cuando estaba en compañía de la única persona que le importaba en el mundo entero, estaba siempre desnudo. Si fuera de esos muros que escondían sus secretos, la gente se mataba o el gobierno caía, a Micher no podía importarle menos. Él era feliz y se sentía satisfecho, aun en un mundo que se caía a pedazos.

   Solo necesitaba a Stelius; si lo tenía a él, entonces lo tenía todo.

 

   —El último en dormirse apaga la luna—dijo Micher, era una frase que simbolizaba la inmensidad de su amor, el saber que juntos lo podrían todo, incluso apagar la luna.

   — ¡Duerme, vida! —Respondió Stelius, mientras besaba su frente —Mañana cuando despiertes, estaré aquí para ti.

   Fue una promesa que Stelius no pudo cumplir. Ya no hubo un mañana, no para ellos, nunca más. Y cuando amaneció, la luz del sol mostró una devastación total. La residencia ardía en llamas que lo devoraban todo.

   En las noticias de la tarde se dijo que ninguno de los habitantes de la casa, sobrevivió…

 

 

 

No lo hizo. Aun cuando Stelius sacó una navaja y se la puso entre las manos, Micher se negó a atravesarle el pecho con ella. Estaba furioso, sí… se sentía herido, traicionado, pero no podía hacerle daño, no a él. Y cuando Stelius avanzó acercándose más a él, Micher soltó la navaja como si el pequeño instrumento le quemara la piel.

Eres tan hermoso que duele mirarte… despiadadamente sublime y frágil—. Se lo susurró sobre los labios y como si sus palabras fuesen una orden para Micher, en ese momento se sintió débil, quebradizo ante el aliento de Stelius. La belleza de sus ojos azules que lo abrazaban y desnudaban al mismo tiempo, se sintió sensible al percibir su innegable excitación.

Aun no se atrevía a besarlo, la distancia entre sus labios era un chiste cuando respiraban el aliento del otro, pero Stelius esperaba por una autorización que no llegaba.

No cierres tus pensamientos, habla conmigo Micher — le pidió Stelius al sentir su inquietud — ¡Por favor! No me excluyas. Bueno o malo, quiero saber lo que piensas.

Pese al tinte sexual que le había dado, Micher no mintió cuando le dijo a Stelius que si caminaba con él, le mostraría las cosas que quería, pero no… aun si lo deseaba, él no se había referido a esto. Sino a información valiosa sobre el consejo.

Solo quiero ir a casa contigo, pero sé que no estoy pensando bien. —Confesó vacilante, con la voz y cuerpo tiritando de algo que no era frío —. Quiero tocarte, pero es tarde… hay una larga historia. 

En ese momento lo besó. La única historia que Stelius quería escuchar era la de sus gemidos cuando lo tomara. Sus labios abrazaron los ajenos con la pasión contenida de los últimos ciento noventa y siete años. Adorando su boca, degustándola milímetro a milímetro.

Esa caricia tan intima y anhelada, bastó para que las barreras de Micher cayeran desbordando el dolor reprimido; empañando la calidez del momento. Un sufrimiento tan inmortal como ellos: soledad, resentimiento, recuerdos que laceraban sin piedad, promesas, planes que se quedarían en eso. Un insoportable frío que lo estremecía.

Y las horribles imágenes de aquel diciembre quince volvieron haciéndolo gemir pero no de placer, sino del más puro y desesperante terror. Micher retrocedió y Stelius aprovechó que temporalmente había bajado la guardia para entrar a su mente. Las imágenes se presentaron para ellos como si de una película se tratase.

 

Debían ser como las once y media de la noche, Stelius fue el primero en dormirse y Micher se disponía a apagar la luna, cuando una corriente de aire sofocó la suave luz de las velas de cebo con las que alumbraba la habitación. Eran hombres sensatos como para dormir con las puertas y ventanas cerradas, ¿de dónde había provenido entonces, esa corriente de aire?

   Indolente y rumorosa una voz dijo Insolentes— en un mormullo que condenaba y al mismo tiempo alababa. En medio de la oscuridad, Micher buscó con la mirada al dueño de esa voz, y lo encontró justo al pie de la cama. Era una figura alta, imponente y aterradora, de fulgurosos ojos brillantes. De su cuerpo parecía desprenderse cierta aura de luz opaca que le permitió a Micher, ver como la criatura se relamía los labios mientras recorría la imagen de sus cuerpos desnudos.

   —Insolentes —repitió la voz. Aunque los labios de la figura permanecían cerrados. En un parpadear paso de estar al pie de la cama —a mitad de la habitación— a situarse justo al lado de Stelius. Un ruido disonante cortó su adormecedora respiración y en un movimiento por demás repentino, el ser lo tomó del cuello levantándolo del lecho y lo arrojó contra la pared del otro extremo de la habitación. 

   Micher intentó correr hacía Stelius, pero el intruso lo tomó del cabello, enrollando su hedionda mano entre los largos mechones rojizos, tiró de ellos, arrancando algunos de tajo y sacándolo del lecho. Con su mano libre lo sujetó por el cuello obligándolo a mantenerse de píe. Su mirada sucia recorrió la desnudez del muchacho. Micher cerró con fuerza los ojos cuando sintió la viscosa lengua de la criatura por su mejilla, hasta su cuello.

   Stelius, mareado se obligó a levantar su cuerpo y atacó a la creatura, dándole un golpe directo en el rostro que rompió sus nudillos y le hizo rebotar y caer de espaldas. El ser soltó una risotada burlesca que los ensordeció. Stelius se incorporó como pudo y volvió a la batalla, solo entonces el ser, soltó a Micher.

   Tuvo a bien divertirse un rato con Stelius, mirándolo pelear indefenso mientras le dislocaba los hombros y le partía por mitad las rodillas. Uno a uno le rompió los dedos de las manos y pies, entretenido con el dolor que provocaba y la forma en la que el rostro de Stelius se desfiguraba. Absorto en el delicioso olor de su sangre, pero indeciso sobre si debía o no compartir con él, su beso inmortal.

   Entonces miró hacía donde Micher permanecía en el piso, llorando y con la vista clavada en Stelius. Y la idea cruel se apoderó de su mente, ¿Por qué no? ¿Por qué no confundir sus mentes, sus recuerdos? ¿Por qué no poner a los amantes en bandos contrarios y hacer que se maten mutuamente? Aquello iba a ser algo interesante de ver. Serian unos hermosos inmortales, dignos hijos de la oscuridad.

   De un momento a otro la de decisión fue tomada.

   Pero fue más cruel lo que hizo después de tomar a Stelius por el cuello y arrancarle la piel de la garganta mientras bebía de su sangre hasta casi matarlo. Fue ruin, sórdido, el arrastrar a Micher hasta escasos centímetros de Stelius y violarlo sin clemencia.

   Sin que Stelius pudiera defenderlo, sin que pudiera secar sus lágrimas, calmar sus gritos, sostener su mano…

 

   Ya no pudo soportarlo más y haciendo uso de todo su poder, Stelius rompió el recuerdo. Envolvió con sus manos el rostro lloroso de Micher y lo hizo reaccionar.

No está sucediendo en realidad —le dijo y él mismo lloraba lágrimas rojas que manchaban su piel blanca. —Oh, Micher… lo lamento tanto. —Sollozó abrazándose a él.

Y la noche, compadecida de ellos, lloró la pena de sus corazones en una llovizna blanca que lavaba la sangre de sus ojos.

Ya no puede hacerte daño… le di caza y lo destruí hace muchos años—explicó, tratando de calmarlo.

Sé que ya no existe —respondió Micher, con voz queda — sentí su muerte. Casi acaba conmigo también.

Stelius meditó unos segundos en esa declaración. Debió suponer que Micher había sentido el mismo dolor de muerte que recorrió su cuerpo, al destruir al inmortal que los había convertido.

¡Lo siento! No sabía que nosotros también podíamos morir. Y fue tarde para cuando lo descubrí.

—dijo—no sabía que fuiste tú, pero me quitaste el placer de destruirlo.

Lo hice por ambos —Micher asintió en silencio ante la declaración de Stelius —. Estás empapándote… —agregó, mientras usaba su cuerpo para cubrirlo. O quizá solo era excusa para abrazarlo y sentirlo más cerca de su cuerpo.

Está bien, no estoy hecho de azúcar, no voy a deshacerme —respondió Micher, limpiándose el rostro.

Para qué arriesgarnos… —comentó Stelius, fingidamente preocupado.

¡Tonto!

Era extraño volver a jugar así con él, como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos. Bromear y empujarse como lo hacían cuando aún eran humanos

Vamos… —dijo Micher, tomándolo de la mano.

¿A dónde?

Te llevaré a mi casa, ya veremos qué pasa después…

Fue curioso, que “lo que pasó después…”, de hecho, comenzó mucho antes de que llegaran a la residencia de Micher, pues Stelius, no desaprovechaba la oportunidad de empujarlo contra cada muro que veía y lo besaba con el deseo más terrible que alguna vez hubiese sentido por alguien, un deseo casi brutal que no lo dejaría tranquilo hasta que poseyera el aparente cuerpo frágil de Micher.

Poco a poco la llovizna se fue convirtiendo  en una lluvia torrencial, el viento rompía los arboles, los truenos hacían retumbar la tierra y los relámpagos iluminaban todos los rincones de la noche.   Stelius y Micher entraron a la residencia como lo haría un par de ladrones y subieron directo a la alcoba principal. Salvo por el polarizado de los ventanales y las cortinas metálicas que Stelius pudo divisar al entrar, todo lo demás era común.

Era como si Micher siguiera atado a una humanidad de la que carecía.

¿El lugar es seguro? —quiso saber—El sol…

Stelius —interrumpió—, si quisiera destruirte lo habría hecho afuera y no ahora que estás sobre mi alfombra de terciopelo.

   Se ha vuelto tu debilidad… ¿no? —lo acusó —Toda esa costosa ropa que traes encima.

Te sorprendería la facilidad con la que puedo desprenderme de… mi ropa —respondió insinuante, mientras se quitaba la capa de los hombros y la acomodaba sobre el respaldo del mueble de la sala. Sí, le gustaba el terciopelo, pero no por lo que Stelius creía. La tela era muy caliente, y Micher siempre se estaba muriendo de frío. Un álgido que por lo general no tenía que ver con el clima.

Me encanta que me sorprendan…

Micher fingió huir y Stelius lo atrapó en el acto, sujetándolo por los hombros, para que seguidamente sus manos descendieran lento por su espalda, cintura y cadera. Lo miraba como si fuera lo más hermoso que sus ojos hubieran mirado, y en más de una forma, lo era. Se sentía anhelante por besarlo, unas ganas tan intensas que ni besándolo se le quitaba, pero había una duda que le carcomía el alma.

Dime Micher, ¿es cierto que me odias?

Algo así… —respondió el otro, meciéndose entre sus brazos.

Explícate, por favor.

Sabías que yo… y no me buscaste. Sí… definitivamente te odio. —Lo dijo sin siquiera intentar darle un orden claro a sus ideas— Me confinaste a años de dolor, no te importó…

Te perdí el rastro por años —atajó Stelius —, y cuando volví a verte eras parte del consejo, desolaste a mi pueblo.

Tu pueblo quería matarme, ¿lo olvidas? —acusó.

Porque cruzaste la línea, nos amenazaste a todos. Incluso para matar hay reglas y tu no las respetaste, jugaste sucio, siempre lo haces.

¡No te atrevas a juzgarme! —lo calló interviniendo con firmeza pero sin alterar su voz —. El consejo dijo que los Justicar te destruyeron. No iba a tener piedad contra los que me robaron lo que más amaba. Ellos, son la escoria de esta raza, un Justicar nos robó nuestra vida… ¿no lo entiendes?

   Ese… no era un Justicar —aclaró Stelius impedido —. En eso también te mintieron… él era un Vasallo del consejo, el puesto que ocupaba, ahora lo tienes tú.

La revelación lo tomó por sorpresa. Stelius tuvo que sostenerlo para que no cayera cuando la fuerza de sus pies lo abandono. Micher lo miró con los ojos desorbitados, enmudecido por la sorpresa que la revelación le causó… ¿Un Vasallo del Consejo? Uno de ellos… Una joya del Consejo, el puesto que ocupaba le había sido cedido a él, después de que Stelius lo eliminara.  A él… ¿Por qué? El Consejo siempre lo supo y no hizo nada.

Micher había entregado un servicio fiel al Consejo, cumplía su trabajo sin piedad porque tras cada Justicar exterminado, creía estar vengando la muerte de Stelius. Y ahora salía a la luz, que todo era una vil mentira. Que había sido utilizado, que cada uno de ellos se había reído a sus espaldas. Lo furia lo envolvió, sus uñas crecieron como dagas de acero, y las puntas de sus colmillos rompieron la piel de su labio inferior. Los quería muertos, quería que todos fueran exterminados.

No importa… —intentó calmarlo Stelius.

¿Cómo que no importa? —Reparó Micher ofendido — ¿Cómo te atreves a decir que no importa?

Stelius tuvo que sujetarlo con más fuerza para evitar que escapara de entre sus brazos. Aun con todo, intentaba no hacerle daño.

Estás conmigo ahora. Voy a vengar lo que nos hicieron. No debes preocuparte, vamos a derrocar al consejo, todo está planeado. Bajo nuestros pies hay todo un ejército de opositores… No quiero que estés con ellos cuando esta guerra empiece, quédate, ya no tenemos que separarnos. 

  

Micher se abrazó a él y lo besó, no quería escuchar promesas, ni hacer planes… ya no había tiempo, no para él.

Stelius lo rodeó protegiéndolo de la misma manera en la que lo hacía cuando eran humanos, creyó encontrar un “me quedare contigo” en ese gesto y sintiéndose dichoso, atrapó su boca con una ternura que era de agradecer.

Micher ofreció sus labios entreabiertos en respuesta y se dejó alimentar por las ansias y la ferocidad de su amante, quien, completamente seducido por su fragante y engañosamente delicado cuerpo, besó y se restregó contra su cuello. Deseando impregnarse de ese sugerente olor a bergamota que desprendía, un aroma demasiado humano para un vampiro.

Prenda por prenda fue retirada con respeto, casi con adoración. La desnudez de Micher era imponente. Ningún tipo de tela, por muy costosa que fuera, alcanzaba a igualar su belleza. Las manos de Stelius anduvieron libres por sus formas, memorizándolas, idolatrándolas. Fue amable con él cuando lo condujo hasta la cama, lo llevó de su mano y no se desvistió hasta que Micher estuvo cómodo. Cuando obtuvo su aprobación, atacó su cuello hincándole los dientes vehementemente, perforando su piel y bebiendo el néctar de su delirio hasta debilitarlo. Micher  se dejó caer sobre las finas sábanas, se removía bajo él y le ofreció su cuello sin reservas para que nadie se atreviera a decir que él no sabía amar y, sobre todo, para que a Stelius no le quedara el menor resquicio de duda de su  entrega. Le ofrendaba su cuello y su sangre y con cada gota… su respeto, su confianza y su existencia misma… la humildad de su sumisión y aún en su debilidad, el grito silencioso de que se reconocía propiedad de Stelius. Le pertenecía a él y a nadie más, para siempre en la eternidad.

 

Dos cuerpos poderos, desnudos y deseando unirse hasta volverse uno mismo. El deseo los dominaba, sus cuerpos agrietados por los años buscaban curarse mutuamente mientras se frotaban. Stelius descendió con besos ardorosos por el pecho de su amante, lamiendo, mordiendo, recordando esa piel, explorándola. Micher tuvo a bien comparar las ansias de Stelius con un Judas que intentaba condenarlo con sus besos a la perdición absoluta, que deseaba perderlo en ese laberinto que había construido para él con su cuerpo. Volviéndolo pecador, confinándolo al infierno, pero… ¿cuál infierno? Él ya había vivido uno aquí en la tierra, atado a una eternidad que no deseaba, sin poder dormir, llorando en las madrugadas y lo peor de todo, sin Stelius.  No había peor dolor que ese, simplemente no existía.

—Jamás te dejaré ir, no voy a renunciar a ti —soltó Stelius, mientras volvía a su boca —. Hoy empieza nuestra nueva vida, todo aquello que pudimos ser, lo viviremos por la eternidad.

¿Cómo decirle? Micher escuchaba sus palabras deseando aferrarse a ellas, soñando con esa nueva vida, con ser todo aquello que no pudieron cuando humanos… ¿Cómo explicarle a Stelius lo que él mismo no comprendía? ¿Cómo…?

De que manera le decía que su iglesia no ofrecía absoluciones, que las amnistías no existían entre los miembros del consejo. Que lo que estaban haciendo, el mundo lo desaprueba. Y el cielo mismo los expiaría, los llamaría enfermos y de ser descubiertos lo condenarían a él a un rezo eterno, una penitencia de veneno fresco cada semana  que volvería cada domingo más sombrío. Le ordenarían curarse, mientras hacía plegarias incesantes en ese santuario de mentiras. Lo obligarían a contar sus pecados mientras afilan los cuchillos. Y a Stelius… a él lo matarían, lo volvería un pagano y lo ofrecerían como amante a la luz del sol.

Micher no podía permitirlo. Su iglesia le exigía un sacrificio, la orden con los sellos de todos los Ancianos, era clara. Debía llevar ante ellos algo sustancioso para el plato fuerte, alguien que pudiera alimentar al montón de fieles hambrientos que aguardaban.  Era una locura, aun si calificaba de pecado, solo Stelius podía llevarlo al cielo, solo estando con él era humano, solo entonces se sentía limpio.

 

Micher separó sus piernas para él, no necesitaba acciones protocolarias, lo quería dentro, lo quería ya.  Pero Stelius no tenía su misma prisa, bajó por su abdomen y su vientre bajo, besó la piel suave de sus muslos como despedida y le obsequió un lengüetazo rápido sobre su hombría. Micher tembló como hoja de papel ante las sensaciones.

Un placer tan humano que casi era imposible que pudiera sentirlo. Stelius continúo consintiéndolo, regalándose esas caricias lentas, húmedas, casi morbosas, pero que dejaba en claro su dominación sobre Micher. Con cada nueva chupada, lo hacía interpretar todas y cada una de esas metáforas de presa y depredador. Con cada roce de su lengua experta, incluso con la presión que sus labios ejercían sobre el pene de Micher, se mostraba a la perfección quien comía y quien era comido.

Haciendo uso de su poder, Stelius le compartía sus recuerdos más preciados, las tantas veces en las que se entregaron sin reservas. Cada una perfectamente detallada, la primera noche que yacieron juntos, la ultima…

El tiempo perdió sentido para Micher, si pasaba o permanecía inalterado, dejó de importar. Porque Stelius no solo le estaba haciendo el amor a su cuerpo, sino también a su mente y su corazón. Lo hacía languidecer con sus caricias, desfallecía en su boca y por muy morboso que pudiera parecer, enloquecía en la mirada azul profundo de su amante,  mientras lo observaba tomarlo con su boca.

Stelius lo extasiaba, sus manos recorrían cada poro de su piel, lo tentaba, prometía entrar pero se detenía… lo asechaba, aguardaba el momento justo.

Cuando la excitación en Micher llegó a su punto máximo y su necesidad le hizo rogar, Stelius se posicionó entre sus piernas, primero batiendo sus sexos en un exigente duelo de placer. Durezas que se retaban, haciéndolos jadear. Ferocidad y un fuego que comenzaba a derretirlos.

Micher arañándole la espalda, Stelius asegurándose de que las piernas ajenas se anudaran a su cadera y más gemidos ahogados. La voluntad y docilidad de Micher ante el pene de Stelius desapareciendo en su interior, apretándolo y dejándole sentir su calor, suspirándole en la cara y provocándole escalofríos por todo el cuerpo. Volviéndose un precioso desastre mientras era invadido. Sus ojos suplicantes que le dedicaban miradas que equivalían al beso más urgente, mismo que Stelius no dudó en obsequiarle. Un beso lento, intenso, fiel, un beso húmedo de su propia sangre. La sensación de beberse en los labios de Stelius fue excitante, pero no superaba las sensaciones de sentirlo penetrarlo como si fuera un león hambriento de deseo, una bestia en celo dispuesto a llenarlo por completo conforme se iba perdiendo en el brillo de sus ojos, mirándose cada vez más de cerca, respirando confundidos mientras sus labios luchan mordiéndose y besándose salvajemente. Como no queriendo olvidar que juntos podían sentirse más vivos que nunca, más humanos. Volviéndose estiletes y sombras de color de humo que se prometen en silencio que esos ojos de penumbra nunca serán de nadie más sino mutuos. Y en otro beso, condenándose a la perdición absoluta, mientras Stelius le relataba la bella prosa de sus perversiones, arremetiendo contra él, sin piedad.

Sus cuerpos que no se cansan, pasiones que no menguan, pero que  logran hacer temblar a Micher de pies a cabeza. Stelius casi a punto de rendirse, reconoce su propio final en las ansias de su amante, y  en una entrega brutal, lo empala hasta que no hay más que pueda entrar y no por eso se detiene. Micher no puede hacer otra cosa que gritar y abrirse más, ofreciéndose. Lo recibe con gusto, seduciéndolo, aceptando todo lo que Stelius quiera darle y entregándose sin reservas.

Sus cuerpos logran una sincronía perfecta en una danza de pasiones sin límite. Se rozan duros, el aire los ahoga, todo se vuelve un calor abrazador y el gozo más humano los hace estallar. Stelius lo llena con su ferocidad, mientras Micher humedece sus estómagos.

El tiempo se desvanece como humo, ellos vuelven a ser solo un par de humanos a quienes la vida les ha regalo un efímero momento en el paraíso. Stelius resguarda a Micher, el único hombre o inmortal que evocaría amor en ese corazón que ha dejado de latir. Y le pide que duerma, tal y como en aquel diciembre quince, le promete que mañana estará ahí para él.

Micher lo abraza con fuerza, tragándose el dolor que lo consume. Cansado por el momento, por los insoportables años que ha tenido que existir sin él, por el cúmulo de emociones, por la intensa dicha de toparse nuevamente con Stelius. La dicha de saber que está vivo, que continuara existiendo. Se exige mantener los ojos abiertos el mayor tiempo posible, deseando guardar en su memoria cada uno de sus gestos, mirar sus ojos azul-gris que poco a poco se dejan vencer, hasta que se van cerrando. Disfrutar de escucharlo respirar, acariciar sus cabellos lacios y blancos como nubes. Sin perder detalle de lo más mínimo, deseándolo todo, anhelando cada aspecto de lo que su amante representa.  Porque es justo ahora que logra darse  cuenta que aquello que estaba buscando, estaba en sí mismo, en sobrellevar una vida que valía la pena vivirla por alguien más, si ese alguien es Stelius.

Todo había valido la pena por este momento, el amor de su vida y también de su muerte, lo sabía… ahora estaba enterado de que todo este tiempo, Micher estuvo desesperadamente solo. Porque solo él era el indicado. Solo Stelius.

 

Al amanecer, cuando las cortinas metálicas se activaron, Stelius despertó sobresaltado; frente a sus ojos, el ventanal mostraba un cielo anaranjado, producto de un inevitable amanecer. Se sintió débil, como todo vampiro ante el poder del sol. Sin embargo, se obligó a abandonar el lecho y acercándose a la ventana que se cerraba lentamente, miró maravillado aquello que nunca más tendría, el amanecer. Sí, el sol y el amor. En el centro del patio, la bella imagen de aquel a quien anoche, olvidó confesarle que aún le amaba, que dos siglos separados no habían logrado cambiar sus sentimientos.

Pero ahora era tarde, de espaldas a él, Micher encaraba sin miedo el final de su existencia. Stelius gritó llamándolo hasta desgarrarse la garganta y aun después, cuando su voz no salía… no por ello dejó de llamarle. Ni toda su fuerza logró hacer que las puertas o ventanas cedieran, todo se fue cerrando y la habitación se llenó de oscuridad. Estupefacto e impotente, Stelius alcanzó a ver por una de las rendijas como Micher dejaba que el sol iluminara su regazo, llevándose con él su enorme tristeza como si fuera libre.

Y en el último momento, justo antes de convertirse en ceniza, la voz de Micher retumbo en su mente:

Creé en las posibilidades —le dijo —, a partir de hoy, alguien estará cuidándote. No entristezcas, fue mi decisión.

 

Y sobre el velador una nota escrita en perfecta caligrafía, que decía:

Recibí la única orden que no estoy dispuesto a cumplir, destruirte.

   Esto debía suceder, con mi muerte tu pueblo será libre. Hazlo valer, por ellos, por nosotros… en esta habitación encontraras todo lo necesario para entrar al Castillo del Consejo sin ser visto. No pierdas el rumbo. En cuanto a mí, finalmente encontré una manera de ser.

   Estaba en busca de una esperanza que llevara tu nombre y así como la arena se une al mar, nuestro amor permanecerá hasta que los océanos se sequen. Recuérdalo, vida: El último en dormirse apaga la luna.

Siempre tuyo, Micher.

 

 

 

Ese día al caer el sol, destrozado, vuelto un laberinto de emociones encontradas y preguntándose quién era realmente, ahora que Micher no estaba con él, siendo apenas una sombra en ese cuarto desierto, Stelius se puso de pie, limpio su rostro lloroso… dobló y guardó la nota que había leído vez tras vez las últimas horas y abandonó la residencia, llevándose con él, el dolor más grande, además de toda la información necesaria sobre los Damastos y una capa de seda negra veneciana con forro de terciopelo de algodón del mismo color.

Fue así como inicio el fin de los Señores de la Oscuridad.

Capítulo 1

2

 

 

EL ÚLTIMO EN DORMIRSE APAGA LA LUNA

 

Por: Ángeles Guzmán

 

 

Capítulo Uno

 

 

Zúrich, Suiza

Año en curso.

 

Casi dos siglos después de la cruel separación, el destino se encaprichó en cruzar nuevamente sus caminos. El motivo de este inesperado encuentro venía revestido de ese tinte poético que caracteriza a los amores trágicos. Un pasado que dolía como una herida profunda que sangra y atormenta, pero que no mata. Un futuro imprevisible, peligroso. La vida de uno amenazando la existencia del otro. Una crónica que prometía sangre y desolación con mala propaganda, pero que al mismo tiempo, quizá como una burla; le escupía en la cara a ese pasado romántico que juntos habían compartido.

En la hendidura más pequeña del olvido, una última vela de esperanza había permanecido encendida. Una luz tímida, débil, sí, aunque con la fuerza suficiente para romper la oscuridad, iluminando la realidad. Revelando una verdad innegable. Tantos rostros, tantos cuerpos… pero no se reconocieron por su aspecto, sino por el olor del amor que había quedado pendiente entre ellos.

Promesas y  planes que se rompieron aquella fría noche de finales de invierno de 1820. Quién diría que de esa ocasión habían pasado ya, ciento noventa y siete años.

 

Hoy, era el último día de la fiesta de Sechseläuten. Los Justicar, representantes de los doce distritos de Zúrich y sus más allegados, se habían reunido en la sala principal del Opernhaus para una velada previa a la quema de Böögg. Pasado de las diez de la noche, cuando la celebración se encontraba en su apogeo, una inesperada presencia adornó el vestíbulo al entrar.

El olor del recién llegado, así como su irreprochable apariencia, logró que todos los presentes olvidaran momentáneamente sus conversaciones y plantaran los ojos en él. El sonido liviano de sus pasos, la fina tela que envolvía su cuerpo y la brisa muda que mecía su cabello blondo. Demasiado perfecto… grácilmente humano, pero más salvaje e inmortal que nunca.

Stelios, siguió con la mirada la ostentosa entrada que Micher Niakaris interpretó al atravesar la estancia. La prepotencia de su porte típico de un Damasto, y su animadversión al no tomarse la molestia,  de siquiera, mirar a la Corte de Ancianos, a quienes indirectamente obligó a relegarse para no entorpecer el ritmo ladino de sus pasos, era casi de aplaudírsele. Su comportamiento soberbio, bien podría tomarse como una muestra de provocación. Su sola presencia en este lugar, sabiéndose enemigo de todos ellos, era la declaración pública de su falta de respeto por los Justicar y en especial de su líder. Un insulto que le hubiese valido la muerte, si Micher no fuera la joya del Consejo de Vampiros. Un puesto privilegiado que había obtenido precisamente por su despiadado trato hacia los Justicar. Así como a cualquier otro grupo opositor que osara levantarse en contra del consejo.

Su posición le otorgaba inmunidad. En sus venas corría la sangre de los nacidos puros y en sus manos estaba el poder de los antiguos. El que en ese momento se encontrara solo y en territorio enemigo, no significaba que no pudiera reducirlos a ceniza, si es que así lo deseaba. A Micher Niakaris nadie tenía el poder de decirle que no.

Ninguna puerta le era cerrada.

Quien tenía el placer o desdicha de conocerlo —todo dependía de qué lado de la línea se encontrase. Los más astutos comprendían que el lado ventajoso seria siempre aquel en el que Micher se encontraba —sabían que en él no había cabida para la humildad, mucho menos para la piedad. Conocía el poder de su fiereza y solía bañar su belleza en la sangre de sus víctimas. Alguien como Micher, no necesitaba ser humilde. No mientras llevase en la comisura de los labios la mala hierba, el veneno  que había seducido y atormentado a tantos en el pasado y que aun lo hacía. Él condenaba sin clemencia.

 

Micher estaba rodeado de un demonismo encantador. En secreto, la mayoría le admiraban con la misma intensidad que le temían. Solo Stelius era capaz de mirarlo con la decepción marcada y destellante en sus  orbes azules, solo él, era capaz de distinguir la fragilidad de su alma corrompida, y en sus desplantes veía la inmadurez de su eterna juventud. La misma juventud e inmadurez que lo había llevado a perder la razón por él, a amarlo con la cordura de los locos.

Ese era su secreto, su pecado y su más grande traición. El afecto de Micher era prohibido para él, sin embargo; lo anhelaba casi con ansias sexuales. El delito consistía en que Stelios Skourtis era el líder de los Justicar, opositor confeso del Consejo de Vampiros y por tanto, enemigo y principal rival de Micher, cuya destrucción significaría la libertad no solo de su pueblo, sino de todos los grupos que se oponen al gobierno ventajoso del Consejo.

La esperanza de todos ellos estaba puesta en los hombros de Stelios, quien se caracterizaba por ser un osado guerrero al defender su clan. Un inmortal esplendido de carácter recio, libre  y tenaz. Poseía la habilidad de trastornar mentes con su penetrante mirada azul-gris. Su altura y hercúleo cuerpo le habían otorgado el título del “Desmembrador”. Era temido entre los Vasallos del Consejo por sus actos de tortura y humillación pública por la que hacía pasar a sus cautivos. La rudeza de su estilo, sus movimientos toscos y su hablar tan ordinario lo volvían el tipo de inmortal que Micher no podría ignorar.

Tal era el caso, que su presencia esa noche, era únicamente con la finalidad de verlo a él. De comprobar con sus propios ojos lo que había alcanzado a ver hacía poco menos de dos semanas atrás; durante un enfrentamiento entre opositores y el ejército del Consejo. Todo el mundo estaba hablando de ello, decían que el líder de los Justicar finalmente había mostrado su rostro. Que era el mismísimo diablo encarnado, pero Micher jamás imaginó que ese demonio vil que logró causar bajas importantes en su ejército, vistiera el cuerpo de  su único y más grande amor. Un amor que él sabía fallecido. Sin embargo, el mismo Consejo que lo había dado por muerto, fue el encargado de confirmarle hacía dos días, que Stelius era un señor de la noche. La explicación vino junto con una orden expedida y sellada por los Antiguos.

Lo que en ella se le exigía era temerario, pero también el motivo perfecto para verlo de nuevo, y no en batalla. Lo necesitaba tranquilo, sin amenazas aparentes. Esa fue la razón por la que esperó hasta esta ocasión. Durante el festejo de Böögg se izaban las banderas blancas de la paz y todos eran señores oscuros. Micher sabía que no iba a tener mejor oportunidad, necesitaba mirarlo en la distancia y recordar. Buscar esa paz que desde hace casi doscientos años le había sido negada. Quería un consuelo y estaba seguro que lo encontraría si se perdía en las cortinas blancas del cabello de Stelius, en su largura y espesura como hilos de seda contados que enmarcaban su cintura y envolvían su lechosa piel. Se sentiría dichoso si tan solo esos ojos azules volvieran a mirarlo… y es que los años no lo habían cambiado del todo.

Admiraba de Stelius que parecía siempre estar listo para la batalla, su ferocidad y la lealtad hacía su gente. También su sencillez al vestir. Seguía siendo el tipo de persona al que no le preocupaba ensuciarse.

Mientras atravesaba el amplio salón, pudo sentirlo incluso antes de que sus ojos lo encontrasen. Su olor era distinto, quizá debía culpar de ello a su entusiasta acompañante. Micher llegó hasta el ventanal amplio que daba al patio trasero, y perdió su mirada en lo que había del otro lado del cristal.

Cuando la luna iluminó su figura, Stelius tuvo la humana necesidad de contener el aliento: su melena rojiza, el batir de sus pestañas y esos altaneros ojos color avellana. La forma de su boca, el color de sus labios, la suave piel de su cuello, su jodido olor que había estado torturándolo desde que hizo su aparatosa entrada.  Era perfecto, tanto que los colmillos de Stelius crecieron sedientos de sangre y excitación.

 

Micher era dolorosamente hermoso ante sus ojos y su atuendo esa noche, hacía lucir ridículos a todos los presentes, incluyéndole. Su costoso traje de vicuña y pashmina que había sido confeccionado a medida, resaltaba su estilizado, delgado, pero sólido cuerpo. De sus hombros colgaba una inmodesta capa de seda negra veneciana con forro de terciopelo de algodón del mismo color. Los botones de diamante incrustado en oro resaltaban a la luz de los candelabros de cristal, de la misma manera en que lo hacían los anillos en sus manos y el pendiente en lóbulo izquierdo de su oreja. El brillo del pequeño diamante resaltaba su rostro letalmente aniñado. Stelius lo reconoció de inmediato, no era coincidencia que el otro pendiente lo tuviera él.

Tanto Stelius como Micher eran grandes señores de la noche, más dueños de la oscuridad de lo que nunca habían sido de nada más. Inmortales formidables, conocidos y respetados dentro del circulo de depredadores. Declarados enemigos formales, pero ¿realmente eran enemigos? O ¿Era el odio que se presumía había entre ellos el único vestigio de lo que un día fue un apasionado amor entre humanos?

 

Ha pasado el tiempo…—desde una esquina apartada del gentío, Stelius envió un pensamiento de sondeo que retumbó en la mente Micher —. ¿Por qué estás aquí?

Micher volvió la mirada al interior del salón y la centró justamente en la esquina desde donde había provenido el pensamiento. No respondió, pero miró a Stelius con ojos exhaustos de palabras, dolido por la frialdad del saludo, aunque tampoco esperaba que corriera a abrazarlo. A decir verdad, ni él mismo sabía que esperaba conseguir con todo esto. Se limitó entonces a mirarlo, porque hablar ya no era necesario. Entre ellos, al parecer ya todo estaba dicho. Sin embargo, disimuló. No iba a ponerse sentimental ahora, esa parte en él estaba muerta, velada y enterrada. Y debía permanecer de ese modo si es que realmente se iba a atrever a hacer lo que había planeado.

No dices nada… —presionó Stelius.

Camina a mi lado —. Ofreció Micher, respondiendo con otro pensamiento de sondeo. Era lo más conveniente, ya que ambos habían sido convertidos por el mismo inmortal, nadie más que ellos captaría la señal de sus mensajes. —Te compartiré las cosas que quieres… las cosas que los chicos buenos no saben— dijo eso ultimo, mirando al joven que se sujetaba a su brazo.

Stelius sonrió avergonzado, como decirle que nada de esto era lo que parecía, que no tenía relación con ese joven que le miraba sorprendido por verlo reír. Y es que la amargura había quedado retratada en las facciones de Stelius desde que perdió a Micher.

¿Por qué estás aquí? —prefirió insistir con la pregunta para apartar la atención de él, pero Micher, no respondió.

El motivo de su presencia era claro: Micher lo quería a él, batirse en otro tipo de duelo hasta que la mañana abriera los ojos. Para cuando Stelius comprendió el mensaje, Micher ya se retiraba del salón esperando ser seguido. Descendió lento por los escalones y caminó sin detenerse hasta que estuvo fuera del edificio. Siguió hasta la esquina y al doblar, Stelius ya se encontraba ahí, con la espalda contra la barda húmeda. Los segundos que le tomó a Micher llegar junto a Stelius, tuvo el sabor amargo de la soledad, y  el nerviosismo de los que se enamoran por primera vez. Las manos les temblaban pero eran los sentimientos que los inundaban los que hacían que sus cuerpos se estremeciesen.

Silencio. Había tanto que decir pero cada uno en su situación, esperaban que fuese el otro el que se atreviera a hablar primero. Micher deseaba una disculpa que no llegaba y Stelius no podía hacer otro cosa que mirarlo y contener las ganas de envolverlo entre sus brazos para no soltarlo jamás.

 

El pelirrojo fue el primero en rendirse. El momento era incomodo si se limitaban a mirarse, si Stelius se lo comía con la intensidad de sus ojos azules, mientras se relamía vez tras vez los labios. Una sonrisa discreta seguida de un asentimiento fue la seña de Micher antes de guiar el camino por entre las arboladas hasta la calle Bahnhofstrasse. El recorrido seria largo.

No se opuso cuando Stelius envolvió su mano para entrelazar sus dedos. Por el contrario, la sensación fue agradable aunque triste, pues le evocó recuerdos que atesoraba y creyó jamás volvería a disfrutar.

Se discreto —le recriminó Micher de todas formas —tu novio podría vernos.

Stelius suspiró al oír su voz, la añoranza lo golpeo de frente, pero las palabras de Micher dolieron más. Molesto, lo aprisionó  contra el primer muro que encontró.

Humano o inmortal, solo he tenido un amor en toda mi vida —aclaró con voz dura—solo un hombre ha sabido encender mi cuerpo. En mi alma esta tatuado su nombre y he sufrido todos estos años al saber que me odia… me odia —repitió desecho—desea matarme, tanto… que aún no me explico por qué no lo has hecho.

¿Sabías de mí y no me buscaste? —El reproche implícito en la pregunta, descolocó a Stelius, pero Micher estaba lo suficientemente herido como para pretender que no le dolía. —No puedo creerlo… —dijo casi al borde de las lágrimas, por supuesto, no lloraría. Rabia, tristeza… dolor. Mucho dolor, coraje y en vez de derramar lagrimas, lo empujó para librarse de su agarre — ¿Tienes siquiera una idea de lo que me has hecho? ¿Del dolor que me has causado?

Querías matarme…

Y te lo mereces, mereces que te haga pedazos y alimente con tus restos a las aves de carroña —gritó Micher, presa de la histeria.

Hazlo entonces, mátame —aceptó Stelius. —Ni siquiera voy a meter las manos. Mátame de una vez por todas, porque si no lo haces te juro por mi existencia que te tomaré aquí mismo.

Amor y Deseo

2

Amor y Deseo

 

— ¿Qué es el deseo? — Leí del libro, la pregunta en voz alta.

Era para mí, me gustaba leer de esta manera, pero a veces olvidaba que no estaba solo. Que él me observaba detenidamente, con la barbilla contra la mesa de madera y esa expresión de total aburrimiento — que en ocasiones me hacía reír — mientras enrollaba en sus dedos los mechones más largos de su cabello. No le gustaba venir, ni leer, me lo había dicho en innumerables ocasiones. Pero difícilmente me dejaba estar solo.

Algunos decían que eran por nuestra condición, en mi opinión… no me dejaba porque no quería hacerlo, así de simple.

— No tengo la menor idea, pero sé cómo propiciarlo. — Lo vi levantarse a paso veloz y rodear la mesa hasta llegar junto a mí. En sus ojos ahora refulgentes, distinguí la mala intención. — Es como el fuego… ¿sabes? Una vez que inicia, se extiende en todas direcciones consumiendo todo a su paso. Solo después se apaga. — Retirando el libro de mis manos, lo cerró con rapidez y lo aventó lejos, como si sostenerlo le quemara las manos o le causara algún malestar.  Y sin el menor atisbo de vergüenza, se sentó sobre la mesa, con las piernas abiertas. Acorralándome entre ellas y la silla. — Es un lugar muy especial… — Agregó en tono confidencial. Aun cuando a nuestro alrededor no había nadie, hoy fue uno de esos días en los que los alumnos no recuerdan visitar la biblioteca. — ¿Quieres que te lo muestre? — Me sonreía, mientras su mirada seductora recorría mi cuerpo, para finalmente posarse sobre mis ojos.  No lo entendía, esta contradicción en su comportamiento, a veces me causaba dolor de cabeza.

Hoy no.

Sucede que la mayor parte del tiempo me parecía una persona muy sana, pero en este momento había nada de inocencia en él. — En realidad, soy mejor en la práctica que relatando… Te mostrare todo lo que sé sobre el deseo. — Sin recato, se acomodó sobre mis piernas, sus brazos rodearon mi cuello y esa sonrisa que parecía tatuada en sus facciones aun infantiles, casi me tentó a imitarla. Cuando actuaba de esta manera, por lo general, yo me volvía un ser sin voluntad.

Vi cómo se acercaba peligrosamente hacía mí, como si no estuviéramos ya demasiado cerca. Apenas y si alcancé a cerrar los ojos, antes de que sus labios llegaran directo a aprisionar los míos. Una caricia suave y controlada, pero que logró robarme un par de suspiros.

Con él nunca podía bajar la guardia, porque en cuanto lo hacía, caíamos en esto.

— Aqui no… — Intentaba decirle en los breves espacios en los que me permitía respirar. — Es-espera, por favor… — Sus manos ya iban descendiendo por mi pecho, acariciándome, torturándome.

Su cadera comenzó un meneo ondulatorio que me obligó a aferrarme a su cintura, en un peligrosa lucha entré apartarlo por completo u obligarlo a que se acercara un poco más.

— ¿Te gusta? — Sé que realmente le importaba mi disfrute, aunque esa pregunta estaba ahí más por hacerme rendir.  — Se siente bien… ¿no es así? — Me preguntó sobre mis labios justo antes de lamerlos.

A estas horas, sus manos ya habían sacado de mi pantalón la camisa del uniforme, y se habían colado, acariciando mi estómago y mis costados. Estaba muy pasional, bueno… él siempre lo estaba. Pero ya habían pasado varios días desde la última vez. Entre otras cosas, porque mis padres pasaban más tiempo en casa que de costumbre.  — ¡Te he extrañado tanto! — Soltó de golpe, mientras se apartaba de mis labios y me miraba fijamente.

— ¿Extrañar? ¿Qué sucede…? — Su expresión abatida, fue reemplazada por una juguetona. No le gustaba preocuparme. — Si estamos juntos… todo el día, todos los días.

— Fue un simple comentario… — Se escudó y volvió a lo suyo.

Pese a que lo sentía moverse sobre mí y besarme, mi mente retrocedió una semana atrás. Era la hora de la comida, y había un silencio inusual en la mesa, entonces papá soltó de la nada un — “¡Vamos a divorciarnos!” — para justo después, seguir comiendo. Como si nos hubiera dicho la hora y no una noticia que pese a ser lo más viable y algo que se veía venir, nos doliera, sobre todo, por lo que agregó minutos después. — “Uno se quedará con su madre y el otro vendrá conmigo”. — Tras lo dicho, Aidan sujetó con fuerza mi pierna izquierda, obligándome a mirarlo.

Estaba tan sorprendido y angustiado como lo estaba él, pero en sus ojos vi algo más… miedo. Y supe que tenía que ser fuerte por ambos. Nuestros padres ya lo habían decidido, pero nosotros ya no éramos unos niños. Podíamos decir con quien quedarnos y yo iba a elegirlo a él.

— Connor… tocame. — Pidió en medias palabras, mientras se mordía los labios. Fue el sonidito que hizo y la imagen de esa insaciable sexualidad, lo que me devolvió al presente. — ¡Por favor! — Suplicó.

— ¡No! — Respondí en un hilo de voz y tomé sus manos entre las mías para detenerlo.

La respuesta no se hizo esperar, había reventado su burbuja de placer y en cierta forma, mi “aparente” rechazo le había entristecido.

— ¿Por qué? — Ccuestionó molesto. — ¿A caso no quieres…?

— ¡Quiero! — Aseguré. — Pero no aquí. Aidan estamos en el colegio, alguien podría vernos y…

— Y no soy lo suficiente, como para que los demás sepan que tienes algo conmigo… ¿Es eso no? — Estaba convencido de que no estábamos en la pose correcta para discutir este asunto, y que si alguien nos viera, estaríamos igualmente en problemas. Pero era más importante el saber cómo había llegado a esa conclusión.

— ¿Qué? ¿Por qué diablos dices eso…?

— Porque en ningún momento dijiste que lo íbamos a mantener oculto. — Me recriminó. — Cuando estamos en casa, entonces existo para ti, pero si estamos en la calle o aquí en el colegio, apenas y si me miras… pero si te haces de largas charlas y risas con “otros”.

— “Nuestros amigos” — Le aclaré — Y tú siempre estás conmigo.

— Aun así… ¿Desde cuándo te importa tanto lo que dice la gente?

— Aidan, eres mi hermano… — Le dije levantando un poco lo voz, hecho que le molesto, porque nunca le gritaba. — Si fueras cualquier otro chico, no me importaría que supieran, pero somos hermanos. Cuando estamos uno al lado del otro, ni siquiera pueden diferenciarnos. No se supone que entre nosotros debería de existir este tipo de relación…

— ¿Ahora te arrepientes? — Cuestionó herido.

— ¡No! Eso jamás… — Respondí de inmediato. — Solo no quiero exponerte, eres mi pequeño hermanito. — Intenté acariciar su rostro, pero desvió la cara impidiéndomelo.

— Solo soy menor por quince minutos… — Fue su turno de gritar. Y levantándose de golpe, se retiró de sobre mis piernas, apenas sus pies tocaron el suelo, intentó alejarse. — ¿Sabes que…? — Regresó sobre si y tomando uno de los libros que descansaban sobre la mesa, me lo aventó a la cara. Con suerte, logré esquivarlo. — ¡Olvidalo! Solo continúa leyendo tu estúpido librito sobre el deseo. Mientras te hundes en tus prejuicios.

Si tengo demasiados prejuicios, tú tienes demasiado pocos. Lo pensé pero no iba a decírselo, si algo no toleraba era decepcionarlo.

No podía permitir que las cosas terminaran de esta manera, no después de que él se había mostrado tan expuesto. Era consiente de pocas cosas mantenían su interés durante mucho tiempo, después de tres años viviendo de esta manera, debía estar agradecido de aun tenerlo celoso.

— ¡Espera…! — Lo tomé de la mano y le hice señas de que se sentara en la silla de alado. Aidan no parecía convencido pero aun así, cedió.

También le deseaba, todos y cada uno de los días, a todas horas, a conciencia o mientras dormía, él era siempre, mi más ferviente deseo. Y de alguna manera, él lo sabía.

Le dediqué una última mirada, mientras me dirigía a la puerta. La encargada era amiga mía, ahora mismo estaba en su hora tiempo de comida y me había confiado sus preciados libros y la llave de la puerta que los resguardaba.

Aseguré la puerta y apague la luz, fui recorriendo las pocas cortinas de las ventanas del frente y después volví hasta donde él. Me arrodillé y besé su mano, iba a poseerlo, era justo ser caballeroso.

— ¿Qué haces? — Me pregunto extrañado mientras se ponía en pie. Aidan estaba muy lejos de ser como esas princesas de los cuentos que reaccionan con timidez, ante la galantería de su “príncipe”, pero era perfecto para mí.

— Así es mejor… ¿No crees? — Le respondí, restándole importancia a su pregunta. — El amor se debe hacer sin interrupciones… — Aclaré mientras me erguía.

— Espera… — Retrocedió un paso. — Es decir… detestas hacerlo de esta manera.

— Lo hago porque te amo, y no lo detesto. — Enfaticé lo que había dicho mientras recorría con la vista toda la biblioteca. — No me importa la forma ni las circunstancias, si es contigo. Y este lugar en especial, es uno de los que más amo.

Lo vi frágil, como muy pocas vez. Pero ahora se comportaba con la timidez propia de lo que era, un adolecente de diecisiete años, que ha acaba de ser halagado, y se siente bien con eso. Y es que los humanos hacen el amor con sus cuerpos, pero yo prefería hacérselo con palabras.

El resultado era casi el mismo.

Aun que nada se comparaba con sentirlo debajo de mí, fundidos, complementados, amantes en los cuerpos y también en las palabras y las almas.

— Solo hay dos lugares en los que amo estar… — Susurré, mientras lo abrazaba. — La biblioteca y tu cuerpo, aunque, no precisamente en ese orden.

Un beso lento, casi un simple rose, fue el inicio perfecto.

Y la preguntó revoleteó en el aire… ¿Qué es el deseo?

Diría con toda seguridad, que sus labios. Inquisidores y en muchos sentidos letales, delicada seda y suaves como el algodón. En un diluido tono coral pero con un intenso sabor a vida.

¿Qué es el deseo?

Quizá sus ojos, dos esferas de luz en medio de mi oscuridad, claridad y pureza en medio de mi inmoral proceder. Fuegos consumidores, o tal vez, un par de dioses que exigen veneración.

¿Qué es el deseo?

Probablemente su cuello, esa torre firme en color canela, el nido que no deseo dejar, mi cueva, mi deleite, el camino por el que mi lengua ha dejado surcos imborrables. O su pecho, árido desierto que solo es refrescado por mis aguas, recorrido por mis manos y grabado poro a poro su extensión en mi memoria. Un par de serranías son sus pezones, puntuados, delicados y erectos, tan solo para mí.  Son tierra fértil, pese a ser desierto, son las laderas que mi lengua disfruta escalar, buscando como recompensa el premio de sus gemidos. Tal vez, el deseo sea su abdomen o el oasis de su sexo, el paraíso que solo existe en medio de tanta sed, de tanta provocación y de tanta necesidad. Su parte más sensible que mis labios han recorrido, y mis manos, acariciado.

Es la meta después de una ardua carrera, es el hogar después de una guerra. Es todo después de tanta nada.

— Connor… — Repitió y juró que nunca me había gustado tanto mi nombre.

Mi mente estaba tan aturdida ante su belleza, impotente ante su excitación, débil ante su desnudez… ¿Cuál fue el momento exacto en el que lo desvestí mientras lo hacía poesía? No lo sé. Y no me importa, lo prefería así, tan solo él. Sin distractores, sin botones difíciles de desabrochar o cremalleras impenetrables. Amaba la vestidura de su desnudez, y la cadencia de sus movimientos al restregarse contra mí.

Me buscaba necesitado, se pegaba tanto a mí, como si pretendiese fundirse en mi cuerpo. — ¡Te Necesito…! — Agregó, con los ojos entre cerrados, mientras mi lengua remarcaba la fina línea de sus labios.

— ¿Qué es el deseo? — Le pregunté, para torturarlo un poco más.

— Tú… el deseo eres tú. — Me hablo sobre los labios permitiéndome respirar su aliento, mientras sus manos se perdían entre mis cabellos. — Connor…

— Si no me lo pides, no te lo daré… — Lo envolví entre mis brazos y pude escucharle reír sobre mi oreja y eso, el sonidito de su risa me estremeció. Jugábamos de esta manera, hacerle decir cosas que en sus cinco sentidos y sin una erección de por medio, no diría ni aunque lo torturaran. Un inocente juego de seducción, en el que él fingía rendirse y yo llevar las riendas de nuestra relación. — ¡Pídelo! — Ordené con voz firme.

— ¡Por favor! ¡Hazme el amor! — Fue fervorosa su suplica, me perdí en su mirada y me entregue a su deseo.

Si de mí hubiese dependido, le hubiera hecho un nicho con los libros, pero no hubo tiempo para ello. No consideraba la mesa, lo suficientemente resistente, como para dos chicos de nuestra talla y movimientos pélvicos descontrolados. Pero el piso parecía amplio. Sin dejar de mimar sus labios, lo recosté sobre la fría losa y se estremeció al instante, lamente no tener algo mejor que ofrecerle, pero ahora era yo quien le necesitaba.

Aidan me hizo un espacio entre sus piernas y yo recompense su cooperación con besos duros, como si en algún momento pudieran extinguirse y quisiera tomar lo más posible de ellos. Él cruzo sus brazos sobre mi cuello obligándome a acercarme más a él. Intentaba no aplastarlo, aunque ya había comprobado que era capaz de soportarme. Lo escuché suplicar de nuevo, al parecer, tenía prisa.

Pero mis manos querían acariciarlo, y mis ojos admirar su desnudez. Lo admito, me estaba volviendo presa de la lujuria, uno de mis más grandes pecados. Pero que importaba si iba a ir al infierno, si en este momento él me habría el cielo de sus piernas.

No era mí culpa y si acaso lo era, bien merecido tendría el castigo.

— ¡Hazlo! — Me ordenó necesitado.

Y me sorprendí de lo obediente que puedo llegar a ser. Como pude, me libere y ya no hubo tiempo de algún tipo de preparativo. De una sola estocada, entré por completo él.

Gimió y el dolor fue latente en su rostro. La mirada que me dedicó fue clara, si osaba moverme, podría darme por muerto.

Pero… ¿Qué es el amor sin un poco de dolor?

Cargaría con la responsabilidad. Siempre lo hacía. Y con eso en mente, comencé a moverme lentamente, sin salirme de su interior pero si buscando hundirme más. Aiden no pudo hacer otra cosa que cerrar con más fuerza los ojos, sus manos se aferraban a las mías y en venganza clavo sus uñas en mi piel. Y efectivamente… ¿Qué es el amor sin un poco de dolor?

Ya no mantenía el mismo entusiasmo por aquella pregunta. Pero era tarde para echarme atrás, contrario a lo esperado, aumenté la velocidad de mis movimientos, mi amado aun no podía hablar, y el panorama que me ofrecía era realmente cautivador, un ángel caído que comenzaba a humedecerse de sudor y otras cosas…

Se cubrió la boca con ambas manos, su vista estaba perdida y sus cabellos se mecían al compás de mis embestidas. Coloqué su pierna derecha sobre mi hombro, en un afán por sentirlo un poco más y por primera vez, desde que iniciamos salí por completo de él y al volver entrar mi pequeño gritó.

¿Era este el momento en el que debía detenerme y consolarlo?

Con ojos inundados lo sentí aferrarse a mí y seguidamente sus uñas rasguñaron desde mis hombros hasta mi brazos, también la espalda. Pero en ningún momento pidió que me detuviera, y ese era su más grande pecado. Disfrutaba en cierta medida del dolor, mientras que yo, no lo toleraba para nada.

Aventó la cabeza hacía atrás, permitiéndome saborear su cuello, sobre el cual dejé delicadas mordidas, que quizá mañana serían moratones. Sus piernas se abrazaron a mi cadera y sus paredes comenzaron a oprimir más mi sexo, impidiéndome una entrada limpia, pero excitándome mucho más.

Me estaba provocando y respondí como se esperaba hasta que el tiempo se detuvo para nosotros. A estas alturas llevábamos ritmos distintos pero la melodía era la misma y la continuamos hasta el final de la canción. Sus gemidos y suspiros, eran casi incontrolables, y me descubrí a mí mismo, demasiado agitado. Me era casi imposible respirar… el clímax estaba cerca para ambos, lo sabía por sus gestos, y porque su temperatura había aumentado.

— ¡Mírame! — Le pedí, sin dejar de moverme. — Mírame…

Sus ojos se centraron en los míos, y traté de evitar pensar en lo perverso que era todo esto, éramos idénticos, y en sus gestos y reacciones podía ver las mías. Me perturbaba, era tanto como hacer el amor conmigo mismo.

Quiso decir algo, pero le fue imposible, una de sus manos se aventuró buscando de donde apoyarse y fue la mía quien la recibió, las entrelacé y unidas las dirigí hacia mi pecho. Sentía que mi corazón podría detenerse en cualquier momento y quise que fuera testigo de lo que provocaba en mí.

Sé que sintió mi palpitar porque me sonrió. Y pese al esfuerzo que le resultó, busco mis labios y los besó.

Quizá fue la fricción rápida de nuestros cuerpos al rozarse mientras las estocadas se hacían más profundas, lo que hicieron que soltara mis labios mientras arqueaba la espalda, su cuerpo entero se sacudió es un espasmo y sus muslos se tensaron, asfixiándome de manera deliciosa, gimió mientras nos mojaba. Verlo fue el empujoncito que necesitaba y siguiéndolo terminé dentro de él.

Su cuerpo cayó lapso sobre el piso. Estaba agotado y sudoroso, ambos lo estábamos. Pero también estábamos satisfechos, la sonrisa tonta de nuestros labios nos delataba.

— Te amo… — Resopló en un suspiro.

— Te amo, cada día un poco más…— Respondí, mientras lo abrazaba.

Dicen que un beso en la frente vale más que muchas otras caricias, Aidan me inspiraba ternura, afecto, respeto, cariño y por supuesto amor.  Era mi amigo, mi compañero de clase, mi socio, mi amante y lo más importante que tenía en la vida. También era mi hermano, mi gemelo, pero ese título hacía tres años que había comenzado a perder sentido, y ahora no tenía ninguno. Éramos dos personas, que pese a nuestra juventud, nos amábamos. Él lo sabía, y aun así, se lo repetía todos los días, en vez de asumir tontamente, que toda nuestra vida, juntos, era suficiente.

Él me había dado paz, felicidad, su cuerpo, su tiempo y su vida entera.

Pero estábamos muy lejos de ser la pareja perfecta, y quizá por eso nunca antes intentamos serlo, discutíamos como todos, quizá más que la mayoría. Nuestras diferencias nos amargaban durante días. Incluso puedo asegurar que la mayor parte del día, Aidan no me soporta, sé que le desquicia mi pasividad, lo mismo que a mi impulsividad. Pero cuando se tiene claro lo que en realidad importa, tomar decisiones no es difícil.

— Y al final… ¿Qué es el deseo? – Me preguntó mientras me entregaba mi libro que había aventado lejos. La biblioteca de nuevo estaba abierta y en manos de su protectora.

— Por ahora… una hamburguesa. – Respondí, mientras le sonreía.

— Pero, tú invitas… porque no tengo dinero.

— ¡Tú nunca tienes dinero! — Me quejé, mientras le abría la puerta para que pudiera salir.

— Eres el mayor, es tu responsabilidad alimentarme…— Refutó.

— Solo por quince minutos…

Antidepresivos para el Alma

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Antidepresivos para el Alma

De la manera más cortante y directa, escupió palabras con más sentido del que en algún momento hubiera deseado escuchar. Hoy menos que nunca.

Las conocía, todos en algún momento las habíamos oído… ¿Pero cuantos conocíamos su verdadero significado?  Ahora mismo, siento que no puedo responder a esa pregunta.

— No se lastima a quien se ama y si le lastimas, entonces, no lo amas. — Severas y dolientes palabras que me traspasaron algo más que la razón.

La realidad me golpeó con la fuerza de cientos de proyectiles, y si no fuera porque los restos de mi orgullo me sostenían, quizá me hubiera dejado caer de rodillas y reducirme a tristes y plañideras lamentaciones.

Como tanto había deseado, pero como nunca me había permitido.

A mis anchas y destilando toda esta zozobra que en ocasiones, cada vez más frecuentes, me hace temblar, sea de ansiedad o de dolor… ¿Pero quién soy yo para hablar de sufrimiento?

Yo que le había lastimado, que le dañé, pesé a estar completamente convencido de que le amaba. Como nunca a nadie… porque todo había comenzado justo ahí, en ese primer sonrojo de sus mejillas y como nadie después de él, porque terminó, se escurrió entre sus gruesas lágrimas cuando se fue.

En un necio intento por redimirme, pensé decir que así somos todos los seres humanos… Pero sé que no es verdad, él no era así, ahora tal vez, pero antes de mí, no.

Él también me amaba, jamás lo dudé.  Su amor por mí era tan inmenso y vasto como el cielo mismo, y aun así, crecía en su corazón. Y en cada centímetro estaba mi nombre, en sus ojos solo estaba el reflejo de los míos y en sus labios, el sabor de mi boca. Su cuerpo solo había sido recorrido por mis manos, y aun si todas estas cosas, no podrían volver jamás… me quedaba el saber que en algún tiempo,me perteneció de todas las maneras en las que un hombre le pertenece a otro.

Me dejaba escarbarlo y hacer surcos en sus muslos, senderismo por su pecho y preciosos tejidos en su cabello. Me regalaba sus “te amo” en cada estrella y el cielo es testigo de que estrellas había muchas. Pero hoy, solo puedo encontrar en él, su resentimiento.

Un amargo, triste y aplastante resentimiento.

Y no quería aceptarlo, me rehusaba a aceptar que todo había quedado reducido a mera tirria. — ¿Estás bien? — Preguntó, como si mi mala cara y la agonía en la que me hundía, no fueran suficiente respuesta para saber que no, que no estaba bien, que hacía mucho que había dejado de estarlo. — De repente me has parecido ausente. — Agregó. — Sabes que si pasa algo malo, puedes contármelo. Haré lo posible por ayudarte —.

Miré al anciano que tenía enfrente y vi en sus ojos la sabiduría propia de quien ha vivido muchos años, de quien se ha equivocado en innumerables ocasiones y lo mejor o peor de todo, de quien no se arrepentía de absolutamente nada. Lo deteste un poco por eso, mis arrepentimientos, últimamente hacían una escalera hasta el cielo. — “¿Hacer lo posible?” — Me cuestioné mentalmente, eso ya lo había hecho y no funcionó, aun con todo, no aparté la mirada de él, aunque tampoco lo observaba.

No voy a presumir diciendo que había logrado intimidarlo. Pero al darse cuenta que estaba más perdido en mis pensamientos que en sus palabras, posó una de sus marchitas manos sobre la mía, ignoró el hecho de saber, que no me gustaba que me tocaran y con tal osadía me sonrió con amabilidad.

Lo odie entonces, en efecto, que la gente me tocara por el simple hecho de que se le diera la gana hacerlo, me resultaba molesto y repulsivo. Y en especial, si se trataba de una piel tan frágil y arrugada como la suya. “Demasiados sentimientos negativos.” Eso es lo que él solía decirme, ante mis “odio”, “detesto” y otras muchas palabras, que usualmente forman parte de mi vocabulario, pero era de ese modo. Odio todo aquello que fuera o diera la apariencia de fragilidad. Detestaba mis propios momentos de debilidad, cada vez más abundantes, por cierto. Mis sentimientos de desamparo, mi miedo y todo aquello a lo que sintiera una tremenda necesidad.

Él… por ejemplo.

Pero no, yo le amaba, aun lo hago.

— ¿Hay algo que quieras contarme? — Insistió y su mano le dio un apretón ligero a la mía. Estaba comenzando a hartarme de esto, él debía soltarme o no me hacía responsable de mis actos.

— ¡No me ocurre nada! — Respondí con voz monocorde, más por simplemente decir algo, porque en realidad, me sucedían muchas cosas y muy malas.

— Qué triste y vacía debe ser tu vida, de ser así…— Se lamentó.

Eso fue tanto como un insulto para mí, no necesitaba de su lastima ni de sus palabras vacías. Sin medir mis acciones, arrebaté mi mano de la suya, mientras le miraba con hostilidad.

Como animal herido que pese a todo, no se rinde.

Su mirada se endureció ante mi arrogancia, aunque prefiero llamarlo simplemente “carácter”. Era claro que no le agradaba mi lado presuntuoso y poco apegado a todo. Mal por él, porque no me importaba ni me importaría en el futuro.

Bueno, tal vez me importaba un poco.

— No me ocurre nada que no pueda manejar, eso es lo que he querido decir. — Aclaré. —Obviamente me ocurren cosas, es lo normal en un mundo como este, pero puedo resolverlo solo. — Le dije, intentando que sonara a verdad. Sé que no tenía por qué darle explicaciones, y sin embargo; hice a un lado mi orgullo únicamente porque, aunque me causaba cierto desagrado, la verdad es que le respetaba, admiraba su experiencia, sus años y sobre todo, la paz que reflejaba. Aunque me molestaba lo entrometido que podía llegar a ser. — Agradezco su preocupación, pero mis asuntos, son precisamente eso, míos… y compartirlos con usted, no harán volver el tiempo atrás y así poderlos corregir.

— La vida te ha tratado con dureza desde el principio… ¿Cierto? — No era una pregunta, aunque le dio el tono de una. — Eres aún muy joven para guardar tanto resentimiento.

“Resentimiento…”

Una mala palabra elegida en un mal momento. Él me guardaba resentimiento, su amor por mí se había vuelto eso… resentimiento. — Pero siempre es un buen momento para deshacerse de esas viejas ataduras y mirar el futuro con optimismo. — De nuevo con palabrerías. Y yo solo podía pensar en una, resentimiento. Él ya no quería compartir su vida conmigo, su vida que tanto me importaba. — Aligeras la carga, y el camino se vuelve menos…

— No me dejara en paz hasta que sacie su curiosidad… ¿No es así? — Lo acusé. Él simplemente sonrió. — ¡De acuerdo! ¡Usted gana! — Agregué con parsimonia, mientras me ponía de pie y le señalaba con ambas manos como si fuese un loco. — ¡Usted gana! — Repetí, y volví a sentarme después. — Pero antes… — Precisé con toda la serenidad con la que un desquiciado puede contar, porque yo no era víctima de mi situación y por ende, no aceptaría quedar como tal. — Déjame aclararle que la vida ha sido justa conmigo, que no puedo quejarme de ella. Sin embargo, como el hombre que soy puedo honestamente reconocer que he arruinado demasiadas cosas, que soy el responsable de mi suerte y destino. Mismo que enfrento con valor… No soy una persona mediocre ni está en mis planes serlo.

El anciano respondió ante mis palabras, un tanto iracundo. Lo escuché murmurar algo referente a que un poco de humildad, aunque sea de vez en cuando no me caria nada mal y no se lo discutí, porque era posible que tuviera razón.

Pero había crecido con el mal hábito de lograr para bien o para mal, todo lo que me propusiera, y como consecuencia, cada logro que tenía, reforzaba mi actitud deliberante, sarcástica y hasta cierto punto contradictoria. ¿Cómo esperar entonces, que cambiara así tan de repente, sí mi mayor ambición era darme todo aquello que mis ojos o con un poco más de dramatismo, todo lo que mi corazón deseara?

¡Imposible! ¡Simplemente, imposible!

— ¿Vas a decirme entonces, quien te hizo ver tu suerte? Por qué por ahí debe de ir la cosa… — Dijo con total convencimiento —. Alguien no estuvo de acuerdo con los planes de Ryan, y esa negativa se volvió más que un simple obstáculo, se volvió una barrera. — Sonreí… ¿Ahora nos portaremos serios y nos pondriamos nombres? Pero también había algo más…su sarcasmo, no era propio de él, verse tan fuera de sí, debido a mi actitud.

— Creo que usted y yo ya nos vamos entendiendo. — Y lo que inició como una sonrisa, se volvió risa sardónica. Era un lenguaje que sabía manejar. De hecho, en mis ratos libres daba clases de socarronería, a personas incautas. — El poder del sarcasmo no conoce límites “señor”… y envidiable es el maestro que sabe explotar dicho poder.

No me respondió pero su impaciencia, poco a poco se fue volviendo la mía. No era mi nuevo mejor amigo y mucho menos mi confidente, pero el peso de los últimos meses, realmente estaba siendo demasiado, a tal punto que en ocasiones sentía que me ahogaba, que me sometía y aplastaba. Así que después de todo, decidí que no sería tan malo contarle lo que en este momento, era mi más grande dolor.

— Fue hace ya algún tiempo desde que le conocí. — Confesé. — A primera vista me resultó alguien bastante común… ya con un poco de apreciación, me pareció más ordinario que común, a los pocos días me desagradaba y al mes, me resultaba totalmente insoportable.

— Esa no es una buena manera de iniciar una historia, Ryan. — La interrupcion me molesto, pero lo que me sacó de quicio, es que se sintiera con el derecho de regañarme. — Cada vez se pone peor y ni siquiera han pasado los primeros cinco minutos.

Señor… — Tragué aire por la boca y lo contuve algunos segundos, para después dejarlo salir todo de golpe, una acción ruidosa pero que me ayudaba a calmarme. — Con todo respeto, es mi historia… y yo la inicio como se me dé la gana. — Aclaré. — Cuando sea su turno de contar “su historia” entonces iníciela como quiera. Además, así fue como verdaderamente pasaron las cosas.

Y no mentía. —Obviamente, cualquiera que quiera suponerse mejor cosa que yo, terminaría desagradándome, y en este caso en particular, él era muy presuntuoso, arrogante y daba la apariencia de que había vivido mucho y que era precisamente su experiencia la que lo hacía hablar. — Continué con mi relato. — Yo no tenía costumbre de muchas cosas, de la mayoría de las cosas, para ser completamente honesto. Pero eso no le daba derecho a contrariarme. Mucho menos, a mencionar con todas las palabras que no estaba de acuerdo con lo que yo decía o hacía, menos que menos con tal seguridad, que me hacía dudar… y llegué a odiarlo por eso.

Me detuve un momento y sin realmente proponérmelo, medite en mis palabras. No, no le odiaba, lo detestaba pero nunca le odie… ¿Debía aclararle eso al viejo?

— ¿Le odiabas? — Cuestionó él, como adelantándose a mis pensamientos.

— No fue así por mucho tiempo más… — Respondí. — Aunque al principio, mis motivos no fueron los correctos, poco a poco se fue instaurando en mi mente, la idea de que el me quisiera, hasta que se apoderó por completo de mí.

— ¿Por qué dices que tus motivos no eran los correctos? ¿Qué hay de malo en desear que alguien nos quiera? — Preguntó y al instante le resté un par de puntos, era más que obvio, pero él, realmente parecía no haber comprendido.

— Solo deseaba que me quisiera para usar eso a mi favor y controlarle. — Dije irritado, él anciano asintió y me miró con recelo. — Fue una estúpida idea… ¡Lo sé!

— ¡Muy estúpida y cruel!

— Si bueno… Escupí para arriba y la saliva me cayó en la cara. — Reconocí con cierta vergüenza. — Fue solo cuestión de tiempo…Mi corazón comenzó a desearle con fuerza. Lo quería frágil, débil, lo deseaba sumiso pero no para odiarlo… con el simple transcurrir del tiempo. En algún momento terminé queriéndolo. — El anciano me miró con inseguridad, pero este era mi verdadero yo, él que podía reconocer que había sido vencido por una persona encantadora. — Me descubrí fascinado con la idea de que no estuviera de acuerdo conmigo, de que me contradijera, de que fuera capaz de decirme a la cara lo que no hacía bien, comencé a amar su osadía al corregirme, al sugerirme como deberían hacerse ciertas cosas. Nunca antes había conocido a alguien que no estuviera de acuerdo con hacer mi voluntad y me agradaba eso de él, más que cualquiera de sus otros atributos.

Pese a mis ansias por él, no me atrevía a ser yo quien diera el primer paso. Sin embargo, el día llegó. Y pudimos hablar a solas de aquello que nos hacía tan diferentes. La idea fue suya… y yo simplemente lo acepte, sin saber en qué me estaba metiendo. Bueno, quizá si sabía, ya con días de antelación me había dado cuenta que las cosas habían cambiado, podía sentir su constante mirada sobre mí y como lograba captar su atención cuando me aparecía por donde él estuviera. Nuevamente aquello que deseaba, parecía estar a mi alcance. Con la única excepción de que esta vez, no tuve que hacer absolutamente nada para conseguirlo. Cualquiera podría entender que me sentía como pez en el agua. — El anciano sonrió en señal de que me entendía y de cierta forma, le imite.

— Como pez en el agua…— Repitió.

— Sí, en aquella ocasión, quien yo deseaba, se acercó y me preguntó si podía acompañarme. Era un trayecto relativamente corto, el que debíamos recorrer hasta donde se podía tomar el colectivo. — Expliqué y mi interlocutor asintió. — Hablamos de tantas cosas, y mis manos no dejaron de temblar y de estar frías durante todo ese tiempo, el viaje resultó tan corto y el tiempo a su lado tan solo segundos… ¡Mágico! Es así como puedo describir mi tiempo a su lado. A partir de ese día, nos volvimos casi inseparables, sé que puedo presumir que llegué a conocer de él, lo que pocos saben, y la compañía del otro nos cambió a ambos. De alguna manera, nos influenciamos mutuamente para bien y unidos logramos muchas cosas.

Su dolor, se volvió mi dolor, su alegría se volvió mi deber, y ese creo hoy, fue mi más grande error… ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Cuando le conocí, él pasaba por una mala racha, aunque ahora que lo pienso con detenimiento, esa mala racha siempre le acompañó, quizá incluso desde antes de mí, sin embargo, mi paz no era entera si no me aseguraba de que él estaba bien.

— Realmente llegaste quererlo…

— Se quiere o no se quiere, no hay más. — Respondí ante su comentario. — En una ocasión, durante unas de nuestras primeras platicas lo vi llorar… ¡Ha! ¡Qué dolor aquello! Ese día pude presumir que supe lo que es sentir que se te rompa el corazón, y posteriormente él se encargó de que no olvidara dicho sentimiento, pero para que adelantarme a esa parte de la historia. En esa única ocasión, sus ojitos estaban llenos de impotencia, de desesperación. De manera muy secreta, le he mantenido cierto resentimiento a la persona que fue la causante de aquellas lágrimas. Mismas que desee besar de sus mejillas, pero no me atreví, en ese momento, me sentí impotente ante su sufrimiento, y solo pude ser un simple espectador de su dolor. Aunque las manos me quemaban por abrazarlo, por, aunque fuera mentira, decirle que todo iba a estar bien, que no siempre seria así. Pero le respetaba demasiado como para mostrar tal atrevimiento, después de todo, aun no éramos tan unidos.

— Sin duda estabas enamorado… — Los viejos y sus suposiciones, pensé.

— ¡No! — Aclaré —. En ese tiempo aún no estaba enamorado, me importaba, lo estaba queriendo, me dolía su sufrimiento porque él era importante para mí. Eso es todo.

— Piensas demasiado, aquello que solo deberías sentir.

— Haré como que no estuviera usted, usando mis frases en mi contra. — Él soltó la carcajada y yo solo aguardé hasta que se calmara su alboroto.

— ¿Qué paso después? — Preguntó entre medias risas.

— Ni yo mismo estaba completamente seguro de que era lo que había sucedido, una cosa nos llevó a otra y lo único visiblemente claro, fue que pocos meses necesite para enamorarme de él, aunque francamente nunca lo acepté, al menos, no en su delante, aunque era muy obvio en muchas otras cosas. Así me resultaba conveniente, sin embargo, no reconocí el sentimiento abiertamente, porque los sinsabores comenzaron a llegar con el “amor”. — Resalté la última parte. — Y es un dicho bastante bien dicho, que el que se enamora primero, pierde… y yo ganaba y perdía en las mismas cantidades. Como quien dice, esto estaba resultando un mal negocio. Le invertía mucho y a veces no salía ni la ganancia y aun así, no le puse fin y mi bodega siguió surtiendo y surtiendo hasta que la mercancía y el capital empezaron a escasear, pero estaba resuelto a que era él, lo amaba y no planeaba descansar hasta conseguirlo. — Si me gusta lo obtengo, al precio que fuese. — Esa fue siempre mi filosofía en todo y para todo. Y sin importar las consecuencias. – Vera usted… yo tenía que tenerlo, amarlo ya no me era suficiente, porque unos días estábamos bien y otros estábamos peleando, algunas veces nos queríamos a toneladas y otras tantas éramos fríos y nos mostrábamos distantes. Acepto que tuve un cierto grado de culpa, comencé a sentirme inseguro, no actuaba de manera espontánea… primero porque no es mi naturaleza, yo requiero saber de la A, a la Z, las ventajas y desventajas de mí actuar, necesito ser yo quien lleve el control y la rienda de todo. Y él no me dejaba, y eso me gustaba pero al mismo tiempo me hacía sufrir… ¿Entiende usted lo que le digo? Esto, especialmente en esto… no quería perder.

— Y… ¿Perdiste? — No pudo evitar preguntar y en cierta forma espera que lo hiciera. — Al final de todo esto, tú… ¿Perdiste?

— ¡Si! — Dije con hilo de voz. — Por supuesto, primero logré lo que quería, durante el tiempo que lo planeé, pero al final, si perdí.

— Pero hijo, el amor no se puede planear…

— Ahora lo sé… y créame que pagué un precio muy alto por mi osadía. — Confesé. — No estaba listo para la despedida, es más… no deseaba despedirme de él. Pero nuestras circunstancias cambaron. Ya no nos íbamos durante siete horas cinco días a la semana. El poco tiempo con visitas cada vez más esporádicas y mensajes muy de vez en cuando, solamente iban a terminar lastimándome aún más, por eso… Por ese motivo, decidí que lo mejor era cortar de raíz con todo, de una sola vez.

Que me doliera lo que me tuviera que doler, pero no lo que él quisiera que me doliera. ¡Ojalá hubiera sido así de fácil! Debí suponer que no se quedaría con los brazos cruzados, mientras yo intentaba desesperadamente huir lejos antes de que me viera colapsar. Él lucho como yo hubiera deseado que luchara desde el principio. Pero fue en ese último momento, en el que yo necesitaba de su frialdad y de su desinterés para hacerme las cosas más sencillas, que se negó rotundamente a dármelo.

Todo lo contrario, se aferró a mí y exigió explicaciones que no quise dar, porque ni yo mismo las conocía. Pese a que ya para los últimos días, nuestra relación estaba más que desgastada, aun así, sus palabras fueron —… Es que no es justo que me saques de tu vida solo así. — Confieso que una parte de mí también creía que no era justo… pero a esas alturas… ¿Qué podía hacer? ¿Quién puede contra el tiempo, contra la realidad? Hasta alguien como yo, reconoce que hay cosas sobre las que no se puede tener control, cosas grandiosas, cosas superiores a uno, cosas como el daño que el trascurrir del tiempo haría sobre nosotros.

Aun así, él estaba dispuesto a todo con tal de no terminar. Pero yo tenía un haz bajo la manga, sabía de algo que él no toleraría, algo que a pesar de todos nuestros distanciamientos, nunca le mostré, hasta ese día. Desprecio.

Nunca en todo el tiempo poco o mucho que le conocí, le había despreciado nada, una caricia, una palabra, absolutamente nada, sin embargo, en aquella ocasión, no deje que me abrazara, me rehusé a que se acercara, que intentara entrometerse en algo que después de todo, no le incumbía. Mi dolor.

— Y si sabias que no lo toleraría… ¿Por qué lo hiciste?

— La despedida me estaba doliendo a mí, más que a él, de eso estoy seguro. Necesitaba que se fuera, porque ya era tarde, era peligroso y porque en cualquier momento de no irse, le suplicaría, con lágrimas en los ojos y el corazón en la mano, que lo que quedara de esa noche, la pasara conmigo.

— ¿A qué te refieres con eso de lo que quedara de la noche la pasara contigo?

— Usted y yo sabemos, que eso… no es asunto suyo — Le recriminé.

— ¿Cómo es que llegaste a quererlo tanto?

— Eso creo yo… debería de ser otro de los grandes misterios de mi vida.

— ¿Por qué el?

— Después de un tiempo él y yo ya no éramos tan distintos… ¿Sabe? En muchos sentidos era mi complemento, resultó ser el más suculento elixir para mí, yo podía mirar directamente al sol en sus ojos, tocar las nubes cuando acariciaba sus manos, miel pura cuando probé sus labios. Criminal e inocente, verdugo y castigado… todo eso y más, encontraba en él. Quizá fue por eso, tenía que ser él y no cualquier otro.

La verdad… había puesto muy pocas reservas entre nosotros, no había demasiados secretos de mi parte en torno a él, lo dejé entrar a mi casa y en vida, le día hasta lo que por mí mismo, no poseía. Cuidaba de él, por él y por mí, que al caso, venía siendo exactamente lo mismo, y es que en sus brazos, el dolor de mis propios problemas que nada tenían que ver con él, se disolvían, era feliz a su lado. El olor de su piel me embriagaba, observarlo era mi pasatiempo predilecto, memorizar sus gestos, sus expresiones, sus palabras. A mí me interesaba lo propio y lo que a él le interesara y aunque no cedía ante sus deseos o palabras, lo escuchaba más de lo que él mismo cree. Es por todo esto que ante sus arrebatos callé, ante sus decisiones guardé cierto respeto, ante su egoísmo y su frialdad, escondí mi dolor. Me burlé de ellos y los ahogué, para que no fuera él quien lo hiciera.

— ¿Y si él no quería burlase de tus sentimientos?

— No digo que ese haya sido su objetivo. Pero cuando las palabras y las acciones no concuerdan, vienen las dudas, y las dudas te hacen ver todo con demasiada claridad y a veces te deslumbran y ya no ves nada fuera de ellas. Lo único que puedo decirle, es que lo amaba pero ya no confiaba en él. En esos últimos instantes no confiaba ni en mí mismo.

Créame cuando le digo, que tenía mis razones y que nunca faltó quien alentara mis ya de por si desbocadas dudas.

— ¿Qué sientes por el en este preciso momento?

— Francamente, siento demasiadas cosas… desde hace varios días, me hostiga en mis sueños, durmiendo le he dicho que él no debería estar ahí, pero noche tras noche regresa, y en mis sueños estamos juntos, como nunca lo estuvimos en la vida real. Me gustaría solamente dormir, sin tener que soñarlo.

Porque en la vida real estoy decepcionado de su proceder, estoy enojo y le tengo mucho resentimiento de la misma manera que él me lo tiene a mí. Pero a pesar de todo, aun lo quiero y le tengo afecto a lo que representó para mí.

— ¿Y si las cosas entre ustedes se solucionaran? — De repente, el hombre frente a mí, se mostraba bastante positivo, quizá para él, la situación no era tan grave como lo era para mí.

— Es posible, pero no ahora, no en mucho tiempo. — Respondí. — Ambos somos necios, aferrados y demasiado juiciosos. No aceptaré nada más de lo que he aceptado este día, y francamente, no disculparía a quien supo verme la cara, y sobre todo, a quien a sabiendas que no merecía mi amor, lo aceptaba. Y a quien sabiendas que me amaba, le jugué sucio y no dudé en traicionarlo. Simplemente, lo nuestro no estaba destinado a resistir por mucho tiempo.

El anciano se quedó meditando mis palabras o al menos esa fue la impresión que me dio. Era la verdad, muy posiblemente un camino sin retorno, o quizá en otro tiempo muy lejano, un tiempo en el que ambos seamos más razonables y sinceros con nosotros mismos o con los demás, un volver a empezar tras este desastroso final. Después de todo, el final es solo principio de una nueva historia.

Al menos, eso dicen.

— ¿Qué piensas hacer?

— ¿Qué puedo hacer? — Respondí con otra pregunta. — He repasado mis posibilidades una y otra vez y siempre llego al mismo punto. Tuve mis oportunidades y las dejé ir. Tome malas decisiones… Ahora él está vivo, yo no, y usted no existe…