Capìtulo 51 – Las posibilidades.

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LAS POSIBILIDADES

“Encontré una vida que vale la pena vivirla por alguien más.

     

      DAMIAN

It felt so sweet

It felt so strong

It made me feel, like I belonged

And all the sadness inside me

Melted away

Like I vas free.

      Su voz era apenas un susurro tenue que adormecía, una cancioncita que revoloteaba sobre nosotros llenándolo todo. Sé que ama escuchar música, pero nunca antes le había oído cantar. Y ni por mis más locos pensamientos hubiera imaginado que lo haría tan bien. Quizá ese era el motivo por el que me sorprendió tanto la dulzura de su tono. Armonioso, lento. Una letra sencilla pero que parecía significar demasiado para él. Si no fuera porque Ariel había despertado afiebrado y con la cara roja, feliz me hubiera ido a recostar a su lado y escucharla de principio a fin, una y otra vez.

      En cambio, tuve que interrumpirlo. Su salud me tenía preocupado. Apenas y si había aceptado beber un poco de agua. Pero se negó a probar bocado. Intenté moverlo, ayudarlo a levantarse. No logré nada, Ariel se quejó diciendo que se sentía mal, que tenía sueño y le dolía la cabeza.

      Dejarlo descansar era una propuesta tentadora, pero ¿y si su salud empeoraba más tarde? Estábamos lejos de la ciudad y dudo que él soportara volver en la motocicleta.

      —Ari… —le hablé, mientras me sentaba a su lado, en la orilla de la cama. Él mantenía los ojos cerrados, aunque obviamente no dormía. Se había hecho bolita sobre el colchón y pese a mi negativa, estaba envuelto con la sabana hasta el cuello —. Estoy preocupado por ti, creo que debería revisarte un médico. Quizá te resfriaste o puede que sea algo peor, no voy a estar tranquilo hasta saberlo.

      —Solo necesito dormir un poco —refutó, obligándose a abrir los ojos.

      Fue más como un parpadeo y de nuevo volvió a cerrarlos.

      —No creo que esto se te vaya a pasar con solo dormir. Además, has dormido toda la tarde.

      —Un poco más…

      — ¡No! —Rebatí—Nos vamos ahora mismo.

      Me puse de pie y fui directo a apagar el fuego. Vestirlo me tomó más tiempo del esperado, cada nuevo movimiento venía acompañado de quejidos y llanto. Sin embargo, Ariel no estaba exagerando. Fui yo el que no se había percatado de lo maltratado que había dejado su cuerpo, hasta este momento, mientras lo vestía.

      La herida de su hombro estaba hinchada y había morados que resaltaban en su piel. En algunas partes, la forma de mis manos era perfectamente visible: en sus brazos y piernas. Lo había sujetado con tanta fuerza que magullé su piel. En algún momento le explicaría que “sentirse mal” y “estar adolorido” eran cosas diferentes. Y que indudablemente esto no iba a quitársele durmiendo.

      —Quiero quedarme…

      —Vendremos otro día.

      —No, quiero quedarme ahora.

      —No.

      — ¡Por favor! —suplicó en cuanto me tuvo a su lado dispuesto a levantarlo de la cama. — No me siento bien como para caminar, tengo mucho frío.

      —Te voy a cargar.

      —Es que…

      —Es que, nada —le regañé —no me discutas, ya dije que nos vamos y nos vamos.

      Tal y como dije, lo cargué durante todo el descenso. Me lo acomodé de la misma manera en la que lo hacían cuando lo levantaba del piso para besarnos. Ariel se resguardó en mi pecho, con sus piernas alrededor de mi cintura. Le puse mi cazadora y con la sabana le cubrí la cabeza. No soy experto en enfermedades, pero sé que en caso de fiebre el enfermo no debe serenarse.

      — ¿Cómo seguía esa canción que estabas cantado en la cabaña? —pregunté, cuando ya casi íbamos a medio camino. Según él, estaba molesto porque no quise que nos quedáramos en la cabaña. Dijo que no hablaría conmigo, pero desde hace varios minutos de caminata lo sentí dibujar formas en mi pecho, con las yemas de sus dedos. Así que tan molesto, tampoco creo que lo estuviera.

      — ¿Te gustó?

      —No está mal…

      —Es de mis favoritas, porque cuando la escuchó me acuerdo de ti. — Explicó asomando el rostro por entre la sabana.

      — ¿De mí? 

      —Ni yo mismo lo sabía, pero antes de conocerte estaba muy solo y triste —explicó. — Ya no más, ahora soy muy feliz.

      —Quizá deberías enfermarte más amenudeo —bromeé —te pones tierno.

      — ¡Que pesado! Por eso no me gusta decirte nada.

      Pese al tono de reproche, sonreía. Las suyas podían ser frases no muy elaboradas, pero lograba hacerme sentir dichoso. Llenaba mi vida de un calorcito especial que con nada podía pagarle, lo amaba. Amaba lo infantil que era a veces, y esa pasión con la que me hacía hervir. Ariel es alguien muy sencillo, para hacerlo feliz basta muy poco. Y sin embargo, ahora sentía un mayor compromiso con él. Ya no éramos lo de días atrás, ahora él era mi pareja, su bienestar era mi total y completa responsabilidad.

      —Canta entonces… —pedí —me gustaría escucharla.

 

I found what I´ve been looking for in myself

Found a life worth living for someone else

Never thought that I could be

(I could be)

Happy

(Happy)

      — ¿Happy? —Me reí.

      —Creído. Deberías aprender a valorarme, ya es tiempo de que te des cuenta de lo afortunado que eres por tenerme. Mi amor no es algo que le dé a cualquiera.

      — ¿Quién es el creído ahora?

      —Solo digo lo que siento. Tengo una creciente lista de admiradores que pelean por una oportunidad conmigo y los dejé a todos por ti.

      — ¡No me digas!

      —Sí, si te digo.

      —Pues tal vez debería abandonarte aquí, haber si alguno de tus muchos admiradores viene a rescatarte y te carga hasta la ciudad, porque no estás tan liviano como crees. —Hice el gesto de bajarlo pero Ariel se abrazó con más fuerza a mí — ¿Cómo quedamos entonces?

      —Eres el único…—soltó riéndose—para mí no hay nadie más que tú.

      —Aja, solo cuando te conviene soy el único.

      —Es que… no quiero caminar.

      —Dices algo más y te juro que te bajo. Así tenga que arrastrarte, no te cargaré.

DEVIANT

      Soy nórdico, no deberías esperar que te llame de nuevo después de que decidiste no atender a mi primera llamada, ni respondiste al mensaje que te envié ayer. Tampoco que salga a buscarte a los lugares donde creo que puedes estar. Menos esperes que de la nada llegue a tu puerta y toque hasta suplicar que abras.

      Ni lo pienses… no voy a rogarte por una oportunidad, no soy ese tipo de hombre.

      Deviant Katzel… ¿rogando por un poco de amor? No me hagas reír, es ridículo de solo mencionarlo. Tengo tanto dinero como para avivar el fuego de mi chimenea. Siempre estoy rodeado de gente que me quiere. Personas que estarían felices de tener una oportunidad conmigo… ¿Ponerme triste porque te fuiste de mi lado? ¡Vamos! Que ni siquiera lo había notado. Estoy tan ocupado que no tengo tiempo para sentimentalismo. 

      ¿Llorar? Sí, a veces… pero solo de felicidad. Hay esas ocasiones en los que la vida te da tanto que no puedes más que derramar una que otra lagrima de agradecimiento. ¿Ya te lo dije? Por si acaso no lo he hecho, será mejor que te enteres de una vez por todas. No me acostumbro a nada ni a nadie. Y cuando dejo a alguien realmente lo hago. No vuelvo a mirar hacia atrás, lo olvido todo. Así que, no, definitivamente no te extraño. Soy así.

      Nórdico, ¿recuerdas?. Los hombres como yo somos emocionalmente medidos, no permito que nada me robe la paz. Y si estoy temblando ahora, es solo por el frío. No los pongas a cuenta de los nervios. Mi corazón no da vuelcos, ni golpetea acelerado en mi pecho por estar frente a tu puerta, tocando desde hace poco más de tres minutos esperando a que abras. La humedad en mis ojos no son lagrimas, no… ¿Por qué habría de llorar? Solo es polvo. Verás… ¿Cómo te explico? Creo que se me metió una basura en el corazón.

      ¿Era así el dicho? Bueno, no importa.

      — ¿Vas a abrir la puerta cierto? Porque sé que estás ahí…

      ¿Acaso no sabes que es de mala educación dejar esperando a alguien? Para ser honesto, no me extraña de ti, eres tan básico. Sin embargo, hoy tengo ganas de perdonártelo todo, te daré una oportunidad. Solo tienes que abrir.

  • Vamos, Han… abre la maldita puerta.

      Estoy cansado de hablar conmigo mismo en mi mente, ¿verdad que no vas a dejarme en la calle como lo  has hecho los últimos tres días? ¿Verdad que no?

      TERCERA PERSONA

      Del otro lado de la puerta, sentado en el piso con la espalda contra el marco de la puerta, Han bebía un poco de té caliente. El golpeteo en la puerta era incesante, pero él no iba a abrir. Ni hoy, ni mañana, tampoco la semana próxima.

      Quizá lo que hacía no era correcto. Haber cambiado las chapas sin avisarle, recoger todas las cosas de Deviant y echarlas en cajas de cartón para ir a dejárselas en la puerta de su departamento. Aprovechando que no se encontraba en ese momento, entrar y llevarse al gato. Eso bien podría considerarse un robo, pero también era suyo. Había pagado por él y eso le daba todo el derecho de llevárselo.

      La situación parecía seria, cambió su número de teléfono, y sus horarios de trabajo. Lo había ignorado por completo cuando iba a buscarlo al hospital. Pasar de él si se lo encontraba en cualquiera de los sitios que frecuentaba.

      ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué quería herirlo?

      La respuesta era simple, aunque quizá no valida. Deviant lo lastimó primero. Lo hizo durante años, y aun cuando se volvieron pareja, no dejó de hacerlo. Siempre prefiriendo a Damian por encima de a él que le daba todo. El segundo en su vida, el último en quien pensaba si es que le quedaba tiempo. Deviant se desquitaba con él de las cosas que le pasaban.

      Con él. Aun cuando Han se desvivía por tratarlo bien, por comprender. Él, que prefería quedarse callado y darle por su lado, con tal de no empeorar la situación. Pero se había cansado de guardar silencio, de asentir y aceptar culpas que no era suyas.

      Se había cansado de la vida a medias que Deviant le ofrecía. Él merecía más, lo merecía todo. Merecía no tener que rogar  para recibir una caricia de vuelta. Ser el “mientras Damian no está”.

      ¿Dónde está su hermano ahora que Deviant tanto lo necesita? Probablemente con Ariel. Viviendo su vida tan lejos de él, como siempre. Su hermano jamás había sido la prioridad de Damian.

      Bueno, el karma estaba de su lado. Si Deviant estaba solo y padeciendo, pues se lo merecía. Merecía sufrir, humillarse de la misma manera en la que él, lo había hecho todo este tiempo. No lo buscaría, no lo perdonaría. Ya no quería explicaciones, nunca las quiso. Y al recibirlas jamás fueron suficientes.

      Era libre ahora, podía hacer y deshacer a su antojo, sin tener que ver por él. Sin preocuparse por los constantes problemas en los que se meten los Katzel. Le habían hecho una oferta para tomar una especialidad en Alemania, declinó porque Deviant estaba con él, pero hace dos días volvieron a ofrecérsela y fue genial decir que sí. Iban a pagarle todo, el hospital  se encargaría de su hospedaje. Se codearía con gente muy importante, los mejores doctores del país.

      El viaje sería por ocho meses, pero ¿qué más daba? Era joven y ya no tenía compromiso con nadie — ¿Compromiso? —Miró el anillo en su dedo, y sintió una punzada en el corazón. La boda estaba planeada para dentro de cinco meses. Iba ser un evento muy sencillo, ambos lo habían decidido de esa manera. Deviant había elegido la fecha, la mayoría de los preparativos estaban listos. Incluso sus trajes.

      La boda. Iban a casarse. Estuvieron tan cerca de lo que nunca más lo estarían. Sonrió dolido, mientras se quitaba el anillo. No iba a dejarse contaminar de nuevo, había sido difícil tomar la decisión, pero finalmente la había hecho. Iba a pensar en él a partir de ahora. Su futuro. Para que darle tantas vueltas al mismo asunto, viajaría a Alemania. En su itinerario no había espacio para ninguna boda. Miró el anillo por última vez y lo aventó a la mesita del recibidor, mientras se ponía de pie.

      Era tarde. Ya no trabaja en el casino como para tener que desvelarse. En algún momento Deviant se cansaría de tocar y se marcharía, y si quería quedarse a dar lastima, que lo hiciera, ese ya no era su problema.

      Han se consideraba convencido. La impotencia, el coraje. El hecho de sentirse herido no le permitió recapacitar la situación. Tampoco se dio cuenta que su anillo de compromiso, rebotó en la mesita y cayó al piso, rodando hasta terminar debajo del sofá. Fue abandonado ahí, de la misma manera en la que esa noche olvidó a voluntad atender al llamado de la puerta.

      Errores que tarde o temprano le pasarían factura. Pues si bien, Deviant había tenido traspiés, las cosas tampoco habían sucedido como las creía Han. No estaba viendo con claridad, su dolor y frustración lo estaba orillando a reaccionar de esa manera drástica y herir a alguien que era demasiado deleznable como para enfrentar su rechazo.

      DAMIAN

      Volver a la casa de los abuelos fue difícil. Tanto como abandonar un pequeño paraíso en la tierra que era solo nuestro, para regresar a una realidad en la que tenía que compartir a Ariel con todos. Y no quería. Era mío.

      Si  dependiera de mí, no dejaría que nadie, nunca más, volviera a mirarlo.

      Pero no podía quitárselos, no a ellos. Susan estaba que daba saltos alrededor de nosotros, y durante un buen rato se la paso abrazando y besando a su nieto. Y David, ese hombre es mucho más listo de lo que imaginaba. No sé cómo, pero estoy seguro de que sabe lo que pasó entre nosotros.  Abrazó a Ariel con el cariño desmedido de siempre, mimándolo mientras a mí me hacía todo tipo de preguntas— ¿Dónde estuvieron? ¿Por qué tardaron tanto? ¿Por qué en la mañana vine a la ciudad y Ariel no me acompañó? ¿Por qué no llamamos para decir que estábamos bien? — Tantos “¿por qué?” a los que apenas y si respondí. Me acusó de habérselos robado por tres días, cuando solo fueron dos. En todo caso deberían acostumbrarse, ellos ya no eran los únicos con derecho sobre Ari.

      Y justo cuando pensaban en esto, David se lo llevó a su recamara para hablar a solas con él. A puerta cerrada y todo. Y por si eso no fuera suficiente, encendió el televisor a volumen alto para que no pudiera oírlos. Ni que yo fuera capaz de escuchar conversaciones ajenas.  

      TERCERA PERSONA

      — ¿No puedes dormir? —preguntó Ariel, saliendo de entre los edredones.

      Se incorporó hasta sentarse a su lado. En su voz se le notaba más animado, como si el dolor hubiera desaparecido. Antes de volver a la casa de los abuelos, Damian lo llevó al departamento de Samko. El médico de su hermano reviso a Ariel y le recetó algunos analgésicos para el dolor. Fue extraño que no hiciera preguntas aun cuando las lesiones en el cuerpo de Ari, eran tan visibles. Samko dijo que ya estaba acostumbrado y que el doctor no juzgaba a nadie por la manera en la que vivían sus relaciones. Damian reparó entonces, en si Gianmarco lo lastimaba como para que posteriormente tuviera que ser revisado por un médico. A lo que el doctor solo dijo que los revisaba a ambos y que iban muy empatados. A Damian aun le daba vueltas en la cabeza  esa respuesta.

      — ¿Damian? —insistió Ariel.

      Al no obtener respuesta, se inclinó para encender la luz de la lamparita en el buró. En cuantos sus ojos se encontraron, ambos se sostuvieron la mirada largo rato. La ansiedad en Ariel iba acumulándose, como si de un momento se fuera a echar a llorar. En cambio Damian, le miraba absorto, distraído en los lunares de su rostro.

      — ¿Estás molesto conmigo? —preguntó desanimado.

      — ¿Por qué ya no puedo quedarme a dormir? —Pregunté — ¿David está disgustado conmigo o por qué me regañó tanto?

      El abuelo había dicho que Damian no podía quedarse a dormir. Estaba prohibido. Además, solo iba a consentir que visitara a su nieto durante el día. Por primera vez Susan no lo defendió, ni intervino por él y Ariel tampoco rebatió nada. Según explico David, era un castigo por la forma en la que el moreno se había comportado con su nieto.

      —Se supone que no te quedabas a dormir.

      —Ya, pero… ahora definitivamente no puedo hacerlo.

      —Damian, estás en mi habitación.

      De repente todo pareció una tontería. En efecto, David había dicho que Damian no podía quedarse, pero eso no lo detuvo al principio y Ariel estaba dándole a entender que tampoco debería ser un obstáculo ahora.

      —Lo siento cachorro, solo no quiero que nos separen.

      —Estoy aquí  —dijo Ariel, recostándose contra su pecho— ¿Cuál es el descontento? No voy a ir a ningún lado, no sin ti. Tienes mi palabra.

      —Quiero que te mudes conmigo.

      — ¿Y dejar a los abuelos?

      —Tu lugar ahora es a mi lado, Ariel —reafirmó Damian, sin estar realmente seguro de lo que estaba pidiéndole. — ¿No quieres que vivamos juntos?

      — ¿Quieres que deje a mis abuelos?

      Damian tuvo que analizar sus palabras, ¿era eso lo que realmente quería? ¿Qué Ariel se alejara de David y Susan?

      —No, por supuesto que no es lo que quiero —dejó un beso en la frente del chico, mientras lo envolvía con ambas manos —, creo que solo me puse celoso de David.

      —Bueno, mi abuelo también esta celoso de ti —confesó Ariel riendo— y lo peor de todo, es que a ninguno de los dos les he dado motivos para sentirse de esa manera. Los amo a ambos aunque de maneras muy distintas. En mi corazón hay lugar para ambos.

      —El saberlo no me tranquiliza —rebatió Damian—quiero que me ames de tal forma que no haya más espacio en ti, para nadie más.

     

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      SAMKO

Estuve observándolo todo el rato. James solía ser muy predecible, pero ahora mostraba una serenidad que era nueva para mí. Estaba, como suele decir Lusso “en control”, algo de lo que se supone, carezco.

      —Entonces, ¿hay algo que quieras contarme? —indagué.

      Él se llevó la taza de té a los labios y le dio un gran sorbo. Tenía la pierna izquierda cruzada sobre la derecha y estaba perfectamente vestido. Un atuendo demasiado formal para alguien de su edad, parecía abogado. Centró su  mirada en mis ojos y apartó la tasa hasta abandonarla en el platito que sostenía. Desde que lo conozco ha tenido esos esporádicos ataques de refinamiento, pero últimamente es más frecuente.

      James tiene un porte irreprochable que va puliendo día con día como si no tuviera otra cosa mejor que hacer.

  • ¿Hay algo que quieras saber? —me respondió con otra pregunta.

      Su tono de voz medido y suave me regaló la impresión de que se esperaba esto. Nada de sorpresas, él sabía que en algún momento le raptaría para cuestionarle su ausencia. Nos sostuvimos la mirada el tiempo justo como para que me resultara incomodo. Sin embargo, no renuncié. Era claro que James ocultaba algo y yo descubriría que.

      —Ayer vi a Alan, tu amigo ese con el que vas a tomar fotos —inicié—fue casualidad topármelo por los pasillos de la universidad. Me comentó que últimamente no tienes tiempo de nada, ni siquiera de reunirte con ellos. Que ya no vas al taller de revelado tanto como acostumbrabas. Y has rechazado sus invitaciones a fiestas los fines de semana.

      — ¿Por qué fue casualidad? —reparó y casi sonrió. Casi, porque no lo hizo — ¿Acaso no todos asistimos a la misma universidad?

      —Ya, el punto es que te desapareces. No has ido al casino y tampoco visitas a Deviant… ¿Qué has estado haciendo que te tiene tan ocupado?

      —Cosas —respondió como si nada.

      Su atención se centró en la taza de té, pero no hizo el gesto de beberlo, solo lo miró.

      — ¿Qué cosas?

      —Trabajo en mi tesis.

      — ¿Enserio? —Mi hermano asintió sin mirarme— ¿Estas en la parte experimental de tu investigación o que fase de tu tesis incluye un romance? —Tener tacto para decir las cosas no es lo mío. —Olsen dijo que estás saliendo con alguien. Y que ella es todo un misterio para todos… ¿es verdad?

      — ¿También a Olsen te lo topaste por casualidad? —el sarcasmo en su respuesta encendió la chispa de mi mal carácter— ¿Sabe Gianmarco de él? No creo que le agrade saber que aun tienes tratos con uno de tus tantos amoríos.

      — ¿Estás amenazándome James Katzel? —Estaba atónito. ¿Cómo se atreve? El de los chantajes aquí soy yo.

      —Me lo debes, por meterte con mi mejor amigo.

      —Eso fue hace tiempo.

      —Aun le gustas, tú lo sabes y sigues haciéndole la rosca… ¿Qué diría Gianmarco de todo esto? Sería muy malo que de la nada alguien le contara lo que hace su noviecito cuando él no está para vigilarlo.

      Me fui para atrás para recargar la espalda contra el respaldo de la silla. James me sonrió hasta que los hoyuelos de sus mejillas se hicieron profundos.

      —Creo que tenemos un trato, ¿no? —dejo el platito con la tasa en la mesita de centro y se puso de pie, ofreciéndome su mano.

      — ¿No es muy pronto para que te declares vencedor? —Atajé.

      —Tal vez, pero por fortuna tienes mucha cola que te pisen. Si te metes en mis asuntos, entonces me meteré en los tuyos hermanito. Y te aseguro que el único perjudicado aquí vas a ser tú.

      Me negué a estrechar su mano, así que retiró su ofrecimiento. Había algo más, nosotros en si no teníamos problemas. Sin embargo; James sentía la necesidad de ocultar su “asunto” de nosotros y sus mejores amigos. Que lo hiciera solo podía significar que estaba protegiendo a esa persona.

      — ¿Quién es James? —Insistí —sabes que de todos modos voy a averiguarlo.

      Rodeó la mesa hasta colocarse frente a mí. Cerca, demasiado cerca.

      —Suerte con eso.

      JAMES

      Casi estuve tentado a no venir. Samko no iba a dejarlo pasar y yo no debería tentar a mi suerte. Pero aquí estaba, casi a medianoche con un par de bolsas de comida para el desayuno que compré de camino a aquí. Tomé la llave que guardaba en la guantera del auto y bajé rápido. Crucé el estacionamiento sin detenerme hasta que tuve un pie en las escaleras. Las subí casi de dos en dos. Al llegar al cuarto piso, salí al pasillo y de ahí hasta el fondo. Sobre la puerta con el número doce, la lámpara esperaba encendida. Es un llamado silencioso al que últimamente no he podido resistirme. Tampoco lo he intentado, no quiero hacerlo.

      La luz encendida significa que tengo paso libre. La apago al entrar, y ese es un aviso para cualquier otro visitante, de que no hay nadie en casa. No es una burla. Nunca estamos en casa, aunque estemos dentro.

      Ahora siento los nervios propios de quien se siente observado. Instintivamente me detengo y miró rápido detrás de mí para asegurarme que de que Samko no va a aparecer de la nada. Espero unos segundos. Solo entonces abro la puerta y la cierro tras de mí.

      Apago la luz, dejó mi llave en el cenicero que está en la mesita del recibidor. Ya no se usa, a decir verdad nunca se usó. Fue comprado para mí y es ahí donde coloco mi llave cada vez que vengo. También es de ahí de donde la tomo cuando me voy.

      Dejo las bolsas sobre la mesa de la cocina mientras pretendo esquivar a ese cachorro del demonio. No veo la hora en que Ari venga por esa “cosa”. Nieve no es una mascota, es una pequeña maquina de destrucción. Para que dejara de perseguirme tuve que echarle una servilleta encima. Solo entonces puedo ir a la habitación. Entro sin encender la luz, me deshago de la ropa que traigo encima y la sustituyo por la que me fue dejada sobre el sillón pequeño.

      El lado derecho de la cama es mío, recojo los edredones y me meto entre los cobertores. Cuando me fui en la mañana solo pensaba en volver. Me acercó al extremo izquierdo de la cama hasta que siento la firmeza de su cuerpo. Le rodeó por la cintura mientras aspiro el olor de su loción.

      —Me alegro de que estés aquí —dice con voz adormilada, pero entusiasta. No puedo verlo en medio de toda esta oscuridad, pero sé que sonríe. Lo hace siempre. Taylor se gira lentamente hasta quedar de frente a mí. Recuesta su rostro contra mi pecho y mi mente se silencia.

      Es por él, es lo que causa en mí. Ya nada más importa, uno sabe cuando llega a donde pertenece.

Capítulo 50 – CONQUISTADO

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CONQUISTADO

 

¿Qué será de la mañana cuando nosotros amanezcamos?

 

TERCERA PERSONA

 

Eran las primeras horas del miércoles. Aturdido y sintiéndose más cansado que nunca, Ariel despertó en medio de una densa oscuridad. Se removió o por lo menos, intentó hacerlo; el colchón bajo su espalda era duro e incómodo, sin embargo, se notó resguardado entre un par de brazos macizos que lo encadenaban a un cuerpo inexplicablemente caliente y cuyo calor resultaba confortante ante la rudeza del frío que sentía. El clima era gélido a esas horas, tanto que Ariel notaba sus extremidades agarrotadas.

Sus ojos que no estaban acostumbrados a tal oscuridad, luchaban por divisar algo entre la opacidad. Y aunque su cuerpo estaba despierto, su mente parecía seguir adormecida, de otra manera habría podido distinguir que quien dormía a su lado, era Damian. En cambio, azorado como se encontraba, se obligó a sentarse de golpe, un movimiento imprudente que le mareó e hizo que cada centímetro de su cuerpo doliera. Gimió y esta vez fue del más puro e intenso dolor. Tanto que prefirió recostarse nuevamente, al no soportar estar sentado un segundo más. La espalda y cadera le dolían de forma punzante, su hombro herido le ardía, de la misma manera en la que le escocían la parte interna de sus muslos. Damian despertó sobresaltado al escucharlo quejarse y de inmediato lo rodeó en un abrazo sobreprotector, mientras miraba hacia todas direcciones en busca de la más mínima de las amenazas, pero ahí no había nadie, salvo ellos dos.

Él podía ver claramente el rostro dolorido de Ariel, sentir su desconcierto y su malestar. Sin embargo, no quiso sacar conclusiones que quizá solo empeorarían la situación y prefirió escuchar de la boca del chico, lo que necesitaba.

—¿Qué sucede? —preguntó, Damian.

Ariel se tomó su tiempo para responder, escuchar su voz le bastó para reconocerlo y adormecer su preocupación. Sentir su cuerpo siendo rodeado por el Damian fue reconfortante, salvo porque lo descubrió desnudo, tanto como lo estaba él. La vergüenza vino entonces, en la forma de un sonrojo tan intenso que le calentó las mejillas ¿Qué más daba? Ariel estaba seguro de que con toda esa oscuridad Damian no lo notoria.

Simplemente lo olvidó cuando otras imágenes vinieron a su mente, entonces pudo recordarlo; se habían amado horas atrás. Ese era el motivo de su dolor, se había entregado a Damian y ahora se pertenecían. Cada cosa volvió finalmente a su lugar, tenía sentido si lo veía de esa manera. Había una razón poderosa para lo que sentía y en este momento estaba seguro de que lo valía.

— ¿Te sientes mal? —Presionó Damian — ¿Quieres que te lleve de vuelta a la ciudad? ¿Te duele algo? ¡Te llevaré al hospital! —ofreció y ya se estaba incorporando de la cama para vestirse, pero Ariel alcanzó su mano y lo retuvo. — Puedo llamarle a Han para que te revise si no quieres ir al hospital.

—No, no…—dijo—estoy bien.

— ¿Estás seguro?

—Sí.

— ¿Por qué te quejaste entonces?

—T-tuve una pesadilla —mintió, Damian analizó su rostro, estaba seguro de que Ariel le rehuiría la mirada, sin embargo, el chico intentó mantener su farsa y enfrentó a Damian. — ¡Tus ojos…! —exclamó Ariel sorprendido.

De inmediato, Damian cerró con fuerza los ojos. Más desanimado que molesto, tuvo que rehuirle a Ariel, sabía que más temprano que tarde, el asunto de sus ojos iba a salir a colación. De todos modos, no era algo que pudiera controlar, sino que entre más oscuridad hubiera más intenso era también el brillo cetrino de su mirada.

Era esa la razón por la que cuando se quedaban juntos en la habitación de Ariel, insistía en dormir con una lámpara encendida, y lo mismo había sucedido cuando lo llevó a su casa en Judet.

—Lo lamento, no fue mi intensión decirlo de esa manera —se apresuró Ariel, pues si bien, sus ojos apenas y si lo distinguían, supo que el comentario le había incomodado lo suficiente como para hacerlo rehuir. —No los escondas de mí —pidió.

Ariel tanteó en la nada hasta que sus manos rodearon el rostro de Damian, y olvidándose de sus malestares se exigió llevar sus labios hasta los parpados cerrados del moreno para regalar besos sobre ellos.

Damian se relajó al sentir la caricia que su bosque le obsequiaba, sabía que el chico se estaba esforzando demasiado, lo había notado en el cambio de su olor. No pudo ni quiso postergarlo más, lo mejor era enfrentarlo de una vez por todas; sin titubear abrió los ojos y pudo ver en el reflejo de los de Ariel la llamarada de su mirada. Más sus sentidos estaban fijos en las reacciones del menor.

Ariel se recostó de lado sobre el colchón, pero sin romper el contacto, estaba absortó en esa mirada que lo consumía. Era hermosa de una manera que las palabras no alcanzaban a explicar, pero también era atrevida, arrogante y de cierta forma bizarra.

Damian recordó las ocasiones anteriores en las que pasó por el mismo escudriño. Cada uno de sus hermanos reaccionó de una manera distinta. Deviant había quedado sorprendido, pero no fue de extrañar, cada cosa de lo que Damian era solía sorprender al mayor de los Katzel. James en cambio fue indiferente, como si todo en el moreno fuera anormal y un par de ojos llameantes era lo de menos. Samko nunca le tomó importancia, admiraba demasiado a su hermano como para rechazar algo de él, por muy inusual que resultara ser. Su amor por Damian le había llevado a aceptar sin problemas cosas por las que cualquier otro armaría un escándalo. En aquella ocasión se limitó a decir —¡Brillan!… quisiera tener unos ojos como los tuyos — y jamás volvió a repetirse esa conversación.

En este momento, Ariel lo miraba sin pestañar y Damian se sentía ansioso por lo que el chico fuera a decirle. Sus ojos eran un tema que de cierta forma le acomplejaban, aunque nunca lo aceptaría ni siquiera un poco.

— ¿Me das un beso? —pidió Ariel de la nada, mientras se hacía rollito intentado cubrirse con la única sabana que había. — ¡Tengo mucho frío!

Damian tardó un poco en acceder a su petición, no porque no quisiera besarlo, al contrario, sino porque no pudo comprender de momento que tenía que ver un beso con el que Ariel tuviera frío y ambas cosas con sus ojos. Despacio se acomodó a su lado antes de acariciar su rostro y besarlo. Lo cubrió de tal manera que casi lo dejó debajo, mientras su lengua se apoderaba de la boquita del cachorro. Un beso intenso, pero tierno, lento y amable. Una caricia tan dulce que casi se pudo comparar a un primer beso.

—Bésame hasta que me duerma…

—Voy a besarte hasta que mi corazón deje de latir —prometió Damian.

—Pero, por favor no me muerdas.

 

DAMIAN

 

No se por cuánto tiempo nos besamos, respirábamos poco, nuestros labios se rozaban mientras nos mirábamos, las palabras que antes consideraba “cursis”, todas aquellas que juré jamás repetir, ni de broma, fluyeron desde mi corazón y fueran pronunciadas por mi necesidad de hacerle saber todo lo que provocaba en mí.

Entre mis brazos era tan pequeño, dócil. Ariel derrochaba una ternura que me deshacía entre miel y azúcar, quería cuidarlo, protegerlo de todo y todos, incluso de mi mismo. Era un buen sueño, el mejor de todos, como una nube blanca y esponjosa. Y aunque no quería soltarlo, tenía miedo de que si lo presionaba demasiado, él desapareciera de entre mis brazos. El cansancio lo fue venciendo, sus ojos se negaban a cerrarse pero su cuerpo no pudo soportarlo más, cuando finalmente se durmió, lo acuné entre mis brazos, aun incrédulo de mi suerte.

Estaba convencido que no lo merecía, Ariel era mucho más de todo aquello a lo que alguna vez aspiré. Y esto no se trataba de que cambié de un día para otro, que simplemente me desperté y me di cuenta que lo quería, no, fue todo un proceso que llevó tiempo; un lapso en el que cometí muchos errores con él, mientras me decía si debía o no bajar mis barreras. Ni mucho menos tenía la mente  y el juicio nublado porque habíamos tenido sexo.

Ya sabía que lo amaba, pero no sabía cuánto y tampoco quería reconocerlo. Me asustaba verme necesitado por él, por su cariño.  Una y mil veces me reproché por haber caído en mi propia trampa, me juzgaba porque mis intenciones fueron malas cuando me acerqué a él, porque solo quería usarlo, destruirlo como lo he venido haciendo con todas las cosas buenas que han tenido la mala suerte de toparse conmigo.

Pero Ariel se metió en mi mente, en cada fibra de mí ser. Me trastornaba pensando en formas de asesinarlo y mientras más lo pensaba, menos quería hacerlo. La idea fue desagradándome cada vez más, sobre todo cuando lo veía sonreírme. Cada que me miraba con ese brillo en los ojos, cuando lo veía llorar o entristecerse, cuando me hablaba sin parar sobre lo que hacía en la universidad y en el trabajo, y también cuando en completo silencio me escuchaba con atención, tratando de comprenderme, regañándome si lo que hacía o decía estaba mal y felicitándome cuando me lo merecía.

Cada instante con él ha sido tan perfecto que hubiera sido imposible no enamorarme.

 

TERCERA PERSONA

 

Ariel soñaba con un camino de arcilla que iniciaba al pie de los Cárpatos Meridionales, mismos que se abría imponentes frente a él, eran enormes columnas de piedra que conducían por un estrecho hasta un macizo montañoso. Ariel lo recorrió tan rápido como sus pasos y el angosto sendero se lo permitieron y cuando por fin pudo llegar al final del camino; fue recibido por un paisaje surrealista de cumbres peninsulares rodeadas por un océano que parecía no tener fin. En su sueño, Ariel veía un cielo despejado y percibía el intenso calor de un sol que le quemaba las mejillas. Estaba seguro de que jamás había visto un lugar tan hermoso como esté, sin embargo, había algo familiar en el ambiente.

Alguien le señaló el relieve que formaba la Sierra Nevada a cientos de kilómetros de donde se encontraban, pero que era claramente distinguible. Formas suaves y cumbres poco escarpadas en las faldas, mientras que las zonas dominadas por crestas y salientes en la cima formaban picos que apuntaban en todas direcciones. La misma persona le señaló ahora las huellas de erosión glaciar que se formaban en los valles que rodeaban el macizo de piedra en el que se encontraban. Ariel miraba cada cosa que le era señalada, sin embargo, sentía una intensa curiosidad por esa persona a quien no podía verle el rostro, pero que claramente había sentido cuando le tomó de la mano y sin darle tiempo a que se negara, le iba arrastrando de aquí para allá mostrándole todo, mientras que con su mano libre le señalaba los diferentes paisajes.

No se parecía a ninguna otra mano que Ariel recordara; la piel blanca y delicada, la tersura y suavidad, pero al mismo tiempo, la solidez de su agarre. La familiaridad con la que había entrelazado sus dedos con los de Ariel, las uñas largas en un tono rosa pálido, el murmullo de su voz que se asemejaba al romper de las olas en la orilla. La emoción en su tono y su risa juguetona, casi aniñada. Y de la nada, un hosco gruñido acompañado de una mayor presión en el agarre que ejercía sobre la mano de Ariel, en el momento justo cuando Damian salía del camino angosto, mirándolos fijamente.

Ariel quiso ir con Damian cuando este le extendió la mano para que la tomara, más la mano blanca se negó a soltarlo y poniéndolo detrás se enfrentó a Damian. En ese momento, Ariel pudo ver algo más de esa persona. Era apenas unos centímetros más alta que él, su cuerpo era delicado y su cabello parecía una tormenta de nieve: blanco y alborotado por la brisa del aire. Vestía ropa común, en tonos llamativos —los favoritos de Ariel —, pero estaba descalza. ¿Una mujer? Joven, casi tanto como él.

Damian vociferó un apártate rudo y sobre todo amenazante, la forma en la que miraba a la chica, lo asustó. Ya había visto esa mirada antes y de inmediato quiso deshacer el agarre de sus manos, pero ella no lo permitió.

—Apártame… —respondió desafiante la mujer.

Su voz ya no era juguetona ni conservaba la misma amabilidad con la que se había referido a Ariel, más bien, era igual de severa que la de Damian.

Ariel la miró detenidamente una vez más; parecía una muñequita de parcela, frágil y hermosa. Cuando Damian avanzó hacia ella, Ariel quiso intervenir, proteger a la chica de lo que estaba convencido que el moreno le haría. Sin embargo, ella volvió a dejarlo detrás, empujándolo suavemente. Damian estaba tan molesto que intentó tomarla por el cuello, pero la chica fue más rápida y de un manotazo le rasgó la ropa y el pecho obligándolo a retroceder.

Ariel recordó las uñas de color rosa pálido, lo delgadas y débiles que le habían parecido. Era imposible que esas mismas uñas en los dedos delicados de la joven, le hubieran podido causar tal daño a Damian. Ella dijo algo en un idioma que Ariel no pudo comprender pero que, al parecer, Damian sí, pues de inmediato volvió a la batalla y esta vez logró derribarla de un puñetazo.

Ariel no comprendía nada de lo que estaba pasando, sin embargo al ver caer a la chica, corrió a ayudarla. Tomó el rostro pequeño entre sus manos y cuando ella levantó los parpados, él pudo distinguir el más hermoso color azul en su mirada, unos ojos francos y puros que le resultaron conocidos. Damian llegó junto a ellos en ese momento y tomándola por el cabello se la arrebató de entre las manos a Ariel. Entonces, lo que el chico jamás hubiera imaginado. Aun siendo sostenida por Damian, ella trasmutó en la forma de un lobo blanco, mucho más grande en consideración con su tamaño y se le aventó al moreno intentando atrapar su cuello.

Ariel sintió su brazo arder como brazas que le deshacían la piel, solo desvió la mirada de ellos por unos segundos y cuando la devolvió, ya no era uno, sino dos lobos imponentes. El negro era más grande y proporcionalmente más fuerte, pero la loba parecía estar dándole una buena batalla. Todo era bramidos y gruñidos letales que ensordecían a Ariel, los lobos lanzaban mordidas y se revolcaban golpeándose contra las piedras.

El chico temió que ambos animales cayeran por el precipicio, hasta el mar. Entonces la loba blanca logró tomar por el cuello a su rival, causándole una herida de gravedad. El aullido penetrante de dolor logró que Ariel temblara, pero nada se comparó al miedo que sintió cuando de la misma manera que vio convertirse a la chica en lobo, vio a la bestia negra trasmutar a su piel de humano y resultó que era él… era Damian.

 

ARIEL

 

Desperté sobresaltado, mi corazón dolía tanto que tuve que poner ambas manos contra mi pecho, y aunque no hacia gran diferencia, por lo menos me aseguraba que si mi corazón salía disparado, lograría atraparlo antes de que tocara el piso. Tal y como en la gran mayoría de mis pesadillas, olvidaba el sueño tan pronto despertaba, pero aún me quedaba en el cuerpo rastros del intenso miedo que había sentido. No lo sé, era probable que me estuviera volviendo más sensible, porque no recuerdo que este tipo de cosas me afectaran tanto.

No me esforcé por recordar mi sueño, me basta saber que había sido malo y me sentía aliviado de haberlo olvidado. Lo que sí hice, fue buscar a Damian, pero su espacio a mi lado estaba vacío. Instintivamente me senté de golpe, ¿me había dejado?

Se había ido, olvidándome a mitad de la nada…

No sé porque me preocupaba tanto ser abandonado, sin embargo, era a lo que más le temía.   Más que el dolor que la idea me produjo fue mi cuerpo el que me recriminó por el brusco movimiento, sentía mucho dolor. Y tuve que arrodillarme porque definitivamente no podía mantenerme sentado. Me cubrí el cuerpo con la sabana al darme cuenta de que seguía desnudo, con cuidado y muy despacio bajé de la cama.

Encontré mi ropa en el piso, me vestí lo más rápido que pude, mientras miraba la chimenea improvisada rápidamente consumía la leña que ardía. Además de otros trozos listos para avivar el fuego, en caso de ser necesario. Revisé algunos y parecían recién cortados. Quizá Damian no me había dejado, tal vez había salido a caminar o simplemente estaba en el patio. Cuidando de no mover mucho mi hombro herido, me metí en mi sudadera. Tenía la boca seca por la falta de agua y mi estómago lloraba de hambre, pero en estos momentos, nada era tan importante como encontrar a Damian.

 

Empujé la puerta hasta que logré abrir la puerta. La corriente de aire helado me caló los huesos, dentro de la cabañita el calorcito era reconfortante, pero aquí afuera, la nieve lo cubría todo. Aun así, no podía decir que el lugar fuera desagradable, por el contrario. La casa estaba dentro de lo que parecía ser un risco hueco. Una parte en el techo se encontraba descubierto y por ahí se colaba la claridad. Bajé los escaloncitos de piedra y caminé hasta el riachuelo que cruzaba por el medio de todo el terreno en línea recta, el agua corría cristalina pero no estaba seguro de si podía beberla. Había arboles altos alrededor, que al igual que el piso, estaban revestidos de blanco. El frío era insoportable, tanto que los dientes me castañeaban. Miré una vez más el agua, en verdad tenía sed, y no me importaba si estaba helada, que de seguro lo estaba. Como no quería meter las manos, decidí que me inclinaría y la bebería directamente de ahí.

Estaba en esto cuando escuché un ruido entre los arbustos. Pensé que era Damian y mejor fui a echar un vistazo, caminé entre las arboladas bajas y encontré su motocicleta, pero no había rastros de él. Un ruido más se escuchó desde el otro extremo, como a unos doscientos metros de donde me encontraba, sin embargo, fue el brillo de dos puntos verdes entre la maleza lo que me alarmó. El gruñido amenazante de un perro rompió el silencio, pero no era un perro sino un enorme lobo gris. Lo supe cuando abandonó su escondite y saltó hacía mí.

Había leído que en la remota posibilidad de verme de frente con un lobo no debía correr porque definitivamente me corretearía, pero mi instinto de supervivencia no opinaba igual. Corrí tan rápido como pude hasta a el árbol más cercano que encontré y trepé con una agilidad que no me conocía. Jamás antes había trepado árboles, y casi caigo en más de una ocasión, pero subí tan alto como me fue posible.

De la nada, más lobos salieron; eran cinco en total y todos rodeaban mi árbol mientras brincaban intentando alcanzarme. Incluso se colgaban de las ramas más bajas y tiraban de ellas con fuerza. Estaba seguro de que el pobre árbol no resistiría mi peso y el maltrato de esos animales. Intenté ahuyentarlos, pero solo conseguí que se enfurecieran más, sabía que ellos no iban a darse por vencidos y el tronco de mi árbol comenzaba a crujir. Juro por todo lo que amo que jamás había sentido tanto terror.

Desesperado, comencé a gritarle a Damian, no lo sé, quizá estaba cerca y podía ayudarme, pero los ladridos de los lobos se escuchaban mucho más altos que mis llamados por auxilio. Y cada que me escuchaban gritar se alteraban más.

En una de tantas un lobo de color rojizo logró colgarse de otra de las ramas, y tiró tan fuerte de ella que la arrancó de gajo. Casi me hace caer. La impresión me causo vértigo y sentí mi cuerpo pesado, todo cuando veía era colmillos a la espera de que cayera para que me destrozaran la piel, sus gruñidos se volvieron ensordecedores, estaba aturdido y asustado, perdí la fuerza de mi agarre cuando un váguido me revolvió el estomago, la vista se me nubló… ya no pude más y me solté.

 

DAMIAN

 

Apenas iba a la mitad de camino de regreso a la cabaña cuando el viento trajo el sonido de sus ladridos. En ese momento, pensé lo peor. Estuve tentado a soltar las bolsas que llevaba y correr, pero igualmente las necesitaría.

Corrí tan rápido como pude y mientras más me acercaba mejor podía oírlos ladrar enfurecidos. Crucé el camino angosto de piedra y tuve frente a mis ojos la escena más atroz que en algún momento pude imaginar. El recuerdo de todas las personas a las que había engañado para llevarlas al bosque y dejar que mis lobos las cazaran y mataran, se repitió en mi mente como si se tratase de una película de terror.

Por que frente a mis ojos, mi indefenso Ariel estaba siendo rodeado por ellos. Nyria saltó arrancando una rama alta, haciendo que mi cachorro perdiera el equilibrio. Lo vi caer del árbol y a ellos írsele encima para atacarlos.

Grité para ahuyentarlos, mientras soltaba las bolsas y corría hacia ellos. Al escucharme, todos salvo Nyria, retrocedieron. Jamás creí llegar a esto con ella, le estaba agradecido por todo lo que había hecho por mí, pero no iba a permitirle que le hiciera daño a Ariel, a él menos que ningún otro. La empujé, interponiéndome entre ellos, para enfrentarla.

Mi acción no fue bien tomada por Carsei, y más pronto de lo que hubiese deseado estuvo plantado frente a mí, con ella contra su pecho, resguardándole el cuello. Nos miramos fijamente, no quería iniciar una pelea, pero lo haría si ella no desistía. Los demás lobos nos miraban sin intervenir, pero alertas. No estaba seguro de que bando estarían, aunque nunca me habían atacado.

Sin bajar la mirada, retrocedí lo justo para tener mi campo de visión a Ariel.

— ¿Puedes levantarte? —pregunté.

—Mi brazo… —se quejó él, volteé para mirarlo. Debí suponer que ella lo atacaría si me descuidaba.

Ariel ahogó un grito cuando Nyria le saltó encima, y yo apenas y si alcancé a arrastrarlo para quitárselo de entre las patas y lo cubrí con mi cuerpo. Los colmillos de la loba se clavaron en mi brazo, pero con la misma rapidez con la que me mordió, también me soltó. Era claro que el asunto se había vuelto personal. Por un segundo olvidé que Ariel estaba entre mis brazos, y le gruñí a la loba de forma amenazadora, un sonido gutural que me rasgó la garganta al tiempo que le mostraba los dientes, fue un acto impulsivo producto de mi naturaleza. Carseí se adelantó a defenderla, pero solo nos miramos.

 

TERCERA PERSONA

 

El lobo gris desistió primero, sin embargo, Damian no se movió hasta que todos los demás lobos retrocedieron. Solo entonces, levantó a Ariel hasta que sus pies abandonaron y el piso, y volvió con él para recoger las bolsas con las cosas que había traído de la ciudad, para refugiarse en el calor y la seguridad de la cabaña.

— ¿Te lastimó? —preguntó preocupado Damian, una vez que ambos estuvieron en la seguridad de la cabaña y con la puerta bien cerrada. El chico no parecía ser capaz de responder, todo esto había sido demasiado para él. — ¿Ari…? ¿Te mordieron? Respóndeme… ¿te hicieron daño? Si ter mordieron debe revisarte un medico.

Un gruñido se escuchó desde el otro lado de la puerta y Ariel, instintivamente se abrazó a Damian. Quien, al sentir su miedo, lo rodeó con los brazos levantándolo.

—No va a hacerte nada, ya no…—aseguró.

— ¿Por qué me dejaste? —le lloró.

—No te deje, fui por comida.

—No quiero que me vuelvas a dejar solo…

—No lo haré —aseguró apretándolo contra su cuerpo. —Lo prometo.

Nyria veía en Ariel la amenaza de su animal protector. Una hembra con la fuerza suficiente para reducir a Damian. El moreno pertenecía a su manada, se sentía con el derecho y el deber de protegerlo. Si bien, en el chico había reconocido el olor de Damian, no se fiaba de él.

—No tengas miedo, no voy a dejar que te haga daño.

—Dijiste que no había lobos en Sibiu —reprochó Ariel.

—Bueno, esta parte ya no es Sibiu —aclaró— es Bungard.

No dio resultado su vago intento por distraerlo, se quedaron a mitad de la estancia, Ariel se aferraba a él y Damian no tardó en darse cuenta de que el chico estaba llorando.

—No, por favor… no llores.

—Me asusté, creí que me iban a matar.

A Damian se le heló la piel de solo imaginarlo, estrechó más al chico y le besó la frente.

—No quiero que vuelvas a decirlo —demandó con voz dura, pero sin soltarlo. — ¿Esta claro? —exigió.

—Pero…

Lo sujetó por la barbilla y lo obligó a mirarlo.

—Sin peros, ¿está claro? —Asustado el chico asintió de inmediato— Nadie va a hacerte daño mientras yo viva. Nadie…

 

DAMIAN

 

El asunto de los lobos quedó en el olvido cuando estando a la mitad de la cabaña y parados cerca de la chimenea, lo besé, Ariel me suspiraba en la boca y se aferraba a mis brazos, apegándose lo más que podía a mi cuerpo. No había conocido a nadie que pudiera representar con tal desfachatez, las dos caras de una misma moneda. Nadie, tan solo él. Ariel puede ser todo cuando quiere en la medida que lo desea; lo bueno y lo malo en la misma medida.

No está comprometido con ningún rol, no sigue más reglas que las suyas. Y no sé hasta qué punto es consciente de la sensualidad de su inocencia, pero ahora me queda claro que poco o nada la importa su cruel e incluso, inmoral, proceder cuando coquetea buscando placer.

Él bien puede llorarme, mostrarse frágil y desvalido, para al siguiente segundo, mirarme justamente como lo hace en este momento. Con los ojos cristalinos y las mejillas húmedas por su llanto, pero con los labios curvados en una sonrisa coqueta, que desarma. Que se vuelve peligrosa conforme se acerca a mi boca hasta apoderarse de ella y de mi voluntad.

Es consciente que me desenchufa con esa actitud tan insolente. Que antes los cambios tan repentinos y opuestos de su personalidad —que nunca terminan de sorprenderme— no puedo, ni quiero hacer otra cosa  que sucumbir ante sus deseos. Dárselo todo. Obedecer las inflexibles órdenes de su mirada.

Sus labios se van tornando demandantes y me vuelven torpe. Siento que los brazos y la vida entera no me alcanzan para llenarlo y protegerlo.

—Te amo —lo suelto sin pensar.

Ariel sonríe y atrapa mi labio inferior entre sus dientes, sus ojos brillan hermosos en algo que interpreto como felicidad. Más no recibo un te amo, de vuelta. Se limita a mirarme sin dejar de sonreír, y hace que mi orgullo arda. Quiero escucharlo decir todas esas cosas que sus ojos no pueden ocultar, lo que siente por mí, pero él guarda silencio.

Se que lo hace a propósito.

— ¡Te amo! —  repito y mi voz sale necesitada, tal vez dolida.

Su mirada de superioridad me hiere, y al darse cuenta deja de sonreír. Se sale de entre mis brazos sin que yo pueda evitarlo, retrocede unos cuantos pasos y su mirada azul cielo me recorre de pies a cabeza. Me hace sentir que esta calificándome; por lo que dura un pensamiento me preocupa ser hallado deficiente.

Cuando la inspección termina, Ariel vuelve a buscar mi boca y no encuentro la fuerza para negarme a él. Mis labios desean abrazarse a los suyos, pero él me lo impide y vuelve a morder mi labio inferior, esta vez no es juego, presiona con sus dientes hasta que me hace sentir el sabor de mi sangre. Veo la satisfacción en sus ojos, su poderío me hace sentir abrumado.

Y todo es peor cuando se lame los labios, probando el sabor de mi sangre. Mi expresión lo hace reír y seductivo me abanica con el movimiento de sus pestañas largas. Casi puedo comprender lo que pretende, pero no tengo la certeza y es que mi bosque suele ser tan tierno, es un niño dulce y amoroso. Tan distinto a esta pequeña fiera que de la forma más sugerente ha comenzado a restregarse contra mi cuerpo, mientras ronronea.

Mi mente puede no reconocerlo, sin embargo, mi cuerpo va despertando a la velocidad de su deseo. El azul claro de su mirada no se aparta de mi rostro y los contornos de su cuerpo se menean irresolutos entre mis brazos. Ariel es como un mar y yo solo la orilla de una playa. Nunca es del todo mío, va y viene libre. Se acerca a mis costas tanto como quiere, más cuando trato de sujetarlo, se vuelve espuma entre mis arenas.

Mi dignidad me exige que retome el control de la situación. Un control que no he tenido. Me demanda volverme la roca alta que rompe sus olas y en un segundo de valor, lo tomo por la nuca; lo beso a la fuerza. Cruzo el océano de su boca con la fuerza de un huracán; mis rachas de viento lo sostienen por la cadera y lo levantan hasta que sus pies abandonan el piso. No lucha contra mí, pero sé que no se ha rendido. Ariel me recibe efusivo, satisfecho al saber que sus truquitos están dando resultado conmigo. Todo parece ser felicidad hasta que intenta separarse de mí para respirar. Me niego. Mi lengua invade su boca y la recorre a cabalidad, mis labios se amasan con fuerza contra los suyos. Ariel intenta empujarme, buscando salvar un poco de espacio que le permita tomar aire, pero tras cada intento mis besos se vuelven más salvajes. No lo suelto hasta que yo mismo siento que me ahogo.

He caído de picada en el pozo de su ego, su mirada desafiante me hace reír cuando al soltarlo lo veo tragar aire por la boca, esta jadeante, caliente. Y se ve esplendoroso con las mejillas rojas, el cabello pegado a su frente y los labios hinchados, le duelen, lo sé por la forma en la que se los toca. Entonces, de la nada rompe en carcajadas. Aun sofocado su risa lo llena todo, me mira divertido y vuelve a dejarme descolocado. Me limito a mirarlo mientras se va acercando a mí, tiene la gracia y la desenvoltura de un felino. Por un segundo me hace creer que va abrazarme, más cuando se coloca frente a mí, se da media vuelta y se pega a mi cuerpo hasta que su espalda queda contra mí estomago. Con sus manos, dirige mis brazos y los cierra sobre su vientre en un abrazo que lo envuelve. Me hace rodearlo y vuelve a suspirar mientras se acomoda.

Lentamente vuelve a ese baile cadencioso en el que se frota contra mi cuerpo, pero hay algo distinto. Ariel no es más ese mar bravo, mucho menos un océano. En este momento es una laguna de cause acompasado. Sus aguas fluyen mansas, sus bordes no buscan salirse de entre mis brazos. Soy yo el que ya no puede contenerse, su olor me acalora y su excitación desborda mis ansias. Inconscientemente mis labios terminan sobre el lado derecho de su cuello, lo beso. Ariel hecha la cabeza hacia atrás; ofreciéndose como una flor a un colibrí. Me permite beber de sus mieles.

De un momento a otro me descubro sediento, mi lengua humedece su garganta y dejo un camino de besos por su piel húmeda.  Veintisiete, De su hombro a su quijada hay veintisiete besos de distancia.

— ¡Te amo! —Repito mordiéndome el orgullo—. Te amo, Ariel.

La posición que hemos adoptado no me permite ver su rostro, sin embargo, el silencio es su respuesta. Me hace sufrir… ¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Qué suplique? Si de eso se trata, solo tiene que decirlo, puedo suplicar.

Sus movimientos me distraen de mi angustia, la sobraba merma cuando siento su mano empujar hacia abajo el agarre de las mías sobre su cadera. Las guía hasta el sujetador de su pantalón.

—Desabróchalo… —ordena. Su voz sale cargada y dura.

El botón sede ante la habilidad de mis dedos. Me detengo. No hago más de lo que me ha pedido; Ariel hace resto. Contengo la respiración cuando escucho el ruido de la su cremallera al bajar y la tela de su pantalón al rozar la piel de sus muslos, ahora desnudos. Su cuerpo serpentea sinuoso contra el mío, sus manos repasan mis brazos con las uñas arañándome la piel.

— ¿Qué haces? —preguntó, pero no lo cuestiono a él, creo que está más que claro lo que Ariel pretende, sino a mí mismo, ¿a qué se debe ahora mi estúpida pasividad?

El sobresalto me pilla desprevenido cuando siento una de sus manos acariciar mi hombría, dos capas de tela me separan del calor y la tersura de su mano. Mi imaginación me hace una mala pasada, casi puedo sentir su mano envolviendo mi pene y masturbándome. La piel se me eriza y me hincho de deseo hasta que mi erección queda impedida y apretada entre mi pantalón y la ropa interior.

Su trasero se frota contra mis muslos y su mano va apretando en un intento de tomarme por completo. Quiero mirarlo, ver sus ojos mientras me toca. Comprobar si esa valentía que demuestra ahora es real.

Lo giro sin soltarlo, por fin estamos de frente.

— ¿Dónde está tu valor? —Lo desafío — ¿Olvidaste como sonreír?

Se cuanto le molesta tener que mirarme desde abajo, pero igual levanta el rostro y me deja ver sus ojitos furiosos. Es apenas un parpadear, y devuelve su atención al botón de mi pantalón. Lo desabrocha y de paso la cremallera. Se agacha para sacarme las botas y las avienta lejos, entonces baja mi pantalón hasta quitármelo y dejarlo en el piso. Le ofrezco mi mano para que se ponga de pie, Ariel acepta la ayuda sin mirarme. Su vista esta fija en el bulto que se esconde por debajo de mi ropa interior. Su mano vuelve a acariciarme, no con la rudeza de antes, me toca despacio, delineando mi virilidad. Se muerde los labios mientras sus dedos se hacen un espacio para colarse por debajo del elástico de mi última prenda, lo siento perfilar mi línea sexual.

Su mano sigue bajando hasta el inicio de mi erección, busca mi mirada mientras su mano me enfunda, su rostro se torna rojizo y casi contenemos en aliento al mismo tiempo. La suavidad de su toque ante la firmeza de su agarre me hace temblar  como un niño ante el invierno crudo.

—Bésame —pide y mis labios están sobre los suyos antes de que termine de pronunciar esa palabra. Un beso lento, apasionado y un tortuoso vaivén que me obliga a cerrar los ojos. No estamos haciendo nada del otro mundo, pero todo es tan distinto si es él quien me toca. Me vuelvo como una hoja de papel que tiembla ante el menor de los vientos. Es delicado al tocarme, y logra que me deshaga como algodón de azúcar en su boca.

Me bajo la ropa interior y de paso le quito a él la camisa.

—No dejes de tocarme… duele si no lo haces.

— ¡Lo siento! —Ariel regresa su mano de inmediato a mi pene, y con la otra me acaricia los muslos y haciende por mi cadera, sus dedos andan libres enredándose entre mi vello púbico. También lo toco, una de mis manos envuelve su pene y la otra asalta su trasero. El beso se vuelve más urgido, Ariel comienza a gemir despacio ante mis caricias.

—Vamos a la cama —le invito en un susurro, pero niega de inmediato.

—Tengo frío, quiero que me lo hagas cerca del fuego —mi hombría palpita ante sus palabras.

— ¿En el piso?

—En donde quieras, pero házmelo por detrás.

 

TERCERA PERSONA

 

El cuerpo desnudo de Ariel se aviva al calor del fuego, las llamaradas rojas y naranjas hacían sombra al reflejarse en su piel blanca. Arrodillado en el piso, tenía la apariencia de un ángel caído; indómito y perfecto.

El pequeño ángel estiró sus alas de plumaje impecable para recibir a su amante; un dios pagano de poderosas formas, que ardoroso de deseo quería aventarlo a una borrasca de lujuria y desenfreno.  Debía ser un sacrilegio. Un pecado mortal el corromper la pureza de su alma para volverlo un idólatra.

Sin embargo, en la realidad, ni el ángel era tan fervorosamente creyente, ni el dios pagano, tan incrédulo. Eran la primera y última letra de una misma palabra, distintos, sí, pero complementarios. Ariel era fuego de lujuria y Damian hierba seca que se consumía en su calor. Imposible escapar, ellos habían nacido para consumirse y avivarse juntos. Poseían la grandeza de un solo amor, sentimientos exagerados y sublimes, una pasión más fuerte que cualquier venganza apocalíptica. En este preciso momento podían explotar planetas a su alrededor y ellos no hubieran volteado siquiera a mirar, porque ese beso al que se entregaban sin reservas era más fuerte que cualquier otra que estuviera sucediendo.

La mañana podía llegar y el mundo entero arder… qué más daba, ellos se amaban.

 

ARIEL

 

Había veneno en sus labios, un puro y adictivo veneno que no me mataba pero hacía sufrir, que lograba sacar lo peor de mí, todo aquello que ni siquiera sabía que poseía. Una ferocidad, tenía hambre de él, de su cuerpo bellamente pintado de color canela, de sus formas masculinas que me hacían delirar, hambre de su sexo, de sentirlo desgarrar mis más hondos y oscuros deseos.

Lo compartíamos todo en esa caricia, un beso ardoroso y desesperado. Cuando nos separamos, Damian puso uno de sus dedos entre mis labios.

—Lámelo —dijo.

Hice más que eso, lo sorbí por completo, mi lengua lo humedecía, mis dientes jugaban a morderlo con suavidad. Damian me miraba con ojos llameantes de deseo, amaba verlo así de excitado. Era mi hombre, me sentía orgulloso de ponerlo así de duro. Y solo podía pensar que tenía unas ganas enormes de oler a él, de restregarme contra su cuerpo. Me moría de ganas por darle gusto a este vicio que me condenaba, quería que Damian me probara, que me devorara entero si así lo deseaba, lo que sea, pero lo quería ya.

—Tu calor me está llamando… —agregó Damian mientras retiraba su dedo de mi boca y se colocaba detrás de mí.

Uno de sus brazos volvió a rodearme, sus labios se estrellaron con fuerza contra mi nuca y el dedo que segundos antes había estado chupando se hizo especio entre mis nalgas. Que amable. Pero yo no quería que fuera condescendiente conmigo, literalmente me estaba derritiendo por él, me dolía el cuerpo de no sentir sus caricias.

—Hazlo ya… —demande.

—Cálmate —dijo él, su voz era firme, estaba revestido de autoridad y eso solo lograba excitarme más. Recientemente había descubierto que me gustaba su carácter fuerte, amaba que fuera bestia conmigo, incluso más que cuando me volvía un poema de ternura.

—No quiero calmarme.

—Quédate quieto niño, o puedo lastimarte.

Su voz hizo eco en mis oídos, no quería calmarme, mucho menos quedarme inmóvil. De nuevo volvía a llamarme niño y yo ya no lo era más. Era incomodo lo que me hacía, sin embargo, separé las piernas dócilmente y me quedé muy quieto. Deseé que el destino me perdonara por lo que iba a hacer, pero no estaba dispuesto a desperdiciar más de mis valiosos minutos de debilidad. No tuve que esforzarme mucho, las lágrimas salieron solas, tanto que fue fácil interpretar un llanto histérico.

Pude sentir su desconcierto cuando se estiró para mirarme, esquivé su mirada y me cubrí el rostro con ambas manos.

— ¿Ahora qué sucede? —preguntó alarmado.

—Dime la verdad —pedí fingidamente herido — ¿No quieres hacerlo conmigo?—lloré.

—Por supuesto que quiero, Ari… ¿De dónde sacas eso?

—Entonces, ¿Por qué no te apuras?

 

TERCERA PERSONA

 

No fue como si Damian no se diera cuenta que Ariel intentaba chantajearlo, llorar porque estaba  siendo cuidadoso con él, solo a Ariel se le podría ocurrir.

—Eres exageradamente dramático —acusó Damian, mientras seguía preparándolo.

—No importa lo que creas, no tengo toda la vida para esto.

—Deberías darme las gracias.

—No estás haciendo nada que amerite el…

La frase se quedó sin terminar, Damian en medio de un arranque lo penetro sin avisar. El comentario no le había parecido agradable y ahora estaba resuelto de llenar a Ariel de motivos para agradecerle.

El chico lloró de verdad ante la rudeza de su amante, sin embargo, estaba listo y anhelante de recibirlo. Damian fue rudo solo en esa primera embestida, cuando se dio cuenta que Ariel buscaba un lugar en cual sostenerse, le extendió los brazos para que se aferrara a ellos y se las arregló para abrazarlo. Le dio tiempo para que se acostumbrara a su invasión,  lo beso tiernamente en la nuca y el cuello, y cada tanto le susurraba palabras indecentes en el oído para excitarlo.

—Voy a moverme —anunció y se las arregló para pegar la espalda de Ariel, a su pecho para sostenerlo.

Tal vez fue la forma, el ángulo o las ansias de ambos lo que permitió que sus cuerpos se acoplaran rápido. Ariel podía sentir el aliento caliente de Damian envolviéndolo, mientras aumentaba el ritmo de sus penetraciones. Ariel lo necesitaba. Quería tenerlo cada vez más cerca, así que hecho los brazos hacia atrás, enredando sus dedos en los cabellos del moreno, dándole una mayor libertad a Damian, para que lo tocase y besase a placer.

Damian se movía implacable en su interior, entraba y salía arremetiendo con fuerza tras cada embestida, pero siempre cuidándolo, soportando su peso cada que Ariel se desvanecía entre sus brazos. Lo animaba besándolo, acariciando cada rincón del cuerpo pequeño, diciéndole lo sexy que se veía al dejarlo tomarlo de esa manera y lo mucho que le gustaba oírlo gemir. Las palabras de Ariel se habían reducido a unos cuantos sonidos y gruñidos deliciosos.

Lo suyo continuó fuerte hasta que ambos supieron que el final estaba cerca, Ariel se dejó caer hacía adelante, apenas alcanzando a sostenerse con ambas manos contra el piso y Damian aceleró aun más sus penetraciones, ambos se buscaban, encaprichados con la idea de no separarse. Ariel se estremeció bajo el cuerpo fuerte que lo protegía y el tiempo se volvió un concepto extraño durante los segundos que duro ese delicioso instante en el que Damian lo sujetó con sus dientes por el lóbulo de su oreja y le dio un tirón que le hizo sisear en voz baja. Una última envestida profunda y estuvo lleno, más satisfecho de lo que alguna vez se sintió en toda su vida,  Damian jadeo sobre su oído, y Ariel estuvo seguro que ese ere el gemido que quería escuchar el resto de su vida.

No pudo hacer más, ni siquiera pensó en limpiarse, simplemente cerró los ojos y se desvaneció entre los brazos protectores de Damian.

El silencio lo llena todo. Ninguna mirada los persigue, no existe nada que pueda fracturar la paz que los inunda en estos momentos, ninguna ambición los desvela, este es uno de los momentos más felices de su vida, los días pacíficos y románticos que sus almas y sus cuerpos necesitaban para liberarse. Ariel no necesita nada más, le basta el calor de la piel de Damian, la silueta vertical de su cuerpo, su desnudez, su presencia misma. Damian se descubre sin tener nada que decir, nada es más hermoso que la presencia de su niño, su Ariel. Mirarlo es todo lo que desea, si lo tiene a él, entonces lo tiene todo.

—Fue amor a primera vista… —susurra muy levemente Ariel, está más dormido que despierto, pero necesita decirlo, Damian debe saber la verdad. —Te quise para mí desde el primer momento que te vi. Estoy enamorado de ti, te amo.

—También te amo, cachorro.

—No me dejes…

—Ya no podría —asegura Damian con honestidad—duerme, bosque, aun falta mucho para que amanezca.

—Tú y yo ya hemos amanecido.

 

Capìtulo 49 ETERNIDAD

4

ETERNIDAD

Eres una verdad tan ruidosa que ya no puedo ni quiero ignorarla; en el calor de tus labios encontré un amor como nunca creí, el amor más grande de mi vida a mis veintiséis años.

ARIEL

—Voy a hacerte el amor —dijo.

Estaba listo. Me sentía completamente capaz de enfrentar esta situación en el momento que se presentara, al menos, eso creía hasta un segundo antes de escucharle decir que íbamos a intimar. Entonces, todo mi supuesto valor se deshizo como los polos árticos ante el calentamiento global. No supe que responder y el nerviosismo me paralizó frente a Damian. Mi respiración se detuvo, sentí mis extremidades helarse y aunque separé los labios, no fui capaz de pronunciar palabra alguna.

Damian me miraba fijamente a la espera de mi respuesta, mientras que yo me llenaba de vergüenza. ¿En qué me estaba metiendo? Mejor aún, ¿Qué es lo que una persona en mi situación debería contestar ante la propuesta que tanto había esperado por parte de quien ama? Porque yo deseaba esto desde hace varios meses, quizá desde la cuarta o quinta vez que lo vi. Y que no sea un “asunto” que me cause principal orgullo, no por eso era menos real.

Lo deseaba. Era tal el anhelo que cada que fantaseaba con el tema me lo imaginaba de una manera distinta, pero eso sí, todas acababan gustándome: Él me lo pediría y en respuesta yo diría las más románticas palabras, jamás antes dichas, Damian me tomaría y yo lo recibiría sintiéndome dichoso, dejándolo ser él mientras pruebo su forma de amarme. Parecía brillante, una escena novelesca desbordante de sentimientos intensos y verdaderos, y ahora solo teníamos… esto.

—¿Ari? —presionó y su voz logró hacerme tocar la realidad.

Una que otra respuesta vaga pero que me hacía lucir valiente, se me vino a la mente, algo como: “Justamente estaba pensando en que deberíamos hacerlo” “Ya era hora”, “Para luego es tarde” o que tal… “Sí, soy tuyo, haz conmigo lo que quieras…”  y todas parecían estar bien —más o menos—, pero internamente no había nada que quisiera decir. Es decir, agradecía el aviso, aunque sentía que estaba de más.

Qué tal si solo me besaba mientras nos desnudábamos o siguiendo la costumbre, Damian bien podría echárseme encima mientras yo finjo una pobre resistencia. Él comportándose como usualmente lo hace, siendo dominante y buscando reducirme con cada nueva caricia, enojándose al no conseguirlo y yo riendo solo para enfurecerlo más, hasta que finalmente y sin darse cuenta logra que me rinda, que acceda completamente a sus deseos y lo deje hacer su voluntad. Esas pequeñas cosas que se daban entre nosotros y que nos gustaban. Creo que cualquiera de estas opciones era mejor que el que indirectamente pidiera mi aprobación.  Deseaba sentir que me obligaba a ceder, como si yo no tuviera forma de decirle que no y me ruboricé de tan solo pensarlo.

—Sí —alcancé a decir.

—¿Sí, que? —Objetó.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí —repetí.

—No eres precisamente romántico…—se burló, mientras yo me sentía ridículo. Aun después de que besó mi frente su risa lo llenaba todo y retumbaba en mí.

Pasé de enojarme a sentirme ofendido, más en algún momento también comencé a reír, no comprendía el motivo y no por eso dejaba de ser gracioso. Nuestras miradas volvieron a cruzarse y la seriedad nos invadió de un momento a otro, sostuvimos el contacto el tiempo justo para que nos sintiéramos incomodos. Damian me miraba expectante como si nuevamente esperara a que yo hiciera o dijera algo, y bueno, a mí me pasaba lo mismo con él. Estábamos de frente, a escasos centímetros el uno del otro, más ninguno de los dos se atrevía moverse.

—¿Estas nervioso? —preguntó en voz baja.

—No.

—Ah… —dijo, mientras asentía.

—¿Y tú? —quise saber.

—No…

—¡Bien! —agregué.

Damian desvió la mirada de mis ojos como si buscara algo en el piso y tras unos segundos volvió a mirarme, sus ojos me distrajeron de sus movimientos, ni el hecho de que fui viéndolos cada vez más cerca me hizo notar que se aproximaba. Me sorprendí cuando me besó y ante mi reacción él se alejó de inmediato. Me sentí torpe y al parecer, Damian creyó que lo había rechazado.

Colocó sus manos frente a mí mientras me pedía que le diera “un segundo”, aunque en realidad fue más tiempo, se bajó de la cama, a zancadas largas llegó a la puerta; la abrió y salió dejándome solo.

La idea de que se fuera y me abandonara aquí, me aterró. No tenía idea de cómo volver a casa, ni siquiera de cómo salir… ¿se atrevería a dejarme? La respuesta no fue esperanzadora, los días pasados me habían demostrado que, si Damian quería, podía arrojarme al piso y obligarme a besar el dolor. Así que, cuidando de no hacer mucho ruido, también bajé de la cama y fui a acechar, apenas y si me asomé por la puerta entreabierta cuando logré divisarlo. Damian estaba cerca del riachuelo que cruzaba por el “patio del frente”. Se había acuclillado y sostenía su frente con ambas manos cubriéndose los ojos.

DAMIAN

—Estúpido, grandísimo estúpido… —murmuré, mientras salía de la casa.

¿Qué me había hecho pensar que todo sería tan fácil como decirlo? ¿Por qué justo ahora tenía que dudar? Lo había planeado todo, no dejé un solo espacio para errores y cuando finalmente lo tenía en mi cama… me acobardé. Me volví un manojo de nervios que de la forma más patética salió huyendo.

Me faltaba el aire, sentía frío, aunque estaba sudando. Con la intención de calmar el temblor de mis manos me peiné los cabellos con frustración, hasta que casi de rodillas sobre el piso, me sostuve la frente entre las palmas de mis manos. Sentía que la cabeza me estallaría o yo mismo terminaría arrancándomela si no lograba controlarme. Era plenamente consciente de que estaba arruinando el momento, pero si llegaba a lastimarlo, jamás… realmente jamás iba a perdonármelo. Ariel corría un serio peligro conmigo, en este momento no me sentía seguro de poder mantenerme en juicio, mi lobo rasgaba en mi interior ordenándome el cambio. ¿Y sí me trasformaba mientras estaba tomándolo? Podía lastimarlo, peor aún… podía matarlo.

El solo pensamiento me heló la sangre… ¡no! Eso no. Si Ariel me faltara yo no sabría cómo vivir. Debía decírselo. Ariel tenía derecho a saber que yo no era lo que él creía.

ARIEL

¿Dije algo indebido? O, por el contrario, ¿se había enojado porque no dije nada…? Me llamé tonto mil veces y deseé estrellarme contra el marco de la puerta, tanto que si no lo hice fue solo porque el ruido hubiera delatado que estaba asechando.

Damian había tenido razón cuando el día de mi exposición dijo que yo era un estúpido, solo un niño que pretendía jugar a cosas de adultos. El problema era que yo no comprendía muy bien de estos asuntos pasionales, no sabía que decir, mucho menos que hacer. Y a diferencia de todas sus otras parejas, le estaba dejando todo el trabajo a él. No era justo. Más la idea de intentar algo y que a él no le gustara o simplemente pensar que podría hacerlo mal, me tenía paralizado e impotente.

—No seas cobarde —me regañé—por lo menos ve con él.

Lo hice, me tomó algunos segundos decidirme, pero me armé de valor y después del primer paso los demás fueron más sencillos. Llegué junto a Damian y coloqué mi mano sobre su hombro. Su reacción me sorprendió, tembló ante mi acto.

Nervioso. Eso fue lo primero que pensé cuando se giró para enfrentarme, Damian estaba muy nervioso. Me miró sobrecogido y exhaló por la boca con pesadez, como si todo este tiempo se hubiese obligado a contener el aliento hasta que no pudo soportarlo más. Su mirada se centró en la mía, y su angustia me resultó contagiosa. Fuera de él no había nada más que deseara mirar. Ambos parecíamos tener cosas importantes que decirnos, más no lo hacíamos. Quizá por respeto a no interrumpir la confesión del otro… una confesión que no terminaba de llegar.

—¿Qué sucede? —pregunté casi con miedo.

Damian se tomó su tiempo para responder, la súplica en sus ojos me atormentaba, ¿Qué pasaba? ¿Por qué tenía que ser tan estúpido como para comprenderlo?

—No lo sé… —se obligó a responder.

—Eso no es verdad —rebatí—algo sucede.

—Quizás estoy un poco preocupado —confesó, pero intentando hacer de menos sus palabras.

—¿Quizás?

Algo en su mirada me hizo comprender que Damian no iba a dejarme olvidado en este lugar, sin embargo, la serenidad que demostró cuando le pregunté si estaba nervioso, había sido fingida. Su “quizás” era más bien, la confirmación de que algo le angustiaba y por cómo se habían dado las cosas, entendí que ese “algo” tenía que ver conmigo.

—¿El problema soy yo? — Indagué sin realmente querer saber.

—Sí —respondió sin más.

Sentí que el piso se me movió amenazando con dejar de sostenerme.

—¿Hice algo mal? —pregunté y me odié al escuchar lo lamentable de mi voz. Damian entrecerró los ojos como si no comprendiera mi pregunta, entonces de inmediato negó.

—¡No! —dijo —Por supuesto que no, lo estás haciendo de maravilla, eres un cachorro muy valiente… no me refiero a eso.

—Si no es eso, ¿entonces qué? —sentí que iba a mentirme, que diría todas esas palabras amables para no hacerme sentir mal, pero ya era tarde, desde que dijo que yo era el problema me sentí muy triste.

—Ari, no hay nada malo contigo —aseguró acercándose—, me preocupa que vayas a sufrir —agregó. Su mano se alzó sobre mi rostro para acariciarme rápidamente. Tanto que resultó más como una brisa de viento por mi mejilla que propiamente una caricia. —Te amo tanto que tengo miedo de causarte cualquier tipo de sufrimiento.

La declaración me tomó por sorpresa, tanto que tuve que tomarme mi tiempo para analizar sus palabras; me amaba, tenía miedo de herirme. Sentí alivió, de alguna manera me alegraba no ser el único que se sentía asustado, pero al mismo tiempo sus palabras resultaron cálidas y desalentadoras, porque si quieres lograr una venta no dices los aspectos negativos del producto, sino que eso es algo de lo que el cliente se dará cuenta después, cuando se encuentre muy lejos del vendedor y entonces dirá… ¿Por qué no pregunté esto o aquello? Pero será tarde ya. Ahora que si lo que Damian pretendía era asustarme, pues lo había logrado.

—Contigo a mi lado, ya no le tengo miedo a ningún sufrimiento.

Me dolió cuando negó con la cabeza, disimuladamente también sonrió… Damian no me creía. Ponía en duda mis palabras y mis sentimientos.

—No sabes lo que dices… —me rebatió.

—Se lo que siento.

—No es suficiente —aclaró.

—Lo es para mí — dije —No soy ningún cobarde.

DAMIAN

Sentí en el filo de su respuesta que lo estaba lastimando. Justamente lo que quería evitar.

—Ari…

—¿Por qué no me crees? —me miró molesto con el entrecejo fruncido, pero el azul de sus ojos se había cristalizado.

—Te creo…

—No, no es verdad —dio un paso hacia atrás y temí que se echara a correr, más no volvió a moverse— ya no soy un niño, aunque insistas en verme de esa manera, tengo diecinueve años… soy un hombre. —Se puso la mano en el pecho para reafirmar sus palabras. Pero nada de lo que hiciera me sacaría de lo que era más que obvio. Ariel aún era un niño, por lo menos, un adolescente. Su edad no tenía nada que ver con esto, de ser un hombre hubiera podido distinguir que soy dañino para él y estaría en cualquier otro lado, lo suficientemente lejos de aquí. —Tan hombre como cualquier otro —agregó y resultó que lloraba— como… cualquiera de tus otras parejas, tan hombre como Martín.

—Cálmate… —intenté tocarlo, pero no me dejo.

—Soy así, puedo hacerlo porque soy un hombre.

Se hizo chiquito frente a mis ojos y abrazándose a sí mismo lloró como el niño que aún era. Y es que me negaba rotundamente a verlo de cualquier otra manera, Ariel era un cachorro, mi cachorro. Fui hacia él y poniéndome a su altura, lo abracé.

—Ya te dije que el problema no eres tú —le recordé mientras que sin soltarlo recogía sus lágrimas. —¿Cuál es tu prisa por crecer? Algún día serás un hombre…

—¡Ya lo soy! —me interrumpió.

—No, mi precioso bosque nevado, eres aun una mañana fresca y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión. Lo que me preocupa nada tiene que ver con tu juventud.

ARIEL

—¿Entonces? —pregunté.

—Se trata de mí—dijo—de lo que realmente soy.

Damian volvió a evadir mi mirada y con eso logró preocuparme más, porque lo había dicho empujando cada palabra con la siguiente. Su rostro se había ensombrecido y aunque aún me abrazaba, me sentí a kilómetros de él. Nuevamente sentí tristeza, porque pude ver en sus ojos ambarinos una insoportable y cruel soledad. Una expresión tan dolida y angustiada que más bien, parecía ser otra persona y no el pedante e irreverente hombre que amaba.

—Dímelo… —pedí—sea lo que sea, buscaremos la manera de solucionarlo.

No solo desvió aún más la mirada de mí, Damian me soltó y me dio la espalda. Avanzo algunos pasos, aunque más bien parecía que en algún momento se echaría a correr y la incertidumbre de si iba a abandonarme en este lugar o no, volvió a resurgir.

—¿Y si no tiene solución?

—Todo en esta vida tiene solución.

—No comparto tu optimismo —dijo a secas sin mirarme.

—Ni yo tu negatividad, pero ¿eso que? ¿no son las diferencias las que unen?

—Ya te lo dije Ariel, no soy lo que tú crees… —lo soltó con voz temblorosa como si temiera decepcionarme.

—¿Y que creo que eres? —cuestioné con voz calmada.

De un solo paso largo, llegué hasta donde se encontraba él y sujeté su mano entrelazando nuestros dedos, si lo que pretendía era escaparse de mí, no se lo iba a permitir. Damian dudó antes de mirarme, pero no dejé que eso me desanimara.

—A veces el valor es señal de estupidez.

—Pues soy muy estúpido o lo que quieras, pero yo no tengo miedo Damian.

—Cuando estabas en el hospital dijiste que había cosas raras en mí…

—No —le interrumpí—no hagas esto Damian, no me hables entre palabras porque sabes que no entiendo ni la mitad de lo que dices. Lo dije, sí, pero tú también lo hiciste hace rato. Comentaste que había algo raro en mí y que no podías descubrir que era.

—Aun no puedo… solo sé que tu olor es distinto.

—Ya no quiero más misterios. —Supliqué —Solo creo en lo que veo y siento, si te interesa; cuando te miró veo a una persona tan humana como yo, con sus vicios y virtudes. Con un terrible mal carácter que te hace ir de mal humor por la vida, tu impulsividad y terquedad, pero, al fin y al cabo, humano. Lo que siento es otra historia… Te amo de una forma en la que espero no amar a nadie más en mi vida o incluso después de mi muerte. —Coloqué mi mano libre con la palma abierta sobre mi pecho en señal de solemnidad — Sin embargo, no me dejas opción. Hoy seré un poco egoísta, y es que no me importa lo que tu creas que eres… te amo y si tú me amas también ¿Por qué no estamos en tu cama?

TERCERA PERSONA

Lo había dicho y aun si no había sido el discurso más coherente de su vida, habló tal cual lo sentía…, conforme pasaban los segundos esa declaración final comenzaba a ganar fuerza en su mente y se avergonzó de haberlo dicho, más no se arrepentía.

Damian fue el primero en moverse, se sujetó a Ariel haciendo más sólido el agarré de sus manos, se aferró a su “bosque nevado” que pese a tener las mejillas sonrosas se mostraba digno, fuerte y rebosante de convicción. Damian bajó los ojos hasta sus manos unidas y lleno de perplejidad descubrió que la duda y la ansiedad menguaban drásticamente en su interior. Aún tenía miedo de herirlo, ahora más que nunca lo temía. Pero Ariel le había dicho que lo amaba, estaba ahí, dispuesto a intentarlo, si el chico no se rendía ¿Por qué entonces iba a hacerlo él?

Después de un par de segundos, despacio, su mirada se movió desde sus dedos entrelazados hasta el rostro impecable —y hermoso como las estrelladas y aromáticas flores nácar — de Ariel y le sonrió, obteniendo una sonrisa más grande de vuelta. Lentamente inclinó la cabeza hasta rosar los labios del chico.

Lo besó lento, saboreando la boca de algodón que se le ofrecía dispuesta. Ariel intentó pasarle los brazos alrededor del cuello, pero no lo alcanzaba. Damian era ridículamente alto, él, porque Ariel jamás aceptaría que su estatura era un chiste.

—Mi pequeño novio como un copo de nieve…—se burló Damian.

—Súbeme—pidió Ariel.

Damian lo rodeó por la cintura levantándolo. Las piernas de Ariel se enrollaron en la cadera del moreno y sus manos finalmente pudieron rodear su cuello. Se miraron y ambos volvieron a reír, ahora todas esas conductas evasivas carecían de sentido. Ariel se abrazó Damian y en un susurro como si se tratara de un secreto le habló al oído.

—Ahora sí, hazme el amor.

ARIEL

Entre besos y mordidas juguetonas volvimos a su cabañita, Damian parecía estar mucho más tranquilo y yo sentía que no podía ser más feliz. Mi corazón más que latir, bailaba en mi pecho. Me dejó con suavidad en la cama, pero no me soltó, estando de pie sobre el colchón era tan alto como él. Me reí por no tener que levantar la mirada para verlo. Sus ojos estaban a la altura de los míos y claramente podía ver sus labios curvarse en una sonrisa de medio lado.

Sus manos me recorrían la espalda y los costados, deseé su boca y fui al encuentro de ella. Amaba besarlo, sus labios tenían algo que me volvía el más osado de los adictos, tanto era así, que necesitaba sentir los míos amasándose contra la humedad de su boca, ser consumido por su ferocidad revestida de calma. Su lengua se abrió paso entre mis dientes deliberadamente, y a propósito la aprisioné con mis labios, chupándola y sintiéndola serpentear por entre mis comisuras.  Su saliva y la mía escurrían por las esquinas de mis labios, sentía vergüenza porque nunca nos habíamos besado de manera tan pasional, pero me gustaba.

Sentí sus manos buscar un espacio entre mi ropa y seguidamente el calor de su tacto sobre mi piel. Estaba helando en este lugar, el calor que desprendía el cuerpo de Damian me resultaba reconfortante. Desabrochó mi cinturón y jugó con mi cremallera, como si estuviera indeciso sobre si bajarla o no. Sus labios mordían suavemente los míos y yo solo podía quejarme tímidamente al sentir sus manos en esa zona tan “personal”.

Rodeó mi cintura antes de descender abruptamente por mi trasero, palmeó con fuerza antes de meterlas por debajo de mi ropa interior y presionó sobre mis nalgas. Odiaba que hiciera eso, la piel me ardía y de seguro me dejaría la marca sobre mi piel de sus manos. Besaba mi cuello, cuando hizo eso, y lo único que tuve a mi alcance fue su oreja. La mordisqueé con ganas, eso le enseñaría a no meterse conmigo.

—¿Estás seguro de que quieres jugar a mordernos? —preguntó casi de forma amenazante, su voz sonaba cargada y vi en el brillo de sus ojos cuando buscó mi mirada, un atisbo de maldad.

DAMIAN

Negó lentamente, pesé al tono que había usado para hablarle, no parecía impresionado. Es más, sonreía travieso, como no creyendo en la seriedad de mis palabras. A decir verdad, me moría de ganas por hincarle los dientes, pero luchaba por comportarme como un caballero. A razón de eso, cada que la idea venía a mis “caninos” haciéndolos crecer, la desechaba de inmediato de mi mente. Eso sí, decirlo era más fácil que hacerlo; su olor y su piel eran como agua bendita en la boca del diablo, me quemaban provocándome un sufrimiento delicioso.

Quería despedazarle la ropa y la piel, pero al mismo tiempo también deseaba desnudarlo lentamente, protegerlo y hacerlo sentirse seguro. Sensaciones intensas y dolorosamente opuestas. Sin embargo, al final, haría lo que fuera mejor para él. Con ese en mente, sujeté su sudadera por el dobladillo y cuando Ariel levantó las manos, se la saqué despacio.

TERCERA PERSONA

Lejos de la respiración pesada de Damian, nada más se escuchaba.  Su vista, mente y corazón estaban puestos en lo que sus manos hacían. Prenda a prenda iba retirándola del cuerpo pequeño con tal delicadeza y seriedad que nadie hubiera dudado, mucho menos reprochado, el empeño que ponía en desnudar al chico. Ariel se mordía los labios sintiéndose vulnerable. El frío y la timidez lo hacían temblar incapaz de cualquier otra cosa. Sin embargo, cuando la última pieza bajó por entre sus muslos, la vergüenza lo asaltó coloreándole el rostro de un encantador tono rojizo. Instintivamente quiso cubrir su sexo, pero Damian—que recorría centímetro a centímetro con la vista y sus dedos su cuerpo desnudo—se lo impidió.

Lo miraba extasiado, como un bosque recién descubierto que se exhibía frente a sus ojos, montes nunca conquistados por otro hombre, arboledas vírgenes excepto a sus manos, las cuales ya habían tenido la fortuna de invadirlo esporádicamente. Deseo corretear aves por sus costados—un pasatiempo inconfesable pero que le producía un enorme placer—, rodar por sus escarpadas y níveas siluetas. Perderse en la espesura de su cabello o cazar por sus torneadas piernas. Lo tocaba con confianza al sentir al chico reaccionar hasta a la más mínima de sus caricias, su piel se erizaba ante el roce de sus dedos mientras su alma y su corazón temblaban.

De pie sobre la cama, Ariel estaba al alcance de los deseos de Damian, cuyos dedos se iban arrastrado primero por la cintura del menor, para después bajar por su cadera y seguir el rumbo que los muslos ajenos le ofrecían. Le tocaba haciendo círculos pequeños que se encontraban y enlazaban entre sí. Por supuesto, la vergüenza no evitaba la excitación. Ariel no sabía lo mucho que le gustaba que Damian lo tocara hasta este momento en el que desnudo le ofrecía cada parte de su ser. Su piel y su sexo despertaban ante las caricias blandas, la forma en la que Damian lo miraba volvía las sensaciones aún más intensas. Lo hacía sentirse atractivo y deseado.

Y Damian… él estaba embelesado con la piel blanca que tenía frente a sus ojos, la uniformidad en el tono, los escasos y diminutos vellos que le daban a su piel la tersura de un durazno. Sus hombros estrechos y la clavícula que formaba una delicada protuberancia a ambos lados de su cuello. Incluso el jodido tatuaje de pluma parecía mecerse como hoja al viento sobre el hombro del chico y las pequeñas avecillas negras revoleteaban alrededor y por encima de sus cabezas. No sucedía realmente, era más bien; el resultado de algo que Damian había nombrado el “efecto Ariel”.

Continuó el recorrido hasta los pezones erectos y pintados de un rosa pálido. La marca roja en el brazo de su bosque fue algo con lo que Damian bien pudo obsesionarse; la forma y la profundidad le daban la apariencia de una cicatriz antigua, pero Damian la reconocía de otra parte. La última vez que estuvo con Ariel, esa marca no estaba, no había forma de que él la hubiera dejado pasar por alto. Se detuvo a examinarla y cuando pidió una explicación con la mirada, Ariel se dedicó a negar con la cabeza. Podía esperar, ¿no? Después exigiría todas las respuestas necesarias, ahora mismo sus manos descendían por la cintura y la cadera de Ariel.

Ya lo sabía, lo había comprobado en ocasiones pasadas, el chico aún tenía estomago de niño, suave, plano, pero para nada marcado. Su ombligo pequeño, las líneas que remarcaban la pelvis y un pene de tamaño considerable que comenzaba a despertar, que reclamaba atención. Sus piernas delgadas, firmes y que parecían haber sido bruñidas a placer, eso y por todo su cuerpo; los lunares en café claro que destacaban como estrellas en el firmamento. Damian suspiró de puro encanto, le gustaba. Cada parte que miraba le fascinaba más que la anterior. Y pese a su resistencia inicial, tuvo que apartar las manos del cuerpo de Ariel.

El momento de hacer alarde de su ostentosa anatomía había llegado. Sujetó su camiseta por el pliegue y se la sacó por el cuello; las vendas aún envolvían su torso, sin embargo, las heridas habían cerrado por completo. Nuevas cicatrices que después podría presumir.

Ariel llevó su vergüenza a niveles estratosféricos, tan solo imaginar a Damian desnudo le producía un vacío en el estómago y que las manos se le helaran. No se atrevió a mirar, sus ojos se clavaron en los del moreno cuando escuchó el ruidito que producía la hebilla del cinturón al ser desabrochado. Las botas y el pantalón quedaron sobre el piso. Cuando Damian volvió a erguirse, algo en las cuentas que Ariel llevaba, no cuadró: la camiseta, el pantalón y las botas… el chico hizo un movimiento rápido, fue a la velocidad de un parpadeo en el que bajó la vista en busca de la ropa interior, pero Damian estaba tan desnudo como él y de inmediato elevó la mirada como si alguien le hablara desde el techo.

Lo había visto, y aunque su experiencia en penes se limitaba al suyo, la hombría de Damian le resultó intimidante. Todo él lo era, un hombre alto de espalda ancha y brazos sólidos como rocas, de una hermosa piel canela, con un abdomen seriamente marcado que casualmente; era impropio de alguien que comía todo lo que Damian solía devorar diariamente. Sin embargo, Ariel estaba convencido que la yema de su dedo índice bien podría caber entre los espacios de sus bíceps. Ariel se preguntó mentalmente cómo era posible que Damian tuviera un abdomen tan “saludable”, si era igual o incluso más holgazán que él.

Volvió a bajar la mirada hasta la virilidad del moreno, solo para fines estadísticos y poder comprobar que, efectivamente, había visto bien. Miró dos segundos, con una seria posibilidad de haber sido tres segundos y de inmediato desvió la mirada. Se cubrió la boca —gesto que solía hacer cada vez que algo lo sorprendía—, Damian sonrió por la acción y envolvió a Ariel en un abrazo reconfortante, era la primera vez que ambos estaban completamente desnudos, sentir sus cuerpos rosarse resultó en sensaciones agradables para ambos, el ritmo de sus respiraciones se igualó y el tiempo que Damian le había concedido a Ariel para cualquier objeción, se agotó.

Sin el menor atisbo de duda fue en busca de los labios que anhelaba y los apresó en un beso lento, húmedo y tierno. Demasiado lento… ¿Qué más daba? Además, tenía unas ansias irrefrenables de besarlo, mismas que ni besándole se le quitaban.

Lo apretujó contra su cuerpo y con suavidad lo levantó solo para poder recostarlo con la espalda contra el colchón. Ariel estaba poniendo demasiado empeño en ese beso, se aferraba a Damian tanto como podía, buscándolo, invitándolo a su cuerpo tras cada segundo. Sus muslos se separaron para permitirle que se acomodara entre sus piernas, sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo ante el primer roce de sus sexos, pero fue tan rápido que no pudo disfrutarlo a sus anchas. Damian buscaba la mejor manera de acomodarse, la considerable diferencia entre sus cuerpos le obligaba a no aplastarlo. Ariel fácilmente se perdía debajo de él, a razón de esto, Damian quería darle su espacio para que estuviera cómodo, pero el chico pretendía justamente lo contrario. Él anhelaba fundir su piel en el calor de Damian.

Las ansias eran muchas, su sed parecía no poder apaciguarse. Damian vertía sobre sus labios cada gota que podía extraer del manantial que era su boca, no se reservaba nada para sí, quería dárselo todo y más. Ariel por su parte, lo recibía gustoso mientras se removía insinuante debajo de él, provocándolo, restregándose contra el cuerpo sólido y caliente de Damian.

Sus bocas se batieron a duelo, Ariel estaba logrando cierto protagonismo en la escena que por mucho que a Damian le encantara sentirlo tan pasional, se esforzó por refrenarlo. Tomó su labio inferior entre sus dientes y estiró con delicadeza. El chico siseó quejándose bajito.

—Despacio—ordenó Damian con voz firme.

—No lo quiero despacio —refutó Ariel desafiante. Y abrazándose a Damian, se impulsó hacia abajo pegándose más a él hasta que sus partes íntimas estuvieron uno encima del otro, presionándose entre sí. Damian jadeó en la boca que se negaba a soltar mientras que Ariel se paralizó ante la sensación… de haber sido un gato no le hubiera importado el ronroneo que escapó de su garganta, más ahora, negar que sucedió estaba de más.

—Parece que finalmente vas a quedarte quieto… —soltó Damian, asegurando demasiado pronto su triunfo sobre el chico. Volvió a los labios de Ariel para probarlos como si fueran suvenir. Lamió y volvió a morderlos, antes de besarlos.

Los ojos entrecerrados de Ariel estaban aguados de deseo, al mirarlos, Damian solo pudo distinguir una súplica silenciosa. Quería más de esas sensaciones que habían hecho que su cuerpo hormigueara.  Damian le besó la frente antes de descender por su cuello, lamió y besó la piel blanca, las líneas largas del cuello, mientras sus colmillos crecientes delineaban su garganta.

Ariel se tensó al sentir el filo de los colmillos, las mordidas que le había hecho en el pasado le habían dolido demasiado, su piel incluso había llegado a romperse y las marcas tardaban semanas en quitarse —lo supo después de que su relación terminara, pues mientras estaban juntos Damian no las dejaba cerrar — quizá más tiempo, todo dependía de que tan fuerte lo mordiera. Ariel ya no sabía que pensar al respecto, le gustaban en el momento; el dolor y el placer sacaban lo peor de él. Se volvía como un ser irracional que buscaba placer al precio que sea, se desenfrenaba hasta el punto de ser prosaico. No era algo que le pasara con nadie más, era exclusivo de las mordidas y los brazos de Damian. Después se avergonzaba de su comportamiento, aunque al más alto parecía encantarle e incluso se lo aplaudía.

Damian se posicionó entre su cuello y su hombro, Ariel simplemente cerró los ojos cuando sintió la respiración tibia del moreno en esa zona, esperó las primeras punzadas de dolor, pero solo sintió un ardor mucho menos molesto, que más que dolor le causaba cosquillas. Damian succionaba, mientras su mano derecha sujetaba la hombría del menor y con la yema de su pulgar empezó a hacer círculos pequeños sobre la punta. Ariel reaccionó al tacto tensando su cuerpo y quiso contener el gemido que terminó atorándose en su cuello para finalmente salir en un gruñido que bien pudo lastimarle la garganta.

—Está bien, —intentó calmarlo Damian—quiero escucharte.

Le robó un beso rápido de los labios y continuó bajando hasta su pecho, de forma osada mamó de los pezones del menor, a veces presionando ligeramente con sus dientes, otras, solo chupando o besando, su mano había bajado hasta los testículos del chico y los masajeaba con cuidado. Ariel tenía la mente en blanco, en este momento no existía, si quiera, la posibilidad de que articulara una oración completa de dos palabras. El calor que emanaba de su cuerpo y todas las sensaciones que Damian le hacía sentir, lo tenían saturado. El cambio era violento, no bien terminaba de acostumbrarse a la ternura del moreno cuando esté se volvía impetuoso y aunque seguía cuidándolo, sus caricias se tornaban hambrientas y necesitadas, para posteriormente volver a ser suave y delicado con él.

Quiso detenerlo cuando lo sintió bajar más, pero Damian prácticamente se le escapó como agua entre las manos. Lo sintió lamerle el borde de su ombligo y no supo sí reír por las cosquillas o llorar porque ya no podía con todas estas sensaciones. La lengua ingrata de Damian acarició su vientre humedeciéndolo de saliva, para posteriormente irla recogiendo en pequeñas succiones y mordiendo despacio. El sabor de Ariel le resultaba delicioso al gusto, pero eran sus reacciones las que estaban enloqueciéndolo, al mismo tiempo que lo incentivaban a esforzarse más.

Damian bajó de la cama y se arrodilló en el piso, tomando a Ariel desprevenido, lo apresó por ambas piernas y lo arrastró para acercarlo al borde del colchón. Para ese momento, luchaba ferozmente por mantenerse en su piel de humano, sentía a su lobo rasgar en su interior deshaciéndole la piel. Sim embargo, nada más importaba ahora. Ariel era suyo y no iba a compartirlo con nadie, ni siquiera con su segunda naturaleza. Que ardiera el mundo si era necesario, pero este bosque exclusivamente sucumbiría a su fiereza.

Ver a su cachorro “casi” dócil y excitado lo hacía sentir orgulloso, solo le faltaba inflar el pecho porque ya estaba sudando vanidad. Cuando sus labios no estaban sobre la piel de Ariel, no había poder humano o mágico que le borrara la sonrisita boba del rostro.

Estar entre los muslos del chico con toda esa piel a su alcance resultó ser mucha tentación, lo incitaba y le nublaba la razón. Que terminara hincándole los dientes no debió sorprender a Ariel, quien a pesar de que intentó soportar el dolor, soltó un grito ahogado. Damian se arrepintió de su osadía e intentó remediarlo besando y lamiendo la marca roja que había dejado, pero internamente los colmillos le picaban por hacerlo de nuevo.

Ariel sintió sus ojos llenarse de agua, su nube de placer se desdibujo cuando Damian le encajó los dientes, el dolor fue tan intenso que incluso pensó que le había arrancado la piel… fue lo único, pues cuando los labios húmedos del moreno presionaron contra su sexo, su razón volvió a nublarse. Tenía un vívido recuerdo sobre esto, fue en aquella ocasión cuando su padre lo había golpeado y Damian, para hacerlo olvidar, lo tomó con la boca por primera vez.

Ahora mismo parecía que una cosa nada tenía que ver con la otra, pero en su momento resultó muy efectivo. Lo que Ariel había olvidado era la terrible vergüenza que sintió en aquella ocasión, la misma que experimentaba ahora; Damian no hacía la menor diferencia entre besar sus labios y su pene, había delicadeza en la forma en la que sus labios presionaban contra su virilidad. Y cuando lo sintió lamer desde la base hasta la punta se creyó morir, que su corazón no lo soportaría más y se detendría… Siguió con la misma idea cuando Damian enfundó su hombría con su boca, con sus labios presionando y hacia vacíos en sus mejillas mientras subía y bajaba, sorbiendo, apretando en el más leve rose de unos dientes, pero sin llegar a lastimar.

Con un brazo, el moreno aprisionaba la pierna de Ariel y con su mano libre sostenía la del chico. La excitación en él era tanta que se sentía tan duro como el piso en el que estaba arrodillado. Ariel desprendía un olor sugerente, y si en algún momento le importó acallar sus gemidos, ahora lo había olvidado por completo. Los ruiditos de Ariel hacían eco en las paredes, en su virilidad y en su corazón, aunque no precisamente en ese orden.

Damian le había encontrado gusto a lo que hacía, quería lograr que se viniera, pero el cachorro no se la iba a poner tan fácil. Y es que, aunque parecía disfrutarlo, no estaba cooperando. Gemía, se ahogaba con la falta de aire y su erección se hinchaba en la boca de Damian, más no por ello se rendía. Era dócil y eso no significaba que iba regalando su voluntad por las calles. Si el moreno quería algo de él, iba a tener que sudar para conseguirlo.

La relación en general había sido así desde el principio. Y siendo ambos tercos, se encargarían de llevar al otro al límite con tal obtener su victoria. Lo injusto de la situación es que ante la experiencia de Damian, Ariel solo podía intentar resistir. Se amaban y deseaban pertenecerse, pero en este preciso momento los dos competían por el control total; uno en el que se ordenaba algo y el otro tenía que obedecer.

El moreno aumento el ritmo de los vaivenes y la presión que ejercía con sus mejillas, Ariel se sujetó con fuerza a la única sabana que cubría el colchón. De la cintura para abajo sintió que sus músculos se tensaban y se resistió a lo inminente…, Damian lo soltó y de inmediato su mano continuó la labor, mientras sus labios hurgaban más abajo. Besó antes de llevarse a la boca uno de los testículos de Ariel, mordió con sus labios estirando la delicada piel e hizo lo mismo con el otro, lamió también la piel que estaba debajo y sonrió cuando Ariel se echó a llorar.

Sabía que estaba a punto de saborear su triunfo sobre el chico, de la misma manera en la que su lengua comenzaba a degustar el líquido preseminal que chorreaban como gotas de rocío. Cometió entonces, un error de principiantes, confiarse demasiado y aplaudirse su victoria antes de tiempo. Distraído como estaba no vio venir esto, Ari se echó hacía atrás y cerró las piernas negándosele. Instintivamente se esforzó por alejarse de él, mientras lo miraba punzante. Jadeaba más que lo que respiraba, pero ahí estaba él, con la cabeza en alto y sacudiéndose los estragos de lo que parecía una derrota inminente. Se miraron intensamente, Damian lo asechó como si fuese una de sus presas —que a razones de lo que estaba sucediendo, lo era— buscándole un punto débil. Ariel por su parte, estaba al pendiente de cada movimiento por parte del moreno, con las uñas listas para encajárselas si intentaba acercarse.

Damian pretendió sujetarlo por el brazo, pero el arañazo que recibió fue la prueba de que Ariel no estaba jugando.

—Debí morderte cuando pude… —se quejó el moreno, mientras aceptaba el desafío.

—Pero no lo hiciste.

Por supuesto, el de ojos ambarinos se movió más rápido y alcanzó a sujetarlo por el tobillo.

—¿A dónde crees que vas bosquecito? —le preguntó burlón, mientras sin el menor de los cuidados lo giró dejándolo boca abajo.

Para alguien como Damian, mover a voluntad a un chico de la talla de Ariel, era tanto como jugar con un oso de felpa. Poco pudo hacer Ariel cuando Damian lo obligó a arrodillarse sobre la cama y presionó con cuidado sobre su espalda para que colocara el estómago sobre el colchón. La posición lo dejaba expuesto y el chico se resistió a ella, una terquedad contra otra aun mayor… La naturaleza de Damian era dominar en cada área de su vida, y entre todas, la más importante sin duda, era someter a su pareja, su instinto se lo requería, era su necesidad de lobo y su orgullo de hombre.

Que el menor le diera batalla lo enorgullecía, pero la decisión en ningún momento había recaído en Ariel.  Tampoco iba a subyugarlo, esa jamás había sido la intención.

DAMIAN

Palmeé sus nalgas como castigo por lo que había hecho, más corriendo fui a besarlas cuando lo escuché quejarse. Lamí, chupé y mordí a mis anchas, él estaba tenso, le incomodaba tener mi rostro en su trasero y específicamente, mi lengua entre sus nalgas. Había fantaseado tanto con este momento, pero esto era cien mil veces mejor.

Con una mano lo retenía, con la otra masajeaba su hombría y mi lengua simulaba penetraciones en su ano, Ariel se contraía impidiéndome el paso, más mi esfuerzo y persistencia logró sus frutos. No solo pude probarlo a mi gusto, la vista fue un panorama que estaba seguro no olvidaría, eso y verlo luchar con determinación. Se negó hasta que su cuerpo entero se removió en un espasmo y terminó en mi mano. En ese momento desistió de luchar y se dejó caer extendiéndose sobre el colchón. Respiraba de forma errática y su cuerpo sufría de temblores involuntarios. Fui a su lado y me recosté cubriéndolo con mi calor, tal y como esperaba, tan pronto me sintió a su alcancé se giró resguardándose en mi pecho.

Ya no importaba quien tenía el control, él volvía a ser mi única prioridad. Cuidarlo y hacerlo sentirse protegido… ¿al final quien ganaba? Lo amaba más allá de cualquier orden que pudiera darle y de la cual muy seguramente él se negaría a obedecer.

—¿Estás bien?

—S-sí — respondió.

—Fue una buena batalla…—me reí cuando me dio un golpe en el pecho con su puño. Y para que no se enojara le dejé un reguero de besos ruidosos en el rostro.

—No sé para qué me tomo la molestia de intentarlo, de todas formas, siempre me ganas.

—Es que soy muy convincente.

—Aja…

ARIEL

Buscó mis labios presionando suavemente con los suyos, se alejaba y volvía, nuestros labios apenas y si se rozaban, entonces se alejaba de nuevo mientras me sonreía en un vago intentó por distraerme de lo demás que hacía, pero era mi pierna y claramente lo sentía restregándose contra ella.  Creo que nunca había estado tan consiente de su cuerpo y el mío como lo estaba ahora.

¿Debía hacer por él lo mismo que me hizo? Solo de pensarlo me llené de vergüenza, no me sentía capaz, tampoco había investigado mucho al respecto y mi experiencia en el tema era relativamente breve. Me alejé de su boca y lo empujé con suavidad para salvar algo de espacio entre nosotros, Damian se dejó caer de espaldas al colchón permitiéndome apreciar su desnudez. Mi corazón dio un vuelco, quizá a estas alturas decirlo estaba más, pero era tan guapo, cada uno de sus movimientos rezumaban virilidad, sobre todo aquellos en los que era tosco y no es que me guste la mala vida, pero sin duda, prefiero cuando me trata como si no fuera a romperme.

Sus cejas pobladas y perfectamente perfiladas, las pestañas tupidas que enmarcaban sus ojos leoninos de mirada feroz, sus labios siempre húmedos debido a su vicio de lamerlos, la ligera sombra de una barba que no dejaba crecer… no pude evitarlo y llevé una de mis manos hasta su mejilla, pese a su apariencia, no picaba, su piel en esta zona era tan suave y solida como el resto de su cuerpo. Con mi mano libre me toqué el rostro sin dejar de acariciar el suyo y se carcajeó cuando comprendió lo que hacía. Sin dejar de reírse se acercó y me besó la frente. Otro de sus vicios, pero me gustaba que me besara.

—Algún día…—dijo—no hoy, ni mañana, posiblemente tampoco en lo que resta del año, pero definitivamente algún día.

Lo mal miré, aún tenía año y medio para “oficialmente” dejar de crecer. En todo ese tiempo muchas cosas podían pasar. Decidí no pelear, el tiempo me daría la razón… volví a empujarlo y casi me le eché encima, solo cuide de no aplastar sus heridas.

—¿Aun te duelen?

—No, ya no —aseguró.

Recorrí las vendas con la mirada y después el resto de su torso. Había tantas marcas, algunas incluso se encimaban sobre otras, no pude evitar pensar en todo el dolor que debió sufrir y el nudo en mi garganta comenzó a ahogarme.

Sus brazos me rodearon y me besó despacio.

—Está bien, sucedieron hace mucho tiempo…—explicó como adivinando mis pensamientos.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas? —me preguntó.

DAMIAN

—Debí estar aquí… —dijo—cuidándote para que no te lastimaras ¡lo siento mucho!

Su ternura siempre lograba conmoverme, pero nunca como ahora. Ariel estaba dispuesto a llorar por mis heridas, sentí que no merecía tanto… su preocupación, mucho menos sus lágrimas. La mayoría de mis heridas las obtuve haciendo cosas que Ariel no aprobaría, pero no fui capaz de confesárselo.

—Cuídame a partir de ahora —pedí.

Cuando Ariel asintió volví a dejarlo debajo, sostuve sus manos por encima de su cabeza y me acomodé entre sus piernas. Me estaba consumiendo en mis ansias, ya no podía postergarlo más. Necesitaba su calor y llenarlo de mi olor.

—No se trata de que no pueda sorprenderte, sin embargo, siento curiosidad —comenté—¿En algún momento pensaste en nosotros haciendo esto? —no lo miraba, mis labios están sobre su cuello, acariciando más de lo que le besaba. Su olor en esta zona era mucho más intenso y se combina con el aroma a cítricos de su champú.

—M-muchas veces… —confesó con las palabras cargadas, en este momento Ariel era como un mar de fondo; solo esperaba la corriente de aire que le hiciera volver a sus orillas.

La piel de su cuello se erizaba ante el calor de mi aliento, su cuerpo se tensaba o relajaba al mismo ritmo con el que mi cuerpo se frotaba sobre el suyo. Sus labios estaban rojos de tanto besarlos y su mente se adormecía nuevamente, su guardia baja era la más vil de las provocaciones o, por el contrario, un cruel engaño.

—Quiero complacerte… ¿Cómo te gustaría que lo hiciera?

Me incomodaba preguntar, pero por encima de cualquier cosa deseaba que Ariel tuviera todo lo que deseaba. Era algo importante, la diferencia entre lo que él significaba para mí y las personas de mi pasado, quería tomar su opinión en cada aspecto de nuestra nueva vida. Que Ariel me tuviera la confianza de decirme cómo y con qué intensidad le gustaba, yo lo respetaría, no pasaría por alto sus deseos más importantes.

—¿Ari? —presioné.

—¿Sí?

—Respóndeme… o te juró que te lo voy a meter sin más —amenacé.

Ariel sonrió y asintió.

—¿Eso quieres? —indagó.

—Yo pregunté primero…

—No quiero pensar ahora —dijo mientras se colgaba de mis labios —hazte cargo, como quieras.

Me estremecí ante sus palabras, no estaba seguro de que Ariel fuera plenamente consciente de lo que estaba haciendo, pero ahora él era completamente mi responsabilidad. Bajé hasta que nuestros estómagos se unieron, mi boca se apoderó de la suya saboreándolo con el mismo ímpetu con que el me frotaba contra su sexo. Mi bosque se abrió un poco más para mí y bailó a mi ritmo esa melodía de sexualidad, se dejó guiar y volvió a sorprenderme lo bellamente vulgar que podía volverse cuando buscaba placer. Gemía en mi boca, mordía mis labios y con sus piernas entorno a mi cadera me buscaba tras cada movimiento. Incitándome, calentándome como el sol en verano. Solté sus manos, pero él continuó aferrándose a la sabana.

ARIEL

—¿Confías en mí? —preguntó con la voz cargada, y temblé de pies a cabeza al escucharlo, no podría asegurar si fue por su excitación o porque sabía que cuando Damian pregunta esto, es porque está a nada de hacer algo que no precisamente iba a gustarme.

Me esforcé para mirarlo… ya no me encontraba en mi sano juicio, la cabeza me daba vueltas, estaba ahogándome y en medio de todo, respondí.

—Sí, confío en ti.

Damian bajó la mano regalándome una última caricia por el torso y dirigió su hombría a mi entrada, —¿Ya? ¿Tan pronto? ¿No quería que primero lo habláramos? —suspiré y me estremecí de ansia, emoción y deseo. Era curioso porque estaba a punto de experimentar algo que parecía aterrador más no sentía miedo, me sentía indefenso, pero a salvo. Damian colocó sus brazos por delante de mis hombros, bajó hasta recargarse sobre mi pelvis asegurando mis piernas a sus costados, estaba apresándome entre su cuerpo para que no pudiera moverme.

—No tengas miedo —dijo —. Se lo que sientes… yo lo siento también.

Era todo lo que necesitaba escuchar.

TERCERA PERSONA

Ariel cerró los ojos y se mordió con fuerza los labios al sentir a Damian moverse sólido sobre su cuerpo, como serpenteando por sus perfiles, mientras empujaba contra su entrada. Algo en su mente decía “relájate” o quizá era el propio Damian quien se lo pedía al sentir su cuerpo tan tenso. Ariel no podía asegurarlo, lo único que sabía en estos momentos era que apenas comenzaban y ya dolía. No importaba que lento y con cuanto cuidado se moviera, su ahora amante estaba lastimándolo.

Contuvo la respiración y se tragó sus gemidos para que Damian no se enterara, porque sabía que si él se daba cuenta se detendría y quizá no volverían a intentarlo en mucho tiempo, no quería fallarle a él y, sobre todo, no quería fallarse así mismo.

Damian, lo sintió encogerse bajo su cuerpo y aunque lo que quedaba de su razón le decía que debía asegurarse de que Ariel se encontrase bien, su olor lo distraía de cualquier lógica —una deliciosa combinación de dolor y miedo — mezclado con el sudor que comenzaba a perlar su piel, lo estaban volviendo loco. El olor natural del chico que se abría como una flor de pétalos delicados seduciendo a un colibrí. Y en estos momentos él era esa avecilla y quería cada gota del néctar de Ariel. Su esencia era embriagadora, la inocencia de sus gestos y la forma en que soportaba el dolor era delicioso. Damian no tenía forma de protegerse contra tal ataque, no había manera de no responder a su instinto natural. Lo que Ariel provocaba en él era algo que no había sentido antes. Tanto que el humano inocentemente estaba cediendo ante el lobo. Su mente aturdida, su razón empañada y su cuerpo al mando.

No lo escuchó gritar, cuando tras olvidar los cuidados iniciales terminó de penetrarlo de golpe. Ariel sintió que se quedaba sin aire, sus manos se sujetaron a los hombros de Damian y los fue bajando arañándole los brazos, le encajaba las uñas para no gritar de nuevo. Las exhalaciones del moreno le calentaban el rostro, Damian casi jadeaba, Ariel lo retenía, envolviéndolo y desquiciándolo con el calor de sus paredes. Lo deseaba, cada aspecto de su persona la quería para sí. Damian empujó un poco más y Ariel aventó la cabeza hacía atrás. La hermosa curvatura de su garganta puso a temblar al más alto, quien sin pedir permiso fue al cuello ajeno y lamió antes de besar. La suavidad de la piel, el correr de la sangre por las venas más gruesas creaba un sonido ventoso que repiqueteaba como llovizna en los tímpanos de Damian. Era demasiado para él, su corazón en su pecho latía tan frenético que casi dolía. Desnudó sus colmillos raspando suavemente, buscando ese espacio entre el cuello y el hombro izquierdo del chico, las ansías le ganaban, quería morder, su naturaleza le ordenaba clavar los colmillos, rasgar la piel.

Ariel había apretado con fuerza los ojos, rendido. Lo soportaría y más que eso, de alguna manera lo deseaba. Sabía que Damian lograría despertarlo y todo sería mejor después del dolor. Sin embargo, el moreno escondió el rostro en el cuello del chico, frotando sus mejillas contra la piel de Ariel, mientras le ronroneaba. Era como un enorme gato que buscaba un poco de ternura. Ariel en cambio, lo interpretó de otra manera.

Este día lo había visto dudar más veces que todas las anteriores juntas desde que lo conocía. Ariel no lo entendía, quería sentirse invadido y dominado, era a lo que Damian lo había acostumbrado y lo necesitaba.

—Hazlo… —ordenó con voz vibrante —Muérdeme.

Ante el permiso que solicitaba, los caninos de Damian crecieron mientras se hincaban en su cuello. No había forma de explicarlo, el dolor era intenso y reconfortante. Ariel sintió un calor recorrer cada una de sus extremidades, una sensación mucho más intensa de lo que anteriormente había experimentado.

La intensidad era producto de su reciente unión con su animal protector, la fuerza del lobo en su cuerpo, la sensibilidad y pasión característicos de las hembras. Poderes y naturalezas que se harían visibles al momento en que Ariel se dejara marcar por un macho dominante como Damian, al cual a partir de este momento estaba reconociendo como su pareja.

Cuando Damian se separó, Ariel le pasó los brazos por el cuello, lo atrajo hacía él, mientras dejaba caer las piernas a los lados. Antes de besarse, los ojos ambarinos se perdieron en la mirada azul eléctrico de Ariel. Había cambiado, las pupilas negras formaban una “o” perfecta y el iris que antes habían sido como un cielo despejado, ahora se habían tornado como agua clara contenida por un marco negro. Era una mirada indómita, inusualmente hermosa, tan bella como salvaje.

Damian sintió la amenaza de esos ojos que le miraban por primera vez, que le advertían que se anduviera con cuidado porque Ariel ya no estaba indefenso. Y fue suficiente el batir de las pestañas largas del chico para que sus ojos regresaran a la normalidad. En un primer momento Damian no pudo reaccionar, Ariel tuvo que despertarlo al acariciar con la espalda de su mano, la mejilla del más alto.

—¿Qué sucede? —le preguntó con voz tranquila, como si temiera asustarlo.

Damian retuvo la mano que lo mimaba y llevándola hasta sus labios, la besó. Tenía puesta toda su atención sobre Ariel, como si hubiera pasado demasiado tiempo sin verlo. Aun en su interior, había dejado de moverse, no hacía otra cosa que admirarlo. Volvía a ser solo él… solo un hombre. Tarde cayó en la cuenta de que estaba aplastándolo, y cuando quiso incorporarse Ariel se quejó.

Verse unido a él fue una agradable sorpresa que se empaño al darse cuenta de que no recordaba cómo habían llegado a esto.

—¿Te hice daño? —preguntó alarmado.

Ariel no se encontraba en condiciones de dar grandes explicaciones, “daño” como tal, no, ¿dolor? De eso sí ya había tenido bastante, pero no era como para que Damian tuviera esa expresión atormentada. Negó con cabeza, no pudo ni quiso hacer más, lo que sí hizo fue abrazarse a Damian, buscando sus labios.

No quería palabras, en este momento necesitaba otro tipo de consuelo. Damian lo rodeó con una mano, mientras que con la otra se sostenía, se besaron con la misma lentitud y cuidado con la que Damian comenzaba a moverse dentro de él, un movimiento cadencioso, insinuante y placentero. El moreno cuidaba de no salir completamente del chico, quería acariciarlo, compensar el dolor que parecía estar sufriendo, más Ariel se negaba a soltarle la boca. Gemía tímidamente en sus labios, esforzándose por relajar su cuerpo cada vez que se sentía invadido. Ahora estaba bien, se sentía seguro siendo abrazado por quien amaba.

Era como si finalmente hubieran encontrado la postura correcta, la sincronía que permitía que sus ansias nuevamente afloraran. Poco a poco Damian fue aumentando el ritmo, hasta que Ariel ya no podo sostenerse más y se dejó caer sobre el colchón.

Ariel le aruñaba el cuello, los hombros incluso la espalda, todo lo que tuviera a su alcance. Damian soportaba de la misma manera en que el chico lo hacía, Ariel casi podía jurar que la virilidad del moreno seguía creciendo en su interior, perforando, calentándolo más hasta sentir que se consumía. Cada parte de su cuerpo que Damian había tocado y besado le ardía. El calor era intenso, tanto como los ojos de oro fundido de su moreno.

Damian no le daba tregua, lo penetraba con la rudeza torpe de alguien que intenta ser delicado. Cuando no se estaban besando, se sostenían la mirada, y en sus ojos encontraban todas esas declaraciones de amor que no pueden ser dichas con palabras, porque aún no han sido creadas. Había tal elocuencia en esos pestañeos que se negaba a llegar creando pausas, que incluso el mejor discursante se hubiese sentido celoso de verlos. Los gemidos bravíos de Damian, se perdían entre el cimbreante escándalo que Ariel estaba haciendo.

No se guardaban nada, no había necesidad de hacerlo. Eran suyos ahora, se pertenecían y poco importaba si el bosque entero se enteraba del pasional encuentro que estaban sosteniendo.

Damian rodó sobre su espalda dejando al chico sobre él. Ariel no parecía saber qué hacer, ni siquiera podía sostenerse a sí mismo. Damian lo recostó sobre su pecho y aun debajo de él siguió moviéndose, mientras le acariciaba la espalda y sus costados.

Aturdido y como estaba Ariel comprendió como iba el asuntó. Se obligó a incorporarse y con ambas manos sobre el estómago de Damian, empezó a guiar el ritmo de las penetraciones. El moreno lo sujetaba por los costados para evitar que se desplomara.

Ver a Ariel cabalgándolo era más de lo que su mente podía procesar, sin dejar de cuidarlo, llevó una de sus manos al pene del chico y comenzó a sobarlo, lo masturbaba al mismo ritmo en el que Ariel se movía sobre él. Sonrió al ver que como en un efecto magnético su bosque aumentaba el ritmo y la profundidad de las embestidas, se movía en círculos con los ojos cerrados y clavándole las uñas en el estómago. El chico comenzaba a decir palabras ininteligibles, pero Damian supo que era inglés. Estaba perdido, entregado a su placer, nada más importaba ahora, Ariel estaba hundido en un mar de sensaciones que nunca había experimentado, pero a las que, a partir de ahora, tendría acceso con tan solo desearlo.

Ariel gimió de tal manera que Damian sintió temblar todo su cuerpo, de inmediato lo derribó dejándolo debajo nuevamente y levantando sus muslos, lo arrinconó penetrándolo con fuerza, arremetió contra él sin piedad hasta que el chico terminó en un esplendoroso gruñido y solo un par de embestidas bastaron para que Damian lograra su propia liberación. Intentó salir antes de dejar su semilla en el interior de Ariel, pero una oleada de placer no es algo que pueda controlarse.

El chico quedó rendido sobre el colchón, y en un movimiento por demás instintivo Damian se agazapó sobre él, resguardándolo. Una acción poco humana, pero que estaba directamente relacionada con la naturaleza de Damian. Al ver a Ariel vulnerable, su lobo sentía la obligación de asegurarse que nada ni nadie amenazaba su seguridad. Era suyo, iba a protegerlo con su vida si era necesario. A razón de esto, la mirada salvaje de Damian recorrió toda la estancia, sus oídos barrían y colaban los sonidos que arrastraba el viento buscando algún tipo de amenaza.  Aun en su piel de humano, sus sentidos estaban despiertos logrando por primera vez la unión de sus dos naturalezas en una sincronía tan perfecta y fluida que lo volvían un arma letal. La agilidad, inteligencia y fiereza del lobo, la fortaleza y pasión del humano. Quien osase, acercarse a Ariel en estos momentos, corría el serio peligro de no volver a respirar.

Una vez que se aseguró de que Ariel no corría ningún tipo de peligro, se recostó a su lado, abrazándolo. Cubrió la desnudez de su apareja con lo que restaba de la sabana y lo besó.

Fue un beso distinto a todos los que habían compartido hoy. Una caricia libre de connotaciones sexuales era su forma de decirlo que lo amaba. Ariel correspondió el gesto, haciendo un verdadero esfuerzo por moverse. Su cuerpo aún estaba caliente y la agitación no había menguado, pero su cuerpo comenzaba a sentirse dolorido.

—Ahora eres mío… —susurró Damian orgulloso, apretujándolo contra su pecho.

—Fui tuyo desde esa vez en la que te salvé la vida, después de que caíste de tu motocicleta por manejar a exceso de velocidad… no pude sacarte de mi mente desde esa vez. —Ariel rio ante su comentario.

—No es así como recuerdo que fueron las cosas, pero tampoco pude sacarte de mi mente desde esa vez. Soy feliz contigo, si te tengo a ti no necesito nada más. Te amo, cachorro… —no se trataba de que Damian se estuviese volviendo sensiblero, simplemente expresaba lo que sentía. Ahora tenía a quien pertenecerle, ya no era un lobo solitario, tenía una pareja para toda su vida, una manada.

—¡Te amo! —respondió Ariel.

Y aunque su confesión fue breve, era solo porque el cansancio estaba aplastándolo. Porque en su interior, perder a su padre por haber elegido a Damian, había sido la mejor inversión. El rechazo de su madre ya no importaba, las aflicciones de su niñez se desvanecían. Ahora estaba rodeado de gente que lo amaba y valoraba por quien era, se sentía pleno con Damian, protegido y sensual.

Estaban juntos, estaban en casa, se amarían por lo que durara la eternidad.

Capìtulo 47 ME CAMBIASTE LA VIDA

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CAPÍTULO 47

 

ME CAMBIASTE LA VIDA

“Una verdad que es tan ruidosa que no puedes ignorar, no nos pertenecemos a nosotros mismos; somos el conjunto de las personas a las que amamos, las que no podemos dejar atrás”.

 

—¿No te quedarás? —preguntó Deviant detrás de mí.

—Mi abuela dijo que debía volver a casa —expliqué mientras terminaba de juntar mis cosas, no eran muchas, solo mi abrigo y el celular que no recordaba a donde lo había dejado—me hubiera gustado quedarme, pero me está esperando.

—¿Cenas con nosotros? Compré suficiente comida para los tres —insistió.

—¿Los tres? ¿Han no viene? —La expresión de Deviant cambio, negó lentamente y me dio la espalda. Mi intención no era entrometerme, pero se veía afligido así que no pude fingir que no lo había notado —¿Hablaron?

—Está molesto, pero se le va a pasar —su convicción fue pobre, se abrazó a sí mismo y se sentó en el sillón individual—¿No quieres que te lleve a casa? —ofreció.

—Pedí un taxi y ya viene en camino —le dije, aunque después me arrepentí, a lo mejor Deviant no quería estar en casa y yo le había rechazado o algo así. En un intento por hacerle sentir mi apoyo me senté frente a él. No sabía que decirle para reconfortarlo y tampoco pretendía regalarle el oído diciéndole que Han estaba exagerando o victimizándolo. Ambos habían sido responsables, debía ser una culpabilidad dividida.

—Vamos a darnos un tiempo…—susurró sin mirarme—no quiero que nadie más lo sepa, quedará entre nosotros dos. Ni siquiera Damian, sobre todo él ¿comprendes? —me miró fijamente, exigiendo mi silencio. La noticia me dejó apabullado, ¿iban a darse un tiempo? De donde vengo eso significa que la relación llegó al final y por primera vez desee con fervor que aquí significara literalmente darse un tiempo—¿Ari? —presionó.

—Sí.

—¡Gracias!

Se puso de pie y se perdió con rumbo a la cocina, no hubo lágrimas ni uno de esos dramas que Damian decía que Deviant era experto en montar. Solo una declaración formal de un hecho que parecía inevitable y del cual él intentaba aceptar con resignación.

¿Resignación? No, debía ser algo más, Deviant lo dejaba ir por otro motivo, uno mayor. Quizá tenía que ver con lo que Samko y James discutieron cuando estábamos en la sala. —La culpa la tiene Deviant, por prestarle demasiada atención a Damian, —eso había dicho James—Han está harto de ser el segundo en su vida. No puedes juzgarlo por eso.

—¿Demasiada atención? —balbuceé sin darme cuenta. Mi mente trabaja al mil por hora, ¿todo esto era por Damian? ¿A Deviant a un le interesaba? —El segundo en su vida.

Sentí una punzada en el pecho, el ardor de los celos aflorando en mi interior.

Durante los siguientes segundos no pude moverme; la angustia que me producían mis pensamientos era molesta, y aunque quizá no tenía la certeza de nada tampoco poco podía sacarme la idea de la cabeza.  Cuando logré ser consiente de mí, volví a la habitación para despedirme de Damian. Aun dormía, después de tanto hablar simplemente cerró los ojos y el cansancio de sus heridas lo atrapó en un sueño profundo. Me acerqué a la orilla de la cama y cuidando de no moverlo, me incliné sobre él y besé su frente.

—Vendré mañana… —susurré—pórtate bien mientras no estoy.

Me aseguré de arroparlo bien para que no pasara frío y solo después de echarle una última mirada, salí de la habitación cerrando la puerta tras de mí. Deviant estaba con la espalda contra la pared y al verme salir me sonrío. Los Katzel eran muy sigilosos, podías dejarlos en un lugar y de un segundo para otro ya estaban en otro, todo en completo silencio; tal y como ahora que no lo había escuchado volver de la cocina.

—Eres muy tierno.

—Para nada —negué—solo me preocupo por él.

—Pues gracias, Damian es muy complicado y me inquietaba lo que sería de él cuando yo no estuviera, pero desde que llegaste ya no tengo esa angustia, sé que, si está contigo, estará seguro.

—¿Cuándo no estés? ¿a dónde vas a ir?

—Por ahí… —me sonrío sombríamente, tanto que, aunque quise corresponder, no pude.

¿Le interesaba si o no? Quise preguntar, pero no me atreví. Existía una enorme posibilidad de que yo estuviera viendo cosas que no son, y me sentí mal de juzgarlo sin conocer sus verdaderas razones. Mentalmente me regañé porque yo no solía ser así.

—¿Estás seguro de que…?

—¡Sí! —me interrumpió.

—¿No crees que puede darse cuenta? —pregunté refiriéndome a Damian. Deviant suspiró mientras negaba lentamente.

—Pese a lo que mis hermanos creen, puedo llegar a ser realmente maduro si me lo propongo. Han quiere un tiempo, unos días, meses o años, que se yo, no puedo obligarlo a estar conmigo, aunque quiera.

—¿Solo así? ¿sin más?

—Quizá también yo quiero ese tiempo, solo que aún no lo sé.

—¿Y el compromiso? —negó lentamente.

—No lo sé.

—¿Quieres que hable con él?

—No, no.

—Pero Deviant… —no lo comprendía, ¿cómo simplemente iba a dejar las cosas así?

—Estaremos bien, —me interrumpió—aun si cada uno continua por la vida por caminos separado lo único que importa es que estemos bien. No vamos a morirnos por no estar juntos… eso no sucederá.

—No creo correcto sacrificar un amor por otro —lo dije sin pensar, y me sentí terrible cuando Deviant me miró taciturno, sin embargo; había determinación en su mirada — No estoy de acuerdo, pero si lo han decidido de esa manera, lo respeto.

—Ve a casa y trata de descansar.

Me llevó hasta la entrada del condominio, el taxi ya me esperaba.

—¡Hasta mañana! —se despidió con un movimiento de mano, antes de cerrar mi puerta.

Y aun cuando el auto se puso en marcha él continúo inmóvil en la acera. No importaba lo que había dicho, estaba seguro de que la estaba pasando muy mal.

 

TAYLOR

Bajé del auto y me encaminé a la entrada de la casa, llegué a la mitad del patio y di media vuelta para regresar a mi auto, odiaba ser ave de malas noticias. Ahora creía que debí insistirle a Sedyey con eso de que ya era muy tarde para avisarle a Ariel, que era mejor que habláramos con él, mañana temprano.

Abrí la portezuela, pero no me subí. Volví la mirada a la casa; la mayoría de las luces estaban apagadas y no era para menos, eran casi las once de la noche. Y francamente no tenía valor para despertarlo y darle malas noticias.

—¿Taylor? —literalmente sentí que una corriente eléctrica me traspaso el cuerpo y me sujeté con fuerza a la puerta de mi camioneta. Estaba distraído en mis pensamientos que la voz detrás de mí me causo escalofríos, aunque claramente pude reconocerla como suya.

—¡Diablos, Ariel! ¿acaso intentas matarme?

—No.

—¿De donde rayos saliste que no te escuché?

—Fui a dar un paseo.

—¿A medía noche? ¿En un bosque a oscuras? ¡Estás loco! —se río como si estuviera exagerando todo ¿pero a quien se le ocurre dar un paseo a esta hora? —No has visto esas películas en las que a los curiosos como tú les pasan cosas terribles por andar a media noche. Drácula está a unos kilómetros de aquí, —señalé al oeste refiriéndome al castillo de Bran—¿Qué vas a hacer si se te aparece de la nada?

—No creo en esas cosas y tú deberías hacer lo mismo.

—No dirás lo mismo cuando aparezca frente a ti uno de esos fantasmas que son famosos por aquí, y todo por andar en el bosque a mitad de la noche.

—Llegué a casa hace menos de una hora, pero no podía dormir así que salí a caminar. —explicó como si nada— ¿Qué sucede? —suspiré inquieto, si de por sí el pobre no podía dormir, con lo que iba a decirle, menos.

—¿Quieres dar otro paseo? Hay algo de lo que necesito hablarte.

Avanzamos en silencio sobre la avenida principal, ya que definitivamente no iba a meterme al bosque. Ariel iba a mi lado perdido en sus pensamientos y hasta ese momento me percaté de que no le había preguntado porque no podía dormir.

—Las cosas con Damian ¿siguen mal? —no respondió a la primera, pero la sonrisa discreta en sus labios delató que no.

—Estamos en eso —dijo.

—¿Están en eso…? ¿Qué significa “eso”?

—Me pidió que formalizáramos la relación —me detuve de golpe, pero Ariel siguió caminando con total normalidad, como si hubiera dicho que mañana lunes es de frutas y verduras en el supermercado, que, por cierto, lo era.

—¿Te pidió que…? —me apresuré y le di alcance—¿Qué le respondiste? ¿Aceptaste?

—Algo así.

—¿Cómo que “algo así”? Soy el mejor amigo que encontraras en Sibiu, exijo saber qué y cómo lo dijo —lo mal miré cuando se echó la carcajada. —¿No vas a contarme?

—No hay mucho que contar, Damian puede llegar a ser muy convincente cuando quiere. Hablamos mucho, pusimos reglas que no sé si él va a poder cumplir o no, por lo menos, va intentarlo y también yo… —se veía feliz mientras hablaba, más que nada ilusionado y me sentí dichoso por él.

—Es lo correcto —aseguré—. Cuando dos personas se aman deben estar juntas y estoy convencido que lo de ustedes es amor; el más loco e incoherente amor. Son tan diferentes que era imposible que no terminaran juntos.

—¡Gracias! —dijo —Ojalá James y tú puedan concretar pronto.

—¿Concretar pronto? —repetí desconcertado—Interesante elección de palabras. Aunque James y yo no vamos por ese camino.

—¿No? ¡Que raro! —agregó como quien no quiere la cosa —Pensé que esas miradas que se echan y el que todo el tiempo con motivo o no, estén tocándose. El que vaya a tu departamento a “dormir” y queden a citas a media noche era porque ustedes… ya sabes —me miró acusadoramente, como si supiera algo que creía también era mi de conocimiento, aunque obviamente yo no sabía nada.

—¿Si te das cuenta de lo raro del asunto? Los amigos no se tratan como lo hacen ustedes.

Dudé sobre decirle o no, pues no era información que me perteneciera solo a mí, pero al mismo tiempo sabía que Ariel es alguien en quien puedo confiar.

—Tiene sentimientos por su hermano —solté de mala de gana.

—Por supuesto que los tiene, es su hermano —respondió y de alguna manera me incomodo que estuviera enterado ¿será que James se lo había contado? Probablemente. Ellos también eran amigos así que no debería sentirme tan especial por las cosas que James me cuenta.

—No ese tipo de sentimientos.

—Samko tuvo un amor no confesado por James, ellos vivieron juntos muchos años y en todo ese tiempo James no lo notó, ¿sabes por qué? —lo miré inseguro, la luna en lo alto iluminaba, pero no lo suficiente para que pudiera apreciar a detalle los gestos que hacía — porque no sentía lo mismo por Samko. Lo quiere y mucho, para James era normal recibir todas esas atenciones por parte de Sam porque siempre las tuvo. Y cuando Samko se decidió por Gianmarco, James actuó por celos.

—¿Celos?

—¡Claro! Samko es el menor. —Explicó con total soltura—James se enfrentó a lo que significa vivir sin Sam a no recibir todas las atenciones que le eran regaladas y peor aún, a saber, que ahora se las daba a otro hombre. Y no a cualquier hombre, Gianmarco y James nunca se han llevado bien, indirectamente se han peleado por Samko toda la vida; aunque por razones muy diferentes. James estaba decidido a no perderlo, aunque tampoco le ofrecía lo que Sam necesitaba, por eso no están juntos y lo que ahora siente, es solo culpabilidad. Está empeñado en remediar el dolor que le causo, y lo hizo, pero no de manera intencional. Después de todo Samko no se lo confeso abiertamente.

Además, en varias ocasiones lo escuché quejarse de Samko, diciendo que lo obligaban a cuidarlo. No solo se levantó un día y se dio cuenta que lo amaba, está confundido y es justo ahí donde entras tú.

—¿Yo? —dudé—No lo creo, Ari. La otra vez me dijo que era la primera vez que sentía algo por un hombre y que después de Samko no volvería a caer en lo mismo. Que no se veía a si mismo como un homosexual.

—¡Aja! ¿De casualidad te lo dijo mientras estaba en tu cama, entre sus sabanas? —hubo una clara nota de sarcasmo en su voz. Ariel no solía hablarme con ironía así que no supe cómo interpretarlo — Solo piénsalo Taylor, se te acercó por gusto, nadie lo obligó como con Samko. A pesar de las amenazas de Deviant ha permanecido cerca de ti, demasiado cerca. Y hasta donde yo lo veo, está tentando seriamente a su heterosexualidad al ir a tu departamento… ¿hablar? ¿De que tanto platican? Peor aún… ¿Qué van a hacer cuando los temas de conversación se agoten? ¿Qué no te das cuenta de que todo esto es un pretexto de su parte para estar contigo?

No sabía que pensar, todo lo que Ariel decía tenía sentido, pero al mismo tiempo el que entre nosotros no haya pasado nada me causaba cierta inseguridad. No quería crear castillos en el aire, eso y sin mencionar que si su hermano se enteraba iba a despellejarme vivo y después estaba mi familia que tampoco lo iba a aceptar.  Aunque nadie tenía que enterarse… pero ¿realmente quería una relación de ese tipo? Nunca me he escondido y honestamente tampoco deseaba empezar ahora.

—Se lo que piensas… —repuso— En mi opinión, está esperando a que tu des el primer paso, pero no lo hagas —advirtió—. Si eres tú quien lo hace entonces él tendrá conque escudarse. Si en cambio, lo provocas lo suficiente como para que muestre lo que realmente desea contigo, entonces no podrá negarlo después. Aunque igual lo hará, pero ya no va a contar.

—¿Por qué de repente pareces saber mucho del tema?

—James es muy predecible.

—¿Comparado con Damian? Porque a mí no me parece nada predecible.

—Es porque tú lo ves con otros ojos —me detuve.

—Entonces, ¿Qué se supone que debo hacer? —Ariel me imitó, se giró para mirarme y lo pensó unos segundos.

—Coquetéale sutilmente, pero no cedas cuando él haga lo mismo, porque te aseguro que lo hará. Es muy listo, y esa aparente serenidad… es pura pantalla. No bajes la guardia con él porque podrías sorprenderte.

Asentí, aunque no estaba convencido de nada aún. Lo que sí, es que ya no podía dejar seguir pasando el tiempo con respecto a lo que vine a decirle. Le ofrecí volver y él aceptó. Internamente buscaba mi valor, pero al no encontrarlo por ningún lado simplemente lo dejé salir.

—Te quitaron la beca —volví a detenerme y él solo pudo dar pasos más.

—¿Qué?

—Por favor, no me hagas repetirlo, —supliqué—Sedyey está haciendo todo lo posible, pero tu benefactor retiró el apoyo. Mañana te lo van a anunciar, por eso vine. Sedyey creía que era mejor que estuvieras enterado.

Lo vi inquietarse y sabía que no era para menos, pero me sorprendió cuando intentó disimular. Ariel era así, demasiado considerado con todo el mundo. Intentando sostenernos cuando él mismo ya no puede mantenerse en pie.

—Bueno… ya sabíamos que algo así podría pasar, —susurró—haré lo que habíamos planeado, volveré a Arizona y le pediré ayuda a mi abuelo, es la única esperanza que me queda.

—Ariel… quieren expulsarte. La universidad ya no representara tus pinturas y nos dijeron que nosotros tampoco podemos ser tus benefactores. Hay personas detrás de todo esto que no te quieren en la universidad y están haciendo uso de sus contactos para sacarte.

Se echó a andar, lo seguí, pero le di su espacio. Así recorrimos todo el trayecto de regreso a la casa, él con la vista fija en el piso y yo sintiéndome impotente. Cuando llegamos al vergel, se detuvo y me buscó con la mirada.

—Si no puedo estudiar aquí volveré a mi país.

—¿Volver?

—No puedo quedarme sin hacer nada y no quiero darles más molestia a mis abuelos. Creo que lo mejor es volver, ahí la educación es casi gratuita y mientras no tenga trabajo el gobierno me ofrece un subsidio mensual. Es mucho más de lo que aspiro a conseguir aquí.

—¿Pero y Damian? —lo que realmente quise preguntar, era que iba a ser mí sin él, quise decirle que me dolería que se fuera, pero no me atreví. No quería darle más preocupaciones ni complicarle las cosas.

—Me lo llevaré en la maleta —dijo e intentó sonreír, pero solo logró mostrarse mucho más afectado. Estaba seguro de que no se atrevería a hacerlo decidir entre su familia y él, así que eso significaba dejarlo —. Prométeme que no se lo dirás a nadie.

—No pensarás irte sin avisar; por lo menos, deja que vayamos a despedirte.

—¿Crees que podría irme con ustedes estando ahí? No, no quiero que nadie lo sepa. Si mañana me confirman mi expulsión el martes me voy a primera hora.

 

TERCERA PERSONA

—No sé cómo puedes ser tan descarado como para volver a poner un pie en esta casa —profirió Sedyey rebosante de indignación, la persona frente a él se acomodó el abrigo como sacudiéndose las palabras dichas y lo miró impaciente.

—Eres correspondido en cuanto al desprecio que sientes por mí, nunca me agradaste y seguirá sin suceder, solo dile que estoy aquí, así tu y yo nos evitamos esto.

—No está y de mi cuenta corre que no te le vuelvas a acercar —la amenaza implícita era algo que Sedyey estaba dispuesto a cumplir con tal de evitar que Wayne y Taylor se encontraran.

Había razones poderosas para no permitirlo, y es que Wayne representaba en la vida de Taylor un pasaje oscuro y turbio del cual había luchado durante años para dejarlo atrás.  Sedyey fue testigo de la decadencia en la que Taylor quedó hundido cuando Wayne se fue, la desesperación y el desconsuelo que lo llevaron a abandonar temporalmente la carrera y terminar en un anexo. Sin embargo y pese a los intentos desesperados de Sedyey, el destino parecía encaprichado en ponerlos de frente una vez, por lo menos, eso fue lo que Wayne creyó cuando la luz de las direccionales de un auto al entrar los alumbró distrayéndolos de la discusión que sostenían en la marquesina principal.

Al ver la camioneta dirigirse al pórtico Wayne sintió el nerviosismo de verlo, porque aun si no tenía forma de explicar los motivos por los que se fue ni los que le impidieron volver hasta ahora, Taylor había sido especial en su vida, continuaba siéndolo. Y hubo una sonrisa disimulada en su rostro al darse cuenta de que había aspectos en Taylor que ni el pasar de los años habían cambiado, ha decir, su gusto por los autos grandes.

Dejando a Sedyey con la palabra en la boca Wayne le dio la espalda y bajó las escaleras casi de dos en dos con rumbo al estacionamiento. Sedyey lo siguió, pero nada pudo hacer para esconderlo de la vista de su hermano. La expresión de Taylor al bajar de la camioneta lo dijo todo; no esperaba ni en sus sueños más locos volver a estar frente a Wayne y mucho menos que este casi corriera a su encuentro y se echara a sus brazos como si nada de todo lo que ocurrió tras su partida, hubiese sucedido. Ya no existía entre ellos esta familiaridad ni la cercanía, no después de que se fuera tan de la nada, no después de que le dijera que no perdiera de vista el calendario porque él volvería y, sobre todo, no después de que Taylor había cambiado los últimos diez calendarios sin tener noticias suyas. Taylor sintió el deseo de rechazarlo, de apartarlo de tajo de su lado. Los sentimientos removidos no eran gratos, al contrario, solo le causaban dolor. Ya no reconocía a esta persona como parte de él, ahora lo detestaba… tal vez, incluso lo odiaba.

Taylor miró a Sedyey como suplicando ayuda o peor aún, como pidiéndole que lo alejara antes de que él cometiera alguna estupidez. Su hermano se movió con seguridad y tomando a Wayne por los hombros lo empujó separándolo de su hermano.

—¡Déjame! —pidió Wayne —Vete, quiero hablar con él.

—Nadie me dice que hacer y menos en mi casa, —Sedyey se le plantó de frente interponiéndose entre él y su hermano —lárgate de una buena vez—ordenó furioso—. Nunca fuiste bienvenido en esta casa.

—Taylor, por favor… dile que pare —suplicó Wayne—. No dejes que nos haga esto—Taylor le dedicó una mirada fría y lúgubre ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Por qué volvía después de tantos años? ¿Por qué justo ahora?

—¡Vete! —dijo—Tu y yo no tenemos nada de que hablar.

—Taylor, por favor.

—¡No!

Ya no quiso escuchar nada más de lo que Wayne tuviera que decir, ya no, ¿para que? ¿Qué caso tenía ahora? Dándole le espalda regresó sobre sus pasos hasta su camioneta, subió con prisa y se marchó sin mirar por el retrovisor, con la misma indiferencia con la que hace muchos años Wayne se fue. Sin importarle sus suplicas, solo quería estar lejos, y no pensar más en él.

 

El viaje hasta su departamento pareció durar segundos, Taylor recordaba haber salido de la casa de su padre, pero ahora subía hasta su piso, aturdido y sin saber cómo condujo hasta aquí, tanteó en las bolsas de su pantalón en busca de la llave de su camioneta, no la encontró— quizá porque las traía en la mano— y aunque pensó en volver al estacionamiento, no lo hizo.  En cuanto la puerta del elevador se abrió, prácticamente corrió hasta la entrada de su departamento.

Cuando llegó a la puerta se sujetó de la chapa, nuevamente el problema de la llave lo inquietó, como iba a entrar si no tenía con qué. Inconscientemente recargó la frente sobre la madera fría, mentalmente decidía si la echaba abajo a patadas o volvía al estacionamiento por las llaves. Distraído como estaba, no fue capaz de notar la presencia de James detrás de él, para ser exactos, sentado en las escaleras que daban de frente a su puerta.

 

JAMES

Pasaba de medía noche y él aun no llegaba a su departamento, sabía que dejaba una llave de repuesto en la entrada, pero no me atreví a usarla. Pensé en llamarle y exigirle que viniera, sin embargo, cada que estaba a punto de teclear su número, me arrepentía.

Llevaba poco más de hora y media esperando y todo un mar de posibilidades con respeto a los lugares en los que podría estar en compañía de quien sabe quién. Y cada nueva posibilidad me molestaba más que la anterior, porque no lo quería con nadie más.

Había dicho en más ocasiones de las que me gustaría reconocer que si Taylor no llegaba en diez minutos me iría, me encontraba en medio de una de esas veces, cuando me asomé después de escuchar la puerta del elevador abrirse y pude comprobar que era él; mi frustración menguó drásticamente pero no mi enojó. Iba a reclamarle, quería saber a dónde y con quien estaba. Más cuando lo vi recargarse contra su puerta intuí que algo andaba mal con él.

Taylor es extraño, hace cosas raras casi todo el tiempo, pero en esta ocasión parecía afligido. Le dio un puñetazo a la puerta y tuve que intervenir para que no se hiciera daño, pues tuvo la clara intención de repetirlo.

—Oye… ¿Qué sucede? —le pregunté una vez que lo hube sujetado del hombro y le obligué a mirarme.

—¿James?

—¿Qué sucede? ¿Por qué haces esto? —repetí.

—¿Estabas aquí? —parecía aturdido, me miraba como si yo fuera una aparición.

—Respóndeme Taylor, ¿Qué te pasa? —apartó la mirada de mí y la clavó en la nada —¿Taylor? —me preocupé, él no era así y tampoco parecía estar ebrio. Mis manos fueron a su rostro envolviéndolo, me miró de nuevo y resultó que su mirada estaba cristalina y los bordes de sus parpados se pusieron rojos —¿Qué ocurre? —pregunté casi en un susurro.

—Creo que perdí mis llaves.

Miré su mano libre, las llaves colgaban de ella. Las tomé y abrí la puerta, la sostuve para conducirlo dentro y cerré poniendo el seguro.

—Perdí mis llaves…—repitió detrás de mí.

—Aquí están tus llaves —dije, poniéndolas frente a él.

Lo llevé hasta la sala y le pedí que se sentara, coloqué una manta sobre los hombros porque estaba haciendo un frío insoportable o quizá eran solo mis nervios. Las pupilas de sus ojos estaban dilatadas al máximo, su piel se había tornado pálida, pero no había heridas visibles, aunque las manos le temblaban ligeramente.

—Taylor, ¿te golpeaste con algo? —pregunté mientras le dejaba una taza de té caliente entre las manos —¿Quieres que llamé a un médico para que te revise?

Estábamos en esto cuando llamarón la puerta, Sedyey gritó desde el otro lado pidiéndole que le abriera. Bien, estábamos en problemas, su hermano no podía verme aquí y Taylor continuaba ido. No supe que más hacer que echarle el té encima. Siseó al sentir el agua hirviendo sobre su pecho, y aunque quizá no fue lo mejor, por lo menos, se veía más consiente.

—¿Por qué hiciste…? —le tapé la boca con mi mano para que no gritara.

—Tu hermano está en la puerta —dije.

Apenas y si alcanzó a llegar antes que de Sedyey terminara de abrirla, por supuesto, era su hermano y tenía una copia de la llave. Taylor se pegó a la puerta impidiéndole el paso y tuvo que dar muchas explicaciones con respecto a porque había tardado en responder, así como el motivo por el que su ropa estaba mojada.

—Me quedé preocupado y como no respondías a mis llamadas decidí venir… —explicó Sedyey.

—No sé dónde dejé mi celular… hoy estoy un poco torpe, pero no te preocupes, solo necesito dormir.

—Lamento mucho esto, esperaba que no tuvieras que toparte de nuevo con él. Recién estaba llegando a la casa cuando apareció en la puerta, quise avisarte para que no fueras, pero Wayne se empeñó en que lo dejara pasar —me quedé pegado a la pared escuchando, alcanzaba a ver el rostro de Taylor, el tema le incomodaba, pero no podía decírselo a Sedyey porque yo estaba presente.

—No es culpa tuya, —le interrumpió—solo dejémoslo pasar, estoy cansado. No quiero hablar más de esto —pidió.

—Puedo quedarme contigo si lo deseas…

—No, sabes… te lo agradezco, pero necesito un momento de soledad —explicó. —Ve a casa y no te preocupes, estoy bien.

—¿Seguro?

—Tanto que dejaré que mañana me invites a desayunar —agregó intentando sonar casual.

—¿A las ocho en el restaurant de siempre?

—No llegues tarde.

Se le notaba en la voz que Sedyey no estaba del todo convencido, pero optó por no presionar la situación. Taylor mantuvo la puerta abierta por algunos segundos más, supuse que esperó a que su hermano entrara al elevador. Hice un recuento de lo sucedido, Taylor se había puesto de ese modo por culpa de ese tal Wayne, alguien a quien aparentemente no quiere ver.

—¿Quién es Wayne? — pregunté, aun contra la pared. Taylor cerró la puerta, intentó huir a su habitación, pero lo sostuve de la mano deteniéndolo —Te hice una pregunta… ¿Quién es Wayne?

—Tengo frío, quiero cambiarme de ropa.

—Taylor… —lo sujeté con más fuerza cuando intentó zafarse de mi agarre, pero unos toques en la puerta nos distrajeron.

Volví a mi escondite contra la pared y Taylor se dirigió a la puerta, supongo que ambos creímos que se trataba nuevamente de Sedyey, pero su expresión desencajada al abrirla, seguido de un rudo y descortés—¿Qué haces aquí? —me hizo comprender que era alguien más, alguien que podía hacer que Taylor se tensara de pies a cabeza mientras enterraba las uñas en la madera de la puerta, alguien que tenía el poder de lograr que su vos temblara y su rostro siempre sonriente se descompusiera en una mueca de dolor revestida de indiferencia. Y lo que sentí me hizo tragar en seco, fue una sensación extraña y desagradable: la furia creciendo desde lo más hondo de mi ser y que casi podía asegurar que se notaba en mis ojos. Mis manos temblaron de ansiedad, estaba celoso. Pero celoso de verdad, era un sentimiento que me superaba. Aun sin conocerlo ni siquiera haber visto su rostro, sentía que ya odiaba a esa persona como jamás antes había odiado a nadie en mi vida.

—Vete, no quiero verte —ordenó Taylor y su voz severa fue la que me saco de mi aturdimiento.

—Por favor, por favor… déjame explicarte.

—No, Wayne —respondió Taylor y creí que se refería a que no lo dejaría explicar nada, pero cuando volví la mirada a ellos, puede ver el brazo de ese tipo intentando tocarlo. —¡Vete! —lo rechazó, pero el otro no se rindió.

—Taylor, te amo… te juro que es verdad.

—¡Detente! Ya basta…

¿Qué? ¿Cómo se atrevía a decirle que lo amaba en mi delante? Taylor bajó la mirada y todas mis alertas se dispararon. Si no hacía algo pronto; iban a quitármelo y en mi propia cara.

—Amor… ¿Qué sucede? —dije, acercándome a él, lo rodeé por la cintura con mis brazos. Taylor se mostró casi tan sorprendido como lo estaba yo.

—¿Amor? —reparó el tal Wayne. Ya lo odiaba, pero pude hacerlo un poco más cuando lo vi, era tan alto como Taylor, quizá un par de años mayor que yo, tenía pinta de alemán, pálido, de cabello rubio casi blanco y ojos verdes, con esa estúpida postura de riquillo consentido.

—Sí, suelo llamarlo de esa manera, ¿algún problema? —espeté afirmando mi agarré sobre la cintura de Taylor. —Es un poco tarde para visitas ¿no crees?

—¿Sales con él? —indagó ignorándome —Le pregunté a nuestros amigos y nadie dijo que estuvieras en una relación con “alguien”.

Me reí sarcástico por la forma en la que resaltó la última palabra. No solo parecía, era un verdadero estúpido si creía que podía hablarme de esa manera.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó furioso Wayne.

—Creo que hemos sido muy discretos, Taylor —dije, ignorándolo de la misma forma en la que él lo había hecho conmigo anteriormente —Le gente necesita algo de que hablar… ¿Por qué no dejamos que Wayne les cuente sobre nosotros? —una de mis manos fue hasta la mejilla de Taylor, y contuvo el aliento cuando reduciendo toda distancia entre nosotros busqué sus labios para besarlos.

Presioné suavemente, apenas acariciándolos con los míos, sin embargo, se sintió mucho mejor de lo que había pensado. Era mi secreto los quiméricos momentos que he mantenido con sus labios. Muchas, muchas veces los había anhelado. Me retiré apenas unos milímetros, lo justo para poder mirar su rostro. Taylor mantenía los ojos cerrados y sus labios estaban entreabiertos, si eso no era una invitación para que volviera a besarlos entonces, quien sabe que sí podía serlo.

Olvidándome de la delicadeza inicial que todo primer beso requiere, empujé a Taylor contra el marco de la puerta, lamí sus labios antes de unirlos con los míos, lo besé con hambre, con unas ansias locas que no reconocía en mí, y me sentí invadido de una familiaridad extraña pero anhelante, como si finalmente descubriera lo que significa besar a alguien que es importante en mi vida. Cuando finalmente pudo corresponderme, fue todo mucho mejor. Sus manos se abrieron camino por entre mi cabello y aproveché su osadía para mostrar la mía; lo mordí cuidando de no hacerle daño y cuando sonrió, lo tomé como un permiso sobre cuya oportunidad no iba a desaprovechar. Invadí su boca y su lengua me recibió tímida, lo escuché jadear y juro que me perdí en sus sonidos. Fue muy distinto a lo que estaba acostumbrado, sus ruidos eran varoniles y ante nuestra cercanía el olor de su fragancia me llenó las fosas nasales. Olía fresco, una mezcla deliciosa entre Sándalo y Cardamomo. Lo mejor de todo es que lejos de decepcionarme por no encontrar el usual olor a flores o vainilla que usaban mis antiguas novias, me reí porque el olor de Taylor me parecía embriagador, delicioso.

Fui egoísta, quería un poco más de todo lo que pudiera darme, pero no delante de Wayne, así que me valí de que Taylor necesitaba respirar, para soltar sus labios momentáneamente y mirar al imbécil frente a nosotros.

—Ya lo he dicho, es tarde para visitas… porque no vas con tus amigos y les dices que Taylor ya está con… “alguien”.

Capítulo 46 SINÓNIMOS DE TI

1

CAPÍTULO 46

 

SINÓNIMOS DE TI

 “—Sí te pidiera que dejaras tu armadura y fueras mi príncipe, ¿te quedarías para siempre conmigo?

TERCERA PERSONA

Se dice que hace muchos, muchos años atrás; las cualidades puras fueron depositadas en humanos, como si se tratasen de recipientes que debían contenerlas y preservarlas. Por supuesto, había cualidades malas y también estaban esos caracteres nobles.

Y aunque en cada recipiente dominara una sola cualidad; todas las que fueran del mismo tipo también tendrían cabida —Eso, sí…— los recipientes que eran sorprendidos mezclando cualidades eran destruidos; estaba prohibido unir lo negativo y positivo en un mismo espacio pequeño como lo era el corazón de una persona.

Un día, dos humanos se conocieron por casualidad tras chocar en la entrada de una plaza pública. El primero, cuya cualidad dominante era la maldad; empujó con violencia al otro humano que al venir distraído había ocasionado este desafortunado suceso, gritándole de manera irascible le soltó toda suerte de cosas. Lo humilló delante de todas las otras cualidades que les miraban algunas con disimulo y otras no tanto. La bondad avergonzada intentó disculparse sin éxito pues la maldad ni siquiera le dejaba hablar. Entendía que había sido su culpa, pero no lo había hecho de manera intencional.

La maldad tomó por los hombros al recipiente humano que contenía a la bondad y lo sacudió con fuerza haciendo que este perdiera el equilibrio y se fuera de espaldas contra el piso. Al caer, el humano sufrió una ruptura y la bondad lloró al ver que su recipiente tenía los codos y las palmas de las manos raspadas; lo quería mucho y sentía dolor al verlo herido.  La piedad se acercó primero, pero fueron la ternura y la compasión las que ayudaron a la bondad para que pudiera levantarse. El rencor en cambio miraba de lejos; detrás suyo, el odio estaba listo para iniciar una temible guerra; él detestaba a su recipiente, no le basta poseer uno; los ambicionaba a todos y tras hacerle una seña a el egoísmo y la insensibilidad se acercaron los tres para agredir a las cualidades buenas.

Alguien más observaba desde un lugar especial, aquel que lo había creado todo y que no permitiría un enfrentamiento tan terrible como el que estaba por ocurrir; sabía que debía intervenir y rápidamente tomó un recipiente sin usar y depositó la cualidad más preciada, la que había conservado para sí, protegiéndola de todos. Fue difícil desprenderse de ella, y más al saber que la mandaría a un mundo hostil en que las cualidades negativas se reproducían a una velocidad alarmante, mientras que los caracteres buenos mermaban.

El amor despertó confundido, desde su creación había vivido libre y a sus anchas; pero ahora se encontraba en un pequeño humano que parecía tan asustado como él. Había escuchado sobre este mundo y los recipientes con formas tan curiosas, pero jamás se imaginó entre ellos.

El amor fue la primera cualidad pura que se creó, y tenía el poder de cambiar a los caracteres malvados o engrandecer a los buenos, pero debía ser muy cuidadoso porque sus características lo volvían vulnerable y frágil. El amor era asustadizo y pudo comprobarlo cuando una pequeña mariposa de ojos coquetos se posó sobre el brazo de su recipiente.

El bichito le provocó tremendo susto que sacudiendo el brazo de su recipiente salió corriendo, el humano aun no sabía caminar bien y mucho menos correr, pero el amor estaba demasiado alterado para escuchar razones. En medio de su torpe carrera tropezó con una piedra saliente y su recipiente perdió el equilibrio balanceándose de aquí para allá; intentó frenar cuando vio al grupo de las otras cualidades reunidas delante de él, pero terminó estrellándose contra ellos y como si se tratara de una un juego de boliche, derribó a todas las cualidades. El impacto fue tan fuerte que sin quererlo, sus recipientes se rompieron y las cualidades puras fusionaron una parte de sí mismas, creando lo que después los humanos llamarían destino.

Desde entonces, todas las cosas que por maldad o bondad se hacen son puestas en las manos del destino, pero solo el amor tiene el poder de designar en los humanos dulces finales o amargos desencuentros.

Ariel se acomodó mejor en su asiento sin apartar la mirada de Damian, había sido complicarlo llevarlo de nuevo a la cama, convencerlo de dejarse cambiar las vendas y obligarlo a dormir un rato. Sin embargo; había hecho uso de todos los conocimientos que había aprendido del propio Damian para chantajearlo y lograr que descansara.

—Me iré y no vendré a verte —había sido lo primero que le dijo —¡Me enojaré contigo! Como no te acuestes reconsideraré mi decisión. Si no dejas que Deviant te cambie las vendas lo haré yo mismo y sin el menor de los cuidados. Si no te comes esa sopa te la echaré encima. Duérmete o le diré a Han que te ponga una inyección.

Damian terminó cedió en medio de risas, sabía que Ariel odiaba las inyecciones mientras que a él le daba lo mismo un piquetito más. Pero la seriedad con la que el cachorro habló valió para que se metiera a la cama y fingiera que dormía hasta que el cansancio realmente lo venció.

El peso de todos los días de inquietud que paso al estar lejos de Ariel lo dejaron hundido en un sueño profundo y reparador. Ya no tenía miedo, ellos estaban juntos de nuevo.

Ariel suspiró bajito, quería meterse a su lado en la cama, pero prefería dejarlo descansar. La idea de que Damian se despertara y nuevamente no quisiera nada con él, le asustaba. Debía reconocer que se sentía inseguro. Después de todo lo que había pasado con el moreno, emocionalmente se sentía vulnerable y deprimido.

Tenía demasiadas dudas rondando su cabeza y unas intensas ganas de olvidarlo todo. Dejarlo en el pasado y vivir el presente… ¿tendría el valor? Pobremente no, Ariel necesitaba respuestas.

DEVIANT

—¿Qué sucede? —preguntó en voz baja, aunque notoriamente alarmado.

Después de lo que sucedió en mi departamento, Han se encerró en una de las habitaciones y no salió de ahí hasta que fue hora de irse al trabajo. Hoy era su día libre en el casino, pero le había tocado guardia en el hospital.

Cuando salió de la habitación tenía los ojos irritados y no necesitaba ser muy listo para adivinar la razón. Pasó a nuestra habitación para coger uno de sus uniformes, Ariel me dijo que iba a revisar a Damian, pero al verlo dormido prefirió dejarlo descansar. Después, cuando cruzó por donde Samko, James y yo estábamos solo dijo “me tengo que ir” y salió del departamento. De eso ya habían pasado varias horas.

—¿Estás muy ocupado? —indagué.

—Es mi descanso…—respondió. Lo sabía, por eso decidí esperar y venir a esta hora.

—¿Podemos hablar un momento afuera? —pedí, Han desvió la mirada y casi temí que dijera que no. —Solo será un momento.

Asintió y con una seña me indicó el camino, iba un par de pasos por delante de mí, pero eso no me importó. La bata de su uniforme se abría al compás de su caminar, su espalda ancha, los brazos ligeramente marcados que terminaban en sus manos ocultas en las bolsas de su bata, el olor de su perfume… ¡le había extrañado tanto!  Tenía el estetoscopio sobre los hombros, no lo sé, quizá es cosa de doctores andar con eso todo el tiempo.  Cruzamos el comedor y de ahí hasta el patio de la entrada; buscó un par de sillas desocupadas y sostuvo la mía mientras tomaba asiento para después acomodarse a mi lado.

Había una seriedad inusual en su semblante, se veía desanimado. Esperó, y aunque planeé venir no pensé llegar tan lejos, así que ahora que lo tenía frente a mí no sabía que decirle, quizá porque internamente esperaba que fuera él quien hablara.

—¡Hace frío! —comenté más por decir algo.

—Sí— Dijo. Otro silencio denso se hizo entre nosotros, era incómodo y lastimero. —Volveré a mi departamento…—soltó sin apartar la mirada de mis ojos. —Amenos que quieras decirme todo eso que me ocultas. No pienses que es un chantaje, pero es el precio que quiero a cambio de continuar contigo —¿El precio por continuar conmigo? Eso significaba que, si no le decía, íbamos a terminar… — Por supuesto, tienes de aquí hasta la boda, si es que aun quieres que haya boda… o ¿viniste a terminarme? —no pude responder, aunque definitivamente no, no había venido a terminarlo. —Sí es así…

—¡No! —le interrumpí. Sin importar la distancia que estaba poniendo entre nosotros, de alguna manera pareció relajarse ante mi negativa. —¿Estás diciendo que ya no quieres estar conmigo?

—Estoy diciendo que no puedo estar con alguien que no confía en mí.

—Han, confió en ti —expliqué, no era mi mejor momento, Han estaba diciendo que quería estar lejos y eso no podía tomármelo bien.

—No es suficiente.

—¿Estas dejándome de nuevo? ¡Prometiste que no lo harías otra vez! —le acusé, el llanto se acumuló en mis ojos, pero en los suyos vi que él pensaba que era un llanto de coraje, que era mi impotencia sudando orgullo. Nada más alejado de la realidad, estaba llorando porque me dolía que me alejara. Porque lo amaba y sin él perdería el poco equilibrio que he logrado en estas últimas semanas. —¿Cuánto tiempo va a ser esta vez? —pregunté dolido.

—Baja la voz, estas en mi trabajo y te pido que lo respetes.

—¿Por qué me hablas de ese modo?

—Porque ya no eres un niño para hacer berrinches, estar aquí me ha costado días enteros sin dormir, horas de estudio y muchas limitaciones —me regañó como si yo no estuviera al tanto de todo esto —. Para ti puede ser nada, pero no todos nadamos en dinero, así que no voy a permitir que armes un escándalo porque te juro que eso no va cambiar en nada mi decisión. Y deja de mirarme como si yo fuera el malo del cuento… te lo he dado todo Deviant, la mayor parte del tiempo incluso si tengo que quedarme sin nada, no me ha importado con tal de dártelo a ti. Y perdóname, pero tal parece que todo ha sido en vano; no valoras nada, solo te interesa tu bienestar y que los demás cumplamos tus caprichos. Esta vez no voy a quedarme a limpiarte las lágrimas. Pídeselo a Damian, te lo debe después de que has preferido arruinar tu relación conmigo por salvaguardar sus secretos.

Ah y disculpa si lo digo tan de la nada, pero ya no me esperes por el casino.

—¿Eso que significa?

—Renuncio —. Se puso de pie y volvió dentro.

TERCERA PERSONA

Damian despertó pasadas las nueve de la noche, en un principio le resultó extraño reconocerse en esa cama desconocida pero pronto pudo recordarlo todo; buscó a Ariel con la mirada, y aunque las luces de la habitación estaban apagadas lo encontró dormido en uno de los sillones frente a la cama.

Dormía chueco, tanto que de seguro después le dolería el cuello.

En un intento por salir de la cama el dolor de sus heridas le devolvió a ella mientras intentaba no quejarse, ¿qué pasaba con él? ¿era acaso que se estaba volviendo vidrioso y cualquier mal aire lo hacía temblar? En el pasado había soportado cosas peores y ahora; unas simples cortadas —que lo dejaron inconsciente por horas— le tenían impedido.

¿Era eso o lo que Damian realmente quería era la atención de cierta persona? Sabía que fingirse enfermo para obtener los cuidados de Ariel sería lo más vil que hubiera hecho en su vida, pero también podría traerles grandes y muy agradables ventajas. Después de todo sí le dolían las heridas, exagerar un poquito no podía considerarse como propiamente una mentira.

Damian estaba convencido de que Ariel no se separaría del pie de su cama si le hacía creer que estaba lo suficientemente grave. Lo meditó el mismo tiempo que le tomó estirar la mano hasta el vaso con agua que descansaba sobre el velador, mismo que propósito empujó hasta hacerlo caer.

El ruido tras la caída despertó a Ariel, quien sobresaltado brincó del asiento en el que descansaba y aturdido tanteó el interruptor de la pared para encender la luz.

—¿Qué sucede? —preguntó alarmado, al ver a Damian sentado en la orilla de la cama con la vista fija en el piso, fue entonces que se percató del charco de agua y las astillas de lo que segundos antes era un vaso de vidrio.

—¡Lo siento! —respondió Damian fingiendo pesar —Tenía sed, quise sujetarlo, pero no pude. No fue mi intención romperlo ni despertarte —mintió.

Sin saber realmente como lo logró, se mostró avergonzado y de alguna manera frágil. Tan frágil como alguien como Damian podía verse, lo que haya sido, logró que Ariel le creyera.

—¡Esta bien! —dijo acercándose con cuidado — No te preocupes, voy a recogerlo y te traeré más agua. Solo recuestaste y yo me encargaré del resto.

Si en algún momento Damian sintió remordimiento por su mentira, lo supo disimular. Ariel fue de aquí para haya en el cuarto mientras secaba la mayólica y recogía las astillas, después, tal y como prometió le trajo más agua a Damian y le ayudó a que la tomara. (Es decir; puso el borde del vaso en los labios del moreno y sostuvo el vaso mientras este bebía) Limpió con una servilleta los residuos de humedad en las comisuras de su boca y lo arropó como si fuera un niño pequeño.

—Deviant se fue al casino, Samko y James se marcharon hace como tres horas. — Comentó Ariel al pie de la cama —¿Necesitas algo más?

—Te quedaste a cuidarme.

—Bueno, Deviant tenía que irse y… —dejó la oración sin terminar, lo miró nervioso como si creyera que había hecho algo mal. —Quería quedarme hasta que estés bien.

—¿Solo hasta que esté bien? —jugueteó Damian, brindándole un poco más de confianza al menor —Entonces, tal vez no quiera reponerme nunca.

Tarde cayeron en la cuenta de que estaban solos después de tantos días separados. Ariel instintivamente retrocedió intentando alejarse de la cama, pero Damian lo retuvo sosteniéndolo de la mano. Se miraron en silencio, había tanto que decirse, pero ninguno de los dos se atrevía en ser el primero en hablar.

Damian se distrajo mirando la mano de Ariel, era extraño sentirla de nuevo, pero parecía como si finalmente estuviera en su sitio, como si encajara a la perfección con la suya porque ambas habían sido hechas para estar juntas. Tiró suavemente de ella, pero Ariel se negó a moverse.

—¿Y si prometo mantener mis manos quietas? —tanteó el terreno intentando convencer al cachorro —A veces también puedo ser un caballero —aseguró ganándose una sonrisa discreta por parte de Ariel —¡Lo prometo! —dijo con solemnidad mientras puntualizaba con su mano libre.

Ariel regreso sobre sus pasos y se sentó en la orilla de la cama; Damian se aferró a la mano que sostenía mientras se acomodaba para poder observar mejor al chico. La actitud tímida de Ariel le gustaba, sin embargo, también le resultaba alarmante. Seguía siendo su cachorrito de ojos grandes y azules; el que lo hacia reír y sabia robarle suspiros que cada vez lograba disimular menos. Por el único que se volvía un loco celoso incluso del aire que le alborotaba los cabellos a su ya no tan niño, aunque aún conservaba esa apariencia tan adorable que de verlo se le antojaba comérselo a besos.

—¿Por qué estás nervioso? —preguntó Damian.

—¿Por qué finges estar tan tranquilo? —reparó Ariel. Esa parte suya Damian casi la había olvidado, Ariel era el tipo de persona que siempre tiene algo que responder. Dulce pero feroz.

—¿Me das un beso?

—¡No!

—¿Por qué no?

—Porque antes de pedir primero deberías aprender a ganarte las cosas.

Damian meditó en la respuesta que Ariel le había dado, ¿por qué tenía que hacer méritos para obtener algo que él podía tomar si quería? Incluso podía obligarlo, pero estaba seguro de que un beso forzado de Ariel no le sabría igual.

—¿Y que tengo que hacer para ganarme uno de tus besos?

—¡Pídemelo! —contestó el menor con obviedad.

—Eso hice.

—“Me das un beso” es más una orden que una petición —aclaró con seriedad, Ariel.

—¿Vas a obligarme a pedirlo?

—¡Por supuesto que no! —respondió sarcástico —Solo no voy a besarte si no me lo pides como debe de ser, pero no lo veas como una obligación.

—¿Puedo besarte? —preguntó entonces.

—Puedes…— respondió en voz baja, Damian se incorporó despacio acercando su rostro al de Ariel, pero antes de que sus labios se unieran el menor se retiró —Cuando termines lo que sea que tengas con esas dos personas con las que saliste.

Damian entendía el punto y reconocía que Ariel estaba en su derecho de negarse, pero él no era el tipo de hombre al que se le puede decir que “no” y mucho menos dos veces en el mismo día. Quería besar al chico y no iba a detenerse hasta conseguirlo. Con eso en menté volvió a atraparlo y ahora; sin el menor de los cuidados haló de su camisa hasta que Ariel terminó con la espalda contra el colchón y Damian encima sometiéndolo.

—¡Terminado! —anunció —Ahora quiero mi beso.

Hubo rudeza y exigencia en su voz, con una sola de sus manos aprisionaba contra el colchón las dos de Ariel —¿Qué “pero” me vas a poner ahora?

Ariel cerró los ojos, si Damian quería una especie de permiso lo acaba de obtener. Sin embargo; no estaba satisfecho, de alguna sentía que lo había orillado a ceder, porque eso precisamente estaba haciendo el menor; no le había ofrecido sus labios, solo su rendición.

Dejar pasar la oportunidad le pareció lo más acertado, sentía que era mejor hablar; sin embargo, lo suyo no eran palabras, Damian sabía expresarse mejor con su cuerpo. Idioma que Ariel entendía muy poco. Cedió en el agarré que mantenía contra el niño, aprovechando su posición acarició con ambas manos el rostro pequeño y jugó con los mechones del cabello ondulado de Ariel. Primero besó su frente, sus parpados y la punta de su nariz. Cándidamente acarició las mejillas rosas con sus labios y después su mentón.  —Ariel… ¿me quieres? —preguntó sintiéndose estúpido, pero realmente necesitado de ese afecto que tan fríamente se le negaba. —¿Me quieres, cachorro?

El chico abrió los ojos y resaltaron en una mirada triste e inundada. Damian observó esos orbes como zafiros y sintió una opresión fuerte en el pecho cuando las primeras lágrimas bajaron. No iba a negar que la imagen de un Ariel destruido y herido le excitaba, pero los sentimientos eran mucho más fuertes y el dolor reflejado en esa mirada le hería más que cualquier cortada hecha con un filo de plata.

—Vería cada noche sin falta lluvia de estrellas contigo —respondió haciendo alusión a esa primera cita cuando recién se conocían. Había sido una noche especial en la que compartieron muchas cosas por primera vez —. De ser necesario y aunque estuviera congelándome recorrería a pie todo el bosque y volvería a mojarme en la lluvia a media noche. Lo haría porque te quiero, aunque no soy ni la mitad de inteligente de lo que lo son tus antiguas parejas, ni tampoco bien parecido o refinado, aunque te avergüences de mí y deba escuchar cómo me reprochas por mis carencias. Y desearía que quererte sea suficiente para ti como para que el hecho de mi inexperiencia en el sexo no sea motivo de discusión, así como el que no pueda obsequiarte costosos regalos y aun te deba la pintura por las ralladuras de tu motocicleta porque mi sueldo es bajo. Porque siendo solo yo, poco o nada… juro por mi vida que jamás antes había querido a nadie como te quiero a ti. Aunque quererte me cause tanto dolor.

Damian observó estupefacto las secuelas de todas esas veces que desquitándose con Ariel y totalmente dominado por su impulsividad había arremetido contra él destruyendo su confianza y lastimando su corazón, ese joven corazón que ahora latía errático producto de tantas emociones.

—Todos estos años había vivido en completa escases que no, no estaba listo para ti — confesó Damian mientras unía sus frentes. Ariel ya no intentó ocultar sus sentimientos, le pasó los brazos por el cuello y se refugió en su pecho dejando salir todo ese dolor que lo estaba consumiendo, la tristeza que verlo con alguien más le había provocado. El sentirse ignorado y el daño que la lejanía y rudeza de Damian le habían causado a lo largo de todos estos meses.

—Dije todas esas estupideces porque estaba molesto, nada de eso es verdad. Soy yo el que está mal de la cabeza, eres perfecto a tu manera Ariel, y no hubiera esperado más de ti, ni cambiaría nada de tu persona porque me encantas tal cual eres… Lo siento mucho, cachorrito ¡Por favor, perdóname! No me gusta verte llorar y saber que es por mi culpa, por favor… Lo que dije en la tarde es verdad, ¡Te amo! No soportaría perderte, ya no puedo estar lejos de ti —confesó.

El tiempo que transcurrió hasta que Ariel logró controlarse, fue largo. Había tantas cosas tristes por recordar y no escatimó en sus lágrimas; su cuerpo era pequeño en comparación a la inmensidad de sus emociones. Abrazado al cuello del moreno no se detuvo hasta que la última lagrima rodó por sus mejillas. Damian esperó paciente, acariciando sus costados y su cabello de manera alternativa, le decía palabras en su lengua madre, un idioma que si el joven hubiera podido comprender; o bien lo calmaban de una buena vez o lo hubieran puesto aún más sensible. Palabras dulces que el propio Damian se sorprendía de escucharse pronunciarlas. Las heridas en su cuerpo estaban doliendo de nuevo, pero no le importó. Solo quería estar ahí, en esa posición incómoda con los brazos entumidos y sintiendo que la espalda se le rompería en cualquier momento, todo con tal de mantener a su Erdely aferrado a él.

Lo había extrañado, el bosque era testigo de cuanta falta le había hecho. Ahora sabía que lo quería todo, que cada centímetro de este cuerpo tibio y pequeño lo necesitaba para ser feliz.

DAMIAN

La vida con él me asustaba, no propiamente por Ariel; estaba más relacionado con el tipo de persona en la que me convierto cuando estoy a su lado. No dejo de pensar en lo absurdo de la situación, pero es verdad y eso me desconcierta más; solo sé que mi voz se hace chillona y necesito tener mis manos sobre su cuerpo. Que me pierdo mirándolo y olvido lo que significa disimular. Todas mis alertas se disparan y quiero tener su completa atención; que me miré a mí, que me sonreía a mí, incluso que, si va a enojarse, se moleste solo conmigo. Que sea mío cuando duerme y también cuando despierta, que yo sea el motivo de sus suspiros y que no pueda sacarme de sus pensamientos.

Que también me extrañe cuando no estamos juntos y salga corriendo para aventarse a mis brazos cuando me vea llegar; que me necesite en su vida, aunque sea la mitad de lo que yo lo preciso en la mía. Y es que no lo planeé de esta manera, no se suponía que terminaría perdiendo la razón; aun si ahora suena poco creíble, tampoco era mi intención complicarme la vida como si no tuviera suficiente ya, pero heme aquí, envolviéndolo entre mis brazos mientras se adormece. Deseándolo con ansias desmedidas y conformándome con sentir su rostro contra mi pecho.

Este no soy yo y el no poder reconocerme me altera, quiero girarlo sobre la cama sin importarme si se asusta y tomar lo que siento me pertenece, pero por mucho que lo piense no me atrevo ¿Cómo voy a hacerle algo así? Simplemente no podría. Si en el pasado mate personas e hice cosas terribles hoy soy solo un mero recuerdo que se desvanece.

Inocentemente lo que único que pude hacer en un intento por calmarme fue estrecharlo con fuerza, pero me arrepentí porque terminé despertándolo.

—¿Te sientes mal? —su voz adormilada y sus ojos irritados por haber llorado tanto me buscaron aun entre la oscuridad. Lo vi removerse, se alejó de mi abrazo y finalmente pude recostarme cómodamente, Ariel se estiró para encender la luz de la lampara. Se lo permití y cerré los ojos solo para que no viera el brillo de los míos en la oscuridad.

Intentaba tener cuidado con esto cuando estábamos a oscuras, o no sabría cómo explicarle él porque de la rareza de mi mirada.

—¡Estoy bien! —respondí en cuanto tuve su atención —Solo no puedo dormir.

—¿Y te molesta que yo sí pueda o porque me despertaste? —me reí por la forma tan tajante en que lo dijo, Ariel y sus cambios de humor eran toda una delicia. Su actitud me hizo sentir que por ratos se acordaba de todo lo malo que le he hecho y buscaba la manera de desquitarse.

—¿O sea que puedes ver lluvias de estrellas todas las noches y recorrer a pie todo el bosque, pero no puedes despertarte y hacerme compañía? —fingí tristeza por sus palabras, pero al parecer, no lo convencí. — ¡Ahora conozco la inmensidad de tus sentimientos! —reproché.

—Por eso no quería decírtelo, después te pones pesado.

—Pero soy el pesado que más has querido en toda tu vida —respondí de manera juguetona.

Volví a abrazarlo aún contra su aparente resistencia, rodeando su cintura mis manos buscaron un espacio justo por debajo de su sudadera y después por entre la pretina de su pantalón. La sutileza no era lo mío, solo esperaba un motivo y ahora que lo había obtenido, mi objetivo era su cuerpo. Mis labios intentaron distraerlo besando su cuello, lamiendo y succionando suavemente. Su olor a bosque, la suavidad de su piel; el como la mía reaccionaba ante su calor. Si no obtenía un poco más de él me volvería loco.

—Si bajas un poco más te cortó las manos —advirtió con solemnidad. La punta de mis dedos apenas y si había rozado su ropa interior. Pensé en lo peor que podría hacerme, porque definitivamente no podía rendirme ahora que estaba tan cerca de lo quería. Mis manos terminaron de adentrarse y con mis palmas contra sus nalgas apreté con fuerza. Ariel dio un respingó que me hizo reír. —¿Qué crees que haces?

—Se llama exploración del terreno.

—Pues ve a explorarle el terreno a alguien más… ¡Suéltame! —ordenó. Estaba de tan buen humor que lejos de preocuparme por su molestia me daba gracia. Ariel me empujaba, pero su determinación era poca. Sabía que podía convencerlo porque él lo quería tanto como yo. Me había dejado probar el sabor de sus ansias cuando estuvimos en el hospital.

—No lo dirás enserio… ¿o sí? —le pregunté sobre los labios. Besé todo lo que estuvo a mi alcancé, mientras esperaba por su respuesta.

—Dijiste que estarías calmado —reprochó.

—Y estoy tranquilo o tu no estarías hablando tan fluidamente.

—No lo hagas, no me gusta…

—¿No te gusta que? ¿Te refieres a que no te gusta que haga esto? —volví a presionar ahora con más fuerza y casi podía imaginar su piel enrojecida con la marca de mis dedos. Era una de las partes de su cuerpo que más me gustaban y había pecado de pensamiento más de una vez, ideando todo lo que le haría en cuanto me lo permitiera. —¿O a esto…? —mis dientes atraparon su labio inferior y tiré de el con cuidado —Ariel siseó y su rostro enrojeció —¿Te incomoda que te agarre el trasero, pero te avergüenza que te muerda los labios? Quizá deberías reordenar tus prioridades… —me burlé sin apartar la vista de su labio ahora claramente más rojo que el de arriba.

—No me provoques… —dijo— y quita tus manos de ahí.

Lo hice, no tuve opción. Pero que cediera en “esto” nada tenía que ver con dejarlo tranquilo. Lo arrastré al centro de la cama y literalmente me coloqué sobre él, sus manos sobre su cabeza fueron sujetadas por las mías. Iba a reprocharme, pero algo lo distrajo y me miró preocupado.

—¡Las vendas…! —dijo —Estás sangrando de nuevo.

—No importa.

—¿Cómo que no importa? ¿Acaso no te duele?

—Mi calentura es más fuerte que mi dolor… —me deslicé sobre su estómago para alcanzar sus labios, pero escondió su rostro de mí.

—¡No, Damian! Esto no es normal…

—¿Por qué no es normal? —cuestioné molesto —Hemos hecho mucho más que esto en el pasado y nunca dijiste que fuera anormal —Ariel resopló impaciente.

—Estoy hablando de tus heridas —aclaró. Luchó por liberar sus manos y tuve que permitírselo. Creí que se alejaría, pero sus dedos terminaron acariciando los bordes de mis vendajes. —Ya no deberían de sangrar… ¡me preocupa!

—¡Estoy bien!

—No quiero que sufras.

—Entonces déjame tocarte —volví a abalanzarme sobre él, pero salvó espacio al poner sus manos sobre mis hombros.

—¿Puedes dejar de pensar en sexo por lo menos un momento? —me regañó —Controla tus hormonas, hablo enserio.

—En ningún momento pensé en sexo —mentí. —Esa palabra jamás cruzó mi mente. Pero si es lo que deseas, yo encantado.

—¡Cállate! Y recuéstate. Han dijo que debes descansar —se hizo a un lado para dejarme la mayor parte de la cama. De mala gana me dejé caer, Ariel me cubrió con los edredones y se sentó a mi lado.

—Dime la verdad… ¿No quieres que te toque? ¿Es por lo que hice? —indagué rendido.

Me avergonzaba preguntarlo, sin embargo; era consciente de que no fue correcto salir corriendo a buscar sexo solo porque las cosas entre nosotros estaban mal y él tenía todo el derecho de no querer intimar conmigo. Ariel me miró largo rato y después suspiró dejando caer los brazos con resignación.

—Quizá este mal, pero no soy tan delicado. —dijo—No quiero que después de hoy volvamos a hablar sobre “lo que hiciste” porque te juro que me dan ganas de agarrarte a palos. Sin embargo, de lo que vivimos aprendí que quizá fui demasiado fácil. Lo digo en el mejor de los sentidos… eras la novedad en mi vida y no me importó irme de pique por el voladero —se había hecho chiquito, escondiéndose en sus hombros, su olor cambio y con tal de que no llorara de nuevo, me senté en la cama y lo abracé. —Dime la verdad… ¿Qué es exactamente lo que quieres de mí? —pidió.

—A ti… —respondí sin más. Tomé su mano y entrelacé nuestros dedos — Quiero una relación formal contigo, ponle el nombre que más te guste; novio, pareja o lo que desees, solo debes ser mío y déjame ser de ti.

—¿Lo dices enserio? —sus ojos me buscaron y aunque lo disimulaba había cierta emoción contenida. Era la primera vez que alguien se emocionaba por tener una relación conmigo, y yo me moría de los nervios. Estaba comprometiéndome con la persona que amaba y aun sí me sentía ansioso también estaba feliz.

—Si te preguntara ahora, si quieres ser el príncipe de este dragón malhumorado, viejo y feo que tiene muchos más defectos que virtudes, ¿dejarías tu armadura de guerrero y te quedarías para siempre conmigo? —sonrió, después de tantos meses de discusiones y tristezas, Ariel finalmente volvió a sonreír como aquella noche de nuestro primer beso cuando llovía estrellas —A cambio prometo cuidar tu torre y no dejar que nadie más entre a nuestro castillo. ¿Qué respondes bosquecito? ¿Te quedas conmigo?

CAPÍTULO 46

 

SINÓNIMOS DE TI

 “—Sí te pidiera que dejaras tu armadura y fueras mi príncipe, ¿te quedarías para siempre conmigo?

TERCERA PERSONA

Se dice que hace muchos, muchos años atrás; las cualidades puras fueron depositadas en humanos, como si se tratasen de recipientes que debían contenerlas y preservarlas. Por supuesto, había cualidades malas y también estaban esos caracteres nobles.

Y aunque en cada recipiente dominara una sola cualidad; todas las que fueran del mismo tipo también tendrían cabida —Eso, sí…— los recipientes que eran sorprendidos mezclando cualidades eran destruidos; estaba prohibido unir lo negativo y positivo en un mismo espacio pequeño como lo era el corazón de una persona.

Un día, dos humanos se conocieron por casualidad tras chocar en la entrada de una plaza pública. El primero, cuya cualidad dominante era la maldad; empujó con violencia al otro humano que al venir distraído había ocasionado este desafortunado suceso, gritándole de manera irascible le soltó toda suerte de cosas. Lo humilló delante de todas las otras cualidades que les miraban algunas con disimulo y otras no tanto. La bondad avergonzada intentó disculparse sin éxito pues la maldad ni siquiera le dejaba hablar. Entendía que había sido su culpa, pero no lo había hecho de manera intencional.

La maldad tomó por los hombros al recipiente humano que contenía a la bondad y lo sacudió con fuerza haciendo que este perdiera el equilibrio y se fuera de espaldas contra el piso. Al caer, el humano sufrió una ruptura y la bondad lloró al ver que su recipiente tenía los codos y las palmas de las manos raspadas; lo quería mucho y sentía dolor al verlo herido.  La piedad se acercó primero, pero fueron la ternura y la compasión las que ayudaron a la bondad para que pudiera levantarse. El rencor en cambio miraba de lejos; detrás suyo, el odio estaba listo para iniciar una temible guerra; él detestaba a su recipiente, no le basta poseer uno; los ambicionaba a todos y tras hacerle una seña a el egoísmo y la insensibilidad se acercaron los tres para agredir a las cualidades buenas.

Alguien más observaba desde un lugar especial, aquel que lo había creado todo y que no permitiría un enfrentamiento tan terrible como el que estaba por ocurrir; sabía que debía intervenir y rápidamente tomó un recipiente sin usar y depositó la cualidad más preciada, la que había conservado para sí, protegiéndola de todos. Fue difícil desprenderse de ella, y más al saber que la mandaría a un mundo hostil en que las cualidades negativas se reproducían a una velocidad alarmante, mientras que los caracteres buenos mermaban.

El amor despertó confundido, desde su creación había vivido libre y a sus anchas; pero ahora se encontraba en un pequeño humano que parecía tan asustado como él. Había escuchado sobre este mundo y los recipientes con formas tan curiosas, pero jamás se imaginó entre ellos.

El amor fue la primera cualidad pura que se creó, y tenía el poder de cambiar a los caracteres malvados o engrandecer a los buenos, pero debía ser muy cuidadoso porque sus características lo volvían vulnerable y frágil. El amor era asustadizo y pudo comprobarlo cuando una pequeña mariposa de ojos coquetos se posó sobre el brazo de su recipiente.

El bichito le provocó tremendo susto que sacudiendo el brazo de su recipiente salió corriendo, el humano aun no sabía caminar bien y mucho menos correr, pero el amor estaba demasiado alterado para escuchar razones. En medio de su torpe carrera tropezó con una piedra saliente y su recipiente perdió el equilibrio balanceándose de aquí para allá; intentó frenar cuando vio al grupo de las otras cualidades reunidas delante de él, pero terminó estrellándose contra ellos y como si se tratara de una un juego de boliche, derribó a todas las cualidades. El impacto fue tan fuerte que sin quererlo, sus recipientes se rompieron y las cualidades puras fusionaron una parte de sí mismas, creando lo que después los humanos llamarían destino.

Desde entonces, todas las cosas que por maldad o bondad se hacen son puestas en las manos del destino, pero solo el amor tiene el poder de designar en los humanos dulces finales o amargos desencuentros.

Ariel se acomodó mejor en su asiento sin apartar la mirada de Damian, había sido complicarlo llevarlo de nuevo a la cama, convencerlo de dejarse cambiar las vendas y obligarlo a dormir un rato. Sin embargo; había hecho uso de todos los conocimientos que había aprendido del propio Damian para chantajearlo y lograr que descansara.

—Me iré y no vendré a verte —había sido lo primero que le dijo —¡Me enojaré contigo! Como no te acuestes reconsideraré mi decisión. Si no dejas que Deviant te cambie las vendas lo haré yo mismo y sin el menor de los cuidados. Si no te comes esa sopa te la echaré encima. Duérmete o le diré a Han que te ponga una inyección.

Damian terminó cedió en medio de risas, sabía que Ariel odiaba las inyecciones mientras que a él le daba lo mismo un piquetito más. Pero la seriedad con la que el cachorro habló valió para que se metiera a la cama y fingiera que dormía hasta que el cansancio realmente lo venció.

El peso de todos los días de inquietud que paso al estar lejos de Ariel lo dejaron hundido en un sueño profundo y reparador. Ya no tenía miedo, ellos estaban juntos de nuevo.

Ariel suspiró bajito, quería meterse a su lado en la cama, pero prefería dejarlo descansar. La idea de que Damian se despertara y nuevamente no quisiera nada con él, le asustaba. Debía reconocer que se sentía inseguro. Después de todo lo que había pasado con el moreno, emocionalmente se sentía vulnerable y deprimido.

Tenía demasiadas dudas rondando su cabeza y unas intensas ganas de olvidarlo todo. Dejarlo en el pasado y vivir el presente… ¿tendría el valor? Pobremente no, Ariel necesitaba respuestas.

DEVIANT

—¿Qué sucede? —preguntó en voz baja, aunque notoriamente alarmado.

Después de lo que sucedió en mi departamento, Han se encerró en una de las habitaciones y no salió de ahí hasta que fue hora de irse al trabajo. Hoy era su día libre en el casino, pero le había tocado guardia en el hospital.

Cuando salió de la habitación tenía los ojos irritados y no necesitaba ser muy listo para adivinar la razón. Pasó a nuestra habitación para coger uno de sus uniformes, Ariel me dijo que iba a revisar a Damian, pero al verlo dormido prefirió dejarlo descansar. Después, cuando cruzó por donde Samko, James y yo estábamos solo dijo “me tengo que ir” y salió del departamento. De eso ya habían pasado varias horas.

—¿Estás muy ocupado? —indagué.

—Es mi descanso…—respondió. Lo sabía, por eso decidí esperar y venir a esta hora.

—¿Podemos hablar un momento afuera? —pedí, Han desvió la mirada y casi temí que dijera que no. —Solo será un momento.

Asintió y con una seña me indicó el camino, iba un par de pasos por delante de mí, pero eso no me importó. La bata de su uniforme se abría al compás de su caminar, su espalda ancha, los brazos ligeramente marcados que terminaban en sus manos ocultas en las bolsas de su bata, el olor de su perfume… ¡le había extrañado tanto!  Tenía el estetoscopio sobre los hombros, no lo sé, quizá es cosa de doctores andar con eso todo el tiempo.  Cruzamos el comedor y de ahí hasta el patio de la entrada; buscó un par de sillas desocupadas y sostuvo la mía mientras tomaba asiento para después acomodarse a mi lado.

Había una seriedad inusual en su semblante, se veía desanimado. Esperó, y aunque planeé venir no pensé llegar tan lejos, así que ahora que lo tenía frente a mí no sabía que decirle, quizá porque internamente esperaba que fuera él quien hablara.

—¡Hace frío! —comenté más por decir algo.

—Sí— Dijo. Otro silencio denso se hizo entre nosotros, era incómodo y lastimero. —Volveré a mi departamento…—soltó sin apartar la mirada de mis ojos. —Amenos que quieras decirme todo eso que me ocultas. No pienses que es un chantaje, pero es el precio que quiero a cambio de continuar contigo —¿El precio por continuar conmigo? Eso significaba que, si no le decía, íbamos a terminar… — Por supuesto, tienes de aquí hasta la boda, si es que aun quieres que haya boda… o ¿viniste a terminarme? —no pude responder, aunque definitivamente no, no había venido a terminarlo. —Sí es así…

—¡No! —le interrumpí. Sin importar la distancia que estaba poniendo entre nosotros, de alguna manera pareció relajarse ante mi negativa. —¿Estás diciendo que ya no quieres estar conmigo?

—Estoy diciendo que no puedo estar con alguien que no confía en mí.

—Han, confió en ti —expliqué, no era mi mejor momento, Han estaba diciendo que quería estar lejos y eso no podía tomármelo bien.

—No es suficiente.

—¿Estas dejándome de nuevo? ¡Prometiste que no lo harías otra vez! —le acusé, el llanto se acumuló en mis ojos, pero en los suyos vi que él pensaba que era un llanto de coraje, que era mi impotencia sudando orgullo. Nada más alejado de la realidad, estaba llorando porque me dolía que me alejara. Porque lo amaba y sin él perdería el poco equilibrio que he logrado en estas últimas semanas. —¿Cuánto tiempo va a ser esta vez? —pregunté dolido.

—Baja la voz, estas en mi trabajo y te pido que lo respetes.

—¿Por qué me hablas de ese modo?

—Porque ya no eres un niño para hacer berrinches, estar aquí me ha costado días enteros sin dormir, horas de estudio y muchas limitaciones —me regañó como si yo no estuviera al tanto de todo esto —. Para ti puede ser nada, pero no todos nadamos en dinero, así que no voy a permitir que armes un escándalo porque te juro que eso no va cambiar en nada mi decisión. Y deja de mirarme como si yo fuera el malo del cuento… te lo he dado todo Deviant, la mayor parte del tiempo incluso si tengo que quedarme sin nada, no me ha importado con tal de dártelo a ti. Y perdóname, pero tal parece que todo ha sido en vano; no valoras nada, solo te interesa tu bienestar y que los demás cumplamos tus caprichos. Esta vez no voy a quedarme a limpiarte las lágrimas. Pídeselo a Damian, te lo debe después de que has preferido arruinar tu relación conmigo por salvaguardar sus secretos.

Ah y disculpa si lo digo tan de la nada, pero ya no me esperes por el casino.

—¿Eso que significa?

—Renuncio —. Se puso de pie y volvió dentro.

TERCERA PERSONA

Damian despertó pasadas las nueve de la noche, en un principio le resultó extraño reconocerse en esa cama desconocida pero pronto pudo recordarlo todo; buscó a Ariel con la mirada, y aunque las luces de la habitación estaban apagadas lo encontró dormido en uno de los sillones frente a la cama.

Dormía chueco, tanto que de seguro después le dolería el cuello.

En un intento por salir de la cama el dolor de sus heridas le devolvió a ella mientras intentaba no quejarse, ¿qué pasaba con él? ¿era acaso que se estaba volviendo vidrioso y cualquier mal aire lo hacía temblar? En el pasado había soportado cosas peores y ahora; unas simples cortadas —que lo dejaron inconsciente por horas— le tenían impedido.

¿Era eso o lo que Damian realmente quería era la atención de cierta persona? Sabía que fingirse enfermo para obtener los cuidados de Ariel sería lo más vil que hubiera hecho en su vida, pero también podría traerles grandes y muy agradables ventajas. Después de todo sí le dolían las heridas, exagerar un poquito no podía considerarse como propiamente una mentira.

Damian estaba convencido de que Ariel no se separaría del pie de su cama si le hacía creer que estaba lo suficientemente grave. Lo meditó el mismo tiempo que le tomó estirar la mano hasta el vaso con agua que descansaba sobre el velador, mismo que propósito empujó hasta hacerlo caer.

El ruido tras la caída despertó a Ariel, quien sobresaltado brincó del asiento en el que descansaba y aturdido tanteó el interruptor de la pared para encender la luz.

—¿Qué sucede? —preguntó alarmado, al ver a Damian sentado en la orilla de la cama con la vista fija en el piso, fue entonces que se percató del charco de agua y las astillas de lo que segundos antes era un vaso de vidrio.

—¡Lo siento! —respondió Damian fingiendo pesar —Tenía sed, quise sujetarlo, pero no pude. No fue mi intención romperlo ni despertarte —mintió.

Sin saber realmente como lo logró, se mostró avergonzado y de alguna manera frágil. Tan frágil como alguien como Damian podía verse, lo que haya sido, logró que Ariel le creyera.

—¡Esta bien! —dijo acercándose con cuidado — No te preocupes, voy a recogerlo y te traeré más agua. Solo recuestaste y yo me encargaré del resto.

Si en algún momento Damian sintió remordimiento por su mentira, lo supo disimular. Ariel fue de aquí para haya en el cuarto mientras secaba la mayólica y recogía las astillas, después, tal y como prometió le trajo más agua a Damian y le ayudó a que la tomara. (Es decir; puso el borde del vaso en los labios del moreno y sostuvo el vaso mientras este bebía) Limpió con una servilleta los residuos de humedad en las comisuras de su boca y lo arropó como si fuera un niño pequeño.

—Deviant se fue al casino, Samko y James se marcharon hace como tres horas. — Comentó Ariel al pie de la cama —¿Necesitas algo más?

—Te quedaste a cuidarme.

—Bueno, Deviant tenía que irse y… —dejó la oración sin terminar, lo miró nervioso como si creyera que había hecho algo mal. —Quería quedarme hasta que estés bien.

—¿Solo hasta que esté bien? —jugueteó Damian, brindándole un poco más de confianza al menor —Entonces, tal vez no quiera reponerme nunca.

Tarde cayeron en la cuenta de que estaban solos después de tantos días separados. Ariel instintivamente retrocedió intentando alejarse de la cama, pero Damian lo retuvo sosteniéndolo de la mano. Se miraron en silencio, había tanto que decirse, pero ninguno de los dos se atrevía en ser el primero en hablar.

Damian se distrajo mirando la mano de Ariel, era extraño sentirla de nuevo, pero parecía como si finalmente estuviera en su sitio, como si encajara a la perfección con la suya porque ambas habían sido hechas para estar juntas. Tiró suavemente de ella, pero Ariel se negó a moverse.

—¿Y si prometo mantener mis manos quietas? —tanteó el terreno intentando convencer al cachorro —A veces también puedo ser un caballero —aseguró ganándose una sonrisa discreta por parte de Ariel —¡Lo prometo! —dijo con solemnidad mientras puntualizaba con su mano libre.

Ariel regreso sobre sus pasos y se sentó en la orilla de la cama; Damian se aferró a la mano que sostenía mientras se acomodaba para poder observar mejor al chico. La actitud tímida de Ariel le gustaba, sin embargo, también le resultaba alarmante. Seguía siendo su cachorrito de ojos grandes y azules; el que lo hacia reír y sabia robarle suspiros que cada vez lograba disimular menos. Por el único que se volvía un loco celoso incluso del aire que le alborotaba los cabellos a su ya no tan niño, aunque aún conservaba esa apariencia tan adorable que de verlo se le antojaba comérselo a besos.

—¿Por qué estás nervioso? —preguntó Damian.

—¿Por qué finges estar tan tranquilo? —reparó Ariel. Esa parte suya Damian casi la había olvidado, Ariel era el tipo de persona que siempre tiene algo que responder. Dulce pero feroz.

—¿Me das un beso?

—¡No!

—¿Por qué no?

—Porque antes de pedir primero deberías aprender a ganarte las cosas.

Damian meditó en la respuesta que Ariel le había dado, ¿por qué tenía que hacer méritos para obtener algo que él podía tomar si quería? Incluso podía obligarlo, pero estaba seguro de que un beso forzado de Ariel no le sabría igual.

—¿Y que tengo que hacer para ganarme uno de tus besos?

—¡Pídemelo! —contestó el menor con obviedad.

—Eso hice.

—“Me das un beso” es más una orden que una petición —aclaró con seriedad, Ariel.

—¿Vas a obligarme a pedirlo?

—¡Por supuesto que no! —respondió sarcástico —Solo no voy a besarte si no me lo pides como debe de ser, pero no lo veas como una obligación.

—¿Puedo besarte? —preguntó entonces.

—Puedes…— respondió en voz baja, Damian se incorporó despacio acercando su rostro al de Ariel, pero antes de que sus labios se unieran el menor se retiró —Cuando termines lo que sea que tengas con esas dos personas con las que saliste.

Damian entendía el punto y reconocía que Ariel estaba en su derecho de negarse, pero él no era el tipo de hombre al que se le puede decir que “no” y mucho menos dos veces en el mismo día. Quería besar al chico y no iba a detenerse hasta conseguirlo. Con eso en menté volvió a atraparlo y ahora; sin el menor de los cuidados haló de su camisa hasta que Ariel terminó con la espalda contra el colchón y Damian encima sometiéndolo.

—¡Terminado! —anunció —Ahora quiero mi beso.

Hubo rudeza y exigencia en su voz, con una sola de sus manos aprisionaba contra el colchón las dos de Ariel —¿Qué “pero” me vas a poner ahora?

Ariel cerró los ojos, si Damian quería una especie de permiso lo acaba de obtener. Sin embargo; no estaba satisfecho, de alguna sentía que lo había orillado a ceder, porque eso precisamente estaba haciendo el menor; no le había ofrecido sus labios, solo su rendición.

Dejar pasar la oportunidad le pareció lo más acertado, sentía que era mejor hablar; sin embargo, lo suyo no eran palabras, Damian sabía expresarse mejor con su cuerpo. Idioma que Ariel entendía muy poco. Cedió en el agarré que mantenía contra el niño, aprovechando su posición acarició con ambas manos el rostro pequeño y jugó con los mechones del cabello ondulado de Ariel. Primero besó su frente, sus parpados y la punta de su nariz. Cándidamente acarició las mejillas rosas con sus labios y después su mentón.  —Ariel… ¿me quieres? —preguntó sintiéndose estúpido, pero realmente necesitado de ese afecto que tan fríamente se le negaba. —¿Me quieres, cachorro?

El chico abrió los ojos y resaltaron en una mirada triste e inundada. Damian observó esos orbes como zafiros y sintió una opresión fuerte en el pecho cuando las primeras lágrimas bajaron. No iba a negar que la imagen de un Ariel destruido y herido le excitaba, pero los sentimientos eran mucho más fuertes y el dolor reflejado en esa mirada le hería más que cualquier cortada hecha con un filo de plata.

—Vería cada noche sin falta lluvia de estrellas contigo —respondió haciendo alusión a esa primera cita cuando recién se conocían. Había sido una noche especial en la que compartieron muchas cosas por primera vez —. De ser necesario y aunque estuviera congelándome recorrería a pie todo el bosque y volvería a mojarme en la lluvia a media noche. Lo haría porque te quiero, aunque no soy ni la mitad de inteligente de lo que lo son tus antiguas parejas, ni tampoco bien parecido o refinado, aunque te avergüences de mí y deba escuchar cómo me reprochas por mis carencias. Y desearía que quererte sea suficiente para ti como para que el hecho de mi inexperiencia en el sexo no sea motivo de discusión, así como el que no pueda obsequiarte costosos regalos y aun te deba la pintura por las ralladuras de tu motocicleta porque mi sueldo es bajo. Porque siendo solo yo, poco o nada… juro por mi vida que jamás antes había querido a nadie como te quiero a ti. Aunque quererte me cause tanto dolor.

Damian observó estupefacto las secuelas de todas esas veces que desquitándose con Ariel y totalmente dominado por su impulsividad había arremetido contra él destruyendo su confianza y lastimando su corazón, ese joven corazón que ahora latía errático producto de tantas emociones.

—Todos estos años había vivido en completa escases que no, no estaba listo para ti — confesó Damian mientras unía sus frentes. Ariel ya no intentó ocultar sus sentimientos, le pasó los brazos por el cuello y se refugió en su pecho dejando salir todo ese dolor que lo estaba consumiendo, la tristeza que verlo con alguien más le había provocado. El sentirse ignorado y el daño que la lejanía y rudeza de Damian le habían causado a lo largo de todos estos meses.

—Dije todas esas estupideces porque estaba molesto, nada de eso es verdad. Soy yo el que está mal de la cabeza, eres perfecto a tu manera Ariel, y no hubiera esperado más de ti, ni cambiaría nada de tu persona porque me encantas tal cual eres… Lo siento mucho, cachorrito ¡Por favor, perdóname! No me gusta verte llorar y saber que es por mi culpa, por favor… Lo que dije en la tarde es verdad, ¡Te amo! No soportaría perderte, ya no puedo estar lejos de ti —confesó.

El tiempo que transcurrió hasta que Ariel logró controlarse, fue largo. Había tantas cosas tristes por recordar y no escatimó en sus lágrimas; su cuerpo era pequeño en comparación a la inmensidad de sus emociones. Abrazado al cuello del moreno no se detuvo hasta que la última lagrima rodó por sus mejillas. Damian esperó paciente, acariciando sus costados y su cabello de manera alternativa, le decía palabras en su lengua madre, un idioma que si el joven hubiera podido comprender; o bien lo calmaban de una buena vez o lo hubieran puesto aún más sensible. Palabras dulces que el propio Damian se sorprendía de escucharse pronunciarlas. Las heridas en su cuerpo estaban doliendo de nuevo, pero no le importó. Solo quería estar ahí, en esa posición incómoda con los brazos entumidos y sintiendo que la espalda se le rompería en cualquier momento, todo con tal de mantener a su Erdely aferrado a él.

Lo había extrañado, el bosque era testigo de cuanta falta le había hecho. Ahora sabía que lo quería todo, que cada centímetro de este cuerpo tibio y pequeño lo necesitaba para ser feliz.

DAMIAN

La vida con él me asustaba, no propiamente por Ariel; estaba más relacionado con el tipo de persona en la que me convierto cuando estoy a su lado. No dejo de pensar en lo absurdo de la situación, pero es verdad y eso me desconcierta más; solo sé que mi voz se hace chillona y necesito tener mis manos sobre su cuerpo. Que me pierdo mirándolo y olvido lo que significa disimular. Todas mis alertas se disparan y quiero tener su completa atención; que me miré a mí, que me sonreía a mí, incluso que, si va a enojarse, se moleste solo conmigo. Que sea mío cuando duerme y también cuando despierta, que yo sea el motivo de sus suspiros y que no pueda sacarme de sus pensamientos.

Que también me extrañe cuando no estamos juntos y salga corriendo para aventarse a mis brazos cuando me vea llegar; que me necesite en su vida, aunque sea la mitad de lo que yo lo preciso en la mía. Y es que no lo planeé de esta manera, no se suponía que terminaría perdiendo la razón; aun si ahora suena poco creíble, tampoco era mi intención complicarme la vida como si no tuviera suficiente ya, pero heme aquí, envolviéndolo entre mis brazos mientras se adormece. Deseándolo con ansias desmedidas y conformándome con sentir su rostro contra mi pecho.

Este no soy yo y el no poder reconocerme me altera, quiero girarlo sobre la cama sin importarme si se asusta y tomar lo que siento me pertenece, pero por mucho que lo piense no me atrevo ¿Cómo voy a hacerle algo así? Simplemente no podría. Si en el pasado mate personas e hice cosas terribles hoy soy solo un mero recuerdo que se desvanece.

Inocentemente lo que único que pude hacer en un intento por calmarme fue estrecharlo con fuerza, pero me arrepentí porque terminé despertándolo.

—¿Te sientes mal? —su voz adormilada y sus ojos irritados por haber llorado tanto me buscaron aun entre la oscuridad. Lo vi removerse, se alejó de mi abrazo y finalmente pude recostarme cómodamente, Ariel se estiró para encender la luz de la lampara. Se lo permití y cerré los ojos solo para que no viera el brillo de los míos en la oscuridad.

Intentaba tener cuidado con esto cuando estábamos a oscuras, o no sabría cómo explicarle él porque de la rareza de mi mirada.

—¡Estoy bien! —respondí en cuanto tuve su atención —Solo no puedo dormir.

—¿Y te molesta que yo sí pueda o porque me despertaste? —me reí por la forma tan tajante en que lo dijo, Ariel y sus cambios de humor eran toda una delicia. Su actitud me hizo sentir que por ratos se acordaba de todo lo malo que le he hecho y buscaba la manera de desquitarse.

—¿O sea que puedes ver lluvias de estrellas todas las noches y recorrer a pie todo el bosque, pero no puedes despertarte y hacerme compañía? —fingí tristeza por sus palabras, pero al parecer, no lo convencí. — ¡Ahora conozco la inmensidad de tus sentimientos! —reproché.

—Por eso no quería decírtelo, después te pones pesado.

—Pero soy el pesado que más has querido en toda tu vida —respondí de manera juguetona.

Volví a abrazarlo aún contra su aparente resistencia, rodeando su cintura mis manos buscaron un espacio justo por debajo de su sudadera y después por entre la pretina de su pantalón. La sutileza no era lo mío, solo esperaba un motivo y ahora que lo había obtenido, mi objetivo era su cuerpo. Mis labios intentaron distraerlo besando su cuello, lamiendo y succionando suavemente. Su olor a bosque, la suavidad de su piel; el como la mía reaccionaba ante su calor. Si no obtenía un poco más de él me volvería loco.

—Si bajas un poco más te cortó las manos —advirtió con solemnidad. La punta de mis dedos apenas y si había rozado su ropa interior. Pensé en lo peor que podría hacerme, porque definitivamente no podía rendirme ahora que estaba tan cerca de lo quería. Mis manos terminaron de adentrarse y con mis palmas contra sus nalgas apreté con fuerza. Ariel dio un respingó que me hizo reír. —¿Qué crees que haces?

—Se llama exploración del terreno.

—Pues ve a explorarle el terreno a alguien más… ¡Suéltame! —ordenó. Estaba de tan buen humor que lejos de preocuparme por su molestia me daba gracia. Ariel me empujaba, pero su determinación era poca. Sabía que podía convencerlo porque él lo quería tanto como yo. Me había dejado probar el sabor de sus ansias cuando estuvimos en el hospital.

—No lo dirás enserio… ¿o sí? —le pregunté sobre los labios. Besé todo lo que estuvo a mi alcancé, mientras esperaba por su respuesta.

—Dijiste que estarías calmado —reprochó.

—Y estoy tranquilo o tu no estarías hablando tan fluidamente.

—No lo hagas, no me gusta…

—¿No te gusta que? ¿Te refieres a que no te gusta que haga esto? —volví a presionar ahora con más fuerza y casi podía imaginar su piel enrojecida con la marca de mis dedos. Era una de las partes de su cuerpo que más me gustaban y había pecado de pensamiento más de una vez, ideando todo lo que le haría en cuanto me lo permitiera. —¿O a esto…? —mis dientes atraparon su labio inferior y tiré de el con cuidado —Ariel siseó y su rostro enrojeció —¿Te incomoda que te agarre el trasero, pero te avergüenza que te muerda los labios? Quizá deberías reordenar tus prioridades… —me burlé sin apartar la vista de su labio ahora claramente más rojo que el de arriba.

—No me provoques… —dijo— y quita tus manos de ahí.

Lo hice, no tuve opción. Pero que cediera en “esto” nada tenía que ver con dejarlo tranquilo. Lo arrastré al centro de la cama y literalmente me coloqué sobre él, sus manos sobre su cabeza fueron sujetadas por las mías. Iba a reprocharme, pero algo lo distrajo y me miró preocupado.

—¡Las vendas…! —dijo —Estás sangrando de nuevo.

—No importa.

—¿Cómo que no importa? ¿Acaso no te duele?

—Mi calentura es más fuerte que mi dolor… —me deslicé sobre su estómago para alcanzar sus labios, pero escondió su rostro de mí.

—¡No, Damian! Esto no es normal…

—¿Por qué no es normal? —cuestioné molesto —Hemos hecho mucho más que esto en el pasado y nunca dijiste que fuera anormal —Ariel resopló impaciente.

—Estoy hablando de tus heridas —aclaró. Luchó por liberar sus manos y tuve que permitírselo. Creí que se alejaría, pero sus dedos terminaron acariciando los bordes de mis vendajes. —Ya no deberían de sangrar… ¡me preocupa!

—¡Estoy bien!

—No quiero que sufras.

—Entonces déjame tocarte —volví a abalanzarme sobre él, pero salvó espacio al poner sus manos sobre mis hombros.

—¿Puedes dejar de pensar en sexo por lo menos un momento? —me regañó —Controla tus hormonas, hablo enserio.

—En ningún momento pensé en sexo —mentí. —Esa palabra jamás cruzó mi mente. Pero si es lo que deseas, yo encantado.

—¡Cállate! Y recuéstate. Han dijo que debes descansar —se hizo a un lado para dejarme la mayor parte de la cama. De mala gana me dejé caer, Ariel me cubrió con los edredones y se sentó a mi lado.

—Dime la verdad… ¿No quieres que te toque? ¿Es por lo que hice? —indagué rendido.

Me avergonzaba preguntarlo, sin embargo; era consciente de que no fue correcto salir corriendo a buscar sexo solo porque las cosas entre nosotros estaban mal y él tenía todo el derecho de no querer intimar conmigo. Ariel me miró largo rato y después suspiró dejando caer los brazos con resignación.

—Quizá este mal, pero no soy tan delicado. —dijo—No quiero que después de hoy volvamos a hablar sobre “lo que hiciste” porque te juro que me dan ganas de agarrarte a palos. Sin embargo, de lo que vivimos aprendí que quizá fui demasiado fácil. Lo digo en el mejor de los sentidos… eras la novedad en mi vida y no me importó irme de pique por el voladero —se había hecho chiquito, escondiéndose en sus hombros, su olor cambio y con tal de que no llorara de nuevo, me senté en la cama y lo abracé. —Dime la verdad… ¿Qué es exactamente lo que quieres de mí? —pidió.

—A ti… —respondí sin más. Tomé su mano y entrelacé nuestros dedos — Quiero una relación formal contigo, ponle el nombre que más te guste; novio, pareja o lo que desees, solo debes ser mío y déjame ser de ti.

—¿Lo dices enserio? —sus ojos me buscaron y aunque lo disimulaba había cierta emoción contenida. Era la primera vez que alguien se emocionaba por tener una relación conmigo, y yo me moría de los nervios. Estaba comprometiéndome con la persona que amaba y aun sí me sentía ansioso también estaba feliz.

—Si te preguntara ahora, si quieres ser el príncipe de este dragón malhumorado, viejo y feo que tiene muchos más defectos que virtudes, ¿dejarías tu armadura de guerrero y te quedarías para siempre conmigo? —sonrió, después de tantos meses de discusiones y tristezas, Ariel finalmente volvió a sonreír como aquella noche de nuestro primer beso cuando llovía estrellas —A cambio prometo cuidar tu torre y no dejar que nadie más entre a nuestro castillo. ¿Qué respondes bosquecito? ¿Te quedas conmigo?

Capítulo 45 LOS HUMANOS LO LLAMAN AMOR

10

CAPÍTULO 45

 

LOS HUMANOS LO LLAMAN AMOR

 “Cuando miro tus ojos hay una amenaza dentro, hay un amor extraño que se está haciendo fuerte, hay un peligro que ya no puedo ocultar”.

TERCERA PERSONA

Volver a la ciudad se estaba convirtiendo en algo difícil de conseguir.  En más de una ocasión intentó trasmutar, pero las heridas en su cuerpo se lo impedían. El argento actuaba en su piel como un ácido que iba deshaciendo los bordes de los cortes volviendo las lesiones más profundas y dolorosas. Damian tenía que darse prisa, sus heridas no cerrarían por si solas como sucedía generalmente y estaba perdiendo sangre de manera alarmante.

Con las circunstancias en su contra había elegido el peor de los caminos; senderos empinados y rocosos que dificultaban su andar. Su cuerpo empapado de sudor y sangre permitía que las hojitas secas o raíces se adhirieran a su piel causándole picazón; respiraba con dificultad producto de la agitación y había comenzado a sufrir de vagidos que cada cierto tiempo le obligaban a recargarse contra árboles o piedras para no desplomarse.

Si lo anterior no era suficiente, la rapidez con la que sus lesiones estaban infectándose y el escozor que comenzaba a volverse punzante e insoportable, hacían lento su andar. El dolor que Damian estaba sintiendo podía compararse a lo que sufren los humanos al envenenarse y el escozor a brasas encendidas que le quemaban y consumían la piel.

Un vértigo repentino le cogió desprevenido, sin poder evitarlo perdió el equilibrio y se fue de espaldas al piso. Su cabeza dio contra la dureza del piso y tras el golpe pudo sentir como si todo le diera vueltas, pestañeó varias veces con la intención de hacer desaparecer los puntos suspendidos como letras musicales que flotaban sobre su cabeza, hasta que finalmente su visión se nubló por completo. Ante la falla de su visión sus demás sentidos se agudizaron. De un segundo para otro escuchó tal y como lo hacía cuando se encontraba en su forma de lobo.

Como humano tal nitidez de sonidos, olores y sensaciones resultaron abrumadoras. El ruido le ensordecía martillándole los oídos, escuchó el agua en deshielo que corría colina abajo, el viento que movía las ramas de los arboles desprendiendo las hojas más débiles, el trinar de las aves y las pisadas de los animales que lo asechaban en la distancia, inclusive su respiración errática, todo al mismo tiempo; la suma del bullicio proveniente de un bosque vivo le llegaron de golpe aturdiéndolo, trastornándolo.

El latir frenético de su corazón y el entumecimiento que comenzó a apoderarse de su cuerpo fueron el aviso de que estaba a punto de perder el conocimiento. No era la primera vez que se encontraba en una situación como esta. Ha razón de sus experiencias pasadas se esforzó por controlar su respiración. Damian comprendía que este no era el mejor momento para desfallecer, pues no solo estaba desangrándose, había algo más que sin importar lo vergonzoso que le resultara aceptarlo le exigía un poco más de aguante, estaba perdido. Su intención había sido volver a Sibiu, pero no estaba seguro de si realmente estaba haciéndolo.

La sensación de que el bosque entero se le venía encima le obligó a cubrirse el rostro con las manos. No intentó nada más, quizá porque en el fondo era consciente de que no podría levantarse por si mismo, sobre todo ahora que las fuerzas parecían haber abandonado su cuerpo.

Y en medio de su dolor e impotencia sonrió irónico; le resultaba estúpido rendirse en este preciso momento en el que había tanto por lo cual esforzarse, ahora que había alguien que podría calmar el frío que comenzaba a invadir sus extremidades envarándolas.

Debido a su naturaleza, Damian acumulaba una cantidad considerable de calor en su cuerpo a manera de mantener su sangre caliente y su corazón latiendo, con las heridas corroyendo su carne sentía la gélida corriente de aire colarse por entre sus cortadas, ¿iba a morir? Probablemente no, aunque el dolor que sentía le contaba una historia muy distinta y probablemente era lo mejor. Había comprobado en vivo y a todo color que él solo sabe causarle dolor a los que ama; ellos, incluyendo a Ariel. Todos estarían mejor sin su pesada sombra oscureciéndolos. Aunque era una verdad que le dolía reconocer.

Justo cuando la resignación comenzaba a venderle la idea de morir, y aun en medio de su aturdimiento, sintió un soplo cálido en su cuello seguido de una presión suave con algo húmedo, casi como un beso. Se descubrió el rostro y aunque borrosa, alcanzó a ver la imagen de uno de los suyos. Un lengüetazo en el rostro le ayudó a reconocerla, Nymeria.

La loba se acercó de nuevo y olisqueó su torso herido, detrás de ella tres figuras igual de borrosas, aunque más pequeñas aparecieron rodeándolo. Al advertirlo accesible, los lobeznos intentaron juguetear con Damian, tal y como hacían cuando estaban en la madriguera, pero tras una reprimenda de su madre se limitaron a echarse junto a él, aunque cada tanto y con total disimulo, se estiraban y lamian sus dedos o su cabello. Lo que tuvieran a su alcance.

Nymeria casi se colocó sobre Damian y lamió su rostro en repetidas ocasiones; quizá era idioma de lobos o su forma más noble de darle a entender que ya no tenía mucho de que preocuparse, que ella estaba ahí para ayudarlo. Damian hubiera esperado que Dayner estuviera haciendo esto por él y no se refería a los lengüetazos, pero le había brindado protección, una madriguera y comida a su manada, ¿acaso era mucho pedir un poco de consideración? Damian sabía que las cosas entre ellos últimamente iban de mal en peor. Nymeria en cambio era noble y desde que había llegado a su lado, lo trataba como a uno más de su manada.

Aceptando la ayuda, Damian se quitó la pulsera de cuero que Deviant le había regalado y se la entregó a la loba.

—Ve por él…—le dijo y como si el animal entendiese lo que Damian estaba diciéndole, recogió la pulsera del piso y le sostuvo la mirada. —Debe estar en casa de Ariel.

Al verla echar la carrera los lobeznos intentaron seguirla, pero otro gruñido de parte de su madre les detuvo; ahora, los tres pequeños lobos—Lluvia, Brisa y Joker—tenían una importantísima misión entre las patas: mantener a Damian a salvo hasta que ella volviera con ayuda.

En casa de Ariel

 

—¿Cuánto tiempo más planeas ignorarme? —preguntó Deviant pesaroso—No me gusta que estemos sin hablarnos y menos que estés molesto conmigo.

Han cerró el libro que leía, y lo abandonó sobre la mesita que servía de esquinero. Colocó el libro aun lado de la lampara que a las horas continuaba apagada. Los abuelos se habían ido a descansar tan pronto terminaron de comer y Samko estaba con James. Susan les había asignado la habitación contigua a la de Ariel; desde entonces, el menor de los Katzel había insistido en acompañarlo, aunque este ya se encontraba mucho mejor. No había palabras que expresaran adecuadamente lo aliviado que James se sentía, como si por primera vez en muchos años pudiera respirar con libertad.

Era una sensación extraña pero reparadora.

— En ningún momento dije que estaba molesto contigo —respondió Han en voz baja.

—Si no estás molesto, ¿por qué me ignoras?

—No te estoy ignorando.

—Por supuesto que sí — rebatió Deviant, él sí que estaba molesto y también un poco dolido. Llevaban casi dos horas en la sala y durante todo ese tiempo, Han había mantenido la vista fija en su libro, “ignorándolo”. Al menos, eso era lo que Deviant creía y no había poder humano que lo convenciera de abandonar esa creencia.  Intuía que se debía a la discusión que sostuvieron en el hospital cuando ordenó que le entregaran las altas tanto de James como de Ariel; aun cuando Han le había explicado en más de una ocasión que lo mejor era que permanecieran en observación. Pero Deviant se había hecho de oídos sordos y empeñado en lo suyo no descanso hasta que tuvo a los dos chicos en el auto y las altas en sus manos, tal y como Damian le había pedido.

—No discutiré contigo, no por esto —aclaró Han, frenando el berrinche que Deviant parecía estar dispuesto a comenzar. Se puso de pie y de paso recogió su abrigo—. Ya dije que no estoy molesto contigo y que tampoco te estoy ignorando. De hacerlo, no estaría hablándote ahora mismo —concluyó y se dirigió hacia la cocina mientras se metía en su abrigo. Deviant le escuchó abrir la puerta trasera, quiso seguirlo, pero todo se quedó en el mero pensamiento.

Ir tras él sería iniciar una verdadera pelea y todas las complicaciones que esta acarrearía. Pero tampoco podía permanecer un minuto más en esta quietud que lo martirizaba.

Fue hasta el perchero, tomó su gabardina y salió por la puerta principal. El aire frío le caló los huesos, obligándolo a ponerse su abrigo con prisa. Se sentía ansioso y preocupado. Había estado así desde que Damian se fue y de eso ya habían pasado poco más de cuatro horas. Esa era la verdadera razón por la que Deviant había estado detrás de Han tan insistentemente.

Han sabía calmarlo; de alguna manera encontraba siempre la forma de hacerlo sentirse bien, sin importar que el mundo estuviera colapsando sobre sus cabezas.

Cuando Han volvió al interior de la casa, traía unos trozos de madera entre los brazos, mismos que terminó echando a la lumbre para avivar el fuego de la chimenea. Le extrañó que Deviant no estuviera ahí y aunque pensó en volver a su libro, decidió que lo mejor era buscarlo. Lo conocía de toda su vida, Deviant era todo un especialista en hacer de una sola gota de agua, toda una tormenta.

Y si no le había hablado no era porque le estuviera ignorando, —como suponía—Han solo pretendía darle su espacio, sabía que estaba preocupado por Damian. La mayoría de las grandes preocupaciones de su prometido tenían que ver precisamente con el moreno. Y aunque se decía así mismo que no le molestaba, la verdad era que le producía cierto malestar. Un sentimiento muy parecido a los celos, aunque no se trataba de que desconfiara de ellos o que mantuviera sospechas. Esto tenía que ver con que Deviant le ofrecía demasiadas atenciones a su hermano, atenciones que Han también necesitaba y que su pareja no parecía querer tomar en consideración.

De inmediato se deshizo del pensamiento odiaría verse así mismo como un egoísta que codiciaba a Deviant solo para sí, pues nadie mejor que él sabía que el amarlo implicaba aceptar a sus tres hermanos.

Revisó en las otras habitaciones de la planta baja y al no en controlarlo se dirigió a las escaleras. La casa de Ariel le gustaba; no solo era bonita, también apreciaba el cómo cada cosa estaba en su debido lugar. El segundo piso estaba igual de ordenado y aunque la habitación de Ariel le quedaba más cerca, se dirigió a la de James. Entró sin tocar sorprendiendo a los hermanos. Tan pronto puso pie dentro recorrió la habitación con la mirada y, por último, al no encontrar a quien buscaba, la posó en ellos.

—¿Qué sucede? —cuestionó Samko.

—Solo quería saber cómo estaban —explicó Han, sin contarles sobre sus verdaderos motivos.

—¿Cuántos años ha vivido Han con nosotros? —preguntó James en tono casual, sin apartar la mirada de lo que hacía tan recelosamente.

—Pues, no lo sé —respondió Samko, dejando sus cartas sobre la cama y fingiendo que sacaba cuentas con sus dedos —. Cuando nací él ya estaba con nosotros.

—Muchos años, entonces… —James también bajó sus cartas y tomó los billetes que estaban

aun lado.

—Sí, muchos —Sam juntó con destreza todas las cartas y comenzó a barajarlas, las ofreció a su hermano para que cortara el mazo y después repartió nueve cartas para cada uno.

—¿Crees que lo conocemos?

—Definitivamente, lo conocemos —aseguró Samko.

Han los miraba en silencio sin comprender a que se debía este dialogo que pese a tratarse de él, le hacía sentirse ignorado. Y aunque no sabía que, estaba seguro de que algo tramaban sus adorables cuñados. Quizá tomarle el pelo, ¿Qué otra cosa podría ser? Esperar algo bueno de ese par era mucho pedir, pues cuando estaban juntos tenía cierta fijación por jugarle bromas pesadas.  Hecho que creyó finalizaría cuando James y Samko crecieran, pero que contrario a lo esperado, se había perfeccionado y las bromas eran cada vez peores. Aunque siempre revestidas de una inocencia incuestionable.

—Contéstame algo, honestamente…—pidió James, a lo que Samko asintió sin más mientras acomodaba sus cartas —¿Crees que vino porque quería saber cómo estábamos? —el aludido negó enérgicamente y ambos lo miraron de manera acusadora — Sí, tampoco yo.

—Creo que tiene que ver con Deviant —agregó insinuante el menor.

—Sí, cualquier cosa que Han haga, tiene que ver con Deviant —le hizo segunda James.

—¿Terminaron de burlarse de mí? —intervino Han fingidamente molesto, mientras los miraba de manera alternativa.

—Apenas comenzamos —respondieron a la par los hermanos y se echaron a reír.

Han salió de la habitación con el mal humor clavado en la sien; por supuesto, no sin antes recordarles que tenían prohibido apostar. Deviant lo había dejado claro desde el principio. Que tuvieran un casino no les daba derecho a ser unos viciosos. Por supuesto, fue cruelmente ignorado, más los chicos se calmaron dejando de lado las bromas cuando notaron que Han estaba a punto de quitarse el cinturón dispuesto a darles la educación que buena falta les hacía. No era que realmente estuviera molesto, pero el tiempo le había enseñado que, si se mostraba molesto con ellos, entonces, le daban tregua y lo dejaban en paz por unos días. Además, no consideraba que fuera para tanto, en el pasado le habían hecho cosas peores e igualmente los había disculpado. Que ahora se burlaran por el amor que sentía por Deviant, era lo de menos. De hecho; a veces deseaba que el propio Deviant estuviera igual de seguro sobre sus sentimientos como lo estaba Samko y James, incluso Damian.

DEVIANT

—Estaba buscándote —dijo Han detrás de mí. Toda esta situación me tenía muy nervioso, tanto que al escucharlo me estremecí y casi dejo caer la botella.

—¡Lo siento! No fue mi intención asustarte.

Me giré para mirarlo, y aunque intentó disimularlo, su gesto de desagrado no me pasó desapercibido. Le molestaba verme beber, decía que lo mío ya era un problema serio y que, si no quería recibir ayuda de él, debería de buscarla en otra parte. Una completa y total exageración porque bebo cuando quiero y puedo dejarlo si lo deseo, aunque él lo dude.

Nos miramos fijamente durante un largo rato a la espera de que el otro dijera algo, pero Han no habló y yo ya no estaba tan seguro de querer hacerlo, así que rompí el contacto y apartando mi mirada de sus ojos le di un trago profundo a la botella de vino. No lo estaba retando, aunque tal vez sí.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó como quien se ha cansado de repetir vez tras vez la misma pregunta. Y no iba decirle que la traía escondida debajo de mi asiento o que había una más en la cajuela.

—¿Importa? —cuestioné tajante.

—¡Claro que importa Deviant! —elevó el tono en su voz, pero no se movió. Mentalmente me preparé para la catedra sobre el daño que me estaba haciendo debido a mi desmedida forma de beber.— Se supone que estabas intentando “seriamente” dejarlo —me acusó.

—Estaba…

Así como a veces la pasividad de Han me resultaba molesta, sus instantes de impulsividad solían sorprenderme. Me arrebató la botella de entre las manos y la rompió contra la defensa trasera de su auto, que fue lo único que tuvo a su alcance. La alarma se disparó y tuve que cubrirme los oídos.

—¡Apaga esa cosa! —ordené, el ruido me martilla provocándome nauseas.

—¿La resaca por todo lo que te bebiste anoche? —se burló.

—Apágalo, Han.

Lo hizo y aunque debí agradecerle el gesto, solo lo miré furioso. Ni si quiera había bebido tanto, me dolía la cabeza eso era todo.

—¿Tienes idea de lo costoso que es ese vino? —ataqué.

—¿Importa? —repitió mis palabras, el tono en su voz era desafiante y severo.

—Es costoso…

—Mi auto es mucho más costoso.

—Lo que digas —le saqué la vuelta.

Me eché a andar, no había un sitio en especial al cual quisiera ir, solo quería alejarme de él para evitar decirle todas esas cosas que no sentía pero que burbujeaban en mi garganta deseosas de salir y herir. Han no es de las personas que se enoja con facilidad, pero en las contadas ocasiones en las que ha sucedido me he quedado con recuerdos muy tristes que a veces aun duelen.  Preferí centrarme en lo que había frente a mí e ignorarlo.

La casa de Ariel estaba rodeada de árboles de copas altas y frondosas, algunos de los troncos eran delgados y bajos, aunque en su mayoría eran de por lo menos dos o tres metros de altura. Y aunque no era mi paisaje favorito; me traía ciertos recuerdos de mi niñez. Estar en este lugar era muy agradable, los abuelos de Ariel nos habían hecho sentir muy cómodos. Como en familia, la que nunca tuvimos o por lo menos, no de la manera en la que ellos nos la habían ofrecido con apenas conocernos.

—Es más fácil para ti darme la espalda que mirarme y dejar que te ayude —reprochó en un susurro detrás de mí, pero lo suficientemente alto como para que pudiera oírle —. Sé que estas triste y no he querido presionarte…

—¡No estoy triste! —lo interrumpí.

—Mírame, repítelo y quizá te crea.

—No es problema mío lo que decidas creer —respondí de mal modo, apresurando el paso. Mentalmente me regañaba, sabía que a él le disgustaba que le hablara de esa manera, pero estaba molesto y no podía controlarme.

—No quiero hablar mirándote la espalda ni ir detrás de ti por todo el bosque —me sujetó del brazo y me obligó a voltear. Me sostenía con fuerza, lo admito, me asustó —¡Mírame! Hablemos…

—¿Ahora si quieres hablar? —me quejé mientras lo empujaba.

—No se trata de nosotros… —aclaró, logrando captar mi atención —Aunque no lo creas o en este preciso momento no lo parezca, tu y yo estamos bien. Te amo y aunque ahora no estés dispuesto a reconocerlo, me amas, es suficiente… ¿no? —preguntó con voz neutra. Pensé en decirle que “no”, que para mí estaba muy lejos de ser suficiente, pero honestamente que continuara amándome era lo único que me importaba —. Quiero hablar de Damian —agregó. Tragué en seco.

No podía, había evitado esta conversación por demasiado tiempo. Mentalmente me debatí en alguna excusa lo suficientemente buena que pudiera usar, pero Han iba a millas enteras por delante de mí, sabía leerme y me descubría mientras aun planeaba como mentirle.

—Quiero tu completa honestidad Deviant —pidió, mientras me soltaba de brazo y se acercaba para rodearme con ambas manos por la cintura —. Somos pareja, vamos a casarnos. Me he comprometido contigo de todas las formas humanamente posibles porque te amo y soy feliz a tu lado; aun con tus berrinches y dramas. Quiero a Samko, James es como un hijo para mí, nuestro hijo porque lo crecimos juntos… Te he dado razones de sobra para que confíes en mí —aseguró y en efecto, de razones me había llenado. —Nada de lo que hice en el pasado ha sido para comprar tu cariño o tu confianza, lo hice porque te he amado desde ambos éramos solo niños. Es solo que creo merecer tu confianza y me duele que no quieras ofrecérmela —sus palabras permearon en mis sentimientos, pero no podía. Como iba a decirle lo que sucedía con Damian, no podía.

—Confió en ti —aseguré—. Todo lo que a mí respecta te lo he contado, sabes que tiendo a olvidar las cosas y por eso no puedo decir mentiras, porque después no recuerdo que las dije. No hay algo mío que te esté ocultando.

—Hay algo que no me estás diciendo —el agarre de sus brazos sobre mi cintura se hizo más fuerte. No es que yo fuera un tonto crédulo, pero sabía que podía seguir a Han incluso con los ojos cerrados porque él no me lastimaría. Sin embargo, su actitud me alarmó.

Intenté deshacerme de su abrazo, pero no me lo permitió.

—¡Lo siento! —me disculpé —Las cosas que tienen que ver con Damian no puedo decírtelas. Él me las ha confiado, no puedo defraudarlo.

—¡Entiendo! —respondió mientras me soltaba, fue un movimiento tan rápido que sentí que me caería —No puedes defraudarlo a él, pero sí me defraudas a mí.

—No, Han…

—¿Es tú última palabra? —retrocedió.

—Han… ¡Por favor! —intenté atraparlo, pero no me dejó alcanzarlo — Han.

TERCERA PERSONA

El ruido de pasos cortos los distrajo momentáneamente de la conversación que sostenían. Algo se movía entre la maleza y por muy decepcionado y dolido que Han estuviera de Deviant, hizo lo que solo un hombre enamorado es capaz: avanzó con paso firme y rodeando su cuerpo con ambas manos abrazó a Deviant protegiéndolo del lobo gris que apareció frente a ellos.

Contrario a lo esperado Deviant no entró en pánico ni quiso salir corriendo, aunque el animal frente a ellos tenía una apariencia intimidante. Era más grande de los lobos que comúnmente se encontraban en la región, su pelaje espeso no distraía del cuerpo fornido que había debajo.

Deviant se limitó a observar al animal por varios segundos como si se tratara de alguien a quien ya conocía y no recordaba. El animal dejó en el piso la pulsera que Damian le había dado y la empujó con la punta de su nariz, acción a la que Deviant no prestó atención por intentar recordar su nombre.

—¿Nymeria? —dijo de pronto, como si se refiriera a una persona y no al animal.

—¡No te muevas Deviant! —intervino Han, frenándolo del paso que intentó dar —Puede atacarnos.

—¡No, Han! Ella es la… —dejó la frase sin terminar, no podía decirle que era una de las lobas de Damian. Ni que había más, era uno de los secretos que su hermano más protegía

—¿La que…?

—¿Eh? No, nada…

—¿Deviant?

Iban a meterse en otra acalorada discusión, pero Nymeria tenía prisa. Deviant la conocía desde hacía varios años, así que cuando se acercó hasta tirar de su pantalón y ante el total asombro de Han, Deviant no se inquieto.

Desde la primera vez que la tuvo de frente Deviant, sintió tentación de tocarla, pero al igual que en aquella ocasión, nuevamente no se atrevió. Nymeria le inspiraba cierto respeto que él estaba convencido de no querer faltarle.  La loba era especial porque Damian le había permitido que le escogiera un nombre, y había elegido “Nymeria” por su seria favorita, el caso era que ella solo aparecía cuando Damian se lo permitía… y como si todo engranara en su cabeza, cuando el animal volvió a empujar la pulsera con la nariz, Deviant comprendió el motivo de su repentina visita.

—¿Dónde está? —le preguntó al animal mirándola fijamente, después de recoger la pulsera y corroborar que, en efecto, era la misma que le había obsequiado a Damian. Nymeria desesperada parecía querer hablarle, pero solo podía tirar de su pantalón en esta ocasión dirigiendo hacía la carretera.

Todo sucedió en cuestión de segundos en los que Deviant se soltó definitivamente de Han y corrió de vuelta a su auto, le había gritado a la loba que lo guiara por la carretera ¿a quién se le ocurre? En ese momento de total confusión Han creyó que su pareja había perdido la razón, pero nuevamente se sorprendió cuando el animal echó a correr sobre la calle de terracería.

No iba a quedarse como si nada mientras Deviant seguía a un lobo al que solo le faltaba hablar.

—Iré contigo…

—No, Han.

—No voy a dejarte solo con ese animal—amenazó con firmeza. Con tal de no perder de vista a Nymeria quien ya iba varios metros por delante, a Deviant no le quedó más remedio que aceptar.

Resultó que Damian no estaba tan perdido después de todo, casi quince minutos en auto y unos cuantos más haciendo senderismo bastaron para dar con él. Deviant se detuvo de golpe en cuanto sus ojos miraron lo que quedaba de su hermano. Han por su parte iba a reparar en el hecho de que Damian estuviera rodeado de tres cachorros de lobo, pero le ganó su papel de médico y cuando las crías se escondieron entre la maleza se acercó para revisar sus signos vitales.

Notó algo raro al tocarlo, y nada tenía que ver con el hecho de haber sido guiados por una loba hasta ese lugar, ni con los tres cachorros que no muy seguros, pero con la suficiente curiosidad habían salido de su escondite y comenzaban a husmearlo. El asunto estaba directamente relacionado con el hecho de que Damian se encontraba apenas consciente, hundido en un charco de su propia sangre y, sin embargo, su pulso no era débil; todo lo contrario, latía desbocado en su pecho tal y como si estuviera corriendo a su máxima capacidad.

—Hay que sacarlo de aquí…—dijo, pero Deviant parecía incapaz de moverse. —¡Deviant! ¿Estás escuchándome? ¡Deviant! —al ver que no reaccionaba dejó a Damian y fue hacía él, envolvió su rostro con las manos y ante la caricia Deviant reaccionó —Debemos sacarlo de aquí, esto es grave.

Deviant asintió quedamente, la impresión había sido demasiado para él, que fuera Damian el que estuviera en el piso con la vista perdida y hundido en su propia sangre solo lo complicaba más, aun con todo se esforzó para concentrarse en lo más importante, y eso era sacarlo de este lugar.  No los escuchó, pero cuando Han volvió la vista a Damian ni los cachorros ni la loba estaba ahí. Esto era para volverse locos.

Entre los dos lograron ponerlo de pie, Damian balbuceaba cosas sin sentido, como si de manera alterna les estuviera susurrando secretos ininteligibles. Y de todos los reparos que Deviant pudo haber hecho, lo único que lo preocupó fue el sentir tan frío el cuerpo de su hermano, un cuerpo que generalmente está muy caliente, casi como si tuviera fiebre.

Tardaron un poco en llegar al auto, Damian se había dejado vencer a mitad del camino provocando la histeria de Deviant y el desconcierto de Han. Una vez en el interior del auto y con la calefacción al máximo, sus dos salvadores luchaban por regularle la temperatura.

—Hay que llevarlo al hospital.

—¡No! —se rehusó Deviant —Llevémoslo a mi departamento…

—Necesita atención médica.

—No.

—Deviant, no empecemos de nuevo con esto. No sé que rayos tienes encontrar de los médicos, pero estas comprometido con uno y me haces sentir terrible cada vez que haces esto.

—¡Han, por favor! Necesito que confíes en mí y me ayudes a llevarlo a mi departamento.

—¡Esta grave Deviant, debe revisarlo un médico!

—Estará bien, solo has lo que te pido —suplicó.

HAN

Al final, cedí, aunque no estaba de acuerdo con todo este asunto. Damian se veía muy mal, de sus heridas borboteaba sangre y muy seguramente necesitaría suturas. Por si no fuera suficiente Deviant se había empeñado en que hiciéramos lo que proponía y al negarme comenzamos a discutir, ambos queríamos hablar al mismo tiempo y terminamos gritándonos. Si no fuera porque Damian tan acertadamente se desmayó, quien sabe hasta donde hubiéramos llegado.

Cuando estuvimos en el estacionamiento, lo arrastramos por el elevador envuelto en nuestros abrigos. Fue suerte que nadie más quisiera usarlo en ese momento o los rastros de sangre que íbamos dejando les hubieran alarmado.

A diferencia de Deviant, no me encontraba tan optimista. Me preocupaba la forma en la que Damian sangraba, después del tiempo que había trascurrido era para que la lesiones hubieran comenzado a cerrar, pero no había coagulación, las heridas visibles estaban tan frescas como si se las acabaran de producir.

Deviant dijo que lo lleváramos a la cama y después casi me echó fuera de la habitación.

Estuvieron un buen rato ahí adentro, y yo como imbécil en la sala mordiéndome la dignidad y las ansias a la espera de que no saliera de repente llorando y diciendo que Damian había fallecido, porque juro por mi vida que no se lo iba a perdonar. Una cosa era que su hermano y yo no podamos llevarnos bien y otra muy distinta que no sienta nada o me dé igual si a Damian le llegara a pasar algo malo.

James y Samko llegaron al departamento un poco después, al parecer avisados por Deviant. Me vieron en la sala y en silencio se sentaron frente a mí, podía sentir sus miradas buscándome, pero estaba tan enojado que decidí ignorarlos. No era correcto, pero quizá era mejor que desquitarme con ellos de algo que claramente no era su culpa.

Perdí la noción del tiempo que tuvimos que esperar por noticias, cuando Deviant salió, Samko fue el primero en ponerse de pie e ir hacía él. Toda la habitación e incluso él, desprendían un olor extraño, no desagradable, pero si intenso que casi mareaba.

—¿Cómo está? —preguntó alarmado, James detrás de él intentó tranquilizarlo pasándole el brazo por los hombros.

También me puse de pie, pero no me acerqué.

—Acaba de dormirse, se encuentra mejor —anunció Deviant, noté que me buscaba con la mirada, pero fingí no me di cuenta—. Perdió mucha sangre así que está un poco débil, pero no se preocupen, él va a estar bien.

—Deberíamos llevarlo al hospital— sugirió James ¡por fin! alguien que pensaba con la cabeza.

—No es necesario, —intervino Samko —Deviant ya dijo que esta mejor.

—Pero si perdió mucha sangre…

—¡No! —lo interrumpió Deviant. —Hay que dejarlo descansar.

—Sí, pero…

—Ya dijimos que no, James —regañó Samko. —Damian no va a los hospitales, lo sabes.

James lo miró confundido, era claro que no, él no lo sabía. Al igual que yo era tan ignorante con lo referente a Damian, sin embargo, Deviant tampoco se esperaba que Samko dijera algo como eso, la sorpresa que hubo en su rostro al mirarlo, lo delató. Aunque rápidamente intentó disimularlo.

Estaban escondiéndonos algo importante y yo estaba cansándome de este jueguito.

—James ve a recostarte —ordenó Deviant intentando zafarse del asunto—el doctor dijo que te dejaba salir pero que necesitabas reposo absoluto.

—Ya me siento bien…

—No es un debate—aclaró cortante— ve a recostarte.

—He estado acostado todo el bendito día —rebatió James.

—¿Han…? —buscó mi apoyo, ahora si me necesitaba —¿No vas a decirle nada?

—¿Para qué? —respondí de mala gana —Tú lo estás haciendo muy bien.

Mi respuesta valió para obtener la atención de los tres. Deviant me miró molesto, pero no me importó, ¿quería discutir? ¡Adelante! Que yo estaba que me moría por decirle unas cuantas cosas.

—¿Qué te sucede? —y todavía tenía el descaro de preguntar.

—¡Nada!

—No me gusta que me mientas… —advirtió mientras se hacía paso entre sus hermanos y avanzaba hacia mí.

—Ni a mí que finjas que te importa lo que me sucede —Atajé.

—No estoy fingiendo.

—Lo que digas… —me di la vuelta con rumbo a la salida. Nada de esto tenía sentido, ahora que sabía que Damian se encontraba aparentemente estable, nada tenía que hacer aquí.

—¿A dónde crees que vas? —gritó. Nada peor para un Katzel que lo dejes hablando solo, no solo los enfurecía, sino que desataba su completa indignación. —¡Han! —y en honor a su estúpido orgullo era capaces de hacer muchas cosas, como ahora, que no esperaba que me siguiera. —Te estoy hablando.

Me encaminé al recibidor con la clara intención de irme, ya no quería escucharlo, pero en uno de sus arranques me empujó contra la pared. Fue una sorpresa, ha placer había decidido olvidar que él tenía la estatura y la fuerza para dejarme debajo, no por algo me había tenido de esa manera por meses, pero ya no. Lo empujé de vuelta, no iba a someterme a su voluntad, no esta vez.

Nos miramos de forma retadora, entonces de la nada volvimos a ser ese par de adolescentes que tantos años atrás se batieron a duelo y curiosamente por la misma razón; Damian. En mi defensa diré que tal y como en aquella ocasión, él me golpeó primero. Únicamente me defendí.

Le solté un puñetazo que lo mandó al piso.  James intervino poniéndose entre nosotros y sujetándome por los hombros, mientras Samko ayudaba a Deviant a levantarse. Entendí que hoy no habría lágrimas de tristeza cuando me aventó uno de los adornos de cerámica que habíamos comprado en Budapest. No alcancé a atraparlo y me golpeó en el pecho. Me enfurecí.

En la pared colgaba una foto nuestra en un marco de cristal, no quise detenerme a pensarlo porque entonces no me atrevería; me limité a descolgarlo y aunque James intentó quitármelo se lo aventé. Lamentablemente le di a Samko, no fue mi intensión. Deviant me culpó y mientras James revisaba a Sam, él y yo echamos a bajo el recibidor, empujándonos contra las paredes y después rodando en el piso nos debatimos en una pelea que ninguno de los dos quería perder, me golpeo y también le hice daño.

Fue Ariel quien al entrar tan de improvisto, nos separó. Aun no me explico como lo hizo, pero me quitó a Deviant de encima y lo arrastró a una distancia prudente de mí, mientras se colocaba entre los dos. Su apariencia delataba lo mucho que le desagradaba vernos haciendo esto, su rostro pálido refleja miedo e indignación.

—¿Qué les pasa? ¿Por qué hacen esto? —preguntó colérico. —Así que es de familia, ¿no? El pretender resolver las cosas a golpes. Si ustedes se comportan de esta manera, pese a su edad y su compromiso ¿que nos espera a nosotros? —no supe que responder, pero me sentí terriblemente apenado. —Te lo conté a ti Deviant, —agregó—te dije lo mal que me sentí cuando tu hermano me lastimó de la misma manera en la que tú estabas haciéndolo con Han cuando entré. Y tú Han, ¿es esta la forma correcta de tratar a la persona que juraste proteger, cuidar y amar cuando te comprometiste con él? Miren lo que le hicieron a la casa, y todos los decorados que rompieron, eran recuerdos que hicieron de sus viajes y ahora todo se ira a la basura.

La melancolía me invadió y no me opuse a ella, porque ahora que miraba todos nuestros adornos rotos en el piso me daba cuenta de que, si no deteníamos esto, un día Deviant y yo terminaríamos de la misma manera. Rotos y en la basura. No podíamos seguir así, o quizá simplemente él y yo… ya no estábamos funcionando.

— Debería darles vergüenza pelear delante de Samko y James…—continuó Ariel— ¿Eso van a enseñarles? ¿Qué Samko se deje golpear y James sea violento y maltrate a su pareja en el primer desacuerdo que surja?

—Disculpa Ariel… —intervino Samko — ¿Por qué tengo que ser yo el que se deje golpear? ¿Acaso no soy perfectamente capaz de maltratar a mi pareja?

—¿A Gianmarco? —reparó Ariel, haciendo un paréntesis en el regaño que les estaba dando. Lo pensó cuando Samko asintió —Lo siento, pero no funciona de esa manera.

Samko buscó el apoyo de James, pero este también negó.

—¿Por qué no?

—Se un buen pasivo y compórtate como debe de ser —respondió James.

—Como sea —intervino Ariel —nadie debe tratar mal a su pareja, más que las marcas que van a doler unos días y después desaparecerán, herimos sus corazones. No es correcto.

ARIEL

Sentía el coraje recorrer mis venas, pero todo mi maravilloso discurso se vino abajo cuando detrás de nosotros alguien más aplaudió. Casi en automático los cinco volteamos a ver, Damian estaba recargado contra la puerta de la habitación, envuelto en vendas que debido al esfuerzo que había hecho por levantarse; estaban manchadas de sangre.

Sentí que el piso enteró tembló bajo mis pies, ¿quién le había hecho esto? Todas esas heridas en su cuerpo y lo débil que se veía, Damian estaba irreconocible.

—Vaya… hasta que alguien se atreve a ponerlos en su lugar —. Su voz se escuchó ronca, cortada. El cabello le caía en la cara y aunque trataba de disimularlo, sabía que estaba sufriendo. No miento, podía sentir su dolor como si fuera mío.

Damian me sostuvo la mirada como esperando que dijera algo más, pero no podía. Estaba impresionado, preocupado por él y sintiéndome culpable, porque cuando Sam y James recibieron la llamada de Deviant yo estaba con ellos, pero me negué a venir; les había dicho que no quería verlo, que si se había ido a pelear con quien sabe quién, yo no se lo había pedido.

Y aun cuando Samko me reprochó diciendo que, en efecto, Damian se había peleado con el tipo que me lastimó y que en ese sentido era el responsable de que su hermano estuviera herido. Aun con todo le dije que no me importaba, que no vendría verlo, es más, que no quería saber nada más de él. Pero después de que ellos se marcharon me tomó muy poco tiempo tragarme mis palabras y ahora que veía lo mal que se encontraba, solo quería correr a él y abrazarlo, pero con que derecho.

—Ven aquí —pidió Damian extendiéndome su mano para que la tomara. Él me entendía, de alguna manera comprendía lo abrumado que estaba por toda esta situación.

—No —dije mientras negaba con la cabeza reafirmando mi negativa. —Dije, que… —¿debía decírselo? ¿Confesarle lo que les había dicho a sus hermanos? No quería que se enojara conmigo, pero sentía que debía decirlo o no estaría siendo honesto con él — Dije que no iba a venir y… —me mordí los labios en un gesto de indecisión. Lo miraba fijamente y Damian me sostenía la mirada mientras casi sonreía. Volvió a ser esa mirada cálida de los primeros días, aquellos en los que él podía adivinar lo que yo pensaba o sentía —. No sabía que… había sido tan grave —hablé lento haciendo una pausa aún más larga entre cada palabra.

—Cuando estamos enojados decimos cosas que no sentimos y hacemos cosas que realmente no queremos —comentó, me limité a asentir agachando la mirada —No importa lo que hayas dicho, estás aquí y eso es suficiente para mí.

—¡Lo siento! —dijo.

—Lo sé, también yo siento muchas de las cosas que te dije y que hice. Como eso que has comentado; ese día estaba cejado por los celos, supuse que ibas a dejarme para irte con Sedyey y no pensé con claridad, de hecho, como podrás ver, casi nunca lo hago. Entiendo que gran parte del problema entre nosotros es culpa mía, y te pido que, por favor, me perdones.

Lo miré sorprendido, no solo se había disculpado conmigo, sino que lo había hecho delante de su familia. Samko y James estaban más cerca de mí y pude ver lo asombrados que estaban, Damian no se disculpaba, y sin embargo ahora lo había dicho así sin más —Quisiera ir por ti hasta donde estás y besarte, pero dadas mis actuales circunstancias preferiría que tu vinieras, solo eso… me encargaré del resto.

Dudé, ¿podía creerle? ¿Debía hacerlo? ¿Qué me aseguraba que esta vez si hablaba enserio? Tenía miedo de que estuviéramos bien unos días y después todo volviera a ser igual, ya no podría soportarlo.

—Dame una oportunidad más, y el tiempo para responder a todas esas dudas que he creado en ti —agregó —. No estoy mintiendo, puedo ser muy animal pero esta vez te juro que es verdad. No los estoy usando, pero los pongo a ellos por testigos—dijo mientras señalaba a sus hermanos— de que mis palabras son una promesa fiel. Lo que siento por ti no lo había sentido antes por nadie más, nadie. Y si alguna vez deseé sentir amor, fue solo después de conocerte.

El primer paso fue el más difícil, los siguientes ni siquiera los sentí; corrí hacia él y en vez de tomar su mano busqué su cuello para rodearlo con mis manos. Si después iba a arrepentirme, quería llevarme el mejor de los recuerdos. Pero cada uno de mis miedos fue silenciado cuando al corresponder a mi abrazo besó mi frente y dijo delante todos que me amaba.

Damian me amaba.

Capítulo 42: Ojos Míos… ¿Por Qué Están Tan Tristes?

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Para coger necesito las ganas y un cuerpo dispuesto. Para hacer el amor necesito sentimientos, tus perversiones, y mil demonios que lleven tu nombre.

Hace unos minutos no importaba… cuando salí de ahí con mi orgullo mancillado, muerto y enterrado, estaba dispuesto a vengarme. Haría de todo con tal de arrancarlo de mí… haría hasta lo imposible para que su nombre se me olvidara y su presencia ya no representara nunca más, nada en mi vida.

Me alejé de ese lugar vilipendiando y con la clara idea de no volver jamás. Ni siquiera me detuve a pensar en lo que estaba haciendo… ¿Pero cuándo lo hago? ¿Por qué empezar ahora? Era una mala costumbre que no esperaba que se me quitara de la noche a la mañana. Sin embargo; cuando estuve frete a esta puerta, sí que tuve que detenerme…

¿Qué era lo que pensaba hacer…?

Mejor aún… ¿Qué cambiaba? ¿Qué se suponía que iba a mejorar…?

Exacto… nada, pero… ¿Y pero por qué no hacerlo?

Estaba dolido… ¿Esa era un excusa lo suficientemente válida? Lo era, al menos, para mí. Podía disculparme diciendo que indirectamente él me obligó. Pues no solo me había dejado sino que también, me había echado de su casa y de su vida. Se había alejado de mí… con prisa puso en marcha el auto como si nuestra cercanía le resultara insoportable.

Se fue sin siquiera mirar atrás. Sin que le importara que yo aún estuviera ahí.

Me dolió… ¡Claro que me dolió!

Me sentí humillado y también salió a flote ese otro sentimiento que hace mucho no experimentaba… me sentí abandonado. Por eso había venido aquí, quería herirlo también… quería hacer algo de lo cual al enterarse, tuviera que llorar. Que le doliera tanto como a mí en este momento.

Cierto es que me había equivocado, pero ahora que estaba dispuesto a reparar mi falta y a ser honesto, él simplemente no quiso escuchar. Dijo que no me creía y que esperaba no tener que volver a cruzarse en mi camino. Que hiciera de mi vida lo que quisiera, porque él haría justamente lo mismo.

Se fue a sabiendas que me quería… y me dejó aunque dije que lo quería.

— ¿Damian…? — La voz detrás de mí me hizo girar para poder mirarle. Había salido insegura y débil. — Así que realmente eres tú… — Parecía complacido de verme, incluso respiró con alivio, como si temiera que se tratara de alguien más.

Ahora que lo tenía de frente me pareció muy distinto a como lo recordaba. El cabello lo lucía corto… ¿Dónde estaban los risos como caireles? Su piel seguía siendo blanca y de apariencia sedosa, pero… ¿Dónde estaba el terciopelo? ¿La suavidad? Su cuerpo desprendía un olor a cítricos, varonil pero asfixiante… ¿Qué había sido de su olor fresco? La estatura era dolorosamente la misma… pero su forma de vestir me resultó desagradable… No había sudaderas ni pantalones a juego. Las botitas negras tampoco estaban, ni siquiera sus ojos eran ya tan azules… Su mirada estaba opaca, como triste.

O quizá era el reflejo de mis ojos en los suyos lo que reconocía como tristeza.

— ¿Tan mal me veo…? — Preguntó incomodo, mientas se encogía de hombros. Traía unas bolsas repletas de despensa, que apenas y si podía sostener.

Me acerqué… pero mientras yo di el primer paso, él retrocedió dos. No se trataba de un miedo que propiamente le provocara yo… solo miedo. A todo y a todos.

— Dámelas… — Ordené mientras señalaba las bolsas — Y abre la puerta.

Asintió y se acercó para entregarme las bolsas. Abrió rápido y sostuvo la puerta para que pudiera pasar. El departamento seguía igual, tal y como lo recordaba. El mismo frío y la misma sensación de vacío que en aquella ocasión.

Me acerqué hasta la mesa y dejé las bolsas encima. Él estaba detrás de mí, a tan solo unos cuantos pasos.

— Desvístete… — Ordené.

Lo escuché suspirar… estaba acostumbrado a ser tratado de esa manera. No fue necesario voltear para asegurarme de que lo haría, el ruido de la ropa al caer y su reflejo a través de los cristales de las alacenas me permitió comprobarlo. Primero se sacó el abrigo y con él la camiseta que traía debajo. Seguidamente se deshizo de los zapatos, los calcetines y por último del pantalón y la ropa interior.

Me giré para quedar de frente a él y contrario en lo esperado, me centré en sus ojos rotos y dolidos… ¿O acaso eran los míos?

Él me dedicó una sonrisa triste, pero intentó mostrar seguridad… Un estúpido valor que realmente no poseía.

La razón… la encontré más abajo.

— Han pasado “cosas” desde la última vez que nos vimos… — Dijo a modo de disculpa —. Comprenderé si no quieres quedarte.

Solo entonces y por lo que dijo, hice reparos en su cuerpo. Fui bajando la mirada por su cuello, sus hombros, su pecho y su estómago, en cada parte en la que centraba mi atención había un golpe. Su sexo colgaba dormido y cobijado bajo una leve capa creciente de vello púbico, sus muslos entreabiertos tenían marcas. Morados que resaltaban contra su piel blanca. — Date vuelta. — Ordené.

Lo hizo y casi encontré lo mismo. Quien sea que lo haya hecho, tenía la clara intención de dejárselas, se había ensañado en lastimarlo porque no eran recientes.

Me acerqué lentamente hasta quedar justo detrás de él. Mis dedos rozaron las marcas de mordidas que había al dorso de su cuello. Él se erizo al contacto… su piel se abría ante mi tacto de la misma manera en que lo hace alguien al sentir una ráfaga helada de viento tras abandonar el calor y confort de cama tibia.

— ¿Duelen…?

— Ya no… — Respondió quedamente.

— Entonces no importa… — Agregué, mientras mis manos fueron descendiendo libremente por su cuerpo. Delineando sus curvas, resaltando sus formas.

Con un poco más se seguridad… se giró y buscó mis labios. Tuvo que ponerse de puntas, y me resultó doloroso dejarme encontrar. Sus labios eran insípidos… No, no es que no tuvieran sabor. Simplemente no tenían el sabor que esperaba sentir.

Sus manos se aferraron a mi cazadora y yo lo envolví con los brazos para posteriormente levantarlo. No era igual, se me salía de entre las manos… tenía más peso, más cuerpo… cuerpo… su cuerpo era distinto.

No es que estuviera mal… no.

Pero no se sentía igual.

Traté de acallar mis pensamientos cuando lo llevé hasta al mueble largo de la sala. Mi boca no abandonaba la suya… estaba pegado a él, atiborrándome de sus aguas, pero seguía sediento… moría por un poco de esa agua diferente… dulce y limpia.

Mordí sus labios, mi lengua se apoderó de la suya y lo hice babear de tanto chuparlo. Mis manos le andaban como perdidas… tocando todo lo que estuviera a mi alcance, buscando algo que de antemano sabía que no iba a encontrar. Aun con el pantalón puesto me restregaba contra su sexo desnudo buscando un poco calor o de frio… no importaba. Realmente no importaba, porque estaba convencido que nada de lo que encontrara en él me iba a satisfacer.

Me sentí tentado a dejar que la impotencia se apoderara de mí… quise simplemente dejarme caer sobre él y pedirle que me abrazara… que me apretara con fuerza porque sentía que estaba cayendo a pedazos. Pero él gemía en mi boca, en cada nueva embestida me buscaba.

Mi cuerpo comenzaba a reaccionar ante su excitación y me odie un poco más por eso… Se las arregló para quitarme la cazadora, de la camiseta me deshice yo… ¿Realmente iba a hacerlo? ¿Tendría el valor? El mero cuestionamiento me hizo enojar.

Lo tomé con fuerza de los hombros y lo hice girar de manera que quedara de espaldas a mí, arrodillado y ofreciéndome el culo. Apreté sus nalgas entre mis manos casi con morbo, estirando su piel interior y notando como se abría para mí… él solo gimió más fuerte, excitado… ¿Por qué no me reclamaba? ¿Por qué no se giraba molesto y me ordenaba tratarlo con respeto? ¿Por qué no fruncía el ceño y me miraba con reproche? ¿Por qué…?

Algo en mi interior gritó que no lo hacía porque él no era Ariel. Y como si se me acabara de revelar una gran verdad, me detuve de golpe. Él no era Ariel… no era mi bosque nevado, ni niño dulce…

— ¿Qué sucede…? — Preguntó en un jadeo. — ¿Damian…?

— No te muevas… — Me limité a responder.

— Si no quieres…

— ¡Callate! — Ordené, pero mentalmente deseaba que me gritara que “no” que no iba a callarse y que yo no debía hablarle de esa manera.

Pero no lo hizo, solamente se dedicó a obedecer. — ¡Reacciona Damian!— Me dije mentalmente. No iba a quedar como blandengue, un débil emocional. Yo no era así, y no iba a comenzar a serlo gracias a un niño estúpido.

Con las ideas renovadas volví a él como si estuviera asechando a una presa… me desabroche el pantalón, bajé la zipper liberando mi sexo. Con mi mano izquierda enfundé mi falo, mientras masajeaba mi punta con el pulgar. La vista era buena, y pronto quise algo más que mirar. De mi mano libre, Llevé el dedo medio hasta su entrada y presioné.

Al instante se tensó y algunos quejidos de dolor también se le escaparon. Sus paredes envolvían mi dedo mientras hacía círculos en su interior. No iba a detenerme ni a darle tiempo de nada. Enseguida metí el segundo dedo y lo vi aferrarse a al descansabrazos del mueble. Sabía que por su bien, debía relajarse… pero no lo hizo hasta que mis dedos, simulando embestidas, comenzaron a entrar y salir por completo de él. Eran estocadas lentas y profundas.

No importa que pensara internamente, una parte de mí seguía creyendo que era él y no podía tratarlo con violencia. Me sentí estúpido por pensar de esa manera, pero no estaba de humores como para hacer reparos en lo ridículo de mi situación.

Por algunos instantes me centré más en mí, olvidé mis dedos en su interior y me dediqué a tocarme a mis anchas. Lo necesitaba… había pasado mucho desde la última vez. Pero fui sacado de ese abrumador mar de sensaciones cuando comenzó a moverse contra mí, lo sentí retenerme… y casi sentándose sobre mi mano comenzó a auto-penetrándose.

Subía y bajaba lento, estaba tan húmedo que al deslizarse sobre mis dedos hacia un ruido como de chapoteo, a él no le importaba, era descarado y se supone que yo no era quien para hablar de eso. Cuando me cansé de mi mano, retiré mis dedos de su interior.

— ¡Lamelo! — Le ordené y lo hizo de inmediato, se giró y bajó su rostro hasta mi hombría… su lengua me recorrió desde la base hasta la punta, sus manos me rodearon mientras su boca me daba placer.

Lo último que recuerdo es que lo vi hacer vacíos con sus mejillas, mientras yo lo sujetaba del cabello obligándolo a bajar más. Entonces en algún punto hice corto con mi parte racional, porque la animal salió a flote.

No me importaron sus arcadas ni lo rojo que su rostro se ponía debido a la falta de aire. Me follé su boca con ganas pero fue él quien se vino. Lo que me tomó volverlo a poner de espaldas, fue el único tiempo que le di, después con las piernas separadas y mi sexo entre tanteando su entrada, lo penetré de una sola embestida… Quizá gritó, no estoy muy seguro, pero tampoco me detuve.

Lo aprisioné entre mis brazos para que no se moviera ni intentara escapar, no estábamos haciendo el amor, así que no tenía que ser lindo… él no era Ariel, así que tampoco tenía que comportarme como si yo no fuera una bestia. Entré y salí de él enterrándome cada vez más.

Le sujetaba con fuerza… con coraje y frustración, porque a cada nueva embestida me sentía culpable. Quise eliminar el pensamiento al tomarlo de la pierna y sin salirme de él lo obligué a voltearse. Ahí si… puedo asegurar que gritó. Su rostro era la perfecta representación del dolor. Su cuerpo sudaba, su pecho subía y bajaba necesitado de aire… sus manos se aferraron a mis brazos arañándome. Comencé a moverme en círculos y sin salir de él busqué la forma de entrar más. Él me pedía que parara, pero no me detuve…

Entonces simplemente se dejó ir… tomé su sexo con una de mis manos y comencé a masajearlo. Quizá me estaba tomando una molestia innecesaria, pero pronto estuvo tan excitado como lo estaba yo.

Seguía quejándose pero por lo menos, ya no era de dolor. Me buscaba, me correspondía a cada nuevo movimiento, pero fueron apenas unos fugaces instantes antes de que se viniera por segunda vez, para que justo después cayera lapso sobre el mueble.

Mí jodida suerte me jugo encontrá de nuevo, porque él no estaba consciente y yo había quedado a medio pelo… a nada del desahogo. Pero tuve que retirarme dolorido.

Sabía lo que tenía que hacer, pero era demasiado orgulloso para ceder. Sin embargo, cuando soportarlo resultó insoportable, acudí a él. El único que podía llenarme… el que se había apoderado incluso de mi deseo. Pensé en su cuerpo, en su desnudez… en aquella ocasión que me dejó probarlo. Lo sencillo que era, lo tierno y entregado que se mostró. Mientras me tocaba también vino a mi mente la vez en el baño… su excitación al saber que lo observaba. Sus labios y la forma en la que se los mordía, sus ojos y la intensidad con la que me miraba… un estremecimiento me hizo tiritar, sentí como un calor bajaba desde mi cabeza hasta mi sexo recorriendo el largo, saliendo por mi punta y manchando mis dedos.

No necesite nada más, solo su recuerdo… solo él.

 

Capítulo 41: Quien Merece No Pide

8

 

Ariel

Como si se tratara de una película que se reproduce a cámara lenta, lo vi arrastrar la mano desde su pecho hacía mí, mientras sus labios se separaban pronunciando un frió y triste “se acabó”…

Sentí un golpe trasversal y sus palabras retumbaron en mi cuerpo e hicieron eco en mis oídos… ¿Había escuchado bien? ¿Ariel estaba terminándome? ¿Acaso no era esta “frase” mi parte en este guion?

Era yo quien tras cada enojo falsificado y como parte primordial de mis berrinches amenaza con terminar nuestra relación… ¿Por qué entonces me lo decía él? ¿Realmente quería que termináramos? Porque entonces debo confesar que yo no lo decía enserio.

 Entonces, como si estuviera respondiendo a mi pregunta muda se giró sobre sus pasos con tal delicadeza que sus cabellos se mecieron suspendiéndose en la nada para segundos después caer formando de nuevo sus mechones ondulados… Se alejaba de mí.

Inconscientemente recordé todas las noches en las que mis dedos se enredaron en ellos, dejándose envolver por esas hebras negras y sedosas que hoy huían de mi lado. Entonces puede comprender que hablaba enserio.

Y no se explicar lo que perdí en el preciso momento en el que le escuchaba decir que se acababa, no sé si fue mi fe o mis ganas de vivir. Pero impotente y sin saber qué hacer, lo vi marcharse como si nuestro lazo se hubiera desvanecido en la nada.

Peor aún, como si nunca hubiese existido…

Caminó con determinación y gallardía mientras me daba la espalda. El olor de todos en la sala se había intensificado, salvo el suyo… Estaba tan aturdido como lo estaba yo, solo por eso pudo avanzar con tal ligereza. Ariel nunca daba pasos largos, según él, era de mala educación y sin embargo, fue tanta su prisa que avanzó a zancadas mientras se limpiaba el llanto hasta que llegó junto a Taylor.

No volteó a mirar ni se echó a sus brazos, preso de un llanto inconsolable. Simplemente pasó de mí y se mostró tan propio que me dejó suspendido en la nada.

No pude moverme, a decir verdad, creo que ni siquiera respiraba… solamente lo vi desaparecer por el pasillo y aunque pretendí ir por él, mi cuerpo seguía sin responder. Poco a poco me fui llenando de un miedo absurdo que terminó por apoderarse por completo de mí.

Me quería… pero estaba dejándome. Él estaba dejándome…

 

TERCERA PERSONA

 

Samko fue el primero en moverse, tomó de la mano a su pareja y sin despedirse regresaron por el mismo lugar que caminaron al llegar. Contenía la furia que sentía y también el dolor. Él no comprender porque su hermano a quien tanto admiraba, actuaba de esta manera. Ariel era buen chico, todos los sabían, Damian mejor que ninguno de los ahí presentes, lo sabía… ¿Por qué entonces le hablaba con desprecio? ¿Acaso no lo quería?

Preguntas como esas rondaban su mente, mientras que, sosteniéndose con fuerza de la mano de Gianmarco luchaba por no mostrarse afectado. Él amaba a su Lusso, y estaba convencido de que bajo ninguna circunstancia le diría ese tipo de palabras. Para él… no había nadie más, lo cuidaba y se esmeraba por consentirlo porque eso hacen las personas que se aman.

Para entrar al edificio principal en el que se celebraba la reunión, había que rodear el patio frontal en una “C” invertida, hasta la entrada principal. Pero en cuanto bajaron los escalones, Samko se aventó a sus brazos y regando besos por su rostro se disculpó y le dijo que lo amaba.

— ¿Por qué te disculpas…? — Preguntó Gianmarco, mientras lo aprisionaba con sus brazos y correspondía a sus besos.

— Por todo y por nada a la vez… — Respondió pasándole los brazos alrededor del cuello. Gianmarco le sacaba varios centímetros de altura, pero se esforzó por salvar cualquier distancia. — No quiero que algo como lo de ellos nos suceda… me da miedo Lusso. — Confesó mientras lo miraba con aprensión. — Sí tú decidieras dejarme…

— No digas eso… — Le interrumpió él, poniendo su dedo índice sobre los labios de Samko. — No voy a dejarte… y tampoco iré a ningún lado sin ti.

— ¿Me lo prometes?

— ¡Te lo juro! — Confirmó en una promesa que fue sellada con un beso entregado. Exento de pasión pero rebosante de ternura.

James los había seguido a una corta distancia y Han con él, aunque este ultimó esperó en los primeros escalones por Deviant. James se sentía responsable por lo que había sucedido, por eso no se quedó a esperar, pero tampoco esperaba toparse con semejante escena. Es decir, entendía de qué iban los abrazos y el beso que su hermano compartía con Gianmarco. Pero no necesitaba que se lo restregaran en la cara, aunque bien sabía que tampoco era la intensión, por eso, avanzó rápidamente sin detenerse mirarlos y no se detuvo hasta que los dejó atrás.  Estaba triste y preocupado por Ariel, pero a diferencia de sus hermanos… él no tenía a quien contárselo.

Damian por su parte, podía sentir el peso de la mirada de su hermano y el reproche que con ella iba incluido. Sabía que Deviant estaba dispuesto a decirle toda sarta de cosas… lo que nadie más se atrevería decirle… La verdad.

Y aunque ahora mismo no se le antojaba, tampoco se lo impediría. Porque estaba consciente de que se lo merecía, sin embargo, aun cuando lo vio separar los labios mientras se le plantaba frente encarándolo… Deviant volvió a cerrarlos.

Bajó la mirada dejándose invadir por ese sentimiento de pérdida. A Damian no le sorprendió, Deviant era así… una persona muy solitaria, de pocos amigos que incluso se pueden contar con los dedos de las manos y sobran… pero cuando llega a encariñarse con alguien, entonces, esa persona simplemente no puede defenderse u ocultarse de su afecto. Quería a Ariel… Damián lo sabía, pero tampoco llegó a pensar fuera tanto así.

— ¿Qué es eso que intentas decir? — Atinó a preguntar Damian.

— Ve a buscarlo…

— ¿Y qué propones que le diga…?

— La verdad… — Dijo.

— ¿La verdad? — Repitió Damian y sonrió con ironía. — ¿Cuál de todas las verdades que debo decirle…Deviant? — Cuestionó — Deberías de saber que la verdad es subjetiva… Al menos, mis verdades lo son… — Deviant negó con la cabeza pero en el fondo Damian cría que le daba la razón. — Sabes perfectamente que no puedo ser honesto con él.

 — Solo dile… que con Mártin fue cosa de unos días. — Sugirió.

— Y puede que me disculpe… hasta la próxima vez que me atrapé… ¿Qué voy a hacer entonces? ¿Seguiré dándole excusas? ¿Cuánto tiempo más crees que se las va a tragar?

— Dile que con él… fue solo sexo…

— No estas escuchándome…

— Una cosa a la vez Damian… — Puntualizó — Resuelve esto y después arreglaremos lo demás.

— ¿Después cuándo? — Exigió saber — Ya no creé las mentiras que le digo. No le son suficientes mis explicaciones. Esta dudando, hay noches en las que tiene pesadillas y entre sueños habla de lo que paso esa noche en el bosque. — Se vio obligado a bajar más el tono de voz para Han no los escuchara. — Nuestro vinculo se está fortaleciendo mientras nosotros nos despedazamos mutuamente… no puedo controlarlo y me estoy llevando a James entre las patas… ¿Acaso no lo entiendes?

— Dile…

— No, Deviant… — Le interrumpió. — Mártin…

— ¡Maldita sea Damian! — Gritó Deviant con frustración — Sabes perfectamente que ese tipo nunca te quiso.

— No fue mi intensión que me quisiera… — Aclaró Damian, con desdén. — No era eso lo que buscaba en él.

— ¡Ya! — Respondió Deviant exasperado y levantando las manos señalándolo. — Todos supimos que solo te lo querías coger y que él estaba dispuesto.

— ¡Ya basta, Deviant! — Exigió Damian. — Mártin estaba solo y yo también, no le hicimos daño a nadie en ese entonces. Y si nos acostamos o no… eso a ti no te importa y a Ariel tampoco debería de importarle. No tiene nada que ver con nosotros ahora.

— ¿Entonces porque le dijiste todas esas cosas? ¿Si solo fue eso, por qué tenías que restregárselo en la cara, como si “ese” hubiera sido algo más que un simple acoston?

— Sé que nunca te agrado… — Le recriminó. — Pero no por eso te voy a permitir hablar así de él. — Damian se lo estaba exigiendo, el paso que dio al frente fue una clara advertencia de que no le soportaría más de lo mismo. Pero Deviant no se intimido. Han en cambio tuvo que volver, las cosas entre ellos estaban calentándose y él no permitiría que Damian dañara a su pareja.

— No vengas con eso ahora… y tampoco intentes defenderlo.  — Deviant también se le planto. Miraba con furia a Damian y empuñó las manos dispuesto a soltar el primer golpe si era necesario, ahora mismo, nada más le importaba.

— Muy problema mío si quiero defenderlo. — Otro paso hacia adelante por parte de Damian y sus frentes casi chocaban. Se sostenían las miradas retándose, Damian también había empuñado las manos, pero no planeaba golpear a Deviant.

— ¡Ya basta! — Intervino Han, halando a Deviant por la espalda de su abrigo para hacerlo retroceder. — No van a iniciar una pelea ahora… piensen un poco en Ariel. Él va a ser el único perjudicado si montan un espectáculo ahora.

Sus palabras no fueron suficientes y tuvo que meterse en medio de ambos para salvar algo de distancia, pero los otros dos estaban demasiado entrados en su discusión como para dejarlo pasar solo así. Sus miradas no se habían separado, ni planeaban hacerlo.

— No lo mereces… — Soltó Deviant, refiriéndose a Ariel y eso le crispó lo suficiente a Damian como para írsele encima. Pero Deviant avanzó al mismo paso que su hermano y aunque ambos quisieron dejar fuera a Han, terminaron aplastándolo. — Por primera vez tienes a alguien bueno en tu vida y lo arruinas.  — A esas alturas parecían un par de perros rabiosos esperando a que se les quitaran las cadenas para írsele a mordidas al otro. Han luchaba por cubrir a Deviant de los brazos de Damian que lo mantenían sujeto y los obligaban a forcejear. — Los que no valen la pena son ustedes. — Le gritó. — Mereces a alguien como ese tal Mártin, igual de frívolo y patán que tú.

— No fui yo quien metió a Mártin en todo esto… — Atajó. — Ni siquiera sé cómo diablos se enteró.

— Eso no responde mis preguntas…

— Pues no sé qué quieres que te diga. — De la nada Damian cedió. Han se sintió aliviado cuando lo vio soltar a Deviant y retroceder varios pasos. Había creído que esto terminaría muy mal, sobre todo para él… pero la verdad es que Damian no parecía deseoso de iniciar una pelea ahora, algo extraño en él.

— Que respuesta tan mediocre… — Acusó Deviant, pero cuando Han lo abrazó también dejó de pelear.

Por unos segundos ambos se quedaron silencio.

— Lo voy a resolver. — Prometió Damian.

— Jamás te voy a perdonar si no lo haces.

— Deberías apoyarme a mí. — Reprochó con aire resentido.

— No fui yo quien te pidió que lo trajeras a casa cada fin de semana. — Rebatió Deviant. — Ariel ahora es parte de mi familia y lo quiero de vuelta.

— Pues vas a tener que resignarte si no quiere volver… porque tampoco le voy a rogar. — Agregó con desdén.

— Deberías de cuidar tus palabras Damian, porque un día de estos te las vas a tener que tragar.

— ¡No le voy a rogar! — Aseguró.

— Entonces espero que seas capaz de soportar su ausencia. Porque no creo que Ariel lo haya dicho jugando. —Atajó — Tanto que te molestaba que estuviera cerca de ellos y mira adonde lo viniste a dejar.

 

TAYLOR

 

Caminó a mi lado en silencio, intentaba actuar normal pero no había necesidad de ser muy inteligente para saber que le estaba doliendo. Lo que hemos pasado por una situación similar, podemos comprenderlo. Sin embargo, cuando cruzamos el primer pasillo nos encontramos con Sedyey y Ariel tuvo que soportar aún más.

Por su expresión casi triunfal no dudé que lo había escuchado todo o por lo menos, muy buen parte. Y el que lo atacara desde el primer momento, lo confirmó.

Es verdad, no voy a negar que en parte, mi hermano tuviera algo razón. Pero también creía que en estos momentos Ariel no tenía cabeza para nada más. Y tampoco necesitaba que lo sermoneen.

— Debes ser un poco más egoísta… — Le exigió Sedyey. — Esto no tiene nada que ver con ellos, se trata de ti… es tu oportunidad.

— Dale un respiro… — Intervine, quitándoselo de enfrente.

Arrastré a Ariel hasta una silla y lo empujé con suavidad para que se sentara, fue suficiente. Se derrumbó en todos los sentidos.

Lo vimos cubrirse el rostro con ambas manos y juró por mi vida que no había visto llorar a nadie como lo hacía él… desde que la madre de Sedyey nos dejó. En ese entonces, tanto mi hermano como yo tuvimos razones de sobra para estar devastados y llorar.

— ¡No, Ariel…! — Intervino mi hermano, apartándome. — Este no es el momento para echarte a llorar. No le des ese gusto… Estas apunto de salir a dar tu discurso y…

— No quiero hacerlo… — Se atrevió a decir.

— ¡No puedes hacerte esto! No me lo puedes hacer a mí…— Por primera vez le escuché hablarle con dureza y resultó que no fui el único sorprendido. — Hice de todo con tal de que esta noche tuvieras un lugar. — Ariel le miró fijamente. — Sé que no tengo que recordarte que eres extranjero y que debía pasar mucho tiempo para que siquiera se pudiera considerar la posibilidad de dejarte exponer tus pinturas aquí. Pero tienes mucho talento… por eso fui con cada uno de los jueces y les hable de ti. Les dije que eras fuerte, innovador, que tenías un estilo fresco y que merecías una oportunidad. Di la cara por ti… no quiero que me falles.

— Lo estas presionando demasiado.

— No, Taylor… y si lo estoy haciendo tengo todo el derecho. — Aseguró. — Porque tal parece que aquí el único interesado en que Ariel pueda labrarse un camino en esto, soy yo.

— Pues sí, pero… — Intenté decir que debía darle un momento, de pérdida…no sé… permitirle que se desahogara a gusto, pero no me dejó continuar.

— Sabes que… debiste decírmelo desde el principio. — Le atacó de nuevo. — Que eras débil… un ser sin voluntad propia, que necesita de alguien más para incluso pensar.

— Sedyey… — Intervine.

— ¡Me decepcionas, Ariel! — Espetó ante la sorpresa del menor — Quizá el imbécil de Damian tiene razón después de todo, respecto a ti… no eres tan hombre como crees.

— Calmate… — Le regañé. — ¡Te estas pasando!

— Es la verdad… — Respondió él. — Es un cobarde… — Agregó señalándolo. En nuestra familia se nos había enseñado a no señalar, era una grosería, una total falta de respeto y el que él lo estuviera haciendo en este preciso momento me irritaba. — No tiene el valor de salir adelante por él mismo. Tiene todo para triunfar, pero le falta valía y las ganas. Necesita de un tipo violento para que lo manipule y le diga cómo actuar.

Las lágrimas en las mejillas de Ariel parecieron congelarse hasta crear escarchas cristalinas, Sedyey estaba haciendo malabares entre la delgada línea que el chico había puesto entre ellos. Le estaba picando algo más que el orgullo. Lo estaba retando, lo provocaba a tal punto que Ariel había comenzado a mirarlo con fiereza. — ¿Sabes que…? — Agregó mi hermano. — Olvídate del discurso. Voy a buscar a alguien más que si merezca la oportunidad que busqué para ti.

Si mi hermano pretendía que Ariel lo siguiera implorándole… no lo consiguió. Contrario a eso, lo observamos marcharse con todo el dramatismo del que fue capaz. Ariel se había quedado con la vista fija en el frente y completamente inmóvil.

— No tienes que estar aquí si no quieres… — Le dije. — A pesar de lo que Sedyey ha dicho, esta es tu decisión, de nadie más. —Dirigió su mirada hasta posarla sobre la mía. Era imposible no sentir ternura de él. Ahora que sabía que ya no representaba una amenaza para mi familia, podía verlo como lo que realmente era. Solo un chico que había tenido la mala fortuna de toparse con los Katzel. Entonces y de la nada, sonrió… — Ok, esto me asusta un poco… — Susurré.

— No recuerdo como empezaba ese discurso… — Dijo y en esta ocasión me dedicó una sonrisa que aunque fingida y rota, me hizo sentir que estaba listo para continuar.

— ¿Pero y…?

— Nací sin él… puedo vivir sin él. — Se adelantó a mi pregunta.

— ¿Lo dices enserio?

— No, por supuesto que no… — Respondió mientras se ponía de pie. — Pero mi abuelo me dice que siempre debo actuar como si fuera imposible que fracase. Tu hermano hizo algo por mí y le estoy agradecido. Solo quiero que no le quede duda… Amo pintar y eso ni siquiera Damian, puede cambiarlo.

Su fortaleza me resultó admirable y por lo que dura un pensamiento sentí que necesitaba alguien así en mi vida. Alguien que me enseñara a sobrellevar lo que en tantos años no he podido. Y pese a la diferencia de edades, quise que fuera mi amigo. Por lo menos, debía reconocerle que era mucho más maduro que yo.

Me pidió ayuda y se la di. No fue difícil, no hay chica en Sibiu que no lleve maquillaje en su bolsa de mano. Dos amigas se encargaron de asentar su tono y disimular la irritación de sus ojos y su nariz. Busqué al maestro de ceremonia y le exigí la copia de su discurso.

Aunque no fue muy útil, no sé si lo había escrito en otro idioma, porque fue el fragmento más ininteligible con el que había topado en toda mi vida. Sin embargo, él si parecía comprender lo que entre tachaduras y remarques estaba escrito. Tuvo tiempo de apenas darle una rápida mirada, entonces lo vi doblar la hoja y guardarla en la bolsa de su pantalón. Nos encaminamos hasta detrás del escenario y esperamos por su turno.

Fue entonces que James apareció.

No se suponía que debiera estar aquí y tampoco se suponía que su presencia me alegrara tanto.

— Ari… — Le nombró y con la desfachatez propia de un Katzel, fue sorteando e ignorando a todos los que intentaron detenerlo en su camino. A mi lado Ariel le observó en silencio, no parecía sorprendido. Pero si un poco aliviado.

Como si hubiera estado esperando su llegada.

— No puede estar aquí… — Dijo una de las chicas del staff que lo había seguido para obligarlo a salir. Él la evadió sin siquiera tomarse la molestia de mirarla y se detuvo justo frente a Ariel.

— ¡Está bien! — Le dije a la chica, me haré cargo. Y aunque no muy convencida, accedió y se marchó. Entonces James se acuclilló frente a Ariel para poder mirarlo directo a los ojos.

Sacó algo como una cadenita delgada de oro de la cual colgaba un dije de cuya forma no pude ver, la extendió a lo anchó y con destreza la enredó alrededor de la muñeca de Ariel de manera que quedara bien sujeta. El sobrante junto con el dije lo colocó sobre la palma abierta y envolviendo la mano de Ariel con la suya, le obligó a cerrarla.

— Hoy todo parece gris… ¿no? — Le preguntó en un tono casi confidencial. Ariel le observó a detalle pero asintió levemente. — Hay una leyenda Sibinense que dice que años antes que un niño nazca los espíritus del bosque le asigna un compañero… son unidos por la fuerza del destino y nadie puede separarlos jamás. Pero a veces, durante la trasportación al vientre de su madre, el compañero se cae o es sacudido muy fuerte y queda un poco defectuoso.

— ¿En serio? — Preguntó Ariel.

— No… — Intervine.

— ¡Claro que sí! — Me rebatió James — ¡Es verdad! — Aseguró mirándolo fijamente. — Eso fue lo que le paso a tu compañero… se cayó y se golpeó muy fuerte la cabeza, por eso quedó un poco mal. Pero eso no significa que no te quiera, ni que lo dijo fuera verdad. — Le aclaré — Deviant, Samko, Gianmarco, Han y yo llegamos a la conclusión de que debías saber la verdad.  — Agregué. — A Damian no le gusta hablar de eso, porque le da pena… pero antes de nacer se cayó y por eso es un…

— “Hijo de puta…” — Volví a intervenir y James me miró con reproche.

— Un poco severo. — Le dijo a Ariel, rectificando… ¿un poco? Pero si era el rey de los patanes.

En ese momento le nombraron para que se presentara en la plataforma y Ariel nervioso sacó la hoja arrugada que había guardado en su pantalón.

— No necesitas esto… — Dijo James quitándosela de entre las manos. Señalando la cadena le explicó que era de buena suerte y que le sería útil para controlar sus nervios, que él la utilizaba cada vez tenía que hablar en público y que nunca le había fallado. — Solo diles lo que nos cuentas a nosotros, sé que les encantaras.

Dicho esto lo empujó con suavidad dirigiéndolo hacia los escalones.

Observándolos a ambos pude comprobar que Sedyey había picado su orgullo y por eso Ariel había aceptado dar su discurso, pero que las palabras amables de James habían surtido mejor efecto que la presión de mi hermano. Ariel se acomodó el traje y caminó con seguridad hasta la plataforma.

Le aplaudieron al verlo salir… No era algo que se acostumbrara, pero una vez que los Katzel lo iniciaron todos los demás los imitaron. James sonrió mientras negaba lentamente con la cabeza, quizá se sentía aliviado de no estar en esa mesa o tal vez por el hecho de que a su familia no le importara romper los más antiquísimos protocolos, que en cuanto a exposiciones de pinturas se refiere. A nadie le extrañaba, los que los conocíamos sabíamos de antemano que ellos hacían lo que querían.

— ¿James Katzel tiene problemas para hablar en público?

— ¿Te parece que alguien como yo puede tener problemas de algún tipo? — Respondió con otra pregunta mientras se señalaba así mismo, en el más vil acto de soberbia que en mis veintiséis años había presenciado.

Reviré los ojos con fastidio y él sonrió.

— Pues no recuerdo que la leyenda fuera como la contaste… — Le dije parándome a su lado. Él observaba a Ariel sujetar el micrófono y después a sus cuadros que fueron develados.

— Ariel pertenece a mi familia… — Aseguró en voz baja. — Es un miembro importante. Distorsionar el sentido de las leyendas es lo más inocente que nos veras hacer con tal de conservarlo bajo el cobijo de nuestro apellido.

— No lo dudo…

— ¿Podrías también dejárselo claro a tu hermano? — Preguntó y para hacerlo se tomó la molestia de mirarme. Era apenas unos cuantos centímetros más bajo que yo, pero aun podía hacerlo sin tener que levantar el rostro y se mostró aliviado por ello. — Nos resultaría desagradable que él o cualquier otro creyera que este “tropiezo” en la relación que Ariel sostiene con mi hermano, sea una oportunidad que pueda aprovechar para acercársele.

— No estoy interesado en él… si es lo que te preocupa. — Aseguré. — Al menos, no de esa manera.

Ariel comenzó a hablar, se presentó y agradeció a la universidad y a mi familia. Al principio empezó un poco nervioso, pero en cuanto toco el tema del bosque en el que se había inspirado, de Sibiu, el taller de dibujo en la universidad, la familia que había encontrado aquí… refiriéndose a los Katzel y el cómo todo esto había influido en los cuadros que presentaba, creo, sin temor a equivocarme, que todos pudimos sentir su emoción y la pasión que derrochaba por lo que hacía. Supo venderse y mostrarse como una apuesta segura.

Al finalizar su discurso, sonreía de nuevo y fue ovacionado otra vez. Parecía que la emoción había sido compartida, porque los aplausos fueron altos y vivases. Volvía a ser el chico divertido que todos conocíamos. Y que por supuesto, logró la empatía del público, solo esperaba que también la de los jueces.  Eso sí, sus pinturas tuvieron muy buena acogida.

Cuando inició la subasta se retiró del escenario.

— Es bueno saberlo… — Dijo James antes de que Ariel volviera a nuestro lado.

— ¿Qué es bueno saber…? — Pregunté.

Él volvió sus ojos castaños a los míos y me miró con seriedad. Entonces sonrió…

Su mirada se volvió profunda, como si pudiera ver dentro de mí. Fue extraño porque normalmente me ignora… nada personal, creo yo. Después de todo James Katzel ignora a quien se le viene en gana. Supuse que tenía que ver con la rivalidad entre nuestras familias que en los últimos años había complicado todo. Él tenía prohibido acercarse a mí y mi padre insistía en que poner los ojos en él era una estupidez.

 

***

 

DAMIAN

YOU´RE NOT THERE

En cada paso que doy tu solías guiarme, ahora tengo pavor de tener que enfrentarme a todo… solo.

Salí apresurando el paso, quería alejarme de ese lugar como si con ello pudiera borrar lo sucedido. Rodeé la parte trasera del Museo y corrí hacía la zona amurallada, me fui internando entre los callejones empedrados de la ciudadela, el enladrillado rojo de las paredes posteriores se alzaba presuntuoso ante mis ojos. Y yo solo quería escapar de este lugar que comenzaba a asfixiarme. Hoy no nevaba pero el viento gélido me hacía tiritar. O quizá el frio venia de mi alma y no del aire.

No estaba lo suficientemente en mí como para asegurar nada.

Solo sabía que cada lugar por el que pasaba me contaba historias con él, historias que por mi estupidez quizá no tendrían continuación… Aceleré el paso.

De cierta forma estaba agradecido de que las calles que elegía estuvieran despejadas. Bajé por la zona industrial y en cuanto mis pies tocaron las primeras hiervas del bosque, dejé atrás mi piel de humano y el lobo resurgió haciéndome caer sobre mis cuatro extremidades.

No hubo la trasformación pomposa de siempre, mi lobo estaba casi tan aturdido como lo estaba yo, a tal punto que terminé chocando contra algunos árboles. Pero en ningún momento me detuve, aun cuando en más de una ocasión me fui de hocico contra el suelo. Estaba débil, cansado y atemorizado. Y fue lo último lo que me obligó a continuar.

Corría como si no supiera que el peor de mis enemigos — del cuan pretendía escapar — era yo mismo.

Me fui abriendo paso por entre la espesura del bosque y conforme más confianza iba ganando, aumentaba mi velocidad. Sentía las plantas de mis patas extenderse contra la tierra fría y mi ritmo cardíaco aumentar. Mis oídos parecieron destaparse y los sonidos del bosque me llegaron nítidos y de golpe. Mi sentido del olfato también se acrecentó y olor a tierra húmeda, las hierbas y algunas flores que aun sobrevivan a las inclemencias del clima se mezclaron impregnándome de ese olor a vida que tanto me gustaba. Aunque aún seguía prefiriendo el olor del cuello de Ariel… de todos los bosques que he recorrido su cuerpo era mi predilecto.

Pronto tuve el control total de mi cuerpo y mi cola se alzó sacudiéndose de un lado a otro.

Me hacía falta esto… correr libre en este que también era mi mundo, siendo solo yo… aceptando que ambas partes me pertenecen y que aun en mi cuerpo de lobo, él humano no estaba del todo ausente.

Corrí y corrí sin descanso… algo en mi interior me gritaba “cobarde”, me acusaba de estar huyendo de una situación que debía enfrentar. Que lo correcto ara volver y arreglar mi situación con Ariel, pero ahora mismo estaba demasiado cariacontecido para atreverme a enfrentarlo.

Crucé el límite de Sibiu hacía Cluj-Napoca y tomé la desviación hacía el piedemonte de los Cárpatos Orientales. En menos de un cuarto de hora entré a los somontanos, era una llanura Sandur, ondulada y rodeada por anillos montañosos y acantilados empicados que adornaban los límites del único camino que unía una colina con la otra y por el cual corría un cauce de agua en deshielo. Mis patas se hundieron en los sedimentos y mi pelaje se salpico un poco, pero lejos de molestarme, resultó una sensación reconfortante.

Tomé camino hacia el único inselberg que la erosión había creado en esta zona y que estaba recubierto de una fina capa de glacis. Lo escalé hasta cima para saltar hacia el primer desbloque de los Cárpatos Orientales.  Este era el lugar del último asentamiento de las tribus de los Dacios, y por alguna razón me sentía parte del todo esto. Aquí la nieve no era perpetua, pero el clima seguía siendo frío incluso para mí.

Comencé a sentir los primeros embates del cansancio después de casi tres horas de estar corriendo a más de sesenta y cinco kilómetros por hora. Mis días en la ciudad me habían robado la vitalidad y la condición física para soportar más, pero aun con todo, me obligué a ir un poco más lejos. Mis patas ya temblaban y mi hocico babeaba saliva seca, estaba sediento.

En uno de los último saltos en declive de aproximadamente cuatro metros, terminé enterrado en la tierra arenosa, pero logré arrastrarme hasta una superficie plana.

Por si estar asustado, cansado, sediento y adolorido no era suficiente, podía sumarle la penosa imagen que debía estar interpretando al terminar de panza al piso completamente agitado y lleno de arena. Pero poco me importo. Estaba muy lejos de la ciudad y sabiendo que aquí nadie me escucharía le aullé a la noche como no lo hacía desde que solo era un lobezno.

El eco me regresó y al mismo tiempo me hizo conocer cuan profundo era lo que sentía, entonces… solo entonces, me permití un poco de honestidad conmigo mismo.

No quería, pero estaba a punto de perder a quien vuelve mi vida maravillosa. Tenía que hacerlo… comprender lo que pasaba conmigo y reconocer que había demasiadas cosas que debía de cambiar. Porque Ariel se me estaba escurriendo como agua entre los dedos y pronto ya no quedaría nada de él, ni siquiera su rastro.

Tuve que reconocer que había cosas a las que creí que jamás me enfrentaría… ¿Por qué entonces debía preocuparme por ellas? Me había conformado, me confié que sería de ese modo y de cierta forma encontré resignación.

Estar y sentirme solo, comenzó a ya no ser tan malo. Podía soportarlo, debía hacerlo… sin embargo, conforme más avanzaba el tiempo, también más inconforme me sentía, había un resquicio de terquedad en mi ser que se negaba a rendirse del todo y esa constante lucha me fue volviendo mezquino. Una persona superficial inclusive conmigo mismo.

Me fui haciendo poco receptivo con respecto a mis propias emociones hasta que casi llegué a insensibilizarme ante ellas. Acepté la errónea conclusión de que sentir sería un estorbo en mi vida, que me terminaría volviendo débil y por sobre todas las cosas, nunca quise serlo.

De las pocas personas que en algún momento intentaron enseñarme amar, Deviant fue el que más empeño puso y le pagué con mucho dolor. No supe que hacer… tal y como ahora… me asusté. Puse como excusa que vivíamos bajo el mismo techo, que éramos hermanos, que los menores no lo entenderían o que su padre podría enojarse… todo con tal de no aceptar que lo quise y mucho.

Pero tampoco amanecí de un día para otro siendo de esta manera, como si se tratara de un resfriado… No… me tomó años. Y en ese periodo todas las personas que se cruzaron en mi camino fueron simples títeres de cuyos hilos halé a voluntad. Mi estilo de vida se basaba en utilizarlos, tomar de todos ellos lo que necesitase, pero no más. No tuve necesidad de seguir reglas, no existió un código moral que me obligara a actuar de tal o cual manera y ninguna de mis parejas esporádicas, mujeres u hombres me lo exigieron tampoco. Siempre se hacía lo que yo decía y me acostumbré a que de esa forma debía ser.

Hasta que un día apareció uno que no estuvo dispuesto. Que me enseñó a pedir permiso y a dar las gracias. En un pueril acto de cobardía lo culparé a él de mi presente desdicha. Aunque se perfectamente que la responsabilidad es toda mía. Importa muy poco como es que Ariel se enteró de Mártin, el que habló de más fui yo.

Y ahora estamos así…

Ariel es una persona fuerte, mucho más de lo que incluso el mismo cree. Alguien que aun con lágrimas brotando de sus ojos se las puede arreglar para decir que está bien mientras sonríe. Él no me necesita, aunque a veces se convence a si mismo de que sí. Yo en cambio, pierdo el rumbo de inmediato si sus ojos no me alumbran el camino por el que debo andar. Y a pesar de mis sentimientos, una y otra vez, pago mal a su cariño.

Le obligué a reconocer que me quería aun cuando con cada una de sus acciones me decía que en efecto, me quería. Y lo hice de la peor de las maneras, con palabras duras… humillándolo, despreciándolo.

Lo lastimo porque no se hacer otra cosa… no es mi intensión pero estoy frente a una situación que desconozco… ¿Cuánto tiempo he estado solo? ¿Cuándo antes había tenido a alguien que fuese para mí? ¿A quién yo quisiera y me quiera también? ¿Alguien que se interesara no en lo que ve al mirarme ni en lo que pudiera ofrecer? Nunca… nunca antes, ni siquiera Deviant.

Y aunque me avergüenza reconocerlo tengo miedo… miedo de quererlo más de lo que ahora ya lo hago. Siento temor de amarlo, porque en mi naturaleza no existe la posibilidad de segundas oportunidades, si mi lobo lo elige a él jamás podré amar a nadie más. Y no es que te mal, tampoco tengo dudas de que Ariel sea esa persona especial para mí.

¿Pero y si cuando sepa la verdad me rechaza?

Él solo conoce al hombre de mal carácter, apático, frio y duro… ¿Acaso no ha tenido suficiente con eso? ¿No le he causado ya suficiente dolor? ¿Cómo voy a decirle…? ¿Qué explicación le voy a dar cuando en algunas noches tenga que dejarlo solo, porque cazar me sea necesario? ¿Y si un día cuando despierte ve a su lado un enorme lobo negro en vez de al hombre al que antes de dormir se entregó? ¿Cómo voy a aparecer frente a él de esta manera? Se va asustar, me va a tener miedo… y la sola idea de que sea de este modo me aterra.

Sé que él no tiene la culpa, le hablo con dureza para esconder mi frustración, para disimular que estoy a punto de caer de rodillas frente a él. Soy enérgico y en ocasiones violento porque no quiero verme blando… no quiero ceder el control que de todos modos él no me ofrece. Que perdí desde la primera vez que se cruzó en mi camino o quizá… que nunca tuve y no había querido reconocerlo.

Las cosas no salieron como esperaba… no planeé enamorarme de él. Iba a matarlo, esa fue la idea original, se suponía que al principio trataría de ganármelo, que lo volvería una más de mis conquistas para tener su cuerpo y después lo iba a llevar al bosque para quitarle la vida. Se veía débil, alguien fácil de manipular, juré que no tendría problema en controlarlo. Pero tal parece que escupí hacia arriba demasiado alto y ahora la saliva me ha caído a la cara.

Porque sucedió justamente lo contrario.

Primero se metió en mi mente, no podía sacarlo de ahí y me engañé diciendo que solo era ansiedad, que estaba demasiado anheloso por llevar a cabo mis planes. Pero la primera vez que me sonrió y dijo mi nombre… ese fue también el momento justo en el que ató un collar a mi cuello, con una placa que decía su nombre y desde entonces me volví su propiedad. La primera vez pude probar sus labios y sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello dejándome sentir su peso y la tibieza de su cuerpo, abrochó la cadena. Ha tirado de ella desde entonces… lo segundo que hizo fue meterse en mi piel, no pude dejarlo después de esa ocasión, me ha mantenido a su lado sin siquiera tener la necesidad de pedírmelo. A veces dándome más libertad de la que realmente tengo y en otras tantas, halando de mi cadena para hacer que le obedezca. Siendo castigado con sus lágrimas cuando hago algo mal o premiado con sus besos y su cuerpo si soy obediente… fue así como me doméstico.

A mi… el que siempre se presumió libre… dueño de sí. El que dijo — A mí nunca…“yo jamás…” — y ahora estoy aquí, revolviéndome entre la culpabilidad y el remordimiento por mi estupidez. Yo que me reí en la cara de Deviant cuando dijo que algún día alguien me haría ver mi verdad y me haría sentir la debilidad de un humano.

Y ahora, una sola persona… en menos de siete meses puso en entredicho mis veintiséis años de vida y volvió a mi espíritu manso, necesitado de sus cariños y de sus cuidados

Ni siquiera pude meter las manos, no quise hacerlo. Cedí y lo peor o mejor de todo es que no puedo arrepentirme. Si en algún momento me he sentido pleno y completamente dichoso ha sido en sus brazos y en sus labios. Me volvió suyo y no objeté nada. Lo acepté porque no muy en el fondo de mi ser… era eso lo que realmente deseaba, ser de alguien importante… ser suyo.

Pero que también él fuera mío, que me perteneciera con la misma intensidad y apego. Con la misma necesidad.

Por eso… cuando alguien más se le acerca, me vuelvo receptivo… violento. Estoy celoso de todos y de todo lo que me roba su atención. Hombres y mujeres los veo como terribles rivales que quieren apartarlo de mí. No puedo permitirlo… no podría continuar sin él.

Esa es la verdad… pero ¿cómo reconocerla abiertamente?

¿Cómo demostrar que Damian Katzel es ahora propiedad de un niño de un metro sesenta y ocho, de intensos ojos azules y piel blanca? Todo lo que siempre he sido, lo que creí ser. Y ahora resulta que nunca tuve tanto valor, que no soy tan duro como creía, que soy más impulsivo que violento… No es fácil reconocer algo así. Y no se trata de una mera cuestión de orgullo.

Sino de mis cimientos. Me afecta y me perturba, hace que me sienta molesto con él por reducirme a un inseguro, temeroso de todo… ¿Qué hizo con mi desparpajo?

Ahora tengo que cuidar cada aspecto de lo que soy y también de lo que no soy… con tal de no herirlo. Y me rompe la calma, me llena de ansiedad. Me lleva a pasear por los inhóspitos caminos de la frustración. Paso de la ira a la culpa en segundos. De la violencia a una pasividad que me está volviendo loco.

Y no puedo más que reírme de mí… burlarme con ironía de todo esto que siento. Porque soy un estúpido, esa es la verdad. El miedo de perderlo me ciega y yo mismo le obligó a marcharse con mi actitud y mis palabras. En medio de mi desesperación no logró ver que mi único rival, soy yo mismo.

Pero ya no quiero seguir fingiendo que no lo quiero, porque es cansado y una total pérdida de tiempo. Lo que siento por él es más de lo que puedo controlar… — ¿Amor? Creo que es así como lo llaman—. Y ahora mismo estoy sufriendo por esto… porque por primera vez no puedo manejar siquiera mi vida, escapa de mis manos lo que me hace sentir cuando lo tengo cerca de mí.

Pero la vida y la realidad me han reclamado y a gritos me han dicho que él no es mío, que quizá hasta hoy iba a poder guardar las ilusiones que juntos estábamos construyendo. Que debo pagar una alta factura por que no he actuado con madurez con él, que he sido más como un adolescente dominado por la ira y la angustia. Indefenso ante sus demonios internos y que grita y se muestra violento, pero que solo está atemorizado.

Aterrado de que lo que más ha querido en su vida finalmente se aleje con la indiferencia marcada en su rostro. Porque no lo soportaría… no quiero ver en sus ojos la frialdad que solo el resentimiento puede causar en una alma tan frágil como la suya.

Sé que lo mejor que podría hacer por él es darle la libertad de que se aleje de mí, pero tampoco es lo que quiero… No lo haré.

Y con eso en menté, abandoné el piso… Ya era suficiente de excusas y lamentaciones, iría con él y se lo diría. Le confesaría que también lo quiero pero que hay algo en mí que debe saber antes.

 

***

 

JAMES

 

Aparté mis ojos de Taylor, cuando sentí a Ariel sujetarse de la manda de mi cazadora. Hubo una casi imperceptible mirada de reproche en él y sonreí por ello. Yo había tenido que soportar las miradas que le dedicaba a Gianmarco, él bien podía aguantar mi muy inocente coqueteo con Taylor.

Sin embargo, más serio de lo que hubiera deseado verlo me entregó la cadenita, seguido de un frío “gracias”.

— De nada…

— Me fue de mucha ayuda. — Agregó.

— Entonces… ¿A que debemos este notorio mal humor? — Indagué.

— A nada en particular… — Mintió. — Hylan… ¿sigue en pie esa oferta? — Taylor asintió de inmediato y Ariel le imitó. — ¡Vamos entonces…! Ya no quiero estar más tiempo aquí.

— ¿Qué oferta? — Ataqué, sujetando a Ariel por el brazo cuando quiso irse con él. Ellos se miraron y comprendí que iban a echarme alguna mentira. — ¿A dónde planeas llevarlo? Y no se atrevan a mentirme. — Aclaré. — Ariel… debes decirme la verdad. — Él pareció sopesar sus posibilidades y Taylor le dio la posibilidad de elegir que responder, tras unos segundos lo vi suspirar rendido.

— Una fiesta… — Respondió, mientras levantaba la miraba y la posaba sobre la mía. — Uno de sus amigos, está dando una fiesta y Hilan me invitó.

— ¿Una fiesta… ahora? — Refuté.

— ¡No soy tradicionalista! — Respondió tajante. — Discúlpeme si no planeo tirarme al piso a llorar mi desgracia… pero no soy ese tipo de persona.

— Después de lo que paso hace un momento, no deberías…

— ¿Por qué no, James? — Me cuestionó y la seriedad en su rosto me obligó a detenerme a meditar en lo que estaba haciendo, Damian le había dañado y yo no tenía derecho a exigirle nada. — Ni él es para tanto ni yo para tan poco… — Agregó. Tenía razón, no pude negárselo. — Ahora mismo no tengo ninguna responsabilidad con él ni con nadie. Así que iré a una fiesta, porque se me da la gana hacerlo.

— ¿Personalmente los conoces? — Indagué, Ariel negó de inmediato. — Pues debes saber que todas sus amistades… — Dije señalando a Taylor — son personas mayores que tú que gustan de alcoholizarse y hacer desmanes.

— Eso no es “tan” verdad… — Intervino él. — No todos somos así…

— No es un lugar apropiado para un chico de su edad. — Le rebatí.

— Ya soy mayor de edad… — Aclaró Ariel. — Iré con él, James. — Agregó con determinación.

— No lo creo conveniente… — Insistí — ¿Qué va a ser de ti si se emborracha y te deja olvidado por ahí?

— ¿Qué clase de persona crees que soy? — Intervino Taylor mostrándose ofendido — No le va a pasar nada malo.

— Eso no lo sabes… — Reparé.

— Si no le tienes confianza a Taylor ni a sus amigos, entonces… ven conmigo. — Ofreció Ariel.

La propuesta me sorprendió, Ariel y yo no nos teníamos aun la suficiente confianza como para hacernos invitaciones para ir a fiestas. Sin mencionar que Deviant me tenía prohibido cualquier tipo de acercamiento con los Fosket, en especial con Taylor. A pesar de que él me había ayudado ese día… y hasta cierto punto, el que hoy estuviera con vida, era también gracias a él.

— Yo…

— Ven conmigo. — Repitió Ariel. — ¿Puede acompañarnos…? — Miró a Taylor y por impulso también lo hice, él parecía casi tan sorprendido como yo, sin embargo, asintió de inmediato. — ¡Vamos! — Ariel se deshizo de mi agarré solo para sujetarse de nuevo pero ahora de la manga de mi cazadora.

 

¿En qué rayos estaba pensando cuando acepté?

En todo momento supe que esto estaba mal, que tanto Ariel como yo terminaríamos metiéndonos en serios problemas con Damian y con Deviant. Sin embargo, me dejé guiar cuando Taylor nos sacó por la puerta trasera del museo.  Recorrimos los pasillos oscuros en fila india. Taylor llevaba de la mano a Ariel y él a su vez me llevaba a mí de la misma manera.

Casi fuimos interceptados por Sedyey… pero Taylor logró esquivarlo, supongo que la habilidad se debía a la práctica. Llegamos hasta su camioneta y nos abrió la puerta del copiloto. Ariel iba a entrar primero pero se lo impedí. Taylor fingió no mirarnos y rodeó su auto tomando su lugar. Tenía motivos de sobra para no dejar que Ariel estuviera cerca de él, después de todo, si había aceptado venir había sido precisamente para cuidarlo.

 

TERCERA PERSONA

 

El viaje comenzó incomodo porque ninguno de los tres se atrevió a hablar. Taylor estaba demasiado nervioso con la repentina presencia de James. Habían pasado años desde la última vez que estuvo tan cerca de él y ahora sus brazos se rozaban cuando metía las velocidades al conducir.

Pensó que debía ser su día de suerte, porque pese a sus problemas familiares James le agradaba, lo conocía desde que entró a la escuela elemental. Y es que colegios particulares para gente de su categoría solo había uno en Sibiu y ahí se impartía desde preescolar hasta el último grado de preparatoria. Era por eso que pese a la diferencia de edades, pudo conocerlo. Desde entonces le había parecido que James era muy diferente al resto de los Katzel, tenía una reputación más aceptable y un impecable historial académico. Sabía de su gusto por la fotografía y estaba al pendiente de su trabajo.

En muchas ocasiones había pensado en acercarse a él, hacerle plática, no con una mala intensión sino más bien, para conocerse mejor. No le hacían mal a nadie con platicar de vez en cuando. Pero su hermano menor siempre estaba con él y en su opinión, Samko era excesivamente posesivo con James.  Y de ese mismo modo eran los demás.

Así que dadas las circunstancias, agradeció mentalmente el no haber comprado la camioneta automática o la roja de cuatro puertas que también le había gustado. Pues aunque la parte delantera era algo reducida para dos hombres y medio — Sin hacer de menos a Ariel — daba posibilidades a muchos acercamientos.

— ¿Quieren que encienda la calefacción? — Se atrevió a preguntar al ver a James tiritar.

Pero casi al mismo tiempo en que lo preguntaba Ariel comenzó a deshacerse de la ropa que traía encima. El saco y el chaleco fueron lo primero que salió volando, después aflojó su corbata con desenfado. Para enseguida estirarse, sacarse la camisa de los pantalones y desabrochar los primeros tres botones.

Lo que sea de cada quien…

Taylor sintió que no podía apartar la mirada de Ariel, si bien, él ya había escuchado hablar a algunas personas sobre el encanto del menor, otra cosa muy distinta era el presenciarlo en vivo y a todo color. Y es que parecía que la tragedia de minutos atrás, lo había dotado de un aura de fragilidad que resultaba irresistible. Ariel parecía estar perdido, pero sobre todo… parecía necesitar ser encontrado.

Pero tampoco se trataba de que Ariel se desvistiera de una manera en particular, su encanto radicaba en esa chispa de sensualidad que no sabía que poseía pero que todos los demás si podían notar.

— ¿Qué tanto le miras…? — Atajó James enfrentando a Taylor y cubriendo a Ariel con la espalda. Dos cosas importantes pasaban por la mente de James, la primera era que Taylor no debía distraerse ni apartar la vista del frente, puesto que iban en una vía transitada y dos, nada tenía que verle al novio de su hermano.

— Nada… nada…

— Pues no es lo que parece.

— ¡Chicos! — Intervino Ariel, quien hasta segundos atrás estaba completamente ajeno a sus dos acompañantes. — No vamos a comenzar a pelear ahora…

— Te estaba mirando… — Acusó James.

— Y ahora te mira a ti. — Rebatió Ariel, haciendo una seña con la cabeza como una forma de señalar a Taylor. — Y aunque se supone que como está conduciendo no debería hacerlo, ni tú ni yo nos vamos a desvanecer por ser observados. Así que solo disfruta de la atención que tan amablemente nos está brindando.

James reviró los ojos y se abrazó a sí mismo.

— ¿Quieras que la encienda? — Repitió Taylor.

— ¿El que…?

— La calefacción…

— Sí, por favor.

Ariel escuchó en silencio el débil intercambio de palabras que hubo, tanto Taylor como James actuaban como si hubiesen sido regañados. Y Ariel reputó que no era para tanto.

O quizá se había excedido al hablarles de esa manera, aunque esa no fue su intensión. Sin embargo, de cierta forma le resultaba gracioso tener a esos dos por compañía…

¿Qué tanto conocía a Taylor? No mucho, al principio solo se veían en el centro comunitario y fue ahí donde Sedyey los presentó. Pero después se fue dando cuenta que Taylor o Hylan — como prefería llamarlo — aparecía por todos lados. No es que repentinamente hubieran comenzado a coincidir en los lugares que Ariel frecuentaba, sino que siempre estuvo ahí, pero no lo había notado. Hecho curioso porque Hylan era el tipo de persona a la que no puedes ignorar.

La relación desde el principio fue mala, sin embargo y pese a todo lo que Hylan le hacía. Ariel no podía decir que le desagradara. Al contrario, le parecía alguien muy divertido — A su modo— y físicamente muy atractivo. Mucho más que su hermano.

Con James las cosas no habían ido mejor. Los primeros días se había encargado personalmente y con esmero de hacerle la vida de cuadritos cuando Damian lo llevaba a visitar a Deviant. Entonces Ariel había comprobado en carne propia que el favorito de “Devi”… podía ser todo un verdadero dolor de cabeza si se lo proponía. Y sin embargo, hoy estaban aquí… ambos haciéndole compañía en este momento en que sentía que su alma se desquebrajaba.

Pero el que estuviera deseoso de aventarse al piso y llorar su desdicha, no significaba que fuera a hacerlo. Su abuela le había enseñado que se podía estar muerto por dentro, pero se debía continuar firme como una raíz. Y aun si la raíz era aniquilada, entonces él tendría que actuar como una semilla que siempre puede resurgir. Y eso era precisamente lo que pensaba hacer. Si Damian no lo quería, no iba a persuadirlo u obligarlo a hacerlo, él se quería solo y por el momento eso “casi” bastaba.

Ya mañana podría llorar si la necesidad de desahogar su alma, así se lo exigía… pero hoy estaba listo para ir a su primera fiesta desde que llegó a Sibiu y no podría hacerlo en compañía de mejores personas, el rey de los festejos Hylan y el casi siempre sensato James.

 

JAMES

 

No sé en qué mala hora se me ocurrió venir aquí. Sabía que lo había hecho por Ariel, pero si alguien me hubiera dicho que ciertas personas estarían presentes, le hubiera insistido hasta convencerlo de no venir.

— ¿Todo en orden? — Preguntó Ariel mientras me sujetaba de la mano y me daba un apretón suave. No sabría decir si yo era muy obvio o él estaba demasiado pendiente de mí. — ¿Te sientes mal?

Ante la mención de la pregunta, Taylor se giró para mirarme.

— ¿Qué le sucede?

— Dile que no es asunto suyo… — Murmuré de mala gana.

— ¡Hey! ¡Ya basta! — Reclamó Ariel — No soy el mandadero de nadie, estamos aquí los tres, así que si quieres saber qué le pasa… — Dijo señalando a Taylor — puedes preguntárselo personalmente. Y tú… — Agregó mirándome con seriedad — No seas grosero con él. Si tienen problemas, resuélvanlos de una vez por todas… porque no quiero pasarme la noche viéndolos pelear como niños chiquitos.

Sin decir más se dio la vuelta y avanzó entre los carros dejándonos a solas. Estábamos en el estacionamiento de una finca que era propiedad de un hombre de apellido Value al que nadie en Sibiu conocía, pero sus hijos eran una plasta de mierda que se creían intocable y en varias ocasiones había tenido que ponerlos en su lugar por molestar a Samko.

Sin embargo, cuando eso sucedía estábamos en el centro de la ciudad y esa parte es territorio de Damian, nadie con cerebro se metería con nosotros estando ahí, pero aquí… estoy a mitad de la nada y lo peor de todo es que yo solo me metí a la madriguera del lobo.

— ¿Qué sucede James? — Preguntó Taylor, mientras se recargaba contra la puerta de su camioneta, justo a mi lado. — Que nuestras familias tengan diferencias no significa que también nosotros debamos llevarnos mal… Ahora que si lo que pasa, es que te desagrado… pues… solo dímelo. — Había bajado el tono de su voz, pero sus ojos no se apartaban de mí. — Me alejaré y no volveré a molestarte.

— No se trata de eso… — Susurré. Odiaba hacer eso, pero parecía que hoy no podía evitarlo. No quería pensar que era por Taylor, simplemente no sé qué me pasaba.

— Entonces… ¿de qué se trata? — Lo sentí acercarse un poco más y su voz sonó calmada y suave.

— No dijiste que la fiesta seria en este lugar. — Respondí. — No tengo tratos con esta “gente”… ellos van a matarme y después asaran mis trocitos en sus fogatas. — No estaba bromeando, sin embargo, se carcajeó. — No le veo la gracia.

— James… no te van a hacer nada. — Aseguró.

— No es que les tenga miedo.

— En ningún momento pensé que se los tuvieras. — Aclaró. Esto era de familia, los Katzel eran orgullosos hasta la medula. — Pero vienes con Ariel… ¿Crees que él permitiría que alguno de ellos te tocara? Seguro lo verías transformarse en una terrible fiera antes de que si quiera se te acerquen. Y yo… ¿Crees que yo no les haría frente por ti? — Eso último me obligó a mirarlo. Sus ojos grises parecían estudiarme, como si pudieran ver más allá de mis murallas de protección. Temblé ante la mera idea y él lo malinterpretó. Lo vi quitarse su abrigo y me lo colocó en los hombros. Entonces, ocurrió lo que hacía mucho tiempo que no me sucedía, su mirada logró intimidarme.

 

TAYLOR

 

— No importa lo que yo crea… — Respondió apartando sus ojos de los míos. — ¿Lo harías? ¿Enfrentarías a tus amigos… por mí? — No sé si lo suyo era vanidad o una necesidad imperante por sentirse seguro ante mis palabras. Pero él pretendía dejarme expuesto y tampoco podía ceder así de fácil.

— ¿Tengo que volver a aventarme de un puente para demostrarte que haría eso y más por ti? — Respondí con otra pregunta.

James sonrió, mientras se colocaba de frente a mí.

— No, no tienes que hacerlo. — Respondió.

Los dedos de su mano derecha subieron por mi hombro en una caricia que me hizo estremecer y volvieron a bajar, pero ahora por mi pecho. Era más que obvio lo que estaba haciendo y sin embargo, no pude alegrarme tanto por ello. — Creo que no tuve la oportunidad de agradecerte como es debido por aquella ocasión. — Su voz se fue volviendo melosa, pero sin perder ese toque varonil, no me sostenía la mirada aunque en ningún momento la bajo ante mí. — ¡Gracias!

— De nada… — Alcancé a decir y por inercia hice una muy ligera reverencia con la cabeza.

— ¡Fuiste muy valiente! — James ensanchó la sonrisa como si ni él mismo se creyera lo que estaba diciendo. Y pese al hecho terminé imitándolo. Fue así hasta que su mano se detuvo con la palma abierta en el centro de mi pecho. Era una seña de dominio, él buscaba un control que no planeaba cederle.

— ¿Estas coqueteando conmigo, Katzel?

— ¿Qué es coquetear? — Preguntó como si nada.

— No deberías iniciar algo que no pretendes terminar. — Lo acusé. — No intentes jugar conmigo. — Le advertí.

— ¿Qué sabes tú de lo que pretendo?

— ¿Es enserio? — Cuestioné — ¿James Katzel…? — Él solo sonrió. Y yo ya no supe que pensar, porque él era conocido por su exquisito gusto por mujeres un poco mayores que él. Aunque una que otra chiquilla berrinchuda también podía colarse fácilmente en su lista y en su cama… ¿pero esto?

 

ARIEL

 

Estaba congelándome y ellos no venían, a lo lejos podía ver la luz de llamaradas que supuse eran fogatas. Me imaginé junto a alguna de ellas calentándome y comiendo malvaviscos. La idea era mucho más tentadora que estar aquí serenándome.

El viento arrastraba el sonido de la música. Estaba demasiado alto, incluso para mí gusto. Era un extraño tipo de Rap, no soy un experto en géneros musicales pero intentar cantar un Rap en rumano es toda una proeza.  El lugar al que Hylan nos había traído era una lujosa finca ubicada al límite sur de Sibiu, una enorme casa de tres pisos y terrazas salientes a dispar que estaban adornadas con arcos y mampostería fina se encontraba al centro de todo el terreno bardeado y reguardado con cintas eléctricas. Por fuera parecía una fortaleza, y ahora que podía observar desde el estacionamiento, estaba convencido de que era algún tipo de fortificación. Los patios eran amplios y decorados con jardines repletos de plantas… algunas con flores otras simplemente eran de hojas largas y gruesas.

Mi vista se recorrió los otros autos, unos veinte por lo menos. Todos eran lujosos y brillantes que de pararte junto a ellos podías claramente reflejarte. El único demasiado grande era la camioneta de Hylan. El lugar había sido dispuesto como un tipo de estacionamiento improvisado, y cada uno estaba aparcado de tal manera que los primeros no podrían salir si los últimos no se movían.

Más adelante, justo al lado de la casa había una construcción sin paredes. El garaje oficial cubría del sereno seis autos, todos de distinto color. Era un lugar muy ostentoso en el que no me sentí muy cómodo que digamos y eso que aún no entrabamos.

Regresé por el camino, no me había alegado mucho, pero si lo suficiente para darles su espacio y que pudieran charlar sin que les preocupara que yo escuchara. Pero al acercarme, vi que el único preocupado aquí era yo.

Hylan y James estaban de frente uno del otro recargados contra la camioneta del primero. James tenía en los hombros el abrigo de Hylan… ¿raro no? Hace unos minutos no se hablaban y ahora esto.

No quise sacar conclusiones apresuradas, pues aunque de Hylan no tenía dudas, de James no estaba muy seguro. El único hombre con el que le había visto comportarse de esta manera era con Samko y su historia no terminó del todo bien. La distancia entre ellos era mínima, apenas centímetros, unos diez o veinte cuando mucho. Sin embargo, contrario a lo esperado, James sonreía de oreja a oreja mientras la palma de su mano descansaba sobre el pecho de Hylan, quien también sonreía pero con cierta reserva.

Lamentablemente reconocí ese movimiento.

Había ocasiones en las que Damian también me sujetaba de esa manera, era más una presión ligera que hacía que me calmara y le escuchara con atención. Pero también era un gesto con el que lograba que me rindiera… todo dependía de con cuanta fuerza presionara contra mi pecho. Nunca para lastimar, pero sí, con la suficiente fuerza como para recordarme quien estaba al mando.

James lo estaba haciendo de la misma manera, pero Hylan más que sumiso o rendido se mostró preocupado. Saqué mi teléfono y aprovechando la luz de las lámparas que alumbraban todo el estacionamiento, quité el flash y les saqué varias fotos.

Iban a ser las primeras evidencias de mi recién adquirido proyecto de investigación. Ahora que lo pensaba, James tenía prohibido estar cerca de los Fosket, pero en especial de Hylan. — Nadie te prohíbe nada solo porque sí. — Menos Deviant. Mi curiosidad floreció como margaritas en primavera. Sería muy discreto pero investigaría.

— ¿Van a besarse? — Pregunté mientras guardaba de nuevo mi móvil.

Ambos me miraron casi al mismo tiempo. Pero fue Hylan el primero que avanzó hacía mí una vez que James retiró la mano de su pecho. Sabía que iba a reclamarme la intrusión, pero no me importó.

— No pudiste darme cinco minutos más… — Susurró cuando paso a mi lado. Le sonreí y él comprendió que lo había hecho apropósito. — Pequeño demonio. — Agregó mientras rodeaba su auto.

James venía detrás con más calma. La sonrisa en su rostro parecía imborrable, pese al pésimo intento de Hylan por susurrar, supe que él lo había escuchado.

— Me alegra saber que ya arreglaron sus diferencias… — Agregué y él casi se carcajeo. Era inusual ver a James así de contento, por lo general siempre está muy serio, pero también era interesante… Así que Hylan lo pone de buen humor. Mentalmente comencé a hacer mis anotaciones.

— Sí, sí algo de eso hay. — Respondió.

— ¿Necesitaban estar tan cerca el uno del otro para hablar?

— Ese no es asunto tuyo… — Respondió Hylan, volviendo hacía nosotros y tanto a James como a mí nos entregó una botella. James parecía conocer el ritual, yo la acepté solo porque sí.

— Se volverá mi asunto si intentas acercártele más. — Advertí. — James me pertenece… — Agregué con seguridad y solemnidad.

Él se burló de Hylan y este hizo pucheros de inconformidad.

— Ya veremos… — Me retó. — Ya veremos…

Me aventaron adelante, Hylan señaló el camino y tuve que encabezarlo, detrás de mí venia James y él. Era temprano cuando llegamos, apenas las nueve y doce, pero al entrar pude comprobar que James no había mentido. La mayoría de los que estaban ahí ya estaban muy bebidos. Sentí que mis pies quedaron sujetos al piso y no pude avanzar más.

Es un poco curiosa la naturaleza humana, le merluza los obligaba a agruparse. Pero también los desinhibía. No voy a pecar de santo… en el pasado había ido a una que otra fiesta con William, pero esto era otra cosa… Había gente por todos lados.

Algunos bailaban a un ritmo que nada tenía que ver con la música, otros bebían como si estuvieran sedientos después de una larga carrera, hacían competencias y mezclaban las bebidas tomando un poco de todo. Entonces comprendí cual era la finalidad de la botella que Hylan nos había dado. Había una mesa larga llena de botellas, tantas que creí que las nuestras no entrarían ahí.

Otros había optado por irse a las esquinas de la casa con sus parejas, se besaban o incluso iban un poco más haya. No parecía importarles el casi copular en público. Ni compartir a sus parejas con otros. Pero lo que más me sorprendió fue ver a la joven recostada sobre la mesa, estaba completamente desnuda, en su vientre bajo había algo blanco, lo mismo que en sus pechos, sus muslos y piernas. Otros chicos la rodeaban, hombres y mujeres. Algunos se acercaban ocasionalmente, otros parecían querer mantenerse pegados a ella. Regaban el polvo blanco con separadores de libros, tarjetas de presentación e incluso con lo que parecían ser tarjetas de crédito y aspiraban de su piel.

Ella no parecía estar en sí, pero no podría asegurarlo a ciencia cierta. También la tocaban como si fuera uno más de los adornos que decoraba la casa. Las amplias puertas de cristal dejaban ver parte del espectáculo de afuera y a decir verdad, no era muy distinto a lo que sucedía aquí. Me desanimo un poco el ver que en efecto, había fogatas… pero no estaban asando malvaviscos.

Sentí la mano James sujetar la mía e instintivamente lo miré.

— Será mejor que vayamos a otro lado. — Sugirió Hylan. — Esto se va a descontrolar en cualquier momento. — James asintió y lo siguió cuando reemprendimos la marcha a la salida. Pero cuando estábamos por abrir la puerta principal, al parecer, los dueños de la propiedad iban entrando con más gente y cervezas… ¿Quién toma cervezas con este frio?

— Pero miren quien está aquí… — Dijo uno de los tres pelirrojos que encabezaban la marcha, era casi tan alto como Hylan, de piel clara y delgado. Apestaba a licor y al caminar hacia Hylan se mecía de adelante hacia atrás. — Pensé que no vendrías… — Casi se tumbó a sus brazos y este tuvo que atraparlo para que no se fuera de boca al piso.

— Creo que ya fue suficiente licor por hoy para ti. — Sugirió Hylan y él chico se carcajeó.

— No, todavía puedo beber un poco más… — Rebatió, pero al mismo tiempo parecía solicitar su consentimiento. — Solo un poco más… — Pidió — Y después tú y yo vamos a ir a un rato a mi habitación… ¿Verdad?

— ¡Es posible!… pero debes dejar de tomar ahora.

— Solo un copa más…

— ¡Esta bien! — Aceptó Hylan y soltó al chico.

Quien sin más asintió y pasó de largo hasta la mesa repleta de botellas, chocó contra ella y tiró algunas. Pero a nadie pareció importarle.

— Llegas tarde Taylor… — Agregó el otro pelirrojo. Sus demás acompañantes también pasaron de nosotros y se regaron por la casa. — Estuvo preguntando todo el día por ti. — El reclamó en su voz me hizo querer mirarlo mejor, pero James estaba detrás de Hylan, pegado a su espalda como cubriéndose y no me lo permitió. No entendía que pasaba ni porque me sujetaba con tanta firmeza, obligándome a su vez a permanecer detrás de él.

— Tenía lo del Museo… Gerald, estuve ocupado… — Respondió con firmeza.

— ¿Y no pudiste siquiera llamarle…?

— ¿O contestar a sus llamadas? — Dijo el otro.

— No respondes nada Taylor… — Insistió ese de nombre Gerald.

— ¿Por qué no mejor nos explicas porque James Katzel está detrás de ti? ¿Es tu amante en turno? — Ante la mención de su nombre, James reviró los ojos. Entonces comprendí que algo andaba mal. — No sabía que también a él le gustaban las pollas duras. Creí que el único marica era Samko.

Vi a James transformarse ante la mención del nombre de Sam. Me soltó pero se aseguró de dejarme detrás de la espalda de Hylan, le miró a él y después en un movimiento tan rápido que me sorprendió, derribó de un puñetazo en la nariz al que había ofendido a su hermano.

Ni Hylan y mucho menos ellos, esperaron que reaccionaria así.

— ¿A quién llamaste “marica”? — Cuestionó mientras se le iba encima, pero Hylan alcanzó a sujetarlo. Cuando se movió pude ver como sangraba el que estaba en el piso.

— ¡Calmate James!

— No es quien para insultar a mi hermano… el suyo tampoco es muy heterosexual que digamos. Ninguno de los tres lo son.

— ¡Calmate!

— ¡Sueltame! — Exigió James, dándole la espalda a los demás para enfrentar a Hylan. El tal Gerald quiso aprovechar su distracción para agarrarlo a traición. Pero eso no es de hombres.

En mi defensa diré que no pensé en lo que hacía. Y que por tratarse de James no me arrepiento de haberle roto la cabeza con la botella que se me entregó cuando llegué a este lugar. Es solo que cuando fui consciente de sus intenciones, resultó que yo estaba más cerca de él que nadie y también estaba de frente, así que se me hizo fácil estrellársela.

El problema fue cuando tras el estruendo, los demás olvidaron lo que hacían y centraron su atención en nosotros. Dos de los anfitriones estaban en el piso y el tercero que al parecer no estaba tan borracho como creímos, me atrapó y me estampó contra una de las mesas.

Hylan y él se hicieron de palabras en un idioma que no entendí. James se les unió y pronto algunos otros. Me resultó muy injusto ser el único que no entendía ni media pinta de lo que se estaba diciendo. Todos hablaban al mismo tiempo levantando las manos y empujándose unos a otros. James me recogió del piso, justo después de que Hylan lo detuviera en su intento por estrangular al que me había empujado y nos llevó a la salida, pero se colocó adelante de nosotros cuando el gentío se nos vino encima.

Detrás de él lo vimos sacar la llave del auto y James la tomó.

— Adelántense… los alcanzo en un momento. — Ordenó.

— No te voy a dejar aquí. — Rebatió James.

— Sácalo de aquí. — Exigió Hylan, haciéndonos retroceder y cerró la puerta tras de sí dejándonos fuera.

James me tomó de la mano y casi me arrastró hasta la camioneta. Nos subimos y me dijo que debía poner seguro a mi puerta. Parecía estar preocupado por Hylan, pero la llamada de Deviant lo distrajo por un momento.

Lo escuché negar varias veces. Le dijo que no quiso quedarse por lo que había pasado con Damian — Mal momento para recordármelo — y que había decidido irse a su departamento porque tenía un proyecto pendiente que entregaría el miércoles. Me sorprendió que hablara con una tranquilidad que en realidad no sentía, su expresión lo evidenciaba y el que no apartaba la mirada de la casa, pero supuse que lo hizo para que Deviant no sospechara.

— ¿Ariel? No… no sé. — Dijo — Solo me quedé a escuchar el discurso, no volví a verlo. — Explicó y Deviant parecía preocupado, la verdad es que no lograba escuchar muy bien. — Pues no lo sé… quizá se fue con alguno de sus amigos… Deviant no sé… algún amigo debe tener ¿no? — Me miró fijamente y después negó de vuelta. — ¿Qué es lo peor que alguien como Ariel podría estar haciendo?  Debe estar en una pijamada librando una temible guerra de almohadazos… ¡No te preocupes! — Le mal miré pero no pareció importarle, su hermano agregó algo más que hizo que James sonriera y me mirara de forma acusadora. — ¿Ariel…? ¿Irse a beber o meterse en problemas? Por favor, él jamás… haría algo así. — Me avergoncé por ello. — Solo es un niño asustadizo, te repito que él no haría algo así… a lo mejor está escondido en su guardarropa. — Se estaba burlando de mí. — ¿Ya revisaste debajo de la cama? — Agregó riéndose. — Sí, ya sé que no es una broma, pero Samko se escondía debajo de la cama… ¿No se supone que todos los niños hacen lo mismo? Por cierto… ¿Cómo conseguiste la llave de su casa? — James escucho atentó y de la nada se puso serio. — No, no creo que este con él.

Aparté mi mirada de él. Estaban hablando de Damian y yo no quería pensar en él ahora.  — ¿A dónde se fue…? Bueno, ya volverá algún día…

Volví a mirarlo por lo que dijo, entendía que James estaba molesto con Damian… ¿pero se había ido? ¿A dónde? ¿Por qué se fue?

La puerta de la casa se abrió y Hylan apareció cerrándola tras de sí, caminó a zancadas largas, James intentó colgar, pero Deviant no dejaba de hablar. Algo malo había sucedido, la expresión de Hylan hablaba por si sola. James se corrió para dejarlo entrar pero le hizo una seña con la mano para que no hablara ni encendiera el auto.

— Bueno, si llegó enterarme de algo te voy a avisar… — Agregó. — Sí, es que estoy con este proyecto, quiero terminarlo de una vez. Sí… sí, está bien. — Hylan se burló de él y James le dio un puñetazo en el brazo que hizo que el mayor le sonriera de oreja a oreja y fue extraño verle corresponder a ese gesto de la misma manera.

La preocupación había desaparecido.

No sé… y tampoco quería adelantarme. Pero ellos se veían bien juntos. Uno siempre risueño y el otro por completo amargado, pero eso sí… ya enojados ambos con un carácter de temer. En efecto, hacen una buena pareja.

 

HYLAN TAYLOR

 

Ambos quisieron salto y seña de lo que sucedió dentro, pero me limité a decir que lo había resuelto. Abandonamos el lugar tan pronto como nos fue posible.

En esta ocasión James dijo que era su turno y que nos llevaría a una fiesta de verdad.

Entonces empezamos a discutir cuando Ariel pregunto porque tenía amistad con personas como los que acabamos de dejar atrás, me regañó diciendo que eran una mala influencia. James se le sumó, pero los callé a ambos, a uno por ser tan volátil y al otro por impulsivo.

— Írsele a golpes a alguien ante la más mínima de las provocaciones no es temerario, sino estúpido. — Le explique a James — Y tu jovencito… — Agregué buscando con la mirada a Ariel — Que tengas el corazón roto no te da derecho a querer matar a un cristiano.

— No fue mi intensión… — Rebatió.

— Y eso es precisamente lo que me preocupa… no quiero ni pensar de que eres capaz si te lo propones.

— Él quiso lastimar a James… no iba a permitirlo.

— Bueno, en eso tienes razón…

— ¡Hay que lindos los dos! — Se burló James.

Y se ganó una mirada de reproche por parte de ambos.

Ya no volvimos a hablar salvo en las ocasiones en las que James me daba instrucciones del camino que debía seguir. Y casi media horas después, llegamos.

La fiesta era en el tercer piso de una plaza que recientemente se había inaugurado. No puedo quejarme, quizá eran demasiado jóvenes para mi edad. Pero no voy a negar que el lugar estuviera de lujo. Había barra de bebidas y cocteles, también servicio a la mesa y mucha comida. Mesas de billar y también un área de videojuegos. Desde afuera parecía un lugar pequeño, por dentro era otra cosa. La música era la del momento y la entrada excesivamente cara.

Lo sentí mucho por los que tuvieron que pagar. James simplemente saludo a los guardias de la entrada, todos ellos parecían conocerle que incluso desde que lo divisaron le dijeron que se acercara y sin necesidad de hacer siquiera fila, nos dejaron pasar.

Ariel parecía entusiasmado por el lugar. Mientras que James iba saludando a varias personas a su paso y también nos presentaba, nuestro mesero nos condujo hasta una mesa frete a la pista, que estaba rodeada por sillones acojinales que formaban una “c”.

Me deslice primero y después lo hizo Ariel, James pidió que lo disculpáramos un momento, que no tardaría. Los seguí con la mirada hasta de desapareció por entre uno de los pasillos. Me desesperé porque no había dado más explicaciones al respecto.

— Dijo que no tardaba… no te preocupes. — Agregó Ariel sin mirarme. Su vista estaba clavada en la pista de baile, pero sonreía.

— No estoy preocupado… — Aseguré. — Solo quería saber a dónde iba.

— ¡Aja!

Su sonrisa se ensanchó y entendí que se estaba burlando de mí. Decidí pasar de él y también me dedique a observar el lugar, por fuera parecía ser muy pequeño, pero la verdad es que era todo lo contrario. Una botella de Martel llegó hasta nuestra mesa con tres vasos y mucho hielo en un recipiente de cristal. Y detrás del mesero estaba James con una cajita blanca entre las manos.

Debido a que el espacio era muy reducido, Ariel se puso de pie y salió para dejarlo pasar. James aceptó pero lo miró con el gesto severo ante la sonrisa del menor. Pero Ariel lo ignoró y volvió a sentarse clavando su vista en las personas que bailaban.

— ¿A dónde fuiste? — Alcancé a preguntar, pero debido al volumen alto de la música no pudo escucharme.

Con rapidez lo vi poner hielo en los tres vasos y destapar la botella. Entonces le explicó a Ariel que podía agregarle agua mineral, para que no lo sintiera tan fuerte o bien, podía tomarlo en las rocas, tal y como lo haríamos nosotros. Lo supe por como señalaba cada cosa de la que hablaba. Ariel por su parte, no parecía muy interesado en la bebida pero la aceptó igual.

Entonces James volvió la vista a mí y me entregó mi vaso.

El suyo apenas y lo probó. Se acercó más a mí, hasta que nuestras rodillas se toparon y puso entonces la cajita blanca en sus piernas y la destapó, era un botiquín de primeros auxilios. Sacó una gasa y la humedeció con agua oxigenada para después estirar la mano y la llevó hasta mi labio partido. No se lo impedí, a decir verdad, ni siquiera me moví.

— ¿Te duele mucho…? — Preguntó totalmente concentrado en lo que hacía.

— Sí digo que sí… — Intenté jugar pero su mirada dura me detuvo.

— ¿Te duele sí o no? — Casi teníamos que gritar para escucharnos, pero James no perdió la firmeza en ningún momento.

— Sí… — Respondí. — Un poco pero sí.

— ¡Lo lamento! — Agregó y cambió la gaza por otra, en esta ocasión pudo alcohol etílico, mismo que al contacto con la herida me ardió, él hizo un mohín y fue mi turno de mirarlo con severidad. — Creo que tu chico se puso algo celoso… Debiste explicarle. — Sugirió — Seguro malinterpretó las cosas…

— En primera no es mi chico… — Le aclaré mientras le quitaba la gasita de entre las manos, ya estaba bien de curaciones, la vida me había dado peores golpes y aquí estaba… “Vivito y coleando”. — Y si quieras que sea honesto… — Agregué — no me molesta en lo absoluto la “confusión”… — James sonrió mientras levantaba la ceja en punta en señal de aprobación. — ¿Y a ti…?

— ¿A mí que…? — Se hizo el desentendido.

— ¿Qué tal te parece la idea?

— ¿Qué idea? — Me reí porque este era más difícil que novia de rancho. Él me imitó.

— ¡Vamos James! — Le dije — Sé que comprendes perfectamente a que me refiero.

— Eh… no… — Negó también con la cabeza mientras hablaba. —No tengo la menor idea de que estas hablando.

Cerré la cajita blanca y se la quité para dejarla sobre la mesa. Quise tocarlo no pero no me lo permitió. Era claro que estaba jugando conmigo, pero en este momento no me importó, le seguiría el juego hasta ver a donde llegábamos.

 

TERCERA PERSONA

 

Durante los siguientes minutos los tres se dedicaron a beber como si sus vidas dependieran de ello, cada uno atrapado en sus propios pensamientos, pero James estuvo siempre al pendiente de rellenar los vasos cada vez que fue necesario. A la primera botella le siguió otra, Ariel le hacía gestos al nuevo Wiski pero la cerveza le había desagradado desde que la probó.

Con tal de consentirlo, James había mandado traer distintas bebidas, incluso cocteles, pero Ariel era alguien difícil de complacer. Aun con todo, a la tercera botella ya ninguno estaba muy lúcido. Se habían aplastado contra el asiento y se recargaban sobre el hombro del otro. Pese a que el lugar era alegre, los tres parecían tener los ánimos bajos.

— A que soy más encantador que tu… Katzel… — Dijo Taylor de la nada. James lo miró desde su posición con el entrecejo fruncido.

— ¿Qué…?

— A que puedo conseguir más números de celular que tú. — James se echó la carcajada y eso llamó la atención de Ariel. James recorrió con detenimiento el lugar, como buscando una presa.

— ¿Ves a esa chica de allá…? — Señaló hacía la barra. — La de vestido amarillo… y cabello suelto. — Taylor asintió — Traé su número.

— ¿Por qué una mujer? — Reprochó. Causando la sorpresa tanto de James como de Ariel. — Si tengo que… hay que hacerlo más difícil para que sea divertido…

— Lo que pasa es que no eres bueno con las mujeres… — Soltó James picando el orgullo Taylor, quien de inmediato se acomodó la ropa y casi pasando por encima de los otros dos, salió dispuesto a conseguir ese número.

Ambos lo siguieron con la mirada mientras bajaba las pocas escaleras y caminaba hacia la barra. Ariel abandonó su postura desganada y se sentó derechito para poder observar a detalle lo que iba a suceder.

— ¿Crees que lo consiga…? — Le preguntó a James.

— Solo miralo… ¿crees que alguien le negaría algo?

Para Ariel un “si” o un “no” hubiera bastado. Pero la respuesta de James le obligó a apartar la mirada de ellos y centrarla en su excuñado.

— ¿Ni siquiera tú? — Preguntó sin más.

Pese a que todo lo que había bebido lo fue conduciendo a su alucinante paraíso etílico, comprendió que el permitirse un aire de espontaneidad delante de Ariel, era tanto como hablar de más.

Ariel aguardaba por su respuesta como si ya conociera verdad y solo estuviera probándolo. James le sonrió con suficiencia, dándole entender que no respondería a esa pregunta. — ¿Te gusta? — Presionó pero James se limitó a encogerse de hombros y volvió la vista hacía la barra, donde Taylor ya estaba hablando con la mujer de vestido amarillo. Ella la miraba sonriente y él le correspondía siendo atento. Hicieron el intercambió de números, mismo que Taylor aparentemente comprobó, seguidamente le invitó un trago y después se despidieron.

Tanto Ariel como James lo siguieron con la mirada hasta que llegó a la mesa y de la misma manera en la que salió, volvió a meterse, casi aplastándolos.

— El número… — Dijo en cuanto se sentó, mostrándoles la pantalla de su celular. — Te toca… — Agregó palmeando el hombro de James. — ¿A quién quieres que se lo pida? — Casi lo gritó para que Ariel lograra escucharlo. — Búscale una chica dulce… para que sea fácil. — Se burló.

— No es necesario… puedo conseguir el número de un hombre también. — Intervino James, mirando con suficiencia a Taylor.

— No tienes que… — Intervino Ariel.

Pero aquello ya se había vuelto personal.

— Elígelo y conseguiré su número. — Aseguró.

— No lo dudo… pero…

— Solo elígelo Fosket. — Ordenó James.

— No quiero verte haciendo eso…

— Elígelo… — Le ordenó a Ariel, dándole la espalda a Taylor.

Ariel tampoco quería hacerlo, sin embargo, James aguardaba. — El que está ahí… — Dijo señalando discretamente el lado izquierdo de la pista. Donde justo al pie de los escalones estaban una chica y dos hombres. — El de camisa azul celeste.

No quiso ahondar en detalles y tampoco fue necesario, pero Ariel llevaba rato mirándolo.

— ¡De acuerdo! — Aceptó.

Sin embargo, cuando quiso ponerse de pie, Taylor se lo impidió y adelantándose a él salió por el otro lado de la mesa.

— Te voy a traer ese número y de ahí en adelante dejaremos a los hombres fuera de esto. — Aclaró con seriedad.

— No necesito tu ayuda… — Rechazó James sujetándolo por la manga de su camisa para detenerlo.

— Ya lo sé… pero no quiero que lo hagas.

— Pues no mires…

— Iré yo… — Intervino Ariel.

— ¿Qué? — Preguntaron al mismo tiempo.

— De ninguna manera… — Objetó James.

— ¿Por qué no…? Lo elegí yo… ¿No?

— Sí, pero… — Quiso intervenir Taylor, pero se quedó en eso, un mero intento.

— También pude conseguir un simple número de teléfono. — Rebatió y sin darles tiempo a que le discutan nada, se levantó de la mesa. Bajó tan rápido como pudo y comenzó a luchar por abrirse paso entre la gente.

— ¿Deberíamos detenerlo? — Preguntó Taylor.

— No debimos dejarlo ir…

Ambos volvieron a sus lugares para mirar detenidamente la escena.

— No esta emocionalmente estable como para otro rechazo…

— Damian no lo rechazó. — Aclaró James.

— Como sea… ojalá se lo den.

— Es bonito… eso debe ayudar.

— ¿Te gusta…? — Preguntó curioso Taylor y al instante James sintió que estaba platica ya la había sostenía antes, pero desechó el pensamiento al instante.

Ariel llegó hasta donde los chicos y fingió que tropezó, la mujer fue la que salió en su ayuda. Sus dos acompañantes se acercaron y rodearon a Ariel. De la nada, los dos tipos se empezaron a reír, James se puso de pie dispuesto a partirles hasta el alma si se estaban burlando de Ariel, pero resultó que él también sonreía. Hicieron un intercambio de palabras y entonces el hombre de camisa azul celeste tomó el celular de Ariel y empezó a escribir algo, después se tomó una foto, tecleó un poco más y le pasó el celular al otro tipo, quien repitió la misma operación, mientras Ariel le hablaba al oído a la chica. Ella parecía estar encantada con él, pues no dejaba de reírse.

Cuando le entregaron el móvil a ella, fue entonces que comenzó a despedirse. Le ofreció la mano para un saludo respetuoso al que tenía más cerca, pero con el de camisa Azul celeste fue distinto, Ariel le sonreía incluso con los ojos.

— Odio cuando mira de esa manera a alguien más… — Espetó James, dejándose caer en el asiento. Taylor asintió, aunque no comprendió de qué iba a todo ese asuntó.

— ¿A quién más mira así…?

— A Gianmarco…

— ¿Gianmarco? ¿Quién es ese…?

James hizo una seña en la mano dando a entender que no importaba. La mujer le entregó el celular a Ariel y lo besó en la mejilla. Él le correspondió y después se alejó por el lado contrario al que llegó, así que tuvo que rodear todas las mesas hasta que llegó a la suya.

— ¿Y? ¿Fuiste por un número o a que te besaran? — Reprochó Taylor.

— Se llama Steve… ¡oh! — Exclamó — Puso su foto… Es guapo. — Ariel parecía muy emocionado con su resiente conquista y eso causó la molestia de los otros dos.

— Dame eso… — Dijo James quitándole el teléfono de la manos. — No necesitas el número de ese tipo ni de ningún otro.

— Es verdad… ¡Eliminalos! — Le hizo segunda Taylor.

— ¡No es justo! No los elimines…

Pese a lo dicho, James lo eliminó. Quiso hacer lo mismo con los otros dos pero solo encontró a la chica, a quien también borró de sus contactos.

Ariel se mostró enojado con ellos, pero al quinto trago se le olvido. Taylor fue a los sanitarios y cuando volvió su mesa estaba sola, comenzó a buscarlos con la mirada y los encontró entre el gentío, bailando en la pista, casi en el centro. Taylor no podía decir que lo estuvieran haciendo mal, pero estaban demasiados pegados, en realidad, todos estaban así, el espacio era muy reducido. Y si le sumaban todo el licor que traían encima… estaban demasiado… desinhibidos.

James le hizo señas con la mano para que se acercara y que trajera la botella. Al principio se negó, pero terminó cediendo. Acomodaron a Ariel en medio de ambos para que nadie lo aplastara. El calor en la pista era sofocante, sudaban pero no por eso se detenían.

A ratos bailaban entre ellos y en otras ocasiones con las chicas que estaban cerca, pero tal y como prometieron, dejaron a los hombres fuera del asunto. Ariel resultó tener su encanto activado y en más de una ocasión tuvieron que rescatarlo de alguna chica que planeaba llevárselo a otro sitio. Él estaba en ese punto al que a todos les decía que sí…

Incluso a ellos cuando lo arrastraron hasta la mesa.

Taylor estaba acostumbrado a beber, a las horas se veía bien y nadie diría que había bebido tanto.  Pero eran ya de madrugada y James decidió que también era hora de irse.

— Iré a pagar… — Dijo Taylor — Asegurate que no se duerma.

— Mi membresía cubre todos los gastos… — Le aclaró James.

— No voy a dejar que pagues tú…

— No seas orgulloso… la próxima nos invitas tú.

— ¿La próxima vez? — Reparó Taylor sonriéndole.

— Solo si quieres…

— Sí, sí quiero…

— Entonces… ya está. — Finalizó James.

— Se está durmiendo… — Taylor señaló a Ariel, quien ya se había hecho bolita sobre el asiento.

— Ari… aun no te duermas… Todavía iremos a otra fiesta. — Bromeó James. Ariel negó con la cabeza y se abrazó así mismo. — Bueno… creo que este soldado ya cayó.

— Acercaré el auto… ¿Me esperan aquí?

— Sí, porque no hay elevador y voy a necesitar que me ayudes a bajarlo.

Taylor salió lo más rápido que pudo, pero no era el único que quería irse, la gente estaba amontonada en la salida. Cuando por fin pudo cruzar esa parte, notó que los demás locales de la plaza estaban cerrados. La camioneta la habían dejado a una cuadra del lugar porque James había dicho que el estacionamiento era un lio y al parecer, no mintió.

Como cada mañana en Sibiu el frío era denso… Taylor casi tuvo que correr hasta la camioneta para cubrirse porque su abrigo se lo había quedado James. Volvió tan rápido como pudo, pero aunque logró ingresar a la plaza, no pudo dejar la camioneta justo en la entrada, de frente a las escaleras… sino que tuvo que ser a un par de locales atrás.

Como mucho se tardó unos quince minutos, pero cuando volvió… Ariel dormía entre los brazos de James, quien también podía considerarse, soldado caído.

 

TAYLOR

 

¿Cómo se supone que los voy a bajar?

— ¡James! ¡James, por favor! No sé a dónde viven… ¿Qué voy a hacer con ustedes? — Lo sacudí, le mojé el rostro… incluso le puse hielo en la frente y ni así se despertó.

Al final tuve que bajar a Ariel primero. Uno de los meseros que decía conocer a James, me ayudó cuando fue el turno de bajarlo a él. Resultó toda una proeza bajar todos esos escalones. Le hablábamos mientras descendíamos y aunque a ratos parecía querer reaccionar, no lo hizo. Meterlo al auto fue todo un rollo.

— Vas a tener que cargarlo… — Señaló el mesero.

— ¿Cómo se supone que lo voy a cargar si es de mi tamaño?

— Puedo llamar a su hermano si lo prefieres y él vendrá a buscarlo…

— No… no — Negué de inmediato. — Lo voy a cargar. Solo por favor, ayudame para que no se golpeé.

Después de un par de intentos finalmente logré acomodarlos a ambos. Le puse el cinturón de seguridad y también aseguré a la puerta.

— ¿Necesitas algo más? — Preguntó el chico detrás de mí.

— Solo una cosa más… — Le respondí mientras le entregaban un billete. — ¿Hace mucho que lo conoces…? — El chico se limitó a asentir.  — ¿James siempre termina así…?

— ¡No! — Respondió. — Lo conozco desde mucho antes de trabajar aquí, James era muy medido, quizá porque cuando salían Samko siempre estaba con él, pero últimamente a donde quiera que va, está solo. No habla de eso y le molesta que le pregunten, pero creemos que el últimamente este bebiendo mucho se debe a eso…

— Bien, eso es todo… ¡gracias!

El chico se limitó a asentir y volvió dentro.

Como no sabía a donde llevarlos, decidí que era ir a mi departamento. Al llegar, primero bajé a Ariel, casi tuve que arrastrarlo hasta mi habitación. Pegué la cama a la pared y lo recosté lo más pegado que pude, claro que coloque algunas almohadas frente a él para que no se enfriara. Entonces volví por James y repartí la operación.

El trabajo extra me dejó exhausto.

Pero estaban aquí… los dos en mi habitación, espalda contra espalda. Me daba gracia mirarlos y al mismo tiempo me causaban ternura. Me duché y después de asegurar todas las puertas y correr las cortinas, me uní a ellos posteriormente. Me tocó el lado de la orilla de la cama, pero era mejor eso a dormir en el mueble. La luz tenue que siempre dejaba encendida me permitió mirar a detalle el rostro sereno de James.

Algo me decía que la estaba pensando mal y eso de cierta forma me entristecía. Ya después averiguaría lo que sucedió con su hermano como para se hayan distanciado. Me alarmaba la sola idea de que últimamente estuviera bebiendo de esta manera tan descontrolada. Quizá yo no era quien para hablar sobre el tema, pero aun así…

Me estiré sobre él para asegurarme que Ariel estuviera bien arropado. Ese era otro que me tenía preocupado… quien sabe por cuánto tiempo más intentaría evadir su situación, pero esperaba que me dejara estar cerca cuando eso sucediera. Por iba a pasar… en algún momento todas las palabras que Damian dijo, volverían a él y lo harían sufrir.

Y por si preocuparme por ellos no había sido suficiente para perder el sueño, estaban mis propios problemas, ese correo electrónico había logrado robarme la paz desde que lo leí, y de eso ya había pasado casi dos semanas.

Este no era el momento para pensar en eso, lo mejor era que intentara descansar un rato. Porque lo dé más tarde iba a ser un difícil despertar para los tres después de todo lo que bebimos.

 

DAMIAN

 

El ruido del reloj estaba a punto de volverme loco. Había llegado a su casa a eso de las tres de la madruga y esperaba encontrarlo dormido. Pero cuando entré me llevé la sorpresa de que su cama aún estaba hecha y no había rastros resientes de él.

Llamé a Deviant y después a Samko, pero no estaba con ellos y Deviant me dijo que le había preguntado a James y él le dijo que no lo había visto. Nadie sabía nada de Ariel… ni volvieron a verlo después de que dio su discurso. Sedyey me colgó el teléfono cuando le llamé, y también llamé a todos los otros números que estaban en su agenda de mano. Pero respondieron lo mismo, no lo habían visto.

Era mi culpa… no dejaba de pensar que quizá le había ocurrido algo malo.

Pero también había llamado a los hospitales y nadie supo darme razón. Cuando dejé su casa eran casi las siete de la mañana. Primero volví al museo. Busqué en los alrededores y pregunté por él, la sala en la que había sido la reunión estaba libre, me dijeron que comenzaron a desmontar justo después de que terminó el evento.

Fui a la universidad pero no se presentó a clases. Hablé con Bianca y ella me dijo que intentó llamarlo justo después de que yo le había marcado en la madrugada, pero que su teléfono estaba apagado y continuaba de esa manera. También busqué a Sedyey, tenía que comprobar por mí mismo que no estaba escondiéndolo de mí.

Casi lo saqué a rastras de su clase, pero por lo que pude ver. No mentía… no había visto a Ariel desde que terminó su discurso.

Estaba desesperado cuando fui a ver a Deviant. Pero él no estaba mejor, así que no permanecí más que unos cuantos minutos en su departamento, porque sentía que me desesperaba más. No vi el momento en que llegué a la cabaña, el cansancio de mis horas corriendo de ida y vuelta, la desvelada y el ajetreo de toda la mañana… me dejé caer a la entrada de mi casa y casi al instante me quedé dormido.

 

JAMES

 

Cuando desperté sentí que todo daba vueltas, la cabeza me iba a estallar y las náuseas revolvieron mi estómago. No quería siquiera intentar respirar, mucho menos moverme.

Quise estirar mi mano para tomar el reloj que descansaba sobre mi velador, para saber a qué hora eran, pero no pude moverme, fue entonces que comprendí que había alguien más a mi lado. Me esforcé por abrir los ojos, pero justo al siguiente segundo deseé no haberlo hecho.

¿Qué diablos había hecho…?

Su espalda desnuda estaba contra mi pecho, mi brazo izquierdo le servía como soporte para su cabeza, mientras que con la derecha lo mantenía cerca de mí. Sus piernas estaban enredadas entre los mías y mi rostro reposaba contra el dorso de su cuello.

Contuve el aliento… esta habitación no era mía. Y la persona que dormía entre mis brazos era Taylor Fosket.

Quise liberarme, pero para hacerlo tenía que moverlo y no quería que se despertara y nos viera de esta manera. Me desesperé… mentalmente intentaba recordar que era lo que había pasado. Estábamos en ese bar y después… él fue por el auto… entonces yo debía…

¿Qué era lo que tenía que hacer?

Debía…

¿Ariel…?

Me paré de golpe que hasta de no despertar a Taylor me olvidé. Él se quejó por el movimiento brusco… y quise disculparme, pero la manera en la que me levanté tan rápido, me mareo.

— ¿Qué pasa…? — Preguntó con voz somnolienta.

— Ariel… ¡Lo perdí…!

— ¿Qué…? — Taylor se sentó de golpe, lo vi rebuscar entre los edredones y después me aventó una almohada. — No vuelvas a asustarme de esa manera, Katzel. — Dicho eso, me dio la espalda y volvió a costarse, enrollándose con los edredones.

Jalé la sabanas donde él había buscado y resultó que sepultado entre un mar de almohadas estaba Ariel. Parecía ser el único que dormía plácidamente… — Creí que te dejé olvidado. — Le dije a modo de disculpa aunque no me escuchaba. Taylor se río y aunque me molestó un poco, también me dio gracia.

— Vuelve a la cama James… — Agregó Taylor y fue tal mi inconformidad que lo miré detenidamente. Lo había dicho de una manera tan extrañamente familiar… que sentí algo removerse en mi interior, no en un mal sentido, sino todo lo contrario. Aun así, no creía que estaba bien que me sintiera tan cómodo a su lado. Ayer a estas horas ni siquiera nos hablábamos y ahora me pedía que volviera a recostarme a su lado.

Pero aun si mi cabeza era mar profundo de pensamientos lo hice… volví a la cama y centré mi vista en el techo de la habitación, Taylor se giró en ese momento y volvió a recargarse contra mí, pero ahora de frente. Su brazo izquierdo me cruzaba por la cintura, como si estuviera abrazándome.

— ¿Qué estás haciendo…?

— Intento dormir… ¡Callate!

— ¡Ve a tu lado de la cama! — Ordené pero él se negó a soltarme. — ¿Tienes que hacer esto?

— Eres mejor que todas mis almohadas… que te cuesta cooperar un poco. — Me reprochó. — Me duele la espalda y las piernas por tener que cargarte.

— ¿Qué hiciste que…?

— No lo recuerdas… ¿cierto? — Se río y yo enmudecí por completo. — Eres un maldito desconsiderado…

Le dolían la espalda y las piernas… me cargo… no quiere hablar del tema… Eso siempre era una terrible señal. Y me había llamado maldito desconsiderado… pero si hubiéramos hecho algo… lo recordaría.

¿No?

— No sé de qué hablas…

— ¡Aja!

— Explicame…

— Callate…

— Taylor… — Insistí. — ¿Qué es lo que se supone que debo recordar? — Ya no me respondió.

 

TAYLOR

 

Eran casi las dos de la tarde cuando desperté, intenté arrastrarme fuera de la cama pero literalmente sentía que la cabeza me iba a estallar. Y la promesa de siempre — Jamás en mi vida vuelvo a beber —. Era la más terrible de mis mentiras, pero al menos, por ahora, estaba convencido de no volver a hacerlo.

Como pude me senté a la orilla de la cama, James y Ari seguían durmiendo. Me preocupe por el segundo y me obligué a ir a su lado y revisar que estuviera respirando. Bien podría tratarse de que era muy tranquilo al dormir… contrario a James que no dejaba de moverse. Esperaba que se tratara de eso.

Le fui quitando las almohadas de encima y lo busqué entré los edredones. Me recordó a esos gusanitos que se entierran para dormir, quizá era mala comparación, pero fue lo que me recordó cuando lo encontré en posición fetal en la esquina superior de la cama. Una vez leí que los duermen de esa manera es porque extrañan a sus madres… sentí ternura y decidí que lo mejor era volver a sepultarlo entre los edredones y las almohadas.

Cerré la puerta con cuidado al salir para no despertarlos.

Necesitaba mi antídoto para este malestar. Después de mi agua gasificada con tres efervescentes, empecé a preparar el desayuno.

Estaba en eso cuando James apareció en el comedor.

— ¿Qué estás haciendo? — Preguntó.

— Aquí nada más… — Respondí sarcástico. — No vayas a pensar que estoy preparando el desayuno… para nada. Solo vine a pararme aquí, a esperar que alguien poco astuto venga a preguntar que estoy haciendo. — Me burle.

— Eres insoportable en las mañanas…

— Igualmente… — Respondí.

James se dejó caer en la primera silla que encontró y se sujetó la cabeza con ambas manos. — ¿Estas llorando? — Le pregunté solo por molestar. Ya le estaba preparando mi antídoto, pero dudé sobre si se lo merecía o no, cuando me hizo una seña obscena con su dedo grosero.

Aunque al final, no pude ignorar su sufrimiento. La comida estaba lista y el café en su punto.

— Tomate esto… — Agregué mientras dejaba el vaso burbujeante frente a él y me senté a su lado. — Ta va a ayudar…

— ¿Qué brujería es esa?

— No es brujería… — Rebatí.

— ¿Y porque tiene tantas burbujas…?

— Mira… si no quieres tomártelo, sigue con tu dolor de cabeza…

— ¡No! — Me detuvo cuando quise alejarle el vaso. — Me lo voy a tomar.

Lo bebió con desconfianza y no apartó la mirada de mí en ningún momento.

— No voy a envenenarte…— Aseguré. Él asintió y dejó el vaso sobre la mesa.

— Vamos un rato a la sala… — Ofrecí — Después desayunaremos.

Quise tomarlo de la mano para dirigirlo, pero se rehusó a mi agarre. Estaba rechazándome otra vez.

— Puedo ir solo.

— Como quieras, Katzel. — Respondí — Ni siquiera tienes que venir si no quieres. — Le di la espalda y me fui a mi sala. Eso era lo que me gana por intentar ser amable.

Me acomodé en mi sillón amplio, me tapé con uno de los edredones que siempre dejaba para mis siestas cortas y encendí el televisor. No miraba ningún canal en especial, estaba enojado.

James apareció al poco rato y se sentó a mi lado… ¿A que venía? Ya ni siquiera quería que fuera mi amigo. Lo sentí mirarme, pero decidí ignorarlo. Seguía cambiando de canal, cualquier cosa con tal de no centrar mi atención en él.

— ¡Lo siento! — Dijo en un susurró, pero hice como que no lo escuché. — Taylor, te estoy hablando… — Ni siquiera pestañee. — Oye… hazme caso… lo siento, enserio. — Me quitó el control de la televisión y fue entonces que lo miré.

— ¿Qué haces…? Devuélvemelo…

— No… — Se negó — Te estoy hablando… y ni siquiera estás viendo nada en particular.

— Estoy viendo todos los canales a la vez…

— ¡Eso es imposible!

— No me importa, así miró la televisión… ahora dame mi control. — Extendí la mano y lo miré con seriedad.

— Eres muy infantil… — Me regañó y apagó la televisión. Escondió el control en la esquina del mueble y se sentó ahí para impedir que lo sacara. — No voy a darte nada, porque debemos hablar.

— No quiero hablar contigo…

— Ya dije que lo siento.

— No me importa.

— Imbécil — Me acusó.

— Pretencioso…

— Inmaduro…

— Amargado…

— ¡Idiota!

— ¡Chocante!

— ¡Tonto!

— Doblemente tonto… — Respondí.

— Dios los hace y ellos se juntan… — Intervino Ariel. Tuvimos que olvidarnos de nuestra taxativa discusión para mirarlo. Se veía fresco como una lechuga recién acabada de regar. Tenía los brazos cruzados a la altura del pecho y nos miraba con reprobación. — ¿Se puede saber porque están peleando?

— El empezó… — Acusé.

— Pero ya me disculpe… — Rebatió James. Ariel reviró los ojos y se empezó a reír. — ¿Estás bien? — Le preguntó mientras abandonaba el mueble y se acercaba a él.

— ¡Sí!

— ¿No te duele la cabeza? ¿No tienes nauseas…?

— ¡No!

— ¿En serio…? — Indagué — ¿Ningún malestar?

— No… ¿Por qué lo preguntan? ¿Ustedes se sienten mal?

— James estaba a punto de hacer su testamento hace unos minutos… — Confesé mientras me acercaba a ellos.

— Eso no es verdad…

— No empiecen de nuevo… que tengo evidencia en mi celular de que anoche se estaban llevando muy bien.

— Yo también… — Confesé. Ariel me sonrió y chocamos cinco. — A partir de ahora eres mi nuevo mejor amigo, es más… siéntate a mi lado. — Agregué mientras lo conducía de nuevo al comedor.

— James también… — Dijo Ariel. — Vamos… olviden sus rencillas y dense la mano. Los tres somos amigos ahora. — Casi estábamos de frente, pero James no parecía querer estirar la mano para hacer las paces, así que yo también me negué. — No sean orgullosos… ser así no sirve de nada. — James… — Le presionó.

— Porque yo… él es mayor, debería de poner el ejemplo.

— La edad es solo un número… — Le rebatí.

— Sí, ya vi que en ti es solo un número.

 

ARIEL

 

Después del desayuno que más bien fue comida — por la hora— Hylan nos llevó al centro. Se había ofrecido a repartirnos en nuestras pero curiosamente James respondió lo mismo que yo. Que no era seguro.

Hylan dijo que parecía que formábamos parte de una secta muy estricta y quizá no estaba lejos de ser verdad. No esperaba encontrarme con… él, al llegar a casa, pero si fuera el caso, estaría en problemas. Y el caso de James, Deviant se entera de todo lo que hace, así que nuestras situaciones no eran tan distintas.

Fingí que no escuchaba lo que se decían, intentaban disimular entre murmullos pero la verdad es que eran muy obvios.

— ¿Semillas de romance floreciendo entre la nieve…? — Me burlé de James cuando finalmente abordamos el taxi. Y es que bastaba ver las sonrisas de ambos para notar que aunque se peleaban con frecuencia, era solo para disimular.

Sin embargo, durante todo el trayecto hasta su casa, lo negó. Dijo que él no era así… que solo había descubierto que no le desagradaba tanto, inclusive reconoció que Hylan era divertido, pero nada más. Que yo estaba viendo monos con trinchetes y quien sabe cuanta cosa… Pero lo que él no sabía, era que yo tenía pruebas contundentes de que había algo más.

Sucede que durante las primeras horas de la mañana, sentí sed y me desperté. La luz que entraba por entre las cortinas era poca, pero había una lamparita encendida en el velador. Lo que vi era muy distinto a lo que James decía. Y tomé fotos de ellos hasta que mi batería murió y el teléfono se apagó.

— ¿Estás seguro de que no quieres quedarte un rato? — Me preguntó una vez que el auto se estacionó a la entrada de su condominio.

— ¿Te preocupa que Deviant este arriba?

— No es eso… — Aseguró. — Sí él hubiese querido encontrarme durante la madrugada lo hubiera hecho. Ha decir verdad, no es Deviant quien me preocupa… tanto — Sintió que era necesario hacer la aclaración. — No vas a poder ignorar lo que paso para siempre.

— No hablaré de eso ahora…

— Ariel…

— No, James… — Le rebatí — Lo enfrentaré cuando esté listo, y este no es el momento. Pero gracias por preocuparte… ahora debo irme, se me hace tarde para ir a trabajar.

— ¡De acuerdo! — Aceptó — Igual tienes mi número y puedes llamarme si necesitas algo.

— Sí, lo tengo…

— Confió en que me llamaras. — Dijo asomándose por la ventanilla, justo después de haber cerrado la puerta.

— Lo haré.

Lo dije más por para que dejara de insistir, soy de los que prefieren sufrir sin público. Pero agradecía sus buenas intenciones.

Solamente no quería pensar ni en el pasado, ni el futuro. Sé que terminaría perdiendo en el laberinto de mis malas decisiones y sentimientos negativos. Y no quería, no quería preocupar a mis abuelos ni dejar que él me vea así.

Yo valía… aunque estaba a años luz de ser perfecto. Tampoco me consideraba una mala persona o alguien que merezca ser humillado.  Estaba también un poco harto de que la gente que más quería era también los que terminaban hiriéndome, como si estuviera estacionado en los fracasos. Como si no pudiera encontrar a alguien que de forma recíproca me quisiera.

El viaje hasta la casa se me pasó rápido. Cuando entré la casa, cada paso que daba dolía un poco más. Todo esto estaba lleno de él… pero me obligué a tragar el nudo en mi garganta y subí con decisión a mi habitación.

Aun si tuve que correr directo al baño…

Aun si tuve que dejarme caer debajo de la regadera…

Aun si me empapé con la ropa puesta para que el agua escondiera mí llanto…

Aun si tuve que morderme los labios con fuerza para no gritar… de dolor, de impotencia… de coraje. También de orgullo. De ese que me hizo falta para mandarlo todo a la basura cuando las cosas con él comenzaron a ponerse violentas. Me llamé estúpido una y diez veces más… intenté convencerme que llorar era lo peor que podía hacer, porque me lo habían advertido. Porque no solo una, sino muchas personas pronosticaron que algo así sucedería. Pero quise comprobarlo por mí mismo.

¿A quién culpar? Por supuesto, no a él. La culpa es mía, toda mía.

— Contrólate Ariel — Me grité con coraje — No se está acabando el mundo… no.

Me lo repetí tantas veces como fue necesario y cuando me sentí listo, me puse de píe, me deshice de mi ropa y lave rostro y mis heridas. Iba a salir con la frente en alto, porque no había nada de lo que debiera avergonzarme. Habré sido muy estúpido por creerle, pero al menos, tuve más valor y entregué todo lo que poseía.

Salí de la ducha con determinación, me cambie rápido e ignoré el hecho de en cada rincón de mi habitación había algo suyo. Desde su ropa, hasta cosas más profundas, como su recuerdo.

Eché todo lo que necesitaba en mi mochila y bajé.

Estaba nevando, así que no podría caminar. Mis abuelos me permitían usar el auto, así que tomé las llaves… apenas y si me aseguré de cerrar la puerta con seguro. Tenía prisa de alejarme de este lugar.  Crucé la terraza y bajé hasta la galera, la camioneta esta ahí.

— Ariel… — La voz que me nombró me obligó a ir más rápido. — Ariel… ¡Espera! — la poca distancia que quedaba casi la corrí, siendo tan torpe como siempre dejé caer las llaves. Me arrodillé y rebusqué tanteando hasta que mis dedos las tocaron.

Las sujeté con fuerza como si vida dependiera de ella y me puse de pie. — Te estoy hablando. — Le escuché decir a mi lado, pero no hice caso. — Metí la lleve en la cerradura, fue entonces que me detuvo.

Me jaló de la manga de mi abrigo y me enojé… reaccioné mal.

— ¿Qué quieres…? — Casi se lo grité mientras de mala manera me apartaba de él obligándolo a que me soltara.

— Te estaba hablando… — Damian se mostró sorprendido por mi reacción, pero lo disimuló.

— Ya, pues… habla de una vez que no tengo todo tu tiempo.

— ¿Qué sucede contigo? ¿Por qué me hablas así? — Preguntó ofendido.

— Disculpe su majestad imperial mi falta de respeto… ¿En qué puedo servirle? — Él se quedó en silencio y la verdad es que no quería escucharle. — ¿Nada…? — Presioné — Genial, ahora si me disculpas.

Le di la espalda y volví a mis llaves que habían quedados pegadas a la cerradura de la portezuela.

— ¡Espera! — Volvió a detenerme y en esta ocasión me arrebató la llave de las manos. — ¿A dónde vas?

— No es asunto tuyo… ahora dame mis llaves.

— Ariel… yo…

— Tú… tú… tú… — Le rebatí lentamente y con sorna. — Ya va siendo hora de que comprendas que no todo en esta vida se trata de ti… Se me hace tarde para el trabajo, así que entregame mis llaves.

— ¿A dónde diablos pasaste la noche? — Me cambió el tema — ¿Tienes idea de lo preocupado que estaba por ti?

— Pero Damian… no hay nada por lo que debas preocuparte. — Respondí punzante y con fingida tranquilidad. — He logrado sobrevivir durante diecinueve años, no creas que te necesito ahora.

— Pues no fue lo que dijiste anoche.

— ¿Anoche? Dije demasiadas cosas…

— ¡Dijiste que me querías! — Me lo hecho a la cara.

— Y también dije que se acabó.

— No lo dijiste enserio. — Aseguró y dio un paso al frente para reafirmarlo. — Porque no es lo que deseas… me quieres. Y eso no cambia de un día para otro. — Su seguridad me hirió. Pero si creía que con eso iba a lograr que doblegara las manos y cediera tan estúpidamente como lo había hecho hasta ahora, estaba muy equivocado. — Estás herido… por eso te compartas así.

— Puedo estar herido pero igual sigo vivo. — Le rebatí. — No te creas que eres el único hombre que me ha dolido.

— ¿De qué hablas…? No ha habido ningún otro antes de mí. — Aclaró. — ¡Lo sé!

— Sí, creo que aun podrás presumir que fuiste el primero. — Respondí dolido — Mientas tú haces eso yo iré a buscar al último… al único. Porque ya entendí que no vas a ser tú.

— Ni tú te crees eso… ¿Quién? ¿Sedyey o su hermano? ¿Axel? ¿Alguno de los estúpidos con los que estudias?

— ¿Por qué no…? — Lo desafié — Si me atreví a intentarlo contigo porque no hacerlo también con ellos, con todos ellos.

— ¡Cállate! — Me gritó.

— No lo haré… no voy a volver a callarme solo porque tú lo dices.

— Ya basta, Ariel…

— Tienes razón… ya basta. — Acepté — No tenemos por qué hacernos esto. Después de todo tú y yo ya no somos nada, según tú… nunca lo fuimos. Yo no valgo la pena para ti, jamás me quisiste para algo serio… solo estabas conmigo porque no tenías nada mejor que hacer. — Repetí cada una de sus palabras y mientras las decía sentía que mi corazón se partía, pero no lloré ni perdí la calma. — Pues te tengo una noticia… Ya no tienes que seguir estando a mi lado por lastima, no la quiero ni necesito. No quiero seguirte causando vergüenza… que tengas que bajar la cara o sentirte incomodo por llevar de tu mano a alguien como yo. Ahora que lo sé… ya no lo soportaría.

Así que por favor, disculpame… Perdoname por haberte hecho tanto mal con mi cariño, te juro por vida que nunca fue esa mi intensión. Al final, creo que yo también me equivoque contigo.

— Ariel…

— Necesitas a alguien que no sepa quererte… y sabes que… esa persona no puedo ser yo.

— Ariel… — Por primera vez lo vi bajar la mirada, pero era tarde para crear esperanzas sin fundamentos. — Lo que dije anoche…

— Quiero que saques todas tus cosas de mi habitación.

— ¿Qué…?

— Llevate tus cosas…

— No…

— Se acabó Damian… — Aseguré. — Aprovecha ahora que no voy a estar para llevarte todo. Porque si al volver tus cosas siguen ahí, las echaré todas en una bolsa y las arrojaré a la basura.

— No puedes hacerme esto…

— Por supuesto que puedo…

— No, no puedes decidirlo todo tu solo…

— Ya no tengo nada más que darte… y tampoco voy a soportar una humillación más de tu parte.

— Ariel… también te quiero… — Lo dijo en medio de su desesperación y lo odie un poco por haberlo hecho, porque me hizo flaquear. — Te lo juro, te quiero… es verdad.

— No te creo… — Respondí. — Dame mis llaves, tengo que irme.

— En el fondo sabes que es verdad… todos nuestros momentos. Los días que pasamos juntos…

— ¿Cuáles días…? — Cuestioné con ironía — ¿Esos en los que no dejabas de gritarme y regañarme…? O ¿Acaso te refieres a los días en los que me jaloneabas, los días en los que me ignorabas o simplemente pasabas de mí? ¡Claro que fueron reales! Tristemente lo fueron… ahora solo me gustaría saber… cuanto de todo eso realmente me lo merecía.

— Vamos a hablar…

— Creo que tú y yo ya nos dijimos todo.

— Ariel… — Intentó acercárseme, pero retrocedí. — No puede terminar así, tuvimos malos ratos, es verdad, pero también hubo muy buenos días. Lo que dije anoche no fue verdad… él y yo no sostuvimos una relación como la que tú y yo tenemos.

— Pues la próxima vez que tengas una relación con alguien… no lo arruines diciendo cosas que no sientes. — Le dije — Quedate con las lleves si quieres, me iré caminando.

Lo rodeé, no pensaba seguir un minuto más aquí.

Pero creer que me dejaría ir solo así fue una vil muestra de ingenuidad de mi parte. Me sujetó y me hizo volver sobre mis pasos hasta que me empujó contra el auto. Sus manos me rodearon y mis pies abandonaron el piso cuando me levantó.

Sus labios dijeron que yo era suyo justo antes de besarme.

Terminó de romperme con ese beso, sentirlo tan urgido y necesitado me desmoronó… me hizo probar de su amargura y de algo tan intenso… algo muy parecido al dolor y la desesperanza. Sus manos apretándome con fuerza pero son lastimarme, trajeron a mi mente esos momentos del que él hablaba y me hicieron llorar. No correspondí, no pude hacerlo. Simplemente me aseguré de alcanzar las llaves y quitárselas. Sus labios me tocaban como si realmente fuera importante para él, pero… ¿Acaso no eran labios mentirosos? ¿No me habían engañado antes ya?

— Ariel, te quiero… te juro que es verdad. — Agregó cuando se separó de mí.

— ¿Terminaste…? — Le cuestioné, mientras me bajaba de sus brazos — Porque igual quiero que saques tus cosas de mi habitación.

Capítulo 40: Cuando el Pasado Tienen Nombre

16

 

—Lirio de Tigre — Repetí en un susurro. Era increíble como dos flores tan distintas, pueden poseer el mismo olor. Y ambas llevar con tal altivez, su belleza única e irreprochable. Pero mi flor no era una mujer, sino un exuberante hombre joven. Su vestimenta gritaba en silencio la clase social a la que pertenecía.

Parado frete a mí, señaló su pecho… de manera lenta y vocalizando con exageración me dice su nombre. — Martín…

Extracto obtenido del crossover PERORATA SOBRE LA NIEVE.

TERCERA PERSONA

 

Eran las seis y media de la tarde, Ariel había llegado desde hace casi una hora y diez minutos después, había aparecido frente a él su maestro de ceremonia preguntándole si podría entregarle una copia de su discurso.

Se había enterado que debía dar uno… como a eso de las tres de la tarde, así que no hubo tiempo de hacerlo en “forma”, sin mencionar que internamente Ariel estaba hecho un manojo de nervios. No le gustaba hablar en público, según él, se volvía torpe y decía incoherencias — en el mejor de los casos — Porque también había sucedido que se quedaba en blanco y sin posibilidad de articular palabra. Había sido de ese modo en su otra escuela y eso que solo había tenido que decir las efemérides de la semana en una ocasión, y en quinto grado hizo vergüenza publica en las tres ocasiones en las que William lo había obligado a pasar a cantar con él, en los eventos del “día del amor y la amistad” que se realizaban cada año. No es que cantara discorde, por el contrario, se le daba muy bien el asunto, si bien, no tenía voz de tenor, su canto era armonioso y cuidado, contrario al de Will que estar desafinado era el menor de sus problemas.

Pero en esta ocasión era mil veces peor, habría muchas personas importantes. Sus profesores y también los que solventaban su beca. Patrocinadores de escuelas particulares de pintura y gente conocedora que podrían interesarse en él y comprar sus cuadros.

Si bien, ya no estaba en quiebra gracias al trabajo en la fundación. Algo de dinero extra no le caerían nada mal, aunque la idea de vender sus cuadros tampoco le agradaba.

— ¿Ariel…? — Insistió el joven con la mano aun extendida a la espera del discurso.

— ¿Sí…?

— Tu discurso… necesito una copia. — Explicó.

Avergonzado por la situación pero sobre todo por tener que enseñar la hoja de libreta llena de tachaduras y maltrecha que sacó de la bolsa de su pantalón, y que le extendió al chico, quien parecía que en cualquier momento se echaría a reír.

— ¡Lo siento! — Se disculpó mientras le entregaba la hoja. — No sabía que tenía que dar un discurso y yo…

— Esta bien…— Aseguró el chico interrumpiéndolo. — Eres pintor no catedrático… si tú le entiendes a esto… — Agregó mientras miraba el “intento” de discurso escrito. — Entonces no hay problema.

Ariel se limitó a asentir y el chico le regaló una sonrisa amable. — Por cierto… — Le dijo volviendo sobre sus pasos hasta quedar de nuevo frente a él. — ¡Tranquilo! Ninguno de los de allá afuera va a morderte… no, si tú no quieres. — La carcajada que soltó dejó descolocado a Ariel.

Pero lo dejó pasar.

Había otras cosas que también le preocupaban. Aún no llegaba ninguno de los Katzel o sus respectivas parejas. Y entre todos, Damian tampoco estaba ahí… después de la discusión que tuvieron en la mañana, él simplemente se había ido.

 No había sido propiamente una discusión de ellos dos, sino más bien, cuando Ariel se preparaba para venir a la universidad, Damian había aparecido en el pórtico de la casa preguntándole si podía acompañarlo. El menor asintió y ante la ausencia de la moto, caminaron hasta donde el trasporte hacía su parada. Habían pasados muchos días desde la última vez que caminaron ese tramo largo.  Al principio se limitaron a ir el uno al lado del otro en completo silencio, después Ariel intentó sujetar la mano de Damian, a lo que este se hizo un lado impidiéndoselo.

 Ariel le cuestionó el motivo, lo hizo en tono bajo porque Damian parecía muy agitado, casi asustado y no quería empeorar las cosas con él.  Damian se limitó a decir que el menor estaba limpio y él en cambio, no lo estaba. Lo que dijo que no tuvo sentido para Ariel, pero a lo que el mayor se refería cuando dijo que estaba sucio, era que anoche cuando lo dejó, había ido a cazar. No quería tocarlo porque — aunque no literalmente — sus manos estaban manchadas de sangre. Sin embargo, poco o nada le importó a Ariel lo que dijo, pues pese a la renuencia de Damian, lo tomó de la mano y entrelazo sus dedos entre los del moreno.

 Después de eso Damian ya no insistió. Terminaron de recorrer el camino de esta manera y aun cuando ambos se subieron al camión Ariel no lo soltó. A esas horas no había mucha gente que abordara el trasporte, así que optaron por uno de los últimos asientos, Ariel había elegido el que estaba junto a la ventanilla y Damian tomó el otro a su lado.

 El menor estaba aferrado a mantenerse cerca de Damian y aunque no habían vuelto a cruzar palabras, se había recargado contra el costado del mayor, mientras que este le pasó el brazo por los hombros, como si lo abrazara. 

 El trasporte los dejaba a unas cuantas cuadras de la universidad, las caminaron de la misma manera, cogidos de las manos y en silencio. Hasta que unos sujetos, aparentes conocidos de Damian se les aparecieron de frente y comenzaron a provocarlos. Se burlaban porque Damian llevaba de la mano a Ariel. Pero el verdadero problema fue cuando uno de ellos intentó tocarlo. Entonces toda esa inusual pasividad que el moreno había demostrado hasta el momento, quedo reducida a cenizas.

 Damian puso a Ariel tras de su espalda y lo que empezó como sin palabras vulgares y de burla, el moreno lanzó golpes certeros contra los que no pudieron defenderse. Los estudiantes que transitaban por el lugar y los dueños de algunos comercios sobre la avenida, se detenían a mirar, pero nadie hacía nada por detener a Damian. Ariel se lo había pedido, pero al darse cuenta de que estaba siendo ignorado, decidió dejarlo. Que se hicieran pedazos si querían, pero él no planeaba quedarse a mirar.

 Se apresuró a llegar a la universidad y se sintió un poco más tranquilo cuando se reunió con los chicos del taller de pintura, Bianca saltó a sus brazos al verlo y Axel, quien estaba de vuelta después de casi una semana de ausencia debido a una severa tos, se les unió. Las cosas entre ellos estaban tensas aun, pero Axel se le acercó como si nada y también lo brazo. Ariel de inmediato rechazo su gesto, pero fue cuidadoso para que Bianca no se sintiera incluida en el rechazo. Hicieron un intercambio de palabras en las que Axel le dejaba en claro que estaba enterado de lo del video, Ariel lo miró con frialdad, pero la repentina presencia de Sedyey le complicó todo.

 Entendía y agradecía que Sedyey estuviera preocupado, pero ventilar sus problemas no era lo que Ariel pretendía. Así que le pidió que hablaran en privado, iban a alejarse del grupo cuando Damian llegó y Ariel terminó en medio de ambos. Debía tomar una decisión y no tuvo que pensarlo mucho, cuando Sedyey lo sujeto del brazo para alejarlo de Damian, este se deshizo del agarre, le dijo que hablarían después y fue a encontrarse con el que le miraba desde el enrejado.

 No pretendía cometer el mismo error, quería darle la seguridad a Damian de que sin importar que o quien, Ariel lo elegiría a él, solo a él.

 Se produjo entonces un dialogo incomodo, en el que Ariel le preguntaba si se encontraba bien y Damian lo mal miraba pero asentía. Entonces él le reprochaba el exceso de atención del que estaba siendo objeto. Y Ariel volvía a tomar su mano, mientras le decía que ninguno de ellos le importaba. Sus palabras lograron el efecto que quería, pues al instante Damian destenso el cuerpo e intentó ocultar una sonrisita traviesa.

 — ¿Me acompañaras en la noche? — Preguntó Ariel y Damian respondió un simple “tal vez”.

 Como no era la respuesta que esperaba, Ariel exigió una explicación que fuera validad, pero Damian solo dijo que no le gustaban los museos. — ¿Y no puedes hacer un esfuerzo por mí?

 — Lo voy a pensar… — Respondió el moreno, pero su actitud decía que en su negativa había algo más que desagrado por los Museos.

 En ese momento Ariel lo dijo sin pensar… pero a las horas, era tarde para arrepentirse, pues ya lo había hecho y también fue muy claro. Si Damian no llegaba a brindarle su apoyo, entonces, daría por finalizado lo que sea que tuvieran.

 No quería hacerlo, la vida entera era testigo que lo que menos deseaba era renunciar a Damian, pero las cosas habían tomado un rumbo difícil que sabía, no debía caminar a ciegas.

 

—  Amor… creo que te preocupaste en vano. — Dijo alguien detrás de él, haciendo que momentáneamente olvidara sus dilemas amorosos.

Se giró para mirar y se encontró con la deslumbrante sonrisa de Gianmarco. Le fue imposible no corresponder a ese gesto, pero tampoco pudo evitar mirarlo con cierto embeleso. El mayor ensanchó la sonrisa y le dedicó una caricia rápida en el rostro con la espalda de sus dedos. Le había visto acariciar de esa manara a Samko, pero nunca pensó que también lo tocaría a él de ese modo.

— ¡Wooou! — Exclamó Samko llegando junto a ellos. — Así que en efecto… me preocupe en vano. — Frenó a toda su comitiva que iba justo detrás de él. — Chicos… ya nada de esto va a ser necesario.

Gianmarco apartó la mirada de Ariel para posarlo en Samko y sin realmente quererlo, él le imitó. Había unas seis o siete personas detrás de él, con diversas bolsas, mientras que Samko sostenía lo que parecía ser un traje.  — Juro que por un momento creí que vendrías con Jeans y sudadera… —    Comentó mientras se acercaba a él y también le acarició. — No es que este mal, pero ahora también eres un Katzel y debes lucir como uno…

— Pues creo que se ve muy bien… — Comentó Gianmarco y volvió a bajar la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los de Ariel, quien de nuevo le miraba como si tuviera frente a él a algún tipo de ídolo profano.

— Me encanta cuando te mira de esa manera… — Agregó Samko divertido. — Me hace sentir que soy afortunado de tenerte…  Anda, regalale un beso antes de que se cuaje frente a ti.

Gianmarco se carcajeó y dando un paso hacia adelante hizo el gesto de querer acercarse y besarlo, pero Deviant, quien venía llegando, se movió más rápido y haló a Ariel por la espalda de su traje, haciéndolo retroceder hasta que casi lo echó a los brazos de James.

— Ya tienes a nuestro Sam y ahora… ¿también quieres a Ari…? — Cuestionó.

No lo había dicho en mal plan, pues al decir nuestro Sam… le hacía saber que reconocía su relación y la aceptaba. Pero también le dejó en claro, que en lo que se refiere a Ariel, debía mantener su distancia.

— También me da gusto verte Deviant…

Cuando iban a saludarse el mayor de los Katzel fue el primero en levantar la mano para estrecharla, pero Gianmarco tenía otras costumbres, así que lo atrajo hacía él de tal manera que sus estómagos quedaron juntos y beso su mejilla derecha, después la izquierda.

Han detrás de ellos carraspeó y le quitó de entre las manos a su Deviant. Pero Gianmarco de nuevo se movió rápido y atrapó en esta ocasión a Han y de la misma manera lo beso. — También a ti me da gusto verte…

James intentó huir de los mimos cariñosos del mayor, pero aunque con mucho más respeto que con los otros dos, también lo beso.  James prefirió centrar su atención en Ariel, quien le miraba fijamente. Estaba enterado de todo y le sonrió al notar su preocupación. Fue una sonrisa disimulada, solo para ellos dos.

Ariel se sentía en las nubes con los halagos que recibió de los Katzel, cuando miraba a Gianmarco — algo que sucedía con frecuencia — su mente quedaba en blanco. Hasta que Deviant lo notaba y tras cada vez, lo aventaba a los brazos de James.

Quien también había notado el efecto que Gianmarco tenía en Ariel. Internamente le molestaba, le ponía celoso, aunque no podía negar que Ariel también lo miraba a él de una manera especial. Pero mientras a Gianmarco únicamente lo miraba desde cierta distancia, como admirándolo. A él lo tocaba, aun sin motivo. Buscaba un contacto aunque fuese sutil. Y de cierta forma, algo así lo calmaba.

Para Ariel, mirar a James era pensar en Damian. Y hacerlo ahora era también ponerse triste.

— Vendrá… — Le dijo James, entendiendo su expresión. — ¿cierto? — Preguntó buscando el apoyo de los demás. Pero curiosa y tristemente los cuatro guardaron silencio. Se miraron entre ellos sin saber que decir.

Los ánimos de Ariel quedaron muertos y enterrados.

— Bueno… él no viene a estos lugares… — Comentó Deviant intentando disculparlo.

— No se siente cómodo en los lugares donde hay mucha gente. — Le hizo segunda Samko.

— ¡Es absurdo! — Bufó James sintiéndose enojado. — Si vino con esa persona porque no acompañarlo en este momento que es tan importante para él.

Eran muy contadas las veces en las que James perdía el control y hablaba de más, pero cuando Deviant y Samko lo traspasaron con la mirada, supo que había metido las cuatro patas. Han prefirió mirar hacia otro lado y Gianmarco le imitó.

— ¿Qué otra persona? — Preguntó Ariel en voz baja. Lo preguntó al aire porque a juzgar por sus expresiones, entendió que todos ahí, estaban enterados del asunto. — ¿James…?  — Presionó dirigiéndose a quien lo había iniciado todo.

— No debí decir eso… disculpa. — Respondió con simpleza y se incorporó del asiento improvisado que usaba, Ariel estaba acostumbrado a que Damian evadiera ciertos temas y demostrara esta actitud esquiva, que ahora comprendía, era de familia. Y en la lucha por confrontarlo había ganado ligereza. Razón por la que James no pudo huir.

— ¿Vendrá sí o no? — Le preguntó con dureza.

— ¿Qué se yo? — Respondió con otra pregunta. — Ya debería estar aquí… ¿No tienes suficiente respuesta con eso?

— ¡James! — Por primera vez Han entró en escena reprendiéndolo por la forma tan punzante en la que le habló al menor.

Por acto-reflejo Ariel retrocedió apartándose de él. En los últimos días había comprobado que esta forma de hablar iba siempre acompañaba de algún empujón que lo haría terminar en el piso. A ninguno de los presentes les pasó desapercibido el miedo que de la nada inundó al menor, mismo que quiso ocultar, pero ya era tarde.

— Fue alguien de su pasado… — Atajó Deviant. — Damian y yo habíamos venido a ver la remodelación que se le había hecho al Museo, a él de por sí no le atraían estos lugares, pero acepto venir conmigo. Y bueno… — Dudó. — Aquí lo conoció.

— Pero ya es pasado… — Interrumpió Samko. — No debes preocuparte, ya no importa. Mártin se fue y jamás va a volver.

— ¿Conocen a todos los pasados de Damian por sus nombres…? — Quiso saber, los miró a cada uno y le bastó el silencio. — Eso creí… — Aseguró. — No volvió al museo después de esa vez… ¿cierto?

— ¿Ariel…? — Intervino Sedyey, apareciendo por entre las cortinas. — Ya vamos a empezar… — Anunció mientras terminaba de llegar a su lado.

— Sedyey… — Dijo Deviant con desdén.

— Deviant… — Le imitó el tonó de voz, pero hubo algo más. Lo miró de la cabeza a los pies como si fuera poca cosa.

— ¿Algún problema Fosket? — Intervino Han, él no iba a permitir que nadie sobajara a la razón de su existir. Pero Sedyey simplemente le ignoró y centró su atención en Ariel.

— Así que… casi todos están aquí… — La forma en la que lo dijo hizo que Ariel bajara la mirada. — Ya tienes su respuesta, espero que esta vez la entiendas…

— Lo mismo digo… — Desde las escaleras otra voz se unió a la conversación, no hacía falta voltear para saber de quien se trataba.

— Por supuesto… — Respondió Sedyey con ironía, se sentía un poco más seguro de que con tanta gente, él no se atrevería a armar un escándalo. — Damian Katzel está aquí… — Dijo esto último mientras se alejaba.

Damian terminó de llegar hasta donde su familia lo esperaba. Los saludó a unos con más efusividad que a otros, pero no hizo de menos a nadie. El único que no se acercó, fue precisamente por quien estaba ahí.

Se veía esplendoroso con ese traje completamente blanco que de seguro resaltaba sus ojos bonitos, Damian casi podía imaginarlo, pero quería constatarlo. Sin embargo, Ariel mantenía el semblante decaído y la mirada baja. Le pareció un poco extravagante la indumentaria, pensó que se encontraría con su bosque nevado de siempre, pero hoy no había ni la sudadera con los Jeans de color, ni las botitas que tanto le gustaban.

Contrario a eso, saltaba a relucir el cuidado que había puesto en cada aspecto de lo que esa tarde llevaba puesto. Le gustaba lo inmaculado que se veía, y se sintió satisfecho de saber que más de uno le envidiaría a su pequeña joya.

— Se me hizo un poco tarde… pero no es para que te pongas así. — Lo soltó más por decir algo que porque tuvieran sentido sus palabras. Se atribuyó el descontento de Ariel, quizá por la costumbre o porque en el fondo, sabía que había llegado tarde de manera intencional.

Ariel no se movía… pero internamente era otra cosa. Ardía de coraje, los celos le consumían el alma y el orgullo. Lo que le estaba sucediendo no era normal en él, estaba errático. Apretaba con fuerza sus dientes intentando disimular, pero se veía tenso, demasiado tenso… para alguien como él.

Estaba contando pero no recordaba cómo es que del número doce ya iba en el sesenta y dos… pero seguía igual de molesto. No… Estaba mucho más enojado que cuando empezó a contar. Sentía la mirada de los ahora, seis frente a él, pero eso ya no importaba.

Damian tenía un pasado que era especial. Y eso le ardía en cada poro de la piel. Detestaba la idea, porque ese hombre frente a él era suyo, y no quería que nadie más rondara su mente ni sus recuerdos.

— Está a punto de explotar… — Anunció James y en efecto. Ariel levantó la mirada y la centró en Damian, era una mirada distinta a las que solía dedicarle. Fría, dura… lo traspasaba como si fueran espadas. Estaba culpándolo y con los ojos le exigía borrar ese recuerdo. Olvidar para siempre a esa persona.

Damian pudo sentir en su cuerpo el enojo de Ariel como si fuera suyo, lo olía… incluso James lo tentó aunque en menor medida. No era normal, lo supo cuando su lobo se agitó a en su interior, como si el animal ya no tuviera voluntad y fuera Ariel el que lo controlara y le obligara a agitarse tanto.

— ¿Quién es Mártin? — Lo soltó de golpe y con la voz cargada.

Los cinco alrededor de Damian se abrieron como apartándose del asunto. Y sus miradas pasaron de estar sobre Ariel a posarse sobre el rostro del moreno. Quien no supo que responder.

Todo estaba sucedido tan rápido que en un primer momento le fue imposible seguir el hilo de esa conversación. — Te hice una pregunta… responde. — El tono de orden seguido de esa nueva postura deliberadamente impositiva, sorprendió a los presentes.

¿Quién era este nuevo Ariel que presa del más intenso sentimiento de celos casi gruñía de la furia mientras enfrentaba a Damian? ¿Qué había sido de esa mirada tierna que ahora se enmarcaba en un rojo intenso producto de tantas sensaciones?

Y mientras uno se removía en su bilis, el otro admiraba la trasformación del que siempre creyó, un chico dulce. Por la mente de Damian pasaron muchas cosas, desde que casi le aplaudía al menor… porque si el Ari que siempre le sonríe era adorable, habría que ver la pequeña fierecita que tenía frete a él en estos momentos. Hasta esa otra parte suya en la que estaba tan sorprendido como todos los demás. Porque Ariel estaba fuera de sí, completamente irascible hasta el punto de que los dientes le castañeaban del coraje. — ¡Responde!

— ¿Qué cosa…?

— ¿Quién es Mártin? — Ahora que por fin le escuchaba, la mención del nombre le trajo a la memoria un momento de su pasado que parecía haber olvidado a voluntad.

O quizá no…

Una cabellera negra y revuelta, ojos intensamente grises con vilos azules que se asemejaban a pequeñas arañitas que tejen hacía abajo. Un cuerpo estilizado, labios finos y exquisitos… de los que bebió de la dulce agua del placer. Un par de muslos firmes y torneados en los que se enterró menos veces de las que hubiera deseado. El olor de una flor ártica en un cuerpo sublime, tibio y joven.

Un efímero momento en su vida en el que fue feliz… alguien que entre mentiras y medias verdades le exigió ser paciente por uno solo de sus besos y le enseñó a que en la vida no todo se puede y debe hacer a su antojo. Que también le obligó a ser educado, a procurar el placer de la otra persona con la finalidad de que ambos lo disfrutasen.

Mártin había sido de lo más fino que se había dado el lujo de disfrutar, alguien especial que creía no recordar pero que ahora comprobaba que seguía muy vivo en sus recuerdos, aunque de su partida ya habían pasado varios años.

Inconscientemente dejó escapar un suspiró y esa fue la primera cachetada figurada que recibió Ariel, por parte de Mártin… Su primera victoria frente a él.

La primera vez que se sintió derrotado por alguien a quien ni siquiera conocía.

¿Quién viene, coquetea con su moreno en un museo, se acuesta con él y se queda aunque se haya ido? ¿Qué derecho tenía ese de ser un vivido recuerdo en la memoria de la persona que él más quiere? Y la respuesta no haciéndose esperar, saltó al aire… Todo.

Mártin tenía todo el derecho de ser alguien en la vida de quien el quisiera por el simple hecho de desearlo. Porque Martín Ámbrizh como realmente es su nombre — siempre mal pronunciado por los Katzel— era el tipo de persona al que nadie le dice “No”. Aun que seas un hombre gruñón que se convierte en lobo a voluntad. Si lo sabía Damian que lo atrapó desde el primer momento en que sus ojos lo miraron.

— ¿Te diviertes recordándolo…? — Ariel se había acercado más, su rostro completamente rojo de coraje parecía irreal. Las palabras le habían salido cargadas y lentas. Los ojos le brillaban furiosos y sin darse cuenta había apretado sus manos volviéndolas puños.

Jamás… ni siquiera de chiste Damian pensó que algún día se sentiría tan en peligro delante de Ariel, como lo sentía ahora. Sabía que era él… su bosque nevado, pero simplemente no podía reconocerlo.

— No sé de qué hablas… — James negó lentamente con la cabeza, ante la respuesta de su hermano.

Ha decir verdad, todos esperan un poco más de Damian. Negarlo con tanta ligereza a estas alturas estaba de más. Y tampoco se trataba de que hubiera puesto especial empeño en que Ariel no lo notara.

— Te lo preguntaré una vez más…

— Te escuché perfectamente… — Rebatió Damian, pero para sorpresa de los presentes, incluso para el propio Damian, Ariel ni siquiera pensó en intimidarse.

Estaba cabreado y si hoy iba a correr sangre no sería únicamente la suya.

— ¿Quién es…?

— Un conocido… — Respondió como si nada. Como no dándole importancia al asunto de Mártin.

— ¿Y por qué lo conociste? — Pero Ariel estaba muy lejos de simplemente quererlo dejar pasar.

— ¿Estas celoso? ¿Es eso…? — Lo preguntó con ironía mientras se reía. Pero internamente, también se estaba enojando.

— Es más que simples celos por un perfecto desconocido que poco o nada me interesa… — Hubo un odio irracional en cada una de sus palabras, era como si de un segundo para otro Ariel hubiera aprendido odiar y lo estuviera dejando salir sin poner límites.

— ¿Estás seguro que no te interesa? ¿Por qué entonces haces tanto drama?

— Porque tuve que sentirme miserable por un simple beso que me fue arrebatado a traición… me gritaste, me empujaste y me hiciste daño solo por eso… mientras que tú… te atreves a conservas recuerdos amorosos de quien sabe qué tipo… ¿Quién es peor? ¿Tú o yo?

— Si no estás a gusto porque no simplemente das la media vuelta y te largas… — Se lo gritó a la cara y en efecto, de nuevo lo empujó.

Ariel trastabilló pero logró mantener el equilibrio.

— Damian ya basta… — Intervino Deviant.

— No… no fui yo quien lo empezó. — Aclaró mientras que con una seña le ordenaba a su hermano que no se metiera. — ¿Quién te crees que eres para cuestionarme por mi vida?

— No es por mí que no tengo un título por el cual llamarme. — Su valor había menguado, pero el coraje seguía fresco y latente en su interior. Aun si de antemano sabía que con Damian siempre tenía las de perder, no por ello pensaba quedarse callado.

— No vales tanto como para decir que eres algo de mí…

— ¡Damian! — Fue en turno de James pero al igual que con Deviant, se le ordenó no interrumpir.

— ¿Y qué te hace pensar que tu vales más que yo…? ¿Por qué de nuevo me hablas de esta manera…? ¿Dónde están todas esas palabras amables que me decías anoche…? — Eso último logró desarmar al mayor. Ariel lo había dicho como si se burlara de sus palabras y por muy orgulloso que fuera, lo había herido. — ¿Qué es él sobre mí para que guardes en tu memoria un buen recuerdo suyo, mientras que a mí, que estoy aquí… contigo… me hablas como si significara nada?

— ¿Pero quien te dijo a ti que tu siquiera significas algo en mi vida…? — La sátira con la que habló logró herir a Ariel. — Estoy contigo porque no tengo nada mejor que hacer.

— Vete Ari… — Le pidió Han. — No lo escuches.

— No te metas… — Bufó Damian.

— Eres un cobarde… — Dijo Ariel, aunque con la voz rota y los ojos inundados prefirió enfrentarlo, si era verdad que esto iba a terminar, pues que sucediera de una vez por todas. — Y un mentiroso, un maldito mentiroso.

— Y tú eres un niño estúpido… ¿Creíste que te quería para algo serio? ¡Por favor! No seas ridículo. — Casi se lo escupió a la cara y Ariel se mantuvo firme aun si por dentro se desmoronaba. — Tú no puedes si quiera compararte con él…

— Eso no es verdad… — Negó James mirando fijamente al menor. — Vete… no tiene caso que escuches todo esto. — James casi lo tomó de la mano dispuesto a dirigirlo a cualquier otro lugar lejos de aquí y por alguna extraña razón, Ariel cedió ante él.

Intentó irse… pero aun cuando le dio la espalda Damian continuó hablando.

— Mártin si era un hombre de verdad, no el intento de ser humano que eres tú. Su apariencia era irreprochable, era fino, culto… no un niño mimado que ni siquiera sabe lo que quiere de su vida. En el sexo… — Hizo un sonido lascivo con los labios que hizo que Ariel se frenara y soltó de James. — Sabía lo que hacía. Supo llenarme, complacerme… Se movía con fiereza. El mejor sexo de mi vida lo tuve con él…Tú ni siquiera en la cama eres bueno.

Por delante de Ariel, apareció Taylor. Había ido a buscarlo porque en poco tiempo le tocaría dar su discurso. Vio el rostro inundado de Ariel y escuchó gran parte de lo que Damian le decía.

— Eres todo un fracaso, no me sirves para nada. — Agregó. — Lamento tanto que Mártin se haya ido… él sí valía la pena en todos los sentidos, no que tú… me arrepiento de ti, me das vergüenza…

Más que todas las cosas que habían sucedido en los días anteriores, esto le dolió. Por primera vez en sus diecinueve años de vida, Ariel sintió lo que es tener un corazón roto. Vio lo inútil que eran sus sentimientos hacia Damian, él no lo valoraba ni le interesaban.

Su orgullo y su dignidad terminaron pisoteados y heridos. Sin embargo, se volvió sobre sus pasos y sin importarle que los demás lo vieran llorar se acercó hasta Damian, quien al mirarlo en ese estado, se detuvo de lo que decía…

— Contéstame una sola cosa… — Pidió. — ¿Y él… él que es tan perfecto, también te quiso si quiera la mitad de lo que este fracasado te ha querido? — Damian contuvo el aliento sin poder ocultar su sorpresa… ahí estaban. Las palabras que tanto había querido escuchar. — Espero que sí… — Agregó Ariel, mientras se quitaba las lágrimas de los ojos con más fuerza de la necesaria. — De corazón Damián, espero que sí… porque conmigo se acabó.

 

 

 

NOTA:

Martín Ámbrizh es propiedad de la autora Angélica Morillo y es el protagonista de su novela PERORATA DE UN MALCRIADO ENAMORADO.

De la relación que Martín sostuvo con Damian próximamente podrán leerla a través del Crossover PERORATA SOBRE LA NIEVE. El cual ha sido escrito en colaboración con la autora. Extendiendo una invitación abierta a que se tomen el tiempo de conocer a Martín, no dudo que el igual que yo, terminaran amándolo.

Capítulo 39: Viento y Nieve

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viento-y-nieve

 

ALMA GEMELA

Elegí estar unido a él mediante un estrecho lazo mutuo.

          DAMIAN

 

Existen tantas cosas en este mundo que escapan de nuestra imaginación o de lo que quizá seriamos capaces de racionalizar, comprender y sobre todo aceptar. Seres de luz y de oscuridad. Otros tantos de los que la mayoría cree que son solo cuentos o leyendas sobrenaturales… paranormales.

Seres que parecen haber sido sacados de un mundo ilusorio… Pero que el hecho de que no se crea en ellos, está lejos de significar que no existen. Que no estén a nuestro alrededor, observando todo lo que sucede y tomando participación en cada evento de lo que nos sucede.

Yo mismo soy parte de ese grupo.

Ni humano ni animal… sino una extraña y perturbadora mezcla de ambos. Sentidos más desarrollados, rapidez, fuerza sobrenatural, imposibilidad de morir con la misma facilidad que un humano. Inmune a enfermedades, una memoria fotográfica que almacena todo, temperatura corporal inusual… y pese a todo, cuando regodearme de esto dejó de ser suficiente para mí. Cuando transformarme a placer en una bestia descomunal, ya no era tan interesante… Cuando traficar con personas y matar perdió lo emocionante y la adrenalina ya no recorría mis venas, ni me embargaba ese sentimiento de éxtasis que se había vuelto adictivo para mí.

Entonces… se me ocurrió la loca idea de meterme en asuntos oscuros.

Mucho más oscuros…

Busqué a los que sabían de esos temas y aprendí. Fue sencillo, esos “seres malignos” me habían acompañado desde que nací, era visibles a mis ojos pero hasta ese momento, había intentado pasar de ellos, ignorar que me reconocían como uno de los suyos. Hasta que les puse nombre y con un solo llamado terminamos miráramos de frente.

Y lo que normalmente toma toda una vida saber, me descubrí manejándolo en pocos años.

Como siempre… no puse límites.

Hice promesas que cuando el tema me aburrió y opté por algo distinto, se volvieron mandas incumplidas… ¿Las consecuencias? Castigos, penitencias que no se olvidarían hasta que fuesen saldadas. No le di la importancia ni el respeto que merecían.  Incluso, por algún tiempo fue gracioso pensar que había una sucesión de no-vivos detrás mí, llamándome a cuentas. Pero conforme mi vida, paradójicamente, se iba llenando de vacío, ellos desaparecieron.

Me fue sencillo deducir que lo nuestro se había vuelto un asunto olvidado.

Al menos, hasta el momento que quisieron cobrarse mi deuda con la vida de James. Entonces el juego perdió la gracia y el asunto se volvió relevante en mi vida. Cuando tuve que enfrentarme a ellos comprendí que el asunto se me había salido de las manos. Que estaban furiosos y que no descansarían hasta arrebatarme de las manos la más mínima gota de felicidad que pudiera poseer.

¿Cómo lo supieron? No lo sé…

Lo que sentía por James fue algo que no hable con nadie. Mi afecto hacía él era distinto al que sentía por Deviant e incluso por Samko. En ese entonces, nuestra relación era pésima… pero eso no cambio en nada mi aprecio.

Sabía que todo se remontaba a los días en los que lo traje. Él fue de las primeras veces que siendo completamente egoísta quise tomar algo para mí. Mi soledad era abrumadora y lastimera, James pese a ser muy niño tenía una mala vida, padres que no lo amaban y que no cuidaban bien de él. Lo vi tan triste y solo… casi tanto como lo estaba yo.

Matar a su padre no me causo el menor de los remordimientos.

Solo recuerdo que James iba de la mano de ese hombre, se sentía seguro con él, sin saber que iba a darlo a cambio de una deuda que había generado intereses cuantiosos. No sé qué me hizo pensar que conmigo llevaría una mejor vida. Esa misma tarde, tres hombres murieron y yo volví a casa de los Katzel con un niñito de cinco años que iba de mi mano, con el rostro sucio por las lágrimas, con frió y hambriento.

Por supuesto… me dijeron que no podía conservarlo. Que era muy joven como para hacerme de una responsabilidad tan grande como lo es tener un hijo. Aunque a esa edad no me veía tan diferente que como ahora, si acaso era unos centímetros más bajo. Pero hice huelga de hambre, y un plantón fuera de la casa.

Me quedé a mitad del jardín, sin importarme si nevaba, con el niño dormido entre mis brazos y mirando con cara de maldito al que se me pusiera enfrente. Adentro, Deviant que para esas fechas tenía casi quince años, intentaba convencer a su padre de que me dejara quedarme con James. Mientras Samko volvía locos a todos con sus gritos y porque no dejaba de llorar por mí. Y aunque con sus casi tres años de edad, era el que menos entendía lo que estaba sucediendo, expresó a su modo, que también quería quedarse con James.

Jean se encargó de todo lo demás. Y pasada una semana vino a mi habitación y me entregó una carpeta con todos los papeles del niño.

— Aunque tiene nuestro apellido… James es tu completa y total responsabilidad. — Me aclaró.

De cierta forma me sentí feliz, aunque estaba inconforme con ciertas cosas… a saber, en cuanto mi nueva responsabilidad vio a Deviant se apegó a él y Han, que ya desde ese entonces estaba detrás del mayor de mis hermanos.

Nuestra relación se fue haciendo distante, mala… No confiaba en mí, me ignoraba por mucho que a mí manera, le buscara. Pero por cada cosa que yo dijera o hiciera se sentía profundamente herido… No sabía cómo debía tratarlo así que pensé en dejarlo.

Sin embargo, él presenció cuando maté a su padre y busqué la ayuda de la bruja para quitarle ese recuerdo. Ella aceptó hacerlo, pero a cambio, nos unió bajo un vínculo permanente que tuvo un significado especial para mí. Ni Deviant ni Samko eran tan míos como lo era James.

En ese sentido, él era especial y conforme lo vi crecer todo aumento… Supuse que por eso quisieron quitármelo.

Romper un vínculo como el nuestro es muy doloroso. Jamás antes había experimentado tanto dolor… conforme moría, mi vida entera se rompía. Cada fibra de mi ser se quebraba.

Recuerdo ese día como si hubiese sido ayer…

Había ido a una excursión por parte del colegió, Deviant y yo le firmamos el permiso para que asistiera. Pese a su forma de ser tan reservada, era popular entre sus compañeros, todo el tiempo estaba rodeado de muchos amigos. Debido a su salud, no lo dejamos viajar pero esa vez, ambos cedimos porque se veía muy emocionado con la posibilidad de ir.

Deviant le había dicho que le llamaría cada cuatro horas para asegurarse de que estuviera bien. A todos nos pareció una exageración pero nadie hizo reparos en ello, ni siquiera James.

Por Deviant supimos que todo en cuanto al viaje, había ido lo que le sigue de bien. Aunque solo se había ido el fin de semana, se hicieron planes para su regreso, como era el favorito de Deviant, todos nos reuniríamos a ver las fotos que James había tomado durante el viaje. Sabíamos que llegarían a eso de las siete de la noche y le esperábamos en la casa.

Sin embargo, de vuelta a Sibiu, se produjo un accidente que ninguno de los cuarenta y dos estudiantes y cinco profesores, pudieron explicar… Cruzaban el puente Strada Sașilor para salir de Avrig, todo estaba bien, la excursión los había dejado exhaustos y la mayoría de los chicos dormían.

De la nada, porque no había más autobuses ni carros particulares en el carril derecho… algo golpeó el lado izquierdo del camión con tal fuerza que le sacó del camino y le obligó a irse contra los muros de contención. El chofer maniobró para evitarlo, pero poco pudo hacer, derribó parte del muro y más de la mitad del autobús quedó suspendido en la nada. Eran aproximadamente unos treinta y cinco metros de altura hasta el río que cruzaba debajo. 

Hubo poco tiempo para sacarlos a todos…

Los que estaban más heridos fueron los primeros en bajar, mi hermano en cambio, fue de los últimos. Un chico de su clase, él y uno de grado mayor se habían ofrecido para sacar a los demás. Sin embargo, cuando fue el turno de James para salir, las puertas se cerraron de la nada y tan de improvisto que terminó estrellándose contra el cristal y perdió el conocimiento. El camión se inclinó hacia atrás vertiginosamente. Y despeñó rio abajo.

Nadie pudo hacer nada por los tres que quedaron dentro del autobús.

Según me dijeron, su compañero de clase fue el primero en salir, pero de James y del otro chico, no se veía rastros.

Cuando nos avisaron, fui el primero en llegar. Todo lo que sé, es lo que en ese momento me informaron. Posteriormente se fueron añadiendo otras cosas.

Dicen que tardaron demasiado en salir, que James ya no respiraba cuando el otro chico lo arrastró hasta la orilla del rio. El agua estaba helada y ambos tenían heridas de cierta gravedad. Pero que esa persona no lo abandonó, que lo auxilió hasta que James empezó a respirar y aun después, se quedó con él.

Cuando lo busqué, James estaba siendo atendido en una de las ambulancias y a su lado se encontraba quien le había cuidado. Un acérrimo enemigo de la familia al que le estaré agradecido el resto de mi vida… Taylor Fosket. 

 

Después de una recuperación larga, pude obtener su versión de los hechos. La razón de las marcas que habían aparecido en el cuerpo de James y los seres que le atormentaban en sueños. Y que Taylor también había visto.

Por lo que sucedió, intenté redimirme. Primero agregué un segundo amuleto protector a su muñequera y traté de cumplir las mandas, pero ya no era eso lo que buscaban de mí.

Querían más…

Y cada cierto tiempo, esos seres portadores de una maldad sin límites, tal y como lo soy yo… me hacían visitas.

Me recuerdan que la vida que estoy tratando de llevar, es una farsa. Que alguien como yo no tiene derecho de poseer tan solo “una décima de amor” y tampoco, menos que todo, el derecho de ser amado.

Su presencia, anuncia noticias terribles… cambios en mí que quizá me orillen a abandonarlo todo durante algún tiempo, hasta que aprenda a controlarlo y de ese modo, no resultar una amenaza latente para mi familia. Enfermedades, caos… otras veces, simplemente me reprochan que me haya alejado del bosque y me obligan a volver. Sus lamentos son por eso.

 

PUNTO… Y SEGUIDO.

Tienes que soltar a uno para poder sujetar al otro.

 

 

TERCERA PERSONA

 

Fue cuestión de segundos para que después de que Damian se desplomara en el piso, su trasformación perdiera fuerza y terminó desnudo en su piel de humano. Su cuerpo seguía tiritando de frío, pero en cuanto su respiración se reguló, abrió los ojos. Y como si algo le repeliera del suelo, se puso de pie y corrió hasta el interior de la casa.

Buscó con que cubrirse y fue escaleras arriba hasta la habitación de Ariel, con la prisa de quien teme haber llegado demasiado tarde. Lo había escuchado antes de perder el conocimiento, ese grito había sido real.

Entró sin cuidado y empujando la puerta sin que le importara si se azotaba. Y ahí lo encontró, justo donde lo había dejado al salir. Pero algunas cosas eran distintas.

Ariel sudaba de manera exagerada y olía a sangre.

Fue hacía él y con más cuidado del necesario lo sostuvo en brazos. Al tacto resultó que su piel ardía. Contrario a la suya que aún conservaba ese frío que mientras estuvo en la sala le había invadido, aunque ahora, lo sentía en menor medida.

Toda la ropa de Ariel estaba húmeda y su cabello se había pegado a su frente formando mechones de los cuales goteaba sudor. Lo acomodó sobre la cama y fue hasta ese momento que notó que había sangrado por la nariz.

Una línea irregular de sangre al chorrear, bajaba desde su nariz cruzando su quijada hasta el cuello. Sus inhalaciones eran muy leves y tardadas y sus latidos se escuchaban inconstantes.

— ¿Ari…? — Le nombró asustado — ¡Ari despierta! — Lo sacudió con suavidad, pero con la fuerza suficiente como para despertarlo. — Ariel… no estoy jugando, debes despertar… — Agregó con severidad, como si con eso, pusiera sacarlo de la inconciencia.

Por supuesto, no hubo respuesta.

Se arrodilló frente a él y con ambas manos peino hacía atrás los cabellos menor, para despejar su frente. Sin detenerse en reparar en lo que hacía, comenzó a olfatearlo. Era una escena un poco extraña de ver, pero el olor de Ariel había disminuido y Damian pretendía encontrar el motivo.

Temía que se tratara de algo grave. Y de ser así, poco le importaba estar medio desnudo, estaba dispuesto a salir corriendo con Ariel en brazos hasta el hospital más cercano.

Se acercó un poco más hasta que su rostro estuvo sobre el del menor.  Volvió a recorrer su rostro con sus manos mientras le hablaba en susurros. A simple vista, Ariel solo dormía, su expresión era apacible y relajada. Pero interiormente estaba tan exaltado que incluso Damian podía sentirlo.

Le pareció entonces que el menor había pronunciado el nombre de James, mientras fruncía el entrecejo y apretaba con fuerza los ojos un par de veces. Pero no estaba seguro… había sido tan rápido, que para cuando prestó mayor atención, Ariel estaba inmóvil en la cama. Pensó que quizá era una mala jugada de su mente, aun un poco entumida. Pero en su interior, la duda ya le carcomía.

Sabía que tenía razones de sobra para creer que si Ariel se había visto afectado por lo que sucedió, entonces, James también lo estaría.

¿Qué es lo que debería hacer…?

Pensó en dejar a Ariel en la habitación e ir a buscar a su hermano. Pero la sola idea de que esos seres regresaran valiéndose de que él no estaba e intentaran dañarlo, le hizo sostenerlo entre sus brazos nuevamente. Decidió que lo mejor era llamar a Deviant para que él buscara a James.

Con eso en mente, bajó las escaleras con rumbo a la sala. Dejó al menor sobre el sillón largo, mientras tecleaba con rapidez el número de Deviant. Lo más lógico hubiera sido llamar a James, pero si sus suposiciones eran ciertas, su hermano no pondría atender. Al tercer timbre contestó.

— ¿Ari…?  ¿Qué sucede? — Preguntó alarmado Deviant, el número que aparecía en la pantalla de su móvil era el de la casa de los abuelos de Ariel. Y era inusual, porque el menor solía llamarle desde su número particular.

— Deviant… busca a James… — Ordenó.

— ¿Damian?

— Busca a James y asegurate de que este bien. — La prisa se le notaba en la voz, pero Deviant no seguiría sus instrucciones a menos que se le diera una explicación. Y eso Damian lo sabía perfectamente.

— Si no me dices que es lo que pasa… no lo haré.

— Deviant no es momento…

— Pasame a Ariel. — Le interrumpió.

— Deviant…

— Solo pasámelo Damian… — Exigió.

— Paso algo… — Comentó vencido. — Lo mismo que cuando James tuvo el accidente. — Por primera vez, Deviant guardó silencio y escuchó con paciencia todo lo que Damian le decía. Él se lo había contado en aquella ocasión… y aunque parecía algo imposible, irreal… Deviant no dudó ni un solo segundo que su hermano dijera la verdad. Después de todo, él mismo había comprobado y de primera mano, que esas cosas si existen.

Se preocupó por Ariel, pero Damian le aseguró que se haría cargo de él, pero que no podía sentir a James y por eso le pedía que lo buscara. Ya lo había notado antes, cuando estaba con Ariel, James se le perdía, y viceversa. La Wicca lo había mencionado, no podía estar unido a dos almas. Al menos, no de la misma manera. — Avisame cuando estés con él… y no lo dejes solo. — Le pidió. — Iré a verles mañana, no puedo salir ahora… no es seguro. — Colgó justo después.

***

Deviant salió disparado de su oficina. La forma tan estrepitosa en la que salió, llamó la atención del único que esta tan al pendiente de él… Han.

Lo siguió con la mirada y cuando se dio cuenta de lo que hacía, ya lo había interceptado en el camino. Deviant se asustó cuando apareció frente a él, así tan de repente, que tuvo que frenar de golpe.

— ¿Qué sucede? — Preguntó alarmado.

— Han… ¡Diablos! — Se quejó. — ¿Intentas matarme de un susto? — El aludido se encogió de hombros mientras negaba lentamente.

— ¡Lo siento!  — Dijo — Pero… ¿A dónde vas?

Deviant ya se había dicho que no volvería a caer en lo mismo. Que a partir de ahora, si sus hermanos se metían en líos, dejarían a Han fuera de sus asuntos. No porque no deseara compartirlo con él, sino para no darle molestias innecesarias.

— ¡Nada! — Se limitó a decir.

— ¿Nada…? — Repitió — Pues no es lo que parece… ¿Por qué saliste de esa manera de tu oficina? ¿A quién le marcabas?

— No voy a ir a verme con nadie… si es eso lo que te preocupa. — Agregó molesto ante el tonito que Han había usado al preguntarle.

— Lo sé… pero también sé que algo pasa… ¿Se trata de Damian? — Deviant negó. — ¿Samko…?

— Solo tengo algo que hacer… lo recordé de repente.

— ¿A estas horas…?

— Me tengo que ir… — Dicho esto, se dio media vuelta y salió por la puerta del frente.

Han sabía que tenía que ver con sus hermanos, solo ellos tenían el poder de alterarlo tanto. Y también sabía que Deviant ya no pensaba hacerlo participe de esos asuntos. Pero si no se trataba de Samko y tampoco de Damian, entonces tenía que ver con James y él como padre sustituto tenía todo el derecho del mundo de saber lo que le sucedía.

Con eso en mente se quitó el mandil y con voz al cuello le pidió a Ness que se hiciera cargo de la barra. Quien por cierto, no tuvo tiempo de siquiera, intentar negarse. Porque cuando quiso hacerlo, Han ya no estaba.

Pensaba que el hecho de que fueran amigos, no le daba el derecho de que le cargara mano. Pues para esa noche, se proclamaba ya… con suficiente trabajo. Pero igualmente, fue por las cosas que Han había dejado sobre la mesa y se dispuso a atender a toda la gente que esperaba por sus bebidas.

— Yo conduzco… — Anunció mientras le quitaba las llaves de la manos. Deviant lo miró con aprensión, porque nuevamente se le había aparecido de la nada, asustándolo.

— Han… estas en horas de trabajo.

— Ya conseguí acostarme con el dueño, eso era lo único que quería cuando acepté este trabajo… así que si quieres puedes correrme. — Lo dijo a modo de broma, pero al mismo tiempo, dejándole en claro que estaba resuelto a acompañarlo.

Deviant lo insultó cariñosamente y aunque intentó mostrarse ofendido, la sonrisa discreta que surcaba sus labios se lo impidió. Aún estaba preocupado por James, pero eso no impedía que agradeciera el apoyo de Han.

Le dijo que irían a buscarlo a su departamento, y mientras Han conducía Deviant intentaba llamarlo de nuevo. Después de varios intentos una mujer atendió la llamada. Al mismo tiempo se preguntaron quien eran. Y Deviant se presentó como el hermano mayor, a lo que la mujer contestó que era una amiga.

Le dijo entonces… que algo malo le había ocurrido a James, que estaban en una fiesta dos pisos arriba del departamento del menor. Y que de la nada, él se había desplomado y desde entonces continuaba inconsciente.

Le explicó también que llamaron a una ambulancia y que no tardaría en llegar para llevárselo. Y en efecto, cuando ellos llegaron ya lo tenían en una camilla. Lo estaban atendiendo y ya estaba despierto, aunque parecía aturdido.

Deviant mintió diciendo que a veces le pasaba, que solo debía darle su medicamento y que estaría bien. También dijo que Han era su doctor familiar y que él se encargaría de todo. Pese a la renuencia de los paramédicos, no permitió que se lo llevaran al hospital. Sino que lo bajó de la camilla y lo metió en la parte trasera del auto. También resguardó la puerta hasta que dejaron de insistir con eso de que debían llevárselo al hospital. Han a su lado, intentaba ser útil, aunque no sabía de qué iba todo esto.

Para cuando Deviant dijo “vámonos”, él apenas y si se tomó el tiempo de abrirle la puerta del copiloto, esperar a que se acomodara y cerrarla de nuevo, para casi correr hasta su lugar y emprendieron la marcha.

— ¿Qué fue lo que le paso…? — Preguntó Han, mientras conducía con rumbo al departamento de Deviant. — ¿Cómo supiste que se había puesto mal?

— Han… necesito que confíes en mí. — Pidió Deviant. — Lo que importa es que James ya está con nosotros.

— Yo también necesito que confíes en mí… — Rebatió en tono bajo. — No se ve bien… esta pálido y no deja de quejarse de ese dolor de cabeza. — En efecto, James se había hecho bolita sobre el asiento sosteniéndose la cabeza y se mecía de adelante hacía atrás.

— Damian me llamó y me dijo que lo buscara. — Respondió.

— ¿Cómo lo supo él? ¿Acaso no está con Ari?

— Él se lo dijo… — Confesó rendido.

— ¿Ariel? ¿Y cómo lo supo Ariel?

— No lo se Han… Damian nunca da demasiadas explicaciones.

— Voy a vomitar… — Anunció James y el auto freno de golpe.

 

LA BESTIA NEGRA

Los que saben lo llaman trastorno limítrofe de la personalidad.

          DEL AUTOR A DAMIAN

 

¿Qué es lo que sucede contigo…?

                Algunos de los lectores se l

o preguntan, inclusive tú lo haces. Te lo cuestionas después de cada una de tus discusiones con Ariel, o en las noches, cuando él se ha dormido y aprovechas para mirarlo a tus anchas.

Pero no puedes explicarlo… porque ni tú mismo lo entiendes.

Estas irascible y no parece importarte tratarlo con hostilidad… hasta mucho después, cuando te das cuenta que otra vez exageraste, que no debiste gritarle o decirle todas esas cosas que de antemano, eres consiente que lo iban a herir.

No te detienes hasta que frente a ti, deja de pelear y entristece o hasta que pese a estar a tu lado, se queda callado y con la vista perdida en la nada. Sumido en sus pensamientos y encharcado en una melancolía que sabes… lleva tu nombre.

Te aprovechas porque intuyes que sin importar que… lo pasará por alto. Que no te exige que te disculpes y que después de unas horas, si te acercas y le hablas como si nada hubiera pasado te va a seguir el juego.

Pero deberías de considerar que quizá te estas confiando demasiado…

Nada está dicho aún… el rumbo de la historia puede cambiar y tu desaparecer. Y es que Ariel ya no sonríe tanto cuando está contigo. Tiene más momentos tristes de los que puede sentirse feliz o dichoso.

Y lo de esta noche… has ido demasiado lejos.

Culpar a la bestia que llevas dentro ya no es excusa, ni tu carácter defectuoso te exime. Y lo sabes… ¿Por qué ahora lo miras de esa manera?

Lo sostienes entre tus brazos como si fuera lo más valioso y tu mirada lo recorre afligida. ¿Estas arrepentido…? Pues déjame decirte que es muy tarde. Y que estas en serios problemas…

Los seres que te persiguen son solo una parte — por cierto — una terrible y escabrosa parte. ¿Qué es lo que vas a hacer? Todo lo tienes en contra…

  • Tu relación con él se está cayendo a pedazos.
  • Por donde lo veas tienes competencia, sin mencionar que cualquiera de ellos cubriría perfectamente tu sitio, sin tan solo Ariel lo aceptara.
  • Últimamente has estado muy débil. Decidiste ya no cazar y eso está muy bien, pero ir en contra de tu naturaleza te pone voluble.
  • Sabes que algo malo esta por suceder, lo puedes sentir…

Niegas un par de veces con la cabeza y vuelves a las escaleras para llevarlo a su habitación. Pero no lo dejas en la cama, sino que te diriges al cuarto de baño… ahora mismo no quieres pensar en esto, ni lo que sucederá cuando Ariel despierte.

Tienes miedo, pero tampoco lo vas a reconocer.

Con cuidado lo sientas en la tina, intentas que este lo más cómodo posible. Te relaja un poco el saber que aunque su piel aún está caliente, ya no suda… compruebas con cierta alegría que su ritmo cardiaco y sus respiraciones se han regularizado. Y es que logró darte un buen susto.

Mientras el agua va acumulándose y la tina se llena, lo desvistes.

Lo haces con la destreza propia de quien reconoce el terreno que está andando. No es la primera vez que tienes su cuerpo desnudo frente a ti… sin embargo, sientes el mismo nerviosismo que en aquella ocasión. No hay morbo… curiosamente con él casi no lo hubo. Tus sentimientos te pueden, te superan y aunque su desnudes, notoriamente te afecta — consecuencia de los días en abstinencia — lo miras solo lo necesario y lo haces con respeto.

Tampoco entiendes el motivo de esta nueva y extraña actitud pero sabes que con él todo es distinto. Te estiras para alcanzar la esponja y el jabón líquido. Te arrodillas en el piso, pero justo a su lado. Lentamente vas lavando su cuerpo, empezando por sus brazos y hombros. La marca de tu mano en su cuello te hace decaer. Hay muchas y aunque todavía están rojas, sabes que no tardaran en ponerse moradas. Peor aún… sabes que cada que Ariel las vea, le recordaran este momento, de la misma manera que sucederá contigo.

Aun cuando desaparezcan, seguirán estando ahí.

Empapas la esponja en el agua y la exprimes sobre su pecho, repites lo mismo varias veces. Quieres lavarlas como si fueran simples manchas de tinta, pero el agua no va a borrarlas. Finalmente, con el semblante ensombrecido, dejas en el olvido la esponja y lo frotas con tus manos. Susurras su nombre un par de veces, pero Ariel parece estar atrapado en un sueño profundo del que ni tu voz ni tu tacto pueden sacarlo.

Recargas su cabeza en tu brazo y lavas su rostro. Con tus dedos vas quitando los rastros que la sangre al escurrir ha ido dejado, en una línea irregular desde su nariz hasta su cuello. Pones Shampoo en su cabello y frotas levemente. Luchas por no perderte entre tus pensamientos. Pero algunos se cuelan y te hacen dudar… Nuevamente esta esa sensación de vacío en tu interior y sin que lo notes, lo sujetas con más fuerza, como si fuera a evaporarse en la nada… como si desapareciera y nunca más pudieras encontrarle.

Te preguntas porque… Quieres saber que te hizo este “chiquillo” — como sueles llamarlo cuando pretendes hacerlo enojar — para tenerte así de inestable.

Es cierto… a simple vista, Ariel es solo un niño que espera que ciertas partes de su cuerpo terminen de desarrollarse. Sin mucho chiste cuando se enoja, algo débil de cuerpo, aunque con un carácter imposible, así… casi como el tuyo. Pero es mucho más que eso… Él es todo lo que alguna vez deseaste para ti. Todo aquello que quizá no mereces y lo que el destino parece empeñado en quitarte.

— ¡Lo siento mucho! — Susurras mientras le dejas un beso rápido en su mejilla húmeda. — Pase lo que la pase mañana y sin importar que tan mierda pueda llegar a ser contigo. Hoy… siendo solo yo, quiero decirte que te quiero… y que Erdely… jamás voy a olvidarte… jamás.

Te dices a ti mismo que la promesa que acabas de hacerle es de esas que deben cumplirse. Pero si realmente Ariel es tan importante como mencionas… ¿Por qué le haces creer lo contrario?

Verás, encasillarte en un cuadro clínico no fue nada sencillo. La palabra Bordeline no rondó mi cabeza hasta hace poco más de un mes. Hay una gran cantidad de matices sintomáticos en ti. La bestia negra — El titulo te queda como anillo al dedo — la génesis que explica tu inestabilidad en las relaciones interpersonales y tu deficiencia en las amorosas, es nada más y nada menos que la suma de factores y circunstancias que le dieron origen a tu existencia.

Debido a lo que eres, tienes miedo a ser abandonado. Tus relaciones pasadas eran intensas, inestables… idealizas y devaluás a una velocidad sorprendente. Estas confundido… no sabes quién eres cuando estas sin él. Y ante cualquiera que se le acerque te muestras reactivo, dispuesto a estallar. Todos ellos son una amenaza latente que deseas destruir.

Tus sentimientos de vacío se han vuelto crónicos y la única cura es Ariel. Te sientes completo y pleno cuando sus brazos delgados están entorno a tu cuello y él te sonríe mientras te hundes en los pozos azules de su mirada.

Tu impulsividad ha alcanzado niveles nunca antes vistos. Y ni hablar de la ira…

Estas auto-engañándote, tienes miedo de ti… tomas decisiones erróneas como si te pagaran por ello, ya no eres capaz de escuchar, cualquier cosa que Ariel hace o dice en un intento por salvar su dignidad, ofende tu orgullo y tu vanidad. El remordimiento y la culpa te atormentan pero hasta que ya has destruido todo. Tu arrogancia te obliga a herirlo.

Quieres discutir incluso por los pequeños detalles, ves en Ariel a alguien a quien puedes manipular. Lo seduces con tu encanto superficial, pero al no lograr tu cometido estallas de nuevo. Porque él ya comienza a darse cuenta de tus intensiones y no cede con la misma facilidad de los primeros días. Deseas un mundo ideal para ambos, pero tal cosa no existe, lo quieres únicamente para ti pero te atemoriza un compromiso de ese nivel.

Lo quieres… sí, pero también lo ves como una amenaza de la que debes protegerte.

Ariel es cariñoso, complaciente, una buena persona que va por la vida contagiando su buen humor y su energía positiva, que le sonríe aun a las dificultades, y se esmera en volver tu vida más fácil. Todas esas cualidades que te gustan tanto en él, son también, las que te amedrantan casi con la misma intensidad. Por eso levantas la voz, buscas intimidarlo con tus gestos, te comunicas a través de la violencia y la agresividad… intentando convencerlo de que eres tú el que manda.

Te encuentras tan lleno de inseguridad, de rencor… que necesitas dañar y menospreciar a los demás y ante el dolor que provocas te regodeas.

Pretendes enseñarle a obedecerte través de gritos, de castigos… o simplemente ignorándolo. Te aferras a tu zona de confort en la que solo tú eres el rey. Pero él te obliga a salir de ese cómodo asiento, te demuestra que tiene tantos recursos como los tienes tú y que los suyos son incluso más validos que los que algún día podrías llegar a presentar. Te hace frente, te riñe, pelea hasta el cansancio y salvo hoy, nunca antes había optado por responder de forma sumisa ante ti. Pero sabes que no va durar, que quizá al despertar, lo que obtuviste por unos minutos, se pierda… Porque él no es dócil, no se va a resignar.

Ariel es toda una fierecilla y te encanta que sea de esa manera.

 Pero Damian, el no tener la intensión de hacer daño no te disculpa, aunque si es un punto de inflexión para poder cambiar. No te gusta comportarte así con él, pero no sabes hacerlo de otra manera. Pero si tú no cambias, Ariel sí lo hará.

          ARIEL

 

Desperté pasadas las nueve de la mañana, aun así, me sentía muy cansado. Todo el cuerpo me dolía y tenía la garganta reseca. Estaba solo en la habitación y de cierta forma lo agradecí, aunque también hizo que mi corazón se oprimiera.

Todo lo de anoche había sido real, habíamos discutido y él había sido violento conmigo. Mis experiencias pasadas con mi madre me habían enseñado que si ocurre una vez, seguirán pasando. Sobre todo, si no hago nada por detenerlo…

Mi madre me había lastimado en unas muchas ocasiones, papá no le decía nada ni me defendía y yo terminé creyendo que así debía ser. Will en cambio, la enfrentaba siempre e incluso se puso por delante de mí para que fuera él quien recibiera las bofetadas. Por supuesto, mi mamá se detenía. En parte porque no iba a golpearlo a él y en segunda… porque no había una verdadera razón que me hiciera merecedor de un golpe.

Pero Will no estaba aquí para defenderme y me duele. Pero quizá en esta ocasión debía ser yo quien ponga un límite y que suceda lo que tenga pasar.

Mi determinación estaba —según yo — muy bien cimentada. Por lo menos, hasta que lo vi entrar a mi habitación. Entonces mis nervios me traicionaron, bajé la mirada y me encogí entre mis almohadas.

Mentalmente me acusaba de cobarde. Pero las personas, a veces, también se acostumbran a ceder y a tener miedo. Y no es por gusto, pero se vuelve algo normal en nuestra vida. Con mi madre me rendía desde el momento que la veía pararse frente a mí. Entonces, adoptaba la misma postura que ahora y esperaba por lo que en esta ocasión y según ella… hice mal.

Damian llegó hasta el pie de la cama, lo último que alcancé a ver era lo imponente y superior a mí que se veía. Me dejó un mal sabor en la boca y removió sentimientos que creí que al dejar Atlanta, también los abandonaría.

— ¿Tiene mucho que despertaste? — Preguntó en voz baja.

Pensaba que se enojaría si no le contestaba, pero aunque pretendía hacerlo, me era imposible pronunciar palabra. Me limité a negar  con la cabeza, mientras apretaba con fuerza la almohada entre mis brazos.

La palma de su mano se coló por entre los cabellos de mi frente y ante su tacto contuve el aliento. Cerré los ojos con fuerza, inseguro por lo que sucedería a continuación… de un día para otro le tenía un miedo irracional que me dolía en el alma… ¿Volvería a galonearme? ¿Me iba a aventar al piso…? ¿Seguiría humillándome?

Pero aun entre mi mar de dudas, hubo algo que salió a relucir. Su mano estaba fría…

Damian suele tener la piel muy caliente, pero ahora, al contacto con la mía me hizo tiritar. Apartó su mano y por algunos minutos se limitó a observarme. No me moví ni dije nada, me quedé con mi almohada entre los brazos y el rostro escondido.

— Vamos a salir… — Anunció de la nada. — Quiero que Han te revise.

No entendí a qué se refería… Pero cuando dijo que en veinte minutos regresaba, supe que debía apurarme. Me metí a la ducha con la sensación de que había espacios en mi mente. Recordaba haberme quedado en el piso, pero hoy había despertado en mi cama y con ropa de dormir.

Y luego estaba ese extraño sueño… Esas “cosas” que estaban en el patio de la casa. Sus lamentos y la forma en la que parecían hacer sufrir a Damian y James. El otro ser que estaba sentado sobre mi pecho y que intentaba ahogarme. El dolor punzante que me recorrió como si cada uno de mis huesos se partiera a la mitad al mismo tiempo… la expresión de James cuando vimos a Damian convertirse en ese animal descomunal.

No tenía sentido, nada de esto tenía sentido…

Había sido solo un sueño, una pesadilla a la que no debía darle importancia. Sin embargo, mañana le iba a preguntar a Bianca, a ella le gusta mucho eso de interpretar sueños y me había dicho que conoce a gente que sabe hacerlo.

Estaba terminando de vestirme cuando entró Damian. Me faltaban los zapatos y mi sudadera. Al verlo, jalé lo primero que tuve a mi mano. Pero con los nervios terminé enredándome con las mangas. Entonces… él se acercó y me ayudó a acomodármela.

Había sacado unos zapatos-tenis blancos, pero fue hasta al armario y los devolvió. Regresó con las botas negras en las manos y se acuclilló frente a mí para ponérmelas. Eran como las suyas y en varias ocasiones había dicho que le gustaba verme con ellas… pero todo fue hasta antes de ayer.

Ahora ya no sabía qué pensar… aún si ahora se comportaba como el Damian de antes, ya no tenía el mismo significado. Sobre todo después de saber que tenía tan mala opinión de mí y que en realidad, todo lo que había creído que estábamos construyendo… no era real. Y por si había duda de que mis pensamientos no fueran reales, las marcas en mi cuello y en mi cuerpo, las constataban.

Lo observé mientras ataba mis cintas de la misma manera en las que estaban atadas las suyas. Al terminar, se puso de pie y me recorrió con la mirada. Acomodó mi cabello y me tomó de la mano mientras bajábamos las escaleras.

No dijo a donde iríamos y tampoco le pregunté. Hoy hacía frío pero no nevaba, incluso había cierta claridad inusual en el cielo.

Como si las nubes fueran menos densas y dejaran filtrar la luz de los rayitos del sol.

Cuando se subió a la moto me ofreció el casco e incluso fue él quien lo aseguró. Contrario al de anoche, fue un recorrido lento y relajante, así que no había razón que justificara la fuerza con la que me abrazaba a él. Pero tampoco me lo impidió. Vi los arboles mecerse al ritmo inconstante del viento, había un silencio agradable y el bosque parecía en cada tramo invitarnos a adentrarnos en él.

Me traía recuerdos… buenos recuerdos que mientras se reproducían en mi mente, también me los cuestionaba… ¿Qué tan reales habían sido? ¿Qué tan sinceras habían sido sus caricias, sus palabras y sus sonrisas? ¿Qué iba a ser de nosotros ahora? ¿Me iba a dejar? ¿Estaba convencido de querer dejarlo? Porque una cosa era que supiera que debía hacerlo, por seguridad, por dignidad… simplemente por mí. Y otra muy distinta que realmente deseara renunciar a él, a mis sentimientos.

Sabía que no iba a ser así de fácil. Que no me despertaría mañana y ya no lo sentiría, que al cruzármelo en el restaurante a la hora del almuerzo sería un comensal más. Que podría ignorarle y ya no pensar más en Damian. Toda mi habitación está llena de él, toda mi casa… mi vida entera desde que llegue a Sibiu.

Vi los angostos andadores que se iban haciendo espacio entre los árboles, me imaginé bajando y caminando hacia ellos. El bosque me atraía con una fuerza inexplicable. Como si en el fuera a encontrar las respuestas a cada una de mis preguntas.

Quise hacerlo… sobre todo cuando el panorama se volvió borroso y con mi cuerpo recargado contra su espalda dejé salir en lágrimas, todo lo que me dolía. No me considero alguien excesivamente sensible, solo lo justo, lo normal cuando el corazón duele.

          DAMIAN

 

Cuando sus manos me soltaron supe que había perdido el control.

Había estado así desde que fui a verlo, aun si se obligó a ocultarlo, su olor no mentía. Estaba triste y su melancolía disolvía su aroma. No quise presionar, ni tocar el tema solo así. Preferí darle tiempo y no voy a negar que yo también lo necesitara… sobre todo para ordenar mis ideas y buscar las palabras adecuadas para explicarle que las cosas que dije anoche, no las sentí realmente.

Sin embargo, cuando se subió a la moto y se abrazó con tanta fuerza a mi cintura, supe que esto era algo peor de lo que me esperaba. Aun con todo, lo dejé pasar…

En mi mente, su nombre se repetía incesantemente una y otra vez. Estaba a punto de quebrarse y quizá yo con él.

Sentí el momento exacto en el que se recargó contra mi espalda, acostumbraba entrecerrar sus manos sobre mi cintura, pero en esta ocasión deshizo el agarré y las empuñó sobre mi camiseta. Y sin embargo; de la nada me soltó. Aunque no llevaba mucha velocidad, temí que se cayera. Frené y quise sujetarlo, pero en cuanto la moto se detuvo saltó de ella para bajarse.

Le imité y durante algunos segundos observé como luchaba para desabrochar el seguro del casco. Al ver que no podía, me acerqué y se lo quité. Su rostro estaba enrojecido y aunque se lo cubría con ambas manos, sus lágrimas escurrían por sus mejillas y entre sus dedos.

Le había hecho llorar tantas veces… aunque él es duro. Aunque me riñe, me lleva la contraria, me regaña y se enfada… pero es tan sensible.

 Aunque en un principio lograba ocultarlo, se aguantaba y me miraba con dureza como acusándome con sus ojitos inundados pero no dejaba que sus lágrimas rodaran. Pero de unos días para acá, se había mostrado más sentimental, vulnerable. Como si cada cosa que yo hiciera o dijera le afectara hondamente.

La sensación de impotencia que me embargó me la tragué como pude. Que él estuviera así de afectado era culpa mía. Quería consolarlo, abrazarlo, cobijarlo en mi pecho, pero… ¿conque derecho?

Lo dejé desahogarse… no me gustaba que me diera la espalda, pero cuando lo hizo, me aguante y esperé. En algún punto comencé a cuestionarme como es que tantas lágrimas cabían en ese cuerpo tan pequeño. Ariel tenía la intensión de si es posible, inundar todo Sibiu con su llanto.

Dado a que no quería hablar conmigo y tampoco podía mirar su rostro, solo su olor me hablaba de cómo se sentía: Tristeza… enojo, tristeza, furia y más tristeza.

  Le di poco más de veinte minutos, llorar tanto tampoco era sano.  Fui hacía él y lo sujeté por los hombros.

— Ari…

— ¡No! — Me interrumpió tajante y se alejó rehusándose a mi toque. — No me hables de esa manera… como si no hubiera pasado nada. — Me irritó que reaccionara de ese modo, sin embargo, era consiente que estaba en su derecho.

— Tu llanto histérico tampoco va a cambiar lo que sucedió. — Respondí con dureza. — ¿Qué se remedia? ¿Qué ganas llorando?

— Que te odie un poco menos…— Respondió.

No voy a negar que lo que dijo me dolió, y si ese era el caso, entonces, bien podría dejarlo llorar todo el día hasta que dejase de odiarme, pero tampoco era el punto. Ya no se trataba de mí, solo quería que no se hiciera más daño.

— Tus abuelos llegan en dos días… controla tu odio por mi hasta entonces, después de te voy a dejar en paz. — Por orgullo, quise herirlo de nuevo, pero las palabras me salieron dolidas y ni siquiera pude decir, lo que realmente había pensado. — Así que ya… vámonos.

— Si de todos modos vas a dejarme… solo hazlo. — Atajó y de nuevo evadió mi toque. — Vete… no necesitas esperar a que mis abuelos regresen de su viaje.

— No empieces… — Le advertí. — Ya te dije lo que haremos y así va a ser.

— No tienes derecho a decidir por mí… — Retrocedió un par de pazos y se cruzó de brazos. La actitud retadora me hizo enojar, pero me controlé.

— Ariel… ¡Ven aquí! — Le pedí. — Se nos hace tarde.

— No iré a ningún lado contigo… — Su terquedad contra mi resolución. En ese sentido ambos éramos iguales.  Obstinados, caprichosos hasta rayar en lo inaceptable.

— Vienes por tu propio pie o prefieres que traigo a rastras… Tú decides.

Como no se movió, entendí que se mantendría en su postura y por supuesto, yo no iba a abandonar la mía. Se iba alejando conforme yo me acercaba y de la nada se echó a correr, internándose en el bosque.

¿Así que le gusta la mala vida…?

Le di tiempo de correr, una ventaja imposible de reprochar… si quería que fuera por las malas, entonces le complacería. Para cuando me eché a correr me bastó menos de dos minutos para darle alcance, no iba detrás de él, sino que rodeé el área de manera que pude aparecerme de frente.

Al verme Ariel frenó con los talones y quiso dar media vuelta, pero cuando lo intentó me moví más rápido, sujetándolo por el abrigo. Con el brazo le tomé por la cintura y lo levanté echándomelo al hombro, como si fuera un costal de papas.

Un lindo y enfurruñado costal de papas.

— Bajame… — Ordenó.

— Callate…

— No me voy a callar… bájame inmediatamente. — Empezó a removerse con violencia y estuve tentado a soltarlo y dejarlo caer, pero no fui capaz. Si bien, estaba enojado con él, también me complacía que no se rindiera ni aun a sabiendas de que está en desventaja. — Bájame… Me molesta que me levantes como si fuera un peluche de felpa al que puedes mover a tu antojo. — Pataleó, manoteó y me amenazó durante todo el trayecto. Pero no le solté hasta que regresemos a la carretera.

Lo senté en la motocicleta, de frente a mí. Planeaba regañarlo, se lo merecía porque se estaba portando mal. Su rostro estaba rojo de coraje y por la sangre que se le había acumulado debido la postura.

— No…

— ¡Callate! — Amenacé, mientras lo sujetaba con fuerza por el mentón. — No vuelvas a hacer eso… no te voy a estar correteando para hacer que me obedezcas.

— No tengo porque obedecerte… — Sus manos entorno a la mía, luchaban para que lo soltara, el llanto ahora era cosa del olvido, estaba colérico pero yo sabía cómo bajarle los humos.

— Estoy hablando enserio… muy enserio. — Advertí y lo miré fríamente. Pero me devolvió el gesto. El miedo de anoche ya no estaba y la timidez de hace horas atrás se había convertido obstinación y recelo. — No me retes…

— Tú no me retes a mí… — Giró su rostro y con ambas manos empujó la mía deshaciéndose de mi agarre. — Y también estoy hablando muy enserio… No iré contigo a ninguna parte. — Dicho esto intentó bajarse, pero se lo impedí.

— Me estás haciendo enojar… — Volví a sujetarlo y aunque lo miraba con fiereza, la verdad es ya no estaba enojado. Al contrario, me causaba cierta gracia que me desafiara. Él estaba furioso, sus ojos azules brillaban de coraje y sus mejillas estaban rojas, no hizo reparos en mostrarme su mal genio cuando le impedí bajarse de la moto, clavó sus uñas sobre la piel desnuda de mi brazo y aunque sentí la molestia no me moví, ni le solté.

— Suéltame… Damian… — Ordenó.

— ¿Y que si no lo hago? — Aumente la fuerza de mi agarre y al instante cerró los ojos.

Duró poco, en cuanto se rindió mi agarre cedió y mi mano se abrió acariciando su mejilla hasta llegar a su nuca. Lo atraje a mí sin la más mínima delicadeza y lo besé. Mis labios presionaron con rudeza sobre los suyos. Hambrientos y necesitados… mordí y chupé los suyos. Él intentaba apartarme, pero mientras más lo intentaba más lo acercaba. Sin recato me hice un espacio entre sus piernas y con mi mano libre rodeé su cintura. Le obligué a abrir la boca y mi lengua se apoderó de la suya, recorrió la tibieza que la rodeaba e incluso la mordí para que me correspondiera.

Peleó como nunca… confieso que no esperaba menos de él. También me mordió, mientras con sus antebrazos buscaba hacer espacio entre nosotros, jadeó en mi boca y se desesperó cuando su necesidad por respirar comenzó a ganarle. No pretendía asustarlo, pero de alguna manera debía someterlo, cuando ya no lo soportó más, se rindió… regalándome mi merecido triunfo.

Sin soltarlo le di un poco de espacio. Mis ojos estaban fijos sobre su agitación. Bajó la mirada y sus manos cayeron a nuestros costados.

De nuevo estaba triste.

 

DEVIANT

 

Iban a dar las once de la mañana cuando llegaron, Damian fue el primero en desfilar por el recibidor y detrás de él venían Ari y Samko.  Los vimos desde la cocina y salí a recibirlos.

Mi intensión no fue mala, había estado preocupado por Damian así que no dudé en abrazarlo mientras le preguntaba como estaba, pero él se limitó a decir “bien” y sin más, se separó de mí.

— ¿Dónde está James…? — Preguntó serio.

— En la recamara de invitados… — Respondí — Debe estar descansando, casi no pudo dormir anoche. — Le expliqué.

Asintió y caminó hasta la habitación. Ari le miró alejarse en silencio.

— ¿Pasa algo malo? — Quise saber. Él negó de inmediato e intentó sonreír.

— La verdad es que sí… — Desmintió Sam — Los he encontrado lidiando en el estacionamiento. — Miré a Ari, quien en ese momento mantenía la mirada baja. — Curiosamente el que estaba fuera de sí era precisamente esta lindura… — Agregó mi hermano, mientras lo señalaba.

Ari es una persona muy noble, trasparente como un cristal. Formaba parte del club de Han de los que no saben mentir, no es lo ellos… Así que me costaba un poco creer lo que se decía él, aunque Samko no ganaba nada mintiendo. Ahora que lo miraba detenidamente pude notar que algo en él era distinto.

— ¿Lo que dice Samko es verdad? — Le pregunté mientras me inclinaba frente a él para quedar a su altura. Vi sus ojos irritados y no pude evitar preguntarlo. — ¿Estabas llorando?— Ante mi cuestionamiento Samko me imitó y también se acercó a mirarlo.

— ¿Qué te paso en la boca? — Preguntó mientras con la punta de su dedo índice, tocaba alrededor de las comisuras de sus labios donde una mancha roja desentonaba con su piel blanca.

Ariel se mostró incomodo por las preguntas y el exceso de atención.  Pero en ningún momento fue grosero con nosotros, quizá entendía que nuestra preocupación era genuina. Este no era el chico risueño que usualmente viene a verme, que siempre está riendo hasta que nos contagia y todos terminamos en carcajadas. Este Ari parecía triste, cansado y a punto de desplomarse.

— Es una alergia… — Respondió.

— ¿A qué…? — Preguntó a secas Samko. Él dudó y entonces ambos supimos que era mentira.

— Comí algo que me hizo mal… no sé qué pudo ser, pero amanecí a sí.

— Vamos a preguntarle a Han… quizá pueda ser grave. — Le dije para presionar, pero se rehusó de inmediato.

— Pero miren quien está aquí… — Han nos interrumpió apareciendo con su familiar encanto.  Le tenía mucho afecto a Ariel, me lo había dicho en varias ocasiones. Así que cuando revoleteó hasta llegar junto a nosotros, se lo agradecí. Pero toda esa alegría y vitalidad se le fue al piso cuando lo miró de cerca. Ariel no le sostuvo la mirada y Han terminó centrando la suya en mí, como cuestionándome por lo que le pasaba, pero no pude más que encogerme de hombros y negar con la cabeza. — Me da gusto verte… — Le dijo mientras lo rodeaba con ambos manos en un abrazo reconfortante, pero más que nada, protector.

— También me da gusto verte… — Respondió cuando Han deshizo el abrazo. — Traje algo… — Anunció y de la bolsa delantera de su sudadera sacó unas tarjetas que venían en una especie de forro trasparente. — Esta es para ustedes… es un pase pare tres. — Anunció mientras se la entregaba a Han. — Y esta es para ti y Gianmarco. — Ofreció la otra a Sam, quien de inmediato la tomó. — Mañana en la noche habrá una exposición de pinturas y algunas mías también estarán, no sé si quisieran ir… comprenderé si no pueden, es solo que… todos llevaran a sus familias y bueno… pensé que…

— Iremos… — Aseguré, mientras miraba mi invitación. Justo debajo de mi nombre estaba el de Han y seguidamente el de James.

— Sí, iremos… — Dijo Samko. — ¡Felicidades! Debes estar muy emocionado por exponer tus cuadros.

— Sí… — Se limitó a responder.

Damian apareció en ese momento y al instante Ariel volvió a sumirse en su propio mundo.

— Felicidades a ti también… — Dijo Samko colgándose del brazo de Damian. — Ari es muy talentoso, debes sentirte muy orgullo de él.  — Mi hermano guardó silencio y ni siquiera se tomó la molestia de mirarlo.

— ¿No dices nada? — Pregunté.

— No tengo nada que decir… — De nuevo el silencio incómodo se hizo presente.

— Prepararé té… — Anunció Sam, a él este tipo de escenarios lo ponían tenso y le hacían huir, pero no quiso irse solo. — ¿Quieres uno? — Le preguntó a Ari y sin esperar a que le contestara, lo tomó de la mano y lo arrastró a la cocina.

Damian se dejó caer en el sillón largo de sala y yo me senté frente a él. Han por su parte, optó por dejarnos solo y se fue a ver a james

— ¿Por qué lo tratas con tanta dureza…? — Quise saber.

Ignoró mi pregunta aunque me miraba fijamente y con una seriedad que me resultó incomoda. — ¿Qué le hiciste como para que le quedara roja la boca? — De nuevo obtuve su silencio. Y juro por mi vida que aunque sea mi hermano, sentí coraje por su actitud. — Si no lo quieres solo dejalo… pero no le hagas daño.

— Porque no te metes en tus propios asuntos y me dejas a mí resolver los míos… — Respondió tajante. — ¿Acaso no estabas desecho porque después de que Han te dejó, vino a cogerte y ni las gracias te dio? — Ese era Damian, el imbécil que con tal de zafarse de todo, prefiere herir a las personas con sus palabras. Pero contrario a lo que él esperaba, me reí y eso lo enojo más.

— Así era… pero ya lo solucionamos.

— Bien por ti… — Dijo sarcástico. — Se feliz hasta la siguiente vez que se harte de ti.

— Lo mismo digo… — Respondí con hostilidad. — Aunque teniendo en cuanta como lo tratas, primero te van a dejar a ti y merecido te lo vas a tener por ser tan hijo de puta con él. — Me miró colérico, pero no me importó. Después de todo, yo no había dicho mentira.

— Mañana será un día importante para él y tu como su novio deberías…

— Yo no soy su… novio. — Lo dijo a voz fuerte, lo suficiente como para que Ariel lo escuchara.  — Ni ninguna de esas cosas ridículas.

— Ojala nunca tengas que arrepentirte de tus palabras.  — Alcancé a decir. — Ari es un buen chico…

— Lo dices porque no lo conoces…

— No Damian… Ariel es bueno y noble. — Le rebatí, levantando un poco la voz. — No importa lo que digas, confió en él. — Aseguré. — Y sé que no me decepcionara.

— Cada quien se engaña con la mentira que más le gusta. — Agregó mientras se ponía de pie. — Voy a salir un momento y ya que lo quieres tanto, mantenlo vivo mientras vuelvo.

— ¿A dónde vas?

— Por ahí… — Respondió mientras se acercaba a mí hasta dejar su rostro a escasos centímetros del mío. No me moví y aunque me incomodo un poco, lo oculté. — ¿Qué fue lo que te dijo James?

Me tranquilizo el que se tratara de eso, aunque seguía siendo incomodo tenerlo tan cerca.

— Dijo que estando en la fiesta, empezó a sentir mucho calor, así que se fue a la terraza junto con algunos amigos, que estaban bebiendo cuando de repente todo su cuerpo se paralizo. Y aunque sabía que no estaba pasando, se vio en el bosque, Ariel y tú también estaban ahí… Que había cosas, como demonios que se escondían entre los árboles y que uno de ellos estaba sobre Ari intentando ahorcarlo. Mientras que otro le mantenía sometido, aprisionado entre sus brazos. Entonces tú te convertiste en una bestia descomunal y él perdió el conocimiento.

— ¿Eso fue todo?

— Esta muy asustado Damian… — Le aclaré con verdadera preocupación. — James ha tenido que pasar toda su vida viendo estas cosas.

— Le pondré otro amuleto… — Me interrumpió.

— ¿De que servirá eso?

— Confía en mí… — Susurró. — No voy a dejar que nada malo le suceda.

Se apartó de la nada, pero justo antes de Han apareciera por la puerta. James venía detrás de él y a decir verdad, no se veía muy bien.

 

JAMES

 

Pase de largo intentado evitar a Damian. Pero pude sentir su mirada en mi espalda cuando huí a la cocina. No quería verlo y mucho menos hablar con él, sentía que la cabeza me iba a estallar y por alguna razón que desconozco, quería culparlo a él.

Cuando entró a verme a la habitación discutimos… desde que lo vi entrar supe que estaba de malhumor pero no era justo que quiera desquitarse conmigo. Le hice algunas preguntas pero tal y como es su costumbre, no quiso decir nada. Salvo que él se encargaría todo y que no debía preocuparme, pero la verdad era que si estaba preocupado.

Mi salud siempre ha sido mala, inestable… pero curiosamente, él sabe cómo enfermarme aún más y es también quien milagrosamente me cura. Sabe dónde estoy y que sucede conmigo, sabe lo que siento y como calmarme. Y a estas alturas, siento que todo tiene relación con él, no se… quizá estoy un poco paranoico pero sé que me esconde algo.

Cuando llegué a la cocina lo primero que vi fui a Ariel contra la esquina del recibidor, tenía a Orión entre sus brazos y parecía asustado. Terminé de entrar y del otro extremo estaba Samko intentando no ahogarse. Lo tomé por su abrigo y lo arrastré afuera.

— ¿Dónde está tu medicamento? — Le pregunté.

Para esto, su cuerpo comenzaba a enrojecer y tenía los ojos llorosos, su usual sibilancia inspiratoria le había obstruido la laringe y paralizado las cuerdas vocales. — Han… Samko se está ahogando. — Grité mientras le desabrochaba el abrigo y la camisa.

En segundos Han estuvo a mi lado, entre los dos sentamos a Sam en la silla que Deviant nos había acercado. Algo que no podía reprocharle a Han era que siempre estaba al pendiente de nosotros, de todo lo que en algún momento pudiéramos llegar a necesitar.

Le puso la vacuna que ellos conservaban y lo llevaron a la habitación que minutos antes ocupaba yo.

— ¿Estas bien…?

Creo que a él le sorprendió tanto como a mí el que se lo preguntara, pero no se había movido ni medio centímetro y eso para mí no era normal. Además, últimamente ya no lo trataba tan mal, al contrario, había sido atento y amable con él.

— Sí…

— No te quedes ahí… — Le dije — Vamos a la sala.

Le ofrecí mi mano para llevarlo y aunque con un poco de lentitud la aceptó.

— ¿Puedo llevar a Orión…?

— Sí, puedes traerlo si quieres. — Respondí. Ariel asintió y los tres volvimos a la sala.

Le ofrecí el asiento mediano, mientras que yo elegía el largo. Aun me sentía mal así que me dejé caer en él intentando acomodarme. Pero aunque le dí la espalda, podía sentir la mirada de Ariel sobre mí y hasta cierto punto me incomodaba.

— ¿Qué sucede? — Le encaré a voz baja, mientras me daba la vuelta para poder mirarlo — ¿Hay algo que quieras decirme?

El dejó al gatito sobre el asiento y se acercó hasta quedar a mi lado, se me hizo raro tener que mirarlo desde abajo. Estaba completamente acostado contra el sillón y él parado junto a mí.

— ¿Aun te duele la cabeza?

— ¿Qué…? — Dudé.

Anoche Han me había dado una pastilla que sabía asquerosa, desde eso, cada que me preguntaba si el dolor había vuelto le decía que no, aunque era una mentira, prefería soportarlo con tal de no tener que volver a tomar esa cosa. Así que no había forma que él supiera de mi padecimiento.

— ¿Aun te duele… la cabeza?

— ¿Cómo lo sabes si yo no he dicho nada? — Él se mostró un poco sorprendido ante mi pregunta y quiso retroceder, pero no se lo permití. — No estoy molesto… — Le aclaré. — Es solo que tengo curiosidad.

Ariel no pareció creerse lo que le dije pero por lo menos, ya no intentó alejarse de mí.

— Solo lo sé… — Respondió. — Sé que te sientes mal desde anoche.

— ¿Damian te lo dijo? — Negó de inmediato y pese a lo extraño de la situación, ya no quise seguir indagando. — Sí, aun me duele… — Respondí.

— ¿Mucho?

— Sí…

— Lo siento… — Dijo mientras estiraba su mano y posaba su palma sobre mi frente.

Ante su tacto sentí como si una corriente eléctrica me traspasar. La misma sensación de cuando tocas un cable pelado sin querer y en un principio no puedes soltarte pero de la nada te repele y te alejas. Dejándote esa incomoda sensación de agitación.

Sé que Ariel sintió lo mismo porque cuando se separó, se cubrió la mano con la que me había tocado y me miró extrañado.

— ¿Qué fue eso? — Preguntó.

— No lo sé… — Respondí.

Nos miramos fijamente por largos segundos, hasta que Deviant apareció con el celular en la mano y nos preguntó si todo estaba orden. Ariel asintió y por inercia le imité. Entonces mi hermano se limitó a decir un “están bien” y colgó.

— ¿Quién era? — Alcancé a preguntar.

— Damian… — Respondió Deviant mientras se sentaba junto a mí. — Quería saber cómo estaban.

— ¿Qué no se acaba de ir?

— No lo sé James… solo está preocupado por tu salud.

— Agradecele de mi parte… — Dije con sarcasmo pero Deviant prefirió ignorarlo.

— No seas tan severo con él. — Me dijo — Damian es un poco difícil pero su preocupación por ti es sincera. Te quiere mucho…

— Pues jamás lo ha mencionado.

Quizá estaba exagerando las cosas, pero estaba resentido con él, incluso con Deviant. Porque estaba convencido que él sabía algo sobre lo que me sucede, pero por cubrir a Damian me lo niega.

— Le agradas… — Dijo mientras miraba a Orión. Que como todo gato mimado se restregaba contra los pies de Ariel, mientras ronroneaba esperando que se le levantara en brazos.

— ¿Puedo cargarlo? — Preguntó Ariel y Deviant asintió de inmediato.

En lo personal, creía que Ariel era un poco raro. No en un mal sentido, es solo que al cargar al gatito, bien pudo retroceder un par de pasos y sentarse en el sillón, como lo haría cualquier otra persona. Pero él se limitó a sentarse en el piso con las piernas cruzadas y Orión entre sus brazos. — Es un gatito muy bonito… — Agregó, mirando a mi hermano.

— Es un buen hijo… — Respondió Deviant y Ariel sonrió ante el comentario. — Aunque su papá lo regaña mucho porque es un poco juguetón.

— ¿Su papá? — Intervine.

— Han es su padre… — Aclaró.

— ¿Y tú eres su madre?

— ¿Y quién más sino yo?

— Pero es un gato… — Aclaré como si no fuera obvio.

— Es nuestro hijo… así que eso lo convierte en tu hermanito. — Aclaró y me reí por el comentario. Orión me agradaba, pero de ahí a verlo como mi hermano, había una abismal diferencia.

— ¿Y tú tienes mascotas? — Le pregunté a Ariel, resaltando la última palabra.

— ¡Oh, sí! — Respondió y fue gracioso ver como se le iluminaban los ojos. — Tengo un conejito…

— ¿Un conejito? — Preguntó Deviant, como si tener un gato malcriado fuera mejor.

— Sí, su nombre es Miles.

Sin soltar a Orión, buscó entre la bolsa de su pantalón hasta que sacó su celular, lo desbloqueó y le ofreció el aparato a mi hermano y él a su vez me lo mostró a mí. En la pantalla un conejo pequeño de color blanco y nariz rosada ocupaba la mayor parte de la fotografía.

— Es muy bonito… — Comentó Deviant.

— Y también es muy obediente… — Ante el comentario de Ariel me sentí en una de esas charlas de madres orgullosas que intentan dejar en claro que sus hijos son mejores que todos los demás.

— ¿También eres su madre? — Pregunté. — Mamá-conejo. — Nos reímos y es que hasta cierto punto era gracioso llamarlo de esa manera. — ¿Quién es el padre…?

— ¿Quién más va a ser? — Aclaró Deviant. — Damian…

— “Papá-conejo” — Dijimos al mismo tiempo y volvimos a reírnos. Pero en esta ocasión Ariel no nos imitó. Al contrario, abrazó con más fuerza a Orión e inclinó la mirada.

— ¿No es Damian el padre? — Pregunté con seriedad.

— Sí… — Respondió de inmediato. — Bueno, Damian me lo regaló para mi cumpleaños… pero, a él no le gustan estos juegos y casi nunca le hace caso, ni le habla. — Explicó desanimado — Así que creo que Miles no tiene papá, pero yo lo quiero mucho y lo cuido.

No me considero alguien sensiblero, pero sus palabras y la forma tan apagada y triste en la que lo dijo, logró conmoverme.

No actuaba como alguien de su edad, aunque tampoco aparentaba tener diecinueve años. Pero era como si todo este tiempo lo hubieran mantenido en una burbuja de cristal, alejado de todo malo. Era ingenuo y para ser un hombre, también era tierno.

Me recordaba mucho a Samko, cuando era pequeño. Aunque nuestro Samko siempre tuvo ese aire malicioso que contrastaba con su dulzura. Era un pequeño demonio y todos lo sabíamos, pero lo queríamos de todas maneras. Ariel en cambio, carecía de esa maldad, se mostraba transparente, como agua mansa.

Hablé impulsivamente, pero tampoco puedo decir que me arrepiento de haberlo hecho.

— No me importaría ser el padre de Miles. — Le dije y tanto Ariel como Deviant me miraron sorprendidos. — Bueno, solo si tú quieres… y en lo que Damian decide reconocer su paternidad. — De repente le puse mucha seriedad al asunto, Ariel me miraba fijamente mientras Deviant lo hacía con cierta picardía. — Solo digo que todos los hijos tienen derecho a tener a sus dos padres con ellos.

— ¡Claro! — Agregó Deviant, mientras se reía. — Pero cuando Miles crezca van a tener que explicarle porque si tú eres su padre, Ariel y tú…

— No empieces Deviant. — Le advertí.

— ¿Qué…? — Preguntó como si nada — Solo me estoy preocupado por la estabilidad emocional de mi sobrino. — Le miré con toda la frialdad de la que fui capaz, pero eso solo lo hizo reír más.

— ¿Qué sucede? — Intervino Han, apareciendo por entre el pasillo.

— Pues con la novedad que James se ha ofrecido a hacerse cargo del hijo de Ariel… — Han se detuvo en seco y miró a Ariel, quien sentado en el piso no sabía dónde meterse.

— ¿Vas a ser papá?

— Ya lo es… — Aclaró Deviant, haciéndole un lado a Han, para que también se sentara en mi sillón. — Su nombre es Miles… — Aclaró y cuando Han se sentó, le mostró el fondo de pantalla del celular.

— Ah, menos mal… por un momento creí que se trataba de un… — Dejó las palabras al aire. — Es un conejito muy bonito. — Prefirió cambiar de tema. — ¿Pero porque James quiere ser el padre? No debería ser… — De nuevo se detuvo. — Lo lamento… yo, creo que no puedo seguir el hilo de esta conversación, así que mejor iré a ver cómo va la comida.

Huyó en cuestión de segundos. Pero era de esperarse después de la metida de pata que había cometido.

— No quiero que pienses que lo defiendo porque es mi hermano… — Se aventuró Deviant. — Pero Damian de por si es un poco complicado. Sin embargo, no es tan mala persona…— Ariel le miró durante algunos segundos en total seriedad y después bajó la mirada. Me desesperaba un poco verlo en esa actitud sumisa, alguien así es presa fácil para Damian, porque no importa lo que Deviant diga, Damian puede ser terrible si se lo propone. — ¿Verdad…? — Insistió.

— Dejalo… — Le pedí. — Tiene derecho a una opinión personal.

— Pero es que…

— No Deviant… — Le interrumpí. — Estas en tu derecho de pensar eso, pero no intentes vendernos tus ideas. Él no me trata como te trata a ti o Samko… No sabemos cómo es con Ariel.

— ¿Te ha tratado mal? — Le preguntó directamente. — ¡Respondeme! — Exigió. — ¿Damian te ha hecho daño?

— Déjalo…

— ¡No! — Me rebatió.

— Todo el que le he permitido… — Respondió Ariel, mirándolo fijamente.

— ¿Cómo es posible? Es decir…

— ¡No importa! — Se le adelanto. — No es su culpa… y no quiere decir que tu hermano sea una mala persona, Deviant. Él solo es como es… y yo no puedo negar que me lo advirtieron.

— ¿Qué te advirtieron que…? — Le pregunté.

— Que con él no llegaría a nada… que lo nuestro no sería nunca una relación formal, pero aun así, yo quise intentarlo.

— Solo están pasando por un mal momento… — Intentó calmarlo Deviant pero Ariel negó de inmediato. — No quiere decir que vayan a terminar.

Ariel no pudo soportarlo más y nos contó lo que había sucedido. Cuando nos dijo que Damian lo había visto besándose con Sedyey, sinceramente me decepcioné de él. Pero Deviant le hizo muchas preguntas y fue como nos enteramos de que en realidad, había sido a través de un vídeo que Damian los vio, también que fue un beso robado, y que hablo después con Sedyey pidiéndole que se distanciaran un poco, porque a quien Ariel realmente quería era a mi hermano.

No voy a negar que me sorprendió lo fácil que él podía hablar de sus sentimientos hacía Damian y lo seguro que se escuchaba al decirlo. Era como si estuviera plenamente convencido de que lo que sentía era real e intenso. Tanto Deviant como yo, notamos que evitó mencionar ciertas cosas, aunque el enrojecimiento alrededor de su boca, poco o nada tenía nada que ver con una alergia.

Pese a que lo intentó no pudo evitar derramar una que otra lagrima, Deviant intentó convencerlo de que si Damian realmente pretendiera dejarlo, no lo hubiera traído a casa. Pero por lo poco que Ariel relato, la verdad es que yo tampoco les veía mucho futuro juntos. Y no era por ser negativo, es solo que nadie merece ser tratado de la manera en la que Damian lo había hecho.

— Entonces… ¿Damian y tú no han…?

— Eso no es asunto tuyo… — Intervine, una parte de mí no quería conocer esa respuesta, pero conociéndolo… Deviant no se iba a quedar a gusto hasta recibir una respuesta.

— No… — Respondió Ariel en un tímido y casi ausente susurro.

— Aparte de él… ¿habías tenido otros…? — Ariel negó incluso desde antes que Deviant terminara de hacer su pregunta y bueno, lo que se ve no se juzga. — ¿Seguro…?

— Ya te dijo que no… ¿Qué más quieres? — Intervine. — El chico es más puro que la china blanca.

— Espero que no sepas de lo que estás hablando James Katzel… — Me regaño Deviant con esa típica expresión de madre amenazadora y solo me reí.

— ¿Qué es la china blanca? — Preguntó Ariel.

— Es una droga… — Respondió mi hermano como si el tema no fuera trascendente.

— Pero no es cualquier droga, esta es cuarenta veces más pura que la heroína. Tal es el caso que se le considera letal. — Expliqué. — Tú no eres letal, al menos, no a simple vista… pero se nota de lejos que no tienes kilometraje.

— ¿Kilometraje?

— Lo que James intenta decir de manera muy coloquial… — Corrigió  Deviant con reproche incluido — es que se nota que no tienes experiencia.

— ¡Ah!— Dijo y de nuevo me reí.

— ¿Dónde has estado los últimos diecinueve años? Se supone que los norteamericanos son muy simples… gente loca y liberal.

— Púes no todos…

— Sí ya vi…

Se mostró un poco ofendido por el comentario, pero por lo menos se distrajo y cambio esa expresión de tristeza que desentonaba con sus facciones. Cuando Han le habló a Deviant para que fuera a la cocina, pude quedarme a solas con él y le di algunos “consejos”.

Para mí no había sido fácil tratar con Damian y después de hacerle prometer que esto quedaría únicamente entre nosotros dos, le aseguré que muchas de las cosas que Damian dice al calor del momento no son verdad. Que pese a que puede verse muy intimidante y aunque este gritando o aventando cosas, nunca debe bajar la mirada ante él. Tampoco llorar.

Que enfrentarlo es muy temerario y estúpido, pero que lo es aún más ceder ante él. Ariel es muy considerado con Damian y aunque eso está bien. Le dejé en claro que cuando todo esta perdonado de antemano, entonces, también todo esta permitido. Y no debía ser así.

Que si Ariel cometía algún error debía disculparse, pero que si Damian era quien lo hacía, también él debería disculparse y trabajar para ganarse su perdón, o siendo menos dramático, su disculpa. Y por sobre todas las cosas, debía tragarse sus lágrimas, por lo menos, hasta que Damian no estuviera presente. Que algo de maldad le sería útil, chantajearlo un poco, obligarlo a sentirse culpable. Le confesé todas esas cosas que Damian no soporta, a saber, miradas largas y tristes, permanecer a su lado en silencio y como ajeno a él. Gestos de cachorro desamparado, verte enfermo, que lo dejes al margen de las cosas malas que te pasan. Y muchas otras que con el tiempo había descubierto y utilizado, también le dije que debía ser astuto al usarlas para que él no notara que se le está chantajeando.

Al final, quizá no las use o puede que sí. Mi intención era que él estuviera bien pero también que estuviera con Damian. La verdad es que no me gustaría que ellos terminaran.

Cuando Samko se sintió mejor y después de encerrar al pobre de Orión, salió a jugar Turista Mundial con Ariel y conmigo. Era un juego antiguó pero también tradición en los días que todos podíamos estar juntos.

Fue un momento muy agradable, mi dolor de cabeza ceso y ni siquiera me di cuenta en que momento. Han y Deviant nos observaban desde el asiento amplió de la sala, mi hermano se veía feliz entre los brazos de Han y él parecía estar muy orgulloso de Deviant y también de nosotros. Se les veía enamorados y me sentía dichoso por ellos.

También estaba feliz porque Samko y yo volvíamos a llevarnos como antes, él volvía a actuar como mi hermanito menor, pero al mismo tiempo, era atento y cariñoso conmigo. Descubrí que ya no me molestaba que hablara de Gianmarco, aunque era un tema que él tocaba con reserva. Solo quería que Sam fuera feliz.

Deviant no perdía la oportunidad de echarme a los brazos a Ariel, pero creo que ambos sabíamos que no era lo que él quería, y siendo honesto, tampoco lo quería yo. Pero me gustaba su compañía y saber que ya nos llevábamos mejor. Resultó ser muy bueno comprando ciudades y pronto me dejó en banca roca… daba igual, yo siempre perdía.

Él agitaba los farditos de billetes abanicándose con ellos y todos nos reíamos porque el verdadero Ariel era así… un chico feliz y risueño que decía ocurrencias que nos alegraban la vida. En ese momento, y aunque solo fuera en el juego, él era más millonario que todos juntos y la idea parecía encantarle. Por lo menos, fue así, hasta que Damian volvió.

 

TERCERA PERSONA

 

El ambiente se puso tenso cuando Damian hizo aparición en la sala. A él le incomodó como todos dejaron lo que hacían para centrar la atención en su persona, excepto Ariel.

Quien si bien, dejó de reírse, mantuvo la vista fija en el tarjetón del juego.

— ¿Quieres tomar algo? — Le ofreció Han, deshaciendo su agarre sobre la cintura de Deviant.

— No, estoy bien… — Respondió.

— ¿Quieres jugar con nosotros? — Preguntó Samko y él se limitó a negar con la cabeza.

James miraba disimuladamente a Ariel y este a su vez, contaba los pequeños y coloridos billetes que había ganado.

— Te esperábamos para comer… — Anunció Deviant, poniéndose de pie. — ¿Les parece si pasamos al comedor? La verdad es que… muero de hambre.

Samko apoyo la noción de inmediato, pues pese a su irreprochable apariencia jamás le decía “no” a la comida. Han le ofreció ayudarle a servir, mientras Ariel y James guardaban las fichas, billetes y tarjetas del juego en su cajita — remendada por todos lados — según le habían contado a Ariel, llevaban años con ese juego.

Damian les observaba parado frente ellos, pero ambos fingían que no les incomodaba tenerlo ahí. Una vez guardado todo, fue James quien se hizo cargo de la caja.

— La guardaré… — Anunció y poniéndose de pie la tomó, para justo después, rodear a Damian con rumbo a la habitación principal.

Damian le siguió y al entrar, cerró la puerta tras de sí.

Ariel no entendió a que se debía tanto misterio, pero prefirió ignorar todo y se fue al comedor. Samko estaba terminando de poner los cubiertos cuando llegó.

— Se ve bien… ¿no? — Le preguntó. — Antes éramos solo cuatro, después llegó Han y estaba bien, pero ahora es mejor… Damian tiene una silla extra a su lado para ti. — Comentó mientras la señalaba. — Espero que algún día Gianmarco también pueda estar con nosotros, entonces seremos siete.

— Me gustaría que Gianmarco estuviera hoy… — Le dijo Ariel — Pero también me gustaría ver cuando seamos ocho.

Samko lo miró largamente, sabía a lo que Ariel se refería pero no estaba seguro de querer ver eso. Aunque era algo que indudablemente, tarde o temprano sucedería.

— Te preocupas mucho por él…

— Por todos… — Aclaró. — En poco tiempo he llegado a tenerles mucho cariño.  — Confesó — Y desearía jamás tener que alejarme de ustedes. — Se reprochó por eso último que dijo, pero había sido un pensamiento que no pudo callar.

— Entonces no te alejes… — Respondió Sam — Quizá ahora no te lo parezca, pero vale la pena luchar por lo que vale la pena tener.

Deviant y Han desfilaron con un par de cacerolas repletas de un guisado que olían delicioso. En la primera la pimienta negra y el laurel resaltaban entre todos los demás sazonadores. El azafrán le había dado un delicado toque amarillo y ese espesor peculiar y que distrajo lo suficiente a Samko, como para olvidar que estaba hablando con el menor. La segunda dejaba en el aire un sabor picante que hacía que la boca se les hiciera agua.

Han era todo un experto culinario y hoy parecía haberse lucido.

— ¿Hay algo más que traer? — Preguntó Samko.

— Han preparó pasta y también falta el pan, la mantequilla y el vino que está enfriándose. — Explicó Deviant.

— Pasta… ¡que rico! — Festejó Sam, mientras con una seña le pedía a Ariel que lo acompañara.

Entre los dos trajeron todo lo que Deviant había indicado, y para cuando volvieron al comedor Damian y James ya se encontraba ahí, el primero tomó su lugar en el cabezal de la mesa, a su lado derecho James intentaba no mirar a nadie, pero era claro que algo malo le sucedía porque tenía la nariz y los parpados rojos. Ariel no dudó que había llorado y sin ánimos de ofender, se enojó con Damian porque estaba seguro que él era el causante.

Se supone que debía tomar su lugar al lado izquierdo de Damian, ya que Han estaba junto a James y Deviant frente al moreno, sin embargo, cedió su asiento a Samko y él se acomodó junto a Deviant. Todos los presentes notaron la renuencia del menor para estar cerca de Damian y al menos, cuatro de ellos sonrieron disimuladamente, solo uno se sintió ofendido, pero trató de disimularlo.

Tal y como era la costumbre de los Katzel, el hombre de la familia era el que servía a todos en la mesa, ante la atenta supervisión de su esposa. Dadas las circunstancias, Deviant observaba recelosamente a Damian, mientras este luchaba por no hacer un reguero en la mesa.

En un principio no estuvo de acuerdo, después de todo él era mayor que Damian, pero su padre lo había estipulado de esa manera antes de morir y después entendió el motivo. Sin importar que ambos fueran hombres, Damian era el que velaba por todos en la casa, mientras que él se encargaba de la parte afectiva y los cuidados. Y estaba bien con eso…

Más que cualquier otra cosa en la vida, le gustaba ver a toda su familia reunida en su mesa.

Han fue el que se encargó de mantener la comida amena, por supuesto, primero recibió toda una lluvia de halagos por los deliciosos platillos que había preparado. Y después debutó como todo un gran conversador, temas para platicar no hicieron falta, tanto fue así, que para cuando comenzaron a contar anécdotas de cosas chistosas que les habían ocurrido, la mayoría estallaban en carcajadas. Incluso Damian se veía animado, quizá era por la sexta botella de vino que ya iba por debajo de la mitad, sin embargo, aun mostraba cierta reserva, pero había cosas ante las que ni él podía evitar por lo menos, sonreír.

Ariel los miraba a todos como con cierto encanto.

Jamás antes había tenido la oportunidad de reunirse con la familia y convivir. Sus parientes por parte de su madre, hacían reuniones, pero no tenían nada cada que ver con esta que él tanto estaba disfrutando. Siempre era en lugares lujosos donde él no tenía derecho a participar, solo debía esmerarse por ser el hijo perfecto.

En su mente, iba guardando las expresiones que más le gustaban. Sentía añoranza y desconsuelo al mismo tiempo, los admiraba como quien observa algo que está a punto de desaparecer y quizá jamás tendrá la oportunidad de mirarlos de nuevo. Por eso mismo se esmeraba, no quería perderse el más mínimo detalle.

Y entre todos, lo miraba más a él.

Pese a que su mente lo acusaba, sus ojos no se apartaban de esa piel canela, ni del mechón rebelde que Damian ya no sabía cómo acomodarse. Se perdía en los brazos anchos y fuertes que se ajustaban a la tela de su cazadora negra y que descansaban cómodos sobre la mesa, en su cuello de piel sin bozos y no pudo evitar pensar en lo mucho que le gustaba esconder su rostro en esa parte del cuerpo de Damian. Lo bien que olía y lo cómodo y seguro que se sentía cuando lo hacía.

Miró sus cejas pobladas y su nariz perfilada. Se embelesó con esa mirada de oro líquido y con el tranquilo subir y bajar de su pecho al respirar. Supo entonces lo difícil que iba a ser dejarlo, lo mucho que lo extrañaría y la falta que todos ellos le iban a hacer.

Comprendió cuanto quería a Damian y lo mucho que su actual situación lo hacía sufrir. Se maldijo internamente y se acusó de estúpido por haberse dejado besar, por no poner límites con los demás. En algún momento, sus pensamientos volaron hacía como estarían ahora si Damian no hubiera visto ese video. Y quiso llorar y pedirle que lo perdonara, decirle que no iba a volver a pasar, pero sabía que de poco o nada serviría.

— Bueno… — Intervino Han, logrando que todos le ofrecieran su atención, incluso Ariel olvidó sus cavilaciones y lo miró. — Aquí está el postre. — Anunció mientras ponía en el centro de la mesa, un pastel de chocolate, cubierto de — por supuesto — más chocolate.

Encima tenia fresas escoradas estratégicamente para que pudiera verse más apetitoso y estaban cubiertas por una leve capa de chocolate blanco. También había unas cuantas cerezas y justo en el centro del pastel, incrustado en la única fresa cubierta de chocolate negro, había un anillo de oro con pequeños brillantes alrededor. Que todos alcanzaron a ver, salvó el que estaba más interesado en robar un poco más de vino.

Ariel contuvo el aliento presa de la sorpresa, contrario a Samko que impaciente miraba a Deviant, sortear todo lo demás para alcanzar la botella. Damian y James tenían la vista clavada en el exótico anillo. Ninguno de los dos dudó de lo mucho que le iba a gustar a Deviant, cuando le prestara atención.

Han por su parte, había quedado presa de un extraño mutismo. Traspiraba nerviosismo y tenía la vista clavada en el tapetito de la mesa que pese a estar perfecto, insistía en alizar con las manos.

Deviant finalmente alcanzó la botella y sintiéndose victorioso volvió a su lugar. Rellenó su copa y dejó la botella lo más cerca que pudo, era un vino especial que a él le encantaba. Las miradas iban ahora de un nervioso Han, aun distraído Deviant que ya esperaba ansioso por su rebanada de pastel. Para él no había en este mundo nada mejor que el chocolate y el vino.

— Han… — Presionó Samko. — Habla ahora… quiero comer.

El aludido levantó la mirada y los demás espectadores fueron testigos de lo mucho que sudaba. Damian rompió el silencio echándose la carcajada. Causando la sorpresa de todos en la mesa, pocas veces reía de esa manera, los Katzel pensaron que incluso podían contarse con los dedos de sus manos y sobrarían dedos. Sin mencionar, que la mayoría de esa veces, Ariel había sido el motivo.

— Es un poco tarde para que te arrepientas… — Le advirtió. — Te romperé el cuello si no lo haces… — Como se reía, era extraño escucharle decir tal cosa, pero ninguno dudó que lo cumpliría.

Disimuladamente James le ofreció su pañuelo. Pero cuando quiso retirar su mano, Han la tomó presionándola contra la mesa. En ese momento necesitaba sentirse apoyado por su casi hijo y James aunque incomodo, lo entendió y no hizo el intento de retirarla.

— Bueno, yo… Quiero agradecer el que estén con nosotros. — Soltó de golpe, logrando que Deviant dejara momentáneamente su copa y le prestara atención al escuchar su voz temblorosa. — Deviant y yo… bueno yo… es decir…

— ¿Han que sucede? — Le preguntó preocupado y de inmediato desvió la mirada hacía Damian, quien al ver ese par de ojos castaños planeando su asesinato, levantó las manos a la altura de su pecho, para mostrárselas en señal de que él no había hecho nada.

— Es que yo… — Intentó explicarse Han.

— ¡Oh, vamos! — Interrumpió Damian. — Es insoportable, caprichoso, un bueno para nada, además de un verdadero dolor de cabeza cuando se lo propone… pero no es mala persona.

Han pensó mientras lo escuchaba hablar, que Damian era la persona menos romántica que alguna vez desde el origen de los tiempos había pisado la tierra. Y sintió cierta pena por Ariel.

— ¿De quién estás hablando Damian Katzel? — Saltó ofendido Deviant.

— De otro bueno para nada que también es insoportable…

Mientras los hermanos discutían, Han miró a Ariel, quien sin más le dijo en un movimiento de labios mudos. — ¡Hazlo! — Fue una simple palabra pero significaba mucho para Han si venia de Ariel, y de repente se sintió seguro, miró a Deviant hacerle muecas a Damian y supo que ese loco inmaduro era el hombre que anhelaba estuviera en su vida, para siempre y aun después.

— Deviant… — Le nombró mientras ensartaba la fresa que contenía el anillo con el cuchillo pastelero y la llevaba hasta el plato de Deviant. La depositó suavemente en el centro, mientras mirándolo fijamente decidía saltarse algunas etapas e irse directo a lo que realmente quería con él. — ¿Quieres casarte conmigo?

Samko que no había perdido la oportunidad de grabar el momento, casi deja caer su celular. No era esto lo que Han le había dicho que haría, él habló de formalizar su relación… iba a pedirle frente a su familia que fuera su novio no su… ¿esposo?

Damian en su lugar se quedó como de piedra, la sonrisa burlona se le borró de los labios y miró la escena fijamente… ¿Había escuchado bien?

James tuvo que desviar la mirada, estaba conmovido pero él era un chico rudo y no iba a dar rienda suelta a sus sentimientos, por muy encariñado que estuviera con el par de tortolos que a su lado parecía que el tiempo se había detenido para ellos.

Deviant miraba atolondrado a Han, quien más seguro que nunca aguardaba por su respuesta. Sin darse cuenta, había contenido el aliento y por fin se olvidó del vino. — Sé que eres tú… Lo supe desde la primera vez que te vi, cuando aún éramos niños. Jamás perdí la esperanza y hoy tengo el privilegio de tenerte en mi vida. —Agregó.

Toda su vida Deviant pensó que sería él quien le diría palabras de este tipo a la que sería su mejer. Cuando Han se hizo un espacio y se arrodilló frente a él, una lluvia de sentimientos se agolpó en su pecho. — ¿Qué dices amor…? ¿Aceptas ser mi esposo?

Disimuladamente Deviant miró a Damian, como pidiéndole su autorización. De la misma manera, el moreno asintió. En ese momento Deviant sonrió, no como normalmente lo hacía.  En esta ocasión, sonreía incluso con sus ojos húmedos y casi rebosantes de lágrimas y de sentimientos que no podían ser explicados con palabras.

— No pases tu vida con quien puedas vivir… — Susurró.

— Pasa tu vida con la persona sin la que no puedes vivir. — Era la frase de ambos, una regla de oro en sus vidas y en ella Han encontró el “¡SÍ! ¡ACEPTO!” que tanto deseaba escuchar.

No hacía falta besarse para sellar una promesa que de antemano ambos sabían que cumplirían, pero dejar pasar la oportunidad, sería una estupidez. Han se puso de pie y con una delicadeza casi inhumana, atrajo a su ahora, prometido, y unió sus labios en un beso casto, pero rebosante de todo el amor que le profesaba.

 

DAMIAN

 

Creo que fue un emoción general, el sentirnos incomodos de presenciar una escena tan íntima. Si a alguien le interesa, no me gusta ver a mis hermanos en amores con otros, tampoco es que los quiera para mí, ni mucho menos, pero no sentir el penoso malestar de los celos es tanto como imposible.

Vi a Samko levantarse y deteniendo la grabación fue a refugiarse en los brazos de James que curiosamente ya lo esperan abiertos y deseosos de resguardarlo. No vi nada inusual, James estaba manejando con madurez el hecho de Sam se viera tan feliz ahora que estaba con Gianmarco.

Solamente había pedido algo de tiempo antes de que este último se sumara a las reuniones familiares y Deviant le había apoyado. Sam no es de los que imponen nada y cuando se me preguntó al respecto, me limité a decir que lo odiaba por haberse llevado a mi pequeño demonio.

Pero ya no le detestaba tanto, lo justo nada más. Samko se había vuelto más responsable desde que estaban juntos y eso me tranquilizaba demasiado. En las veces que habíamos tenido la oportunidad de charlar, me comentó que necesitaba ser alguien, que ya suficiente desventaja era la diferencia de edades. Me explicó que tenía un proyecto en mente para hacerse de un negocio propio, pero que mientras conseguía el capital trabajaría en el casino y se esforzaría por adelantar materias para terminar antes la carrera.

Le dije entonces que yo le podría facilitar un setenta por ciento de la cifra que necesitaba, para que lo echara en marcha cuanto antes, era una buena idea y había pensado que Ari podría trabajar con él y así finalmente lo alejaría de los Fosket.

El resto de mi dinero quería invertirlo en comprar el terreno donde está la guarida de Ariel, ese se había vuelto un lugar especial para nosotros y quería regalárselo. Me avergonzaba un poco reconocerlo, pero en más de una ocasión había echado a volar mi imaginación, pensaba en que no lo separaría de sus abuelos. Pero quería una vida con él… nuestra propia casa, un lugar en el que pudiéramos amarnos sin importar cuanto ruido íbamos a hacer.

Sonreí ante el pensamiento y lo busqué con la mirada.

Estaba con la espalda contra el respaldo de la silla, bien derechito guardaba la postura del niño con clase que era, mantenía la cabeza inclinada y miraba algo en el piso. Su semblante estaba carente de emociones pero su olor decía que por dentro estaba aturdido. Han y Deviant se comían mutuamente presos de un apetito creciente y de repente también sentí hambre.

Apenas y si me pasé de una silla a la otra, sentándome a su lado. Lo sujeté por la cintura y sin perder tiempo lo levanté solo para sentarlo de nuevo, pero ahora sobre mis muslos. Se asustó por el movimiento repentino. Pero también lo vi sulfurarse…

Si… ya sabía que le molestaba que lo levantara como un muñeco de felpa al que puedo mover a mi antojo. Pero no puedo evitar hacerlo, no quiero evitarlo.

Me lo acomodé de frente a mí y tome sus brazos obligándolo a pasarlos alrededor de mi cuello. Mantuvo su mirada baja obsequiándome toda su fragilidad, presumiendo lo vulnerable que era, tal y como si me lo echara en cara. A pesar de que me había cansado de decirle una y otra vez que no bajara la mirada ante mí, lo seguía haciendo. Me enojaba hasta sacarme de mis cavales, porque al verlo sumiso lejos de sentirme vencedor, me dominaba. Deshacía mis barreras y echaba por la coladera mi orgullo y mi ego. Me suavizaba como nunca nadie y solo quería besarle, hacerlo reír… quería que se sintiera tranquilo y dichoso.

Su cercanía me extasiaba, su olor… su peso ligero y la suavidad de su piel me provocaban a tal punto que solo quería arrancarle ropa y retozar en su desnudes. Sus mechones que caían desarreglados sobre su frente, sus rasgos todavía infantiles que lo hacían el actor principal de mis perversiones. Amaba ver como reaccionaba ante mi tacto, como una simple caricia erizaba cada poro de su piel. Me abstraía el subir y bajar de su pecho ante sus respiraciones irregulares y sus mejillas con apenas un leve toque de sonrojo.

Podía perderme en él, en sus gestos y en sus detalles y olvidarme de todo lo demás. De que no estábamos solos y por sobre todo las cosas, de que Samko de nuevo estaba grabando, pero ahora a nosotros.

— Besame… — Susurré, mientras envolvía su rostro pequeño entre mis manos.

Ariel negó y sonreí por ello, me gustaba cuando era él quien lo hacía. Me gustaba como me tocaba y sus besos me hacían perder la razón. — Es una orden… — Le aclaré, hablándome con un poco más de dureza. Ariel finalmente me miró y en sus ojos de cielo pude ver lo irascible que mi comentario lo había vuelto, jamás le des órdenes a un chico bonito… ¡Lo detestan! — Besame. — Repetí.

No importaba que tan serio y airado se mostrara, sabía que lo estaba considerando.

 

LLAMA GEMELA

Con las manos cogidas como niños de cuento, se durmió junto a él en la oscuridad.

 

ARIEL

 

No tenía por qué hacer lo que me pedía, mucho menos si me lo ordenaba de esa manera… no tenía que… pero deseaba hacerlo.  Lo supe cuando me estiré y sin apartar la mirada de sus ojos acerqué mi rostro al suyo hasta que nuestras narices se rozaron, sus exhalaciones me acariciaban el rostro y la intensidad de su mirada me ganó. Desvié la mía hacia sus labios que esperaban entreabiertos por los míos, me encantaba su boca.

Me centré en ella, en las pequeñas líneas que la definían, en lo abultados que eran sus labios, sobre todo el inferior, en su color pálido y lo suaves y húmedos que me parecían. Volví a levantar la mirada hasta encontrarme con sus ojos que me observaban y cerré los míos mientras terminaba con la distancia que nos quedaba. Me entregué a esa caricia, no supe nada más.

Cada una de las cosas que sucedieron anoche, cada palabra de que las que pronunció contra mí se fue borrando conforme su sabor me invadía. Era estúpido… Y quizá en algún momento me juzgaría por ello, pero no hoy. No mientras nos besábamos.

Ni siquiera recuerdo el momento exacto en que volvimos a casa, ni cuando estando ya en mi habitación, terminamos en mi cama. Sus manos me andaban libres por el torso, definiendo mis costados, acariciando mi estómago y mi vientre bajo.

Decía mi nombre en susurros aislados mientras me besaba. Estando sobre mí cuidaba de no aplastarme, mis manos en cambió se aferraban a sus brazos e intentaba corresponderle a como diera lugar. Sentía mis labios entumidos y adoloridos por sus besos y mordiscos indiscretos. Damian solo abandonaba mi boca paro lamer y besar mis moretones, después volvía ellos y el juego se reanudaba.

Su piel de nuevo estaba caliente y al friccionar con la mía sentía que me quemaba. Jadeaba en mi boca, hacía ruiditos que me gustaban. Su lengua me invadía, envolvía la mía y cada cierto la chupaba. Nunca nadie antes me había besado de esa manera, ni siquiera sabía que existían besos así. Pero está bien… me gustaban. Su cuerpo empezó a moverse solido sobre el mío y yo intentaba acercarme más a él, pero su peso y su fricción hacían que hundiera entre los edredones.

Si tuve dos o tres momentos de lucidez, fue mucho. Bien podría saber que después de lo anoche no debería estar haciendo esto con él, pero mis actos desentonaban con mis conjeturas. Nada en mí daba entender que no quería esto. Por el contrario, parecía que lo necesitaba con toda la fuerza de mi cuerpo. Mi sentido común y toda mi voluntad estaban puestos en su calor, en el olor que desprendía su cuerpo.

Eran solo besos y caricias que aunque subidas de tono, no por eso dejaban de serlo. Damian no había hecho el menor intento por terminar de desvestirme y él conservaba también el pantalón… ¿Por qué? ¿Por qué nunca podíamos ir más allá de esto?

— No sabes lo que me estas pidiendo… — Dijo de la nada.

— No he dicho nada…

— Tus pensamientos hablan alto hoy Ariel. — Aseguró mientras me atrapaba en su mirada. — No me mires de esa manera… — Exigió en voz baja y acercó sus labios a mis parpados obligándome a bajarlos para que pudiera besarlos.

— ¿De qué manera…? — Pregunté.

— Aun no estás listo…

— ¿Listo para que…?

— Haces demasiadas preguntas. — Me regañó mientras hacía un camino de besos por mi rostro. — ¿Por qué no solo asientes y me das la razón?

— ¿Sobre qué tengo que darte la razón?

— Sobre lo que sea… solo dámela, obedeceme y no pienses solo dame un respiro y haz lo que te digo. — Pese a lo que sus palabras significaban, me hablaba muy bajo, acariciándome con su aliento. — Estoy cansado… — Agregó y se dejó caer sobre mí.

Quedé enterrado entre los edredones y su cuerpo, había quedado inmovilizado y apenas y si podía respirar. Damian reía en mi odio y me hacia cosquillas pero no podía reírme, no con él sobre mí. Pareció entenderlo porque se sostuvo con los antebrazos y aunque seguía aplastándome, ya no lo hacía tanto.

Aproveché el espacio y bajé un poco más hasta quedar a la altura de su pecho, una a una fui besando las cicatrices que encontré a mi paso, subí por su cuello de la misma manera en la que él lo hacía conmigo, hasta que llegué a su quijada. Intenté alcanzar sus labios, pero mis piernas estaban entre las suyas, así que no pude moverme.

— No estás listo. — Repitió.

— ¿Cómo sabes que no lo estoy? — Le rebatí enojado.

Damian me obligó a soltarme de uno de sus brazos y llevó mi mano hasta su… “eso”. Hizo que apretara por encima del pantalón y resultó que no cabía en la palma de mano.

— Sentido común… — Respondió mientras me sonreía. — Aunque también he hecho mis cálculos y resulta que eres algo “chico” para mí.

Ofendido por el tonito y el guiño de ojo que lo acompañó, aparté mi mano. Nos miramos un largo rato, él no borraba esa sonrisa de sus labios que casi me convencía. — Me gusta cuando me miras enojado.

— No estoy enojado… — Rebatí.

— Sí, sí lo estas… cuando te enojas frunces el entrecejo. — Agregó y con la yema de su dedo pulgar aliso mi entrecejo.

¿Qué seguía ahora? ¿Solo nos íbamos a mirar?

— ¿En qué estás pensando? — Preguntó.

— No quieres saberlo…

— Sí, sí quiero… — Aseguró y dejó un beso rápido en mis labios. — Dímelo… ¿En qué estás pensando? — Dudé sobre lo que debía responder, ahora que él me daba la oportunidad, pensaba en demasiadas cosas.

— Pienso que no quiero pensar en nada… y tú no me estas ayudando con eso.

— Lo siento… — Se disculpó.

— No quiero que te disculpes… — Le dije con algo de frustración en la voz. — ¿Qué tal si te quitas esto? — Pregunté mientras intentaba bajar su pantalón pero el cinturón no me dejo.

— No puedo… — Respondió y lo sentí cambiar. No sé cómo explicarlo, es como si de la nada se hubiera puesto triste, pero eso era tanto como imposible. Damian no suele ser así y por sobre todas las cosas, jamás me rehuía la mirada como lo estaba haciendo ahora.

— ¿Por qué?

— No me siento bien… — Dijo con seriedad. Por unos segundos me olvidé del pantalón y llevé mi mano hasta su frente.

— ¿Qué te duele?

— El pasado… — No entendí lo que dijo, pero Damian me miraba con una seriedad aplastante que me resultaba incomoda.

— ¿Quieres que te traiga un té? — Le ofrecí y traté de sonar positivo. — Mi abuela dice que no hay nada que una taza de té no pueda curar… ¿Te preparo uno?

— Sí con eso puedo borrar lo que te hice anoche, entonces sí…

No me moví, bajé la mirada y me quedé en silencio. No quería tocar el tema, no quería que volviéramos a discutir, tenía miedo de ese Damian que es capaz de hacerme daño. — ¿Por qué estás aquí conmigo después de todo lo que te hice? ¿Después de todo lo que dije?

— No quiero hablar de eso…

— Es la primera vez que te veo evadir algo. — Dijo — El Ariel que conozco lo enfrentaría. Me habría echado de su casa y quien sabe cuánto más…

— ¿Quieres que te eche de casa?

— No

— ¿Entonces…?

— Al ver a Han y a Deviant… pensé en nosotros. — Me cambió el tema. — ¿Tú no?

No quise responder, aunque claro que pensé en nosotros, y sobre todo en lo posible y lejano que parecía el hecho de verme un día así con él. — Algún día pondré un anillo en tu dedo.  — Dijo y sentí un nudo grueso instalarse en mi garganta. — Y tú pondrás uno en el mío… ¿Cierto? ¿Verdad que lo vamos a hacer?

Sentí mis lágrimas bajar y esconderse entre mis cabellos, quería decirle que sí, que íbamos a hacer todo lo que decía, pero no estaba seguro… no tenía la certeza de que realmente íbamos a hacerlo. — Ese día te verás hermoso, como un bosque nevado al amanecer. Me miraras y vas a sonreír.  Y yo estaré muy feliz… No como ahora, que me siento tan culpable. — Lo observé mirar hacía el techo y respiró por la boca, como tratando de contenerse. — Todos van a estar ahí, mis hermanos, tus abuelos… William también estará… ¿Lo vamos a hacer no?

Alcancé a asentir y él me imitó. Aunque ambos sabíamos que nos estábamos haciendo promesas bajó la lluvia de las lágrimas que yo derramaba y él contenía. — Dime que este error no me costara caro. — Insistió. — Dime que no te vas a ir y me vas a dejar… ¿Por qué estás conmigo? — Repitió.

— Porque no querría estar con nadie más en el mundo…

Después de esas palabras Damian me ayudó a desahogar mi alma y también mi cuerpo. Nos unimos entre besos y caricias que eran selladas con mi llanto que no cesaba. Me hizo sentir que en sus manos era aire y también el guardián de mis heridas.

Pero llegada la noche me dejó.

Dijo que no podía quedarse, que no podía dormir a mi lado tal y como lo había hecho todas las noches anteriores. Me aferré a él y le exigí que no me dejara. Sentí miedo de su actitud derrotista, sentía que si se iba quizá jamás volvería a verle.

No me da vergüenza aceptar que le suplique para que no se fuera. Y cuando eso no fue suficiente le amenace, intente chantajearlo. Incluso le ordené que no me dejara. Pero él es como es… y quizá yo jamás logre entenderlo. Esconde tantas cosas de mí, que temo por ellas…

Lloré más cuando lo vi abrir la puerta corrediza de mi habitación, porque sabía que estaba poniendo más que escasos metros y una puerta de cristal entre nosotros. Sabía que estaba alejándose de mí y no entendía el motivo. Pero me quedé ahí, medio desnudo y en una cama que ya no era solo mía, que también le pertenecía a él, al igual que yo.