Capítulo 34

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En nombre del desastre – Tercera Parte

1

Si es que en algún momento Ricardo se había preguntado si en un club gay había baños para mujeres, esa pregunta ya había sido respondida, pues fue allí donde finalmente encontraron a Carolina después de haberla buscado durante casi tres cuartos de hora que les resultaron sumamente angustiantes. Lo cierto era que ninguno de ellos esperaba que ella se hubiera quedado profundamente dormida dentro de uno de los cubículos.

No entraron por ella hasta que, valiéndose de alguien que supusieron era una mujer por el simple hecho de estar saliendo de allí, comprobaron que Carolina estaba dentro. Aquella, quien suponían era una mujer, les dijo que si por azares de la vida Carolina y la chica que estaba profundamente dormida en el piso de uno de los cubículos, abrazada a la taza de baño y con la puerta abierta eran la misma persona, entonces la habían encontrado.

Había una especie de campo de energía psíquica alrededor de todos los baños de mujeres en el mundo, que no les permitía pasar así nada más… A menos que, como en aquel caso, debieran revestirse de valentía para rescatar a una chica casi inconsciente de las garras de un inodoro. Los tres respiraron aliviados de haber dado con ella, pero aun así la reticencia a entrar allí y posiblemente ser apaleados a menos que tuvieran la certeza de que Carolina estaba dentro, persistía. La única manera que encontraron para comprobarlo, antes de internarse en las profundidades de aquel peligroso y místico terreno desconocido, fue con una fotografía que la misma amable susodicha le sacó con el móvil y que luego les enseñó.

En efecto era Carolina, y estaba para el arrastre.

***

La cuenta salió por un ojo de la cara. Así lo hizo notar Gonzalo, cuando después de ver el recibo, soltó un prolongado silbido mientras las cejas se elevaban en lo alto de su frente.

Antes de que ninguno pudiera decir nada, Martín, con manos algo torpes, puso su tarjeta de crédito sobre la bandeja del mesero. El orgullo de Ricardo y su poca disposición a beber a costa de uno de sus alumnos no le permitió quedarse tan pancho y aceptar aquello sin más. Así que comenzó a rezongar al respecto, hablando acerca de ser el mayor allí y el único con un empleo. Intentó sustituir la tarjeta de Martín por la suya, hasta que este detuvo sus palabras, detuvo sus movimientos, casi detuvo su corazón y definitivamente hizo que cesara toda su actividad cerebral, cuando juntó los labios con los suyos en un corto beso superficial que supo a casquitos de limón mezclados con alcohol.

—Feliz cumpleaños, Richie. Tranquilízate, no soy una chica a la que debas invitar y todo esto fue mi idea. No pretendo herir tu ego de macho, así que dejémoslo en que me debes una y para la próxima ocasión pagarás tú… Entonces estaremos a mano.

***

Gonzalo dijo que él se encargaría de Carolina, ya que de momento ellos estaban pasando las vacaciones juntos compartiendo apartamento. No hicieron falta más explicaciones para que Ricardo entendiera que eso significaba que Martín era enteramente su responsabilidad.

Hubo un momento, uno bastante efímero pero intenso y significativo, en el que su mirada y la de Gonzalo conectaron. Quizá su interpretación de aquel momento estuviera obedeciendo a su estado de alcoholización, o a que su sensibilidad debido a las emociones del día y a la cercanía con Martín estuviera demasiado a flor de piel, pero podría jurar que fue capaz de leer un claro mensaje en sus ojos.

Como en medio de un rápido e intenso centellazo percibió lo que Martín significaba para Gonzalo… La importancia que le daba… El anhelo y la añoranza… El cariño y la admiración… El deseo… Por último, la dolorosa resignación.

—Cuida de él, profe.

Ricardo estuvo seguro de que había mucho más detrás de aquella frase, que la simple recomendación de llevarlo a un lugar seguro en aquella madrugada. Aquella corta frase implicaba la concesión de una bendición, quizá aceptación, y si hubiese habido un complemento seguro habría sido un «O te juro que tendrás una probada de mis puños»

—Lo haré.

Y cumpliría, aunque fuese a costa de sí mismo, cuidaría de él.

Cerca de las 03:40 de la madrugada, daban vuelta en la última esquina antes de llegar a destino. Ni por un solo momento contempló el llevar a Martín a su casa a semejantes horas y mucho menos en semejante estado, pues su el chico apenas y había sido capaz de sostenerse sobre sus propios pies antes de que tomaran un taxi con destino a uno de los barrios de occidente.

La temperatura era bastante baja y caía una llovizna ligera que aunque no mojara realmente, helaba los huesos solo de verla caer sin peso sobre las calles.

Contrario a como fue el trayecto cuando la noche había iniciado y se dirigían hacia el club, en ese momento reinaban el silencio y la calma dentro del vehículo, al igual que en la mayor parte de la ciudad, concediéndole a Ricardo unos valiosos momentos de contemplación. No le gustaba mucho lo que estaba pensando acerca de sí mismo en aquel momento, cuando los efectos del alcohol habían comenzado a remitir como efecto de los minutos que pasaban y del frío que lo ayudaba a espabilar.

Ricardo había comenzado a auto recriminarse, y contrario a lo que hubiese sido normal en él, no estaba reclamándose por lo que sentía, por lo que deseaba o siquiera por haber permitido que Martín lo hubiese arrastrado a un lugar como aquel y el hecho de haberlo disfrutado, sino que muy por el contrario el sentimiento de molestia obedecía a que se sentía como un gran cobarde. Se regañaba por su cobardía y su pasividad, por no ser más lanzado… Había tenido una oportunidad quizá irrepetible con Martín, y sentía que no la había aprovechado.

…Martín que le había dicho que le gustaba su aroma mientras se apretaba de manera sugerente contra él.

…Martín que le había dicho específicamente que esperaba aquello que se ocultaba bajo su piel… Que se había trepado a su regazo y él, en lugar de entregarse como se moría por hacer, dedicó todo su esfuerzo y su concentración en contenerse y a contrarrestar una excitación que amenazaba con salir disparada de sus poros.

Eran su autocontrol y su alto sentido de moralidad peleando de manera aguerrida contra el calor que empezaba a controlarlo. Ambos polos eran importantes para él y deseaba con todas sus ganas, que existiera una manera de mantenerse en medio. En ese justo momento de verdad estaba odiando ser tan… Él.

Ricardo casi odió el tener que despertar a Martín cuando arribaron al edificio de apartamentos en el que vivía. Durante casi un minuto, después de que el taxi se detuvo, permaneció a su lado solo viéndolo dormir, con la cabeza reposando en el espaldar del asiento. Se apresuró a tomar su rostro, acunándole la  mejilla y la barbilla con una sola mano para sacudirlo levemente, únicamente cuando el conductor del taxi lo devolvió a la realidad carraspeando y recordándole el valor del monto por la carrera.

El edificio donde vivía Ricardo tenía seis pisos y, según las leyes de la curaduría urbana de la ciudad, esa era la cantidad máxima de pisos que podía tener una construcción sin requerir de un ascensor. Como consecuencia de ello, su edificio no contaba con uno y se ganó una fiera mirada de odio por ello.

— ¿En qué piso vives?—. Preguntó Martín, antes de poner un pie en el primer escalón, hacia el cual miraba con verdadera desolación, como si esa escalera lo condujera directamente hacia el infierno.

—En el tercero. No te quejes, no es mucho. Unos cuantos tramos nada más.

Ricardo sonrió y le pasó un brazo por encima de los hombros, en vista de que ya fuese por el alcohol o por el sueño, Martín no parecía estar muy por la tarea de caminar derecho.

—Si… Supongo que pudo haber sido peor.

Caminaron cuesta arriba en silencio, y con cada paso ascendente Martín recargaba más su peso contra él.

Apartamento 302. Su espacio… Completo acceso a él y a su intimidad… Su esencia contenida dentro de cuatro paredes. Su corazón latió violenta y estúpidamente dentro de su pecho, mientras intentaba recordar que tan desordenado estaba su hogar cuando salió de él por la tarde, sin sospechar que los eventos del día terminarían con aquel  inesperado huésped.

Martín recostó un hombro contra la pared junto a la puerta y se cruzó de brazos, mientras lo veía maniobrar con la llave. Esa mirada intensa y que además parecía impaciente, no le facilitaba a Ricardo la sencilla y simple tarea de embocar la llave en la cerradura. Pero claro, no era un retrasado mental o tenía algún tipo de problema en las manos, así que al final y con menos trabajo del que hubiese creído, consiguió abrir la puerta.

—Pasa.

Había esperado que quizá Martín, al igual que hizo él en cuanto tuvo la oportunidad, se mostrara interesado en su entorno y la manera en la que vivía. Que pasearía la mirada en derredor tratando de leerlo y conocerlo, pero eso no fue para nada lo que ocurrió.

Martín se llevó una mano a los ojos y con los dedos índice y pulgar comenzó a restregarlos con vigor, hasta que esa misma mano se alejó de su rostro y viajó hasta su cabello para atusarlo, acomodándoselo de tal manera que lo despejó por completo de su rostro.

— ¿La cama?

Claro, Martín debía estar bastante cansado y Ricardo encontró estúpida su esperanza de que quizá hablaran un poco o tomaran algo antes de disponerse a dormir. Sin decir palabra se limitó a señalarle con una mano hacia el pasillo, mientras se tragaba su estúpida decepción y comenzaba a caminar para guiarlo.

Al final del pasillo repleto de pequeñas torres de libros que les flanqueaban el camino, estaba la puerta de la habitación principal, la suya, que abrió para él, haciéndose a un lado para permitirle el paso, mientras le daba al switch de la luz. ¡Perfecto! ni siquiera había hecho la cama aquella mañana y las cobijas estaban destendidas y arrugadas a los pies del lecho… Bueno, al menos estaban limpias.

Había otra habitación en el apartamento, por supuesto, pero esa no estaba ni siquiera mínimamente presentable puesto que la utilizaba como bodega. Además de estar llena de un considerable montón de cachivaches, también lo estaba de una gran cantidad de polvo. Ni siquiera recordaba la última vez que había estado allí dentro… Quizá fue en noviembre del año anterior, cuando había sacado su raquítico y ancestral árbol de navidad; la cuestión era que no era apto para que Martín durmiera en él, y tenía pensado reservar el sillón de la sala para sí mismo.

Sus simplones planes de logística para cuadrar el cómo dormirían, se vieron interrumpidos cuando Martín tiró de él, aferrándolo por la muñeca, y lo arrastró hasta la cama con él.

El colchón blando y cómodo los recibió a ambos, los resortes hicieron pivotar sus cuerpos, pero la inversión en su lugar de descanso había sido considerable, así que era un buen colchón y no hizo mayor ruido.

En un movimiento más rápido del que lo hubiese creído capaz de ejecutar, dado que no hacía mucho parecía costarle el simple hecho de andar, Martín se situó encima de él, a horcajadas sobre sus caderas, clavándolo contra el colchón con el peso de su cuerpo… Y Ricardo no consiguió hacer más que contener momentáneamente la respiración, preso en la sorpresa, temiendo hacer o decir algo equivocado hasta que no supiera de qué iba aquello.

Martín descendió un poco, hasta que sus manos estuvieron apoyadas sobre el colchón a cada lado de su cabeza, y sus rostros estuvieron tremendamente cerca. Estuvo entonces cautivo dentro de unos ojos que lo observaban con lobuna intensidad, sintiendo su respiración chocar contra sus labios… Demasiado consciente de que sus partes íntimas se rosaban, separadas apenas por unas cuantas capas de tela.

Cerró los ojos y suspiró cuando Martín removió la cadera de manera lenta y atrevida. Ricardo estaba a punto de ponerse a gemir como un loco por tan poco. Abrió los ojos y clavó la mirada en los labios húmedos y ligeramente separados que tenía justo al frente.

— ¿Qué estás haciendo?—Su voz se escuchó trémula y afectada.

—Aún no hago nada… Bueno, para ser justos creo que estoy redefiniendo los términos de nuestro acuerdo.

Ricardo tragó saliva, incapaz de moverse.

— ¿Por qué…?

—Porque mucho dejó de tener sentido… Porque soy perfectamente capaz de percibir cuando alguien me desea… Porque se me antoja y me da la gana… Porque nunca lo he hecho con uno de mis profesores.

— ¿No? ¿Y entonces Joaquín, qué? Creí entender que fue tu maestro de dibujo.

Martín rio con algo bastante parecido a la amargura y se irguió sobre su cuerpo, elevándose hacia las alturas como el ángel maquiavélico y sexual que era, ondulando las caderas de manera sugerente, para excitarlo… Y lo estaba consiguiendo. Ricardo se sintió como un simple mortal subyugado y rendido ante la divinidad de un ser que estaba a un simple suspiro de conseguir lo que quisiera de él.

—No cuenta. No me dio ni una sola clase y para ser sincero nunca fue eso lo que busqué… Nos dedicamos a follar como conejos.

—Como conejos, ¿eh?

—Oh si… Como malditos animales.

Realmente lo último que Ricardo quería en un momento como aquel, era hablar del tal Joaquín. Los suspiros, que amenazaban con convertirse en jadeos, comenzaron a escapar con mayor frecuencia de su boca, mientras Martín no cesaba con aquel peligroso y desesperantemente lento meneo sobre sus caderas.

—Estos nuevos términos… ¿En qué consisten, Mmm?

Antes de contestarle, Martín se abrió la chaqueta con movimientos algo torpes y se deshizo de ella arrojándola hacia cualquier parte.

—Nos quedan la mitad de las citas. Utilizarlas para hacer que mi madre encaje información es ahora un despropósito, puesto que ese hijo de puta no…—Martín detuvo sus palabras y frenó todo movimiento—. Tampoco voy a renunciar a ellas, son mi pequeño logro… Logré obtenerlas ni más ni menos que de ti; así que voy a proponerte algo que va a sonar tan irónico, que hasta podría causar risa.

— ¿Qué es? ¿Qué quieres?

— ¿Qué me dirías si te pidiera ser mi amante, Ricardo?

Por regla general las propuestas de Martín solían significar problemas y quebraderos de cabeza para él. No que las propuestas entre ellos fuesen cosa de todos los días, pero la única vez que habían tenido oportunidad de tener que negociar por algo, había terminado cediendo a  fingir que mantenía una relación sentimental con él, situación a cuyas consecuencias a nivel personal y mental aún estaba tratando de adaptarse y de procesar, pero esto iba mucho más allá de lo que siquiera hubiese alcanzado a imaginar. Aunque no entendió por qué Martín llamaba a aquella situación, algo «irónico»

—Pues…

Martín no le dio tiempo de contestar o de pensar y casi ni de respirar. Se lanzó en picado sobre él, besándolo de manera profunda y desesperada; apropiándose de sus labios con verdadera y deliciosa saña. No que le molestara aquello, para nada, de hecho estaba disfrutando en demasía de la electrizante sensación de su entrepierna tornándose tirante y caliente, además de estar correspondiendo como un desesperado, pero tenían que hablar, ¿no? Tenían…

…Pues ya hablarían después, cuando hiciera falta, cuando volviera a ser dueño de sus sentidos, de su habla y de su lengua que en esos momentos estaba presa en la golosa y diestra boca de Martín, porque no tenía pensado interrumpir aquel frenesí bendito.

Los instintos se apoderaron de todo, de él, manejando por completo la situación. Pensar estaba fuera de juego, sus manos sabían perfectamente cómo comportarse y volaron raudas a encontrarse con las caderas de Martín, presionando exigentes para intensificar el rose, para guiar el vaivén que estaba hinchando su sexo… ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin tocar a nadie?

Las manos de Martín, colándose frías debajo de su jersey… Sus manos frías contra su abdomen y el aliento caliente contra su cuello, donde se refugió lamiendo y mordiendo con suavidad cuando la falta de aire fue inminente y debieron separar sus bocas… Donde respiraba agitado y gemía quedo contra su oído…

Martín se agazapó sobre su cuerpo, hasta que Ricardo fue capaz de sentir sus rodillas pegadas en los costados, aferrándose fieramente a él.

Los ojos cerrados…

La respiración agitada…

El calor… La necesidad…

Apretó a Martín contra su cuerpo, en un abrazo que necesitaba y deseaba hacía mucho tiempo, obedeciendo al sentimiento de propiedad que comenzaba a nacer en su pecho.

De manera inesperada notó la forma en la que el cuerpo de Martín comenzó a convulsionarse contra el suyo. Ricardo se sintió desconcertado, y ese desconcierto lo obligó a abrir los ojos y a que el calor que lo gobernaba remitiera un poco. La humedad contra su cuello le hizo comprender.

— ¡Hijo de la gran puta!— Gritó Martín, mientras lloraba contra él.

***

 

Ahí estaba la maldita capa de hielo con la que había recubierto su corazón, fundiéndose y dejando el estúpido, realmente estúpido e inútil dolor al descubierto. Dejándolo indefenso ante una avalancha de emociones que arremetió contra él con fuerza y sin previo aviso… Calándole los huesos y dejándolo como un patético calienta huevos frente a Ricardo. Ni más ni menos que Ricardo.

— ¿Qué pasa? ¿Te lastimé? Dios, si te lastimé yo…

Martín negó con la cabeza desde donde estaba, aún con el rostro enterrado en el hueco del cuello de Ricardo, y este detuvo de inmediato su absurda disculpa. ¿Acaso cómo creía haberlo lastimado si apenas se habían tocado y él había estado arriba todo el tiempo, como el jodido mandón de mierda que era siempre? Siempre queriendo manejar todas las situaciones a su antojo, solo para que la más ridícula de ellas terminara sobrepasándolo.

Ahora se veía en la necesidad de explicarle a Ricardo que el Hijo de la gran puta al que se refería no era él, aunque se lo hubiese gritado en el oído.

Esas lágrimas habían sido completamente involuntarias y sorpresivas. Con respecto a ellas él estaba tan perplejo como de seguro lo estaría el hombre que continuaba debajo de su cuerpo.

Ricardo se sentó en la cama, invirtiendo bastante esfuerzo en ello al tener que hacerlo con Martín aun encaramado sobre su regazo, y él sin querer despegársele porque le daba vergüenza que le viera el rostro desencajado y lloroso. Lo más seguro era que al día siguiente al pobre Ricardo iban a dolerle los músculos de la panza como si hubiese hecho mil abdominales, con semejante esfuerzo.

Su profesor dejó de abrazarlo y apoyó un brazo tras su cuerpo para mantener  el equilibrio y no terminar tumbado de nuevo en la cama. Con la mano libre lo tomó por el hombro hasta que lo apartó lo suficiente para poder mirarlo al rostro con interés y preocupación, por encima de los anteojos que le colgaban casi en la punta de la nariz y que él ni siquiera le había dado tiempo de quitarse antes de lanzársele encima, como si de un perro hambriento que quiere olvidar el sabor de un filete con otro se tratara

Sentía más que nunca los estragos del alcohol que le recorría la sangre; quizá tuviera suerte y Ricardo culpara a ello de su penoso comportamiento. Estaba mareado, estaba cansado, tenía el estómago revuelto, se sentía completamente avergonzado y ahora que había comenzado, no podía dejar de llorar. Que mierda…

Esperaba firmemente que Ricardo no fuese un completo tonto, incapaz de atar cabos e interpretar situaciones y reacciones. Que fuese capaz de entender y le ahorrara el tener que justificarse teniendo que dar explicaciones. Por favor, que no le preguntara qué ocurría, porque ¿Qué iba a responderle? Si lo hacía, si le preguntaba, estaría en todo su derecho porque de ninguna manera era aceptable o comprensible que él hubiese pasado de comerle la boca y sobajearle la entrepierna a llorarle encima como un pendejo.

—Lo siento—. Susurró, esperando por lo que siguiera a continuación. Lo que recibió en respuesta fue una ligera sonrisa y que la mano que reposaba sobre su hombro ascendiera hasta su mejilla, acunándola. Ricardo comenzó a borrar sus lágrimas arrastrando el dedo pulgar por sus pómulos… Bueno, más bien a esparcirlas, porque sus dedos definitivamente no tenían capacidad de absorción.

—No llores.

Y lo decía así de fácil.

— ¿Por qué? Si ya hice el ridículo, qué me impide aprovechar la oportunidad y solo seguir.

—Es que… Acabo de descubrir que al parecer no soporto verte llorar. —Martín blanqueó los ojos, resoplando, y Ricardo le dio un rápido toquecito en la punta de la nariz con su dedo índice. —Además, llorando se te colorea terriblemente la nariz y se te llena la cara de manchas rojas. Comenzaba a estar convencido de que bajo cualquier circunstancia siempre conseguías verte como un modelito de revista, pero esto— hizo un gesto vago señalando su rostro—, no es para nada atractivo y en definitiva acaba con toda tu aura felina. Tienes todos los cachetes llenos de churretones de delineador.

Martín sonrió un poco ante el absurdo y se arrastró un dedo debajo del ojo derecho; cuando lo retiró tenía un gran manchón negro en él, seguro que parecía un mapache o una mala versión del Joker. La habitación le dio vueltas de manera violenta e imprevista, así que dejó caer la cabeza hacia delante y apoyó la frente en el hombro de Ricardo, sin importarle demasiado que con ello de seguro le mancharía el jersey con delineador… Pagaría por la tintorería o le compraría uno nuevo.

—Es una pena que yo sea un idiota—Sorbió por la nariz—, porque aunque de verdad tengo curiosidad por saber qué tal polvo eres, creo que estoy demasiado ebrio ahora mismo como para una buena apreciación. Dime, ¿Lo estoy?

—Lo estás—. Ricardo paseó una mano por su espalda, mientras asentía lentamente con la cabeza.

— ¿Tú no?

—Algo, pero no tanto como tú. Creo que la mayoría de mi ebriedad se esfumó cuando debimos recorrer el club en busca de tu amiga.

— Oh, vaya… A mí no me funcionó de ese modo para nada. Entonces, ¿Te parezco felino?

Martín sintió la risa de Ricardo retumbar en su caja torácica, desde su cómoda posición sobre su hombro.

—Sí, me lo pareces. Mírate, eres como un gato… Uno negro y enigmático.

Nunca había pensado en algo como eso y nadie le había dicho nada parecido antes, pero si necesariamente debía ser comparado con algún animal, un gato era una buena opción. Misteriosos, esbeltos, con ojos bonitos y un pelaje precioso. Un animal que bien podía ser arisco como mimoso, según su conveniencia. De un gato se podía obtener un ronroneo mientras se frotaba contra las piernas de los insulsos humanos, o un fiero zarpazo si es que no estaba de humor. Siendo así, entonces le gustaba ser percibido como un gato… Excepto por aquello de asearse a lengüetazos y todo el rollo de las asquerosas bolas de pelo.

Sus respiraciones se habían calmado, el calor había remitido y sin atreverse a comprobarlo Martín esperaba que el empalme de Ricardo, que un momento atrás había sentido firme contra él, también lo hubiese hecho.

Alguna que otra lágrima ocasional seguía resbalando mejilla abajo sin que eso estuviera por completo dentro de su control. Estaba vuelto mierda, aunque le costara reconocerlo. En ese momento de su vida no estaba seguro de qué era con exactitud lo que empujaba sus acciones últimamente. Entendía la razón que lo había instado a lanzarse sobre Ricardo, pero se resistía a aceptar la razón del por qué se había detenido. En el fondo sabía que la razón de esas dos acciones eran la misma: Joaquín.

Quería desesperadamente dar vuelta a la página, poner el punto final en un capítulo que inició bien pero cuyo final se había precipitado sobre él de forma contundente y dolorosa. Valerse para ello de Ricardo era algo egoísta, pero también sabía que era seguro, porque no creía que él llegara a dañarlo. Podía refugiarse en cualquiera, encontrar consuelo en otra piel, pero siendo dos corazones heridos, y además por situaciones en cierta forma similares, ¿Por qué no lamerse mutuamente las heridas…? Por otro lado, había algo dentro de él que se resistía a borrar el último rastro de Joaquín.

Si es que algún día hubo incomodidad o vergüenza entre Ricardo y él, en cuanto a la cercanía de sus cuerpos respectaba, esta simplemente parecía haber dejado de existir de golpe. No había más que ver las libertades que se permitían. Aquello era… Cómodo. Ya ni siquiera sentía que lo aborrecía; por lo menos no como creía hacerlo antes.

—Ricardo…

— ¿Mmm?

—El amor es una mierda.

—En ocasiones, sin duda.

Unos cuantos segundos de completo silencio.

—Ricardo…

— ¿Mmm?

—Olvida que me viste llorar como una nenaza… Te ordeno que formatees tu memoria y conserves los recuerdos de esta noche solo hasta el momento en el que te estaba masajeando la entrepierna, con la intención de darte el mejor sexo de tu vida. —Sentía la saliva demasiado gruesa dentro de su boca y sabía que estaba arrastrando demasiado la lengua, pero esperaba firmemente que Ricardo le hubiera entendido.

— ¿Me ordenas? ¿Quién ha dicho que puedes ordenarme algo?— Ricardo ladeó un tanto el rostro para intentar mirarlo a la cara, pero no se lo permitió—. Creo que equivocadamente piensas que soy alguien que no tiene carácter. Pues no prometo nada, porque no puedo olvidar algo que quizá algún día pueda utilizar a mi favor.

Un par de minutos de silencio, ocasionalmente roto por algún que otro vehículo pasando frente al edificio, y su mente maquinando —a una marcha muy lenta— acerca de cómo podría Richie utilizar en su contra el haberlo visto llorar, y que fuese diferente a poder burlarse de él.

—Ricardo…

—Dime…

— ¿Te consideras hetero?

—Yo… S-si. Supongo, eso creo.

Una risa bastante bobalicona nació en su garganta y Martín la dejó salir a medias. Se acomodó mejor sobre sus piernas, para mirarlo directo a los ojos, cuestión bastante complicada porque resultaba que había dos Ricardos; de manera que no sabiendo si fijar la vista en los ojos del Ricardo de la derecha o el de la izquierda, decidió solo clavar los ojos en medio.

—Pues no deberías. De hecho, haces bien en dar una respuesta así de insegura porque… He activado tu gen dormido. Ya no hay vuelta atrás. Lo siento, pero tengo esa habilidad… Quizá sea porque soy un gatito con súper poderes.

Una gran sonrisa se extendió por el rostro de Ricardo.

—No tengo ni la menor idea acerca de lo que estás diciendo. Me aseguraré de que recuerdes esta conversación mañana, gatito con súper poderes, y entonces me regodearé en tu vergüenza.

—Richie

— ¿Si?

— ¿Dónde está tu baño? Creo que… Voy a vomitar.

2

Había despertado cerca de Veinte minutos atrás. De ese lapso de tiempo había necesitado unos Tres para abrir los ojos por completo y ubicarse en el espacio, pues de entrada no había reconocido el lugar en el que se encontraba, pero muchos recuerdos volvieron a su mente en cuanto se giró un poco sobre la cama y se encontró con un Ricardo absolutamente dormido y completamente vestido, incluso con los zapatos puestos y los anteojos fuertemente sujetos en la mano que reposaba sobre su pecho.

Cuando logró bajarse de la cama, cuidándose de hacer ruido o movimientos bruscos para no despertar a Ricardo, aunque a juzgar por los suaves ronquidos que escapaban de su boca a medio abrir él estaba por completo frito y despertarlo requeriría de cierto esfuerzo, su primer objetivo fue el baño el cual, cuando se encontró con la ropa de Ricardo en lugar de con un inodoro, descubrió que no se encontraba dentro de la habitación. Sentía la vejiga a punto de estallar y la boca asquerosamente reseca con un sabor amargo predominante en ella. Se había lavado la cara, retirando el delineador corrido pegado a sus mejillas y que en definitiva había sido una mala idea utilizar… Puto Gonzalo y sus extravagantes ideas acerca de la estética.

En la aparente inexistencia de un cepillo de dientes sin utilizar en el gabinete del baño de Ricardo y el hecho de que bajo ninguna circunstancia pensaba utilizar el suyo, no vio otra salida que rebuscar en su botiquín hasta dar con el algodón, enrollándose un pedazo en el dedo índice, verterle pasta dental improvisando así una forma de asearse la boca… Luego invirtió unos quince segundos en deshacerse de las hilachas de algodón que le quedaron pegadas a los dientes… Habría sido mejor con la gasa estéril.

Luego ahuecó las manos debajo del chorro de agua y bebió durante lo que le parecieron horas.

Mirándose concienzudamente al espejo, llegó a la desalentadora conclusión de que se veía terrible. Mortalmente pálido, horriblemente ojeroso y aun vistiendo las prendas del día anterior, con la excepción de las botas. A esa hora, en ese contexto, y con ese frío ya no era tan cómodo estar llevando ese tipo de prendas. Lo gótico ya no le pegaba. Se arregló un poco el cabello pasándose los dedos entre las hebras.

Cuando salió del baño notó la manera sugerente en la que el piso, las paredes y el techo del apartamento se ondulaban debajo, alrededor y encima de él. Tuvo el buen tino de no ponerse a gritar «¡Terremoto!» como un desesperado, y en su lugar reconocer que lo que ocurría era que tenía un tremendo mareo, acompañado de un dolor de cabeza que de seguro podría ser catalogado y medido con la Escala sismológica de Richter, por la manera en la que le sacudía la cabeza. Una resaca de las malas.

Se mantuvo acuclillado y sujeto al marco de la puerta del baño por espacio de unos tres minutos, hasta que la sensación de vértigo remitió lo suficiente como para permitirle andar derecho.

Era un apartamento con espacios distribuidos de una manera muy lógica, así que no le costó encontrar la cocina. Esperaba que Ricardo no se lo tomara a mal, pero se tomaría el atrevimiento de asaltar su nevera, no estaba especialmente hambriento, de hecho sentía la panza un tanto revuelta, pero sabía que en cuanto comiera parte de su malestar remitiría de forma consierable, por lo menos la parte que no obedecía a los estragos de la juerga de la noche anterior. Asqueroso alcohol. En ese momento, como no, se prometió jamás volver a beber.

Con una magdalena en una mano y una bebida energética en la otra, Martín se encontró a sí mismo parado al inicio del único pasillo en el apartamento, viendo con curiosidad un montón de torrecitas de libros a lado y lado del camino hasta la habitación de Ricardo. Miró entonces hacia el salón y descubrió que al parecer aquel era un elemento común en la decoración. Una manera curiosa de almacenar los libros, sin duda.

Muchos de los conocidos de Martín vivían en apartamentos; pero él, al haberse criado y vivir en una casa de verdad grande, con demasiado espacio para una familia tan pequeña como la suya, se sentía realmente incapacitado para juzgar el tamaño de dichos apartamentos sin sentirse o parecer mezquino, pues todos le parecían minúsculos. Era difícil juzgar el tamaño de un lugar con un salón más pequeño que su propia habitación, así que para ello se valía del apartamento donde vivía Carolina como unidad de medida. Siendo así, entonces el apartamento en el que vivía Ricardo era grande, por lo menos el doble del tamaño del que Carolina y Jazmín compartían.

No había balcón, como en el de Gonzalo, pero si había una ventana amplia que ocupaba todo el ancho de la pared, pero no llegaba hasta el suelo. En un rápido vistazo alrededor del salón, llegó a la contundente conclusión de que Ricardo era  más desordenado de lo que él hubiese podido llegar a imaginar. No era que aquello pareciera la guarida de un acumulador ni mucho menos, sino que en su mente se había pintado algo mucho más metódico y rígido.

Definitivamente no era el hogar de un catedrático cuadriculado, era más bien la guarida de una persona con un cariño predominante por la lectura y por la música. Aquel lugar parecía acogedor en el sentido estricto de la palabra, pues en la dirección en la que se mirara había elementos cálidos e incluso un tanto nostálgicos, como los discos de vinilo que ocupaban gran parte del estante en la pared que se enfrentaba con la ventana.

Debajo de la gran ventana había un extenso y mullido sofá de color café claro, encima del cual había una colorida colcha de punto doblada y a cuyo alrededor había un par de esos montoncitos de libros que parecía haber por todos lados. Habiendo visto el ambiente que reinaba, no le costó mucho imaginarse a Ricardo recostado allí, leyendo o escuchando música.

Las referencias musicales estaban por todos lados, desde el tocadiscos para los acetatos, elemento que Martín solo había visto en las tiendas de discos como parte de la decoración, hasta los posters  de bandas, grupos y cantantes en las partes de las paredes en las que no había estantes rebosados de libros.

Dos repisas llenas de fotografías llamaron de inmediato su atención. No recordaba con exactitud las facciones del bebé que Ricardo había tenido con él cuando se encontraron en el parque para pactar los términos de su acuerdo, pero a juzgar por lo reciente que era la fotografía contenida en el portarretratos con Marco de Toy Story, debía tratarse del mismo niño, aunque con un par de meses menos de lo que recordaba.

Había imágenes de cómo lo conocía ahora, con ese aura de profesor que no habría podido sacarse de encima aunque quisiera, varias imágenes con un Ricardo un poco más relajado en compañía de dos mujeres que no sabría decir quiénes eran, pero suponían debían ser familiares. La recia imagen de un hombre de unos cuarenta y tantos con un parecido sospechoso con su profesor de ética. Pero las imágenes que más llamaron su atención fueron las que le mostraban a un hombre joven con anteojos redondos, cabello largo, con las muñecas llenas de manillas tejidas que le otorgaban una apariencia un tanto hippie, el rostro sonriente con los hoyuelos marcándose profundamente en sus mejillas y la inseparable compañía de una guitarra.

Involuntariamente sintió las comisuras de su boca tirando hacia arriba, con un poco de burla.

—Vaya… Sí que me equivoqué contigo.

La risa se amplió cuando reconoció la pequeña figura de acción que ocupaba un lugar de honor en medio de las fotografías. Martín nunca había visto ni una sola de las películas de Star Wars, pero no hacía falta para reconocer a ese brillante androide de metal.

 

***

Cuando despertó, se encontró a Martín tumbado a su lado, mirando hacia el techo mientras masticaba perezosamente algo que se veía y que olía como una de esas barras de dulce de las que su hermana solía proveerlo con el único propósito de que estuvieran allí para ella misma cuando iba a visitarlo, pues él rara vez solía consumirlas. De forma involuntaria arrugó la nariz y sintió su estómago contraerse ante la simple idea de la comida.

— ¿Qué hora es?—. Preguntó, con voz tan ronca que sonó extraña a sus propios oídos.

—Cerca de las 2:00 de la tarde.

— ¿Tan tarde?

—Ujum.

Ricardo se sentó en la cama y se sorprendió ante el hecho de no haber dormido sobre sus propios anteojos, sino que estos estaban en su mano derecha, enteros. Se los colocó y luego de atusarse un poco el cabello y notar que le dolía un tanto el torso, miró de nuevo en dirección a Martín.

Había un ángel en su cama.

El cabello oscuro se desparramaba en desorden sobre la fina sábana que cubría el colchón, uno de sus brazos desnudos, largos y blanquísimos estaba doblado debajo de su cabeza a modo de soporte, mostrando una axila desnuda y tersa sin el menor rastro de vello, y Ricardo pensó en que Martín debía gastar verdaderas fortunas en productos para depilación. Con la mano del otro brazo sostenía la golosina a la cual le daba ligeros tirones con los dientes y ocasionales chupetones con un sonidito que a Ricardo se le antojó de lo más sugestivo… Y encima se le habían coloreado intensamente los labios del color rojo de la barra.

Martín tenía una pierna doblada con el pie apoyado completamente sobre la superficie de la cama y balanceaba la rodilla de aquí para allí en un movimiento rápido que lo hizo imaginar más de lo que era conveniente permitirse… Tragó en seco al imaginarse besando, chupando y hasta mordiendo sus labios impregnados de dulce hasta drenarles el color.

Se preguntó si Martín era consciente de lo provocativo que se veía. Sus ojos estaban atrapados en sus labios rojos y brillantes, pero cuando su mirada siguió estudiando su rostro y sus miradas se estrellaron de nuevo, el brillo en sus ojos le indicó que sí, que él era plenamente consciente de su sexapil. Aunque no era de extrañarse que lo mirara de esa manera cuando los ojos de Ricardo solo se estrellaron con los de Martín después de que le recorriera el cuerpo entero con la mirada.

No. Lo que había en su cama no era tanto un ángel, era más bien un pequeño diablo. A lo más santo que llegaba Martín, era quizá a un ángel caído.

— ¿Vas a responder a mi pregunta ahora, Richie?

Carraspeó antes de atreverse a hablar, no fuese la voz a salirle como un graznido nervioso. Él no había estado tan ebrio en la madrugada como para haber olvidado lo que estuvo a punto de ocurrir entre ellos y mucho menos para olvidar aquella pregunta a la que suponía se estaba refiriendo, pero pensaba que Martín, a juzgar por el penoso estado en el que se encontraba, había estado mucho más ebrio que él y que habría olvidado, sino todo, al menos gran parte de lo sucedido.

— ¿C-cuál pregunta?

Martín sonrió y se sacó el chupete de la boca, haciendo un sonidito húmedo.

—Este gatito atómico— se señaló el pecho con la barra de dulce—, te preguntó específicamente si querías jugar con él.

Gatito…

Gatito atómico…

Gatito con súper poderes…

Se le aceleró la respiración porque… resultaba que sí que quería jugar con el gatito, pero para ser sincero, no sabía si debía. A pesar de todo, Martín era su alumno y eso únicamente cambiaría cuando el año escolar terminara. Tener eso tan en cuenta a esas alturas era como dar veinte pasos en retroceso, pero la realidad no daba tregua.

— ¿Recuerdas eso?

—Lo recuerdo todo. Puede que yo haga y diga estupideces estando ebrio, pero jamás las olvido.

De manera que estupideces estando ebrio… Eso fue un golpe directo al ego de Ricardo; aun así lo que salió de sus labios no fue un reproche, sino una sonrisa cansada. Sintió que el cuerpo le pesaba una tonelada pero su cansancio no era exactamente físico, ese cansancio no obedecía a otra cosa que a lo desgastante que era pelear tanto consigo mismo. Había una parte de él, una importante, a la que mandaría de paseo si cedía ante Martín. En honor a esa parte haría un último intento por resistir.

—Soy tu profesor, Martín. Eres menor que yo, y lo más preocupante y evidente: eres un hombre. Yo nunca había tocado a un hombre antes de haberte tocado a ti. ¿Qué es lo que buscas en mí?

Martín bufó, sentándose en la cama con el ceño levemente fruncido, pero más que en actitud de molestia, en una contemplativa. Quizá buscando la mejor manera de darle una respuesta.

—Piensas demasiado, Ricardo, y creo que ese es tu mayor problema. A veces es bueno solo dejarse ir, sin pensar en consecuencias, sin tener entero control de las situaciones y sin importar no tener todas las respuestas. ¿No necesitas desahogarte? Porque yo sí. Siento que me estoy ahogando, Ricardo… Necesito desintoxicarme. — A Ricardo no le hizo falta preguntar qué –quién- era lo que necesitaba sacar de su sistema. Martín ladeó la cabeza, mirándolo a los ojos—. ¿Qué crees que busco?

Ricardo se lo pensó; pero por más que buscara la mejor manera de acomodar las palabras, solo había una forma de decirlo. Solo había una respuesta.

—Quieres que tengamos sexo porque tienes rabia. Porque sientes que esa es una manera de vengarte de él y castigarlo. Quieres sexo conmigo porque estás despechado.

Los ojos de Martín se cubrieron rápidamente con una gruesa película acuosa, pero de alguna manera logró mantener las lágrimas encharcando sus ojos sin que una sola se desbordara… Su nariz enrojeciéndose en el acto. Ricardo se preguntó si Martín era siempre así de sensible.

—Así suena como si yo fuese alguien supremamente mezquino que solo busca utilizarte, y puede que tengas razón. Pero no estoy tratando de violarte; lo bueno de esto es que funcionaría en doble vía… Exorciza tus demonios conmigo—. Martín sorbió por la nariz y con un rápido movimiento de la mano se borró las lágrimas de los ojos—. Siempre se me ha dado bien conseguir con quien acostarme, así que si tú no quieres, te aseguro que conseguiré quien sí… Pero no voy a negar que hay algo que me sopla el ego en el hecho de que seas tú a quien logre arrastrar al lado oscuro. —Una sonrisa pícara, y que para ser sincero le chocó un poco, se extendió por el rostro de Martín.

No iba a dejarlo ir. No quería dejarlo ir… No podía… La resolución llegó como una bofetada; certera y candente. Si el camino hacia Martín era la sexualidad, entonces lo recorrería gustoso, pero no le gustaba el hecho de que el comentario de Martín de algún modo implicara que lo estaba pervirtiendo, ¡A él! Como si fuese un mocoso impresionable e inexperto que se deslumbraría por cualquier cosa. Que era un adulto, por Dios. Que fuese alguien calmado que no tenía sexo como si estuviera en una competencia no significaba que fuese un completo idiota inocente. Tenía más de una historia que contar en su haber, pero no veía la necesidad de alardear de ello.

—Entonces lo haremos a mi modo y a mi ritmo.

Martín pestañeó fuerte, una sola vez, como si alguien hubiese hecho el amago de darle un golpe y hubiesen detenido el puño a un palmo de su rostro. Así de grande pareció su perplejidad.

— ¿Qué…?

—Que no estoy dispuesto a hacer esto contra reloj, como si fuese un trabajo. Que se terminó esa tontería del número de citas limitadas con un patrón de comportamiento establecido. No voy a dejarte darme instrucciones u órdenes a tu antojo y acomodo como si yo fuese un completo ignorante. De aquí en adelante será un trato completamente nuevo y las reglas cambiaron. No más chantaje, no más manipulación, porque de aquí en más la nuestra será una relación de iguales. —Tragó saliva cuando vio al otro morderse el labio inferior de manera distraída, poniendo toda su atención en él—.  Sedúceme, Martín… Has que no pueda resistirme… Muéstrame todo ese lado erótico y pervertido del que tanto te jactas y no solo des por sentado que voy a lanzarme a tus brazos ante la sola mención de la palabra sexo. Muéstrame en qué radica la supuesta maravilla de tu sexo prohibido como para hacerme querer echar a la basura muchas de mis convicciones. No basta con tener ese rostro de porcelana a juego con la actitud que lo acompaña. Arráncame suspiros, gánate mi admiración y mi deseo. Ya veré si me provocas lo suficiente como para querer follarte o no.

Ricardo esperaba no estarse excediendo y agradecía enormemente que no le hubiese temblado la voz. El corazón le martilleaba fuerte en el pecho, como si quisiera escapar de él, y no lograba determinar si era por nervios o por algún tipo de ira encubierta. De ser esto último no sabía exactamente a quién iba dirigida… Aunque era bastante probable que hacia sí mismo.

Seguramente podría haber tenido sexo con Martín allí mismo sin necesidad de haberle soltado tal palabrería, pero necesitaba que Martín dejara de pensar en él como en alguien influenciable, maleable y sin carácter, principalmente porque no lo era. La gente tendía a confundir el hecho de que fuese un buen tipo y por lo general alguien calmado, con que fuese un idiota sin remedio y estaba bastante harto de eso.

—Tú…

—Voy a tomar una ducha ahora, luego iré a dejarte a tu casa para recoger mi auto. —El principal motivo para haber interrumpido a Martín, fue porque sospechaba que él quizá le echaría en cara el hecho de que la madrugada anterior él no parecía haber necesitado más que de su cara y su cuerpo de porcelana para excitarse como hacía mucho no le pasaba, y todo eso sin la necesidad de que Martín pusiera muchas de sus dotes de seducción en práctica—. Tendrás tiempo de pensar y darme una respuesta. Oh, y con esto de las citas terminado, quiero el archivo de la fotografía borrado de todos tus registros. Yo cumplí con mi parte.

Se quitó los anteojos y se sacó los zapatos de manera rápida, dándole la espalda a Martín. Comenzó a desvestirse el torso de camino al baño fuera de la habitación, mientras se llenaba de preocupación y un poco de pánico ante la posibilidad de que Martín simplemente le respondiera con un rotundo y orgulloso No, que lo dejara fuera de su vida de inmediato.

Terminó de desvestirse al lado de la ducha, tirando la ropa de cualquier modo sobre el piso. Con mano temblorosa abrió el gabinete y sacó su cepillo de dientes y el tubo de crema dental. Se cepilló tan fuerte los dientes, que cuando escupió la espuma en el lavamanos, había rastros de sangre. En aquel mismo momento Martín podía estar poniéndose los zapatos para marcharse de allí sin más, quizá riéndose de su repentino aire de macho dominante dueño de la situación, e incluso con la intención de ir directo a enseñarle a todo el mundo aquella fotografía.

Suavemente descargó la frente en el espejo, en repetidos y pequeños golpes. Si no tuviera  una aversión natural al dolor o no le importara cargarse el espejo, lo habría hecho con más fuerza.

Descorrió la cortina plástica de la ducha y entrando en ella abrió el chorro de agua a todo lo que daba. Era un buen momento para ponerse a hablar consigo mismo, pues necesitaba respuestas a varios asuntos y cuestionamientos, el primero de ellos: «¿Qué tan estúpido soy al ponerle reparos y condiciones a la propuesta indecente de una persona a la cual me muero por tocar?» Pero temía que Martín lo escuchara despotricar bajo el agua y que además de pensar que era un estúpido, también pensara que estaba loco.

Giró la canilla del agua, cortando el suministro, y comenzó a tantear la pared en busca de la repisa donde estaban la esponja y el gel de baño.

Cuando Martín descorrió la cortina de manera sorpresiva y brusca, su primera reacción fue cubrirse la entrepierna con las manos en un acto reflejo, mandando el tarro de gel al piso.

Martín se despojó de su ropa por completo, dejándolo atónito. No parecía sentir ninguna vergüenza de su desnudez y siendo sincero, Ricardo debía reconocer que no tenía ninguna razón para ello. Él era simplemente… perfecto.

Nunca pensó que la desnudez de otro hombre pudiera llegar a conmoverlo de alguna manera, pero en ese momento estaba embobado por la uniformidad del color de su piel y la simple perfección de su sexo dormido.

Verlo allí, de pie delante de él y sin ropa, no le significó ningún shock, por lo menos no en el sentido negativo de la palabra. Martín se le antojó como un hermoso ser, al cual no era incómodo admirarle la desnudez. No abrió la boca, dejando que su mandíbula inferior chocara contra su pecho, solo porque eso era físicamente imposible, pero así se sentía: anonadado.

Martín se agachó y recogió el tarro de gel. Su rostro estaba recubierto de neutralidad y sin aparente disposición a abrir la boca pronto, y eso empezó a ponerlo nervioso.

Su corazón palpitó con fuerza cuando Martín levantó un pie para sortear la pequeña barrera que separaba la ducha del resto del baño y que evitaba que el agua se regara por todos lados. Sus movimientos eran lentos y no dejó de mirarlo directo a los ojos en ningún momento, hasta que rompió el contacto cuando bajó la vista hasta el tarro que tenía en las manos. Levantó el protector con el dedo índice y se vertió algo de su contenido en la palma derecha.

— Dime, ¿Acaso fue un reto lo que acabé de escuchar?—Su rostro abandonó toda neutralidad; aun así no supo clasificar su expresión. Bastaba con decir que era la cara más dulcemente erótica que había visto jamás. Los labios entreabiertos, antinaturalmente rojos, los ojos brillantes con las largas pestañas custodiándolos. Ricardo deseó estar utilizando sus lentes en aquel momento, para poder absorber más de su imagen—. Pues he de decirte que es la primera vez que me piden hacer méritos para que me deje follar… Es un tanto gracioso, porque de inmediato supusiste que yo sería el único follado aquí. No me preguntaste de qué lado me gusta jugar…

Antes de que Ricardo pudiera atragantarse con su propia saliva ante las implicaciones de lo que había acabado de escuchar, Martín acortó toda distancia entre ellos y parándose en la punta de sus pies, se apoderó de sus labios en un beso que se hizo profundo de inmediato. Su lengua sabía a dulce, al igual que lo hacía su saliva. No pudo evitar que de su garganta escaparan ligeros sonidos de degustación.

—Mmm.

Martín rompió la unión de sus labios, y de un ligero manotazo lo obligo a apartar las manos que había continuado manteniendo sobre su sexo en actitud protectora de manera inconsciente, y entonces, en cuanto a lo que sus cuerpos respectaba, ya no hubieron más secretos.

—Oh, vaya.

Ricardo nunca se había sentido inseguro con respecto a su cuerpo, especialmente menos de su amiguito, pero proviniendo de Martín ese «Oh, vaya» podía fácilmente significar que él terminara el día metido debajo de las cobijas, abrazándose las rodillas mientras se mecía de adelante hacia atrás, estrenando trauma, porque él tenía la lengua supremamente afilada.

Se llevó los puños cerrados a las caderas y elevó una ceja, esperando por lo que Martín tuviera para decir. Jamás había recibido ninguna queja de esa parte de su anatomía.

— ¿Oh, vaya… Qué?

Martín comenzó a tocarlo, sin una pizca de timidez, demostrándole el buen uso que sabía darle al gel de baño. Con la mano libre le rodeó el cuello e hizo descender su cabeza, hasta que sus frentes se tocaron, apoyándose una contra la otra. Su espalda rápidamente chocó con la pared de azulejos, en la que se recargó cuando los corrientazos que le tensaban el vientre, llenándolo de ligeros espasmos, comenzaron a aflojarle las piernas.

A él le enseñaron que no debía ser egoísta, así que con emoción se aventuró por el camino que sabía que lo llevaría a un lugar sin retorno. Sus dedos se pasearon lentos y hábiles dibujando la clavícula izquierda de Martín; él tembló ante su toque, porque Ricardo estaba mojado y él no. Descendieron lentos y torturantes hasta su pecho, donde la ausencia de un par de abultadas mamas no le importó en lo más mínimo, y pellizcó la pequeña protuberancia rosa, que ya estaba endurecida posiblemente a causa del frío. Descubrió que Martín al parecer era de los que tenía muy sensible esa parte del cuerpo, porque lo vio cerrar los ojos y morderse el labio en un intento fallido por contener un suspiro, que terminó por arrojarle a la cara.

Cuando llegó a su cintura sintió su piel de gallina, y él apenas y podía concentrarse porque Martín había empezado a juguetear con su glande  de manera perturbadora.

No hubo vacilación, aunque sí mucha curiosidad por cómo se sentiría contra su mano, pero quería darle placer, tanto como el que él le estaba proporcionando con la mejor chaqueta que le habían hecho en su vida. Su mano temblaba, pero no por falta de convicción, sino por mera debilidad, porque Martín le estaba arrancando el alma de gusto y placer… Apresó su sexo con la mano y Martin mordió suavemente su mandíbula mientras soltaba un quejido bajito que le heló la columna con electricidad.

El baño se llenó de pujidos y gemidos que no buscaban contener, de suspiros incontrolables… Su entrepierna comenzaba a llenarse de espuma y eso era gracioso y excitante. Ricardo habría podido reírse y gemir, pero prefirió solo gemir. Martín crecía contra su palma.

—Tu… Estás… Loco, si piensas que vas a poder… Resistirte… Resistirme.

Esa voz… Su voz entrecortada y cachonda haciendo eco en la ducha era afrodisiaco puro.

—Hacía mucho… Que nadie me tocaba así—. Estaba a punto de correrse. Demasiado tiempo sin sentir tanto placer no lo ayudaban para que no diera un espectáculo pobre y demasiado corto.

Sus piernas comenzaban a gelatinizarse de tan débiles que las sentía a causa del inminente orgasmo. Con tanto movimiento su costado activó el potente chorro de agua. Aquello hubiese podido incluso mejorarlo todo… Pero eso no fue lo que ocurrió.

Martín dejó de tocarlo en el acto.

— ¡¿Pero qué mierda?!—Gritó—. ¡Está helada! ¡¿Qué clase de demente se baña con el agua a semejante temperatura?¡

3

Martín jugueteaba con el teléfono celular entre sus manos. Ya había eliminado la fotografía de su cuenta de correo, pero esta aún continuaba en la papelera de reciclaje. Una vez que la eliminara de allí, ya no habría vuelta atrás y la razón por la que Ricardo le seguía la corriente habría desaparecido. Solo le restaría confiar en él, y aunque sentía que podía hacerlo, siempre era bueno contar con un seguro.

Se dio la vuelta en la cama, quedando bocarriba y resopló. ¿Desde cuándo quería razones para querer a Ricardo atado a él de alguna manera? Posiblemente desde que dos días atrás le había salido con toda aquella sarta de tonterías donde lo instaba a poner en práctica sus armas de seducción con él, como si fuese tan difícil llevárselo a la cama… No había más que ver la manera en la que tan fácil comenzó a derretirse entre sus manos.

Un toque en la pantalla, solo un toquecito y la fotografía habría desaparecido. Ahora tenían otro juego entre manos, y debía reconocer que le interesaba bastante… Sobre todo al rememorar la imagen de su… Creía nunca haberlo hecho con alguien circuncidado y resultaba que había mucha razón en eso de que eso los hacía parecer más grandes… ¡Dios! Era tan grueso y… Estaba pensando en puras estupideces. Sacudió la cabeza tratando de deshacerse de la imagen mental. Sonrió un poco, esperaba que Ricardo se tomara a bien el regalo de cumpleaños que le había hecho llegar y que se riera tanto como lo hizo él al escogerlo.

Miró una vez más la pantalla y esa vez se obligó a hacer un movimiento rápido del cual aunque se arrepintiera, no podría deshacer.

Pulsó «vaciar papelera de reciclaje» y cuando se creyó vencedor, va y aparece aquello de «¿Está seguro que desea vaciar la papelera de reciclaje?» que nuevamente lo ponía a dudar.

Las papeleras de reciclaje de las cuentas de correo se vaciaban solas cada Treinta días, así que de momento la dejaría allí y ya estaba; pasados treinta días la red habría tomado la decisión por él y punto.

Eran cerca de las 8:00 de la noche, demasiado temprano para disponerse a dormir pero se sentía demasiado cansado, tanto que el solo hecho de tener que abandonar la cama para cambiarse de ropa y cepillarse los dientes le daba la impresión de requerir una cantidad de energía equivalente a la requerida para mover la estatua de la libertad de lugar.

Micaela ya había llegado, le había dado un saludo rápido cuando llegó media hora atrás y luego había dicho que tenía algo urgente que hacer. No tenía pensado abandonar su habitación para darle las buenas noches, no importaba si ella se ofendía. Solo el imaginarse bajando las escaleras aumentaba su cansancio.

Suspiró como si se dispusiera a empezar una travesía por el desierto en lugar de solo pasar al baño y tratando de apurar aquello, se levantó de un solo movimiento.

Martín duró escasos cinco segundos de pie, antes de sentir como lo abandonaban el aire y las fuerzas y ver la forma en la que el suelo se acercaba a su rostro a toda velocidad, mientras la luz de la lámpara en una de sus mesas de noche y la de la televisión empezaban a desdibujarse, estallando como decenas de pequeñas estrellas en el borde de su visión.

Cuando abrió los ojos no supo con exactitud cuánto tiempo había pasado. Bien pudieron haber sido horas como solo minutos o incluso segundos. Le dolía el hombro y sospechó que esta había sido la parte de cuerpo que impactó con mayor fuerza contra el piso. Cuando consiguió sentarse, con la espalda recostada contra el lateral de la cama, cerró los ojos, preso en un mareo que lograba robarle el aliento.

Sea como fuere, aquello ya había llegado demasiado lejos. Lo único en lo que podía pensar en ese justo momento era en que tenía cáncer de algún tipo, podía incluso sentir la masa maligna que lo estaba matando lentamente, crecer en el lóbulo frontal o quizá occipital de su cerebro, quizá leucemia… En ese momento hizo lo que no se había permitido hacer desde que comenzara a notar los síntomas y el malestar: sucumbió ante el miedo, y no precisamente por él. En su mente comenzó a dibujarse el rostro angustiado de Mimí, de su abuela, incluso de Lola… Y Carolina, por Dios, Carolina.

Ya estaba bien de hacerse el fuerte y el indiferente. Había algo mal con él y era momento de poner sobre aviso a su familia y pedir ayuda. Comprobó en la pantalla del celular que había estado «ausente» solo durante un par de minutos. Mimí solía quedarse en el estudio hasta pasadas las 10:00, así que hacia allí se dirigió. El mareo persistía y sentía el cuerpo frío y flojo, pero se sentía muy lúcido.

La gruesa puerta de roble del estudio estaba cerrada, pero cuando tiró de la manija descubrió que no tenía echado el seguro, así que la empujó de manera leve. Abrió poco, pero lo suficiente como para que a través del resquicio se escuchara la voz seseante que lo hizo detener todo movimiento.

—Tú lo sabías… Lo sabías y no me has dicho nada. Vosotras sabíais… Tú y tu madre. ¡Joder! ¿Cómo has podido ocultármelo durante tanto tiempo? Jamás me lo habría esperado de ti ¡¡¡¿Qué te hizo pensar que yo no necesitaba saber?!!!

Martín dio un respingo ante los gritos.

—Joaquín yo… Lo siento. Pero debes entenderme. Era algo acerca de lo que no quería hablar, algo que me afectaba y que aún hoy lo hace. No pretendía guardarte un secreto tan importante, pero tampoco me moría por salir corriendo a contártelo. Yo… solo no pude decirte nada, no quería lastimarte. —Mimí sorbió por la nariz.

—Mierda, mierda, ¡Mierda!

—Oye tú, no grites… Baja la voz.

— ¿Por qué? ¿Ni a gritar o enfadarme tengo derecho, cuando me has mentido tan descaradamente?

—Cállate, porque Martín no sabe nada de esto, y no quiero que se entere.

Martín no esperaba escuchar su nombre en aquella extraña discusión. ¿Qué había que él no sabía y de lo que su madre no quisiera que él se enterara?

—Eres una mentirosa, Micaela. Yo soy una mierda, si, un descarado, pero tú eres una jodida mentirosa. Me largo de aquí.

Martín llegaba a una rápida y obvia conclusión, mientras retrocedía y se ocultaba en la vuelta de pasillo más cercana, al escuchar los pasos de Joaquín encaminándose hacia la puerta.

Secreto.

La verdad que siempre le había sido esquiva durante toda su existencia…

El secreto mejor guardado en esa casa…

—No—. dijo en un susurro, antes de taparse la boca cuando en su mente ya comenzaban a acomodarse las piezas.

Llegó a su habitación con el corazón desbocado y la respiración escaza. Su mente maquinaba a toda marcha tratando de encontrar situaciones que contrarrestaran aquella verdad que de pronto le parecía tan evidente.

—No parezco… No me parezco a él… Yo, no me parezco en nada a él—. Trató de consolarse, pero rápidamente vino a su cabeza la imagen de la madre de Joaquín cuando su abuela se la presentó en el club… Los mismos ojos color acero, el cabello negro…

Recordó la reticencia de Micaela a que le dijera a Joaquín que era gay. Los comentarios de su familia demasiado moral… Como si quisiera que a sus ojos él no presentara ni un solo defecto…

—No puede… Mierda, mierda ¡Mierda!

Por primera vez en su vida, Martín se vio con mucho más de lo que podía manejar, entre las manos.

Fin…

Continuará…

Capítulo 33

0

En nombre del desastre – Segunda Parte

1

 ¿Cuál de las dos más famosas lesbianas con talk shows te gusta más, Carolina? ¿Rosie O´Donell o Ellen DeGeneres?—. Preguntó Gonzalo, luego de dos minutos de silencio cuando ellos hubieron agotado el tema acerca de si en la siguiente vida les gustaría reencarnar en una lolita japonesa o en una coreana, posterior al asunto de si creían o no en la reencarnación.

Carolina tomó un puñado de frituras de queso del tazón que estaba sobre la cama, entre ella y Gonzalo. Hacía cerca de media hora había abandonado la pretensión de no querer mancharse los dedos de color naranja, y superado este pequeño impase para aquel momento comía como una verdadera desesperada sin remordimientos. No le importaba demasiado el estar llena de boronas, o que bajo sus uñas tuviera tanto producto como dentro del tazón, pues ya encontraría la manera de sacarlo de allí sin tener que dañar la manicura que Gonzalo le había hecho ese mismo día en la mañana.

Con movimientos lentos se llevó unas cuantas frituras a la boca, mientras meditaba a consciencia su respuesta.

—Ellen. Definitivamente Ellen DeGeneres. Ella gana porque tiene esa forma de bailar extraña y divertida. —Respondió con toda la seriedad que ameritaba semejante asunto—. Además, ella es mucho más guapa que Rosie O´Donell y eso también cuenta.

—En efecto, así es. Concuerdo contigo, Ellen Rock´s

El diseño del techo de la habitación no era nada interesante… Aun así se quedaron inmersos en su contemplación, mientras lo único que se escuchaba eran el crujido de las frituras mientras las devoraban y el murmullo del televisor a un volumen tan bajo, que era imposible que alguno de ellos dos estuvieran entendiendo una sola palabra en realidad.

Definitivamente estaban aburridos.

Revisar las redes sociales cada diez minutos y pensar cada vez en la posibilidad de que la mayoría de personas que publicaban seguro tenían alguna especie de discapacidad relacionada con el alfabeto y su correcta combinación de letras, debido a los espantosos errores ortográficos, había comenzado a hacerse monótono y dejado de tener gracia hacía rato.

Carolina soltó un profundo suspiro que fue respondido por uno igual de sonoro por parte de su amigo.

— ¿Gonza?

— ¿Mmm?

—De seguro esta no era la manera en la que imaginabas que serían estas vacaciones ¿cierto?

Gonzalo dejó de mirar el techo y ladeó la cabeza, mirando en su dirección.

— ¿Y qué te hace pensar que este no era exactamente mi plan? Quizá esto es justo lo que yo tenía planeado… No quitarme el pijama en todo el día y rellenarme insanamente de calorías mientras veo el mundo avanzar de forma lenta a través de tu ventana, y sentir como un tiempo valioso que jamás recuperaré se me escurre entre los dedos— Gonzalo curvó una de las comisuras de la boca hacia arriba. —Que sepas que normalmente mi vida es mucho más movida, y que si estoy aquí ahora mismo es solo por acompañarte, porque pareces no haber conseguido levantar cabeza después de que tu novio y tú hubiesen terminado, y de que tú mejor amigo te haya abandonado por estar inmerso en una historia de amor bastante complicada.

Carolina chasqueó la lengua con fastidio, quizá aceptando que en el fondo Gonzalo tenía algo de razón; además su ademán era porque tenía que reconocer que le molestaba un poco —¡Mucho!— que Martín le hubiese contado lo de su embrollo amoroso a Gonzalo. Esas eran confidencias que solo se hacían entre mejores amigos, y ahora Gonza no perdía ninguna oportunidad para recordarle aquello. Estaba algo celosa.

—Me crispas los nervios, ¿Cuándo vas a dejar de hablar así?

— ¿Así como?

—Así… Como si fueses un hombre.

—Yo soy un hombre.

— ¡Jah!

— ¡Oye! Yo soy tan hombre como cualquiera.

— ¿Ah, sí? Muéstrame, entonces—. Carolina se sentó en la cama, sacudió la cabeza de manera que el moño flojo y sin pinza que tenía en la parte alta de la cabeza se deshizo, dejando que el cabello largo y espeso le bañara los hombros, con los que comenzó a hacer sexys y exagerados movimientos circulares. Encogió la pierna derecha hasta dejar una buena porción de muslo al descubierto, cuando la tela del pijama resbaló.

Gonzalo dejó escapar un gritito agudo.

— ¡Ay no, qué asco! No quiero tener nada que ver con esa almeja apestosa que las mujeres tienen en medio de las piernas. —Gonzalo se levantó de la cama y fingió un escalofrío—. Que repelús. Dime ¿Tan aburrida estás?

Para ser sinceros, Carolina había comenzado a desternillarse de la risa en cuanto escuchó el nada masculino gritito de Gonzalo. La sarta de tonterías que él soltó después solo echó más leña al fuego y no ayudó a mitigar su ataque de risa. Para cuando ella logró detenerse, el otro ya tenía el ceño fruncido.

—Sí, estoy muy aburrida, pero no estoy tan desesperada como para querer sexo contigo… Y te aseguro que soy de las que cuida su «almeja» para que no apeste, grosero. —Se dejó caer nuevamente sobre la cama, estirándose de manera perezosa—.  Aunque… No te voy a negar que mi curiosidad por ver, solo ver, qué tan hombre eres, es mucha. Hasta ahora solo he tenido indicios y mucha palabrería al respecto—. Carolina agitó pícaramente el dedo meñique de la mano derecha.

— ¿Qué estás diciendo, grandísima desvergonzada?

—Anda, Gonza, déjame ver. Es casi como si fuéramos un par de chicas y yo estuviera pidiéndote que me dejes ver tus pechos para compararlos con los míos… O hablar acerca de sujetadores de encaje.

Gonzalo soltó una risotada falsa bastante exagerada.

—Supongamos que te muestro mi pito, ¿Contra qué se supone que lo vas a comparar? Tú no tienes uno, que yo sepa.

Gonzalo cruzó los brazos fuertemente sobre su pecho, casi como si estuviera esperando que ella le saltara encima.

—Oh no, no tengo uno… Pero he visto unos cuantos.

— ¿Unos cuantos?  Te aseguro que nunca habrás visto uno como el mío, niña.

—Pues eso ya lo determinaré yo. Ahora, bájate los pantalones y déjame ver. —Demandó la chica.

—Pero mira nada más que gracioso. Justo las mismas palabras mágicas que me dijeron mi primera vez —Carolina tragó saliva, eso fue un tanto triste. —Quita esa cara, mujer, que solo es una broma. Mi vida no es una telenovela barata… Bueno, un poco, pero solo a veces.

Ella puso los ojos en blanco y suspiró, rezongando.

— ¿Vas a dejarme ver o no?

Gonzalo comenzó a juguetear con el elástico en la cintura de sus pantalones de pijama. Tiraba de él y luego lo soltaba, picándola, como contemplando si bajárselos o no.

—No lo sé…—Canturreó. — ¿Qué obtendré a cambio?

— ¿Acaso no fue suficiente con haberme hecho tragarme dos desesperantes películas de Woody Allen y luego haberte visto a ti durante una rutina de ejercicios de dos horas? Siendo así, creo que esto me lo debes. ¡Anda ya! Quiero verte la…

El teléfono celular de Carolina comenzó a vibrar y a sonar en medio de la cama, deteniendo aquel sinsentido al que estaba empujándolos el aburrimiento. Cuando vio de quien se trataba estuvo a punto de ignorar la llamada, para devolver un poco de la nula atención que había recibido durante la última semana y media de su vida. ¿Era acaso que él no era capaz de imaginar lo duro que era eso para ella, cuando normalmente ellos dos solían ser como un par de sanguijuelas, pegados el uno al otro? ¡Dios! Necesitaba un novio que ocupara su tiempo.

Chasqueó la lengua, asqueándose un poco ante su falta de voluntad para despreciar a Martín.

— ¿Qué quieres, grandísimo ingrato? ¿Te equivocaste de número?

No le sorprendió escuchar una risa fingida, con grandes y exagerados «JA – JA – JA» al otro lado de la línea.

 ¿Qué estás haciendo?

 ¿Qué? Pues… Estoy ocupada. Mucho.

 ¿Ocupada exactamente con qué, Carolina?

Con… Cosas, estoy liada con un montón de cosas. Imagino que llamas porque me necesitas para algo, pero así no es la vida, Martín. No puedes solo llamar cuando se te venga en gana después de haberme ignorado durante días, cuando habías prometido tratarme como a una princesa, y esperar que deje todo tirado solo porque te has dignado a acordarte de mí. Eres un…

— ¿Tiny? Salúdalo de mi parte, Caro. —Pero Gonzalo no esperó a que ella le transmitiera el saludo, si no que se acercó a ella, se agachó a su lado hasta pasarle su gran brazo sobre los hombros  y pegando la boca al teléfono le gritó directamente en la cara, con la intención de que sus berridos fueran escuchados por Martín a través de la bocina del móvil— ¡Holaaaa, Martín!

Oh, Gonzalo está contigo, ¿Por qué te quejas tanto si ya me conseguiste un reemplazo? Apuesto a que a él también le gustan ese montón de novelitas chinas rosa que te gustan a ti… Por favor, ponme con él.

¿Pero qué era aquello? Además de todo Martín se daba el lujo de darle esquinazo incluso cuando había sido él mismo quien había llamado… A su número. Era un grosero de lo peor. Más le hubiese valido tomarle la palabra a su tía Antonia y haberse ido con ella a pasar las vacaciones en su pueblo natal, aun si en aquel lugar lo más entretenido fuese escuchar las cigarras por la noche, no habría habido mucha diferencia entre aburrirse en aquella finca y la manera en la que de todas maneras se estaba aburriendo en la ciudad, pero allí no tendría testigos.

Arrugó la cara con verdadera molestia, miró mal a Gonzalo y estiró el brazo mostrándole el teléfono.

—El principito caprichoso quiere hablar contigo.

Gonzalo arrugó el entrecejo con extrañeza y se señaló el pecho de manera interrogativa. Al  parecer ella no era la única que encontraba extraño el que Martín pidiera hablar con él de manera voluntaria. Pero claro, como ahora eran los mejores amigos del mundo…

— ¿Conmigo?

—Ajá.

Ella asintió con la cabeza y la expresión del rostro de Gonzalo sufrió un cambio drástico al convertirse en uno de completa alegría mientras tomaba el aparato.

— ¡Ey! ¿Qué te cuentas, Tiny?… Sí, por supuesto que estoy de ánimos. Siempre lo estoy… ¿El de siempre?… ¿Con quién crees que hablas? Por supuesto que conozco, varios, de hecho, pero jamás pensé que quisieras ir a uno. ¿Ya habías ido a uno antes? … —Carolina hacía verdaderos esfuerzos por entender de qué iba la conversación, uniendo la información unilateral que recibía. — ¡Genial! Por supuesto que quiero ir, te llevaré al mejor… Eso suena muy interesante… ¿Ocupados nosotros? Pero si lo único que hemos hecho en todo el día es ver televisión y perder la figura, lo mismo que el resto de la semana…—Carolina blanqueó los ojos, Gonzalo era un chismoso y acababa de dejarla como una mentirosa. — Nop, casi todos viajaron, a los padres normales les gusta pasar tiempo con sus hijos, que los visiten y esas cosas, ya sabes… ¿Dónde nos vemos?… Sí, me aseguraré de que ella vaya, pero danos un par de horas para ponernos decentes. No lo digo por mí, pero creo que Carito va a necesitar tiempo, si la vieras ahora mismo no te lo creerías. —Gonzalo debió hacer una contorción para esquivar el almohadazo que Carolina intentó darle. —Estamos en su apartamento, Jazmín salió de viaje hace cuatro días, así que la he estado acompañando…Vale, vale, ella parece estar de mal humor, pero le diré que la quieres… Chau.

— ¿Y? ¿Qué quería ese malcriado?—Aunque no era que no lo hubiese adivinado, de todas formas.

— ¡Fiesta! —Gritó Gonzalo. —Gracias a Dios. Un poco más de tiempo pernoctando aquí sin nada que hacer, y juro por Dios que iba a volver a contemplar el suicidio—Carolina abrió gigantes los ojos, ¿volver? ¿Suicidio? —Muévete, mujer. Solo tengo dos horas para deshacer ese nido de pájaros al cual valientemente llamas cabello. —Fue obvio que Gonzalo se dio cuenta de lo que había dicho y trató de desviar el tema. De momento ella iba a dejarlo estar, no quería hacerlo sentir incómodo, pero eso era algo de lo que definitivamente hablarían después, probablemente era una de sus bromas… Pero quizás no.

—Yo… Puede que no vaya. Martín me tiene algo decepcionada… Haciendo todo tipo de tonterías sin escucharme, dejándome de lado. Creo que estoy de verdad enojada con él y esta vez es completamente en serio.

— ¿No ir? Oye, sinceramente eso no te lo crees ni tú misma. ¡Vamos! Muévete, Carolina, o saldrás de aquí con pinta de espantapájaros, pero te aseguro que saldrás. La razón principal por la que se supone que estás enojada con él es justo porque te tiene acostumbrada a la marcha, su total atención, porque te había prometido unas vacaciones de locura y ahora que va a cumplir con su palabra, ¿Piensas negarte? Necesitas poner en funcionamiento los poros bailando hasta que logres sudar las dos toneladas de comida chatarra que te tragaste hoy. Además, entiéndelo, Martín está enamorado y la mayoría de personas suele enloquecer cuando eso ocurre. Es su turno.

Carolina suspiró pesadamente.

—Sigue intentando un poco más, quizá logres convencerme, porque aún no lo haces.

Gonzalo sonrió con ganas y se sentó a su lado.

—Bien, aquí hay dos razones que de seguro te convencerán. La primera: Martín me ha pedido que lo inicie… Vamos a ir a un club gay—. Carolina imaginó que Gonzalo debía sentirse como el chango de culo rojo que presentó a Simba ante los animales de la selva. Podía ver sus ojos brillando con algo parecido al orgullo y lo que estaba segura, era una completa emoción—. Me habías dicho que querías ir a uno, ¿cierto? Pues voy a llevarlos a mi favorito—. Si ella fuese un can y Gonzalo estuviera ofreciéndole comida cuando ella se negaba a ingerir alimento, podía decirse que la croqueta que le había acabado de mostrar comenzaba a despertar su interés —. La segunda es que es bastante curioso que Martín me haya pedido específicamente que los guiara a un lugar de ambiente cuando también ha dicho, cito textualmente— Gonzalo carraspeó con dramatismo—, «Pasaremos por ustedes en un par de horas» el plural en esa frase es algo que vale la pena desvelar, ¿No crees?

—Pero, pero, pero… ¿Te dijo a quién piensa llevar?—. Okey, su curiosidad estaba al tope ahora.

—No. Pero solo existen dos opciones, ¿No es así? Y cualquiera de ellas que sea, definitivamente es algo que quiero ver… Incluso si hay una tercera opción, también quiero. Creí ser su único amigo gay. Ahora pregunto, ¿Carolina Ignacia, quieres ir?

Carolina boqueó con completa indignación.

— ¡No puedo creer que Martín también te haya dicho eso!—. En cuanto pudiera, iba a ir a una registraduría y acabaría con el karma de su segundo nombre—. ¿Cómo me saco lo naranja de los dedos?

— ¡Chúpatelos!

2

Estaba decidido a hacer parte de la vida de Martín, sí. Pero quizá era momento de empezar a contemplar los inconvenientes que ello conllevaba, sobre todo cuando en aquel momento se encontraba bajo la mirada escrutadora y descaradamente directa de dos de sus amigos, mientras los cuatro se encontraban empaquetados en un taxi con rumbo desconocido, al menos para él.

La chica, Martín y él iban en el asiento trasero del vehículo; el otro chico, Gonzalo, a quien Ricardo no sabía si catalogar como «chico» cuando era evidente que estaba más allá de los Veinte, iba en el asiento del copiloto, pero él no miraba hacia el frente, como una persona normal y prudente lo haría, sino que estaba girado sobre el asiento, forzando el cinturón de seguridad para mirar hacia él de forma descarada. Tanta atención sobre su persona estaba empezando a incomodarlo. No podía evitar preguntarse qué tanto sabían ellos de las circunstancias de la relación que lo unía a Martín.

Ella era bastante hermosa, debía reconocer. Era como un bonsái, bastante pequeña pero con una anatomía proporcionada y curvilínea. A pesar de la baja estatura, su complexión estaba bastante lejos de la absoluta fragilidad. Estaba vestida de manera quizá un tanto atrevida para su gusto, pero Ricardo supuso que aquel era el derecho con el que contaba una mujer que tuviera  tan hermosas y notorias curvas. Ricardo se preguntó si estando el clima como estaba, y ella estando tan descubierta como estaba, no estaría pasando frío puesto que la chaquetilla que ella llevaba encima era casi un chiste.

Gonzalo, de quien Ricardo sinceramente había esperado que tuviese un semblante más afeminado y acorde con la personalidad que le había descrito Martín, estaba vestido de manera aparentemente discreta, pero a saber si al igual que ocurría con Martín en aquel momento, la usencia del abrigo que llevaba sobre la ropa revelaría un atuendo llamativo.

No lo soportó más. Él llevaba un jersey de lana debajo de la chaqueta, con el que estaría lo suficientemente abrigado. El labio inferior de la chica temblaba de manera casi imperceptible y desde donde él estaba podía perfectamente ver la manera en la que sus piernas estaban con la piel de gallina, así que rápidamente se sacó la chaqueta y se la tendió, esperando que no se lo tomara a mal.

—Hace frío. —Dijo como única  explicación, mientras le tendía la prenda que ella recibió con una sonrisa.

—Wow, muchas gracias—. Ella comenzó a calzarse la prenda. Para hacerle espacio para maniobrar, Martín y él debieron arrinconarse lo más que pudieron contra la puerta del auto, así que Ricardo tuvo a su alumno apretujado contra él, bombardeándolo con el rico olor de su perfume—. Ustedes dos, a ver si aprenden algo.

— ¿Pero qué dices? Te pregunté puntualmente si estabas dispuesta a salir así cuando hace tanto frío. Tu respuesta fue un rotundo «No te importa» así que solo te dejé ser—. Martín se encogió de hombros.

—Ya déjala, Martín… Está enojada contigo por haberla tenido abandonada. Mírala, es como una niña pequeña reclamando atención. Además es obvio que está celosa porque cree que le van a robar a su mejor amigo—. La voz de Gonzalo destilaba diversión y burla.

—¡Cállate, tonto! Tú eres un traidor—. Ella blanqueó los ojos, cruzó los brazos sobre el pecho y se dedicó a ignorarlos, mirando por la ventana.

—Lo siento, princesa. Prometo que no va a volver a ocurrir. ¿Me perdonas?

Carolina dejó de mirar el paisaje nocturno y miró en dirección a Martín, con una de sus perfectas cejas arqueada.

—Pues aún no lo sé. De momento estás a prueba. Así que más vale que te comportes.

—Oh Dios… Diciendo estupideces cuando hay cosas mucho más importantes aquí. —En efecto, Gonzalo hablaba como un hombre, pero mucho de su lenguaje corporal lo delataba. — Martín, cuando dijiste que estabas saliendo con tu profesor, me imaginé a un cincuentón medio calvo con cara de cachondo perdido, pero él… ¡Dios mío! Ninguno de mis profesores de instituto era así. De haberlo sido yo habría sido expulsado por acosar a los docentes y no por las razones estúpidas por las que me expulsaron… Dos veces.

Bien… ¿Se suponía que debía sentirse alagado por aquel comentario, o intentar correr por su vida? Ricardo no se consideraba una persona particularmente tímida, aburrido quizá y eso solo en ocasiones, pero nunca había sabido como encajar bien los halagos, menos uno así de directo y específico. Nunca lo había piropeado alguien de su mismo sexo, tampoco. Más que tímido se sintió cohibido, fuera de ambiente, tenía miedo de decir algo desacertado que pudiera ofender al otro o darle una impresión equivocada. Martín nunca le había transmitido aquel tipo de incomodidad a pesar de que lo turbaba, pero esa turbación era de aquella que le hacía sentir cosquillas en el estómago, ya fuesen de tensión o de gusto, no de la que lo dejara sin saber qué decir.

¿Qué tanto les había dicho Martín?

El conductor del taxi lo miró a través del espejo retrovisor con el ceño fruncido, y carraspeó con incomodidad y evidente reprobación.   De la garganta de Martín nació una pequeña risita.

— ¿A dónde estamos yendo?—. Ricardo prefirió cambiar de tema por completo.

Gonzalo intentó hablar nuevamente pero Martín lo interrumpió, respondiendo en su lugar.

—Vamos a una discoteca. Ya sabes, Richie, mucho ruido, muchas luces, mucho alcohol. Algo de distracción, hoy estoy algo tenso.

—Mucho ruido y muchas luces, no hay problema. Pero no tienes la edad suficiente para «mucho alcohol»—. Dijo, sin poder evitar que el adulto responsable hiciera acto de presencia.

—No, no tengo la edad, pero te aseguro que tengo la experiencia y sobre todo tengo ganas. Oye, ¿Sabes lo que sí tengo? —Quizá aquella era una pregunta retórica, pero aun así Ricardo negó con la cabeza. —Tengo una identificación falsa que me salió por un ojo de la cara y que nos mantendrá lejos de problemas. Relájate. Sé que lo vas a disfrutar.

Algo hubo en su sonrisa y la manera en la que le guiñó un ojo, que prometía peligro.

3

Debió haber sospechado que Martín le haría algo como aquello. Lo había metido de cabeza en un lugar donde se estrelló con la más gigante bandera multicolor y repleto de los personajes más desinhibidos con los que se hubiera cruzado jamás. Había tanto colorido, tanto brillo y tantas prendas de vestir demasiado pequeñas, transparentes o ajustadas, que casi sintió vergüenza por verse tan normal vestido con su jersey de lana de color crema y sus pantalones de dril de color caqui.

Aquello había sido prácticamente pasar de cero a cien en un lapso de tiempo demasiado corto. Pasar de empezar a aceptar, reconocer y asimilar el hecho de que encontraba atractiva y llamativa a una persona de su mismo sexo y que sus deseos estaban mutando, a encontrarse repentinamente inmerso en un ambiente en el que dos hombres se metían mano o se comían la boca en medio de una pista de baile, cosa que lo hizo sentir por completo incómodo y que lo obligaba a desviar la vista cada vez que sus ojos se estrellaban con una situación similar… Pero sintió que bien había valido la pena el dejarse arrastrar hasta allí adentro, solo por ver la manera en la que se iluminaron los ojos de Martín y la sonrisa que se extendió en su cara, ante la mera posibilidad de estarle causando un disgusto con aquello. Riendo su propia gracia por haberlo metido allí cuando él había empezado a negarse a entrar cuando fue obvio donde se encontraban.

Un lugar bastante grande y ostentoso, con reflectores gigantes en la entrada que utilizaban el encapotado cielo nocturno como telón para proyectar la potente luz. Quizá era porque nunca había estado interesado en el tema, pero siempre creyó que ese tipo de lugares eran algo clandestino, con entradas secretas disimuladas en lugares inverosímiles y de cuya existencia solo se enteraban a través de las Páginas Amarillas para gays o algo por el estilo. Ricardo rio ante su propia estúpida y completamente heterosexual conclusión, porque era evidente que no era así.

Era viernes y además estaban en medio del periodo vacacional, así que el sitio parecía estar en su máxima capacidad. Ricardo ignoraba que tipo de influencia tenía Gonzalo allí, pero les habían conseguido una mesa cerca de la pista de baile en un abrir y cerrar de ojos, a pesar de que había una considerable cantidad de personas esperando afuera por la oportunidad de entrar. Cuando Martín le preguntó al respecto, este se limitó a decir algo que sonó mucho como «Yo soy su reina»

Con los fuertes golpeteos de los amplificadores retumbándoles en el pecho, los cuatro estaban sentados en un cómodo sofá de cuero rojo en forma de «U» alrededor de una pequeña mesa cuya superficie de vidrio transparente dejaba ver a la perfección la pequeña base en forma de brillante bola de discoteca, y sobre la cual acababan de dejarles la primera consumición: Una botella de whisky, cuyo sello Gonzalo revisó con ojo clínico antes de devolvérsela al mesero para que la abriera, un cocktail  de color rosa en una copa alta, para Carolina, vasos, hielo, pasantes, servilletas, cuencos con snacks y una pequeña bandeja con rodajas de limón.

La sección de mesas en la que se encontraban, se elevaba a más o menos un metro de altura de la pista de baile. Una pequeña reja adornada con tubos fluorescentes actuaba como barrera y evitaba que cayeran de cabeza en medio de un mar de bailarines que seguramente se los tragarían. A su derecha, cuatro pequeños escalones les daba acceso a la pista.

Habían más mesas hacia arriba y hacia el fondo, teniendo esto en cuenta, ellos tenían una mesa de las mejores, una mesa desde la cual tenían una buena vista de la pista de baile y gracias a la cual, Ricardo podía ver a la perfección la manera en la que un montón de torsos desnudos se contorsionaban unos contra los otros en medio de un frenesí musical, a no muchos metros de ellos. No era un lugar para charlar, sino para enloquecerse y perder el control.

Ubicó con la vista las salidas de emergencia y los baños, nunca estaba de más ser precavido, sobretodo en un lugar así de grande y concurrido. Cuando terminó de estudiar todo el club con la vista, y después de que sus ojos se toparan con el par de senos más grandes que hubiese visto jamás y que dudaba que pertenecieran a una mujer, regresó su atención a la mesa justo a tiempo para ver como Martín daba cuenta de su bebida, tal vez con demasiada rapidez.

— ¡Hey!, más despacio.

Martín se apartó el vaso casi vacío de los labios con la cara arrugada, debido al fuerte sabor de la bebida. Tomó un gajo de limón y se lo llevó a la boca.

—No me pidas que vaya más despacio. —Debido a lo fuerte que sonaba la música, para hacerse entender tenían tres opciones, o leían los labios —cosa que se dificultaba con las luces estroboscópicas, y la completa ignorancia al respecto, claro— o hablaban a gritos, o se hablaban al oído… Opción que Martín escogió mientras alcanzaba el vaso que estaba frente a él, en la mesa, y se lo tendió. —Más bien toma tú, para que estemos a la par y también te diviertas, Richie.

Tomó de su vaso, aunque no tanto o tan rápido como Martín, que empezaba a servirse por segunda vez, y aunque él no era un bebedor frecuente aquel había sido un día largo y cargado de emociones que le aseguraba que querría beber un poco más. Había algo dentro de él que necesitaba ser mitigado; necesitaba apagar la fea sensación que le producía el pensar en el motivo del por qué Martín parecía desesperado por encaminarse hacia la inconsciencia etílica.

 

***

 

Martín y su amiga Carolina estaban en la pista de baile. Gonzalo había reusado la invitación a unírseles y él mismo había preferido quedarse en la mesa y observarlos desde allí.

Desde el momento en el que Martín se había puesto de pie y se había sacado la chaqueta, revelando su atuendo, muchas de las miradas se habían dirigido hacia él de inmediato. Ricardo debía reconocer que entendía aquello a la perfección, aunque le molestara un poco. A juzgar por la manera en la que Martín pasó por alto la atención que estaba recibiendo y las miradas que llovía sobre él, pudo adivinar que era algo a lo que estaba acostumbrado.

Ricardo había bebido lo suficiente como para empezar a sentirse mareado y sentir que muchas cosas, que normalmente no lo serían, empezaban a parecerle graciosas, como los bailarines con tangas blancas que bailaban ágilmente, ubicados en lo alto del perímetro de la pista de baile, metidos dentro de lo que él solo podía describir como tubos probeta gigantes.

La principal consecuencia de estar alcoholizado, era el hecho de que había dejado de tener un cerebro multi servicio y no podía concentrarse en más de un par de cosas a la vez. Así que teniendo que escoger funciones, se decidió por las que consideró de mayor importancia: llevarse la bebida a los labios —en intervalos de tiempo que cada vez se hacían más cortos— y observar a Martín… Tragárselo con los ojos sin perder detalle de cada uno de sus movimientos.

La pareja que bailaba en la pista estaba tan cerca de ellos, que solo le habría bastado con recargarse en la pequeña reja y estirar el brazo, para tocarlos. A pesar de la manera cadenciosa y sugerente en la que se movían, acompasando sus movimientos al ritmo de una tonada urbana cuya letra los instaba a «juntar sus cuerpos y hacer travesuras» y la manera en la que ellos dos parecían prestar oído a las indicaciones, aquel par no transmitía la sensación de estar sexualizando aquel baile. No se veían como nada más allá de lo que eran: un par de amigos bailando y haciendo el tonto en ocasiones.

Martín se movía con pericia, ondulando el cuerpo con experiencia y sensualidad, como un pequeño Dios bastante consciente de su divinidad.

—Yo también solía mirar a Martín con esa misma cara de tonto. —La voz de Gonzalo evidenciaba una diversión que se reflejaba en la sonrisa oculta en la comisura de su boca. Estaba cerca de él, pero no tanto como para no tener que gritar aunque fuese un poco—. No es que yo lo haya superado del todo, pero ahora soy más realista. Ese chico— señaló hacia la pista—, se ha encargado de darme mis buenas cachetadas de realidad cuando ha sentido la necesidad de hacerlo.

—Oh, yo no…

—Eh, eh, eh… Que yo no juzgo, así que no hay necesidad de negar nada. Pensé que era extraño que tú… ¿Puedo tutearte? —Ricardo asintió con la cabeza—. Okey. Que era extraño que tú hubieses accedido tan fácilmente a su juego, cuando existían mil maneras de negarse, pero está claro que Martín te gusta y eso lo pone todo a otro precio.

No había como negar lo innegable. Si el otro decía que su mirada lo había delatado, entonces de seguro así había sido. Ricardo relajó los hombros, derrotado, y le dio un largo sorbo a su bebida antes de atreverse a hablar.

—No se lo digas—. Pidió.

— No lo haré, pero no creo que tarde en notarlo… Es bastante avispadito. La verdadera cuestión aquí, es que Martín al que quiere es al otro—. Ricardo resintió esto último, sintiéndolo como un golpe directo en las entrañas, así que apuró el resto de la bebida y se dispuso a rellenarse el vaso. — Pero quizá sea porque te he conocido a ti primero, porque tienes cara de buena persona o porque lo poco que he escuchado a cerca de «Don quijote»  no me ha dado buena espina que espero que, sí es que esto es una contienda, tú seas el vencedor al final… Tienes mi voto, profe.

Ricardo no pudo más que reír.

— ¡Amen!—. Gritó al tiempo que elevó su bebida y la chocó en el aire con la de Gonzalo. —Aunque… Quizá lo que te motive y cause simpatía sean las ganas de ver a alguien más fracasar tan estrepitosamente con Martín como lo hiciste tú. —Oh, ahí estaba la inconveniente sinceridad al extremo que los tragos solían causar en él. Pero incluso en ese estado supo que todo su esfuerzo por no decir nada desacertado que pudiera herir al otro, había acabado de terminar en un fracaso estrepitoso—. Caray, yo… lo siento.

Gonzalo parecía más divertido que ofendido, pero eso no evitaba que Ricardo se sintiera terrible.

— ¿Vas a decirme que no quisiste decir eso?

—No, que va, si eso fue exactamente lo que quise decir… Pero de seguro no debí. Qué rayos, creo que es mejor que me calle.

—Así es, profe. Mejor cállate.

— ¿Vas a llamarme profe todo el tiempo? ¿Cómo un apodo? Ya es lo suficientemente malo el que yo en efecto sea el profesor de Martín como para hacer ese hecho aún más evidente, convirtiendo eso en mi nombre clave. Si nos vamos por lo obvio, ¿Entonces cuál sería el tuyo?

Gonzalo rio de manera estruendosa y bebió un largo sorbo antes de contestar.

— ¡Oh! Yo me pido ser llamado: Fresa salvaje del jardín de la maldita primavera. —Ricardo frunció el ceño dispuesto a replicar, eso de ninguna manera podía ser considerado como un apodo, más parecía el título de un mal poema súper gay, pero Gonzalo se le adelantó—. Puedo ser llamado como yo quiera… Porque «Adonis», aunque obvio, quizá sonaría demasiado vanidoso. — Gonzalo apuró lo que quedaba en su vaso—. Ahora, ¡vamos a bailar! Me muero por ver qué tal mueves el esqueleto, profe.  Además, nuestro pequeño príncipe allí abajo parece necesitar ayuda.

***

El estruendo, la adrenalina, el calor… Cada vena de su cuerpo pulsando al ritmo de una música que sonaba tan fuerte, que con cada retumbar amenazaba con querer desencajarle las coyunturas del cuerpo. Cientos de personas bailando a su alrededor.

«Vaya si hay maricones en esta ciudad»

Carolina, que conociendo de sobra su manera de bailar, se adaptaba perfectamente a sus movimientos, y una cuota nada desdeñable de alcohol en la sangre, hacían de ese justo momento algo perfecto. Todo lo que hacía unas cuantas horas atrás le había parecido infranqueable, molesto e incluso doloroso, en ese justo instante no le importaba. Tanto era así, que incluso llegó a pensar en sí mismo como en un exagerado. Echarse a la pena por aquel idiota, sufriendo por él, interesándole lo que hacía con su cochina vida… En definitiva no valía la pena.

Obtuvo un pequeño oasis en un lugar absurdo para hacerlo, pero de momento eso era suficiente para mantener sus demonios a raya y sus sentimientos, que últimamente parecían desbordados, en control. ¿Por qué tenían que arruinárselo, entonces?

Carolina bailaba de espaldas a él, pegada a su cuerpo mientras ambos se movían al ritmo de la música. Los tacos de las botas que ella estaba utilizando eran tan altos, que Martín solo necesitó agacharse un poco para  conseguir que el trasero de ella encajara perfectamente en su pelvis, acompasando el movimiento mientras la sostenía de las caderas.

Hacía mucho que ellos podían tomarse ese tipo de libertades sin que ello conllevara mayores inconvenientes o consecuencias. Quizá un tiempo atrás hubiesen estado confundidos o tentados a llevar las cosas entre ellos a un plano que incluyera lo físico, pero superado ese impase y esclarecida la relación que los unía, ahora se tenían la suficiente confianza como para permitirse ese tipo de cercanías físicas sin que ello tuviera una connotación sexual. Así que la incomodidad y el problema radicaron en el hecho de que alguien más quiso «encajarse» detrás de él, como si estuviesen jugando al trenecito, y Martín no tardó mucho en encontrarse «ensanduchado»

¿De dónde mierda había salido quién fuese que estuviera detrás de él? Alguien que evidentemente era un hombre, porque podía sentir como presionaba su paquete contra su trasero mientras se aferraba a su cintura. Hubiera podido pensar que era Gonzalo, cosa que no le habría extrañado tanto y a quien quizá le hubiese permitido aquello hasta cierto punto, pero desde donde estaba podía verlo en la mesa conversando con Ricardo, haciendo muchos ademanes como era tan natural en él.

No le gustaba para nada que se refregaran contra él sin su consentimiento, ni siquiera estando tan ebrio como se sentía.

Dejó de moverse, esperando que eso fuese suficiente señal para que la lapa tras él entendiera el mensaje, se le despegara y lo dejara en paz. Carolina se volvió entre sus brazos en cuanto él se detuvo, y sus ojos viajaron de inmediato al par de brazos extra alrededor de su cintura. Martín hizo lo mismo, en vista de que quien fuese que estuviera detrás de él, no lo había soltado aún.

Sus movimientos estaban ralentizados y algo torpes, y su mente no estaba muy lejos de lo mismo, así que fueron varios los segundos que permanecieron en aquella extraña posición, mientras los demás bailarines seguían moviéndose a su alrededor en medio de un frenesí de color y carnes desnudas y sudorosas… Él, de pie y poco dispuesto a moverse. El otro haciendo torpes movimientos a su espalda.

Normalmente solía tomarse ese tipo de situaciones más a la ligera. De hecho, si hubiese estado de humor se habría tomado el trabajo de rebuscar entre su arsenal de frases ingeniosas y le hubiera lanzado un par, quizá incluso habría coqueteado un poco hasta tenerlo donde quería y luego, en el momento que considerara justo, lo habría mandado a volar, o a lo mejor, si encontraba que el tipo estaba lo suficientemente bueno le habría seguido la corriente, pero ese día simplemente no estaba dispuesto a aguantarse nada. Le habían reventado la burbuja y eso le molestó.

Se removió brioso hasta que logró que lo soltaran. Para su vergüenza, se desestabilizó en cuanto perdió el apoyo y si no se fue al suelo, fue gracias a Carolina.

Tampoco era para armar un alboroto. A Martín solo no le daba la gana de masajearse contra un desconocido que se había tomado demasiadas atribuciones, así que tomó la mano de Carolina y se dispuso a alejarse, pero su intento se vio truncado cuando el otro, evidentemente tan o quizá más ebrio que él, tiró de la manga de su blusón con tanta fuerza que rasgó la tela, y el muy idiota en lugar de entender que esa era su señal para desaparecer y que ese pequeño accidente pasaba a ser algo un poco violento, soltó el girón de tela y lo tomó por la muñeca.

— ¡Sigamos… Bailemos!—. Gritó.

Martín odiaba que lo jalonearan. Odiaba a aquellos que no respetaban los límites… Sus límites. Comenzó a verlo todo rojo a causa de la rabia en el momento mismo en el que Carolina intentó conseguir que el otro lo soltara y el muy cabrón, salido de Dios sabía dónde, la apartó de un empujón. Mucha gente se había ganado su odio por mucho menos que eso.

Pensó en tirársele encima y reventarle la cara. Su muñeca y la del otro tipo repentinamente fueron apresadas por un par de manos contundentes, que de manera rápida y con alivio descubrió que eran de Gonzalo, que en un movimiento rápido deshizo el agarre. Martín esperó que su amigo no estuviera tan mareado y torpe como él.

— ¡¿Qué haces?!—Gritó el otro, tan fuerte que bien pudo haberse desgarrado las cuerdas vocales—. ¡Espera tu turno!

Martín bufó, indignado.

— ¿Cuál turno? ¿Acaso soy un baño público o la caja registradora de un almacén?—. Martín estaba seguro de que nadie lo había escuchado. Mejor así, porque su razonamiento comenzaba preocupantemente a rozar la estupidez.

Gonzalo lo apartó, colocándolo detrás de él hasta hacerlo chocar con alguien que, ubicado a su espalda, lo rodeó rápidamente con un brazo. Pensó en removerse y quizá lanzarle un cabezazo si es que era alguien con las mismas pretensiones que el otro, pero aquel apresamiento se sentía más protector que posesivo. Se giró, pero el abrazo no se deshizo.

Ahí estaba Ricardo, apareciendo y desapareciendo a una velocidad de vértigo, al ritmo del titilar de cientos de luces. Coloreándose de rojo, de verde, de violeta, atravesado por rápidas serpentinas de luz… Con Carolina de la mano y él sujeto contra su pecho.

Richie…—Se apretó más contra él. Un hombre confiable, cálido y de seguro incapaz de meterle mano sin su expreso consentimiento. Mientras se aferraba a su cintura, como a una tabla de salvación que impedía que se fuera de culo al suelo, no pudo evitar preguntarse cómo sería Ricardo en la cama… ¿Apasionado? ¿Aguerrido? ¿Salvaje? ¿Como un cachorrito? Él tenía ojos de cachorro, después de todo. Él le había insinuado que era un amante diestro y con experiencia, pero para ser sincero, a Martín le costaba mucho imaginárselo así…

… ¿Ricardo lo haría con él si se lo pidiera? Habían jugueteado y Martín podía decir con certeza que él no se le había resistido… Al principio un poco, quizá, pero cuando hubo cedido fue completamente capaz de percibir su deseo y su necesidad, ambas cosas muy palpables y evidentes. Nada les impedía ir más allá si es que quisieran hacerlo. Ricardo había hecho mucho por él, quizá era hora de devolverle el favor rompiendo su penosa dieta de meses.  Respiró profundo contra su cuello. —Me gusta como hueles, Richie.

Después de decir algo como eso, simplemente se soltó del agarre de Ricardo y se alejó de él. Aquel era un asunto que resolvería más tarde, pues en ese mismo instante tenía algo más que hacer.

Martín se metió bajo el brazo de Gonzalo, hasta que quedó frente al bailarín entrometido que amenazaba con arruinarles el rato. Comenzaba a sentir los potentes estragos de la bebida, así que aunque no quisiera hacerlo, mantenerse estable sobre sus pies requirió del amplio pecho de Gonzalo, donde recargó la espalda.

—Antes de que desaparezcas y nos dejes en paz, tú tendrás que disculparte con ella—. Martín señaló a Carolina tras él, con un vago gesto de cabeza—. Empujaste a una chica… ¿Qué clase de animal hace eso? —El otro lo miraba como si no estuviera entendiendo una sola de sus palabras, lo cual era muy posible teniendo en cuenta que estaban hablando a los gritos debido a la música. —Hazlo ahora y olvidaré que me has roto la ropa y te sobaste descaradamente contra mi trasero… Metiche pervertido.

—Ya lo escuchaste. —Dijo Gonzalo, aun sosteniendo al entrometido por la muñeca derecha y viéndose por completo amenazador.

4

 

Fue bastante gracioso, a decir verdad; aun si Carolina no le encontraba la gracia.

— ¡¿De dónde sacó ese idiota que yo podía ser un hombre?!— Se quejó ella, cuando estuvieron de vuelta en la mesa—. Aún si hubiese sido así, si yo de hecho hubiese sido un hombre, ¿Le daba eso derecho a empujarme? ¡Idiota! ¿Cuándo en la vida, por mucha silicona y mucha hormona, va a encontrar a un tipo que se vea como yo?

La indignación de Carolina era verdadera, potente y para ser justos, también era comprensible… Le habían dado justo en el ego.

—Ni siquiera hay muchas mujeres que se vean así de bien. —Ricardo supo que su comentario había sido acertado cuando vio una sonrisa juguetear en la boca de Carolina. —Atribuyámosle tal desacierto al alcohol y al simple hecho de que estando donde nos encontramos, apresuró la apreciación. Lo importante es que fue capaz de reconocer su error y, tal como correspondía, pidió disculpas.

La tensión se disipó y la jovialidad volvió a ellos.

—Martín… Si no vas a quedarte a Ricardo, ¿Puedo quedármelo yo?

Ricardo no supo determinar si la palabra «quedarte» le gustaba o no en medio de la oración, pero lo que Carolina dijo, como que fue un poco dulce.

—No—. Martín se echó unos cuantos maníes a la boca y luego se chupó los dedos para retirarles la sal y, seguramente tratando consciente o inconscientemente de enloquecerlo, también se chupó los labios—. Es mío, así que no puedes tenerlo.

Bien. Esa frase definitivamente le gustó aún más a Ricardo. Tanto, que como consecuencia de la sonrisa que se extendió por su rostro en respuesta, los hoyuelos de sus mejillas se marcaron tanto que daban la impresión de que un dedo entero hubiese podido desaparecer dentro de sus profundidades.

—Caro… Estamos en un club gay y  te confundieron con un chico… Y aun así te dejaron de lado y prefirieron a Martín. —La risotada de Gonzalo fue tan estentórea,  que varias personas en las otras mesas miraron en su dirección. —Vas a quedarte solterona.

Carolina estrelló un puño en el brazo de Gonzalo, pero fue obvio que no le causó ningún daño. Muy por el contrario, parecía haberle acertado al músculo de la risa.

—Pues qué alivio, ¿Qué obtendría yo ligándome a un tipo en un sitio como este? A lo sumo ganaría una amiga más. —Aunque en un principio había habido un poco de enfado en su voz, todo lo duro se vino abajo cuando ella misma terminó riendo ante su propio comentario.

—Pues… Aún si muchos no saben usarlos, seguramente en este lugar todos los hombres tienen dos huevos.

Lo que dijo Martín debía sin duda ser alguna clase de broma privada, porque el único que se reía era él. Carolina se limitó a abrir la boca, aparentemente anonadada por lo que había acabado de escuchar. Ricardo se limitó a fruncir el ceño, sin entender, y al parecer Gonzalo lo acompañaba en el sentimiento.

Iban ya por la segunda botella. Botella de la cual Martín estaba sirviendo de forma generosa en el vaso frente a él.

—Despacio, vaquero. Al menos ponle Ginger Ale a eso. — Gonzalo le quitó la botella.

—El Ginger es para maricas.

—Con más razón habrás de ponerle entonces, Martín.

Por unos cuantos segundos la seriedad en los rostros de ambos amigos, fue absoluta. Martín rompió el fuerte y desafiante lazo visual que los unía, cuando se llevó la bebida a los labios y vació medio vaso de un solo trago, luego lo rellenó con Ginger. Eran vasos grandes, para servir la bebida en las rocas y Martín se la estaba pasando pura y en grandes cantidades.

— ¿Contento?

—Oye, él solo intenta cuidarte. —Intervino Ricardo, de manera confidencial, hablándole al oído. Ricardo podía suponer que dado lo que había ocurrido durante la cena, el ánimo de Martín no debía ser particularmente bueno. Meter la baza era algo que bien podía explotarle en el rostro, o no.

La presencia de un bailarín gogó que se paseaba entre las mesas vistiendo un minúsculo tanga del color exacto de su piel, en cuya parte delantera y como único adorno llevaba adherido algo que simulaba una hoja de parra, y con una imponente e intimidante serpiente de brillantes colores sobre  los hombros, los distrajo y disipó la tensión, al menos de momento.

Gonzalo dejó escapar un gritito que hizo coro con el que soltó Carolina, y que iba por completo en contra de su fisonomía… Aunque combinaba a la perfección con la extravagante y llamativa camiseta plateada que estaba utilizando. Martín rio con verdadera sorna y Ricardo creyó adivinar el porqué. Con cada milímetro de alcohol que Gonzalo ingería, aumentaban sus ademanes y el tintineo cantarín en su voz.

Ricardo se limitó a encogerse un poco contra Martín. No era que sintiera un miedo visceral por un animal que suponía sería inofensivo, dado que lo estaban paseando por allí sin más, pero obedeció a un temor instintivo y quizá también estaba aprovechándose un poco de la situación para estar más cerca de él.

— ¡Hey!—Gritó Martín, llamando la atención del atrevido Adán —Él está de cumpleaños… ¿Puedes ponerla alrededor de sus hombros para que yo pueda tomar una fotografía?

— ¡No!—Esa negativa escapó de su boca sin que lo pensara siquiera—. Mi cumpleaños es hasta dentro de dos días, no es necesario que…

Ni siquiera lo dejaron terminar de hablar, cuando Adán se acercó a él y sintió el peso del animal sobre sus hombros.

«Dios mío… Dios mío…. Dios… Tengo una serpiente sobre los hombros ¡Una maldita serpiente!»

Martín manejaba voltaje. Todo con él era intenso, a velocidad de vértigo, exigente, lleno de locura y de calor… En toda su existencia ni siquiera se le había pasado por la cabeza meterse a un sitio como aquel, o acercarse a una serpiente a menos que hubiese un grueso vidrio de seguridad de por medio. En menos tiempo del que le tomó asimilarlo, tenía a un par de llamativas y altas Drag Queens a su espalda, listas para la foto. La boa de plumas, por encima de la víbora y el sombrero de copa alta, ni siquiera sabía de dónde habían salido.

— ¿Por qué no nos dijiste que era tu cumpleaños, profe? Aquí los cumpleaños son algo especial.

Mientras gritaba emocionado, Gonzalo le sacó los anteojos, reemplazándolos por un exuberante antifaz. No sumió su mundo en penumbras al despojarlo de los espejuelos, pero si había bajado considerablemente la calidad de la imagen. Martín se alejó de ellos en medio de un tambaleo y con una gran sonrisa, alistando su teléfono para inmortalizar aquella extraña escena, tanteando la pantalla del aparato, hasta que con el ceño fruncido de manera leve, tambaleó de vuelta hacia ellos.

—No… No recuerdo el patrón para desbloquearlo. —Todos rieron, pero Martín no los acompañó, aunque tampoco parecía molesto, sino más bien confundido mirando intensamente la pantalla del dispositivo, como si esperara recordar de golpe lo que había olvidado. — ¿Me dejas el tuyo, Richie?

Algo cálido le recorría el pecho cada vez que Martín lo necesitaba, aunque fuese para cosas tan mínimas y corrientes como esa… Además, comenzaba a adorar que lo llamara Richie, era algo entre ellos, pues nadie más lo llamaba así, y aunque en un principio cada vez que le llamaba de esa manera lo hacía poniendo un énfasis pícaro en esa palabra, como recordándole que todo aquello era una farsa, en ese momento solo parecía fluir como algo natural… Tan bonita la manera en la que su lengua se pegaba al paladar,  y vibraba allí con resonancia para pronunciar la “R”… Rrrrrichie… Rrrrrr.

Se sacó el móvil del bolsillo delantero de los pantalones, tratando de no hacer movimientos demasiado bruscos porque no fuese a resultar que la víbora que tenía sobre los hombros siempre no era tan inofensiva. Desbloqueó la pantalla con los dígitos de la fecha de nacimiento de su sobrino, buscó la cámara y se lo pasó a Martín, que se alejó de nuevo y apuntó hacia el grupo con el teléfono. Lo hizo aun a sabiendas de lo irónico que resultaba el facilitarle los medios a Martín para que tomara una fotografía que era comprometedora y que de llegar a las manos equivocadas, lo podía dejar sin empleo.

—Ahora todos digan ¡Richieeee!

Aunque accionó la cámara, todos permanecieron quietos después de eso, esperando a que Martín repitiera el shot porque había olvidado activar el flash.

 

***

Que un cumpleaños en aquel lugar fuese algo especial, se reducía al hecho de que por cualquier motivo lo hacían ingerir grandes cantidades de alcohol, y aparentemente también que todo el personal con maquillaje grueso se sintiera con la libertad de tocarlo cada vez que se cruzaban con él.

El club les había invitado un par de rondas y Ricardo estuvo seguro de que esto se debió a la presencia de Gonzalo, de quien comenzaba a sospechar era algo así como parte del Jet Set de ese lugar… Lo que fuese que eso significara y conllevara, pues muchos ahí parecían reconocerlo y lo saludaban con efusividad.

Más de un mesero medio desnudo había pasado por su lado y dejado caer chorritos a pico de botella dentro de su boca. Incluso desde las otras mesas les habían invitado bebidas, después del alboroto que se había formado en torno a él.

Estaba por completo borracho y los otros tres estaban andando por el mismo sendero que él. Había perdido la cuenta de cuántas veces había hecho caso a aquello de «!Fondo, Fondo, Fondo!». Y aunque su recuerdo de la noche comenzaba a tener pequeñas lagunas y distorciones, no hubo ni un solo momento en el que no hubiese estado consciente de Martín, aún si eso en ocasiones había significado verlo a lo lejos, sin despegarle la vista mientras bailaba en la pista enfundado en aquel par de pantalones del pecado.

Escuchó con un interés que rápidamente se convirtió en vaga indiferencia, la emoción que sentía Gonzalo por un taller de teatro en el que se había inscrito y que daría inicio al mismo tiempo que lo haría el segundo semestre del año en la universidad. El otro incluso parloteó acerca de cómo pensaba acomodar sus horarios para poder cumplir con todo.

En algún punto Ricardo se alarmó cuando Carolina comenzó a llorar, pero Martín lo tranquilizó diciéndole que ella solía hacer eso cada vez que el nivel de alcohol en su sangre superaba determinado nivel.

Sea como fuere que hubiese ocurrido, o las razones que habían causado aquello y que no recordaba bien, agradeció enormemente el momento en el que Martín se había puesto a horcajadas sobre su regazo, jugueteando en el hueco de su cuello, riendo en su oído, portándose como un gatito mimoso, tentándolo con los labios sin llegar a besarlo. Desde allí, desde su regazo, Martín lo hechizaba con sus ojos delineados y el fulgor de un brillante que despuntaba en su oreja, en reemplazo de la acostumbrada argolla de madera… Lo que ya no agradeció tanto, fue cuando él se bajó de allí porque alguien tendió la mano en su dirección pidiéndole bailar y Martín aceptó.

A metros de allí, en una de las barras, estaba Gonzalo. No frente a ella pidiendo bebidas como cualquier tipo normal habría hecho, sino encima, bailando, desnudo de la cintura para arriba, agitando la camiseta con una mano. No estaba solo, había un par más con él. ¿Cuánto habían bebido ya? ¿Qué hora era? ¿Qué año era?… Caray, ni siquiera había notado que se había quedado  completamente solo en la mesa. Lo atacó una risa floja y solitaria al ver bailar a Gonzalo a lo lejos, que se movía bastante bien, a decir verdad.

Movió la cabeza de manera negativa, quizá por décima vez en la noche, rehusándose a bailar con alguien que extendía su mano en dirección a él con una sonrisa.

Bailar…

Bailar…

Bailar…

¡Martín!

Lo buscó rápidamente con los ojos, conteniendo el aire y angustiándose cuando no conseguía ubicarlo. Respiró tranquilo solo cuando lo encontró. Allí estaba, entre la multitud, un poco alejado. Los ojos cerrados, yendo más lento que la música electrónica que estaba pinchando el D.J. Como si siguiera el ritmo de una música que escuchara solo él. Movía la cabeza de un lado al otro, pero no de forma desenfrenada, sino lenta, con el cabello pegado en las mejillas y en la frente. Movía las caderas, elevando uno de sus brazos desnudos sobre su cabeza… ¿Por qué estaban desnudos sus brazos? Y ¿Por qué no era él quien bailaba con Martín? Sobre sus piernas encontró respuesta al primero de estos dos cuestionamientos, al dar con el blusón de malla con una de las mangas desgarradas. Para la segunda pregunta no encontró más respuesta que el reconocer que era un idiota y que en definitiva querría ser él quien se estuviera aprovechando del tumulto para acercarse al cuerpo de Martín y acapararlo solo para él

Quería besarlo…

Quería tocarlo…

Quería… Lo quería cerca.

Lo quería con él.

Desde donde estaba vio a Martín negar con la cabeza, mientras el otro le hablaba al oído y lo sostenía sutilmente por el hombro. Si la tanda de música no hubiese finalizado, dejando todo en silencio por apenas unos tres segundos, y que con esta pausa Martín emprendiera su camino de vuelta, Ricardo habría llegado a su lado y lo habría arrancado de aquel par de brazos desconocidos… Ya iba en los escalones.

La cosita más sexy que había visto jamás, bañado por cientos de luces multicolores, con el cabello húmedo a causa del sudor, el rostro salpicado de decenas de gotitas fluorescentes de la lluvia cósmica y respirando de forma agitada, lo miró directo a los ojos desde el último escalón… Apenas tres escalones de acero inoxidable se interponían entre ambos.

Con un ligero puchero en los labios, Martín extendió ambos brazos hacia él, pidiéndole sin palabras que tomara sus manos y tirara para ayudarlo a subir. Y lo hizo, por supuesto que lo hizo… Y no paró de halar hasta que lo tuvo envuelto entre sus brazos, hasta que sintió la piel cálida, suave y un tanto húmeda de sus brazos, contra sus manos. Era cómodo abrazarlo… Era cómodo estar así, sobretodo porque de alguna manera se sentía como algo correcto y natural que fluía de manera orgánica entre ellos.

— ¿Qué te dijo ese tipo?—. La pregunta solo escapó de sus labios, ni bien hubieron vuelto al sofá. Martín seguía sujeto a su torso, y podía sentir como su respiración parecía no querer recuperar el ritmo normal.

—Me pidió un polvo… Y muy amablemente ofreció pagar por un cubículo en el cuarto oscuro.

—¿Amablemente?—. Ricardo no daba crédito a lo que estaba escuchando. — ¡¿Amablemente?¡

—Si… Pudo haber sido descarado y pedirme que pagara yo… Aunque eso habría sido el colmo, ¿No crees?— Había un retintín burlón en la voz de Martín y la cosa no mejoraba si arrastraba la lengua como lo estaba haciendo. ¿Cuánto había tomado?

—Él se atrevió a pedirte sexo y tú… ¿Te lo tomas tan a la ligera que incluso bromeas al respecto? —Ricardo empezó a sentir la manera en la que la lucidez regresaba lentamente a él. Martín rio contra su pecho y dijo algo que no entendió bien, pero que sonó mucho como un «mojigato» cosa que para ser sincero, le molestó. —Pues entonces menos mal que no estás en busca de sexo esta noche, sino posiblemente ahora…

— ¿Quién dijo que no es eso lo que busco?

Aquellas simples palabras hubiesen podido abrir todo un mundo de posibilidades en su cabeza, tanto buenas como malas… Habrían podido arrancarle decenas de reacciones, tanto morales como físicas, pero Ricardo no tuvo tiempo de ello, de nada, de reaccionar o procesar, porque antes de que siquiera llenara sus pulmones de aire para poder hablar, Gonzalo llegó junto a ellos, poniéndose la camiseta plateada de la cual se había desecho y se dejó caer en el sofá frente a ellos, con una enorme sonrisa estampada en el rostro. Se abanicó con una mano mientras metía la otra en la hielera y se apropió de un cubito de hielo que se llevó a la boca, sin dejar de reír.

—Acabo de pasarla genial. Y ¿saben qué? Esa genialidad no disminuyó cuando no llevé las cosas más allá de lo que se debía.

—Te vi comiéndole la boca y metiéndole mano al tipo con más cara de pasivo que he visto en mi vida, ¿cómo es que te has frenado?

—Tampoco pretendo convertirme en una monja, Martín… O bueno, en cura. Los cambios se hacen de a poco. El hecho es que acabo de comprobar que al parecer no tengo que acostarme con todos para caerles bien. Como que hoy me siento… Moral.

—Bueno… No sé, quizá eso no sea del todo cierto, porque no me he acostado contigo y quizáseso explique por qué no me caes bien del todo. Pero bien por ti, anormal. Acabas de descubrir la magia del vocablo «No»

Gonzalo torció el gesto, pero pareció más divertido que molesto, como si ese tipo de comentarios provenientes de la boca de Martín fuesen algo que se esperara. Comenzó a mirar en derredor.

— Y díganme, par de tórtolos, ¿Dónde está Carolina?

Tres sonrisas se borraron en cuanto Gonzalo preguntó aquello.

Capítulo 32

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En nombre del desastre – Primera Parte.

Aquella cena no era normal en lo absoluto. Y aunque algunos de los presentes no fuesen capaces de percibirlo, él sí que lo hacía porque estaba dolorosamente consciente de todo. Aquello era extraño, bizarro, inconveniente y sobre todo era demasiado incómodo; aun así, era como un baile de máscaras… Todos bien puestos, alegres y vivaces. Todo tan perfecto en la superficie, que incluso llegaba a chocar un poco. Todo se veía como se suponía que debía ser: Un grupo de personas departiendo mientras compartían una agradable velada, pero la procesión iba por dentro.

El dolor de cabeza que se había auto invitado a acompañarlo aquella noche ya podía comenzar a catalogarse como algo insoportable. Le escocían peligrosamente los ojos y le pulsaban las sienes; además estaba el inconveniente hecho de que a pesar de estar sentado, sentía que el piso bajo sus pies no estaba del todo estático.

Aun si Martín hubiese querido, no habría podido atribuirle aquel malestar a otra cosa que no fuese al hecho de que Joaquín estaba sentado frente a él y como si eso no fuese motivo suficiente para ponerle a hervir la sangre e inflamarle las venas del cuello y de las sienes, el muy desgraciado no estaba solo, sino que ni más ni menos que con su maldita Irina a un lado.

Si Martín quería las cosas un poco más complicadas e incómodas, solo tenía que escoger entre los demás comensales: Su madre, su contador —el siempre acomedido, completamente calmado y malditamente bueno en la cama: Señor Lucio Montecarlo— o Ricardo, a quien Micaela, a saber por qué, se había tomado la libertad de invitar aquella noche, sin su consentimiento. Por supuesto era de agradecerse el hecho de que la hija de Lucio, cuyas curvas Martín tuvo el placer de conocer y recorrer hasta hartarse, no estuviera presente también, aunque en medio de aquel inminente desastre, uno más, uno menos…

Martín Inclinó su cuerpo en dirección a Ricardo y acercó los labios a su oído.

—Yo no te invité, así que esto no cuenta como una de nuestras «citas»—. Mientras le dijo aquello en un susurro que el mismo Ricardo apenas fue capaz de escuchar, Martín puso una pequeña sonrisa coqueta que no tenía otra intención aparte de disimular ante los demás puesto que, sin ninguna aparente vergüenza o pelos en la lengua, Mimí había presentado a Ricardo como «oficialmente el novio de su hijo» nada de raro tendría ese tipo de intimidad.

Había dicho eso como una especie de queja, pero por supuesto el que Ricardo estuviera allí en aquel  momento, era la mejor casualidad de todas y le daba un poco de sentido a aquella locura en la que se habían embarcado.

—Ese no es mi problema, Martín. Estoy aquí, frente a un montón de gente, fingiendo tener algo contigo así que… Cuarta cita. —Aunque Ricardo, al igual que él, había puesto una sonrisa en sus labios al responderle, la tensión y la molestia en su voz eran algo palpable. Martín supuso, entonces, que se sentía incómodo porque tantas personas estuvieran relacionándolo con él en el ámbito sentimental.

A Martín no le pasó desapercibida la expresión de reproche en el rostro de Ricardo cuando fue obvio que Joaquín tenía una pareja. De seguro fue capaz de sumar 2 + 2 y sacar la conclusión, quizá no del todo equivocada, de en qué lugar lo dejaba eso a él: Como la persona ruin que se entrometió en una relación. Mierda, que él era la otra.

El que su madre, la persona con la que no hacía mucho tenía sexo la mayoría de los días hábiles de la semana,  la persona con la que solía tener sexo a una edad aún más inconveniente que la actual y la persona con la que estaba fingiendo tener sexo, estuvieran sentados en la misma mesa, justo a su alrededor y con una parte considerable de sus atenciones centradas en él, ya hubiese sido motivo suficiente para estresarlo; pero que además su persona Non grata número uno también lo estuviera, era como para volverse loco.

Sabía que ninguno de los hombres presentes iba a mencionar de manera casual, y de un momento al otro, que  conocían la piel de lugares de su cuerpo donde normalmente no le daba el sol,  pero aun así estaba nervioso y se sentía culpable; sobre todo al sentir el brazo de su madre rozar el suyo de forma ocasional, recordándole que ella también estaba allí.

Hasta ahora tenía Diecisiete años, ¿Cómo era que había logrado complicarse tanto la vida?

Martín no sabía a cuál de los fuertes sentimientos que lo embargaban entregarse primero y con mayor fervor: ¿A los celos? ¿La inseguridad? ¿La rabia? ¿El miedo? Incluso la vergüenza estaba a la orden del día. Quizá por primera vez en su vida se sentía como un componente químico inestable, bullendo aparentemente tranquilo dentro del tubo de ensayo, pero que con una pequeña chispa o un golpecito al recipiente contenedor y ¡Boom! La explosión que se desencadenaría no dejaría títere con cabeza.

Joaquín había tenido el descaro de enviarle un mensaje para advertirle que llevaría a Irina con él aquella noche, pero el saberlo de antemano no había suavizado el golpe para Martín, ni siquiera un poco. Había tenido, como siempre con todo lo que tenía que ver con Joaquín, que guardar la compostura, disimular, aguantar todo lo más estoicamente que pudo, y fingir que con respecto a aquel tema él estaba por encima del bien y del mal. Pero tener que verlo a él después de lo que había ocurrido la última vez que se vieron ya habría sido lo suficientemente malo, ¿Por qué tenía que verla a ella también?

Ella había ganado. Tendría a Joaquín para ella sola… Podía echarle salsa y tragárselo si quería. Él, en cambio, tenía un corazón por primera vez en su vida sensibilizado al extremo, que bailaba loco en medio de su pecho, con la inconveniente y recién nacida virtud de arrancarle lágrimas cuando le daba la gana y además tenía el orgullo destrozado.  ¿Era acaso mucho pedir el no querer testigos de su decadencia… Y menos ella?

Odiaba sentirse derrotado, pero ya no tenía algo por lo cual luchar.

No era la primera vez que tenía a Irina así de cerca, mirándolo con aquella expresión de «Tengo derecho a juzgarte y a medirte… y te encuentro insignificante» pero esa noche en particular no sabía con exactitud cómo tomarse aquello y en realidad no estaba de humor para pelear por la territorialidad de un terreno sobre el cual ahora sabía nunca tuvo un legítimo derecho. Quería odiarla, eso quería. Quería culparla, eso quería.  Ella… Que le era mucho más agradable cuando fue una presencia sin rostro, un fantasma desconocido dueño de un broche para cabello enredado en las sábanas de Joaquín, que se cernía sobre él para hacerle pensar en sus falencias, pero que ahora eclipsaba su atención impidiéndole centrarse en algo más, incluso si se esforzaba en ello.

A aquella mujer no le bastaba con ser estéticamente correcta, sino que también se comportaba de manera agradable y graciosa, hablando con pericia y experiencia acerca de viajes, de cultura y de arte, asegurándose con ello la simpatía de Mimí, que la miraba con verdadero interés, elogiando su atuendo y lo fluido que hablaba el español; además tenía que ponerle la cereza al pastel con su marcado acento franchute… Haciéndolo sentirse como alguien miserable que había osado meterse en el camino de una pobre mujer, que para colmo estaba embarazada. ¡Dios! Si no fuese él uno de los directamente implicados en aquella patética historia de amantes y alguien se la relatara —y él fuese capaz de verlo todo sin apasionamientos y de forma imparcial— lo más seguro era que se hubiera puesto de parte de ella de inmediato.

La charla en la mesa era animada, sin embargo Martín la estaba dejando correr sin participar en ella, demasiado concentrado en el hecho de que Joaquín no hacía contacto visual directo con él. Sus ojos pasaban encima de su persona como si fuese solo parte del decorado, y por supuesto lo estaba haciendo de forma completamente premeditada. ¿Es que acaso era idiota? Al ignorarlo de aquella manera solo lograba ponerlos en mayor evidencia; porque su indiferencia solo hacía que Martín quisiera mirarlo con más intensidad y estaba rindiéndose ante las ganas con demasiada facilidad; los golpecitos constantes de Ricardo sobre su muslo derecho le indicaban que así era.

— ¿Estás listo para confesar la verdad en este momento?—. Le susurró Ricardo, recargándose un poco contra él. Martín negó con la cabeza de forma rápida, pues ciertamente esa no era su intención. Menos ahora que todo entre Joaquín y él era insalvable… Ya no tendría caso. Le inquietó la pregunta de Ricardo, ¿Acaso estaba pensando en traicionarlo exponiéndolo allí mismo? Claro estaba que si lo hiciera, en realidad Martín no podría culparlo. Él le había prometido que mantendría la situación bajo control y discreta, pero allí estaban, con más testigos de los que convenía—. Si sigues mirándolo de la forma en la que lo estás haciendo, ya no va a ser necesario; porque cualquiera que ponga un poco de atención va a ser capaz de adivinarlo. — Ricardo estaba aprovechando el hecho de que la atención de todos estuviera puesta sobre Irina y sus relatos para prácticamente reñirlo con duros susurros. —Tú me dijiste que parte de tu intención al arrastrarme a esto era darle una lección… Hazlo entonces. Cumple con tu propósito. Haz lo que debas hacer, pero hazlo bien. — Una pequeña pausa durante la cual se reacomodó los anteojos y se removió en la silla.— ¿Escucha? Yo no puse muchas condiciones con respecto a esto entre nosotros, pero ahora mismo aquí hay una — Ricardo giró el torso un tanto en su dirección —, no quiero ser percibido por… ese, como un imbécil. Se supone que estamos juntos, entonces no me hagas lucir como a alguien a quien no le das valor. —Martín ladeó un tanto el rostro en su dirección. Imposible no hacerlo cuando notaba la seriedad en la voz de Ricardo. — Desconozco los detalles de la situación entre ustedes dos, pero si lo que pretendes es darle una lección de algún tipo, mirarlo con cara de cachorro herido definitivamente no es la manera.

¿Tan evidente era? ¿Tan débil? Pero… aun si fuese infantil e inapropiado, y que atentara contra todo lo que se había propuesto con respecto a Joaquín, Martín más que nunca quería que él lo mirara, que reconociera su presencia; que se estrellara con sus ojos y leyera en ellos el desprecio que quería obligarse a sentir, para devolverle, con una mirada hiriente y despectiva, un poco del desamor que Joaquín había sembrado en él. ¿Por qué? Porque a veces su infantilidad gritaba demasiado alto.

«¡Mírame!… Mírame, maldito.»

Quería mirarlo a los ojos y decirle con ellos una mentira: Que ya no lo amaba más… Que no le importaba. Una mentira sin duda, porque lo cierto es que el amor aunque lastime y sea incorrecto o entregado a quien no lo merece, no desaparece con solo chasquear los dedos. Quizá lo único verdadero en sus ojos sería el desprecio… Aquel desprecio que, para su puñetera mala suerte, podía sin problema convivir con el amor.

Martín pasó por una variada gama de sentimientos en un corto lapso de tiempo: desde la tristeza, la incomodidad, la sensación de traición y abandono, un poco de vergüenza, hasta la decepción. Pero el último y el que con más fuerza lo golpeó, fue la rabia… Ira del más alto calibre. ¿Cómo se atrevía Joaquín a no mirarlo cuando tan solo unos días atrás se lo había follado con una saña egoísta, tras lo cual le pidió ser su amante? Nunca antes se había sentido tan humillado y tan utilizado. Debió importarle realmente poco a Joaquín si ahora no le importaba restregarle a Irina en la cara… En su propia casa, sin respetar su duelo.

Una cosa había sido haber tenido que enfrentarla a ella sola cuando la conoció, o el haber tenido que pasar casi corriendo a su lado en cada oportunidad en la que ella llegó al estudio y él se había encontrado allí, pero algo muy distinto, y mucho peor, era el tenerlos frente a él a los dos… Juntos… Haciéndolo verlos como una pareja, cosa que él jamás alcanzaría.

¿Tan insignificante fue para Joaquín que ahora no merecía ni siquiera una miserable mirada? ¿Tan insignificante que el no haber accedido a ser su amante lo convertía en alguien sin importancia que no merecía que siquiera reconociera su presencia?

… Si Joaquín sentía que no estaba lastimando ningún sentimiento porque el acuerdo tácito que hubo entre ellos en algún momento rezaba que aquello que los unía no era más que sexo, ¿Por qué huía de sus ojos, entonces? ¿Por qué se veía como alguien culpable?

Porque lo es, Martín… Es culpable y tú estabas advertido.

Y tras todo esto, la más grande pregunta de todas: ¿Por qué, por todos los cielos, sentía que seguía queriéndolo? ¿Por qué? Porque era un completo idiota masoquista y porque el amor carece de sentido. Comenzaba a convencerse de que era por eso.

Soltó un bufido casi imperceptible. Sabía de sobra la atracción que los chicos malos solían ejercer y aceptaba el hecho de que él no estaba exento de padecer tal debilidad, pero era ridículo que eso fuese capaz de convertirlo en un completo idiota irracional, al insistir en su enamoramiento por alguien así de dañino. Una cosa era quemarse accidentalmente, otra muy distinta era caminar directo hacia el fuego aun a sabiendas de que las llamas lo iban a abrazar hasta consumirlo por completo.

Cuatro de los presentes en aquella mesa estaban enfrascados en una conversación acerca de representaciones, porcentajes de comisiones, figuras jurídicas y contables… Una cantidad de pequeños ITEMS acerca de la venidera exposición de Joaquín y en los cuales Martín no estaba interesado en poner demasiada atención, pero acerca de los cuales escuchó lo suficiente como para entender que se estaban poniendo de acuerdo con respecto a tazas de ganancia para Joaquín como artista y para su madre al actuar como inversionista y al ejercer en calidad de representante de la prometedora —aunque de momento no pudiera llamarse ascendente— carrera de Joaquín como pintor e ilustrador. Mimí lo había hecho diversificarse explotando su faceta de artista gráfico y gracias a esto ya había ilustrado unas cuantas sátiras políticas para una revista de circulación nacional.

Martín se sintió terriblemente asqueado al desmenuzar aquella situación. Al ver a aquel par frente a él actuando como una pareja estable y comprometida con la causa. Una pareja que analizaba con cautela e interés cuanto se les decía y juntos trataban de tomar las mejores decisiones con respecto a algo que influiría directamente en sus futuros. Si Martín no supiera que Joaquín era un egoísta de profesión y ella —para efectos prácticos y desde su poco objetivo punto de vista— una bruja desalmada, aquello incluso hubiese podido llegar a conmoverlo, pero en lugar de ello quería vomitar.

Para ser sincero, en aquel justo momento no tenía claro si quizá debía sentir ganas de llorar por el lugar dónde toda la situación lo dejaba a él: en el limbo amoroso y como el amante —que no quiso seguir siendo— dejado de lado… O si, por el contrario, lo más acertado era reírse por lo ridículo que le parecía todo.

De manera increíble, y a pesar del cúmulo de emociones que bullía dentro de él casi despedazándolo,  externamente Martín, aparte de verse un tanto más huraño y más callado de lo que era común en él, no daba muchas muestras de su desmoronamiento interno. Solo él —y nadie más que él— sabía cuánto le estaba costando en realidad estar sentado allí sin estrellar los puños en la mesa y sin ponerse a repartir improperios.

¿Era sinónimo de madurez el sufrir en silencio, acaso? ¿O era solo su orgullo, renaciendo de entre las cenizas, el que estaba manejando la situación? Quizá era solo que comenzaba a aceptar el hecho de que había eventos y personas por las que no valía la pena sufrir.

Y el corazón…

El corazón repentinamente bajo cero.

De un momento al otro, su corazón reaccionó endureciéndose con una capa de hielo. Porque en ocasiones era mejor no sentir nada, y esa resolución solo llegó cuando finalmente Joaquín lo miró… Cuando dirigió los ojos hacia él, justo después de besar a Irina en los labios. Después de que, mientras hacían el cambio al plato fuerte, el muy imbécil aprovechara la pausa para anunciarles a todos en la mesa que, puesto que Irina y él se conocían desde hacía años y llevaban un buen tiempo saliendo y estando ella en embarazo, habían decidido que era momento de formalizar su relación.

¿Cuánta mierda más era capaz Joaquín de lanzarle a la cara?

El silencio reinó en la mesa durante algunos segundos. Irina miraba a Joaquín como si a este acabara de salirle un tercer ojo, conteniendo el aliento y evidenciando así que ella, al igual que los demás allí, no se esperaba aquello.

Los ojos de Joaquín estaban engarzados en los de Martín, estudiándolo minuciosamente después de haberlo ignorado durante lo que iba de la velada, pero él se quedó estático, sosteniendo su mirada de forma estoica. No pensaba darle el gusto de verlo reaccionar para bien o para mal. Cargó el tenedor con comida y se lo llevó a la boca… Joaquín hizo lo mismo.

Con la vista periférica notó que la mirada de Ricardo estaba clavada en su sien, tratando de obligarlo a que lo mirara… En busca de una confirmación; haciendo con esto que Martín recordara que lo del embarazo era algo que no había querido mencionarle; como tampoco lo había puesto al tanto del hecho de que compartía la entrepierna de Joaquín con alguien más. ¿Por qué habría tenido que decírselo, en todo caso?

Martín silenció a su corazón cubriéndolo con escarcha… Una capa fría que posiblemente se derretiría o explotaría después…

Una hora después…

Un día después… Un año después…

No importaba cuándo, siempre y cuando lo ayudara a sobrevivir lo que restaba de aquella nefasta y extraña reunión, y a no sentir aquel dolor ridículo que percibía asechándolo por los bordes.

— ¡Wow! Pues, vaya… ¿Enhorabuena? Joaquín yo… Los felicito. Se ven magníficos juntos. Con razón rechazaste el champaña, Irina. — Dijo Mimí, rompiendo torpemente el silencio mientras elevaba su copa. —Esto en definitiva merece un brindis. Irina, no me queda más que decirte que eres increíble, mujer. Haz logrado lo que muchas han intentado hasta el cansancio; haz echado el lazo sobre el hombre más esquivo de todos.

—Oh. Remerciements, Micaela. —Irina elevó la copa de agua, a su vez. Miró en dirección a Martín. —Ni que lo digas. No alcanzas a imaginar la cantidad de obstáculos que hemos tenido que superar para llegar a este punto. Estoy muy emocionada. Sinceramente, creo que ya era hora, Joaquín. Te tardaste. — Este último comentario arrancó una sonrisa a Lucio y a Mimí

— Imagino que tu madre estará feliz de que sientes cabeza, Joaquín… Y un bebé ¡Oh Dios! ¿Ya lo sabe tu familia?— Dicho esto, Mimí se llevó la copa a los labios.

—No, aún no lo saben. Vosotros… Sois los primeros con los que compartimos la noticia.

2

Joaquín no pudo determinar con exactitud por qué había hecho aquello, pero lo cierto fue que se arrepintió de ello ni bien las palabras hubieron abandonado su boca. Algo en él, algo que sin duda obedecía a la parte más infantil y estúpida de su ser, lo había  instado a declarar aquella barbaridad. Estúpidamente lo había hecho solo porque sabía que con ello molestaría a Martín. Porque el mocoso estaba sentado frente a él, viéndose tan malditamente bien y acompañado de aquel gilipollas de anteojos, al cual Micaela no había tenido reparos en presentar como a la pareja de su hijo, y sintió aquello casi como si Martín se mofara de él y de lo imposibilitado que estaba para tocarlo. Le molestaba que se viera tan perfecto y tan tranquilo después de haber destruido su cuadro en medio de una pataleta ridícula…

… Cada vez que Joaquín recordaba aquella pintura y su destrucción, le hervía la sangre de pura rabia e impotencia. Sabía a la perfección que nunca iba a ser capaz de recrear aquel retrato, porque nunca más iba a pasar por exactamente las mismas emociones y los mismos sentimientos que lo habían acompañado durante aquel proceso. Nunca iba a volver a sentirse de aquella manera, con aquella explosión de novedad, de necesidad, de lujuria… Las ganas desbordándose de él… La necesidad de querer preservar con sus trazos aquella época en la vida de Martín… El lapso de tiempo en el que fue suyo.

Así que quiso, en cierta manera, vengarse de él, fastidiándolo. Porque Martín era como un libro abierto, más predecible de lo que él mismo creía y era capaz de reconocer. Había aprendido a conocerlo y para lastimarlo iba a mostrarle lo que de verdad significaba mantener alejado de sus manos lo que parecía querer más que nada, aunque dijera lo contrario o pretendería estar odiando: A él. Aun así, si veía las cosas con claridad, la realidad era otra y la verdad era que se había fastidiado a sí mismo.

El hecho de que fuese a tener un hijo con Irina no significaba que indefectiblemente tuviera que unir su vida a la de ella… Y ahí había estado él, abriendo la boca y metiendo la pata hasta el fondo. Todo porque le habían picado los celos. Ver juntos a aquel par había hecho que le subiera la bilis a la garganta y reaccionara de aquella estúpida manera.

Sabía que era algo hipócrita de su parte el siquiera atreverse a pensarlo pero, ¿Qué creía Micaela que estaba haciendo al presentar a aquel hombre como pareja de Martín? ¿Había ella perdido la cabeza, acaso? Eso era incomprensible e inconcebible… ¿Lo era?

¿Y si lo que él siempre consideró como algo imposible, no lo era en realidad? ¿Y si tener a Martín con él, solo para él, no era algo tan descabellado? Aquel tipo, el cuatro ojos gilipollas en diagonal a él que parecía querer asesinarlo con la mirada, claramente había tenido las pelotas de ir con Micaela y declarar que quería acostarse con Martín. Vale, seguro que aquel sujeto no lo habría dicho exactamente con aquellas palabras, era posible que hubiera mencionado sentimientos que bien podían ser verdaderos o no, pero lo cierto era que ahora era él quien gozaba de privilegios que antes fueron suyos y que él, por no saber jugar bien sus cartas y no haber sabido pedirle las cosas a Martín o haberle dicho lo que el chaval quería escuchar, le había puesto en bandeja de plata.

Joaquín siempre había sido un desvergonzado. Estaba plenamente consciente de serlo e incluso hasta cierto punto estaba un tanto orgulloso de su propia desfachatez. Nunca le había importado mucho el hecho de saber que la mayoría de sus parejas sexuales eran compartidas con alguien más; tanto así, que aquello de «compartir» en ocasiones llegaba al extremo de tener en su cama a más de una persona a la vez. Pensar en Martín teniendo sexo con alguien más había sido algo que no le había importado mucho cuando se enteró, algo que se dibujó en su mente como algo lejano que no le afectaba a él en lo más mínimo mientras siguiera teniéndolo en su cama; pero ahora, al tenerlos frente a él, siendo consciente de lo real que era aquello, después de escuchar como Micaela les había dado su bendición hasta el punto de no sentir que aquello debía ser algo privado, fue una patada directa al hígado.

—Hijo, ¿Tú ya conocías a Irina? ¿De cuando Joaquín te daba clases de dibujo? —. Joaquín dio un respingo ante el cuestionamiento que Micaela había dirigido a su hijo. Sabía a Martín capaz de soltar cualquier desfachatez.

—Sí, la había visto. Pero habiendo visto a muchas otras que también tenían pinta de estarse acostando con él—Martín lo señaló con un vago movimiento de cabeza—, nada me habría hecho adivinar que justamente ella sería su chica especial.

3

Aunque el comentario de Martín le causó cierta gracia, no llamó lo suficiente su atención como para querer averiguar a qué se había debido, o a qué naturaleza obedecía la evidente animadversión hacia la mujer que acompañaba al pintor y que, según el anuncio que el mismo hombre había acabado de hacer, era ahora su prometida. Por supuesto entendió que el comentario de la persona más joven en la mesa hubiese causado cierto tipo de malestar entre los presentes, en especial en Micaela, que se veía incómoda y hacía esfuerzos por excusar a Martín sin atreverse a reñirlo de forma directa, pues de lo único que parecían poder acusarlo era de un ataque de excesiva sinceridad, ya que no veía al pintor, que era el directamente atacado, decir nada para contrarrestar la acusación que había sido lanzada en su contra.

Puesto que nada de aquello le importaba o le afectaba, se limitó a observar la escena de manera indiferente y con mirada de diversión, mientras daba cuenta del excelente champaña y la deliciosa comida.

A Lucio no le importaban el futuro bebé o la recién comprometida pareja… De hecho en aquel punto  ya ni siquiera le importaba Micaela, pues su trabajo de asesoramiento ya estaba hecho y tenía la información suficiente para ayudarlos en la redacción de un contrato justo para todos; a él lo único que le importaba en aquel momento era el cuadro colgado en la pared y la nostalgia en la que lo tenía sumido.

En cierta manera, extraña y hechicera, era la pintura y no el mismo Martín sentado en diagonal a él, la que logró removerle las fibras, la que logró que su mente viajara atrás en el tiempo… A aquella época dulce, vaporosa y efímera en la que se sintió libre a pesar de haber tenido que esconder cada segundo de aquella historia que, de haber sido valiente y no haber tenido demasiado en juego, habría sido la única historia en su vida que habría valido lo suficiente la pena como para habérsela gritado al mundo entero.

«¿Saben? Alguna vez fui valiente de verdad. A pesar de haberme escondido no utilicé máscaras ni me traicioné a mí mismo, y mientras estuve entre sus brazos y él entre los míos, fui yo mismo, fui libre, fui feliz. Tuve una probada del paraíso que siempre anhelé. Me conocí de verdad. Él me hizo libre y yo lo satisfice. Dentro de mi prisión soy libre gracias a él, pues tuve su permiso para tenerlo a mi lado y para hacer mis fantasías realidad»

… Pero por supuesto era solo una bella historia que mantener atesorada y oculta en el baúl de los recuerdos.

Ese Joaquín era bueno en lo que hacía; tan bueno como para haber logrado sensibilizarlo con su pintura, hasta el punto de hacerle ver sus propios recuerdos recubiertos por una capa de óleos. Le vaticinaba un gran futuro, aunque algo tardío en iniciar, puesto que no era ningún chiquillo.

¿Sería muy extraño que se ofreciera a comprar aquella pintura?

Pero debía ser realista y consecuente y aceptar que a pesar de tanta maravilla y despliegue de talento, un conjunto de trazos, por muy buenos que fuesen, nunca iban a superar la belleza del original. De eso se convenció cuando se obligó a dejar de divagar con la mirada y finalmente se rindió, dándose permiso de clavar los ojos en él. De manera concienzuda, aunque fugaz, se tragó la visión de un Martín que, quizá para darle una lección que lo instara a dejar de lamentar el hecho de que estuviera alejándose a pasos agigantados de la niñez, le mostraba que su próxima adultez no había hecho desastres en su físico como él se había temido, sino que muy por el contrario lo estaba dotando de una elegancia y una gallardía que normalmente sus tendencias pedófilas le hacían pasar por alto e incluso lamentar, pero que en Martín comenzaban a conmoverlo.

4

Había bromeado con la existencia de aquel retrato, pero en secreto lo había admirado, reconociendo su calidad, porque de alguna manera más allá de únicamente en el ámbito físico, había logrado atrapar a Martín. No solo lo mostraba hermoso, sino también fresco y brillante. Pero ahora que sabía que tal maravilla había sido obra de aquel españolete al cual sin ningún miramiento, y quizá sin razón, había comenzado a catalogar como arrogante y déspota, había empezado a odiar aquella pintura. A aborrecer, especialmente, al autor. De ahí en más, si era que volvía a tener la oportunidad —o la necesidad— de mencionarla, jamás volvería a determinarla. Jamás volvería a referirse a aquella pintura ni siquiera en términos que la ridiculizaran.

Martin y su mundo habían comenzado a convertirse en un verdadero problema para él. Uno grave que no podía controlar. Y aunque lo más sabio, lo más común y lo más sano, habría sido querer alejarse de los problemas, resultaba ser que Martín era como una luz brillante con intenciones de electrocutar, y él como una polilla sin mucha voluntad o instinto de conservación.

Llegar a aquella casa y encontrarse con el hecho de que el hombre al cual Martín había dicho amar estuviera allí, le había valido para que algo ruin, posesivo y que hacía mucho tiempo no sentía, algo llamado celos, se apoderara de él. Sabía que no tenía ningún derecho a sentirse de esa manera. Su parte analítica lo sabía, pero el resto de su ser, aquella parte visceral sobre la cual no tenía mucho control, se pasaba las razones lógicas por el forro y allí estaba aquello, manando de él como lo haría el agua de una fuente

¿Qué tendría aquel hombre de especial? Si se daba a la tarea de tratar de conocerlo a profundidad, pasando por alto el hecho de que su instinto le gritara a grandes voces que en definitiva aquella no era una persona de su agrado y tratara de verlo sin apasionamientos,  ¿Iba a encontrarse con un ser humano profundo y valioso? Normalmente solía darles a las personas el beneficio de la duda, tratando de ir más allá de la primera impresión pero… con esta persona de verdad le costaba. En el interior de Ricardo, el pintor ya tenía una gran etiqueta roja pegada en la frente con la palabra «IMBÉCIL» impresa en ella.

Lo único que podía aseverar de él con certeza, era el hecho de que el tal Joaquín era una persona afortunada. Él había, después de todo, ganado el corazón de Martín al punto de haber hecho que el muchacho armara todo un teatro en torno a sus sentimientos por él. No medía consecuencias, no escatimaba en riesgos y hacía que los demás los corrieran, sin importarle mucho la lógica. Por él.  Un maldito afortunado sin duda, pues tenía a alguien que lo amaba de aquella manera profunda y loca… A él le hubiese gustado que alguien lo hubiese amado, o llegara a hacerlo, de aquella manera tan intensa alguna vez. Que lo mirara con la misma añoranza con la que Martín lo miraba a él… Era una lástima, porque Ricardo estaba convencido de que aquel hombre no se merecía aquello.

Comenzó a participar de manera aleatoria en la conversación, más que nada respondiendo uno y otro cuestionamiento superficial hecho por Micaela. Sus intervenciones eran como un pitido ocasional que servía para dar señales de vida y no parecer por completo un muñeco de madera sin las suficientes neuronas para estar presente.

A pesar de que  lo más normal hubiese sido que, dado que nadie en aquella mesa, aparte de Martín y su madre, sabía mucho acerca de él, el asunto más lógico y cómodo para tratar acerca de él hubiese sido su profesión, Micaela estaba siendo muy hábil al momento de esquivar este tema. Tan ridículo y extraño le pareció todo aquello, que casi sintió ganas de reír —casi— cuando en la mesa empezaron a hablar acerca de que el tal Joaquín, al parecer todo un dechado de virtudes el muy canalla, había dado clases a Martín en algún momento… Eso era el colmo del disparate. Otro profesor en los días de Martín, ¿En serio?

Dio un sorbo, quizá excesivamente largo, a la copa. En ese momento le hubiese gustado que se tratara de una bebida más fuerte, pero tendría que valerle con el champan.

Después de lo que casi ocurre en la piscina, aquello para lo cual debió revestirse de fuerza de voluntad para frenarse a tiempo y mantenerlo en un «casi», apenas y fue capaz de sacar la imagen de Martín de su cabeza durante el par de días que siguieron, de dejar de pensar en lo suave que se sintió su piel contra sus manos, de las cajas torácicas de ambos respirando al unísono, juntos, agitados, rozándose sin que hubiera demasiada tela entre ellos… Ricardo estaba convencido de nunca más en su vida volver a ser capaz de ver una extensión de agua sin que la sola visión de ello lo llevara justo hasta aquel momento.

La pelea en su interior era arrolladora, porque la parte racional en él le decía que había hecho lo correcto al ser fuerte y detenerse, mientras el resto de su ser gritaba aún más  fuerte y le reclamaba por no haber continuado, por no haberse rendido y haber llegado hasta el final para disfrutar por completo de su piel. Aún tenía su semblante gravado a fuego en las retinas… Aquel cuerpo joven y absurdamente atractivo que echó por tierra la última esperanza que le quedaba para escapar de aquella locura, pues de forma estúpida había guardado la esperanza de que la desnudez de Martín marcara el final de aquello que no podía ser más que pura locura.

Creyó, incluso esperó, que la inexistencia de curvas o la ausencia de un par de pechos suaves y bien puestos, que solían ser su perdición por tratarse estos de su parte predilecta de la anatomía femenina a la hora de tener un encuentro de naturaleza erótica, iba a apelar a su lucidez. Que la realidad iba a propinarle una cachetada que lo hiciera entrar en razón; más no fue así, porque a falta de aquello que normalmente solía encontrar atractivo, se encontró absorbiendo con desespero otro tipo de detalles…

Quién dijo que no habría encanto tras la ausencia de redondeces, cuando se encontró hechizado por la suave curva de su cuello. Poco le había importado que no hubiera un par de senos despuntando en su pecho, cuando sus clavículas eran algo elegante y anguloso a través de lo cual le hubiese gustado arrastrar la lengua hasta desgastársela. Quien iba a decir que con la insinuante y apenas pronunciada línea que dibujaban sus nalgas, dándole volumen  al bañador, iba a tener suficiente motivación como para querer ver todo lo que se ocultara debajo de aquella pieza de tela. Y no había derecho. Martín no tenía derecho a tener unas piernas así… ¿Qué acaso no debían los hombres jóvenes de esa edad tener piernas flacuchas y velludas como las tuvo él en su momento, y no aquel par de pilares blancos y esbeltos? ¿No debería Martín ser desgarbado? ¿Por qué tenía su delgadez que convertirlo en una elegante espiga al viento y no en un muchachejo enclenque y larguirucho? No había derecho… Simplemente no lo había.

… Sobre todo a lo que menos debería tener derecho Martín, era a tener aquella boca como fruta madura que representaba perversión y perdición.

En su mente viajaba constantemente a través del recuerdo de su piel, de los leves quejidos que logró arrancarle mientras lo besó, pues no creía antes haber escuchado algo tan erótico y tan prohibido… Una y otra vez se recreó en su recuerdo, una y otra, y otra vez más, porque había empezado a estar enfermo de él, porque había comenzado a padecerlo como a una fiebre de la cual no quería deshacerse. Una fiebre que se le abrazaba a los huesos y a la cordura… Una fiebre que aunque maligna, le gustaba. Porque Martín era el dolor y era la cura en medio del frenesí que le aquejaba.

Le gustaba. Martín le gustaba y ya no había ningún caso en negarlo. Así que fueron muchos los segundos, los minutos y las horas, que dedicó a arrepentirse de ser siempre tan consciente, tan medido, tan correcto y no haberse permitido aquel pecado, aunque al final se condenara.

Después de casi dejarse llevar, después de haberse regañado de forma constante por no haberse dejado ir, durante aquel martirio de cena debió cargar con el hecho de tener frente a él al hombre que había gozado de aquello que él se había prohibido, víctima de su consciencia. Debió aguantar el hecho de ver a Martín mirarlo con anhelo, de manera insistente, con él estando allí. Empezó a sentirse como un novio falso cornudo. Un cornudo imposibilitado para exigir respeto o explicaciones.

Un pinchazo absurdo y familiar se acomodó en medio de su pecho.

De seguro Martín no era consciente de ello, pero en la mirada que le dedicaba al otro podía percibirse a la perfección la sensación de alguien herido y anhelante; no era algo tan obvio, pero podía reconocer ese tipo de mirada porque era igual a la que percibía en sí mismo cada vez que se miraba al espejo el tiempo que le siguió a su desastrosa ruptura con Elisa. Le atribuyó esto último al hecho de que el pintor tuviera una pareja, aunque dudaba que esto fuese algo que Martín desconociera. De hecho, esto le valía como explicación al por qué Martín quería utilizarlo para vengarse de él.

Martín probablemente no se daba cuenta, pero su concentración en el otro era tal, que reaccionaba de manera inconsciente a cada uno de sus movimientos, por más mínimo que fuese. La peor parte de todo aquello que se vio obligado a contemplar en silencio, fue el tener que ser testigo del hecho de que aquel tipo se diera el lujo de desconocer que Martín estaba allí, sin mirarlo, sin reconocerlo, sin darle importancia. Estaba lastimando a Martín, ¿Era acaso que no se daba cuenta, o solo no le importaba? ¡Dios! Quería romperle la cara.

Después de superado el shock inicial cuando el pintor anunció que su mujer estaba en embarazo, intentó taladrar la sien de Martín en busca de una explicación; buscando saber si él estaba al tanto de esa situación. Intentó recriminarle con una mirada dura y reprobatoria por aquella información que él desconocía, sin éxito, por supuesto. Hubo un momento, un momento escaso y egoísta, en el que llegó incluso a alegrarse de aquella situación. Una situación que probablemente contaría con el suficiente peso como para que Martín decidiera alejarse del españolete por completo.

Desconocía como era la relación de ellos dos y qué era lo que había bajo la superficie. No sabía cuan lastimado estaba Martín —o si lo estaba en absoluto— por aquella nueva situación de la que Ricardo no sabía ni un solo detalle. Lo único que sabía con certeza era que no quería a aquel tipo cerca de Martín, eso era todo. La cuestión era que él no tenía ningún derecho real para exigir nada.

Martín comenzó a parecer indiferente de un momento a otro. Casi como si alguien hubiese activado —o en su defecto, desactivado— algún interruptor dentro de él. De pronto pareció  demasiado calmado y frío, tanto que incluso daba miedo, porque momentos atrás Ricardo casi esperó que se echara a gritar de un momento al otro. Estaba seguro de que lo más posible era que debajo de esa tela de calma con la que se había recubierto, después de haber tenido los ojos preñados de tristeza, estuviera resguardando algún sentimiento negativo y corrosivo, porque la alegría, la tranquilidad, o incluso la simple indiferencia, son algo que no se suele tener la necesidad de ocultar.

Ricardo ya no sabía si dadas las circunstancias, aquella cuestión de las citas seguía en pie porque, ¿Aún quería Martín preparar a su madre para, de forma eventual, presentarle a la persona con la que de verdad estaba sosteniendo una relación? Y ¿Esa relación aún existía a pesar de que el otro tuviera una pareja con la cual en un futuro cercano conformaría una familia? Empezó a sentir inquietud por el hecho de que aquel nuevo matiz en la situación lo alejara de Martín. ¿No se suponía que debería sentirse aliviado por eso? No. Ya no.

Levantó la vista y se estrelló de lleno con los ojos escrutadores de Joaquín, que le dirigían una mirada demasiado profunda para tratarse solo de pretender ser despectivo. Lo estaba analizando, lo estaba midiendo, tratando de catalogarlo quizá, y con esto lo obvio salió a la luz: aquel hombre evidentemente estaba bullendo de celos… Y eso le agradó. Lo hizo hasta el punto en que debió hacer un gran esfuerzo para que sus labios no se curvaran hacia arriba en medio de una sonrisa de suficiencia.

«Así es… En mí tienes a un rival.»

Cuando se calmó el pequeño alboroto que formó la madre de Martín, después de un comentario un tanto desagradable por parte de este, dirigido a la mujer de acento francés cuyo nombre Ricardo solo retenía durante los cinco segundos siguientes a que alguien lo mencionara, la cena continuó en medio de un silencio tenso. Un silencio que Ricardo se dedicó a rellenar con miradas llenas de animadversión dirigidas hacia Joaquín. Tenía el deber de hacer aquello, ¿no? Aquel Joaquín no sabía que la relación entre él y Martín era falsa, y se suponía que él mismo no estaba al tanto de que Martín y el pintor mantenían una relación, así que visto de esta forma él no tenía por qué estarse tomando la atribución de mirar de manera tan insistente a «su pareja» estando él presente.

No estaba más que desempeñando bien su papel. Un papel que había empezado a tomarse demasiado en serio, pues cualquier persona con reacciones normales se tomaría eso como una afrenta. Ricardo estaba, desesperadamente, tratando de convencerse de que esa era su razón y ninguna otra.

—Bueno, aunque de verdad lamento que debamos perdernos del resto de esta encantadora velada, Ricardo y yo nos vamos ya. Espero que sepan disculparnos, pero él y yo ya teníamos planes para hoy—. Martín le echó un brazo alrededor del cuello y lo acercó a él.

— ¿Planes? ¿Pueden esos planes al menos esperar hasta que terminen de comer?

—Mimí… Esto básicamente es una reunión de negocios, así que no sé por qué invitaste a mi pobre Richie a algo tan aburrido. Si me hubieses preguntado antes de llamarlo, te habría dicho que teníamos algo previsto para hoy, ¿No es así, bebé?

Martín giró la cabeza en su dirección y continuó engarzado en su cuello, así que sus rostros quedaron muy cercanos, con sus narices casi rozándose.

Bien pudo haberse quedado perdido en los ojos de Martín, pero en cambio miró hacia Micaela con incomodidad y, tal como esperaba, ella no se veía contenta; la cuestión era si estaba molesta con él, o con Martín… O con el hecho de que estuvieran así de cerca frente a ella y los demás.

Martíncito—dijo Micaela, evidenciando con ello que su molestia era para con su hijo, puesto que decirle aquel diminutivo definitivamente era con ánimos de hacerle notar lo poco contenta que estaba—, a Ricardo lo invité a venir desde el día de ayer, lo del contrato de Joaquín fue algo que surgió de último momento, porque Lucio me comunicó que le ha surgido un viaje inaplazable y no quise darle más largas a los asuntos de su exposición. No vi ningún problema en reunirlos a todos aquí y no quise cancelarle a Ricardo… Más que nada esta es una reunión entre amigos, en la que casualmente también mencionamos una que otra cosa referente a negocios. ¿Hay algún problema con eso?

A Ricardo no le gustó para nada la manera en la que Martín entornó los ojos, mirando a su madre.

«No abras la boca… No abras la boca, Martín… Solo no lo hagas»

Para como estaban las cosas, y si sus sospechas eran ciertas, Martín estaba a un  paso de estallar. En el momento en el que lo incordiaran lo suficiente, de su boca podía surgir cualquier barbaridad.

—Quizá Martín solo se siente incómodo o avergonzado por el hecho de que nos hayas presentado a su… novio, sin que él mismo estuviese preparado para ello. A lo mejor quería tomarse más tiempo antes de presentarle a su pareja un puñado de desconocidos y ahora se siente incómodo y expuesto de alguna manera.

Desde donde estaba sentado, Ricardo casi fue capaz de  percibir los engranajes de la cabeza de Micaela empezar a moverse, en respuesta a las palabras de Joaquín. Sintió a Martín tensarse, así que por debajo de la mesa posó una mano encima de su rodilla, dándole un toque como advertencia de que se calmara.

—Y… Si Martín se sintiera incómodo como dices, dime, ¿Tendría él algún motivo para ello? Es decir, ¿juzgarías mal  a mi hijo por ser gay?

Aunque Ricardo entendió a la perfección el porqué de la pregunta de Micaela y admiró su valentía y la manera en la que protegía los intereses de Martín, sin juzgarlo, sin dudar y con completa entereza, lo que no entendió fue por qué dirigió esta pregunta únicamente a Joaquín.

— ¿Yo?— Joaquín sonrió. — Por supuesto que no. Encuentro los matices de las personas absolutamente interesantes. Si Martín llegara a sentirse incómodo, te aseguro que yo sería la última causa de ello. ¿Qué me dice usted, Ricardo? A lo mejor si es que él se siente incómodo de alguna manera sea por su causa. —Oh, el muy imbécil estaba dirigiendo la atención de todos hacia él—. A lo mejor de alguna manera, él está tratando de protegerlo a usted.

Ricardo se retiró el brazo de Martín de alrededor de su cuello, pero retuvo una de sus manos entre las suyas.

—Si es que eso fuese cierto, Martín… Pequeño— Ni siquiera por casualidad estaba dispuesto a darle importancia al españolete dirigiéndose a él—, debes saber que por mí no hay ningún problema. Todo bien. De hecho, me gusta hacer parte de tu mundo y me siento agradecido por ello. Me gusta conocer tu entorno, hacer parte de él, y eso por supuesto incluye el conocer a las personas con las que compartes tiempo y afinidades… Como la pintura—. Después de tamaña mentira, porque lo cierto era que Ricardo hubiese preferido que de aquella falsa relación hubiera la menor cantidad de testigos posibles, Ricardo se llevó la mano de Martín a los labios y le besó rápidamente los dedos.

El chico sonrió.

— ¿Quién en sus cinco sentidos se atrevería a sentirse avergonzado de enseñarle a todos a un hombre como tú?—Martín le dio un suave pico en los labios y luego dirigió la mirada en dirección al pintor. — Desestimando un poco tus recién nacidas dotes de psicólogo, Joaquín, lamento decepcionarte pero el hecho de que nos vayamos a marchar en este momento no obedece a causas tan complicadas. Solo nos vamos de fiesta, porque el cumpleaños de Ricardo es dentro de poco y ya habíamos decidido empezar a celebrar a partir de hoy. — Martín miró a Micaela. —Mimí, discúlpanos, por favor. Señor Montecarlo… Es tan placentero departir con usted que es una pena tener que irnos, pero confío en que podrán seguir disfrutando sin nosotros. —Martín volvió la mirada hacia la pareja una vez más—. Ustedes dos… Mis disculpas por retirarnos y felicidades por el bebé y por la boda. Supongo que será pronto, pues a juzgar por lo gorda que está Irina creo que a ese bollo ha de quedarle muy poco tiempo en el horno.

Dicho esto, Martín tiró de su mano y lo arrastró fuera del salón con él.

***

Cuando Martín mencionó que se irían de fiesta, Ricardo creyó que esa había sido una simple y vaga excusa para abandonar aquella incómoda reunión, pero o a él le gustaba fingir con toda la indumentaria que ello conllevara o, tal como sospechaba, sus palabras iban en serio.

Ricardo observaba más que embobado la manera en la que Martín se había desecho de su vestimenta, luego de que hubiese rebuscado entre su ropa y escogido varias piezas, todas ellas de color negro. Aparentemente, el hecho de que ya se hubiesen visto en paños menores, dejaba abierta esa puerta de manera indefinida y de ahí en adelante esa sería una barrera que no se levantaría nunca más. No pensaba quejarse de ello, claro, pero eso no significaba que no fuese a abrir la boca al respecto.

— ¿Qué se supone que haces?

—Me cambio de ropa.

Ricardo blanqueó los ojos.

—Sí, eso es obvio. Me refiero al porqué. — No esperó una respuesta. — El tal Joaquín está comprometido, va a tener un hijo y aun así mantiene una relación contigo. ¿Aún son pareja ustedes dos? ¿Tú lo sabías? ¿Y lo del bebé…?— ¡Dios! Tenía decenas de quejas y un montón de preguntas que no sabía si quería o si le convenía hacer, así que solo había dejado salir las que necesitaban una respuesta de manera más apremiante. Se sacó los anteojos—. ¿Quieres explicarme todo lo que acaba de ocurrir?

—No. No quiero, así que no lo voy a hacer.

Con pequeños saltitos para ayudar a que la ajustada prenda le calzara, Martín acababa de enfundarse en un par de pantalones de… ¡Dios! ¿Eso era cuero? Apartó la vista, un tanto acalorado por la visión. ¿Era acaso que Martín lo quería matar?

Su turbación no mejoró cuando lo vio meter el talle en una musculosa medio transparente de color negro, para luego ponerse un blusón de maya encima. Un jodido blusón cuyo tejido enmallado tenía paneles tan grandes que entre llevarlo o no, no había mucha diferencia, puesto que no le cubría nada. Aquella prenda insinuaba lo suficiente como para que Martín se viera más atrevido utilizándola que habiéndola omitido de su indumentaria.

— Vas a salir. —No fue una pregunta. ¿A dónde pensaba ir vestido así?

—Por supuesto. Es lo que acabo de decir hace un momento que haría, ¿no?—. Martín estaba inusualmente serio y frío. Se sentó en la cama y comenzó a calzarse un par de botas negras y brillantes con correajes y cordones frontales que parecían interminables—. De alguna manera siento que estoy perdiendo control sobre nuestras citas, Richie. Citas que se suponía que yo iba a utilizar cuando y como me convinieran, pero no ha sido así. No tengo control sobre nada. Sé lo que estás haciendo—Martín lo miró de manera acusatoria—, estás tratando de apresurarlas para librarte rápidamente de nuestro acuerdo.

Ricardo bufó y cruzó los brazos sobre el pecho.

— ¿Qué se supone que significa eso? ¿Estás reclamándome? Si tú te quejas de no tener el control de esta situación, ¿qué podré decir yo, entonces? Me siento como una marioneta, ¿sabes?—cerró los ojos momentáneamente, negando con la cabeza—.  ¿Estás enojado? ¿Habrías preferido que no hubiese estado mientras ese patán anunciaba a los cuatro vientos y con cara de ponqué que va a ser padre? ¿Habrías preferido no tener ninguna carta que jugar? Pues yo creo que mi presencia hoy fue más que acertada. Acéptalo.

No había manera de que le dijera a Martín que su afán por estar en aquellas citas no era por querer que estas se acabaran más rápido, sino porque sentía una demandante necesidad de estar cerca suyo, de aquella manera íntima en la que lograba hacer parte de su mundo, y aquellas citas eran el único medio con el que contaba. Su única excusa.

Martín terminó de calzarse, se puso de pie y caminó hasta situarse frente a él, con una sonrisa ladeada adornándole el rostro.

—Es bastante gracioso que hayas utilizado ese término para referirte a ti mismo.

— ¿Cuál término?

—Carta… Una carta que jugar. —La sonrisa en labios de Martín comenzó a verse como algo peligroso—. Tienes toda la razón, Ricardo. Tu presencia hoy fue un bonito detalle en el momento justo, así que no me queda más que reconocer que fue algo acertado y darte las gracias.

Ricardo tragó duro. ¿Acaso significaba aquel «gracias» que todo aquello estaba a punto de terminar? ¿Qué el final había llegado así de fácil, así de rápido? Si aquello era el final —El final de algo que ni siquiera había dado inicio— había llegado de manera demasiado imprevista. Tan apresurada como para que él aún no hubiese tenido tiempo de aclararse, de entenderse a sí mismo y a aquello que le invadía el pecho y se había aposentado en sus días.

Era curioso. Tenía miedo de perder algo que no sabía si tenía y contra lo que en algún momento había despotricado hasta el punto de considerarlo la mayor de sus desventuras. Tenía que hacer algo, decir algo. Ya. Su cabeza comenzó a tratar de buscar desesperadamente una manera de convencer a Martín de que aún lo necesitaba, que aún podían hacer algo con ese plan loco suyo, que… Se detuvo. Que Martín lo siguiera necesitando en términos de aquel plan, implicaría que Joaquín y él estuvieran, o pretendieran estar juntos en un futuro, cosa que odiaba por completo. Si lo apartaba de su lado porque no lo necesitaba más, entonces eso quería decir que Martín pretendía dejar de lado aquella relación… Y eso significaría que Martín estaría bien.

Si la opción era la primera, y Martín pretendía seguir con aquello, y por ende con Joaquín, ya se encargaría él de protegerlo, porque estaba seguro de que aquel hombre era algo dañino para él. Si por el contrario aquel día era el final, se daba por bien servido con el hecho de que también alejara al otro. Bufó, aquello último sonaba como el infantil «Si no es para mí, no será para nadie» se estaba comportando como un patético egoísta, y todo sin siquiera abrir la boca.

—Martín… Yo…

— Y no, no estoy enojado— Su alumno lo interrumpió. — Al menos no contigo. Más bien creo estarlo conmigo mismo, por haber sido tan estúpido. Fue de verdad patético de mi parte haber armado todo este teatro, por él—. Ricardo cerró los ojos, reuniendo fuerzas para aquello que Martín seguramente estaba a punto de arrojarle a la cara. Esperaba al menos que no fuese cruel; porque para ser sincero no estaba seguro de cuál sería su reacción cuando Martín le dijera que ya no lo necesitaba para aquello que en un principio le costó aceptar, que le hizo rabiar y renegar de su suerte; pero que ahora, al haberlo hecho, le costaba realmente dejar ir. Fue algo lindo sentir que le pertenecía a alguien, que alguien necesitaba de él, aunque hubiese sido una mentira. Una mentira demasiado corta—. Fue genial que estuvieras hoy, claro que sí—. Abrió los ojos justo a tiempo para ver a Martín dar un paso al frente, acercándose tanto a él que para mirarlo a los ojos Ricardo debió mirar hacia abajo—. Ahora, si no te molesta, voy a retomar el control y voy a tomarme la libertad de utilizar el resto de esta cita, y las que faltan, de la manera como a mí se me dé la gana.

¿Cómo? ¿Las citas seguían vigentes?

—Pero, ¿Entonces, Joaquín y tú…?

Se interrumpió al ver que Martín siguió dando pasos hacia el frente, aparentemente poco dispuesto a responder su pregunta o comportarse de una manera que él pudiera entender. Con cada paso que avanzaba, Ricardo se veía obligado a retroceder. Martín lo miraba concienzudamente de arriba abajo, y aunque aquella actitud lo ponía en alerta, no lograba hacerlo sentir incómodo del todo. Más que eso, lo que el otro estaba logrando era despertar por entero su curiosidad.

Frenaron aquel baile intimidatorio cuando la parte trasera de sus rodillas dio con el borde de la cama, y entonces se dejó caer sentado, mirando hacia arriba de inmediato, hacia Martín que continuaba observándolo con determinada minuciosidad.

—Ricardo, definitivamente espero que haya un lobo debajo de tu piel de cordero.

Capítulo 31

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“Estamos en tregua” (In a rainy night)

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Ricardo se veía como todo un contorcionista facial. No estaba escatimando en gestos. Los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos cerrados, una pequeña sonrisa que muy posiblemente era a causa de una incredulidad que distaba mucho de la alegría, y además negaba con la cabeza.

¿Qué tan de cabeza estaba su mundo, como para que él estuviera en aquel momento sentado en la cama de Martín, esperando por él? ¿Qué magia negra estaba obrando en el universo, como para que aparte del obvio problema de que su sexualidad estuviese tambaleando, tuviera que enfrentarse de forma tan irecta con el motivo de sus pesares?

Dormir en casa de Martín ya habría sido demasiado; dormir en su habitación era… era como una bomba atómica para su salud mental. Estaba por completo nervioso; su corazón repiqueteando al ritmo de la tonada de El Llanero Solitario…

«Martín es tan joven, que ni siquiera ha de saber quién es «El Llanero Solitario» Si ha visto la versión cinematográfica con Johnny Deep, no cuenta como genuino conocimiento de El llanero. Esa fue un asco» Diatribaba dentro de su cabeza.

Quedarse a dormir en aquella casa —En especial en aquella habitación— básicamente significaba que no podría dormir en lo absoluto. Y no porque se sintiera incapaz de hacerlo, porque de hecho su desvelo de la noche anterior, buscando porno gay a lo alto y ancho de la red, estaba pasándole factura, sino por el simple hecho de que no podría permitirse aquel lujo. Había ciertos sueños inconvenientes que no controlaba y que no se lo permitirían.

Abrió los ojos, tensionándose, cuando escuchó el sonido de la cerradura al ser maniobrada desde afuera. Martín apareció con un atado de prendas y un estuche que no tardó en dejarle sobre el regazo.

Ricardo examinó las prendas, era un pijama masculino de dos partes, en color beige. Cuando  tiró del pantalón un par de pantuflas de color azul oscuro cayeron al piso. Dentro del estuche había un cepillo de dientes aun en su protector de plástico y cartón, un sachet de desodorante, además de un par de maquinillas de afeitar, desechables. Tomó la camisa del pijama por los hombros y la levantó frente a sí, con una ceja elevada y reprobatoria.

—Y esto… ¿De dónde salió?

—De una de las habitaciones para huéspedes del segundo piso. Hay un kit así en cada una. Esa es más o menos de tu talla, pero también las hay femeninas, si es que quizá te van mejor y lo prefieres así…

Ricardo entornó los ojos. Martín parecía siempre dispuesto a burlarse de él, tal como si se hubiese propuesto usar cualquier cosa que él dijera, para abochornarlo. Pero no estaba dispuesto a permitírselo. No era el primer mocoso con el que trataba. De hecho, Martín era un mocoso con el que lidiaba desde hacía tres años.

—No, gracias. Si hago eso, ¿Qué usarías tú, entonces? —. Martín sonrió con obvia burla. Pero a Ricardo le habría gustado que su sonrisa hubiese sido más brillante. Era como si su acostumbrado fulgor, ese que encandilaba e intimidaba un poco, hubiese disminuido un par de grados. Se preguntó qué tan malo era lo que le ocurría. Porque era obvio que algo le pasaba. Suspiró —. Yo… Dormiré en el sofá.

Martín dejó su teléfono sobre la cama y después de agacharse a desatar y aflojar sus cordones, comenzó a sacarse los zapatos. Lo hizo pisándose los talones de ambos pies. Ricardo pensó que tal vez él dejaría el calzado desperdigado justo en donde se lo quitó, pero no fue así.

—No hay necesidad de eso. La cama es lo suficientemente grande para ambos… Prometo no hacerte nada. Además, ese ataque santurrón con sacrificio de  comodidad, no servirá de mucho. Aún si durmieras afuera, en la terraza—Martín apuntó hacia los paneles echados, — La imaginación de  Mimí ya está en movimiento y para ella tú y yo estamos en medio de una dura contienda sexual ahora mismo. Y el hecho de que las habitaciones de esta casa sean insonorizadas, no ayuda para que ella desvíe el rumbo de sus pensamientos, por el contrario, estoy seguro de que aviva más ese fuego. También ayuda el hecho de que yo «quizás»—El descarado dibujó las comillas con sus dedos, — haya casualmente mencionado que tú no puedes tener tus manos alejadas de mí durante mucho tiempo.

¿Era acaso que todo de lo que hablaba Martín debía siempre estar relacionado con sexo?

Con los zapatos en la mano, Martín se dirigió hacia las puertas corredizas a su izquierda. Corrió los paneles de madera desde el centro hacia los lados y una vez dentro encendió la luz, rebelando un amplio vestidor, de reluciente madera color caoba.

— ¿Qué tú hiciste qué…? ¿Era eso necesario, Martín? Por Dios…—Llevó una mano a su frente. Pasados unos segundos se obligó a sosegarse a base de suspiros sonoros y profundos… Un ejercicio de relajación que solía utilizar durante el tráfico en la hora pico, y lo miró desde la cama. — ¿Haces esto solo para fastidiarme?

—Pero cómo crees…

«Vaya nivel de sarcasmo en alguien tan joven»

***

—El baño es todo tuyo…

Martín regresó a la habitación secándose el cabello y oliendo intensamente a jabón. Tenía los pies desnudos y estaba enfundado en unos pantalones de pijama bastante flojos, de franela de color gris oscuro. En la parte superior llevaba una camiseta de mangas largas, de color negro con cerigrafiadas letras amarillas en el pecho que rezaban (Na)16

— ¿Pijama de Súper héroes? ¿Nada de batas acolchadas con tus iniciales bordadas en las solapas?—. Una infantil necesidad de molestarlo hizo acto de presencia de manera repentina.

Martín chasqueó la lengua.

— ¿Qué acaso estamos en una película? Usaría de esas si también tuviera un ridículo mayordomo, fumara pipa junto a la chimenea mientras bebo cogñac y leo los clásicos de la literatura inglesa. —Respondió Martín, con burla. Siempre con una rápida y picuda respuesta para todo. — Eres un ñoño… Esta—Se señaló el pecho,—Es una referencia a Batman que solo un nerd captaría tan rápido.

Ricardo blanqueó los ojos y se puso de pie mientras se quitaba los anteojos y tomaba su atado de prendas y el cepillo de dientes, para dirigirse al baño.

— Hablaste muy rápido. Porque, ¿Qué acaso no son las iniciales de los apellidos de tu familia, lo que está bordado en la toalla que tienes entre las manos ahora mismo?— Como única respuesta, Martín torció el gesto y secó su cabello con más vigor. Ricardo sonrió un poco, saboreando su pequeña victoria, hasta que Martín apartó la toalla de su cabeza, y comenzó a peinarse el cabello con los dedos—. Escucha, lo lamento. Quizá me he dejado llevar y te he caricaturizado con ridículas ideas acerca de costumbres estigmáticas y prototipos vacíos de la gente rica que nos venden los enlatados televisivos. Ni que tuvieras por ejemplo, no sé… Tu retrato al óleo colgado en algún lugar vistoso de esta casa; eso sí que sería demasiado. Espera… ¡tú tienes uno!

—Ah, Ese maldito cuadro… Lo había olvidado. — A Ricardo no le pasó por alto la afectación en la voz de Martín. Aquel tema realmente debía estarle molestando. Quizá era conveniente parar.

— ¿Por qué tienes los ojos rojos?—. Preguntó.

—Se me irritaron con el shampoo.

 

***

La tormenta aún arreciaba. Podía verla caer de manera inclemente a través de lo que sí resultó ser un ventanal y la salida a una pequeña terraza privada. Martín había descorrido los paneles, de seguro para apreciar la lluvia que, según él, al marcharse le dejaría un mundo renovado. Aunque eso tardaría aún, porque nada parecía indicar que fuese a dejar de llover pronto.

Las luces estaban apagadas pero el patio trasero, hacia donde apuntaba la habitación, estaba bien iluminado; y esto sumado los ocasionales relámpagos, hacían que la penumbra no fuese absoluta.

Podía percibir el bulto que era Martín debajo de las cobijas. Él se había acomodado en el otro extremo de la cama, dándole la espalda; aparentemente dejando por completo de lado su necesidad por tratar de molestarlo a cada momento, haciéndole comentarios incómodos.

Él por su parte, llevaba cerca de media hora acomodado de la misma manera, mirando hacia el techo, con las manos acomodadas tras su cuello, temiendo moverse y perturbarlo. Decidido a no dejarse vencer por el sueño.

Comenzaba a ser dolorosamente consciente del hormigueo que sentía recorrerle las extremidades superiores. Ya sabía que este poco o nada tenía que ver con el nerviosismo o la ansiedad, sino con el simple hecho de que se le estaban durmiendo los brazos.

Martín estaba hasta el otro lado de una cama inmensa, que hacía parecer que la distancia que los separaba era algo físicamente imposible de franquear. Y quizás lo era. Porque moralmente estaban de polo a polo. Se acomodó mejor, y el colchón apenas y se movió bajo su peso. Un buen colchón, por supuesto. Con aquel tamaño seguramente podría bailar polca de su lado de la cama y Martín apenas y lo notaría. Se alegró de aquel descubrimiento. Estuvo a punto de sufrir necrosis en los brazos, por tonto.

Estaba durmiendo del lado de la pared con los dibujos. La oscuridad convertía aquel tapiz en muchos manchones de color grisáceo, pero aun así seguía llamando poderosamente su atención. Esos dibujos, sin duda contaban como una forma de tratar de descifrar a Martín… Al verdadero Martín. Y quería hacerlo… Quería conocerlo.

Con confianza en sus movimientos, porque ahora sabía que moverse no iba a desatar una oleada en la cama, estiró el brazo en dirección a la mesa de luz a su lado y tomó de ella su teléfono celular y el par de anteojos, que se puso de inmediato. Desbloqueó el aparato y buscó la aplicación de la linterna. Antes de activarla, echó un nuevo vistazo a Martín. El haz de luz iluminaba secciones de la pared, revelando retazos de color. Era increíble, simplemente lo era.

— ¿No puedes dormir?—. La voz de Martín en la oscuridad y de manera tan inesperada, cuando él solo esperaba seguir escuchando el murmullo amortiguado de la lluvia, lo sorprendió lo suficiente como para que el teléfono resbalara de sus manos y cayera sobre su estómago.

—No. No puedo. ¿Te desperté? Lo lamento… Supongo que extraño mi propia cama.

El chico se removió, hasta darse la vuelta y quedar mirando en su dirección. Ricardo no podía descifrar sus facciones, pero podía recrearlas en su mente a la perfección. Podía ver el brillo de sus ojos en medio de aquella oscuridad que no era absoluta.

—No, no lo hiciste. En realidad yo tampoco puedo dormir.

—Pues… Imagino que debe ser extraño el ser consciente de que tienes a uno de tus profesores durmiendo a un escaso metro y medio de ti. Dormir puede convertirse en algo complicado de este modo. Yo mismo estoy seguro de no haberlo asimilado del todo; esta situación es… bastante bizarra, a decir verdad.

Martín dejó escapar una risita estrangulada.

— ¿Bizarra, dices? Déjame ponerte la situación de esta manera: —Ricardo vio al bulto oscuro que era Martín, recortado contra la claridad del ventanal, maniobrar hasta sacar los brazos de dentro de las cobijas. —Si las cosas no hubiesen ido por el camino que van, y todo no hubiese resultado como al final resultó, ahora mismo en lugar de conmigo, podrías estar compartiendo el lecho con Georgina… ¡Piénsalo! Eso sí que es bizarro y espeluznante.

— ¿Y quién dice que yo habría cedido?

—Yo te tengo aquí conmigo, Ricardo. Conseguí chantajearte hasta tenerte en el lugar en el que te tengo, ¿Crees que ella no habría encontrado la manera de conseguirlo también? Yo acepto que un poco… Bueno, bastante de lo que me motiva a haber arrastrado las cosas hasta aquí, son mis ganas de fastidiarte, mayormente porque también obtendré un beneficio, pero ella quiere, o quería, qué se yo, otro tipo de cosas de ti. Aunque quizá ese camino habría sido más aceptable para ti, ¿no es así?

— ¿A qué te refieres? ¿Cómo podría ser aceptable para mí algo como eso? No veo en qué diferiría meterme en líos con ella a tener líos contigo. Ambas situaciones son problemáticas, solo siento que cambié un problema por otro. —Ah, cuando quería podía ser un gran mentiroso; porque definitivamente él prefería líos y problemas con Martín, antes que con cualquier otro ser humano.

—A que… Ella es una mujer. Eso es todo. Tú eres un hombre y ella es, convenientemente, una mujer… Con ella un problema de esta índole sería menos grave en comparación a lo que ocurre conmigo. Con ella, tú no sentirías tu hombría socavada o insultada… Quizá hasta estarías halagado. Todo es mucho más fácil si la palabra gay no está de por medio. Y tú… Con el nivel de santurronería que te cargas, seguramente lo preferirías así.

Ricardo no sabía si catalogar el tono de voz de Martín como uno de rabia exactamente, pero en definitiva no era el tono de voz sosegado que debería tener una persona que intenta tener una charla casual porque no puede dormir.

— Primero: ¿Qué implica para ti ser un santurrón? Y segundo: ¿Qué te hace pensar que soy uno de esos?—Preguntó de manera calmada. De hecho aquel apelativo aplicado a su persona, le pareció un tanto gracioso. Quizá un poco ofensivo, pero en definitiva gracioso.

Escuchó a Martín resoplar y removerse debajo de las cobijas. ¿Tanto lo había molestado que se alejó hasta el borde mismo de la cama, opuesto a él?

Las luces de la habitación no se encendieron del todo, solo aumentaron de intensidad. Martín había dado vuelta al regulador de las lámparas, bañándolo todo de una muy tenue luz ambarina. Se volvió hacia él con sus hermosos rasgos ahora de nuevo visibles; se acomodó cerca, lo suficiente como para ponerlo nervioso. Martín, una cama y su imaginación que últimamente estaba por demás activa, convergiendo en un mismo lugar, en definitiva era una fórmula que aunque no lo iba a hacer gritar como un demente, incapaz de controlarse, si daba para que se le acelerara un poco el corazón… Y quizá le hormigueara inconvenientemente la ingle, también.

—Me refiero a tu manera de ver el mundo. Con exactitud a la manera en la que siempre nos muestras que debe ser el mundo…. Cómo debe ser una persona para ser catalogada como moralmente correcta. Todo correcto y medido. Lleno de reglas que se deben seguir al pie de la letra. Un montón de paradigmas y un camino señalado que determinan si se es alguien bueno o se es malo. Tus parámetros son demasiado marcados e inflexibles: O todo es blanco, o todo es negro. Y los tonos de gris, ¿Dónde están? ¿Dónde quedan?—. Martín lo miraba directo a los ojos, reacomodándose mejor sobre la almohada. —Matrimonio, hijos, una profesión respetable… Reglas que no traspasen las barreras dispuestas. Además, es pasada la media noche y estás utilizando tus anteojos… Así que eres un santurrón, terriblemente pegado a tu imagen de santurrón. Punto.

Ricardo no pudo evitar una pequeña explosión de risa.

—Escucha, Martín. — Dijo mientras se sosegaba y además se reacomodaba para quedar sentado, con la espalda pegada al cabecero de la cama, — ¿No estás siendo muy tajante? ¿Y algo superficial, también? Yo… He sido tu profesor desde hace tres años. Lo he sido de Religión, de Filosofía y de Ética y Valores Humanos, ni más ni menos. Siendo así, ¿Crees de verdad que habría podido, o debido, explicarles el mundo a ti y a tus compañeros de una manera diferente a la estrictamente apegada a esos parámetros? ¿Qué clase de educador habría sido si no lo hubiese hecho justo de esa manera?— Hizo una pausa durante la cual Martín se limitó a mirarlo mientras guardaba silencio. —No es que quisiera coartar su libre desarrollo con mi cátedra, o hubiese querido mostrarles la vida como algo cuadriculado, llena de decisiones predeterminadas, puesto que tal situación no existe. Les he mostrado todo de la manera en la que creo que es correcto enseñárselas a un puñado de adolescentes en formación, y aunque he defendido lo que tú llamas «Mis Parámetros» no creo nunca haber condenado lo que se desvíe de allí. Jamás me atrevería, eso sería excesivamente ignorante de mi parte, ¿No lo crees? — Se miró los dedos. —Martín yo soy perfectamente capaz de aceptar y procesar muchas cosas. El mundo es un amplio y vasto lugar y en realidad me parece algo maravilloso el que los seres humanos, habiendo tantos como somos, tengamos la capacidad de ser únicos. Tal variedad no puede contenerse dentro de estándares estrictamente predeterminados, pero hay muchas pistas acerca de lo aceptable. Pistas que se ven obligados a impartir y respetar los santurrones, como yo. Y los anteojos… Pues, estaba tratando de espiar tus dibujos.

Su alumno dejó escapar un suspiro entrecortado.

—Carajo, Ricardo. —Martín se dio media vuelta, hasta quedar recostado sobre su espalda, y se apoyó las manos sobre el rostro. — Por qué simplemente no me diste una muestra de esa pastoral moralista tuya. De las que usas en clases, y ya… Supongo que querrás convencerme del hecho de que te he  juzgado de manera superficial y que quizás debería sentirme culpable por eso. Si es eso lo que esperas, ¿Adivina qué? No funciona. Porque yo no embono en tu definición de moralmente correcto, siendo así, supongo que no podrás esperar de mí que me importe realmente cómo te sientes con respecto a la manera en la que te he juzgado… Aún si yo mismo se lo odioso que es que las personas no puedan ver en ti más allá de lo que suponen como obvio. De una sola cosa que aunque haga parte de ti, no te define. Que te encasillen. Ahora de verdad no es un buen momento para…

—Escúchame, Martín. —Le interrumpió. — Creo que te juzgas a ti mismo con demasiada dureza.

— ¿Yo?— Martín arrugó el gesto—. ¿Cómo es que hago yo algo como eso?

—Lo haces, y te daré un claro ejemplo de ello. Sin ir más lejos, me has convertido en una especie de ogro, un enemigo al que sientes que debes poner en su lugar, porque te has sentido atacado cuando hablo de moral. Te has empeñado en creer que vives «fuera de la ley» y que tu forma de vida es algo que debes defender a capa y espada. Te sientes atacado ante la más mínima mención que catalogue como correcto lo contrario a lo que tú has elegido como forma de vida. Ser gay no es necesariamente algo inmoral. Lo inmoral, en todo caso, sería tomar esta preferencia sexual como una excusa para ser absurdamente promiscuo.

—Oh, mi Dios. ¿Estás psicoanalizándome?

—No. Solo te digo las cosas como las veo. —Ricardo hizo una pausa, sopesando internamente cómo decir lo que estaba pensando—. Escucha. Tú y yo, hemos estado en un evidente desacuerdo casi desde el principio de nuestra relación como maestro y alumno, pero esto nada ha tenido que ver con tus preferencias sexuales, porque de hecho ha sido hasta hace poco que he sabido de ellas. Lo difícil de nuestra relación se ha debido a que cuando quieres puedes ser de verdad… Insolente. En eso sí que te empeñas.

Martín curvó una de las comisuras de la boca hacia arriba.

—Insolente. Eso es…

—Yo… Yo lo siento. —Lo interrumpió, de nuevo.

— ¿Que lo sientes? ¿Estás disculpándote?

—Así es.

El crujido de las sábanas reveló que Martín estaba maniobrando para acercarse aún más a él.

—Eso suena interesante. ¿Por qué, exactamente, estás disculpándote?

—Por lo que pasó con tu diario. Eso fue de verdad contraproducente y un gran un error. Yo de ninguna manera debí leerlo frente a los demás, sabiendo lo que contenía. Fue algo completamente grosero de mi parte. Así que lo siento.

—Te has propuesto dejarme sin ningún argumento para alimentar mi inquina contra ti, ¿No es así? —. Martín Chasqueó la lengua—En realidad lo del diario… Creo que yo solo coseché lo que sembré porque, verás, cada palabra escrita allí fue escrita de la manera particular en la que lo estuvo, por ti. Para ti. Todo era cierto, por supuesto, pero sé que pude haberlo plasmado de una manera menos provocadora. Quería fastidiarte.

—Lo sé.

—Sabía que entenderías que iba dirigido a ti. Aun así no esperaba que lo leyeras frente a todos, Ricardo.

—También sé eso. Por eso lo hice.

— ¿De manera que los dos podemos ser infantiles y vengativos, entonces?

—Sí que podemos.

—Entonces, supongo que estamos a mano.

Ricardo elevó una de las comisuras de la boca en una tenue sonrisa, y se acomodó en la cama hasta quedar acostado al lado de Martín de nuevo. Luego lo miró a la cara.

—No, Martín, no lo estamos. Estás chantajeándome. Hay una clara victima entre nosotros… Y soy yo. Yo solo leí tu tarea en frente de la clase; tú, en cambio, tienes en tus manos el poder de destruir mi vida laboral, convirtiéndome además en un paria. Imagina lo que pensarían la directiva del instituto y los padres de familia, si tú llegaras a revelar esa fotografía. —A pesar de decir aquello, no sentía angustia. Ya no. Hacía días la angustia por este tema en particular se había disuelto, reemplazada por otra más apremiante. Le preocupaba más la hecatombe que Martín pudiera provocar en su interior. Sus paradigmas habían empezado a derrumbarse y a reacomodarse, obedeciendo a su corazón y eso era, sin dudas, un asunto que reclamaba mucho más de su atención.

—Sí, eres mi víctima. Y no pienso dejarte ir. No aún. Aún tenemos Seis citas más y voy a usarlas todas, te advierto.

Ricardo, asido de un infantilismo poco común en él, cerró los ojos con placer y removió los dedos de los pies debajo de las cobijas, dentro de los calcetines. Esas palabras lo habían hecho… feliz, en cierta medida y de una manera absurda. Hacía mucho que no se sentía así. Martín era diferente…

Era algo nuevo e interesante…

Inquietante, también…

Peligroso, sin duda.

Era alguien agudo con muchas aristas y ángulos, un tanto vanidoso e insoportable en ocasiones.

—Con respecto a eso, Martín, cuando despunte el día de mañana, y tu madre vuelva a verme la cara, tras el cambio en el calendario, con una noche de por medio, empezará a correr nuestra tercera cita.

—Pero…

—No es mi culpa que no sepas administrarlas. Debiste tenerlo en cuenta, antes de obligarme a pasar la noche aquí.

 

2

En algún momento indefinido de la noche, la conversación había mutado. La pequeña guerra de voluntades había cedido y dio paso a algo más pausado, bastante parecido a una charla amena. Preguntas y respuestas que llegaban sin mucha premeditación y que se respondían sin que se sintiera como una situación forzada, o un interrogatorio.

Después de hablar de manera incesante acerca del desconocido gusto y talento de Ricardo para la música, Martín cambió tajantemente de tema.

— ¿Hay alguien especial en tu vida ahora mismo?—. Preguntó Martín, acomodado de lado, completamente acostado mirando en su dirección; el brazo doblado de tal manera que la palma de su mano estaba debajo de su mejilla. Cualquiera que, sin conocerlo lo suficiente, lo viera en aquel momento, de seguro se dejaría llevar y aseguraría que se trataba de alguien por completo inofensivo, sin adivinar jamás que debajo de ese rostro angelical había un depredador.

Ricardo habría querido responderle con un simple «Quizás» en lugar de un con rotundo e indeterminado «No» Teniendo en cuenta que ese «Quizá» incluía a Martín de manera directa y que lo más probable era que generara preguntas que no se veía con ánimos de contestar porque no sabría cómo hacerlo sin mentir o sin confesar algo que no quería o debía, solo decidió omitirlo.

—Ahora mismo no. Pero la hubo. Fue alguien de verdad importante, su nombre era Elisa. Bueno, imagino que sigue llamándose de la misma manera, pero digo «era» porque ella ya no hace parte de mi vida.

— Si, eso es obvio… Pero gracias por la aclaración. Creo que antes habría pensado en «Oh, mierda, la mujer murió y este pobre hombre va a ponerse a llorar al recordarla» que en «Dios, él dijo «era». Esa loca muy seguramente se cambió el nombre en cuanto terminaron» —Martín curvó los labios hacia arriba, en una pequeña sonrisa; pero esta vez esa sonrisa tampoco alcanzó sus ojos. Por lo menos así se lo pareció a Ricardo—. ¿Qué tan importante fue?

Ricardo suspiró, aún sin proponérselo.

—Lo suficiente como para haberle comprado un anillo de compromiso.

—Vaya, ¿Qué pasó? ¿Te rechazó?

— ¿Por qué supones que fue eso lo que ocurrió? ¿Acaso no pude haberla rechazado yo a ella?

—Lo siento. El viejo hábito de tratar de fastidiarte, utilizando todo lo que dices, en tu contra. — Se disculpó Martín… Muy a su manera.

—No me rechazó, porque no alcancé a darle el anillo. Ella me… Nosotros no… Simplemente yo ya no era lo que ella necesitaba. —Suspiró de nuevo, recordando. —En ese momento fue de verdad malo. Mucho. Me había acostumbrado a tenerla conmigo. Yo la amaba y había imaginado una vida juntos, porque mi vida, mis planes a futuro, todo, giraba en torno a ella. En ese momento todo se vino abajo y me quedé en el aire, con las manos vacías y el corazón roto. Yo de verdad creí que podría llegar a morir de tristeza y decepción. Mucho dejó tener sentido e importancia para mí. Por extraño que suene, renuncié muy rápido a la depresión y opté por sumergirme con todo y zapatos dentro de mí mismo y me cubrí en una gruesa capa de cotidianidad y aburrimiento.

—Una capa que aún no te quitas de encima, por lo visto. —Martín rio mientras dijo aquello. Ricardo lo acompañó.

—Supongo que no puedo culparte por pensar de ese modo. Siento que recién ahora comienzo a emerger. —Miró hacia el techo y acomodó una mano sobre su estómago antes de continuar hablando. A pesar del tiempo que había pasado, y de creerlo superado, hablar de aquello removía algo en su interior. Algo que se sentía incómodo y un tanto doloroso. Ricardo suponía que siempre iba a ser así. —Renuncié a mi trabajo. Dejé de lado a mi acostumbrado círculo de amigos y conocidos, porque eran personas que teníamos en común, y no quería que nadie me hablara de ella o siquiera mencionaran su nombre en mi presencia… Simplemente dolía demasiado. Incluso intenté alejarme de mi familia, porque no dejaban de mirarme con lo que yo supuse era lástima y reproche, pues imaginé que me juzgarían como el culpable de haber echado todo a perder con una mujer que de maravillosa, lo tenía todo. Pero no me lo permitieron, sobre todo mi hermana… Ella me buscaba y me encontraba hasta debajo de las piedras. —Esto le arrancó una pequeña sonrisa de los labios. — Ellas, mi madre y mi hermana, Silvana, optaron finalmente por no preguntar, no comentar y fingir que Elisa jamás había existido. Yo agradecí eso.

— Superar un mal de amores, suena como un montón de trabajo y sacrificios.— La voz de Martín sonaba trémula. Eso llamó poderosamente su atención. — ¿Hace cuánto fue, Ricardo?

— ¿Hace cuánto tiempo terminamos?—Preguntó, y Martín asintió. —Hace unos tres años.

— ¿Tanto tiempo lleva superarlo? Un duelo tan largo… Hey, eso es justo el tiempo que llevas siendo mi profesor. ¿Ves cómo no es mi culpa haberte juzgado mal? Solo he conocido tu lado amargado.

— ¿Ah, sí? Pues a mí me abandonó la mujer de la cual estaba enamorado y a la cual iba a proponerle matrimonio. ¿Cuál es tu excusa?

— ¿Excusa para qué? Yo soy absolutamente encantador. — Martín rodó los ojos —. Y dime, ¿Desde cuándo se conocían?

—Elisa y yo… Desde el instituto.

—Mi Dios… Tanto tiempo. Es decir que puedo pensar que quizás ella fue… «Tú primera»— Martín dijo aquello con un movimiento pícaro de cejas. Ricardo entornó los ojos y frunció las cejas, en un gesto interrogante, a pesar de que obviamente entendía a qué había hecho referencia Martín. Solo quería fastidiarlo un poco y quizá reafirmar esa imagen de santurrón de la que quería deshacerse. — ¿Qué si fue la primera mujer que te llevaste a la cama? No sé por qué imagino que has de ser como un monje fiel o algo así. Y si la conociste siendo tan joven, pues… Dios, incluso puedo llegar a imaginar que ha sido la única.

Esta vez, Ricardo a duras penas pudo reprimir la carcajada que pugnaba por salir disparada de su garganta.

—Martín, permíteme sacarte de tu error. Conocí a Elisa en mi último año escolar, cuando ambos teníamos casi Dieciocho, y no nos hicimos pareja de inmediato. Eso ocurrió cuando ambos estábamos en la universidad, a mediados de nuestras respectivas carreras. Antes de conocerla, y durante el tiempo que transcurrió antes de que tuviéramos una relación formal, yo era un tanto… Solo diré que te sorprendería saber la cantidad de sexo que un chico con guitarra y cabello largo es capaz de conseguir.

— ¿Mucho?

—Mucho.

— ¿Del bueno?

—Del mejor. Creo que hay un secreto enlace entre las cuerdas de una guitarra y las chicas menos interesadas en la castidad. Es por eso que beso tan… Notablemente bien. —No pudo evitar decir aquello. Llevaba un tiempo guardándoselo, de hecho.

—Oh, vaya, pero que engreído. Siendo así, supongo que debo echar tierra sobre mi teoría acerca de que la tal Elisa corrió lejos de ti porque eres malo en la cama. —Martín dejó salir el aire de sus pulmones con un resoplido. — ¿Alguna vez le fuiste infiel?

—Jamás. No soy ese tipo de persona. —Respondió con resolución; porque era cierto.— Mientras estuve con ella, fue la única.

— ¿Incluye tu supuesto y vasto repertorio de amantes, algún hombre?

—N-no. —Tragó saliva. — ¿Por qué preguntas?

—Curiosidad. Hoy está derrumbándose ante mis ojos la imagen que siempre he tenido de ti… Así que quería saber hasta dónde puedo llegar a sorprenderme. —Martín dijo aquello tan tranquilo, y él a punto de sufrir un ataque de ansiedad. —Dime… ¿Lo has vuelto a intentar después de ella?

—Han habido unas cuantas personas. Nada serio. No he permitido que nadie se instale en mi vida otra vez. No sé si esto se deba a que no quiero ser lastimado de nuevo, o si sea porque ninguna mujer ha llenado sus zapatos. En todo caso, el elemento en común en todas estas pseudo relaciones he sido yo… Así que quizá yo sea el problema.

— ¿Por qué te dejó, Ricardo?

Meditó un poco. Hablar de aquello con Martín, o con cualquiera, no era algo fácil. Aun así decidió responderle.

—Ella llevaba un tiempo frecuentando a otra persona. Lo descubrí, la confronté… Nos tenía a ambos en su vida para comparar. En lugar de sentirse avergonzada, ella simplemente decidió que ese «alguien» era más adecuado para ella, así que…

—Te dejó de lado antes de que ejercieras tu legítimo derecho de mandarla a la mierda—. Concluyó Martín, de manera acertada.

—Palabras más, palabras menos, así fue. Y puedo asegurarte, Martín, que por ella yo siempre di lo mejor de mí. Todo. Aun así, yo… no le fui suficiente. Solo me faltó darle mi maldita sangre. Me apuñaló por la espalda cuando estaba más enamorado y decidido a que formáramos parte de la vida del otro.

—Te puso los cuernos y luego te abandonó, dejándote con un anillo comprado. No, ninguna duda, la mujer es una bruja. Considero que te hizo un favor. Porque, verás, el amor es básicamente una mierda. —Martín levantó un poco la cabeza y estiró un brazo hasta retirarle los anteojos. Ricardo solo se dejó hacer—.Y no eres asquerosamente feo, tampoco. ¿Cuándo fue la última vez que saliste con alguien? Y cuando digo «salir» me refiero a… Ya sabes «salir»

Para esas alturas, y siendo como era Martín, sinceramente Ricardo no sabía si tomarse aquello como un halago o como un insulto. Tampoco sabía que tan conveniente era responder a su pregunta.

—Hace unos…—Fingió meditar y se decidió a mentir—. Seis meses.

—¡¡ ¿Qué?!! ¿Seis meses sin sexo? ¡Dios mío! Con razón.

¿Cuál habría sido su reacción si le hubiese dicho la verdad? Que la cifra real más o menos duplicaba ese periodo de tiempo. ¿Sexo? Tanta paja como un maldito granero.

—Contigo no se puede. Todo lo reduces a sexo.

Ricardo tuvo la impresión de que sus palabras habían causado más efecto en Martín del que hubiese querido, pues su anfitrión pareció repentinamente meditabundo… Mirando hacia la nada, mientras se torturaba el labio inferior con los dientes. Lo había molestado con lo que dijo, estaba seguro, ¡Mierda! Hablar de Elisa nunca traía nada bueno.

—Si… Ese soy yo. Solo sexo.

Ambos guardaron silencio. Ricardo supuso que Martín estaría cansado y querría dormir. Él también estaba cansado, pero no iba a correr el riesgo de dormirse. ¿Qué pasaría si soñaba con Martín, teniéndolo a un lado?

—Es tu turno—. Martín acabó con el silencio. —Seré justo. Si hay algo de mí que quieras saber, es tu oportunidad de preguntar. Mi sinceridad está en oferta. Mañana… Mañana lo más probable es que vuelvas a caerme mal. Pero ahora mismo estamos en medio de una tregua.

Ricardo sonrió de forma vaga, ante el ofrecimiento. Más graciosa le pareció la situación, cuando Martín le estiró la mano derecha para que se la estrechara.

La mano de Martín era suave y cálida… Sus dedos eran largos y delgados. Habría querido acunarla entre las suyas por más tiempo, pero no le pareció correcto retenerla.

—Bien. Veamos… Uhm… En el instituto siempre estás solo. ¿Tienes amigos?

—Tienes carta libre para saber lo que quieras, y ¿En serio esa va a ser tu pregunta?

—Sí, pero no te preocupes, tengo planeado hacer muchas más, así que contesta.

—Como quieras.

Aquella conversación recovequeó por muchos caminos. Supo cosas, como que la persona con la que Martín compartía los más estrechos lazos de amistad, era una chica. Que su nombre era Carolina y que ella, a pesar de ser del color de un café con leche más bien cargado, tenía el puente de la nariz plagado de pecas. Que había un tal Gonzalo que era el más grande cliché gay que existía, pero que de momento estaba pasando por un periodo de reinvención que Martín no sabía cuánto duraría, y que al acabar seguramente le proporcionaría incontables sesiones de risa.

Supo también que aunque el rojo y el negro no eran sus colores favoritos, le gustaba la sensación visual que aportaba la combinación de ambos. A los Cinco años fue la imagen de una de las primeras campañas manejadas por su madre, de jarabe infantil contra la tos. Que tuvo un perro durante años, al que amó de manera loca, pero que hacía poco había muerto. No tenía debilidad por los animales en general, pero lo de su Julius y él había sido amor a primera vista. Quizá fue por el hecho de sentirlo suyo… Martín dijo estar seguro de que se habría enamorado incluso si su abuela le hubiese regalado un cocodrilo. Le señaló la pared con los dibujos, donde constantemente se repetían pinturas de un Golden Retriever en constante movimiento, con especial debilidad por los zapatos.

Martín jamás pensó, por ejemplo, que su interés por involucrarse con hombres mayores estuviera de alguna manera ligado a la necesidad de suplir una figura paterna porque «Ni que quisiera coger con mi papá» le había dicho. Le habló acerca de una mascarada a la que debería ir con Georgina, para salvarle el pellejo a él. Y esto último no lo comprendió del todo.

En algún momento de la conversación, Ricardo le preguntó si toda aquella charla mientras afuera llovía, no los hacía ver y ser como esas personas abismalmente fastidiosas que irrespetaban el hecho de que mientras lloviera el mundo debería permanecer en animación suspendida, y que a él no le gustaban; Martín le respondió que normalmente sería así, pero que en aquel momento él no podría con el silencio, porque eso le significaría internarse mentalmente en asuntos en los que, de momento, prefería no pensar. Cuando intentó preguntar al respecto, Martín cambió el tema de manera descarada.

Había un montón de pequeñas cosas que Martín aborrecía, como las agujas, la sangre, que lo llamaran «Martincito», la remolacha o las personas sin sentido del ridículo… Excepto al tal Gonzalo, porque lo hacía reír y además era uno de sus novios falsos. Esto último lo inquietó —Y quizá momentáneamente lo llenó de celos, porque él quería ser el único novio falso legítimo que tuviera—  pero luego Martín le aclaró todo el asunto en medio de risas.

Cada pequeña cosa y detalle que Martín le dijo, por muy simple que pudiera parecer, a Ricardo le pareció interesante. Atesoró cada palabra, guardándose toda esquirla de información. Martín parecía no tener pelos en la lengua y Ricardo encontró eso refrescante e interesante. Y su picardía… Sus ojos y gestos pícaros eran algo dulce.

A veces Martín arrastraba un poco la lengua mientras hablaba, pero Ricardo culpó de esto al cansancio que le había empequeñecido los ojos y había provisto la charla de constantes bostezos.

Al final de la conversación, del parloteo de Martín no quedaron más que unos murmullos ininteligibles que extrañamente dejaba escapar cada vez que Ricardo decía algo; como si aún dormido intentara responder a sus preguntas, que fueron muchas. Así que al final él había terminado por susurrarle cualquier palabra solo para verlo mover los labios, con los ojos cerrados y murmurando cosas sin sentido. Eso le arrancaba una sonrisa cada maldita vez.

Pronto Martín se durmió por completo, dejando incluso el murmullo de lado. Ricardo casi lo lamentó.

Sin nada más que hacer, y empeñado en no dormirse, se perdió en la contemplación de Martín. Ricardo se preguntó, entonces, cuántas personas habían sido testigos de su manera de dormir. De los pequeños quejidos que soltaba mientras lo hacía. De su cabello rabiosamente negro cayendo en desorden sobre su rostro y desparramándose sobre la almohada. De la manera en la que sus labios no se cerraban del todo y soltaban y jalaban aire de manera lenta y constante, Revelando tímidamente los dos dientes frontales, que eran ligeramente más largos que los demás. Cuántos habrían disfrutado de sus rasgos relajados por completo, que a veces se contraían, con seguridad a causa de lo que fuese que estuviera soñando.

El movimiento pupilar involuntario bajo sus párpados, hacía que las pestañas largas y oscuras bailotearan, produciendo sombras que se movían bajo sus ojos… ¿Cuántos lo habían visto así, como ahora lo hacía él?

¿A cuántos les había conferido Martín aquel derecho bendito?

 

3

Aquel sonido lo había despertado cuando estaba tan a gusto. No sabía qué hora era, o cuánto tiempo había estado durmiendo, pero le habría gustado continuar haciéndolo.

¿Lo que sonaba era un quejido? No, aquello sonaba más como… ¿Gemidos? Gemidos justo a su lado, en su cama. Alguien parecía estarse divirtiendo sin él.

Martín estaba completamente grogui y luchaba para abrir los ojos. Cuando logró hacerlo, pestañeó rápido, buscando poner sus ojos en funcionamiento para adaptarse a la claridad. Las luces de la habitación continuaban encendidas, aunque tenues, tal como las había dejado antes de quedarse dormido, quien sabía en qué momento. Se apoyó sobre ambos codos y miró en dirección a Ricardo.

Martín, de repente muy despierto y alerta, se vio obligado a apretar la palma de la mano derecha sobre su boca, para refrenar la risa. No creía haber visto jamás a alguien en medio de una tanda de sueños que evidentemente eran eróticos a juzgar por los sonidos que dejaba escapar, y la manera sugerente en la que se removía. En un principio creyó que quizá se estaba masturbando, pero Ricardo estaba profundamente dormido.

Bien. Si no se largaba de su lado en ese mismo instante, lo más probable era que estallara en medio de una risotada que de seguro despertaría al otro, y sinceramente no se creía tan cruel como para enfrentar a Ricardo y al hecho de que descubriera por qué se estaba burlando de él. Así que, con cuidado de no despertarlo e interrumpirle el buen momento, salió de la cama apenas aguantando la risa, y se dirigió hacia el baño, donde cerró la puerta detrás de sí.

Orinó en medio de una risa aguachenta y perezosa que se le escapaba a intervalos, como pequeñas convulsiones. Pensaba en lo diferente que era Ricardo de lo que él siempre había imaginado. Quizá incluso llegara a replantearse la impresión que siempre había tenido de él.

Quizá.

Se dirigió hacia la mesada del baño para lavarse las manos. Aún con la sonrisa en la cara, levantó la vista y se estrelló con su propio rostro en el espejo.

« ¿Por qué estás sonriendo, idiota? ¿Tienes motivos para estar contento, acaso?» le recriminó aquella parte interna que solía hablar en tercera persona.

La sonrisa se retiró de su rostro de manera lenta y fue rápidamente reemplazada por una mueca amarga. Sus manos, aun destilando agua, se apoyaron ambas sobre la superficie del espejo, haciendo informe su reflejo. Con una velocidad increíble, sus ojos se llenaron de lágrimas. Tal como había estado pasándole desde el día anterior, cada vez que se quedaba solo. Era incapaz de mostrar su debilidad frente a otros, y la verdad era que Ricardo lo había mantenido entretenido haciendo que todo fuese menos malo de lo que pudo haber sido, pero en solitario…

Se alejó del espejo y apoyó la espalda en la pared de azulejos. Dejó que el peso de su cuerpo le ganara a sus piernas y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo.

Habiéndose sentido tan humillado y molesto, sentía haber hecho lo que era correcto hacer… Lo que era justo. Aun así, no lograba arrancar de su pecho aquella sensación de que quizá debió haberse tomado las cosas de otra manera, que habría debido reaccionar de forma más tranquila, una forma que no le cerrara todas las puertas con él. ¿Acaso no había sido ya su amante desde el principio?… ¿Y el cuadro…? ¡Dios!

Y la mitad de las lágrimas que había derramado desde entonces eran de física rabia, porque odiaba el descubrirse pensando de esta manera tan abismalmente absurda y necesitada. La otra mitad de ellas, obedecían al dolor lacerante en su pecho, producto de la tristeza más profunda que hubiera sentido jamás.

Estaba por completo deprimido, debatiéndose entre la rabia y el dolor que sentía. No creía que tal sentimiento pudiera existir y menos que él, justo él, fuese capaz de sentirlo… De padecerlo, más bien. Cada lágrima que no había escapado de sus ojos mientras estaba en plena contienda con Joaquín, ahora salía a borbotones, multiplicadas por mil.

Toda su calma había acabado de desaparecer en ese baño, en ese momento. Nunca creyó haber visto un momento más oscuro que aquel. Ahí estuvo la crisis que había contenido, explotando dentro de él, arañándole el interior con saña. Necesitaba, de forma desesperada, una manera de sobrevivir al peor dolor que había sentido en toda su vida.

Ya no quería amarlo más…

4

Cuando Ricardo y él bajaron al comedor, pasadas las 9:00 de la mañana, Micaela estaba a punto de marcharse. Les explicó que iría a pasar el día en el club de tenis con Macarena, que acababa de llegar después de un corto viaje a Ámsterdam. Aun así, departió con ellos durante unos veinte minutos, tiempo durante el cual Martín podría jurar que ella hizo un verdadero esfuerzo para no acribillarlos con decenas de preguntas acerca de lo que pudo, o no, pasar entre ellos la noche anterior.

El «Estoy molido» que dejó escapar Martín, de manera aparentemente casual y por completo a propósito, tuvo dos resultados evidentes en la fisonomía de dos de los presentes en la mesa: Los ojos de Micaela se abrieron desmesuradamente y las mejillas de Ricardo se colorearon, mientras su vista se clavó en las crepas de fruta en su plato, durante un tiempo indefinido. Esta incomodidad desencadenó en el hecho de que Mimí automáticamente comenzara hablar de trabajo, en específico acerca de estar licitando para obtener la campaña, a nivel Latinoamérica, de una nueva línea de celulares de alta tecnología.

La alegre y caribeña Lola los acompañó mientras terminaban el desayuno, una vez que Micaela se fue. Amenizó la charla con historias de su país y con decenas de preguntas que mantuvieron a Ricardo entretenido, cosa que Martín agradeció. Lo que ya no agradeció tanto, fue cuando Lola se remontó doce años atrás, cuando llegó a trabajar para ellos, y decidió compartir la impresión que tuvo de él.

—Hubiese usted visto a mi niño en aquel entonces, señor Ricardo. Era una cosita de nada que no se quedaba quieto ni aunque le pagaran. Apenas tenía Cinco años y con suerte alcanzaba el metro de estatura. Era tan adorable, que se lo quería tragar a uno con esos ojotes bellos que le ocupaban media cara. Bastante despierto y avispado… No se callaba un segundo y se la pasaba detrás de mí preguntándome por qué hablaba con un acento tan raro… Riéndose de lo lindo cuando me veía bailar…

—Ya basta, Lola. ¿Qué pretendes? ¿Qué va a pensar Ricardo de mí al oírte decir semejantes tonterías?

—Pienso, de hecho, que no has cambiado en mucho. — Posó una mano en su mejilla, y luego le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, seguro buscando molestarlo. — Pues considero que sigues siendo absolutamente adorable.

Lola quiso derretirse en la silla cuando escuchó a Ricardo decir aquello, a juzgar por la cara que hizo, e inmediatamente se quejó de su poca suerte en el amor. Martín, por su parte, pensó en que si ese era el movimiento que Ricardo estaba tratando de utilizar para vengarse en alguna forma por estar, de manera constante, siendo expuesto como un calenturiento ante Mimí, era una manera más bien débil. Él también podía jugar… Y él siempre jugaba a ganar.

Lola pronto les anunció que se marchaba, pues era domingo, su día de descanso, y quería hacer unas cuantas compras además de encontrarse con un par de sus conocidas y llevarse a la chica que le ayudaba en la casa, con ella. Normalmente ella no daba mayores explicaciones acerca de lo qué hacía los domingos cuando salía de casa, pero por algún motivo ella no había escatimado en explicaciones para con Ricardo, aun cuando este obviamente no las había pedido.

—Lola… La piscina, ¿Está llena?

—Ajá.

—Antes de irte podrías, por favor, dejar funcionando el calentador eléctrico.

— ¿Usted ya miró por la ventana, jovencito? ¿Con este día tan frío como está…?

Martín miró en dirección a Ricardo.

—Estoy en medio de una cita, y pienso sacarle todo el provecho que pueda.

***

Le había costado lo suyo convencer a Ricardo para que lo acompañara a la piscina. En definitiva Lola y él tenían razón, el día estaba excesivamente frío, pero su argumento de que la piscina contaba con climatización al final pesó más. Otro asunto, incluso más demorado, fue la cuestión de no tener un vestido de baño de la talla de Ricardo.

—Estamos solo los dos. Ambos somos hombres, ¿Qué de malo tiene que te vea en ropa interior? Relájate, Etic… Richie. ¿A qué podrías temerle? Yo solo soy, después de todo, un chico adorable. Y de seguro adorable también quiere decir inofensivo.

No sabía exactamente por qué, pero Martín encontraba muy placentero el hecho de turbar a Ricardo. Nunca había sido su intención dañarlo a pesar del supuesto odio que sentía por él, y encontraba aquello mucho más divertido.

— ¿Pero quién te teme, niño? ¿Has escuchado antes la palabra «pudor»? Solo a eso obedece mi… Reticencia.

Martín se limitó a elevar una ceja en lo alto de su frente. Acto seguido, se sacó la bata de baño, cerca de la orilla de la piscina, revelando un cuerpo juvenil y esbelto, cubierto únicamente por un bañador de color azul que cubría sus piernas a medio muslo.

—Hey, ¿Qué es eso?—Ricardo señaló hacia su pierna.

Martín se acomodó el cabello detrás de la oreja y miró hacia donde el otro le señalaba.

—Ah, ¿Esto?—Dijo, refiriéndose al arañazo rojo y medio inflamado a lo largo de su muslo, señalándolo de forma vaga. —Una herida de guerra… Es solo algo por lo que te culparían a ti y a tu apasionamiento desmedido, si Mimí llegara a verlo. —Bromeó, pero eso solo lo hizo pensar con dolor en el autor de aquel verdugón.

Joaquín.

—Yo jamás te tocaría de manera burda…

Martín se giró en dirección a Ricardo, malditamente lento y coqueto. La cuestión con una piscina climatizada en una ciudad que era fría la mayor parte del tiempo, es que lo único que se logra mantener a una temperatura elevada, es el agua. Fuera de ella, el aire helado arremete con la misma intensidad de siempre… Martín era por completo consciente de lo que el frío es capaz de hacerle a un par de tetillas al desnudo, y el efecto que eso era capaz de causar.

—No me tocarías de esa manera, pero… ¿Me tocarías? —Si… Había descubierto un nuevo juego que le gustaba. Pudo ver la manera evidente en la que Ricardo pasó saliva y  encendió su rostro en un brillante tono de rojo.

—Yo no quise decir…

—Cuando era niño— Interrumpió de forma deliberada mientras se sentaba en la orilla de la piscina y metía los pies dentro del agua—, tenía un sueño recurrente. Estaba en casa, pero había agua por todas partes… No es que estuviera debajo del agua, a lo que me refiero es a que la casa entera era como una pecera. No era una pesadilla, en lo absoluto, era de hecho un sueño que me gustaba tener. La sensación de ingravidez… No tener que caminar, sino flotar o nadar en su lugar… Lo mejor de todo,  era que a pesar de toda el agua, podía respirar con normalidad. Ahora lo gracioso, y quizás lo más extraño, radicaba en el hecho de que a pesar de toda el agua esta piscina seguía siendo tal. El agua aquí era diferente… Y con ella si me mojaba y tenía que esforzarme para no ahogarme y mantenerme a flote. —Miró nuevamente en dirección a Ricardo. — El punto es: Me gusta el agua, y estar aquí dentro, mientras afuera llueve, como está a punto de hacerlo, es lo más parecido a la sensación de mi sueño que puede otorgarme el  mundo real—Martín miró hacia el techo de láminas acrílicas que encerraban el área y le permitían ver con plena claridad el cielo nublado—. Agua en las nubes… Sobre mí, agua debajo de mí y a mí alrededor… Justo como en mi sueño. Y estoy invitándote a hacer parte de eso. ¿Vas a rechazarme?

—Suena como algo importante. Pero… Ahora mismo no hay nadie aquí, así no necesitas fingir que te importo o que somos una pareja. Estás jugando conmigo y puedo notarlo perfectamente.

A Martín le sorprendió el hecho de que la voz de Ricardo sonara dolida en alguna medida.

— ¿No te gusta que juegue?

—No.

— ¿Por qué?

—Me hace sentir… más solo.

—Pero, Ricardo, ¿Te molesta?

—No… No con exactitud.

Martín dejó que su boca jugueteara con una sonrisa bastante sutil. Una sonrisa que le quitaba toda picardía a su rostro y plagaba sus facciones de algo calmado y vaporoso, tan fuerte como los momentos en los que quería verse arrollador y sagaz.

—Esto… Este «acuerdo» entre nosotros, tiene un tiempo límite, Ricardo. ¿Quién dice que tú y yo no podemos divertirnos mientras tanto? ¿Quién sabe si tú quizá tengas el gen y yo pueda ayudarte a disfrutar de él.

— ¿El gen? ¿Cuál gen?

***

Ricardo no utilizaba calzoncillos blancos de manga corta, como, de manera estúpida, él había imaginado. De hecho, cuando su profesor reveló su ropa interior, Martín sintió ganas de reírse a carcajadas, pero no de él, sino de sí mismo.

Tenía curiosidad, debía reconocer.

Con la ausencia de ropa Ricardo había revelado, además de unos bóxeres de color negro, un cuerpo delgado que distaba bastante de ser por completo desgarbado. Su cuerpo, aunque no era trabajado, tenía la bendición de contar con unos hombros anchos que servían de soporte a su torso, además de un muy buen par de muslos. Sus brazos eran largos y sus manos grandes y cuidadas.

Jugar un poco, ¿Quién se lo impedía? ¿Por qué no?

Ambos nadaban en silencio. Un acuerdo tácito, con reglas no escritas al que ninguno dijo que sí… Pero tampoco que no. Aunque fuese en aquella única ocasión, ¿Por qué no? Si no se lo impedía Ricardo, menos lo haría la situación.

Cuando ambos llegaron cerca de la orilla del lado menos profundo de la piscina, donde si permanecían de pie el agua apenas le llegaba a la altura de las clavículas a él, que era el más bajo de los dos,  Martín retuvo a Ricardo recostándolo contra el borde. Lo miró a los ojos y notó como se aceleraba su respiración… Y en respuesta la suya hizo lo mismo. Su cuerpo seguía sus instintos sin importar que su corazón estuviera roto.

Ayudado de la manera en la que el agua convertía su cuerpo en algo ingrávido, se abrazó al cuello de Ricardo y dejó que sus piernas se amarraran en torno a sus caderas. Ricardo lo miraba a los ojos con una seriedad tal, que Martín estuvo seguro de que se le subieron los colores al rostro. Aun así, él tampoco apartó los ojos.

Los ojos de color café eran fuertes y serenos… Necesitados.

—Esto… no es correcto, pero ya tendré tiempo para arrepentirme… Después. Voy a besarte ahora, Martín. Voy a besarte.

Y como en la última ocasión en la que sus labios se juntaron, Ricardo le sacó el aire de la mejor manera que puede utilizarse para sacarle el aire a alguien.

En medio de aquel beso, las manos de Ricardo que en un principio habían permanecido alejadas de su cuerpo, se apoyaron en lo alto de sus costados. El camino de descenso hacia sus caderas, fue sinuoso, torturante y deliberadamente lento. Cuando terminaron el recorrido, ambas manos se apoyaron con firmeza por debajo de sus muslos, hasta que Martín sintió como Ricardo las anudó una con la otra y lo empujó, izándolo hasta que fue él quien se encontró besando a Ricardo desde arriba.

Ricardo giró en el agua y fue entonces Martín quien se encontró prisionero contra él borde. Víctima de su propio invento.

Aire…

Aire…

Necesitaba aire.

Siendo él quien se encontraba más arriba en aquel momento, elevó un poco más la cabeza hasta que sus labios se separaron. Ricardo lo dejó resbalar entre sus brazos, para que descendiera a su altura, pero no lo soltó. Ambas respiraciones agitadas. Ambos cuerpos electrizados e inflamados. Las partes justas de sus cuerpos haciendo contacto.

— ¿Qué es esto, Martín? ¿Qué es?

—Tú… ¿Quieres que paremos?

En la mirada había claras señales de estarse debatiendo; cosa que no dejó de sorprender a Martín.

—No quiero que paremos. Pero debemos hacerlo.

***

Entrada No. 12 – Diario de Martín.

Tengo miedo.

Miedo de esta ausencia de mí mismo.

Sé que algo muy malo me ocurre, pero no quiero enfrentarlo.

No me gustan las cosas o las situaciones que escapan de mi control

Me siento extraño y disuelto. Me siento muy mal… Físicamente mal. Mi cuerpo me está traicionando.

La parte más estúpida y cobarde de mí, me ha convencido de que mientras no me enfrente a ello, no existe, que entre menos sepa, mejor.

Sé que debería hablar… Pedir ayuda… Alertar a alguien acerca de esto, que es desconocido y alarmante; pero tengo miedo de las respuestas.

Además, aunque suene estúpido, tengo miedo de preocuparla a ella.

Mamá…

Capítulo 30

0

Si me hieres, yo lo haré más (Crash into me)

1

Cuando finalmente abrió los ojos, ya pasaba del medio día. Abandonó la cama en estado zombie… Un zombie que en lugar de arrastrarse sobre su putrefacto vientre, en busca de un suculento pedazo de cerebro, arrastraba los pies a lo largo de las baldosas, rogando por una taza de café que reactivara sus neuronas.

Una vez tuvo aquel brebaje oscuro y fragante contenido en una taza que envolvió entre sus manos, los engranajes de su cerebro hicieron clic, dando señales de un correcto funcionamiento. Fue entonces capaz de prestar atención al mundo que lo rodeaba. El departamento estaba sumido en la oscuridad y el silencio, algo poco habitual que se alejaba por completo de los estándares de un sábado a mediodía. Movido por la curiosidad y la extrañeza, se dirigió hasta la ventana de la sala y descorrió las cortinas en un solo movimiento rápido. Aunque no fue tan sorpresivo lo que se encontró fuera de su ventana, si fue un poco decepcionante.

— ¿Y esto?— Le declaró al cielo profundamente gris que se extendía ante su ventana— ¿No se suponía que el verano se extendería durante por lo menos dos meses más? —Dio un sorbo a la taza—. Ahí están pintados los del servicio meteorológico. No se puede confiar en sus conclusiones.

La mayor parte de su tiempo libre, Ricardo estaba solo. Cuando físicamente no lo estaba, él de todas formas parecía tener la capacidad para seguir sintiéndose igual. Pero quizá no era solo debido a este hecho por lo que había desarrollado aquella costumbre de decir las cosas en voz alta, aun estando a solas. Algo que si bien no ocurría todo el tiempo, sí lo hacía una gran cantidad de veces; él culpaba de ello, al simple hecho de ser profesor.

Ser docente era algo que lo obligaba a hablar alto y claro la mayoría del tiempo, para dejarles las cosas claras a sus alumnos así que, ¿Por qué escatimar consigo mismo? ¿Por qué apagar el interruptor de su patrón de comportamiento habitual, por el simple hecho de estar solo?

Él no era un tipo anormal; tampoco tenía ninguna clase de problema para desarrollarse como un ser socialmente capaz y pleno. Sus estándares de vida y sus patrones como ente social lo ubicaban en el grupo de los mentalmente estables; sólo tenía aquella costumbre cuando estaba dentro de los confines de su privacidad. No era como si estando en medio de la calle fuese a comenzar a discutir con un contrincante imaginario que habitara dentro de su cabeza, mientras el resto de los mortales lo observaban con reprobación o burla.  Aquello… Era solo algo ocasional, que ocurría cuando necesitaba escuchar las cosas altas y claras… Como lo necesitaba aquel día, en el que debía tratar ciertos asuntos importantes consigo mismo.

Sus diatribas en soliloquio solían ver su punto álgido mientras estaba en su baño. Debajo de la regadera. Estando allí, todo parecía un poco más claro; además no tenía ningún reparo en decirse a sí mismo unas cuantas verdades, si consideraba que eran necesarias. Eran él y su conciencia a solas, debajo de un potente y revitalizador chorro de agua fría. Mayormente ella preguntaba, y él se veía obligado a responder. Su conciencia, quizá para que las cosas le calaran más profundo, le hablaba como un ente externo; en tercera persona.

Aclaremos las cosas, Ricardo…

—Aclarémoslas. —Declaró, y su voz retumbó en las paredes enchapadas de color verde claro moteado con pintas de un color verde más oscuro.

¿Te gusta Martín?

—Lo hace. Me gusta. Ya no hay caso en tratar de negarlo. Puedo mentirle al mundo, si quiero, pero no puedo mentirme a mí mismo.

¿Desde cuándo?

Aunque meditó un poco, la respuesta llegó rápido.

—Desde que se metió en mis sueños. Antes de eso… Él era solo un alumno más. Uno bastante molesto, de hecho. Uno de cuya existencia me olvidaba hasta que lo volvía a ver y debía interactuar con él. Jamás le dediqué un solo pensamiento más allá del necesario. Ahora… Ahora con dificultad puedo sacarlo de mi cabeza.

¿Meterse en tus sueños? ¡Jah!—Se atrevió su conciencia a burlarse de él. — Martín es inocente de eso, y lo sabes. Pero… ¿Lo conoces realmente? ¿Te agrada la persona que él es?

Aquí el pensar no sirvió de mucho porque era una respuesta que en realidad desconocía. La impresión que tenía de Martín, no era nula… Pero tampoco era del todo clara, al menos.

—Paso. Siguiente cuestionamiento. Por ahora yo solo estoy reaccionando ante lo obvio.

¿Lo obvio? ¿Qué es eso tan obvio?

—Su físico. — Declaró sin dudar—. Y la curiosidad que suscita en mí. No lo conozco a profundidad, pero reconozco que me gustaría hacerlo. Quiero saber qué hay más allá de ese rostro de proporciones canónicas adecuadas y de su actitud desafiante… Más allá de esa capacidad que parece tener para conseguir siempre lo que quiere.

Y más allá de sus capas de ropa… ¿También?

—Quizá. —El «Quizá» más inconveniente al que se había enfrentado en toda su vida. Restregó con más vigor el shampoo contra su cuero cabelludo. La fricción provocó tanta  espuma, que esta no tardó en desparramarse por su frente y llegar a uno de sus ojos. — ¡Mierda-mierda-mierda! —Levantó el rostro hasta exponerlo al chorro de agua. —Pero que tenga ese tipo de… Anhelos, que mejor llamaré «fantasías» porque no pretendo que trasciendan de allí, no significa que no vea lo inconveniente de todo esto. No significa que no entienda que todo esto está mal. Además, Martín no solo apela a mi libido… —Se detuvo. «Libido» era una gran y peligrosa palabra—.También mueve mi curiosidad, y definitivamente él… Despierta algo más en mí.

¿Ternura?

—No sé si sea eso con exactitud, puesto que no imagino a Martín como alguien particularmente tierno… Pero puede ser.

Estás en un buen lío. —Su consciencia le recordaba lo obvio—. Hace demasiado frío y te estás bañando con agua helada.

—Si. Me estoy congelando.

Diez minutos después, Ricardo estaba frente al espejo del baño, dispuesto a afeitarse. Su bello facial crecía con la abundancia y la rapidez con la que le hubiese gustado que lo hiciera su cuenta bancaria… Pero así es la vida. Agitó el bote de crema para afeitar con la mano derecha, y se vertió una generosa cantidad en la otra mano. Se quedó mirando aquel cúmulo de espuma de manera ausente.

En su cabeza y en su pecho, bullían la confusión y el anhelo a partes casi iguales. Estos dos sentimientos ni siquiera estaban en contienda, sino que muy por el contrario parecían convivir en peligrosa armonía dentro de él. Era irónico como algo que a todas luces estaba mal podía llenarlo, en cierta medida, de una inenarrable sensación de bienestar, insuflándole emoción y cierto tipo de alegría a sus días. En lo que iba de sus casi treinta años de vida, nunca antes había tenido dudas con respecto a lo que le gustaba. Jamás había contemplado la posibilidad de que en algún momento de su existencia la irrevocable verdad acerca de su gusto exclusivo por las mujeres, llegaría a tambalearse.

Extendió la crema de afeitar sobre la parte inferior de su rostro, de manera mecánica. Estaba funcionando en piloto automático.

¿Significaba aquella nueva situación que las mujeres ya no le atraían o le atraerían nunca más? ¿Significaba ello que, de ahora en más, le gustarían los hombres? ¿Encontraría atractivos a los hombres en general, o todo aquello recién nacido se limitaba a Martín?

¿Era acaso posible que hubiese convivido con aquella parte de él durante toda su existencia, y simplemente lo hubiera desconocido?

¿Qué tan abierta era su mente? ¿Tanto como para ceder ante lo que Martín provocaba en él y pasar por alto el evidente hecho de que era un hombre?

«Mi Dios…»

Ricardo se sentía una persona completamente capaz de reconocer cuando otro tipo era bien parecido. Lo cual podía llevarlo a la hipotética situación de que él llegara a admirarlo, a envidiarlo, a que no le importara un carajo o en un caso extremo, y dependiendo de la situación, podría incluso llegar a odiarlo —Si el hecho de ser bien parecido implicaba que fuese un patán vanidoso— pero no recordaba ni una sola vez haber sentido que otro hombre llamara su atención de manera pasional o romántica. Jamás había sentido ganas de besar a otro hombre en toda su maldita vida… No, hasta que llegó Martín chantajeándolo, rompiendo su rutina y sus esquemas, instalándose en sus días y en sus sueños, con sus ojos color tiza y sus labios láser.

Se negaba a creer que aquello quizá fuese la consecuencia de la crisis de los Treinta. Una crisis que desconocía estar atravesando.

¿A dónde lo llevaría esta nueva situación en su vida? ¿Rumbo al desastre?

 

2

Después de haber superado el arranque de rabia, que había sido el causante de que el bonito florero de vidrio transparente tallado y las flores que contenía, estuvieran en aquel momento dispersos por el piso; el uno en añicos y las otras indemnes pero evidentes víctimas de una explosión contra la pared, Joaquín estaba apoyado contra el vidrio del ventanal.

Había adoptado contra aquella pared transparente la misma posición que habría adoptado un chiquillo que jugara a las escondidillas con sus contemporáneos, y le hubiese tocado la parte más aburrida del juego: Esperar a que todos se escondieran mientras contaba en voz alta para luego salir a buscarlos.

En lugar de encontrarse en la completa negrura de la prisión de sus propios brazos, se encontró con la visión de la ciudad, arropada por la negrura de un rabioso invierno que había salido de la nada.

No quería darse la vuelta. No quería verse obligado a tener que enfrentarse a lo que había pasado, y tener así que contemplar aquel cadáver desmadejado en medio de su estudio. Aquel fatídico deceso había provocado una explosión de ira que lo encegueció; pero ahora que estaba más sosegado, ahora que volvía a ser enteramente dueño de sí, era capaz de sentir la tristeza y el cúmulo de emociones que aquella pérdida era capaz de desatar en él.

Aquel homicidio… Casí podía ser catalogado como suicidio.

Con un sonoro y profundo suspiro, que nació desde lo más profundo de él y denotó rendición, abandonó el lugar en el que había permanecido cerca de quince minutos en la misma posición lastimera. Ahora, estando más calmado y volviendo a ser dueño de sí, podía ver perfectamente que había cometido suficientes errores al hacer su proposición a Martín, como para que aquello hubiese terminado en tragedia, tal como ocurrió.

Después de la ridícula pregunta de Martín con respecto al lugar que Irina ocupaba en su vida, y su respuesta a ello, casi quiso reírse ante el absurdo. Ante el hecho de que una etiqueta en la relación que los unía y el estatus que ocupara en la misma, pudiera ser algo relevante, e incluso importante en alguna medida, para él. Pero no lo hizo, no se rio. En lugar de cometer tal exabrupto, se limitó a mirar fijamente el rostro de Martín en espera de una respuesta que, estaba seguro, sería positiva.

El joven hombre frente a él, sentado en la cama y con la lata de soda aún atrapada entre las manos, no lo miraba a los ojos. Parecía mirar a través de él, fijándose vagamente en algún punto al otro lado de la estancia… Perdido en sus pensamientos. Joaquín supuso que ese estado contemplativo se debía a que estaba sopesando su proposición; lo cual le pareció quizá un poco tonto e innecesario, pues, teniendo en cuenta lo que había ocurrido entre ellos no hacía ni media hora atrás, ellos dos eran amantes desde hacía un tiempo ya. La pose hierática de Martín no le permitió tener claridad acerca de lo que pasaba por la mente del más joven.

Transcurridos apenas un par de minutos, durante los cuales reinó  un silencio que Joaquín no quiso interrumpir, Martín finalmente dirigió su mirada hacia a él. Con un  movimiento lánguido —Un gesto corporal que Joaquín disfrutó y que le habría gustado poder atrapar con sus pinceles— dejó la lata vacía a un lado.

— ¿Qué te hace pensar que estoy interesado en las migajas que deja tu mujer, Joaquín? ¿Qué te hace creer que quiero rebajarme a ser tu amante? ¿En qué jodidos te basas, para atreverte a pensar que tengo algún interés en ser tu «plato de segunda mesa»?—. A medida que hablaba, la mirada de Martín abandonaba la neutralidad para llenarse lentamente de furia del más alto calibre.

Joaquín no iba a negar que aquella reacción le sorprendió. Muy a su pesar, había contado con que Martín le dijera que sí. Se había acostumbrado a obtener de él justo lo que se propusiera. Lo quería en sus días… Lo quería en su cama. Le había dado vueltas a aquella idea; había fantaseado con ella y la había acariciado hasta el punto de haberse convencido de que nada se interpondría y que solo bastaría con exteriorizarla para que fuese un hecho.

Quería tener derechos sobre él… Derechos como su amante. Derechos que no implicaran más compromisos o complicaciones que el libre acceso a su cuerpo. Poder tenerlo o alejarlo a voluntad. Pero todo parecía indicar que se había equivocado, pues no había contado con algo que Martín poseía en grandes cantidades, y que no había que ser un genio para saber que él había pisoteado: Su orgullo.

— ¿Debo creer, entonces, que no te apetece? Por Dios, Martín, ¿Vas a pedirme que te crea eso, cuando estás aquí y acabamos de follar sobre esa jodida mesa de metal?— Señaló hacia la mesa a un par de metros de ellos, extendiendo un brazo con furia—. Del tiempo que llevamos conociéndonos, más de la mitad lo hemos invertido en tener sexo. Así que ahí tienes tu respuesta; es de ese simple hecho del que me he valido para hacerte la propuesta.

—Bien. Creo que no me siento con ánimos como para que me eches la culpa de tu estupidez. Pongamos las cosas claras, entonces. —Martín se puso de pie frente a él. Debía mirar hacia arriba para encararlo porque le sacaba al menos 20 centímetros de ventaja en altura. —Imagino que quieres una respuesta.

Joaquín asintió con el ceño fruncido, porque la cara de Martín no podía vaticinar nada bueno. En ese momento fue demasiado consciente de que continuaba desnudo, y no se le ocurrió una mejor idea que hacer aquel hecho aún más evidente, al inclinar las caderas hacia adelante, acercando su falo al estómago de Martín.

—Dime entonces, chaval, ¿Cómo va a ser?

Martín miró su sexo, antes de dar un paso hacia un lado, alejándose de él. Cuando volvió a mirarlo a la cara tenía en su rostro una mueca torcida, que era, ni más ni menos, que la sonrisa más cargada de desprecio que Joaquín le había visto jamás.

—Oh, vamos, Joaquín. No voy a turbarme solo porque me la acerques un poco. No es más que una «picha» y ni siquiera es la más grande que he visto. Puede que impresione un poco cuando la tienes dura, pero ahora mismo… —Martín sonrió con verdadera y maldita burla—, supongo que podemos culpar al frío.

Con que Martín quería jugar la manida carta de herir su amor propio. Pues funcionó. Y su ego lo instó a responder de manera arcaica e inmadura. Tanto fue así, que incluso mientras hablaba se arrepentía de sus palabras.

— ¿No te impresiona, entonces? No es la impresión que me ha quedado cuando cada vez que me ha dado la gana te he tenido entre mis brazos, con las piernas abiertas, gritando, gimiendo, quejándote y pidiendo por más, cada vez que te doy duro por el puto culo. —Intentó asirlo por el brazo pero, con una rápida sacudida, Martín se liberó de él.

Martín se limitó a elevar una ceja, de manera desafiante. Tal como si no existiera en este mundo cosa más graciosa que la que había acabado de escuchar.

—Tienes una curiosa manera de pedir las cosas, Joaquín. —Martín rio con sarcasmo, pero aquello solo duró unos segundos. Inmediatamente después, endureció el gesto—. ¿Quieres que sea tu amante, y para pedírmelo me humillas, me lastimas y me insultas? No sé de qué mundo bizarro y retorcido vienes tú, españolete de porquería, pero en MI mundo, —Se señaló el pecho y negó con la cabeza—, te aseguro que  las cosas no funcionan así. — Dio un paso en su dirección y apuntaló el dedo índice en su pecho desnudo. — Ya. Fue. Suficiente… Estoy. Harto. Harto de ti… Harto de esta situación… Harto de la persona que soy cuando estoy contigo… ¡Harto de todo! … Me he perdido a mí mismo, ¡Estás absorbiéndome! ¡Estás borrándome, Joaquín! ¡Ya no soy yo mismo! No puedo seguir viviendo en pos de ti. —Para ese momento, la respiración de Martín ya era más que agitada,  y lo que Joaquín era capaz de dilucidar de su mirada eran la más pura furia y decepción. — Así que pueden tú, y tu propuesta de porquería, largarse a la mismísima mierda ahora mismo.— Martín dio un par de pasos lejos de él, pero de inmediato giró sobre sus talones para encararlo de nuevo.— Oh, y ya que vas de camino a la maldita chingada… ¡¿Por qué no te llevas a tu jodida mujer contigo también?!

Joaquín, en contra de todo pronóstico, sonrió. No porque aquello le causara gracia, sino solo por molestar a Martín y no permitirle ganar… Además, porque esa era una de las cosas que le gustaban de su chaval: lo cerrero y voluntarioso que podía llegar a ser. Le gustaba saberlo capaz de tener ese carácter de mierda, que le había sido revelado con el tiempo. Su «mala leche» era una de las cosas (de las muchas que había) que ahora hacían que no quisiera alejarlo de su cama. Las palabras soeces saliendo de esa boquita dulce, tenían un sabor picante que le gustaba.

Cuando lo vio intentar alejarse de él, dispuesto a marcharse, lo tomó del brazo con fuerza impidiéndole la huida.

— ¿Tiene toda esta pataleta, algo que ver con aquella tontería de que te hayas enamorado de mí, chaval?—Por la manera en la que vio a Martín descomponer el gesto, como si lo hubiese golpeado justo en la boca del estómago, Joaquín apostó por el hecho de que había dado en un punto sensible y que la respuesta a su pregunta era un rotundo «Si» — ¿Ves lo que el amor hace, Martín? ¿Notas cómo complica hasta la cosa más simple y la vuelve insostenible? —Se señaló la sien. — ¡Madura! Te has llenado la cabeza de nubes… Esperando más de lo que si quiera deberías haberte atrevido a soñar que obtendrías.

— Tú eres… Tan básico, que rayas en lo primitivo. ¡Eres por completo unidimensional! ¿Qué es lo que estás intentando decirme? ¿Con qué se supone que no puedo soñar?— Martín se removió, intentando que lo soltara, pero eso solo hizo que Joaquín apretara aún más el agarre. No tenía intención de dañarlo, pero tampoco tenía la intención de dejarlo marchar… No así. No aún.

— ¡Por Dios, Martín! ¿Qué es lo que pretendes? Explícame, ¿Qué es lo que pretendes?

—Que me sueltes y me dejes ir. ¡Ahora!

—No te hagas el tonto, chaval, que eso no te queda. Si no puedes, o no quieres, responderme, entonces lo haré por ti y además te aclararé un par de cosas, ¿vale?—Tiró de Martín hasta que lo obligó a sentarse en la cama de nuevo. Vio al chaval arrugar la cara en un leve gesto que denotaba dolor, y sintió un ramalazo de culpa al contemplar que lo más probable era que lo hubiera lastimado cuando se lo folló de manera tan salvaje. —Vives una ilusión, Martín. No tienes los pies puestos sobre la tierra. El hecho de que hayas vivido en una jodida burbuja de irrealidad toda tu maldita vida no es excusa para que creas que todo marcha y marchará siempre como esperas que lo haga. —Con un manotazo se apartó el cabello del rostro y se lo acomodó detrás de una de sus orejas. Martín se limitaba a mirarlo a la cara con el entrecejo fruncido, mientras respiraba de manera sonora y agitada. — ¿Acaso realmente crees que… Vas a conseguir a un hombre junto al cual vivir un ridículo cuento de hadas? ¿Que, si es un hombre lo que en realidad buscas, va a haber alguno que te jure amor… Amor real, aunque no sea eterno? ¿Alguien que sea solo para ti y a quien puedas llamar tu pareja? ¿Alguien que puedas mostrarle al mundo como tal? ¿Alguien con quien formar una familia? Tienes que aferrarte a lo que puedas, a lo que se te ofrezca o de lo contrario al final te quedarás solo.

Martín tragó saliva de manera visible.

— ¿En qué mundo retrógrado vives para asegurar que no podré conseguir algo como eso, si es lo que quiero?¿Acaso estás tratando de insinuar que como me gustan las pollas, y existe un montón de gente hipócrita y prejuiciosa, voy a tener que conformarme con ser siempre «El adicional» «El amante»? ¿Que para siempre voy a tener que conformarme con vivir en las sombras, a menos que me meta con una mujer?—. Aunque de manera dubitativa, porque sabía que lo de hipócrita era con él, Joaquín asintió. — ¿Entonces tú, con tu infinita bondad, estás ofreciéndome llenar la vacante como el tuyo?—Martín chasqueó la lengua. —Pero que afortunado soy, ¿No es así?—El sarcasmo desbordándose por cada uno de sus poros e impreso en cada sílaba. —Tengo tu oferta para calentarte la cama cuando Tu Mujer no esté cómodamente instalada en ella. Que me busques o me alejes según tu conveniencia o tus ganas. No podré esperar nada de ti, más que conformarme con las sobras que ella deje… Creo que voy a tener que meditarlo un poco… Veamos…—Hizo una pausa de menos de cinco segundos. —No.

— ¡No seas infantil, Martín!—Gritó, frustrado, mientras se mesaba los cabellos. —O acaso, dime con sinceridad, ¿Alguna vez has sido algo diferente a un amante? ¿Alguien te ha mostrado al mundo con orgullo?—La única respuesta de Martín al respecto fue elevar una de las comisuras de su boca en una sonrisa amarga que lo hacía ver perverso y precioso. Justo como un duende que sabía que podía saltarle al cuello y desgarrárselo con los dientes, pero que también sabía que no podría dejar de mirarlo —y admirarlo— mientras lo hacía. —No sé cómo podría funcionar algo diferente… Algo más profundo entre nosotros dos, cuando yo no soy como tú.

— ¿Como yo?

—Gay, Martín. Yo no soy gay.

El chico soltó una risotada más falsa que una moneda de cuero. Se levantó de la cama, asiéndose de uno de los postes, para pararse justo frente a él y lo miró a los ojos. Martín estiró una de sus manos, hasta acunar con ella su mandíbula.

—Sigue repitiendo eso, hasta que logres convencerte a ti mismo y te lo creas. Ser bisexual, no te hace menos gay, ¿Sabes? Que el sexo con otro hombre sea ocasional, no te hace menos gay. Oh, y que te limites a un solo trasero masculino, definitivamente no te hace menos gay—. Martín parpadeó en cámara lenta, seductor y burlón como el diablo. — ¿Crees que me hubiera sido tan fácil enredarte entre mis piernas si en el fondo tú no lo hubieses querido? Llegado el momento, alguno de los dos habría hecho el primer movimiento, pero lo que ocurrió es que yo fui más valiente que tú. Un hombretón como tú temiendo enfrentarse a su propia naturaleza es algo ridículo, ¿No lo crees? —Martín dejó de acunar su rostro y antes de soltarle le dio un par de leves y humillantes palmadas en la mejilla —. Si quisiera un amante solo tendría que apuntar con el dedo, Joaquín. No te creas tan especial.

— ¿Qué no me crea especial? No me hagas reír, Martín. No puedes olvidaros de esto— hizo un gesto vago con la cabeza, en dirección a su propia entrepierna—, hasta el punto de tomarte la molestia de llamar para dejar claro cuánto te gusta.

Martín insistía en mantener un gesto divertido e imperturbable. Un gesto y una actitud que Joaquín no sabía hasta qué punto creer.

—Que patéticamente vanidoso eres. ¿Acaso tú nunca dijiste estupideces sin sentido estando ebrio? Pero, está bien… Aquí no se le niega nada a nadie. Al César, lo que es del César. Eres bueno en la cama, eso está claro pero ¿Y qué? Tengo Diecisiete años, por Dios, así que me la vivo caliente; las hormonas me dominan y quizá te otorgué más méritos de los que mereces. Me gusta el sexo y tú eres solo alguien más con quien me he acostado. Tienes una polla y eso me valió. Tengo suficiente  contra lo cual comparar y créeme, aunque eres bueno, no eres tan maravilloso como para que yo esté dispuesto a convertirme en…

— ¿Mi puta?—. Preguntó con saña, buscando herirlo, buscando callarlo deshaciendo sus argumentos; porque si había algo que Martín tenía, tan abundante como belleza, era orgullo. Ese orgullo que lo había llevado a tratar de posicionarse en su vida, a reclamar un lugar, a echar a perder aquello tan genial que tenían, en cuanto supo de la existencia de Irina.

—No deberías hablar tan a la ligera. ¿Cuándo en tu miserable vida te habías dado el lujo de tener contigo a «una puta» como yo? ¡Acéptalo! Soy lo mejor que ha pasado por tu cama y temes que después de mí, nadie logre satisfacerte como yo lo hago… Como lo hice. Tan menospreciable no debo ser si estás rogándome porque te siga meneando la polla.

— ¿Rogar yo? A duras penas te he propuesto que ocasionalmente me calientes la cama. —Joaquín deseó con todas sus fuerzas un nuevo cigarrillo. — Has sido tú quien ha venido a mí… Siempre. Cada vez. Siempre te arrastras hasta mí y sé que lo seguirás haciendo. Sexo es sexo, Martín, tú lo has dicho y nunca me atrevería a negarte que eres jodidamente bueno en ello. Me he enredado entre tus piernas porque tu sexo es bueno… De lo mejor que he tenido, de hecho. Pero que hubieras resultado siendo un macho fue algo puramente circunstancial. Por mí, como si hubieras sido un alien o tuvieras dos jodidas cabezas… Te habría follado igual. Un culo dispuesto es un culo dispuesto.

Estaba siendo demasiado ruin, y lo sabía… Quizá estuviera yendo demasiado lejos y siendo injusto al decirle algo como eso, porque lo mejor del sexo con Martín… Era justamente que era sexo con él. No habría sido igual con alguien más.

Internamente se reclamaba a sí mismo. El dedo acusatorio de su propia consciencia apuntaba en su dirección. Estaba rompiéndole el corazón… Y lo sabía. Estaba lastimando su ego… Y lo sabía. No estaba disfrutando con ello, para nada, pero había algo dentro de él, algo cruel y maquiavélico, que no estaba dispuesto a detenerse. Había algo interno que se regodeaba al estar arrojando una verdad tras otra, sin un filtro. La verdad es dolorosa, pero es la verdad y debía rendirle tributo. Mentir nunca le trajo nada bueno en el pasado.

Toda la situación era culpa del chaval, por no alejarse de él cuando debió.

Martín era apenas un chico. Jugaba a ser grande, pero su experiencia del mundo y de la vida eran limitados. Por muchas libertades y muchas experiencias que hubiese podido acumular, ¿Cuánto podía vivirse realmente en apenas 17 años…?

¿Qué sabía él del dolor y del desprecio? ¿De la decepción y el abandono… O de la culpa? Era un chico feliz y mimado que en realidadno conocía lo más bajo de la condición humana. Joaquín pensó en que muy seguramente, él era la primera persona ruin y aprovechada a la que Martín se enfrentaba. Debía estarlo viendo como a un desalmado.

…Y también estaba el amor, que solo lo empeoraba todo. Que, imprudente y a veces mezquino, tergiversaba el mundo… Haciendo débiles a las voluntades. Convirtiendo a las personas en un blanco fácil para el sufrimiento. Él era el más vivo ejemplo de ello. Él… Que cada vez que se había atrevido a enamorarse lo había hecho justo de quien menos tenía derecho a hacerlo. Con Martín ni siquiera lo había intentado porque, ¿Quién más inconveniente que él, cuando Micaela estaba en medio?

«Alguien debía hacer el trabajo sucio, Martín. Lo siento, pero alguien debía tener la despiadada tarea de bajarte de la nube en la que has vivido siempre. Te lastimo yo para que nunca permitas que alguien más vuelva a hacerlo»

Ese era su acto altruista para con Martín: Romperle el corazón.

Y en un momento como aquel, solo una duda lo asaltó: ¿Qué de bueno había hecho? ¿Qué habría podido ver Martín en él, como para haberse atrevido a amarlo?

—Yo jamás me arrastro ante nadie, Joaquín. Prefiero morirme, antes que humillarme…

Y pareció repentinamente quedarse sin más argumentos, pues guardó silencio. Junto a sus palabras se marchó también la risa sínica que había estado utilizando como escudo. La mirada, que Martín había mantenido fija en él, se desvió cambiando de objetivo. Sus ojos se posaron, inquietos, en el montón de aditamentos que habitaban sin orden ni concierto el piso, al lado de la mesa que acababa de ser testigo del orgasmo de solo uno de los amantes que acababan de copular encima. Todo lo que Joaquín había barrido con las manos, en su afán de poseerlo.

Martín tomó del piso una de las espátulas de metal que Joaquín tenía aún sin estrenar. Plateada, reluciente y potencialmente peligrosa entre sus manos.

— ¿Para qué…?

—No voy a ser tu amante… Y tú no vas a ser mi amado. Así que cortemos esto de raíz.

Como una ola enfurecida, determinada a destrozar la costa contra la cual se estrellaría, Martín cruzó la estancia. Empuñó el mango de la espátula con fuerza y la elevó sobre su cabeza. Descargó el brazo con furiosa determinación, arremetiendo contra aquel que había sido el testigo silencioso de todo cuanto había ocurrido entre ellos: Su propio retrato al desnudo… Un inocente que moría.

— ¡Joder!… ¡Detente, Martín! ¡Para!

Pero Martín no se detuvo. No lo hizo hasta que la tela había quedado hecha jirones; colgando en desorden del orgulloso marco que alguna vez cobijó el que Joaquín consideraba el mejor retrato al desnudo que había pintado jamás. 

 

3

Mientras condujo de camino a la casa de Martín, Ricardo puso especial cuidado en las personas que se atravesó en el camino. En particular los hombres. Trataba de dilucidar si estos ahora tenían algún tipo de efecto diferente en él, si de alguna manera su percepción había variado, o se había agudizado, captando algo que antes le había pasado desapercibido. La conclusión a la que llegó fue rápida y contundente: No.

La sensación de cosquilleo y la posible sonrisa tonta en sus labios, solo se limitaban a Martín.

Quizá a causa del mal clima el tráfico estuvo tranquilo. A pesar de que Martín vivía a las afueras de la ciudad, en esta ocasión llegar le tomó menos tiempo del que había calculado. De manera que a las 4:13 de la tarde estaba atravesando la entrada al terreno de la familia Ámbrizh, cuyo portal, una vez que oprimió el botón del interfono y se fijó de forma vaga en que a un lado de este había una pieza de lo que parecía mármol con el nombre de la propiedad labrado en ella y que la primera vez no había visto, esta vez le fue abierto por un hombre de mejillas rabiosamente sonrosadas, el cabello cano que se asomaba debajo de un gorro de lana, y el rostro amable que invitaba a que de inmediato el hombre cayera bien. Le hizo señas para que bajara la ventanilla.

—Buenas tardes, Joven. —El hombre, que debía tener una edad que rondaba los Sesenta años, tenía un tenue acento del campo. —El niño Martíncito me encargó que le pidiera que por favor guarde su auto en la cochera—Señaló hacia el cielo. — la lluvia no demora en caer y lo más posible es que incluso granice. Tenga la amabilidad. — Con un brazo extendido le señaló a Ricardo el camino asfaltado, ubicado en un lateral del terreno, que dirigía directo al primer piso de la casa, donde se guardaban los autos—. Está abierto. Hay una plaza junto a la entrada que está desocupada, para usted.

Ricardo notó que el hombre no le había pedido que se identificara, o incluso pedido alguna explicación de su presencia allí, solo se había limitado a tratarlo con amable familiaridad. ¿Sería posible que supiera con exactitud quién era él y a qué se debía su presencia allí? lo más probable, teniendo en cuenta que había mencionado a «El niño Martincito» para ser sincero, sintió un poco de vergüenza.

—Gracias, señor…

—Napoleón. Napoleón Chacón, para servirle—. Declaró, inclinando ligeramente la cabeza. ¡Vaya! ese sí que era un nombre con carácter.

—Muchas Gracias, señor Napoleón.

***

Ni decir tenía que el contenido de la cochera de los Ámbrizh lo había impresionado. Era una oda al buen gusto y al no tener que escatimar en gastos. Además del Audi convertible de Martín, que por sí solo ya era lo bastante impresionante, había una camioneta enorme, negra y reluciente, con los vidrios tintados, de aire imponente y señorial, un par de motocicletas con toda la pinta de costar más o menos lo que él obtendría por vender uno de sus pulmones y quizá un riñón a un comprador de alto poder adquisitivo. El A.M One-77… ¡Dios! Ni siquiera sabía que existiera la posibilidad de que hubiera uno en el país y va se encuentra con un ejemplar en la cochera de aquella casa como si tal cosa. Estaba alucinado, le habría gustado tocarlo y comprobar que era real, pero se abstuvo por miedo a hacer saltar algún tipo de alarma y sobre todo por miedo a quedar como un gran imbécil… Un imbécil que habría quedado grabado en video, pues por lo menos tres cámaras monitoreaban el lugar.  Pero lo que se robó toda su atención se veía al fondo: una limusina Wolkswagen Escarabajo en perfecto estado, de un color negro reluciente. Contuvo su emoción.

Le gustaban los autos clásicos. Era por eso que él jamás se desharía de su Impala 1969, el único auto que había tenido y que tendría jamás. Amaba ese auto… Ese auto había sido el amor material de la vida de su padre y ahora lo era de la suya. Su madre no se lo había dejado tocar hasta que cumplió los Veintidós, después de rogarle durante años y podía decir, sin temor a equivocarse, que ese había sido uno de los días más felices de su existencia. Restaurarlo por completo le había costado más de un cheque de su salario, tiempo, y una gran cuota de ansiedad, pero cada centavo invertido en ello había valido completamente la pena.

Recorrió lentamente el camino que lo llevaba hasta los escalones que dirigían hacia la entrada de la casa. A la luz del día, y con una cuota de nerviosismo considerablemente menor a la que cargó sobre sus hombros la primera vez que estuvo en aquella casa, el lugar en el que se encontraba se veía mucho más impresionante de lo que había apreciado en la ocasión anterior.

Era un lugar tranquilo. A pesar de que frente a la entrada al terreno había una carretera por la que transitaba un tráfico considerable, era como si una barrera invisible dictara que justo hasta allí llegaba la civilización y la mano del hombre; pues más allá de la casa, en la parte trasera, despuntaba parte de la cordillera, con sus imponentes montañas y una vasta vegetación como recubrimiento. Concluyó que la vista desde algún punto alto de la vivienda debía ser espectacular y abrumadora.

Cuando llegó a la base de los escalones y levantó la vista hasta la puerta, vio a Martín sentado en lo más alto, con los codos apoyados en las rodillas, inclinado hacia delante y los dedos de las manos entrelazados. La mirada fija en el cielo. Hacía un frío de muerte pero él parecía no tenerlo en cuenta en lo más mínimo.

Martín estaba vistiendo una camisa blanca de botones al frente, apuntados hasta arriba. En el cuello llevaba un corbatín de color negro y sobre la camisa llevaba un chaleco de punto a rayas horizontales negras y grises. Lo que pudiera haber de estrictamente formal en su vestimenta, quedaba arrasado bajo el hecho de que el conjunto lo complementaban un par de pantalones de tela de jean, y unas zapatillas deportivas negras con cordones blancos, que le cubrían hasta un poco más arriba de los tobillos.

Lo único que Ricardo pudo sacar en claro de esa visión, fue que le agradó lo que vio. Más de inmediato se regañó internamente por ello, porque se había propuesto no apelar a su superficialidad como un medio para juzgarlo. Si eso fuese equivalente al tipo de persona que era Martín en el interior, entonces ya podría ir diciendo que era la mejor persona de todas.

— ¿Esperas con ansias la lluvia?—. Preguntó, mientras ascendió por los escalones con una mano metida en uno de los bolsillos de su pantalón y la otra sujeta de la baranda.

Martín dejó de mirar hacia las nubes, para mirar hacia abajo, hacia él, y luego mirar hacia arriba, cuando llegó junto a él y permaneció de pie a su lado. Martín elevó una de las comisuras de su boca en una sonrisa perezosa, o quizá solo triste o desganada, y tan solo asintió con la cabeza, mientras se hacía un poco hacia un lado, invitándolo con este gesto a que tomara asiento junto a él.

—Eso hago… La espero.

Suficientemente cerca de él, tanto como para llenarse las fosas nasales con su perfume, Ricardo notó que Martín tenía puestos los audífonos. Música… El motor del mundo. El lenguaje perfecto. Música, lluvia… Y silencio. Y ellos dos, sentados en el rellano de una escalera, mirando hacia un cielo que pronto se desharía del agua que lo preñaba.

De la nada, porque sí, porque él estaba allí y ambos se hacían compañía en silencio, Martín se sacó uno de los audífonos de la oreja y lo acomodó en una de las de Ricardo. Y entonces ambos compartieron la melodía de un piano ágilmente ejecutado. Una melodía que algún día alguien soñó… Que en algún momento fue solo una idea. Una idea que mutó hasta convertirse en notas sobre un pentagrama, hasta que cobró vida, y viajó en el tiempo convertido en ondas sonoras, para ver aquel momento en el que ambos estaban allí, sentados, esperando a que lloviera.

Mientras sonada la tonada, la brisa fría mecía los cientos de lirios que alfombraban gran parte del jardín delantero y a los cuales Ricardo supuso que se debía el nombre de la propiedad.

Pero nada es eterno, así que la tonada terminó Siete minutos después.

— ¿De quién es? No la reconozco.

Antes de contestar, Martín estiró las piernas y llevó los brazos hacia atrás, estirándose como si en lugar de estar muriéndose de frío, estuviera tomando el sol.

—No lo sé. Un amigo de Micaela, del que solo sé lo obvio: Que toca el piano. He tenido esta versión en varios formatos, la primera fue en Casette, algo que en ese momento yo ni siquiera sabía lo que era. Alguna vez ella solo me la dio; me preguntó si me gustaba y… Si, resulta que me gusta. Ahora ya está en formato MP3. —Martín agitó su teléfono, mostrándole la pantalla.

Unknow song.mp3

—Mmm. Pues sea quien sea, es bueno. Toca de tal manera… Que logra arrancar lo más cursi de mí. Y no es algo de lo que esté orgulloso, que eso quede claro.

— ¿Ah, sí? ¿Qué tantas ideas cursis pasaron por tu mente mientras la escuchábamos?—. Martín sonó un tanto divertido, mientras le preguntó aquello, mirando en su dirección. Y ahora que lo miraba directo al rostro, estando tan cerca de él, Ricardo notó la nariz roja y los surcos colorados bajo sus ojos, y se preguntó si acaso tendría gripe de nuevo.

—No quieres saber, créeme. — También notó, a la luz del cielo gris, que las partes más claras de los ojos de Martín, ostentaban tímidos destellos de azul. Seguro que a la luz del sol, y suficientemente de cerca, sus ojos debían verse de verdad geniales.

Se sacó el audífono de la oreja y se lo devolvió a Martín, este lo tomó y también se deshizo del suyo, luego envolvió el cable alrededor de su celular y haciendo maromas, se lo echó al bolsillo del ajustado par de pantalones… Ricardo tragó saliva.

—Con que eres un cursi romántico, entonces.

Ricardo rio, quizá arrepintiéndose un poco de haber confesado aquello. Seguro que Martín iba a burlarse de ello hasta el cansancio. En todo caso, él aún tenía aquella carta del «Besas de puta madre» y la usaría, si le hiciera falta.

—Y qué me dices de ti. Estás aquí… Escuchando melancólica música de piano, mirando al cielo gris, esperando a que llueva. Eso sí que es cursi. Mucho.

—No, no lo es. Es algo práctico, de hecho. Catártico. Es como resetear la C.P.U. Mientras llueve, todo se llena de ese sonido parecido a la estática de la televisión, las calles quedan vacías, las personas, por lo menos las que no tienen la necesidad de ser abismalmente fastidiosas, se callan… Quedan en animación suspendida. El mundo queda en pausa.  Después de que llueve, todo está como nuevo. El asfalto es más gris, la hierba y los árboles son más verdes, la tierra huele diferente. La polución se sosiega. Quiero que llueva, para ver si cuando pare, soy capaz de ver todo con nuevos ojos, de una manera diferente. Eso es todo.

Ricardo guardó silencio.

Estaba procesando lo que había acabado de escuchar, porque le pareció algo genial. Estaba recordando a Martín en el salón de clases, cada vez que llovía, concentrado en la visión a través de la ventana. Debía ser algo estupendo el tomarse una simple precipitación climática de esa manera. Pero Martín malinterpretó su silencio, porque se levantó de su lado, le tendió la mano y cambió por completo de tema.

—Micaela aún debe tardar cerca de media hora en volver, No sé qué te apetezca hacer mientras… ¿Quieres que te dé un recorrido por la casa? A riesgo de parecerte pretencioso, te aseguro que puede llegar a ser algo entretenido y sirve para matar el tiempo.

***

Tres pisos. Diez gigantescas habitaciones. La sala de estar y el salón que ya conocía. Una cocina en la que la mayoría de electrodomésticos parecían parte integral de una nave espacial a causa de su modernidad, y él que en las mañanas se sentía pletórico desde por fin había entendido por completo el funcionamiento de su nueva cafetera. Una sala de cine en casa bastante amplia y moderna. Numerosas obras de arte acomodadas en armonía a lo largo de la casa, que iban desde cuadros, pasando por algunas esculturas, hasta pequeñas piezas labradas que estaban protegidas por vitrinas de gruesos vidrios con la iluminación perfecta para crearles el ambiente y el escenario correctos.

Se detuvieron momentáneamente en un pequeño gimnasio, del cual Martín le dijo que la única que lo utilizaba era su madre, y a veces Lola. Le explicó que no estaba entre sus intereses desarrollar sus músculos. Martín le aseguró que en lo personal seguro que disfrutaría de las ventajas de un poco de tonificación, pero no de lo que implicaba obtenerla: sudor y huesos molidos. Puesto que él prefería molerse los huesos y activar sus glándulas sudoríparas de maneras más entretenidas.

En la casa había una biblioteca impresionante que básicamente dejó a Ricardo sin respiración. No se molestó en tomar en cuenta cuántos baños o armarios había, o la breve explicación que Martín le dio acerca del funcionamiento de la habitación de pánico, porque después de la gran biblioteca ya no había mucho que pudiera sorprenderlo.

Por último, lo invitó a conocer su habitación y esto sí que despertó su curiosidad. Martín caminó delante de él, guiándolo por pasillos amplios que parecían interminables.

La habitación bastante grande, por no decir que gigante, pero aun así daba la sensación de ser un lugar acogedor y con alma, efecto que se veía reforzado por el color crema claro de las paredes. A un lado, apostada justo en medio de la pared a su derecha, había una cama de tamaño King Size que se veía mullida, cálida y cómoda, tapizada de una respetable cantidad de almohadones que hacían perfecto juego con el edredón que cubría la superficie de la misma. Al otro lado de la habitación había un sofá en forma de «L» de color negro, alrededor de una mesa de centro con algunas revistas sobre ella. Frente al sofá  había un mueble de madera empotrado en la pared, en medio del cual había una televisión de última tecnología. Allí tampoco faltaban los libros, acomodados de manera ordenada en varios anaqueles. El techo de la habitación era alto y estaba aguardillado en la parte donde estaban un escritorio amplio con su respectiva silla. Una de las paredes parecía ser un ventanal, pero Ricardo no podía asegurarlo, pues estaba cerrado y cubierto por paneles.

Todo estaba muy limpio y ordenado, pero no sabía si podía catalogar a Martín como ese tipo de persona cuando había un servicio de limpieza que se hacía cargo de todo.

Todo lo había visto casi que desde debajo de la puerta, estirando el cuello como una tortuga desde dentro de su caparazón. Apenas y había dado un par de pasos dentro sin alejarse demasiado de la entrada. Aquel era el templo de Martín y por alguna razón sintió que debía respetarlo. Su alumno se sentó en la cama y dio un par de palmaditas a su lado.

—Vamos, entra. No te voy a morder, Richie. No, si no quieres.

Estaba aprendiendo a reconocer que las bromas de Martín siempre iban encaminadas hacia el mismo tema: sexualidad; seguramente con el propósito de incomodarlo. ¿Qué le hacía pensar que él era tan fácil de intimidar? Era obvio que Martín estaba sujeto a la única imagen que tenía de él: como su profesor.

Ricardo esbozó una tenue sonrisa que de inmediato hizo que los hoyuelos saltaran a sus mejillas. Él sabía que esos hoyuelos eran encantadores, y que cuando quería, podía ponerlos a obrar milagros. Con pasos rápidos se dirigió hacia Martín, pero sus pasos se detuvieron cuando un nuevo ángulo de la habitación, le reveló la pared al lado de la puerta.

Decenas… Cientos de dibujos, sujetos por algún medio a la superficie. Hojas de diversos tamaños y texturas. Un tapiz de color hecho en diversas técnicas y de variadísima temática. Retratos, paisajes… Animales. Ni aunque hubiese querido, habría podido pasar por alto aquella maravilla… O imaginársela. Él no sabía nada de arte, pero sabía cuándo algo le gustaba y estaba bien hecho. Sabía que Martín estaba en el club de arte, pero jamás imaginó que fuera así de bueno.

Como un autómata se dirigió hacia allí, hasta el centro de la extensa pared tapizada en dibujos, observando con detenimiento. Sus ojos querían acapararlo todo de una vez. Aquella era una gran obra compuesta de muchas otras más pequeñas. Podía adivinar que los de la izquierda eran más viejos, seguro de cuando comenzó a dibujar, puesto que paulatinamente, hacia la derecha, comenzaban a ser más seguros, más perfectos y detallados. ¡Era magnífico!

— ¡Dios! ¿Son todos tuyos? —Martín asintió, con el ceño un tanto fruncido por alguna razón que Ricardo no supo determinar. —Wow, eres realmente bueno. Esto es… Esto es impresionante, Martín. Mis felicitaciones, en serio. —La emoción en su voz era verdadera.

Se volvió hacia él con una sonrisa que apenas y podía controlar. Aquella habitación… Aquellos dibujos… La lluvia que no se decidía a caer; una lluvia que siempre le había sido indiferente o fastidiosa, pero que de ahora en más miraría diferente y Martín… Martín que se veía y era como una canción que él querría escuchar una y mil veces.

—Él… Cuando él estuvo aquí, ni siquiera se fijó en esos dibujos. Y él más que nadie, debió haberlo hecho.

 

4

Era casi como si se hubiese auto anestesiado. Cuando salió corriendo de casa de Joaquín, creyó que se derrumbaría, pero no lo hizo. Martín culpaba de este milagro al hecho de haber dejado a Joaquín perplejo, antes de abandonar el estudio.

Con toda su inquina y todo su odio, después de destruir el lienzo, le gritó a la cara que él ya tenía todo aquello que él decía que no podría conseguir jamás: Una persona a su lado que lo amaba, que lo satisfacía, que lo miraba como si no existiera nadie más en el mundo… Ricardo. Pero cuando llegó a su casa, toda su entereza se había venido abajo, porque resultaba ser que aquello que le había gritado con tanto orgullo, era una mentira.

Las palabras de Joaquín volvían a su mente, una y otra vez, golpeándolo con saña. Lo que más le dolía era que él tenía razón. Si escarbaba en su pasado, en sus historias… Nunca había tenido más que aventuras con personas que debían ocultarlo. Los únicos que posiblemente habrían querido tener algo serio con él eran los más jóvenes, y eso no estaba entre sus intereses. La única relación sería que tenía, resultaba ser una farsa. Una farsa con uno de sus profesores, ¡Patético!

Ricardo estaba a su lado, portándose como el novio perfecto. Mimí reía con verdaderas ganas mientras Ricardo hacía gala de un encanto que Martín ignoraba que poseía. Él estaba haciendo muy bien su tarea, eso no se lo iba a negar.

Micaela ya comenzaba a mirar en su dirección con insistencia, al verlo tan callado y notar que estaba dando quizá demasiada cuenta de la Champaña. Así que, sin refrenar la ingesta de aquella bebida espirituosa de color rosa, comenzó a intervenir en la conversación cada cierto tiempo, introduciendo un tema y agregando algún que otro comentario al respecto, para que los otros dos continuaran con la conversación.

Micaela adoraba a Ricardo. Eso estaba claro.

—Oh, Mimí, ¿Sabías que el doctor Gallego, que en paz descanse, era tío de mi Richie?

— ¿Qué? ¿En serio? Dios mío, el mundo es un pañuelo.

Y ahí los tuvo distraídos, por otros Quince minutos.

Martín pensó en que, en medio de su desastre, de lo patético y mal que se sentía en aquel momento, por lo menos aún le quedaban seis citas con Ricardo. Seis oportunidades para fastidiarlo, y para conseguir restregárselo en la cara al maldito de Joaquín.

La lluvia, que se había hecho esperar todo el día, por fin se liberó

Con ímpetu…

Con fuerza…

Llorando por él, que de momento no podía.

Los relámpagos y los truenos se desataron en cuestión de minutos.

—Está diluviando, Amor mío. Te quedarás a pasar la noche aquí.

Ante las palabras de Martín, la mesa quedó en silencio.

—Emm. Yo…—Fue lo único que dijo Ricardo, antes de mirarlo queriendo acribillarlo con los ojos, y luego mirando apenado en dirección a Micaela. Martín adivinó que él estaba a segundos de negarse.

—Pues… Le pediré a Dolores que acondicione una de las habitaciones de invitados y…

Martín rio con la copa en los labios, logrando con ello que parte de la champaña salpicara el mantel. Haciendo que Ricardo tomara su propia servilleta de su regazo y le limpiara con ella la barbilla.

—Gracias, bebé. —Disfrutó al ver la manera en la que Ricardo desorbitó los ojos cuando lo escuchó llamarlo así. Miró en dirección a su madre—. Mimí… Eso, es un poco hipócrita y tonto, ¿No crees? Dormirá en mi habitación. No va a mancillar mi pureza… Esa me la machacó hace tiempo.

Capítulo 29

0

Secretos (Be my lover)

Entrada No. 11 – Diario de Martín.

Nadie me tocaba de manera indebida cuando era niño. Ningún pervertido me mostró videos pornográficos a una edad en la que no tuviera un debido desarrollo mental para procesarlos y que como consecuencia me llenaran de ideas «retorcidas» y «equivocadas» con respecto al sexo. No tuve ningún tío cachondo que insistiera en bañarse conmigo a escondidas de mi madre… Tampoco me empezaron a gustar los hombres después de que «accidentalmente» tuviera sexo con uno, puesto que esta situación siempre fue algo que busqué de manera deliberada… Hayan sido cuales hayan sido los resultados.

Tengo teorías acerca de muchas cosas, eventos y situaciones, la homosexualidad, por supuesto, no podía ser la excepción. Mi teoría al respecto, contempla esta inclinación sexual como la existencia de un gen que puede, o no, poseerse. Así de simple. Los demás pueden llamarlo como quieran: Una predisposición genética, un (in)correcto alineamiento de los planetas y los astros al momento del nacimiento o de la concepción, karma, dharma… Un error… Algo que se puede controlar o algo que no… La cuestión es que estoy convencido de que es algo intrínseco; algo que viene incluido en el paquete «Quién soy» al momento de venir a este mundo. Yo soy el vivo ejemplo de ello.

Lo que no me atrevo a asegurar —o a negar— es el hecho de que este «gen» sea o no algo de carácter hereditario. Eso es algo mucho más complejo e infinitamente más controversial. Algo en lo que no tengo ganas de ahondar… No por el momento, al menos.

Puesto que mi sexualidad no obedece a ningún tipo de trauma, como tampoco es una reacción post traumática a algún tipo de estrés, estoy convencido de que simplemente esta hace parte de quién soy y de que estoy genéticamente predispuesto para disfrutar de un pene y un trasero que no sean los míos… Para atraerlos, atraparlos entre mis piernas, y hacerlos míos… Si quiero.

Si no fuese porque la genética, caprichosa, quiso hacerme así, ¿Entonces por qué hay algo en mí que indebida e inevitablemente atrae a los hombres? ¿Por qué me es tan fácil? ¿Por qué mis feromonas tienen la virtud de atraer a los de mi mismo sexo? Por supuesto esta puede ser la conclusión de un genio o de un completo idiota, pero simplemente es lo que yo pienso al respecto.

Por supuesto que hay homosexuales que se «hacen» y no “nacen”, pero para mí, esos casos son solo excepciones que confirman la regla. A mí nadie va a convencerme de que una persona enteramente hetero, va a convertirse en homo solo porque alguien abusó sexualmente de él, porque en ese caso creo que lo normal sería desarrollar repudio por algo traumático que lo tuvo todo de desagradable. No quiero ser cruel y sonar como alguien desalmado, pero algo como eso a mí me suena a puras excusas… O qué se yo, la mente humana es, después de todo, un inmenso pozo lleno  de misterios; pero me parece altamente improbable el hecho de que un hombre completamente heterosexual renuncie a las vaginas solo porque en un momento de necesidad no tenía a mano a una mujer y decidió probar con un trasero masculino… Pienso que si le quedó gustando y descubre que de hecho lo prefiere, eso obedece a que toda su vida estuvo regido por un paradigma social y ni hablar del religioso. Si alguien se ve obligado a probar algo que realmente no le gusta, desistiría de repetir.

De más está decir, que tampoco creo que una persona homosexual sea enteramente producto del entorno. De, por ejemplo, mimar demasiado a un chico —Aunque quién sabe, porque al hablar de mimados puedo considerarme uno de los primeros en la fila— pero si fuese así, ¿Qué ocurre con las lesbianas, entonces? Aquellas al estilo «Tomboy» porque dudo mucho que sus preferencias y sus comportamientos se deban a que las traten como a chicos, porque, para ser sincero, no imagino a ninguna madre o a un padre tratando a una chica de un modo diferente al que se supone se trata a una chica; aunque el caso  contrario sí que exista.

Mi «gen gay» comenzó a dar indicios de activación un día al cual me gusta catalogar como mágico, porque en cualquier caso, así lo fue para mí. Creo era el mes de Agosto, porque recuerdo las cometas multicolores surcando el cielo, en la época de ventarrones y ausencia de lluvias en la ciudad; otro de esos tantos periodos que hacen que las personas aquí se atrevan a llamarlo «verano» cuando lo cierto es que el clima de esta parte del país parece bastante empeñado en no dejarse catalogar por completo… También tengo una teoría con respecto a esto, pero ahora no viene al caso.

Para aquel momento de mi vida, yo debía tener unos nueve o diez años… Quizá a punto de llegar a los once. A muchos les gustaba verme como un niño más en medio de una manada de infantes, pero no es mi culpa siempre haber sido más guapo y más listo que el resto y que más de una persona lo notara. Así que donde casi todo era lloriqueos, juegos infantiles insulsos  y rodillas peladas, estaba yo: Resplandeciendo como un sol. No es que quiera ser vanidoso al mencionar algo como esto, es solo que estoy convencido de que a causa de lo evidente, lo que pasó aquel día fue a propósito. Lo que ocurrió, fue algo muy inocente… O quizás no, ¿Quién sabe? Pero solo tuvo trascendencia para mí.

La cuestión es que por aquella época, yo tenía un montón de energía infantil que me llevó a una absoluta locura sin propósito: El fútbol. No encontraba para nada inoficioso el corretear detrás de un balón y sudar a mares con el simple propósito de embocar el balón en el arco. Bueno, para mis estándares futbolísticos de aquel entonces, mis presunciones se limitaban al hecho de, en algún momento, llegar a por lo menos tocar el balón. Creo que está de más decir que yo era pésimo, pero eso a los nueve o diez no importa mucho.

En ese tiempo, yo aún hacía cosas que se suponía que debía hacer y llenaba un montón de expectativas. Sobre todo las de mi abuela, porque nadie es capaz de pensar que un muchachito que juega tan aguerridamente al fútbol —«Aguerrido» nunca antes fue menos un sinónimo de «Bien» que en mi caso— resultara siendo gay. Me volví asertivo y empecé a hacer solo lo que me gustara, mucho tiempo después.

Mimí, como siempre dispuesta a complacerme, me anotó a una escuela de fútbol, y cargaba conmigo, con mi balón, mis uniformes y un gran surtido de bebidas hidratantes, todos los sábados y todos los domingos, sin falta. Los domingos se quedaba conmigo cada segundo de aquellas clases, aplaudiendo cuando yo me acercaba lo suficiente al balón, animándome y diciéndome que lo estaba haciendo muy bien. Pero los sábados ella me dejaba en la clase y regresaba por mí cuando esta concluía. Tenía que trabajar.

Parte del encanto de gastarme los fines de semana de esta manera, era el evidente encanto y don de gentes del señor Nicolás Aguirre. Por aquel entonces él debía tener unos veinticinco años, pero para mí, a los nueve o diez, cualquiera que sobrepasara los veinte, aunque fuese de forma mínima, se convertía en un «señor» de forma automática.

Él era un ho1mbre muy divertido y paciente. Tanto, como para haberme hecho cogerle cariño al deporte. El señor Nicolás, era el ayudante de mi profesor de Educación Física en la escuela, y era tanta su simpatía que la mayoría de niños de mi clase y yo no tuvimos reparo en seguirlo a la academia de fútbol en la que trabajaba los fines de semana.

Yo medía más o menos 1.25 metros para aquel entonces… La estatura justa para que aquel sábado, en el que corríamos desenfrenadamente detrás del balón, mientras «Niquito» hacía las veces de árbitro, corriendo de un lado para el otro detrás de nosotros, exhibiendo unas piernas gruesas y musculosas que a mí me daban envidia y que me hacían desear crecer rápido y hacer mucho deporte para tenerlas así, enfundadas en una pantaloneta a medio muslo algo floja, se estrellara accidentalmente conmigo… De frente… Con su metro ochenta de altura y mi escaso metro veinticinco, que hicieron que aquella colisión que bien pudo haber sido accidental o no, fuera el primer momento erótico que viví en mi vida.

Mi rostro dio de lleno con su entrepierna y él, quizá para evitar que me fuera de espaldas contra el suelo –O quizás no– a causa de su gran mole colisionando contra mi cuerpo enclenque, sostuvo mi cabeza desde la parte posterior, pegándome contra su  cuerpo, contra su polla y sus pelotas… Lugar desde el cual pude aspirar profundamente su olor acre y sensual a sudor.

Quizá él me sostuvo contra él por más tiempo del necesario…

Quizá él meneó un tanto las caderas, o quizá a mí solo me lo pareció…

En aquel justo momento no le puse malicia, como tampoco encontré extraña la sonrisa brillante que de ese momento en más me dirigió mi entrenador de fútbol, o su mirada, que me seguía de manera insistente. Eso fui capaz de percibirlo mucho tiempo después.

El asunto es… Que cuando unos tres meses después murió mi pasión futbolera y Nico Aguirre dejó de hacer parte de mi vida, y mi curiosidad comenzó a despertar haciendo que mi intrínseca inocencia comenzara a resquebrajarse, y descubrí las bondades de la masturbación, me di cuenta de que podía maximizar la experiencia si llenaba mi mente con algo que me agradara de verdad mucho, y en más de una ocasión, fue recreando aquel momento esnifando sus pelotas y su sexo, rememorando aquel olor particular y ácido, con lo que inundaba mi mente para empujarme a mí mismo hacia el clímax… Luego tuve acceso a internet.

Si no hubiese habido en mí algo intrínseco que estuviera dispuesto a la homosexualidad, aquel incidente simplemente me habría sido indiferente. Incluso hubiese podido llegar a enojarme porque se chocó conmigo, impidiéndome así seguir corriendo como un tonto detrás del bendito balón… Y de ninguna manera habría cabido la posibilidad de que el olor a pelotas sudadas me hubiese parecido en cierta forma atractivo y estimulante.

…Pero tengo el gen gay.

1

El sábado se deslizó sobre la ciudad con una lentitud aguachenta y poco luminosa.

De la misma manera intempestiva en la que un sol brillante y rabioso había rugido sobre la ciudad, de manera ininterrumpida a lo largo de casi un mes, así mismo se esfumó. Dejando en su reemplazo una temperatura baja y un cielo gris y encapotado que invitaba a no abandonar el cálido capullo de las cobijas. Tal de la manera en la que Martín prefería el clima. Porque él no era de los que tomara buen color con el sol; era más bien de los que se ponían como un camarón.

No hizo falta más que el hecho de que la entidad meteorológica emitiera un boletín, informando que el verano y la sequía durarían por lo menos siete semanas más, para que inmediatamente ocurriera justo lo contrario. Fue casi como magia, o brujería. Básicamente el clima en la ciudad era como una sesión de entrenamiento en la nueva versión cinematográfica de The Karate Kid: «Ponte la chaqueta… Quítate la chaqueta… Ponte la chaqueta… Quítate la chaqueta» Pero era así como solía ocurrir casi siempre. Los meteorólogos más experimentados del país parecían ser inversamente acertados, pues aquella mañana no había señales de la solana que vaticinaron; en su lugar había una bruma tan espesa que hasta hacía media hora atrás no había habido visibilidad a más de dos cuadras de distancia, y todo apuntaba a que en cualquier momento la lluvia arreciaría con potencia.

Quizá simplemente el clima era como él, que no le gustaba que lo catalogaran, y lo hacía evidente en su manera de vestir: Unos días muy oscuro. Otros, muy luminoso. A veces solo se sentía caliente y lujurioso… Últimamente queriendo un poco más.

No obstante, esta disposición climatológica inesperada no era la razón por la cual Martín seguía metido en su cama a las 10:25 de la mañana, sino porque continuaba profundamente dormido. A él definitivamente le gustaba ganar, y después de haber luchado tan aguerridamente contra el insomnio la noche anterior, al final había salido vencedor. Y estaba fuertemente sujeto a su victoria… Con uñas y dientes.

Mimí había hecho un par de incursiones a la habitación de su hijo para echarle un vistazo, después de que pasadas las 9:00 no lo había visto dar señales de vida, mas no se había atrevido a despertarlo. Menos al ver que ni siquiera el descorrer la mitad de los paneles del ventanal en la habitación había producido la más mínima reacción en él. Sin embargo, ella tampoco quería irse sin despedirse, porque se le había quedado aquella costumbre desde la época en la que, siendo pequeño aun, Martín solía ponerse furibundo cuando descubría que ella se había ido sin despedirse de él. En algún momento de su historia juntos, aquello se había convertido en una especie de cábala para la buena suerte. Además, no había comido nada aún, y realmente le gustaría tomar el desayuno con él, Aunque a esas horas ya sería más una merienda.

Micaela tomó asiento en la cama, a un lado de Martín. Ella ladeó el rostro y miró hacia abajo, observando detenidamente sus facciones relajadas por el sueño y como siempre que hacía aquello, llegó a la misma alegre conclusión.

«Lo dicho… Tú sí que me quedaste bonito, bebé»

Y, como le ocurría casi siempre últimamente, algo muy parecido a la nostalgia la invadió, haciendo que sintiera añoranza por aquellos tiempos en los que Martín era aún un niño por completo dependiente y ella era la parte más grande e importante de su universo.

Con un movimiento rápido y un toque superficial, apartó un mechón de fino cabello negro de la frente de su hijo, que continuó profundamente dormido, al parecer sin intenciones de despertar voluntariamente en un futuro cercano.

Martín era el vivo ejemplo de aquello de que la genética en ocasiones tendía a dar dos pasos hacia atrás. Su hijo no se parecía físicamente a ella, pero tampoco se parecía a… a él. Si así hubiese sido, si Martín se pareciera a su padre, entonces debería tener el cabello claro y tener los ojos de un verde gateado. En lugar de ello, él era el vivo retrato de su abuela paterna. Aunque, si buscaba con ganas, podía encontrar algo en la forma de sus labios o en el rictus de sus cejas cuando las contraía, que le recordaba a él. Además, Martín tenía las mismas manos. Los mismos dedos finos y largos que estaban destinados para el arte… Como los de él.

Pero… ¿Qué, si quizá estaba viendo solo lo que quería ver?

En ocasiones, Micaela se preguntaba por qué había revestido aquel suceso de tanto misterio, cuando lo más fácil habría sido decir la verdad desde un principio. Las circunstancias que envolvían  la concepción y nacimiento de Martín no eran algo de lo que se sintiera orgullosa, pero obviamente todo habría sido más fácil si ella se hubiese limitado a ser clara desde el principio y hubiese dejado que las personas que debían enterarse, lo hicieran.

En su momento sintió miedo… Miedo de que la señalaran con el dedo y de que la culparan enteramente a ella por lo que sucedió. Ahora… Ahora tenía miedo de que la repudiaran por haber guardado silencio por tanto tiempo. Sobre todo, ahora temía la reacción de Martín si llegaba a contarle toda la verdad. Él era un chico inteligente y comprensivo, pero habiéndolo mantenido al margen durante toda su vida, con algo que lo involucraba de manera directa, nada le aseguraba a ella que él se tomara a bien lo que escuchara de sus labios. No solo le había ocultado la verdad, sino que deliberadamente le había mentido.

El corazón de Martín era como una ostra, sin miramientos para dejar que todos vieran la brillante perla que guardaba en su interior. Guardaba un invaluable tesoro dentro; si se sabía cómo llegar a él, sus maravillas y bondades eran capaces de deslumbrar a cualquiera; pero igualmente, como una ostra, al más mínimo movimiento brusco o amenaza de daño era capaz de cerrar su coraza de manera fiera e inquebrantable. Ya lo había visto hacer aquello antes.

— ¿Qué pensarías de mí si te contara la verdad? —Susurró, mientras afianzaba una caricia en el cabello de su hijo. — ¿Me entenderías? O, por el contrario, ¿Me odiarías? —. Suspiró y tragó fuerte. — ¿Cómo procesarías el hecho de saber que tienes más familia además de nosotras dos y que está más cerca de lo que crees?

Nada la obligaba a exteriorizar estas palabras, a hacerlas reales, a decirlas delante de un Martín que podía despertar en cualquier momento y escucharla… Pero ¿Y si era eso lo que quería? ¿Y si quería decirle de una vez cómo había sido todo? Quizá en el fondo era eso lo que ella buscaba… Quitar de sus hombros aquella carga que se había empeñado en poner sobre sus hombros, de una vez por todas. Una cosa era tener secretos, y otra muy diferente era mentir. Todo parecía hacerse más evidente ahora que  parte de su pasado que, como una ola que se aleja pero que siempre vuelve, estaba de nuevo frente a ella.

¿Y si simplemente hablaba?

No.

La cobardía la atenazó una vez más, quitándole el aire. Como lo hacía cada vez, la sentía tomarla fuertemente por el cuello, cuando recordaba cómo el contarle a su madre la verdad, después de tanto tiempo y con la vaga esperanza de que ella la entendiera y quizá la consolara, no había tenido los mejores resultados. Ella se había enojado por ser burlada, por haber sido tan inocente al creer en sus mentiras y sobre Macarena se sintió tonta al no haberse dado cuenta antes cuando aquello, ahora que lo sabía, parecía tan evidente.

Por ahora guardaría silencio. Si había logrado hacerlo durante casi Diecinueve años, nada le impedía seguirlo haciendo durante un poco más de tiempo. Pero esta vez sintió que quizá aquel «Un poco más» ya se había prolongado demasiado.

Sacudió a Martín, tomándolo por el hombro de forma suave.

—Hey, dormilón. Será mejor que despiertes ya, o luego no vas a poder con el dolor de cabeza que causa el dormir demasiado. Además, tengo hambre y a las 11:00 tengo que salir.

***

Fue durante el silencioso y tardío desayuno que compartía con Micaela, cuando Martín lo decidió. En cuanto terminara de comer, se pusiera decente y su madre saliera a trabajar, él iría con Joaquín. Después de todo, ¿Qué sentido tenía hacer todo lo que estaba haciendo, al fingir tener una relación con Ricardo y esforzarse en que Mimí se enfrentara a los posibles inconvenientes de que él estuviera envuelto en una relación con alguien mayor, si no iba a disfrutar de sus beneficios? Todo lo que estaba haciendo lo estaba haciendo por Joaquín… Por ellos, después de todo.

Lo amaba y no lo había visto en días.

Lo necesitaba y no lo había visto en días.

Iba a enloquecer si seguía como iba.

— ¡Martín!—. La voz de Mimí lo hizo saltar en la silla— Cariñito mío, estoy hablando contigo. Baja de la nube y préstame atención, ¿Quieres? —. Mimí repentinamente puso una sonrisa en su rostro. — ¿Tan atontado estás porque hoy vendrá Ricardo?

Su tono de voz tan plagado de burla, que sinceramente Martín esperaba por el momento en el que ella se pusiera a canturrear: Martín tiene novio… Martín tiene novio…

—Sí, Mimí. Si sigues sonriendo de esa manera al hablar de él me harás pensar que me lo quieres quitar.

Micaela alejó el vaso de jugo de naranja de sus labios, para poder reírse.

—No me gustan los hombres comprometidos. Por la manera en la que él te mira yo diría que no tengo muchas esperanzas.

¿La manera en la que Ricardo lo miraba? Micaela debía estar loca. Aunque si ella juzgaba por aquel beso… Entonces hasta él empezaría a verle unicornios rosas al asunto.

—Soy afortunado, ¿No es así?

—Mmm, no es que yo esté bailando en un solo pie por esto que está pasando, pero de momento me alegra que te quiera como parece hacerlo. Solo espero que de esa misma manera, cuide de ti.

—Yo puedo cuidarme solo. No necesito que alguien lo haga por mí.

Micaela lo miró con una sonrisita condescendiente en los labios, mientras metía dentro de una carpeta de plástico de color gris algunos documentos que había estado ojeando.

—Cariño, la independencia y la autonomía son buenos, pero todos necesitamos de alguien que nos haga sentir atesorados y protegidos. Es algo lindo.

Martín sonrió a su vez.

— ¿Hace cuánto que no sales con alguien, Mimí? Eso suena como tu necesidad hablando por ti. Y tu necesidad dice cosas muy cursis de novela rosa.

Mimí abrió la boca en una gran «O» falsamente ofendida y era evidente que también divertida.

— ¡Eres un atrevido! Mira a quién estás hablándole de esa manera, soy tu madre, que eso no se te olvide… ¿Y quién te dice que no esté saliendo con alguien en estos momentos? Yo no te lo cuento todo. —Mimí le enseñó la lengua, haciendo reír aún más a Martín con ello—. Lola ya tiene instrucciones acerca de qué preparar para la cena y la casa está impecable. Volveré sobre las 5:00. A tiempo para cenar con Ricardo y contigo. Prometo estar aquí a tiempo.

—Pierde cuidado. No te afanes, no necesito que estés presente en cada cita que tengo con él.

Micaela ya se había puesto de pie y estaba calzándose una chaqueta de cuero, parte de sus atuendos desenfadados de los sábados laborales.

— ¡Dios! ¡Todas tus citas! Que exagerado eres. ¿Acaso te refieres a la única cena que he compartido con él y el prospecto de una para hoy en la noche? Si es así, que relación más simplona tienen ustedes dos. Quiero suponer que han tenido más citas que eso.

Martín blanqueó mentalmente los ojos, pues su subconsciente acababa de traicionarlo.

— ¿De qué hablas? Fue solo una forma de decirlo. Por supuesto que hemos tenido un montón de citas. Estamos enamorados, ¿Recuerdas? ¿Quieres que te diga acerca de nuestras citas calientes? ¿Cuándo nos quedamos en su casa y él suele…?

— ¡Cállate! Por Dios cállate, Martín. No necesito saber tanto… No quiero saber tanto. No quiero oírlo de tu boca, las marcas en tu cuerpo me dieron una idea de ello. ¡No abuses de tu suerte! —Micaela se atusó el cabello, hasta recogerlo en una coleta en la parte posterior de su cabeza, con movimientos un tanto bruscos—. ¡Dios! Quien ve a Ricardo con esa cara de cachorro que no parte un plato y es todo un pervertido. ¡Carajo!

Si, Mimí también tenía su cuota de mamá histérica.

—No te imaginas cuánto.

 

2

No tenía la menor idea de cómo lo recibiría Joaquín. No sabía tampoco si ella estaría ahí, y de encontrarla ahí, Martín no sabía cómo iba a reaccionar, si tendría el buen atino de simplemente irse, o si se pondría a gritar como un histérico… Porque así se sentía, como si pudiera ser capaz de armar un escándalo si hiciera falta.

Desde que ella había entrado a hacer parte de aquella relación, que por un corto e intenso tiempo fue perfecta y le perteneció solo a ambos, todo lo que Martín era capaz de sentir con respecto a esta era desasosiego…

Zozobra…

Inseguridad…

Y estaba aquella odiosa, odiosa, odiosa sensación de ser insuficiente… De no ser bastante. Y odiaba aquello…

La odiaba a ella…

Se odiaba a sí mismo en su versión más débil.

Tan débil como para estar frente al portal de aquel edificio; construcción que ahora sabía, después de indagar un poco, fue la primera sede de la agencia publicitaria de Mimí. Obelisco Publicidad.

Se apeó del taxi y pagó el monto de la carrera. Había tenido el buen tino de no conducir porque no se sentía particularmente bien; había algo inestable en su interior que lo hacía sentirse extraño y tembloroso. Rogó al cielo porque el portal no estuviera cerrado con candado con el mismo fervor con el que un sediento rogaría por agua en un desierto y tuvo suerte, porque lo encontró únicamente ajustado. No quería llamar a Joaquín para decirle que le abriera y darle la oportunidad de que quizá se negara a hacerlo y lo hiciera con ello sentir humillado.

Enfiló sus pasos hacia el ascensor, pero el traqueteo detrás de las puertas del aparato lo hizo quedarse estático, con la mirada fija en el panel de botones que iluminaban detrás de una buena capa de polvo, a un costado. Cuando las puertas se abrieron, Martín vio a Irina abandonar la cabina con la cabeza gacha y la mata de rizos negros cayendo hacia adelante e impidiéndole verle el rostro. Ella rebuscaba dentro de su bolso mientras taconeaba, a paso firme y rabioso, hacia la entrada. Por eso no lo vio.

Lo único que Martín tuvo a mano para ocultarse fue el mostrador de la recepción. Tan sigiloso como un gato con zapatillas de suela de goma, dio pasos en retroceso hasta parapetarse detrás de la barra. Aquel rincón estaba lleno de polvo y de cajas de cartón repletas con lo que muy posiblemente sería parte del archivo muerto de la empresa, o muestras de impresión para alguna campaña.

Escuchó los zapatos de Irina repiquetear en el piso, cerca de él. Permaneció agazapado hasta que fue capaz de escuchar sus pasos alejarse, hasta que el portal se abrió y se cerró de nuevo, con ella finalmente fuera de allí. Martín dejó escapar un suspiro, pues sin darse cuenta había estado reteniendo el aire desde que la vio bajar del elevador. Casi también escapa de sus labios una risotada, al contemplar la escena tan ridícula que estaba protagonizando.

Se puso de pie y apoyó los codos en la barra. Rápidamente se arrepintió de esto último, pues las mangas de su chaqueta quedaron llenas de polvo. Por unos cuantos segundos contempló el salir de detrás de aquel mostrador, darse la vuelta y marcharse pero… Quería ver a Joaquín, quería hablar con él, sentirlo cerca, como en aquellos días bonitos y jodidamente calientes en los que sintió que se pertenecían uno al otro. No estaba allí para acostarse con él, eso no; confiaba en que tendría la suficiente fuerza de voluntad para resistirse a eso. Él solo… Quería verlo.

Cinco segundos le bastaron para llegar hasta el ascensor y encerrarse dentro, esperando porque este llegara al último piso y acabara con su desesperación.

 

3

Irina debía haber salido de allí de manera apresurada, porque la puerta de entrada al estudio de Joaquín estaba a medio abrir. Martín no sabía si aquello sonaría exagerado, pero podía jurar que en cuanto tomó la enorme manija de metal para empujar de ella y terminar de abrir la puerta, algo dentro de él pareció derretirse en frío. Como si lama helada manara desde el centro de su cuerpo para asentarse en las puntas de sus dedos. El portal hizo un poco de ruido.

—Ya dije que este cuadro no saldrá de aquí, Irina—. Allí estaba Joaquín, dándole la espalda… Plantado de pie frente a su retrato al desnudo, custodiándolo. Con los brazos musculosos y desnudos escapando de una camiseta gris sin mangas.

Martín permaneció en silencio. Entró del todo, cerró la puerta detrás de sí y se recargó en ella, mientras estudiaba concienzudamente el estudio. Algo había cambiado allí dentro… Un conjunto de pequeños detalles que antes no estaban y que le quitaban «Su esencia»  a aquel lugar.

La lámpara de pie en una de las esquinas, no se parecía a Joaquín… Ni la pequeña mesa en la que reposaba un jarrón de vidrio trasparente con flores en él… Mucho menos la manera en la que los lienzos, con dibujos y sin ellos, reposaban en un orden mucho más notorio que antes, contra una de las paredes del fondo. Ahora había un sofá y una poltrona acompañando a aquel solitario mueble de una sola pieza, en el cual había posado para que el pintor retratara su desnudez.

El ventanal… Aquel magnífico ventanal desde el cual podían verse los cerros y contra el cual alguna vez Joaquín le hizo el amor con la música del tráfico del centro de la ciudad en hora pico como fondo, a ocho pisos de altura de la calle, tenía rieles con sendas cortinas pesadas. ¡Cortinas! Martín Odió esas cortinas de inmediato… Esas cortinas hacían innecesario el dosel en la cama, que ahora brillaba por su ausencia.

—Este lugar ha cambiado mucho. —Dijo finalmente, cuando sus ojos hubieron terminado de absorber la novedad, que aunque no era mucha y quizá era necesaria, no le gustó. No le gustó porque podía adivinar la mano de Irina detrás de ello. El pintor se volteó de forma rápida al escuchar su voz—. Dime ¿Acaso fuiste de compras? No pareces del tipo.

— ¡Joder!… Martín… Martín—. La primera de estas palabras, fue dicha con sorpresa… La segunda, con añoranza… La tercera, fue soltada en un susurro.

En pocas zancadas Martín lo tuvo frente a él, con los brazos uno a cada lado de su cabeza, apresándolo contra la puerta. Joaquín se veía desaliñado y salvaje, olía fuertemente a alcohol, a trementina y a sudor.

Cuanto deseaba salir de aquel estupor. Escapar del amarre hipnótico de sus ojos y sonreírle con burla, para quitarle intensidad a aquel momento que le estaba aflojando las piernas. Quería tener la fuerza para sacar las manos de detrás de su cuerpo, donde le servían de sostén contra la puerta, y lanzarlas a su cuello, para amarrarse a él con fuerza. Tal era la fuerza de atracción que Joaquín ejercía sobre él, que volvía todo incontrolable e intenso. La cercanía con él era un veneno, un ácido que corroía todo lo que creía tener en control… Que le hacía desear tenerlo con él… Tenerlo para él… Solo para él.

De manera inesperada, Joaquín hizo descender su cabeza hasta dejar la frente apoyada en su hombro… Rendido, justo como lo había soñado tantas veces. Martín no podía moverse, no quería moverse… No quería moverse y hacer estallar aquella burbuja perfecta. No quería moverse y despertar de lo que bien podía ser un sueño. Un sueño debía ser, porque podía percibir la rendición y la necesidad emanando de Joaquín. Algo que nunca pensó llegar a ver.

Martín escuchó un sonido de inhalación fuerte. La nariz de Joaquín comenzó una exploración lateralizada que parecía tener a su cuello como objetivo, pero iba a ser difícil con la gruesa bufanda que estaba utilizando. Joaquín respiraba lento, profundo y de manera sonora, como si quisiera absorberlo por completo. Como si buscara grabarse su aroma en el cerebro.

El pintor por fin despegó los brazos de la puerta, y aprisionándolo nuevamente en sus ojos, desenvolvió rápidamente la pieza de lana de alrededor de su cuello y bajó la cremallera de su gruesa chaqueta. Desechó las prendas a un lado, como quien arranca pétalos a una rosa y los desestima.

Joaquín envolvió la cabeza de Martín con una mano, hasta obligarlo a ladearla, y si aquello hubiese sido cine o literatura sobrenatural, aquel sería el momento en el que el vampiro hambriento clavaría los incisivos en su cuello para dejarlo vacío y sin vida. En cambio Joaquín pegó la nariz a su cuello y esnifó con fuerza una vez más… Hasta que la punta de su nariz fue lentamente reemplazada con el gentil y caliente roce de sus labios.

—No. Yo… no vine a esto… Solo quiero hablar… Solo eso. —Pero su voz sonó demasiado débil y demasiado entregada, como para que el otro pudiera llegar a tomarlo en serio. Y entonces, al escucharse a sí mismo, ni el mismo Martín fue capaz de creer en sus propias palabras.

Joaquín se apretó aún más contra él, y Martín fue capaz de sentir como sus piernas se aflojaron por completo cuando la lengua del pintor abandonó su boca y comenzó a pasearse en su cuello. Si no terminó despatarrado en el piso fue porque la cadera de Joaquín se presionaba con tanta fuerza contra él, restregándole una recién nacida erección en el bajo vientre, que lo mantuvo empotrado contra la puerta.

— ¿Dónde estabas, Martín? ¿Mmm? ¿Por qué no viniste… Por qué? Te esperé, Martín. Te extrañé.

Joaquín quizá había bebido más de lo que podía considerarse sano y recomendable y eso lo hacía decir lo que estaba diciendo, pero eso a Martín no le importó. Prefirió creer en el tono de necesidad, necesidad por él, que escuchó en su voz y comprarle aquello. Porque necesitaba creerle. Quería creerle.

Porque… ¿Acaso no era lo más justo que lo quisieran, tal como quería él?

***

Quizá Joaquín estaba utilizando demasiada fuerza para sujetarle el cabello. Definitivamente toda la pintura seca debajo de él, estaba tallándole la espalda, pero en realidad aquello no le interesaba demasiado en aquel justo momento.

Joaquín había barrido con las manos todo el contenido de la mesa donde apoyaba los pinceles y los tubos de óleo, después lo había desnudado con tal desespero que cuando lo despojó de sus jeans, arrastrándolos hacia abajo a lo largo de sus piernas, le dejó la marca de un fuerte arañazo a la altura del muslo de su pierna izquierda. Con un cuidado casi inexistente lo tumbó encima de la contundente superficie de metal, con la cabeza colgándole por uno de los bordes para poder follarle la boca mientras lo masturbaba, agarrándole con fuerza el pene y las bolas en un solo puño. De vez en cuando uno de sus dedos se aventuraba dentro de él y jugueteaba, estrellándose contra sus paredes con rudeza y golosería.

Mientras su lengua se envolvía con sevicia y alevosía alrededor de la cabeza de la verga de Joaquín, mientras trataba de controlar el exigente vaivén con una de sus manos engarzada en su trasero y hábilmente utilizaba la otra para masturbarle el tronco del pene, también pensaba en que era un tanto desalentador el hecho de que al parecer aquel era el único idioma que ellos dos compartían y a través del cual se comunicaban. Eran buenos en ello, eso sí —Siendo así como se comunicaban, podían ser considerados políglotas… Eruditos— pero con él a Martín solía sucederle que después de que la libido se calmaba y la sangre de su cuerpo regresaba a donde originalmente pertenecía, quería compartir otras cosas e ir a otros planos anteriormente inexplorados. A donde nunca antes le había interesado ir.

Joaquín gruñía, mientras bamboleaba las caderas cada vez con más fuerza, e iba aún más lejos, más adentro, llenándole la cavidad bucal por completo, hasta que pudo sentirlo golpeando duro contra la base de su garganta, haciendo que de vez en cuando una que otra arcada lo hiciera contraerse.

Ninguno de ellos paró lo que estaba haciendo hasta que ambas virilidades estuvieron erigidas y duras a todo lo que daban. Cuando Joaquín salió de su boca, su miembro emergió brillante, ensalivado, hinchado y enrojecido, con las venas que lo circundaban tan abultadas que parecía doloroso.

Ambos respiraban fuerte, pero Martín lo hacía aún más porque su pecho estaba retumbando demasiado rápido, como para deberse solo a la sesión de sexo. Se quedó ahí, respirando de manera agitada, con la cabeza aun colgando y una dura erección reposando sobre su estómago.

Sin mucha ceremonia Joaquín tiró de él hacia arriba, tomándolo de los brazos; pero si su intención era que Martín se sentara en la mesa, no lo consiguió. El quizá creyó que aquello fue a propósito, pero lo cierto es que no fue así. Simplemente no tenía fuerzas.

— ¿Quieres que yo haga todo el trabajo esta vez? ¿Eh?—Joaquín rio de manera torva, pegado a su oído. — No hay problema. Puedo follarme ese traserito sin mucha de vuestra ayuda. —Joaquín no tiró de él de nuevo, sino que lo levantó y lo acomodó hasta que lo que quedó colgando esta vez, fueron sus piernas—. Siempre quise hacértelo sobre esta mesa, ¿Sabes?… Me gusta esta mesa.

Martín sonrió también, le gustó la voz ronca con la que Joaquín estaba hablándole. Se estiró perezoso sobre la superficie metálica, montó los talones sobre el borde y removió el trasero, invitador y caliente.

— ¿Qué esperas, entonces? Veamos qué tanto eres capaz de lograr sin mucha de mi colaboración. Oh, y… Por favor no me dejes muchas marcas, recuerda que tengo novio y ya me las veré color de hormiga para explicar este rasguño y la espalda vuelta mierda.

Cuando Joaquín lo miró, Martín esperaba ver celos o molestia en su mirada, pero en lugar de eso se encontró con su acostumbrada mirada burlona, esa con la que siempre le daba a entender lo poco que le importaba todo. Joaquín lo abandonó durante unos cuantos segundos, y no hubo uno solo de estos segundos durante el cual Martín dejara de seguirlo con la mirada, porque tenía la desesperante sensación de que en cuanto sus ojos se apartaran de él iba a esfumarse y a dejarlo abandonado, solo, triste… Pero sabía que estaba siendo exagerado y dependiente. Joaquín solo se alejó de él lo suficiente como para alcanzar su mesa de luz, que ahora tenía una compañera, y luego regresó con él.

—Compré esto pensando en ti— Agitó un botecito frente a Martín. —Me quedó gustando, de la última vez.

— ¿Lubricante? ¡Gracias a Dios!—. Bromeó, agitando  los brazos en dirección al cielo. — ¿Frutos del bosque? —Joaquín asintió con la cabeza — ¿Tan seguro estabas de que volvería a acostarme contigo?—.  Cuando vio a Joaquín asentir de vuelta, luego de bufar como si Martín estuviera preguntando una enorme obviedad, no supo cómo sentirse. Le chocó su autoconfianza. Esa odiosa seguridad con la que le restregaba en la cara que él había sido demasiado débil… Y fácil.

— ¿Me pones?

—No.

—Peor para ti.

—Para ambos, en realidad. Piensa en la abrasión… ¿Vas a hacérmelo de una vez o vas a seguir parloteando? Empiezo a perder el interés—. Había algo en él que sentía que Joaquín merecía que le hablara así, que lo tratara mal. Quizá era la parte de él que había notado que hasta el momento, Joaquín no le había dado ni un miserable beso, y él no estaba dispuesto a rogar por uno, aunque lo deseara tanto.

— ¿No habías dicho acaso que habías venido a hablar y no a esto?

Joaquín dejó de lado el frasco de lubricante y no lo utilizó. En un movimiento rápido y un tanto brusco llevó las rodillas de Martín hasta su pecho y, dirigiendo su sexo hasta la entrada a su cuerpo, comenzó a penetrarlo con un ritmo lento pero inquebrantable.

Martín puso todo lo que pudo de su parte para relajar sus músculos y permitirle la inmersión sin que su cuerpo resintiera el envite, aun así sintió un poco de molestia y algunos quejidos se escaparon de su garganta. La falta de sexo durante las últimas semanas tenía sus desastrosas consecuencias.

— ¿Qué tal estuvo eso, mocoso?—Preguntó Joaquín una vez que estuvo completamente dentro, dos segundos antes de empezar a moverse. —Yo lo siento bien, resbala lo suficiente así… ¿Qué tal ahora tu jodida abrasión?

Que abrasión ni que mierda. Todo lo que Martín pudo sentir después de que Joaquín terminó de entrar y se acomodó en su interior, fue un placer increíble que lo instaba a querer más. A gimotear de necesidad y desesperación.

—Ahhh… Muévete más duro, por favor… Muévete  más… Mmmm.

Ni corto ni perezoso, Joaquín comenzó a envestirlo duro. Hizo que Martín sostuviera sus propias piernas contra su pecho, desde debajo de sus rodillas, y luego aseguró sus manos allí, arropándolas con las suyas. De manera que no se podía mover, no podía cambiar de posición y no podía despegar las manos de sus propias piernas.

La fricción…

El roce…

La prisa…

El calor…

La lujuria…

El aire que faltaba…

El placer que crecía…

Su miembro que palpitaba con necesidad…

Los gemidos.

¡Todo! ¡Rojo!

¡Explosión!

Intentó despegar las manos de donde estaban sujetas, pero su pequeño forcejeo solo sirvió para que Joaquín apretara aún más el agarre y comenzara a moverse más duro contra él. No entendió de inmediato lo que estaba sucediendo, porque la sangre no estaba precisamente en su cerebro para ayudarlo a razonar correctamente. Así que intentó tirar de sus manos una vez más, obteniendo el mismo resultado.

—Ah, ah, ah. ¿Qué… Qué haces? suéltame.

—No —.  Fue la simple respuesta de Joaquín, sin dejar de moverse.

—S-suéltame, dije.

—Y yo dije que no…. ¡Joder! ¿Para qué quieres que te suelte?

Martín soltó un par de duros jadeos, ¿Acaso Joaquín estaba idiota? ¿En serio creía que en aquellas circunstancias era momento para ponerse hablar y explicarle? Si él a duras penas podía hilar dos palabras juntas y que tuvieran sentido, porque todas sus energías y su atención estaban centradas en el pedazo de carne entre sus nalgas.

—Yo… Necesito, necesito… Tengo que tocarme… Suéltame…—La última palabra sonó como un ruego libidinoso y desesperado.

—No te vas a tocar.

—Entonces tócame tú…

Joaquín aceleró el motor que parecía impulsar sus caderas y apretó aún más sus manos.

—No… Mierda, no.

La mesa, a pesar de lo pesada y maciza, comenzó a moverse de su lugar. Los pocos botes de óleo y los espráis de fijación que habían quedado de pie en la mesa, comenzaron a bambolearse y a caer. Martín, desde su posición, apreció con detalle la forma en la que el cuello de Joaquín se tensó, anunciando un pronto orgasmo. Una oleada de semen que sintió tibio dentro de su cuerpo.

Joaquín lo soltó y salió de él casi de inmediato; mientras la erección de Martín continuaba indemne en medio de sus piernas. Joaquín se recargó contra la mesa, a su lado, sin siquiera regalarle una mirada. Martin tenía la boca abierta, pero de ella no salió una sola palabra, tenía cientos de quejas para lanzarle, pero la humillación y el nudo en la garganta no lo dejaron hablar.

De algún lugar Joaquín sacó un cigarrillo que encendió con una cerilla. Soltó una espesa bocanada de humo antes de hablarle.

—Eso, es el equivalente a que te llamen, te calienten y luego te dejen esperando de manera indefinida. —Con el cigarrillo sujeto entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, señaló hacia la puerta del baño. —Puedes ir a terminar tu asunto allí, si te apetece. Pero hazlo deprisa, porque necesito tomar una ducha.

Joaquín se inclinó sobre él, que continuaba en la mesa, estupefacto, y le plantó un corto y ruidoso beso en la cadera izquierda, antes de dirigirse hacia la cama y dejarse caer en ella.

***

Martín se duchó y se vistió a toda prisa, después de ir al baño y «terminar su asunto» con una mano tapándose la boca con fuerza y unos cuantos lagrimones de rabia resbalándole por las mejillas. Lo que le había hecho Joaquín había sido cruel, grosero, desconsiderado y egoísta. Lo trató básicamente como una muñeca hinchable. Le hizo recordar a su primera vez. Pero ese era el hombre que le gustaba. Aquel patán era el hombre del que estaba enamorado y sabía muy bien que en cuanto abandonara aquel baño y lo viera otra vez a los ojos, su dignidad iba a importarle una mierda de nuevo. ¡Maldito loco!

Se miró al espejo antes de salir, y se encontró con que sentía los ojos raros. Veía todo claro, pero no sentía que estuviera viéndolo todo con normalidad. Se sintió debilucho y… Perdido. Salió de aquel baño con todo dándole vueltas.

— Oye ¿Tienes algo de tomar? Dulce… Yo…

Joaquín dio un bandazo hacia adelante en cuanto lo vio tambalearse y lo atrapó tomándolo de los hombros.

—Hey, hey, hey… ¿Qué es lo que te pasa? ¿Quieres recostarte?—Martín, más dócil de lo que hubiese querido, se dejó guiar hasta la cama y se sentó. De inmediato tuvo a Joaquín de cuclillas  frente a él, aún desnudo. — ¿Acaso te hice daño?

«Me haces más daño del que crees…»

—Tu polla no es tan grande como para que pudieras llegar a dañarme, idiota. Puedo con medio polvo duro. No pasa nada. Un  pequeño malestar con el que no tienes mucho que ver y nada más. Ya me voy, así que quita tus desnudos cueros de delante de mí.

Joaquín se levantó rápidamente, con las manos al aire como signo de rendición.

—Ah, chaval. Estás enojado y lo entiendo. Quizá me pasé un poco pero… Siento que te lo merecías. — Joaquín caminó hasta la pequeña cocina y extrajo del mini refrigerador, una lata de soda que le tendió, abierta. —Lo recuerdo ahora, Micaela me dijo que tenías tendencia a las bajas de azúcar. — Martín tomó la lata con manos temblorosas y le dio un largo y  ansioso sorbo. —Martín yo… Tengo algo que pedirte.

— ¿Incluye ese «algo» que yo también me corra, o vas a darme otra probada de tu capacidad como eyaculador precoz? Porque si es así mejor no, gracias.

—Se mi amante, Martín.

De alguna manera, Martín se las arregló para continuar pareciendo impasible. De alguna manera tuvo la cara dura para no ahogarse con el refresco o comenzar a toser hasta escupirle el contenido de sus cachetes en la cara. Simplemente se alejó la lata de los labios y tragó lo que tenía en la boca.

— ¿Tu amante? ¿Quieres que sea tu amante?— Consiguió decir sin gritar y fingiendo una calma que realmente no sentía. Joaquín asintió—. ¿Qué implica ser tu amante, Joaquín?

—Sexo y clandestinidad. Cero complicaciones.

— ¿Sentimientos?

—Muy pocos o ninguno.

— ¿Compromiso?

Joaquín se limitó a negar con la cabeza ante este último cuestionamiento.

— ¿Aceptas? Sé que no es muy lejano de lo que hemos tenido hasta el momento pero, quizá sea mejor si le damos un nombre y ciertas reglas.

— ¿Qué reglas son esas, Joaquín?

—Una en realidad. Además de silencio, yo no esperaré nada de ti y tú no esperarás nada de mí.

— ¿Así de simple?

—Así de simple.

Tomó un nuevo sorbo de la lata; uno largo, hasta vaciarla por completo.

—Solo por curiosidad, ¿Si yo soy el amante, entonces… Qué es Irina?

— ¿Ella? Ella es mi mujer.

Capítulo 28

0

Reminiscencias (Three Frustrated men)

1

Durante el transcurso de la primera semana de vacaciones, la actividad favorita de Martín básicamente consistió en esconderse, huyendo como el cobarde que nunca había sido. El recuerdo del ridículo que había hecho en el apartamento de Gonzalo, aún días después, lo atormentaba.

Podía ser que cuando su estado de alcoholización llegaba a cierto punto crítico, comenzara a hacer y/o decir estupideces, pero nunca antes había hecho nada de lo que sintiera la verdadera necesidad de arrepentirse al día siguiente. En realidad, en términos generales, rara vez solía arrepentirse de algo que hiciera, pero no en vano el refrán reza que siempre hay una primera vez para todo.

Aunque lo que más le pesaba eran el par de llamadas patéticamente vergonzosas que había hecho, el haber terminado llorando en brazos de Gonzalo después de haberle confesado más de una verdad, no era nada desdeñable tampoco. ¿De dónde había salido eso? Había sido como si le hubiesen puesto suero de la verdad en la cerveza. El otro había preguntado, y el simplemente no había tenido reparo en desembuchar, como si no hubiese podido contenerse. Ahora Gonzalo era albacea de situaciones que le hubiera gustado guardar para sí mismo.  Eso había sido algo por completo estúpido.

Su mente se empeñaba en recordar, recreando con vivacidad acontecimientos que le eran vergonzosos, porque la nube etílica no era lo suficientemente densa como para haber borrado el recuerdo de tan desacertado movimiento. Aquello de decirle a Gonzalo que tenía el corazón roto… en definitiva no había sido peor que haber llamado a Ricardo para decirle que besaba bien. Y aunque no le pesaba mucho haberle dicho  «hijo de puta» a Joaquín, porque a las malas había aprendido que en lo que a aquel hombre concernía, amarlo era a veces también odiarlo un poco, haberle reconocido que le tenía mucho apego a su forma de cogérselo… Le hacía querer darse de cabezazos contra la pared cada vez que se acordaba.

Además se había quedado dormido en el sofá, con la cabeza apoyada en los muslos de Gonzalo, una vez que las chicas se retiraron a dormir en la cama del dueño de casa. Cuando despertó al día siguiente ambos estaban retorcidos sobre el cuero color café del mueble, y su cabeza continuaba con el rostro peligrosamente cerca de la entrepierna ajena. Descubrió a Gonzalo demasiado entretenido en la pantalla de su teléfono celular como para darle demasiada importancia  a aquel detalle, gracias a Dios. Por supuesto lo que siguió para Martín fue la sensación de que se había tranquilizado demasiado pronto, cuando descubrió que lo que tenía al otro tan entretenido en su teléfono, eran una buena cantidad de fotografías que lo inmortalizaban a él reposando en sus piernas.

Cuando Gonzalo se resignó a ver desaparecer su nueva galería de fotos en manos de Martín, después de que este literalmente le arrancara el teléfono de las manos, decidió atacarlo con preguntas acerca de su estado de salud. No era algo de lo que Martín quisiera hablar, pero algo en Gonzalo se relajó de manera evidente cuando le dijo que lo que le habían diagnosticado el año anterior, había sido una simple tendencia a la hipoglucemia.

De manera casi frenética, Gonzalo se había lanzado a una búsqueda a través de Internet en su teléfono. Luego de eso le dio una corta pero sustanciosa cátedra acerca de los síntomas que aparecían en los artículos que había consultado y como coincidían con lo que le había descrito el día anterior. Martín recordaba haber pensado que él sonaba justo como un artículo de Wikipedia, al mencionarle uno a uno los temidos inconvenientes de un bajón descontrolado de azúcar. Agradeció su preocupación, pero él también había consultado la red y eso no evitaba que sintiera que en ocasiones el malestar iba a matarlo, o que era excesivo. Lo que más agradeció, en realidad, fue la manera deliberada en la que Gonzalo había decidido no hablarle acerca Joaquín o de Ricardo, a pesar de que él le había soltado toda la sopa aquella madrugada, después de que las chicas se fueron a dormir.

Sinceramente había esperado que para aquellos momentos Gonzalo hubiese recuperado su manera habitual de hablar y de moverse. Después de todo una persona no podía dejar de lado sus gestos y actitudes de la noche a la mañana solo porque sí; pero para su sorpresa, ni siquiera durante la jornada de juerga esto ocurrió; claro estaba que Gonzalo había aminorado su ritmo con la bebida en cuanto él empezó a contarle todos sus asuntos, y a menos tragos, mayor control. Así  que mientras se calzaba los zapatos, esperando cualquier oportunidad para salir pitando de allí, Martín le preguntó al respecto. La simple respuesta de Gonzalo,  fue que quería comprobar si su lenguaje corporal era en alguna manera equivalente a la forma en la que las personas lo percibían y lo trataban, y que a juzgar por la evidente mayor cantidad de confianza compartida entre ellos y la menor cantidad de rechazo por parte de Martín hacia su persona, así era.

—Incluso dormiste en mis piernas, Martiny. Y  fuiste mi novio de mentiras toda una noche. — le dijo. Pero la verdad era que fue pura casualidad el que hubiese necesitado fingir ser su novio el mismo día en el que a Gonzalo se le había dado por estudiar las reacciones del ser humano a determinados elementos del comportamiento. No quiso desilusionarlo diciéndole que lo más probable era que estando igual de alcoholizado, le hubiese confesado sus más profundos secretos a cualquier desconocido en la calle, si este le hubiese hecho las mismas preguntas.

Pasados unos minutos de silencio, en los que Martín solo podía pensar en lo mucho que le gustaría que se lo tragara la tierra, porque comenzaba a sentir los estragos de haber dicho demasiado, y que se traducía como vergüenza de la más alta calidad, Gonzalo le dijo que había tomado la importante decisión de guardarse su condición sexual solo para él, para los momentos en los que de verdad importara, y las personas que realmente merecieran saber y ser merecedores de sus muchas bondades —Lo cual la mente de Martín rápidamente tradujo como: “Le diré que soy gay a aquellos con los que me quiera acostar y nada más…”— Que había empezado a considerar su homosexualidad como una marca de nacimiento, situada en un lugar muy privado del cuerpo, una marca de nacimiento en el trasero —¡Jah! ¿Dónde más sino?— es decir, esta hacía parte de él, jamás podría —o querría— arrancársela, pero nada lo obligaba a bajarse los pantalones y mostrársela a todo el mundo solo porque sí. Era algo privado, era su marca; si alguien preguntaba acerca de ella, jamás negaría que la tenía, porque no se sentía avergonzado. ¿Que si era difícil adoptar esta actitud? Si, por supuesto, porque después de todo no era nada fácil ocultar una marca que en algún momento había permitido que se trasladara de su trasero a pleno rostro, e incluso a cada rincón de su ser, pero que se sentía completamente capaz de devolverla a su lugar, e interiorizarla.

Si fui capaz de «amariconarme» de tal manera, seguramente también puedo volver a la normalidad. Yo no siempre hablé o me comporté de esta forma, ¿sabes? Siempre fui un poco amanerado, pero no tanto. Toda la cuestión se intensificó después de que saliera públicamente del closet, y mi padre renegó de mí y me salió con la huevonada esa de: Tú no eres mi hijo. Comencé a pasearme por todos lados meciendo exageradamente las caderas, por todas partes, solo porque sabía que de alguna manera él se iba a enterar… Y toda esa parafernalia, simplemente como que se quedó pegada a mí, y luego ya no pude ni quise hablar o moverme de otra forma.

—Pero, Gonzalo… ¿De quién carajos voy a burlarme ahora?

Por último, aquella mañana Gonzalo le dijo que estaba contemplando el tomar un curso libre de actuación, y que cuando lo hiciera iba a exigir que en los ejercicios de práctica solo le dieran papeles de Macho Camacho, que eso sí que sería un reto actoral, y que estaba practicando desde ya.

En algún momento, antes de levantarse del sofá, dispuesto a preparar el desayuno para sus invitados, Gonzalo le dijo lo siguiente:

No te acostaste con Carolina por temor a echar a perder la amistad que comparten… Ten en cuenta, entonces, que tú y yo no somos tan amigos. Podemos echar a perder esta pseudo amistad cuando tú tengas ganas.

Martín pensó en que aquella era la conversación más extraña y quizá más sincera que ellos habían tenido jamás… Y en que era muy ingenioso el haber comparado su homosexualidad con una marca de nacimiento en el trasero.

 

***

Su teléfono celular tenía un importante registro de llamadas rechazadas y otro tanto de llamadas que solo dejó sonar hasta que se perdieron y se fueron al buzón de voz. No quería enfrentarse a las consecuencias de las dos llamadas que había hecho, o el haberle contado sus asuntos a quien menos esperaba hacerlo; así que para distraer su mente Martín rebuscó entre los volúmenes que reposaban sobre su escritorio y se forzó a sí mismo a enfrascarse en la lectura de lo primero que encontrara, lo cual terminó siendo el libro que le había regalado Ricardo el día de la cena.

Para su sorpresa, el que tuviera que forzarse a concentrarse en aquellas páginas pasó a un segundo plano, porque de hecho el libro lo atrapó de tal modo, que los siguientes dos días casi no pudo despegar los ojos de la lectura, y las únicas pausas que hizo fueron forzosas, para comer, ir al baño y dormir, o aquellos momentos en los que las letras comenzaban a verse dobles y le dolía de tal modo la cabeza, que el hilo de la historia comenzaba a perderse.

El final lo dejó por completo satisfecho, pues fue de aquellos finales que uno no se espera y que dejan con una sonrisa en el rostro y esa sensación de «¿Por qué no me di cuenta antes?» Alcanzar el final le tomó el tiempo justo para coincidir con el momento en el que Mimí empezaba a extrañarse de su confinamiento, cuando normalmente él solía tener una vida social más bien «movidita» y aunque sabía que a él le gustaba leer, aquello de que se encerrara días enteros a hacerlo, no era algo tan común, y menos en época de vacaciones.

Mimí comenzó a hacer incursiones a su habitación de manera periódica  cuando ella estaba en la casa, preguntando por Carolina, el porqué de su enclaustramiento, a interrogarlo acerca de por qué había recibido un envío diario de su abuela y que él los hubiese rechazado todos sin siquiera abrir los paquetes. Para ser sincero al respecto, antes de devolver los paquetes Martín se aseguraba de que no hubiese ningún ser vivo dentro y que se ahogara a causa de su indiferencia. Cuando comprobaba que nada chillaba dentro de la caja cuando la agitaba, las enviaba de vuelta con el mismo mensajero que las había traído. No creía que de enviarle otro cachorro, su abuela lo hiciera dentro de una caja, pero por si las dudas…

En algún momento de la semana, Micaela le dijo que el hecho de que Macarena y ella estuviesen enfadadas no significaba que él debiera tomárselo a pecho y estarlo también; insinuándole así, que él se había apersonado de una situación que no tenía necesariamente que inmiscuirlo. Lo que ella recibió de Martín fue una sonrisa expulsada en medio de un bufido y un:

No seas vanidosa, Mimí. Tengo mis propias razones para estar disgustado con ella. No necesito apersonarme de las tuyas.

Un par de veces en la semana, Mimí le dijo que lo notaba un tanto paliducho y decaído, pero él le restó importancia al asunto y se deshizo de ella y de su preocupación lo más rápido que pudo.

Su madre se ofreció a arreglar sus horarios, aun cuando le costaría lo suyo, para salir juntos unos cuantos días de la ciudad, cuestión a la cual él se negó, aduciendo que ahora tenía un novio al cual no quería dejar solo y entonces, como era de esperarse ante esta guardia baja, Mimí aprovechó para preguntar la razón por la cual no había vuelto a ver a Ricardo por allí y comenzó a darle la lata con aquello de que no quería secretos o que él sintiera que tenía que esconderse, cuando ella le había dado toda la confianza del mundo. Por supuesto él le dijo que sí que debían esconderse, pues él era ni más ni menos que su profesor y no quería causarle problemas. Micaela le refutó diciéndole que entendía aquello, pero que no veía motivo para que la mantuvieran a ella al margen, ahora que conocía la situación. Que necesitaba tener más contacto con Ricardo, porque una cena de dos horas y media no era suficiente para confiar enteramente en él. Ella quería desmenuzarlo de tal manera en la que llegara a conocerlo a profundidad. Aunque ella tuvo el buen juicio de no mencionar la palabra «Desmenuzar» aun así esta saltó enteramente a la vista.

Martín reconoció que ella tenía algo de razón, y que sí era extraño que Ricardo no hubiese portado por allí más de una vez, cuando se suponía que él era el amor de su vida y básicamente la razón por la que lloraba en la cocina a las 3:00 de la madrugada.

Todo el asunto desembocó en tener que gastarse otra de sus limitadas citas con Ricardo, en un nuevo encuentro para el sábado por la tarde y respectiva cena por la noche. Habría que sacarle provecho, entonces. Ya pensaría en algo que necesitara que Mimí aceptara y superara. La sorpresa no se hizo esperar al ver la gran sonrisa en el rostro de su madre ante la perspectiva de un nuevo encuentro con su nuero. ¿Tan bien le caía? Martín se preguntó si esa sonrisa se mantendría cuando, ante los ojos de su madre, él hiciera la importante transición de Ricardo a Joaquín.

 

2

En primera instancia aquella llamada de Martín lo había desconcertado. De hecho, después de que le colgara, se quedó mirando el aparato en sus manos como si aquel montón de circuitos hábilmente comprimidos detrás de una pantalla plana, fuesen a explicarle lo qué había acabado de pasar… La otra explicación para este estado de atontamiento y profunda observación de su teléfono, era que estaba algo lento por los malestares de la gripe. Pero con el paso de las horas, y luego de los días, al recordar sus palabras, una sensación de suficiencia lo embargó, obligándolo a curvar la comisura de los labios hacia arriba cada vez que lo recordaba. Su boca involuntariamente retorciéndose en una sonrisa que se deslizaba en su rostro y lo dejaba de un humor particularmente bueno; dando esto como resultado el que terminara sonriéndole al aire de manera constante, sin que tuviera un control real sobre ello. Aquello fue un tanto halagador, y sobre todo tremendamente gracioso. Iba a poder molestar con ello a Martín cuanto se le diera la gana. Incluso le daba risa el que no hubiese respondido o devuelto ni una sola de sus llamadas. De seguro estaba muerto de la vergüenza.

—Mira al frente, Mickey. Repite con mamá: Ton – to… Ton – to. Tonto.

La exagerada vocalización de Silvana, y el volumen con el que ella había dicho aquello, trajeron de vuelta a Ricardo de donde sea que hubiese estado, inmerso en sus recuerdos y cavilaciones, para encontrar a su hermana señalándolo a él e intentando que el bebé siguiera sus indicaciones; cosa que obviamente no iba a ocurrir con un bebé de apenas 7 meses. Se removió incómodo en el asiento al notar que las personas de las otras dos mesas ocupadas en la cafetería, se habían tomado la libertad de reírse de aquello… De él.

— ¿Qué es lo que haces, por Dios?—. Ricardo frunció el ceño, pero no borró la sonrisa del todo, porque le costaba deshacerse enteramente de ella. Tomó unas cuantas servilletas de papel del dispensador metálico, y comenzó a limpiar las manos de Mike, haciendo que el bebé soltara el muffin que tenía hecho puré entre las manos regordetas y apretadas.

—Enseño a mi hijo a que relacione palabras con lo que ve. Es un chico listo que aprende rápido. Leí que para que lo asimile, los pronombres deben ser muy obvios, así que… —Ella lo señaló. Ricardo soltó un suspiro, pero no dijo nada. —Bien. ¿Vas a compartir el chiste conmigo? ¿Vas a decirme el porqué de esa sonrisa tonta y la mirada perdida, o voy a tener que adivinar?

Ricardo amplió más la sonrisa, mientras se chupaba del dedo pulgar derecho el almizcle de fresa de la cubierta del pasa bocas destrozado por el bebé.

«Quiero verte intentarlo Silvie… Jamás lo adivinarías»

 

3

Era así como un tigre enjaulado debía sentirse. Justo como se sentía él en ese momento.

Jamás hubiese pensado llegar a padecer tal ansiedad, y menos que esta fuese causada por una simple llamada telefónica acaecida hacía ya casi una semana atrás. Su contrariedad, sin embargo, era palpable y estaba encarnadamente presente porque… Lo que Joaquín habría esperado después de una declaración de tal magnitud, en la que se puso de manifiesto su buena capacidad y técnica para follar, era que Martín hubiese ido con él e hicieran justamente eso: Follar. Tanto era así, que de manera deliberada había pasado por alto el hecho de que antes de hacer evidente su aprecio por sus dotes, Martín le hubiese llamado Bastardo hijo de puta.

Las siguientes cinco horas después de la llamada, de hecho había esperado porque el chaval apareciera golpeando su puerta, para lanzársele encima y entonces copularan hasta que no les quedaran fuerzas en el cuerpo… Pero eso no había pasado. Ni ese día, ni el siguiente, ni el día después de ese. Ni siquiera le había cogido el teléfono la única vez que se atrevió a marcar su número… Y de alguna manera, eso le pesaba. Una cachetada en su ego.

Estaba irritado consigo mismo, y sobre todo con su manera de pensar en el sexo, en su sexo, como si fuese un adolescente encandilado después de su primera follada.

De mala gana esparció pintura por la tela, tratando de reproducir con diligencia el brillo de la piel de las piernas de Irina. Él esperaba que ella confundiera su molestia con concentración; porque últimamente los estados de ánimo en ella eran algo voluble que debía manejarse con sumo cuidado para que no le explotara en la cara; no quería cabrearla… ¿Por qué? Porque ella estaba preñada, y ni más ni menos que de su hijo. Una idea que cada día asimilaba mejor, aunque continuara siendo algo, a su parecer, amenazante… ¿Por qué otra razón? Porque en el fondo, y muy a su manera, la quería.

Estaba frustrado a niveles casi inmanejables. Y aunque pasó por su cabeza, el acostarse con un hombre diferente a Martín quedó fuera de discusión de su fuero interno de manera casi inmediata.

«!Joder Martín, debería acostarte en mis piernas y darte de nalgadas hasta que me canse, por esto, por tenerme así!»

4

El viernes llegó, y con él lo hizo también la promesa de dos semanas de completa libertad. Lejos de las obligaciones, del tener que madrugar, y sobre todo lejos del fastidioso hecho de tener un horario que dictara en qué lugar —y haciendo exactamente qué— debía estar la mayor parte del día.

Cualquiera sin el conocimiento suficiente podría pensar que la vida de docente era la cosa más cómoda del mundo. El común de las personas solo solía fijarse en los dos periodos vacacionales al año, en la —supuesta— jornada laboral comparable a la jornada estudiantil, en el hecho de tener todo puesto en bandeja al solo tener que seguir un programa de clases pre establecido, y una buena paga si se está escalafonado y nombrado por el gobierno, o se ha sido contratado en un buen plantel educativo privado, como era su caso.

Nadie tiene muy en cuenta, por ejemplo, que los alumnos no son máquinas perfectamente engrasadas y sincronizadas, o fotocopias unos de los otros. Cada  uno de sus estudiantes era un mundo complejo, con diferentes niveles de necesidades y/o complicaciones. Si bien había muchos de sus alumnos que se acoplaban al medio y al sistema educativo a la perfección, en contraste había muchos otros que necesitaban de su constante atención, vigilancia y seguimiento, pues sus notas eran algo parecido al Titanic, destinado a hundirse.

En un superficial estudio de su trabajo, muchos no contaban con aquellos padres por completo indiferentes al proceso educativo de sus hijos, lo que producía chicos en su mayoría irresponsables, o con un complejo de abandono que los hacía estar en la cuerda floja de forma constante; o en contraposición, con aquellos padres que parecían no tener una vida propia y vivían metidos en las instalaciones del instituto, pidiendo reuniones o tutorías, e inmiscuyéndose en cada proceso y tomándose la libertad de evaluar algo de lo que muchas veces no tenían el más mínimo conocimiento. Ni qué decir había de aquel tipo de padres que culpaban al instituto, y por ende a los maestros, de cada desacierto que pudieran tener sus pequeños retoños.

Casi nadie se paraba a contemplar que cuando los alumnos salen de las clases ellos, los maestros, no necesariamente han terminado con su horario laboral, uno que inició muy temprano, incluso antes  que los horarios de oficina. Que debían rendir informes, promediar notas, preparar clases, revisar tareas y trabajos escolares, alistar cuestionarios, muchas veces ser confidentes y consejeros… Conocer a todos sus alumnos y saber lo que cada uno de ellos necesitaba. No había oportunidad de fallarle a alguien que los veía como su guía no solamente en el ámbito académico. O sobre todo nadie concebía que, antes de poder tomarse el par de semanas de vacaciones que estaba a punto de disfrutar, ya se las habían hecho casi pagar con sangre.

Y aun así, su trabajo era gratificante de una manera en la que muy pocos empleos lo eran, a pesar  de que en muchas ocasiones se sintiera atrapado en medio de la rutina de forma irremediable. Ricardo había perdido su camino por un tiempo, pero ahora estaba retornando a la senda, sintiendo de nuevo todo aquello que lo había llevado a escoger a la pedagogía como profesión.

***

Habría podido jurar que en cuanto tocara la cama, iba a quedarse dormido de inmediato, de manera tan profunda que más iba a parecer inconsciente, porque estaba molido, pero no. Se había prometido a sí mismo que se abrazaría a su almohada de manera fervorosa y no la soltaría hasta el día siguiente, cuando la mañana estuviera indecentemente avanzada. Se lo prometió a su yo interno, como una especie de aliciente para empujarse a terminar la jornada en una pieza. Sin embargo, la voz de Martín a través de su teléfono a las 9:27 de la noche, lo había dejado despabilado.

De manera que estaba invitándolo a cenar de nuevo, el sábado por la noche… Al día siguiente. La segunda de sus previamente pactadas ocho citas.

Cuando escuchó su voz azorada, apresurándose en hablar sin permitirle a él intervenir demasiado supuso, quizás acertadamente, que él estaba tratando de quitarle la oportunidad de que él sacara a colación la última vez que hablaron por teléfono. Ricardo sintió una emoción casi indescriptible ante la perspectiva… Tanta, que incluso habría podido llamarla infantil, si eso no lo dejara tan mal parado, al tener que describirla de la manera más tonta, menos profunda y más común de todas: cosquillas en el estómago. Esas consabidas cosquillas eran vergonzosas, eran estúpidas, eran simplonas, pero tan verdaderas que casi podía decirse que sentía pena por su persona.

Las 11:45 de la noche lo pillaron sin que hubiese podido dormirse, aunque lo había intentado con verdaderas ganas; a pesar su cuerpo clamaba por el descanso. Finalmente se rindió y salió de la cama, harto ya de haber gastado demasiado tiempo en tratar de encontrar una posición cómoda que lo ayudara a dormirse de una buena vez. Plantó los pies desnudos sobre la baldosa fría, algo que a Ricardo se le antojaba como uno de los pequeños placeres de la vida. Aun si era algo que le parecía placentero, teniendo en cuenta que, en comparación con el resto del mes, ese día la temperatura había descendido, enfundó los pies en unas pantuflas andrajosas tan viejas como Matusalén, de las cuales por algún desconocido motivo no se había deshecho, y arrancó una de las cobijas de su cama para echársela sobre los hombros.

En el camino hacia la mesa de comedor, donde estaba su laptop, tropezó con una de las pilas de libros que había en el pasillo. Si, aquella era sin dudas una manera inconveniente de almacenar libros, pero a él simplemente le gustaba de ese modo. Además, todos sus anaqueles para libros estaban llenos. De manera que cada cierta cantidad de metros, en cualquier dirección de su apartamento a la que se dirigiera, había montones similares. Montones que jamás superaban los veinte ejemplares y nunca tenían menos de diez. Era un verdadero lío poder barrer el piso debajo de los montones, porque eso habría significado tener que moverlos para poder hacerlo, y esa era una molestia que no se tomaba muy a menudo. Así que, cuando aseaba el apartamento, dejaba un perfecto cuadrado de polvo alrededor de la base de los montones.

Siempre se decía a sí mismo que cuando tuviera tiempo, recogería todos sus libros y los donaría a alguna biblioteca, pero lo cierto era que no era que Ricardo no tuviera el tiempo para hacer aquello, lo que no tenía eran ganas. Le gustaban sus libros. Había cierto placer culposo en poder contemplar la gran cantidad que eran y saber que los había leído casi todos. Quizá era un poco de vanidad, quizá solo le gustaba el hecho de que estuvieran allí, con él.

Encendió la luz del pasillo y reacomodó la pila de libros que se había desperdigado por el suelo. Leyó el título que coronaba el montón: Chocky, de John Wyndham. Y tal como solía ocurrirle con sus lecturas, cada libro que había pasado por sus manos tenía la capacidad de hacer que su memoria lo relacionara con un momento exacto de su vida, con sensaciones, incluso con olores, aunque esto último ocurría solo en contadas ocasiones. Y aunque este no había sido la excepción, era un caso distinto, porque Chocky era su libro favorito desde que era un niño, cuando su amor por la lectura nació de la mano de la ciencia ficción y también un poco de la tragedia. De manera que lo había leído una cantidad casi incontable de veces a lo largo de su vida. Lo había leído cientos de veces y nunca parecía poder aburrirse de él.

Si hubiese guardado recuerdos de momentos precisos de cada vez que leyó aquel libro, para estas alturas de su vida ya habría enloquecido, o básicamente ese libro le recordaría a su vida entera. Podía, por supuesto, recordar a la perfección la primera vez que lo leyó.

Aquel libro fue regalo de su padre, para su cumpleaños número Trece.

Ricardo había estado esperando por ese día de forma impaciente, porque estaba convencido de que sus múltiples indirectas acerca de querer una guitarra eléctrica como obsequio, habían surtido efecto.

Por aquella época de su vida, recién había descubierto la magia que encierra la música. Y lo llamaba magia porque así fue como lo sintió cuando descubrió que para cada situación, para cada momento e incluso para cada pequeña estupidez de la vida, existía una canción que decía exactamente lo que él necesitaba escuchar… O decir.

A los Trece años, estaba convencido de haber descubierto para qué había venido a este mundo: Para hacer música… A componerla, a interpretarla… Y por supuesto, los sueños de un gran músico debían ver sus albores con una buena guitarra en sus manos. Así que empezó a sospechar que las cosas no iban como él había esperado, cuando vio que la forma del paquete distaba mucho de parecerse a un estuche de guitarra, ni siquiera al de una acústica. Se decepcionó terriblemente cuando, con poca emoción, pues ya sabía que aquel paquete sospechosamente rectangular no albergaba una guitarra,  desenvolvió su obsequio y se encontró con el estuche de una consola de video juegos y aquel simplón libro encima. ¿Quién regala un libro para un cumpleaños? Recordaba haber pensado con desespero. En ese momento entendió que más le hubiese valido simplemente decir: Quiero una guitarra.

Era un buen chico, así que con el mayor de los disimulos se tragó su frustración y sus reclamos y dio las gracias por el regalo. Después de todo, la parte del regalo que había escogido su madre era una consola a la cual de seguro podría sacar mucho provecho. Ella había hecho especial hincapié en el hecho de que la consola era asunto suyo, muy seguramente para que su hijo no se atreviera a pensar que ella había tenido algo que ver con la parte aburrida del obsequio.

Su padre, desestimando el reproductor de juegos de video, con emoción le dijo que aquel libro había sido de sus favoritos cuando tenía más o menos su misma edad, que era una historia en apariencia sencilla, pero muy entretenida, con una narración inteligente  y emotiva a su manera, que mostraba una genial relación entre un padre y su hijo. «Además tiene una alienígenas» Le dijo todo emocionado mientras agitaba las manos en el aire, como si aquello fuese el ingrediente vital de una fórmula ganadora. Pero qué otra cosa hubiese podido esperar de un maestro de literatura de bachillerato.

Ricardo había crecido en una casa plagada de libros. El único lugar donde no los había era en el baño y la cocina, y eso porque se arruinarían… ¿Qué no era suficiente? ¿Por qué habían tenido que darle uno cuando él quería una guitarra? Y además era un libro que ya existía cuando su padre había sido un niño, como cien años atrás. De seguro que era aburridísimo.

Ni decirse tiene que el destino inmediato de Chocky, fue ir a parar en el fondo de su armario sin que siquiera le hubiese quitado el plástico protector en el que el volumen estaba empacado al vacío. Por un par de semanas su padre le preguntó casi a diario si ya había leído aquel libro, quizá con la esperanza de que una vez que lo hubiese hecho tuvieran aquel tema en común para charlar acerca de él. Y cada día, Ricardo le contestaba con un vago «Mañana lo leeré».

Aquel mañana nunca llegó, no por lo menos mientras su padre vivió. Cinco semanas después de su cumpleaños número Trece, cuando Silvie apenas tenía Siete, el micro-sueño de un conductor demasiado exhausto, acabó con la vida de su padre, quien siempre fue un peatón y conductor absolutamente prudente.

Chocky era un nexo con su padre. Amaba aquel viejo libro entre sus manos en aquel momento. Así que el recuerdo de la primera vez que lo leyó, no era muy bueno en realidad… El olor al que le recordaba era el olor de las flores de la funeraria… La sensación era de pérdida y de aquello feo que se siente cuando una madre mira con malos ojos, porque ella no aprobaba el que él estuviera leyendo mientras en la sala de velación estaba el cadáver de su padre, como si aquello fuese un insulto. Ella se lo tomó como si él hubiese estado  leyendo historietas, que quizá si habría estado mal, pero él se sentía tan abatido, que ni siquiera intentó explicarse y sacarla de su error.

Sin embargo, la segunda vez que lo leyó, fue diferente… Fue tranquila, sin lágrimas, compartió aquella lectura con su padre. Lo leyó para él, en su tumba, recostado en su lápida. Le recitó sus impresiones del libro y le dijo que definitivamente lo mejor de aquel tomo, era que hubiera una alienígena en él. Su joven “yo” de Trece años aún quería una guitarra, pero también aprendió a amar los libros.

Podía recordar también la última vez que lo leyó… Tranquilo, el olor a café y a bizcochería recién horneada de la cafetería, mientras esperaba por él, por Martín… Hasta que lo vio aparecer con la nariz congestionada y las mejillas adorablemente enrojecidas, dispuesto a complicarle la vida.

Negó con  la cabeza y se rio de sí mismo. No podía creer que su estado de estupidez fuese tal, que estuviera a las casi 12:00 de la noche, parado en medio de su pasillo, enfundado en su pantalón de chándal de color gris, su vieja camiseta impresa con el logo de AC/DC, con los pies enfundados en aquellas pantuflas que ya parecían piel de elefante, rememorando a alguien resfriado de aquella manera tan anhelante.

Abandonó el libro sobre el montón y retomó el camino hacia su objetivo inicial. Sabía a la perfección que si lo que quería era dormirse, la televisión, o un libro, darían mejores resultados, porque la computadora era demasiado estimulante y lo alejaría, aún más, del sueño que tanto anhelaba, pero ya tendría tiempo de dormir hasta tarde al día siguiente. No tenía nada que hacer al día siguiente, hasta eso de las 4:00 de la tarde, cuando debiera ir a casa de Martín para fingir hacer parte fundamental de su vida. Podía pasarse todo el día siguiente durmiendo si quería. Tomó el aparato y regresó a su habitación, donde se metió debajo de las cobijas y lo encendió acomodado sobre sus piernas, con cero disipación para el motor, pero una vez que sintió el confort del capullo de cobijas alrededor de sus piernas, no tenía ni la más mínima intención de abandonar la cama para buscar la base disipadora.

Cuando la pantalla encendida refulgió en medio de la oscuridad de su habitación, y le mostró la página del buscador, Ricardo tecleó y borró varias veces, como si después de cada vez en la que veía aquellas dos sencillas palabras allí —que juntas eran revolucionarias— se arrepintiera de buscar al respecto, para luego escribirlas nuevamente con renacido ímpetu y no menos curiosidad.

Al final se decidió, riéndose de su propia y cuasi estúpida reticencia. Después de todo, estaba en su casa, estaba solo, y dudaba que algún hacker cibernético fuese a chuzarle la laptop solo para revisar su historial de navegación y que una vez que lo hiciera, fuese a señalarlo con el dedo y a decirle un gran «¡Ajá!». Tecleó rápidamente las palabras «Sexo Gay» y mordiéndose la uña del pulgar de la mano derecha, le dio a la tecla del Enter.

Obviamente lo primero que saltó de la búsqueda, fueron decenas de páginas de pornografía. Ricardo tenía más que claro que la pornografía no era más que una caricatura del sexo, pero eso no impedía que la disfrutara… Ocasionalmente. Solo que cuando él buscaba videos o imágenes de ese tipo, e incluyeran temática Homo, se aseguraba que esto se refiriera a dos cromosomas X, la pornografía homosexual que había visto, siempre había incluido a dos mujeres. Sin embargo, si era esto lo que buscaba, siempre debía ser específico, porque poner solamente “Sexo Gay” significaba que el material que habría, sería pura «Pelea de Espadas» Algo que nunca había tenido interés de ver… Hasta aquel momento.

Quería pensar que la reciente presencia de Martín en sus días, por completo alejados de una sana y común relación maestro/alumno —Que debería ser la única relación que los uniera— era lo que había suscitado su recién nacida curiosidad. No quería pensar en que muy dentro de él hubiera, aunque fuese leve, la esperanza de explorar la sexualidad de Martín… Pero aunque no lo quisiera aceptar algo de eso había, por supuesto, y culpaba enteramente al hecho de que Martín mencionara cada dos por tres la palabra «pervertido» para referirse a sí mismo… Que lo hiciera con aquella carita preciosa que parecía no ser capaz de matar una mosca… Martín tenía cara de niño bueno y eso era, justamente, lo que hacía que cuando quisiera ser malo, se viera más pícaro aún. Porque no hay nada más caliente que un niño bueno, poniendo en su cara una sonrisa de niño malo.

Se pasó las manos por el rostro, suspirando duramente en el proceso. Alcanzó sus anteojos de encima de la mesa de luz a su derecha, y comenzó a navegar por las aguas del pecado… De su —recién nacido y recién descubierto— pecado.

Contrario a lo que pueda pensarse, no es tan fácil hacer que una mujer acceda al sexo anal. Muchas tienen ideas retrógradas o están llenas de mitos al respecto que les impiden disfrutar de esta práctica, a la cual han estigmatizado y tildan de antinatural. Más que nada, la mayoría de ellas piensan en el dolor que sexo de este tipo pudiera llegar a ocasionarles. Por supuesto que él había tenido sexo de esta manera, pero no habían sido más de un par de veces.

No todo lo que vio le gustó. Algunos videos eran simplemente grotescos. El fist anal, por ejemplo, era algo llevado de los cabellos, algo demasiado al extremo y que encontró demasiado asqueroso y rudo como para ligarlo al concepto de sensualidad… Un puño metido en el culo definitivamente no le parecía algo sexy, por no mencionar lo peligroso y transgresor que era aquel ejercicio. Encontró videos en los que sintió que había presente demasiada saliva; vale que la lubricación era algo a tener en cuenta, pero no le pareció que eso debiera implicar que tuvieran que estarse escupiendo cada dos por tres… Definitivamente había mejores maneras y mucho más sutiles de emplear la saliva durante el sexo.

Dos tipos musculosos y llenos de vello corporal, tampoco fue algo que encontrara muy agradable, pues su mente encontraba discordante esta imagen. Para él, al menos uno de los dos participantes en aquella batalla carnal homoerótica debía ser…  Como Martín.

Aquella pregunta, obviamente jamás  formulada en voz alta o de manera consciente siquiera, acerca de si durante el sexo gay los participantes mantenían su rol, se vio contestada cuando en una de las reproducciones los contendientes —porque en algunas ocasiones aquello parecía lucha libre sin trusas— intercambiaron lugares y posiciones; y el sumiso pasó a ser el orgulloso y diestro dominante.

Transexuales… A pesar de que encontró aquello curioso en cierta medida, tampoco le gustó. De alguna manera en su cabeza catalogó aquello como una especie de burla, porque de ninguna manera treinta centímetros después de que despuntaran un par de tetas orgullosas y erguidas, debía despuntar un falo en erección capaz de sacarle un ojo a alguien. Aunque consideró que lo más seguro era que muchas personas con gustos especialmente particulares, buscaran justamente eso.

Encontró fascinante, por ejemplo, el hecho de que las ansias de placer llegaran a tal extremo que influyeran en la elasticidad del cuerpo humano, al punto de que un ano pudiera ser capaz de albergar dos penes a la vez…

Su preferencia se decantó de forma rápida por aquellos videos en los que había una clara figura dominante que ejecutaba el papel masculino, sodomizando a los jóvenes mancebos de apariencia suave… Sus gemidos… El choque de sus pieles… La clara sumisión y el dominio… Sonoras palmadas que se dejaban caer sobre nalgas que se tornaban rosadas a causa de los vasos capilares rotos.

Si se ponía matemático, podía sacar como conclusión que en más o menos el 70% de los videos, los hombres pasivos mantenían un sexo más bien silencioso, con algún que otro ocasional gemido o quejido. Ellos más bien parecían muy concentrados en no dejar que sus propias erecciones se desinflamaran, dedicando gran parte del esfuerzo en masturbarse… ¿Qué acaso no bastaba con la estimulación de la próstata para sentir y mantener el placer? Aparentemente no, porque en la mayoría de videos cuando los pasivos no estaban masturbándose a sí mismos, o en su defecto si su pareja coital no lo estaba haciendo, la erección decrecía y quedaba colgando floja, hasta que era nuevamente estimulada… Ricardo concluyó que:

1: Dejar que la erección disminuyera y en ocasiones desapareciera, sin hacer nada por reanimarla, quizá debía ser algún tipo de mal necesario en los actores para evitar eyacular demasiado rápido, y que así un video de 15 minutos se convirtiera en uno de 5… Se negaba a creer que habiendo tanto gay en el mundo esto se debiera a que a lo mejor ese tipo de sexo no era tan placentero como hacían creer —Los de los videos se veían muy cómodos… Pero eran actores—

2: Los actores de porno gay, eran aún peores que los actores de porno heterosexual, y los tres o cinco minutos que invertían en tratar de hacer parecer que de forma sorpresiva se encontraban en un baño, bar, gasolinera, bosque… etc, en los que sentían unas incontenibles ganas de mandarse a follar, constituían una verdadera tortura para alguien a quien le gustaran los argumentos, como a él. Para ser sincero cada uno de estos preludios le hizo pensar «Oh vamos grandullón, deja de hablarle y cógetelo ya… Es una película porno, no necesitas conquistarlo o convencerlo de nada, en menos de nada va a estar prendado de tu pija como una sanguijuela»

3: Es mucho más estético, higiénico y educado estar depilado, con hombres o con mujeres hacer sexo oral en medio de un bosque tropical, no es muy cómodo y es desconsiderado.

4: En definitiva él prefería los videos en los que el pasivo gemía, porque le enamoraba la idea de que ambos estuvieran disfrutando de la misma manera.

5: Le gustaron más los videos en los que ambas erecciones se mantuvieron firmes… Porque le enamoraba la idea de que ambos estuvieran disfrutando de la misma manera.

6: En su estudio matemático del porcentaje de pasivos que mantenían silencio, no había contado con la variable: «Oh yeah» o «Fuck» porque consideró que estos no contaban como expresiones que denotaran placer. Más bien parecían tics repetitivos que los actores soltaban para no complicarse la vida en momentos en los que, si aquello hubiese sido sexo real lo que de verdad hubieran dicho habría sido algo como: «Un poco más a la derecha» «Hazlo más rápido» «No te atrevas a terminar todavía» «Ahí, ahí. Vamos, un poco más»… O quizá él estaba poniendo en amantes hipotéticos palabras y frases de la última persona con la que tuvo sexo, es que… ella solía ser algo mandona.

7: Juguetes… Le agradaron los videos con juguetes.

Y…

8: Para haber encontrado tantas cosas que no le gustaron de aquel tipo de sexo, había navegado por una gran cantidad de páginas… Hasta las 2:45 de la mañana.

No tan sorpresivamente, había visto tres veces uno donde encontró un pasivo suave, de lustroso cabello negro. Fue el último video que vio, fue el que lo hizo frenar. Fue la reproducción que, cuando la notificación que indicaba que el equipo se apagaría sino lo conectaba a una fuente de energía, porque la batería estaba a punto de descargarse por completo, lo hizo abandonar corriendo la cama en busca del adaptador, cuando no había abandonado el capullo de cobijas ni siquiera cuando el aparato se había calentado tanto que pudo sentir el calor emanando de su laptop atravesar la cubierta de telas hasta sus piernas.

Había videos perfectos, y ese fue uno de ellos. Había besos, caricias que despertaron lentamente un falo que en un inicio estuvo en reposo y no inició enseguida con dos duras erecciones que no explicaban de donde habían salido… La saliva utilizada en su punto exacto y necesario, para humedecer un par de suaves omoplatos, o marcar con brillante saliva un hueso de la cadera que elevaba la piel. Una lengua que se paseó traviesa en la sensible piel de una ingle. Allí le mostraron las muchas bondades del uso de lubricante.

Atrás había quedado su reticencia, chocantemente abatida por la ruda erección que había nacido en su entrepierna. La necesidad de tocarse creció con una velocidad y una rudeza astronómicas. Definitivamente todos aquellos videos de porno gay no iban a hacer que sus sueños con Martín  fuesen diferentes, por el contrario, ahora tenía mucho más material para alimentarlos.

Se masturbó viendo aquella reproducción.

—Martín. —Escapó de sus labios traicioneros cuando se corrió sobre su propio estómago… Como escapaba cada vez que se tocaba a sí mismo.

5

Cuando la libido de su cuerpo decreció y su necesidad de ver porno se esfumó, su tarea investigativa tomó otro rumbo. Un rumbo mucho más… Científico.

Leyó artículos interesantes acerca de cómo la práctica del sexo anal estaba ridiculizada y mitificada por el poco conocimiento de ella o como, de manera errónea, comparan a la penetración anal como un símbolo de sometimiento y humillación o como algo sucio, cuando cualquier tipo de sexo involucra partes del cuerpo que en teoría son «sucias»

No era que no tuviera un pleno conocimiento de su propio cuerpo, o de las cosas que, siendo hombre, lograban excitarlo, pero se preguntaba si era igual para alguien que pretendía asumir un rol que la naturaleza no había predispuesto para él.

Fue así que descubrió, por ejemplo, que la próstata es una zona eréctil que necesita de una estimulación previa, como el pene, antes de que comience a convertir cada roce en «magia». Con avidez leyó que el rededor del ano es una de las zonas erógenas más sensibles del cuerpo por su gran cantidad de terminaciones nerviosas, y que es un mito que este se pueda estropear o dejar de funcionar correctamente a causa de mantener sexo por esta vía. Que el esfínter es un músculo y por ende, como cualquier músculo es una zona del cuerpo que se educa.

En uno de aquellos artículos, en los que se instaba a los que recién reconocían su sexualidad homo, a no sentirse avergonzados, a aceptarse e insistían en que por más experiencia sexual que se tuviera nunca se debía sentir vergüenza de sacar el tiempo para una adecuada relajación, dilatación y lubricación antes de una penetración anal. Describían con lujo de detalles, e incluso con gráficas, cómo una persona virgen podía comenzar a entrenar sus músculos para una posible y futura incursión en el sexo anal. Ricardo no pudo evitar que su mente recreara de forma malsana, a un Martín aún más joven explorando aquella zona de su cuerpo, con sus propios dedos… Y esto lo llevó, incontrolable y estúpidamente a preguntarse si acaso aquel cavernícola rubio era bueno con él, o si se lanzaba encima suyo como un animal, sin interesarse por la importancia de la mucosa rectal de Martín.

Abandonó la cama y se dirigió al baño, donde se paró frente al espejo.

—Oh Dios… Estoy loco. Estoy loco por completo. — Se rio fuerte. Demasiado fuerte para las 3:20 de la madrugada—. Ese no es tu asunto, Ricardo. Martín es un pervertido, ya te lo ha dicho muchas veces, probablemente sea él el que se lanza sobre ese… Gorila rubio y deforme. Tú solo eres su fachada.

Por alguna razón Ricardo era de aquellos que cuando se regañaba a sí mismo, lo hacía en tercera persona.

Se sacó los anteojos. No quedaba enteramente ciego sin ellos pero su visión se disminuía considerablemente; no lo suficiente como para que no pudiera ver a la perfección su reflejo en el espejo, pero si lo suficiente como para que no pudiera leer la letra de la posología de los botes de pastillas en su gabinete de medicamentos, por ejemplo. Tenía el cabello revuelto y los ojos empequeñecidos, a esa hora de la madrugada ya era evidente que ese día más tarde, cuando tomara un baño, debería también darse una afeitada. Giró la llave del lavamanos y tomó un gran sorbo directamente del chorro de agua.

Regresó a la cama y buscó un último tópico, antes de disponerse a dormir.

—Si voy a ganarme el infierno por esto, que sea con ganas, entonces.

POSICIONES PARA SEXO ANAL. Tecleó con rapidez. Así, en mayúsculas, porque él era un loquillo que buscaba sobre sexo gay a las 3:30 de la mañana, y lo hacía con letras capitales.

— ¡Por Dios! ¡Hay un chingo de posiciones! Y a las 3:00 de la mañana hablo como si no hubiese pasado por una universidad.

Se inmiscuyó concienzudamente en el estudio de: La Cucharita Íntima, La mariposa, La montaña Mágica, El Pincho Moruno, El Autobús de Dos Pisos, y la que se ganó inmediatamente su interés, respeto y cariño: La Pierna Arriba.

Capítulo 27

0

Ahora mismo, soy un desastre (A crazy day)

1

Georgina había escogido los disfraces que ambos usarían para la mascarada, sin darle a él mucha oportunidad de opinar. Y aunque a Martín le costara reconocerlo, eran algo simpático y de bastante buen gusto, no la vestimenta pomposa y estrafalaria que él habría pensado que quizá ella escogería. Todo en blanco, oro y plata, los únicos colores permitidos para la fiesta. La vestimenta era algo parecido a lo que vestirían en alguna película basada en los libros de Jane Austen… Muy victoriano. Lo único a lo que debió negarse, fue al hecho de utilizar pantalones estrictamente apegados al marco histórico. Porque tal como los trajes nocturnos de las mujeres en aquella época estaban concebidos para hacerles resaltar los pechos y las caderas, los pantalones de los hombres, con su talle alto y su innecesaria estrechés o abultamientos en determinadas zonas, parecían estar pensados para hacer resaltar las partes pudendasComo pavos reales que en lugar de desplegar la gloriosa, colorida y emplumada cola, insinuaban sin miramientos la majestuosidad de su paquete. Muy ingenioso, sin duda, pero para nada sutil. Y ¡Por Dios! nada lo haría utilizar de esas ridículas medias que acompañaban a los pantalones hasta las rodillas tampoco. En eso todas estuvieron de acuerdo con él, y Madame Mala Cara accedió a diseñarle un par de pantalones rectos que no desentonaran con el resto y le cubrieran debidamente las pantorrillas y no insinuaran de más sus atributos escrotales.

Iba a sentirse como un personaje de Orgullo y Prejuicio, pero pudo haber sido peor… Georgina bien pudo haberlo vestido a la Farinelli —Quizá incluyendo la peluca ridícula peluca empolvada— y muy poco habría podido hacer contra ello.

Pensar en partes íntimas masculinas al descubierto, e incluso ocultas o solo insinuadas de la vestimenta masculina de la época de la regencia, prontamente desembocó en su ensoñación con el área genital de cierto pintor amigo de su madre. Su psiquis navegó rauda, recreando en su memoria con demasiado detalle cada rincón del cuerpo de Joaquín, y pronto frenó su andar cuando reparó  en el hecho de que, desde que habían comenzado a frecuentarse, incluso desde que lo conoció, no había tenido sexo con nadie más. Cuestión que le fastidió porque, ¿Qué lo obligaba a él a guardarle fidelidad a semejante imbécil? No era que él se la pasara brincando de cama en cama, pero ciertamente tampoco era de aquellos que, no habiendo tenido nunca una relación de verdad significativa, le diera demasiada importancia a aquello de la exclusividad. Ya era suficiente con que su corazón, bastante tozudo por cierto, se sintiera  amarrado enteramente a él, ¿Por qué tendría que ser igual con su cuerpo? Si Joaquín podía revolcarse con Irina, y sabía Dios con quién más, ¿Por qué no podía también él acostarse con quien le viniera en gana?

Y tanta actividad de su cerebro por supuesto desembocó en un gran, importante e incómodo cuestionamiento: ¿Joaquín lo quería en su vida, o las cosas entre ellos solo obedecieron a un instante que ya había pasado? ¿Estaba él forzando las cosas?

En algún momento, mientras era ultrajado por una mujer armada con una cinta métrica y una mala actitud, las dos chicas de las cuales estaba acompañado y a las cuales, de manera inconveniente, había dejado plantadas, habían congeniado. Aparentemente se sintieron identificadas una con la otra, al encontrar que ambas sentían una gran necesidad de despotricar contra él en aquel momento. Solo les faltó cogerse de gancho mientras estaban inmersas en una conversación que debió haber sido de lo más divertida, a juzgar por las explosiones de risa que emitían cada dos por tres, casualmente mientras lo miraban a él.

Todo parecía indicar que la única manera que encontró Georgina para frenar el creciente mal humor de la —supuestamente eminente— diseñadora de modas, fue repetir hasta el cansancio lo desconsiderado, descortés y tonto que él era, logrando de esta manera que ella la viera como a una víctima y desviara su rencor por haber tenido que esperar por un cliente, cuando normalmente había una importante cantidad de personas que estaban en una lista de espera solo para tener la suerte de entrevistarse con ella, por completo hacia él. Aunque viéndolo bien, era lo justo.

Carolina y quien parecía su recién descubierta nueva mejor amiga, lo designaron como  acompañante y chofer para que las condujera a una inacabable variedad de tiendas, sin derecho a opinar. Tres horas y media después de haber emprendido tal travesía, Martín estaba sentado delante del probador de prendas dentro de una de las tantas boutiques que habían visitado a lo largo de la mañana, custodiando las bolsas de compras anteriores y esperando para ver el tercer modelo que Georgina se medía en aquella tienda. Todo comenzaba a parecerle una grabación en circuito continuo, donde lo único que cambiaba, era el nombre de la tienda. No se estaba divirtiendo para nada, pero sabía que no tenía derecho a quejarse, pues aquello contaba como una penitencia que estaba obligado a cumplir.

A unos cuantos metros de él, Carolina parecía estar demasiado entretenida debatiéndose entre las dos blusas que tenía en las manos en aquel momento. Miró a su amiga con algo de rencor. Sospechaba que ella no tenía planes de acabar con aquello pronto, y ni siquiera podía refugiarse en el hecho de charlar con ella libremente, sacándole así algo de provecho a la jornada, contarle acerca de Joaquín y de Ricardo, porque ello significaría que Georgina se enterara de asuntos que a él —y en especial a Ricardo— no le convenía que ella supiera. Sentía unas serias ganas de gritarle «!Quédate con las dos y larguémonos ya!»

Bien hubiese podido dedicarse a rumiar su contrariedad, o a desmenuzar lo extraña e incómoda que era aquella situación y tratar de buscar como librarse de ella, pero su mente, sin embargo, rápidamente voló lejos de allí. Eso era más fácil.

Se preguntó si acaso Joaquín invertía algo de su tiempo, aunque fuese mínimo, en pensar en él… Se preguntó si algún día su situación con él mejoraría y se estabilizaría y si algún día llegaría a ser lo suficientemente importante para él… Se preguntó, de manera estúpida, si acaso existían en la mente de Joaquín pensamientos que lo ataran a él, sin que el sexo estuviese inmiscuido. Cambió de posición en el asiento y, de igual manera que su cuerpo, su mente cambió el rumbo de los pensamientos. ¿Qué estaría haciendo Ricardo en aquel momento? ¿Qué planeaban los profesores para sus vacaciones? ¿Nuevas maneras de torturar al estudiantado? ¿Cursos online acerca de cómo ser mortalmente aburridos?  … ¿Cómo era que él besaba tan malditamente bien? ¡Dios! ahora su mente traidora no podía hacer nada por evitar que su cabeza se preguntara, entonces, si la destreza de sus labios era en alguna medida equivalente a su desempeño a la hora de tener sexo. La curiosidad era genuina.

La vibración del teléfono celular en su bolsillo, reclamó su atención. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro cuando el identificador le mostró el nombre de quien llamaba.

— ¡Hola! ¿Ya pudiste darle alegría a tu cuerpo, Macarena?—. Un chiste viejo y terrible, pero cada vez que lo decía, su abuela reía de buena gana, tal como si fuese la primera vez que lo escuchara.

¿Cuándo cambiarás?

Tú me amas tal como soy, y en realidad no quieres que cambie.

Es cierto, querido mío. Jamás cambiaría una sola cosa de ti.

Martín rio, pero también blanqueó los ojos y negó con la cabeza, porque por supuesto que había algo de él que su abuela cambiaría sin pensárselo dos veces. Ella jamás iba a gritarle en la cara algo como «Deja de ser un jodido marica» pero en cambio su sutileza y la renuencia a rendirse con respecto al tema, la instaban a comportarse como una de esas cintas para aprender inglés mientras se duerme, tratando de enviarle mensajes subliminales que básicamente consistían en presentarle a cuanta nieta de sus conocidas tuviera a mano. Cuando estaban juntos hablaba con tal apasionamiento de lo bellas que eran ciertas chicas, que bien hubiese podido interpretarse como que «la rarita» era en realidad ella, cuestión con la cual Martín no pudo evitar bromear en cierta ocasión y terminó por comprobar de inmediato y de mala manera que esa había sido una muy —realmente muy— mala idea. En otras ocasiones ella dejaba caer frases que hacían alusión a lo mucho que le haría ilusión un biznieto. Martín estaba convencido de que si él cometiera el error garrafal de embarazar a una chica con lo joven que era, su abuela estaría tan complacida de que tuviera algo que lo atara tan irremediablemente a una mujer, que de seguro haría efectivo su testamento en vida y pondría la cadena de joyerías a su nombre de inmediato.

En los años de vida de Martín, teniendo en cuenta que él nunca había dicho «Me gustan las niñas» —aunque de hecho sí que le gustaban, pero más lo hacían los «niños»— y que los primeros 5 años de vida no cuentan mucho como pista para dictaminar la orientación sexual de una persona, casi podía decirse que él llevaba más tiempo como un confeso que teniendo a su familia ciega ante la falsa esperanza de que sus ganas y su género coincidieran, que cualquiera hubiese pensado que para aquellas alturas ella ya debería haberse rendido ante lo incambiable.

— ¿Cómo has estado abuela? ¿Por qué no te he visto últimamente?

Oh, porque estoy enfadada con tu madre, cariño. —Vaya. Ciertamente Martín esperaba un poco más de rodeo acerca de aquel tema.

—Sí, eso supuse. ¿Puede saberse el por qué?

Es mejor que no, cielo. —Pues ella estaba de verdad enfadada si estaba terminando cada frase con un pronombre azucarado. Su pie para saber que era mejor no seguir preguntando.

—Bien. ¿Qué necesitas? —No quería sonar grosero, pero lo cierto era que el hecho de que lo relegaran sí que le molestaba un poco.

Suenas como si quisieras deshacerte de mí. ¿Dónde estás?

Martín miró sobre su hombro, pero Carolina ya no estaba allí, estaba frente a la puerta del probador a medio abrir, desde donde aparentemente le daba su opinión a Georgina acerca de las prendas que se estaba midiendo. Decir que estaba en el infierno quizá sería exagerar un poco.

—Estoy de compras con Carolina.

Carolina, gran chica. Ella me gusta. Deberías salir con ella.

Martín soltó un pequeño suspiro. Ella se había tardado.

— ¿Sabes, abuela? Yo no podría estar más de acuerdo contigo. Ella es perfecta. Es hermosa, es inteligente, es graciosa, confiable, y tiene un atributo que de seguro tú aprecias mucho: es una chica. Voy a pensarlo, ¿vale? Y si algún día siento la enfermiza y contraproducente necesidad de  casarme y reproducirme con alguien, te aseguro que no escogería a nadie diferente a ella. —Martín sonrió. —A ella y nadie más que a ella. ¡Dios! es casi como si acabara de comprometerme con ella y jurarle amor eterno; eso quiere decir que mi parte heterosexual le debe entera fidelidad y que no puedo traicionarla ni con el pensamiento. No saldré con ninguna otra chica, no besaré a ninguna otra chica, ni siquiera pensaré en ninguna otra mujer. Mi lado hetero la ama. Así que no puedo seguir exponiéndome a correr el riesgo de ligar con ninguna de las nietas de tus amigas, de manera que estarás obligada a alejar esa tentación de mí.  El lado de mí al que le gustan las mujeres, no osará poner sus ojos sobre nadie más. Mmm… Sin embargo, mi lado gay es otro asunto.

¡Ay, Martín, por Dios!

Para Macarena, el que Martín mencionara la palabra gay para referirse a sí mismo, era el equivalente a maldecir dentro de una iglesia; ella sentía la necesidad de protestar y soltar las palabras en un gritito agudo, como si se hubiese pinchado un dedo con una aguja.

¿Siíííí?

Sin embargo esta vez, las cosas tomaron un rumbo distinto del acostumbrado. No era que él esperara que ella le riera la gracia, porque la conocía demasiado bien, pero tampoco se esperaba el tono de decepción con el que le habló.

No sé cómo puedes… Todo esto es culpa de Micaela. No, esto más bien es mi culpa por haberle permitido criarte con el grado de libertinaje con el que lo hizo. Pero qué otra cosa hubiese podido esperarse de alguien con tan pocos escrúpulos como ella. —La mujer al otro lado de la línea suspiró de manera sonora. — Te amo, Martín; pero créeme cuando te digo que nada bueno te espera en la vida si sigues transitando por el mismo camino decepcionante. ¿Cuándo piensas madurar y dejar de lado todo este absurdo? Espero que estés planeando hacerlo pronto, porque estás cercano a tener que empezar a vértelas con el mundo real, y cuando ese momento llegue. ¿Entonces qué? —Durante la pausa que ella hizo, Martín no se atrevió a soltar una sola palabra. No habría sabido qué decir, lo habían cogido con la guardia baja. ¿Qué mierda era todo aquello y a qué se debía?—. ¿Acaso no quieres ser alguien respetable? ¿Tener valores que los demás reconozcan y que te admiren? ¿No quieres tener una familia o tener el legítimo derecho de caminar con la frente en alto? Tengo tantas esperanzas puestas en ti, Martín, pero…

Dolió. Ese «pero» dolió. ¿«Pero» qué?

Habría querido decirle que él tenía el legítimo derecho para caminar con la frente en alto. El derecho que le confería el hecho de ser una buena persona. El derecho que le confería el jamás haber pisoteado o humillado excesivamente a nadie… Tal como ella acababa de hacer con él con tan pocas palabras. Él jamás había matado o robado, eso lo hacía ser alguien respetable. No era alguien perfecto o un santo, pero tampoco era el agujero negro de la perdición.

En términos generales era un buen tipo, alguien de provecho. Era un buen hijo y un buen nieto, era amoroso, se esmeraba en sus estudios, tenía planes para el futuro, era buen amigo en medio de la sarta de estupideces que a veces era capaz de soltar por minuto, era un miembro aprovechable de la sociedad con un buen futuro por delante, ¿Qué acaso no le confería eso el derecho legítimo para caminar con la puta frente en alto? Al parecer no. Aparentemente el hecho de ser gay pesaba más que cualquier otra de sus facetas. Y por algún motivo para ella, ser gay era necesariamente algo malo y vergonzoso.

Las palabras se arremolinaron en la punta de su lengua. Cientos de palabras con las cuales rebatir cada una de las que ella había dicho y que picaron de manera dolorosa en la base de su garganta, pugnando por salir… Hubiese querido gritar hasta hacerla entender que se equivocaba. Sin embargo calló y no dijo nada de lo que tenía en mente, porque entonces quizá no habría encontrado la manera de frenarse a sí mismo. De pronto se sintió tan cansado y tan hastiado de todo, que incluso decir más de lo estrictamente necesario le pareció una tarea maratónica. Dejó escapar todo el aire de sus pulmones, en un enorme, cansado y profundo suspiro. Su ánimo había acabado de descender a la altura del mismísimo averno.

¿Sigues ahí, Martín?

— ¿Necesitas algo de mí?

Su voz cortante y fría, exhumó resequedad. Queriéndolo o no, puso en evidencia que de ahí en más, habría una línea divisoria entre ellos dos que quizá jamás se borraría. La relación de ambos había pasado a ser vidrio quebrado… De seguro podrían llegar a juntar las piezas nuevamente, si es que llegaban a encontrarlas todas; pero nada jamás volvería a estar igual. Estaba algo harto.

¿Cómo?

— ¿Que para qué me has llamado?

¿Piensas viajar a algún lado durante estas vacaciones? ¿Ya estás en vacaciones, cierto?

— ¿A qué viene la pregunta?

Pues… Me preguntaba si quizá querrías ir conmigo a…

No. —Dijo de manera tajante. — No planeo salir a ninguna parte. Ya tengo planes.

Oh, está bien cariño. Me habría encantado pasar tiempo contigo. —Ella hizo una pequeña pausa. — Creo que quizá fui un poco dura hace un momento, lo siento, no era mi intención. Con quien estoy enfadada realmente es con Micaela. Yo solo…

—No pasa nada. Carolina está aquí, tengo que irme. Que tengas un bonito día. — Y colgó.

En momentos como aquel era completamente capaz de entender a Mimí y su insistencia por mantener a su madre al margen de su vida, y la manera insistente en la que ella jamás permitió que su abuela metiera la basa en su crianza. Durante los primeros años de su vida había sido normal para él el escuchar a su madre repetir de manera constante «Es mío, es mío… Él es mío. Tú ya tuviste tu oportunidad conmigo y aunque no hiciste un mal trabajo, este, —Y entonces lo señalaba a él — crecerá a mi manera» Esto se intensificó después de que a los once años él saliera del closet de la manera más patética e inocente.

Mimí incluso le había devuelto a su madre el dinero que ella le facilitó para iniciar su compañía, y se había negado en redondo a tener algo que ver con los negocios familiares. Cualquiera vería esto como un espíritu en exceso orgulloso y emprendedor, pero Martín lo veía como reticencia al extremo a dejar que su abuela tuviera, en alguna medida, poder de decisión sobre sus vidas. Y aun así, Macarena se las había arreglado para representar para ellos dos la máxima figura de autoridad.

2

Estaba deprimido. Necesitaba tomar su maltrecho ego, su mal humor, sus vergonzosas ganas de llorar, hacer una pelota con ellos, envolverlos en una manta y achucharlos como si de un bebé se tratara. Quizá así la bestia se calmara y le permitiría sentirse y comportarse como un ser humano normal. La cuestión con esto, es que el único lugar en el que quería llevar a cabo dicho ritual era a solas, en su casa, en su cama, aunque meterse en su cama a pleno medio día con el calor que estaba haciendo, no se veía a simple vista como algo atractivo.

Así que por nada del mundo quería ir a ver a Gonzalo, aun cuando las razones de Carolina eran nobles, porque decía estar preocupada por él. De manera que su negativa había sido tomada como una excusa para un enfurruñamiento crónico. La tenía sentada a su lado en el auto, con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho, mientras miraba el paisaje o a cualquier lado, excepto a él.

La radio estaba sintonizada en una emisora en modalidad de vacaciones. Estaban haciendo un recuento a través de los éxitos de verano de los últimos 5 años. Cuando escuchó el intro de aquella canción algo dentro de él se removió; lo hizo con cierta nostalgia, pero también con una conocida y desagradable sensación de erizamiento de los bellos de la nuca y de los brazos. Casi temió el momento en el que el cantante comenzara a declamar, y más temía mirar hacia un lado, hacia Carolina. Sin embargo lo hizo, y tal como esperaba ella tenía una sonrisa por completo maliciosa y siniestra en los labios y lo miraba a él.

Ella amaba esa canción…

Él la odiaba…

…Y ella lo sabía a la perfección.

Dos años y medio atrás, cuando la conoció y ella era una estudiante de último año de instituto, enviada a la ciudad a vivir con su tía para que al año siguiente iniciara la universidad, Carolina aún arrastraba consigo algún que otro horroroso estrago de haber sido criada en un pueblo. Martín la adoró en cuanto ella hizo acto de presencia en su vida y, después de todo, la chica no tenía la culpa de haber crecido en una finca ganadera en el culo del país. Ella rápidamente desarrolló un increíble buen gusto para la ropa y los zapatos, aceptó sin miramientos que existían muchas bebidas calientes aparte del café con leche o el chocolate, se convirtió en una verdadera maestra de las selfies, y dejó de medir lo bonita o no que podía ser una chaqueta en la cantidad de flores que tuviera impresa la tela; pero su obsesión con aquel cantante y en particular con aquella canción no remitió en lo absoluto hasta mucho tiempo después, y ella renunció solo porque su furor en aquel lejano verano, gracias a Dios, en algún momento llegó a su fin.

Todo aquel asunto fue… Simplemente algo por lo cual Martín debió respirar profundo en demasiadas ocasiones, para evitar saltarle encima y estrangularla.

Aquella cosa, a la que apenas podía llamársele una canción, era de aquellas tonadas que una vez que se escucha se pega en el cerebro como goma de mascar en el cabello y, queriéndolo o no, permanecía en la cabeza repitiéndose en bucle, decía «Baby» demasiadas veces y no transmitía ningún mensaje que valiera la pena atesorar, y en su momento, Carolina incluso la tuvo como su ringtone.

Ella estiró la mano hasta la radio del auto y le subió el volumen a todo lo que daba el aparato. Martín negó con la cabeza y sin apartar la vista del camino, porque no quería matarse en medio de aquella canción, gritó por sobre el ruido de la radio.

— ¡No lo hagas!—. Ya era lo suficientemente malo el tener que escuchar la versión original, pero que Carolina también acompañara a la radio con su voz, era el colmo. Entre sus muchas virtudes no estaba el tener una voz particularmente melodiosa.

¡Give it to me, give it to me babyyyy… As if I were your boy babyyyy! — Dios, eso fue malo. Y fue aún peor cuando un gritito emocionado se escuchó desde el asiento trasero. — ¡Oh, Pretty Babyyyy!

— ¡Oh, mi Dios! Yo amo esa canción. —Georgina se unió a la interpretación.

Y así Martín tuvo a dos chicas en su auto que sonaban como si alguien estuviera capando gatos sin anestesia. La escena era un poco graciosa, de hecho. Estaban en el primer día oficial de las vacaciones de mitad de año. Martín hubiese podido reírse, de hecho, pero su estado de ánimo no estaba muy por la tarea. Ahí estaba el dolor de cabeza, renaciendo de entre las cenizas como el ave fénix. Los tres minutos y medio más largos de su vida.

—Vaya, que nostalgia. Eso estuvo divertido. —Dijo Carolina, mientras se daba la vuelta y estiraba un brazo por encima de su asiento para chocar los cinco con Georgina, que ostentaba una enorme sonrisa en su rostro.

Por lo menos algo bueno, Carolina ya no parecía enojada. De alguna manera aquello desencadenó en una historia narrada por Georgina acerca de cómo Martín y ella no eran amigos, ni siquiera remotamente cercanos, a pesar de conocerse desde más o menos los 7 años de edad.

— ¿A dónde iremos ahora?—Preguntó Georgina.

Un quejido salió de la garganta de Martín.

—Estoy cansado. Quiero irme a mi casa. —Georgina puso cara de decepción, haciendo un mohín con los labios y arrugando la naríz. Y Martín pensó en que ella, como que se veía un poco linda haciendo eso. Ella, según su criterio, tenía leves problemas de desequilibrio mental y en ocasiones era un completo fastidio, pero definitivamente no era fea.

—No. Hoy eres mío. Me la debes, Martín. Deberíamos ir a visitarlo, está muy solo. Gonzita nos necesita, mis súper poderes mentales me lo dicen. —Carolina llevó sus dedos índices a las sienes.

—No me vas a convencer.

— ¿Por qué no seguimos comprando? No has comprado nada para ti, Martín. Quiero ver dónde compras tu ropa… En el instituto jamás me creerán que estuve de compras con el Gran Martín. Este chico es todo un personaje, no sabes si amarlo u odiarlo. Yo, hoy, como que lo amo un poquito. —Dijo Georgina, toda ella emoción, mientras se retocaba el lápiz de labios viendo su reflejo en un espejo diminuto.

—Ella tiene razón, Gran Martín. Deberías comprar ropa para ti. Ya sabes, ponerte lindo para ese  nuevo y refinado novio tuyo, con gusto por los adolescen…

Martín se atragantó con su propia saliva y tuvo un acceso de tos. Carolina, tarde, pues ya había soltado la frase y metido la pata, pareció darse cuenta de su error ¿Cómo se le ocurría a ella mencionar algo como aquello delante de Georgina? ¿Acaso no le había contado toda la historia y dejado en claro que Ricardo era su profesor, y que por ende también lo era de Georgina… Y que justamente gracias a ella era que lo tenía en un puño.

— ¿Novio? ¿Tienes un novio oficial? ¿Quién es? ¿Es alguien que yo conozca? ¿Quizá alguien en el instituto?

—Cómo crees que yo saldría con alguien del instituto. —Desestimó, tratando de restarle importancia al asunto.

— ¿Entonces de dónde? ¿Quién es él? Y un ¡«Él» oh, Dios mío!

—Eso no es de tu incumbencia, Georgina.

—Anda, dime un nombre, dime un nombre. Hazme sentir especial. Tómalo como un detalle de tu parte, por nuestra recién nacida amistad.

—No, y ¿cuál amistad? No seas ridícula.

—Somos amigos, si hasta me has invitado a un baile de máscaras y todo. Mmm, Entonces supongo que sí debe ser alguien que yo conozco, es fácil decirlo por la manera en la que te niegas a decírmelo.

— ¡Dios! Ya te dije que no es así. Deja el tema de lado, ¿Quieres?—. Se desesperó, y Carolina estaba muda a su lado como la gran culpable que era.

—Entonces quién es… Anda, dime ¿Quién es? Si es alguien en el instituto no tardaré en averiguarlo. Yo tengo muchos contactos ¿sabes? Mucha gente me pasa información, todo el mundo está al pendiente de lo que tú haces, así que imagino que no me sería tan difícil el…

— ¡Gonzalo! Mi novio se llama Gonzalo. Nadie que tú conozcas. ¿Contenta? —Había estado hablando acerca de él con carolina tan solo segundos atrás, así que fue el primer nombre que se le pasó por la cabeza.

—Si. Su novio se llama Gonzalo, es un amor de hombre y vamos a ir a visitarlo justo ahora ¿No es así, Tiny?—. Carolina recuperó milagrosamente su don del habla y puso una expresión de triunfo en su rostro.

3

Nunca antes había estado en el apartamento de Gonzalo. Así que mientras subía por escaleras que para él parecían interminables, se preguntó si acaso el nunca haber estado allí con anterioridad lo convertía en un mal amigo. Ni siquiera tenía su número de móvil; un número que le habría facilitado un poco la vida, si tan solo hubiera podido llamarlo y explicarle cómo estaban las cosas, para que actuara con naturalidad. Un número telefónico que Carolina hubiese podido facilitarle, pero ella no lo hizo porque todo parecía indicar que continuaba en plan vengativo. De su poco conocimiento acerca de Gonzalo y sus casi nulas ganas de saber más, podía decir que sí, había sido un amigo de mierda.

Algo debía estar realmente mal con él si necesitaba de más de un novio falso. Por algún motivo últimamente su vida parecía complicarse más a cada momento.

En cuanto llegaron al departamento y Gonzalo abrió la puerta, Martín se lanzó hacia él, enganchándose de su cuello, haciéndolo retroceder un par de pasos.

—Sígueme la corriente con esto— le susurró en un oído, — y te deberé una grande. Solo finge por un rato que estamos juntos. No preguntes… No aun, por lo menos, ¿Vale?—. Le dijo hablando a toda velocidad contra su cuello.

En respuesta sintió como Gonzalo le rodeó la cintura con los brazos. Al principio no lo hizo con mucha convicción, apenas y posó superficialmente las manos en sus costados; quizá tratando de entender, o esperando a que se destapara lo que seguramente sería algún tipo de broma, pero pronto lo apretó fuertemente contra sí.

— ¡Vaya! veo que alguien me extrañó. —Dijo Gonzalo en voz alta, aún sin soltarlo. En cuanto Martín escuchó su voz retumbando en su caja torácica, desenroscó los brazos de alrededor de su cuello, pero no los apartó, para mirarlo a la cara como si estuviera viéndolo por primera vez. Aunque se notaba que con algo de esfuerzo, pero Gonzalo había hablado sin la acostumbrada afectación en la voz, o por lo menos lo había hecho sin mucha de ella. Detrás de ellos, Carolina estaba estática, seguramente sorprendida por lo mismo que Martín.

—Ho-hola Gonza, ¿Cómo has estado? Tengo días sin saber de ti. —Dijo Carolina, cuando salió de su estupor. No esperó a que contestara y continuó hablando. —Ella es Georgina, una nueva amiga, compañera de instituto de Martín.

Gonzalo le extendió la mano a Georgina con una gran sonrisa en su rostro, asintiendo casi de forma imperceptible, gesto que Martín interpretó como que quizá él había entendido que la farsa era para ella.

—Hola, preciosa. Bienvenida a mi humilde morada, es un placer conocerte. Los amigos de Martín, son mis amigos también. —El tono de voz continuaba en una estudiada neutralidad.

— ¡Dios! El placer es todo mío. Por favor llámame Georgy. Nadie va a creerme cuando diga que he conocido al novio de Martín. Él es todo un misterio en el instituto, ¿sabías? Y la única vez que decidió compartirnos cosas acerca de él, que fue a través de la lectura de un diario, se armó un gran revuelo, porque después de no decir mucho, lo soltó todo. Muchos intuían que quizá le gustaran los hombres, pero que lo confesara así… La gente se la pasa especulando acerca de su vida, hablando de la ropa que se pone, de lo cool y de lo creído que es. ¡No habla con nadie si no es para ofender! Yo aún no decido enteramente cómo me siento con respecto a él. —Nada parecía indicar que ella fuera a callarse— A pesar de que me inclino a pensar que lo odio, también siento que es solo a veces y solo un poco. Aunque hoy no lo hago en absoluto. Gonzalo… Eres muy, muy, muy guapo. Que suerte tienes Martín, ya quisiera yo que alguien así se fijara en mí. —Georgina habló mucho y muy rápido, mirando en todas direcciones, estudiando cada detalle que estaba a su alcance y comenzó a abrirse camino hacia la sala de Gonzalo, sin esperar a ser invitada. Martín la siguió, sinceramente tenía curiosidad por ver la manera en la que vivía su novio, ¿Sería todo rosa? —. Oh, por cierto, no te importa que Martín vaya a llevarme al baile en lugar de a ti, ¿verdad?  El jamás me dijo que tenía un novio, quizá tú querías ir con él. — Ella avanzaba y hablaba sin mirar hacia atrás, dando por sentado que los demás la seguían.

Martín vio una posible oportunidad para librarse de aquel compromiso con Georgina. Si decía que prefería ir con su novio, ¿Iba ella a dejarlo en paz?

—Oh, yo no tengo problema con eso. —Dijo Gonzalo, apareciendo detrás de Carolina, pisoteando su recién nacida esperanza de librarse de Georgina. La segunda gran sorpresa del día con respecto a Gonzalo, apareció cuando lo vio andar sin contonear las caderas como hacía siempre. Aún  había un remanente balanceo, pero era tan leve que alguien que no lo conociera de antes de seguro lo pasaría por alto. Carolina y Martín se miraron, ella se encogió de hombros, dándole a entender que no tenía idea de lo que ocurría con Gonzalo. —Sé que no es fácil que alguien lo aparte de mi lado. No después de todo lo que él luchó por conquistarme.

¡Perfecto! Sus dos novios falsos se habían tomado la libertad de hacerlo ver como un desesperado, simplemente perfecto.

Gonzalo dijo algo acerca del hecho de lo poco efusivo que había sido su saludo, porque no los esperaba de visita aquel día, y sin saber cómo, cuándo, ni por qué, Martín terminó nuevamente en los brazos de Gonzalo, y con este comiéndole la boca como si no hubiera un mañana.

—Oh, Dios mío. ¡Que lindos!—. Soltó Georgina en un gritito emocionado y aplaudiendo como una foca con retraso mental. Carolina no se cortó, ni siquiera un poco, y desde la profundidad del torbellino frenético en el que estaba envuelto, Martín escuchó a la perfección su carcajada.

 

4

El apartamento de Gonzalo era básicamente una oda a sus dos grandes pasiones en la vida: La arquitectura y ser marica. Y no era que Martín quisiera ser odioso al pensar así, era solo que no podía pasar por alto el hecho de que había un tubo de pole dance en mitad de la sala, y si no se era una bailarina exótica con la costumbre de llevarse el trabajo a casa, esa pieza de decoración en la vivienda de un hombre simplemente era lo más gay del mundo. Pero a favor de Gonzalo, Martín debía reconocer que sus maquetas eran geniales.

Gonzalo les hizo un rápido tour a Georgina y a él.

El apartamento no era muy grande, pero era generoso para una sola persona. La sala de estar era lo más amplio que tenía y servía de sala, de comedor y también como cuarto para la televisión. La cocina estaba separada del resto de la estancia por una barra de madera y vidrio. Había un pequeño balcón desde el que podían verse las otras dos torres del conjunto residencial, este se enfrentaba dentro del apartamento con un pasillo que terminaba en un espejo rodeado de bombillas que ocupaba toda la pared… Okey, eso seguro debía verse genial cuando se encendían las bombillas.

La puerta del baño, la puerta de la habitación y la puerta que conducía a un pequeño estudio, estaban una al lado de la otra del mismo lado del estudio. El baño y el estudio eran minúsculos, pero la habitación tenía un tamaño decente y el armario valía toda la pena del mundo, pues ocupaba toda la pared de la izquierda. Contrario a lo que Martín hubiese pensado, comparada con el resto del apartamento, la habitación de Gonzalo era bastante tranquila. Tenía las paredes pintadas de color hueso, una cama de dos plazas, un par de mesas de luz, un estante lleno de libros, fotografías y algunos adornos, pero lo único llamativo en ella eran la cortina de cuentas que debía atravesarse después de abrir la puerta y una caja grande en un rincón llena de boas de plumas de colores. Por lo demás, era el lugar más tranquilo y ordenado de la vivienda. El olor a pintura hacía pensar en que aquel era un cambio reciente, así que quizá antes de eso aquel lugar fuese una verdadera jaula sexual, o estuviese lleno de cientos de réplicas de My Little Pony, alrededor de un columpio para sexo.

Todo estaba aceptablemente limpio, sin embargo Gonzalo parecía tener alguna clase de problema con las plantas, porque las macetas que había visto tenían plantas muertas o en proceso de estarlo. Había un insistente olor a cigarrillo pegado a cada cosa en aquel apartamento, pero aquello no era del todo desagradable.

***

Lo bueno de las vacaciones era que, aunque fuese lunes, no había ningún impedimento valedero para consumir alcohol, así que el primero en mencionar las cervezas, fue Martín. A pesar de que Georgina decía cada diez minutos que debía marcharse a recoger su auto del estacionamiento de Madame mala cara, ella ni se iba ni decía que no a cada botellín de cerveza que Carolina le ofrecía, las cuales parecían manar de manera infinita de la nevera de Gonzalo, o eso le parecía a Martín, porque cada botella que consumía le sentaba como diez.

La música inundaba el ambiente a un volumen moderado que no les impedía hablar. El par de chicas, algo ebrias ya, bailaban de manera un tanto torpe, pero sexi y llamativa, alrededor del poste de pole dance.

—A pesar de que técnicamente es así como debe ser, alguien debería decirle a tu amiga que su falda es demasiado corta para estar elevando las piernas en el aire de esa manera—. Dijo Gonzalo, después de darle un largo sorbo a su botella. Ambos observaban a las chicas desde el mullido sillón de cuero en una esquina. Ese sillón era, sin duda, la mejor posesión de Gonzalo, era la cosa más cómoda del mundo.

— ¿A cuál de las dos?

—Mmmm—Gonzalo meditó—. A las dos, creo. He visto suficiente encaje negro como para vomitar.

Martín sonrió de manera atontada.

—La que no tiene pecas no es mi amiga en realidad, así que no seré yo quien le impida seguir mostrando las braguitas. A la otra… a la otra ya incluso la he visto desnuda, ¿Qué de malo tendría que le viera el encaje sobre el peluche? Bueno, sin peluche en realidad… Ambos nos hicimos la depilación eléctrica el año pasado.

Gonzalo dejó de mirar el espectáculo de las chicas para dedicarle toda su atención.

— ¿Viste a Carolina desnuda?

In vino veritas. Tan ebrio y mareado como se sentía, contrario a como era en la mayoría de los casos, Martín estaba listo para decir la verdad acerca de cualquier cosa que le preguntaran.

Sip. El año pasado… Ella y yo estuvimos a punto de hacerlo. Estuvimos así de cerca. —Martín separó mínimamente los dedos índice y pulgar, mostrándole a Gonzalo que tan a punto estuvo de acostarse con Carolina. —Ella es… ¡Dios! Tiene un cuerpazo de ataque… Es toda suavecita y tiene las curvas justas.

—Pero no lo hicieron. ¿Por qué?

— ¡Porque habría sido un tremendo error, Gonzalo! Por eso. —Martín hablaba en voz demasiado alta, evidenciando los estragos del alcohol en su cuerpo, además arrastraba excesivamente la lengua. Pero las dos chicas estaban demasiado entretenidas y reían demasiado fuerte como para escuchar lo que ellos decían. —Era un punto sin retorno. Una vez que eso ocurriera, las cosas jamás hubiesen vuelto a ser iguales… Se habrían puesto todas raras… Eso de «Amigos con derechos» no hubiese funcionado para nosotros; o somos amigos, o somos novios, o no somos nada. Las medias tintas no funcionan con nosotros, ambos estuvimos de acuerdo en eso y nos detuvimos a tiempo. Nuestra amistad pesó más. Así que jamás le volveré a poner un dedo encima con esas intenciones.

Martín agitó un dedo frente al rostro de Gonzalo, este lo siguió con la vista hasta que se quedó quieto y lo atrapó entre los dientes, apretando solo un poco en medio de una sonrisa y luego lo soltó y juntó sus frentes para dejar un besito fugaz y superficial sobre su nariz. Él había estado haciendo aquello con intervalos de más o menos diez minutos, a veces el besito era en los labios.

—Solo  intento darle realismo a nuestra supuesta relación. —Sus frentes continuaban juntas.

— ¿Estás disfrutando esto, no es así?

—Oh sí. Bastante, a decir verdad. He estado a dieta estos últimos días, así que cualquier cosa es cariño.

—Oye, Gonzalo, ¿Cuántos años tienes? No pareces muy mayor que nosotros. —Preguntó Georgina, mientras se despegaba los cabellos que se le pegaban al rostro a causa del sudor producto del baile. Gonzalo finalmente liberó la frente de Martín, para responder.

—Eso es porque a menos que todos ustedes tengan cinco años,  no lo soy. Tengo veintidós, ¿Por qué? ¿Cuántos tienes tú?

—Oh, yo tengo dieciocho. Pero pregunto porque cuando veníamos hacia aquí… Es decir antes de decidir que vendríamos hacia aquí, Carolina dijo que el novio de Martín tenía gusto por los adolescentes, pero si solo eres unos pocos años mayor que Martín, entonces no entiendo.

—Oh bonita, ven aquí y sigamos bailando, no interrumpas a los tórtolos. —La intervención de Carolina obviamente fue con la intención de alejar a Georgina de aquel tema.

Okey. —Respondió la chica, obediente, antes de empezar a contonearse alrededor del tubo de nuevo.

—Oye, Tiny. Creo que me gustaría escuchar tus explicaciones acerca de…

— ¿Crees que soy un mal amigo… O una mala persona?—. Martín interrumpió el cuestionamiento de Gonzalo.

— ¿De qué estás hablando? Por supuesto que no.

—He sido un mierda contigo, ¿cierto? Te he maltratado algunas veces… Muchas veces. Me he burlado de ti por ser tan amanerado… Pero hoy no estás siendo tan brutalmente amanerado. Por cierto, ¿Qué hay con eso? ¿Qué tratas de demostrar?—. Martín bizqueó un poco al tratar de enfocar el rostro de Gonzalo, como buscando en su cara la respuesta a su cuestionamiento, pero enfocar la vista de esa manera dolía, así que apoyó la frente en su hombro. —Si he sido malo contigo, lo siento. Lo siento mucho porque en serio, en serio, en serio quiero ser alguien que pueda caminar con la frente en alto, así.

Martín despegó la cabeza del hombro de Gonza y miró hacia el techo, con «la frente en alto» pero lo único que ocurrió fue que el peso le ganó y terminó con la cabeza cayéndole hacia atrás, hacia el sofá.

— ¡Oye! ¿Qué es lo que pasa contigo? ¿Por qué estás tan borracho? Solo te has tomado como cuatro cervezas.

—En realidad no lo sé, pero creo que me estoy muriendo o algo muy malo pasa conmigo porque… Esto me asusta, así que no se lo digas a nadie, ¿Escuchaste? ¿Me lo prometes? No se lo he dicho a nadie. Ni siquiera a ella. —Señaló a Carolina.

Gonzalo frunció el ceño, no le gustaba aquello, pero quería que Martín siguiera hablando.

—Te lo prometo. Dime lo que te pasa, ¿No estás solo muy borracho?

—Noooo. A veces me siento así incluso sin haber tomado una pisca de alcohol… Ya sabes, como ebrio. Como si… Los colores se vieran más brillantes. Cierro los ojos y veo mi propia pupila pintada en mis párpados, eso es súper raro, ¿no?—Martín rió.

— ¿Qué más sientes?

—No se… Me tiembla todo. Pero es posible que eso se deba a esa estupidez de los niveles de azúcar en la sangre. Se supone que no debo saltarme las comidas, me diagnosticaron hace un año, ¿Qué hora es? Creo que necesito comer, porque estoy súper mareado, o sea mucho… A veces se me olvidan algunas cosas… como palabras, o citas. ¡Oh! Y mi corazón, eso es lo que más me asusta. —Martín hizo una pausa, de repente muy interesado en sus zapatos, hasta que se los sacó tirando de ellos desde los talones, para luego lanzarlos lejos.

— ¿Tu corazón? ¿Qué sucede con tu corazón?

—Mi… ¿De qué estábamos hablando?

Gonzalo estiró la mano lentamente hasta dejar la lata de cerveza que tenía en las manos, en la mesita de centro… Que no estaba en el centro si no a un lado, recostada contra la pared.

—Me decías que algo andaba mal con tu corazón, ¿Qué es?

—Ahh, sí. Me late… Muy fuerte. Me asusta porque a veces siento como si me fuese a dar un infarto o se me fuera a salir del pecho. Cuando ocurre, siento como si fuese a caerme redondo allí mismo, entonces me quedo muy quieto y respiro profundo y se me pasa… Pero me da miedo. Aunque creo que sé la causa.

—Y, ¿cuál es?

—Ha de ser porque… No se lo digas a nadie, ¿eh?—Gonzalo asintió con la cabeza, sorprendiéndose de la manera en la que la ebriedad de Martín parecía ir en crescendo, a pesar de que él ya no estaba tomando alcohol. — Creo que es porque tengo el corazón roto… Estoy enamorado y creo que eso va de la mano con necesariamente teeenerrr el colazón loto. —Repentinamente, Martín empezó a tener problemas para hablar de forma correcto.

—Hey ¿Estas bien?

—Mmm. Sí, no te pleocupesss, pasa a veces. Yo plo plo… Probablemente debelía bebel menosss.

Martín rebuscó en su chaqueta hasta que dio con su teléfono celular. Levantó un dedo, indicándole a Gonzalo que lo esperara un momento. Buscó en el listado de contactos el nombre de Joaquín. Mientras sonaban los tonos, habló con Gonzalo.

—Gonza, deberías conseguirme algo de comer ahora mismo, en serio, si no quieres que caiga redondo encima de tu alfombra. Es una bonita alfombra. —su dificultad para hablar desapareció mágicamente.

Hola Martín. —Dijeron del otro lado de la línea.

— ¡Holaaaaa! Solo llamaba para decirte un par de cosas. —Martín se aclaró la garganta y se relamió los labios. — ¡Eres un bastardo hijo de puta! Pero follas genial. —Colgó y se rio de su propia gracia, mientras buscaba otro nombre en la lista de contactos.

— ¿A quién llamaste?—. Gonzalo parecía no saber si reírse o no.

—Espera, espera.

Un timbre, dos… Tres.

— ¿Aló?—. La voz al otro lado de la línea se escuchaba nasal y congestionada.

— ¡Holaaaa, Eticoncito!

¿Martín? Tú… ¿Estás bien? Estás… ¿Estás tomado?

—Siííí, pero un poquito nada más. Estoy con mi amigo Gonza, y aunque hay un par de chicas bailando alrededor de un tubo, no estoy en ningún puteadero. Nunca he ido a uno.

¿Qué? ¿Necesitas… Quieres que vaya a recogerte?

—Oh no, descuida. Solo llamaba a decirte algo, que no dije la última vez.

Sí, escucho.

Extraño a mi perro y tú… tú besas de puta madre.

Capítulo 26

0

Oniria (A night with moon)

1

«Soy la que soy.

Mis errores, mis aciertos, mis esfuerzos, incluso mis locuras, todos y cada uno de mis actos, queriéndolo o no, me han conducido hasta aquí; a este momento. Un momento que, sinceramente y a pesar de las circunstancias, siempre percibí como algo lejano: La cena de presentación del novio de mi Tiny.

Es tan extrañamente irreal. Esto me emociona, pero también me cohíbe e inquieta. Me agrada que sea algo tan formal y revestido de compromiso y seriedad. Presto total y casi obsesiva atención a cada uno de los movimientos del hombre a mi derecha, estudio sus gestos; analizo todas sus respuestas, sus palabras, el tono empleado en ellas y puedo asegurar que él, Ricardo, hace mucho perdió la razón a causa de mi Martín. No es difícil llegar a esa conclusión. Basta con ver la manera en la que lo mira, la forma en la que está al pendiente de lo que tenga para decir, de sus reacciones e incluso de sus movimientos.

La primera mención de labios de Martín al respecto, me hizo preguntarme qué tan especial sería este hombre para haber logrado enamorar, dominar y hacer sucumbir a mi hijo en este sentimiento del cual él nunca fue creyente. Jamás lo escuché hablar del amor de manera fervorosa, o por lo menos no más allá de escucharlo mencionar dicho sentimiento como algo lejano de lo que pensaba preocuparse en alcanzar algún día… Tal como cuando se está arropado por el velo de la infancia y se menciona de manera vaga, e incluso desapasionada, aquella frase de: «Cuando sea grande…»

… Y ahora lo veo… Su cambio, su reciente estado de ánimo, su raro comportamiento, todos ellos signos inequívocos del amor. Ricardo representa eso en Martín, es el cambio y conocimiento de un desconocido —hasta ahora para él— sentimiento… La maravillosa conexión entre el dolor y el bienestar.

Amor… Cuatro simples grafías a las cuales las personas brindan un valor abismal, sin nunca llegar a contemplar  que pueden ser solo eso, palabras sin significado, valor o sentimiento alguno… Algo sin sentido. Simples palabras soltadas al aire, sin tener remitente ni destinatario. Dos vistas contradictorias y a la vez complementarias. ¿Por qué describo al amor de esta forma, cuando su única definición se supone que es la felicidad absoluta y eterna? Simple… He sido capaz de sentir, observar y deslucir éstas dos facetas y aun así, no encuentro explicación valedera de su comportamiento. Ábrele la puerta al amor y el dolor será un huésped también… Uno insaciable, a quien el amor nunca le otorgará salida… Coexisten, cohabitan en simbiosis, a veces hasta llego a pensar que son sinónimos uno del otro.

Claro está, que soy perfectamente capaz de comprender y asimilar el hecho de que el problema no radica en el sentimiento mismo. No, el problema somos nosotros y nuestra decrepita capacidad para manejar de la manera correcta nuestros sentimientos. Tal como aquel que cuenta con la suerte de tener en su vida a la persona correcta, y espera que mágicamente todo marche a la perfección, sin tener en cuenta que el amor es algo que necesita ser cultivado y alimentado… Pero por sobre todas las cosas, lo que se necesita para sobrevivir a él, es no dar por sentado algo que es enteramente volátil y mutable.

¿Cuándo se desvela la verdad de una persona? ¿Sus motivos e ideas? Hijo mío, aun la persona más amada es capaz de herirte… Y viceversa. ¿Cómo podemos hacer eso? ¿Cómo podemos caer tan bajo? Juramos amar y proteger y a su vez lastimamos de manera certera y con tal ahínco, que logramos un daño inconmensurable. Encontré la respuesta a este gran interrogante, la respuesta que hice mía y por la cual se rige gran parte de mi forma de conducirme con respecto a este tema, con tan solo diez años de vida… Algo dentro de mí se quebró de manera irreparable en aquel momento… Puede interpretarse como que perdí la fe en el amor. Dejé de creer en su magnificencia, porque las personas que se suponía eran mi ejemplo para ello, estaban viviendo una mentira, y yo me encontraba en medio.

La felicidad que ellos, quizá sin ser verdaderamente conscientes, me arrebataron, tú me la devolviste, Martín. No sé si tenga derecho a escudarme en ello, pero mi corazón, al igual que yo, creció herido…  Jamás se entregaba del todo e hizo de mí alguien egoísta, que no recapacitó hasta que sentí que ya no me debía solo a mí misma, hasta que te sentí creciendo dentro de mí y supe que tenía la obligación de hacerte feliz, que tú eras mi oportunidad para redimirme. Pero como en la mayoría de situaciones en la vida, no recapacité hasta que había cometido demasiados errores… Uno en particular que aún me atormenta.

Debido a mis decisiones, en mi estúpido afán de jamás permitir que alguien se instalara lo suficiente en mi vida como para hacerme caer presa del amor —un sentimiento en el cual me obligué a no creer— siento que te arrebaté una oportunidad invaluable. Mi amargura al respecto, no tiene por qué arrastrarte a ti, Martín; porque tú, contrario a mí, eres libre de creer en el amor, de entregarte a él si es lo que quieres… Después de todo, he hecho un gran trabajo contigo y te crie para que te debas solo a ti mismo, para que jamás te rindas, para que luches y para que sueñes, para que alcances tus metas y para que jamás te sientas condicionado a reprimir a tu corazón.

Amo tanto al ser humano en el que te has convertido, y me enorgullece ser artífice de ello, que creo que quizá sea el momento oportuno para contarte una historia…»

2

Entrada No. 10 – Diario de Martín.

Debo confesar que había esperado mucho menos de él… De mi profesor. Su comportamiento me sorprendió, y lo hizo de una manera grata. Se comportó a la altura. De manera que lo que pudo haber resultado como un gran desastre, terminó siendo un gran acierto. Creo que ahora siento curiosidad con respecto a él, porque todo parece apuntar a que no es un simplón como creí, o por lo menos a que no lo es del todo.

Bien, lo acepto. Mi vanidad definitivamente me llevó a hacer algo que odio que hagan conmigo; me llevó a apresurarme, a encasillar  y a simplificar a una persona de la que apenas conozco una de sus facetas. Y si lo pienso bien, es justamente la faceta en la que las personas no suelen mostrarse enteramente tal como son: la laboral. Todos quieren caerle bien al jefe así que…

Mi profesor… Para ser alguien que me advirtió que a duras penas tomaría mi mano en un caso extremo, se tomó realmente en serio su papel y él… La cuestión es que, contrario a lo que me permití imaginar, besa con tal destreza que puedo decir que me sacó el aire, y creo incluso que mi memoria perdió un par de minutos. Así de intenso fue. Culpo de mi reacción, a la sorpresa, ¿Qué otra cosa podría ser? Esperaba un beso soso, o ninguno en absoluto. Admito que su valentía me desconcertó.

Ante su reacción a la situación, solo me queda suponer que la providencia me sonrió, y por azares del destino y de la casualidad, me llevó a escoger correctamente a la persona para restregarle en la cara al otro, al tormento de mis días… Y también debo suponer que mi profesor está tan desesperado por recuperar y desaparecer el archivo con su fotografía, que se ha tomado la molestia de fingir con gran esmero.

Y aunque mi madre tampoco me decepcionó, no puedo dar nada por sentado aún. Ella apenas se ha expuesto a la superficie, y no quiero correr riesgos para cuando finalmente decida sincerarme con ella. Voy a empujar y a presionar todo lo que pueda, hasta establecer su punto de quiebre… Y ya que estaré sobre la marcha, aprovecharé para molestar un poco, y ver hasta dónde es capaz de seguirme el juego mi profesor.

M.A.

3

A veces, Joaquín se cuestionaba si la manera en la que se manejaba, las decisiones que tomaba y la mayoría de sus acciones, eran alguna especie de auto sabotaje. Se preguntaba si de alguna manera, esa era su forma de tratar de pagar por sus acciones del pasado. Como si, habiendo tomado tantas veces ventaja de las situaciones, haberse comportado como un egoísta e incluso como un traidor, lo hubiese condicionado a siempre tomar el camino que le aseguraría más problemas.

¿Quería sexo? De seguro Irina estaría más que dispuesta a satisfacerlo, sacrificándose por la causa. ¿Por qué entonces estaba rechazándola de manera sistemática? Aun cuando, a menos que se comportara como un verdadero bruto, sabía que tener sexo con ella estando embarazada no la dañaría, o al bebé. Ella se había asegurado, además, de que él tuviera esta información lo suficientemente clara, cuando lo obligó a ir con ella a su última cita con el gineco obstetra, y estando frente a ambos hombres, arrojó la pregunta así, sin más.

Con cada día que pasaba, notaba la manera en la que Irina ganaba terreno en su vida. Podía ver en sus ojos el orgullo y la seguridad que esto producía en ella. Joaquín no quería bajarla del pedestal, pero lo cierto era que ella se encontraba en esa situación solo porque él se lo había permitido. Claro que podía reconocer en ella a una mujer tenaz, paciente y luchadora, pero nadie iba a instalarse en su vida si él así no lo quería. No era que estuviera decidido a formar una vida a su lado, con todo lo que ello implicaba, pero tampoco quería comportarse como un completo hijo de puta al contrariarla estando en embarazo. Quería que se sintiera segura y a gusto, eso era todo.

Quería amarla. Necesitaba amarla. Necesitaba desearla… A ella, a ella que era la correcta.

Irina se esmeraba por complacerlo y por seducirlo, pero él no quería el sexo sin problemas que ella le ofrecía. Quería el de Martín, por supuesto. Pero pensar en él, era inevitablemente pensar en Micaela, y pensar en ella, era un pasaje directo para rebuscar en su memoria, para escarbar en ella hasta dar con los recuerdos de una persona en la que, de ser posible, prefería no pensar. Porque ese recuerdo le plantaba justo en frente la verdad acerca de sí mismo, de lo ruin y traicionero que podía llegar a ser.

Pensar en Martín y desearlo, además clavaba en su ser la necesidad malsana de comparar sus carnes con las de Micaela, y eso era algo demasiado bajo, incluso para él. Pero, ¿Acaso cuándo había sido él capaz de resistirse a sus más bajos instintos? Si hubiese habido un ápice de decencia en él, no habría tocado al chaval, en primer lugar.

Ahora ya era tarde, ahora se sabía de memoria todos los recovecos de su cuerpo. Ahora ya sabía que su sexo era maravilloso y que quería más… Siempre quería más. Ahora ya tenía la certeza de que el cariño que sentía por Micaela y el respeto del que se había jurado revestirla cuando la tragedia les rozó la vida, no eran suficientes para frenarlo. Podía convencerse incluso de que precisamente a causa de su pasado con ella, algo malsano dentro de él había caído con más ganas dentro de las preciosas y sensuales redes de Martín, porque sabía que algo dentro de él, se regodearía al saber que los había tenido a ambos.

¿Cuándo se había vuelto tan mezquino y tan dañino? ¿Acaso siempre había sido así? No, no siempre fue así. Él sabía exactamente en qué momento se le había podrido el corazón.

…Podía tener a Irina, pero quería el sexo de Martín. Quizá, en el fondo, lo que quería era que Micaela los descubriera y lo odiara, para sufrir. Necesitaba sufrir. ¿No decían acaso que en el sufrimiento había redención? Quería redimirse.

La luna, plateada y redonda lo arropaba con su luz… A él y a su pequeño compañero tapizado en café, de una pieza. ¿De cuantas cosas había sido testigo aquel pequeño sofá? Acarició la tela, recordando con algo de nostalgia cuántos días había estado Martín recostado allí, posando para él. Recordó la sensación que albergó su pecho cuando se le metió en la cabeza que quería dibujarlo desnudo, porque no era capaz de concebir el no hacerlo cuando lo tenía frente a él, brindándole aquella oportunidad. Esbozó una sonrisa al recordar, también, lo poco que le había hecho falta para convencerlo de ceder. Martín era un chaval decidido, desinhibido y tenaz, que conseguía justo lo que quería, pero que también lo daba todo a cambio.

Sus ojos se empequeñecieron al ampliar aún más la sonrisa, y lo recordó disponiéndose a prepararse para posar desnudo para él por primera vez. Eso fue ni bien se lo propusiera, justo tres días después de que comenzaran a tener sexo. Justo en medio de aquel salón con ventanas sin cortinas. Justo a plenas 3:30 de la tarde, cuando la luz natural no servía de mucho porque era un día nublado, cuando, si alguien se lo proponía, podría verlo desde los otros edificios con alturas similares a aquel. A veces Joaquín se preguntaba por qué aún no había recibido una queja de parte de sus vecinos, porque en aquel estudio en ocasiones parecía haber más sexo sin pudor, que pinturas. Joaquín se preguntaba si acaso eran ciegos, o simplemente indiferentes o si acaso, quizá, les gustaba lo que veían… Cualquiera que fuese la respuesta, consideraría el comprar unas malditas cortinas.

Fue precioso… Fue sublime ver a Martín adoptar de inmediato su papel y buscar su posición sobre el pequeño sofá, sin esperar por instrucciones… Tan natural, tan él… Tan único. Su cuerpo grácil, sus piernas largas, duras y lechosas, sus nalgas pequeñas y redondas, su sexo que tenía de terso y tierno lo mismo que tenía también de brioso y exigente. Toda esa maravilla acurrucada de manera perfectamente imperfecta en aquel mismo sofá que ahora recorría con los dedos, para permitirle a él —suertudo de él— plasmarlo en el lienzo más grande que tuvo a mano en aquel momento.

Con la mala luz que hubo aquel día, apenas esbozó unas cuantas líneas que contorneaban a grandes rasgos su figura, antes de abandonar la tela. En aquellos días benditos, en los que lo tenía a mano para follárselo cuando quisiera, fue justo lo que hicieron en aquel mismo pequeño sillón, tras el biombo que había puesto para proteger su intimidad. Y lo que hizo Martín aquel día fue… fue sensual, y por sobre todas las cosas, fue ocurrente.

—Ahhh, ¿Ah? Por qué has hecho eso… Estaba a punto de correrme, joder.—se quejó Joaquín, cuando Martín dejó de moverse sobre él y se alejó de su entrepierna, sacándoselo de adentro al levantarse de su regazo.

—Porque quiero que te corras mientras te miro a los ojos. —Dijo Martín. Con la mirada brillante, la respiración agitada y los cachetes sonrojados… Como le gustaba a Joaquín que él perdiera la palidez por razones como aquella. —Túmbate.

Joaquín frunció el ceño. ¿Acaso hablaba en serio? ¿Tumbarse allí, en aquel diminuto sofá?

— ¿Aquí? Ya que has interrumpido, por qué no continuamos en la cama… Este sillón es demasiado pequeño para los dos. Anda, vamos…

Martín sonrió.

—Sí, es pequeño para dos…—Mientras hablaba, Martín lo empujaba hasta hacerlo apoyar la cabeza en uno de los braceros, y luego, con una de sus rodillas atizó una de sus piernas para darle a entender que quería que la apoyara en el otro brazo del pequeño sofá. Obedeció. —Pero mientras hacemos el amor, no somos dos… Somos uno, Joaquín.

Y aquella, sin duda, debió ser una gran pista acerca de lo que Martín sentía, porque el chaval jamás se refería a lo que ellos dos hacían como simple sexo… Él decía «Hacer el amor»… Egoísta de él, jamás le dio importancia a aquello.

Martín se sentó a horcajadas sobre él, sin dejar de mirarlo. Respiraba con la preciosa boquita entreabierta, su pecho subiendo y bajando a un ritmo acelerado. Su polla había perdido algo de firmeza, pero Martín se encargó de ello rápidamente, al sentarse sobre esta y comenzar a mecerse encima, mientras lo besaba.

En cuanto sintió el pene de Martín empujando contra su vientre bajo, firme y lloroso, su propia libido explotó dentro de él, con la enorme necesidad de enterrarse en aquella anatomía caliente y abrazadora que danzaba ondulante sobre su centro, hinchando venas y desbordando cataratas.

Intentó apartarlo, para ponerlo en ángulo correcto y penetrarlo de una sola vez, como le encantaba hacer, pero Martín frenó sus manos, apartándolas de él. Se acomodó mejor y retrocedió, apartando de su miembro anhelante aquel agujerito con el cual ansiaba arropar su sexo.

Iba a protestar, pero comprendió la intención de Martín cuando este se sentó sobre sus muslos y en un solo puño, atrapó ambos sexos. Nunca había hecho aquello antes, y nunca pensó que se sentiría así de bien.

Con una mano experta, que apretaba sin demasiada compasión, Martín masturbaba ambos miembros juntos. Intensificaba y suavizaba el movimiento a su entero antojo, enloqueciéndolo. Haciendo que, sin que estuviera dentro de su entero control, su vientre temblara, contrayéndose.

Cuando Joaquín estalló en manos de Martín, aún debió aguantar más de aquel movimiento torturante y bendito que le electrificaba la columna y la fricción entre ambos miembros, hasta que su chavalín alcanzó el orgasmo.

—Ahhh.

Martín se apartó de él, conteniendo en la palma de su mano, el producto de ambos orgasmos. Por un momento pensó que quizá Martin iba a lamerlo de su palma, y aquello no le habría extrañado o molestado, pero lo que hizo fue mucho mejor y más significativo.

Caminó con  paso elegante hasta la mesa en la que tenía los pinceles, tomó uno y lo cargó con el semen que le manchaba la palma de la mano. Miró la tela, en la que apenas se veían los trazos básicos de su silueta, su rostro ligeramente tinturado de rosa, tenía una expresión de solemnidad.  Con pequeños trazos, rellenó la porción de los labios… Dejándolos, con ello, a ambos retratados allí, para siempre.

El cielo nocturno estaba despejado, y los rayos lunares proveyeron al estudio de un misticismo que difícilmente hubiera podido lograrse a propósito. De alguna manera la luna y su luz potente, pero insuficiente al fin y al cabo para que todo pudiera ser visto en detalle y no bajo aquel halo casi fantasmal que proveía a los objetos, confirió vida a las llamas alrededor del Martín en el cuadro… Bajo la luz de la luna, sus ojos grises se volvieron vivaces… Bajo la luz de la luna, su piel parecida a la nata, se veía más luminosa… Bajo la luz de la luna, el pecado se hizo mucho más deseable.

Mientras caminó hacia aquel cuadro, Joaquín soltó un gran suspiro, sobre todo por darse cuenta de que lo más probable era que en aquella misma hora de la madrugada, en la que él se paraba frente a un cuadro y posaba los labios sobre unos hechos de tela y óleo, y en los que le hubiese gustado poder sentir el sabor salobre del semen de Martín que reposaba bajo las capas de pintura, era bastante probable que él estuviera teniendo un orgasmo en los brazos de alguien más.

 

4

Situado en lo alto del pico del paroxismo, su mente y su imaginación ardían, conflagrándose al luchar contra algo que tenía demasiado metido en lo profundo de su ser. «Martín… Martín» se  repetía incesantemente en su cabeza. Con tanto ahínco y con tantas ganas imaginaba el eco de su nombre, que sus labios terminaban por verbalizarlo, mientras su cuerpo sudoroso se revolvía entre unas sábanas que lo apresaban, más que reconfortarlo.

…El calor… ¿Cuándo remitiría el calor?

Cómo enfrentarse a la mutación que estaba sufriendo su ser, su interior, su corazón, sin sucumbir al malestar… Un malestar del que sabía se desharía únicamente cuando finalmente se rindiera, cuando se entregara a lo que su cuerpo y su mente comenzaban a exigirle a gritos.

Era Martín, todo él… Eran sus ojos, su boca, su pedantería que, extrañamente, comenzaba a encontrar encantadora y a comprender… Su boca, que invariablemente, desde ese momento y para siempre, estaría ligada a sus besos. A ese beso profundo y perfecto que le hizo estallar los sentidos, y lo tenía en aquel estado de febril duermevela en el que, nada más cerrar los ojos, lo hacía seguirlo en sueños.

« ¿Qué me has hecho, Martín? ¿Qué me has hecho, que estoy preso en ti?»

Era la culpa la que lo perseguía. No era él quien estaba enfermo, era su contrariedad a punto de morir, la que irradiaba aquellas hondas febriles que en aquellos momentos le estaban haciendo temblar los huesos. Ya no había adonde correr, porque huir, habría significado hacerlo de sí mismo.

Estaba dentro de su apartamento, dentro de su habitación, en su cama… Y aun así, no estaba enteramente allí. Sus sueños y la realidad se mezclaban, creando un tapiz colorido que estaba poblado de los elementos que estaban a su alrededor, pero que estaban reblandecidos por la magia de sus sueños. De manera que sus paredes, por momentos, parecían estarse derritiendo, chorreando pintura hacia el piso, y sus muebles ondulaban hacia arriba, como si sus bordes estuvieran dibujados con humo.

Pero él, Martín, se veía tan tangible, a pesar de lo etéreo. Con cada uno de sus bordes perfectamente detallados, que lo demás a su alrededor no importaba. Quería abandonar la cama, e ir en su dirección y envolverse alrededor de él, pero le pesaban los huesos. Ricardo sentía como si sus extremidades no le pertenecieran.

— ¿Estoy soñando?—. Preguntó, arrastrando la lengua.

—No lo sé… Eso dímelo tú.

— ¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí.

Martín sonrió, empequeñeciendo un tanto los ojos. ¡Dios! Su sonrisa era tan bonita.

—Pero yo no estoy aquí. —Dijo el chico, dando un paso en su dirección, pero continuando lo suficientemente lejos de él. —Tú me trajiste, eso es distinto.

— ¿Cómo distinto? Si yo te traje, entonces sí estás. Es decir… ¿Qué estás aquí en contra de tu voluntad?

—Sí y no, eso debes decidirlo tú, Richie.

Llevó una mano torpe hasta su rostro, tratando de aclararse y además para quitarse los mechones de cabello que se adherían desagradablemente a su frente a causa del sudor.

—Entonces sí estoy soñando, porque tú no sueles ser tan vago al hablar.

— ¿No? ¿Cómo suelo ser, entonces? —. Martín parecía no tener otra expresión que mostrarle, más que aquella complaciente y traviesa sonrisa que no se le borraba del rostro, y que de alguna manera lograba hacerlo ver angelical y no burlón. Había de ser porque era el Martín de sus sueños… Aunque todo pareciera indicar que continuaban en su habitación.

—Tú… Siempre dices lo que quieres y esperas que se ejecute en el acto. No sueles dar muchos rodeos. Eres bastante mandón, además. Y siempre esperas tener el control.

—Y ahora mismo, ¿Tengo el control?

—No pareciera.

— ¿Y sabes por qué es eso?

—No.

— ¿Quieres que te diga?

—Por favor.

—Porque tú lo tienes, porque aquí y ahora, haré lo que tú quieras… Además, esperaré.

Ricardo rio, de manera bastante torpe. Rio desde entre sus sábanas empapadas con su sudor.

— ¿A qué esperarás?

—A que te rindas, Richie.

Ricardo apartó la mirada de Martín, al distraerse con lo que adivinó serían las luces de un vehículo de gran tamaño, colarse por su ventana. Debía ser grande y muy luminoso, quizá un camión de bomberos, porque su apartamento quedaba en un tercer piso. Pero si eran los bomberos, ¿Por qué no había escuchado la sirena?

Se obligó a centrarse nuevamente en su joven acompañante, en cuanto percibió con el rabillo del ojo que este se desvanecía.

— ¡Oye! ¿A dónde vas?

—No me estabas poniendo atención, así que las reglas dicen que siendo así, debía marcharme.

— ¿Reglas? ¿Cuáles reglas?

—Las reglas de los sueños, tontito. —Martín amplió la sonrisa.

—Ah, entonces sí que estoy soñando.

—Por supuesto, sino, ¿Por cuál otra razón estaría yo aquí, en medio de tu habitación, en medio de la madrugada y vistiendo algo como esto?

Ricardo separó un poco la cabeza de la almohada, para apreciar mejor a qué estaba refiriéndose Martín en cuanto a su vestimenta. Y allí estaba, el chico estaba utilizando la camisa del uniforme que tenían los alumnos del instituto en el cual trabajaba, y que únicamente utilizaban en las fechas en las que había actos cívicos, la camisa tenía el escudo del instituto bordado en la parte superior derecha. Él además estaba utilizando la corbata a rayas azules y rojas… Nada más. Sus piernas estaban desnudas, al igual que sus pies. La camisa, relucientemente blanca, cubría una tercera parte de sus muslos.

— ¿Por qué estás vistiendo eso?

—No lo sé, Richie. Esta es tu fantasía, así que explícalo tú.

—Con que mi fantasía, ¿Eh?—. Una vez más su mente se distrajo, esta vez al posar la vista en los números fluorescentes que resaltaban en medio de la oscuridad de su habitación y marcaban indolentemente las 3:37 a.m. Lo cual le recordaba que en un par de horas debía levantarse para ir a trabajar, él aún debía laborar una semana más, no como los suertudos de sus alumnos. Una vez más, Martín comenzó a desvanecerse y él lo impidió, mirándolo fijamente. —No te vayas, Tiny. Quédate.

—Entonces no me dejes ir.

—Jamás. —Declaró con resolución. —No me gusta del todo este sueño, no me puedo mover, ¿ves?—. Le mostró al chico cómo hacía un gran esfuerzo por levantarse para abandonar la cama y no podía.

Martín sonrió, juguetón, mientras lo señalaba con un dedo.

—Eso posiblemente se debe a que tienes mucha fiebre.

— ¿Fiebre? ¿Estoy enfermo? Pero… ¿Por qué? Yo suelo ser muy sano.

—Pues porque me besaste. Me metiste la lengua hasta la garganta y te he prendido el virus. Eres un tontito, Richie.

—Ah, ya veo… Pero valió la pena. Tanto, que lo volvería a hacer sin pensarlo dos veces.

—Si. Qué bueno saberlo. Pero ¿Sabías que ese malestar tuyo está intensificado por tu estúpida reticencia? Te gusta alguien de tu mismo sexo. No es algo tan descabellado y no eres el primero al que le pasa, acéptalo de una buena vez y sácale todo el provecho que puedas.

—A mí no me…

— ¿Qué no te gusta? ¿Qué hago yo aquí, entonces? ¿Acaso crees que este tipo de sueños no están tratando de decirte algo? Es tu subconsciente gritando, haciendo un gran escándalo —El Martín de sus sueños colocó ambas manos a los lados de su boca, usándolas como bocina — ¡Te gusta un hombre… Te gusta lo suficiente como para soñar que te lo coges la mayoría de las noches!

— ¡¿Quieres callarte?! Los vecinos podrían escucharte. Entonces este sueño no será de los divertidos, contigo machacándome la cabeza y con esto de que no me puedo mover…

—Oh, pero yo sí que puedo.

— ¿Y por qué no lo has hecho? ¿Por qué continúas lejos de mí, en medio de la habitación si antes ya lo hemos hecho tantas veces? Quiero abrazarte.

—Porque ahora las reglas han cambiado. —Dijo Martín, mientras se paseaba a los pies de su cama y arrastraba un dedo por la baranda de metal blanco, siguiendo los patrones de los arabescos. —Tú ya no te conformas con lo de antes, con solo imaginar e intuir. Ahora te preguntas cómo se sentirá realmente tocar mi piel, cómo se sentiría realmente tener sexo conmigo—. Mientras dijo aquello, aquel Martín grumoso metió la mano dentro de su camisa, justo en medio de sus piernas, y tal como era de esperarse, Ricardo no logró ver nada en concreto, más allá de la mano que de manera sugerente bombeaba allí debajo, haciendo que la tela se hinchara y deshinchara en un movimiento de vaivén. — y como nunca has tenido esa experiencia, pareces no saber cómo recrearla aquí…—Martín dijo aquello irguiéndose y recomponiéndose, como si tan solo segundos atrás no hubiese estado evidentemente masturbándose delante de él.— Eso es gracioso, porque fuiste capaz de arreglártelas antes; muchas veces, incluso me has puesto una vagina alguna vez… Y yo obviamente no tengo una, ¿Quieres ver?

—S-sí. —Dijo sin convencimiento. Estando dormido había hecho el amor con Martín una indecentemente alta cantidad de veces, pero era solo la sensación del sexo, de la desnudez, la sensación del frotar de cuerpos, jamás había estado lo suficientemente consciente, como sí lo estaba en aquel momento en el que sabía que no estaba enteramente dormido. Nunca antes había puesto especial atención en el hecho de que el Martín de sus sueños fuese anatómicamente correcto, o normal siquiera, porque estaba seguro de una vez haber soñado que lo penetraba por un conveniente agujero en un costado… Pero así eran los sueños la mayoría de las veces, bizarros.

—Uhm… Mejor no. Dejemos eso para cuando sepas como es el amiguito del Martín de allí afuera de verdad, y así puedas visualizarlo en mí.

— ¿Crees que alguna vez llegue a verlo… Desnudo?

—No sé cómo es él, no sé si te lo permita. Pero de que tú quieres, quieres.

— ¿Él? ¿Acaso tú y él no son el mismo?

Esta vez la sonrisita de Martín, se transformó en una risotada en toda regla.

— ¿El mismo? Para nada. Yo solo soy una proyección complaciente que tu mente calenturienta ha creado a partir de un suceso que hizo mella en ti… Una proyección sospechosamente igual a alguien de tu entorno cercano. Yo culpo de ello a la larga abstinencia sexual… Y a la gripe.

Ricardo bufó.

— ¿Sabes qué? Los sueños eróticos en medio de un episodio febril, apestan. Creo que todo es mucho mejor cuando estoy tan dormido, que no me parece extraño que tengas una vagina.

— ¿Sabes que el Martín de allí afuera, probablemente te caparía si te escuchara decir algo semejante con respecto a él?

—Supongo que así sería.

— ¿Quieres que este sueño deje de apestar?

—Eso me gustaría mucho. ¿Qué piensas hacer? Yo no puedo hacer nada, porque aparentemente el malestar me tiene sujeto a la cama.

—Voy a darte algo con lo que, patético de ti, estás muy familiarizado. —Martín le enseñó una mano, agitando los dedos. —Esto es algo que puedo hacer por ti. ¿Quieres?

—Quiero… Pero, espera. ¿Esto quiere decir que nunca más volveré a tener sueños más… específicos contigo?

Martín se subió a la cama y empezó a gatear sobre él, hasta sentarse sobre sus rodillas.

—No te preocupes, tú eres dueño de tus sueños. Pero tal como yo no soy el Martín de allí afuera, el real, tampoco soy exactamente el mismo Martín en tu fase de sueño REM. Yo soy el de la fase superficial. El de las gripes.

—Pero, si no eres él, ¿Cómo es que sabes que alguna vez le puse una vagina?

—Porque en esencia… Aunque no soy el uno o el otro, somos el mismo.

— Pero… Eso es contradictorio ¡Eso no tiene sentido!

— ¿Cómo podría algo tener sentido, Richie? Esto es un sueño, ¿Recuerdas?

Con una mano que parecía vibrar, más que moverse, Martín aprisionó placenteramente su sexo, que para su alivio tenía todos los atributos de un pene y no se parecía para nada a una flor, y comenzó a manipularlo con la clara intención de llevarlo hasta el orgasmo.

— ¿Recuerdas que me dijiste que esperarías a que me rindiera?

—Sí, lo recuerdo. — Martín se tumbó junto a él, sin dejar de maniobrar en su entrepierna, y lo miró a los ojos, con aquella pequeña y hermosa sonrisa colgándole de los labios.

—Pues puedes dejar de esperar… Porque me rindo, Martín. Me rindo… Te quiero conmigo… Me rindo.

—Qué triste…

—Qué… Uhm… ¿Qué es triste? —Preguntó Ricardo, tratando inútilmente de controlar la manera en la que se aceleraba su respiración.

—Que lo que estás diciendo, es algo muy bonito; y aunque me lo estás diciendo a mí, eso evidentemente va dirigido al Martín de afuera. Bien por él.

— ¡Dios! Esto es muy confuso. Creo que prefiero despertar. Deja de tocarme entonces, porque si no eres él, el real, esto no vale la pena.

La luna, la luna redonda, enorme y plateada, llamó su atención, distrayéndolo de un Martín que de inmediato comenzó a desdibujarse.

5

Cuando esa madrugada, a las 5:30, se dio el placentero lujo de desactivar la alarma de su celular cuando le chilló cerca del oído, porque había olvidado desactivarla durante el fin de semana, y la palabra «vacaciones» se dibujó en su cerebro, jamás imaginó que tan solo dos horas y media después sería cruelmente arrancado del mundo de los sueños, con lo que le había costado conciliar el sueño la noche anterior.

Ni siquiera había caso en tratar de saber cómo había Georgina obtenido su número de teléfono, estaba convencido de nunca habérselo proporcionado. El caso era que la tenía parloteándole en el oído, mientras él ni siquiera había abierto los ojos del todo aún.

— ¿Qué haces? Apenas son las…— Alejó el teléfono de su oreja para mirar la hora, — Son las ocho de la jodida mañana. ¿Acaso no tienes nada más que hacer que llamar a joderme la vida?

Vaya Martín, pero qué vocabulario. Jamás pensé que fueses de esas personas que se ponen de mal humor por una simple llamada.

No, Georgina. No suelo ser de esas personas que se ponen histéricas por una simple llamada, soy de aquellas personas que pierden los estribos cuando los llaman y los despiertan. —Inspiró aire de manera profunda por la nariz, considerando que nada ganaría con seguir desparramando veneno y que lo mejor era calmarse y averiguar de qué iba aquello, para poder despacharla rápido. — ¿Qué quieres?

Pudo escuchar la manera en la que Georgina bufó al otro lado de la línea, evidentemente exasperada.

Para empezar, lo que menos quería era escuchar que acabo de despertarte, cuando se supone que hace media hora deberías estar aquí, Martín.

— ¿Aquí? ¿Aquí, dónde?

Martín se incorporó, hasta quedar sentado en la cama. Buscando inútilmente una explicación a su alrededor. Un calendario, quizá, que le ayudara a confirmar que tal como él creía, no tenía clases aquel día. El dolor de cabeza, recién despertado también, comenzó a abrirse paso desde su sien, sin dudas tratando de alcanzar su cerebro.

¿Aquí? ¿No querrás decir «Allí» acaso? Porque «Aquí» no estás, eso es obvio. — la voz de Georgina comenzaba a aumentar de volumen, y esto lo hizo alejar el teléfono durante un par de segundos. Cuando lo volvió a poner sobre su oreja, ella ya iba a la mitad de una frase. — …Creer que me hayas dejado plantada. Está bien que tú y yo no somos precisamente amigos, pero jamás pensé que no tuvieras palabra. Con lo que me costó conseguir esta cita… Con lo que le costó a mi mamá concertar esta cita. Eres un gran…

Cita. Mierda, lo había olvidado. Martín presionó una palma sobre sus ojos, tratando de pensar de prisa y de buscar la manera de calmar a Georgina. Pero lo único en lo que podía pensar era en el pum – pum – pum que emitía su cerebro, al retumbar al ritmo del dolor de cabeza.

—Espera… Espera, yo lo siento, de veras lo siento. Lo olvidé por completo.

De eso ya me di cuenta. He tenido a esta mujer retenida esperándote durante media hora, y ella ya empieza a mirarme mal. Sabes que podríamos tardar un mes en poder conseguir otro turno con ella, y para ese momento la fiesta ya habrá pasado.

¡Oye! Deja de gritar, y sobre todo deja de exagerar. Es solo una costurera…

¡Idiota! ¿Solo una costurera? ¿Acaso estás escuchándote? Ella, solo es la dueña de la cadena de boutiques para novias más importante de la ciudad… Hizo una gran excepción con nosotros, y va a confeccionarnos los disfraces solo porque mi madre se lo pidió… Y tú no estás aquí.

Suspiró, tratando de serenarse. Más le valía calmarla, no le convenía tenerla en contra. Cuánta razón había en aquello de que las mujeres se volvían histéricas con los vestidos de novia. Ni que se fueran a casar.

—Bien, bien. Antes que nada, por favor dime que no estás diciendo todo esto delante de ella…

¿Acaso crees que soy estúpida? —Sí, había un poco de eso. —Estoy a dos cuadras de su tienda comprándole un Mocaccino, tratando de mantenerla contenta. Ya tengo la cara adolorida de tanto sonreírle.

Bien, Georgy, Por favor, sigue sonriéndole durante la siguiente media hora, en 30 minutos estaré ahí.

Pero…

—Por favor, juro que en media hora estaré allí. —Iba a colgarle sin darle tiempo de decirle una sola palabra más pero… —Oye, ¿Cuál es la dirección?

—Martín eres un grandísimo…

***

A veces, Carolina hacía aquella cosita dulce. Ella corría hacia él, fingiendo que lo hacía en cámara lenta y cuando finalmente lo alcanzaba, ella se ponía en puntas de pie y le enroscaba los brazos alrededor del cuello, antes de estamparle un beso en la mejilla o sobre la nariz. Lo que no esperó fue ser el receptor de aquel hermoso gesto en cuanto bajó las escaleras a la carrera, con el cabello húmedo, los cordones de sus zapatos sin atar, y terminándose de colocar la chamarra.

—Oh, ya estás listo, ¿Acaso nos vamos ya?

— ¿Irnos? ¿A dónde?

¡Dios! ¿Acaso de cuántos compromisos se había olvidado?

Carolina desenroscó los brazos de su alrededor y con las manos aún posadas sobre sus hombros, dio un corto paso hacia atrás, para mirarlo con una ceja irritada e interrogante elevada en lo alto de su frente.

—Voy a suponer que estás bromeando, Martín. Voy a suponer que no te olvidaste de que la última vez que me visitaste, y te comportaste como un verdadero idiota, trataste de desagraviarme invitándome a pasar un par de días en tu casa de campo a las afueras… A partir de hoy.

—Oh, Dios. —Sí, oh Dios, ella lo iba a matar.

— ¡¿Lo olvidaste?!

Ella exhaló aire de manera brusca, en el signo más inequívoco de su incredulidad. Se apartó bruscamente de él y meneando sus caderitas de manera exagerada, se dirigió a la otra estancia para recoger su mochila. Lola miraba la escena con mucha atención, sin emitir ningún sonido. Martín tardó en reaccionar, pero al final corrió tras ella.

—Lo lamento Carito, lo siento de verdad. —La abrazó desde la espalda, impidiéndole agacharse a recoger el morral en el que obviamente tenía ropa para los días que él le había prometido llevarla de paseo. Aquella situación sería aún más grave si él, habría la boca y confesaba que realmente no recordaba siquiera habérselo propuesto. —He… Tenido mucho en la cabeza. Tonto de mí, ninguna situación debería ser lo suficientemente importante para desplazarte a ti.

Carolina permaneció en absoluto silencio durante los dos minutos siguientes, pero no se deshizo de su abrazo, eso era una buena señal.

—Bien. Si tanto lo lamentas, ¿Cómo piensas compensármelo?

Martín meditó unos cuantos segundos. Solo existía una manera certera de llegar al corazón de Carolina.

Rebuscó en el bolsillo interno de su chamarra hasta dar con su billetera, de la cual extrajo la tarjeta de crédito Platino.

—Te llevaré de compras.

Carolina se dio la vuelta en sus brazos, hasta quedar frente a él, con la expresión del rostro mucho menos adusta.

— ¿Y al spa?

—Lo que quieras, princesa. Pero vámonos.

— ¿Ya? Ni siquiera has desayunado.

—Ya comeremos algo después.

Capítulo 25

0

Besos de Mar (Kiss me)

1

Besas como si fueses a comerme.

Besas besos de mar, a dentelladas. (Blas de Otero)

El primer piso de la casa donde creció Martín, estaba dispuesto como garaje. De manera que la puerta principal de la vivienda, que precedía a un recibidor espacioso e imponente donde predominaba el color blanco combinado con los toques de tonos ocres que aportaban la madera y el metal envejecido de los pasamanos de las escaleras, estaba en un segundo piso. Esta disposición de la casa, hacía que el comedor tuviera un balcón que daba hacia el jardín delantero. Por supuesto, como era de esperarse, no era un balcón común y silvestre de acero inoxidable y hormigón, sino toda una, estéticamente diseñada, entretejida amalgama de madera, metal y vidrio, delante de la cual estaba dispuesta la mesa en la que se encontraban sentados los tres.

Estratégicamente había hecho disponer los platos y cubiertos de manera que ella quedara sentada a la cabecera con el marco del balcón detrás, y Martín y su novio quedaran frente a frente en lugares opuestos de la mesa, para poder controlar toda la situación, para poder medir reacciones y para no perder detalle. Tal como ella solía manejarse en una junta, solo que esta situación era, por mucho, excesivamente más importante y delicada, había en juego algo mucho más importante que dinero. Se trataba de su bebé.

En este caso en particular ella necesitaba, con todas sus fuerzas, dejarle claro a aquel hombre que Martín estaba respaldado. No quería dar pie a que hubiera la más mínima posibilidad para que él se atreviera siquiera a pensar que, por el hecho de que en aquella casa no hubiese una figura paterna, podía llegar a hacer lo que quisiera con su bebé… De ninguna manera.

Dentro de Micaela, las emociones eran como un rio desatado que recorría su cauce con demasiada fuerza. De momento no se había desbordado, pero cabía la posibilidad de que lo hiciera si algo en aquel recorrido llegara a parecerle mal. Dentro de ella estaban conviviendo una gran cantidad de sentimientos en aquel justo instante. Ser mujer le confería aquella magia de hacer converger varias cosas en su pecho, mientras sonreía y agradecía al visitante por las bonitas flores y la botella de vino.

…Algo cálido le calentaba el pecho y la llenaba, porque Martín confiaba en ella… Emergía también el rabioso instinto de querer proteger a su vástago… Sentía alivio porque podía percibir en Ricardo a una buena persona… La dominaba una absoluta curiosidad acerca de aquella persona en la vida de Martín… Además, tenía una extraña necesidad de caerle bien a aquel hombre, porque después de todo, era la pareja de su hijo, y aceptar a Martín tal cual era, ahora parecía ser un tanto más complejo que solo sentir la confianza de decirle «En cuanto se te acaben los preservativos, avísame y te compro más ¿Vale, cariño?» o la vaga pregunta «¿Es hombre o mujer?»

En ocasiones, Mimí se cuestionaba su propio comportamiento. Sobre todo cuando se encontraba en situaciones como aquella, en las que se veía a sí misma aceptando, pasando por alto, e incluso aplaudiendo comportamientos y situaciones por las que otros padres de seguro enloquecerían, pondrían el grito en el cielo, o perderían el control y a las cuales les darían un rotundo «No»

…Sin embargo, Mimí tenía una razón poderosa para haber tomado la decisión, hacía mucho, de apoyar a su hijo con respecto a aquel tema hasta las últimas consecuencias. Dolía recordar el por qué, pero en cuanto Martín, con unas pocas e inocentes palabras, puso en evidencia lo que le gustaba, se prometió jamás tratar de imponerle el camino contrario y con el que de seguro solo lograría hacerlo infeliz y obligarlo a fingir; a vivir en un mundo que no sería el suyo… Amarrado a una fachada castrante que lo obligara a llorar en silencio… Como a él…  Como aquel en quien trataba de obligarse a no pensar.

En ocasiones Micaela solo se convencía de que su incapacidad para decirle que no a Martín, era porque se sentía culpable. Culpable por el poco tiempo que podía dedicarle en realidad, aunque él no parecía nada inconforme con ello… Otras veces sentía que debía compensarlo de alguna manera porque él no tuviera un padre y eso recaía sobre sus hombros y sobre los de nadie más.

Estaban comiendo el platillo de entrada en silencio aunque, por lo que podía ver, el profesor apenas había probado bocado. Algo dentro de ella cosquilleó en cierta forma de culpable placer, cuando contempló que la inapetencia de su invitado posiblemente se debía a los nervios… Eso estaba bien, que él le temiera. Que supiera que si llegaba a hacerle algo malo a Martín, ella lo buscaría hasta debajo de las piedras y lo destrozaría con sus propios dedos.

Micaela miró en dirección a Martín y vio como él tenía una pequeña, casi imperceptible, sonrisa anclada en los labios mientras miraba a Ricardo, aparentemente divertido por lo mismo que ella.

Ricardo Azcarate… De manera que era él quien tenía el corazón de su hijo. Quien lo hacía llorar en la madrugada y enloquecer cómo no lo había visto hacer nunca antes.

—Se ve usted muy bien esta noche, profesor. —Dijo ella finalmente, dando inicio a aquella charla que era mejor entablar de una vez, para cortar la tensión, comenzar a conocerse y dejar algunos puntos claros. Apenas y conocía a Ricardo de vistas en el instituto, y quería saber cada pequeño detalle acerca de él.

El hombre tomó la servilleta y se limpió los labios antes de contestar y volver a acomodar la pieza de tela sobre su regazo.

—Gracias. Usted se ve radiante, señora Ámbrizh… Pero por favor, llámeme solo Ricardo, a secas.

—Oh, entonces usted solo llámeme Micaela, a secas… ¡No! Mejor  llámeme Mimí. Todos mis allegados me llaman de esa manera; y si usted está saliendo con mi hijo, eso lo convierte en una persona excesivamente cercana a mí, puesto que no planeo quitarle el ojo de encima. — Tanto Ricardo como Mimí, miraron en dirección a Martín, al escuchar brotar de sus labios una risa que fracasó estrepitosamente en ser contenida dentro de la copa de la  cual bebía. Mimí volvió su atención hacia Ricardo, luego de que su hijo les hiciera un gesto con la mano, instándolos a ignorarlo y a continuar en lo que estaban. —Además lo de «señora»… No soy casada ¿sabe? Soy madre orgullosamente soltera. —Ella tomó un sorbo de la copa que tenía a mano y plasmó una sonrisa en su rostro. — ¿No le gusta que le llame profesor? Debo confesar que esa fue una de las cosas que llamó poderosamente mi atención cuando Martín me habló de usted.

Esta vez Ricardo dejó de fingir que algo en el plato que tenía en frente le interesaba, y en cambio le dedicó su atención por completo. Aunque continuó cargando un poco de tensión en el área de los hombros, los ojos del profesor dejaron de esquivarla y en cambio los posó en los de ella con resolución, y con cierta cuota palpable de gallardía.

—No habría esperado que fuese de otra manera. Es más que comprensible que «esto»—Ricardo hizo un gesto vago con una mano, abarcando con aquel movimiento a Martín y a él, — No sea nada fácil de digerir o de… Asimilar. La comprendo por completo, sobre todo teniendo en cuenta que incluso para mí, fue algo difícil de aceptar. —Luego de decir aquello, Ricardo dejó de mirarla a ella, para mirar momentáneamente en dirección a Martín.

—Y bien, tengo curiosidad, esto entre ustedes dos… ¿Cómo fue qué pasó?

Micaela le lanzó la pregunta a Ricardo, mirando en su dirección. Quería escuchar cada explicación que se diera aquella noche de boca de él… Para nada estaba interesada en aquel momento en lo que Martín tuviera para decir. Era el treintañero a su lado el que tendría que explicarse detalladamente para que ella estuviera tranquila de dejar a su diecisieteañero continuar saliendo con él. Aunque… viéndolo desde ahí, sin el apasionamiento y la impresión de que fuese su profesor, podía entender un poco a Martín, Ricardo era, por lo menos a simple vista y en medio de aquel trato superficial, un hombre que aunque no poseía una belleza dramática, tenía algo que atraía y que causaba buena impresión. Algo así como un Cachorrito apapachable… Pero ni loca le diría aquello a su hijo. No de momento, al menos.

—Pues…— Comenzó el profesor. Pero la explicación se vio interrumpida cuando Lola y Jenny aparecieron arrastrando el carrito para retirar los platos de la primera parte de la cena.

—Con permiso. —Lola y la chica, impecablemente vestidas con una blusa beige y una falda vino tinto oscuro de talle alto, comenzaron a moverse con agilidad entre los tres asientos ocupados, de los doce que tenía la mesa.

Micaela vio como Ricardo hacía un pequeño movimiento con la barbilla, señalándole a Martín el gran marco que contenía su retrato en la pared, y a Martín responderle con una sonrisa de verdad divertida. Ambos creyendo que ella tenía la atención puesta en las recién llegadas y no en ellos (¿Cómo si eso fuese posible?). Parecía haber un alto grado de familiaridad entre ellos.

—Oh, Lola…—Dijo Martín. —Sé que ya lo sabes, porque en todo el día Mimí no habló de otra cosa, pero oficialmente te lo presento: Él es mi Richie. —Micaela podía jurar que ante aquello, vio sonrojarse al profesor. Martín, de alguna manera parecía disfrutar de aquella turbación… era obvio que él lo estaba haciendo a propósito, pero conociendo a su hijo, nada de raro tenía. —Y Richie ella es… Nuestra administradora, Dolores.

Martín rio y Ricardo lo acompañó con una leve sonrisa. Él seguía un tanto acartonado, pero poco a poco parecía estarse relajando. Se puso de pie y Lola le tendió una mano que él estrechó y, acto seguido, se la llevó a los labios y dejó en el dorso un corto beso. Lola rio como una quinceañera y luego ella y Jenny finalmente se retiraron, en busca del plato fuerte.

Mimí sonrió con cortesía, y volvió al ataque.

—Ahora sí, lo escucho, Ricardo. —El profesor miró momentáneamente a Martín, quien bebía de una copa de agua, a la cual abandonó de inmediato.

—Adelante, amorcito… Ella solo quiere escucharte a ti. Haz los honores y cuéntale como ocurrió todo. Cuéntale como es que hemos llegado a amarnos de la manera loca en la que lo hacemos. —Martín le dio una sonrisa que pareció de ánimos, antes de largarse a toser. La gripe aún no se había ido del todo.

—Ve a ponerte otro sweater.

¡Mamaaaaá!

— ¡Hijooooo! ¿Qué?

— ¿Sabías que si hay un momento más inadecuado para tratar de hacerme ver como un niño, es justamente este?… ¿Delante de mi novio mayor de treinta? ¿En serio?

—No seas terco, Tiny. ¿Por qué no te veo yendo?

—Porque no voy a dejarte sola con él. No parece algo seguro.

Mimí chasqueó los labios, ¿Tan evidente estaba siendo? Quizá debía empezar a esforzarse porque su necesidad de proteger a su hijo y obtener la mayor cantidad de datos posibles, dejara de verse como animadversión.

—Oh, vamos. No puedo estar siendo tan mala, ¿O sí? —Miró en dirección a Ricardo en busca de una respuesta, y este se limitó a encogerse de hombros y a mirar para otro lado— Pero si hasta ahora solo he hecho una simple pregunta y pedido escuchar la historia acerca de cómo empezaron a frecuentarse más allá de lo que conlleva ser profesor y alumno, ustedes dos… No pueden culparme por eso. Digo, porque esto no fue mágico Amor a primera vista, dado que él —, Mimí señaló a Ricardo apuntándolo sin miramientos con el dedo índice, —es tu profesor desde hace tres años…—La expresión de su rostro cambió a una de alarma. — ¿O acaso ustedes dos están juntos desde hace tanto tiempo? ¡Dios! tú tenías Catorce hace tres años.

Esta vez fue el turno de Ricardo de ahogarse con lo que tenía en la boca.

— ¡No! ¡Dios, no! Jamás me habría atrevido a tanto. Sé que puedo estar viéndome como un completo atrevido ahora mismo, pero hasta eso tiene un límite, créame… Por Dios, créame. —Dijo Ricardo en cuanto fue capaz de pasarse el sorbo de líquido sin bronco aspirar y poder hablar.

—Si. ¡Por Dios, créele!—Ironizó Martín. Fingiendo una desesperación comparable a la de Ricardo. — Todo esto solo ocurrió después de que yo alcancé la edad legal de consentimiento sexual.

El profesor, evidentemente, quiso hacerse minúsculo y desaparecer entre los recovecos del tapizado de la silla, a juzgar por el pequeño espasmo que sacudió sus hombros en cuanto Martín mencionó la palabra «sexual». Quizá ella podía estar tranquila con respecto a ellos, porque viendo bien la situación, todo parecía indicar que el atrevido allí, era su hijo.

—Muy bonita tu manera de recordarme que esto entre ustedes dos es legal, jovencito. ¿Crees que eso es concluyente? ¿Crees acaso que el día en que cumplas Dieciocho voy a dejar mágicamente de preocuparme por ti y de interesarme en cada aspecto de tu vida?

—Realmente no. No cuento con ello, ni siquiera un poco.

Mimí suspiró de manera sonora y teatral. Sacudió la cabeza para apartarse el cabello del hombro.

—Okey, escúchenme ustedes dos. Yo no soy ilusa, —Aclaró—, sé que este encuentro es solo una formalidad; algo que nos permite acercarnos y conocernos. Soy perfectamente capaz de entender que ustedes no están aquí para solicitar mi permiso de alguna manera, puesto que recién me vengo enterando de que están juntos. Claro que confieso que lo de ustedes dos me tomó fuera de base y logró desestabilizarme, a cualquiera en mi lugar le habría pasado lo mismo. —Ricardo asintió lentamente, Martín se limitó a tener toda su atención puesta en ella. — Ninguna persona a la que le funcionen los cinco sentidos sería capaz de tomarse como si nada el hecho de que uno de sus hijos, y ni qué decir del único, esté saliendo con un hombre que le dobla la edad. Sin embargo soy por completo capaz de entender que no todo en esta vida embona en piezas perfectamente ordenadas, metidas en pequeñas cajas clasificadoras. —Mimí guardó silencio mientras Dolores y Jenny se tomaron su tiempo para acomodar los nuevos platos sobre la mesa en una estudiada sincronización de movimientos, que bien podría compararse con la coreografía de un baile. —Gracias. — Dijo una vez que terminaron, para luego extender la servilleta una vez más en su regazo y ver cómo Ricardo y su hijo la imitaban—.  No quisiera sonar despectiva o intolerante pero, a mi forma de ver, toda la situación aumenta de intensidad y de importancia si, tal como lo son ustedes, se trata de una pareja del mismo sexo.

Mimí fue perfectamente capaz de ver la manera en la que Martín se tensó, y no  habría esperado que fuese de otro modo. Además, conociéndolo como lo hacía, tenía una idea bastante clara de lo que se venía a continuación.

— ¿Es decir, Micaela, que si yo fuese una chica o él una mujer, no interesaría que estuviera con una persona diez e veinte o cincuenta años mayor que yo? ¿Que ser gay me condiciona a que haya más reglas y más peros y parámetros para mí? ¿Que, por ser homosexual, debo esperar que todo me sea sumamente difícil?

—Eso quiere decir, mi amor, que aunque tú no quieras verlo, ser como eres sí te condiciona. Básicamente y aunque suene muy mal, tu condición te convierte en un imán de depravados más de lo que lo haría en una chica. —Miró a Ricardo. — Sin ánimo de ofender, es solo que estoy tratando de dejar algo en claro aquí.

— ¿Mi condición? —Preguntó Martín. —Explícate, Micaela, ¿Cuál es exactamente esa condición?— Ella suspiró. «Micaela». Sí que había logrado molestarlo si otra vez la estaba llamando así y  no Mimí. — ¿Acaso estás refiriéndote al hecho de que yo sea gay?

Aunque aquello último sonó como una pregunta, Mimí tenía más que claro que en realidad no lo era, que Martín ya había decidido que eso era lo que ella quería decir y ponía palabras en su boca.

—Tiny, No es solo el hecho de que seas gay, además eres joven y absolutamente bien parecido. Todo eso en conjunto te convierte en… Un blanco fácil.

¿Por qué Mimí sentía que con cada palabra que decía, no hacía más que cavar un poco más su propia tumba?

—De manera que un blanco fácil, ¿Eh? ¿Eso quiere decir, entonces, que crees que no tengo criterio, que soy por completo impresionable y que por ende cualquiera, aunque sea un pervertido, tiene chance conmigo?… ¿O que si él fuese una mujer, entonces las posibilidades de que me hiera de alguna forma, serían sustancialmente menores? No me digas que al final vas a resultar siendo una prejuiciosa más; alguien que pretende encasillarme en un absurdo estereotipo. Soy marica y por eso me acuesto con cualquiera que se me atraviese, ¿Es eso?

Mimí no pudo con la decepción en los ojos de Martín, y mucho menos con la forma en la que se cristalizaron. ¿En qué momento se habían torcido las cosas de esa manera? ¿Cómo un simple par de palabras habían cambiado el sentido a lo que ella intentaba decirle?

Ella, que solía manejarse con grandes empresarios —muchos de ellos grandes imbéciles también, a los cuales debía convencer de que ser mujer no la hacía menos capaz para manejar la imagen de sus productos— ella, que solía siempre tener las palabras precisas para convencer a la gente y vender la imagen de su agencia con una destreza envidiable, se había quedado corta a la hora de defender su simple argumento ante su hijo… Y este argumento no era otro que lo amaba como a nada o a nadie en este mundo, y por ello solo… Quería y necesitaba saber.

Su trabajo la había hecho muy buena a la hora de juzgar a las personas y pocas veces solía equivocarse al respecto, de manera que en lo concerniente al hombre en la vida de su hijo, tenía una buena corazonada. No se había tomado el tiempo para juzgarlo antes, cuando lo conoció, simplemente porque él no le había interesado en aquel entonces más allá del hecho de saber que era uno de los docentes en el plantel en el que estudiaba su hijo. Si exponía su impresión justo en aquel momento, de seguro sonaría a oídos de Martín como una manera desesperada para congraciarse con él.

Además, ni qué decir tenía, que el hecho de tener a aquel hombre frente a ella, la había llenado de inquietud; no por él en sí, porque después de todo el profesor estaba ahí: Al pie del cañón y enfrentando la situación, y su hijo estaba a unos meses de ser legalmente capaz de decidir en cada aspecto de su vida, sino ante el asunto punzante y agudo que ahora tenía instalado en la cabeza. Dado el gusto de Martín por los hombres maduros, ¿En manos de quién se habría puesto su hijo en el pasado? Quizá estuvo en riesgo y ella ni se dio por enterada. ¿Era incapaz Martín de procesar cómo estaba sintiéndose ella?

—Nada de eso, Martín. —Mimí apartó sus ojos consternados del rostro de su hijo, al escuchar la voz resuelta y tranquila de Ricardo. — No puedes culpar a tu madre de algo tan bajo, solo por el hecho de que quiera protegerte. Ten en cuenta que si existe alguien con el legítimo derecho para pedir explicaciones acerca de esto que ocurre entre nosotros y como inició, es justamente ella. De eso se trata todo esto.

—Adelante entonces, Ricardo. Convéncela de que no eres un pervertido. Hablen entre adultos y decidan qué puedo sentir y si es correcto que lo sienta por alguien de mi elección. —La molestia de Martín era más que evidente. La humedad de sus ojos había remitido y había sido reemplazada por un fiero brillo de rabia. — Micaela, me pediste que confiara en ti y eso hice, pero la confianza es algo que requiere de reciprocidad, recuérdalo. —Dicho esto, se levantó de su asiento y comenzó a alejarse.

— ¿A dónde vas, Martín? Estamos en medio de algo aquí, ¿Recuerdas?—Dijo Mimí, algo alarmada; temiendo haber hecho las cosas mal hasta el punto de haberlas echado a perder. Quizá ahora, Martín jamás volvería a hacerla partícipe de sus asuntos y la mantendría al margen.

—Voy por el bendito sweater; estoy muriéndome de frío.

Mientras Martín no estuvo, Mimí hubiera podido jurar que ante una oportunidad como aquella, habría saltado de inmediato para comerse a preguntas a Ricardo, pero por obvias razones ya no se sentía tan charlatana; ahora temía que el novio de Martín de verdad la percibiera como a una persona con la mente estrecha y prejuiciosa… Todo lo contrario a lo que ella era realmente, pero aquel era su hijo, ¡Por Dios! podía incluso portarse como una histérica si le diera la gana y nadie podría juzgarla por eso.

—Se… se la manera en la que usted debe estarme percibiendo. —Dijo Ricardo, alejando la mente de Mimí del auto reproche al que estaba sometiéndose.No podría culparla por ello, porque en ocasiones yo pienso de la misma manera acerca de mí. Pero debe saber señora… Es decir, Micaela, que yo traté de luchar contra esto con todas mis fuerzas. Traté de convencerme de cuan inconveniente, problemático, loco, inmaduro e inadecuado era sentir esto que siento… Pero al final, simplemente no pude contra algo que parece ser tan absoluto. Al final, incluso a pesar de mí mismo, aquí estoy… Rendido y haciendo cuanto él quiere. —Ricardo soltó la copa de vino, que era lo único que él había tocado del plato fuerte hasta el momento, dejándola a un lado sobre la mesa. —Usted no imagina cuan sorpresivo fue esto para mí. Fue shokeante y me tomó completamente desprevenido. Fue, básicamente, despertarme un día y descubrirme sintiendo tan intensamente después de creer que había perdido la capacidad de hacerlo. —Ricardo exhaló una pequeña sonrisa como un bufido, como si estuviera recordando algo específico. — Fue como un golpe, uno del que aún no me recupero. No sé a dónde llegue esto o si tengamos un futuro juntos, solo puedo asegurarle que cuidaré de él, y que en el momento en el que considere que deba hacerlo, lo dejaré ir… Porque lo preferiría lejos que herido. —Ricardo sonrió un poco, apenas un gesto ladeando la boca, y Mimí descubrió que con este gesto, un tímido hoyuelo brillaba sobre su mejilla derecha. —Tan testarudo y voluntarioso como es Martín, derribó cada barrera. Soy un hombre, soy mayor que él, soy su profesor y aun así…

— ¿Testarudo? —Interrumpió Martín, que recién llegaba y volvía a tomar asiento junto a ellos. Sus labios adoptaron un mohín de reproche.

—Sí, así es. —Continuó Ricardo, acomodándose mejor en la silla. Al parecer finalmente disponiéndose a decir lo que ella quería escuchar. —Ciertamente esto, no tuvo nada que ver con el amor a primera vista. Tú…—y esta vez ya no la miraba a ella, sino a su hijo, —Siempre pensé que eras voluntarioso, orgulloso… Incluso pedante y mimado, y ni qué decir de lo imprudente, siempre empeñado en dar tu opinión, sin importar cuan molesta pueda llegar a ser. —Aquello llamó poderosamente la atención de Mimí. Estaba convencida de que lo único que saldría de aquella boca sería un despliegue de halagos con respecto a Martín, para agradarla a ella. Sinceridad… Eso le gustó. —Un día, observándote detenidamente, descubrí que lo tuyo no eran simples ganas de querer decir la última palabra siempre, sino un exceso de sinceridad y me tomó algo de tiempo decidirme cómo pensar con respecto a eso, de hecho creo que aún estoy procesándolo. Porque verás no siempre decir todo lo que se piensa es bueno, a veces lastima, a veces solo es innecesario. Quizá necesites un filtro, pero lo que jamás seré capaz de decir que te falta, es personalidad… Y empeño, por supuesto. Porque una vez que te propusiste conquistarme… No hubo nada que te detuviera. — En los labios de Ricardo apareció una pequeña sonrisa divertida, y en cambio los labios de su hijo se fruncieron, aunque también era capaz de ver un brillo un tanto divertido en sus ojos. — Luché, vaya si lo hice, traté de resistirme… Traté de instalar ideas en mi fuero interno. Ideas que me instaran a recapacitar, a no ceder, a mirar en otra dirección. Y aun así, aquí estoy. Porque de alguna manera loca e increíble lograste instalarte en mis días, Martín. —Aun a través de los anteojos, Mimí podía ver claramente la emoción en los ojos de Ricardo. —Tú, has matado mi instinto de conservación, así de simple… Porque, ¿Qué tan loco y suicida es el hecho de que esté aquí esta noche?… No me agradabas, Martín, ni siquiera un poco. Pero un día simplemente te vi y me dije: ¡Dios! ¿No es acaso esa la cosita más sublime que haya visto jamás…?

Ambos, el profesor y Martín, rieron ante lo último, tal como si estuvieran compartiendo una broma privada de la que ella evidentemente no era partícipe.

2

Ricardo sinceramente no sabía de dónde había sacado el talante para no haber salido corriendo o para no balbucear como un tarado cada vez que se vio obligado a abrir la boca. Hizo su mayor esfuerzo para permanecer entero y no meterse debajo de la mesa, abrazarse a sus rodillas y balancearse hacia adelante y hacia atrás. Le ocurrió lo que solía ocurrirle en situaciones en las que su nivel de estrés aumentaba, algo que según su propia experiencia creía tener reservado para las entrevistas de trabajo: Su capacidad para trabajar bajo presión emergió como mecanismo de defensa… Además, para su vergüenza, también logró sacar a flote su lado más cursi.

Paulatinamente, la madre de Martín cambió el rumbo de la conversación. Llevándola desde la somera hostilidad que mostró en un principio, hasta un aparentemente relajado interrogatorio, que aunque de relajado no tenía mucho, no lo puso tan incómodo como hubiese pensado, porque de hecho ser un buen tipo ayudaba, porque si hay algo que tienen los buenos tipos, son buenas respuestas para casi todo.

…¿En qué universidad obtuvo su licenciatura, Ricardo?… ¿Con quién vive?… ¿Signo zodiacal… Tipo de sangre… Antecedentes médicos?… ¿Alguna enfermedad importante que reportar?… Unas cuantas sonrisas y gestos de asentimiento, y de vuelta al ataque: ¿Desde cuándo supo que es gay… Siempre lo supo? ¡Un momento! ¿Lo era?… Se auto analizó escaneándose con desespero… ¿Se puede estar dentro del closet sin saberlo siquiera? ¡Mierdamierdamierda!

«No, no te confundas, Ricardo. Estás actuando ¿Recuerdas?!Actuando! Tú solo quieres recuperar el archivo de la fotografía y por eso estás aquí» De alguna manera sentía que sus propias palabras le calaban más hondo si hablaba consigo mismo en tercera persona.

¿Es soltero, Ricardo? Porque no quiero ni siquiera pensar en la posibilidad de que mi hijo esté siendo «el amante» de alguien

  ¿Soltero? Ya casi iba a cumplirse un año desde la última vez que tuvo sexo con alguien. Eso, además de hacerlo definitivamente soltero, también lo convertía en alguien casi virgen.

¿Es su costumbre salir con sus alumnos? Bien, con esa pregunta casi lo mata, poniendo a trabajar a su inexistente enfermedad cardiaca. Mirar en dirección a Martín en busca de un poco de ayuda no sirvió de nada, porque el muy maldito parecía estarse divirtiendo con su tortura, e incluso estaba sonriendo, mientras le clavaba una mirada divertida y jugueteaba con un cubito de hielo remanente en el fondo de un vaso que había contenido quién sabe qué, porque él no le había prestado nada de atención a cada representación de buena culinaria que pusieron frente a él aquella noche. ¡Jah! ¿Ahora se sentía divertido?… Pero si tan solo media hora atrás lo había visto hacer una pataleta.

«Pero fue una linda pataleta… “Hablen entre adultos… Déjame saber si apruebas lo que quiero, mamá…” No, él no la llamaba mamá, la llamaba Mimí” Malditamente encantador, Martín… Jodidamente encantador, ¡Dios! ¿Qué voy a hacer contigo?… O más importante aún ¿Qué voy a hacer conmigo con respecto a ti? —. Tenía la cabeza hecha un lío, pero aun así, extrañamente lúcida. Podía pensar en mil cosas a la vez. Tenía la mente y el corazón excitados, henchidos, bullendo de manera ruidosa. Se había licenciado en filosofía, pero si en aquel momento le hubiesen puesto en frente una ecuación diferencial con cientos de variables, seguro que la habría resuelto en segundos. — ¡Concéntrate, Ricardo! ¡Concéntrate! Acaban de hacerte una pregunta crucial. Estás jugándote el pellejo aquí ¿Recuerdas?»

Le imprimió toda la convicción que pudo a su respuesta.

Es algo que jamás me había pasado…

No me gustan LOS chicos, Me gusta UN chico… Y es él, única y exclusivamente él…

Lo de ser gay es relativo… Lo realmente importante son las personas… El exterior es solo una cobertura meramente circunstancial

—Oh, pero yo tengo una cobertura muy atractiva, ¿No es así, Richie?—. Dijo Martín en algún momento, quitándole toda la profundidad a lo que acababa de decir y haciéndolo ver como alguien puramente superficial.

«Si… Tú cobertura es magnífica, Martín, y tú lo sabes a la perfección»

Micaela y él intercambiaron números de teléfono, también una sonrisa cortés y un tanto divertida que esta vez él pudo percibir como sincera. Ella  se veía menos preocupada que al inicio de aquel encuentro. ¡Increíble! De alguna manera había conseguido echársela al bolsillo.

Cuando comenzaron a hablar de trivialidades, ella fue muy enfática al decir que cuando su madre se enterara, ella iba a enloquecer porque ella no era, ni por asomo, tan tolerante con el tema de la homosexualidad, que si toleraba a Martín era porque compartían información genética y Martín la tenía en el bolsillo, además de porque ella guardaba esperanzas en el hecho de que Martín fuese bisexual. Así que, por el momento, lo mejor era mantenerla al margen, ya verían más adelante.

En algún momento, en medio de los serios ítems que estaban tratando aquella noche, quiso reír cuando vio la devoción que Martín le dedicaba a su plato de postre.

…Todo era como estar subido a un carrusel que daba vueltas deliciosamente rápido.

Se sintió un tanto mareado cuando Micaela sentenció, como quien no quiere la cosa, que si por casualidad llegara a lastimar a Martín de alguna forma, ella saltaría a su cuello y le desgarraría la yugular con sus propios dientes, palabras más, palabras menos…

En ese momento Ricardo consideró que estaba trabajando demasiado duro para allanar el camino del imbécil del que estaba enamorado Martín.

Después de la colosal amenaza todo se tranquilizó. Pudo ver a la Micaela relajada, abierta y simpática de la que le había hablado Martín. Tal como si, después de la agitación que una pastilla efervescente desata al contacto con el agua, al final llegara el sosiego de la pastilla disuelta.

3

La sala de estar de la casa era impresionante. Grande y lujosa, pero acogedora. También había un balcón parecido al del comedor, pero este daba al patio trasero y era más pequeño. Martín y él estaban acodados en la baranda, y desde allí Ricardo podía ver lo que parecía ser un pasaje encerrado por una estructura de metal liviano, vidrio y acrílico, como los acoplamientos a través de los cuales se abordan los aviones, pero mucho más bonito y estético, que conducía a lo que adivinaba sería una piscina cubierta, porque podía ver los destellos que los movimientos del agua producía, en conjunto con la luz. Vaya lujo, tener una piscina en una ciudad que era fría la mayor parte del año, requería de mucho mantenimiento para mantenerla aclimatada.

En medio del patio había una pérgola, iluminada con cientos de pequeñas luces en un tono dorado opaco que caían en abundantes chorretes desde el techo. Y más allá una estructura acristalada, que se alzaba imponente.

— ¿Un invernadero?—. Preguntó, con un tono de voz que dejaba traslucir un poco de burla. Martín era un niñito rico en toda regla. Guardaría para después el burlarse del hecho de que tuviera un retrato al óleo.

—No tenemos un jardinero porque si, aquí hay muchas plantas que cuidar. Esta casa antes era de mi abuela y ella como que está un poco obsesionada con todo el tema de la botánica y la flora.

Hablaban en voz baja. Muy cerca uno del otro, para no ser escuchados, pero sin llegar a tocarse. Detrás de ellos, Micaela estaba sentada en los muebles de la sala, en compañía de la mujer del servicio que le habían presentado como Dolores. Ricardo sospechaba que ellas en realidad no estaban poniéndole demasiado cuidado a la conversación que sostenían, o a la taza de café que tenían en las manos, sino que trataban de determinar el modus operandi de ellos dos como pareja.

—Entonces… La temida abuela que mencionan ¿Vive aquí con ustedes?

—No. Hace mucho tiempo que ella no vive aquí con nosotros. —Martín echó un rápido vistazo hacia atrás. —Micaela creció en esta casa, al igual que yo, así que hace unos años, cuando mi abuela puso esta casa en venta, Mimí la compró. Le tiene cariño… Y supongo que yo también. Nunca he vivido en otra parte, aunque mi abuela ha insistido en que me vaya a vivir con ella. Imagino que ella cree que teniéndome bajo su techo logrará ponerme en algún tipo de régimen que logre que dejen de gustarme los hombres, ¿No es eso algo loco?—Martín negó con la cabeza y tras una corta pausa, continuó explicándose. — La abuela dijo que esta casa le traía malos recuerdos y yo supongo que se refiere a la muerte de mi abuelo… Pero yo solo tengo buenas memorias en este lugar. Recuerdos tranquilos, aquí me siento seguro. Es mi hogar.

—Veo. Es… Un hogar inmenso.

Repentinamente Martín soltó una corta risotada.

—De manera que soy mimado, testarudo y nunca le caí bien. ¿Y fui yo quien se antojó por sus huesos? ¿De dónde salió todo eso, Ricardo?

—Pues… Salió del hecho de que tenía que asentar mi actuación sobre algo que me sirviera para darle algo de realismo. Un alumno botando la baba por su sexi profesor… Eso tiene mucho más sentido que si fuese al revés, ¿No crees? —Extendió los labios en una gran sonrisa. — ¿Cómo estuve?

—Bien.

¿Solo bien? Él acababa de fajarse la actuación de su vida y Martín decía únicamente «Bien» Algo pasaba, sin duda. Él no era de los que hablaba tan poco o que perdiera la oportunidad para destrozarlo con esa lengua viperina suya. Se acercó un poco más a él, hasta que sus costados se tocaron y le dio un pequeño empujoncito con el hombro.

— ¿Qué pasa, Unh? Todo ha salido bien. No colapsé encima de tu costosa mesa de comedor, o me atoré al hablar, y definitivamente logré causar una buena impresión. ¿No deberías tener una mejor cara, acaso?

Martín tragó grueso antes de hablar y fijó la vista al frente, hacia el patio, regalándole con ello la bonita visión de su perfil… De su rostro recortándose contra la negrura de su cabello.

—Yo… No puedo evitar preguntarme si él sería capaz de hacer por mí siquiera la mitad de lo que tú has hecho esta noche— El silencio se instaló con ellos a lo largo de un minuto. Ricardo no sabía qué decirle en realidad, pues no conocía a aquel hombre ni su situación con Martín. Sin darle chance de decirle algo, producto de la sabiduría que doce años más que él viviendo en este mundo ponía sobre sus hombros, Martín cambió de tema, con la picardía brillándole repentinamente en los ojos. —Démosle a ese par algo que mirar. Algo que le dará más realismo a nuestra relación falsa, que decir que soy un mimado pendejo y odioso.

—Yo solo dije…

Las manos de Martín alrededor de su cuello, tirando de él, detuvieron sus palabras.

Ahí estaba el Martín voluntarioso y depredador, que hacía las cosas que quería y cuando quería, pero esta vez… Esta vez Ricardo se sentía reticente a darle gusto. Esta vez, como que tampoco tenía ganas de aparecer ante el público como un tiquismiquis maleable. Si iban a fingir, entonces en aquel teatro él tendría las riendas y representaría el papel que sentía que le correspondía, el papel que se moría por desempeñar.

Quiso, en ese instante, que fuesen sus brazos los que gobernaran. Quiso que, de tener que haber una boca que fuese succionada y sumisa, fuese la de Martín. Quería ser él quien engullera aquella boquita caprichosa y picuda que se acercaba lentamente a la suya.

Se le metió el ansia en el cuerpo… Se le metió el diablo en el cuerpo…«Untada la mano, untado el brazo…» Si ya se había metido en aquella locura, entonces saltaría dentro del torbellino con ganas… Con unas ganas que ya no quiso contener.

Quien sabía cómo se desarrollarían las cosas. Quien sabía si después de aquel instante lo terminarían echando a patadas de allí. Si así iba a ser, entonces que valiera la pena… Un beso… Un B-E-S-O… De cuanta importancia estaba revestido algo tan sencillo, algo tan simple y a la vez tan complejo y profundo.

En un movimiento que no fue fiero, pero que si fue decidido, asió las manos de Martín, apartándolas de su cuello y llevándolas hacia su costado, donde quedaron colgando inertes. Obviamente Martín no entendió que pretendía, seguramente supuso que se estaba negando a besarlo,  y la forma en la que lo vio fruncir el ceño, fue algo divertido y hechizante que lo empujó aún más a continuar.

Sin darle tiempo al malcriado frente a él, para que rechistara o refutara, hizo algo que siempre hacía en sus sueños, y que ahora, al hacerlo en el mundo tangible, se sintió aún mejor de lo que imaginó… Se sintió cálido y acogedor y familiar y… Bonito: acunó su rostro entre sus manos. Su rostro de facciones finas y de suavidad increíble, se vio diminuto entre sus dedos.

Martín lo miraba con intensidad, interrogándolo con los ojos y con la contracción de sus cejas…

« ¿Qué acaso no está claro, pequeño?… ¿Acaso no es claro que voy a besarte como espero que nadie te haya besado antes? ¿No entiendes que voy a besarte como no he querido besar a nadie en mucho tiempo?»

En aquel momento, que quería eternizar estirándolo todo cuanto le fuera posible, como si de una banda elástica se tratara, acarició los pómulos de Martín con las yemas de ambos pulgares. Estaban en el balcón, a la intemperie, así que la piel del rostro de Martín estaba fría… Fría y suave, tal como imaginó que sería… La realidad superó con creces la ficción de sus sueños.

Sin ninguna timidez despejó de cabello el rostro de Martín, acomodando las mechas detrás de sus orejas. Su pulgar derecho no volvió a reclamar su lugar sobre su pómulo, sino que acarició su labio inferior, ese que era un tanto más abultado y se proyectaba hacia afuera un poco más que el superior… Ese que solía morder… No estaba frío, ese era cálido. El rostro de Martín era un tapiz de temperaturas, entonces. Paseó el dedo por aquel labio todo cuanto le dio la gana porque, después de todo, quién sabía si después de besarlo como tenía planeado hacerlo, lo echarían de allí a patadas…

…Y todo alrededor desapareció, porque no le importaba nada más en aquel momento.

Con deleite vio cómo la respiración de Martín se detuvo por un segundo, cuando le presionó el labio con el dedo, producto de la sorpresa, quizá. No le importó la razón, porque quién sabía si a lo mejor, en cuanto lo besara, lo echarían de allí a patadas…

Martín apoyó ambas manos en sus antebrazos. Por un segundo Ricardo pensó que lo hacía para apartarlo, pero no fue así, solo se apoyó en él. No pudo sentir la temperatura de las manos de Martín a través de la tela de su camisa, pero apostó porque seguro estaban frías.

… Y por más que hubiese querido seguir estirando aquel bendito momento, repasando con los dedos cada contorno del rostro entre sus manos, en la víspera de un beso con el que había soñado muchas veces, ya no pudo… Porque los labios ya le quemaban de necesidad y de anticipación.

… A ella en sus recuerdos, la amó… La amó con toda su alma en su momento… Pero en aquel justo instante, ni aunque hubiese querido forzar a su memoria a hacerlo, recordaba haber deseado besarla con tanta hambre como sentía justo en aquel momento… Justo allí… Justo a él.

Se apoderó de su labio inferior, succionándolo con dicha. Martín encerró su labio superior entre su lengua y lo que quedó libre de su boca… Correspondiéndolo.

En el fondo, Ricardo sabía que Martín lo besaba de aquella manera porque estaba interpretando un papel con el que esperaba obtener algo que quería, pero quiso pensar que no era así, que lo besaba porque se moría de hambre y de ganas de hacerlo, como él.