Capítulo VI Sweet Child of Mine (Big Head Toy)

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Capítulo VI

Sweet Child of Mine (Big Head Toy)

Entrada No. 14 – Diario de Martín.

¿Cómo percibo a los demás y cómo me siento con respecto a ellos? ¿Cómo me desenvuelvo en mi medio, hablando específicamente del ambiente estudiantil? ¿Les aporto algo a mis compañeros de estudio o ellos a mí?

Cuando nuestro profesor de Ética y Valores Humanos planteó estos interrogantes en cuanto el estudiantado era instado a dirigirse a las aulas con los respectivos directores de grupo, importándole muy poco que estamos en la semana de aniversario y se supone que no habrá cátedra durante este tiempo, no creí que esto en realidad me daría algo en lo cual pensar.

Quizá sea producto de mi vanidad, pero algo dentro de mí me ha llevado siempre a subestimar a mis congéneres, a encontrarlos sosos, simplones, poco interesantes y un tanto aburridos. Sé que lo más probable es que sea un error de apreciación, pero incluso me he atrevido a pensar a la mayoría de ellos como personas inmaduras. No los encuentro interesantes para nada y eso hace que yo sea demasiado rápido y quizá demasiado duro a la hora de juzgarlos y casi siempre encontrarlos como un incordio.

Además de Carolina, la única y gran excepción, nunca me he sentido identificado con personas de edades cercanas a la mía. Jamás me he sentido cercano a ellos. Soy engreído, vanidoso, mi ego es defectuoso porque sufre de gigantismo y en consecuencia me siento como un adulto condenado a moverme entre infantes, cuando es evidente que este no es el caso. Que me sienta más maduro que ellos sólo me convierte en alguien mucho más infantil que cualquiera.

Pero es que a los catorce, por ejemplo, mientras la mayoría de mis compañeros de estudios se escondían para fumar o dar tímidos y clandestinos sorbos a las licoreras de las barras de bar de sus padres, o para echar un vistazo al mundo de la pornografía, yo me escondía para follar. Yo jugaba el cruel y patético juego del amante furtivo y prohibido mientras la mayoría de mis compañeros de estudios si acaso habían dado el primer beso y se sentían orgullosos de ello; en cambio mi primer ósculo era un hecho un tanto lejano del que no guardaba los mejores recuerdos.

Yo que me quejaba, y aún hoy lo hago, por las supuestas inmadureces de aquellos con los que me veo obligado a convivir a diario, y aun así cuando estoy desempeñando mi faceta de supuesto hombre de mundo que hace lo que quiere, que folla cuando quiere, que se mete dónde quiere y con quien quiere, cuando estoy en la cama con alguien para tener sexo con él, lo que ellos buscan en mí, lo que admiran de mí, lo que ansían de mí es justamente al niño que aún creen que soy. Al corderito, a la blanca paloma, al que alimenta sus fantasías pedófilas, porque estoy convencido de que en el fondo todos ellos tienen las ganas ocultas de corromper algo, de sentirse poderosos y dominantes y yo les doy la oportunidad.

Buscan al ser inocente al cual arrancarle las alas y enseñarle a pecar, o al ser dependiente al cual proteger y tratar como si fuese de cristal, pero pasa que yo no soy ninguno de los dos. Mi inocencia partió, abandonándome hace mucho. Demasiado pronto. Murió.

Los del problema no son las personas de mi edad que me rodean, soy yo. Yo, que viví y vivo las cosas de manera prematura. Yo, a quien no le dibujaron demasiado los límites  y me aproveché de ello. Yo, quien tergiversó el hecho de crecer en un hogar donde me dieron confianza para desarrollarme como individuo, para tomar mis propias decisiones, para manejar mi tiempo y mi espacio, y en lugar de convertirme en una persona asertiva que toma buenas decisiones sin que la duda le empañe el panorama, sólo abrí los brazos y abarqué más de lo que debía, como un niño goloso que aun teniendo los cachetes llenos, señala con el dedo los dulces más rebosantes de almíbar y se los zampa todos.

Pero sé que si algún día mi vanidad me dejara y me abriera a mis compañeros de estudio, lo más probable es que descubra que no soy el único con la convicción o la impresión de sí mismo de haber desarrollado ciertos aspectos de la vida de manera precipitada, que no soy el único que cree tener la verdad absoluta, además es bastante probable que no sea el único que mire a los demás por encima del hombro y los encuentre insuficientes. Muchos de ellos seguro me encontrarán deficiente a mí y puede que tengan razón. Seguro que es bastante inocente de mi parte el creer que fui el primero en incursionar en el rojo camino del sexo, o que hoy día soy el único con una vida sexual por demás activa y un apetito carnal voraz. ¡Vamos! Lo más seguro es que el instituto esté tan lleno de zorritas y promiscuos como puede que lo esté de santurronas, pero lo más probable es que esta última sea una especie en vía de extinción.

A veces no sé qué pensar acerca de mí mismo. La mayor parte del tiempo estoy conforme con cómo soy; pero hoy, ahora, no sé si me gusta del todo la persona en la que me he convertido.

Siempre me he preciado de hacer lo que quiero, pero en el fondo, tal como alguien cruelmente me gritó en la cara y en su momento no supe reconocer como cierto, jamás ningún hombre va a abrirme un lugar a su lado y a mostrarme con orgullo. Todo es tan efímero como un sueño, demasiado bueno para ser verdad. Después de la emoción, después de que les haya dado y ellos hayan obtenido todo, después de que la novedad termina y la curiosidad es satisfecha, llega el momento de despertar. Sólo que hasta ahora siempre había sido yo quien se forzaba a despertar primero para no darle a nadie la oportunidad de estallarme la burbuja, de hacerme caer de la cama, antes debía ser yo quien se marchara, les dijera que no y los alejara de mi lado… Hasta ahora. Y como duele.

M.A.

 

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Cuando Martín atravesó la puerta y entró al apartamento, con movimientos seguros y por completo dueño de sí mismo, dejó el suave aroma de su perfume flotando en el aire, como una estela detrás de él. Su cabellera negra estaba salpicada de decenas de gotas de lluvia con apariencia de ingravidez. Los cristales líquidos coronaban su cabeza y se tejían entre las hebras de su cabello confiriéndoles la apariencia de un rosario de cuentas transparentes. Eran gotas aún enteras, suspendidas en el tiempo, redondas, brillantes y diminutas, que centelleaban ligeramente en la parcial oscuridad que comenzaba a apoderarse de la estancia. Ricardo pudo haber jurado en ese momento que Martín además de maravilloso era también impermeable, porque con el simple movimiento de una mano se sacudió el cabello y las gotas de lluvia, sin deshacer su redondez o esparcir su humedad, salieron a volar sin que quedara mucho rastro de ellas.

Afuera la lluvia era apenas algo ligero e ingrávido que caía sin peso y sin sonido; como un tributo calmado y silencioso entregado a la ciudad como una ofrenda de paz después de haberla azotado sin mucha compasión con una lluvia torrencial que había dejado a muchos atascados en el tráfico, con la esperanza de llegar pronto a sus hogares a descansar, como algo ya lejano.

—La seguridad de este lugar es bastante pobre —Martín, que después de entrar lo había pasado de largo hasta situarse en medio de su salón, donde permaneció de espaldas a él y con la vista vuelta hacia la ventana que daba a la calle, se giró sobre su propio eje para mirar en su dirección. Sólo entonces, sólo cuando fue atrapado por aquel vehemente par de ojos que reclamaban atención eclipsándolo todo, Ricardo decidió disimular su completa estupefacción y carraspeando se obligó a volver a ser dueño de una capacidad motora que lo había abandonado de forma momentánea y se instó a cerrar la puerta y comportarse con normalidad—. Bastó con que le dijera al vigilante en la recepción que me estabas esperando para que él me dejara pasar. Y a juzgar por tu cara de sorpresa y tu silencio, puedo adivinar que él tampoco avisó que venía subiendo.

Soltar el pomo de la puerta le tomó a Ricardo más segundos de los que normalmente requiere una acción tan sencilla. Cualquiera que lo hubiera visto habría dicho que le costaba horrores desprenderse de aquel sencillo artefacto que, pesado y frío, lo anclaba a la realidad, o que en algún momento el metal del pomo había sido fundido contra la palma de su mano y, en un esfuerzo sobrehumano, arrancaba el metal de su carne quemada hasta que finalmente lo logró. Pero quien estuviera dentro de su cabeza, adivinaría que lo único que ocurría era que le tomó largos segundos recuperarse de la sorpresa de ver a Martín allí, pues ciertamente era a la última persona a la que esperaba ver en su departamento aquella tarde.

—No… No lo hizo —respondió, atusándose un poco el cabello y tirando del ruedo de su camiseta en un intento de adecentarse un poco, pues adivinaba que su corta siesta habría causado cualquier tipo de estragos en él menos el de embellecerlo. Deseó estar vistiendo algo más presentable que su ropa para dormir, mientras Martín se veía como alguien sacado de un catálogo de ropa de alta costura. Ricardo cruzó los brazos sobre su pecho, y esto le recordó que tenía resentidos casi todos los músculos del cuerpo.  A duras penas se las arregló para contener la mueca de dolor.

—Deberías presentar una queja con la administración del edificio. Semejante tipo de descuido puede llegar a ser peligroso.

—Yo… Quizás lo haga.

Ricardo se abstuvo de preguntar de qué manera podría llegar a ser peligroso, porque si a lo que Martín se refería era a que a causa del poco control con a quien dejaban o no dejaban pasar él podría entrar a su departamento de manera intempestiva como en aquel momento y lo que podría llegar a pasar cuando lo hiciera, pues ese sin dudas era un riesgo que estaba dispuesto a correr. Además, estaba seguro de que en cada ocasión que eso pudiera llegar a ocurrir, la curiosidad de saber el por qué había ido hasta allí sería tan ávida como lo era ahora. En vista de este posible escenario, «peligroso» nunca antes le pareció más alejado del concepto de «malo» que en ese momento.

—Deberías.

Y Ricardo no sabía si era él mismo malinterpretándolo todo, pero creyó adivinar otro tipo de sentido detrás de esa simple palabra por el tono con el que Martín la dijo.

«Deberías. O una vez que me invites a pasar jamás podrás negarme la entrada, como ocurre con los vampiros. »

«Deberías. O decirme «sí» ahora, significará que no podrás decirme «no» en un futuro, aun si lo desearas. »

«Deberías. Ahora que puedes… Después ya no habrá manera.»

«Deberías. Corre, ahora que puedes. »

Así le sonó a Ricardo ese «deberías».

—¿Entonces por qué siento que no sería una buena idea limitar el acceso a este lugar? —Él también podía jugar a aquello de decir las cosas dándoles rodeos. Lo dijo de manera genérica porque no quería sonar vanidoso y cabía la posibilidad de que estuviera equivocado, pero en realidad lo que quiso decir fue «limitarte… te… te… te…», pero ¿Qué tal si Martín no estaba diciendo lo que Ricardo estaba creyendo entender? Haría el ridículo por completo. Quizá eran sólo su necesidad, sus ansias y sus ganas las que estaban nublando su mente  y dotándolo con una capacidad extraña e inconveniente para la interpretación y para oír únicamente lo que quería escuchar.

Martín sonrió con aparente complacencia.

—Porque todo parece indicar que eres un chico listo después de todo, Richie.

Aquel intento de conversación no tenía mucho sentido a primera vista. No podía imaginar que Martín hubiese ido hasta allí solamente para hablar de la incompetencia de uno de los porteros de su edificio, pero también le costaba aceptar que lo que sospechaba fuese cierto y que Martín estaba allí entregándole algún tipo de mensaje entre líneas. ¿Acaso era él así de afortunado? ¿Acaso Martín le había tomado la palabra y estaba allí para de alguna manera tratar de llegar a él en aras de un final prometedor? ¿Un final que muy en el fondo esperaba que en realidad fuese un inicio? ¿Significaba que, de ser aquello cierto, contaría con la buena fortuna de poder besarlo de nuevo y sentir su suave piel contra sus manos una vez más?

Ricardo tragó saliva y bajó la mirada al sentirse el más grande de los pervertidos por desear ese tipo de cosas, que transgredían los límites que una sagrada relación maestro/alumno debería tener. Pero quería, vaya si quería, se moría por probar sus labios una vez más.

Un beso más, sólo uno y entonces seguro que podría morir en paz. Bueno, seguro que aquello de «morir en paz» era una tremenda exageración, pero ¿Acaso no se sienten así las personas cuando se creen capaces de dar cualquier cosa por cumplir un sueño inmediato, un capricho, un anhelo? Sólo para encontrarse con que una vez alcanzada la meta, nace otra con igual o incluso mayor furor e ímpetu que la anterior. De momento quería un beso. Uno más. Cuando lo obtuviera —si es que lo hacía— procuraría no morir. Viviría para perseguir el siguiente y el siguiente, si lo había. Y el que le siguiera a ese, si tenía suerte. Luego de seguro sobrevendrían el auto reproche y la auto crítica, pero eso eran otros asuntos con los cuales ya vería como tratar cuando hiciera falta.

Estaba desvariando y lo sabía. Lo único bueno era que aquel remolino de ideas daba vueltas en su cabeza sin que se convirtiera en palabras. En segundos su mente se había elevado alto, alejándose a pasos agigantados del sentido común. Quizás había salido de la cama con demasiada rapidez y no había despertado del todo aún. Su interior estaba a punto de conflagrarse en medio de una llamarada de fantasías y deseo que empezaban a apoderarse de él de la forma más fiera, pero en el fondo aún sobrevivía aquella parte en su interior a la cual había dotado con una voz absolutamente fastidiosa y chillona imposible de ignorar que gritaba con sorna: ¡Por Dios! Guarde la compostura, profesor Azcarate. Era el énfasis en la palabra «profesor» lo que hacía que odiara a esa vocecilla fastidiosa y a la parte de él que lo instaba a no avanzar. Y a pesar de que Ricardo moría por mandar esa parte de su consciencia de paseo, ella era demasiado fuerte e insistente y lo obligaba a aferrarse a ella como a una tabla de salvación que mantenía a flote su cordura.

A estas alturas del partido y los tres grandes inconvenientes que se cernían sobre él en cuanto a lo que a Martín respectaba: el género, la edad y el hecho de que fuesen profesor y alumno, con lo único con lo que había hecho medianamente las paces, era con el hecho de que Martín fuese un hombre, pues físicamente le atraía y eso no había cómo negarlo.

El mutismo más aguerrido se apoderó de la situación y ambos guardaron silencio. De un momento al otro, las palabras parecieron sobrar y no había nada correcto que decir. Eso en cierta forma fue un alivio, porque Ricardo estaba seguro de que de abrir la boca sólo un montón de tonterías sin mucho sentido saldrían disparadas fuera de ella.

Aun si trataba de instarse a no sucumbir ante el vergonzoso sentimiento, Ricardo comenzaba a ponerse nervioso, no tanto por la situación en sí, después de todo no se había desatado el holocausto zombi o había un cuarteto de jinetes surcando el cielo con las trompetas que anunciaban el juicio final como banda sonora. Nada de eso, sólo había un chico de diecisiete de pie en medio de su sala, pero su nerviosismo se debía a todo lo que estaba acaeciendo en su interior a causa de algo aparentemente tan sencillo.

Ricardo era un hombre hecho y derecho de treinta años. Uno con las cosas claras, maduro, calmado, intuitivo, duro cuando debía serlo pero dulce en términos generales, con planes a un año para hacer la Maestría, con una cuenta de ahorros en la cual consignaba como un reloj todos los meses porque le gustaba sentirse seguro y nunca se sabe qué pueda llegar a ocurrir, un tanto desordenado pero aun así estructurado en los aspectos realmente importantes de la vida, paciente. Sin embargo en los últimos dos minutos de su existencia su más grande anhelo, su plan a corto plazo, se limitaba a su deseo de no comportarse como un reverendo idiota sin saber qué decir o cómo comportarse delante de Martín que, contrario a él, tenía la apariencia e irradiaba la confianza de quien es por completo dueño de la situación y tiene todas las respuestas, aún a pesar de estar tan mudo como lo estaba él. Era sólo que el silencio de Martín parecía premeditado, mientras que el suyo se debía más que nada que al no tener la certeza de lo que estaba sucediendo, no sabía qué decir.

Martín con esos movimientos seguros y estilizados que ahora que Ricardo tomaba el tiempo para analizarlo en detalle reconocía como tan propios de él, volvió a darle la espalda y, a paso lento, comenzó a caminar hacia el fondo del salón, pegado a las paredes repletas de estantes, mirándolo todo con atención y paciencia. Aquello era algo que Ricardo había esperado que él hiciera la primera vez que estuvo allí; que se interesara por lo que a él le gustaba, por cómo era, cómo vivía, que quisiera conocerlo. Verlo hacerlo ahora, lo llenaba de una extraña sensación de complacencia. Dio un rápido repaso con la vista a través de la estancia, tratando de imaginarse cómo podía estar asimilando e interpretando Martín todo lo que veía.

Martín se deshizo de la chaqueta tipo gabán de color gris y, poniendo el brazo derecho en jarra, la colgó de su antebrazo. Algo sabía Ricardo acerca de materiales y reconoció la tela como Flis, porque su chaqueta favorita estaba hecha de lo mismo y la prefería por su suavidad y por su capacidad de conservar el calor. Por supuesto Ricardo pensaba en este tipo de cosas y se fijaba en este tipo de detalles sin demasiada importancia para distraerse e invitarse a sí mismo a calmarse; también porque ahora era capaz de reconocer que todo lo concerniente a Martín, por mínimo y trivial que pudiera parecer, le interesaba. Sea lo que fuese que estuviera por ocurrir aquella tarde, casi noche ya —una charla, un roce, un beso— sería algo que para bien o para mal cambiaría el curso de los acontecimientos, puesto que uno al otro estarían contemplándose bajo un tipo diferente de luz, una que haría más transparente y más fino el velo que siempre los había separado, y seguro necesitaría de toda su calma para enfrentarse a tal situación.

Cuando Martín se deshizo de la prenda, a Ricardo le gustó mucho lo que vio: modernidad y buen gusto dándose la mano para poner a Martín un escalón por encima del común de los adolescentes. Su ropa combinaba tal como en una partitura las notas se suceden unas a otras en perfecta armonía. No cualquiera utilizaba tirantes y botas militares al tiempo y le resultaba tan bien como a él.

Las manos en los bolsillos que hacían que la tela de sus pantalones negros se hiciera más tirante y se abrazara con más furor a su trasero, sector del cuerpo ajeno al que Ricardo quería obligarse a no mirar, pero que de todas maneras había escrutado con una mirada fugaz que hizo que se le calentara la piel del rostro a causa de la vergüenza que le otorgaba el sentirse y reconocerse como a un atrevido. Señor Profesor Perver-todo.

El ceño de Martín estaba cada vez más apretado debido a la manera en la que la oscuridad del final de la tarde, una tarde que había sido gris y fría, comenzaba a bañarlo todo y lo obligaba a forzar la vista mientras estudiaba, como quien se pasea frente a obras expuestas en la pared de una galería y lo escruta todo con atención, sus repisas cargadas de decenas de objetos, algunos de ellos de gran valor sentimental o material, otros simples chucherías corrientes y cosas fácilmente reemplazables.

Así, con completa atención y en silencio, Ricardo continuaba anclado a un lado de la puerta, observando con detenimiento cada uno de los movimientos de su alumno. Tratando de leerlo e interpretarlo. ¿Qué quería de él aparte de enloquecerlo? Deleitado y tentado con la manera en la que cada cierto tiempo Martín volvía el rostro sobre su hombro y lo miraba, como si quisiera asegurarse de que él continuaba allí, con la mirada y la atención sobre él —como si fuera posible que no fuese de esa manera—. Una sonrisa muy ligera en los labios. ¿Era invitadora esa sonrisa? ¿Diciente? ¿Cómplice? ¿O simplemente por algún motivo estaba riéndose de él?

Ricardo estaba a escasos segundos de comenzar a morderse las uñas ante el silencio y la incertidumbre. La ansiedad del desconocimiento escalaba cada vez más alto dentro de su pecho, pero la sensación de nerviosismo decreció en el momento en el que el entendimiento se abrió paso entre sus neuronas, encendiéndose como un farol al comprender que si había alguien que debía abrir la boca para explicarse de algún modo y darle sentido a aquello, era Martín. Ricardo estaba en su hogar, en su terreno… Viéndolo así, era él quien tenía la sartén por el mango y, después de todo, había sido Martín quien había acudido a él y no al contrario.

Tranquilizándose con la conclusión a la que había llegado, decidió poner final a aquel silencio repentino.

—¿Quieres… No sé, algo de tomar, quizá? ¿O ya comiste? No tengo nada preparado, pero si quieres comer puedo pedir algo a domicilio, a menos que quieras galletas, cereales, o barras de dulce, que es lo único que tengo en la despensa. ¿Te quieres sentar? —Ricardo casi blanqueó los ojos ante sus propias palabras, que habían salido de su boca de manera atropellada «¿Te quieres sentar?» ¡Por Dios! Menuda tontería. La sartén por el mango… Sí, claro. Más le habría valido permanecer en silencio.

Martín se volteó completamente en su dirección una vez más, mientras el dedo índice de su mano derecha se paseaba de ida y vuelta por los lomos de una decena de libros afortunados que habían alcanzado un lugar en uno de los estantes. Negó con la cabeza.

— ¿Sentarme? En definitiva no. De sentarse, ni hablar. Y no tengo hambre, Richie. Al menos no de comida —Esa declaración tuvo un encanto casi infantil. La dulce picardía bailoteando en sus ojos grises. Ricardo solamente pudo imaginar que ese infantilismo fue premeditado, lanzado en su contra con alevosía y premeditación, con el único propósito de privarlo de su sano juicio—. Hoy… me siento solo. ¿Acaso tú no? —Esto último lo descolocó un poco. ¿Solo? Por supuesto. Ese era básicamente su estado natural en los últimos años de su vida—. Compartamos la soledad, entonces. Estemos solos juntos.

El joven hombre se dio la vuelta una vez más y reanudó el lento paseo delante de sus anaqueles repletos de libros, discos, fotografías y pequeñas figuras de acción que conmemoraban los años más ñoños de su existencia. Con un esbelto y blanquísimo dedo índice, Martín hizo rebotar la parte superior de un muñeco cabezón, de esos que se colocan en los salpicaderos de los autos, hasta dejarlo bailando sin control.

—Ese lo obtuve del fondo de una caja de cereales cuando tenía doce. Nunca he tenido corazón para deshacerme de él —. Explicó Ricardo, tomando del anaquel al pequeño jugador de baloncesto de cabeza resortada.

Martín se dio la vuelta en su dirección, cruzó los brazos sobre el pecho y recargó uno de los hombros en el lateral del anaquel.

—Bien dice el dicho que las cosas se parecen a su dueño. ¿O es al contrario?—chasqueó con la lengua—. El caso es que eres exactamente como él.

Ricardo frunció el ceño, analizó el juguete en su mano y se preguntó en qué se basaba Martín para asegurar que había algún tipo de similitud. Descartó el parecido físico, pues había una lista bastante obvia de las diferencias entre Michael Jordan y él, y cada diferencia era más obvia que la anterior: El color de piel, los millones de dólares, la fama, el talento para el deporte. Menos se imaginaba que pudiera parecerse no al jugador, sino específicamente a la réplica de juguete. Para empezar, él tenía la cabeza de un tamaño proporcional a su cuerpo y no tenía ningún problema de columna que le dejara  como consecuencia que la cabeza le bailara sin control sobre los hombros. A menos, claro, que Martín estuviera refiriéndose a algo más subjetivo, como que al igual que la réplica él le pareciera insulso y un motivo de risa.

Si había creído que hablar acerca del servicio de vigilancia del edificio carecía de sentido, lo de ahora era completamente abstracto.

—Explícate —. Pidió, preparado para escuchar cualquier cosa.

Su cordura y concentración amenazando con marcharse cuando en su afán de poner toda su atención en lo que Martín tuviera para decir, fijó la vista en sus generosos y perfectamente esculpidos labios y pensó en lo agradable que sería besarlo de tal manera, que se le permitiera la libertad de arañar ligeramente su labio inferior con los dientes. Martín se mordía constantemente ese labio y a él le gustaría tener una probada de lo mismo también y… ¡Dios! ¿En qué estaba pensando? Iba a irse directamente al infierno, y lo peor de todo era que iba a largarse al averno por completo complacido si eso significaba que antes de hacerlo había logrado su cometido.

Respiró profundo y miró a Martín a los ojos, que aunque impresionantes eran significativamente menos peligrosos que sus labios, y engarzó su atención en ellos. Su alumno le dio un zape al pequeño jugador de plástico.

—¿Ves ese movimiento frenético de cabeza? —Ricardo asintió—. En principio se mueve de adelante hacia atrás con tanto ímpetu que te hace pensar que lo que estás recibiendo es una afirmación contundente. Luego de la nada el movimiento se ralentiza y, por algún extraño motivo, termina diciendo que no, y luego simplemente se queda quieto… Como si nada —El chico resopló—. Ni hablar del hecho de que sin un estímulo externo no habrá ni un solo movimiento —Martín hizo pivotar la cabeza resortada una vez más para demostrar su punto—. ¿Ves? Justo como tú.

Martín le dio la espalda de nuevo y a paso rápido, aunque algo acartonado —incluso le pareció que una de sus rodillas se dobló ligeramente—, alcanzó el final de la estancia y dio vuelta hacia el pasillo que conducía a las habitaciones.

Okey. Ricardo no era ningún estúpido, no necesitaba que se lo dibujaran con plastilina para entender. Martín estaba diciéndole, con cierto y hasta gracioso nivel de sutileza metafórica, que él era alguien indeciso y demasiado pasivo. Acababa de ser más o menos insultado y él, como un gran estúpido, ni siquiera había abierto la boca para decir algo en su defensa. Seguro que debía verse patético parado ahí, en medio de su sala, sin argumento y sosteniendo a Michael Jordan versión cabezona. Miró las inamovibles facciones tensadas en una eterna sonrisa demasiado amplia esculpida en el plástico.

—¿Y tú de qué te ríes? —increpó al juguete en un susurro, antes de devolverlo a su lugar y seguir los pasos de Martín.

Cuando dio vuelta en la esquina hacia el pasillo, lo vio de pie entre dos pequeñas torres de libros, frente a los diplomas colgados a lo largo de una de las paredes. Ahí estaba su vida académica al completo. Bachillerato, Universidad, Especialización, Diplomados en pedagogía y filosofía. Por supuesto había sido su madre quien se había tomado el trabajo, cada vez, de mandar a enmarcar aquellos documentos en cuanto él los recibía, como una manera de obligarlo a conservarlos en buen estado.

La luz era suficiente para apreciar la escena al completo, pero poca para verla al detalle. Ricardo estaba de pie dentro del haz de luz que lograba dar vuelta a la esquina, proveniente de la amplia ventana del salón. Martín estaba inmerso en la semi penumbra producto de un cielo lloroso y una tarde moribunda que daba paso a la noche de una manera apresurada. No sabía si él realmente podía distinguir algo de aquellos documentos resguardados en vidrio y madera que parecía examinar con atención.

—Así que tu primer nombre es Ángel.

Por supuesto que él veía bien, tenía ojos de gato después de todo. Este tonto pensamiento lo hizo sonreír. No sabía por qué continuaba comparando a Martín con un felino, pero le agradaba esa idea.

—Así es. Ese es mi primer nombre—. Hizo un gesto vago con los brazos antes de dejarlos caer a sus costados en signo de derrota, porque estaba seguro de que Martín había encontrado un nuevo punto para hacer algún comentario ingenioso e incómodo en su contra.

—¿Por qué no lo usas?

—Yo… Un día sólo pedí que dejaran de llamarme así.

—¿Por qué? Bueno, la verdad es que si me esfuerzo creo que puedo entender un poco tus razones. Los anteojos, los hoyuelos, los rizos y además llamarse Ángel, sumado a que de seguro durante el instituto fuiste un gran empollón, como que es demasiado. De seguro en su momento fue la receta perfecta para ser el blanco de las burlas y entonces decidiste que serías solamente Ricardo, porque eso era más fácil que dejar de utilizar anteojos o deshacerte de los hoyuelos. ¿A que sí?

Ricardo no pudo más que reír ante la facilidad con la que Martín encasillaba a las personas.

—Pues te equivocas por completo y de verdad voy a disfrutar sacándote de tu error. ¿Por qué insistes en encasillarme de esa manera? La vida no es un gran cliché, Martín. Las personas no entran en casillas, desempeñando un determinado rol y se quedan allí. Todos llegamos a este mundo como un lienzo en blanco, pero a la larga la vida, las experiencias, la convivencia, nos van salpicando de una gran variedad de colores y forman nuestro carácter. Por ejemplo, no existen las personas buenas y las personas malas en realidad; eso es relativo ¿sabes? Porque el ser humano está fabricado para creer que tiene la razón y que muchos de sus actos, aunque sean criticables y condenables para algunos, son justificados y «bueno» o «malo» sólo depende del contexto, del contrario y muchas veces de quien mire desde fuera. Lo más probable es que todos los bandos crean que están luchando por causas justas y que sus ideales son los correctos y los equivocados son los demás. El mismo hombre que levanta la mano para dañar a alguien, utiliza esa misma mano para acariciar a su hijo. Con  la misma boca que insulta y desdeña a algunos le dice a su madre, a su mujer, a su hermano que los ama —miró a Martín y éste lo observaba con una ceja levantada. Se estaba desviando del tema—. El punto es que quizás fui motivo de burlas para algunos, pero muchos lo fueron para mí también. Ser en términos generales un buen muchacho no me convertía en un chico tonto y pasivo que no hacía nada por defenderse. Me lie a golpes cuando hizo falta, ofendí a algunos con razón y sin ella, por lo general era buen estudiante pero saqué malas notas cuando le dediqué demasiado tiempo a la guitarra. Los nerds de televisión en realidad no existen. Nunca fui blanco de los matones. Quizá algo ocasional, pero jamás sufrí de persecución. De hecho, yo era un tipo genial y, si no es mucha falta de modestia, me gustaría pensar que lo sigo siendo, gracias —Le gustó mucho la sonrisita burlona que Martín le bufó. Se señaló el rostro con el dedo índice— Y estos hoyuelos me han traído más ventajas que problemas a lo largo de mi vida—. Para afianzar lo que dijo, sonrió con tanta exageración como Michael Jordan Cabezón. Tan ampliamente que sus ojos se convirtieron en apretadas ranuras.

—Aprovéchalos mientras puedas. En unos cuantos años más esos hoyuelos van a ser tu calvario al convertirse en profundas líneas de expresión en tu rostro y se van a notar aun si no estás sonriendo, engreído—. Martín pellizcó su mejilla de manera juguetona. Martín – Pellizcó – Su mejilla. Y aquella cercanía se sintió tan bien, que incluso le dio vergüenza ser un hombre tan fácil de comprar. Ahora estaban casi completamente a oscuras, pero aún pudo ver como Martín curvó las comisuras de la boca hacia arriba en una sonrisa por completo maravillosa y perfecta—. Aún no me dices por qué no usas tu primer nombre. Dame una razón.

La sonrisa de Ricardo disminuyó su intensidad hasta convertirse en una muy leve y tranquila, cargada de cierta melancolía que surgía de su pecho de manera reflejo cuando pensaba en aquel tema, pero en realidad ya no dolía demasiado.

—Era también el nombre de mi padre —declaró—. Oh, él murió hace tiempo —explicó cuando vio a Martín arrugar el ceño en un gesto que Ricardo interpretó como que él encontraba insuficiente su declaración inicial—. Yo era poco más que un niño en aquel entonces. Cuando lo perdí, me dolía demasiado tener que escuchar su nombre todo el tiempo cuando las personas se dirigían a mí. Estaba triste y enfadado porque su muerte me pareció prematura, injusta y muy tonta. Así que terminé por pedirle a mi familia y a todos los que me conocían que por favor me llamaran Ricardo. Hoy día el nombre que comparto con mi padre ya no me afecta o me llena de algún sentimiento negativo, pero yo creo que terminé por acostumbrarme a que me llamaran por mi segundo nombre. Además, sigo respetando la decisión del niño que era yo en aquel entonces, esa fue su manera de lidiar con el asunto. ¿Y quién soy yo para no cumplir su voluntad?

Aquella era una anécdota un tanto tonta, simple y en definitiva vieja, pero jamás se lo había explicado a nadie hasta ahora. Pidió a su madre y a su hermana que no volvieran a llamarle Ángel y aunque lo más probable era que su madre hubiese supuesto la razón, ella no le preguntó nada y él tampoco se lo aclaró, eso sí, nada le impidió a Doña Agripina el utilizar su nombre completo, con todo y apellidos, cuando iba a reñirlo. Ella lo hacía incluso ahora que era un adulto. Silvana era muy pequeña en aquel entonces, para ella no fue nada difícil la transición de pasar de llamarlo Angelito a llamarlo Ricky. Sus amigos y compañeros de estudios creyeron que él quería hacerse con una imagen más ruda —imposible para alguien con anteojos redondos al que además todos llamaran Angelito y apoyaron la moción— y él no los sacó de su error. De ahí en adelante todos lo conocieron  como Ricardo y nadie vio nada de extraño en el hecho de que él prefiriera su segundo nombre, pues muchas personas lo prefieren de ese modo. Quizás se lo había dicho a Martín porque había sido el único en pedir una explicación de manera directa.

—Esa es una buena razón. Lamento lo de tu padre.

—Descuida, fue hace mucho tiempo.

Martín se pasó una mano por el cabello, despejándose el rostro.

—Mi primer nombre es Martín. Mi segundo nombre es Alejandro. No hay ningún tipo de historia detrás de ello. Así que lo siento, yo no soy tan interesante como tú, Richie.

—¿Pero qué dices?

Compartieron una sonrisa. Por un instante, la completa quietud de la ausencia de palabras los rodeó.

Martín, desde la escasa distancia que los separaba, estiró el brazo en su dirección. Con la palma hacia arriba solicitaba su mano, invitándolo a tomar la suya. Aquel gesto, en apariencia simple, estaba revestido de aquello especial con lo que estaban fabricados sus más locos sueños. Su deseo más profundo y prohibido materializándose para convertirse en realidad. Una mano, un simple gesto y mucho implicado en ello. Un paso, un sólo paso lo separaba del contundente «sí» aunque también podía darlo en retroceso. Pero obedeció y dio el paso hacia delante, por supuesto.

Con aquellas manos delgadas e irrealmente suaves, Martín tiró de él con la rudeza necesaria para manipular sus movimientos hasta tenerlo prisionero contra la pared y casi hacerlo tirar un par de los diplomas, que quedaron colgando en un ángulo inclinado. Así, sin palabras, sin explicaciones, y por supuesto sin mucha de su resistencia, también. Ricardo fue presa de la más sincera sorpresa. Un momento estaba contemplando tomar la mano que se le ofrecía, poetizando al respecto como en sus peores momentos y sintiéndose afortunado por ello cuando unas horas antes lo había creído todo perdido a causa de su estupidez, su pasividad y su miedo, y al siguiente tenía al chico de sus sueños —y esta aseveración estaba lejos de lo romántico, porque era algo literal— presionándolo contra una pared con todo su peso.

Más rápido de lo que hubiese esperado se olvidó del leve dolor de torso que el rápido y sorpresivo movimiento reavivó, y se encontró a sí mismo demasiado consciente de la proximidad y del calor que emanaba de labios de Martín cada vez que le respiraba sobre el cuello. Todas sus terminaciones nerviosas estallaron al unísono y le llenaron el cuerpo de un hormigueó cantante cuando Martín, dulce y descarado Martín, mandó una mano a su entrepierna y, posesiva y diestra, se engarzó sobre su sexo que comenzó a sublevarse mandando al cuerno al auto control.

Martín…

Rojos sus labios.

Roja su camisa.

Rojas sus intenciones.

Ya no tenía que leer entre líneas, o adivinar o suponer o tener miedo de estarse equivocando en sus apreciaciones, porque Martín, con un par de expertos movimientos, ya le había dejado claro cuáles eran sus intenciones al haber ido allí.

—Dios. Ven aquí.

Ricardo acunó su rostro con ambas manos y, harto ya de la penumbra, apartó una mano de la suave piel del rostro ajeno y tanteó sobre la pared hasta que dio  con el interruptor y lo activó. Todo se inundó de una potente luz eléctrica que hizo que las sombras se agazaparan en los rincones y huyeran hacia los recovecos. La belleza demanda ser vista y Ricardo no quería perderse ningún detalle de aquel rostro al cual no podía acusar de quitarle el sueño, sino de todo lo contrario. De entrar en su psiquis mientras dormía, e incendiarla.

Martín al parecer demasiado consciente del hecho de que sus labios constituían un punto de su rostro de donde Ricardo no podía apartar la mirada, se los humedeció con la punta de la lengua de manera deliberadamente lenta, como quien no quiere la cosa, sólo para terminar con el labio inferior atrapado entre los dientes. Ricardo cerró los ojos y sonrió vencido, mientras recargaba la cabeza contra la pared.

—¿Te gusta provocar, no es así?

El chico sonrió.

—Oh, sí, yo soy un experto en eso —Martín, aquel provocador, era encantador. Esa frase le pareció incitante y prometedora, pero también demasiado perturbadora. Básicamente le recordaba a Ricardo que él había aprendido con otras personas, incluido aquel gigantón español, todo arsenal erótico que fuese capaz de poner en práctica—. ¿Acaso no lo sabes ya? Abre los ojos y mírame. ¿Cómo es que los cierras de ese modo si no me besas aún?

Lo deseaba. Con cada pequeño átomo de su ser deseaba a aquel chico impertinente y descarado.

2

Se relajó en cuanto Ricardo lo besó. Y a pesar de que era contradictorio que la relajación se aposentara dentro de él justamente cuando su sangre comenzaba a caldearse a causa de un beso tan bien ejecutado que le estaba acelerando el pulso, fue justo así como ocurrió y fue de este modo porque junto al placer llegó también la familiar sensación de encontrarse en un terreno conocido que lo tranquilizó. Podía quizá sonar exagerado, pero últimamente había estado sintiéndose como si se estuviese ahogando y aquel beso, aquella cercanía, eran como respirar y no había ningún tipo de implicación romántica en esta aseveración.

Todo había empezado como un roce tentativo, terso y suave sobre sus labios, que podía incluso llegar a describirse como tímido, tal como cuando se camina al lado de una bandada de pájaros que picotean apacibles en el parque y no se les quiere espantar, pero todo comenzó a convertirse rápidamente en una sucesión de exigentes envites contra su boca, como quien harto ya de la pasividad en el parque, corre hacia la bandada de pájaros para verlos emprender el vuelo en desorden. Nada violento o muy brusco, mas los movimientos eran necesitados, demandantes, desesperados y en definitiva también expertos. Así que el suave aleteo terminó convertido en terremoto.

Esto era algo que había sorprendido a Martín desde la primera vez y quizá lo haría por un tiempo más si aquello trascendía de aquel día: El robusto apasionamiento y, ¡Dios!, la increíble técnica que alguien como Ricardo que siempre fue un simplón reprimido y aburrido en su imaginación, era capaz de descargar en un simple beso. Así que si había terremoto, Martín puso su grano de arena y contribuyó con ganas en el agite de las capas tectónicas.

Se permitió respirar con tranquilidad cuando sintió la situación encaminarse hacia un terreno que conocía y podía manejar, y aunque en realidad no había tenido mayores dudas acerca de lograr su cometido eventualmente, no iba a negar que verlo ignorarlo ese mismo día por la mañana, logró hacer tambalear su autoconfianza.

Necesitaba con desespero de aquello para cerrar un ciclo. Entregarle su cuerpo a alguien que lo ayudara a borrar las huellas que la historia más dolorosa y patética que había vivido, había dejado regadas sobre su cuerpo. Necesitaba reemplazar caricias, roces y besos, para que su piel olvidara y aprendiera a reconocer otras manos, unas que lo tocaran de manera diferente, reeducando sus poros. Necesitaba borrar meses de inconveniente sexo prohibido y que su cuerpo dejara de recordar y de añorar, soñando con imposibles.

Martín pudo haber ido con cualquiera, pero lo escogió a él… Y también a sus inconvenientes. Meterse con Ricardo era como tener que reeducar a otro hetero. Había estado unas cuantas veces en aquella situación y sabía lo que seguía. Aquello de «Yo no soy gay» que por algún extraño motivo se sentían obligados a declarar cada dos por tres y que los hacía agarrarse con uñas y dientes al papel de activo durante el sexo. La  culpa, que de manera conveniente no mostraba ningún indicio antes o durante el sexo, sino que era algo meramente post coital. El tener que hacer méritos para que ellos lograran desarraigarse de la idea de que el sexo con otro hombre era algo sucio en el sentido más literal y estricto de la palabra. Y lo más importante de todo, que no se atrevieran a verlo o a compararlo con una mujer.

Sus labios se separaron momentáneamente de los de Ricardo. Haló aire sin siquiera abrir los ojos y de vuelta al envite, mientras afianzaba sus manos alrededor de la mandíbula ligeramente barbada del profesor. Martín mordió de forma ligera el labio inferior del cual se había apoderado con golosería y con eso arrancó de la garganta ajena un sonido quedo, ronco, gutural y sobre todo muy masculino, que tuvo como consecuencia que aun en medio de aquella contienda de labios él mismo profiriera una sonrisa de suficiencia que estuvo acompañada de un involuntario sonidito de regodeo.

Martín estaba dispuesto a facilitarle considerablemente las cosas a Ricardo. Estaba dispuesto a ser tan considerado, que teniendo en cuenta que aquella sería su primera vez con un hombre, ni siquiera iba a tener la necesidad de prepararlo o de esperar a que él mismo lo hiciera mientras posiblemente moría de ansiedad y de desespero, porque si hay algo que en efecto no puede negarse acerca del sexo gay, es el hecho de que es laborioso. Era una verdadera pena que un culo no tuviera la capacidad de auto lubricarse y distenderse como lo hacen las vaginas.

En deferencia de Ricardo y pensando en facilitarle la experiencia mostrándole sólo las bondades, Martín le había allanado el terreno y además de haberse aseado a consciencia, y quien dice a consciencia quiere decir «a fondo», también había un tapón generosamente bañado en lubricante instalado en su recto; cosa que hizo del viaje en taxi algo un tanto incómodo y lleno de morbo que lo obligó a sentarse escurrido en el asiento del vehículo, más sobre su espalda baja que sobre su trasero para no hacer caras o comenzar a gemir delante de un conductor que de seguro se habría tomado a mal aquello, además de hacerlo rechazar de manera tan vehemente la inocente invitación a sentarse que le había hecho Ricardo minutos atrás. Ya era todo un logro el poder caminar con cierta normalidad, a pesar de que a veces se le doblaran las rodillas. Si se hubiese sentado habría quizás dado un espectáculo, soltando un solo de gemidos… Pensándolo bien, en vista de sus intenciones, quizás sentarse no habría sido mala idea.

De la puerta de Ricardo al pasillo en el que se encontraban no había más de ocho metros de distancia, pero los sintió como kilómetros y kilómetros cuyo recorrido lo habían dejado mentalmente exhausto, porque no tenía la menor idea de cómo terminaría aquello, porque mostrarse seguro cuando lo devoraba la incertidumbre era algo agotador. No habría soportado que él le dijera que no. No aquella tarde cuando se sentía vulnerable y tenía miedo. Necesitaba con desespero algo que pudiera manejar, que conociera, que saliera justo como él quería. No quería pensar en exámenes médicos y sus posibles resultados, ni en relaciones sanguíneas o parentescos, tampoco en la angustiante palabra incesto, que lo hacía sentirse miserable y sucio, o pensar en su madre y sus secretos de mierda.

Ahora que tenía la certeza de que Ricardo pendía de un hilo, y que quien tiraba de ese hilo era él, no tenía prisa y podía distender o apresurar las cosas a su antojo. Con la respiración más que agitada interrumpió la sesión de besos, que para aquel momento ya podía ser catalogada como sísmica y tsunámica, y liberó a Ricardo del peso de su cuerpo, con el que lo había mantenido prisionero contra la pared, para continuar su camino hacia el final del pasillo donde estaba la entrada a la habitación de Ricardo.

Abrió la puerta y encontró el lugar en penumbras. Una oscuridad que no llegaba a ser completa porque a pesar del cortinaje echado, la iluminación de la ciudad era potente, tenaz y persistente y lograba colarse por el resquicio en medio de la ventana. Fue por ello que dio con el interruptor de manera rápida.

Ricardo lo siguió. Martín sintió su presencia detrás de él, pero no lo miró, sino que se adentró en la habitación y dejó la chaqueta sobre la cama que estaba deshecha. El lecho se le antojó invitador, y aunque Martín estaba allí con el firme propósito de follar, no era a eso a lo que se refería, sino al hecho de que se veía acogedor y cálido, con la mullida colcha y las abultadas almohadas que prometían formar un cálido y confortable capullo donde atrincherarse contra el frío y entregarse de manera plácida al descanso.

Con el rabillo del ojo percibió como Ricardo se sentó en la cama. Podía escuchar su respiración, que estaba ahora más apaciguada que segundos atrás, cuando se estaban comiendo la boca, pero aún no del todo normal. Sentía su mirada insistente rebotándole en la piel. Sabía que podía sólo acercarse a él, tumbarlo en la cama, arrancarle la ropa y comérselo de un bocado, pues percibía la ansiedad que las barreras finalmente abajo habían dejado. Pero que las barreras estuvieran abajo significaba que no había una carrera por correr allí, que podía tomarse su tiempo. Cuando quisiera velocidad el sexo mismo y la exigencia de sus cuerpos se encargarían de ello.

No iba a negar que tenía mucha —de verdad mucha— curiosidad por cómo sería, cómo se sentiría hacerlo con él, tocarlo a placer, dejarlo penetrarle y cabalgarlo, pero tampoco iba a negar que estaba un poco resentido por su desplante de aquella mañana y que se lo quería hacer pagar. Quizá se daría la vuelta, recorrería el pasillo y saldría de aquel departamento, dejándolo con un palmo de narices en medio de la calentura… Eso enrabia a cualquiera. Lo malo con eso, era que él mismo se quedaría también sin poder apagar la calentura. Por lo menos iba a darle largas hasta desesperarlo. Podía hacer eso.

***

Canciones. Ni más ni menos que letras de canciones escritas por Ricardo era lo que había en aquel viejo cuaderno de tapas de un color verde desvaído. Martín estaba ojeando las páginas con más interés del que debería, considerando que estaba perdiendo tiempo valioso que podría estar utilizando en otras cosas, pero es que le gustaba mucho la manera un tanto ansiosa en la que Ricardo lo miraba, casi como esperando un veredicto por su parte, o una burla. Cría fama…

Le gustaron. Algunas eran muy buenas, otras no tanto, pero aun así le gustaron. La belleza de lo real e imperfecto. Miró la guitarra y pensó en que en algún momento del futuro cercano le pediría a Ricardo que tocara la guitarra y cantara para él. Ya vería si había algo para burlarse o no.

Las canciones estaban fechadas, y la última era de hace bastante tiempo… Más de tres años atrás. Martin se preguntó por qué pararía, negándose a creer que hubiese abandonado aquel pasatiempo por lo que había pasado con su exnovia, aquella Elisa, pero lo más probable era que esa fuese la razón. Él mismo sentía que había dejado su lápiz y pinceles un poco de lado desde que su vida había comenzado a tornarse complicada; cumplía con los deberes de la clase de artes, pero nada más. Nada de horas placenteras entregado a los trazos. Era la última canción escrita en aquel cuaderno la que databa de hacía mucho y nada le aseguraba que no hubieran más recientes. Si así era, si había más canciones, entonces quiso saber de qué talante serían las letras de la época abatida y aburrida de Ricardo. La época post-cuernos.

Rebuscó entre los libros y documentos sobre el escritorio dentro de la habitación.

—¿Qué haces? —preguntó Ricardo.

—Busco algo.

Tiró de un cuaderno al que le vio posibilidades de tener un contenido parecido al del cancionero que sostenía con la mano izquierda y cuando se hizo con él, algo cayó de debajo. Un libro delgado, con tapas de color rojo en la que había impresa una portada bastante sugerente y ni qué decir del título: Guía ilustrada del Kama Sutra gay.

—¡No! Eso no…

—Oh. Vamos, Ricardo —Lo interrumpió— Ni siquiera tiene caso el tratar de decir que no es lo que parece —Martín agitó el libro—. Esto es justo lo que parece. Alguien aquí tiene curiosidad y cuando se tiene curiosidad acerca de algo, el onceavo mandamiento dicta que hay que saciarla —. La diversión profundamente marcada en su voz.

Ricardo se pasó las manos por el cabello, cosa que se veía un poco sin sentido ahora que lo tenía tan cortó. Se rascó la cabeza con fuerza, preso en la desesperación y acto seguido se dejó caer abatido contra el colchón, con los ojos cerrados y los brazos extendidos como si estuviese a punto de ser clavado en una cruz.

—¡Bien! estoy listo. Adelante, ¡Dispara! Búrlate cuanto quieras, sabré como encajarlo y creo que lo merezco. ¿Quién compra libros acerca de ese tema cuando es más fácil y más discreto sólo buscarlo en Internet? Pasé horrores para pagarlo en la caja de la librería. Aunque, claro, yo no contaba con que vinieras a rebuscar entre mis cosas —El profesor lo señaló desde la cama con un dedo índice acusador—. Oye podrías… podrías sólo olvidarlo —Luego él resopló y se sentó de vuelta, mirándolo a los ojos con la expresión completamente seria—. Por favor, Martín. Sólo olvida y perdona cuan estúpido puedo llegar a ser, ¿Quieres?

Y en ese momento Martín comprendió que en aquella última petición Ricardo no estaba refiriéndose al descubrimiento del manual.

—Está bien, no lo tendré en cuenta. Por todo  lo que has hecho por mí, lo dejaré pasar. Olvidaré lo idiota que puedes llegar a ser.

Dejando de lado la guía y el cuaderno de canciones sobre alguna superficie indefinida a sus espaldas, Martín caminó hacia Ricardo y, a horcajadas, se trepó en su regazo. El  tapón que horadaba su parte más íntima se movió ligeramente con la nueva posición, recordándole que estaba allí y provocando que sus muslos temblaran contra los de Ricardo, que lo miraba desde abajo con la absoluta atención de sus ojos castaños puesta en él. Martín no se había fijado antes, pero desde aquella poca distancia y con la luz de la bombilla alumbrando poderosamente, podía ver cuán largas, tupidas y rizadas eran sus pestañas. Muchas mujeres matarían por pestañas como esas. Eran ojos bonitos que la mayor parte del tiempo estaban ocultos detrás de los anteojos. Alguien con ojos así, con una mirada así, no podía dañarlo. Alguien con ojos así de seguro que estaba genéticamente imposibilitado para ser un cabrón.

Confiaba en él, ahora lo veía claro. Por regla general, por costumbre, modus operandi o lo que fuera, Martín solía juguetear un tiempo antes de irse a la cama con alguien, hacerse el difícil, el interesante, el indiferente, esperar a que lo halagaran, incluso llevarlos a desesperarse —con una gran excepción que terminó siendo un tremendo error—. Pero con Ricardo no se veía con el corazón o las ganas de exigir o esperar algo parecido, aun a sabiendas de que a pesar de la reticencia, su profesor parecía desearlo desde hacía un tiempo ya. Con él no era difícil o molesto. Era cómodo.

Cuando comenzó a delinear las cejas ajenas con los pulgares, los parpados de Ricardo se cerraron suaves, obedientes y silenciosos al tacto. El hombre entre sus muslos se dejaba hacer mientras Martín imaginaba cómo plasmaría sus rasgos sobre papel. Ricardo hizo otro tanto. Silencioso, le acomodó los mechones de cabello tras las orejas, hasta despejarle el rostro.

Fue un tanto extraño para Martín el estarse tomando tiempo para hacer aquellas pequeñas estupideces cuando desde hacía meses el sexo se había convertido en algo duro y rápido en la búsqueda del placer más animal. Por eso había amado cada segundo que Joaquín había invertido en dibujarlo, ya que en esos momentos no había prisa. Su mente divagando se perdía en la ensoñación y luego como un baldado de agua fría recordó que el que tuviera que alejarse de Joaquín no obedecía únicamente al hecho de que él fuese un cabrón integral, sino a que ese cabrón de campeonato era ni más ni menos que su papá. Y si había algo más grave que el hecho de que hubiese llegado a tener sexo con su progenitor, era el hecho de que aun sabiéndolo, continuara deseándolo.

Que estuviera ahora entregándose a mimar mientras en el fondo pensaba de manera insana acerca de su padre, era la más grande prueba de cuan jodido estaba. Sin embargo continuó con lo que hacía, porque le gustaba la reacción del otro ante esto. Pero aquella lentitud, para ser sincero, le fue desconcertante. No desagradable, sólo nueva y ajena a él.

Fue por completo halagador ver cómo la nuez de su garganta subía y bajaba en un movimiento rápido. Deglutía saliva por él. Su respiración aceleraba el ritmo y comenzaba a escapar entre sus labios cada vez más sonora, y eso que hasta ahora sólo estaba tocando su rostro. ¿Qué iba a hacer si llegara a mamársela entonces? ¿Gritar? Martín sonrió ante esto último, porque de hecho llegar a arrancarle algún grito sería genial.

La manera correcta de dibujar a Ricardo, si algún día lo hiciera, era con un lápiz sepia.

El cabello de Ricardo estaba bastante corto, pero aun así había suficiente para que Martín pudiera atrapar unos cuantos mechones un tanto húmedos de la parte posterior de su cabeza. Asió los mechones con firmeza, pero sin llegar a dañarlo y tiró de ellos para obligarlo a mantener la cabeza hacia atrás. Ricardo abrió los ojos con sorpresa y fijó la vista en él.

—Ahora escúchame con atención, Ricardo. Voy a darte el mejor sexo de tu vida, eso te lo aseguro. Me pediste que hiciera méritos para que te dignaras a arrastrarte conmigo al lado oscuro y eso haré. Quieres que te conquiste y eso haré. Y lo haré de la mejor manera posible: con sexo.  Pero pasa que yo también tengo condiciones —se removió sobre su entrepierna—. Mantenme interesado. Reclama mi atención, Richie. Haz que quiera volver… Hazme olvidar. Arráncame los orgasmos, porque ten por seguro que yo arrancaré los tuyos cada vez. Muéstrame que mereces que vuelva a ti después de que me tomes la primera vez. Muéstrame por qué vale la pena que invierta tiempo en ti —Al removerse una vez más encima de Ricardo, El plug tocó algún punto sensible en su interior y lo obligó a soltar un pequeño jadeo por completo involuntario que fue respondido con tensión de músculos por parte de Ricardo—. Si quiero llamarte mi amante, ¿Vas a ganarte ese derecho como Dios manda? ¿Eh? Haz que no me arrepienta de haber sido yo quien haya venido a buscarte, aun cuando tuviste la osadía de ignorarme esta mañana.

—Martín, con respecto a eso yo…

Puso un dedo entre sus labios para obligarlo a callar.

—Nada de palabras, hombre. Quiero hechos.

3

Martín actuaba con premeditación y alevosía. Ricardo actuaba obedeciendo al calor del momento, a la espontaneidad, al deseo largamente reprimido, al instinto y a la exigencia de su cuerpo y aquella mezcla entre la férrea voluntad del uno y la casi completa falta de ella en el otro, sólo podía tener como resultado un final incendiario.

Para el profesor el haber pasado tanto tiempo sin aquel tipo de intimidad lo intensificaba todo a un punto tan álgido, que el más mínimo roce con el cuerpo ajeno parecía estar dotado de candorosa electricidad cuyo único propósito era hacerlo desbordar. Sus poros hipersensibilizados, lo maxificaban todo tal como si alguien le hubiese encendido el zoom a su sentido del tacto. Y fue de esta manera como Ricardo se encontró inmerso en la absorta contemplación de cada área de su ser. Cada trocito de Martín que estuvo al alcance tanto de su vista como de sus manos, no se conformaba con sólo tener una característica para describirlo, sino que todo era… «Muy»

El perfecto contraste entre su piel muy blanca y su cabello muy negro. Su boca muy sabrosa  y muy rosa. Sus manos muy buenas en lo que hacían. Y definitivamente él era muy sexy.

Martín era contraste y sinfonía.

La ansiedad lo dominaba, manifestándose en unas manos temblorosas que querían abarcar más de lo que podían. Así que teniendo que escoger y que tocar sólo una cosa —máximo dos— a la vez, acunó con ellas aquel rostro que adoraba aunque aún no lo reconociera de manera consciente y se dispuso a devorar su boca como si no hubiera un mañana. Saboreó con golosería el labio inferior que tanto le gustaba y tal como había fantaseado, finalmente lo atrapó con los dientes. Lleno, pulposo y tremendamente dulce.

«Tan bueno».

El premio máximo por aquel beso, además de haber sido enteramente correspondido, fue el gemido que logró arrancar de la garganta de Martín cuando la contienda de sus lenguas se encontraba en el momento más ensalzado. También fue este sonido bendito el que lo hizo despertar y hacer un último intento por resistirse. El instinto era un verdadero problema, porque tal como lo instaba a entregarse al calor de la carne, también lo invitaba a resistirse a algo que transgredía un montón de barreras, parámetros y paradigmas. A regañadientes, con un esfuerzo que sintió como sobrehumano, separó sus labios de la tentadora y sabrosa boca ajena. Afianzó la mano derecha en la nuca de Martín y juntó sus frentes.

—Esto no está bien.

Y aun cuando Ricardo hacía tal aseveración, su cuerpo lo contradecía por completo, porque su cadera, su torso, sus manos, continuaban buscando la cercanía y el contacto de Martín. Dijo aquello porque sabía que era su obligación hacerlo, porque era el adulto allí, por amor a Dios, y se suponía que eso lo dotaba de la madurez y la consciencia suficiente para contenerse. Pero en realidad no quería que sus palabras tuvieran ningún efecto.

Martín soltó un suspiro de cansancio y sobre todo de frustración, que le fue tormentoso a los oídos de Ricardo.

—No quiero pensar en si está mal o está bien. Yo sólo no quiero pensar —Martín abandonó su regazo, poniéndose de pie con la respiración aún agitada por el intenso beso. Ricardo había percibido algo desesperado en su voz, al igual que ahora que lo miraba desde abajo podía ver algo salvaje y un tanto enojado brillándole en los ojos—. Si te atreves a dejarme caliente e iniciado, juro por Dios que haré que te arrepientas. Este tirar y aflojar comienza a convertirse en algo ridículo y desesperante. ¿No es acaso más inteligente y mucho más placentero sólo tirar? Empiezo a hartarme. No creas que voy a rogar       — Una repentina sonrisa de burla apareció en aquel precioso rostro arrebolado—. ¿Sabes qué, Ricardo? Eres un grandísimo hipócrita. Decirme eso cuando estás así —Sin ninguna contemplación Martín señaló hacia su entrepierna. Luego volvió a mirarlo directo a los ojos— Tu renuencia sólo es algo reflejo, tiene que serlo. Un tic de protesta programado en tu cerebro o algo así,  porque en realidad tú no quieres que nos detengamos. ¿O sí? — «No… No quiero. Por supuesto que no quiero», pero Ricardo no dijo nada. ¿Qué podía decir cuando Martín lo leía como a un libro abierto y su pantalón de franela lo dejaba en evidencia de manera tan notoria e indiscutible? Estaba siendo ridículo y lo sabía. ¿Tirar y aflojar? Pues sí, él tenía la razón. El chico continuó—. Esto empieza a sentirse como si yo estuviera a punto de violarte, como si yo fuera el malo aquí y yo no…—Ricardo dejó caer un beso sobre sus labios, uno sorpresivo, suave y corto. Suficiente para hacer parar su perorata.

—Me rindo. Así que cállate de una vez.

Fue decir esto y ponerse en pie, arrebatado, hambriento y por sobre todas las cosas, decidido. Que se cayera el mundo a pedazos si tenía que hacerlo, pues ya recogería los escombros más tarde. Y si esos escombros pretendían caerle encima, entonces simplemente se apartaría de la trayectoria. Frente a él, mirándolo a los ojos de manera desafiante y un tanto resentida, tenía a un malcriado interesante y exigente ofreciéndole manjares.

Se entregó con tanta hambre a sus labios, que ocasionalmente Martín perdía terreno ante los envites de su boca y un par de veces se vio obligado a dar uno o dos pasos hacia atrás. Pero bastante claro le quedó a Ricardo que a Martín no le gustaba sentirse minimizado en ningún tipo de sentido o situación e igual de combativo que él, comenzó a ganar terreno a su favor mientras lo besaba con fuerza y pericia. Aquel beso, más que profundo era amplio. Tan exigente que los hacía abrir extensamente la boca para poder corresponder de manera diligente a las exigencias del otro.

Se estaban midiendo. Sin poner barreras se permitían uno al otro desplegar su entusiasmo en pos de conocer hasta dónde llegaban las exigencias y los dones, y con el pasar de los segundos aún ninguno mostraba el límite. Todo iba sólo en aumento.

Ninguno de los dos conocía la manera de intimar del otro y escasamente se habían contemplado desnudos una vez. No conocían sus respectivos recovecos, sus manías, o los puntos más eróticos del cuerpo contrario. ¿Dónde dejar un beso, una caricia, un mordisco para enloquecer? Habían compartido besos increíbles, ¿Pero era eso suficiente para entregarse a una relación física y al disfrute pleno del placer? Cuando le había dicho a Martín que no estaba dispuesto a lanzarse a sus brazos solamente porque le prometiera sexo, era a eso a lo que se refería. Jamás había querido insinuar que conquistarse el uno al otro implicara estrictamente la parte emocional porque era más que claro que no la había, sino que hubiese querido conocer todo de él, de su intimidad, de su anatomía para complacerlo y que al verlo disfrutar ese placer se reflejara en sí mismo. Porque lo más especial y lo más erótico del sexo es ver a la persona entre los brazos retorcerse de placer.

Ante esto, inevitablemente Ricardo comenzó a llenarse de nervios e inseguridad. Tocar a Martín de ninguna manera sería como tocar a una mujer. De hecho, estaba seguro de que si Martín llegara siquiera a sospechar que en algún momento él se atreviera a compararlo con una fémina lo caparía, ya que de hecho iba a tener su pito muy a la mano. Martín era un hombre y Ricardo estaba demasiado consciente de ello. Demasiado. La exigencia de sus manos y la tenacidad con la que lo asía de la parte posterior del cuello para no dejarlo escapar, la dureza que adivinaba un poco más abajo de la suya y que de manera insistente buscaba contacto con su cuerpo en busca de fricción  y alivio.

Continuaba besándolo, entregado, sin tiempo o espacio para respirar o ganas de hacerlo siquiera, porque eso significaría romper el contacto con sus labios, así que se las arreglaba para jalar aire por la nariz y por los resquicios, pero su mente, terca, seguía elucubrando, torturándolo con la idea de llegar a hacerlo todo mal, decepcionarlo, maltratarlo o no satisfacerlo. Esperaba que el jodido manual de posiciones para el sexo gay y horas de internet viendo videos a los que cada vez les encontraba más la gracia, le sirvieran para algo más que para hacerlo sentir como un pervertido. ¿De hecho no debía el hecho de que Martín también era un hombre en cierta manera facilitarle las cosas? ¿Debía tocarlo justo como le gustaba que lo tocaran a él? ¿Debía sólo seguir sus instintos? Quería hacerlo sentir a gusto.

Y entonces, cuando vio la insistencia con la que Martín se entregaba a sus brazos, a sus labios, cómo buscaba más contacto y cercanía al empezar incluso a pararse en las puntas de sus pies, al intentar que sus erecciones entraran en contacto, comprendió que era estúpido sentirse así de preocupado. Porque la erección oculta bajo la ropa de Martín era por su causa, era suya, él la había esculpido en su carne con sus besos. Cada pequeña gota de sudor que le pegaba el cabello a las sienes y a la nuca había sido él, y no otro, quien las había arrancado de sus poros con el vaho de su respiración dura al estrellarse contra la suave piel de Martín, en su afán de buscar aire y obtenerlo de manera insuficiente. La ansiedad en su cuerpo la suscitaba él. No había pasos exactos que seguir o un mapa por leer, porque la intimidad y las personas no cuentan con un manual. Era ridículo pensar así.

No sabría cómo tener sexo con Martín a priori. Era algo que tenía que descubrir con la experiencia y se le estaba ofreciendo la oportunidad. La única manera de descubrir cómo le gustaba que lo tocara, era tocándolo. Sus puntos más sensibles serían una búsqueda del tesoro a través de su dura, tentadora y magra carne joven llena de promesas.

Quizás no las tendría todas consigo aquel día, o quizás sí. Y como nunca antes en su vida, Ricardo deseó con todo su furor que lloviera, porque todo aquello pintaba como un nuevo comienzo. Por suerte el pronóstico del tiempo estaba a su favor, con un 80% de probabilidades de lluvia para aquella noche.

4

Enardecido y acalorado buscaba contacto con más piel. Desanudó sus labios del beso abrazador que los había reclamado y sus manos se aventuraron debajo de la enorme y nada glamorosa camiseta de Ricardo. Sus dedos se encontraron con una piel cálida y enchinada que le dio la bienvenida con candor y entusiasmo; un torso que se estremeció cuando él arrastró ligeramente las uñas a través de los pectorales alfombrados con una capa ligera de suaves vellos.

A Martín le costó contener la risa cuando vio a su profesor hacer un sonido apretado con la garganta, cerrando fuertemente los ojos y concentrándose para no soltar un solo sonido. Aunque más risa le dio el darse cuenta de que justo en un momento como aquel, se le daba por pensar en él como «su profesor». En el fondo era porque eso lo dotaba todo de más morbo. Un alumno, un profesor. ¡Vamos! Qué era un clásico. Quizá hasta le pediría a Richie que se pusiera la corbata y los anteojos, que lo recostara sobre su regazo y le diera de reglazos en el trasero desnudo mientras le hacía recitar el peso atómico de cada elemento de la tabla periódica. Claro, que más sentido tendría que le hiciera recitar algún tema de su clase, pero la tabla periódica era mucho más sexy.

Ricardo estaba tenso y expectante.

—No te contengas. No hay nada de qué avergonzarse. Sólo es placer.

Ricardo abrió los ojos y lo miró con seriedad, incluso frunciendo ligeramente el ceño, mientras trataba de apaciguar su respiración dura e irregular convirtiéndola en cortos y rápidos jadeos.

—Tu ego es cosa de verdadero cuidado. ¿Crees que tienes explicación para absolutamente todo? Algunas cosas no son tan complicadas o profundas. Yo no me avergüenzo de sentir placer, es sólo que tengo vecinos. Una en particular que es bastante dada a ser… demasiado informativa con los asuntos de los demás y compartimos esa pared de allí.

Ricardo señaló hacia la pared detrás de Martín, contra la que estaba apoyado el escritorio. Como consecuencia de esta nueva información, lo único en lo que Martín pudo pensar fue en que ahora no habría manera de que deseara algo diferente a que Ricardo se lo follara sobre ese escritorio mientras la entrometida vecina los escuchaba. Sonrió de forma ligera. Luego enserió el gesto.

—Bien. No voy a volver a adelantar conclusiones y tampoco voy a intentar darle explicación a tus reacciones o a tratar de facilitarte nada. Supongo que eres todo un experto en sexo con hombres y no necesitas que te apoye o trate de tranquilizarte —Martín se dio una palmada en la frente—. ¡Rayos! ¿En qué estaba yo pensando? He de haberte parecido ridículo y seguro lo fui, porque tú eres el adulto lleno de experiencia, que sabe a la perfección qué hacer y yo soy el adolescente dulce del cual vas a aprovecharte como todo un malvado de cine porno japonés, pero supongo que no tienes ningún conflicto con la situación, porque después de todo no es como si hubieses estado dando tumbos desde que llegué, avanzando y retrocediendo en una pelea incansable con tu conciencia acaeciendo fuero interno, mirándome como a alguien encima de quien quieres saltar pero conteniéndote. No, para nada —En alguna parte Martín había leído que el sarcasmo era el arma de los tontos, el refugio de las mentes débiles, pero no podía evitar que su voz destilara chorros del mismo—. Así que adelante, sorpréndeme. Dame lo mejor que tengas. Soy exigente, así que espero que estés a la altura. Esto no será como una película de cine mudo, ¿O sí? ¿Acaso crees que tus vecinos no tienen sexo?

Martín bajó la mano desocupada hasta su propia entrepierna y por encima de la tela comenzó a auto-prodigarse placer de la manera más evidente posible. Su respiración comenzó a acelerarse como una locomotora, hasta convertirse en cortos jadeos bastante sonoros que a veces pasaban a ser gemidos. Para ser justos, habría podido reprimirlos o mantener el volumen al mínimo, pues no estaba a punto de tener un orgasmo como lo estaba haciendo parecer, pero quería fastidiar al otro. Estaba caricaturizándolo todo, porque empezaba a sentirse frustrado y molesto.

De pronto, todo estuvo tan claro como el agua. Quizás era un desacierto estar allí forzando la situación y estaba haciendo el ridículo. Quizás él lo había malinterpretado todo y Ricardo simplemente no sabía cómo sacárselo de encima y por eso ponía decenas de excusas; después de todo cualquiera puede tener una erección cuando hay alguien tocándolo, eso no necesariamente significaba atracción, era sólo la reacción natural de un cuerpo ante el estímulo y… Ricardo no había querido ni siquiera mirarlo en la mañana. De pronto Martín quiso retroceder en el tiempo y no haber tomado la estúpida decisión de ir allí.

«Ambos somos hombres. Eres mi alumno. Tengo vecinos». Una excusa tras otra. Una razón tras otra para que Martín lo dejara en paz y él se había hecho el desentendido cada vez como si no fuese con él. Como si fuese imposible que alguien no quisiera encamarse con él sólo porque así lo quería. Había desestimado los evidentes deseos de Ricardo de no dejar trascender aquello.

Lo mucho o lo poco que hubiese pasado entre ellos hasta el momento, aquel nefasto trato, las estúpidas citas, los besos y los manoseos, se habían producido sólo porque él había amenazado a  Ricardo y había retorcido las cosas hasta llevar a la situación a desembocar en aquello.

Martín detuvo todo sonido falso y exagerado que salía de sus labios y bajó la mirada, avergonzado. De un momento al otro lo invadió tal cantidad de vergüenza, que se sintió muy pequeño y rastrero. Intentó retirar la mano de debajo de la camiseta del otro para dejar de tocarlo y salvar algo de dignidad pero Ricardo, apresando su mano por encima de la tela, la retuvo en su lugar. Martín creyó que en ese momento él iba a reclamarle por todo lo que le había dicho, que encontrándose en semejante situación su profesor iba a aprovechar la oportunidad quizá para cobrárselas, haciéndolo sentir mal, poniendo de manifiesto que estaba allí casi rogándole por sexo e iba a darse el gusto de decirle que no, que iba tomarlo por la solapa de la camisa e iba a conducirlo hasta la salida y luego le cerraría la puerta en la cara. Su mente, en esos momentos del talante más dramático y fatalista, ya había decidido que se merecía aquello y que lo encajaría sin reclamar, porque Ricardo tendría la razón, pero en cambio se encontró con una mano firme y gentil acunando su rostro, obligándolo a que sus miradas hicieran contacto.

«Oh, Dios. Aquí viene».

Martín respiró profundo y se obligó a sí mismo a no apartar la mirada y darle la oportunidad a Ricardo de que descargara lo que sea que tuviera para decir.

—Escúchame, Martín —La voz de Ricardo estaba cargada de afectación—. Lamento ser tan torpe y no decir claramente lo que quiero. Lamento sacarte de quicio y obligarte a darme sermones. Lamento hasta ahora no haber tenido al menos la mitad de tu determinación y tu valentía como para haber sido yo quien hubiese ido a ti, tal como he estado muriendo por hacer desde hace mucho. Yo no sé a donde vaya a llevarnos esto, cuánto durará o si va a causarnos problemas, pero estoy dentro porque ya no puedo resistirme más. No sé si yo sea lo que buscas o si estaré a la altura, sólo puedo asegurarte que daré lo mejor de mí, que te cuidaré y que mientras dure procuraré que te sientas a gusto —Ricardo soltó su barbilla y llevó su mano a la parte posterior de la cabeza de Martín y juntó sus frentes—. No voy siquiera a atreverme a decir que esto no es una locura, porque lo es. Pero está bien ser un poco locos de vez en cuando. Aunque no sé si la locura que estoy dispuesto a aceptar y mostrar dé para comportarme como un «malvado de cine porno japonés». Creo que debo explorar un poco más el cine porno asiático gay antes de decidir si el rol de villano sexual me va o no. Y aunque es dulce que te preocupes por  tranquilizarme y apoyarme, no es justamente dulce como te quiero ahora. Si quisieras por favor continuar con lo que estabas haciendo, realmente te lo agradecería mucho. Eso… es sexy y me pone un montón.

Sin decir una sola palabra, porque seguro que ya habían hablado demasiado, Martín llevó una mano a su entrepierna una vez más. Pero en esta ocasión en lugar de desplegar el teatro de una cachondería malsana, extendió las alas de la pícara sensualidad que habitaba dentro de él. Se tocó con candor, con una lascivia controlada, estudiada y caliente que lo obligaba a morderse el labio, a cerrar los ojos y a descontrolar la respiración. Era tremendamente erótico el saber que alguien lo observaba mientras se tocaba y era de verdad caliente el sentir la manera incontrolada en la que la respiración de Ricardo se descontrolaba, de forma errática. El agarre pasó de la nuca de Martín a uno de sus hombros. Lo mantenía cerca, muy cerca de él, lo suficiente como para que cuando Martín movía la mano sobre su erección, rozara también la de Ricardo.

La mano que reposaba sobre el pecho ajeno fue testigo de la agitación y la alteración del ritmo cardiaco. Martín abrió los ojos a tiempo para ver cómo las pupilas del hombre frente a él se dilataban a causa de la excitación, mientras apretaba ligeramente el agarre sobre sus hombros, su mirada se intensificó. Oscura y apasionada. Sus ojos se tornaron absorbentes, atentos, ávidos y completamente interesados. Las pupilas enardecidas comenzaban a ganar terreno y su color casi negro se extendía generosamente sobre el cálido color miel, tal como una mancha de petróleo lo haría sobre una extensión de agua: Abrasiva, arrolladora, invasiva e inquebrantable.

—¿Puedo hacer eso por ti? —Ricardo le pedía permiso para tocarlo con la voz agitada y la respiración dura.

—Sírvete —La voz igual de agitada— Pero no sé si vaya a poder mantenerme en completo silencio. ¿Qué hay con tu vecina? —. Ricardo pareció meditar durante unos segundos.

—Un momento —Ricardo se alejó de él y rodeó  la cama, buscó encima de una de sus mesas de luz y con un pequeño mando activó la música dentro de la habitación. Nada de música lenta y romántica que habría sido el colmo del cliché y de la casualidad, sino que  el ambiente se llenó de un pegajoso riff de guitarra, acompañada del marcado y duro compas de la batería. El vocal se desgañitaba con una voz aguda, anunciándole al mundo que estaba en la autopista al infierno, sin señales de stop, ni límites de velocidad. AC/DC con su Highway to hell a un volumen moderado—. Que se joda la vecina.

Martín sonrió ladino.

—Que se joda la vecina mientras tú me jodes a mí —La sonrisa le fue devuelta a Martín mientras Ricardo caminó hacia él y, tomándolo desde debajo de los muslos, se enroscó al chico alrededor de la cadera. Martín le echó los brazos alrededor del cuello, le fascinaba que lo auparan así, pero Ricardo dejó escapar un sonido indefinido e intenso desde su garganta. Martín dejó de removerse y cesó todo movimiento para preguntar—. Hey, ¿Eso fue un gemido o fue un quejido?

—Creo que ambos —Martín elevó un tanto una ceja, interrogante—. Es que… En definitiva creo que elegí un mal momento para empezar a ejercitarme. Me duele todo —lloriqueó. Martín empezó a fruncir el ceño mientras desenroscaba el amarre de sus piernas y volvía al suelo, pero al parecer Ricardo fue capaz de leer su mente—. ¡No! ¡Espera! Juro por Dios que esto no es ninguna excusa. Te deseo. Te deseo, Martín. No importa qué me duela o cuanto lo haga. Me tomó demasiado el llegar hasta aquí, así que te aseguro que esto pasará. Mira cómo estoy… Cómo me tienes —. Señaló vagamente hacia su entrepierna.

Martín soltó una carcajada sincera.

—Claro, señor drama. Creo que yo iré arriba.

Como si el otro no acabara de decirle que tenía el cuerpo adolorido, Martín hizo a Ricardo sentarse a la orilla de la cama y luego lo empujó, haciéndolo pivotar contra el colchón. En un rápido y felino movimiento, gateó sobre su cuerpo hasta sentarse sobre sus muslos y atrapar sus labios en un beso exigente que se movió al ritmo de las vibrantes guitarras. Martín se irguió y desde esa posición, Ricardo deslizó los tirantes por sus brazos

—Creo que no me duele tanto.

El profesor intentó erguirse, pero Martín lo empujó de vuelta.

—Cállate, quédate quieto de momento y disfruta.

Se bajó de la cama y acomodó una almohada bajo la cabeza de aquel al que todo parecía indicar ahora podría llamar su amante y se arrodilló en medio de sus piernas. Ricardo se removió inquieto y expectante.

Para qué lo iba a negar, él también estaba nervioso, aun así su pulso no tembló cuando metió los dedos índice y medio de cada mano en la cinturilla de los pantalones de franela de Ricardo y tiró de ellos hacia abajo, encontrándose con que debajo de este no había ropa interior.

El miembro de Ricardo se erigía en medio de sus piernas, imponente, sin timidez y por sobre todas las cosas, hermoso. La cabeza en forma de durazno era generosa y despejada, gozaba de la amplitud y la apariencia de limpieza que le otorgaba el carecer del prepucio. La piel tensa y abrillantada. Aún sin que la erección fuese completa, su miembro se veía prominente. El tronco grueso nacía desde una base con pocos vellos que evidenciaban que habían pasado quizás un par de semanas desde la última depilación.

Aquel pedazo de carne, que le habría sido imposible ignorar, se sintió cálido y vibrante entre sus manos. Empuñándolo con una mano, Martín besó la punta y admiró su magnificencia, pensando en que había sido un acierto el haberse puesto el tapón. Necesitaría relajarse por completo para poder adjudicarse todo aquel grosor.

Comenzó a masturbarlo lentamente con una mano, mientras con la otra rebuscaba en la pretina de su propio pantalón, tratando de desapuntarse el botón y liberar su propio miembro excitado que temblaba inquieto y desesperado dentro de la ropa interior. Paseó la lengua desde la base hasta la cabeza, cuando fue de vuelta a la base y se quedó allí durante unos segundos, enterrando la nariz entre sus pelillos, casi le da las gracias cuando se encontró con que a pesar del olor cargado de su excitación, el olor predominante era a jabón. Y esto lo animó a intensificar su labor.

Martín chupaba. Ricardo gemía y comenzaba a balbucear incoherencias. Bon Scott gritaba desde los parlantes como si él también estuviese a punto de tener un orgasmo, diciendo que nadie iba a hacerlo frenar en la autopista hacia el infierno… Pues Martín tampoco pensaba frenar.

El sabor salobre del pre-semen rodó por su lengua como un premio al mérito

5

Para ese momento no le habría importado ni siquiera si hubiese estado ostentando un cargo papal en el vaticano, así que menos le importaba ya el ser el profesor de Martín. Porque en ese momento no eran alumno y maestro, eran dos pieles hirviendo de necesidad y de deseo. Dos hombres necesitados y heridos aferrándose a la oportunidad.

Martín se había detenido justo a tiempo. Una succión más con esa boquita experta y preciosa y todo habría terminado antes de empezar. El Martín agitado que lo besaba con furor y exigencia era tan tentador y tan hermoso, que sin importarle un cuerno cuanto le dolía el torso, se irguió con él cargando con su peso para comenzar a quitarle la ropa.

Así, con Martín sentado a horcajadas sobre su regazo y sus dos miembros desnudos haciendo contacto, Ricardo se creyó capaz de enloquecer, de explotar, de implosionar, de conflagrarse en medio de una llamarada producto de combustión espontánea. Besarlo ya no fue suficiente, quería fundirse en él. Eso superaba con creces su sueño de un beso más para morir después.

Uno a uno los botones fueron separados de los ojales y la camisa roja fue a parar en alguna parte que de momento no le interesaba. Ojalá hubiese podido sacarle los pantalones sin tener que alejarlo de él, sin tener que dejar de besarlo, pero a menos que se los arrancara de cuajo, eso no era posible, así que mientras Martín se puso de pie y él mismo se deshacía de las prendas restantes, Ricardo aprovechó para desvestirse.

Finalmente ambos estaban uno frente al otro tal como Dios los trajo al mundo. Eso  suponiendo que además de desnudos, Dios los había puesto en este mundo en un estado de excitación tal que eran capaces de sacarle el ojo a alguien. A pesar de estar hirviendo de deseo y necesidad, Ricardo se tomó un momento de pausa y absorbió, conmovido, cada detalle del cuerpo elegante, estilizado, delgado y con la mezcla perfecta entre la fragilidad de la juventud y la fuerza de la masculinidad que tenía en frente.

Martín era precioso. Perfecto.

El profesor clavó la mirada en el depilado, rosado y erecto pene de Martín. Su excitación llevó la voz cantante, levantándose en supremacía sobre sus intentos de razonar. ¿Estaba dispuesto a ir tan lejos? Por supuesto que sí. Llegados a este punto ya no habría manera de retroceder.

El contacto de sus pieles desnudas fue arrebatador. Los besos se volvieron más húmedos y profundos mientras ambos se habían tendido sobre la cama y se tocaban cada parte del cuerpo. La música no estaba tan alta como para perderse esos gemiditos calientes que Martín soltaba cada dos por tres. Más alto era el repiqueteo de la lluvia.

—Lluvia… Llueve.

—¿Mmm? ¿Qué? —. Martín tenía la respiración agitada y la mirada perdida y brillante que intentaba centrarse en él.

—Está lloviendo. ¿Acaso no es genial?

—Sí… Sí.

La cadera de Martín sufría de pequeños espasmos. Su hermosa virilidad, joven y exigente, estaba enrojecida y cargada, reposando contra su bajo vientre. Tan hinchada que la piel estaba por completo tensa. Ricardo la observaba con curiosidad y reserva, pues estaba acostumbrado a que el suyo fuese el único pene involucrado cuando de tener sexo se trataba. Todo era muy extraño, pero también muy excitante.

Su dedo, tímido, se posó en la entrada de la uretra y Martín dio un pequeño salto en el lugar.

—Hey… No me dejes olvidar que tú también tienes uno, ¿Quieres?

—No te dejaré olvidarlo, créeme. Tendrás que hacerte cargo de él.

Cuando todo se caldeó de nuevo, Ricardo apresó las nalgas de Martín entre sus manos, preparándose mentalmente para lo que había visto en los videos y leído en el manual que debía hacer: prepararlo. Martín tenía una vida sexual previa, pero en serio odiaría lastimarlo. Masajeó sus cachetes y, nervioso, encaminó un dedo hacia lo que había esperado fuese un anillo fruncido de músculos apretados a la espera de que se les mimara y se les instara a distenderse, pero se tropezó con una dureza que no esperaba encontrarse allí.

—Pero qué… ¿Qué es lo que tienes allí?

—Un tapón —explicó Martín, como si cualquier cosa.

—¿Un tapón? — Ricardo estuvo a punto de atorarse con su propia saliva de imaginar a Martín con uno de esos en uso mientras atravesaba la ciudad. No había pasado a su baño, así que lo había traído puesto—.  ¡Oh, Dios! Eres tan… perverso.

—¿Qué te puedo decir? Juego en las grandes ligas.

—¿Dónde te lo pusiste?

—Pues en el trasero.

Ricardo rio al tiempo que chasqueaba la lengua.

—Me refiero a dónde estabas cuándo te lo pusiste.

—En casa. Lleva un par de horas metido allí, haciendo su trabajo.

—¿Y ha hecho un buen trabajo?

Desde dónde Ricardo estaba, aún en posesión de las tersas nalgas de Martín, sintió como el chico apretaba y aflojaba los músculos de los cachetes mientras se removía inquieto contra él y le gemía en el oído. Eso fue tan caliente que Ricardo contribuyó apretando y contrayendo los músculos que tenía apresados entre las manos.

Estaba completamente absorbido por el morbo, imaginando el plug incrustado y moviéndose dentro de Martín, cuando cayó en la cuenta de algo que casi le provoca ponerse a lloriquear.

— No tengo preservativos.

—Sí, eso supuse de alguien que no tiene sexo hace siglos —Martín se alejó de él, arrastrándose por la cama hasta hacerse con su chaqueta y rebuscar en uno de los bolsillos. Volvió a su lado con la punta de un paquetito plateado apresado entre los dientes—. Cambien quengo egsto.

—¿Qué?

El chico blanqueó los ojos y se quitó el condón de la boca.

—Que también tengo esto —Martín agitó frente a sus ojos un pequeño frasco transparente con contenido de color azul.

—¿Qué es?

—Lubricante.

—¿Lubricante?

—Sí, lubricante. ¿Acaso creíste que ibas a metérmela en seco, o a base de escupitajos? Para que sepas, odio eso.

—¿Odias la saliva?

—No por completo. Puedo con aquello de «humedecer», hasta cierto punto puede llegar a ser sexy, pero lo que no acabo de procesar es eso de que me escupan o escupir a alguien. Eso es asqueroso.

—Lo tendré en cuenta.

—Bien.

Fue por completo algo sexy y lleno de morbo ver a Martín sacarse el tapón. El muy exhibicionista puso el trasero en alto y recostó el pecho contra la superficie de la cama para dejarle ver el plug incrustado y la joya que impedía que se perdiera en sus profundidades. Luego le dejó ver cómo lo sacaba de allí. Casi lo hace reír cuando le preguntó si eso le había parecido de alguna manera asqueroso.

Su chico —sí, en medio de aquella intimidad pensaba en él como en su chico— lo hizo tenderse sobre la cama y reavivó su erección con una mano bañada en el lubricante que aplicó encima del preservativo y luego se acomodó a horcajadas sobre su estómago.

Sin palabras, sin acuerdos tácitos previos, únicamente obedeciendo al instinto, ambos supieron qué hacer. Martín se arrodilló separándose de su estómago, listo para que lo penetrara dejándose caer y el profesor guio su pene al centro de sus deseos.

Ricardo cerró los ojos de placer cuando sus cuerpos se ensamblaron.

Tan caliente.

Tan apretado.

Tan jodidamente bueno.

Martín se sentó en el centro de su cuerpo y arrugando el ceño y cerrando los ojos siseó por lo que bien podía ser dolor o placer. Ricardo lo tomó  por la cadera derecha y con el dedo índice le prodigó unas cuantas caricias.

—¿Estás bien?

—Sí… Sólo dame un minuto.

Transcurridos los primeros diez segundos Martín continuaba con los ojos cerrados y Ricardo comenzó a preocuparse y a punto estuvo de decirle que lo detuvieran todo, pero el chico comenzó a moverse, privándolo de la facultad de razonar, llenándole el cuerpo de placer, haciéndolo abrir la boca sin que fuese capaz de proferir sonido alguno.

Martín subía y bajaba por su pene con un ritmo estimulante que aún estaba lejos de ser frenético. Sus jadeos placenteros cargados de erotismo y exentos de toda vergüenza fueron como música para los oídos de Ricardo.

Calor… El calor era abrazador y tremendo.

El placer se le desgajaba por todo el cuerpo. Nacía en su entrepierna, en corrientazos y ramalazos le recorría todo el cuerpo hasta desembocar en sus dedos. Martín bombeaba su propio sexo y Ricardo le apartó la mano de allí con un manotazo desesperado, para apoderarse él de aquel apéndice de placer que bailoteaba con cada bamboleo y ondulación en medio de su precioso cuerpo.

Sin importarle si tenía los músculos resentidos o no, dio vuelta a la situación y pronto fue Martín quien se encontró debajo de su cuerpo, empalado en su sexo y recibiendo embestidas que marcaban el ritmo. Martín no hizo nada por hacerse de nuevo con el control y eso fue algo que Ricardo agradeció. Lo besó con hambre, devoró sus labios, su lengua, se tragó sus suspiros y sus jadeos, mientras el gatito  lo miraba con los ojos turbios a causa de lo que Ricardo podía adivinar como el deseo más primitivo y visceral.

En ese momento toda su preocupación de antes le pareció estúpida y sin fundamento. No necesitaba de ningún manual de instrucciones o que le señalaran sus lugares de placer o cómo moverse. Su cuerpo sabía lo que quería e iba por ello y en el proceso de hacerse con su propio placer, esperaba asegurar el de Martín. Estaba preparado para ello, pero aún le preocupaba el hacerlo mal.

***

Por primera vez en mucho tiempo era otro hombre y no Joaquín quien lo poseía y lo hacía gemir, así que se aferró a eso con todas sus fuerzas. Agradecido se entregó con todo fervor pues, tal como había supuesto y esperado, aquello lograba que su cuerpo y su mente se sosegaran. Estaba conflictuado y herido de una forma en la que nunca lo había estado antes, pero eso no impedía que su cuerpo reaccionara ante el estímulo del placer. En aquel momento el sexo era para él el equivalente a una droga que alejaba sus problemas y preocupaciones. Una droga que prometía hacerlo dormir como un angelito, después de noches de dormir mal o no hacerlo en lo absoluto.

Lo sentía venir. Llegando desde su estómago, tensándole las ingles. La liberación que lo hacía desgajarse en sonidos, en peticiones, en reclamos, en balbuceos sin sentido… Aquello que durante el sexo se perseguía sin descanso, la recompensa final que lo hizo soltar un gruñido antes de que llegara.

Para aquello no se necesitaba corazón, así que se relajó y disfrutó.

***

Sintió a Martín tensarse y soltar un gruñido, así que detuvo todo movimiento para mirarlo al rostro. Ahora sí estaba seguro de haberlo lastimado. Pero cuando vio a Martín mirarlo con la extrañeza y el desconcierto pintado en la cara, supo que la había embarrado.

—¡¿Pero qué haces?! —gritó Martín por encima del ruido de la música y de la lluvia, por completo frustrado, con la respiración entrecortada e irritado—. ¿Por qué te detienes? Estaba a punto… Argh

—Lo siento. Creí que te estaba haciendo daño.

—¡Mierda! No soy tan frágil, pendejo. Te detuviste en lo mejor… Muévete, por favor. ¡Ahora!

—¿En lo mejor? ¿Te gusta lo que hago? —Su voz sonó sorprendida, pero intentó recomponerse de inmediato. Comenzó a mordisquear el lóbulo de su oreja y a lamer su cuello y la respiración errática de Martín comenzó a acelerarse.

—Síííí… Sí que me gusta, mhn —Martín se empujaba contra él, mientras le pegaba con uno de sus talones en el trasero, instándolo a moverse de nuevo—. Por favor… Por favor —lloriqueó y con eso Ricardo tuvo suficiente para retomar el ritmo en busca de su propio placer y el de Martín.

Todo fue en aumento. El ritmo de los gemidos se desgajaba en crescendo. El gozo… La intensidad que hacía que les pulsara cada parte del cuerpo. Ricardo fue el primero en dejarse ir, pues había pasado demasiado tiempo desde la última vez que tuviera sexo y en vista de esto había sido un milagro que no se corriera en cuanto Martín lo tocó; pero continuó bombeando dentro de Martín aun cuando sus fuerzas estaban minadas,  no pararía hasta que Martín temblara debajo de él.

Y ahí estaba.

Su grito estrangulado.

Su cuerpo arqueándose como un arco tenso.

El cabello desordenado.

El aire empujado fuera de sus pulmones en un suspiro duro. Apretaron el abrazo mientras sus cuerpos temblaban, debilitados por el orgasmo. Martin ocasionalmente se estremecía con las pequeñas réplicas del clímax.

Luego el mar en calma. Los ojos cerrados. El sueño que se apoderaba de los amantes, alejándolos de esta realidad e internándolos en el mundo de los sueños.

Ricardo lo besó en la punta de la nariz, antes de dejarse caer sobre la cama, a punto de caer en una relajada inconsciencia y pensando en que tenía que sacarse el preservativo antes de quedarse dormido.

—Eres un cursi de mierda, Ángel Ricardo.

—Oye, prefiero que me llames Richie.

 

Capítulo 5 Cat-bird

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Capítulo V

Cat-bird

1

Con el cabello más corto de lo que lo había llevado en mucho tiempo, sus característicos rizos suaves brillaban por su ausencia y la verdad era que se sentía bastante más cómodo y ligero de este modo. Le agradaba la sensación de tener la certeza de que por fuerte que soplara el viento o por muy activo que estuviera, la apariencia de maíz inflado había quedado atrás, ya que su cabello solía rizarse sólo cuando sobrepasaba cierta longitud.

Sus movimientos estaban algo acartonados aquella mañana. Le dolía de forma terrible el torso, para ser más precisos los músculos que conformaban su zona abdominal. Ese era el único resultado que había obtenido de momento por haber estado asistiendo al gimnasio desde la semana anterior; cada movimiento que realizaba, enviaba la señal a su cerebro de que debía tirar de todos sus nervios para padecer una especie de mini tortura en respuesta, además sentía las piernas flojas y los brazos inútiles.

Quizá aquello de tomarse en serio el obsequio de cumpleaños de su familia no había sido tan buena idea, después de todo comenzaba a contemplar el abandonar, pero las ganas de demostrarles que iba a ser constante durante más de una semana había podido más que el maltrato y sabía que de seguir sus músculos resentidos simplemente terminarían por adaptarse hasta que el dolor desapareciera. Además, como que había algo relajante en el hecho de ejercitarse y saber que estaba haciendo algo por su salud al dejar de lado el sedentarismo que una profesión como la suya puede acarrear. La actividad física además lo ayudaba a distraerse y a descargar parte de la tensión que a veces no era consciente de estar cargando encima.

A lo mejor, sin ser consciente de ello, estaba haciendo caras raras debido al dolor muscular, o quizá era que su nuevo corte de cabello no le sentaba nada bien y se veía extraño, porque había un grupo particular de alumnas que no le sacaban la vista de encima y no cesaban de cuchichear y de reír. Ricardo no era una persona insegura, pero vaya si era incómodo sentirse bajo el ojo escrutador de un grupo de adolescentes cuyo nivel económico y social en ocasiones las llevaba a pensar que podían pasar por alto las más básicas normas de respeto o a creer que no era necesario inhibirse en lo absoluto.

No, Ricardo no era un resentido social tampoco, pero el que sus alumnos en su mayoría —si no es que todos— pertenecieran a familias con dinero, no era una excusa para que fuesen maleducados y no respetaran las cadenas de mando o simplemente a sus mayores. En términos generales sus alumnos eran buenos chicos, más en una que otra ocasión necesitaban de alguien que los aterrizara.

Dio unos cuantos pasos en dirección a la segunda hilera de asientos del auditorio, junto a la cual el pequeño grupo de alumnas había permanecido de pie. El profesor Azcarate sin duda sabía manejar a la perfección su lenguaje corporal, porque mientras en su rostro había una leve sonrisa amablemente conciliadora y una de sus manos estaba a su espalda, entregando el mensaje «vengo en son de paz» la otra apuntaba hacia los asientos vacíos, instándolas a tomar asiento de inmediato.

Las alumnas obedecieron en el acto y a pesar de que una vez sentadas permanecieron en silencio, no abandonaron la sonrisa y continuaron observándolo con descarado detenimiento mientras se alejaba de ellas. Empezó a preguntarse en serio si quizá aún tenía las marcas de las sábanas grabadas en el rostro o rastros de pasta de dientes en las comisuras de la boca. Suspiró con cansancio mientras se atusaba el cabello y continuaba con el recorrido.

El auditorio principal, con capacidad para albergar a 750 personas, era un hervidero de alumnos, maestros y algunos padres de familia. Había un cuchicheo incesante semejante a un zumbido que era producido por los cientos de alumnos agrupados allí, reencontrándose después del periodo vacacional de mitad de año. Todos ellos llenos de energía, anécdotas y de historias que querían compartir con sus congéneres.

Lo que elevaba aquel bullicio a niveles casi astronómicos era que en esta ocasión los directivos hubiesen decidido incluir a los alumnos de primaria en aquella reunión. Por lo general ellos solían tener eventos de manera independiente al resto del plantel, pues se hallaban al otro extremo del campus en prácticamente un terreno aparte, ya que no compartían zonas comunes con el resto del estudiantado y además manejaban un horario ligeramente diferente al de los alumnos mayores. Esta vez los más chicos estaban allí, haciendo notar su presencia con una inquietud y un derroche de energía que dejaba en evidencia cuan emocionados estaban.

El Instituto Superior de los Alpes alcanzaba aquel año su centésimo quincuagésimo  aniversario. 150 años de los cuales se sentían muy orgullosos, pues no en vano eran la institución educativa con más exalumnos activos en la vida política nacional que cualquier otra y, con respecto a esto, Ricardo sinceramente prefería guardarse su opinión, pues los políticos no eran algo que tuviera en gran estima, así que guardaba estricto silencio cuando alguno de sus compañeros de trabajo o sus jefes, hacía mención de este hecho. Lo tenía bastante sin cuidado aquella visita que estaba causando tanto revuelo, pero bien valía al menos para un corte de cabello.

Esos 150 años valían para que el mismísimo alcalde de la ciudad, en su calidad de exalumno del plantel, se hubiese comprometido a pasar aquella mañana a dar un pequeño discurso como acto inaugural de la semana de celebración y por este motivo los maestros estaban utilizando sus mejores trajes y el alumnado al completo estaba vistiendo el uniforme de gala que los homogenizaba y no la acostumbrada ropa particular.

Cuando vio a Martín entrar en el recinto, Ricardo recordó que en los últimos tiempos había estado sintiéndose como un ser humano que cargaba sobre sus hombros un nada desdeñable cúmulo de estupidez, pero no una estupidez despreciable de la cual avergonzarse, sino de esa clase que es agradable sentir y que muchos incluso disfrutan y buscan.

¿Qué tan estúpido estaba siendo? Pues lo suficiente como para haber estado a punto de electrocutarse al haber provocado un corto circuito en la red eléctrica de su apartamento cuando trató de instalar en su baño una ducha eléctrica por sí mismo, sólo porque Martín se había quejado del agua fría la única vez que estuvo allí. Jamás iba a olvidarse del modo en el que el electricista, al que finalmente se vio obligado a llamar, negaba divertido con la cabeza a medida que iba descubriendo qué tan grande era el daño en el cableado eléctrico, tal como tampoco se olvidaría del alto monto que tuvo que pagar por el arreglo, además del vergonzoso hecho de ver socavado su orgullo masculino al corroborar tan aparatosamente que no había podido con algo tan simple que incluía herramientas. Al menos ahora tenía agua caliente que podía activar y desactivar a voluntad, algo bueno si conseguía no pensar en el hecho de que él odiaba bañarse con agua caliente

Muchas cosas cruzaron por su cabeza a la velocidad del rayo cuando sus ojos se posaron en Martín. Desde recuerdos vivaces, coloridos, electrizantes y calientes, pasando por una abrumante sensación de anhelo y bienestar, hasta las debilitantes cosquillas en el estómago que le hubiese gustado que fueran algo un poco más metafórico y no algo tan real y contundente, que le causara tanto placer como miedo.

Porque sí, la reticencia seguía allí con él. Era necesario y sano sentirla haciéndole compañía a sus ganas de saltar al vacío con los ojos cerrados. Había dentro de él un miedo remanente a perder el control de su voluntad. Miedo a traspasar desmedidamente los límites y las consecuencias que esto le pudiera acarrear. Miedo a quizá no saber cuándo frenar o hasta dónde llegar sin causar ningún daño o sufrirlo, sin embargo en igual o incluso mayor medida estaba ese pinchazo de emoción, de novedad y de deseo.

De momento tenía claro que aunque de alguna manera tenía permitido dejar que la parte íntima de su ser, esa donde reside el deseo, cediera porque ese permiso le había sido concedido de manera explícita, también debía tener claro que aquello era algo superficial que no debía trascender del plano físico. Los límites debían estar bien dibujados en su mente.

Su corazón era algo que debía proteger y mantener al margen, sobre todo teniendo en cuenta que él tenía la mala costumbre de siempre meter el corazón en cada cosa que hacía, ya fuese en mayor o en menor grado. No estaba hablando de amor necesariamente, porque no había cosa más lejana al amor que aquello que estaba ad portas de iniciar entre Martín y él, estaba hablando de la vida, de la simple convivencia, de la empatía que lo llevaba a ser una persona comprensiva, incluso de simple compañerismo o de la relación más plana y básica. Cada uno de estos aspectos, de una manera o de otra, en mayor o menor medida, requerían que el corazón estuviera presente y él esperaba de manera ferviente no sobrepasar ese límite y no poner demasiado de sí mismo en algo en lo que seguramente no debía hacerlo. Era irónico, porque como amantes justamente lo que menos era conveniente hacer, era amar.

Era un juego que ya había iniciado, así que ni siquiera valía la pena el intentar echarse para atrás. La única opción que tenía era ser un buen participante. Cuidarlo y cuidarse. Los dados ya se habían echado a rodar, y a pesar de que había sido Martín quien los había lanzado, había sido Ricardo quien se había mostrado más embelesado por la manera en la que el tablero se llenaba de fichas de color rojo en movimiento. La dura capa con la que se había recubierto a sí mismo había comenzado a romperse de manera irremediable, todo a causa de Martín… De quien menos creyó. Y como consecuencia de ello, su corazón al descubierto demandaba ser protegido.

Cuando Martín le regaló una mirada intensa y una sonrisa fugaz, tan ligera que Ricardo se preguntó si tal vez la había imaginado, su consciencia acusatoria entró en acción, apuntándolo con el dedo de manera reprobatoria. ¿Desde cuando él era tan ruin o frívolo como para utilizar tan a la ligera la palabra «juego»?

Aquel gesto tan sencillo, las comisuras de su boca curvándose apenas hacia arriba, fue como ver el cielo abierto encima suyo, pero Ricardo se limitó a inclinar ligeramente la cabeza a modo de saludo igual que lo habría hecho con cualquier otro estudiante, siguió con su recorrido entre las hileras de asientos, pidiendo a los alumnos aquí y allí que por favor tomaran asiento y guardaran silencio.

Alguna vez pensó que cuando tuviera la oportunidad de adentrarse en el mundo de Martín, cuando lo conociera en un ámbito más allá del académico, de seguro encontraría rasgos de su personalidad y de su ambiente que le desagradarían a tal grado que terminaría por aborrecerlo. Llegó incluso a rogar por ello. Pero cuan equivocado había estado. Si Martín lo había juzgado mal a él, él había hecho exactamente lo mismo y lo había encasillado en el ridículo estereotipo del niño rico malcriado, egoísta y carente de la capacidad de empatizar.

¿Cómo iba a aborrecer a alguien que le había hecho ver la simple y cotidiana lluvia como algo más que un mal necesario, más allá de una simple precipitación climática y un incordio que retrasaba el tráfico? Es más, ¿Cómo era que él mismo no se había fijado en ello antes, cuando la lluvia es musical y se suponía que él amaba la música? ¿Cómo iba a querer lejos a alguien que balbuceaba tan dulcemente al dormir y tapizaba sus paredes con el mundo a lápiz que había surgido de sus dedos? ¿Cómo no sentirse maravillado ante alguien que lo tocaba con esa exigencia tan diestra?

Había cosas en Martín que no eran tan mágicas, claro. Facetas de él que se alejaban por mucho de la perfección, por supuesto. No obstante no le tomó demasiado tiempo a Ricardo el descubrir que incluso disfrutaba de sus imperfecciones. Esas que lo hacían más humano e interesante.

Y aun así apartó la mirada. Ignorarlo de aquella manera fue lo único que Ricardo pudo hacer en defensa propia. Rogaba porque Martín no hubiese notado la turbación que le produjo el verlo. Por alguna misteriosa razón que no lograba entender o controlar del todo, Martín vistiendo aquel uniforme fue  algo shockeante en el buen y el mal sentido.

Ahora que veía a Martín bajo un tipo de luz diferente, era como si de alguna manera lo estuviera viendo por primera vez y todo en él lo deslumbraba. Verlo vestir aquel uniforme tocaba su fibra sensible y apelaba a sus fantasías, pero de igual manera le recordaba lo lejos que estaba yendo, cuán profundo estaba a punto de sumergirse en algo en lo que simplemente no debía hacerlo.

Martín¿Fue él siempre así de grácil al moverse? ¿Fue su piel siempre así de clara? ¿Siempre fue el arco de sus cejas tan perfecto? ¿Y sus labios…? ¿Hubo siempre una sonrisa jugueteando  escondida en la comisura de su boca esperando a estallar? ¿Dónde estaba el muchachito chocante y engreído que se empeñaba en desafiarlo durante las clases, en hacerlo rabiar y en burlarse de él? No había desaparecido en lo absoluto, seguía allí y el problema era que ese muchachito un tanto arrogante le agradaba, porque había comprobado que, como era de esperarse, Martín no era un ser unidimensional y tenía aristas y subidas,  bajadas, vueltas y recovecos que constituían su personalidad, y no una cualquiera sino una tremenda y contundente.

Martín no era pusilánime, o tímido, o poco interesante. Martín era valiente y atrevido, era dedicado, observador, talentoso, vivaz, exigente y un aprovechado. Y ahora, a pesar de que no quisiera, también tenía que reconocer que era sexy. Sexy en la manera en la que alguien o algo prohibido lo es. Sexy en la pecaminosa, lujuriosa y santificada manera en la que alguien con cara de ángel, pero con actitud de demonio lo es.

Ricardo trataba desesperadamente de asimilar sus propias reacciones y a pesar de que estas le sorprendían, creía entender a profundidad el porqué de ellas. El simplemente había estado solo demasiado tiempo… Se había cerrado al mundo durante demasiado tiempo. Se había autoimpuesto un régimen de aislamiento emocional durante demasiado tiempo. Y de la nada había «aparecido» Martín, lleno de la juventud y la belleza de una fruta madura y sabrosa, de una magia atrevida que no conocía la vergüenza y no aceptaba negativas, además de sus tentadoras promesas de placer.

Aquel gatito atómico le había saltado encima, y con las garras afiladas había reventado sin miramientos su burbuja de monotonía y le había recordado que estaba vivo, que estaba bien sentirse inestable y sin el completo control de todo de vez en cuando, que era joven y por supuesto que eso obtenía reacciones de él. Era una respuesta biológica y fisiológica normal ante la inestabilidad de su monotonía y el estímulo físico y psíquico. ¿Era eso?

Ricardo se preguntó si de haber estado llevando una vida más normal y sin las altas cuotas de apatía y aburrimiento, Martín de igual manera habría logrado arrancarle tantos escalofríos y ganado toda su atención como lo estaba haciendo.

2

No era que hubiese tenido que pensar demasiado al respecto. No era tampoco como si aquel no hubiese sido un camino en cierta forma lógico dadas las circunstancias. Era sólo que ahora más que nunca Martín sabía que su carta Ricardo era algo a lo que necesitaba aferrarse con todas sus fuerzas, de una manera fiera y a todas luces egoísta.

No iba a encamarse con cualquiera para olvidarse de Joaquín cuando Ricardo estaba ahí como la opción más obvia y cómoda. Martín necesitaba desesperadamente lo que emanaba de él. Esa sensación de ser seguro, de no lastimar, de ser… inofensivo y confiable.

Martín no se avergonzaba de su resolución de necesitar de alguien con quien tener sexo para apaciguar a su espíritu atribulado por el sentimiento de traición y el desorden que empezaba a sentir reinando en su vida, pues necesitaba algo que conociera y que supiera cómo manejar, que le devolviera un poco de la sensación de control que estaba por perder por completo. Y qué mejor que aquello que sabía hacer mejor.

Necesitaba de alguien llenando los espacios de tiempo que pudiera dedicar a pensar en Joaquín, lo cual era un doloroso despropósito y una pérdida de su tiempo, además de un malgaste de energías. Prefería entregarse a algo sin sentimientos, donde no corriera el riesgo de salir nuevamente herido, donde no hubiera cabida para aquella cosa difícil, dolorosa y desconcertante llamada Amor.

Se había tomado el tiempo y el trabajo de abrirle un espacio a Ricardo en su vida, de construirle un lugar y proveerlo de cierto nivel de aceptación. No era que le hubiese costado demasiado el lograrlo, pero él nunca se había tomado la molestia de hacer eso por nadie. A nadie le había dado cabida tal como, si miraba bien, nadie se la había dado a él tampoco, por lo menos no más allá de abrirle un espacio en su agenda y en su cama. Él se veía en la necesidad de esconder sus relaciones con hombres mayores, en respuesta y por ende, esos mismos hombres debían ocultar que lo tenían a él como concubino.

Que valiera la pena entonces el haberse tomado la molestia de construir en el aire. ¿Qué importaba que todo hubiese sido a base de mentiras? Convertiría algo que había hecho por Joaquín, en algo de provecho para él. Un amante más… Una historia más… Una crónica que plasmar en aquel diario que, paradójicamente, era algo que escribía para la clase de Richie, el eticoncito de mente estrecha.

Quería de una vez por todas que toda huella de Joaquín fuese borrada de su piel y Martín sólo conocía una manera de hacerlo. ¿Que si eso lo convertía en un inmaduro y un completo casquivano? Quizá, pero sinceramente no le importaba. Era momento de cerrar aquel capítulo al cual había forzado a durar, de dejar de aferrarse al pintor sólo porque no podía concebir que amando tanto no lo amaran de vuelta, y orgulloso y voluntarioso como había sido siempre, creyó que con tiempo y sus dotes, aquellas en las que tenía plena confianza, lograría hacer brotar sentimientos de la tierra reseca e inhóspita que era su corazón. Sentimientos que, de llegar a existir, le estaban negados de todas maneras pues la sangre los unía de la peor manera en la que pudiera haberlo hecho.

Martín no había dudado, ni siquiera durante un segundo, del hecho de que con solo chasquear los dedos lograría tener a Ricardo bajo su yugo, rendido por completo y dispuesto a ceder ante todos sus caprichos. Tuvo la certeza hasta aquella mañana, en la que su profesor apenas lo había mirado e inclinado la cabeza a modo de escueto saludo cuando coincidieron en el auditorio.

El legendario e inquebrantable orgullo de Martín había estado sufriendo un golpe tras otro durante los últimos meses de su existencia, y no iba a negar que gran parte de la culpa de ello había sido enteramente suya, cosa que a todas luces empeoraba la situación. Teniendo esto en cuenta, lo que menos esperaba o necesitaba Martín en aquel momento era la indiferencia de Ricardo, que aquella mañana fue como un gancho directo al hígado —si es que el amor propio de alguna manera se encuentra situado en el hígado o sus inmediaciones—.

Fue entonces cuando su memoria se puso en acción propinándole una certera cachetada y recordó toda la palabrería que le había soltado Ricardo acerca de querer que lo conquistara, que le mostrara su lado erótico y se ganara su admiración. ¿Era todo eso en serio, acaso?

Martín se dejó caer en una hilera de sillas cercanas a la salida, a unos dos asientos del  pasillo del auditorio. Cruzó los brazos sobre el pecho y bufó su indignación, mientras seguía con la mirada cada movimiento que ejecutaba Ricardo y pensaba en si su profesor realmente creía que tenía alguna oportunidad de no caer rendido si él decidía empeñarse a fondo en conquistarlo.

—Nadie se me ha resistido jamás —susurró para sí mismo.

«Ni siquiera mi papá salió invicto».

Martín contuvo la carcajada histérica que pugnaba por salir disparada de su garganta ante este pensamiento tan torturante, inoportuno e inadecuado como trágicamente gracioso.

Desde donde estaba, veía claramente la manera en la que Ricardo se paseaba entre las hileras de asientos, instando a los alumnos a calmarse y a guardar silencio. Él caminaba con las manos anudadas a la espalda, viéndose tan correcto y académico como lo hacía siempre; con los anchos hombros, que ya había tenido la oportunidad de apreciar desnudos, tensos a causa de la posición de los brazos. Estaba impecablemente vestido, y aunque esto era algo habitual en él, en esta ocasión se notaba que se había esmerado un poco más. Martín suponía que esas eran las consecuencias de que el mentado alcalde, al que mencionaban cada dos por tres, fuese a estar allí aquella mañana.

Y su cabello… Lo había recortado. Los rizos suaves que solían formarse sobre su cabeza habían desaparecido, y el efecto visual de eso era… Por lo menos interesante.

—¿En qué tanto piensas, Tiny?

El respingo que dio Martín fracasó estrepitosamente en ser disimulado. No había  visto a Georgina acercarse y mucho menos sentarse a su lado.

—No me llames así.

—¿Así cómo? ¿Tiny? —Ella cruzó una pierna sobre la otra—. Pero Carolina y Gonzalo te llaman así y tú me llamas Georgy.

—Carolina y Gonzalo son mis amigos, así que ellos pueden llamarme como quieran. Eso afianza nuestros lazos y pone en evidencia la confiabilidad y la familiaridad. En tu caso, tú haces que todo el mundo te llame Georgy para alimentar tu fantasía de que no todos te odian. Ese diminutivo de alguna manera denota cariño, así que básicamente hago mi buena acción del día cada vez que te llamo de ese modo y ayudo a fomentar tu amor propio. Pero si prefieres no volveré a hacerlo.

Martín sólo la había mirado de manera momentánea después de comprobar que era ella quien se había sentado a su lado e interrumpido sus elucubraciones, después de eso había dirigido la vista hacia el frente, con la vaga esperanza de que eso la animara a alejarse de él.

—Yo también te quiero, Martín. Qué bueno que yo no soy la única con ese tipo de problemas sociales por aquí, aunque en tu caso es comprensible porque te empeñas a fondo en comportarte como alguien odioso. Pero conmigo ya no tiene caso que utilices esa careta dura, te he visto derramar miel cuando estás con Gonzalo —Georgina cambió de posición y esta vez fue su pierna izquierda la que se cruzó sobre la derecha, dejando al descubierto una buena porción de piel por encima de sus medias colegiales hasta las rodillas, que Martín fue perfectamente capaz de percibir con el rabillo del ojo—. Oh Dios, míralo. Es sexy en la incomprensible manera en la que un cachorrito lo es.

Martín frunció el ceño al no comprender a lo que ella podría estar refiriéndose.

—¿De qué estás…? —Sólo le bastó mirar a Georgina y seguir la trayectoria de su mirada para comprender.

—No puedes negarlo, Martín. A ti, que eres capaz de apreciar y juzgar un buen físico masculino, no puede pasársete enteramente por alto el hecho de que el profesor Azcarate es… Que tiene algo —Un suspiro teatral abandonó su boca—. ¿Qué estará mal con él? Como que está caminando extraño. ¿No te lo parece? —Ella incluso ladeaba la cabeza en su afán de escrutar a Ricardo más a profundidad—. Es una pena que me hayas obligado a alejarme de él. Yo adoraba sus rizos, pero con el cabello corto como que se ve incluso mejor. ¿No lo crees? —La voz y la mirada de Georgina tenían un aire un tanto soñador que se interrumpió de manera abrupta cuando ella volvió a mirarlo con ojos escrutadores y afilados—. Estabas concentrado en él cuando llegué, así que supongo que tú también habrás notado lo bien que se ve hoy.

Martín ni siquiera iba a negarlo o a hacerse el tonto al respecto, pues algo le decía que Georgina no era ni la mitad de tonta de lo que aparentaba en ocasiones. De hecho ella estaba siendo demasiado perspicaz.

— ¿Qué estás haciendo aquí, Georgina?

—Estudio aquí desde primero elemental al igual que tú, Martín. ¿Recuerdas? —Ella fingió una profunda meditación—. Oye, ¿no debería eso significar que tú y yo deberíamos llevarnos al menos decentemente bien? Digo, tus adorables amigos me aprecian, ¿Por qué tú no? ¿Por qué me odias si jamás te he hecho nada malo? Deberías dejar tu hostilidad conmigo de lado si incluso vas a llevarme a una fiesta como tu pareja.

Martín bufó con hastío.

—Georgina, yo no te odio. Odiarte implicaría que de alguna manera estoy dispuesto a gastar energía en ti y eso no es cierto. Si eres consciente de que a pesar de los tantos años de conocernos la relación que compartimos raya en la indiferencia casi absoluta, entonces déjame preguntarte de nuevo, ¿Qué estás haciendo aquí?

Esta vez Martín decidió ser más específico por si Georgina pretendía seguir haciéndose la tonta, y recalcó sus palabras con su dedo pulgar señalando el asiento que ella estaba ocupando justo a su lado.

—No sé cómo eres siquiera capaz de andar con el peso de ese enorme ego sobre tus hombros, Martín. Creí que el par de días que compartimos de alguna manera eran señal de que nuestra relación estaba mejorando, pero supongo que el que ni siquiera hubieses aceptado mi solicitud de amistad en Bodybook debió darme una pista de todo lo contrario. He sido virtualmente rechazada. Y pensar que había logrado resistirme durante mucho tiempo a enviarte una y al final caí como una tonta. Aunque al menos me consuela el hecho de que no he sido la única ignorada por estos lares, porque no tenemos un solo amigo en común que asista a este instituto y puedo apostar a que muchos de aquí te han enviado solicitudes. Creí tener alguna ventaja sobre los demás, pero resulta ser que no te agrado ni siquiera un poquito.

Martín frunció el ceño de manera ligera. ¿Medía ella el grado de éxito convivencial y social con algo tan trivial y superficial como una red social? Un lugar intangible en la red donde todos fingen ser los más felices, perfectos y tener los mejores amigos, o por el contrario se vuelcan a mostrarle al mundo cuan miserable o cuan incomprendido se es, para de esta extraña y bizarra manera tratar de ganar la simpatía de la gente. Donde cualquier estupidez se convierte en viral ensalzando a unos o hundiendo en la miseria a otros. ¿En serio?

No era que Martín no pudiera ver las muchas ventajas de las redes sociales, como poder mantener comunicación con personas lejanas, conocer gente nueva o estar informado. Tampoco era que estuviera desesperado por ser diferente, cosa que también pretende la mayoría al despotricar contra lo que crea tendencia. Era sólo que no creía que la aceptación de una solicitud dictaminara de alguna manera lo estable o verdadera que podía llegar a ser una relación interpersonal, o en su caso particular que fuese a mejorar o a afianzar la relación entre ambos, por no hablar de lo ruin y desesperado que era siquiera insinuar que un «Me gusta» pudiera salvar a los niños hambrientos y enfermos del mundo. Sin embargo ella parecía de verdad contrariada, herida y molesta; así que Martín supuso que sí, que ese tipo de cosas eran importantes para ella y de alguna manera la proveían de cierto grado de tranquilidad y él no era quien para criticar eso.

—Habla de una vez, Georgina. De lo contrario sólo aléjate y déjame en paz.

—Okey, okey— La chica a su lado levantó ambas manos, como signo de rendición— Carolina, quien por cierto aceptó mi solicitud de amistad de inmediato, me llamó esta mañana y me pidió que te echara un ojo. Ella no me explicó nada, ni me dijo el porqué, solamente que si notaba algo raro o malo en ti, la llamara de inmediato —Georgina le habló mientras examinaba detenidamente su manicura en un intento desesperado por aparentar indiferencia—. ¿Cuenta tu peculiar mal humor en esta mañana como algo raro? Porque definitivamente malo sí es. ¿Debo llamarla?

Martín debió haber supuesto que Carolina haría algo como eso. De hecho, podía incluso decir que le extrañaba que ella no hubiese encontrado la manera de colarse en el instituto para poder vigilarlo ella misma. Martín creyó que Carolina iba a golpearlo cuando le reclamó por no haber confiado en ella para contarle que había estado sintiéndose mal desde hacía un tiempo. En ese momento, Martín hizo una nota mental: No confiarle ningún tipo de información de la que se requiriera confidencialidad a Gonzalo.

A su pesar Martín consideraba que haber llamado a una ambulancia para que atendiera la urgencia había sido una exageración, debía reconocer que en cierta forma lo tranquilizaba el que alguien más hubiese tomado la decisión que él había temido tomar. No siempre era él quien debía tener el control y particularmente en este caso debía cederlo, porque el miedo había estado cegando su juicio.

Sabía que el decirle a Carolina que él quería a su mamá al margen de aquello llevaría de inmediato a que, con lo referente a aquel tema, ella quisiera suplir ese lugar.

A su lado, Georgina había empezado con la actividad que solía adoptar siempre como mecanismo de defensa cuando necesitaba fingir indiferencia: juguetear con su cabello en busca de inexistentes puntas abiertas —cosa que sería imperdonable cuando se iba con frecuencia con un estilista que cobraba el monto de un salario mínimo por sesión— pero Martín se daba perfecta cuenta de la manera en la que ella lo miraba ocasionalmente a través del rabillo del ojo de manera ansiosa.

Sintió entonces que quizá había sido innecesariamente duro y agresivo con ella. Quizá había un poco de culpa rascando en las puertas de su interior, pidiendo salir para ser exteriorizada.  Quizá simplemente estaba madurando y esto lo instaba a pensar un poco en los demás, o de algún modo se había contagiado de esa horripilante enfermedad llamada Sensiblería. Todo sonaba muy bonito, como la parte de la película o del libro en la que él estaba mágicamente convirtiéndose en una mejor persona o algo así, pero a pesar de ello de ninguna manera pensaba disculparse con ella.

Ese puchero herido en labios de Georgina le fue insoportable y Martín esperaba con todas sus ganas que no tuviera que arrepentirse por lo que estaba a punto de hacer.

Con un movimiento ejecutado de manera rápida, para no darse tiempo a sí mismo de echarse para atrás, sacó su teléfono celular del bolsillo interno de la chaqueta de su uniforme, desbloqueó la pantalla con un patrón bastante simple y obvio con el que había reemplazado al anterior para minimizar las posibilidades de olvidarlo, picó sobre él ícono azul en la pantalla y luego de desplegar el listado de las solicitudes de amistad, de las cuales tenía seis más desde la última vez que revisó. No las aceptaba, pero tampoco las rechazaba porque de alguna manera el tenerlas allí retenidas le soplaba el ego. Le dio aceptar a la solicitud de una tal Georgy Queen S, con quien tenía dos amigos en común. Sólo esperaba que ella no le llenara el muro virtual de pendejadas.

El auditorio al completo, incluso los alumnos pequeños, guardaron un silencio sepulcral en cuanto el subdirector subió al escenario y dio unos cuantos golpecitos sobre el micrófono para llamar la atención del alumnado e instar al orden.

Muchas hileras de sillas por debajo de donde estaban ubicados él y Georgina, un supuestamente indiferente Ricardo miraba en su dirección. Con pesar él profesor apartó la mirada en cuanto sus ojos hicieron contacto y se rascó la nuca para disimular y lentamente volver la vista hacia el frente. Había sido descubierto. Una pequeña sonrisa jugueteó con suficiencia en los labios de Martín.

«Te tengo».

3

Los comités estudiantiles se habían aplicado a fondo con la celebración inaugural de la semana de aniversario. Habían instado al estudiantado a participar y desde antes del periodo vacacional todo estaba organizado con una logística que se merecía un diez de calificación. A lo largo de la mañana había habido un poco de todo. Muchas muestras artísticas que iban desde sencillas puestas en escena hasta un gran despliegue de actuación teatral; incluso él puso su grano de arena y uno de sus dibujos, en su mejor intento de hiperrealismo de naturaleza muerta, estaba colgado en el salón de exposiciones bajo el título Dime.

Siendo justos a la hora de juzgar tanto despliegue artístico y aptitudinal, los que más se habían destacado aquel día, habían sido los diferentes clubes de danza. Danza interpretativa… Danza Clásica… Danza Moderna… Danzas autóctonas… Y la cereza del pastel, el tipo de danza que había hecho que las cejas de los directivos, los profesores y los integrantes del comité de padres de familia, brincaran con un rabioso tic de estupefacción y hecho sin mayor esfuerzo que muchos pares de ojos se abrieran de manera desmesurada en completa reprobación.

El tipo de danza estrambótica y moderna que Martín y sus hormonados congéneres disfrutaron más, aunque sólo se les hubiese permitido el contemplarla durante poco más de un minuto. Así que benditas fuesen las alumnas con poco sentido de lo adecuado y sus ganas de demostrar cuan diestras eran a la hora de hacer rebotar el trasero al moralmente cuestionable estilo de algo llamado Twerking.

Eso había sido un desacierto y definitivamente ellas iban a estar en problemas. De seguro habría muchas quejas de indignados padres de familia al día siguiente, pues habían meneado el trasero —de forma bastante diestra, si le preguntaban a Martín— delante de cerca de un centenar de mocosos impresionables y parlanchines con cámaras en sus celulares y que no superaban los once años. Martín no podía más que encontrar aquello absolutamente gracioso, aunque de una manera bastante perturbadora.

Que el coordinador de disciplina se hubiese subido al escenario y de la manera más dramática tomara todos los cables que encontró a mano y tirara de ellos en su afán de detener la música, cuando sólo le hubiese bastado con accionar un par de interruptores o pedirle a las chicas que se detuvieran, lo único que logró fue hacer todo mucho más llamativo y dotarlo de más gravedad y dramatismo de la que aquello tenía en realidad.

Ellas iniciaron con mal pie desde que empezaron a poblar el escenario con la mitad de sus juveniles cachetes traseros al descubierto. Se supone que las niñas bien no tienen permitido hacer ese tipo de cosas en público. Podían ser unas zorritas descarriadas y libertinas en privado, podían hacer lo que se les diera la gana siempre y cuando sus deslices no trascendieran hasta llegar al ojo público, lo que a ojos de Martín producía un montón de hipócritas en masa y alimentaba la doble moral, pero era lo que había.

Había tanto bajo la superficie que era realmente importante y que ya fuese de manera premeditada, por pura indiferencia o simple desconocimiento que era  dejado de lado… El matoneo, el marginamiento, problemas alimenticios, excesos, disfuncionalidad  familiar… Todo era perdonable siempre y cuando no constituyera un escándalo.

Algo como aquello era incluso inocente al lado de tantas otras situaciones que habrían requerido de verdadera atención y sin embargo no la tenían. Martín no se consideraba al margen, porque él mismo vivía muchas situaciones que muchos podrían considerar inadecuadas e incluso extremas. Él demostraba más que muchos y sin embargo en ocasiones pensaba acerca de sí mismo como en un iceberg, que dejaba ver sólo un poco de lo mucho que había porque, quisiera o no, él también era un niño bien con una reputación de la cual cuidar. Vivian en un mundillo recalcitrante y opresor, después de todo.

  Algo de este tipo quizá habría podido no ser tan grave cualquier otro día, pero para desgracia de esa media docena de chicas, habían escogido un muy mal momento para ser liberales y atrevidas, había prensa y, por Dios, estaba el alcalde de la ciudad. Martín consideraba que las ganas de pavonear su sensualidad pudieron haberlas guardado para otro día, en un mejor momento. Él, por ejemplo, jamás iba a negarle a quien preguntara explícitamente por su sexualidad que le gustaban los hombres, pero tampoco era algo que debía mantener ondeando en una pancarta sobre su cabeza, como si fuese su obligación informar a todo el mundo. Al igual que hay algo llamado libertad también hay algo llamado discreción. El momento y el lugar adecuados.

En un vano intento por continuar la jornada con normalidad y calmar los ánimos, los directivos decidieron continuar con el evento como si nada hubiese ocurrido, pero no hubo mucho caso en ello porque los cotilleos y las burlas no cesaron y seguramente no lo harían en un tiempo. Martín tuvo entonces una leve sensación de dèjá vu… Verse en el ojo de la tormenta por una decisión que aunque pareciera inofensiva, había resultado desacertada. Ante este recuerdo, buscó a Ricardo con la mirada y por más que lo intentó, ya no podía verlo con la misma inquina de antes.

Cuando vio a Georgina sentada a su lado burlándose de la situación, Martín la codeó y le recordó que no hacía mucho la había visto bailar de manera más que emocionada alrededor de un tubo anclado en medio del salón de Gonzalo.

***

A las 12:37 del día, Martín terminó de hacer la fila para el almuerzo y se dirigió con su bandeja hacia la mesa que solía ocupar, al lado de una de las ventanas de la cafetería. Georgina había decidido dejar de seguirlo y estaba compartiendo la hora de almuerzo con el grupo de chicas con las que solía hacerlo.

Se dejó caer en el asiento con la sensación de inestabilidad y de debilidad a la que aún no se acostumbraba a pesar de que esta había insistido en acompañarlo de manera intermitente desde hacía un tiempo.

Tenía cosas en las que pensar, sus neuronas no le daban un momento de tregua, sin embargo su deseo más profundo era dejar la mente en blanco, pero eso era algo casi imposible de lograr.

Normalmente cuando se sentía con el ánimo por el suelo —cosa que no le ocurría con demasiada frecuencia, a excepción de los últimos meses de su vida—, lo primero que solía ocurrirle era que se le iban las ganas de comer, y a pesar de que este caso no era la excepción, sabía que mucho de su malestar físico remitiría en cuanto comiera, así que básicamente estaba empujando la comida dentro de su boca y obligándose a tragarla.

Temía que lo de unos días atrás se repitiera. Temía esa sensación de irrealidad. Ni  siquiera podía decir que estuviera tratando de evitar que se repitiera el malestar, porque para ser sincero casi no se acordaba de nada. Era el alivio de haber visto el portal del edificio de Carolina al frente suyo, luego a Gonzalo diciéndole que necesitaba levantarlo del suelo pero que no quería estrellar su cabeza contra la taza de baño, y luego un paramédico preguntándole si quería que lo llevaran a alguna clínica. Lo demás en medio sólo había desaparecido

Alguien dejó caer su charola con más fuerza de la necesaria sobre la mesa. Martín apartó la vista de su plato de Fetuccini alla Puttanesca o, tal como él lo sentía, La cosa en su plato que no quería comer, y mirando en dirección al lugar de donde provino el fuerte sonido, vio como Ismael se sentaba frente a él y sin decir palabra, comenzó a dar cuenta de su almuerzo como un energúmeno.

Durante un par de minutos, Martín no dijo nada y se limitó a observarlo, en espera de que el otro explicara qué carajos estaba haciendo allí, cuando ellos dos jamás solían comer juntos o compartir nada más allá de animadversión, con la pequeña excepción de aquel encuentro en el baño del que ambos prometieron no hablar, o que siquiera levantara la vista del plato. Pero lo único que Ismael emitía era un aura de molestia que lo obligaba a masticar tan fuerte, que los músculos de su mandíbula se marcaban tensos contra la piel.

Martín apoyó los dos codos sobre la mesa y anudó los dedos debajo de su barbilla.

—¿Te equivocaste de mesa? ¿No están tus amigos por allá, acaso?

Cuando Martín señaló con la barbilla hacia la mesa llena de miembros del equipo de Rugby y de sus chicas, en la que solía sentarse Ismael, miró hacia ellos y notó dos cosas. La primera era como la novia… exnovia de Ismael ostentaba sobre sus hombros el brazo del que según su conocimiento era el mejor amigo del chico frente a él y, según el manual de señales, eso indicaba que la marcaba como de su propiedad y definitivamente parecía muy pronto para eso, además en el mismo manual estaba consignado que bajo ninguna circunstancia se debe salir con la ex de un amigo, por lo menos no hasta que hubiese pasado un tiempo prudencial. La segunda era que ellos, todos, tenían la vista clavada en ellos dos y no de una manera amistosa o casual.

Ismael siguió comiendo, pero no parecía estarlo disfrutando en lo absoluto.

—Ellos no son mis amigos.

—Yo tampoco y sin embargo aquí estas. Ve a ser el no-amigo de alguien más y…

—¡Lo hice! —Cuando Ismael finalmente apartó la mirada del plato, su rostro estaba rojo y temblaba, signo inequívoco de que estaba conteniendo unas enormes ganas de gritar, o de llorar, o de golpear a alguien que Martín tenía la esperanza no fuese él. Apretaba con mucha fuerza el tenedor que sostenía en la mano derecha—. La persona que estaba chantajeándome está sentada en esa mesa; en la mesa en la que  se sientan los que se supone que son Mis Amigos. Las personas en las que siempre confié… Ahora ya no hay nadie pidiéndome nada a cambio de su silencio, porque te hice caso y le quité lo que tenía en mi contra. Ahora ellos lo saben… Y mis padres lo saben y…

Ismael se quedó en silencio, con la boca a medio abrir en medio de una frase inconclusa y la mirada vacía y vidriosa.

—¿Y? —Se atrevió a preguntar Martín. Ismael pareció volver de donde fuese que se hubiera ido momentáneamente.

—Y ahora mismo mi vida es un infierno.

4

Ni siquiera los habían dejado ingresar al estacionamiento, así que estaban esperando junto a la entrada, a través de la cual no atravesaría ningún auto hasta que la abrieran a  las 2:30 de la tarde y aún faltaban exactamente dieciséis minutos para ello. Poco tiempo, pero debe tenerse en cuenta que ellos habían llegado cuando aún faltaba cerca de una hora y media. La mayoría de ese tiempo se les había ido tratando de convencer a los guardias en la cancela de seguridad de que eran familiares de uno de los estudiantes y necesitaban al menos esperarlo junto a su auto, pero no les funcionó. Encontraron esto comprensible, mas eso no evitaba que en su interior estuvieran despotricando al respecto.

Ambos habían faltado a sus dos últimas clases de la mañana para poder estar allí en el momento en el que Martín terminara su horario, porque el instituto al que él asistía les quedaba ridículamente lejos.

Gonzalo empezaba a aburrirse de esperar y Carolina no estaba muy conversadora debido a que ella tenía la nariz enterrada en su celular, específicamente en los avisos  clasificados de las inmobiliarias, en busca de apartamentos en alquiler. Ella había sido bastante vaga en su explicación al respecto, pero era más que obvio que lo que hubiera ocurrido entre ella y Jazmín era una situación insalvable que la estaba obligando a buscar un nuevo lugar en el cual vivir.

—… Sí, está bien. Yo le llamo en caso de que decida tomarlo. Muchas gracias      —Esta última llamada tampoco parecía haber arrojado un buen resultado, si es que su ceño fruncido y el suspiro cansado escapando de labios de Carolina, o ella tachando de manera furibunda una de las líneas del pequeño listado que había elaborado, eran algún tipo de señal—. Todo es demasiado caro como para pagarlo yo sola. Voy a necesitar encontrar una nueva persona con la cual compartir gastos. Quizá haya alguna chica buscando una compañera en esos anuncios que pegan en los tableros del campus en la universidad —Ella chasqueó con la lengua—. Hay cosas que hacer ahora, así que ya pensaré en algo más tarde.

Finalmente, ella guardó el teléfono en su bolso y miró su reloj de pulsera de manera distraída, para luego estirar el cuello y mirar con ansiedad hacia la entrada.

La solución al dilema de Carolina era algo que Gonzalo había estado pensando desde el momento en el que ella había mencionado que había decidido dejar de vivir con Jazmín, sin embargo no diría nada hasta que la chica agotara todas sus opciones. No quería que se sintiera presionada.

El lugar en el que se encontraban era, a su parecer, bastante impresionante. Él mismo había asistido a un muy buen instituto privado, pero por supuesto nada comparado con el sitio estilo campestre que se erigía orgulloso del otro lado del enrejado que les había sido imposible atravesar. No pudo evitar dar mentalmente un silbido.

—Dime algo, Caro. No es que de alguna manera importe pero, ¿Qué tan rico es Martín?

—¿Por qué preguntas algo como eso?

—Tengo curiosidad. Para ser sincero, me lo he estado preguntando desde que fuimos al edificio de Georgina y vi el ambiente en el que se mueven.

No era como si Gonzalo no pudiera imaginarlo por sí mismo cuando para sospechar que Martín era un niñito rico en toda regla sólo bastaba con echarle un vistazo a su auto, por ejemplo, pero le gustaría tener una proporción real del asunto. Sólo por curiosidad.

—Pues… No es que yo se lo haya preguntado de forma directa algún día ni nada parecido, sin embargo uno puede sacar sus propias conclusiones de simples hechos como que su abuela tiene un imperio joyero y su mamá tiene una de las agencias de publicidad más grandes de Latino América. ¿Te sirve eso como una pista? Él vive en un lugar inmenso, hermoso y lujoso que llama casa, porque a pesar de lo que pueda parecer, Martín no es tan pretencioso como para llamarlo por su verdadero nombre o como yo lo veo: una mansión. Él y su familia tienen tanto dinero, que su abuela lo considera como a algún tipo de rebelde porque él insiste en conducir su propio auto y se niega a tener un guardaespaldas. Y ¿sabes? Lo bonito de los Ámbrizh es que a pesar de tener tal cantidad de dinero, jamás juzgan a las personas por su nivel económico.

—¿Es así?

Carolina afirmó con la cabeza, sin un ápice de duda en su expresión.

—Martín puede juzgar y querer destrozar a alguien por muchas razones… Por su carácter, su personalidad, porque tengan mal gusto, porque de alguna manera sean molestos o le fastidien la vida, pero ni una sola vez lo escucharás si quiera insinuar que una de esas razones sea porque alguien no tenga tanto como él o incluso no tenga nada en lo absoluto, incluso si uno alguna de las razones anteriores coincida con la falta de dinero —Carolina sonrió de manera ligera—. Hay algo que debes entender acerca de Martín y es que una vez que te has ganado su odio, no lo pensará dos veces antes de  destrozarte; pero de igual manera, si te has ganado un lugar en su corazón, lo habrás hecho de manera inquebrantable. Él da la vida por las personas que quiere y ese cariño jamás tiene que ver con el dinero. Una vez lo vi insultar tan magistralmente a alguien en el club al que asisten él y su familia asisten porque me llamó «una chica de barrio» que cuando Martín terminó de hablar, incluso llegué a sentir verdadera lástima por el tipo, mas no pude dejar de sonreír ante la sensación que verlo sacar la cara por mí de esa manera me produjo.

Gonzalo sonrió con cierto deje de tristeza, porque por supuesto él había visto toda esa maravilla y por eso se había encandilado con él. Pero ya no más. Era algo que tenía que superar y dejar ir. Esperaba ganarse su cariño, un lugar en su corazón al igual que Carolina, pues ya había aceptado el hecho de que era un despropósito tener pretensiones más allá de eso. Esperaba de todo corazón que el profe tuviera éxito allí donde él había fracasado. No obstante esta aceptación de los hechos no le impedía apreciar lo bien que Martín se veía con aquel uniforme de niño fresa con el que se dirigía hacia su auto, del cual él no había despegado la vista una vez que lo hubo ubicado en aquel mar de autos lujosos.

—Míralo, allí está.

—¡Martín!

Lo llamaron al unísono, mientras agitaban los brazos en el aire para llamar su atención, ganándose con esto la mirada reprobatoria de aquellos pocos que atravesaban el lujoso portal a pie.

«!Ja! Con que no todo los niñitos bien tienen lujosos autos en los que irse a casa, ¿Eh?». Sin embargo el regodeo de Gonzalo se acabó en el  momento mismo que vio la hilera de autos que se había formado detrás de ellos y de los cuales no se habían percatado. Autos con chofer en espera de los fresa-boys posiblemente sin edad suficiente para conducir o en exceso pretenciosos. Se preguntó si habría algún hijo de famoso por ahí.

Desde donde estaban vieron a Martín hacer visera con una mano para tratar de verlos mejor, al igual que desde la distancia pudieron adivinar la expresión contradictoria en su rostro.

Martín entró en el auto y condujo hasta la salida. Una vez que los alcanzó, detuvo el vehículo para que subieran. Gonzalo se acomodó rápidamente en uno de los asientos traseros y Carolina caminó hasta la ventana del lado del conductor.

—Hazte a un lado, yo conduzco.

Por un momento Gonzalo creyó que Martín se negaría a cederle el volante a Carolina, dada la manera en la que elevó una de las cejas en un gesto un tanto desafiante, pero después de unos cuantos segundos él se desabrochó el cinturón de seguridad y maniobró dentro del auto para cederle a ella el asiento.

—Lo que digas. ¿Puedo al menos preguntar a qué se debe el qué…? —El auto detrás de ellos comenzó a acosarlos con sonoros bocinazos. Martín se apretó el puente de la nariz y cerró los ojos con fuerza—. Arranca de una vez, Carolina, o ese idiota va a hacer que se me salgan los sesos por las orejas.

Ella puso el auto en marcha, pero enseguida volvió a frenar.

—Mira, es Georgy.

Oh, es cierto. Es ella. Está haciéndonos gestos con las manos —Gonzalo agitó la mano derecha para devolver el saludo.

—Acelera. Ya tuve suficiente de ella por hoy, Carolina. ¿En qué estabas pensando al pedirle que me vigilara? Como si yo fuese un mocoso.

Aish —Carolina chasqueó con la lengua—, también le pedí que fuese discreta y que no te dijera nada. En mi defensa diré que sólo quiero cuidar de ti. ¿Cómo te sientes?

—Maravillosamente —El tono de Martín destilaba ironía y algo de molestia—. Arranca de una vez, ¿Quieres? Estoy cansado.

En unos cuantos minutos alcanzaron la carretera principal que los puso en un movimiento constante con buen ritmo.  Carolina y Gonzalo compartían fugaces miradas de preocupación al ver como Martín había permanecido con una mano protegiendo sus ojos. ¿Cómo era que él había pretendido conducir así? Eso a todas luces habría sido una mala idea.

—¿Tiny?

—¿Mmm?

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Entonces por qué…?

—Sólo estaba pensando —Él dejó escapar un gran suspiro, mientras se descubría los ojos y comenzaba a aflojarse el nudo de la corbata—. Hoy fue un día un tanto… bizarro, por llamarlo de alguna manera—. Martín se sacó la chaqueta y luego se deshizo por completo de la corbata—. ¿No iniciaban hoy sus clases también? ¿Por qué pasaron a recogerme? —preguntó finalmente.

—Vamos a llevarte con un médico, Martín. Gonzalo te apartó una cita y hacia allí estamos yendo ahora mismo —Bonita la manera de Carolina de pasarle la pelota a él. Gonzalo esperaba que en cualquier momento Martín empezara a gritarle por no haberle consultado, pero en cambio él se mantuvo callado aunque meditabundo, quizá incluso podía decirse que se le notaba algo nervioso. Estaba  mordiéndose el labio de la manera en la que él solía hacerlo en ocasiones—. Te advierto que vamos a ir, aún si debemos llevarte a rastras.

—¿De dónde salió este médico?

Bueno, eso definitivamente no había sido una negativa. Carolina le había dicho a Gonzalo que fuese preparado para discutir con un Martín terco y voluntarioso que muy posiblemente no querría ir con ellos; así que le aliviaba que ese no estuviera siendo el caso.

—Del directorio. Una clínica privada en el sector de Santa Rosa. Es un médico general que te revisará y luego te remitirá con el especialista que él considere dependiendo de lo que él encuentre o concluya.

—Okey —Martín estiró la letra “Y”—. Por favor detente en cuanto veas un cajero.

—¿Qué? ¿Por qué?

—¿A qué se va a los cajeros, Carolina? Necesito sacar dinero —Martín sacó una billetera de cuero de un bolsillo en la chaqueta que reposaba sobre sus muslos y comenzó a barajar tarjetas—. Pagaré por la consulta en efectivo, no quiero que el nombre de una clínica aparezca en los extractos de la tarjeta de crédito. Micaela se daría cuenta.

—Eso es algo que no entiendo, Martín. ¿Por qué no puede enterarse tu mamá? Ella debería estar al tanto de esto. Deberíamos decírselo.

Nosotros no deberíamos decirle nada. Es mi asunto. Y las razones para no decirle nada son dos. Uno, no quiero preocuparla hasta no estar seguro de si hay algo mal conmigo y dos, estoy enfadado con ella. Detente, allí hay un cajero electrónico.

***

La mujer tras el mostrador de la recepción miraba alternativamente a Martín y a la identificación que él le había entregado y que ella sostenía con una de sus manos.

—Eres menor de edad. Necesitas un acompañante que sea un familiar.

—¿Por qué? —preguntó Martín, irritado.

—Políticas de la clínica.

—Pues vengo con mi prima.

Carolina dio un paso al frente con cara de póker.

—Documento, por favor —Carolina le entregó el I.D. y de inmediato la mujer comenzó a estudiarlo junto al de Martín—. Martín Alejandro Ámbrizh Liébano y Carolina Ignacia Solaz Sánchez. ¿Cómo es que son ustedes familiares?

—Somos primos en segundo grado. Es prima de mi madre por el lado materno      —contestó Martín—. Puede que no compartamos apellidos, pero le aseguro que somos familia. Ignore sus pecas y el color canela de su piel, tenemos el mismo cabello negro. ¿Ve?

—Carolina Ignacia… Carolina Ignacia… Ignacia —Si esa mujer supiera lo sensible que era Carolina en lo referente a su segundo nombre y cuan violenta podía llegar a ponerse ella al respecto, se detendría de inmediato y definitivamente no utilizaría aquel sonsonete de burla—. Ignacia…

—¡Ya deje de repetirlo! ¿Acaso es mi culpa que mi abuelo Ignacio hubiese muerto dos semanas antes de que yo naciera y que mi madre, como un homenaje póstumo, hubiera decidido honrar su memoria nombrando a su vástago como él? Sin tener en cuenta que soy una mujer —Ella descargó la mano con fuerza sobre el mostrador—. ¡¿Va a negarle el servicio?! Porque de ser así le aseguro que haré un escándalo al respecto. Soy estudiante de derecho y lo que usted está haciendo es demandable, ¿sabe? Somos primos y soy su acompañante. ¡Punto! Así que ingréselo al sistema de una vez.

—Uy, pelea de gatas —El susurro risueño de Gonzalo, tan cerca de su oído, lo sobresaltó lo suficiente como para acelerarle el corazón—. Le voy a Ignacia, ¿y tú?

—Será más interesante ver cómo ella acabará contigo una vez que sepa que estás llamándola de ese modo.

***

Los doctores en medicina en definitiva tienen el ego demasiado grande y el doctor Pedreros no era la excepción. Sin embargo se adivinaba una persona amable que le  transmitía una tranquilizadora sensación de confiabilidad y comodidad.

En un rápido vistazo —que a pesar de lo rápido no fue ligero— Martín le calculó entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Era bastante más alto que él, por lo menos le sacaba quince o veinte centímetros y se adivinaba delgado, aunque no en exceso, debajo de la bata blanca. Tenía cejas pobladas y unas pestañas rizadas muy negras que enmarcaban unos ojos cafés bastante expresivos. El cabello de sus sienes estaba salpicado de una que otra cana y eso le confería un aire interesante y académico, la nariz era recta, su boca pequeña y de labios finos. En conclusión, era guapo de una manera bastante conservadora, al puro estilo de un lord inglés y Martín no pudo menos que imaginárselo en una de esas escenas acartonadas donde hay teteras y té de por medio como en las novelas victorianas, y eso no necesariamente era bueno, aunque por supuesto tampoco era malo.

Se irritó en cuanto el doctor comenzó a reñirlo, primero por no haber acudido con un profesional en cuanto comenzó a sentir que algo andaba mal y después al suponer que él había tratado de auto diagnosticarse con la ayuda de Internet, cuestión que al parecer era de gran ofensa para los profesionales de la salud, a juzgar por el apasionamiento con el que lo riñó.

Lo interrogó a profundidad con respecto a los malestares que lo aquejaban, a lo cual Martín respondió con la mayor sinceridad que le fue posible, tratando de no omitir ningún detalle. Comenzó a ponerse de los nervios cuando tras mencionar sus ocasionales faltas de memoria, el insomnio y los fuertes mareos, los latidos erráticos de su corazón o los constantes dolores de cabeza, el doctor contraía las cejas mientras tomaba nota en el ordenador. ¿Qué significaba esa expresión? ¿Qué perdiera cuidado o que se preparara para empezar a atravesar por las cinco etapas de la aceptación? Eso era tan torturante como cuando un profesor comienza a revisar frente al alumno un examen que acaba de entregar y éste trata desesperadamente de leer en sus gestos si le fue bien o mal.

Para ser sincero, Martín estaba un tanto aterrado pero se obligaba a sí mismo a mantener la calma y guardar la compostura. No iba a enloquecer hasta que no tuviera la certeza de algo.

El siguiente paso fueron los chequeos rutinarios. Tomó su presión arterial, lo pesó y midió su estatura. Fue así como Martín supo que desde la última vez que visitó un consultorio médico había ganado cuatro centímetros de altura, posiblemente su último estirón, y había alcanzado 1.73 metros de estatura. Y extrañamente, aunque en definitiva no eran ni el lugar ni el momento para pensar en ello, calculó que eso ubicaba a Eticoncito entre los 1.80 y 1.85 metros y a Joaquín por encima de 1.90 metros. Por supuesto esto lo llevó a pensar en la manera en la que cualquier diferencia de estatura o corpulencia se emparejaba en la cama sin ningún problema.

Cuando hablaron de sus antecedentes médicos, Martín le comentó al doctor Pedreros sus problemas con los niveles de azúcar, que se habían manifestado desde el año anterior. Cuando el hombre tras el escritorio que los separaba le preguntó si podía tener acceso a su historia clínica, Martín le dijo que no sabía cómo manejar esa situación y comenzó a atacarlo con cosas que había leído en internet acerca del Secreto Profesional, tratando de aparentar que no las había leído hacía apenas veinte minutos atrás mientras estaba en la sala de espera.

—Martín —El doctor sonrió de manera benevolente—, ¿Es algún tipo de secreto el que usted esté aquí? —miró la pantalla del ordenador—. Aquí dice que vino en compañía de un familiar.

—Si. Vine con mi prima, pero no quiero que nadie más se entere. Sé que tengo derecho y sé que a pesar de ser menor de edad usted no puede revelar ningún diagnóstico sin mi permiso explícito. Menos aún si le estoy pidiendo que no lo haga. Tengo más de dieciséis.

El doctor apoyó las manos sobre el escritorio y anudó los dedos, mientras le regalaba una mirada de benevolencia y ánimos.

— Martín, ¿Por qué siente usted que debe ocultar algo de esto? —El doctor sonrió de forma ligera—. Puede confiar en mí. Estoy obligado a respetar la relación médico/paciente pues, tal como dice, el secreto profesional me obliga a no revelar más allá de lo que usted me permita. Pero si leyó un buen artículo en internet, que es de donde supongo que se documentó, debe saber también que siendo mayor de dieciséis, mas aun así menor de edad, puedo romper el silencio profesional si lo que llegara a aquejarle es algo grave y considero que no lo puede manejar solo. De momento centrémonos en lo que en realidad importa y ya nos ocuparemos de las formalidades legales después, si es que llega a hacer falta.

Martín consideró que básicamente el doctor Pedreros estaba diciéndole que cuando él quisiera iba a romper el secreto profesional y el muy fresco se ampararía tras el hecho de que consideraba que era una situación que él no podría manejar. Podía sólo ponerse de pie y largarse de allí a consultar a otro médico, pero lo más probable era que cualquier otro le dijera lo mismo.

—Bien. No sé si pueda conseguir la historia clínica o si de alguna manera usted como médico pueda tener acceso a ella sin tener que incordiar a nadie —Y con «nadie» estaba refiriéndose específicamente a Micaela—. El médico anterior murió. ¿Puede… puede usted simplemente llegar a sus propias conclusiones y ya veremos más adelante?

El médico suspiró antes de asentir.

—¿Es usted diabético, Martín?

—No.

—¿Hay personas diabéticas en su familia?

—Sí, mi abuela —Eran preguntas similares a las que le había hecho el doctor Gallego hacía cerca de un año atrás, aún si este conocía a su abuela a la perfección—. Pero no se aplica insulina, ella toma medicamentos orales. Escuche, lo de la hipoglucemia no diabética ya es un hecho, y no necesito pasar de nuevo por todo el rollo de la bebida asquerosa para aumentar la glucosa en la sangre y la toma de muestras cada hora. Yo… Creo que es posible que tenga algo más.

—¿Algo más como qué, Martín? Escúcheme también usted a mí, los síntomas que describe pueden obedecer a varias patologías, desde algo muy simple y fácilmente tratable, hasta algo más complejo y complicado. No tengo una historia clínica con la cual trabajar, así que deberé empezar a descartar y lo más sabio es empezar por lo más obvio, ya que hay un diagnóstico prexistente —El hombre, con la paciencia inquebrantable de quien debe tratar con todo tipo de personas cada día, comenzó a tipiar en el ordenador—. Voy a autorizar algunos exámenes de laboratorio… De orina, de sangre y un MMTT. Para la muestra de orina, por favor recolecte la primera del día en ayunas.

—¿Un MMTT?

—La prueba de la bebida asquerosa para aumentar la glucosa en la sangre —Otra sonrisa ligera para aligerar el ambiente—. Iremos al marco endocrino en primera instancia, pero también descartaremos cualquier problema neurológico y cardiaco.

La palabra neurológico lo sacudió.

—¿Qué van a medir en la prueba de sangre?

—Niveles de azúcar y tiroides.

—¿Puedo… Pedirle un favor? —Martín bajó la mirada hacia sus manos, que jugueteaban nerviosas sobre su regazo.

—Por supuesto.

—Por favor agregue una prueba de VIH —Era algo en lo que había estado pensando en los últimos días, considerándose a sí mismo un tonto por no haber estado tomando las precauciones necesarias. El doctor no apartó la mirada del aparato, quizá para no incomodarlo, pero Martín notó el pequeño rictus que contrajo sus cejas.

—¿Tiene sospechas de algo? ¿Algún otro síntoma que no me haya comentado, Martín?

—No. No es eso, pero mantuve relaciones sexuales sin protección, con una persona que tiene otra pareja.

—Bien. Ahora por favor, haga pasar a su acompañante.

 

5

 

Había sido un día agotador y absurdamente largo para tratarse de un primer día de clases después de las vacaciones y en medio de una celebración; sin embargo, aun cuando su cuerpo se resistía, había ido a ejercitarse porque estaba empeñado en ser constante. Le gustaba la sensación que le proporcionaba el, por primera vez en mucho tiempo, estar haciendo algo únicamente para él, por su salud y quizá a largo plazo también por su resquebrajado ego.

Después de una ducha larga y placentera, abandonó el baño con la toalla anudada a la cintura. Trotó por el pasillo de camino a la habitación, mientras se llenaba de escalofríos a causa de las gotitas de agua que escurrían desde su cabello y aterrizaban en su espalda. El que le gustara bañarse con agua fría de ninguna manera lo hacía completamente inmune a las temperaturas bajas.

Dando pequeños e inútiles saltos con los que pretendía entrar en calor, Ricardo rebuscó dentro de su closet en busca de uno de sus pijamas, que solían consistir en camisetas viejas y pantalones de sudadera. Dejó todo revuelto al tirar de la última camiseta de la pila, pero es que esa era la más cálida. No pensaba ir a ningún lado, así que pasó por alto el hecho de que hasta ahora fuesen las 5:40 de la tarde, demasiado temprano para disponerse a arrebujarse entre las cobijas, mas así era su vida, poco interesante y bastante vacía por regla general.

Lo único en sus días que era burbujeante y excitante era él… Martín. Incluso el sólo pensar en él le arrancaba corrientazos, sin embargo todo parecía indicar que de alguna manera lo había echado a perder, porque después de estúpidamente haberse atrevido a ignorar a Martín, el chico había hecho exactamente lo mismo multiplicado por mil. No había recibido una sola mirada de su parte en lo que restó de jornada después de aquel breve momento en el que sus ojos se encontraron y, estúpido de él, apartó la mirada fingiendo un inexistente desinterés.

Se dejó caer en la cama con un gran cúmulo de decepción oprimiéndole la soledad.

«Quizá… Quizá sea mejor de este modo. Menos problemas para mí».

Mientras trataba de consolarse con la falsa idea de estar conforme con dejar ir algo que apenas había rozado con la yema de los dedos, Ricardo encendió el aparato reproductor de música en su habitación, utilizando el mando a distancia que milagrosamente esta vez estaba justo donde se suponía que debía estarlo. No subió demasiado el volumen  porque no quería que su vecina, la señora García, enloqueciera y comenzara a golpear las paredes para indicarle que apagara la música, como si él se quejara de algún modo cuando ese perro demasiado mayor que ella tenía se orinaba en los pasillos. Además, no necesitaba nada excesivo. Sólo quería llenar el espacio con los murmullos suficientes para que apuñalaran el ensordecedor silencio.

Se abrazó a la almohada, sintiéndose un poco miserable pero negándose a reconocerlo. Afuera rugía el tráfico… Y sonaban los cláxones… Y llovía. ¿No se suponía que el mundo debía respetar la lluvia y guardar silencio en su honor? La lluvia repiqueteando incesantemente contra el vidrio de su ventana… Pic, pic, pic, pic… Así sonaban las garritas de Filomín, el lorito que su padre le regaló a los ocho, cuando lo dejaba andar encima de las baldosas de la sala… Como las gotas de lluvia sobre la ventana… Filomín no camina, sino que corre y picotea las plantas y su mamá enloquece por ello cada vez. Pero no riñe a Filomín, sino a él como si fuera su culpa… Que es solo un ave, mamá.

Un ave, un ave vestida con suaves plumas de color negro comenzó a volar sobre su cabeza. Dibujaba círculos majestuosos y elegantes por encima de él y las plumas se agitaban ligeramente con el viento. Parecía tan suave. Necesitaba alcanzar esa ave. No sabía exactamente el porqué, pero tal como suele ocurrir con los sueños, alcanzar aquel animal se convirtió en algo de vital importancia.

Si tan sólo lograra que el ave se posara en su brazo… Si tan sólo lograra acariciar sus plumas y reflejarse en sus redondos ojos grises. Sabía que sería inmensamente feliz si lo lograra. Pero el ave parecía muy lejana, platónica, inalcanzable para él que no tenía alas.

¿Y si le compartía sus alas? ¿Y si los dos pudiesen volar con las mismas plumas?

Y tal como solía suceder en los sueños, no le pareció extraño el estar pensando que algo tan absurdo como compartir un par de alas fuese algo posible… O que el ave fuese tan grande, o que pese a la distancia pudiera ver con desconcertante detalle el brillo de sus ojos y cada… Cada… ¿Cada qué? Y entonces comenzó a buscar en su memoria sus clases de ciencias naturales cuando iba al instituto, y a tratar de recordar las partes de una pluma. Cálamo… Raquis… Vexilo… Hiporraquis… Barbas y Barbillas…

Eso era, podía ver con detallada claridad cada barbilla de sus plumas y su suave ondular con el viento. ¿Por qué el ave no canta si la canción favorita de Ricardo es su voz? Eso ha de ser porque él no es tan interesante como para hacer al ave trinar. ¿Qué tipo de ave era aquella con plumas tan negras y brillantes?

Ave bonita con enigmática cola de gato… Tenía una cola de gato con la que lo hipnotizaba.

Que engañosa era el ave… Volando sobre él de manera tan apacible cuando Ricardo tenía la certeza de que era incendiaria, como un Phoenix. Y que mentiroso era él, tratando de convencerse de que no deseaba febrilmente al ave-gato cuando quería cobijarse bajo sus alas y besarle las plumas.

¿Por qué sus alas no sonaban como batir de alas sino como Livin´ On The Edge, de Aerosmith?

Se preguntó si en caso de que el ave-gato abriera el precioso piquito trinaría o maullaría.

Y el ave majestuosa se quedó suspendida en el aire. Sin aletear, mirando en su dirección. Era un ave que cada vez se parecía más a un gato. Sus plumas ya no se rizaban con el viento, mas seguían sonando. Ricardo pensó en que prefería que fuese completamente un gato, pero de abandonar del todo las plumas iba a caerse del cielo. Eso en realidad no importaba, porque en cuanto cayera, no importaba de qué tan alto lo hiciera, qué tan rápido, qué tan fuerte, él no iba a permitir que nada malo le pasara al gatito… Jamás.

Iba a hablarle… El gatito iba a hablarle…

Ansiaba escuchar sus palabras… Sus maullidos… Su trinar.

El sonido del timbre lo arrancó violentamente de su sueño. Por escasos segundos lo lamentó verdaderamente, pues nunca sabría lo que iba a decirle el gatito, pero en cuanto los vapores del sueño se esfumaron del todo, reconoció lo absurdo de la situación y fue completamente capaz de separar del todo la realidad de lo onírico y la cuestión con el ave y el gato perdió todo sentido. Fue algo tan mecánico que ocurrió en cuestión de segundos y la trama de aquel sueño comenzó a borrarse de su memoria a toda velocidad. Si le preguntaran, apenas sería capaz de decir que estaba soñando con la canción que se seguía reproduciendo en los altavoces de su habitación en aquel momento.

El timbre sonó de nuevo. Miró al reloj sobre su mesa de luz y apenas había dormido por espacio de quince minutos. Habría podido jurar que había sido durante más tiempo. Se sentó en la cama y al intentar enfundar los pies en sus ancestrales pantuflas y dar sólo con una, decidió renunciar al calzado. ¿Era posible que fuese la señora García? ¿Iba ella a exigirle que hiciera cesar los desgañites de Steven Tyler? Buscó el mando entre las cobijas y apagó la cadena de sonido.

Descalzo, con frio y aún con vestigios de sueño entorpeciendo sus movimientos y nublando sus ojos, caminó por su pasillo hacia la puerta, jurando por Dios que esta vez iba a ponerla en su lugar e iba a decirle que se metiera en sus propios asuntos… Bah, ¿A quién engañaba? Sabía que en cuanto la tuviera en frente iba a ser incapaz de hacer tal cosa,  pero nada le impedía soñar con ello. Abrió la puerta con cansancio y resignación.

—Hey…— Finalmente el gatito maulló.

 

Capítulo 4 Bajo el cielo gris (There are shadows in my soul)

0

1

Martín continuaba sin responder a sus llamadas. En tan sólo dos días, Micaela ya había agotado todo su arsenal de reacciones y estados de ánimo con respecto al hecho de que su hijo se hubiese propuesto ignorarla a tal grado. Se había preocupado, se había sentido culpable, había intentado hablar con él a través de otras personas; llegó incluso a  jurarse a sí misma que no dejaría que su silencio le afectara y trató de asentarse en la indiferencia para este fin. Una vez que esto último no funcionó, recorrió un tortuoso camino de vuelta a la culpabilidad para, como último recurso, recurrir a su enfado, en el cual se había quedado estancada durante las últimas dos horas.

¿Cuán testarudo podía llegar a ser su hijo?

Si de alguna manera aquello era una guerra de voluntades, entonces no le quedaba más remedio que demostrarle a Martín que ella era un contrincante de cuidado. Ella desayunaba tipos tiranos y tercos a diario sin que se le desacomodara el cabello o una sola mota de polvo se posara sobre su cárdigan. ¿Qué era entonces un mocoso enrabietado de apenas diecisiete años? La respuesta era tan simple que el sólo pensar en ella daba vergüenza, pues Martín era  ni más ni menos que su mocoso de diecisiete y el único hombre sobre la faz del planeta con una capacidad real para hacer con ella cuanto quisiera, incluyendo el poner sus sentimientos en completo descontrol.

Micaela no quería pensar en cómo debía estar viéndose, sentada allí, desesperada por escuchar la voz de su hijo y haciéndole pucheros a su taza de cappuccino ante la imposibilidad de que algo tan simple como eso sucediera. Comenzó a juguetear con su teléfono, tratando de evitar el volver a llamar a Lola cuando desde la última llamada no habían transcurrido ni veinte minutos. Además, jugueteaba para hacer tiempo mientras esperaba sentada frente a una mesa en aquel pequeño café de aire tranquilo, un sitio que de alguna manera había logrado quedarse anclado en el tiempo. Un tiempo pasado, más calmado y sencillo, cargado de nostalgia y bohemia. Siendo un lugar así, no le sorprendía demasiado que él hubiese escogido aquel sitio para entrevistarse con ella; era por completo como él… Como ella recordaba que era él.

La ansiedad había estado devorándola mientras estuvo en la habitación del hotel, esperando una hora prudente para encaminarse hacia aquel encuentro, pero finalmente al no resistir más la espera había salido escopeteada sobre las 10:15 de la mañana, así que había llegado demasiado pronto, con más de una hora de anticipación.

De manera distraída deslizaba el dedo índice por la pantalla de su celular de forma casi mecánica, sin poner demasiada atención a nada en realidad. Había una gran cantidad de fotografías guardadas en la memoria de su teléfono. Tenía decenas de imágenes de la última reunión de exalumnos de su promoción de bachillerato, a las cuales dedicó ojeadas concienzudas cuando se topó con ellas. Aparte de aquella solamente había acudido a una más; no sabía exactamente el por qué, pero había estado huyendo de esas reuniones, haciéndose la desentendida cada vez que recibía una de aquellas invitaciones.

La mayoría de sus excompañeras y excompañeros de instituto tenían apenas bebés o niños en la edad de mudar los dientes. Ella, en cambio, había quedado en embarazo ni bien puso un pie dentro de la universidad… El mejor accidente de su vida. Jamás se arrepentía de haber dado a luz a Martín porque él simplemente era su todo, pero si hubiese podido escoger, habría preferido que su hijo hubiera nacido unos cuantos años después de lo que lo hizo. Fue tremendamente complicado, sin embargo había valido por completo la pena cada pequeño o gran sacrificio que había hecho por él.

No fue nada bonito cuando sus padres descubrieron que ella estaba embarazada estando apenas en el segundo semestre de su carrera.

Siguió ojeando las fotografías. Le sorprendió un poco encontrarse con lo competitivas que podían llegar a ser sus antiguas compañeras de instituto. Mientras los hombres la recibieron con elogios y perceptiblemente más relajados y naturales, las mujeres comenzaron a hacer alarde de todos sus triunfos y éxitos, empezando por los laborales. Cuando Micaela les comentó que en este aspecto su vida marchaba sobre ruedas y se encontraba bastante satisfecha, pese a que esperaba que la agencia se proyectara un poco más hacia arriba en el mapa, entonces intervinieron algunas otras que comenzaron a expresar que la verdadera felicidad y plenitud de una mujer estaba en desenvolverse como madres; en la satisfacción que proporcionaba el levantar a un buen hijo del cual sentirse orgullosas. Cuando Micaela les habló acerca de Martín y de lo mucho que disfrutaba de ser su madre y las enrevesadas aventuras de la paternidad, de las peculiaridades y la tremenda personalidad que se gastaba su hijo, sus excompañeras comenzaron a alardear de sus parejas. De lo maravillosos, atentos, galantes y entregados que eran, y ahí sí que ella no pudo decirles nada más y reconocer que continuaba soltera y que no tenía planes para que eso cambiara. Cuando  las vio mirarse entre ellas con risitas que denotaban triunfo, recordó por qué solía huir de ese tipo de reuniones. Eran terriblemente incómodas, agotadoras y la hacían caer en un juego que odiaba.

Lo más —quizá lo único— agradable de aquella velada había sido el reencontrarse con Emilio. Él había conservado mucho de aquello que lo había convertido en su mejor amigo durante los dos años que habían sido compañeros de instituto y que lo había potencializado con el paso de los años que de manera irreversible los había encaminado a ambos hasta la adultez. Ahora los estúpidos chistes verdes del Emilio adolescente habían mutado en un tipo de humor más maduro que se veía constantemente reflejado en las sátiras políticas y sociales que escribía para la revista en la que trabajaba.

Ellos dos se habían perdido completamente la pista después de la graduación. Emilio se había ido a estudiar comunicación social en Argentina, el país natal de su padre, y ella había permanecido en el país, enamorada como estaba de su terruño, haciendo oídos sordos a los deseos de su madre de enviarla a estudiar al exterior. Si se hubiese ido quizá una tragedia se habría evitado. Muchas cosas hubiesen sucedido de una manera diferente, o quizá no habrían sucedido en lo absoluto; entre ellas, Martín. Su Tiny. Era inconcebible siquiera imaginar su vida sin él; así que dio un par de toquecitos con el puño cerrado sobre la madera de la mesa para alejar las malas energías, solo por si al estar deseando que las cosas hubiesen pasado de una forma diferente estuviera de alguna manera tentando al destino para que le diera una lección al mostrarle cómo llegaría a ser la vida sin su bebé, que había sido la mejor consecuencia de a veces ser tan voluntariosa y terca.

No era ningún secreto para ella cuáles eran las intenciones de Emilio ahora que habían vuelto a entablar comunicación y se habían convertido más o menos en una figura constante en la vida del otro a través de las constantes llamadas y las ocasionales salidas a almorzar o a cenar. Puede que durante la época de instituto hubiese logrado hacerse la tonta o la ciega y siempre voltear las cosas cuando sospechaba que él estaba a punto de abrir la boca y arruinarlo todo; pues para aquel entonces ella ya había tomado la decisión de mantenerse alejada de cualquier relación con tintes amorosos, ya que la pareja en medio de la cual había crecido, sus padres por supuesto, era un ejemplo completamente desalentador en cuanto al amor respectaba. Pero ahora que ambos eran adultos, jugar la carta de la despistada ya no le serviría, a menos que estuviese empeñada en ser percibida como una retrasada mental que no se entera de nada.

Podía sólo decirle de forma directa que no quería tener nada romántico con él, pero eso la haría sonar pretenciosa y seguramente haría que Emilio se alejara; lo cual podría ser algo bueno si no fuese porque era por completo placentero tenerlo revoloteando a su alrededor. Se había encariñado con la idea de tenerlo cerca, recordando viejos tiempos. Las viejas anécdotas habían dado paso a nuevas historias que le revelaban a un hombre muy culto y carismático, además de bastante guapo. Pero ella odiaba sentirse presionada e inevitablemente esa era en gran parte la sensación que acompañaba al coqueteo de Emilio… En realidad, al coqueteo de cualquiera.

Micaela cerró la galería de fotografías y suspiró cuando vio en la pantalla de su teléfono que aún faltaban cerca de treinta minutos para la hora del encuentro. Estaba ansiosa por verlo y hablar con él, pero también nerviosa por completo. Casi aterrada. Temía por el momento en el que finalmente se encontraran frente a frente; cuando escuchara su voz mencionar su nombre después de tanto tiempo. En el cementerio él había permanecido silencioso y enclaustrado dentro de sí mismo, y ella no había logrado reunir el valor para acercarse a él a darle sus condolencias. Se veía diferente, pero a la vez tan familiar. Tan cálido.

Cuando Martín supiera de su existencia, de seguro la iba a odiar y esta vez no podría quitarle razón o decirle que era algo que no le incumbía. A pesar de que la consolaba un poco el saber que, al menos con respecto a esto, compartiría la culpa con su madre; porque a sabiendas de la mentira ella no había hecho o dicho nada por contrarrestarla.

Había sido absolutamente inmaduro y egoísta de su parte el decirle tamaña mentira a Martín, mas fue superior a ella y su enojo y su resentimiento habían hablado en su lugar; así que una vez que la infamia salió de su boca se vio obligada a mantenerla. Martín había creído en ella, pues no tenía motivos para creer que su madre le mentía, y no había vuelto a preguntar y por lo tanto no había tenido oportunidad de rectificarse, simplemente había dejado pasar el tiempo y lo había dejado estar. Podía sólo seguir manteniéndose en la mentira, pero ya no quería hacerlo más, ya que no era justo y en realidad no tenía sentido.

No tan rápido como ella hubiese querido, los treinta minutos que faltaban se le habían ido en responder correos electrónicos a un par de clientes y unos tantos a su asistente, que parecía estar manejando bien las cosas en su ausencia, aún a pesar de que cuando Micaela le comunicó que estaría fuera cerca de una semana, se había puesto lívida y poco le faltó para el ataque de nervios. Ella no quería quedarse sola en medio de la licitación que estaban haciendo para la nueva línea de celulares de alta gama y a pesar de que lo cierto era que ella tampoco habría querido marcharse en medio de ese asunto, los acontecimientos la obligaron a ello.

La sensación de estar siendo observada la atacó sin miramientos y aunque su primera reacción fue levantar la vista de su teléfono y buscar la fuente de esa incomodidad, cuando se disponía a hacerlo su miedo la hizo congelar todo movimiento porque sabía que debía ser él; sabía que en cuanto levantara la vista se estrellaría con sus ojos. Aun así fue consciente de que estar haciendo tal cosa era una tontería, sobre todo teniendo en cuenta que ella había atravesado medio mundo justamente para verlo. Un suspiro profundo, con el que pretendía darse valor, salió de sus labios casi en total silencio. Tragó saliva y finalmente se enfrentó a lo que había ido a buscar.

Tal como esperaba era él. Abraham. La observaba con intensidad a menos de cinco metros de distancia, con la mirada compungida brillando de emoción y ambas manos profundamente hundidas en los bolsillos de la pesada gabardina que vestía. El tiempo no había pasado por él en vano; su cabello estaba profusamente encanecido, había ganado unos cuantos kilos y las arrugas alrededor de sus ojos y de su boca se habían acentuado. Y a pesar de que sus ojos estaban ahora más recargados en la parte inferior, producto de los años y seguramente también del llanto y el pesar, su mirada seguía siendo la misma: intensa, franca, directa y un poco melancólica.

Los labios de Abraham se curvaron hacia arriba de forma ligera, en una sonrisa que no lo fue del todo porque de seguro lo que más pesaba dentro de él en aquellos momentos era la tristeza por la reciente muerte de Julián y no la alegría por verla, pero a Micaela la reconfortó y la hizo sentir especial que él hubiese intentado sonreír por y para ella.

Él dio los pasos necesarios para acabar con la distancia que los separaban. Su manera de andar seguía siendo la misma, con aquellos pasos seguros y determinados que ella recordaba, como los de un hombre que siempre sabe hacia dónde se dirige y no está dispuesto a que nadie se interponga en su camino o lo haga cambiar de dirección. Micaela se preguntó cómo la estaba viendo él, si a sus ojos había cambiado mucho o no. Era increíble que no se hubiesen visto en quince años

— Micaela —. La voz de Abraham, suave pero segura, por fin llegaba directamente a ella sin que la distancia o la distorsión de ningún aparato se interpusiera o sin que todo pareciera una mera formalidad que con el tiempo fue algo cada vez menos frecuente hasta finalmente desaparecer. Ahora lo tenía allí, con ella, después de tanto tiempo. En ese justo momento ella no supo clasificar el sentimiento que bullía dentro de su pecho. Nostalgia, congoja, alivio, alegría, ¿rabia?

— Papá.

2

Poussin. Miguel Ángel. Rubens. Rembrandt. Caravaggio…  Los grandes maestros de la pintura barroca. Los genios que dedicaron su vida a perfeccionar su técnica en el dibujo y la pintura. Sus obras ricas en detalle, fuerza y sentimientos habían rozado la perfección de manera innegable. Ellos, entre otros, persiguieron de forma incansable el realismo y atraparon la magia de sus respectivas épocas con sus estilos particulares, con sus pinceles diestros y sus obras sobrecogedoras.

Martín, que había crecido rodeado de libros, grabados y lienzos en un ambiente donde la capacidad de transmitir con imágenes y conceptos era lo que ponía la comida sobre la mesa, tenía en muy alta estima el talento gráfico. El arte, en una u otra de sus representaciones, siempre había sido una constante en su entorno y debido a la continua exposición a este tipo de elementos terminó por enamorarse perdidamente de la capacidad de plasmar.

La magnificencia de este tipo de obras, elaboradas con esfuerzo y talento, había conmovido a Martín a lo largo de los años, prácticamente desde la primera vez en la que se fijó en este mundo con verdadera atención; momento que se remontaba, si mal no recordaba, a sus siete años de edad cuando Micaela, para mantenerlo quieto por algunos minutos para que la dejara terminar en paz lo que ella estaba haciendo pero sin querer perderlo de vista, lo había sentado en uno de los mullidos sofás del estudio con un grueso compendio de arte barroco sobre las piernas.

Si bien su mente infantil lo instó de inmediato a saltarse todas las páginas que sólo contuvieran textos y a reírse bajito, tapándose la boca con una mano al descubrir más de una imagen de desnudos, sobre todo en las imágenes religiosas donde por doquier pululaban un montón de querubines mostrando sus regordetas y sonrosadas nalgas, su interés rápidamente se volcó en el hecho de que aunque aquellos eran dibujos, eran demasiado hermosos y perfectos. Tan detallados y coloridos que se preguntó qué historia estaban intentando contarle y cuánto tiempo le habría tomado a quien quiera que los hubiese dibujado el terminar aquello o cuanto llevaba esculpir aquellos dioses y doncellas de mármol blanco. ¿Cómo habrían hecho para que ropajes tallados en piedra se vieran así de suaves e ingrávidos?

A pesar de que después de aquello examinó cada libro de arte que estuvo a su alcance, aquel primer tomo, el que había desatado la magia, fue su libro favorito durante mucho tiempo… Años, para ser más precisos. Cada página apelaba a su sensibilidad por la belleza y a su respeto por el trabajo arduo que parecía esconderse detrás de cada laborioso lienzo o escultura. Invirtió mucho de su tiempo en observar a conciencia las imágenes de todos los ángulos que había del David de Miguel Ángel, el primer amor platónico que estaba consciente de haber tenido.

Con los años esto había decantado en que él mismo tomara un lápiz y un pincel, armándose con ellos para darle forma a su futuro. En honor a ellos y a lo que despertaban en su interior, su forma de dibujar era cuidadosa, elaborada y detallada.

Y de alguna horripilante manera, con algunas respetables excepciones, el concepto de arte estaba alejándose a pasos agigantados de algo decente y elaborado, para convertirse en una burla facilista. Y gracias a esta tergiversación del concepto del arte, un pendejo había acabado de vender un lienzo inmenso con una gran mancha azul en medio por la grosera suma de tres millones de dólares. Eso era tan irrespetuoso que Martín torció el gesto, negó con la cabeza y tiró la tableta donde acababa de leer aquella noticia a un lado del desayuno al que aún no le daba el primer bocado.

«Esta cuestión del arte moderno no es más que una manera de hacer sentir bien a la gente sin talento».

Desde la mesa de comedor donde estaba sentado ignorando su desayuno, Martín podía ver y percibir la manera en la que Lola parecía estar a punto de enloquecer y explotar. Micaela había programado para esa semana algunos arreglos y obras de mantenimiento para la casa, de manera que el usual silencio y la tranquilidad habían desaparecido y habían sido reemplazadas por una decena de albañiles y decoradores que pululaban por todas partes, paseándose con alfombras, listones de madera, baldosas y griferías. Martín se preguntó si esa había sido la razón por la que su madre había salido corriendo de la casa días atrás; de ser así la entendía porque él estaba deseando hacer exactamente lo mismo.

Además de este pequeño desastre, que en medio de todo estaba controlado, Lola estaba discutiendo por teléfono con la empresa de limpieza que enviaba personal a la casa dos veces por semana. Ella estaba enfadada porque habían cambiado al personal que enviaban usualmente y ahora ella tendría que invertir tiempo en explicar de nuevo las funciones y la ubicación de todo a los nuevos trabajadores justo el día en el que en la casa reinaba un pequeño caos.

Ella había mantenido la paciencia con respecto al nuevo personal hasta el momento mismo en el que dos de las chicas habían irrumpido en la habitación de Martín y lo habían despertado, cuando las habitaciones de Mimí y la de él no estaban dentro de sus funciones porque de esas dos se encargaba Lola y nadie más que ella. Ni su madre ni él se sentían cómodos con personas extrañas hurgando en su espacio personal. Martín no sabía, por ejemplo, si Lola alguna vez se había topado con su cajita de juguetes en la parte superior del ropero y si así había sido, ella nunca había dicho nada. Y si alguien debía limpiar, Martín definitivamente prefería que fuese alguien de su entera confianza. Así que en vista de las circunstancias, las siete empleadas de la limpieza estaban una al lado de la otra mirando a Lola con sobrecogimiento, esperando porque ella terminara de gritarle al teléfono y les diera las instrucciones una vez más.

El ambiente estaba cargado de tensión y no era para menos. La casa era un hervidero de gente, al igual que la cabeza de Martín era un hervidero de razones para empujarse a ir con Joaquín y de muchas otras para no hacerlo porque no sabía qué esperar. Sí, había decidido que ir a verlo era una opción, pero eso no significaba que no tuviera absolutamente claro el hecho de que, desde cualquier punto de vista del que se le mirara, en términos generales ir a entrevistarse con él era una pésima idea.

De manera bastante consciente había estado retrasando el momento. Le había tomado dos días reunir el valor suficiente para que una vez que pusiera el pie fuera de la cama, estuviera dispuesto a ir directo a buscar explicaciones con él. Verlo no sería cosa fácil, no solo porque tratarían un tema delicado y sin duda incómodo, sino porque además de todo la última vez que se habían visto y hablado habían quedado en muy malos términos.

Joaquín y él habían sido un desastre como amantes. Habían tenido una relación egoísta, dañina, con sentimientos unilaterales y atreverse a llamar a aquello «relación» era sin duda apelar a su lado más optimista. Y si como amantes habían sido así, por ende serían aún más desastrosos como padre e hijo. Su relación filial no se veía como algo prometedor.

Lola decidió encargarle la tarea de darle la inducción al nuevo personal de limpieza a la chica que la asistía y de cuyo nombre últimamente Martín no se acordaba, a pesar de que cuando la tenía enfrente hacía un verdadero esfuerzo en relacionar su rostro con un nombre.

Lola se anunció con un sonoro y teatral suspiro antes de dejarse caer sobre la silla a su lado. Cuando ella se sentó a su lado cerró los ojos y dio varias respiraciones profundas, la mano derecha apoyada por encima de sus abundantes pechos con la intención de calmarse del todo. Luego apoyó un codo en la mesa y el mentón en la palma.

—Está usted vestido para salir, niño. ¿Debo entender con eso que el hombrecito de la casa no se va a quedar para ayudarme a hacerle frente a todo este desastre?

Martín trinchó repetidamente un pedazo de fruta con el tenedor, sin la aparente intención de llevárselo a la boca en algún momento. Estaba tan agujereado que ya no se sostenía del cubierto y caía exangüe sobre el plato vez tras vez.

—Eso mismo. De todas formas no veo cómo podría serte de ayuda. Voy a salir, pero si me quedara aquí, me iría directamente a mi habitación y me quedaría allí para no estorbarte cuando te hagas cargo.

—Pues que considerado —La sonrisa y el tono de voz de Lola estuvieron cargados de sarcasmo—. Si mi niño sigue trinchando la comida de esa manera, todo en el plato va a terminar hecho puré y no va a poder distinguir una cosa de otra. Hágame el favor y cómaselo todo de una vez. Ha estado comiendo como un pajarito, no crea que no me he dado cuenta. Si sigue así, cuando su mami vuelva lo va encontrar en los huesos y de seguro me van a culpar a mí por no cuidarlo como se debe —Ella extendió una mano y acarició tan levemente su cabello, que Martín apenas fue capaz de sentir su toque. Él sabía que ella lo había hecho de esa manera leve porque estaba tanteando su humor, porque había días en los que Martín reaccionaba tan dócil como un cachorrito y otros tan esquivo y arisco como una cobra con aquel tipo de mimos; pero ella lo había visto crecer, así que a veces eso estaba bien—. ¿Está todo en orden? —Martín asintió—. Entonces de aquí no me sale hasta que se lo haya comido todo.

—Dolores, ¿Crees acaso que puedes obligarme a hacer tal cosa?

—Martincito, ¿Cree usted acaso que no puedo?

2

Con semejante estado de nerviosismo, Martín estaba seguro de que haber desayunado tanto no había sido una buena idea. Podía sentir a la comida hacer una revolución en su estómago y aunque fuese ridículo, mentalmente estaba rogándole a su desayuno que se quedara justo en donde estaba.

Necesitaba calmarse. Aquello, el no haberse atrevido a entrar en el edificio cuando hacía cerca de diez minutos que se había apeado del taxi, era ridículo. Era como haber matado al tigre y ahora tenerle miedo a la piel. Si, Joaquín era su papá, pero también era el hombre con el que había intimado hasta el cansancio y al que conocía de memoria y la simple perspectiva de ir a hablar con él no tendría por qué estarle arrancando temblores a su cuerpo. Sin embargo, de alguna manera se sentía como si estuviera a punto de verlo por primera vez; pues en esta ocasión definitivamente sentía que iba a verlo con otros ojos.

«Está bien, está bien… Es tu papá, Martín, ¿Y qué? Tarde o temprano tendrás que lidiar con ello. Así que, ¿Por qué no de una vez?».

El número de Joaquín aún estaba en los registros de su teléfono como uno de los números a los que más marcaba. Mientras miraba la pantalla de su celular, encontró este hecho patético y triste.

¿Qué?

Fue la seca respuesta a su llamada. Martín habría esperado un poco más de… No sabía exactamente el qué. ¿Suavidad? ¿Conmoción, quizá? O al menos un silencio agónico porque no supiera con exactitud cómo dirigirse a él ahora que sabía que era su hijo. ¿Ni siquiera algo como eso lograba suavizarlo, o conmoverlo, o hacer que lo tratara con cierta deferencia? Ahí estaba pintado Joaquín. Igual de cabrón que siempre, sin importar las circunstancias. Martín bufó, por más que se lo preguntara, lo cierto era que seguía sin saber exactamente cómo era que se había enamorado de él.

—¿Estás en el estudio? Estoy frente a tu portal.

Martín escuchó un suspiro cansado que precedió a su respuesta.

—Está abierto.

—Sí… Eh… ¿E – Está Irina contigo?

Martín no sabía si Joaquín le habría contado algo, si ella estaba al tanto de que la sangre los unía. Ahora, al pensar en la posibilidad de encontrarse con ella, se llenaba de una vergüenza profunda y dolorosa que estaba seguro de no poder disimular si se la llegara a cruzar.

—No. Pero no debe tardar mucho en llegar, así que sube de una vez.

El conocido camino hasta la última planta del edificio esta vez no estaba precedido de ninguna sensación placentera. La culpa y el miedo guiaban sus pasos esta vez, dotándolos de vacilación.

Frente a la puerta del estudio dudó antes de tocar y de manera instintiva comenzó a acomodarse la ropa y el cabello, para acto seguido detener todo movimiento al notar lo que estaba haciendo, estaba arreglándose para él… Para su papá. Sintió ganas de abofetearse a sí mismo. En serio, ¿Qué era lo que ocurría con él?

—Quizá esto no es una buena idea—. Susurró, pensando en darse la vuelta y huir. Era obvio que aún no estaba listo para enfrentarse a él y que todavía no había procesado correctamente la información. No sería descabellado huir de él por el resto de su vida, ¿cierto? De seguro era lo más acertado para hacer. Entre ellos había ocurrido demasiado y quizá esa era una situación sin reversa, además de que…

—¿Entras o no?

Entrar o no, algo tan sencillo que de alguna manera se escuchó como alguna clase de sentencia antes de que la guillotina callera y le rebanara el cuello para cegar su vida. No lo había escuchado o visto abrir. Ya no había escapatoria, a menos de que simplemente echara a correr.

Joaquín se apartó de la puerta, dejándola abierta para él y dándole la espalda se encaminó hacia el centro de la estancia, donde se paró frente a un caballete que soportaba un gran lienzo sobre el que el pintor reanudó el trabajo. Aquella imagen fue un golpe bajo para Martín. ¿Cuántas veces lo había visto darle la espalda justo igual como en aquel momento, mientras daba pinceladas al cuadro en el que había inmortalizado su cuerpo desnudo? Y ahora su imagen, la imagen que él mismo había destrozado, había sido reemplazada por la de Irina y eso le dolió, aun cuando sabía que albergar aquel dolor era algo incorrecto.

Ella se veía hermosa e imponente. La negra piel brillante y desnuda distendida sobre el vientre hinchado. A diferencia de él, que había yacido en una cuna de fuego en brillantes y violentos tonos cálidos, el cuerpo oleoso de Irina reposaba en un lecho de flores de colores vivos.

—Después de la última vez pensé que nunca más vería tu cara por aquí —Joaquín continuaba dándole la espalda, hablándole con aparente indiferencia cuando lo más seguro era que él también debía estarse debatiendo en asuntos similares a los que lo atormentaban a él. Detrás de esta actitud, Martín podía imaginar la mano de su madre; ella de seguro le habría dicho a Joaquín que no le dijera nada. Ahora ambos jugaban aquel estúpido juego en el cual le ocultaban la verdad.

—Sí, yo también pensé que nunca más volvería aquí… A buscarte. Pero ya ves, la vida da demasiadas vueltas.

—Es por eso, chaval, que es sabio el tener cuidado con las rabietas que se hacen y con las cosas que se dicen. Apuesto a que ahora mismo debes estar sintiéndote completamente ridículo. Te marchaste de aquí creyendo que habías dicho la última palabra, pero ya ves… Quizás tú nunca vas a ser capaz de librarte de mí. Estás aquí aun a costa de ese estúpido orgullo tuyo —Joaquín intentó seguir con el trabajo que estaba haciendo, pero era demasiado obvio que su presencia allí lo desconcentraba. Soltó el pincel y la desgastada paleta y se dio la vuelta para mirarlo de nuevo, mientras se limpiaba las manos en un paño lleno de manchas de pintura—. ¿A qué has venido? ¿Qué es lo que quieres?

Martín no se había adentrado demasiado, apenas había dado un par de pasos lejos de la puerta después de cerrarla detrás de sí. Frunció el ceño, sintiéndose un tanto ofendido. No era que hubiese esperado que el cariño paternal brotara a borbotones de los poros de Joaquín ni nada parecido, pero tampoco esperaba que la resequedad hacia su persona hubiese aumentado como parecía haberlo hecho, o que le estuviera reprochando por su comportamiento de la última vez que estuvo allí cuando tenían temas más importantes que tratar.

No tenía ganas de pelear, sólo quería respuestas. Joaquín había sido un cabrón como su amante, era obvio que como su padre las cosas no serían diferentes. Él estaba ahí, frente a él y nada parecía haber cambiado.

—Yo… ¿Por qué te comportas así? —no pudo evitar reclamarle—.  ¿Es que acaso no es obvio a qué he venido?

El semblante de Joaquín mutó, aunque muy ligeramente. Algo de aquel mal humor que lo poseía la mayor parte del tiempo pareció remitir. Soltó un pequeño bufido cansado y se sentó en uno de los taburetes, delante del caballete con el marco. Ahora habían taburetes de madera con pequeños almohadones de color lila adosados, cuando antes solamente había habido dos lugares en los cuales sentarse en aquel lugar: el jodido sofá de una sola plaza y la cama. Donde lo dibujaban y se lo follaban, respectivamente.

Con un movimiento de cabeza, Joaquín le indicó que se sentara, pero no iba a hacerlo. Se sentía más a salvo de pie y justo en donde estaba. Ese lugar se veía… Diferente. Más intimidante, como una nueva dimensión ahora que lo veía como el lugar de su padre. Pintura. Pinceles. Lienzos. La vena artística la había heredado de él, sin duda. No era algo que le perteneciera a su espíritu como siempre había creído, sino que era sólo una disposición genética. ¿Era tal cosa posible?

—Aquí estoy bien, gracias.

—Como prefieras —soltó, hastiado. Joaquín se estiró y de encima de la mesa de pesado metal tomó una cajetilla de cigarrillos y el encendedor y se llevó un pitillo a la boca sin apartarle la mirada—Yo no debería estar haciendo esto. Irina quiere que lo deje. Dice que es malo para el bebé —Después de encenderlo, le dio una profunda calada al cigarrillo—. Pero no le diremos nada, ¿no? Ahora dime, chaval, ¿A qué has venido? Porque no es tan obvio como crees, ya que en realidad no lo sé. Creí que jamás volvería a verte por aquí.

Martín tardó unos cuantos segundos en encontrar su voz. No era nada común en él tener este tipo de reacciones, por lo general era al contrario y tenía que obligarse a sí mismo a callarse.

—Yo… Mimí me lo ha contado todo y yo… Por eso vine —. Mintió. Odió el temblor de su voz.

—De manera que te lo ha contado todo, uhm. Entonces busca reivindicarse, incluso contigo. Eso es una sorpresa… Después de tanto tiempo.

—Eso parece. ¿Qué tienes tú para decirme al respecto?

—Pues… Qué puedo decirte aparte de que no votes demasiada corriente en ello ya que ni tú ni yo podemos hacer nada por cambiarlo. ¿Qué podemos hacer más allá de enfadarnos por no haber sido puestos al corriente? Fue algo que ocurrió hace demasiado tiempo.

—¿Y qué con que haya pasado hace demasiado tiempo? Aún hay consecuencias de ello —. Martín no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo podía desestimar aquello tan fácilmente?

—Pues eso, chaval. Que no hay nada que se pueda hacer ahora, que al tiempo no puede dársele marcha atrás.

Darle marcha atrás al tiempo. ¿Significaba eso que Joaquín hubiese querido saber antes que era su padre, o que dándole marcha atrás hubiese podido evitar engendrarlo?

—¿Sólo eso? ¿Dónde… Dónde están los detalles, las explicaciones? ¿Por qué el silencio? ¿Vas a ser igual que ella? Pues eso no te queda, tú eres mucho menos escrupuloso y…

—¿Por qué tendría que contarte algo de eso?

Joaquín comenzaba a parecer enfadado de nuevo, y a pesar de que Martín lo había visto así muchas veces con anterioridad, ahora todo estaba cargado de un nuevo matiz para él. Le ofendía que estuviese siendo igual de esquivo que su madre, que quisiera dejarlo al margen también. Creyó que como su hijo ahora tendría un poco más de acceso a él.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¡Porque me importa, porque me incluye! ¡Es mi familia! Estoy  harto del secretismo en una historia que en cierta manera me pertenece. Necesito saberlo todo acerca de ti… De ustedes. Tengo derecho y estoy aquí para reclamarlo. Te guste o no, me guste o no, hacemos parte uno del otro.

Martín no esperaba que Joaquín enarcara las cejas con aquel tinte de burla mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero —porque ahora tenía una mesita de centro con un cenicero sobre ella— mucho menos se esperaba que acortara la distancia que había entre ellos con cuatro largas zancadas hasta plantársele en frente para sujetarlo con fuerza por los hombros.

—Veo que a ti no hay nada que te haga echarte para atrás, ¿No es así, chaval? Cuando quieres algo nada te lo saca de la cabeza. ¿Es eso?

Conmoción.

Sorpresa.

Parálisis.

El rabioso latido de su corazón retumbándole en el pecho y en las sienes mientras el mareo de la incredulidad lo sacudía. Lo último que hubiese esperado era sentir los labios de Joaquín posarse rabiosa y posesivamente sobre los suyos. Durante cada segundo que tardó en reaccionar, Martín contuvo la respiración y mantuvo los ojos desmesuradamente abiertos. Su cerebro luchaba por racionalizar lo que estaba ocurriendo. ¿Era correcto? ¿Incorrecto? ¿Moral? ¿Iba a quemarse en el infierno? ¿Le importaba? ¿Debía apartarse?

Apartarse… ¡Apartarse! Debía hacerlo… Ahora. ¡Ahora!

Sus brazos tardaron en responderle, pero al final lo hicieron. Abandonaron sus costados, donde Joaquín los mantenía inmovilizados y apoyándose en su pecho, empujó con toda sus fuerzas hasta que logró alejarlo de él.

Martín se cubrió la boca con una mano, como si los labios de Joaquín hubiesen quemado los suyos, mientras respiraba agitado y confundido. ¿Qué, por el amor de Dios, había sido aquello? ¿Por qué?

—Tú…—dijo finalmente, cuando recuperó el habla—, ¿Qué tan cruel puedes llegar a ser?

Estaba a escasos segundos de sucumbir ante el llanto y eso lo tenía tanto o más sorprendido que lo que había acabado de ocurrir.

—¿Por qué tan dramático, Martín? —Con cada palabra que pronunciaba, Joaquín daba un paso de vuelta hacia él—. Fuiste tú quien vino a mí. No he sido yo quien te ha buscado. Yo sólo estoy dándote aquello por lo que has venido —Cuando lo alcanzó de nuevo, Joaquín presionó su cuerpo contra el suyo hasta dejarlo aprisionado contra la puerta, luego atrapó uno de los mechones de su cabello y se lo enroscó en el dedo índice derecho y empezó a juguetear con él—. ¿Acaso no detestas tanto como yo que tu madre haya mentido? Guardar información también es mentir, ¿No es así? —El imponente hombre frente a él liberó el mechón de cabello y acunó su rostro, tomándolo por la mejilla con posesividad, pero sin violencia—. Yo creo que debemos hacerle aprender a tu querida madre que las mentiras tienen consecuencias—. Su voz profunda se escuchaba más sibilante cuando bajaba el tono. Martín quería huir, pero no encontraba las fuerzas para hacerlo. Su voz era el equivalente al efecto que Martín suponía que la melodía de la flauta ejecutada por un faquir debía tener sobre las cobras… Inmovilizante.

¿Consecuencias? ¿Más de las que había habido ya? ¿Qué acaso el desastre ya no se había hecho cargo de la situación con anterioridad desde el principio mismo? ¿Era acaso que quizá Joaquín pensaba que porque ya habían traspasado la barrera y tenido sexo, ahora que las circunstancias habían cambiado ya no importaba y podían continuar igual? Una cosa era que aquello hubiese pasado cuando ambos desconocían la situación, otra muy distinta y mucho más grave era que siguieran adelante cuando ahora conocían la verdad.

Los dedos de Joaquín estaban recorriendo los recovecos de su rostro como si de un ciego haciendo un reconocimiento facial se tratara. ¿Era acaso que repasaba sus facciones tratando de encontrar las pequeñas o grandes similitudes entre ambos? Su respiración se aceleró tanto, que Martín se vio en la necesidad de comenzar a respirar por la boca para poder pillar el aire suficiente.

«Dame fuerzas… Dios, si existes y estás allí escuchándome, dame fuerzas para escapar de él».

—No —. Susurró.

—No estás negándote con suficientes ganas. Tus negativas son un chiste, Martín.

Los labios de Joaquín estaban demasiado cerca. Tanto, que su aliento le acariciaba el rostro, jugueteando encima hasta que su boca consumió los milímetros que los separaban y comenzaron a pecar sobre sus labios, mientras Martín sólo era capaz de repetirse la orden de no cerrar los ojos, porque en cuanto sus párpados cedieran, sabía que eso era el equivalente a rendirse. Cuando se cerraban los ojos, un beso pasaba a ser verdadero. Pero para cuando se dio internamente la orden por tercera vez, el velo de sus pestañas ya había descendido y sus labios habían comenzado a responder.

Joaquín era malo. Era venenoso. Cruel y absolutamente certero a la hora de obtener cuanto quisiera. Y él, él era por completo débil. Era decepcionante lo fácil que estaba cediendo. Con movimientos lentos pero precisos, contra los cuales no se reveló, Martín sintió como el otro le deslizó la chaqueta por los brazos hasta sacársela por completo y arrojarla al piso, lejos de ambos. Lo sintió sonreír sobre sus labios, sabiéndose victorioso. Quizá el sentimiento que los unía en aquel momento era el deseo de castigar a Micaela por sus mentiras.

Abrió los labios, desesperado, entregado, rendido y lujurioso, buscando más contacto, cediendo más a la entrega, atragantándose con su boca y su saliva… Con la lengua ansiosa reptando dentro de la boca ajena que tenía el familiar sabor a tabaco y un remanente gusto a alcohol. Ambas eran cosas que él habría odiado en cualquier otro. La debilidad en sus piernas aumentó cuando la mano de Joaquín se posó encima de su bragueta, haciendo presión para apoderarse de su voluntad y dejarlo sin aliento.

Mmm.

La melodiosa música de piano irrumpió en el lugar, llenándolo todo, acuchillando al silencio, cubriendo con su resonancia el sonido ansioso de aquel beso maldito. Aquella tonada que de alguna manera era la banda sonora de su vida porque lo había acompañado durante mucho tiempo y que tenía designada como tono de llamada para el número de su madre, aunado a la vibración del teléfono celular sobre la parte superior de su muslo desde el interior de uno de sus bolsillos delanteros, fue el encargado de devolverle la cordura.

Martín abrió los ojos con sobresalto. Bizqueó para observar el rostro de aquel que, con los ojos cerrados, lo tenía prisionero entre sus labios. Su padre, que era su padre maldita sea. La persona  a la que unas cuantas palabras escuchadas por casualidad lo habían hecho mutar del hombre díscolo y complicado con el que se acostaba y del que estúpidamente se había enamorado, al hombre con el que había mantenido una relación incestuosa y al que tenía prohibido volver a tocar. Con las cejas contraídas en un extraño gesto, Joaquín se despegó de sus labios.

—Esa tonada, ¿De dónde es? Siento que la he escuchado antes.

¿La tonada? ¿En serio iba Joaquín a ponerse a hablar de la maldita tonada que provenía de su teléfono?

No iba a contestarle a Micaela, pero por primera vez en días agradeció el hecho de  que lo hubiese llamado y que con ello lo hubiera despertado de aquel letargo que lo empujaba a entregarse una vez más. Había un límite y era uno que no pensaba rebasar. No lo haría. ¿Qué era lo que había estado a punto de hacer? Era demasiado… Simplemente demasiado. Se sintió sobrepasado y decepcionado de sí mismo. El peso dentro de su pecho empezó rápidamente a convertirse en dolor; un dolor físico que comenzó a arrancarle el aire y que estaba íntimamente ligado al dolor emocional que por primera vez en la vida estaba haciendo presa de él. Había estado a punto de cruzar una línea que hasta el ser más depravado debía respetar.

Además, si es que pretendiera ignorar al padre y quedarse únicamente con el hombre, resultaba que ese hombre era uno que le había hecho daño, que lo había herido, que no lo había valorado y que además no lo quería, uno al cual se suponía que había tomado la decisión de sacar de su vida.

Con una rabiosa sacudida y un rápido empujón apartó a Joaquín de sí por segunda vez en menos de diez minutos. Sus piernas temblorosas parecían insuficientes para sostenerlo, pero se las arregló para ocultar tal debilidad.

—Venir aquí fue un completo error. ¿Cómo es que mi voluntad se convierte en un jodido chiste cuando se trata de ti? Tú… Simplemente eres increíble.

—Lo sé. Gracias —Y además se burlaba de él—. Si quieres que te sea sincero, viendo tu reacción, sólo puedo decir que te tomas las cosas demasiado a pecho en una situación que no tendría por qué afectarte tanto. Vienes aquí, preguntas si mi mujer está, pones en juego esa carta tuya que sabes que funciona y que me calienta, y luego te haces el difícil.  ¿Es algún tipo de nuevo juego? Si es eso, aún no decido si me gusta.

Cada palabra que salía de boca de Joaquín le era más difícil de entender que la anterior. ¿Calentar? ¿Juego? ¿Desde cuándo su simple presencia en un lugar era sinónimo de que su única intención era tener sexo? Y, ¿Tomarse algo demasiado a pecho? ¿Cómo pretendía que el hecho de que se hubiese enterado de que era su papá fuese «una situación que no tendría por qué afectarle tanto»?

La manera en la que Joaquín comenzó a acercarse nuevamente a él le dio miedo. Esta vez se veía más decidido, más violento, parecía un tigre a punto de lanzársele encima para encajarle un zarpazo. ¡Dios! Cuando había parejas que de forma ridícula se llamaban el uno al otro «papi» mientras copulaban, Martín jamás pensó que llegaría a verse inmerso en una situación en la que esto sería algo literal.

El estómago le dio un vuelco desagradable y violento. Su asco básicamente se debió a que, muy a su pesar, lo deseaba. Deseaba al hombre que caminaba hacia él mientras lo miraba con burla y con lujuria. Un fuerte ramalazo de reconocimiento lo golpeó, dejándolo conmocionado y de cierta manera, aterrado. Deseaba a Joaquín con cada célula de su ser. ¿Era acaso que no tenía límites? Sintió miedo de sí mismo, más que del hombre que tenía al frente. Todo parecía indicar que sí se parecían después de todo. Ambos eran seres sin nada de escrúpulos. De tal palo, tal astilla.

A centímetros del desastre, a segundos de la hecatombe que se desataría si es que Joaquín llegara hasta él de nuevo, fue su conmoción la que ganó, fueron su miedo por lo que pudiera llegar a ocurrir y su determinación a respetar un límite que debería ser infranqueable, lo que lo hizo volver a poner los pies sobre la tierra.

Su brazo tembloroso se extendió delante de él, con la palma abierta hacia el frente a forma de escudo.

— ¡Detente! —Pero lo que hizo Joaquín fue todo lo contrario. El paso que dio fue un tanto vacilante, pero su determinación de avanzar seguía indemne. Martin se asió del pomo de la puerta a su espalda—. Tú… ¡Tú eres una completa mierda!

Abrió la puerta y huyó despavorido escaleras abajo; ignorando por completo el ascensor. Huía de Joaquín, sí, pero ¿Cómo iba a huir de sí mismo y de aquello ruin e indebido que se retorcía en su interior?

3

 

Era la última semana de vacaciones y ya iba a la mitad. La rutina de la vida estudiantil, el ajetreo y las largas jornadas de estudio estaban por cernirse de nuevo sobre ellos y cada cual lidiaba con este asunto a su manera.

Gonzalo, por ejemplo, estaba retrasando de forma sistemática el momento en el que debiera recoger todas sus pertenencias para empacar de nuevo su maleta y dejar el apartamento de Carolina para volver al suyo. Jazmín ya había vuelto y el lugar era demasiado pequeño para que todos estuvieran realmente cómodos, pero la soledad le era tan dura y le parecía tan difícil volver a su nido solitario después de haber tenido el placer de una compañía constante, que durante los dos últimos días había estado durmiendo en la misma cama con Carolina, aunque aquello era de verdad incómodo.

Era momento de marcharse. Lo sabía, mas no quería aceptarlo. Era como remolonear en la cama cinco minutos más después de que el despertador ha sonado; puedes retrasarlo, pero no puedes evitarlo. Se podía incluso apagar el molesto pitido del aparato, sin embargo eso no evitaba que los minutos siguieran pasando.

De momento ya había decidido que aquel no sería el día designado para irse, así que no había caso en seguirse torturando con la idea de estar siendo un estorbo. Además, Carolina no le ponía las cosas fáciles cuando se empeñaba en hacerlo sentir cómodo, acogido y querido. Era increíble como ella, que apenas rebasaba el metro con cincuenta, que pesaba poco más de cuarenta kilos y que además era menor que él, podía brindarle aquella sensación de seguridad y de protección, pero así era.

Ese día en particular no quería estar solo. Odiaba el sentimiento de vulnerabilidad e insuficiencia y el mal sabor de boca con el que lo dejaba el entrevistarse con su madre en aquella cita mensual que ella incluso anotaba en su agenda. Gonzalo le agradecía enormemente el que ella no le hubiese dado la espalda como lo hicieron sus demás familiares —incluidos su padre y hermano—, que pagara por su universidad, por su alquiler y sus gastos, pero odiaba el que se viera con él y le pasara dinero como si estuviera ayudando a un terrorista a esconderse de la justicia, porque esto implicaba que merecía ser castigado.

Cada vez que se veían, ella lo miraba como si en lugar de directamente a él, ella estuviera visitando su tumba. Lloraba, ella siempre lloraba y Gonzalo sabía que la razón de ello no era que le entristeciera la injusticia de su exilio, aunque seguro que le dolía, sino que ella aún se lamentaba por la persona que él había sido cinco años atrás, antes de la hecatombe de la sinceridad que lo puso fuera del closet. Ella lloraba por el hijo complaciente que se tragaba lo que en realidad sentía para no hacer sentir mal a los demás; el Gonzalo al que no le importaba sacrificarse a sí mismo, a sus gustos, a lo que quería y esperaba en la vida, con tal de no decepcionar a nadie. Un Gonzalo que ella habría preferido que nunca abriera la boca. Ese Gonzalo había muerto, así que él suponía que no era tan errado que su madre llorara por él después de todo, porque de seguro al verlo a él, que se parecía tanto al otro, que tenía la misma voz del otro, la misma estatura y casi la misma complexión, no podía evitar recordarlo.

Ahora, lo que Gonzalo no había podido determinar, era la razón por la cual aún continuaba siendo infeliz si siempre supuso que asumirse y aceptar quien era traería dicha a su vida. Se preguntó por qué su hermano si podía seguir contando con el cariño, la compañía y el apoyo de su padre, cuando a sus casi veinticinco años era un completo fracasado que no había conseguido terminar una carrera porque se había aburrido de todas las que había iniciado, y ahora empezaba negocio tras negocio fallido en los cuales perdía dinero, el dinero de sus padres. ¿Acaso tal desperdicio de vida, tiempo y recursos era aceptable y justificable sólo porque era heterosexual?

Él también lloraba por el antiguo Gonzalo en ocasiones, pero no porque lo extrañara sino porque sabía cuan atado de manos, cuan miserable y cuan infeliz había sido mientras vivió. Así que no, ese día tampoco quería estar solo, de manera que no estaba preparado para marcharse, aunque se jodiera la espalda en la cama de Carolina, que tenía una forma de dormir terrible, porque se le encajaba en las costillas y le pateaba constantemente las espinillas además de enrollarse en las sábanas.

—Gonza… Esto no se ve nada bien.

Carolina había invertido sus últimos dos días en básicamente dos cosas. La primera, dejarse mimar por él, cosa que Gonzalo disfrutaba hacer y posiblemente constituía el 50% de las razones por las que ella parecía renuente a dejarlo ir, y la segunda era tratar de aprender cómo hacerse el «delineado de gata» sin parecer una egipcia con Parkinson o alguien a quien el tubo de delineador le hubiese estallado en la cara. Ella ya había descubierto de mala manera que las instrucciones del tutorial de TrueTube donde aconsejaban usar cinta adhesiva como guía, eran más difíciles de seguir de lo que parecía.

—Lo estás haciendo mal. Ya te dije que el acabado debe hacerse hacia arriba, no hacia un lado, Cleopatra. Y no te estires la piel del párpado para dibujar la línea porque ¿Qué es lo que crees que pasará cuando todo vuelva a su lugar?

Por supuesto él, que sólo podría hacerse aquello para acompañarlo con un disfraz en el que se vería ridículo dado lo grande de sus músculos y no para la vida diaria, podía hacerlo a la perfección. Life is such a bitch.

Ella chasqueó con los labios mientras empapaba una mota de algodón en líquido desmaquillador.

—Pues me rindo. No haré parte de la cultura popular y continuaré con mi delineado habitual. No estoy hecha para las líneas proyectadas, así que nada de señorita felina para mí. ¿Qué vamos a comer? ¿Prefieres salir, o nos quedamos aquí y preparamos algo?

—Mejor salgamos, yo invito —se señaló el bolsillo trasero del pantalón, donde estaba su billetera—. Hoy tuve cita con mami-money. ¿Le avisamos a Jazmín?

Carolina torció el gesto, mientras desechaba en la caneca junto a la puerta la mota de algodón impregnada de desmaquillador y manchones de delineador.

—Mejor no. No sé qué le pasa, pero desde que volvió ha estado comportándose como una verdadera perra conmigo. Como si yo tuviera la culpa de que su novio hubiera terminado con ella. Es decir, puedo entender que eso la tenga de mal humor, pero no es justo que se desquite con la gente a su alrededor. ¿No te parece?

— ¿Crees que sea por eso? Quizás le molesta que yo esté aquí y…

—¿Y eso qué tiene que ver? Estás quedándote en mi habitación y Roger se ha quedado aquí antes, durante semanas enteras sin que eso fuese un problema. ¿Por qué debería ser problemático que yo haga lo mismo? Además, también eres su amigo y ella no se ha portado feo contigo. ¿O sí? —Gonzalo negó con la cabeza—. ¿Ves? El problema, cualquiera que sea, es conmigo. Hablaré con ella cuando se calme, ni un minuto antes.

Carolina se sacó la camiseta y los shorts de franela sin siquiera pedirle que se saliera de la habitación o desviara la mirada, ella consideraba aquella pequeña libertad como una de las ventajas de tener un amigo gay. El cuerpo de Carolina no tenía ningún tipo de efecto erótico sobre Gonzalo, de hecho el poder verla casi desnuda no hacía más que confirmarle cuan gay era, pero cuando ella se quitaba la ropa frente a él no podía evitar el absoluto estado contemplativo. Ella era muy hermosa, curvilínea, femenina y pequeñita. Su piel era envidiable y su color acaramelado era una completa locura.

—Yo habría querido tener un cuerpo como el tuyo —confesó—. De haber nacido mujer, quiero decir.

Ella se puso un par de jeans y un sweater de cuello vuelto de color lila claro, porque hacía demasiado frío como para que «las nenas», como ella llamaba a sus pechos en ocasiones, no estuvieran debidamente cubiertas. Se volvió hacia él y sonrió.

—Pues yo definitivamente quiero tener un cuerpo como el tuyo… Sobre o debajo de mí, en un tipo que no sea gay como tú, que me ame por sobre todas las cosas y me idolatre, quiero decir.

—Sigue soñando, niña. Ya ves que los que son así están ocupados o somos gay. ¡Vaya! Como que años y años de malos chistes y bromas al respecto al final resultaron tener bases verídicas.

—Sí. Y eso es tan injusto.

—Hablando de hombres sobre o debajo de ti, desde que terminaste con Mauro siento que me volví como el ántrax para él. Huye de mí ni bien me ve, no hemos vuelto a quedar para salir. Ni siquiera un miserable saludo. ¿Qué fue lo que ocurrió entre ustedes? ¿Tan malo fue que hasta mí llegaron las esquirlas?

—Ah… Mauro —Carolina hizo pucheros, estirando la boca en un piquito, luego soltó un gran y sonoro suspiro que hizo que sus labios se rizaran—. Créeme, es mejor que no hablemos de él. Vámonos.

Ella se calzó rápidamente un par de zapatillas deportivas, tomó su bolso y tiró de Gonzalo, halándolo por una de las manos.

Cuando se disponían a salir, el telefonillo que comunicaba con la portería del edificio comenzó a  sonar de manera escandalosa y Carolina se apresuró a contestar. Mientras, Gonzalo aprovechó y se paró frente al espejo al lado de la puerta para concentrarse en acomodar su cabello.

—Por supuesto que sí —escuchó decir a Carolina—, sabe que a él no hace falta que lo anuncie, pero gracias de todos modos. Por favor, déjelo pasar —luego ella colgó y se dirigió a él—. Martín está aquí, viene subiendo.

—¡Genial! Así iremos a comer los tres. Vayamos a una sala de bolos luego, hace siglos que no voy a una de esas —Cuando vio la manera inquisitiva en la que Carolina lo observaba, se preguntó si quizá tenía tierra en la cara o algo entre los dientes, así que se dio otra concienzuda mirada en el espejo, pero no encontró nada extraño o fuera de lugar—. ¿Qué?

—Pues… Que me pones de los nervios hablando así.

—¿Así cómo?

—Como un hombre. Es que desde que te conocí hablabas del otro modo. Yo creí que esto no iba a durarte demasiado.

—¡Mujer de poca fe!

Para cuando el timbre sonó, ambos estaban desgañitándose de la risa.

Cuando abrió la puerta, Gonzalo esperaba encontrarse con la imagen habitual de Martín. Con aquella perfección que se alejaba lo justo del acartonamiento y que desprendía una cuota exacta de pedantería. Con la sensación de control y seguridad que siempre emanaba de él, no con el chico de ojos enrojecidos, cara desencajada y tez cenicienta con el que lo hizo.

El labio inferior de Martín temblaba de manera evidente, mientras su respiración escapaba de su boca en un jadeo intranquilo, rápido y superficial que daba la sensación de que había llegado corriendo hasta allí, cosa que era posible. Él no estaba utilizando una chaqueta a pesar del clima y de estar vistiendo una camiseta bastante ligera que dejaba la mayor parte de sus brazos al descubierto.

Era evidente que Martín no había esperado encontrarse con él abriéndole la puerta, sino con Carolina, porque la perplejidad en su mirada fue demasiado evidente. Gonzalo podría jurar que Martín quería derrumbarse allí mismo donde estaba, pero que no lo hacía porque él estaba allí. Permanecieron mudos uno frente al otro durante unos cuantos segundos más, mirándose a los ojos mientras Gonzalo se mantuvo abrazado a la puerta y Martín anclado debajo del marco.

«Muéstrame, Martín. ¡Anda! Déjame ver que eres humano y que también necesitas de los demás».

Sin embargo este tipo de sentimiento se esfumó de inmediato de la mente de Gonzalo. Su instinto lo instaba a consolarlo, pero algo dentro de él se revelaba contra el hecho de estar viendo a aquel niño maravilloso así de abatido. Martín era fuerte, decidido, genial, era feliz, tenía el cariño y la aceptación de todos. Esa era la férrea imagen con la que Martín se había erigido en su cabeza. ¿Qué podía tenerlo así, entonces? Quería abrazarlo, tranquilizarlo, pedirle que le hablara, pero la última vez que se acercó más de lo justo a él, no había salido bien parado de aquello, aunque ese mismo día más tarde, le había llamado sexy.

—Martín ¿Qué pasó? —La voz de Carolina a sus espaldas lo hizo dejar de bloquear la puerta y caer en la cuenta de que si Martín no había entrado al departamento aún, era porque él no se lo había permitido—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando? —Y ahí estaba esa capacidad de Carolina de adoptar un tono maternal y protector que instaba a obedecer… Por lo menos a él.

—No estoy llorando —. Martín continuaba respirando como un pez fuera del agua y aparentemente él estaba de verdad convencido de lo que decía, porque cuando se pasó los dedos por la parte baja de los ojos y los retiró húmedos los miró con verdadera perplejidad, como si de verdad hubiese esperado no ver rastros de lágrimas en ellos.

—¿Qué no? —Carolina cruzó los brazos sobre el pecho y torció el gesto de esa manera particular en la que evidenciaba que estaba enfadada—. Apuesto lo que quieras a que vienes de ver al estúpido pintorsucho ese. Dime, ¿Es eso?

—Lo que ocurre es que… Es que yo… Él es… Es mí… Oh, Dios.

Gonzalo creyó que Martín correría a refugiarse en los brazos de Carolina, dado que las lágrimas comenzaron a manar de sus ojos de manera copiosa, pero en su lugar él apretó una de sus manos contra su boca, se apresuró por el pasillo y lo siguiente que escucharon fue cómo se encerró en el baño.

Gonzalo y Carolina se miraron a los ojos y en un acuerdo tácito lo siguieron. Cuando llegaron junto a la puerta lo escucharon devolver el estómago. Ambos se miraron de nuevo, esta vez preocupados.

—Hey, Martiny, ¿Estás bien?

Mientras golpeaba con los nudillos sobre la puerta suavemente, Gonzalo acercó un poco el oído a la superficie de madera. Del otro lado se escuchaban los jadeos y pequeños quejidos de Martín.

—¡Martín! Martín ábrenos, por favor —Carolina no se conformaba, como él, con tocar a la puerta, sino que ella además agitaba la perilla intentando forzarla para abrir—. Si no abres la puerta dentro de los próximos cinco segundos, iré por la llave —. Gonzalo sabía que ella tenía toda la intención de cumplir con aquella amenaza, podía notarlo en la seriedad impresa en su tono de voz.

—Nena, démosle espacio y unos minutos. A nadie le gusta que lo vean o incluso lo escuchen vomitar —Carolina dio un paso hacia atrás y él la imitó. Ese fue todo el espacio que le confirieron a Martín—. Más bien por qué no calientas agua y cuando salga le damos uno de los tés que compramos. Le ayudará a asentar el estómago.

—¿Tú crees que él esté bien?

—Claro que sí, ve… ve ahora.

—Pero…

—Yo no me moveré de aquí por si necesita algo o sale. Así que has lo que te digo.

—Está bien.

Ella se alejó de mala gana, arrastrando los pies y volteando para mirarlo cada vez que daba un par de pasos. Gonzalo le sonrió un poco para tranquilizarla e instarla a irse de una vez. Ya había notado que con respecto a las situaciones que escapaban de lo cotidiano y controlable, ella solía ser un poco histérica, aunque siempre lograba darles solución de alguna manera.

Escuchó claramente el sonido del agua de la cisterna de la taza de baño al ser descargada y luego el correr del agua de la llave del lavamanos. Eso habría podido significar que Martín estaba a punto de salir, si lo siguiente que escuchó no hubiese sido el estrépito de lo que sin duda fue una caída que arrastró consigo algunos de los productos estéticos sobre la repisa debajo del espejo, mientras el agua seguía corriendo.

—¡Martín! —Gonzalo dio tres frenéticos golpes sobre la puerta—. ¡Martín! ¿Me escuchas? —No obtuvo respuesta y a pesar de que sabía que no tenía caso, porque ya habían comprobado que el seguro estaba puesto desde adentro, sacudió la perilla y volvió a golpear la puerta, esta vez con la palma abierta—. ¡Martín!

Adentro se escuchaba el sonido de lo que parecían los vanos intentos de Martín por ponerse de pie.

—Estoy bien —. Su voz se escuchaba débil y además provenía del piso.

— ¡Carolina! —Gonzalo la llamó con un bramido y ella apareció a la vuelta del pasillo casi de inmediato, también Jazmín emergió de su habitación.

—¿Por qué tanto escándalo? ¿Qué es lo que pasa? —Jazmín se acercó a él con el ceño fruncido.

—¿Si? Dime, ¿Le pasó algo?—Los preciosos ojos negros de Carolina estaban desorbitados.

—La llave del baño, ¡Tráela!

— ¿Por qué? ¿Qué pasó?

Mientras Jazmín preguntaba, Carolina no había perdido el tiempo y había corrido hasta el llavero que colgaba de las ubres de una vaca de cerámica contra la pared al lado del platero de la cocina. Fueron sólo segundos, pero durante ese poco tiempo Gonzalo debió luchar contra sus ganas de cargar su peso contra la puerta y forzarla por miedo a lastimar a Martín.

—Martín, no te muevas. Escuché el quebradero de vidrios, así que mejor quédate quieto, ¿Me escuchas? En un momento estoy contigo.

Cuando Carolina regresó con la llave, se disponía a abrir la puerta ella misma, mas Gonzalo prácticamente le rapó el llavero de las manos al verla entorpecida.

Cuando finalmente abrió la puerta, la abrió con cuidado para no golpear a Martín. Tal como esperaba él estaba tendido en el piso. Era un cuarto de baño diminuto, así que lo más probable era que se hubiese golpeado la cabeza contra alguna de las paredes. Gonzalo abrió apenas un resquicio por el cual pasar, porque Martín estaba bloqueando un poco y se agachó a su lado. Él estaba consciente, pero era evidente que estaba atontado. Carolina quiso entrar también, sin embargo con Martín tendido en el piso y el cuerpote de Gonzalo ocupando el resto del espacio, debió conformarse con sólo asomar la cabeza.

—Tiny, Cariño. ¿Está herido, Gonza? Mira todos esos vidrios.

—¡Mis cremas y perfumes! —gritó Jazmín—. ¡Está todo roto! Es un completo desastre —Gonzalo consideró que aquello de las cremas era un comentario jodidamente desconsiderado y egoísta para soltar en aquel momento, así que a pesar de sentirlo por Carolina, cerró la puerta para que aquellas estupideces no se escucharan, además de para poder maniobrar con Martín—. Esto es tú culpa, Carolina. ¿Quién va a pagar por todo eso?

—¿Pagar? —se escuchó del otro lado de la puerta—. ¿En serio importa eso ahora? Si lo que te importa es eso, no te preocupes, yo lo haré o lo hará Martín en cuanto no esté tirado en el piso del baño desangrándose —Ahí estaba la exageración de Carolina—. ¿Y cómo es que esto es mi culpa?

Gonzalo apartó un frasco de loción para el cuerpo a medio quebrar, que estaba cerca del brazo de Martín y que le había hecho un pequeño corte. Al tocarle la pequeña herida él pareció aclararse un poco.

—¿Qué pasó?

—Pasa que este baño es demasiado pequeño y me es difícil alzarte en brazos sin reventarte la cabeza contra la taza de baño. ¿Crees que te puedes poner de pie si te sostengo? Oh, y ¿Tengo tu permiso para invadir tu espacio personal? Contigo nunca se sabe…— El chico en el piso no estaba para reír o contestar, pero levantó el brazo hasta posar una mano en el hombro de Gonzalo e indicarle así que lo ayudara a ponerse de pie. —Bien, aquí vamos. ¿Estás listo? —Martín asintió.

Gonzalo cargó con todo el peso de Martín y lo ayudó a ponerse de pie, esquivando los vidrios, mientras escuchaba con molestia como las dos chicas seguían discutiendo afuera. Martín se dejó caer completamente contra él y parecía como si estuviera a punto de perder el sentido.

—¡Eres una casquivana! ¡Sólo te gusta juguetear con todos! Tienes a dos hombres metidos en el baño esperando por ti… Apuesto a que ambos los meterás en tu cama esta noche.

—¡¿Tiene lo que dices algún tipo de sentido, resentida de porquería?! —La furia de Carolina se percibía claramente en su voz—. ¿Acaso Gonzalo es un hombre? —¡Ouch! Eso dolió—. Sé que aparte de estar injusta y atrevidamente llamándome una zorra, hay algo más que quieres decirme y aún no has tenido los ovarios para soltarlo y pretendes que lo adivine. Tendremos esa  conversación, créeme que la tendremos y te haré pedirme perdón, pero no ahora… No en medio de una emergencia. Te recuerdo que los dos hombres dentro del baño también son tus amigos y el que estés disgustada conmigo no justifica que estés siendo tan insensible e inmadura.

—Pero que dices, tú…

—¡Cierren la boca de una vez! —Gonzalo ya se había hartado. Se aseguró de que la cabeza de Martín estuviera recostada contra su pecho, con una mano lo afianzó de la cintura y con la otra abrió la puerta. En cuanto alcanzó el pasillo pasó el brazo con el que había abierto la puerta por debajo de las rodillas de Martín y lo cargó para comenzar a dirigirse hacia la habitación de Carolina.

Las dos chicas lo siguieron. Con bastante cuidado depositó a Martín sobre la cama, después de que Carolina apartara el edredón.

—¿Él está bien? —La voz preocupada y ahora en un tono más bajo de Jazmín, evidenciaba que Carolina tenía razón y lo que fuera que estuviese ocurriéndole, tenía que ver sólo con ella.

Su pequeña amiga tomó a Jazmín de un hombro y la hizo caminar de espaldas, hasta dejarla fuera de la habitación.

—No, es obvio que él no está bien. Gonzalo y yo nos haremos cargo, así que toma tu estúpido berrinche y tu mala actitud y lárgate a rumiar a otro lado, porque desde este mismo instante no tienes permitido estar en mi habitación, donde, por cierto, puedo hacer cuanto me dé la gana y con quien yo quiera.

Luego Carolina simplemente le tiró la puerta en las narices. Cuando ella volvió junto a la cama, Gonzalo estaba sacándole los zapatos a Martín, que parecía estar en una constante lucha contra la inconsciencia.

—Dios, cuanta violencia. Pásame esos almohadones de allí —Cuando ella se los alcanzó él los acomodó debajo de los talones de Martín, de manera que sus pies quedaron elevados— Él necesita que la sangre circule hacia su cerebro —. Respondió a la muda pregunta de Carolina.

—Pobrecito mi Tiny Carolina tomó una de sus manos—- Está frío —comenzó a frotarlas con energía—. ¿Qué crees que tenga? ¿Qué crees que debamos hacer?

—Lo correcto. Llevarlo con un médico. Incluso a rastras, si hace falta.

Capítulo 2 – Oh Daddy 2

2

Mentiras y otros pecados (Oh Daddy) Parte 2

1

 

La prensa entre sus manos temblaba ligeramente. El corazón bullía dentro de su pecho con una mezcla de sentimientos encontrados, todos muy poderosos. El haber sabido de antemano que aquella era una posibilidad latente, que la funesta noticia podría llegar a sus oídos en cualquier momento, no había ayudado a mitigar la impresión y el golpe que representaba el enterarse de su muerte, como tampoco lo hacía el hecho de, en algún momento de su vida, haber sentido que odiaba a Julián con todas sus fuerzas.

Él había muerto en otro país, lejos de ella y de sus propios hijos, pero de seguro no murió solo, podía suponer que Abraham había estado a su lado si es que todo el amor que decían tenerse era profundo y verdadero. En el fondo esperaba con toda su alma que así hubiese sido, y aunque esta presunción la confortaba al igual que la amargaba, Lorea siempre había sido de las fervientes creyentes de que nadie merece morir en completa soledad, sin nadie de quien despedirse y que sujetara gentilmente su mano mientras llegaba el momento de expirar el último aliento.

Durante mucho tiempo su corazón no había albergado más que resentimiento para con Julián. Un resentimiento que se daba la mano con el sentimiento de humillación que le proporcionaba el hecho de haber sido abandonada, de no haber sido suficiente para mantener a su lado al hombre por el que había luchado con uñas y dientes hasta haber logrado hacerlo suyo; hombre junto al cual había fingido, incluso para sí misma, tener una vida de ensueño que se desmoronó en cuanto él se fue, siguiendo sus instintos primarios y retorcidos… Cuando la dejó a ella y a sus dos hijos para correr a los brazos de su amante, a yacer en la cama de un macho. Yéndose sin importarle que cuando lo hizo Joaquín, el más pequeño de sus hijos, no tendría más de trece años en aquel momento.

Ahora, aunque el recuerdo aún la lastimaba, creía haber superado y perdonado aquello. Tenía que haberlo hecho, teniendo en cuenta que ella había dado un paso al frente y había rehecho su vida al lado de alguien más… Del hombre más maravilloso de todos, del hombre que había sido capaz de desatrofiar su corazón herido y rencoroso.

En el artículo de prensa, que era bastante corto, se mencionaban sus logros profesionales, aquéllos surgidos del amor por el cine y la literatura; una constante en su vida que más que una profesión siempre constituyeron una pasión que construyó su personalidad y rigió más de un aspecto en sus días.

Hablaban con verdadero sentimentalismo acerca de su lucha contra la enfermedad que después de creerla superada finalmente le había arrebatado la vida. Hablaban de él con orgullo, como un hijo adoptivo del país que se había ido a otra parte del mundo y había dejado en alto el nombre de sus dos patrias, la que lo vio nacer y aquella en la que vivió durante un tiempo considerable, hablaba de sus ancestros y aunque Lorea era perfectamente capaz de entender que no hicieran mención de ella, que no era más que la exesposa a la que nunca amó y junto a la cual nunca fue feliz en realidad, no compartía el hecho de que tampoco mencionaran a sus hijos.

No hacían alusión a su familia, a sus hijos que eran más su legado que aquellas películas en las que Julián invirtió más de la mitad de su vida y su dinero. El nombre de Ignacio o el de Joaquín no se leía por ninguna parte. En cambio, como era de esperarse, el nombre de Abraham sí que aparecía, aunque no lo llamaban por el apelativo que le correspondía: su amante, sino que se referían a él como su gran amigo y codirector.

De seguro no estaba en lo correcto, pero no podía evitar imaginar que la omisión de los nombres de sus familiares más cercanos era cosa de Abraham. Que él, de alguna manera, había metido la mano para que no hicieran ninguna alusión a la vida de Julián antes de que se hubiesen largado a vivir su absurdo idilio.

Y aunque luchaba contra ello, Lorea poco a poco podía sentir los niveles de amargura escalando desde lo más hondo de su pecho al llenarse de ideas y motivos para ello. Resentimiento, congoja e incluso nostalgia ocuparon su interior y se adueñaron rápidamente de su estado de ánimo.

Como consecuencia de estar albergando tantos sentimientos negativos, se sentía miserable y culpable al ver que aquel odio que creía por completo olvidado aún daba muestras de vida mientras chisporroteaba en su interior. Estaba segura de que albergar esa clase de sentimientos negativos hacia alguien que ya no puede hacer o decir algo a su favor, y con lo cual defenderse de las acusaciones, es algo muy mezquino.

A esas alturas de su vida, y teniendo en cuenta como resultaron las cosas, ya todo debía ser sanamente perdonado, olvidado y dejado justo donde pertenecía, en el pasado.

Después de todo, aún recordaba cuánto lo había amado y cómo la destrozó su abandono. Recordaba cómo de henchido había estado su pecho cuando se enamoró de sus letras y de su aire soñador. Recordaba cómo se había enamorado tan profundamente de él al ver que parecía incapaz de poner los pies en el suelo…

Esa era la lucha constante cuando pensaba en él. Por un lado estaban las heridas de la traición, por el otro el hecho de haber experimentado las mieles de sentir que podía llegar a amar a alguien al punto de necesitarlo para respirar. Él le había, después de todo, permitido experimentar la sensación máxima que puede llegar a sentir una mujer: el ser madre.

Sus hijos… ¿Lo sabrían ellos ya, o debería ser ella quién tuviera la terrible tarea de decirles que su padre había muerto? Ella había perdido todo contacto con su exesposo hacía años atrás, pero jamás se molestó en averiguar si sus hijos de alguna manera habían mantenido la comunicación con él.

Ella se había cerrado herméticamente a aquel tema y ni siquiera se había tomado la molestia de explicarles a sus hijos la razón del  abandono de su padre. ¿Cómo habría podido explicarles tal cosa? ¿Cómo enfrentar a un par de niños con la idea de que su padre era un completo descarado? Y ahora con él muerto y sus hijos siendo adultos ya no tenía caso.

Dio un hondo suspiro y dejó la prensa a un lado, encima de la cama sobre la que había permanecido sentada.

En el fondo y a pesar de todo, ella había admirado a Julián y a su resolución de ser feliz. Él había sido valiente, aceptado su naturaleza y renunciado a todo con tal de dejar de vivir una mentira. Él puso su corazón por encima de todo y de todos. Ella suponía que una persona a la que le detectan un cáncer que puede arrebatarle la vida en cualquier momento está en todo su derecho para hacer eso.

Echó una última mirada hacia la prensa antes de levantarse y dirigirse hacia la terraza con la que conectaba la habitación.

Villegas… Aquel apellido orgulloso, imponente y resonante pertenecía a una familia de abogados con su propio bufete. Paradójicamente un mundo del cual Julián huyó con todas sus ganas. Apellido que ella se había empeñado en ostentar hasta que lo logró hacía toda una vida atrás. El apellido que quiso para sus hijos, a costa de todo, incluso de su propia felicidad y la de él.

La puerta de la habitación se abrió. Sabía a la perfección de quien se trataba, así que no se molestó en disimular su tristeza. Quizá incluso la acentuó más, porque ella necesitaba desesperadamente ser consolada. Sus ojos del color gris del acero habían abandonado toda pose con la que usualmente enfrentaba al mundo y al final cedieron ante las lágrimas, después de todo, en un momento ahora lejano aunque efímero, Julián fue el amor de su vida.

—Sebastian, querido…—Lorea abandonó la puerta acristalada bajo la que se había quedado sin alcanzar la terraza y buscó cobijo en los brazos de su esposo, sucumbiendo por completo a un llanto desesperado y compungido que le contrajo las facciones—. Ha sucedido algo terrible…

—Lo sé… Lo sé, me he enterado… Shhh calma, calma, todo está bien, estoy aquí,

Él se meció ligeramente con ella cobijada entre sus brazos, mientras intentaba calmarla con susurros en su español afectado por su idioma natal, acompañados de ocasionales y ligeros besos sobre la cabeza.

Lorea se abandonó por completo al llanto y a la desesperación, sabiendo a la perfección que él sería su pilar, su roca.

2

¿Milena? ¿Mariana? ¿Magdalena? ¿Miriam? —Silvana no había dejado de insistir. Ella seguía susurrándole nombres que empezaban con la letra M, tratando de conseguir que él soltara el nombre de la «mujer» que le había enviado aquel atrevido regalo de cumpleaños, en aquellos momentos resguardado en la seguridad de la cajuela de su auto. Su hermana estaba tan frustrada ante su silencio que incluso había empezado a parecer molesta—. ¿Sabes qué Ricardo? Está bien, no me lo digas.

—No pensaba hacerlo de todos modos, así que por favor ya deja ese tema en paz, ¿Quieres?

—Pero… Sólo dime algo, ¿Ella es importante? No me gusta verte tan solo todo el tiempo. Tú necesitas cariño y estabilidad en tu vida.

—Yo… No voy a responder a eso, Silvie, por Dios.

A Ricardo le fastidiaba sobremanera la forma en la que su hermana lo miraba y le hablaba en algunas ocasiones, como si él fuese un cachorrito perdido que necesitaba de constante vigilancia y empujoncitos para no olvidarse de comer. Ella no parecía procesar el hecho de que si él había permanecido solo era porque así lo había querido, porque no había tenido ánimos para echarse a los hombros la carga emocional que representaba para él tener una pareja estable después de haber terminado una relación que había sido demasiado significativa y había terminado de la peor manera. Había algo dentro de él que estaba irremediablemente roto y no buscaba volver a arriesgarse.

Además, no concebía que justamente ella, que parecía tenerle terror al compromiso y había rechazado dos veces la propuesta de matrimonio del padre de Mike, que prefería seguir viviendo en casa de su madre y manteniendo un noviazgo con el padre de su hijo como si fuese una mocosa y no hubiese un bebé de por medio, fuese precisamente quien se atreviera a mencionar la palabra «estabilidad» cuando de relaciones de pareja se trataba.

No era que juzgara o reprobara las decisiones de su hermana, después de todo era su vida y ella sabría cómo llevarla mejor. Era sólo que Ricardo consideraba que ella tenía cuestiones de las que hacerse cargo en su propia vida amorosa antes de siquiera atreverse a echar un vistazo a la de él. Quizá sólo estaba a la defensiva porque tenía todo un juego de dilatadores y consoladores en la cajuela de su auto y le avergonzaba que ella los hubiese visto o supiera de dónde habían salido.

¡Dios! ¿Qué pasaría si por azares de la vida la policía lo paraba en el camino y le pedían que abriera la cajuela del auto al peor estilo de las películas? Solamente esperaba que si eso llegara a ocurrir su madre no estuviera presente. Las haría tomar un taxi de vuelta a casa, sólo por si las dudas.

Dilatadores. Pensó en la colita peluda que pendía de uno de ellos e involuntariamente escapó de sus labios una sonrisa entre nerviosa y divertida que fracasó estrepitosamente en su intención de ser discreta. Sonrisa que hizo que su madre mirara con extrañeza en su dirección, interrumpiendo el recorrido de la cucharilla cargada con puré de zanahorias que iba de camino hacia la boca de Mike.

Podía imaginar la cara pícara de Martín al escoger aquel obsequio para él, de seguro regodeándose al anticipar su posible reacción. Conociéndolo, Ricardo podía asegurar que el principal motivo de Martín era fastidiarlo, incomodarlo. De seguro Martín pensó que él se escandalizaría, ya que después de todo él lo había llamado santurrón y quizá tenía algo de razón porque sí que estaba un poco escandalizado, pero a lo que había apelado aquel estuche estaba más relacionado con su imaginación y su libido que con su vergüenza.

Aquella sonrisa tuvo como consecuencia que Silvana se pusiera perspicaz y volviera a atacarlo con una nueva oleada de nombres femeninos que iniciaran con la letra M. ¿De verdad existían mujeres llamadas Macaria?

En algún momento su madre reclamó sus atenciones y preguntó de qué tanto cuchicheaban ellos dos dejándola de lado por completo, pero Ricardo comenzó a caer tan rápido y tan profundo dentro de sus propios pensamientos que incluso se había perdido la respuesta que dio su hermana al respecto. Ella bien pudo haberle cubierto la espalda dando alguna excusa o haberlo aventado de cabeza al explicar la naturaleza de aquello que la tenía en un estado de curiosidad extrema que él se negaba a saciar, y él ni siquiera se había dado por enterado.

Este estado de profunda concentración, que lo alejaba de la mesa aún al hallarse físicamente presente, se debió al simple hecho de que cada nombre y pronombre que había salido de boca de su hermana al tratar de hacerse con información, había sido indefectiblemente femenino.

Por supuesto era capaz de entender que su hermana soltara un nombre femenino tras otro. De hecho no habían razones para que fuese de otra manera; al menos no razones que ella conociera. Él seguía sintiéndose por completo heterosexual, ergo los demás lo seguían percibiendo de la misma manera… y comenzaba a sentirse como un completo hipócrita por ello, porque el magnetismo que Martín ejercía sobre él, no era poca cosa. De hecho era algo tan intenso, que estaba logrando hacer tambalear todos sus cimientos.

¿Acaso podía serse parcialmente gay? ¿O podía llegar a existir algo como convenientemente gay? Estaba la bisexualidad, por supuesto, pero no sentía que fuese su caso. La idea de tocar y compartir con otro hombre le era absurda y descabellada. Cuando pensaba en el tipo de belleza que despertara su libido y su deseo en su mente siempre se dibujaba la imagen de una mujer. En lo que a su mismo género se refería todo se limitaba a Martín y a nadie más que él.

Ni homo, ni bi, ni nada… Era Martínsexual. Punto.

Su mente divagó sin mucho control a lo largo y ancho del asunto. «¿Qué tan desastrosa podría llegar a ser mi vida si todo esto llega a saberse?». Se vio obligado a pensar en ello porque su familia, las personas que más le importaban y a quienes afectaría aquella situación estaban allí con él.

Cada posible escenario que dibujó en su cabeza no fue nada bonito o alentador. Podía visualizarse siendo juzgado, repudiado, criticado e incluso odiado, pero también se sorprendió al descubrir que, al menos en su mente, ya tenía asumido que habría algo que saberse, porque estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con lo que a Martín respectaba.

La respuesta a su propuesta de ser su amante era un rotundo sí desde el mismo momento en el que se lo había planteado, pero él no quería parecer tan fácil. No iba a decírselo. Iba a dejarlo conquistarlo, quería hacerle creer que debía luchar para llegar a conseguir algo de él. Quizá jugar un poco… La posibilidad de eso le gustaba. Quería verlo desplegar su  capacidad de atracción y conquista, porque eso era tan excitante como la posibilidad misma de tenerlo entre sus brazos, sus cuerpos enredados uno contra el otro. Soñaba y añoraba aquello.

Le agradaba la idea de quizá decirle que no y verlo frustrado por ello. Jugueteaba con la idea de la sensación de impaciencia, de la curiosidad, de saber cómo podría llegar a sentirse. Si llegaban a intimar aquella sería una Segunda Primera Vez en toda regla para él, pero sin que lo acompañara la torpeza de ser un amante inexperto. De manera paradójica, sería Martín quien le enseñara a él. De su mano aprendería su sexo tan prohibido como prometedor.

Finalmente lo que logró ponerlo de vuelta en la mesa de restaurante que compartía con su familia, fue la vibración del teléfono celular dentro de su bolsillo. Cuando sacó el aparato para ver de quién se trataba, pudo percibir el brillo travieso en los ojos de su hermana cuando ella en un rápido vistazo logró vislumbrar un nombre femenino que comenzaba con la letra M.

Ella ya comenzaba a agitar las cejas con picardía cuando él se apresuró a sacarla de su error.

—Ni siquiera te atrevas a pensarlo, no es ella —. le susurró, sin descolgar la llamada.

—Sí, lo que tú digas.

Por supuesto, Silvana no le creyó. Ricardo blanqueó los ojos y suspiró.

—Discúlpenme un momento, por favor —retiró la servilleta del regazo y abandonó la mesa, alejándose unos cuantos metros hasta situarse cerca de la recepción—. Micaela, buenas tardes.

¿Ricardo, cómo está?—Él había pensado que la intención al hacer aquella pregunta era esperar porque él diera una respuesta, pero ella no le dio la oportunidad y simplemente continuó hablando—. ¿Martín está con usted?

A pesar de todo, hablar con Micaela acerca de cualquier tema que tuviera relación con Martín aún seguía pareciéndole algo intimidante. Incluso si era una pregunta tan simple como aquella en el fondo él seguía esperando porque detrás siguiera algún tipo de reproche o reclamo, o que ella lo tildara de inmoral y pervertido y le pidiera que se alejara de su hijo, más aún si ella se escuchaba así de ansiosa.

Carraspeó y apretó fuerte el teléfono antes de disponerse a hablar.

—No, no estoy con él. De hecho no lo he visto desde que fui a dejarlo a su casa hace dos días. ¿Pasa… Pasa algo? —. Se atrevió a preguntar.

—No… Sí. Bueno, si ocurre algo, pero nada grave.

Estuvo tentado de preguntar si ese «no tan grave» tenía algo que ver con él, pero se contuvo porque eso sonaría en exceso paranoico. Si preguntaba directamente qué ocurría, posiblemente no obtendría una respuesta al verse como un completo entrometido.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudar? —decidió que ese cuestionamiento era menos atrevido y cabía la posibilidad de obtener una explicación. Aunque si ella simplemente llegara a responderle con un no, ninguno de los dos se sentiría demasiado mal por eso.

Al otro lado de la línea se escuchó un prolongado suspiro que podía ser interpretado como una cierta forma de derrota.

—Sólo… No lo deje solo, Ricardo. Por favor en cuanto lo vea ¿podría enviarme un mensaje? Solamente quiero saber que está bien.

—Por supuesto —respondió solícito, mientras veía la sonrisa socarrona en labios de su hermana. Ella de seguro pensaba que él estaba en medio de una llamada caliente con la misteriosa y atrevida M. Dio media vuelta y prefirió mirar hacia la calle a través del portal de vidrio y no hacia ella, que empezaba a ponerlo de los nervios.

—Él y yo tuvimos una discusión esta mañana y… Dios, esto es tan vergonzoso —Mucho de lo que sonó al otro lado podía ser interpretado como chasquido de labios y batir excesivo de pestañas, aunque esto último era más una presunción que otra cosa por obvias razones. Era sólo que aquellos suspiros y chasquidos iban acompañados de pestañeos en su mente—.  Para resumir, mi hijo no quiere saber nada de mí ahora mismo y él tiene razones de peso para estar así de enfadado conmigo. Después de rechazar todas las llamadas que estuve haciéndole de manera frenética durante más de una hora, me apagó el teléfono. Siempre he pensado que yo no soy la villana de la historia… Pero ahora mismo ya no estoy muy segura.

3

Nadie es capaz de estipular el momento exacto en el que es vencido por el sueño. La mayoría de las veces, sino es que todas, una persona solamente es capaz de darse cuenta de que se ha quedado dormida en cuanto despierta. Tal como después de haber sido levemente zarandeado por el hombro derecho, Martín se dio cuenta de que se había quedado profundamente dormido en el asiento trasero de su propio auto, debajo de uno de los brazos de Gonzalo, con la cabeza reposando ligeramente contra su pecho.

—Tiny, es tu mamá al teléfono —A pesar de que era Carolina quien le hablaba, la persona que le extendía el celular era Georgina desde el asiento del copiloto. Le tomó unos cuantos segundos ubicarse en el tiempo y en el espacio y llegar con ello a dos rápidas conclusiones. La primera era que se sentía mucho mejor y la segunda era que aquello de tener que fingir estar saliendo con Gonzalo cuando Georgina estaba cerca, hacía que el otro se aprovechara hasta de la más mínima oportunidad para meterle mano de cualquier manera. Le costaba creer que hubiese llegado a aquella posición por sí mismo mientras estaba dormido, aunque no iba a negar que estaba bastante cómodo contra su pecho—. Dice que tienes tu teléfono apagado y por eso se comunicó conmigo, por si estábamos juntos. Contéstale rápido, dice que está a punto de abordar un avión.

Martín se quedó mirando el teléfono como si éste fuese un objeto desconocido con el cual no sabía cómo proceder y se debatió entre sí era prudente recibirlo o no. Si decía la frase que tenía picándole en la punta de la lengua: Dile que si tengo el teléfono apagado, es porque no quiero hablar, aquella escena de tardeada con sus amigos y Georgina se convertiría rápidamente en tres personas mirando extrañadas en su dirección y posiblemente queriendo averiguar cuál era el problema entre su mamá y él. Por lo menos Carolina no lo dejaría en paz hasta que se lo dijera.

Estiró la mano y tomó el aparato, mientras sintió como Carolina ralentizaba la marcha y vio cómo se detenían junto al andén.

—¿Es aquí? —Georgina movió positivamente la cabeza ante la pregunta de Carolina—. Pues vaya pedazo de edificio.

En lo que Gonzalo, sin liberarlo del todo aún, se entretuvo mirando a través de la ventanilla para analizar el exterior, Martín aprovechó y colgó la llamada sin más. No hubo mucho lugar en su pecho para la culpabilidad una vez que hubo hecho aquello, porque ahora que volvía a estar del todo despierto y alerta, las palabras «Joaquín» y «papá» habían vuelto junto con su plena conciencia.

—Caray… Ahora como que me siento un poco culpable de haberte tenido entretenida con un vulgar tubo de pole dance en medio de mi sala. De haber sabido que eras una princesita en toda regla, al menos te habría dado un vaso para la cerveza, Georgy.

La vergüenza de Gonzalo sospechosamente se parecía un montón a la sorna.

—Ese día fue de lo más sinceramente divertido que he tenido en eras. No puedo recordarlo sin reírme y me moría por volver a verlos. Martín, espero que no me odies por estar tomándome el atrevimiento de acaparar a tu mejor amiga y a tu novio             —Georgina le hablaba mirándolo a través del espejo retrovisor, levemente recargada hacia el asiento de Carolina—. ¿Ya te sientes mejor?

—Sí, mucho mejor. Gracias.

No dijo más porque aún no decidía cómo se sentía con respecto a ella teniendo cabida en su vida social, con sus amigos de verdad. En definitiva no la consideraba una amenaza como para que pudieran llegar a dispararse sus celos o algo parecido. Tampoco dijo mucho más porque de manera inconsciente su mente tendía a desviarse hacia otros asuntos, aunque constantemente volvía a «¿Qué carajos estoy haciendo aquí? Es Georgina, por Dios».

—Carolina, por favor acerca el auto al scanner de allí.

—¿Scanner?

Contrario a Martín, que vivía a las afueras en un lugar tranquilo donde el paisaje estaba dominado por extensas áreas verdes y las casas estaban a una distancia considerable unas de las otras, Georgina vivía en lo que muchos llamaban la Zona Play de la ciudad, con muchos rascacielos, decenas de almacenes, tiendas, cafés, restaurantes, centros comerciales y mucho tráfico.

Martín imaginó que quien quiera que hubiese sido el arquitecto que diseñó el edificio al que estaban a punto de ingresar, había pensado que éste emanara modernidad por cada vértice, pero lo más probable era que el único entre ellos que contaba con un verdadero criterio para juzgar tal cosa era Gonzalo por ser estudiante de arquitectura. Era una estructura inmensa y acristalada donde predominaban el acero, el vidrio y la presunción de que todos sus habitantes eran potencialmente secuestrables, a juzgar por el nivel de seguridad.

Un Edificio Inteligente. Ningún portal se abrió sin que Georgina pusiera su huella en los diferentes paneles. Gonzalo, Carolina y él debieron dejar sus documentos de identidad en manos del guardia en la recepción a cambio de tarjetas con sus fotografías en blanco y negro, cuya última intensión era hacerlos ver favorecidos y acreditarlos como visitantes. Como esta vez no importaba, Martín dejó su tarjeta de identidad con el año de nacimiento real, que lo acreditaba como aún ilegal para muchos asuntos que él simplemente se pasaba por el forro.

—¿Y? ¿En qué piso está el papa? —preguntó, ya fastidiado de tanto personal de seguridad con pinganillos en la oreja.

—Para una próxima oportunidad sus números de documento y sus nombres ya estarán registrados en el sistema y no deberán dejarlos en físico. Debí haber pedido que ingresaran sus datos esta mañana, pero me olvidé de hacerlo. Me encargué de todo, excepto de eso, lo lamento —. Georgina se disculpó y Martín se preguntó qué significaba ese «todo» y qué era lo que la llevaba a pensar que habría una próxima oportunidad.

Esta chica apenada y solícita difícilmente podía ser la misma chillona que armó un escándalo en el cumpleaños número nueve de Martín, porque no dejaron que fuese ella quien soplara las velitas sobre el pastel. La primera y única vez que Martín dejó que la invitaran a una de sus piñatas. Pero bueno, supuso que todo el mundo madura y hasta ella merecía una segunda oportunidad. Para ese momento del día, con respecto a todo lo que rondaba alrededor de ella, Martín sentía más curiosidad que otra cosa y se preguntaba si ella no estaba en medio de alguna especie de conspiración para robarse a sus amigos. Sin embargo la distracción era algo que agradecía.

El ascensor era una cabina acristalada que iba por fuera del edificio. Desde dentro podía verse una panorámica imponente de la ciudad. Esto, en lugar de fascinarlo, le recordó a Martín que su tolerancia a las alturas —teniendo en cuenta que parecían estarse desplazando en la zapatilla de cristal de la cenicienta— era moderada y tenía un límite que ese día en particular parecía haber disminuido de manera notable, a juzgar por la manera en la que casi de forma involuntaria su cuerpo buscó la cercanía de Gonzalo, que era el más próximo a él. Iban en el piso veintisiete y el ático en el que vivía Georgina estaba en el piso cuarenta.

No iba a hacer un alboroto por ello, pero definitivamente agradecería que el momento en el que debiera abandonar el ascensor llegara rápido. No era el más fanático de los documentales y las estadísticas, mas sabía que el índice de muerte en ascensores en mal funcionamiento era alarmantemente alto. Y si así debía ser, si su destino era perecer estando dentro de uno de esos aparatos, ¿Era acaso mucho pedir que no fuese en uno transparente donde sería testigo de la manera en la que el suelo se aproximaba rápidamente para hacerlo puré?

Hizo entonces lo más inteligente que podía hacer. Le dio la espalda a la transparencia y clavó la vista en las puertas metálicas. Mientras Martín veía cómo Carolina estaba recostada contra el cristal y Georgina le señalaba cómo desde allí se veía el parque de diversiones con la Rueda de Chicago más grande de Latinoamérica, una extraña sensación se apoderó de sus rodillas como si estas se reblandecieran y se llenaran de cosquillas a causa del vértigo, y él no tenía una idea exacta de por qué estaba pasando aquello… Oh, cierto, de seguro podía culpar al tumor, al cáncer, a la conmoción de ver su vida como la conocía yéndose por el retrete.

Sintió el peso de Gonzalo asentarse sobre su espalda y percibió su intención de pasarle uno de los brazos por encima de los hombros.

—Oye, no hace falta que te tomes tan en serio tu papel de novio. Existe algo llamado espacio personal. Por favor, no lo transgredas —. Susurró sólo para Gonzalo, con los dientes apretados y quizá más agresividad de la necesaria. Se arrepintió en cuanto vio al otro regalarle una pequeña sonrisa triste y dar un paso hacia atrás mientras agachaba la mirada.

Quizá estaba desquitándose  con la persona equivocada. Pero con Gonzalo nunca se sabía, aquel podía ser un simple gesto de amistad o ser el precedente a que sin previo aviso le metiera la lengua hasta la garganta. Tuvo la intensión de disculparse, de verdad quería y necesitaba hacerlo para frenar el remordimiento que comenzó a dominarlo de inmediato, sin embargo el ascenso en aquella máquina de tortura disfrazada de modernidad llegó a su fin y la atención de las chicas volvió a incluirlos.

El hecho de que de alguna manera Gonzalo y él estuviesen haciéndose más cercanos, al parecer comenzaba a tener ese tipo de horribles consecuencias. Ahora resultaba que le interesaba y le afectaba si lo hacía sentir mal cuando un tiempo atrás eso había sido como una especie de hobbie para él.

Ático, piso cuarenta. Anunció una voz electrónica que lo tomó por sorpresa. Las puertas permanecían abiertas para él, que era el único que había permanecido dentro del ascensor mientras los demás lo miraban desde el recibidor de Georgina con algo de contrariedad.

El lugar era impresionante, moderno, elegante y por supuesto gigantesco. Desde las muchas superficies acristaladas que dominaban las paredes podía apreciarse la panorámica de la ciudad, que estando dentro del  inmenso dúplex ya no se veía tan intimidante.

Georgina les explicó que hacía cinco meses ella y su familia vivían en aquel edificio que, repitiendo sus palabras, era el absoluto orgullo de su padre. El más grande y moderno edificio inteligente utilizado con fines residenciales que se hubiese construido en el país hasta el momento. A través de la inmensa ventana les señaló que aquel moderno complejo residencial contaba con otra torre casi igual a aquella en la que se encontraban. La gran diferencia radicaba en que la otra no contaba con el ático que su padre había diseñado y construido exclusivamente para la familia.

En medio de la charla acerca de la edificación, durante la cual Gonzalo se mostró por completo fascinado, Georgina no tardó en poner en claro que su padre era dueño de una constructora, que ella le hablaría acerca de Gonzalo y que de seguro él no pondría ninguna pega en ayudarlo con las prácticas laborales cuando llegara el momento. Por la sonrisa de Gonzalo, Martín podía apostar a que aquello era una gran noticia para él, sobre todo teniendo en cuenta que el grandullón casi se había ahogado con su propia saliva cuando Georgina mencionó su apellido y el nombre de su padre.

—No te dejaré olvidarte de esa proposición. Vaya… Qué buena suerte, seguro que esta mañana me levanté del lado correcto de la cama —. Gonzalo parecía de aquellas personas a las que era fácil hacer feliz; de aquellas personas que se aferraban con uñas y dientes a cualquier cosa buena que les pasara. Por supuesto esta presunción hizo que Martín se sintiera miserable, porque de alguna manera comenzó a interpretar eso como que aquello era algo inversamente proporcional y él era también alguien sumamente fácil de lastimar e intuía que esa era la razón por la cual Carolina lo protegía tanto.

—Oh por Dios. ¿Esta de aquí eres tú, Georgy?

La voz de Carolina lo trajo de vuelta del limbo. Los demás estaban ya al otro lado de la estancia mientras él permanecía anclado frente a la ventana. Era como si él estuviese en la misma película que ellos, pero su velocidad de reproducción fuese diferente, mucho más lenta. Parecía, además, no tener diálogos en aquella película.

Se acercó a ellos para observar la fotografía que Carolina estaba señalando y se encontró con una imagen de cuerpo completo de una Georgina de unos nueve o diez años, con el cabello recogido de manera severa en un moño en forma de dona en la parte posterior de la cabeza y del cual de todas maneras escapaban un par de mechones ligeros que le enmarcaban suavemente el rostro. Ella estaba enfundada en un tutú de color rosa pálido que se pegaba por completo a su pecho del todo plano y estaba haciendo una floritura estilizada y graciosa con todo el cuerpo.

—Sí, soy yo —La sonrisa de Georgina estaba cargada con cierta nostalgia—. Me encantaba ir a esa clase, ponerme el tutú y sentirme delicada y graciosa… Como un cisne —hizo un movimiento fluido con un brazo que Martín supuso estaba emulando el ala del jodido cisne al que se había referido o algo así—. Estuve en ello un año completo. Estaba convencida de haber nacido para eso y mis maestras no hacían más que adularme y vaticinarme un gran futuro. Yo creo que hubiese llegado a ser una Prima Ballerina si me lo hubiese propuesto… pero lo abandoné.

—¿Por qué? Suenas como si lo hubieses estado disfrutando mucho.

—Y lo hacía, créeme que lo hacía. Para una niña es muy atrayente el hecho de sentirse y verse como alguien gracioso, frágil, grácil y delicado. Esa imagen de muñeca de porcelana es como un imán. Solo imagina el vivir de bailar y verte así de hermosa. ¿Pero sabes qué es lo que se esconde tras esa imagen de delicada perfección, Carolina?

—No lo sé. ¿Qué es?

Martín estuvo seguro de que ella diría algo que haría referencia a la gran cantidad de sacrificios, a la severa disciplina, a la obsesión con el peso, a la competitividad excesiva o a lo corta que era la carrera de una bailarina si lo que buscaba era hablar solamente de los aspectos negativos,  pero Georgina siempre era capaz de sorprenderlo.

—Pies horrendos. Debajo de esas lindas zapatillas de satén se esconden las pesuñas del diablo, créeme. Por supuesto que yo me había herido bailando, pero a sólo un año de práctica no era aún algo irreversible, así que cuando vi los pies deformes, despellejados y por completo horribles de mi maestra cuando se retiraba las zapatillas, sentí verdadero pánico. Eran pies asquerosos y yo no quería un par igual. Dejé aquello de inmediato y preferí la equitación.

Carolina miró en su dirección y Martín curvó los labios en una media sonrisa cuando la vio enarcar las cejas y apretar los labios en su afán de contener la risa.

***

El almuerzo fue delicioso. Lo tomaron en una terraza cubierta de paneles transparentes abovedados que les permitió ver el cielo encapotado que se desgranaba en torrentes de agua sobre ellos mientras disfrutaban de la comida, de la compañía y del entorno agradable, como lo eran siempre los ambientes que derrochaban lujo y ausencia de privaciones, que le llenaban siempre el pecho con una sensación de bienestar y de deseo de poder algún día llegar a tener un lugar así. Para Carolina, Martín era su puerta a ese mundo bonito, llamativo y cómodo que de otra manera le habría sido demasiado lejano.

Al principio, en el momento justo en el que lo conoció, Martín le pareció un tanto intimidante y un pelín desconcertante, además de tener una cuota nada desdeñable de pedantería, que en realidad resultó ser el particular tipo de humor lleno de sarcasmo que él manejaba pero que ella, aconsejada por su juventud llena de prejuicios y apegándose a los clichés, de inmediato juzgó mal. Así que lo encasilló rápidamente como a un niñito rico —de esos con los que nunca antes se había cruzado— que estando aburrido, una tarde simplemente coincidió con ella en los confines de una conversación de chat.

Ella no era precisamente tímida en aquella época, pero no iba a mentirse al no reconocer la incomodidad que sintió al no poder evitar compararse con él. Cuando después de un tiempo comunicándose sólo a través de la red, finalmente se encontraron en un sencillo café en el centro de la ciudad escogido por ella, ridículamente se sintió inadecuada e inferior.

Ella esperaba encontrarse con una chica. Chica con la cual tendría que disculparse y aclararle que sus gustos lésbicos en realidad no existían. Quería hacerlo con la simple esperanza de que quien fuese que resultara ser ella, no la odiara y quizá con suerte terminaran siendo amigas, disminuyendo así su sentimiento de culpa.

Debió sospechar cuando Tiny69 pidió que no encendieran las cámaras y solamente se escribieran. Mantener el misterio —¡Jah!—. Su fotografía era linda y nunca se le dio por meterla al buscador de imágenes de Google, donde habría descubierto el nombre de la modelo, además ella por algún motivo estuvo convencida de que el «Tiny» de su nickname era por «Cristina»

Camino a su primer encuentro llevaba casi aprendido de memoria su discurso de disculpas y arrepentimiento. En definitiva omitiría la palabra «jugar». Ella planeaba culpar un montón a la confusión, un poco a la curiosidad y otro tanto al despecho. Después de todo, el primer estúpido al que le había entregado su «tesorito» le había jugado chueco y aunque ella ya había puesto su mira en otro objetivo, aquello no se valía.

En lugar de una chica, que ella imaginaba sería poco femenina al estilo tomboy por ser gay, había aparecido Martín con su sonrisa bonita y segura, con sus ojos impresionantes incrustados en su rostro de piel perfecta sobre unas facciones que aún no abandonaban del todo la infancia, con su ropa moderna y de buena marca y su forma correcta de hablar. Cargaba sobre esa piel abismalmente blanca y su cabello de ala de cuervo quince años que parecían más cuando se le escuchaba hablar.

Lo que sí tenía Carolina en aquel tiempo era un montón de orgullo, además de altas cuotas de ese sentimiento que la instaba a estar un poco a la defensiva en todo  momento. Pensó que de seguro en algún punto él se burlaría de ella y la miraría con condescendencia o superioridad y Martín no sería el primero en hacerlo.

Desde que había salido de su pueblo y había ido a vivir a la casa de su tía Antonia en la ciudad capital, en su mayoría le había resultado fácil adaptarse y hacer amigos, mas también se había encontrado con un montón de gente que encontraba divertido burlarse de sus formas, de su acento, de su ropa y de sus gustos, o del simple hecho de que hubiese crecido entre caballos y vacas y por ello se creían con el derecho de juzgarla como inadecuada y burlarse, aun cuando ella era notoriamente inteligente e indiscutiblemente bonita.

Si quiso poner cara de póker no le sirvió. Si pretendió hacerse la indiferente, no hubo caso en ello. Si hubiese querido levantarse de la mesa, darle la espalda a Martín y largarse pasando completamente de él, no le resultaría. Porque no hubo necesidad de semanas, ni siquiera días, sino unas cuantas horas y dos tazas y media de café con leche para que el extraño encanto de Martín le explotara en la cara y la envolviera con una sensación de calidez y comodidad que no había sentido desde que abandonara su casa y que ni siquiera su tía y sus primos habían podido brindarle. Dos tazas y media de café para notar lo parecido y lo afines que eran.

Martín era dos años menor que ella y aun así esta pequeña brecha temporal era nula para ellos, e incluso a veces parecía que Martín era el mayor de los dos.

Con él jamás le dio vergüenza el reconocer que había muchas cosas que ella desconocía, por ejemplo, él solo se rio de ella —y se rio bien fuerte el maldito—  cuando la vio poner mala cara la primera vez que la hizo probar el caviar y el escargot. Jamás le daba por su lado, si debía burlarse de ella lo hacía, si debía enfadarse con ella vaya que lo hacía. Peleaban por la música, por los lugares a los que ir, por los programas televisivos que ver. Él se burlaba de sus chaquetas floreadas y entonces ella lo llamaba Martincito, cosa que sabía que él odiaba, pero siempre, ante cualquier situación, el cariño estaba latente y la había tratado como a una igual.

De su mano, Carolina conoció mucho mundo y se empapó de muchos ambientes. Él la hizo elevar sus expectativas. Él la pulió, por llamarlo de alguna manera, mas jamás se propuso comprometer su esencia. Y además la colmaba de hermosos y significativos regalos. Por ejemplo, ella casi se hizo pipí encima cuando en su cumpleaños número dieciocho él la llevó a conocer las playas de California y además le regaló un brazalete de la amistad diseñado por su abuela y que valía lo que uno de sus semestres en la universidad. Martín había hecho de ella una persona más segura y de ahí en más cada nueva puerta que él atravesó, lo hizo con ella tomada de su mano.

Por un pequeñísimo lapso de tiempo ambos se confundieron un poco y los sentimientos al ser tan fuertes, los hicieron pensar que quizá el paso lógico sería trascender al estadio romántico de su relación, pero haber cedido ante aquello habría sido un error, porque lo más probable era que para aquellas alturas ya habrían roto y se habrían distanciado, porque ellos no estaban enamorados, sino «amigados» de por vida.

Martín era su mejor amigo, su hermano, una de las personas en las que más confiaba, un alma gemela con la que nunca tendría sexo pero con la cual hablaba un montón acerca de sexo.

Lo de la chica promedio estudiante de mercadeo y el principito heredero de un imperio  joyero y del rubro publicitario, hacía tiempo que había dejado de existir. Eran únicamente Carolina y Martín, Martín y Carolina, los amigos, los compinches, los confidentes, la dupla ganadora, aquel par con los que difícilmente se mencionaba un nombre sin pronunciar el otro, como Batman y Robin. Solo que, según ella, Martín debía asumir que él era Robin, pues ella era mayor, más lista y él era el gay.

Toda esta remembranza la llevó a ratificar cuánto quería a Martín y lo mucho que quería en aquel momento patear la entrepierna del jodido pintor de pacotilla por tenerlo así. Porque, oh sí, Carolina podía apostar un pulmón a que lo que fuese que estuviera pasando con su amigo en aquel momento, era su culpa. Aunque si quería engañarse a sí misma, podía culpar a la lluvia, porque Martín a veces solía quedarse como en estado de animación suspendida cuando llovía.

Con respecto a aquello de sufrir por amor, Martín era un completo inexperto. Ella en cambio ya tenía un Master y ojalá nunca hubiese llegado el día en el que ella tuviera que decirle a él un «Te lo dije». Sólo esperaba ser un paño de lágrimas decente para él, porque así se veía Martín, como si fuese capaz de echarse a llorar en cualquier momento.

Todos estuvieron muy animados, excepto Martín que comió poco, de manera mecánica y en un silencio casi absoluto. Su mirada perdida y su despiste no pasaron desapercibidos para ella, pues lo conocía demasiado bien cosa que la había obligado a cubrir los huecos de conversación que él dejaba constantemente sin rellenar.

Lo que sea que le estuviera pasando por la cabeza era importante o grave, porque lo había visto dejar pasar demasiadas oportunidades para burlarse incluso de ella o de Gonzalo que de alguna manera parecía estar haciendo ocasionalmente el payaso a propósito, como si quisiera llamar su atención para desaletargarlo.

Aún estaban en la terraza, sentados en cómodas poltronas y con unas cuantas bandejas de snacks sobre una mesita. El ambiente estaba siendo armonizado por baja música de fondo bastante animada y de moda, que ocasionalmente los obligaba a tararear de manera casi inconsciente.

Georgina sostenía frente a ellos un fino estuche de madera y terciopelo que contenía dos hermosos antifaces cubiertos de una pedrería fina y abundante que confería a las piezas un brillo sobrecogedor. El diseño era de tal elegancia y delicadeza, que a pesar de la carga de cientos de pequeños brillantes, de alguna manera lograba verse efímero. La palabra precisa para describir el antifaz  sería mágico, aunque de seguro costoso también le sentaría bien.

Carolina sonrió de forma sincera en dirección a Georgina, ya que ella parecía realmente emocionada con todo aquel tema del baile de máscaras. El año anterior Martín y ella habían ido al cumpleaños de aquella chica, Sofía. No había sido de disfraces como en esta ocasión, pero recordaba el derroche de lujo. Había sido una fiesta colosal. Se preguntó si Georgina había estado allí también. A Carolina le habría encantado ir a esta también, pero Martín no había tenido opción.

—¡Oh, por Dios! —El chillido de Gonzalo casi —casi— logró superar lo que él mismo se empeñaba en llamar sus viejos hábitos —.Son preciosos y de verdad impresionantes. ¿Es real la pedrería?

—No todas —respondió Georgina— Sólo estas de aquí —Ella señaló a tres piedras de mayor tamaño que las demás y que despuntaban en el centro de ambos antifaces—. La abuela de Martín dijo que son diamantes.

—¿Quién dijiste? —Martín emergió de donde quiera que hubiese estado y no se veía nada contento.

—Tu abuela… Ella diseñó esto para nosotros… Para este baile.

—¿Y eso cómo pasó?

Posiblemente aquello era un intento más de su abuela por hacerlo congraciarse con la idea de la heterosexualidad exclusiva. Georgina dijo haberse quedado de una pieza cuando la llamaron de una de las joyerías, que había visitado buscando unos aretes que fuesen adecuados para el disfraz, para avisarle que le harían llegar aquel par de maravillas y que quien lo había hecho había sido la mismísima Macarena Liébano, la dueña.

Georgina ya se había hecho cargo de los antifaces y aunque eran bonitos, no eran nada comparados con aquel par de hermosas piezas.

Por supuesto que cuando ella pasó a la joyería, sabía que era de la abuela de Martín y reconociendo a la dueña había mencionado, de una manera que no escondía segundas intenciones, que iría al baile de máscaras con él y que estaba en busca de un par de ideas para los accesorios que acompañarían su vestido, ya  que ella había visto algo de joyería en una revista y le gustaría utilizar algo parecido. Georgina aprovechó haber visitado justo la sede en la que ella estaría aquel día para pedir su asesoría.

Martín se preguntó si quizá aquel par de antifaces no habrían estado en alguno de los paquetes que su abuela le había enviado y él había devuelto sin abrir. Pensó en arrancar aquel estuche de manos de Georgina y devolvérselo a su abuela para que ella entendiera que no era correcto intentar comprarlo con obsequios cada vez que lo ofendía. Lo insinuó incluso, pero Georgina se había aferrado al contenedor y lo miró como si de verdad fuese capaz de empujarlo por el borde del acristalado si se atrevía a acercarse a ella con esa intención.

De un momento a otro todo mutó en una absurda sesión de fotos con los otros tres posando para el celular de Gonzalo utilizando aquellos antifaces. Las fotos le arrancaron algunas risas aun en contra de su voluntad.

Georgina les dijo que había planeado invitarlos a un toque de Reggae en un bar del centro de la ciudad, pero todos estuvieron de acuerdo en que con aquel clima no era una gran idea salir y estaban más a gusto allí. Además, ni Carolina, ni Gonzalo, ni él mismo eran grandes fans de aquel género musical, no por lo menos al punto de ir a escuchar aquella música en vivo a propósito. En el caso particular de Martín, por ejemplo, si le hablaban de Reggae lo primero —y quizá lo único— que se le venía a la mente era la cara de Bob Marley entonando «I shoot the seheriff». Más allá de eso, su conocimiento era nulo. Aunque por supuesto era perfectamente capaz de contonearse a su ritmo.

—¿Y tus papás, Georgina? ¿Ya están por llegar? —preguntó Carolina, mientras picaba de lo que había en una de las bandejas.

—¿Por llegar? Que va. Ambos están fuera del país… en lugares diferentes. Casi nunca están aquí por sus trabajos. Yo estuve con mi mamá hasta hace unos días en Venecia. Tenemos este lugar a nuestra entera disposición —. Georgina hizo un gesto desenfadado con las manos señalando la estancia, junto con una especie de puchero con los labios.

Todos se quedaron en silencio porque pareció lo correcto. Un minuto de silencio en conmemoración al vago sentimiento de abandono que flotó en el aire mientras nadie se miraba a los ojos. Un minuto de solemne silencio que no era tal porque el murmullo de la música ambientaba la escena. Y como nada dura para siempre o sale con exactitud como se ha planeado, ni veinte segundos después el silencio fue interrumpido por el ringtone escandaloso y pegajoso del teléfono celular de Gonzalo. Era casi imposible escucharlo sin al menos sentir la necesidad de menear la cabeza.

El dueño del aparato miró la pantalla y se excusó para alejarse un poco y contestar. Martín, sentado a la orilla de su poltrona, se dobló por la cintura hasta que apoyó la cabeza en las piernas forradas en tela de jean de Carolina, que estaba sentada frente a él. Se abrazó a sus pantorrillas, cerró los ojos y soltó un suspiro cuando ella apartó los mechones de cabello de su rostro y comenzó a pasarle los finos dedos entre las hebras.

—¿Qué tan cercanos son Martín y tú?

La pregunta de Georgina hizo que Martín abriera inmediatamente los ojos y viera como ella se llevaba una rodaja de pepino rebañada en algún tipo de salsa color naranja a la boca.

—Pues… ¿Cómo te lo dijera? —Carolina meditó un poco—. Él y yo somos tan amigos, que si Martín fuese una chica nuestros periodos ya se habrían sincronizado.

Martín no pudo evitar que una de las comisuras de sus labios se curvara hacia arriba.

—Aww —la voz de Gonzalo exhumaba burla—, eso sonó tierno… Y también asqueroso —.extendió el teléfono celular en su dirección—. Es para ti, Martín.

Martín se enderezó y tomó el aparato. Estuvo a punto de preguntar quién era, pero vio la palabra «Profe» resplandeciendo en la pantalla y recordó que hacía horas que tenía su teléfono apagado. Tenía la cabeza tan llena de… asuntos, que casi se había olvidado de la existencia de Ricardo.

Se alejó del resto mientras escuchaba a Georgina pedirle a Gonzalo que le pasara las fotografías que se habían tomado a lo largo de la tarde. Frente a él se extendía la ciudad, pero desde detrás de una barrera protectora que no estuviera en movimiento, la altura ya no le parecía tan terrible.

—Hey —dijo con una sonrisa aguachenta colgándole de los labios.

Hey —respondieron al otro lado de la línea, con voz suave y calma.

—Feliz cumpleaños, Eticoncito. Lamento no haberte llamado para darte mis felicitaciones… Pero te envié un gran regalo de cumpleaños —su sonrisa se amplió al recordar lo que había pedido en línea para él—.  ¿Ya lo recibiste?

Escuchó la risa al otro lado y en respuesta su sonrisa se amplió aún más.

Sí, lo recibí. Muy generoso y muy creativo de tu parte, Martín. Muchas Gracias. —Cada palabra le fue entregada con un tinte divertido—. No he… Yo no he dejado de pensar en las posibilidades.

Vaya, ¿acaso estaba Ricardo descaradamente siguiéndole el juego? Esa sí que fue una sorpresa, porque la reacción que Martín creyó que obtendría era pura turbación… A menos de que él estuviera tratando de enmascarar eso con humor y la apariencia de estar por completo relajado. En ese caso él también podía jugar.

—Bueno, Eticoncito, aunque hay un montón de escenarios en los que podríamos utilizarlos y otro montón de cosas que podríamos hacer para crear el ambiente adecuado, en realidad las posibilidades se reducen básicamente a sólo dos —dijo con voz aparentemente neutra—. Esos juguetes irán a mi trasero… O al tuyo. Después de eso sólo joderemos tan duro que te olvidarás en el acto de cualquier persona que hayas tenido en tu cama antes de mí, y tus ojos se perderán dentro de tu cráneo de la fuerza con la que vas a blanquearlos cuando te haga venirte.

Y entonces sí que fue capaz de escuchar como Ricardo haló aire con la boca de manera brusca y luego pareció comenzar a ahogarse con su propia saliva, porque empezó a toser como un loco. Escuchó sus estertores amortiguados, como si se hubiese alejado de la bocina o le hubiese puesto la mano encima, cosa que no sirvió de nada porque lo escuchó claramente soltar un resollante «carajo» en medio del ataque de tos.

La risotada que hizo retumbar su pecho fue completamente sincera y abierta. La primera real que soltaba en todo el día. ¿Qué tendría que poner en práctica todo su arsenal para lograr seducirlo? Sí, claro. Cada vez eso parecía una tarea menos difícil.

Yo… estaba tomándome una Coca y se me fue por el camino equivocado— Se excusó—. Oye, por favor deja de llamarme «Eticoncito» es algo ofensivo, ¿sabes?—Ricardo cambió de tema descaradamente. Martín podía imaginarse sus rizos alborotados y la manera en la que debía estarse acomodando los anteojos. Después del ataque de tos, su voz había quedado quebrada y resentida, así que carraspeó antes de disponerse a hablar de nuevo—. Además, creo que no deberías llamarme de ese modo si Georgina está cerca. Si ella te escucha reconocerá de inmediato el apodo que te encargaste de hacer rodar por todos los pasillos del instituto.

¿Cómo…?

Sé que estás en casa de Georgina porque Gonzalo me lo dijo. Y sé que aquello de «Eticoncito» es cosa tuya porque nunca estuviste demasiado interesado en el anonimato y te aseguraste de que todo el mundo supiera que tú habías sido el autor. «Todo el mundo» me incluye. Pregonaste tu odio hacia mí de manera demasiado abierta, así que recibí unos cuantos chivatazos de parte de tus compañeros.

Pues que hipócritas. Ellos también te llaman así —Martín chasqueó la lengua y echó una rápida mirada hacia atrás—. De todas formas, Georgina está demasiado ocupada siendo encantadora para tratar de robarse a mis amigos.

Nunca pensé que fueses alguien así de inseguro.

—No lo soy.

¿Egoísta, entonces?

Tampoco. Pero quizá sí sea un poco paranoico, porque siempre creo ver algún tipo de conspiración detrás de cada cosa que ella dice o hace.

Ambos rieron.

Sólo te llamaba porque quería saber si estabas bien o si necesitabas algo. Llamé varias veces a tu número, pero me mandó incesantemente al buzón de voz.

¿Y por qué me llamabas con tanta insistencia? —dijo en un tono pícaro.

Bueno, es que hace un par de horas tu madre me llamó, ella estaba preocupada y…

Detente —Eso sonó más como una súplica que como una exigencia. Los minutos que llevaba aquella conversación con Ricardo habían sido perfectos por una sola razón: no había estado pensando en nada diferente. Ahora la mención de Micaela volvía a plantarle a Joaquín en la cabeza —Creo que debimos habernos detenido en el momento en el que hablábamos acerca de tener sexo salvaje. Ella no debió haberte llamado         — soltó un suspiro. Extrañamente se sintió avergonzado de lo mucho o lo poco que Micaela pudo haberle dicho a su profesor, aún a sabiendas de que era imposible que ella le hubiese dicho que se había acostado con Joaquín cuando éste es su padre—. Voy a colgar ahora, Ricardo. Cuando volvamos a hablar, tú vas a ser inteligente y no vas a mencionar a mi madre. Termina de pasar un gran cumpleaños. Felices treinta.

Presionó la pantalla para finalizar la llamada y luego se regañó a sí mismo, porque quizá estaba siendo un poco demasiado dramático con un tema que tenía tanta reversa como podía tenerla un avión.

4

Poco a poco el manto oscuro de la noche comenzó a descender sobre la ciudad. Las luces eléctricas comenzaron a apoderarse de la oscuridad, haciéndola remitir y obligándola a agazaparse sobre el cielo. La música se había mantenido a bajo volumen. La temperatura había descendido una cantidad considerable de grados. La lluvia había desaparecido, pero había dejado tras de sí una capa densa de neblina.

El bullicio de los cuatro había desaparecido casi por completo, después de haber navegado por decenas de temas y de que Martín se hubiese obligado a sí mismo a comportarse como si ese fuese un día más, uno cualquiera, uno en el que se sintiera normal.

Hubiese sido poético el que hubiesen podido decir que el cielo estrellado los tenía absortos y metidos en sus propios asuntos dentro de sus respectivas cabezas, pero con aquel clima la visión de los astros celestiales era un lujo que no podían darse.

El nivel de alcohol en la sangre había aumentado, pero no demasiado. Apenas unos cuantos cocteles en cuya preparación Georgina había resultado ser bastante diestra.

Estaban arrebujados debajo de un par de gruesos edredones, apretujados unos contra los otros, compartiendo el calor corporal y la tela. Si alguien le hubiese dicho a Martín que algún día iba a estar apretujado de aquella manera contra el cuerpo de Georgina, simplemente se le habría desencajado la mandíbula de tanto reírse. Y lo peor de todo era que no quería moverse de allí, porque se sentía demasiado frágil, descocido, inocuo y necesitaba que alguien se apretara contra él para mantener sus piezas juntas, además los costados de Gonzalo y de Georgina parecían cumplir bien con aquella función.

Se sentía como un diente de león. Un viento demasiado fuerte, una sacudida o quizá un simple cambio de posición serían suficientes para desprender sus esporas, sus células y hacerlas flotar a la deriva.

Gonzalo tomó una fotografía, sacando su brazo de debajo del edredón y elevándolo para que todos quedaran enmarcados. El flash los hizo dar un duro pestañeo al ser tomados por sorpresa, pues la luz de la terraza estaba apagada.

—Me siento transparente —dijo sin que esa fuese enteramente su intención, porque era algo bastante estúpido, a decir verdad.

—¡Pero vaya! Menudo poeta estás hecho, Martín. Lamento desilusionarte pero tu transparencia no es más que vil borrachera. Ojalá el alcohol tuviera ese mismo efecto en todos los hombres. Te coge demasiado rápido, ¿Eh? —Georgina comenzó a desenroscarse, salió de en medio del capullo de edredones y activó el interruptor de la luz—. Tengo hambre. ¿Quieren cenar ya? Maribel ya debe tener todo listo.

—Tú sueles ser una bruja —Aquella acusación lanzada hacia Georgina salió de labios de Martín en un susurro que todos escucharon, porque esa era su intención. No susurró para que no lo escucharan, sino porque hablar más fuerte era algo muy cansado—. ¿Por qué no estás comportándote como una bruja, entonces? ¿Qué pretendes?

—Ay, por Dios —Carolina se abalanzó sobre él y le tapó juguetonamente la boca con una mano—. No lo escuches, Georgy. No se lo tengas en cuenta, es evidente que él está borracho —Ella miró en su dirección, directamente a sus ojos, retirando lentamente la mano de encima de su boca—. ¿A ti que te pasa hoy?

—Yo… No lo sé.

Georgina desapareció dentro de la vivienda después de ignorar su desacertado comentario con una pequeña sonrisa condescendiente. Carolina se puso de pie, estirándose como una gatita, haciendo crujir sus pequeños huesos y luego fue tras la dueña de la casa. Gonzalo lo ayudó a levantarse tirando de él, tomándolo por las manos. Gonzalo se dispuso a seguir a las chicas, pero antes de que él también entrara, Martín lo detuvo poniendo una mano sobre su hombro.

—Oye yo… lamento haber sido grosero contigo en el ascensor.

—No te preocupes, Martín. Ya estoy habituado. ¿Sabes? Tengo la mala costumbre de buscar cariño donde no lo hay para mí, así que teniendo eso en cuenta básicamente fue mi culpa. Sólo pierde cuidado.

¡Mierda! Se suponía que disculparse era algo que debía hacerlo sentir mejor, pero eso no fue para nada lo que ocurrió y solo logró sentirse como una mierda.

***

Carolina estaba dándoles una paliza a todos en la consola de video juegos. Excepto a Martín, que se había quedado a un lado en el salón de juegos e inmerso en sus propios pensamientos había tomado una decisión que quizá era la más estúpida de todas. Iría a hablar con Joaquín.

Necesitaba una confirmación y si su madre no estaba dispuesta a dársela, tendría que recurrir al pintor, entonces.

Papá…

Su abuela era la otra opción lógica, porque ahora que él estaba al corriente del asunto del ADN de Joaquín impreso en sus genes y corriendo por sus venas, podía adivinar que esa era la razón del distanciamiento entre ella y Micaela, juzgando por los ribetes de la conversación telefónica que espió entre las dos mujeres. Por algún motivo su madre parecía haber decidido comenzar a soltarle aquella información a todo el mundo, excepto a él. Pero no sabía si su abuela, de saberlo en realidad, querría darle información.

Se preguntaba qué estaba haciendo allí, en casa de Georgina, y sin embargo no movía un solo músculo para marcharse. Escuchaba las risas y las voces llenando el ambiente de la estancia, mas siguió ignorándolo todo. Sacó su teléfono celular del bolsillo interno de la chaqueta que no se había sacado a pesar de que ahora estaban adentro. Encendió el dispositivo y las notificaciones de todas las llamadas que recibió mientras estuvo apagado llegaron una tras otra en un incesante tintineo. Treinta y ocho llamadas perdidas. Siete de ellas eran de Ricardo, el resto eran de su madre. Buscó rápidamente entre los contactos el nombre de su abuela.

¿Martín? —A Martín le pareció que la voz de su abuela se escuchaba extrañamente afectada, sin embargo decidió pasar eso por alto—. ¿Cómo estás, cariño?

Estoy bien. ¿Cómo estás tú?

Extrañándote mucho. Hace tiempo que no te veo. Deberías pasar a visitarme uno de estos días, incluso quizá quedarte a pasar unos días conmigo. ¿Dónde estás? Se escucha mucho ruido. Sabes que no me gusta esa reticencia tuya a ser acompañado al menos por un conductor. ¿Estás en un lugar seguro?

—Sí… Estoy con algunos amigos. Eh, abuela, yo puedo… ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro que puedes.

—¿Y vas a ser sincera conmigo?

¿Acaso no lo he sido siempre?

«No».

Decidió atacar el tema de manera directa.

—¿Tú sabes quién es mi papá? ¿Te lo ha dicho Micaela alguna vez? —se sintió extraño al mencionar la palabra «Papá» y notar como su mente relacionaba ese concepto, que por mucho tiempo le fue abstracto y lejano, con el rostro de Joaquín. Aún era demasiado irreal—. Y no estoy refiriéndome a todas las estupideces con las que ustedes dos han estado engañándome durante todo este tiempo, sino a la verdad —.Tal como esperó, del otro lado de la línea sólo obtuvo silencio y con ello su confirmación.

Martín no sabía que cara estaba poniendo o si quizá estaba hablando demasiado fuerte, porque percibió las miradas de los demás rebotando contra su piel, así que los miró y sonrió quedamente antes de alejarse y salir del salón de entretenimiento.

—¿Sigues ahí, abuela? Dime algo, por favor.

Casi estaba rogando por un nombre diferente al de Joaquín. Comenzó a caminar arriba y abajo del largo pasillo que precedía la estancia que había acabado de abandonar, tratando de sosegarse.

Martín… Lo que alguna vez llegué a decirte con respecto a ese tema no fue con el afán de engañarte o burlarme de ti, simplemente esa fue la información que obtuve de Micaela cuando pregunté. Yo también fui insistente, créeme. ¿Cómo no serlo cuando se trataba de la vida de mi propia hija y de mi único nieto? Y ahora… Esa no es mi historia para contar. No tengo derecho.

—Pero lo sabes.

No fue una pregunta.

.

—Y no vas a decírmelo.

Tampoco fue una pregunta. Martín había sabido desde antes de llamar que así sería, pero necesitaba descartar.

No. Lo que sea que haya para decirte y la manera para decírtelo, le corresponde enteramente a Micaela. Además, ella fue muy clara conmigo al decirme que no me inmiscuyera.

—Sí… Eso supuse. Adiós.

***

Estaban viendo una mierda Gore en una pantalla gigante de televisión, pero él no estaba poniendo demasiada atención. Georgina había ideado una actividad tras otra para no dejarlos ir, y eso y la lluvia que arreciaba de manera intermitente, hicieron que finalmente decidieran que lo mejor era quedarse a pasar la noche, aun cuando Martín no entendía como la lluvia constituía un verdadero impedimento para marcharse de allí.

Cuando llegaron las 10:00 de la noche y el loco del hacha en la película estaba por tasajear a una rubia tetona que chillaba y pataleaba por su vida, las luces de la habitación se encendieron de manera repentina, arrancándoles gritos de sorpresa e inconscientemente los hizo esperar ver al tipo del hacha parado en la puerta. Cómo si un loco asesino fuese a encender las luces antes de tomarla contra ellos.

—¡Gabriel!

La voz de Georgina se escuchó alegre y emocionada justo después de que sus ojos desorbitados no vieran rastro de ninguna máscara hecha con la piel sangrienta de víctimas asesinadas a hachazos. Saltó del sofá y corrió hasta el recién llegado, envolviendo los brazos alrededor de su cuello y poniéndose en puntas de pie.

—GeorgyEl recién llegado correspondió el abrazo de manera igual de efusiva—.  Ya no eres tan chica para colgarte así de mí. Vas a partirme la columna —La mirada del joven hombre se posó en ellos tres—. Tienes compañía, compórtate.

Georgina recuperó su altura original plantando los pies, cubiertos apenas con calcetines, completamente sobre el suelo y miró en dirección a ellos con una gran sonrisa.

—Ellos son Carolina y Gonzalo, amigos nuevos. Y por allí está Martín… Martín, ¿Recuerdas a mi hermano, Gaby?

Gonzalo y Carolina saludaron con la mano y unos simpáticos «Mucho gusto» y «Hola» respectivamente. Martín se puso de pie y en unos cuantos pasos se acercó a la pareja de hermanos para extender la mano en dirección a Gabriel.

Por su puesto que se acordaba de él. Era un par de años mayor que su hermana y dos años atrás se había graduado del mismo instituto al que ellos asistían. Lo que más tenía presente de él es que durante la época escolar era el mejor amigo de…

—Gabriel, algo extraño ocurre con tu perro. Creo que sigue drogado o algo.

De él… De justo el mismo tipo alto y fornido que había entrado sosteniendo a un perro pitbull que no podía tener más de tres meses. El mismo tipo que también se había graduado dos años atrás. Un tipo al que Martín pensó no volver a ver nunca más en su vida, sobre todo porque era incómodo y porque le cargaba un poco de resentimiento. El mismo tipo que casi deja caer al cachorro cuando sus miradas se cruzaron y el color de su rostro disminuyó un par de tonos.

Él…

Raúl…

El chico con el que, casi accidentalmente, Martín había tenido sexo por primera vez.

—¿Tu perro, Gaby? ¿Trajiste un cachorro? ¡Dios mío, que mono!

En los tres segundos que siguieron y antes de que él o Raúl pudieran reaccionar para bien o para mal, o al menos apelando a la sabiduría decidieran ignorarse mutuamente después de la sorpresa de verse después de tanto tiempo y en el lugar más inverosímil, Georgina se abalanzó sobre el cachorro para apropiarse de él y dos chicas, la una rubia y la otra con un cabello tan rojo que solo podía ser producto de un bote de tinte, entraron también en la sala de entretenimiento.

Todo se llenó del murmullo de saludos y presentaciones, mientras Martín sentía que se rezagaba, arrastrándose sobre el sofá al peor estilo del Gollum.

—¿Y a mí no me presentas con tus amigos, Georgy?

Para nadie pasó desapercibido el retintín con el que la chica del cabello rojo fuego mencionó el diminutivo de Georgina.

—Oh, claro. ¿Cómo pude ser tan maleducada? —Aún con el perro entre los brazos, que de verdad que sí parecía drogado pues parpadeaba en cámara lenta, Georgina se volvió hacia ellos tres—. Carolina, Martín, Gonzalo… Está perra inescrupulosa de aquí es Yeimmy, la novia de mi hermano.

Rápidamente el cabello ya no fue lo único que Yeimmy tenía rojo.

—¿Vas a dejar que ella me hable así, Gabriel?

—No empiecen ustedes dos, por favor. Georgy, te lo suplico… Acabamos de bajar de un avión después de horas y están tus amigos, lo que acabas de decir fue de muy mal gusto —Gabriel se volvió hasta quedar frente a su novia—. Amor, ella te ignoró tal como querías y como yo mismo le pedí que hiciera. ¿Por qué no pudiste sólo dejar las cosas así?

Después de eso el silencio incómodo se instaló con ellos.

—Wow… Demasiada tensión.

El susurro de Gonzalo fue completamente audible.

7

Okey, era oficial. Tenía treinta.

Una gran barrera según muchos; un número importante según otro tanto.

No se sentía viejo, sólo con un poco más de experiencia, más asertivo y más confiado, pero básicamente seguía siendo el mismo.

No habían dejado de gustarle los videojuegos de forma mágica, aunque ahora no les dedicara la cantidad de tiempo que les dedicaba cuando era un adolescente. Aún arrastraba consigo muchos de los sueños que tenía a los dieciséis o a los veinte. Sus gustos no habían cambiado demasiado. La mayor diferencia radicaba en que ahora que contaba con el dinero para cumplir con sus caprichos, no tenía el tiempo para hacerlo.

La ciencia ficción aún tenía el poder de hipnotizarlo y aún lamentaba que sus padres no le hubieran comprado aquella versión de plástico de Optimus Prime. No era que quisiera tenerla para jugar ahora que tenía treinta, eso era ridículo, pero se lamentaba de que aquel lejano niño de nueve años no la hubiese tenido porque de seguro la habría disfrutado muchísimo.

Seguía gustándole más la galleta que la crema en medio y aunque ahora tenía treinta, estaba seguro de que seguiría siendo incapaz de comerse una sin separar las mitades antes.

Ahora tenía las riendas de su vida, aunque tener oficialmente treinta no lo había vuelto sabio de golpe. Seguía en esencia siendo el mismo, pero en su mejor versión. No había nada a qué temer. El tercer piso no era monstruoso, no estaba lleno de espinas, no constituía una barrera generacional infranqueable.

Aún no quería decir cosas como «En mis tiempos…», pero tenía el buen juicio de tomar mejores decisiones y enfrentar las consecuencias con madurez. Se sentía justo en medio.

Treinta se escuchaba más grave de lo que en realidad era porque para él, quizá de manera inconsciente, esta edad era algo que le estresaba un poco alcanzar. La etapa estaba llena de nuevas cosas, de nuevas sensaciones. Aún tenía mucho que aprender, sobre todo acerca de sí mismo.

Para Ricardo los treinta trajeron la sorpresiva sensación de conocer una faceta de sí mismo que ignoraba que existía. Tener treinta no estaba mal cuando habían traído consigo  intensidad, novedad, nerviosismo, mariposas en el estómago y una explosión de emociones.

«Anoche… Fue bueno haberte visto en mis sueños anoche, Martín».

8

No se podía esperar demasiado de un grupo de personas donde el mayor de ellos no tenía más de veintidós años, y es que de alguna manera terminaron todos desperdigados por el salón principal reunidos en pequeños grupos en, extrañamente, una especie de reunión social en la que había música y alcohol.

El hermano de Georgina comenzó a relatar cómo estuvo el viaje a Marruecos en compañía de su novia y sus amigos de facultad. Los otros dos, Raúl y la chica rubia que respondía al nombre de Sienna, también eran pareja. A pesar de que el par de chicas que estuvieron en el viaje no fuesen grandes amigas, se llevaban decentemente bien, lo cual se traducía como que hacían un gran esfuerzo por soportarse porque sus respectivos novios eran mejores amigos desde la escuela primaria.

El hecho de que a pesar de haber compartido un viaje y tener a sus novios en común no se llevaran muy bien, dejaban en claro que la tal Yeimmy no era ninguna perita en dulce, porque Sienna parecía una buena persona de risa fácil y una buena actitud.

Georgina les confesó la razón por la cual sentía tanta aversión por la novia de su hermano.

—Desde un principio ella no me gustó. Me daba mala espina y la encontraba demasiado… No sé, demasiado vulgar. Perdónenme si lo que digo les suena feo pero cuando una chica es una zorra, eso se le nota a kilómetros —Georgina tomó de su vaso y echó una rápida mirada hacia aquella contra la que estaba despotricando—. Se lo dije a mi hermano y por supuesto él la defendió. Me dijo que yo era una arribista, que de seguro ella no me gustaba porque venía de una familia de clase media. Además me dijo que yo era una hermana posesiva y que estaba celosa… Es que durante mucho tiempo hemos sido prácticamente él y yo, pero aunque es cierto que soy una hermana celosa, ese no era el punto. El muy idiota está enamorado de ella y eso lo ha enceguecido. Hace absolutamente todo lo que ella le dice y mis papás ni siquiera están aquí el tiempo suficiente como para impedírselo.

—Es decir, ¿Qué lo que te molesta de ella es solo la presunción de que posiblemente sea una zorra? —Carolina empezaba a arrastrar las palabras y Martín calculaba que en más o menos unos cuarenta y cinco minutos ella empezaría a buscar entre sus recuerdos alguna cosa que la hiciera llorar.

—Oh, no —Georgina habló demasiado alto y al parecer ella misma se asustó, porque se llevó el dedo índice a los labios para mandarse a sí misma a disminuir el volumen—. No es que lo crea o lo sospeche, ya es un hecho comprobado.

—¿Lo es? —pregunto Gonzalo, que llevaba unos cuantos minutos en completo silencio. Georgina asintió enérgicamente con la cabeza, como una niña pequeña.  Gonzalo torció el gesto—. Déjame preguntarte algo. ¿No será acaso que tu hermano tiene razón y lo que te molesta de ella en realidad es que no tenga el mismo nivel social y económico de ustedes?

—Jum… Buena pregunta. Yo también quiero saber.

Cuando Carolina terminó de hablar, Georgina se llevó la mano al pecho y abrió enormemente la boca a través de la cual soltó un gran suspiro.

—Chicos, tengo muchos defectos, me cae mal la gente por un montón de motivos y yo les caigo mal por otro tanto. Soy un fastidio en muchos aspectos —llegados a este punto, Martín sonrió. Georgina estaba de verdad ebria si estaba reconociendo cosas como aquella—, pero jamás juzgaría a una persona basándome en la cantidad de dinero que tenga. No es mi culpa que ella además de ser una completa zorra, tenga menos dinero que nosotros. No hay que partir de la presunción de que ser pobre automáticamente la convierta en una santa.

—Oye, ¿Es una zorra por algo en específico? —Martín comenzaba a hartarse de aquel tema—. ¿O sólo debemos basarnos en el hecho de que la barra de labios que utiliza posiblemente esté marcada como «rojo putón»? Porque por lo demás… Ni siquiera está vestida como una zorra.

—Ella engañó a mi hermano. Le fue infiel. Luego ella sólo le pidió perdón con lagrimitas de cocodrilo brillando en sus estúpidos ojos y el muy tarado la perdonó.

Carolina y Gonzalo soltaron un suspiro indignado casi al unísono.

—Entonces él tiene justo  lo que se merece, por pelotudo. ¿Dónde está el baño?

Georgina señaló hacia uno de los pasillos y Martín se levantó. Sólo comenzó a andar cuando se aseguró de que el horizonte y su línea de visión se emparejaron. Cuando se disponía a volver con los demás, alguien le interrumpió el paso. Martín vio sus zapatos de gamuza de color gris claro, porque para no caerse había resuelto clavar la vista en el piso. Dio un paso a un lado para continuar, pero de nuevo se interpusieron en su camino.

Cuando levantó la vista se encontró con el rostro de Raúl. Martín pestañeó en cámara lenta y tardó unos segundos en reaccionar, así que el otro marcó el curso de los acontecimientos. Lo tomó del brazo y lo hizo atravesar rápidamente una puerta que Martín no supo a donde conducía, porque Raúl no encendió ninguna luz luego de cerrar a medias la puerta tras ellos. Apenas podía ver lo que la rendija de luz iluminaba y era el perfil de Raúl, quien lo tomó ahora por los antebrazos con ambas manos.

—Martín, ¿Tú qué estás haciendo aquí?

—Me creerías si te digo que ni yo mismo lo sé. Hoy sólo…

—Tienes que irte ahora mismo. ¿Me entiendes?

Un rato atrás, Martín no habría tenido ningún tipo de problema en hacer justo eso, de hecho la tarde había sido una sucesión de momentos de no desear hacer otra cosa que marcharse, pero el tono de voz imperioso con que el otro se lo exigía le pareció tan molesto que de repente sólo no le daba la gana de irse.

—¿Y eso por qué? Esta ni siquiera es tu casa como para que te atrevas a echarme de aquí —Martín bajó la vista hacia las manos que lo sostenían y que solo podía ver a medias por la falta de luz—. Y te agradecería que me saques las manos de encima.

El otro quizá notó que tenerlo sujeto de aquella manera era algo un poco violento, porque lo soltó como si Martín quemara, pero afianzó un brazo en el marco de la puerta para impedirle salir. Martín retrocedió y su cuerpo de inmediato se encontró con una pared, se asió de ella y para su sorpresa encontró la sensación esponjosa de lo que adivinó sería una toalla. Así que era posible que estuvieran en el cuarto de la colada o alguna especie de armario de lencería hogareña.

—Mi novia está allí afuera.

—Ve con ella entonces y a mí déjame en paz —dio un paso para marcharse, pero nuevamente fue retenido— ¿Qué es lo que quieres?—. Preguntó, hastiado.

—No quiero que… Me gustan las mujeres, Martín. Sólo las mujeres.

—¿Felicitaciones?

De nueva cuenta intentó salir de allí, pero una vez más Raúl se lo impidió.

—Sabes muy bien que lo que pasó entre nosotros fue casi un accidente y un completo error. La decisión que tomé aquel día me ha perseguido desde entonces, porque fue algo que no debí… Que no debimos haber hecho.

—Sigo sin entender, Raúl. Dime algo que no sepa. Es muy extraño que para decirme que no debiste haberte acostado conmigo me tengas encerrado en una habitación oscura y no te quites de en medio para dejarme salir. Eso podría mal interpretarse. Vuelvo a repetirlo, ¿Qué quieres? Empiezo a sentir claustrofobia, así que apártate y déjame salir.

Sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra y pudo ver que llamar habitación a aquello era algo demasiado pretencioso. Era apenas un armario lleno de anaqueles que contenían almohadas, sábanas y toallas.

—Tú quizá… Quizá quieras empezar a jactarte y alardear con tus amigos de allí afuera acerca de haber logrado que alguien heterosexual como yo te follara. Así que por eso quiero que te vayas porque allí afuera están mi novia y mi mejor amigo. Yo jamás hablé con nadie acerca de lo que pasó entre nosotros dos y no quiero empezar ahora.

Martín bufó una sonrisa y negó con la cabeza. Esta vez fue él quien apoyó las manos en los hombros del otro en un gesto condescendiente.

—Escúchame atentamente, Raúl. ¿Por qué querría yo hablar acerca de algo como eso? Decir que me acosté contigo y explicar cómo fue, sería arruinar mi reputación. No hubo nada en ese encuentro de lo que yo pueda querer alardear ahora porque, escúchame bien, fue sexo terrible —Martín apretó un poco más el agarre —Sé que no teníamos experiencia y que fue la primera vez para ambos, pero ¡caray! Incluso en ese momento en el que no tenía contra qué comparar tu desempeño me pareció bastante mediocre. Mis pajas a los 10 años duraban más. Y oye, por el bien de tu novia allí afuera, espero de todo corazón que hayas mejorado con ese asunto —. Raúl separó los labios, pero no dijo nada—. Una última cosa antes de que te largues de mi vista y me dejes en paz. ¿Recuerdas al tipo musculoso y por completo sexy de allí afuera? Estoy con él, así que ¿Qué te hace suponer que yo querría decirle que cuando tenía trece tuve el desacierto  de tener sexo desesperantemente malo contigo?

Tras enterrar la vista en el suelo, Raúl abandonó el cuarto de trastes rápidamente y en silencio, dejando la puerta abierta tras él. Luego de un par de pasos, Martín lo vio detenerse de forma momentánea y vacilar, para luego sortear algún obstáculo y seguir con su camino. Ese obstáculo era macizo, tenía los brazos fuertemente cruzados sobre el pecho con la intensión de que sus músculos se vieran más amenazantes, tenía una bonita boca y también un nombre.

—Gonzalo. ¿Hace cuánto tiempo estás allí?

—El suficiente —Gonzalo abandonó la pose amenazante y surcó el rostro con una sonrisa—. ¿Entonces soy musculoso y sexy?

Martín chasqueó la lengua y rodó los ojos.

—Lo eres.

—Lo sé.

Capítulo 1 – Oh Daddy

0

Mentiras y otros pecados (Oh, Daddy)

 

1

Cobarde, cobarde, cobarde. Una y otra vez esta palabra se repite en bucle en mi mente. Sé que no podré alejarme de ella jamás, porque aparentemente tan sencilla como es, parece ser sinónimo de mi nombre y aplicada a mí cobra sentido. Ella me define por completo. Sé que el tormento en el que vivo es sólo el producto de mi débil voluntad.

Fui un idiota, un muñeco sujeto a las cuerdas de su titiritero,  sin valor ni fuerza para oponerse a sus órdenes. Aún así sé que tú eres mi única salvación, mi única oportunidad para vivir de verdad… Sé que mi amor, al igual que el tuyo, no ha perecido. Jamás lo hará. Sigue fuerte, creciendo y esperando la oportunidad de florecer cuando vuelva a tu lado. Esta vez no erraré, esta vez lo dejaré todo, renunciaré a todo, con tal de estar a tu lado… Aunque sea poco el tiempo que nos quede…

Con el corazón sobrecogido y los ojos encharcados en lágrimas que desde hacía dos días acudían a sus ojos con demasiada presteza, Abraham observaba aquel viejo pedazo de papel de apariencia amarillenta y frágil. Las palabras plasmadas en él eran sin duda sencillas y su simpleza no hacía el más mínimo honor a los sentimientos y las emociones que lo embargaron en aquel lejano día en el que, llenándose de resolución, las escribió; pero eran palabras completamente sinceras que dieron el paso definitivo hacia una felicidad que sentía había durado demasiado poco.

Encontraba maravilloso y conmovedor que aquel pedazo de papel hubiese sido atesorado con tal cuidado, durante tanto tiempo… No recordaba la fecha exacta en la que había escrito aquello, pero esas palabras habían tenido un efecto liberador, pues una vez plasmadas decidió cumplir a cabalidad con ellas. Actuaron como un contrato, pues de ahí en más fue pleno y fue feliz… Hasta dos días atrás.

Aun cuando Julián y él estuvieron alejados por miles de kilómetros, por las circunstancias, el constante transcurso del tiempo y los diferentes rumbos que sus vidas tomaron, ninguno de estos factores logró desvanecer el amor que existía entre ellos. Abraham se atrevía incluso a decir que se había fortalecido ante las adversidades y las desventuras, porque no hubo momento en el que lo pensara o lo deseara más, que durante aquellos fatídicos e infructuosos años en los que estuvieron separados.

Durante aquellos años pasados, cuando el hombre de su vida y él estuvieron alejados, prisioneros dentro de sus respectivos hogares, esos que se habían conformado y sobrevivieron a base de mentiras, se suscitaban los mismos problemas. Ambos con los mismos intensos sentimientos de culpa ante la idea de estar viviendo una gran farsa cuya  razón de todo ello era la nula existencia de verdadero amor. Lo único valioso y profundo que Abraham sentía haber obtenido y valiera la pena en aquel oscuro momento de su vida, fue su hija, pero incluso había renunciado a ella en pos de una felicidad que le había sido esquiva durante demasiado tiempo. Alejarse de ella definitivamente había sido un error y lo único de lo que se arrepentía cuando echaba una mirada hacia su pasado.

Durante aquellos años de separación, tiempo que sin temor Abraham se atrevía a catalogar como siniestro, atesoró y acunó protector aquel amor nacido en medio de un ambiente hostil para ellos y lo que sentían… Trataron de que el cariño sobreviviera y fuese el cimiento que mantuviera en pie su relación, más éste no fue suficiente para mantenerlos indemnes.

Ambos a la distancia sufrieron la misma suerte. ¿Y por qué motivo sufrieron la misma suerte? ¿Por qué razón estos dos hombres se ocultaban detrás de una máscara de felicidad mientras sus corazones lloraban por alguien más? Porque su amor fue corrompido, porque fueron condenados a una prisión en compañía de extrañas, a jurar amor y devoción eterna… a mentir.

Pero pocas fuerzas de la naturaleza son tan imparables como lo es el amor…

Después de que diagnosticaran a Julián, la vida les había regalado un paréntesis de tiempo para que fuesen felices y para que tuvieran una probada de todo aquello que por mucho tiempo les había sido tan esquivo. Después de casi trece años en remisión, la carrera contra reloj había terminado y el cáncer había vuelto fortalecido año y medio atrás, y finalmente después de una intensa lucha que había acabado con las fuerzas de ambos, había cobrado su presa.

Había visto a su alma gemela, a su compañero de vida, consumirse a causa de una enfermedad que lo devoraba desde adentro, borrando a paso acelerado al hombre recio y orgulloso que él había sido. No importaba cuantas veces las personas cercanas a ellos trataran de consolarlo diciéndole que Julián ahora estaba en un mejor lugar, donde nada le aquejaba, que tras tanto sufrimiento ambos podían descansar ahora. Abraham sin embargo lo prefería allí con él y no le habría importado que eso hubiese implicado tener que cuidar de él para siempre. No le importaba si para algunos eso sonara como un pensamiento egoísta.

Abraham ahora estaba solo, con más años encima, más cansado. Pero su soledad se reducía únicamente al plano físico porque  para siempre recordaría el límpido color verde de sus ojos, para siempre atesoraría en su memoria la sensación de sus manos descansando apacibles y entregadas entre las suyas, nadie podría arrebatarle jamás cada momento entre sus brazos. Para siempre tendría consigo el recuerdo de su voz sibilante y melodiosa susurrándole un «Te amo para siempre».

Entre sus manos sostenía el periódico del día anterior, sin haberse decidido aún si conservarlo o estrujarlo por ser un recordatorio de la partida de aquél que significó el mundo para él. Tan acostumbrado estaba a su nombre, que en medio de las varias decenas de obituarios su nombre pareció saltar frente a él, como si las letras que lo conformaran estuvieran embrujadas de alguna manera.

En otro ejemplar de menor circulación había un pequeño artículo como reconocimiento póstumo a su trabajo.

«Con gran pesar nos enteramos de la muerte del ilustre Julián Villegas, quien en vida cultivó una carrera como director de películas de cine independiente, regalándonos historias que nos mostraban de manera cruda y mágica lo más profundo de la condición humana.

Su último largometraje «El libro de los días» de hace cinco años, basada en uno de los libros de su autoría,  fue premiada con el galardón a mejor película extranjera en el Festival de cine independiente de Tasluria…»

En el artículo también mencionaban su nombre, puesto que siempre codirigían. Julián siempre fue el único que entendió de lleno su visión y le puso el correcto movimiento e imágenes a sus ideas. Aquella última película fue el orgullo de ambos, puesto que fue la única ocasión en la que tomaron uno de sus libros como guía y obtuvieron un reconocimiento importante.

Abraham siguió rebuscando entre las cosas de Julián, empacando algunas, deshaciéndose de otras, topándose con muchos recuerdos en el camino. Ambos periódicos finalmente terminaron en el bote de la basura.

Esperaría un día más, solo uno, antes de dar luz verde para el funeral. Se negaba a creer que ninguno de los hijos de Julián aparecería para acompañarlo y despedirlo.

 

2

Martín jamás creyó en aquello de la astrología. Lo creía algo muy impreciso que a su parecer funcionaba más a base de fe que de algo cuantificable y confiable. No importaba lo que su madre pensara al respecto o lo que le asegurara a ella el tipo que le había fabricado la carta astral.

Si debía ser sincero, descubrir que Micaela tenía aquel tipo de cosas en cuenta le resultó un tanto decepcionante, pues siempre pensó en ella como en una mujer absolutamente centrada. Para él todo aquello sólo sonaba como un montón de bazofia saliendo de la boca de un charlatán. Pero si algo de todo aquello era cierto en alguna medida, entonces él estaba seguro de que en ese preciso momento de su vida los astros que regían su destino y su suerte, estaban alineados como el culo.

En ese momento, quizá el más desastroso de toda su vida, podía fácilmente imaginar a todos los arcanos, los planetas e incluso al cosmos mismo orquestando para joderle la vida y mostrarle que aquello que ya creía que era malo, podía ser aún peor.

Durante cada segundo de tiempo que dedicaba a analizar la situación, no hacía más que toparse con detalles y eventos que la afirmaban y le daban credibilidad, convirtiéndola en el peñasco suelto de una saliente rocosa debajo de la cual él estaba parado sin tener como escapar.

Él aún estaba demasiado estupefacto para poder llorar o gritar, reclamar o reaccionar de alguna manera diferente a haberse acurrucado en el centro de su cama sin siquiera haberse sacado los zapatos o tirarse constantemente del cabello cada vez que tratando de encontrar algo, lo que fuese, que contrarrestara lo que recién había descubierto,  se encontraba con que cada detalle en el que intentaba pensar sólo era algo que llenaba la situación de veracidad.

Mimí cediéndole una edificación completa a Joaquín para que viviera en ella y pintara a sus anchas.

Mimí organizando una exposición de arte para él, cuando ella nunca se había dedicado a nada ni siquiera remotamente cercano a ese rubro.

Mimí abriendo las puertas de su casa a un «amigo» de hacía más de quince años atrás al que nunca antes había mencionado siquiera.

Otro tirón a su cabello y éste último quizá fue un tanto excesivo.

Si empezaba a mirar las cosas de aquella manera todo le comenzaba a parecer demasiado obvio.

¿Qué trataba de hacer ella? ¿Acaso buscaba convertir a Joaquín en un padre digno para él mejorando el evidente desastre que era? ¿Y por qué le había ocultado todo incluso a Joaquín?

Aquella posiblemente estaba siendo la noche más tormentosa, larga y angustiante de su existencia, una existencia que de pronto se le antojó demasiado corta para estarse enfrentando a tal… ¿Desventura? Ni siquiera estaba seguro de cómo llamar a todo aquello.

Todas las energías de su cuerpo estaban siendo drenadas al invertir cada gramo en tratar de absorber una información que aunque era poca, tan simple como «tuviste sexo con tu papito perdido» le resultaba por completo arrolladora y un tanto dura de asimilar.

Más de una vez estuvo tentado de abandonar su cama, en la que se dejó caer sin ocuparse ni siquiera de echarse una mísera manta encima, e ir en plena madrugada a enfrentar a Micaela y exigirle explicaciones. Si no siguió este impulso fue por la sencilla razón de que sabía que para reclamar algo tendría que poner en evidencia que su indignación obedecía más al hecho de que casualmente aquél que había resultado ser su papá, era el mismo hombre con el que había estado acostándose desde hacía un tiempo considerable y no el hecho mismo de que Joaquín hubiese terminado siendo su padre… Y aún no estaba seguro de querer hacer eso.

Él podía entender que quizá Micaela había tenido razones para ocultarle la identidad de su progenitor durante toda su maldita vida —aunque no podía imaginar que podía ser tan grave como para haber ocultado información durante casi Dieciocho años— pero… ¿Por qué no abrió la boca cuando seis meses atrás Joaquín empezó a hacer parte de sus vidas? Eso le habría evitado un montón de problemas.

Martín se movió mínimamente sobre la cama, pero no cambió ni de lugar ni de posición. Se limitó a apretar más el agarre alrededor de sus piernas, encogiéndose un tanto más sobre sí mismo. Sus huesos crujieron.

A las 2:00 de la mañana aún no decidía cómo sentirse. ¿Estresado? ¿Triste? ¿Shockeado? ¿Enfadado? Enfadado sonaba como una gran opción. ¿Enfado contra quién? Contra Micaela, por supuesto. Teniendo en cuenta que su vida siempre había sido fácil y la había mantenido bajo control, sintió que ella era la absoluta culpable —por su silencio y por sus mentiras— de lo que bien podía ser catalogado como la mayor desgracia de su vida. Básicamente empezó a verla como a una gran cobarde que debía ser castigada de alguna manera. Las palabras indiferencia y repudio comenzaron a rondar su mente con demasiada insistencia.

Martín se preguntó por qué debía empeñarse en ser siempre tan bueno en lo que fuese que hiciera. Nunca nadie lo había acusado frente a frente de que su amor por las pollas de hombres maduros se debiera a que tenía «asuntos con papi» sin resolver; pero estaba convencido de que los que sabían de sus ocasionales aventuras y de la ausencia de un padre en su vida, suponían que lo que buscaba en esos hombres era la figura paterna que nunca tuvo…  por supuesto él no podía quedarse en un hipotético complejo de Edipo o de Elektra o quien mierda de griego fuese y no llevar la jodida cuestión hasta el límite máximo llegando, en efecto, a  tener sexo con su papá, dándole así veracidad a aquel pensamiento que él siempre consideró absurdo. Pero claro, él era Martín Ámbrizh, y él no solía hacer las cosas a medias. Jamás.

Intentaba dejar su mente en blanco, pero ésta no cedía un ápice. Seguía elucubrando, sus neuronas seguían palpitando, pegándose unas a otras como chicles, atascadas en la misma cuestión. ¡Joaquín era su jodido papá! ¿Cómo podía siquiera pretender dejar de pensar o hacerlo en algo más?

Tanta ansiedad no le permitía pegar el ojo y nunca antes había deseado o necesitado tanto dormir y evadirse del mundo consciente.

Una carcajada un tanto histérica se le escapó cuando cayó en la cuenta de que el bebé de Irina, mujer a la que apenas unas cuantas noches atrás había considerado su mayor enemiga por razones que ahora le parecían vanas e incluso inmaduras, era su hermano.

Hermano…

Hermano…

Hermano…

Mierda. Iba a tener el hermano que nunca quiso e iba a hacerlo en las circunstancias más inverosímiles de todas. ¡Carajo! Ahora tendría una familia al completo, incluida la madrastra.

Su risa aumentó cuando pensó que si él estaba teniendo aquella noche de porquería, que prometía dejarle secuelas graves que podían ir desde mentales hasta físicas si llegaba a fundírsele el cerebro, la de su papito/examante/cabrón seguramente estaba siendo el doble de mala.

Tan abruptamente como había iniciado la risa cesó. ¿Y si en algún momento de la conversación, más bien discusión, que Mimí y Joaquín sostuvieron y que él espió a medias, Joaquín le había dicho a su madre todo lo que había pasado entre ellos? No creía, porque de haber sido el caso, lo más probable habría sido que Mimí hubiese saltado sobre él a corroborar aquella información de inmediato.

Y si así había sido, si Micaela lo sabía, ¿Le importaba eso en realidad? Quería con todas sus fuerzas convencerse de que su respuesta era un rotundo «No. No me importa» o que eso contaba como un buen castigo para ella, por haberlo engañado pero, ¿A quién quería engañar, por Dios? Él podía llamarse a sí mismo pervertido un montón de veces, pero aquello de haberse revolcado con su papá era por completo un nuevo nivel.

Incesto…

Papá…

Incesto…

Joaquín…

En menos de tres segundos sintió el ardor del vómito trepando por su esófago, amenazando con convertir su rato de meditabunda contemplación auto torturante en algo asqueroso no sólo en un sentido metafísico.

Cuando vació su estómago en el baño, y se sintió tan ligero y tan nimio como si de un momento al otro fuese a empezar a desdibujarse, comenzó a pensar en una frase que alguna vez escuchó de labios de Lola. «La sangre llama —había dicho ella—. Es más espesa que el agua y tira con fuerza». No recordaba en detalle la historia que rodeaba aquella declaración, pero recordaba el contexto: la paternidad sobre un bebé cuyo padre negaba ser el responsable aun cuando el infante era clavado a él e incluso lanzaba los bracitos en su dirección en cuanto lo veía.

¿Por qué no había funcionado así para él? ¿Por qué no hubo una alarma interna, algo inscrito en su sangre que le dijera a tiempo que Joaquín era un hombre con el que no debía meterse? ¿Por qué su admiración por él no se quedó en sólo eso? Es más, a pesar de las implicaciones morales que tenía el hecho de que él buscara simplificar algo que de hecho era grave, ¿por qué el sexo con él no se quedó en solo eso?

¿Por qué tenía que enamorarse también?

Quizá fue eso mismo, el peso de la sangre y su llamado, lo que lo hizo amarlo aun a pesar de todo.

3

Irina estaba segura de que gran parte del poder de atracción que Joaquín ejercía sobre ella se debía a la manera en la que él despertaba su instinto de protección… Su instinto materno.

Él casi era como un niño grande demasiado necesitado, que arrastraba consigo un aura de melancolía que cubría a la perfección con una capa de descaro con la que lograba que la mayoría de personas a su alrededor tuvieran una de dos reacciones en polos opuestos, ya sea caer rendidas ante su absurdo encanto o una vez que descubrían que su atractivo físico no era el reflejo exacto de su interior, salían huyendo de su lado. Sólo los más aguerridos se quedaban el tiempo suficiente para ver un poco más allá.

Joaquín era el eterno chico malo atrayente e incomprendido. Irina sabía perfectamente que alguien así es adorable sólo hasta cierto momento de su vida, después de cierta edad ese tipo de actitud solamente hace aparecer a las personas como inmaduras. Pero ella lo amaba así. Lo quería tal cual era.

El arrastraba consigo una amargura que a ella  le gustaría arrancarle o, en caso de que no pudiera lograr tal cosa, al menos quería ser su única albacea y guardiana. Obviamente no quería a nadie más que fuese capaz de traspasar sus capas en su vida, tal como lo había hecho ella… Ella que lo amaba incluso en sus peores momentos, aun cuando había ocasiones en las que él la frustraba o la enfadaba tanto que sentía que quería asesinarlo.

Irina estaba segura de poder salvarlo. Joaquín a veces era un cabrón completo, pero ella ya había sobrepasado la barrera en la que eso importaba demasiado. Además no soportaba verlo sufrir, porque ella más que nadie había sido testigo de lo que quizá parecía imposible, había sido testigo de sus muchas cosas buenas, de los bordes más suaves de su espinosa personalidad, de su extraña y quizá cuestionable forma de ternura, de su apasionamiento y la más valiosa aunque ocasionalmente la más dolorosa también, su sinceridad.

Nunca había tenido la historia completa de la vida de Joaquín antes de ella, sólo retazos y conclusiones a las que ella había llegado por su cuenta. Intuía que ésta no había sido fácil o feliz, que él se había auto exiliado castigándose por alguna razón que ella no había podido arrancarle. Joaquín no era un hombre fácil y quien más duramente castigaba sus malas facetas, era él mismo.

A pesar del golpe bajo, a ella no le sorprendió demasiado que una vez que llegaron al estudio unas cuantas noches atrás, Joaquín le dijera que no se tomara muy en serio sus palabras en casa de Micaela. Ella conocía su juego y aun así le siguió la corriente. Le sorprendió que la anunciara como su pareja, sí, pero ella no era tan tonta como para no darse cuenta de que él había hecho aquel pequeño teatro para el garçon. Aunque debía reconocer que durante unos cuantos minutos estuvo obnubilada ante la  posibilidad de que Joaquín por fin se decidió a avanzar un paso más con ella y durante ese lapso llegó a creérselo. Cuando el entendimiento llegó rápidamente, debió conformarse con que Joaquín parecía dispuesto a lastimar al hijo de su benefactora, que tenía una pareja, otro hombre, porque eso lo alejaría de él.

Ella no buscaba ver al chico herido, pero si el hecho de que sufriera significaba que eso lo alejaba de Joaquín, entonces Irina estaba bien con eso. Además, ella se lo había advertido a ambos y ninguno de los dos había hecho caso de sus palabras.

Sea como fueren las cosas, para aquel avanzado momento de la madrugada lo que fuese que tuviera a Joaquín en aquel estado de alteración debía ser realmente importante o grave como para que él le estuviera permitiendo verlo así de vulnerable.

Si bien el alcohol tiende a sacar lo más recóndito e incluso lo más ridículo de las personas, a plantar las falencias y demonios en frente de la cara dejando mucho al descubierto, mucho sin máscara, jamás, ni en la más profunda de sus borracheras, lo había visto así de abatido. Sus ojos solían tener siempre un tinte de melancolía, pero no tan profundamente marcado. Él siempre la tocaba, pero rara vez se sujetaba de aquella manera desesperada de su cintura que cada día se despedía un poco más de la delgadez. No lo creía capaz de llorar contra su vientre crecido, susurrándole a la criatura que crecía dentro de ella con aliento alcohólico y cálido.

—Estaba en mi destino… Él estaba en mi destino, de una manera o de otra. Yo ya estaba condenado a caer porque soy digno hijo de mi padre…—La lengua de Joaquín arrastraba penosamente las palabras, pero éstas seguían siendo claras aunque para ella carecieran por completo de sentido—. Tanta mierda y tantas mentiras… A ti jamás te mentiré, contigo haré las cosas bien. No permitiré que seas como yo.

Declarado esto, Joaquín apoyó la frente contra el vientre de Irina y cerró los ojos, como si se comunicara telepáticamente con su hijo. El parecía haber hecho las paces con la idea de ser padre. Aquello la conmovió, pero de alguna manera en lugar de sólo enternecerla, la llenó de un gran sentimiento de tristeza.

4

Si al final se decidió a abandonar su habitación fue únicamente porque tenía un compromiso al que no podía faltar. Lo cual se traducía en que él quería a toda costa ahorrarse el dolor de cabeza que le significaría el dejar plantada a Georgina cuando ella había estado llamándolo cada día, desde hacía tres, en cuanto había vuelto de vacacionar Dios sabía dónde para recordarle aquella cita en la que se entrevistarían con Madame Mala Cara para medirse los disfraces.

Al final de la madrugada el cansancio lo había vencido y logró cerrar los ojos por espacio de unas dos horas y media, en un sueño intranquilo que, paradójicamente, al despertar lo hizo sentir más cansado. Abandonar la cama le tomó más tiempo y esfuerzo del debido, ya no se dijera el tener que caminar hasta el baño arrastrando un pésimo estado de ánimo, la contrariedad que aún no lo abandonaba y que seguro no lo haría en un buen tiempo —quizá nunca—, además de un par de achaques físicos nada desdeñables.

Martín rara vez utilizaba la tina de su baño para algo diferente a estudiar en ella, pues extrañamente era el punto de la casa donde mejor se concentraba cuando la carga escolar era demasiada o tenía exámenes que consideraba más complicados de lo normal. Y a pesar del cansancio que un buen baño de tina con hidromasaje habría removido mejor y tras haber mirado hacia ese punto del cuarto de baño con algo de añoranza, se decidió por la ducha, donde permaneció bajo el chorro de agua tibia por un tiempo demasiado largo que se le escurrió entre los dedos, dejando arrugas en las palmas de sus manos y en las plantas de sus pies como prueba del exceso.

Se esmeró a la hora de escoger qué vestir. Que la vida estuviera jugándole una extraña jugarreta no era excusa para que las tribulaciones de su interior se exteriorizaran, poniéndolo en evidencia. Ser básicamente una mierda enferma de ser humano incestuoso, no necesariamente significaba tener que perder el estilo.

Sus sienes punzaban y Martín dio los buenos días al tumor cerebral que suponía tener o quizá cáncer, aún no se decidía. Iba a morir pronto, siendo aún muy joven e iba a irse directo al infierno. Sonrió con amargura.

Cuando finalmente bajó al comedor le sorprendió sobre manera escuchar la voz de su madre, teniendo en cuenta que eran las diez de la mañana pasadas y era día hábil de la semana. Por un escaso momento pensó en seguir derecho hasta la puerta y marcharse de una vez sin que nadie se percatara de su presencia, pero rechazó aquella idea de inmediato.

Él no tenía por qué esconderse, no tenía por qué huir o de qué avergonzarse. Lo que había pasado no había sido su culpa… Había sido de ella, de su madre, por mentirle, por ocultarle información que le concernía especialmente a él. Información que habría evitado que se sintiera tan miserable y tan culpable como lo estaba haciendo.

En ese mismo instante, en cuanto tuvo a Micaela a escasos dos metros de distancia de él decidió que sí, que el sentimiento más acertado al cual entregarse en ese momento era el enfado. Era eso o hundirse irremediablemente en el remolino de emociones que amenazaba con ahogarlo.

Micaela pasaba el dedo índice de manera incesante sobre una tableta electrónica, mientras hablaba por el teléfono celular que sostenía entre su hombro y su oreja.

—Sólo me voy durante una semana. Estoy segura de que podrás manejar la situación tú sola mientras yo esté fuera. He dejado todo… No, escúchame, escúchame… Cálmate. —Micaela suspiró, aparentemente llenándose de paciencia—. Estoy enviando los informes a tu cuenta de correo en este mismo momento. Todo está listo y es absolutamente claro. Solamente deberás presentarles el borrador de la campaña y asegurarte de que firmen. Eres mi asistente por una razón, confío plenamente en ti… ¿A qué hora debo estar en el aeropuerto?

Micaela no había levantado la vista de la información que manipulaba en el dispositivo, aun cuando ella ya estaba consciente de su presencia pues lo había saludado con una mano.  Sus miradas no habían hecho contacto aún. Frente a ella, sobre la mesa del comedor, había una cantidad considerable de documentos sobre los cuales alternaba la mirada de forma ocasional.

Sinceramente Martín había pensado que en cuanto la tuviera en frente iba a asaltarla con cientos de preguntas y decenas de reclamos; no era que esa idea hubiese sido desechada, pero de momento había sido dejada de lado mientras la observaba de forma minuciosa.

¿Qué carajos había estado pasando por la cabeza de Micaela durante los últimos dieciocho años de su vida, como para sentir que aquella era una información que jamás saldría de su boca? Más importante aún, ¿tenía él el legítimo derecho para reclamarle o para odiarla, cuando ella no le había puesto un arma en la cabeza para que se acostara con Joaquín? Quizá él solo debió haber mantenido su pene dentro de sus pantalones y ahora las cosas serían diferentes. Eso sí que habría hecho que el curso de los acontecimientos no fuese algo de lo que ahora tuviera que arrepentirse.

La mujer frente a él era la misma mujer de siempre. Los mismos ademanes de siempre, irradiando la misma seguridad, sensación de control y confiabilidad de siempre, sin embargo a sus ojos ella no era la misma persona. Sentía que estaba viéndola por primera vez en su vida. Había pasado de ser su indiscutible heroína, la persona que él creía que siempre tendría una solución para cualquier situación difícil, a ser la persona que lo había engañado durante demasiado tiempo sin que él se hubiese quejado demasiado por ello.

Repentinamente sintió rabia contra sí mismo. Mucha.

¿Por qué había dejado de preguntar al respecto? ¿Por qué había dejado de insistir? Él sólo se había guarecido en el cómodo capullo de protección que Micaela había tejido para él, donde no le faltaba nada, donde tenía a su disposición todo lo que se le antojara, incluyendo  libertades que muchos considerarían una locura, pero en el cual no tenía derecho a saber lo que su madre no quisiera que él supiera. Estaba amparado bajo la tonta resolución de que tener un padre era un mal innecesario… Aun lo creía así, pero ese era justamente el problema, que su padre desaparecido ya no lo estaba más y había terminado siendo la persona que menos le convenía que fuese.

Sus sentimientos en ese momento eran conflictivos. Se debatían de manera peligrosa entre el odio y la desesperación.

Micaela dejó la tableta a un lado y se retiró el teléfono del oído. Mientras colgaba el aparato con la vista aún clavada en la pantalla, se dirigió a él.

—Buenos días, dormilón. Te estaba esperando para desayunar, tengo algo importante que decirte. — ¿Algo que decirle? ¿En serio? Si ella había escogido ese justo momento para decirle que Joaquín era su papá, hablando por voluntad propia sin que él tuviera que increparla, entonces quizá cabía la posibilidad de que su odio no fuese tan profundo y se quedara solamente en amargura—. Escucha, voy a tener que… —Cuando ella finalmente levantó el rostro para mirarlo a la cara, sus palabras se detuvieron. «¿Vas a tener que qué…?» pensó Martín, desesperado, con toda su atención puesta en ella—. ¡Por Dios, Martín! ¿Y esa cara?

El ama de llaves apareció con el rítmico balanceo de sus prominentes caderas desde la cocina trayendo consigo una jarra con jugo que supuso era de naranja por el color.

—Buen día. ¿Van a desayunar de una vez?

Antes de que tuviera oportunidad de abrir la boca, Micaela habló por él.

—Por supuesto que sí. Mírale la cara, está todo paliducho y esas ojeras… ¿Tú dormiste algo anoche, Tiny?

«No. Tuve una noche de porquería, pero gracias por preguntar».

Ella parecía a punto de abandonar su silla e ir hacia él. Martín esperó que ella no lo hiciera, porque no la quería tan cerca de él en aquel momento. El tema comenzaba a desviarse demasiado y empezaba a perder la paciencia.

—No tengo ganas de desayunar. Gracias… —Su nombre… ¿Cuál era el nombre? Boqueó como un pez fuera del agua y entornó los ojos en dirección a la mujer de prominentes curvas que solía hacer parte integral de su vida y servirle el desayuno cada día desde hacía más de diez años.

—Nada de eso —dijo Micaela—. Lola, por favor sírvele. No me moveré de aquí hasta que te lo comas todo. Tú no debes saltarte ninguna comida y lo sabes —. Le advirtió como si él fuese un mocoso, interpretando el papel de buena madre. ¿Por qué estaba la conversación desviándose hacia el fútil tema de su desayuno?

Fue extraña la sensación de no haber recordado el nombre de Lola hasta que su madre lo mencionó cuando no desconocía ni uno solo de sus detalles. La mujer se retiró luego de servirles sendos vasos de jugo de naranja a ambos.

— La próxima semana te apartaré una cita médica —continuó Micaela— para que otro médico se haga cargo de tu historia clínica. Me dormí en mis laureles con ese tema después de la muerte del doctor Gallego. Yo he debido cambiarte de médico desde hace mucho para ser sincera, él ya era un hombre demasiado mayor, pero la fuerza de la costumbre y el aprecio me hacían seguir llevándote con él… También te apartaré con el dentista, ¿Ya pasaron seis meses desde la última vez?

Ella seguía parloteando, pero nada acerca de lo que Martín quisiera escuchar. En su cabeza solamente había cabida para un tema.

—¿Qué era lo que querías decirme? —apremió.

—Oh, eso, pues… Voy a estar fuera del país durante unos días. Tengo temas que tratar personalmente que son inaplazables. No quería tener que irme mientras estuvieras en periodo vacacional. Aún tenía la esperanza de que la última semana pudiéramos viajar y pasar el rato juntos, pero ya sabes… trabajo.

¿Trabajo? Martín frunció el ceño. ¿Esa era la información que tenía para él? ¿Qué la hacía pensar que era algo que tenía que aclararle cuando él había escuchado la palabra aeropuerto con claridad?

Ella estaba sentada frente a él viéndose y comportándose como cualquier otro día y no parecía para nada afectada por la discusión entre ella y Joaquín la noche anterior, pero él sí que lo estaba y ya no iba a soportarlo más.

—¿Eso es todo lo que tienes para decirme, Micaela?

Ella resintió el que la hubiese llamado así. Martín pudo notarlo por la manera en la que un rictus de molestia atravesó momentáneamente su rostro, aun así ella bufó una pequeña sonrisa mientras daba varios golpes en la base de un manojo de documentos para alinearlos y ponerlos a un lado.

—Lamento que mis anuncios matutinos te parezcan decepcionantes pero sí, es todo lo que tengo para decirte —Micaela sonrió de manera un tanto más amplia, cosa que él reconoció como una clara muestra de nerviosismo y, contradictoriamente, también de molestia—. ¿Acaso hay otra cosa qué esperabas que tuviera para decirte?

Martín la miraba fijamente, sin un rastro en su cara que indicara que tenía intención de devolver la sonrisa y con ello bajarle a la tensión que se había instalado entre ellos.

—No sé… Esperaba que quizá  te decidieras a decirme quién carajos es mi puñetero papá de una vez por todas, por ejemplo —Cada palabra de esa frase salió de su boca en completa calma a pesar de que un par de palabras no fueron nada decorosas. Micaela pareció encajar aquello como un golpe por completo inesperado, porque abrió los ojos de manera desmesurada y se atoró con la bebida a la que había empezado a dar un sorbo—.Y espero que no pienses salirme con la absurda historia de la inseminación, Micaela. Me ofende que me creas tan estúpido o crédulo como para comprártela.

Martín quería que ella se lo dijera, que por primera vez en la vida le hablara acerca de su progenitor con nombre propio y de forma clara, que mencionara su nombre maldito para entonces poder gritarle en la cara que se había acostado con él… Que se había enamorado de él y que eso era algo que habría podido evitarse si ella no hubiese mantenido un absurdo empeño de ocultar la verdad. Así se haría lo justo y compartirían la carga de la culpa.

Lola venía hacia ellos cargando una bandeja, pero cuando vio de qué iba la cosa, al pillar en el aire un par de las palabras dichas, sabiamente decidió poner sus pasos en retroceso y desapareció de la estancia con rapidez.

—Tú… ¿Por qué estás hablándome de esa manera? Sabes que no me gustan las groserías. ¿Por qué… por qué regresas a eso ahora, Martín? Dios… ¿Cuántas veces vamos a pasar por lo mismo? —Micaela le habló con el mismo garbo con el que se le hablaría a alguien cansino que insiste en un tema desgastado del cual no le apetecía hablar. Solamente le faltó soltar un suspiro de aburrimiento.

—¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué no ahora? Cualquier momento parece igual de bueno cuando nunca he obtenido una respuesta para eso. Yo quiero saber, quiero que me lo digas ¡Ahora! ¡Dímelo de una vez! —Martín manoteó sobre la mesa perdiendo rápidamente los estribos, cosa que no era tan común en él, pero en medio de las circunstancias la ocasión bien lo ameritaba.

Desde donde estaba podía ver la manera en la que la respiración de Micaela se había acelerado ante su inesperada muestra de arrebato. Ella hacía un evidente esfuerzo por controlarse sin que ningún intento pareciera surtir efecto. En vista de ello, Martín pensaba que aquello podía desembocar de dos posibles maneras: ella iba a enrabietarse y a gritarle por estar comportándose como un cretino o iba a echarse a llorar en cualquier momento. Pero había una tercera opción.

—No pienso decirte nada, Martín.

Hacía mucho tiempo desde la última vez que él había mostrado interés o curiosidad por este tema. Ahora ya no era un niño al cual simplemente darle evasivas que distrajeran su curiosidad, en forma de inútiles historias. Menos ahora que él había descubierto la verdad.

La última vez que Micaela y él habían hablado al respecto, Martín estuvo más interesado en que ella le explicara en qué consistía exactamente un proceso de inseminación cuando fue más que obvio que ella no iba a decirle quién había sido el donante. Cuando escuchó la explicación estuvo seguro de que aquella no era su procedencia de ninguna manera, pues su mente infantil llegó a la conclusión de que su mamá era demasiado bonita para tener que recurrir a semejante proceso para concebir un bebé.

Dejó de preguntar después de eso porque le pareció obvio que ella no quería decirle nada al respecto. Esta vez Micaela no había dado ningún rodeo y simplemente le dijo que no, sin más.

—¿Así de simple? —Su voz sonó más dolida de lo que hubiese querido—. ¿Por qué?

—Porque si, Martín. Porque esa información… Es mía. Me pertenece. Son mis recuerdos, fueron mis decisiones. Es mi historia y no quiero compartirla —. La voz de su madre sonó trémula. Ella lo miraba directo a los ojos con los orbes brillantes y bullendo de emociones y por primera vez en su vida Martín sintió que esa mirada era algo que no podía soportar.

¿Cómo podía Micaela decirle aquello cuando él había sido, ni más ni menos, que el resultado de esa historia que ella proclamaba le pertenecía de forma exclusiva? Esa historia le pertenecía a ambos… Y ahora lo hacía más que nunca. Le había dado una oportunidad de sincerarse con él, de enmendarse ante sus ojos que la estaban viendo como a una mentirosa y ella la había pisoteado.

En ese momento la mente de Martín burbujeaba en detalles, así que se preguntó si quizá durante la cena de unos días atrás él no había sido el único bullendo de celos… ¿Y qué si quizá ella estaba enamorada de Joaquín? ¿Qué tan mala era esa historia para que ella no quisiera contársela? ¿Violación? ¿Chantaje? ¿Tortura? A falta de información, su cabeza llenándose de una barbaridad tras otra. Decidió simplemente detenerse o iba a enloquecer. Ella no iba a abrir la boca y eso sólo significaba que como consecuencia él tampoco lo haría.

Había otras maneras de hacerse con la verdad.

—¿Sabes qué? —dijo, mientras se ponía de pie apoyándose en la mesa del comedor—. Tienes toda la razón. No puedo exigirte que me cuentes algo de tu vida privada cuando yo tampoco te lo cuento todo acerca de la mía. Dejemos de lado el hecho de que esta historia, tu historia, me incluye de manera directa, para que puedas seguir regodeándote en tu imagen de mujer fuerte e independiente que nunca necesitó de la presencia de un hombre en su vida para criar un hijo. Yo quizá colabore y puede que siga fingiendo que no me interesa saber con quién y bajo qué misteriosas circunstancias, te acostaste para ganarte un embarazo —Martín rodeó la mesa y ante la mirada brillante y sorprendida de Micaela, le dio un suave beso en la frente—. Que tengas un buen viaje, mamá.

Se alejó de la mesa a paso rápido, sabiendo que el haberla llamado mamá, había sido un golpe más bajo incluso que haberla llamado por su nombre completo. Porque si, había ocasiones en las que Martín la llamaba de esa manera y esas ocasiones eran aquellas en las que la emotividad era demasiada o cuando estaba enfermo o triste. Y pudo haber sido mucho peor si él hubiese querido… Pudo haberle llamado mami.

—¡Martín! —La escuchó gritarle mientras él atravesaba la puerta principal y bajaba los escalones de la entrada a toda velocidad para dirigirse al auto que estaba estacionado frente a la casa. Adivinó que ella lo estaba siguiendo por la cercanía de su voz, porque no se dignó a mirar en su dirección—. ¿A dónde vas? No te vayas así, por favor… No quiero tener que irme estando en estos términos contigo. Dame tiempo, Martín. Cuando yo vuelva… Cuando vuelva hay algunas temas que debemos tratar… ¿Me escuchas?

Para cuando ella apareció en la puerta él ya estaba dentro del vehículo, conduciendo hacia el portal de salida.

De alguna manera el que ella siempre hubiese sido una madre ejemplar, comprensiva, dadivosa y permisiva —quizá demasiado— en lugar de actuar a su favor, como un bálsamo que suavizara sus ocasionales errores, le jugó en contra e hizo que Martín fuese más duro a la hora de juzgarla.

 

5

Mike le arrancaba sonrisas con la cosa más simple. El gorgojo había aprendido a gatear en la semana que llevaba sin verlo y ahora no había quien lo parara. Un corto tiempo sin tenerlos en frente significaba que la próxima vez que se les viera ya habrían cambiado un montón y eso era algo que a Ricardo le parecía increíble y le sorprendía de los bebés. Que si ya abrió los ojos y siempre no eran verdes, sino color miel. Que si le creció el cabello. Que se le cayó el cabello por estar siempre acostado y ahora parece media bola de billar. Le ha salido su primer diente. Bajó o subió de peso. Balbucea… Y también mucha información que él prefería no saber, pero que de todas maneras su hermana se empeñaba en decirle como «Mickey ya no quiere mamar de mis pechos»

Toda esta rápida metamorfosis infantil era algo que sólo había visto de primera mano con su sobrino, ya que era el único bebé en el que se había fijado con verdadera atención hasta el momento porque era el único que le interesaba, a los demás infantes que llegó a tener alrededor nunca les prestó demasiada atención. Nunca había pensado en si algún día le gustaría tener propios o no, aquél no era un tema al que hubiese dedicado mucho tiempo o que le quitara el sueño de alguna manera… Pero de Mike estaba enamorado, eso era claro.

El recién estrenado gateador era como un trenecito a vapor que iba todo de frente, con la cabeza gacha sin fijarse en las esquinas, en las salientes o en los muchos elementos que estando a su misma altura podían hacer impacto contra su frente o en el simple hecho de que terminado el pasillo lo único que le esperaba era la pared.

Era un tanto estresante pero le divertía un montón tenerlo allí, viéndolo andar. Más le divirtió cuando una canción con un intro lleno de pulsantes sonidos de batería, acompañada de una ruidosa guitarra eléctrica, se escuchó desde los parlantes que estaban estratégicamente acomodados para que la música del reproductor se escuchara en cada rincón del apartamento y el bebé detuvo su andar para sentarse sobre su trasero y empezó a mover la cabeza, el torso y los rollizos brazos al ritmo de la música en un baile un tanto loco y descoordinado, mientras una sonrisa en la que despuntaban sus únicos dos dientes adornó su rostro, haciendo que sus mejillas se contrajeran y revelaran un par de hoyuelos iguales a los de su orgulloso tío.

Ricardo hizo lo obligado. Sacó su teléfono celular y comenzó a grabarlo. La mayoría de las fotos y videos en su dispositivo móvil eran de ese renacuajo.

—Oh, Silvie, ven. ¡Mira lo que mi guapo nieto está haciendo! —El grito de la madre de Ricardo, que emergía de la habitación principal con varias piezas de ropa sucia entre los brazos, hizo que el bebé se detuviera de inmediato. Ella chasqueó la lengua con decepción—. Ya no vengas.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿De qué me perdí? —Silvana salió de la cocina con una barra de dulce medio mordisqueada en una mano.

—No hay problema, lo tengo grabado. Ten —Ricardo le entregó el teléfono a su hermana y caminó en dirección a los gabinetes de su cocina—. Vigila al bebé, él parece tener problemas de percepción de profundidad o algo así. Ha chocado dos veces contra la pared —dijo mientras rebuscaba entre sus alimentos no perecederos, encontrándose sólo con legumbres y tubinos de pasta—. ¿Dónde dejaste las barras de dulce? Olvídalo, ya las encontré.

Se llevó una a la boca. Dulce… Sabía a los labios de Martín y eso lo hizo sonreír como un idiota. ¿Qué tan patético y necesitado estaba siendo? Si no abandonaba rápido esa barra saborizada, iba a tener una erección en medio de su cocina.

—Aww. ¿No es mi Mickey la cosita más tierna en este planeta? Y además tiene buen gusto musical —Silvana caminaba hacia él con la mirada fija aún en la pantalla del celular mientras observaba los últimos segundos de la grabación—. Creí que esas cosas no te gustaban —Ella señaló hacia el chupete entre sus labios.

—¿Y acaso no puedo cambiar de opinión? Están en mi cocina, así que son mías.  Ahora sí me gustan. ¿Dónde dejaste a Mike?

La respuesta llegó rápido cuando el sonido de la aguja del tocadiscos saltando abruptamente sobre el vinilo se escuchó por todo el apartamento, seguido del indistinguible sonido del llanto agudo de un bebé.

—¡Mickey! ¿Por qué no gateas mirando hacia en frente en lugar de hacia el piso, cielito? —Silvana corrió hasta su chico y lo alzó en brazos, acariciándole la coronilla. —Pero que cabeza más dura, chiqui. Sí, la vida a veces es una jodida perra y empiezas a darte cuenta de ello ¿no es así?

—Oye, no le hables a mi sobrino con ese vocabulario de camionero. Dame acá —Silvana le entregó a Mike, que seguía desgañitándose.

—¡Ángel Ricardo Azcarate Gallego! —El grito de Agripina desde algún rincón del departamento, los dejó momentáneamente en silencio e inmóviles… A los tres— ¡¿Hace cuánto tiempo no limpias esta habitación?!

El silencio murió cuando Silvana se atrevió a susurrar.

—Mi Dios, Ricky, ella dijo tu nombre completo. Creo que tu sangre va a correr… Devuélveme a mi bebé y enfrenta tu destino como un hombre.

La muy descarada empezó a reírse. Eso de ninguna manera era una broma, pues doña Agripina enrabietada era una cuestión de cuidado. En el pasillo se escuchaban los pasos de la santa madre de ambos acercándose de forma rápida.

—Sólo ten presente que al final del día, pase lo que pase, yo me quedaré aquí solo. Tú vives y trabajas con ella, hermanita —. La sonrisa de Silvana desapareció de inmediato.

—Hijo, ¿no me digas que esa habitación que usas como bodega, solo se las ve con una escoba y un trapeador cuando yo vengo de visita? —Poco más, poco menos, pero básicamente así mismo era… Y quien calla otorga, así que la regañina continuó—. Creo que en lugar de haberme dejado convencer por tu hermana para regalarte un año de membresía en un gimnasio al que seguramente si acaso asistirás durante una semana, he debido comprarte litros y litros de legía y obsequiarte con un buen jalón de orejas. ¡Descarado!

***

El amor de una madre es más poderoso que cualquier rastro de desorden y mucho más arrollador que el hecho de que la ropa limpia no estuviera doblada y guardada en el ropero de manera debida. Agripina continuó refunfuñando contra Ricardo y su descuido, pero eso no evitó que ella continuara levantando cosas y limpiando rincones, hasta que el apartamento al completo quedó rechinando de limpio.

Mientras Ricardo vivió bajo su techo, lo había hecho bajo sus estrictas reglas. La cama bien tendida ni bien levantarse, la ropa en el lugar correspondiente, los juguetes cuando niño y sus libros y guitarra cuando fue mayor, bien colocados en su lugar… Mucho amor, pero también mucha disciplina que dio como resultado un par de hijos correctos, a pesar de las ocasionales locuras de Silvana, que siempre terminaba metiéndose en líos por defender sus ideales y seguir a su corazón de forma aguerrida.

Ricardo creció en una casa amplia, muy limpia y llena de coloridas plantas a las cuales tumbarles las hojas o los pétalos era el equivalente a insultarla y que su madre cuidaba tanto como a su hermana y a él. Mientras creció, siempre hubo comida caliente y una madre que de alguna manera se las arregló para levantar un negocio propio, estar siempre para sus hijos mientras crecían sin un padre y mantener la casa de punta en blanco, esto último con la invaluable ayuda de la señora Rosita, que lastimosamente había fallecido un año atrás.

Sin embargo ni bien se fue a vivir solo, Ricardo no había arrastrado consigo aquella psicorigidez en cuanto al tema de los quehaceres se trataba, ya que no podía hacer nada en contra de su naturaleza… ¡Venga! Era un hombre normal. No iba a ahogarse en mugre ni mucho menos, pero tampoco iba a darle un infarto por andar en calcetines por su apartamento o por tener montoncitos de libros por todos lados y dejar de vez en cuando los zapatos donde no debía. Tampoco iba a sentirse culpable de que su madre le hiciera la colada una que otra vez, cuando pasaba a visitarlo. Sus críticas no iban a hacer que aprovechara menos el que la mano de mamá le dejara el apartacho reluciente sin haber tenido que pagarle a alguien.

Incluso a veces pasaba que amanecía de humor y le entraban arranques que terminaban con él limpiando su vivienda a conciencia, pero eso no solía ocurrir tan seguido como debería.  Quizá cada año con la cuaresma.

Algo de la cantaleta de su madre a lo largo de su vida había calado profundamente en él, por supuesto. Podía ser medianamente desordenado con su entorno, pero el cuidado para con su persona ya era otro asunto. Era cuidadoso con lo que vestía y la ropa que usaba siempre estaba limpia, al igual que su calzado y su cabello, y todo siempre combinaba. Sus uñas siempre estaban recortadas y odiaba oler a sudor o pasar más tiempo del debido sin afeitarse.

Su madre lo reñía entre arrumacos, pues ella en realidad estaba bastante orgullosa de la persona cálida y humana que había logrado criar para el mundo. Estaba segura de que algún día su hijo haría inmensamente feliz a una mujer que lo mereciera de verdad y sería un gran padre, tal como el que tuvo.

Para desagraviar a su madre por no ser un maniático del orden, invitó a su familia a almorzar a un buen restaurante, era su cumpleaños después de todo y bien podía darse aquel gusto. Contrario a lo que pudiera llegar a creerse, eso no fue cosa fácil.

Volver a empacar la maleta con todo lo que necesitaba Mike tomaba demasiado tiempo, más si su hermana insistía en que no encontraba el chupete favorito de su bebé, aquél con impresión de estrellas azules, por ningún lado. Ella escarbaba en aquella maleta en la que Ricardo estaba seguro que lo único que faltaba era la pieza de repuesto de un transbordador espacial. Si se inclinaba un poco más sobre ella, seguro que se iba dentro de tan gigante.

Su madre decía de forma insistente que quería hornear para él, y que si iban a ir a comer fuera de nada había servido el haber llevado ingredientes para preparar ella misma su tarta de cumpleaños, ya que no le iba a dar tiempo suficiente para tenerla lista si iban a salir. Insistía que un cumpleaños sin tarta no era cumpleaños.

—Debiste decirnos que tenías intención de que comiéramos fuera, de esa manera yo la habría traído lista.

—Mamá… Compraremos una en una pastelería y la traeremos aquí.

— ¿Y acaso crees que esa va a saber igual de bien que la mía?

La respuesta correcta, y la que lo haría conservar la tranquilidad, era no, pero prefirió permanecer callado. De todas formas era mejor que ella no se acercara al horno en su cocina, hacía siglos que él no lo utilizaba, por ende, hacía igual cantidad de siglos que no lo limpiaba a conciencia y quería ahorrarse la nueva regañina.

De manera milagrosa logró tenerlos a todos bajando las escaleras hacia la primera planta una hora después, aún ante el catastrófico evento de que el chupete de Mike había desaparecido.

Cuando pasaron frente al mostrador en la recepción, el portero detrás de éste hizo aspavientos con los brazos, llamando su atención mientras también gritaba su nombre.

—¡Señor Azcarate! ¡Señor Azcarate! —Ricardo se acercó al hombre, con el bebé entre los brazos—. Hace un rato llegó esto para usted.

El hombre le entregó un paquete rectangular envuelto en un elegante papel de regalo coronado con un elaborado moño en cinta de color vino tinto.

—Yo voy siguiendo al auto… No nos va a alcanzar el tiempo —dijo Agripina mientras atravesaba el portal.

—Sí —dijo Ricardo sin mirar a su madre, intrigado con el paquete—. Oh, las llaves… Silvie, llévale las llaves del auto, por favor.

—Ay, sí —Ella tomó las llaves que él le tendió luego de sacarlas de uno de los bolsillos delanteros de su pantalón. Corrió un par de metros, pero de inmediato se devolvió en otra carrera —. No muevas un músculo hasta que yo vuelva, quiero ver que hay dentro de ese paquete.

Ricardo blanqueó los ojos mientras ella arrancó a correr. Su hermana no parecía ser la única interesada en aquel regalo de cumpleaños, el portero tampoco disimulaba su curiosidad, pero a él sí que podía darle esquinazo. Así que le sonrió dándole las gracias e hizo malabares con su sobrino y el paquete, que pesaba lo suyo, y se sentó en uno de los asientos de la recepción.

Silvana regresó con la respiración agitada.

—Vaya, eso fue rápido.

Ella tomó al bebé y lo apremió.

—¿Qué es? ¿De quién es? Déjame ver… Ábrelo ya —Ricardo sonrió. Su hermana seguía siendo la misma chica curiosa y afanada de siempre.

¿Qué de quién era? Él también quería saber.

A un lado del moño había una pequeña tarjeta que desprendió y se acercó a la cara para leer. Era de color negro en el exterior y estaba plegada sobre sí misma por la mitad. En una de las caras tenía impreso «X & Y accesories» en color dorado. Leyó la frase que estaba escrita en ordenador:

 

       «Piensa en las posibilidades… M». M… M… ¿Martín?

Se removió en el asiento mientras miraba hacia la cara expectante de su hermana con cierta incomodidad. Conociendo a Martín, dentro de esa caja podía haber cualquier cosa. Agitó el paquete junto a su oreja, tratando de adivinar de qué se trataba.

— ¡No hagas eso! Qué tal si es algo que se rompe. ¿Qué dice la tarjeta?

En un rápido movimiento, bastante ágil para estar sosteniendo a un bebé, a decir verdad, ella se hizo con la pequeña tarjeta.

—¿Quién es M? —Silvana rio, porque a diferencia de él, ella sí parecía haber reconocido el logo impreso en la tarjeta.

Antes de tener que responderle aquello, prefirió empezar a desgarrar el papel para distraerla. Pudo haberle mentido al respecto, puesto que al parecer últimamente se había vuelto bueno en ello, pero sus mentiras requerían tiempo y planeamiento antes de soltarlas, de lo contrario él era un desastre para mentir.

La caja que quedó al descubierto luego de que le retirara el papel de regalo también era de color negro, pero las letras impresas en ella, a pesar de rezar lo mismo que la tarjeta, en esta ocasión eran de color rojo, con brillo uv sobre la impresión.

Ricardo comenzaba a ponerse nervioso.

—Mamá nos está esperando, mejor dejamos esto para después.

—Nada de eso, Ricardo. Ábrelo de una vez.

Incluso Mickey parecía curioso puesto que estaba completamente callado y a la expectativa, aunque lo más posible era que de dónde él no podía apartar la mirada era del brillo del papel de regalo.

De dentro de la caja Ricardo extrajo un estuche de color rojo oscuro con apariencia y el tacto del terciopelo. Parecía el estuche de una joyería, pero era demasiado grande para contener un reloj o un pulso.

Lo abrió lentamente, con aprensión y…

«Oh… Dios… Mío».

¿Qué otra cosa habría podido pensar? Y había abierto aquello delante de su hermana. Sólo le quedaba esperar que ella no hubiera reconocido el contenido en los apenas cuatro segundos que él había mantenido el estuche abierto, pero por la forma en la que ella había abierto la boca con sorpresa y con burla, supo que era mejor que no apostara por ello.

—Silvie, esto no…

—RickyQuien quiera que sea la chica que te haya enviado esto, es una salvaje y mi Dios, un set completo de estos en esa tienda vale un ojo de la cara. Hermanito, te tiene ganas en serio… ¡Déjame ver!

Chica… Sí, claro. Una «chica» tras sus huesos.

Trató de resistirse a que ella abriera aquel estuche abrazándose a él, pero temió que en el estúpido forcejeo dejaran caer a Mike, así que se rindió. Era obvio que ella ya sabía de qué se trataba, de todos modos.

—Dame al bebé —dijo, vencido.

—Buena idea. Dame eso acá.

Ella se sentó a su lado e intercambió al bebé por el estuche que apoyó sobre sus piernas. Las bolas chinas metálicas relucieron plateadas y brillantes, contrastando contra el terciopelo que en el interior del estuche era de color negro. Debajo de éstas, acoplados en los espacios con las formas exactas en bajo relieve que los contenían,  acomodados del más pequeño al más grande, había un juego de plugs anales cromados, en cuyas bases habían incrustadas piedras que él esperó sólo estuvieran simulando ser diamantes, a excepción del más grande, ese en lugar de la joya tenía algo que simulaba ser la esponjosa y negra cola de algún tipo de animal.

—Oh mi Dios… Éste de aquí abajo vibra, Ricky. ¡Mira! —Dijo ella, acompañando la frase con una risa un tanto histérica, mientras tomaba entre sus manos un dildo de tamaño bastante generoso—. Y es de los buenos. Ni siquiera hace ruido.

6

De su calma quedaba muy poco, pero estaba agarrándose con uñas y dientes a los últimos ribetes de ésta para tratar de evitar el ponerse a gritar en medio de un arranque de histeria.

Trataba a toda costa de convivir de forma pacífica con el hecho de que había una mujer madura y mal encarada maniobrando en su entrepierna, con el firme propósito de terminar de marcar con alfileres los lugares de donde debía ajustar el tiro de los pantalones que estaba midiéndose y que le habían quedado significativamente grandes.

Pues para tratarse ella de una supuesta eminencia en su campo, dejaba bastante que desear el hecho de que los pantalones no le hubiesen calzado a la perfección cuando ella tenía todas sus medidas. Aunque las piezas superiores del disfraz le habían quedado perfectas.

Observándolo minuciosamente no estaba solo Georgina, sino también Carolina y Gonzalo. Su compañera de clases los había llamado unos cuantos días atrás, quizá con la misma insistencia que a él, con la excusa de que quería invitarlos a almorzar porque le había parecido una oportunidad estupenda para volver a compartir con ellos.

Por espacio de unos minutos, el que Georgina hubiese hecho planes con sus amigos sin consultarle o avisarle le había molestado sobremanera, pues ese día en particular  estaba mucho más sensible con respecto a las cosas que se hacían a sus espaldas o información de la que no tuviera conocimiento y que le concernía. Pero el pensar en que si tenía que pasar cualquier cuota de tiempo con Georgina era mejor con Carolina presente, logró mantenerle la boca prudentemente cerrada.

El rato dentro de la boutique, Martín lo pasó en el limbo. No hubo una sola frase que le dirigieran que no hubiesen tenido que repetirle más de una vez, pues sus pensamientos no se encontraban del todo con él, sino con Micaela, donde fuese que ella estuviera en aquel momento. Ni siquiera sabía a qué hora era su vuelo o hacia donde se dirigía o cuánto tiempo tardaría en volver.

Había apagado su teléfono celular unos veinte minutos después de haber abandonado su casa, pues como era de esperarse, Micaela lo había inundado con un torrente incesante de llamadas, de las cuales él no respondió ninguna. No había caso en hablar con su madre si ella no iba a decirle toda la verdad. Una información que aunque ya conocía, quería escuchar de sus labios porque necesitaba que se hiciera más real, para acabar de procesarla… Aunque quizá inconscientemente estaba esperando que cuando ella le contara la verdad, esta verdad se alejara por completo de la versión que él tenía y que tanto le estaba costando asimilar.

Con cada minuto que pasaba, Martín comenzaba a darse cuenta de qué tan fuerte era todo aquello… Que él había, ni más ni menos, tenido sexo con su papá; cosa que se decía poco, pero que era fuerte… Muy fuerte.

Milagrosamente los ajustes a la prenda inferior que vestía terminaron sin que un solo alfiler rozara su piel, al menos eso debía abonárselo a la diseñadora.

Cuando Georgina abandonó el probador vistiendo su bonito vestido al estilo victoriano, se notaba a la legua cómo este le calzaba como un guante, envolviéndose de manera precisa alrededor de sus brazos y entallado a la perfección en su aceptablemente voluminoso pecho.

Después de los halagos y los ajustes, después de que Gonzalo dijera a bocajarro que le daba envidia el cuerpo curvilíneo y femenino de Georgina, y de la poca vergüenza de ésta al decirle que le parecía extraña su apreciación, ya que ella habría apostado un pulmón a que la chica en la relación sería Martín por sus rasgos suaves o en su defecto por los rasgos fuertes de Gonzalo, los cuatro por fin abandonaron el local en dirección al parqueadero.

En cualquier otra circunstancia Martín se habría negado en redondo a seguirle la corriente a Georgina en cualquiera de sus planes o invitaciones o lo que fuese, y estuvo bastante tentado de hacerlo, pero dado el entusiasmo de Carolina y el de Gonzalo por tener plan para esa tarde, y de que él mismo necesitaba a toda costa distraerse y alejar su cabeza del incómodo asunto que ocupaba su mente desde la noche anterior, siguió a los otros tres sin abrir mucho la boca y sin protestar.

Este comportamiento inusual hizo que Carolina se enganchara de su brazo y lo mirara de forma inquisitiva, incluso entornando ligeramente los ojos como si buscara ver más allá de su capa de piel y leerle la mente.

—Oye, Tiny. ¿Todo bien? —Le susurró al oído mientras le rodeaba la cintura con un brazo y él en respuesta automática mandaba un brazo alrededor de sus hombros y la pegaba completamente a él. A Martín esa simple pregunta lo tocó en lo más profundo, porque él odiaba el melodrama y jamás fue de los sentimentales que se quejara por todo e hiciera drama por cualquier cosa, pero nada estaba bien. Se limitó a asentir con la cabeza. Aún no estaba preparado para hablar del tema… Ni siquiera con ella—. Pues no pareciera, cariñito. Hoy no pareces tú.

Siguieron avanzando en silencio, sin que Martín replicara o ella insistiera. Eso era lo bueno de su Carito, ella sabía perfectamente cuando era oportuno sólo estar ahí y no decir nada más.

—No traje mi auto, chicos. Así no tendría que dejarlo aquí como la vez anterior y luego tener que volver para recogerlo o hacer que Martín dejara el suyo. ¿Tienes problema con que todos nos vayamos en el tuyo, Martín? Si es así puedo llamar para que nos recojan.

Martín no estaba acostumbrado a tratar con esta Georgina solícita y… normal. Él solía tener más presente a la Georgina melodramática que solía comportarse como una bruja caprichosa y hacerse películas raras en la cabeza y que normalmente no tenía nada que ver con él.

—No, no tengo ningún problema con ello. ¿A dónde vamos?

***

—…Y ahí fue cuando Martín comenzó a chantajearme con el asunto de la fotografía —Georgina terminó su relato y Martín le dio una fiera mirada a través del espejo retrovisor—. Okey, no. Pero me sentí igual que sí así hubiese sido. Tenías información gráfica acerca de mí. No había nada que yo pudiera hacer al respecto y no querías darme el archivo o borrarlo —Ella se cruzó de brazos, logrando con esto que sus pechos, empacados al vacío en un top licrado que le sentaba de maravilla, escalaran un poco más en su caja torácica—. Tú nunca me dejaste ver esa imagen… Ni siquiera sé si quedé bien.

Gonzalo, que iba sentado en el asiento del copiloto, levantó la mano derecha y agitó los dedos.

—Yo la vi y te aseguro que quedaste muy bien. Eres bastante fotogénica.

—Secundo la moción. Muy bonita, a decir verdad —apoyó Carolina—. Pero… Dime algo, ¿En serio ese profesor del que hablas te estaba tirando los tejos o sólo te lo pareció? Es que en la fotografía él parece un poco… sorprendido.

Fue muy educada y sutil la manera en la que Carolina dijo «sorprendido» en lugar de «absolutamente aterrorizado y para nada colaborador».

Georgina se desplegó en una explicación acerca de cómo algunos hombres coquetean, enviando señales sin siquiera ser conscientes de ello, asegurando que eso era lo que había pasado con Ricardo y ella.

Ante esto, Martín negó ligeramente con la cabeza, porque ese supuesto coqueteo había sido como los orgasmos múltiples masculinos, puro mito.

—Puedes tranquilizarte con ese tema. Ese archivo ya no existe. Lo borré.

—¿En serio hiciste eso? —Martín asintió con la cabeza—. Gracias… Supongo. ¿Por qué lo hiciste?

—No lo hice por ti, si es lo que piensas. Entre mis intereses no está el facilitarte la vida de algún modo. Sólo me aburrí de ese asunto.

—No sé si creerte, Martín.

—Pues no tienes otra opción. No hay manera de que te lo demuestre y de haberla no me interesaría hacerlo.

Durante los siguientes treinta y cinco minutos las chicas en el asiento trasero se enfrascaron en una conversación acerca de temas que aparentemente sólo les interesaban a ellas dos, puesto que no estaban haciendo partícipe a nadie más. Emitían ocasionales risitas, mientras estaban inmersas en su mundo. Quizá no era que ellas estuvieran siendo especialmente reservadas, sino que Martín no estaba prestando atención o que después de que le hicieron un par de comentarios que él ignoró por completo, ellas sólo decidieron darse por vencidas.

Cuando su atención decidió centrarse un poco más, al pillar unas cuantas frases de la conversación, supo que ellas no hablaban acerca de brillo de labios o laca para uñas —a pesar de que Martín sabía a la perfección que pensar así y estereotiparlas de esa manera lo convertía en un ser asquerosamente machista, no estaba en su mejor momento—, sino del hecho de que para esas alturas del año, a escasos cinco meses de finalizar el instituto, Georgina aún no tenía la más mínima idea de qué quería estudiar y eso la llenaba de angustia, pues no sabía que haría con su vida una vez que terminara con la educación básica. Carolina le mencionó algo acerca de acompañarla a visitar un salón de enseñanza en el que podría recopilar folletos e información acerca de varias carreras.

Martín nunca había pensado a consciencia acerca de su futuro; no por lo menos hasta el punto en que esto llegara a causarle angustia. Desde hacía unos cuantos años la pintura se había convertido en algo realmente importante para él, así que pensó en que ese era un camino lógico y apasionante. Claro que de inmediato su abuela comenzó a hacer planes de mandarlo a estudiar al exterior. Ella incluso recabó información acerca de academias y universidades, y ante tanta seriedad en el asunto él ya no miró para otro lado. Le gustaba su elección y no iba a renegar de ella solamente para llevarle la contraria a su abuela y sentir que no se estaba dejando manipular, después de todo ella únicamente lo estaba apoyando en algo que a él le interesaba.

A su lado, Gonzalo estaba inusitadamente tranquilo. Él miraba de forma pasiva a través de la ventanilla y disfrutaba del viento, como si eso le bastara para sentirse a gusto y en paz. Movía los labios siguiendo la letra de la canción que sonaba a bajo volumen en la radio. Su voz no se escuchaba, sólo hacía lip sync mientras el paisaje se desplazaba raudo hacia atrás, con ocasionales paradas en los semáforos o en pequeños atasques del tráfico que no tardaban mucho en deshacerse.

No era que nunca hubiese sido capaz de imaginar que Gonzalo tendría momentos de absoluta calma y silencio o que eso lo tuviese especialmente sorprendido, era que nunca antes había tenido la oportunidad de verlo así. Estar cerca de Gonzalo siempre había sido un remolino colorido y carente de silencio. ¿Qué estaría pasando por su cabeza en ese momento? ¿Cosas calmas y tranquilas como su semblante hacía parecer? ¿O quizá, como en su caso, la aparente calma ocultaba un gran cúmulo de pesar, de incomodidad y de rabia?

El corazón de Martín palpitaba con rapidez y con fuerza dentro de su pecho… Atribulado e incómodo… Y en cierta extraña manera también herido y traicionado. Con cada segundo que pasaba todo parecía aumentar de tamaño.

Era un terrible mal momento para que las ganas de llorar que le fueron esquivas durante toda la noche empezaran a aparecer. No era buen momento para que el particular dolor de garganta que acompañaba al llanto contenido empezara a dar señales de vida.

No haber comido nada en lo que iba del día y apenas haber dormido comenzaba a pasarle factura. Sus manos frías y temblorosas que se sujetaban con fuerza del volante, su visión llenándose de puntos brillantes y de la extraña sensación de tener la imagen solarizada de su propia pupila bailando en su campo de visión, su cabeza bullendo en cientos de pensamientos que empezaban a volverse confusos.

Iba a tener un bajonazo de los malos, uno que no sabía si obedecía a su cada vez más frecuente problema con los niveles de azúcar o a la masa maligna y cancerígena que seguro estaba creciendo y ganando terreno en alguna parte de su cuerpo… Apostaba a que en el cerebro. Sería por completo algo irresponsable de su parte no detener el auto de inmediato.

Redujo la velocidad y, en una maniobra no muy decente, aparcó el auto a un lado del camino. Sin apagar el motor o sacar la llave del contacto, apoyó el brazo sobre el volante y luego dejó caer el cuerpo hacia adelante, cerró los ojos y apoyó la frente sobre su brazo. Comenzó a respirar profundo, tratando de deshacerse del malestar. Eso casi siempre le funcionaba. Sinceramente, trataba de no caer redondo allí mismo y con ello hacer el ridículo.

—¿Por qué nos detenemos? Aún falta bastante para llegar —Georgina dijo las últimas palabras más lento y bajo, como si en mitad de la frase hubiese notado que algo andaba mal.

—Hey, Martiny. ¿Estás bien?

La mano de Gonzalo se apoyó en su hombro.

Antes de que nadie dijera una sola palabra más, Martín se irguió en el asiento y se desabrochó el cinturón de seguridad. Percibió en la cara de Gonzalo cómo el parecía a punto de abrir la boca y agregar algo más, así que decidió adelantarse.

—Carolina, ¿Podrías conducir tú, por favor? —De seguro querrían una explicación—. Anoche no dormí gran cosa. ¿Qué tal si me quedo dormido al volante? Eso no era falso del todo. Era parte del problema.

Intercambiaron puestos y para ser sincero, Martín se sorprendió de no haber azotado contra el pavimento en cuanto puso un pie fuera del auto.

—¿Es sólo eso? Sé que usualmente sueles verte como la leche, pero hasta de los labios se te ha ido el color. Dinos la verdad, ¿Te sientes mal?—Carolina le hablaba ya acomodada en el asiento del piloto, mientras se abrochaba el cinturón.

—Para ser sincero, me siento como si estuviera a punto de morir.

Tras esta declaración, la tensión, el silencio y la sorpresa se instalaron cómodamente en el auto durante más de un par de segundos. Todas las miradas fijas en él. Ninguno parecía saber qué decir. La incomodidad fue tan palpable, que si no hubiese estado tan ocupado respirando profundo para calmar el latido enloquecido de su corazón y el mareo, se habría reído a carcajadas. La bonita cara morena de Carolina tenía una extraña expresión, mezcla de incomodidad y terror. Gonzalo tenía el ceño fruncido con contrariedad. Martín se dio cuenta de cuanto podía llegar a afectar a las personas cercanas a él, el hecho de que pudiera llegar a estar enfermo de alguna manera.

—Estoy jugando… Estoy muerto de sueño, eso es todo.

—Gonzalo, cambiemos de lugar. Yo me sentaré al frente con Carolina y tú pásate aquí atrás con Martín. Seguro que él te prefiere a ti a su lado.

—Cámbiate a este puesto mientras vuelvo —dijo Gonzalo mientras abría la puerta del auto.

—¿A dónde vas? —La voz de Carolina se escuchó un tanto histérica, lo cual era en cierta medida comprensible, porque ella estaba acostumbrada a ver en Martín a alguien inquebrantable que a pesar de ser menor que ella, siempre se mostraba y se sentía como un ente protector.

—Voy a conseguirle algo de tomar a Martín… Un café o algo así. No tardo.

El rápido vistazo que le dio Gonzalo, le demostró a Martín que a él no lo había engañado del todo con la historia de simplemente estar muerto de sueño.

Sinopsís

0

 

Martín ha descubierto una verdad con la que le cuesta lidiar… Los secretos, tan cuidadosamente guardados, escapan del baúl y están dejando muchas víctimas tras su revelación. Mientras que el pasado golpea fuertemente contra el presente, todos los errores tan fervientemente ocultos y enterrados ahora resurgen, e incluso los muertos reclaman su lugar de vuelta.
Es un momento crítico para Martín, su vida de niño mimado y malcriado choca con la cruda realidad y lo obliga a decidir como jugará las cartas que la vida le ha presentado y como enfrentará los confusos sentimientos que alberga su corazón.
La vida le ha dado una nueva oportunidad para amar… no tiene importancia alguna que parezca un absurdo… ¿Quién es él para ir en contra del destino? ¿Para negarse la oportunidad de ser feliz junto a alguien que está dispuesto, incluso, a morir por él en su afán de hacerlo feliz?
Ninguna importancia tiene el hecho de que haya conocido el sabor de su saliva, el aroma que su sudor emana durante el éxtasis y el sonido de sus orgasmos antes que la forma de su corazón… aun así, esto sigue siendo amor.

Edición: Amairani Rodríguez.