Capítulo 40: Cuando el Pasado Tienen Nombre

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—Lirio de Tigre — Repetí en un susurro. Era increíble como dos flores tan distintas, pueden poseer el mismo olor. Y ambas llevar con tal altivez, su belleza única e irreprochable. Pero mi flor no era una mujer, sino un exuberante hombre joven. Su vestimenta gritaba en silencio la clase social a la que pertenecía.

Parado frete a mí, señaló su pecho… de manera lenta y vocalizando con exageración me dice su nombre. — Martín…

Extracto obtenido del crossover PERORATA SOBRE LA NIEVE.

TERCERA PERSONA

 

Eran las seis y media de la tarde, Ariel había llegado desde hace casi una hora y diez minutos después, había aparecido frente a él su maestro de ceremonia preguntándole si podría entregarle una copia de su discurso.

Se había enterado que debía dar uno… como a eso de las tres de la tarde, así que no hubo tiempo de hacerlo en “forma”, sin mencionar que internamente Ariel estaba hecho un manojo de nervios. No le gustaba hablar en público, según él, se volvía torpe y decía incoherencias — en el mejor de los casos — Porque también había sucedido que se quedaba en blanco y sin posibilidad de articular palabra. Había sido de ese modo en su otra escuela y eso que solo había tenido que decir las efemérides de la semana en una ocasión, y en quinto grado hizo vergüenza publica en las tres ocasiones en las que William lo había obligado a pasar a cantar con él, en los eventos del “día del amor y la amistad” que se realizaban cada año. No es que cantara discorde, por el contrario, se le daba muy bien el asunto, si bien, no tenía voz de tenor, su canto era armonioso y cuidado, contrario al de Will que estar desafinado era el menor de sus problemas.

Pero en esta ocasión era mil veces peor, habría muchas personas importantes. Sus profesores y también los que solventaban su beca. Patrocinadores de escuelas particulares de pintura y gente conocedora que podrían interesarse en él y comprar sus cuadros.

Si bien, ya no estaba en quiebra gracias al trabajo en la fundación. Algo de dinero extra no le caerían nada mal, aunque la idea de vender sus cuadros tampoco le agradaba.

— ¿Ariel…? — Insistió el joven con la mano aun extendida a la espera del discurso.

— ¿Sí…?

— Tu discurso… necesito una copia. — Explicó.

Avergonzado por la situación pero sobre todo por tener que enseñar la hoja de libreta llena de tachaduras y maltrecha que sacó de la bolsa de su pantalón, y que le extendió al chico, quien parecía que en cualquier momento se echaría a reír.

— ¡Lo siento! — Se disculpó mientras le entregaba la hoja. — No sabía que tenía que dar un discurso y yo…

— Esta bien…— Aseguró el chico interrumpiéndolo. — Eres pintor no catedrático… si tú le entiendes a esto… — Agregó mientras miraba el “intento” de discurso escrito. — Entonces no hay problema.

Ariel se limitó a asentir y el chico le regaló una sonrisa amable. — Por cierto… — Le dijo volviendo sobre sus pasos hasta quedar de nuevo frente a él. — ¡Tranquilo! Ninguno de los de allá afuera va a morderte… no, si tú no quieres. — La carcajada que soltó dejó descolocado a Ariel.

Pero lo dejó pasar.

Había otras cosas que también le preocupaban. Aún no llegaba ninguno de los Katzel o sus respectivas parejas. Y entre todos, Damian tampoco estaba ahí… después de la discusión que tuvieron en la mañana, él simplemente se había ido.

 No había sido propiamente una discusión de ellos dos, sino más bien, cuando Ariel se preparaba para venir a la universidad, Damian había aparecido en el pórtico de la casa preguntándole si podía acompañarlo. El menor asintió y ante la ausencia de la moto, caminaron hasta donde el trasporte hacía su parada. Habían pasados muchos días desde la última vez que caminaron ese tramo largo.  Al principio se limitaron a ir el uno al lado del otro en completo silencio, después Ariel intentó sujetar la mano de Damian, a lo que este se hizo un lado impidiéndoselo.

 Ariel le cuestionó el motivo, lo hizo en tono bajo porque Damian parecía muy agitado, casi asustado y no quería empeorar las cosas con él.  Damian se limitó a decir que el menor estaba limpio y él en cambio, no lo estaba. Lo que dijo que no tuvo sentido para Ariel, pero a lo que el mayor se refería cuando dijo que estaba sucio, era que anoche cuando lo dejó, había ido a cazar. No quería tocarlo porque — aunque no literalmente — sus manos estaban manchadas de sangre. Sin embargo, poco o nada le importó a Ariel lo que dijo, pues pese a la renuencia de Damian, lo tomó de la mano y entrelazo sus dedos entre los del moreno.

 Después de eso Damian ya no insistió. Terminaron de recorrer el camino de esta manera y aun cuando ambos se subieron al camión Ariel no lo soltó. A esas horas no había mucha gente que abordara el trasporte, así que optaron por uno de los últimos asientos, Ariel había elegido el que estaba junto a la ventanilla y Damian tomó el otro a su lado.

 El menor estaba aferrado a mantenerse cerca de Damian y aunque no habían vuelto a cruzar palabras, se había recargado contra el costado del mayor, mientras que este le pasó el brazo por los hombros, como si lo abrazara. 

 El trasporte los dejaba a unas cuantas cuadras de la universidad, las caminaron de la misma manera, cogidos de las manos y en silencio. Hasta que unos sujetos, aparentes conocidos de Damian se les aparecieron de frente y comenzaron a provocarlos. Se burlaban porque Damian llevaba de la mano a Ariel. Pero el verdadero problema fue cuando uno de ellos intentó tocarlo. Entonces toda esa inusual pasividad que el moreno había demostrado hasta el momento, quedo reducida a cenizas.

 Damian puso a Ariel tras de su espalda y lo que empezó como sin palabras vulgares y de burla, el moreno lanzó golpes certeros contra los que no pudieron defenderse. Los estudiantes que transitaban por el lugar y los dueños de algunos comercios sobre la avenida, se detenían a mirar, pero nadie hacía nada por detener a Damian. Ariel se lo había pedido, pero al darse cuenta de que estaba siendo ignorado, decidió dejarlo. Que se hicieran pedazos si querían, pero él no planeaba quedarse a mirar.

 Se apresuró a llegar a la universidad y se sintió un poco más tranquilo cuando se reunió con los chicos del taller de pintura, Bianca saltó a sus brazos al verlo y Axel, quien estaba de vuelta después de casi una semana de ausencia debido a una severa tos, se les unió. Las cosas entre ellos estaban tensas aun, pero Axel se le acercó como si nada y también lo brazo. Ariel de inmediato rechazo su gesto, pero fue cuidadoso para que Bianca no se sintiera incluida en el rechazo. Hicieron un intercambio de palabras en las que Axel le dejaba en claro que estaba enterado de lo del video, Ariel lo miró con frialdad, pero la repentina presencia de Sedyey le complicó todo.

 Entendía y agradecía que Sedyey estuviera preocupado, pero ventilar sus problemas no era lo que Ariel pretendía. Así que le pidió que hablaran en privado, iban a alejarse del grupo cuando Damian llegó y Ariel terminó en medio de ambos. Debía tomar una decisión y no tuvo que pensarlo mucho, cuando Sedyey lo sujeto del brazo para alejarlo de Damian, este se deshizo del agarre, le dijo que hablarían después y fue a encontrarse con el que le miraba desde el enrejado.

 No pretendía cometer el mismo error, quería darle la seguridad a Damian de que sin importar que o quien, Ariel lo elegiría a él, solo a él.

 Se produjo entonces un dialogo incomodo, en el que Ariel le preguntaba si se encontraba bien y Damian lo mal miraba pero asentía. Entonces él le reprochaba el exceso de atención del que estaba siendo objeto. Y Ariel volvía a tomar su mano, mientras le decía que ninguno de ellos le importaba. Sus palabras lograron el efecto que quería, pues al instante Damian destenso el cuerpo e intentó ocultar una sonrisita traviesa.

 — ¿Me acompañaras en la noche? — Preguntó Ariel y Damian respondió un simple “tal vez”.

 Como no era la respuesta que esperaba, Ariel exigió una explicación que fuera validad, pero Damian solo dijo que no le gustaban los museos. — ¿Y no puedes hacer un esfuerzo por mí?

 — Lo voy a pensar… — Respondió el moreno, pero su actitud decía que en su negativa había algo más que desagrado por los Museos.

 En ese momento Ariel lo dijo sin pensar… pero a las horas, era tarde para arrepentirse, pues ya lo había hecho y también fue muy claro. Si Damian no llegaba a brindarle su apoyo, entonces, daría por finalizado lo que sea que tuvieran.

 No quería hacerlo, la vida entera era testigo que lo que menos deseaba era renunciar a Damian, pero las cosas habían tomado un rumbo difícil que sabía, no debía caminar a ciegas.

 

—  Amor… creo que te preocupaste en vano. — Dijo alguien detrás de él, haciendo que momentáneamente olvidara sus dilemas amorosos.

Se giró para mirar y se encontró con la deslumbrante sonrisa de Gianmarco. Le fue imposible no corresponder a ese gesto, pero tampoco pudo evitar mirarlo con cierto embeleso. El mayor ensanchó la sonrisa y le dedicó una caricia rápida en el rostro con la espalda de sus dedos. Le había visto acariciar de esa manara a Samko, pero nunca pensó que también lo tocaría a él de ese modo.

— ¡Wooou! — Exclamó Samko llegando junto a ellos. — Así que en efecto… me preocupe en vano. — Frenó a toda su comitiva que iba justo detrás de él. — Chicos… ya nada de esto va a ser necesario.

Gianmarco apartó la mirada de Ariel para posarlo en Samko y sin realmente quererlo, él le imitó. Había unas seis o siete personas detrás de él, con diversas bolsas, mientras que Samko sostenía lo que parecía ser un traje.  — Juro que por un momento creí que vendrías con Jeans y sudadera… —    Comentó mientras se acercaba a él y también le acarició. — No es que este mal, pero ahora también eres un Katzel y debes lucir como uno…

— Pues creo que se ve muy bien… — Comentó Gianmarco y volvió a bajar la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los de Ariel, quien de nuevo le miraba como si tuviera frente a él a algún tipo de ídolo profano.

— Me encanta cuando te mira de esa manera… — Agregó Samko divertido. — Me hace sentir que soy afortunado de tenerte…  Anda, regalale un beso antes de que se cuaje frente a ti.

Gianmarco se carcajeó y dando un paso hacia adelante hizo el gesto de querer acercarse y besarlo, pero Deviant, quien venía llegando, se movió más rápido y haló a Ariel por la espalda de su traje, haciéndolo retroceder hasta que casi lo echó a los brazos de James.

— Ya tienes a nuestro Sam y ahora… ¿también quieres a Ari…? — Cuestionó.

No lo había dicho en mal plan, pues al decir nuestro Sam… le hacía saber que reconocía su relación y la aceptaba. Pero también le dejó en claro, que en lo que se refiere a Ariel, debía mantener su distancia.

— También me da gusto verte Deviant…

Cuando iban a saludarse el mayor de los Katzel fue el primero en levantar la mano para estrecharla, pero Gianmarco tenía otras costumbres, así que lo atrajo hacía él de tal manera que sus estómagos quedaron juntos y beso su mejilla derecha, después la izquierda.

Han detrás de ellos carraspeó y le quitó de entre las manos a su Deviant. Pero Gianmarco de nuevo se movió rápido y atrapó en esta ocasión a Han y de la misma manera lo beso. — También a ti me da gusto verte…

James intentó huir de los mimos cariñosos del mayor, pero aunque con mucho más respeto que con los otros dos, también lo beso.  James prefirió centrar su atención en Ariel, quien le miraba fijamente. Estaba enterado de todo y le sonrió al notar su preocupación. Fue una sonrisa disimulada, solo para ellos dos.

Ariel se sentía en las nubes con los halagos que recibió de los Katzel, cuando miraba a Gianmarco — algo que sucedía con frecuencia — su mente quedaba en blanco. Hasta que Deviant lo notaba y tras cada vez, lo aventaba a los brazos de James.

Quien también había notado el efecto que Gianmarco tenía en Ariel. Internamente le molestaba, le ponía celoso, aunque no podía negar que Ariel también lo miraba a él de una manera especial. Pero mientras a Gianmarco únicamente lo miraba desde cierta distancia, como admirándolo. A él lo tocaba, aun sin motivo. Buscaba un contacto aunque fuese sutil. Y de cierta forma, algo así lo calmaba.

Para Ariel, mirar a James era pensar en Damian. Y hacerlo ahora era también ponerse triste.

— Vendrá… — Le dijo James, entendiendo su expresión. — ¿cierto? — Preguntó buscando el apoyo de los demás. Pero curiosa y tristemente los cuatro guardaron silencio. Se miraron entre ellos sin saber que decir.

Los ánimos de Ariel quedaron muertos y enterrados.

— Bueno… él no viene a estos lugares… — Comentó Deviant intentando disculparlo.

— No se siente cómodo en los lugares donde hay mucha gente. — Le hizo segunda Samko.

— ¡Es absurdo! — Bufó James sintiéndose enojado. — Si vino con esa persona porque no acompañarlo en este momento que es tan importante para él.

Eran muy contadas las veces en las que James perdía el control y hablaba de más, pero cuando Deviant y Samko lo traspasaron con la mirada, supo que había metido las cuatro patas. Han prefirió mirar hacia otro lado y Gianmarco le imitó.

— ¿Qué otra persona? — Preguntó Ariel en voz baja. Lo preguntó al aire porque a juzgar por sus expresiones, entendió que todos ahí, estaban enterados del asunto. — ¿James…?  — Presionó dirigiéndose a quien lo había iniciado todo.

— No debí decir eso… disculpa. — Respondió con simpleza y se incorporó del asiento improvisado que usaba, Ariel estaba acostumbrado a que Damian evadiera ciertos temas y demostrara esta actitud esquiva, que ahora comprendía, era de familia. Y en la lucha por confrontarlo había ganado ligereza. Razón por la que James no pudo huir.

— ¿Vendrá sí o no? — Le preguntó con dureza.

— ¿Qué se yo? — Respondió con otra pregunta. — Ya debería estar aquí… ¿No tienes suficiente respuesta con eso?

— ¡James! — Por primera vez Han entró en escena reprendiéndolo por la forma tan punzante en la que le habló al menor.

Por acto-reflejo Ariel retrocedió apartándose de él. En los últimos días había comprobado que esta forma de hablar iba siempre acompañaba de algún empujón que lo haría terminar en el piso. A ninguno de los presentes les pasó desapercibido el miedo que de la nada inundó al menor, mismo que quiso ocultar, pero ya era tarde.

— Fue alguien de su pasado… — Atajó Deviant. — Damian y yo habíamos venido a ver la remodelación que se le había hecho al Museo, a él de por sí no le atraían estos lugares, pero acepto venir conmigo. Y bueno… — Dudó. — Aquí lo conoció.

— Pero ya es pasado… — Interrumpió Samko. — No debes preocuparte, ya no importa. Mártin se fue y jamás va a volver.

— ¿Conocen a todos los pasados de Damian por sus nombres…? — Quiso saber, los miró a cada uno y le bastó el silencio. — Eso creí… — Aseguró. — No volvió al museo después de esa vez… ¿cierto?

— ¿Ariel…? — Intervino Sedyey, apareciendo por entre las cortinas. — Ya vamos a empezar… — Anunció mientras terminaba de llegar a su lado.

— Sedyey… — Dijo Deviant con desdén.

— Deviant… — Le imitó el tonó de voz, pero hubo algo más. Lo miró de la cabeza a los pies como si fuera poca cosa.

— ¿Algún problema Fosket? — Intervino Han, él no iba a permitir que nadie sobajara a la razón de su existir. Pero Sedyey simplemente le ignoró y centró su atención en Ariel.

— Así que… casi todos están aquí… — La forma en la que lo dijo hizo que Ariel bajara la mirada. — Ya tienes su respuesta, espero que esta vez la entiendas…

— Lo mismo digo… — Desde las escaleras otra voz se unió a la conversación, no hacía falta voltear para saber de quien se trataba.

— Por supuesto… — Respondió Sedyey con ironía, se sentía un poco más seguro de que con tanta gente, él no se atrevería a armar un escándalo. — Damian Katzel está aquí… — Dijo esto último mientras se alejaba.

Damian terminó de llegar hasta donde su familia lo esperaba. Los saludó a unos con más efusividad que a otros, pero no hizo de menos a nadie. El único que no se acercó, fue precisamente por quien estaba ahí.

Se veía esplendoroso con ese traje completamente blanco que de seguro resaltaba sus ojos bonitos, Damian casi podía imaginarlo, pero quería constatarlo. Sin embargo, Ariel mantenía el semblante decaído y la mirada baja. Le pareció un poco extravagante la indumentaria, pensó que se encontraría con su bosque nevado de siempre, pero hoy no había ni la sudadera con los Jeans de color, ni las botitas que tanto le gustaban.

Contrario a eso, saltaba a relucir el cuidado que había puesto en cada aspecto de lo que esa tarde llevaba puesto. Le gustaba lo inmaculado que se veía, y se sintió satisfecho de saber que más de uno le envidiaría a su pequeña joya.

— Se me hizo un poco tarde… pero no es para que te pongas así. — Lo soltó más por decir algo que porque tuvieran sentido sus palabras. Se atribuyó el descontento de Ariel, quizá por la costumbre o porque en el fondo, sabía que había llegado tarde de manera intencional.

Ariel no se movía… pero internamente era otra cosa. Ardía de coraje, los celos le consumían el alma y el orgullo. Lo que le estaba sucediendo no era normal en él, estaba errático. Apretaba con fuerza sus dientes intentando disimular, pero se veía tenso, demasiado tenso… para alguien como él.

Estaba contando pero no recordaba cómo es que del número doce ya iba en el sesenta y dos… pero seguía igual de molesto. No… Estaba mucho más enojado que cuando empezó a contar. Sentía la mirada de los ahora, seis frente a él, pero eso ya no importaba.

Damian tenía un pasado que era especial. Y eso le ardía en cada poro de la piel. Detestaba la idea, porque ese hombre frente a él era suyo, y no quería que nadie más rondara su mente ni sus recuerdos.

— Está a punto de explotar… — Anunció James y en efecto. Ariel levantó la mirada y la centró en Damian, era una mirada distinta a las que solía dedicarle. Fría, dura… lo traspasaba como si fueran espadas. Estaba culpándolo y con los ojos le exigía borrar ese recuerdo. Olvidar para siempre a esa persona.

Damian pudo sentir en su cuerpo el enojo de Ariel como si fuera suyo, lo olía… incluso James lo tentó aunque en menor medida. No era normal, lo supo cuando su lobo se agitó a en su interior, como si el animal ya no tuviera voluntad y fuera Ariel el que lo controlara y le obligara a agitarse tanto.

— ¿Quién es Mártin? — Lo soltó de golpe y con la voz cargada.

Los cinco alrededor de Damian se abrieron como apartándose del asunto. Y sus miradas pasaron de estar sobre Ariel a posarse sobre el rostro del moreno. Quien no supo que responder.

Todo estaba sucedido tan rápido que en un primer momento le fue imposible seguir el hilo de esa conversación. — Te hice una pregunta… responde. — El tono de orden seguido de esa nueva postura deliberadamente impositiva, sorprendió a los presentes.

¿Quién era este nuevo Ariel que presa del más intenso sentimiento de celos casi gruñía de la furia mientras enfrentaba a Damian? ¿Qué había sido de esa mirada tierna que ahora se enmarcaba en un rojo intenso producto de tantas sensaciones?

Y mientras uno se removía en su bilis, el otro admiraba la trasformación del que siempre creyó, un chico dulce. Por la mente de Damian pasaron muchas cosas, desde que casi le aplaudía al menor… porque si el Ari que siempre le sonríe era adorable, habría que ver la pequeña fierecita que tenía frete a él en estos momentos. Hasta esa otra parte suya en la que estaba tan sorprendido como todos los demás. Porque Ariel estaba fuera de sí, completamente irascible hasta el punto de que los dientes le castañeaban del coraje. — ¡Responde!

— ¿Qué cosa…?

— ¿Quién es Mártin? — Ahora que por fin le escuchaba, la mención del nombre le trajo a la memoria un momento de su pasado que parecía haber olvidado a voluntad.

O quizá no…

Una cabellera negra y revuelta, ojos intensamente grises con vilos azules que se asemejaban a pequeñas arañitas que tejen hacía abajo. Un cuerpo estilizado, labios finos y exquisitos… de los que bebió de la dulce agua del placer. Un par de muslos firmes y torneados en los que se enterró menos veces de las que hubiera deseado. El olor de una flor ártica en un cuerpo sublime, tibio y joven.

Un efímero momento en su vida en el que fue feliz… alguien que entre mentiras y medias verdades le exigió ser paciente por uno solo de sus besos y le enseñó a que en la vida no todo se puede y debe hacer a su antojo. Que también le obligó a ser educado, a procurar el placer de la otra persona con la finalidad de que ambos lo disfrutasen.

Mártin había sido de lo más fino que se había dado el lujo de disfrutar, alguien especial que creía no recordar pero que ahora comprobaba que seguía muy vivo en sus recuerdos, aunque de su partida ya habían pasado varios años.

Inconscientemente dejó escapar un suspiró y esa fue la primera cachetada figurada que recibió Ariel, por parte de Mártin… Su primera victoria frente a él.

La primera vez que se sintió derrotado por alguien a quien ni siquiera conocía.

¿Quién viene, coquetea con su moreno en un museo, se acuesta con él y se queda aunque se haya ido? ¿Qué derecho tenía ese de ser un vivido recuerdo en la memoria de la persona que él más quiere? Y la respuesta no haciéndose esperar, saltó al aire… Todo.

Mártin tenía todo el derecho de ser alguien en la vida de quien el quisiera por el simple hecho de desearlo. Porque Martín Ámbrizh como realmente es su nombre — siempre mal pronunciado por los Katzel— era el tipo de persona al que nadie le dice “No”. Aun que seas un hombre gruñón que se convierte en lobo a voluntad. Si lo sabía Damian que lo atrapó desde el primer momento en que sus ojos lo miraron.

— ¿Te diviertes recordándolo…? — Ariel se había acercado más, su rostro completamente rojo de coraje parecía irreal. Las palabras le habían salido cargadas y lentas. Los ojos le brillaban furiosos y sin darse cuenta había apretado sus manos volviéndolas puños.

Jamás… ni siquiera de chiste Damian pensó que algún día se sentiría tan en peligro delante de Ariel, como lo sentía ahora. Sabía que era él… su bosque nevado, pero simplemente no podía reconocerlo.

— No sé de qué hablas… — James negó lentamente con la cabeza, ante la respuesta de su hermano.

Ha decir verdad, todos esperan un poco más de Damian. Negarlo con tanta ligereza a estas alturas estaba de más. Y tampoco se trataba de que hubiera puesto especial empeño en que Ariel no lo notara.

— Te lo preguntaré una vez más…

— Te escuché perfectamente… — Rebatió Damian, pero para sorpresa de los presentes, incluso para el propio Damian, Ariel ni siquiera pensó en intimidarse.

Estaba cabreado y si hoy iba a correr sangre no sería únicamente la suya.

— ¿Quién es…?

— Un conocido… — Respondió como si nada. Como no dándole importancia al asunto de Mártin.

— ¿Y por qué lo conociste? — Pero Ariel estaba muy lejos de simplemente quererlo dejar pasar.

— ¿Estas celoso? ¿Es eso…? — Lo preguntó con ironía mientras se reía. Pero internamente, también se estaba enojando.

— Es más que simples celos por un perfecto desconocido que poco o nada me interesa… — Hubo un odio irracional en cada una de sus palabras, era como si de un segundo para otro Ariel hubiera aprendido odiar y lo estuviera dejando salir sin poner límites.

— ¿Estás seguro que no te interesa? ¿Por qué entonces haces tanto drama?

— Porque tuve que sentirme miserable por un simple beso que me fue arrebatado a traición… me gritaste, me empujaste y me hiciste daño solo por eso… mientras que tú… te atreves a conservas recuerdos amorosos de quien sabe qué tipo… ¿Quién es peor? ¿Tú o yo?

— Si no estás a gusto porque no simplemente das la media vuelta y te largas… — Se lo gritó a la cara y en efecto, de nuevo lo empujó.

Ariel trastabilló pero logró mantener el equilibrio.

— Damian ya basta… — Intervino Deviant.

— No… no fui yo quien lo empezó. — Aclaró mientras que con una seña le ordenaba a su hermano que no se metiera. — ¿Quién te crees que eres para cuestionarme por mi vida?

— No es por mí que no tengo un título por el cual llamarme. — Su valor había menguado, pero el coraje seguía fresco y latente en su interior. Aun si de antemano sabía que con Damian siempre tenía las de perder, no por ello pensaba quedarse callado.

— No vales tanto como para decir que eres algo de mí…

— ¡Damian! — Fue en turno de James pero al igual que con Deviant, se le ordenó no interrumpir.

— ¿Y qué te hace pensar que tu vales más que yo…? ¿Por qué de nuevo me hablas de esta manera…? ¿Dónde están todas esas palabras amables que me decías anoche…? — Eso último logró desarmar al mayor. Ariel lo había dicho como si se burlara de sus palabras y por muy orgulloso que fuera, lo había herido. — ¿Qué es él sobre mí para que guardes en tu memoria un buen recuerdo suyo, mientras que a mí, que estoy aquí… contigo… me hablas como si significara nada?

— ¿Pero quien te dijo a ti que tu siquiera significas algo en mi vida…? — La sátira con la que habló logró herir a Ariel. — Estoy contigo porque no tengo nada mejor que hacer.

— Vete Ari… — Le pidió Han. — No lo escuches.

— No te metas… — Bufó Damian.

— Eres un cobarde… — Dijo Ariel, aunque con la voz rota y los ojos inundados prefirió enfrentarlo, si era verdad que esto iba a terminar, pues que sucediera de una vez por todas. — Y un mentiroso, un maldito mentiroso.

— Y tú eres un niño estúpido… ¿Creíste que te quería para algo serio? ¡Por favor! No seas ridículo. — Casi se lo escupió a la cara y Ariel se mantuvo firme aun si por dentro se desmoronaba. — Tú no puedes si quiera compararte con él…

— Eso no es verdad… — Negó James mirando fijamente al menor. — Vete… no tiene caso que escuches todo esto. — James casi lo tomó de la mano dispuesto a dirigirlo a cualquier otro lugar lejos de aquí y por alguna extraña razón, Ariel cedió ante él.

Intentó irse… pero aun cuando le dio la espalda Damian continuó hablando.

— Mártin si era un hombre de verdad, no el intento de ser humano que eres tú. Su apariencia era irreprochable, era fino, culto… no un niño mimado que ni siquiera sabe lo que quiere de su vida. En el sexo… — Hizo un sonido lascivo con los labios que hizo que Ariel se frenara y soltó de James. — Sabía lo que hacía. Supo llenarme, complacerme… Se movía con fiereza. El mejor sexo de mi vida lo tuve con él…Tú ni siquiera en la cama eres bueno.

Por delante de Ariel, apareció Taylor. Había ido a buscarlo porque en poco tiempo le tocaría dar su discurso. Vio el rostro inundado de Ariel y escuchó gran parte de lo que Damian le decía.

— Eres todo un fracaso, no me sirves para nada. — Agregó. — Lamento tanto que Mártin se haya ido… él sí valía la pena en todos los sentidos, no que tú… me arrepiento de ti, me das vergüenza…

Más que todas las cosas que habían sucedido en los días anteriores, esto le dolió. Por primera vez en sus diecinueve años de vida, Ariel sintió lo que es tener un corazón roto. Vio lo inútil que eran sus sentimientos hacia Damian, él no lo valoraba ni le interesaban.

Su orgullo y su dignidad terminaron pisoteados y heridos. Sin embargo, se volvió sobre sus pasos y sin importarle que los demás lo vieran llorar se acercó hasta Damian, quien al mirarlo en ese estado, se detuvo de lo que decía…

— Contéstame una sola cosa… — Pidió. — ¿Y él… él que es tan perfecto, también te quiso si quiera la mitad de lo que este fracasado te ha querido? — Damian contuvo el aliento sin poder ocultar su sorpresa… ahí estaban. Las palabras que tanto había querido escuchar. — Espero que sí… — Agregó Ariel, mientras se quitaba las lágrimas de los ojos con más fuerza de la necesaria. — De corazón Damián, espero que sí… porque conmigo se acabó.

 

 

 

NOTA:

Martín Ámbrizh es propiedad de la autora Angélica Morillo y es el protagonista de su novela PERORATA DE UN MALCRIADO ENAMORADO.

De la relación que Martín sostuvo con Damian próximamente podrán leerla a través del Crossover PERORATA SOBRE LA NIEVE. El cual ha sido escrito en colaboración con la autora. Extendiendo una invitación abierta a que se tomen el tiempo de conocer a Martín, no dudo que el igual que yo, terminaran amándolo.

Capítulo 39: Viento y Nieve

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viento-y-nieve

 

ALMA GEMELA

Elegí estar unido a él mediante un estrecho lazo mutuo.

          DAMIAN

 

Existen tantas cosas en este mundo que escapan de nuestra imaginación o de lo que quizá seriamos capaces de racionalizar, comprender y sobre todo aceptar. Seres de luz y de oscuridad. Otros tantos de los que la mayoría cree que son solo cuentos o leyendas sobrenaturales… paranormales.

Seres que parecen haber sido sacados de un mundo ilusorio… Pero que el hecho de que no se crea en ellos, está lejos de significar que no existen. Que no estén a nuestro alrededor, observando todo lo que sucede y tomando participación en cada evento de lo que nos sucede.

Yo mismo soy parte de ese grupo.

Ni humano ni animal… sino una extraña y perturbadora mezcla de ambos. Sentidos más desarrollados, rapidez, fuerza sobrenatural, imposibilidad de morir con la misma facilidad que un humano. Inmune a enfermedades, una memoria fotográfica que almacena todo, temperatura corporal inusual… y pese a todo, cuando regodearme de esto dejó de ser suficiente para mí. Cuando transformarme a placer en una bestia descomunal, ya no era tan interesante… Cuando traficar con personas y matar perdió lo emocionante y la adrenalina ya no recorría mis venas, ni me embargaba ese sentimiento de éxtasis que se había vuelto adictivo para mí.

Entonces… se me ocurrió la loca idea de meterme en asuntos oscuros.

Mucho más oscuros…

Busqué a los que sabían de esos temas y aprendí. Fue sencillo, esos “seres malignos” me habían acompañado desde que nací, era visibles a mis ojos pero hasta ese momento, había intentado pasar de ellos, ignorar que me reconocían como uno de los suyos. Hasta que les puse nombre y con un solo llamado terminamos miráramos de frente.

Y lo que normalmente toma toda una vida saber, me descubrí manejándolo en pocos años.

Como siempre… no puse límites.

Hice promesas que cuando el tema me aburrió y opté por algo distinto, se volvieron mandas incumplidas… ¿Las consecuencias? Castigos, penitencias que no se olvidarían hasta que fuesen saldadas. No le di la importancia ni el respeto que merecían.  Incluso, por algún tiempo fue gracioso pensar que había una sucesión de no-vivos detrás mí, llamándome a cuentas. Pero conforme mi vida, paradójicamente, se iba llenando de vacío, ellos desaparecieron.

Me fue sencillo deducir que lo nuestro se había vuelto un asunto olvidado.

Al menos, hasta el momento que quisieron cobrarse mi deuda con la vida de James. Entonces el juego perdió la gracia y el asunto se volvió relevante en mi vida. Cuando tuve que enfrentarme a ellos comprendí que el asunto se me había salido de las manos. Que estaban furiosos y que no descansarían hasta arrebatarme de las manos la más mínima gota de felicidad que pudiera poseer.

¿Cómo lo supieron? No lo sé…

Lo que sentía por James fue algo que no hable con nadie. Mi afecto hacía él era distinto al que sentía por Deviant e incluso por Samko. En ese entonces, nuestra relación era pésima… pero eso no cambio en nada mi aprecio.

Sabía que todo se remontaba a los días en los que lo traje. Él fue de las primeras veces que siendo completamente egoísta quise tomar algo para mí. Mi soledad era abrumadora y lastimera, James pese a ser muy niño tenía una mala vida, padres que no lo amaban y que no cuidaban bien de él. Lo vi tan triste y solo… casi tanto como lo estaba yo.

Matar a su padre no me causo el menor de los remordimientos.

Solo recuerdo que James iba de la mano de ese hombre, se sentía seguro con él, sin saber que iba a darlo a cambio de una deuda que había generado intereses cuantiosos. No sé qué me hizo pensar que conmigo llevaría una mejor vida. Esa misma tarde, tres hombres murieron y yo volví a casa de los Katzel con un niñito de cinco años que iba de mi mano, con el rostro sucio por las lágrimas, con frió y hambriento.

Por supuesto… me dijeron que no podía conservarlo. Que era muy joven como para hacerme de una responsabilidad tan grande como lo es tener un hijo. Aunque a esa edad no me veía tan diferente que como ahora, si acaso era unos centímetros más bajo. Pero hice huelga de hambre, y un plantón fuera de la casa.

Me quedé a mitad del jardín, sin importarme si nevaba, con el niño dormido entre mis brazos y mirando con cara de maldito al que se me pusiera enfrente. Adentro, Deviant que para esas fechas tenía casi quince años, intentaba convencer a su padre de que me dejara quedarme con James. Mientras Samko volvía locos a todos con sus gritos y porque no dejaba de llorar por mí. Y aunque con sus casi tres años de edad, era el que menos entendía lo que estaba sucediendo, expresó a su modo, que también quería quedarse con James.

Jean se encargó de todo lo demás. Y pasada una semana vino a mi habitación y me entregó una carpeta con todos los papeles del niño.

— Aunque tiene nuestro apellido… James es tu completa y total responsabilidad. — Me aclaró.

De cierta forma me sentí feliz, aunque estaba inconforme con ciertas cosas… a saber, en cuanto mi nueva responsabilidad vio a Deviant se apegó a él y Han, que ya desde ese entonces estaba detrás del mayor de mis hermanos.

Nuestra relación se fue haciendo distante, mala… No confiaba en mí, me ignoraba por mucho que a mí manera, le buscara. Pero por cada cosa que yo dijera o hiciera se sentía profundamente herido… No sabía cómo debía tratarlo así que pensé en dejarlo.

Sin embargo, él presenció cuando maté a su padre y busqué la ayuda de la bruja para quitarle ese recuerdo. Ella aceptó hacerlo, pero a cambio, nos unió bajo un vínculo permanente que tuvo un significado especial para mí. Ni Deviant ni Samko eran tan míos como lo era James.

En ese sentido, él era especial y conforme lo vi crecer todo aumento… Supuse que por eso quisieron quitármelo.

Romper un vínculo como el nuestro es muy doloroso. Jamás antes había experimentado tanto dolor… conforme moría, mi vida entera se rompía. Cada fibra de mi ser se quebraba.

Recuerdo ese día como si hubiese sido ayer…

Había ido a una excursión por parte del colegió, Deviant y yo le firmamos el permiso para que asistiera. Pese a su forma de ser tan reservada, era popular entre sus compañeros, todo el tiempo estaba rodeado de muchos amigos. Debido a su salud, no lo dejamos viajar pero esa vez, ambos cedimos porque se veía muy emocionado con la posibilidad de ir.

Deviant le había dicho que le llamaría cada cuatro horas para asegurarse de que estuviera bien. A todos nos pareció una exageración pero nadie hizo reparos en ello, ni siquiera James.

Por Deviant supimos que todo en cuanto al viaje, había ido lo que le sigue de bien. Aunque solo se había ido el fin de semana, se hicieron planes para su regreso, como era el favorito de Deviant, todos nos reuniríamos a ver las fotos que James había tomado durante el viaje. Sabíamos que llegarían a eso de las siete de la noche y le esperábamos en la casa.

Sin embargo, de vuelta a Sibiu, se produjo un accidente que ninguno de los cuarenta y dos estudiantes y cinco profesores, pudieron explicar… Cruzaban el puente Strada Sașilor para salir de Avrig, todo estaba bien, la excursión los había dejado exhaustos y la mayoría de los chicos dormían.

De la nada, porque no había más autobuses ni carros particulares en el carril derecho… algo golpeó el lado izquierdo del camión con tal fuerza que le sacó del camino y le obligó a irse contra los muros de contención. El chofer maniobró para evitarlo, pero poco pudo hacer, derribó parte del muro y más de la mitad del autobús quedó suspendido en la nada. Eran aproximadamente unos treinta y cinco metros de altura hasta el río que cruzaba debajo. 

Hubo poco tiempo para sacarlos a todos…

Los que estaban más heridos fueron los primeros en bajar, mi hermano en cambio, fue de los últimos. Un chico de su clase, él y uno de grado mayor se habían ofrecido para sacar a los demás. Sin embargo, cuando fue el turno de James para salir, las puertas se cerraron de la nada y tan de improvisto que terminó estrellándose contra el cristal y perdió el conocimiento. El camión se inclinó hacia atrás vertiginosamente. Y despeñó rio abajo.

Nadie pudo hacer nada por los tres que quedaron dentro del autobús.

Según me dijeron, su compañero de clase fue el primero en salir, pero de James y del otro chico, no se veía rastros.

Cuando nos avisaron, fui el primero en llegar. Todo lo que sé, es lo que en ese momento me informaron. Posteriormente se fueron añadiendo otras cosas.

Dicen que tardaron demasiado en salir, que James ya no respiraba cuando el otro chico lo arrastró hasta la orilla del rio. El agua estaba helada y ambos tenían heridas de cierta gravedad. Pero que esa persona no lo abandonó, que lo auxilió hasta que James empezó a respirar y aun después, se quedó con él.

Cuando lo busqué, James estaba siendo atendido en una de las ambulancias y a su lado se encontraba quien le había cuidado. Un acérrimo enemigo de la familia al que le estaré agradecido el resto de mi vida… Taylor Fosket. 

 

Después de una recuperación larga, pude obtener su versión de los hechos. La razón de las marcas que habían aparecido en el cuerpo de James y los seres que le atormentaban en sueños. Y que Taylor también había visto.

Por lo que sucedió, intenté redimirme. Primero agregué un segundo amuleto protector a su muñequera y traté de cumplir las mandas, pero ya no era eso lo que buscaban de mí.

Querían más…

Y cada cierto tiempo, esos seres portadores de una maldad sin límites, tal y como lo soy yo… me hacían visitas.

Me recuerdan que la vida que estoy tratando de llevar, es una farsa. Que alguien como yo no tiene derecho de poseer tan solo “una décima de amor” y tampoco, menos que todo, el derecho de ser amado.

Su presencia, anuncia noticias terribles… cambios en mí que quizá me orillen a abandonarlo todo durante algún tiempo, hasta que aprenda a controlarlo y de ese modo, no resultar una amenaza latente para mi familia. Enfermedades, caos… otras veces, simplemente me reprochan que me haya alejado del bosque y me obligan a volver. Sus lamentos son por eso.

 

PUNTO… Y SEGUIDO.

Tienes que soltar a uno para poder sujetar al otro.

 

 

TERCERA PERSONA

 

Fue cuestión de segundos para que después de que Damian se desplomara en el piso, su trasformación perdiera fuerza y terminó desnudo en su piel de humano. Su cuerpo seguía tiritando de frío, pero en cuanto su respiración se reguló, abrió los ojos. Y como si algo le repeliera del suelo, se puso de pie y corrió hasta el interior de la casa.

Buscó con que cubrirse y fue escaleras arriba hasta la habitación de Ariel, con la prisa de quien teme haber llegado demasiado tarde. Lo había escuchado antes de perder el conocimiento, ese grito había sido real.

Entró sin cuidado y empujando la puerta sin que le importara si se azotaba. Y ahí lo encontró, justo donde lo había dejado al salir. Pero algunas cosas eran distintas.

Ariel sudaba de manera exagerada y olía a sangre.

Fue hacía él y con más cuidado del necesario lo sostuvo en brazos. Al tacto resultó que su piel ardía. Contrario a la suya que aún conservaba ese frío que mientras estuvo en la sala le había invadido, aunque ahora, lo sentía en menor medida.

Toda la ropa de Ariel estaba húmeda y su cabello se había pegado a su frente formando mechones de los cuales goteaba sudor. Lo acomodó sobre la cama y fue hasta ese momento que notó que había sangrado por la nariz.

Una línea irregular de sangre al chorrear, bajaba desde su nariz cruzando su quijada hasta el cuello. Sus inhalaciones eran muy leves y tardadas y sus latidos se escuchaban inconstantes.

— ¿Ari…? — Le nombró asustado — ¡Ari despierta! — Lo sacudió con suavidad, pero con la fuerza suficiente como para despertarlo. — Ariel… no estoy jugando, debes despertar… — Agregó con severidad, como si con eso, pusiera sacarlo de la inconciencia.

Por supuesto, no hubo respuesta.

Se arrodilló frente a él y con ambas manos peino hacía atrás los cabellos menor, para despejar su frente. Sin detenerse en reparar en lo que hacía, comenzó a olfatearlo. Era una escena un poco extraña de ver, pero el olor de Ariel había disminuido y Damian pretendía encontrar el motivo.

Temía que se tratara de algo grave. Y de ser así, poco le importaba estar medio desnudo, estaba dispuesto a salir corriendo con Ariel en brazos hasta el hospital más cercano.

Se acercó un poco más hasta que su rostro estuvo sobre el del menor.  Volvió a recorrer su rostro con sus manos mientras le hablaba en susurros. A simple vista, Ariel solo dormía, su expresión era apacible y relajada. Pero interiormente estaba tan exaltado que incluso Damian podía sentirlo.

Le pareció entonces que el menor había pronunciado el nombre de James, mientras fruncía el entrecejo y apretaba con fuerza los ojos un par de veces. Pero no estaba seguro… había sido tan rápido, que para cuando prestó mayor atención, Ariel estaba inmóvil en la cama. Pensó que quizá era una mala jugada de su mente, aun un poco entumida. Pero en su interior, la duda ya le carcomía.

Sabía que tenía razones de sobra para creer que si Ariel se había visto afectado por lo que sucedió, entonces, James también lo estaría.

¿Qué es lo que debería hacer…?

Pensó en dejar a Ariel en la habitación e ir a buscar a su hermano. Pero la sola idea de que esos seres regresaran valiéndose de que él no estaba e intentaran dañarlo, le hizo sostenerlo entre sus brazos nuevamente. Decidió que lo mejor era llamar a Deviant para que él buscara a James.

Con eso en mente, bajó las escaleras con rumbo a la sala. Dejó al menor sobre el sillón largo, mientras tecleaba con rapidez el número de Deviant. Lo más lógico hubiera sido llamar a James, pero si sus suposiciones eran ciertas, su hermano no pondría atender. Al tercer timbre contestó.

— ¿Ari…?  ¿Qué sucede? — Preguntó alarmado Deviant, el número que aparecía en la pantalla de su móvil era el de la casa de los abuelos de Ariel. Y era inusual, porque el menor solía llamarle desde su número particular.

— Deviant… busca a James… — Ordenó.

— ¿Damian?

— Busca a James y asegurate de que este bien. — La prisa se le notaba en la voz, pero Deviant no seguiría sus instrucciones a menos que se le diera una explicación. Y eso Damian lo sabía perfectamente.

— Si no me dices que es lo que pasa… no lo haré.

— Deviant no es momento…

— Pasame a Ariel. — Le interrumpió.

— Deviant…

— Solo pasámelo Damian… — Exigió.

— Paso algo… — Comentó vencido. — Lo mismo que cuando James tuvo el accidente. — Por primera vez, Deviant guardó silencio y escuchó con paciencia todo lo que Damian le decía. Él se lo había contado en aquella ocasión… y aunque parecía algo imposible, irreal… Deviant no dudó ni un solo segundo que su hermano dijera la verdad. Después de todo, él mismo había comprobado y de primera mano, que esas cosas si existen.

Se preocupó por Ariel, pero Damian le aseguró que se haría cargo de él, pero que no podía sentir a James y por eso le pedía que lo buscara. Ya lo había notado antes, cuando estaba con Ariel, James se le perdía, y viceversa. La Wicca lo había mencionado, no podía estar unido a dos almas. Al menos, no de la misma manera. — Avisame cuando estés con él… y no lo dejes solo. — Le pidió. — Iré a verles mañana, no puedo salir ahora… no es seguro. — Colgó justo después.

***

Deviant salió disparado de su oficina. La forma tan estrepitosa en la que salió, llamó la atención del único que esta tan al pendiente de él… Han.

Lo siguió con la mirada y cuando se dio cuenta de lo que hacía, ya lo había interceptado en el camino. Deviant se asustó cuando apareció frente a él, así tan de repente, que tuvo que frenar de golpe.

— ¿Qué sucede? — Preguntó alarmado.

— Han… ¡Diablos! — Se quejó. — ¿Intentas matarme de un susto? — El aludido se encogió de hombros mientras negaba lentamente.

— ¡Lo siento!  — Dijo — Pero… ¿A dónde vas?

Deviant ya se había dicho que no volvería a caer en lo mismo. Que a partir de ahora, si sus hermanos se metían en líos, dejarían a Han fuera de sus asuntos. No porque no deseara compartirlo con él, sino para no darle molestias innecesarias.

— ¡Nada! — Se limitó a decir.

— ¿Nada…? — Repitió — Pues no es lo que parece… ¿Por qué saliste de esa manera de tu oficina? ¿A quién le marcabas?

— No voy a ir a verme con nadie… si es eso lo que te preocupa. — Agregó molesto ante el tonito que Han había usado al preguntarle.

— Lo sé… pero también sé que algo pasa… ¿Se trata de Damian? — Deviant negó. — ¿Samko…?

— Solo tengo algo que hacer… lo recordé de repente.

— ¿A estas horas…?

— Me tengo que ir… — Dicho esto, se dio media vuelta y salió por la puerta del frente.

Han sabía que tenía que ver con sus hermanos, solo ellos tenían el poder de alterarlo tanto. Y también sabía que Deviant ya no pensaba hacerlo participe de esos asuntos. Pero si no se trataba de Samko y tampoco de Damian, entonces tenía que ver con James y él como padre sustituto tenía todo el derecho del mundo de saber lo que le sucedía.

Con eso en mente se quitó el mandil y con voz al cuello le pidió a Ness que se hiciera cargo de la barra. Quien por cierto, no tuvo tiempo de siquiera, intentar negarse. Porque cuando quiso hacerlo, Han ya no estaba.

Pensaba que el hecho de que fueran amigos, no le daba el derecho de que le cargara mano. Pues para esa noche, se proclamaba ya… con suficiente trabajo. Pero igualmente, fue por las cosas que Han había dejado sobre la mesa y se dispuso a atender a toda la gente que esperaba por sus bebidas.

— Yo conduzco… — Anunció mientras le quitaba las llaves de la manos. Deviant lo miró con aprensión, porque nuevamente se le había aparecido de la nada, asustándolo.

— Han… estas en horas de trabajo.

— Ya conseguí acostarme con el dueño, eso era lo único que quería cuando acepté este trabajo… así que si quieres puedes correrme. — Lo dijo a modo de broma, pero al mismo tiempo, dejándole en claro que estaba resuelto a acompañarlo.

Deviant lo insultó cariñosamente y aunque intentó mostrarse ofendido, la sonrisa discreta que surcaba sus labios se lo impidió. Aún estaba preocupado por James, pero eso no impedía que agradeciera el apoyo de Han.

Le dijo que irían a buscarlo a su departamento, y mientras Han conducía Deviant intentaba llamarlo de nuevo. Después de varios intentos una mujer atendió la llamada. Al mismo tiempo se preguntaron quien eran. Y Deviant se presentó como el hermano mayor, a lo que la mujer contestó que era una amiga.

Le dijo entonces… que algo malo le había ocurrido a James, que estaban en una fiesta dos pisos arriba del departamento del menor. Y que de la nada, él se había desplomado y desde entonces continuaba inconsciente.

Le explicó también que llamaron a una ambulancia y que no tardaría en llegar para llevárselo. Y en efecto, cuando ellos llegaron ya lo tenían en una camilla. Lo estaban atendiendo y ya estaba despierto, aunque parecía aturdido.

Deviant mintió diciendo que a veces le pasaba, que solo debía darle su medicamento y que estaría bien. También dijo que Han era su doctor familiar y que él se encargaría de todo. Pese a la renuencia de los paramédicos, no permitió que se lo llevaran al hospital. Sino que lo bajó de la camilla y lo metió en la parte trasera del auto. También resguardó la puerta hasta que dejaron de insistir con eso de que debían llevárselo al hospital. Han a su lado, intentaba ser útil, aunque no sabía de qué iba todo esto.

Para cuando Deviant dijo “vámonos”, él apenas y si se tomó el tiempo de abrirle la puerta del copiloto, esperar a que se acomodara y cerrarla de nuevo, para casi correr hasta su lugar y emprendieron la marcha.

— ¿Qué fue lo que le paso…? — Preguntó Han, mientras conducía con rumbo al departamento de Deviant. — ¿Cómo supiste que se había puesto mal?

— Han… necesito que confíes en mí. — Pidió Deviant. — Lo que importa es que James ya está con nosotros.

— Yo también necesito que confíes en mí… — Rebatió en tono bajo. — No se ve bien… esta pálido y no deja de quejarse de ese dolor de cabeza. — En efecto, James se había hecho bolita sobre el asiento sosteniéndose la cabeza y se mecía de adelante hacía atrás.

— Damian me llamó y me dijo que lo buscara. — Respondió.

— ¿Cómo lo supo él? ¿Acaso no está con Ari?

— Él se lo dijo… — Confesó rendido.

— ¿Ariel? ¿Y cómo lo supo Ariel?

— No lo se Han… Damian nunca da demasiadas explicaciones.

— Voy a vomitar… — Anunció James y el auto freno de golpe.

 

LA BESTIA NEGRA

Los que saben lo llaman trastorno limítrofe de la personalidad.

          DEL AUTOR A DAMIAN

 

¿Qué es lo que sucede contigo…?

                Algunos de los lectores se l

o preguntan, inclusive tú lo haces. Te lo cuestionas después de cada una de tus discusiones con Ariel, o en las noches, cuando él se ha dormido y aprovechas para mirarlo a tus anchas.

Pero no puedes explicarlo… porque ni tú mismo lo entiendes.

Estas irascible y no parece importarte tratarlo con hostilidad… hasta mucho después, cuando te das cuenta que otra vez exageraste, que no debiste gritarle o decirle todas esas cosas que de antemano, eres consiente que lo iban a herir.

No te detienes hasta que frente a ti, deja de pelear y entristece o hasta que pese a estar a tu lado, se queda callado y con la vista perdida en la nada. Sumido en sus pensamientos y encharcado en una melancolía que sabes… lleva tu nombre.

Te aprovechas porque intuyes que sin importar que… lo pasará por alto. Que no te exige que te disculpes y que después de unas horas, si te acercas y le hablas como si nada hubiera pasado te va a seguir el juego.

Pero deberías de considerar que quizá te estas confiando demasiado…

Nada está dicho aún… el rumbo de la historia puede cambiar y tu desaparecer. Y es que Ariel ya no sonríe tanto cuando está contigo. Tiene más momentos tristes de los que puede sentirse feliz o dichoso.

Y lo de esta noche… has ido demasiado lejos.

Culpar a la bestia que llevas dentro ya no es excusa, ni tu carácter defectuoso te exime. Y lo sabes… ¿Por qué ahora lo miras de esa manera?

Lo sostienes entre tus brazos como si fuera lo más valioso y tu mirada lo recorre afligida. ¿Estas arrepentido…? Pues déjame decirte que es muy tarde. Y que estas en serios problemas…

Los seres que te persiguen son solo una parte — por cierto — una terrible y escabrosa parte. ¿Qué es lo que vas a hacer? Todo lo tienes en contra…

  • Tu relación con él se está cayendo a pedazos.
  • Por donde lo veas tienes competencia, sin mencionar que cualquiera de ellos cubriría perfectamente tu sitio, sin tan solo Ariel lo aceptara.
  • Últimamente has estado muy débil. Decidiste ya no cazar y eso está muy bien, pero ir en contra de tu naturaleza te pone voluble.
  • Sabes que algo malo esta por suceder, lo puedes sentir…

Niegas un par de veces con la cabeza y vuelves a las escaleras para llevarlo a su habitación. Pero no lo dejas en la cama, sino que te diriges al cuarto de baño… ahora mismo no quieres pensar en esto, ni lo que sucederá cuando Ariel despierte.

Tienes miedo, pero tampoco lo vas a reconocer.

Con cuidado lo sientas en la tina, intentas que este lo más cómodo posible. Te relaja un poco el saber que aunque su piel aún está caliente, ya no suda… compruebas con cierta alegría que su ritmo cardiaco y sus respiraciones se han regularizado. Y es que logró darte un buen susto.

Mientras el agua va acumulándose y la tina se llena, lo desvistes.

Lo haces con la destreza propia de quien reconoce el terreno que está andando. No es la primera vez que tienes su cuerpo desnudo frente a ti… sin embargo, sientes el mismo nerviosismo que en aquella ocasión. No hay morbo… curiosamente con él casi no lo hubo. Tus sentimientos te pueden, te superan y aunque su desnudes, notoriamente te afecta — consecuencia de los días en abstinencia — lo miras solo lo necesario y lo haces con respeto.

Tampoco entiendes el motivo de esta nueva y extraña actitud pero sabes que con él todo es distinto. Te estiras para alcanzar la esponja y el jabón líquido. Te arrodillas en el piso, pero justo a su lado. Lentamente vas lavando su cuerpo, empezando por sus brazos y hombros. La marca de tu mano en su cuello te hace decaer. Hay muchas y aunque todavía están rojas, sabes que no tardaran en ponerse moradas. Peor aún… sabes que cada que Ariel las vea, le recordaran este momento, de la misma manera que sucederá contigo.

Aun cuando desaparezcan, seguirán estando ahí.

Empapas la esponja en el agua y la exprimes sobre su pecho, repites lo mismo varias veces. Quieres lavarlas como si fueran simples manchas de tinta, pero el agua no va a borrarlas. Finalmente, con el semblante ensombrecido, dejas en el olvido la esponja y lo frotas con tus manos. Susurras su nombre un par de veces, pero Ariel parece estar atrapado en un sueño profundo del que ni tu voz ni tu tacto pueden sacarlo.

Recargas su cabeza en tu brazo y lavas su rostro. Con tus dedos vas quitando los rastros que la sangre al escurrir ha ido dejado, en una línea irregular desde su nariz hasta su cuello. Pones Shampoo en su cabello y frotas levemente. Luchas por no perderte entre tus pensamientos. Pero algunos se cuelan y te hacen dudar… Nuevamente esta esa sensación de vacío en tu interior y sin que lo notes, lo sujetas con más fuerza, como si fuera a evaporarse en la nada… como si desapareciera y nunca más pudieras encontrarle.

Te preguntas porque… Quieres saber que te hizo este “chiquillo” — como sueles llamarlo cuando pretendes hacerlo enojar — para tenerte así de inestable.

Es cierto… a simple vista, Ariel es solo un niño que espera que ciertas partes de su cuerpo terminen de desarrollarse. Sin mucho chiste cuando se enoja, algo débil de cuerpo, aunque con un carácter imposible, así… casi como el tuyo. Pero es mucho más que eso… Él es todo lo que alguna vez deseaste para ti. Todo aquello que quizá no mereces y lo que el destino parece empeñado en quitarte.

— ¡Lo siento mucho! — Susurras mientras le dejas un beso rápido en su mejilla húmeda. — Pase lo que la pase mañana y sin importar que tan mierda pueda llegar a ser contigo. Hoy… siendo solo yo, quiero decirte que te quiero… y que Erdely… jamás voy a olvidarte… jamás.

Te dices a ti mismo que la promesa que acabas de hacerle es de esas que deben cumplirse. Pero si realmente Ariel es tan importante como mencionas… ¿Por qué le haces creer lo contrario?

Verás, encasillarte en un cuadro clínico no fue nada sencillo. La palabra Bordeline no rondó mi cabeza hasta hace poco más de un mes. Hay una gran cantidad de matices sintomáticos en ti. La bestia negra — El titulo te queda como anillo al dedo — la génesis que explica tu inestabilidad en las relaciones interpersonales y tu deficiencia en las amorosas, es nada más y nada menos que la suma de factores y circunstancias que le dieron origen a tu existencia.

Debido a lo que eres, tienes miedo a ser abandonado. Tus relaciones pasadas eran intensas, inestables… idealizas y devaluás a una velocidad sorprendente. Estas confundido… no sabes quién eres cuando estas sin él. Y ante cualquiera que se le acerque te muestras reactivo, dispuesto a estallar. Todos ellos son una amenaza latente que deseas destruir.

Tus sentimientos de vacío se han vuelto crónicos y la única cura es Ariel. Te sientes completo y pleno cuando sus brazos delgados están entorno a tu cuello y él te sonríe mientras te hundes en los pozos azules de su mirada.

Tu impulsividad ha alcanzado niveles nunca antes vistos. Y ni hablar de la ira…

Estas auto-engañándote, tienes miedo de ti… tomas decisiones erróneas como si te pagaran por ello, ya no eres capaz de escuchar, cualquier cosa que Ariel hace o dice en un intento por salvar su dignidad, ofende tu orgullo y tu vanidad. El remordimiento y la culpa te atormentan pero hasta que ya has destruido todo. Tu arrogancia te obliga a herirlo.

Quieres discutir incluso por los pequeños detalles, ves en Ariel a alguien a quien puedes manipular. Lo seduces con tu encanto superficial, pero al no lograr tu cometido estallas de nuevo. Porque él ya comienza a darse cuenta de tus intensiones y no cede con la misma facilidad de los primeros días. Deseas un mundo ideal para ambos, pero tal cosa no existe, lo quieres únicamente para ti pero te atemoriza un compromiso de ese nivel.

Lo quieres… sí, pero también lo ves como una amenaza de la que debes protegerte.

Ariel es cariñoso, complaciente, una buena persona que va por la vida contagiando su buen humor y su energía positiva, que le sonríe aun a las dificultades, y se esmera en volver tu vida más fácil. Todas esas cualidades que te gustan tanto en él, son también, las que te amedrantan casi con la misma intensidad. Por eso levantas la voz, buscas intimidarlo con tus gestos, te comunicas a través de la violencia y la agresividad… intentando convencerlo de que eres tú el que manda.

Te encuentras tan lleno de inseguridad, de rencor… que necesitas dañar y menospreciar a los demás y ante el dolor que provocas te regodeas.

Pretendes enseñarle a obedecerte través de gritos, de castigos… o simplemente ignorándolo. Te aferras a tu zona de confort en la que solo tú eres el rey. Pero él te obliga a salir de ese cómodo asiento, te demuestra que tiene tantos recursos como los tienes tú y que los suyos son incluso más validos que los que algún día podrías llegar a presentar. Te hace frente, te riñe, pelea hasta el cansancio y salvo hoy, nunca antes había optado por responder de forma sumisa ante ti. Pero sabes que no va durar, que quizá al despertar, lo que obtuviste por unos minutos, se pierda… Porque él no es dócil, no se va a resignar.

Ariel es toda una fierecilla y te encanta que sea de esa manera.

 Pero Damian, el no tener la intensión de hacer daño no te disculpa, aunque si es un punto de inflexión para poder cambiar. No te gusta comportarte así con él, pero no sabes hacerlo de otra manera. Pero si tú no cambias, Ariel sí lo hará.

          ARIEL

 

Desperté pasadas las nueve de la mañana, aun así, me sentía muy cansado. Todo el cuerpo me dolía y tenía la garganta reseca. Estaba solo en la habitación y de cierta forma lo agradecí, aunque también hizo que mi corazón se oprimiera.

Todo lo de anoche había sido real, habíamos discutido y él había sido violento conmigo. Mis experiencias pasadas con mi madre me habían enseñado que si ocurre una vez, seguirán pasando. Sobre todo, si no hago nada por detenerlo…

Mi madre me había lastimado en unas muchas ocasiones, papá no le decía nada ni me defendía y yo terminé creyendo que así debía ser. Will en cambio, la enfrentaba siempre e incluso se puso por delante de mí para que fuera él quien recibiera las bofetadas. Por supuesto, mi mamá se detenía. En parte porque no iba a golpearlo a él y en segunda… porque no había una verdadera razón que me hiciera merecedor de un golpe.

Pero Will no estaba aquí para defenderme y me duele. Pero quizá en esta ocasión debía ser yo quien ponga un límite y que suceda lo que tenga pasar.

Mi determinación estaba —según yo — muy bien cimentada. Por lo menos, hasta que lo vi entrar a mi habitación. Entonces mis nervios me traicionaron, bajé la mirada y me encogí entre mis almohadas.

Mentalmente me acusaba de cobarde. Pero las personas, a veces, también se acostumbran a ceder y a tener miedo. Y no es por gusto, pero se vuelve algo normal en nuestra vida. Con mi madre me rendía desde el momento que la veía pararse frente a mí. Entonces, adoptaba la misma postura que ahora y esperaba por lo que en esta ocasión y según ella… hice mal.

Damian llegó hasta el pie de la cama, lo último que alcancé a ver era lo imponente y superior a mí que se veía. Me dejó un mal sabor en la boca y removió sentimientos que creí que al dejar Atlanta, también los abandonaría.

— ¿Tiene mucho que despertaste? — Preguntó en voz baja.

Pensaba que se enojaría si no le contestaba, pero aunque pretendía hacerlo, me era imposible pronunciar palabra. Me limité a negar  con la cabeza, mientras apretaba con fuerza la almohada entre mis brazos.

La palma de su mano se coló por entre los cabellos de mi frente y ante su tacto contuve el aliento. Cerré los ojos con fuerza, inseguro por lo que sucedería a continuación… de un día para otro le tenía un miedo irracional que me dolía en el alma… ¿Volvería a galonearme? ¿Me iba a aventar al piso…? ¿Seguiría humillándome?

Pero aun entre mi mar de dudas, hubo algo que salió a relucir. Su mano estaba fría…

Damian suele tener la piel muy caliente, pero ahora, al contacto con la mía me hizo tiritar. Apartó su mano y por algunos minutos se limitó a observarme. No me moví ni dije nada, me quedé con mi almohada entre los brazos y el rostro escondido.

— Vamos a salir… — Anunció de la nada. — Quiero que Han te revise.

No entendí a qué se refería… Pero cuando dijo que en veinte minutos regresaba, supe que debía apurarme. Me metí a la ducha con la sensación de que había espacios en mi mente. Recordaba haberme quedado en el piso, pero hoy había despertado en mi cama y con ropa de dormir.

Y luego estaba ese extraño sueño… Esas “cosas” que estaban en el patio de la casa. Sus lamentos y la forma en la que parecían hacer sufrir a Damian y James. El otro ser que estaba sentado sobre mi pecho y que intentaba ahogarme. El dolor punzante que me recorrió como si cada uno de mis huesos se partiera a la mitad al mismo tiempo… la expresión de James cuando vimos a Damian convertirse en ese animal descomunal.

No tenía sentido, nada de esto tenía sentido…

Había sido solo un sueño, una pesadilla a la que no debía darle importancia. Sin embargo, mañana le iba a preguntar a Bianca, a ella le gusta mucho eso de interpretar sueños y me había dicho que conoce a gente que sabe hacerlo.

Estaba terminando de vestirme cuando entró Damian. Me faltaban los zapatos y mi sudadera. Al verlo, jalé lo primero que tuve a mi mano. Pero con los nervios terminé enredándome con las mangas. Entonces… él se acercó y me ayudó a acomodármela.

Había sacado unos zapatos-tenis blancos, pero fue hasta al armario y los devolvió. Regresó con las botas negras en las manos y se acuclilló frente a mí para ponérmelas. Eran como las suyas y en varias ocasiones había dicho que le gustaba verme con ellas… pero todo fue hasta antes de ayer.

Ahora ya no sabía qué pensar… aún si ahora se comportaba como el Damian de antes, ya no tenía el mismo significado. Sobre todo después de saber que tenía tan mala opinión de mí y que en realidad, todo lo que había creído que estábamos construyendo… no era real. Y por si había duda de que mis pensamientos no fueran reales, las marcas en mi cuello y en mi cuerpo, las constataban.

Lo observé mientras ataba mis cintas de la misma manera en las que estaban atadas las suyas. Al terminar, se puso de pie y me recorrió con la mirada. Acomodó mi cabello y me tomó de la mano mientras bajábamos las escaleras.

No dijo a donde iríamos y tampoco le pregunté. Hoy hacía frío pero no nevaba, incluso había cierta claridad inusual en el cielo.

Como si las nubes fueran menos densas y dejaran filtrar la luz de los rayitos del sol.

Cuando se subió a la moto me ofreció el casco e incluso fue él quien lo aseguró. Contrario al de anoche, fue un recorrido lento y relajante, así que no había razón que justificara la fuerza con la que me abrazaba a él. Pero tampoco me lo impidió. Vi los arboles mecerse al ritmo inconstante del viento, había un silencio agradable y el bosque parecía en cada tramo invitarnos a adentrarnos en él.

Me traía recuerdos… buenos recuerdos que mientras se reproducían en mi mente, también me los cuestionaba… ¿Qué tan reales habían sido? ¿Qué tan sinceras habían sido sus caricias, sus palabras y sus sonrisas? ¿Qué iba a ser de nosotros ahora? ¿Me iba a dejar? ¿Estaba convencido de querer dejarlo? Porque una cosa era que supiera que debía hacerlo, por seguridad, por dignidad… simplemente por mí. Y otra muy distinta que realmente deseara renunciar a él, a mis sentimientos.

Sabía que no iba a ser así de fácil. Que no me despertaría mañana y ya no lo sentiría, que al cruzármelo en el restaurante a la hora del almuerzo sería un comensal más. Que podría ignorarle y ya no pensar más en Damian. Toda mi habitación está llena de él, toda mi casa… mi vida entera desde que llegue a Sibiu.

Vi los angostos andadores que se iban haciendo espacio entre los árboles, me imaginé bajando y caminando hacia ellos. El bosque me atraía con una fuerza inexplicable. Como si en el fuera a encontrar las respuestas a cada una de mis preguntas.

Quise hacerlo… sobre todo cuando el panorama se volvió borroso y con mi cuerpo recargado contra su espalda dejé salir en lágrimas, todo lo que me dolía. No me considero alguien excesivamente sensible, solo lo justo, lo normal cuando el corazón duele.

          DAMIAN

 

Cuando sus manos me soltaron supe que había perdido el control.

Había estado así desde que fui a verlo, aun si se obligó a ocultarlo, su olor no mentía. Estaba triste y su melancolía disolvía su aroma. No quise presionar, ni tocar el tema solo así. Preferí darle tiempo y no voy a negar que yo también lo necesitara… sobre todo para ordenar mis ideas y buscar las palabras adecuadas para explicarle que las cosas que dije anoche, no las sentí realmente.

Sin embargo, cuando se subió a la moto y se abrazó con tanta fuerza a mi cintura, supe que esto era algo peor de lo que me esperaba. Aun con todo, lo dejé pasar…

En mi mente, su nombre se repetía incesantemente una y otra vez. Estaba a punto de quebrarse y quizá yo con él.

Sentí el momento exacto en el que se recargó contra mi espalda, acostumbraba entrecerrar sus manos sobre mi cintura, pero en esta ocasión deshizo el agarré y las empuñó sobre mi camiseta. Y sin embargo; de la nada me soltó. Aunque no llevaba mucha velocidad, temí que se cayera. Frené y quise sujetarlo, pero en cuanto la moto se detuvo saltó de ella para bajarse.

Le imité y durante algunos segundos observé como luchaba para desabrochar el seguro del casco. Al ver que no podía, me acerqué y se lo quité. Su rostro estaba enrojecido y aunque se lo cubría con ambas manos, sus lágrimas escurrían por sus mejillas y entre sus dedos.

Le había hecho llorar tantas veces… aunque él es duro. Aunque me riñe, me lleva la contraria, me regaña y se enfada… pero es tan sensible.

 Aunque en un principio lograba ocultarlo, se aguantaba y me miraba con dureza como acusándome con sus ojitos inundados pero no dejaba que sus lágrimas rodaran. Pero de unos días para acá, se había mostrado más sentimental, vulnerable. Como si cada cosa que yo hiciera o dijera le afectara hondamente.

La sensación de impotencia que me embargó me la tragué como pude. Que él estuviera así de afectado era culpa mía. Quería consolarlo, abrazarlo, cobijarlo en mi pecho, pero… ¿conque derecho?

Lo dejé desahogarse… no me gustaba que me diera la espalda, pero cuando lo hizo, me aguante y esperé. En algún punto comencé a cuestionarme como es que tantas lágrimas cabían en ese cuerpo tan pequeño. Ariel tenía la intensión de si es posible, inundar todo Sibiu con su llanto.

Dado a que no quería hablar conmigo y tampoco podía mirar su rostro, solo su olor me hablaba de cómo se sentía: Tristeza… enojo, tristeza, furia y más tristeza.

  Le di poco más de veinte minutos, llorar tanto tampoco era sano.  Fui hacía él y lo sujeté por los hombros.

— Ari…

— ¡No! — Me interrumpió tajante y se alejó rehusándose a mi toque. — No me hables de esa manera… como si no hubiera pasado nada. — Me irritó que reaccionara de ese modo, sin embargo, era consiente que estaba en su derecho.

— Tu llanto histérico tampoco va a cambiar lo que sucedió. — Respondí con dureza. — ¿Qué se remedia? ¿Qué ganas llorando?

— Que te odie un poco menos…— Respondió.

No voy a negar que lo que dijo me dolió, y si ese era el caso, entonces, bien podría dejarlo llorar todo el día hasta que dejase de odiarme, pero tampoco era el punto. Ya no se trataba de mí, solo quería que no se hiciera más daño.

— Tus abuelos llegan en dos días… controla tu odio por mi hasta entonces, después de te voy a dejar en paz. — Por orgullo, quise herirlo de nuevo, pero las palabras me salieron dolidas y ni siquiera pude decir, lo que realmente había pensado. — Así que ya… vámonos.

— Si de todos modos vas a dejarme… solo hazlo. — Atajó y de nuevo evadió mi toque. — Vete… no necesitas esperar a que mis abuelos regresen de su viaje.

— No empieces… — Le advertí. — Ya te dije lo que haremos y así va a ser.

— No tienes derecho a decidir por mí… — Retrocedió un par de pazos y se cruzó de brazos. La actitud retadora me hizo enojar, pero me controlé.

— Ariel… ¡Ven aquí! — Le pedí. — Se nos hace tarde.

— No iré a ningún lado contigo… — Su terquedad contra mi resolución. En ese sentido ambos éramos iguales.  Obstinados, caprichosos hasta rayar en lo inaceptable.

— Vienes por tu propio pie o prefieres que traigo a rastras… Tú decides.

Como no se movió, entendí que se mantendría en su postura y por supuesto, yo no iba a abandonar la mía. Se iba alejando conforme yo me acercaba y de la nada se echó a correr, internándose en el bosque.

¿Así que le gusta la mala vida…?

Le di tiempo de correr, una ventaja imposible de reprochar… si quería que fuera por las malas, entonces le complacería. Para cuando me eché a correr me bastó menos de dos minutos para darle alcance, no iba detrás de él, sino que rodeé el área de manera que pude aparecerme de frente.

Al verme Ariel frenó con los talones y quiso dar media vuelta, pero cuando lo intentó me moví más rápido, sujetándolo por el abrigo. Con el brazo le tomé por la cintura y lo levanté echándomelo al hombro, como si fuera un costal de papas.

Un lindo y enfurruñado costal de papas.

— Bajame… — Ordenó.

— Callate…

— No me voy a callar… bájame inmediatamente. — Empezó a removerse con violencia y estuve tentado a soltarlo y dejarlo caer, pero no fui capaz. Si bien, estaba enojado con él, también me complacía que no se rindiera ni aun a sabiendas de que está en desventaja. — Bájame… Me molesta que me levantes como si fuera un peluche de felpa al que puedes mover a tu antojo. — Pataleó, manoteó y me amenazó durante todo el trayecto. Pero no le solté hasta que regresemos a la carretera.

Lo senté en la motocicleta, de frente a mí. Planeaba regañarlo, se lo merecía porque se estaba portando mal. Su rostro estaba rojo de coraje y por la sangre que se le había acumulado debido la postura.

— No…

— ¡Callate! — Amenacé, mientras lo sujetaba con fuerza por el mentón. — No vuelvas a hacer eso… no te voy a estar correteando para hacer que me obedezcas.

— No tengo porque obedecerte… — Sus manos entorno a la mía, luchaban para que lo soltara, el llanto ahora era cosa del olvido, estaba colérico pero yo sabía cómo bajarle los humos.

— Estoy hablando enserio… muy enserio. — Advertí y lo miré fríamente. Pero me devolvió el gesto. El miedo de anoche ya no estaba y la timidez de hace horas atrás se había convertido obstinación y recelo. — No me retes…

— Tú no me retes a mí… — Giró su rostro y con ambas manos empujó la mía deshaciéndose de mi agarre. — Y también estoy hablando muy enserio… No iré contigo a ninguna parte. — Dicho esto intentó bajarse, pero se lo impedí.

— Me estás haciendo enojar… — Volví a sujetarlo y aunque lo miraba con fiereza, la verdad es ya no estaba enojado. Al contrario, me causaba cierta gracia que me desafiara. Él estaba furioso, sus ojos azules brillaban de coraje y sus mejillas estaban rojas, no hizo reparos en mostrarme su mal genio cuando le impedí bajarse de la moto, clavó sus uñas sobre la piel desnuda de mi brazo y aunque sentí la molestia no me moví, ni le solté.

— Suéltame… Damian… — Ordenó.

— ¿Y que si no lo hago? — Aumente la fuerza de mi agarre y al instante cerró los ojos.

Duró poco, en cuanto se rindió mi agarre cedió y mi mano se abrió acariciando su mejilla hasta llegar a su nuca. Lo atraje a mí sin la más mínima delicadeza y lo besé. Mis labios presionaron con rudeza sobre los suyos. Hambrientos y necesitados… mordí y chupé los suyos. Él intentaba apartarme, pero mientras más lo intentaba más lo acercaba. Sin recato me hice un espacio entre sus piernas y con mi mano libre rodeé su cintura. Le obligué a abrir la boca y mi lengua se apoderó de la suya, recorrió la tibieza que la rodeaba e incluso la mordí para que me correspondiera.

Peleó como nunca… confieso que no esperaba menos de él. También me mordió, mientras con sus antebrazos buscaba hacer espacio entre nosotros, jadeó en mi boca y se desesperó cuando su necesidad por respirar comenzó a ganarle. No pretendía asustarlo, pero de alguna manera debía someterlo, cuando ya no lo soportó más, se rindió… regalándome mi merecido triunfo.

Sin soltarlo le di un poco de espacio. Mis ojos estaban fijos sobre su agitación. Bajó la mirada y sus manos cayeron a nuestros costados.

De nuevo estaba triste.

 

DEVIANT

 

Iban a dar las once de la mañana cuando llegaron, Damian fue el primero en desfilar por el recibidor y detrás de él venían Ari y Samko.  Los vimos desde la cocina y salí a recibirlos.

Mi intensión no fue mala, había estado preocupado por Damian así que no dudé en abrazarlo mientras le preguntaba como estaba, pero él se limitó a decir “bien” y sin más, se separó de mí.

— ¿Dónde está James…? — Preguntó serio.

— En la recamara de invitados… — Respondí — Debe estar descansando, casi no pudo dormir anoche. — Le expliqué.

Asintió y caminó hasta la habitación. Ari le miró alejarse en silencio.

— ¿Pasa algo malo? — Quise saber. Él negó de inmediato e intentó sonreír.

— La verdad es que sí… — Desmintió Sam — Los he encontrado lidiando en el estacionamiento. — Miré a Ari, quien en ese momento mantenía la mirada baja. — Curiosamente el que estaba fuera de sí era precisamente esta lindura… — Agregó mi hermano, mientras lo señalaba.

Ari es una persona muy noble, trasparente como un cristal. Formaba parte del club de Han de los que no saben mentir, no es lo ellos… Así que me costaba un poco creer lo que se decía él, aunque Samko no ganaba nada mintiendo. Ahora que lo miraba detenidamente pude notar que algo en él era distinto.

— ¿Lo que dice Samko es verdad? — Le pregunté mientras me inclinaba frente a él para quedar a su altura. Vi sus ojos irritados y no pude evitar preguntarlo. — ¿Estabas llorando?— Ante mi cuestionamiento Samko me imitó y también se acercó a mirarlo.

— ¿Qué te paso en la boca? — Preguntó mientras con la punta de su dedo índice, tocaba alrededor de las comisuras de sus labios donde una mancha roja desentonaba con su piel blanca.

Ariel se mostró incomodo por las preguntas y el exceso de atención.  Pero en ningún momento fue grosero con nosotros, quizá entendía que nuestra preocupación era genuina. Este no era el chico risueño que usualmente viene a verme, que siempre está riendo hasta que nos contagia y todos terminamos en carcajadas. Este Ari parecía triste, cansado y a punto de desplomarse.

— Es una alergia… — Respondió.

— ¿A qué…? — Preguntó a secas Samko. Él dudó y entonces ambos supimos que era mentira.

— Comí algo que me hizo mal… no sé qué pudo ser, pero amanecí a sí.

— Vamos a preguntarle a Han… quizá pueda ser grave. — Le dije para presionar, pero se rehusó de inmediato.

— Pero miren quien está aquí… — Han nos interrumpió apareciendo con su familiar encanto.  Le tenía mucho afecto a Ariel, me lo había dicho en varias ocasiones. Así que cuando revoleteó hasta llegar junto a nosotros, se lo agradecí. Pero toda esa alegría y vitalidad se le fue al piso cuando lo miró de cerca. Ariel no le sostuvo la mirada y Han terminó centrando la suya en mí, como cuestionándome por lo que le pasaba, pero no pude más que encogerme de hombros y negar con la cabeza. — Me da gusto verte… — Le dijo mientras lo rodeaba con ambos manos en un abrazo reconfortante, pero más que nada, protector.

— También me da gusto verte… — Respondió cuando Han deshizo el abrazo. — Traje algo… — Anunció y de la bolsa delantera de su sudadera sacó unas tarjetas que venían en una especie de forro trasparente. — Esta es para ustedes… es un pase pare tres. — Anunció mientras se la entregaba a Han. — Y esta es para ti y Gianmarco. — Ofreció la otra a Sam, quien de inmediato la tomó. — Mañana en la noche habrá una exposición de pinturas y algunas mías también estarán, no sé si quisieran ir… comprenderé si no pueden, es solo que… todos llevaran a sus familias y bueno… pensé que…

— Iremos… — Aseguré, mientras miraba mi invitación. Justo debajo de mi nombre estaba el de Han y seguidamente el de James.

— Sí, iremos… — Dijo Samko. — ¡Felicidades! Debes estar muy emocionado por exponer tus cuadros.

— Sí… — Se limitó a responder.

Damian apareció en ese momento y al instante Ariel volvió a sumirse en su propio mundo.

— Felicidades a ti también… — Dijo Samko colgándose del brazo de Damian. — Ari es muy talentoso, debes sentirte muy orgullo de él.  — Mi hermano guardó silencio y ni siquiera se tomó la molestia de mirarlo.

— ¿No dices nada? — Pregunté.

— No tengo nada que decir… — De nuevo el silencio incómodo se hizo presente.

— Prepararé té… — Anunció Sam, a él este tipo de escenarios lo ponían tenso y le hacían huir, pero no quiso irse solo. — ¿Quieres uno? — Le preguntó a Ari y sin esperar a que le contestara, lo tomó de la mano y lo arrastró a la cocina.

Damian se dejó caer en el sillón largo de sala y yo me senté frente a él. Han por su parte, optó por dejarnos solo y se fue a ver a james

— ¿Por qué lo tratas con tanta dureza…? — Quise saber.

Ignoró mi pregunta aunque me miraba fijamente y con una seriedad que me resultó incomoda. — ¿Qué le hiciste como para que le quedara roja la boca? — De nuevo obtuve su silencio. Y juro por mi vida que aunque sea mi hermano, sentí coraje por su actitud. — Si no lo quieres solo dejalo… pero no le hagas daño.

— Porque no te metes en tus propios asuntos y me dejas a mí resolver los míos… — Respondió tajante. — ¿Acaso no estabas desecho porque después de que Han te dejó, vino a cogerte y ni las gracias te dio? — Ese era Damian, el imbécil que con tal de zafarse de todo, prefiere herir a las personas con sus palabras. Pero contrario a lo que él esperaba, me reí y eso lo enojo más.

— Así era… pero ya lo solucionamos.

— Bien por ti… — Dijo sarcástico. — Se feliz hasta la siguiente vez que se harte de ti.

— Lo mismo digo… — Respondí con hostilidad. — Aunque teniendo en cuanta como lo tratas, primero te van a dejar a ti y merecido te lo vas a tener por ser tan hijo de puta con él. — Me miró colérico, pero no me importó. Después de todo, yo no había dicho mentira.

— Mañana será un día importante para él y tu como su novio deberías…

— Yo no soy su… novio. — Lo dijo a voz fuerte, lo suficiente como para que Ariel lo escuchara.  — Ni ninguna de esas cosas ridículas.

— Ojala nunca tengas que arrepentirte de tus palabras.  — Alcancé a decir. — Ari es un buen chico…

— Lo dices porque no lo conoces…

— No Damian… Ariel es bueno y noble. — Le rebatí, levantando un poco la voz. — No importa lo que digas, confió en él. — Aseguré. — Y sé que no me decepcionara.

— Cada quien se engaña con la mentira que más le gusta. — Agregó mientras se ponía de pie. — Voy a salir un momento y ya que lo quieres tanto, mantenlo vivo mientras vuelvo.

— ¿A dónde vas?

— Por ahí… — Respondió mientras se acercaba a mí hasta dejar su rostro a escasos centímetros del mío. No me moví y aunque me incomodo un poco, lo oculté. — ¿Qué fue lo que te dijo James?

Me tranquilizo el que se tratara de eso, aunque seguía siendo incomodo tenerlo tan cerca.

— Dijo que estando en la fiesta, empezó a sentir mucho calor, así que se fue a la terraza junto con algunos amigos, que estaban bebiendo cuando de repente todo su cuerpo se paralizo. Y aunque sabía que no estaba pasando, se vio en el bosque, Ariel y tú también estaban ahí… Que había cosas, como demonios que se escondían entre los árboles y que uno de ellos estaba sobre Ari intentando ahorcarlo. Mientras que otro le mantenía sometido, aprisionado entre sus brazos. Entonces tú te convertiste en una bestia descomunal y él perdió el conocimiento.

— ¿Eso fue todo?

— Esta muy asustado Damian… — Le aclaré con verdadera preocupación. — James ha tenido que pasar toda su vida viendo estas cosas.

— Le pondré otro amuleto… — Me interrumpió.

— ¿De que servirá eso?

— Confía en mí… — Susurró. — No voy a dejar que nada malo le suceda.

Se apartó de la nada, pero justo antes de Han apareciera por la puerta. James venía detrás de él y a decir verdad, no se veía muy bien.

 

JAMES

 

Pase de largo intentado evitar a Damian. Pero pude sentir su mirada en mi espalda cuando huí a la cocina. No quería verlo y mucho menos hablar con él, sentía que la cabeza me iba a estallar y por alguna razón que desconozco, quería culparlo a él.

Cuando entró a verme a la habitación discutimos… desde que lo vi entrar supe que estaba de malhumor pero no era justo que quiera desquitarse conmigo. Le hice algunas preguntas pero tal y como es su costumbre, no quiso decir nada. Salvo que él se encargaría todo y que no debía preocuparme, pero la verdad era que si estaba preocupado.

Mi salud siempre ha sido mala, inestable… pero curiosamente, él sabe cómo enfermarme aún más y es también quien milagrosamente me cura. Sabe dónde estoy y que sucede conmigo, sabe lo que siento y como calmarme. Y a estas alturas, siento que todo tiene relación con él, no se… quizá estoy un poco paranoico pero sé que me esconde algo.

Cuando llegué a la cocina lo primero que vi fui a Ariel contra la esquina del recibidor, tenía a Orión entre sus brazos y parecía asustado. Terminé de entrar y del otro extremo estaba Samko intentando no ahogarse. Lo tomé por su abrigo y lo arrastré afuera.

— ¿Dónde está tu medicamento? — Le pregunté.

Para esto, su cuerpo comenzaba a enrojecer y tenía los ojos llorosos, su usual sibilancia inspiratoria le había obstruido la laringe y paralizado las cuerdas vocales. — Han… Samko se está ahogando. — Grité mientras le desabrochaba el abrigo y la camisa.

En segundos Han estuvo a mi lado, entre los dos sentamos a Sam en la silla que Deviant nos había acercado. Algo que no podía reprocharle a Han era que siempre estaba al pendiente de nosotros, de todo lo que en algún momento pudiéramos llegar a necesitar.

Le puso la vacuna que ellos conservaban y lo llevaron a la habitación que minutos antes ocupaba yo.

— ¿Estas bien…?

Creo que a él le sorprendió tanto como a mí el que se lo preguntara, pero no se había movido ni medio centímetro y eso para mí no era normal. Además, últimamente ya no lo trataba tan mal, al contrario, había sido atento y amable con él.

— Sí…

— No te quedes ahí… — Le dije — Vamos a la sala.

Le ofrecí mi mano para llevarlo y aunque con un poco de lentitud la aceptó.

— ¿Puedo llevar a Orión…?

— Sí, puedes traerlo si quieres. — Respondí. Ariel asintió y los tres volvimos a la sala.

Le ofrecí el asiento mediano, mientras que yo elegía el largo. Aun me sentía mal así que me dejé caer en él intentando acomodarme. Pero aunque le dí la espalda, podía sentir la mirada de Ariel sobre mí y hasta cierto punto me incomodaba.

— ¿Qué sucede? — Le encaré a voz baja, mientras me daba la vuelta para poder mirarlo — ¿Hay algo que quieras decirme?

El dejó al gatito sobre el asiento y se acercó hasta quedar a mi lado, se me hizo raro tener que mirarlo desde abajo. Estaba completamente acostado contra el sillón y él parado junto a mí.

— ¿Aun te duele la cabeza?

— ¿Qué…? — Dudé.

Anoche Han me había dado una pastilla que sabía asquerosa, desde eso, cada que me preguntaba si el dolor había vuelto le decía que no, aunque era una mentira, prefería soportarlo con tal de no tener que volver a tomar esa cosa. Así que no había forma que él supiera de mi padecimiento.

— ¿Aun te duele… la cabeza?

— ¿Cómo lo sabes si yo no he dicho nada? — Él se mostró un poco sorprendido ante mi pregunta y quiso retroceder, pero no se lo permití. — No estoy molesto… — Le aclaré. — Es solo que tengo curiosidad.

Ariel no pareció creerse lo que le dije pero por lo menos, ya no intentó alejarse de mí.

— Solo lo sé… — Respondió. — Sé que te sientes mal desde anoche.

— ¿Damian te lo dijo? — Negó de inmediato y pese a lo extraño de la situación, ya no quise seguir indagando. — Sí, aun me duele… — Respondí.

— ¿Mucho?

— Sí…

— Lo siento… — Dijo mientras estiraba su mano y posaba su palma sobre mi frente.

Ante su tacto sentí como si una corriente eléctrica me traspasar. La misma sensación de cuando tocas un cable pelado sin querer y en un principio no puedes soltarte pero de la nada te repele y te alejas. Dejándote esa incomoda sensación de agitación.

Sé que Ariel sintió lo mismo porque cuando se separó, se cubrió la mano con la que me había tocado y me miró extrañado.

— ¿Qué fue eso? — Preguntó.

— No lo sé… — Respondí.

Nos miramos fijamente por largos segundos, hasta que Deviant apareció con el celular en la mano y nos preguntó si todo estaba orden. Ariel asintió y por inercia le imité. Entonces mi hermano se limitó a decir un “están bien” y colgó.

— ¿Quién era? — Alcancé a preguntar.

— Damian… — Respondió Deviant mientras se sentaba junto a mí. — Quería saber cómo estaban.

— ¿Qué no se acaba de ir?

— No lo sé James… solo está preocupado por tu salud.

— Agradecele de mi parte… — Dije con sarcasmo pero Deviant prefirió ignorarlo.

— No seas tan severo con él. — Me dijo — Damian es un poco difícil pero su preocupación por ti es sincera. Te quiere mucho…

— Pues jamás lo ha mencionado.

Quizá estaba exagerando las cosas, pero estaba resentido con él, incluso con Deviant. Porque estaba convencido que él sabía algo sobre lo que me sucede, pero por cubrir a Damian me lo niega.

— Le agradas… — Dijo mientras miraba a Orión. Que como todo gato mimado se restregaba contra los pies de Ariel, mientras ronroneaba esperando que se le levantara en brazos.

— ¿Puedo cargarlo? — Preguntó Ariel y Deviant asintió de inmediato.

En lo personal, creía que Ariel era un poco raro. No en un mal sentido, es solo que al cargar al gatito, bien pudo retroceder un par de pasos y sentarse en el sillón, como lo haría cualquier otra persona. Pero él se limitó a sentarse en el piso con las piernas cruzadas y Orión entre sus brazos. — Es un gatito muy bonito… — Agregó, mirando a mi hermano.

— Es un buen hijo… — Respondió Deviant y Ariel sonrió ante el comentario. — Aunque su papá lo regaña mucho porque es un poco juguetón.

— ¿Su papá? — Intervine.

— Han es su padre… — Aclaró.

— ¿Y tú eres su madre?

— ¿Y quién más sino yo?

— Pero es un gato… — Aclaré como si no fuera obvio.

— Es nuestro hijo… así que eso lo convierte en tu hermanito. — Aclaró y me reí por el comentario. Orión me agradaba, pero de ahí a verlo como mi hermano, había una abismal diferencia.

— ¿Y tú tienes mascotas? — Le pregunté a Ariel, resaltando la última palabra.

— ¡Oh, sí! — Respondió y fue gracioso ver como se le iluminaban los ojos. — Tengo un conejito…

— ¿Un conejito? — Preguntó Deviant, como si tener un gato malcriado fuera mejor.

— Sí, su nombre es Miles.

Sin soltar a Orión, buscó entre la bolsa de su pantalón hasta que sacó su celular, lo desbloqueó y le ofreció el aparato a mi hermano y él a su vez me lo mostró a mí. En la pantalla un conejo pequeño de color blanco y nariz rosada ocupaba la mayor parte de la fotografía.

— Es muy bonito… — Comentó Deviant.

— Y también es muy obediente… — Ante el comentario de Ariel me sentí en una de esas charlas de madres orgullosas que intentan dejar en claro que sus hijos son mejores que todos los demás.

— ¿También eres su madre? — Pregunté. — Mamá-conejo. — Nos reímos y es que hasta cierto punto era gracioso llamarlo de esa manera. — ¿Quién es el padre…?

— ¿Quién más va a ser? — Aclaró Deviant. — Damian…

— “Papá-conejo” — Dijimos al mismo tiempo y volvimos a reírnos. Pero en esta ocasión Ariel no nos imitó. Al contrario, abrazó con más fuerza a Orión e inclinó la mirada.

— ¿No es Damian el padre? — Pregunté con seriedad.

— Sí… — Respondió de inmediato. — Bueno, Damian me lo regaló para mi cumpleaños… pero, a él no le gustan estos juegos y casi nunca le hace caso, ni le habla. — Explicó desanimado — Así que creo que Miles no tiene papá, pero yo lo quiero mucho y lo cuido.

No me considero alguien sensiblero, pero sus palabras y la forma tan apagada y triste en la que lo dijo, logró conmoverme.

No actuaba como alguien de su edad, aunque tampoco aparentaba tener diecinueve años. Pero era como si todo este tiempo lo hubieran mantenido en una burbuja de cristal, alejado de todo malo. Era ingenuo y para ser un hombre, también era tierno.

Me recordaba mucho a Samko, cuando era pequeño. Aunque nuestro Samko siempre tuvo ese aire malicioso que contrastaba con su dulzura. Era un pequeño demonio y todos lo sabíamos, pero lo queríamos de todas maneras. Ariel en cambio, carecía de esa maldad, se mostraba transparente, como agua mansa.

Hablé impulsivamente, pero tampoco puedo decir que me arrepiento de haberlo hecho.

— No me importaría ser el padre de Miles. — Le dije y tanto Ariel como Deviant me miraron sorprendidos. — Bueno, solo si tú quieres… y en lo que Damian decide reconocer su paternidad. — De repente le puse mucha seriedad al asunto, Ariel me miraba fijamente mientras Deviant lo hacía con cierta picardía. — Solo digo que todos los hijos tienen derecho a tener a sus dos padres con ellos.

— ¡Claro! — Agregó Deviant, mientras se reía. — Pero cuando Miles crezca van a tener que explicarle porque si tú eres su padre, Ariel y tú…

— No empieces Deviant. — Le advertí.

— ¿Qué…? — Preguntó como si nada — Solo me estoy preocupado por la estabilidad emocional de mi sobrino. — Le miré con toda la frialdad de la que fui capaz, pero eso solo lo hizo reír más.

— ¿Qué sucede? — Intervino Han, apareciendo por entre el pasillo.

— Pues con la novedad que James se ha ofrecido a hacerse cargo del hijo de Ariel… — Han se detuvo en seco y miró a Ariel, quien sentado en el piso no sabía dónde meterse.

— ¿Vas a ser papá?

— Ya lo es… — Aclaró Deviant, haciéndole un lado a Han, para que también se sentara en mi sillón. — Su nombre es Miles… — Aclaró y cuando Han se sentó, le mostró el fondo de pantalla del celular.

— Ah, menos mal… por un momento creí que se trataba de un… — Dejó las palabras al aire. — Es un conejito muy bonito. — Prefirió cambiar de tema. — ¿Pero porque James quiere ser el padre? No debería ser… — De nuevo se detuvo. — Lo lamento… yo, creo que no puedo seguir el hilo de esta conversación, así que mejor iré a ver cómo va la comida.

Huyó en cuestión de segundos. Pero era de esperarse después de la metida de pata que había cometido.

— No quiero que pienses que lo defiendo porque es mi hermano… — Se aventuró Deviant. — Pero Damian de por si es un poco complicado. Sin embargo, no es tan mala persona…— Ariel le miró durante algunos segundos en total seriedad y después bajó la mirada. Me desesperaba un poco verlo en esa actitud sumisa, alguien así es presa fácil para Damian, porque no importa lo que Deviant diga, Damian puede ser terrible si se lo propone. — ¿Verdad…? — Insistió.

— Dejalo… — Le pedí. — Tiene derecho a una opinión personal.

— Pero es que…

— No Deviant… — Le interrumpí. — Estas en tu derecho de pensar eso, pero no intentes vendernos tus ideas. Él no me trata como te trata a ti o Samko… No sabemos cómo es con Ariel.

— ¿Te ha tratado mal? — Le preguntó directamente. — ¡Respondeme! — Exigió. — ¿Damian te ha hecho daño?

— Déjalo…

— ¡No! — Me rebatió.

— Todo el que le he permitido… — Respondió Ariel, mirándolo fijamente.

— ¿Cómo es posible? Es decir…

— ¡No importa! — Se le adelanto. — No es su culpa… y no quiere decir que tu hermano sea una mala persona, Deviant. Él solo es como es… y yo no puedo negar que me lo advirtieron.

— ¿Qué te advirtieron que…? — Le pregunté.

— Que con él no llegaría a nada… que lo nuestro no sería nunca una relación formal, pero aun así, yo quise intentarlo.

— Solo están pasando por un mal momento… — Intentó calmarlo Deviant pero Ariel negó de inmediato. — No quiere decir que vayan a terminar.

Ariel no pudo soportarlo más y nos contó lo que había sucedido. Cuando nos dijo que Damian lo había visto besándose con Sedyey, sinceramente me decepcioné de él. Pero Deviant le hizo muchas preguntas y fue como nos enteramos de que en realidad, había sido a través de un vídeo que Damian los vio, también que fue un beso robado, y que hablo después con Sedyey pidiéndole que se distanciaran un poco, porque a quien Ariel realmente quería era a mi hermano.

No voy a negar que me sorprendió lo fácil que él podía hablar de sus sentimientos hacía Damian y lo seguro que se escuchaba al decirlo. Era como si estuviera plenamente convencido de que lo que sentía era real e intenso. Tanto Deviant como yo, notamos que evitó mencionar ciertas cosas, aunque el enrojecimiento alrededor de su boca, poco o nada tenía nada que ver con una alergia.

Pese a que lo intentó no pudo evitar derramar una que otra lagrima, Deviant intentó convencerlo de que si Damian realmente pretendiera dejarlo, no lo hubiera traído a casa. Pero por lo poco que Ariel relato, la verdad es que yo tampoco les veía mucho futuro juntos. Y no era por ser negativo, es solo que nadie merece ser tratado de la manera en la que Damian lo había hecho.

— Entonces… ¿Damian y tú no han…?

— Eso no es asunto tuyo… — Intervine, una parte de mí no quería conocer esa respuesta, pero conociéndolo… Deviant no se iba a quedar a gusto hasta recibir una respuesta.

— No… — Respondió Ariel en un tímido y casi ausente susurro.

— Aparte de él… ¿habías tenido otros…? — Ariel negó incluso desde antes que Deviant terminara de hacer su pregunta y bueno, lo que se ve no se juzga. — ¿Seguro…?

— Ya te dijo que no… ¿Qué más quieres? — Intervine. — El chico es más puro que la china blanca.

— Espero que no sepas de lo que estás hablando James Katzel… — Me regaño Deviant con esa típica expresión de madre amenazadora y solo me reí.

— ¿Qué es la china blanca? — Preguntó Ariel.

— Es una droga… — Respondió mi hermano como si el tema no fuera trascendente.

— Pero no es cualquier droga, esta es cuarenta veces más pura que la heroína. Tal es el caso que se le considera letal. — Expliqué. — Tú no eres letal, al menos, no a simple vista… pero se nota de lejos que no tienes kilometraje.

— ¿Kilometraje?

— Lo que James intenta decir de manera muy coloquial… — Corrigió  Deviant con reproche incluido — es que se nota que no tienes experiencia.

— ¡Ah!— Dijo y de nuevo me reí.

— ¿Dónde has estado los últimos diecinueve años? Se supone que los norteamericanos son muy simples… gente loca y liberal.

— Púes no todos…

— Sí ya vi…

Se mostró un poco ofendido por el comentario, pero por lo menos se distrajo y cambio esa expresión de tristeza que desentonaba con sus facciones. Cuando Han le habló a Deviant para que fuera a la cocina, pude quedarme a solas con él y le di algunos “consejos”.

Para mí no había sido fácil tratar con Damian y después de hacerle prometer que esto quedaría únicamente entre nosotros dos, le aseguré que muchas de las cosas que Damian dice al calor del momento no son verdad. Que pese a que puede verse muy intimidante y aunque este gritando o aventando cosas, nunca debe bajar la mirada ante él. Tampoco llorar.

Que enfrentarlo es muy temerario y estúpido, pero que lo es aún más ceder ante él. Ariel es muy considerado con Damian y aunque eso está bien. Le dejé en claro que cuando todo esta perdonado de antemano, entonces, también todo esta permitido. Y no debía ser así.

Que si Ariel cometía algún error debía disculparse, pero que si Damian era quien lo hacía, también él debería disculparse y trabajar para ganarse su perdón, o siendo menos dramático, su disculpa. Y por sobre todas las cosas, debía tragarse sus lágrimas, por lo menos, hasta que Damian no estuviera presente. Que algo de maldad le sería útil, chantajearlo un poco, obligarlo a sentirse culpable. Le confesé todas esas cosas que Damian no soporta, a saber, miradas largas y tristes, permanecer a su lado en silencio y como ajeno a él. Gestos de cachorro desamparado, verte enfermo, que lo dejes al margen de las cosas malas que te pasan. Y muchas otras que con el tiempo había descubierto y utilizado, también le dije que debía ser astuto al usarlas para que él no notara que se le está chantajeando.

Al final, quizá no las use o puede que sí. Mi intención era que él estuviera bien pero también que estuviera con Damian. La verdad es que no me gustaría que ellos terminaran.

Cuando Samko se sintió mejor y después de encerrar al pobre de Orión, salió a jugar Turista Mundial con Ariel y conmigo. Era un juego antiguó pero también tradición en los días que todos podíamos estar juntos.

Fue un momento muy agradable, mi dolor de cabeza ceso y ni siquiera me di cuenta en que momento. Han y Deviant nos observaban desde el asiento amplió de la sala, mi hermano se veía feliz entre los brazos de Han y él parecía estar muy orgulloso de Deviant y también de nosotros. Se les veía enamorados y me sentía dichoso por ellos.

También estaba feliz porque Samko y yo volvíamos a llevarnos como antes, él volvía a actuar como mi hermanito menor, pero al mismo tiempo, era atento y cariñoso conmigo. Descubrí que ya no me molestaba que hablara de Gianmarco, aunque era un tema que él tocaba con reserva. Solo quería que Sam fuera feliz.

Deviant no perdía la oportunidad de echarme a los brazos a Ariel, pero creo que ambos sabíamos que no era lo que él quería, y siendo honesto, tampoco lo quería yo. Pero me gustaba su compañía y saber que ya nos llevábamos mejor. Resultó ser muy bueno comprando ciudades y pronto me dejó en banca roca… daba igual, yo siempre perdía.

Él agitaba los farditos de billetes abanicándose con ellos y todos nos reíamos porque el verdadero Ariel era así… un chico feliz y risueño que decía ocurrencias que nos alegraban la vida. En ese momento, y aunque solo fuera en el juego, él era más millonario que todos juntos y la idea parecía encantarle. Por lo menos, fue así, hasta que Damian volvió.

 

TERCERA PERSONA

 

El ambiente se puso tenso cuando Damian hizo aparición en la sala. A él le incomodó como todos dejaron lo que hacían para centrar la atención en su persona, excepto Ariel.

Quien si bien, dejó de reírse, mantuvo la vista fija en el tarjetón del juego.

— ¿Quieres tomar algo? — Le ofreció Han, deshaciendo su agarre sobre la cintura de Deviant.

— No, estoy bien… — Respondió.

— ¿Quieres jugar con nosotros? — Preguntó Samko y él se limitó a negar con la cabeza.

James miraba disimuladamente a Ariel y este a su vez, contaba los pequeños y coloridos billetes que había ganado.

— Te esperábamos para comer… — Anunció Deviant, poniéndose de pie. — ¿Les parece si pasamos al comedor? La verdad es que… muero de hambre.

Samko apoyo la noción de inmediato, pues pese a su irreprochable apariencia jamás le decía “no” a la comida. Han le ofreció ayudarle a servir, mientras Ariel y James guardaban las fichas, billetes y tarjetas del juego en su cajita — remendada por todos lados — según le habían contado a Ariel, llevaban años con ese juego.

Damian les observaba parado frente ellos, pero ambos fingían que no les incomodaba tenerlo ahí. Una vez guardado todo, fue James quien se hizo cargo de la caja.

— La guardaré… — Anunció y poniéndose de pie la tomó, para justo después, rodear a Damian con rumbo a la habitación principal.

Damian le siguió y al entrar, cerró la puerta tras de sí.

Ariel no entendió a que se debía tanto misterio, pero prefirió ignorar todo y se fue al comedor. Samko estaba terminando de poner los cubiertos cuando llegó.

— Se ve bien… ¿no? — Le preguntó. — Antes éramos solo cuatro, después llegó Han y estaba bien, pero ahora es mejor… Damian tiene una silla extra a su lado para ti. — Comentó mientras la señalaba. — Espero que algún día Gianmarco también pueda estar con nosotros, entonces seremos siete.

— Me gustaría que Gianmarco estuviera hoy… — Le dijo Ariel — Pero también me gustaría ver cuando seamos ocho.

Samko lo miró largamente, sabía a lo que Ariel se refería pero no estaba seguro de querer ver eso. Aunque era algo que indudablemente, tarde o temprano sucedería.

— Te preocupas mucho por él…

— Por todos… — Aclaró. — En poco tiempo he llegado a tenerles mucho cariño.  — Confesó — Y desearía jamás tener que alejarme de ustedes. — Se reprochó por eso último que dijo, pero había sido un pensamiento que no pudo callar.

— Entonces no te alejes… — Respondió Sam — Quizá ahora no te lo parezca, pero vale la pena luchar por lo que vale la pena tener.

Deviant y Han desfilaron con un par de cacerolas repletas de un guisado que olían delicioso. En la primera la pimienta negra y el laurel resaltaban entre todos los demás sazonadores. El azafrán le había dado un delicado toque amarillo y ese espesor peculiar y que distrajo lo suficiente a Samko, como para olvidar que estaba hablando con el menor. La segunda dejaba en el aire un sabor picante que hacía que la boca se les hiciera agua.

Han era todo un experto culinario y hoy parecía haberse lucido.

— ¿Hay algo más que traer? — Preguntó Samko.

— Han preparó pasta y también falta el pan, la mantequilla y el vino que está enfriándose. — Explicó Deviant.

— Pasta… ¡que rico! — Festejó Sam, mientras con una seña le pedía a Ariel que lo acompañara.

Entre los dos trajeron todo lo que Deviant había indicado, y para cuando volvieron al comedor Damian y James ya se encontraba ahí, el primero tomó su lugar en el cabezal de la mesa, a su lado derecho James intentaba no mirar a nadie, pero era claro que algo malo le sucedía porque tenía la nariz y los parpados rojos. Ariel no dudó que había llorado y sin ánimos de ofender, se enojó con Damian porque estaba seguro que él era el causante.

Se supone que debía tomar su lugar al lado izquierdo de Damian, ya que Han estaba junto a James y Deviant frente al moreno, sin embargo, cedió su asiento a Samko y él se acomodó junto a Deviant. Todos los presentes notaron la renuencia del menor para estar cerca de Damian y al menos, cuatro de ellos sonrieron disimuladamente, solo uno se sintió ofendido, pero trató de disimularlo.

Tal y como era la costumbre de los Katzel, el hombre de la familia era el que servía a todos en la mesa, ante la atenta supervisión de su esposa. Dadas las circunstancias, Deviant observaba recelosamente a Damian, mientras este luchaba por no hacer un reguero en la mesa.

En un principio no estuvo de acuerdo, después de todo él era mayor que Damian, pero su padre lo había estipulado de esa manera antes de morir y después entendió el motivo. Sin importar que ambos fueran hombres, Damian era el que velaba por todos en la casa, mientras que él se encargaba de la parte afectiva y los cuidados. Y estaba bien con eso…

Más que cualquier otra cosa en la vida, le gustaba ver a toda su familia reunida en su mesa.

Han fue el que se encargó de mantener la comida amena, por supuesto, primero recibió toda una lluvia de halagos por los deliciosos platillos que había preparado. Y después debutó como todo un gran conversador, temas para platicar no hicieron falta, tanto fue así, que para cuando comenzaron a contar anécdotas de cosas chistosas que les habían ocurrido, la mayoría estallaban en carcajadas. Incluso Damian se veía animado, quizá era por la sexta botella de vino que ya iba por debajo de la mitad, sin embargo, aun mostraba cierta reserva, pero había cosas ante las que ni él podía evitar por lo menos, sonreír.

Ariel los miraba a todos como con cierto encanto.

Jamás antes había tenido la oportunidad de reunirse con la familia y convivir. Sus parientes por parte de su madre, hacían reuniones, pero no tenían nada cada que ver con esta que él tanto estaba disfrutando. Siempre era en lugares lujosos donde él no tenía derecho a participar, solo debía esmerarse por ser el hijo perfecto.

En su mente, iba guardando las expresiones que más le gustaban. Sentía añoranza y desconsuelo al mismo tiempo, los admiraba como quien observa algo que está a punto de desaparecer y quizá jamás tendrá la oportunidad de mirarlos de nuevo. Por eso mismo se esmeraba, no quería perderse el más mínimo detalle.

Y entre todos, lo miraba más a él.

Pese a que su mente lo acusaba, sus ojos no se apartaban de esa piel canela, ni del mechón rebelde que Damian ya no sabía cómo acomodarse. Se perdía en los brazos anchos y fuertes que se ajustaban a la tela de su cazadora negra y que descansaban cómodos sobre la mesa, en su cuello de piel sin bozos y no pudo evitar pensar en lo mucho que le gustaba esconder su rostro en esa parte del cuerpo de Damian. Lo bien que olía y lo cómodo y seguro que se sentía cuando lo hacía.

Miró sus cejas pobladas y su nariz perfilada. Se embelesó con esa mirada de oro líquido y con el tranquilo subir y bajar de su pecho al respirar. Supo entonces lo difícil que iba a ser dejarlo, lo mucho que lo extrañaría y la falta que todos ellos le iban a hacer.

Comprendió cuanto quería a Damian y lo mucho que su actual situación lo hacía sufrir. Se maldijo internamente y se acusó de estúpido por haberse dejado besar, por no poner límites con los demás. En algún momento, sus pensamientos volaron hacía como estarían ahora si Damian no hubiera visto ese video. Y quiso llorar y pedirle que lo perdonara, decirle que no iba a volver a pasar, pero sabía que de poco o nada serviría.

— Bueno… — Intervino Han, logrando que todos le ofrecieran su atención, incluso Ariel olvidó sus cavilaciones y lo miró. — Aquí está el postre. — Anunció mientras ponía en el centro de la mesa, un pastel de chocolate, cubierto de — por supuesto — más chocolate.

Encima tenia fresas escoradas estratégicamente para que pudiera verse más apetitoso y estaban cubiertas por una leve capa de chocolate blanco. También había unas cuantas cerezas y justo en el centro del pastel, incrustado en la única fresa cubierta de chocolate negro, había un anillo de oro con pequeños brillantes alrededor. Que todos alcanzaron a ver, salvó el que estaba más interesado en robar un poco más de vino.

Ariel contuvo el aliento presa de la sorpresa, contrario a Samko que impaciente miraba a Deviant, sortear todo lo demás para alcanzar la botella. Damian y James tenían la vista clavada en el exótico anillo. Ninguno de los dos dudó de lo mucho que le iba a gustar a Deviant, cuando le prestara atención.

Han por su parte, había quedado presa de un extraño mutismo. Traspiraba nerviosismo y tenía la vista clavada en el tapetito de la mesa que pese a estar perfecto, insistía en alizar con las manos.

Deviant finalmente alcanzó la botella y sintiéndose victorioso volvió a su lugar. Rellenó su copa y dejó la botella lo más cerca que pudo, era un vino especial que a él le encantaba. Las miradas iban ahora de un nervioso Han, aun distraído Deviant que ya esperaba ansioso por su rebanada de pastel. Para él no había en este mundo nada mejor que el chocolate y el vino.

— Han… — Presionó Samko. — Habla ahora… quiero comer.

El aludido levantó la mirada y los demás espectadores fueron testigos de lo mucho que sudaba. Damian rompió el silencio echándose la carcajada. Causando la sorpresa de todos en la mesa, pocas veces reía de esa manera, los Katzel pensaron que incluso podían contarse con los dedos de sus manos y sobrarían dedos. Sin mencionar, que la mayoría de esa veces, Ariel había sido el motivo.

— Es un poco tarde para que te arrepientas… — Le advirtió. — Te romperé el cuello si no lo haces… — Como se reía, era extraño escucharle decir tal cosa, pero ninguno dudó que lo cumpliría.

Disimuladamente James le ofreció su pañuelo. Pero cuando quiso retirar su mano, Han la tomó presionándola contra la mesa. En ese momento necesitaba sentirse apoyado por su casi hijo y James aunque incomodo, lo entendió y no hizo el intento de retirarla.

— Bueno, yo… Quiero agradecer el que estén con nosotros. — Soltó de golpe, logrando que Deviant dejara momentáneamente su copa y le prestara atención al escuchar su voz temblorosa. — Deviant y yo… bueno yo… es decir…

— ¿Han que sucede? — Le preguntó preocupado y de inmediato desvió la mirada hacía Damian, quien al ver ese par de ojos castaños planeando su asesinato, levantó las manos a la altura de su pecho, para mostrárselas en señal de que él no había hecho nada.

— Es que yo… — Intentó explicarse Han.

— ¡Oh, vamos! — Interrumpió Damian. — Es insoportable, caprichoso, un bueno para nada, además de un verdadero dolor de cabeza cuando se lo propone… pero no es mala persona.

Han pensó mientras lo escuchaba hablar, que Damian era la persona menos romántica que alguna vez desde el origen de los tiempos había pisado la tierra. Y sintió cierta pena por Ariel.

— ¿De quién estás hablando Damian Katzel? — Saltó ofendido Deviant.

— De otro bueno para nada que también es insoportable…

Mientras los hermanos discutían, Han miró a Ariel, quien sin más le dijo en un movimiento de labios mudos. — ¡Hazlo! — Fue una simple palabra pero significaba mucho para Han si venia de Ariel, y de repente se sintió seguro, miró a Deviant hacerle muecas a Damian y supo que ese loco inmaduro era el hombre que anhelaba estuviera en su vida, para siempre y aun después.

— Deviant… — Le nombró mientras ensartaba la fresa que contenía el anillo con el cuchillo pastelero y la llevaba hasta el plato de Deviant. La depositó suavemente en el centro, mientras mirándolo fijamente decidía saltarse algunas etapas e irse directo a lo que realmente quería con él. — ¿Quieres casarte conmigo?

Samko que no había perdido la oportunidad de grabar el momento, casi deja caer su celular. No era esto lo que Han le había dicho que haría, él habló de formalizar su relación… iba a pedirle frente a su familia que fuera su novio no su… ¿esposo?

Damian en su lugar se quedó como de piedra, la sonrisa burlona se le borró de los labios y miró la escena fijamente… ¿Había escuchado bien?

James tuvo que desviar la mirada, estaba conmovido pero él era un chico rudo y no iba a dar rienda suelta a sus sentimientos, por muy encariñado que estuviera con el par de tortolos que a su lado parecía que el tiempo se había detenido para ellos.

Deviant miraba atolondrado a Han, quien más seguro que nunca aguardaba por su respuesta. Sin darse cuenta, había contenido el aliento y por fin se olvidó del vino. — Sé que eres tú… Lo supe desde la primera vez que te vi, cuando aún éramos niños. Jamás perdí la esperanza y hoy tengo el privilegio de tenerte en mi vida. —Agregó.

Toda su vida Deviant pensó que sería él quien le diría palabras de este tipo a la que sería su mejer. Cuando Han se hizo un espacio y se arrodilló frente a él, una lluvia de sentimientos se agolpó en su pecho. — ¿Qué dices amor…? ¿Aceptas ser mi esposo?

Disimuladamente Deviant miró a Damian, como pidiéndole su autorización. De la misma manera, el moreno asintió. En ese momento Deviant sonrió, no como normalmente lo hacía.  En esta ocasión, sonreía incluso con sus ojos húmedos y casi rebosantes de lágrimas y de sentimientos que no podían ser explicados con palabras.

— No pases tu vida con quien puedas vivir… — Susurró.

— Pasa tu vida con la persona sin la que no puedes vivir. — Era la frase de ambos, una regla de oro en sus vidas y en ella Han encontró el “¡SÍ! ¡ACEPTO!” que tanto deseaba escuchar.

No hacía falta besarse para sellar una promesa que de antemano ambos sabían que cumplirían, pero dejar pasar la oportunidad, sería una estupidez. Han se puso de pie y con una delicadeza casi inhumana, atrajo a su ahora, prometido, y unió sus labios en un beso casto, pero rebosante de todo el amor que le profesaba.

 

DAMIAN

 

Creo que fue un emoción general, el sentirnos incomodos de presenciar una escena tan íntima. Si a alguien le interesa, no me gusta ver a mis hermanos en amores con otros, tampoco es que los quiera para mí, ni mucho menos, pero no sentir el penoso malestar de los celos es tanto como imposible.

Vi a Samko levantarse y deteniendo la grabación fue a refugiarse en los brazos de James que curiosamente ya lo esperan abiertos y deseosos de resguardarlo. No vi nada inusual, James estaba manejando con madurez el hecho de Sam se viera tan feliz ahora que estaba con Gianmarco.

Solamente había pedido algo de tiempo antes de que este último se sumara a las reuniones familiares y Deviant le había apoyado. Sam no es de los que imponen nada y cuando se me preguntó al respecto, me limité a decir que lo odiaba por haberse llevado a mi pequeño demonio.

Pero ya no le detestaba tanto, lo justo nada más. Samko se había vuelto más responsable desde que estaban juntos y eso me tranquilizaba demasiado. En las veces que habíamos tenido la oportunidad de charlar, me comentó que necesitaba ser alguien, que ya suficiente desventaja era la diferencia de edades. Me explicó que tenía un proyecto en mente para hacerse de un negocio propio, pero que mientras conseguía el capital trabajaría en el casino y se esforzaría por adelantar materias para terminar antes la carrera.

Le dije entonces que yo le podría facilitar un setenta por ciento de la cifra que necesitaba, para que lo echara en marcha cuanto antes, era una buena idea y había pensado que Ari podría trabajar con él y así finalmente lo alejaría de los Fosket.

El resto de mi dinero quería invertirlo en comprar el terreno donde está la guarida de Ariel, ese se había vuelto un lugar especial para nosotros y quería regalárselo. Me avergonzaba un poco reconocerlo, pero en más de una ocasión había echado a volar mi imaginación, pensaba en que no lo separaría de sus abuelos. Pero quería una vida con él… nuestra propia casa, un lugar en el que pudiéramos amarnos sin importar cuanto ruido íbamos a hacer.

Sonreí ante el pensamiento y lo busqué con la mirada.

Estaba con la espalda contra el respaldo de la silla, bien derechito guardaba la postura del niño con clase que era, mantenía la cabeza inclinada y miraba algo en el piso. Su semblante estaba carente de emociones pero su olor decía que por dentro estaba aturdido. Han y Deviant se comían mutuamente presos de un apetito creciente y de repente también sentí hambre.

Apenas y si me pasé de una silla a la otra, sentándome a su lado. Lo sujeté por la cintura y sin perder tiempo lo levanté solo para sentarlo de nuevo, pero ahora sobre mis muslos. Se asustó por el movimiento repentino. Pero también lo vi sulfurarse…

Si… ya sabía que le molestaba que lo levantara como un muñeco de felpa al que puedo mover a mi antojo. Pero no puedo evitar hacerlo, no quiero evitarlo.

Me lo acomodé de frente a mí y tome sus brazos obligándolo a pasarlos alrededor de mi cuello. Mantuvo su mirada baja obsequiándome toda su fragilidad, presumiendo lo vulnerable que era, tal y como si me lo echara en cara. A pesar de que me había cansado de decirle una y otra vez que no bajara la mirada ante mí, lo seguía haciendo. Me enojaba hasta sacarme de mis cavales, porque al verlo sumiso lejos de sentirme vencedor, me dominaba. Deshacía mis barreras y echaba por la coladera mi orgullo y mi ego. Me suavizaba como nunca nadie y solo quería besarle, hacerlo reír… quería que se sintiera tranquilo y dichoso.

Su cercanía me extasiaba, su olor… su peso ligero y la suavidad de su piel me provocaban a tal punto que solo quería arrancarle ropa y retozar en su desnudes. Sus mechones que caían desarreglados sobre su frente, sus rasgos todavía infantiles que lo hacían el actor principal de mis perversiones. Amaba ver como reaccionaba ante mi tacto, como una simple caricia erizaba cada poro de su piel. Me abstraía el subir y bajar de su pecho ante sus respiraciones irregulares y sus mejillas con apenas un leve toque de sonrojo.

Podía perderme en él, en sus gestos y en sus detalles y olvidarme de todo lo demás. De que no estábamos solos y por sobre todo las cosas, de que Samko de nuevo estaba grabando, pero ahora a nosotros.

— Besame… — Susurré, mientras envolvía su rostro pequeño entre mis manos.

Ariel negó y sonreí por ello, me gustaba cuando era él quien lo hacía. Me gustaba como me tocaba y sus besos me hacían perder la razón. — Es una orden… — Le aclaré, hablándome con un poco más de dureza. Ariel finalmente me miró y en sus ojos de cielo pude ver lo irascible que mi comentario lo había vuelto, jamás le des órdenes a un chico bonito… ¡Lo detestan! — Besame. — Repetí.

No importaba que tan serio y airado se mostrara, sabía que lo estaba considerando.

 

LLAMA GEMELA

Con las manos cogidas como niños de cuento, se durmió junto a él en la oscuridad.

 

ARIEL

 

No tenía por qué hacer lo que me pedía, mucho menos si me lo ordenaba de esa manera… no tenía que… pero deseaba hacerlo.  Lo supe cuando me estiré y sin apartar la mirada de sus ojos acerqué mi rostro al suyo hasta que nuestras narices se rozaron, sus exhalaciones me acariciaban el rostro y la intensidad de su mirada me ganó. Desvié la mía hacia sus labios que esperaban entreabiertos por los míos, me encantaba su boca.

Me centré en ella, en las pequeñas líneas que la definían, en lo abultados que eran sus labios, sobre todo el inferior, en su color pálido y lo suaves y húmedos que me parecían. Volví a levantar la mirada hasta encontrarme con sus ojos que me observaban y cerré los míos mientras terminaba con la distancia que nos quedaba. Me entregué a esa caricia, no supe nada más.

Cada una de las cosas que sucedieron anoche, cada palabra de que las que pronunció contra mí se fue borrando conforme su sabor me invadía. Era estúpido… Y quizá en algún momento me juzgaría por ello, pero no hoy. No mientras nos besábamos.

Ni siquiera recuerdo el momento exacto en que volvimos a casa, ni cuando estando ya en mi habitación, terminamos en mi cama. Sus manos me andaban libres por el torso, definiendo mis costados, acariciando mi estómago y mi vientre bajo.

Decía mi nombre en susurros aislados mientras me besaba. Estando sobre mí cuidaba de no aplastarme, mis manos en cambió se aferraban a sus brazos e intentaba corresponderle a como diera lugar. Sentía mis labios entumidos y adoloridos por sus besos y mordiscos indiscretos. Damian solo abandonaba mi boca paro lamer y besar mis moretones, después volvía ellos y el juego se reanudaba.

Su piel de nuevo estaba caliente y al friccionar con la mía sentía que me quemaba. Jadeaba en mi boca, hacía ruiditos que me gustaban. Su lengua me invadía, envolvía la mía y cada cierto la chupaba. Nunca nadie antes me había besado de esa manera, ni siquiera sabía que existían besos así. Pero está bien… me gustaban. Su cuerpo empezó a moverse solido sobre el mío y yo intentaba acercarme más a él, pero su peso y su fricción hacían que hundiera entre los edredones.

Si tuve dos o tres momentos de lucidez, fue mucho. Bien podría saber que después de lo anoche no debería estar haciendo esto con él, pero mis actos desentonaban con mis conjeturas. Nada en mí daba entender que no quería esto. Por el contrario, parecía que lo necesitaba con toda la fuerza de mi cuerpo. Mi sentido común y toda mi voluntad estaban puestos en su calor, en el olor que desprendía su cuerpo.

Eran solo besos y caricias que aunque subidas de tono, no por eso dejaban de serlo. Damian no había hecho el menor intento por terminar de desvestirme y él conservaba también el pantalón… ¿Por qué? ¿Por qué nunca podíamos ir más allá de esto?

— No sabes lo que me estas pidiendo… — Dijo de la nada.

— No he dicho nada…

— Tus pensamientos hablan alto hoy Ariel. — Aseguró mientras me atrapaba en su mirada. — No me mires de esa manera… — Exigió en voz baja y acercó sus labios a mis parpados obligándome a bajarlos para que pudiera besarlos.

— ¿De qué manera…? — Pregunté.

— Aun no estás listo…

— ¿Listo para que…?

— Haces demasiadas preguntas. — Me regañó mientras hacía un camino de besos por mi rostro. — ¿Por qué no solo asientes y me das la razón?

— ¿Sobre qué tengo que darte la razón?

— Sobre lo que sea… solo dámela, obedeceme y no pienses solo dame un respiro y haz lo que te digo. — Pese a lo que sus palabras significaban, me hablaba muy bajo, acariciándome con su aliento. — Estoy cansado… — Agregó y se dejó caer sobre mí.

Quedé enterrado entre los edredones y su cuerpo, había quedado inmovilizado y apenas y si podía respirar. Damian reía en mi odio y me hacia cosquillas pero no podía reírme, no con él sobre mí. Pareció entenderlo porque se sostuvo con los antebrazos y aunque seguía aplastándome, ya no lo hacía tanto.

Aproveché el espacio y bajé un poco más hasta quedar a la altura de su pecho, una a una fui besando las cicatrices que encontré a mi paso, subí por su cuello de la misma manera en la que él lo hacía conmigo, hasta que llegué a su quijada. Intenté alcanzar sus labios, pero mis piernas estaban entre las suyas, así que no pude moverme.

— No estás listo. — Repitió.

— ¿Cómo sabes que no lo estoy? — Le rebatí enojado.

Damian me obligó a soltarme de uno de sus brazos y llevó mi mano hasta su… “eso”. Hizo que apretara por encima del pantalón y resultó que no cabía en la palma de mano.

— Sentido común… — Respondió mientras me sonreía. — Aunque también he hecho mis cálculos y resulta que eres algo “chico” para mí.

Ofendido por el tonito y el guiño de ojo que lo acompañó, aparté mi mano. Nos miramos un largo rato, él no borraba esa sonrisa de sus labios que casi me convencía. — Me gusta cuando me miras enojado.

— No estoy enojado… — Rebatí.

— Sí, sí lo estas… cuando te enojas frunces el entrecejo. — Agregó y con la yema de su dedo pulgar aliso mi entrecejo.

¿Qué seguía ahora? ¿Solo nos íbamos a mirar?

— ¿En qué estás pensando? — Preguntó.

— No quieres saberlo…

— Sí, sí quiero… — Aseguró y dejó un beso rápido en mis labios. — Dímelo… ¿En qué estás pensando? — Dudé sobre lo que debía responder, ahora que él me daba la oportunidad, pensaba en demasiadas cosas.

— Pienso que no quiero pensar en nada… y tú no me estas ayudando con eso.

— Lo siento… — Se disculpó.

— No quiero que te disculpes… — Le dije con algo de frustración en la voz. — ¿Qué tal si te quitas esto? — Pregunté mientras intentaba bajar su pantalón pero el cinturón no me dejo.

— No puedo… — Respondió y lo sentí cambiar. No sé cómo explicarlo, es como si de la nada se hubiera puesto triste, pero eso era tanto como imposible. Damian no suele ser así y por sobre todas las cosas, jamás me rehuía la mirada como lo estaba haciendo ahora.

— ¿Por qué?

— No me siento bien… — Dijo con seriedad. Por unos segundos me olvidé del pantalón y llevé mi mano hasta su frente.

— ¿Qué te duele?

— El pasado… — No entendí lo que dijo, pero Damian me miraba con una seriedad aplastante que me resultaba incomoda.

— ¿Quieres que te traiga un té? — Le ofrecí y traté de sonar positivo. — Mi abuela dice que no hay nada que una taza de té no pueda curar… ¿Te preparo uno?

— Sí con eso puedo borrar lo que te hice anoche, entonces sí…

No me moví, bajé la mirada y me quedé en silencio. No quería tocar el tema, no quería que volviéramos a discutir, tenía miedo de ese Damian que es capaz de hacerme daño. — ¿Por qué estás aquí conmigo después de todo lo que te hice? ¿Después de todo lo que dije?

— No quiero hablar de eso…

— Es la primera vez que te veo evadir algo. — Dijo — El Ariel que conozco lo enfrentaría. Me habría echado de su casa y quien sabe cuánto más…

— ¿Quieres que te eche de casa?

— No

— ¿Entonces…?

— Al ver a Han y a Deviant… pensé en nosotros. — Me cambió el tema. — ¿Tú no?

No quise responder, aunque claro que pensé en nosotros, y sobre todo en lo posible y lejano que parecía el hecho de verme un día así con él. — Algún día pondré un anillo en tu dedo.  — Dijo y sentí un nudo grueso instalarse en mi garganta. — Y tú pondrás uno en el mío… ¿Cierto? ¿Verdad que lo vamos a hacer?

Sentí mis lágrimas bajar y esconderse entre mis cabellos, quería decirle que sí, que íbamos a hacer todo lo que decía, pero no estaba seguro… no tenía la certeza de que realmente íbamos a hacerlo. — Ese día te verás hermoso, como un bosque nevado al amanecer. Me miraras y vas a sonreír.  Y yo estaré muy feliz… No como ahora, que me siento tan culpable. — Lo observé mirar hacía el techo y respiró por la boca, como tratando de contenerse. — Todos van a estar ahí, mis hermanos, tus abuelos… William también estará… ¿Lo vamos a hacer no?

Alcancé a asentir y él me imitó. Aunque ambos sabíamos que nos estábamos haciendo promesas bajó la lluvia de las lágrimas que yo derramaba y él contenía. — Dime que este error no me costara caro. — Insistió. — Dime que no te vas a ir y me vas a dejar… ¿Por qué estás conmigo? — Repitió.

— Porque no querría estar con nadie más en el mundo…

Después de esas palabras Damian me ayudó a desahogar mi alma y también mi cuerpo. Nos unimos entre besos y caricias que eran selladas con mi llanto que no cesaba. Me hizo sentir que en sus manos era aire y también el guardián de mis heridas.

Pero llegada la noche me dejó.

Dijo que no podía quedarse, que no podía dormir a mi lado tal y como lo había hecho todas las noches anteriores. Me aferré a él y le exigí que no me dejara. Sentí miedo de su actitud derrotista, sentía que si se iba quizá jamás volvería a verle.

No me da vergüenza aceptar que le suplique para que no se fuera. Y cuando eso no fue suficiente le amenace, intente chantajearlo. Incluso le ordené que no me dejara. Pero él es como es… y quizá yo jamás logre entenderlo. Esconde tantas cosas de mí, que temo por ellas…

Lloré más cuando lo vi abrir la puerta corrediza de mi habitación, porque sabía que estaba poniendo más que escasos metros y una puerta de cristal entre nosotros. Sabía que estaba alejándose de mí y no entendía el motivo. Pero me quedé ahí, medio desnudo y en una cama que ya no era solo mía, que también le pertenecía a él, al igual que yo.

 

 

 

 

 

 

Capitulo 38: El Cayado Del Pastor (C.E)

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BOSQUE NOCTURNO

Los espíritus poseían cuerpos inmateriales que carecían de forma física, como resultado, sus apariencias a formas no tenían género y se mantenían flotando a mí alrededor.

Lejos de sus sollozos que se intensificaban, no podía escuchar nada más.

Tenía miedo de mí… de lo que le hice, de que me odiara. Estaba aterrado por esas voces que se alzaban en todas direcciones y que no sabía de dónde venían. Que tampoco podía verlas pero que las sentía. Quise culpar a la bestia que llevo dentro, pero sabía… comprendía que se trataba de algo más. Una maldad que no tenía cabida en el mundo de los humanos, cosas terribles, atroces… cosas que solo podían ser adjudicadas a mi sobrenaturalidad. Entonces… con dolor entendí que Ariel ya no estaba seguro a mi lado.

Caí de rodillas al piso. Con ambas manos me cubría los oídos y apreté con fuerza los ojos, pero los sollozos de mi niño se alzaban violentos y convulsivos a tal punto que retumbaban sobre mi cuerpo. Sabía que no era así, que si bien, Ariel lloraba en su habitación… porque efectivamente podía escucharlo. Este ruido estridente que me estaba haciendo sufrir no provenía de él.

Un viento frió e inexplicable me caló los huesos…

La misma extraña y aterradora sensación de aquella vez, se apoderó de mí. Las ventanas perfectamente cerradas vibraron todas al mismo tiempo y con tal fuerza que creí que se romperían. La luz parpadeó apagando los focos por una fracción de segundos.  Y se repitió por tres ocasiones más.

Ante mi ansiedad y terror mi lobo pareció despertar de un sueño obligado, gruño sin fuerza y volvió a la quietud. Estaba débil, había perdido la luna llena y con ella mi oportunidad de cazar sin transgredir la promesa que le había hecho a Deviant.

Ha decir verdad, la dejé pasar a voluntad… Pretendía ser alguien mejor para él, un hombre al que valiera la pena amar. Por esa razón… ese día decidí que no saldría a cazar, ya no quería matar…

Quería estar lo más limpió posible, para que al caer el noche pudiera acostarme a su lado y abrazarlo hasta que durmiera, hasta que ambos lo hiciéramos. Acariciar su rostro de niño y su cabello rebelde sin preocuparme de que mis manos estuvieran manchadas de sangre.

No pensé en las consecuencias…

No creí que quizá necesitaría mi fuerza para defenderlo de aquello que no es humano.

Me obligué a ponerme de pie, estaba a mitad de sala y pese al frió que tan de repente se había instaurado en la casa, me descubrí sudando. Mi aliento formaba una especie de humo me salía por la nariz al exhalar o por mi boca cuando jadeaba.

Algo malo estaba pasando conmigo… mi temperatura descendía drásticamente. Y con ello, la pesadez de mi cuerpo me hacía sentir fatigado, excesivamente cansado. Escuché como la puerta de la cocina se abría de la nada y mentalmente me preparé para lo peor.

Esperé… no tenía miedo. Sea quien sea… no llegaría al segundo piso. Así tuviera que morir para impedírselo, nada ni nadie dañaría a Ariel.

Pero trascurridos unos segundos, me convencí de que lo querían era hacerme salir, no ellos entrar. A pasos cortos y arrastrados cruce la sala, el comedor y llegué hasta la cocina. En efecto, la puerta estaba abierta y se mecía de un lado a otro que si alguien la empujara y jalara al mismo tiempo.

Cualquiera en su sano juicio hubiera dado marcha atrás y se alejaría de esa escena que parecía sacada de una película de terror. Bien, yo no estaba en mi sano juicio, quizá nunca lo he estado. Por eso, en vez de alejarme. Me exigí avanzar y sujetarla.

No tuve que presionar, simplemente se detuvo ante mi toque. Encendí la luz del patio trasero y salí a la terraza. Cada vez me era más difícil respirar, mi cuerpo temblaba debido al frió que sentía. Era malo para mí. Una de las pocas cosas que puede hacerme perder la conciencia. Si mi temperatura corporal seguía descendiendo podría colapsar.

Bajé los dos escalones que me separaban del piso y centré mi atención en el bosque se abría inmenso frente a mí.

Fue entonces que los vi.

Pequeñas sombras de luz que ululaban lamentaciones… quejidos suaves pero penetrantes que te ponían la piel de gallina. Se escondían entre las sombras y no se atrevían a pasar a la parte despejada del jardín. Esta era la tercera vez que los veía y eran siempre señal de un mal augurio.

Entre ellos también había “Numinas”… Los gitanos me habían hablado sobre ellos cuando era niño. Decían que eran protectores de la foresta y actores principales en los mitos y leyendas con los que había crecido. A veces me seguían como esferas de luz azul o en ocasiones blanca, que aparecían flotando en mi camino cuando me internaba en el bosque.

La dendrolatría bajo la cual crecí, me enseño que no debía temerles ni intentar tocarles, que eran deidades que residían en los bosques. Protectores de árboles y ríos.

Dentro de la comunidad se les conocía como Basandere y aunque creían en ellos jamás se habían hecho visibles a ojos humanos. Mi naturaleza me permitía verlos, los gitanos decían haberlos visto cuando se encontraban en trance y habían hecho algunas representaciones. Sus formas variaban pero por lo general se mostraban como hombres salvajes. Había varios de ellos, mezclados con esas otras sombras que se lamentaban.

— Di tu nombre… — Ordené.

Frente a mis ojos las vi unirse… callaron sus lamentaciones y se volvieron las unas contra las otras hasta que formaron una figura oscura y escabrosa. Se suspendía en el aire varios metros sobre el suelo. — Anchutka… — La respuesta pareció venir de las profundidades del bosque. En un susurró casi ininteligible.

Lo repetí y como cualquier otro espíritu dañino respondió al instante a la mención de su nombre. Bajó hasta que sus pies tocaron el piso y su apariencia cambio. Avanzó con una rapidez esteparia hasta el límite del bosque. Los numinas no le permitieron trasgredir esa demarcación.

Sabía que este ser era lo que se conocía como un succionador de almas.

La primera vez que los vi fue cuando mate a mi padre, demonios deformes con los que seguí soñando hasta muchos años después… La segunda vez, cuando James casi muere en ese accidente, en aquella ocasión los vi como animales. Y ahora, se presentaba ante mí con la apariencia de un humano… no uno cualquiera.

Uno especial…

De baja estatura y cuerpo delgado… su piel blanca y fina, en ellos se miraba maltrecha, como grisácea y sucia. Sus ojos como lagos azules y profundos, se tornaron negros y fríos, venas rojas rodeaban sus parpados y sus ojeras profundas y oscuras, casi amoratadas. El cabello rebelde y sedoso… ahora goteaba un líquido espeso y negro. Llevaba una especie de manto roído y viejo. Sus labios se separaron y de ellos escuche como si una multitud soltara risotadas al mismo tiempo. Era una risa burlesca y maligna.

Se reía de mí, de la expresión de sorpresa que se había instaurado en mi rostro.

Ese era Ariel pero con una apariencia tenebrosa y horrible. Entendí que pretendían intimidarme, como lo único bueno que quedaba de mi alma, ahora estaba protegida en el cuerpo de Ariel, amenazaban con quitármelo.

No fui consciente del momento exacto en el que comencé a avanzar hacia él. Era como si cuerpo tuviera vida propia y se moviera a voluntad. Esa cosa me llamaba y me obligaba a ir hacía él aunque no era lo que quería.

No sabría decir si su intención era obligarme a internarme en el bosque o alejarme de la casa. Pero cuando estuve a cuando mucho un metro de distancia de ese ser… Me convertí.

  • TERCERA PERSONA

El ente no dejaba de reír, deformaba las facciones aniñadas de su rostro mientras sus ojos se iban volviendo cada vez más grandes. Con cada paso que Damian daba para acercarse, volvía más histérica su risa.

Fue entonces que un temblor sacudió el cuerpo de Damian… la ropa que lo cubría cayó rota en pedazos al mismo tiempo que un lobo negro de pelaje espeso y ojos como calderas de oro derretido caía sobre sus cuatro patas. Era de por lo menos, dos metros de altura. Con las fauces abiertas se aventó contra el ser y lo partió por la mitad.

No era materia sólida lo que mordió, y como si se tratase de humo… se desvaneció en la nada. El lobo se desplomó sobre el piso, al mismo tiempo que Ariel profería un grito ahogado, casi desgarrador. Y James aunque a kilómetros de distancia de ellos y completamente ajeno a lo que sucedía, soltó la bebida que sostenía justo antes de irse de espalda contra el piso. Los tres quedaron sumergidos en una inconsciencia abrumadora y tardía.

COMENTARIOS DEL AUTOR

  • La Dendrolatría es una constante dentro de la historia religiosa de Europa y se basa en el culto a los arboles y a los espíritus conocidos como númenes o numinas como menciona Damian.
  • El ser que se trasforma en una imagen bizarra de Ariel, es un Anchutka y forma parte de los espíritus eslavos más enigmáticos. A grandes rasgos es un ser dañino y diabólico.
  • Por último, una ligera aclaración: Pese a que en todos los capítulos anteriores el nombre de nuestro lobo es Damián (Error mio al escribir) lo correcto es tal y como aparece en este: Damian (Y se pronunciaría como Damien) Erika me había hecho la corrección desde hace tiempo, ustedes disculpen.