Capítulo 48 En la Madriguera del Lobo

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EN LA MADRIGUERA DEL LOBO

 

Lo llevé a las profundidades de mi bosque entre montañas empinadas, lobos salvajes, oyameles, encinos y cedros, lo llevé al único lugar en todo el bosque cuya ubicación juré jamás revelar, lo llevé porque a partir de ahora, también sería su hogar”.

 

 

TERCERA PERSONA

 

Estando en la cama con la vista pegada al candelabro que colgaba del techo, Ariel pensaba en todo menos en conciliar el sueño, no podría… ¿para qué intentarlo entonces? Había cosas más importantes que el reclamo de sus ojos ante su cansancio. Cosas como reprocharse su mala suerte o lamentarse por todas esas veces en las que Bianca e incluso el propio Damian, le había sugerido que tuviera cuidado con Axel, pero él había decidido hacer de menos sus palabras.

Y sí, ahora se arrepentía. Sentía que había sido muy estúpido al creerle y dejarse chantajear. De nuevo su ingenuidad le jugaba en contra, pero ¿realmente merecía tanto? ¿Hasta dónde planeaba llegar Axel con su “venganza”? Ariel sabía que fue él quien provocó todo este alboroto, el propio Axel se lo había confesado la última vez que se lo topó de frente; cuando descaradamente le había dicho que se merecía todo lo que le estaba pasando, eso y más… y que no se detendría hasta verlo arrastrándose suplicándole por una oportunidad de la misma manera en la él lo había tenido que hacer.

El recuerdo hizo que Ariel pusiera la ceja en punta reafirmando su incredulidad. Jamás fue su intención herir a Axel, tampoco le dio falsas esperanzas y, por sobre todas las cosas, en ningún momento deseo verlo de rodillas rogándole.  Obviamente, prefería volver a Arizona antes que rogarle a Axel, aunque la sola idea de tener que dejar a Damian hacia que su corazón se oprimiera. Todo esto era como una mala broma del destino; recuperaba algo que anhelaba, pero perdía lo demás… ¿por qué? ¿Qué de malo había hecho él como para tener que pagar un precio tan alto?

Primero sus padres le daban la espalda, después su relación con Damian se venía abajo y ahora le quitaban su beca y, quizá, inclusive su derecho a permanecer en la universidad… ¿Qué seguía? ¿Qué otra trampa le tenía preparada la vida? Sea lo que fuese, Ariel deseaba que sucediera de una vez por todas, no necesitaba ni quería la compasión de nadie, pues pese a todo, se juzgaba listo y fuerte, iba a encarar lo que viniera con la frente muy en alto, porque estaba convencido de que no tenía nada por lo cual avergonzarse.

El tema de su sexualidad no le liaba en absoluto. En Arizona nunca pasó, pero vino aquí y se enamoró de un hombre, era amor… ¿Dónde estaba lo malo? ¿A quién ofendía con sus sentimientos?

—A nadie… —dijo, haciendo audibles sus pensamientos.

Se incorporó de golpe de la cama y resopló con frustración. Había algo más de lo cual angustiarse, ¿Cómo iba a decírselo a sus abuelos? No quería decepcionarlos y menos que menos, hacerlos sufrir tras su partida.

Tarde había caído en la cuenta de que no solo era preparar las maletas e irse; estaban ellos que le habían dado el calor de una familia llenándolo de todo el amor que nunca tuvo. Sus abuelos no eran como esas personas de mente cerrada que se asustaban por ver a dos hombres tomándose de la mano o besándose, sus abuelos creían en los sentimientos de la misma manera en que creía él. Dejarlos iba a ser un golpe muy duro, Susan le había relato lo mucho que sufrió cuando el padre de Ariel se mudó a Alemania, si bien, no había tanta distancia entre ellos, su padre no volvió a Sibiu hasta que Ariel cumplió los cinco años y lo trajo para que los abuelos lo conocieran.  Él no quería reabrirle esa herida con su partida.

Incluso había pensado que lo mejor era resignarse, buscar otra universidad y empezar de nuevo. Podría trabajar hasta que iniciara el siguiente curso, lo que hiciera falta con tal de no dejarlos. De alguna manera ya se sentía parte de ellos y sabía que extrañaría las caricias y atenciones de Susan, así como la complicidad de David. También estaban sus amigos, aunque amaba a William, aquí se había hecho de muy buenos amigos a los cuales todavía no se iba y ya extrañaba, entre todos a Taylor incluso a Sedyey, Bianca de seguro le reclamaría hasta las lágrimas pues aun cuando él tuvo que abandonar el club de dibujo, ella siguió hablándole y animándolo. Le demostraba su apoyo sin importarle las habladurías o las amenazas de Axel.

Deviant, James y Samko, Han y Gianmarco, obviamente, Damian, su moreno que le robaba la razón ¿Cómo iba a decirle a que tenía que irse? ¿lo comprendería? La intención era buena, quería ser alguien en la vida, tener algo que pudiera ofrecerle, aunque tan solo decirlo se escuchaba risible. Damian no necesitaba nada, sin embargo, Ariel quería darle todo, justamente “todo” lo que no tenía.  La ansiedad lo hizo ajustarse las botas y a paso rápido abandonó la habitación.

Después de que Taylor se fue, Ariel se había ido a la cama sin siquiera tomarse la molestia de cambiarse, por lo que solo se puso un abrigo extra para protegerse de la aguanieve que caía.

Con cuidado, abrió la puerta corrediza y salió a la terraza. Se había acostumbrado a este panorama oscuro y frío. El nimbo se expandía por todos lados hacía los que se mirase, era señal de mal tiempo, quizá más tarde llovería.

Bajó las escaleras y rodeó la casa con dirección al patio trasero, tal vez Taylor tenía razón; no debía deambular a deshoras por el bosque, pero en esta inmensidad encontraba una paz que lo calmaba. Era como si estuviera volviéndose parte de los árboles y la nieve misma. Pese a la oscuridad escabrosa, se sentía seguro.

Buscó la brecha que sus idas y venidas constantes habían dejado sobre el camino, alumbrándose con apenas la lucecita de su celular, se encaminó a su escondite. Caía una nevisca acompasada que volvía lodoso el piso y el roció que chorreaba de las hojas humedecía su abrigo, aun con todo, avanzó con la seguridad de quien conoce el terreno que pisa.

Cuando estuvo a espaldas de su tienda, oyó un sonido particular: un aullido roto y distante que le resultó conocido. Sí, lo escuchaba cada cierto tiempo, pero nunca con la claridad con la que lo hacía ahora, esperó por si se repetía, más al no percibirlo, entró a su escondite y encendió el candelero de aceite que reposaba sobre una silla de madera. La luz que desprendía era tenue, más suficiente para Ariel.

Se recostó en la camita improvisada y su vista se perdió en el panorama de afuera. No fue consiente del momento en el que sus ojos comenzaron a cerrarse ni prestó atención a la suave melodía que en algún momento comenzó a escucharse y que se alzaba sobre la tienda, acurrucándolo. Una extraña y dulce sinfonía que parecía venir de todas partes y que tuvo en él un efecto somnífero.

En medio de su adormecimiento Ariel alcanzó a ver a esa mujer de ropas raídas y cabello descuidado que casi se le arrastraba por el piso, enlodándose de la misma manera en que lo hacía la vieja capucha negra que colgaba de sus hombros angostos. Pretendió moverse pero su cuerpo no le respondió, intentó gritar más sus labios parecían sellados… únicamente en sus ojos expresivos de pupilas dilatadas, se notaba el terror que lo invadía. La mujer entró a la tienda y se acercó hasta donde estaba recostado, sus dedos gráciles que terminaban en uñas largas, acariciaron los mechones de su frente casi con ternura. Con la familiaridad de quien ha obsequiado la misma caricia en muchas ocasiones.

—Te esperaba  – susurró ella – había estado llamándote desde hacía varios días, pero decidiste no escucharme.

¿Lo había estado llamando? Ariel no comprendía nada de lo que la mujer decía, él jamás la había visto antes… ¿O sí? Su mente trajo a su memoria un recuerdo, no… varios de ellos. La sensación de que alguien lo seguía, el sentirse observado, las sombras que en ocasiones veía en el bosque, y la mujer que se había aparecido en la casa de Damian cuando fueron a Judet. Eran la misma persona, de alguna manera lo supo.

— Ahora me recuerdas…—agregó ella, como si hubiese sido la causante de los recuerdos en Ariel —Es tiempo.

¿Tiempo de qué? La mujer acarició las mejillas de Ariel antes de obligarle a cerrar los ojos. Él no quería, tenía miedo de ella, y en medio de la desesperación no hubo ni una sola sensación más que pudiera percibir. Sintió su cuerpo flotar como una burbuja de jabón en el viento, que era movida a voluntad. Aun con los parpados cerrados vio una claridad que lo lastimaba, sintió un frío intenso que le calaba los huesos y que hizo que sus dientes castañearan.

La burbuja bajó y sus pies tocaron el piso, al mismo tiempo que sus ojos se abrían… ya no estaba en su bosque, había un prado de escasa vegetación y tierra negra, el sol despuntaba en lo alto y el frío dejó de hacerlo sufrir. Sus pies se movían por si solos, Ariel no tenía control sobre su cuerpo. Avanzó lento por un camino de piedra hasta el borde un páramo sobre el cual cruzaba un rio caudaloso.

Del otro lado de la corriente iniciaba lo más parecido a un paraíso; vegetación alta y verde, flores de colores y una vasta cantidad de animales, los había de todo tipo y Ariel no podía explicar porque todos estaban reunidos ahí, mirándole. Volvió a sentir miedo cuando una fuerza desconocida lo arrastró hasta donde el río iniciaba. Luchó con todas sus fuerzas para no avanzar, no había nadie a su lado, pero sentía la fuerza empujándolo al agua. Trastabilló y aquella energía lo aventó a la corriente, el agua estaba helada y el pánico lo invadió, Ariel no sabía nadar y la corriente comenzaba arrastrarlo. Luchó desesperadamente por aferrarse a algo, más la fuerza no le alcanzaba. La mujer volvió a aparecer. Lo seguía desde afuera sin la más mínima intención de ayudarlo.

Solamente lo miraba como si esperara algo que no terminaba de suceder.

Ariel pataleaba y manoteaba, pero la corriente era fuerte y terminó estrellándose contra una de las piedras salientes. El golpe seco en su pecho lo dejó sin aire y al abrir la boca trago agua. El aturdimiento lo paralizó y su cuerpo comenzó a hundirse logrando que la claridad de la superficie se viera cada vez más lejana… de nuevo sintió frío, miedo y un vacío que lo consumía.

Sin embargo, hubo algo más, sintió un dolor desgarrador en su brazo y lo siguiente que vio fue la figura desdibujada del animal que lo arrastraba lejos del agua. La claridad lo cegó por unos instantes, pero ya no era la luz del sol, sino la de una luna inmensa que despedía destellos de luz blanca y fluorescente. Descubrió entonces que nuevamente estaba en el páramo y cuando volteó para buscar a quien lo había sacado del agua solo pudo divisar la doble hilera de dientes irse en dirección a su cuello.

Despertó en medio de gritos e instintivamente se llevó las manos al cuello. No había nada, él estaba en la tienda y todo parecía haber sido una horrible y extraña pesadilla. Intentó ponerse de pie apoyándose en una de las sillas que tenía cerca, más la punzada de dolor en su brazo le hizo desistir. Con cuidado dobló la manga de su abrigo hasta descubrir su piel. Fue una gran sorpresa descubrir la doble marca roja que rodeaba su brazo, que dolía y le palpitaba. La cabeza le dio vueltas en un mareo intenso que lo obligó a irse de rodillas al piso.

Las imágenes de su sueño comenzaron a repetirse en su mente, aturdiéndolo.,. sus dedos tanteaban el piso en busca de algo que se le cayó cuando intentó levantarse… se movían solos como guiados por alguien más y cuando finalmente atraparon el pequeño objeto, su mano lo envolvió sujetándolo con fuerza. Era una pirita.

Ariel nunca había visto una piedra que siquiera se le pareciera, por lo que tampoco sabía que era utilizada para pasar de un estado a otro a esferas superiores a través de proyecciones del pensamiento. La pirita era un escudo energético, un mineral con un alto valor espiritual. La mujer se lo había puesto en la bolsa de su abrigo antes de aventarlo al río para ayudarle a encontrar a su animal protector; aquel que respondiera al llamado de la piedra trasmutaría de su naturaleza en función del cambio en sus cualidades. No fue sorpresa para ella que el sol haya caído para dar paso a la magia lunar y la piedra se tornara blanca. Era la naturaleza de Ariel, contraria a la de Damian cuya piedra era roja.

La Wicca era consciente de que las personalidades y los caracteres son contagiosos y se adquieren por simpatía. Ariel iba a atraer aquello a lo que fuera afín. Cada animal es diferente no solo físicamente sino también de forma espiritual y representa una esencia única, un espíritu especial, un estilo, una manera de ser que lo diferencia del resto de las especies.

Las marcas en su brazo eran la prueba de que la fusión se había hecho, la energía del animal ahora residía en el cuerpo de Ariel y también su poder. Sus cualidades junto con la piedra habían servido para que su animal protector le reconociera y le aceptara.

Su lealtad, generosidad y compasión, su astucia, su deseo de libertad, su fe, su resistencia, su fuerte sentido de familia sin perder su individualidad; que su animal protector resultara ser un lobo no fue casualidad. Era su destino, sus cualidades habían llamado a su semejante y este había aceptado unirse a él.

—Estará contigo mientras lo necesites, aunque jamás te dejará —dijo la mujer, antes de hacerlo dormir otra vez.

 

Cuando Ariel pudo ser consiente de si mismo, estaba en el piso… tiritando de frío, en su mano había una piedra de forma extraña y acurrucado muy cerca de él, un cachorro blanco como la nieve.

 

SEDYEY

—¿Qué te paso Ariel? —no pude evitar preguntarlo, aunque mi intensión no fue incomodarlo.

Lo estaba esperando en la entrada de la universidad y sabía que la noticia bien pudo afectarle, pero no esperaba que tanto. Venía arrastrando los pies, con los hombros hundidos y vestido de manera descuidada, su cabello revuelto y los ojos como si no hubiera dormido en toda la noche.

—¿Tan mal me veo? —preguntó decaído.

—No, no es eso… —dije—pero te están esperando en la sala de juntas y por ningún motivo dejaré que te vean así.

—¿Entonces sí me veo mal?

—¿Taylor habló contigo anoche?

—Sí.

—¿Y no pudiste elegir un atuendo más adecuado para la ocasión?

—Por supuesto, debí vestirme de negro… esté es mi funeral —dijo a modo de broma.

—Por lo menos, tu humor está intacto —reproché.

Lo arrastré hasta los vestidores, y mientras lo obligaba a tomar una ducha, llamé a Taylor para que me ayudara a conseguirle algo más formal. No pudimos obtener gran cosa. Ariel es bajito y delgado, no hay muchos de su talla en la universidad, al menos, no conocidos nuestros.

—Diablos, si se ve mal…—soltó mi hermano cuando Ariel salió ya vestido.

Y le bastó escucharlo para dar media vuelta e irse a esconder.

—¡Gracias, Taylor! —regañé—Ari, sal de ahí, te están esperando.

—¡No quiero!

—Ariel, sales o entró por ti —amenacé.

Tuvimos que hablarle a Bianca para que viniera a sacarlo. Ella se encargó de ponerle algo de color de las mejillas, porque estaba terriblemente pálido, se veía enfermo y cansado. Nada que ver con el Ariel que solíamos conocer y no quería que se mostrara débil ante esa gente.

El camino hasta la sala juntas se me hizo eterno, Ariel no parecía estar en sí, divagaba en la nada y eso me preocupaba.

—Escúchame —dije para obtener su atención y puse mis manos sobre sus hombros, cuando finalmente llegamos a la entrada de la oficina—no me permiten entrar contigo, es un juicio privado. No hiciste nada malo, no lo olvides, sin importar lo que ellos digan no tienes nada de lo cual avergonzarte.

—Sí—se limitó a responder.

—Vamos a estar esperando aquí. No tengas miedo, buscaremos la manera de resolverlo.

Busqué el apoyo de Bianca o Taylor, pero ambos mantenían la vista fija en el piso. Era una mala situación, yo mejor que nadie era consciente de lo terrible que era, pero no podíamos rendirnos antes de la pelea. Tenía confianza en que no lo expulsarían. Ninguna de las acusaciones en su contra ameritaba una expulsión.

—Ve, te están esperando —agregué y tuve que empujarlo con suavidad para hacerlo andar.

No le quité la vista de encima hasta que la puerta se cerró tras de él. No dejaba de pensar que Ariel no tendría que pasar por nada de esto si me hubiera elegido a mí… ¿Dónde estaba Damian ahora que él más lo necesitaba? No me extrañaría que ni siquiera estuviera enterado.

Ariel no me necesitaba a un tipo como él en su vida.

 

TERCERA PERSONA

En cuanto Ariel puso un pie en la oficina, se hizo un silencio sepulcral. Las personas reunidas lo miraron acusadoramente y él se intimidó en el acto. No hubo presentaciones ni algún tipo de preámbulo. El jurado parecía ansioso por darle carpetazo al asunto en cuestión.

El coordinador de su carrera fue el encargado de leer el dictamen. Tal y como había dicho Taylor, su benefactor le retiró su apoyo y la beca le fue removida, la universidad se negaba a representar sus pinturas, así como también le impedían participar en cualquier actividad extracurricular que le hiciera destacar como alumno. Podría continuar con la carrera, siempre y cuando se comprometiera a pagar todo el dinero que su benefactor había invertido hasta el momento en él. No le dieron mucho tiempo para que pudiera pensarlo, tan pronto lo mencionaron, pusieron los documentos frente a él, si los firmaba podría continuar, si se negaba, sus papeles estaban listos para entregársele junto con su baja definitiva. Todo parecía como que quien tenía la última palabra era Ariel y podía elegir lo que considerara mejor, pero lo que realmente estaban haciendo era obligarlo a decidir entre dos opciones, ninguna de las cuales le convenía.

Y a pesar de que estaba echándose encima una deuda considerable, firmar y continuar le pareció una mejor opción que ser expulsado. En cuanto Ariel firmó le pidieron que se retirara. No le entregaron una copia del documento que había firmado ni le dieron mayores explicaciones. Él tampoco dijo nada, estaba hecho un manojo de nervios y se sintió aliviado de que lo dejaran ir.

Tal y como habían prometido Taylor, Bianca y Sedyey lo esperaban afuera, más la expresión de Ariel les bastó para que no preguntaran por lo sucedido. Era claro que el chico necesitaba tiempo siquiera para respirar. Sedyey lo alcanzó en el camino y lo llevó hasta una de las bancas, los demás se sentaron a su lado en silencio. Confiaban en que Ariel les diría lo que había pasado cuando estuviera listo y, a decir verdad, no tuvieron que esperar demasiado.

—Me permitieron quedarme, pero ahora tengo que devolver todo el dinero de mi beca —dijo.

Sedyey empezó a soltar maldiciones, Bianca en cambio abrazó a Ariel intentando reconfortarlo.

No era justo, pero por lo menos no lo habían expulsado, para la chica eso era más que suficiente. Taylor en cambio, tuvo que tragar aire por la boca, tal parecía que había contenido el aliento desde que Ariel entró a la oficina.

—No me quedaré hoy… —explicó Ariel, soltándose de la chica —pero vendré mañana.

Bianca lo dejó ir, Sedyey insistió en llevarlo a casa, pero tenía clases, así que Taylor se ofreció a llevarlo, sus clases empezaban al mediodía y si había venido tan temprano fue solo por Ariel.

—Hubiera deseado poder hacer más por ti.

—No, Sedyi tú ya hiciste demasiado y en verdad, te lo agradezco—aclaró Ariel y para despedirse le dio un abrazo rápido. Hizo lo mismo con Bianca más cuando buscó a Taylor, esté se negó a despedirse.

Taylor sabía lo que ese abrazo significaba y no lo quería. Entendía que Ariel necesitaba el dinero, pero no quería que se fuera. Ni siquiera por unos días.

 

La mayor parte del camino hasta la casa de los abuelos lo realizaron en silencio. Ariel parecía aliviado de cierta forma, más cada vez que recordaba todo lo que ahora debía, se sentía angustiado. Y se le notaba en la forma en la que se tallaba el rostro o exhalaba con fuerza.

—Tengo algunos ahorros, te los daré para que pagues… —sugirió Taylor, pero Ariel negó de inmediato.

—Gracias, pero no voy a aceptarlo. Haré tal cual habíamos planeado.

—Es que ese es el punto —reclamó—yo no planeé nada, tú lo decidiste todo.

—Debo hacerme cargo de mí, no puedo esperar a que me resuelvan la vida, aunque lo hagan de corazón —explicó Ariel, con paciencia. Taylor reviró los ojos en un gesto de inconformidad, más no le objetó nada.

—Es que no quiero que te vayas…—confesó algunos minutos después, mientras se orillaba sobre el camino de terracería— Siento que si te vas no vas a regresar y si lo haces, no será igual. No quiero que vayas…

—Cuando mucho serán un par de semanas, volveré después.

—Un par de semanas es mucho tiempo.

Taylor ya no pudo mirarlo, y clavó los ojos en lo que había del otro de su ventana. Era un hombre de veintiséis años, no se suponía que esté tipo de cosas lo sensibilizaran tanto, pero Ariel era especial, si bien, era menor que él… se había convertido en poco tiempo, en su mejor amigo.

—También te voy a extrañar —dijo Ariel.

—¡Perdóname! —interrumpió suplicante, Taylor—Por favor, perdóname por lo mal que traté al principio. Estaba preocupado por mi hermano y sé que fui un maldito, pero era porque no te conocía.

Pese a la seriedad del momento, Ariel soltó la carcajada. Taylor le había hecho la vida de cuadritos cuando recién llegó al centro comunitario. Tan solo lo vio al lado de Sedye y le declaró la guerra y durante todo ese tiempo, logró hacerlo sentir mal en muchas ocasiones. Pero era algo que Ariel ya había olvidado y no esperaba que Taylor aún se atormentara con eso. Ahora eran confidentes, y confiaban mutuamente el uno en el otro.

—¿Te estás burlando de mí? —reprochó Taylor, sorbiéndose la nariz —. No puedo creerlo, yo te abro mi corazón y tú… te ríes de mí.

—Nada de todo lo que nos hicimos y dijimos importa ahora. No me estoy burlando, pero debes admitir que es gracioso.

—No es gracioso…

—Sí lo es…

—Entonces, ¿estoy perdonado?

Ariel volvió a reírse y Taylor terminó dejándose contagiar, sin embargo, para su completa tranquilidad, Ari tuvo que decir con todas las palabras que lo perdonaba.

—Ahora que todo está bien entre nosotros, ¿puedo contarte algo que es ultra-secreto?

Taylor escuchó con paciencia lo que Ariel le contaba mientras reemprendía la marcha hasta la casa de Ariel. El relato era tanto como una historia fantástica, algo que rayaba en lo inverosímil, más, sin embargo, Taylor sabía que Ariel no mentía.

—¿Un cachorro? ¿Estás seguro de que no lo soñaste?

—Es de verdad—dijo—. Cuando desperté, Nieve estaba a mi lado.

—¿Nieve?

 

Entraron a hurtadillas a la casa, era más como una costumbre que divertía a Ariel, porque en esa casa Taylor siempre era bien recibido y él era el nieto favorito, algo que se justificaba en el hecho de que era el único nieto de Susan y David. Subieron de puntillas hasta su habitación y antes de entrar, Ariel entreabrió la puerta asomando apenas la cabeza. Le hizo señas a Taylor para que no hiciera ruido. El primero se fue a arrodillar junto a la cama y levantó los edredones, entonces señaló algo que había debajo de la cama.

Taylor se tiró al piso junto a él y se asomó para mirar. En efecto, acurrucada contra una de las patas de la cama, había una bolita blanca que se alzaba y bajaba al compás de sus respiraciones. Ariel rodeó el colchón y metió la mano para sacar al animalito. Primero lo acarició hasta despertarle sin que asustara, lo tomó en brazos sosteniéndolo hasta dejarlos en los de su amigo.

—Nieve, él es tu tío Taylor —dijo a modo de saludo—Taylor, esta bella señorita es Nieve.

—¿Señorita?

—Es hembra.

Ariel la acarició aun en los brazos de Taylor, quien los miraba de forma alternativa con expresión preocupada.

—Ari, si sabes que Nieve no es perro… ¿cierto?

—Es una cachorrita.

—Es una loba —objetó—. Puede que ahora no te lo parezca, pero va a crecer y estos animales son muy peligrosos. No puedes quedártela.

—Investigué en internet, —rebatió Ariel, quitándosela, como si de un momento a otro temiera que Taylor le causase algún mal —los lobos son animales sociales, leales e incomprendidos. Nieve no es mala, por supuesto, si la molestan se va a defender, pero eso lo hacemos todos.

—No es lo mismo.

—Taylor, ella estaba a mi lado cuando desperté, ya hablé con mis abuelos y me dieron permiso de quedármela. Voy a enseñarla y si cuando sea grande quiere irse y vivir como los demás lobos no se lo voy a impedir, sin embargo, ahora no tiene a nadie más que a mí y a ti.

—¿A mí? —preguntó incrédulo y cuando Ariel asintió el negó de inmediato— Lo siento, pero no… ese animal es peligroso. Puede tener rabia, lo último que quiero es verte escupiendo espuma.

—La vacunaremos.

—No.

—Taylor, por favor—suplicó —necesito que cuides a Nieve en lo que regreso de mi viaje.

—¿Qué? Pero si es un cachorro, casi como un bebé… ¿Qué voy a hacer yo con un bebé? A veces, aun olvido comer o bañarme, no puedo hacerme cargo de otra vida, y menos la de un casi bebé.

—Practica con Nieve, para cuando tengas hijos con James.

—¡Que gracioso!

—Por favor, por favor… —junto sus manos como si orara y miró a Taylor con ojos de cachorro, ¿Quién podía resistirse a esos ojos tan azules como el cielo?

—¿Y si se enferma? ¿Qué voy a hacer si le da hambre?

—Pues le das de comer, por cierto… debe comer cada dos horas. Solo la fórmula que voy a darte, procura que siempre esté tibia para que no le de cólicos. Aun no debe bañarse, pero debes mantenerla calientita. Te voy a dar todo lo que necesita, y ya hice una lista detalla de instrucciones, así como el numero de un veterinario por si llega a enfermarse.

—¿No crees que estas tomándote un muy en serio tu papel de madre?

—Querrás decir, padre —le corrigió— y claro que me lo estoy tomando enserio, Nieve debe vivir y tener una fantástica vida de lobo. Depende de nosotros que esto se cumpla.

 

Taylor intentó zafarse en varias ocasiones de su recién impuesta responsabilidad, insistía que en que la paternidad no era lo suyo, pero Ariel no se lo permitió. Después tuvieron que olvidar el tema de Nieve, cuando fue el momento de contarles todo a los abuelos. Ariel le pidió a Taylor que se quedara y fue un momento amargo hasta que logró hacerles entender tanto a Susan como a David, que volvería, que sería un viaje de unos cuantos días.

David fue el primero en saltar en desacuerdo, le había molestado que Ariel no les hubiera contado todo lo que le estaban haciendo pasar en la universidad. Incluso habló de hipotecar la casa para cubrir su deuda, pero Ariel no aceptó. Explicó que no había querido preocuparlos, que esa era la razón por la que no les contó. Susan lloraba sujetando con fuerza su mano y Ariel ya no sabía que hacer para calmarla. Fue entonces, cuando Taylor intervino explicando a detalle la situación, incluso ofreció viajar con Ariel para asegurarse que volvería, les prometió a los abuelos que no permitiría que su nieto se fuera por más de dos semanas.

—¿Y cuándo planeas viajar? —preguntó David, aun no muy convencido.

—Me voy mañana…

 

ARIEL

Taylor se llevó a Nieve a su departamento, confiaba en él, sabía que la cuidaría como era debido. Él seguía preguntándome por la hora de salida de mi vuelo, pero me negué a dársela. Iba a ser mucho más difícil si tenía que despedirme.

Después de que hice mi maleta y me arregle lo mejor que pude y fui a ver a Damian, el resto de la tarde la pase con él. James y Samko estaban ahí cuando llegué, todos observamos a Deviant ir y venir por el departamento. Actuaba como si nada pasara, más se le notaba en el semblante que estaba decaído. Todos nos dimos cuenta, pero él se negó a hablar del tema, ni siquiera Damian pudo convencerlo.

James dijo que Han estaba igual, que lo había ido a buscar y hablaron, pero que no quiso mencionar nada sobre de Deviant. Era triste verlos de esa manera, pero ambos estaban tercos y quien sabe a dónde llegarían como todo esto.

Por otra parte, Damian se veía mucho más repuesto, de nuevo nos mostró su mal humor porque no lo dejaban levantarse, aunque él decía estar terriblemente aburrido en la cama.

Sam fue el primero en marcharse, Gianmarco pasó por él y subió de rápido para ver como seguía Damian. James recibió un mensaje que lo mantuvo sonriendo e intercambiando muchos más, casi como una hora… y después se fue diciendo que habia olvidado que tenía un compromiso importante. Deviant fue el último, hasta como a eso de las siete, cuando llegó la hora de irse al casino. Fue entonces cuando Damian aprovechó que yo estaba en la cocina preparándole un poco de té y se escabulló para sorprenderme. Intentaba agarrarme con la guardia baja, más no le resultó. Al saberse descubierto, me abrazó por la espalda y recargó su quijada en mi hombro.

—Hoy estás distinto…—me dijo mientras me respiraba en el cuello —Y hueles distinto.

—¿Huelo mal?

—Jamás, pero hay algo distinto en tu olor que no puedo identificar. Eso y has evitado mi mirada toda la tarde.

—No es verdad —respondí con seguridad.

No me gustaba mentirle, pero si no lo hacía Damian se daría cuenta y no me dejaría viajar. Apagué la estufa cuando el agua hirvió. Serví un poco en una taza junto con las hojas de limón.

—¿Quieres que le ponga azúcar? —pregunté.

—Quiero que me digas que te pasa.

—Nada, yo me siento muy bien.

Me soltó y alejándose un poco se recargó contra la barra del lavabo. Me miraba con los ojos entrecerrados, escaneándome de los pies a la cabeza.

—¿Ha pasado algo que no me hayas contado?

—Te he contado todo… ¿algo como qué? —indagué.

—Es que no puedo sentirte como antes —masculló.

—¿Sentirme?

Volvió a escanearme con la mirada, incluso se acercó y me olisqueó de cerca, me miraba con desconfianza, mejor dicho, con extrañeza.

—Te conozco lo suficiente como para deducir que me estás mintiendo, pero no tengo la certeza. Te lo advierto pequeño cachorro, voy a castigarte si haces alguna travesura.

 

DAMIAN

 

Me alejé de él más no dejé de seguirlo con la mirada en todo lo que hacía. Desde que llegó sentí que su olor era distinto, pero decidí no darle importancia. Sabía que era cuestión de tiempo para que ella interviniera quitándomelo, pero conservaba la esperanza de que no fuera tan pronto.

Era extraño no poder sentirlo como antes, sus pensamientos incluso sus reacciones… ya no podía leerlo e intuía que estaba ocultándome algo. Era normal, si Ariel había encontrado a su animal protector, instintivamente lo protegería de mí y viceversa. Pero no quería sentir que se apartaba de mí, que ya no me necesitaba como antes. Lo quería de vuelta, probarme a mí mismo que nuestro vinculo era irrompible.

Me sonrío mientras dejaba la taza de frente a mí, se sentó a mi lado en el sillón y se acurrucó contra mi brazo. Estaba triste y mucho más cariñoso de lo que normalmente suele serlo. En un arranque de impulsividad sus brazos rodearon mi cuello y lo sentí besar mi mejilla.

—¿Por qué estás despidiéndote? —pregunté. Él negó de inmediato.

—Bésame… —ordenó y ya no pude pensar en nada más.

Lo recosté sobre el sillón y me sacié con sus labios, Ariel se sujetaba con fuerza de mis brazos mientras su calor aumentaba. En sus ojos pude ver lujuria y en la forma en la que su cuerpo se removía debajo del mío, descubrí pasión. Se comportaba como si no fuera consiente de lo que provocaba en mí y quizá no lo era. Quizá su intención no era seducirme, pero lo había logrado. Me tenía embelesado, deseando cualquier migaja de su cuerpo que quisiera obsequiarme.

—No te atrevas a dejarme ahora…—exigí en un suspiró —No cuando finalmente he dicho que te amo.

Sus manos buscaron el dobladillo de mi camiseta y tiró desde abajo para sacármela por los hombros. Por un momento pensé en detenerlo, mis heridas ya habían cerrado por completo, pero las vendas aun las cubrían. Aunque no era eso lo que me preocupaba… no me gustaba que Ariel viera las cicatrices en mi cuerpo, porque personalmente me resultaban desagradables y no quería incomodarlo.

—Hoy estas pudoroso… —se burló.

Lo dejé continuar solo porque su comentario me hizo reír, aun me carcajeaba cuando invirtió los papeles dejándome debajo. Sus dedos delinearon una a una mis cicatrices y después sus labios las repasaron dejándome una sensación de calor y humedad. Trazó un camino de besos sedosos desde mi obligo hasta mi quijada y lo recorrió de ida y vuelta, antes de que asaltara mi boca.

Era demasiada provocación para no corresponder, sin embargo, fue más fuerte mi idea de que algo malo ocurría y por eso él se comportaba de esta manera. Intentaba distraerme y vaya que lo logró por un largo rato. Más cuando me di cuenta de sus intenciones lo frené todo. Él me importaba, cualquier cosa que le afectara también me dañaba.

—¿No quieres? —preguntó con seriedad, sus ojos azules me observaron a detalle. Era mío, lo conocía mejor de lo que yo mismo creía. Sin quitármelo de encima me incorporé dejándolo sentado sobre mis piernas, acomodé sus cabellos y le regalé caricias en sus mejillas rosas.

Internamente yo era un manojo de emociones y sentimientos encontrados. Por supuesto que me enojaba  saber que ya no tenía el más mínimo control sobre él, me asustaba pensar que iba a dejarme. Sin el vínculo entre nosotros eramos como dos personas comunes, iba a estar tan enterado de lo que le sucedía como él quisiera decirme, si es que quería decirme. Pero estaba esa otra parte, el tiempo que compartimos juntos y lo que había aprendido de él, aun si como humano yo estaba dudando, mi lobo sabía que algo le ocurría. Lo veía frágil y triste. Me ordenaba mimarlo y hacerlo sentir seguro.

—Llevo meses queriendo —confesé.

—¿Entonces?

—Entonces, nada…

Lo abracé, hasta el momento en el que debió volver a su casa lo mantuve entre mis brazos. Deviant le había pedido un Taxi que justo a las diez de la noche, ya esperaba por él en el estacionamiento.

Ariel se abrazó a mí y me apretó con fuerza, lo besé para calmarlo e incluso le dije que si no quería irse podía hablarle a David para pedirle su autorización y que le dejara quedarse, pero después de un último beso, se soltó de mí y salió casi corriendo de la habitación, dejándome una sensación de vacío y soledad.

Mentalmente me dije que no debía preocuparme, que lo vería mañana cuando sus clases terminaran. Sin embargo, un asalto a la puerta como a eso de las cinco y cuarto de la mañana nos despertó sobresaltados. Fui el primero en salir de la habitación, detrás de mí Deviant se asomó desde el cuarto del  lado. Cuando crucé por la sala vi que James dormía en el mueble largo. Fue sorpresa, a él también había dejado de sentirlo desde que nuestro vinculo se deshizo y no lo escuché llegar. Fue el último en despertar, después de la segunda ronda de golpeteos en la puerta, concluí que lo buscaban a él porque el olor que sentí me dijo que era Taylor quien intentaba echar abajo la puerta. Inconsciente miré a James y esté pareció comprenderlo todo, pues saltó del mueble y se apresuró a la puerta. Un —¿que haces aquí? —tajante se escuchó desde atrás, Deviant lo había reconocido y se abrió paso entre nosotros para enfrentarlo.

Casi se le fue encima, colocándose entre James y él.

—Te advertí que te quiero lejos de mi hermano.

—Quédatelo —respondió Taylor indiferente —he venido a ver a Damian.

Lo primero que sentí fue la mirada fría de James, sea lo que fuese, yo era inocente, nada tenía que ver con Taylor.

—No me importa a que has venido, lárgate de mi casa.

—Damian, necesitamos hablar—exigió Taylor ignorando a Deviant.

—¡Que te largues he dicho! —gritó Dev, mientras empujaba a Taylor.

Por supuesto, Taylor no iba a quedarse de brazos cruzados, le devolvió el gesto a Deviant, poco pudimos hacer para evitarlo.

—Se trata de Ariel —agregó mientras me miraba— su vuelo sale en una hora. En un primer momento no pude reaccionar… él y mi hermano estaban a punto de agarrarse a golpes y ahora resulta que Ariel va a viajar —. Acabo de enterarme, quiere irse por lo que sucedió en la universidad —lo miré fijamente, como si estuviera hablando en otro idioma —. Ni siquiera estás enterado… ¿cierto?

—Eso se resolvió —comentó James, pero Taylor negó de inmediato sin mirarlo.

—Te lo cuento en el camino…

Apenas y si volví a la habitación por mi cazadora, para salir detrás de él.

—Síguenos en la moto —le ordené a James, Deviant dijo algo, pero no alcancé a escucharlo.

 

De camino al aeropuerto Taylor me lo contó todo, él me culpaba y no me atreví a rebatirlo. Tal cual dijo las cosas, parecía que yo era el único responsable de todo lo que ocurrió con Ariel. Había sufrido durante estas semanas, perdió su beca y la representación de la escuela sobre sus pinturas. Todo lo que amaba.

—No quiso decirme a que hora salía su viaje, y a último momento se me ocurrió rastrear su vuelo. Es tu deber ayudarlo y no dejar que se vaya.

No se lo discutí, Taylor me dejó en la entrada mientras buscaba un lugar donde estacionarse. Con la información que me había dado, casi corrí hasta la sala de espera. De lo demás se encargó mi olfato, lo encontré solo, en la última fila de las sillas de metal, con la cara húmeda y los ojos rojos.

Por supuesto, se sorprendió al verme ahí, junto a él.

—No pasa nada… yo estoy muy bien…—repetí sus palabras con ironía—¡Mentiroso!

—Damian…

  • Creí que no ibas a dejarme

—No iba a hacerlo —se apresuró a responder.

—Pues no recuerdo que ayer mencionara algo sobre viajar.

El nerviosismo le ganó, se puso de pie y cuando intentó sujetarme, lo alcé y me lo eché al hombro. Con mi mano libre tomé sus cosas y me dirigí a la salida. No me importó que la gente nos mirase, se lo merecía por intentar huir de mí. Ariel no se atrevió a decir nada y más le valía.

Cuando estábamos saliendo de las escaleras eléctricas, nos topamos con Taylor y James, mantuvieron su distancia frente a mí, no contaban con que podía sentir el olor de Taylor en mi hermano.

Le pedí a James que se encargara del equipaje de Ariel, le dije que lo buscaría mañana para resolver el problema, que Taylor le daría todos los detalles.

—Taylor ayúdame…— pidió Ariel, pero lo hice callar de una nalgada.

Taylor intentó detenerme y exigió santo y seña del lugar al que íbamos, pero me limité a decirle que le daría una lección ejemplar a Ariel de los motivos por los que no debía mentirme. Y que iba a llevarlo a un lugar apartado para que nadie lo escuchara gritar.

Taylor me miró horrorizado y pude sentir como Ariel se tensaba, por supuesto, lo dije jugando, pero ellos se tomaban muy enserio mis palabras… aun no comprendo el motivo.

—No le des tanta libertad —le dije a mi hermano, mientras me entregaba la llave de la moto y el casco —¿Cómo que “quédatelo”? Debes enseñarle quien manda en esa relación.

James se limitó a sonreír y el que no lo negara me hizo pensar que lo de ellos iba enserio. Cuando Deviant se enterara estallaría la bomba y todos estaríamos en problemas.

 

Salí con mi premio al hombro y mientras le ponía el casco no fui capaz de dirigirle la palabra, era parte de su castigo por mentirme. Lo senté en la parte trasera de la moto y abandonamos el aeropuerto a toda velocidad… más o menos, sabía que le daba miedo si iba muy rápido, así que fui prudente.

No había exagerado con eso de no darles tantas libertades, que había que enseñarles quien mandaba, eso mismo haría yo. Con vínculo y sin él, Ariel no volvería a olvidar a quien pertenece. Por eso decidí llevarlo a las profundidades de mi bosque, entre montañas empinadas, lobos salvajes, oyameles, encinos y cedros. Iba a llevarlo al único lugar en todo el bosque cuya ubicación juré jamás revelar a nadie, y decidí hacerlo porque a partir de ahora, también sería su hogar. Tomé un atajo para evitar el centro de la ciudad, salimos cerca de la casa de Ariel, más cuando la dejamos atrás, él se asustó, lo sentí sujetarse con fuerza a mi cazadora.

No me detuve, seguí la carretera hasta el límite con Bungard, y me desvié por una brecha angosta por la que apenas y si pasaba la motocicleta, fui sorteando árboles y riachuelos, era un tramo difícil que se complicaba conforme más nos internábamos en el bosque. Diecinueve kilómetros hacía el fondo y doce más a la izquierda, subir y bajar la colina y cruzar el prado, después la zona de oyameles, el escarpado y finalmente salimos a espaldas de la que parecía ser una colina mediana, crucé la pared de follaje y seguimos por el camino de piedra que terminaba al interior de la colina, por dentro estaba hueca y mi cabaña estaba al fondo, un riachuelo cruzaba por en medio del patio y todo lo demás estaba cubierto por una leve capa de vegetación, casi como pasto. Me estacioné cerca de la cabaña, le quité el casco a Ariel y lo sostuve en brazos hasta el interior, pateé la puerta para entrar y lo dejé caer sin mucho cuidado sobre mi “cama”, me alumbraba con ceras, busqué algunas y las encendí.

Hasta ese momento caí en la cuenta de lo austero que todo se veía, una cabaña oscura, fría y rudimentaria. Sin duda alguna, este no era el mejor lugar para Ariel. Sí en la noche le daba frío no tenía más que una frazada para cubrirlo, tampoco había comida. De un momento a otro la idea de volver me resultó tentadora, pero quería que fuera aquí, para mi tenía un significado especial.

—¿Qué me vas a hacer? —su voz me distrajo de mis pensamientos, estaba llorando… ¿por qué? —No quería mentirte, te juro que no quería…

—¿Por qué lloras? —fue a su lado para calmarlo, pero cuando quise tocarlo él se cubrió con ambas manos, como si yo fuera a pegarle.

—¡Por favor, no te enojes! —supliqué.

—No estoy enojado… —aseguré. Nos miramos confundidos por unos segundos.

—Lo que le dijiste a Taylor…

—No lo dije enserio, y si te traje a este lugar es porque yo vivo aquí.

—¿Aquí?

—Ya sé que le hacen falta algunos detalles, pero te dejaré que arregles todo lo que no te guste —Aseguré repasando la casa con la mirada.

—¿No vas a regañarme? —la inseguridad en su voz era la consecuencia de todos los maltratos que le habia hecho sufrir, me dolió verlo temeroso de mí, inseguro.

 

TERCERA PERSONA

—¿Puedo acercarme? —preguntó Damian casi en un susurro, Ariel, aunque mucho más tranquilo, mantenía la mirada baja y jugaba con sus dedos. Sin embargo, la voz apacible de Damian le hizo buscarlo con la mirada —¿Puedo ir a tu lado? —repitió su pregunta.

Ariel asintió y flexionó las rodillas con los pies apoyados en el colchón de esa cama mal improvisada; descanso los brazos sobre sus rodillas como si se abrazará a si mismo y no perdió detalle de lo que a continuación hizo Damian, quien en un movimiento casi felino gateó y se sentó a su lado, tan cerca que sus brazos se rozaban, todo en un total y completo silencio.

Permanecieron de esa manera algunos minutos más, los necesarios para que el mayor decidiera si debía hacer su movimiento o detenerse. Quería, había pensado en esta ocasión más veces de las que se hubiera imaginado, tantas que hacía mucho tiempo que había perdido la cuenta; aunque siempre llegaba a la misma conclusión: que aún no era el momento, que Ariel no estaba listo, que primero debía saber la verdad. Excusas no le faltaban, pero internamente Damian era consciente de que nada de esto importaba en realidad, que era más el miedo que sentía por herirlo que cualquier otra cosa de las que pudiera inventar.

Que más que herirlo estaba aterrado por probarlo, pues una vez que sus cuerpos se unieran no había marcha atrás. Ahora por lo menos podía tener sexo con cualquiera y luchar por sobrellevarlo, aunque en todas esas personas estuviera buscando un poco de lo que Ariel ya representaba en su vida. Pero sería distinto después de aparearse; su lobo jamás permitiría el encuentro con nadie más. Y si posteriormente Ariel lo rechazaba ¿Qué sería entonces de él?

No le preocupaba una vida de abstinencia, le aterraba una existencia en completa soledad. Un vacío creciente en su interior que se lo devoraría completo cada día hasta que no ya no pudiera soportarlo más y en medio del dolor buscara la muerte, esa era la razón por la que, hasta el día de hoy, se había negado. Pero ahora que casi podía palpar todo el daño que le había causado, solo quería remediarlo. Se había prometido no ser más la bestia incontrolable con Ariel, quería unirse a él y entregarle todo, para ello, poseerlo era necesario.

—¿Puedo besarte? —susurró.

Era extraño para él pedir permiso, no estaba en su naturaleza y sin embargo le ganó más la preocupación por no asustar al chico, que la punzada en el pecho producto de un orgullo herido. Ariel soltó un “sí” inusualmente tímido y se giró levemente para permitirle un mejor acceso a sus labios.

Damian también se giró de tal modo que quedó de frente a Ariel, acunó el rostro terso entre sus manos y con las yemas de sus dedos limpió los rastros de lágrimas que aun mantenían húmedas las mejillas del menor. Fue hacía él acabando con la distancia que los separa y dejó un beso ruidoso sobre la mejilla derecha de Ariel, respiró su aliento cuando pasando por sus labios y sin rosarlos se fue a besar la mejilla izquierda. Fue a su frente y apartando los mechones negros y ondulados del menor, dejó allí el último beso.

Uno distinto a cualquier otro de los besos que anteriormente le había regalado en la frente. Damian carencia del don de la grandilocuencia más con este beso mandó un mensaje especial, mejor que cualquier discurso dicho en palabras dulces o galantes. Con este simple gesto falto de connotaciones sexuales le mostraba su respeto, la fidelidad que de hoy en adelante le ofrecía. Un beso afectivo que también suplicaba por un permiso y que confesaba sus deseos más intensos de ser aceptado como pareja, a cambió prometía protección, cuidado y por supuesto, amor.

Tantas y muy bellas cosas en el acto más romántico que alguien puede ofrecer a otro, un beso, solo un beso.

 

DAMIAN

 

Su cuerpo me buscó, las manos de Ariel se cruzaron sobre mi cuello y lo estreché en un abrazo cálido. Su olor, su piel, el mar de pensamientos que lo mantenían en un silencio total y casi podía sentir como mis propios pensamientos, todo en él era hermoso. Tan puro que me parecía ilógico tenerlo entre mis brazos. Su rostro buscó cobijo en mi cuello, en tanto que mis manos lo acariciaban por los costados a veces buscando situarse por debajo de sus ropas.

¿Lo haría? ¿Realmente me iba a atrever? Ya estábamos aquí, aun si no era el escenario perfecto ni con todas las comodidades, tampoco hubiera deseado que se fuese de otra manera. Mi forma de vivir era rustica, yo mismo también lo era. Sin importar lo que mi familia poseía, mi ser era tan ordinario como cualquier otro, no iba a mentirle mostrándome fino cuando en realidad soy hosco e intratable.

Lo estreché con fuerza y él se dejó hacer; el palpitar acompasado de su corazón contra mi pecho me dijo que todo estaba bien, que no había nada que temer. Entonces lo separé un poco, necesitaba mirarlo para lo que le iba a decir y puedo confesar, sin el más mínimo resquicio de vergüenza, que volví a enamorarme de sus ojos cuando los tuve frente a mí.

Bellos, delicados y húmedos; el azul más intenso en la mirada más tierna que he tenido la fortuna de sostener. Sin soltarlo del todo, una de mis manos fue hasta su rostro y se acomodó contra su mejilla.

—Ariel… —dije—voy a hacerte el amor.

Capítulo 44: Arañando burbujas

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CAPITULO 44

 

ARAÑANDO BURBUJAS

 

“Soñé que era un hombre normal y que tú no me rechazabas, pero desperté y no se cual parte de la realidad me duele más; ser un monstro o que no estés a mi lado”.

 

 

TERCERA PERSONA

UN GEN MALDITO

 

“Comencé a vivir cuando la conocí, vi en sus ojos y aprendí con sus caricias que aun los malditos podemos morir de dolor”.

 

Eslovaquia, diciembre de 1990.

 

Volvía de un largo viaje por Polonia que había durado casi ocho meses, tiempo durante el cual se dedicó a desolar comunidades pequeñas que habían hecho sus asentamientos alejados de las regiones más pobladas o zonas electrificadas. Mataba a diestra y siniestra sin importarle que fueran hombres, mujeres o niños. En sus días más tranquilos dos o tres, pero había ocasiones en las que asesinaba a la comuna completa. No lo hacía movido por el instinto ni mucho menos por el hambre, pues la mayor parte del tiempo no se alimentaba de los cuerpos, sino que todo era por el mero gusto de verlos morir.

Por la obscena sensación de saberse el causante de tal dolor.

Sentía placer al ver las miradas aterrorizadas de sus víctimas, vaciarse hasta que su brillo se extinguía. Disfrutaba de torturar a sus presas hasta hacerles perder la razón, transformándose en la temible y feroz bestia que era.  Saqueaba, violaba jovencitas y se alimentaba de mujeres embarazadas. Desmembraba hombres jóvenes y humedecía su pelaje castaño en la sangre de niños.

Era vil, cruel y sanguinario.

No sentía remordimientos, no enfermaba ni le aquejaba ningún mal. Tenía suficiente dinero, pero nunca se estableció en un sitio en particular. Su vida cuando no iba a cuatro patas era la de un pedestre.

Sin embargo, su particular apariencia le permitía estar rodeado de mujeres y botellas de licor. Era un hombre de aspecto recio, más alto que la mayoría, fornido y desalineado. De piel apiñonada y ojos castaños que cuando se enojaba, se dilataban y tomaban un color rojizo, casi como si los tuviera irritados.  Deán creció solo, brincando de lecho en lecho en el que yacía una sola vez mientras iba sembrando muerte y desesperación. No tuvo hermanos y de sus padres él nunca mencionó nada.

Aunque se presumía que había vuelto a tierras europeas en 1965 en un buque que trasporta carbón, junto con dos niños de los que no se supo nada más salvo que llegaron a tierra con él.

Con casi treinta años, Deán Chastel había recorrido toda Europa y Asia, pasando más tiempo en los lugares donde cazar era sencillo, o regresando a otros donde había dejado asuntos pendientes. Su existencia no tenía un significado en particular y dejar de existir le daba lo mismo que continuar respirando. Aunque jamás tuvo la posibilidad de sincerarse consigo mismo, se sentía solo y en ocasiones temeroso de lo que otros días llamaba su “don”.

Estaba envuelto en un círculo vicioso de sangre, hastío y muerte hasta aquel frío y lluvioso día de septiembre, una fecha que no olvidaría jamás.

Fue la ocasión en la que pudo mirarla por primera vez, mientras ambos estaban en Bratislava. Deán se dirigía a Hungría por el camino de Giör, hasta Budapest. Ella en cambio venia de Alba Lulia, junto con un grupo de gitanos errantes.

En cuanto sus ojos la miraron, no pudo olvidar la belleza de su piel morena y rizos largos, negros, espesos y lustrosos como sus ojos. Era exquisita, una flor hermosa en medio de matorrales. A Deán no le fue difícil descubrir que pese a estar con ellos, la joven no era gitana. Personas de las que prefería mantenerse lejos, porque ellos parecían conocer su secreto.

Comenzó a seguirla desde entonces, la joven iba siempre acompañada de otra mujer quizá uno o dos años mayor. La mujer parecía temerle, y cuando lo veía, abrazaba a la joven mientras comenzaba a decir una sarta de injurias a las que Deán no prestaba atención.  Él era directo en cuanto a sus intenciones con la joven y poco o nada le importó que quienes cuidaban de ella, se la negaran, la escondieran e incluso trataran de llevársela a otro poblado durante la noche. Él ya la había elegido y nada ni nadie se interpondría ante sus deseos.

El nombre de la joven era Kriska y era oriunda de Macó.  Deán la robó de entre los gitanos esa misma noche en que intentaron sacarla del poblado, llevándosela a una tribu prácticamente de brujería en Judet. Todos ellos viejos conocidos suyos, que vivían internados en el bosque y con los que finalmente se establecieron.

Quienes los conocieron decían que Deán perdió la cabeza por esa mujer, que la miraba como si fuera el milagro de su vida. Que, aunque seguía ausentándose, cada vez pasaba menos días lejos de Kriska. Ya no era tan violento ni impulsivo y se le notaba feliz con ella. Dicha que aumento cuando la joven anunció que esperaba un hijo. El primero de los que Deán esperaba se convirtiese en una numerosa familia. Le construyó una pequeña cabaña y la llenó de tantas comodidades como le fue posible. Lamentablemente la espera no fue dulce.

Conforme el embarazo aumentaba la salud de Kriska menguaba. Su abdomen prominente la obligaba a permanecer recostada, comía, pero perdía peso con rapidez, sufría de dolores que en ocasiones la hacían perder el conocimiento.

Desde su llegada a la tribu, Deán encargó a Kriska a una mujer de nombre Zsa Zsa. Ella era una bruja vidente que según decían podía tomar la forma de algunos de los animales del bosque. Se sabía que su brujería era efectiva y que, pese a su apariencia joven, era tan antigua como sus leyendas.

Zsa Zsa sabía lo que Deán era y que lo que Kriska llevaba en su vientre poseía también ese gen maldito, que era humano y animal al mismo tiempo, pues decía poder verlos como una misma cosa. Pero había algo más, la energía que ese pequeño ser desprendía era mucho más fuerte que incluso la de su padre, por lo que era muy posible que la madre no sobreviviera al parto.

Deán no quería perder a Kriska debido a su naturaleza de hombre que podía transformarse en una bestia. Si ella moría, él jamás volvería a amar. Era la única condición de su existencia: una sola pareja para toda su vida.  Ni siquiera tenía que ver con que Deán lo decidiera o no, los lazos que un hombre lobo llegara a formar con su ser amado jamás podrían establecerse con nadie más. Y al morir o faltar el objeto de su amor, se extinguía esa capacidad. Como si se hubiera borrado de su memoria el sentimiento, más no se olvidaba a la persona amada, hecho que había orillado a algunos de sus antepasados a buscar la muerte.

Zsa Zsa fue clara al decirle que debía buscar ayuda de los que eran como él, que sólo ellos podrían decirle qué hacer. Hasta ese momento de su vida Deán no había hablado nunca de los otros, pero los había, no sólo en Europa si no alrededor de todo el mundo. Algunos siendo mucho más civilizados, hombres cuyo gen no los controlaba y podían vivir como personas comunes y corrientes. Tenían trabajos, parejas e hijos normales. Y también estaban los que por decisión permanecían en su piel de animal y vivían en las profundidades de los bosques, alejados de los humanos.

Deán se había topado con ellos en sus viajes, se reconocían por medio de su olor, la particularidad de sus ojos o la exuberancia de su anatomía. Sin embargo, jamás había intentado acercarse demasiado a ninguno y mucho menos hablarles.

Debido la situación y tan sólo faltando dos meses y medio para el alumbramiento, dejó a Kriska en manos de Zsa Zsa para buscar ayuda. Estaba dispuesto a todo por ella. Recorrió kilómetros enteros sin detenerse, pero casi como si adivinasen lo que sucedía, aquellos a los que buscaba se negaron a dejarse encontrar.

El tiempo estaba a contrarreloj para Deán.

La unión tan fuerte que en poco tiempo pudo establecer con Kriska, pese a estar muy lejos de ella, le permitió sentir el momento en el que entró en labor de parto. Intentó regresar, pero el dolor que ella le trasmitía lo volvió lento. A través de sus ojos pudo ver también el rostro pequeño del varón que dio a luz, escuchar su fuerte y enérgico llanto y el nombre que su amada dio al bebé en cuanto lo sostuvo en brazos.

—Damian —Fue el nombre que pronunció, justo antes de morir.

Pudo sentir su corazón detenerse y la escuchó cuando expiró su último aliento. Resultó que todo había sido cierto, Kriska murió y él con ella. Su razón se nubló, Deán creyó que se volvería loco de dolor. Se internó en el bosque convertido en un lobo pardo que le aullaba sin descanso a la que perdió, rogando que le permitiera estar con ella.

Se olvidó del pequeño niño que había quedado desamparado. Deán ya no quiso amarlo, ni siquiera lo intentó. Muy en el fondo, aunque fuera su hijo y una vivida imagen de la  mujer que amaba, comenzó a odiarlo.

 

El mismo día que Damian nació, a poco más de dos mil kilómetros de Judet, en Niort, Francia, a la misma hora y bajo circunstancias similares dado que la madre también falleció tras el alumbramiento, otro pequeño bebé nació. Pero contrario a Demian, el pequeño Zigány fue motivo de alborozo entre el grupo de gitanos al que ahora pertenecía y sobre el cual tendría autoridad. Su concepción era un milagro para ellos y también motivo de preocupación para los que comprendían el futuro que le aguardaba.

En medio de un futuro incierto el destino se había encargado de convertir a Zigány en el punto de adhesión entre el mal que representaba Damian y el bien. Enlazándolos para crear un equilibrio perfecto.  Los gitanos creían que según el grado en el que existiera el mal, en esa misma medida debía existir el bien. Zigány debía personificar la parte buena de la que Damian carecería toda su vida: su humanidad, el amor sin límites que él difícilmente demostraría, el sacrificio, la bondad. Siendo diametralmente opuesto a Damian, se convertiría también en aquel a quien viera como una amenaza, el único que podría frenarlo. El único que podría cortar el hilo de lo que Demian atara.

 

JAMES

ROBÉMOSLE TIEMPO AL ALMANECER

Comienza a ser difícil disimular que soy más feliz cuando tus ojos me miran.

 

Los primeros rayos del sol se colaban por entre las cortinas, pegándome directamente en el rostro y bridándome un calorcito acogedor. ¿Sol en Sibiu? ¿Desde cuándo?  Si caminaba hasta el balcón y salía, ¿realmente vería un sol radiante o era sólo una ilusión producida por la melena alborotada de los mechones dorados de Taylor?

Nos habíamos dormido hasta ya muy entrada la madrugada, no hicimos nada en particular salvo platicar. Tocamos varios temas y me hizo muchas preguntas sobre mi carrera. Debo admitir que me sentí importante, como si hasta ese momento hubiera notado el esfuerzo que he hecho y los frutos que comienzo a cosechar. Han es el que más suele preguntarme, está muy al pendiente de las cosas que me gustan, pero con Taylor había sido distinto. Tampoco se trata de que no valore el interés que Han me ha brindado todos estos años, mas cuando me felicita por mis logros no suelo ponerme nervioso y mucho menos sonrojarme.

Taylor me alentó y dijo que se sentía muy orgulloso de mí por las cosas que he conseguido. Puede parecer infantil de mi parte, pero me sentí feliz por sus palabras. Igualmente, cuando llegó mi turno le hice algunas preguntas, y aunque no fui capaz de confesarlo, de un tiempo para acá todo aquello que lo involucre me interesa. Nos llevamos bien, quizá como dijo Damian, demasiado bien, no obstante, no era por lo que él decía. Nos agradábamos, eso es casi todo.

Taylor es divertido, a veces se mete en su rol de yo soy mayor que tú y se muestra muy responsable, es alguien de quien te puedes fiar y es extremadamente maduro. Pero la mayor parte del tiempo es un verdadero y completo desastre, un poco tardo y distraído. Actúa como si todo en la vida le diera igual, se la vive relajado, confiado y que todo es fácil. Es entonces cuando me siento viejo y amargado en comparación con él.

Se burla de mí porque frunzo el ceño, porque me enojo muy rápido y en ocasiones soy algo pesimista. Dice que soy demasiado medido y racional. Y no lo niego, hace años que deje de hacer cosas por la simple satisfacción de divertirme, es más, si lo que se ha de hacer no tiene un objetivo claro y que me convenza, me niego rotundamente aunque internamente me esté muriendo por hacerlo.

Es curioso que nuestras diferencias lejos de repelernos como en el caso de Ariel y mi hermano, nos estén uniendo cada vez un poco más. Su quietud contra mi intensidad. Mi extremo orden ante el caos que suele rodearlo, el hecho de que se atreva a vivir las cosas que me limito a observar de lejos, su soltura ante la timidez que intento disimular poniendo cara de pocos amigos. El que diga lo que piensa, pero sin lastimar, el que yo finja indiferencia por temor a que lo que digo no sea bien recibido. El que yo tenga de todo y que a él no le falte nada. El que coqueteé con él y me siga el juego. El que pese a la vida que ambos hemos llevado Taylor no se atreva a pasar esa delgada línea imaginaria que separa sus labios de los míos y él que yo tampoco lo haga.

Y es que de un tiempo para acá ambos nos hemos vuelto pudorosos, preocupados de no mostrar más de lo necesario. Quizá porque hemos comenzado a ser conscientes de lo que provoca ver al otro sin camisa y esas cosas. Cuidando de que las caricias no suban de tono o que entre nuestros juegos no terminemos haciendo eso que no nos podemos sacar de la mente. Sé que puedo hablar por los dos, he visto cómo reacciona y lo bien que lo disimula.

 

Aproveché el haber despertado antes y lo he estado observando por varios minutos. Se ve bien, muy bien, a decir verdad. Su rostro sereno me brinda paz. Me gusta su cabello, no tiene nada en particular pero me gusta, lo lleva corto excepto adelante, donde ahora mismo se le formaba una cascada de blondos dorados que finalizaba en su almohada. Dormía boca abajo, con la mejilla descansando en su antebrazo. Perfectamente arropado y abrazando una almohada.

Hice una mueca con los labios, porque de alguna manera sentía cierto resentimiento hacia ese pedazo de tela y algodón, por estar ocupando un espacio entre su brazo y su cuerpo que yo merezco. O que por lo menos me agradaría obtener. Sin darme cuenta de lo que hacía, retiré el cabello que caía sobre su rostro.

Él se movió y fingí que aún dormía. Lo escuché desperezarse y de inmediato sentí como me cubría con el edredón. Otro detalle que agregaría a su ya de por sí larga lista de virtudes, ya que es atento y se esmera en atenderme. Cuando lo sentí abandonar la cama quise detenerlo, pero me hubiera puesto al descubierto. Él sólo se levantó a cerrar bien la cortina y de inmediato volvió a mi lado. Podía sentir su mirada sobre mí y justo después se acurrucó contra mi hombro. En ese momento ignoré todas las alarmas que hacían eco en mis oídos y poniéndome de frente a él, lo abracé.

Mi antebrazo se acomodó en su cintura y su rostro contra mi pecho. Había una distancia segura entre nosotros pues no quería que malinterpretara las cosas y por sobre todas las cosas, no quería sentir que estaba mal lo que hacía. Rechacé también la imagen de Samko que parecía estar incrustada en mis parpados cerrados, él ya tenía una pareja, así que no tenía que sentirme como un traicionero. Taylor y yo tampoco somos una pareja, no he pensado en una relación de ese tipo con él.

Bueno, quizá si lo he hecho y si llegara a suceder tampoco sería malo ¿cierto?

—¿No puedes dormir? —preguntó en voz baja y de no ser porque contuve el aliento quizá hubiera podido seguir fingiendo que estaba dormido—. ¿James? —Lo sentí separarse un poco y la punta de sus dedos rozaron mi quijada. De un segundo para otro, respirar se había vuelto difícil. Sin poderlo evitar me puse nervioso. Su respiración me hacía cosquillas en el rostro. ¿Cuántos hombres me habían tocado de esta manera antes de él? Sólo Samko y sus caricias jamás llegaron al nivel de ternura que Taylor me demostraba—. ¿Qué sucede? ¿Te sientes mal?

Se soltó de mi agarré y sentándose en la cama, se estiró para encender la luz. Debido a que se había levantado a cerrar las cortinas, la habitación se había tornado oscura—. ¿James…?

—¡Estoy bien! —me obligué a decir.

—¿Estás seguro? ¿Por qué no me respondías?

—Ya te respondí.

—¡Mírame! —exigió mientras me sacudía suavemente—. Mírame y dime que realmente te sientes bien.

La preocupación se le escuchaba en la voz y de nuevo me sentí dichoso por ello. Me tomé mi tiempo con la única intensión de preocuparlo más. Entonces abrí los ojos lentamente y pestañeé un par de veces. Sus ojos anoche verdes y hoy azules, esperaban ansiosos y preocupados por mí. Me quedé mirándolos fijamente, quizá el color de la ropa que usaba influía directamente en el de sus ojos. Sabía de personas que son así y no dudo que es su caso porque cuando la luz le da de frente se tornan grises.

—Realmente me siento bien —repetí en tono burlón, mas puse cara de sentirme terriblemente mal e inclusive improvisé un quejido de dolor. La alarma en sus gestos fue evidente y casi suelto la carcajada.

—No te ves muy bien.

—Pues tú eres adorable en las mañanas —rebatí con resentimiento.

—Nos preparé té —agregó tras unos segundos en los que únicamente nos observamos. Huía porque lo que dije lo había puesto nervioso—. ¿Se te antoja algo especial para desayunar?

—Lo que decidas está bien.

—¿Y si decido que te revise un médico? —preguntó como si nada.

—Me encantaría papanaşi con mermelada de frutas —Reparé con la seriedad de quien elige la comida desde un menú muy amplio, sin embargo las pedí porque había visto que tenía algunos en la postrera de cristal del comedor—. Café sin azúcar y un poco de jugo de naranja. Un beso y un “¡Buenos días!” también serían perfectos… si no es mucho pedir —Finalicé y en un vago intento por hacer de menos mis palabras, miré hacia la puerta.

Taylor tardó algunos segundos en reaccionar. Hecho que notablemente empeoró mi vergüenza, por supuesto lo había dicho a modo de broma, pero, aun así, me daba pena.

—¡Buenos días, James! —dijo con voz alegre y para cuando pretendí huir, sus manos rodearon mi rostro y dejó un beso tierno en mi frente—. Entonces, papanaşi con mermelada y…

—¿No crees que es muy temprano para desayunar? —Le interrumpí, mientras mi dedo índice jugaba entre el espacio de los dos últimos botones de su pijama. Me molestaba no poder ser directo, no tener el valor de decirle que lo que realmente deseaba era que continuara mirándome, que se quedara conmigo y que le robáramos un poco más de tiempo al amanecer.

 

TERCERA PERSONA

 

ARAÑANDO BURBJAS

“De todas las cosas estúpidas que he hecho en vida, enamorarme ha sido la mejor. De todas las cosas autodestructivas que he cometido en mi contra haberte elegido aún me sorprende”.

 

—No creo que sea una buena idea —rebatió Damian unos pasos antes de llegar al comedor—.        David… ¡No quiero! —agregó con fingida determinación.

—No lo digas como si estuviera obligándote, muchacho.

—Pero me estás obligando. No quiero hacer esto.

—¡De acuerdo! —agregó el anciano, su voz neutra y pacifica nada tenían que ver con lo que sentía en su interior. David estaba molesto con Damian, pero sobre todo decepcionado, se sentía defraudado porque esperaba más de él—. Cierra la puerta al salir y asegúrate de nunca más volver a poner un pie en esta casa. Ni para bien, ni para mal, si te vas ahora no volverás a ser bienvenido. Alejaré lo más que pueda a mi nieto de ti y tú nombre nunca más será mencionado por mi familia. Pero no te sientas presionado, puedes elegir la opción que más te convenga.

Damian resopló al sentirse vencido.

Por supuesto que David lo estaba presionando, una cosa era que no quisiera quedarse a desayunar hoy y otra muy distinta que no deseara volver jamás o peor aún, que alejaran a Ariel. Sentía que ya tenía suficiente con el distanciamiento de estos días, no quería más problemas.

Tampoco se tomó la molestia de responder, era parte de su rabieta de ex adolescente dominado por sus demonios internos. Solamente arrastró una de las sillas y se dejó caer en ella.

—Pasa a tu lugar —ordenó David, mientras se dirigía al suyo con tal facilidad que Damian se preguntó si realmente no veía nada. Quizá el abuelo los había engañado todo este tiempo.

—¿No tienes suficiente con imponerle mi presencia? ¿Ahora también quieres obligarlo a tenerme a su lado? —reprochó con ironía.

—¿Ahora te preocupas por él y su incomodidad? A mí no vengas con toda esa hipocresía mediocre —reparó David, entretanto ocupaba su lugar a la cabeza de la mesa—. Estás hablando de mi nieto, Damian. Si eres capaz de colarte en las noches a su habitación, también ten el valor de mirarlo de frente —Iba elevando el tono de voz mientras hablaba, mostrando tras cada nueva palabra toda la molestia que tenía contra el joven—. Creí que eras un hombre de palabra, que al morirme podía irme en paz porque lo dejaba en tus manos.

—No digas eso, David —pidió entristecido por la reacción del abuelo. Le tenía estima, tanto él como Susan eran importantes en la vida de Damian—. Ariel te necesita —aseguró.

—También te necesita a ti —rebatió David.

Iba a agregar algo más, pero la voz de Susan se escuchó en las escaleras acompañada de la todavía adormilada de Ariel. Damian sintió un vacío en el estómago y la ansiedad creciente recorriéndole los músculos. Estaba nervioso, casi había contenido el aliento y buscaba con la mirada desesperada la guarida que estuviera más cerca para huir hacia ella.

—Usaré el baño —anunció mientras corría a esconderse.

—¡No te tardes! —respondió David riendo.

Susan apareció en el comedor con su nieto rodeándola con ambas manos. Ariel había colocado la mejilla contra su hombro simulando que aún dormía, pero cuando se dio cuenta de que su abuelo ya se encontraba en el comedor, se soltó de ella para ir cojeando a saludarlo. Aún le dolía el tobillo, pero no tanto como ayer. Después de todos los remedios que Susan le había hecho, no le extraño lo recuperado que se sentía.

Tampoco se fijó del momento en que su abuela acomodó la silla que extrañamente había quedado salida de la mesa. Debido a la condición de David, todas las cosas debían mantenerse en su sitio de tal manera que no chocara con ellas.

Ariel se limitó a besarlo en la mejilla mientras le daba los buenos días. Gestó al que David, olvidándose un momento del enojo que lo embargaba, correspondió con la ternura de todo un abuelo consentidor. Trataba a su nieto como si fuera un niño pequeño, aunque Ariel tenía ya diecinueve años.

—¡Voy a servir! —anunció Susan, mientras le daba un apretón suave a la mano de su esposo que descansaba sobre la mesa. Él la retuvo y aunque no podía ver, la buscó con la mirada.

—Iré yo —intervino Ariel, suponiendo que sus abuelos querían secretearse algo. No le pareció una conducta inusual, ellos eran así la mayor parte del tiempo y tampoco se trataba de que le dejaran al margen de las cosas. Ese tipo de caricias por lo general iban acompañadas de otras más o incluso de un beso. Formaba parte de la privacidad de sus abuelos, así que Ariel prefería no intervenir.

Alejándose de ellos se fue arrastrando el pie hasta la cocina.

David aprovechó entonces para contarle de que cierta persona se escondía en el baño que estaba junto a la bodeguita. Resumió todo lo más que pudo, pero sin omitir nada.

—Lleva un rato ahí, quizá necesite un poco más de presión para salir —finalizó David, Susan apretó un poco más su mano, dándole a entender que el susodicho había salido de su escondite.

La abuela disimulo la alegría que le causaba ver a Damian, quien, con las orejas caídas y la mirada gacha, se veía completamente incómodo. Únicamente estaba ahí, paradito contra la pared sin saber si debía acercarse o salir corriendo.

Susan se limitó a tomar uno de los platos que estaban en filita sobre la mesa y se estiró para colocarlo en el lugar que Demian solía ocupar, es decir, justo alado de Ariel. Ante ese gesto no le quedó más remedio que arrastrar los pies hasta el sitio que se le había asignado. No sin antes acercarse a Susan y besarla en la mejilla.

Ella no se rehusó a la caricia, pero tampoco la correspondió.

Cuando Ariel apareció en el comedor con la charola repleta de Hot-cake, pan dulce, leche y café el silencio se hizo denso. Susan pasaba la mirada de Demian a su nieto, David disimuló bien su preocupación, Damian clavó su mirada ambarina en Ariel y este último casi deja caer la charola con el desayuno.

 

ZIGANY

 

OJOS QUE NO VEN

“Quiero, pero me hace falta vida”.

 

Quince días habían pasado desde que llegamos a Sibiu y eran la misma cantidad de días que había invertido en buscarlo, pero no había nada, ni siquiera un sólo rastro para seguir, era como si Ariel no existiera. No podía sentirlo ni mucho menos contactar con él, aunque lo veía en sueños y fue así como pude obtener ciertos detalles sobre su apariencia y su estado actual, pero eran aspectos tan separados el uno del otro, inconstantes y por ende poco útiles.

Sounya dijo que probablemente lo estaban escondiendo de mí. Y aunque era posible, fue un argumento que no terminaba de convencerme, después de todo, qué llevaría a Damian a preocuparse tanto por una persona como para crear una protección sobre él. No tenía sentido porque él no había nacido con la capacidad de demostrar tal afecto.  No obstante, Sounya insistía:

—Tal vez se quieren. —Había dicho mientras me ayudaba a vestirme.

—¿Quererse…? Pero sí son hombres —Le rebatí en voz baja. Sea lo que sea que Sounya tuviera que decir, me gustaba escucharlo, aunque no necesariamente estuviera de acuerdo con sus argumentos.

—¿Dos hombres no pueden quererse? —Se alejó al preguntar, dejando mi camisa a medio abrochar. Su costumbre era empezar con los últimos botones para ir subiendo, y aunque los mayores solían corregirlo, seguía haciéndolo de la misma manera. No se trataba de que yo fuera tan perezoso como para no vestirme por mí mismo, sino que el cuerpo me dolía y cada esfuerzo me agotaba en sobremanera, aún si trataba de disimularlo. No fue el que tan de la nada se retirara, sino la seriedad con la que hizo la pregunta. Pese a ser tres años mayor que yo, Sounya se tomaba muy en serio cualquier cosa que yo dijera y nunca me sentí tan responsable de mis palabras como cuando debí responderle. Él fue puesto a mi servicio desde que nací, mis primeros años como un amigo que siempre estaba animoso para jugar, después fue un maestro compasivo, tierno y paciente que me enseñó sobre nuestra cultura. Había cuidado de mí durante mis épocas de enfermedad, me había protegido de mis propias habilidades y de la gente para quien mi existencia era un peligro. Me hizo fuerte más no insensible, me enseñó a pelear y también que muy pocas cosas se solucionan a golpes. A controlar mi carácter y a que mis pies jamás abandonaran el piso. Se había dedicado en cuerpo y alma a mí y de entre todos mis seres queridos, él era mi favorito. Al que más confianza le tenía, al único que le permitía ver mis momentos de flaqueza y de necesidad. Sounya era al único al que le he permitido permanecer en mi tienda y a mi lado—. Porque si lo que yo siento por ti no es amor… entonces no sé qué podrá serlo —agregó—. Creo que ellos se quieren y por eso el joven que ves en sueños no quiere alejarse de Damian, no está cautivo contra su voluntad y si lo que sienten es reciproco, entonces, ambos son muy afortunados y ni siquiera tú podrás separarlos —Con esas palabras pronunciadas con tristeza, finalizó dándome la espalda y saliendo de mi tienda.

No lo seguí ni le pedí que se quedara, porque necesitaba ordenar mis ideas. No hay algo en este mundo que él deseara y yo no quisiera darle. Pero no me pertenecía a mí mismo y mucho menos debía ir por la vida encauzado en mis intereses personales. Sin embargo, en algo tenía razón: hace algunos años tuvimos un percance con los residentes de un poblado al norte de Europa y Sounya salió herido de gravedad por defenderme. Casi lo pierdo y desde esa vez puse sobre su cabeza una protección que refuerzo sin falta cada día.

Damian había hecho algo similar con Ariel y sea lo que fuese, lo había mantenido oculto de mí hasta ayer por la tarde. Pero de ser así no lo liberaría sólo porque sí, de la misma manera en que yo no lo haría con Sounya. Una vez puesta la protección ellos se vuelven vulnerables si llegan a perderla. Así que esto debía ser un error del que aún no se había percatado y del cual me valí para encontrar la ubicación de Ariel.

No tuve necesidad de seguirlo, simplemente supe a donde a venir: la carretera principal que atraviesa el limite el Sibiu con Deva. Ariel estaba sentado sobre una roca debajo de un sauce blanco y aunque no había ninguna otra persona con él, no podía asegurar que estuviera solo. Había algo en él que me hacía sentirlo de esa manera. Se abrazaba las piernas con ambos brazos y aunque su semblante abatido hablaba por sí solo, parecía ausente.

Sounya me advirtió que debía ser precavido al acercarme a él, pero sin importar por donde lo mirase, Ariel no parecía ser alguien de quien debiera cuidarme. Era sólo un chico que parecía tener un mundo de problemas encima que lo estaban agobiando a tal punto que quizá de un momento a otro se soltara a llorar.

Su energía era fuerte, mas había rupturas por las que escapaba esa atmosfera de melancolía que lo rodeaba. Estaba confundido, era como si hubiera tantos y muy grandes sentimientos en ese interior tan pequeño.

Di una última mirada, asegurándome de que esa presencia que sentía no estuviera tan cerca y con algo de suerte, tampoco se tratara de Damian. Avancé hacía él y tratando de sonar casual, lo saludé. Al principio se mostró sorprendido por mi presencia. Después parecía tolerarme, pero se mostraba a la defensa y un poco reacio a hablar. Para lo que tenía que hacer no podía forzarlo. Necesitaba obtener su confianza antes de que la energía que desprendía me dejara incapacitado incluso para hablar. Estar a su lado era casi como estar frente a Damian.

—¿Crees en el destino Ariel? —pregunté.

—¿Cómo sabes ni nombre? No te lo dije —hizo distancia entre nosotros, pero por lo menos ya no intentó marcharse.

—¿Crees en el destino? —presioné, intentando ocultar lo cansado que me sentía.

—¿Qué es el destino? —respondió con otra pegunta—. ¿Una fuerza natural que lo mueve todo? Una sucesión inevitable de acontecimientos de la que ninguna persona puedes escapar… No lo sé.

—¿Qué es lo que no sabes?

—No sé si pueda creer de nuevo en algo como el destino.

—¿Creías?

—La última vez que creí que en el destino terminé desilusionado, sin poder dormir y sintiéndome miserable. Así que quizá ya no quiero creer. ¿Qué tiene que ver eso con que sepas cuál es mi nombre?

—Yo sí creo, estoy convencido de que el destino me ha traído a este lugar para encontrarte y decirte algo importante.

—Eres uno de ellos… ¿cierto? —preguntó como si lo que le había dicho no llamara ni siquiera un poco su atención—.  Uno de los gitanos que llegaron recientemente.

—Mi nombre es Zigány.

—Es un nombre muy bonito, pero lo siento Zigány, he salido con tanta prisa que no he traído dinero conmigo.

—No te he pedido dinero —aclaré—. Tengo algo que mostrarte.

—¿Aunque no tenga dinero? —preguntó perturbado y yo me limité a asentir. Pese a cómo lo sentía, no podía disgustarme con él. Ariel era gracioso y amable, aunque un poco desconfiado.

—Es mi deber contrarrestar el daño que se ha cometido en tu contra. Era mi destino vivir hasta este momento para poder liberarte de quien ha tejido una telaraña a tu alrededor —extendí mi mano con la palma hacia arriba en una petición muda—. Si te lo digo no vas a creerme, así que déjame mostrarte.

—¿Por qué es tu deber?

—Todos nacemos con un propósito, el mío es ordenar y cuidar de lo que otros intentan destruir. —expliqué.

—¡Que injusto!

—Creo que a quien ayudo vale lo suficiente como para simplemente ignorarlo y seguir mi camino como si nada, cuando sé que puedo ayudarlo. —dije—mantener el equilibrio, reducir el mal con el bien, cuidar de los que menos pueden, son causas en las que confío. —Ariel asintió, aunque no parecía compartir mi opinión—Contéstame algo, ¿acaso no harías tú lo mismo? Si alguien, quien fuese, necesitara de ti ¿te negarías a ayudar?

Ariel pareció sopesar mis palabras y tras unos segundos me miró fijamente.

—¿Qué te hace pensar que necesito ayuda? —preguntó sereno.

—La necesitas—me limité a responder.

Me sonrió con reserva, él como muchos otros no le vía sentido a mis palabras. Y quizá no lo tenía, a simple vista yo mismo me sentía como un entrometido, pero no es derecho del diablo poseer ángeles. No lo es.

—¿Qué vas a mostrarme? —dudó.

—¡La verdad! —respondí—. Responderé las preguntas que no dejas de hacerte. La explicación del por qué últimamente tienes pesadillas. De tus alucinaciones… todas esas cosas que te hacen sufrir. Tomaste una mala decisión, pero puedo ayudarte a rectificar —aseguré.

—¿Una mala decisión?

—Déjame mostrarte.

Ariel dudó un poco, pero al final aceptó.  Al tacto de su mano con la mía, sentí como si algo nos repeliera, él me miró sorprendido, creyó que lo que sintió había venido de mí cuando realmente salió de él. Una energía pujante que no le pertenecía, pero que había sido depositada en él y que al tocarlo, se había agitado advirtiendo a quien realmente pertenecía.

—¿Qué fue eso? —preguntó con cierto asombro.

—Ya sabe que estoy contigo, no tenemos mucho tiempo. —volví a sujetarlo y con mi mano libre tracé un triángulo invertido sobre su palma. —Él no es lo que tú crees… ¿Recuerdas esa noche en el bosque? ¿Ese animal que te persiguió y luego te arrastró dejándote heridas que tardaron en sanar?

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes, Ariel. Sólo debes recordarlo. ¡Recuerda! —pedí casi en una súplica—. Puedo ayudarte, pero debes cooperar: Recientemente lo habías conocido, sin embargo ya de antes sentías cómo te seguía. Sus intenciones no eran buenas. Él quería matarte.

—¿Qué…?

—Te ha mentido todo este tiempo. Él no es lo que tú crees, lo que ha todo el mundo le ha hecho creer. Es malo y cruel —aseguré—. Te arrastro en el bosque, quería matarte —Ariel negó con determinación. Aunque estuviera borroso en su mente, sabía que no lo había olvidado.

—Fue sólo un sueño… Damian me lo dijo, fue una pesadilla.

—¿Y también te dijo cómo te quedaron esas marcas en el cuerpo? —Sé quedó callado. Intentaba recordar, pero no iba a poder. Damian se aseguró de que así fuera—. Te hizo olvidarlo —dije—, pero te voy a mostrar lo que realmente sucedió esa noche porque debes alejarte de él o morirás. ¡Lo he visto!

—¿Qué? ¿A quién tengo que dejar?

—Ni siquiera es una persona —aseguré—. Sus cambios de humor, sus secretos, las marcas en su cuerpo, el extraño color de sus ojos.  Todas esas cosas que te inquietan, pero a las que has decidido ignorar —aprisioné sus manos entre las mías y cuando él buscó mi mirada, la atrapé de tal manera que no pudiera dejar de mirarme—. Damian es de quien tienes que soltarte para que puedas vivir.

Lo que ocurrió después me produjo un insoportable dolor de cabeza, sentía que tal vez me estallaría en cualquier momento, pero luché por no romper el contacto. Le mostré la noche, la imagen de él saliendo por la puerta trasera de su casa, tal y como si ambos fuéramos simples observadores. El ruido y la sombra que lo asustó antes de que echara la carrera sin darse cuenta de que lejos de salir, se estaba internando más entre los árboles y ese ser que lo correteaba de cerca. El cómo de la nada apareció de frente la imponente imagen de esa bestia oscura y peluda de quien sólo los ojos como candelabros encendidos brillaban en medio de toda esa oscuridad. Ariel tembló bajo mi agarré, cuando le mostré la inmensidad del animal que le gruñó muy cerca del rostro, el cómo una de sus enormes patas casi le rompe el brazo y la forma en la que lo había arrastrado. Estaba por decírselo, recordarle que en esa ocasión al mirar a la bestia directo a los ojos, había sentido que esa mirada ambarina ya la conocía de alguna parte. Iba a decirle que aquel ser era el mismísimo Damian, pero en ese preciso instante alguien me jaló por la espalda y me aventó con tal fuerza que terminé rodando sobre el piso.

No tuve que esforzarme por saber de quien se trataba. Damian me tomó por el cuello y me estrelló contra el primer árbol que encontró.

—Ya está hecho —alcancé a decir—. Lo sabe todo.

Sentí su mano cerrarse con más fuerza entorno a mi cuello. La presión que ejercía hizo que la vista se me nublara y me sentí aturdido. Hablaba, ambos lo hacíamos. Él me gritaba y yo terminaba de romper el vínculo entre ellos. Las invocaciones no alcanzaban a escucharse de mis labios, sólo algunos fragmentos, pero en mi mente las repetía sin descanso.  Sí en este momento me tocaba morir, me llevaría su posesión más valiosa.

 

DAMIAN

 

LAS PALABRAS QUE NO ME ATREVO A DECIRTE

Este error mío ha abierto una herida grande en tu corazón.

 

No pensé que reaccionaria de ese modo. El de los malos modos y que explota de un segundo para otro suelo ser yo. Él en cambio; es medido y hasta este momento había mantenido al margen de nuestros asuntos a sus abuelos. Tampoco se trataba de que me molestara que ellos se enteraran, estaba seguro de que Ariel hablaría únicamente de lo que es, sin mentir ni ponerle cosas de más. Que no pretendía ponerse como la victima pero que diría las cosas tal cual las sentía, aun si me hacía quedar mal. Era consciente de que me lo merecía.

Así que cuando comenzó cuestionarme sobre que era lo que se me había perdido por esos rumbos y, sobre todo, después de llamarme cínico e impertinente, entendí que no recibiría una calurosa bienvenida, ni que lloraría al verme ahí sentado en el sitio que meses atrás, él mismo me había ofrecido.

Ariel estaba furioso, me miraba con la decepción y el resentimiento incrustado en ese par de ojos que se han vuelto mi única referencia a un cielo despejado. Y aunque había mucho que hubiera querido decir, me limité a guardar silencio, porque estaba consciente de que, en una pelea verbal en la que no está permitido gritar, no tengo forma de ganarle. Y también por respeto a sus abuelos, así como para no complicar más las cosas. Sin embargo, continuó cuestionándome y eso me incomodaba.

Con todas las palabras me hecho y dijo que no merecía ocupar ese lugar. Al menos, no después de mis últimas dos amoríos.  Me sentí agredido y la calma que pretendía demostrar se terminó yendo por el caño. Nos hicimos de palabras, yo bien podía aceptar que me había equivocado, inclusive que arruiné las cosas con él, pero no era el único responsable. Él era tan culpable como lo era yo. Hablé de más y revelé información que no fue bien recibida por David. Le eché encara lo del beso con Sedyey, señalándolo como el detonante de todo lo que ocurrió después. David se enojó mucho y lo regaño con severidad al enterarse. Susan intentó defenderlo, pero el abuelo dijo que habían sido muy tolerantes con Ariel, que a partir de ahora las cosas iban a cambiar para él.

Ariel no está acostumbrado a la voz dura de David, tras el regaño se puso mal. Entristecido

se disculpó con ellos, pese a eso David lo castigó. Por supuesto, al darme cuenta de que por mi culpa se había desatado esta situación, intenté defenderlo. No obstante sólo logré empeorar las cosas y de un momento a otro hablábamos los tres al mismo tiempo.

David dijo que esta no era la casa de sus padres para que él se comportara de esa manera. Ariel resintió sus palabras y en un arranque salió de la casa. Quise ir tras él, pero David me lo impidió. Me exigía una explicación de lo que sucedería con nosotros.

Estoy seguro de que no pasó mucho tiempo, tal vez una media hora o menos, en la que intenté explicar y convencerlos de lo que ni yo mismo sabía. Dándole vueltas al asunto, mientras les repetía que lo arreglaría.

Aún estaba con esto cuando sentí como algo me borboteaba desde lo más hondo. No por el regaño que David me estaba dando, porque era consciente de que me lo merecía, sino que se trataba de algo más. Era una especie de vacío a la altura del abdomen, que nada tenía que ver con hambre pero que amenazaba con hacerme devolver el estómago, hasta el punto de que se volvió insoportable. Ni siquiera pude disculparme con David por dejarlo con las palabras en la boca. Salí corriendo de la casa, no sabía a donde iba, pero sí que tenía que llegar pronto. Mi instinto me decía que debía encontrar a Ariel y mi olfato se encargó de lo demás.

No tuve que esforzarme tanto, ya que a tan sólo unos metros de la casa pude distinguir al causante de mi malestar. Tan sólo de sentir su olor, los dientes me castañearon de coraje. Estaba enterado de que los gitanos estaban en el poblado, pero eso nada tenía que ver con que él pretendiera acercársele a Ariel.

Tenía las manos de mi niño entra las suyas y los ojos de Zigány se habían tornado negros y profundos. Trazaba símbolos sobre las palmas de las manos de Ariel, mientras recitaba sortilegios en susurros. No entendía lo que decía y tampoco me importaba, el amuleto que le había obsequiado y que yo mismo había colocado en su cuello, anulaba cualquier cosa que intentara hacer para separarnos. Lo protegía y era una marca que evidenciaba a quien pertenecía.

Cualquiera que con brujería intentara dañarlo, sabría que Ariel era mío y que yo le defendería aún si de por medio iba mi vida, que estábamos unidos por sentimientos que sobrepasaban cualquier cosa, porque lo había elegido como mi pareja. Él era mi complemento y la unión de nuestras almas confirmaba que él también me eligió.

Él debía saberlo mejor que nadie y sobre todo respetarlo. A esta altura de nuestras vidas ninguno de los dos necesitaba de presentaciones. Si él estaba aquí eran obvias sus razones.

No me importó dañarlo al romper la unión que había hecho con Ariel. Lo jalé por la espalda haciéndolo rodar por el piso. Zigány había representado en mi vida uno de mis más grandes obstáculos, y aunque en muy contadas ocasiones, logró frustrar mis planes. Él había venido diciendo que nació para contrarrestarme, que era lo bueno, él bien del que yo carecía. La primera vez que le vi, ambos teníamos siete años y le obligué a tragarse sus palabras al casi matarlo.

La segunda vez que lo intento, fue algunos años después. Para ese entonces Zigány era más fuerte, un poco más consciente de sus habilidades, aunque no por eso más listo. Me hirió y sus heridas no sanan rápido en mi cuerpo, pero él no se fue limpio. Las marcas de las heridas que le hice aún permanecen en su cuerpo.

No me importó sangrar con tal de dejarle claro que conservaría a James, que era mío y bajo ninguna circunstancia planeaba renunciar a él. En esa ocasión lo dejé vivir, pero el que pretendiera intervenir entre Ariel y yo, simplemente no iba a dejárselo pasar. Así que tan pronto como su cuerpo dio contra el suelo, lo volví a sujetar ahora por el cuello.

Una, dos, tres veces lo estrellé contra el tronco del primer árbol que tuve alado. Quería despedazarlo, escuchar el ruido de sus huesos al romperse bajo mi mano. Volví a estrellarlo, una vez tras otra sin descanso. Sus manos entorno a la mía intentaban salvar algo de espacio, pero mi agarré se cerraba con fuerza pellizcando su piel al presionar.

Zigány era casi tan moreno como yo, de complexión firme, sin embargo se desvanecía ante mi agarre. Él nunca sería como yo, mucho menos un digno oponente. Estaba limitado y no me refiero a la poca movilidad de su cuerpo, sino al miedo que me tenía. Cierto es que me enfrentaba, pero sabía que no las tenía todas consigo.

Cuando peleaba, yo lo hacía a ganar o morir. Él en cambio, no le importaba perder, solo sobrevivir.

— Ya está hecho —dijo con la voz entre cortada—. Lo sabe todo.

—¡Mientes! —gruñí.

—¿Qué haces? ¡Déjalo! —Tambaleante Ariel se fue contra mí para obligarme a soltarlo. Estaba tan mareado que al chocar con mi cuerpo retrocedió varios pasos y terminó yéndose de espaldas al piso—. No le hagas daño —pidió y me enojó, porque él siempre está de parte de los demás, no me apoya y debería de hacerlo.

—H-hazlo —me retó—. Muéstrale quien eres realmente.

—¡Cállate! —grité.

—U-uno es lo que es… —Los ojos se le habían cristalizado y ni así se callaba.

—Finalmente voy a hacer lo que debí desde el primer momento en el que te pusiste frente a mí —Llevé mi mano libre a su cuello y con ambas presioné al mismo tiempo. Intentaba acallarlo, hacerle perder el conocimiento o matarlo, lo que fuera más rápido, porque, aunque se detenía cada tanto para provocarme, seguía susurrando sus invocaciones.

Se las arregló para sonreír y justo después Ariel profirió un sonido agudo que me obligó a voltear. Lo busqué en el piso, pero lo encontré de pie y con la espalda contra el pecho de un tipo que por la forma en que vestía supe que también era gitano.  El hombre me miró desafiante y puso una navaja contra el cuello de Ariel. Presionó con fuerza sobre su piel suave, tanto que un hilo rojo enmarcó el filo de la navaja.

Ariel cerró con fuerza los ojos y casi puedo asegurar que incluso contuvo el aliento para evitar cortarse más.

—Dame lo que quiero y te daré lo que quieres —exigió el gitano con la voz trémula—. Mata a quien quiero y te juro por la vida de mi pueblo que le arrancaré la cabeza del cuerpo.

—Más vale que quites tus sucias manos de él —bramé.

—¿Sucias? —reparó riendo con sarcasmo—. No más que las tuyas. Ahora, entrégame a Zigány o le cortaré la garganta —presionó con más fuerza y Ariel soltó un quejido bajito, una mezcla de miedo y dolor.

Ahora entendía porque no es bueno tener puntos débiles. Ese hombre me tenía acorralado, Ariel estaba indefenso y si lo herían a él me lastimaban a mí. No me iba a poner a investigar si tendría el valor de hacerlo o sólo eran palabras. Cuando Ariel flaqueó, le aventé a Zigány quien ya colgaba de mi mano. Él dejó que Ariel cayera de rodillas y se alejaron.

Sentí un intenso deseo de matarlos, de ir tras ellos y hacerlos pedazos, pero Ariel era mi prioridad, lo único que importaba en este momento. Fui hacia él y lo sostuve en brazos.

—Voy a buscarlos y no habrá un lugar en el mundo en el que puedan esconderse sin que los encuentre —amenacé mientras me alejaba, retornando a casa.

Ariel parecía dormir, pero la verdad es que estaba inconsciente.

Crucé casi corriendo el pórtico y entré a la casa, pasé el recibidor y me fui directo a la sala. Lo coloqué sobre el mueble amplio, entretanto le pedía a Susan que trajera alcohol. Tomé el teléfono y marqué el número de Han y aun si hubiera preferido que nadie en mi familia se enterara de esto, no sabía que hacer y lo único que se me ocurrió fue pedirle a él que me ayudara.

Ariel estaba sangrando por la nariz y Susan se asustó al verlo. El teléfono sonaba, pero Han no atendía la llamada.

—¡Maldición! —mascullé, mientras volvía a marcar.

—¿Qué fue lo que le paso?  —preguntó Susan, al punto de la histeria.

—No lo sé… lo encontré en el suelo y ya estaba inconsciente —respondí y me arrepentí de haberlo dicho en ese tono cuando me di cuenta de que David terminaba de entrar a la sala. Por supuesto, lo escuchó y se sintió responsable de la situación.

Susan humedeció su pañuelo con alcohol y lo pasó por la frente y el cuello de Ariel, mientras yo intentaba de nuevo con Han. No le di tiempo de nada, en cuanto atendió la llamada le expliqué como se encontraba Ariel.

—No, no puedo calmarme —grité.

Pero Han amenazó que si no me calmaba colgaría, temí que lo hiciera y me quedé callado, entonces me fue dando indicaciones a las que yo respondía con un “sí” o “no”. Le busqué el pulso tal y como me indico, pero volví a desesperarme al no encontrarlo. Casi intuía que me lo diría, que en cuando mencionó que debíamos llevarlo al hospital ya lo tenía de nuevo en brazos y solo corrí por la llave de la camioneta.

Han dijo que iba a preparar todo para nuestra llegada. Coloqué a Ariel en la parte trasera del auto con Susan sujetándolo, David en el asiento del copiloto y salimos a toda velocidad de la casa.

En efecto, en cuanto llegamos a la entrada del hospital, una camilla nos esperaba, dos enfermeras y Han. Deviant también se encontraba ahí, supuse que él le avisó. Apenas me estacioné, salté del auto y saqué a Ariel, mi hermano se encargó de los abuelos mientras yo seguía a Han y a las enfermeras que corrían por un pasillo angosto en el interior del hospital, arrastrando la camilla en la que iba mi cachorro. Llegaron hasta una puerta de dos alas y el guardia me frenó interponiéndose en mi camino y me decía que yo no podía pasar.

Me negué, no quería dejarlo solo.

—Damian… Damian ¡Cálmate! —Me ordenó Han. Las enfermeras siguieron de largo, pero él volvió hasta donde me encontraba. Nunca me había hablado con tal autoridad, la seriedad en su rostro me obligó a intentar obedecerle, aunque la desesperación se había apoderado de mí—. No puedes pasar, a partir de aquí me haré cargo yo. ¿Comprendes?

—No voy dejarlo.

—Me aseguraré de que esté bien —agregó con el mismo tono—. Estamos perdiendo tiempo que puede ser valioso para Ari, mientras discutimos esto. Necesito que te calmes, estaré con él en todo momento.

—¡Me haré cargo de él! —dijo Deviant al llegar a mi lado.

Han asintió y Deviant me tomó del brazo y me arrastró hasta la sala de espera.

—¡Todo va a estar bien! —Me aseguró mientras nos adentrábamos en el lugar—. Además, tus suegros están aquí, debes darles seguridad y si te ven alterado los vas a preocupar más.

Pensé en reclamarle, este no era momento de hacer bromas, no obstante, la preocupación me distrajo. Samko llegó en ese momento y detrás de él entró James—. Yo los llamé —explicó sin soltarme —. Supuse que te haría bien tenernos a todos aquí en este momento.

Pese a lo que dijo, sabía que si les había hablado era para que entre los tres evitaran que hiciera un desastre en este lugar. De todas formas, no pensaba hacerlo, no con Ariel ahí adentro.

 

Estuvimos poco más de media hora sin tener noticias, durante ese tiempo Deviant se había hecho cargo de David y Samko intentaba calmar a Susan. Al parecer ellos se habían agradado tanto que Sam ya le decía abuela y ella le correspondía dejándose abrazar y llamándolo hijo.

Ella me llamaba de ese modo a mí y aunque Samko era mi hermano menor, lo que Susan y yo teníamos era algo que quería conservar sólo para mí.

 

Cuando Han salió para darnos información dijo que Ariel había sufrido una obstrucción respiratoria producida por una aparente crisis nerviosa, pero que ya se encontraba un poco más calmado, que estaba consciente y estable, aunque debía permanecer en observación. Respondió a todas las preguntas con calma y después me hizo señas de que él y yo debíamos hablar.

—Ven conmigo —ordenó disimuladamente y me llevó hasta otro pasillo alejado de donde estábamos. Ninguno de mis hermanos hizo el intento de seguirnos, así que me preocupe.

—¿No está bien? —intuí.

—Está estable —respondió con formalidad.

—Estable, pero no bien ¿cierto? —Han dudó y entrecerró la mirada como intentado enfocar algo. Estaba preocupado y eso me alarmó—. ¿Qué? Habla de una vez.

—Está bajo de peso y le faltan plaquetas.

—No es eso lo que te preocupa.

—Le hice algunos estudios. Estoy a la espera de los resultados —explicó—. Físicamente se encuentra estable, está muy agotado, pero no hay nada anormal.

—¿Eso es malo? —pregunté, no estaba entiendo nada de lo que sucedía.

—Dímelo tú.

—¿De que hablas?

—Ariel está sano físicamente. Emocionalmente es otra cosa, pero yo no puedo hablarte mucho de eso. Un especialista hablara con él y sería bueno que tomara terapia —explicó.

—Habla claro Han, no entiendo qué carajo intentas decir.

— Su cuerpo colapsa de la nada. El desequilibrio lo causa un factor externo.

—¿Cómo que un factor externo?

—Esperaba que tú me lo explicaras —Respondió—, él tiene los mismos síntomas que James y tu hermano no padece ninguna enfermedad, le he hecho estudios de todo tipo. Ambos están bien y de la nada sólo pierden el conocimiento o sufren de alucinaciones. Nada en ellos lo provoca, es algo más… alguien más —Lo miré sin saber qué decir. Estaba diciendo que yo los estaba enfermando—. Deviant me contó que ellos estaban unidos a ti, lo dijo en un momento de desesperación y cuando le pedí que me lo explicará se negó. Se quedó callado, lo presioné y no ha vuelto a dirigirme la palabra desde entonces. Eso fue anoche cuando volvimos del casino. Hace un momento hablé con Ariel, dijo algo de unos sueños y que James también los tiene. Quise ahondar, pero al igual que Deviant y James, no quiso decir más. Sólo que te preguntara a ti, que tu sabías que era lo que les pasaba y por qué. Así que… te escucho.

—¿Te dijo que me preguntaras a mí?

—Algo así.

—Pues no lo sé —mentí—. Si yo supiera que fue lo que le paso, ¿por qué entonces acudí a ti? No tiene sentido venir aquí, si yo pudiera resolverlo.

—Saber que les pasa y poder resolverlo son cosas distintas Damian. —aclaro—Le dijiste a James que tú lo resolverías, ¿resolver qué? ¿Cómo vas a hacerlo? —guardé silencio y él comenzó a desesperarse. —Deviant dijo algo de alejar a James de ti, quizá yo debería sugerirles lo mismo a los abuelos de Ariel.

—¿Qué?

—Algo los está enfermando y como tú no quieres hablar…

—¡No me amenaces!

—Entonces dilo —Me rebatió—. James es un poco más fuerte, pero Ariel está asustado. Emocionalmente se encuentra inestable y, por si fuera poco, tú ya no estás con él. La poca seguridad que traía consigo la destruiste y después simplemente lo desechaste.

—No sabes lo que dices—Le di la espalda para irme.

—Es que no lo digo yo —Me detuvo—, lo dijo Ariel… llorando —agregó—. Si el que tu pareja se sienta de esta manera no te importa, pues entonces no sé qué sí te va a interesar.

Me deshice de su agarre, pero volví sobre mis pasos para mirarlo de frente.

—Me importa, Han. Ariel me importa y mucho. ¿Estaría aquí de no ser así?

—Bueno, no es a mí a quien debes convencer —Hice una mueca y Han sonrió—. Dijo que va a romper palitos contigo para siempre.

—¿Qué?

—No sé exactamente qué significa, supongo que va a terminarte definitivamente o algo así.

—Definitivamente —repetí distraído.

Han me palmeó el hombro en señal de apoyo.

—Nadie dijo que iba a ser fácil —comentó—, pero antes de que Ari rompa palitos definitivamente contigo, dejaré que lo veas.

—¡Qué gracioso, Han! —rebatí molesto.

—Lo es… lo es. Anda, quita esa cara.

—¿Lo veré ahora?

—Dame diez minutos.

—Te doy cinco o entró por mi cuenta.

Han reviró los ojos y se perdió por el pasillo al que no me dejaron pasar. Por mi parte, cuando me dispuse a volver a la sala de espera, me topé con James. Estaba parado junto a la máquina de cafés. En cuanto me vio me hizo una seña con la mano en forma de saludo y hasta ese momento me fije que traía pues la misma ropa de anoche.

—¿Quieres uno? —Me ofreció cuando llegué a su lado, pero negué.

—¿Cómo te sientes?

—Bien —respondió—, ¿y tú? —Me encogí de hombros sin saber qué responder. James asintió y se arrinconó contra la pared de la misma manera en la que lo había hecho yo.

—¿Pasaste la noche con Taylor?

—¡Sí! —respondió como si nada—. ¿Por?

—Hueles a él —comenté. James se estiró la camisa para olerla y después puso esa expresión indescifrable.

—Siempre me he preguntado cómo lo haces. Sabes cómo encontrarnos, nos descubres si inútilmente intentamos mentirte e incluso puedes adivinar con quien pasamos la noche. ¿Realmente huelo a él o sólo lo dijiste para saber que voy a responder?

—Hueles a él —repetí—. Tienes el olor de su cuerpo en el tuyo y el de su perfume en tu camisa. ¿Una despedida calurosa?

—Sólo me abrazó —aseguró—. ¿Por qué conoces el olor del cuerpo de Taylor?

—Sólo lo conozco —respondí de inmediato, no me gustó la forma tan amenazante en la que lo preguntó.

— Eso espero Damian Katzel. Eso espero.

—¿Celoso? —Me burlé.

—¿Sabías que Ariel tiene un lunar grande en la espalda baja? —Me reí por la pregunta, no importaba que pretendiera, simplemente no le iba a funcionar—. Y otro en la parte interna de su pierna derecha.

—Conozco todos los lunares en el cuerpo de Ariel, incluso aquellos que se encuentran en sitios que tú sólo puedes imaginar y a los que también les he puesto nombre —dije.

James me dedicó una mirada mordaz. Me sonreía con indiferencia, lo cual significaba que se estaba preparando para decir algo que no me iba a gustar escuchar.

—De que te va a servir conocerlos cuando otro les cambie el nombre solo porque tú eres tan testarudo como para ofrecerle una disculpa sincera —Lo dijo mientras se retiraba de la pared y me rodeaba para dirigirse a la salida del hospital—. Por cierto, Taylor encontró esto en el auto de Sedyey —agregó mientras buscaba algo en la bolsa de su pantalón. Lo tomó entre sus dedos y me lo ofreció. Parecía ser un puñito de algo, por lo que extendí la mano con la palma hacia arriba para sostenerlo—. Dijo que debió caérsele cuando se lastimó el pie —soltó la cadenita y el pequeño amuleto fue lo primero en tocar mi mano.

En cuanto lo vi, sentí como si la cabeza me retumbara.

No llevaba puesta mi protección, lo que significaba que Zigány dijo la verdad. Lo sabía. Ariel estaba enterado de todo.

 

ARIEL

 

CUANDO ESTOY CON ÉL NO SOY ENTERAMENTE YO

 

Buscaba su piel con la desesperación de alguien que está a punto de congelarse de frío. Necesitado de su calor y de su olor que se había vuelto una necesidad.

 

—Ha pedido verte —comentó Han una vez que terminó de revisar todos los aparatos a los que me habían conectado—. ¿Debería dejarlo pasar?

Se colocó a los pies de la cama y esperó por mi respuesta.

— Quizá después —añadió al darse cuenta de qué pese a que lo estaba mirando, no me atrevía a responder—. Si ocurre algo, lo que sea, me lo puedes contar Ari. No pienses que porque es hermano de Deviant estaré de su lado. Estoy preocupado por ti, lo digo honestamente.

—No lo pensaría, no de ti Han. Es decir; sé que eres sincero y te lo agradezco, pero… —dudé. ¿Qué era lo estaba a punto de decirle?

—Sería más fácil si quisieras hablar conmigo. Voy a hacer todo lo posible por entender la situación y si me lo permites, incluso buscaría ayuda para ti, si es que yo no puedo asistirte.

—No hay mucho que pueda decirte Han —respondí distraído—. Ni yo mismo entiendo que sucede con nosotros. No me siento bien, aunque no me duele nada, pero internamente me siento enfermo y roto.

—¿Es por Damian?

—No y sí…  —dije—. Siento que ya no lo reconozco, sé que es él y una parte de mi si quiere verlo, pero al mismo tiempo ya no es igual. ¡Tengo miedo!

—¿De él?

—De lo que siento.

No supe cómo explicarlo y después de unos segundos Han dejó de insistir. Se limitó a sentarse a mi lado y sostuvo mi mano. El efecto resultó casi instantáneo. Me sentí un poco mejor, seguro y relajado, su compañía me reconfortaba y también que muy a su manera me hiciera sentir que estaba aquí para mí.

Por otra parte, tuve tiempo de pensar en lo que sucedió antes de venir aquí. El vacío que había quedado en mi interior y que desencadenó este sentimiento de tristeza en el que me estoy ahogando.

Lo que vi y, sobre todo, lo que sentí cuando esa persona me hizo mirarlo a los ojos. Todo eso me daba vueltas en la cabeza. ¿Qué se supone que debo creer? Mi lógica me dice que lo que Zigány me mostró, por muy bien logrado que haya salido el truco, no es real. No puede serlo.

¿Qué Damian me miente? Sí, bueno, eso lo tengo claro, pero de ahí a que él me haya arrastrado en el bosque a mitad de la noche… ¡Es imposible! Claro que tiene sus secretos, todos los tenemos, sin embargo eso no significa que él sea eso.

—Me gustaría quedarme, pero debo atender a otros pacientes —anunció Han, sacándome de mis cavilaciones—. ¿Necesitas algo?

—¿Qué tal un Whisky en las rocas? —Me reí—. De esos que le preparas a Deviant. Me ayudaría bastante en estos momentos.

—Estás en un hospital, no de vacaciones así que nada de Whisky —Me regañó—. Tampoco estás en edad de esas cosas. Deviant no te ha enseñado nada bueno.

—¡No te enojes! Era broma —expliqué—. Estoy bien.

—¿Lo suficiente como para ver a Damian? —Parecía muy interesado en que lo viera, ya  de otra manera Han no lo mencionaría.

—¿Qué voy a decirle?

—Tal vez en esta ocasión sería bueno que lo dejes hablar a él. Escucha lo que tiene que decir y sólo cuando el terminé, si sientes que deseas decir algo, lo haces. Si no, pues al menos estarás enterado de lo que Damian deseaba hacerte saber. ¿Está bien? —Me limité a asentir y él me imitó—. No le diré que aceptaste verlo, simplemente que lo estoy dejando pasar. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondí.

Han salió de la habitación y juró por mi vida que los siguientes segundos fueron los más largos de mi existencia. Tenía mucho miedo y no entendía el motivo. Quería salir corriendo e irme lo más lejos que pudiera de aquí, sin embargo también deseaba verlo.

Él estaba aquí, esperando por mí. Me sentía estúpido viendo este simple gesto, que bien podría ser producto de un sentimiento de culpabilidad, como un rayito de luz para nosotros. Una muestra de que yo le importaba, aunque fuese un poquito. Mi corazón me dolía de lo rápido que latía, aunque no por eso había olvidado mi coraje y el resentimiento que tenía contra él por lo que hizo. Así que cuando los escuché hablar en el pasillo, opté por hacerle caso a Han. No iba a hablarle, no le dirigiría ni media palabra. Es más, haría como si él no estuviera aquí.

—Sí, es esa puerta —dijo Han—. Debe estar despierto. Entra… ¡Entra, no te va a hacer nada! No estoy gritando, sólo digo que no puedes quedarte en el pasillo así que entra de una buena vez. —explicó Han y pese a que no estaba gritando, si estaba hablando más fuerte de lo necesario y sé que lo hacía para incomodarlo. Damian le había hecho tantas, que Han se las cobraba en la primera oportunidad que se le presentaba, sin embargo al hacerlo, la mayor parte de las veces también me incomodaba a mí.

¿Y Damian para qué pidió verme si realmente no quería hacerlo? Casi podía imaginármelo todo incómodo tal y como hoy durante el desayuno.  La gente indirectamente lo obligaba a estar conmigo y eso me hería el orgullo. Mil veces preferiría que me rechazara por la persona que soy, a que me eligiera porque no tiene otra opción.

La puerta de la habitación había quedado entreabierta y claramente escuché cuando la abrió por completo para entrar. Avanzó tardo por la habitación y aunque se colocó frente a mí, mantuvo su distancia. En mi brazo derecho, a la altura de mi muñeca, me habían colocado una intravenosa para el suero, centré mi vista en la cinta que me habían puesto encima para que la aguja no se moviera. No quería verlo.

Durante varios segundos lo único que se escuchó fue el ruido de su respiración. No lo había notado antes, quizá era por la situación tan incómoda, pero respiraba pesadamente como si el aire no le fuese suficiente.

¿Cómo habíamos llegado a esto? Hace casi un mes atrás hablábamos de todo y por todo, hoy ninguno de los dos quiere decir nada. La diferencia era triste y cada segundo que pasábamos en silencio me dolía más que el anterior.

Suspiré rendido, no iba a obligarlo a esto. Ya no.

—Gracias por traerme, pero no tienes que estar aquí —dije—. Ya no tienes que hacer nada más por mí, ni siquiera porque mis abuelos te lo pidan.

—No es eso…

—Sí has venido porque te sientes culpable y pues… no lo eres.

—¿Culpable? —reparó—. Ariel…

—¿Sabes, Damian? Creo que fue bueno mientras duró —le interrumpí—. ¡Gracias! En serio muchas gracias por los viajes y los regalos, por las palabras que tan acertadamente dijiste en ese momento, mientras las pronunciabas te aseguro que fueron lo máximo para mí —confesé y de alguna manera me sentí orgulloso por no derramar una sola lágrima, sin embargo reconozco que no me atreví a mirarlo—. Me considero alguien razonable, puedo claramente reconocer cual es mi sitio, sobre todo cuando me lo recuerdan tan directamente como lo hiciste tú. Martín… un extravagante colombiano de ojos grises y cabello desordenado —sonreí irónico—.  Cuando Samko me lo mostró en la tarjeta de identificación que le disté para que se deshiciera de ella, casi entendí porque te impresionó tanto. Era muy atractivo, aún debe serlo. Y el chico de la botica… la mujer de la fondita. ¡Muy bella! Ya entendí que puedes y que alguien como tú, tiene a quien quiere… De alguna manera me alegro por ti.  Pero ahora quiero hacer algo por mí, porque es justo: Quiero salir de aquí con la frente en alto, porque aun si difieres conmigo, no siento que haya hecho algo por lo que debiera avergonzarme. Quiero mi vida de vuelta y para ello necesito deshacerme de lo que siento por ti.

—¡Mírame! —pidió enérgico, pero me negué.

—Esa persona en el camino, dijo cosas sobre ti.

—Ariel.

—No sé si son verdad, tampoco quiero ni me interesa una explicación. Sólo quiero arrancar esta página y hacer como que nada de esto sucedió.

—¡No! Eso jamás…

—Es mi decisión—Le rebatí.

—¡No! —respondió con firmeza y avanzó hacía mí—. Para olvidarme tendrías que no haberme conocido. Estoy contigo aun cuando decides no verme, en ningún momento me he separado de ti.

—¡Ya basta, Damian! —reclamé—. Los tienes a ellos, déjame en paz a mí. Estoy cansado… ya no puedo ni quiero seguir con esto. Ya no…

Contuve el aliento cuando sus manos sostuvieron mi rostro. Su tacto tan repentino me recordó cosas que había querido olvidar: Las mismas cosas que por primera vez había vivido con él y que después podrían doler. Su rostro se acercó al mío siguiendo aquel camino tan conocido, moviéndose con la determinación de quien toma lo que le pertenece. Pero yo ya no.

Cuando su aliento me acarició el rostro, ladeé el rostro haciendo que sus labios terminaran en mi mejilla.

—¡Déjame! —pedí—. Por favor, Damian.

Creí que se retiraría, pero sus labios presionaron con suavidad contra mi mejilla. Un beso que me dejó una ligera sensación de humedad cuando sus labios se separan de mi piel. Uno más por mí frente y todo un camino de besos cortos que me regaló de manera desordenada.

—¡No, por favor! —supliqué, sintiendo que me ahogaba con el nudo que se había formado en mi garganta.

—Eres mío —aseguró.

—No.

—Mi cachorro terco —canturreó cerca de mi oído. Restregaba su mejilla contra la mía, en una caricia tan nuestra, porque no me imaginaba a Damian frotándose como un gato contra la mejilla de alguien más. Era algo que yo solía hacerle y que, de un tiempo para acá, Damian me devolvía—. ¡Erdely! —susurró entretanto una de sus manos abandonaba mi rostro sólo para atraerme a él, sujetándome por la nuca.

—No me llames de ese modo —exigí, haciendo uso de la poca cordura que me quedaba.

Damian río por lo bajo y debido a nuestra cercanía el sonido rebató en mi cuerpo haciéndome estremecer.

—¡Qué obstinado! —buscó de nuevo mis labios, pero no me dejé alcanzar. Sonreía, el muy descarado me estaba provocando y yo como el tonto que era, no sabía decirle no. Volvió a restregarse, en esta ocasión en mi otra mejilla—.  Hueles a todo lo que amo.

—Cállate.

—Ya no te resistas a mí —sentenció, lo tenía casi encima y en esta ocasión ya no me permitió huir—. Tendría que estar muerto para dejarte ir…

—Eso se puede arreglar —dije justo antes de que sus labios rozaran los míos. Internamente me decía que debía recordar todas las cosas malas que me había hecho, que no debía ceder así como así. No obstante, cuando su lengua invadió mi boca, mi mente se apagó y nada más su calor y sabor me importó. Ni siquiera cuando mis brazos buscaron su cuello rodeándolo. Ni cuando sus manos se abrieron paso por debajo de las sabanas que me cubrían. Me dejé llevar porque me sentía extasiado, invadido por su falta de delicadeza al besarme y tocarme. Si me rompía entre sus manos, en este momento no parecía importarle y mucho menos si me dejaba marcas visibles. Y de alguna manera yo quería esas marcas, deseaba verlas en mi cuerpo porque de esa manera sabría con cuanto ardor me deseaba. Era absurdo y me avergoncé del pensamiento en cuanto lo tuve, pero no por ello dejaba de ser verdad.

Damian estaba reclamándome, llenándose y llenándome de algo que ya no parecía que pudiéramos contralar nosotros, como cuando alguien ha recorrido varios kilómetros en busca de un poco de agua que logré calmar su sed y finalmente la encuentra. De esa manera y con esa misma necesidad sus besos me absorbían. Y yo estaba enteramente dispuesto a evaporarme en su calor.

Recosté la espalda contra el colchón y lo atraje para que se acomodara sobre mí. Olvidé por completo que estábamos en un hospital y que en cualquier momento alguien podía entrar y vernos. Tampoco me importó cuando Damian me subió hasta la cintura la bata que me cubría, ni siquiera cuando una de sus manos tanteó por debajo de mi ropa interior. La única lucha que libraba era conmigo mismo.

No podía reconocerme, era como si no fuera yo o en el peor de los casos, era como si mi necesidad en libertad me obligara a esforzarme por corresponder a sus labios con la misma intensidad con la que me besaba. Estaba más que resuelto, empeñado en destruir cualquier distancia entre nosotros. Quizá siempre he sido tan intemperante, o muy posiblemente sea algo que me sucede sólo cuando Damian me toca. De lo único que podía estar seguro en este momento es que olvidé mis vergüenzas cuando comencé a restregar mi cuerpo contra el suyo.

Mis manos se turnaban para andar libres por su espalda. Buscaba su piel con la desesperación de alguien que está a punto de congelarse de frío, necesitado de su calor y de su olor que se había vuelto una necesidad. Lo buscaba sin importarme lo vulgar que podía verme. Yo que lo había rechazado, que incluso había dado un discurso de despedida tan conmovedor, ahora le mostraba abiertamente mis verdaderos deseos y no me sentía mal por ello.

 

DAMIAN

ANTES DE TI ME ARROPABA EL FRÍO

“Siempre hay un amor que sin ser el primero te hace olvidar todos los demás”.

 

Amaba su honestidad. Podía sentir sus ganas y la ferocidad que alguien tan sentimental como Ariel puede poseer. Me buscaba y sin tapujos con su cuerpo hambriento del mío, me contaba cuanto me había extrañado los últimos días.

Era un niño en muchos sentidos, pero también sabia jugar sus cartas cuando quería, así como ahora, utilizaba esos truquitos que me hacían perder el control y me volvían puro instinto. Mi lobo aruñaba mis entrañas deseoso de salir no para herirlo, hacía mucho que la sola idea nos hacía estremecer a ambos, aunque su insistencia por aparecer en este momento no era precisamente para acciones castas. Lo queríamos, ambos lo deseábamos. Yo, con una ternura mórbida y sedosa, quería resguardarlo entre mis brazos y hacerlo mío de todas las formas humanamente posibles. A mi lobo en cambio, no le importaba el cómo, exigía aparearse con quien había elegido como su complemento. Y en un vago intento por calmarlo, mordí el labio inferior de Ariel y mis incisivos se apoderaron de los costados de la piel suave de su boca. Él gimió en mi boca excitado. Me deshice de su agarre sujetando sus manos entre las mías y llevándolas por encima de su cabeza, besé sus labios una vez más y busqué su cuello.

Lo mordí como era nuestra costumbre. Lo hice sin darme cuenta de que había caído en la trampa de Zigány. Fue en cuestión de segundos que Ariel gritó tras mi mordida, lo solté enseguida pensando que quizá me había excedido y fue entonces que pude ver el azul de sus ojos oscurecerse de la misma manera en la que los ojos aceitunados del gitano se habían vuelto al devolverle su recuerdo. Lo vertió en él, pero no se activó hasta que nos encontramos en una situación similar a lo que sucedió esa noche en el bosque.

Estaba sentado sobre él, apresando entre mis manos y con su cuello entre mis dientes. Entonces lo vi, lo revivimos juntos en tanto las alarmas de los aparatos que monitoreaban sus reacciones se activaban.  Tembló bajo mi cuerpo y después simplemente se desvaneció.

Comencé a llamarle, me bajé de la cama y sostuve su rostro entre mis manos, mientras intentaba hacerlo reaccionar. Han fue el primero entrar y detrás de él dos enfermeras. Me preguntó que había sucedido, pero lejos de mirarlo no pude pronunciar palabra. Había sido engañado, pero iba a pagármelo. Lo juro por mi vida.

—¡Ah, no! —Me detuvo Han y me empujó contra la pared del pasillo—. ¿Qué fue lo que pasó?

—No lo sé.

—No me vengas con eso ahora —amenazó y entendí por cómo me habló y la determinación en su mirada, que no iba a dejarme ir hasta que le dijera algo que le satisficiera.

—Estábamos besándonos ¿contento?

—¿Besándose? —preguntó suspicaz.

—No le hice daño. ¡Lo juro!

Una de las enfermeras dijo que Ariel no reaccionaba, Han me soltó y se dirigió a la habitación. No quise mirar lo que sucedía dentro, ya que temí verlo mal. El pitido incesante de los aparatos me martillaba los oídos junto con las voces que parecían alzarse sobre mi cabeza.

Salí casi corriendo del pasillo, crucé la puerta de dos alas sin siquiera esperar a que el guardia la abriera. Aunque el hombre tampoco estaba ahí. Había un revoleteó en una de las salas contiguas, enfermeras que iban y venían, una de ellas pedía asistencia en la sala donde estaba mi familia. Sentí que en ese momento mis pies abandonaban el piso y entré de golpe. James estaba sentado en el piso. Deviant y Samko trataban de calmarlo. Él decía cosas ininteligibles mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos.

Todo era caos y peor aún, todo era mi culpa.

Les había orillado a esto y las personas más importantes para mí estaban pagando las consecuencias. Fui hacía él y lo levanté del piso. James forcejaba para soltarse, pero sus manos en ningún momento abandonaron su cabeza. Sus gestos eran de terror y dolor. Su mirada estaba perdida y la palidez comenzaba a cubrirlo.

—¡James! —Le llamé, pero él seguía sacudiéndose y balbuceando cosas que no entendía—. ¡Mírame, James! —ordené—. ¡Mírame! —Le grité mientras lo empujaba contra la pared.

Cuando sus ojos se encontraron con los míos, el temblor de su cuerpo y los balbuceos cesaron. Han llegó en ese momento y me lo quitó de las manos. Me empujó, sosteniéndolo de manera sobreprotectora y aunque se interpuso entre nosotros, los ojos de James no me abandonaron. Húmedos y con las pupilas dilatadas parecían pedirme ayuda a gritos silenciosos. Después de muchos años, volví a ver a aquel pequeño niño ante el que había quedado irremediablemente rendido. Al que quise para mí y también al que le había prometido que le defendería aun con mi vida.

Fueron muchas emociones, todas ellas difíciles de asimilar.

Me regodeaba diciendo que no sentía nada por nadie, pero en una de las habitaciones de la sala de observaciones se había quedado en quien sabe que condiciones la mitad de mi vida y otra parte importante acaba de perder el conocimiento frente a mis ojos. Podía sentirlo, el dolor y la culpa, mi mente no paraba de acusarme, porque el daño que les estaba causando era imperdonable.

No pude soportarlo, di marcha atrás con rumbo a la salida. Deviant venía detrás de mí y aunque lo escuché llamarme no quise detenerme. No estaba para reclamaciones. Estaba al tanto de la situación, no necesitaba que él ni nadie más me lo echara en cara.

Sabía lo que tenía que hacer.

—Damian… ¡Espera! —exigió, mientras me daba alcance y se colgaba de mi hombro—. ¡Espera! —No pretendí ser brusco, pero me jaloneé para deshacerme de su agarre.

—Ahora no, Deviant —exigí.

—No voy a reclamarte nada —aseguró—, ¿Es por los gitanos? —No me había detenido y entre tanto él lo preguntaba ya habíamos cruzado el estacionamiento—. Los he visto viajar en caravana de camino al hospital. Se fueron de la ciudad —Al escucharlo, frené de golpe para encararlo.

—¿Por dónde?

—Al suroeste hacia Strada Frigoriferului por la A1.

Era la salida hacia Alba Lula, a unos treinta y seis kilómetros del hospital. Dudé apenas unos segundos sobre seguirlos en auto o cruzar el bosque.

—Cuida de ellos mientras no estoy —pedí.

—¡Siempre! —respondió

—También de Ariel.

— No tienes que decirlo —aclaró.

—Pide su alta, y llévalo a casa de los abuelos. Encárgate de todo, pero no permitas que se queden aquí.

—¿Sacarlos?

—Confía en mí, Deviant. —pedí— llévatelos de aquí, los veré en la casa de los abuelos más tarde.

—Ten cuidado tú. Los gitanos son gente peligrosa.

—Yo también tengo mi magia, Deviant —aseguré, le entregué mi cazadora y la cadenita de Ariel. No había tiempo para más, iba a brincarme la barda del hospital, era alta, aunque de maya ciclónica. Del otro lado empezaba el bosque.

—Damian —Me detuvo. Esperé por lo que tuviera que decir—, rómpele la cara a ese hijo de puta.

—¡Te lo aseguro!

 

TERCERA PERSONA

 

QUIEN CON MONSTRUOS LUCHA

“Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Friedrich Nietzsche.

 

Deviant creyó que trasmutaría, pero cosa rara, se echó a correr y desapareció de su campo de visión. Pensó entonces que quizá no quiso hacerlo delante de él. Sin pretenderlo se distrajo mirando el espacio que segundos antes ocupaba Damian. A simple vista lo suyo parecía una historia sacada de los cuentos de terror, pero aquel era una de las personas más importantes en su vida, era su hermano y también su gran primer amor. Ahora era feliz con Han y lo amaba porque se me lo merecía. No había algo que deseara y Han no le diera, aunque esa no era la razón más importante. Han representaba todo aquello que Deviant nunca supo que deseaba hasta que lo tuvo a él. No por eso Damian había dejado de ser importante, pues aun guardaba recuerdos especiales de él. Era la segunda persona en la que más confiaba y pese a lo “absurdo”, Damian era también la realidad más triste con la que se había topado y tan real como el hecho de que las cosas comenzaban a empeorar y era urgente ponerles un remedio inmediato.

No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero debieron ser apenas segundos. Cuando se giró con la intención de volver al hospital, se encontró con Samko detrás de él. Estaba tan distraído que le sorprendió verlo tan cerca de él.

Sam le miraba serio, pero no había nada más en su rostro que delatara cuánto de aquella conversación había escuchado o cuánto había visto.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —Se esforzó a decir.

—Casi salí detrás de ti —respondió Samko, apartó la mirada de su hermano y la poso en algún punto detrás de él.

—¿Qué sucede? —preguntó, intentado recuperar la atención del menor.

—¡Nada! —respondió Sam, mientras le sonreía con amabilidad—. Bueno, Han quiere verte.

 

Del otro lado de la ciudad el pequeño grupo de gitanos estaban entrando a Sura Mica, un poblado pequeño a once kilómetros al suroeste de Sibiu. Habían seguido la corriente que lleva el mismo nombre y buscaban un refugió oculto en el cual pudieran descansar un momento.

Salvo dos carrozas viejas, no disfrutaban de muchas comodidades, la mayoría debía caminar.

Zigány se encontraba en malas condiciones. Sounya le había preparado algunos remedios, pero nada parecía hacerle efecto, respiraba con mucha dificultad y las heridas de los raspones provocados por la brutalidad de Damian no parecían sanar.

—No debemos detenernos —pidió—. Aún estamos cerca de él, puedo sentirlo.

—¡Cálmate! Debes descansar —intentó controlarlo, pero Zigány se negó—. Te has exigido demasiado y el viaje sólo te agotara más.

—No es seguro —advirtió.

—No temas, él no lo notará pronto.

—Eso no podemos saberlo —Zigány estaba demasiado alarmado por la situación. Sounya sabía que estar cerca de Damian le hacía mal, que era tanto como obligarlo a enfrentarse a su peor pesadilla, mas no por ello Zigány dejaba de intentarlo cada vez que era necesario.

—Todo va estar bien —aseguró Sounya, mientras pasaba su mano extendida por los risos cobrizos del otro en un intentó por convencerlo y sobre todo tranquilizarlo.

Fue una caricia tierna que resultó en una sonrisa amable por parte de ambos. Y aunque Sounya había sido claro en que no debía moverse, Zigány aprovechó que lo tenía justo a su lado, para girarse y abrazarse a su cintura y recostar la cabeza en las piernas de éste. El enojo de hace algunas horas, e inclusive la pequeña discusión que sostuvieron después de que tan repentinamente Sounya hubiera aparecido para salvarle, habían quedado en el olvido. Lloró sin importarle si mojaba al hombre que lo sostenía con tanta ternura. Zigány tenía miedo y en este momento estaba sintiendo demasiado dolor.

Sounya no intentó calmarlo, sabía que lo mejor era que Zigány se desahogara de todas esas cosas que lo atormentaban, así que se limitó a permanecer a su lado, acariciando sus cabellos.

—Tenías razón —Se esforzó por hablar una vez que se sintió más sosegado—. Ellos se quieren —No lo había dicho como si estuviera sorprendido, o con la incredulidad que había mostrado horas antes de que todo esto pasara, sino casi con envidia.

—Yo te quiero más —respondió Sounya en un susurro, mientras recogía los restos de sus lágrimas con las yemas de sus dedos. Era casi imposible de creer la ternura y el amor que destilaba por Zigány—. Aunque tú no puedas quererme, me basta con que me permitas seguir a tu lado.

—Te quiero —aseguró—. Al verlos a ellos comprendí cuánto te quiero.

No hubo besos, ni caricias que conmemoraran la declaración hecha. Por el contrario, una inmensa tristeza los envolvió a ambos. Dos enamorados que permanecerían juntos sin llegar a ser uno mismo, ese era su destino. Porque Zigány se debía a su pueblo y eso dejaría siempre a Sounya en el segundo lugar.

Sin embargo, en el fondo de su corazón Sounya se sintió dichoso de saber que la persona más importante en su vida también le quería. Él estaba dispuesto a dar todo por Zigány y gracias a la agilidad de Damian para encontrarlos en menos de lo que se esperaba, debió probar que su lealtad era completa.

 

DAMIAN / ZIGÁNY

 

QUIEN SALVA AL LOBO, MATA AL REBAÑO

Mala cosa es tener a un lobo cogido por las orejas, pues no sabes cómo soltarlo ni cómo continuar sujetándolo.

 

Me bastó algunos minutos ubicarlos y menos de media hora darles alcancé por entre el bosque. Habían seguido la corriente de Mica Sura hasta un poblado pequeño que estaba escondido entre abedules altos y frondosos.

Un escondite ideal, si no fuera porque tenían el viento en contra ya que su olor los delató.

Rodeé el sitio en el que se habían asentado. No era mi estilo asaltar por la espalda y dejé que se percataran de mi presencia mientras reconocía el terreno. Cuando volví al punto de partida y me planté frente a ellos, Zigány salió de la tienda y caminó hasta el centro del terreno. Detrás de él estaba el que había puesto la navaja en el cuello de Ariel y el resto de los gitanos se habían agrupado detrás de éste. Los hombres llevaban palos y piedras y las mujeres resguardaban a sus hijos entre sus brazos. Crecí entre ellos y sabía que algunos de ellos eran gente de batalla y que no necesitaban de balas para meterme en problemas, ellos conocían mi secreto con respecto a mis posibilidades de morir y sé que no las desaprovecharían. Pero no venía a negociar con ellos y tampoco estaba solo, mis lobos salieron de entre la maleza flanqueándolos. Nadie se iría de aquí sin que yo lo permitiera.

 

 

Sudaba debido al esfuerzo que hizo al seguirnos y sus bestias estaban igual de agitadas pero listas para atacarnos. Aún en su piel de humano me resultó más alto. Damian destilaba furia, tanta que no entendía cómo aún no trasmutaba. Desde que lo conozco ha sido tan impulsivo y aprendí a valerme de eso, pero ahora me dejaba sin defensas. Sus ojos diabólicos me traspasaron como dos espadas, no obstante, no sentí verdadero miedo hasta que pasó de mirarme a mí a posarlos sobre Sounya.

— ¡No! —dije y avancé lo más rápido que pude.

Pero Damian me empujó con tal fuerza que me aventó al piso. Lo había hecho con una sola de sus manos y, aun así, me hizo rodar hasta que di contra el tronco de árbol. Se le fue encima a Sounya, con las manos extendidas buscando su cuello más éste lo enfrentó sujetándolo por los hombros mientras hacía contrapeso.

Sounya era fuerte, ágil con las navajas y para correr, pero jamás superaría a Damian. Ni siquiera yo podía hacerlo. Damian terminó estampándolo contra la carroza, lo hizo girar y lo levantó como si fuera un simple muñeco de trapo haciéndolo caer de espalda contra la madera que cedió tras el impacto, quebrándose.

Me horroricé. Iba a matarlo.

Tambaleante me arrodillé, tracé su nombre en la tierra y después lo barrí con la palma de mi mano. Damian cayó de rodillas soltando a Sounya. Sin darle tiempo a nada, apreté la tierra aculada, moliéndola entre mis dedos y aunque pretendió soportarlo, el dolor que sentía era terrible. Su conexión con la naturaleza era fuerte, podía poner su nombre en cualquier rama y quebrarla, haciéndolo sufrir.

Cuando el último gramo de tierra cayó, llevé mis manos con las palmas abiertas hasta mi pecho juntando mi fuerza y la dejé salir hacia él anudando un cintillo a su cuello. No le permitiría trasmutar y como humano no podría soportar mucho más el dolor.

Sounya se arrastró y haciendo uso de una de sus navajas intentó clavarla en su pecho a la altura de su corazón. Pero para sorpresa de ambos, logró sostener su mano deteniéndola a pocos centímetros de su cuerpo. Sounya intentó con otra, pero resultó igual. Damian se apoyó en él para ponerse de pie. La presión que ejercía en sus manos lo obligó a soltar las navajas y de un puñetazo lo derribó dejándolo tendido a su lado.

Lo pateó logrando que Sounya se retorciera de dolor. Sabía que, si lo dañaba a él, me hería a mí.  En ese sentido, él y yo no éramos muy distintos.

—¡Suéltalo! —Me ordenó—. Suelta a Ariel o voy a matarlo —Me encaró mientras ponía su pie contra el pecho de Sounya—. ¡Hazlo! —gritó.

Ariel era lo único que me quedaba de protección, si hacía lo que pedía no tendría con que defenderme. Sounya aprovechó la distracción y su posición, sacó la navaja que escondía en su calzado y la clavó en la pierna derecha de Damian. Se giró sobre su cuerpo y poniéndose de pie le dio una patada en el rostro que casi lo derriba. Una segunda navaja fue enterrada en su abdomen y una más en su hombro izquierdo. Hizo cortes irregulares por sus brazos y cuello, no fueron profundos porque Damian se protegía.

Las heridas que se le producen con plata no cierran, lo debilitan y le producen un ardor como si se quemara.

—¡Mátalo! —dijo Sounya mientras se apartaba—. Es él o nosotros.

No lo pensé dos veces.

Ondeé mi mano derecha como si intentara formar un remolino. Sentí el cambio en mi cuerpo porque era brujería prohibida. Por primera vez en mi vida deseé matarlo, aunque eso significaba romper el equilibrio.

—Lo mereces —dije antes de dejarlo ir hacia él.

Estaba mal, pero disfruté de escucharlo gritar. Iba a deshacerme de una de las cargas más pesadas que había tenido que llevar. Estaba usando sus heridas para hacer fluir mi poder como un veneno que lo secaría desde dentro. Caminé hacía él y me detuve muy cerca. Nuevamente lo tenía de rodillas, sus heridas sangraban de forman incontrolable.

—No quería hacerlo —Le dije muy cerca de su rostro, como intentando no cometer una indiscreción—. Pero tú me obligaste —Damian gruñía para no gritar y volvió hacerlo cuando extendí mi mano frente a él para cerrarla de golpe en un puño—. ¡Escúchalos gritar! No los mereces, tu no mereces nada. Ariel esta libre de ti, y ahora mismo soltaras a James.

 

No sé cómo lo había hecho, pero al cerrar la mano realmente pude escucharlos.  Estaba lastimándolos y me torturaba con ello. Intenté írmele encima, pero no podía moverme. El dolor que sentía me impedía moverme. Era indescriptible.

Mi lobo arañaba desde dentro, sin embargo, tampoco podía dejarlo salir.

—Te tengo en la palma de mi mano —dijo.

—¡Jamás!

Saqué fuerza de quien sabe dónde, no me importó el dolor que sentía, me fui contra él. Zigány perdió el equilibrio y cayó de espaldas contra el piso. Alcancé su cuello antes de terminar sobre él. Jamás había probado sangre estando como humano, pero mientras mis colmillos estuvieran enterrados en su piel, sabía que sentiría lo mismo que yo.

Zigány gritó debajo de mí.

—¡Déjalo! —gritó el otro. Lo sentí venir. Ya estaba harto de que me usara como alfiletero.

En cuanto Zigány me soltó, me le fui encima, lo tomé por el cuello y lo estampé contra un árbol.

—Mátenlos a todos —ordené.

Los lobos rompieron el flanco y tomaron su típica posición de “V” invertida.  Carseí a la cabeza se encargó de dispersar a los gitanos, seguido de Nymeria y Kaiser. Todos corrieron al bosque seguidos por mis siete lobos.

Vi el terror en el rostro de Zigány que aún seguía sobre el piso.

—¡Detenlos! —pidió—. Ellos son inocentes. Esto es entre nosotros.

—Dejó de ser entre nosotros desde que metiste a Ariel en esto —grité.

Arrastré a su gitano hasta donde se encontraba él. Lo arrodillé frente a él y lo tomé por la cabeza—. Suelta a Ariel o le rompo el cuello —amenacé.

—No lo hagas —Le dijo.

—No lo repetiré —aclaré.

Los primeros gritos se escucharon a lo lejos y Zigány perdió el control.

—Detenlos… por favor —suplicó aterrado—. ¡Es tuyo! —añadió. Se arrancó un collar delgado que llevaba en el cuello y me lo ofreció—. ¡Detenlos! Mátame a mí, pero no les hagas daño a ellos.

El cielo se cerró y los nubarrones repentinos dejaron caer una lluvia torrencial. Los gritos cesaron, y a los pocos segundos mis lobos regresaron. Les aventé al gitano para que lo retuvieran.

—Tienes suerte de que aun te necesite con vida —dije antes de caer sobre mis cuatro patas.

La Wicca apareció en ese momento, untó una mezcla sobre la herida que le había hecho en el cuello y lo hizo dormir. Sacó el pulso que le había quitado a James antes de que Han lo apartara de mí en el hospital. Yo mismo se lo había entregado antes de venir, cuando fui por ella en ayuda.

Me miró como preguntando si estaba seguro de lo que estaba a punto de hacer, sin embargo yo ya lo había decidido. Era lo mejor para James y también para Ariel.

Me guio hasta que me coloqué sobre Zigány y por mucho que quería romperle el cuello, ahora me serviría para una causa mayor y tuve que cuidar de no aplastarlo. La bruja procedió con el ritual, repitió las mismas oraciones con las que había atado a James a mí. Sentí la ruptura de nuestro lazo y el vacío que perderlo me dejó.  Era otro tipo de dolor, uno que casi me hace aullar de tristeza.

En cuanto la última oración finalizó, volví a mi piel humana. La mujer me cubrió con un capuz y me ayudó a sentarme, mientras permitía que el gitano se acercara a Zigány que comenzaba a recobrar el sentido.

Al verlo, se abrazó a él. Yo los miraba con recelo desde mi lugar.

—Está hecho —anunció la mujer.

Me puse en pie y me planté frente a ellos.

—¿Qué fue lo que hiciste?

—Ya que te gusta meterte en donde nadie te llama, a partir de ahora te encargaras de James, vivirás para darle estabilidad —pronuncié—. Y te lo advierto de una vez, si intentas hacerte daño para lastimarlo, él morirá primero —expliqué mientras señalaba al gitano al que se aferraba.

—No tenías derecho —reprochó Zigány.

—Eres una piedra en mi zapato de la cual no me puedo deshacer, tú me heriste primero, me lo debes.

Tomé el collar que me había ofrecido, y que al transformarme Carsei cuido por mí.

—No quiero volver a verte por aquí. Y jamás, jamás… intentes volver a acercarte a Ariel o a cualquiera de mi familia. Sabes cómo funciona, James estará unido a ti, pero no te necesita.

— ¿A dónde están? —preguntó temeroso por la respuesta. —¿Qué fue lo que hicieron con mi gente?

—Sibiu es mi territorio, provocarme en estas tierras fue muy estúpido de tu parte. Los errores se pagan Zigány y hoy vas a comprender que el precio a veces es alto. —Expliqué antes de darle la espalda e internarme en el bosque.

Los lobos y la Wicca se fueron primero. Me dolía perder a James, pero ya no quería hacerle daño. Aun así, esto estaba lejos de terminar. Aun me faltaba cumplir la otra parte del trato, dejar a Ariel iba ser un dolor agonizante.