PSLN 4 – Damian

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—Entonces, —comenté tras varios minutos en los que únicamente estuvimos en completo silencio —me hiciste venir porque tenías algo importantísimo de que hablar y ahora simplemente no decides nada.

Deviant me miró por unos segundos y después sus ojos volvieron a centrarse en la taza de café que tenía entre las manos. Entendía que quizá estaba molesto porque llegué un poco tarde, pero nunca dije que vendría, así que el estar aquí debía darme puntos con él o algo por el estilo.

—¿Deviant? —presioné.

Me había citado en una cafetería en el centro de la Plaza Mayor; era temprano y el lugar estaba a reventar. Él, mejor que nadie, sabía que yo no soportaba estar en estos lugares y si vine no fue solo para mirarnos las caras.

—Si no tienes nada que decir, me iré primero… —le dije poniéndome de pie. Saqué un billete que ya tenía listo en la bolsa de mi pantalón y lo dejé sobre la mesa. Pero cuando estaba por retirarme Deviant sacó dos boletos de la bolsa interna de su abrigo y los deslizó por la mesa hasta dejarlos frente a mí —¿Me estás invitando a salir? —pregunté sarcástico mientras tomaba los boletos. Él asintió quedamente sin mirarme. — ¿Es una cita?

—No —. Respondió de inmediato.

—¿Entonces?

—¿No puedo simplemente querer pasar un rato con el más ingrato de mis hermanos? —preguntó, cariacontecido, bebió un sorbo de su café para justo después abandonar la taza en la mesa —Han pasado varios meses desde la última vez que nos vimos,  y bueno, mentí con eso de que había algo importante de lo que hablar contigo… aunque definitivamente hay un mundo de cosas de las que tú y yo podríamos conversar, sin embargo.  Solo quería verte, comprobar por mí mismo que aun estabas vivo y que me contaras sobre todos esos proyectos y negocios que en los últimos meses te han mantenido tan distante, mientras yo pretendo desesperadamente sacar adelante nuestras empresas y a nuestros dos hermanos… ¿Los recuerdas, o también los olvidaste? ¿Samko y James? ¿Los nombres te resultan familiares? Porque te he traído fotos para ayudar a tu memoria, ya que mientras tú estás de vago quien sabe adónde yo me hago pedazos con todo esto, luchando por seguir con mi vida sin la más mínima de tus consideraciones —empezó bien, pero casi terminó gritando.

Su rostro se puso colorado y toda la faramalla de aparente serenidad se le vino abajo.

—Jamás dije que esperaras algo de mí.

—Eres un maldito hijo de mierda…

—Lo sé —reconocí sin problema—pero con insultarme no vas a lograr que vaya a jugar a la casita contigo. Yo no quiero esta responsabilidad —uno de los meseros se acercó a nuestra mesa, dijo que estábamos molestando a los demás clientes y que si había algún problema nos podrían pasar a una sala privada.

Deviant no se movió, yo en cambio aventé los boletos a la mesa y salí a toda prisa del lugar. Si lo había estado evitando era precisamente por la forma en la que me presionaba, sé que a todos nos afectó la muerte de nuestro padre, pero Deviant pretendía que dejara todo lo que soy y me mudara con él para ver crecer a nuestros hermanos y lo siento, pero yo no estoy hecho para esas cosas.

Aunque salí de la cafetería, no me alejé ¡Vamos! Que no soy tan canalla, no quiero la responsabilidad, pero Deviant es mi vida en más de un sentido. A los pocos minutos él también abandonó el lugar, se enfundó en su abrigo y se echó a andar. Por supuesto, comencé a seguirlo y en uno de los botes de basura lo vi tirar nuestros boletos.

A veces me recriminaba por no tener tacto para hablar con él; pronto perdía la calma y terminaba gritándole. Pero había comprado boletos para nosotros porque quería o necesitaba estar conmigo y pese a que odiaba el Museo —o cualquier lugar donde hubiera mucha gente— no iba a negarme a él. No muy en el fondo yo también lo necesitaba, le echaba de menos lo mismo que Samko y James.

Recogí los boletos y le di alcancé. Se sorprendió cuando sujeté su mano, pero no me rechazó. Deviant nunca me rechazaba.

—¿Qué hay en el Museo? —pregunté.

—Pinturas.

—Que interesante…

Desde donde nos encontrábamos tuvimos que tomar una desviación hasta el Museo Brukenthal, eran un trayecto cortó que decidimos hacer caminando. Deviant se pegó más a mi hombro sujetando con sus dos manos la mía.

—Oye, no iré a ningún lado —aseguré— Deviant, mi vida no está en la ciudad, pero por ningún motivo voy a dejarte solo.

—Es que nos haces falta, Samko te extraña y James casi no habla, la gente en el casino no me toma en serio y…

—Una cosa a la vez…—intervine—lo vamos a solucionar, por ahora, solo pensemos en todas esas pinturas que me obligaras a ver, ya después veremos qué hacer con tus hermanos, igual y podemos venderlos o yo que sé.

—Damian…

—¿Crees que es un poco tarde para darlos en adopción? Alguien podría quererlos.

—Eres imposible.

Intenté animarlo por el resto del camino, en parte porque también yo quería distraerme. La razón por la que odiaba venir a la ciudad era porque todos mis sentidos se ponían alerta. Había demasiado ruido y gente por todos lados. Me aturdían y me sentía saturado, mi mente codifica sonidos y olores para crear mapas mentales con trayectorias y señalamientos; era como buscar siempre la mejor ruta de escape en caso de necesitarla. No era algo que yo pudiera controlar, sino algo que es así por instinto como parte de mi naturaleza.

Conforme avanzaba escuchaba las conversaciones de todas las personas a mi alrededor, y no se trataba de que yo fuera la gran cosa,  pero el viento arrastraba las voces y me permitía escucharlas, aunque no todas con claridad. A eso debía sumarle el ruido de los autos, los pasos de la gente, las risas, los cubiertos al estrellarse contra la cerámica… todo al mismo tiempo. Era para volverse loco, sentía que la cabeza me estallaría de un momento a otro.

Cuando llegamos al Museo, el lugar estaba casi vacío, aunque no es que en algún momento estuviera a reventar de gente. Si bien los Cibinense eran personas que se interesaban por las artes, había demasiados museos en Sibiu como para que solo se llenara uno. La última vez que estuve aquí, fue por un viaje escolar, y honestamente esperaba no tener que volver.

—Es hermoso —dijo Deviant en cuanto estuvimos en la entrada.

Se suponía que recientemente le habían hecho remodelaciones, aunque yo lo seguía viendo exactamente igual. El museo Brukenthal estaba ubicado en la Plaza Mayor, era uno de los castillos más emblemáticos en Sibiu y motivo de orgullo para el pueblo.

—¿Sabías que fue construido en casi cinco años a finales del siglo XVIII, por un arquitecto vienés? —preguntó mi hermano, orgulloso de conocer la historia.

—Lo sé, —respondí— y también sé que es considerado un perfecto modelo de lo que es el estilo Barroco Tardío. Perteneció a Samuel Brukenthal, Gobernador de la Provincia de Transilvania.

—¿Cómo sabes eso?

—Ahí lo dice…—respondí mientras le entregaba un catalogó con información que había tomado en la entrada.

A decir verdad, recordaba la explicación que nos dio la profesora que nos trajo en aquella ocasión. Ella dijo que la primera colección fue establecida en 1790, pero que fue hasta 1817 cuando abrió sus puertas al público, permitiéndole así ser el Museo más antiguo de toda Rumania.

Era un edificio muy antiguo y singular.

Durante las siguientes dos horas Deviant me arrastró de aquí para haya por todo el lugar. Ya había perdido la cuenta de cuantas pinturas habíamos mirado, visitamos la biblioteca y recorrimos cada pasillo hasta que ya no pude más.

—Aun nos falta toda esta sección…

—Ve tú, ya me cansé —le dije mientras me sentaba en una de las bancas desocupadas.

—Pero falta poco.

—No puedo dar un paso más, ve y aquí te espero.

Deviant no parecía muy convencido, pero terminó aceptando; yo me quedé en el pasillo principal. Frente a mí iniciaba la exposición de las mil doscientas obras que componía toda la exposición y que contaba la historia de casi cuatro siglos de las principales escuelas de pintura, a saber; la escuela Francesa, la escuela Flamenco-Holandesa, la Española, la Austriaca, la Italiana y por supuesto, la escuela Alemana. Eso no lo recordaba, pero se escuchaba en el parlante. Lo que sí, es que casi las recordaba todas, por supuesto algunas se destacaban más que otras, dependiendo del estilo. Pero en lo personal, mantenía cierto interés en las obras de Hans Memling, Jan Van Dyck y Antonello Da Messina, pero entre todos, Pieter Brueghel era de mis favoritos.

Mi gusto por el Arte era muy limitado, el padre de Deviant me había instruido un poco, él solía decirme que mi temperamento podía ser controlado a través del arte. Y aunque jamás realice una sola pintura, aprendí a controlarme pues me resultaba tedioso limpiar la pintura del piso o las paredes cada vez que aventaba la paleta de colores o regaba los diluyentes, también me molestaba recoger los trozos de mis lienzos o la madera de los soportes. Así que prefería no romper nada y esperar a que mi clase de pintura finalizara sin accidentes, con el tiempo se dieron cuenta de que lo mío no eran las artes y me dejaron en paz.

Aunque no todo estuvo perdido, de alguna manera aprendí a disfrutar de la quietud de estos lugares. La Adoración a los Magos de Hans Memling estaba frente a mí, había sido pintada al óleo sobre una tabla en el año de 1479 y finaliza al siguiente, leí sobre ella en una revista, pero no había tenido la oportunidad de verla en persona.

Su estilo gótico me resultó llamativo. Mi mirada se perdió entre los detalles de las prendas de los brujos, era asombroso lo bien logrado que estaba todo, mientras capturaba cada detalle de esa pintura, pude escuchar que un grupo de personas se acercaba, por su voz supe que era extranjeros, pero no aparte la vista de la pintura.

Realmente había quedado impresionado con esa maravilla que colgaba frente a mí, hasta que un olor casi familiar me llegó desde la entrada principal. Instintivamente cerré los ojos: lo hacía cada vez que pretendía focalizar. Al carecer de la vista mis demás sentidos compensaban mi pérdida. Y en este caso, mi olfato funcionaba como un catalizador que iba descartando todos los demás olores para concentrarse exclusivamente en el que me interesaba. Era como una especie de colador, que me permitía separar.

Aun con los ojos cerrados, inhalé profundamente para exhalar por la boca. Repetí la operación, pero en esta ocasión, inhalé lento y profundo, contuve unos segundos y exhalé por la nariz —Lirio de Tigre —dije, mientras abría los ojos.

En ese momento fue como si todo hubiera sido presa de una quietud aplastante. Ya no escuchaba nada y lejos de ese suave aroma no podía sentir nada más. Frente a mí, la pintura se destiñó hasta que únicamente podía ver en ella la imagen de mi flor.

Sentí como cada musculo de mi cuerpo se destensaba mientras el aroma me llenaba. Me dejé envolver. Su olor estaba combinado con los que despedían las distintas texturas que le vestían, olores que no lograba distinguir con claridad, pero que hacían una mezcla excepcional y deliciosa. La gente de aquí no suele oler de esa manera.

Me esforcé por sentirlo lo más que pudiera; poco a poco fui dejando entrar otros detalles, a saber, su andar era armonizado y lento. Apoyaba con los talones, en vez de con la planta del pie; algo propio de la gente con clase. El ruido de la suela de sus zapatos al repujar sobre el piso creaba un leve zumbido. Los patrones que estaban tallados sobre ella impedían una pisada uniforme. Las hebillas por donde habían sido atadas las cintas hacían ruido tras cada paso. En resumen, su calzado era nuevo. En lugar de zapatos de vestir, podía adivinar que usaba botas y la persona que las vestía era de complexión delgada.

Evidentemente usaba pantalón, la tela, muy posiblemente mezclilla, se frotaba en la parte interna de sus muslos… ¿mujer? Sí, debía de ser, un hombre difícilmente caminaría con las piernas tan juntas. Sus brazos no rompían el movimiento cíclico del viento al zarandearse de adelante hacia atrás en ese meneo inaccesamente y coordinado. Pero sus dedos aruñaban la tela de la bolsa interna de su abrigo… Tenía frío.

Cuando cruzó justo detrás de mí, pude sentir también el olor a champú que su reciente baño había dejado sobre sus cabellos, mismos que no eran ni muy largos ni espesos, pero aun así, creaban un zumbidito ululante al chocar contra su mejilla y el cuello de su abrigo. Una característica que sería inusual en una mujer, pero completamente exótico en un hombre.

Ni siquiera tuve que pensarlo, me puse de pie y comencé a seguirle a una distancia prudente. No me había olvidado de mi hermano, pero esto era más importante e interesante, así que me dejé guiar por el leve rastro que su olor había dejado en el aire. Inconfundible. Único.

Un aroma que traía a mi mente la belleza de los Cárpatos. Esas estampas paisajísticas de un colorido impresionante con la que las flores silvestres solían vestir las coronas de las montañas más altas en primavera. No fue difícil encontrar a quien buscaba y cuando pude divisarle, tuve que contener el aliento. Con la reserva y la astucia de quien busca no mostrarse sorprendido, me recargué sobre una de las paredes, desde la cual podía mirarle sin escollos. —Lirio de tigre… —repetí.

Un ejemplar de gran belleza y singularidad, de color intenso. Mi flor crece únicamente en los riscos de los Cárpatos, soportando temperaturas de grados bajo cero, y aun así manteniéndose orgullosa e incólume a las fuertes ráfagas del viento helado. La persona frente a mi parecía tener todos esos rasgos.

Era increíble como dos flores tan distintas, pueden poseer el mismo olor. Y ambas llevar con tal altivez su belleza única e irreprochable. Pero debía reconocer que en mis deducciones había cometido un grácil error. Mi flor no era una mujer, tal y como había supuesto, sino un exuberante hombre joven. Su vestimenta gritaba en silencio la clase social a la que pertenecía. Vestía a escala de grises, prendas que, aunque resultaban demasiado formales para su edad, remarcaban cada uno de sus muchos atributos.

Lo que tenía frente a mí me gustó lo suficiente como para mantener mi interés en él, pero lo que realmente me atrapó nada tuvo que ver con su apariencia. Ese inesperado cambio en su olor me sacudió.

En muchas ocasiones había visto a la gente pararse durante varios minutos frente a una pintura mientras comentaban de ella emociones que realmente no sentían, pero en su caso no fue así. La caída de los Ángeles Rebeldes logró atraparlo. La miraba con cierto deslumbre, como no queriendo cerrar los ojos, ni siquiera para pestañar. Mostrándose seducido por las figuras grotescas que representaban a esos que más que ángeles, parecían demonios mitad humanos y mitad animales.

A grandes rasgos era una obra en la que Pieter contaba sobre el interminable conflicto entre el bien y el mal y las virtudes y los vicios. El pecado del orgullo que causó la caída de Lucifer y sus seguidores, expulsados del cielo por el arcángel Gabriel. En mi vaga opinión, el chico era demasiado joven para comprender con exactitud sobre pecados y vicios. Su expresión era más bien jovial y revoleteaba a su alrededor cierto aire de candor. Él si era tanto como ver a un Ángel.

Su piel de apariencia tersa y delicada parecía ser tallada sobre ágata blanca. Dichosa contrariedad; la sedosidad esculpida en una piedra preciosa. Su cabello era contrastantemente negro, largo hasta los hombros y lo lucía despeinado, sus hebras delgadas sucumbían fácilmente ante las rachadas de viento que lograban colarse por entre las puertas. Era un movimiento casi imperceptible, pero ahí estaba y me resultaba atrayente.

En un santiamén pasé de ser cazador a presa. Mi deseo era que me mirara con la misma fascinación con la que observaba la pintura. En ese momento el destino se volvió la escopeta, el chico la bala y yo el objetivo… Y que no puede hacer un lobo por su lozanía.

Avancé hacia él por su costado derecho, apreciando el empeño que había puesto al elegir su indumentaria. Llevaba una gabardina de cachemira en color gris oscuro que le llegaba a medio muslo, la lucía abotonada en las dos primeras hileras, dejando el último botón suelto. El Caleb anudado a la altura de la cintura remarcaba la forma de su cuerpo, dejando adivinar la estrechez de su cintura. Debajo usaba un sweater de lana “merino”, si es que mi vista no me fallaba, hecho casi imposible. Podía ver las siluetas del tranzado en las fibras de la tela, que le daban esa apariencia rugosa.

De él se desprendía ese olor extraño que no lograba reconocer, pero que perfumaba el ambiente. Un aroma fresco, el equilibrio exacto entre dulce y simple. Usaba también unos  jean negros, ajustados y que iban dentro de las botas de tipo militar. La forma en la que las cintas iban anudadas a las hebillas, fue de mi particular gusto.

Un poco más ansioso de lo que me gustaría aceptar, terminé de llegar a su lado. Bien dicen que el filósofo hace lo que puede con lo que tiene, yo tenía mil doscientas pinturas… ¿De qué más podía hablarle?

Caderea Îngerilor rebele —le dije, mencionando el nombre de la pintura — Cum ar fi? —pregunté. En ese momento sus ojos se encontraron con los mios y sus mejillas se pusieron como la grana.

 

PSLN 3 – Martín

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A pesar de las comodidades que un avión privado puede ofrecer, y de las escalas durante el trayecto, el vuelo de cuarenta y dos horas fue tan extenuante que sin haberme bajado del avión aún, en mi interior ya estaba lamentándome por la perspectiva de tener que hacer el recorrido de vuelta.

Cuando finalmente aterrizamos en uno de los hangares del aeropuerto internacional de Sibiu, la curiosidad y la ansiedad por conocer aquel lugar que se presentaba ante mí como algo nuevo e interesante y acerca del cual me había documentado, habían disminuido notablemente su intensidad y estaban aletargadas en mi interior; cuestión que solo se le puede adjudicar a una nada desdeñable capa de cansancio.

Le ofrecí la mano a mi abuela y una vez que ella se puso de pie, con un evidente esfuerzo que demostraba su cansancio, le di un rápido vistazo para asegurarme de que se encontraba bien. Colgué su mano de la parte interior de mi codo, tomándola de gancho y juntos esperamos a que abrieran la compuerta.

La noche era cerrada. El primer recuerdo que para siempre guardaré acerca de Sibiu será sin duda la sensación del choque térmico, cuando luego de abandonar el cálido capullo aclimatado de la cabina del avión, me estrellé de lleno con sus bajas temperaturas. El aire gélido tensando mis mejillas y entrando a mis pulmones fue revitalizante y me obligó a espabilar, de manera que estuve completamente despierto y alerta durante el recorrido desde el aeropuerto hasta el hotel.

Lo que logré ver a través de una ventanilla de auto que se empañaba constantemente a causa del frío y que yo me empeñaba en despejar negándome a que se me arrebatara la magia de la primera impresión, fue algo que me emocionó; y cuando hablo de emoción no me refiero para nada a la sensación de euforia que precede a la diversión, al derroche y al desorden, sino a una de bienestar que me envolvió por completo. El lugar logró hechizarme con la bohemia que yo podía percibir que se ocultaba en sus calles y en la antigüedad de sus edificaciones llenas de historia.

Pletórico y encantado con lo que veía, observaba a mi abuela de hito en hito, mudamente agradeciéndole por llevarme con ella a ese lugar. Un lugar que me llenaba de sosiego, algo que yo quizá deseaba demasiado aun sin saberlo. Ella se limitaba a sonreírme con suavidad.

El hotel se alzaba orgulloso e imponente en un sector donde la mayoría de edificaciones eran de menor altura y más clásicas a las que parecía robarles protagonismo con su iluminación y modernidad, pero a pesar del contraste convivía armoniosamente con el resto de la arquitectura. Era un bloque rectangular, fuerte y estético.

Mi abuela y yo compartiríamos una suite. Pudo haberme alquilado una habitación solo para mí, pero sé que en su mente el que yo tenga dieciséis significa que soy demasiado joven para dejarme solo en una habitación de hotel en un país que desconozco. No puedo culparla.

Después de que ella despachara al botones yo me dirigí a una de las estancias adjuntas, allí me dejé caer en una de las camas, con el deseo de quitarme el calzado removiéndose en mi interior como algo violento. Macarena comenzó a explicarme que el hotel en el que nos alojábamos estaba ubicado en pleno corazón de Sibiu, a pocos pasos del Teatro Nacional Radu Stanca y cerca del museo Nacional de Brukhental, del museo de historia y Piata Mare. Ella podría ganarse la vida como guía turístico, si quisiera, o pedir comisión a la administración del hotel, por la manera en la que enumeraba las muchas bondades de su ubicación.

No puedo decir con certeza en qué momento dejé de escucharla y me dormí, o durante cuánto tiempo lo estuve; tampoco puedo explicar cómo es que ella, que tiene encima unas cuantas décadas más que yo, es tan resistente y ha aguantado esta travesía mucho mejor; pero lo siguiente que recuerdo es a mi abuela sacudiéndome por un hombro, preguntándome qué tipo de comida debería pedir para mí y si quería tomar un baño mientras esperábamos.

— ¿Comida? ¿Qué no es como media noche ya?— Dije con la voz adormilada. La verdad era que había perdido por completo la noción del tiempo, y aunque abrir los ojos me costó horrores y el cansancio me pesaba incluso más que antes, sentía que había dormido durante horas.

—No es tan tarde, querido. Son cerca de las 9:00 de la noche.

La idea de darme un baño me atrajo más que la de la comida, sin embargo sabía que ella no se quedaría tranquila sino me veía comer. Además, también sabía que me sentiría fatal si dejaba bajar demasiado mis niveles de azúcar.

—Iré a tomar una ducha. Pide lo que desees, comeré con gusto—. Me dirigí al baño con mi teléfono celular en la mano, dispuesto a comprobar si el servicio de roaming estaba activado y si mi número continuaba teniendo cobertura. En efecto tenía señal. — ¿Cuál es la clave del wifi?

Cuando ingresé la clave, que para mí alivio era numérica ya que no sé rumano, ni húngaro y mi alemán es bastante pobre, las señales de los mensajes comenzaron a llegar.

El mensaje de Javier tuvo la capacidad de podrir momentáneamente mi estado de ánimo y casi hacer que me ahogara con la espuma de la pasta de dientes mientras leía. Su mensaje tenía todo el tinte del desespero y la poca disposición a la resignación. Él escribía acerca del amor con tanta ligereza, que me pareció ofensivo. El hecho de que yo sea joven no me convierte en alguien fácilmente impresionable. Yo hubiese preferido que él solo me hubiera dicho con sinceridad que quería que yo continuara sentándome en su regazo y seguir chupando los dedos de mis pies, a que me subestimara al pensar que soy de esos a los que se le tiene en la palma de la mano al mencionársele la palabra «Amor».

Tengo muy claro que la atracción física por alguien no es algo que pueda, o deba, llamarse amor. Puede que él ame el sexo conmigo, pero nada más; porque fue lo único que le permití obtener de mí… Sexo. Ese apego fue lo que me hizo alejarme, porque me asusta que me absorban, que lleguen a conocerme tanto que sepan cuáles pueden llegar a ser mis debilidades. No, jamás le permitiré a nadie llegar a tener ese tipo de control sobre mí… Yo solo me quedo hasta que deja de ser divertido. El amor no suena como algo divertido, suena como algo absorbente y paralizante que anula la voluntad. Y menos estoy dispuesto a quedarme al lado de alguien el tiempo suficiente como para que lleguen a ser ellos quienes me digan que me aleje de su lado.

***

La vista desde la ventana de la suite era algo increíble. La pintoresca imagen tenía el encanto de una postal. Los Cárpatos nevados que convertían la línea horizonte en algo informe, la perspectiva de poder visitar los museos, la parte antigua y las zonas cercanas a la montaña me llenaba de emoción. Sin embargo mi abuela tenía otros planes para nuestro primer día en Rumania.

Sus asuntos de negocios, relacionados con las franquicias de la cadena de joyerías, reclamaron su atención y su presencia durante la mayor parte del día, aun a pesar de ser domingo. Así que mucho me temo que en más de una ocasión me encontré a mí mismo deseando haberme quedado encerrado en el hotel, en lugar de tener tan a mano tantas opciones maravillosas y no poder convertir ninguna de ellas en una oportunidad que aprovechar. Me consolaba el hecho de que aun tendría diez días por delante para convertir la visita a esa exuberante tierra extranjera en algo de verdadero provecho que dejara alguna marca en mi memoria, aparte de la prometedora vista a través de las ventanas de restaurantes y locales.

Fui educadamente ignorado durante todo el día. Debido a la barrera idiomática debí permanecer alrededor de mi abuela, ya que ella habla alemán con fluidez. Bastante rápido descubrí que los cibinenses son muy orgullosos y protectores con su cultura y raíces como para apreciar el que alguien les hable en inglés, que es lo que estuve haciendo hasta que mi abuela, apiadándose de mí, me hizo notar la incomodidad y el malestar que les producía. ¿Quién diría que después de siglos, los europeos aún seguían pensando en «el nuevo continente» como un lugar recién nacido y vulgar? Una pena, porque mi inglés es excelente. Hice lo más sabio y me decidí por un educado mutismo que esperaba no fuese tomado de peor manera que el hablarles en un idioma que aborrecían.

Al día siguiente me levanté decidido. Sibiu no era una ciudad excesivamente grande como para no poder enfrentarme a ella. No tenía intensión de aventurarme a los bosques, a pesar de que la idea de poder hacer algo semejante era bastante atractiva, pero en definitiva ese no era un argumento que me ayudaría a lograr mi cometido.

Eran cerca de las 10:00 de la mañana y yo aún continuaba vistiendo el pijama mientras desayunábamos en el pequeño comedor de la suite. Mi abuela en cambio estaba de punta en blanco, y aunque durante el día ella siempre se veía como si en cualquier momento fuese a recibir la visita de algún obispo, ministro, o celebridad, el esmero extra me decía que ella ya tenía planes. Cuando la vi sonreírme con culpabilidad supe que lo más seguro era que esos planes no incluyeran algo que yo quisiera hacer. Su sonrisa incómoda me demostraba con certeza que yo había fracasado estrepitosamente cuando el día anterior pretendí que ella no notara mi molestia y mi decepción.

— Querido mío, lo siento— Pasó directamente a disculparse sin darme una explicación, porque no era necesaria—, es posible que esta tarde, o quizá mañana, podamos hacer algo de turismo tú y yo. ¿Quieres ir conmigo hoy? Sé que mis citas de negocios no te han de ser entretenidas pero… — No sé qué vio ella en mi cara, pero la expresión que le imprimió a sus facciones me hizo sentir culpable, después de todo ella había viajado allí por negocios y no para mi distracción; solo había tenido la amabilidad de llevarme con ella—. Quizá yo pueda cancelar lo de hoy…

—Nada de eso— me apresuré a interrumpirla—, tú irás a atender lo que sea que tengas pendiente y yo iré a hacer turismo por mi cuenta. Esta es una ciudad pequeña y tú dijiste que era muy segura. Solo quiero ir al museo Brukenthal, está cerca y te prometo que después de eso volveré aquí a esperar por ti. Solo necesito un mapa de los que hay en la recepción del hotel y tengo esto —Agité mi teléfono celular—, podrás llamarme cada quince minutos si gustas. — Yo esperaba firmemente que ese argumento valiera con alguien que casi enloqueció cuando mi madre me regaló un auto para mi último cumpleaños—. No debes preocuparte de que hable con extraños, no les entiendo o ellos a mí de todos modos.

— ¿Cómo crees que voy a dejarte andar solo en un lugar que no conoces? ¿Acaso piensas que estoy loca? Peor aún, ¿Piensas que soy como tu madre?

¿Cómo mi madre? ¿Acaso quería decir permisiva, confiada y en absoluto poco limitante? Justo los atributos que yo hubiese preferido que tuviera la persona que me había llevado a un lugar como en el que estaba y me moría por salir a explorar. En lo único en lo que se estaban pareciendo en ese momento era en dejarme de lado a causa del trabajo, y yo que siempre me jactaba diciendo que no sufría del mal de desplazamiento paterno del que se quejaban algunos. Solo estaba diciéndole que quería ir a uno de los museos, por amor a Dios.

Bueno, eso no había salido muy bien. Incluso yo era capaz de entender sus prevenciones y darle la razón. Entonces no me quedaba más opción que echar mano del dramatismo. Jamás se gana una discusión con esta mujer a base de reproches o reclamos.

Sonreí sin mostrar los dientes. Una de esas sonrisas de payaso triste que suelen estar solo un peldaño por debajo de los ojos aguados; expresión que, para mi vergüenza, no me había costado demasiado adoptar. Tomé  una de sus manos por encima de la mesa y entonces solté un suspiro cargado de sentimiento de derrota.

— No importa, solo me basta con pasar tiempo contigo. Esperaré aquí en el hotel hasta que tengas tiempo. La vista es hermosa, tal como dijiste que sería, así que procuraré entretenerme con eso mientras espero por ti.

***

A las 11:30 de la mañana, después de muchas advertencias y abrazos en los que se me susurró que tuviera mucho cuidado, salí con rumbo al museo Brukenthal en un taxi contratado por el hotel, que me dejaría al frente y luego pasaría a recogerme pasadas tres horas. Lo mío me costó el convencer a mi abuela de que desistiera de hacerme acompañar por algún orangután sobre pagado. Es una exagerada. ¿Quién querría secuestrarme en Rumania, acaso?  Brukenthal… Mil doscientas razones tiraban con fuerza

PSLN 2 – Damian

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DAMIAN

Sibiu, Transilvania.

En medio de tanta quietud no me percaté del momento en el que el sol abandonó el cielo; para mí que había sucedido con la velocidad de un parpadeo. Ahora mismo la oscuridad cada vez más densa lo cubría todo, finalmente había anochecido; una fría noche de principios de Diciembre. Frente a mí, el agua y la tierra convergían en una armoniosa serenidad que me extasiaba. Mures, aun con el paso de los años, mantenía ese misticismo que me atrapaba. Tal era su hechizo sobre mis sentidos que me creía perfectamente capaz de pasarme horas y horas observando el cauce acompasado del rio, mientras descendía hacia Alba Lulia.

La nieve fiel y propia de la estación caía lenta y seductora, creando una especie de sábana blanca que lo cobijaba todo, paradójicamente que lo congelaba todo.

Mis ojos recorrieron el panorama que se alzaba frente a mí, embelesados con las escabrosas y blanqueadas puntas de los Cárpatos Meridionales, que se alzaban soberbios sobre lo alto del cielo. Me imaginé en ellos. Hacía casi dos meses que no los recorría y estaba más que anhelante por volver; los añoraba.

Suspiré laxo, acomodándome contra la piedra que me sostenía. El bosque me relajaba; tenía el poder de apartar de mi mente todas mis preocupaciones. Lamentablemente no tenía el mismo efecto sobre mis lobos, quienes detrás de mí y en completa impaciencia simulaban aguardar obedientes hasta que les dijera que la hora de cenar había llegado. No era un vicio constante, pero habías días en los que se los permitía tan solo para que no perdieran la mala costumbre. Las presas humanas eran como premios para ellos. Y solo habían aguardado conmigo porque intuían que la recompensa lo valía.

En el reino salvaje los rebaños no se mueven al azar, viajan de un lado a otro, pero cada cierto tiempo vuelven al mismo punto. En el reino humano el rebaño se asienta y jamás se mueve; aun si el agua y comida comienzan a escasear ellos permanecen; es estúpido, pero hasta cierto punto me facilitaba el trabajo. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado a no subestimarlos. Aun si con ambos es la fuerza bruta la que los somete, cada rebaño requiere una estrategia diferente.

Vamos —. Dije, mientras me ponía en pie.

Los cinco me imitaron y sacudiéndose los vestigios de nieve sobre su jaez hicieron una especie de fila maltrecha liderada por Dayner. Llevaban un ritmo singular, como si dieran el paso al mismo tiempo para justo después dar el otro y así sucesivamente. Verlos me recordó el chapoteo de las primeras gotas al caer, justo antes de la llovizna.

Nos internamos por el sendero angosto de pinos altos y de troncos delgados que recientemente habían sido invadidos por sauces chaparros de follaje espeso. Era una extraña combinación, aunque también un atajo discreto hacia los límites de la zona baja de la ciudad.

¡Esperen aquí! —. Ordené en cuanto llegamos a la parte llana de la carretera.

Dayner no quiso esconderse, si bien no había nadie cerca tampoco me agradaba que se atreviera a desafiarme, sobre todo delante de los más jóvenes quienes, por cierto, observan atentos sin perder detalle de nada. Nuestro periodo «juntos» estaba por llegar a su fin y la situación se había vuelto tensa, sin embargo, mientras estuvieran bajo mi protección me obedecerían.

Vuelve—. Exigí mientras lo enfrentaba. Pude ver el destello encendido de mis ojos como reflejo sobre los suyos. Aun con todo, Dayner no se inmuto. Su mirada terca y la postura desafiante me hicieron pensar que había pasado mucho tiempo desde la última vez que me obligó a recordarle con quien estaba tratando.

Le miré muy por encima como dándole a entender que la agresividad que reflejaba no me preocupaba y que, si no desistía, iba a meterse en serios problemas conmigo. Eso sin mencionar que les cancelaría la cena y tendría que cargar con la culpabilidad de cuatro estómagos hambrientos. Nada parecía convencerlo y cuando gruñí molesto fue la última oportunidad, no iba a trasmutar de a gratis, si no me obedecía se terminaría convirtiendo en la cena. Con esa última advertencia puesta frente a nosotros, Dayner regresó sobre sus pasos y se escondió entre los arbustos.

Crucé la carretera internándome entre los callejones angostos y descuidados de ese barrio corriente; lo peor de Sibiu vivía en esta zona, así que era el lugar perfecto para cazar sin «remordimientos». No lo digo por mí, pues jamás he sentido tal cosa.

Hubo un poco de ir hacia la derecha después hacia la izquierda para volver a girar a la derecha y de ahí hasta el fondo, justo donde comenzaba la zona de burdeles y hosterías. No fue de extrañar que pese a la hora y el frío que hacía, hubiera mucha gente en las calles.

Sobre el límite amurallado de la ciudad había una fila larga de prostitutas ofreciendo lo que mejor saben hacer, no me tomé la molestia de mirarlas pese a que algunas incluso se atrevían a hablarme y acercarse con ese desagradable olor a sexo que destilaban mientras contoneaban sus cuerpos pálidos, lánguidos y maltratados.

Soy enemigo de pagar por lo que puedo obtener gratis. A mis veinticuatro años, con casi un metro noventa y siendo oriundo de Covasna, poseo los rasgos propios de una descendencia muy antigua y privilegiada de nativos de piel morena. Sexo y dinero son dos cosas que no me faltaban y que, por el contrario, me doy el lujo de rechazar si no llenan mis rigurosas expectativas.

Tomé una última desviación y salí hacia un vergel. Había bancas de madera alrededor y la escasa iluminación de los reflectores reunía bajo ellos a varias personas que habían traído a sus hijos para que jugaran, era una tradición. Sin embargo, a quien había venido a buscar se encontraba al otro extremo, lejos del bullicio. Había sentido su olor mucho antes de poder mirarle.

Llegué a su lado y me senté.

Creí que no vendrías…—. Dijo en cuanto me vio y la angustia en su voz fue palpable.

¿Tanto así te hice esperar? —. Respondí, con fingida preocupación. Asintió y para distraerle me acerqué y le besé.

Aun en estos lugares gélidos hay flores tan delicadas y pequeñas que sobreviven a la crudeza del invierno manteniendo su belleza y su gracia. Entre mis brazos tenía una de esas flores, una que vivía en medio del fango; pero hasta antes de conocerme se había mantenido en inusual pureza. Una sola mancha no había podido encontrar en sus pétalos.

Me contaron que habías vuelto con esa mujer—. Susurró cuando me separé—Tenía miedo de que no vinieras.

Tú eres el único que me importa—. Dije mirándolo directamente a los ojos. Él sonrió y me abrazó.

Humanos. Son tan fáciles. Aunque hay que saber endulzarles el oído, reconocer cuáles son sus necesidades y llenarlos de todas ellas, lo demás es cuestión de tiempo y en nombre del «amor» son capaces de hacer lo que sea… lo que sea—. Voy a llevarte a un lugar especial —agregué —ya verás que bien la pasamos.

¿Adonde? —. Preguntó emocionado.

Es una sorpresa.

Volvimos por el camino. Iba a mi lado y parloteaba de cosas a las que no le prestaba atención, sin embargo asentía cada cierto tiempo para que creyera que le escuchaba. Ahora mismo no podía recordar cuantos años había dicho que tenía, ni su nombre. Pero con tal de complacerme me dejaba hacerle de todo y eso sí que lo recordaba. Tal vez esta sería la cualidad que más extrañaría de él, aunque lo dudo, después de todo ya le tengo preparado un digno remplazo.

Llegamos hasta la carretera y dejé escapar un silbido aparentemente casual. Él no pudo percibirlo, pero claramente escuché a los lobos reagruparse; tenía planeado dejar que se divirtieran un rato así que cada uno hecho andar a una distancia considerable el uno del otro con la finalidad de abarcar más terreno. Había algo más que tenía que decir sobre el tipo que me seguía, si bien propiamente él no había hecho nada malo, su padre le debía mucho dinero a la gente equivocada y había sido mi deber cobrarlo. Pagué su deuda y acepté como garantía al muchacho.

¿Al bosque? ¿A esta hora? —. Preguntó nervioso cuando vio que me encaminaba en esa dirección. Se detuvo aun con los pies en la carretera y esperó por mi respuesta. Su corazón latía desbocado en su pecho, era su instinto de supervivencia gritándole que se detuviera.

Por casualidad encontré este lugar… —dije girándome para mirarlo y fingí decepción—. Cuando lo vi pensé en nosotros, en que quizá te gustaría y sobre todo en que quería compartirlo contigo, pero si no quieres venir… No te voy a obligar. —Me aseguré de que mi mensaje fuera claro pero sutil, no tenía que venir conmigo pero si no lo hacía me haría sentir mal. El poder del sentimentalismo salió a flote acallando su instinto y simplemente se dejó llevar.

No, si quiero ir… ¡Lo siento!

Seguí caminando, ahora con él de mi mano, le ignoraba porque de esa manera estaría distraído en contentarme y no pondría atención en el camino. Nos adentramos lo suficiente como para que nadie pudiera oírnos. Dayner nos seguía desde atrás, a la espera de mi señal.

Simplemente me solté de su mano y el lobo comprendió que era el momento de atacar. Gruñó detrás de nosotros mientras salía de entre las arboladas. Su gruñido estridente logró que mi acompañante se tensara en su lugar mientras ambos le mirábamos avanzar hacia nosotros a paso firme. Dayner llegó a mi lado y aun con las orejas en punta y mostrando las fauces junto con esas dos hileras de peligrosos dientes, me dedicó una rápida mirada. Era un hermoso ejemplar de lobo: de dos años; fuerte, astuto y despiadado. Como todo buen lobo debe serlo.

Va a matarnos—. Susurró el chico, pálido del miedo.

¿Matarnos? —reparé—No, solo te matará a ti. El lobo volvió la mirada sobre su ahora presa y se agazapó dispuesto a saltar sobre él.

¿Qué haces aquí? —Regañé al chico—¡Corre!

Como si acabase de despertar de un mal sueño, reaccionó y saltó a la carrera. Dayner esperó, pero sin apartar la mirada de él, Anya y Oda abandonaron sus escondites y se colocaron detrás. Seguían una estricta jerarquía al cazar, Nieve y Viento esperaban al otro extremo, muy por delante, pero ellos no atacarían hasta que se les ordenase.

Me deshice de mi ropa y mientras veía a mis lobos perseguir a su presa, apenas y sentí el cambio, un simple temblor en el cuerpo y caí sobre mis cuatro patas. Uno de mis mayores placeres es verlos en acción. Cuando se trata de humanos, yo elijo, Dayner guía a su manada, justo como ahora, Anya y Oda acosan siguiendo a la presa por los costados. La intención era cansar al chico y cuando ya no pudo más Dayner de nuevo aparece, desde mi sitio privilegiado lo observé lanzarse sobre la presa para derribarlo. Lo tomó por el tobillo y lo arrastró entre las raíces. El grito desgarrador que profirió el chico despertó mis ganas; su llanto era una escandalosa melodía embriagadora.

Anya y Oda lo atraparon por los brazos desprendiendo piel y músculos al jalarlo por sus extremidades. El olor a sangre se intensificaba conforme avanzaba hacia ellos… Gritos, lamentos y llanto incesable; el olor de terror que desprendía su cuerpo ahora casi destrozado y desangrándose, su dolor; todo era sofocante, delicioso.

Los humanos aman tanto su vida, aunque en el ir y venir diario lo van olvidando hasta que están a punto de perderla; sin embargo no se resignan con facilidad, por el contrario, luchan incesantemente.

Son frágiles, al final siempre mueren. Ese es mi instante favorito… Verlos morir.

Todo comenzó a suceder como en cámara lenta. Me acerqué un poco más y vi como su aliento formaba figuras de vaho que viajaban alrededor de nosotros. Cuando abrió los ojos yo estaba justo enfrente de él, mi nariz casi le tocaba. Vi su terror, me deleité con sus ojos saliéndose de órbita mientras gritaba cada vez que mis lobos tiraban de su cuerpo. En algún momento nos miramos fijamente, y cuando creí que ya no podría mostrar mayor temor, su rostro se contrajo en una mueca de horror. No lo culpaba, mi tamaño comparado al de los otros lobos era descomunal, mi pelaje negro como la noche y podía ver el brillo de mis ojos ambarinos en los suyos. Estaba dispuesto a dejarlo morir lentamente, que se desangrara por las heridas, pero matar era un privilegio del que me gustaba vestirme. Avancé rápido, en un abrir y cerrar de ojos ya tenía su cuello entre mis dientes; de un tirón desprendí un pedazo de piel que engullí sin masticar. La sangre comenzó a brotar en chorros más fuertes conforme yo iba apretando. Sus latidos débiles retumbaban en mis oídos y también podía sentirlos en mi lengua, que apretaba contra su cuello.

Murió antes de que siquiera comenzara a disfrutarlo y en cuanto sucedió, perdí el interés. Me retiré mientras dejaba que mis lobos se sirvieran a sus anchas. De nuevo el vacío, casi siempre era igual; el sentimiento me consumía y me aplastaba. Era como si después de haber corrido durante horas por una presa, esta se me hubiera escapado de entre las garras y todo el esfuerzo había valido nada. Entonces me quedaba ahí, en medio de la oscuridad y la espesura del bosque, respirando cansado y muriéndome de hambre.

Así cada día de mi vida desde hace muchos años…

Mi nombre es Damian, heredé un gen recesivo que ha permanecido en mi familia durante generaciones, pero mi linaje como Huargo se remonta a los años 2941 de la Tercera Edad. Como lobo, vivo sin privaciones ni obligaciones y con la libertad de correr tras sombras, olores y sonidos a mi antojo, pero sobre todo, sin remordimientos. Mato para alimentarme o por aburrimiento, no me importa. Como humano, soy casi como cualquier otro; disfruto de cuanto placer se me pone enfrente, a saber, me encanta el sexo esporádico, difícilmente paso dos noches en una misma cama, aunque hay sus dignas excepciones, pero eso sí, no me ato a nada ni a nadie.

Sin embargo puedo llegar a encapricharme con una conquista difícil si considero que lo vale, mi buen ojo nunca falla en ese tipo de cosas. Si quiero algo, indudablemente lo conseguiré, como sea, basta que lo desee para que sea mío.

Amo el bosque, la ciudad me enloquece. A veces en las peleas cuerpo a cuerpo se me pasa la mano y he llegado a matar, pero casi siempre se lo merecían. Solo tengo tres puntos ciegos, Deviant, James y Samko. Quien se mete con mis hermanos, recibe un pase VIP para visitar a mis lobos y saludar a mis cuarenta y dos dientes cuando estén entorno a su cuello.

Soy lo que se supone no existe, el punto medio entre lo humano y lo sobrenatural y pese a lo que pudiera parecer, mis intenciones siempre —siempre— son mucho peores de lo que parecen.

PSLN 1 – Martín.

2

Perorata Sobre la Nieve.

 

1

Prólogo

El techo de mi habitación no tiene nada de interesante y aun así llevaba cerca de quince minutos absorto en su contemplación, como si ese fuese uno de los más grandes placeres de la vida. Me molesta bastante cuando la nada es capaz de abstraerme de tal manera de la realidad y sumirme en un estado contemplativo, haciéndome gastar un tiempo que bien  podría estar invirtiendo en cualquier cosa de verdadero provecho, pero al parecer el picor de la decepción me estaba afectando más de lo que me gustaría reconocer y esa era una de las consecuencias.

No es que fuese a deprimirme por ello… Tampoco estaba entre mis planes hacer algún tipo de escena u ofenderme hasta puntos inmanejables, pero en definitiva es un incordio, además de bastante molesto, el que después de varias semanas endulzándome con la perspectiva y la planeación de un viaje, mi madre me dijera a última hora que no podremos ir. Sobre todo es molesto si eso significa que me quedaré más solo que la 1:00 en una plaza, porque todos mis amigos tienen planes y yo no estoy incluido en ninguno de ellos, ya que se suponía que dentro de cinco días yo iba a estar rostizándome y cocinándome en mis propios jugos en las playas de Ko Chang, Tailandia.

Mi madre se había encargado de dotar este viaje de cierto misticismo con el que al final logró envolverme. Se suponía que sería algo especial porque dentro de unas cuantas semanas será mi cumpleaños número diecisiete. El último año de mi vida en el que ella tendrá un yugo legal alrededor de mi cuello; aunque ella tuvo el suficiente tacto para decirlo de otra manera. Dijo la cursilada aquella de que este sería el último año en el que yo sería su bebé, cosa que, por cierto, dejé de ser hace mucho tiempo. Además, estoy a un mes y medio de iniciar mi último año en el instituto.

Yo podría fingirme ofendido hasta el punto de hacer sentir culpable a mí madre y obtener así algún tipo de beneficio; pero debo ser justo y no lo haré por dos razones: la primera de ellas es que, a pesar de que soy completamente capaz de encontrar el atractivo visual en la paradisiaca escena con el sol, la arena, los atardeceres naranja, las playas de arenas blancas y las palmeras y los cocos incluidos, la verdad es que el calor tropical no es para nada lo mío; en realidad el calor en general no es lo mío. Me parece por completo incómodo, exponerme durante más de unos cuantos y saludables minutos al sol significa que no podré disfrutarlo realmente, porque aunque utilice bloqueador solar con factor de protección de un millón, el resultado inmediato será que me ponga más rojo que un semáforo atascado en la señal de stop y las siguientes dos semanas me las pasaría deshollejándome a cámara lenta y pasando por el desagradable proceso del cambio de piel, como si fuese yo algún tipo de reptil.

Estaba dispuesto a dejar de lado mi aversión natural por el sol excesivo porque nunca he estado en Tailandia y siempre es interesante aprender acerca de otras culturas y en definitiva no hay mejor manera de hacerlo que viviéndolo de primera mano; por supuesto también porque siempre es agradable pasar tiempo con mi madre y porque creo que habría sido por completo excitante tener tan a mano la posibilidad de darle algo de colorido étnico a mi abanico sexual, incluso si al final decidía pasar toda la estadía «en blanco»; no porque haya una oportunidad hay que tomarla, lanzándose de cabeza, pero en definitiva siempre es bueno que esté allí, solo por si acaso. No iba con la firme idea de tener sexo con alguien, Dios sabe que eso habría sido una locura con mi madre al pendiente, pero si hubiese llegado a presentarse la oportunidad, en mi mente me había empeñado en que fuese con un nativo, nada de turistas. ¿O es que acaso alguien que va a Italia pasa por alto la gran variedad de la gastronomía local y pide hamburguesa en los restaurantes?

Quizá al principio yo no había estado muy receptivo con la idea, en el fondo porque estaba obligándome a mí mismo a mantener las expectativas bajas para no sufrir una decepción —cosa que al final ocurrió— pero una vez que comencé a recabar información acerca del lugar y se acercaba la fecha del viaje, la idea sinceramente comenzó a emocionarme y mi buen ánimo y emoción crecieron al ver que con el paso de los días mi madre parecía firme en nuestros planes. Creo que con esto último canté «¡Victoria!» demasiado pronto, y no conté con su habilidad para encontrar ocupaciones de último minuto que no pueden ser aplazadas.

La segunda razón por la que no voy a enloquecer a causa de la indignación es que Mimí, mi santa madre, realmente se esfuerza por pasar tiempo conmigo a pesar de sus múltiples compromisos y las interminables horas de trabajo. Así  que supongo que debo conformarme con aquello de que es la intención lo que cuenta. Jamás se lo diré, porque la amo demasiado y me niego a romperle el corazón pero, aunque soy por completo capaz de percibir las fuertes oleadas de amor maternal que ella emite y que chocan incesantemente contra mí, y del hecho de que siempre esté en los momentos realmente importantes y cruciales de mi existencia, en el fondo ella es en gran medida eso que siempre ha temido: Una mujer demasiado ocupada que ejerce de mamá sólo a medias. Me ama entrañablemente, se preocupa por mí, me complace; si la necesito conmigo ella definitivamente estará a mi lado en un segundo y se tomó increíblemente bien el bombazo que le lancé cuando tenía once, al confesar que prefería a los chicos de la manera más desenfadada, pero en definitiva ella no tiene el tiempo suficiente y eso la lleva a que cuando su agenda me abre un hueco, o su sentido de mamá le dice que algo ocurre, quiera suplir su ausencia con sobreprotección e interrogatorios que la ayuden a «ponerse al día» en uno de los temas cruciales de su vida: Yo. Sin embargo no es suficiente, porque si ella supiera la mitad de las cosas que hago a sus espaldas, lo más probable ser que ella enloquecería.

Sin ir más lejos, con respecto a asuntos que mi madre desconoce acerca de mí, acabo de dejar de montármelo clandestinamente con uno de los programadores que trabaja para ella en su agencia de publicidad; el señor Javier «Tengo-un-tremendo-fetiche-con-tus-pies» Olsen. Al recordarlo no puedo evitar que se me escape una sonrisa al pensar en las magistrales pajas que él solía prodigarse con la ayuda de mis pies y una considerable cantidad de lubricante, o la manera tan entregada en la que lamía mis meñiques… De los pies; asunto que quizá me tomó por sorpresa la primera vez que lo hizo, pero que una vez que mi mente lo procesó no constituyó ningún tipo de problema porque lo último que alguien va encontrar en mí con respecto al sexo es que lo juzgue, y aquello tuvo lo suyo de interesante y excitante. ¿Quién diría que los pies tenían tal cantidad de terminaciones nerviosas aparentemente conectadas de la manera más descarada con la entrepierna?

Javier… Treinta y nueve años, una hermosa sonrisa, una exesposa y un tacto como  de seda para tratar con las personas, que hace que me incline a pensar que el mal final que tuvo su matrimonio fue por entero culpa de su ex, aunque quizá quepa la posibilidad de que su entusiasmo con el sexo con otros hombres haya ayudado también. Me gustaba su atención, apreciaba su entrega y su empeño en complacerme, pero aun así fui yo quien insistió en que todo entre nosotros terminara.

El caso es que el que mi madre cancele nuestro viaje en definitiva no suma puntos a su favor, aún si la mayoría del tiempo yo aprecio el hecho de que ella esté lo suficientemente lejos como para no estar al tanto de todos mis asuntos. Pero no le diré nada porque también sé que la culpabilidad ya se está encargando del asunto en mi lugar. Después de todo, fue ella quien me crio tan independiente como soy, así que habiéndome quedado siempre claro que no soy una especie de apéndice suyo, no tengo nada que reclamarle.

Ella tiene más cosas que admirar de las que pueda tener para reprocharle. No ha de ser fácil ser exitosa laboralmente y además tener que apañárselas para ser madre soltera e intentar suplir todas y cada una de mis necesidades. Así que creo que puedo empezar a caminar por el sendero del perdón, a pesar de que hace apenas un par de horas que abandoné la mesa del comedor de manera airada como única muestra de mi descontento, después de que Tailandia y sus playas paradisiacas se esfumaran de mi futuro inmediato.

Sólo cuando mi perro tiró de uno de mis zapatos al empezar a mordisquearlo, fui capaz de dejar de mirar el techo y de lamentarme por mi mala suerte, además de por la pérdida del brumoso, efímero y completamente imaginario amante tailandés de hermosos ojos rasgados y un cuerpo de infarto que adjudico a la práctica del Muay thai —Toda esta maravilla acompañada por el encanto de una personalidad interesante y a un considerable intelecto, por supuesto—. Estiré la mano hacia mi teléfono. Cuando lo tuve al frente comencé a pasar el dedo de manera perezosa por mi lista de contactos, con la enorme tentación de llamar a mi chica, mi gemela malvada, la voz nada sabia de mi conciencia, una de las pocas personas que mi ego me permite soportar, quizá la única persona que ha representado verdaderos y fuertes lazos de amistad en toda mi vida. Carolina.

Me la tiraría sin pensármelo dos veces sino fuésemos tan amigos que el sexo entre nosotros casi tendría el reprochable sabor del incesto.

Sacudí el pie y reñí a Julius Jones III para que dejara de llenar de babas mi zapato. Por supuesto mi perro me ignoró por completo y sólo logré distraerlo de su labor destructiva de calzado cuando comencé a rascarle detrás de una oreja y le dediqué por completo mi atención.

Deseché la idea de llamar a Carolina casi de inmediato. Llamarla a rumiarle mi molestia y disconformidad no habría sido justo; conociéndola sé que ella sería capaz de empacar sus maletas y abandonar la finca donde está pasando la época navideña con su familia. Familia que, por cierto, sólo visita una vez al año para no ver menguado su presupuesto. Ella es incapaz de dejarme de lado si la necesito y creo que esto a veces tiene como consecuencia que yo tienda a aprovecharme un poco; pero en mi defensa diré que eso funciona en ambas direcciones.

***

Con el pasar de los días el aburrimiento se aposentó cada vez con más peso e intensidad sobre mis huesos. Ir a la casa de campo de mi familia no tenía mucho sentido si debía hacerlo solo, así que no me tomé ni siquiera la molestia de abandonar la casa, además de que con esto reforzaba mi posición de indignación. Releí en tiempo record mi libro favorito e intenté que el tiempo pasara más rápido al perderme en la vacía distracción de la televisión. Al final me entregué a mis blocks de dibujo y a mis lápices, pues fuese cual fuera la situación siempre era en el dibujo donde terminaba encontrando cobijo y consuelo.

La visión de la cordillera desde la ventana de mi habitación había logrado hechizarme y la estaba plasmando a tamaño de un pliego con lápices pasteles a pesar de que los paisajes no son de mis favoritos para dibujar. Estaba absorto en lo que estaba haciendo, con el relajante sonido de las tizas al deslizarse sobre el papel y la deliciosa sensación de esparcir el color con los dedos, aunque mi profesora de arte, la señora Lilent, había dicho que esto era una mala práctica y que en caso de tener que crear una sensación brumosa o de sombras lo correcto era utilizar el difumino, pero la señora Lilent no estaba ahí en ese momento y de verdad me estaba gustando el resultado.

Tres rápidos golpes amortiguados, que apenas fui capaz de escuchar, precedieron a la intempestiva entrada de mi abuela y el final de la quietud de mi periodo creativo. Por alguna extraña razón ella piensa que el hecho de que la habitación esté insonorizada significa que no debe esperar a que yo le diga que puede pasar, porque asume que no la he escuchado anunciarse de todos modos. Un día de estos puede que se encuentre con algo que a ella con seguridad no le gustaría ver y será enteramente su culpa. Esta mujer fue criada en un estricto y estirado internado para señoritas en Londres donde le enseñaron a tomar el té con el dedo meñique estirado, pero tratándose de mí, ella ignora esta simple regla de la cortesía.

Mi abuela sonrió en mi dirección y yo le respondí de la misma manera, mientras abandonaba la tiza y me limpiaba las manos sacudiéndolas una contra la otra de manera  rápida para luego frotarlas con un paño. Ella se acercó a mí con los brazos abiertos y me envolvió con esa presencia imponente y protectora que no ha decaído con los años, sino que por el contrario parece acrecentarse. La abracé con fervor porque la amo y  porque ella no me perdonaría que no correspondiera su gesto. Mis fosas nasales se llenaron de aquel característico olor que reposa incrustado en lo más recóndito de mi memoria. Macarena me dio un beso en cada mejilla; ambos elegantes y delicados pero que aun así no carecieron de carácter. Me dejé envolver por el familiar aroma de su perfume y por la suavidad de su mejilla contra la mía.

—Querido mío— Cuando rompió el abrazo sostuvo mi rostro entre sus manos y me miró como lo hace siempre: Con devoción y absoluto cariño—. Dime, Martín, ¿Cómo has estado?

—Muy bien, abuela. ¿Tú?

—Oh, maravillosamente. Mucho mejor ahora que te veo, ya casi no visitas a tu pobre abuela. Te he extrañado tanto.

Se separó de mí y caminó hacia el caballete con mi obra a medias, contemplándola con detenimiento. Sé que cuando ella deje de ver mi dibujo me dirá que es maravilloso; es por eso que nunca he tomado su opinión acerca de lo que plasmo como una medida de mi talento. El amor la ciega por completo. Es una mujer consentidora y complaciente conmigo; desde que se mudó de esta casa, cediéndosela a mi madre al vendérsela por un precio irrisorio, ha insistido en que me vaya a vivir con ella —cuestión a la que Mimí se opone por completo, por supuesto—. Es una verdadera pena que ante la cuestión de mi sexualidad ella aún no haya dado el importante paso hacia la aceptación, y que con eso nuestra relación se haya resquebrajado un poco en sus cimientos. Todo está bien en tanto yo no mencione que también siento gusto por los hombres.

Otro par de zapatos de tacón alto entraron repiqueteando en la estancia y con ello tuve  a toda mi familia dentro de mi habitación. Fruncí ligeramente el ceño, extrañado con la situación y tomé asiento en mi cama en espera de una explicación.

—No puedo creer que vayas a aprovecharte de la situación, mamá. Sí, está bien, yo no voy a poder llevarlo de viaje como prometí, pero esperaba poder pasar tiempo con él—. Fueron las palabras de mi madre ni bien puso un pie dentro de mi habitación. Luego adoptó su posición de guerra: los brazos en jarra con los puños apoyados en la cadera—. ¡No es justo! ¿Qué es lo que pretendes? ¿Aparecer como la heroína mientras yo soy la villana?

Mi abuela se dio la vuelta con la gracilidad de una gacela y clavó sus bonitos ojos azules en los del mismo color de mi madre.

—No entiendo por qué mencionas una palabra tan fea y te ofendes de tal manera por algo tan sencillo. ¿Quién pretende convertirte en una villana, acaso? Ciertamente yo no. Tú no podrás viajar con él como lo habían planeado, ¿Es acaso justo que mi nieto se quede encerrado en casa mientras tú tienes asuntos que resolver? Sólo quiero pasar algo de tiempo con él.

— ¡Oh, vamos, mamá! Tú ni siquiera habías pensado en llevarlo contigo hasta que te dije que él estaba odiándome porque no iba a poder cumplir con mi promesa de tomar vacaciones juntos.

Bien, estaban hablando de mí como si yo no estuviera presente y mi madre pensaba que yo la odiaba, puff ,¿Qué pudo haberle dado esa idea? ¿Acaso era sólo porque llevaba un par de días ignorándola por completo y en lugar de llamarle Mimí, como lo hago siempre, estaba llamándola por su nombre de pila, a pesar del hecho de que yo sabía cuánto detestaba que hiciera eso? Pero qué delicada.

Una de las verdades de mi vida estaba poniéndose en evidencia una vez más: las dos mujeres de mi vida constantemente compiten por mi cariño, y no voy a negar que he sacado ventaja de esta situación a lo largo de mis días, pero a veces la cuestión podía convertirse en un verdadero dolor de cabeza porque por lo general significa que yo debo encontrar la manera de mantenerlas contentas a ambas; cosa que es bastante difícil cuando las dos están juntas en la misma habitación. Me es más fácil convencerlas de que reinan en mi corazón cuando debo enfrentarlas por separado. La relación de ellas dos es bastante tirante la mayor parte del tiempo y en definitiva yo no pensaba ser el motivo que utilizaran como excusa para sacarse los ojos.

—Mimí…— Vi como su expresión tensa se relajó un poco en cuanto me escuchó llamarla de este modo, y de inmediato me sentí culpable por haber estado siendo un cretino con ella—. Por supuesto que no te odio. Me molestó la cancelación de nuestro viaje, es cierto, pero soy capaz de comprender la situación y ahora que lo miro todo en frío, no hay ningún problema. En serio, todo está bien.

—Amor, perdóname. De verdad, de verdad quería hacer esto contigo, estar los dos juntos… Tenerte sólo para mí mientras aún puedo—. Ví en sus ojos que ella realmente lamentaba el haber tenido que cancelar nuestros planes y pensé que no era tan grave. Me gustaría poder transmitírselo—. ¿Cómo voy a poder compensártelo?

Es momento de matar dos pájaros de un solo tiro al complacer a la matriarca de mi familia y también dejar tranquila a mi madre.

—No tienes que compensarme de ninguna manera, pero si insistes en ello me basta con que resuelvas tus asuntos tranquila mientras yo escucho lo que la abuela tenga para proponerme. ¿De acuerdo?

Aun mirando a la abuela con algo de prevención, Mimí suspiró y asintió. Leo en su mirada que ella siente que ha perdido algún tipo de batalla, cosa a la que ella no está acostumbrada, pero tengo la certeza de que yo soy su punto débil.

—Está bien. Después iremos a algún lado tú y yo. ¿Sí?—. Sé que lo más probable es que eso no ocurra, o por lo menos no muy pronto, pero por su tranquilidad y la mía, finjo que le creo.

—Por supuesto que sí. Estaré esperando por ello—. Miré a la otra mujer de mi vida—. ¿Abuela? —Ella sonríe complacida.

—Quiero que vengas conmigo a un lugar precioso. Debo ir por negocios, pero no creo que estos absorban todo mi tiempo. Sé que te va a gustar tanto como a mí… Un lugar encantador llamado Sibiu.

— ¿Sibiu? ¿Eso queda en…?—Dejé la frase inconclusa porque no ubicaba el lugar en mi mente.

—En la zona central de Rumania, querido —Su voz resuma emoción, pero para ser sincero, en cuanto la escuché lo único en lo que pude pensar fué en la caricaturesca imagen del conde Drácula que aparece en las cajas de Cereales.

Mi nombre es Martín. De seguro hay cientos de cosas que yo podría decir acerca de mí para describirme, sin embargo solo diré una: Que mi juventud y lo que percibes a primera vista, no te engañe.

 

sinopsis perorata sobre la nieve

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El destino actúa como un imán que atrae a las personas predestinadas a coincidir; mueve montañas y hace que mundos paralelos converjan en un instante casi perfecto. Sin embargo, es la exquisita y justa combinación de pasión y deseo —escondidos en una mirada cautivadora y una galante sonrisa— los que pueden orillar a un lobo a desear a una flor ártica.

 

Damian vive dominado por una oscuridad que lo sobrepasa. Lo que es y lo que nunca llegará a ser lo han vuelto violento y mezquino. La sangre que ha manchado sus manos y sus pensamientos, se ha encargado también de enterrarlo junto con todos aquellos a los que ha asesinado. Una vida llena de excesos y desenfreno ha dejado de ser un aliciente y, pese a su juventud, ha descubierto que mucho se vuelve poco con sólo desear un poco más.

 

Hundido hasta el cuello no esperaba el golpe de suerte que representaría el conocer a Martín; un adolescente de dieciséis años a quien la vida le ha sonreído y privilegiado con belleza, inteligencia y sagacidad en igual proporción. Un niño amado que ha crecido en medio de lujos y regalos y por ende es muy difícil de complacer.

Martín representa todas las contrariedades que Damian aseguraba bajo ninguna circunstancia atravesar. No obstante, la belleza escandinava y su peculiar personalidad resultarán aspectos imposibles de ignorar, inclusive para alguien como Damian Katzel.

 

Martín es el tipo de persona que siempre dice lo que piensa sin ningún tipo de miramientos; de los que no se impresiona con la simple mención de la palabra Amor y de los que siempre cree tenerlo todo bajo control. Él es, después de todo, un chico fuerte y afortunado que maneja cada situación a su antojo, con entereza y con una sinceridad que la mayoría de las veces llega a ser algo cruel y que en más de una ocasión lo ha llevado a ser percibido como una persona sin demasiado interés por la salud emocional de los demás; pero bajo su piel hay más de lo que a simple vista se ve. En el fondo de su ser hay capas y facetas que muy pocos se han molestado en querer desprender para llegar al epicentro… Todo lo contrario a lo que ocurre con sus capas de ropa.

Martín tiene en su haber más historias que contar de las que alguien de su edad debería, y esto hace que haya muy poco que le sorprenda.

Por la mente de Martín jamás atravesaría, por ejemplo, la idea de verse y sentirse como alguien frágil que no las tiene todas consigo o que llegue a necesitar ser protegido o rescatado al más ridículo estilo de las damiselas de cuento, pues jamás permitiría que sus preferencias sexuales lo convirtieran en alguna clase de cliché. Sin embargo su encuentro con una tierra desconocida, y en cierta forma mágica, está a punto de hacer tambalear sus cimientos en más de una manera.

 

Dos mundos tan disímiles colisionan. Como si se tratase de una bala silenciosa, Martín logrará que Damian siga su trayectoria cruzando sus destinos bajo el manto de un romance corto e intenso en el que la pasión será el ingrediente principal.

 

El deseo los hará florecer y antes de que la posesión los marchite, estarán listos y con fuerzas renovadas para seguir el camino que los llevará a encontrarse con sus verdaderos y más grandes amores.

 

Nota:

Esta historia es una colaboración entre autoras. En ella convergen los universos de dos historias —Tu rastro sobre la nieve y Perorata de un malcriado enamorado—, en un tiempo anterior a aquel en el que los personajes se desarrollan y desenvuelven en sus respectivas historias. Para disfrutar de este relato no es necesario haber leído las historias raíz antes.