PSLN 3 – Martín

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A pesar de las comodidades que un avión privado puede ofrecer, y de las escalas durante el trayecto, el vuelo de cuarenta y dos horas fue tan extenuante que sin haberme bajado del avión aún, en mi interior ya estaba lamentándome por la perspectiva de tener que hacer el recorrido de vuelta.

Cuando finalmente aterrizamos en uno de los hangares del aeropuerto internacional de Sibiu, la curiosidad y la ansiedad por conocer aquel lugar que se presentaba ante mí como algo nuevo e interesante y acerca del cual me había documentado, habían disminuido notablemente su intensidad y estaban aletargadas en mi interior; cuestión que solo se le puede adjudicar a una nada desdeñable capa de cansancio.

Le ofrecí la mano a mi abuela y una vez que ella se puso de pie, con un evidente esfuerzo que demostraba su cansancio, le di un rápido vistazo para asegurarme de que se encontraba bien. Colgué su mano de la parte interior de mi codo, tomándola de gancho y juntos esperamos a que abrieran la compuerta.

La noche era cerrada. El primer recuerdo que para siempre guardaré acerca de Sibiu será sin duda la sensación del choque térmico, cuando luego de abandonar el cálido capullo aclimatado de la cabina del avión, me estrellé de lleno con sus bajas temperaturas. El aire gélido tensando mis mejillas y entrando a mis pulmones fue revitalizante y me obligó a espabilar, de manera que estuve completamente despierto y alerta durante el recorrido desde el aeropuerto hasta el hotel.

Lo que logré ver a través de una ventanilla de auto que se empañaba constantemente a causa del frío y que yo me empeñaba en despejar negándome a que se me arrebatara la magia de la primera impresión, fue algo que me emocionó; y cuando hablo de emoción no me refiero para nada a la sensación de euforia que precede a la diversión, al derroche y al desorden, sino a una de bienestar que me envolvió por completo. El lugar logró hechizarme con la bohemia que yo podía percibir que se ocultaba en sus calles y en la antigüedad de sus edificaciones llenas de historia.

Pletórico y encantado con lo que veía, observaba a mi abuela de hito en hito, mudamente agradeciéndole por llevarme con ella a ese lugar. Un lugar que me llenaba de sosiego, algo que yo quizá deseaba demasiado aun sin saberlo. Ella se limitaba a sonreírme con suavidad.

El hotel se alzaba orgulloso e imponente en un sector donde la mayoría de edificaciones eran de menor altura y más clásicas a las que parecía robarles protagonismo con su iluminación y modernidad, pero a pesar del contraste convivía armoniosamente con el resto de la arquitectura. Era un bloque rectangular, fuerte y estético.

Mi abuela y yo compartiríamos una suite. Pudo haberme alquilado una habitación solo para mí, pero sé que en su mente el que yo tenga dieciséis significa que soy demasiado joven para dejarme solo en una habitación de hotel en un país que desconozco. No puedo culparla.

Después de que ella despachara al botones yo me dirigí a una de las estancias adjuntas, allí me dejé caer en una de las camas, con el deseo de quitarme el calzado removiéndose en mi interior como algo violento. Macarena comenzó a explicarme que el hotel en el que nos alojábamos estaba ubicado en pleno corazón de Sibiu, a pocos pasos del Teatro Nacional Radu Stanca y cerca del museo Nacional de Brukhental, del museo de historia y Piata Mare. Ella podría ganarse la vida como guía turístico, si quisiera, o pedir comisión a la administración del hotel, por la manera en la que enumeraba las muchas bondades de su ubicación.

No puedo decir con certeza en qué momento dejé de escucharla y me dormí, o durante cuánto tiempo lo estuve; tampoco puedo explicar cómo es que ella, que tiene encima unas cuantas décadas más que yo, es tan resistente y ha aguantado esta travesía mucho mejor; pero lo siguiente que recuerdo es a mi abuela sacudiéndome por un hombro, preguntándome qué tipo de comida debería pedir para mí y si quería tomar un baño mientras esperábamos.

— ¿Comida? ¿Qué no es como media noche ya?— Dije con la voz adormilada. La verdad era que había perdido por completo la noción del tiempo, y aunque abrir los ojos me costó horrores y el cansancio me pesaba incluso más que antes, sentía que había dormido durante horas.

—No es tan tarde, querido. Son cerca de las 9:00 de la noche.

La idea de darme un baño me atrajo más que la de la comida, sin embargo sabía que ella no se quedaría tranquila sino me veía comer. Además, también sabía que me sentiría fatal si dejaba bajar demasiado mis niveles de azúcar.

—Iré a tomar una ducha. Pide lo que desees, comeré con gusto—. Me dirigí al baño con mi teléfono celular en la mano, dispuesto a comprobar si el servicio de roaming estaba activado y si mi número continuaba teniendo cobertura. En efecto tenía señal. — ¿Cuál es la clave del wifi?

Cuando ingresé la clave, que para mí alivio era numérica ya que no sé rumano, ni húngaro y mi alemán es bastante pobre, las señales de los mensajes comenzaron a llegar.

El mensaje de Javier tuvo la capacidad de podrir momentáneamente mi estado de ánimo y casi hacer que me ahogara con la espuma de la pasta de dientes mientras leía. Su mensaje tenía todo el tinte del desespero y la poca disposición a la resignación. Él escribía acerca del amor con tanta ligereza, que me pareció ofensivo. El hecho de que yo sea joven no me convierte en alguien fácilmente impresionable. Yo hubiese preferido que él solo me hubiera dicho con sinceridad que quería que yo continuara sentándome en su regazo y seguir chupando los dedos de mis pies, a que me subestimara al pensar que soy de esos a los que se le tiene en la palma de la mano al mencionársele la palabra «Amor».

Tengo muy claro que la atracción física por alguien no es algo que pueda, o deba, llamarse amor. Puede que él ame el sexo conmigo, pero nada más; porque fue lo único que le permití obtener de mí… Sexo. Ese apego fue lo que me hizo alejarme, porque me asusta que me absorban, que lleguen a conocerme tanto que sepan cuáles pueden llegar a ser mis debilidades. No, jamás le permitiré a nadie llegar a tener ese tipo de control sobre mí… Yo solo me quedo hasta que deja de ser divertido. El amor no suena como algo divertido, suena como algo absorbente y paralizante que anula la voluntad. Y menos estoy dispuesto a quedarme al lado de alguien el tiempo suficiente como para que lleguen a ser ellos quienes me digan que me aleje de su lado.

***

La vista desde la ventana de la suite era algo increíble. La pintoresca imagen tenía el encanto de una postal. Los Cárpatos nevados que convertían la línea horizonte en algo informe, la perspectiva de poder visitar los museos, la parte antigua y las zonas cercanas a la montaña me llenaba de emoción. Sin embargo mi abuela tenía otros planes para nuestro primer día en Rumania.

Sus asuntos de negocios, relacionados con las franquicias de la cadena de joyerías, reclamaron su atención y su presencia durante la mayor parte del día, aun a pesar de ser domingo. Así que mucho me temo que en más de una ocasión me encontré a mí mismo deseando haberme quedado encerrado en el hotel, en lugar de tener tan a mano tantas opciones maravillosas y no poder convertir ninguna de ellas en una oportunidad que aprovechar. Me consolaba el hecho de que aun tendría diez días por delante para convertir la visita a esa exuberante tierra extranjera en algo de verdadero provecho que dejara alguna marca en mi memoria, aparte de la prometedora vista a través de las ventanas de restaurantes y locales.

Fui educadamente ignorado durante todo el día. Debido a la barrera idiomática debí permanecer alrededor de mi abuela, ya que ella habla alemán con fluidez. Bastante rápido descubrí que los cibinenses son muy orgullosos y protectores con su cultura y raíces como para apreciar el que alguien les hable en inglés, que es lo que estuve haciendo hasta que mi abuela, apiadándose de mí, me hizo notar la incomodidad y el malestar que les producía. ¿Quién diría que después de siglos, los europeos aún seguían pensando en «el nuevo continente» como un lugar recién nacido y vulgar? Una pena, porque mi inglés es excelente. Hice lo más sabio y me decidí por un educado mutismo que esperaba no fuese tomado de peor manera que el hablarles en un idioma que aborrecían.

Al día siguiente me levanté decidido. Sibiu no era una ciudad excesivamente grande como para no poder enfrentarme a ella. No tenía intensión de aventurarme a los bosques, a pesar de que la idea de poder hacer algo semejante era bastante atractiva, pero en definitiva ese no era un argumento que me ayudaría a lograr mi cometido.

Eran cerca de las 10:00 de la mañana y yo aún continuaba vistiendo el pijama mientras desayunábamos en el pequeño comedor de la suite. Mi abuela en cambio estaba de punta en blanco, y aunque durante el día ella siempre se veía como si en cualquier momento fuese a recibir la visita de algún obispo, ministro, o celebridad, el esmero extra me decía que ella ya tenía planes. Cuando la vi sonreírme con culpabilidad supe que lo más seguro era que esos planes no incluyeran algo que yo quisiera hacer. Su sonrisa incómoda me demostraba con certeza que yo había fracasado estrepitosamente cuando el día anterior pretendí que ella no notara mi molestia y mi decepción.

— Querido mío, lo siento— Pasó directamente a disculparse sin darme una explicación, porque no era necesaria—, es posible que esta tarde, o quizá mañana, podamos hacer algo de turismo tú y yo. ¿Quieres ir conmigo hoy? Sé que mis citas de negocios no te han de ser entretenidas pero… — No sé qué vio ella en mi cara, pero la expresión que le imprimió a sus facciones me hizo sentir culpable, después de todo ella había viajado allí por negocios y no para mi distracción; solo había tenido la amabilidad de llevarme con ella—. Quizá yo pueda cancelar lo de hoy…

—Nada de eso— me apresuré a interrumpirla—, tú irás a atender lo que sea que tengas pendiente y yo iré a hacer turismo por mi cuenta. Esta es una ciudad pequeña y tú dijiste que era muy segura. Solo quiero ir al museo Brukenthal, está cerca y te prometo que después de eso volveré aquí a esperar por ti. Solo necesito un mapa de los que hay en la recepción del hotel y tengo esto —Agité mi teléfono celular—, podrás llamarme cada quince minutos si gustas. — Yo esperaba firmemente que ese argumento valiera con alguien que casi enloqueció cuando mi madre me regaló un auto para mi último cumpleaños—. No debes preocuparte de que hable con extraños, no les entiendo o ellos a mí de todos modos.

— ¿Cómo crees que voy a dejarte andar solo en un lugar que no conoces? ¿Acaso piensas que estoy loca? Peor aún, ¿Piensas que soy como tu madre?

¿Cómo mi madre? ¿Acaso quería decir permisiva, confiada y en absoluto poco limitante? Justo los atributos que yo hubiese preferido que tuviera la persona que me había llevado a un lugar como en el que estaba y me moría por salir a explorar. En lo único en lo que se estaban pareciendo en ese momento era en dejarme de lado a causa del trabajo, y yo que siempre me jactaba diciendo que no sufría del mal de desplazamiento paterno del que se quejaban algunos. Solo estaba diciéndole que quería ir a uno de los museos, por amor a Dios.

Bueno, eso no había salido muy bien. Incluso yo era capaz de entender sus prevenciones y darle la razón. Entonces no me quedaba más opción que echar mano del dramatismo. Jamás se gana una discusión con esta mujer a base de reproches o reclamos.

Sonreí sin mostrar los dientes. Una de esas sonrisas de payaso triste que suelen estar solo un peldaño por debajo de los ojos aguados; expresión que, para mi vergüenza, no me había costado demasiado adoptar. Tomé  una de sus manos por encima de la mesa y entonces solté un suspiro cargado de sentimiento de derrota.

— No importa, solo me basta con pasar tiempo contigo. Esperaré aquí en el hotel hasta que tengas tiempo. La vista es hermosa, tal como dijiste que sería, así que procuraré entretenerme con eso mientras espero por ti.

***

A las 11:30 de la mañana, después de muchas advertencias y abrazos en los que se me susurró que tuviera mucho cuidado, salí con rumbo al museo Brukenthal en un taxi contratado por el hotel, que me dejaría al frente y luego pasaría a recogerme pasadas tres horas. Lo mío me costó el convencer a mi abuela de que desistiera de hacerme acompañar por algún orangután sobre pagado. Es una exagerada. ¿Quién querría secuestrarme en Rumania, acaso?  Brukenthal… Mil doscientas razones tiraban con fuerza

PSLN 2 – Damian

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DAMIAN

Sibiu, Transilvania.

En medio de tanta quietud no me percaté del momento en el que el sol abandonó el cielo; para mí que había sucedido con la velocidad de un parpadeo. Ahora mismo la oscuridad cada vez más densa lo cubría todo, finalmente había anochecido; una fría noche de principios de Diciembre. Frente a mí, el agua y la tierra convergían en una armoniosa serenidad que me extasiaba. Mures, aun con el paso de los años, mantenía ese misticismo que me atrapaba. Tal era su hechizo sobre mis sentidos que me creía perfectamente capaz de pasarme horas y horas observando el cauce acompasado del rio, mientras descendía hacia Alba Lulia.

La nieve fiel y propia de la estación caía lenta y seductora, creando una especie de sábana blanca que lo cobijaba todo, paradójicamente que lo congelaba todo.

Mis ojos recorrieron el panorama que se alzaba frente a mí, embelesados con las escabrosas y blanqueadas puntas de los Cárpatos Meridionales, que se alzaban soberbios sobre lo alto del cielo. Me imaginé en ellos. Hacía casi dos meses que no los recorría y estaba más que anhelante por volver; los añoraba.

Suspiré laxo, acomodándome contra la piedra que me sostenía. El bosque me relajaba; tenía el poder de apartar de mi mente todas mis preocupaciones. Lamentablemente no tenía el mismo efecto sobre mis lobos, quienes detrás de mí y en completa impaciencia simulaban aguardar obedientes hasta que les dijera que la hora de cenar había llegado. No era un vicio constante, pero habías días en los que se los permitía tan solo para que no perdieran la mala costumbre. Las presas humanas eran como premios para ellos. Y solo habían aguardado conmigo porque intuían que la recompensa lo valía.

En el reino salvaje los rebaños no se mueven al azar, viajan de un lado a otro, pero cada cierto tiempo vuelven al mismo punto. En el reino humano el rebaño se asienta y jamás se mueve; aun si el agua y comida comienzan a escasear ellos permanecen; es estúpido, pero hasta cierto punto me facilitaba el trabajo. Sin embargo, la experiencia me ha enseñado a no subestimarlos. Aun si con ambos es la fuerza bruta la que los somete, cada rebaño requiere una estrategia diferente.

Vamos —. Dije, mientras me ponía en pie.

Los cinco me imitaron y sacudiéndose los vestigios de nieve sobre su jaez hicieron una especie de fila maltrecha liderada por Dayner. Llevaban un ritmo singular, como si dieran el paso al mismo tiempo para justo después dar el otro y así sucesivamente. Verlos me recordó el chapoteo de las primeras gotas al caer, justo antes de la llovizna.

Nos internamos por el sendero angosto de pinos altos y de troncos delgados que recientemente habían sido invadidos por sauces chaparros de follaje espeso. Era una extraña combinación, aunque también un atajo discreto hacia los límites de la zona baja de la ciudad.

¡Esperen aquí! —. Ordené en cuanto llegamos a la parte llana de la carretera.

Dayner no quiso esconderse, si bien no había nadie cerca tampoco me agradaba que se atreviera a desafiarme, sobre todo delante de los más jóvenes quienes, por cierto, observan atentos sin perder detalle de nada. Nuestro periodo «juntos» estaba por llegar a su fin y la situación se había vuelto tensa, sin embargo, mientras estuvieran bajo mi protección me obedecerían.

Vuelve—. Exigí mientras lo enfrentaba. Pude ver el destello encendido de mis ojos como reflejo sobre los suyos. Aun con todo, Dayner no se inmuto. Su mirada terca y la postura desafiante me hicieron pensar que había pasado mucho tiempo desde la última vez que me obligó a recordarle con quien estaba tratando.

Le miré muy por encima como dándole a entender que la agresividad que reflejaba no me preocupaba y que, si no desistía, iba a meterse en serios problemas conmigo. Eso sin mencionar que les cancelaría la cena y tendría que cargar con la culpabilidad de cuatro estómagos hambrientos. Nada parecía convencerlo y cuando gruñí molesto fue la última oportunidad, no iba a trasmutar de a gratis, si no me obedecía se terminaría convirtiendo en la cena. Con esa última advertencia puesta frente a nosotros, Dayner regresó sobre sus pasos y se escondió entre los arbustos.

Crucé la carretera internándome entre los callejones angostos y descuidados de ese barrio corriente; lo peor de Sibiu vivía en esta zona, así que era el lugar perfecto para cazar sin «remordimientos». No lo digo por mí, pues jamás he sentido tal cosa.

Hubo un poco de ir hacia la derecha después hacia la izquierda para volver a girar a la derecha y de ahí hasta el fondo, justo donde comenzaba la zona de burdeles y hosterías. No fue de extrañar que pese a la hora y el frío que hacía, hubiera mucha gente en las calles.

Sobre el límite amurallado de la ciudad había una fila larga de prostitutas ofreciendo lo que mejor saben hacer, no me tomé la molestia de mirarlas pese a que algunas incluso se atrevían a hablarme y acercarse con ese desagradable olor a sexo que destilaban mientras contoneaban sus cuerpos pálidos, lánguidos y maltratados.

Soy enemigo de pagar por lo que puedo obtener gratis. A mis veinticuatro años, con casi un metro noventa y siendo oriundo de Covasna, poseo los rasgos propios de una descendencia muy antigua y privilegiada de nativos de piel morena. Sexo y dinero son dos cosas que no me faltaban y que, por el contrario, me doy el lujo de rechazar si no llenan mis rigurosas expectativas.

Tomé una última desviación y salí hacia un vergel. Había bancas de madera alrededor y la escasa iluminación de los reflectores reunía bajo ellos a varias personas que habían traído a sus hijos para que jugaran, era una tradición. Sin embargo, a quien había venido a buscar se encontraba al otro extremo, lejos del bullicio. Había sentido su olor mucho antes de poder mirarle.

Llegué a su lado y me senté.

Creí que no vendrías…—. Dijo en cuanto me vio y la angustia en su voz fue palpable.

¿Tanto así te hice esperar? —. Respondí, con fingida preocupación. Asintió y para distraerle me acerqué y le besé.

Aun en estos lugares gélidos hay flores tan delicadas y pequeñas que sobreviven a la crudeza del invierno manteniendo su belleza y su gracia. Entre mis brazos tenía una de esas flores, una que vivía en medio del fango; pero hasta antes de conocerme se había mantenido en inusual pureza. Una sola mancha no había podido encontrar en sus pétalos.

Me contaron que habías vuelto con esa mujer—. Susurró cuando me separé—Tenía miedo de que no vinieras.

Tú eres el único que me importa—. Dije mirándolo directamente a los ojos. Él sonrió y me abrazó.

Humanos. Son tan fáciles. Aunque hay que saber endulzarles el oído, reconocer cuáles son sus necesidades y llenarlos de todas ellas, lo demás es cuestión de tiempo y en nombre del «amor» son capaces de hacer lo que sea… lo que sea—. Voy a llevarte a un lugar especial —agregué —ya verás que bien la pasamos.

¿Adonde? —. Preguntó emocionado.

Es una sorpresa.

Volvimos por el camino. Iba a mi lado y parloteaba de cosas a las que no le prestaba atención, sin embargo asentía cada cierto tiempo para que creyera que le escuchaba. Ahora mismo no podía recordar cuantos años había dicho que tenía, ni su nombre. Pero con tal de complacerme me dejaba hacerle de todo y eso sí que lo recordaba. Tal vez esta sería la cualidad que más extrañaría de él, aunque lo dudo, después de todo ya le tengo preparado un digno remplazo.

Llegamos hasta la carretera y dejé escapar un silbido aparentemente casual. Él no pudo percibirlo, pero claramente escuché a los lobos reagruparse; tenía planeado dejar que se divirtieran un rato así que cada uno hecho andar a una distancia considerable el uno del otro con la finalidad de abarcar más terreno. Había algo más que tenía que decir sobre el tipo que me seguía, si bien propiamente él no había hecho nada malo, su padre le debía mucho dinero a la gente equivocada y había sido mi deber cobrarlo. Pagué su deuda y acepté como garantía al muchacho.

¿Al bosque? ¿A esta hora? —. Preguntó nervioso cuando vio que me encaminaba en esa dirección. Se detuvo aun con los pies en la carretera y esperó por mi respuesta. Su corazón latía desbocado en su pecho, era su instinto de supervivencia gritándole que se detuviera.

Por casualidad encontré este lugar… —dije girándome para mirarlo y fingí decepción—. Cuando lo vi pensé en nosotros, en que quizá te gustaría y sobre todo en que quería compartirlo contigo, pero si no quieres venir… No te voy a obligar. —Me aseguré de que mi mensaje fuera claro pero sutil, no tenía que venir conmigo pero si no lo hacía me haría sentir mal. El poder del sentimentalismo salió a flote acallando su instinto y simplemente se dejó llevar.

No, si quiero ir… ¡Lo siento!

Seguí caminando, ahora con él de mi mano, le ignoraba porque de esa manera estaría distraído en contentarme y no pondría atención en el camino. Nos adentramos lo suficiente como para que nadie pudiera oírnos. Dayner nos seguía desde atrás, a la espera de mi señal.

Simplemente me solté de su mano y el lobo comprendió que era el momento de atacar. Gruñó detrás de nosotros mientras salía de entre las arboladas. Su gruñido estridente logró que mi acompañante se tensara en su lugar mientras ambos le mirábamos avanzar hacia nosotros a paso firme. Dayner llegó a mi lado y aun con las orejas en punta y mostrando las fauces junto con esas dos hileras de peligrosos dientes, me dedicó una rápida mirada. Era un hermoso ejemplar de lobo: de dos años; fuerte, astuto y despiadado. Como todo buen lobo debe serlo.

Va a matarnos—. Susurró el chico, pálido del miedo.

¿Matarnos? —reparé—No, solo te matará a ti. El lobo volvió la mirada sobre su ahora presa y se agazapó dispuesto a saltar sobre él.

¿Qué haces aquí? —Regañé al chico—¡Corre!

Como si acabase de despertar de un mal sueño, reaccionó y saltó a la carrera. Dayner esperó, pero sin apartar la mirada de él, Anya y Oda abandonaron sus escondites y se colocaron detrás. Seguían una estricta jerarquía al cazar, Nieve y Viento esperaban al otro extremo, muy por delante, pero ellos no atacarían hasta que se les ordenase.

Me deshice de mi ropa y mientras veía a mis lobos perseguir a su presa, apenas y sentí el cambio, un simple temblor en el cuerpo y caí sobre mis cuatro patas. Uno de mis mayores placeres es verlos en acción. Cuando se trata de humanos, yo elijo, Dayner guía a su manada, justo como ahora, Anya y Oda acosan siguiendo a la presa por los costados. La intención era cansar al chico y cuando ya no pudo más Dayner de nuevo aparece, desde mi sitio privilegiado lo observé lanzarse sobre la presa para derribarlo. Lo tomó por el tobillo y lo arrastró entre las raíces. El grito desgarrador que profirió el chico despertó mis ganas; su llanto era una escandalosa melodía embriagadora.

Anya y Oda lo atraparon por los brazos desprendiendo piel y músculos al jalarlo por sus extremidades. El olor a sangre se intensificaba conforme avanzaba hacia ellos… Gritos, lamentos y llanto incesable; el olor de terror que desprendía su cuerpo ahora casi destrozado y desangrándose, su dolor; todo era sofocante, delicioso.

Los humanos aman tanto su vida, aunque en el ir y venir diario lo van olvidando hasta que están a punto de perderla; sin embargo no se resignan con facilidad, por el contrario, luchan incesantemente.

Son frágiles, al final siempre mueren. Ese es mi instante favorito… Verlos morir.

Todo comenzó a suceder como en cámara lenta. Me acerqué un poco más y vi como su aliento formaba figuras de vaho que viajaban alrededor de nosotros. Cuando abrió los ojos yo estaba justo enfrente de él, mi nariz casi le tocaba. Vi su terror, me deleité con sus ojos saliéndose de órbita mientras gritaba cada vez que mis lobos tiraban de su cuerpo. En algún momento nos miramos fijamente, y cuando creí que ya no podría mostrar mayor temor, su rostro se contrajo en una mueca de horror. No lo culpaba, mi tamaño comparado al de los otros lobos era descomunal, mi pelaje negro como la noche y podía ver el brillo de mis ojos ambarinos en los suyos. Estaba dispuesto a dejarlo morir lentamente, que se desangrara por las heridas, pero matar era un privilegio del que me gustaba vestirme. Avancé rápido, en un abrir y cerrar de ojos ya tenía su cuello entre mis dientes; de un tirón desprendí un pedazo de piel que engullí sin masticar. La sangre comenzó a brotar en chorros más fuertes conforme yo iba apretando. Sus latidos débiles retumbaban en mis oídos y también podía sentirlos en mi lengua, que apretaba contra su cuello.

Murió antes de que siquiera comenzara a disfrutarlo y en cuanto sucedió, perdí el interés. Me retiré mientras dejaba que mis lobos se sirvieran a sus anchas. De nuevo el vacío, casi siempre era igual; el sentimiento me consumía y me aplastaba. Era como si después de haber corrido durante horas por una presa, esta se me hubiera escapado de entre las garras y todo el esfuerzo había valido nada. Entonces me quedaba ahí, en medio de la oscuridad y la espesura del bosque, respirando cansado y muriéndome de hambre.

Así cada día de mi vida desde hace muchos años…

Mi nombre es Damian, heredé un gen recesivo que ha permanecido en mi familia durante generaciones, pero mi linaje como Huargo se remonta a los años 2941 de la Tercera Edad. Como lobo, vivo sin privaciones ni obligaciones y con la libertad de correr tras sombras, olores y sonidos a mi antojo, pero sobre todo, sin remordimientos. Mato para alimentarme o por aburrimiento, no me importa. Como humano, soy casi como cualquier otro; disfruto de cuanto placer se me pone enfrente, a saber, me encanta el sexo esporádico, difícilmente paso dos noches en una misma cama, aunque hay sus dignas excepciones, pero eso sí, no me ato a nada ni a nadie.

Sin embargo puedo llegar a encapricharme con una conquista difícil si considero que lo vale, mi buen ojo nunca falla en ese tipo de cosas. Si quiero algo, indudablemente lo conseguiré, como sea, basta que lo desee para que sea mío.

Amo el bosque, la ciudad me enloquece. A veces en las peleas cuerpo a cuerpo se me pasa la mano y he llegado a matar, pero casi siempre se lo merecían. Solo tengo tres puntos ciegos, Deviant, James y Samko. Quien se mete con mis hermanos, recibe un pase VIP para visitar a mis lobos y saludar a mis cuarenta y dos dientes cuando estén entorno a su cuello.

Soy lo que se supone no existe, el punto medio entre lo humano y lo sobrenatural y pese a lo que pudiera parecer, mis intenciones siempre —siempre— son mucho peores de lo que parecen.

PSLN 1 – Martín.

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Perorata Sobre la Nieve.

 

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Prólogo

El techo de mi habitación no tiene nada de interesante y aun así llevaba cerca de quince minutos absorto en su contemplación, como si ese fuese uno de los más grandes placeres de la vida. Me molesta bastante cuando la nada es capaz de abstraerme de tal manera de la realidad y sumirme en un estado contemplativo, haciéndome gastar un tiempo que bien  podría estar invirtiendo en cualquier cosa de verdadero provecho, pero al parecer el picor de la decepción me estaba afectando más de lo que me gustaría reconocer y esa era una de las consecuencias.

No es que fuese a deprimirme por ello… Tampoco estaba entre mis planes hacer algún tipo de escena u ofenderme hasta puntos inmanejables, pero en definitiva es un incordio, además de bastante molesto, el que después de varias semanas endulzándome con la perspectiva y la planeación de un viaje, mi madre me dijera a última hora que no podremos ir. Sobre todo es molesto si eso significa que me quedaré más solo que la 1:00 en una plaza, porque todos mis amigos tienen planes y yo no estoy incluido en ninguno de ellos, ya que se suponía que dentro de cinco días yo iba a estar rostizándome y cocinándome en mis propios jugos en las playas de Ko Chang, Tailandia.

Mi madre se había encargado de dotar este viaje de cierto misticismo con el que al final logró envolverme. Se suponía que sería algo especial porque dentro de unas cuantas semanas será mi cumpleaños número diecisiete. El último año de mi vida en el que ella tendrá un yugo legal alrededor de mi cuello; aunque ella tuvo el suficiente tacto para decirlo de otra manera. Dijo la cursilada aquella de que este sería el último año en el que yo sería su bebé, cosa que, por cierto, dejé de ser hace mucho tiempo. Además, estoy a un mes y medio de iniciar mi último año en el instituto.

Yo podría fingirme ofendido hasta el punto de hacer sentir culpable a mí madre y obtener así algún tipo de beneficio; pero debo ser justo y no lo haré por dos razones: la primera de ellas es que, a pesar de que soy completamente capaz de encontrar el atractivo visual en la paradisiaca escena con el sol, la arena, los atardeceres naranja, las playas de arenas blancas y las palmeras y los cocos incluidos, la verdad es que el calor tropical no es para nada lo mío; en realidad el calor en general no es lo mío. Me parece por completo incómodo, exponerme durante más de unos cuantos y saludables minutos al sol significa que no podré disfrutarlo realmente, porque aunque utilice bloqueador solar con factor de protección de un millón, el resultado inmediato será que me ponga más rojo que un semáforo atascado en la señal de stop y las siguientes dos semanas me las pasaría deshollejándome a cámara lenta y pasando por el desagradable proceso del cambio de piel, como si fuese yo algún tipo de reptil.

Estaba dispuesto a dejar de lado mi aversión natural por el sol excesivo porque nunca he estado en Tailandia y siempre es interesante aprender acerca de otras culturas y en definitiva no hay mejor manera de hacerlo que viviéndolo de primera mano; por supuesto también porque siempre es agradable pasar tiempo con mi madre y porque creo que habría sido por completo excitante tener tan a mano la posibilidad de darle algo de colorido étnico a mi abanico sexual, incluso si al final decidía pasar toda la estadía «en blanco»; no porque haya una oportunidad hay que tomarla, lanzándose de cabeza, pero en definitiva siempre es bueno que esté allí, solo por si acaso. No iba con la firme idea de tener sexo con alguien, Dios sabe que eso habría sido una locura con mi madre al pendiente, pero si hubiese llegado a presentarse la oportunidad, en mi mente me había empeñado en que fuese con un nativo, nada de turistas. ¿O es que acaso alguien que va a Italia pasa por alto la gran variedad de la gastronomía local y pide hamburguesa en los restaurantes?

Quizá al principio yo no había estado muy receptivo con la idea, en el fondo porque estaba obligándome a mí mismo a mantener las expectativas bajas para no sufrir una decepción —cosa que al final ocurrió— pero una vez que comencé a recabar información acerca del lugar y se acercaba la fecha del viaje, la idea sinceramente comenzó a emocionarme y mi buen ánimo y emoción crecieron al ver que con el paso de los días mi madre parecía firme en nuestros planes. Creo que con esto último canté «¡Victoria!» demasiado pronto, y no conté con su habilidad para encontrar ocupaciones de último minuto que no pueden ser aplazadas.

La segunda razón por la que no voy a enloquecer a causa de la indignación es que Mimí, mi santa madre, realmente se esfuerza por pasar tiempo conmigo a pesar de sus múltiples compromisos y las interminables horas de trabajo. Así  que supongo que debo conformarme con aquello de que es la intención lo que cuenta. Jamás se lo diré, porque la amo demasiado y me niego a romperle el corazón pero, aunque soy por completo capaz de percibir las fuertes oleadas de amor maternal que ella emite y que chocan incesantemente contra mí, y del hecho de que siempre esté en los momentos realmente importantes y cruciales de mi existencia, en el fondo ella es en gran medida eso que siempre ha temido: Una mujer demasiado ocupada que ejerce de mamá sólo a medias. Me ama entrañablemente, se preocupa por mí, me complace; si la necesito conmigo ella definitivamente estará a mi lado en un segundo y se tomó increíblemente bien el bombazo que le lancé cuando tenía once, al confesar que prefería a los chicos de la manera más desenfadada, pero en definitiva ella no tiene el tiempo suficiente y eso la lleva a que cuando su agenda me abre un hueco, o su sentido de mamá le dice que algo ocurre, quiera suplir su ausencia con sobreprotección e interrogatorios que la ayuden a «ponerse al día» en uno de los temas cruciales de su vida: Yo. Sin embargo no es suficiente, porque si ella supiera la mitad de las cosas que hago a sus espaldas, lo más probable ser que ella enloquecería.

Sin ir más lejos, con respecto a asuntos que mi madre desconoce acerca de mí, acabo de dejar de montármelo clandestinamente con uno de los programadores que trabaja para ella en su agencia de publicidad; el señor Javier «Tengo-un-tremendo-fetiche-con-tus-pies» Olsen. Al recordarlo no puedo evitar que se me escape una sonrisa al pensar en las magistrales pajas que él solía prodigarse con la ayuda de mis pies y una considerable cantidad de lubricante, o la manera tan entregada en la que lamía mis meñiques… De los pies; asunto que quizá me tomó por sorpresa la primera vez que lo hizo, pero que una vez que mi mente lo procesó no constituyó ningún tipo de problema porque lo último que alguien va encontrar en mí con respecto al sexo es que lo juzgue, y aquello tuvo lo suyo de interesante y excitante. ¿Quién diría que los pies tenían tal cantidad de terminaciones nerviosas aparentemente conectadas de la manera más descarada con la entrepierna?

Javier… Treinta y nueve años, una hermosa sonrisa, una exesposa y un tacto como  de seda para tratar con las personas, que hace que me incline a pensar que el mal final que tuvo su matrimonio fue por entero culpa de su ex, aunque quizá quepa la posibilidad de que su entusiasmo con el sexo con otros hombres haya ayudado también. Me gustaba su atención, apreciaba su entrega y su empeño en complacerme, pero aun así fui yo quien insistió en que todo entre nosotros terminara.

El caso es que el que mi madre cancele nuestro viaje en definitiva no suma puntos a su favor, aún si la mayoría del tiempo yo aprecio el hecho de que ella esté lo suficientemente lejos como para no estar al tanto de todos mis asuntos. Pero no le diré nada porque también sé que la culpabilidad ya se está encargando del asunto en mi lugar. Después de todo, fue ella quien me crio tan independiente como soy, así que habiéndome quedado siempre claro que no soy una especie de apéndice suyo, no tengo nada que reclamarle.

Ella tiene más cosas que admirar de las que pueda tener para reprocharle. No ha de ser fácil ser exitosa laboralmente y además tener que apañárselas para ser madre soltera e intentar suplir todas y cada una de mis necesidades. Así que creo que puedo empezar a caminar por el sendero del perdón, a pesar de que hace apenas un par de horas que abandoné la mesa del comedor de manera airada como única muestra de mi descontento, después de que Tailandia y sus playas paradisiacas se esfumaran de mi futuro inmediato.

Sólo cuando mi perro tiró de uno de mis zapatos al empezar a mordisquearlo, fui capaz de dejar de mirar el techo y de lamentarme por mi mala suerte, además de por la pérdida del brumoso, efímero y completamente imaginario amante tailandés de hermosos ojos rasgados y un cuerpo de infarto que adjudico a la práctica del Muay thai —Toda esta maravilla acompañada por el encanto de una personalidad interesante y a un considerable intelecto, por supuesto—. Estiré la mano hacia mi teléfono. Cuando lo tuve al frente comencé a pasar el dedo de manera perezosa por mi lista de contactos, con la enorme tentación de llamar a mi chica, mi gemela malvada, la voz nada sabia de mi conciencia, una de las pocas personas que mi ego me permite soportar, quizá la única persona que ha representado verdaderos y fuertes lazos de amistad en toda mi vida. Carolina.

Me la tiraría sin pensármelo dos veces sino fuésemos tan amigos que el sexo entre nosotros casi tendría el reprochable sabor del incesto.

Sacudí el pie y reñí a Julius Jones III para que dejara de llenar de babas mi zapato. Por supuesto mi perro me ignoró por completo y sólo logré distraerlo de su labor destructiva de calzado cuando comencé a rascarle detrás de una oreja y le dediqué por completo mi atención.

Deseché la idea de llamar a Carolina casi de inmediato. Llamarla a rumiarle mi molestia y disconformidad no habría sido justo; conociéndola sé que ella sería capaz de empacar sus maletas y abandonar la finca donde está pasando la época navideña con su familia. Familia que, por cierto, sólo visita una vez al año para no ver menguado su presupuesto. Ella es incapaz de dejarme de lado si la necesito y creo que esto a veces tiene como consecuencia que yo tienda a aprovecharme un poco; pero en mi defensa diré que eso funciona en ambas direcciones.

***

Con el pasar de los días el aburrimiento se aposentó cada vez con más peso e intensidad sobre mis huesos. Ir a la casa de campo de mi familia no tenía mucho sentido si debía hacerlo solo, así que no me tomé ni siquiera la molestia de abandonar la casa, además de que con esto reforzaba mi posición de indignación. Releí en tiempo record mi libro favorito e intenté que el tiempo pasara más rápido al perderme en la vacía distracción de la televisión. Al final me entregué a mis blocks de dibujo y a mis lápices, pues fuese cual fuera la situación siempre era en el dibujo donde terminaba encontrando cobijo y consuelo.

La visión de la cordillera desde la ventana de mi habitación había logrado hechizarme y la estaba plasmando a tamaño de un pliego con lápices pasteles a pesar de que los paisajes no son de mis favoritos para dibujar. Estaba absorto en lo que estaba haciendo, con el relajante sonido de las tizas al deslizarse sobre el papel y la deliciosa sensación de esparcir el color con los dedos, aunque mi profesora de arte, la señora Lilent, había dicho que esto era una mala práctica y que en caso de tener que crear una sensación brumosa o de sombras lo correcto era utilizar el difumino, pero la señora Lilent no estaba ahí en ese momento y de verdad me estaba gustando el resultado.

Tres rápidos golpes amortiguados, que apenas fui capaz de escuchar, precedieron a la intempestiva entrada de mi abuela y el final de la quietud de mi periodo creativo. Por alguna extraña razón ella piensa que el hecho de que la habitación esté insonorizada significa que no debe esperar a que yo le diga que puede pasar, porque asume que no la he escuchado anunciarse de todos modos. Un día de estos puede que se encuentre con algo que a ella con seguridad no le gustaría ver y será enteramente su culpa. Esta mujer fue criada en un estricto y estirado internado para señoritas en Londres donde le enseñaron a tomar el té con el dedo meñique estirado, pero tratándose de mí, ella ignora esta simple regla de la cortesía.

Mi abuela sonrió en mi dirección y yo le respondí de la misma manera, mientras abandonaba la tiza y me limpiaba las manos sacudiéndolas una contra la otra de manera  rápida para luego frotarlas con un paño. Ella se acercó a mí con los brazos abiertos y me envolvió con esa presencia imponente y protectora que no ha decaído con los años, sino que por el contrario parece acrecentarse. La abracé con fervor porque la amo y  porque ella no me perdonaría que no correspondiera su gesto. Mis fosas nasales se llenaron de aquel característico olor que reposa incrustado en lo más recóndito de mi memoria. Macarena me dio un beso en cada mejilla; ambos elegantes y delicados pero que aun así no carecieron de carácter. Me dejé envolver por el familiar aroma de su perfume y por la suavidad de su mejilla contra la mía.

—Querido mío— Cuando rompió el abrazo sostuvo mi rostro entre sus manos y me miró como lo hace siempre: Con devoción y absoluto cariño—. Dime, Martín, ¿Cómo has estado?

—Muy bien, abuela. ¿Tú?

—Oh, maravillosamente. Mucho mejor ahora que te veo, ya casi no visitas a tu pobre abuela. Te he extrañado tanto.

Se separó de mí y caminó hacia el caballete con mi obra a medias, contemplándola con detenimiento. Sé que cuando ella deje de ver mi dibujo me dirá que es maravilloso; es por eso que nunca he tomado su opinión acerca de lo que plasmo como una medida de mi talento. El amor la ciega por completo. Es una mujer consentidora y complaciente conmigo; desde que se mudó de esta casa, cediéndosela a mi madre al vendérsela por un precio irrisorio, ha insistido en que me vaya a vivir con ella —cuestión a la que Mimí se opone por completo, por supuesto—. Es una verdadera pena que ante la cuestión de mi sexualidad ella aún no haya dado el importante paso hacia la aceptación, y que con eso nuestra relación se haya resquebrajado un poco en sus cimientos. Todo está bien en tanto yo no mencione que también siento gusto por los hombres.

Otro par de zapatos de tacón alto entraron repiqueteando en la estancia y con ello tuve  a toda mi familia dentro de mi habitación. Fruncí ligeramente el ceño, extrañado con la situación y tomé asiento en mi cama en espera de una explicación.

—No puedo creer que vayas a aprovecharte de la situación, mamá. Sí, está bien, yo no voy a poder llevarlo de viaje como prometí, pero esperaba poder pasar tiempo con él—. Fueron las palabras de mi madre ni bien puso un pie dentro de mi habitación. Luego adoptó su posición de guerra: los brazos en jarra con los puños apoyados en la cadera—. ¡No es justo! ¿Qué es lo que pretendes? ¿Aparecer como la heroína mientras yo soy la villana?

Mi abuela se dio la vuelta con la gracilidad de una gacela y clavó sus bonitos ojos azules en los del mismo color de mi madre.

—No entiendo por qué mencionas una palabra tan fea y te ofendes de tal manera por algo tan sencillo. ¿Quién pretende convertirte en una villana, acaso? Ciertamente yo no. Tú no podrás viajar con él como lo habían planeado, ¿Es acaso justo que mi nieto se quede encerrado en casa mientras tú tienes asuntos que resolver? Sólo quiero pasar algo de tiempo con él.

— ¡Oh, vamos, mamá! Tú ni siquiera habías pensado en llevarlo contigo hasta que te dije que él estaba odiándome porque no iba a poder cumplir con mi promesa de tomar vacaciones juntos.

Bien, estaban hablando de mí como si yo no estuviera presente y mi madre pensaba que yo la odiaba, puff ,¿Qué pudo haberle dado esa idea? ¿Acaso era sólo porque llevaba un par de días ignorándola por completo y en lugar de llamarle Mimí, como lo hago siempre, estaba llamándola por su nombre de pila, a pesar del hecho de que yo sabía cuánto detestaba que hiciera eso? Pero qué delicada.

Una de las verdades de mi vida estaba poniéndose en evidencia una vez más: las dos mujeres de mi vida constantemente compiten por mi cariño, y no voy a negar que he sacado ventaja de esta situación a lo largo de mis días, pero a veces la cuestión podía convertirse en un verdadero dolor de cabeza porque por lo general significa que yo debo encontrar la manera de mantenerlas contentas a ambas; cosa que es bastante difícil cuando las dos están juntas en la misma habitación. Me es más fácil convencerlas de que reinan en mi corazón cuando debo enfrentarlas por separado. La relación de ellas dos es bastante tirante la mayor parte del tiempo y en definitiva yo no pensaba ser el motivo que utilizaran como excusa para sacarse los ojos.

—Mimí…— Vi como su expresión tensa se relajó un poco en cuanto me escuchó llamarla de este modo, y de inmediato me sentí culpable por haber estado siendo un cretino con ella—. Por supuesto que no te odio. Me molestó la cancelación de nuestro viaje, es cierto, pero soy capaz de comprender la situación y ahora que lo miro todo en frío, no hay ningún problema. En serio, todo está bien.

—Amor, perdóname. De verdad, de verdad quería hacer esto contigo, estar los dos juntos… Tenerte sólo para mí mientras aún puedo—. Ví en sus ojos que ella realmente lamentaba el haber tenido que cancelar nuestros planes y pensé que no era tan grave. Me gustaría poder transmitírselo—. ¿Cómo voy a poder compensártelo?

Es momento de matar dos pájaros de un solo tiro al complacer a la matriarca de mi familia y también dejar tranquila a mi madre.

—No tienes que compensarme de ninguna manera, pero si insistes en ello me basta con que resuelvas tus asuntos tranquila mientras yo escucho lo que la abuela tenga para proponerme. ¿De acuerdo?

Aun mirando a la abuela con algo de prevención, Mimí suspiró y asintió. Leo en su mirada que ella siente que ha perdido algún tipo de batalla, cosa a la que ella no está acostumbrada, pero tengo la certeza de que yo soy su punto débil.

—Está bien. Después iremos a algún lado tú y yo. ¿Sí?—. Sé que lo más probable es que eso no ocurra, o por lo menos no muy pronto, pero por su tranquilidad y la mía, finjo que le creo.

—Por supuesto que sí. Estaré esperando por ello—. Miré a la otra mujer de mi vida—. ¿Abuela? —Ella sonríe complacida.

—Quiero que vengas conmigo a un lugar precioso. Debo ir por negocios, pero no creo que estos absorban todo mi tiempo. Sé que te va a gustar tanto como a mí… Un lugar encantador llamado Sibiu.

— ¿Sibiu? ¿Eso queda en…?—Dejé la frase inconclusa porque no ubicaba el lugar en mi mente.

—En la zona central de Rumania, querido —Su voz resuma emoción, pero para ser sincero, en cuanto la escuché lo único en lo que pude pensar fué en la caricaturesca imagen del conde Drácula que aparece en las cajas de Cereales.

Mi nombre es Martín. De seguro hay cientos de cosas que yo podría decir acerca de mí para describirme, sin embargo solo diré una: Que mi juventud y lo que percibes a primera vista, no te engañe.