Eat Me

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Sinopsis

Y fue entonces, cuando me dijo ese “Túmbate, quiero comerte”, cuando supe que iba a morir. Y no pude evitar estremecerme de placer por ello.

 

 

 

EAT ME

 

Después de la última guerra mundial, la humanidad empezó a sufrir algunos cambios a consecuencia de las armas químicas y la radiación.

Tras los millones de muertos, los que quedamos vivos descubrimos que casi todos hemos mutado. La gran mayoría de estas alteraciones no se notan a simple vista, otras sí. Y, sin embargo, son las primeras las más peligrosas.

Entre estas, hay un grupo mayoritario comúnmente llamado los Zombis en honor a esas criaturas ficticias que salen en los viejos cómics. Quizá sería más acertado llamarles caníbales, aunque la verdad es que tienen diferencias con ambos.

La primera y más significativa es que no han muerto para luego volver a la vida como una criatura ansiosa de carne humana. Tampoco pueden infectar a nadie con un mordisco o un arañazo, y pueden morir como cualquier otro, no solo si les cortas la cabeza o si les pegas un tiro en ella. Tienen sentimientos, hablan y razonan como cualquier otra persona. Lo que les distingue es que comen carne humana.

Aquí sería quizá cuando podríais decirme que entonces son caníbales en vez de zombis. No obstante, aunque he de admitir que tenéis vuestra parte de razón, también he de deciros que estáis muy equivocados.

Un caníbal es una persona que, por una razón u otra, ha comido carne humana. Quizá le gustó, quizá no. Quizá lo hizo por curiosidad o quizá por verdadera necesidad. Yo he comido carne humana en más de una ocasión. ¿Por qué? Sencillo: para asegurarme seguir vivo al día siguiente en este mundo donde la comida no es fácil de conseguir y es más complicado aún mantenerla.

Y es justo a este punto a donde quiero llegar. Porque habré comido carne humana, sí, pero nunca me he considerado un caníbal y menos aún soy como ellos. ¿Qué nos diferencia? Que tanto los caníbales como yo podemos alimentarnos de otras cosas. Ellos no.

Ellos únicamente comen carne humana. Están locos por ella. Son los grandes superdepredadores aquí y, creedme, harían cualquier cosa para conseguirla; primero porque la necesitan y segundo por el poder que les otorga.

He visto a muchos de estos zombis atrapar y comer a cualquier incauto que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Les he visto darse auténticos festines sin importarles ni quién ni qué era su víctima: hombre, mujer, anciano, adulto, niño…

Y puede estar mal decirlo, pero todas esas veces que he presenciado algo así, no he podido más que asombrarme e incluso excitarme por ello. Pensad que estoy loco si así lo queréis, pero yo os aseguro que vosotros sentiríais lo mismo y, como yo, también desearíais ser ese pobre chico al que se follan mientras se lo comen.

Sí, habéis leído bien. Siempre follan cuando comen, o comen al que se follan, si lo preferís así. Siempre me pareció algo curioso y hasta hace realmente poco no he sabido la razón tras ello. ¿Os gustaría saberla? Es bastante simple, en realidad: la carne sabe mejor cuando la víctima no sabe que va a morir que cuando muere estando tensa y asustada. Por eso lo hacen. Y así, su víctima dice adiós a este cruel y degenerado mundo al sumirse en el mayor éxtasis de su vida. Como veis, no es una mala forma de morir. Os aseguro que las hay mucho peores. Quizá por eso nunca huí de él.

¿Quién es él? Esa respuesta es fácil, y quizás algunos de vosotros ya la conocéis después de lo que acabáis de leer. Sí, él es uno de ellos, un zombi, caníbal o como queráis llamarle. Es uno de los más poderosos entre los suyos (lo que se mide por la cantidad de personas comidas por él) y también uno de los más ricos en lo que queda de “sociedad” en el mundo. Y también fue quien me salvó cuando un par de zombis intentaron comerme hace unos años.

 

¿Por qué lo hizo? Esa respuesta también sería sencilla si ya os hubiera dicho quién soy yo. Como no lo he hecho, me explicaré.

 

Si durante estos veintitrés años que llevo vivo siempre he tenido que cuidarme de los zombis, e incluso a veces he escapado de ellos por los pelos, no es porque tenga una mutación que los atraiga. Todo lo contrario. En realidad, soy uno de los pocos humanos puros que siguen vivos, libres de cualquier tipo de mutación pero con la mayor maldición de todas: todos quieren cazarnos.

 

En este momento en el que los humanos puros estamos casi extintos, cualquiera de los ricachones pagaría una verdadera fortuna por la posibilidad de exponer un trofeo así, de tener un esclavo así. Pero los peores son los zombis. Ellos nos huelen. Hay algo en nuestro olor, en mi olor, que les atrae y les dice que soy distinto a cualquier otro. Por eso los cazadores los usan para encontrarnos. Y por eso también cualquier zombi intentará comerme aunque acabe de darse un festín.

Ahora quizá podáis comprender por qué me salvó de ese par de zombis que a punto estuvieron de comerme hace unos años. No fue un acto caritativo y, por supuesto, no dejó que me fuera tras matar a los otros dos.

Desde entonces he vivido con él en su mansión. Y aunque cuando me trajo pensaba que me comería a la hora de la cena, pronto pude ver que eso no pasaría. Me dio de comer, algo que agradecí ya que estaba famélico tras varios días sin probar bocado; me dejó asearme y me dio nuevas ropas con las que reemplazar las prendas viejas y rotas que llevaba puestas. Y, acto seguido, me dejó dormir todo lo que quise en una habitación que pronto consideré mía.

Sí, era un trofeo, un esclavo o un juguete, como queráis llamarme. Lo sabía tan bien como vosotros y por eso traté de escapar.

Lo intenté muchas veces y en todas fracasé. Si no eran sus guardias los que me pillaban, era él. Una vez incluso me rompí la pierna al caer desde el tejado y, aun así, volví a intentar escapar.

Como podéis suponer, esto no le gustó. A nadie le gusta cuando su nueva mascota desobedece e intenta irse. Llegó un punto en el que me encadenó para evitarlo. Y también llegó el punto en el que me enfrenté a él y le dije que si me iba a comer, que lo hiciera ya.

Él se rió. Su cristalina risa inundó la habitación dejándome confundido. “No voy a comerte –me dijo-. Si quisiera comerte, lo habría hecho en el mismo callejón donde te encontré”.

Y le creí. Le creí porque sabía que decía la verdad. Porque nada era más fácil para él que comerse a un crío moribundo y al que nadie echaría de menos en un callejón. Aun así me enfrenté a él. Porque aunque no quisiera comerme hoy, eso no quería decir que no lo haría mañana. Además, en mis planes no estaba ser el trofeo de nadie.

Le dije que quería irme y él me dijo que no podía ser. Le dije que no pensaba ser su trofeo y me reí con sarcasmo cuando él me respondió que no lo era. No le creí, por supuesto. Había aprendido a no fiarme ni de mi propia madre y menos aún pensaba fiarme de él. Sin embargo, encadenado como estaba no podía seguir con mis intentos de huida, así que intenté escapar de otra forma.

Empecé a no comer. Cada día me tumbaba en la cama y dejaba que las jugosas piezas de fruta y la sabrosa comida que el servicio me traía se enfriaran hasta que eran reemplazadas por la siguiente comida. Y podía sentir a mi estómago gruñir por el hambre, pero más férrea era mi voluntad.

Nada me hizo comer. Ni el hambre, ni las súplicas de la chica del servicio y mucho menos las amenazas de él. Estaría hambriento, pero si comer significaba ser su esclavo, prefería morir de hambre.

A las dos semanas apenas tenía fuerzas ya para levantarme de la cama, menos aún para arrastrarme si quería hasta la bandeja llena de comida que seguían trayéndome con la esperanza vana de que ese día sí comería. Estaba débil, más de lo que nunca he estado, y por eso no levanté la mirada cuando él entró en la habitación.

Esa vez no me amenazó para que comiera. No intentó asustarme como había hecho antes, amenazando con comerme. Supongo que no le había gustado mi respuesta de “Adelante, hazlo. Al menos así seré libre” que le di y, por eso, esa vez probó otra táctica. Por eso y porque, estando yo tan esquelético y enfermo, dudo que pudiera considerarme algo más que un entrante poco apetecible.

Esa vez me lo pidió por favor. Me suplicó que comiera algo. Lo que fuera. Y cuando le dije que solo lo haría si dejaba que me fuera, accedió.

No os negaré que su respuesta me sorprendió, incluso llegué a pensar que era solo un truco para que comiera. No me fiaba de él y sus promesas y juramentos me valían tan poco como los de un muerto.

Aun así, llegamos a un acuerdo: yo volvería a comer y él me dejaría ir cuando hubiera recuperado mis fuerzas. Y he de reconocer que solo acepté porque siempre podía volver a dejar de comer otra vez si él no cumplía su parte.

Así, los días pasaron. Para comprobar que cumplía mi palabra, él venía siempre junto a la chica del servicio y se quedaba hasta que yo había terminado.

Eran comidas silenciosas, con un tenso silencio flotando entre ambos. Los primeros días me forzaba en ignorarle, incluso aunque sentía su mirada clavada en mí, pero los demás días me encontraba mirándole yo también con curiosidad. Primero miradas rápidas y luego con más detenimiento. Aun así, nunca cruzamos palabra.

Y por fin, tras poco más de una semana, no solo había recuperado mis fuerzas, también había cogido ese par de kilos que me faltaban. En general, me encontraba mejor de lo que nunca había estado y, por supuesto, con ganas de irme de allí. Porque podría sentirme agradecido por sus cuidados, pero no por eso pensaba quedarme allí y ser su mascota. Eso iba en contra de lo que me define.

Ese último día no le vi. Supongo que no quiso verme marchar. No lo sé. Nunca se lo he preguntado. Por mi parte, me despedí de la chica del servicio y, con ropas más prácticas para la vida que iba a llevar, me fui de esa mansión sin saber que volvería a ella.

Volví, sí. Pude tardar un par de meses, pero el destino me llevó de vuelta a esa casa. ¿Queréis saber cómo? Sencillo: me traicionaron.

En esos meses que estuve fuera, me junté con un grupo para sobrevivir. No había ningún zombi entre ellos, y por eso me fue fácil esconder mi secreto. Les había contado una mentira. Les dije que mi mutación me hacía ser más ágil que el resto. Se lo creyeron. Estoy acostumbrado a mentir para salvar la vida, y también cuenta que los monos sean conocidos justamente por eso.

Sin embargo, mi mentira no duró mucho tiempo. No porque vieran que no era tan ágil como decía ser, sino por un zombi. Un maldito zombi que descubrió mi olor y decidió seguirme.

Esa noche, el zombi asaltó el lugar donde nos escondíamos con ayuda de otros cuatro de los suyos. Y lo único que nos salvó fue el oído superdesarrollado de uno de los nuestros.

 

Conseguimos matarlos, pero ya me habían descubierto. Ninguno se creyó que nos habían descubierto por casualidad, y que me hubieran llamado “puro” despejó cualquier duda que hubiera.

Intenté escapar. Sabía que, tras saberse mi secreto, yo ya no estaba a salvo. Por desgracia, ellos eran más y no tardaron mucho en atraparme.

¿Qué hicieron luego? Esa es una pregunta sencilla. Puede que algunos pidieran mi cabeza porque, por mi culpa, los zombis habían matado a un par de los suyos. No obstante, el dinero siempre gana cualquier discusión. Más cuando se trata de la promesa de una fortuna.

Me vendieron, por supuesto. Uno conocía a alguien que conocía a alguien que podía ponerse en contacto con los cazadores y estos, a su vez, con los cuervos, los vendedores de esclavos.

No pienso aburriros con los detalles. Solo os diré que al día siguiente los cuervos llegaron y que los zombis a sus órdenes me reconocieron como un puro.

Me llevaron con ellos, por supuesto. La comitiva era bastante numerosa. Supongo que no querían arriesgarse a que nadie intentara arrebatarles su gran trofeo, ese que tanto dinero les iba a hacer ganar.

Me metieron en una celda. La única ventaja era que estaba solo; la gran desventaja, que me encadenaron a la pared para descartar cualquier intento de fuga por mi parte. Y no creáis que no lo intenté. Incluso hice lo mismo que había hecho con él y me negué a comer esa bazofia que llamaban comida.

Por desgracia, ellos no eran él. Y cuando el aumento del dinero va ligado al aspecto físico del esclavo, no te gusta que este pase hambre, menos si es como forma de rebelarse.

Sabía que no iban a matarme. Sin embargo, eso no les impidió golpearme -eso sí, siempre en sitios que la ropa ocultara-, y forzarme a comer.

Me rendí. Sabía que si tenían que darme una paliza para que comiera, no dudarían en hacerlo. Además, me parecía más sencillo escaparme del imbécil que gastara su fortuna en mí.

No sé exactamente cuánto tiempo estuve en esa celda. Fueron varios días, pero no sé el tiempo exacto. La gran subasta, en la que yo sería la gran atracción, se celebró un par de días después de que los cuervos se aseguraran de que todos los magnates se hubieran enterado de la gran noticia.

Ese día me asearon y me obligaron a ponerme unas ropas más acorde a mi estatus como gran atracción. Ropas que, de todos modos, echaban por tierra el efecto al quedarme demasiado amplias.

Seguía encadenado, ahora de manos y pies, y por si eso fuera poco, tenía un numeroso grupo de guardias rodeándome para evitar tanto mi posible huida como el que alguien intentara llegar hasta mí. La tensión y la expectación eran enormes. Todo el mundo sabía que esa iba a ser la gran noche de sus vidas, pues las veces en las que se vendía a un puro eran casi inexistentes.

Por mi parte, he de decir que me porté bien dentro de las posibilidades. No me opuse a que me vistieran y tampoco a que me dirigieran hacia el escenario donde me expondrían. Estaba más ocupado pensando en cómo podría fugarme de mi más que inminente comprador que en lo que pasaba a mi alrededor. Incluso contemplé la idea de morderme la lengua y esperar que la sangre de la herida fuera suficiente como para ahogarme en ella.

Sin embargo, algo sucedió.

 

Justo cuando llegó mi turno de subir al escenario, justo en el momento en el que había decidido darles una buena sorpresa a todos al suicidarme frente a ellos, un chico se acercó al hombre que estaba frente a mí para susurrarle algo al oído.

Lo único que pude ver fue la sorpresa en sus ojos; un gesto que me intrigó, pues no sabía qué había podido suscitarlo. ¿Habrían atacado el lugar los zombis como habían intentado hacer días atrás? No escuchaba ningún ruido extraño, así que descarté la única opción que tenía.

 

Por su parte, el organizador me miró y luego, con voz tajante, ordenó que le siguiera. Con la mano de uno de los fortachones en mi hombro para obligarme a caminar, no pude tratar de desobedecer.

Quería preguntar qué pasaba, a dónde me llevaban, pero sabía que no me responderían. Solo me veían como a una mercancía y la mercancía no tiene derecho a saber nada.

Al final, recorrimos un par de lujosos pasillos antes de detenernos frente a una gran puerta de madera. Escuché algunas palabras, algo que creí reconocer como “quinientos”, pero no estaba seguro.

Mi guía llamó a la puerta y solo la abrió tras recibir respuesta, dejándome ver por fin a los dos hombres que estaban en el despacho: un cuervo y mi comprador. Al primero no tardé en reconocerle como al jefe de ese lugar y líder de los cuervos. Por otra parte, me llevé una gran sorpresa al ver quién era el segundo.

Sí, era él.

Él era mi comprador. Sin saber yo porqué, él me había comprado gastándose quizás esa cifra de quinientos millones que acababa de escuchar. Estaba perplejo, tanto que apenas me salían las palabras a pesar de que mis ansias por saber eran enormes.

Fue cuando le vi venir hacia mí con ese semblante tan serio, cuando me volvió el habla. Le hice la pregunta más obvia de todas y recibí una bofetada de parte de uno de los fortachones como respuesta.

El gesto me pilló desprevenido, girándome el rostro por la fuerza del golpe. Aun así, pude ver la ira de su rostro y noté, tan bien como los demás, la furia que destilaron sus palabras: “Educa a tus hombres, cuervo, o pronto te quedarás sin ellos”. Esas fueron las palabras que dijo. Y si a mí me hicieron temblar, os puedo asegurar que el otro palideció por completo.

Por suerte para él, el cuervo intercedió, entregándole las llaves de mis esposas cuando él las pidió. Así, por fin, pude sentir mis muñecas libres tras varios días con el hierro lacerándolas, igual que mis tobillos. Y puede que el cuervo le aconsejara tomar precauciones para evitar una posible huida de mi parte, pero, como él dijo, sabía que no lo haría. No con toda esa gente que quería atraparme estando tan cerca.

De esa manera, ambos salimos de ese lugar en dirección a la mansión que yo tan bien conocía. Y podría deciros que la cancelación de mi venta cabreó a muchos de los que habían venido, tanto para verme como para comprarme. Sin embargo, creo que eso lo suponéis aunque no os lo dijera. Sí, escuché algunos gritos enfadados mientras nos íbamos por una de las puertas secundarias, pero no les di importancia. Estaba más preocupado pensando en lo que me pasaría ahora.

El viaje fue largo y silencioso. Quería preguntarle por qué, pero me quedé callado cuando musitó un “En casa”. Además, debía admitir que le veía cansado y enfermizo. Quizá por eso obedecí.

Una vez en la casa, me guió hacia la que fue mi habitación. Entré tras él, pudiendo ver que el cuarto estaba tan limpio y ordenado como cuando lo vi por primera vez. Casi parecía que supieran que iba a volver a ocuparlo pronto.

Sacudí la cabeza, sabiendo que eso era imposible, y decidí centrarme en él. Porque podía haberme portado bien durante el trayecto, pero ahora quería mis respuestas.

Me volví hacia él, sorprendiéndome al encontrarle justo a mi espalda. Le miré desconcertado y me quedé quieto al verle alzar sus manos hacia mí. No sabía qué pensar y por eso me sorprendió tanto que me sujetara el rostro. Quería revisar el golpe.

Le dejé hacer. El golpe me había dolido, pero el dolor ahora era mínimo, casi inexistente. Aun así, me sorprendió la suavidad de sus dedos en mi piel. No era lo que me esperaba y contrastaba en gran medida con la seriedad de su rostro.

Acto seguido, se centró en mis muñecas. Me alzó las manos y su gesto se enserió al ver las heridas que tenía, producto de las rozaduras que los grilletes me habían hecho. “Intenté fugarme” le confesé, y él sonrió diciendo lo ofendido que se sentiría de no haberlo intentado.

Sabía que era una broma y por eso sonreí. Luego me senté, como él me dijo, con las manos extendidas sobre mis piernas con las palmas hacia arriba. Durante los siguientes minutos se dedicó a curarme y vendarme las muñecas y los tobillos. Cuando acabó, en vez de separarse, me preguntó si me habían herido en cualquier otro sitio y terminé confesando los golpes que me habían dado.

Me ordenó que se los enseñara y yo obedecí. Así, sus dedos volvieron a posarse en mi piel, acariciando el borde de cada moratón con una delicadeza completamente inesperada en alguien como él.

—¿Por qué? —le pregunté en apenas un susurro—. ¿Por qué gastaste quinientos millones en mí? —La pregunta aún rondaba mi cabeza y no encontraba ninguna respuesta lógica que me satisficiera—. ¿Quieres comerme y por eso pagaste por mí?

No tenía sentido y lo sabía, pero ya no sabía qué pensar. Por su parte, él se rió, divertido.

—¿Quién te ha dicho que he pagado quinientos millones por ti? —me preguntó a su vez.

Sus ojos estaban ahora centrados en los míos, mientras que sus dedos seguían contra mi pecho, y yo no sabía si eso era bueno o malo. Decidí responder:

—Oí la cifra a través de la puerta del despacho.

—¿Y qué te pareció? ¿Mucho o poco?

Le miré desconcertado, sin creerme que acabara de hacerme esa pregunta. ¿Qué pretendía con ello? La sonrisa de sus labios me respondió: solo se estaba divirtiendo a mi costa. El jodido cabrón me había comprado y ahora se estaba riendo de mí en mi cara. Me enfadé.

—Me parece poco. Aprecio mi vida y pienso que vale más que todo el dinero que tengas —le solté con desprecio—. Aunque admito que te salí caro. Sobre todo si tenemos en cuenta que pienso irme de aquí hagas lo que hagas.

La carcajada que dio me cabreó aún más, aunque me mordí la lengua en vez de decirle otras cuatro cosas. En vez de eso, le vi reírse hasta que, al cabo de un minuto, habló:

—Es una suerte que no pagara dinero por ti.

Mi enfado se esfumó, transformándose en incomprensión.

—¿Qué? Pero esos quinientos… —empecé a decir.

Negó con la cabeza.

—No di dinero por ti.

—¿Entonces por qué…? ¿Cómo…?

—¿Cómo es que estás aquí, conmigo? —Asentí—. Porque hay una cosa que cualquiera desea más que el dinero.

Su respuesta me confundió. Por suerte, no me hizo falta preguntar para que se explicara.

—¿Para qué sirve amasar una gran fortuna si en unos veinte años como mucho estarás muerto? El dinero no sirve de nada si no puedes vivir para disfrutarlo, y el cuervo lo sabe.

—No lo entiendo —confesé, interrumpiéndole—. ¿Quieres decir que le diste qué, años? Eso es imposible.

Su sonrisa creció.

—Le di quinientos años por ti.

Mi confusión creció. Intenté creerle, de veras que sí, pero no podía. Sus palabras eran imposibles para mí. Puede haber miles de mutaciones, ¿pero alguien que controle el tiempo? Nunca había escuchado algo parecido.

—No me crees, ¿verdad?

Era una pregunta claramente retórica, pues ambos conocíamos la respuesta. Aun así, su sonrisa no desapareció. Le vi levantarse. Hasta ese momento había estado arrodillado ante mí, pero en ese momento se levantó, sacudió un poco sus ropas y se sentó en el sillón que estaba a un par de pasos de la cama, mirándome desde allí.

—¿Qué sabes de nosotros? —me preguntó.

Le miré sin saber muy bien qué pensar. Me esperaba una explicación, no una nueva pregunta que no creía que nos llevara a nada. Le miré en silencio, planteándome si responder o terminar con esa conversación e irme de allí. Porque, pasara lo que pasara, no tenía ninguna intención de pasar la noche en esa casa.

Al final respondí. Mi curiosidad por saber a qué se refería con haber pagado con años fue más fuerte. Le dije lo obvio: que se alimentaban únicamente de carne humana y que eran los únicos que podían descubrir que era un puro, aunque no sabía bien cómo podían saberlo.

Él asintió.

—¿Y qué hacemos al alimentarnos? ¿Lo sabes?

Al instante, a mi mente acudieron las pocas ocasiones en las que había visto a un zombi comer. Me estremecí. No sabía si de asco o de excitación, sobre todo cuando recordé esa vez que estuvieron a punto de comerme a mí también.

Asentí.

—Lo que no sé es por qué lo hacéis —agregué.

Su sonrisa se acentuó, quizá celebrando esa curiosidad mía que me había hecho pedirle explicaciones. Y aunque pensaba que no me diría nada, me equivoqué.

Fue ahí cuando me dijo esa razón que ya os comenté antes. Fue ahí cuando me dijo que era por el sabor. Y también fue ahí cuando me dijo lo que les ocurría cuando comían carne humana.

Según sus propias palabras, no solo se alimentaban de la carne, también robaban los años de vida que le hubieran quedado a su víctima y los sumaban a los que vivirían ellos.

Me quedé perplejo, lo admito. La idea de que cualquiera de esos desgraciados podía robar los años de vida de sus víctimas y vivir así quizá para siempre me revolvió el estómago. Porque eso significaba que si no acabábamos con ellos, ellos acabarían con nosotros con facilidad.

—¿Y los que se alimentan de cadáveres? —pregunté al recordar las ocasiones en que lo había presenciado o me habían hablado de ello—. ¿También les roban años?

Negó con la cabeza.

—No se puede robar años a los muertos —me dijo, y tuve que darle la razón. Su respuesta era lógica.

—¿Cuántos años tienes? —le interrogué curioso.

—¿Cuántos crees que tengo? —me preguntó a su vez, con una nueva sonrisa en su rostro.

Me quedé mirándole en silencio. Aparentaba unos treinta y muchos o cuarenta y pocos. No obstante, tras esa explicación anterior, ya no estaba tan seguro de si debía fiarme de su aspecto físico.

—¿Cuarenta más o menos? —probé dudoso—. Son los que aparentas, pero dudo que los tengas —afirmé.

—¿Por qué?

—Porque si dices que diste quinientos años por mí, o eres muy viejo o mataste a muchos en poco tiempo para no importarte darlos —me expliqué—. Y siendo esa cantidad de años, deberías haber sido el autor de todas las muertes de los últimos años. ¿Me equivoco? —Negó con la cabeza—. ¿Cuántos años tienes?

—Más de los que sin duda te imaginas.

Arqueé una ceja, mirándole desconcertado. Sí, me había confirmado que era viejo, que sin lugar a dudas tenía muchos más años de los que aparentaba, ¿pero qué clase de respuesta era esa? Yo lo que quería era una cifra, no otro acertijo.

La frustración debió de verse en mi cara, porque recuerdo que él esbozó una sonrisa divertida. Por suerte, siguió hablando antes de que yo mismo pudiera decir algo:

—Nací hace muchos años. Demasiados en realidad. Puedo aparentar los años que dices, pero soy viejo, mucho más viejo que todos con los que te has cruzado. Yo no nací con la mutación —añadió, fijando sus ojos en los míos—. Yo la sufrí.

Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar esa última afirmación. La idea que planteaba era tan descabellada que apenas pude creerla.

Lancé una carcajada. Recuerdo que me reí a mandíbula batiente durante al menos un minuto. Un minuto en el que él solo se mantuvo en silencio, mirándome sin ofenderse por mis risas.

—¿Pretendes hacerme creer que naciste antes de la Gran Guerra? ¿Te crees que soy imbécil? —inquirí, enfrentándome a él y a sus palabras—. Eso fue hace…

—Tenía veintisiete años cuando la guerra empezó, cuando las bombas cayeron y el mundo se convirtió en lo que es hoy en día. Tenía veintisiete años cuando la gente empezó a morir por la radiación y las mutaciones surgieron. Sufrí como todos los demás, y aun a día de hoy no estoy seguro de cómo conseguí sobrevivir. Solo sé que me negaba a morir.

Me quedé sin palabras. Su tono de voz, sus palabras, la forma que tenía de mirarme, todo ello me dejaba claro que me decía la verdad.

—No me estás mintiendo —susurré aún sin poder creérmelo.

—No, no te estoy mintiendo.

Solté el aire que había estado conteniendo sin saberlo. Me sentía mareado. Por supuesto, había oído hablar de los ancianos, ese grupo que solo estaba formado por las diez personas más viejas de todo el mundo. Pero él… él… Si lo pensaba bien, ni ellos podían compararse a él en cuestión de edad. No si lo que decía era cierto. No si había nacido antes de la guerra. Y yo no dudaba de su palabra.

Ahora entendía cómo había podido dar quinientos años por mí. Esa cantidad, tan exageradamente grande para el resto, para él no significaba nada. Y, sin embargo, aún no entendía porque lo había hecho.

—¿Por qué? —le pregunté finalmente—. ¿Por qué pagaste por mí? ¿Por qué me salvaste ese día?

—Porque me recordaste a alguien que conocí hace mucho tiempo.

Alcé la vista hacia él, sorprendido y curioso a partes iguales. Sabía que no había sido solo por ser un puro. De haber sido así, ya me habría comido, y aún seguía vivo. Pese a todo, no me esperaba esa respuesta.

—¿A quién te recuerdo?

Su expresión se endureció, y por un segundo creí que me había pasado con mis preguntas. Pensé en decirle que no importaba, que no hacía falta que respondiera si no quería, pero mi curiosidad era más fuerte. No tanto por saber quién era esa otra persona, sino por saber qué había visto en mí para decidir ayudarme.

—A mi mejor amigo —contestó cuando ya creí que no lo haría—. Como a ti, a él también le conocí el día que le salvé de unos chicos que pretendían darle una paliza una noche en un callejón. Le ayudé, como a ti, y a partir de ahí nos hicimos amigos.

—¿Murió? —Asintió—. ¿Cómo?

—La guerra.

Asentí en silencio, no siéndome necesario preguntar más. Las opciones eran esas: o había muerto en la guerra o luego por la radiación. Al parecer, había sufrido la muerte más rápida.

—No os parecéis físicamente ni tenéis la misma personalidad, pero la situación se me hizo tan parecida que no pude evitar actuar.

—¿Y en la subasta? ¿Por qué me compraste? Dudo que él pasara por algo así.

Esbozó una sonrisa y negó con la cabeza. Parecía divertido ahora, y casi preferí eso que verle serio o enfadado.

—Quizá quería evitarte pensar todos esos planes para escapar del que te comprara —comentó, tras encogerse de hombros.

Sonreí ligeramente. Su comentario me había hecho gracia, pero también me había recordado que, aun con todo lo que acababa de descubrir sobre él y que no había hecho ningún amago de encadenarme, él seguía siendo mi comprador y yo su esclavo.

Miré mis manos y, más concretamente, mis muñecas. Vi las vendas que ocultaban las heridas y me estremecí por el recuerdo del tacto del metal contra mi piel. No iba a dejar que eso volviera a pasar. No iba a permitir que nadie me encadenara jamás. Ni siquiera él.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

El cambio de tema pareció sorprenderle aunque no le pilló del todo desprevenido. Seguro había supuesto que tocaría el tema tarde o temprano, y visto que ya había tenido las respuestas a las preguntas planteadas, era hora de saber qué pasaría conmigo.

—Nada. Puedes quedarte o puedes irte. La elección es tuya.

La sorpresa me inundó. Le miré para intentar saber si estaba bromeando o me mentía solo para reírse de mi reacción, y pude ver que seguía tan serio como cuando me había revelado lo viejo que era.

—Me compraste.

—Sí, pero no lo hice porque necesite o quiera un esclavo. Lo hice porque quise. Porque quiero pensar que no te habrían descubierto de haberte dejado ir el mismo día que te ayudé.

Se levantó del asiento. Sabía que estaba poniendo punto y final a la conversación, y yo me sentía demasiado sorprendido aún como para decir nada.

—Puedes irte o puedes quedarte —agregó—. O puedes irte y volver, o puedes quedarte e irte en unos días, semanas, meses o cuando quieras. La elección es tuya —repitió—. Si estás aquí es como mi invitado, no como alguien que compré en una subasta de esclavos, y te aseguro que serás tratado como tal. Tú decides. Piénsalo y luego dímelo.

Asentí en silencio, aún sin poder creerme esas palabras. Me sentía incapaz de decir nada y, por eso, solo me quedé ahí sentado, viéndole salir de la habitación y cerrar la puerta tras él.

Al final me quedé. Al principio me dije que solo sería por unos días, que esperaría a que todo lo relativo a la subasta de un puro se hubiera olvidado y luego me iría. Me decía a mí mismo que aprovecharía esos días para recuperar fuerzas, curar las heridas de mis muñecas y ganar algo del peso perdido por el hambre pasado.

Los días fueron convirtiéndose en semanas. Y aunque no quería, aunque intentaba oponerme a ello, cada vez me sentía más cómodo entre esas paredes. Porque allí era fácil olvidarse de los problemas y los peligros del mundo real. Porque allí no tenía que preocuparme por encontrar comida o buscar un lugar donde cobijarme. Porque allí no tenía que mentirle a nadie sobre lo que era para poder pasar desapercibido y que no me traicionaran.

Aun así, reconozco que las primeras semanas intentaba no cruzarme con él o con los pocos miembros que componían el servicio. De él aún no sabía muy bien qué pensar tras lo que me había revelado. Además, tenía miedo de que cambiara de repente de idea y mandara encadenarme para evitar que me fuera.

Por otra parte, no me fiaba mucho del servicio. No sabía cómo reaccionarían al tener que servirme a mí también cuando se suponía que debería ser un esclavo, y por eso no quería tener demasiado trato con ellos.

Pasaba los días en el cuarto que me habían dado o en el tejado. Eran los pocos lugares en los que no me molestaban y podía estar solo, y eso era lo que quería.

Aunque esto no duró demasiado tiempo. La chica que siempre me traía las comidas no se cansaba de darme conversación y al final me dejé atrapar y empezamos a hablar. Luego conocí al cocinero, e incluso a un par de los guardias que en tantas ocasiones habían arruinado mis intentos de fuga.

Empecé a pasar tiempo con ellos. Empecé a conocerles mejor. Les preguntaba sobre ellos, sobre cómo habían acabado en esa casa e incluso les interrogué sobre lo que pensaban de él. Y aunque sus historias fueran diferentes, todos coincidían en que sentían agradecimiento hacia él por darles un sitio donde poder vivir.

A mí también me interrogaron, por supuesto, aunque hubo un par de temas que nunca tocaron: que soy puro y el de la subasta. No estaba seguro de si era porque no lo sabían, no querían hacerme sentir mal o porque él había prohibido hablar de ello, pero se lo agradecí. No quería hablar de ello.

A partir de ese momento, en vez de pasar el tiempo encerrado en el cuarto o mirando hacia el exterior sentado en el tejado, lo que empecé a hacer fue merodear por la casa. Los del servicio me habían indicado las puertas que nunca debería atravesar y que correspondían al despacho y las habitaciones privadas de él, pero me aseguraron que era libre de investigar el resto de la casa.

Fue así como encontré la biblioteca. Cientos de libros se amontonaban en docenas de estanterías bien dispersadas por la sala formando pasillos estrechos. Curioseé un poco e incluso me atreví a sacar algún libro para ojearlo.

Fue en ese momento cuando volví a encontrarme frente a frente con él.

Reconozco que me asustó. Ni siquiera le había oído acercarse y ahora le tenía a apenas un metro de distancia, mirándome con curiosidad. Todavía con el libro en la mano, me mantuve en silencio. No sabía muy bien qué hacer ni qué decir, aunque eso no supuso un problema para él.

Me preguntó si me gustaba el lugar y yo le dije que era impresionante. Me dijo que si quería leer el libro podía llevármelo a mi cuarto y yo le confesé, con algo de vergüenza, que no sabía leer.

Me miró sorprendido, aunque pronto ocultó ese sentimiento. Quizá llegó a la conclusión de que, teniendo una vida como la que yo he tenido, saber leer no era algo tan esencial.

—Puedo enseñarte —me dijo—. Nunca es tarde para aprender.

Le miré dubitativo. Por un lado, la idea de aprender a leer me gustaba, sobre todo porque siempre había sentido una fascinación por los libros, estando entre mis posesiones más valiosas un libro para niños medio roto que había encontrado de pequeño. Por otro lado, la idea de pasar tiempo con él me asustaba porque aún no tenía claro lo que pensaba sobre él.

Terminé aceptando. La curiosidad era más fuerte y siempre ha sido mi gran perdición. Además, decidí que eso podría ayudarme a saber qué pensar sobre él.

Las clases de lectoescritura empezaron al día siguiente tras el desayuno. Me reuní con él en una de las habitaciones de la casa y, allí, empezó a explicarme las nociones más básicas.

¿Fue difícil? Tenía diecinueve años y ningún conocimiento sobre ello. Me frustraban mis lentos avances, aunque él aprendió pronto a calmar mis prisas y reírse de los improperios que soltaba cuando algo no me salía.

Al igual que la primera vez que había estado en la casa, poco a poco la tensión entre nosotros fue desapareciendo. Y si al principio solo hablábamos de letras, sílabas y fonética, pronto empezamos a hablar de otras cosas.

Pasó el tiempo. Las clases de lectoescritura dieron paso a unas de matemáticas y otros tipos de conocimientos. Mi curiosidad era enorme y estaba ávido de aprender. A él parecía gustarle mi entrega, pues no se negaba a enseñarme cualquier cosa que él supiera, o explicarme algo que no comprendiera del libro que estuviera leyendo.

De igual forma, tal y como hablábamos de algún tema que me estuviera enseñando, también empezamos a conocernos mejor. Él me preguntaba cosas sobre cómo había sido mi vida antes de esa noche, y yo le preguntaba, sobre todo, por cómo había sido la vida antes de la guerra.

Nos pasábamos horas hablando. Había noches en las que apenas dormíamos, y todo porque él me contaba cosas sobre cómo era el mundo antes o hablábamos sobre el último libro que había leído.

Reíamos, bromeábamos y discutíamos las veces en que nuestras opiniones sobre un tema cualquiera eran contrarias.

Y sí, quizá fue ahí cuando empecé a sentir algo por él. No lo sé. No estoy seguro. Lo único que sé es que, cuando lo descubrí, me asusté.

No sabía cómo había ocurrido ni porqué había empezado a sentir algo hacia él, pero me asustaba. Primero, porque nunca había sentido algo así por alguien; y segundo, porque por muy educado que fuera y por muy bien que me tratara, él seguía siendo un zombi y yo un puro.

Casi me daban ganas de reír por lo irreal que me parecía la situación. Apenas podía creerme que sintiera algo, nada más y nada menos, que por un zombi de los que yo siempre había intentando mantenerme alejado por mi propia seguridad.

Intenté negármelo, pero unas pocas palabras con él y mi “No puede ser” se transformó en un “Sí lo es”. Traté de mostrarme algo cortante y borde con él; sin embargo, tampoco funcionó. No podía tratarle así. Y las pocas veces que lo conseguía, dejaba de hacerlo cuando él me preguntaba preocupado si me pasaba algo.

Al final, tras unos cuantos días sin saber qué hacer, me decidí. Me iría de allí.

Sabía que era una decisión precipitada. No obstante, tras haberlo probado todo y no conseguir nada, sabía que lo mejor que podía hacer era irme de esa casa. Pensaba, para

tratar de convencerme, que ya era hora de irme, que había pasado allí mucho más tiempo del que me había prometido.

No quería irme. Por primera vez en toda mi vida había encontrado un sitio en el que realmente me gustaba estar y era feliz, pero me convencí de que era lo mejor. Y por eso se lo dije esa misma tarde.

Mis palabras le sorprendieron y casi pareció que le dolieron. Sus ojos se abrieron y su sonrisa se congeló para pasar a mostrar una gran seriedad. Una máscara tras la que ocultó sus verdaderos sentimientos.

—¿Puedo preguntarte por qué? —me preguntó con voz calmada, como si estuviera explicándome alguna lección en vez de interrogándome sobre el motivo de mi inminente marcha.

—Creo que es lo mejor —respondí—. Aprecio cada momento que he pasado aquí y todo lo que has hecho por mí, pero creo que es mejor que me vaya ya. He abusado demasiado de tu hospitalidad y ambos sabemos que cuanto más me quede, más tardaré en volver a acostumbrarme a volver fuera.

Sí, podía haber omitido la razón principal por la que quería irme, aun así tampoco había dicho ninguna mentira. Quería quedarme, pero una parte de mí no estaba segura de querer quedarse en esa casa para siempre. Sabía que yo no pertenecía a ese mundo que él me había ofrecido, y por eso lo mejor era irme ya.

—Sabes que no hace falta que vuelvas allí si no quieres. Puedes quedarte aquí tanto tiempo como quieras y nunca te faltará de nada.

—¿Por qué? —le interrogué, tan desconcertado como curioso—. Puedo entender que antes quisieras que me quedara, pero ha pasado casi un año desde aquello, ¿por qué sigues queriendo que me quede?

Para mi gran sorpresa, mis preguntas le hicieron apartar la mirada. Le miré sin saber qué pensar. Le vi suspirar y esperé en silencio a que decidiera hablar. Quería mi respuesta.

—Porque me gusta tenerte aquí —declaró—. Me haces sentir cosas que creía ya olvidadas.

—¿Cosas? —repetí, desconcertado—. ¿Qué cosas?

Él me sonrió. Incluso aprovechó que estaba a un paso de distancia y alzó su mano para acariciarme la mejilla. Me quedé estático. Quitando la vez que me había curado las heridas, nunca me había tocado. Es más, siempre había mantenido la distancia entre nosotros. No sé si porque no quería asustarme o porque creía que podía perder el control. Y ahora me había tocado.

Sus dedos acariciaron mi mejilla con esa suavidad que tan bien recordaba. Y si eso me sorprendió, lo que luego me susurró al oído me dejó sin palabras:

—Amor, sobre todo. Me gustas. Mucho me temo que en este tiempo que has pasado aquí, he terminado enamorándome de ti.

El aire abandonó mis pulmones. La vista se me nubló y las piernas amenazaron con dejar de sostenerme. Me había costado convencerme de que sentía algo por él y que debía irme, pero jamás se me había ocurrido que el sentimiento pudiera ser correspondido.

Parpadeé un par de veces. Sabía que él esperaba una contestación por mi parte; sin embargo era incapaz de decir palabra. ¿Cómo si apenas podía creerme lo que acababa de escuchar?

Por su parte, él me miró preocupado. Incluso me obligó a sentarme al ver que estaba temblando. Supongo que pensó que reaccioné así por miedo, pues se disculpó por lo que había dicho y me aseguró que me dejaría marchar si era lo que deseaba. Luego trató de alejarse de mí. Le detuve.

Le agarré del brazo antes de que pudiera dar un solo paso. Él se giró sorprendido, pero no se apartó. Solo me miraba, esperando que por fin hablara; algo que hice:

—¿Es verdad eso? —le pregunté—. ¿De verdad sientes eso por mí? —Asintió—. ¿Desde cuándo?

—No lo sé. Llamaste mi atención ya desde el primer día. Y fui a esa subasta tanto porque sentía que te lo debía como porque no soportaba la idea de que cualquier otro te tuviera. Les habría matado a todos sin dudar, pero no hizo falta. El cuervo supo que le convenía más pactar conmigo que aceptar el dinero de cualquier otro. Y este último año, con todas esas clases y nuestras conversaciones, cada vez tenía más claro que sentía algo por ti.

Le miré a los ojos. Sabía que no me mentía, pero necesitaba de una última confirmación para poder creerle, para encontrar las fuerzas necesarias para hablar.

—Yo también —confesé—. Por eso te dije de irme, porque siento algo por ti y tengo miedo de que esto sea una locura por lo que somos. Porque nunca imaginé que tú…

—¿Que yo pudiera corresponderte? —terminó por mí. Asentí—. Yo pensé lo mismo.

Me sonrió y yo imité su gesto. Se arrodilló ante mí y yo nada pude hacer, salvo dejar que sus manos se posaran en mis mejillas y ver cómo se inclinaba poco a poco hacia mí.

Incluso cuando sus labios rozaron los míos, apenas pude creer que me estaba besando. Le correspondí, sí, pero creyendo que eso era un sueño, que estaba soñando, porque era imposible que algo así pasase en la realidad.

—No te vayas —me pidió al poner fin al beso—. Quédate conmigo.

Asentí. El beso me había dejado sin fuerzas para hablar, así que mi cabeza lo hizo por mí. Él sonrió y yo lo emulé. No sabía si estaba haciendo bien. Lo único que sabía era que estaba cometiendo la mayor locura de mi vida. Aun así no quería irme. Deseaba estar con él.

Los siguientes meses pasaron con rapidez y sin demasiados cambios. Como antes, pasábamos la mayor parte del día juntos y, como antes también, él mantenía la distancia entre ambos. No me sorprendía. Entendía que tuviera miedo de perder el control; era algo que también me asustaba.

Aun así, aunque al principio sus sonrisas y su más que patente preocupación por mi bienestar fueron suficiente, al final quedó patente que necesitaba más. Una caricia, un beso, un simple abrazo y, si nos íbamos más allá, incluso sexo.

Lo que ahora tenía era una nueva pregunta: ¿cómo te acercas física y sexualmente a un tío cuya bestia interior relaciona el sexo con la comida? No lo sabía, pero tampoco pensaba tardar mucho en averiguarlo.

No era virgen por esa época. En un mundo como este, el sexo es más una moneda de cambio que una expresión de amor. Es un trato simple: tú entregas tu cuerpo y a cambio obtienes protección y comida. Aunque, por supuesto, también tiene sus peligros. Eso lo aprendí rápido. ¿Cuándo? Cuando mi propia madre intentó matarme.

No la culpo, ¿sabéis? Hizo lo que cualquiera hubiera hecho de encontrar a “su hombre” con otro. No era por amor, es supervivencia. ¿Hijos? Siempre puedes tener más, pero tú sigues teniendo una sola vida.

Ahora lo veo así, pero por aquel entonces no lo veía igual. Solo tenía nueve años.

Maté a mi madre la misma noche que ella intentó matarme a mí. Y luego escapé del que había sido mi hogar sabiendo que, si los demás descubrían lo que había hecho, me matarían a mí también.

Huí, como ya he dicho. Sobreviví como pude durante los primeros días y cuando me uní a otro grupo, no dudé en hacer lo mismo que mi madre había hecho: sexo por protección.

Daba igual que fuera un niño o que fuera un hombre. El sexo es sexo, y más en casos así. No sé cómo sería antes, pero os aseguro que aquí nadie se niega a uno del mismo sexo cuando sabes que puede ser el último polvo de tu vida.

Resumiéndolo todo un poco, así pasé mis siguientes años. De tío en tío (y un par de veces alguna mujer), buscando a otro cuando el de ahora se aburría de mí o yo me iba del grupo. Más o menos fue así hasta que crecí y pude valerme por mí mismo. Y aun así, alguna vez volví a caer en el viejo trato.

Así que, como veis, tenía experiencia de sobra en este tema. Sin embargo, no estaba seguro de cómo acercarme a él.

No solo sabía que tendría que ir despacio, también sabía que iba a tener que luchar contra su reticencia a cada paso que quisiera avanzar.

No me rendí. Estaba decidido a conseguirlo.

Empecé por lo más sencillo: las caricias. Me conformaba con romper esa distancia que él imponía sobre ambos y hacer que nuestras manos se rozaran. Él me miraba desconcertado y yo sonreía ligeramente.

Iba despacio. Hacía lo que jamás había hecho solo porque sabía que se alejaría si era más directo con él. Trataba de ser paciente. Sabía que podía decirle un “Quiero hacerlo”, como también sabía que con eso solo conseguiría una negativa y que todos mis avances se esfumaran.

Por eso me conformaba con el lento avance que me había propuesto y disfrutaba de cada roce y, sobre todo, de cada mirada que me lanzaba. Miradas que al principio mostraban su desconcierto y que, poco a poco, me dejaron ver que empezaba a averiguar lo que tramaba.

No era idiota y, por supuesto, no quería ni pretendía engañarle u ocultarle lo que quería. Podía no estar seguro de lo que me diría, pero estaba dispuesto a convencerle.

Sin embargo, no fue una negación a lo que tuve que enfrentarme. No fue un “No deberíamos” lo que me dijo, sino un “¿Estás seguro?”. Y yo asentí, por supuesto. Le dije que eso era lo que quería, que estaba bien saber que correspondía mis sentimientos, pero que necesitaba algo más. Ambos lo necesitábamos.

Él me miró serio, pensativo. Y esa vez fui yo el que se arriesgó y acarició la piel de su mejilla para luego unir nuestros labios en un suave roce.

—Quiero poder besarte cada vez que lo desee —susurré sobre sus labios, con mi mirada fija en la suya—. Poder abrazarte o que me acaricies. No soporto tenerte tan lejos cuando estás tan cerca.

—¿Y si pierdo el control? —me preguntó con la duda en su voz—. Lo último que deseo es hacerte daño.

Era su gran miedo y ambos lo sabíamos, porque también era el mío. Sin embargo, yo confiaba en él y sabía que podíamos lograrlo. Solo tenía que conseguir que confiara en sí mismo.

—No lo harás —respondí—. Iremos despacio, tan despacio como necesites. Sé que esto no será cosa de dos días, que tendremos que ir paso a paso, pero estoy dispuesto a intentarlo. No me importa esperar a que te sientas seguro porque sé que lo conseguirás y que no me harás ningún daño.

Me miró en silencio, pensando en mi propuesta, evaluándola. Y yo esperé con una sonrisa en mi rostro, tratando de conseguir esa aceptación que me permitiría seguir con mi plan.

—¿Lento y seguro?

—Lento y seguro —prometí.

“Lento y seguro”. Fueron esas dos palabras las que marcaron nuestras acciones los días siguientes. “Lento y seguro”.

Solía ser yo quien llevaba la voz cantante, aunque a veces era él quien hacía el primer movimiento. Al principio con algo de recelo, como si creyese que me asustaría con su caricia, y, poco a poco, cada vez con más confianza.

Los besos costaron más. Casi parecía creer que me mordería a la primera oportunidad. Y una parte de mí quizá lo temía y por eso me adecué a su ritmo. Podía morirme por probar de nuevo esos labios, pero no quería que fuera de forma literal. Le dejé hacer.

La primera vez que me besó tras esa conversación, fue durante un almuerzo. Mi almuerzo. Él comía solo, aunque siempre me acompañaba. Decía que le gustaba verme comer. Que, aunque él ya no podía disfrutar de todos esos manjares, le gustaba verme a mí deleitándome con ellos.

Recuerdo que el postre era fruta. Un par de manzanas sacadas del invernadero que había construido tras la casa. Estaba escuchándole hablar sobre cómo era todo antes de la Gran Guerra, cuando de repente se detuvo en mitad de una frase.

Y yo le miré, extrañado. Pensé en llamarle, preguntarle si le pasaba algo, pero mis palabras murieron en mi garganta antes de poder ser pronunciadas.

Me besó. Se inclinó hacia mí y besó mis labios antes de que me diera tiempo a darme cuenta de que eso estaba pasando. Sentí su lengua lamer el jugo de la fruta de mi mentón, y yo gemí por lo bajo. Quería más.

—Lo siento —me dijo al separarse—. No pude resistirme.

Sus dedos acariciaron mi rostro y yo sonreí, disfrutando del gesto tanto como había disfrutado del beso. Me encantaba que tomara la iniciativa.

Los días pasaron. Y cuando las caricias parecían estar a la orden del día y parecía haber perdido el miedo a besarme, intenté algo más.

No estaba demasiado seguro de lo que pasaría, pero pensaba arriesgarme. Quería algo más. Quería llegar al siguiente nivel.

Le pedí que durmiera conmigo. “Solo dormir”, le prometí. Y aunque él me miró desconfiado, aceptó.

Fue la primera noche que pasamos en la misma cama. Y aunque no tenía pensado llegar lejos, tampoco desaproveché la oportunidad.

Me desvestí ante él. El pudor era algo que, tras todas las cosas que había hecho, no existía ya para mí. Aun así, no pude evitar sonrojarme al ver cómo me miraba. Porque no era la típica mirada que puedes dirigirle a un simple polvo de una noche. Literalmente sus ojos me decían lo mucho que deseaba comerme.

—No creo que esto sea una buena idea —susurró.

Sabía que tenía intención de irse, así que le detuve.

—Solo dormir —repetí—. Lo prometo.

Sin estar del todo seguro, asintió. Incluso dejó que le besara. Un pequeño gesto con el que intenté tranquilizarle a la vez que le transmitía mi alegría.

Nos acostamos, ambos en pijama. Él se quedó en uno de los extremos de la enorme cama que ocupaba parte de la que era su habitación, aunque no duró mucho así. Sabía que haría algo así, todo para interponer una distancia de seguridad entre nosotros. Por eso actué.

Salvé esos centímetros que nos separaban y me junté a él todo lo que pude. “Abrázame –le pedí-. Quiero dormir entre tus brazos”. Eso era lo que quería. No quería sexo como él podría haber pensado, solo que me abrazara. Sentirme seguro entre esos brazos que me protegían de todo mal.

Y lo hizo. Me abrazó. Podía sentirse inseguro al respecto, pero me rodeó con sus brazos.

Me acurruqué junto a él, feliz y relajado como hacía tiempo que no estaba. Sonreí contra su pecho y le hablé, todo en un intento de conseguir que la tensión de su cuerpo desapareciera.

“Gracias”, “Esto era lo que quería” y “No me harás daño”. Las palabras salían de mis labios en un susurro tranquilo que dejaba claro lo a gusto que me sentía entre sus brazos. A su vez, también cumplieron su función y pronto pude sentir que se relajaba.

Se acomodó en la cama y yo con él. Tenía la cabeza apoyada en su pecho. Escuchaba los latidos de su corazón y estos eran más efectivos para mí que la mejor de las nanas.

Medio dormido ya, sentí su mano acariciando mi brazo. Incluso le sentí pegar su nariz a mi pelo e inhalar profundamente mi olor. No me asusté. Al contrario. Me quedé dormido con una sonrisa en mis labios.

Cuando desperté, hacía tiempo que había amanecido. Y aunque sabía que él acostumbraba a levantarse temprano, incluso antes que yo, ese día aún seguía en la cama a mi lado.

Me dio los buenos días, y yo alcé la cabeza para mirarle somnoliento. Sus brazos aún me rodeaban, aunque pronto una de sus manos tocó mi rostro, alzándomelo un poco más para poder besarme.

Y podía estar aún más dormido que despierto, o quizá fue por eso mismo, pero no dudé en alargar el beso e incluso profundizarlo. Me estaba dejando llevar por lo que sentía y deseaba y, por eso, no dudé en ponerme sobre él y juntar nuestras caderas.

Un gemido quedo salió de sus labios al igual que de los míos. Trató de romper el beso, pero no se lo permití. Porque me había vuelto adicto y, tras tanto tiempo, necesitaba mi dosis.

Estaba excitado. Podía sentir su erección pulsando junto a la mía. Pero cuando posé mis manos en su cintura, me detuvo.

—No —dijo.

Esa sola palabra y el tono con el que había sido pronunciada, hicieron que el sueño me abandonara del todo por fin. Sorprendido, me fijé en dónde estaba sentado y también en sus manos que sujetaban las mías. Me disculpé.

Negó con la cabeza. Intenté explicarme. Traté de decirle que no era eso lo que quería, que solo lo había hecho porque estaba medio dormido, pero él me acalló al posar un dedo sobre mis labios.

Me callé. Lo único que hice fue mirarle. Y ni siquiera dije nada cuando me alzó para posarme a su lado y, acto seguido, se levantó y salió de la habitación. Sabía que había metido la pata hasta el fondo.

Ese día no le vi. Suponía que no quería verme, así que no le busqué. Me quedé en mi propio cuarto pensando en lo sucedido y maldiciéndome porque, con mi acto, lo había jodido todo.

Fue la noche del día siguiente cuando le volví a ver. Ese día lo pasé de nuevo a solas, comiendo poco y maldiciendo mucho mi estupidez. Sin embargo, eso cambió cuando fue él quien me trajo la cena.

Cuando le vi, no pude evitar levantarme de la cama de un salto. Estaba nervioso y sorprendido. No le esperaba y eso se reflejó en mis actos.

Fue él quien habló primero. Un “¿Puedo? Te traje la cena” acompañado de un “Me dijeron que apenas comiste estos últimos días” que sonó a regañina.

Me sonrojé. Bajé la mirada y, en un susurro, respondí:

—Lo siento.

Me estaba disculpando por no comer y también por lo sucedido el día anterior. Y él lo sabía.

—Yo también. No debí haberme ido así. Perdóname.

Negué con la cabeza. Su marcha podía haberme dolido, pero eso no era lo importante. Además, la culpa había sido solo mía.

—Tenía miedo de hacerte daño.

Sus palabras sonaron más cerca. Y con razón. Tras posar la bandeja, se había acercado a mí hasta que solo un paso nos distanciaba.

Le miré. Posé mi mirada en su rostro y asentí para que viera que lo entendía. No le culpaba.

—No puedo darte eso. No aún —me dijo.

—Lo sé.

Realmente lo sabía. Además, como había tratado de decirle, no era eso lo que había buscado al decirle que quería dormir con él. Podía querer que eso pasara, pero también sabía que él no estaba preparado. Tenía demasiado miedo de dejarse llevar y acabar haciéndome daño.

Por su parte, él sonrió dando por finalizado ese tema de conversación.

—Ahora come. Debes estar hambriento.

Me agarró de la mano y yo me dejé llevar. Me hizo sentarme y colocó la bandeja frente a mí.

Cenamos en silencio. Salvo que esta vez fue él quien me dio de comer. Por mi parte, apenas le miraba. Y él lo notó, por supuesto, pues me preguntó varias veces qué me pasaba.

No contesté. Quería hablar sobre lo que había pasado, pero temía decírselo. ¿Y si volvía a desaparecer otro par de días? No quería eso.

La cena terminó y él todavía no me había sacado una respuesta. Le oí suspirar, seguramente decidiendo dejar así las cosas. Se levantó y, cuando se dispuso a irse, me atreví a hablar:

—Me gustó dormir contigo.

Había bajado la mirada, así que no pude ver su sonrisa. Lo que sí oí fue cómo se volvió hacia mí antes de contestarme.

—A mí también.

Alcé la cabeza y sonreí. Me sentía más confiado ahora que veía que no se arrepentía de haber accedido. Sin embargo, antes de que pudiera continuar y con eso decirle mi mayor deseo, él habló:

—Estaría bien repetirlo, ¿no crees?

Asentí ilusionado. No sabía si realmente pensaba eso, pero acababa de pronunciar las mismas palabras que yo estaba pensado.

—¿Qué te parece hoy? —me interrogó.

—Me encantaría.

Él asintió.

—Déjame llevar esto antes.

En silencio, y con una sonrisa boba en el rostro, le vi coger la bandeja y salir de la habitación con ella.

Me sentía pletórico. Esa misma mañana pensaba que lo había jodido todo y que no querría volver a saber de mí, y esa noche iba a volver a dormir con él. No podía creerlo.

Así fue. Nos acostamos juntos. Además, esa vez no intentó poner distancia entre nosotros, sino que abrió sus brazos, invitándome a pegarme a él.

Lo hice, por supuesto. También dejé que me abrazara como la vez anterior. Y también, como esa vez, él volvió a inhalar mi olor. Me reí.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Me encanta.

—¿A qué huelo? —seguí preguntando.

Sentíacuriosidad. Sabía que había algo en mi olor que me identificaba como un puro, pero no sabía qué era o por qué ellos sí podían olerlo cuando los demás no.

—A la brisa otoñal del pueblo donde nací. —Le escuché decir—. A hierba recién cortada. Incluso a la comida casera de mi madre.

—¿A tantas cosas? —inquirí, sorprendido, a la vez que alzaba la cabeza para mirarle.

Él asintió.

—Tu olor me hace recordar cosas que creía ya olvidadas.

—¿Por eso sabes que soy un puro? —le interrogué.

—Supongo que sí. Eso y el hambre —agregó—. Esas ansias irrefrenables a las que tengo que hacer frente para no tocarte.

—Lo siento —me disculpé, escondiendo la cara contra su costado.

Sabía que no era mi culpa haber nacido así, pero sí lo era que él sintiera eso cada vez que estaba cerca.

Negó con la cabeza.

—No lo sientas —me dijo mientras acariciaba mi rostro—. Fue tu olor lo que me llevó al callejón ese día. Si no hubiera sido por eso, jamás te habría conocido.

Asentí sin que el sentimiento de culpa hubiera desaparecido del todo. Aun así, mi curiosidad fue más fuerte, y tenía muchas preguntas en mi cabeza deseosas de ser contestadas. Pregunté:

—¿Te has encontrado con más como yo?

—¿Puros? Sí. No seréis muchos, y cada vez quedáis menos, pero he vivido el tiempo suficiente como para haberme encontrado con unos pocos como tú.

—¿Cuántos?

—No muchos —me respondió tras pensarlo—. Cinco.

Asentí. Que fueran tan pocos daba fe de los pocos puros que quedábamos. Lo malo de preguntar eso era que una nueva pregunta se instaló en mi mente. Y aunque me imaginaba la respuesta, quería escucharla salir de sus labios.

—¿Y qué hiciste? ¿Los… los comiste?

Mi mirada estaba fija en su rostro, y solo por eso pude ver cómo se enseriaba antes de afirmar con la cabeza.

Era la respuesta que había esperado. Incluso así mi cuerpo se estremeció al imaginármelo.

—¿No te causa repulsa? —le pregunté en un susurro.

—¿Te la causa a ti la comida que comes? —me cuestionó él a su vez.

Negué con la cabeza. No era lo mismo. Mi comida ya estaba muerta cuando llegaba a mí. No como la suya.

—Para mí ya no son personas. Son presas —me confesó—. Los veo como mi comida. Nada más.

—¿Y al principio? ¿También lo veías así?

Era la primera vez que le preguntaba sobre ese tema. En nuestras anteriores conversaciones, siempre que le interrogaba era sobre cómo eran las cosas antes de la Gran Guerra. Me fascinaba la vida que habían tenido, tan diferente a como había sido mi propia vida. Sin embargo, ahora quería saber cómo habían sido las cosas justo tras la guerra, cuando las mutaciones empezaron a darse y la gente moría por ellas. Le pregunté.

Él se mantuvo en silencio. Podía ver que estaba tenso, que no quería hablar. Aun así, hizo un esfuerzo por recordar.

—Caos —me dijo finalmente—. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirlo, esa sería caos.

Le miré, curioso. Mis ojos no se apartaban de su rostro mientras escuchaba con total atención.

Fue así como me habló de todas esas ciudades y esos países que desaparecieron tras la guerra. Los muertos que se contaban por millones. La confusión y el miedo cuando las primeras mutaciones se dieron. Cuando la gente empezó a morir a gran escala otra vez.

Sus palabras me transportaron a esa época. Podía imaginármelo tan bien como si realmente estuviera allí. Me estremecí.

—¿Y tú? ¿Cómo lo descubriste tú?

—Fue por la comida —me dijo tras casi un minuto de silencio—. Daba igual lo que comiera, lo vomitaba. Al principio creí que estaba enfermo. Luego, tras días de no comer nada, supe que iba a morir.

—Pero no moriste —le corté—. ¿Por qué?

—Comí.

Esa respuesta tan simple aclaró todas mis dudas. Aun así, él siguió hablando. No le interrumpí. Quería saber más.

—Un día hubo un temblor. A mí no me pasó nada, pero otros no tuvieron la misma suerte. Un chico, el dependiente de la tienda donde solía ir a comprar, quedó atrapado bajo unos escombros. Podría decirte que le encontré por casualidad, pero estaría mintiendo. Si le encontré, fue por su olor.

Se detuvo, titubeante. Y podía quedarme con esa explicación, pero mi curiosidad era más fuerte.

—¿Era como yo?

Se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió—. No sé si era un puro o que los cambios no habían empezado a darse en él. Todo lo que sabía era que yo estaba débil, muy débil. Me había arrastrado allí siguiendo mi instinto y mi olfato, y todo lo que quería era comer.

»Me pidió ayuda. Me pidió que, por favor, le ayudase. Yo le dije que tenía hambre. El resto… Eso puedes imaginártelo.

Asentí. No necesitaba de palabras ni confirmaciones para saber lo que había ocurrido. Él mismo lo había dicho antes. Comió. Se alimentó de él.

—¿Qué sentiste?

No necesitaba una explicación sobre lo que había hecho. No la quería. Lo que sí me intrigaba era lo que sintió al darse cuenta de lo que tendría que hacer si quería vivir.

—Sentí que era la carne más deliciosa que había probado en la vida. Mis fuerzas regresaban con cada bocado, así que no dejé de comer. Luego, cuando ya estaba saciado, sentí asco. No hacia lo que había hecho, sino hacia mí mismo porque me había gustado. Había disfrutado.

No me miró al hablar. Sus ojos estaban fijos en el techo de la habitación en vez de en mí. Yo sí le miré. Podía sentir mi cuerpo temblar, y sé que se dio cuenta, porque me preguntó si le temía.

—No —respondí.

Era la verdad. No tenía miedo. Sabía que no me haría nada. Mi temblor se debía más al hecho de ponerme en su lugar en una situación así. Sabía que habría hecho lo mismo.

Me miró con duda y yo le sonreí. Incluso me incliné un poco para poder besarle. Quería que viera que no mentía. Quería que olvidara todas esas dudas y las dejara atrás.

—Aun así, quieres hacerlo. —Le escuché decir al romper el beso.

—Cuando estés preparado.

—¿Y si nunca lo estoy?

—Lo estarás —respondí con una sonrisa con la que trataba de animarle—. Sé que lo conseguirás.

No dijo más, aunque su rostro se tornó pensativo. Por mi parte, me acomodé contra él una vez más y, a los pocos minutos, me había dormido.

Pasaron los días. Las muestras de afecto eran frecuentes e incluso dormíamos juntos, pero nada más. Ambos nos conformábamos con eso. ¿Teníamos erecciones matutinas? Por supuesto. ¿Sueños eróticos? Obvio. Pese a ello, ninguno hacía nada.

Más de una vez le pillé mirándome. O, mejor dicho, mirando el bulto de mi entrepierna. Al igual que yo le miraba a él. Aun así, tuvo que pasar casi una semana antes de que me atreviera a poner en palabras la idea que se había asentado en mi cabeza.

Esa vez lo hablé con él. La idea era peligrosa y sabía que sería una estupidez llevarla a cabo sin avisarle antes. Cualquier cosa podría pasar y yo acabar muerto. Así que decidí hablar con él.

Mi idea era simple. Sabía que no estaba preparado para un contacto más íntimo, pero ¿y si era yo quien se tocaba mientras él me miraba desde la otra punta de la habitación? Era peligroso, pero también podía ayudarnos.

Su rostro se ensombreció al escucharme. Todas sus dudas se reflejaron en su cara y casi pude sentir la negativa en sus labios.

Logré convencerle. Le dije que no haría falta que me tocara ni que se acercara a mí. También le aseguré que me detendría si me lo pedía. Y que lo entendería si salía de la habitación antes de que todo acabara. Seguí viendo la duda en sus ojos pero, tras pensárselo, asintió.

Lo intentamos ese mismo día. Yo estaba sobre la cama y él sentado en un sillón en el extremo opuesto del cuarto. Los nervios y la tensión podían cortarse con un cuchillo, pero me obligué a comenzar. Me empecé a desvestir.

No salió bien. Su mirada fija en mí me excitaba. Al igual que el morbo por lo peligroso de la situación. Él también estaba excitado. La erección en sus pantalones era una prueba innegable. La otra era el ansia en sus ojos.

Por eso se fue. Salió de la habitación cuando sus ganas de comer crecieron demasiado. Era eso o hacerme daño.

No le culpé, por supuesto. Ya había imaginado que eso pasaría. Aun así, no perdí la esperanza. Quería creer que algún día podríamos llegar a estar juntos.

Y, tras semanas de intentos frustrados y algún que otro avance, por fin llegó el día. Esa vez yo estaba sentado sobre sus piernas. Estaba desnudo, por supuesto. Mis manos estrujaban su camisa y mis labios soltaban mi entrecortado aliento contra su cuello. ¿La razón? Esos dedos que me penetraban y la mano que nos masturbaba a ambos.

Estaba exultante. Por fin había conseguido algo más de participación por su parte y ahora apenas podía dejar de gemir su nombre junto a los “Más” y los “No pares. Por favor, no pares”.

La gran sorpresa llegó en ese momento, y fue un movimiento tan rápido, brusco e inesperado que me sacó un grito y me asustó. Porque aunque estaba sentado en sus piernas, al momento siguiente me había lanzado contra la cama, se colocó sobre mí y me penetró.

Mi grito fue más por la sorpresa que por el dolor. Celebraba que fuera más participativo, pero aun así no esperaba que llegáramos a este punto. No me quejé. Respondí a su beso cuando lo inició y moví mis caderas al son de las suyas. Quería disfrutar del momento, y quizá por eso no le di importancia cuando sentí sus labios en mi cuello. Fue un gran error. Puede que al principio solo me besara o se conformara con lamer mi sudor, sin embargo, pronto eso no fue suficiente.

En el momento en el que sentí sus dientes mordisqueando mi cuello y mi hombro, me excité incluso más de lo que ya estaba. El problema vino cuando hundió sus dientes en mi piel, cuando sentí mi propia sangre brotar de la herida y acabar en su boca.

Gemí de dolor y también por la excitación. La idea de alimentarle me excitaba tanto como me asustaba. No temía a la muerte, y quizá por eso en vez de alejarle lo que hice fue acercarle aún más a mí.

Deseaba que me mordiera de nuevo, que me comiera. Mi cuerpo se estremecía y de mi boca solo salía su nombre, siendo de forma entrecortada cuando me mordió de nuevo. Sonreí extasiado y solo me quejé cuando se alejó.

Le miré extrañado. Estaba confundido y desencantado. Sabía por qué se había separado, pero no por ello me gustaba la idea. Le llamé, pero él no me miró. Tenía la cabeza baja, con la sangre manchando su mentón. Estaba serio, tanto como jamás le había visto antes. Traté de acercarme pero se alejó. Le llamé de nuevo, esta vez preocupado, pero él negó con la cabeza y retrocedió aún más, saliendo de la propia habitación cuando intenté detenerle.

En el mismo momento en el que la puerta se cerró, solo pude parpadear sorprendido. La situación se había descontrolado de una forma que nunca me había imaginado y ahora me sentía excitado, confundido y, sobre todo, abandonado.

Me levanté, y el mareo que me sobrevino me obligó a apoyarme en la cama. Cerré los ojos y me llevé la mano al lugar donde me había mordido. Ahora que la excitación había pasado, el dolor era lo único que sentía. Lo peor fue comprobar que el daño era mayor de lo que había creído. Sangraba demasiado para una simple herida, y por eso llegué a la conclusión de que me había sesgado la yugular.

La puerta se abrió en ese instante, dando paso a la chica del servicio. Aunque poco más recuerdo de ese momento, pues no tardé mucho en desmayarme.

Cuando desperté, el dolor de mi cuello casi había desaparecido. Curioso, me llevé la mano al cuello solo para descubrir que me lo habían vendado. Eso era bueno. Explicaba por qué seguía vivo.

No sabía la hora exacta que era, pero pude ver que tenía una bandeja con comida sobre la mesita, al lado de la cama. Comí. Estaba hambriento, así que no dudé en comer la fruta que habían dejado ahí para mí, bebiendo también el vaso que había junto al plato.

Tras eso, no vacilé en levantarme y salir del cuarto. Quería saber qué había pasado, que me dijeran cuánto tiempo había estado inconsciente y, sobre todo, quería verle. Podía haber disfrutado el mordisco, podía haberme excitado por ello, pero estaba preocupado por él. Necesitaba verle.

Recorrí varios de los pasillos. El lugar era grande, aunque no tardé en llegar a la cocina. Allí, la chica y el cocinero no tardaron en volverse hacia mí al verme. La primera intentó que volviera a la cama, diciendo que necesitaba descanso. No obstante, cuando vio que eso no sería posible, accedió a que me quedara con ellos.

Gracias a ellos descubrí que llevaba casi dos días en la cama. Como había supuesto, el mordisco fue más grave de lo que me pareció y la yugular se vio afectada. Fue una suerte que lograran parar la hemorragia a tiempo, y luego el descanso me devolvió las fuerzas perdidas.

También les pregunté por él, quería saber dónde estaba y verle, hablar con él sobre lo ocurrido. Sin embargo, lo único que pude sacar de ellos era que había salido y que no sabían cuándo volvería.

Chasqué la lengua decepcionado. Comí y bebí un poco más, aprovechando la comida que estaban haciendo. En vez de volver a mi cuarto, no quise desperdiciar que ese día no llovía y salí al jardín. Sabía que algo de sol y calor me vendría bien.

Así pasé los siguientes tres días. Me levantaba, desayunaba, le preguntaba a la del servicio por él y, cuando me respondía que aún no había llegado, dedicaba el día a recuperar fuerzas.

Fue al cuarto día cuando supe que había llegado. Me había quedado dormido en el jardín, así que, cuando me desperté y vi que estaba en mi cuarto, supe al instante que él había regresado.

Me levanté de la cama y salí de la habitación. No sabía por dónde empezar a buscar, pero no me hizo falta. Me lo encontré de frente nada más dar unos pasos.

“Iba a buscarte”, le dije, deteniéndome antes de darme de bruces contra él. Asintió en silencio. Dio media vuelta y empezó a caminar. Le seguí. No estaba muy seguro de adónde se dirigía, pero no estaba dispuesto a quedarme atrás. Teníamos que hablar.

Entramos en su despacho. Era la primera vez que entraba en esa habitación, y, a pesar de ello, los libros, muebles, cuadros y la chimenea que en otra ocasión hubieran atraído mi atención, esa vez apenas se llevaron un rápido vistazo por mi parte. Mi atención estaba centrada en otra cosa.

—Lo siento. —Le escuché decir.

Le miré. Se había separado de mí para ir hacia la ventana, donde se había apoyado. Me miraba desde allí con una cara tan seria que en realidad parecía que se había muerto alguien.

Negué con la cabeza. Intenté decirle que no era culpa suya, que yo tuve la culpa al haberle llevado a tal extremo. No me dejó hablar.

—No debí dejarme llevar.

—Y yo debí apartarte —le corté—. No te culpo por lo que pasó. Solo… Solo me hubiera gustado que no hubieras desaparecido.

Lo último lo dije en un susurro. Era lo que más me había dolido. Comprendía por qué había tenido que irse, lo sabía, pero me habría gustado verle a mi lado cuando desperté esa primera vez. No haber tenido que preguntarme dónde estaba durante todos esos días.

Él desvió la mirada. Quería acercarme a él; sin embargo, debido a lo tenso que le veía, temía que me rechazara.

No sabía qué decir. Sabía que debíamos hablar del tema, aclararlo todo, pero las palabras no salían de mi boca. Quedaban atrapadas en mi garganta.

—He estado pensando.

Alcé la vista nada más escucharle. Le miré interrogante, pero él no me miraba a mí. No en ese momento al menos. Sus ojos estaban centrados en lo que sucedía al otro lado de la ventana.

—¿A qué te refieres? —le pregunté, avanzando un paso hacia él.

—No pienso volver a tocarte.

Las palabras me causaron tal impresión que me detuve en mitad de un paso. Le miré. Ahora sí me miraba, y lo único que veía era una enorme seriedad en sus ojos.

—¿Qué? —farfullé, aún sin procesar lo que mis oídos habían escuchado—. ¿Por qué?

—No pienso volver a ponerte en peligro. Todo esto fue una insensatez. Nunca debimos…

—¡Pero tú querías! —exclamé.

Él asintió. Eso era bueno. Al menos no lo negaba, no me echaba toda la culpa a mí. Lo que dijo luego ya no me gustó tanto:

—Fue una estupidez. Debí entender que nunca podría llegar a darte lo que querías. Que lo único que conseguiría con esto sería ponerte en peligro

Negué con la cabeza. No quería seguir escuchándole decir eso. Podía haber salido mal, pero esa solo había sido una de las muchas veces en las que algo fue mal. Y no entendía por qué quería rendirse ahora.

—Vale, sí, salió mal —acepté. Estaba nervioso y tuve que estrujarme las manos para que dejaran de temblar—. Pero… Pero no hay por qué ser tan negativo. Podemos volver a intentarlo —le dije, esperanzado—. Hacer como antes: esperar a que estés preparado y…

—¡Pude haberte matado!

—¡Pero no lo hiciste! —le rebatí con acierto—. ¡Te controlaste!

—¿Control? —La risa sarcástica que salió de sus labios me hizo callar—. ¿Sabes acaso lo que he estado haciendo estos últimos días? He estado cazando —me confesó—. Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses. ¿Y sabes qué es lo peor? —Negué con la cabeza. Una parte de mí lo presentía, pero no quería confirmarlo. No quería escucharlo—. Que daba igual a cuántas personas comiera. Siempre tenía que luchar contra la idea de volver aquí y matarte.

Mi cuerpo se estremeció. La primera causa era el miedo, la segunda, la excitación. Ahora que se había acercado a mí, ahora que estábamos frente a frente, veía el hambre en sus ojos, veía sus ganas de comerme, y eso me aterrorizaba tanto como me excitaba.

Abrí la boca. Quería explicarme, decirle algo, cualquier cosa, pero él no me dejó hablar.

—No voy a volver a tocarte —repitió—. Y no hay más que hablar.

La discusión terminó ahí, por supuesto. Sabía que nada de lo que le dijera le haría cambiar de opinión. Y yo estaba demasiado furioso y asustado como para querer seguir allí con él.

Me fui. Abandoné la habitación tras un portazo y me encerré en mi propio cuarto. No quería volver a saber de él. No hasta que los ánimos se calmaran.

La tensión que hubo en la casa los días siguientes podía cortarse con un cuchillo. No le vi. No quería. Aún estaba enfadado. Me enojaba pensar que quería rendirse solo por un fallo. Sí, podía haber muerto, pero era algo que yo había asumido cuando acepté seguir en esa casa, cuando le dije que necesitaba algo más que solo saber que sentía algo por mí.

Además, todo había acabado en un susto, ¿no? Nada malo me había pasado al final. Él se había reprimido. Se había ido para evitar hacerme más daño. Aunque lo único que había conseguido era que matara a todas esas personas los días que no estuvo en la casa.

El pensamiento no me gustaba, pero estaba ahí. Aun así, más que asustarme o asquearme, mi cuerpo temblaba por otro sentimiento al que no me atreví a poner nombre.

Esos días, en vez de comer con él como iba siendo lo habitual, bajaba a la cocina. No quería verle, pero tampoco quería comer solo. Por eso bajaba, así podía estar con la chica del servicio, el cocinero y, a veces, alguno de los guardias.

Eran ellos los que me entretenían y me hablaban de las cosas que pasaban en el exterior. ¿Cómo se enteraban? Nunca se lo pregunté. No lo vi importante.

Excepto un día. Uno de esos en los que comí junto a ellos. Había pasado ya casi una semana desde la discusión y los ánimos aún no se habían calmado. Y eso se notaba. Incluso ellos lo notaban. Fue ese día cuando la chica decidió preguntarme. Y fue ahí cuando les conté todo lo que había pasado.

Se hizo el silencio. Sabía que estaban al tanto de nuestra relación, pero nunca me preocupé por saber qué opinaban. Por suerte, ninguno parecía creer que en verdad me estaba aprovechando de su jefe. Lo que más pude ver en sus rostros fue la preocupación.

—Chico, si un zombi te dice que te alejes de él por tu propio bien, tú callas y obedeces —empezó a hablar el cocinero, rompiendo con ello el silencio creado—. Si hubiera una lista de seres a los que es mejor hacer caso, te aseguro que él estaría en la primera posición. Los suicidas no viven mucho tiempo, y nunca te tomé por uno.

Traté de explicarme, pero él me acalló al alzar un dedo de su diestra.

—Voy a contarte algo. Llevo mucho tiempo aquí, y eso me ha permitido descubrir cosas sobre los zombis que, de otro modo, jamás habría llegado a saber. ¿Quieres que te diga una de ellas? —Asentí—. Aprendí que el metabolismo de los zombis es más lento que el nuestro. ¿Sabes lo que significa? Significa que no necesitan alimentarse tantas veces como nosotros —se respondió sin darme opción a hablar—. Es la gula lo que les hace comer tanto. El simple acto de cazar y comer. Pero no lo necesitan realmente. En todos los años que llevo aquí he podido confirmarlo. Él, por ejemplo, solo se alimenta una o dos veces al mes. ¿Sabes cuántas veces se alimenta desde que llegaste a esta casa? —Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y supe que la respuesta no me gustaría. Negué con la cabeza—. Una o hasta dos por semana.

La confesión me pilló desprevenido y me hizo pensar. Porque si ahora comía tanto era por mi culpa, para evitar que el hambre pudiera con él y, así, no hacerme daño.

Por otra parte, sus palabras volvieron a mí. Ese “Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses” que me dejó pensando cuántas muertes se habían dado por mi culpa esos días que había pasado fuera.

El resto del día lo pasé pensando en todo ese tema. Sabía que no quería dejarlo, no pensaba rendirme, pero tenía que encontrar una forma con la que llegar a un acuerdo con él. Hacerle ver que, a pesar de que pude haber muerto, eso podría no volver a pasar si teníamos aún más cuidado.

Decidí hablar con él. Quería arreglar las cosas y, además, le echaba de menos.

No estaba seguro de dónde podría estar, así que le busqué primero por fuera y luego por los lugares donde solía estar, como la biblioteca. Después fui a su despacho, pero no estaba allí. Al final, me decidí por buscarle en su cuarto.

Me dirigí hacia la habitación, deseando que estuviera allí. Quería verle. Lo necesitaba. Podía haber estado enfadado, pero ahora ya no lo estaba. Lo único que quería era aclarar las cosas y poder estar con él.

Sin embargo, no llegué a tocar la puerta de su habitación. ¿El motivo? Los sonidos que provenían de la habitación de al lado.

Me detuve en mitad del pasillo. Mi mente centrada en esos sonidos que, al instante, pude definir como gemidos. Miré hacia la puerta. Nunca había estado al otro lado, pero sabía que era una de las habitaciones prohibidas. ¿Qué era lo que hacía allí? No lo sabía, pero tenía mis sospechas.

Inconscientemente, mis pies se movieron y pronto estuve justo frente a ese trozo de madera que me distanciaba de él. Mi mano estaba posada en el pomo, uno que no tardé en girar para poder acceder a la habitación.

Lo que vi allí, me dejó sin palabras. Podía haber visto a zombis alimentándose alguna vez, pero nunca desde tan cerca. Porque eso era lo que estaba haciendo él. Allí, en esa cama que ocupaba la mayor parte de la habitación y que era casi el único mueble en ella. Allí, junto a una chica que le abrazaba y en ese momento le besaba. Los dos cubiertos de sangre, los dos tan juntos que parecían uno… No pude evitarlo. Me excité.

Y algún ruido debí hacer, o quizá fue mi propio olor lo que le advirtió, porque no tardó en distanciarse de ella e, incluso, volverse hacia mí.

Me miró. Susurró mi nombre con unos labios cubiertos de sangre que luego goteaba desde su mentón hasta su pecho desnudo. Me miró y en sus ojos pude ver hambre y sorpresa, pero también miedo.

Se levantó. La chica se quejó por la pérdida de atención, pero él la ignoró. Solo tenía ojos para mí. Igual que yo para él.

Se acercó. Caminó despacio y yo solo podía mirar. Quería hacer algo, pero no estaba seguro de qué. ¿Irme? ¿Quedarme? ¿Acercarme a él? No lo sabía. Mi cuerpo no me obedecía y en mi mente solo se repetía la escena anterior una y otra vez.

Estaba en shock.

Ni siquiera escuchaba. Él decía mi nombre, pero no le oía. La única palabra que finalmente llegó a mí, fue una orden: “Vete”.

Obedecí, por supuesto. Antes de darme cuenta, mis pies me habían sacado de esa habitación y me habían llevado a la mía.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella mientras mi mente trataba de asimilar lo que acababa de ver. No sé cuántos minutos estuve así, solo me separé cuando alguien llamó.

El gesto me hizo dar un pequeño salto al no esperármelo. Miré la puerta. No me hacía falta preguntar para saber que era él quien había llamado. Lo que no sabía era si quería abrirle.

Lo hice.

Tras un minuto sin saber qué hacer, abrí la puerta y le dejé entrar. Él estaba ahí. Salvo que ya no había sangre e iba completamente vestido. No quería asustarme.

Me aparté de él. Me acerqué a la cama, dejando espacio entre nosotros. No estaba seguro de qué decirle ahora que le tenía delante. La discusión había pasado al olvido, siendo suplantada por la imagen de él alimentándose.

—¿Quién es ella? —le pregunté entre celoso y curioso.

Se encogió de hombros. Se había mantenido en silencio hasta ahora, quizá porque tampoco estaba seguro de cómo explicarse ni qué decir, pero no dudó en contestarme:

—No lo sé —me dijo—. Alguien que quiere morir.

Le miré confundido. Y él debió de ver la incomprensión en mi rostro, pues no tardó en explicarse.

Me dijo que era conocido no solo por su poder, sino porque aceptaba a esos que querían morir. De esa manera, muchas personas preferían acercarse a la casa y acceder a ser comidas en vez de suicidarse de alguna otra forma. Él aceptaba, por supuesto. Eso implicaba tener comida gratis todo el año.

—Y los que te comiste esos días que estuviste fuera, ¿también eran gente que quería morir? —le interrogué a sabiendas de la respuesta que me daría.

—Sabes que no.

Asentí en silencio. La respuesta era la prevista, pero eso no lo hacía más fácil. Ni siquiera saber que algunos le buscaban para morir facilitaba las cosas.

Él se mantuvo en silencio. Me dejó mi tiempo y también espacio para procesarlo todo. Aunque había algo más que hacía que no se atreviera a acercárseme. ¿El qué? El miedo a un posible rechazo por mi parte.

Porque a mí podía asustarme la idea de que él se dejara llevar y terminara matándome, pero a él también le asustaba que yo decidiera alejarme de su lado por miedo.

Lo que él no sabía era que no solo había sentido miedo. Lo que él desconocía era que verle en esas condiciones, en vez de asquearme, había conseguido excitarme. Quizá por eso no se esperó las siguientes palabras que pronuncié:

—Quiero estar presente.

La perplejidad se quedó pequeña al lado de lo que sintió al oírme. Sabía a qué me refería. Sabía que lo que quería era estar presente cuando volviera a comer. Se negó.

—Es peligroso —trató de hacerme ver.

—Puede ser —admití—. Pero piénsalo, estabas más calmado ahí que la otra vez que estuvimos solos —le dije—. No me atacaste. Pudiste hacerlo y no me tocaste.

—Fue por la sorpresa. No esperaba que me vieras así.

Negué con la cabeza. No quería escuchar esas excusas con las que intentaría convencerme. Lo que quería era que me escuchara ahora a mí. Me enfrenté a él, serio, tomándome la licencia incluso de señalarle y golpear su pecho con mi dedo al mismo tiempo que hablaba.

—Tu alimentación es parte de lo que eres y no vas a conseguir alejarme de esto. Me da lo mismo que tengas que alimentarte de personas y que las folles mientras te las comes. No pienso quedarme a un lado —declaré—. Quién sabe, quizás así consigas ir aceptándome poco a poco —agregué con una sonrisa ahora.

Él me miró fijamente. Sabía que intentaría negarse, así que le acallé al alzar un dedo. “Si tengo que volver a entrar cuando estés en esas, lo haré”, le aseguré. Y él supo que hablaba en serio. Y por poco que le gustara la idea, aceptó.

—Pero te quedarás al margen —me dijo—. Te quiero en la puerta, no más cerca. Y saldrás si hago el amago de acercarme a ti.

Asentí. Era mucho más de lo que había esperado conseguir en un principio, así que no me negué a ello. Sus condiciones tenían sentido y sabía que solo se preocupaba por mí. Habría aceptado, pero eso no quería decir que se arriesgaría aún más a hacerme daño.

Aclarado todo, sonreí. Por primera vez en ese día, me permití sonreírle. Acto seguido, me acerqué a él y le abracé. Porque, ahora que todo estaba claro, quería que viera no solo que no le temía, también que le extrañaba y que quería estar a su lado como antes.

Le noté tenso, pero pronto respondió a mi gesto. Me rodeó con sus brazos y me estrechó con fuerza. “Prométeme que tendrás cuidado”, me susurró al oído tras aspirar una vez más mi olor. Y yo asentí.

Decidimos intentarlo la próxima vez que él comiera. La víctima era un chico esta vez. Otro más que se había cansado de la vida afuera y quería ponerle fin.

Estaba nervioso, de pie al lado de la puerta. Tenía órdenes de salir de la habitación si veía que algo iba mal. Aunque claro, no podía decirse que quedarme ahí parado mientras veía cómo mi pareja se comía y follaba a un desconocido fuera del todo normal.

¿Qué ocurrió? No voy a daros detalles de cómo le folló o cómo le comió. Os diré que lo vi todo y que no fue asco lo que sentí.

Él me miraba. Parecía estar centrado en el otro, pero en verdad desviaba su mirada hacia mí cada cierto tiempo. ¿Por qué lo hacía? Quizá por ansia o quizá para asegurarse que seguía ahí, inmóvil, viéndole alimentarse.

Fue cuando todo terminó y él se acercó a mí, cuando asimilé totalmente lo que había visto. Solté todo el aire en un exabrupto. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared.

Le pregunté si iba a comerme a mí también, y él negó con la cabeza. Lo que hizo fue sostenerme y llevarme a mi cuarto. Y puede que se hubiera limpiado parte de la sangre y el resto de fluidos, aun así, el olor llegó a mí con más fuerza que antes, inundando mis sentidos.

El resto del día lo pasé en la cama. Él desapareció un tiempo para ducharse y cambiarse, después volvió y permaneció conmigo el resto de la noche. Primero, sentado en el sillón. Luego, cuando le llamé, a mi lado en la cama.

Ninguno habló sobre lo que había pasado. Sabía que no había nada que explicar y yo tampoco tenía nada que decirle. Lo único que me preguntó era si quería seguir con eso.

Asentí. Porque podía haber sido difícil, porque podía tener grabados en mi mente los gemidos y luego los gritos del chico, pero no pensaba rendirme. Había elegido ese camino y pensaba recorrerlo hasta el final.

Pasaron los días. Él se alimentaba y yo estaba ahí. Lo veía todo desde la puerta, sin acercarme, sin moverme, escuchándolo y viéndolo todo como un mero espectador más.

Hasta que un día no pude quedarme al margen y me acerqué. Fui hacia él, hacia esa cama de sábanas revueltas y manchadas donde estaba dándose su festín. Caminé hacia ellos y, una vez a su lado, sonreí cuando me miró.

Luego le besé. No le dejé decir nada, no le di tiempo. Uní mis labios a los suyos y saboreé la sangre del otro al mismo tiempo que su boca. “Fóllame”, le dije y él asintió con la lujuria y el hambre brillando en sus ojos.

Me desvistió a toda prisa. Las caras ropas que llevaba puestas no tardaron en convertirse en un amasijo de harapos tirados en el suelo. Su fuerza era amedrentadora, y lo que más morbo me daba era saber que en cualquier momento podía rendirse a su instinto y comerme a mí también.

No lo hizo. No estaría contándoos esto de haber muerto ese día. Pudo morderme con saña, arrancarme algún grito de placer y dolor y saborear mi sangre al hacerme alguna herida, pero nada serio. A mí me folló y al otro le devoró. Y aunque fue a mí a quien llevó al clímax entre sangre y vísceras, no pude evitar sentir cierta envidia por ese chico que le había servido de cena. Porque el chico había muerto por él, porque con ese gesto se lo había dado todo, y a mí no me dejaba hacer lo mismo.

Repetimos esa misma situación muchas veces más. Paradójicamente, esta parecía ser la única manera en la que podía follarme sin temor a convertirme en su almuerzo, así que lo aprovechamos.

Siempre era igual. Yo me quedaba junto a la puerta y, cuando él ya había comido lo suficiente, me acercaba y lo hacíamos rodeados por los restos del otro. A veces sentía trozos de carne pasar a mi boca durante un beso. Otras veces sentía las vísceras reventar bajo el peso de ambos. En el primer caso, tragaba la carne sin darle importancia, y en el segundo, dejaba que él me lamiera hasta quedar satisfecho. La envidia nunca se fue, aunque reconozco que disfrutaba de esas sesiones de sexo desenfrenado como un niño de su juguete nuevo. Era tan excitante como peligroso, y eso me encantaba.

No fue suficiente. Poco a poco empecé a desear más.

La idea de que me mordiera se instaló en mi cabeza. Me excitaba pensar en ser comido por él. No era por el hecho de que me comiera, sino por todo lo que ese gesto significaba. Porque así sería parte de él.

Sin embargo, sabía bien que no aceptaría. No me hacía falta hablar con él para saber cuál sería su respuesta. Me la imaginaba muy bien.

Por ello, lo que hice fue tratar de conformarme con mordiscos. Le pedía que me mordiera. “Más fuerte”, “Hazme sangrar”, le susurraba cada vez que notaba sus dientes en mi piel. Luego fui yo quien le besaba tras hacerme una herida en el labio o la lengua. Quería que se descontrolara y me comiera. Y por eso, cada orgasmo que me provocaba tenía un pequeño regusto a derrota. Seguía vivo.

Se dio cuenta, por supuesto. Puede que al principio pensara que todo se debía a la excitación del momento, pero no tardó en atar cabos. Se enfrentó a mí. Discutimos. Él me decía que estaba loco y yo le replicaba diciéndole que era mi vida y que podía hacer con ella lo que quisiera.

Intentó convencerme. Me dijo que no quería perderme. Y yo le respondí que terminaría perdiéndome igual. Que, de esta forma, al menos formaría parte de él.

No accedió, por supuesto. Me dejó solo en el cuarto tras declarar que no pensaba hacerlo, y me avergüenza decir que destrocé un par de cosas a causa de mi enfado por no conseguir lo que quería.

Más días pasaron. El tema seguía presente y eso se notaba en la tensión entre ambos. Y podía comprender su punto de vista, pero también sabía que eso que teníamos no duraría para siempre. Porque él no envejecía y yo sí. Porque pronto podía cansarse de mí y abandonarme a mi suerte tras cambiarme por otro.

Lo reconozco, ese era mi mayor miedo. Porque podía ser joven, pero eso no duraría para siempre. Y él seguiría ahí, viviendo incluso cuando mis huesos se convirtieran en polvo con el paso de los años. Porque mi vida y todos los momentos compartidos no ocupaban más que un parpadeo si lo comparábamos con el tiempo que él viviría. Algo que terminaría olvidando. Por eso quería que me comiera ahora antes de que eso pasara.

Traté de explicarme, pero no quería escuchar. Me decía que, si quería que eso pasara, más me valdría salir de la casa y buscar a otro zombi, porque él no iba a hacerlo.

No me fui. No quería que otro me comiera, quería que fuera él. Aunque sabía que nunca lo haría.

Al final me rendí. No quería seguir enfadado con él y sabía que jamás aceptaría, así que me rendí. Acepté que él había ganado y me disculpé por pedirle algo así.

Puede que aceptara mis disculpas, pero sé que no me creyó. Al principio pensó que era una treta, y solo me creyó al ver que no volvía a pedírselo ni intentaba nada. De todos modos, nunca bajó la guardia del todo. Sabía que podía haberme rendido, pero también sabía que la idea persistía en mi mente.

Forjó un plan: darme motivos para querer vivir. Retomamos las clases y me contaba cosas sobre cómo era todo antes sin que yo le preguntara. Quería que quisiera vivir. Lo que no entendía era que, a pesar de quererlo, la idea de darle mi vida era más fuerte.

El tiempo pasó. Tantos días que perdí la cuenta. Y todo siguió igual. En realidad, nada cambió hasta esta misma mañana, cuando me despertó el sonido de los gritos.

Abrí los ojos sobresaltado. El sueño no me había abandonado por completo, pero lo hizo cuando escuché el sonido de cristales y cosas rotas. Me levanté al instante. Mi mente trataba de encontrar una explicación, pero no di con ella. Además, no tenía a nadie a quien preguntarle.

Estaba solo en el cuarto. Él había salido hacía un par de días tras decirme que tenía que hacer algo importante, y aún no había vuelto. Por ello, no dudé en salir de la habitación e ir a buscar a los demás. Podía no estar seguro de lo que estaba pasando, pero estaba claro que era algo serio.

Salí al pasillo. Los ruidos se escuchaban con más fuerza ahora, acompañados por gritos. Tragué saliva. No estaba seguro de a dónde ir. ¿Debería tratar de escapar? ¿Debería esconderme? ¿Dónde? Todas esas preguntas inundaban mi cabeza junto a la más importante: “¿Qué está pasando?”. Sin embargo, esta última no tardó en ser respondida.

Cuando me disponía a doblar una esquina, me encontré de frente con uno de los guardias, que corría en mi dirección. Choqué contra él, y no caí al suelo solo porque él me sujetó con fuerza.

—¡Han entrado en la casa! —me dijo antes de que pudiera pronunciar palabra—. ¡Tienes que huir!

Quise preguntarle quién había entrado, pero la pregunta murió en mi garganta cuando escuché su grito de dolor. Mis ojos se abrieron de par en par, todo por la sangre que me había salpicado, producto de la herida que acababan de hacerle al otro al clavarle una daga en el cuello.

Me quedé ahí parado, en shock. Lo único que me hizo volver en sí fue el empujón del guardia y su última orden. Un “¡Vete!” al que no dudé en hacer caso.

Di media vuelta y corrí todo el pasillo sin querer mirar atrás. Sabía que me perseguían, escuchaba sus pisadas, y por eso no dejé de correr, tratando de poner cuantos más obstáculos mejor entre mi perseguidor y yo.

Llegué a la cocina. Había intentado escapar por la puerta principal, pero me había resultado imposible al ver que varios desconocidos estaban en los pasillos cercanos. Por ello, lo intenté por la trasera y para ello necesitaba entrar en la cocina. Además, estaba seguro de que el cocinero y la chica del servicio estarían allí y no quería dejarlos atrás.

No me equivoqué. Tanto el uno como la otra estaban allí, sí, aunque no de la manera que me había esperado.

El olor a sangre, inconfundible a estas alturas para mí, me asaltó nada más entrar en la cocina. Una mueca de asco se dibujó en mi cara y las arcadas no tardaron en aparecer. No cuando vi de dónde procedía el olor.

Tirado en el suelo, con el torso abierto de par en par y las vísceras escapándose de su cuerpo, estaba el cocinero. Estaba muerto. Lo inhumano de su postura y toda la sangre a su alrededor me lo confirmaban. El cuchillo a su lado me decía que había tratado de defenderse, aunque estaba claro que no le había servido de mucho.

Fue un nuevo grito lo que me hizo desviar la mirada. Así fue como vi a la chica del servicio tratando de defenderse como fuera de los tres hombres que la acorralaban contra la pared.

Furioso, agarré el cuchillo y me acerqué a ellos. No sabía quiénes eran ni me importaban. Tenía claro que no deberían estar ahí y que habían sido ellos quienes habían matado al cocinero, y eso era todo lo que necesitaba saber.

No funcionó. No me habían visto entrar y la chica estaba demasiado ocupada llorando y tratando de alejarse de las garras de uno, como para poder hacer más. Sin embargo, eso no impidió que me olieran. Fue así como descubrí que eran zombis.

En el momento en que mi olor llegó hasta ellos, los tres parecieron olvidarse de la chica para centrarse en mí. Tragué saliva. El hambre, ese mismo sentimiento que en él me excitaba, ahora me aterrorizaba al verlo en los ojos de los tres desconocidos.

Retrocedí un paso, asustado, y agarré el cuchillo con fuerza. Podía no haberle servido de mucho al cocinero, pero no por eso pensaba rendirme. Si me rendía, acabaría muerto.

Me enfrenté a ellos a pesar de que mi instinto me decía que debía escapar. Me enfrenté a ellos sabiendo como sabía que lo más seguro era que todo acabara ahí para mí. Y lo único que conseguí fue herir a uno antes de que me dejaran inconsciente.

El dolor de cabeza fue lo primero que sentí cuando desperté. Lo segundo, fue que, al abrir los ojos, pude ver que ya no me encontraba en la cocina de la mansión.

Confundido, traté de levantarme. Y digo “traté” porque hubo dos cosas que me lo impidieron: el mareo que aún sentía por el golpe dado, y el grillete en mi tobillo que me encadenaba al suelo.

Miré a mi alrededor. Estaba en una especie de escenario, donde yo parecía ser el centro de atención. No pude ver a nadie, ni siquiera en las butacas sentado, pero sabía que no estaba solo. Lo sentía.

—Vaya, vaya. ¿Ya te has despertado? Has tardado, puro.

Una voz ajada llegó hasta mí, poniéndome los pelos de punta. Me giré, quedando frente a uno de los pasillos que daban al escenario, donde aparecieron dos hombres. El primero era joven, más o menos como yo. El segundo, por el contrario, era viejo. Su cuerpo estaba inclinado hacia delante y caminaba apoyado en un bastón y en el brazo del otro.

Me quedé observándoles, sin saber quiénes eran y qué podrían tener contra mí.

—¿No me reconoces, puro? —me preguntó al llegar hasta mí.

El odio estaba presente en su voz. Un odio tan visceral que me hizo estremecer. Le miré. Miré su rostro, plagado de arrugas, su cabello, canoso, su ropa, cara; pero nada me hizo saber quién era. No conocía a nadie tan viejo. Nadie vivía tanto tiempo como para envejecer hasta tal punto.

Negué con la cabeza.

—Quizás esto te refresque la memoria…

En un movimiento lento, en el que quedó patente el esfuerzo que debía hacer, el hombre se arremangó un brazo y me dejó ver lo que en él había: el tatuaje de un cuervo blanco.

Mi corazón se detuvo, todo por la sorpresa. Estaba perplejo. Porque reconocía el tatuaje, porque sabía que el cuervo blanco solo podía llevarlo una persona, y ese era el líder.

—Eres el cuervo.

El susurro salió de mis labios sin que me diera cuenta. Y él rió. Una risa gastada, ronca y llena de malicia que combinaba perfectamente con la mirada que me dirigía.

—Lo soy.

El hombre dio un paso más hacia mí, dirigiéndome una sonrisa a la que le faltaban varios dientes. Parecía estar riéndose de mi desconcierto y mi perplejidad. Y no era para menos, porque no lo entendía. ¿Cómo, si apenas habían pasado unos años desde que salí de aquí, había podido envejecer tanto? Era imposible. La última vez que le había visto aparentaba unos cuarenta, pocos más. ¿Cómo era que ahora parecía tener más de ochenta? No lo entendía.

—¿Qué…?

—¿Qué me ha pasado? —terminó él por mí. Asentí—. ¡Ese zombi es lo que me ha pasado!

El grito, enfadado, vino acompañado de un movimiento del bastón. Traté de esquivarle, pero la cadena era corta y no me daba mucho movimiento. Por ello, no pude evitar que me golpeara en el costado.

—¡Me engañó! ¡Ese hijo de perra jugó conmigo sabiendo que esto pasaría!

Cada palabra venía acompañada de un nuevo golpe. Unos que yo traté y no conseguí evitar.

El sonido del bastón golpeándome restallaba en el lugar, acompañado por el de mis quejidos. Daba igual lo mucho que, en un principio, quisiera mantenerme firme. El dolor estaba ahí, cada vez que ese palo de madera me alcanzaba. Y los siseos de dolor no tardaron en convertirse en gritos.

Solo se detuvo cuando me tuvo de nuevo en el suelo tirado. Y sé que no fue por mí. El resuello y la pregunta preocupada del otro chico me dieron la confirmación que necesitaba para saber que tanto esfuerzo parecía haberle pasado factura.

Traté de levantarme. Tenía los brazos, los mismos con los que había detenido la mayor parte de los golpes, llenos de moretones. Y el rostro me dolía por haber sido alcanzado también. Igual el torso. El cuerpo me dolía como hacía tiempo que no hacía y la cabeza me seguía dando vueltas. Hacía mucho que no sufría una paliza así, desde antes de ir a la casa por primera vez. Aun así, me levanté y me enfrenté a él. Sabía que de nada me servía permanecer en el suelo. Su mirada me lo dejaba bien claro.

—Pero estate tranquilo —habló tras recuperar el aliento, sus ojos fijos en mí—. Le haré pagar por lo que me ha hecho. ¿Verdad, chicos?

Sus ojos se dirigieron hacia los alrededores y no pude evitar imitarle. Fue así como pude ver a esos cinco hombres que ahora se acercaban con la intención de rodearme. Todos bajo las órdenes del cuervo.

Empecé a temblar. Tiré de la cadena, pero no sirvió de nada. Era gruesa y yo no tenía la fuerza suficiente como para romperla. No tenía escapatoria y lo sabía. Estaba atrapado.

Aun así, no me quedé parado. Podía dolerme el cuerpo, podía saber que no serviría de nada, pero no pensaba quedarme de brazos cruzados. Podría no ser muy ducho en las peleas, pero había vivido casi toda mi vida ahí fuera y eso no se hacía sin pelear de vez en cuando.

Mentiría si dijera que lo tuve fácil. Mentiría si dijera que no me golpearon, que esquivé sus golpes y devolví algunos. ¡Ja! Ya me habría gustado.

El primer golpe lo recibí en el rostro. Un puñetazo que no conseguí esquivar y que por poco me rompe la nariz. Retrocedí por impulso, con un siseo de dolor.

No tuve suerte. El paso solo me llevó a los brazos de otro de los hombres, uno que aprovechó para sujetarme mientras uno de sus compañeros me golpeó.

El golpe me dejó sin aire. Me había alcanzado en el estómago, por lo que mi cuerpo se dobló. O eso habría hecho de no impedírmelo el otro mientras se reía.

Traté de desasirme, pero no tuve mucha suerte. El agarre era fuerte, como suponiéndose lo que iba a hacer. No me quedé quieto. Antes de que otro de los hombres del cuervo pudiera golpearme, fui yo quien le dio una patada en la espinilla al que me sujetaba.

El golpe pudo no ser suficiente para que me soltara, pero sí lo fue el cabezazo que conseguí darle en la nariz. Le escuché soltar una maldición justo cuando sus manos me soltaron. Sonreí.

Mi suerte no duró mucho. Y, al instante, mi sonrisa se convirtió en un gesto de dolor. Grité cuando algo golpeó mi pierna con fuerza. Trastabillé y no pude evitar caer de rodillas. Algo que los otros aprovecharon bien.

Puñetazos, patadas… Los golpes se sucedían sin que yo pudiera hacer algo más que quejarme. El dolor aumentaba a cada segundo, las fuerzas me abandonaban y el sabor de la sangre inundó mi boca.

Traté de protegerme, hacerme un ovillo para así evitar la mayor parte de los golpes, pero no fue posible.

Al final acabé en el suelo, sin que los otros me dieran ni un segundo de tregua. Todo el cuerpo me dolía, la cabeza me daba vueltas y mi visión se había vuelto borrosa. No sabía cuánto más iba a poder aguantar antes de desmayarme. Lo único que sabía era que, cuando eso pasara, podía darme por muerto.

—No… No lo entiendo… —conseguí susurrar con esfuerzo.

Escupí la sangre de mi boca, mientras traté una vez más de proteger mi cabeza con los brazos. Grité cuando una nueva patada me dejó sin aire, al tiempo que una risa sarcástica inundaba el lugar.

—¿No lo entiendes?

Era el cuervo el que hablaba. El hombre chascó los dedos y, al instante, sus hombres se detuvieron. Los golpes cesaron, dejándome por fin respirar tranquilo pero no sin dolor. Cada respiración costaba más que la anterior.

—¿No lo entiendes? —repitió al llegar hasta mí.

Gemí de dolor cuando la punta del bastón se clavó con fuerza en mi vientre. Traté de apartarme, pero uno de sus hombres me pisó la mano con fuerza, dejándome claro cuál era mi lugar. Grité. Dejé de moverme y solo me atreví a respirar cuando el otro por fin me liberó.

—Tu querido zombi me engañó —siguió hablando el líder de los cuervos, con el desprecio en su voz—. ¿Sabes lo que me pagó por ti? ¡Responde!

Un nuevo golpe, un nuevo grito por mi parte. Y mi cabeza cada vez más dispersa aunque yo intentara centrarme.

—A… Años —respondí con esfuerzo, sintiendo de nuevo el sabor de la sangre en mi boca—. Te pagó años.

—Exacto. —Le escuché decir, con una sonrisa siniestra en su rostro—. Me pagó quinientos años por ti, escoria. Y yo, pensando que sería el mejor trato de mi vida, acepté sin dudar.

La risa volvió a escucharse. Sarcástica, cínica, con un punto de locura que era lo que más me asustaba. El cuervo estaba loco.

A un gesto suyo, dos de sus hombres me pusieron de rodillas, uno de ellos obligándome a alzar la cabeza al tirarme del pelo. Así, quedé frente a frente con ese psicópata que me observaba con total desprecio.

—Lo que no me dijo, era que no iba a dejar de envejecer —continuó diciendo—. ¡Lo que no me dijo, era que lo haría aún más rápido!

La bofetada que me dio me volteó la cara. La cabeza me daba vueltas y solo me mantuve porque eran los hombres del otro los que impedían que cayera.

—¿No lo sabes? Es el organismo de los zombis el que les hace dejar de envejecer. ¡Es el hecho de comer carne lo que los mantiene jóvenes! ¡Y yo no soy ningún jodido zombi!

Una nueva bofetada. Un nuevo quejido que salió de mis labios. Quería cerrar los ojos, pero sabía que, si lo hacía, nunca los abriría de nuevo. Iban a matarme. Lo sabía tan bien como sabía que nadie iba a poder impedírselo. Ni siquiera él.

—¡Diles que entren! —Escuché ordenar al cuervo—. ¡Tráelos aquí!

El chico a su lado corrió por uno de los pasillos hasta desaparecer, dispuesto a cumplir la orden que acababan de darle. No tardó mucho en volver, acompañado esta vez por otros tres hombres.

Les miré. Forcé mi vista y la sorpresa se apresó de mí cuando les reconocí: eran los tres zombis a los que me había enfrentado en la casa.

Miré al cuervo. Por supuesto que había supuesto que los zombis trabajaban a sus órdenes, pero no entendía por qué les había llamado ahora. O, mejor dicho, no quería que mi suposición se hiciera realidad.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló ante la sola idea de lo que, suponía, iba a pasar ahora. Traté de soltarme, pero los otros dos me aferraron con más fuerza. “Estate quieto”, me ordenó uno de ellos, tirándome del pelo con la suficiente fuerza como para hacerme sisear por el daño.

Los otros se habían detenido para hablar con el cuervo, y yo solo pensaba en intentar aprovechar esos segundos que tenía en trazar un plan de fuga. Miré a mi alrededor, por desgracia, y como ya sabía, no había nada que pudiera ayudarme. Los hombres no portaban armas y yo aún seguía encadenado.

Oí unos pasos acercándose y temblé. Mi vista se fijó en los tres hombres y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando vi sus dientes, unos que ellos mismos habían afilado, seguramente para poder desgarrar mejor la carne.

Los dos hombres que me sostenían me soltaron, alejándose. Yo mismo intenté retroceder, aunque solo conseguí separarme un mísero paso más. La cadena me impedía distanciarme más. Tiré de ella pero fue en vano. En cambio, vi cómo los tres zombis se reían por mi fallido intento de fuga.

—Por favor… —susurré, mi mirada fija en el cuervo—. No…

Fue en vano. El cuervo solo sonrió, divertido por la súplica que podía identificar en mi voz.

—Empezad.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Todo debido a esa orden. Desvié mi mirada hacia los otros tres. Sus sonrisas no auguraban nada bueno para mí.

No sabía qué hacer. Quería huir. Puede que, con él, el ansia y el hambre me excitaban, pero eso solo me pasaba con él, no con ellos. En ellos, ver ese hambre me asustaba, me aterrorizaba.

—Tranquilo, puro. Solo vamos a devorarte.

Quien habló fue justamente al que yo había conseguido herir en la casa. Y parecía recordarlo bien, pues era el que lideraba el grupo y el que me miraba con más hambre y una pizca de odio.

Se acercó a mí. Intenté apartarme. Sin embargo, él agarró mi brazo y tiró de él con fuerza. Me mordió.

El dolor que sentí cuando sus dientes agujerearon mi piel no tenía nada que ver con los mordiscos que él podría haberme dado alguna vez. Grité. Grité por el dolor, por el miedo. La sangre recorría mi brazo izquierdo y sabía que eso no era nada comparado con lo que iban a hacerme.

Conseguí soltarme. Le golpeé, aunque no pareció sentirlo. Me sonrió. Una sonrisa llena de sangre. Sangre que se deslizaba por sus labios y caía por su mentón.

No me dio tiempo a asquearme. Los otros dos zombis aprovecharon mi distracción para atacarme por detrás. De nuevo, los dientes se hundieron en mi piel. El lugar no les importaba, solo la carne, solo escucharme gritar y verme debatirme mientras ellos me arrancaban trozos de piel sin consideración alguna.

Grité. Supliqué. Quería que se detuvieran. Deseaba que se detuvieran. Me dolía todo el cuerpo y no sabía cuánto tardaría en desmayarme. Sangraba. Tenía heridas por todas partes. Cualquier parte de mi cuerpo era buena para morder, para arrancarme otro trozo más. Para hacerme sangrar.

—Por favor…

Caí al suelo. No tenía fuerzas. Mi vista era cada vez más borrosa, la voz me salía ronca después de tanto grito y mi mente vagaba más y más. Quería pensar que estaba con él. Quería creer que era él quien lo hacía porque había decidido cumplir mi deseo. Pero no era él quien me mordía. No era él quien se estaba alimentando de mí.

Cerré los ojos, perdido entre el dolor. Quería dejarme llevar. Quería rendirme, dormir… Pero lo que más deseaba era volver a verle una vez más.

—¡Esperad!

Nada más escuchar la orden dada, los tres zombis se detuvieron. Suspiré de alivio, aunque algo me decía que mi pequeño descanso no duraría mucho.

—¿Ya está, puro? ¿Eso es todo lo que tienes?

La voz del cuervo rompió el silencio creado. Con esfuerzo, alcé un poco la cabeza para poder mirarle, y vi que se dirigía hacia mí.

—¿Eso es todo? —repitió.

La sonrisa de su rostro daba fe de la locura que se había apoderado de él. De nuevo, me golpeó con el bastón y yo no pude hacer nada más que gemir por lo bajo por culpa del dolor.

—Debió haberte comido el día que te compró. Habría sido mucho más misericordioso de lo que yo seré contigo.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló debido al desprecio y el odio que podía percibir en su voz.

Traté de escapar. A pesar de que apenas podía moverme ya, hice un último esfuerzo. Él se rió, y me golpeó una vez más, esta vez en la espalda. Me quejé por el golpe. Aunque ahí no acabó todo.

Una mano me agarró por el pelo, obligándome a alzarme si no quería que me lo arrancara. Fue así como uno de los cuervos me sujetó, mientras su viejo líder me miraba con una sonrisa en sus labios.

—Tranquilo, puro, no voy a matarte. Eso sería demasiado generoso.

Le escupí. Era el único gesto para el que tenía fuerzas. Escupí la sangre que tenía acumulada en mi boca y sonreí victorioso cuando esta le alcanzó.

No fue una buena idea. Incluso antes de que el cuervo pudiera asimilar lo que había sucedido, el que me sujetaba se vengó por el agravio a su jefe. Primero fue un puño en el rostro que me partió la nariz, luego otro en el estómago que me dejó sin respiración y casi me hace vomitar. Después, conmigo ya en el suelo, empezaron a patearme.

Y debo confesar que agradecí cada golpe. No por el dolor, sino porque cada uno de ellos me acercaba más y más a la inconsciencia. Porque ya no tenía fuerzas para soportarlo más y solo quería que todo acabara de una vez.

—¡Basta! ¡Deteneos!

Lejos de parecerme la salvación, la orden del cuervo significó para mí otro tour por el infierno.

Tosí. Escupí la sangre, pero no traté de moverme. Los oídos me pitaban y estaba mareado. Apenas tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, por lo que moverme estaba fuera de mis posibilidades. No cuando me costaba un gran esfuerzo el simple hecho de identificar las palabras que escuchaba.

—¡Casi le matáis, imbéciles! —exclamó el viejo, enfurecido—. ¡Tú! ¡Haz lo que tengas que hacer y acabemos con esto de una vez!

Uno de los zombis, el mismo al que herí, asintió en señal de sumisión antes de acercarse a mí.

Le miré, a él y al cuervo, sin entender nada de lo que estaba pasando. ¿No iban a matarme? ¿Por qué no? ¿Qué más tenían preparado para mí? ¿Por qué no me dejaban morir de una vez?

—No pienso matarte. Pienso hacerte lo mismo que él me hizo a mí. Así él sufrirá lo que yo estoy sufriendo.

Las palabras llegaron a mí al mismo tiempo que el zombi. Me quejé cuando me alzó el rostro, pero estaba demasiado cansado como para resistirme. No podía más. Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue que el zombi se puso sobre mí y me obligó a tragar algo.

* * * * *

El sonido de mi nombre llega hasta mí como un eco lejano. El llamado se repite una y otra vez, pero aunque distingo mi nombre, el resto de palabras supone un galimatías para mí.

Aun así, trato de responder. Hay apremio en la voz que escucho, y eso me hace intentar hablar. Sin embargo, mi mente está demasiado dispersa como para poner en palabras mis pensamientos. Y también está el dolor. Ese dolor lacerante que siento en cada parte de mi cuerpo.

Unos dedos me tocan. Unas manos intentan levantarme, pero se separan cuando escuchan mi quejido.

No quiero moverme. Si me muevo, me dolerá más.

Lo único que deseo es dormir.

—Abre los ojos. Vamos, hazlo por mí.

Los dedos vuelven a tocarme, esta vez en mi mejilla. El apremio sigue en su voz, opacada por la preocupación, pero lo que me importa ahora es esa caricia que sus dedos me dejan. Eso y que por fin he reconocido la voz.

Abro los ojos. Tengo que hacer un gran esfuerzo, pero lo consigo. Al principio lo veo todo borroso, pero poco a poco las cosas van perfilándose. Es ahí cuando le veo, arrodillado a mi lado. Y aunque mi primera intención es la de decir su nombre, esta queda en el olvido cuando mis ojos se fijan en la sangre que mancha su rostro, manos y ropa.

—¿Qué… qué te ha pasado?

Mi voz suena ronca, con un deje de dolor que pone en manifiesto el esfuerzo que me supone decir esas míseras palabras. También trato de alzar mi mano hasta su rostro, pero solo lo consigo porque es él quien lo hace por mí.

—No es nada. Yo estoy bien —me asegura—. La sangre no es mía.

Me sonríe para que vea que no me está mintiendo. Y yo le creo. Porque sé que no me mentiría con esto. Y, sobre todo, porque necesito creer que él está bien.

Intento levantarme, pero me es imposible. Todo el cuerpo me duele y apenas tengo fuerzas. Por suerte, él me ayuda, valiéndose de sus brazos para alzarme.

Duele, por supuesto. Cierro los ojos con fuerza mientras un siseo de dolor sale de mis labios. Tengo suerte y pronto me encuentro entre sus brazos, con mi espalda apoyada en su pecho y él abrazándome.

Sonrío. Me gusta estar aquí. A pesar del dolor, a pesar de la sangre en mi boca, el pitido en mis oídos y lo difícil que me resulta el solo hecho de respirar. Abro los ojos para poder mirarle y agradecerle que esté aquí conmigo, pero enmudezco al ver lo que hay ante mí.

Sangre. El suelo del escenario en el que estamos está cubierto de sangre. Los cuerpos de todos los cuervos y los tres zombis que me hicieron esto, se encuentran ahora esparcidos por ahí, algunos desmembrados incluso, con las vísceras y los sesos sobresaliendo de sus cuerpos.

Siento arcadas, aunque las reprimo. No sé por qué no me percaté del olor antes, pero ahora que soy consciente de lo que me rodea, este me asalta.

—¿Lo has…? —Trago saliva—. ¿Lo has hecho tú?

—Ellos te hicieron esto.

Hay ira en sus palabras. Tanta que me hace temblar. Él me abraza, besa mi mejilla y me acaricia el cabello, todo ello buscando calmarme. Me dejo llevar. Puede que no me guste lo que ha hecho o, mejor dicho, que lo hiciera por mí, pero no soy ningún santo y no siento lástima por ellos. En todo caso, sé que, de haber podido, yo mismo habría matado a alguno.

Empiezo a toser. No sé si es por el olor o la postura, y poco me importa en realidad. Mi cuerpo se dobla y mi mano se llena de sangre cuando la llevo a la boca.

—Te pondrás bien. —Oigo que me dice al tiempo que lleva un pañuelo a mis labios, limpiándome—. Te llevaré a casa y te curaré. Allí podrás descansar —me promete.

—No… No estoy tan seguro —susurro entre toses.

Él me mira interrogante.

—¿A qué te refieres?

Le cuento lo que el cuervo me hizo. No la paliza, sino lo último que le ordenó al zombi. Le cuento que recuerdo haber tragado algo, no sé el qué.

Cuando termino, puedo ver su gesto contrito. Hay dolor, tristeza e ira en sus facciones, y puede que ya supusiera que no era nada bueno, pero ahora el temor es mayor.

—¿Qué me pasará? —consigo preguntarle con esfuerzo.

Su mirada esquiva la mía, pero yo insisto. Quiero saberlo, tengo derecho a saberlo, y él lo sabe.

—Envejecerás —responde finalmente—. Rápido, muy rápido. Lo que te hicieron tragar es nuestra carne y nuestra sangre. Y es nuestra sangre lo que hará que tu organismo se acelere y tus células envejezcan más rápidamente.

»Lo que te han hecho ha sido un intento de transformación. Es lo que ocurre cuando les pasamos años a otros. Su organismo se ve afectado por nuestra mutación y, al no ser capaz de mutar, lo que hace es envejecer hasta morir.

—¿Y esos años que me dio?

—Los vivirías si logro curarte. Sin embargo, al envejecer tan rápido, serás incapaz de hacer nada por ti mismo en unos pocos años. Tu piel se arrugará, tus músculos y huesos apenas soportarán tu peso, tus sentidos se irán perdiendo e incluso tu mente se irá perdiendo hasta que no seas más que una carcasa que no puede morir de vejez.

Enmudezco. Sus palabras y el tono pesimista con el que las dice me dejan sin saber qué decir. Lo único que sé es que no quiero que me pase eso, no quiero convertirme en eso. Mi cuerpo tiembla y sé que es por miedo, por el pavor que me da la idea de quedar así.

—Dime lo que quieres. Dime qué quieres que haga y lo haré.

—Cómeme.

No hay duda en mi voz. Antes podía querer que me comiera para ser parte de él, pero ahora no se lo pido por eso. Y él lo sabe. Sabe que, si se lo pido, es porque no quiero que me pase lo que ha dicho. Antes prefiero morir.

Él me mira. Hay dolor en sus ojos, pero sé que comprende por qué se lo pido. Asiente.

—Gracias.

Me acalla con un beso. Sé que no lo quiere oír, pero yo se lo agradezco igual. Porque sé que esto es tan duro para él como lo es para mí. Porque yo no soy el único que va a tener que despedirse del otro.

—Voy a tumbarte. Avísame si te hago daño.

Asiento, dejándome hacer. Realmente me gustaría poder hacer algo más. Sin embargo, prefiero gastar las pocas fuerzas que me quedan en seguir consciente un poco más.

De esta forma, mi espalda vuelve a tocar el suelo una vez más. Me acomodo. Trato de encontrar una postura en la que no me duela todo, pero es difícil por no decir imposible. Aun así, me olvido de esto y sonrío cuando le veo acercarse a mí y juntar nuestros rostros para besarme.

Siseo por lo bajo. Tengo el labio y la nariz rotos, aunque eso es lo que menos me importa ahora que él me besa. El beso sabe a sangre y eso hace aparecer el hambre en sus ojos. Salvo que esta vez no me asusta. Porque es él.

Su mano, esa que no usa para apoyarse, se posa en mi pecho. Sus labios abandonan los míos y lamen la sangre de mi rostro antes de bajar por la mandíbula hasta el mentón. Me estremezco al sentir sus caricias y esos pequeños mordiscos que, aunque no sean para arrancarme la carne, sí me excitan.

Jadeo inconsciente cuando sus labios juegan con el único pezón que me queda. El recuerdo de cómo me arrancaron el otro vuelve a mi mente, aunque me obligo a ignorarlo. Quiero perderme en el aquí y el ahora, no rememorar lo que pasó antes.

—Lo siento. —Le miro interrogante. ¿A qué se refiere?—. Siento no haber estado ahí.

Así que era eso. Niego con la cabeza. No le culpo por lo que pasó. El cuervo buscaba venganza y pensaba obtenerla hoy o cualquier otro día futuro. No es su culpa.

—No pasa nada —le digo. Alzo un poco mi mano y él entiende mi gesto, ya que la acerca a su rostro—. No es tu culpa.

Acaricio su mejilla y él besa mi muñeca sin que sus ojos se separen de los míos. Sonrío.

—Muérdeme.

Sus labios dejan mi mano, aunque no la suelta. Sin dejar de mirarme, baja la cabeza hasta quedar a la altura de mi pecho. Sus ojos me transmiten esa pregunta que ronda su cabeza y que no se atreve a pronunciar. Asiento.

—Hazlo —le digo.

El dolor vuelve a asaltarme en el momento en el que sus dientes se hunden en la piel de mi costado. Mi mano estruja su pelo aunque no le detengo. Quiero que lo haga. Quiero que me coma.

Cuando se aparta, su mentón está cubierto por sangre fresca y en su boca hay lo que era un trozo de mi piel. Me mira y solo por la forma en que lo hace, sé que va a disculparse, así que le interrumpo al hablar yo antes:

—Espero estar bueno.

Mi comentario le saca una ligera carcajada.

—Estás delicioso —me susurra sobre mis labios tras volver a acercarse.

Alzo un poco el rostro, lo suficiente para volver a besarle con un poco más de urgencia esta vez.

Él me responde. Siento el trozo de carne pasar a mi boca y, de forma inconsciente, hago lo mismo que hacía en las otras ocasiones: lo trago sin importarme que fuera mío.

—Tienes razón —le digo cuando por fin nos separamos—, estoy delicioso.

Él sonríe. Sacude la cabeza por el comentario y vuelve a centrarse en mi pecho.

Los siguientes minutos los pasa excitándome a base de caricias, besos y juguetones mordiscos que intercala con algunos de verdad.

Varios gemidos brotan de mi garganta, muchos de placer, otros tantos de dolor. Me duele, claro que me duele. Lo que ya no hay es temor. Porque es él. Y si es él quien lo hace, no me importa morir.

Sus manos me quitan el pantalón, dejándome totalmente desnudo. Sus ojos recorren mi cuerpo como tantas otras veces ha hecho, salvo que esta vez la ira se une a la excitación y el hambre.

Le llamo. No quiero que piense en eso. Ellos ya están muertos y el pasado, al contrario que el futuro, no puede cambiarse.

Haciendo uso de casi todas mis fuerzas, consigo alzarme un poco. Él lo ve y no duda en ayudarme.

—No te esfuerces tanto —me dice, obligándome a recostarme—. Te harás daño.

—Solo si lo olvidas —le prometo.

Sus ojos se clavan en los míos y, aunque sé que le es difícil, asiente. Sonrío feliz, haciéndole un hueco entre mis piernas.

Su boca vuelve a mi cuerpo. Sus dientes se llevan otro trozo de piel, este a la altura de la ingle, y yo hundo mis uñas en sus hombros al tiempo que jadeo por el dolor.

Sus dedos acarician la herida recién hecha, empapándose de la sangre que mana de ella. Así, y mientras su boca se centra en mis muslos, sus dedos se adentran en mi recto.

Gimo. Placer y dolor se entremezclan cuando sus dedos alcanzan mi próstata a la vez que me arranca otro pedazo de piel. Él traga y yo intento recordar cómo respirar sin empezar a toser.

—No —le digo.

Él me mira extrañado.

—Tengo que prepararte. No quiero hacerte más daño.

—No sé si aguantaré mucho más.

Él asiente. Sabe cómo me siento, las pocas fuerzas que me quedan, y sabe que no es así como quiero morir: penetrado por sus dedos mientras me prepara.

Saca los dedos y se baja los pantalones. Está erecto. El hambre y mi olor suelen tener ese efecto en él, lo que en este caso, en el que yo apenas puedo hacer nada, viene muy bien.

Sonrío cuando le veo acomodarse mejor entre mis piernas. Alza mi cadera y, mirándome directamente a los ojos, me penetra.

Su gemido se mezcla con el mío. Siento dolor, por supuesto, pero por suerte mi cuerpo no tarda en acostumbrarse a él.

—Muévete —le pido. Mi voz siendo una mezcla entre dolor y placer.

Me hace caso. Primero de forma lenta, como si no quisiera causarme aún más daño del que ya siento; pero luego más rápido, acomodándose a lo que yo mismo le pido. Me dice que me ama y, antes de que pueda responderle, sus dientes se hunden en mi pecho. Lame mi herida y aún tiene tiempo de pasarse la lengua por los labios antes de que junte nuestras bocas y le bese.

De nuevo, pruebo el sabor de mi propia sangre y carne, y eso, lejos de asquearme, me acerca más a ese orgasmo al que tanto deseo llegar.

—Nunca te olvidaré. —Le escucho prometerme, con la voz cargada de deseo por lo cercano que está al éxtasis.

Sonrío. Giro mi rostro y le beso. Saboreo su boca al igual que él saborea la mía, y solo me separo cuando la falta de aire lo hace necesario.

—Tonto, yo siempre estaré contigo.

La nueva embestida le hace terminar. Le oigo gemir y yo mismo le imito cuando le noto hundir sus dientes en mi cuello. El gesto me lleva al orgasmo. Al placer se le une el dolor y también el mareo, producto de la pérdida de sangre.

—Te amo.

Me encantaría responderle, pero mis fuerzas ya se han agotado. Le sonrío. Sé que entiende mi gesto porque me besa, aunque esta vez yo ya no respondo.

Estoy mareado. Si no estuviera ya acostado, sería lo primero que haría. La cabeza me da vueltas y mis ojos amenazan con cerrarse. Tengo sueño, más de lo que nunca he tenido. Lo único que deseo ahora es dormir.

—Duerme, mi amor, duerme. Y no te preocupes, nunca te olvidaré.

 

Antes de que el sol nos descubra.

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Antes de que el sol nos descubra

 

Amar en 1920

 

por Jesús rojas


18 de agosto, 1920. Londres, Inglaterra.

 

Una vez más tengo que verlo a escondidas, en mitad de la noche, en la fría habitación de un hotel desconocido reservada con recelo y desconfianza. Será como siempre, un vistazo al paraíso antes de que asome la triste realidad, donde tendremos que separarnos antes de que el sol asome sus rayos incandescentes y nos descubra. Como tantas veces, huiremos del brillo que deja claridad suficiente para que nuestros rostros se revelen. Antes de eso y con el corazón resquebrajado, siempre debo despedirme de él, de sus bellos ojos y su dulce voz, aun cuando mi alma nunca quiere abandonar la suya. Jamás.

¿Sera así para siempre?, ¿Encontrarnos como amantes furtivos?, escondiendo un amor incomprendido.

— ¿Señor? La llave.

La habitación, por supuesto.

 

Agradezco cortésmente y tomo la llave. Camino hasta las elegantes escaleras, anchas como las de un castillo. Subo sin divagar mucho entre pensamientos pesimistas y la ilusión de verlo y, al final, ya me hallo frente a la puerta que, para mí, representa un secreto y una noche pasional. Una noche con él, con el que llena mis horas de ensueño y que he llamado el amor de mi vida.

 

A veces —tal vez, solo tal vez, todo el tiempo— me imagino una vida junto a él. Yo, llegando de la oficina de abogados y él esperándome en casa, o cocinando una de las recetas de mamá tan deliciosas, ¡me lo imaginó hasta conversando de fútbol con papá! Algo tan imposible, tan surrealista que desprende mis pies del la alfombra que justo ahora estoy pisando, como si dos hombres pudieran estar juntos. Aún aquí, tras esa puerta de hotel contra todo pronóstico puedo sentir el hogareño olor que nuestra casa tendría… imagino ingenuamente nuestros sombreros colgados en el mismo perchero.

 

Solo me ilusiono de manera cruel, pero esa ilusión es mucho más bella que mi realidad. Esta realidad

Basta Jack, vuelve.

 

Al decidir entrar veo una pequeña sala con dos míseros sofás y una mesa de mármol al centro; un perchero junto a la puerta donde cuelgo mi largo abrigo y el sombrero de copa. Más allá, al fondo están las puertas de la habitación. Todo es caro, pero vale la pena pagar cada centavo por estar junto a él libremente, aunque sean solo unas pocas horas. No me interesa. Nada es más importante que él.

 

—Señor Jack, ¿está ya usted? — Se oyó tras la puerta principal.

 

Sonrío, con el corazón latiendo de prisa. Solo él puede, con su voz, alejar todos mis pesares y sustituirlos por una paz tan grata.

 

—Si, joven Thomas. Adelante.

Y las puertas de roble oscuro se abren de par en par.

Magnífico.

Es que después de tanto tiempo aun no puedo entender como es que, ese iris castaño, ese cabello color chocolate, esos labios delgados y esa piel tan clara pueden hacerme perder la cordura en instantes. Cada vez que me reencuentro con el me vuelvo un poco más loco . Puedo estar horas enteras admirando como un acosador su rostro de rasgos sutiles. A mi mente llega aquella vez en que me quede un poco más tarde de lo normal o quizás me fui demasiado temprano en la mañana, da igual. Recuerdo que esa vez acaricie su tersa piel hasta que mis dedos pulgares se durmieron, delinee sus labios, su pequeña y respingona nariz. Puedo justo ahora cerrar los ojos e imaginar contra la palma de mi mano su superficie, aquella cicatriz en la mejilla izquierda con forma de mariposa y los relieves de sus cejas delgadas…

Y dios, esa manera tan salvaje de arreglar sus prendas. Nunca ha podido aprender a hacer un nudo de corbata decente. Bien lo sé yo que he intentado enseñarle tantas veces. Y eso, de cierta manera, me hace recordar que solo es un jovencito de 20 años que yo, sin piedad ni compasión, arrastré a este amorío prohibido.

Tantas complicaciones , tantos aquí y allá que siento mi mente explotar.

—Es un gusto verlo, señor.

Y se acerca con esa singular mirada que me causa escalofríos. Esa mirada tímida, entusiasta y cariñosa. Es eso lo que me quita el aire, sentirme ajeno a mi mismo cuando él está presente.

—El gusto es mío.

Hay algo que, por sobretodo, me gusta hacer. Tomo su mano delgada y suave, me inclino un poco y, sin despegar siquiera un milisegundo sus ojos de los míos, beso con calma sus nudillos, pequeños y blancos. Sus mejillas toman un delicioso color carmín que se esparce por el resto del rostro; que lindo, que hermoso. ¿En serio puede ser tan adorable? Le observó con una sonrisa divertida, amable y presiento que boba. Un estúpido es en lo que me transformo cuando Thomas esta cerca. Un perfecto momento. Me gustaría que aquellos momentos se transformaran en mi diario vivir…

Toco su mejilla izquierda, la de la cicatriz suavemente y ocurre eso que me encanta. Cuando nuestros ojos se unen y no quieren soltarse, como si entre ellos naciera un lazo especial, como si… fuera un imán que me atrae y me atrae, y…

De pronto sus ojos se vuelven acuosos. La expresión de cariño que antes me miraba ahora es una de nostalgia y tristeza que empalaga y llena de ternura a mi ser. Iba a llorar. Pero antes de que eso ocurra, se lanza a mis brazos y se cuelga de mi cuello con fervor y un sentimiento afligido. Correspondo por supuesto aquella muestra de cariño tan demandante, ¿Cómo podría yo rechazar a tan dulce hombre? Es un delito, definitivamente lo es. Lo abrazo más fuerte, estrujo aquella cinturita con amor y el aprieta mi cuello tan fuerte que llega a doler.

—No sabe cuánto lo extrañé, señor. No sabe cuántas noches me he dormido pensando que no volvería a verlo, cuantos desvelos e insomnios dedicados a usted— Solloza cerca de mi oído.

A mí no me agrada verlo ni oírlo llorar, pero es inevitable, cada reencuentro, cada despedida es igual. Mi Thomas es sensible, demasiado, tanto que no me gusta dejarlo solo por mucho tiempo. Sabrá Dios cuantas noches lloro por mi, cuando tantas veces le he dicho que no lo haga, que lo amo y que volveré y, han sido la misma cantidad de veces en que he descubierto esos ojos irritados por un llanto silencioso.

Pero aquello solo me hace quererlo más, cada uno de sus aspectos me termina por enloquecer.

Acaricio su espalda mientras consuelo como de costumbre a su depresiva persona, mimo allí donde empieza su columna y termino donde siento el cuero del cinturón. Lento y sutil. Porque me gusta disfrutar esos momentos donde está cerca de mi, me gusta grabarlos en mi memoria.

Sé que deja de llorar cuando suspira y apoya, finalmente la cabeza en mi hombro.

—Lo sé Thomas, también lo extrañe.

Quizás es la felicidad, ese éxtasis tan gratificante que tengo cuando estamos juntos, el que me hace olvidar todo, ah… ese olor a pino de su perfume me distrae.

Me pierdo, entre sus brazos delgados y cálidos, como si mi cuerpo y esencia, en verdad, le pertenecieran a él y no a mí.

Me aprieta tan fuerte, y yo a él. Es un sentimiento tan bonito, enorme y vasto.

Ah, podría quedarme así hasta la eternidad.

Su cuello me llama en un sutil suspiro, sus labios reclaman desesperados mi atención junto a un murmullo incoherente. Y puedo dedicarle mil palabras de amor, mil serenatas cantadas y recitarle mil poemas en donde somos felices, juntos y para siempre.

Beso su mejilla y luego sus labios de manera superficial.

Suave, tan suave y prohibidamente adictivo.

Quiero seguir, lamiendo su dulce cuello y hombros, mas, me había ensimismado tanto la emoción del momento que no me percaté que, en realidad Thomas no parecía muy feliz.

—Voy a casarme, señor Jack— Dice entre un quejido de dolor, como si un hierro ardiente hubiera pasado por su garganta.

Y ahí está la razón, la maldita razón de su descontento, de sus lágrimas.

Mi mente muere en shock. “bum” explota. Todo se apaga y siento como un cubo de agua gélida e inexistente se desliza por mi espalda. Y todo se vuelve lejano, el aire, el sonido. Todo desaparece.

El suelo tiembla bajo mis pies.

Mi cabeza da vueltas y vueltas.

Y mi corazón… ah. Mi pobre y desdichado corazón se rompe irreparablemente.

Mil agujas se extienden hacia el resto de mi cuerpo al escuchar esa verdad tan horrible y lastimosa.

Thomas… mi joven Thomas va a casarse

De seguro será con alguna mujer de buen estatus económico, como él. Tendrán hijos, una familia hermosa, una vida normal y aceptada. Todo aquello que yo no puedo ofrecerle.

Me alejo de él como si su contacto me quemara… no puedo tocar su adorado cuerpo. Me está causando el dolor más grande de mi vida.

La inercia me lleva a sentarme en uno de los sofás.

— ¿Cuándo? — Paso mis manos trémulas por mi cabello azabache, oh. Azabache. Negro, tan negro como veo mi alma ahora.

—Quizás dentro de una semana.

Una semana.

—Lo siento señor, no sabe cuánto lo siento.

Sus sollozos me traen de vuelta. Se ha sentado en el otro sofá, y tiembla, sus manos no dejan de moverse al igual que las mías. Pobre, pobrecito. Si yo hasta puedo dejar de lado mi dolor por asegurarme de que el abandone el suyo.

—Es mi padre… el planeó todo y no puedo negarme. Él ya sabe que estoy enfermo. Lo sabe y me ha amenazado con enviarme a un centro de salud mental si no me caso con quien ha elegido.

Duele escuchar cada palabra.

“No estás enfermo. Es amor” maldita sea.

La cólera aparece dispuesta a nublar mis sentidos, sobrepasa el dolor, porque es aquella razón la que que quiere destruir nuestro especial lazo, ¡él no quiere casarse! Por supuesto que no, él no me abandonaría. Esa estúpida razón. Joder. Es porque somos… hombres.

—Ni usted ni yo estamos enfermos. No porque mi corazón quiera al suyo significa que lo estemos.

Me mira con sus grandes ojos castaños llorosos. Mi corazón se aprieta dolorosamente. Thomas se ve tan herido y desvalido, quizás mucho más de lo que estoy yo.

—Lo sé, señor Jack. Pero mi padre no cree eso y yo… yo…— Titubeo, limpio un par de lágrimas con su chaleco y lo oí suspirar para acallar el resto del llanto —Quiere que le de nietos… que termine la universidad, que sea un gran médico así como el y como el abuelo.

Inaceptable. Las ganas de vomitar aumentaban al seguir escuchando las bazofias que salen de su linda boca.

—Pero no le gusta la medicina, Thomas, tampoco las damas. ¿Por qué se hace este daño? — Busco su mirada, la busco porque quiero afirmar aquello que he dicho, pero… el mira sus manos —¿Por qué me lo hace a mi?

Se refugia en el silencio, siempre lo hace, cuando está triste, cuando esta avergonzado o simplemente enfadado.

—Podemos huir…— Suplico, casi desesperado —Ir lejos… juntos.

—Papá dijo que descubriría quién era mi amante y… lo enviaría a prisión — Su mirada divaga de un lado a otro, pero nunca llega a mi —No quiero que algo así le ocurra, es por el bien de ambos.

—Thomas. Maldición, ¿Está diciendo que esto se acaba aquí?, ¿quiere desechar nuestro amor solo porque está maldita sociedad dicta que esta mal?

—Si— dice en un jadeo. Y entonces yo ya no puedo replicarse algo más —¿Qué hago yo si usted no esta? Puedo soportar lo que sea, un manicomio, la cárcel e inclusive la muerte… pero si algo de eso le llega a pasar a usted… señor, nunca me lo perdonaría, nunca.

“No me importa”, “Me da igual morir por usted, Thomas”

Cosas que le he dicho tantas veces, palabras que son totalmente verídicas.

Mi joven amante vuelve a llorar en acongojados sollozos. Un suave gemido que a pesar de ser silencioso cala hondamente en cada uno de mis huesos, hiriéndome, cortándome con un dolor mayor que el hecho deprimente de su arreglada y prematura boda.

—No llore— Parece ignorarme —Thomas, por favor, no llore

—No me pida algo así, señor. Bien sabe que no puedo cumplirlo.

Suspiro y tengo que ahogar ahí mismo todo el llanto que quiero botar. El me necesita. Así es que me aproximo y me inclino frente al sofá. Pongo una de mis manos en su rodilla y con la otra acaricio su rostro.

—Thomas.

—Lo siento.

Me acerco más.

—Thomas.

Limpio las lágrimas que quedan en sus lindos ojos, y me mira, apenado, avergonzado y con cierto tono culpable.

—No importa lo que pase— le prometo — yo siempre voy a amarlo, Thomas, aún en contra de todas las adversidades. Estoy aquí para usted. No voy a abandonarlo cómo me pide, no puedo hacerlo.

Entonces, me abraza desesperado, casi ahorcando mi cuello, y me tira de mi hasta casi forzarme a sentarme sobre su regazo.

—Lo amo, señor Jack— admite trémulo, ahogado y aun con atisbos de tristeza en su voz.

Toma mis mejillas y me besa como solo él sabe hacerlo.  Un beso agridulce, amargo y encantador.

Sus manos suben por mis hombros y mis brazos con creciente confianza a medida que me acerco más y más y más. El sofá no es muy cómodo ni muy grande, pero es perfecto para besarlo, cada lugar lo es.

Y puedo reconocer, en el instante en que nuestros cuerpos se tocan superficialmente por sobre la ropa, que esa noche, yo no voy a retirarme tranquilo sin antes haber probado su cuerpo que es mío y solo mío. Quizás, porque esta es la última vez que nos veremos, o quizás porque después, yo tendré que compartir su amor con alguien más. Eso me lastima y hace cambiar completamente el sabor de los labios de Thomas, convirtiendo las sensaciones en un doloroso y excitante tacto que necesita respuesta inmediata. La amenaza de perderlo o compartirlo es urgente. Nadie tendrá a Thomas antes que yo.

Estoy seguro de que los mismos pensamientos cruzan por su mente en este momento.

Rodeó su pequeña cintura como quien duda, con gracia a la par que doy y recibo besos de todo tipo, en la barbilla, en los labios y en el cuello. Me embriaga el sonido especial de sus jadeos que escucho por primera vez… gemidos y más jadeos, tan exquisitos.

—No quiero estar triste. No quiero tener esta sensación de que se irá cuando nos besamos así. por favor, sea feliz por ambos.

—Que egoísta.

—Lo sé— Se acerca a mi oreja — Pero no quiero recordar esta noche con dolor o tristeza.

Yo tampoco, pienso. Pero las palabras sobran y no me parecen necesarias. Si al menos, de esta manera puedo ver una sonrisa en sus labios, me veré satisfecho. Y cuando nuevamente ansío probar sus labios me doy cuenta de que Thomas es como una droga, un maleficio sin maldad sobre mí.

—Vamos a la cama.

Lanzo la propuesta inadvertida, escondida, pero ahí está, presente con un lujurioso tono.

Y él se lanza sobre mí con toda la seguridad de ser acogido, como un niño pequeño a los brazos de un padre, pero, que comparación más equivoca. Lo que vamos a hacer esa noche no es ni remotamente comparable con lo que haría un hijo con un padre.

Me pongo de pie con él en brazos y sus piernas enrolladas a mi cintura. Apenas pesa, es liviano y delicado colgado a mi cuello. Me besa, otra vez y ciegamente llegamos a la habitación.

Caemos juntos en la cómoda superficie. Aun lo sostengo sobre mí. No quiero soltar sus labios. Justo en ese momento, Thomas se detiene y me mira como si fuera la primera vez que lo hace. Su mirada es radiante y llena de amor. Él sonríe y yo sonrío de vuelta. Tan solo estamos nosotros dos y todo el resto de la noche para amarnos antes de que salga el sol.

Volvemos a acercar nuestros cuerpos y nuestras almas en un beso íntimo… uno tras otros nos vamos acariciando y comenzamos a luchar por encontrar la mejor forma de complacernos entre toques candentes en zonas que nunca antes había tocado pero deseaba desde hace mucho tiempo. Asombrado, me doy cuenta de que este muchachito de mirada dulce y suave puede hacerme llegar al paraíso con solo algunos movimientos precisos de su cuerpo, con los besos húmedos que deposita en mi cuello y sus gemidos armónicos y sensuales al sentir mi boca en su piel

Mi mano se cuela por su camisa mal planchada y encuentra el toque de piel ardiente. Oh.

— ¿Por qué no trae ropa interior, joven Thomas?

— ¿Por qué no la trae usted? – jadea su respuesta Él también ha descubierto mi piel desnuda.

Me giro y esta vez quedo sobre su cuerpo. Y, botón tras botón voy descubriendo la piel nívea del abdomen, luego los hombros… ah. Todo es tan suave. Él comienza a quitar mis prendas, entusiasta y avergonzado con movimientos torpes y adorables. Yo ya no quiero pensar si esta bien o esta mal, yo quiero entregarme completamente a aquel ser que atrapó mi corazón, cordura y amor.

Toco luego aquella línea de vello que baja hasta una zona prohibida.

Desabrocho el pantalón. Jadea. Luego lo retiro y jadea. Miro sus ojos y… ah jadea. Me encanta cuando lo hace, porque siento que le quito el aire, siento que me regala cada respiración.

Sin dejar de ver ese par de iris achocolatados abro sus piernas y entre ese valle de muslos firmes y torneados descubro el más grande pecado que alguna vez pude imaginar. Ahí frente a mis ojos se yergue erecto y majestuoso lo que será mi perdición, alzándose tan descaradamente, desbordando obscenidad y declarando sin miedo que soy yo quien lo lleva a este estado de lujuria y amor. Entonces, ya no puedo detenerme. La pasión y el éxtasis me han nublado la razón. Mis manos tiemblan y solo puedo pensar en besar y complacer a este ser tan indefenso que amo más allá de la lógica y la moral.

Thomas gime mi nombre de manera deliciosa cuando finalmente acaricio su masculinidad. Se retuerce rendido y siento ganas de devorarlo, de nunca jamás apartarme de él. Thomas es ahora mi perdición… pero que cosas pienso, si siempre lo ha sido.

Con delicadeza lo giro entre besos y le explico que voy a prepararlo para lo que viene. Alcanzo a ver sus mejillas arder en carmín en ese instante pero no se niega y me permite continuar. Cuando mis dedos se pierden en su caliente interior, Thomas se mueve, ofreciéndose para mi y escucho sus gemidos anhelantes. La más dulce sinfonía que en ese momento catalogo como mi sonido preferido por toda el resto de mi vida.

Soportando mi peso en un brazo, me poso sobre él. Ya no puedo esperar y él me apremia con sus movimientos. Cuidando de no dañar, entro finalmente al paraíso entre sus piernas, a mi utopía personal, allí donde mis deseos más escondidos y urgentes se cumplen y al mismo tiempo doy satisfacción a los de mi pequeño Thomas.

Ah. Una estocada, lenta, firme y directa que no se detiene, que dicta que somos solo uno. Puedo morir ahora mismo, darme por satisfecho para el resto de mi patética vida. El alza su voz y grita mi nombre. Yo me consumo en el placer y gimo despacio el suyo.

Sus piernas atrapan mis caderas y sus brazos me acercan más a él, se agarra de mi espalda cuando no le doy tregua y arremeto contra él, despacio, fuerte, suave, violento. Sus uñas rasguñan mi espalda en un fuerte vaivén y ahogo con un beso el sonido de su placer.

Una de mis manos baja para encontrar el lugar donde su vello comenzaba, en aquella exacerbante oscuridad donde ahora nuestros cuerpos están unidos

—Señor… ah. J-Jack.

Los vaivenes ahora no se detienen y yo comienzo a besar su cuerpo de norte a sur, de este a oeste, encontrando nuevos puntos de placer en mi acompañante. La visión de su gozo es magnífica.

Mi lugar favorito es ese par de ojos castaños que me atrapan para no soltarme nunca jamás, ese es mi hogar, ese par de iris, normalmente cariñosos y amigables, que ahora están encendidos y brillantes, llorosos y extasiados. Justo ahí está mi pedacito de cielo.

En algún punto un hormigueo se apodero de mi pelvis, bajó hasta mi virilidad y algo quiso salir.

Mas  rápido,  más  jadeos  y  gemidos  y  rasguños.

Besos con una lengua deseosa.

—Lo amo, Jack.

Y explota, la sensación llega hasta aquella viril zona y luego se extiende por todo el resto de mi cuerpo, hondas de placer, electrizantes. Juro justo ahora ver estrellitas en el techo, el famoso orgasmo me envuelve y soy preso de él como un desquiciado. De una sola y ultima estocada más, boto todo lo que tengo en su estrecho y cálido interior, y el, luego de un fuerte gemido hizo lo mismo entre nuestros abdómenes. Cálido, espeso.

Soy suyo por completo, en cuerpo y alma me entregó a la voluntad de mi amado. Es increíble como ahora, al ver nuevamente aquellos ojitos exhaustos puedo decir y afirmar que, es él quien hace latir mi corazón, me hace respirar. Es Thomas, quien me da vida.

—También lo amo, Thomas.

Tomo entonces ambas mejillas y en un beso intento demostrar aquello que siento, aquello que tantas veces he intentado expresar.

Un beso. Ah. El beso me deja en blanco, los labios del joven a la par mía… su lengua. El vulgar y embriagador sonido.

Al separarme me percato del singular color carmín que tienen sus mejillas, tímido evade mi mirada. La vergüenza había vuelto y la veo reflejada en su verecundio rostro.

—No me mire así— Pide hasta quizás, un poco incómodo.

—¿Por qué no?

—Me cohíbe…

—Pero es que es hermoso, joven Thomas.

Y sonríe, esa pequeña sonrisa que me encanta, tímida pero sin dejar de ser alegre. Me mira y toca mis mejillas.

—Usted también lo es, señor Jack.

Le sonrió de vuelta mientras voy saliendo de su interior. Suelta un quejido y yo un “Lo siento” bochornoso.

Camino hasta un pequeño toca discos vinilo que hay en la habitación, lo hago funcionar y una melodía calmante aparece, me suena como a un vals.

Vuelvo mi vista hacia la cama y ahora veo al castaño con las mantas hasta los ojos, mirándome. Me siento una escultura enorme y perfecta ante el, majestuoso.

—¿Me concedería el honor de bailar esta pieza, Thomas?

Estrecho ni mano hacia él, y, sin dudar siquiera un segundo toma esta, se levanta y es Thomas quien me guía a un torpe pero divertido baile. Reímos como dos amigos divirtiéndose, pero nos observamos como dos amantes amándose.

—Señor, la próxima semana cumple 30 años— Musita distraído mientras apoya su cabeza en mi pecho.

—Vaya que si… oh. ¿Recuerda que día es mañana?

Nuestros cuerpos desnudos se topan, pero no me parece incómodo. Cálido. Es la palabra.

—¿Mañana?

Acaricio su cintura y la muevo a gusto, al son de la música.

—Un día como mañana, Thomas, hace dos años iba usted por el campus de la universidad corriendo repleto de papeles, cayó, por supuesto y si mal no recuerdo un apuesto hombre, alto, azabache y de ojos azules lo ayudo a recoger cada informe y lo guió por los jardines, los salones y, estoy casi seguro que fue ese mismo hombre quien lo auxilio con la inscripción a aquella detestable carrera… medicina.

—¿Cómo puede recordar todas esas cosas?

¿Cómo no hacerlo?, “recuerdo cada cosa que tenga que ver con usted, Thomas”

Pero solo respondo con un suave carcajeo.

—Siempre me gustaron sus ojos azules— Entonces detiene el lento baile y pasa sus dedos por mis labios —Y le doy gracias a ese par de cervezas que bebí y me dieron las agallas para ir a su casa y besarlo. Claro, y luego declararle mi amor.

—Yo también agradezco a esas cervezas.

Y sus labios devoran los míos, ah. Como la maldita primera vez, cuando abrí la puerta y el se lanzó a mi cuello, torpe, medio borracho y asustado. Me beso, a punto de llorar pensando probablemente que yo lo enviaría a prisión por ese acto homosexual pecaminoso. ¿Cómo podría haber sabido que yo estaba incluso mas loco de amor que él mismo? Oh. Pero ahora lo sabe, claro que lo sabe.

—Thomas.

—¿Si?

—Lo amo.

 

 

 

Estoy en la estación de trenes, medio día, y la gente apresurada va de un lado a otro, atareada, fatigada, puedo decir que incluso desconectada de la realidad. Pero yo solo puedo pensar y recordar lo que en aquella misma madrugada había ocurrido y lo que ahora me mantiene ansioso, mirando de un lado a otro como un paranoico.

 

 

Anoche… cuando habíamos terminado aquel vals torpe y distraído, cuando nos hallamos recostados el uno con el otro solo admirando nuestros rostros como dos tontos enamorados.

 

Y la madrugada ya llegó, demasiado rápida para mi gustó. El tiempo no se detiene por dos amantes prohibidos y yo ya debo irme. Pero la comodidad y satisfacción impiden que mueva un solo dedo.

 

El sol en un par de horas saldría y nos descubriría a ambos sobre el mismo lecho si no me iba ya.

 

 

Thomas acaricia mi cabello, mis mejillas y mis labios de la misma manera en que yo lo hacía antes para memorizar sus facciones, no pude evitar sonreír. Y, aquel pensamiento llega nuevamente a mi cabeza, fugaz pero insistente.

—Huyamos— Murmuro apacible —Lejos, muy lejos.

Su rostro apenas se inmuta, continúa con los mimos y un serio semblante.

—Tengo ahorros, podemos comprar una granja en un pueblo lejano— sus dedos se detuvieron, pero no me miró — Quiero despertar junto a usted cada día, no quiero temerle más al sol y a su luz. No más.

Parece ignorarme, o quizás, sólo quizás lo está considerando.

—Mañana iré a la estación de trenes, lo espero a las 12 en punto para huir, ¿si? — Entonces toco su mejilla sutilmente.

—Y si… ¿Y si no quiero huir con usted?

Su murmullo me deja dolido, una punzada más a mi corazón, se clava y me envenena tan cruelmente que me cuesta volver a hablar.

 

—Entonces, Thomas, vuelvo en una semana- Me obligo a sonreírle— Antes de mi cumpleaños y a tiempo para su boda.


 

El gran reloj de la estación suena con fervor, demasiado fuerte para mi gusto.

 

13:00. Marca en punto.

 

Suspiro un par de veces para intentar calmar mis nervios, alfojo el nudo de la corbata, abotono y desabotono el largo abrigo color negro, pero nada. No puedo calmarme.

 

Acabo de abandonar mi trabajo como abogado, le grite a mi padre que me iría lejos y que no volvería, vendí una casa enorme y llena de lujos. Dejé todo y a pesar de eso no puedo evitar sentirme más feliz y vivo que nunca, completo y con la adrenalina picando los dedos de mis pies. Libre.

 

El tren llama a los pasajeros con el silbato Y comprendo que ya es hora de irme. Me pongo de pie Y tomo la maleta, aquella en donde he puesto lo poco y nada que rescato de mi antigua vida y emprendo camino hacia el tren de vagones largos y grises.

 

Estoy listo.

 

Entonces como un adiós vuelvo mi cuerpo hacia el tumulto de gente y hacia el enorme reloj de la estación.

 

Me voy. Al fin.

 

Lleno mis pulmones con el aire de Londres hasta que los siento casi colapsar. Y, entonces, en una rápida mirada sobre todo el lugar, entre tantas señoras, tantos niños y ancianos, lo veo, una pequeña silueta a lo lejos que reconozco de inmediato.

Y el sonido de las personas hablar se vuelve solo un murmullo, el espacio y el tiempo me parecen distorsionados , como si todo fuera muy lento, muy rápido y demasiado confuso. Me siento flotar en un aire rosa, en una fragancia de tulipanes y… pino.

 

Ah.

Viene con una enorme sonrisa, con una vestimenta informal y sin corbata. Trae dos maletas a punto de explotar y sus cabellos salvajes sin peinar.

 

Thomas. Mi pequeño amor solo a unos pasos y una hora tarde, pero ahí está.

 

La fe que nunca me abandonó celebra en mi interior y de la misma manera, la esperanza de una vida junto a el me cosquillea el corazón.

 

Porque, después de todo sabía que él llegaría. Mi Thomas, siempre fue y será un impuntual. Un pequeño joven que le gusta hacerme esperar, y sufrir por su ausencia.

 

Mi Thomas.


—Buenas tardes, señor Jack— Nunca había sonado tan alegre, tan él.

Me sonríe y yo le sonrió de vuelta.

—Buenas tardes, joven Thomas.

 

El horror de Puerto Almas

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El horror de Puerto Almas

 

1.

 

La lluvia arreciaba sin tregua alguna, inundando cada solitaria calle de aquel pueblo medio vacío, perdido y olvidado en los extremos más recónditos del país. Las calles que antes estaban llenas de niños y familias ahora estaban vacías y sin vida, como si todo lo que alguna vez dio alegría a aquel miserable pueblo se hubiera ido con aquellos que residieron allí. Ahora, cuarenta años después del desastre de Puerto Almas, no había más que recuerdos y cicatrices de un terrible mal que jamás debió ser olvidado.

 

Entre sus vacías y embarradas calles aún vagaban algunos ancianos que se negaban a salir de aquel lugar que los vio nacer, pese a que el pueblo estaba al borde de desaparecer para siempre. La vieja escuela se caía a pedazos en el fondo de la calle principal, en estado de completo abandono ante la falta de niños. Sólo había un comercio en todo el pueblo y el hospital se utilizaba en gran parte como bodega ante la falta evidente de pacientes.

 

Puerto Almas estaba maldito, o eso decían los recortes de antiguos periódicos que se salvaron de ser destruidos y registraron la escasa información que existe sobre ese lugar. Durante más de cien años aquel puerto perdido en las australes islas del sur de Chile fue una de las principales paradas para los barcos mercantes que viajaban hacia el norte del pacífico desde el estrecho de Magallanes. Fue un pueblo próspero y tranquilo que vio nacer y morir generaciones completas de familias chilenas, argentinas, inglesas y alemanas, que fusionaron sus culturas hasta hacer de aquel perdido pueblo en mitad de la nada su hogar. La vida allí bordeaba el aburrimiento diariamente y el único pasatiempo para muchos era la llegada de los barcos que traían mercancías y viejos cuentos del mar.

 

Pero todo cambió con aquel desastre.

 

Algo ocurrió hace cuarenta años que cambió para siempre la vida de aquel pueblo. Las personas comenzaron a morir en extrañas circunstancias, sin que nadie pudiera encontrar una respuesta para ello. A veces ni siquiera se daban cuenta de sus decesos hasta que el hedor de los cuerpos pudriéndose en el interior de las casas les avisaba sobre lo que había ocurrido. Aquellos que lograban sobrevivir se negaban a hablar sobre lo que había asesinado a las personas y muchos morían entre gritos de agonía frente a la mirada desesperada y asustada del personal del hospital. Unos cuantos se suicidaron, llevándose consigo el secreto de por qué prefirieron una muerte tan horrible antes de revelar la verdad.

 

De las mil quinientas personas que vivían en aquel pueblo, la mitad perdió la vida en el transcurso de un año. Ni siquiera la policía de investigaciones pudo hallar la causa de las muertes y el veredicto de las autopsias no hizo más que aumentar el desasosiego.

 

Paro cardiaco fulminante.

 

 

¿Acaso todas esas personas murieron de un ataque al corazón? ¿Qué es lo que pudo causar tal impresión como para asesinar a casi mil personas en menos de un año?

 

Ante la falta de pruebas y los hechos acontecidos en el país durante esos años, el caso fue cerrado y olvidado. Las pruebas reunidas se perdieron junto con cientos de documentos que los militares hicieron desaparecer en aquellos tiempos oscuros, y el misterio de Puerto Almas pasó al olvido.

 

Pero pese al desalentador panorama que reinaba en Puerto Almas, el joven Tomás Vera, de veintinueve años, aceptó postular al puesto de enfermero jefe que vio publicado en el diario hace unas semanas. Lo aceptaron de inmediato, no muchos aceptaban irse tan lejos de sus hogares pese a la jugosa paga que ofrecían. Fue el propio gobernador quien lo contactó por teléfono para concretar la entrevista.

 

La paga era buena y el trabajo era poco. En vista de su situación económica precaria y la falta de oportunidades, Tomás aceptó sin tomar en cuenta las advertencias de sus conocidos sobre aquel lugar.

 

  • Yo no iría si fuera tú – le dijo Antonia, su novia, mientras mantenía la vista fija sobre el recorte del diario que traía en sus manos – Nadie acepta el cargo. Es obvio el motivo…

 

  • No digas cosas sin fundamento ¿Quieres? No son más que cuentos.

 

 

  • ¿Y sabes por qué se liberó aquel cargo? ¿No te parece raro le ofrezcan un puesto de jefatura a un enfermero recién egresado? – Insistió Antonia – ¿No te hace sospechar? Mira esto – dijo ella mostrándole el anuncio que aparecía en una esquina del periódico que le regalaron cuando compró el desayuno – Se necesita enfermera(o) para trabajar en el Hospital de Puerto Almas, 44 horas semanales, categoría B, sueldo base dos millones de pesos… ¿Es en serio? ¿No te pusiste a pensar el motivo que tienen para que nadie haya postulado a ese cargo?

 

  • Mira Antonia, si no te conociera diría que estás exagerando la nota – respondió Tomás dejando su vaso de café sobre la mesa con expresión molesta – Sabes la situación en que me encuentro. Necesito trabajar ¿Entiendes?

 

  • Lo sé, lo sé – respondió ella sacudiendo su mano con vehemencia – sé que la situación laboral está muy mal para tu profesión, pero esto me da para pensar. Me puse a investigar (cosa que tú no hiciste) y resulta que la única enfermera que había EN TODA LA ISLA falleció la semana pasada a los 81 años. No hay médico ni dentista, el único personal de salud que existe en todo ese lugar es una enfermera y un paramédico que nadie conoce ¿No te parece raro?

 

  • Pues no. Si salieras de tu burbuja sabrías que en las zonas rurales del sur las cosas funcionan de esa manera.

 

  • Escúchame por favor Tomás… es obvio el motivo que tuvieron para rechazar esa oferta…Hay muchos profesionales que han ido a parar a ese sitio atraídos por el sueldo que ofrecen y no duran ni una semana.

 

  • No has investigado nada por lo que veo…

 

 

  • Es en serio – replicó ella poniéndose seria – cuando aparece un anuncio de trabajo con esa cantidad de dinero en juego en un sitio del que jamás oíste hablar lo primero que haces es buscar donde demonios está.

 

Antonia sacó su teléfono y le mostró el mapa. La isla donde se encontraba Puerto Almas estaba uno de los tantos archipiélagos que había en la undécima región. Sólo se podía llegar a ella en barco, el aeródromo más cercano estaba Coyhaique y ningún helicóptero cruzaba a través de esos canales producto de las violentas turbulencias que acechaban los vuelos. No se habían reportado accidentes fatales, pero sí numerosos informes de vuelos fallidos que tuvieron que devolverse cuando intentaron despegar para ir a buscar a un paciente crítico a aquel pueblo situado en medio de la nada.

 

  • Antonia, escúchame por favor… necesito ese trabajo. Quiero que lo entiendas de una buena vez- dijo Tomás seriamente – Yo no creo en supersticiones, todo eso que has estado leyendo no son más que mitos, cuentos que alguien con demasiado tiempo libre publicó para asustar a los más crédulos.

 

Antonia lo miró apretando los labios, pero no dijo nada.

 

 

  • Ya acepté el puesto y tengo los pasajes comprados… no vas a hacerme cambiar de opinión, no importa lo que me digas.

 

  • Entonces así es como van a terminar las cosas…

 

 

  • ¿A qué te refieres?

 

Antonia lo miró con los ojos brillantes de lágrimas y se alejó de su lado sin decirle nada. Tomás estaba mudo e impactado por el giro que habían tomado las cosas en los últimos minutos. Antonia cruzó el departamento sin voltearse para mirarlo pese a que sabía que él estaba caminando tras de ella. Tomó su cartera y su chaqueta, y sólo entonces se giró y lo enfrentó.

 

  • Ni siquiera lo harías por mí si te lo pidiera ¿Verdad?

 

 

  • Ya tomé una decisión – respondió Tomás apoyándose en el dintel de la puerta – se supone que deberías apoyarme, o al menos eso fue lo que esperaba de ti.

 

  • ¡Se supone que ibas a quedarte a mi lado! ¡Eso era lo que debía suceder! – chilló ella al borde de las lágrimas – ¡Yo podría haberte mantenido mientras encontrabas otro trabajo!

 

Pero no… siempre haces las cosas sin preguntarme.

 

 

  • Antonia, escúchame… – dijo Tomás acercándose a ella lentamente para no enfurecerla más. Pese a que sabía que esa reacción era lo mínimo esperable de alguien como ella, jamás imaginó que se lo tomaría tan mal – Necesito este trabajo… llevo meses sin encontrar

 

nada estable y ya no tengo más dinero. No he podido pagar el arriendo de este departamento desde marzo y me pidieron que lo dejara a fin de mes. Tuve que vaciar mi cuenta de ahorro para pagar las deudas. No tengo nada ¿Entiendes?

 

Antonia comenzó a llorar, pero no le dijo nada. Ni siquiera una palabra de aliento, ni siquiera un mínimo esbozo de comprensión.

 

  • No te vas a ir.

 

 

  • Si, si me iré y no vas a impedírmelo. Ya acepté el cargo, y si tú no quieres entenderlo es tú problema. Yo no tengo a mi familia como para que puedan ayudarme económicamente como es en tu caso.

 

Antonia se colgó la cartera sobre el hombro y se secó las lágrimas con todo el dramatismo que podía realizar. Siempre fue una reina del drama, y ahora que de verdad estaba viviendo una situación difícil no podía ser la excepción a la regla.

 

  • Yo no me iré contigo.

 

 

  • Lo sé.

 

 

  • Entonces esto lo dejamos hasta aquí.

 

 

  • Como quieras.

 

 

Ambos se miraron un par de dolorosos segundos que se les hicieron eternos. Ella esperando que Tomás cambiara de opinión y dejara esa locura para quedarse a su lado, él esperando que le deseara suerte y que prometería llamarlo para saber si la lluvia no lo ahogó. Pero ninguno de los dos hizo nada. No pudieron emitir ni una sola palabra.

 

Antonia dio un gemido de desesperación y salió del departamento dando un portazo y rompiendo a llorar a gritos mientras bajaba las escaleras.

 

“Tonta… eres tan tonta ¿Tan difícil es entender la situación desesperada en la que estoy?”

 

 

Se obligó a sí mismo a mantener la compostura y no salir corriendo tras de ella como todas las veces. Llevaban cuatro años juntos y ya estaba acostumbrado a sus pataletas y lloriqueos por cualquier cosa. Antonia ya sabía cómo manipularlo y siempre conseguía todo lo que quería, incluso contra su voluntad. Sus amigos le habían dicho en incontables ocasiones que su relación era tóxica, pero la necesidad de tener a alguien a quien pudiera llamar su novia era más fuerte que su sentido común. Él también lo sabía, carajo, pero se quedó a su lado pese a que era consciente que esa relación no daría para más.

 

Se acercó a la ventana disimuladamente y vio que Antonia aún estaba de pie frente al condominio llorando sin control. Suspiró.

 

La quería, si, pero ya estaba cansado de su inmadurez. Ella tenía una familia que la apoyaba económicamente y podía darse el lujo de hacer prácticamente nada y vivir de las rentas que le daban las numerosas propiedades que poseía su familia. Él no tenía nada más que el título que arrastraba consigo durante meses esperando encontrar un trabajo. Y tenía demasiado orgullo como para permitir que alguien lo mantuviera.

 

Tomás dejó su hogar apenas terminó el colegio. Nació y se crio en los campos del sur, ya conocía lo que era el frío extremo y estar alejado de todo. Su familia nunca tuvo recursos, su padre era un campesino borracho que trabajaba de forma esporádica en las forestales y que se pasó toda la vida golpeando a su madre cuando llegaba a la casa. Un cáncer le quitó a su madre cuando él sólo tenía quince años y tras su partida, Tomás vio que no tenía nada más que perder si dejaba aquel sitio.

 

Estaba solo. La necesidad de tener una compañera lo hizo caer en las garras de una princesita como Antonia.

 

Se acabó. Debía hacer las maletas, debía marcharse lo antes posible.

 

 

Todo lo que le dijo Antonia no eran más que mitos, patrañas que se inventó para buscar una forma de retenerlo a su lado. Podría haber buscado una excusa mejor, como fingir un embarazo, pero ni con eso lograría convencerlo. Si con o sin bebé iría a Puerto Almas, un par de cuentos no lograrían hacerle cambiar de opinión.

 

Sintió el estómago apretado cuando escuchó el vehículo de Antonia alejarse a toda velocidad por la calle.

 

No. No había vuelta a atrás. Él ya había tomado una decisión.

 

2.

 

 

Las olas rompían con violencia contra el casco del transbordador mientras la lluvia arreciaba contra los cristales, impidiéndole ver hacia adelante. El barco se mecía sin control sobre las aguas congeladas del estrecho y las nubes oscuras eclipsaban la luz, haciendo parecer que era más tarde de lo que realmente marcaba el reloj.

 

Tomás estaba nervioso.

 

 

Tras volar hasta Coyhaique y hacer varios trasbordos en barco, finalmente estaba próximo a su destino. Sabía que aquel pueblo estaba en mitad de la nada, pero jamás dimensionó qué tan difícil era acceder a él. Subestimó enormemente la distancia y el clima. Incluso unos cuantos le dijeron que tendría que esperar hasta una semana para poder cruzar a aquel remoto lugar.

 

Hace muchos años que no sentía tanto frío. El viento lo golpeaba como si de mil agujas se tratara cada vez que sacaba la cabeza fuera del refugio para ver dónde diablos estaban, haciéndolo esconderse y retorcerse dentro de la cabina.

 

Nadie hablaba. El pequeño trasbordador llevaba principalmente carga proveniente de las ciudades más grandes, él era el único en el barco que se quedaría en aquel puerto, el resto volvía a Coyhaique apenas terminaran de descargar las provisiones.

 

  • ¿Aún falta mucho? – preguntó Tomás al capitán del navío.

 

 

  • Media hora aproximadamente- respondió él de forma lúgubre.

 

 

El capitán era un hombre aparentemente mayor, y cuando lo conoció no se explicó cómo seguía trabajando alguien de su edad en un clima tan austero. Tenía la cara quemada por el viento y llena de arrugas profundas, el poco cabello que le quedaba se mecía lacio sobre

 

su frente y estaba completamente lleno de canas. De seguro la vida en altamar y los golpes del clima lo hacían parecer más viejo de lo que realmente era.

 

  • ¿Por qué aceptaste venir a trabajar a un sitio así? – preguntó de pronto el hombre, sin despegar la vista del horizonte – Si vienes buscando aventuras y un clima extremo no aguantarás ni una semana en ese maldito pueblo.

 

  • Soy enfermero. Supe que había una vacante disponible y acepté el cargo.

 

 

  • Espero que al menos te paguen bien… he traído muchos jóvenes como tú a lo largo de

 

los años buscando las mismas oportunidades y han llamado desesperados a los tres días pidiendo que los sacara de ese lugar – replicó – No quiero asustarte, pero ese lugar está maldito.

 

  • Algo me han contado… pero no creo en esos cuentos – respondió Tomás soltando una risa burlona.

 

  • No son cuentos. Ese pueblo debería haber sido olvidado hace mucho.

 

 

“Si, como no…”

 

 

  • Mi novia me dijo algunas cosas cuando le conté que había encontrado un empleo – dijo Tomás intentando calmar al viejo y sintiendo una punzada de dolor al recordar a Antonia –

 

pero no son más que leyendas. Crecí en el campo y escuché muchas historias así cuando era niño.

 

El viejo lo miró de reojo sin decirle nada. La expresión seria de su mirada le dijo que para él no había nada de gracioso en todo aquello.

 

  • Sólo te diré una cosa, chico – dijo el hombre dando por terminada la conversación – No salgas de noche por ningún motivo, y no se te ocurra abrir la puerta si alguien llama, no importa lo que pase.

 

Tomás sintió que algo frío bajaba por su espalda.

 

 

  • No creo en supersticiones.

 

 

  • Pues deberías empezar a creer si piensas quedarte en ese lugar.

 

 

Ante la aspereza de sus respuestas, Tomás decidió no insistir en iniciar una conversación con él. El viejo no parecía contento de tenerlo en ese barco y menos aún tener que llevarlo hasta Puerto Almas con ese clima como compañía. El resto de los que viajaban en el barco ni siquiera lo tomaban en cuenta y varias veces sintió que susurraban cosas a su espalda. Ya estaba un tanto preocupado por la constante sicosis que giraba en torno a él y las miradas preocupadas de las personas que lo acogieron antes de iniciar su partida.

 

Quizás sólo eran mitos, pero lo cierto es que ya no era la primera vez que le decían algo sobre aquel sitio.

 

Como nadie le hablaba, Tomás se acercó solitario hacia la ventana de la cabina principal y observó el horizonte esperando ver el pueblo que de ahora en adelante sería su hogar. El oleaje furioso se alzaba en la proa con furia como si intentara hacerlos retroceder, mientras el viento ululaba con fuerza entre los mástiles del navío. La intensa bruma que cubría el horizonte le impedía vislumbrar más allá de un par de metros, por lo que durante varios minutos lo único que vio delante de él fueron sólo kilómetros y kilómetros de mar. Por un momento creyó que no les quedaría más remedio que volver al puerto debido a la violencia del mar, pero todo temor se disipó cuando la bruma comenzó a despejarse y vio tierra firme a lo lejos.

 

Tomás se acercó al vidrio lo más que podía intentando distinguir el tétrico paisaje que veía ante sus ojos. Puerto Almas apareció ante él como un fantasma en el medio de la neblina. Las casas antiguas se desperdigaban por las laderas del bosque milenario que cubría gran parte de la isla, formando semi círculo alrededor de una plaza central que daba al único

 

puerto que conectaba la localidad con el resto del continente. Las calles estaban vacías y por un momento pensó que el pueblo estaba abandonado. Aquel sitio hacía honor a su nombre y su leyenda: jamás había visto un lugar más tenebroso que aquel al que aceptó ir.

 

  • Apenas tengamos la orden para desembarcar te bajas – le dijo un hombre de aspecto rudo que parecía ser el segundo al mando – nos iremos apenas entreguemos las provisiones. Se avecina una tormenta, nos acaban de avisar por radio.

 

  • ¿No es más seguro quedarse aquí? No tendrán tiempo para volver a Coyhaique…

 

 

El hombre soltó una risa nerviosa y miró con respeto a la isla que estaba cada vez más cerca.

 

  • No me quedaría aquí ni aunque me pagaran. Prefiero ahogarme en el mar.

 

 

  • ¿Es por lo de las leyendas? – preguntó Tomás sintiéndose molesto. A estas alturas ya estaba empezando a creer que le estaban tomando el pelo por ser nuevo en la zona, algo así como una especie de bienvenida de mal gusto.

 

  • No son leyendas – respondió el hombre, tragando saliva – no creas que nosotros nos

 

hemos inventado todo esto. En este maldito pueblo pasan cosas muy raras… yo mismo las he visto. Créeme que es mejor que lo veas por ti mismo, pero no te lo recomiendo. Si quieres cuidar de tu salud mental deberías hacer caso a lo que dicen. No salgas solo apenas caiga la noche y ni se te ocurra abrir la puerta si alguien llama pidiendo ayuda.

 

Tomás desembarcó lo más rápido que sus pies le permitían moverse. El viento había cambiado, y ahora los golpeaba con más fuerza. Corrió como pudo a través de la rampla que conectaba con el muelle mientras se afirmaba de las sogas para que el viento no lo hiciera caer. Un chico joven envuelto en un impermeable azul lo esperaba junto a una

 

caseta de guardia que estaba torcida producto de las trombas marinas que chocaban con su estructura todos los días.

 

– ¿Tomás Vera?

 

 

Tomás abrió la boca para hablar, pero una violenta ráfaga de viento lo ahogó antes de que pudiera pronunciar palabra. Intentó distinguir al chiquillo que había ido a buscarlo, pero gran parte de su rostro estaba cubierto por la capucha del impermeable. Por más que trató, el viento no le permitió hablar, por lo que sólo le hizo un signo afirmativo con la mano.

 

  • ¡Sígame! – dijo el chico colocando ambas manos alrededor de su boca tratando de imitar un megáfono, en un intento de hacerse oír a través de la tormenta.

 

El chico tomó una de sus maletas y comenzó a caminar hacia la plaza central. Tomás se volteó para darle las gracias a los marinos que lo habían traído hasta ese remoto lugar y vio que ellos ya estaban dejando los últimos encargos antes de partir. Les hizo una seña para despedirse y vio que ellos sólo se limitaron a mover la cabeza en señal de resignación, volviendo apresuradamente a su tarea con las cajas.

 

¿Qué podría ser tan terrible como para motivar a un grupo de personas a preferir entregarse a la violencia desmedida de un mar en tormenta antes que quedarse en aquel lugar?

 

 

 

 

3.

 

 

Tomás caminó tras el chico que llevaba sus maletas, casi completamente a ciegas. La chaqueta que había traído, y que decía ser resistente a prácticamente todo, se le pegaba al cuerpo y estilaba agua por cada una de sus costuras. Resbaló innumerables veces producto del barro y no le quedó otra más que dejarse guiar por aquel chico que tuvo el valor de ir a buscarlo con ese clima.

 

El panorama era simplemente desolador. Aquel pueblo parecía estar completamente deshabitado y en completa decadencia en vista de la condición en la que estaban muchas casas. Y ni hablar de la cantidad de casas semi derrumbadas y a todas luces en estado de abandono que vio mientras seguía al muchacho por las solitarias calles.

 

Tras caminar varias cuadras en completo silencio, finalmente llegaron al que parecía ser el hospital de Puerto Almas. El edificio, de estilo alemán, debía tener al menos unos cien años, pero a diferencia de muchas de las casas que vio en el camino, éste se mantenía en perfectas condiciones. Era un edificio de madera y concreto, de color blanco, decorado con hermosas cornisas de madera tallada y mosaicos de cristal en las enormes ventanas que decoraban uno de sus corredores. La única ambulancia que había en el pueblo estaba estacionada bajo un alero unos metros más allá, por lo que asumió que tendría una noche tranquila. O eso esperaba.

 

– Una terrible bienvenida ¿No cree? – dijo el chico una vez que lograron ponerse bajo techo

 

– En promedio aquí llueve trescientos días en el año, así que creo que debería empezar a acostumbrarse.

 

Tomás se quitó varios mechones empapados de cabello castaño de la frente, mientras hilos de agua escurrían por su ropa como si se hubiera bañado vestido.

 

El chico se había quitado el impermeable y las botas de agua y lo observaba con expresión divertida. Era muy joven, quizás debía tener unos dieciocho años, de piel rosada y losana, tenía el cabello más rubio que Tomás recordaba haber visto. Era casi blanco. Por un segundo juró que era albino, pero sus profundos ojos marrones descartaban esa posibilidad. Tenía un rostro interesante, esculpido y de rasgos poco comunes. Nada había en él que le recordara al chileno promedio que tenía grabado en su memoria.

 

– Me llamo Phillip Hudson – dijo el chico tendiéndole la mano y sin dejar de mirarlo.

 

  • Bueno… creo que tú ya sabes quién soy – respondió Tomás torpemente.

 

 

  • El nuevo enfermero, por supuesto. También trabajo aquí. De ahora en adelante seré su asistente. Antes asistía a la señora Carmen, pero me imagino que le contaron sobre su

 

fallecimiento…

 

 

Tomás asintió. El chico seguía hablándole animadamente mientras caminaban por los vacíos pasillos de aquel viejo hospital.

 

Según le contó, en los tiempos en que Puerto Almas era parada obligatoria para los barcos mercantes que iban rumbo a Valparaíso, el alcalde de aquel entonces mandó a construir ese hospital para atender las necesidades de las familias que vivían en las islas más perdidas del archipiélago. Durante años estuvo operativo, pero hace más de cuatro décadas que el pueblo había caído en desgracia y junto con su caída partieron gran parte del personal médico del área. La única que se quedó era la enfermera, Doña Carmen Blanco, y el paramédico, Hermann Kramer.

 

El muchacho, que trabajaba como asistente de enfermería, había nacido en esa isla, por lo que conocía cada rincón del pueblo como si fuera su propia mano. Tomás entendió que por ese motivo el chico parecía no inmutarse por el aguacero que caía sobre él. Mientras caminaban, Phillip le mostró cada una de las dependencias que estaban en uso y le mostró el calendario donde estaban anotadas las fechas agendadas para que el médico general de zona pasara a la revisión mensual.

 

Finalmente lo condujo por el pasillo con amplios ventanales que vio cuando llegó y le mostró unas pequeñas habitaciones al fondo de éste.

 

  • La primera es la pieza del paramédico – dijo hablando en voz baja – sólo se queda aquí cuando tiene turno. El resto de los días se va a su casa, al otro lado del camino.

 

  • ¿No está aquí hoy?

 

 

  • Está saliente de turno. Ha estado cubriendo los turnos desde que falleció la enfermera.

 

 

Le mostró una habitación cerrada frente a la del paramédico y vio que tenía un pequeño frasco con flores frescas justo en la entrada.

 

  • Es una gran pérdida… la extrañaremos mucho – añadió el chico con tristeza – todos la conocían en el pueblo, pese a que era un poco malas pulgas.

 

Junto a la habitación del paramédico estaba una vieja salamadra de hierro con un reconfortante fuego ardiendo en su interior, al otro lado del pasillo estaba la habitación del chico y una que tenía la puerta abierta. No era excesivamente grande y sólo tenía una cama, una mesita de noche y un viejo armario de madera.

 

– Esta será su habitación – dijo Phillip haciendo un ademán de presentación con sus manos

 

– Sé que no se ve muy acogedora, pero creo que podrá verse mucho mejor cuando ya esté instalado. Tiene su baño propio – dijo mostrándole una puerta blanca que estaba escondida tras el armario – Se supone que esta es la habitación del médico, pero cuando hacen ronda nunca se quedan y siempre está vacía.

 

– Gracias – respondió Tomás dejando una de sus maletas en el suelo.

 

 

Tras explicarle cómo funcionaban las cosas en el hospital, el orden de los turnos y algunas fechas claves en el calendario, Phillip dio por terminada su presentación y se quedó de pie junto a él con las manos en los bolsillos.

 

  • No sé si tiene alguna duda…

 

 

Tomás observó su figura delgada y su expresión infantil. Si, Phillip era demasiado joven y dudaba que tuviera mucha experiencia como asistente de enfermería, pero pertenecía a esa isla y si estaba allí debía ser por el mismo motivo que él. Nadie quería el cargo.

 

– Hay unas cuantas cosas que me llamaron mucho la atención cuando venía hacia acá – dijo Tomás mientras sacaba sus cosas de la maleta – Me dijeron muchas historias sobre esta isla y este pueblo y no te imaginas cuánto me costó conseguir un trasbordador que me trajera. Muchos me decían que no se acercaban en esta fecha.

 

Phillip abrió mucho los ojos cuando se giró para mirarlo y abrió la boca un par de veces, sin dejar salir ni una sola palabra de sus labios.

 

  • No… No todos creen en las viejas historias…

 

 

  • ¿A qué te refieres?

 

 

Phillip bajó la mirada hacia sus dedos temblorosos y se mordió el labio con fuerza, como si estuviera meditando profundamente sus palabras. Tomás comenzó a impacientarse y sostuvo su mirada de ojos marrones sobre él hasta que finalmente lo obligó a hablar.

 

  • En esta isla tenemos una ley muy simple para cualquiera que quiera quedarse – dijo casi susurrando, como si temiera ser escuchado por alguien – Al caer la noche nadie debe salir de su casa bajo ningún motivo y no deben abrir a nadie que llame a la puerta.

 

Tomás sintió que algo se agitaba en su interior. Era la cuarta vez que le decían lo mismo, pero esta vez no podía tomar tan a la ligera las palabras del chico pues este se veía profundamente afectado, casi temeroso de hablar más de la cuenta.

 

  • Los marinos me dijeron eso cuando venía hacia acá ¿Es por algún brujo o algo así? Phillip no contestó.

 

  • No hablamos de Él – respondió con vehemencia – No le pasará nada si no sale de noche y protege las entradas de su casa. Pero como vivirá aquí no debería tener problemas…

 

Una falsa carraspera a sus espaldas casi los hace dar un grito de horror. Phillip palideció de golpe y se aferró del brazo de Tomás de un salto, casi al borde de echarse a llorar.

 

Cuando por fin pudieron reponerse del susto, vieron que junto a la puerta estaba de pie un hombre de unos cuarenta años con el impermeable aún puesto y que les sonreía ampliamente.

 

  • No deberías estar diciéndole esas porquerías a un recién llegado, muchacho – dijo con una voz dulce y profunda que erizaba los vellos de todo el cuerpo – Con lo mucho que necesitamos a un enfermero y tú lo estás asustando.

 

Tomás se quedó observando al hombre cuando éste se quitó la capucha. No podía estimar muy bien su edad debido a que su cabello aún era negro, pero en su mirada podía leer la experiencia de alguien que ya llevaba más décadas de vida de las que realmente quería admitir. Era alto y fornido, una espesa barba le cubría gran parte de la cara y llevaba el cabello amarrado en una coleta en la parte baja de la cabeza. Tenía enormes e impactantes ojos de color ámbar, capaces de quitarle el aliento a cualquiera.

 

  • Bienvenido Tomás, soy el paramédico. Hermann Kramer – dijo el hombre observándolo fijamente y dándole un apretado abrazo – Encantado de conocerlo.

 

Tomás se sintió extrañamente perturbado cuando tocó las manos de aquel hombre. Pese a que venía de afuera sus manos estaban extrañamente cálidas, como si acabara de salir de la ducha. Su cuerpo era mucho más tonificado que el suyo, y pudo sentir la fuerza de sus músculos bajo la ropa.

 

  • Te necesitan en la recepción Phillip – dijo de pronto mirando al chico – Doña Laura quiere saber cuándo viene el Dr. Figueroa y no estoy seguro si cambiaron la fecha de la ronda.

 

Phillip pareció salir de su estupor y salió apresuradamente hacia el pasillo, dejando a Tomás a solas con Hermann.

 

  • No tomes en cuenta las historias que cuenta este crío – dijo Hermann una vez que estuvo seguro de que Phillip se había marchado – No son más que leyendas absurdas que cuentan los marineros para darse importancia. Este niño aún cree en cuentos de fantasmas.

 

  • Bueno… yo tampoco creo en todas esas historias, pero me llamó muchísimo la atención

 

que la tripulación del barco no quisiera quedarse y se marcharan antes del anochecer.

 

 

Hermann rio con ganas, mostrando una fila de impecables dientes blancos.

 

 

  • Creo que ya tuviste un chapuzón al llegar. Este estrecho es extremadamente peligroso en estas fechas. El viento y la lluvia no dan tregua a los incautos y ya varios han cometido el error de venir a aventurar a este pueblo sin tomar las precauciones debidas. Si te dijeron que debías cerrar todo y no abrir la puerta es por el frío que hace por las noches. Morirías congelado en un par de minutos.

 

Tomás rio con él, pero no muy seguro de que lo que le decía Hermann era totalmente cierto. Al igual que algunos con los que habló, Hermann tampoco parecía demasiado confiado en sus palabras.

 

Una vez que terminaron de hablar y ponerse al día con las cosas que ocurrían en “la capital”, Hermann miró su reloj y dio un respingo.

 

– Debo marcharme. No he dormido nada desde ayer.

 

 

Tomás le dio un apretón de manos en señal de despedida y volvió a notar que el calor de sus manos seguía siendo el mismo.

 

  • Una última cosa – agregó Hermann cuando iba a salir de la habitación – Ten cuidado con Phillip.

 

  • ¿Por qué?

 

  • No me malinterpretes… es un buen chico, pero está algo afectado – dijo Hermann llevándose el dedo índice a la sien y girándolo en círculos – perdió a sus padres cuando era un crío y creo que algo terrible le hicieron en el internado donde se lo llevaron, cuando volvió a la isla no era el mismo niño que yo recuerdo. No te asustes si de repente lo escuchas gritar por las noches. Que descanses.

 

Hermann cerró la puerta lentamente, dejando a Tomás congelado en su posición, completamente aturdido ¿Qué diablos ocurría en aquel sitio? Todas las explicaciones que recibió no hacían más que aumentar su desasosiego y la sensación de que algo allí no estaba del todo bien.

 

Menuda mierda de pueblo donde se fue a meter.

 

 

 

 

 

4.

 

 

Cuando finalmente se extinguió el último rayo de sol en el horizonte, Puerto Almas quedó sumido en el silencio, sólo interrumpido por el constante sonido de la lluvia sobre los tejados. Desde que Hermann se fue ni una sola alma apareció en el hospital y pronto pudo ver a Phillip asegurando las puertas y las ventanas de todo el edificio, no una, sino varias veces, como un completo desquiciado. Tomás no dejaba de observar al muchacho de cuando en cuando (nunca se sabe, quizás el chico era un potencial asesino y él no estaba dispuesto a dormir sin antes analizarlo detalladamente), pero nada salvo su obsesión con cerrar las ventanas y las puertas parecía indicarle un rasgo sicópata.

 

Tomás se excusó cuando vio que Phillip acomodó el sofá para iniciar una nueva conversación y le dijo que estaba demasiado cansado producto del viaje y se marchó a su habitación sin darle oportunidad de cambiar de idea.

 

Una vez a solas, Tomás cerró la puerta con llave desde adentro y se lanzó a la cama.

 

Estaba tan agotado producto del intenso viaje que se quedó inmediatamente dormido.

 

 

Todo estaba tranquilo. Comenzó a soñar que Antonia venía a buscarlo vestida de novia y exigiéndole que volviera a Santiago mientras le lanzaba zapatos a la ventana. Era un sueño bastante absurdo, pero este se diluyó bruscamente en la profundidad de su mente en cosa de segundos. Antonia desapareció, y en su lugar Tomás pudo verse a sí mismo en la habitación donde ahora dormía. Algo raro estaba ocurriendo. Intentó moverse, pero tenía el cuerpo completamente paralizado. Ni siquiera podía abrir los ojos, por más que trató.

 

Al principio intentó calmarse, pero súbitamente algo comenzó a ocurrir que lo puso inquieto y en completo estado de alerta. Había alguien en su habitación, no podía verlo, pero sabía que no estaba solo.

 

La presencia era intensa y robusta, como un manto oscuro que lo envolvía por completo. Se sintió ahogado, como si lo que fuera que estaba con él en aquel momento estuviera a punto de aplastarlo. Quiso gritar, pero su cuerpo parecía no reaccionar bajo ningún motivo.

 

“Es un sueño, es un sueño… es un sueño… es… un…”

 

 

Cuando sintió que las sábanas comenzaban a deslizarse hacia los pies de su cama supo que todo aquello era real y el pánico comenzó a fluir por sus venas. Sintió una mano fría y larga recorriendo su estómago plano con los dedos, subiendo y bajando a lo largo de su torso. La mano levantó su camiseta hasta dejar los pezones libres, que se endurecieron de inmediato ante el frío mortal que había dentro de esas paredes.

 

“Auxilio ¡DIOS MÍO, AYÚDAME!”, imploró Tomás dentro de su inmovilidad. Trataba de abrir los ojos, pero nada ocurría. Estaba completamente catatónico.

 

Sea lo que sea que estaba con él, se acercó tocando su torso con ambas manos, deslizando unas largas uñas sobre la delicada piel que reaccionó estremeciéndose sin control. Intentó llamar a gritos a Phillip o a Hermann, a quien fuera, pero era completamente inútil.

 

Su desesperación creció aún más cuando sintió que el pantalón comenzaba a bajarse lentamente a lo largo de sus caderas. Quien lo estaba tocando no parecía querer parar y se deslizaba a lo largo de su cuerpo entumecido buscando tomar posesión de cada noble rincón. Su pantalón se había deslizado completamente hasta la mitad de los muslos, dejando libre su pene que fue masajeado inmediatamente por aquellas manos cadavéricas frías y largas como ramas de un árbol seco.

 

– ¡DÉJAME!

 

 

Tomás se sentó en la cama, transpirando profusamente. Tenía la camiseta enrollada sobre sus axilas y el pantalón rodeándole los muslos, tal cual como sintió mientras estuvo inmóvil, con la diferencia que era su propia mano la que sostenía el pene en completa erección y no esa mano congelada e inhumana.

 

Como pudo encendió la luz, desesperado y completamente aterrado, como nunca lo estuvo en su vida. Ni siquiera hizo un esfuerzo en volver a vestirse ¿Realmente había sido él quien hizo todo eso durante una pesadilla?

 

En la habitación no había nada, todo estaba tal y como lo vio la última vez. Se agarró la cabeza con pesadez, intentando convencerse de que todo aquello no había sido más que una horrible pesadilla impulsada por la paranoia, nada tenía que ver con los disparates que contaban sobre esa isla. Aún no podía quitar de su mente la sensación de aquellos largos dedos recorriendo su torso y deslizándose a lo largo de su pene.

 

Se volteó hacia la mesita de noche en busca de un vaso de agua, pero recordó que aquel no era su antiguo departamento. Fue entonces cuando vio que algo lo estaba observando a través de la ventana.

 

El alarido que dio fue de tal magnitud que no pasaron ni diez segundos cuando sintió que Phillip aporreaba su puerta sin dejar de llamarlo.

 

Tomás tropezó con sus propios pantalones y abrió la puerta de un tirón, sin importarle demasiado que estaba prácticamente desnudo frente a un muchacho que acababa de conocer.

 

  • ¡¿QUÉ ES ESO?!

 

 

  • ¿Qué ocurrió? – dijo Phillip primero pálido por el miedo y luego ruborizado ante la evidente erección que Tomás presentaba frente a él.

 

Tomás se giró para observar hacia la ventana, pero no en ella no había nada más que la sombra de los árboles que se agitaban con la lluvia.

 

  • Había algo… una cosa… era… era…

 

 

Phillip se acercó lentamente a la ventana y revisó el broche de seguridad y la celosía.

 

 

  • No hay nada aquí… la ventana está cerrada.

 

 

Tomás temblaba de pies a cabeza, completamente aterrado por lo que acababa de presenciar. No estaba seguro de lo que sus ojos habían visto, pero sea lo que sea no era de este mundo.

 

  • Yo…

 

 

  • ¿Podría vestirse? Por favor… – dijo el chico mirándolo con timidez, pero deteniéndose con especial atención en su entrepierna.

 

Tomás reaccionó y ordenó su ropa muerto de vergüenza. Le explicó a Phillip lo que había estado soñando y la forma en la que había despertado. Insistió con especial énfasis en que no era él quien había hecho todo eso, no quería que el muchacho se hiciera una idea equivocada de su persona. Describió con horror cada cosa que sintió mientras estuvo paralizado, pero Phillip no parecía impresionado, sino todo lo contrario. Su expresión era de profunda preocupación.

 

  • Creo que es mejor que se vaya de esta isla – dijo el chico cuando Tomás terminó de contarle lo que le había sucedido – Él ya sabe que está aquí.

 

  • ¿Él? ¿A qué te refieres?

 

 

Phillip lo miró de soslayo y bajó la cabeza mientras envolvía sus rodillas firmemente alrededor de su cuerpo.

 

  • No sé qué es… nadie lo sabe. No somos muchos los que hemos logrado verle y vivir para

 

contarlo. No tiene nombre, simplemente es Él. Creo que ya es lo suficientemente horrible como para tratar de darle un nombre con el cual identificarlo.

 

Tomás sintió que se abría el piso bajo sus pies.

 

 

  • Espera un momento… ¿Lo has visto? ¿Me crees?

 

 

 

 

  • O sea… que todo esto ¿Fue real? ¿Esa cosa vino a tocarme?

 

 

Phillip asintió. El muchacho estaba evidentemente afectado por todo lo que había ocurrido en tan pocas horas y estar a solas con Tomás bajo esas circunstancias no parecía darle muchas esperanzas.

 

  • Hay unos cuantos que han sido víctimas de Él, al menos los que han sobrevivido. Los selecciona, por así decirlo, hombres y mujeres, pero principalmente hombres jóvenes – dijo

 

Phillip acercándose cada vez más a Tomás mientras temblaba de pavor – la gran mayoría dicen que se les aparece en sueños durante muchas noches seguidas antes de lanzarse a atacarlos. A mí siempre me visita en sueños…

 

Tomás estaba en shock. No quería creer lo que estaba escuchando y estaba a punto de tomar todas sus cosas y devolverse a Santiago. Antonia tenía razón; había sido el peor error de su vida aceptar el cargo para trabajar en ese pueblo. Su razón no le permitía creer que todas esas locuras que le habían estado diciendo desde que postuló al cargo fueran ciertas, simplemente no quería creerlo.

 

  • ¿Te visita en sueños? ¿Lo has visto más de una vez?

 

 

  • No se detendrá a menos que se vaya de esta isla… por favor… no importa que deje el puesto si con eso puede salvar su vida…

 

 

 

 

5.

 

 

Apenas amaneció, Tomás intentó convencer a Phillip de que lo acompañara al muelle para esperar el primer barco que saliera de aquel espantoso sitio, pero el chico miró a través de las ventanas el intenso temporal que sacudía los árboles con expresión de desamparo.

 

  • No pienso quedarme ni un segundo más en este mugroso lugar, Phillip por favor… sé que

 

está lloviendo, pero no me interesa. Debo salir de aquí, tú mismo me lo sugeriste.

 

 

Tomás no había podido dormir en toda la noche después de esa espantosa visión del ser mirándolo por la ventana. Con el paso de las horas la imagen se fue distorsionando en sus recuerdos hasta el punto de no estar completamente seguro del aspecto de lo que había visto. Caminó en círculos por la vieja cocina intentando tranquilizarse con una taza de

 

humeante café que Phillip le preparó, pero estaba tan alterado que ni siquiera pudo tomar la taza sin derramar su contenido producto del temblor de sus manos.

 

  • No hay nada que podamos hacer… los barcos no zarpan cuando hay tormentas como esta… sólo iremos a perder el tiempo.

 

  • ¡TIENE QUE HABER ALGO QUE PUEDA HACER! ¡NO PIENSO QUEDARME AQUÍ ESPERANDO A QUE ESA COSA VENGA A POR MI!

 

  • No nos queda otra más que esperar…

 

 

  • Yo no pienso esperar…

 

 

Tomás se puso su chaqueta y las botas de agua y salió al corredor del hospital sin importarle el diluvio que caía sobre él.

 

  • ¡Pierde su tiempo! ¡Nadie vendrá a buscarlo hasta que no pase la tormenta!

 

 

  • ¡No pienso quedarme! ¿Me oyes? ¡Alguien tiene que sacarme de este sitio como sea!

 

 

Tomás estaba asustado, aterrado, al borde de perder la cabeza. No podía quitar de su mente el recuerdo de esas manos tocando su cuerpo abusivamente, rodeando su pene para masturbarlo mientras él no podía defenderse.

 

Tomás salió del hospital a toda prisa, con Phillip pisándole los talones y gritándole que sería inútil salir. Los marineros tenían razón sobre ese lugar y se arrepentía una y mil veces de haber venido tan lejos, sólo motivado por la desesperación económica.

 

El viento soplaba con tal intensidad que incluso le costaba caminar y a duras penas podía respirar. Phillip intentaba llamarlo para que volviera, pero su voz se perdía cada vez que lo hacía. No había logrado avanzar más de un par de calles cuando sintió el sonido de una rama desganchándose de un árbol. Antes de que pudiera reaccionar, Phillip se lanzó contra él para cubrirlo y recibió el golpe de aquella rama directamente sobre la cabeza.

 

  • ¡PHI…LLIP! – gritó cuando logró incorporarse. Ráfagas de viento huracanado le secaron a boca y le impidieron hablar.

 

El muchacho se había desplomado y con horror vio que un profundo corte emanaba sangre de su cabeza, tiñendo su rubio cabello de rojo intenso.

 

Era una pesadilla, una horrible e interminable pesadilla. Desobedeció las advertencias del chico y se aventuró a salir de su refugio para huir de aquel pueblo maldito sin medir las consecuencias de sus actos.

 

Phillip no reaccionaba. Intentó escapar de aquel horror que él mismo se había aventurado en seguir y ahora Phillip estaba inconsciente y sangrando en el suelo.

 

Todo era culpa suya.

 

 

 

 

 

6.

 

 

  • No hay caso… las líneas debieron caerse con el temporal.

 

 

Tomás se afirmaba la cabeza mientras Hermann colgaba el teléfono por centésima vez. Como pudo, logró llevar al chico de vuelta al hospital y le realizó las curaciones necesarias, pero Phillip no reaccionaba a ningún estímulo por más que intentó reanimarlo. Seguía inconsciente, y su cabeza cubierta de vendajes era el firme testimonio de que aquella pesadilla sólo acababa de comenzar.

 

Tomás no quiso contarle a Hermann la razón por la que intentó salir del hospital con esa lluvia, arriesgando que alguno sufriera un accidente, pero pudo leer en su mirada que el hombre ya sabía cuál era el motivo. No se lo dijo, pero estaba seguro de que sabía qué fue lo que lo impulsó a salir de esa forma apenas amaneció.

 

  • Los centros de salud regionales no se arriesgarán a enviar ayuda para salvar a un paciente con este clima. Ya nos ha sucedido antes y sé que no van a correr riesgos. Sólo esperemos que Phillip reaccione en unas horas o si no estaremos en un grave problema, en especial tú.

 

Tomás bajó la mirada y acarició la mano pálida de Phillip. El muchacho se había puesto incluso más pálido de lo que ya era y su respiración se había vuelto lenta y acompasada.

 

  • Asumo que no vas a decirme el motivo por el cual estabas huyendo del hospital. Tomás volvió a negar con la cabeza. Hermann suspiró.

 

  • Pues ni modo – dijo poniéndose de pie – tuviste suerte de que viniera en camino hacia acá. Vine por mis cosas, tal parece que doña Laura está mal de salud y necesita que alguien la ayude a cuidar de su marido inválido mientras llega el siguiente barco. Lo siento mucho, pero no puedo quedarme aquí.

 

Tomás sintió que el miedo volvía a hacerse dueño de su cuerpo. ¿Lo iba a dejar solo después de todo lo que había pasado y con su asistente inconsciente?

 

  • No puedes dejarme solo ¿Qué pasará con Phillip?

 

 

  • Va a despertar. Es un muchacho fuerte y joven, no creo que el golpe sea tan grave como dices – repuso Hermann sin mirarlo – además tú eres el enfermero y creo que sabes qué hacer en caso de que presente convulsiones.

 

  • ¡NO PUEDES IRTE SIN MÁS!

 

 

  • Tampoco puedo dejar a mis pacientes abandonados, menos ahora que Phillip no está en

 

condiciones de acompañarme. Escúchame Tomás… este sitio es seguro, nada te pasará si te quedas aquí hasta que yo vuelva. Sólo serán unas horas nada más. No hay por qué preocuparse.

 

Tomás no quedó tranquilo y fueron inútiles todos sus intentos para evitar que Hermann se marchara. El paramédico tomó sus cosas y se marchó en la ambulancia sin agregar nada más y con un evidente dejo de apatía. ¿Cómo alguien podía ser tan frío como para abandonar a uno de sus colegas en esa situación? Con las líneas de comunicación caídas no tendría forma de recurrir a él en caso de que Phillip empeorara o peor aún, si es que ese ser volvía a aparecer por la noche.

 

De nada valía seguir buscando una salida. Lo único que podía hacer era sentarse y esperar a que nada malo ocurriera.

 

 

 

 

7.

 

 

Cuando cayó la noche, Tomás entró en estado de intensa locura. El temporal empeoró y Hermann no volvió al hospital como había prometido. Estaba solo, completamente abandonado a su suerte.

 

Cada sonido era un inminente ataque, pese a que la gran mayoría de las veces eran sólo ramas que volaban arrastradas por el viento. Sucedió varias veces, sin mayores problemas hasta que finalmente un golpe seco en el piso superior terminó por destrozar sus nervios. Algo había roto una de las ventanas de las salas vacías y sabía que no era una rama, ni siquiera una roca. Era algo corpóreo, enorme y bestial. Sintió que la sangre se le congelaba en las venas y se quedó petrificado en su posición, completamente aterrado.

 

Sea lo que sea, había traspasado las barreras que habían puesto. Eso, lo que lo había estado observando por la ventana la noche anterior había vuelto, y esta vez no iba a conformarse con sólo mirarlo.

 

Las maderas del segundo piso comenzaron a crujir. El sonido de pasos pesados y profundos que caminaban con firmeza sobre las viejas tablas que cubrían el piso superior, husmeando los alrededores, esperando encontrar a su presa entre aquellas paredes desnudas. Aquello que lo había estado observando finalmente había encontrado una forma de llegar hasta él.

 

Cuando sintió que aquello había llegado a las escaleras, Tomás recuperó la compostura y recordó a Phillip.

 

Sin pensarlo dos veces, y pese a que estaba aterrado, corrió con toda la fuerza que tenía en sus piernas hacia la sala donde el chico dormía completamente ajeno a lo que acababa de colarse al interior del edificio. Revisó rápidamente sus signos vitales e intentó despertarlo, pero no reaccionó. No había mucho que pudiera hacer por él.

 

La entidad comenzó a bajar las escaleras lentamente.

 

 

Tomás ahogó un grito de desesperación y cerró con fuerza la puerta de la pieza donde dormía su único compañero justo en el momento en que el ser que tanto temió alcanzaba el último escalón. Quiso gritar de terror, quiso echarse a llorar y arrancarse los ojos para no seguir viendo lo que estaba frente a él, pero ya era demasiado tarde.

 

Era un ser mitad humano, mitad demonio, de casi dos metros de alto y de constitución musculosa, completamente desnudo. La fiereza de su mirada de ojos negros casi lo desploma. Tenía la piel de un color ceniciento y con marcados músculos bajo la piel desprovista de vellos y surcada por prominentes venas que palpitaban con fuerza. Era el ente más impresionante y espantoso que había visto en toda su vida.

 

Cuando el ser le sonrió, Tomás reaccionó y echó a correr, intentando escapar de aquel ser diabólico. Abrió las puertas que conducían a la sala de emergencias y se lanzó corriendo despavorido hacia el exterior, donde quedaba completamente expuesto y desprotegido.

 

– ¡AUXILIO! ¡AYÚDENME POR FAVOR!

 

 

El ser comenzó a correr tras de él. Tomás intentó huir a pesar de que no veía nada más que la luz amarillenta de los faroles iluminando su camino y el barro lo hacía patinar. Llovía torrencialmente, y por más que gritó, el viento se llevó cada una de sus palabras a un sitio en las alturas donde nadie podría escucharlo. Y aunque gritara e implorara por ayuda sabía que nadie abriría la puerta, nadie lo socorrería.

 

Casi se orinó encima cuando el ser se le adelantó y lo interceptó de frente. Su sonrisa se había ensanchado y lo observa con firmeza, como un depredador frente a su presa. El ser pareció notar su temor e intentó atraparlo tironeando su chaqueta, la que desgarró con sus afiladas garras.

 

Tomás logró librarse de él e intentó golpearlo, pero sabía que sería inútil. Muy pocas veces en su vida se había enfrentado a golpes con alguien y nunca salió bien parado, esta vez era seguro que tenía todas las de perder frente a semejante criatura.

 

Estaba empapado de pies a cabeza y sin su chaqueta el frío comenzó a calarle los huesos. El ser lo perseguía, disfrutando ver su sufrimiento y el horror reflejado en su mirada. Sin darle tiempo a reaccionar, la criatura estiró su brazo y lo alzó varios metros sobre el suelo tomándolo por la camisa, la que comenzó a romperse entre el forcejeo de Tomás y la tensión de las garras sobre la tela.

 

Finalmente, la tela cedió y Tomás cayó al suelo con el torso desnudo. La criatura no le dio tiempo para incorporarse y se lanzó sobre él, tironeándole los pantalones mientras arrancaba los zapatos de un tirón.

 

– ¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME! ¡DÉJAME EN PAZ! ¡AYUDA!

 

El ser lanzó un largo y sonoro gruñido que le erizó los vellos de todo el cuerpo. Vio que su cuerpo se tensaba y vio alzarse una poderosa erección entre sus piernas. El grueso falo era firme y enorme, de un color oscuro, pulsátil. Tomás se sintió asqueado cuando vio cuales eran las intenciones de aquel demonio. Peleó y lo golpeó innumerables veces hasta que sus nudillos se lastimaron, pero parecía como si todo aquello no eran más que caricias en comparación a la fuerza descomunal de aquel ser. Su risa diabólica y malvada estaba radiante de júbilo y parecía disfrutar verlo luchar por su vida.

 

De un solo zarpazo, destrozó sus pantalones y la ropa interior, dejando sólo jirones colgando de su cintura, liberando su pálido pene a la vista de la criatura. Estaba desnudo, indefenso y aterrado. No tenía escapatoria por más que intentara luchar.

 

El ser volvió a gruñir y rompió lo que le quedaba de tela, dejándolo completamente desnudo. Tomás temblaba de pies a cabeza producto de la ira, el miedo y el frío. Forcejeó, pero el ser lo tomó por ambos brazos y lo volteó, casi sin ningún esfuerzo.

 

– ¡NO TE ATREVAS! ¡SUÉLTAME!

 

 

La criatura lo torció de tal forma que Tomás quedó apoyado en sus rodillas y con la cara enterrada en las piedras. Sin darle tiempo a un nuevo enfrentamiento, el ser abrió la boca y comenzó a lamer su trasero con violencia.

 

Tomás dio un alarido. La lengua larga y filosa de aquel demonio recorría su ano y sus testículos, girando en círculos, recorriendo su cuerpo sin pudor. Intentó incorporarse, pero las piernas de aquel ser lo inmovilizaron. Tomás se quejaba y temblaba mientras el ser saboreaba una parte tan íntima de su cuerpo una y otra vez, recorriendo su anatomía con movimientos circulares lentos y firmes, disfrutando el sabor de una piel nueva.

 

Él dio un largo rodeo lamiendo su trasero y sus testículos antes de introducir su lengua larga y filosa a través de su ano. Tomás gritó enfurecido, pero la tormenta que arreciaba calló sus

 

gritos. Le dolía y la horrible sensación del movimiento de la lengua dentro de su cuerpo era algo que jamás podría olvidar si lograba salir con vida de aquel ataque. Pensó en el pobre Phillip, quien yacía inconsciente en su cama totalmente ajeno a lo que aquel ser le estaba haciendo y recordó que la lengua de aquel ser también había recorrido el cuerpo débil de Phillip sin ninguna resistencia de su parte.

 

Sin darle más preámbulos, el ser dejó de lamerle el culo y lo penetró ferozmente mientras le tomaba el pene con su mano libre y comenzaba a masturbarlo. Tomás dejó de forcejear. El dolor que sentía clavado en el interior de su ser mientras aquella criatura del averno lo sodomizaba superaba la intensidad de cualquier pensamiento. Se echó a llorar. Mientras Él embestía una y otra vez contra su cuerpo y se movía lenta y profusamente contra sus nalgas, pudo sentir que su pene reaccionaba entre los dedos gélidos que presionaban su glande. Su pene estaba completamente erguido y latía bajo los dedos de la criatura que gruñía de placer tras de él.

 

La criatura lo cambió de posición varias veces y aprovechaba de lamer su cuerpo cada vez que podía, pese a que Tomás intentaba alejar su lengua cada vez que veía sus intenciones. Ya había dejado de luchar puesto que era en vano vencerlo, pero supo que había algo más que le impedía detenerlo. La agitación de su respiración ya no era producto del frío ni del miedo, tampoco era producto del dolor. Se sentía embriagado, débil; como si con cada roce del pene de ese demonio dentro de su cuerpo estuviera drenándole la energía.

 

Tomás sintió que se venía y aquel demonio también lo supo, puesto que cerró los ojos y envolvió su pene con la boca, tratando de no enterrarle los dientes al succionarlo. Tomás acabó dentro de la boca del demonio y éste parecía complacido por lo que había obtenido.

 

Se echó a llorar. Nunca en su vida se había sentido tan humillado.

 

El demonio salió de su cuerpo y lo soltó, dejándolo caer desnudo sobre las piedras mojadas antes de desplegar unas enormes alas y desaparecer entre las copas de los árboles.

 

Tomás se quedó tendido sobre las piedras, esperando la muerte. En el transcurso de un día su vida había dado un giro brusco que lo cambiaría para siempre. Las historias que se contaban sobre aquel pueblo resultaron ser ciertas y él había vivido en carne propia lo que muchos no se atrevieron a contar por vergüenza.

 

Algo terrible acechaba en las noches, y él había sido elegido como víctima por aquella cosa. Lo había violado, lo había sentido dentro de su cuerpo. Había eyaculado dentro de la boca de aquel ser que se alimentaba de la vitalidad del cuerpo masculino. Phillip también había sufrido lo mismo que él, eso era lo que intentó callar cuando le preguntó cómo había sobrevivido. Quizás los marineros que intentaron advertirle sobre ello también habían sido víctimas de la criatura que vivía en aquella isla.

 

Tomás se sintió herido y furioso, trastornado, iracundo por lo que le había ocurrido. Pese a que luchó, pese a que intentó huir, la bestia lo había elegido como su presa.

 

Lloró en silencio, sintiéndose sucio, temblando de frío y abandonado a su suerte.

 

 

No huiría como los demás, no después de lo que había pasado. Cobraría venganza, no descansaría hasta acabar con aquella criatura que sodomizó su cuerpo y que había llevado al suicidio a tantos otros como él.

 

Por él.

 

 

Por Phillip.

El Chico del baño por Arukxa

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RESUMEN:

En un baño nos conocimos. En un baño lo hicimos por primera vez. En un baño nos peleamos. En un baño te me declaraste. En un baño te dije adiós. Y en un baño te vuelvo a ver hoy… No el mismo baño pero siempre un baño.

Después de todo, para mi siempre serás el chico del baño

 

 

EL CHICO DEL BAÑO

Capítulo 1.

Las voces se alzan una por encima de la otra más allá del susurro pero sin llegar al grito. Todas ellas nerviosas, algunas rozando la histeria. Y con razón. Que el día de la boda te dé por encerrarte en el baño apenas una hora antes de la ceremonia no es precisamente una llamada a la calma.

¿Y a quién acuden? A mí, por supuesto. Al único que saben que puede hacerte salir. Te conocen, me conocen, nos conocen… No tanto como igual deberían, pero sí lo necesario. Acepto. Miro a mi madre y le dedico una sonrisa para tranquilizarla, para que vea que todo va bien y que no hay porqué alarmarse.

Tu hermano y tu padre están junto a la puerta del baño y ambos me miran nada más escuchar mis pasos. Tu hermano me dirige una sonrisa, pero tu padre se limita a mirarme tan serio como siempre. “Hazle salir” me dice. Y yo solo asiento. Porque es lo que haré. Claro que lo haré.

Toco un par de veces a la puerta, llamándote para que sepas que voy a entrar, que soy yo. Siento el ruido del pestillo al abrirse y giro la manilla, volviéndome hacia tus familiares.

—Ahora salimos.

Dicho esto, entro en el baño cerrando con llave de nuevo tras de mí. Lo que menos quiero es que nos molesten. Eso solo empeoraría las cosas.

Sin poder evitarlo, miro dónde estamos, sin reprimir una sonrisa por ello. Un baño. Siempre un baño. ¿Por qué nos pasa todo siempre en un baño? En un baño nos conocimos. En un baño lo hicimos por primera vez. En un baño nos peleamos. En un baño te me declaraste. En un baño te dije adiós. Y en este

baño me enfrento a ti hoy, el día más importante de nuestra vida. Por ti. Solo por ti.

Noto que me miras, así que te sonrío. Tranquilo, calmado, todo eso que tú no estás y que encuentras en mí mientras tratas de descubrir una sola pizca de ese sentimiento que te indique que yo tengo tan pocas ganas de estar aquí como tienes tú.

—Les has asustado —te digo mientras avanzo unos pocos pasos hacia ti, separándome de la puerta para terminar apoyado en el lavamanos.

Desvías la mirada hacia la puerta. Aún estás junto a la pared, pero puedo leer tu deseo de acercarte. Te sonrío y sigo hablando:

—Mi madre estaba casi histérica cuando fue a llamarme, pero la tranquilicé diciéndole que no era nada.

—Solo son nervios —te excusas.

—Eso dije yo —afirmo—. Solo necesitas calmarte un poco. Una boda es algo importante, es normal que estés nervioso.

—Tú no lo pareces —me interrumpes, casi como de si una acusación se tratara.

Me encojo de hombros, sin darle importancia a tu comentario.

—Siempre fui el más calmado de los dos —te recuerdo.

Arqueas la ceja, recordando con toda seguridad todas esas veces en las que fuiste tú quien tuvo que calmarme a mí.

—¿Calmado tú? Yo te recuerdo fogoso —me dices, esbozando una ligera sonrisa.

Me río, sabiendo que no hay cómo negar eso. Ambos recordamos demasiado bien todas esas ocasiones juntos.

—Dejémoslo en que no me hace falta esconderme cada vez que los nervios pueden conmigo —me corrijo para poner paz entre ambos.

—Eso es cierto.

Te sonrío y luego, pensando que quizá necesites una ayuda más, empiezo a buscar algo en los bolsillos del pantalón. Me miras curioso, viéndome sacar una cajetilla de tabaco para luego encenderme uno.

—¿Quieres? —te pregunto, tendiéndote la caja.

Me miras extrañado, aunque no dudas en aceptar. Fumar siempre consigue relajarte.

—No sabía que fumaras —me dices mientras te llevas el cigarro a la boca, esperando que te pase el mechero.

Me acerco por fin a ti, con una sonrisa en mis labios que contradice el desinterés que da a entender que alce los hombros.

—Solo en ocasiones especiales —te confieso a solo unos centímetros de tu rostro.

Me miras nervioso. Amagas con tender tu brazo hacia mí pero te detienes al ver que inclino mi cabeza, haciendo chocar nuestros cigarros para prender el tuyo.

Tras esto, retrocedo un par de pasos. Se supone que vine a calmarte, no a conseguir que te pongas aún más nervioso.

—¿Y esta es una ocasión especial? —no dudas en preguntarme, serio.

—Claro. Toda boda lo es. Incluso esta —sostengo—. Sobre todo esta.

Noto tu mirada, tu intento de ver más allá de lo que te muestro aquí y ahora. Intentas descubrir esa mentira que crees que reflejan mis palabras, pero no la encuentras.

—Hoy es un gran día —te digo, mirándote tan fijamente como tú a mí—. Para ti, para mí.

Continúas en silencio, así que olvido el cigarro y me acerco a ti. Me detengo justo frente a ti, ladeo mi cabeza y te dedico una sonrisa, abrazándote.

—No sé cómo he dejado que me convencieras para hacer esto. —Te escucho murmurar, sintiendo tu brazo rodear mi cintura mientras acercas tu rostro al mío.

—Porque me quieres —te respondo lo más sencillamente que puedo.

—No. Te amo —me susurras sobre mis labios.

Sonrío al escucharte, al ver todo ese fervor, pues sé que lo dices de verdad. Sé que me amas de verdad, que siempre me has amado.

—Lo sé. Ya lo sé.

Me empujas hacia la pared, acorralándome con tu cuerpo con decisión. Presionas tu cuerpo contra el mío y tengo que hacer un esfuerzo para no reírme. Siempre me hace gracia cuando me manejas así al aprovecharte de tu fuerza.

—¿Y tú me amas? —me preguntas de nuevo sobre mis labios, atrapándolos con tus dientes y haciéndome jadear.

—Sabes que sí. Desde siempre, para siempre —te respondo sin dudar—. Por eso estoy aquí.

La ilusión de tus ojos disminuye por mi última frase. Y sé que vas a decirme algo, pero te acallo al posar mi dedo sobre tus labios, consiguiendo que me mires.

—Todo está bien. Estaremos juntos. Siempre —susurro al saber que es lo que necesitas oír.

Siento que te relajas, que vuelves a rodear mi cintura con tu brazo y te pegas a mí todo lo posible, sin querer dejarme ir. Dejas caer el olvidado cigarro al suelo y me alzas el rostro con la mano. Mi mirada vuelve a encontrarse con la tuya y no puedo evitar sonrojarme ligeramente por la intensidad de tu mirada mientras inclinas tu rostro hacia el mío y juntas nuestros labios.

El roce de tus labios con los míos me transporta sin demora a través de todos los besos que nos hemos dado hasta ese primer día en el que nos vimos. ¿Lo recuerdas? Sí, seguro que sí. Fue en el baño del internado masculino en el que ambos estudiamos, cuando apenas teníamos seis y cinco años. Te habías escondido allí y todo porque no querías que te vacunaran, porque le tenías pavor a las agujas. Y, la verdad, me hace gracia, porque, ¿quién diría que ese chiquillo al que me encontré llorando a lágrima viva es el mismo que ahora me está besando impidiéndome que me aleje de su lado? Nadie. Nadie podría decir que protagonizaste una escena así. Porque a nadie le has dejado ver ese aspecto de ti mismo. Solo a mí.

Te conozco. Te conozco tan bien como tú me conoces a mí. Y por ello sabes que no puedo resistirme a tu beso, que siento que me deshago por completo tan solo con un mínimo roce tuyo, que me es imposible no dejarte hacerte con el control de mi boca, de mi cuerpo y de todo mi ser.

Porque puede que los demás estén fuera, puede que todos estén esperándonos, pero aquí solo estamos tú y yo. Este baño se ha convertido en nuestro escondite y eso es lo único que importa ahora.

Por eso, cuando tus labios se separan de los míos para bajar por mi mentón a mi cuello, en vez de alejarte y recordarte lo que hay al otro lado de la puerta,

te permito seguir, inclinando mi cabeza hacia atrás solo para dejarte más espacio.

Porque no puedo negarme a ti, no hoy, no ahora. Porque con solo ese beso has conseguido destruir cualquier defensa que tuviera en tu contra. Porque lo único que deseo ahora es que no te alejes de mi lado.

Así que susurro tu nombre, con el deseo impregnado en él. Te miro a los ojos cuando alzas tu rostro y sonrío al ver que tu deseo y tu lujuria compiten con los míos. Dejo caer el cigarro a medio fumar y llevo mis manos hasta tu pecho. Apreso tu chaqueta entre mis dedos y te acerco aún más a mí. Porque quiero sentirte junto a mí, en mí.

—Te deseo.

Mi susurro te hace sonreír encantado, aunque pronto es la picardía lo que predomina en tu rostro.

—Demuéstramelo.

Tu aliento choca contra mi piel y yo sonrío al escucharte. Intentas provocarme y lo sé. Intentas hacer que me olvide de todo lo demás y me centre en ti. Lo sé porque es lo que siempre has hecho. Aquí ahora y también esa primera vez que me besaste. O la primera vez que hicimos el amor.

Y aunque no quiero, desvío mi mirada a la puerta. Y es justamente porque sé lo que tras ella nos espera que vuelvo a mirarte y te respondo con una sonrisa que rivaliza con la tuya.

No respondo, no hace falta. En vez de eso, llevo mis manos hasta los botones de tu chaleco, lo desabrocho y hago lo mismo con la camisa tras desanudar tu corbata. Tú sonríes sin oponerte y yo acallo tu risa al unir nuestros labios con algo más de lujuria que antes.

Muerdo tus labios al mismo tiempo que tiro de tu camiseta interior y cuelo mis manos bajo ella, tocando tu piel. Oigo tu jadeo y noto cómo tus manos no se quedan atrás, tirando de mi corbata y desabotonando mi ropa como has hecho ya docenas de veces. Me río por lo bajo al escuchar tu maldición por los botones de la camisa, y sé que no la abres rompiéndolos solo porque nos tocaría dar explicaciones luego. Por suerte, que mis manos se centren en el cierre de tu pantalón consigue hacerte olvidar el resto, solo centrándote en esto.

—¿Te gusta mi demostración? —te pregunto al mismo tiempo que empiezo a acariciar tu erección.

Sonríes tratando de ahogar el jadeo que te traiciona. Y sé que te gusta, puedo verlo en tus ojos, pero no por eso te quedas callado.

—Puedes hacerlo mejor.

Te miro y no evito la leve risa que me sale, no tanto por tu provocación como por todo ese deseo que puedo notar en tu voz.

—Mucho mejor.

Tu gesto se pronuncia, más aún al ver que, tras alejarte apenas un paso, me arrodillo frente a ti. Sabes lo que haré tan bien como yo sé lo mucho que deseas que lo haga, así que no espero más, solo agarro tu ropa interior y tiro de ella hacia abajo. Tu pene queda ante mí, erecto, necesitado de atención. Alzo mis ojos hacia ti y, con los tuyos sobre mí, lamo primero la punta de tu miembro antes de metérmelo en la boca.

Tu gemido resuena un poco más de lo aconsejado, y por ello no dudas en taparte la boca con la mano. Sonrío para mí, metiéndome ahora todo tu miembro en la boca y empezando a moverme como sé que te gusta. Te

conozco bien, y aunque sé podría torturarte al hacerte llegar a las puertas del orgasmo solo para luego negártelo, esta vez las prisas por la situación no me lo permiten.

Por ello, en vez de torturarte como haría otras veces tan solo para poder seguir escuchando tus gemidos o para escuchar cómo dices mi nombre inundado en placer, esta vez me centro en hacerte sentir todo el placer posible con mi boca y mis manos, dejándote marcar el ritmo cuando sé que estás próximo al final y escuchando tu gemido algo más intenso que los anteriores cuando eso pasa.

Sin pensarlo demasiado, trago limpiándome luego los restos con la mano, teniendo cuidado de no manchar la ropa. Hecho esto, me levanto de nuevo, sonriéndote cuando me miras, cuando me abrazas y luego me besas.

Rodeo tu cuello con los brazos y me pego a ti, dejándome hacer cuando me aprisionas contra la pared de nuevo. Río por lo bajo y vuelvo a atrapar tus labios cuando haces el amago de separarte. Porque no quiero dejarte ir. Porque me gusta tenerte así para mí.

—Me gusta esto —te digo apenas en un susurro—. Tú y yo aquí solos, sin nadie más.

Asientes con la cabeza, dejándome ver que piensas igual. Unes de nuevo nuestros labios en apenas un roce y luego juntas nuestras frentes.

—Escapemos. Huyamos juntos.

Me río al saber bien que hablas en serio, que si te dijera que sí, me agarrarías y no me soltarías hasta que estuviéramos lejos de aquí. Alzo la mano, acariciándote la mejilla, y niego con la cabeza mientras te respondo:

—Tonto… Están todos esperándonos fuera. No podemos hacerles eso.

—No me importan los demás. Solo me importas tú.

Uno nuestros labios, sin querer dejarme llevar por lo que tus palabras causan en mí. Porque no quiero pensar, no quiero llegar a ese “Sí” que tanto se repite en mi cabeza. Siento tus manos en mi cintura, la forma en la que me aprietas contra ti, casi como si pensaras que podemos fusionarnos si lo intentas con la suficiente fuerza.

Jadeo necesitado cuando tu cadera se encuentra con la mía, y no puedo evitar rozarme contra ti en un intento de aliviarme un poco, de decirte sin palabras lo que necesito. No me hace falta hacer más, pues pronto comprendes mi acto. Y mientras tus labios bajan a mi cuello y se entretienen en él, tus manos se centran en mi pantalón. No tardas mucho en desabrocharlo y tirar de él hacia abajo y yo celebro tu gesto con un nuevo jadeo cuando tus manos tiran de mi ropa interior liberando mi erección.

Cierro los ojos y tengo que morderme el labio cuando empiezas a masajear mi miembro. Tus caricias me derriten y solo me dejan con ganas de más, de sentirte completamente dentro de mí.

De pronto, me alejas de la pared, acorralándome ahora contra el lavamanos, de espaldas a ti. Noto tus labios en mi cuello, como también tu mano bajando por mi cintura y sonrío expectante al saber muy bien lo que pretendes.

No te separo. No lo hago porque, en este momento, ese pensamiento es impensable. Soy incapaz de negarte nada, no cuando me tocas así, no cuando todo mi ser clama por ti. Así que, en vez de eso, apoyo ambas manos sobre la superficie de mármol, separo un poco mis piernas y te dejo hacer.

Mis ojos, posados en el espejo ante nosotros, captan tu mirada y con ella el deseo y toda esa lujuria que brillan en ella. Me muerdo el labio para evitar que

nadie escuche mi leve quejido y sonrío cuando noto tus labios buscando los míos.

Te beso, ahogando mis jadeos y gemidos en tu boca, rozándome contra esa mano tuya que sigue masturbándome y luego contra esos dedos que se internan en mi interior. Y debería odiarte, debería querer matarte por conseguir siempre que me rinda a ti, pero me es imposible. Porque aunque siempre consigues que no te rechace, ya sea esa primera vez o aquí ahora, soy incapaz de odiarte, soy incapaz de sentir cualquier otra cosa que deseo y placer.

Mi cuerpo se tensa y un quejido sale de mis labios en el momento en que empiezas a penetrarme, pero aun así no te detienes. Sabes que no es eso lo que quiero. Cierro los ojos y respiro tratando de relajarme, escuchando tu leve gemido cuando por fin me penetras por completo.

Noto tus labios en mi cuello, ascendiendo hasta mi oído. Tus dientes juguetean con la piel de mi oreja para distraerme y tu mano baja a mi erección para conseguir que me relaje por fin y me distraiga del dolor.

Y lo consigues.

Queriendo más, soy yo mismo quien empieza a moverse, consiguiendo que tú me sigas hasta tomar el control de la situación. Tus manos se posan en mi cintura y pronto consigues alcanzar ese punto que me llena de placer.

Gimo sin poder evitarlo, queriendo más, queriendo que lo repitas. Sin embargo, no quiero que nos escuchen, no quiero que nos descubran, así que me obligo a no hacer ruido aunque lo que más desee en este momento es dejarme llevar por todo esto que siento. Por todo este placer que tus embestidas me provocan.

Tus labios besan mi cuello y yo alzo mi rostro para poder mirarte por el reflejo del espejo, sonriéndote entre gemido y gemido. Murmuro tu nombre con deseo, pidiéndote más, y tú te aferras a mi cintura con más fuerza, aumentando a ese ritmo que tanto me gusta y que tan loco me vuelve.

Me muerdo el labio con fuerza, tratando de reprimir mis gemidos. Cierro los ojos y me aferro mejor al lavamanos con mi mano mientras con la otra sigo masturbándome. Estoy a punto de llegar al orgasmo, y sé que tú también lo estás por la manera en la que me embistes y por tu entrecortada respiración, así que vuelvo a buscar tus ojos en el reflejo del cristal y, cuando ya no puedo más, me vengo diciendo tu nombre.

El placer inunda mi cuerpo por completo, y tengo que hacer un enorme esfuerzo para evitar que se me escuche demasiado. Mi cuerpo se estremece y puedo sentir el momento en el que terminas en mí, no queriendo perdérmelo al ver tu rostro lleno de placer gracias al espejo y escuchando tu agitada respiración cuando posas tu cabeza sobre mi hombro.

—Te amo. —Te oigo murmurar, dejando un nuevo roce de tus labios en mi cuello.

—Y yo a ti.

Sales de mí, me obligas a darme la vuelta y me alzas el rostro para que pueda mirarte.

—Eres mío —susurras entrecortado sobre mis labios, con tus ojos en los míos y tus brazos rodeándome.

Sonrío.

—Soy tuyo —afirmo—. Solo tuyo.

Nuestros labios se encuentran, ya sin toda esa lujuria anterior de por medio. Solo este sentimiento que tanto me asustó esa primera vez que me besaste hace ya tantos años. Y pensar que ese día pensé alejarme de ti y no volver a verte… Y ahora estamos aquí, en este sitio, en este día, después de todo lo que nos ha pasado.

—Debemos salir ya. Nos están esperando.

Haces una mueca al escucharme, pero sabes que tengo razón. No protestas, pero tampoco pareces muy por la labor de hacerme caso, así que al final, te agarro de la mano y tiro de ti hacia uno de los cubículos, donde nos limpio a ambos. Acto seguido, vuelvo a vestirme, viendo que haces lo mismo, lavándonos un poco para borrar cualquier rastro. Te ayudo con el nudo de la corbata, puesto que eres un verdadero desastre con ellas, y luego nos miro fijamente para ver si puedo darnos el visto bueno o si todavía hay alguna prueba que indique lo que acaba de pasar.

—Listo —declaro sonriente—. Ya estamos. Será mejor que salgamos ya.

Me alejo de ti. No obstante, no he dado ni dos pasos en dirección a la puerta cuando noto tu mano agarrándome del brazo, obligándome a voltearme para mirarte de nuevo.

—Te amo —me dices, pegándome otra vez a ti—. Siempre te he amado y siempre te amaré. Da igual lo que pase luego. Nunca dejaré de amarte.

Sonrío. Soy incapaz de hacer otra cosa más que sonreírte como un tonto durante los largos segundos que tus palabras me hechizan. Luego, asiento.

—Lo sé. Siempre lo he sabido.

—Nada cambiará —me prometes una vez más.

—Nada cambiará —te aseguro yo también, acariciándote la mejilla—. Y ahora, es hora de salir.

Te beso en los labios una última vez, y aunque sé que tu primer pensamiento es el de volver a estrecharme entre tus brazos y no dejarme ir, también noto cómo tu lado más racional gana la pelea, dejándome ir cuando retrocedo.

Me alejo de ti, echando un último vistazo en el espejo para comprobar que no hay pruebas de lo sucedido, y me acerco a la puerta. Tú no me sigues. Sé que necesitas otro minuto más, así que no intento que salgas conmigo.

Llego a la puerta, poso mi mano en el pestillo y, antes de abrirla y volver a enfrentarme al mundo, me giro hacia ti al escucharte.

—¿Hoy es un gran día?

—El mejor de todos —te respondo sin duda alguna y con una gran sonrisa en mi rostro.

Giro el pestillo, abro la puerta y salgo por fin de ese baño que ha sido nuestro último refugio. La mirada de tu padre, tu hermano y de mi padre se centran en mí al verme y yo no dudo en acercarme a ellos al caminar por ese corto pasillo que nos distancia.

—Solo eran nervios —te excuso, respondiendo así a su muda pregunta—. Saldrá ahora.

Tu hermano y mi padre asienten complacidos y tranquilos, ignorantes de lo que hemos hecho. No así tu padre, que me mira con el ceño fruncido una vez más. Le sonrío calmado y me vuelvo hacia el mío.

—¿Está todo listo?

—Lo está. Los invitados ya han llegado y el cura solo espera que le digamos cuándo empezar.

Asiento en silencio. Por lo que parece, lo único que falta es que ocupe mi puesto.

—Tu hermana quería verte. Está con tu madre en la habitación.

Asiento de nuevo con la cabeza y me despido de ellos con una sonrisa, disculpándome al decir que iré a verla. Y la verdad es que no me sorprende que quiera verme, lo más seguro es que esté nerviosa, asustada lo más probable. Todo por tu pequeña huida al baño.

Camino hasta la habitación, entro en ella y centro de inmediato mi mirada en mi hermana. Dios, tendrías que verla. Está preciosa entera de blanco con su vestido de novia. Me acerco a ella, esbozando una sonrisa para mitigar la preocupación y el miedo a un posible desplante de su mirada.

—Todo está bien —le digo—. Nervios de última hora. A todos nos pasaría de casarnos con una chica tan hermosa como tú.

Ella sonríe por mi halago, ya mucho más tranquila que antes. La abrazo y la beso en la frente con suavidad.

—Gracias —me susurra.

—Hoy es tu día. Nada puede estropeártelo —le digo, mirándola.

Y aunque sonrío, lo que en verdad hago es tratar de ocultar todo este dolor que siento, encerrarlo para siempre en mi corazón de donde no puede volver a salir jamás.

Porque ella no tiene la culpa. Porque ella no sabe nada sobre nosotros, ella no sabe que me estoy sacrificando por ti. No sabe que estoy viviendo el peor

día de mi vida y solo porque no puedo dejar que eches por la borda toda tu vida al ir contra tu padre solo por mí.

Mi hermana no lo sabe ni lo sabrá nunca. Como tampoco lo sabrás tú. No. Ni ella ni tú sabréis jamás de las amenazas de tu padre para que me aleje de ti. De todos esos “Le arruinarás la vida” que me dice una y otra vez cada vez que nos encontramos. No. Nunca lo sabréis, porque nunca os lo diré.

Así que me iré. Cumpliré mi promesa por más que me desgarre hacerlo. Porque, aunque nos duela, ambos sabíamos que esto no era para siempre, que no podía durar. Y me iré. Me iré aunque antes te dije que todo seguiría igual tras esta boda, me iré para no volver a verte. Porque prefiero que me odies por mentirte a que arruines tu vida por estar conmigo. Porque te amo. Te amo más de lo que nunca he amado a nadie y por eso te digo adiós sabiendo que es lo mejor para ti.

«Adiós, mi chico del baño» pienso mientras, minutos después, te escucho decir el “Sí, quiero”, desviando apenas un instante tu mirada hacia mí. Y yo te sonrío, diciéndote en silencio que has hecho bien mientras escondo toda mi tristeza y dolor.

«Adiós -pienso mientras te veo besarla-. Se feliz».

 

 

Capítulo 2.

«Te has ido».

Esas son las primeras palabras que consigo formular en mi cabeza cuando tu hermana me da la noticia. Mi cuerpo se tensa por completo y el aire se niega a entrar en mis pulmones, todo por esas palabras. Esas tres palabras que lo significan todo para mí. Tres palabras que acaban de destrozar mi mundo al completo.

«Te has ido».

No puedo creerlo. Soy incapaz de creer que nunca más volveré a verte, que no volveré a escuchar tu voz. No puedo creer que jamás volveré a estrecharte entre mis brazos y beber de tus labios y tu sonrisa.

«Te has ido».

Te has ido y me has dejado atrás. Has hecho justamente lo único que prometiste que jamás harías. Rompiste tu promesa para no volver y ahora yo me he quedado aquí solo, atrapado en una vida que nunca pedí ni quise.

La primera pregunta que se me viene a la cabeza es la de cómo, seguida del por qué. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué tú?

Aún recuerdo la primera vez que lo hiciste, la primera vez que me dijiste adiós. Fue hace tantos años… la semana antes de que dejara el internado en mi último año allí. Me dijiste que esto no podía seguir así, que lo mejor era que solo fuéramos amigos porque las cosas no podrían irnos bien, porque era lo mejor para ambos. Y puede que consiguiera que me dijeras que me amabas,

pero tú sabes que no conseguí que te quedaras, que no desaparecieras de mi vida durante los siguientes tres años.

¿La verdad? Ese primer día en el que descubrí que ya no estabas, apenas pude creérmelo. Me habías avisado, sí. Me habías advertido pero yo no había querido creerte. Siempre pensé que no serías capaz de hacerlo.

Pero lo hiciste. Te fuiste sin decirme adiós, sin dejarme ni una nota ni mucho menos diciéndome a dónde irías. Y me dolió, no puedo negarlo. Porque creí que lo que compartíamos no había significado nada para ti, que no me querías.

Así que traté de olvidarte. Me centré en mi carrera y en lo que se esperaba de mí en un burdo intento de no pensar más en ti, de sacarte de mi mente. Y debo decir que, aunque no funcionó del todo, conseguí llegar al punto de dejar de esperar tu regreso. Y quizá fue por eso por lo que me quedé sin palabras cuando volví a verte.

Fue en esa cena, ¿recuerdas? Cuando mi padre me llevó donde mi prometida y te presentó a ti como su hermano. Recuerdo que lo primero que sentí al verte fue sorpresa, aunque la alegría, la confusión e incluso la ira por tu abandono no tardaron en sumarse. ¿Y todo para qué? Para desvanecerse en el mismo instante en el que me sonreíste y dijiste mi nombre al saludarme. En ese momento deseé besarte a pesar de todos los presentes, y supe que jamás podría enfadarme contigo por más motivos que pudiera tener.

Volviste a mí ese día tras estar tres años lejos de mí. Y aunque jamás me quisiste decir dónde habías estado ni porqué te habías ido o habías vuelto, que aún seguías amándome y deseándome igual que antes me quedó muy claro cuando te uniste a mí en uno de los baños.

Besarte ese día fue una de las mejores cosas que me han pasado nunca. Estrecharte entre mis brazos, fundirnos en uno tras todo ese tiempo separados fue para mí algo que jamás podré olvidar. Aunque prefiero por mucho ese “Te amo” y esa sonrisa que me dirigiste.

Me pediste perdón, pero yo te acallé no queriendo escuchar. Porque en ese momento eso no era lo importante, porque yo ya te había perdonado en el mismo instante en el que apareciste de nuevo frente a mí, porque lo único que me importaba ahora era que habías vuelto.

Te pregunté si te irías y tú me dijiste que no, que nunca te irías. Fue ahí cuando me prometiste que no volverías a dejarme, que te quedarías conmigo para siempre. Y yo te creí. Te creí porque ya había estado tres años sin ti y no quería que eso volviera a pasar. Porque no quería volver a perderte, porque no quería que volvieras a separarte de mi lado.

Y sí, podríamos tener problemas. Sí, era verdad que en presencia de los demás teníamos que fingir, guardarnos nuestras miradas y nuestro deseo para esas pocas situaciones en las que estábamos solos, pero lo hicimos.

Lo hicimos durante todos esos meses, cuidándonos de que nadie nos descubriera, de que nadie supiera lo que en verdad sentíamos el uno por el otro. Porque no nos entenderían. Porque nadie lo comprendería. Sabíamos que estábamos solos pero no nos importó. No al menos hasta el anuncio de la boda.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Fue el día que ambos vimos que, a pesar de nuestros deseos, el mundo seguía girando en nuestra contra. Recuerdo ese día porque fue el día en el que volviste a decirme que deberíamos dejarlo. Y recuerdo que te acallé con mis labios para luego decirte

que si tú me lo pedías, yo lo dejaría todo por ti. Porque el resto no importaba, nada importaba si con ello podía estar contigo.

Esa noche conseguiste que aceptara seguir con la boda porque era lo que se esperaba de mí, y yo conseguí que volvieras a prometerme que te quedarías conmigo, que no me dejarías por más complicado que se pusiera todo.

Cumpliste. Te quedaste conmigo todo ese tiempo. Al menos hasta ese día que, hasta ahora, tomaba como el peor de toda mi vida.

Me dolió. Tu marcha me dolió más de lo que puedes imaginarte. Creí que me habías engañado, que lo nuestro no significaba nada para ti, que habías estado jugando conmigo hasta que te cansaste de mí.

Traté de odiarte, lo admito, y más me odié a mí mismo por tratar de hacerlo, por intentar olvidarte al verme privado de nuevo de tu compañía. ¿Y sabes por lo que más me odiaba? Porque quería ir tras de ti, ir en tu búsqueda y quedarme a tu lado… Pero no podía. Te lo había prometido. Por eso te fuiste, ¿verdad? Porque sabías lo duro que sería de quedarte aquí. Porque sabías que, pese a que lo deseaba, no podía ir en tu busca.

Aunque esos no fueron tus únicos motivos, ¿verdad? Sé que no. Aunque tardé tiempo en descubrirlo, ahora sé que no. Ahora sé que mi padre tuvo mucho que ver en tu decisión. Sé que, pese a nuestros cuidados, terminó descubriendo lo nuestro y sé que te amenazó para alejarte de mí.

Creo que no hace falta que te diga cómo me puse al descubrirlo, ni cómo me puse cuando, al enfrentarme a él, se refiriera a ti como a una vulgar puta que había manipulado a su primogénito a placer. No, no hace falta. Ambos sabemos que me conoces mejor que yo mismo.

No he vuelto a hablar con él más que lo justo, ¿sabes? Ni una palabra más que las necesarias en los últimos siete años. El rencor es demasiado fuerte, porque fue él quien nos separó. Porque por su culpa yo estoy inmerso en esta vida y tú… Tú te has ido de mi lado.

Y pensar que todo habría podido ser tan diferente. Y pensar que podríamos haber pasado todos estos años juntos. ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me lo ocultaste? Me habría enfadado, no contigo, sino con él; y luego te habría dicho de irnos. ¿Fue por eso que no me dijiste nada? ¿Para evitar que “arruinara” mi vida al elegirte? Sí, seguro que sí.

Y yo… ¿Por qué tuve que decirte que sí? ¿Por qué tuve que prometerte que lo haría, que me casaría con tu hermana? Decías que era lo que tenía que hacer, que era mi deber para con mi familia, que era lo que se esperaba de una persona de mi posición, pero… Pero yo habría olvidado mi status por ti, habría abandonado a mi familia solo para poder estar contigo.

No te haces idea de las veces que he maldecido el momento que acepté el compromiso. No puedes imaginarte lo mucho que me odio por haber dicho ese “Sí, quiero” que me ataba a ella. Porque puede que tu hermana sea hermosa, puede que sea la mujer que todo hombre desearía, pero no yo. Yo solo te quería a ti.

¿Sabes las veces que quise ir a buscarte? ¿Abandonarlo todo para ir tras de ti? No había día en el que ese deseo no tomase forma en mi mente y, sin embargo, nunca lo hice. No porque no quisiera, sino por simple obligación.

Y aun así te busqué. Traté de encontrarte aunque solo fuera para saber que estabas bien. Sabía que no podía irme, pero les pedí a otros que te buscaran

por mí. Todo para frustrarme cada vez que me decían que no te habían encontrado.

Y mientras, yo no dejaba de preguntarme qué estabas haciendo durante todos estos años. ¿Me extrañabas? ¿Seguirías amándome como yo te sigo amando a ti? ¿O quizás habrías encontrado a otro que consiguiera hacerte feliz? ¿Me habías olvidado? Lo reconozco, tenía miedo de las respuestas a esas preguntas. Nada me aterrorizaba más que el simple pensamiento de que me podías haber olvidado. Incluso ahora lo hace.

Pero no quiero pensar así. Deseo creer que tú también pensabas en mí tanto como yo pensaba en ti. Incluso que algún día habrías decidido volver a mí porque ya no soportabas estar más lejos de mi lado. Desearía que eso hubiera pasado, no sabes cuánto deseo haberte vuelto a ver una vez más.

Y aquí estoy ahora, siete años después del que fue el peor día de mi vida. Estoy a tu lado y aun así apenas me creo lo que ven mis ojos. Lo que eso significa.

Porque hoy has vuelto a mí, pero no como yo quería, no de la forma que he soñado todos estos años. Has vuelto a mí de la única manera que jamás pensé que ocurriría, de la peor de todas las formas.

Y no me lo creo. Me niego a creer que el día que por fin te tengo a mi alcance no pueda abrazarte ni volver a probar el sabor de tus labios o tan siquiera verte sonreír. Porque no puede ser verdad, no puedo creer que te hayan separado de mí de esta manera. Porque es injusto. Es tan injusto… Nosotros solo queríamos ser felices juntos. Yo solo quería pasar el resto de mis días a tu lado. Pero no pudo ser, ¿verdad? Tuve que dejarme convencer por ti y hacer lo que mi padre quería, solo “porque es lo mejor para ti”.

Y ahora estoy aquí y lo único en lo que pienso es que fui un estúpido al perderte. Estoy aquí y lo único que deseo es volver atrás para agarrarte y no soltarte hasta que estuviéramos lejos, muy lejos, todo lo lejos posible.

Pero ya no puede ser, porque tú te has ido. Te has ido a un lugar donde ni yo puedo alcanzarte.

¿Por qué has tenido que morir?

Te miro, grabando una vez más tu rostro en mi mente, contrastando tus facciones con las de ese día hace siete años. Y desearía que abrieras los ojos pero sé que no lo harás. Porque aunque me niegue a aceptarlo, sé que no estás dormido. Porque aunque no quiera creerlo, sé que te he perdido. A ti, y contigo a mí mismo.

—Adiós mi amor —te digo mientras miro esos ojos ahora para siempre cerrados—. Espérame allá donde estés.

 

 

 

 

Sebas y el Mar por Isabel Quiroga

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Resumen: 

Un paseo al mar de dos chicos enamorados y felices cambia dramáticamente y para siempre la vida de ambos. Santiago recuerda e intenta superarlo pero su vida ha quedado estancada ya que Sebastian sigue siendo todo para él. Debe  luchar por sobrevivir cada día y encontrar la forma de volver a ser feliz.

 

 

SEBAS Y EL MAR

 

La noche sigue cayendo y poco a poco se hace más oscuro. Solo estamos tu y yo. Nuevamente te tengo entre mis brazos y mis manos buscan desesperadas debajo de tu ropa algún contacto con tu piel, mi boca busca tus labios y tu sabor, tan dulce… aunque esta vez, hay algo raro, un sabor diferente, algo amargo y agrio. No me importa. El solo sentir el sabor de tu saliva, cualquiera que este sea, mezclándose con la mía, es suficiente para hacer que todo mi cuerpo se caliente

“¡Sebastián!

Tu nombre sale en un gemido ahogado de mi boca. Tu cuerpo tan tierno se mueve, se restriega sobre el mío y no puedo más mi amor, me consume el deseo que siento por ti, ¡ahh!, mis manos no son suficientes, necesito de tu cuerpo, aprieto más fuerte cada vez, mis ojos, mis labios, mi cuerpo se tensa sobre la tierra húmeda y tu recuerdo me quema como fuego vivo, no puedo parar, no ahora. Tus ojos me miran, tan azules y claros, y tu voz me llama a lo lejos, finalmente me desbordo…  no puedo más y las lágrimas salen de mis ojos y la liberación sale dolorosa de mi cuerpo y cae, nuevamente sobre la tierra que te cubre sin vida… ¡Sebastián!, es lo último que me oigo decir antes de caer en la inconsciencia y volver a soñarte.

– Santiago – escucho cerca de mi oído como un susurro. Siempre me decía Santi, Tiago o Amor. Mi nombre completo lo reservaba para ocasiones especiales, cuando quería toda mi atención sobre él.  Lentamente abro los ojos y encuentro los suyos azules mirándome intensamente, con ese brillo especial, los labios entre abiertos y las mejillas sonrojadas.

Sonrío de lado y me muevo en la cama para poder tocarlo mejor, está caliente, puedo notarlo en la pesadez de su respiración y el calor diferente que emana de su cuerpo

-Sebastián

Respondo pretendiendo que no sé lo que quiere, y solo porque me encanta desarmarlo y obligarlo a pedírmelo en palabras más concretas. Es demasiado sexy. No me responde en palabras. Lentamente desciende hasta perderse debajo de las sábanas y va directo al grano.

Me río porque no quiere jugar.  Pronto encuentra el objeto de su deseo y mi mente se queda en blanco, el calor de su boca y la manera en la que lame y chupa con fuerza me vuelve loco. Solo puedo bajar mis manos, echar la cabeza hacia atrás y rendirme a lo que quiera hacer conmigo.  Me convierto en gelatina entre sus manos

– ¡Sebas! – gruño empujando despacio.  Lo hace como nadie,  tal vez es el amor que siento por él, o el talento que tiene para hacerlo, pero amo cada forma en que él pueda amarme a mi.”

 

El viento helado se cuela por debajo de mi ropa y un dolor agudo se apodera de mi cabeza. Nuevamente despierto, nuevamente consciente… El sol ya ha salido, y me pega directo en la cara, a pesar de eso hace frío y me siento cansado, con los ojos aun cerrados acomodo mi ropa y me preparo para levantarme. Pronto llegarán las visitas y los encargados y se supone que no debo estar aquí. Avanzo de rodillas hasta el centro de la tumba.

– Hasta más tarde, mi vida – digo pegando la frente en la tierra y besando su nombre sobre la lápida de cemento.

Nuevamente debo incorporarme a la vida y a la rutina. Me levanto con cuidado, mis músculos están resentidos por la posición en que dormí y el frío que soporté toda la noche. Camino despacio, aún sin haberme adaptado por completo a la luz del día, mi reloj indica que son las seis treinta de la mañana. Aún tengo tiempo para llegar a trabajar, aunque no puedo ni soñar con ir a casa y tomar un baño. Lo haré más tarde, cuando termine mi jornada. Trato de cubrirme un poco más con la chaqueta, aunque es muy fina y no es suficiente, el viento viene congelado y la luz del sol, aunque sea fuerte, no me caliente para nada, me siento más débil y más cansado.

Al salir a la calle todo es como el día anterior, lo único que cambia es que, desde mi perspectiva, la calle se ondula bajo mis pies,  el ruido es mucho más fuerte en mis oídos y mis ojos lo ven todo de una forma más clara y brillante… tan clara y brillante que me lastima y no me deja caminar u orientarme bien. Me confunde el movimiento de los autos y las personas hablando, pero aún con todo, logro llegar a la parada de autobús y eventualmente a mi empleo.

El colegio donde trabajo no es muy grande, ni es exclusivo, o de renombre. En él estudian niños y niñas, adolescentes comunes y corrientes, de familias de clase media y baja. Niños y niñas cuyos padres se rompen el lomo trabajando para darles una vida decente. La paga no es la mejor, pero me alcanza, y lo que hago me gusta mucho, o al menos me gustaba. Entro al establecimiento con la intención de ir a mi oficina. Aún me duele la cabeza y me tiemblan un poco las piernas. Me es difícil subir las escaleras, y varias veces debo detenerme en el camino para respirar profundo, finalmente llego y cierro la puerta al entrar.

Todavía es temprano y tengo dos horas libres antes de mi primera clase. De mi cajón saco un par de analgésicos y los bebo deprisa con un vaso de agua fría.  Necesito espabilarme y deshacerme de este dolor de cabeza antes de entrar a clases. En el pequeño cubículo que es el baño de mi oficina hay un espejo, un lavamanos, un inodoro y una pequeña repisa donde están el jabón y un par de toallas limpias. Con estos elementos empiezo la tarea de adecentar mi apariencia. Me despojo de mis ropas con cuidado de no arrugarlas más de lo que ya están, y empiezo a enjabonar mi cuerpo con una de las toallas. Mojo mi cabello y lavo mi rostro y mis dientes. Al menos así no luciré como si hubiera dormido en el suelo. Una vez limpio reviso mis clases del día de hoy y salgo, con una sonrisa falsa y el dolor de cabeza apenas menguando. Los ojos me arden y la garganta me ha empezado a molestar. Creo que mi clase de hoy no será tan larga y haré que los chicos trabajen por su cuenta, no me siento con ánimos de hablarles tanto.

Mis alumnos me saludan, y charlan entre ellos mientras acomodo mis cosas. Son buenos niños y he llegado a tomarles cariño. Desde la muerte de Sebastián ellos están más tranquilos, tratan de causar menos problemas y se muestran más dispuestos a ayudarme y a hacerme la jornada más sencilla. Es por eso que no me es difícil conseguir su atención cuando les pido que realicen los ejercicios en sus libros tan quietos y en silencio como les sea posible. Una vez logrado esto me siento y simplemente dejo que los minutos acaben con la primera hora. Los recuerdos van desde esta mañana hasta hace 3 meses, desde mi reflejo en el espejo de mi baño, hasta el reflejo de mi rostro de horror en el espejo retrovisor de mi automóvil el día del accidente, y poco a poco me transporto a ese día…

Era de mañana cuando salimos. Estábamos felices como nunca antes, en especial Sebas. Parecía un niño emocionado por ver el mar.  Veinticinco años llenos de energía en un cuerpo hermoso, con un rostro bello, un cabello algo largo y castaño de rizos desordenados que volaban aquí y allá gracias al viento que corría, los ojos más azules y claros que veían todo de forma positiva, siempre sacándole el lado brillante a las cosas.  El recorrido era fácil y no había tráfico. Aprovechaba que era temprano para poder dormir un rato, Sebastián había insistido ya que yo trabajaba hasta muy tarde y dormía muy poco.

Un, “Tiago mira eso o aquello” me despertaba de cuando en cuando, pero jamás me Molestó. Tendríamos varios días para descansar, y por eso observaba todo lo que él me mostraba con igual emoción y alegría, y prestaba atención a todo lo que me decía, pero de pronto, todo se volvió oscuro.  La última vez que escuché mi nombre de sus labios fue en un “Tiago agáchate”. Un grito de horror seguido de sonidos metálicos y golpes, chirridos, bocinas, más gritos y luego nada. Frío, mucho frío y mucho dolor. Escuchaba muchas voces pero ninguna era la suya. Jamás la volví a escuchar estando consciente.  Jamás volví a ver sus ojos azules mirarme.

Una semana después desperté en el hospital, con la garganta seca y muy asustado. Poco a poco recuperé la fuerza para moverme solo, poco a poco me fui enterando de lo que había pasado y poco a poco tuve que acostumbrarme a vivir solo, a estar solo.  Volví a trabajar  y regresé a nuestra casa, solo que él ya no estaba ahí. Unos días más tarde todos notaban que me encontraba mal, que no era el mismo, que me fastidiaba muy fácil y que no podía estar de pie por mucho rato, y además de eso, me temblaba el cuerpo, y se me salían las lágrimas sin avisar.  Empezaron a preocuparse y finalmente decidieron que necesitaba ayuda profesional.  Hice lo que tenía que hacer, solo asentí y acepté.

– Profesor, profesor Santiago – dice Carolina, una muchachita atenta y muy simpática que me saca de mi ensoñación.  Me incorporo y le devuelvo la mirada y mi atención.

– ¿Cómo puedo ayudarte? – pregunto tratando de ser amable.  La niña sonríe y me explica su problema y vuelvo al ruedo, a mi papel de maestro responsable siempre presto a ayudar y escuchar a mis alumnos.

Mi jornada culmina a las cuatro de la tarde y salgo del establecimiento despacio. El efecto de los analgésicos ha pasado y el dolor de cabeza y cuerpo vuelven a atacar. Esta vez tomo un taxi a casa.  Ya no soy capaz de caminar tanto sin tambalear, mi cuerpo está débil y tengo la sensación de que me desmayaré en cualquier momento.

Al llegar a casa no hay nada que desee más que tomar un baño y dormir, pero debo ir a la dichosa terapia. Si no me presento podría repercutir de forma negativa en mi trabajo.  Solo alcanzo a bañarme y tomar otro par de píldoras, comer un tazón de cereal con yogurt, cambiar mi ropa y, esta vez, salgo con una chaqueta abrigada para la noche. Tomo otro taxi. No tengo ánimos para caminar aún y el consultorio está algo lejos de nuestra casa.

Llegar al consultorio fue una hazaña para mi. El ascensor sigue descompuesto y casi sufro un paro cardíaco antes de llegar al quinto piso. Abro la puerta, sé que estoy justo a tiempo. Por más que siempre quiero retrasarme nunca lo logro. Estoy cada día a las seis treinta en punto para iniciar una nueva sesión. Al entrar saludo a mi terapeuta y él me saluda a mi.  Me invita a sentarme o acostarme, como me sienta más cómodo, siempre dice.

– Muy bien Santiago, cierra los ojos y dime lo que ves – dice con la voz calmada y suave.

– Estoy nuevamente en aquel lugar ese día, Sebastián conducía, yo iba dormido en el asiento de atrás…  El tic tac del reloj me desconcentra y el zapateo de mi corazón al recordarlo no me deja pensar con claridad.

– Continúa… – dice Cesar sin tratar de presionarme demasiado.

Suspiro varias veces.  No puedo continuar, el ruido, el calor, el ambiente, su mano jugueteando con el bolígrafo sobre el papel, son demasiados factores, sin contar el hecho de que no quiero hacerlo, que duele demasiado hablar de eso, que se siente como si una bola de fuego se formara en mi estómago y punzadas frías y dolorosas me atravesaran el pecho sin dejarme respirar.

– Puedes continuar, Tiago – dice tratando una vez más, luego de varios minutos en los que yo me mantuve en completo silencio, solo respirando e intentando no largarme a llorar.

– Ya… ya no quiero hacerlo… – digo esta vez yo sin mirarlo. Siempre es así. Nunca puedo hablar del día del accidente, de cómo sucedió, o de lo que pasó luego.  Solo guardo esos dolorosos momentos para mi, solo yo soy partícipe de la agonía en la que me sumo al recordarlo, todos los días, cada hora, cada palabra, cada nombre, cada rostro me lo recuerda, y sin embargo, no encuentro las fuerzas para “conversar” como le gusta decir a César.  Llevamos estancados en el mismo lugar desde el primer día que empezamos.

Oigo un suspiro de su parte. Está claramente frustrado, y quién no lo estaría, aún así, algo me impide abrirme con él, o con cualquiera. El sonido de un encendedor, y poco después el olor del tabaco siendo expulsado por su boca me indican que la frustración pudo más y decidió encender un cigarrillo.

– Aún tenemos 45 minutos de sesión – me avisa tranquilo, como si no le importara.

– Podrías darme uno de esos, así matamos los minutos que quedan – digo yo

incorporándome y tomando un cigarrillo y el encendedor – ¿Cuánto tiempo debemos seguir con esto? – siento esa curiosidad desde hace tiempo. Realmente no creo que pueda avanzar de manera productiva y venir aquí cada tres días después del trabajo. Me parece un desperdicio de tiempo y recursos.

– Hasta que vea una mejoría real – dice expulsando más humo que llena la habitación.

Por un momento solo me dejé llevar por la sensación de relajación al inhalarlo, una mejoría real… que se supone que es eso?

– ¿Qué significa?.

– Eso significa que serás capaz de vivir tu vida, de seguir adelante y olvidarlo.

Simple.

Sencillo.

Olvídalo.

Sigue tu vida, como si no se hubiera acabado de morir la persona más importante en todo mi mundo.

– No creo que pueda hacer eso de nuevo… – digo simple y tan sencillo como él,

recostándome otra vez en el diván – ¿Alguna vez perdiste a alguien importante?, de manera inesperada. ¿Alguna vez sentiste que ese alguien estaría para siempre a tu lado y de repente… sin esperarlo, sin que nadie te prepare para ese momento… solo, lo pierdes, como una burbuja que se revienta justo frente a tu rostro, y te quedas perdido, sin saber cómo seguir, sin saber cómo levantarte por las mañanas, sin poder hallar las fuerzas para vestirte, comer, trabajar, hablar con otras personas, seguir viviendo? Siento que los últimos tres meses he estado en piloto automático, haciendo las cosas por inercia mientras mi cabeza está hecha un lío, un garabato gigante y negro ocupa mi mente, y por las rendijas de ese garabato se cuelan imágenes, gritos, sensaciones, un frío que me congela el cuerpo y no me deja moverme, y una oscuridad que, a pesar de estar de día y con los ojos bien abiertos, cubre todo lo que me rodea… No puedes… hablar sin que se quiebre tu voz… y llegar a casa en una pieza y sin haber tenido un ataque de pánico es un gran logro…   Esa es mi realidad, César. No puedo solo “olvidarlo y seguir con mi vida”   Me encuentro de pronto hablando más de la cuenta, con las mejillas cuajadas en lágrimas y sin poder reconocer mi propia voz, con el garabato de mi mente latiendo fuerte, mis ojos arden, y los recuerdos y emociones zumban en mi cabeza como un enjambre de abejas enojadas, levanto la vista hacia César, ha dejado de escribir y ahora solo me observa, con lástima.

– ¡Deja de mirarme así! – grito molesto y apretando los puños – ¡No sabes nada!, tu no lo entiendes, no tienes ni idea de cómo me siento, ¡No tienes derecho de mirarme de esa forma! – sigo gritando y él solo me mira, no se levanta, no me responde, no intenta calmarme. Poco a poco la adrenalina abandona mi cuerpo y me siento más agotado que antes. Me calmo y respiro, lento. Más lágrimas caen por mis mejillas.

– Fue un gran avance Tiago – dice calmado

¿por qué actúa tan calmado?, su calma me desespera

– ¿Cómo te sientes ahora?… – pregunta despacio, y sigue hablando,aún cuando ha notado mi molestia

¿Qué clase de pregunta es esa ¿Cómo me siento?, ni siquiera puedo pensar en una respuesta para esa pregunta, ¿Se supone que debo sentirme mejor?… solo me siento agotado, devastado y totalmente destrozado.

– Me siento exactamente igual que hace 10 minutos – digo aún con la molestia grabada en mi voz – ¿Puedo irme ya?…

César se levanta de su sillón y camina hasta la puerta. Es muy perceptivo y se ha dado cuenta desde hace rato que ya no quiero seguir ahí

– Hasta el sábado – dice tranquilo, esperando a que yo reaccione.

Lentamente, como si tuviera un enorme peso sobre los hombros, me levanto y camino la distancia entre el diván y la puerta del consultorio. Sin despedirme, ni dedicarle una sola mirada salgo, sin ganas de volver a pisar este lugar jamás. Si de mí dependiera no aparecería por ese consultorio de nuevo, pero mi trabajo está en juego, y justo ahora, es lo único que me mantiene pensando en otra cosa.

Fuera del consultorio la vida sigue. Fuera de ese edificio lleno de olor a desinfectante y limpieza, se encuentra el calor, el ruido de los autos, el “smog” y la contaminación visual y auditiva que desde hace días encuentro cada vez más perturbadora. Camino un par de cuadras sin rumbo fijo… sé exactamente hacia donde voy. No me beneficia de ninguna manera, y lo acepto. Soy un masoquista y me encanta torturarme de esta forma, pero por ahora, es lo único que puedo hacer, es como mi propia versión de terapia. Con una botella de licor envuelta en una bolsa, camino lento, no tengo que apresurarme. Jamás se irá de ahí, es hora y media de de camino y esta vez sí voy a pie, quiero pensar o hacer el trayecto más largo.

Cuando llego las puertas ya están cerradas, pero no me importa, he entrado en este lugar tantas veces ya. Agarrado a mi botella empiezo a escalar el enrejado hasta que llego a la cima y salto.  Una vez superado ese obstáculo, bebo y empiezo a caminar. Son las ocho de la noche y ya está bastante oscuro, pero me sé el camino de memoria, exactamente 50 pasos de frente y giro a la izquierda, 45 pasos rectos y giro a la derecha, la cuarta lápida de la quinta fila más cercana al sendero. Cuando era niño los cementerios me daban muchísimo miedo y jamás me atreví a visitar uno por la noche, a pesar de que mis amigos me retaban todo el tiempo a hacerlo. Es curioso, las últimas noches las he pasado aquí y solo en este lugar puedo sentirme realmente en paz.

Una estatua de un ángel se levanta sobre la tumba, la lápida solo con su nombre y su fecha de nacimiento y muerte, Sebastián Bustamante * 03 – 07 – 1992 _ *14 – 11 – 2017.

Veinticinco años de la existencia de una de las personas más dulces que pudieron existir en el mundo.

– Hola Sebas – digo sentándome a su lado y bebiendo otro trago.  Ya han limpiado el desastre que había hecho la noche anterior

– Sigo yendo a la terapia, y esta vez, le hablé un poco de lo que siento a César… pero no pasará de nuevo… no te olvidaré jamás…  si tan solo pudieras escucharme mi amor…  aún recuerdo todo Sebastián, te recuerdo a ti, conduciendo alegre, tan hermoso y emocionado por nuestras primeras vacaciones, por ver el mar, y poder montar a caballo, ¿tu lo recuerdas?, el lugar que escogimos luego de buscar tantos otros, y solo porque todas las habitaciones tenían una vista perfecta de la playa, dijiste que comerías hasta reventar y que… haríamos el amor todo el día, a cada hora… ¡Sebastián! ¡Dios! debía ser perfecto… iba a ser perfecto… lo era… hay algo que jamás te dije, ¡maldita sea! Quería que fuera una sorpresa… lo tenía todo planeado… el mar, una cena, un baile, amarnos hasta no poder más y luego… te lo pediría, te pediría que unieras tu vida a la mía para siempre, que fueras mío por el resto de tus días… pero… todo fue demasiado rápido y hasta el día de hoy me pregunto ¿por qué tu y no yo?… tú eras menor que yo, tenías un futuro brillante, tan inteligente, hermoso, comparado conmigo yo… no soy más que un bueno para nada, que ya ni siquiera es bueno en su trabajo… Te llevaste contigo mis ganas de seguir adelante, todos los sueños de convertirme en un buen maestro, de sacarle el mayor provecho a este nuevo empleo, y mis ganas de dejar una huella importante en cada alumno… ya no queda nada de eso, Sebastián. Tú… te lo llevaste todo, hasta mis ganas de seguir viviendo amor… te llevaste mi corazón…

Vuelvo a beber recargándome un poco en la lápida, todo a mi alrededor huele a tierra húmeda, pasto recién podado y flores marchitándose. No me molesta, es un olor al que me he acostumbrado. Bebo un poco más y saco de mi bolsillo el pequeño aro de platino. Lo llevo conmigo desde que lo compré, siempre buscando una oportunidad para dárselo. Si tan solo lo hubiera hecho antes. Es un anillo hermoso, una banda delgada, una sola incrustación con un pequeño diamante, algo muy discreto y sobrio, pero sé que lo habría hecho el hombre más feliz del universo entero.

Sebastián era demasiado tierno, demasiado sensible, la manera en la que se emocionaba por las cosas más pequeñas, cómo su rostro se iluminaba por cualquier cambio positivo, por una película que a él le gustaba y casualmente estaban transmitiendo, por haber logrado lavar toda la ropa sin que lloviera, o por haber tenido éxito en la cocina al preparar algún platillo nuevo, su sonrisa y su emoción eran tan puras y transparentes, que el solo mirarlo hacía que me emocionara también, y poco a poco fui comprendiendo que la vida era de hecho muy simple, Sebastián tenía el poder de hacerme ver las cosas de forma distinta, de una forma más limpia, todo mi mundo se transformaba cuando él estaba cerca.

Cierro mis ojos y nuevamente su rostro aparece frente a mi…

– Sebastián – su nombre suena borroso, y me asusta, su piel está pálida, su rostro ya no brilla y sus ojos ya no me miran…

Hace tiempo que su voz ya no me llama, que sus manos ya no me tocan y que su corazón ya no late al compás del mío.

Me recuesto sobre la tierra y sobre su cuerpo, en mi mente finjo estar acostado en el calor de su pecho, pero su piel tibia no me reconforta y en lugar de eso es tierra húmeda lo que hay debajo de mí, acaricio lentamente su recuerdo, en mi bolsillo sostengo fuertemente el anillo que siempre quise darle, y junto a este, un frasco de pastillas para dormir que jamás abrí, jamás tomé una sola, no quería caer en esa trampa y volverme adicto a ellas, aunque justo ahora se me hacía tan tentadora la idea de dormir, dormir en paz y tranquilo, sin que las pesadillas y el recuerdo de su ausencia llenaran mi mente sin dejarme descansar.

“¿Dónde está Sebastián? – mi voz se oye en un susurro algo seco, me molesta la garganta y el miedo al hacer esa pregunta no me permite respirar bien, el hombre frente a mi que parece ser un médico me mira con pesar, niega lentamente con la cabeza y antes de que pueda responderme mi mundo se destroza y cae en pedazos frente a mis ojos, me falta el aire, no hay nada que me sostenga y siento mi cuerpo debilitarse lentamente hasta que caigo de rodillas y con un mar de lágrimas cayendo de mis ojos – ¡NO! no no no no ¡nooo! – grito desesperado lastimándome aún más, grito y lloro hasta que mi garganta se queja mi voz no se oye bien, suena ronca y desgarrada pero no me canso de gritar – ¡NOOO! – dos personas corren a sostenerme, con mis manos arranco las vías y cosas que están pegadas a mi cuerpo, solo quiero correr hasta poder encontrarlo de nuevo – ¡SUÉLTENME! – grito con las fuerzas que de pronto me llenan y empiezo a correr, muchos intentan detenerme pero no quiero – ¡Sebastián! – tiene que escucharme, tiene que estar aquí, tiene que estar vivo, el cuerpo me duele, la cabeza me quema y los pies se mueven de milagro, descalzos sobre el piso frío de aquel hospital. Subo escaleras y corro por pasillos que desconozco, solo quiero encontrarlo y llegar hasta él, cuando no pude seguir subiendo abro la última puerta, la azotea – ¿Sebastián? – su figura casi traslúcida me espera muy cerca del final del techo – Sebas – una fuerza me mueve a caminar hacia él – Sebastián me asustaste demasiado – digo al llegar, pero desaparece poco a poco, y en su lugar está el sol pegándome directo a la cara y vacío debajo de mi, el ruido de los autos me aturde y me encuentro parado en sobre los límites de la azotea, por un segundo la idea cruza mi mente, fugaz y tentadora, pero un grito detrás de mí me alerta y me hace regresar, pronto dos personas están agarrándome de los brazos y la pinchada de una aguja hace que me duerma de nuevo.”

Con manos temblorosas abro el frasco y busco mi botella. Siento miedo y dolor… los recuerdos y las imágenes se confunden en mi mente, pero aún así pongo dos en mi mano y las tomo de golpe con un trago, otras dos y así le siguen unas 10, ¿Cuánto es una dosis letal? no lo sé, pero sigo bebiendo hasta que mi cuerpo se empieza a sentir pesado y ya solo quedan un par de píldoras por ingerir. No he dicho adiós a nadie y a pesar de eso termino la botella y me tiendo de nuevo, cierro los ojos y las últimas lágrimas riegan la tierra que me sirve de cama.

“- Santiago – dice su voz suave, su cabeza descansa sobre mi pecho y su mano traviesa me acaricia despacio

– Sebas – digo despacio como él, mi mano recorre la línea de su espalda sin terminar de llegar al final y vuelvo a subir hasta su nuca.

– Santi ya decidí a dónde quiero que vayamos de vacaciones – dice recostándose sobre sus manos, en mi pecho, para mirarme directo a los ojos. Su mirada alegre hace que todo su rostro se ilumine – quiero conocer el mar, jamás he ido, incluso cuando vine a vivir aquí, siendo la costa y habiendo pasado tantos años ya, jamás he ido a la playa – dice como si fuera algo realmente grave y me hace reír y emocionarme enseguida. Algo nuevo, algo que no conoce y que quiere compartir conmigo, me acerco a su rostro y beso su nariz y cubierta por pequeñas pecas color caramelo

– Lo que tú quieras, corazón – digo sonriendo como él.

La playa es algo sencillo. Podría llevarlo a Europa, o Norteamérica, pero él quiere conocer el mar, viviendo en un país costero tantos años y jamás fue, me causa gracia la inocencia con la que dice o hace las cosas a veces”

Finalmente mi cuerpo se rinde y el dolor cesa, las lágrimas ya no caen y siento un hormigueo que empieza con fuerza, sube desde mis pies hasta la punta de mi nariz y desaparece tan súbitamente como llega, en el segundo exacto en que pierdo la consciencia siento una sonrisa dibujarse en mi rostro. El sonido de las olas y la brisa me despierta, la arena caliente me pica en el cuerpo sin incomodarme del todo. Sebastián viene hacia mí sonriendo, emocionado, casi flotando. Su sueño de ver el mar y la playa al fin se hace realidad, su piel se ha bronceado de tanto recibir el sol y su pelo está un poco más largo

– Tiago – dice sentándose junto a mi y posa un dulce beso en mis labios. No me levanto, me quedo acostado mirándolo como tonto

– Gracias por despertar – dice susurrando y tocando mi rostro lentamente.

Al fin estamos juntos de nuevo, con Sebas y el mar.

 

 

Promesas Inconclusas por E. H. Harling

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RESUMEN:

A veces, la vida toma giros inesperados. Se cruzan caminos y se unen almas que estaban destinadas a caminar juntas por el mismo sendero, el que a veces, lamentablemente, es interrumpido por tragedias de las que nadie habla por temor. Hay historias inconclusas que deben ser contadas antes de quedar relegadas en el olvido.

¿Quiénes eran David Stewart y Oscar Ford? ¿Qué es lo que ocultaron a los ojos curiosos de los demás?

Para quienes creyeron conocerlos, sólo eran dos agentes del FBI que tenían una cercana e inseparable amistad, pero existía algo más. A escondidas, ambos agentes compartían un único sentimiento que sólo podían revelar en la intimidad que les brindaba la oscuridad de las sombras. Un amor oculto, una declaración contenida.

Una promesa inconclusa que guardaron bajo el más absoluto secreto y que los uniría para el resto de sus días.

 

 

 

PROMESAS INCONCLUSAS, LA HISTORIA DE DAVID Y OSCAR.

 

París, marzo 16, 02:15 am

David se escondió tras una de las máquinas tragamonedas mientras una lluvia de vidrios rotos caían sobre su espalda. Cubrió su cabeza con ambas manos, aun sosteniendo su Beretta 92 en la mano derecha, con el fin de protegerse de los proyectiles que caían de todos los rincones.

Al detenerse el ataque, levantó su mirada para buscar a Oscar entre los demás agentes de la policía francesa, pero alrededor todo era caos, humo y muerte. Muchos de sus hombres yacían heridos en el piso junto a las bajas que había sufrido la banda a quienes se suponía que debían detener aquella noche, pero todo salió de una forma completamente opuesta a la planificada.

Finalmente lo vio, unos metros más allá, apoyado contra una máquina tragamonedas que aún no había sido destruida por las balas perdidas que volaban en todas direcciones dentro de esa sala. David analizó sus posibilidades antes de lanzarse a correr por la alfombra cubierta de casquillos de bala vacíos y restos de pólvora.

– ¡Estás demente! – exclamó Oscar cuando lo vio llegar a su lado – ¿Por qué saliste de ahí, imbécil? ¿Quieres que te maten?

David le dio un golpe en su brazo libre y esbozó una sonrisa.

– No puedo dejarte toda la diversión – dijo mientras lo miraba con picardía – además… sabes que no me gusta estar lejos de ti.

Oscar le dio un golpe en la rodilla con la culata de su pistola.

– David… este no es momento. Además, pueden escucharnos.

David comenzó a cargar su arma con sigilo y sin responderle. Por más que intentaba comportarse con él de la misma forma que siempre, sabía que Oscar estaba preocupado por algo. Muy preocupado. Y no era por intentar mantener la compostura ni intentar ocultar su relación con él a los ojos de los demás.

Su rostro perfilado y duro estaba contraído con la expresión del miedo. De todos los años que llevaban juntos como compañeros de trabajo y después de todos los meses que llevaban como amantes, jamás lo había visto tan preocupado.

La misión se les estaba saliendo de control. Tras todos esos meses de investigación en París, persiguiendo la sombra de una banda criminal de la cual no tenían más información que el apodo de sus integrantes y el rastro de sangre y muerte que dejaban a su paso, esta era la primera vez que los habían acorralado. Estaban rodeados, sin escapatoria posible. Los refuerzos policiales no serían suficientes contra la fuerza armamentista que poseían sus atacantes.

– Estos malnacidos no están aquí sólo por el dinero, David. Ya robaron todo lo que querían, tienen todo para salir victoriosos de este atraco y sin embargo no se van…

David le tomó la mano enguantada y lo observó fijamente. Siempre le gustó el contraste que tenía el cabello negro y espeso de Oscar con sus ojos intensos de color azul zafiro. Le recordaba a un perro siberiano, fiero y solitario, un animal encerrado tras una coraza de hielo con la que pretendía esconder lo que su alma deseaba. Su cuerpo firme y duro estaba tenso bajo el traje táctico, y su respiración acelerada le trajo inmediatos recuerdos de la noche anterior.

Oscar se agazapó en un rincón y volvió al ataque. Sostuvo su arma con firmeza mientras mantenía la vista fija sobre su objetivo. Los disparos certeros y cercanos rompieron el ambiente entre ambos como el filo de un cuchillo sobre la carne.

David comenzó a disparar en la otra dirección para así cubrir un área mayor. No podrían abatir a Oscar tan fácilmente, él era uno de los mejores agentes que había conocido durante su corta carrera como miembro de la brigada contra el crimen organizado del FBI, por lo que cuidó la retaguardia y lo dejó contraatacar tranquilo mientras esperaban a que los refuerzos que rodeaban el casino se aprontaban al sitio crítico. Sabía que muy en su interior, Oscar amaba demostrar su fuerza tanto como amaba hacer el amor con él.

Una bala pasó rozando una esquina del tragamonedas a escasos milímetros de la nariz de David. Incluso pudo sentir como su rubio cabello rizado se movió con el paso de ese proyectil. Una mano fuerte y dura lo tiró con violencia hacia atrás unos segundos después.

– ¡Debemos buscar un sitio seguro! ¡La vanguardia está dispersa! ¡Nos van a capturar si no nos movemos!

– ¡Está bien! – dijo David con un asentimiento.

Dudaba si Oscar logró entender lo que acababa de decir. El estruendo era de tal magnitud que ya era prácticamente imposible comunicarse por medio de palabras. El radio con el que mantenían contacto con el resto de los agentes era sólo un aparato que estaba fijo sobre su cinto; hace ya varios minutos que cortaron todo intento de comunicación entre los distintos grupos.

Oscar le gritó algo que no alcanzó a oír. El ruido de los disparos y las explosiones que retumbaban en la distancia se amalgamó al estallido de los vidrios y las alarmas contra incendios. El humo ya le estaba dificultando la respiración.

– ¡Al bar! ¡Rápido!

David lo siguió obedientemente apenas lo vio salir de su escondite. Mientras Oscar limpiaba su camino de posibles agresores, David protegía la espalda de su amado. El miedo a ser separados era algo con lo que habían lidiado cada maldito día desde que aceptaron ser parte de esta misión, y aquella noche estruendosa aquel temor se había hecho presente nuevamente.

Ambos hombres se escondieron tras el bar. El fuerte olor de los licores desperdigados por el piso les llegó de lleno a la nariz. Cientos de copas, vasos y botellas rotas habían saltado alrededor del perímetro cuando se inició la balacera. David lamentó profundamente ver que uno de esos disparos había alcanzado a uno de los guardias del casino, quien yacía inmóvil sobre la alfombra con la cabeza reventada y rodeado por un charco de sangre.

– David… tenemos que abortar esta misión… son demasiados – dijo Oscar girándolo para así poder observar sus ojos castaños – no vamos a resistir.

– ¡No podemos rendirnos!

– David… escúchame – dijo Oscar acercando su rostro hasta que pudo sentir la respiración tibia sobre su mentón – no me importa lo que nos pase si decidimos abandonar esta locura, no me importa si nos expulsan del FBI, ya hemos arriesgado demasiado a cambio de nada. No quiero perderte, David…

David clavó su mirada tierna sobre los fríos ojos de Oscar.

Sin importar que ambos estuvieran en la peor situación posible para un acto así, David cerró los ojos y lo besó largamente. Oscar reaccionó de inmediato a su contacto e intentó separarse de él, pero cayó preso de su encanto y cerró sus labios en torno a los de él, tomó con ambas manos su rostro suave y dejó que sus lenguas se enredaran en un apasionado beso de aquellos que sólo podían darse cuando estaban protegidos por el refugio que les bridaban las sábanas.

– Te amo David – susurró una vez que se separó de sus labios – Nunca lo olvides.

La visión de sus ojos azules clavados sobre los suyos fue lo último que alcanzó a ver antes de que la electricidad se perdiera y la sala de tragamonedas quedara sumida en la más absoluta oscuridad. Una ráfaga de balas silbó sobre el sitio donde ambos estaban escondidos y rompió lo que quedaba de la vitrina, que cayó estrepitosamente sobre sus cabezas.

David cerró su mano en torno a la Oscar y luego se lanzó al ataque.

Si hubiera imaginado lo que pasaría en las próximas horas habría alargado aquel beso hasta el momento en que sólo Dios pudiera separarlos.

 

París, marzo 14, 22:01 pm

Oscar leía el reporte que les había enviado Steve Adams, coordinador de la operación Mirage, por centésima vez mientras jugaba con un mechón de su cabello. Pese a que aún era invierno, estaba recostado sobre la cama envuelto en la misma toalla con la que había salido de la ducha. Su cuerpo caliente tras el baño brotaba vapor por cada uno de sus poros, mientras los suaves vellos de su pecho se secaban con el calor del ambiente.

David observaba el contorno de sus músculos bajo la piel, guiando su mirada desde los brazos hasta el abdomen, siguiendo por las piernas firmes y torneadas, hasta terminar en sus pies rosados. Por más que lo observaba, nunca se cansaba de admirarlo. Él mismo no era precisamente un adefesio, pero en comparación a él su aspecto era mucho más leptosómico.

– ¿Te diviertes?

Desvió la mirada de vuelta hacia su rostro serio y sereno. Sonrió. Oscar lo observaba con expresión divertida y llena de burbujeante deseo, invitándolo a acercarse.

David se levantó del sillón de inmediato y caminó hasta su cama.

Ambos habían acordado en mantener su relación escondida para evitar tener problemas con sus superiores. Pese a que ya era un tema aceptado en muchas partes, aún no existía una tolerancia equitativa con respecto a la sexualidad, menos aún en las instituciones gubernamentales.

David siempre estuvo enamorado de Oscar, y desde el primer día que fue seleccionado como su nuevo compañero de labores supo que él sería algo especial. Durante meses pensó que era el único que estaba enamorado y que tendría que amarlo a través del silencio de la careta con la que ocultaba sus verdaderos sentimientos hacia él, pero todo cambió después de su primera misión en el extranjero.

Tras casi morir en una persecución hace poco más de ocho meses, David y Oscar no pudieron controlar la oleada de deseo y pasión desenfrenada que estaban al borde de hacerlos explotar. Oscar fue muy reticente a su cercanía y siempre lo trató con un dejo de frialdad desgarradora que lo descolocaba, pero apenas cerraron la puerta al volver de aquella misión, Oscar se lanzó sobre él, lo acorraló contra una esquina y lo besó con la intensidad de un fuego abrasador que lo envolvió y lo penetró hasta lo más profundo de su alma como jamás nadie lo había hecho.

Ya habían pasado ocho meses desde aquella noche en que ambos se amaron enredados entre las sábanas, pero Oscar aún luchaba por controlar sus impulsos; siempre pensando en qué pasaría si se llegaba a saber que era gay. David, por el contrario, luchaba por hacerle entender que poco le importaba lo que pensaban los demás. Amaba a Oscar, y por amor aceptó mantener su secreto escondido tras el disfraz de una amistad demasiado cercana para el gusto de sus compañeros de oficina.

Pero en la protección que les brindaba esa habitación todo era distinto. Protegido de la mirada inquisidora de sus compañeros de trabajo, Oscar lo miraba fijamente a los ojos, sin tapujos, sin la necesidad de ocultarse tras la capa de hielo con la que se mostraba frente al resto del mundo.

– Ven – dijo en un susurro.

David se dejó caer a su lado. Su cuerpo aún estaba caliente y húmedo, y se mostraba sensible al más mínimo contacto. David recorrió con los dedos el suave vello que cubría su pecho mientras Oscar jugaba con uno de sus rizos. Siempre le gustaba hacer eso antes de lanzarse como una fiera sobre él.

– Pensé que ya no te importaba – dijo David acariciando sus clavículas con ternura – has estado todo el día leyendo ese maldito informe.

– Alguien tiene que hacerlo, en vista de que a ti no te preocupa en lo más mínimo la misión que nos delegaron.

– Creo que ya se ha hablado mucho sobre este tema ¿No crees? Además, no somos los únicos involucrados…

– No, pero somos nosotros quienes estamos al frente de esta investigación.

Un brillo de temor relució en los ojos de Oscar. Siempre veía esa misma expresión cuando lo abrazaba tras estar todo el día pretendiendo que sólo eran amigos. Mantener oculto lo que sentía por él, rechazándolo públicamente, mostrándose frío y distante lo afectaba bastante. Sabía que Oscar se moría por acariciarlo y aprovechaba cualquier pequeño momento para hacerlo. Era muy triste no poder decirle cuánto lo quería cuando David le daba motivos suficientes para hacerlo con cada pequeño detalle que mostraba cada segundo que estaba a su lado.

– Todo estará bien – dijo David sin dejar de mirarlo – hoy fue un día largo, eso es todo.

– Mmmm…

Oscar comenzó a acercarse a su rostro lentamente. David cerró los ojos y acarició su nariz larga y perfilada contra el ángulo de su mandíbula fuerte y esculpida. Oscar lo besaba tiernamente cada vez que sus labios se aproximaban y descendía sus manos a lo largo de su espalda con delicadeza y ternura.

– Te necesito, David – susurró apenas sintió que el cuerpo de su amante reaccionaba a sus caricias – Ahora más que nunca.

David siguió recorriendo su mandíbula y su cuello, modificando la intensidad de sus besos a medida que se acercaba a sus arterias. Sintió su pulso intenso y palpitante, e incluso sintió cómo la sangre fluía con fuerza a través de ellas. Lentamente, recorrió el contorno de los músculos de su pecho con la ternura de sus labios.

Antes de llegar a su pubis, Oscar le levantó el mentón y lo besó con fuerza. Cada segundo que sufrió durante el día al verlo sonreír sin poder acariciarle, cada momento en que resistió su impulso de besarlo cuando él se rascaba el cuello al estar concentrado, cada minuto de agonía que sufrió cuando estaba justo a su lado antes de iniciar una misión arriesgada y no poder abrazarlo eran eclipsados en cada beso, en cada caricia y en cada susurro que salía de sus labios.

Desesperado, David soltó la toalla que envolvía su cintura y liberó su sexo duro y palpitante. Oscar se tendió de espaldas mientras él se quitaba la camisa. La visión de su pene largo y duro le aceleró la respiración de inmediato. Lo quería, lo amaba, lo deseaba.

Como cada vez que hacían el amor, David encendió la televisión y sintonizó un canal de música al azar. No quería que sus compañeros que dormían en la habitación contigua escucharan el más mínimo gemido. Aquel breve instante de soledad en la que liberaban sus más profundos anhelos era su más preciado tesoro y no estaba dispuesto a compartir con nadie la intimidad de su relación.

– ¿Música romántica? – preguntó Oscar levantando una ceja.

– ¿No te gusta?

– Es que… ¿No sospecharan? Ayer pusiste a Iggy Pop

David rio con ganas. Ver la cara de perturbación de Oscar cada vez que hacía algo incomprensible era digno de contemplar.

– A estas alturas lo más probable es que sí, pero no me importa. Ya no me importa nada.

David se acostó sobre él y lo besó con fuerza mientras acariciaba lentamente su entrepierna. Oscar suspiró de inmediato. La dulzura con la que David deslizaba sus dedos a través de su pene lo estaba volviendo loco.

Lentamente, David comenzó a descender por su torso hasta quedar a la altura de su sexo. Recorrió cada espacio de su pene con los labios hasta rodearlo completamente. Oscar gemía y suspiraba sin dejar de susurrar su nombre mientras él lamía y chupaba su miembro duro y caliente.

– Ve despacio. No quiero correrme.

David obedeció. Procuró ser más pausado y sutil con los movimientos de su lengua pese a que estaba desesperado por hacerlo llegar al clímax. Ambos habían esperado todo el día para poder disfrutar de ese momento y no quería malgastarlo producto de la desesperación.

– Así… sigue así – gimió Oscar mientras estiraba su cuello.

David continuó lamiendo la punta de su pene hasta que le pidió que se detuviera. Soltó su falo lentamente y sonrió. Ahora era su turno.

Oscar se sentó rápidamente y le desabrochó el cinturón. Ni si siquiera esperó a quitarle la ropa cuando sacó su pene tierno y suave entre los dientes del cierre de su pantalón. David se sentó de rodillas mientras Oscar se giraba para quedar boca abajo, dándole una completa visión de su espalda ancha y fornida y sus glúteos firmes y torneados.

Oscar no dio el mismo preludio que él para comenzar su labor; abrió la boca apenas estuvo cómodo y comenzó a chupar su pene con frenesí mientras deslizaba una de sus manos por dentro de la ropa interior en busca de sus testículos.

Succionó su pene y lo introdujo profundamente hasta llegar a su garganta, y no se preocupó por ello hasta que sintió sus labios rozando los vellos cortos y claros de su pelvis. Con aquel movimiento, David supo de inmediato que debió subir más el volumen del televisor. Oscar no hizo caso de sus advertencias y siguió chupando con fuerza hasta que no resistió más.

Cerró los ojos y elevó su cabeza hacia el techo. Oscar lamía y chupaba su pene sin tregua alguna, apenas respirando, apenas conteniendo la agitación de sus suspiros. Gimió y se afirmó con fuerza de su grueso cabello negro.

– No pares… por favor Oscar… no pares.

David abrió la boca y dejó que su cuerpo aflorara la pasión que lo consumía. Suspiró y gimió, intentando contener el orgasmo para que no fuera oído a través de las paredes, pero sabía que no lo lograría. Oscar sabía hacerlo perder la razón a través del sexo oral, era tan intenso que cada vez que hacía eso lo lanzaba a un nirvana orgásmico y extracorpóreo en el que ambos se unían en un solo gemido de placer, donde sus cuerpos eran uno solo.

David dio un largo gemido y disfrutó aquella experiencia límite intentando ahogar sus gritos con las manos. Oscar saboreó su semen tibio y dulce mientras su pene palpitaba contra el paladar en reacción a los últimos vestigios del orgasmo.

– ¿No puedes ser más silencioso? Gritas más fuerte que Jennifer Holliday – le recriminó Oscar susurrándole al oído mientras la habitación se llenaba por la potencia de And I am telling you I’m not going – Menuda elección musical tienes. Mañana tendremos que dar más de una explicación.

– Hazme tuyo Oscar…

– Te estoy hablando en serio.

– Yo también… – gimió David con lujuria.

Oscar sonrió. Su sonrisa tímida y sensual le volaba la cabeza y la forma como Oscar lo miraba a los ojos, cavando profundamente en el centro de su alma, lo hacía sentirse insignificante ante su poder. Lo amaba… Dios… cuánto amaba a ese hombre.

David rodeó su cuello con los brazos y lo besó con fuerza. Quería aprovechar cada segundo a su lado, cada caricia y cada mirada, quería disfrutar de su cuerpo y vivir a través de él.

Oscar lo hizo girarse sin dejar de besarlo y lo acostó sobre la cama. David se quedó tendido sobre su espalda, en espera de que su amado estuviera listo para la batalla. En esos momentos su cuerpo pedía a gritos sentirlo dentro y hoy le tocaba a él ser dominado por la fuerza de sus embestidas.

Oscar se estiró y sacó un preservativo del cajón de la mesita de noche. Tomó su pene grueso y palpitante con fuerza y deslizó el preservativo con lentitud para no romperlo. Mientras hacía esa delicada tarea mantuvo su vista fija sobre David, anunciándole en cada movimiento lo que tenía pensado para esa noche.

Una vez que estuvo listo se acercó hasta su abdomen plano y lampiño y comenzó a bajar hasta su pene lentamente pasando la lengua caliente y suave a lo largo de la delicada piel. Volvió a chupar su pene, quien ya se había recuperado del orgasmo anterior y se alzó con una poderosa erección hacia el cielo. Cambiando de posición, alejó la boca de su miembro y lo tomó con la mano derecha mientras lo obligaba a abrir las piernas con la izquierda, dejándolo expuesto y vulnerable. David sintió cómo la sangre se le subía a la cara por lo que Oscar estaba haciéndole.

– Tranquilo – le dijo con voz ronca y profunda.

David asintió. Oscar siguió masturbándolo con suavidad y dando movimientos largos mientras besaba, lamía y mordisqueaba sus testículos. David comenzó a gemir otra vez. Cerró los ojos e intentó controlar su respiración agitada. Ahogó un gemido con sus manos cuando, sin previo aviso, Oscar descendió más allá de lo que pensó y comenzó a lamer su ano.

– ¡Oscar! – saltó David de inmediato cuando sintió la lengua alrededor de su trasero.

– ¡No hables tan fuerte! – exclamó él de inmediato – ¿Qué pasa? ¿No quieres?

– Es que… me da vergüenza ¿No tienes lubricante?

– Se acabó anoche y se me olvidó comprar otro. Lo lamento – respondió él mirándolo con complicidad – No quiero hacerte daño ¿Me dejas intentarlo? Puede gustarte.

– Ay Dios…

David se tendió en la cama sintiendo la cara roja y ardiendo de deseo y vergüenza. Una vez que estuvo listo, Oscar volvió a situarse entre sus piernas y recuperó el control sobre su cuerpo. Acarició su pene con suavidad para no hacerlo sentirse presionado y volvió a estimular su ano con tiernas caricias.

David creyó que se volvería loco. La suavidad con la que Oscar lo lamía, el deseo, la pasión, la vergüenza; él era dueño de todo su cuerpo y sabía cómo poseerlo y amarlo. Conocía cada punto de su cuerpo, cada espacio, cada poro y pese a la vergüenza que sentía, le permitía recorrer su cuerpo de la forma que quisiera ya que sólo él conocía los puntos que lo hacían gritar su nombre a viva voz.

Lo disfrutó, y mucho. No fue necesario que se lo dijera, Oscar sonrió complacido cuando lo vio revolcándose de placer y aferrando las sábanas entre sus puños para controlar las ganas de gritar.

Oscar cambió de posición y finalmente lo penetró con suavidad, deslizando su pene lentamente dentro de su cuerpo para no hacerle daño. Con cuidado le separó las piernas y comenzó una danza pasional vibrante, intensa y profunda, presionando su cuerpo con fuerza a cada embestida. David cubrió su boca con las manos para ahogar los suspiros que huían a raudales de su pecho.

El movimiento ondulante de sus caderas estaba rápidamente haciéndole llegar al clímax, por segunda vez ¿Cuánto más podría aguantar? Oscar invadía su cuerpo una y otra vez, aumentando la intensidad de sus movimientos y la fuerza de cada penetración. David sentía su ano dilatado y caliente, ardiendo por el roce del firme miembro de su amado.

– Oscar… me pierdo… Oscar…

Estaba alcanzando el orgasmo y aprovechó aquel momento para deleitarse con la expresión de placer en el rostro de su amado. Oscar cerraba sus ojos y levantaba la cabeza hacia el techo, respirando con dificultad mientras su pecho duro y firme subía y bajaba con violencia en respuesta a la excitación.

Pese a que no estuvo de acuerdo en un principio, no podía haber elegido una mejor música para esconder sus expresiones de amor a los oídos del resto. Cada caricia, cada gemido y cada movimiento rítmico de la pelvis de Oscar seguía los acordes intensos y soñadores de Take my breath away.

– ¡David! Oh David…

David sintió que su alma se separaba del cuerpo cuando alcanzó el orgasmo. Oscar dio un largo gemido susurrando su nombre. Presionó con fuerza contra su cuerpo cuando alcanzó el clímax del éxtasis y acabó junto a él, dejándose caer sobre su pecho desnudo, agotado y feliz.

Ambos se quedaron abrazados en silencio mientras recuperaban la normalidad de sus respiraciones. Oscar siguió dentro de él mientras se dejó caer contra su pecho y David lo abrazaba con ternura, sin dejar de acariciar su cabello.

– Eso estuvo bien – dijo Oscar con la respiración entrecortada.

David abrió la boca para responder, pero de ella no salió nada. Estaba tan agotado y embriagado con el amor que sentía por él que no podía ni siquiera hablar.

– Quiero que sigamos siempre así, David. Desde que estamos juntos he sido libre y me has hecho feliz como nadie pudo hacerlo. Te amo y me da pánico pensar en que estamos expuestos a tanto peligro con este operativo…

– No pienses en eso. Todo saldrá bien, ya verás. En unos cuantos meses estaremos de vuelta en casa y podremos amarnos sin temor a que nos escuchen a través de las paredes.

– Yo creo que ya se han dado cuenta – recriminó él tomándole las manos – Gritas demasiado.

David rio. Oscar se volteó hacia él y observó su rostro risueño y perspicaz, aquel que tanto amaba y del cual se enamoró con tanta fuerza.

– ¿Te dolió mucho? – preguntó en voz baja.

David negó con la cabeza. Tomó sus manos y lo atrajo hasta su cuerpo, de vuelta a donde pertenecía.

– No quiero que pienses más en lo que pasará mañana. Hazme ese favor.

Oscar lo miró a los ojos y pudo ver en ellos un brillo de temor. Dio un suspiro y rodeó su torso con los brazos.

Ambos hombres se quedaron abrazados, conectando los latidos de sus corazones en un solo ritmo. David acarició el cabello de su hombre por largos minutos hasta que se quedó dormido entre sus brazos y luego lo besó largamente en la entrada del cabello.

Lo entendía. Él también tenía el mismo temor grabado a fuego sobre su piel desde que aceptó estar a cargo de esa misión. Los Mirage eran una banda desconocida y a todas luces peligrosa, y por más que intentara sonar convincente de que no pasaría nada y que en unos meses más estarían de vuelta en casa, no podía asegurarlo. Había visto el poder que tenían y era consciente de lo peligrosos que eran, sabía de lo que eran capaces. Ya en varias ocasiones se habían visto mermados por sus ataques y con el correr de los meses la situación no hizo más que empeorar. No había huellas, no tenían identidades. Perseguían a una sombra, un criminal intangible que los amenazaba constantemente.

Gracias a sus indagaciones pudieron obtener información privilegiada sobre su siguiente movimiento. Tenían planificado atacar el casino de Enghien-les-Bains y a diferencia de las veces anteriores, estarían preparados. No los dejarían escapar. Era un movimiento arriesgado, pero era la perfecta oportunidad para capturarlos de una vez y acabar con todo.

Pese a que se decía una y mil veces que todo saldría bien, David también estaba preocupado, quizás tanto como Oscar.

Algo extraño sucedía y eso era lo que lo tenía tan inquieto. Oscar le aseguró en más de una ocasión que no eran coincidencia los violentos ataques que había sufrido cada vez que interceptaban sus crímenes y estaba convencido de que obtuvieron esa información de una fuente muy privilegiada.

Oscar sospechaba que alguien muy cercano estaba pasando información ¿A cambio de qué? El dinero era lo más probable, pero intuía que había otro motivo, uno mucho más oscuro.

– Duérmete – dijo Oscar con voz profunda y sin despegarse de su pecho.

– No cabemos aquí – señaló David el pequeño espacio de su cama. Ambos dormían en camas separadas para mantenerse a salvo de comentarios malintencionados.

– ¿Qué más da? Quédate esta noche.

David levantó las sábanas y cubrió el cuerpo desnudo de Oscar con ellas. Apagó la luz de la mesita de noche y el televisor, sumiendo la habitación en la oscuridad y el silencio. A través de la luz que se filtraba por la ventana, vio la silueta del cuerpo de Oscar esperando a por él en la cama.

– Buenas noches – dijo David cuando se posicionó a su lado.

– Mañana pensaremos en qué mentira les diremos ahora – dijo Oscar – pero insisto en que a estas alturas ya no nos creen una palabra. Es obvio que Jared sospecha algo.

– No es el único – puntualizó David – Creo que son varias personas las que piensan que somos gays.

– ¿Y no lo somos?

Ambos rieron y se besaron suavemente antes de acurrucarse para dormir.

Aquella noche había sido hermosa, como muchas otras, pero David la disfrutó más que ninguna.

Cerró sus ojos y estrechó a Oscar contra su pecho. Desearía estar con él siempre de esa forma y no tener que esconder su amor fuera de esas paredes. Desearía poder volver a casa con él y gritar a los cuatro vientos que lo amaba, pero eso tendría que esperar.

Antes de que pudiera pensar en otra cosa, David se quedó profundamente dormido, atesorando el amor que había encontrado en su camino y que ahora dormía a su lado.

 

París, marzo 16: 03:21 am

– ¡CUIDADO CON LAS VENTANAS!

David alcanzó a huir a tiempo. Una fuerte explosión en las afueras del casino retumbó con violencia, haciendo remecer los cimientos del edificio y provocando el estallido de todas las ventanas que comunicaban con el pasillo principal. Oscar se había protegido tras una columna mientras daba instrucciones a viva voz a Jared Novak, uno de los principales investigadores que estaba con ellos en esa misión.

– ¿Dónde está la agente Levine? – gritó tratando de hacerse escuchar entre las explosiones.

– ¡Venía tras de mí!

– ¡Tenemos que abortar! ¡No podemos arriesgar a más agentes, Jared!

David se sacudió un poco de polvo de su uniforme y le hizo señas en la distancia a la agente Levine, quien venía corriendo hacia ellos. La joven agente había perdido su casco en la loca carrera y sus rizos se habían cubierto de polvo.

– ¡No podemos huir así! ¡Debemos detenerlos ahora que estamos a tiempo!

– ¡Nos tienen acorralados! ¡Seguirán matando a gente inocente y ya hemos perdido a muchos agentes de la policía!

– ¡Podemos hacerles frente!

David tomó por el brazo a Jared. La agente Angelina Levine los observaba presa del miedo.

– ¡Mira lo que han hecho! Tuvimos que correr hasta aquí para salvarnos el pellejo ¿Y dices que podemos hacerles frente? ¡Nos van a matar si no abortamos! ¡Estamos completamente rodeados!

Jared miraba a su compañera en busca de apoyo, pero la agente Levine estaba demasiado asustada para hablar.

– ¿Aún no pueden comunicarse con los demás? – preguntó ella.

– Ni siquiera sabemos si siguen con vida, maldita sea – respondió Oscar con furia – las comunicaciones están completamente perdidas.

– No podemos irnos sin Roxanna, Keith y Andrew – dijo David ante la mirada de apremio de Oscar – No podemos dejarlos solos, somos un equipo.

Una nueva explosión retumbó contra los muros. El olor del humo y el calor del fuego que salía a través de los ductos de ventilación estaban convirtiendo el edificio en un infierno. El peligro de que aquel sitio se viniera abajo aumentaba con cada minuto que pasaba y tener a todo el equipo de investigación desperdigado por todo el edificio no ayudaba a planificar un escape.

– Sigamos buscándolos. Diez minutos, sólo diez minutos y nos largamos de aquí – finalizó Oscar tomando nuevamente su arma – Andando.

David caminaba unos pocos pasos más atrás de Oscar. Tenía el corazón acelerado y la respiración entrecortada. Las balas pasaban silbando a escasos centímetros de su cuerpo y con la oscuridad reinando los pasillos, cualquier movimiento errático podía significarles la muerte. Deseaba poder ir junto a Oscar y no varios metros más atrás de él. Quería abrazarlo, cuidar de él más allá de sus plegarias. Cuánto odiaba tener que pretender ser sólo su amigo ¡Podía apostar su vida a que todos en ese grupo sabían que algo había entre ellos! ¿De qué valía seguir ocultándolo? ¿Qué es lo que tanto temía?

Mientras caminaban en silencio y atentos a cualquier movimiento sospechoso en las sombras, el sonido de una comunicación entrecortada salió a través de sus radios. Pudo reconocer la voz del agente Keith Moore y lo que escuchó no fue nada alentador. El joven agente hablaba atropelladamente y costaba mucho distinguir lo que decía gracias al ruido que había a su alrededor.

– ¡Ellos están aquí! ¡En la sala de póquer! ¡Estoy rodeado!

– ¿Keith? – dijo de inmediato David tomando su radio – ¿Dónde estás?

– ¡Debemos irnos de aquí lo antes posible!

Oscar, Jared y Angelina se detuvieron de inmediato y lo rodearon. Pudo sentir que Oscar se acercaba a él con atención e incluso hizo un gesto para tomarle el brazo, pero dejó caer su mano apenas se percató de lo que hacía.

– Keith, dinos tu posición, iremos por ti.

– ¿Andrew y Roxanna están contigo? – preguntó David.

No… vi a Roxanna hace un momento, pero fuimos separados por un grupo armado.

Todos se miraron aterrados. Durante todos los meses que llevaban investigando jamás los líderes de Los Mirage se habían presentado durante una de sus redadas. Nunca.

Las pocas veces que se supo que estuvieron presentes en algún atraco no dejaron ni un solo testigo vivo, lo único que dejaban era un reguero de muerte y destrucción, marca que los identificaba de todos los demás criminales.

– Keith, iremos por ti. Aguanta.

Oscar les hizo señas para que lo siguieran. El grupo aceleró sus pasos sin soltar las armas, encontrándose con varios hombres del clan que intentaron repelerlos a tiros, pero que abatieron rápidamente pese a la oscuridad. La mitad del casino estaba siendo consumido por el fuego y los carros de emergencias aún no podían acercarse a extinguir las llamas debido al potencial peligro que tenían de ser víctimas de un ataque. Las alarmas se habían activado y todos los pasillos estaban inundados, pero eso no fue suficiente para extinguir las largas lenguas de fuego que salían por las ventanas.

Corrieron hasta la sala de póquer, intentando mantener el contacto con el agente Moore y buscando sin tregua a sus otros dos compañeros. El humo y la oscuridad de aquel sitio no les permitía ver por dónde iban y varias veces tropezaron con lo que parecían ser cuerpos inertes desperdigados por la alfombra.

– Keith, danos tu posición.

Nada.

David volvió a establecer comunicación, pero no hubo respuesta. Fue entonces cuando sintió que algo metálico rodaba por el suelo, directo hacia ellos.

– ¡BOMBA!

David sólo atinó a saltar hacia Oscar y a empujarlo lo más lejos posible de aquella explosión. No pensó en Jared ni en Angelina, ni siquiera pensó en sí mismo. En fracciones de segundo todo el lugar se llenó por una potente llamarada que se elevó al cielo mientras un estruendo rompió el silencio de sus pasos.

David tomó a Oscar del brazo y corrió con toda su fuerza para sacarlo de allí, pero no tuvo mucho tiempo. Antes que el explosivo detonara, lo empujó detrás de una mesa y segundos después él fue lanzado varios metros más allá producto de la onda expansiva. Su cabeza golpeó violentamente contra un muro de concreto y sólo vio la silueta de Oscar tratando de incorporarse antes de cerrar los ojos y perder el conocimiento. A través del silbido de los disparos pudo escuchar cómo lo llamaba a gritos e intentaba acercársele, sin poder hacerlo producto de la nueva arremetida que se lanzó contra ellos.

– ¡DAVID!

– ¡OSCAR CÚBRETE! ¡NOS ATACAN! – gritó Jared intentando darle a algo disparando a ciegas en la oscuridad.

Oscar se incorporó con desesperación. Le costaba respirar, tosía sin control y le lloraban los ojos gracias al humo denso y pútrido que inundaba la sala. Demasiadas cosas habían pasado en tan pocos segundos, y aturdido, pudo recordar que David había saltado hacia él para salvarlo de la explosión sin dimensionar todo lo que había pasado hasta que vio su cuerpo varios metros más allá de él, inmóvil. Intentó correr hacia él, pero fue interceptado por un hombre de dimensiones colosales que cargaba un fusil AK 47. El hombre lo repelió con violencia y se vio obligado a esconderse tras un pilar para salvar su vida.

David estaría bien. David aún respiraba, lo sabía. David no podía dejarlo… no podía…

El hombre se lanzó en su dirección sin dejar de disparar. Sus ojos negros eran lo único visible de su rostro y en ellos leyó una sed de muerte y sangre. Su mirada estaba maldita, sea quien sea ese hombre no era un enemigo cualquiera.

– NO TE LE ACERQUES – rugió cuando vio que el hombre se acercaba hacia él.

Sin pensarlo demasiado e ignorando los gritos desesperados de Jared, se lanzó corriendo en su dirección. Oscar le disparó varias veces a quema ropa, pero sus proyectiles quedaban incrustados en los muros y en su chaleco antibalas. El humo le nublaba la visión y por más que apuntaba en su dirección no pudo alcanzarlo. El hombre, sea quien sea, era más rápido que él. Oscar no pensaba en la locura que estaba cometiendo, no pensaba en que estaba arriesgando su vida y la de todo su equipo; sólo pensaba en David.

Mientras corría, un fuerte golpe en su cabeza lo hizo tambalearse. Todo alrededor era oscuridad y caos y apenas pudo encontrar la fuerza suficiente para centrar su mirada en el atacante. Casi cae contra una de las mesas cuando se da cuenta que se trataba de una mujer mucho más baja que él y que sólo portaba una manopla de oro como única arma. Por la expresión en sus ojos pudo saber que sonreía y disfrutaba al ver ese acontecimiento.

– ¡Tómalo ya Búfalo! ¡Debemos irnos! – gritó y se alejó rápidamente de Oscar antes de que pudiera defenderse.

Oscar intentó incorporarse, pero las piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo. Eran ellos, Los Mirage habían llegado al casino.

Oscar se puso de pie rápidamente, pese al dolor y al mareo que sentía. Le temblaban las piernas y le dolía el pecho. Desesperado, buscó el cuerpo de David en la oscuridad para luego lanzar un grito de ira cuando vio que aquel hombre a quien identificaron como Búfalo lo había tomado sin ningún cuidado y lo lanzaba sobre su hombro como si fuera un muñeco.

– ¡DAVID! ¡DAVID! ¡NO! ¡NO!

Ciego de dolor corrió sin importarle que tenía todas las de perder. Corrió en zigzag intentando alcanzarlo, viendo como su bello cabello rubio se había empapado de sangre producto del golpe que recibió. Ver aquello fue lo más doloroso que había sentido en toda su vida.

– SUÉLTALO ¡SUELTALO! – gritaba sin dejar de disparar al aire. No podía disparar al hombre que se estaba llevando al amor de su vida. Apenas tenía fuerzas suficientes para correr tras él y temía matar a David por error.

Vio como los hombres de Los Mirage que aún seguían con vida corrían fuera del edificio hacia una decena de furgonetas que los esperaban para la huida. Se estaban llevando a David…

Ya no le importaba lo que ocurriera con Jared, con Keith o con Angelina. Ni siquiera le importaba saber si Andrew y Roxanna seguían con vida. el mayor de sus miedos se había materializado frente a sus ojos y él no pudo hacer nada para proteger a su amado. Los Mirage habían ganado y llevaban como trofeo de guerra a David.

– ¡SUÉLTA A DAVID, HIJO DE PUTA!

Una lágrima se deslizó por su mejilla. Su vista se nublaba.

– Vaya, vaya… no esperé a que reaccionaras de esa forma…

Oscar se volteó levemente al sentir esa voz. La conocía.

– Tal parece que ustedes dos sí tenían algo – dijo nuevamente aquella voz – ¿Por qué me dijiste que no? ¿Temías que dijera que eres un marica?

Oscar no pudo creer lo que acaba de escuchar. Al ver la sonrisa y la mirada que acompañaban a esa voz creyó que algo se rompía dentro de su corazón, dejando paso a una ira asesina.

– Hasta nunca – dijo aquel hombre entre sombras – ya te reunirás con tu amorcito en el otro lado, bastardo.

Un disparo rasgó el aire. Oscar cayó de rodillas en el piso mientras veía a aquel traidor que le disparó por la espalda alejándose en dirección a Búfalo, quien lo esperaba junto a una furgoneta. El hombre lanzó a David dentro de ella sin ningún cuidado y cerró la puerta.

Oscar comenzó a llorar. Ya no podía respirar y apenas podía moverse. Presionaba su mano contra las costillas sintiendo la sangre caliente saliendo a raudales de su cuerpo mientras escuchaba un silbido pavoroso que salía cada vez que intentaba respirar.

David.

Le habían quitado a David.

¿Por qué? ¿Qué había hecho para merecer eso? ¡Lo amaba! ¡Lo amó más que a nada en ese mundo y se lo habían quitado! Los habían separado. Mientras sentía su cuerpo caer a un vacío profundo y oscuro recordó el momento en que lo vio por primera vez, cómo se apretó su corazón cuando observó su rostro risueño y su cabello rizado que tan bien le asentaba. Recordó como temblaron sus manos cuando lo saludaba cada mañana. Recordó lo confundido que se sintió y lo idiota que fue durante tanto tiempo en que intentó controlarse y evitar pensar en lo que sentía por él.

Pero lo más doloroso fue recordar cuánto lo amo, recordar todas las noches que estuvo durmiendo a su lado, acariciando su pecho suave. Recordar sus besos tiernos, su cuerpo desnudo y ardiente de deseo, la forma cómo cubría su boca para ahogar los gemidos mientras le hacía el amor. Recordar su sonrisa, su aroma, su textura, su calor, su amor, sus ideas locas, sus expresiones al intentar comportarse de forma seria.

Oscar lloró y rogó una última vez para que su alma pudiera encontrarlo allá, en el otro lado. David y él ya no podrían volver a casa juntos como habían dicho, no podrían amarse, no podrían perderse observando la profundidad eterna de los ojos del otro.

Oscar cayó y dio un último suspiro pensando en él.

David fue su todo. Con él fue libre, como jamás lo había sido; con él conoció el amor y el consuelo que su alma solitaria deseó por tantas noches. Con él vivió intensamente cada minuto, cada segundo; guardando en su memoria cada sonrisa y cada palabra.

Murió abrazando el recuerdo de su sonrisa, dejando que el recuerdo de su amor y de su calor penetrara en lo más profundo de su alma, aquel sitio al que pertenecía y del cual jamás podrían separarlo, ni siquiera con la muerte.