Eat Me

 

Sinopsis

Y fue entonces, cuando me dijo ese “Túmbate, quiero comerte”, cuando supe que iba a morir. Y no pude evitar estremecerme de placer por ello.

 

 

 

EAT ME

 

Después de la última guerra mundial, la humanidad empezó a sufrir algunos cambios a consecuencia de las armas químicas y la radiación.

Tras los millones de muertos, los que quedamos vivos descubrimos que casi todos hemos mutado. La gran mayoría de estas alteraciones no se notan a simple vista, otras sí. Y, sin embargo, son las primeras las más peligrosas.

Entre estas, hay un grupo mayoritario comúnmente llamado los Zombis en honor a esas criaturas ficticias que salen en los viejos cómics. Quizá sería más acertado llamarles caníbales, aunque la verdad es que tienen diferencias con ambos.

La primera y más significativa es que no han muerto para luego volver a la vida como una criatura ansiosa de carne humana. Tampoco pueden infectar a nadie con un mordisco o un arañazo, y pueden morir como cualquier otro, no solo si les cortas la cabeza o si les pegas un tiro en ella. Tienen sentimientos, hablan y razonan como cualquier otra persona. Lo que les distingue es que comen carne humana.

Aquí sería quizá cuando podríais decirme que entonces son caníbales en vez de zombis. No obstante, aunque he de admitir que tenéis vuestra parte de razón, también he de deciros que estáis muy equivocados.

Un caníbal es una persona que, por una razón u otra, ha comido carne humana. Quizá le gustó, quizá no. Quizá lo hizo por curiosidad o quizá por verdadera necesidad. Yo he comido carne humana en más de una ocasión. ¿Por qué? Sencillo: para asegurarme seguir vivo al día siguiente en este mundo donde la comida no es fácil de conseguir y es más complicado aún mantenerla.

Y es justo a este punto a donde quiero llegar. Porque habré comido carne humana, sí, pero nunca me he considerado un caníbal y menos aún soy como ellos. ¿Qué nos diferencia? Que tanto los caníbales como yo podemos alimentarnos de otras cosas. Ellos no.

Ellos únicamente comen carne humana. Están locos por ella. Son los grandes superdepredadores aquí y, creedme, harían cualquier cosa para conseguirla; primero porque la necesitan y segundo por el poder que les otorga.

He visto a muchos de estos zombis atrapar y comer a cualquier incauto que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Les he visto darse auténticos festines sin importarles ni quién ni qué era su víctima: hombre, mujer, anciano, adulto, niño…

Y puede estar mal decirlo, pero todas esas veces que he presenciado algo así, no he podido más que asombrarme e incluso excitarme por ello. Pensad que estoy loco si así lo queréis, pero yo os aseguro que vosotros sentiríais lo mismo y, como yo, también desearíais ser ese pobre chico al que se follan mientras se lo comen.

Sí, habéis leído bien. Siempre follan cuando comen, o comen al que se follan, si lo preferís así. Siempre me pareció algo curioso y hasta hace realmente poco no he sabido la razón tras ello. ¿Os gustaría saberla? Es bastante simple, en realidad: la carne sabe mejor cuando la víctima no sabe que va a morir que cuando muere estando tensa y asustada. Por eso lo hacen. Y así, su víctima dice adiós a este cruel y degenerado mundo al sumirse en el mayor éxtasis de su vida. Como veis, no es una mala forma de morir. Os aseguro que las hay mucho peores. Quizá por eso nunca huí de él.

¿Quién es él? Esa respuesta es fácil, y quizás algunos de vosotros ya la conocéis después de lo que acabáis de leer. Sí, él es uno de ellos, un zombi, caníbal o como queráis llamarle. Es uno de los más poderosos entre los suyos (lo que se mide por la cantidad de personas comidas por él) y también uno de los más ricos en lo que queda de “sociedad” en el mundo. Y también fue quien me salvó cuando un par de zombis intentaron comerme hace unos años.

 

¿Por qué lo hizo? Esa respuesta también sería sencilla si ya os hubiera dicho quién soy yo. Como no lo he hecho, me explicaré.

 

Si durante estos veintitrés años que llevo vivo siempre he tenido que cuidarme de los zombis, e incluso a veces he escapado de ellos por los pelos, no es porque tenga una mutación que los atraiga. Todo lo contrario. En realidad, soy uno de los pocos humanos puros que siguen vivos, libres de cualquier tipo de mutación pero con la mayor maldición de todas: todos quieren cazarnos.

 

En este momento en el que los humanos puros estamos casi extintos, cualquiera de los ricachones pagaría una verdadera fortuna por la posibilidad de exponer un trofeo así, de tener un esclavo así. Pero los peores son los zombis. Ellos nos huelen. Hay algo en nuestro olor, en mi olor, que les atrae y les dice que soy distinto a cualquier otro. Por eso los cazadores los usan para encontrarnos. Y por eso también cualquier zombi intentará comerme aunque acabe de darse un festín.

Ahora quizá podáis comprender por qué me salvó de ese par de zombis que a punto estuvieron de comerme hace unos años. No fue un acto caritativo y, por supuesto, no dejó que me fuera tras matar a los otros dos.

Desde entonces he vivido con él en su mansión. Y aunque cuando me trajo pensaba que me comería a la hora de la cena, pronto pude ver que eso no pasaría. Me dio de comer, algo que agradecí ya que estaba famélico tras varios días sin probar bocado; me dejó asearme y me dio nuevas ropas con las que reemplazar las prendas viejas y rotas que llevaba puestas. Y, acto seguido, me dejó dormir todo lo que quise en una habitación que pronto consideré mía.

Sí, era un trofeo, un esclavo o un juguete, como queráis llamarme. Lo sabía tan bien como vosotros y por eso traté de escapar.

Lo intenté muchas veces y en todas fracasé. Si no eran sus guardias los que me pillaban, era él. Una vez incluso me rompí la pierna al caer desde el tejado y, aun así, volví a intentar escapar.

Como podéis suponer, esto no le gustó. A nadie le gusta cuando su nueva mascota desobedece e intenta irse. Llegó un punto en el que me encadenó para evitarlo. Y también llegó el punto en el que me enfrenté a él y le dije que si me iba a comer, que lo hiciera ya.

Él se rió. Su cristalina risa inundó la habitación dejándome confundido. “No voy a comerte –me dijo-. Si quisiera comerte, lo habría hecho en el mismo callejón donde te encontré”.

Y le creí. Le creí porque sabía que decía la verdad. Porque nada era más fácil para él que comerse a un crío moribundo y al que nadie echaría de menos en un callejón. Aun así me enfrenté a él. Porque aunque no quisiera comerme hoy, eso no quería decir que no lo haría mañana. Además, en mis planes no estaba ser el trofeo de nadie.

Le dije que quería irme y él me dijo que no podía ser. Le dije que no pensaba ser su trofeo y me reí con sarcasmo cuando él me respondió que no lo era. No le creí, por supuesto. Había aprendido a no fiarme ni de mi propia madre y menos aún pensaba fiarme de él. Sin embargo, encadenado como estaba no podía seguir con mis intentos de huida, así que intenté escapar de otra forma.

Empecé a no comer. Cada día me tumbaba en la cama y dejaba que las jugosas piezas de fruta y la sabrosa comida que el servicio me traía se enfriaran hasta que eran reemplazadas por la siguiente comida. Y podía sentir a mi estómago gruñir por el hambre, pero más férrea era mi voluntad.

Nada me hizo comer. Ni el hambre, ni las súplicas de la chica del servicio y mucho menos las amenazas de él. Estaría hambriento, pero si comer significaba ser su esclavo, prefería morir de hambre.

A las dos semanas apenas tenía fuerzas ya para levantarme de la cama, menos aún para arrastrarme si quería hasta la bandeja llena de comida que seguían trayéndome con la esperanza vana de que ese día sí comería. Estaba débil, más de lo que nunca he estado, y por eso no levanté la mirada cuando él entró en la habitación.

Esa vez no me amenazó para que comiera. No intentó asustarme como había hecho antes, amenazando con comerme. Supongo que no le había gustado mi respuesta de “Adelante, hazlo. Al menos así seré libre” que le di y, por eso, esa vez probó otra táctica. Por eso y porque, estando yo tan esquelético y enfermo, dudo que pudiera considerarme algo más que un entrante poco apetecible.

Esa vez me lo pidió por favor. Me suplicó que comiera algo. Lo que fuera. Y cuando le dije que solo lo haría si dejaba que me fuera, accedió.

No os negaré que su respuesta me sorprendió, incluso llegué a pensar que era solo un truco para que comiera. No me fiaba de él y sus promesas y juramentos me valían tan poco como los de un muerto.

Aun así, llegamos a un acuerdo: yo volvería a comer y él me dejaría ir cuando hubiera recuperado mis fuerzas. Y he de reconocer que solo acepté porque siempre podía volver a dejar de comer otra vez si él no cumplía su parte.

Así, los días pasaron. Para comprobar que cumplía mi palabra, él venía siempre junto a la chica del servicio y se quedaba hasta que yo había terminado.

Eran comidas silenciosas, con un tenso silencio flotando entre ambos. Los primeros días me forzaba en ignorarle, incluso aunque sentía su mirada clavada en mí, pero los demás días me encontraba mirándole yo también con curiosidad. Primero miradas rápidas y luego con más detenimiento. Aun así, nunca cruzamos palabra.

Y por fin, tras poco más de una semana, no solo había recuperado mis fuerzas, también había cogido ese par de kilos que me faltaban. En general, me encontraba mejor de lo que nunca había estado y, por supuesto, con ganas de irme de allí. Porque podría sentirme agradecido por sus cuidados, pero no por eso pensaba quedarme allí y ser su mascota. Eso iba en contra de lo que me define.

Ese último día no le vi. Supongo que no quiso verme marchar. No lo sé. Nunca se lo he preguntado. Por mi parte, me despedí de la chica del servicio y, con ropas más prácticas para la vida que iba a llevar, me fui de esa mansión sin saber que volvería a ella.

Volví, sí. Pude tardar un par de meses, pero el destino me llevó de vuelta a esa casa. ¿Queréis saber cómo? Sencillo: me traicionaron.

En esos meses que estuve fuera, me junté con un grupo para sobrevivir. No había ningún zombi entre ellos, y por eso me fue fácil esconder mi secreto. Les había contado una mentira. Les dije que mi mutación me hacía ser más ágil que el resto. Se lo creyeron. Estoy acostumbrado a mentir para salvar la vida, y también cuenta que los monos sean conocidos justamente por eso.

Sin embargo, mi mentira no duró mucho tiempo. No porque vieran que no era tan ágil como decía ser, sino por un zombi. Un maldito zombi que descubrió mi olor y decidió seguirme.

Esa noche, el zombi asaltó el lugar donde nos escondíamos con ayuda de otros cuatro de los suyos. Y lo único que nos salvó fue el oído superdesarrollado de uno de los nuestros.

 

Conseguimos matarlos, pero ya me habían descubierto. Ninguno se creyó que nos habían descubierto por casualidad, y que me hubieran llamado “puro” despejó cualquier duda que hubiera.

Intenté escapar. Sabía que, tras saberse mi secreto, yo ya no estaba a salvo. Por desgracia, ellos eran más y no tardaron mucho en atraparme.

¿Qué hicieron luego? Esa es una pregunta sencilla. Puede que algunos pidieran mi cabeza porque, por mi culpa, los zombis habían matado a un par de los suyos. No obstante, el dinero siempre gana cualquier discusión. Más cuando se trata de la promesa de una fortuna.

Me vendieron, por supuesto. Uno conocía a alguien que conocía a alguien que podía ponerse en contacto con los cazadores y estos, a su vez, con los cuervos, los vendedores de esclavos.

No pienso aburriros con los detalles. Solo os diré que al día siguiente los cuervos llegaron y que los zombis a sus órdenes me reconocieron como un puro.

Me llevaron con ellos, por supuesto. La comitiva era bastante numerosa. Supongo que no querían arriesgarse a que nadie intentara arrebatarles su gran trofeo, ese que tanto dinero les iba a hacer ganar.

Me metieron en una celda. La única ventaja era que estaba solo; la gran desventaja, que me encadenaron a la pared para descartar cualquier intento de fuga por mi parte. Y no creáis que no lo intenté. Incluso hice lo mismo que había hecho con él y me negué a comer esa bazofia que llamaban comida.

Por desgracia, ellos no eran él. Y cuando el aumento del dinero va ligado al aspecto físico del esclavo, no te gusta que este pase hambre, menos si es como forma de rebelarse.

Sabía que no iban a matarme. Sin embargo, eso no les impidió golpearme -eso sí, siempre en sitios que la ropa ocultara-, y forzarme a comer.

Me rendí. Sabía que si tenían que darme una paliza para que comiera, no dudarían en hacerlo. Además, me parecía más sencillo escaparme del imbécil que gastara su fortuna en mí.

No sé exactamente cuánto tiempo estuve en esa celda. Fueron varios días, pero no sé el tiempo exacto. La gran subasta, en la que yo sería la gran atracción, se celebró un par de días después de que los cuervos se aseguraran de que todos los magnates se hubieran enterado de la gran noticia.

Ese día me asearon y me obligaron a ponerme unas ropas más acorde a mi estatus como gran atracción. Ropas que, de todos modos, echaban por tierra el efecto al quedarme demasiado amplias.

Seguía encadenado, ahora de manos y pies, y por si eso fuera poco, tenía un numeroso grupo de guardias rodeándome para evitar tanto mi posible huida como el que alguien intentara llegar hasta mí. La tensión y la expectación eran enormes. Todo el mundo sabía que esa iba a ser la gran noche de sus vidas, pues las veces en las que se vendía a un puro eran casi inexistentes.

Por mi parte, he de decir que me porté bien dentro de las posibilidades. No me opuse a que me vistieran y tampoco a que me dirigieran hacia el escenario donde me expondrían. Estaba más ocupado pensando en cómo podría fugarme de mi más que inminente comprador que en lo que pasaba a mi alrededor. Incluso contemplé la idea de morderme la lengua y esperar que la sangre de la herida fuera suficiente como para ahogarme en ella.

Sin embargo, algo sucedió.

 

Justo cuando llegó mi turno de subir al escenario, justo en el momento en el que había decidido darles una buena sorpresa a todos al suicidarme frente a ellos, un chico se acercó al hombre que estaba frente a mí para susurrarle algo al oído.

Lo único que pude ver fue la sorpresa en sus ojos; un gesto que me intrigó, pues no sabía qué había podido suscitarlo. ¿Habrían atacado el lugar los zombis como habían intentado hacer días atrás? No escuchaba ningún ruido extraño, así que descarté la única opción que tenía.

 

Por su parte, el organizador me miró y luego, con voz tajante, ordenó que le siguiera. Con la mano de uno de los fortachones en mi hombro para obligarme a caminar, no pude tratar de desobedecer.

Quería preguntar qué pasaba, a dónde me llevaban, pero sabía que no me responderían. Solo me veían como a una mercancía y la mercancía no tiene derecho a saber nada.

Al final, recorrimos un par de lujosos pasillos antes de detenernos frente a una gran puerta de madera. Escuché algunas palabras, algo que creí reconocer como “quinientos”, pero no estaba seguro.

Mi guía llamó a la puerta y solo la abrió tras recibir respuesta, dejándome ver por fin a los dos hombres que estaban en el despacho: un cuervo y mi comprador. Al primero no tardé en reconocerle como al jefe de ese lugar y líder de los cuervos. Por otra parte, me llevé una gran sorpresa al ver quién era el segundo.

Sí, era él.

Él era mi comprador. Sin saber yo porqué, él me había comprado gastándose quizás esa cifra de quinientos millones que acababa de escuchar. Estaba perplejo, tanto que apenas me salían las palabras a pesar de que mis ansias por saber eran enormes.

Fue cuando le vi venir hacia mí con ese semblante tan serio, cuando me volvió el habla. Le hice la pregunta más obvia de todas y recibí una bofetada de parte de uno de los fortachones como respuesta.

El gesto me pilló desprevenido, girándome el rostro por la fuerza del golpe. Aun así, pude ver la ira de su rostro y noté, tan bien como los demás, la furia que destilaron sus palabras: “Educa a tus hombres, cuervo, o pronto te quedarás sin ellos”. Esas fueron las palabras que dijo. Y si a mí me hicieron temblar, os puedo asegurar que el otro palideció por completo.

Por suerte para él, el cuervo intercedió, entregándole las llaves de mis esposas cuando él las pidió. Así, por fin, pude sentir mis muñecas libres tras varios días con el hierro lacerándolas, igual que mis tobillos. Y puede que el cuervo le aconsejara tomar precauciones para evitar una posible huida de mi parte, pero, como él dijo, sabía que no lo haría. No con toda esa gente que quería atraparme estando tan cerca.

De esa manera, ambos salimos de ese lugar en dirección a la mansión que yo tan bien conocía. Y podría deciros que la cancelación de mi venta cabreó a muchos de los que habían venido, tanto para verme como para comprarme. Sin embargo, creo que eso lo suponéis aunque no os lo dijera. Sí, escuché algunos gritos enfadados mientras nos íbamos por una de las puertas secundarias, pero no les di importancia. Estaba más preocupado pensando en lo que me pasaría ahora.

El viaje fue largo y silencioso. Quería preguntarle por qué, pero me quedé callado cuando musitó un “En casa”. Además, debía admitir que le veía cansado y enfermizo. Quizá por eso obedecí.

Una vez en la casa, me guió hacia la que fue mi habitación. Entré tras él, pudiendo ver que el cuarto estaba tan limpio y ordenado como cuando lo vi por primera vez. Casi parecía que supieran que iba a volver a ocuparlo pronto.

Sacudí la cabeza, sabiendo que eso era imposible, y decidí centrarme en él. Porque podía haberme portado bien durante el trayecto, pero ahora quería mis respuestas.

Me volví hacia él, sorprendiéndome al encontrarle justo a mi espalda. Le miré desconcertado y me quedé quieto al verle alzar sus manos hacia mí. No sabía qué pensar y por eso me sorprendió tanto que me sujetara el rostro. Quería revisar el golpe.

Le dejé hacer. El golpe me había dolido, pero el dolor ahora era mínimo, casi inexistente. Aun así, me sorprendió la suavidad de sus dedos en mi piel. No era lo que me esperaba y contrastaba en gran medida con la seriedad de su rostro.

Acto seguido, se centró en mis muñecas. Me alzó las manos y su gesto se enserió al ver las heridas que tenía, producto de las rozaduras que los grilletes me habían hecho. “Intenté fugarme” le confesé, y él sonrió diciendo lo ofendido que se sentiría de no haberlo intentado.

Sabía que era una broma y por eso sonreí. Luego me senté, como él me dijo, con las manos extendidas sobre mis piernas con las palmas hacia arriba. Durante los siguientes minutos se dedicó a curarme y vendarme las muñecas y los tobillos. Cuando acabó, en vez de separarse, me preguntó si me habían herido en cualquier otro sitio y terminé confesando los golpes que me habían dado.

Me ordenó que se los enseñara y yo obedecí. Así, sus dedos volvieron a posarse en mi piel, acariciando el borde de cada moratón con una delicadeza completamente inesperada en alguien como él.

—¿Por qué? —le pregunté en apenas un susurro—. ¿Por qué gastaste quinientos millones en mí? —La pregunta aún rondaba mi cabeza y no encontraba ninguna respuesta lógica que me satisficiera—. ¿Quieres comerme y por eso pagaste por mí?

No tenía sentido y lo sabía, pero ya no sabía qué pensar. Por su parte, él se rió, divertido.

—¿Quién te ha dicho que he pagado quinientos millones por ti? —me preguntó a su vez.

Sus ojos estaban ahora centrados en los míos, mientras que sus dedos seguían contra mi pecho, y yo no sabía si eso era bueno o malo. Decidí responder:

—Oí la cifra a través de la puerta del despacho.

—¿Y qué te pareció? ¿Mucho o poco?

Le miré desconcertado, sin creerme que acabara de hacerme esa pregunta. ¿Qué pretendía con ello? La sonrisa de sus labios me respondió: solo se estaba divirtiendo a mi costa. El jodido cabrón me había comprado y ahora se estaba riendo de mí en mi cara. Me enfadé.

—Me parece poco. Aprecio mi vida y pienso que vale más que todo el dinero que tengas —le solté con desprecio—. Aunque admito que te salí caro. Sobre todo si tenemos en cuenta que pienso irme de aquí hagas lo que hagas.

La carcajada que dio me cabreó aún más, aunque me mordí la lengua en vez de decirle otras cuatro cosas. En vez de eso, le vi reírse hasta que, al cabo de un minuto, habló:

—Es una suerte que no pagara dinero por ti.

Mi enfado se esfumó, transformándose en incomprensión.

—¿Qué? Pero esos quinientos… —empecé a decir.

Negó con la cabeza.

—No di dinero por ti.

—¿Entonces por qué…? ¿Cómo…?

—¿Cómo es que estás aquí, conmigo? —Asentí—. Porque hay una cosa que cualquiera desea más que el dinero.

Su respuesta me confundió. Por suerte, no me hizo falta preguntar para que se explicara.

—¿Para qué sirve amasar una gran fortuna si en unos veinte años como mucho estarás muerto? El dinero no sirve de nada si no puedes vivir para disfrutarlo, y el cuervo lo sabe.

—No lo entiendo —confesé, interrumpiéndole—. ¿Quieres decir que le diste qué, años? Eso es imposible.

Su sonrisa creció.

—Le di quinientos años por ti.

Mi confusión creció. Intenté creerle, de veras que sí, pero no podía. Sus palabras eran imposibles para mí. Puede haber miles de mutaciones, ¿pero alguien que controle el tiempo? Nunca había escuchado algo parecido.

—No me crees, ¿verdad?

Era una pregunta claramente retórica, pues ambos conocíamos la respuesta. Aun así, su sonrisa no desapareció. Le vi levantarse. Hasta ese momento había estado arrodillado ante mí, pero en ese momento se levantó, sacudió un poco sus ropas y se sentó en el sillón que estaba a un par de pasos de la cama, mirándome desde allí.

—¿Qué sabes de nosotros? —me preguntó.

Le miré sin saber muy bien qué pensar. Me esperaba una explicación, no una nueva pregunta que no creía que nos llevara a nada. Le miré en silencio, planteándome si responder o terminar con esa conversación e irme de allí. Porque, pasara lo que pasara, no tenía ninguna intención de pasar la noche en esa casa.

Al final respondí. Mi curiosidad por saber a qué se refería con haber pagado con años fue más fuerte. Le dije lo obvio: que se alimentaban únicamente de carne humana y que eran los únicos que podían descubrir que era un puro, aunque no sabía bien cómo podían saberlo.

Él asintió.

—¿Y qué hacemos al alimentarnos? ¿Lo sabes?

Al instante, a mi mente acudieron las pocas ocasiones en las que había visto a un zombi comer. Me estremecí. No sabía si de asco o de excitación, sobre todo cuando recordé esa vez que estuvieron a punto de comerme a mí también.

Asentí.

—Lo que no sé es por qué lo hacéis —agregué.

Su sonrisa se acentuó, quizá celebrando esa curiosidad mía que me había hecho pedirle explicaciones. Y aunque pensaba que no me diría nada, me equivoqué.

Fue ahí cuando me dijo esa razón que ya os comenté antes. Fue ahí cuando me dijo que era por el sabor. Y también fue ahí cuando me dijo lo que les ocurría cuando comían carne humana.

Según sus propias palabras, no solo se alimentaban de la carne, también robaban los años de vida que le hubieran quedado a su víctima y los sumaban a los que vivirían ellos.

Me quedé perplejo, lo admito. La idea de que cualquiera de esos desgraciados podía robar los años de vida de sus víctimas y vivir así quizá para siempre me revolvió el estómago. Porque eso significaba que si no acabábamos con ellos, ellos acabarían con nosotros con facilidad.

—¿Y los que se alimentan de cadáveres? —pregunté al recordar las ocasiones en que lo había presenciado o me habían hablado de ello—. ¿También les roban años?

Negó con la cabeza.

—No se puede robar años a los muertos —me dijo, y tuve que darle la razón. Su respuesta era lógica.

—¿Cuántos años tienes? —le interrogué curioso.

—¿Cuántos crees que tengo? —me preguntó a su vez, con una nueva sonrisa en su rostro.

Me quedé mirándole en silencio. Aparentaba unos treinta y muchos o cuarenta y pocos. No obstante, tras esa explicación anterior, ya no estaba tan seguro de si debía fiarme de su aspecto físico.

—¿Cuarenta más o menos? —probé dudoso—. Son los que aparentas, pero dudo que los tengas —afirmé.

—¿Por qué?

—Porque si dices que diste quinientos años por mí, o eres muy viejo o mataste a muchos en poco tiempo para no importarte darlos —me expliqué—. Y siendo esa cantidad de años, deberías haber sido el autor de todas las muertes de los últimos años. ¿Me equivoco? —Negó con la cabeza—. ¿Cuántos años tienes?

—Más de los que sin duda te imaginas.

Arqueé una ceja, mirándole desconcertado. Sí, me había confirmado que era viejo, que sin lugar a dudas tenía muchos más años de los que aparentaba, ¿pero qué clase de respuesta era esa? Yo lo que quería era una cifra, no otro acertijo.

La frustración debió de verse en mi cara, porque recuerdo que él esbozó una sonrisa divertida. Por suerte, siguió hablando antes de que yo mismo pudiera decir algo:

—Nací hace muchos años. Demasiados en realidad. Puedo aparentar los años que dices, pero soy viejo, mucho más viejo que todos con los que te has cruzado. Yo no nací con la mutación —añadió, fijando sus ojos en los míos—. Yo la sufrí.

Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar esa última afirmación. La idea que planteaba era tan descabellada que apenas pude creerla.

Lancé una carcajada. Recuerdo que me reí a mandíbula batiente durante al menos un minuto. Un minuto en el que él solo se mantuvo en silencio, mirándome sin ofenderse por mis risas.

—¿Pretendes hacerme creer que naciste antes de la Gran Guerra? ¿Te crees que soy imbécil? —inquirí, enfrentándome a él y a sus palabras—. Eso fue hace…

—Tenía veintisiete años cuando la guerra empezó, cuando las bombas cayeron y el mundo se convirtió en lo que es hoy en día. Tenía veintisiete años cuando la gente empezó a morir por la radiación y las mutaciones surgieron. Sufrí como todos los demás, y aun a día de hoy no estoy seguro de cómo conseguí sobrevivir. Solo sé que me negaba a morir.

Me quedé sin palabras. Su tono de voz, sus palabras, la forma que tenía de mirarme, todo ello me dejaba claro que me decía la verdad.

—No me estás mintiendo —susurré aún sin poder creérmelo.

—No, no te estoy mintiendo.

Solté el aire que había estado conteniendo sin saberlo. Me sentía mareado. Por supuesto, había oído hablar de los ancianos, ese grupo que solo estaba formado por las diez personas más viejas de todo el mundo. Pero él… él… Si lo pensaba bien, ni ellos podían compararse a él en cuestión de edad. No si lo que decía era cierto. No si había nacido antes de la guerra. Y yo no dudaba de su palabra.

Ahora entendía cómo había podido dar quinientos años por mí. Esa cantidad, tan exageradamente grande para el resto, para él no significaba nada. Y, sin embargo, aún no entendía porque lo había hecho.

—¿Por qué? —le pregunté finalmente—. ¿Por qué pagaste por mí? ¿Por qué me salvaste ese día?

—Porque me recordaste a alguien que conocí hace mucho tiempo.

Alcé la vista hacia él, sorprendido y curioso a partes iguales. Sabía que no había sido solo por ser un puro. De haber sido así, ya me habría comido, y aún seguía vivo. Pese a todo, no me esperaba esa respuesta.

—¿A quién te recuerdo?

Su expresión se endureció, y por un segundo creí que me había pasado con mis preguntas. Pensé en decirle que no importaba, que no hacía falta que respondiera si no quería, pero mi curiosidad era más fuerte. No tanto por saber quién era esa otra persona, sino por saber qué había visto en mí para decidir ayudarme.

—A mi mejor amigo —contestó cuando ya creí que no lo haría—. Como a ti, a él también le conocí el día que le salvé de unos chicos que pretendían darle una paliza una noche en un callejón. Le ayudé, como a ti, y a partir de ahí nos hicimos amigos.

—¿Murió? —Asintió—. ¿Cómo?

—La guerra.

Asentí en silencio, no siéndome necesario preguntar más. Las opciones eran esas: o había muerto en la guerra o luego por la radiación. Al parecer, había sufrido la muerte más rápida.

—No os parecéis físicamente ni tenéis la misma personalidad, pero la situación se me hizo tan parecida que no pude evitar actuar.

—¿Y en la subasta? ¿Por qué me compraste? Dudo que él pasara por algo así.

Esbozó una sonrisa y negó con la cabeza. Parecía divertido ahora, y casi preferí eso que verle serio o enfadado.

—Quizá quería evitarte pensar todos esos planes para escapar del que te comprara —comentó, tras encogerse de hombros.

Sonreí ligeramente. Su comentario me había hecho gracia, pero también me había recordado que, aun con todo lo que acababa de descubrir sobre él y que no había hecho ningún amago de encadenarme, él seguía siendo mi comprador y yo su esclavo.

Miré mis manos y, más concretamente, mis muñecas. Vi las vendas que ocultaban las heridas y me estremecí por el recuerdo del tacto del metal contra mi piel. No iba a dejar que eso volviera a pasar. No iba a permitir que nadie me encadenara jamás. Ni siquiera él.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

El cambio de tema pareció sorprenderle aunque no le pilló del todo desprevenido. Seguro había supuesto que tocaría el tema tarde o temprano, y visto que ya había tenido las respuestas a las preguntas planteadas, era hora de saber qué pasaría conmigo.

—Nada. Puedes quedarte o puedes irte. La elección es tuya.

La sorpresa me inundó. Le miré para intentar saber si estaba bromeando o me mentía solo para reírse de mi reacción, y pude ver que seguía tan serio como cuando me había revelado lo viejo que era.

—Me compraste.

—Sí, pero no lo hice porque necesite o quiera un esclavo. Lo hice porque quise. Porque quiero pensar que no te habrían descubierto de haberte dejado ir el mismo día que te ayudé.

Se levantó del asiento. Sabía que estaba poniendo punto y final a la conversación, y yo me sentía demasiado sorprendido aún como para decir nada.

—Puedes irte o puedes quedarte —agregó—. O puedes irte y volver, o puedes quedarte e irte en unos días, semanas, meses o cuando quieras. La elección es tuya —repitió—. Si estás aquí es como mi invitado, no como alguien que compré en una subasta de esclavos, y te aseguro que serás tratado como tal. Tú decides. Piénsalo y luego dímelo.

Asentí en silencio, aún sin poder creerme esas palabras. Me sentía incapaz de decir nada y, por eso, solo me quedé ahí sentado, viéndole salir de la habitación y cerrar la puerta tras él.

Al final me quedé. Al principio me dije que solo sería por unos días, que esperaría a que todo lo relativo a la subasta de un puro se hubiera olvidado y luego me iría. Me decía a mí mismo que aprovecharía esos días para recuperar fuerzas, curar las heridas de mis muñecas y ganar algo del peso perdido por el hambre pasado.

Los días fueron convirtiéndose en semanas. Y aunque no quería, aunque intentaba oponerme a ello, cada vez me sentía más cómodo entre esas paredes. Porque allí era fácil olvidarse de los problemas y los peligros del mundo real. Porque allí no tenía que preocuparme por encontrar comida o buscar un lugar donde cobijarme. Porque allí no tenía que mentirle a nadie sobre lo que era para poder pasar desapercibido y que no me traicionaran.

Aun así, reconozco que las primeras semanas intentaba no cruzarme con él o con los pocos miembros que componían el servicio. De él aún no sabía muy bien qué pensar tras lo que me había revelado. Además, tenía miedo de que cambiara de repente de idea y mandara encadenarme para evitar que me fuera.

Por otra parte, no me fiaba mucho del servicio. No sabía cómo reaccionarían al tener que servirme a mí también cuando se suponía que debería ser un esclavo, y por eso no quería tener demasiado trato con ellos.

Pasaba los días en el cuarto que me habían dado o en el tejado. Eran los pocos lugares en los que no me molestaban y podía estar solo, y eso era lo que quería.

Aunque esto no duró demasiado tiempo. La chica que siempre me traía las comidas no se cansaba de darme conversación y al final me dejé atrapar y empezamos a hablar. Luego conocí al cocinero, e incluso a un par de los guardias que en tantas ocasiones habían arruinado mis intentos de fuga.

Empecé a pasar tiempo con ellos. Empecé a conocerles mejor. Les preguntaba sobre ellos, sobre cómo habían acabado en esa casa e incluso les interrogué sobre lo que pensaban de él. Y aunque sus historias fueran diferentes, todos coincidían en que sentían agradecimiento hacia él por darles un sitio donde poder vivir.

A mí también me interrogaron, por supuesto, aunque hubo un par de temas que nunca tocaron: que soy puro y el de la subasta. No estaba seguro de si era porque no lo sabían, no querían hacerme sentir mal o porque él había prohibido hablar de ello, pero se lo agradecí. No quería hablar de ello.

A partir de ese momento, en vez de pasar el tiempo encerrado en el cuarto o mirando hacia el exterior sentado en el tejado, lo que empecé a hacer fue merodear por la casa. Los del servicio me habían indicado las puertas que nunca debería atravesar y que correspondían al despacho y las habitaciones privadas de él, pero me aseguraron que era libre de investigar el resto de la casa.

Fue así como encontré la biblioteca. Cientos de libros se amontonaban en docenas de estanterías bien dispersadas por la sala formando pasillos estrechos. Curioseé un poco e incluso me atreví a sacar algún libro para ojearlo.

Fue en ese momento cuando volví a encontrarme frente a frente con él.

Reconozco que me asustó. Ni siquiera le había oído acercarse y ahora le tenía a apenas un metro de distancia, mirándome con curiosidad. Todavía con el libro en la mano, me mantuve en silencio. No sabía muy bien qué hacer ni qué decir, aunque eso no supuso un problema para él.

Me preguntó si me gustaba el lugar y yo le dije que era impresionante. Me dijo que si quería leer el libro podía llevármelo a mi cuarto y yo le confesé, con algo de vergüenza, que no sabía leer.

Me miró sorprendido, aunque pronto ocultó ese sentimiento. Quizá llegó a la conclusión de que, teniendo una vida como la que yo he tenido, saber leer no era algo tan esencial.

—Puedo enseñarte —me dijo—. Nunca es tarde para aprender.

Le miré dubitativo. Por un lado, la idea de aprender a leer me gustaba, sobre todo porque siempre había sentido una fascinación por los libros, estando entre mis posesiones más valiosas un libro para niños medio roto que había encontrado de pequeño. Por otro lado, la idea de pasar tiempo con él me asustaba porque aún no tenía claro lo que pensaba sobre él.

Terminé aceptando. La curiosidad era más fuerte y siempre ha sido mi gran perdición. Además, decidí que eso podría ayudarme a saber qué pensar sobre él.

Las clases de lectoescritura empezaron al día siguiente tras el desayuno. Me reuní con él en una de las habitaciones de la casa y, allí, empezó a explicarme las nociones más básicas.

¿Fue difícil? Tenía diecinueve años y ningún conocimiento sobre ello. Me frustraban mis lentos avances, aunque él aprendió pronto a calmar mis prisas y reírse de los improperios que soltaba cuando algo no me salía.

Al igual que la primera vez que había estado en la casa, poco a poco la tensión entre nosotros fue desapareciendo. Y si al principio solo hablábamos de letras, sílabas y fonética, pronto empezamos a hablar de otras cosas.

Pasó el tiempo. Las clases de lectoescritura dieron paso a unas de matemáticas y otros tipos de conocimientos. Mi curiosidad era enorme y estaba ávido de aprender. A él parecía gustarle mi entrega, pues no se negaba a enseñarme cualquier cosa que él supiera, o explicarme algo que no comprendiera del libro que estuviera leyendo.

De igual forma, tal y como hablábamos de algún tema que me estuviera enseñando, también empezamos a conocernos mejor. Él me preguntaba cosas sobre cómo había sido mi vida antes de esa noche, y yo le preguntaba, sobre todo, por cómo había sido la vida antes de la guerra.

Nos pasábamos horas hablando. Había noches en las que apenas dormíamos, y todo porque él me contaba cosas sobre cómo era el mundo antes o hablábamos sobre el último libro que había leído.

Reíamos, bromeábamos y discutíamos las veces en que nuestras opiniones sobre un tema cualquiera eran contrarias.

Y sí, quizá fue ahí cuando empecé a sentir algo por él. No lo sé. No estoy seguro. Lo único que sé es que, cuando lo descubrí, me asusté.

No sabía cómo había ocurrido ni porqué había empezado a sentir algo hacia él, pero me asustaba. Primero, porque nunca había sentido algo así por alguien; y segundo, porque por muy educado que fuera y por muy bien que me tratara, él seguía siendo un zombi y yo un puro.

Casi me daban ganas de reír por lo irreal que me parecía la situación. Apenas podía creerme que sintiera algo, nada más y nada menos, que por un zombi de los que yo siempre había intentando mantenerme alejado por mi propia seguridad.

Intenté negármelo, pero unas pocas palabras con él y mi “No puede ser” se transformó en un “Sí lo es”. Traté de mostrarme algo cortante y borde con él; sin embargo, tampoco funcionó. No podía tratarle así. Y las pocas veces que lo conseguía, dejaba de hacerlo cuando él me preguntaba preocupado si me pasaba algo.

Al final, tras unos cuantos días sin saber qué hacer, me decidí. Me iría de allí.

Sabía que era una decisión precipitada. No obstante, tras haberlo probado todo y no conseguir nada, sabía que lo mejor que podía hacer era irme de esa casa. Pensaba, para

tratar de convencerme, que ya era hora de irme, que había pasado allí mucho más tiempo del que me había prometido.

No quería irme. Por primera vez en toda mi vida había encontrado un sitio en el que realmente me gustaba estar y era feliz, pero me convencí de que era lo mejor. Y por eso se lo dije esa misma tarde.

Mis palabras le sorprendieron y casi pareció que le dolieron. Sus ojos se abrieron y su sonrisa se congeló para pasar a mostrar una gran seriedad. Una máscara tras la que ocultó sus verdaderos sentimientos.

—¿Puedo preguntarte por qué? —me preguntó con voz calmada, como si estuviera explicándome alguna lección en vez de interrogándome sobre el motivo de mi inminente marcha.

—Creo que es lo mejor —respondí—. Aprecio cada momento que he pasado aquí y todo lo que has hecho por mí, pero creo que es mejor que me vaya ya. He abusado demasiado de tu hospitalidad y ambos sabemos que cuanto más me quede, más tardaré en volver a acostumbrarme a volver fuera.

Sí, podía haber omitido la razón principal por la que quería irme, aun así tampoco había dicho ninguna mentira. Quería quedarme, pero una parte de mí no estaba segura de querer quedarse en esa casa para siempre. Sabía que yo no pertenecía a ese mundo que él me había ofrecido, y por eso lo mejor era irme ya.

—Sabes que no hace falta que vuelvas allí si no quieres. Puedes quedarte aquí tanto tiempo como quieras y nunca te faltará de nada.

—¿Por qué? —le interrogué, tan desconcertado como curioso—. Puedo entender que antes quisieras que me quedara, pero ha pasado casi un año desde aquello, ¿por qué sigues queriendo que me quede?

Para mi gran sorpresa, mis preguntas le hicieron apartar la mirada. Le miré sin saber qué pensar. Le vi suspirar y esperé en silencio a que decidiera hablar. Quería mi respuesta.

—Porque me gusta tenerte aquí —declaró—. Me haces sentir cosas que creía ya olvidadas.

—¿Cosas? —repetí, desconcertado—. ¿Qué cosas?

Él me sonrió. Incluso aprovechó que estaba a un paso de distancia y alzó su mano para acariciarme la mejilla. Me quedé estático. Quitando la vez que me había curado las heridas, nunca me había tocado. Es más, siempre había mantenido la distancia entre nosotros. No sé si porque no quería asustarme o porque creía que podía perder el control. Y ahora me había tocado.

Sus dedos acariciaron mi mejilla con esa suavidad que tan bien recordaba. Y si eso me sorprendió, lo que luego me susurró al oído me dejó sin palabras:

—Amor, sobre todo. Me gustas. Mucho me temo que en este tiempo que has pasado aquí, he terminado enamorándome de ti.

El aire abandonó mis pulmones. La vista se me nubló y las piernas amenazaron con dejar de sostenerme. Me había costado convencerme de que sentía algo por él y que debía irme, pero jamás se me había ocurrido que el sentimiento pudiera ser correspondido.

Parpadeé un par de veces. Sabía que él esperaba una contestación por mi parte; sin embargo era incapaz de decir palabra. ¿Cómo si apenas podía creerme lo que acababa de escuchar?

Por su parte, él me miró preocupado. Incluso me obligó a sentarme al ver que estaba temblando. Supongo que pensó que reaccioné así por miedo, pues se disculpó por lo que había dicho y me aseguró que me dejaría marchar si era lo que deseaba. Luego trató de alejarse de mí. Le detuve.

Le agarré del brazo antes de que pudiera dar un solo paso. Él se giró sorprendido, pero no se apartó. Solo me miraba, esperando que por fin hablara; algo que hice:

—¿Es verdad eso? —le pregunté—. ¿De verdad sientes eso por mí? —Asintió—. ¿Desde cuándo?

—No lo sé. Llamaste mi atención ya desde el primer día. Y fui a esa subasta tanto porque sentía que te lo debía como porque no soportaba la idea de que cualquier otro te tuviera. Les habría matado a todos sin dudar, pero no hizo falta. El cuervo supo que le convenía más pactar conmigo que aceptar el dinero de cualquier otro. Y este último año, con todas esas clases y nuestras conversaciones, cada vez tenía más claro que sentía algo por ti.

Le miré a los ojos. Sabía que no me mentía, pero necesitaba de una última confirmación para poder creerle, para encontrar las fuerzas necesarias para hablar.

—Yo también —confesé—. Por eso te dije de irme, porque siento algo por ti y tengo miedo de que esto sea una locura por lo que somos. Porque nunca imaginé que tú…

—¿Que yo pudiera corresponderte? —terminó por mí. Asentí—. Yo pensé lo mismo.

Me sonrió y yo imité su gesto. Se arrodilló ante mí y yo nada pude hacer, salvo dejar que sus manos se posaran en mis mejillas y ver cómo se inclinaba poco a poco hacia mí.

Incluso cuando sus labios rozaron los míos, apenas pude creer que me estaba besando. Le correspondí, sí, pero creyendo que eso era un sueño, que estaba soñando, porque era imposible que algo así pasase en la realidad.

—No te vayas —me pidió al poner fin al beso—. Quédate conmigo.

Asentí. El beso me había dejado sin fuerzas para hablar, así que mi cabeza lo hizo por mí. Él sonrió y yo lo emulé. No sabía si estaba haciendo bien. Lo único que sabía era que estaba cometiendo la mayor locura de mi vida. Aun así no quería irme. Deseaba estar con él.

Los siguientes meses pasaron con rapidez y sin demasiados cambios. Como antes, pasábamos la mayor parte del día juntos y, como antes también, él mantenía la distancia entre ambos. No me sorprendía. Entendía que tuviera miedo de perder el control; era algo que también me asustaba.

Aun así, aunque al principio sus sonrisas y su más que patente preocupación por mi bienestar fueron suficiente, al final quedó patente que necesitaba más. Una caricia, un beso, un simple abrazo y, si nos íbamos más allá, incluso sexo.

Lo que ahora tenía era una nueva pregunta: ¿cómo te acercas física y sexualmente a un tío cuya bestia interior relaciona el sexo con la comida? No lo sabía, pero tampoco pensaba tardar mucho en averiguarlo.

No era virgen por esa época. En un mundo como este, el sexo es más una moneda de cambio que una expresión de amor. Es un trato simple: tú entregas tu cuerpo y a cambio obtienes protección y comida. Aunque, por supuesto, también tiene sus peligros. Eso lo aprendí rápido. ¿Cuándo? Cuando mi propia madre intentó matarme.

No la culpo, ¿sabéis? Hizo lo que cualquiera hubiera hecho de encontrar a “su hombre” con otro. No era por amor, es supervivencia. ¿Hijos? Siempre puedes tener más, pero tú sigues teniendo una sola vida.

Ahora lo veo así, pero por aquel entonces no lo veía igual. Solo tenía nueve años.

Maté a mi madre la misma noche que ella intentó matarme a mí. Y luego escapé del que había sido mi hogar sabiendo que, si los demás descubrían lo que había hecho, me matarían a mí también.

Huí, como ya he dicho. Sobreviví como pude durante los primeros días y cuando me uní a otro grupo, no dudé en hacer lo mismo que mi madre había hecho: sexo por protección.

Daba igual que fuera un niño o que fuera un hombre. El sexo es sexo, y más en casos así. No sé cómo sería antes, pero os aseguro que aquí nadie se niega a uno del mismo sexo cuando sabes que puede ser el último polvo de tu vida.

Resumiéndolo todo un poco, así pasé mis siguientes años. De tío en tío (y un par de veces alguna mujer), buscando a otro cuando el de ahora se aburría de mí o yo me iba del grupo. Más o menos fue así hasta que crecí y pude valerme por mí mismo. Y aun así, alguna vez volví a caer en el viejo trato.

Así que, como veis, tenía experiencia de sobra en este tema. Sin embargo, no estaba seguro de cómo acercarme a él.

No solo sabía que tendría que ir despacio, también sabía que iba a tener que luchar contra su reticencia a cada paso que quisiera avanzar.

No me rendí. Estaba decidido a conseguirlo.

Empecé por lo más sencillo: las caricias. Me conformaba con romper esa distancia que él imponía sobre ambos y hacer que nuestras manos se rozaran. Él me miraba desconcertado y yo sonreía ligeramente.

Iba despacio. Hacía lo que jamás había hecho solo porque sabía que se alejaría si era más directo con él. Trataba de ser paciente. Sabía que podía decirle un “Quiero hacerlo”, como también sabía que con eso solo conseguiría una negativa y que todos mis avances se esfumaran.

Por eso me conformaba con el lento avance que me había propuesto y disfrutaba de cada roce y, sobre todo, de cada mirada que me lanzaba. Miradas que al principio mostraban su desconcierto y que, poco a poco, me dejaron ver que empezaba a averiguar lo que tramaba.

No era idiota y, por supuesto, no quería ni pretendía engañarle u ocultarle lo que quería. Podía no estar seguro de lo que me diría, pero estaba dispuesto a convencerle.

Sin embargo, no fue una negación a lo que tuve que enfrentarme. No fue un “No deberíamos” lo que me dijo, sino un “¿Estás seguro?”. Y yo asentí, por supuesto. Le dije que eso era lo que quería, que estaba bien saber que correspondía mis sentimientos, pero que necesitaba algo más. Ambos lo necesitábamos.

Él me miró serio, pensativo. Y esa vez fui yo el que se arriesgó y acarició la piel de su mejilla para luego unir nuestros labios en un suave roce.

—Quiero poder besarte cada vez que lo desee —susurré sobre sus labios, con mi mirada fija en la suya—. Poder abrazarte o que me acaricies. No soporto tenerte tan lejos cuando estás tan cerca.

—¿Y si pierdo el control? —me preguntó con la duda en su voz—. Lo último que deseo es hacerte daño.

Era su gran miedo y ambos lo sabíamos, porque también era el mío. Sin embargo, yo confiaba en él y sabía que podíamos lograrlo. Solo tenía que conseguir que confiara en sí mismo.

—No lo harás —respondí—. Iremos despacio, tan despacio como necesites. Sé que esto no será cosa de dos días, que tendremos que ir paso a paso, pero estoy dispuesto a intentarlo. No me importa esperar a que te sientas seguro porque sé que lo conseguirás y que no me harás ningún daño.

Me miró en silencio, pensando en mi propuesta, evaluándola. Y yo esperé con una sonrisa en mi rostro, tratando de conseguir esa aceptación que me permitiría seguir con mi plan.

—¿Lento y seguro?

—Lento y seguro —prometí.

“Lento y seguro”. Fueron esas dos palabras las que marcaron nuestras acciones los días siguientes. “Lento y seguro”.

Solía ser yo quien llevaba la voz cantante, aunque a veces era él quien hacía el primer movimiento. Al principio con algo de recelo, como si creyese que me asustaría con su caricia, y, poco a poco, cada vez con más confianza.

Los besos costaron más. Casi parecía creer que me mordería a la primera oportunidad. Y una parte de mí quizá lo temía y por eso me adecué a su ritmo. Podía morirme por probar de nuevo esos labios, pero no quería que fuera de forma literal. Le dejé hacer.

La primera vez que me besó tras esa conversación, fue durante un almuerzo. Mi almuerzo. Él comía solo, aunque siempre me acompañaba. Decía que le gustaba verme comer. Que, aunque él ya no podía disfrutar de todos esos manjares, le gustaba verme a mí deleitándome con ellos.

Recuerdo que el postre era fruta. Un par de manzanas sacadas del invernadero que había construido tras la casa. Estaba escuchándole hablar sobre cómo era todo antes de la Gran Guerra, cuando de repente se detuvo en mitad de una frase.

Y yo le miré, extrañado. Pensé en llamarle, preguntarle si le pasaba algo, pero mis palabras murieron en mi garganta antes de poder ser pronunciadas.

Me besó. Se inclinó hacia mí y besó mis labios antes de que me diera tiempo a darme cuenta de que eso estaba pasando. Sentí su lengua lamer el jugo de la fruta de mi mentón, y yo gemí por lo bajo. Quería más.

—Lo siento —me dijo al separarse—. No pude resistirme.

Sus dedos acariciaron mi rostro y yo sonreí, disfrutando del gesto tanto como había disfrutado del beso. Me encantaba que tomara la iniciativa.

Los días pasaron. Y cuando las caricias parecían estar a la orden del día y parecía haber perdido el miedo a besarme, intenté algo más.

No estaba demasiado seguro de lo que pasaría, pero pensaba arriesgarme. Quería algo más. Quería llegar al siguiente nivel.

Le pedí que durmiera conmigo. “Solo dormir”, le prometí. Y aunque él me miró desconfiado, aceptó.

Fue la primera noche que pasamos en la misma cama. Y aunque no tenía pensado llegar lejos, tampoco desaproveché la oportunidad.

Me desvestí ante él. El pudor era algo que, tras todas las cosas que había hecho, no existía ya para mí. Aun así, no pude evitar sonrojarme al ver cómo me miraba. Porque no era la típica mirada que puedes dirigirle a un simple polvo de una noche. Literalmente sus ojos me decían lo mucho que deseaba comerme.

—No creo que esto sea una buena idea —susurró.

Sabía que tenía intención de irse, así que le detuve.

—Solo dormir —repetí—. Lo prometo.

Sin estar del todo seguro, asintió. Incluso dejó que le besara. Un pequeño gesto con el que intenté tranquilizarle a la vez que le transmitía mi alegría.

Nos acostamos, ambos en pijama. Él se quedó en uno de los extremos de la enorme cama que ocupaba parte de la que era su habitación, aunque no duró mucho así. Sabía que haría algo así, todo para interponer una distancia de seguridad entre nosotros. Por eso actué.

Salvé esos centímetros que nos separaban y me junté a él todo lo que pude. “Abrázame –le pedí-. Quiero dormir entre tus brazos”. Eso era lo que quería. No quería sexo como él podría haber pensado, solo que me abrazara. Sentirme seguro entre esos brazos que me protegían de todo mal.

Y lo hizo. Me abrazó. Podía sentirse inseguro al respecto, pero me rodeó con sus brazos.

Me acurruqué junto a él, feliz y relajado como hacía tiempo que no estaba. Sonreí contra su pecho y le hablé, todo en un intento de conseguir que la tensión de su cuerpo desapareciera.

“Gracias”, “Esto era lo que quería” y “No me harás daño”. Las palabras salían de mis labios en un susurro tranquilo que dejaba claro lo a gusto que me sentía entre sus brazos. A su vez, también cumplieron su función y pronto pude sentir que se relajaba.

Se acomodó en la cama y yo con él. Tenía la cabeza apoyada en su pecho. Escuchaba los latidos de su corazón y estos eran más efectivos para mí que la mejor de las nanas.

Medio dormido ya, sentí su mano acariciando mi brazo. Incluso le sentí pegar su nariz a mi pelo e inhalar profundamente mi olor. No me asusté. Al contrario. Me quedé dormido con una sonrisa en mis labios.

Cuando desperté, hacía tiempo que había amanecido. Y aunque sabía que él acostumbraba a levantarse temprano, incluso antes que yo, ese día aún seguía en la cama a mi lado.

Me dio los buenos días, y yo alcé la cabeza para mirarle somnoliento. Sus brazos aún me rodeaban, aunque pronto una de sus manos tocó mi rostro, alzándomelo un poco más para poder besarme.

Y podía estar aún más dormido que despierto, o quizá fue por eso mismo, pero no dudé en alargar el beso e incluso profundizarlo. Me estaba dejando llevar por lo que sentía y deseaba y, por eso, no dudé en ponerme sobre él y juntar nuestras caderas.

Un gemido quedo salió de sus labios al igual que de los míos. Trató de romper el beso, pero no se lo permití. Porque me había vuelto adicto y, tras tanto tiempo, necesitaba mi dosis.

Estaba excitado. Podía sentir su erección pulsando junto a la mía. Pero cuando posé mis manos en su cintura, me detuvo.

—No —dijo.

Esa sola palabra y el tono con el que había sido pronunciada, hicieron que el sueño me abandonara del todo por fin. Sorprendido, me fijé en dónde estaba sentado y también en sus manos que sujetaban las mías. Me disculpé.

Negó con la cabeza. Intenté explicarme. Traté de decirle que no era eso lo que quería, que solo lo había hecho porque estaba medio dormido, pero él me acalló al posar un dedo sobre mis labios.

Me callé. Lo único que hice fue mirarle. Y ni siquiera dije nada cuando me alzó para posarme a su lado y, acto seguido, se levantó y salió de la habitación. Sabía que había metido la pata hasta el fondo.

Ese día no le vi. Suponía que no quería verme, así que no le busqué. Me quedé en mi propio cuarto pensando en lo sucedido y maldiciéndome porque, con mi acto, lo había jodido todo.

Fue la noche del día siguiente cuando le volví a ver. Ese día lo pasé de nuevo a solas, comiendo poco y maldiciendo mucho mi estupidez. Sin embargo, eso cambió cuando fue él quien me trajo la cena.

Cuando le vi, no pude evitar levantarme de la cama de un salto. Estaba nervioso y sorprendido. No le esperaba y eso se reflejó en mis actos.

Fue él quien habló primero. Un “¿Puedo? Te traje la cena” acompañado de un “Me dijeron que apenas comiste estos últimos días” que sonó a regañina.

Me sonrojé. Bajé la mirada y, en un susurro, respondí:

—Lo siento.

Me estaba disculpando por no comer y también por lo sucedido el día anterior. Y él lo sabía.

—Yo también. No debí haberme ido así. Perdóname.

Negué con la cabeza. Su marcha podía haberme dolido, pero eso no era lo importante. Además, la culpa había sido solo mía.

—Tenía miedo de hacerte daño.

Sus palabras sonaron más cerca. Y con razón. Tras posar la bandeja, se había acercado a mí hasta que solo un paso nos distanciaba.

Le miré. Posé mi mirada en su rostro y asentí para que viera que lo entendía. No le culpaba.

—No puedo darte eso. No aún —me dijo.

—Lo sé.

Realmente lo sabía. Además, como había tratado de decirle, no era eso lo que había buscado al decirle que quería dormir con él. Podía querer que eso pasara, pero también sabía que él no estaba preparado. Tenía demasiado miedo de dejarse llevar y acabar haciéndome daño.

Por su parte, él sonrió dando por finalizado ese tema de conversación.

—Ahora come. Debes estar hambriento.

Me agarró de la mano y yo me dejé llevar. Me hizo sentarme y colocó la bandeja frente a mí.

Cenamos en silencio. Salvo que esta vez fue él quien me dio de comer. Por mi parte, apenas le miraba. Y él lo notó, por supuesto, pues me preguntó varias veces qué me pasaba.

No contesté. Quería hablar sobre lo que había pasado, pero temía decírselo. ¿Y si volvía a desaparecer otro par de días? No quería eso.

La cena terminó y él todavía no me había sacado una respuesta. Le oí suspirar, seguramente decidiendo dejar así las cosas. Se levantó y, cuando se dispuso a irse, me atreví a hablar:

—Me gustó dormir contigo.

Había bajado la mirada, así que no pude ver su sonrisa. Lo que sí oí fue cómo se volvió hacia mí antes de contestarme.

—A mí también.

Alcé la cabeza y sonreí. Me sentía más confiado ahora que veía que no se arrepentía de haber accedido. Sin embargo, antes de que pudiera continuar y con eso decirle mi mayor deseo, él habló:

—Estaría bien repetirlo, ¿no crees?

Asentí ilusionado. No sabía si realmente pensaba eso, pero acababa de pronunciar las mismas palabras que yo estaba pensado.

—¿Qué te parece hoy? —me interrogó.

—Me encantaría.

Él asintió.

—Déjame llevar esto antes.

En silencio, y con una sonrisa boba en el rostro, le vi coger la bandeja y salir de la habitación con ella.

Me sentía pletórico. Esa misma mañana pensaba que lo había jodido todo y que no querría volver a saber de mí, y esa noche iba a volver a dormir con él. No podía creerlo.

Así fue. Nos acostamos juntos. Además, esa vez no intentó poner distancia entre nosotros, sino que abrió sus brazos, invitándome a pegarme a él.

Lo hice, por supuesto. También dejé que me abrazara como la vez anterior. Y también, como esa vez, él volvió a inhalar mi olor. Me reí.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Me encanta.

—¿A qué huelo? —seguí preguntando.

Sentíacuriosidad. Sabía que había algo en mi olor que me identificaba como un puro, pero no sabía qué era o por qué ellos sí podían olerlo cuando los demás no.

—A la brisa otoñal del pueblo donde nací. —Le escuché decir—. A hierba recién cortada. Incluso a la comida casera de mi madre.

—¿A tantas cosas? —inquirí, sorprendido, a la vez que alzaba la cabeza para mirarle.

Él asintió.

—Tu olor me hace recordar cosas que creía ya olvidadas.

—¿Por eso sabes que soy un puro? —le interrogué.

—Supongo que sí. Eso y el hambre —agregó—. Esas ansias irrefrenables a las que tengo que hacer frente para no tocarte.

—Lo siento —me disculpé, escondiendo la cara contra su costado.

Sabía que no era mi culpa haber nacido así, pero sí lo era que él sintiera eso cada vez que estaba cerca.

Negó con la cabeza.

—No lo sientas —me dijo mientras acariciaba mi rostro—. Fue tu olor lo que me llevó al callejón ese día. Si no hubiera sido por eso, jamás te habría conocido.

Asentí sin que el sentimiento de culpa hubiera desaparecido del todo. Aun así, mi curiosidad fue más fuerte, y tenía muchas preguntas en mi cabeza deseosas de ser contestadas. Pregunté:

—¿Te has encontrado con más como yo?

—¿Puros? Sí. No seréis muchos, y cada vez quedáis menos, pero he vivido el tiempo suficiente como para haberme encontrado con unos pocos como tú.

—¿Cuántos?

—No muchos —me respondió tras pensarlo—. Cinco.

Asentí. Que fueran tan pocos daba fe de los pocos puros que quedábamos. Lo malo de preguntar eso era que una nueva pregunta se instaló en mi mente. Y aunque me imaginaba la respuesta, quería escucharla salir de sus labios.

—¿Y qué hiciste? ¿Los… los comiste?

Mi mirada estaba fija en su rostro, y solo por eso pude ver cómo se enseriaba antes de afirmar con la cabeza.

Era la respuesta que había esperado. Incluso así mi cuerpo se estremeció al imaginármelo.

—¿No te causa repulsa? —le pregunté en un susurro.

—¿Te la causa a ti la comida que comes? —me cuestionó él a su vez.

Negué con la cabeza. No era lo mismo. Mi comida ya estaba muerta cuando llegaba a mí. No como la suya.

—Para mí ya no son personas. Son presas —me confesó—. Los veo como mi comida. Nada más.

—¿Y al principio? ¿También lo veías así?

Era la primera vez que le preguntaba sobre ese tema. En nuestras anteriores conversaciones, siempre que le interrogaba era sobre cómo eran las cosas antes de la Gran Guerra. Me fascinaba la vida que habían tenido, tan diferente a como había sido mi propia vida. Sin embargo, ahora quería saber cómo habían sido las cosas justo tras la guerra, cuando las mutaciones empezaron a darse y la gente moría por ellas. Le pregunté.

Él se mantuvo en silencio. Podía ver que estaba tenso, que no quería hablar. Aun así, hizo un esfuerzo por recordar.

—Caos —me dijo finalmente—. Si tuviera que elegir una sola palabra para definirlo, esa sería caos.

Le miré, curioso. Mis ojos no se apartaban de su rostro mientras escuchaba con total atención.

Fue así como me habló de todas esas ciudades y esos países que desaparecieron tras la guerra. Los muertos que se contaban por millones. La confusión y el miedo cuando las primeras mutaciones se dieron. Cuando la gente empezó a morir a gran escala otra vez.

Sus palabras me transportaron a esa época. Podía imaginármelo tan bien como si realmente estuviera allí. Me estremecí.

—¿Y tú? ¿Cómo lo descubriste tú?

—Fue por la comida —me dijo tras casi un minuto de silencio—. Daba igual lo que comiera, lo vomitaba. Al principio creí que estaba enfermo. Luego, tras días de no comer nada, supe que iba a morir.

—Pero no moriste —le corté—. ¿Por qué?

—Comí.

Esa respuesta tan simple aclaró todas mis dudas. Aun así, él siguió hablando. No le interrumpí. Quería saber más.

—Un día hubo un temblor. A mí no me pasó nada, pero otros no tuvieron la misma suerte. Un chico, el dependiente de la tienda donde solía ir a comprar, quedó atrapado bajo unos escombros. Podría decirte que le encontré por casualidad, pero estaría mintiendo. Si le encontré, fue por su olor.

Se detuvo, titubeante. Y podía quedarme con esa explicación, pero mi curiosidad era más fuerte.

—¿Era como yo?

Se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió—. No sé si era un puro o que los cambios no habían empezado a darse en él. Todo lo que sabía era que yo estaba débil, muy débil. Me había arrastrado allí siguiendo mi instinto y mi olfato, y todo lo que quería era comer.

»Me pidió ayuda. Me pidió que, por favor, le ayudase. Yo le dije que tenía hambre. El resto… Eso puedes imaginártelo.

Asentí. No necesitaba de palabras ni confirmaciones para saber lo que había ocurrido. Él mismo lo había dicho antes. Comió. Se alimentó de él.

—¿Qué sentiste?

No necesitaba una explicación sobre lo que había hecho. No la quería. Lo que sí me intrigaba era lo que sintió al darse cuenta de lo que tendría que hacer si quería vivir.

—Sentí que era la carne más deliciosa que había probado en la vida. Mis fuerzas regresaban con cada bocado, así que no dejé de comer. Luego, cuando ya estaba saciado, sentí asco. No hacia lo que había hecho, sino hacia mí mismo porque me había gustado. Había disfrutado.

No me miró al hablar. Sus ojos estaban fijos en el techo de la habitación en vez de en mí. Yo sí le miré. Podía sentir mi cuerpo temblar, y sé que se dio cuenta, porque me preguntó si le temía.

—No —respondí.

Era la verdad. No tenía miedo. Sabía que no me haría nada. Mi temblor se debía más al hecho de ponerme en su lugar en una situación así. Sabía que habría hecho lo mismo.

Me miró con duda y yo le sonreí. Incluso me incliné un poco para poder besarle. Quería que viera que no mentía. Quería que olvidara todas esas dudas y las dejara atrás.

—Aun así, quieres hacerlo. —Le escuché decir al romper el beso.

—Cuando estés preparado.

—¿Y si nunca lo estoy?

—Lo estarás —respondí con una sonrisa con la que trataba de animarle—. Sé que lo conseguirás.

No dijo más, aunque su rostro se tornó pensativo. Por mi parte, me acomodé contra él una vez más y, a los pocos minutos, me había dormido.

Pasaron los días. Las muestras de afecto eran frecuentes e incluso dormíamos juntos, pero nada más. Ambos nos conformábamos con eso. ¿Teníamos erecciones matutinas? Por supuesto. ¿Sueños eróticos? Obvio. Pese a ello, ninguno hacía nada.

Más de una vez le pillé mirándome. O, mejor dicho, mirando el bulto de mi entrepierna. Al igual que yo le miraba a él. Aun así, tuvo que pasar casi una semana antes de que me atreviera a poner en palabras la idea que se había asentado en mi cabeza.

Esa vez lo hablé con él. La idea era peligrosa y sabía que sería una estupidez llevarla a cabo sin avisarle antes. Cualquier cosa podría pasar y yo acabar muerto. Así que decidí hablar con él.

Mi idea era simple. Sabía que no estaba preparado para un contacto más íntimo, pero ¿y si era yo quien se tocaba mientras él me miraba desde la otra punta de la habitación? Era peligroso, pero también podía ayudarnos.

Su rostro se ensombreció al escucharme. Todas sus dudas se reflejaron en su cara y casi pude sentir la negativa en sus labios.

Logré convencerle. Le dije que no haría falta que me tocara ni que se acercara a mí. También le aseguré que me detendría si me lo pedía. Y que lo entendería si salía de la habitación antes de que todo acabara. Seguí viendo la duda en sus ojos pero, tras pensárselo, asintió.

Lo intentamos ese mismo día. Yo estaba sobre la cama y él sentado en un sillón en el extremo opuesto del cuarto. Los nervios y la tensión podían cortarse con un cuchillo, pero me obligué a comenzar. Me empecé a desvestir.

No salió bien. Su mirada fija en mí me excitaba. Al igual que el morbo por lo peligroso de la situación. Él también estaba excitado. La erección en sus pantalones era una prueba innegable. La otra era el ansia en sus ojos.

Por eso se fue. Salió de la habitación cuando sus ganas de comer crecieron demasiado. Era eso o hacerme daño.

No le culpé, por supuesto. Ya había imaginado que eso pasaría. Aun así, no perdí la esperanza. Quería creer que algún día podríamos llegar a estar juntos.

Y, tras semanas de intentos frustrados y algún que otro avance, por fin llegó el día. Esa vez yo estaba sentado sobre sus piernas. Estaba desnudo, por supuesto. Mis manos estrujaban su camisa y mis labios soltaban mi entrecortado aliento contra su cuello. ¿La razón? Esos dedos que me penetraban y la mano que nos masturbaba a ambos.

Estaba exultante. Por fin había conseguido algo más de participación por su parte y ahora apenas podía dejar de gemir su nombre junto a los “Más” y los “No pares. Por favor, no pares”.

La gran sorpresa llegó en ese momento, y fue un movimiento tan rápido, brusco e inesperado que me sacó un grito y me asustó. Porque aunque estaba sentado en sus piernas, al momento siguiente me había lanzado contra la cama, se colocó sobre mí y me penetró.

Mi grito fue más por la sorpresa que por el dolor. Celebraba que fuera más participativo, pero aun así no esperaba que llegáramos a este punto. No me quejé. Respondí a su beso cuando lo inició y moví mis caderas al son de las suyas. Quería disfrutar del momento, y quizá por eso no le di importancia cuando sentí sus labios en mi cuello. Fue un gran error. Puede que al principio solo me besara o se conformara con lamer mi sudor, sin embargo, pronto eso no fue suficiente.

En el momento en el que sentí sus dientes mordisqueando mi cuello y mi hombro, me excité incluso más de lo que ya estaba. El problema vino cuando hundió sus dientes en mi piel, cuando sentí mi propia sangre brotar de la herida y acabar en su boca.

Gemí de dolor y también por la excitación. La idea de alimentarle me excitaba tanto como me asustaba. No temía a la muerte, y quizá por eso en vez de alejarle lo que hice fue acercarle aún más a mí.

Deseaba que me mordiera de nuevo, que me comiera. Mi cuerpo se estremecía y de mi boca solo salía su nombre, siendo de forma entrecortada cuando me mordió de nuevo. Sonreí extasiado y solo me quejé cuando se alejó.

Le miré extrañado. Estaba confundido y desencantado. Sabía por qué se había separado, pero no por ello me gustaba la idea. Le llamé, pero él no me miró. Tenía la cabeza baja, con la sangre manchando su mentón. Estaba serio, tanto como jamás le había visto antes. Traté de acercarme pero se alejó. Le llamé de nuevo, esta vez preocupado, pero él negó con la cabeza y retrocedió aún más, saliendo de la propia habitación cuando intenté detenerle.

En el mismo momento en el que la puerta se cerró, solo pude parpadear sorprendido. La situación se había descontrolado de una forma que nunca me había imaginado y ahora me sentía excitado, confundido y, sobre todo, abandonado.

Me levanté, y el mareo que me sobrevino me obligó a apoyarme en la cama. Cerré los ojos y me llevé la mano al lugar donde me había mordido. Ahora que la excitación había pasado, el dolor era lo único que sentía. Lo peor fue comprobar que el daño era mayor de lo que había creído. Sangraba demasiado para una simple herida, y por eso llegué a la conclusión de que me había sesgado la yugular.

La puerta se abrió en ese instante, dando paso a la chica del servicio. Aunque poco más recuerdo de ese momento, pues no tardé mucho en desmayarme.

Cuando desperté, el dolor de mi cuello casi había desaparecido. Curioso, me llevé la mano al cuello solo para descubrir que me lo habían vendado. Eso era bueno. Explicaba por qué seguía vivo.

No sabía la hora exacta que era, pero pude ver que tenía una bandeja con comida sobre la mesita, al lado de la cama. Comí. Estaba hambriento, así que no dudé en comer la fruta que habían dejado ahí para mí, bebiendo también el vaso que había junto al plato.

Tras eso, no vacilé en levantarme y salir del cuarto. Quería saber qué había pasado, que me dijeran cuánto tiempo había estado inconsciente y, sobre todo, quería verle. Podía haber disfrutado el mordisco, podía haberme excitado por ello, pero estaba preocupado por él. Necesitaba verle.

Recorrí varios de los pasillos. El lugar era grande, aunque no tardé en llegar a la cocina. Allí, la chica y el cocinero no tardaron en volverse hacia mí al verme. La primera intentó que volviera a la cama, diciendo que necesitaba descanso. No obstante, cuando vio que eso no sería posible, accedió a que me quedara con ellos.

Gracias a ellos descubrí que llevaba casi dos días en la cama. Como había supuesto, el mordisco fue más grave de lo que me pareció y la yugular se vio afectada. Fue una suerte que lograran parar la hemorragia a tiempo, y luego el descanso me devolvió las fuerzas perdidas.

También les pregunté por él, quería saber dónde estaba y verle, hablar con él sobre lo ocurrido. Sin embargo, lo único que pude sacar de ellos era que había salido y que no sabían cuándo volvería.

Chasqué la lengua decepcionado. Comí y bebí un poco más, aprovechando la comida que estaban haciendo. En vez de volver a mi cuarto, no quise desperdiciar que ese día no llovía y salí al jardín. Sabía que algo de sol y calor me vendría bien.

Así pasé los siguientes tres días. Me levantaba, desayunaba, le preguntaba a la del servicio por él y, cuando me respondía que aún no había llegado, dedicaba el día a recuperar fuerzas.

Fue al cuarto día cuando supe que había llegado. Me había quedado dormido en el jardín, así que, cuando me desperté y vi que estaba en mi cuarto, supe al instante que él había regresado.

Me levanté de la cama y salí de la habitación. No sabía por dónde empezar a buscar, pero no me hizo falta. Me lo encontré de frente nada más dar unos pasos.

“Iba a buscarte”, le dije, deteniéndome antes de darme de bruces contra él. Asintió en silencio. Dio media vuelta y empezó a caminar. Le seguí. No estaba muy seguro de adónde se dirigía, pero no estaba dispuesto a quedarme atrás. Teníamos que hablar.

Entramos en su despacho. Era la primera vez que entraba en esa habitación, y, a pesar de ello, los libros, muebles, cuadros y la chimenea que en otra ocasión hubieran atraído mi atención, esa vez apenas se llevaron un rápido vistazo por mi parte. Mi atención estaba centrada en otra cosa.

—Lo siento. —Le escuché decir.

Le miré. Se había separado de mí para ir hacia la ventana, donde se había apoyado. Me miraba desde allí con una cara tan seria que en realidad parecía que se había muerto alguien.

Negué con la cabeza. Intenté decirle que no era culpa suya, que yo tuve la culpa al haberle llevado a tal extremo. No me dejó hablar.

—No debí dejarme llevar.

—Y yo debí apartarte —le corté—. No te culpo por lo que pasó. Solo… Solo me hubiera gustado que no hubieras desaparecido.

Lo último lo dije en un susurro. Era lo que más me había dolido. Comprendía por qué había tenido que irse, lo sabía, pero me habría gustado verle a mi lado cuando desperté esa primera vez. No haber tenido que preguntarme dónde estaba durante todos esos días.

Él desvió la mirada. Quería acercarme a él; sin embargo, debido a lo tenso que le veía, temía que me rechazara.

No sabía qué decir. Sabía que debíamos hablar del tema, aclararlo todo, pero las palabras no salían de mi boca. Quedaban atrapadas en mi garganta.

—He estado pensando.

Alcé la vista nada más escucharle. Le miré interrogante, pero él no me miraba a mí. No en ese momento al menos. Sus ojos estaban centrados en lo que sucedía al otro lado de la ventana.

—¿A qué te refieres? —le pregunté, avanzando un paso hacia él.

—No pienso volver a tocarte.

Las palabras me causaron tal impresión que me detuve en mitad de un paso. Le miré. Ahora sí me miraba, y lo único que veía era una enorme seriedad en sus ojos.

—¿Qué? —farfullé, aún sin procesar lo que mis oídos habían escuchado—. ¿Por qué?

—No pienso volver a ponerte en peligro. Todo esto fue una insensatez. Nunca debimos…

—¡Pero tú querías! —exclamé.

Él asintió. Eso era bueno. Al menos no lo negaba, no me echaba toda la culpa a mí. Lo que dijo luego ya no me gustó tanto:

—Fue una estupidez. Debí entender que nunca podría llegar a darte lo que querías. Que lo único que conseguiría con esto sería ponerte en peligro

Negué con la cabeza. No quería seguir escuchándole decir eso. Podía haber salido mal, pero esa solo había sido una de las muchas veces en las que algo fue mal. Y no entendía por qué quería rendirse ahora.

—Vale, sí, salió mal —acepté. Estaba nervioso y tuve que estrujarme las manos para que dejaran de temblar—. Pero… Pero no hay por qué ser tan negativo. Podemos volver a intentarlo —le dije, esperanzado—. Hacer como antes: esperar a que estés preparado y…

—¡Pude haberte matado!

—¡Pero no lo hiciste! —le rebatí con acierto—. ¡Te controlaste!

—¿Control? —La risa sarcástica que salió de sus labios me hizo callar—. ¿Sabes acaso lo que he estado haciendo estos últimos días? He estado cazando —me confesó—. Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses. ¿Y sabes qué es lo peor? —Negué con la cabeza. Una parte de mí lo presentía, pero no quería confirmarlo. No quería escucharlo—. Que daba igual a cuántas personas comiera. Siempre tenía que luchar contra la idea de volver aquí y matarte.

Mi cuerpo se estremeció. La primera causa era el miedo, la segunda, la excitación. Ahora que se había acercado a mí, ahora que estábamos frente a frente, veía el hambre en sus ojos, veía sus ganas de comerme, y eso me aterrorizaba tanto como me excitaba.

Abrí la boca. Quería explicarme, decirle algo, cualquier cosa, pero él no me dejó hablar.

—No voy a volver a tocarte —repitió—. Y no hay más que hablar.

La discusión terminó ahí, por supuesto. Sabía que nada de lo que le dijera le haría cambiar de opinión. Y yo estaba demasiado furioso y asustado como para querer seguir allí con él.

Me fui. Abandoné la habitación tras un portazo y me encerré en mi propio cuarto. No quería volver a saber de él. No hasta que los ánimos se calmaran.

La tensión que hubo en la casa los días siguientes podía cortarse con un cuchillo. No le vi. No quería. Aún estaba enfadado. Me enojaba pensar que quería rendirse solo por un fallo. Sí, podía haber muerto, pero era algo que yo había asumido cuando acepté seguir en esa casa, cuando le dije que necesitaba algo más que solo saber que sentía algo por mí.

Además, todo había acabado en un susto, ¿no? Nada malo me había pasado al final. Él se había reprimido. Se había ido para evitar hacerme más daño. Aunque lo único que había conseguido era que matara a todas esas personas los días que no estuvo en la casa.

El pensamiento no me gustaba, pero estaba ahí. Aun así, más que asustarme o asquearme, mi cuerpo temblaba por otro sentimiento al que no me atreví a poner nombre.

Esos días, en vez de comer con él como iba siendo lo habitual, bajaba a la cocina. No quería verle, pero tampoco quería comer solo. Por eso bajaba, así podía estar con la chica del servicio, el cocinero y, a veces, alguno de los guardias.

Eran ellos los que me entretenían y me hablaban de las cosas que pasaban en el exterior. ¿Cómo se enteraban? Nunca se lo pregunté. No lo vi importante.

Excepto un día. Uno de esos en los que comí junto a ellos. Había pasado ya casi una semana desde la discusión y los ánimos aún no se habían calmado. Y eso se notaba. Incluso ellos lo notaban. Fue ese día cuando la chica decidió preguntarme. Y fue ahí cuando les conté todo lo que había pasado.

Se hizo el silencio. Sabía que estaban al tanto de nuestra relación, pero nunca me preocupé por saber qué opinaban. Por suerte, ninguno parecía creer que en verdad me estaba aprovechando de su jefe. Lo que más pude ver en sus rostros fue la preocupación.

—Chico, si un zombi te dice que te alejes de él por tu propio bien, tú callas y obedeces —empezó a hablar el cocinero, rompiendo con ello el silencio creado—. Si hubiera una lista de seres a los que es mejor hacer caso, te aseguro que él estaría en la primera posición. Los suicidas no viven mucho tiempo, y nunca te tomé por uno.

Traté de explicarme, pero él me acalló al alzar un dedo de su diestra.

—Voy a contarte algo. Llevo mucho tiempo aquí, y eso me ha permitido descubrir cosas sobre los zombis que, de otro modo, jamás habría llegado a saber. ¿Quieres que te diga una de ellas? —Asentí—. Aprendí que el metabolismo de los zombis es más lento que el nuestro. ¿Sabes lo que significa? Significa que no necesitan alimentarse tantas veces como nosotros —se respondió sin darme opción a hablar—. Es la gula lo que les hace comer tanto. El simple acto de cazar y comer. Pero no lo necesitan realmente. En todos los años que llevo aquí he podido confirmarlo. Él, por ejemplo, solo se alimenta una o dos veces al mes. ¿Sabes cuántas veces se alimenta desde que llegaste a esta casa? —Un estremecimiento recorrió mi cuerpo y supe que la respuesta no me gustaría. Negué con la cabeza—. Una o hasta dos por semana.

La confesión me pilló desprevenido y me hizo pensar. Porque si ahora comía tanto era por mi culpa, para evitar que el hambre pudiera con él y, así, no hacerme daño.

Por otra parte, sus palabras volvieron a mí. Ese “Me he alimentado más veces en estos días que en los últimos dos meses” que me dejó pensando cuántas muertes se habían dado por mi culpa esos días que había pasado fuera.

El resto del día lo pasé pensando en todo ese tema. Sabía que no quería dejarlo, no pensaba rendirme, pero tenía que encontrar una forma con la que llegar a un acuerdo con él. Hacerle ver que, a pesar de que pude haber muerto, eso podría no volver a pasar si teníamos aún más cuidado.

Decidí hablar con él. Quería arreglar las cosas y, además, le echaba de menos.

No estaba seguro de dónde podría estar, así que le busqué primero por fuera y luego por los lugares donde solía estar, como la biblioteca. Después fui a su despacho, pero no estaba allí. Al final, me decidí por buscarle en su cuarto.

Me dirigí hacia la habitación, deseando que estuviera allí. Quería verle. Lo necesitaba. Podía haber estado enfadado, pero ahora ya no lo estaba. Lo único que quería era aclarar las cosas y poder estar con él.

Sin embargo, no llegué a tocar la puerta de su habitación. ¿El motivo? Los sonidos que provenían de la habitación de al lado.

Me detuve en mitad del pasillo. Mi mente centrada en esos sonidos que, al instante, pude definir como gemidos. Miré hacia la puerta. Nunca había estado al otro lado, pero sabía que era una de las habitaciones prohibidas. ¿Qué era lo que hacía allí? No lo sabía, pero tenía mis sospechas.

Inconscientemente, mis pies se movieron y pronto estuve justo frente a ese trozo de madera que me distanciaba de él. Mi mano estaba posada en el pomo, uno que no tardé en girar para poder acceder a la habitación.

Lo que vi allí, me dejó sin palabras. Podía haber visto a zombis alimentándose alguna vez, pero nunca desde tan cerca. Porque eso era lo que estaba haciendo él. Allí, en esa cama que ocupaba la mayor parte de la habitación y que era casi el único mueble en ella. Allí, junto a una chica que le abrazaba y en ese momento le besaba. Los dos cubiertos de sangre, los dos tan juntos que parecían uno… No pude evitarlo. Me excité.

Y algún ruido debí hacer, o quizá fue mi propio olor lo que le advirtió, porque no tardó en distanciarse de ella e, incluso, volverse hacia mí.

Me miró. Susurró mi nombre con unos labios cubiertos de sangre que luego goteaba desde su mentón hasta su pecho desnudo. Me miró y en sus ojos pude ver hambre y sorpresa, pero también miedo.

Se levantó. La chica se quejó por la pérdida de atención, pero él la ignoró. Solo tenía ojos para mí. Igual que yo para él.

Se acercó. Caminó despacio y yo solo podía mirar. Quería hacer algo, pero no estaba seguro de qué. ¿Irme? ¿Quedarme? ¿Acercarme a él? No lo sabía. Mi cuerpo no me obedecía y en mi mente solo se repetía la escena anterior una y otra vez.

Estaba en shock.

Ni siquiera escuchaba. Él decía mi nombre, pero no le oía. La única palabra que finalmente llegó a mí, fue una orden: “Vete”.

Obedecí, por supuesto. Antes de darme cuenta, mis pies me habían sacado de esa habitación y me habían llevado a la mía.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella mientras mi mente trataba de asimilar lo que acababa de ver. No sé cuántos minutos estuve así, solo me separé cuando alguien llamó.

El gesto me hizo dar un pequeño salto al no esperármelo. Miré la puerta. No me hacía falta preguntar para saber que era él quien había llamado. Lo que no sabía era si quería abrirle.

Lo hice.

Tras un minuto sin saber qué hacer, abrí la puerta y le dejé entrar. Él estaba ahí. Salvo que ya no había sangre e iba completamente vestido. No quería asustarme.

Me aparté de él. Me acerqué a la cama, dejando espacio entre nosotros. No estaba seguro de qué decirle ahora que le tenía delante. La discusión había pasado al olvido, siendo suplantada por la imagen de él alimentándose.

—¿Quién es ella? —le pregunté entre celoso y curioso.

Se encogió de hombros. Se había mantenido en silencio hasta ahora, quizá porque tampoco estaba seguro de cómo explicarse ni qué decir, pero no dudó en contestarme:

—No lo sé —me dijo—. Alguien que quiere morir.

Le miré confundido. Y él debió de ver la incomprensión en mi rostro, pues no tardó en explicarse.

Me dijo que era conocido no solo por su poder, sino porque aceptaba a esos que querían morir. De esa manera, muchas personas preferían acercarse a la casa y acceder a ser comidas en vez de suicidarse de alguna otra forma. Él aceptaba, por supuesto. Eso implicaba tener comida gratis todo el año.

—Y los que te comiste esos días que estuviste fuera, ¿también eran gente que quería morir? —le interrogué a sabiendas de la respuesta que me daría.

—Sabes que no.

Asentí en silencio. La respuesta era la prevista, pero eso no lo hacía más fácil. Ni siquiera saber que algunos le buscaban para morir facilitaba las cosas.

Él se mantuvo en silencio. Me dejó mi tiempo y también espacio para procesarlo todo. Aunque había algo más que hacía que no se atreviera a acercárseme. ¿El qué? El miedo a un posible rechazo por mi parte.

Porque a mí podía asustarme la idea de que él se dejara llevar y terminara matándome, pero a él también le asustaba que yo decidiera alejarme de su lado por miedo.

Lo que él no sabía era que no solo había sentido miedo. Lo que él desconocía era que verle en esas condiciones, en vez de asquearme, había conseguido excitarme. Quizá por eso no se esperó las siguientes palabras que pronuncié:

—Quiero estar presente.

La perplejidad se quedó pequeña al lado de lo que sintió al oírme. Sabía a qué me refería. Sabía que lo que quería era estar presente cuando volviera a comer. Se negó.

—Es peligroso —trató de hacerme ver.

—Puede ser —admití—. Pero piénsalo, estabas más calmado ahí que la otra vez que estuvimos solos —le dije—. No me atacaste. Pudiste hacerlo y no me tocaste.

—Fue por la sorpresa. No esperaba que me vieras así.

Negué con la cabeza. No quería escuchar esas excusas con las que intentaría convencerme. Lo que quería era que me escuchara ahora a mí. Me enfrenté a él, serio, tomándome la licencia incluso de señalarle y golpear su pecho con mi dedo al mismo tiempo que hablaba.

—Tu alimentación es parte de lo que eres y no vas a conseguir alejarme de esto. Me da lo mismo que tengas que alimentarte de personas y que las folles mientras te las comes. No pienso quedarme a un lado —declaré—. Quién sabe, quizás así consigas ir aceptándome poco a poco —agregué con una sonrisa ahora.

Él me miró fijamente. Sabía que intentaría negarse, así que le acallé al alzar un dedo. “Si tengo que volver a entrar cuando estés en esas, lo haré”, le aseguré. Y él supo que hablaba en serio. Y por poco que le gustara la idea, aceptó.

—Pero te quedarás al margen —me dijo—. Te quiero en la puerta, no más cerca. Y saldrás si hago el amago de acercarme a ti.

Asentí. Era mucho más de lo que había esperado conseguir en un principio, así que no me negué a ello. Sus condiciones tenían sentido y sabía que solo se preocupaba por mí. Habría aceptado, pero eso no quería decir que se arriesgaría aún más a hacerme daño.

Aclarado todo, sonreí. Por primera vez en ese día, me permití sonreírle. Acto seguido, me acerqué a él y le abracé. Porque, ahora que todo estaba claro, quería que viera no solo que no le temía, también que le extrañaba y que quería estar a su lado como antes.

Le noté tenso, pero pronto respondió a mi gesto. Me rodeó con sus brazos y me estrechó con fuerza. “Prométeme que tendrás cuidado”, me susurró al oído tras aspirar una vez más mi olor. Y yo asentí.

Decidimos intentarlo la próxima vez que él comiera. La víctima era un chico esta vez. Otro más que se había cansado de la vida afuera y quería ponerle fin.

Estaba nervioso, de pie al lado de la puerta. Tenía órdenes de salir de la habitación si veía que algo iba mal. Aunque claro, no podía decirse que quedarme ahí parado mientras veía cómo mi pareja se comía y follaba a un desconocido fuera del todo normal.

¿Qué ocurrió? No voy a daros detalles de cómo le folló o cómo le comió. Os diré que lo vi todo y que no fue asco lo que sentí.

Él me miraba. Parecía estar centrado en el otro, pero en verdad desviaba su mirada hacia mí cada cierto tiempo. ¿Por qué lo hacía? Quizá por ansia o quizá para asegurarse que seguía ahí, inmóvil, viéndole alimentarse.

Fue cuando todo terminó y él se acercó a mí, cuando asimilé totalmente lo que había visto. Solté todo el aire en un exabrupto. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en la pared.

Le pregunté si iba a comerme a mí también, y él negó con la cabeza. Lo que hizo fue sostenerme y llevarme a mi cuarto. Y puede que se hubiera limpiado parte de la sangre y el resto de fluidos, aun así, el olor llegó a mí con más fuerza que antes, inundando mis sentidos.

El resto del día lo pasé en la cama. Él desapareció un tiempo para ducharse y cambiarse, después volvió y permaneció conmigo el resto de la noche. Primero, sentado en el sillón. Luego, cuando le llamé, a mi lado en la cama.

Ninguno habló sobre lo que había pasado. Sabía que no había nada que explicar y yo tampoco tenía nada que decirle. Lo único que me preguntó era si quería seguir con eso.

Asentí. Porque podía haber sido difícil, porque podía tener grabados en mi mente los gemidos y luego los gritos del chico, pero no pensaba rendirme. Había elegido ese camino y pensaba recorrerlo hasta el final.

Pasaron los días. Él se alimentaba y yo estaba ahí. Lo veía todo desde la puerta, sin acercarme, sin moverme, escuchándolo y viéndolo todo como un mero espectador más.

Hasta que un día no pude quedarme al margen y me acerqué. Fui hacia él, hacia esa cama de sábanas revueltas y manchadas donde estaba dándose su festín. Caminé hacia ellos y, una vez a su lado, sonreí cuando me miró.

Luego le besé. No le dejé decir nada, no le di tiempo. Uní mis labios a los suyos y saboreé la sangre del otro al mismo tiempo que su boca. “Fóllame”, le dije y él asintió con la lujuria y el hambre brillando en sus ojos.

Me desvistió a toda prisa. Las caras ropas que llevaba puestas no tardaron en convertirse en un amasijo de harapos tirados en el suelo. Su fuerza era amedrentadora, y lo que más morbo me daba era saber que en cualquier momento podía rendirse a su instinto y comerme a mí también.

No lo hizo. No estaría contándoos esto de haber muerto ese día. Pudo morderme con saña, arrancarme algún grito de placer y dolor y saborear mi sangre al hacerme alguna herida, pero nada serio. A mí me folló y al otro le devoró. Y aunque fue a mí a quien llevó al clímax entre sangre y vísceras, no pude evitar sentir cierta envidia por ese chico que le había servido de cena. Porque el chico había muerto por él, porque con ese gesto se lo había dado todo, y a mí no me dejaba hacer lo mismo.

Repetimos esa misma situación muchas veces más. Paradójicamente, esta parecía ser la única manera en la que podía follarme sin temor a convertirme en su almuerzo, así que lo aprovechamos.

Siempre era igual. Yo me quedaba junto a la puerta y, cuando él ya había comido lo suficiente, me acercaba y lo hacíamos rodeados por los restos del otro. A veces sentía trozos de carne pasar a mi boca durante un beso. Otras veces sentía las vísceras reventar bajo el peso de ambos. En el primer caso, tragaba la carne sin darle importancia, y en el segundo, dejaba que él me lamiera hasta quedar satisfecho. La envidia nunca se fue, aunque reconozco que disfrutaba de esas sesiones de sexo desenfrenado como un niño de su juguete nuevo. Era tan excitante como peligroso, y eso me encantaba.

No fue suficiente. Poco a poco empecé a desear más.

La idea de que me mordiera se instaló en mi cabeza. Me excitaba pensar en ser comido por él. No era por el hecho de que me comiera, sino por todo lo que ese gesto significaba. Porque así sería parte de él.

Sin embargo, sabía bien que no aceptaría. No me hacía falta hablar con él para saber cuál sería su respuesta. Me la imaginaba muy bien.

Por ello, lo que hice fue tratar de conformarme con mordiscos. Le pedía que me mordiera. “Más fuerte”, “Hazme sangrar”, le susurraba cada vez que notaba sus dientes en mi piel. Luego fui yo quien le besaba tras hacerme una herida en el labio o la lengua. Quería que se descontrolara y me comiera. Y por eso, cada orgasmo que me provocaba tenía un pequeño regusto a derrota. Seguía vivo.

Se dio cuenta, por supuesto. Puede que al principio pensara que todo se debía a la excitación del momento, pero no tardó en atar cabos. Se enfrentó a mí. Discutimos. Él me decía que estaba loco y yo le replicaba diciéndole que era mi vida y que podía hacer con ella lo que quisiera.

Intentó convencerme. Me dijo que no quería perderme. Y yo le respondí que terminaría perdiéndome igual. Que, de esta forma, al menos formaría parte de él.

No accedió, por supuesto. Me dejó solo en el cuarto tras declarar que no pensaba hacerlo, y me avergüenza decir que destrocé un par de cosas a causa de mi enfado por no conseguir lo que quería.

Más días pasaron. El tema seguía presente y eso se notaba en la tensión entre ambos. Y podía comprender su punto de vista, pero también sabía que eso que teníamos no duraría para siempre. Porque él no envejecía y yo sí. Porque pronto podía cansarse de mí y abandonarme a mi suerte tras cambiarme por otro.

Lo reconozco, ese era mi mayor miedo. Porque podía ser joven, pero eso no duraría para siempre. Y él seguiría ahí, viviendo incluso cuando mis huesos se convirtieran en polvo con el paso de los años. Porque mi vida y todos los momentos compartidos no ocupaban más que un parpadeo si lo comparábamos con el tiempo que él viviría. Algo que terminaría olvidando. Por eso quería que me comiera ahora antes de que eso pasara.

Traté de explicarme, pero no quería escuchar. Me decía que, si quería que eso pasara, más me valdría salir de la casa y buscar a otro zombi, porque él no iba a hacerlo.

No me fui. No quería que otro me comiera, quería que fuera él. Aunque sabía que nunca lo haría.

Al final me rendí. No quería seguir enfadado con él y sabía que jamás aceptaría, así que me rendí. Acepté que él había ganado y me disculpé por pedirle algo así.

Puede que aceptara mis disculpas, pero sé que no me creyó. Al principio pensó que era una treta, y solo me creyó al ver que no volvía a pedírselo ni intentaba nada. De todos modos, nunca bajó la guardia del todo. Sabía que podía haberme rendido, pero también sabía que la idea persistía en mi mente.

Forjó un plan: darme motivos para querer vivir. Retomamos las clases y me contaba cosas sobre cómo era todo antes sin que yo le preguntara. Quería que quisiera vivir. Lo que no entendía era que, a pesar de quererlo, la idea de darle mi vida era más fuerte.

El tiempo pasó. Tantos días que perdí la cuenta. Y todo siguió igual. En realidad, nada cambió hasta esta misma mañana, cuando me despertó el sonido de los gritos.

Abrí los ojos sobresaltado. El sueño no me había abandonado por completo, pero lo hizo cuando escuché el sonido de cristales y cosas rotas. Me levanté al instante. Mi mente trataba de encontrar una explicación, pero no di con ella. Además, no tenía a nadie a quien preguntarle.

Estaba solo en el cuarto. Él había salido hacía un par de días tras decirme que tenía que hacer algo importante, y aún no había vuelto. Por ello, no dudé en salir de la habitación e ir a buscar a los demás. Podía no estar seguro de lo que estaba pasando, pero estaba claro que era algo serio.

Salí al pasillo. Los ruidos se escuchaban con más fuerza ahora, acompañados por gritos. Tragué saliva. No estaba seguro de a dónde ir. ¿Debería tratar de escapar? ¿Debería esconderme? ¿Dónde? Todas esas preguntas inundaban mi cabeza junto a la más importante: “¿Qué está pasando?”. Sin embargo, esta última no tardó en ser respondida.

Cuando me disponía a doblar una esquina, me encontré de frente con uno de los guardias, que corría en mi dirección. Choqué contra él, y no caí al suelo solo porque él me sujetó con fuerza.

—¡Han entrado en la casa! —me dijo antes de que pudiera pronunciar palabra—. ¡Tienes que huir!

Quise preguntarle quién había entrado, pero la pregunta murió en mi garganta cuando escuché su grito de dolor. Mis ojos se abrieron de par en par, todo por la sangre que me había salpicado, producto de la herida que acababan de hacerle al otro al clavarle una daga en el cuello.

Me quedé ahí parado, en shock. Lo único que me hizo volver en sí fue el empujón del guardia y su última orden. Un “¡Vete!” al que no dudé en hacer caso.

Di media vuelta y corrí todo el pasillo sin querer mirar atrás. Sabía que me perseguían, escuchaba sus pisadas, y por eso no dejé de correr, tratando de poner cuantos más obstáculos mejor entre mi perseguidor y yo.

Llegué a la cocina. Había intentado escapar por la puerta principal, pero me había resultado imposible al ver que varios desconocidos estaban en los pasillos cercanos. Por ello, lo intenté por la trasera y para ello necesitaba entrar en la cocina. Además, estaba seguro de que el cocinero y la chica del servicio estarían allí y no quería dejarlos atrás.

No me equivoqué. Tanto el uno como la otra estaban allí, sí, aunque no de la manera que me había esperado.

El olor a sangre, inconfundible a estas alturas para mí, me asaltó nada más entrar en la cocina. Una mueca de asco se dibujó en mi cara y las arcadas no tardaron en aparecer. No cuando vi de dónde procedía el olor.

Tirado en el suelo, con el torso abierto de par en par y las vísceras escapándose de su cuerpo, estaba el cocinero. Estaba muerto. Lo inhumano de su postura y toda la sangre a su alrededor me lo confirmaban. El cuchillo a su lado me decía que había tratado de defenderse, aunque estaba claro que no le había servido de mucho.

Fue un nuevo grito lo que me hizo desviar la mirada. Así fue como vi a la chica del servicio tratando de defenderse como fuera de los tres hombres que la acorralaban contra la pared.

Furioso, agarré el cuchillo y me acerqué a ellos. No sabía quiénes eran ni me importaban. Tenía claro que no deberían estar ahí y que habían sido ellos quienes habían matado al cocinero, y eso era todo lo que necesitaba saber.

No funcionó. No me habían visto entrar y la chica estaba demasiado ocupada llorando y tratando de alejarse de las garras de uno, como para poder hacer más. Sin embargo, eso no impidió que me olieran. Fue así como descubrí que eran zombis.

En el momento en que mi olor llegó hasta ellos, los tres parecieron olvidarse de la chica para centrarse en mí. Tragué saliva. El hambre, ese mismo sentimiento que en él me excitaba, ahora me aterrorizaba al verlo en los ojos de los tres desconocidos.

Retrocedí un paso, asustado, y agarré el cuchillo con fuerza. Podía no haberle servido de mucho al cocinero, pero no por eso pensaba rendirme. Si me rendía, acabaría muerto.

Me enfrenté a ellos a pesar de que mi instinto me decía que debía escapar. Me enfrenté a ellos sabiendo como sabía que lo más seguro era que todo acabara ahí para mí. Y lo único que conseguí fue herir a uno antes de que me dejaran inconsciente.

El dolor de cabeza fue lo primero que sentí cuando desperté. Lo segundo, fue que, al abrir los ojos, pude ver que ya no me encontraba en la cocina de la mansión.

Confundido, traté de levantarme. Y digo “traté” porque hubo dos cosas que me lo impidieron: el mareo que aún sentía por el golpe dado, y el grillete en mi tobillo que me encadenaba al suelo.

Miré a mi alrededor. Estaba en una especie de escenario, donde yo parecía ser el centro de atención. No pude ver a nadie, ni siquiera en las butacas sentado, pero sabía que no estaba solo. Lo sentía.

—Vaya, vaya. ¿Ya te has despertado? Has tardado, puro.

Una voz ajada llegó hasta mí, poniéndome los pelos de punta. Me giré, quedando frente a uno de los pasillos que daban al escenario, donde aparecieron dos hombres. El primero era joven, más o menos como yo. El segundo, por el contrario, era viejo. Su cuerpo estaba inclinado hacia delante y caminaba apoyado en un bastón y en el brazo del otro.

Me quedé observándoles, sin saber quiénes eran y qué podrían tener contra mí.

—¿No me reconoces, puro? —me preguntó al llegar hasta mí.

El odio estaba presente en su voz. Un odio tan visceral que me hizo estremecer. Le miré. Miré su rostro, plagado de arrugas, su cabello, canoso, su ropa, cara; pero nada me hizo saber quién era. No conocía a nadie tan viejo. Nadie vivía tanto tiempo como para envejecer hasta tal punto.

Negué con la cabeza.

—Quizás esto te refresque la memoria…

En un movimiento lento, en el que quedó patente el esfuerzo que debía hacer, el hombre se arremangó un brazo y me dejó ver lo que en él había: el tatuaje de un cuervo blanco.

Mi corazón se detuvo, todo por la sorpresa. Estaba perplejo. Porque reconocía el tatuaje, porque sabía que el cuervo blanco solo podía llevarlo una persona, y ese era el líder.

—Eres el cuervo.

El susurro salió de mis labios sin que me diera cuenta. Y él rió. Una risa gastada, ronca y llena de malicia que combinaba perfectamente con la mirada que me dirigía.

—Lo soy.

El hombre dio un paso más hacia mí, dirigiéndome una sonrisa a la que le faltaban varios dientes. Parecía estar riéndose de mi desconcierto y mi perplejidad. Y no era para menos, porque no lo entendía. ¿Cómo, si apenas habían pasado unos años desde que salí de aquí, había podido envejecer tanto? Era imposible. La última vez que le había visto aparentaba unos cuarenta, pocos más. ¿Cómo era que ahora parecía tener más de ochenta? No lo entendía.

—¿Qué…?

—¿Qué me ha pasado? —terminó él por mí. Asentí—. ¡Ese zombi es lo que me ha pasado!

El grito, enfadado, vino acompañado de un movimiento del bastón. Traté de esquivarle, pero la cadena era corta y no me daba mucho movimiento. Por ello, no pude evitar que me golpeara en el costado.

—¡Me engañó! ¡Ese hijo de perra jugó conmigo sabiendo que esto pasaría!

Cada palabra venía acompañada de un nuevo golpe. Unos que yo traté y no conseguí evitar.

El sonido del bastón golpeándome restallaba en el lugar, acompañado por el de mis quejidos. Daba igual lo mucho que, en un principio, quisiera mantenerme firme. El dolor estaba ahí, cada vez que ese palo de madera me alcanzaba. Y los siseos de dolor no tardaron en convertirse en gritos.

Solo se detuvo cuando me tuvo de nuevo en el suelo tirado. Y sé que no fue por mí. El resuello y la pregunta preocupada del otro chico me dieron la confirmación que necesitaba para saber que tanto esfuerzo parecía haberle pasado factura.

Traté de levantarme. Tenía los brazos, los mismos con los que había detenido la mayor parte de los golpes, llenos de moretones. Y el rostro me dolía por haber sido alcanzado también. Igual el torso. El cuerpo me dolía como hacía tiempo que no hacía y la cabeza me seguía dando vueltas. Hacía mucho que no sufría una paliza así, desde antes de ir a la casa por primera vez. Aun así, me levanté y me enfrenté a él. Sabía que de nada me servía permanecer en el suelo. Su mirada me lo dejaba bien claro.

—Pero estate tranquilo —habló tras recuperar el aliento, sus ojos fijos en mí—. Le haré pagar por lo que me ha hecho. ¿Verdad, chicos?

Sus ojos se dirigieron hacia los alrededores y no pude evitar imitarle. Fue así como pude ver a esos cinco hombres que ahora se acercaban con la intención de rodearme. Todos bajo las órdenes del cuervo.

Empecé a temblar. Tiré de la cadena, pero no sirvió de nada. Era gruesa y yo no tenía la fuerza suficiente como para romperla. No tenía escapatoria y lo sabía. Estaba atrapado.

Aun así, no me quedé parado. Podía dolerme el cuerpo, podía saber que no serviría de nada, pero no pensaba quedarme de brazos cruzados. Podría no ser muy ducho en las peleas, pero había vivido casi toda mi vida ahí fuera y eso no se hacía sin pelear de vez en cuando.

Mentiría si dijera que lo tuve fácil. Mentiría si dijera que no me golpearon, que esquivé sus golpes y devolví algunos. ¡Ja! Ya me habría gustado.

El primer golpe lo recibí en el rostro. Un puñetazo que no conseguí esquivar y que por poco me rompe la nariz. Retrocedí por impulso, con un siseo de dolor.

No tuve suerte. El paso solo me llevó a los brazos de otro de los hombres, uno que aprovechó para sujetarme mientras uno de sus compañeros me golpeó.

El golpe me dejó sin aire. Me había alcanzado en el estómago, por lo que mi cuerpo se dobló. O eso habría hecho de no impedírmelo el otro mientras se reía.

Traté de desasirme, pero no tuve mucha suerte. El agarre era fuerte, como suponiéndose lo que iba a hacer. No me quedé quieto. Antes de que otro de los hombres del cuervo pudiera golpearme, fui yo quien le dio una patada en la espinilla al que me sujetaba.

El golpe pudo no ser suficiente para que me soltara, pero sí lo fue el cabezazo que conseguí darle en la nariz. Le escuché soltar una maldición justo cuando sus manos me soltaron. Sonreí.

Mi suerte no duró mucho. Y, al instante, mi sonrisa se convirtió en un gesto de dolor. Grité cuando algo golpeó mi pierna con fuerza. Trastabillé y no pude evitar caer de rodillas. Algo que los otros aprovecharon bien.

Puñetazos, patadas… Los golpes se sucedían sin que yo pudiera hacer algo más que quejarme. El dolor aumentaba a cada segundo, las fuerzas me abandonaban y el sabor de la sangre inundó mi boca.

Traté de protegerme, hacerme un ovillo para así evitar la mayor parte de los golpes, pero no fue posible.

Al final acabé en el suelo, sin que los otros me dieran ni un segundo de tregua. Todo el cuerpo me dolía, la cabeza me daba vueltas y mi visión se había vuelto borrosa. No sabía cuánto más iba a poder aguantar antes de desmayarme. Lo único que sabía era que, cuando eso pasara, podía darme por muerto.

—No… No lo entiendo… —conseguí susurrar con esfuerzo.

Escupí la sangre de mi boca, mientras traté una vez más de proteger mi cabeza con los brazos. Grité cuando una nueva patada me dejó sin aire, al tiempo que una risa sarcástica inundaba el lugar.

—¿No lo entiendes?

Era el cuervo el que hablaba. El hombre chascó los dedos y, al instante, sus hombres se detuvieron. Los golpes cesaron, dejándome por fin respirar tranquilo pero no sin dolor. Cada respiración costaba más que la anterior.

—¿No lo entiendes? —repitió al llegar hasta mí.

Gemí de dolor cuando la punta del bastón se clavó con fuerza en mi vientre. Traté de apartarme, pero uno de sus hombres me pisó la mano con fuerza, dejándome claro cuál era mi lugar. Grité. Dejé de moverme y solo me atreví a respirar cuando el otro por fin me liberó.

—Tu querido zombi me engañó —siguió hablando el líder de los cuervos, con el desprecio en su voz—. ¿Sabes lo que me pagó por ti? ¡Responde!

Un nuevo golpe, un nuevo grito por mi parte. Y mi cabeza cada vez más dispersa aunque yo intentara centrarme.

—A… Años —respondí con esfuerzo, sintiendo de nuevo el sabor de la sangre en mi boca—. Te pagó años.

—Exacto. —Le escuché decir, con una sonrisa siniestra en su rostro—. Me pagó quinientos años por ti, escoria. Y yo, pensando que sería el mejor trato de mi vida, acepté sin dudar.

La risa volvió a escucharse. Sarcástica, cínica, con un punto de locura que era lo que más me asustaba. El cuervo estaba loco.

A un gesto suyo, dos de sus hombres me pusieron de rodillas, uno de ellos obligándome a alzar la cabeza al tirarme del pelo. Así, quedé frente a frente con ese psicópata que me observaba con total desprecio.

—Lo que no me dijo, era que no iba a dejar de envejecer —continuó diciendo—. ¡Lo que no me dijo, era que lo haría aún más rápido!

La bofetada que me dio me volteó la cara. La cabeza me daba vueltas y solo me mantuve porque eran los hombres del otro los que impedían que cayera.

—¿No lo sabes? Es el organismo de los zombis el que les hace dejar de envejecer. ¡Es el hecho de comer carne lo que los mantiene jóvenes! ¡Y yo no soy ningún jodido zombi!

Una nueva bofetada. Un nuevo quejido que salió de mis labios. Quería cerrar los ojos, pero sabía que, si lo hacía, nunca los abriría de nuevo. Iban a matarme. Lo sabía tan bien como sabía que nadie iba a poder impedírselo. Ni siquiera él.

—¡Diles que entren! —Escuché ordenar al cuervo—. ¡Tráelos aquí!

El chico a su lado corrió por uno de los pasillos hasta desaparecer, dispuesto a cumplir la orden que acababan de darle. No tardó mucho en volver, acompañado esta vez por otros tres hombres.

Les miré. Forcé mi vista y la sorpresa se apresó de mí cuando les reconocí: eran los tres zombis a los que me había enfrentado en la casa.

Miré al cuervo. Por supuesto que había supuesto que los zombis trabajaban a sus órdenes, pero no entendía por qué les había llamado ahora. O, mejor dicho, no quería que mi suposición se hiciera realidad.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló ante la sola idea de lo que, suponía, iba a pasar ahora. Traté de soltarme, pero los otros dos me aferraron con más fuerza. “Estate quieto”, me ordenó uno de ellos, tirándome del pelo con la suficiente fuerza como para hacerme sisear por el daño.

Los otros se habían detenido para hablar con el cuervo, y yo solo pensaba en intentar aprovechar esos segundos que tenía en trazar un plan de fuga. Miré a mi alrededor, por desgracia, y como ya sabía, no había nada que pudiera ayudarme. Los hombres no portaban armas y yo aún seguía encadenado.

Oí unos pasos acercándose y temblé. Mi vista se fijó en los tres hombres y un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando vi sus dientes, unos que ellos mismos habían afilado, seguramente para poder desgarrar mejor la carne.

Los dos hombres que me sostenían me soltaron, alejándose. Yo mismo intenté retroceder, aunque solo conseguí separarme un mísero paso más. La cadena me impedía distanciarme más. Tiré de ella pero fue en vano. En cambio, vi cómo los tres zombis se reían por mi fallido intento de fuga.

—Por favor… —susurré, mi mirada fija en el cuervo—. No…

Fue en vano. El cuervo solo sonrió, divertido por la súplica que podía identificar en mi voz.

—Empezad.

Tragué saliva. Tenía la garganta seca. Todo debido a esa orden. Desvié mi mirada hacia los otros tres. Sus sonrisas no auguraban nada bueno para mí.

No sabía qué hacer. Quería huir. Puede que, con él, el ansia y el hambre me excitaban, pero eso solo me pasaba con él, no con ellos. En ellos, ver ese hambre me asustaba, me aterrorizaba.

—Tranquilo, puro. Solo vamos a devorarte.

Quien habló fue justamente al que yo había conseguido herir en la casa. Y parecía recordarlo bien, pues era el que lideraba el grupo y el que me miraba con más hambre y una pizca de odio.

Se acercó a mí. Intenté apartarme. Sin embargo, él agarró mi brazo y tiró de él con fuerza. Me mordió.

El dolor que sentí cuando sus dientes agujerearon mi piel no tenía nada que ver con los mordiscos que él podría haberme dado alguna vez. Grité. Grité por el dolor, por el miedo. La sangre recorría mi brazo izquierdo y sabía que eso no era nada comparado con lo que iban a hacerme.

Conseguí soltarme. Le golpeé, aunque no pareció sentirlo. Me sonrió. Una sonrisa llena de sangre. Sangre que se deslizaba por sus labios y caía por su mentón.

No me dio tiempo a asquearme. Los otros dos zombis aprovecharon mi distracción para atacarme por detrás. De nuevo, los dientes se hundieron en mi piel. El lugar no les importaba, solo la carne, solo escucharme gritar y verme debatirme mientras ellos me arrancaban trozos de piel sin consideración alguna.

Grité. Supliqué. Quería que se detuvieran. Deseaba que se detuvieran. Me dolía todo el cuerpo y no sabía cuánto tardaría en desmayarme. Sangraba. Tenía heridas por todas partes. Cualquier parte de mi cuerpo era buena para morder, para arrancarme otro trozo más. Para hacerme sangrar.

—Por favor…

Caí al suelo. No tenía fuerzas. Mi vista era cada vez más borrosa, la voz me salía ronca después de tanto grito y mi mente vagaba más y más. Quería pensar que estaba con él. Quería creer que era él quien lo hacía porque había decidido cumplir mi deseo. Pero no era él quien me mordía. No era él quien se estaba alimentando de mí.

Cerré los ojos, perdido entre el dolor. Quería dejarme llevar. Quería rendirme, dormir… Pero lo que más deseaba era volver a verle una vez más.

—¡Esperad!

Nada más escuchar la orden dada, los tres zombis se detuvieron. Suspiré de alivio, aunque algo me decía que mi pequeño descanso no duraría mucho.

—¿Ya está, puro? ¿Eso es todo lo que tienes?

La voz del cuervo rompió el silencio creado. Con esfuerzo, alcé un poco la cabeza para poder mirarle, y vi que se dirigía hacia mí.

—¿Eso es todo? —repitió.

La sonrisa de su rostro daba fe de la locura que se había apoderado de él. De nuevo, me golpeó con el bastón y yo no pude hacer nada más que gemir por lo bajo por culpa del dolor.

—Debió haberte comido el día que te compró. Habría sido mucho más misericordioso de lo que yo seré contigo.

Me estremecí. Mi cuerpo tembló debido al desprecio y el odio que podía percibir en su voz.

Traté de escapar. A pesar de que apenas podía moverme ya, hice un último esfuerzo. Él se rió, y me golpeó una vez más, esta vez en la espalda. Me quejé por el golpe. Aunque ahí no acabó todo.

Una mano me agarró por el pelo, obligándome a alzarme si no quería que me lo arrancara. Fue así como uno de los cuervos me sujetó, mientras su viejo líder me miraba con una sonrisa en sus labios.

—Tranquilo, puro, no voy a matarte. Eso sería demasiado generoso.

Le escupí. Era el único gesto para el que tenía fuerzas. Escupí la sangre que tenía acumulada en mi boca y sonreí victorioso cuando esta le alcanzó.

No fue una buena idea. Incluso antes de que el cuervo pudiera asimilar lo que había sucedido, el que me sujetaba se vengó por el agravio a su jefe. Primero fue un puño en el rostro que me partió la nariz, luego otro en el estómago que me dejó sin respiración y casi me hace vomitar. Después, conmigo ya en el suelo, empezaron a patearme.

Y debo confesar que agradecí cada golpe. No por el dolor, sino porque cada uno de ellos me acercaba más y más a la inconsciencia. Porque ya no tenía fuerzas para soportarlo más y solo quería que todo acabara de una vez.

—¡Basta! ¡Deteneos!

Lejos de parecerme la salvación, la orden del cuervo significó para mí otro tour por el infierno.

Tosí. Escupí la sangre, pero no traté de moverme. Los oídos me pitaban y estaba mareado. Apenas tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, por lo que moverme estaba fuera de mis posibilidades. No cuando me costaba un gran esfuerzo el simple hecho de identificar las palabras que escuchaba.

—¡Casi le matáis, imbéciles! —exclamó el viejo, enfurecido—. ¡Tú! ¡Haz lo que tengas que hacer y acabemos con esto de una vez!

Uno de los zombis, el mismo al que herí, asintió en señal de sumisión antes de acercarse a mí.

Le miré, a él y al cuervo, sin entender nada de lo que estaba pasando. ¿No iban a matarme? ¿Por qué no? ¿Qué más tenían preparado para mí? ¿Por qué no me dejaban morir de una vez?

—No pienso matarte. Pienso hacerte lo mismo que él me hizo a mí. Así él sufrirá lo que yo estoy sufriendo.

Las palabras llegaron a mí al mismo tiempo que el zombi. Me quejé cuando me alzó el rostro, pero estaba demasiado cansado como para resistirme. No podía más. Lo último que recuerdo antes de desmayarme fue que el zombi se puso sobre mí y me obligó a tragar algo.

* * * * *

El sonido de mi nombre llega hasta mí como un eco lejano. El llamado se repite una y otra vez, pero aunque distingo mi nombre, el resto de palabras supone un galimatías para mí.

Aun así, trato de responder. Hay apremio en la voz que escucho, y eso me hace intentar hablar. Sin embargo, mi mente está demasiado dispersa como para poner en palabras mis pensamientos. Y también está el dolor. Ese dolor lacerante que siento en cada parte de mi cuerpo.

Unos dedos me tocan. Unas manos intentan levantarme, pero se separan cuando escuchan mi quejido.

No quiero moverme. Si me muevo, me dolerá más.

Lo único que deseo es dormir.

—Abre los ojos. Vamos, hazlo por mí.

Los dedos vuelven a tocarme, esta vez en mi mejilla. El apremio sigue en su voz, opacada por la preocupación, pero lo que me importa ahora es esa caricia que sus dedos me dejan. Eso y que por fin he reconocido la voz.

Abro los ojos. Tengo que hacer un gran esfuerzo, pero lo consigo. Al principio lo veo todo borroso, pero poco a poco las cosas van perfilándose. Es ahí cuando le veo, arrodillado a mi lado. Y aunque mi primera intención es la de decir su nombre, esta queda en el olvido cuando mis ojos se fijan en la sangre que mancha su rostro, manos y ropa.

—¿Qué… qué te ha pasado?

Mi voz suena ronca, con un deje de dolor que pone en manifiesto el esfuerzo que me supone decir esas míseras palabras. También trato de alzar mi mano hasta su rostro, pero solo lo consigo porque es él quien lo hace por mí.

—No es nada. Yo estoy bien —me asegura—. La sangre no es mía.

Me sonríe para que vea que no me está mintiendo. Y yo le creo. Porque sé que no me mentiría con esto. Y, sobre todo, porque necesito creer que él está bien.

Intento levantarme, pero me es imposible. Todo el cuerpo me duele y apenas tengo fuerzas. Por suerte, él me ayuda, valiéndose de sus brazos para alzarme.

Duele, por supuesto. Cierro los ojos con fuerza mientras un siseo de dolor sale de mis labios. Tengo suerte y pronto me encuentro entre sus brazos, con mi espalda apoyada en su pecho y él abrazándome.

Sonrío. Me gusta estar aquí. A pesar del dolor, a pesar de la sangre en mi boca, el pitido en mis oídos y lo difícil que me resulta el solo hecho de respirar. Abro los ojos para poder mirarle y agradecerle que esté aquí conmigo, pero enmudezco al ver lo que hay ante mí.

Sangre. El suelo del escenario en el que estamos está cubierto de sangre. Los cuerpos de todos los cuervos y los tres zombis que me hicieron esto, se encuentran ahora esparcidos por ahí, algunos desmembrados incluso, con las vísceras y los sesos sobresaliendo de sus cuerpos.

Siento arcadas, aunque las reprimo. No sé por qué no me percaté del olor antes, pero ahora que soy consciente de lo que me rodea, este me asalta.

—¿Lo has…? —Trago saliva—. ¿Lo has hecho tú?

—Ellos te hicieron esto.

Hay ira en sus palabras. Tanta que me hace temblar. Él me abraza, besa mi mejilla y me acaricia el cabello, todo ello buscando calmarme. Me dejo llevar. Puede que no me guste lo que ha hecho o, mejor dicho, que lo hiciera por mí, pero no soy ningún santo y no siento lástima por ellos. En todo caso, sé que, de haber podido, yo mismo habría matado a alguno.

Empiezo a toser. No sé si es por el olor o la postura, y poco me importa en realidad. Mi cuerpo se dobla y mi mano se llena de sangre cuando la llevo a la boca.

—Te pondrás bien. —Oigo que me dice al tiempo que lleva un pañuelo a mis labios, limpiándome—. Te llevaré a casa y te curaré. Allí podrás descansar —me promete.

—No… No estoy tan seguro —susurro entre toses.

Él me mira interrogante.

—¿A qué te refieres?

Le cuento lo que el cuervo me hizo. No la paliza, sino lo último que le ordenó al zombi. Le cuento que recuerdo haber tragado algo, no sé el qué.

Cuando termino, puedo ver su gesto contrito. Hay dolor, tristeza e ira en sus facciones, y puede que ya supusiera que no era nada bueno, pero ahora el temor es mayor.

—¿Qué me pasará? —consigo preguntarle con esfuerzo.

Su mirada esquiva la mía, pero yo insisto. Quiero saberlo, tengo derecho a saberlo, y él lo sabe.

—Envejecerás —responde finalmente—. Rápido, muy rápido. Lo que te hicieron tragar es nuestra carne y nuestra sangre. Y es nuestra sangre lo que hará que tu organismo se acelere y tus células envejezcan más rápidamente.

»Lo que te han hecho ha sido un intento de transformación. Es lo que ocurre cuando les pasamos años a otros. Su organismo se ve afectado por nuestra mutación y, al no ser capaz de mutar, lo que hace es envejecer hasta morir.

—¿Y esos años que me dio?

—Los vivirías si logro curarte. Sin embargo, al envejecer tan rápido, serás incapaz de hacer nada por ti mismo en unos pocos años. Tu piel se arrugará, tus músculos y huesos apenas soportarán tu peso, tus sentidos se irán perdiendo e incluso tu mente se irá perdiendo hasta que no seas más que una carcasa que no puede morir de vejez.

Enmudezco. Sus palabras y el tono pesimista con el que las dice me dejan sin saber qué decir. Lo único que sé es que no quiero que me pase eso, no quiero convertirme en eso. Mi cuerpo tiembla y sé que es por miedo, por el pavor que me da la idea de quedar así.

—Dime lo que quieres. Dime qué quieres que haga y lo haré.

—Cómeme.

No hay duda en mi voz. Antes podía querer que me comiera para ser parte de él, pero ahora no se lo pido por eso. Y él lo sabe. Sabe que, si se lo pido, es porque no quiero que me pase lo que ha dicho. Antes prefiero morir.

Él me mira. Hay dolor en sus ojos, pero sé que comprende por qué se lo pido. Asiente.

—Gracias.

Me acalla con un beso. Sé que no lo quiere oír, pero yo se lo agradezco igual. Porque sé que esto es tan duro para él como lo es para mí. Porque yo no soy el único que va a tener que despedirse del otro.

—Voy a tumbarte. Avísame si te hago daño.

Asiento, dejándome hacer. Realmente me gustaría poder hacer algo más. Sin embargo, prefiero gastar las pocas fuerzas que me quedan en seguir consciente un poco más.

De esta forma, mi espalda vuelve a tocar el suelo una vez más. Me acomodo. Trato de encontrar una postura en la que no me duela todo, pero es difícil por no decir imposible. Aun así, me olvido de esto y sonrío cuando le veo acercarse a mí y juntar nuestros rostros para besarme.

Siseo por lo bajo. Tengo el labio y la nariz rotos, aunque eso es lo que menos me importa ahora que él me besa. El beso sabe a sangre y eso hace aparecer el hambre en sus ojos. Salvo que esta vez no me asusta. Porque es él.

Su mano, esa que no usa para apoyarse, se posa en mi pecho. Sus labios abandonan los míos y lamen la sangre de mi rostro antes de bajar por la mandíbula hasta el mentón. Me estremezco al sentir sus caricias y esos pequeños mordiscos que, aunque no sean para arrancarme la carne, sí me excitan.

Jadeo inconsciente cuando sus labios juegan con el único pezón que me queda. El recuerdo de cómo me arrancaron el otro vuelve a mi mente, aunque me obligo a ignorarlo. Quiero perderme en el aquí y el ahora, no rememorar lo que pasó antes.

—Lo siento. —Le miro interrogante. ¿A qué se refiere?—. Siento no haber estado ahí.

Así que era eso. Niego con la cabeza. No le culpo por lo que pasó. El cuervo buscaba venganza y pensaba obtenerla hoy o cualquier otro día futuro. No es su culpa.

—No pasa nada —le digo. Alzo un poco mi mano y él entiende mi gesto, ya que la acerca a su rostro—. No es tu culpa.

Acaricio su mejilla y él besa mi muñeca sin que sus ojos se separen de los míos. Sonrío.

—Muérdeme.

Sus labios dejan mi mano, aunque no la suelta. Sin dejar de mirarme, baja la cabeza hasta quedar a la altura de mi pecho. Sus ojos me transmiten esa pregunta que ronda su cabeza y que no se atreve a pronunciar. Asiento.

—Hazlo —le digo.

El dolor vuelve a asaltarme en el momento en el que sus dientes se hunden en la piel de mi costado. Mi mano estruja su pelo aunque no le detengo. Quiero que lo haga. Quiero que me coma.

Cuando se aparta, su mentón está cubierto por sangre fresca y en su boca hay lo que era un trozo de mi piel. Me mira y solo por la forma en que lo hace, sé que va a disculparse, así que le interrumpo al hablar yo antes:

—Espero estar bueno.

Mi comentario le saca una ligera carcajada.

—Estás delicioso —me susurra sobre mis labios tras volver a acercarse.

Alzo un poco el rostro, lo suficiente para volver a besarle con un poco más de urgencia esta vez.

Él me responde. Siento el trozo de carne pasar a mi boca y, de forma inconsciente, hago lo mismo que hacía en las otras ocasiones: lo trago sin importarme que fuera mío.

—Tienes razón —le digo cuando por fin nos separamos—, estoy delicioso.

Él sonríe. Sacude la cabeza por el comentario y vuelve a centrarse en mi pecho.

Los siguientes minutos los pasa excitándome a base de caricias, besos y juguetones mordiscos que intercala con algunos de verdad.

Varios gemidos brotan de mi garganta, muchos de placer, otros tantos de dolor. Me duele, claro que me duele. Lo que ya no hay es temor. Porque es él. Y si es él quien lo hace, no me importa morir.

Sus manos me quitan el pantalón, dejándome totalmente desnudo. Sus ojos recorren mi cuerpo como tantas otras veces ha hecho, salvo que esta vez la ira se une a la excitación y el hambre.

Le llamo. No quiero que piense en eso. Ellos ya están muertos y el pasado, al contrario que el futuro, no puede cambiarse.

Haciendo uso de casi todas mis fuerzas, consigo alzarme un poco. Él lo ve y no duda en ayudarme.

—No te esfuerces tanto —me dice, obligándome a recostarme—. Te harás daño.

—Solo si lo olvidas —le prometo.

Sus ojos se clavan en los míos y, aunque sé que le es difícil, asiente. Sonrío feliz, haciéndole un hueco entre mis piernas.

Su boca vuelve a mi cuerpo. Sus dientes se llevan otro trozo de piel, este a la altura de la ingle, y yo hundo mis uñas en sus hombros al tiempo que jadeo por el dolor.

Sus dedos acarician la herida recién hecha, empapándose de la sangre que mana de ella. Así, y mientras su boca se centra en mis muslos, sus dedos se adentran en mi recto.

Gimo. Placer y dolor se entremezclan cuando sus dedos alcanzan mi próstata a la vez que me arranca otro pedazo de piel. Él traga y yo intento recordar cómo respirar sin empezar a toser.

—No —le digo.

Él me mira extrañado.

—Tengo que prepararte. No quiero hacerte más daño.

—No sé si aguantaré mucho más.

Él asiente. Sabe cómo me siento, las pocas fuerzas que me quedan, y sabe que no es así como quiero morir: penetrado por sus dedos mientras me prepara.

Saca los dedos y se baja los pantalones. Está erecto. El hambre y mi olor suelen tener ese efecto en él, lo que en este caso, en el que yo apenas puedo hacer nada, viene muy bien.

Sonrío cuando le veo acomodarse mejor entre mis piernas. Alza mi cadera y, mirándome directamente a los ojos, me penetra.

Su gemido se mezcla con el mío. Siento dolor, por supuesto, pero por suerte mi cuerpo no tarda en acostumbrarse a él.

—Muévete —le pido. Mi voz siendo una mezcla entre dolor y placer.

Me hace caso. Primero de forma lenta, como si no quisiera causarme aún más daño del que ya siento; pero luego más rápido, acomodándose a lo que yo mismo le pido. Me dice que me ama y, antes de que pueda responderle, sus dientes se hunden en mi pecho. Lame mi herida y aún tiene tiempo de pasarse la lengua por los labios antes de que junte nuestras bocas y le bese.

De nuevo, pruebo el sabor de mi propia sangre y carne, y eso, lejos de asquearme, me acerca más a ese orgasmo al que tanto deseo llegar.

—Nunca te olvidaré. —Le escucho prometerme, con la voz cargada de deseo por lo cercano que está al éxtasis.

Sonrío. Giro mi rostro y le beso. Saboreo su boca al igual que él saborea la mía, y solo me separo cuando la falta de aire lo hace necesario.

—Tonto, yo siempre estaré contigo.

La nueva embestida le hace terminar. Le oigo gemir y yo mismo le imito cuando le noto hundir sus dientes en mi cuello. El gesto me lleva al orgasmo. Al placer se le une el dolor y también el mareo, producto de la pérdida de sangre.

—Te amo.

Me encantaría responderle, pero mis fuerzas ya se han agotado. Le sonrío. Sé que entiende mi gesto porque me besa, aunque esta vez yo ya no respondo.

Estoy mareado. Si no estuviera ya acostado, sería lo primero que haría. La cabeza me da vueltas y mis ojos amenazan con cerrarse. Tengo sueño, más de lo que nunca he tenido. Lo único que deseo ahora es dormir.

—Duerme, mi amor, duerme. Y no te preocupes, nunca te olvidaré.

 

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