Capítulo 1

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CAPÍTULO 1

Recuerdos

Edimburgo, Reino Unido

Mayo del año en curso.

Yotam creía estar siendo arrogante con la vida y pensaba en las consecuencias.

Le agobiaba lo que este repentino ataque de valor le acarrearía, pues a la fecha, no estaba convencido de que contaba con la fuerza suficiente para enfrentarse a él mismo en su peor versión, esto era algo que le angustiaba y sumando que jamás fue alguien precisamente valiente, estaba asustado. Para él, tanta resistencia era como ir contra la corriente de sus emociones y negarse a ese tártaro ardiente de recuerdos dolorosos, resentimientos, frustraciones y aires depresivos que recientemente lo atraían con la fuerza de un imán. Dos años atrás, ni siquiera hubiese intentado resistirse, pero ahora, la tranquilidad de Alain parecía ser suficiente motivo para que pretendiera  mantenerse en pie, así… Justamente como los retoño de flor que había sembrado en el jardín y los cuales habían logrado sobrevivir al mal clima de los días pasados.

Frente a Alain, Yotam se sentía con la obligación de actuar como si nada malo pasara, no porque así se lo exigiera, sino que, era algo que se había impuesto para no angustiarlo por cosas que quizá no tenían importancia. Y es que por lo general, él sabía que era lo que le dolía y cuando saltaba hacia a la tristeza lo hacía con conocimiento y causa, pero ahora… Todo había sucedido demasiado rápido, tomándole por sorpresa. De un día para otro se había vuelto un manojo de sentimientos encontrados que por más que intentaba comprenderlos, no podía encontrarles justificación. Se sentía angustiado, triste. Los recuerdos volvían y se estacionaban en su mente, además, estaba esa molesta sensación de que en cualquier momento la vida sacudirían el mundo que ambos habían construido con tanto empeño en estos últimos años, para recordarles que ellos no tenían derecho a ser felices.

Yotam estaba consumiéndose y esperaba que Alain no lo notara. Durante la última semana había estado en medio de una lucha sin tregua para no ofrecerse generosamente a la tristeza, mientras huía de esa molesta sensación de desamparo que lo había acompañado toda su vida.  La detestaba, odiaba sentirse débil a sabiendas que de que lo era. Lamentablemente, en esa batalla incesante iba perdiendo terreno lenta y angustiosamente. Las noches de poco dormir comenzaban a cobrarle factura y sus ojos se cerraban de cansancio, el mismo que desaparecía en cuanto se recostaba en la cama.

La comida en su plato que apenas y si probaba era un aprueba más de que algo en él no andaba bien, su aspecto desarreglado que tanto se esmeraba por ocultar de Alain,  y que disimulaba del mundo con un abrigo largo y jeans deslavados contrastaban con el porte pulcro y elegante con el que Alain le permitía vivir.

Cada cosa de las que últimamente hacía eran una farsa, una mala puesta en escena que Yotam se esmeraba por acreditar, aun cuando en su esfuerzo a nadie engañaba. Quienes lo conocían podían notar que fingía, que sonreía casi por todo quizá para evitar preguntas sobre las que no podría o no querría responder. Y luego estaba ese lado inconsciente, aquel sobre el cual no tenía el más mínimo control y que era también el culpable de que de vez en vez se mostrara ausente: podía perderse de la realidad con una habilidad sorprendente y se mostraba arisco al volver, como si no soportara estar cerca de nadie y tan solo respirar fuese una carga de la cual necesitaba deshacerse.

Alain por su parte, estaba al tanto de todo desde la primera noche en la que Yotam no pudo dormir cinco horas ininterrumpidas, sin embargo se había mantenido como un testigo mudo en ese descenso emocional y turbulento que de no ponerle freno cuanto antes, terminaría llevando a Yotam a una inevitable recaída. Y si no había hecho algo al respecto era solo porque no quería ponerle más peso sobre los hombros. Alain podía notar lo mucho que Yotam se esforzaba por no preocuparlo, aunque con ello lo preocupara aun más.

Se limitaba a observarlo en silencio y listo para prestarle ayuda en cuanto se la pidiera, pero ya era jueves por la mañana y Yotam aun se negaba a tocar el tema; aun cuando había pasado la noche entera sin poder dormir, siquiera, un par de horas. Aun con todo, al sonar la alarma a las cinco de la mañana, se levantó de la cama y bajó a preparar el desayuno.

Alain, que tampoco había podido dormir por estar al pendiente de él, lo observó en silencio mientras abandonaba su habitación. Una semana había pasado desde que Yotam empezó a mostrar cambios, y nada parecía mejorar. En el trascurso de esos días solo una vez se atrevió a presionarlo y le preguntó qué era lo que le sucedía, pero ante la respuesta que obtuvo no volvió a forzarlo. Nadie sabía mejor que él, que los «nada» de Yotam significaban “tantas” cosas, entre ellas, que no estaba listo para hablar del tema.

Sintiendo los primeros embates de impotencia, Alain se talló la cara con frustración, estaba molesto, no con Yotam… pero comenzaba a serle difícil ocultarlo. También estaba cansado. Últimamente no tenía cabeza para nada más que no fuera él y eso estaba afectando todo lo demás. Las cuentas, el trabajo… Ese proyecto importante que entregaba hoy. Estaba consciente de que debía concentrarse porque un simple error y todo un mes de trabajo podría irse a la basura, además, necesitaba el dinero.

Malhumorado por el poco descanso, también abandonó la cama para darle una última revisada a los documentos que entregaría en su trabajo. Miró las fotografías de la reconstrucción y comparó el edificio anterior con el que había rediseñado y cuya obra también supervisó. Lo que sus ojos veían era el trabajo de muchos, pero el diseño le pertenecía, él había hecho todo esto. En algunos años construiría para Yotam, una casa tan hermosa como la que miraba en las fotos. No, le haría una casa mucho más hermosa. Y entonces, iban a ser felices, realmente felices. Ante el pensamiento suspiró vencido, y es que todo parecía haber estado marchando bien…

De la última recaída de Yotam, había pasado poco más de año y medio y con esta recaída no podía sentirse más que triste y decepcionado. Creía que finalmente se habían deshecho de esos episodios, sin embargo una vez más la felicidad y tranquilidad le era arrancada de las manos con lo que él más quería. Sostuvo en alto, frente a su rostro, la foto donde se apreciaba el interior de la residencia y al verlo deseó con todas sus fuerzas que así como podía reconstruir edificios antiguos y volverlos hermosos, frescos y sin señales de lo que fueron en el pasado, también pudiera reconstruir a Yotam.

Lo deseó fervientemente, aunque sabía que eso jamás podría hacerlo.

Yotam en la cocina, mantenía la vista fija en el sartén con el desayuno que comenzaba a pegarse. Miraba lo que sucedía, más su mente estaba en un recuerdo que se aferró a volver del olvido y que se reproducía como si de una película se tratara. Una película donde él era el protagonista de una escena horrible, cruel. Esa familiar sensación de tener miedo volvió a llenarlo hasta hacerlo temblar, se estremecía y solo la taza de café que sostenía, ponía en evidencia el movimiento incesante de sus manos:

Frio… Miedo.

      Cuando cruzó la puerta principal de la iglesia, sintió que su corazón saldría huyendo de su pecho muy lejos de él y de ese lugar. Por un segundo, la idea de dar marcha atrás y también huir, le pareció razonable, pero no tuvo el valor de intentarlo. En vez de eso, inclinó la cabeza y prestó atención al ruido que sus pequeños pies hacían al caminar sobre el mármol del vestíbulo. Ese piso casi blanco… Por alguna razón que no comprendía, le disgustaba.

      El padre Alberto guiaba el camino, pero se detuvo poco antes de entrar al templo y sin hablarle le indicó que continuara. No le había dicho cual era la razón de que lo llamaran a esas horas, solo que lo esperaban en el confesionario de la iglesia y que debía ir de inmediato. Le había costado tanto soltarse de Patrick, pero el padre Alberto se impuso y su amigo le alentó diciéndole que debía ser valiente y que nada malo pasaría. Lo  había dicho con seriedad pese a que en su mirada él podía notar la angustia de Patrick y es que ambos sabían que sí pasaría algo malo… Siempre pasaba algo malo cuando lo mandaban llamar.

      Se sintió pequeñito mientras se adentraba en el edificio  y sus deditos comenzaron a enrollarse en el plisado de su abrigo en un gesto de nerviosismo. Se detuvo frente al confesorio y respiró profundo antes de atreverse a abrir y entrar. Era un espacio amplió y cómodo, aunque a él no se lo pareciera… Tenía malos recuerdos de este lugar y el latido frenético de su pequeño corazón parecía advertirle que estaba a punto de sumar uno más.

      Al otro lado, Beryl aguardaba. Su rostro de perfil era visible desde la ventanilla aunque la cortina aun no estaba del todo corrida. Lo hizo despacio, sus manitas temblaban cuando las alzó para apartar la tela roja. El hombre lo miró con ojos brillantes y le dijo en voz baja que en vez de ocupar la silla, se colocara en el reclinatorio.

      Beryl era uno de los presbíteros de más edad en el orfanato. Nadie cuestionaba sus decisiones, ni mucho menos, el porqué pedía ver a ciertos niños a solas, casi a diario. El hombre aguardó hasta que el niño se arrodilló. Entonces inicio el ritual.

      —Ave de él dado de purísima.

      —Sin pecado concebida, padre…

      —El señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados —agregó Beryl.

      Guardó silencio. No quería hablar, no quería recordar, pero el hombre le dijo que debía confesarse para recibir el sacramento de la reconciliación por sus pecados cometidos… ¿Qué pecados puede cometer un niño de siete años?

      El arrepentimiento no borra el pecado… Él estaba arrepentido, pero no quería hablar de ello. Y menos decirle lo mucho que le había dolido a aquel que lo obligó a cometer ese pecado. Sin embargo, Beryl insistió diciendo que el perdón de dios no alcanzaría su alma y que los chicos como él arderían en el infierno, porque Dios no amaba a los niños que eran sucios.

      El infierno…

      Él conocía lo que era dolor y la idea de quemarse para siempre en ese lugar de tormento lo aterraba. No quería estar ahí, él deseaba estar con Patrick.

      Pero Patrick no, él no… Él hacía cada cosa que le ordenaban, entonces, de seguro no iría al infierno. En su mente de niño pudo convencerse a sí mismo, por lo que inició su confesión así como se lo habían enseñado: sincera, verdadera, completa, sencilla y humilde:

      —El día de ayer, pequé padre…

      Sin poderlo evitar, lloró mientras relataba lo que Beryl le hizo cuando lo llevó al ambulatorio. Lo que le dijo, el cómo lo obligó a desnudarse para él y lo que pasó después. Más el relato fue cortado cuando alguien más entró a su lado del cubículo y se acomodó detrás de él… Quiso mirar, pero el hombre a su espalda sujetó su rostro y le obligó a continuar con la vista fija en la rejilla.

       Supo entonces lo que iba a pasar… Su primera reacción fue llorar aun más, después luchó, pero el padre Alberto supo someterlo demasiado pronto. Beryl los miraba lascivo por entre la ventanilla del confesionario, excitándose con su llanto… Sintiéndose febril por la rudeza con la que sobaba su hombría por debajo de su sotana. 

      El padre Alberto recorría su cuerpo pequeño con su mano libre; pellizcándolo y sobándole sus partes intimas. Se restregaba contra él, aprisionándolo contra el reclinatorio. Magullando su piel tierna, ensuciándola, besaba cada espacio que tenía a su alcance de una forma sucia y ruda. En ese cuarto pequeño, los gemidos de ambos hombres parecían retumbar entre esas cuatro paredes… El mismo ruido sórdido que él había tenido que soportar contra su oreja mientras Bery lo penetraba con sus dedos la tarde anterior. Ya no quería más de esto, nunca lo quiso.

      Con el abrigo a medio pecho, lo siguiente en caer fue su pantalón… Pasaría de nuevo… ¿Cómo iba  a poder mirar a Patrick después de esto? ¿Por qué le hacían daño? ¿Por qué nadie intervenía? Y en un segundo su mente se puso en blanco… Sintió frío… Mucho frío y después… Después solo dolor.

     

      — ¿Yotam…?

      El ruido… Todo se reducía a sus propios gritos que eran ahogados por la mano que cubría su boca… Lágrimas… Más dolor.

— ¡Yotam! ¿Qué diablos pasa contigo?

Alain entró corriendo a la cocina y ante sus gritos Yotam soltó la taza de café que sostenía. Miró aturdido el desastre frente a él y después el rostro molesto de su pareja.  Alain lo esquivó estirándose para alcanzar el apagador de la estufa. El desayuno estaba arruinado, al igual que su intento por ocultarle lo que sucedía.

La cocina se había llenado de humo y el olor a quemado de la comida resultaba desagradable, pero no pudo notar nada de esto, hasta ahora. Alain fue abriendo las ventanas para que el olor y el humo salieran, con una toalla levantó el sartén quemado y lo dejó en el lavabo. No lo miraba, ni siquiera cuando se inclinó frente a él para recoger las astillas de la taza y limpiar el café en el piso. En ese momento, Yotam comprendió que Alain estaba molesto con él, algo que casi nunca sucedía y se sintió aun peor.

—Déjame hacerlo…—le habló inclinándose junto Alain, pero este se lo impidió.

—Ve a arreglarte, se hace tarde para la universidad.

—Pero…

— ¡Vete! —Gritó.

Sorprendido por la forma en la que le había hablado se alejó de él.  Subió a la habitación pero comenzó a dar vueltas por la recámara sin saber realmente que hacer. Buscaba la puerta del closet para sacar su ropa, como si no estuviera frente a él, y aun así, no podía encontrarla. Los ojos le ardían pero estaba seguro de que no lloraría, él no era más ese tipo de persona que llora por cualquier cosa.

Alain subió a los pocos minutos y al verlo dar vueltas en círculos pasó de él. Decir que estaba molesto con Yotam, sería un error. Se sentía frustrado, herido de verlo como un animalito extraviado. Odiaba no saber qué era lo que le pasaba ni como podía ayudarlo. Intentaba guiarlo, consolarlo si es que eso era lo que necesitaba, pero sentía que si le hablaba en estos momentos, sus ganas de abofetearlo para hacerlo reaccionar y entrar en razón podrían ganarle… Y él jamás le había puesto la mano encima a Yotam para herirlo. No, ni pensaba hacerlo.

En su mente tenía claro que nadie en sus cinco sentidos dañaría a quien ama, Alain no planeaba ser la excepción. Amaba a Yotam por encima de todas las cosas, tanto que prefirió tragarse su frustración e irse directo a la ducha. Se desvistió con prisa y se metió al chorro de agua sin preocuparse por templarla. El agua estaba helada pero lo que le consumía por dentro podía más.

No era ajeno al destino incierto que le esperaba con Yotam, sabía que tenía un alto pronóstico de llegar a una etapa en la que dejaría de ser funcional, un peligro para su propia existencia. Buscaron otras alternativas, nuevas opiniones, pero después de meses de estudios todos llegaban a la misma conclusión. Cuando Yotam entrara en esa etapa, lo mejor iba ser internarlo. Si no aprendía a controlarse, los recuerdos podrían alcanzarlo y consumirlo hasta hacerlo perder la memoria o la razón. Alain sabía que un día, su hermoso Yotam se apagaría por completo, pero apenas tenía veintiséis años, le quedaba una vida por delante. No era justo… No podía estar pasando… No ahora.

Casi como si lo llamara con el pensamiento, la puerta del baño se abrió y cuando volteó, la imagen de quien amaba se acercó a él. Un cuerpo hermoso, joven. Los ojos casi azules que tanto amaba, su cautivadora desnudez que en cualquier otro momento le hubiera robado suspiros. No se trataba de que Yotam fuera la creatura más hermosa sobre la tierra, aunque físicamente era muy atractivo, pero a los ojos enamorados de Alain, no había nadie más que él. Después de todo, ¿a caso no todos vemos a quien amamos como aquel milagro que habíamos pedido para nuestra vida?

— ¿Puedo entrar contigo? —Pidió Yotam.

—Estoy por terminar…—respondió y se arrepintió por la dureza con la que había hablado, pero estaba viviendo este instante de debilidad y no quería testigos para ello, menos a quien era el causante de que estuviera a punto de echarse a llorar.

—Aun  así, quisiera…

— ¡No!

—Alain…

—He dicho que no —replicó mirándolo con furia— estoy por terminar, espera afuera.

Yotam lo miró herido, dolía tanto ver a ese par de orbes azules perder su brillo. Dolía tanto cuando se humedecían de tristeza. Era una escena a la que Alain simplemente no podía resistirse, no, ni quería hacerlo. —No, no, no… ¡perdón! No lo he dicho enserio —se apresuró a decir, mientras salía de la ducha e iba por él. Lo envolvió por la espalda en un abrazo protector, mientras lo apretaba con fuerza contra su cuerpo— ¡Lo siento, amor. lo siento mucho! No debí… no debí hablarte así.

Yotam se giró para abrazarlo y no quiso contener más lágrimas. Para él, solo había algo peor que los recuerdos… Que Alain no lo amara más.

Prefacio Hágase tu voluntad

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PREFACIO

Dublín, Irlanda.

Noviembre del 2000.

      Eran poco más de las diez de la noche cuando nos escabullimos de los dormitorios.

Justo después de que la última revisión nocturna concluyera, salimos por la ventana  que daba al patio trasero. Corrimos entre los cultivos hasta panel y escalamos el ramaje que recubría la pared. Nos movíamos rápido y cuidando de hacer el menor ruido posible. Cada uno de los pasos a seguir fue planeado a detalle, tanto como pudimos. Después de todo, ¿qué era lo que sabíamos nosotros sobre fugarse? Esa noche, no fuimos los únicos en escapar y creímos que esa sería una ventaja que nos daría más tiempo, pero había algo más, y es que una vez lejos de este lugar yo no contaba con los recursos necesarios para sobrevivir por mi cuenta, peor que eso, la simple posibilidad de que, si quiera, lográramos escapar se reducían de forma alarmante ante nuestros pies. Bastaba un pequeño error para que nos descubrieran y nadie quería eso. Sin embargo, aunque tenía miedo, nada de lo anterior me hizo desistir de intentarlo. Era nuestro derecho irnos y con tal de no quedarme yo estaba dispuesto a dar todo cuanto poseía, mi vida misma de ser necesario.

      La regla era simple, una vez que estuviéramos en el bosque cada quien correría por un rumbo diferente, para, de ser posible, jamás volver a mirarnos los rostros. Solo teníamos una oportunidad. Correr sin rumbo por el bosque con la esperanza de llegar a la carretera o morir en el intento; cualquiera de ellas me parecía una idea mucho más alentadora que pasar un día más en esa cartuja.

      Las heladas nocturnas eran comunes durante estas fechas, pero si esperábamos hasta diciembre todo se complicaría. La nieve, los ríos que se congelan y  el inicio de las festividades; sabíamos que para evitar que algún chico pretendiera mezclarse entre el gentío y escapar, se reforzaba la seguridad. Solo un pequeño grupo de niños asistía a las misas, el resto de nosotros permanecíamos en los dormitorios bajo llave y con los perros sueltos en el patio. Como cada año y justo antes de las festividades, un nuevo sacerdote era enviado a San Patricio, esperábamos por esta fecha desde hacía varias semanas hasta que finalmente hoy, el nuevo padre llegó de Arklow. Como una forma de bienvenida los sacerdotes y monjes se habían reunido en la capilla para los rezos de consagración, aprovechamos entonces para escapar. Era mala suerte que precisamente hoy hiciera un frío insoportable. O quizá, la algidez que me carcomía la piel era producto de la adrenalina que inundaba mi cuerpo, temblaba porque estaba asustado.

      Una vez que todos estuvimos del otro lado del ramaje, hubo un breve segundo en el que el miedo me paralizó. Creo que fue un sentimiento compartido, éramos doce, según pude contar. Doce niños de entre siete y trece años. Solo por un segundo pensé en todos los demás que se quedaban y me llené de lástima,  de rabia. Pero yo había llegado hasta aquí  y no iba a detenerme ahora, con eso en mente, me aferré a lo único que poseía… Lo único que realmente valía en mi vida y salí disparado de frente al bosque. Iba a alejarme de este maldito lugar, me iría lejos, muy lejos de aquí. Olvidaría todo lo que pasó como si solo se hubiese tratado de un mal sueño del que finalmente había podido despertar. Jamás hablaría de lo que sucedió, jamás les daría un segundo más de mi vida… Jamás.

      Una vez andados los primeros metros de distancia, reconocí una semillita de esperanza en mi interior. Realmente estaba pasando… Quise hacer planes mientras corría por entre los árboles; finalmente comenzaba a probar un poco del sabor de mi libertad y me gustaba. Sin embargo, cuando las luces de los reflectores del edificio al encenderse  amenazaron mi independencia, su claridad casi me hace llorar. Esa luz que aclaraba mi camino, se volvió grilletes que me perseguían, su reflejo sobre los arboles buscaba esclavizarme de nuevo, desvaneciendo mis esperanzas de un futuro distinto. Fue entonces que el verdadero miedo se apoderó  de mis piernas obligándome a correr más rápido de lo que jamás lo había hecho en mi vida. Solo podía pensar en que si nos atrapaban, nos matarían allí mismo y mi vida quizás no importaba tanto como la de él.

      No fue la peor noche de mi vida, pero si una terrible, de penumbra: sin luna y sin estrellas. Todo lo que nos rodeaba era una densa oscuridad que no permitía, si quiera, que miráramos nuestras manos al ponerlas frente a nuestros rostros. El bosque entero temblaba bajo nuestros pies y el terror se propagó en mi interior al escuchar el inconfundible ladrido de los perros.

       ¡Maldita sea!

      Odiaba a esos animales que habían sido entrenados para matar. En una ocasión los ví cazar: rápidos y certeros, una vez que ponían la mirada en una presa no había hacia donde escapar.

      — ¡Los perros, Patrick…! — dijo Jacob en un hilo de voz, mientras se sujetaba con más fuerza a mi mano. Le aterraban. Y con justo motivo, ninguno de los que presenciamos esa escena, la íbamos a olvidar jamás.  

      Con esa intensión nos obligaron a mirar: era una chica recién llegada que no se había podido adaptar. Dijeron que cometió una falta grave, la verdad es que no necesitábamos cometer alguna falta para que se nos castigara, pero lo que le hicieron a ella nos marcó a todos para siempre. En esa ocasión nos sacaron a todos a la explanada y el padre Raphael nos obligó a mirar como sus perros la hacían pedazos. Recuerdo su cara y lo mucho que parecía disfrutar de lo que los animales hacían. Él era así, el peor entre todos. Y volvió a los perros bestias como él.

       Aun a veces soñaba con ella, su nombre nunca lo supe, ninguno de nosotros usaba un nombre propio, en cambio teníamos números que nos fueron asignados y nos llamaban por ellos. En mis sueños la 3652 gritaba de nuevo. Me aterraba dormir y soñar con ella.

      —Soltaron a los perros… —agregó Jacob y su voz me devolvió a la angustiante realidad.

      — ¡Corre! ¡Corre…! —Presioné, obligándome a borrar esa imagen de mi mente y centrarme en encontrar el mejor camino entre tanta oscuridad.

      Escuché el ruido del agua al caer y tiré de él lo más fuerte que pude mientras aceleraba el ritmo de mis piernas. Era el rio de escarpadas, el arroyo indicaba que estábamos yendo al oeste. Entramos a una costanera despejada y justo ahí, frente a nosotros, estaba el cauce. No lo pensé, pues quizá de haberlo hecho no me hubiera atrevido. Simplemente me aventé al agua llevándome a Jacob conmigo. Era hondo, pero estrechó. Luché desesperadamente contra la corriente hasta que pude sacarlo y me obligué a  hacer de menos que el agua estaba helada. Los dos temblábamos: yo no sabía si eran mis dientes los que castañeaban o el crujir de las ramas bajo nuestros pies. Lo que sí, es que el agua me había despejado lo suficiente la mente como para permitir que  me ubicara.

      Reconocí el lugar, sabía que había una cuesta y que debíamos avanzar con precaución, sin embargo; se impuso mi prisa sobre mi cautela. Y el hecho de que casi no pudiera ver nada, no me ayudó. Avancé un poco más con Jacob a mi espalda, dimos con el repecho y ambos rodamos ladera abajo, como unos cuatro o cinco metros. Llegamos al piso y el golpe seco del final me dejó mareado. Sentía que me ahogaba, mi respiración agitada me quemaba las fosas nasales y me ardía cada vez que respiraba. Me moría de cansancio pero aun con todo, me obligué a levantarme.

      Tiré de Jacob, pero él seguía entre las  hojas.

      —Ya no puedo…—dijo apenas en un quejido.

      — ¡Vamos! Solo un poco más…

      No quería escuchar que se rendía. No ahora que estábamos tan cerca.

      — ¡Estoy cansado, Patrick!

      Solté su mano solo para sujetarlo de su ropa y obligarlo a levantarse. Estábamos juntos en esto, teníamos que seguir. Teníamos que permanecer juntos.

      Ante mi insistencia él se esforzó, corrimos en línea recta  tanto como pudimos. El tiempo era relativo en ese momento, pero avanzamos varios kilómetros sin detenernos, quizá fue menos, no podría asegurarlo. Yo estaba seguro que habíamos perdido a los perros cuando cruzamos el rio, hasta que sus ladridos fueron nuevamente traídos por el viento. Estaban cerca y tras cada segundo los escuchaba con más claridad.

      Jacob se desplomó por tercera ocasión obligándome a detenerme. Él realmente ya no podía continuar y yo estaba consciente cuando decidí traerlo conmigo que su salud era delicada. El encierro de los últimos días lo tenía débil y le había obligado a correr despavorido por poco más de una hora. A ambos  se nos notaba el cansancio, pero no podíamos detenernos, no ahora.

      Jacob se me escurrió entre las manos hasta el piso y en ese momento me di cuenta que ya no podía sostenerlo. Yo mismo no tenía fuerzas para continuar. Estábamos tan cerca de la ciudad… Tan cerca.

      —Jaco, por favor —supliqué—solo un poco más. Un poco más y todo habrá acabado.

      —Y-ya no puedo… —la voz se le quebró, casi pude verlo llorar. Lo había visto llorar tantas veces que me sabía de memoria sus gestos. La expresión de su rostro, sus cejas contrayéndose y la línea de su boca inclinándose hacia abajo. Con la humedad de sus lágrimas cayendo por entre mis dedos supe que se había rendido y el cuerpo me dolió. — Perdóname…

      —No, no, no…no —repetí aterrado— ¡No! No, no… ¡Maldición, no! ¡Por favor! ¡Por favor, no!

      —Vete—dijo—hazlo.

      Se soltó de mí, poniendo ambas manos sobre el piso.

      —Ven conmigo—supliqué y fue mi turno de llorar— ¡Por favor! ¡Por favor, ven conmigo!

      —Si seguimos los dos nos van a atrapar. Vete, Patrick, vete y olvida que alguna vez estuviste aquí.

      —No, Jacob.

      Sujeté su rostro entre mis manos, no podía ver su llanto pero la humedad de sus lágrimas entre mis dedos era más intensa. Le había prometido sacarlo de aquí, irnos lejos donde nadie nos conociera y volver a empezar. Íbamos a estar juntos y yo jamás permitiría de nuevo que alguien le hiciera daño. Lo prometí… Se lo prometí.

      — ¡Vete! —repitió.

      Pero aun en ese momento tan decisivo para los dos, me detuve a robarle un beso. Un beso… El segundo que habíamos compartido. A mi edad, sabía del amor lo que mis padres pudieron enseñarme antes de morir. Mi padre besaba a mi madre cada vez que las palabras no le alcanzaban para demostrarle sus sentimientos. Y si en mí aun había un poco de amor, era únicamente para él. Éramos niños, él más que yo, pero se nos había obligado a crecer y sentir como hombres. Jacob era lo único limpio que había en mi vida, lo único bueno y no quería perderlo. Y si tenía que suceder, entonces quería llevarme algo de él que pudiera durarme la vida entera, así que tomé de sus labios un beso con sabor a sal y despedida. Y los malditos perros se escuchaban cada vez más cerca.

      —Por el amor de dios, vete de aquí, Patrick —sollozó sin apartarme —vete lejos y no mires atrás.

      Quizá él no entendía lo que estaba pidiéndome, pero al dejarlo estaba perdiendo una parte de mí. La mejor parte…Mi mano continuó rozando un segundo más la  piel suave de su rostro aun cuando ya le había dado la espalda y me sentí vacío cuando dejé de sentirlo entre mis dedos, pero ya había tomado la decisión… me alejé corriendo entre los árboles.

      Mis últimos cinco años de vida habían sido de sufrimiento. Dolor tras dolor, creí haberme hecho fuerte, sin embargo, y pese a todas las penurias que había pasado, soltarme de él en ese momento fue lo más difícil que tuve que hacer en mi vida.  

      Había roto mis promesas… Yo… Yo lo abandoné en ese lugar.

Hágase tu voluntad resumen

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RESUMEN

 

      Hágase Tu Voluntad es la historia de Alain, un arquitecto de treinta y un años que sueña con edificios y una hermosa casa en la cual pasar el resto de su vida junto a Yotam, su mejor amigo de la infancia, su confidente y su ahora también pareja de vida. Alain es un hombre brioso y tenaz de carácter reservado que disfruta del silencio y ansía la privacidad de su vida junto a su pareja.

      Yotam por su parte, esta a meses de graduarse y de cumplir veintisiete años. Estudia administración y anhela tener su propia cafetería. Para él, lo más importante de su día a día es continuar escribiendo su historia de vida junto Alain, reescribir su pasado y sanar las muchas heridas dolorosas que este le dejó. Olvidar al niño triste y lleno de temores que solía ser, para convertirse en un hombre digno y del cual Alain pueda sentirse orgulloso.

      Ha pasado casi dos años desde el último episodio depresivo de Yotam,  todos aquellos sinsabores parecen hoy cosa del pasado para Alain, quien cree estar cruzando la etapa más pacífica de su vida. Se siente seguro ahora que nadie los persigue ni puede causarles daño, pero su vida aparentemente imperturbable comienza a ensombrecerse luego de un cambio repentino en Yotam. Esa reciente actitud melancólica, y los últimos ataques de ansiedad sufridos por su pareja, se vuelven el inicio de un catastrófico descenso en la salud de Yotam, luego de que una citación con la orden de presentarse ante un juez en Irlanda, les obliga a mirar atrás y revivir ese pasado compartido que tanto se habían esforzado por dejar atrás.

      Su relación y todo aquello por lo que habían luchado, está a punto de ser puesto a prueba.

A Samuel Vera y William Rodríguez

por las largas horas de sentimentales confesiones.

Acerca de Ángeles Guzmán

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¡Hola!

Sí, ya sé que es una forma muy simple de iniciar, pero es el saludo oficial de la cordialidad. Es fácil de usarla tanto para con mis conocidos como para con todos los demás que espero conocer.

Antes que todo, quiero agradecerles por regalarnos un poco de su tiempo y visitar este espacio. ÁTAME, es sin duda, uno de los proyectos más importantes en mi vida. En el cual, tengo la fortuna de compartir esta pasión con dos escritoras a las que empecé admirando y naufragando en el mar de sus historias, hasta que fui totalmente absorbida por su pasión y ese toque tan propio que cada una le pone y que vuelve sus novelas adictivas. Confió en que a ustedes les sucederá lo mismo.

Uno no siempre tiene la suerte de toparse con personas con el valor que ellas tienen para mí. Angélica y Nani, son un regalo precioso que quizá no hubiera podido obtener, si Erika, quien aparte de fungir como editora, publirrelacionista, lectora apasionada y en muchas ocasiones, la voz de mi conciencia. Además de mi amiga, no hubiera florecido como margarita, entre la nieve de mi primera historia. Motivándome siempre ha seguir adelante y siendo apoyo y también regañandome cuando así me lo merecía.

Así mismo, para dejar este espacio lo más bonito y presentable posible, he tenido el orgullo de hacerme de más familia y ahora tener como mi querido sobrino, a Pablo, un chico coqueto y alegre a quien le estoy muy agradecida por limpiar siempre nuestro desastre y hacernos “Tutoriales para principiantes”.

Y aunque este espacio es para presentarme, no podía iniciar sin mencionarlos a ellos primero.

Con respecto a mí, puedo resumirlo de la siguiente manera:

En la medida que lleguen a conocer a mis personajes, sabrán quien soy y de lo que puedo ser capaz.

Inicie cuando era aún muy joven, con casi diez años escribía sobre lo que para entonces, era el amor. Sin duda, una palabra muy prostituida, pero que en aquel, era mi sueño y meta. Estaba obsesionada con la vieja escuela, en la que escribías con bolígrafo y el cuaderno terminaba lleno de tachaduras y líneas sobrepuestas. Fui creciendo y con el paso del tiempo, mi opinión sobre las relaciones, los sentimientos y el uso de la mecanografía me obligó a despertar y ver una realidad, cruda, difícil pero sumamente interesante.

Los primeros amores que rescindieron en “tragedia” terminaron apagando mi entusiasmo, infantilmente cimentado en el: Y vivieron felices por siempre.

Fue entonces que apareció la computadora y casi al mismo tiempo, alguien me contó lo que hasta esas horas, escapaba de mi imaginación. Las relaciones entre chicos.

En México era tanto como un tema Tabú, en el que hablar de fantasma, personas sin fe, inseminación artificial y homosexuales, se veía igual de mal.

Debo confesar que no me esperé a cumplir la edad legal para investigar sobre ciertas cosas. Pero a las fechas, puedo ver y escribir lo que se ha vuelto más que una pasión. No hay en mí, el menor resquicio de morbo, los hombres me han encantado desde que tengo memoria, con eso en mente, imaginarlos sentimental e íntimamente ligados, me hace muy feliz.

No hay una historia triste detrás de todo esto, me gusta y punto.

Compartir lo que escribo, por primera vez, sin el uso de un seudónimo. Me emociona y preocupa, sin embargo, no hacerlo, sería tanto como negar a mis personajes. Ellos que son ese tesoro emocional que lo mueve todo. Y sin quienes escribiría sin sentido y sobre todo, sin sentirlo.  Son mi fuerza de realidad, la emoción, el misterio del dictado de ese diálogo que surge sin saber de dónde, pero que me hace teclear con convicción cada letra y con una lucidez sorprendente. A ellos me debo y para estoy.

Todo lo demás, es otra historia.

Acerca de Angélica Morillo

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Hola a todos.

Soy de nacionalidad colombiana y vivo en la capital del país, en lo que muchos podrían llamar una jungla de concreto. Un lugar con una magia bastante particular, donde la mayoría de personas se ven absorbidas por la lucha diaria con el tráfico, la pelea contra el reloj  y el afán del día a día, y yo… Pues yo también ando de afán, pero mientras me preocupo por coger el transporte a tiempo para llegar sin retrasos al trabajo, mi mente también se ocupa de decidir el mejor destino para los personajes en mis historias.

Originalmente nací en una ciudad costera llena de gente alegre, colorida y charladora; ese tipo de lugar en los que con mucha facilidad puedes hacerte amiga de la persona con la que se comparte el asiento en el bus y obtener de ello que te cuente la historia de su vida, así que supongo que puedo culpar un poco a este tipo de situaciones y a mis orígenes del hecho de que la escritura —Ese medio bendito que te permite transformar e interpretar la realidad a tu antojo— sea tan importante e incluso algo vital para mí.

Fue en la incómoda etapa de mi adolescencia donde descubrí que los libros eran el escape perfecto, un lugar acogedor que me hacía sentir cómoda. Pronto me volví codiciosa y decidí que ya no me era suficiente con entregarme a las historias de los demás, así que decidí que el lápiz, además de servirme para entregarme a mi otra gran pasión (el dibujo), también podía servir de instrumento para darle vida a mis propias historias y a mis propios personajes.

…Y luego llegó el género que lo catapultó todo para mí… La homoerótica se convirtió en «Mi nicho». Supongo que esto se debe a que me enamora la idea de que el amor pueda traspasar cualquier tipo de barrera, incluso aquellas que parecen infranqueables, además de porque pienso que en lo mínimo que tiene derecho a decidir una persona sin que los demás se atrevan a juzgar o a querer imponerse, es en la manera en la que se escoge manejar la sexualidad y a quién decide entregársele el corazón.

Mi vida es sencilla, tranquila y feliz, estoy casada hace unos años y tengo tres perros. Todos mis ratos libres los dedico a la escritura y al dibujo. Gracias a que por azares del destino me he encontrado con las cofundadoras de este espacio en la red, he decidido compartir mis historias con todos ustedes sin utilizar un seudónimo, pues he decidido ser tan valiente como algunos de mis personajes y estas historias y esta pasión hacen parte de quien soy… Espero que las disfruten.

Con mucho cariño…

Angélica —Angye para los amigos— Morillo.

 

Acerca de Nani…

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Hola.

Soy Nani.

Soy Chilena y vivo en el sur de este hermoso país, en el campo, rodeada de un paisaje de ensueño que facilita el contacto con la naturaleza, la tranquilidad y el fluir de incontables personajes que pueblan mi mente.

Siempre he sentido afición por la escritura y la lectura. Cuando encuentro una buena historia, me sumerjo en el libro y el mundo real desaparece temporalmente hasta que lo he terminado.

Comencé a escribir cuentos e historias cuando era muy pequeña. He escrito sobre temas muy diversos que incluyen, entre otros, poesía e historias infantiles.

En el 2012 descubrí las historias homo eróticas. El impacto fue grande y fantástico. El tema  me atrajo de inmediato por ser diferente, un poco prohibido, menos conocido y, particularmente, por tener un enorme campo para desarrollar personajes e historias.

Mi primera historia, Giovanni, la escribí en apenas diez días, en noviembre de 2013, aunque debo reconocer que pasé meses  informándome sobre el tema.  La he vuelto a leer ahora y me doy cuenta que hay mucho que podría mejorar, pero voy a conservarla tal cual. Cada historia que he escrito después muestra la evolución que he ido experimentando y cómo he ido aprendiendo a construir mejor las historias, su trama, personajes y escenas. Me he preparado y estudiado para ello…  pero no demasiado tampoco. No quiero que nadie me borre la originalidad ni me alimente con ideas preconcebidas sobre “como debe ser una buena historia”. No creo que exista esa fórmula.

A los únicos que les permito “meterse de lleno” en las tramas  y argumentos de mis historias es a los personajes de las mismas. Se aparecen en mi “pantalla mental” cuando escribo sobre ellos y me cambia los diálogos y los acontecimientos… incluso, en una de las historia me cambiaron el final. Pero siempre tienen razón y es por eso que les hago caso. Ellos son capaces de “ver” más allá de lo que yo puedo ver respecto de sus vidas y lo que quieren vivir. Para mí, ellos están tan vivos como el resto de mi familia.

Me hace feliz escribir.

Más feliz me hace saber que hay lectores a quienes les agrada lo que escribo y son capaces de alegrarse, enojarse o emocionarse con las palabras que he usado para formar una frase, describir un sentimiento y contar la historia de un personaje.

Gracias a mis lectores por el cariño que me han manifestado a lo largo de estos 3 años. A riesgo de sonar muy cliché debo decirles que son la fuerza que me impulsa a seguir creando y la única y valiosa recompensa por el tiempo y el esfuerzo que le dedico a esta hermosa pasión.