Sebas y el Mar por Isabel Quiroga

 

Resumen: 

Un paseo al mar de dos chicos enamorados y felices cambia dramáticamente y para siempre la vida de ambos. Santiago recuerda e intenta superarlo pero su vida ha quedado estancada ya que Sebastian sigue siendo todo para él. Debe  luchar por sobrevivir cada día y encontrar la forma de volver a ser feliz.

 

 

SEBAS Y EL MAR

 

La noche sigue cayendo y poco a poco se hace más oscuro. Solo estamos tu y yo. Nuevamente te tengo entre mis brazos y mis manos buscan desesperadas debajo de tu ropa algún contacto con tu piel, mi boca busca tus labios y tu sabor, tan dulce… aunque esta vez, hay algo raro, un sabor diferente, algo amargo y agrio. No me importa. El solo sentir el sabor de tu saliva, cualquiera que este sea, mezclándose con la mía, es suficiente para hacer que todo mi cuerpo se caliente

“¡Sebastián!

Tu nombre sale en un gemido ahogado de mi boca. Tu cuerpo tan tierno se mueve, se restriega sobre el mío y no puedo más mi amor, me consume el deseo que siento por ti, ¡ahh!, mis manos no son suficientes, necesito de tu cuerpo, aprieto más fuerte cada vez, mis ojos, mis labios, mi cuerpo se tensa sobre la tierra húmeda y tu recuerdo me quema como fuego vivo, no puedo parar, no ahora. Tus ojos me miran, tan azules y claros, y tu voz me llama a lo lejos, finalmente me desbordo…  no puedo más y las lágrimas salen de mis ojos y la liberación sale dolorosa de mi cuerpo y cae, nuevamente sobre la tierra que te cubre sin vida… ¡Sebastián!, es lo último que me oigo decir antes de caer en la inconsciencia y volver a soñarte.

– Santiago – escucho cerca de mi oído como un susurro. Siempre me decía Santi, Tiago o Amor. Mi nombre completo lo reservaba para ocasiones especiales, cuando quería toda mi atención sobre él.  Lentamente abro los ojos y encuentro los suyos azules mirándome intensamente, con ese brillo especial, los labios entre abiertos y las mejillas sonrojadas.

Sonrío de lado y me muevo en la cama para poder tocarlo mejor, está caliente, puedo notarlo en la pesadez de su respiración y el calor diferente que emana de su cuerpo

-Sebastián

Respondo pretendiendo que no sé lo que quiere, y solo porque me encanta desarmarlo y obligarlo a pedírmelo en palabras más concretas. Es demasiado sexy. No me responde en palabras. Lentamente desciende hasta perderse debajo de las sábanas y va directo al grano.

Me río porque no quiere jugar.  Pronto encuentra el objeto de su deseo y mi mente se queda en blanco, el calor de su boca y la manera en la que lame y chupa con fuerza me vuelve loco. Solo puedo bajar mis manos, echar la cabeza hacia atrás y rendirme a lo que quiera hacer conmigo.  Me convierto en gelatina entre sus manos

– ¡Sebas! – gruño empujando despacio.  Lo hace como nadie,  tal vez es el amor que siento por él, o el talento que tiene para hacerlo, pero amo cada forma en que él pueda amarme a mi.”

 

El viento helado se cuela por debajo de mi ropa y un dolor agudo se apodera de mi cabeza. Nuevamente despierto, nuevamente consciente… El sol ya ha salido, y me pega directo en la cara, a pesar de eso hace frío y me siento cansado, con los ojos aun cerrados acomodo mi ropa y me preparo para levantarme. Pronto llegarán las visitas y los encargados y se supone que no debo estar aquí. Avanzo de rodillas hasta el centro de la tumba.

– Hasta más tarde, mi vida – digo pegando la frente en la tierra y besando su nombre sobre la lápida de cemento.

Nuevamente debo incorporarme a la vida y a la rutina. Me levanto con cuidado, mis músculos están resentidos por la posición en que dormí y el frío que soporté toda la noche. Camino despacio, aún sin haberme adaptado por completo a la luz del día, mi reloj indica que son las seis treinta de la mañana. Aún tengo tiempo para llegar a trabajar, aunque no puedo ni soñar con ir a casa y tomar un baño. Lo haré más tarde, cuando termine mi jornada. Trato de cubrirme un poco más con la chaqueta, aunque es muy fina y no es suficiente, el viento viene congelado y la luz del sol, aunque sea fuerte, no me caliente para nada, me siento más débil y más cansado.

Al salir a la calle todo es como el día anterior, lo único que cambia es que, desde mi perspectiva, la calle se ondula bajo mis pies,  el ruido es mucho más fuerte en mis oídos y mis ojos lo ven todo de una forma más clara y brillante… tan clara y brillante que me lastima y no me deja caminar u orientarme bien. Me confunde el movimiento de los autos y las personas hablando, pero aún con todo, logro llegar a la parada de autobús y eventualmente a mi empleo.

El colegio donde trabajo no es muy grande, ni es exclusivo, o de renombre. En él estudian niños y niñas, adolescentes comunes y corrientes, de familias de clase media y baja. Niños y niñas cuyos padres se rompen el lomo trabajando para darles una vida decente. La paga no es la mejor, pero me alcanza, y lo que hago me gusta mucho, o al menos me gustaba. Entro al establecimiento con la intención de ir a mi oficina. Aún me duele la cabeza y me tiemblan un poco las piernas. Me es difícil subir las escaleras, y varias veces debo detenerme en el camino para respirar profundo, finalmente llego y cierro la puerta al entrar.

Todavía es temprano y tengo dos horas libres antes de mi primera clase. De mi cajón saco un par de analgésicos y los bebo deprisa con un vaso de agua fría.  Necesito espabilarme y deshacerme de este dolor de cabeza antes de entrar a clases. En el pequeño cubículo que es el baño de mi oficina hay un espejo, un lavamanos, un inodoro y una pequeña repisa donde están el jabón y un par de toallas limpias. Con estos elementos empiezo la tarea de adecentar mi apariencia. Me despojo de mis ropas con cuidado de no arrugarlas más de lo que ya están, y empiezo a enjabonar mi cuerpo con una de las toallas. Mojo mi cabello y lavo mi rostro y mis dientes. Al menos así no luciré como si hubiera dormido en el suelo. Una vez limpio reviso mis clases del día de hoy y salgo, con una sonrisa falsa y el dolor de cabeza apenas menguando. Los ojos me arden y la garganta me ha empezado a molestar. Creo que mi clase de hoy no será tan larga y haré que los chicos trabajen por su cuenta, no me siento con ánimos de hablarles tanto.

Mis alumnos me saludan, y charlan entre ellos mientras acomodo mis cosas. Son buenos niños y he llegado a tomarles cariño. Desde la muerte de Sebastián ellos están más tranquilos, tratan de causar menos problemas y se muestran más dispuestos a ayudarme y a hacerme la jornada más sencilla. Es por eso que no me es difícil conseguir su atención cuando les pido que realicen los ejercicios en sus libros tan quietos y en silencio como les sea posible. Una vez logrado esto me siento y simplemente dejo que los minutos acaben con la primera hora. Los recuerdos van desde esta mañana hasta hace 3 meses, desde mi reflejo en el espejo de mi baño, hasta el reflejo de mi rostro de horror en el espejo retrovisor de mi automóvil el día del accidente, y poco a poco me transporto a ese día…

Era de mañana cuando salimos. Estábamos felices como nunca antes, en especial Sebas. Parecía un niño emocionado por ver el mar.  Veinticinco años llenos de energía en un cuerpo hermoso, con un rostro bello, un cabello algo largo y castaño de rizos desordenados que volaban aquí y allá gracias al viento que corría, los ojos más azules y claros que veían todo de forma positiva, siempre sacándole el lado brillante a las cosas.  El recorrido era fácil y no había tráfico. Aprovechaba que era temprano para poder dormir un rato, Sebastián había insistido ya que yo trabajaba hasta muy tarde y dormía muy poco.

Un, “Tiago mira eso o aquello” me despertaba de cuando en cuando, pero jamás me Molestó. Tendríamos varios días para descansar, y por eso observaba todo lo que él me mostraba con igual emoción y alegría, y prestaba atención a todo lo que me decía, pero de pronto, todo se volvió oscuro.  La última vez que escuché mi nombre de sus labios fue en un “Tiago agáchate”. Un grito de horror seguido de sonidos metálicos y golpes, chirridos, bocinas, más gritos y luego nada. Frío, mucho frío y mucho dolor. Escuchaba muchas voces pero ninguna era la suya. Jamás la volví a escuchar estando consciente.  Jamás volví a ver sus ojos azules mirarme.

Una semana después desperté en el hospital, con la garganta seca y muy asustado. Poco a poco recuperé la fuerza para moverme solo, poco a poco me fui enterando de lo que había pasado y poco a poco tuve que acostumbrarme a vivir solo, a estar solo.  Volví a trabajar  y regresé a nuestra casa, solo que él ya no estaba ahí. Unos días más tarde todos notaban que me encontraba mal, que no era el mismo, que me fastidiaba muy fácil y que no podía estar de pie por mucho rato, y además de eso, me temblaba el cuerpo, y se me salían las lágrimas sin avisar.  Empezaron a preocuparse y finalmente decidieron que necesitaba ayuda profesional.  Hice lo que tenía que hacer, solo asentí y acepté.

– Profesor, profesor Santiago – dice Carolina, una muchachita atenta y muy simpática que me saca de mi ensoñación.  Me incorporo y le devuelvo la mirada y mi atención.

– ¿Cómo puedo ayudarte? – pregunto tratando de ser amable.  La niña sonríe y me explica su problema y vuelvo al ruedo, a mi papel de maestro responsable siempre presto a ayudar y escuchar a mis alumnos.

Mi jornada culmina a las cuatro de la tarde y salgo del establecimiento despacio. El efecto de los analgésicos ha pasado y el dolor de cabeza y cuerpo vuelven a atacar. Esta vez tomo un taxi a casa.  Ya no soy capaz de caminar tanto sin tambalear, mi cuerpo está débil y tengo la sensación de que me desmayaré en cualquier momento.

Al llegar a casa no hay nada que desee más que tomar un baño y dormir, pero debo ir a la dichosa terapia. Si no me presento podría repercutir de forma negativa en mi trabajo.  Solo alcanzo a bañarme y tomar otro par de píldoras, comer un tazón de cereal con yogurt, cambiar mi ropa y, esta vez, salgo con una chaqueta abrigada para la noche. Tomo otro taxi. No tengo ánimos para caminar aún y el consultorio está algo lejos de nuestra casa.

Llegar al consultorio fue una hazaña para mi. El ascensor sigue descompuesto y casi sufro un paro cardíaco antes de llegar al quinto piso. Abro la puerta, sé que estoy justo a tiempo. Por más que siempre quiero retrasarme nunca lo logro. Estoy cada día a las seis treinta en punto para iniciar una nueva sesión. Al entrar saludo a mi terapeuta y él me saluda a mi.  Me invita a sentarme o acostarme, como me sienta más cómodo, siempre dice.

– Muy bien Santiago, cierra los ojos y dime lo que ves – dice con la voz calmada y suave.

– Estoy nuevamente en aquel lugar ese día, Sebastián conducía, yo iba dormido en el asiento de atrás…  El tic tac del reloj me desconcentra y el zapateo de mi corazón al recordarlo no me deja pensar con claridad.

– Continúa… – dice Cesar sin tratar de presionarme demasiado.

Suspiro varias veces.  No puedo continuar, el ruido, el calor, el ambiente, su mano jugueteando con el bolígrafo sobre el papel, son demasiados factores, sin contar el hecho de que no quiero hacerlo, que duele demasiado hablar de eso, que se siente como si una bola de fuego se formara en mi estómago y punzadas frías y dolorosas me atravesaran el pecho sin dejarme respirar.

– Puedes continuar, Tiago – dice tratando una vez más, luego de varios minutos en los que yo me mantuve en completo silencio, solo respirando e intentando no largarme a llorar.

– Ya… ya no quiero hacerlo… – digo esta vez yo sin mirarlo. Siempre es así. Nunca puedo hablar del día del accidente, de cómo sucedió, o de lo que pasó luego.  Solo guardo esos dolorosos momentos para mi, solo yo soy partícipe de la agonía en la que me sumo al recordarlo, todos los días, cada hora, cada palabra, cada nombre, cada rostro me lo recuerda, y sin embargo, no encuentro las fuerzas para “conversar” como le gusta decir a César.  Llevamos estancados en el mismo lugar desde el primer día que empezamos.

Oigo un suspiro de su parte. Está claramente frustrado, y quién no lo estaría, aún así, algo me impide abrirme con él, o con cualquiera. El sonido de un encendedor, y poco después el olor del tabaco siendo expulsado por su boca me indican que la frustración pudo más y decidió encender un cigarrillo.

– Aún tenemos 45 minutos de sesión – me avisa tranquilo, como si no le importara.

– Podrías darme uno de esos, así matamos los minutos que quedan – digo yo

incorporándome y tomando un cigarrillo y el encendedor – ¿Cuánto tiempo debemos seguir con esto? – siento esa curiosidad desde hace tiempo. Realmente no creo que pueda avanzar de manera productiva y venir aquí cada tres días después del trabajo. Me parece un desperdicio de tiempo y recursos.

– Hasta que vea una mejoría real – dice expulsando más humo que llena la habitación.

Por un momento solo me dejé llevar por la sensación de relajación al inhalarlo, una mejoría real… que se supone que es eso?

– ¿Qué significa?.

– Eso significa que serás capaz de vivir tu vida, de seguir adelante y olvidarlo.

Simple.

Sencillo.

Olvídalo.

Sigue tu vida, como si no se hubiera acabado de morir la persona más importante en todo mi mundo.

– No creo que pueda hacer eso de nuevo… – digo simple y tan sencillo como él,

recostándome otra vez en el diván – ¿Alguna vez perdiste a alguien importante?, de manera inesperada. ¿Alguna vez sentiste que ese alguien estaría para siempre a tu lado y de repente… sin esperarlo, sin que nadie te prepare para ese momento… solo, lo pierdes, como una burbuja que se revienta justo frente a tu rostro, y te quedas perdido, sin saber cómo seguir, sin saber cómo levantarte por las mañanas, sin poder hallar las fuerzas para vestirte, comer, trabajar, hablar con otras personas, seguir viviendo? Siento que los últimos tres meses he estado en piloto automático, haciendo las cosas por inercia mientras mi cabeza está hecha un lío, un garabato gigante y negro ocupa mi mente, y por las rendijas de ese garabato se cuelan imágenes, gritos, sensaciones, un frío que me congela el cuerpo y no me deja moverme, y una oscuridad que, a pesar de estar de día y con los ojos bien abiertos, cubre todo lo que me rodea… No puedes… hablar sin que se quiebre tu voz… y llegar a casa en una pieza y sin haber tenido un ataque de pánico es un gran logro…   Esa es mi realidad, César. No puedo solo “olvidarlo y seguir con mi vida”   Me encuentro de pronto hablando más de la cuenta, con las mejillas cuajadas en lágrimas y sin poder reconocer mi propia voz, con el garabato de mi mente latiendo fuerte, mis ojos arden, y los recuerdos y emociones zumban en mi cabeza como un enjambre de abejas enojadas, levanto la vista hacia César, ha dejado de escribir y ahora solo me observa, con lástima.

– ¡Deja de mirarme así! – grito molesto y apretando los puños – ¡No sabes nada!, tu no lo entiendes, no tienes ni idea de cómo me siento, ¡No tienes derecho de mirarme de esa forma! – sigo gritando y él solo me mira, no se levanta, no me responde, no intenta calmarme. Poco a poco la adrenalina abandona mi cuerpo y me siento más agotado que antes. Me calmo y respiro, lento. Más lágrimas caen por mis mejillas.

– Fue un gran avance Tiago – dice calmado

¿por qué actúa tan calmado?, su calma me desespera

– ¿Cómo te sientes ahora?… – pregunta despacio, y sigue hablando,aún cuando ha notado mi molestia

¿Qué clase de pregunta es esa ¿Cómo me siento?, ni siquiera puedo pensar en una respuesta para esa pregunta, ¿Se supone que debo sentirme mejor?… solo me siento agotado, devastado y totalmente destrozado.

– Me siento exactamente igual que hace 10 minutos – digo aún con la molestia grabada en mi voz – ¿Puedo irme ya?…

César se levanta de su sillón y camina hasta la puerta. Es muy perceptivo y se ha dado cuenta desde hace rato que ya no quiero seguir ahí

– Hasta el sábado – dice tranquilo, esperando a que yo reaccione.

Lentamente, como si tuviera un enorme peso sobre los hombros, me levanto y camino la distancia entre el diván y la puerta del consultorio. Sin despedirme, ni dedicarle una sola mirada salgo, sin ganas de volver a pisar este lugar jamás. Si de mí dependiera no aparecería por ese consultorio de nuevo, pero mi trabajo está en juego, y justo ahora, es lo único que me mantiene pensando en otra cosa.

Fuera del consultorio la vida sigue. Fuera de ese edificio lleno de olor a desinfectante y limpieza, se encuentra el calor, el ruido de los autos, el “smog” y la contaminación visual y auditiva que desde hace días encuentro cada vez más perturbadora. Camino un par de cuadras sin rumbo fijo… sé exactamente hacia donde voy. No me beneficia de ninguna manera, y lo acepto. Soy un masoquista y me encanta torturarme de esta forma, pero por ahora, es lo único que puedo hacer, es como mi propia versión de terapia. Con una botella de licor envuelta en una bolsa, camino lento, no tengo que apresurarme. Jamás se irá de ahí, es hora y media de de camino y esta vez sí voy a pie, quiero pensar o hacer el trayecto más largo.

Cuando llego las puertas ya están cerradas, pero no me importa, he entrado en este lugar tantas veces ya. Agarrado a mi botella empiezo a escalar el enrejado hasta que llego a la cima y salto.  Una vez superado ese obstáculo, bebo y empiezo a caminar. Son las ocho de la noche y ya está bastante oscuro, pero me sé el camino de memoria, exactamente 50 pasos de frente y giro a la izquierda, 45 pasos rectos y giro a la derecha, la cuarta lápida de la quinta fila más cercana al sendero. Cuando era niño los cementerios me daban muchísimo miedo y jamás me atreví a visitar uno por la noche, a pesar de que mis amigos me retaban todo el tiempo a hacerlo. Es curioso, las últimas noches las he pasado aquí y solo en este lugar puedo sentirme realmente en paz.

Una estatua de un ángel se levanta sobre la tumba, la lápida solo con su nombre y su fecha de nacimiento y muerte, Sebastián Bustamante * 03 – 07 – 1992 _ *14 – 11 – 2017.

Veinticinco años de la existencia de una de las personas más dulces que pudieron existir en el mundo.

– Hola Sebas – digo sentándome a su lado y bebiendo otro trago.  Ya han limpiado el desastre que había hecho la noche anterior

– Sigo yendo a la terapia, y esta vez, le hablé un poco de lo que siento a César… pero no pasará de nuevo… no te olvidaré jamás…  si tan solo pudieras escucharme mi amor…  aún recuerdo todo Sebastián, te recuerdo a ti, conduciendo alegre, tan hermoso y emocionado por nuestras primeras vacaciones, por ver el mar, y poder montar a caballo, ¿tu lo recuerdas?, el lugar que escogimos luego de buscar tantos otros, y solo porque todas las habitaciones tenían una vista perfecta de la playa, dijiste que comerías hasta reventar y que… haríamos el amor todo el día, a cada hora… ¡Sebastián! ¡Dios! debía ser perfecto… iba a ser perfecto… lo era… hay algo que jamás te dije, ¡maldita sea! Quería que fuera una sorpresa… lo tenía todo planeado… el mar, una cena, un baile, amarnos hasta no poder más y luego… te lo pediría, te pediría que unieras tu vida a la mía para siempre, que fueras mío por el resto de tus días… pero… todo fue demasiado rápido y hasta el día de hoy me pregunto ¿por qué tu y no yo?… tú eras menor que yo, tenías un futuro brillante, tan inteligente, hermoso, comparado conmigo yo… no soy más que un bueno para nada, que ya ni siquiera es bueno en su trabajo… Te llevaste contigo mis ganas de seguir adelante, todos los sueños de convertirme en un buen maestro, de sacarle el mayor provecho a este nuevo empleo, y mis ganas de dejar una huella importante en cada alumno… ya no queda nada de eso, Sebastián. Tú… te lo llevaste todo, hasta mis ganas de seguir viviendo amor… te llevaste mi corazón…

Vuelvo a beber recargándome un poco en la lápida, todo a mi alrededor huele a tierra húmeda, pasto recién podado y flores marchitándose. No me molesta, es un olor al que me he acostumbrado. Bebo un poco más y saco de mi bolsillo el pequeño aro de platino. Lo llevo conmigo desde que lo compré, siempre buscando una oportunidad para dárselo. Si tan solo lo hubiera hecho antes. Es un anillo hermoso, una banda delgada, una sola incrustación con un pequeño diamante, algo muy discreto y sobrio, pero sé que lo habría hecho el hombre más feliz del universo entero.

Sebastián era demasiado tierno, demasiado sensible, la manera en la que se emocionaba por las cosas más pequeñas, cómo su rostro se iluminaba por cualquier cambio positivo, por una película que a él le gustaba y casualmente estaban transmitiendo, por haber logrado lavar toda la ropa sin que lloviera, o por haber tenido éxito en la cocina al preparar algún platillo nuevo, su sonrisa y su emoción eran tan puras y transparentes, que el solo mirarlo hacía que me emocionara también, y poco a poco fui comprendiendo que la vida era de hecho muy simple, Sebastián tenía el poder de hacerme ver las cosas de forma distinta, de una forma más limpia, todo mi mundo se transformaba cuando él estaba cerca.

Cierro mis ojos y nuevamente su rostro aparece frente a mi…

– Sebastián – su nombre suena borroso, y me asusta, su piel está pálida, su rostro ya no brilla y sus ojos ya no me miran…

Hace tiempo que su voz ya no me llama, que sus manos ya no me tocan y que su corazón ya no late al compás del mío.

Me recuesto sobre la tierra y sobre su cuerpo, en mi mente finjo estar acostado en el calor de su pecho, pero su piel tibia no me reconforta y en lugar de eso es tierra húmeda lo que hay debajo de mí, acaricio lentamente su recuerdo, en mi bolsillo sostengo fuertemente el anillo que siempre quise darle, y junto a este, un frasco de pastillas para dormir que jamás abrí, jamás tomé una sola, no quería caer en esa trampa y volverme adicto a ellas, aunque justo ahora se me hacía tan tentadora la idea de dormir, dormir en paz y tranquilo, sin que las pesadillas y el recuerdo de su ausencia llenaran mi mente sin dejarme descansar.

“¿Dónde está Sebastián? – mi voz se oye en un susurro algo seco, me molesta la garganta y el miedo al hacer esa pregunta no me permite respirar bien, el hombre frente a mi que parece ser un médico me mira con pesar, niega lentamente con la cabeza y antes de que pueda responderme mi mundo se destroza y cae en pedazos frente a mis ojos, me falta el aire, no hay nada que me sostenga y siento mi cuerpo debilitarse lentamente hasta que caigo de rodillas y con un mar de lágrimas cayendo de mis ojos – ¡NO! no no no no ¡nooo! – grito desesperado lastimándome aún más, grito y lloro hasta que mi garganta se queja mi voz no se oye bien, suena ronca y desgarrada pero no me canso de gritar – ¡NOOO! – dos personas corren a sostenerme, con mis manos arranco las vías y cosas que están pegadas a mi cuerpo, solo quiero correr hasta poder encontrarlo de nuevo – ¡SUÉLTENME! – grito con las fuerzas que de pronto me llenan y empiezo a correr, muchos intentan detenerme pero no quiero – ¡Sebastián! – tiene que escucharme, tiene que estar aquí, tiene que estar vivo, el cuerpo me duele, la cabeza me quema y los pies se mueven de milagro, descalzos sobre el piso frío de aquel hospital. Subo escaleras y corro por pasillos que desconozco, solo quiero encontrarlo y llegar hasta él, cuando no pude seguir subiendo abro la última puerta, la azotea – ¿Sebastián? – su figura casi traslúcida me espera muy cerca del final del techo – Sebas – una fuerza me mueve a caminar hacia él – Sebastián me asustaste demasiado – digo al llegar, pero desaparece poco a poco, y en su lugar está el sol pegándome directo a la cara y vacío debajo de mi, el ruido de los autos me aturde y me encuentro parado en sobre los límites de la azotea, por un segundo la idea cruza mi mente, fugaz y tentadora, pero un grito detrás de mí me alerta y me hace regresar, pronto dos personas están agarrándome de los brazos y la pinchada de una aguja hace que me duerma de nuevo.”

Con manos temblorosas abro el frasco y busco mi botella. Siento miedo y dolor… los recuerdos y las imágenes se confunden en mi mente, pero aún así pongo dos en mi mano y las tomo de golpe con un trago, otras dos y así le siguen unas 10, ¿Cuánto es una dosis letal? no lo sé, pero sigo bebiendo hasta que mi cuerpo se empieza a sentir pesado y ya solo quedan un par de píldoras por ingerir. No he dicho adiós a nadie y a pesar de eso termino la botella y me tiendo de nuevo, cierro los ojos y las últimas lágrimas riegan la tierra que me sirve de cama.

“- Santiago – dice su voz suave, su cabeza descansa sobre mi pecho y su mano traviesa me acaricia despacio

– Sebas – digo despacio como él, mi mano recorre la línea de su espalda sin terminar de llegar al final y vuelvo a subir hasta su nuca.

– Santi ya decidí a dónde quiero que vayamos de vacaciones – dice recostándose sobre sus manos, en mi pecho, para mirarme directo a los ojos. Su mirada alegre hace que todo su rostro se ilumine – quiero conocer el mar, jamás he ido, incluso cuando vine a vivir aquí, siendo la costa y habiendo pasado tantos años ya, jamás he ido a la playa – dice como si fuera algo realmente grave y me hace reír y emocionarme enseguida. Algo nuevo, algo que no conoce y que quiere compartir conmigo, me acerco a su rostro y beso su nariz y cubierta por pequeñas pecas color caramelo

– Lo que tú quieras, corazón – digo sonriendo como él.

La playa es algo sencillo. Podría llevarlo a Europa, o Norteamérica, pero él quiere conocer el mar, viviendo en un país costero tantos años y jamás fue, me causa gracia la inocencia con la que dice o hace las cosas a veces”

Finalmente mi cuerpo se rinde y el dolor cesa, las lágrimas ya no caen y siento un hormigueo que empieza con fuerza, sube desde mis pies hasta la punta de mi nariz y desaparece tan súbitamente como llega, en el segundo exacto en que pierdo la consciencia siento una sonrisa dibujarse en mi rostro. El sonido de las olas y la brisa me despierta, la arena caliente me pica en el cuerpo sin incomodarme del todo. Sebastián viene hacia mí sonriendo, emocionado, casi flotando. Su sueño de ver el mar y la playa al fin se hace realidad, su piel se ha bronceado de tanto recibir el sol y su pelo está un poco más largo

– Tiago – dice sentándose junto a mi y posa un dulce beso en mis labios. No me levanto, me quedo acostado mirándolo como tonto

– Gracias por despertar – dice susurrando y tocando mi rostro lentamente.

Al fin estamos juntos de nuevo, con Sebas y el mar.

 

 

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