Santa María de la Salud, España.
15 de diciembre de 1820.
La noche caía lenta y fría. La luz de la luna se filtraba por el ventanal amplio de una modesta casona, iluminando la desnudez de dos amantes que luchaban por apaciguar sus respiraciones después de una ardorosa entrega.
Stelius envolvió en un abrazo protector el cuerpo menudo de Micher, acurrucándolo contra su pecho. Era una ocasión especial: cumplían ocho años de estar juntos, ocho años desde que el joven había aceptado huir con él, y sin importar qué, para él, Micher siempre iba a tener dieciséis.
Aunque hacía casi un mes había cumplido veinticuatro, seguía siendo un niño contra los treinta y dos años de Stelius. Eran tiempos difíciles como para que dos hombres se amaran, pero ellos habían tenido el coraje de hacerlo. Stelius había invertido cada centavo de su modesta herencia en un hogar digno para su amor. Trabajaba casi sin descanso para que a Micher no le faltara nada, para que no extrañara el estilo de vida acomodado en el que había nacido. Sin embargo, los conflictos con Marruecos volvían difícil el poder llevar una comida digna a la mesa, el gobierno a cargo del rey Alfonso XIII estaba exprimiéndolos y, por si esto no fuera suficiente, el Estado acaba de declararse en guerra, mientras el fascismo los contaminaba con la misma velocidad con la que había cubierto y sometido a Italia.
Eventos terribles se suscitaban todos los días, más nada de esto importaba cuando Stelius se perdía en el universo del cuerpo de Micher, cuando contaba estrellas con forma de lunares o creaba nebulosas al erizar la piel del chico. No había dictadura que pudiera controlarlo cuando se abría paso por entre las entrañas de Micher; enloqueciendo con su calor, con su deliciosa estrechez. Nada ni nadie los detenía cuando formaban planetas con polvo interestelar, ni cuando, juntos, coqueteaban con la gravedad.
Micher no exigía nada más que el tiempo de su amado, solo su pasión sin medida. Que llegara cada noche a él sin falta. Bastaba que su corazón estuviera lleno del amor de Stelius, aunque su estómago pasara hambre. No le importaba vestir humildemente si cuando estaba en compañía de la única persona que le importaba en el mundo entero estaba siempre desnudo. Si fuera de esos muros que escondían sus secretos la gente se mataba o el gobierno caía, a Micher no podía importarle menos. Él era feliz y se sentía satisfecho, aun en un mundo que se caía a pedazos.
Solo necesitaba a Stelius; si lo tenía a él, entonces lo tenía todo.
—El último en dormirse apaga la luna —dijo Micher. Era una frase que simbolizaba la inmensidad de su amor, el saber que juntos lo podrían todo, incluso apagar la luna.
—¡Duerme, vida! —respondió Stelius, mientras besaba su frente—. Mañana, cuando despiertes, estaré aquí, para ti.
Una promesa que Stelius no pudo cumplir. Ya no hubo un mañana, no para ellos, nunca más. Y cuando amaneció, la luz del sol mostró una devastación total. La residencia ardía en llamas que lo devoraban todo.
En las noticias de la tarde se dijo que ninguno de los habitantes de la casa sobrevivió…
No lo hizo. Aun cuando Stelius sacó una navaja y se la puso entre las manos, Micher se negó a atravesarle el pecho con ella. Estaba furioso, sí… se sentía herido, traicionado, pero no podía hacerle daño, no a él. Y cuando Stelius avanzó acercándose más a él, Micher soltó la navaja como si el pequeño instrumento le quemara la piel.
—Eres tan hermoso que duele mirarte… despiadadamente sublime y frágil —se lo susurró sobre los labios. Y como si sus palabras fuesen una orden para Micher, este en ese momento se sintió débil, quebradizo ante el aliento de Stelius. La belleza de sus ojos azules, que lo abrazaban y desnudaban al mismo tiempo, lo hizo sentirse sensible al percibir su innegable excitación.
Aún no se atrevía a besarlo; la distancia entre sus labios era un chiste cuando respiraban el aliento del otro, pero Stelius esperaba por una autorización que no llegaba.
—No cierres tus pensamientos, habla conmigo, Micher —le pidió Stelius al sentir su inquietud—. ¡Por favor! No me excluyas. Bueno o malo, quiero saber lo que piensas.
Pese al tinte sexual que le había dado, Micher no mintió cuando le dijo a Stelius que si caminaba con él le mostraría las cosas que quería, pero no… aun si lo deseaba, él no se había referido a esto, sino a información valiosa sobre el Consejo.
—Solo quiero ir a casa contigo, pero sé que no estoy pensando bien —confesó vacilante, con la voz y el cuerpo tiritando de algo que no era frío—. Quiero tocarte, pero es tarde… hay una larga historia.
Lo besó. La única historia que Stelius quería escuchar era la de sus gemidos cuando lo tomara. Sus labios abrazaron los ajenos con la pasión contenida de los últimos ciento noventa y siete años. Adorando su boca, degustándola milímetro a milímetro.
Esa caricia tan íntima y anhelada bastó para que las barreras de Micher cayeran desbordando el dolor reprimido, empañando la calidez del momento. Un sufrimiento tan inmortal como ellos: soledad, resentimiento, recuerdos que laceraban sin piedad, promesas, planes que se quedarían en eso. Un insoportable frío que lo estremecía.
Y las horribles imágenes de aquel 15 de diciembre volvieron, haciéndolo gemir, pero no de placer, sino del más puro terror. Micher retrocedió y Stelius aprovechó que temporalmente había bajado la guardia para entrar a su mente. Las imágenes se presentaron para ellos como una película.
Debían ser como las once y media de la noche. Stelius fue el primero en dormirse y Micher se disponía a apagar la luna cuando una corriente de aire sofocó la suave luz de las velas de sebo con las que alumbraba la habitación. Eran hombres lo suficientemente sensatos como para dormir con las puertas y ventanas cerradas. ¿De dónde había provenido, entonces, esa corriente de aire?
Indolente y rumorosa, una voz dijo: «Insolentes», en un murmullo que condenaba y al mismo tiempo alababa. En medio de la oscuridad, Micher buscó con la mirada al dueño de esa voz y lo encontró justo al pie de la cama. Era una figura alta, imponente y aterradora, de fulgurosos ojos brillantes. De su cuerpo parecía desprenderse cierta aura de luz opaca que le permitió a Micher ver cómo la criatura se relamía los labios mientras recorría la imagen de sus cuerpos desnudos.
—Irreverentes —repitió la voz, aunque los labios de la figura permanecían cerrados. En un parpadear pasó de estar al pie de la cama —a mitad de la habitación— a situarse justo al lado de Stelius. Un ruido disonante cortó su adormecedora respiración y, en un movimiento por demás repentino, el ser lo tomó del cuello levantándolo del lecho y lo arrojó contra la pared del otro extremo de la habitación.
Micher intentó correr hacia Stelius, pero el intruso lo tomó del cabello, enrollando su hedionda mano entre los largos mechones rojizos; tiró de ellos, arrancando algunos de tajo y sacándolo del lecho. Con su mano libre lo sujetó por el cuello obligándolo a mantenerse de pie. Su mirada sucia recorrió la desnudez del muchacho. Micher cerró con fuerza los ojos cuando sintió la viscosa lengua de la criatura por su mejilla, hasta su cuello.
Stelius, mareado, se obligó a levantar su cuerpo y atacó a la criatura, dándole un golpe directo en el rostro que rompió sus nudillos y le hizo rebotar y caer de espaldas. El ser soltó una carcajada burlesca que los ensordeció. Stelius se incorporó como pudo y volvió a la batalla; solo entonces el ser soltó a Micher.
Tuvo a bien divertirse un rato con Stelius, mirándolo pelear indefenso mientras le dislocaba los hombros y le partía por mitad las rodillas. Uno a uno le rompió los dedos de las manos y pies, entretenido con el dolor que provocaba y la forma en la que el rostro de Stelius se desfiguraba. Absorto en el delicioso olor de su sangre, pero indeciso sobre si debía o no compartir con él su beso inmortal.
Entonces miró hacia donde Micher permanecía en el piso, llorando y con la vista clavada en Stelius. Y la idea cruel se apoderó de su mente: ¿Por qué no? ¿Por qué no confundir sus mentes, sus recuerdos? ¿Por qué no poner a los amantes en bandos contrarios y hacer que se maten mutuamente? Aquello iba a ser algo interesante de ver. Serían unos hermosos inmortales, dignos hijos de la oscuridad.
De un momento a otro, la decisión fue tomada.
Pero fue más cruel lo que hizo después de tomar a Stelius por el cuello y arrancarle la piel de la garganta mientras bebía de su sangre hasta casi matarlo. Fue ruin, sórdido, el arrastrar a Micher hasta escasos centímetros de Stelius y violarlo sin clemencia.
Sin que Stelius pudiera defenderlo, sin que pudiera secar sus lágrimas, calmar sus gritos, sostener su mano…
Ya no pudo soportarlo más y, haciendo uso de todo su poder, Stelius rompió el recuerdo. Envolvió con sus manos el rostro lloroso de Micher y lo hizo reaccionar.
—No está sucediendo en realidad —le dijo, y él mismo lloraba lágrimas rojas que manchaban su piel blanca—. Oh, Micher… lo lamento tanto —sollozó abrazándose a él.
Y la noche, compadecida de ellos, lloró la pena de sus corazones en una llovizna blanca que lavaba la sangre de sus ojos.
—Ya no puede hacerte daño… le di caza y lo destruí hace muchos años —explicó, tratando de calmarlo.
—Sé que ya no existe —respondió con voz queda Micher—, sentí su muerte. Casi acaba conmigo también.
Stelius meditó esa declaración; debió suponer que Micher había sentido el mismo dolor de muerte que recorrió su cuerpo al destruir al inmortal que los había convertido.
—¡Lo siento! No sabía que nosotros también podíamos morir. Y fue tarde para cuando lo descubrí.
—Sí —dijo—, no sabía que fuiste tú, pero me quitaste el placer de destruirlo.
—Lo hice por ambos —Micher asintió en silencio ante la declaración de Stelius—. Estás empapándote… —agregó, mientras usaba su cuerpo para cubrirlo. O quizá solo era excusa para abrazarlo y sentirlo más cerca de su cuerpo.
—Está bien, no estoy hecho de azúcar, no voy a deshacerme —respondió Micher, limpiándose el rostro.
—Para qué arriesgarnos… —comentó Stelius, fingidamente preocupado.
—¡Tonto!
Era extraño volver a jugar así con él, como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos. Bromear y empujarse como lo hacían cuando aún eran humanos.
—Vamos… —dijo Micher, tomándolo de la mano.
—¿A dónde?
—Te llevaré a mi casa, ya veremos qué pasa después…
Hecho curioso, que «lo que pasó después…» de hecho comenzó mucho antes de que llegaran a la residencia de Micher, pues Stelius no desaprovechaba la oportunidad de empujarlo contra cada muro que veía y lo besaba con el deseo más terrible que alguna vez hubiese sentido por alguien, un deseo casi brutal que no lo dejaría tranquilo hasta que poseyera a Micher.
Poco a poco la llovizna se fue convirtiendo en una lluvia torrencial, el viento rompía los árboles, los truenos hacían retumbar la tierra y los relámpagos iluminaban todos los rincones de la noche. Stelius y Micher entraron a la residencia como lo haría un par de ladrones y subieron directo a la alcoba principal. Salvo por el polarizado de los ventanales y las cortinas metálicas que Stelius pudo divisar al entrar, todo lo demás era común. Era como si Micher siguiera atado a una humanidad de la que carecía.
—¿El lugar es seguro? —quiso saber—. El sol…
—Stelius, si quisiera destruirte lo hubiera hecho afuera y no ahora que estás sobre mi alfombra de terciopelo.
—Se ha vuelto tu debilidad… ¿no? —lo acusó—. Toda esa costosa ropa que traes encima.
—Te sorprendería la facilidad con la que puedo desprenderme de… mi ropa —respondió insinuante, mientras se quitaba la capa de los hombros y la acomodaba sobre el respaldo del mueble de la sala. Sí, le gustaba el terciopelo, pero no por lo que Stelius creía. La tela era muy caliente y Micher siempre se estaba muriendo de frío. Un frío álgido que no siempre tenía que ver con el clima.
—Me encanta que me sorprendan…
Micher fingió huir y Stelius lo atrapó en el acto, sujetándolo por los hombros para que seguidamente sus manos descendieran lento por su espalda, cintura y cadera. Lo miraba como si fuera lo más hermoso que sus ojos hubieran mirado, y en más de una forma lo era. Se sentía anhelante por besarlo, unas ganas tan intensas que ni besándolo se le quitaban, pero había una duda que le carcomía el alma.
—Dime, Micher, ¿es cierto que me odias?
—Algo así… —respondió el otro, meciéndose entre sus brazos.
—Explícate, por favor.
—Sabías que yo… y no me buscaste; sí, definitivamente te odio, me confinaste a años de dolor, no te importó…
—Te perdí el rastro por años —atajó Stelius—, y cuando volví a verte eras parte del Consejo, desolaste a mi pueblo.
—Tu pueblo quería matarme, ¿lo olvidas? —acusó.
—Porque cruzaste la línea, nos amenazaste a todos. Incluso para matar hay reglas y tú no las respetaste, jugaste sucio, siempre lo haces.
—No me juzgues —lo calló. Intervino con firmeza, pero sin alterar su voz—. El Consejo dijo que los Justicar te destruyeron. No iba a tener piedad contra los que me robaron lo que más amaba. Ellos son la escoria de esta raza, un Justicar nos robó nuestra vida… ¿no lo entiendes?
—Ese… no era un Justicar —aclaró Stelius impedido—. En eso también te mintieron… él era un Vasallo del Consejo, el puesto que ocupaba ahora lo tienes tú.
La revelación lo tomó por sorpresa. Stelius tuvo que atraparlo para que no cayera cuando la fuerza de sus pies lo abandonó. Micher lo miró con los ojos desorbitados, enmudecido por la sorpresa que la revelación le causó… ¿Un Vasallo del Consejo? Uno de ellos… Una joya del Consejo, el puesto que ocupaba le había sido cedido a él después de que Stelius lo eliminara. A él… ¿Por qué? El Consejo siempre lo supo y no hizo nada.
Micher había entregado un servicio fiel al Consejo, cumplía su trabajo sin piedad porque, tras cada Justicar exterminado, creía estar vengando la muerte de Stelius; y ahora salía a la luz que todo era una vil mentira. Que había sido utilizado, que cada uno de ellos se había reído a sus espaldas. La furia lo envolvió: sus uñas crecieron como dagas de acero y las puntas de sus colmillos rompieron la piel de su labio inferior. Los quería muertos, quería que todos fueran exterminados.
—No importa… —intentó calmarlo Stelius.
—¿Cómo que no importa? —reparó Micher, ofendido—. ¿Cómo te atreves a decir que no importa?
Stelius tuvo que sujetarlo con más fuerza para evitar que escapara de entre sus brazos.
—Estás conmigo ahora, voy a vengar lo que nos hicieron. No debes preocuparte, vamos a derrocar al Consejo, todo está planeado. Bajo nuestros pies hay todo un ejército de opositores… No quiero que estés con ellos cuando esta guerra empiece. Quédate, ya no tenemos que separarnos.
Micher se abrazó a él y lo besó; no quería escuchar promesas ni hacer planes… ya no había tiempo, no para él. Stelius lo rodeó protegiéndolo de la misma manera en la que lo hacía cuando eran humanos; creyó encontrar un «me quedaré contigo» en ese gesto y, sintiéndose dichoso, atrapó sus labios con una ternura que era de agradecer. Micher ofreció sus labios entreabiertos en respuesta y se dejó alimentar por las ansias y la ferocidad de su amante, quien, completamente seducido por su fragante y engañosamente delicado cuerpo, besó y se restregó contra su cuello, deseando impregnarse de ese sugerente olor a bergamota que desprendía, un aroma demasiado humano para un vampiro.
Prenda por prenda fue retirada con respeto, casi con adoración. La desnudez de Micher era imponente. Ningún tipo de tela, por muy costosa que fuera, alcanzaba a igualar su belleza. Las manos de Stelius anduvieron libres por sus formas, memorizándolas, idolatrándolas. Fue amable con él cuando lo condujo hasta la cama: lo llevó de su mano y no se desvistió hasta que Micher estuvo cómodo. Y cuando obtuvo su aprobación, atacó su cuello hincándole los dientes, perforando su piel, bebiendo hasta debilitarlo. Micher se dejó caer sobre las finas sábanas con Stelius aún pegado a su cuello; se removía debajo de él, ofreciéndose, buscando caricias duras, desprendiéndole a pedazos la poca ropa que le quedaba.
Dos cuerpos poderosos, desnudos y deseando unirse hasta volverse uno mismo. El deseo los dominaba; sus cuerpos agrietados por los años buscaban curarse mutuamente mientras se frotaban. Stelius descendió con besos ardorosos por el pecho de su amante, lamiendo, mordiendo, recordando esa piel, explorándola. Micher tuvo a bien comparar las ansias de Stelius con un Judas que intentaba condenarlo con sus besos a la perdición absoluta, que deseaba perderlo en ese laberinto que había construido para él con su cuerpo. Volviéndolo pecador, confinándolo al infierno, pero… ¿cuál infierno? Él ya había vivido uno aquí en la tierra, atado a una eternidad que no deseaba, sin poder dormir, llorando en las madrugadas y, lo peor de todo, sin Stelius. No había peor dolor que ese, simplemente no existía.
—Jamás te dejaré ir, no voy a renunciar a ti —soltó Stelius mientras volvía a su boca—. Hoy empieza nuestra nueva vida, todo aquello que pudimos ser lo viviremos por la eternidad.
¿Cómo decirle? Micher escuchaba sus palabras deseando aferrarse a ellas, soñando con esa nueva vida, con ser todo aquello que no pudieron cuando humanos… ¿Cómo explicarle a Stelius lo que él mismo no comprendía? ¿Cómo…?
¿De qué manera le decía que su iglesia no ofrecía absoluciones, que las amnistías no existían entre los miembros del Consejo? Que lo que estaban haciendo el mundo lo desaprueba. Y el cielo mismo los expiaría, los llamaría enfermos y, de ser descubiertos, lo condenarían a él a un rezo eterno, una penitencia de veneno fresco cada semana que volvería cada domingo más sombrío. Le ordenarían curarse mientras hace plegarias incesantes en ese santuario de mentiras, lo obligarían a contar sus pecados mientras afilan los cuchillos. Y a Stelius… a él lo matarían, lo volverían un pagano y lo ofrecerían como amante a la luz del sol.
Micher no podía permitirlo. Su iglesia le exigía un sacrificio; la orden con los sellos de todos los Ancianos era clara: debía llevar ante ellos algo sustancioso para el plato fuerte, alguien que pudiera alimentar al montón de fieles hambrientos que aguardaban. Era una locura; aun si calificaba de pecado, solo Stelius podía ascenderlo al cielo, solo estando con él era humano, solo entonces se sentía limpio.
Micher separó sus piernas para él; no necesitaba acciones protocolarias, lo quería dentro, lo quería ya. Pero Stelius no tenía su misma prisa: bajó por su abdomen y su vientre bajo, besó la piel suave de sus muslos como despedida y le dio un lengüetazo rápido sobre su hombría. Micher tembló como hoja de papel ante las sensaciones.
Un placer tan humano que casi era imposible que pudiera sentirlo. Stelius continuó consintiéndolo, regalándose esas caricias lentas, húmedas, casi morbosas, pero que dejaban en claro su dominación sobre Micher. Con cada nueva chupada lo hacía interpretar todas y cada una de esas metáforas de presa y depredador. Con cada roce de su lengua experta, incluso con la presión que sus labios ejercían sobre el pene de Micher, se mostraba a la perfección quién comía y quién era comido.
Haciendo uso de su poder, Stelius le compartía sus recuerdos más preciados: las tantas veces en las que se entregaron sin reservas. Cada una perfectamente detallada: la primera noche que yacieron juntos, la última…
El tiempo perdió sentido para Micher: si pasaba o permanecía inalterado dejó de importar. Porque Stelius no solo le estaba haciendo el amor a su cuerpo, sino también a su mente y su corazón. Lo hacía languidecer con sus caricias, desfallecía en su boca y, por muy morboso que pudiera parecer, enloquecía en la mirada azul profundo de su amante mientras lo observaba tomarlo con su boca.
Stelius lo extasiaba, sus manos recorrían cada poro de su piel, lo tentaba, prometía entrar, pero se detenía… lo acechaba, aguardaba el momento justo.
Cuando la excitación en Micher llegó a su punto máximo y su necesidad le hizo rogar, Stelius se posicionó entre sus piernas, primero batiendo sus sexos en un exigente duelo de placer. Durezas que se retaban, haciéndolos jadear. Ferocidad y un fuego que comenzaba a derretirlos.
Micher arañándole la espalda, Stelius asegurándose de que las piernas ajenas se anudaran a su cadera, y más gemidos ahogados. La voluntad y docilidad de Micher ante el pene de Stelius desapareciendo en su interior, apretándolo y dejándole sentir su calor, suspirándole en la cara y provocándole escalofríos por todo el cuerpo. Volviéndose un precioso desastre mientras era invadido. Sus ojos suplicantes le dedicaban miradas que equivalían al beso más urgente, mismo que Stelius no dudó en obsequiarle. Un beso lento, intenso, fiel; un beso húmedo de su propia sangre. La sensación de beberse en los labios de Stelius fue excitante, pero no superaba las sensaciones de sentirlo penetrarlo como si fuera un león hambriento de deseo, una bestia en celo dispuesta a llenarlo por completo conforme se iba perdiendo en el brillo de sus ojos, mirándose cada vez más de cerca, respirando confundidos mientras sus labios luchan mordiéndose y besándose salvajemente. Como no queriendo olvidar que juntos podían sentirse más vivos que nunca, más humanos. Volviéndose estiletes y sombras de color de humo que se prometen en silencio que esos ojos de penumbra nunca serán de nadie más sino mutuos. Y en otro beso, condenándose a la perdición absoluta, mientras Stelius le relataba la bella prosa de sus perversiones, arremetiendo contra él sin piedad.
Sus cuerpos que no se cansan, pasiones que no menguan, pero que logran hacer temblar a Micher de pies a cabeza. Stelius no se encuentra mejor: reconoce su propio final en las ansias de su amante y se avienta brutalmente contra él, empalándolo hasta que no hay más que pueda entrar, y no por eso se detiene. Micher no puede hacer otra cosa que gritar y abrirse más, ofreciéndose. Lo recibe con gusto, seduciéndolo, aceptando todo lo que Stelius quiera darle y entregándose sin reservas.
Sus cuerpos logran una sincronía perfecta en una danza de pasiones sin límite. Sus cuerpos se rozan duros, el aire ahogaba, todo se vuelve un calor abrasador y el gozo más humano los hace estallar. Stelius lo llena con su ferocidad, mientras Micher humedece sus estómagos.
El tiempo se desvanece como humo; ellos vuelven a ser solo un par de humanos a quienes la vida les ha regalado un efímero momento en el paraíso. Stelius resguarda a Micher, el único hombre o inmortal que evocaría amor en ese corazón que ha dejado de latir. Y le pide que duerma; tal y como en aquel 15 de diciembre, le promete que mañana estará ahí para él.
Micher lo abraza con fuerza, tragándose el dolor que lo consume. Cansado por el momento, por los insoportables años que ha tenido que existir sin él, por el cúmulo de emociones, por la intensa dicha de toparse con Stelius. Está feliz de saber que está vivo, que continuará existiendo. Se exige mantener los ojos abiertos el mayor tiempo posible: quiere guardar en su memoria cada uno de sus gestos, mirar sus ojos azul-gris que poco a poco se dejan vencer, hasta que se van cerrando. Disfruta de escucharlo respirar, acariciar su cabello lacio sin perder detalle de nada; quiere todo de Stelius… todo. Porque ahora se da cuenta de que aquello que estaba buscando estaba en sí mismo: en sobrellevar una vida que valía la pena vivirla por alguien más, si ese alguien era Stelius.
Todo había valido la pena por este momento; el amor de su vida y también de su muerte lo sabía… ahora estaba enterado de que todo este tiempo Micher estuvo desesperadamente solo. Porque solo él era el indicado. Solo Stelius.
Cuando las cortinas metálicas se activaron, Stelius despertó sobresaltado. Frente a sus ojos, el ventanal mostraba un cielo anaranjado, producto de un inevitable amanecer. Se sintió débil, como todo vampiro ante el poder del sol; sin embargo, se obligó a abandonar el lecho y, acercándose a la ventana que se cerraba lentamente, miró maravillado aquello que nunca más tendría: el amanecer… sí, y algo más. En el centro del patio, la bella imagen de aquel a quien anoche olvidó confesarle que aún le amaba, que dos siglos separados no habían logrado cambiar sus sentimientos.
Pero ahora era tarde. De espaldas a él, Micher encaraba sin miedo el final de su existencia. Stelius gritó llamándolo hasta desgarrarse la garganta y aun después, cuando su voz no salía… no dejó de llamarle. Ni toda su fuerza logró hacer que las puertas o ventanas cedieran; todo se fue cerrando y la habitación se llenó de oscuridad. Estupefacto e impotente, Stelius alcanzó a ver por una de las rendijas cómo Micher dejaba que el sol iluminara su regazo, llevándose con él su enorme tristeza como si fuera libre.
Y en el último momento, justo antes de convertirse en ceniza, la voz de Micher retumbó en su mente:
—Cree en las posibilidades —le dijo—, a partir de hoy alguien estará cuidándote. No entristezcas, fue mi decisión.
Y sobre el velador, una nota escrita en perfecta caligrafía que decía:
Recibí la única orden que no estoy dispuesto a cumplir: destruirte.
Esto debía suceder. Con mi muerte tu pueblo será libre. Hazlo valer, por ellos, por nosotros… En esta habitación encontrarás todo lo necesario para entrar al Castillo del Consejo sin ser visto. No pierdas el rumbo. En cuanto a mí, finalmente encontré una manera de ser.
Estaba en busca de una esperanza que llevara tu nombre y, así como la arena se une al mar, nuestro amor permanecerá hasta que los océanos se sequen. Recuérdalo, vida: El último en dormirse apaga la luna.
Siempre tuyo, Micher.
Ese día al caer el sol, destrozado, vuelto un laberinto de emociones encontradas y preguntándose quién era realmente ahora que Micher no estaba con él, siendo apenas una sombra en ese cuarto desierto, Stelius se puso de pie, limpió su rostro lloroso…, dobló y guardó la pequeña nota que había leído vez tras vez las últimas horas y abandonó la residencia. Llevándose con él el dolor más grande, además de toda la información necesaria sobre los Damastos y una capa de seda negra veneciana con forro de terciopelo de algodón del mismo color.
Fue así como inició el fin de los Señores de la Oscuridad.

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