Miguel Capítulo 1

Miguel

Las casas de esta población son todas iguales, solo cambia el color de cada una pero con la oscuridad de la noche y la mala iluminación no se nota la diferencia… no se entonces  donde esta el peligro.. miro atrás, adelante, hacia los lados y finalmente arriba… lo gatos se escondes en las partes altas y avisan por medio de señales o celulares la presencia de los que como yo, transportan mercancía ilegal… pero yo ya hice mi entrega… no deberían seguirme a mi, a menos que nuevamente sea por otras razones, todavía les molesta que sea gay y siguen disfrutando golpearme por ello, pero es muy tarde para que esos anden afuera. No se dónde esta el peligro pero lo presiento claramente. El vivir en las calles desde niño me ha hecho ver el peligro antes que llegue. Me subo el cuello de la chaqueta y empiezo a correr, sé que están tras de mí, pero no sé exactamente dónde. Soy rápido y me escabullo entre las pequeñas callejuelas… entonces veo la señal luminosa de un “gato” en uno de los techos de la casas y unos segundos después escucho el ruido de las motos… ¡mierda! más rápido Miguel, tengo que correr más rápido. Los escucho acercarse, ya sé quienes son. No les interesa la mercancía ni el dinero, es mucho peor que eso…vienen por mi, es la gente de ese maldito viejo, lo peor de lo peor.  Las calles están desiertas a estas horas de la noche. En este barrio solo los muy estúpidos como yo se aventuran a dejar sus casas a estas horas. Tengo que llegar a un lugar iluminado o a dónde pueda esconderme… mis piernas están entrenadas para correr desde hace rato y no me detengo al llegar a la avenida, cruzo corriendo sin pensar en el tránsito. Un vehículo estuvo a punto de arrollarme pero logro escabullirme hacia los jardines de la avenida… las motos entran al jardín… estoy perdido. Me rodean

– El jefe quiere verte Miguel – detienen las motos y 3 hombres desciendes acorralándome

– No quiero ver al pervertido de tu jefe – a pesar de mi edad y mi tamaño jamás, jamás me rindo… si me quieren me tendrán que llevar a rastras… pero no voy a ir.

– Miguelito… ya sabes que el jefe no te va a dañar – dice uno de ellos acercándose a mi. Me preparo, tengo estudios y  bastante práctica en artes marciales… pero son tres hombres y yo solo soy un pendejo de 18 años. Así y todo me lanzo a morir contra ellos.

Gonzalo

No… no era posible que estuviera sucediendo esto cerca de mi… primero la noche resultó un total fracaso, el negocio que mi padre me había encargado con tanto cuidado no resultó nada bien, querían la presencia de él para cerrar el trato y no la de su hijo, no les pareció bien que me hubiera enviado a mi así es que decidieron esperar a que mi padre los atendiera personalmente. Deberían saber que ayudo a mi padre en sus negocios desde los 15 años y ahora, ya cumplidos los 24 ha decidido que puedo encargarme de parte de ellos… pero ya me encargaré de hacérselos saber y para culminar la noche ¡esto!… casi arrollo al mocoso que pasó corriendo delante de mi jeep en la avenida a esta hora de la noche. Tuve que frenar tan brusco que el motor se detuvo. Me quedo observando la loca carrera del niño con ganas de seguirlo para retarlo pero entonces veo aparecer las motos y sus jinetes que lo rodean y lo acorralan… Noooo. no es posible mas problemas esta noche, 3 hombres grandes contra ese pendejo. Debería intervenir, están a solo un par de metros de donde me encuentro. Me entretengo mirando al pendejo… se mueve rápido y pelea como una fiera a pesar de que sabe que esta perdido.. si, tiene técnica el chico, lo sé yo que practico artes marciales desde niño y tengo un cinturón negro colgado en mi closet. De pronto los tres se abalanzan sobre él al mismo tiempo y ya no me aguanto la rabia que traigo desde antes. Suspiro profundo, me bajo del jeep y me acerco al grupo.

-¡Hey!… ya déjenlo! – el chico esta tirado en el suelo y aún así lo siguen golpeando. Se detienen al escuchar mi voz y giran a enfrentarme

– No es tu pelea, mejor te largas – me dice el más alto de ellos amenazante. Por su forma de moverse hacia mi me doy cuenta que no tiene idea de cómo pelear.

– Vamos hombre, 3 contra un niño??, no es de machos, ¿no?-  Intenta golpearme pero falla, con un par de golpes precisos lo dejo tendido en el piso en sólo un par de segundos. La adrenalina me sube por todo el cuerpo, la rabia de hace un rato se disipa. Los otros dos me miran dudando si atreverse conmigo o no, les hago un gesto invitándolos a golpearme. Se asustan y suben a las motos, recogen al caído y se largan rápidamente.  Miro al chico tirado en el suelo… me acerco lento a observarlo detenidamente…no puedo creer bien lo que están viendo mis ojos. El chico tiene varios golpes en el cuerpo y algunos en la cara, incluyendo un corte en la boca pero a pesar de todo eso es la cosa más bonita que he visto en mi vida… y vaya que han pasado chicos bonitos por mis manos!!!

La quietud vuelve al lugar y sólo se escucha el ruido de los vehículos transitar por la avenida

– Hola… ¿me escuchas?- le hablo despacio, muy cerca

Sus ojos están cerrados. Los abre y me mira un instante. Al menos esta conciente. Te voy a llevar al hospital–  ante esta frase el chico toma mi brazo y mueve su cabeza negando

– ¿No quieres que te lleve al hospital? – nuevamente niega con la cabeza… le debe doler mucho hacerlo… no sé que hacer con él, podría estar seriamente dañado.

– ¿Puedes caminar? – intento levantarlo. Puedo ver sus gestos reflejos de dolor pero no emite un quejido. Como puedo lo llevo hasta el vehículo y lo subo en los asientos de atrás. Doy vueltas en U y me dirijo rápido a la casa de un doctor al cual se acude cuando uno no quiere tener nada que ver con la policía. Es amigo de la familia y sé que  va a recibir  al chico. De vez en cuando me vuelvo a mirarlo, su rostro es un geto de profundo dolor, no se queja, es valiente el chico… es precioso. Me detengo frente a la casa del doctor. En la parte de atrás tiene una pequeña clínica muy bien equipada, gran parte costeada por mi propio padre, así es que toco el timbre a esta hora con la seguridad de ser bien recibido. Pasados unos minutos me abre y me reconoce. Sacamos al chico del vehículo con la ayuda de sus hijos y lo conducen a la clínica

– ¿Lo conoces Gonzalo? – me pregunta el doctor

– Si.. lo conozco – miento descaradamente. Las pandillas son cosa seria en esta ciudad y nadie quiere meterse con la gente equivocada. No sé por qué miento, no se por qué protejo al chico. Me quedo esperando bastante rato hasta que el doctor vuelve a conversar conmigo.

-Miguel tiene una fractura en el brazo, tuvimos que enyesarlo. El resto parece ser sólo golpes y magulladuras. Déjalo descansar aquí esta noche y ven mañana a buscarlo – Miguel… se llama Miguel.

– ¿Puedo verlo? – pregunto un poco más ansioso de lo que quisiera.

– Si quieres, pero le dí algo para dormir.. es bastante terco el chico –  si, me lo podía imaginar muy bien discutiendo con el doctor y tratando de salir de aquí lo antes posible.

– Gracias Doc – abro la puerta de la habitación apenas iluminada. Miguel duerme tranquilo. Esta cubierto con una sabanilla blanca desde la cintura hacia abajo. Cierro la puerta y me quedo fascinado observándolo. Tiene muchos moretones y algunas partes de su cuerpo están inflamadas, además de un brazo enyesado, pero igual puedo adivinar lo hermosos que es. No es alto, es delgado pero musculoso, su piel parece tostada, dorada. Su pelo es castaño oscuro, mechones largos le caen por los costados de sus hombros… no veo sus ojos.  Lo miro más de cerca, en su torso se ven algunas cicatrices antiguas y me doy cuenta que en realidad no es tan niño como parece… debe estar cerca de los 18. Con total descaro levanto la sabanilla … mi respiración se agita y la corriente del deseo me recorre entero. Miguel es completamente lindo. Ahora se la razón por la cual mentí y lo ayudé. Me gusta el chico.

Lo dejo descansando en casa del doctor con la promesa de mantenerlo tranquilo hasta que vuelva a buscarlo al día siguiente.

Nuestra enorme casa esta ubicada en una zona algo alejada de la ciudad, con grandes jardines, mucho espacio y guardias ocultos en cada entrada. A pesar de que vivimos juntos toda la familia,  mi hermana y yo tenemos un departamento privado dentro de la misma casa; es la solución que encontró mi mamá para evitar que sus hijos mayores, mi hermana Lidia y yo, emigráramos del nido. Mi padre rara vez está en la casa y los ocupantes más habituales son mi mamá y mis dos hermanos menores, Daniel de 16 y Claudio de 13 y todo el personal de servicio. Las horas de cenar los fines de semana son obligatoriamente una reunión familiar de mamá con sus hijos y hay que tener una muy buena razón para faltar a ellas. El resto del tiempo cada uno lleva a cabo sus actividades en forma privada. Lidia tiene una tienda de modas desde hace poco más de un año en la mejor zona comercial. Papá quiso regalársela y hasta ahora ella ha demostrado que puede salir adelante sin ayuda. Mi hermana mayor es una negociante hábil y despiadada. No nos llevamos bien. Siempre hemos competido por la atención de nuestro padre y ella resiente haber nacido mujer. Mi padre es un machista total y aunque Lidia sea hábil, es mujer y no le permite  inmiscuirse en sus negocios. En cambio a mi me lo permite todo. A los 24 años curso el último año de economía en la mejor universidad de la ciudad, por merito propio, y ya he comenzado a hacerme cargo de algunos de los negocios de papá, los legales y los no tan legales también. Me ha entrenado desde pequeño. Mis hermanos menores aún asisten al colegio. Tengo poco contacto con ellos a pesar de vernos todos los días. Con Daniel compartimos el interés por las artes marciales y durante varios años nos entrenamos juntos, aunque en diferentes categorías. Pero al crecer quiso entrenarse por separado y comenzó a asistir a otro lugar sin mi. Desde entonces solo los veo a la hora de cenar y es muy poco lo que conversamos o compartimos en común. Aún así, somos una familia unida.

Al día siguiente me despierto pensando en Miguel. Cumplo con mi horario de clases. El año estudiantil está recién comenzando y como es mi último año me interesa no perder clases. Terminadas las clases paso un par de horas en la oficina de mi padre explicándole lo fallido del negocio de la noche anterior. Se disgusta, Le molesta que no hayan respetado a su hijo mayor. Me da nuevas instrucciones. Luego quedo en libertad de acción, es temprano aún. Conduzco hasta la casa del doctor. He mantenido a Miguel en un rincón de mi mente todo el día.

Ya en casa del doctor, arreglo la cuenta y me informa que Miguel esta despierto y molesto desde hace rato. Entro a verlo. Está sentado sobre la cama, visiblemente molesto.

– Hola – lo saludo amistosamente

– ¿Tú me trajiste a este lugar? – pregunta rápido, irritado

– Si –

– Sácame de aquí entonces. Quiero irme ahora– e intenta ponerse de pie. Con la luz del día veo que sus ojos, como dos carbones oscuros, me lanzan todo su enojo. Su cuerpo aún esta visiblemente golpeado, vestido con ropas que le quedan muy sueltas, seguramente prestadas por el doctor. A pesar de todo, se para y comienza a caminar apenas hacia la salida. Me molesta la poca amabilidad que demuestra

– Espera un momento-

– ¿Ahora que?- se vuelve y me grita. Lo miro molesto yo también. Paso delante de él y tomo los remedios que están sobre la mesa.

– Tus remedios mocoso – y se los tiro. Tiene reflejos muy rápidos y los agarra al vuelo con el único brazo disponible. Salimos de la casa. Intento ayudarle a caminar cuando lo veo tambalear, sostenerlo, pero me rechaza de plano. Al llegar a la calle mira hacia ambos lados para orientarse y comienza a caminar

– ¡Hey! – Me paro en seco frente a él – ¿Dónde crees que vas?

– Y a ti que te importa – ¡vaya! Este chico seguramente recibió anoche su merecido. Es un mocoso arrogante y pendenciero

– Súbete al vehículo – le ordeno con mi mejor voz autoritaria. Me mira dudando, pero luego

– No… gracias- y comienza a caminar apenas balanceando su cuerpo

– Miguel.. súbete al vehículo – se detiene. Sospecho que tras todo el movimiento que ha efectuado debe estar terriblemente adolorido, pero es tercamente orgulloso. A regañadientes, agacha la cabeza y vuelve sus pasos hacia el vehículo. Abre la puerta y sube con dificultad, se reclina sobre el asiento y puedo ver el dolor en su rostro.

– ¿Estas bien?-

– Perfectamente – creo que se mordería la lengua antes de admitir el dolor

– ¿Dónde vives Miguel? – me mira irritado como si le hubiera solicitado el secreto más privado del mundo – esta bien, dame al menos una dirección para dejarte cerca –

– Dónde me encontraste anoche – contesta refunfuñando

– Aha! Así es que si te acuerdas que te encontré –

– Si me acuerdo.. ¿Qué quieres?, ¿Aplausos?… no te pedí que te metieras –

– Vaya si eres caradura –

– ¡¿ Que?!! Yo no te pedí nada!! –

– Al menos deberías agradecer que te salvara y te trajera aquí ¿no?, me arriesgue porti, no quisiste que te llevara al hospital-

No dice nada. Mira por la ventana sin contestarme. No sé que tiene este chico, pero mientras más hablo con él y veo su porfía y testarudez, mas atraído hacía él me siento.

– ¿Por qué te seguían anoche? – nuevamente no contesta. Hacemos es resto del viaje en silencio. Miguel está decidido a no contestarme.  Cuando llegamos al mismo lugar de la noche anterior, Miguel se baja del vehículo. Justo antes de cerrar la puerta, me mira dudando

– ¿Qué quieres? – le pregunto malhumorado

– Gracias  – cierra la puerta sin darme tiempo a decirle nada. Estoy seguro que ese agradecimiento debió ser un gran esfuerzo para él.  Lo veo alejarse despacio, adolorido. Me quedo mirándolo hasta que se pierde de vista. Pequeña rata arisca… no será esta la última vez que nos vemos.

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