Capítulo 2

CAPITULO DOS

 

El lunes las clases terminaban temprano y Carlos tenía más horas de trabajo.  Se escabulló silencioso de la escuela y fue directo a su casa. No había sido un día tan malo. Los estúpidos tenían práctica deportiva y toda su atención la dedicaban a eso. Unos cuantos gritos y risas en los vestidores pero había escapado justo a tiempo, cuando vio que Bruno lo buscaba para molestarlo. Ya conocía sus gestos y escapó rápidamente.

La puerta de su casa se abrió un segundo antes que él la tocara. Una mujer de entre 35 a 40 años, perfectamente peinada y maquillada, se abalanzó sobre él, chillando alegremente

-. Tienes que ayudarme de nuevo, Carlitos. Ahora vamos al concurso final!!

Leila era parte de su vida desde que tenía memoria. No podía definirla como la mejor amiga de su madre y vecina de casa porque era mucho más que eso. La recordaba en casi todas las etapas de su vida; los cumpleaños, navidades, primer día de escuela y todo lo que era significativo en su vida. Ella no solo era quien le ayudaba a cuidar de su mamá, sino que era la única persona que les quedaba. Cuando su madre enfermó desaparecieron los amigos, el trabajo, el dinero, comodidades y los buenos momentos. Leila fue una roca que se mantenía fiel y los visitaba a diario, luego de terminar su trabajo en su salón de belleza. A veces pasaba más tiempo en la casa de ellos que en la propia y aunque su madre había sugerido que ahorraran costos y se mudara con ellos, Leila lo agradecía y rechazaba, seguramente a causa del señor misterioso que entraba tarde y salía de madrugada de la casa vecina un par de veces a la semana.  Leila se hacía cargo de lo que Carlos no podía manejar por ser menor de edad o no entendía. Leila era una persona importante en su vida y él confiaba en ella casi como una segunda madre.

Carlitos dejó su mochila en el sillón. Su expresión era de sorpresa

– ¿Quieres que vaya contigo a la final?

-. Por supuesto!! ¿Quién más podría hacerlo???

-. Pero, no puedo. Tengo que trabajar y mi mamá no puede quedar sola

-. Ya sabes que tengo todo eso resuelto

-. Si, pero…

-. Es la final, cariño. ¿Entiendes lo importante que es este premio? Es la final nacional

Carlos se giró para mirarla, sus ojos muy abiertos. Ella rebosaba orgullo.

-. ¿Cuánto? – preguntó Carlitos, expectante.

Leila sonrió con picardía resaltando sus hermosas mejillas rosadas. Tenía unos kilitos demás pero era una mujer bastante atractiva.

-. 15.000 dólares – anunció sabiendo que lo sorprendería – la mitad será para ti…

Carlos exhaló fuerte y cayó sentado en el primer asiento que encontró

Siete mil quinientos  dólares…

Una cantidad que jamás reuniría trabajando en el restaurant. Servirían para irse a la ciudad y estudiar al año siguiente. Quería ser ilustrador, perfeccionar su talento, pero todo apuntaba a que terminaría siendo el eterno mozo de un restaurant o vendedor de una tienda en este pueblo perdido… Siete mil quinientos dólares podían cambiar su vida.

-. ¿Y mamá? – preguntó recordando sus obligaciones

-. Ya conseguí quien la cuide  – Leila siempre iba un paso adelante. Esperaba expectante.

Carlos se había estado rebanando los sesos pensando qué futuro le esperaba al terminar la escuela. No quería seguir trabajando de mesero,  quería estudiar pero ¿cómo iba a hacerlo??

Ahí estaba su respuesta!!!

-. ¿Qué tengo que hacer? – preguntó rindiéndose

-. ¿Tú? Nada.  Es a Carline a quien necesito!!! – río ella, abrazándolo de alegría.

 

  * * * * *

 

Todo había comenzado unas semanas atrás, mientras cenaban juntos en la cocina de su casa. Su madre dormía y era el momento en que ambos compartían tranquilos antes de cerrar el día. Leila se había acostumbrado a no cocinar en su casa y a esperar a Carlitos para cenar juntos, mientras alimentaba y acompañaba a su amiga.  Ella era divorciada y sin hijos. Tenía muchos conocidos debido a su trabajo pero muy contados amigos. Era sociable, divertida y simpática. De su matrimonio fallido y de la violencia que sufrió, aprendió a no confiar en las personas y a tomar cada oportunidad que la vida le presentaba.

-. Hay un Concurso Nacional de Salones – comentó esa noche, semanas atrás.

-. ¿De qué se trata? – preguntó Carlos por educación.

-. Compiten los salones de belleza a nivel local y luego nacional para ver cuál es el mejor

-. Ah…

-. Hay un premio en dinero pero para mí lo importante es la fama. Si gano, mi Salón se vuelve más famoso, más trabajo y más clientes – respondió Leila

Honestamente, Leila los necesitaba. Su salón era muy bueno pero pequeño y se veía opacado por los grandes locales nuevos que se abrían en la vecindad. Sin su salón, Leila no tendría de qué vivir.

-. ¿Vas a competir?

-. Me encantaría pero no creo. Tendría que encontrar una modelo perfecta y son muy caras… ya sabes

No. Carlos no sabía, no entendía del tema ni le interesaba. Se reconocía a sí mismo como hombre gay pero no era una loca afeminada que gustara de los peinados, maquillaje o la moda. Hasta ahora solo sabía que era gay porque le atraían los chicos y había sentido enamoramientos esporádicos por uno u otro chico del colegio. Nunca había pasado más allá de solo desear ser besado o tocado. Su cuerpo era completamente virgen excepto por el toque de sus propias manos. Quería profundamente a Leila pero estaba preocupado de un trabajo de la escuela que tenía que entregar al día siguiente, acompañar a su madre y luego quería terminar de leer el comic Japonés que lo tenía atrapado.

Su tenedor quedó detenido a medio camino al ver cómo Leila lo miraba fijamente

-. ¿Qué?

Leila pestañeó varias veces, frunció las cejas, ladeó la cabeza, lo tomó de la barbilla y movió su rostro para todos lados

-. Carlitos!!! Oh mi Dios!!! Eres perfecto!! – Leila se puso de pie y seguía examinándolo – No sé cómo no lo vi antes… mira tu pelo y tu rostro… te maquillo y te visto bien y .. Oh Dios!! Eres ideal.

Leila lo tironeó hasta ponerlo de pie y hacerlo girar mientras lo estudiaba

-. ¿Ideal para qué??!!

-. Tú serás mi modelo – lo abrazó muy apretado

-. ¿Qué?? ¿Estás loca??!! – se deshizo del abrazo y retrocedió

-. No! Más cuerda que nunca – río ella

-. Leila, no soy mujer

-. Eso es un detalle. Te vestiré y maquillaré y nadie lo notará. Soy muy buena. Vamos a ganar!!!

-. No

-. Te vas a ver muy linda! – dijo ella recogiéndole el cabello en la nuca y soltando algunos flecos sobre el rostro – tus pómulos son hermosos – continuó ella sin hacer caso de sus protestas – voy a resaltarlos con el maquillaje adecuado

-. Dije que no!

Carlos se enorgullecía de su cabello que llegaba debajo de los hombros, pero nunca tenía oportunidad de mostrar.

-. Que no. Suéltame!  No soy mujer ni soy linda

-. Ya verás que si!!!

Fue el inicio de dos días de tortura en que Leila lo estuvo acechando y rogando hasta convencerlo de hacer al menos una prueba.

-. Solo vamos a probar – aclaró Carlos a la defensiva, dispuesto a perder las horas de la única tarde libre que tenía cada quince días.

El argumento que derrocó las defensas de Carlitos fue que ella necesitaba el premio para mejorar de otro modo su local tendría corta vida y se iría a la quiebra. Carlos se sintió comprometido.  El cariño de Leila con él y su madre era a toda prueba.

-. Nadie debe saberlo

Amenazó Carlos mientras Leila abría un maletín de maquillaje con elementos que parecían terroríficos aparatos de tortura

-. ¿Qué es eso?!! – Chilló al verla acercar a sus ojos uno de esos aparatos

-. Tranquilo. Es para encrespar las pestañas

-. Mis pestañas son crespas! – retrocedió en el asiento escondiendo la cara

-. Yo sé lo que hago – Leila tiró de él para volverlo a sentar bien

-. Pero da miedo – respondió sin convencerse de dejarse tocar por “eso”

-. Tú no te muevas. Yo soy la experta – Ordenó Leila con seguridad.

Carlitos accedió resignado, deseando no haber aceptado. Empuñó las manos, asintió y la dejó ensayar en silencio.  Durante más de una hora Leila estuvo probando en él diversos maquillajes, cremas, menjunjes y colores. Cuando sonrió satisfecha, Carlos erróneamente pensó que ya habían terminado

-. Vamos por tu pelo ahora –  la parte que para Leila era más importante. Cepillos, aire caliente, mouse, aceites, sprays y cremas, horquillas y peinetas.

-. Tienes un pelo maravilloso

Carlitos no se atrevía a agradecerle; tenía miedo de tragar el menjunje cremoso que sentía sobre su boca ¿Sería peligroso?

Al cabo de otra hora, Leila suspiró satisfecha. Había terminado y lo miraba embobada

-. Ven. Mírate al espejo – dijo ella con evidente orgullo

Carlitos reía de nerviosismo. Un poco asustado pero curioso se dio vuelta para enfrentar el espejo.

-. OOOHHHH… – exclamó moviendo sus labios pintados y delineados. Sus ojos se abrieron casi en shock. La sonrisa se le congeló cambiando por una boca abierta de asombro. Pestañeó varías veces sin  sentir el peso de las pestañas postizas. Sus ojos verdosos resaltan inmensos, la piel se veía tan suave y húmeda… los labios llenos… La imagen en el espejo era la de una mujer menuda, femenina, delicada y muy bella. No había semejanza con él… ¿Dónde estaba Carlos??. era… inexplicable

-. Cómo??… Yo… Qué…?? – tartamudeaba

-. Un gusto conocerte, Carline – anunció Leila con orgullo y gravedad, poniendo su rostro al lado de él, para observarse juntos. Se notaba complacida, como si hubiera dado vida a un recién nacido

-. ¿Carline?? – repitió Carlitos recuperando la voz y volviendo a mirarse una y otra vez buscando su propio rostro en el espejo.

-. ¿Cómo… hiciste esto?

Su deslumbramiento era total: Esa imagen era una chica… o sea, nadie dudaría de que él era una chica porque… se veía como una chica…. Una chica femenina y dulce… Dios!!! Esto era estúpido e irreal… desconcertante y alucinante al mismo tiempo

Leila río batiendo palmas

-. Te lo dije, soy buena y no quiero que mi negocio desaparezca. Tengo que prepararte muy bien porque vamos a ganar!! Tienes que aprender todo!

-. ¿Hay más? – cuestiono Carlitos algo espantado

-. Oh sí!!! – sonrió ella moviendo la cabeza para asentir – Hay mucho más

Del bolso de torturas extrajo vestidos, medias, collares, bolsos y zapatos con tacos. Los levantó enseñándoselos a Carlitos.

-. Eso es un vestido… de mujer – indicó Carlitos apuntándolo con el dedo y retrocediendo

-. Es de tu talla

Leila se acercaba asintiendo y blandiendo los tacones en el aire, segurísima de que su idea había sido perfecta y Carline, con ese pelo y figura, le ayudaría a ganar el concurso.

 

 

 

 

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