Capítulo 1

CARLITOS/CARLINE

 

CAPÍTULO UNO

 

Carlos se movía de prisa en el vestidor de la escuela y trataba de cambiarse la ropa con la mayor rapidez posible. Había corrido en cuanto termino la clase. Se ató el cabello, largo bajo los hombros, y se puso el gorro que lo ocultaba. Se aseguró de que no hubiera nadie más y procedió a cambiarse el pantalón.  Odiaba la clase de educación física pero la escuela insistía en que era obligatoria y su madre no estaba para justificativos. Él no era del tipo atlético sino artístico, aunque su desagrado por la clase tenía que ver con lo que sucedía antes y después de la clase misma.

-. Uuhhh ¿Ya te pusiste el sostén? – preguntó gritando burlonamente el primero de sus compañeros que entraba al vestidor, haciendo gestos obscenos sobre sus pectorales. Los demás chicos que lo acompañaban gritaron y rieron, burlándose también.

Carlos se tensó y se subió los jeans sobre su delgada figura, pretendiendo no darse por enterado de su llegada. Ya sabía para donde iba esto.  Los  venía soportando desde hacía seis años sin poder defenderse, aguantando el dolor emocional y físico que le causaban.  Siempre andaban en grupos, eran  altos, deportistas, grandotes y agresivos; él era menudo y esbelto, si hasta tenía cintura!!!

-. ¿No te enseñaron a usar ropa de hombre, princeso?

Sintió un fuerte manotazo en la cabeza que lo derribó del asiento. Sin dudarlo, Carlos supo que ese había sido Bruno. No por nada llevaba recibiendo su violencia desde que llegó a esta escuela pública. No es que en su antiguo colegio privado fuera mejor pero al menos allá lo dejaban tranquilo y hablaba con algunos compañeros. Aquí estaba solo a merced de los idiotas homofóbicos que se habían ensañado con él desde que apareció tímidamente en la clase. Bruno era el peor de todos, aunque no era el más violento si era el más cargante; siempre estaba empujándolo, asustándolo y golpeándolo. Era común que Bruno encontrara una razón para molestarlo a diario.

Carlos cerró los ojos y apretó los labios para no dejar salir el dolor del golpe que acababa de recibir. Se enorgullecía de no darles en el gusto de verlo quejarse o llorar. Era pequeño pero terco y orgulloso. Recogió la ropa que aún le faltaba, zapatillas y camiseta normal, nada diferente de lo que usaban ellos, solo que en tamaño más pequeño

-. Vaya… la virgen pudorosa huye a esconderse  – Volvieron a reír

No te asustes, no vamos a darte en el gusto de violarte!!!

Ese era el estúpido de Jeffrey, compañero inseparable de Bruno, que siempre hablaba de violarlo o agredirlo sexualmente, encendiendo alarmas de terror en Carlos

-. No eres nuestro tipo!!

-. Te faltan tetas y vagina, princeso!!

Se escurrió entremedio de las risotadas, rogando para que no volviera a golpearlo. Tuvo suerte ya que estaban más interesados en cambiarse para la clase siguiente.

Carlitos terminó de vestirse en el pasillo. Asombraba su calma luego de tan desagradable incidente. Solo un brillo aguado en sus pupilas café  verdosas y un intenso rubor en las suaves mejillas denotaba la rabia que estaba conteniendo. No era un chico feo sino atractivo a su manera… suave y dulce.

Lamentablemente, Bruno era uno de los chicos  populares de la escuela; las chicas se morían por él y lo perseguían, acrecentando más su ya muy alta vanidad;  era estimado por los profesores, no por su buen rendimiento sino por su participación en toda actividad escolar y deportiva, que incluía el generoso aporte en efectivo de sus padres.   Sin embargo, a sus 18 años, Bruno era un idiota homofóbico y agresivo que gozaba humillándolo y molestándolo, al igual que todos los que andaban en su grupo. Todos querían ser amigos de Bruno, un muchacho popular, de músculos desarrollados, pelo corto claro, ojos grises, sonrisa fácil y encantadora, que hablaba con voz fuerte y varonil y compartía con la elite del colegio. Hubo un tiempo en que Carlitos pensó que Bruno tal vez resultaría atractivo si no fuera un perfecto idiota. En cambio él solo era el chico olvidado de la clase, la cosa que se sentaba en el último asiento sin hablar y que nadie recordaba si no era para molestarlo.

 

* * * * *

 

Los primeros años en la nueva escuela, cuando Carlitos llegaba golpeado y con evidentes signos de dolor, Leila fue a hablar con el director para reclamarle los abusos

-. Pero usted no es pariente de Carlos – había dicho el director buscando el nombre de Leila en los papeles– aquí dice que el menor esta bajo la tutela de su madre

-. Ella está enferma – respondió Leila aguantándose las ganas de sacarle los ojos y escupir al idiota retardado que tenía la escuela por director – Yo soy amiga de la familia y quiero que usted detenga el maltrato o haré una denuncia

Leila, generalmente, era simpática y divertida, pero enojada era dinamita pura

-. Hablaré con el sicólogo para ver qué podemos hacer

No fue buena idea. El sicólogo habló con todos los alumnos de la clase y dijo que no era bueno discriminar a los homosexuales sino que había que ayudarlos a encontrar su camino. Los alumnos que no se habían dado cuenta de que era gay se enteraron en ese momento. Fueron tantas las burlas que Leila justificó su inasistencia inventando una enfermedad y lo dejó en casa por un par de semanas.  Al volver a la escuela, el director lo llamó a su oficina para indicarle que a partir de esa fecha recibiría consulta semanal con el sicólogo del establecimiento porque “su escuela no toleraba alumnos “raritos” y era su culpa si los chicos lo molestaban porque se movía y hablaba como si no fuera hombre. Dijo que entendía el problema por la ausencia de padre en su familia pero que debería aprender de ellos, de sus profesores y compañeros a ser un buen hijo de Dios y no desviarse hacia la perdición”.

Carlitos tenía 11 años y no entendió de qué forma era su culpa ser diferente pero le quedó claro que si quería continuar estudiando, tendría que aprender a disimular y tener un bajo perfil, pasar desapercibido y no hacer ruido. Junto con el abandono de su padre había perdido la posibilidad de elegir donde estudiar.  Nunca fue a las sesiones con el sicólogo, la escuela se desentendió del problema y el tuvo que aprender a aguantar y escapar de los abusos.

 

Desde que su padre los abandonara, seis años atrás, su vida había dado un giro tan brusco que Carlos aún no lograba recuperarse y posiblemente no lo conseguiría jamás: esta no era la vida que él había soñado cuando vivían todos juntos, tenían una casa grande y creían que serían felices por siempre.  Pero su padre, trabajólico y machista,  miraba con preocupación cómo crecía su único hijo. Carlitos recordaba los gritos y peleas que precedieron a la partida de su padre; le decía a su madre que era culpa de ella por tratarlo como si fuera de cristal y que no iba a tolerar que su hijo fuera marica

Su madre lo defendió con garras y él se marchó con otra mujer a tener nuevos hijos y formar otra familia. No volvieron a saber de él.  Ser abandonada, cambiarse de ciudad, casa y estrato social, buscar trabajo y cuidar de Carlitos llevó a su madre a una depresión horrible. Una cosa más por la cual se sentía culpable aunque no entendía del todo por qué era su culpa sentir diferente y encontrar más atractivos a los chicos que a las chicas; simplemente eso era lo que sentía y aunque todos dijeran que estaba mal, Carlos no podía evitarlo.

No le gustaba ni la pequeña ciudad ni la escuela donde su madre los había llevado. Vivió los primeros años anestesiado emocionalmente, esperando que sus padres se reconciliaran y su vida reiniciara en el punto en que había cambiado para peor. Cuando se convenció que nada de eso iba a suceder ya era demasiado tarde: No tenía amigos, su madre no salía de la casa y Bruno y el grupito de idiotas lo habían convertido en objeto de burlas y abuso. Había soportado de todo: golpes, empujones, gritos, humillaciones, robo de sus almuerzos y tareas, largos encierros, burlas por su aspecto, movimientos, forma de hablar o solo estar ahí. Todo lo ridiculizaban porque era diferente a ellos.

 

Con el paso de los años, la diferencia se volvió más marcada: sus compañeros crecieron, engrosaron sus músculos, cambiaron la voz y adquirieron proporciones de varón. Él creció solo hasta el metro sesenta y cinco centímetros, su cuerpo formó curvas estilizadas con una breve cintura, un culo  de nalgas firmes y redondeadas, sus brazos y piernas delgados y torneados, manos finas como las de una dama elegante y su pelo color chocolate era sedoso y con preciosas ondas naturales que mantenía ocultó llevándolo siempre oculto bajo un gorro. Para evitar más burlas y risas, Carlitos comenzó a vestirse usando ropas simples y comunes que no permitían ver su verdadera forma.   Su voz tampoco adquirió el tomo ronco y grave de hombre… permaneció suave y delicada y fue una forma más de ocasionarle problemas. Por eso prefería mantenerse en silencio.

De tanto estar solo Carlitos había ido convenciéndose de no necesitar a nadie. No aprendió a comunicarse ni a sociabilizar. Solo contaba con su madre enferma y su vecina, Leila, que era incondicional de ellos dos. A veces, miraba con tristeza y envidia como los otros chicos iban y venían en grupos, se juntaban en los recreos, cuchicheaban secretos y risas, hablaban de sus cosas, tenían un mejor amigo, hacían planes para compartir y salir.  Él solo tenía el block de dibujo y lápices de colores con los que llenaba su tiempo libre, aparentando estar ocupado para no dar lástima.

Mostraba su inteligencia en las pruebas escritas y trabajos donde destacaba y obtenía buenas notas. Los profesores hablaban de su capacidad para dibujar y le ofrecían la posibilidad de participar en talleres y otras actividades artísticas. Carlitos las rechazaba con dolor en el corazón. Dios!! Si le habría gustado estar en esos eventos pero sentía temor de rodearse de otras personas y no saber qué hablar o decir. Además, no disponía de tiempo para salir o compartir en el caso hipotético de que alguien lo hubiera invitado.  Su situación era difícil.   De a poco su madre se había enfermado de depresión severa. Carlitos la vio apagarse, perder el trabajo, encerrarse en su dormitorio y convertirse en una mujer asustadiza, llorosa y débil que tenía miedo de vivir.  Carlos tuvo que tragarse sus propios temores y asumir la responsabilidad de la pequeña familia. Leila había sido un pilar fundamental en esta dura etapa. Ella le había conseguido trabajo en un local de comida rápida donde Carlitos pasaba las tardes y los fines de semana trabajando. Vivian a diario con el dinero que él proveía. El seguro de su madre cubría los gastos de enfermedad y la escuela, pero ya no había ingresos más que los que él mismo generaba.  Solo eran ellos dos y la vecina. No había tías ni primos ni abuelos y de su padre nunca volvieron a saber.   Era imposible ser como los demás chicos y aceptar actividades que lo distrajeran.  Cumplía resignadamente con sus obligaciones pero anhelando la vida anterior. De cierta manera se sentía estafado; No era su culpa sentirse atraído por los chicos ni lo consideraba una razón válida para que su padre destruyera su familia. Quería ir a la universidad sin preocupaciones… quería que el tiempo regresara y no tener las responsabilidades que le impedían ser un chico como todos y desarrollar al artista que vivía dentro de él.  Podía plasmar en el papel lo que veía no solo con los ojos sino con el alma.  Olvidados en el rincón de su closet esperaban los cuadernos de dibujo y los lápices de colores que su mamá le regaló cuando era una persona sana y cariñosa.

 

* * * * *

 

El timbre que marcaba el fin de la clase sonó por fin. Carlitos tenía dos horas libres antes de comenzar a trabajar y quería alcanzar a almorzar con su mamá.

-.Oh miren, ya se nos va el princeso

Dios no… no ahora. Le habían puesto ese estúpido sobrenombre años atrás cuando presentó una disertación sobre la realeza europea.

Bruno, Jeffrey y otros dos chicos lo habían rodeado mientras él se preparaba para irse. Carlos esperó aparentemente calmado. Sabía que no tenía más opciones: si los enfrentaba se expondría a una paliza segura; si les respondía los animaría a portarse peor y sI pensaba en denunciarlos se  arriesgaría a que el mismo fuera expulsado del colegio por un director homofóbico que lo consideraba una mancha en su escuela, un don nadie problemático y homosexual.

-. Déjame pasar – demandó lo más serio que pudo con su voz suave, colgándose la mochila al hombro y parándose frente a Bruno

-. ¿Dónde creen ustedes que va tan apurado el princeso – preguntó el rubio a sus amigos, estrechando el circulo que habían tendido en torno a él. Lo estaban acorralando y eso no era nada bueno

-. Déjame pasar – insistió elevando un poco la voz lo que causó sonrisas

-. Yo creo que tiene hambre y va a comer – sugirió uno

-. No. Yo creo que va a encontrarse con alguien – dijo Jeffrey

-. ¿Con quién dices tú? – preguntó Bruno.

Ya habían cerrado el círculo a su alrededor y lo apretujaban haciéndolo sentir muy incómodo, ahogándolo.

-. Va a encontrarse con un tipo… alguien que le va a dar duro por el culo – respondió Jeffrey

En ese mismo instante Carlitos sintió una mano que se arrastraba sobre sus nalgas y apretaba con fuerza una de sus redondeces. El miedo le ganó. Gritó muy fuerte y forcejeó desesperado para liberarse. Este era el tipo de acoso que peor resistía, cuando se metían con su cuerpo y sexualidad. Si tan solo supieran que no tenía idea de que hablaban porque nunca había estado con nadie y tenía temor hasta de pensar en un beso.  El fuerte grito hizo retroceder a dos de ellos y Carlitos vio una vía por donde escapar. Escuchó cómo se reían a gritos pero no se detuvo. Corrió chocando con las sillas y mesas. Corrió hasta salir de la escuela y asegurarse que nadie lo seguía.

 

 

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