Capítulo 2:

El Rastro de la Piel y el Viento de Octubre

El 31 de octubre amaneció cubierto de una neblina tan densa que los edificios de la ciudad parecían flotar en un mar gris. Para Gael, el día transcurrió como un estado de fiebre sorda. No había dormido más que un par de horas interrumpidas, pero su mente estaba extrañamente lúcida, hiperconectada con cada estímulo a su alrededor.

Cada vez que se tocaba el pecho o la clavícula, creía sentir el eco fantasma de las manos que lo habían recorrido la noche anterior. Las marcas rojas que los dedos de su amante habían dejado en su piel ya no ardían como una quemadura; ahora se sentían como un mapa invisible, una ruta que su cuerpo memorizaba, aunque su mente fuera incapaz de ponerle un rostro al dueño de ese calor.

«Mañana, en la medianoche… en el viejo invernadero del parque.»

Las palabras resonaban en su cabeza como un eco persistente. No sabía quién era el hombre que lo amaba con tanta desesperación en los sueños, ni de qué siglo o de qué vida rota provenía ese anhelo. Solo sabía que la distancia entre lo que recordaba su piel y lo que comprendía su razón se estaba volviendo insostenible.

Al caer la tarde, la ciudad se transformó. Las calles se llenaron de risas, disfraces de colores estridentes, luces de neón y el murmullo de una celebración que intentaba burlarse de la oscuridad. Pero para Gael, todo ese bullicio pasaba como una película muda y lejana.

Había caminado sin rumbo fijo durante horas, arrastrado por una fuerza magnética que lo empujaba inexorablemente hacia los límites del viejo parque municipal.

Cuando cruzó las rejas de hierro oxidado, el ruido de la ciudad se apagó de golpe, devorado por la espesura de los árboles y una neblina que parecía descender directamente del cielo otoñal. El aire cambió de temperatura de inmediato: se volvió cortante, helado, impregnado de un olor profundo a tierra mojada, musgo antiguo y un rastro sutil de sándalo y ámbar.

El mismo aroma. El olor exacto que impregnaba las sábanas de sus pesadillas y sus entregas más íntimas.

Gael se detuvo junto a un banco de piedra carcomido por el tiempo. Su respiración se convertía en vapor denso frente a sus labios. Tenía el corazón en la garganta, latiendo con una fuerza dolorosa, dividida entre el pánico absoluto a enloquecer y una necesidad desesperada, casi carnal, de encontrar aquello que lo consumía.

—¿Dónde estás? —susurró hacia la neblina, con la voz quebrada.

El viento sopló entre las ramas desnudas de los robles, haciendo crujir la maleza seca. Y entonces, al fondo del sendero, entre las volutas blancas que se retorcían bajo la pálida luz de la luna, una silueta alta y esbelta comenzó a materializarse.

Gael contuvo el aliento.

No hubo ruido de pasos. La figura avanzó con una lentitud solemne, enfundada en un abrigo oscuro de corte antiguo que parecía absorber la poca luz que llegaba hasta allí. A medida que acortaba la distancia, Gael sintió un vuelco en el estómago. El contraste de la piel pálida, los mechones oscuros cayendo sobre una frente marcada por la melancolía, y unos ojos abisales que lo miraban con una devoción tan intensa que rozaba el dolor.

El desconocido se detuvo a pocos pasos de él.

El frío que irradiaba su cuerpo era absoluto, pero la forma en que lo miraba quemaba.

—Gael… —murmuró el hombre.

La voz era idéntica a la de sus sueños: ronca, profunda, desgarrada por el peso de los siglos y por una ternura infinita.

Gael sintió que las piernas le temblaban. Dio un paso al frente, con los ojos anegados en lágrimas que no sabía si eran de miedo o de un reconocimiento visceral que su alma gritaba, aunque su mente aún no pudiera descifrar el nombre.

—Eres tú… —logró decir Gael, con la voz rota, mientras levantaba una mano temblorosa hacia el rostro del hombre—. Eres tú quien me visita en la penumbra. Pero… ¿por qué no puedo recordarte? ¿De dónde vienes? ¿Quién eres?

Natanael —porque el nombre acudió a su mente como un relámpago— levantó una mano enguantada y rozó con infinita suavidad la mejilla de Gael. El contacto de sus dedos helados hizo que Gael gimiera levemente, cerrando los ojos por un segundo para entregarse a esa sensación que tanto había añorado en la vigilia.

—El tiempo es un ladrón cruel, mi amor —respondió Natanael, con una sonrisa triste que apenas curvaba sus labios—. Borra los rostros, desvanece las épocas y deja solo los rastros de lo que ardió con demasiada fuerza. Pero tu cuerpo nunca olvidó lo nuestro. Aunque pasen mil vidas más.

Natanael dio otro paso, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se rozaron. El calor del cuerpo de Gael chocó con la frialdad eterna del visitante, creando una fricción eléctrica, un choque de mundos que hizo que el aire entre ellos se volviera espeso y cargado de una tensión desesperada.

—Esta noche no hay sueños, Gael —susurró Natanael contra sus labios, con los ojos oscuros fijos en su boca—. Esta noche el velo se ha roto. Tienes ante ti al hombre que te ha amado a través de los siglos… y solo tenemos hasta el amanecer para entregarnos todo lo que el tiempo nos ha robado.

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