Capítulo 3:

Las Cenizas del Ayer

El aire dentro del viejo invernadero abandonado olía a hierro mohoso, a cristales rotos y a una humedad antigua que se mezclaba de forma embriagadora con el sándalo y el ámbar de Natanael. Afuera, la bruma de Halloween envolvía los esqueletos de los árboles como un sudario blanco; adentro, el mundo entero se había reducido al espacio infinitesimal entre sus cuerpos.

Gael sintió que su espalda chocaba con la estructura fría de una mesa de trabajo cubierta de musgo. No hubo advertencia, ni vacilación. El impulso que los había arrastrado a través de los siglos se quebró de golpe, transformándose en una urgencia voraz, casi violenta, de la que ninguno de los dos intentó defenderse.

Las manos de Natanael —heladas, febriles, marcadas por el peso de una espera interminable— se abrieron paso bajo el abrigo de Gael, aferrándose con desesperación a su cintura como si temieran que, al menor descuido, la carne se disolviera entre sus dedos como humo.

—Dímelo otra vez… —suplicó Gael, con la voz rota por un sollozo ahogado, mientras hundía los dedos en los mechones oscuros del cabello de Natanael, tirando de él para acercarlo aún más. Podía recordarlo, la verdad es que no. Pero se sentía tan real y dentro de sí, la veda de una perdida comenzó a doler. Ardía y consumía como si realmente hubiese ocurrido. Y simplemente ya no quiso luchar contra la realidad, se sentía bien estar aquí, con él—. Dime cómo me amas. Hazme recordar todo lo que el tiempo me robó.

Natanael detuvo sus labios a un milímetro de la boca de Gael. Sus ojos oscuros, abisales y cargados de un dolor milenario, lo miraron con una devoción tan intensa que rayaba en la agonía.

—Te amo desde antes de que los nombres tuvieran sonido, Gael —susurró Natanael contra sus labios, su aliento helado quemando como el fuego—. Te he amado en eras donde arder en la hoguera era el precio por tocarnos, en siglos donde mi alma vagaba sola buscando el eco de tus pasos. Cada vida en la que te he perdido es una cicatriz que llevo grabada en la eternidad. Cada uno de tus nombres están tatuados en los poros de mi piel.

El beso que siguió no tuvo nada de tierno. Fue una colisión desesperada, un choque de dientes y respiraciones rotas donde el dolor de la amnesia y la furia del tiempo contenido estallaron sin tregua. Gael gimió contra su boca, abriendo los labios para recibir la frialdad de Natanael, un frío que le quemaba las entrañas y le encendía la piel en una fiebre incontrolable.

Las prendas cayeron o se estorbaron en la penumbra. El contacto de la piel desnuda contra el metal frío del invernadero y la textura áspera de los viejos abrigos se fundió en una sinfonía de fricción y gemidos.

Natanael se movió sobre él con una precisión devastadora, devorando cada centímetro de su cuerpo como si en ello le fuera la existencia. Sus manos grandes y firmes marcaron cada curva, dejando un rastro de escalofríos y marcas lívidas sobre la piel pálida de Gael. Cada embestida, cada roce íntimo, era una declaración de guerra contra el olvido. Gael arqueó la espalda, aferrándose a los hombros anchos de Natanael con tanta fuerza que sus uñas clavaron la tela y la piel, buscando desesperadamente retener algo tangible de un hombre que pertenecía a los fantasmas.

—Mírame… —exigía Natanael entre respiraciones fatigosas, con la frente apoyada contra la de Gael, mientras sus cuerpos se acoplaban en una danza febril y dolorosa—. No cierres los ojos. Recuérdame. Recuérdanos.

Y en ese instante, en medio del clímax de una entrega tan explícita como desgarradora, una grieta se abrió en la mente de Gael.

Los recuerdos fragmentados estallaron como cristales rotos en su conciencia: no eran imágenes estáticas, sino sensaciones vivas. Se vio a sí mismo en una habitación tenuemente iluminada por velas de sebo, siglos atrás, riendo entre los brazos del mismo hombre mientras la nieve golpeaba los ventanales. Recordó el peso de esa misma mirada en una madrugada de otra época, el eco de una despedida en un muelle brumoso, el sabor de las lágrimas mezcladas con besos en la clandestinidad de un mundo que los condenaba.

El dolor de recordar lo que había perdido mil veces lo golpeó con la fuerza de un huracán. Gael soltó un grito ahogado contra el hombro de Natanael, aferrándose a él con una desesperación ciega, mientras el clímax los arrastraba a ambos a un abismo de placer y llanto contenido.

El silencio que siguió fue denso, pesado, interrumpido únicamente por el repiqueteo leve de la neblina condensándose sobre los cristales rotos del techo.

Gael yacía contra el pecho de Natanael, respirando con dificultad, con el cuerpo entumecido por el esfuerzo y el frío que emanaba de su amante. Natanael lo sostenía en brazos, acunándolo con una ternura infinita, besando sus cabellos mojados por el sudor mientras sus propias manos trazaban con devoción la línea de su columna.

—Ahora lo sé… —murmuró Gael con la voz apenas audaz, cerrando los ojos mientras una lágrima solitaria resbalaba por su mejilla y se perdía en la clavícula de Natanael—. Recuerdo cada vida. Recuerdo el dolor de perderte cuando amanecía.

Natanael detuvo sus caricias un segundo. Su rostro marmóreo se contrajo en una mueca de dolor sutil. Tomó el mentón de Gael con suavidad, obligándolo a levantar la mirada.

A través de los huecos del techo derruido, un atisbo de luz grisácea, fría y distante comenzó a colarse en el horizonte.

El 31 de octubre estaba muriendo. El primer destello del 1 de noviembre comenzaba a despuntar en el cielo de la madrugada.

Los ojos de Natanael reflejaban una desesperación trágica.

—El velo se está cerrando, mi amor —susurró el fantasma del pasado, con la voz temblando por primera vez—. El tiempo de los vivos vuelve a reclamarme. Y esta vez… esta vez no se si podré volver a encontrarte.

Deja una respuesta

error: Content is protected !!