GONZALO

No todo me resulta siempre como quiero. Reconozco que cuando se trata de negocios, tengo mucho que aprender de mi padre aún, pero mi “negocio” con Miguel va a resultar bien. Lo sé. Es un chico duro y me gusta que lo sea, al menos por fuera. No sé qué hay tras las primeras capas del pequeño guerrero, pero quiero llegar a conocer a Miguel como nadie más lo conoce.  El desafío es excitante. Lo quiero mío, entregado y sumiso. Nunca he tenido a nadie así, pero la sola idea de tener a Miguel de esa manera me basta para excitarme completamente y de una forma diferente, intensa. Me pregunto si tiene algo que ver con crecer o con haber experimentado ya tanto. Ese mocoso ha despertado algo distinto en mí. La sed y el hambre de poseerlo son algo nuevo, obsesivo, casi una necesidad.  No me voy a detener hasta conseguirlo.

Lo que le he ofrecido a Miguel puede parecer mucho para cualquiera, pero para mi no significa casi nada. Los negocios de mi padre se extienden por varios rubros. Entre ellos hay propiedades, edificios de departamentos que en este momento están bajo mi custodia. Puedo fácilmente poner a Miguel y a su familia en uno de ellos sin problemas. Preferiría tenerlo solo, sin su gente… pero eso vendrá con el tiempo. Planeo que Miguel me dure mucho tiempo, planeo que… la risa me brota espontánea…no planee excitarme de esta manera de sólo pensar en el chico… ¡maldito mocoso!

Como todos los sábados, a las ocho en punto nos reunimos en el comedor para cenar en familia. Mi madre está molesta, Daniel no ha llegado ni sabe dónde está. Apagó su celular y no hay forma de comunicarse con él. No digo nada, pero secretamente pienso que Dani debe estar pasándolo bien con alguna de sus amigas. Ya está en la edad de hacer locuras. Sin embargo, me hago una nota mental para recordarme hablar con mi hermanito menor: igual debe respetar el horario de la cena y salir acompañado.  La ausencia de Daniel convierte la cena en un rato poco agradable. Mi madre está enojada y mi papá peor aún ¡Ni siquiera anda con guardaespaldas!

A las diez de la noche estoy listo para salir. Afuera me espera el auto con chofer y dos de los guardaespaldas de papá. Es hora de trabajar.  Tengo que hacer un par de visitas y aclarar algunos puntos con algunos de los “clientes” especiales de mi padre. Las revisiones nocturnas son una rutina en nuestro negocio: inesperadas e interesantes.

 

Cerca de la una de la mañana ya he terminado mi ronda de “visitas”. La noche ha sido fructífera. Despejo mi mente de todos los problemas relacionados con el negocio.  Hay un pequeño detalle que ha estado rondando mi cabeza desde hace un par de días. Debería ser algo muy fácil de arreglar. Casi no debería prestarle atención, pero algo me indica que es mejor zanjar este asunto de una vez y no correr ningún riesgo. No vaya ser cosa que el viejo pervertido ese logre acercarse a Miguel antes que yo.  Le indico una dirección al chofer. Se dirige hacia allá sin hacer ninguna pregunta. Como debe ser.

 

MIGUEL.

Estoy enojado conmigo mismo por haber mostrado una faceta débil frente a Daniel. No sé qué tiene ese niño con sus ojos verdes grandes que me taladran y me cautivan; parece tan inocente y sincero. Daniel me anula con su amabilidad y su sonrisa luminosa.

Ya debería haber aprendido a no confiar en nadie…

¡NUNCA MÁS MIGUEL!!! Nunca más. Me lo grito a ver si de esa manera se me queda en la cabezota dura que tengo.

Anoche, cuando llegué a mi casa, mamá aún no había llegado de su turno y Nali debería haber estado en casa de unas vecinas. Sin embargo,  no fue así. Mi hermana estaba en la casa, pero no estaba sola. Un pendejo de mierda la acompañaba. Se sobresaltaron al escucharme y el tarado quiso salir corriendo. Lo sujeté bien firme y con unos cuantos golpes le hice entender que con mi hermana no se mete nadie. Traía viva toda la rabia que me había causado la propuesta del imbécil de Gonzalo y terminé descargándola contra él. Nali me gritaba que lo dejara, que no habían hecho nada malo, pero no podía detenerme. Tuvo que tirarse encima mío para que lo soltara. No me habla desde ayer. Nunca antes habíamos estado enojados. No le conté a mi mamá. Llegó tan cansada y adolorida que apenas comió algo y se durmió de inmediato. Veo con terror como todos mis peores temores se están comenzando a materializar y me siento inútil e impotente.  Me fui a la calle. Necesito trabajar más. Sami me estaba esperando con un par de “mandados”. Corrí a dejarlos y volví rápido a entregar el dinero y cobrar mi parte, con el corazón apurado mirando para todos lados temiendo escuchar el ruido de las malditas motos.

Entré a mi casa muy cansado y me tiré sobre la cama sin siquiera comer. El cansancio me ganó y me dormí hasta bien entrada la mañana. Me desperté asustado. Últimamente vivo asustado todo el día.  Mientras tomaba desayuno me puse a pensar en la maldita propuesta del imbécil de Gonzalo. Me dio rabia siquiera estar pensando en ella… me molestó reconocer que todo lo que me había dicho se me había metido en el cerebro un poco mas de lo necesario… solucionarme la vida… venderme… eso es todo lo que tengo que hacer para cambiar la vida de mi hermana y de mi mamá… también la mía.   Solo venderme y aceptar ser el juguete de Gonzalo. Vuelvo a sentir que se me atora el sentimiento en la garganta. No debería ni siquiera estar pensándolo.

Que injusta es la vida, pero a la mierda con todo. Es lo que me tocó y no tengo a quién diablos culpar. Sacudo la cabeza para despejar mi mente. ¿Qué es lo que quiere hacer conmigo?  Pregunta idiota cuando se perfectamente lo que sucede con otros chicos que han caído en un juego parecido… No, no, no. Ya basta de dar vueltas a la idea… Supo bien cómo hacerlo… cómo plantar la semilla en mi cabeza… ¡Es un imbécil de lo peor!  «No preocuparme nunca más del dinero»… ¿eso fue lo que dijo? Como es de fácil la vida para ese tarado. Intento recordar la cara de Gonzalo y logro verlo claramente… tal cómo me hablaba anoche… Me asusta… ahora sólo me provoca temor, miedo a traicionarme a mí mismo pensando en lo que me propone…

Aunque Nali sigue enojada y no me habla, me quedo acompañándola durante la mañana. Mamá ya partió al hospital, pero llega de vuelta temprano. Aprovecho su presencia y salgo rápido de la casa

Camino cabizbajo y con las manos metidas en la chaqueta, atento a los movimientos de las personas en la calle. Quiero ir al gimnasio, quiero hablar con Emilio. No le voy a contar, solo quiero hablar con alguien… de cualquier cosa.

Pero sin quererlo ni buscarlo terminé hablando con Daniel. Mi desconfianza natural sufre serios desperfectos con este niño. No sé si en verdad es tan inocente como parece o solo pretende serlo. Sus ojos son tan transparentes, no tienen una pizca de maldad. Es simple, es fácil y hasta es divertido conversar con él. Es lindo… es un chico muy lindo y cariñoso. Si me hubiera quedado más rato conversando con el creo que habría terminado hablando más de la cuenta. Vuelvo a pensar en él, recuerdo su cuerpo cubierto solamente con la toalla… quiero verlo nuevamente.

Son ya las once de la noche. Apuro mis pasos. Sami me está esperando. Los sábados siempre hay mucho trabajo.

Sami me entrega varios paquetes y me da las direcciones donde entregarlos. La noche se ve tranquila. Parto a hacer mi ronda y entrego todo sin problemas y me vuelvo. Nuevamente le entrego el dinero recolectado y me entrega mi parte. Sonrío al contar mis billetes y los guardo bien. Dejo a Sami. Estoy cansado y me vuelvo a mi casa.

No sé si es el cansancio o el hecho de no poder dejar de pensar en la odiosa propuesta, pero me doy cuenta demasiado tarde del sonido de las motos. Intento correr y perderme entre las casas de la población, pero reaccioné muy tarde. Esta vez son cuatro y me pillan desprevenido. Me defiendo de todas maneras, pero no me sirve de nada. Al menos esta vez no me han golpeado. Solo me queda rogar para que el viejo aún espere convencerme y no decida usar la violencia.  De no ser así es probable que termine muerto él o muerto yo esta misma noche. No lo voy a dejar tocarme.

La casa del viejo es grande, oscura y con un desagradable olor a comida rancia en todos los rincones. Me sujetan entre dos y a empujones me llevan hasta una de las piezas del fondo. No dejo de forcejear y patear en ningún minuto, aunque sea lo último que pueda hacer en este mundo. La puerta se abre y cual rey sentado en un trono de mierda, el viejo gordo está en un sillón grande. La sala es toda roja, tapices, lámparas y alfombras en el mismo color. Hay una cama grande también cubierta de un rojo brillante. A su alrededor hay tres chicos escasamente vestidos con cara de cansados que se dejan acariciar por él. Siento asco de solo mirar la escena.

-. ¡Miguel! – el viejo deja al chico que acaricia y me mira con interés, su voz suena afectada y delicada

– Hola, Miguel

Se pone de pie y se me acerca. Forcejeo muy fuerte, no puedo soltarme, pero no voy a dejar que me toque así tenga que morderle sus asquerosos dedos.

-. Que gusto verte, precioso Miguel.

Su mano llena de costosos anillos de oro y piedras intenta pasar por mi cara y el viejo parece tentado de seguir tocándome. Me dispongo a usar mis piernas para patear, pero entonces sucede algo extraño. El viejo me mira con deseo… sin embargo, da un paso atrás… no me quita los ojos de encima por un rato, pero mantiene la distancia

-.  Debí suponerlo… basta con mirarte para darse cuenta

No sé de qué habla pero tampoco me interesa. Solo respiro cuando lo veo que se gira para volver a su sillón.

– Es una pena Miguel. Me encanta que vengas a visitarme, pero no puedes quedarte

El viejo esta definitivamente loco. No entiendo nada de lo que está diciendo.

– Vas a tener que marcharte

Los brazos que me sujetan se aflojan a una señal suya y de pronto me veo libre.

– Tal vez en otra oportunidad, pero por ahora, vete… vete

No espero a que me lo repita otra vez y huyo del lugar antes de que cambie de opinión. Mi desconcierto es total pero no me quedo a preguntarle. El gordo es un sádico conocido. Nadie me detiene a pesar de que me cruzo con varios de sus hombres.

Ya en la calle, corro varias cuadras hasta cerciorarme que nadie me sigue. Me detengo a recuperar mi respiración normal y entonces lo veo.

Es un auto negro grande que se mueve despacio, las luces están apagadas. Me doy cuenta que el mismo auto estaba estacionado frente a la casa del viejo. El miedo me llega hasta el alma. Si el viejo me soltó es porque estaba asustado, de la misma manera en que ahora estoy asustado yo. No sé qué hacer. Comienzo a caminar, pero el auto se pone a mi lado. Me detengo mientras intento pensar a que nuevo peligro me estoy enfrentando. La puerta se abre

– Sube, Miguel

¡¿Gonzalo?! Miro con desconfianza y lo veo claramente. Me siento tan feliz de que sea él. Mis piernas apenas me sostienen. No lo dudo y entro al auto agradecido de este imbécil por segunda vez. El interior del vehículo es enorme. Hay un cristal oscuro que no me permite ver quien está en el asiento de adelante pero atrás solo estamos él y yo. El vehículo se pone en marcha.

– ¿Fuiste tú? ¿Por eso me soltó el viejo?

Gonzalo no me responde.

– ¿En cuántos líos te metes al día? – me pregunta.

¡Cielos! Estoy tan feliz que hasta quiero reír. Hace sólo un rato pensé que moriría en manos del viejo…

– En varios- respondo fanfarroneando y alegre

Me acomodo en el asiento. Gonzalo me mira insistentemente. Estira su mano y me acaricia el pelo, solo un leve toque. No se por qué pero no me molesta.

– ¿Cómo estás? – pregunta con una calma que casi me hace romperme… No esperaba suavidad de su parte

Con un gesto de mi cabeza le indico que bien.

– ¿Por qué lo hiciste? – en verdad quiero saber.

Gonzalo se encoge de hombros y no me responde. Es extraño. Sé que es un imbécil, un idiota y un estúpido, pero me siento más tranquilo con él que con cualquiera de los otros imbéciles de la calle. No sé quién es Gonzalo pero mientras más lo conozco más me impresiona. Al menos sé que él es directo para pedir lo que quiere.

– Y Miguel… ¿Lo pensaste?

Adiós la suavidad…

Sé de qué está hablando. Miro hacia otro lado. Su maldita propuesta… Siento pena…miedo, pero ya no tengo tanta rabia.

– Dijiste que hasta el lunes – contesto en un hilo de voz

– De acuerdo

Me quedo pegado en sus ojos oscuros. Gonzalo no sonríe, sólo me mira tranquilo. El auto se detiene.

– Tu casa

Miro por la ventana y me doy cuenta que efectivamente estamos frente a mi casa

– ¡¿Cómo sabes…?!

No. Ni siquiera vale la pena preguntar cómo sabe dónde vivo…

Intento bajarme, pero su mano se clava en mi brazo y me sujeta. No me dice nada… solo me mira fijamente. De pronto se acerca y sus labios apenas rozan los míos. No me muevo, ni siquiera respiro.

– No te metas en líos cuando no estoy cerca de ti

Lo miro por última vez y me bajo lentamente. El vehículo se pone en marcha y Gonzalo se va.

¿Qué mierda acaba de pasar? ¿Me besó? ¿Lo dejé besarme?… Y sobre todo…  ¿Por qué tengo una sensación extraña bailando en el estómago?

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