Miguel Capítulo 5

Gonzalo

No todo me resulta siempre como quiero, reconozco que cuando se trata de negocios, tengo mucho que aprender de mi padre aún,  pero mi “negocio” con Miguel va a resultar bien. Lo sé. Es un chico duro y me gusta que lo sea, al menos por fuera. No sé que hay tras las primeras capas del pequeño guerrero, pero quiero llegar a conocer a Miguel como nadie más lo conoce.  El desafío es excitante. Lo quiero mío, entregado, doblegado y sumiso. Nunca he tenido a nadie así pero la sola idea de tener a Miguel de esa manera me basta para excitarme completamente y de una forma diferente, intensa. Ese mocoso ha despertado algo distinto en mí, la sed y el hambre de poseerlo son algo nuevo, obsesivo, casi una necesidad.  No me voy a detener hasta conseguirlo.

Lo que le he ofrecido a Miguel puede parecer mucho pero para mí no significa casi nada. Los negocios de mi padre se extienden por varios rubros. Entre ellos hay propiedades, edificios de departamentos para ser más concretos,  que en este momento están bajo mi custodia. Puedo fácilmente  poner a Miguel y a su familia en uno de ellos sin problemas… preferiría tenerlo solo, sin su gente… pero eso vendrá con el tiempo. Planeo que Miguel me dure mucho tiempo, planeo que… la risa me brota espontánea…no planee excitarme de esta manera de sólo pensar en el chico… ¡maldito mocoso!.

Como todos los sábados, a las 8 en punto nos reunimos en el comedor para cenar en familia. Mi madre está molesta, Daniel no ha llegado ni sabe dónde está. Apagó su celular y no hay forma de comunicarse con él. No digo nada pero secretamente pienso que Dani debe estar pasándolo bien con alguna de sus amigas, pero me hago una nota mental para recordarme hablar con él: igual debió respetar el horario de la cena.  La ausencia de Daniel convierte la cena en un rato poco agradable. Mi madre está enojada.

A las 10 de la noche estoy listo para salir. Afuera me espera el auto con chofer y dos de los guardaespaldas de papá. Es hora de trabajar.  Tengo que hacer un par de visitas y aclarar algunos puntos con algunos de los “clientes” especiales de mi padre.

Cerca de la una de la mañana ya he terminado mi ronda de “visitas”. La noche ha sido fructífera. Despejo mi mente de todos los problemas anteriores. Pero hay un pequeño detalle que ha estado rondando mi cabeza desde hace un par de días. Debería ser algo muy fácil de arreglar, casi no debería prestarle atención, pero algo me indica que es mejor zanjar este asunto de una vez y no correr ningún riesgo, no vaya ser cosa que el viejo pervertido ese toque a Miguel antes que yo.  Le indico una dirección al chofer. Se dirige hacia allá sin hacer ninguna pregunta. Como debe ser.

Miguel.

Estoy enojado conmigo mismo por haber mostrado una faceta débil frente a Daniel. No sé que tiene ese niño con sus ojos verdes grandes que me taladran y me cautivan; parece tan inocente y sincero. Este niño me desarma, me anula con su amabilidad.  Ya debería haber aprendido a no confiar en nadie… NUNCA MÁS MIGUEL!!! Nunca más. Me grito a ver si de esa manera se me queda en la cabezota dura que tengo.

Cuando llegué a mi casa anoche, mamá aún no había llegado de su turno y Nali debería haber estado en casa de unas vecinas. Pero no fue así. Estaba en nuestra casa pero no estaba sola. Un pendejo de mierda la acompañaba. Se sobresaltaron al escucharme y el tarado quiso salir corriendo. Pero lo sujete bien firme y con unos cuantos golpes le hice entender que con mi hermana no se mete nadie. Traía viva toda la rabia que me había causado la propuesta del imbécil de Gonzalo y terminé descargándola contra él. Nali me gritaba que lo dejara, que no habían hecho nada malo pero no podía detenerme. Tuvo que tirarse encima mío para que lo soltara. No me habla desde ayer. Nunca antes habíamos estado enojados. No le conté a mi mamá. Llegó tan cansada y adolorida que apenas comió algo y se durmió de inmediato. Habría sido para peor pero veo con terror como todos mis peores temores se están  comenzando a materializar. Me fui a la calle. Sami me estaba esperando con un par de “mandados”. Corrí a dejarlos y volví rápido a entregar el dinero y cobrar mi parte, con el corazón apurado mirando para todos lados temiendo escuchar el ruido de las malditas motos.

Entré a mi casa muy cansado y me tire sobre la cama sin siquiera comer. El cansancio me ganó y me dormí hasta bien entrada la mañana. Me desperté asustado, últimamente vivo asustado todo el día.  Mientras tomaba desayuno me puse a pensar en la maldita propuesta del imbécil de Gonzalo. Me dio rabia siquiera estar pensando en ella, me dio rabia reconocer que me solucionaría la vida… venderme.. eso es todo lo que tengo que hacer para cambiar la vida de mi hermana y de mi mamá… también la mía. Solo venderme y aceptar ser el juguete de Gonzalo. Vuelvo a llorar de rabia. Que injusta es la vida, pero a la mierda con todo. Es lo que me tocó y no tengo a quien cresta culpar. Sacudo la cabeza para despejar mi mente. ¿Qué es lo que quiere hacer conmigo? ¿Hasta dónde se atreverá a llegar? Preguntas idiotas cuando se perfectamente lo que sucede con otros chicos que han caído en un juego parecido… no, no, no. Ni siquiera tengo que estar pensándolo. No preocuparme del dinero… ¿eso fue lo que dijo? Como es de fácil la vida para ese imbécil. Intento recordar la cara de Gonzalo y logro verlo claramente. Me asusta… ahora sólo me provoca temor, miedo a terminar cediendo a lo que me propone.

Aunque Nali no me habla me quedo acompañándola durante la mañana. Mamá ya partió al hospital pero llega de vuelta temprano. Aprovecho su presencia y salgo rápido de la casa

Camino cabizbajo y con las manos metidas en la chaqueta, atento a los movimientos de las personas en la calle. Quiero ir al gimnasio, quiero hablar con Emilio. No le voy a contar, solo quiero hablar con alguien… de cualquier cosa.

Pero sin quererlo ni buscarlo terminé hablando con Daniel. Mi desconfianza natural sufre serios desperfectos con este niño. No sé si en verdad es tan inocente como parece o solo pretende serlo. Sus ojos son tan transparentes, no tienen una pizca de maldad. Es simple, es fácil y hasta es divertido conversar con él. Es lindo… es un chico muy lindo. Si me hubiera quedado más rato conversando con el creo que habría terminado hablando más de la cuenta. Vuelvo a pensar en él, recuerdo su cuerpo cubierto solamente con la toalla… quiero verlo nuevamente.

Son ya las 11 de la noche. Apuro mis pasos. Sami me está esperando. Los sábados siempre hay mucho trabajo.

Sami me entrega varios paquetes y me da las direcciones donde entregarlos. La noche se ve tranquila. Entrego todo sin problemas y me vuelvo donde Sami. Nuevamente le entrego el dinero recolectado y me entrega mi parte. Sonrío al contar mis billetes y los guardo bien. Dejo a Sami. Estoy cansado y me vuelvo a mi casa.  No sé si es el cansancio o el hecho de no poder dejar de pensar en la odiosa propuesta pero me doy cuenta demasiado tarde del sonido de las motos. Intento correr y perderme entre las casas de la población pero reaccioné muy tarde. Esta vez son 4. Me defiendo de todas maneras pero no me sirve de nada. Al menos esta vez no me han golpeado. Solo me queda rogar para que el viejo aún espere convencerme. De no ser así es probable que termine muerto él o muerto yo esta misma noche.

La casa del viejo es grande, oscura y con un desagradable olor a comida rancia en todos los rincones. Me sujetan entre dos y me llevan hasta una de las piezas del fondo. No dejo de forcejear y patear en ningún minuto, aunque sea lo último que pueda hacer en este mundo. La puerta se abre y cual rey sentado en un trono de mierda, el viejo gordo está en un sillón grande. La sala es toda roja, tapices, lámparas y alfombras en el mismo color. Hay una cama grande también cubierta de un rojo brillante. A su alrededor hay tres chicos escasamente vestidos con cara de cansados que se dejan acariciar por él. Siento asco de solo mirar la escena.

-. ¡Miguel!

El viejo deja al chico que acaricia y me mira con interés, su voz suena afectada y delicada

– Hola Miguel

Se pone de pie y se me acerca. Forcejeo muy fuerte, no puedo soltarme pero no voy a dejar que me toque. Su mano sudorosa y llena de costosos anillos pasa por mi cara y el viejo parece tentado de seguir tocándome. Me dispongo a usar mis piernas para patear, pero entonces sucede algo extraño. El viejo da la vuelta y vuelve a su sillón.

– Es una pena Miguel pero no puedes quedarte

 No sé si entiendo bien que está diciendo.

– Vas a tener que marcharte

Los brazos que me sujetan se aflojan a una señal suya y de pronto me veo libre.

– Tal vez en otra oportunidad, pero por ahora vete –

No espero a que me lo repita otra vez y huyo del lugar antes de que cambie de opinión. Mi desconcierto es total pero no me quedo a preguntarle. Nadie me detiene a pesar de que me cruzo con varios de sus hombres. Ya en la calle corro varias cuadras hasta cerciorarme que nadie me sigue. Me detengo a recuperar mi respiración normal y entonces lo veo. Es un auto negro grande que se mueve despacio, las luces están apagadas. Me doy cuenta que el mismo auto estaba estacionado frente a la casa del viejo. El miedo me llega hasta el alma. Si el viejo me soltó es porque estaba asustado, de la misma manera en que ahora estoy asustado yo. No sé qué hacer. Comienzo a caminar pero el auto se pone a mi lado. Me detengo mientras intento pensar a que nuevo peligro me estoy enfrentando. La puerta se abre

– Sube Miguel

¿¿Gonzalo??!! Miro con desconfianza y lo veo. Me siento tan feliz de que sea él, mis piernas apenas me sostienen. No lo dudo y entro al auto agradecido de este imbécil por segunda vez. El interior del vehículo es enorme. Hay un cristal oscuro que no me permite ver quien está en el asiento de adelante pero atrás solo estamos él y yo. El vehículo se pone en marcha.

– ¿Fuiste tú? – Gonzalo no me responde.

– ¿En cuántos líos te metes al día? –

Me pregunta. ¡Cielos! Estoy tan feliz que hasta quiero reír. Hace sólo un rato  pensé que moría…

– En varios

 

Me acomodo en el asiento. Gonzalo esta a mi lado. Me mira insistentemente. Estira su mano y me acaricia el pelo, solo un leve toque. No sé porque pero no me molesta.

– ¿Cómo estás?

Con un gesto de mi cabeza le indico que bien.

– ¿Por qué lo hiciste?

En verdad quiero saber. Gonzalo se encoge de hombros y no me responde. Es extraño, sé que es un imbécil, un idiota y un estúpido pero me siento más tranquilo con él que con cualquiera de los otros imbéciles de la calle. No sé quien es Gonzalo pero mientras más lo conozco más me impresiona. Al menos sé que él es directo para pedir lo que quiere.

– Y Miguel… ¿lo pensaste?

Sé de que está hablando. Miro por la ventana. Su maldita propuesta… siento pena…miedo, pero ya no tengo tanta rabia.

– Me dijiste que hasta el lunes – contesto en un hilo de voz

– De acuerdo

Me vuelvo a mirarlo y me quedo pegado en sus ojos oscuros. Gonzalo no sonríe, sólo me mira tranquilo. El auto se detiene.

– Tu casa

 

Miro por la ventana y me doy cuenta que efectivamente estamos frente a mi casa

– ¡¿Cómo…?!!

 

Ni siquiera vale la pena preguntar cómo sabe donde vivo…

Intento bajarme pero su mano se clava en mi brazo y me sujeta. No me dice nada pero me mira fijamente. De pronto se mueve hacia mí y con mucho cuidado sus labios apenas rozan los míos. No me muevo, ni siquiera respiro.

– No te metas en líos cuando no estoy cerca de ti –

Lo miro por última vez y me bajo lentamente. El vehículo se pone en marcha y Gonzalo se va. ¿Qué mierda acaba de pasar? ¿Me besó? ¿Lo dejé besarme?… Y sobre todo…  ¿Por qué tengo estas estúpidas mariposas bailando en el estómago?

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