Capítulo Treinta y cinco

FERNANDO

Un fuerte golpe contra la madera del muro y lo único que consiguió fue dañar sus nudillos. Termino de afeitarse de prisa y con movimientos bruscos. Ese día en particular, no soportaba mirarse al espejo.

Es verdad que era una solución perfecta. Le había tomado varios días encontrar la manera, aunque nunca dudó de que la encontraría. Fue tan simple como caminar alrededor del campamento y darse cuenta del tamaño de la bodega de alimentos: demasiado grande para un grupo de 25 personas. Recordó que había planificado toda el área de la cocina pensando a lo grande, contrario a lo que había sucedido en el primer campamento, donde tenían una cocina pequeña e incómoda. Aquí tenía espacio suficiente para proveer a Raimundo de la distancia que necesitaba.

Inventar un motivo le había tomado unos pocos días más…

En realidad, solo habían sido minutos para planificar un supuesto robo y necesidad de protección… Lo que le había costado era decidirse a hacerlo. No era complicado irrumpir en la bodega y llevarse unas cuantas cosas… pero era inmensamente difícil levantar la cabeza, enfrentarse a los hombres y mirarse al espejo luego de haberlo hecho.

El resultado podía considerarse bueno. Raimundo estaba durmiendo solo y no tenía que responderle por sus horarios a nadie.  No había reportado el robo a su superior, aunque correspondía hacerlo. Como capitán de la unidad, se le permitía cierta libertad en la toma de decisiones y disciplina debido a la lejanía y al poco valor en dinero de lo robado. Era primera vez que Fernando se saltaba los protocolos. Le había faltado cara para elevar el problema a una instancia superior y seguir el procedimiento regular que indicaba investigar a fondo el robo.

Apoyó sus manos sobre el lavamanos, los brazos tiesos y la cabeza caída, colgando entre los fuertes hombros

No se arrepentía a pesar del costo que significaba.

¿No le había pedido a la vida que le diera pasión e intensidad, amor furioso como el que veía en otras personas??  Pues la vida había respondido sus plegarias…  solo que, de paso, había aprovechado de burlarse de él y le había enviado a un maravilloso ser que lo embriagaba de locura… en un extraordinario cuerpo de hombre.

Cuanto más fácil habría sido si fuera una mujer….

No tendría que estar exprimiendo su cabeza para inventar soluciones ni conteniendo sus ganas de tocarlo todo el día.

A ratos sentía que la situación escapaba de su control… y se desesperaba como solo a él podía pasarle. Podía admitir que su humor estaba de los mil demonios, se enojaba por nimiedades y reaccionaba bruscamente con los hombres de su unidad. Había instantes en que se desconocía a sí mismo… ¿Dónde estaba el hombre que podía mantener todo bajo frío control? ¿Qué sucedía con su intachable sentido de la integridad?… aaahhhh confusión… un nuevo sentimiento poco conocido para el capitán que había aparecido junto a la maravilla de poseer a su soldado.   Había momentos en que se sentía perdido…  pero luego veía a Raimundo y volvía a tener claro cuál era el objetivo y lo mucho que valía la pena.

Si tenía que robar, robaría. Si necesitaba mentir, mentiría.

Nada valía más que su deseo de estar con Raimundo aquí, ahora y en cada momento posible.

El problema…

El problema era qué hacía él con la vergüenza que sentía por haber robado y mentido a su propia unidad… su integridad… su honor… Todos los valores que había aprendido con su familia y reafirmado en su carrera, estaban pisoteados y mancillados

Abrió la llave del agua y se mojó la cara abundantemente

Integridad… honor… valores… ppffff

Ninguno de ellos incluía volverse loco por otro hombre… un soldado doce años menor que él.

Había cometido ya varios actos innobles… y seguiría haciéndolo porque no podía detenerse. Raimundo era… su soldado era… ¡Demonios! ¿Cómo podía explicar todo lo que Raimundo estaba llegando a significar en su vida?  Raimundo lo completaba. Era la otra parte que calzaba perfectamente con lo que él era… así, tan fácil como volver a unir dos piezas rotas que antes fueron solo una… Raimundo y él encajaban en cada curva y en cada arista. Con él a su lado, no necesitaba nada más.

El capitán Ahumada suspiró largamente antes de levantar nuevamente la cabeza y enfrentarse con su rostro en el espejo

-. Hay que tener cuidado con lo que le pedimos a la vida porque puede ser que nos lo envíe.

Fernando entro al comedor a desayunar como cada día. El silencio que siguió a su llegada no tenía nada de normal. Suspiró. Podía entender las razones del repentino silencio. Los hombres estaban preocupados luego de que le llamara la atención a un par de ellos en los últimos días y se alterara fácilmente.

-. Buenos día, señores

-. Buen día capitán – murmuró un coro de voces

RAIMUNDO

-. Espero que hoy no ande con los monos, de nuevo

El subteniente Cardones era uno de los pocos que se atrevía a expresar opiniones de ese calibre sobre el capitán. Claro que solo lo hacía frente a la seguridad del grupo de trazadores

-. ¿A qué se refiere? – preguntó Raimundo sosteniendo la taza de leche caliente frente a su rostro y dejando ver solamente sus grandes ojos que miraron a Cardones con fingida inocencia

-. El capitán anda de mal genio. Ya llevamos tres semanas sin bajar a la ciudad. Quizás está extrañando a la novia – respondió Martínez, despectivo

“NO TIENE NOVIA, IMBECIL”

-. ¿No será que a ustedes les hace falta bajar a la ciudad? – contraatacó Raimundo, molesto por el comentario

-. ¿Y qué con eso? ¿Acaso tu no echas de menos un viaje rápido al pueblo?? – respondió Martínez con una desagradable sonrisa vulgar, lo que provocó la risa de todos en la mesa de los trazadores

Raimundo se tragó la molestia. Ya había aprendido a conocerlos mejor y sabía que era imposible tratar de infundir algo de respeto entre ellos

-. No estaría nada de mal que nos diera el fin de semana libre.

La propuesta del subteniente fue acogida con varias exclamaciones de apoyo por parte de los hombres, incluso por algunos de las mesas vecinas.

Rai vio como los hombres recibían la idea de muy buena gana. Tres semanas sin descanso era bastante tiempo, aunque entendía que había que recuperar la semana de atraso y todo eso… Deseo que el humor de Fernando mejorara para poder tocar el tema con él en la noche. Pocas veces hablaban de trabajo… pero a Raimundo no le gustó nada sentir que la gente del campamento estaba molesta con su capitán.

.

Rai se alegró cuando pasado el mediodía, Cardones presentó al capitán las opciones del nuevo trazado y Fernando las recibió de buen modo

-. Perfecto. Moreira ya terminó con los restos del bulldozer. Podremos continuar.

Discutieron los pros y contras con el mapa estirado sobre la camioneta. Mientras tanto, Rai se había apoyado en un tronco donde podía recibir los escasos rayos del sol. Miraba desde la distancia la reunión de Fernando con los otros oficiales, con muchas ganas de acercarse, pero sin razón para justificarlo

-. ¿Qué haces, muchachito?

Rai suspiró molesto. Martínez estaba a su lado. ¿Por qué tenía que llamarlo muchachito y tratarlo como si fuera un… ¡cretino! un niño mimado?

-. Espero a que el capitán apruebe alguna de las opciones y continuemos trabajando – respondió cortante, Sin ganas de conversar. No con Martínez, al menos.

-. Ahora avanzaremos de verdad. Cualquiera de las opciones es buena – Respondió Martínez, arrogante. Se sentó sobre el tronco, a su lado. Demasiado cerca.

-. ¿Y qué hacías en la capital antes de entrar al servicio?

¿En serio? ¿Esperaba que le contara su vida?

-. Estudiaba

-. ¿En el colegio?

Martínez rio en voz alta de su propia broma y su cuerpo se movió acercándose más a Rai.

-. No. En la Universidad

Su respuesta provocó una mirada incrédula seguida por la risa burlona de Martínez.

-. Y si estabas estudiando ¿Cómo es que viniste a parar aquí, muchachito?

Porque tengo un padre con influencias que quería deshacerse de mi

-. Cosas de la vida – respondió bruscamente, deseando dar por terminada la estúpida conversación

Martínez rio como si le hubieran contado un chiste…. ¿Pero qué le pasaba a este tarado? ¿Era retrasado mental o qué? Deseó poder mandarlo de paseo, gritarle que se fuera a buena parte y lo dejara tranquilo… pero incluso ese imbécil tenía más grado que él y le debía respeto.

-. ¿Y qué estudiabas, muchachito?

La paciencia de Raimundo tenía un límite y Martínez acababa de cruzarlo. Se giró hacia el hombre. Como Martínez estaba sentado, Rai tuvo que mirarlo hacia abajo. Se llevó la mano a su propio uniforme y sostuvo un trozo de la tela de su camisa

-. ¿Puedes ver esto? Es mi uniforme de soldado. Indica que presto servicio en esta unidad en calidad de soldado… sol-da-do – repitió recalcando cada sílaba y alzando la voz – no hay ningún “muchachito” en este uniforme

Martínez dejó el tronco donde reposaba para ponerse de pie. Su expresión airada

-. No puedes hablarme de esa manera. Aquí hay un grado que respetar… muchachito – repitió, exagerando la palabra y acercándose a Rai, amenazante

-. ¿Pero tú sí puedes llamarme “muchachito” a tu gusto?

Se miraban fijamente. Raimundo tenía que alzar la vista ahora que Martínez estaba de pie. Ninguno de los dos se dio cuenta que su pequeña discusión había atraído la atención del resto

-. Martínez, Lariarte ¿Qué pasa aquí?

Rai escuchó la voz de Fernando justo detrás de él. Cerró los ojos un segundo antes de darse vuelta… Estaba en problemas. Adiós a sus deseos de una noche tranquila con Fernando.

-. No pasa nada, capitán. Solo estábamos hablando el cabo Martínez y yo

El rostro de Martínez miraba a Raimundo en vez del capitán…

-. Si. Estábamos hablando – confirmó Martínez a regañadientes, sabiendo que ahora le debería un favor a Lariarte.

El capitán los miró a ambos por unos segundos… especial atención a Raimundo, sabiendo que ninguno le decía la verdad.

-. A ver si pueden hablar sin gritarse – respondió al alejarse, claramente molesto. 

.

-. Sabes que podrías haber tenido un poco más de paciencia, ¿cierto?

La mano de Fernando cayó golpeando su culo por séptima vez. El sonido era llamativo… provocativo… Retumbaba por todo el dormitorio agitando el aire silencioso de la noche… la sensación era de dolor en su culo, seguido por un agradable estímulo a sus sentidos… especialmente en sus genitales

-. Sí, capitán

Raimundo se sostenía cruzado sobre los muslos firmes de Fernando. Su castigo eran diez palmadas por haberle ocultado la verdad

-. Nadie puede llamarte “muchachito”

La mano, firme, golpeó por octava vez…

Raimundo emitió un sonido largo, parecido a un quejido… pero demasiado sensual… sonó como una exclamación de placer

-. Deberías haberte alejado en vez de discutir con él

Rai apretó los labios… como si fuera tan fácil aguantar al idiota ese

-. Si, capitán

Una nueva palmada en su culo… comenzaba a sentirlo caliente y su cuerpo respondía a las bruscas caricias de Fernando, aunque no podía quitar a Martínez de su cabeza.

-. No vuelvas a discutir con un cabo

Fernando reafirmó su orden con una palmada final, especialmente fuerte.

Diez!!!

Rai se estremeció… ya no de dolor sino de gusto… sus nalgas calientes distribuían el calor al resto de su cuerpo… estaba excitado a morir.

-. ¿Y qué hago si me vuelve a llamar “muchachito”? – preguntó saltando de las piernas del capitán para quedar acuclillado frente a él, ansioso… con su culo adolorido expuesto al aire y su verga clamando atención … apoyó sus manos sobre los muslos desnudos de Fernando, acariciándolos.

-. Presentas una queja conmigo. Yo resuelvo los problemas en esta unidad – respondió Fernando al momento.

Rai le dedicó una mirada muy atenta y, de pronto, sonrió…

-. Tu… quieres que lo haga ¿Verdad?… quieres que te presente una queja contra Martínez

El tiempo que demoró Fernando en responder fue, en sí, una respuesta

-. Si te vuelve a molestar… a tocar o a respirar muy cerca de ti, me lo dices – respondió Fernando finalmente, posando sus manos en los hombros de Raimundo para atraerlo y buscarle la boca. Bajó las manos tocando la carne suave y caliente de su soldado… que delicia… Su cuerpo también deseaba contacto con Rai.  Suyo.  De nadie más. Su soldado de ojos de cielo no era el juguete de otro.  Ese idiota de Martínez tenía los días contados en su unidad.

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El día jueves, le correspondió a Sánchez, nominado entre bromas, de manera casi unánime por todo el resto de la unidad, ir a hablar con el capitán. Sánchez no era el de mayor grado, pero era uno de los mayores en edad y quien llevaba más tiempo prestando sus servicios al ejército. Además, era sabido por todos, que el capitán le tenía especial aprecio y respeto al suboficial y le aguantaba cosas que a los demás no. 

-. Señor, los hombres están algo inquietos

-. Tal vez necesitan más trabajo para gastar sus energías

-. No señor. No se trata de eso… han pasado tres semanas…  tenemos pocas provisiones y pensé que …

-. Sé muy bien lo que pretende, Sánchez. Pero tuvimos una semana completa de retraso debido al accidente y la planificación de un nuevo trazado también ocasiona demoras. No podemos permitirnos parar la construcción ahora.

-. Señor, son tres semanas sin descanso – insistió Sánchez con mucho respeto

-. Cuando el nuevo trazado esté listo y comiencen los trabajos nuevamente, los hombres tendrán un fin de semana libre. Antes de eso, no.

Incluso Sánchez sabía cuándo no debía seguir insistiendo

-. Si, capitán. Será como usted diga

Cuando el suboficial ya se daba por vencido y comenzaba a retirarse, el capitán volvió a hablar

-. Sánchez… puedo hacer una pequeña concesión. Les daré el día domingo libre, dentro del campamento. Haremos un asado a la hora de almuerzo y los hombres tendrán la tarde libre. Disponga que compren corderos de la zona y que el subteniente cardones, con alguien más, baje al pueblo a comprar lo que se necesite para un buen almuerzo

-. ¿Una buena celebración, capitán? – preguntó Sánchez abriendo los ojos con vivo interés

-. Nada de alcohol. Ni una gota, Sánchez. – respondió el capitán que sabía perfectamente hacia dónde iba la pregunta.

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El día viernes, poco después de la hora de almuerzo, el subteniente Cardones, acompañado de Martínez, emprendieron rumbo a la ciudad llevando no solo la lista de encargos de Sánchez, sino también las de varios otros uniformados que necesitaban suministros básicos. Llevaban un pedido especialmente importante de parte del capitán: tenían que pasar al regimiento y entregarle una invitación al comandante para el almuerzo del domingo. El capitán deseaba mostrarle los avances en el camino y el nuevo trazado.  El almuerzo comenzaba a adquirir más importancia.

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El día del asado, el sol decidió mostrar una de sus mejores caras en los terrenos del extremo sur. Al mediodía, brillaba en lo alto entibiando el ánimo de los hombres que se sentían bien de poder disfrutar de un día de menor exigencia.  Algunos se levantaron más tarde, mientras otros, como Raimundo cooperaban con Sánchez y López en la preparación de las mesas al aire libre. El aroma de los corderos que se asaban lentamente alrededor de las brasas ardientes, desde temprano, abría el apetito de los hombres y los atraía hacia la zona del asado.  Se requerían varias horas de lenta cocción para dejarlos a punto. Los encargados de la cocina habían trabajado de manera especial para que los hombres disfrutaran de un buen almuerzo. 

Poco antes del mediodía, arribó el comandante del regimiento con dos acompañantes. Luego de los primeros saludos oficiales, Fernando lo llevó hasta su oficina donde explicó los avances que más tarde le mostró en terreno. Al volver al campamento, el ambiente era relajado y alegre.

Sentados alrededor de las mesas y con los platos llenos de abundantes delicias, volvía a sentirse el ambiente de camaradería que había estado tan escaso en las últimas semanas.  López y Sánchez se lucían con sus preparaciones.

El almuerzo, la conversación y la sobremesa se fueron alargando. Algunos de los hombres se habían separado en grupos que conversaban dispersos entre las cabañas, otros, Raimundo entre ellos, jugaban cartas en una mesa. Algunos más, habían instalado una cancha de tejo y jugaban a afinar su puntería, entre risas y bromas.  Cuando el sol bajó y la temperatura comenzó a descender, el comandante se levantó y se despidió oficialmente de los hombres que aún estaban cerca.

-. Camine conmigo, capitán – pidió el comandante avanzando hacia el cerco posterior del campamento. Fernando lo siguió, intrigado

-. Veo que su unidad funciona muy bien, como siempre – comentó el comandante

-. Sí, señor. Son buenos hombres

Ya se habían alejado de todo el resto y llegaban al límite del recinto. El comandante alzó la vista en silencio y miró el paisaje

-. Es una buena destinación la suya, Ahumada.

Fernando estaba realmente curioso… No era propio del comandante hacer ese tipo de observaciones ni menos, adoptar ese aire de extravío nostálgico, perdido en el paisaje. Esperó como correspondía, a que el comandante continuara

-. Aprovecho de informarle que el General de zona vendrá de visita el próximo jueves

Fernando, instintivamente, enderezó su cuerpo… ¿El general venía de visita al regimiento?

-. Que bien, señor. Imagino que estará contento con la visita- respondió entusiasmado. Siempre era un honor recibir a un general en un regimiento

-. Le traspaso la alegría a usted, Capitán. El general ha pedido visitar este campamento y la construcción del camino – respondió el comandante mirándolo de manera huraña.

Fernando tragó antes de responder…  de hecho, se había quedado sin palabras. ¿Venía a visitarlo a él? … ¿A su unidad?… ¿Por qué?

-. ¿Y a qué se debe el honor, señor? – preguntó pensando en alguna secuela del reciente accidente…

-. Tendremos que esperar el próximo jueves para averiguarlo – contestó el comandante, algo irritado

-. Sí, señor

-. Me retiro ahora – dijo el oficial mayor, comenzando a caminar de vuelta, pero equivocando sus pasos… en vez de acercarse a la entrada y hacia su vehículo, tomaba el camino más largo y se dirigía hacia la parte posterior de la cocina. Fernando pensó en corregirlo, pero rápidamente se dio cuenta que con ello solo aumentaría la irritación del comandante. De todas maneras, iban a llegar al mismo lugar, aunque fuera unos pasos más largos. Fernando caminó a su lado en silencio

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Avanzaban los dos hombres con las ultimas luces del atardecer cuando escucharon voces que pretendían murmurar, pero sonaban fuertes y, decididamente, ebrias. Provenían del espacio sin iluminación que quedaba entre la cocina y el contenedor de basura. A simple vista no se veía nadie… pero los escuchaban con toda claridad. Comandante y capitán se miraron intrigados y detuvieron sus pasos de inmediato. Fernando apretó los puños, rabiosamente… ¿Había alguien de su unidad bebiendo alcohol justo hoy día??

-. Miraaa weon… asiii …. asiii de bonitoooo

-. Nooo.. jajajjaa es más redondeado… jajajajaaaa

-. Te digo que no, hombre. Yo le conozco bien el culo… se lo miro cada vez que pasa por el lado y Lariarte lo tiene de este tamaño

Risotadas y groserías en voces alcoholizadas.

La mirada iracunda del comandante sobre el capitán…

-. A veces se… se me para cuando camina tan bonito… el muchachito

-. Si… jajajaja… a mí también me pasa .

Aprobación del comentario con más risas y frases obscenas

-. El desgraciado es más lindo que una mujer…

-. Pensé que era el único que deseaba cogérselo… pero veo que podemos repartirnos al muchachito bonito entre todos

-. Seeehh, yo me cogería a Lariarte sin pensarlo mucho… Se la metería hasta el fondo

-. Aaahhh me imagino que debe chillar muy rico si lo cogemos entre los tres…

-. Como soy el de mayor grado, exijo el honor de quitarle la virginidad…

-. Entramos en la bodega de noche… y ustedes lo sujetan…

Las risotadas de los hombres ebrios resonaron como estallidos de granadas en los oídos del capitán… reconocía sus voces. Sabía quiénes eran… entendía de que hablaban…

Todo se volvió caliente y negro…

Se sitió impulsado por una fuerza desconocida… un arrebato caliente, denso y poderoso… la adrenalina fluía descontrolada por sus arterias

Súbitamente, exclamaciones de asombro, movimientos torpes de borrachos, quebrazón de vidrios y gritos de dolor.

Con sus puños machacaba el rostro de Martínez y con sus botas se impulsaba para patear la entrepierna del subteniente Cardones…

Escuchaba la voz del comandante llamándolo a la calma, pero no podía detenerse… la fuerza de la ira era más poderosa…

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2 comentarios sobre “Capítulo Treinta y cinco

  1. No entendía el tema del robo de la cocina, el capi está en todo 🥰
    Ya sabía yo que el cabo me caía mal, que asquito de persona…
    Menudo final de capítulo 😱😱😱😱😱😱 Espero que el comandante sea comprensivo 🙈 A ver entiendo que la violencia no es el protocolo, pero están bebiendo sin permiso y hablando de cometer una violación… ainsss que nervios de no saber que va a pasar 🥺

    1. Hola Rous! Si.. lo del robo de la comida fue un pequeño truco para lograr un objetivo más importante. Tienes razón en que la violencia no es parte del protocolo y debe castigarse venga de quien sea, pero… el comandante estaba presente y vio y escuchó todo lo que paso. Creo que puede darse el lujo de ser comprensivo. Muy de acuerdo contigo en que hay que ser un asco de persona para pensar en violar a alguien.
      Proximo cap el Martes!!!
      Muchas gracias!! Saludos!

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